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¡ME VOY A LA HABANA!

NORAH CARTER
SOPHIE MALONE
MONIKA HOFF

Título original: ¡M e voy a La Habana!

©2016 Julio

@NorahCarter

@SophieM alone

@M onikaHoff

Copyright 2016.

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Capítulo 1

Por fin llegó el día que partía hacia Cuba. Desde que tenía veinticuatro años siempre soñé con hacer este viaje sola. Ahora estaba cumpliéndose, a mis veintinueve años.

Nací en la isla de Ibiza y ahí es donde he permanecido siempre. Vivía con mis padres en una preciosa casa frente a un acantilado, con unas maravillosas vistas hacia el
mar.

Solía viajar mucho, eso sí, necesitaba salir de aquella isla de vez en cuando y solo se podía hacerse por avión o por mar, así que, cuando podía, huía hacía algún lugar.

Nunca me había permitido el lujo de cogerme dos meses seguidos, pero estaba claro que algún día lo tenía que hacer y ya había llegado el momento.

M i trabajo me gustaba, al haber cogido plaza de profesora en un colegio me podía permitir este año tener julio y agosto para hacer lo que quisiese.

M i madre me decía mucho:

- Alba, me da miedo que te vayas sola, dos meses, a ese país.

No paraba de repetirme esa frase, pero yo me sentía autosuficiente para realizar este viaje y sabía que estaba preparada para desenvolverme bien.

En el avión parece que hice un repaso de mi vida, me sentía feliz de haber crecido en una familia acomodada pero muy trabajadora, en una isla que adoraba y en la que
practicaba mi deporte favorito, el surf.

Era una chica muy extrovertida y con gran facilidad para crear nuevos amigos. Solo tuve una relación seria con un chico, duró tres años, por lo demás me dediqué a
estudiar y a disfrutar sin necesidad de estar atada a un hombre.

La felicidad era viajar y conocer otros lugares y otras personas.

El avión iba completo, a mi lado iba un grupo de chicos que estaban formando mucho jaleo, creo que estaban impacientes por llegar a Cuba y descubrir esas leyendas
que a los hombres tanto les gustaba.

Tras un largo viaje en el que conseguí dormir unas cuantas horas, por fin, llegué a mi ansiado destino, La Habana.

Una gran humedad impactó sobre mi cuerpo al bajar por las escaleras del avión, ya estaba sintiendo la temperatura característica del Caribe.

Pasé los controles de seguridad, cogí mi maleta y salí del Aeropuerto Internacional José M artí.

Cogí un taxi y le dije que me llevase al Hotel Nacional de Cuba, era mi ilusión hospedarme unos días en él, ya que era uno de los hoteles más clásicos y emblemáticos de
la ciudad, su elegancia y distinción se mantenían intactos después de muchas décadas; en él se habían hospedado personajes de todo tipo.

M ientras el taxi me llevaba a La Habana, iba charlando con el conductor, pero a la vez iba mirando todo, estaba alucinando con ese momento tan mágico.

M e daba la sensación de que había sido una ciudad que había acabado de ser bombardeada, el taxista me iba explicando todos los lugares por los que íbamos pasando.

La verdad que era muy atractivo pese a esa situación. La belleza arquitectónica y sus edificaciones invitaban a adentrarse dentro de esas calles.

Al parar en la puerta del hotel, salió un empleado para coger mi maleta y acompañarme hasta la recepción, donde me entregaron toda la documentación y las llaves de la
habitación, dándome la bienvenida al hotel.

Eran las cinco y ya estaba deseando soltar todo, ducharme, cambiarme e irme a pasear por la ciudad.
Nada más salir del hotel cogí un coco taxi y le dije que me llevase a dar un paseo por la ciudad.

M ontar en él era toda una odisea. Era un triciclo a motor con una carcasa esférica abierta por la parte frontal de color amarillo.

Rápidamente me di cuenta de que el chico que lo conducía me estaba tirando los trastos, pronto empezaba a sentir la leyenda del país y bromeé diciéndole que eso se lo
decía a todas, hizo como que se enfadaba, pero terminamos riéndonos.

El taxista pasó por todas las avenidas principales mientras me hacía un rápido recorrido y me explicaba lo más interesante de cada una de ellas. En la calle se podía

sentir el ruido de esa isla con un montón de personas y grupos cantando y bailando por cada lugar por el que pasábamos.

Cuando el calor me hizo sentir desfallecer, le pedí al taxista que parara. M e bajé del taxi y, sin prestar atención a donde estaba, entré en el primer local que vi, dispuesta
a tomarme algo y saciar mi sed.

Al entrar en la barra de un chico guapísimo, mulato pero no muy oscuro de piel, me recibió con una bonita sonrisa y me senté en la barra a tomar el mojito. Pronto
entablamos conversación, era un chico muy interesante y atractivo.

Charlamos un rato, la verdad que en ese momento estaba tranquilo el bar, me contó que vivía solo con su mamá en una casa cercana.

Yo me estaba derritiendo de escucharlo, creo que había sido el primer flechazo que había tenido desde hacía mucho tiempo. M adre mía, y yo que venía dispuesta a
demostrar que ningún cubano podría conmigo.

Estuve cerca de una hora allí charlando con él y quedé en volver al día siguiente.

Estuve paseando por todo el malecón, charlando con un grupo de cubanos, saqué una botella de ron que había comprado con unos vasitos de plástico y les invite a unos
tragos. Ellos estaban cantando una preciosa canción y luego descubrí que era de un cantante cubano que se llamaba Polo M ontañez y que había fallecido tras un
accidente de tráfico hacía varios años, dejando un gran legado de su música, muy importante.

Avanzada la noche, me despedí de ellos y paré a un taxi para que me llevara de vuelta al hotel, a descansar de ese largo día.

El hotel estaba todo enmoquetado y olía a antigüedad en la zona de la cama, pero era un espectáculo para los ojos poder contemplar lo que estaba considerado de interés
mundial.

Caí en redondo en la cama, estaba frita y no tardé en dormirme.

Por la mañana me puse un traje fresquito y unas sandalias muy monas, me había cogido una buena cola y me dispuse a investigar la ciudad.

Nada más salir del hotel, me encendí un cigarrillo. Había tres chicos que estaban de vacaciones ahí y empezaron a charlar conmigo, eran de M álaga, así que conectamos
en seguida. Les hizo mucha gracia a ellos que hiciese ese viaje sola, me dijeron varias veces que era muy valiente.

Ellos llevaban un día más que yo en la ciudad, me propusieron que me fuera con ellos a pasar el día por La Habana, cosa que acepté porque me apetecía mucho estar
acompañada, al menos el primer día que iba a estar de loca por la ciudad investigando aquel modo de vida, al que me tendría que acostumbrar los próximos dos meses.

Para ser una ciudad sin muchos recursos la gente reflejaba una sonrisa constante en sus caras.

Cogimos dos Coco taxis y nos dirigimos para la Plaza Vieja, a la Cervecería.
Cuando llegamos a la famosa Plaza Vieja, me quedé paralizada en el centro de esta. Sabía que era uno de los lugares más bonitos de la ciudad, pero jamás pensé que

pudiera contemplar esa combinación de colores llamativos y esa variedad de edificios tan diferentes.

No me extrañaba que fuera el mayor destino turístico de toda la ciudad.

Eso sin contar que el lugar me sonaba.

Seré idiota, pensé, ¿cómo pude estar aquí y no haberme dado ni cuenta? El calor y el mulato me afectaron, pensé mientras meneaba la cabeza.

La plaza estaba llena de gente, algunos paseando, otro tomando fotos del lugar o haciéndose selfies, otros sentados tranquilamente en alguna de las decenas de terrazas
que había allí.
Uno de los chicos me tocó el hombro para llamar mi atención.
- Vamos, Elba, esos mojitos nos esperan –dijo M iguel.
Le sonreí, la verdad era que me caían muy bien, siempre me había encantado el carácter andaluz.

Pero algo había llamado mi atención y yo, cabezota como yo misma, tenía que ir a verlo. Ya tendría tiempo de probar esos mojitos.

- Perdonadme, chicos, pero quiero ir allí.

Señalé hacia el edificio Gómez Vila, sabía cuál era porque había pasado las últimas semanas estudiando la ciudad en la que iba a pasar los siguientes dos meses.

En él se encontraba la famosa Cámara Oscura, desde donde se podía ver una imagen perfecta de toda la ciudad.

Y yo no iba a perdérmela.
- Venga, Elba, después subimos, te lo prometo –dijo Jesús, otro de los chicos.

Dudé por un momento, la verdad que eran muy majos y yo tenía ganas de disfrutar, pero algo me decía que tenía que acercare hasta ese lugar.

No era una persona supersticiosa y sí un poco loca, estaba sola, en La Habana, así que algo loca e impulsiva era.

Pero no sabía por qué ese sitio era como una obsesión.

Desde que había leído sobre él, la curiosidad era enorme. Y ahora que estaba cerca, no iba a dejar de verlo.

- ¿Dónde vais a estar? –pregunté.


- En La Cervecería, es aquella de ahí –señaló Ángel.
- Voy, lo veo y ahora os busco –dije convencida.

Los tres me miraron como si no me creyeran y a mí me dieron ganas de reír a carcajadas. Eran tres chicos de unos veintidós o veintitrés años, amigos de toda la vida, que
por fin habían conseguido tener dinero para hacer el viaje de sus sueños.

Y claro, tenía que ser Cuba.

M eneé la cabeza, los hombres siempre pensando en lo mismo.

- Os lo prometo.

Hice la cruz en la parte del corazón mientras les juraba que no tardaría.

- Vale, pero no nos abandones –dijo Ángel.

Los tres eran guapísimos, pero Ángel tenía algo especial. Una sonrisa picarona que te daba a entender que, si jugabas con él, te acabarías quemando y se notaba que era
el más maduro de los tres. Los otros dos se veían más críos, más infantiles.
Pero yo había venido a divertirme, no a complicarme con ningún hombre.

Les dije adiós con la mano y me fui.


Capítulo 2

No sabía cuánto tiempo llevaba mirando aquella imagen de la ciudad, era preciosa. Yo no podía dejar de mirarla. Era como si algo me hiciera tener que estar allí, como si
esperara algo.

Suspiré.

M enudas tonterías piensas, Elba, dije en voz baja.

Fui a darme la vuelta para salir de allí e ir a tomarme uno de esos famosos mojitos que tan famosos eran en la ciudad cuando escuché:

- M e encanta volver a verte.

Esa voz me sonaba y el pelo de mi cuerpo de erizó.

- Iker –lo saludé mientras levantaba la vista y lo miraba.

- Veo que recuerdas mi nombre.

Su sonrisa decía que no esperaría menos de mí.

Sonreí tontamente y me di de hostias mentalmente por parecer tan idiota. Ya lo conocía, ya había hablado con él, por eso no entendía la reacción de mi cuerpo en ese
momento.

Iba guapísimo, eso sí, con unos pantalones vaqueros piratas, unas sandalias y una camisa blanca que resaltaba el moreno de su piel.

M e quedé atontada mirando esos ojos color miel.

Vale, la primera vez que lo vi ya había tenido problemas de “enamoramiento a la vista”, pero esto ya era peligroso.

¿A qué venían esos nervios que me habían entrado como si nada?

- ¿Nerviosa, Elba? –preguntó, retándome.

Levanté la barbilla, desafiante y le respondí:

- ¿Por qué tendría que estarlo? -lo miré desafiante, aunque en el fondo estaba temblorosa.

El muy canalla se echó a reír mientras yo sólo quería huir de ese bonito lugar.

- Dijiste que ibas a venir a verme -me dijo en un tono muy seductor.
- Ya, pero conocí a unos chicos aquí, en el hotel, y me invitaron a pasear por la Habana.
- Entonces quieres decir que te parecieron más interesante que yo, ¿verdad, Elba?
- Para nada, Iker, prometo que la próxima vez, si me permites que haya una próxima, apareceré.
- Vale, mañana tengo el día libre. ¿Te apetece que te lleve a ver un lugar increíble y donde podamos comer cochinillo?
- M e parece genial la idea, ¿dónde podemos quedar?
- M e dijiste que estabas hospedada en el Hotel Nacional, así que te recojo allí a las doce.
- Perfecto, estaré en la puerta.

Se despidió de mí con un bonito beso en la mejilla y un guiño de ojos que jamás podría olvidar.

Antes de entrar a ver a los chicos a la Cervecería, me senté un momento en un banco y me encendí un cigarro para tranquilizar mis nervios.
Cuando me vieron los chicos, se levantaron de la mesa y empezaron a vitorear mi nombre, moviendo los brazos para qué supiese donde estaban.

- ¡Elba! ¡Elba! ¡Elba! -no paraban de gritar mi nombre.

Colorada, pasé entre la multitud hasta que llegué hasta ellos y me senté en una vieja silla de madera.

- Creíamos que te habías arrepentido -dijo Ángel sirviéndome una cerveza bien fría.
- ¿Y perderme la fiesta? ¡Ja! Ni en broma -les contesté riendo y dando un sorbo de esa bebida tan refrescante.

Entonces empezó a sonar la canción de “Oye cómo va”, dejé la cerveza de un golpe encima de la mesa, me levanté y, dejándolos atónitos, empecé a bailar al son de la
música delante de ellos. Necesitaba bailar para olvidarme de Iker y recordar por qué había emprendido ese viaje sola.

M ientras me contoneaba y disfrutaba de la música, un chico mulato guapísimo me cogió de la cintura y sin má,s me llevó a la pequeña pista de baile improvisada y
empezó a bailar y a enseñarme pasos que desconocía. Luego se le sumó otra y otra y, sin darme cuenta, cuando estaba bailando la de “Chan Chan” de Buenavista
Internacional, mis amigos malagueños me rescataron del imparable bailarín cubano.

- Bailas muy bien -me dijo mientras me besaba en la mano.

- Gracias -le dije recuperándome de tanto bailoteo-. Eres muy buen bailarín.
- Eso se lleva en la sangre, chica, y tú lo tienes.

Cuando salimos de la Cervecería nos fuimos a cenar a un restaurante cercano que estaba entre Bernaza y El Cristo, llamado El Chanchullero. Era un sitio de tapas muy
turístico. Encontramos una mesa y nos sentamos. Un chico muy simpático se acercó a nosotros y nos preguntó qué queríamos.

- Dos cervezas Cristal y dos Bucaneras -dijo M iguel.


- ¿Y algo para comer? -añadió el camarero que iba vestido de manera informal.

Cada uno cogió una carta y empezamos a decir lo que queríamos.

- Yo quiero….-dijo Jesús tocándose la barbilla- Un fricasé de cerdo.


- Pues yo un revuelto de camarones -dije mientras dejaba la carta en la mesa.
- Y dos surtidos de chanchulleros -añadió Ángel.

El camarero nos tomó nota y se fue.

M ientras cenábamos, empezaron a contar anécdotas y curiosidades de su primer día en Cuba. Resulta que a M iguel, que era el más grandote de todos, le perdieron la
maleta y durante dos días se tuvo que vestir con ropa de Ángel y Jesús.

- Le tenías que haber visto, Elba -decía entre risas Jesús-, parecía que iba a romper las camisas de lo ajustadas que le iban. Y menos mal que los pantalones eran
anchos, que si no el pobre hubiese sido como Robocop.

Todos empezamos a reír.

- Capullos -soltó M iguel-, Ni puto caso. Di mejor que estos dos estaban celosos porque todas las cubanas se giraban para ver mi musculado cuerpo y a ellos no
les miraba nadie.

Jesús y Ángel se miraron y se empezaron a descojonarse de lo que acababa de decir M iguel.

- Baja, M odesto, que sube M iguel-dijo tronchándose uno de ellos.


- Qué malos que sois –añadí, disimulando una sonrisa.
- ¿Nosotros? Es este que es un fantasma…
Después de pagar a partes iguales la cena, le pedimos al camarero que nos aconsejara un sitio para bailar salsa y nos recomendó la discoteca Amanecer, en la calle 15

esquina con O. Vedado. Nos comentó que ponían salsa, reggaetón y house. Sin pensárnoslo más, nos fuimos en taxi hasta allí.

Al llegar, el portero fue un poco reacio a dejarnos entrar, pero después de camelármelo un poquito, hizo la vista gorda y nos dejó entrar.

- Eres un genio, Elba -dijo M iguel.


- Nada que un poco de tonteo y dos buenas razones no puedan solucionar.

Fuimos a la barra y pedimos una ronda de mojitos. Jesús pagó la ronda y brindamos.

- ¡Viva Cuba! -gritamos todos y seguidamente bebimos un buen sorbo.


- Definitivamente los que probé el otro día son mejores que estos -dije moviéndome al son de la música.

Empezamos a bailar cerca de la barra y cuando miré hacía la puerta de entrada lo vi, a él. M i corazón empezó a latir desbocado e intenté disimular ante ellos, pero los
ojos se perdían en su cuerpo.

Ahí estaba Iker de nuevo.

Al verme se acercó a mí y me agarró por la cintura, comenzó a bailar conmigo la canción de “Un montón de estrellas” de Polo M ontañez.

M is amigos miraban atónitos, mientras yo le preguntaba ayer que qué hacía allí y me dijo que es que en este bar trabajaba su hermano que era el que estaba en la barra y
siempre venía a por él en el cambio de turno y lo acompañaba hacia casa.

M ientras bailaba me decía que fuese buena y que esperarse al día siguiente a pasar uno de los mejores días de mi vida.

La verdad que estaba deseando ya que llegase el día siguiente y estar los dos solos, de conocerlo un poco más, había algo de él que me atraía mucho.

M e despedí de él y me fui con los chicos hacia el hotel que me hicieron mil preguntas por el camino acerca de Iker. Ellos ya habían quedado también mañana con unas
chicas que habían conocido en la discoteca así que Jesús gritó:

- ¡M añana es nuestro día!

M e costó coger el sueño pensando en Iker, a la vez que intentaba recordar todas las leyendas que me habían contado sobre los hombres de Cuba y la de cosas que se
ingeniarían para atrapar a una turista, pero había algo en él que me hacían tirar hacia delante y disfrutar de los días que estuviese allí.
Capítulo 3

La mañana la pasé metida en el Hotel, desayunando y tomando algunas cervezas a la vez que escuchaba a un grupo cubano cantar. A las doce ya estaba en la puerta, al
salir me dio un fuerte abrazo.

M e monté en su coche, la verdad que era un privilegiado al tener uno, aquí en Cuba era un bien de mucho lujo.

Nos dirigimos hacia Las Terrazas, un pequeño Edén en el corazón de la Sierra del Rosario, a sesenta kilómetros al oeste de La Habana, donde se podía hacer el trayecto
en una hora aproximadamente. Era una experiencia inolvidable, un asentamiento semiurbano flanqueado por un lago integrado en plena naturaleza.

Cogimos una mesa al lado de unos baños sobre el río San Juan, lleno de piscinas naturales y una pequeña cascada, donde nos hicimos un montón de fotos chulísimas y
mandamos a pedir que nos trajeran un cochinillo asado.

Iker comenzó a contarme toda su vida, estaba súper respetuoso conmigo, era un tipo muy culto y educado, se me caía la baba escuchándolo.

Parte de su familia ya vivía en M iami pero él nunca quiso salir de la isla de Cuba. Trabajaba en La bodeguita del medio de encargado y luego tocaba en una banda de
música y hacían conciertos para los turistas, con lo cual sacaba un buen dinero extra, cosa que allí era difícil también.

En el bar solo trabajaba dos horas diarias para ir a supervisar que todo estaba bien y qué era lo que hacía falta para tener bien provisto ese famoso lugar.

Llevábamos una botella de ron y tomamos varios chupitos a “palo seco”, la verdad que nos ayudó mucho a romper la vergüenza y charlar sin tapujos.

Al volver por la tarde, me propuso que nos ducháramos y luego me recogería y me llevaría a cenar a un precioso lugar, acepté de inmediato.

M e fui a ducharme pensando en aquel mulato que estaba haciéndome saborear la vida. M e lo hubiera subido a la habitación y le hubiera lavado la espalda, pensé
mientras reía.

Cuando salí hacia fuera me estaba esperando vestido entero de blanco, estaba para comérselo, y me señaló a un coco taxi para que nos montásemos en él.

Fuimos a una de las calles llenas de casas coloniales en La Habana y paramos delante del M useo del Chocolate, nada más entrar había un olor irresistible.

Luego nos fuimos andando por la calle M ercaderes hacia la Plaza Vieja, el paseo con él era totalmente cultural, explicaba todo al mínimo detalle.

Nos tomamos unas cervezas y luego picamos algo allí mismo, en la cervecería que tanto me gustaba.

- Ojalá nunca te vayas -me dijo con una sonrisa que hacía derretir a cualquier persona.
- Eso le dirás a todas, ¿o te piensas que me chupo el dedo? -dije riendo.
- Piensas que soy igual que todos los cuentos que te habrán contado sobre los cubanos. Pero allá tú, puedes disfrutar y creerme o vivir todo el tiempo pensando
que solo soy uno más que busca una extranjera para tener un pasaporte.
- No estoy diciendo eso, pero tampoco me voy a creer todo lo que me digas. Y si me preguntas… Sí, estoy disfrutando, y te respondería que al máximo.
- Eso espero. Y como sé que te vas a quedar aquí mucho tiempo, te puedo preparar muchos planes. Si quieres, claro, o si no sigue la ruta que tengas preparada.
- He venido improvisando, la primera semana estaré en el Hotel Nacional. A partir de ahí no sé dónde me trasladaré, ya empezaré en breve a planteármelo.
- ¡Vente a mi casa! -dijo súper convencido-. M i mamá se va en estos días, así que estaré solo durante unos meses. Puedes pasar una estancia muy cómoda y
viviendo la esencia real de este país.
- M e parece un atrevimiento por mi parte, no sé si sería capaz -dije muerta de risa por la asombrosa propuesta que me había hecho Iker.
- No acepto un no, no pasará nada de lo que tú no quieras que pase, y estaré a tu entera disposición para ser el mejor guía del mundo.
- Chico, dicho así… ¡Acepto! Lo veo una buena propuesta, además estaba deseando alquilar una casa por aquí.
- Bueno, pues ahora vamos al hotel, recogemos las cosas y nos vamos ya para mi casa, ¿para qué perder más tiempo?

