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UNIVERSIDAD AUTONOMA DE BUCARAMANGA

Grupo de investigación “Violencia, Lenguaje y Estudios culturales”


Semillero “Sujeto y Psicoanálisis” / Texto: Historia de la sexualidad (I) - M. Foucault.
Protocolo de la sesión del 8 de Junio del 2017
Por: Sebastián Patiño Villegas
Fecha: 22 de Junio del 2017

Se dio comienzo a la sesión retomando la lectura de la relatoría del apartado “dominio”, a partir de la cual se
trajo a colación algunos interrogantes formulados en la sesión anterior. Antes de intentar dilucidar dichos
cuestionamientos, se hizo hincapié en el sentido que puede comportar el título “Domino” y, en esa vía, se resaltó
cómo Foucault empieza a delimitar unas proposiciones generales relativas al dispositivo de la sexualidad
―pensado como un dispositivo histórico― que van desentrañando el conjunto de estrategias y las condiciones
de posibilidad del poder sobre el cuerpo y el sexo; apuesta investigativa que avanza menos hacia una teoría
soportada por una hipótesis represiva, que hacia una analítica del poder.

Ahora bien, luego de recapitular algunas de las hipótesis esbozadas en la sesión anterior, se coligieron los
siguientes interrogantes: ¿Qué utilidad le presenta el psicoanálisis al amo para que este dé cuenta de su
sostenibilidad?, ¿cómo aporta el psicoanálisis, en tanto discurso, al sostenimiento del control de los cuerpos?, ¿el
psicoanálisis se ha servido de la sexualidad? Y, finalmente, ¿aporta el psicoanálisis al sostenimiento del bio-poder?
Serie de interpelaciones que sitúan, como eje central, la relación del psicoanálisis con el saber, el poder y la
verdad.

A partir de lo anterior se dijo que el psicoanálisis, en tanto existe, está en relación con el discurso del amo. No
obstante, el elemento que lo posiciona como un discurso extraterritorial es la particularidad epistémica, esto es,
la manera en que encara el problema del saber; pues si bien es una práctica que se puede servir del amo para
sustentar su existencia, no se inscribe como un dispositivo que se confabule con este, en la medida en que no se
conduce por el ideal de la universalización del sujeto. En este sentido, se subrayó que, aunque el psicoanálisis
pueda comportar un efecto de resistencia, no existe como un discurso de resistencia, ya que eso estaría en las lógicas
de un partido político y, por ende, de una psicología de masas poseedora de la verdad sobre el sujeto.

Posteriormente, se trajeron a colación algunos fragmentos del apartado “Domino”, en los que Foucault evidencia
de qué manera la sexualidad fue haciéndose objeto. Esto, en principio, a partir de la configuración del dispositivo
de alianza y su tentativa por instituir un discurso que dictaminara qué era lo normal ―y por tanto lo anormal―
en la sexualidad. Así, una vez constituidos aquellos objetos privilegiados de saber (la mujer histérica, el niño
masturbador, la pareja malthusiana y el adulto perverso), se empieza a alojar el problema de la sexualidad en la
forma de la familia, como efecto de la producción médico-psiquiátrica de dispositivos específicos de saber y
poder en torno al sexo. Dicho recorrido permitió vislumbrar lo que vendrían a ser las condiciones de emergencia
del psicoanálisis, pues en ese espacio de transición del dispositivo de la alianza al de la sexualidad, tal como señala
Foucault, el psicoanálisis se instala modificando el régimen de las inquietudes y las seguridades. Surge entonces como un
discurso científico que ya no es médico-psiquiátrico, pero que, delimitando diferencias con el modelo
neurológico de Charcot, introduce otra manera de tratar y concebir la sexualidad. En este punto se advirtió cómo
el psicoanálisis, aun sacando al sujeto de la familia para que produjera su propia versión, se encuentra nuevamente
con la novela familiar del neurótico, es decir, con la ley de la alianza como principio de la formación de la
sexualidad; cuestión que le permite ir dando cuenta de la inscripción de modos de satisfacción e insatisfacción
propios de la sexualidad en el dispositivo familiar.

Tal ruptura que introduce la práctica psicoanalítica en relación a los discursos de la época en torno a la sexualidad,
dejó entrever otro elemento que objeta su utilidad para el amo, pues sus efectos no corresponden a los de un
dispositivo terapéutico familiar en el que se apuntaría a la reinserción del enfermo a la familia, ya que ello
implicaría, a su vez, sostener un ideal de familia edificado por el dispositivo de la alianza. Asimismo, se dijo que
aunque pareciera que el psicoanálisis toma el relevo de las prácticas de sí (al ocuparse de aquello que la ciencia
relegó y cedió a las religiones), se distancia de ellas al no establecer técnicas dentro del dispositivo analítico, y
constituyendo un dispositivo de saber sobre lo inconsciente que se vale de la palabra, tal como la confesión, pero
sin apuntar a la absolución de los pecados, al reconocimiento de la culpa, o al otorgamiento del perdón, y sí al
reconocimiento de la responsabilidad subjetiva, a la posición del sujeto en relación a la ley.

