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Una nueva República Popular

La Municipalidad de San Salvador ha establecido penas monetarias para aquellos que


cometan diversas faltas, entre ellas orinarse en las aceras. Con las mejores intenciones -
limpiar, moralizar, ordenar-, el doctor Silva y su concejo quieren llevarnos al infierno de lo
impredecible, lo caprichoso y lo inconstitucional.

El Concejo se presenta como pluralista, intelectual y abierto, pero, por las señas que se ven,
está muy mal asesorado. Alguien, la responsabilidad recae en los abogados que forman
parte o apoyan a los munícipes, debió haber advertido al alcalde que lo dispuesto es ilegal,
y al ser ilegal, atropella los derechos de los ciudadanos.

La interrogante que de inmediato surge, es ¿qué clase de futuro le espera a San Salvador, o
al país entero, si a pura fuerteza, ocurrencia, elevados deseos, malicia o errores, se
determinan políticas que no sólo afectan a personas y sectores, sino que hieren el orden de
Derecho? ¿Acaso no ha sido suficiente el espectáculo de las "repúblicas populares" de
Ataco y de San Tecla, donde las cosas se hacen al aire de los alcaldes y sin atender a lo que
mandan las leyes?

De acuerdo con la Constitución, establecer penas y sanciones monetarias es de la exclusiva


incumbencia del Estado -o sea, de la legislatura-, siguiendo un debido proceso de estudio,
formulación y promulgación. Esta es la norma en todas las grandes democracias, pues de no
ser así, se caería en el caos jurídico.

Las alcaldías no pueden, por sí y ante sí, determinar lo que queda sujeto a gravamen
municipal, como tampoco armar su propia política fiscal, ni menos fijar impuestos al
patrimonio. Es inválido imponer penas a los que orinan en la calle, tasas a las distribuidoras
eléctricas por los postes que emplean para transmitir energía, o impuestos a las empresas de
acuerdo con sus activos, como es el caso de la tabla de arbitrios con la que se quiere caer
encima de patrimonios privados.

La alcaldía está autorizada por ley a cobrar por los servicios que presta. Hay tasas por
extender certificaciones, por barrer las calles, por alumbrado público, por asentar
nacimientos, por cuidar los mercados, por autorizar ventas callejeras en compensación al
servicio de vigilar y asear esas aceras y rúas. Pero todo otro impuesto tiene que ser
aprobado antes por la legislatura, pues se caería en el más total desorden, si cada
municipalidad decide, por sí y ante sí, lo que va a cobrar a los ciudadanos, y qué constituye
un servicio. En el caso de los postes, la Municipalidad argumenta que "el uso del subsuelo"
es tasable, cuando el subsuelo, el espacio aéreo y las vías públicas son propiedad del
Estado.

254 cocineros de la vida de los salvadoreños

Piénsese en la clase de situación en que nos encontraríamos, si al alcalde de Polorós se le


ocurre poner impuestos a los rótulos en las casas, mientras el de Juayúa cree muy del caso
cobrar tasas a los automovilistas que "usan el espacio de la ciudad". En cosa de meses, El
Salvador estaría pulverizado en pequeños territorios, "repúblicas populares", en donde el
poder, las decisiones y la vida de la gente quedaría en manos de dos y medio centenares de
concejos.

Para no caer en la anarquía, los Estados nacionales se reservan el derecho de fijar la política
fiscal, y decretar lo referente a multas y penas diversas. De lo contrario, cada alcalde y
concejo se creería facultado para diseñar su propia política de "reparto de la riqueza",
montar sus esquemas de reivindicación popular, echar adelante regímenes punitivos,
someter a los vecinos a lo que se le antoje, por el sólo hecho de vivir ahí. De haberse
aceptado o aprobado la tarifa de arbitrios propuesta por la Municipalidad de San Salvador,
se habría dividido el país en dos: una parte regida por decretos legislativos, con un sistema
económico más o menos sensato, mientras otra estaría sometida al saqueo.