- No, prefiero cuando termine la semana y ya también se haya ido a tu mamá, así me incomodaría mucho.
- Vale, pero estaré pendiente a ti todos los días hasta que te vengas conmigo.

- M e parece perfecto, Iker, pero con la condición de que los gastos de la casa durante mi estancia correrán por mi parte, tanto de comida como de todos los
productos necesarios de limpieza.
- Eso lo hablaremos llegado el momento -dijo guiñándome el ojo.
- De eso no hay nada que hablar, o aceptas ahora o no pienso ir para tu casa y alquilo algo mañana mismo; así que tú decides, guapo.

- Qué mala eres, me pones entre la espada y la pared. Pero bueno, en principio diré que sí, luego veremos si hace falta algo o ya está todo comprado.
- Procura que así no sea o me voy a enfadar, pero me da igual puedes comprar todo lo que quieras que yo compraré el doble, a chulo no me gana nadie -solté
riendo.
- M e apetece mucho estar contigo, sé que podré aprender mucho de ti y me has dado muy buenas vibraciones, me alegro mucho que hayas aceptado venirte
para mi casa y prometo que te enseñaré lo más recóndito de este país.

Ese acento cubano con el que me hablaba me hacía perderme en sus palabras.

Nos fuimos andando hacia El M alecón, y yo, que iba a súper achispada ,empecé a cantarle el estribillo de la canción de las habaneras de Cádiz:

Que tengo un amor en La Habana.

Y el otro en Andalucía,

No te he visto yo a ti, tierra mía,

M ás cerca que la mañana.

Que apareció en mi ventana de La Habana colonial.

To’ Cádiz, la catedral, la viña y el M entidero…

Y verán que no exagero

Si al cantar la habanera repito:

La Habana es Cádiz con más negritos.

Cádiz, La Habana con más salero.

Cuando llegamos al M alecón, ya era completamente de noche. Paseamos tranquilamente, en silencio. Yo estaba enamorada de la escena, con el mar en calma e iluminado,
parecía el paraíso.

Había muchos grupos de turistas haciéndose fotos, los residentes del lugar sentados en el muro mientras charlaban y reían.

Algunos vendedores ambulantes, desde comida, bebidas, hasta pintores de caricaturas, tenían sus pequeños puestos cerca.

- ¿Qué te parece?

El sonido de su voz me sacó de mi ensueño y lo volví la vista hacia él.


- Es precioso –dije con los ojos brillantes, se me había escapado hasta alguna lagrimilla de contemplar ese paisaje–. Y me recuerda tanto a mi país –

terminé con una media sonrisa triste.

Estaba feliz de estar en La Habana, pero no sabía que añoraría tanto, y en tan pocos días, mi tierra.

Él levantó su mano y acarició mi mejilla mientras dejaba de caminar.

- Creo que no la verás en mucho tiempo.

¿Qué quería decir? Fui a decirle que en exactamente dos meses cuando sonrió, me cogió de la mano y me obligó a echar a correr con él.

Correr…

Lo que podía seguirle con los taconazos que me había puesto.

¿A quién se le ocurre, Elba?, me recriminé.

Cuando llegamos adonde él quería, se sentó en el enorme muro de piedra y me obligó a sentarme encima de sus piernas.

Lo miré sorprendida y fui a soltarle cuatro frescas cuando cogió mi cara y la giró al frente de nuevo.

- Ya puede empezar.

Iker me agarró por la cintura y dejó caer su cabeza en mi hombro.

Debería de decirle algo, pensé, pero la sensación era tan perfecta. Y lo que es peor. Tan natural entre nosotros…

El pequeño hombre al que le habló se levantó de la silla y empezó a dibujar.

M inutos después, y en los que por primera vez en mi vida he estado quieta con miedo a mover hasta una pestaña, nos entregó el dibujo.

Empecé a reír a carcajadas cuando lo vi.

- ¿Esa soy yo? –pregunté mirando los enormes ojos que me había pintado y los labios que parecía que tuviera silicona.
- No –dijo él tras pagarle al hombre y guardarse la cartera en el bolsillo trasero del pantalón–, es tu versión cubana –dijo muy serio.
- Gracias a Dios que soy española –dije descojonándome.

M e pasó el brazo por los hombros y echamos a caminar de nuevo.

- ¿Y si encontraras algo que te hiciera quedarte a vivir aquí, Elba? – preguntó después de un largo silencio.

Levanté la mirada esperando encontrar la suya, pero él miraba hacia el frente.

M e tomé mi momento en contemplarlo, era realmente guapo.

- ¿Algo cómo qué? –le pregunté.


- Algo o… no sé. Quizás alguien –terminó encogiéndose de hombros.
- Los cubanos no son lo mío –intenté bromear para quitarle hierro al asunto porque hasta a mí me estaba poniendo nerviosa lo que mi mente empezó a
imaginar en ese momento.

No contestó, apretó la mandíbula y dejó de caminar.

- ¿Dije algo malo? –pregunté. Parecía enfadado y todo.


- No –dijo negando con la cabeza.
De repente el aire estaba cargado de tensión entre nosotros y yo no sabía por qué.

Sí que lo sabes, pensé, pero prefieres no verlo.

Cogí aire y, para animarlo de nuevo, me solté de su agarre y salí a correr, rezando para que entendiera la tregua que le pedía. Acabábamos de conocernos y esto estaba
yendo demasiado deprisa. O eso o yo me estaba imaginando cosas.

Segundos después me cogió por la cintura y me levantó en el aire. Reímos sin parar mientras daba vueltas conmigo.

- Eres un terremoto –me dijo cuando me colocó en el suelo y me dio la vuelta para mirarlo.
- Y lo que te queda –reí sin respiración.
- Ya veremos quién derrota a quién –me guiñó un ojo, el reto estaba servido.

Paramos un coco-taxi y volvimos al hotel. Al llegar quiso pagar él pero no se lo permití.

- A esta invito yo -le dije guiñándole un ojo.

Iker sonrió.

El conductor me quiso devolver la vuelta pero le dije que no con la cabeza.

- ¿Qué tienes pensado hacer mañana?-me preguntó mientras me bajaba del coco-taxi.
- Pues no lo sé. Supongo que hacer turismo, aún me queda mucho por ver.
- Oye, ‘mano. Deme un trozo de papel y una pluma para escribirle algo a esta muchacha.

El conductor hizo lo que le pidió y cuando acabó de escribir lo que quería, dobló el papel y me lo dio.

- Ábrelo cuando estés arriba -me dijo enseñándome esa sonrisa tan bonita- ¡Vámonos!- le gritó al conductor.

M e quedé en la calle hasta que perdí de vista el coco-taxi. Cuando llegué a la habitación, lo primero que hice fue abrir la nota que me acababa de dar. La leí y no pude
evitar reírme.

- ¡Qué canalla! -grité.

M e había escrito la dirección de su casa y el teléfono de La Bodeguita y añadía: Por si cambias de opinión antes de que acabe la semana, yuma.

- ¿Yuma? -me pregunté sorprendida porque no sabía qué narices significaba.

No le di mayor importancia. M e metí en la ducha para deshacerme de esa humedad, me puse una camiseta blanca de tirantes y un tanga del mismo color y me metí en la
cama. Estaba agotada pero había sido un día estupendo.

No podía parar de pensar en él y en la proposición que me había hecho esa misma noche. ¿Debería irme ya con él? Intenté dormir pero no podía.

- ¿Yuma?

Esa palabra me quitaba el sueño. Encendí la lamparita de la mesita de noche y, sin pensármelo, llamé a recepción. Era muy cabezota y necesitaba saber qué significaba
esa palabra para poder conciliar el sueño.

- Recepción, buenas noches. ¿En qué puedo ayudarle? -me contestó una mujer.
- Hola, buenas noches…Verá, a lo mejor te suena raro lo que le voy a preguntar, pero….¿tú me podrías decir que significa yuma en vuestro país?-cerré
los ojos porque a lo mejor hubiese sido más fácil preguntárselo a él. Pero de perdidos al río…
- ¿Ha dicho usted yuma, señorita? -me preguntó sin entenderme.
- Sí. Yuma, ¿Qué significa? -insistí.

- Verá, es como llaman los cubanos a los extranjeros. ¿Por qué lo pregunta?

- Así que turista -empecé a reír-. M uy bien, gracias.


- ¿Desea que la ayude en otra cosa? -preguntó muy amablemente la chica.
- No. No. No. Eso era todo. M uchas gracias -colgué y apagué la luz.
- ¡Ay, papito! Tu yuma no lo será por mucho tiempo…Si por mi fuera, te tendría entre mis sábanas ahora mismo -dije en un susurro.

Cerré los ojos, y sin darme cuenta me quedé dormida.


Capítulo 4

A la mañana siguiente me levanté con más energía que nunca. Tenía pensado ir al museo de bellas artes, pero al ver de nuevo la nota de Iker, cambié de opinión. Así que
sin pensarme mucho la locura que iba a hacer, bajé a desayunar y al acabar fui a recepción para que me indicaran cómo llegar al Centro de la Habana.

- ¿Está segura, señorita, que desea ir usted sola ahí? -me preguntó la recepcionista- Le aseguro que hay sitios mejores que ese. Si quiere le puedo

recomendar alguno…
- No, gracias. Quiero ver cómo viven los cubanos, así que si es tan amable de indicarme cómo llegar, se lo agradezco.
- Claro, como desee -contestó con una sonrisa fingida.

Después de explicarme cómo llegar a la calle San M iguel, decidí ir andando. Total, no llegaba a media hora caminando y no quería perderme ningún detalle.

Cuando estaba delante de su puerta no sabía si llamar, pero decidí hacerlo, no tenía nada que perder, solo que me abriese su madre.

- Pero por favor… ¿A quién estoy viendo aquí? ¿A la luna más bonita de toda La Habana? Pasa, por favor, princesa.

Entré sin saber qué me depararía dentro y me dijo que no me asustase ya que su mamá ya se había ido y no volvería en mucho tiempo, así que ya me podía trasladar
que la casa sería nuestra.

Era impresionante ver la casa cubana, aunque sabía que él era afortunado por tener la que tenía y de la forma que la tenía amueblada. Allí todo era muy antiguo y escaso.

M e preparó un café. M ientras la cafetera estaba hirviendo en el fuego, hizo un gesto gracioso y me cogió en brazos. M e sentó en la mesa y se puso entre mis piernas.

M e quedé impactada por ese gesto, pero estaba deseando que no me soltara, quería que se quedara así todo el día.

- ¿Cómo te atreves a venir a casa de un desconocido, que encima hoy está solo, y puede hacer contigo lo que quiera? -dijo de forma seductora.
- Bueno, soy mujer cabezona y aquí estoy, pero debes de saber que también tengo mis armas guardadas, así que cuidado conmigo, dije riendo.
- ¡Vale lo tendré en cuenta! -dijo mientras tocaba mis muslos, acariciándolos y mirándome fijamente mientras yo me derretía.
De repente se acercó mis labios, mirándome, sin apartar sus ojos de los míos, y empezó a darme suaves besos. ¡Cómo besaba!
M i corazón empezó a acelerarse y él me cogió en brazos, me levantó de esa mesa y me llevó hacia el sofá mientras pasaba por la cocina para apagar el fuego del café.
Se sentó en el sofá conmigo encima y frente a él, en cuclillas.

M e daba toques en el culo y me miraba de una forma muy seductora mientras se acercaba y me colmaba a besos, la verdad que yo me estaba poniendo a mil por horas.
Tras un rato de besos, me dio una palmada en el culo, me cogió de la mano y me llevó hacia la cocina para echarnos el café.
Cuando terminamos de beberlo, volvió a cogerme en brazos y me llevó hacia su habitación donde, con delicadeza, me metió en su cama.
Empezó a quitarme el vestido mientras que besaba cada parte de mi piel, yo dejé que se perdiera por cada rincón de mi cuerpo, me apetecía mucho que mi mulato,¡ me
hiciera disfrutar a lo caribeño.
M e estaba poniendo súper a tono, este chico sabía perderse en todos los rincones de mi cuerpo y hacerme disfrutar a lo loco; y eso que todavía no la había sentido
dentro de mí.
No me dejaba ni moverme tenía todo el control de la situación y estaba haciendo que me volviera loca de placer solo con sus labios y con sus manos.
Después de haberme hecho llegar al orgasmo a través de mi clítoris, se puso el preservativo y entró dentro de mí de forma fuerte y veloz.
Se movía a la vez que tenía su mirada clavada en la mía, ¡vaya polvazo me estaba echando el mulato!
- Bueno, preciosa, ahora nos vamos a tu hotel y recogemos tus cosas y te instalas aquí… ¡No voy a dejar que pase ni un día más! -dijo muy seductor.
- Vale, acepto, pero si pasase cualquier cosa entre nosotros, cojo las maletas y me voy, no voy a estar aquí hasta el final si estuviésemos de mal rollo o no nos
compenetráramos.
- ¡Ya estás pensando en enfadarte conmigo! ¿Tan mal te lo hice en la cama? -dijo riendo.
- No, hombre, solo que nos acabamos de conocer y no sabemos qué puede pasar. Y si llegado el momento hay mal rollo o enfado o cualquier cosa, yo vuelvo a
irme, aunque espero que no sea eso, me gustaría pasar unas vacaciones preciosas a tu lado -dije quitándole hierro al asunto.
- No te preocupes, soy fácil de llevar. No te lo pondré difícil, cariño –dijo mientras acariciaba mi mejilla y me daba un cachete en el culo para irnos al hotel a

recoger todo.
Cuando llegamos al hotel nacional e hice las maletas y bajé hacia abajo, me di cuenta la locura que estaba haciendo. No me esperaba que el principio de mis vacaciones

fuesen de tal manera, pero la verdad es que me sentía ilusionada y quería aprovechar todos los días al máximo y más con mi mulato, que me había hecho perder los cinco
sentidos.

Allí estaba, abajo, sentado, esperándome e inmediatamente fue a coger mis maletas y a meterlas en el coche mientras mi guiñaba el ojo haciéndome saber que estaba feliz
porque me fuese con él.
Capítulo 5

Llegamos a su casa después de dar una vuelta turística en coche por la ciudad. A ese paso, ya me conocía todos los lugares importantes de La Habana.

Abrió la puerta de la casa y me invitó a entrar con un gesto de la mano. Le hice una reverencia en plan teatrero, levanté la cabeza y entré como si fuera la mismísima
reina de España. Escuché sus risas a mi espalda y cómo se cerraba la puerta.

Ya conocía el lugar así que iba directa a la cocina a preparar algo de beber para los dos.

Si había algo que yo no tenía, era vergüenza, me daban la mano y yo me tomaba el brazo entero.

El sonido de las maletas cayendo al suelo me hizo detenerme y mirar rápidamente hacia atrás.

- Joder – dije con la mano en el corazón del


susto que me había llevado, por mi mente ya habían pasado miles de imágenes de cosas horribles que podían haberle pasado–, me asustaste.

Estaba mirándome fijamente, sin decir nada.

M e crucé de brazos y enarqué las cejas, dispuesta a reñirle. Sería idiota, menudo susto.

- ¿Estás bien? –fue lo único que conseguí decir.

Vale, no era muy original pero me imponía verlo ahí, tan… tan…

Pfff, qué calores me entraron en un segundo.

Déjalo, Elba, me dije a mí misma, no puedes pasarte el día pensando en sexo.

M e encantaba el sexo, claro, como a todos, pero llevaba unos meses de sequía absoluta y no me importaba. Además, estaba decidida a no tener relaciones con ningún
cubano.

Ni ningún hombre en general.

Quería dedicarme a disfrutar de la vida sin las complicaciones sentimentales.

Y el sexo, aunque fuera sin compromiso, siempre me la complicaba.

Claro que todo esto era la teoría, en la práctica apareció Iker… y todo se fue al garete.

No tienes fuerza de voluntad, pensé.

- ¿Iker? – pregunté de nuevo cuando vi que no


contestaba.

Bajó su mirada y comenzó a mirarme de abajo a arriba. Cuando sus ojos volvieron de nuevo a encontrarse con los míos, yo ya estaba colorada como un tomate.

- Quítatelo – me ordenó.

Se refería a mi precioso vestido celeste de tirantas.

Descrucé los brazos y cogí el vestido con las manos, estirando la tela un poco. M iré el vestido y volví a mirar al cubano.

- ¿Por qué? –me hice la inocente- Si es precioso


–sonreí.
- Quítatelo, Elba.

Esta vez su voz sonó más grave. Con un rápido movimiento se quitó su camisa y la dejó caer al suelo.

Tragué saliva. M adre de Dios, cómo estaba…

- No te lo repetiré otra vez, Elba.

Nunca me había gustado que me dieran órdenes y menos en la cama. Pero esto me estaba excitando más de la cuenta.

Todo en él y todo con él me excitaba.

Cogí el dobladillo del vestido y empecé a subirlo poco a poco, sin dejar de mirar sus ojos. M e paré cuando dejé mis piernas y el ombligo libres.

- Elba… –me advirtió.

M e lo quité por la cabeza y lo lancé lejos.

- Joder –dijo mientras miraba mis pechos.

No tenía demasiado pero sí lo suficiente para llamar la atención masculina. Y eso era bueno a la hora de vestir, casi nunca necesitaba usar sujetador, y esa era una de las
veces.

Como vi que no reaccionaba y seguía ensimismado mirándome, me decidí a ser yo quien lo sorprendiera ahora.

Para mandón él, mandona yo.

Agarré la tela de mi tanga con los dedos y empecé a bajarlo poco a poco. Llamé su atención inmediatamente.

Cuando llegué a las rodillas, moví las piernas con un movimiento sensual (y ensayado, para qué negarlo), haciendo que la prenda cayera hasta mis tobillos y terminara
en el suelo. Di un paso adelante (aun llevaba puestos los zapatos de tacón) y me quedé completamente desnuda.

Expectante.

- Tu turno –le dije mientras miraba la hebilla de

su pantalón.

Iker sonrió, sabía que había ganado yo y el mando era mío. Tendría que mejorar más la próxima vez si quería dominar la situación.

Sus pantalones cayeron en un segundo, fue un visto y no visto. Su ropa interior igual. Estaba frente a mí como Dios lo trajo al mundo.

Suspiré.

M adre mía, ya lo había visto desnudo pero estaba babeando como una idiota.

Comencé a caminar hacia atrás sin dejar de mirarlo. Si tenía ganas de jugar, yo no iba a impedírselo.

Llegué hasta el sofá y me senté en él, dejando caer medio cuerpo hacia atrás.

Abrí las piernas, esperando que entendiera lo que le estaba pidiendo.

- Esa es mi chica –dijo acercándose a mí.

Cayó de rodillas entre mis piernas, las separó un poco más y me dio lo que le pedía. Estaba deseando sentir su lengua allí.
El orgasmo fue rápido y me dejó medio muerta en el sofá, no podía ni pensar.

- Así quería verte –dijo mientras me tumbaba y


se ponía encima de mía.

Levantó una de mis piernas y la apoyó en su hombro mientras yo dejaba la otra apoyada en el suelo.

- En esto siempre gano yo, Elba, es mejor que lo

sepas desde el principio.

Y, tras colocarse rápidamente el preservativo (que no era necesario, yo usaba la píldora pero lo entendía), entró en mí de una embestida.

Los dos gemimos. La sensación era perfecta.

M e penetraba lentamente pero con fuerza, jugaba con mis pechos sin parar.

Yo no podía hacer otra cosa que morderme el labio y evitar gritar.

- Hazlo –gimió–. Quiero escucharte gritar.

¿Quién era yo para negárselo?

Necesitaba aire, estaba a punto de desfallecer.

No sabes cómo me gusta escucharte – dijo antes de besarme.

Era un experto con la lengua, de eso no había duda. Probarme en su boca me estaba llevando al límite.

Lo abracé y le mordí el labio cuando noté mi segundo orgasmo llegar.

- Vamos, preciosa, dámelo –me pidió


mirándome a los ojos–. Quiero verlo en tus ojos.

Grité al alcanzar el orgasmo, provocando el suyo.

Se dejó caer sobre mí y lo acuné en mi pecho mientras jugaba con su pelo. Estábamos los dos sudando y sin respiración.

Y de repente el miedo se apoderó de mí.

Esto no iba a ser la típica aventura que yo pensaba en un principio. Quizás nunca lo pensé, pero no quería ver que pudiera ser algo más.

Esto se me iba a ir de las manos. Ya se me había ido y no me estaba gustando nada.

Yo no había venido a La Habana a esto, yo quería disfrutar mi vida y mi soltería y esto empezaba a truncar todos mis planes.

Y no era solo el sexo, era lo que estaba empezando a sentir cuando estaba con él. El sexo solo era la manera de expresar lo que me daba miedo demostrar.

Sin darme cuenta, hice el intento de quitármelo de encima, como si así pudiera quitarle importancia a lo que acabábamos de vivir.

No sé cómo se dio cuenta de lo que estaba pasando en mi mente pero lo hizo.

Se incorporó un poco y cogió mi cara entre sus manos.

- No vas a ir a ningún lado, preciosa.


Fui a inventarme cualquier excusa, pero necesitaba aire y pensar.

- Shhh –me dio un pequeño beso en los labios-


Ya no hay nada que puedas evitar, Elba, aprende a aceptarlo.

Abrí la boca para responderle. ¿Era adivino o qué? La cerré sin saber qué decir.

- Veo que lo vas entendiendo -dijo con media

sonrisa en sus labios.

Atacó de nuevo mi boca y ya todos mis pensamientos volvieron a ser sobre él, encima de mí, adorándome como nadie lo había hecho nunca.
Capítulo 6

Decidimos darnos una ducha para quitarnos el sudor y bajo el chorro del agua volvimos a perdernos entre nuestros cuerpos.

- Anda, déjame que te lave el pelo -le dije mientras me echaba champú en la mano y le masajeaba el pelo.
- M e estás poniendo tonto de nuevo -me dijo girándose para mirarme a los ojos.

- Ya lo veo ya -contesté riendo.

Su pene se empezó a endurecer y a subir y a bajar a cada movimiento que hacía mientras le lavaba el pelo.

- M e tienes loco -me dijo besándome el cuello.

Cogí una esponja y el gel y, cuando empezó a tener espuma, le dije:

- Ahora el cuerpo -le guiñe un ojo.

