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Koté

Anna Gisenid
Annette-Marie Lili-ana
Carilo Mariela
Dee Valentina95

Mariela

Beth B. Dionne
Candy20 Mariela

Mariela

Aria
M
i obsesión nació de inocentes y buenas intenciones, y comenzó el día en
que vi un diario escrito a mano tirado en los arbustos fuera de una casa
en la avenida Lexington. Estaba lloviendo esa mañana, y mi intención
era regresarlo al día siguiente; seguro y seco.

Solo me lo guardé.

Lo guardé, y lo leí.

Una semana después, abrumada por la curiosidad y el sentimiento de culpabilidad


por albergar secretos que no me pertenecían, traté de devolverlo.

Solo que no esperaba conocerlo.

Inexcusablemente despiadado y enigmáticamente atractivo, dice no saber nada


sobre el diario que me encontré fuera de su casa, pero el brillo reticente en su mirada
verdeazulada me dice lo contrario.

Hay algo diferente en él; algo dañado aún mágico, y me siento atraída por él;
tirada hacia su órbita.

Solo hay un problema.

Cuanto más tengo la oportunidad de conocerlo, más estoy segura de que el diario
le pertenecía a él…

…y cuanto más esperanzada me encuentro, egoístamente, estoy equivocada.


Traducido por Valentina95

Corregido por Mariela

Aidy

ienes que devolverlo. ―Wren me da esa mirada


desaprobatoria que solo una hermana mayor puede dar, y

—T
entonces se gira para mirarse en el espejo de su vestidor―.
Jesús, Aidy, ya ha pasado una semana.

―No sabemos si él lo está buscando. ―Presiono el cuaderno de color tabaco


contra mi pecho, inhalando con avidez su olor a cuero y a crema para después del
afeitado profundamente en mis pulmones.

―Ni siquiera sabes si le pertenece a un hombre. ―Ella aprieta un montoncito del


tamaño de una moneda de protector solar en sus dedos antes de emulsionarlo entre las
palmas de sus manos.

―La escritura ―digo, sentándome con las piernas cruzadas en el borde de la


cama―. Es definitivamente un hombre. No hay duda. Y esta cosa está llena de
divagaciones sobre el amor. Escribe sobre las mujeres de una forma en que solo un
hombre podría hacerlo.

―¿Así que ahora eres Adelaida G. Kincaid, experta en literatura?

Hojeando a través de las desgastadas hojas del cuaderno de un extraño, abro


donde está una página marcada y tracé mis dedos a través de la tinta negra azabache
que llenaba cada línea.

Aclarando mi garganta, en voz alta empecé a leer―: Lágrimas cayeron en su copa de


champán mientras se inclinaba sobre la baranda del balcón. Estaba sola, en la manera en que
tendía a estarlo estos días. Esa mujer era hermosa y triste, brillo en su cabello, lágrimas en sus
ojos y labios, injustamente no besados mientras en el resto del mundo llamaba al año nuevo.
―Eso es deprimente. ―Wren aprieta un poco de corrector en el dorso de su mano
y agarra una pequeña brocha. Durante los siguientes veinte minutos, ella va a
transformarse a sí misma en una Kardashian honoraria, antes de salir corriendo por la
puerta para dirigirse a una entrevista de trabajo con alguna actriz de reality show de
Los Ángeles buscando a un artista del maquillaje para ir a Manhattan. El maquillaje de
Los Ángeles y el de Manhattan son muy diferentes entre sí y una parte de ser una
actriz en demanda en una ciudad llena de competidores talentosos es sabiendo como
lucir en cada lugar.

―No es deprimente. Es agridulce. ―Me abanico con las páginas, respirando el


olor al papel que empolva mi rostro―. Y romántico.

―Ese chico está obsesionado con esa chica ―dice Wren―, en una forma que es
completamente nada saludable.

―Es una hermosa, pero trágica, historia de amor, Wren. Él está enamorado de
una mujer con la que nunca podrá estar, y este diario, está lleno de él profesando su
amor por ella y documentando todos sus momentos robados. ―Suspiro, hojeando las
páginas para encontrar otro extracto―. Robé una mirada de ella esta noche. Pero ella robó
mi corazón. Fue un preludio de una guerra de amantes que ninguno de nosotros iba a ganar.

―Escalofriante ―canta Wren.

Encuentro otro pasaje, determinada a probar mi punto. ―Esta noche casi nos
besamos. Casi. Sujeté sus suaves manos en las mías y sentí un tirón cuando nuestros labios
entraron al limbo, separados por meros centímetros y un no mencionado, si solo.

―Dame eso. ―Wren quita el diario de mis manos y lo abre en una página al
azar―. Esta noche, vi a mi vecino follando a su criada contra el cristal del piso del bar de su
penthouse. Sus pechos rebotaban con cada embestida mientras vertían sus inhibiciones sobre la
calle de la ciudad cubierta de nieve, su mano ahuecando la parte inferior de su mandíbula
mientras le susurraba al oído palabras que solo ellos conocerían.

Ella me lo devuelve, su lengua saliendo por la comisura de su boca y su nariz


arrugada.

―No has leído el resto ―defiendo al extraño―. Él va a hablar sobre por qué
piensa que un hombre querría tener lo que se supone que no debe tener. ¿Es impulsado
por la lujuria? ¿Primitivo? Es fascinante, su perspectiva.
―Él está obsesionando con hombres queriendo mujeres que no pueden tener.
―Wren se encoje de hombros y entonces se gira para enfrentar el espejo de su
vestidor.

―No ―argumento―. Él está totalmente enamorado. Abraza que es


desordenando, complicado e imperfecto, y está explorando eso. Está tratando de
averiguar por qué ama tanto a esta mujer, y si es posible dejarla ir porque al estar con
ella podría dañar a gente por la que se preocupa.

―Estoy pensando seriamente de nuevo en tu decisión de seguir mi pasos,


hermanita. ―Wren desenrosca un rubor compacto en crema y aplica un poco del rosa
sobre sus pómulos―. ¿Segura que no quieres volver a la universidad a estudiar
literatura? Es decir, estás cavando bastante profundo aquí. Es solo una libreta llena de
divagaciones de un tipo trastornado, y tú lo estás pintando como la segunda venida de
Romeo y Julieta.

―No estalles mi pequeña burbuja romántica. Quiero creer que esto es de fiar.
―Ciño mis manos sobre la portada del libro y exhalo, mis hombros cayendo―. Tengo
esta imagen de él en mi mente, apuesto y de hombros anchos. Cabello oscuro. Mirada
melancólica. El tipo de chico que te trae flores sin ninguna razón, deja notas de amor
en tu almohada y te ama con una intensidad tan fiera que físicamente duele.

―Me encanta como estás metiendo a tu hombre ideal en la historia de amor de


otra persona.

―Ah, ¿ahora estás admitiendo que es una historia de amor?

Mi hermana rueda sus ojos, luchando contra una sonrisa. ―Lo que sea.

―Solo espero que ahora ellos estén juntos, ¿sabes? Espero que hayan pensado las
cosas, que sean felices y el amor gane. Porque debería. El amor debería ganar siempre.

―Dile eso a mi ex ―murmura Wren antes de mirar su teléfono y pulsar el botón


para encender la pantalla―. Mierda. Se me hace tarde. Si no termino para las tres,
¿puedes recoger a Enzo de St. Anthony?

―Por supuesto. Solo mándame un mensaje de texto y avísame. ―Amo recoger a


mi sobrino de la escuela. Tiene ocho años, así que todavía no le avergüenzo, y aún está
tan lleno de asombro y risas de niño pequeño, su pequeña carita llena de pecas se
enciende siempre que me ve, a pesar del hecho de que vivimos juntos veintiséis días al
mes. Enzo sabe que cuando la tía Aidy lo recoge de la escuela, nos detenemos en el
puesto de pretzels y en el parque camino a casa―. Buena suerte hoy. No que la
necesites.

Wren desliza las palmas de sus manos por la parte delantera de su vestido de talle
alto antes de entrar en un par de zapatillas Kelly verdes. Está resaltada y contorneada a
la perfección, su piel cubierta de rocío y sus pestañas a punto. Mi hermana es una de
esas personas que se ven sin defectos no importa que, con o sin maquillaje. Me gusta
pensar que es su belleza interior lo que hace la mayor parte del trabajo. Ella puede ser
resistente en el exterior a veces, su exterior es resinoso y duro de roer, pero por dentro,
está llena de pequeños rayos de luna suaves, y polvo de estrellas brillantes, y haría lo
que sea por cualquiera.

Mi teléfono suena desde la mesa de noche, y me extiendo sobre la cama para


agarrarlo. ―Increíble. Acabo de conseguir una nueva cita desde la aplicación. Doce y
media del próximo viernes.

Wren me da un choca los cinco en el aire y busca en el dormitorio por su bolso. El


año pasado, lanzamos una aplicación, Glam2Go, donde los clientes locales pueden
programar a su propia maquillista para que vaya a su casa y prepararlos para su gran
evento, cita por la noche o lo que sea que estén haciendo. Estamos creciendo con
incrementos considerables, construyendo una base sólida de clientes con algunas
celebridades de la lista-B salpicadas en ella.

Sería bueno tener algo constante y consistente, pero lo hacemos bastante bien
siendo independientes. Wren tiende a tomar las citas durante el día para poder estar
con Enzo fuera del horario escolar, y yo tomo las noches y los fines de semana. Dos
veces al mes, Enzo se queda con su padre en Brooklyn, y Wren me ayuda. Estamos
empezando a agendar hasta un par de semanas desde ahora, y pronto necesitaremos
contratar más maquillistas.

―¿Algún plan para hoy? ―pregunta Wren, lanzando su bolso sobre su hombro.

―Lo normal ―me encojo―. Probablemente ir al gimnasio. Comprobar el blog.


Planear mi próximo tutorial. Pedir suministros. Quizáaaaas tomar una siesta…

―Debe ser duro ―se burla ella, lanzándome un guiño. De pie en la puerta, se
vuelve hacia mí―. ¿Por qué no devuelves ese cuaderno, bien? No te pertenece.
Regrésalo a donde lo encontraste, o de lo contrario… karma.

La semana pasada estaba paseando por la avenida Lexington, era un sombrío


lunes por la tarde cuando comenzó a chispear. En cuestión de segundos, el viento
empezó a soplarme hojas a los lados, la lluvia se volvió torrencial y no perdió el
tiempo en empaparme a través de mis capas exteriores. En cuestión de segundos, vi
una casa de piedra caliza más adelante y me refugié bajo sus cubiertos escalones
delanteros.

Fue allí, a la espera de que pasara la tormenta, que vi un diario encuadernado en


piel colocado sobre un mantillo de cedro, entre los escalones de piedra y una madera
con mucha vegetación. La cubierta estaba húmeda y las páginas estaban comenzando
a enrollarse, por lo que me precipité hacia abajo y lo agarré antes de que los elementos
le hicieran algo peor.

En el momento en que la lluvia se detuvo y el sol apareció entre las nubes, mi


teléfono sonó, y bajé por la calle, escuchando a mi madre ladrar sobre su reciente
crucero por Alaska, olvidando que el cuaderno estaba escondido bajo mi sudadera.

―Bien ―exhalé―. Lo devolveré.

―Así como, hoy ―dice Wren, apuntando con un dedo en mi dirección.

―Sí, mamá.

Wren desaparece, y en cuestión de segundos, escucho el clic y el pestillo de la


puerta principal mientras se va y la bloquea. Recostada en su cama, agarro el diario
sobre mi cabeza y lo abro.

―Amo a esta mujer. La amo más que de lo que he amado algo alguna vez. La amo tanto
que me aterra. Tengo miedo de lo que podría hacer para que sea mía y tengo miedo de lo que
podría hacer si fuera a perderla completamente para siempre.

Mi boca se arquea hacia arriba en las esquinas. Mi única esperanza es que algún
día podré encontrar a alguien que me ame la mitad de lo que este hombre ama a esta
mujer.

Rodando sobre mi lado, le doy la vuelta a la página siguiente, la siguiente, y la


siguiente, devorando cada página como pequeñas y adictivas patatas fritas con sabor a
amor.

―Esta noche, ella lloró en mis brazos. La abracé porque él no estaba alrededor. Él nunca lo
estaba. Pero aun así, ella lo ama. Ella lo ama y él no la merece. Si lo hiciera, estaría aquí,
recogiendo los pedazos de su roto corazón.
Mis dedos trazan algunas de sus palabras garabateadas con bolígrafo, y mis labios
están bien a lo largo de los bordes inferiores. Me permito solo una página más, y
entonces haré mi camino hacia la avenida Lexington, encontraré la casa, y dejaré la
libreta en los escalones delanteros.

Inhalando la esencia a cuero una vez más, giro hacia otra sección y leo. ―No
espero que cualquiera pueda entender un amor que ni yo mismo entiendo. Pero aquí estoy,
intentándolo desesperadamente. Tratando de averiguar cómo es posible que el sol salga y se ponga
por sus ojos. Como es imposible pasar una hora sin tener ni un solo pensamiento sobre esta mujer.
Cómo fue posible para mí, existir antes de que ella entrara en mi mundo. Siempre ha sido ella. Lo
sé desde que éramos niños. Ella eligió al hombre equivocado, pero eso no cambia el hecho de que
sigo amándola. Y nunca dejaré de hacerlo.

Paso página, con los ojos pegados en las palabras, pretendiendo leerlos por
primera vez de estarlo haciendo nuevamente.

―Siento que ella se aleja. Dice que está mal. Ella no quiere que nadie salga herido. Pero ella
es mi fuerza vital. La necesito. Y sin ella, no voy a sobrevivir. Voy a llevar una patética y solitaria
existencia. Nunca amaré otra vez. Y no porque no lo vaya a intentar. Pero, debido a que, una vez
que has probado un amor tan puro, ninguna otra cosa se compara.

―Pobre, dulce Romeo. ―Apoyo mi mejilla en el desgastado papel y cierro mis


ojos―. Espero que puedas encontrar tu felices para siempre.

Voy a extrañar esto. Leer estas palabras. Sentir el caleidoscopio de emociones que
las acompañan. Nunca he estado simultáneamente tan exaltada y desilusionada, y a
veces, me encuentro a punto de enamorarme de un completo extraño. O más bien la
idea de él. O quizás, me estoy enamorando de la forma en que él la ama.

Es afortunada, esta mujer, por haber sido amada así de fuerte.

Me paso la mayor parte de la tarde, perdiéndome en esas palabras por última vez.
Y cuando se acabó, me compongo, me ato mis zapatillas de deporte y voy a dar un
paseo, con el diario en la mano, en dirección a la avenida Lexington.
Traducido por Anna

Corregido por Mariela

Aidy

E
sta era. Estoy segura.

Avenida Lexington 942.

Reconozco la fachada de piedra caliza tejana y el toldo negro por


encima de los escalones con el ligero desgarro en la esquina.

La brisa susurra entre los frondosos árboles que se alinean en la acera, y adelante
una mujer vestida con un chándal blanco pasea a un esponjoso pomenaria1 mientras
charla en su teléfono. Un mensajero en bicicleta pasa rápidamente por las calles,
sumergiéndose entre los taxis estacionados, y más allá un camión de basura yendo por
el vecindario.

En muchas formas, es solo un lunes normal, con gente atendiendo sus asuntos,
ocupándose de ellos mismo, haciendo sus cosas. Con mis dedos apretados alrededor
del cuaderno de cuero, me encuentro repentinamente tímida. Si alguien me viera
caminando por esta casa, dejando un libro en los escalones, y siguiendo como si no
fuera la gran cosa, probablemente pensarían que soy una loca señorita que se desvió de
su caminó a Villaloca.

Pero tengo que hacerlo.

No tengo opción.

Las ventanas en la casa son oscuras, contrastando con la pálida piedra del frente
de la estructura. Deteniéndome en la base de los escalones, inhalo fuertemente y me
encuentro obsesionada con la puerta negra delante de mí.

1
Raza de perro pequeña.
Detrás de esa puerta, muy posiblemente, se encuentra el dueño de este libro.

El autor de esas palabras.

Él que sin querer rompió mi corazón.

Un mundo completamente diferente existe al otro lado de esa puerta.

Uno con un hombre que amó a una mujer tan ferozmente que lo consumió.

Lo rompió.

Lo arruinó para cualquiera.

Diciendo un silencioso adiós, me arrodillo y dejo el libro en la parte inferior del


escalón. No se perderá allí. El dueño de esta casa definitivamente lo verá.
Levantándome, meto las manos en los bolsillos de mi sudadera gris y me giro hacia el
Central Park ya que estoy desesperadamente necesitada de un trote que aclare mi
cabeza hoy.

—Oye. —La voz de un hombre viene desde algún lugar detrás de mí—. Oye, tú.

Despreocupadamente inclino mi cabeza, echando un vistazo desde el rabillo de mi


ojo para ver quién está gritándole a quién. Es un hecho constante en esta ciudad. La
gente siempre está gritándose los unos a los otros por una razón u otra. La mayoría del
tiempo lo ignoro porque nunca es dirigido a mí, pero cuando encuentro la mirada de
un alto hombre de hombros anchos con cabello oscuro y una espesa barba oscura
cubriendo la mirada de su rostro, me detengo en seco.

—Señorita —grita.

No noto en ese momento que él está tratando de llamar mi atención, me toma un


momento. Todo lo que veo son gruesos hombros musculosos envueltos en una de esas
camisetas de béisbol, del tipo que son blancas con mangas tres cuartos azul marino. La
parte superior de su cabello está cortado largo y peinado hacia atrás, fijado con algún
tipo de producto que lo deja en un eterno estado de brillo húmedo, y el cabello a los
lados de su cabeza es corto. A pesar de que su rostro está medio cubierto por bello
facial, puedo decir desde aquí que su mandíbula es fuerte. Las cejas del hombre son
oscuras y arqueadas mientras me observa fijamente con una mirada tan intensa que no
puedo pensar con claridad.

—¿Yo? —digo, apuntando con el dedo hacia mi pecho.


Él asiente, dando largos pasos en mi dirección. El hombre se detiene en la parte
inferior de la escalera, inclinándose para agarrar el cuaderno antes de continuar hacia
mí con pasos determinados.

Sigo cada uno de sus movimientos, notando la forma en que su postura permanece
rígida mientras camina, la forma en que sus ojos nunca dejan de entrecerrarse hacia
mí, y la manera en que sus labios se mantienen en una línea recta. Él dirige el libro
hacia mí, todo menos empujándolo.

—No quiero esto —dice—. No sé qué es, pero no lo quiero. No dejes mierda en mi
puerta.

Si este es el hombre, él obviamente no consiguió a la chica, porque si lo hubiera


hecho no se vería tan inherentemente molesto.

—Encontré esto afuera de tu casa la semana pasada —dije, manteniendo mi tono


delicado mientras mi corazón se rompe por el hombre que posiblemente nunca tuvo su
final feliz después de todo—. Estaba lloviendo, y se estaba mojando. No quise que se
arruinara. Quise devolverlo antes, pero nunca ando en este lado de la ciudad.

El hombre aún está sosteniendo el libro hacia mí, pero ahora baja su mirada, sus
cejas angulosas como si estuviera estudiándolo.

—Nunca he visto esto antes en mi vida —dice.

Mis hombros se desinflan, y vacilo antes de estirarme para aceptar el libro. —¿No
tienes idea de a quién podría pertenecerle? Lo encontré justo afuera de tu casa, tirado
en el mantillo de los arbustos, como si se hubiera caído de tus escaleras…

Él me da una mirada incrédula, sus labios torciéndose en una sonrisa


desagradable. —¿En serio? ¿En realidad esperas que crea todo eso?

Inclino mi barbilla, haciendo una mueca. —No entiendo qué quieres decir.

—¿No sabes cuantas personas caminan por aquí dejando mierdas locas en mi
puerta? Mierdas que ellos quieren que firme, fotos desnudas, cartas con números
telefónicos…

Dejo salir una suave y ansiosa risa. —Lo siento, estoy muy confundida.

—No doy autógrafos —dice—. Ya no. Tendrás que buscar en eBay.


—No quiero tu autógrafo —digo, deliberadamente dejando de lado la parte en
donde le digo que no tengo ni una mínima idea de quién es.

—Entonces ¿qué es esto? Porque luce como uno de esos estúpidos libritos de
autógrafos para mí. —Él tira del cuaderno, pasando las páginas y suspirando—. Jesús,
¿qué es esto? ¿Tu diario? Mira, me halagas, pero no tengo deseos de leer tus pequeñas
fantasías. Tal vez creas que estás enamorada de mí, no lo sé, ¿pero toda la mierda que
has escrito aquí? No va a suceder.

Mi mandíbula se endurece e inclino mi cabeza a un lado mientras mi sonrisa se


desvanece. Toda la energía nerviosa circulando a través de mí se disipa, y la punta de
mis dedos cosquillean con calor al rojo vivo al instante en que avanzo y arrebato el
diario de sus manos.

—Si así es cómo tratas a tus fanáticos —digo—, entonces eres despiadado.

—Dime algo que no sepa —resopla, su mirada sostiene la mía—. Entonces


admites que eres una fanática.

Con la mandíbula apretada, respondo tranquilamente a través de los dientes


apretados y presiono el libro contra mi pecho. —Como dije, no escribí esto. Lo
encontré frente a tu escalera, y lo estaba devolviendo.

Deja salir una risa cruel, sus manos enganchadas en su estrecha cintura, el hombre
se eleva sobre mí con unos buenos veinte centímetros, y sus largas y musculosas
piernas están envueltas en vaqueros de corte bajo.

Metiendo el libro bajo mi brazo, siento la furia en mi rostro, mi lengua está en


llamas con todo lo que quiero decirle. —Y por cierto, podrás creer que estoy aquí por
un autógrafo, pero honestamente no tengo ni idea de quién demonios eres, así que vete
a la mierda.

Me giro para irme, sintiendo la emoción aun humeando al mismo tiempo. Puedo
contar el número de veces que he dicho las palabras “vete a” y “la mierda” juntas en
un lugar más allá de la puerta de mi dormitorio con una mano. En el pequeño pueblo
de Red Fern, Missouri, no fuimos criados para hablarle a nadie de esa manera. Los
problemas se resolvían con una rebanada de pan de plátano en la mesa de la cocina y
se sellaban con un abrazo y un beso. Las mujeres no resolvían sus problemas con
palabras desagradables y chismes, nosotras los superábamos con dignidad, siempre
tomando el camino duro.
¿Pero hoy? Voy a tomar el camino fácil, porque este hombre, ese idiota, lo merece.
Quien quiera que sea.

—Jodido imbécil —murmuro en voz baja mientras doy vuelta en la esquina,


moviéndome rápidamente ya que no puedo alejarme lo suficientemente rápido. Mis
manos tiemblan con furia, y estoy un poco sin aliento.

Pero al menos tengo el diario, y dado el hecho de que nunca voy a conocer a su
legítimo dueño, supongo que lo hace oficialmente mío.

Para siempre.

Y supongo que eso significa que nunca tendré la oportunidad de ver el rostro del
hombre detrás de las palabras, y nunca sabré si fue capaz de estar con su elegida.

Metiendo el libro bajo mi brazo, me dirijo al parque para correr, y después de eso
iré a casa con Wren y Enzo, con la gente menos idiota que conozco.

Vaya tipo loco.

Nadie tiene tiempo para eso.


Traducido por Mariela

Corregido por Dionne

Aidy

al vez tenías la dirección equivocada? —sugirió Wren


mientras remueve una olla con macarrones hirviendo.

—¿T —No —digo, sentándome frente Enzo en la mesa de la


cocina. Él está revisando rápidamente a través de su mochila de superhéroe en una
búsqueda desesperada de un permiso que se suponía debía estar firmado desde la
semana pasada—. Estoy noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento segura que
era el lugar correcto.

—Es posible que alguien que estaba caminando por ahí lo dejase caer de su bolso
—dice Wren. El microondas suena, y ella coloca el colador en el fregadero. Drenando
la olla de pasta, ella se voltea hacia Enzo—. ¿Ya lo encontraste, amigo?

—No mamá. Pero sé que estaba aquí. La Srita. Caldecott dijo que tenemos que
entregarlo para mañana o no podremos ir al Museo de Historia Natural. —El ceño de
mi sobrino se frunce, sacudiendo su cabeza, y me recuerda que los días malos son
todos relativos.

Paso el resto de la tarde fastidiada por el gigante barbudo con la mirada penetrante
y anchos hombros. Ni siquiera trotar casi cinco kilómetros pudieron calmarme. Le dejé
que me arruinara mi tarde, y ¿para qué? Para el próximo año, dudo que me acuerde
incluso como se veía.

No.

Espera.

Eso no es verdad.
No puedo olvidar a un hombre que se ve así.

Él es un espécimen grandioso como nunca he visto, y la verdad sea dicha, no he


sido capaz de sacar su rostro de mi mente en todo el día.

