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¿Existe la venezolanidad?

24 junio, 2017. Posted in LIMBO, Publicación

Entrevista a Arturo Úslar Pietri

Si llamamos venezolanidad a la concepción de la existencia de un conjunto humano que se llama Venezuela y que
caracteriza como conjunto a quienes lo componen, indudablemente existe una venezolanidad. Existe un criterio, un
sentimiento de comunidad nacional. Desde cuándo existe ese criterio, es otra cosa. Cómo se ha formado, eso es
otra cosa para mi entender. Yo creo que ese concepto de nacionalidad está muy estrechamente vinculado con el
proceso de la Independencia y que si este hubiese sido diferente, posiblemente el concepto que tenemos los
venezolanos de nosotros mismos sería distinto también. Si hubiéramos tenido una independencia como la tuvieron
en el Ecuador, en Chile, o en la Argentina misma, sería un concepto distinto. Pero la Guerra de Independencia en
Venezuela se caracterizó por muchos rasgos muy peculiares: uno fue el desproporcionado papel que Venezuela
tuvo dentro del proceso de Independencia de la América Latina. En 1810, Venezuela tenía 700mil habitantes y un
circulante de 700mil pesos, eso era todo lo que tenía el país. Ese paisito, que ni siquiera era un Virreinato, que era
una modesta Capitanía General, tomó el liderazgo del proceso de Independencia de la América del Sur y lo llevó a
término. Esa es una cosa verdaderamente milagrosa, increíble, que por más que uno trate de explicarla no le
encuentra explicación. Con qué base podían aquellos hombres hacer eso, qué tenían detrás. Nada. Lo hicieron a
base puramente de personalidad: salió un grupo de hombres como Miranda, Bolívar, Sucre, Bello, Páez, hombres
increíbles, y esos hombres crearon de la nada un hecho nacional que desbordó las fronteras de Venezuela y se
proyectó en un hecho continental. Yo recuerdo mucho la primera vez que fui a Bolivia -en un viaje con el General
Medina, hace muchos años- era yo entonces Ministro de Hacienda e iba con él. Cuando entré en la sala del
Congreso en La Paz vi que había dos grandes retratos que dominaban la sala, eran dos venezolanos: Bolívar y
Sucre. En la frontera con la Argentina, en la vertiente atlántica, con toda la América del Sur separándonos. Fue una
cosa descomunal, cuando yo vi aquello dije, ¿cómo ese paisito de 700mil habitantes que quedó reducido casi a la
mitad, pudo hacer aquella hazaña increíble y mantenerla durante quince años de guerra continua?
5 de julio de 1811
(1838) Juan Lovera

Yo creo que de ahí arranca el sentimiento nacional de los venezolanos. Mentalmente, por esa proyección de
inmensa realización conjunta que hicieron estas personalidades inverosímiles; y luego, indudablemente, porque
desde el primer momento ellos tuvieron una concepción americana que es muy curiosa. Es muy poco lo que se
habla de Venezuela en toda la literatura de los dirigentes de la época, ellos hablan de Colombia. Y Colombia es
una creación venezolana, es una idea de Miranda que retoma Bolívar en 1810, de crear una República con el
virreinato de Nueva Granada, con Venezuela y eventualmente con el Ecuador. República que se llamaría
Colombia. Entonces, la Independencia venezolana comienza por salirse de Venezuela, por concebir ya una
dimensión continental. Esa herencia la tenemos y yo creo que constituye la base del sentimiento nacional del
venezolano: la idea de que fuimos una gente extraordinaria que hicimos una inmensa hazaña colectiva,
incomparable con la de ningún otro país latinoamericano y que por lo tanto estamos llamados a hacer grandes
cosas y que somos gente muy importante.

¿No cree usted que esa conciencia del valor nacional se vio gravemente afectada por la
evidencia de que la grandeza de esa gesta no tuvo continuidad en los eventos de la vida
nacional posteriores a la Independencia?

No podía tenerla, porque el país se arruinó. La tragedia es que Venezuela es un país que reveló una capacidad de
acción y de pensamiento gigantesca en esa hora en 1810, pero aquello fue tan desproporcionado para lo que era
el país! Venezuela perdió la tercera parte de su población en la guerra de la Independencia, no solamente por
muertes sino por migraciones. Mucha gente se fue. El país quedó en la ruina más grande, y después de eso, ese
país arruinado se separa de la Gran Colombia en 1830 y entra entonces en un período de construcción muy lento y
difícil.

Es que siempre hubo, y eso es muy importante, la sensación de que habíamos caído, porque como teníamos esa
visión de grandeza continental de lo que habían hecho aquellos venezolanos, nos parecía que nos habíamos
reducido a unos términos muy mezquinos y todo nos parecía muy pequeño e indigno. Allí empezaron a surgir los
caudillismos, las pugnas internas, el Federalismo, el siglo de las guerras civiles que casi acabaron con el país y
que lo que hacían era empobrecerlo cada vez más y por lo tanto hacer más lejana esa visión.