Iker se dejó hacer mientras yo le enjabonaba el cuerpo sin dejarme ni un rincón. Verlo desnudo era un placer para la vista. M e estaba poniendo cachonda por momentos
pero no quería que viese que estaba desesperada porque me poseyera otra vez. Cuando acabé le besé en los labios.

- Te toca a ti -le dije dándole un beso rápido en los labios.

Cogió la esponja y con una sonrisa malvada me dijo:

- M i negra, te has olvidado de lavar una parte muy importante de mi cuerpo -dijo mientras baja su mirada a su asombroso miembro.
- No me he olvidado. Sólo que prefiero que te la limpies tú porque si no… no saldremos nunca de la ducha -le dije riendo.

Iker me cogió la mano derecha y me echó en la palma gel. Luego la acercó hasta su pene.

- Cógela. No muerde -dijo sin dejar de mirarme.

Le cogí su miembro y empecé a tener mucho calor. Él no apartó la suya en ningún momento y juntos empezamos a moverla de arriba abajo rítmicamente. Los
movimientos eran cada vez más acelerados y yo me estaba lubricando cada vez más. Un jadeo salió de mí e Iker, sin pensárselo, me aupó y me empaló de una estocada a
la primera. M e agarré a su cuello y me empotró contra los fríos azulejos del baño mientras me follaba salvajemente. Una, dos, tres, cuatro… Centenares de empujones

me nublaban la mente mientras que me agarraba de las nalgas para que no me escurriera por culpa del jabón.

- Joder Iker… M e tienes loca…


- Venga. Princesa. dame lo que quiero.

Y al decir aquello me corrí en un sonoro orgasmo. Seguidamente le oí a él y me dejó suavemente en el suelo y me regó de besos todo el cuerpo.

- M e alegro de que estés aquí conmigo, mi negra. No concibo una vida sin ti.
- Y yo también me alegro de estar aquí junto a ti. Aunque sea solo durante una temporada.

Iker iba muy rápido y eso me ponía nerviosa. Sentía lo mismo que él pero yo no me abría tan fácil sentimentalmente. Se lo tenía que ganar y yo dejar mis miedos a un
lado. No quería que me rompieran de nuevo el corazón.

Salimos a dar una vuelta por su barrio. Teníamos hasta las dos de la tarde para estar juntos ya que luego él tenía que ir a trabajar. Hacía mucho calor. La gente no paraba
de mirarme y eso me hacía estar incómoda.
- Todos me miran -le dije en un susurro a Iker.

- Lo hacen porque estoy con una preciosa mujer -me dijo rodeándome con su fornido brazo.
- No, lo hacen porque soy una yuma. Se piensan que te estás aprovechando de mí o viceversa. En caso de que lo nuestro funcionara, nunca me verían

como una de vosotros -le dije triste.

Iker paró en seco en medio de la calle y, sin importarle que los demás nos estuvieran mirando, me asió con las dos manos la cara y me besó. Ese beso duró más de lo
normal, pero no me importó.

No me importaba la gente.

No me importaba lo que los demás pensaran de él o de mí.

Solo me importaba una cosa: nosotros.

Luego me miró a los ojos y me dijo:

No serías la primera yuma que se enamora de un cubano y hace su vida aquí. Pero no es momento de pensar en eso. Ahora te voy a llevar a un sitio para que se te

quiten todas esas penas.

M e dio un beso en la nariz. Le sonreí y me dejé guiar por ese mulato que me tenía robado todos los sentidos.

Llegamos a una pequeña heladería muy austera. Era impresionante la diferencia arquitectónica de un sitio a otro. Se notaba que Cuba se preocupaba más del turismo que
de sus propios ciudadanos.

- Vaya…
- ¿Impresionada, verdad?
- Sí. Nunca pensé que la diferencia fuera tan grande.
- Bienvenida a la verdadera Cuba.

En la entrada había varios niños y niñas que miraban con ojos golosos los helados. No puede resistirme, así que tiré de Iker hacía dentro.

- Buenos días -dije con mi mayor de las sonrisas a la mujer mayor que se estaba abanicando con un abanico sacado de la guerra de lo destrozado que

estaba.

No me dijo nada. Se dirigió a Iker.

- ¿Se puede saber que hace esta yuma aquí? -le preguntó seria.

Iker fue a contestarle pero le dije que no con la cabeza. De esto me encargaba yo. Que para eso mis padres me habían dado unos buenos genes.

- Soy una amiga de Iker y quería que me pusieras -me giré para contar a los niños y niñas que estaban babeando el cristal-, doce helados de chocolate.
- ¿Tantos? -preguntó extrañada.

M e acerqué a ella y le dije:

- ¿Ves a esos niños de ahí? -ella asintió extrañada- No se merecen ser tan infelices. Y si comprándoles un helado les alegro el día, lo haré. Así que si
puedes dejar de un lado los prejuicios y centrarte en hacer tu trabajo, me pondrás esos helados con una sonrisa.

Ella me miró y asintió.


- Es raro que una yuma haga lo que tú acabas de hacer. Normalmente cuando vienen por aquí, lo hacen con miedo y protegiendo sus cosas de valor

como si fuéramos a robarles o a hacerles algo malo. Claro, que habrá quien robe, como en todas partes, pero somos un pueblo humilde y sobrevivimos con
lo que tenemos -me dijo dándonos los helados-. Perdona por juzgarte antes de tiempo.

- No pasa nada, mujer. No todas las yumas somos iguales -le dije con una sonrisa.

Le pagué los helados y le pedí que se quedara con el cambio. Ella lo necesitaba más que yo.

Iker y yo salimos a darles los helados a los niños que estaban ahí. No se podían creer que les hubiésemos comprado unos helados. Después de repartirlos me los quedé

mirando: eran felices con una cosa tan simple como un helado. Una niña pequeña de unos cinco años se acercó a mçi y me arrodillé para ponerme a su altura.

- Dime, bonita.

No me dijo nada. Se abalanzó sobre mçi para darme un fuerte abrazo y sin querer me manchó el vestido de chocolate. La pobre se quedó quieta y le dije que no pasaba
nada, que me hacía muy feliz verla con esa bonita sonrisa. M e dio un beso y luego vinieron los demás niños para darme las gracias, y como aún estaba de cuclillas, con
tanta emoción por parte de los niños, me caí de culo. Todos estallamos en risas y estuvimos hablando un rato con los niños. La vendedora de helados nos miraba desde
su tienda y al ver que no me dejaban levantarme salió para salvarnos de tanto agradecimiento.

- Venga, niños… Iros a jugar y dejad a la muchacha.

Ellos se levantaron y se fueron contentos a jugar. Iker me ayudó a levantarme y la mujer nos invitó a dos helados de chocolate.

- Eres una gran mujer -me dijo abrazándome- Y sobre este muchacho, decirte que tiene el corazón igual de grande que tú. Le conozco desde que estaba
en la barriga de su madre y es muy buen chico. La mujer que se quede con él se lleva un buen hombre. Es todo bondad.
- Venga, Rosario, que me vas a sonrojar -dijo Iker riendo.
- Pudiste elegir un camino equivocado, pero por suerte elegiste el correcto -le dijo abrazándolo.

Después de estar un rato hablando con la señora Rosario nos fuimos de vuelta a casa para comer algo antes de que Iker se fuera a trabajar.

- Eres increíble -me dijo Iker.


- Ah, ¿sí?- le pregunté sin darle mayor importancia.
- Sí. Eres una mujer muy especial y me encanta estar contigo y ver cómo haces feliz a unos niños que no conoces de nada.
- A eso se le llama ser altruista…-le dije riendo.

Iker me besó y por sorpresa me cogió como un saco de patatas, me apoyó en su hombro y echó a andar.

- ¿Pero qué haces? -pregunté riendo mientras la gente nos miraba.


- Pues algo altruista. Te llevo a casa para hacerte el amor -dijo dándome una palmada en el trasero.
- Venga ya, hombre, mejor llévame a casa, me ducho y me voy contigo a trabajar. Quiero estar en La Bodeguita del M edio tomando mojitos y vigilando a mi
hombre.
- Solo son dos horas, ¿por qué no te quedas mejor aquí en casa y descansas, preciosa?
- He dicho que quiero irme contigo Iker, ¡no me quiero quedar aquí sola! Estoy de vacaciones y ahora no me apetece quedarme encerrada.
- Vale, preciosa pues vente conmigo, vamos a ducharnos y nos vamos hacia La Bodeguita.
- Gracias, amor, eso me hace más feliz -dije poniendo cara de buena.
Capítulo 7

Fuimos andando de su casa hacia el bar después de ducharnos rápidamente, tenía ganas de tomar un mojito bien fresquito con ese hielo picado tan refrescante.

Al llegar allí había un matrimonio cubano que esta tarde trabajaba cantando en La Bodeguita e Iker me los presentó. Les dije que era de Cádiz y rápidamente empezaron
a cantar Las habaneras que yo le había cantado en El M alecón noches anteriores a mi hombre, a mi mulato.

Empecé a bailar el estribillo en plan flamenco e Iker se quedó flipando porque no se esperaba esa faceta mía.

Las dos horas se pasaron rápidamente, charlando con ese matrimonio y con los turistas que iban llegando, parecía las relaciones públicas del lugar.

Cuando terminó de trabajar, nos fuimos a pasear por la Habana Vieja y las callejuelas coloniales que tanto me gustaban.

Fuimos a la cervecería a tomar una cerveza. Iker tenía una cara de felicidad impresionante, se notaba contento a mi lado.

Esa noche empezamos a hablar en la cervecería de la situación en Cuba y que él había tenido muchas posibilidades de salir del país pero en el fondo no quería, era feliz

allí, además de ser muy afortunado por tener una situación privilegiada. Lo de trabajar en La Bodeguita lo hacía porque a él le hacía sentirse bien ese lugar por una
historia que más adelante me contaría, según me dijo, pero realmente no le hacía falta hacerlo.

Yo le dije que tenía miedo a sentir lo que estaba sintiendo por él y que por supuesto, por mucho que lo pensase, sería muy difícil que yo me fuese a vivir a Cuba con la
vida que tenía en España y mi trabajo que tanto adoraba y me había costado conseguir, además él por su parte no quería abandonar su tierra. Entonces estábamos en una
situación difícil a la vez que era muy pronto para hablar de eso, pero nuestros sentimientos estaban floreciendo por instantes y sabíamos que tarde o temprano, por
muchos días que faltasen, tendríamos que separarnos, a él le cambió el rostro.

Hubo un largo silencio entre nosotros, pero más tarde él me dijo:

- Vámonos a andar, necesito que me dé el aire.


- A mí también me duele esta conversación, creo que esto nos ha cogido de improvisto a los dos y no nos lo esperábamos.
- Elba, te diría muchas más cosas de las que te digo, pero a veces me callo para que no pienses que soy un cubano más de los que hablo para seducir a una
turista, me jode mucho estar pendiente a eso.
- Iker, no quiero volver a hablar de esto, trátame como lo haces, de corazón y ya está. No te preocupes más por nada, confío en ti. Por eso estoy aquí, si no

cogería mis maletas y me iría a un hotel. Quiero disfrutar de ti desde ahora hasta el último día, ¿te ha quedado claro, cariño? Pues quédate con que confío en ti hasta el
día de hoy, si luego me fallaras… la cosa cambiaría, al igual que yo podría fallarte a ti.
- Gracias, Elba, tu forma de ser es la que me tiene cautivado, aparte de que eres una preciosidad -dijo mientras que me cogía en brazos, sacándome de la
cervecería.

Afuera había un grupo tocando salsa y cantando una canción de M ontañés, a lo que Iker me cogió y me sacó a bailar en medio de la Plaza Vieja. M e quedé cortada pero
me dejé llevar por él, ¡vaya movimientos de cadera! Y qué forma de llevarme bailando, estaba impresionada, mi chico bailaba de muerte, era todo sensualidad.

- Cariño, quiero darte una sorpresa. He hablado


con mi jefe y le he pedido desde mañana hasta el miércoles libre, voy a ver si consigo un hotel con todo incluído en Varadero y nos vamos en plan Caribe
total a la playa unos días.
- ¡Sí! Yo tengo aquí el teléfono de uno que
pensaba ir, es espectacular, así que voy a llamar ya.

Saqué mi móvil y llamé al hotel, enseguida cogí reserva para irnos al día siguiente hacia allá y volveríamos el miércoles por la mañana ya que por la tarde trabajaba, casi
una semana los dos solos allí. ¡Qué peligro!
Compramos algo de comida y nos fuimos hacia casa de Iker a preparar un pollo a la brasa y luego preparamos una maleta con la ropa de los dos para salir temprano

hacia Varadero.

Tras la cena empecé a sentirme mal me dolía mucho la cabeza, me tomé una de las pastillas que llevaba en un neceser diana de medicamento y me acosté a dormir,

cuando me di cuenta ya era por la mañana.

- Buenos días, preciosa ¿cómo amaneciste? -


preguntaba Iker mientras me traía un zumo de naranja.

- Bien, un poco trastornada pero bien. Ese zumo


terminará de levantarme. Gracias, cariño -dije mientras me acercaba a sus labios para darle un beso.

- He dejado el coche limpito para salir ya hacia


Varadero, tengo muchas ganas de estar allí contigo -dijo mientras me sometía a un fuerte abrazo.
Capítulo 8

Salimos hacia nuestras vacaciones conjuntas y tardamos dos horas en llegar al tan esperado Varadero.

El hotel era precioso, en primera línea del mar con unas habitaciones espléndidas y unas vistas increíbles, además de poder gozar del todo incluido despreocupándonos
de todo.

Colocamos las cosas en la habitación y rápidamente nos fuimos a tomar una cerveza a uno de los bares del hotel. Estaba muy animado pero y rápidamente Iker se dio
cuenta que había una barra dentro de la piscina y me dijo que nos fuéramos allí a tomar la siguiente.

La verdad que un bar acuático hace muy atractivo a cualquier hotel, estar sentado en el agua y apoyado sobre la barra es todo un placer ya que está fresquito todo el
tiempo; aunque el agua de la piscina no estaba fría precisamente, pues la calor y la humedad de los países de allí calientan mucho el agua, tanto del mar como la de
cualquier sitio, y más si es cerrado como una piscina.

Estuvimos un buen rato allí y muy coquetos, parecíamos dos niños chicos recién enamorar, era impresionante la sensación que nos transmitíamos el uno hacia el otro.

Iker no parada de cantarme la canción Arenas de soledad de la película Habana Blues qué tanto a mí me gustaba y, por cierto, él se parecía al protagonista de aquella
película, yo se lo dije desde el primer día.

Esa película me hizo llorar mucho, y solo de pensar el final que podía tener con mi mulato… M e quería morir, así que decidí no pensar en eso y disfrutar de todos los
momentos.

Luego nos marchamos a las hamacas de la playa y allí empezamos a beber mojitos, aparte de estar muy juguetones los dos. Iker no paraba de decirme que le ponía malo
verme en bikini, que no podía resistirse, que era una provocación insistente. Y yo le dije que si quería que me ponía un traje hasta para bañarme, él se reía diciendo que
luego me las pagaría en la habitación todo junto.

La verdad que era increíble, estaba en la playa y deseando tenerlo dentro de mí, mis deseos hacia él eran infrenables.

M e levanté de la hamaca porque ya no aguantaba más el calor y me adentré en el mar. M e encantaban las playas de Varadero, tan cristalinas y calmadas. M iré hacia
donde estaba Iker. Seguía tomando el sol con sus gafas de aviador, que le hacían más interesante aún si es que eso era posible, mientras yo jugaba con el agua y lo
observaba.

M e tumbé en el mar y me hice la muerta para relajarme y de paso tomar el sol, que falta me hacía porque estaba más blanca que el papel de fumar. M ientras me relajaba
pensaba en todo lo que me depararía estos días con él.

Entonces algo me tocó en la espalda y del susto me hundí tragando agua. Cuando salí a flote vi a Iker, que no paraba de reír.

- Eres un idiota. Casi me ahogo -le dije tosiendo y pegándole en el brazo.


- Venga, mi negra, era sólo una broma -me asió del cuerpo y me tiró al agua.

Esta vez, cuando salí del agua, salió la Elba vengativa. Se iba a enterar, a ahogadillas no me ganaba nadie.

- Ahora te vas a enterar.

Empezamos a jugar a hundirnos mutuamente y en una de estas le quité el bañador y salí escopeteada nadando. Iba a saber lo que era bueno y que conmigo no se jugaba.

Llegué a la orilla casi sin respiración y me senté en la orilla del mar, mientras el agua me rozaba. Le enseñé el bañador y maldijo. No se podía creer que le hubiese quitado
el bañador. Yo no pude evitar reírme y empecé a jugar con el trozo de tela.

- ¡Elba, devuélvemelo! -gritó.


- De eso nada, mi amor….Si lo quieres, ven a buscarlo -le reté.

La playa estaba repleta de turistas que disfrutaban del todo incluido. Empezó a nadar hacía la orilla, y sin salir del agua intentó quitármelo, pero lo esquivé y me levanté,
huyendo hacía la arena.

- Elba, no juegues con fuego….


- Venga, mi negro, que no se diga que los cubanos tienen vergüenza -le provoqué corriendo hasta la hamaca.

Sin pensárselo dos veces, se levantó dejando al descubierto lo que más me gustaba de él. Obviando los comentarios y las miradas de las bañistas, empezó a caminar
hasta mí con la mirada puesta en mis ojos. Tragué saliva al verlo desnudo y completamente mojado. Era un espectáculo contemplarlo y lo mismo pensaba un grupo de
chicas que estaban a nuestro lado. Creo que a ellas se les había caído el chocho al verlo también. Cuando llegó hasta mí se tapó con una toalla, se la rodeó en la cintura y
se tumbó en la hamaca sin decir nada.

Ahora me sentía culpable y entendía que no quisiese hablarme, me había pasado una ciudad entera y no tres pueblos como decía el refrán.

Durante el tiempo que estuvimos tomando el sol sólo había silencio. M e acerqué a él y le robé un beso.

- Ahora no. M e has hecho pasar mucha vergüenza -me cortó.


- ¿Vergüenza? ¿Pero tú te has visto, hijo de mi vida? Si eres un Dios caído del cielo. Además, a más de una le acabas de alegrar el día con ese
cuerpazo…. -le dije riendo.
- Eres un caso. Esta te la guardo. No sé si hoy, mañana o cuando volvamos, pero te la devolveré -sentenció riéndose.

Una vez en la habitación, nos duchamos y nos preparamos para bajar a cenar. Iker estaba guapísimo con unos pantalones holgados de lino blanco y una camisa del
mismo tejido de cuello mao.

Yo me puse un vestido blanco ibicenco, de tirantes entallado por el cuerpo con la falda de volantes y unas sandalias planas.

- Hola, gambita- me dijo besándome el cuello.


- ¿Gambita?
- Sí. Te has quemado -me dijo tocándome los hombros y la espalda.
- ¿Ah, sí? Pues no me duele nada -le contesté mirándome en el espejo que había por fuera del armario.

- Venga, te voy a poner Aftersun para que no te peles -me dijo llevándome al baño.

M e bajé los tirantes y me horroricé al verme. En la ducha no me había dado cuenta pero era cierto, me había quemado. No sólo la espalda y los hombros, sino todo el
cuerpo, sólo se había salvado la parte que cubría mi bikini.

Hice un puchero e Iker me animó diciéndome que en unas horas estaría mejor. M e quité el vestido y, con sumo cuidado, me embadurnó de esa crema tan refrescante.

- Qué alivio -solté notando ese frescor.

M e ayudó a vestirme de nuevo y bajamos hasta los jardines del hotel para elegir un sitio dónde cenar.

- ¿Qué te apetece? -me preguntó.


- ¿Sushi?
- ¿Pescado crudo? Ni hablar. Yo todo lo que me lleve a la boca tiene que haber pasado antes por una parrilla…En recepción me han dicho que hacen la
mejor comida cubana de la zona. Así podrás probar la verdadera comida que se come aquí.
- Pues no se hable más. Comida cubana, mi amor.

El restaurante era precioso. Nos sentaron en una mesa en la terraza con vistas al mar. Había una vela flotante en un pequeño recipiente con agua. Eso y que había luna
llena hacía que la velada fuese más especial.

Durante la cena empezamos a hablar de todo un poco para conocernos un poco mejor. Iker me contó cómo empezó en su grupo de música y yo le conté anécdotas de
mis aventuras como profesora en un colegio público de Tenerife.

- ¿De verdad te pusieron pegamento en la silla y te dejaron pegada? -preguntó riendo.


- Sí. Y lo peor de todo es que aquel día estrenaba un vestido precioso. y como te podrás imaginar. solo lo usé ese día y nunca más.
- ¿Y qué hiciste?

- Pues qué iba a hacer. Di la clase sentada y cuando sonó el timbre, le pedí a la delegada de clase que fuera en busca de ayuda. No iba a dejar que unos
cuantos niñatos me dejaran en ridículo delante de los demás.
- Vaya… ¿Te vengaste?

Empecé a reír.

- Sí. Al día siguiente puse un control sorpresa -le contesté entre carcajadas.
- Qué mala eres.

- La peor -le contesté brindando y bebiendo de la copa de vino.


-

Cuando acabamos de cenar dimos un paseo por la playa. Agradecía que el aire fresco me envolviera porque estaba ardiendo y eso me atenuaba el calor. Luego, a lo lejos,
escuchamos música y nos dirigimos hasta un pequeño chiringuito que había en la playa, donde ponían música latina y música chill out. Nos sentamos en unos sofás
enormes blancos y pedimos unos mojitos. Empezamos a besarnos cuando una voz nos sacó de nuestro ensueño.

- ¿Iker? ¿Eres tú? -nos interrumpió una voz femenina.

Nos separamos y nos giramos para ver quién era. Era una chica espectacular. M ulata con un cuerpazo que ya quisiera yo tener. Con el pelo largo azabache rizado, ojos
almendrados color miel y una boca muy sugerente. Vestía un vestido estampado de leopardo holgado semitransparente y largo con un sugerente escote que no dejaba
nada a la imaginación.

Sin importarle que estuviese conmigo, se sentó a su lado y le dio un pico delante de mí.