—Seguramente ella puede mandar otro a casa. Es la última semana de escuela


para estar llorando. Crees que ella puede dejar fuera a un niño por algo así —dijo
Wren, sonando su lengua—. Tengo suficiente de la Srita. Caldecott. Ella siempre está
intentando enseñarles a esos niños lecciones de vida, pero eso es para lo que están los
padres, ¿lo sabes? Enséñeles matemáticas e inglés y ciencias y déjenos el resto a
nosotros.

—Estoy en desacuerdo, hermana querida. Soy de las que ‘toma el día de campo’
—le digo, sabiendo que nunca podré cambiar la forma de ser de mi hermana loca por
el control. Ella ya está planeando el infiltrarse al PTA2 en la escuela de Enzo el
próximo año porque ella esta insatisfecha con su política de tareas. Sí. Mi hermana es
esa mamá, pero ella siempre quiere lo mejor—. Amigo, déjame ayudarte.

Enzo me tiende su mochila, la cual tiene una abundante e innecesaria cantidad de


cierres y compartimentos. Busco en el tope, el cual se siente como un hoyo sin fondo, y
retiro un pedazo de papel arrugado.

—Te escribiré uno a mano —dice Wren, regresando el macarrones a la estufa y


poniéndole el polvo de queso naranja—. Sí esto no es suficiente, iré a la oficina del
Director Watkins y…

—Detente, mamá osa. —Desarrugué la hoja, la cual la Srita. Caldecott claramente


imprimió en papel reciclado para hacer más fácil el encontrarlo entre la pila de papeles
que ella envía a casa con las tareas básicas de los niños—. Encontrado.

Enzo hace un pequeño salto de felicidad en su asiento y me lo quita de las manos


antes de volar a la cocina para dárselo a Wren.

—Tranquilo, amigo. —Wren pasa los dedos por el cabello de él, sonriendo, y se
aleja de la estufa para conseguir un bolígrafo para poner su firma. El primero no
funciona. Tampoco el segundo. Maldiciendo bajo, ella finalmente consigue un
marcador permanente negro y firma al calce—. Pon esto en el bolsillo de adelante. A
partir de ahora, quiero que todos los papeles realmente importantes vayan en la parte
de enfrente, ¿entendiste?

2
PTA siglas de Parent Teacher Association que es programa de padres y profesores que ayudan en el
desarrollo del niño.
—Sí mamá. —Enzo hace exactamente lo que se le dijo. Él es un buen chico,
igualmente listo como entusiasta en los deportes. Es ocupado, activo, y algunas veces
olvidadizo, pero es nuestro Enzo, y no podríamos tenerlo de otra forma.

—Mierda —susurró Wren desde la cocina. Miré por encima para verla raspando
los pegados macarrones del fondo de la olla.

—¿Qué hiciste? —le pregunté.

—Puse nuevamente la olla sobre la estufa, pero no apague el quemador. —Ella


alzó la palita de madera, enseñándome la Evidencia A: una palita llena de macarrones
negros como la noche pegado en una dura bola. La cocina olía como harina
quemada—. Al menos no gasté leche o mantequilla en este desastre.

—Entonces ¿Qué hay para cenar ahora, mamá? —bromeé.

—¡Pizza! —saltó Enzo, claramente sin estar molesto por el incidente, que su cena
de macarrones en caja fuera un desastre de última hora—. ¿Podemos ir con Chauncey?

Wren y yo intercambiamos miradas mientras ella ponía la olla caliente en el


fregadero y la rellenaba con tibia agua jabonosa.

—¿No estás cansado ir donde Chauncey? —preguntó ella.

—No —dijo Enzo, de hecho.

—Te vas a enfermar con eso uno de estos días —le digo—. Especialmente si
Chauncey va a ser tu padrastro. Ustedes estarán comiendo pizza cada noche por el
resto de sus vidas.

Enzo sonríe, asintiendo y sobando su estómago, y Wren gruñe. Ella y Chauncey


han estado comprometidos por seis meses, planeando su boda en diciembre con la
paciencia de dos santos que están felizmente enamorados pero sin tener prisa para
correr al altar.

Chauncey es un buen tipo. Demasiado bueno, de hecho, él ni siquiera viviría con


Wren. Dice que su querida madre que es amante de las tradiciones de la Iglesia
Católica Irlandesa tendría una histeria, así que ellos están esperando hasta que sea
legal. Con cabello dorado rojizo encapuchados ojos marrones y con una suave voz,
amable forma de ser, Chauncey es todo lo contrario del papá de Enzo, Lorenzo, lo que
como hermana de Wren me hace extremadamente feliz. Enzo merece algo de
estabilidad en su vida, y Wren merece un tipo quien la aprecie realmente cuan
magnifica que es como ser humano.

Wren se voltea hacia mí, con una ceja alzada. —¿Quieres salir por algo de pizza?

Durmiéndome sobre la mesa de la cocina, mi cabeza sobre mis manos, levanto la


mirada hacia ella. Mi estómago retumba, y la pizza suena bien, pero la pizzería de
Chauncey está en la zona residencial, y yo estuve ahí hace solo unas pocas horas.
Quedarnos en Lexington suena como una buena idea. Pero luego nuevamente… pizza
gratis.

—No me siento como para caminar o tomar el tren. ¿Podemos ir en taxi? —


pregunto, las suelas de mis pies doliéndome por el largo viaje y el subsecuente ejercicio
en los desgastados tenis que hice más temprano. Necesito un nuevo par, pero he estado
tan inundada de trabajo y nuevos clientes para tomarme el tiempo para hacer una
apropiada compra de zapatos.

Wren se encoge de hombros. —Sí. Seguro. Enzo, ve a ponerte unos zapatos.

***

La pizzería de Chauncey está situada a mitad de camino entre Midtown y Upper


East Side. Desde fuera, parece como un pub irlandés, complementado con un toldo
verde esmeralda escrito con letras doradas Pizzería Finnegan. Música de gaita
irlandesa suena en el interior, y el menú consta de las pizzas más ridículas como: carne
de res y repollo de Bram, patata y tocino de Quinn y el pastel de carne de la Sra
O’Flannery.

Él dijo al principio cuando abrió el lugar, que los restaurantes fusión eran toda una
manía, y que él nunca había visto una fusión Italo-irlandesa hecha así antes, así que
tomó la oportunidad. Y tuvo suerte. Porque este lugar nunca está desocupado.

—Hola, nena. —Chauncey se acerca desde la habitación trasera vestido con


pantalones color caqui. Él envuelve sus brazos alrededor de Wren, su rostro se iluminó
como la casa Grisworld en navidad. Él nunca la besa enfrente de Enzo por respeto,
que es otra cosa de Chauncey—. Qué sorpresa. Mi chica favorita. Mi chico favorito.

Él extiende su mano hacia abajo, agitando la espesa y oscura greña.

—Y mi favorita futura cuñada —agrega, dándome un guiño.


—Tú única futura cuñada. —He escuchado esta broma un millón de veces, y por
alguna razón nunca se vuelve vieja, así que le golpeo en su brazo juguetonamente y
hago mi parte porque es Chauncey y él significa bienestar.

—Les reservé la mesa de atrás. —Nos hace una seña para que lo sigamos, y diviso
un letrero de “reservado” en la orilla de nuestra cabina favorita en la esquina—. El
mejor lugar de la casa.

Nos deslizamos en la cabina, los asientos encerados verdes todavía húmedos de


cuando los limpiaron, y tomo el menú de bebidas de detrás del dispensador de
parmesano.

—¿Estás bebiendo esta noche? —pregunta Wren.

—¿Es eso un problema? —Enarco mi ceja.

—Solo no sueles tomar en una noche de lunes —dice ella.

—Todavía estoy un poco agitada por ese idiota de más temprano —le digo.

—¿Por qué lo dejas llegar a ti? Que se joda. —El rostro de Wren hace una mueca.

—Me dije que no lo haría —digo, hojeando a través de la sección de bebidas—. Sé


que las personas como él no vale la pena. Es solo como, cuando tratas de hacer algo
bueno por alguien y él es un gran cabrón, es difícil sacudirse eso.

—Nada puedes hacer con ello. No puedes controlar la forma en como otras
personas actúan, Aidy. Todo lo que importa es si tuviste buenas intenciones.

—Malditamente cierto, las tenía.

—¿Qué sucedió? —preguntó Chauncey.

—¿Sabes del diario que ella se encontró la semana pasada? —dijo Wren,
señalándome pero viendo a su prometido—. Ella fue a regresarlo hoy y el tipo era un
total ya sabes qué. Dijo que nunca lo había visto en su vida. La acuso de acosarlo y de
querer un autógrafo.

Chauncey rio. —Probablemente alguien famoso del internet, un idiota delirante.


La ciudad está llena de ellos. No le permitas que arruine tu día, Aidy.

—¿Podemos tener pepperoni? —preguntó Enzo a Chauncey.


—¿Quieres tu muy particular pizza tamaño para Enzo? —preguntó Chauncey.

Mi sobrino asintió, moviendo su lengua como un perro.

—¿Ustedes chicas quieren lo de siempre? —pregunto Chauncey.

—Sí señor —le digo, apuntando el menú de bebidas—. Y tráeme un Irish Rose,
¿por favor con azúcar encima?

Chauncey se retira, deteniéndose en el servidor para dejar nuestras ordenes, y


luego regresa a la parte posterior, desapareciendo detrás de las puertas batientes.

—Ese chico es muy trabajador —le digo a Wren.

Ella sonríe, con la cabeza inclinada mientras gira el dispensador de chile seco rojo
delante de ella. —Es un buen chico. Creo que lo mantendré conmigo. Enzo, ¿debería
quedarme con Chauncey?

Enzo asiente entusiasmadamente.

—Oye, nunca me contaste como te fue en tu entrevista con esa estrella del reality.
—Me estiro a través de la mesa y palmeo la parte posterior de su mano.

Ella se encoge de hombros, con los labios en una línea. —Estuvo bien. Ella era un
poco elitista. Una de esas que piensan que son más famosas de lo que realmente son,
¿sabes?

—¿No son todos así?

—Ella me puso a desmaquillarla y volverla a maquillar —dijo Wren—. Me tomó


unos buenos quince minutos el quitarle todo. Quiero decir, su rostro estaba
enmasillado con una pasta de maquillaje. Cuando se lo quité, honestamente, era difícil
reconocerla. La mayoría del tiempo, esas mujeres se ven mucho mejor, ¿lo sabes? Pero
es como si se convirtiera en una persona completamente diferente. Ella se puso quieta.
No se veía a sí misma en su reflejo en el espejo hasta que cuando menos hubiera
cubierto sus marcas de acné, luego ella exhaló y bromeó sobre que los artistas del
maquillaje son la cirugía plástica de los pobres.

—Eso es un cumplido, ¿verdad?

Wren rodó sus ojos. —Al contrario.


—¿Crees que obtendrás el trabajo?

—¿Tal vez? No lo sé. No me fui con la sensación de que ella estuviera


impresionada.

—¿Qué tipo de aspecto le diste?

—Algo natural y de buen gusto, pero aun así lista para la cámara —dijo ella—.
Contorneé su nariz y sus pómulos, labios rojo brillantes, y fui tranquila con los ojos. Le
puse pestañas, las atenuadas. Pensé que se veía fresca y vibrante. Ella apenas se vio en
el espejo y le pidió a su asistente que me acompañara a la salida.

—¿Te sacó a patadas?

—No, no fue así. No estuvo mal. Solo fue… extraño.

—Tú no quieres trabajar con alguien así de cualquier forma.

Ella jadeó, mirándome por encima de su lado de la mesa. —Soy una mamá
soltera. Voy a trabajar con cualquiera si ellos pueden pagar mi tarifa y a tiempo.

Pobre Wren. Lorenzo hace mucho de trabajo libre de contrato en la industria del
entretenimiento, trabajando sobre todo para la producción de programas de televisión,
y muchas de las veces su niño soporta que los pagos estén retrasados. Cuando el
trabajo de Lorenzo es lento, Wren siente el apriete y Enzo sufre. Es en parte por lo que
me mudé con ella hace unos años atrás cuando ellos dos se separaron. El costo de vida
de Manhattan es exorbitante, y ella quería vivir en un vecindario agradable cerca de St.
Anthony así Enzo no estaría lejos de su escuela. Encontramos un apartamento
remodelado de tres habitaciones a cuatro cuadras y juntamos nuestro dinero para el
depósito.

Lo hemos hecho funcionar desde entonces, y no hemos estado sin meses de


escases, pero ha valido la pena.

—¡Mamá! ¡Mamá! —Enzo tira del brazo de su mamá, sacándola de la


conversación.

—¿Qué pasa, amigo? —pregunta ella.

Enzo parece atrapado en una instancia rara de no poder hablar, sus ojos enfocados
en algo detrás de mí, justo a través de la multitud del restaurante.
—Es… es… —La mandíbula de Enzo cae y luego las esquinas de su boca se alzan.
Sus ojos marrón maple están brillando—. Ese es… Alessio Amato, uno de los más
grandes lanzadores principales en la historia de las ligas mayores de béisbol.

Él habla bajo, como si él estuviera en trance, y no ha movido su mirada de esa


esquina de la habitación por ni un segundo.

—¿Puedo conseguir su autógrafo, mamá? —Sus manos están en posición de rezar


y rebota en su asiento.

—Nuevamente ¿quién es? —Wren me lee la mente. A ella y a mí nunca nos han
importado mucho los deportes, y la primera vez que alguna vez fuimos a un partido de
pelota fue cuando ella y Lorenzo comenzaron a salir. Él era un enorme fanático de los
Yankees y la llevaba a cada partido en casa por toda la temporada por un año. Me les
uní una vez. Para ser agradable. Pero Enzo definitivamente obtuvo los genes de
amante del béisbol del lado de la familia de Lorenzo.

—Alessio Amato —dijo Enzo, con un poco de impaciencia en su tono—. Todos lo


llaman Ace.

—¿Estás hablando inglés? —bromeé.

—Lo siento amigo, no he oído de él —dice Wren, con un guiño de disculpa en sus
ojos—. ¿En qué equipo está?

—Él solía jugar para los Baltimore Firebirds —dice Enzo, su pequeño cuerpo
moviéndose inquietamente—. Él se retiró el año pasado.

Wren se inclina más cerca de Enzo, asomándose fuera de la cabina y tratando de


lograr una buena vista de él.

—Definitivamente nunca lo he visto antes —dice ella—. Creo que recordaría una
cara como esa.

En el segundo antes de pensar en robarme una mirada por mí misma, una mesera
se apretuja por algunas mesas, una charola de bebidas en su mano, y mi atención es
completamente interceptada por el coctel irlandés con mi nombre en él.

—¿Puedo ir por su autógrafo, mamá? —pregunta Enzo, con los ojos entrecerrados
y rogando—. ¿Por favor, por favor, por favor?
—¿Qué va a firmar? ¿Tu brazo? —pregunta ella, deslizando un pajilla en su agua
helada entre sus dedos pulgar e índice.

Enzo escanea la mesa. —Tía Aidy, ¿tienes algún papel en tu bolso?

Saco mi bolso y busco a través de él. —Nada salvo una pila de tarjetas de
presentación, amigo. Lo siento.

—¿La parte de atrás está en blanco? —pregunta.

Saco una y la volteo. —Síp.

—¿Puedo tener una pluma también? —pregunta.

Wren se ríe.

—Claro —Le tiendo una y él sale de la cabina, cruzando a través del concurrido
pub.

Mi hermana mantiene una mirada de águila en su hijo mientras él corretea lejos, y


me enfoco en la delicia delante de mí, tomando de sorbo en sorbo hasta que siento mis
nervios evaporarse en un ligero aire por un segundo.

—Uh, oh —El rostro de Wren cae, y reconozco su mirada desconsolada.


Volteando mi cabeza y sacándola de la cabina, veo que la puerta de enfrente se cierra y
escucho el repiquetear de las campanas en la puerta, y luego mi mirada cae sobre Enzo
sollozando y con las manos vacías. Ella envuelve sus brazos sobre los hombros de él y
lo acerca—. ¿Qué pasó amigo?

—Él… él dijo —solloza Enzo—. Él dijo que ya no firma autógrafos. Dijo que
revisara en eBay. Mamá, ¿qué es eBay?

Mi mandíbula cae mientras Wren consuela a su hijo, y paso un poco de tiempo


buscando mi teléfono fuera de mi bolso.

—Enzo nuevamente, ¿cuál dijiste que era su nombre? —pregunto, con la mente
caliente y mis dedos tecleando mientras abro Google.

—Ales… Alessio… —Él exhala, sus hombros alzándose y cayendo con cada
respiro aguantado. El chico va a hiperventilar si no se calma—. Ace… Amato.

Tecleo su nombre dentro del motor de búsqueda y doy clic en imágenes.


Hay toneladas de él, solo que el hombre en estas fotografías está rasurado.
Endemoniadamente atractivo. No hay barba, pero no hay duda en mi mente.

Es él.

El idiota de la avenida Lexington.

Reconozco su penetrante mirada y mis manos comienzan a temblar.

—Hijo de puta —murmuro bajo mi aliento.

Nadie hace llorar a mi sobrino, especialmente no alguien retirado, ex jugador de


grandes ligas del béisbol.

—Él suena como un idiota, cariño —dice Wren—. Tú no quieres un autógrafo de


alguien así de todas formas.

Enzo esnifa, asintiendo, y entierra su cara en el hombro de Wren.

Ese jodido idiota.

Es mejor para él que no nos volvamos a cruzar.


Traducido por Valentina95

Corregido por Candy20

Ace

L
a caja de pizza se desliza a través de mi isla, llegando a una parada rápida
en un punto muerto en el centro. Encorvado sobre esta pobre excusa para
una cena como un león devorando una gacela, inhalo porción tras porción.

Ha sido uno de esos días.

Uno de esos días en los que pasa mucha mierda, me olvido de comer, y espero
totalmente devorar hasta la última porción de esta asquerosamente grande pizza de
carne en conserva y col.

Comer de pie es una de las mejores cosas de vivir solo. La mesa nunca se ensucia y
nunca tiene que limpiarse. Nadie me molesta sobre comer una comida adecuada.

Agarro una botella de cerveza oscura de la nevera y giro la tapa, mirando la


evaporación del gas por la parte superior que desaparece en el aire, antes de tomar un
trago. La botella sale de mis labios con un satisfactorio pop mientras que la cerveza
chasquea contra el fondo.

Cerveza irlandesa y pizza.

Nunca pasa de moda.

Cuando estoy mucho más allá del punto de lleno y mi estómago está amenazando
con estallar, meto la caja en la basura y me dirijo a mi habitación. Deslizando mis
manos en los bolsillos delanteros de mis vaqueros, vacío el contenido en mi tocador
antes de desabrocharme la bragueta.

Un puñado de monedas ruedan antes de girar y detenerse entre un paquete de


chicles y un recibo arrugado, una delgada tarjeta de negocios de color verde menta
descansa en medio de todo eso. Entrecerrando los ojos, examino la tarjeta, tratando de
recordar de donde vino.

Y entonces me golpea.

Ese niño sin dientes y pecoso en el bar de la pizza.

Él quería mi autógrafo.

No me importa que tan lindos son esos pequeños mocosos, tengo una política de
no dar autógrafos, y la tengo desde el día en que me retiré. Si hubiese hecho una
excepción por él, tendría que haberla hecho para el grupo de idiotas sentados en el bar,
acosándome mientras esperaba por mi pizza para llevar. Acababa de terminar de
decirles que “no” y de escuchar sus molestas burlas sobre cuán patético y fracasado soy
cuando el niño se acercó y me dio un bolígrafo y una tarjeta de negocios.

No estoy en condiciones de tener trato con el público en general, y tal vez debería
haber ordenado para una entrega a domicilio, pero estar escondido en este
apartamento un día sí y al otro también, hace que un hombre anhele una caminata
enérgica para despejar la mente.

De todos modos, todo el concepto de los autógrafos es ridículo para mí. ¿A quién
mierda le importa una firma ilegible? De todas maneras, es probable que vaya a
terminar en la parte inferior de un cajón de calcetines malolientes de algún
adolescente, o si la cosa es afortunada, puede que sea enmarcado y colgado en la pared
del sótano de algún coleccionista en Indiana después de que se lo compre al niño en
una venta de garaje.

Una vez, vi una de las mías a más de cinco grandes, cuando estaba en la cúspide
de mi carrera. Me disgustaba. ¿Esta gente pagando ese tipo de dinero por un pedazo de
papel? Nunca lo entenderé. Ese dinero debería ir para alimentar a la gente sin hogar,
mosquiteras en África, áreas protegidas para animales.

No por mi maldita firma.

Vamos, joder.

Solo soy otro idiota que es capaz de lanzar una pelota.

O por lo menos, lo era.


Atrapo mi reflejo en el espejo del tocador, mis ojos cansados y hundidos, paso la
mano por los lados de mi mandíbula. Mi barba necesita un recorte, pero hacer una
caminata mañana hacia el barbero tiene cero atractivo para mí.

Necesito salir de la ciudad, y podría utilizar un día o dos para aclarar mi cabeza.
La pesca y el aire fresco pueden ayudar. Algún lugar sin bocinas de coches, Wi-Fi, y
recordatorios constantes de cómo estaban las cosas antes de que todo se viniera abajo,
suena perfecto en este momento.

La tarjeta de negocios está intercalada entre un par de monedas y la alcanzo,


acercándola para inspeccionarla.

Aidy Kincaid, Artista de Maquillaje Profesional y Propietaria de Glam2Go

Jodido, la hice a un lado. Suena como el nombre de una muñeca americana para
niñas. Por qué un niño estaría caminando por ahí con algo así está más allá de mí.
Estoy bastante seguro de que tomó la tarjeta del monedero de su madre.

Con la tarjeta todavía en la mano, hago mi camino hacia el salón, dejándome caer
en la silla de cuero de gran tamaño y prendiendo el televisor. Sacudiendo la tarjeta
entre mis dedos, pienso en el niño.

Su desordenado mechón de color marrón me recordó a cuándo tenía su edad, y la


cantidad de pecas en su nariz me recordó lo pecosos que mis hermanos y yo solíamos
estar de jugar a la pelota todo el verano como niños. El chico habló realmente rápido y
rebotaba en su lugar, cómo si no pudiera quedarse quieto, y su rostro estaba iluminado
como un petardo mientras trataba de darme su bolígrafo.

Giro la tarjeta de ida y de vuelta, del lado color menta al blanco.

Durante el resto de su vida, ese niño va a recordar caminar hacia mí e irse


sintiéndose como una pila de mierda, y no sé si puedo tener eso en mi consciencia.
¿Hombres adultos? Sí. Especialmente esos idiotas titulados, cómo parecen ser la
mayoría de ellos en estos días. Caminan hacia ti y te exigen un autógrafo. O una
fotografía. Esos son los que realmente me cabrean. No me saco autofotos, y estoy
seguro que no me las saco con otros hombres adultos.

Un comercial empieza en la televisión, y me doy cuenta de que ni siquiera estoy


seguro de lo que estoy viendo. Solo estoy aquí sentado, eliminando, con la mente
errante y perdido en el espacio. Gimiendo, me levanto de la silla y hago mi camino de
vuelta a la cocina para agarrar otra cerveza.
Mi hombro derecho duele cuando tiro de la manija de la puerta de la nevera. Ha
pasado más de un año desde que un accidente de coche lo rompió en cinco pedazos.
Los doctores fueron capaces de reconstruirlo, pero el dolor nunca se ha ido y mi rango
de movimiento no ha logrado volver a pesar de meses tras meses de una terapia física
extensa e insoportable. A veces, me pregunto si el dolor no existe en absoluto. Cómo sí
fuera un fantasma y yo estuviera imaginándomelo. Por qué, ¿dolor real? Eso es lo que
siento cuando pienso en la carrera que perdí a los treinta y dos.

Y los errores que cometí.

Un lanzador necesita un buen brazo para lanzar fuerte.

Uno que pueda lanzar bolas rápidas y curvas con rapidez y precisión.

Y no puedes hacer eso si tu hombro de lanzar está jodido de forma permanente.

Destapo mi cerveza y miro hacia adelante, al lado de la nevera donde descansa un


bloc de notas magnético desnudo desde el día en que fue colgado allí por una mujer
que nunca va a poner un pie en mi lugar de nuevo.

Alcanzando un bolígrafo de una taza de metal cercana, arranco una hoja del bloc y
presiono la punta contra ella. Cuando termino un segundo después, el nombre “Ace”
está garabateado en esta pequeña y rectangular hoja de papel. Obtuve ese apodo el día,
cuando empecé en la liga profesional. Como novato, algunos de los chicos mayores
pensaron que era gracioso burlarse de mí, y llamarme “Alice” en lugar de Alessio, así
que mentí y les dije que iba por “Ace” desde que empecé a lanzar, casi toda mi vida.
Por suerte para mí, no tardé mucho tiempo en ganarme su respeto. Sorprender a todos
sus culos durante nuestro primer entrenamiento fue uno de los mejores momentos de
mi carrera.

