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Carta a Zelda

F. S. Fitzgerald

A Zelda Fitzgerald

Verano (?) de 1930

Borrador de una carta, que tal vez no llegara a enviarse.

Escrita con Zelda en la Clinique

París o Lausana

Así que sé esto: que aquellos días cuando subimos del Sur, desde Capri, fueron de los más felices
de mi vida, pero tú estabas enferma y en casa no había felicidad.

Hacía mucho que me sentía desgraciado. Cuando mi obra de teatro fracasó año y medio antes,
cuando trabajé tanto durante un año, doce cuentos, una novela y cuatro artículos, en una época
en la que nadie creía en mí y no veía a nadie más que a ti + antes del final tu corazón me
traicionó y entonces me encontraba realmente solo, sin nadie que me gustara. En Roma
estábamos tristes y yo tenía el trabajo de las pruebas y otros tres cuentos y en Capri estabas
enferma y, mirara hacia adonde mirara, me parecía que no quedaba una gota de felicidad en
el mundo.

Luego vinimos a París y de pronto comprendí que no todo había sido en vano. Había triunEado:
era el hombre más grande de mi profesión, todos me admiraban y me sentía orgulloso de haber
logrado algo tan bueno. Conocí a Gerald y a Sara, que nos consideraban amigos, y a Ernest, que
era un igual y el mismo tipo de idealista que yo. Me emborraché con él en los caSetuchos de la
orilla izquierda y bebí con Sara y con Gerald en su jardín de Saine Cloud, pero tú estabas
siempre enferma y en casa todo era tristeza. Fuimos a Antibes y yo me sentía feliz, pero tú
seguías enferma, y todo el otoño y aquel invierno y la primavera haciendo la cura, y yo siempre
estaba solo y tenía que emborracharme para poder dejarte tan enferma sin preocuparme; sólo
era algo feliz un poco antes de estar demasiado borracho. Luego tenía que pagar la penitencia
habitual por haberme emborrachado.

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Al fin te curaste en Juan-les-Pins y recibí mucho dinero y cometí los errores típicos de los
literatos: me creí «un hombre de mundo», que caía bien a cualquiera, y que todos me
admiraban por mí mismo, pero a mí sólo me gustaban unas cuantas personas como Ernest y
Charlie McArthur (2) y Gerald y Sara que eran mis colegas. El tiempo pasa rápido así y no se
hace nada. Entonces creía que las cosas serían fáciles, había olvidado las angustias mortales
que pasé escribiendo El gran Gatsby en una época desdichada. En Hollywood desperté no mi yo
egoísta y seguro, sino una mezcla de Ernest con ropa elegante, Gerald con una profesión y
Charlie McArthur con pasado. Cualquiera que me lo hiciera creer, como Lois Moran, me parecía
encantador.

Ellerslie, la gente del polo, la señora Chanler, (3) la fiesta para Cecilia (4) fueron tentativas de
compensar desde fuera las carencias interiores. Cualquier cosa con tal de complacer, para
convencerme de que no era un hombre de flaco ingenio sino un gran hombre de mundo. Y, al
mismo tiempo, sabía que era absurdo, y la parte de mí que lo sabía nos llevó a la rue Vangirard.

2. Charles MacArthur, dramaturgo y guionista de cine; casado con la actriz Helen Huyes.

3. Seguramente la esposa de Winthrop Chanler, amigo acaudalado del Padre Fay.

{Cyril Sigourney WeLster Fay, mentor de Scott en la escuela Newman, y a quien éste dedicó
This Side of Paradise. El Padre Darcy de la novela está inspirado en el padre Fay.}