- Vaya… Qué ilusión verte… -dijo poniéndole la mano en la pierna- Pensaba que estarías en M iami con tu hermano, viviendo de la música -dijo

mientras le sonreía.
- No. Es una larga historia… Al final me quedé aquí -contestó.
- Pues un día quedamos y me lo cuentas todo. Te he echado tanto de menos… -dijo apoyando su cabeza en el hombro de él-

¿Es que acaso no me iba a presentar? Ufff, qué gorda me estaba cayendo esta. Si no tuviera modales, le hubiese arrancado la cabeza y pinchado como un pinchito
moruno para marcar mi territorio. Se iba enterar esta de quién era yo. Si Iker no iba a presentarme, lo iba a hacer yo.

- Perdona… ¿Y tú eres? -le pregunté dirigiéndome a ella.

Iker se giró. Tenía la cara desencajada, le había cogido todo por sorpresa. M enos mal que se acordaba de que no estaba solo, era todo un detalle por su parte, vamos. No
le debió de hacer mucha gracia mi pregunta porque me miró de soslayo, ignorándome, y siguió hablando con Iker como si yo no existiese. Esperé como una buena chica,
pero cuando ya no pude más, le volví a preguntar.

- ¿De qué conoces a Iker? -le pregunté en un tono ya no tan amistoso.

Iker y ella se miraron y entonces él me contestó:

- Elba, ella es Dana, mi ex.


Cuando él me dijo eso vi su cara desencajada… Algo me decía que no iba bien, era como si se le hubiese removido algo al verla.

- Si queréis os dejo a solas, por si tenéis algo que hablar -dije con cara de indiferencia.
- No estaría mal, ¿verdad, Iker? -dijo Dana con mucha prepotencia.

- Pues ahí os quedáis. Hasta luego, Iker -dije mientras cogía en mi bolsa con mis cosas y me iba hacia el bar de la piscina.
- Ahora nos vemos, Elba -dijo Iker en tono suave.

Pasé de contestarle y me fui sin mirar atrás, esa escena me había dejado un poco chocante y sabía que la mirada de él era de un hombre que le había pasado mal por ella
y aún le quedaba algo.

Él me había hablado de esa relación con dolor y no me quiso terminar de contar todo.

M e metí dentro de la barra de la piscina y me pedí un mojito, el camarero me preguntó si me pasaba algo, ¡hasta él se dio cuenta!

Empecé a contarle toda la historia ya que estábamos a solas, no había mucha afluencia de gente en esos momentos y tenía toda la barra acuática para mí.

No sé por qué, pero me salió el contarle todo lo que me había pasado desde que llegué a Cuba a ese extraño. Él estaba flipando y me dijo que no debía de meterse, pero
que tuviese cuidado que nada era lo que parecía, que el país estaba en una situación que todo valía a costa de cualquier precio.

Al cabo de una hora y viendo que Iker no aparecía, me fui a comer sola, me metí en el buffet que tenía una temperatura perfecta gracias al aire acondicionado.

Empecé a pensar en la posibilidad de seguir mi viaje sola y olvidar todo lo que había pasado con este chico, pero algo en mi interior me decía que ya era demasiado tarde,
estaba sintiendo mucho por él, se me escaparon unas lágrimas que intenté evitar para que nadie pudiese verme.
Capítulo 9

Tras la comida me fui a otra zona de la playa y me tumbé en una hamaca en la orilla del mar, mojito en mano.

De repente se me acercó un chico del servicio de animación del hotel y empezó a hablar conmigo, otro al que le conté toda la historia, pero esta vez lo hice llorando.

El pobre me intentó consolar de mil formas, era el director del equipo de animación, me lo desveló un rato más tarde.

Estuvimos hablando casi una hora, fue entonces cuando le pregunté su nombre y los dos nos empezamos a reír, una hora charlando y no nos habíamos presentado.

Se llamaba Nelson, era muy mono y súper simpático, y con una paciencia infalible ya que escucharme a mí este día no debía de ser muy agradable.

Nos fuimos a un bar de la playa a tomar un café, ya habían pasado muchas horas desde que dejé a Iker charlando con su ex. Ya tenía claro que no quería saber nada de él
y le iba a proponer cuando apareciera que a la vuelta fuéramos a recoger las cosas a su casa. M e iría aunque lo tuviese que aguantar estos días aquí, o irnos ya, esta era
otra posibilidad.

Nelson salía de trabajar a las ocho y me dijo que si me apetecía me invitaba a comer a un lugar fuera de ahí que era exquisito y muy animado, acepté encantada,
quedamos a las 8 en la puerta y él se fue a seguir trabajando.

A las siete me duché y me preparé para ir hacia el lobby, que era donde había quedado con él.

Justo cuando salía por la puerta de la habitación, apareció Iker y me preguntó que adónde iba.

- He quedado para cenar, luego si quieres hablamos, hasta luego -dije mientras salía disparada sin dejar que me intentase frenar.
- Lo siento, Elba -gritaba mientras yo seguía mi camino.

No sé si se refería a que lo sentía por lo que había pasado o porque a lo mejor pensaba irse tras el culo de ella. Pero me daba igual, ya lo descubriría a la vuelta. M e iba
con Nelson, iba a pasarlo bien, que para eso había venido a Cuba.

Cuando salí ya estaba fuera esperándome. Iba guapísimo, con unos pantalones vaqueros por las rodillas y una camiseta blanca que le quedaba de muerte a conjunto con
unas chanclas de cuero del mismo color.

Yo llevaba unas chanclas también, de vestir, con un poquito de tacón y una minifalda vaquera y una camisetita blanca,mfina, de tirantes.

- Estás de muerte, Elba -me dijo mientras señalaba para que siguiese andando.
- Tú tampoco estás nada mal -le dije guiñando un ojo.

Cogimos un taxi que nos llevó hasta el mercado de artesanía de Varadero, era impresionante. Luego nos fuimos de allí, tras pasear más de dos horas por ese lugar, en el
que compré un montón de cosas.

Luego cogimos otro taxi y nos dirigimos a un restaurante muy lindo, peculiar porque funciona en una de las casas antiguas del conocido gánster Al Capone. Desde allí se
podía apreciar el mar y era un derroche de belleza para la vista.

Nelson empezó a contarme su vida, era un luchador nato y tenía la carrera de medicina, pero tras la muerte de su madre nunca quiso dedicarse a ello. Le ofrecieron dirigir
el equipo de animación y Ballet Internacional del hotel con una buena oferta sobre la mesa para los sueldos que tenían en ese país.

Tenía treinta y cuatro años y era el mayor de dos hermanos. Aún vivía con uno de ellos, el otro se independizó y se fue a casa de su novia con los padres de ella.

Estaba intentando irse a trabajar de director de crucero, pero eso sucedería cuando en la empresa que se lo habían propuesto hubiese una vacante.

M e dijo que los cubanos tenían muy buen corazón, pero que vivían una época en la que no había que creerse mucho las palabras cuando se referían a cuestiones
amorosas, le dije que me estaba dando cuenta que la leyenda era muy cierta y los dos empezamos a reírnos mientras él asentía con la cabeza.

Le conté que en España se había emitido una serie de mucho éxito llamada El príncipe y que él me recordaba a su protagonista, M orey, tanto por su físico como por su
personalidad.

Estuvimos hasta la una de la mañana, cuando ya me acompañó al hotel y quedamos en volvernos a ver por el recinto al día siguiente y que ya le contaría lo que había
sucedido con Iker.

Regresé a la habitación y él no estaba, ni siquiera sus cosas. Había una nota en la almohada que decía que me pedía disculpas y que había sido un placer conocerme.

Simplemente se despedía con esa corta frase…

Empecé a llorar como una idiota pero me propuse que nada me jodería las vacaciones, e iba a empezar ahora mismo mi aventura. Así que quise coger pronto el sueño
para que, cuando me despertase, pudiera empezar con fuerzas todos los días que me quedaban de mi viaje, y no eran pocos.

Por la mañana me fui a desayunar, con mucha rabia pero dispuesta a cambiar esa sensación tan fea que tenía, no pensaba cargarme ese viaje de semana porque él no
estuviera, con la de tiempo que me había llevado prepararlo.

Tras el desayuno me fui a la playa. Era muy temprano, allí me tome otro café en el bar que había que tanto me gustaba.

A las doce de la mañana apareció Nelson, echándome piropos desde lejos. M e levanté, le di un fuerte abrazo se sentó a mi lado. Le conté lo sucedido, se quedó flipado y
solo me pudo decir que eso era de muy poco hombre por su parte.

- Elba, me han propuesto que me vaya esta tarde para Cayo Largo durante una semana, el hotel de allí necesita un poco de renovación sobre el equipo
de animación y voy a guiarlos durante unos días. ¿Por qué no te vienes allí, conoces ese lugar tan precioso, y así estás conmigo?
- Wow, era uno de los sitios que quería conocer, así que acepto encantada. Además de que necesito salir de este lugar y coger aire nuevo. Parece que le
he cogido un poquito de tirria a este hotel por lo que me ha pasado.
- Venga, vamos a ir a recepción y que te organicen la estancia allí y los traslados conmigo.

Fuimos a recepción y allí me organizaron rápido todo, también saldría desde el aeropuerto de Varadero con él, en una avioneta que tardaría aproximadamente cincuenta
minutos. M e fui corriendo a la habitación a preparar las cosas pues no dijeron que había unos cambios y saldríamos en dos horas.
Capítulo 10

Cuando llegamos al aeropuerto de Varadero esperamos un rato y Nelson no paraba de agradecerme el haberme ido con él, me decía que no me iba a arrepentir, le di un
gran abrazo.

En la avioneta íbamos unas veinte personas, y cuando fuimos aterrizando pude comprobar la belleza del lugar en la que iba a pasar mis próximos siete días.

Las playas parecían piscinas, lo que más me sorprendió fue que tenía una sola carretera que llegaba desde el aeropuerto hasta el puerto deportivo y las zonas hoteleras.

El hotel era un precioso complejo en primera línea de mar, parecía que estaba en el paraíso, aquel que nunca había conocido.

Nelson me acompañó a la habitación a dejar las cosas, él se tenía que quedar en las que tenían para los directores del hotel, pero tenía el privilegio de poder entrar a las
habitaciones de los turistas que conocía, cosa que otros empleados no podían hacer ni en broma.

Ese día él no trabajaba así que pasamos la tarde por el hotel tomando mojitos, bromeando y haciendo un montón de locuras que dejaba entrever lo divertido que era ese
chico.

Por la noche fuimos a la discoteca que había en la parte de fuera del hotel, esa noche me enseñó cómo se bailaba salsa, le pasaba como a Iker, era impresionante bailando,
pero ya le dije que lo haría cualquier cubano, lo llevaban en la sangre.

Pasamos una noche muy divertida y nos despedimos para vernos al día siguiente en el desayuno.

M ientras esperaba a Nelson me fui directa al buffet libre.

¡Había de todo!

Así que para empezar, me puse un zumo de naranja y varias piezas de bollería industrial y me senté en la mesa.

- M adre, niña, cómo te vas a poner-dijo Nelson mirando cómo me zampaba un mini croissant de chocolate.
- Tranquilo, que tengo buena genética y no engordo -le dije con la boca llena y señalando la silla de enfrente para que se sentara conmigo.

Se notaba que él sí que se cuidaba porque solo llevaba fruta, pan integral, un poco de jamón y un café solo.

- Para lo que quemas a diario no veo que comas mucho, ¿no? -le dije metiéndome otro mini croissant de crema.

Él se río.

- Como has dicho antes tú, no todos tenemos la misma genética y a mí sí que me toca cuidarme si no quiero que me echen por engordar más de la
cuenta y no poder mover el trasero como he de hacerlo.

Nos echamos a reír.

- Hoy tengo que dar una clase a los animadores a las diez y supongo que a las doce del mediodía habré acabado. ¿Te parece bien que luego vayamos a
ver delfines al delfinario de Cayo Largo que está en Bahía Sirena?

M e quedé de piedra. ¡M e encantaban los delfines! De hecho siempre quise tatuarme un delfín en el tobillo pero nunca encontraba el momento ni el valor suficiente para
hacerlo.

- ¡Claro! ¡Sería genial! -aplaudí como una niña pequeña- ¿Y podré tocarlos y nadar con ellos?
- Por supuesto, mujer.

M e puse tan contenta que me levanté de la silla y lo abracé para agradecerle que hiciese mi sueño realidad.
- Te esperaré en recepción a las doce y media y un autocar nos llevará hasta ahí. Así que ahora desayuna tranquila y si quieres luego pasarte por la

piscina para ver los ensayos…

- Sí. No me pierdo para nada tus movimientos tan sensuales. Eres un bailarín magnífico.

Nelson acabó de desayunar, me guiñó un ojo y se fue hacia la piscina. Yo me quedé pensativa removiendo mi segundo café con leche.

Tenía ganas de ver a Iker y que me explicase lo que pasó días atrás. Pero sabía que no era una buena idea. Tenía que mirar hacia delante y aprovechar las oportunidades

que me estaba dando Cuba para disfrutar al cien por cien de todo lo que me estaba pasando.

M ire el móvil por si me había dejado algún mensaje pero no había nada. Eso me entristeció pero tenía que ser realista…

¿Y si Dana era la mujer que debía estar con Iker y yo no estaba predestinada para él?

¿Y si era Nelson el hombre de mi vida?

Pero mi corazón me decía que no, que Nelson era solo un buen amigo que había conocido gracias al destino para superar lo de Iker.

- Te odio, Cupido -susurre para mí-. Si algún día apareces, te arrancaré las alas y romperé las flechas por lo que me estás haciendo sufrir.
-

A las doce y media estaba puntual en recepción. Llevaba el bikini puesto y ya me había untado bien de crema para no volver a quemarme. A lo lejos vi a Nelson que se
despedía de una de las chicas de animación. Cuando llegó hasta mí, lo saludé con un sonoroso beso.

- ¿Cómo ha ido la clase, profesor? -le pregunté entre risas.


- Bueno, teniendo en cuenta que no son como yo… Lo hacen bastante bien.

Nos subimos al autocar junto a otros turistas que iban a la misma excursión que nosotros y durante el camino me quedé maravillada con las arenas blancas y aguas
cristalinas.

- Es precioso….
- Sí. Pues ya verás cuando lleguemos a la Bahía, princesa, no querrás irte de ahí.
- Te creo. Si dices que es más bonito que lo que estoy viendo ahora, es posible que me quede a vivir ahí con mis delfines.

Cuando llegamos bajamos y uno de los organizadores nos guió hasta un bote. Antes de subirnos nos pusimos los chalecos salvavidas y nos adentramos al mar. Saque el
móvil para hacer fotos a los delfines que nos saludaban.

- M adre mía, qué bonito.

Estaba emocionada… Y Nelson, que me vio, me abrazó y nos hicimos un selfie con los delfines saludándonos al fondo para el recuerdo.

El bote paró y el dueño del bote nos dio unas indicaciones de cómo teníamos que comportarnos con los delfines. Después de la charla, uno por uno los turistas se
adentraron en el agua para poder estar con ellos.

Cuando me tocó a mí estaba eufórica, si me viese mi madre alucinaría porque a ella también le encantaban.

M e metí en el agua, que estaba estupenda, y uno de ellos, nada más entrar, me dio un toque con su morro.

Eran tan suaves…

Estuve jugando bastante con ellos e incluso me pude subir en uno que me llevó unos metros hasta mar adentro. Eran tan sociables y tan dóciles.
Cuando nos despedimos de ellos, ya en el bote para volver de vuelta a tierra firme, los delfines se despidieron saltando y haciendo trapecios delante de nosotros.

Definitivamente ese día lo llevaría grabado en la retina de por vida.

La excursión incluía un almuerzo en la playa, aíi que todos nos reunimos para comer y cambiar impresiones sobre la excursión. Luego pasamos el resto del día tomando

el sol y bañándonos en las aguas cristalinas.

Al atardecer volvimos de vuelta al hotel. Estaba agotada y solo quería descansar pero Nelson me convenció para que le acompañara a una de las actuaciones que había
preparado para el hotel y no me pude negar. Así que me duché y me puse un bonito vestido y unas sandalias romanas y bajamos para ver el espectáculo.

- La que acaba de hacer la voltereta hacia atrás se llama Dama. Esa chica vale mucho y ya le he dicho que si algún día se cansa de este hotel, que se
venga al mío. porque juntos podemos hacer muy buenas coreografías.
- M adre mía, es increíble lo bien que se mueve. Parece de goma.
- Sí. Es genial.

Cuando acabó el espectáculo nos fuimos a comer algo ligero y a una discoteca para practicar los pasos de baile y bailar salsa. Entre mojitos y mojitos se me había
olvidado por completo quién era Iker.

M adre mía. Todo me da vueltas -le dije a Nelson, que me tenía que sujetar para que no me cayera al suelo.

Anda, vámonos al hotel que necesitas dormir y recuperarte.


Capítulo 11

A la mañana siguiente me desperté con una resaca de mil demonios. No recordaba haberme quitado la ropa pero estaba solo con la ropa interior. M e giré sobre mi misma
y me topé con algo. M iré incrédula y vi a Nelson durmiendo a mi lado plácidamente.

- M ierda -murmuré bajito.

Con todo el cuidado del mundo, fui de puntillas hasta el baño y cerré la puerta con cuidado.

- Idiota, idiota idiota. ¿Pero qué has hecho, Elba? La has cagado -me regañé mirándome en el espejo.

M e pegué una buena ducha para despejarme y al salir me encontré a Nelson con una sonrisa bobalicona y vestido solo con unos bóxer.

- Buenos días. ¿Cómo ha dormido, mi chica favorita?

M e senté en la cama.

- Por favor, dime que no me he cargado nuestra amistad por un polvo que ni siquiera recuerdo -le imploré.
- M i niña, estuviste divina. Tienes un contoneo de caderas que no veas. Pim, pam, pim, pam.
- Ay, por favor, qué vergüenza.

M e escondí debajo de la almohada y escuché a Nelson descojonarse de la risa. Asomé la cabeza toda despeinada.

- ¿Se puede saber qué te resulta tan gracioso?


- Pues que no paso nada, Elba. Ibas tan cargada de mojitos que fue un milagro llegar hasta tu habitación, porque cada vez que me despistaba ibas
corriendo de vuelta a la discoteca gritando: ¡Viva la Habana! ¡Viva la habana!
- ¿En serio?
- Sí. Tanto que me tuvo que ayudar el de recepción para que no te escaparas.

M e quería morir. Qué vergüenza. Todo era culpa de Iker… Si no me hubiese dejado por esa Dana marrana, yo tendría mi reputación intacta y ahora mismo estaría
retozando como una leona y no escondiéndome como una simple avestruz.

- Lo siento -dije mirando con ojos de corderito a Nelson-, se me fue de las manos.
- No tienes por qué darlas. Además, estabas muy graciosa. Incluso nos hicimos un selfie con el chico de recepción -me dijo carcajeándose y
enseñándome el móvil.
- Vaya cara que tengo.
- Venga, mi niña, todos alguna vez nos hemos desfasado y esta vez has sido tú. Pero no te preocupes que esto es Cuba y nadie te conoce -me dijo
guiñándome un ojo.
- Sí. No hay mal que por bien no venga.

Después de arreglarnos y de tomarme una pastilla contra la jaqueca, decidimos hacer algo tranquilo.

- ¿Y a dónde me llevas hoy?


- Te voy a llevar a la mejor playa de todo Cayo.
- ¿Ah, sí? Pensaba que era la de Bahía Príncipe -dije riendo.

Créeme, esta es mejor. Hoy vas a conocer Playa Blanca Beach. Una playa muy turística con pequeños bungalós, buena comida y mucho ritmo.
Llegamos a Playa Blanca y aquello era una estampa para los ojos, Nelson estaba muy contento y atento conmigo, era muy impresionante como persona y sobre todo
como hombre.

Nos tiramos en unas tumbonas y él fue directamente a por dos mojitos.

- Nelson, me parece una pasada esto, llevas dos días que me estás dejando impresionada, vaya gusto y conocimiento el tuyo.
- Trabajar en esto me llevó a conocer rincones desconocidos para muchas personas incluso de aquí, es un privilegio que mucha gente desconoce.
- Estoy pensando en quedarme a vivir aquí. ¿M e haces un hueco en tu vida? -dije a modo broma.
- M ás que un hueco te daría mi vida entera, solo tienes que pedirlo.
- Pues nada, me lo pensaré, pero no sabes la que te podría caer, aguantarme a mí es muy difícil.
- Para nada, eres una persona muy fácil de llevar, te conformas con muy poco y eres feliz con todo.

La verdad que con Nelson podía gastar bromas y ser como yo era, me encantaba estar a su lado. Lástima que lo hubiese conocido después de Iker, sino con él hubiese
sido todo más fácil. Pero en el fondo mi cabeza la tenía en La Habana.

Nelson no paraba de traer mojitos y eso que no me había recuperado del día anterior, pero yo venga a ingerirlos. No estaba para hacerle desprecio a nada, iba a disfrutar
a tope de todos los días que pasaría en Cuba.

Ese día me di cuenta de la sensación que estaba viviendo en un lugar con unas aguas tan turquesas y transparentes en medio del M ar Caribe, una experiencia sublime
que imponía a cualquier cosa. La mirada se me perdía durante minutos y Nelson tenía que volverme a hablar para que volviese a tierra, me decía que estaba en otro
mundo pero que era normal ya que esa estampa no se podía observar todos los días.

Nelson estaba en el agua mientras yo seguía tumbada en la hamaca y de repente lo escuché gritar diciendo que me preparase para lo que venía.

- ¿Qué dices Nelson no te entiendo? –grité.


- Que te prepares que voy.
- Pues ven, hijo, nada te lo prohíbe.
- Que te prepares te digo -dijo riéndose.

- Que ya me he enterado. Que vengas, hijo, que vengas -dije muerta de risa.

Vi como se acercaba y al llegar delante de mí, justo en la orilla, se puso de rodillas, dejándose caer con todas sus fuerzas.

De repente me enseñó una sortija que traía en las manos.

- ¡Dios! ¿Te la has encontrado, Nelson?


- Tú calla y escucha, Elba.
- ¡Vale! Si me lo pides así, de rodillas…. ¡M e callo!
- Dicen que si te encuentras un anillo debes guardarlo como un tesoro, pues es el mensaje de algo que te ha de pasar; pero si te lo encuentras cuando
estás frente a la persona que amas y no tienes nada de unión hacia ella, debes de hacer lo siguiente… ¡Cásate conmigo, Elba!