Fui solo “Ace” después de eso. Para mi equipo. Para mi entrenador. Para los
medios y el resto del mundo.

Agarrando mi teléfono, apoyo la tarjeta de negocios de Aidy sobre la isla de la


cocina e introduzco su número antes de enviar un texto.

Yo: PERDÓN POR LO DE ANTES. QUIERO ENVIARLE AL CHICO UN


AUTÓGRAFO. ¿CÚÁL ES TU DIRECCIÓN?

Pasan unos segundos, y noto una pequeña burbuja, cómo sí ella estuviera
respondiendo. Y luego se va. Aparece de nuevo un minuto después, persistente, fuerte
y burlándose. Y entonces desaparece por completo.
Tomo un trago de mi cerveza antes de darme cuenta de que no tengo razón para
sentarme aquí y esperar a que una mujer al azar responda a mi rara y generosa oferta.
Si ella no lo quiere, es cosa de ella.

Caminando de vuelta a mi silla, dejo mi teléfono sobre la mesa de café y me relajo.

Dos minutos pasan, y mi teléfono sigue en silencio.

Y entonces vibra.

Echando un vistazo a la pantalla, veo que finalmente la Sra. Aidy Kincaid ha


respondido.

Aidy: JÓDETE, IMBÉCIL.

Lo siento, chico.

De verdad.

Lo estoy.

Arrugo el autógrafo y lo tiro a un lado.


Traducción por Mariela

Corregido por Candy20

Aidy

ira. Mira esto. Empujo mi teléfono hacia mi hermana en el


momento en que termina de meter a Enzo en la cama. El

—M niño estaba tan molesto más temprano, que había metido su


cara completa en la pizza y se llenó tanto que casi se había
desmayado camino a casa de la exhausta glotonería de carbohidratos.

Cerrando la puerta, ella toma mi teléfono y hace bizcos ante la brillante pantalla
en el oscuro pasillo.

¿Qué estoy buscando? pregunta.

Ese estúpido tipo beisbolista digo. Él debe haber obtenido mi número de la


parte posterior de la tarjeta que le di a Enzo. ¿Puedes creer que ahora él quiere
mandarle un autógrafo por correo?

Eso es… de hecho algo lindo de su parte. Una esquina de su boca se alza, y
ella dobla nuevamente sus brazos, escudriñando la pantalla de mi celular
nuevamente. Y mira eso. Le dijiste que se jodiera.

Presionando mi teléfono contra mi pecho, frunzo el ceño. No, él no es


agradable, Wren. Él es un idiota.

¿Tal vez él estaba teniendo un mal día? Las personas tienen permitido tener
esos, lo sabes.

Él hizo llorar a Enzo.

Wren sonríe. Vamos. Amo a mi hijo, pero ambas sabemos que él llora a la
primera de cambios. Siempre lo hace. Como mamá.
Con el ceño fruncido, me paro junto a mi hermana, hombro con hombro. ¿Qué
se supone que haga ahora? No puedo ser como, ‘Oh, lo siento, cambie mi forma de parecer.
Por favor no te jodas. Puedes mandarle ahora el autógrafo por correo’.

Wren enganchó su mano alrededor de mi codo y me dirigió a la sala. No te


preocupes. Él incluso lo habrá olvidado para mañana. Él está muy emocionado por
esta excursión.

Sí. Tienes razón. Exhale justo cuando mi teléfono vibro en mi bolsillo. Con
mi guardia en alto, completamente esperaba que fuera nuevamente el barbudo, solo
que en su lugar era mi mejor amiga, Topaz, pidiéndome que le regresara la llamada
tan pronto como fuera posible. Está bien. Voy a mi cuarto. Topaz quiere que le
marque.

¿Ya regresó de Aruba?

¿Supongo? Arrastrando mis pies hacia mi habitación, cierro la puerta y me


pongo la pijama. Las llamadas con Topaz nunca son cortas, así que al menos quiero
estar cómoda. Subiéndome a mi cama, me tapo con las cobijas hasta mi cintura y me
hundo hacia atrás antes de buscar su contacto en mi teléfono y presionar el botón
verde.

Oh Dios mío ¿Aidy? –contesta. Oh Dios mío, oh Dios mío.

¿Qué? Me río. Me tienes enloqueciendo. ¿De qué se trata?

Nunca creerás esto dice ella, sus palabras saliendo rápidamente en un


suspiro. Hay una alucinante tormenta tropical aquí. Todos los vuelos están varados
hasta nuevas noticias. Estoy atrapada aquí.

Riéndome ligeramente, digo: Topaz, hay peores lugares en los cuales puedes
estar varada que en una isla tropical.

Cierto. Estas completamente en lo cierto. ¿Qué estaba pensando? Déjame colgar


la llamada y agarro mi toalla. No amo algo más que disfrutar un Mai Tai mientras soy
golpeada por una lluvia a cien millas por hora.

Mantente en el hotel le digo. Ordena algo de servicio a la habitación y ve


algunas películas. Solo relájate hasta que la tormenta pase. Es a lo que me refiero.
Topaz gime. Tengo una cita para hacer un maquillaje en la mañana. ¿Me
puedes cubrir?

Claro. ¿Dónde?

High Park Center dice ella. Estudio 4B. Pregunta por Michelle, ella está a
cargo de la producción. Ella te dirá a quién hay que peinar y maquillar.

¿Para qué espectáculo es? No quiero parecer como que no tengo ni idea cuando
aparezca mañana.

Es para un programa de deportes para el canal ASPN. Es llamado Smack Talk y
es exactamente como suena: algunos tipos sentados alrededor mostrando lo más
destacado de los juegos de la noche anterior, dándose mierda uno a otro. De cualquier
forma, solo es maquillaje básico para estar frente a la cámara. Y hay que estar a las
siete.

Ah, lo suficientemente fácil.

Sí, son un alboroto. Amaras trabajar con ellos dice Topaz. De cualquier
forma, debería colgar. Sí no escuchas de mi mañana…

Topaz digo. La tormenta pasará. Te lo prometo. Estarás en casa antes de


que te des cuenta. Llámame cuando llegues a la ciudad y vamos por un café. ¿Está
bien?

Gracias, Aidy. Te quiero.

Poniendo mi alarma en mi celular, lo pongo a cargar y me dirijo al baño para lavar


mi cara y cepillarme para la cama.

Pienso en ese tipo, Alessio o Ace o como demonios se llame, y pienso en lo que
Wren me dijo. Tal vez él solo estaba teniendo un mal día, pero eso no le da libertad
para tratar a las personas como él quiera.

Cuando regreso a la cama, pongo nuevamente su mensaje, deseando puramente


por el bien de Enzo el camino que tomé antes. Me gustaría pensar que si me
encontrará nuevamente a este tipo, y probablemente nunca lo haré, que haré las cosas
de forma correcta, al menos por Enzo.

Pero todavía estoy molesta.


Entonces ¿quién sabe qué diría en realidad?

Me duermo, regañándolo mentalmente, practicando todas las cosas que


probablemente nunca llegaré a tener la oportunidad de decir.
Traducido por Dee y Mariela

Corregido por Dionne

Ace

N
unca en mis sueños más salvajes pensé que ocho años en las Grandes
Ligas y dos banderines de la Serie Mundial me llevarían a una silla de
co-conductor invitado en el set de Smack Talk.

No soy material para un programa de comentarios en televisión.

Ni siquiera miro esta mierda. Ya no, de todos modos.

Ninguna parte de mí quiere estar aquí hoy.

Pero dejé que mi antiguo agente, Lou, me convenciera. Fue una de las pocas cosas
que dijo que en realidad tuvo perfecto sentido, y yo no pude discutir.

—Ace, tu carrera se vio interrumpida y fue una mierda lo que pasó, pero no puedes ocultarte
el resto de tu vida. Todavía tienes fanáticos, y les debes a ellos mostrarles que vas a estar bien —
dijo él, sus palabras revestidas con un rudo acento de Boston. El hombre era mi mayor
fanático y seguidor número uno, era como el padre que nunca tuve. Las únicas veces
que su lealtad me abandonaba temporalmente era cuando los Firebirds jugaban con los
Red Sox, pero al menos siempre fue honesto al respecto. Lou nunca fue un mentiroso, y
eso es lo que más me gustaba de él.

Le dije a Lou que nunca había presentado nada en mi vida, no sabía sobre el
periodismo televisivo, y tendía a evitar las cámaras en cada oportunidad que tenía
debido a que su capacidad invasora casi siempre me ponía al borde.

¿Su respuesta? —¿Puedes leer un apuntador electrónico?

Hago mi camino a través del vestíbulo del edificio de High Park Center,
deteniéndome en el puesto de control de seguridad y vaciando mis bolsillos.
El guardia delante se me queda mirando como si le fuera familiar, y justo cuando
creo que está a punto de decir algo inteligente, se aclara la garganta y dice—: Cinturón.

Mis manos van a mi cintura cuando hago contacto visual con un escuálido interno
más adelante usando pantalones grises y una suelta camisa blanca de botones. Lleva
un portapapeles y golpea al guardia en el hombro, se inclina para decir algo, y luego el
guardia me hace pasar.

—Señor. Amato, soy Blake —dice él—. Voy a estarle mostrando el estudio hoy. Si
necesita algo, por favor no dude en hacérmelo saber.

Él habla con calma y claridad, aunque sus ojos se iluminan con entusiasmo. Blake
no puede ser mucho mayor de veinte o veintiún años, pero puedo decir que se toma su
posición aquí muy en serio.

—¿Alguna vez ha sido co-conductor con nosotros antes? —pregunta.

—No.

Nos dirigimos a un ascensor con la etiqueta “privado”, y él golpea un código que


abre las puertas.

—Lo tenemos instalado en uno de los vestuarios de invitados. Me dijeron que no


tenía un contrato, así que hice mi mejor esfuerzo para llenar su habitación con el tipo
de cosas la mayoría de nuestros clientes piden. Agua embotellada. M & Ms. Pretzels.
Fruta fresca. Si hay algo más que necesite, por favor no dude en hacérmelo saber.

—Gracias.

Montamos en el ascensor hasta el cuarto piso, y al momento en que las puertas se


abren somos recibidos por una mujer con salvajes rizos oscuros y un auricular
inalámbrico en sus oídos.

—Él está aquí —dice en un micrófono con cable en su hombro—. Señor. Amato,
soy Michelle. Dirijo esta nave. Estamos encantados de contar con usted, pero lo
necesitamos en peinado y maquillaje de inmediato.

Asiento con la cabeza, saliendo del ascensor y siguiendo a Michelle y Blake por un
pasillo oscuro.

Ella se da vuelta mientras estamos caminando, dándome una mirada de pies a


cabeza. —La barba. ¿Es nueva? No siempre la tuvo, ¿verdad?
Mi mano se arrastra por los ásperos vellos que cubren mi cara.

Y la cicatriz.

—Es nueva —digo.

Más adelante, los dos se detienen bruscamente fuera de una puerta con mi nombre
en ella. Blake golpea tres veces antes de empujar para abrirla.

—Oh, bueno, ustedes están aquí —dice él antes de volverse hacia mí—. Todo
bien. Cabello y maquillaje, y luego volveré en breve para revisar la programación.

—¿Dónde está Topaz? —pregunta Michelle, apoyada en la puerta. Todavía tengo


que entrar.

—Es una larga historia —dice una voz de mujer—. Estoy sustituyéndola.

—¿Tienes un nombre? —Michelle entorna los ojos. No creo que ella esté tratando
de ser grosera, es solo una de esas personas que no tienen tiempo para comentarios
amables cuando están a punto de comenzar un programa en vivo en la siguiente media
hora.

—Aidy —dice ella—. Aidy Kincaid.

Mierda.

Michelle exhala, con labios planos. —Bien, Aidy, ¿estás familiarizada con las luces
calientes y maquillaje de estudio?

—Sí, señora. Bien versada —dice ella, su voz mezclada con humilde confianza.

Michelle le da un pulgar hacia arriba antes de tomar el brazo de Blake y arrastrarlo


por el pasillo.

Tensando mis hombros, tomo una respiración profunda y entro. Hay dos mujeres
en el lado opuesto de la pequeña habitación, una empuñando un cepillo de cerdas de
jabalí y una lata de espray para el cabello y la otra, que es, evidentemente, la misma
mujer misteriosa cuyo niño me entregó su tarjeta anoche, encorvada sobre un estuche
de maquillaje, de espaldas a mí.
—Vamos a hacer el cabello primero —dice la primera mujer—. No debería tomar
mucho tiempo. El maquillaje es la parte que lleva más tiempo. Esas malditas luces
calientes.

Me paro, mis ojos moviéndose hacia el culo de Aidy. Ella lleva pantalones cortos
blancos que apenas cubren su culo, y están desgastados en la parte inferior. Sus piernas
son largas y bronceadas, musculosas pero esbeltas, como de corredora. La blusa por
debajo de los hombros que lleva puesta muestras su suave espalda y su cabello rubio
está suelto y ondulado, rozando la parte superior de sus hombros cuando se mueve.

—Tome asiento, Sr. Amato —dice la estilista, cubriendo con un delantal negro
mis hombros y atándolo detrás de mi cuello—. Póngase cómodo. ¿Necesita agua o
algo?

—Estoy bien. —Mi mirada aún está fija en Aidy, observando como su camisa se
sube y da un vistazo de su piel desnuda, que está bronceada y contrasta contra sus
distractores pantalones cortos.

—Me encanta tu cabello. Soy Stacia por cierto —dice ella, arrastrando sus dedos a
través de mi melena—. Este corte se ve fantástico en usted. Sin embargo no estaba
esperando que viniera con toda la barba. La mayoría de mis chicos están bien
afeitados. Te puedo afeitar si…

—No.

—Está bien, no hay problema —dice Stacia, agachándose a una maleta de lona de
nuevo en el suelo—. Ya sabes, creo que en realidad tengo un poco de bálsamo para
barba aquí, aunque no lo creas. Realmente queremos que se vea suave y
acondicionada, pero no la queremos demasiado brillante bajo las luces, ¿sabes?

Ella se está hablando a sí misma en este punto, al menos en lo que a mí respecta, y


mi atención sigue dirigida a Aidy mientras rebusca a través de su estuche de
maquillaje.

—Lo encontré —declara Stacia un momento después. Ella regresa a mi lado, un


cepillo bajo el brazo y una expresión de concentración en su cara. Su cabello está
teñido de rubio platino, y lleva pantalones ceñidos con ciertos espacios escritos sobre
ellos. Stacia me recuerda a una estrella del pop sueco con un acento de Brooklyn—.
Aquí vamos.

Pasa su cepillo por mi cabello, dándole forma en la dirección que quiere que vaya,
y luego saca de repente una lata de espray para el cabello en aerosol.
—Cierre los ojos —dice ella.

Psssst.

Pssssssst.

Psst.

Psssssssssssssst.

Mi nariz tiene cosquillas y toso medio pulmón, agitando la nube de productos


químicos fuera de mi espacio aéreo.

—Huele a salón de belleza —digo.

—Lo dices como si fuera algo malo. —Stacia hace una garra con su mano y se
vuelve a empacar sus cosas. Cuando ella pasa a mi lado, apoya su mano en mi
hombro, su mirada fija en mi cabello—. Todo bien. Luce bien. Uno menos. Falta uno.

Ella cierra la puerta detrás de sí cuando se va, y echo un vistazo a Aidy de nuevo,
y esta vez está atando algún cinturón de herramientas negro alrededor de su cintura,
cargándolo con brochas y otros implementos.

Observo sus hombros levantarse y caer mientras arrastra las manos por sus
costados, y cuando se vuelve hacia mí, su barbilla está metida contra su pecho. Su
cabello rubio pálido está separado a un lado, por encima de su ceja derecha, y ella lleva
su cabello escondido detrás de la oreja en el lado derecho. Levantando su mirada a la
mía, algo en ella parece familiar. Siento que he visto esa cara antes, simplemente no
puedo ubicarla.

—Hola… —Aidy evade el contacto visual.

No puedo decir si ella está nerviosa o si me odia. Probablemente la última.

Sus manos se alzan sobre mi cara, las yemas de sus dedos pasando suavemente por
la parte inferior de mi mandíbula, y la inclina de un lado a otro.

—Tonos cálidos —dice ella—. Eres W-45.

Lo que sea que esto signifique.


Ella regresa a su equipo de maquillaje, recuperando una botella de maquillaje
líquido y arrojándolo en la parte posterior de su mano. De pie a mi izquierda, saca una
brocha de su delantal y frota la punta en el producto de color bronceado.

Aclarándose la garganta, ella estudia mi rostro. —Tiene una gran piel, Sr. Amato.
No necesita mucho de esto. Solo queremos asegurarnos que las luces no lo hagan
brillar.

Su voz es robótica, casi mecánica, como si estuviera enfocada en hacer su trabajo y


un poco más. Nada sobre su rostro grita que esté emocionada de estar aquí, justo
ahora, a centímetros de mí, sus manos sobre mi cara.

Me siento quieto, las manos agarrando los lados de la silla de maquillaje como si
estuviera algo nervioso y la verdad es que, no estoy nervioso. Esto es solo jodidamente
incómodo, y nunca he sido bueno ignorando elefantes gigantes o actuando como si la
mierda nunca sucedió.

—¿Es esto extraño? —pregunto

—¿Qué es extraño?

—¿Pretender que tú no me dijiste que me jodiera anoche?

Sus labios se ponen en una línea y ella exhala fuerte. Ella sabe exactamente de lo
que estoy hablando.

—¿O vamos a continuar como si no hubiera pasado? —agrego.

—Hizo llorar a mi sobrino —dice ella.

¿Sobrino? Interesante.

—Sí, y me sentí como la mierda después, por lo cual ofrecí enviarle un autógrafo
por correo. —Mi voz alzándose.

—Quédese quieto, por favor, Sr. Amato. —Ella acuna sus manos sobre mi
mandíbula, sosteniéndome fuerte. Su mirada es concentrada, con el ceño fruncido
mientras frota algo debajo de mis ojos. Ella parece pasar mucho tiempo ahí, y sabía
que tenía ojeras ya que no duermo mucho en estos días, pero no creía que fueran tan
pronunciadas.
—Sabes, fuiste la segunda persona que me dijera que me jodiera ayer —digo—.
Ese tiene que ser algún tipo de record.

Su otra mano se congela, su brocha todavía presionado sobre mi piel. —¿La


segunda? ¿Quién fue la primera?

—Alguna chica loca tratando de dejarme su diario en la entrada de mi puerta.

Su lengua roza su labio inferior y sus labios tiran en una sonrisa. —¿Es algo que le
ocurra regularmente?

—Extrañamente… sí.

—¿Tiene gran cantidad de acosadores?

—No tantos ahora que estoy retirado.

—Esta chica loca, ¿era caliente? —pregunta Aidy, con una ceja arqueada.

Mis labios sobresalen. —¿No lo sé? Esa es una pregunta extraña. Realmente no
conseguí verla bien. Ella estaba en chándal y con cola de caballo, es todo lo que
recuerdo.

—¿Chándal gris oscuro con ribete verde neón? —pregunta—. ¿Con sudadera gris a
juego?

Echo un vistazo a la izquierda tratando de refrescar mi memoria. —Sí. ¿Sí, eso


creo? ¿Algo así?

—Creo que la conozco —dice Aidy, moviendo la cabeza, su voz seria—. Andan
por aquí porque está obsesionada con atletas. De hecho, creo que la vi afuera del
estudio esta mañana. Ella probablemente le esté esperando. Podría ser que quiera
escabullirse por la puerta posterior cuando se vaya.

Me quedé mirando justo enfrente, viendo nuestros reflejos en el espejo del tocador,
y atrapé una insinuación de su boca alzándose en las esquinas.

—Estas jodiendo conmigo. —La miré hacia arriba.

—¿Lo estoy? —Ella sonríe por primera vez en la mañana, pero desaparece al
instante.
—Está bien. Lo merezco. —Rascando mi sien, la veo mientras frota su dedo en un
frasco de algo con un poco de un tono rosado en él. —¿Qué demonios es eso? Tú no
estás poniendo eso en mí.

Percibo que ella quiere tomar represalias por lo del autógrafo, y bien, pero no me
voy a sentar aquí y dejar que me haga verme como un maldito payaso en televisión
nacional.

—Relájese —dice ella—. Es natural ¿ve? —Ella arrastra el color a lo largo del
dorso de su mano y me muestra. Apenas lo veo—. Le da a su complexión un poco de
brillo cálido debajo de esas duras luces. Da unos matices cálidos y un poco de rosa
carnoso. Va en sus mejillas y labios.

Exhalando, me recargo nuevamente en mi silla mientras las puntas de sus dedos


me ponen un poco en mis pómulos. Ella vuelve a meter sus dedos en el frasco,
recogiendo más producto antes de moverse hacia mis labios. Con movimientos lentos,
ligerísimos, aplica el matiz natural, sus dedos enviando una ráfaga de hormigueo por
mi espina dorsal como un adolescente.

Sé que ha pasado mucho tiempo desde que alguien ha tocado mis labios, y el
suave y amable toque no ayudó, pero mi cuerpo no llega a tener todas las mariposas y
arcoíris hasta entonces.

Patético, honestamente.

—Espera —digo, como si estuviera tarde para la fiesta—. ¿Cómo sabes lo que la
chica loca traía ayer puesto?

—¿Suerte supongo?

No le creo, pero no sé cómo decirlo sin sonar paranoico. No hay una puta forma
que sea la misma lunática estando afuera de mi puerta ayer.

Sacando un pequeño peine de su estuche, ella lo pasa a través de mis cejas y luego
se hace para atrás.

—Se ve bien —dice ella. Asumo que se refiere al trabajo y no a mí. Aidy alcanza
detrás de mi cuello, desatando la bata antes de plegarla lejos.

Me levanto de mi silla, encorvándome para revisar mi cabello y maquillaje en el


espejo. Tras una inspección más cercana, me veo con piel aerografiada y sin defectos.
Como un auténtico niño bonito.
Aidy se mueve a un lado para limpiar sus herramientas, poner todo en su propio
compartimento organizando en su estuche, y estoy a dos segundos de hacer una oferta
final de firmarle algo para su sobrino.

Volteándose para enfrentarme, ella señala un punto en el tocador detrás de mí, con
las cejas levantadas.

—¿Te importa? —Ella llega a mí alrededor, casi presionando su cuerpo contra el


mío, y recupera una botella de espray con una etiqueta con algo escrito a mano en el
frente.

Su olor invade mis pulmones por un momento, y me hace pensar en bloqueador


solar y lavanda y alguna fruta exótica. Es una mezcla de un montón de cosas que
realmente no van juntas, pero de alguna manera es perfecto en ella.

—Gracias —le digo, revisando mi maquillaje una última vez.

—¿Por qué?

—Por no decirme hoy que me jodiera.

Ella sonríe, sacudiendo su cabeza. —Me imagino que dos veces es suficiente.

—¿Dos veces?

Rascándome mi sien, suelto una gran respiración entre mis labios y estudio su
rostro. La chica de pie afuera de mi lugar ayer no se ve nada parecido a la chica de pie
delante de mí, pero entonces otra vez, yo estaba más concentrado en alcanzarla que
memorizar el color de sus ojos o la delicada curva de su mandíbula.

—Sr. Amato, es hora. —Blake asoma su cabeza en la puerta de mi vestidor,


seguido por su reloj—. Lo llevaré al set y desde ahí daremos un repaso.

Aidy fricciona sus labios, luchando con una sonrisa y se gira lejos.

—Estaré en un segundo —le digo.

Aidy está de espaldas a mí, y Blake está golpeteando sus mocasines puntiagudos
negros sobre las baldosas, y el sonido de Michelle gritándole a alguien acerca de los
servicios de escenografía desde el pasillo.
Las preguntas permanecen en mi lengua mientras miro a Aidy desde el otro lado
de la habitación.

—Sr. Amato, lo siento, pero tenemos que irnos —dice Blake, las palabras
aceleradas y con urgencia. Da un paso dentro de mi vestuario, y medio me pregunto si
el piensa que va a tener que luchar físicamente para llevarme fuera de aquí—.
Entramos en vivo en diez.

Aidy finalmente se gira para enfrentarme, su mirada azul zafiro sosteniendo la


mía. Me niego a creer que esta sea la misma chica tratado de dejar el diario en mis
escalones ayer como una persona loca. Esta mujer, la que está de pie delante de mí con
pantaloncillos muy cortos, hombros desnudos, labios rojos y cabello que dice que ella
es demasiado genial para importarle, parece completamente normal.

—¿Qué es lo que lo retiene? —Michelle aparece detrás de Blake, su cara torcida y


con la boca abierta—. ¿Solo estamos de pie chismeando o qué? Vamos gente. Diríjanse
al set. Ahora. Tenemos que tener un programa para transmitir.

Blake me da una mirada suplicante, y yo no estoy de ánimo para ser responsable


de meter a un interno en problemas, así que me junto y alejo la mirada de Aidy.
Siguiendo a Blake al pasillo, que me lleva al set y me señala una silla marcada como
“invitado”.

