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Para ti, que sueñas

Simbad enamorado es un relato, un conjunto de relatos fantásticos


que siguen la estela del barco del protagonista.
Simbad existió.
Yo, marino de profesión, puedo asegurarlo.
A partir de ahí reproduzco la vida singular de uno de mis
antepasados.
Podéis creer o no cuanto sigue. La prueba os llegará cuando
un recipiente de vidrio arribe a alguna costa y alguien lo publicite.
Si el trabajo recogido en este manuscrito os parece digno de
publicar, hacedlo antes de que se os adelanten.
Grabad el sonido del mar en cualquier orilla. Buscad vuestro
mejor rincón y leed cuanto sigue.
Cuando volváis a ver el mar estoy convencido de que vuestros
ojos podrán escudriñar allá en el horizonte, en la curva del
océano, un pequeño punto que, ayudados por la imaginación,
podréis convertir en el objeto soñado.
Os espero en las aguas cálidas y transparentes en las antípodas,
en el Mar de las mil islas.

Simbad, descendiente de muchos Simbad


Existen.
Igual que los mil y un días, mil y dos, y tres…
Solamente los pusilánimes no aceptan la fantasía como
dimensión de otra realidad.
En ellos pienso.
En los tristes, desencantados y faltos de imaginación.
Para animarlos.

A diferencia de las exageraciones que inventó Sherezade para


salvar su vida y entretener al ocioso y misógino sultán, mis viajes
son auténticos. Son tan normales que cualquiera de vosotros
pudisteis ser los protagonistas.

Si os decidís por leer este libro de viajes comprobaréis que


cuanto hay en ellos es factible, más verosímil que muchísimas
cosas de la vida que nos rodea.
Podéis hacer la prueba y preguntaos en cualquier pasaje si lo
que narro es menos creíble que cualquier avance de la ciencia.
Dejaos llevar por un hálito de imaginación.
Dejaos arrullar por el movimiento y sonido del mar.

Escribo como Simbad porque me siento en él reencarnado.


Yo, que he sido varias veces devorado por el mar y por los
monstruos que en él moran, os confío mis memorias. Las de los
siete viajes. Los suyos. Míos.

Todo yo, construido de aventuras, me abro.


A todos.
Para que podáis ver en mi interior. Sentid el vértigo, asombro,
sorpresa y amor a través de mis aventuras.
Reales.
Porque no solo existe lo evidente.
Lo racional.

Cerrad los ojos.


¡Cerradlos!
Por favor.
Pensad en la obsesión de Akaab.
Los maravillosos garabatos de Picasso.
La intuición de Colón.
El amor de Paris.

Es real si así lo aceptáis.

Más allá del horizonte aparente de la mar, una vez que la


última letra de la última palabra de mis historias quede en el
manuscrito que ahora estoy a punto de terminar, lo firmaré con
mi sangre como prueba de autenticidad.
Después, lo arrojaré en la corriente de Humboldt, en una caja
cuadrada de cristal, irreverencia en un mar redondo.
Para que navegue.
A la deriva.
Hasta que un día aparezca en cualquier costa.
Imagino mi legado arribando a Matara, al sur de Sri Lanka.
A la californiana San Francisco.
Vaasa, en el Báltico finlandés.
A Recife, en la costa norte de Brasil.
O entre los aparejos de pesca de los barcos que descargan en
Walvis Bay en Namibia.
En cualquier litoral; arrecifes, puerto, playa o flotando sobre
las aguas.

Sorpresa.
Es posible que el poseedor del hallazgo lo exhiba, esconda,
consulte con amigos, lo lleve a la universidad para estudiarlo o se
lo ofrezca a cualquier periódico o editorial.
Espero, en resumen, que salga a la luz.
Para que lo lea el mayor número de personas.
Después…
… que cada cual opine.

Comienzo a contaros mis aventuras.


Recordad.
Reales.
Mis primeras singladuras las hice en barcos viejos con gruesas
tracas remachadas, duras y fiables como la piel de un armadillo.