M e entró un ataque de risa impresionante, desde luego que esas ocurrencias solo se le podían pasar por la cabeza a él y estaba claro que esa leyenda se la había acabado
de inventar, pero le había quedado de lujo.

- Anda, levántate que te ha quedado de película, lástima que no te haya grabado porque es digno de compartir en las redes -dije mientras lloraba de la
risa.
- Desde luego, hija, qué poco romántica eres. Te pido matrimonio, me pongo de rodillas frente a estas aguas cristalinas y me dices que qué lástima que
no me has grabado para compartirlo por las redes. Has acabado de romper todo el romanticismo -decía mientras se acercaba a sentarse al lado de la

hamaca, también muerto de risa.

M e cogió la mano y me lo colocó en el dedo anular derecho, me quedaba perfectamente. Era preciosa la sortija y encima era de oro con una piedra de agua marina, pobre

de la persona que la perdió, le habría dado mucha rabia.

- Toda tuya, Elba, disfrútala.

- Nelson me encanta pero prefiero que te la quedes tú. En cualquier momento te puede hacer falta y será algo que te pueda sacar de algún apuro y más
sabiendo la situación de este país.
- Ni el dinero ni lo material tienen valor. Quiero que te lo quedes tú, así que no vamos a discutirlo. Disfrútala -volvió a repetir

M e levanté y le di un abrazo, dándole las gracias, me hacía mucha ilusión tener de recuerdo toda la vida ese anillo, además por primera vez le pondría a una joya un
nombre y sería Nelson.

Pasamos toda la tarde en aquella maravillosa playa y comimos una maravillosa langosta cada uno, más tarde tuvimos que regresar al hotel ya que a las nueve él tenía

actuación y tenía que supervisar todo, quedamos en vernos sobre las diez en el bar de la playa del hotel.

Al llegar a la habitación me duché, me dejé caer un rato y encendí el móvil para poner el wifi y ver cómo tenía las redes y si tenía algún mensaje.

Seguía sin noticias de Iker, me dolía mucho pero tenía claro que ya no quería saber más nada de él.

Cené en el bar de la playa pues al lado había como una especie de barbacoa gigante donde estaban haciendo carne y algún marisco, yo me he pedí una hamburguesa, me
apetecía eso.

Escuchaba de lejos la música del teatro donde estaban haciendo las actuaciones, al poco rato ya terminó todo y la gente empezó a venir hacia el bar de la playa, al igual
que Nelson que lo veía venir de lejos.

Se me acercaba mientras decía que mañana nos esperaba un precioso día, también perdidos por ahí, ya que no tenía que trabajar más que de nueve a diez, así que todo el
día libre para nosotros. M e pareció perfecto y se lo dejé entrever dándole una palmada contra la suya.

Fue directo a pedir dos mojitos y se sentó en mi hamaca, detrás de mí, abriendo las piernas, dejándome en medio de él y me dio un fuerte abrazo por la espalda.
Diciéndome al oído que al día siguiente tendríamos el día más bonito del mundo. Yo le pregunté que por qué y me dijo que esperase a descubrirlo. M e soltó un beso en
el cuello, mil mariposas recorrieron mi estómago, cosa que no me esperaba pero me gustó; no le dije nada, solamente me dejé querer.

Estuvimos dos horas tomando mojitos y escuchando música, pero estábamos reventados y decidimos irnos a dormir, él me dijo que nos veríamos a las diez en el
restaurante, que fuera desayunando que me buscaría. M e acompañó hasta la habitación y nos despedimos hasta el día siguiente. M e dio un beso en la comisura de los
labios y me dieron unas ganas de meterlo para la habitación impresionantes, pero hice todo lo contrario, meterle un empujón, muerta de risa, invitándolo a que se fuera
ya.

Al entrar en la habitación caí fulminante en la cama, estaba súper reventada y tenía unas ganas impresionantes de desconectar y relajarme, pero ahora algo chispeaba con
Nelson dentro de mí.

Por la mañana, al levantarme, volví a mirar el móvil y todas las notificaciones de mensajes; pero nada, seguía sin tener noticias de él, ya cada vez tenía más claro que se
había perdido con esta chica.
M e fui directa a desayunar, estaba muerta de hambre, pensaba comerme todo lo que hubiese.

Cuando me di cuenta eran las diez de la mañana, porque mire el reloj al ver a Nelson sentado esperándome con una sonrisa de oreja a oreja, era tan bonito que estaba
para comérselo, me fui hacia él y le di un fuerte abrazo.

Empezamos a desayunar, arrasando con todo lo que veíamos, pero él en su línea de no pasarse mucho con la tontería ni nada de eso. Yo, por el contrario, comía todo lo
que me daba la gana y él se echaba las manos a la cabeza.

M e dijo que me aligerada, que nos estaban esperando a las diez y media para entregarnos una cosa que nos haría pasar un día espectacular.

Fuimos hacia la playa y nos estaban esperando en un pequeño muelle con una barca que yo le llamaba patera a motor, nos la dieron y yo, muerta de risa me monté a la
vez que él arrancaba ese bote y empezaba a navegar.

Paró en otro pequeño muelle y atracó delante de unas cabañas donde vendían todo tipo de alimentos y frutas, bajamos y empezamos a comprar todo lo necesario para
pasar el día en una playa perdida. Yo, que no soy bruta… El hombre estaba alucinando de todo lo que yo estaba pidiendo.

Nos cargamos de agua, refrescos, compramos marisco fresco para hacerlo allí en una hoguera que dijo Nelson que iba a preparar, montones de paquetes de patatas,

chucherías y volvimos a arrancar hacia el destino.

Yo, que sabía que iba a pasar un día de playa, preparé mi cesta. Llevaba de todo: desde anti mosquitos, protección fuerte, toalla, incluso algo de ropa por si me cogía la
noche fuera, para cambiarme por si cenáramos en algún sitio…

Nos tiramos cerca de una hora y media navegando hasta que al final llegamos a una isla desierta que era impresionante.

M e recordaba a supervivientes, un reality que retransmitían desde España y se hacían en Islas de Honduras y otros lugares.

Pero estaera especial, tenía algo impresionante. Era todo un deleite de contrastes: tan blancos de la arena y tan turquesas del mar con esas palmeras en medio tan verdes.
Espectacular para la vista y, sobre todo, para los cuerpos.

Pusimos todo a modo Picnic, éramos los únicos que habíamos allí, me sentía libre y respiraba de forma diferente a pesar de la humedad que había en aquella zona.

Nos tomamos unas cervezas bien fresquitas, llevábamos dos cubos de hielo donde dejábamos caer la bebida.

Yo me metí en el agua hasta que me cubrió por la cintura, cerveza en mano, todo estaba perfecto en este plató que era el mar.

Él hizo una hoguera con todo lo necesario que había llevado para hacer el fuego y empezó a cocinar todos los mariscos que habíamos comprado.

Tenía unas sensación tan fuerte que era difícil de describir, tenía claro que sería uno de los días más espectaculares de mi vida. Nelson estaba muy seductor y juguetón,
yo me dejaba querer pero le ponía alguna sudadera, aunque en el fondo me apetecía tener un affaire con él, pero por otro lado me preocupaba que pudiese peligrar
nuestra preciosa amistad.

Pasamos una tarde espectacular, incluso dimos una vuelta en el bote, dejando todo en la arena.Volvimos sobre las cinco y me pidió que nos fuésemos a dar una vuelta al
centro de la isla, la verdad que era pequeña y se recorría fácilmente;además, sólo para nosotros dos, así que bajamos del bote y nos dirigimos a adentrarnos en aquella
maravillosa aventura.

M adre mía, cómo se volvía selva el interior, yo estaba flipando. Al cabo de dos horas volvimos para recoger las cosas y volver al hotel.

Cuando llegamos la piel se nos puso de gallina, no estaba la barca. Nelson se pesaba las manos por la cabeza gritando que no la había atado.

Al principio me entró un ataque de risa, pero al ver su cara me di cuenta que a lo mejor estábamos en algún problema, hasta que él me dijo que de allí no había forma de
salir nadando. Siguió diciendo que esperaba que encontrasen rápido la barca para darse cuenta de que tenían que venir a buscarnos, de todas formas el dueño de la barca
tenía constancia de que teníamos que volver y alguien tenía que empezar a buscarnos en cualquier momento, incluso los del hotel tenían que notar la ausencia de él, pero
no sabíamos si nos iban a encontrar fácilmente y él no había dejado dicho a que isla íbamos.

En ese momento me di cuenta que estábamos a la aventura.


Capítulo 12

- No puedo más –dije mientras me sentaba en la arena.

Recogí las piernas y metí la cabeza entre ellas. Estaba medio desmayada, el calor iba a terminar conmigo.

Como Nelson no hablaba levanté la cabeza y lo busqué con la mirada. Estaba frente a mí, de pie, sin decir nada. Solo mirándome.

- Venga, Nelson, quita esa cara de cabreo y descansa.

- Tendremos que pasar la noche aquí –dijo al cabo de un rato.

Eso no tenía ni que jurarlo. Habíamos pasado horas vagando por la isla sin encontrar ninguna solución más que la de esperar que alguien se diera cuenta (cosa que ya
habría pasado) de nuestra ausencia y vinieran a buscarnos.

Rezaba porque fuera pronto porque por más que me gustara la aventura, pasar una noche en una isla desierta, sola con Nelson, no es que me hiciera sentir muy
tranquila.

Piensa en Iker, me dije a mí misma.

Y una mierda, me respondí también a mí misma, no pienses en ese idiota.

Resoplé y me dejé caer de espaldas.

- Ven, Nelson, al menos la arena está fresquita –le dije cuando el agua de la ola al romper contra la orilla mojó mi acalorado cuerpo.
- Elba –dijo comenzando a reír-,no puedo creerlo. Vas a tener que pasar la noche con un casi extraño, perdida en una isla de un país extranjero y no te
pones histérica… -comenzó a descojonarse y se tumbó al lado mía- Empiezo a creer que no eres una mujer normal.
- M e ofendes –me puse una mano en el corazón teatreramente-. M ira que pensar que yo era normal… -puse los ojos en blanco y me uní a sus risas.

Cuando nos calmamos nos quedamos los dos en silencio, mirando el cielo. Empezaba a oscurecer.

- Hasta los colores del atardecer y el anochecer son distintos en este país –suspiré-. A veces pienso que esto es el paraíso.
- Lo es –vovió la cara y me miró. Yo hice lo mismo y lo miré a él- Y si es el paraíso, Elba, ¿por qué no te quedas en él?

No le contesté, él sabía que eso no era tan sencillo.

- ¿Te quedarías por él? –me preguntó al cabo de un momento.

Observé cómo sus ojos me retaban con la pregunta y cómo su cuerpo estaba en tensión esperando una respuesta.

- Somos amigos, Nelson, no podemos fastidiar esto.

M e gustaba mucho y me sentía muy cómoda con él pero nuestra amistad estaba primero. Y para qué mentir, me atraía, pero para mi desgracia, Iker seguía aún en mi
mente y aunque debería odiarlo por haberse quedado con Dana, había algo que me impedía hacerlo.

- Somos más que amigos, Elba, y lo sabes.

Nelson se puso de lado y apoyó la cabeza en su mano.

No me gustaban este tipo de conversaciones, íbamos a hacernos daño y lo sabíamos los dos pero me coloqué igual que él y lo miré.

- Nelson, yo… -comencé.


- ¿Lo harías por él, Elba? –volvió a preguntar.

Cerré los ojos porque ni yo misma quería responderme a esa pregunta.


Entonces sentí su mano acariciando mi cara y limpiando las lágrimas que ni siquiera yo sabía que tenía.

- Eso lo dice todo, Elba.

Abrí los ojos de golpe cuando escuché el dolor en su voz.

- No es lo que crees, Nelson –dije rápidamente cuando se levantó.

- Claro que no –dijo amargamente-. Lo amas, ¿verdad?

La mandíbula casi me cayó al suelo, ¿pero qué le pasaba?

- No me pasa nada –dijo como si me leyera la mente-, lo envidio, eso es todo.

M e levanté y lo abracé por la espalda. Apoyé mi cabeza en él.

- Iker es historia, Nelson, pero no quiero sufrir más.

- No dejaré que eso pase –me agarró las mano, se dio la vuelta y colocó mis manos en su pecho-. Confía en mí –me pidió.

Deseaba hacerlo pero no quería hacerle daño.

No me dio tiempo a pensar cuando sus labios ya estaban sobre los míos.

Señor, era tan dulce besando.

Y ya no había nada que lo parara.

Con una de sus manos desató el lazo del bikini y dejó mis pechos al aire, apretando mi cuerpo contra el suyo.

Su lengua se movía lentamente, saboreando cada rincón de mi boca mientras con sus manos acariciaba mi espalda y mi culo, apretándome contra su erección.

Se separó de mí y me miró.

- Déjame hacerlo, mi negra –me imploró.

Podía hacer conmigo ahora mismo lo que le diera la gana.

M e alejé un poco de él y me tumbé en la orilla, donde estaba antes, invitándolo a unirse conmigo.

No tardó mucho en hacerlo. Se dejó caer encima de mi cuerpo y comenzó a besar cada rincón del mío mientras yo, cada vez más desesperada por sentirlo, intentaba
conseguir que perdiera un poco el control: lo arañaba, le clavaba las uñas, lo mordía…

- Quieta, leona –rio-, deja las prisas.

Gemí cuando su boca empezó a jugar con mis pezones. Pfff, eso sí que era morder. O eso o yo estaba muy necesitaba, algo que también era cierto.

Pero Nelson era un experto con la lengua…

¿Tanto como Iker?, me pregunté a mí misma.

M e recriminé por mi pensamiento, no era momento para pensar en ese mulato que me iba a joder las vacaciones. Esta con Nelson, lo deseaba y era en lo único que iba a
pensar ahora mismo.

Cuando ya me tenía lo bastante desesperada, me lo quité de encima y lo hice tumbarse a él de espaldas.


- ¿Estás segura? –me preguntó mientras se ponía el preservativo que ni yo sabía de dónde lo había sacado (claro que no era tonto, lo llevaría por si

acaso) y me dejaba colocarme a horcajadas encima de sus caderas.


- ¿Segura de qué? –le pregunté mientras cogía su pene y lo ponía en la entrada de mi vagina- ¿De esto? –lo apreté un poco y lo hice gemir antes de

soltarlo- ¿O de esto? –gemimos los dos cuando me dejé caer y lo acogí entero en mi interior.
- Joder… -fue lo único que alcanzó a decir.

Yo ni siquiera pude pronunciar eso, era increíble.

M e quedé quieta, solo sintiéndolo dentro de mí.

- Así me matarás, mi negra –susurró.


- Lo dudo.

M e levanté lentamente y volví a dejarme caer en él.

Nelson agarró mi culo con una de sus manos y, con la otra, me obligó a casi tumbarme encima de él, devorando mi boca mientras enrollaba mi pelo en su mano.

Comencé a moverme lentamente, tenía muchas ganas de sentirlo pero no quería ir con prisas, no quería que aquello acabara pronto.

- Esto se acabó –dijo con voz grave cuando me quedé quieta de nuevo.

Con un solo movimiento me hizo caer de espaldas y, sin salirse de mí, se colocó encima.

- Ahora vas a saber lo que es bueno.

Comenzó a penetrarme rápidamente. M e besaba y me mordía el cuello, los pechos…

Yo gritaba sin control, total, algo bueno tenía que tener que estuviésemos perdidos en una isla solitaria.

Doblé las rodillas para que la penetración fuera más intensa y, cuando comencé a temblar por la llegada del orgasmo, se salió rápidamente de mí.

Fui a gritar de la frustración cuando noté su aliento en mi entrepierna.

- Y ahora, mi negra, dámelo todo a mí –dijo seductoramente.

Su lengua comenzó a lamer mi clítoris y metió dos dedos dentro de mí. Yo alcancé el orgasmo con un grito que debió de escucharse en veinte kilómetros a la redonda.

No dejó de lamerme hasta que las contracciones del orgasmo remitieron. Sacó los dedos, me dio un pequeño beso y se tumbó a mi lado.

Yo intentaba respirar con normalidad.

¡M enudo orgasmo me había dado el cubano!

Lo miré y vi que no dejaba de mirarme.

- ¿Y tú? –le pregunté cuando pude hablar.


- ¿Yo qué? –se hizo el tonto.

M e senté sobre mis rodillas a la altura de sus caderas, le quité el preservativo y lo tiré lejos.

- Creo que es mi turno, mi negro –sonreí y me lamí los labios con la lengua.

Y, como él me hizo, no le di tiempo ni a responder cuando ya la tenía toda metida en la boca.


Estuve jugando con ella, lamiéndola un rato hasta que comencé lo que él necesitaba.

No paraba de gemir, hasta yo lo había, me encantaba su sabor.

- Elba, para ahora si no quieres…

Dejó de hablar cuando apreté mis labios alrededor de su pene. M e cogió la cabeza con las manos y me ayudó a moverla al ritmo que le gustaba.

Y se corrió.

En mi boca.

Y era lo más erótico que había vivido en estos últimos días.

M e tumbé junto a él y nos quedamos en silencio, viendo anochecer.

Un rato más tarde estábamos los dos comiendo, menos mal que yo era una exagerada y habíamos traído suficiente comida.

Nelson había encendido un fuego y habíamos cocinado parte de lo que nos quedaba.

- Elba, sobre lo que ocurrió… -comenzó a decir Nelson.


- Un barca –dije dejando la comida a medio camino de mi boca.
- A ver, mi negra, la tengo grande, pero tanto como una barca… -comenzó a descojonarse.

Le di un puñetazo en el hombro.

- Serás payaso… -intenté recriminarle pero me moría de la risa igual- Que no, hombre sin ego, que creo que viene una barca.

Nelson miró hacia donde le señalaba y se levantó de golpe.

- Joder, pues menos mal –levantó los brazos y comenzó a hacer señales.
- Con la hoguera tan pequeña que hiciste no nos verán –dije irónicamente.

Porque parecía que íbamos a asar un jabalí con tremenda fogata.

Nos acercamos un poco a la orilla, la barca estaba cerca.

De repente mi cuerpo se puso en tensión.

Oh, dios mío, pensé, no puede ser…

Pero lo era, esa silueta no podía ser de nadie más que de…

Iker.
Capítulo 13

Cuando vi a Iker, todo mi cuerpo empezó a temblar, no podía creérmelo. Le advertí a Nelson quién era, él decía que era imposible y yo le insistí que sí, que era él.

- Gracias a Dios que os encuentro -dijo Iker mientras atracaba la barca.


- ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te has enterado? -pregunté impresionada al verlo acercarse.
- Un amigo del hotel de Varadero me informó que te habías venido a Cayo Largo, me informó del nombre del hotel en la que estabas alojada, y al ir y
preguntar por ti, me contaron lo sucedido -dijo mientras acercaba a Nelson a presentarse, ofreciéndole la mano.

La cara de Nelson era de indiferencia total hacia él.

- ¿Cómo estás, Elba? -preguntó mientras se acercaba a darme un abrazo.


- Bien, gracia -respondí, devolviéndole el abrazo fríamente.

Empezamos a meter todo en el bote. Nelson estaba callado, yo no comprendía la facilidad de Iker de hacer como si no pasara nada. ¿Qué pasaba, que no veía como yo
había estado en una isla perdida con otro hombre? ¿Se le había olvidado que él me dejo quedándose con su ex?

Nos montamos en la barca e Iker empezó a preguntarnos cómo había sucedido todo. Viendo que Nelson no contestaba y miraba para el mar, le conté la historia de
cuando nos fuimos adentrando en la selva después de dar un paseo en la barca y ahí fue cuando no pusimos el bote bien atado y que al regresar del paseo ya no estaba
ahí.

Nos cruzamos con varias barcas que nos andaban buscando y ya avisó Iker que nos llevaba de vuelta.

Iker nos había contado de cómo se dieron cuenta de que teníamos un problema, ya que la barca apareció sola en un lugar, otro barquero que conocía la barca se
sorprendió y aviso al dueño y fue él quien avisó al hotel de que habíamos desaparecido.

Al llegar al hotel, Nelson se bajó de la barca y le dio la mano a Iker, dándole las gracias a la vez que decía que se iba, que tenía que trabajar un rato y que ya luego yo, si
quería, lo buscara donde sabía. Se me quedó una cara de tonta increíble y no fui corriendo tras él, me quedé allí pensativa, al lado de Iker.

- Vamos a tomar algo y hablamos - me dijo Iker mientras alargaba la mano señalando para que empezase a andar.

Llegamos al bar de la playa, nos sentamos en unas hamacas con una mesa y pedimos dos mojitos.

Yo estaba esperando a que empezase a hablar, en el fondo estaba deseando de hablarle y abrazarlo pero me había hecho mucho daño. También me ponía ahora a pensar

en Nelson, con la ilusión que me ofreció venir con él y ahora encontrarse con este pastel… Era muy fuerte todo, era para que la tierra me tragase.

De repente le cambió el semblante a Iker.

- ¿Ha pasado algo entre ustedes dos? - preguntó clavándome su mirada.


- ¿Acaso debe de importarte ahora, Iker? ¿Acaso no te importó dejarme sola e irte con ella? ¿Acaso tengo que explicarte todo ahora? ¿Acaso te has
preguntado si yo quería que tú volvieses? -empecé a preguntarle con mucho rencor.
- Repito, Elba. ¿ Ha pasado algo entre ustedes?
- Iker, si llegas cinco minutos antes te comes todo el pastel.
- Entiendo que todo el enamoramiento que se suponía que tenías hacia mí se pasó tan rápido como de igual manera te entró.
- Es muy injusto por tu parte que digas eso –le recriminé.
- Puede que tengas razón, pero me esperaba que te habías ido en plan amigos con él para superar el palo que te llevaste en Varadero, no que fueras a
revolcarte en las primeras de cambio, pero eres libre de hacer lo que quieras.
- No me distes ninguna explicación, que no me vengas con esas.
- Quizás quería que no vieses el problema que realmente había y quería solucionarlo para que pudiésemos quedarnos el resto del tiempo tranquilo.
- ¿Y cuántos días y cuántas noches necesitabas para hacerlo? -pregunté muy enfadada.
- No intentas entenderme, solo buscas defenderte. Da igual, Elba, disfruta de tus vacaciones. Y cuando pases por La Habana puedes ir cuando quieras a
recoger tus cosas a mi casa e incluso puedes quedarte allí el tiempo que necesites. Te dejo para que sigas en la libertad de hacer lo que te dé la gana -decía

mientras yo lo frenaba para seguir hablando.