Michelle se me acerca, y me entrega lo que parece un guion. Tras un examen más


de cerca, parece ser el horario del programa. El anfitrión, Michael Bradbury,
conducirá, me presentará, y luego se sumergirá directamente en el Smack Talk Five, la
lista de titulares que discutiremos hoy.

—No me dieron estos encabezados a tiempo —le digo a Michelle—. No sabía que
Ramírez había firmado con los Cards. Nadie me dijo que el entrenador Jenkins fue
despedido de los Royals.

La mandíbula de Michelle cuelga —¿No ves ASPN?

Niego con mi cabeza. —En realidad no. Ya no lo hago.

—Bueno jódanme. —Sus brazos caen a su lado, aterrizando en sus pantalones con
un exasperado ruido sordo—. Aquí, déjame darte la esencia de esto…

Michelle recita, dándome la versión de las notas de los tópicos de Cliff para el día
de hoy, y en la distancia, veo que el escenario comienza a llenarse. Personas con luces,
sujetapapeles, audífonos y cámaras están todos alineados, de pie en la oscuridad.
Desde el rabillo de mi ojo, veo a Aidy y a Stacia esperando recargadas en una pared
negra.

Mi mirada atrapa la mirada de Aidy por una fracción de tiempo, pero ella desvía
la vista primero.

—Sr. Amato, por este lado, por favor. —Blake me acompaña a la silla de invitado
en el estudio y Michael Bradbury toma su lugar junto a mí.

Estamos sentados detrás de un escritorio con forma de alubia de color ónix pulido
con el logotipo de ASPN en todo el frente con letras azul brillante.

—Oye, hombre ¿Cómo te va? —Bradbury extiende la mano, dándome un apretón


con sus manos resbaladizas—. Es bueno verte, es bueno verte.

—Igualmente —Ajusto mi corbata y calladamente aclaro mi garganta, y una mujer


en una falda apretada me da una taza llena de agua. Sus labios rosas se extienden en
una sonrisa cuando nuestras manos rozan y hace un clic con sus tacones de aguja
altísimos.

—¿Lo estás haciendo bien Ace? —Bradbury se desplaza a través de algunas notas
de la pantalla de su tableta en frente de él. Recuerdo cuando era un periodista
deportivo de poca monta trabajando para un pequeño equipo de noticias de Canton,
Ohio. Él recorrió un largo camino desde entonces, al igual que yo, pero al final su
carrera tiene el potencial de extenderse un par de décadas.

—Sí. —Le doy un pequeño asentimiento con mis labios apretados y miro hacia
adelante, explorando el pequeño estudio por la cámara 1, cámara 2, el director y mi
apuntador electrónico.

—Ace. —Michelle se sienta a mi lado, acuclillándose—. Necesito repasar algunas


cosas realmente rápido.

Ella habla a mil por minuto, diciéndome sobre las cámaras y las señales de mano,
me dice que el papel del inviado co-anfitrión es realmente una broma y todo lo que
necesito hacer es “verme bonito y dejarle la mayor parte del trabajo a Michael”.
Vamos a tener comunicadores, los cuales me avisarán en mi oído, y todo lo que
necesito hacer es intervenir con algunos comentarios donde pueda.

—Estamos en vivo en… —Un hombre en la distancia hace cuenta regresiva desde
el cinco, silenciándose todo cuando llega a tres, dos, y uno, y Michelle sale del
escenario justo a tiempo.
—Hola, hola a todos, bienvenidos a Smack Talk, soy su anfitrión Michael
Bradbury —dice él, insertando una gran risa en su voz y mostrando sus dientes de
millones de dólares—. Estamos hoy aquí con el hombre, la leyenda, el hombre que
necesita solo un nombre: Ace. Alessio ‘Ace’ Amato está sentado hoy en lugar de mi
co-anfitrión, Antoine Williams. Ace, gusto de verte, hombre. Bienvenido, bienvenido.

—Gracias —forzó ligeramente mi tono y acciono un interruptor para encender


una sonrisa en mi cara. Se siente anti natural e incómodo, pero aquí estoy, y estoy
haciendo esto—. Gusto de verte, Michael. Ha pasado mucho tiempo.

—Así es. Por lo tanto, Ace —Michael se dirige a la cámara, y luego a mí—, ¿qué
está pasando? Te retiraste el año pasado y te trasladaste a la ciudad; me han dicho,
¿qué has estado haciendo?

Vacilo una fracción de segundo, aunque con las cámaras en directo grabando estoy
seguro que se sintió una eternidad en tiempo de televisión.

La verdad es que he estado haciendo un montón de nada que valga la pena


presumir.

—Viajando —miento—. He estado en todas partes de la Costa de Amalfi. Las


Bermudas. Belfast. Cuando no soy trotamundos, paso el tiempo en mi casa del lago,
pescando. Solo viviendo el sueño, Michael.

Dios, suena como el puto idiota más grande del mundo, pero casi puedo escuchar
en la voz de Lou en mi oído, diciéndome que las aficionadas se verán aliviadas al ver
que no me he marchitado.

—Impresionante, me alegro de escuchar eso —dice él—. ¿Cómo está el hombro?

—Bien. Está bien —miento una vez más para los aficionados en casa.

—Está bien, bueno, vamos a cambiar un poco la marcha... —recita Michael los
titulares del día y sobre lo que hablaremos, y hago lo posible para mantener la
expresión agradable en mi cara, incluso asegurándome de reír a sus chistes, aunque
sean horriblemente sin gracia.

La luz roja sobre las cámaras se apagó después de un tiempo y el escenario se llenó
con el personal. El director corrió al lado de Michael, hablándole al oído, Michael
asintiendo todo el tiempo. La sensación de algo suave contra mi cara jala mi atención
a mi izquierda, donde Aidy sacaba una especie de esponja sobre mi frente y por mi
nariz. Huelo un ligero olor a polvo y levanto mi mirada hacia ella, pero está
concentrada en su trabajo y se rehúsa a hacer contacto visual.

Antes de que tenga oportunidad de decir algo, ella se mueve hacia Michael.

—A sus lugares —grita alguien un minuto más tarde. Y en cuestión de segundos,


otra persona está llevando la cuenta regresiva. Las luces de las cámaras parpadean a
rojo y comenzamos de nuevo.

Todo sucede tan rápido, Michael hace su cosa y yo agrego comentarios y pretendo
que sé qué demonios estoy haciendo. Me digo a mí mismo que solo estoy saliendo con
un amigo, hablando mierda sobre un montón de nada. Es fácil pretender como si las
cámaras no estuvieran ahí. Demonios, es fácil pretender un montón de cosas estos días

Vamos a otra pausa comercial después de siete minutos de programa en vivo, y


está vez Aidy trabaja primero sobre Michael.

—Solo un poco más, no mucho, querida —dice él, inyectando un acento esque de
Atlanta en su voz a pesar de ser oriundo de Ohio. Los ojos de Michael siguen todos
sus movimientos. Hay una pequeña sonrisa escondida debajo de su expresión estoica,
y veo mientras su mirada cae sin pudor en su generosa cremallera. Realmente eres
buena en esto, ¿sabes qué? Mi maquillaje nunca se veía mejor. La otra chica, ella lo
apelmaza. Pero tú, tú tienes un toque ligero. Me gusta eso.

Ella ignora de sus cumplidos, enfocándose en su brillante zona T y las ojeras.


Michael ha estado presente desde hace mucho tiempo, y él definitivamente ha visto
mejores días.

Reprimo una risa detrás de mi puño cerrado.

Su coqueteo es jodidamente patético.

Aidy se mueve a mí, agarrando una esponja nueva y empolvando mi nariz.


Cuando ella termina, salta del escenario, y atrapo a Michael revisándole el culo. Él ni
siquiera trata de esconderlo. Ella tiene un balanceo en sus caderas mientras camina,
pero eso no significa que sea una maldita invitación para cerdos como él.

—¿Cómo se llama? —Michael se inclina hacia mí, su lengua prácticamente


agitándose.

—Y estamos en vivo en cinco, cuatro… —anunció una voz desde el set.


Michael ajusto su corbata de seda roja y aclaró su garganta, y en el segundo en que
las cámaras están grabando él está en ello.

Los siguientes siete minutos pasaron en un zumbido nuevamente, y yo más o


menos en negro. No puedo repetir lo que dije o cuantas veces asentí o sonreí a la
cámara, pero sucedió.

Fui co-anfitrión de Smack Talk.

No fue tan malo.

Y ahora se terminó.

Trabajo hecho.

Alejaron las cámaras, el personal inunda el escenario de sonidos, y el director lleva


a Michael a un lado.

—Oye, buen trabajo allá. —Michael es todo sonrisas, chocando el puño en mi


brazo—. Estuviste genial.

—Gracias. —Mis ojos escanean la oscura habitación, buscando a Aidy.

Tengo preguntas.

Y demando respuestas.

—¿Donde esta peinado y maquillaje? —le pregunto a Michelle.

—Ja. —Ella camina de largo junto a mí—. Ellas ya se fueron. ¿Necesitas un


retoque o algo?

—No. —Mi mandíbula se endurece y exhalo. Supongo que tiene sentido que
peinado y maquillaje no se quedaran alrededor por el resto del programa.

—¿Necesitas algo de ella?

—No importa. Olvida que dije algo. —Comenzamos a caminar juntos fuera del
set.

—Oye —dice ella mientras nos empujamos a través de las puertas dobles del set
para dirigirnos a la sala principal—. Queremos saber si puedes volver. Eres natural,
Ace. Pensamos que eres genial, y sabemos que los televidentes aman verlos a ti y a
Michael juntos. Solo será por el resto de la semana hasta que vuelva Antoine. ¿Y tal
vez puedas llenar el espacio de vez en cuando?

Me alegro. —Hay miles de personas ahí afuera que matarían por tener este trabajo,
y ellos lo harían mucho mejor de lo que yo lo pueda llegar a hacer.

—Sí, tal vez sea verdad —dice ella, su voz de Brooklyn arrastrándose un tono muy
alto—. Pero tú tienes algo que ellos no.

—¿Qué es eso? —Me detengo en medio del pasillo, enfrentándola, mis manos
descansando en mis caderas. Michelle debe medir no más de 1.60 metros, y yo soy
unos treinta centímetros más alto que ella.

—Tú eres Ace Amato. —Michelle se encoge de hombros, su boca fruncida en una
esquina, y luego se voltea alejándose—. Piénsalo y déjame saber. Debes tener mi
número de celular. Necesito una respuesta para las tres de la tarde de hoy.
Traducido por Mariela

Corregido por Dionne

Aidy

ye, estás de vuelta temprano —grita mi hermana sobre el ruido de la

—O aspiradora mientras ella levanta la esquina de la mesa de café y quita


el polvo de debajo. Ella aplasta al electrodoméstico con su pie
mientras se vuelve un suave sonido y se apaga, y luego envuelve el cordón detrás—.
Enzo ha estado comiendo galletas en el sofá otra vez.

Ella me mira con atención entrecerrando sus ojos, y yo levanto mi mano.

—No me mires a mí —digo. Coloco mi estuche de cosméticos cerca de la puerta y


me quito mis zapatos.

—¿Cómo estuvo el trabajo? Nunca he estado en el estudio de ASPN. ¿Es bonito?


—Wren se deja caer en uno de los descansa brazos del sofá, estirando sus piernas y
poniendo sus brazos sobre su estómago. Su cabello está recogido y tiene un poco
brillosa la frente. Juzgando por su apariencia, ha estado limpiando desde que dejó a
Enzo en la escuela esta mañana.

Mirando a través de la habitación, noto la esencia a limpiador de limón en el


ambiente y la brillante superficie en la mesa de café. El camino de la aspiradora
comienza abajo en el recibidor y llega a mis pies.

—Es muy agradable —digo, mirando hacia el lado.

—¿Por qué estás solo ahí de pie toda tranquila? —Frunció el ceño—. Estás
actuando extraño. ¿Por qué estás actuando raro?

Me encojo de hombros, me dirijo a la cocina para tomar una botella de agua, solo
una vez que llego al refrigerador completamente olvido lo que estoy haciendo.
—Aidy —Wren está de pie en el otro lado de la isla, descansando sus codos y
estudiándome—. ¿Algo sucedió hoy?

—¿Te acuerdas del jugador de béisbol? —pregunto—. ¿El de anoche?

Mi hermana asiente. —¿Qué sobre él?

—Él era el co-conductor en Smack Talk. —De repente recuerdo el agua. Con mi
espalda hacia Wren, agrego—: ¿No es extraño?

—¿Extraño? ¿Ese jugador con mucho tiempo retirado sea el co-conductor de un


programa de televisión? No. Para nada.

—Pero mira, lo vi ayer dos veces y luego ahora otra vez —digo—. Y antes de esto
nunca había escuchado de él.

—La vida está llena de pequeñas coincidencias. Pero es todo lo que es. Puras
coincidencias. Te volverás loca tratando de conectar punto que ni siquiera están ahí. —
exhala Wren.

Destapando mi agua, tomo un sorbo. —Quería decirle que se fuera, Wren. Quería
decirle que se fuera con muchas ganas. Pero no podía. Tenía que permanecer
profesional o Topaz me mataría.

—Sabia decisión.

Tomo otro trago. —Dios lo ayudo si me lo hubiera topado en la calle imagínate.

Wren estrella sus manos por su frente y luego las pasa por su rostro, gruñendo. —
Olvídalo. Enzo ya lo hizo.

—Él no debería ser un idiota —dije—. No me importa si estaba teniendo un mal


día.

—¿Por qué estas centrada en esto? —La mandíbula de Wren cae abierta y ella se
desliza en el taburete—. Estas obsesionándote en algo que es realmente trivial. ¿Sabes
cuanta gente famosa vive en esta ciudad? ¿Sabes cuantas veces dan autógrafos o
cuantas veces son fastidiados por autógrafos? Ellos no tienen que hacer lo que uno les
pida que hagan. De hecho, creo es algo mal educado interrumpir su día, exigirles y
luego esperar que ellos estén contentos con eso.
Coloco mi agua en la encimera y encuentro su mirada simpática. —Sí. Tienes
razón. No sé cuál es mi problema.

—Eres una persona nocturna, ese es tu problema.

Rodando mis noches, niego con mi cabeza. —Nop.

—Tengo que ir a darme una ducha. —Wren se empuja para ponerse de pie—.
Conseguí un trabajo a la una. Un puñado de antiguas damas están yendo a comer
tarde a la avenida Madison. Son lindas. Las estoy adoptando a todas porque nunca
tendrás suficientes Mimis y Nanas.

Wren guiñe un ojo y se detiene en la orilla de la encimera de la cocina, juntando


una pila de una milla de alto de revistas de novias que han estado ahí, sin tocar, por
dos semanas. No estoy segura si está nerviosa sobre casarse con Chauncey o solamente
sin ganas, pero ella no ha sido ni la mitad de bridezilla3 que pensé sería.

—¿Cuándo vamos a ir de compras por vestidos? —pregunto—. Sabes, algunos de


estos lugares necesita meses para hacer un vestido de novia.

Aún sigo pensando que ella está loca por querer casarse la primera semana de
diciembre porque normalmente nieva para esas fechas, pero ella siempre quiso una
boda invernal.

—Pronto. —Me da una sonrisa cansada.

—Eso fue lo que dijiste hace dos meses.

—Estamos pensando en tal vez solo tener la boda en el registro civil —dice ella,
recargándose contra la pared. Sus brazos cruzados sobre su pecho, apretando las
revistas. Una imagen de una novia asomándose con el cabello café chocolate cargando
un arreglo de hortensias azules. Ella se parece a Wren.

—¿Qué? No. —Pongo mala cara, moviéndome hacia ella, colocando mis manos
en las suyas—. Esta es tu primera boda. La de él también. Tienen que hacerla especial.

—Las bodas son costosas —dice ella—. Gastas todo ese dinero y luego ¿qué si no
funciona? Y solo mal gastas el salario de un año en pastel, champaña y flores.

3
Bridezilla es un término estadounidense compuesto que se refiere a esas novias (bride, en inglés) que en
los meses previos a dar el sí se convierten en una especie de monstruos capaz de arrasar con todo con tal
de alcanzar la boda de sus sueños.
—¿Sobre eso se trata esto? —Mi voz está tranquila y mis ojos están centrados en
los suyos.

—¿Tal vez? —Muerde su labio y alza sus hombros—. No sabes lo que es ser madre
soltera. Tengo que hacer que cada dólar sea bien gastado, y no puedo gastar la
matrícula escolar de Enzo en Moet y Chandon.

—Esta es tu boda, de la que estamos hablando —digo—. Tú primera y única.

—No tenemos forma de saber eso.

—¿Lo amas?

—Sí.

—¿Más que nada en el mundo?

—Un poco menos que a Enzo, pero sí.

Ruedo mis ojos. —Entonces cásate con él y no te preocupes por el resto.

Wren está callada, estancada dentro de sus propios pensamientos como suele
hacerlo en ocasiones.

—A Glam2Go le va bien —le recuerdo—. Hemos hecho tres veces más dinero este
año que lo que hicimos el año pasado, y estamos solamente en Junio. Puedes
permitirte una linda boda. Y sabes que mamá llorará si le dices que estás haciendo lo
del registro civil. No quieres hacer llorar a mamá, ¿verdad?

—Mamá llora por todo. —Wren deja salir una ligera sonrisa—. De ahí debe
haberlo heredado Enzo.

—Es absolutamente de donde lo sacó Enzo.

Wren se endereza, sus hombros rígidos y su expresión estoica. —¿Estás segura de


que estoy haciendo lo correcto? ¿Casándome con él?

Mis cejas se juntaron. Nunca había escuchado a Wren dudar de su relación con
Chauncey todavía, y ellos han estado juntos por casi tres años. Seguro, él es podría
decirse que aburrido comparado con los otros hombres con los que ella ha salido, pero
en mi opinión, eso es lo mejor de él. Él es seguro, aburrido, amable, dulce y lo más
importante, el antídoto de Lorenzo, quien en realidad hizo un número en su corazón
hace algunos años.

—Chauncey es un gran tipo —digo, deslizando mis brazos alrededor de ella y


deteniéndome en el aroma de su costoso champú. La mujer puede usar cupones de
descuento aquí y allá para comprar el mandado, pero el cielo la ayude si ella no
compra su champú favorito de salón—. Él va a ser un increíble esposo, y quiere mucho
a Enzo. Todo lo demás es secundario.

La dejo ir, y ella me agradece con una inclinación de cabeza, desapareciendo en su


habitación. Un minuto después, escucho el rociar de su ducha. Dirigiéndome a mi
habitación, me desvisto de mi ropa de trabajo y saco unos pantalones pegados, negros,
un sujetador rosa para hacer ejercicio, y una playera gris para correr. Recogiendo mi
cabello hacia atrás, lo enredo en una pequeña liga y me dirijo al baño para quitarme el
maquillaje de mi rostro.

Cuando regreso, veo un mensaje de texto de Topaz en mi teléfono, pidiéndome


que la llame.

—Todo fue bien —le digo en cuanto contesta.

—Oh, gracias a Dios —dice ella—. Acabamos de aterrizar en el JFK y es una


locura. Ahora estamos tratando de llegar a casa. Estaré de regreso en el trabajo para
mañana seguro. Muchas gracias por cubrirme. Te lo debo.

—Claro —digo—. Feliz que hayas llegado a casa.

—Yo también. ¿Comemos pronto? ¿Viernes?

—Claro.

Cuelgo con Topaz y colapso en mi cama. No estoy acostumbrada a levantarme tan


temprano estos días, tengo un cliente citado esta noche a las seis. Una mujer de Upper
East Side tiene una cita con un hombre que conoció en una aplicación de citas, y ella
quiere verse mejor.

Rodando hacia mi lado, veo el diario descansando en la repisa más baja de mi


buró. Lo alcanzo y lo traigo más cerca buscando abrirlo en una página de en medio.

Tal vez no soy fácil de amar. Tal vez no valgo la pena de ser amado. Pero eso no cambia el
hecho de que la amo. No puedo evitar amarla más de lo que debiera. Traté de detenerme. Pero
tratar de alejarte de la mujer que puso fuego dentro de tu alma es para cobardes. Nunca dejaré de
amarla. Preferiría morir.

La página encabeza una sección que he leído muchas veces antes.

La noche de la fiesta de su compromiso, había algo apagado en ella. Se aferró al brazo de él


toda la noche, sonriendo, asintiendo y mostrando su anillo a cualquiera que pidió verlo. Y me
quedé atrás, mirándola desde la barra y dándome cuenta que nunca había deseado algo tanto en
mi vida, preguntándome si este iba a ser el final de nosotros de una vez por todas. Sus ojos, como
dos violetas silvestres, se llenaron de vida una vez que encontró los míos a través de la habitación,
y mi Dios, no pude respirar. Ella me ofreció una fugaz sonrisa agridulce mientras su cabello negro
azabache cubrió su rostro, ocultando su boca en forma de corazón por la que vivo para besar, y
cuando ella levanta la vista por segunda vez, ella ya no me estaba mirando. Ella lo estaba viendo
a él. Viví mil vidas, todas con ella, en los segundos en que nuestros ojos se encontraron. Y mi
corazón se rompió mil veces en el momento en que ella se volteó hacia él y le sonrió. Pero no todo
estaba perdido, porque me di cuenta en los segundos que siguieron, que su sonrisa era para mí.

Cerrando el libro, lo empujé hacia un lado y di un respiro hondo, dejando que la


pesadez del mundo de este hombre se asentara dentro de mí con su lánguida, dulzura
amarga.
Traducción por Mariela

Corregido por Candy20

Ace

uién eres? Me quedo de pie en el umbral de mi vestidor el


miércoles en la mañana, medio-arrepentido de mi decisión

—¿Q de aceptar ser co-anfitrión en Smack Talk por el resto de la


semana.

Una mujer con el cabello ondulado lavanda con un cinturón alrededor de su


cintura y me da una gran sonrisa. Soy Topaz. Estaré haciendo tu maquillaje hoy.

¿Dónde está Aidy?

Ella alza una ceja. Aidy me cubrió ayer. Ella no regresará.

Topaz señala la silla en el centro de la habitación. Comencemos. Stacia estará


aquí pronto, y tú estarás en vivo en treinta.

Toda la noche estuve pensando sobre escribirle un mensaje a Aidy, preguntándole


como sabía lo que la loca mujer con el diario estaba vistiendo y esperaba su confesión
completa. Quería saber cómo sabía quién era yo, si me siguió al pub de pizza, y si ella
sabía que estaba co-conduciendo Smack Talk y de alguna forma se las arregló para
cubrir a su amiga.

¿Ella no regresará? pregunté mientras ella pone una bata alrededor de mí,
queriendo una explicación completa. Tengo su número, y supongo que puedo
mandarle un mensaje para pedirle que nos veamos, pero yo estaba asumiendo que la
vería en persona hoy, y no quería poner las cosas más extrañas de lo necesario.

Topaz presionó sus labios juntos y negó con su cabeza. Nop. ¿Es necesario que
te encuentres con ella por algo?
Tengo su número.

Ella mezcla maquillaje en mi piel y luego lo extiende con una brocha por mi
frente, su boca ampliándose. ¿Lo tienes? ¿Lo tienes?

No es así.

¿Seguro? Su voz alzándose.

Luego, ella espolvorea polvo a través y debajo de mi nariz, y yo lucho contra la


urgencia de estornudar.

Seguro digo, arrugando mi nariz.

Lo que digas. Topaz se voltea, su espalda hacia mí, y busca dentro de su
estuche de maquillaje.

Lo siento, estoy tarde. Stacia pasa corriendo a través de la puerta poniendo su
bolso cerca de mis pies. Poniéndose en cuclillas, ella abre el cierre y saca un cepillo y
un puñado de productos. Michael decidió que necesitaba un corte de cabello hoy
antes de grabar, así que… lo que quiera Michael, Michael lo tiene.

Topaz alegremente dice: Él es la razón por la que estamos aquí, así que no
podemos quejarnos realmente.

Stacia no sonríe. De haber sabido que él quería un corte de cabello, me habría
venido veinte minutos más temprano hoy. Él hombre tiene mi número. Crees que es
mucho pedirle que de hecho lo use para algo más que para…

Ella se detuvo, su mirada cambiando de Topaz hacia mí y de vuelta.

Lo siento dijo Stacia, con las mejillas sonrojadas. Esto es inapropiado.

Yo miré al otro lado. No me importa.

¿Ya terminaste? le dice Stacia a Topaz mientras me señala.

Topaz me mira, alzando su barbilla. Sí. Ya terminé.


Le toma todos unos cinco minutos a Stacia el acomodar mi cabello, y para el
momento en que ella termina, Blake está esperando, con el portapapeles en mano, para
llevarme al estudio.

Saco mi celular para silenciarlo mientras caminamos, por un momento, pienso en


enviarle un mensaje de texto a Aidy lleno con preguntas.