4. Hija de Cecilia Taylor, prima de Fitzgerald.

Pero entonces te habías encerrado en ti misma como yo hace cuatro años en Saint Raphael. Y
sufrimos todas las consecuencias de los malos apartamentos por tu falta de paciencia («Bueno,
si eres [...}, por qué no ganas algo de dinero?»), de los malos sirvientes, por tu indiferencia
(«Bueno, si no te gusta, ¿por qué no mandas a Scotty al colegio»). Comprendía tu antipatía por
Vidor, (5) tu indiferencia por Joyce, no podía compartir tu constante entusiasmo y entrega al
ballet. Y en algún momento entonces me sentí explotado, y no por ti, sino por lo mucho que
me dolía la espantosa falta de felicidad. Claro que en casa había habido siempre menos que
allí: eras un fantasma lavando ropa, intercambiando trivialidades en francés con Lucien o Del
Plangue. (6) Recuerdo los viajes desolados a Versalles, a Rhiems, a La Baule, emprendidos por
el absoluto hastío del hogar. Recuerdo haberme preguntado por qué seguía trabajando para
pagar los gastos de aquel hogar desolado. Había evolucionado. Me entregué a la desesperación
por el aislamiento absoluto, es decir, la soledad con Mlle Delplangue, o el bar del Ritz, donde
recuperaba el amor propio durante media hora, a menudo con alguien a quien apenas conocía.
A veces los dos íbamos por la tarde en taxi al Bois y al poco rato yo prefería ir al CaSé de Lilas
y sentarme solo, a recordar los buenos ratos que había pasado allí con Ernest, Hadley, Dorothy
Parker + Benchley hacía dos años. Recuerdo que durante todo aquel tiempo no culpaba a nadie
más que a mí mismo. Me quejaba cuando la casa resultaba insoportable; pero, a pesar de todo,

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yo no era John Peale Bishop, la pagaba con trabajo, que detestaba con todo el alma y que me
resultaba cada vez más difícil. La novela era como un sueño, cada día más lejano.

5. El director de cine King Vidor.

6. La institutriz de Scottie.

Ellerslie estuvo mejor y peor. La desdicha es menos acuciante cuando vives con cierta dignidad
sobria; pero la tensión económica era excesiva. Desde que nos marchamos de París en
septiembre hasta que llegamos a Niza en marzo vivimos a razón de cuarenta mil anuales.

De todos modos, me sentía feliz. Otra primavera: vería a Ernest, a quien había lanzado; a
Gerald + Sara, que por mediación mía habían podido hacer algo en el cine. (7) Al menos la vida
no sería tan monótona; iría a fiestas con personas que tenían algo que ofrecer, hablaría con
gente que tenía algo que decir. Y también podría nadar, tomar el sol, rejuvenecerme y estar
cerca del mar.

7. Gerald Murphy había trabajado con King Vidor en Alel'¿ya

Salió de maravilla, ¿verdad? Gerald y Sara no nos vieron. Ernest y yo nos vimos pero se trataba
de un Ernest más irritable, explicándome receloso donde estaba, como si temiera fuera a
dejarme caer por allí borracho y pusiera en peligro su contrato de arrendamiento. Descubrir
que media docena de personas eran habituales de la casa no estimuló mi amor propio. Para
cuando llegamos a la hermosa Riviera, había contraído tal complejo de inferioridad que si no
estaba borracho no me aguantaba a mí mismo. Pero también allí trabajé, y la insólita
combinación me destrozó los pulmones.

Tú te habías ido ya. Apenas te recuerdo aquel verano. Sólo eras una de las personas que me
tenían antipatía o que me resultaban indiferentes. No me gustaba pensar en ti. No me
necesitabas y era más fácil hablar con, o mejor dicho dirigirse a, Madame Bellois y atiborrarme
de vino. Agradecí que fueras conmigo al médico una tarde, pero al cabo de una semana en París
ya tanto me daba vivir o morir. Las cosas eran siempre iguales. Los apartamentos estaban
desastrados, las sirvientas olían mal; el ballet siempre delante de mis narices, estropear un
cuento para llevar a los Troubetskoys a cenar, emponzoñar un viaje a África. Te estabas
volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba arruinando y lo llamaba lo primero que me
viniera a la cabeza. Y creo que cualquiera lo bastante distanciado para vernos fuera de nuestra
fácil representación de nosotros mismos adivinaba tu egoísmo casi megalomaníaco y mi
demencial entrega a la bebida. Hacia el final ya nada importaba mucho. Lo más cerca que he
estado alguna vez de dejarte fue cuando me dijiste que creías que era marica, en la rue
Palatine, aunque lo que dijeras ya sólo me producía una especie de compasión distante por ti.
A pesar de tu capacidad de observación superior y de tu inteligencia más firme, yo tengo la

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facultad de advininar sin datos, incluso con cierto asombro, por qué y de dónde llegó el atajo
mental. Ojalá Bellos y condenados hubiera sido un libro escrito con madurez porque era real.
Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el
uno al otro.