- Espera, Iker, ¿Podemos seguir hablando, por favor?


- No creo que aquí se puede arreglar de ninguna forma, entre dos hombres, habiendo estado en los brazos de los dos, ¿A qué vamos a jugar, a con
quién te quedas?
- Ahora podrías ponerte tú en mi lugar, ¿no crees?

- Es muy fácil siendo tú la que tienes la sartén por el mango y la que deberías de tener claro qué camino coger.
- Lo tengo claro pero no quiero hacerle daño a nadie y estoy en un punto que solo me siento entre la espada y la pared.
- Eso no es tenerlo claro. Si lo tuvieses claro, ya habrías tomado hace rato una determinación. Que te vaya bien, Elba, nos veremos por La habana
cuando vayas a recoger las cosas -dijo mientras se marchaba sin mirar hacia atrás.

M e quedé inmóvil sentada, llorando desesperada, me hubiese ido con los ojos cerrados con él pero tampoco veía justo dejar ahí tirado como un perro a Nelson.

Tragué saliva, intenté relajarme y me fui hacia la habitación a ducharme, no tenía consuelo, no me apetece ir a cenar pero me vestí y fui a buscar a Nelson.

Al verlo de lejos pude comprobar lo triste que se le veía, cuando me miró no se le cambió el semblante, creo que pensó que iba a dejarlo ahí tirado y decirle que me iba.

M e acerqué para él y le di un abrazo.

- Vámonos por ahí, Nelson -le pedí.


- Donde tú quieras, cariño, pensé que venías a despedirte.
- Vine contigo, me quedo contigo y me voy contigo, pero necesito que me ayudes a pasar este mal trago.
- Por supuesto, Elba, me alegro que te hayas quedado, aunque en el fondo sé que hubieses deseado irte corriendo con él.

No le contesté, no hacía falta, él sabía perfectamente que yo todavía lo estaba pasando mal por Iker y que esa aparición me iba a costar unos días superarla; pero
también había algo que me hacía quedarme con él. M e sentía atrapada entre dos deseos: por un lado Iker, que tenía claro que eran los sentimientos más fuertes,
por otro lado Nelson, que también me daba miedo perderlo. Creí que me iba a volver loca.

Nos fuimos a un bar que había en una playa del Cayo, el ambiente a pesar de ser muy hippie era muy selecto y relajado. Nos tiramos casi dos horas sin hablar,
solo mirándonos. Él me hacía muchas muestras de cariño, aparte de darme infinidades de besos que yo correspondía a pesar del mal momento que estaba

pasando.

De repente, y sobre todo inesperadamente empezó a sonar una de mis canciones favoritas de M elendi y Nelson empezó a cantarme la canción, para mi sorpresa
se la sabía:

Desnúdame,

juega conmigo a ser

la perdición,

que todo hombre quisiera poseer,

y olvídate de todo lo que fui,

y quiéreme,

por lo que pueda llegar a ser en tu vida.

Tan loca y absurda, como la mía, como la mía.


En esos momentos yo estaba que se me caía todo con él, sus gestos, su nobleza y la forma de transmitir hacía que se me olvidase por unos momentos del mal

trago que estaba pasando, aunque seguidamente volví a la realidad y quería que la tierra me tragase.

Luego llegamos al hotel y me acompaño a la habitación, en la puerta me pidió dormir conmigo, le dije que por supuesto, que pasase.

Caímos rendidos y abrazados sin que pasase nada, él comprendía que yo necesitaba cariño esa noche, más que cualquier otra cosa.
Capítulo 14

A la mañana siguiente, al despertarme, descubrí a Nelson mirándome con tristeza. Le sonreí también apenada porque los dos sabíamos que lo nuestro era
imposible y sin saber porqué me acerqué hasta él y le di un beso en los labios.

- Buenos días, mi negro-le dije acariciándole la mejilla.


- Buenos días, mi negra. Estás preciosa cuando duermes, ¿lo sabías?
- Ohhhh gracias-le dije mimosa.

- Aunque roncas como un cerdito-dijo riendo mientras imitaba a un cerdo.

M e lo quedé mirando muy seria. Se iba a enterar el cubano. A una mujer no se le podían decir estas cosas.

Sin que se diera cuenta cogí una de las almohadas y le di en toda la cara.

- Eso por decir que ronco.


- Pero si es verdad, mira lo haces asá: oinc, oinc, oinc….

Le volví a dar otro almohadazo y empezamos a pelearnos en cachondeo. Nelson era tan divertido y me lo pasaba tan bien con él, que cuando estaba a su lado las
penas desaparecían sin más.

Sin darme cuenta me la quitó, me tumbó boca arriba sobre la cama y se puso a horcajadas encima de mí, aguantando su peso.

- ¿Por qué, Elba? ¿Por qué no puedes olvidarte de él? -me preguntó de repente.
- Por favor, Nelson, no me hagas esto-le contesté desviando la mirada de sus ojos.
- Podríamos ser tan felices juntos si me dejaras... Incluso sería capaz de dejarlo todo e irme a vivir a España contigo si me lo pidieras ahora mismo.
- Nelson, por favor, no sigas…Te lo pido por favor…Lo que pasó entre nosotros fue muy bonito y no lo olvidaré en la vida…Pero como amiga te
pido que dejes de un lado lo que ocurrió y que sigamos como estábamos antes de que pasara. Hazlo por mí, por favor.

Nelson cerró un momento los ojos y me besó de nuevo en los labios. Ese era un beso de despedida, lo sentía. Los abrió de nuevo y me dijo:

- Decidas lo que decidas, yo siempre te esperaré. No me importa ser el segundo plato porque lo que siento por ti no es pasajero. Recuérdalo siempre,
Elba, pase lo que pase entre Iker y tú, yo estaré aquí aguardándote. Y si decides quedarte al final con él, aquí tienes un amigo para siempre.

M e incorporé y nos fundimos en un abrazo. Estaba hecha un mar de dudas porque quería a Iker pero también sentía algo por Nelson y él lo sabía. Pero mi
corazón latía más fuerte por mi negro de La Habana.

Ese día decidimos ir al Centro de Rescate de Tortugas M arinas que se encontraba en Villas Iguana en Cayo Largo. Era un refugio no muy grande, sin ánimo de
lucro, para tortugas marinas que subsistía gracias a la entrada que cobraban que era unos cuatro dólares y el encargado era Leonardo, un amigo de Nelson. Por el
camino me contó que tanto su amigo como otros colaboradores ayudaban a las tortugas a desovar en la arena, porque el turismo de la isla había puesto en peligro
su existencia, ya que muchos turistas no tenían cuidado y los pisaban matándolos antes de que nacieran. También me contó que cuando llegaba el alumbramiento,
todos ellos hacían un pasillo para que los bebés tortugas pudiesen llegar al mar sin temor a ser devorados por aves rapaces.

- Vaya, es increíble la labor que hacen.


- Sí. Si no fuera por ellos, se habrían extinguido hace tiempo-añadió.

Al llegar, Nelson me presentó a Leonardo y mientras veíamos los pilones llenos de agua con las diferentes especies de tortugas, me di cuenta de que las
instalaciones estaban muy limpias y bien gestionadas. Se notaba que se desvivían por esos animalillos.

- Tenemos un programa de recuperación de especies marinas en el cual marcamos a las crías antes de devolverlas al mar para vigilarlas de cerca y así
hacer un seguimiento-nos comentaba.
Al llegar a una de las piscinas, Leonardo sacó a una de ellas y yo que no me la esperaba, me asusté:

- Tranquila, muchacha, que son pacíficas-rio al ver mi reacción-. Toma, cógela.

Era la primera vez que tocaba una tortuga y era una experiencia increíble. Sus uñas eran afiladas y su piel era muy rasposa, eso me dio un poco de angustia y se la
pasé a Nelson, que empezó a decirme que era una cobarde por no quererme quedar más con ella.

- Toda para ti. Creo que no le caigo bien.

A lo lejos vi a una tortuga enorme que caminaba lentamente por la arena. Pedí permiso para poder verla más de cerca porque sólo las había en los documentales
de la dos y siempre me quedaba durmiendo viendo esos programas.

Al llegar me descalcé, caminé hacia ella y la acaricié. Nelson alucinaba conmigo.

- Eres increíble. Te asustas de una pequeña tortuga inofensiva pero en cambio te atreves a acercarte a una tortuga que casi tiene tu tamaño-decía riendo.
- Soy rara, lo sé-dije encogiéndome de hombres apoyando mi cabeza en ese enorme cascarón centenario.

Nos hicimos fotos con las tortugas y Leonardo nos dijo que si nos esperábamos a la noche, podríamos ver desovar a las crías ya que se hacía solo en los meses de
abril hasta septiembre y que sólo lo hacían por la noche. Con la mirada le pedí a Nelson a ver si nos podíamos quedar y el con una sonrisa asintió.

Hicimos tiempo comiendo en un pequeño restaurante de la zona y recorriendo el lugar hasta que llegó la noche. Era increíble ver cómo poco a poco en la arena,
alumbrada solo con la luz de la luna, se asomaban pequeñas crías de tortuga que inconscientemente caminaban en grupo hasta llegar al mar. Había alguna que se
despistaba, pero para eso estaba Leonardo y sus compañeros, para guiarlas.

No pudimos hacer fotos porque estaba prohibido pero fue una experiencia totalmente inolvidable para nosotros.

Al llegar a la habitación del hotel pedimos en recepción que nos subieran unas cervezas y unos bocadillos y cenamos viendo una película. Cuando Nelson se iba a
ir le pedí que si se podía quedar conmigo.

- M ejor que no. Sería capaz de asaltarte por la noche y entonces no te dejaría escapar jamás.

Lo entendía. Sabía que no era una buena idea pero me reconfortaba tanto estar a su lado que egoístamente quería que se quedara conmigo.

A la mañana siguiente, Nelson no pudo estar conmigo en toda la mañana porque tenía que preparar un espectáculo para los turistas que se iban al día siguiente,
como nosotros.

Al acabar el ensayo se pasó por la hamaca de la piscina donde estaba tomando el sol y me trajo una piña colada.

- Te lo estás pasando bien, morena. ¿M e has echado de menos?


- Bueno, después de tomar el sol. unas chicas inglesas me han invitado a que jugara con ellas al voleibol y como mi animador preferido estaba ocupado
bailando, he aceptado.
- ¿Y has ganado?
- No. He comido arena y si te digo la verdad, tengo arena dentro como para hacerte un castillo si me agitas-le dije riendo y sacudiéndome.
- Vaya deportista estás hecha.
- Bueno, en realidad me iban a fichar en la selección española de voleibol pero decliné la oferta porque no quería acaparar toda la atención-dije
bromeando.

Nelson se empezó a reír.

- Eres un caso, mi negra.


- Lo sé-le dije bebiendo un poco de mi piña colada.

- ¿Qué te parece si acabamos la semana practicando un poco de snorkel?


- ¿Esnorqué?-pregunté sin saber de lo que me hablaba.

- El snorkel es un deporte que consiste en bucear a poca profundidad para ver peces de colores, corales y no es necesario sacarse ningún título
especial. ¿Te animas?
- Pero…¿no habrá tiburones, no?-pregunté asustada.
- Tranquila, que el único tiburón en todo caso sería yo-me contestó guiñándome un ojo.- Y sabes que me portaré bien.

Acepté, y después de comer alquilamos el equipo para hacer snorkel y nos fuimos en lancha hasta la playa Sirena dónde había varios arrecifes de corales y en
donde podías dar de comer a los peces para que se acercaran a ti y poder observarlos mejor.

Al llegar me quité el pareo y me puse las aletas, las gafas de bucear y el tubo en la boca para respirar. Estaba de foto, vamos. Nelson me miró y me dijo que
estaba guapísima.

Cuando él se acabó de equipar, nos hicimos una foto para el recuerdo. Solo quedaba esta noche para disfrutar juntos porque a la mañana siguiente nos teníamos

que ir de vuelta a Varadero y me daba mucha pena porque lo iba a echar muchísimo de menos.

Nelson me cogió de la mano, nos adentramos juntos en las aguas cristalinas y empezamos a nadar. Con la ayuda de las gafas de buceo podía ver lo maravilloso
que era el fondo del mar. M ientras tanto Nelson iba tirando comida para que los peces se acercaran a nosotros. Fue increíble.

Unos turistas, que se notaban que eran expertos porque hasta llevaban una cámara subacuática, nos hicieron señas para poder hacernos fotos rodeados de los
peces. Luego nos enteramos de que trabajaban en la revista National Geographic y nos pidieron permiso para publicarlas. En cuanto llegara a España me iba a
hacer con una de esas revistas para guardarla de recuerdo.

M ientras buceaba por el mar mirando a los peces, se me ocurrió que le podía preparar algo especial a Nelson para agradecerle el que me hubiese llevado con él
porque gracias a él había vivido experiencias increíbles y todo se lo debía a ese cubano que me tenía ganado el corazón. Aun no sabía que exactamente el qué, pero
tenía que ser la bomba.
Capítulo 15

Ya estaba todo preparado.

Y yo como un flan.
Cerré un momento los ojos y respiré para relajarme. En esos momentos unos brazos que conocía muy bien me abrazaron por detrás.
- No tenías que haber hecho esto –dijo mientras me daba un dulce beso en el cuello.
- No es nada para lo que te mereces –le respondí.

M e dio varios besos más y se colocó a mi lado sin quitar su mano de mi cintura.
- Gracias. Es perfecto.
Sonreí al notar en el tono de su voz cómo le había gustado.
Al llegar de la excursión había hablado con los del hotel y me habían dejado libre una zona en el jardín principal y, tras explicarles lo que quería, me dijeron que ellos se
encargaban de todo.
Y había quedado perfecto.
La mesa para dos decorada de gala. Los farolillos blancos iluminando nuestra cena romántica. Pétalos de flores adornando cada rincón. Las velas en la mesa…

Era increíble.
Dos camareros se acercaron a nosotros y, tras sentarnos y servirnos el vino, comenzamos a cenar.
Había de todo y la cena fue agradable y divertida, sin tensiones, como siempre ocurría con Nelson.
- Por favor, princesa, deja de comer –rio Nelson.
- No –dije con la boca llena-. Es el postre, es un pecado dejarlo.
- Pecado es que te dé una subida de azúcar porque no seas capaz de negarte nada.
- ¿Quieres? –le acerqué un poco a la boca- La tarta de chocolate está…
- No –negó con la cabeza-, todo para ti. Soy un caballero –me sacó la lengua.
- Hmmm –terminé de comérmela y me lamí los labios.
Los camareros retiraron todos los platos y nos dejaron solos. Nos despedimos de ellos y paseamos por el jardín.
- Es muy afortunado –comenzó a decir Nelson.
- Nelson, por favor… -le rogué.
- No, Elba, déjame decirlo –se puso frente a mí y cogió mi cara entre sus manos.
- Pero…

- Shhh. Solo escucha. Estoy enamorado de ti, Elba, y eso no va a cambiar en mucho tiempo, quizás nunca. Pero entiendo que tienes que irte e intentar
arreglar lo que pasó entre vosotros. Si no cierras ese capítulo, jamás podrás perdonártelo.
- Tenemos mucho que hablar –dije refiriéndome a Iker y a mí.
- Sí, lo sé. Y por eso lo entiendo. Pero quiero que sepas algo. Yo seguiré aquí, esperándote. No voy a irme con la primera que pase. Y tengo paciencia.
- Nelson… -las lágrimas empezaron a formarse en mis ojos.
- Te esperaré, Elba. Porque lo que hemos vivido no sería posible si no sintieras nada por mí. Así que vete, búscalo, habla con él y haz lo que tengas
que hacer, no me importa, mientras vuelvas a mí. No te reprocharé nada, ni lo que hagas ni el tiempo que tardes. Pero por favor, vuelve a mí.
Un sollozo salió de mi garganta tras sus palabras. Yo era la primera que deseaba quedarme con él pero no podía dejar de sentir por Iker y no era justo para Nelson no
tenerme al cien por cien.
Ojalá fuera como él decía, ojalá cuando arreglara el malentendido con Iker y me quitara esa espinita que tenía clavada, me sintiera tranquila.
Ojalá estando cerca de Iker echara de menos a Nelson tanto como para volver corriendo a sus brazos.
Ojalá…
- Quédate conmigo esta noche –me pidió.
Le cogí la mano e hice que me siguiera.
Entramos en mi habitación aun cogidos de la mano.

Ninguno de los dos habló, solo estábamos ahí, delante la cama, uno frente al otro.
Fui a abrir la boca para decirle algo y me puso un dedo en mis labios, silenciándome.

M e quitó el vestido lentamente, sin hablar y sin dejar de mirarme a los ojos. Cuando terminó de desnudó él de la misma manera.
Lo observé completamente desnudo. Era un dios.
Ahuecó mi cara con sus manos y me acarició las mejillas con los pulgares. Cerré los ojos antes la ternura del gesto. Iba a comenzar a llorar de nuevo y no quería, esa
sería mi última noche con él y quería guardarla en mi memoria para siempre.

Acercó su boca a la mía y me besó lentamente mientras con sus manos comenzaba a acariciarme todo el cuerpo. Puse mis manos alrededor de su cuello y lo abracé
fuertemente a la vez que intensificaba el beso.
Tanta ternura iba a destrozarme.
Pero él sabía lo que quería y no iba a dejarme acelerar las cosas.
Gemí, protestando, cuando separó su boca de la mía.
M e tumbó en la cama y se colocó a mi lado, apoyado en un de sus brazos.
Con una mano comenzó a acariciarme: boca, cuello, cada uno de mis pechos, donde se entretuvo más de la cuenta, bajó por mi vientre…

M is caderas se levantaron solas, expectantes y deseosas de que llegara adonde quería. Cuando lo hizo, dejó sus dedos quietos, solo apoyados en mi pubis.
Lo miré para quejarme pero me besó, silenciándome de nuevo. Y esos dedos volvieron a moverse, tocando lo que más placer me daba.
Estuvo así largo rato, solo adorando mi cuerpo y yo acariciando el suyo. Era una tortura para ambos pero también era la gloria.
- M i amor… -le supliqué cuando sentía que no podía más. Iba a matarme.
- Recuerda eso que acabas de decir, princesa –me dijo con la voz rota.
No entendí a qué se refería pero no me importaba en ese momento, solo quería sentirlo dentro de mí, perderme en él, con él.
Fue a levantarse y yo sabía exactamente para qué.
- No –le dije-, tomo la píldora.
- Pero…
- No.
No tenía que decirle más nada, quería sentirlo a él, sin nada que se interpusiera entre nosotros.
Se colocó encima de mí y me besó.
- Elba…
- Hazlo –le pedí.

Entró en mí lentamente, haciéndonos sentir cada centímetro. Yo nunca había tenido relaciones sin protección aunque tomara anticonceptivos pero con él, en ese
momento, era lo que más deseaba.
Y la sensación me llevó al borde del orgasmo.
Adoró cada milímetro de mi cuerpo con las manos y los labios mientras me penetraba lentamente. M i cuerpo daba los primeros signos de estar cerca y él levantó la cara
de mis pechos y me miró a los ojos.
- Y ahora, princesa, me lo vas a dar todo.
M etió una mano entre nosotros y acarició mi clítoris.
Exploté.
M irándolo a los ojos. Con las lágrimas cayendo por mis mejillas cuando lo vi llorar a él.
M i orgasmo provocó el suyo y dejó caer su cuerpo encima de mí, besándome de menos.
Lo abracé y cerré los ojos. No quería que ese momento acabara, en parte no quería separarme de él.
M ierda de vida y maldito Iker.
Capítulo 16

Estaba delante de la casa de Iker.

La noche anterior caí rendida y, cuando me levanté, Nelson me había dejado una nota diciendo que tenía que preparar el viaje de vuelta. Lo hicimos en silencio, cogidos
de la mano, ambos sabíamos que lo nuestro había terminado y los dos estábamos destrozados.
No hubo despedida entre nosotros, al menos no con palabras. Nos miramos a los ojos en el momento en que cada uno tuvo que tomar una dirección distinta y
sonreímos. Una sonrisa triste, sí, seguida de un beso dulce y de dolor.

Pero los dos sabíamos que era el final. Lo nuestro no podía ser mientras en mi mente siguiera estando Iker.
M e muerdo el labio de nuevo cuando dudo de si llamar a la puerta o no.
Al llegar a La Habana, me dirigí a La bodeguita para buscar a Iker, con la esperanza de que estuviera trabajando y pudiera recoger las cosas sola. Aunque sabía que
teníamos que hablar, no quería hacerlo todavía. Lo de Nelson era demasiado reciente.
Pero su compañero me dijo que llevaba días sin aparecer, que había avisado diciendo que estaba enfermo.
Así que aquí estaba ahora, delante de su casa, dudando de si llamar o no.
No seas idiota, Elba, termina con esto ya, pensé. Además, está enfermo. ¿Y si está más grave de lo que piensas?

El miedo se apoderó de mí en ese momento y llamé.


Una vez.
Dos veces.
Tres…
Fruncí el ceño, extrañada, cuando nadie me abría.
¿Y si había mentido y en realidad estaba en… vete a saber dónde con la tiparraca esa?
La furia empezaba a asomarse y giré el pomo de la puerta, llevándome una sorpresa al ver que esta se abría.
Entré rápidamente y cerré.
Estaba todo oscuro, olía a cerrado. El ruido de un vaso al parirse me sobresaltó.
- ¿Iker? –dije en voz alta. Hasta la voz me temblaba.
Nadie contestó.
Caminé despacio y me dirigí al comedor.
- ¿Iker? –repetí.
- Grrrrr. Vete de mi cabeza –dijo arrastrando la voz.