¿Estás listo? Michelle me saluda al otro lado de las puertas batientes, y luego
engancha su brazo en el mío. Silencia eso ¿podrías?
Traducido por Dee

Corregido por Beth B.

Aidy

P
resiono el timbre del apartamento 3C en un edificio antiguo de la
posguerra en el Upper East Side la noche del miércoles. Llego
quince minutos antes, pero si tengo suerte, a mi cliente no le
importará.

—¿Hola? —Una voz proviene del altavoz.

—Hola, soy Aidy de Glam2Go. Estoy aquí para su cita —digo, inclinándome.

—Te dejaré entrar.

El altavoz muere y la puerta se abre. Entro y subo tres tramos de escaleras. Los
pasillos son estrechos y están pintados en un tono depresivo de gris, pero la alfombra
se ve nueva. Doblando la esquina, veo su puerta a la izquierda. Hago una pausa un
momento, luego llamo a la puerta ligeramente.

La puerta se abre casi de inmediato, y una mujer con la cara lavada y de unos
cuarenta años está delante de mí, vestida con una bata cubierta con flores de cerezo. Se
da una palmadita en el rostro y se alisa el cabello rubio oscuro detrás de la oreja.

—Llegas temprano —dice, con un poco de risa en el tono.

—Lo siento.

—No, no, está bien. Entra. Tengo un lugar en la mesa para nosotras. —Mantiene
la puerta abierta y hace un gesto hacia la mesa de la cocina—. Es justo al lado de la
ventana. Pensé que podrías querer luz natural.

—Es perfecto.
—Soy Helena —dice. Desliza la mano por la solapa de la bata, y cuanto más
estudio su cara, más parece ponerla nerviosa.

En mi mente, estoy eligiendo colores y descifrando la mejor manera de acentuar


sus preciosos ojos verdes y altos pómulos.

—¿Puedes hacer algo al respecto? —Ella se ríe nerviosamente y apunta a su a


nariz. Es grande, con una protuberancia en el medio y definitivamente no es algo fácil
de ocultar. Ancla toda su cara, aunque sigue siendo una mujer muy atractiva.

Sonrío y asiento. Como mujer, sé de primera mano cómo todas tenemos nuestros
complejos. Algunas tendemos a fijarnos en cosas que deseamos poder arreglar, cosas
que nos hacen sentir menos. Algunas nos obsesionamos siempre por cosas que los
hombres en nuestras vidas han considerado como defectos.

—Helena, puedo decir solo que creo que eres absolutamente impresionante. —Lo
digo en serio. Cien por ciento. Espero, dentro de veinte años, lucir la mitad de hermosa
que ella.

Su expresión se suaviza y levanta las cejas. Los hombros de Helena se relajan


ligeramente y se deja caer en la silla de la cocina. Cuando sus ojos se encuentran con
los míos, sus mejillas se vuelven de un tono claro de rosa.

—Eres muy dulce —dice—. Pero todavía quiero que te centres en esta
monstruosidad.

Apunta a su nariz una vez más, y yo le aparto la mano.

—Voy a centrarme en esos hermosos ojos esmeraldas tuyos —digo con una
sonrisa—. Y esos pómulos para morirse. Y tu piel. Es impecable. No veo una sola
arruga en ninguna parte.

Helena sonríe, sus ojos poniéndose vidriosos. —Nadie nunca me ha dicho esas
cosas.

Frunzo el ceño, acomodando mi estuche de maquillaje en la mesa y agarrando


colores. —Encuentro eso muy difícil de creer.

—Mi ex —dice—, Harold, él siempre me decía que debería hacerme una


rinoplastia. Pero la cirugía me aterra. No me gusta pasar por el quirófano. Y temo que
voy a ser una de esas mujeres, ya sabes, ¿aquellas que parecen de plástico que ves en
Los Ángeles? Ellas creen que se ven geniales, pero en realidad se ven como fenómenos.
—Tomaste la decisión correcta, Helena. Sin lugar a duda.

—Él siempre la estaba señalando —dice ella—, diciendo que necesitaba su propio
código postal.

Hago un ruido de disgusto en la parte posterior de la garganta. —Eso es terrible.


¿Lo pusiste en su lugar? Por favor, dime que lo hiciste.

—Claro que sí —dice, incorporándose—. Me divorcié de su patético culo.

Levanto la mano con la palma hacia arriba, sugiriendo que me choque los cinco, y
ella lo hace con un duro golpe.

—Pero ahora, aquí estoy. —Ella suspira, mirando directamente su cocina. Su


apartamento es modesto, y supongo que es de un dormitorio. No hay mucho color,
fotos o decoraciones personalizadas que sugieran que esto es más que un apartamento
de alquiler temporal—. Tratando de volver a salir.

—¿Has estado saliendo mucho en citas? —Igualo su tono de piel con una de mis
bases traslúcidas y vierto una gota en el dorso de mi mano. No necesita mucho, solo en
algunos lugares para igualar su tez.

—Oh, cariño, no —dice—. He oído que es duro salir en citas. No es para los
débiles de corazón.

—Escuchaste bien. —Ruedo los ojos—. Me he tomado un pequeño descanso de


las citas este último año. Enfocándome en mi negocio en su lugar.

—Bien por ti. —La siento observándome, estudiándome, y veo sus labios temblar
como si quisiera decir algo, pero sin estar segura de si debería—. ¿Puedo decir algo?

—Por supuesto. —Agarro un bote de rubor en crema en un tono rosa polvoriento


y lo abro.

—Nunca he tenido una hija —dice—. O un hijo, para el caso. Así que me siento
obligada a compartir algunas palabras de sabiduría, si me lo permites.

—Por supuesto. —Le aplico el rubor dando toquecitos con los dedos en la parte
superior de sus pómulos, dejando espacio para un poco de iluminador y contorno
encima y por debajo.
—No permanezcas casada con tu trabajo demasiado tiempo —dice ella—. Uno de
estos días vas a despertar y podrías estar sola, y haber desperdiciado los mejores años
de tu vida con la única cosa que no te puede amar.

Asiento, centrándome en la curva de su mejilla, mientras habla.

—Quiero decir, Harold tiene sus defectos, pero yo no era perfecta tampoco
—dice—. Nos amábamos muchísimo. Los primeros veinte años fueron fuego, hielo y
magia, y no los cambiaría por nada en el mundo. Al final, simplemente no estábamos
hechos para durar. Nos volvimos miserables, ¿sabes? Así es cuando sabes que es hora
de colgar los guantes y volver a casa.

No estoy segura de qué decir. He tenido clientes que les gusta desahogarse, y les
gusta proyectarse, o ven parte de ellos mismos en mí y eso hace que se abran a un
completo extraño más de lo que normalmente harían.

—De todos modos, te miro y veo esta luz en tus ojos que solo tienes por
determinado tiempo —dice—. Eres joven, hermosa, inteligente y agradable. Odiaría
que pasaras los próximos veinte años casada con el trabajo cuando podrías estar
peleando y follando con un tipo sexy. Créeme, cuando el trabajo pierde su sabor, y
algún día lo hará, vas a desear tener algunos recuerdos calientes y picantes para
mantener el calor durante la noche. Todo el mundo necesita a alguien que haga que le
hierva la sangre y se le derritan las bragas.

Me rio.

—Dios —suspira—. Lo creas o no, Harold solía ser algo maravilloso que ver. Y
luego se puso calvo. Y gordo. Y desagradable. Pero al menos tengo los recuerdos,
¿verdad?

—Entonces, ¿quién es tu caliente cita de esta noche? —Cambio de tema,


consultando mi paleta de sombra de ojos. Son en su mayoría gris topo y marrones,
pero funcionarán para un ojo ahumado de infarto y resaltar esos tonos esmeraldas
suyos.

Ella sonríe con los ojos y trata de dominar su emoción. —Su nombre es Brad, y es
un contador. Un contador público en realidad.

—Muy lindo. ¿Cómo se conocieron?

—En realidad, no nos hemos encontrado todavía —dice—. Hemos estado


enviándonos mensajes través de esta aplicación de citas. Es raro para mí, pero parece
ser la forma en que todos se conocen en estos días. De todos modos, nos vamos a
reunir para cenar en este lugar italiano en Little Italy. Empezamos con la cena y luego
ya veremos.

—¿Tienes a alguien a quien llamar? Ya sabes, si la cita va mal, puedes decir que
tienes una emergencia y tienes que largarte.

Me mira como si estuviera hablando un idioma extranjero. —¿La gente realmente


hace eso?

Mi mandíbula cae. —Um, sí. Lo hago por mis amigas todo el tiempo.

—¿Y sus citas se lo creen?

Me encojo de hombros. —No es como si importara. No tendrán una segunda cita.

Helena se ríe. —Eso es un poco triste.

—Entonces deberían ser mejores citas. —Me muevo a sus cejas, que parecen ser
ligeramente demasiado depiladas y haber visto mejores días. Supongo que fue víctima
de la “moda de la ceja delgada de los años de los 2000”. Afortunadamente, hacen
productos para eso. Agarro un poco de gel y comienzo a rellenarla—. Entonces, ¿qué
te vas a poner esta noche en tu cita caliente?

Su cara se ilumina. —Despilfarré. Fui a Bergdorfs y gasté una suma de dinero por
la que Harold habría tenido una rabieta. ¿Me harías un favor?

—Por supuesto.

—¿Te importaría quedarte aquí mientras me lo pruebo? Podría necesitar una


opinión honesta. La vendedora dijo que se veía genial, pero ya sabes cómo son los
vendedores.

—Estaría feliz de hacerlo. —Termino su maquillaje y ella se va a su habitación,


cerrando la puerta y diciéndome que saldrá en seguida.

Cuando sale, lleva un vestido que abraza sus curvas. Sus pechos están por las
nubes y sus largas piernas están recién depiladas y suaves. Sus brazos están tonificados,
pilates supongo. Nunca hubiera adivinado que Helena ocultaba este impresionante
cuerpo bajo una vieja bata raída.
Deslizando las manos en la parte delantera de sus caderas, inhala una respiración
profunda. —¿Por lo tanto, Aidy? ¿Qué piensas?

Mi mandíbula cuelga. —Um, te ves como una maldita supermodelo. En serio. Te


podría poner en una cartelera en Times Square, justo al lado de Cindy Crawford y Christy
Turlington y nadie lo pensaría dos veces.

Ella me golpea con fuerza con su mano. —Ah, detente.

—Lo digo en serio. El mundo de Brad el contador está a punto de ser sacudido, y
ni siquiera va a saber qué lo golpeó.

Hay un espejo de cuerpo entero a la mitad del pasillo, apoyado en la pared. Se


detiene ante él y se examina, en su expresión desaparece la emoción y se transforma en
miedo puro e imperturbable.

En cámara lenta en vivo, observo sus ojos ponerse vidriosos, lágrimas pintadas de
rímel se deslizan por sus mejillas perfectamente maquilladas.

—Helena, Helena. —Me pongo a su lado, deslizando la mano por su brazo—.


Detente. ¿Por qué lloras? ¿Qué pasa?

Ella me aleja, tirando del vestido, tratando frenéticamente de quitárselo. Su


cremosa piel se llena de manchas rojas y jadea por aire.

—Quítalo —dice, sin aliento y frenética—. No puedo… No puedo hacer esto…

Tiro de la cremallera de la espalda y la acompaño a su habitación, donde deja caer


el vestido al suelo y alcanza desesperadamente su bata. Cubierta y encorvada en un
lado de la cama, entierra la cara en sus manos.

—¿Qué está pasando? —pregunto, tomando lugar a su lado. Le froto la parte baja
de su espalda, lo que la envía a un estado inmediato de llanto inconsolable.

Me siento junto a ella, sin decir una palabra, siendo la amiga sustituta que necesita
tan claramente en este momento, y cuando finalmente llega a tomar aire, se vuelve
hacia mí, su rostro un gran desastre.

—No puedo ir a la cita —dice—. No puedo lucir así y llevar este vestido y
pretender ser alguien que no soy y esperar que este completo desconocido me vaya a
amar la mitad de lo que lo que me amó Harold.
Helena solloza en sus manos otra vez, sus hombros agitándose con cada
respiración entrecortada.

—Es evidente que no estás lista —le digo—. Y eso está bien. No te sientas mal por
ello. Brad entenderá.

Ella resopla. —No creo que vuelva a estar lista.

—Sabes —digo—. He vivido en esta ciudad desde hace cinco años, ¿y sabes de lo
que estoy empezando a darme cuenta?

—¿Qué?

—Este lugar está lleno de gente fingiendo. Todo el mundo está fingiendo tener su
vida en orden, pero muy pocos realmente lo hacen —le digo—. Conoces ese dicho,
finge hasta que sea verdad.

—Sí. —Ella extiende la mano hacia la mesita de noche para tomar un pañuelo de
papel, y diviso media docena pañuelos al lado de la caja.

—¿Puedes hacer eso esta noche? —pregunto—. ¿Puedes fingir ser la segura mujer
hermosa, que sé que está debajo de todas estas lágrimas?

Helena se ríe, sentándose un poco más erguida. —No sé, Aidy.

Se levanta, moviéndose hacia el espejo del tocador y secándose las rayas negras en
las mejillas.

—He arruinado el hermoso trabajo de maquillaje que hiciste —dice.

—No lo necesitabas de todos modos —digo con un guiño—. Pero puedo darte un
retoque. Solo si tú quieres...

Se vuelve hacia mí, su expresión indecisa.

—Pero si arreglo tu maquillaje, voy a esperar que vayas a esta cita —le digo,
inyectando la clase de tono que he visto a mi hermana usar con Enzo.

Helena mira de nuevo su reflejo, juntando las solapas de la bata en un puño.


Observo mientras respira hondo con dificultad y lo expulsa.

—Está bien —dice—. Vamos a hacerlo.


—Bien. —Me pongo de pie, aplaudiendo—. Déjame agarrar un poco de
removedor de maquillaje. Ya vuelvo.

Saliendo de su habitación, hago una loca carrera a mis cosméticos en la mesa de la


cocina, rebuscando en la infinidad de productos para dar con la pequeña y tan
necesaria botella de removedor de maquillaje que guardo a la mano.

Nada.

Mierda.

Busco de nuevo, preguntándome cómo demonios voy a explicarle a mi nueva


cliente que me presenté sin tener todas las herramientas necesarias para el trabajo.

Una ola eléctrica de pánico me recorre hasta que recuerdo haber pasado una
farmacia de camino aquí. Está calle abajo, situada justo en la esquina.

—¿Helena? —digo en voz alta.

—¿Sí, Aidy? —Asoma la cabeza desde detrás de la puerta del dormitorio, y le echo
un vistazo a su hombro desnudo.

Bien, se está vistiendo de nuevo.

—Necesito correr a la farmacia muy rápido. Volveré en cinco minutos


—digo—. O diez. A lo sumo. Por favor, dime que no cambiarás de opinión antes de
que vuelva.

Helena asiente con la cabeza y me da un pulgar arriba antes de apresurarme a


salir. Agarro mi bolso, dejando todos mis productos dispersos en la mesa de la cocina,
y hago una loca carrera por el pasillo. Volando por tres tramos de escaleras, casi
atropello a un hombre de mediana edad cargando una bolsa de comestibles.

—Lo siento —digo en voz alta, pero es demasiado tarde. Ya estoy fuera, con los
pies sobre el pavimento, corriendo en zapatillas de ballet hacia la brillantemente
iluminada señal de la farmacia a una cuadra de distancia.

Adentro, soy bañada en iluminación fluorescente y una cantidad abrumadora de


pasillos, pero afortunadamente una cara sonriente me señala la sección de maquillaje.
Tomo una botella de removedor de maquillaje de farmacia y me dirijo en línea recta
hacia la fila de la caja.
Es tan larga, recorre hasta el departamento de fotografía. No sabía que una
farmacia podría estar así de llena un miércoles por la noche. Suspirando, compruebo el
tiempo en mi teléfono. Ya han pasado seis minutos, y van a ser por lo menos diez más
a juzgar por la longitud de esta fila.

Murmurando en voz baja, agarro la botella de removedor de maquillaje y me


quedo quieta. La fila se mueve hacia delante, y soy bañada en alivio de que las cosas
podrían no moverse tan lento después de todo. Agarrando una revista de un estante
cercano, la hojeo hasta la mitad para leer sobre el último drama de Gwen y Gavin y
coincido plenamente con el resto de Estados Unidos en que él se lo pierde. Hojeo dos
páginas antes de darme cuenta de que la fila aún no se ha movido. Para cuando
levanto la vista, veo que la luz por encima de nuestra línea de cajas está parpadeando y
el cajero está localizando un gerente. Una clienta con la cara roja y el ceño fruncido
está con una mano en la cadera y un puño lleno de cupones en la otra.

—Jesús —murmuro, comprobando mi teléfono de nuevo.

—¿Tienes algún lugar en el que estar? —Una voz masculina zumba en mi oído
desde atrás.

Dando la vuelta de golpe, el corazón se me cae al estómago cuando veo al Imbécil


de Lexington Avenue.

—Tienes que estar bromeando.

—Necesito saber si me estás acechando. —Él desliza una mano en el bolsillo de


sus vaqueros oscuros deslavados, y la intensidad de su mirada quema en mi interior.

Mi mandíbula cuelga. —¿En serio?

—Sé que fuiste tú —dice—, con el diario el lunes.

Me encojo de hombros, frunciendo el ceño. —¿Sí? ¿Entonces? Eso no significa que


te estoy acechando.

—¿No?

La fila finalmente avanza de nuevo.

—Estás en cada lado que voy —dice—. Es un poco desconcertante.


Meto la revista en el estante y me cruzo de brazos. —¿Quién puede decir que el
sentimiento no es mutuo? No tenía idea de que ibas a estar en la pizzería de mi futuro
cuñado el lunes por la noche. No tenía idea cuando acepté reemplazar a mi amiga de
que ibas a ser co-anfitrión en Smack Talk. ¿Y cómo iba a saber que ibas a estar de pie
detrás de mí en la fila de la farmacia cuando de casualidad necesito una botella de
removedor de maquillaje para la clienta en la que estoy trabajando?

Él mira a su alrededor. —¿Qué cliente?

Mi cara arde. —Ella está calle arriba. De todos modos, casi se siente como si tú
fueras el que me sigue.

—Sí. Te seguí a Smack Talk. —Sus palabras están recubiertas de sarcasmo.

—Pura coincidencia —respondo.

—¿Y el resto no lo es?

Me encojo de hombros, alejándome un paso. —Esta ciudad es extremadamente


grande para que estemos encontrándonos cada cinco minutos, solo digo.

Se pasa una mano por la barba, lo cual hace un trabajo de mierda ocultando esa
sonrisa de suficiencia que lleva.

—¿Podemos ir a algún lugar y hablar? —pregunta, con la cabeza ladeada—.


Realmente rápido. No tomará mucho tiempo. Solo creo que tenemos que arreglar esto.

—No hay nada que arreglar —digo—. Solo deja de seguirme.

Hunde la barbilla en su pecho, y se pasa la mano por su cabello oscuro antes de


encontrar mi mirada. Sus ojos son de un vibrante color aguamarina, y brevemente me
distraen y me desarman.

—Cinco minutos —dice—. Solo necesito saber que no eres una loca acosadora.

Suspirando, lo miro de arriba a abajo. —Bien. Porque necesito saber lo mismo.

La fila se mueve hacia delante de nuevo, y de repente soy la siguiente. El grupo de


personas un par de lugares delante de mí deben haber estado todos juntos, gracias a
Dios.
—Bien. Encuéntrame en Gilberto’s. Está en la esquina, dos cuadras al norte
—dice.

—Tengo que terminar un trabajo —le digo—. Dame media hora.

—Siguiente —llama el cajero.

Me aparto de Ace, aunque todavía siento sus ojos en mí, su mirada pesada y sin
remordimientos. Colocando mi botella de removedor de maquillaje en el mostrador,
saco mi cartera y completo la transacción, renunciando a una bolsa y factura.

Corro por la calle, vuelvo a casa de Helena y a arreglarla. En el momento en que


estoy de vuelta, su cabello está recogido en un moderno moño francés, y lleva puesto
ese corto vestido negro y sexy que se quitó tan desesperadamente no hace mucho
tiempo.

Cuando hemos terminado, ella echa un vistazo por la ventana, donde un taxi
amarillo espera abajo.

—Ahí está mi aventón. —Respira profundamente, pasándose la mano por los


costados. Su boca forma una amplia sonrisa—. ¿Demasiado falso?

Me rio, asintiendo. —Solo un poco.

Ella la baja un nivel.

—Perfecto —le digo, empacando mis cosas. Comprobando el tiempo en mi


teléfono, veo que tengo diez minutos antes de que se suponga que me encuentre con
Ace—. Buena suerte con Brad esta noche. Recuerda lo que hablamos. Si te pones
demasiado nerviosa, simplemente finge hasta que lo logres.

Helena da largos pasos hacia mí, en sexys tacones de aguja que alargan sus piernas
aún más. Avanza hacia mí y me rodea con sus brazos, y yo inhalo su seductor perfume
a sándalo.

—Gracias —susurra.

Recogiendo mis cosas, me dirijo hacia algún lugar llamado Gilberto’s, y mientras
el corazón me late violentamente por alguna razón desconocida, me doy cuenta de que
podría tener que seguir mi propio consejo esta noche.
Traducción por Mariela

Corregido por Candy 20

Ace

M
is nudillos golpetean contra la madera contrachapada de la mesa al fondo
del bar de mi amigo. Vidrio transparente descansa encima de una
numerosa variedad de tapas de botellas de cerveza de todos los colores y
marcas imaginables. Aidy deberá estar aquí en cualquier minuto, pero vine directo de
la farmacia, queriendo tomar una bebida antes de que ella hiciera su aparición.

—¿Necesitas algo? —Gilberto asoma su cabeza de la privada habitación posterior.

Miro hacia abajo a mi cerveza, la segunda de la noche, y lo regreso la mirada a él.


—Estoy bien.

—Bien, te la enviaré acá atrás cuando la vea. —Gil desaparece, y reviso mi


teléfono. Ella debe estar aquí en cualquier minuto, estoy indeciso entre investigarla
para ver si ella es realmente una fanática obsesionada o ir directo a acusarla de estarme
asechando.

He tenido acosadores en el pasado.

He tenido mujeres enviándome por correo sus bragas u ofreciéndome cientos de


miles de dólares por mi esperma. He tenido mujeres, con las que nunca he dormido,
acusándome por la paternidad de sus hijos y queriendo presionarme con órdenes de la
corte para hacerme pruebas de paternidad. La peor fue cuando una fanática
trastornada había irrumpido en mi apartamento durante unos juegos de la serie fuera
de la ciudad. Ella vivió en mi casa por varios días, cada vez que me iba, usando mi
jabón y champú, vistiendo mi ropa, durmiendo en mi cama. No fue hasta que llegué a
casa antes de lo esperado que finalmente la atrapé. Nunca olvidaré el nudo enfermo
que tuve en el hueco de mi estómago cuando uno de mis vecinos me dijo que mi novia
estaba arriba y que él nunca supo que tuviera una cosa por las chicas como esa.
“Esa” significaba completamente loca.

Esa que se hizo el tiempo para el acecho, y desde entonces, he estado


particularmente al tanto de mis fanáticas más fieles.

Pasaron los minutos, y sentí un nueva energía entrar en la habitación. Levantando


mi mirada, veo a Aidy en el umbral, viéndose exactamente como lo hacía hace media
hora. Su cabello rubio está rizado y tupido, separado en un lado y hacia atrás de una
oreja. Un tirante suelto cuelga fuera de su hombro y ella se sienta frente a mí.

Ella no se está sentando junto a mí.

Esa es buena señal.

Descansando su estuche de maquillaje en el asiento junto a ella, ella pone las


manos en la mesa y mira directamente al frente. Parece como si estoy en la oficina del
director.

—¿Entonces? —pregunta ella—. ¿Qué tienes que decir a tu favor?

Alegremente, deslizo mis dedos por el exterior pulido de mi tarro de cerveza y


apunto mi mirada en su dirección.

—¿De verdad? —pregunto—. ¿Vamos a comenzar así?

—¿Por qué? ¿Quieres comprarme una bebida antes? —pregunta ella—. Sin
ofender, pero no tengo exactamente el hábito de aceptar bebidas de extraños locos.

Mi mandíbula cae, y estoy más divertido que ofendido. —Difícilmente nos llamo
extraños en este punto. Es como, ¿cinco veces en tres días ahora?

—Mantienes un registro. —Sus ojos azules brillando en el oscuro espacio que


compartimos, y ella lucha contra una sonrisa—. Estás contando el lunes, con el diario.

—Así que admites que eras tú.

—Nunca lo negué —Su mirada mantiene la mía, negándome a dejarla ir—, si


quieres que sea técnica.

—Disculpa. —Gil está de pie en el umbral, mirando a Aidy—. ¿Gustarías algo de


tomar?
Su lengua roza suavemente su labio inferior, y se colocó un mechón de cabello
rubio detrás de su oreja izquierda. —Sí por favor. Tito´s y arándano.