En la vieja Trieste embarqué en un carguero que zarpaba hacia


las islas del Pacífico con máquinas de coser. Viajaba al albur, «a
tramp», que es hacerlo sin conocer el cargamento ni qué puerto
será el siguiente destino.
En un mapamundi marcaba las rutas hasta tejer figuras
caprichosas, líneas superpuestas de largas loxodrómicas y cortos
cabotajes.
Tras dos meses por las solitarias islas azules del gran océano,
después de estibar un cargamento de cocos para Persia, comen-
zaron lo que serían mis aventuras extraordinarias.
Todo se inició subiendo el mítico Chat-el-Arab, río que
arrastra guijarros de lo que fue el paraíso terrenal entre el Tigris
y el Éufrates.
Allí fumé mi primer opio entre desdentados viejos y jóvenes
soñadores.
Vi la luz.
La encontré.
A Ella.
O me escogió.
Entre nubes. Flotando en un planeta vaporoso.
Como cualquiera de vosotros, al verla creí que era irreal, el
deseo inconsciente de acercarme a la perfección únicamente
alcanzable en sueños o en la literatura.
Pero la toqué.
Me acarició.
Y todo lo vivido hasta ese momento perdió su valor.

En noche cerrada, tras comprar vilmente al guardián del


portalón, la introduje a bordo.
En secreto, rodeados de una tripulación de rufianes, gentes
de todas las razas, aventureros desnortados y viejos marineros
inútiles fuera del mar, nos conocimos bíblicamente.
Yo, loco.
De amor
también.

Incluso la ambigüedad de una mujer como Mona Lisa correría


más peligro en aquel barco, siempre ávido de mujeres, que la
mecha encendida en un barril de pólvora en la santabárbara de
un galeón.

Mi rango me permitía camarote propio y di orden para que


nadie entrara en él, ni el mismo camarero de la oficialidad. Que
no limpiase ni introdujese la ropa para mudar la cama, repusiese
las toallas o entregara el uniforme planchado.
De madrugada, al salir de guardia, en el desayuno robaba
alimentos para llevárselos.

Podréis intuir cómo era.


Es casi imposible sin verla.
La mujer más bella jamás nacida, hurí, eternamente joven.
Su cara, óvalo perfecto. Sus ojos, profundos pozos de
enigmático sondaje. Sus labios, fresas en relieve. Su cuerpo,
inimaginable escultura.
En fin, una modelo de pasarela sin posado.
Mientras vivíamos intensamente nuestro amor en el interior
del camarote, el resto de la vida, todo lo vulgar, seguía, pero para
mi desasosiego algo debía notarse.
En la cámara me observaban.
Mi comportamiento. Mis gestos. Mis huidizos ojos delataban
mi fulgor interior, así como mis coordenadas, muy alejadas de las
del navío.

¡Pobres imbéciles!

Yo me había convertido en un príncipe aunque todos lo


ignorasen.
Ella me había elegido.
Era el portador del elixir para subvertir la humanidad a través
del amor.
Pero la propia belleza tiene sombras.

Pronto se corrió la voz de que al pasar por mi camarote un


perfume suave, mezcla de manzanas maduras y agua de romero,
traspasaba la puerta y los mamparos impregnándolo todo de
frescor y felicidad, y lo peor era que aquellos que lo olían lo
llevaban consigo y sus sueños se convertían en noches placenteras,
de tal manera que el tránsito por el pasillo de oficiales llegó a
tener igual concurrencia que la entrega de adelantos de la paga
previos a la arribada a puerto.

El capitán, impertérrito como bloque de granito, siempre


enchufado a su vieja pipa de madera de cerezo tallada en una sola
pieza y más importante que la existencia de toda la tripulación,
comenzó a mirarme con ojos inquisidores tras la nube de su
tabaco; Capstan, naturalmente.

La miré.
Y se lo dije.
Que era el momento.
Aceptó.

Dejábamos el Cuerno de África. Con un cargamento de


algodón iraní navegábamos buscando nuevo flete hacia la
Sudamérica occidental.
Evadirnos.
Durante varios días hice acopio de víveres y agua suficientes
para una larga travesía. Aprovechando la solitaria guardia de
noche fui acumulando el botín en uno de los botes salvavidas.
Cerca del mar de las mil y una islas, en noche sin luna, poco
antes de acercarse la hora del relevo, le dije al timonel que retrasase
la llamada del oficial entrante de guardia hasta mi regreso.
Arrié el bote.
Supe que con ese acto dejaba mi vida anterior, la ortodoxa,
para sumergirme en la incierta de la constante y excitante
aventura convirtiéndome en un proscrito con mi retrato en todas
las Capitanías de Puerto del mundo por desertor.
Levantaba el fondeo.
La suerte estaba echada.

Navegar libremente es como abrir rutas a los sentidos. Es


buscar detrás de la curva un nuevo horizonte siempre renovable,
el mismo y diferente. Un más que dudoso aserto dice: «Vivir no
es necesario, navegar sí». Frase copiada por Plutarco en el espejo
de una nave griega.
La utopía.

Así y no de otra manera comenzó el primero de mis siete viajes.


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