¿Estaba borracho?
Encendí la luz y lo vi. Estaba tirado en el suelo, con varias botellas alrededor.
- Iker, ¿estás bien?
M e asustaba verlo así, ¿qué demonios le pasaba?
- Si estoy bien dice –se rió-. M e deja por otro y me pregunta si estoy bien. Vete de mi cabeza –dijo golpeándosela-, quiero olvidarte. ¿Por qué no me
dejas hacerlo?
¿Hablaba de mí? Dios mío, ¿pero qué había hecho?
M e acerqué corriendo hacia él y me agaché a su lado.
- Iker, por dios, ¿pero qué haces?
Estaba sin afeitar, sucio, a saber desde cuándo no tomaba una ducha. Eso por no mencionar lo sucia y la peste a alcohol que había en la casa.
Le cogí la cara con mis manos obligándolo a mirarme. M e agarró una mano con la suya y fue cuando vi que estaba sangrando. Se habría cortado con los critales.
- Joder –dije enfadada-. Vamos, levántate.
Lo ayudé a levantarse del suelo, más bien lo obligué. M aldiciendo y acordándome de toda su familia y de la mía de camino por no prohibirme hacer este viaje. Porque
vaya quebraderos de cabeza me estaba llevando, iba a volver a España para que me internaran directamente en una institución mental.
Quince minutos después y con todo mi cuerpo dolorido, conseguí sentarlo en el sofá y le curé la herida después de rebuscar por todo el baño lo que necesitaba para
hacerlo.
Y una hora después conseguí tumbarlo en su cama después de cambiarle las sábanas. Lo miré mientras dormía tranquilamente y volví a maldecir.

Joder, estaba empapada, no pensaba bañar a un hombre más en mi vida. Al menos no a uno borracho y desde luego no a…

A la mierda, no pensaba bañar a nadie en mi vida.


M e duché yo y me puse una muda limpia. M e acerqué al comedor y suspiré.
M aldito cubano, pensé.
Estaba agotada pero, ¿cómo demonios me iba a relajar con la casa así?

Pues nada, Elba, me dije mientras me dirigía a la cocina, hora de dejar esta pocillga como los chorros del oro.
Dos horas después estaba tumbada junto a él. El sofá estaba mojado del flete que le había dado y estaba claro que no pensaba acostarme en la cama de su madre.
Así que nada, ahí estaba, acostada con el hombre al que quería meterle el palo de la fregona por el culo del lote de limpiar que me había dado.
Refunfuñé y le di la espalda, porque si lo miraba sería demasiado tentador lo del palo de la fregona.
Cerré los ojos e intenté descansar un rato.

- Dios mío, cómo te echado de menos.

Sus palabras, dichas en mi oído, me sacaron del ensueño.


M e di la vuelta y me puse frente a él.
- No estoy soñando, ¿verdad? –me preguntó acariciando la parte baja de mi espalda y pegándome más a él.
- ¿Cómo te sientes? –aun tenía ganas de darle tres mamporrazos pero en el fondo me alegraba de verlo bien.
- Como si me hubiera pasado por encima un camión –se quejó haciendo una mueca de dolor con la cara.
- Quizás hubiera sido mejor –refunfuñé.
- ¿Cuánto llevas aquí? –me preguntó.
- Unas horas. Solo vine a por mis co…
- Estás en mi cama –me interrumpió.
- No tengo ganas de hablar ahora mismo de por qué así que no me toques las narices, Iker –dije enfadada-. Porque todavía le doy uno al palo de la
fregona.
M e miró con las cejas enarcadas y una sonrisa en los labios.
- Estás en mi cama –repitió.
- No por gusto –dije.

- M mmmm. Quizás todavía no –me dio un apretón en el culo y me pegó completamente a él-. Dímelo en un rato.
- Iker –intenté separarme de él-, tenemos que hablar.
- Lo sé –dijo acercándonos más, si es que eso era posible-, pero tenemos toda la noche y hay algo más importante primero.
- ¿Qué puede haber más importante, hombre de las cavernas? –gemí cuando frotó su erección contra mi pelvis.
- Demostrarte que sigo siendo tuyo –otro movimiento, otro gemido-. Sobre todo demostrarme que tú –recalcó- sigues siendo mía.
Fui a recriminarle y, cómo no, a mandarlo directamente a la mierda, cuando dio un jalón a mi vestido, rasgando la tela y dejando uno de mis pechos al descubierto.
- ¡Iker! –grité ante el susto- Joder, Iker –gemí cuando ya tenía su boca sobre mi pezón.
M aldito cubano, me ponía a cien en cuestión de segundos. Ya estaba completamente mojada y solo pensaba en tenerlo dentro de mí.
Y él estaba desbocado, sin control. No paraba de lamerme y morderme, de pellizcarme los pechos mientras refregaba su erección contra mí.
Y a mí ya iba a darme algo. M e iba a correr si seguía así.
- Hazlo –me dijo leyéndome la mente-. No te cortes, mi negra.
¿Cortarme yo? Ja, parecía que no me conocía.
Lo hice tumbarse de espaldas y me puse encima. Terminó de rasgarme el vestido y me lo quitó.
Ataqué su boca, fuera de control. Él agarró mi culo y empezó a movernos. En segundos le mordí el labio, había llegado al orgasmo solo con su roce.
Y menudo orgasmo, me temblaba todo.
Cuando la respiración volvió a ser relajada, me incorporé y le dije con la mirada que se quitara los bóxers, pero yo no pensaba moverme de encima.

Tampoco es que le costara mucho trabajo hacerlo, pensé.


- No estamos en igualdad de condiciones –dijo mientras se ponía el condón.

- Hazlo –le reté con la mirada. Sabía a lo que me refería seguro.


Cogió un lado del tanga y lo rompió, dejándome desnuda.
Estaba dispuesta a montarlo cuando me hizo quitarme de encima y me puso a cuatro patas en la cama.
- Vas a saber cómo se folla de verdad –me dijo cuando se puso detrás y me cogió el pelo, tirando de él.

Señor mío, me estaba poniendo a mil. ¿Pero qué demonios me hacía este hombre?
Y sin tiempo a pensar, entró dentro de mí.
Grité, no era para menos.
Y empezó a moverse rápido mientras jalaba mi pelo para mantenerme quieta y con la otra mano jugaba con mi clítoris.
Dos orgasmos.
Tres.
Y…

- Joder, no puedo más –lloriqueé tras el cuarto.


- Vamos, preciosa, uno más –dijo moviéndose más rápidamente.
M e cogí mis propios pechos y pellizqué mis pezones. El orgasmo llegó rápido, seguido del de Iker.
Caí sobre la cama y él sobre mí.
Wow, eso sí que es un polvo bien echado, pensé.
Cerré los ojos. Ahora sí que necesitaba dormir.
Capítulo 17

Estaba feliz al lado de Iker, él ya me había explicado el daño que le había causado su ex durante mucho tiempo, que ese día en Varadero quiso quitarla a toda
costa de que estuvieracerca de mí porque no se fiaba ni un pelo, por eso actuó como lo hizo.

Paseamos todo el día por La Habana y pasamos por la Bodeguita del M edio, él dijo que en los próximos días se incorporaría pero que aún no lo haría, se podía
permitir el lujo de decidir si trabajar o no ya que estaba de encargado a dos horas, pero había otro más. Él lo hacía por un favor, no tenía necesidad de trabajar ahí
ya que por otros lados se sacaba muchísimo más dinero.

A Iker se le notaba muy feliz a mi lado, me llevo varios días a algunos sitios donde le tocaba actuar. Su música era muy pegadiza, me gustaba mucho escucharlo y ver
cómo su mirada cantando se perdía hacia mis ojos, mientras yo lo seducía bailando como la que no quiere la cosa.

Volvimos a esa heladería tan famosa en La Habana llamada Coppelia, era una manera de refrescarnos, además los helados de allí estaban deliciosos.

Había momentos en que echaba mucho de menos a Nelson, ahora era a él al que no me quitaba de la cabeza, aunque estaba muy feliz junto a mi mulato.

Cada vez que paseaba por el Habana me quedaba alucinada por la magia que escondían esas calles coloniales a pesar del gran abandono que había en esos edificios.

Ese día fuimos a comer a un restaurante frente al Capitolio llamado “Los Nardos”, en aquel lugar la comida era abundante y muy buena de precio.

M ás tarde nos dirigimos a la Floridita, donde decían que hacían el mejor daiquiri del mundo según Hemingway, al igual que decían también que el mejor mojito era el de
La Bodeguita del M edio.

Iker estaba cada vez estaba más cambiado de actitud, aunque se le notaba a gusto conmigo, ya estaba en una situación que se quejaba por todo, en pocos días volvía a su
madre así que decidí coger un hotel cerca del M alecón.

Esos últimos días que pasé en su casa tuvimos varios enfrentamientos: que si la ropa que me había puesto no era adecuada, que si había hablado más de lo normal con el
vecino, que si tal, que si cual…. Yo ya me estaba cansando de esa situacióny mi mulato ya no era quien era… Estaba dejando de ser el mismo que me enamoró.

Cuando me cambié alHotel, élno paraba de decirme que no se podía venir conmigo todos los días y poner un montón de excusas, ya le dije que no se preocupase, que la
que me trasladaba era yo y que el viniese cuando quisiese.

No paraba de recibir mensajes a su móvil y los miraba con mucho cuidado de que yo no los pudiese ver… ¡Él se creía que yo era tonta! Además que desde que estaba
recibiendo estos mensajes era cuando le estaba cambiando el humor, y cuando le preguntaba que quién le escribía, me montaba un espectáculo increíble. Cada día echaba

más de menos a Nelson y me recriminaba por lo gilipollas que había sido al quedarme con este mulato en La Habana y olvidarme del otro que estaba bebiendo los
vientos por mí.

En el hotel me eché a una camarera de piso de amiga, me llevaba con ella genial y me trataba muy bien, le enseñé una foto de Iker, ya que le había contado mi historia,
cuando la vio se echó las manos a la cabeza y me dijo:

- M i hija, tú estás loca. ¿Qué haces andando con ese?


- Qué pasa, Xiomara, ¿lo conoces?
- Es el amante de la señora Dana, una mujer muy influyente en el país y su marido tiene un alto cargo, él bebe los vientos por ella y se está volviendo
loco de no poder tener una relación seria y que ella deje al marido.
- Los otros días en Varadero alguien se acercó y me dijo que era su ex, entonces es ella.
- Cariño, cuando aparezca ella te dejará de lado y pasará de ti, se lo ha hecho a muchas chicas, hazme caso.
- Por eso en Varadero se quitó de en medio y ahora me ha contado una historia. Y al llegar yo a su casa, al verlo en tan mal estado, era por ella no, por
mí… Y esos mensajes ocultos también serán de ella. ¡M adre del amor hermoso, qué capullo!
- Ten mucho cuidado con él, hija, no has sido a la primera turista que ha engañado y se la ha llevado de calle para poder de sacar lo que pudiese.
M e quedé sola en la habitación muy afectada por las palabras que me había dicho Xiomara, todo comenzaba a cobrar sentido, ni me había dado cuenta la pérdida de

tiempo tan grande que había tenido al lado de él.

Por la tarde me fui andando hacia la Bodeguita del medio, había quedado en verlo allí, tenía ganas de echarle unas cuantas cosas en cara y quedarme a gusto y decirle

que se fuera a freír espárragos con todas sus castas.

Allí me planté yo con todo mi arte y, al entrar, estaba solo en la barra y dos turistas tomando mojitos en una esquina.

- Hola, preciosa -dijo Iker al verme entrar.

A modo despectivo miré hacia atrás como diciendo si era a mí o a alguien que venía y no lo había visto.

- Sabes de sobra que es a ti, Elba, así que no seas payasa -inquirió Iker.
- Aquí el único payaso que hay, y bien disfrazado, eres tú, así que no vengas a tocarme las narices.
- Perdona, la que has venido eres tú, te respondo así porque has entrado de forma borde.
- Ponme un mojito, anda -dije mientras me encendía un cigarro.

- Te lo pondré si me da la gana, ¿cierto?


- Cierto, pero también podría llamar a la policía y dar parte sobre ti, no creo que te gustara. Pero no soy así y no lo haré. Así que tienes dos opciones:
o me pones un mojito o voy y se lo pido al de la cervecería de la Plaza Vieja que estará encantado de volverme a ver y encima sola.
- Si sales por las puertas, te quedas con él.
- Hasta luego, Iker, un placer haberte conocido y espero que tengas suerte y tu amada deje de una vez por todas su marido y se vaya contigo y te quite
la cara pena que tienes. ¡Hasta nunca!

Se quedó muerto, ni el más mínimo gesto por intentar salir detrás de mí, estaba acorralado, sabía que ya todo lo que hiciese jugaría en su contra.

M e fui a la cervecería a tomarme el mojito, no me iba a quedar con las ganas, así que me tiré la tarde allí charlando con el camarero, que se notaba que bebía los vientos
por mí, pero yo lo único que pensaba ahora mismito era en mi Nelson.

Vaya cacao tenía en mi cabeza, con estos dos hombre y eso que no viene a Cuba a enamorarme, pero me la dieron por todos lados.

Cogí un morado impresionante en La Habana Vieja, llegué al hotel hecha un mar de lágrimas, solo nombraba a Nelson, me acosté maldiciéndome mil veces.

Por la mañana, al levantarme, hice la maleta, quería huir de la Habana, ¡con dos cojones! M e pensaba plantar en Varadero, tenía que ver a Nelson como fuera, aunque

sabía que por mucho que me dijo que me esperaría, ya podría estar enfadado o haberme olvidado.

M e despedí en recepción y me fui hacia fuera a buscar un taxi para que me llevase Varadero.

Las dos horas se me hicieron interminables, yo no había reservado en el Hotel de Nelson, pero imaginaba que habría habitaciones disponibles aunque estábamos en un
mes muy crítico.

Al llegar al hotel, el botones me agarró las maletas y me acercó hacia recepción preguntándome si tenía reserva. Le dije que no e inmediatamente me dijo que no me
preocupase, que había habitaciones disponibles, a la vez que me dijo que le sonaba mi cara de haberme visto por allí y le dije que había estado hacía pocos días, no quise
entrar en más detalles.

Hablé con la de recepción y le dije que no sabía cuántos días me iba a quedar y me dijo que no me preocupase, que me dejaba una habitación en abierto para los días que
deseara, avisando con un día antes de antelación de que me iba, no había problemas.

Solté todo en la habitación, intentando que nadie me viese. Lluego me dirigí hacia la zona de piscina, sabía que iba a haber un juego y lo iba a dirigir Nelson, lo había
leído en un cartel.

Cuando empezaron a avisar por el micro que se acercasen a apuntarse, ahí fui yo directa a la mesa donde estaba Nelson mirando el móvil y una chica apuntando todo.
M e preguntó mi nombre y Nelson no levantó la cabeza. De repente dije:

- Elba -mientras miraba hacia él.

En ese preciso instante levantó de golpe la cabeza y al verme se quedó perplejo para inmediatamente levantarse y venir a darme un abrazo.

- ¿Qué haces aquí, mi vida? -preguntó con un brillo en los ojos especial.

- M e preguntaba si querías volver a verme y de paso si me dejabas jugar a este juego.


- Llevo esperándote desde antes de que te fueras, déjame decirte que no vas a jugar ni yo voy a hacerlo, ya me lo cubre mi compi, solamente intento
pasar el tiempo para olvidarme un poco de ti, y ahora recuperaré todo este tiempo estando a tu lado.

Le dijo a su compañera que hoy no contasen con él que se iba a pasar el día fuera y me pidió irnos del hotel, cosa a lo que accedí encantada.

Yo estaba flipando por la situación y lo bien que lo estaba recibiendo todo Nelson, la verdad que ese chico era el que se merecía todo lo mejor del mundo y yo estaba
dispuesta a pagarle todo el daño y dolor que le había hecho pasar.

Lo seguí felizmente, sabía que podía empezar los días más felices de mi vida.

Al pasar por la barra de la piscina pidió dos mojitos, diciéndome que primero íbamos a tomar algo ahí. Se metió dentro de la barra a coger un micro y de repente salió
cantando:

Qué milagro tiene que pasar para que me ames,


qué estrella del cielo ha de caer para poderte convencer,
que no sienta mi alma sola.
quiero escarparme de este eterno anochecer.

Dice mucha gente que los hombres nunca lloran,


pero yo he tenido que volver a mi niñez una vez más.
M e sigo preguntando
porqué te sigo amando y dejaste sangrando mis heridas.
No puedo colmarte ni de joyas ni dinero,

pero puedo darte un corazón que es verdadero.


M is alas en el viento necesitan de tus besos,
acompáñame en el viaje que volar solo no puedo...

Y sabes que eres la princesa de mis sueños encantados,


cuantas guerras he librado por tenerte aquí a mi lado.
No me canso de buscarte, no me importara arriesgarte
si al final de esta aventura yo lograra conquistarte.
Y he pintado a mi princesa en un cuadro imaginario,
le cantaba en el oído susurrando muy despacio,
tanto tiempo he naufragado y yo sé que no fue en vano.
No he dejado de intentarlo, porque creo en los milagros.

Sigo caminando en el desierto del deseo.


Tantas madrugadas me he perdido en el recuerdo,
viviendo el desespero,
muriendo en la tristeza por no haber cambiar ese destino.

No puedo colmarte ni de joyas ni dinero,

pero puedo darte un corazón que es verdadero.


M is alas en el viento necesitan de tus besos,
acompáñame en el viaje que volar solo no puedo.

Y sabes que eres la princesa de mis sueños encantados,


cuantas guerras he librado por tenerte aquí a mi lado.
No me canso de buscarte, no me importara arriesgarte
si al final de esta aventura yo lograra conquistarte.
Y he pintado a mi princesa en un cuadro imaginario,
le cantaba en el oído susurrando muy despacio,
tanto tiempo he naufragado y yo sé que no fue en vano.

No he dejado de intentarlo, porque creo en los milagros.

Yo lloraba como una magdalena, me parecía lo más bonito que me habían hecho en mi vida y él lo estaba cantando, sintiéndolo de todo corazón. Parecía que
quería que yo escuchase esa letra que tantas veces había escuchado y me encantaba.
Capítulo 18

Cuando Nelson terminó de cantar y se acercó a mí, no pude ni agradecerle el gesto tan bonito que acababa de tener conmigo.

No podía parar de llorar.

Cogió mi cara entre las manos y empezó a limpiarme las lágrimas que no paraban de caer.

- Vamos, princesa, no quise ponerte triste –dijo mortificado.

M e mordí el labio intentando evitar un sollozo.

- Te vas a hacer daño –me recriminó.


- Nelson, yo…
- No –me interrumpió-, ya tendremos tiempo de hablar. Ahora hay algo más importante que hacer.

Y me besó.

Cuando sus labios tocaron los míos, me agarré desesperada a su cuello. Dios, cómo lo había echado de menos. En este momento nada ni nadie me separaría de él.

- ¿Tienes muchas ganas de salir? –me preguntó entre beso y beso.


- Eres tú quien lo propuso –le recordé.
- Ya, bueno, porque no sabía qué decir.
- ¿Y ahora sí? –pregunté cuando empezó a besarme el cuello.
- M mmmm –dijo él.
- Nelson…
- ¿M mmm…?
- La gente nos mira, creo que es mejor que vayamos a la habitación.
- Pensé que nunca me lo pedirías –dijo con toda su cara dura.

Llegamos a la habitación un rato después, bastante la verdad, porque en cada esquina se paraba para volver a besarme.

- Déjame cumplir una fantasía –me pidió cuando cerró la puerta de la habitación.

- Espero que a partir de ahora esas fantasías en tu mente sean solo conmigo –dije con un increíble ataque de celos.

Nunca había sido celosa, pero ahora pensar en Nelson con tan siquiera imaginarse a otra mujer… M e estaba hirviendo la sangre.

- ¿Celosa? –me preguntó riéndose.


- ¿Yo? –me hice la ofendida- Jamás –juré falsamente.
- Eso espero, princesa, porque no hay nadie más con quien quiera estar. Ni siquiera aquí –se señaló su cabeza.
- M mmm –lo besé y le quité la camisa- ¿Qué hay de esa fantasía, pues?

Sin decirme nada, me cogió la mano y me llevó al baño. M e puso delante de la bañera, abrió los grifos y, cuando terminó de regular la temperatura, él se sentó en el váter.

- Hora de tu ducha, Elba.

Enarqué las cejas sin entenderlo.

Como vio que no me movía, se levantó y terminó de desnudarse. Ya estaba excitado. En realidad lo estaba desde el primer beso.

Volvió a sentarse.
Sonreí al entender qué me estaba pidiendo. Así que mi cubano tenía esa fantasía… Pues yo no iba a negársela. Aunque prefería tenerlo a él, conmigo en la ducha.

M e desnudé lentamente mientras él no quitaba los ojos de mi cuerpo, pendiente a cada zona que iba descubriendo.

Entré en la bañera y volví a mirarlo cuando me colocaba debajo del grifo, empapando mi cuerpo.

M e lavé la cabeza como hacía a diario, sin prestar atención a que él estuviera mirándome. Cuando acabé de enjuagarme, cogí la esponja y le eché gel de baño.

M i cubano quería juego… Pues iba a tenerlo.

Empecé a pasar la esponja por mis brazos, cuello, pechos, entreteniéndome bastante en ellos. Nelson había comenzado a tocarse y yo estaba a mil por hora.

Bajé la esponja por mi vientre y, cuando estaba a punto de lavar mis zonas íntimas, Nelson me sorprendió.

No sé cómo demonios lo hizo para moverse tan rápido pero ya estaba dentro de la bañera, conmigo.

M e quitó la esponja, la tiró, me dio la vuelta y me apretó contra la pared de azulejos a la vez que me obligaba a levantar una pierna y apoyarla en el borde de la bañera.

Yo estaba alucinando, este Nelson era una caja de sorpresas y lo peor era que me encantaba.

- Estaba deseando hacer esto –dijo con voz ronca.

Y entró dentro de mí.

M e penetró con fuerza, sin pausas a la vez que con las dos manos agarraba mis pechos.

- Joder… -yo no sabía decir otra cosa, eso era la gloria.


- Dios, Elba, no voy a poder aguantar mucho más –gimió.
- No lo hagas.

Y explotó dentro de mí y yo lo seguí.

Había sido espectacular.

- ¿Estás bien? –me preguntó.

M iré a Nelson y le sonreí, dándole a entender que sí.