Cuando Guzmán Blanco intenta, en los veinte años de su predominio, darle un nuevo rumbo al país y sacarlo del
atolladero terrible en que había caído con la Guerra Federal y con toda la descomposición del siglo XIX, él lo llama
La Regeneración. Fíjese usted cómo es curioso, había algo que regenerar, algo que había estado, que era muy
bueno y se había echado a perder y había que regenerarlo. Luego, Castro llama a su campaña La Restauración y
Gómez llama a lo suyo La Rehabilitación Nacional. De modo que lo que había era el fantasma de 1810: vamos a
restituir al país, al país que hizo la hazaña de 1810. Es muy importante esa presencia, esa concepción vaga y mal
definida en el subconsciente del venezolano.

¿Cree usted que hay, sin embargo, características o elementos que nos emparentan a los
venezolanos de hoy con los de 1810, algún elemento psicológico o social, al margen de la
territorialidad?

Deben emparentarnos muchas cosas. Una de ellas es la manía de ver grande, que nos ha llevado a cometer
grandes disparates.

¿De verdad encuentra usted en el venezolano una manía de ver grande?

Desde luego que sí. Porque le viene de esa visión de que fue grande en el pasado y por qué no lo puede ser
ahora. Esa noción de la Gran Venezuela actúa en el subconsciente como el deseo de volver a ese proyecto que se
frustró: hicimos la independencia de la América del Sur pero luego caímos en la ruina, en la división y en el atraso.
Entonces ahora vamos a una empresa nueva que nos vuelva a poner en ese protagonismo y nos permita realizar
cosas equivalentes. Eso está en la mente de los venezolanos y ese es nuestro gran sentimiento nacional.

Pero también circula un tópico según el cual el venezolano es más bien conformista, que no se
plantea grandes empresas, que pierde oportunidades por su pereza y su escasa diligencia.

Al venezolano no lo han enseñado a trabajar porque el ejemplo corruptor ha venido desde arriba, porque le han
enseñado que el trabajo es para los burros y que la gente se hace rica no trabajando sino con conexiones políticas.
Los venezolanos somos herederos de una tradición muy contraria a considerar el trabajo como virtud o como cosa
deseable: los españoles de la época del Imperio Español tenían un gran desdén por el trabajo, la aspiración era ser
caballero. Y el caballero no podía trabajar; podía servir a la Iglesia, al Rey, pero trabajar no; trabajar era una cosa
vil. Desde la élite venía una concepción despectiva del trabajo, que en vez de honrar descalificaba. Y luego, el
negro -sobre el cual recaía este aspecto- no podía aportar otra idea del trabajo porque este era para él una
maldición, la pérdida de la libertad, la cancelación de la individualidad y desde luego la disociación de la idea de
trabajo y riqueza. Según su experiencia, el trabajar mucho no hacía rico a nadie, los ricos eran los que heredaban
la fortuna. La asociación de la idea de trabajo con la idea de riqueza no se pudo establecer nunca en Venezuela,
de modo que esa es una de las grandes tareas de la educación venezolana: la revalorización del trabajo, del
esfuerzo individual, del ahorro y de las virtudes creativas de una sociedad.

En cuanto al tópico según el cual el venezolano no se plantea grandes empresas, eso obedece a que se trata de
buscar explicaciones de por qué no siguió siendo lo mismo, por qué no siguió haciendo hazañas iguales a las del
siglo XIX, se buscan las causas de la caída. El libro de Pocaterra es muy revelador, no por nada se llama Memorias
de un venezolano de la decadencia. Todo entra en ese esquema, es muy curioso.

Desde su punto de vista entonces, todo lo que pasó después de 1830 ha estado signado por
esa concepción depresiva.

Evidentemente, por ese desequilibrio, por ese cambio de dimensión: no supimos, no pudimos redimensionarnos.
En vez de haber tenido la sensatez de limitarnos a una realidad, que era la que teníamos, y ver qué hacíamos con
ella (cosa que al principio pareció que lo íbamos a hacer, porque el primer período de Páez y los de Soublette y
Vargas parecían prometerlo), pero como teníamos en la cabeza aquella aspiración de reconstruir La Gran
Colombia, de volver a los tiempos gloriosos, fue imposible que llegáramos a algo sensato. Por otra parte, un país
que está en la ruina después de haber recibido todos los recursos del mundo, no es como para que tenga una
visión muy optimista de sus posibilidades. Sin embargo, yo creo que hay algo positivo: hemos tenido la experiencia
de que nos lloviera la riqueza y no supimos qué hacer con ella; esto quiere decir que fallamos nosotros. Ya que
seguimos teniendo riqueza, si no queremos volver a fallar, tenemos que enmendar y cambiar muchas conductas
que hemos mantenido hasta ahora.

Siempre tenemos ese trasfondo mágico que da entrada a la promesa demagógica, al proyecto irrealista, a la Gran
Venezuela, a la versión según la cual con el dinero petrolero vamos a convertirnos en una de las grandes potencias
industriales de América… y ¿por qué no, si más pobres y más atrasados nos convertimos en los libertadores de
América?