—Lo tienes. —Gil se aleja, y Aidy sonríe, escondiendo su sonrisa detrás de una
capa de cabello dorado.

—Lo siento —digo—. Solo encuentro todo esto difícil de creer. Te ahuyenté de mi
apartamento hace dos días, y ahora me encuentro contigo en todos lados a los que voy.
Hay casi dos millones de personas en esta ciudad. Esto solamente no pasa.

Su mano se estrella contra su pecho, y por alguna razón loca robe una mirada de
su dedo anular, que está libre de cualquier tipo de metal desagradable y el brillo de un
diamante.

—¿No crees que yo también me estoy asustando? —pregunta ella.

—No lo sé. —Miro hacia ella por abajo de mi nariz—. Pareces muy tranquila
sobre todo esto.

Su boca se alza en las esquinas. —Soy muy tranquila en la mayoría de las cosas,
pero tú no lo sabes porque todavía somos extraños, como ves. Sí y cuando enloquezco,
no lo hago enfrente de mis acosadores. Siento que ellos lo disfrutan mucho.

—Jesús. ¿Cuántos acosadores tienes?

—Solo uno. Verano después de la graduación de preparatoria. —Ella se encoge de


hombros.

Gil oscila dentro, dejando caer un portavasos de cartón en frente de ella y


colocando un vaso de cóctel encima de este.

—Gracias —le dice ella con la sonrisa más dulce que he visto. Cuando sus ojos
regresan bruscamente a los míos, su sonrisa se desvanece—. ¿Qué sobre ti? ¿Siempre
tienes acosadoras o prefieres andar acosando?

Sonriendo, arrastro la mano por mi boca. Sus labios cereza se abren solo lo
suficiente para recibir un pequeño sorbo de su bebida, y hace cuando mucho un
estremecimiento cuando baja, lo cual dice mucho porque Gilberto’s es notorio por sus
bebidas fuertes.

Agarrando el vaso con la punta de los dedos, lo devuelve al portavasos e inclina su


cabeza.
—Siento como que he estado aquí por cerca de diez minutos y no hemos llegado a
absolutamente nada —dice ella, revisando su fino reloj dorado en su muñeca
izquierda—. Podemos bien quedarnos aquí y pretender que no nos estamos mirando
embobadamente el uno al otro a través de la mesa, o podemos…

—Yo no miro embobado. —Mi ceño se frunce y me recargo en mi asiento—. Yo no


me embobo.

—Bien. Comerse con los ojos.

—Yo no como con los ojos tampoco.

—Revisar —dice ella—. ¿Revisas a las personas?

—¿Quién dice que te estoy revisando? Tal vez estoy tratando de entenderte —digo.

—¿Entenderme? —Ella deja salir una risa desde su estómago y se cubre la boca
con su mano—. Eso es lindo. Ahora estas tratando de ligarme.

—¿Qué? No. —Frunzo mi ceño. Esto no está yendo bien. En algún lugar de esta
línea este tren se descarriló, y no estoy seguro si pueda volver al carril.

Ella toma otro sorbo, mirando a través del umbral como el bar comienza a llenarse
con clientes regulares. —Está bien. Lo que digas. Tú debes de ver así a todos de esa
forma.

—¿De qué forma?

Volviéndose para enfrentarme, ella levanta una ceja y me apunta. —Todo intenso
y melancólico. Como si estuvieras pensando muy pero muy duro. Y cada cierto tiempo
tu mirada se detiene aquí. —Ella apunta a la insinuación de escote alzándose sobre su
blusa—, o aquí. —Ella arrastra las puntas de sus dedos a través de sus labios—, o acá.
—Aidy traza su hombro desnudo, subiendo su tirante—. Eres audaz, Ace. Y tienes
suerte de que estoy un poco halagada, en el mal estado en que esta esto.

—Me disculpo. —Aclaro mi garganta, enderezando mis hombros—. No tenía idea


de que estaba… mirándote así.

Ella se recarga, sus ojos se entrecierran como si estuviera tratando de medir la


autenticidad de mi disculpa.

—No te traje aquí para ligarte —le digo.


Sus hombros caen. —Lo sé. Me trajiste para acusarme de seguirte, lo cual es
incondicionalmente lo opuesto a ligarme, y creí que eso fue establecido hace cerca de
diez minutos.

La mirada de Aidy baja a mi mandíbula, cayendo en mi hombro, y luego trazó


una línea de mis bíceps antes de situarse en mis manos cruzadas.

—¿Así que eres un lanzador? —pregunta.

—Era —le digo—. Era un lanzador.

—No veo deportes. —Ella aplasta su mano antes de alcanzar su vaso. Alzándolo
en sus labios llenos, ella toma un ligero sorbo. Su bebida permanece prácticamente
completa, y le tengo que dar crédito por eso. Nada en Aidy es insegura o nerviosa, y si
las circunstancias fueran diferentes…

—¿No ves ningún deporte? —pregunto.

Los labios de ella sobresalen y niega con la cabeza. —Fui una vez a un juego de
los Yankees. Estuvo bien. La cerveza y el hot dog estuvieron buenos.

Riéndome, tomo otro trago de mi cerveza y encuentro una rara insinuación de


media sonrisa fija en mi cara mientras tomo la de ella. Afortunadamente, la barba
esconde la mayoría de ella. Nunca he conocido a una mujer que simultáneamente es
entrañable, sexy y genuina sin complejos como Aidy. Ella no está intentando
impresionarme. Ella no se está bombardeando bebida tras bebida. Demonios, ni
siquiera está intentando seducirme salvo por el hecho de que la blusa que está usando
parece no quedarse puesta.

Creo que es seguro decir que Aidy Kincaid oficialmente no es una acosadora.

Exhalo, con indiferencia viéndola a través de la mesa mientras ella a mira a través
de los clientes afuera. Todo en ella es delicado y confiado, desde la forma en que se
mueve hasta la forma en que respira.

Mi sangre se calienta, y una sensación de sueño se asienta. Va a ser un día


temprano mañana con llamado a las siete. Algo me dice que puedo sentarme aquí toda
la noche disparado la mierda con esta paradoja escupe fuego, pero no puedo llegar
mañana temprano con aliento a cerveza y ojeras debajo de mis ojos.

—Como sea. —Golpeo la palma de mi mano en la mesa antes de impulsarme para


levantarme.
—Oh. —Aidy mira hacia arriba, sus ojos azules redondos y curiosos—. ¿Así que
terminaste? ¿Lo tomo como que estás confiado de que ya no soy una amenaza contra
tu seguridad personal?

Levanto una ceja. —Lo creo, sí. ¿Qué sobre ti? ¿Te estas sintiendo bien con esto?

Ella desliza un pequeño bolso amarillo por su cuerpo e iza su estuche de


maquillaje sobre la mesa, exhalando. —Sí. Lo creo.

Nos movemos hacia el umbral, y por un momento considero ofrecerle ayudarla a


cargar su estuche de maquillaje, pero la última cosa que necesito es a algún genio con
un celular tomando una foto mía cargando un estuche de maquillaje a través de un bar.
Conociendo mi suerte, una foto como esa se haría viral en menos de veinticuatro
horas. Además, no creo que Aidy aceptaría mi ayuda, de cualquier forma.

En el momento en que nos paramos fuera, somos envueltos en una cubierta de aire
frío de la tarde. Aidy se mantiene de pie a unos centímetros de distancia, pero lo
primero que noto es la forma en que la parte superior de su cabeza cabe debajo de mi
barbilla.

—Solo quiero que sepas —dice ella, tomando un largo suspiro—, todo en esta
semana, realmente ha sido una coincidencia. Honesta con Dios. Al menos de mi parte.

Meto las manos en mis bolsillos.

De pie, ojos fijos en el otro, cuerpos alineados, por lo que se siente como una
eternidad.

—Oh, rayos. —Ella arrasa ligeramente el pie al otro lado de la acera, haciendo un
ruido de raspadura—. Me olvide de pagar mi bebida.

Le hago una seña. —El dueño es mi amigo. Las bebidas fueron gratis.

Ella tiene una expresión preocupada. —¿Estás seguro? Puedo regresar corriendo y
pagar…

—Sí, no. Estás bien.

Aidy exhala, sus hombros alzándose y cayendo. —Y antes de irme, quiero que
sepas ¿sobre el diario que encontré? Realmente lo encontré en los escalones de tu
entrada. Lo leí casi todo, y luego me sentí culpable porque era tan personal y no me
pertenecía, así que es por eso que trataba de devolverlo.
Negué con mi cabeza, encogiéndome de hombros. —Las personas dejan cosas en
la entrada de mi casa todo el tiempo.

Ella lame sus labios carnosos, su cabeza inclinándose mientras me mira fijamente.
La luz de la luna ilumina su cabello rubio y hace sus ojos azules brillar. No puedo
evitarlo y me pregunto si la volveré a ver después de esa noche otra vez.

—De cualquier forma, fue interesante conocerte esta semana, Ace. Si no vuelvo a
verte, espero… todo… te vaya bien —dice ella, su mano agarrando la correa de su
bolso mientras sus labios tiran en una sonrisa soñolienta. Mientras ella se gira para
irse, ella cierra un ojo, como si dijera ahora estamos bien, y me quedo de pie, con mis
manos en mis bolsillos, viéndola mientras ella desaparece pasando a un grupo de bien
vestidos del Upper East.

Hay una densidad húmeda en el aire de esta noche, como si fuera a llover pronto.
La hojas del árbol de maple crujiendo en las inmediaciones, y me giro para dirigirme a
casa. Solo. Preguntándome que hubiera pasado si nos quedamos un rato más.

Tal vez nada.

Supongo que nunca lo sabré.


Traducido por Anna

Corregido por Candy20

Aidy

rees que siquiera lo veras otra vez? —Wren vierte dos tazas de

—¿C agua caliente y desenvuelve dos bolsitas de té de manzanilla.


Acababa de terminar de ponerla al corriente con la situación de
Helena y no perdí tiempo divagando sobre toparme con Ace en la farmacia y
encontrarme con él después.

Apretujándome en la silla de la cocina, me desplomo, descansando mi barbilla en


mis manos.

—Considerando la semana que estoy teniendo, estoy dispuesta a apostar que


cualquier cosa podría suceder —digo.

—Has tenido que dar por terminada la noche. —Mi hermana toma asiento frente a
mí y desliza la tasa de té en mi camino.

Asiento, soplando aire fresco por la parte superior de mi té. Éste roza el líquido
caliente, dejando un patrón de ondas, y un soplo de vapor se levanta.

Wren apoya la barbilla en su mano. —¿Aún piensas que los escritos son de él?

Asiento. —Honestamente ya no lo sé.

—En teoría. Sí el cuaderno fuera suyo y estuviera lleno con todas esos escritos
personales, ¿de veras, de veras, de veras no lo querría de vuelta? ¿Qué lo haría negarlo,
negarlo, negarlo?

Encogiéndome de hombros, sugiero—: ¿Orgullo? ¿Tal vez era demasiado


vergonzoso reclamarlo? Hay algunas anotaciones muy explícitas allí. Como gráficos y
detallados encuentros. Yo no reclamaría algo cómo eso frente a un completo extraño
que lo ha leído todo.

—Así que él es una figura pública, pero ¿está perfectamente bien con que este
diario secreto suyo esté en las manos de una mujer al azar?

Sonrío. —Oye, sí lo quiere de vuelta, tiene mi número. No voy a hacer nada con
este libro. Él no tiene nada por lo qué preocuparse.

Cierto, ¿pero él sabe eso?

Sacudiendo mi cabeza, digo: Probablemente no, pero él es más que bienvenido


para preguntar, sí está realmente preocupado por eso.

Wren toma un sorbo de su té, mirando al vacío sobre mi hombro. —¿Crees que
sabrás de él otra vez?

—Dudoso. Arrastro la punta de mi dedo meñique a lo largo del borde de la


taza. Ambos dijimos nuestras piezas. No es cómo si hiciéramos planes para
encontrarnos en algún momento.

—Te vez triste.

Levanto la mirada hacia Wren, sacudo mi cabeza. —No estoy triste en lo


absoluto. ¿Por qué estaría triste?

—No estoy diciendo que estás triste, estoy diciendo que te ves triste.

Levantándome de la mesa, llevo mi taza al fregadero y la enjuago. —Supongo que


quería un cierre.

—¿Cierre? —Wren tose, riéndose—. ¿Un cierre de qué?

Bajando la mirada hacia el brillante fregadero de acero inoxidable, inclino mi


barbilla contra mi pecho. —Sentí una conexión con esas palabras. Estaba tan metida
en la historia de amor de esos dos extraños. Quería saber qué pasó, porque el diario no
tenía un final.

—Entonces deberías haber sacado más el diario. Hacer algunas preguntas, tienes
su total atención y desperdiciaste la oportunidad en favor de coquetear —dice Wren.
—No estaba coqueteando —digo—. Estaba tratando de probarle que no era alguna
demente y obsesionada acosadora fanática suya. Y tan pronto como logré eso, era
demasiado tarde para darle la vuelta a la conversación y terminar exactamente donde
comenzamos… con él pensando que soy una lunática.

Wren se levanta de la mesa, arrastrando los pies por la cocina en un par de


andrajosas pantuflas de conejito que tenía desde que estaba en la universidad.

—Bueno, entonces, hermana —dice, deslizando su brazo alrededor de mi


hombro. Supongo, que vas a tener que conformarte con nunca saberlo.

Exhalando, asiento. Sé que Wren tiene razón. Necesito dejar ir esto. Necesito
aceptar el hecho que nunca voy a tener respuestas, y de que en última instancia, no es
mi asunto.

Si solo fuera así de simple.

Diciéndole buenas noches a mi hermana, saco mi teléfono de mi bolsa y me meto


en mi habitación para prepararme para dormir. Enciendo la lámpara junto a la cama,
agarro el cuaderno de la parte superior de la mesita y ruedo sobre mi espalda,
ojeándolo como si alguna deslumbrante pista gigante fuera a saltar hacia mí.

Dándole vuelta a la sobrecubierta, atrapo un vistazo de un pequeño pedazo de


papel escondido detrás de la cubierta. No estoy segura de cómo no lo había visto hasta
ahora, tal vez estaba escondido muy bien. Pero un rápido tirón y se desliza con
facilidad hacia fuera.

Parece ser una nota doblada seis veces, y con una inspección más de cerca, la
escritura es claramente femenina.

Querido,

Lo que pasó anoche fue maravilloso e increíble. Nunca en mi vida tuve el amor de un hombre
trayéndome hasta mis rodillas y haciéndome cuestionar todas las verdades que mi corazón decía
conocer. Lloré en la biblioteca después de que te fuiste. Lloré por nosotros. Lloré por él. Lloré
porque al final, mi corazón sabe que esto va a ser complicado y que ninguno de nosotros puede
salir de esto ileso.

Te amo. Mucho. Pero también lo amo a él. Tanto.

Incluso en nuestros peores días, mi vínculo con él es interminable e inquebrantable. Y en mis


peores días, mi amor por ti es un permanente desastre de enredo hecho nudo.
Querido, la cosa es que uno de ustedes tiene mi corazón, y el otro posee mi alma. Los amo y
necesito a ambos de formas que nadie siquiera podría comprender.

Soy una mujer egoísta. Sé eso. No pretenderé ser digna de tu amor. O del suyo. Hay
momentos en que desearía que uno de ustedes se dé cuenta de que no soy ni la mitad de la mujer
que creen que soy. Y hay momentos en los que te imagino continuando. Pero el simple
pensamiento de alguno de ustedes mirando a otra mujer de la forma en que me miran a mí me
ciega de envidia.

Eres un tonto por amarme, bebé.

Y soy despreciable por permitirlo.

¿Adónde vamos desde allí?

Tuya por siempre.

K.
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Ace

N
o he visto su foto en casi un año.

Estando de pie delante del armario de mi pasillo, enciendo la luz


y le echo una mirada a la caja de zapatos café en la repisa superior.

Es como si nuestro pasado viviese en esa caja. O al menos los


recuerdos de nosotros lo hacen. Algunas veces entro en conflicto con la realidad de que
lo que teníamos terminó, nunca va a regresar, a pesar del hecho que se sentía como
que podía durar por siempre.

Estaba tan convencido de que ella me amaba con una intensidad infalible, incluso
en nuestros peores días.

Yo estaba cien por ciento seguro de que íbamos a pasar nuestras vidas juntos, que
no había lugar más seguro para mí.

Estaba seguro que una vida sin ella sería parecido a tratar de respirar debajo del
agua.

Resulta que yo era solamente un maldito tonto.

Estoy más molesto conmigo por creer en sus promesas vacías más que nada.

Sacando la caja, se siente mucho más pequeña de lo que recordaba, y tal vez esa es
una metáfora para nuestra relación, pero estoy tan exhausto de pensar así de duro en
ella esta noche. La meto debajo de mi brazo y la llevo a la chimenea.

Es junio, y el aire acondicionado está en lo máximo, pero se siente como un buen


momento para encender el fuego.
Dejándome caer en mis rodillas, abro el borde de la caja, echándole una mirada
hacia una foto que descansa en la parte superior de la pila de cartas de amor y tarjetas
y los recuerdos cursis del tipo que un hombre enfermo de amor podría pensar que
significaban algo.

—Kerenza —digo su nombre en voz alta, a pesar de que no estoy seguro del por
qué.

Se siente extraño en mi boca, a pesar de que mi pecho se encoge ante la


familiaridad.

Ella está sonriendo en la foto, posando en un barco de vela a las afueras de los
viñedos de Martha, Kerenza vistiendo solo un bikini verde esmeralda, un bronceado
de verano, y un brillo travieso en sus ojos violetas. Su cabello negro brillante atado
libremente en la parte superior de su cabeza, amontonado de algún tipo de nudo, y ella
sonríe ampliamente a la cámara.

Hacia mí.

Éramos felices entonces, felizmente inconscientes de nuestro destino. Tomando las


cosas un día a la vez con el entendimiento mutuo de que estábamos en la misma
página: desesperado, sin fin, imparable en el amor.

O eso pensé.

Me estiro hacia adelante, golpeando el interruptor situado en la parte inferior,


estirándome tanto que ocasiona que mi hombro duela. Un fuego ruge a la vida y
empujo la pantalla hacia un lado. Tomando la foto de Kerenza entre mis dos dedos, la
arrojo a las llamas, algo que debí haber hecho hace tiempo.
Traducido por Annette-Marie

Corregido por Candy20

Aidy

ce preguntó por ti esta mañana.

—A
Dejo de masticar el delicioso filete mignon preparado en
un término medio de cocción ante mí y lanzo una mirada
hacia el otro lado de la mesa rumbo a Topaz. Ella lleva un
brillo travieso en los ojos y sus labios se tuercen.

Masticando el trozo mordido, que me toma mu-cho tiem-po, y pasando saliva con
fuerza, digo—: ¿Perdón?

—Sí —dice, mirando hacia la acera a los transeúntes. Es un hermoso viernes,


perfecto para un almuerzo casual con una de mis mejores amigas, ¿y ella deja caer una
bomba como esa? ¿Como si nada? —Preguntó cómo estabas.

Alcanzando mi agua, pregunté—: ¿Y qué le dijiste?

Topaz amplía su sonrisa. —Le pregunté por qué quería saberlo.

—No le dijiste todo lo que te dije, ¿verdad? —pregunto, repasando mentalmente la


noche anterior, cuando la puse al tanto de todo y ella me acusó de tener una especie de
amor platónico en él y le admití que era ridículamente maravilloso pero demasiado
temperamental para mí y cambié el tema.

Ella fingió cerrar los labios. —Nunca.

—Bien. —Exhalo, tratando de cortar a través de mi filete con el extremo


incorrecto de mi cuchillo. Lo volteo después de asegurarme de que nadie lo vio.
—Le dije que debería llevarte en alguna cita o algo. Ustedes dos serían tan lindos
juntos.

—Topaz —la regaño con mi tono para ello, poniendo mi tenedor a un lado.

—Dijo que lo pensaría.

—Topaz. —Entierro la cara entre mis manos. Ella sabe cómo me siento sobre su
intromisión en este tipo de cosas. Estaba segura de que él solo estaba siendo amable y
diciéndole lo que ella quería oír. Tipos como Ace, atletas profesionales, se citan con
súper modelos, actrices, y con lo mejor de la alta sociedad Europea. Además, como le
dije a ella la noche anterior, él es demasiado temperamental. Yo he hecho mi misión
en la vida el no tomarme la vida demasiado en serio, y Ace actúa como si fuera
demasiado doloroso sonreír.

Somos como el agua y el aceite. Claramente.

—¿Qué? —se burla Topaz, actuando como si ella no estuviera haciendo nada
malo—. Te estaba haciendo un favor.

—Sabes que no tengo tiempo para salir en citas.

—Si tienes tiempo para subir tutoriales de treinta segundos sobre maquillaje en
Instagram que te toma horas editar, tienes tiempo para salir en una cita. —Topaz alza
ambas palmas de las manos y arquea las cejas—. Solo digo.

—Esos son para el trabajo —digo. Para mi negocio.

—De todos modos, tú piensas que él es caliente, él piensa que tú eres sexy, y yo
solo estaba haciéndoles un favor —dice ella. Algún día me lo agradecerás.

—Espera, espera, espera. Retrocede. ¿Él piensa que soy sexy?

—Estaba implícito. —Topaz se encoge de hombros, sorbiendo su mojito y


sonriéndole a un apuesto mesero que pasó por nuestra mesa y le echó un vistazo.

—Implícito, ¿cómo? Necesito que seas específica. Necesito detalles. —Esta es la


parte más frustrante de ser la mejor amiga de Topaz. Tratar de extraerle información es
una tarea de estrategia. Tienes que tener cuidado y saber cuándo hay que llenar los
espacios vacíos porque ella puede ser caprichosa y olvidadiza, y sus historias están por
todas partes.
Ella ríe. —Implícito como... no lo sé. Estábamos hablando de ti, y le dije que tú
eras una de las primeras amigas que hice cuando me mudé a la ciudad y cómo eres tan
dulce y divertida, y cómo hay un montón de tontos buscando ascender socialmente en
Nueva York y tú no eres una de ellos.

—Muy bien, ¿y luego? —Me siento e inclino hacia adelante, impaciente porque
ella todavía no ha respondido mi pregunta.

—Y entonces le dije que tienes belleza tanto interior como exterior, y él dijo que
esa era una rara combinación en este día y edad.

Mis hombros caen. —Él solo estaba haciendo una observación general, Topaz. No
estaba implicando nada necesariamente.

—No me dejaste terminar —dice, guiñando el ojo. Entonces dije: “¿No crees
que ella es absolutamente impresionante, por cierto?” A lo que dijo: “Sin lugar a
dudas”.

Mi corazón palpita con fuerza y rapidez antes de volver a un ritmo moderado.

—Probablemente estaba siendo agradable —le digo.

—Aidy, ahora no es el momento de ser modesta. —Topaz rueda los ojos. Como
sea, actúas como si estuviera arreglando un matrimonio aquí. Todo lo que hice fue
conseguir que admitiera que eres una pequeña cosa sexy y luego lo empujé en la
dirección correcta.

—Si no llama, sabré que solo estaba siendo amable —digo. Solo prométeme que
no lo vas a perseguir más con ello, ¿de acuerdo? Dios, eres peor que mi madre tratando
de emparejarme con todos los hijos de sus amigas cada vez que voy a casa.

Topaz se ríe. —No hay problema. De todos modos, probablemente no lo vuelva a


ver. Su aparición especial terminó hoy. Antoine estará de vuelta el lunes.

Hay una ligera sensación de hundimiento en mi estómago que no puedo negar


aunque lo intento. Recogiendo mis utensilios, vuelvo a mi filete y cambio de tema.

Hasta ahora no había considerado lo que diría si Ace me invitaba a salir ya que
hasta este momento, la probabilidad de que él me llamara al azar y me pidiera una cita
era perfectamente inexistente. Además, toda la perspectiva de salir con alguien, y
especialmente con él, ha estado completamente fuera de mi radar. Estoy demasiado
ocupada con el trabajo, y no estoy necesariamente solitaria o en busca de alguien.
Y sí, Ace es un escandalosamente hermoso ejemplar de hombre, pero también hay
algo oscuro y atormentado en él, y estoy totalmente segura de que nos veríamos
ridículos juntos.

Topaz revisa su teléfono después de que pagamos nuestras cuentas. —Ugh, ese
tipo con el que fui a Aruba no deja de enviarme textos desde que regresamos.

—¿Ese tipo? —pregunto. ¿Creí que ustedes dos estaban saliendo? ¿Ahora él es
solo ese tipo?

Ella rueda los ojos. —Las cosas se pusieron raras en Aruba.

—¿Por qué no dijiste nada? Extraño, ¿cómo?