Estábamos tumbados en la cama. Después de la ducha, Nelson había llamado al servicio de habitaciones y había pedido bebidas, unos sándwiches y fondue de chocolate
y fresas para el postre.

- Cuando comamos algo salimos a pasear por la ciudad –me había dicho al colgar el teléfono.
- Tenemos que hablar –le dije.
- Ups, espera, eso no me suena bien –respondió muy serio y se sentó en la cama, frente a mí cuando yo hice lo mismo.
- Nelson, han pasado muchas cosas los últimos días y yo necesito contártelas.
- Shhhh. No lo necesito, Elba, Estás aquí, conmigo. No quiero explicaciones, no quiero saber qué ocurrió con Iker, no quiero… Espera –se interrumpió
al verme desviar la mirada, aun me dolía el daño que me había hecho el mulato-, ¿te hizo daño? –preguntó con la mirada de odio.
- No, no –lo tranquilicé-, al menos no de la manera que piensas.
- M e da igual de qué manera haya sido, Elba, ¿te hizo daño de alguna manera?

Cerré los ojos, si quería tener una oportunidad con Nelson necesitaba contarle todo. Si después de saberlo él quería dejarme… M e dolería en el alma pero yo tenía que
contar.

Quería una relación basada en la sinceridad ante todo, sobre todo con él. Y merecía toda la honestidad por mi parte.

Le conté todo lo que pasó desde el día en que llegué a casa de Iker y él escuchó sin interrumpirme.

- Si ahora quieres echarme de tu lado, lo entiendo –seguí diciendo-. Te eché espantosamente de menos, Nelson, jamás pensé que tanto. Pero mis
sentimientos no estaban claros y, lo que creí sentir por Iker no era así. Su traición y sus mentiras me hicieron mucho daño, eso es cierto, pero incluso

estando con él, no podía sacarte de mi mente.


Te quiero –le dije-, siento algo muy especial por ti y me arrepiento de haberte dejado aquí y haberlo escogido a él. Nunca me lo perdonaré –empecé a
llorar de nuevo-. Así que entenderé que te marches y me digas que no quieres volver a verme jamás, pero…
- Cállate –me hizo tumbarme en la cama y se puso encima de mía-. Te dije en su día que no me importaba lo que hicieras si eso te traía de vuelta a mí y
es verdad. Claro que me duele que hayas estado con él, pero gracias a eso te has dado cuenta de lo que sientes por mí. Y volviste, Elba. Yo sabía que eso
iba a pasar.
- Pero…

- Lo sabía porque lo vi en tus ojos. Tú eras la única que querías negarlo y yo tenía que dejar que lo vieras sola. Te habría esperado el tiempo que fuera
necesario porque estaba seguro de que tu mirada no mentía y era a mí a quien de verdad querías. Y aunque me jode que te haya tocado… -no terminó la
frase- Escúchame una cosa, princesa, porque solo te la diré una vez.
- ¿Qué? –pregunté cuando se quedó callado.
- A partir de ahora, yo me encargaré todos los días de demostrarte que conmigo no te equivocaste y que me amas como yo te amo a ti.

M iré esos ojos que tanto me decían y, por primera vez en días y aunque tenía los ojos llorosos, sonreí.

- Sabes que has pedido chocolate, ¿verdad? –le dije bromeando.

Él me sonrió, dándome la tregua que le estaba pidiendo. Quería cerrar el tema y no volver a hablar de Iker jamás.

- Lo pedí por ti, princesa, yo no puedo comerlo –me sacó la lengua.


- Oh –puse cara triste-. ¿Ni siquiera si por una mala casualidad se derramara en alguna zona de mi cuerpo?
- Bueno… Quizás en ese caso podría hacer una excepción. Por tu bien, ya sabes.
- Ajá. No esperaba menos de ti.

Comenzamos a reírnos.

M inutos después estábamos de nuevo saliendo de la ducha, los dos perdidos de chocolate.

- Ponte cómoda, Elba –me dijo cuando me acerqué a elegir la ropa-. Quiero llevarte a un lugar y que conozcas a alguien muy importante para mí.
- ¿A quién? –le pregunté mientras elegía unos vaqueros.
- Lo sabrás cuando lleguemos –me dio una cachetada en el culo y se vistió.

Suspiré. Estaba feliz de estar con él, todo era perfecto.

Pero ya me comía la curiosidad de saber a quién iba a conocer.


Capítulo 19

Llegamos a la barriada de Cayo Hueso, entre las calles Aramburu y Hospital, me quedé embobada al ver esa parte de La Habana, tan diferente de lo que había visto
anteriormente. La llamaban el callejón de Hamel y por lo que me había contado Nelson era el templo de la cultura afrocubana, en donde aparte de poder ver pinturas,
esculturas e instalaciones de arte contemporáneo, tocaban música todos los domingos con tambores y rumba para los turistas que los visitaban

M e contó que esa idea surgió de un escultor llamado Salvador González Escalona, que era pintor y escultor, que decidió iniciar este proyecto cultural en los 90, para
que de esta manera el arte y la comunidad pudieran convivir unidas.

- ¿Qué te parece?-me preguntó llegando a un edificio que también estaba pintado con un mural.
- Sin palabras. Jamás pensé que algo así podría existir…es tan colorido…-añadí.

Entonces una niña de unos seis años empezó a correr hacía nosotros. Era muy linda.

- Papi, papi, ¡has vuelto! -gritó la niña abalanzándose a Nelson.

Entonces él dejó la bolsa que llevaba y la cogió en el aire.

- Aquí está mi chica. ¿Te has portado bien con la abuela? -le preguntó besándola en la mejilla.
- Pues claro, ya sabes, soy mayor- contestó riendo.

M i cara debía ser un poema porque entonces la niña, mirando a su padre, le dijo:

- ¿Está enferma? -preguntó la niña pasando una mano delante de mi sin inmutarme.
- No, cielo. Sólo creo que le ha pillado por sorpresa. Anda -dijo dejándola en el suelo-, dile a la abuela que ya estamos aquí.
- ¡¡¡Sí!!! -la niña entró disparada a la portería gritando- ¡Ya está aquí papi!¡Ya está aquí papi!

Entonces empecé a balbucear.

- ¿Ti…ti…tienes una hija? ¿Y no has tenido la delicadeza de contármelo antes? -le pregunté asombrada por el notición.
- No es lo que parece -contestó riendo.
- Yo no le veo la gracia… Es decir, me gustan los niños, de hecho soy profesora de infantil, pero no sé… esas cosas se suelen decir… -Nelson me
interrumpió.
- M ariela no es mi hija, pero como si lo fuera -me dijo mientras se acercaba más a mí-. Es la hija de mi hermana, así que en realidad soy su tío.
- ¿Y por qué entonces te llama papi? -le pregunté extrañada.

Nelson me llevó hasta un pequeño banco y nos sentamos.

- Verás, cuando M ariela tenía cinco meses, mi hermana falleció en un accidente de coche. Por suerte aquel día la pequeña estaba al cuidado de mi madre.
Ella nos dejó a mi madre y a mí como tutores de ese terremoto que acabas de conocer -hizo una pausa-. Decidimos que cuando fuera más mayor le
explicaríamos lo sucedido, pero entonces un día me llamó papi por primera vez y no quise que creciera sin una madre ni un padre biológico…
- ¿Y el padre de M ariela? -le interrumpí.
- M i hermana nunca nos dijo quién la dejó embarazada…-dijo encogiéndose de hombros- Por eso mismo nunca le hemos dicho que en realidad yo soy
su tío. No sé cómo reaccionaría al descubrirlo y prefiero que siga creyendo que su padre soy yo. Además a mí es a la única persona a la que le hace caso.
Ahí donde la ves, tiene el mismo carácter que mi difunta hermana y mi madre, que ya está mayor, muchas veces no puede con ella -hizo una mueca de
dolor al acordarse de ella.
- Vaya -no supe qué contestar ante esa confesión.
- Siento no habértelo dicho antes y espero que me guardes este pequeño secreto -me dijo dándome un beso en los labios.
- Claro, no te preocupes. Soy una tumba-contesté haciendo ver que cerraba la boca con una cremallera y tirando la llave.

Eso le hizo gracia y eso era lo que pretendía, no quería verle triste porque no se lo merecía. Con esa acción me había confirmado el corazón tan grande que tenía y eso
me enamoraba más de él.

- Venga, te voy a presentar a mi madre -me animó.

Nos levantamos y nos dirigimos a su casa.

El piso no era muy lujoso pero tenía lo básico que ya era mucho teniendo en cuenta la situación que padecía ese país. La puerta de la entrada estaba abierta. Entramos y
Nelson cerró cuando hube pasado.

- M ariela, ¿cuántas veces te he dicho que no dejes la puerta abierta? -le recordó a la niña que jugaba con una muñeca de trapo en el suelo.
- Lo siento, papi… ¿Pero para qué iba a cerrar si ya subíais…? -dijo queriendo tener la razón- Tendrías que darme las gracias más bien.

Nelson y yo nos quedamos mirando por la contestación de la niña.

- Ahora me entiendes, ¿verdad? -dijo Nelson.


- Sí -contesté alucinada.

Nelson fue a dejar nuestras bolsas a su habitación y yo aproveché para conocer un poco más a la niña, que no me quitaba el ojo de encima. M e estaba analizando al
detalle. M e senté en el suelo con ella.

- Hola -le dije-. M e ha dicho tu papi que te llamas M ariela, qué nombre más bonito tienes -le sonreí.
- No me hables como si fuera una niña pequeña- se enfadó.
- Perdona -le contesté sin saber muy bien por qué me disculpaba.
- Tengo seis años y soy mayor-recalcó.
- Es verdad -dije asintiendo-. Ya eres mayor…

La niña seguía jugando con su muñeca mientras yo estaba cruzada de piernas con miedo a una mocosa que no me llegaba ni a la cintura.

- ¿Por qué estás aquí? -preguntó de repente.


- Bueno…Tu padre me ha invitado a pasar unos días para conocerte y…
- Pues ya te puedes ir porque no quiero conocerte. M i papi es mío y de nadie más.

M e quedé parada de nuevo. ¡Vaya huevos tenía la mocosa! Con lo buena que parecía cuando la vi en la calle.

En ese momento entró Nelson iluminando el salón con su bonita sonrisa.

- Qué, ¿ya os habéis presentado? -preguntó mientras se sentaba con nosotras.


- Sí -mintió la pequeña-. Es muy simpática y me ha dicho que me va a comprar una muñeca y todo, papi -dijo mintiendo.
- ¿De verdad? ¡Qué bien! -me miró ilusionado por hacer feliz a su no hija.
- Sí -le contesté,- nos hemos caído tan bien que he querido comprársela -mentí también.
- Pues, ¿qué os parece si vamos a dar una vuelta y aprovechamos para que te la compre? -preguntó mirando a la niña.
- ¡¡¡Sí!!!- gritó la niña.

Fue entonces cuando entró la madre de Nelson.

- M adre mía M ariela. No hace falta que chilles tanto -le dijo poniéndole bien el vestido.

Nelson y yo nos levantamos y nos presentó. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, muy guapa. Ya sabía de quién había sacado esa belleza.

- Tú debes de ser Elba, la novia de mi hijo -me saludó con un gran abrazo.
- ¿Novia? -pregunté extrañada.
- M amá, ya te he dicho que es sólo una amiga.
- Si tú lo dices…Pero eso no es lo que dicen vuestras miradas…
- M amá, por favor -insistió.
- Está bien, está bien, ya me callo…Encantada de conocerte, amiga de Nelson -dijo riendo.

Era una mujer muy divertida. Estuvimos hablando un rato y me explicó que ella era también artista y que vendía sus pinturas a los turistas del callejón. M e enseñó unos
cuantos y le dije que antes de irme de vuelta a España me llevaría uno.

Fuimos a comprar la dichosa muñeca del pequeño monstruito y no sé cómo acabé comprándole más cosas para que viera que no era una amenaza para ella ni para su
papi.

La niña era un hueso duro de roer y un demonio de lo traviesa que era.

La primera noche que nos quedamos tuve que dormir en el sofá porque ella quería dormir con su papi al que hacía mucho tiempo que no veía. Pasé porque era pequeña.
Pero a la mañana siguiente, cuando me levanté del sofá hecha un cuadro y me fui al baño, la quise matar. ¡La muy lagarta me había pintado la cara como a un payaso!

Intenté quitarme la pintura como pude pero no salía. Salí al comedor y al verme Nelson y su madre, se llevaron las manos a la cabeza. Buscaron a la niña que estaba
escondida detrás de la silla y la riñeron.

- Lo siento -dijo sollozando la niña- Yo sólo quería dejarla guapa para papi -dijo ganando el Oscar a la mejor actriz.

M ientras los demás la abrazaban para consolarla. yo cerré los puños de lo enrabietada que estaba y la niña mirándome sonrió para dejar claro que ella había ganado esta
vez.

M e fui de nuevo al baño para ver si podía disimularlo con un poco de maquillaje pero mi neceser había desaparecido por arte de magia.

Después de dejarme la piel lavándome con jabón lagarto y con la cara como una gamba me fui a cambiar, pero la bolsa tampoco estaba. Ya empezaba a cansarme esa
niñata y en cualquier momento esa pequeña bruja saldría volando por la ventana. La madre de Nelson me tuvo que dejar un vestido amarillo canario dos tallas más
grande que la mía y una vez lista nos pudimos ir todos juntos a ver la ciudad.

- Pues de verdad que no entiendo que ha podido pasar con tu bolsa…-dijo extrañado Nelson.
- Seguro que tarde o temprano aparecerá, ¿no es así, M ariela? -le preguntó su abuela que sabía de las trastadas de su nieta.
- No sé, supongo -contestaba mientras jugaba a colgarse del cuello con su padre.
- No te preocupes-sonreí a Nelson que estaba cegado por la paternidad.

Tenía que hacer algo para que esa mocosa entrara en razón y nos dejara en paz. Desde que llegamos no nos había dejado ni un momento a solas y yo necesitaba hablar
con Nelson para decirle que me iba de Cuba en breve y que no quería que esto acabase.
Capítulo 20

Al día siguiente nos fuimos a pasear con la niña por la Habana, la verdad es que me tenía aburrida perdida, me estaba cayendo súper mal, era una consentida que le hacía
falta que la pusieran firme.

Aún no me había devuelto todas las pinturas de la bolsa de ropa que me había escondido, tras un rato tomando un helado en Coppelia a la niña se le escapó que se la
había dado a una mujer que no tenía ropa, mi cara era un poema y Nelson empezó a reñirle de forma bestial.

Ya exploté y le dije que no aguantaba más, que esa enana me estaba haciendo la vida imposible, que no iba a dejar pasar más una, que comprendía todo pero qué a mí
también había que comprenderme.

M ariela empezó a decir que cuando él no estaba yo la miraba malamente y que tuviese cuidado que yo no era como parecía. Ahí ya estallñe, empecé a decir que no
aguantaba ni una más y que lo sentía pero que esta noche me iba al hotel a pasar los últimos días que me quedaban.

Nelson estaba alucinando por la situación y la niña empezó a hacer el mejor teatro de su vida llorando.

Salí corriendo a casa de Nelson, cogí la ropa que quedaba de lo que la niña me había desaparecido y me fui para el hotel Nacional.

Tenía mucha rabia, podríamos habernos llevado genial, a mí no me importaba que él la tuviese como hija, es más yo también la hubiera cuidado y ayudado en todo lo
que hubiese sido posible, le hubiese entregado mi amor como si de mi hija también se tratase.

Tras soltar las maletas de mala gana en el hotel, me fui a dar una vuelta al M alecón, tenía ya ganas de salir de ese país que me estaba volviendo loca. Amaba Nelson con
todas mis ganas pero me di cuenta de que yo ya había llegado a su vida demasiado tarde.

Vaya dos historias mas paranoicas me había encontrado en Cuba, pensé.

Cuando salir por las puertas del hotel me encontré a M ariela, venía hacia mí, miré alrededor y no veía más nadie.

- ¿Qué haces sola aquí ? ¿Dónde está tu padre?

Se vino directa hacia mí y me dio un abrazo.

- Perdóname, Elba, me he comportado como una cría -dijo como si fuera toda una mujer y me hizo mucha gracia.
- ¿Pero te arrepientes de verdad o lo haces por algo ? -pregunté asombrada por el tan inesperado y rápido cambio.
- He visto llorar a mi papá y me decía que por fin había encontrado el amor y él ha sido siempre muy bueno conmigo, no se merece las lágrimas que
has derramado por mí.
- Vamos a ver, M ariela, yo no te quiero quitar tu lugar y mucho menos meterme en tu vida y perjudicarla, te he conocido imprevistamente pero a mí
me ha hecho mucha ilusión que estés en su vida, ¿podríamos ser amigas al menos, verdad? -le pregunté mientras le daba una caricia en la nariz.
- Vuelve a casa, por favor, que mi papá vuelva a reír. Yo le he pedido que me trajese, está ahí en la esquina y me ha dicho que como tú no volvieses
con las maletas, ya no me volví a hablar más.
- ¿Tú me prometes que si vuelvo me vas a permitir que sea tu amiga?
- Claro que sí y también que hagas muy feliz a mi papá.

En esos momentos vi como Nelson se acercaba al vernos a los dos charlando tan amistosamente.

- ¿Le has pedido perdón, M ariela?


- Sí, además ya es mi mejor amiga -dijo mirándome para que yo confirmarse.
- Sí, Nelson, ya somos amigas -afirmé.
- Pues espero que esto no se repita ya que os quiero a las dos muchísimo y quiero dejaros claro que no voy a estar ni con la una ni con la otra sino con
las dos, así que procurar no enfadarse para que no os quedéis ninguna sin mí.
- Lo prometo -dijo M ariela acercándose a mí abrazarme por la cintura.
- Pues tú verás cómo saco yo ahora las cosas del hotel, si he acabado de llegar -dije muerta de risa.
- Pues por la puerta, así que ve baja las cosas y despídete en recepción que aquí te estamos esperando -dijo ordenando Nelson.
- Y que sea rapidito -dijo graciosamente M ariela.
- A vuestras órdenes me van a decir que estoy loca, pero bueno…

Subí rápidamente, estaba muy contenta porque por fin la niña había entrado en razón o eso esperaba, porque la jodida era capaz de darme otro susto.

Fuimos hasta casa de Nelson y dejamos allí a M ariela diciéndole que queríamos ir a cenar relajadamente pero antes la invitamos a otro helado.

En la cena Nelson me dijo que no quería separarse de mí.

- ¿Qué va a pasar con nosotros, Elba?

- Yo aquí no me puedo quedar, sabes que no hay futuro, allí tengo mi plaza, en mi vida ¿Por qué no te vienes a Ibiza y montamos un pub cubano para
que tú lo lleves?
- ¿Qué dirán tus padres, Elba?
- Conociéndolos, te abrirán las puertas de par en par. De todas formas yo tengo un apartamento que nunca estrené y compré hace unos años, ya es
hora de que empiece a vivir allí y si es contigo mejor.
- A mi mamá y M ariela me las cargaré de un susto, pero sé que me apoyaran.
- Tú tienes pasaporte, ¿verdad?
- Sí, pero me hace falta un visado de España, pero tengo cómo tramitarlos rápidos, podemos ir mañana a hacerlo.
- Perfecto, cariño -dije con lágrimas en los ojos sabiendo que me llevaba a mí cubano para España.

Esta noche hablamos con su mamá que no paraba de llorar y su hija también, pero decían que lo apoyarían en todo y que tirarse para adelante con la mujer que quería.
Llamé a mis padres para informarles de todo y se quedaron flipando, pero diciéndome que me apoyaban y que no me preocupase.

Por la mañana fuimos a arreglar los papeles de salida de Nelson y se lo dieron rápidamente porque iba en función del expediente y al del Nelson le facilitaban todo tipo
de salida por ser músico y tener un historial ejemplar.

Compramos el billete de avión y tuvimos la suerte de que había plaza en el que yo viajaba, preparamos su equipaje. Al día siguiente salíamos para España.
Capítulo 21

Por la mañana nos acompañaron al aeropuerto de José M artí, la niña no paraba de llorar y la mamá también.

Nelson iba todo el viaje muy callado, se le notaba que estaba muy triste.Tenía que ser muy difícil dejar a su mamá y a su pequeña allí.

En el fondo estaba ya deseando montarme en el avión y acabar con toda esa escena que me estaba partiendo el alma.

Al llegar al aeropuerto nos tomamos un refresco con ellos y ya era la hora de facturar las maletas, fuimos los cuatros hacia allí, que era donde nos despediríamos.

Cuando entregamos los billetes de avión, la niña empezó a llorar desconsoladamente y la mamá de Nelson también, él la abrazaba diciéndole que pronto se volverían a
ver si quizás a buscar un punto para estar juntos.

Cuando fuimos a meter las maletas, Nelson hizo un gesto y agarró la suya.

- No puedo irme, Elba, no puedo, lo siento, no puedo dejar mi Cuba, mi familia, mi pequeña y la vida por la que yo luchado en mi país.
- No me lo puedo creer, Nelson -dije llorando incrédula a lo que estaba escuchando.

- Vete, Nelson, por favor -dijo la mamá.


- No puedo… Lo siento, Elba, espero que algún día me perdones.

M etí mi maleta hacia dentro y no me despedí de nadie, salí corriendo a cruzar la puerta de embarque, iba como alma que llevaba el diablo, llorando desolada.

M e senté en la sala de espera y mi corazón parecía que iba a estallar, mi alma estaba totalmente en pena, me pasaron todas las imágenes de esos dos meses por mi
cabeza en menos de cinco minutos.

Al entrar en el avión me dieron ganas de bajarme, quedarme a vivir en Cuba, pero eso era imposible en el fondo sabía que Nelson había hecho lo correcto, aunque no lo
que yo quería, pero esa era su vida y yo no era nadie para romperla.

A poco de cerrar las puertas de repente vi cómo entraba Nelson buscándome desesperado, no me lo podía creer, no sabía que hacía en el avión.

- Como me he acabado de decir mi madre, sería un cobarde si dejara ir a la mujer de mi vida - dijo Nelson mientras me apretaba la cara para darme un
fuerte beso en los labios.

El hombre que en esos momentos me hacía la mujer más feliz del mundo, dejaba toda una vida para comenzar otra conmigo……