Volviendo sobre la alusión al psicoanálisis que expone Foucault, se dijo que esta refleja un análisis que no se
concentra tanto en la verdad de la teoría psicoanalítica, y sí en el régimen de veridicción y sus efectos. En esta
vía, la práctica psicoanalítica es pensada como un discurso que no es ajeno a unas condiciones histórico-sociales.
Por lo que, si bien en la experiencia clínica la relación con el saber y la verdad, es decir, la manera en que se trata
el objeto de que se habla, no apunta al sostenimiento del poder que profesa el amo, para Foucault, la emergencia
del psicoanálisis implicó la configuración de una determinada concepción de la sexualidad, que conlleva la idea
de una verdad sobre el sexo. De forma que al inmergir la producción de discursos sobre el sexo en el campo de
las relaciones de poder múltiples, lo que advierte Foucault es que, desde la dirección de conciencias hasta el
psicoanálisis, se vislumbra el sostenimiento del dispositivo de alianza. Aquí se precisó que en ningún momento
se trata de una homologación de la dirección de conciencia con el psicoanálisis, o de denunciar en el analista una
praxis que implicaría un control e intensificación de los placeres. Más bien, lo que va mostrando Foucault es
cómo el psicoanálisis, heredando un conjunto de elementos que ya tiempo atrás podían advertirse en las escuelas
de pensamiento helenísticas, pudo llegar a sostener el dispositivo de alianza. De manera que negarlo sería, de
alguna manera, negar la posición del psicoanálisis dentro de esa episteme.

Como efecto de lo mencionado hasta el momento emergió un debate acerca de la posibilidad de pensar que el
psicoanálisis pueda entrañar efectos de verdad que sostienen un entramado de poder en torno al cuerpo y, por
ende, el control de los placeres. Se replicó, entonces, que si bien el psicoanálisis puede tener como efecto una
regulación del goce, eso no se propone como fin en el dispositivo analítico; más bien, apunta a la construcción
de un deseo más consistente para un sujeto, de tal manera que la relación con su deseo produjera una reducción
del goce. De lo contrario, el psicoanálisis fungiría como un dispositivo disciplinar que declara imperativos de
goce, cuando en realidad quien ha de ejercer un control sobre el goce es el sujeto. Se puntualizó, asimismo, la
importancia de exigirle a la clínica la pregunta por el cómo se ha sostenido como discurso. En esa vía es menester
cuestionarse ¿el amo acoge al psicoanálisis?, o ¿es el psicoanálisis el que se hace acoger por el amo?, pues dichos
interrogantes van delimitando la manera en que ha de pensarse el camino que ha transitado el psicoanálisis como
discurso para sostenerse en relación al poder. Además, se resaltó que ―como muestra Foucault― el psicoanálisis
posee condiciones para hacer parte de un orden discursivo como cualquier otro. No obstante, bajo esta óptica
también se debe dar cuenta de las singularidades que posee como discurso, que no permiten identificarlo como
una ciencia o religión.

Otro elemento que se puntualizó fue la manera en que es posible constatar que, en gran medida, el pensamiento
de occidente se vio atravesado por una estructura cristiana cimentada en el logos de la filosofía antigua, la cual
instaló un saber sobre el cuerpo ligado a nociones de culpa, pecado, carne, etc. En este sentido, sorprende la
ruptura que introduce el psicoanálisis en relación a dicha postura, pues aunque no se puede negar que los
fantasmas de Dios, quizá indestructibles, perduran en la racionalidad del mundo occidentalizado, y así sus efectos
sobre el dominio de la sexualidad, a partir del dispositivo clínico el psicoanálisis inaugura una manera en la que,
si bien no escapa a ello, toma otra posición que da cuenta de su singularidad en relación a la manera de tratar el
saber y la verdad.

La discusión que tuvo lugar hasta este punto, hizo posible reconocer la importancia de no excluir al psicoanálisis
de la interrogación y de ponerla en diálogo con otras disciplinas. Es la incapacidad de hacerlo lo que conlleva a
una inmunización del saber, y por tanto a una endogamia discursiva desprovista de nuevas formulaciones y
planteamientos que, en últimas, llevan a que el psicoanálisis pueda encontrarse demasiado satisfecho en la
posición extraterritorial: sin tener que demostrar nada, soslayando la prueba científica, resistiéndose también a la
exposición pública o reclamando el privilegio de ser un saber marginal. Así se reconoce, además, que el otro
puede ser percibido como enemigo o extraño precisamente porque lo que trae es interrogación; que incomoda,
sí, pero que permite poner en cuestión, analizar y describir para no “repetir psicoanálisis”.