Topaz mete su cabello lavanda detrás de una oreja y se inclina hacia adelante. —
Se puso muy borracho una noche, me refiero a realmente muy borracho. Me dijo que
me amaba. Aidy, nos hemos estado viendo por dos meses. Hay algo mal con él si
piensa que ya me ama y todavía no hemos pasado a través de la política de la-puerta-
del-baño-abierta en nuestra relación.

—¿Podría ser que él solo lo sabe? —pregunto. Es decir, cuando lo sabes... lo


sabes.

—¿O está loco? —Topaz se levanta, empujando su silla de la cafetería y arrojando


su bolsa sobre su hombro. Además, es demasiado delicado en sentimientos para mí.
Necesito espacio. Él me invade.

—¿Y te preguntas por qué siempre estás sola? —Golpeo juguetonamente mi


hombro contra el de ella mientras salimos del restaurante y alcanzamos la acera.

—No hay nada de malo con estar soltera —dice ella, sonriendo. La vida es
demasiado corta. Hay una mezcla heterogénea de helado de solteros allá afuera, todos
muriendo por mostrarme un buen momento, y yo quiero probar todos los sabores
antes de morir.

—¿Qué sabor era éste último?

Topaz mueve un dedo a un lado de su boca, mirando hacia la izquierda. —


Vainilla. No hay duda.

Llegamos a la familiar esquina de la calle donde me dirijo hacia el sur y ella gira
hacia el norte, y echo mis brazos alrededor de ella.
—Voy a sentirme como la mayor tonta del mundo si él no llama. Lo sabes,
¿verdad? —le digo al oído.

Ella me aprieta, duro, y se ríe. —Él va a llamar.

—Yo ni siquiera sé si le diré que sí. Él no es realmente mi tipo.

—Lo harás.
Traducido por Annette-Marie y Carilo

Corregido por Candy20

Ace

N
o puedo recordar la última vez que le pedí salir a una mujer en una cita. Mi
memoria se empaña cuanto más atrás intento ir, y por el tiempo más largo,
solo ha estado Kerenza. Todo lo anterior a Kerenza es estático y ruidoso, y
todo desde ella es oscuro y sin efecto.

Le permití quebrarme.

No es algo de lo que estoy orgulloso.

Sosteniendo mi teléfono y estando encorvado en mi silla de cuero un sábado por la


noche, deslizo mi pulgar a través de la pantalla y repaso mi conversación con Topaz en
la silla de maquillaje esta mañana. Topaz es inusualmente burbujeante para una nativa
de Brooklyn. Ella es la clase de persona que solo puedo manejar en pequeñas dosis
porque ella es... demasiado. Pero en medio de una de nuestras muchas conversaciones
anteriores, ella mencionó a Aidy, y me he encontrado a mí mismo pensando en ella
desde entonces.

He estado alrededor de suficientes mujeres en mi día a día para saber que ellas
raramente hablan amablemente la una de la otra, especialmente en cuanto concierne a
un hombre, pero Topaz divagaba acerca de cuán amable y hermosa era Aidy, por
dentro y por fuera, y entonces ella me tomó por sorpresa, diciéndome que debería
invitarla a salir en una cita. No queriendo ser grosero, le dije que lo consideraría.

Pero sé malditamente bien que no soy material para citas. No en el estado en el


que estoy.

Aidy es una mujer hermosa. Ella luce brillante y contenta. Alguien como yo solo
la haría caer, y estoy bastante seguro que no dejé la mejor impresión en ella la semana
pasada. Tendría todo el derecho de rechazarme si se lo pidiera.
Hojeando mis contactos, me detengo en su nombre en mi celular y vuelvo a leer su
último y único texto para mí. Apenas tengo la oportunidad de leer las palabras,
“Jódete” cuando recibo una llamada y mi pantalla se vuelve negra.

Matteo, uno de mis cuatro hermanos menores, está llamando y no he sabido nada
de él desde hace meses.

—Alessio —dice cuando contesto. Él es uno de los pocos selectos que nunca se ha
adaptado a llamarme por mi sobrenombre, pero por ser él, se lo permito. ¿Cómo va
todo, fratello maggiore4? ¿Estás por aquí esta noche?

—Lo estoy. —Me recuesto en la silla, cruzando las piernas. Mi codo se apoya en
el brazo de la silla, y paso mi mano por la barba.

No solo no he hablado con Matteo en meses, tampoco me ha visto desde poco


después del accidente.

—Estoy en la ciudad por trabajo —dice, y puedo oír la sonrisa residiendo en su


cara de niño bonito. Matteo es un aspirante a actor que vive en Los Ángeles, tomando
pequeños papeles y puestos de trabajo cada vez que puede conseguirlos. Solo por
unos días. ¿Quieres que nos encontremos? Hay un grupo de nosotros de ese comercial
que grabé antes, y uno de ellos tiene contactos en este club. Podemos entrar.

Resoplo por la nariz, sacudiendo la cabeza. Hubo un día hace no mucho tiempo
en el que mi nombre abrió puertas y rompió barricadas a través de la lista VIP. Hubo
un día en que todo el mundo me quería en su club, consumiendo sus bebidas,
emocionando a sus clientes.

Es curioso cómo la gente es rápida para cambiar a la siguiente mejor cosa.

—No te he visto en mucho tiempo —dice Matteo. Lo creas o no, extraño tu cara
de tonto.

Las puntas de mis dedos trazan a lo largo de la cicatriz escondida debajo de la


barba. —¿Sí?

—Sal con nosotros —dice. Sé que solo te sientas en casa, Alessio. Ya nadie
escucha de ti. Eres un cascarón de hombre, y tú eres mejor que eso. No dejes... no
dejes que lo que pasó te arruine. No le des eso a ella.

4
Fratello maggiore: Hermano mayor.
Matteo tiene un punto.

—Iré en una hora. ¿Crees que puedes estar listo para entonces? —pregunta.

Mierda.

Bien.

Lo que sea.

No es como que tengo nada mejor que hacer esta noche.

—Sí —le dije.

Matteo ríe. —Bien, bien. Molto bene5.

***

Hace un año, no habría sido atrapado ni muerto en un club como este.

Música pulsante.

Luces parpadeantes.

Mujeres tambaleándose fuera de los baños, sacudiendo de polvo blanco sus fosas
nasales.

Pero veo a mi hermano, y él está sonriendo de oreja a oreja, como si estuviera


orgulloso de que sus conexiones abrieron las puertas por primera vez. Creo que al
menos puedo darle eso.

—Vamos a estar en la sala VIP —grita por encima de la mezcla de música club
hecha de un espantoso pop que nunca he oído antes. Matteo apunta a una pequeña
habitación iluminada con luces azules y que está seccionada con una cuerda de
terciopelo rojo.

En el taxi de camino aquí, él mencionó que estaríamos de fiesta con un montón de


gente de producción de algunos comerciales de ropa interior que grabó esta mañana:
chicos de iluminación, personal de maquillaje y peinado, y un par de ayudantes de
producción. Voy a admitir que una pequeña y patéticamente curiosa parte de mí se
preguntaba si Aidy Kincaid podría estar incluida en ese grupo.

5
Molto bene: muy bien
Pero lo sé bien.

La industria es inmensa y esta ciudad es enorme.

Las probabilidades de encontrarme con ella una vez más esta semana no están a
mi favor.

Cuanto más nos acercamos a la sala VIP, más me encuentro escaneando los
rostros por uno que me parezca familiar.

Por si acaso.

Pero no registro ninguno.

Ninguna de ellas es Aidy, y estoy un poco aliviado porque habría estado


decepcionado si ella acudiera a lugares como este.

Hundiéndome en una silla de cuero de patente, tomo el vaso limpio que


descansaba en una mesa cercana y me sirvo un vaso de la botella gigante del champán
que está reposando en una cubeta de hielo frente a mí.

—¿Qué estamos celebrando? —le pregunto a la mujer sentada a mi lado.

Sus pestañas aletean y su boca se detiene en una mueca de embriaguez mientras


desliza su hombro a su oído. —¿Por qué?, hola, guapo.

La mujer se inclina hacia mí, sus ojos luchando por enfocar.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunta ella.

Jesús. Si hubiera sabido que iba a ser mi mejor amiga instantánea, nunca habría
dicho nada.

—Alessio —contesto, mirando a Matteo que está apoyado en la pared, las mangas
dobladas hasta los codos y los ojos de dormitorio en pleno efecto mientras conversa
con una rubia de piernas largas.

Ha sido un largo tiempo desde que ofrecí a alguien mi nombre de pila, pero no
quería correr el riesgo de que pudiera reconocerme por mi sobrenombre desde que
evolucioné hasta convertirme en el atleta equivalente a Cher o Madonna.

—Alessio —dice ella. Eso es jodidamente caliente. Me gusta eso. Alessssio.


No pido su nombre, y no la miro lo suficiente para averiguar si su cabello es café,
rubio o rojo. Bajo estas luces intermitentes, es jodidamente cercano a todos los colores
del arcoíris. Su piel también. Ella podría ser magenta por todo lo que sé, pero no me
importa una mierda.

No vine aquí para echar un polvo, y estoy seguro como el infierno que no estoy
llevando a nadie a casa conmigo.

Solo vine aquí para pasar tiempo con mi hermano y salir de mi propia cabeza un
poco.

Matteo saca su móvil de su bolsillo.

Ni siquiera hemos estado aquí cinco minutos y él ya está intercambiando números.

La mujer rubia sale de la sala VIP un momento después y mi hermano hace su


camino hacia mí, dejándose caer en el asiento a mí lado.

—Desvergonzado —digo, tomando un trago de champán.

Matteo sonríe, mostrando el juego de hoyuelos del millón de dólares con que
nació. Al menos eso es como nuestra madre siempre los llamó. Ella le dijo que iban a
hacerlo famoso un día; hacerlo ganar un montón de dinero.

No estoy seguro de que eso haya pasado todavía, pero Matteo va a morir
intentándolo.

Eso es lo que pasa con nosotros los hermanos Amato.

Vemos lo que queremos, y lo perseguimos con una determinación implacable. No


somos capaces de detenernos hasta que la vida pasa. Hasta que sea físicamente
imposible seguir adelante.

—No es lo que parece —dice, sus ojos escanean el grupo de hermosas mujeres que
nos rodean. Solo hago un poco de trabajo en la red.

—Seguro.

—En serio. Que se jodan las audiciones, Alessio. Todo es cuestión de a quién
conoces. —Se sirve una copa de champán. Nadie entra en una prueba y consigue
algo más. Es todo acerca de a quién estas follando.
—¿Así que vas a follar la rubia de piernas largas y obtener un papel en la próxima
película de Michael Bay?

Matteo se encorva hacia adelante, con los codos en las rodillas. Su camisa de vestir
abraza su físico musculoso, el que se ha pasado horas y horas esculpiendo en algunos
gimnasios exageradamente caros de L. A. a los que pertenece.

—Ella es la hija de un productor —dice, resoplando. Esto no es béisbol, Alessio.


No te dan mérito y promedios de bateo aquí. Besas culos. Jodes a quien te dice que te
jodas. Y espero por Dios para que estos culos ricos tengan la decencia de mantener su
palabra.

—¿De qué están hablando? La chica borracha de hace dos minutos se deja caer en
mi regazo. Pone un brazo alrededor de mi cuello y presiona su mejilla contra la mía.

Matteo da la espalda, ocultando una sonrisa divertida en su cara de niño bonito.

—¿Sabes qué? Ustedes dos se parecen, podría ser hermanos. —La mandíbula de la
chica borracha cuelga abierta. ¿Alguna vez alguien les dijo eso?

—Somos hermanos, nena. —Matteo le da unas palmaditas en la rodilla de forma


en que un adulto podría acariciar la parte superior de la cabeza de un niño.

La mujer se ríe, se inclina hacia atrás y casi cae de mi regazo.

Inclinándome hacia mi hermano, le doy una mirada y pregunto—: ¿Dónde


encontraste a esta?

Matteo rueda los ojos. —Ella trabajó en el set más temprano. Su trabajo consistía
en quitar todas las arrugas de la ropa interior de quienes estaban modelando.

Tomando el resto de mi bebida, coloco la copa de champán en la mesa y declaro


que tengo la necesidad de tomar una bebida de hombre de verdad. La chica borracha
pone mala cara antes de tomar su tiempo para levantar su dulce culo de mí, y hago mi
camino a la barra.

—Oye —dice el cantinero, sus ojos se iluminan cuando me ve—. Te conozco.

Mantengo mi cabeza hacia abajo. La barba y parpadeantes luces del club camuflan
mi identidad de esta noche.
—Eres ese jugador de béisbol. Ace, ¿verdad? Soy un gran fanático —dice.
Enorme.

—Gracias. —Mi mirada se desvía. Encontrarse con fieles seguidores tiende a servir
como un recordatorio de que yo los he defraudado.

—¿Qué puedo servirte? —pregunta.

Pido un whisky sour, doble, y tomo asiento en un taburete cerca mientras él vierte.
Un minuto más tarde, desliza la bebida y me hace un gesto con la mano cuando
intento entregarle un billete de veinte.

—Por cuenta de la casa —dice, inclinado sobre su lado de la barra. Las luces
parpadean en su cara redonda, reflejándose en sus gruesas gafas de montura.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente —dice. Estamos encantados de tenerte, Ace. Estas bebiendo


esta noche gratis, hombre.

—Gracias. —Le doy una sonrisa con los labios apretados, una que probablemente
no puede ver de todos modos gracias a la barba, y que regreso a la sala.

Para el momento en que he terminado con mi whisky, me siento mejor de lo que


me he sentido en mucho tiempo. Nunca he sido un hombre de beber, optando siempre
por mantener el control sobre mí mismo en todo momento. Además, cuando no estaba
ejercitándome y comiendo cosas como quinoa y col rizada, todavía tenía que
mantenerme en forma.

Puede que no esté tan marcado como antes, pero los músculos todavía están allí,
como recordatorios de acero que una vez fui capaz de hacer strike outs6 y bolas rápidas
de 100mph7.

El calor inunda mis venas con un lento movimiento, y me hundo en mi silla de


terciopelo, con los ojos medios abiertos y centrados en las pulsantes melodías y la
multitud de cuerpos que se sacuden a través del club. Por primera vez en mucho
tiempo, simplemente existo. De una muy buena manera.

No estoy viviendo en el pasado.

6
Strike outs: cuando el pitcher poncha al jugador.
7
Equivale a 160 km/h
No estoy fijándome en el signo de interrogación que es mi futuro.

Solo estoy… aquí.

Después de un rato, pierdo la noción del tiempo.

Y pierdo la cuenta de cuántas bebidas que he ordenado.

Son las dos de la mañana, me encuentro de vuelta en casa, en mi cama, sin


recordar cómo llegué aquí, aunque estoy seguro de que Matteo tenía algo que ver con
eso. Es curioso cómo las cosas han cambiado. Yo era siempre el hermano mayor, el
que cuidaba de los niños más pequeños, asegurándome de que se encontraran fuera de
problemas y manteniendo la nariz limpia. Yo era siempre el que cuidaba de ellos
cuando nuestra madre tenía dos trabajos.

Hundiéndome en las sábanas desordenadas que cubren mi cama, siento el frío


cristal de la pantalla de mi teléfono. Mirando hacia el techo, la habitación da vueltas.
Más y más rápido. Como si estuviera en un carrusel. Quiero bajar, pero sé que no
puedo. Por esta razón, odio estar borracho.

Llevo el teléfono a mi cara, mis ojos atrapados en dolor mientras se adaptan a la


luz brillante en mi habitación a oscuras.

Por un breve momento, me olvido de la hora intempestiva sobre mí y considero


llamar a Aidy. Debo disculparme. Debo disculparme por llamarla loca. Si alguien está
loco, ese soy yo. No he sido yo mismo, no desde el año pasado. Ella debe saber que no
soy yo. Y quiero enviar a ese niño pecoso un autógrafo. Él no hizo nada malo, y es lo
menos que puedo hacer.

Tal vez el que habla sea el alcohol, pero no quiero ser más un idiota.

No quiero ser un sin corazón.

Dándome la vuelta, agarro mi teléfono, los párpados a medio abrir y la mano que
queda libre alcanza el lado frío y vacío de la cama. Moviéndome a mi lado, meto mis
manos debajo de la almohada y cierro los ojos.

La habitación gira.

—¿Hola? —Suena una voz de mujer muy lejos, amortiguada. ¿Ace?

Estoy soñando, estoy seguro.


Traducido por Anna

Corregido por Candy20

Aidy

A
rmada con una bolsa de papel con comestibles que arrastré desde
Chelsea, llego a la puerta del 942 de la Avenida Lexington el domingo
en la mañana, justo antes de las diez.

La bolsa se siente más pesada de lo que lo hacía unas cuadras atrás, si eso era
siquiera posible, y estoy bastante segura de que la parte inferior está a punto de abrirse.
Afortunadamente, veo un timbre justo a tiempo.

Presionando el botón una y otra vez, casi me siento mal. Él debe tener una horrible
resaca. Pero, me despertó a las dos de la mañana, así que siento como si estamos a
mano.

La puerta se abre un segundo después, y Ace está de pie frente a mí, frotando el
sueño de sus ojos. Su cabello va en todas direcciones y cuando levanta su brazo para
tapar el sol de sus ojos, su camiseta se levanta y revela un rastro del camino feliz que
va directamente al sur y hacia la erección matutina abultando sus pantalones.

—Buenos días —digo con el más animado tono de Mary Poppins que puedo reunir.

—¿Por qué estás aquí? —pregunta.

—¿Venganza? —Bajo la mirada a los comestibles en mis brazos y luego lo miro—.


Además, ¿sentí como que tal vez necesitabas hablar?

Ace rasca su cabeza, entrecerrando sus ojos.

—Tú me llamaste… anoche… a las dos a.m. ¿Recuerdas? —pregunto.

Él no parpadea. Solo se queda mirándome.


—No creo que quisieras llamarme —digo—. Creo que debiste haber presionado un
botón o algo. Sonabas realmente fuera de ello. Como más allá de la convicción.

Ace suelta un fuerte respiro, sus fosas nasales ensanchándose mientras me estudia.

—¿Recuerdas algo de lo que dijiste anoche? —pregunto.

—No. Ni siquiera recuerdo hablar contigo. —Da un paso atrás, una mano
sujetando la puerta, y hace un gesto para que entre—. ¿Qué es todo eso?

—Imaginé que tendrías resaca, así que te traje algunas cosas. Gatorade. Huevos.
Tocino. Pan. Jugo de naranja. No sé qué es lo que comes. Tal vez eres vegano. No
tengo idea. En realidad no planeé esto muy bien…

Estamos de pie en el recibidor de su casa. Ace cierra la puerta, aun viéndome. Un


conjunto de escaleras detrás de él parecen conducir hasta la parte principal del lugar,
pero su lenguaje corporal congelado me hace preguntarme si él me quiere allí arriba en
lo absoluto.

Pero en realidad no me importa porque no es como si hubiera querido que él me


llamara a las dos de la mañana.

Tanto como me preocupaba, ni siquiera estábamos con Stevens ahora mismo.

—¿Hay alguien arriba o vas a invitarme a subir? —pregunto.

Debería haber considerado la posibilidad de que tal vez no estuviera solo. Que
quizás había llevado a alguien a casa con él anoche. Aunque, si lo hizo, ella tuvo que
haber estado fuera de combate, porque no hizo ni pio cuando él divagó borracho en su
teléfono por lo menos una hora.

—No —dice, aún inmóvil—. Nadie está allí.

Mi mirada cae a sus hombros, sus musculosos pectorales curvándose bajo una
camiseta blanca de cuello V. —Si no me quieres aquí, está bien. Puedo dejar todas
estas cosas, y puedes hacer lo que sea que quieras con ellas. Alimentar a los gatos del
vecino. No me importa.

—¿Sobre qué hablamos anoche? —Sus manos se engancharon sobre su cadera, sus
dedos deslizándose debajo de la pretina de sus pantalones azul marino.

—Muchas cosas.
La bolsa se resbala de mi agarre, casi deslizándose por mi cuerpo y golpeado el
suelo hasta que él la atrapa. Sus manos rozan mi cadera mientras me ayuda, y mis
brazos, ahora cansado y temblorosos, le dan las gracias.

—Vamos arriba. —Ace asiente hacia las escaleras. Pateo mis zapatos para sacarlos
y lo sigo. Cuando llegamos a la parte superior, hago todo lo que puedo para evitar
quedarme boquiabierta.

Su casa en bonita.

Más que bonita.

Es moderna, industrial y vanguardista.

Recibo una bocanada de lo que huele como especias, cuero y tabaco, y tomo una
buena mirada de los alrededores. Los pisos, particularmente duros y fríos bajo mis
pies, parecen ser de algún tipo de hormigón pulido, y su cocina es completamente
abierta. La isla, la cual ancla ese espacio, está envuelta en ladrillo y cubierta con una
encimera de acero inoxidable. Su refrigerador es enorme, fácilmente manteniendo
suficiente para alimentar a un pueblo pequeño, y un colgante sostiene las brillantes
ollas y utensilios organizados suspendidos por encima de todo.

Con una cocina como esta, no hay duda en mi mente de que Ace sabe cómo
cocinar.

Mi error. Nunca debí haber dudado de él.

Él coloca la bolsa sobre el mostrador, sacando los huevos y el jugo de naranja


mientras yo indiferentemente hecho un vistazo alrededor del resto del espacio.

En la esquina más alejada está una chimenea, cubierta de ladrillo desgastado con
nombres que no puedo leer estampados en lugares al azar. Muebles de cuero de gran
tamaño están posicionados para las charlas y una manta tejida está puesta sobre el
respaldo de una de las sillas. Sobre la mesa, una lámpara hace clic, proveyendo una
pequeña cantidad de luz, pero cada ventana de su casa está tintada y oscurecida.

Me quedo en silencio, mirando alrededor mientras él descarga los comestibles.

Este lugar es duro, como él. Oscuro. Amurallado.

—Entonces —digo, casi sin aliento por alguna razón.


Es como si de repente, me diera cuanta de cuan tonto fue recoger comestibles en la
tienda esta mañana y traerlos todo el camino hasta aquí, pensando que él estaría
agradecido por mi esfuerzo. Si de verdad no recuerda nuestra conversación, eso hace
que todo… esto… parezca un poco ridículo. —¿Quieres que te haga el desayuno o
quieres que me vaya?

Ace deja de sacar comestibles y bloquea su mirada con la mía. —No. Quédate.
Puedes hacer el desayuno, y luego puedes decirme exactamente sobre qué hablamos
anoche.
Traducido por Annette-Marie

Corregido por Candy20

Ace

oy a darme una ducha realmente rápida. —Llevo mi plato al


fregadero. No limpies. Solo deja todo. Siéntete como en casa.
—V Aidy frota la comisura de sus labios color rubí con una
servilleta y termina lo último de su omelet.

—Cuando vuelva, vamos a hablar —digo en voz alta antes de desaparecer por el
pasillo. No hablamos durante el desayuno. La observé cocinar, y nos sentamos en
silencio, uno junto al otro, mientras comimos. Estoy seguro de que olía a alcohol y
sábanas sucias, y no estaba a punto de bombardearla con todo eso en nombre de
conseguir algunas respuestas.

Tan pronto como salgo de la ducha, me seco y me pongo un par de pantalones de


mezclilla con una camiseta gris. Peinando mí cabello hacia atrás con los dedos,
termino de arreglarme y salgo tan pronto como estoy seguro de que no huelo como si
hubiera dormido en una pila de basura durante toda la noche.

—¿Estás lista? —pregunto, sorprendiéndola—. Pensé que podríamos tomar un poco


de aire fresco. Hacer una pequeña caminata y hablar, como a mi viejo entrenador le
gustaría llamarla.

Ella estaba parada junto al manto, examinando la variedad de fotografías


alineadas en diferentes tamaños. La mayoría de ellas son de mi familia, pero hay
algunas fotografías de mí con algunos Firebirds.

—Sí. —Exhala, sonriendo. Sus ojos se desvían hacia el manto una vez más, a una
foto mía con mis cuatro hermanos menores, y luego ella gira sobre sus talones.
Vamos.
Afuera, las calles están casi vacías. Siempre me ha gustado la forma en la que la
ciudad se despeja los fines de semana. Uno nunca sabe cuánto necesita ese espacio para
respirar hasta que lo experimenta de primera mano. Las vacaciones son así también.
Día del Trabajo. Cuatro de Julio. Día Memorial. Todo el mundo se escabulle a Los
Hamptons o Cape Cod. ¿Yo? Prefiero quedarme y disfrutar de la ciudad despoblada
antes de que todos regresen.

—Entonces —dice ella.

Empezamos a caminar a lo largo, nuestros zapatos rechinando ligeramente sobre


la acera.

Aidy mete las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos de mezclilla y su
blusa cuelga de sus hombros. Estoy empezando a pensar que es intencional, este
aspecto de ella.

—¿Vas a decirme lo que dije? —pregunto.

Jódeme si divagué sobre Kerenza.

Sus labios tiran hacia arriba desde una de sus comisuras mientras me mira. —No
sé por dónde empezar. Dijiste muchas cosas. No sabía que podías hablar tanto.