El sueño parece habernos llevado a metas de grandeza, pero también a perseguir cierta
fatalidad. El mismo impulso histórico da la impresión de que nos lleva a los polos.

El mismo impulso, porque la mala cuenta de que si aquello no se dio no por circunstancias nacionales del momento
(que no las había, no sólo porque el país era pobre, sino por otras más que yo no me atrevo a analizar, ni estoy en
capacidad de hacerlo ni creo que nadie), sino porque se produjo una confluencia de personalidades excepcionales,
uno se ve obligado a preguntarse por qué un muchacho llanero se convierte en José Antonio Páez, por qué un
pequeño burgués, un patiquín de Cumaná de fines de siglo XVIII se convierte en El Mariscal de Ayacucho. Allí hay
una cantidad de interrogantes muy difícil de contestar porque la coyuntura no explica eso. Y luego, Venezuela
produce a Bolívar. Bolívar es una figura gigantesca, una de las grandes figuras de la humanidad; es
desproporcionado que un paisito de este tamaño haya dado un hombre de ese tamaño, el cálculo de
probabilidades no favorecía la posibilidad, él era un hombre comparable con cualquiera de los grandes hombres de
la humanidad. Y eso lo tenemos nosotros en el subconsciente.

Usted se ha referido en diversas ocasiones al hecho de que sólo los latinoamericanos insistimos
en preguntarnos qué somos. En el caso venezolano, con frecuencia se pone en duda la
existencia de una identidad que nos particularice y recorte nuestro perfil cultural.

Yo creo que tenemos una identidad cultural que deriva de nuestra situación geográfica, de nuestra herencia
histórica, del juego de valores en medio del cual hemos vivido, de las circunstancias por medio de las cuales
hemos realizado una historia común. No me queda ninguna duda de que sí tenemos una identidad, aunque no sea
tan fácilmente reconocible como la mexicana, por ejemplo, que es muy fácil de reconocer porque tiene un ancla
muy poderosa en su pasado indígena, en la época colonial, en el Virreinato; esos constituyen dos grandes anclajes
con respecto a los cuales el mexicano logra situar una vinculación de identidad.

¿Se puede hablar de una identidad sin que esta se apoye en una tradición?

Nosotros tenemos una tradición histórica, que en Venezuela está centrada en torno a ese fenómeno fundamental y
central que es la Independencia, proceso que, como he dicho, revistió caracteres que no tuvo en ningún otro país
de Hispanoamérica.

¿Ese hecho puede constituir para un pueblo una marca de identidad tan robusta como la que
imprimen varios siglos de culturas indígenas?

Yo no veo por qué actuaría de manera distinta. Acuérdese de que el cristianismo viene de apenas tres años de
prédica de Cristo, y mire usted la vigencia y fortaleza que aún tiene.

Claro que apoyado en publicistas muy eficaces, quizá los que necesitamos para erradicar esa
especie de complejo de inferioridad que nos viene del hecho de carecer de una arqueología de
la tradición, digamos, o de que somos un pueblo reciente.

Lo importante no es que la historia de nuestro país se hunda en los siglos. Lo importante es que uno sienta, que
uno experimente o no una identificación con algo del pasado que le pertenece. Y esa identificación el venezolano la
establece con la Independencia, mientras el guatemalteco lo hace con el pasado maya y el cubano con la raíz
mágica negra.

Usted ha perseguido la corrupción en Venezuela, ha puesto todo su prestigio personal para


señalarla, por lo menos para no convertirse en cómplice. ¿Cree que la corrupción, la trapacería,
están en el alma venezolana como una seña de identidad?

No lo creo. Creo que en el alma de todo el mundo están la trapacería y la viveza, ese es un fondo que tenemos
todos los seres humanos y que lo dominamos por convicciones morales. El gran mal de Venezuela ha sido la
corrupción a la altura de la jefatura del Estado, ahí ha estado el mal. Cuando el Jefe del Estado, cuando la cabeza
del gobierno es corrupta, se corrompe la nación hasta el foso.

¿Cuales serían entonces, las características que pueden definir el alma venezolana?

Yo creo que el venezolano es generoso y muy afectivo, profundamente afectivo. Venezuela es el único país en el
que a uno lo llaman por teléfono y la telefonista le dice mi amor. Eso no pasa en ningún país del mundo. Es verdad,
los extranjeros se asombran, jamás desde un teléfono en España le dirían mi amor a nadie.

¿Hasta a Úslar Pietri le dicen mi amor las telefonistas?

Se lo puedo asegurar.

Extracto de entrevista realizada por

Milagros Socorro a Arturo Úslar Pietri,

publicada en la Revista Bigott Nº 29. 1994


Después de (o antes, o sin) leer la entrevista transcrita arriba, recomendamos la visualización de este trabajo
audiovisual de 2007, una interpretación de la obra Miranda en la Carraca (1896) de Arturo Michelena, realizado por
un joven artista visual contemporáneo, Iván Candeo.

Miranda en La Carraca (2007)


창작가 Iván Candeo

12:35

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