Masajeando mis sienes, aspiro una bocanada de aire. Lo que sea que haya dicho,
tiene que haberla obligado a venir aquí hoy, porque no puedo pensar en otra razón por
la que aparecería en mi puerta ofreciéndome el desayuno y un oído para escuchar.

—Fuiste vago acerca de todo —dice ella. En su mayor parte. No diste muchos
detalles sobre nada en realidad.

Oh, gracias a Dios.

—Primero te disculpaste por llamarme. —Ella ríe, tratando de alcanzar un


delicado colgante de oro alrededor de su cuello, retorciéndolo entre las uñas de color
rosa neón. Te tomó un tiempo darte cuenta de que no estabas soñando. Y luego
dijiste que habías estado teniendo un año difícil, y que no has sido tú mismo
últimamente, y que lo sentías por ser un idiota.

Exhalo. Está bien. No es tan malo como pensé que sería.

—También mencionaste que habías hecho algunas malas decisiones en el último


año y que tenías un montón de remordimientos, pero no entraste en detalles —dice
ella, liberando sus palabras lentamente y con cuidado. De hecho, te busqué en
Google después de colgar. Quiero decir, estaba completamente despierta de todas
formas y curiosa como podría estarlo. Todo lo que vi fue que estuviste en un accidente
de auto hace un año, y que te rompiste el hombro derecho en cinco lugares y te
obligaron a retirarte antes.

Me resulta difícil creer que ella no me haya buscado en Google hasta ahora. Pero
también es algo refrescante.

—Sí —le digo, la mandíbula apretada. Eso es más o menos lo que pasó.

—No sé qué tipo de remordimientos tienes —dice ella. Estoy casi asustada de
preguntar. No es que me dirías nada. Y no es que sea de mi incumbencia. Pero pareces
realmente infeliz, y estoy bastante segura de que tiene que ver con tus remordimientos.
Creo que lo que estoy tratando de decir es que si quieres hablar de ello, te escucharé.

No respondo. No la conozco lo suficiente para explicar las cosas que he hecho o


para expresar plenamente la magnitud de mis remordimientos. Son profundos. Más
profundos que el corte en mi cara y la herida en mi alma.

—Como sea, después hablamos de cómo desde que te retiraste te sientes como si
hubieras estado pisando sobre el agua, y cómo estás un poco perdido en cuanto a qué
hacer porque el béisbol fue tu vida durante mucho tiempo —dice ella.

—¿Dije eso?

Aidy golpea su codo contra mí. —Claro que sí.

—Yo, uh... —Peinando mi cabello hacia atrás, me aclaro la garganta.


Normalmente no le digo esas cosas a nadie.

—Es probablemente el por qué estás tan herido todo el tiempo. —Aidy tira de sus
manos fuera de los bolsillos y aprieta los puños. Eres como esto. Enojado. Duro.
Pero necesitas relajarte. —Sus puños se liberan y ella arrastra una mano por mi brazo,
que se endurece ante su toque. Incluso tu brazo está todo tenso.

Una mujer mayor caminando con su Pomerania pasa cerca de nosotros, dándonos
una sonrisa con ojos brillantes, mientras su mirada se pasea entre nosotros. Ella piensa
que estamos juntos, lo que me parece hilarante porque nosotros dos paseando uno al
lado del otro debe verse como el sol saliendo junto con una nube de lluvia.
—Antes de colgar —dice Aidy, dijiste que querías dejar de ser una persona sin
corazón. Quizás solo estabas siendo dramático, no te conozco tan bien, pero no creo que
no tengas corazón, Ace. Al menos de lo que sé de ti. ¿Gruñón? Por supuesto.
¿Temperamental? Definitivamente. Pero no eres alguien sin corazón. Una persona sin
corazón no sentiría remordimientos por las cosas que ha hecho, y una persona sin
corazón seguro que no me habría enviado un mensaje de texto preguntando si podría
enviar un autógrafo para el niño pequeño con lágrimas en los ojos.

Mis hombros se sienten más ligeros, y miro hacia abajo a Aidy, observando la
forma en que sus manos se animan cuando habla. Ella sigue metiendo un mechón de
cabello detrás de su oreja izquierda, pero éste se niega a quedarse ahí por más de unos
pocos pasos a la vez. Aun así, no se inmuta.

Hemos dado vuelta a la manzana ahora, volviendo al punto justo fuera de mi piso,
deteniéndonos bajo la sombra de un arce de hojas rojas.

—¿Dije algo más? —pregunto.

Aidy se vuelve hacia mí, con la barbilla apuntando hacia arriba mientras mira
hacia un lado con el ceño fruncido.

—Nop —dice ella. Eso fue todo, en realidad. Estabas siendo sobrepasado, y creo
que solo necesitabas dejarlo salir todo. No sé por qué me elegiste.

Ella ríe, y estoy de acuerdo. No tengo ni idea de por qué la elegí, aunque no es
como si tuviera una sobreabundancia de opciones en estos días. Supongo que es fácil
hablar con ella. Realmente no tengo a nadie así ahora.

He dejado que demasiadas personas se alejen a lo largo de los años. Y los que han
tratado de venir en este último año, los he empujado hacia el otro lado, convencido de
que estarán mejor sin mí en sus vidas.

He hecho algunas cosas de mierda en mi vida.

Y he tomado algunas malas decisiones.

Pero estando aquí, viendo a Aidy morder el interior de su labio y mirarme como si
no pudiera ver la vida y la respiración del monstruo dentro de mí, me da una pequeña
esperanza que no he tenido hasta hoy.

Esta mujer, esta hermosa, Mary-jodida-Sol de mujer, no cree que soy una persona
sin corazón.
Mi pecho cae mientras exhalo, y atasco mis manos en mis bolsillos porque mis
dedos se contraen con una urgencia que no he sentido ni estoy seguro desde cuándo.

Quiero tocarla.

Quiero sentir su suave y cremosa piel bajo mis palmas. Quiero probar ese afilado
puchero que constantemente se desliza en un tono diferente cada vez que la veo.
Quiero reunir un puñado de su cabello mientras la presiono contra la pared y deslizo
mis labios contra los suyos.

Y en un irracional parpadeo de un segundo, quiero saber cómo sería amarla tan


fuerte, que físicamente duela.
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Aidy

ué piensas de este? Wren lanza una revista de vestidos de

—¿Q
novia en mis brazos cuando regreso de donde Ace.

Aturdida, me despabilo y tomo el brilloso libro, mirando la


página manoseada de en medio. El vestido está cubierto de encaje, la espalda
descubierta, con mangas largas y una falda con corte A tradicional.

Es muy tú le digo a mi hermana.

¿Es muy Kate Middleton? pregunta ella. No quiero que las personas
piensen que estoy tratando de copiarla. Es lo suficientemente malo que por detrás nos
veamos iguales. Dios, ¿por qué no tuve al menos el trasero de Pippa?

Sentadillas. Te estoy diciendo. Me golpeo mis pompis y me quito mis zapatos.

¿Entonces como estuvo? pregunta Wren. Lo tomo como que apreció el


desayuno.

Deslízate, amigo le digo a Enzo antes de robar su lugar en el sofá. Él no


recordaba hablar conmigo anoche.

La mandíbula de mi hermana cae. ¿Qué?

Sin memoria. Me recargo, exhalando. Así que yo parecía como una persona
loca.

Wren ríe.

No es divertido le digo.


Es hilarante.

Enzo ríe también, a pesar de que no estoy segura de que él sepa porque ríe. Wren
moja su dedo índice y cambia a una nueva página en una de las siete mil revistas de
vestidos de boda sobre su regazo.

Pero como sea, estuvo bien. Me invitó. Nos hice unos omelets y luego fuimos
por un paseo.

Mi hermana levanta su vista para mirarme, un ojo entrecerrado. ¿Fueron a


pasear? Eso es… lindo.

Él lo llamó caminar y hablar.

Aun así es lindo. Ella cambia de página. ¿Sacó lo de Topaz? ¿Y la cita?

Recojo un hilo perdido de brazo del sofá. No. No creo que él tuviera algún
deseo de salir conmigo en una cita. Además, no creo que él sepa que pensar de mí.

Ja. Wren levanta la vista. Ni siquiera yo sé que pensar de ti la mitad del


tiempo y te he conocido toda tu vida.

De cualquier forma. Está bien. ¿Quién tiene tiempo de tener una cita, cierto?
Me levanto, extendiendo mis brazos sobre mi cabeza.

Sí, citas y relaciones son para perdedores totales que no tiene vida. Wren
chasquea la lengua, guiñándome un ojo y haciendo destellar el brillante en su dedo
anular de su mano izquierda.

No es lo que quise decir.

Se inclinó y despeinó la parte superior del desordenado cabello de Enzo. Está


bien, voy a regresar algunos correos electrónicos y relajarme un poco. Me volteo
hacia Wren. Y por favor deja de enviarme enlaces de vestidos. Si necesitas mi
opinión, sabes dónde encontrarme. Parece que cada vez que abro mi correo tarde,
aparecen cinco notificaciones más y todas son tuyas.

Estoy completamente en modo planeación de boda dice ella. Bienvenida a


tu vida por los próximos seis meses.
Río, complacida de ver a mi hermana finalmente abrazando toda esta cosa de la
boda. Chauncey es un gran tipo, y él es más perfecto para ella y para Enzo de lo que se
da cuenta. Cuando regreso a mi habitación, tomo el diario y pongo una página al azar.

Necesito la distracción del hecho de que dentro de seis meses, todas nuestras vidas
van a cambiar. No sólo para Wren y Enzo, también para mí.

Hemos hablado sobre expandir Glam2Go, ofreciendo el servicio en otras ciudades


además de Nueva York. L.A. siempre ha sido la siguiente en nuestra lista, y parece que
hace el mejor sentido de cualquier forma. Con todas esas compañías de producción,
actores, actrices, y programas reality de amas de casa, un buen maquillista podría tener
algo muy bueno por allá.

Descansando sobre mi estómago, pongo mi cabeza sobre mi mano y escaneo la


tinta en la página en frente de mí.

Esta noche casi fuimos atrapados. Nuevamente. La primera vez fue justo después de hacer el
amor en la piel de oso en la casa del lago mientras él dormía, perdió el conocimiento, en la
habitación de al lado. La segunda vez fue en la habitación de huéspedes del apartamento de ellos.
Esta noche la follé en la cama de él, segundos después de entrar en ella hasta que escuchamos sus
pisadas viniendo desde el pasillo. Fue aterrador y emocionante, mi mano le tapó su boca, mi pene
húmedo con su excitación, ambos sin aliento mientras buscábamos un lugar para escondernos
detrás del armario principal.

Tal vez soy un hombre egoísta, pero casi deseé haber sido atrapados. Él la odiaría si nos
atrapaba. Él me odiaría también. Pero esto pondría fin a todo este absurdo, y ella finalmente
estaría con el hombre que más la ama. El hombre que más la merece.

No quiero escabullirme con ella. Quiero llevarla de mi brazo. Quiero ser libre de amarla
abiertamente. Orgullosamente. Quiero mostrarla. Quiero casarme con ella. Quiero pasar el resto
de mi vida con ella.

Y no puedo hacerlo hasta que él salga de su vida de una vez por todas.
Traducido por Mariela

Corregido por Candy20

Ace

A
idy ha estado en mi mente todo el día.

De hecho, lo ha estado por los últimos tres días, desde que llamó a
mi puerta con los brazos llenos de víveres el domingo en la mañana
como una persona loca.

Estoy sentado en un café a la orilla de la banqueta en Lower East Side. Nunca


antes he estado aquí, pero café sonó bien. La camarera me recuerda a Aidy. Su
cabello, al menos. Ella no sonríe mucho y no hace mucho contacto visual. Sus
hombros están cubiertos, y por alguna loca razón eso me hace extrañar los hombros de
Aidy.

Mierda.

Nunca pensé que vería el día cuando los hombros me pusieran duro como una
roca, pero maldita sea que Aidy Kincaid y su repertorio de blusas con hombros
descubiertos. Supongo que cuando no has echado un polvo por cerca de un año, no
toma mucho para que se te levante.

Presionando a través de los contactos de mi teléfono, me detengo cuando


encuentro el suyo arriba.

Podría mandarle un mensaje de texto.

Pero me conozco. Estaré sentado aquí, mirando fijamente a la pantalla, esperando


por la notificación de que mi mensaje ha sido leído, y luego estaré mirando los puntos
rebotando, ansioso esperando a que ella responda como algún solitario, patético
perdedor.
En su lugar, le llamo. Si ella no responde, bien. No le dejaré un mensaje, y ella
nunca sabrá que quería yo a menos que me regrese la llamada. Tomaré esa en lugar de
la oportunidad que ella pueda leer y subsecuentemente ignorar mi mensaje de texto.

No me quiero sentir como un tonto.

—Hola —responde al segundo timbre.

Aclaro mi garganta. —Aidy.

Aidy se ríe. —Suenas sorprendido de que haya contestado.

Lo estoy.

—No, no —digo—. Solo te estaba llamando para ver si tu quisieras tal vez
encontrarte conmigo para un café.

Ella esta callada.

Mi respiración se suspende.

—Oh, um… sí. ¿Cuándo?

—Ahora.

Ella hace una pausa por cerca de unos interminables par de segundos.

—¿Dónde? —pregunta ella.

—Arcadia Steam —le digo—. Es justo al lado…

—Sé dónde está. Dame quince, ¿está bien?

Suficientemente fácil.

***

—Hola. —Su voz me saluda antes de que ella lo haga, y me giro en mi silla, mis
ojos afilados sobre sus hombros, los cuales están trágicamente cubiertos en esta tarde
inusualmente fresca de junio. Aidy toma asiento frente a mí y ve el menú. Amo este
lugar. Grandioso vecindario de hecho. Topaz y yo comemos a los alrededores todo el
tiempo.
—Está es mí primera vez.

Ella cambia de página en el menú. —¿Qué te trajo hasta aquí?

—Tuve una sesión de fotos más temprano.

Aidy se detiene, sus ojos se amplían viendo a través de la mesa y asentándose en


los míos. —Oh ¿en serio? ¿Para qué?

—Para la revista American Athlete —digo como si no fuera algo grande, y


probablemente no sea algo grande para alguien como Aidy, pero cada atleta
estadounidense de sangre roja en este país daría su brazo derecho para estar en la
portada de American Athete.

—Es genial. ¿Están haciendo una historia sobre ti?

—Mi antiguo agente tratando de sacarme de vuelta. Él es quien me habló de que


entrara como co-anfitrión en Smack Talk. Él piensa que puedo hacer un tipo de
regreso, y él todavía piensa que estoy en terapia. Odio decirle estas cosas son inútiles.

Acuno mi mano sobre mi hombro lastimado.

—Nunca voy a tener de vuelta ese rango de movimiento —digo—. Acabo de


terminar diez meses de intensa terapia física y difícilmente hace un poco de diferencia
en cuanto a pichar sea.

—Eso es deprimente. —Ella se recarga.

Asiento.

—¿Entonces qué tipo de regreso piensa este Lou que vas a hacer? —pregunta.

Sacudiendo mi cabeza, me alegro. —Quién sabe. Él tiene estas locas ideas algunas
veces. Odio decirle que he estado rezando por un milagro que nunca va a suceder.

—Nunca se sabe.

—Al menos puedo dejarles saber a mis fanáticos que aún estoy aquí. —Tomo un
sorbo de mi café y divisó con la esquina de mi ojo a nuestra mesera regresando. Ella
toma la orden de Aidy, un té caliente con leche y azúcar, y arrastra sus pies al irse.
¿No eres bebedora de café?
—No a menos que tenga que trabajar tarde —dice ella, pasando sus manos a lo
largo de sus muslos, como si tuviera frío. Ella trae manga larga, un suéter que es gris y
casi se puede ver a través de él, y vaqueros que se abrazan a ella en cada curva—.
¿Puedes creer cuan frío está? Es junio. Se supone deberíamos estarnos derritiendo, no
puedo dejar de temblar.

Ayer estaba caliente. Hoy está frío. Este mes no puede decidir lo que quiere hacer,
y puedo simpatizar con eso.

—Podemos ir adentro —ofrezco.

—No, estaré bien una vez que mi té llegue aquí. —Sus dientes castañean, y ella
envuelve sus brazos alrededor de ella.

—No sea una mártir. Vamos. —Me pongo de pie, agarrando mi taza de café en
una mano y ofreciendo mi otra mano a Aidy.

Ella duda al principio, y luego ella la desliza dentro de la mía. Por un segundo, no
puedo respirar. Es como si me hubiera olvidado cuan bien se siente el toque de
alguien. Sostener su mano. Deleitarse en ese breve momento en que se detiene tu
corazón en el “Y sí”.

La dirijo adentro y nos sentamos en una pequeña mesa para dos en la esquina,
lejos de la puerta.

—Gracias —dice ella cuando se sienta.

Hay una vela parpadeante entre nosotros y un solo clavel rosa en un florero
blanco. Es casi romántico aquí.

—Ahí están. —Nuestra mesera regresa, balanceando el té de Aidy y a un lado la


leche y azúcar en una pequeña bandeja.

—¿Pueden creer este clima que estamos teniendo? —dice Aidy a nosotros dos—.
Espero que no vaya a estar así todo el fin de semana.

—Creí que se suponía que iba a calentar —Nuestra mesera desliza la bandeja
debajo de su brazo—. ¿Puedo traerles algo más?

—Estamos bien, gracias. —Aidy sonríe.

—¿Por qué? ¿Qué estás haciendo este fin de semana? —pregunto.


—Es el cuatro de julio —dice ella.

Se me había borrado completamente de mi mente. Viviendo una vida no


acomodada a una agenda, los días y las semanas tienden a desdibujarse juntos, y sin
una familia cerca, los días festivos es como cualquier otro jodido día sin final.

—Es correcto —digo—. ¿Tienes planes?

Aidy revuelve su té, vertiendo unas pocas gotas de leche encima revolviéndose
hasta que se vuelve un tono caramelo cremoso. Agregando sólo una pizca de azúcar, ella
lo revuelve nuevamente y toma un sorbo. Todo el concepto de leche y té nunca se han
llevado bien conmigo, pero parece bueno de la forma en que ella lo está mezclando.

—Normalmente Wren, Enzo y yo nos sentamos en el techo de nuestro edificio y


vemos los fuegos artificiales desde ahí. Pero este año, Enzo va con su papá y Wren está
yendo al edificio de Chauncey y lo verá con él y los padres de Chauncey. Ella palpa la
blanca taza de té, soplando el vapor del líquido—. Ella me invitó, pero no quiero ser el
chaperón ¿sabes? Esta va a ser su nueva familia. Ellos necesitan tiempo para afianzarse
y todo eso.

—¿Quién es Chauncey?

—El prometido de Wren. Ellos se están casando dentro de seis meses —dice—. Él
es el dueño de esa pizzería, Finnegan´s.

—¿No jodas? Esa es una de mis favoritas. Su pizza de carne encurtida y calabazas
es…

—Desagradable —interrumpe ella—. Amo a Chauncey, pero algunas de esas cosas


en su menú no están hechas para consumo humano. ¿Pizza enrollada de calabaza?
¿Pizza de estofado de cordero? ¿Quién pensó en esas cosas?

—¿Qué comes ahí?

—De queso, normalmente. Algunas veces de pepperoni. Me deja ordenar del


menú para niños.

Aidy toma otro trago, mirando alrededor del pequeño café. Está comenzando a
llenarse mientras nos acercamos a la hora de la cena.

—¿Entonces que estás haciendo este fin de semana? —pregunto—. ¿Ya que Wren
y Enzo no van a estar?
Ella se endereza, mirando hacia abajo y a un lado. —No sé. Supongo que no había
pensado en ello. ¿Trabajar talvez?

—Voy a ir a mi casa del lago —digo, y antes de que pueda hablar conmigo mismo
sale, la invito—. Deberías venir.

Sus ojos azules se amplían, sus labios luchando con una sonrisa. —¿Qué? ¿Hablas
en serio?

—Sí.

—¿Estás seguro? —Su cabeza se ladea.

Riéndome modestamente, asiento. —Sí. Iba a ir solo, pero si tú no tienes planes,


deberías venir.

—¿Qué haces ahí? ¿Dónde está?

—Está en Rixton Falls —le digo—. En la parte norte del estado. Y solo me relajo.
Pesco. Hago canotaje. Veo los fuegos artificiales sobre las cascadas.

Los labios llenos de Aidy se presionan juntos, ensanchándose en una sonrisa


tímida. Hay un pliegue por encima de su arco de su labio superior cuando sonríe, y no
estoy seguro de haberlo visto antes, pero está en medio de su labio superior y su nariz y
es jodidamente adorable.

—¿Quieres venir? —pregunto—. Puedo recogerte el viernes y traerte de vuelta el


domingo.

—Sí —dice ella—. Me encantaría.


Traducido por Anna y Mariela

Corregido por Dionne

Aidy

ómo llegarán allí? —Wren está de pie en mi puerta el viernes


por la tarde, justo ante de las dos.

—¿C —Él va a rentar una camioneta. —Tiro del cierre


alrededor de mi gran maleta. Esto es para unos siete u ocho días de viaje, y sé que
solamente voy a estar fuera dos días, pero me gusta estar preparada… especialmente
cuando no sé qué esperar.

—¿Otra vez, dónde está este lugar, Rixton Falls?

—Un par de hora al norte. Al norte del estado.

Me siento en la parte superior de mi equipaje, apretando el contenido, así puedo


tirar el resto del cierre alrededor. Ninguna parte de mí cree que esto puede estar
pasando, y no creo que se sienta real hasta que estemos cruzando la interestatal
preguntándome qué radio de diversión a incomodidad será este fin de semana.

Nunca he viajado a ningún lado con alguien que apenas conozco. Para todo lo
efectos, estamos aún a medio camino entre amigos y extraños. Al menos es una figura
pública. Lo cual significa que estoy noventa y nueve por ciento segura de que no es
algún asesino serial planeando desmembrarme y volverme alimento para peces.

—¿Estás segura de que vas ser capaz de cubrir mis citas esté fin de semana? Tengo
seis —digo—. Cuatro de ellas son regulares. Dos son nuevas.

Los ojos de Wren destellan y se apoya contra mi puerta, brazos cruzados. —Lo
tengo. Sólo ve a Rickville Falls con tu súper sexy novio jugador de béisbol y pasa un
gran rato.
—Rixton Falls —la corrijo—. Y él no es mi novio. Por como lo conozco, vamos a
dormir en habitaciones separadas y voy a acompañarlo como una amiga.

—Ja. —Wren palmea su pierna—. Cierto. Vas a acompañarlo como una “amiga”
porque a él le gustaría mucho más ir a pescar con alguna chica al azar que conoció
hace una semana que con alguno de sus viejos amigos del béisbol.

Ella tiene un punto, así que cierro mis labios.

Sin embargo, tengo cero expectativas.

Simplemente voy porque él me invitó y porque sonó como un buen rato.

Cuando era pequeña, solíamos tener una casa del lago en las Ozarks. Cada
verano, cerca de este tiempo, me pongo nostálgica por ese lugar.

—¿Recuerdas la casa en Prairie Rose Drive? —le pregunto a Wren.

Ella se endereza, sus ojos nostálgicos. —¿Cómo podría olvidarla?

—Mamá, alguien toca la puerta. —Enzo de escurre desde detrás de mi hermana.

Mierda.

No sabía que él iba a subir hasta aquí.

Y llega temprano.

Wren me estudia, pareciendo ligeramente divertida con el hecho de estoy entrando


en pánico por probablemente nada, y luego desliza su brazos alrededor de los hombros
de Enzo.

—¿Empacaste todo para ir con tu papá, amigo? —pregunta.

—No aún. Lo siento, mamá —dice Enzo—. Lo haré ahora.

Él odia empacar, pero ama ver a su padre. Lorenzo puede tener sus problemas y
pudo haber sido una mierda de pareja con mi hermana, pero Enzo vive y respira por
los fines de semana con su padre.
Ellos se van por el pasillo, cada uno separándose en diferentes direcciones, y me
tomo un minuto, respirando profundamente y remplazando todas mis preocupaciones
con pura emoción.

Este va a ser un buen fin de semana.

Tengo un presentimiento.

Rodando mi maleta por el pasillo, mi corazón se acelera, reverberando en mis


oídos, y un rubor caliente se esparce por mi cuerpo cuando ruedo la esquina y veo a
Ace de pie en mi puerta, sus manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros de corte
bajo, y sus bronceados y musculosos brazos jugando fuera de su camiseta blanca de
cuello en V.

—Hola —digo, preguntándome por qué demonios estoy actuando tan tímida de
repente.

—Hola. —Hay algo luminoso en sus ojos hoy. Lo noté el miércoles también, en el
café—. ¿Estás lista?

Su mirada cae a mi maleta y se estira por ella, deteniéndose a medio camino.

—¿Qué traes? Sabes que son solo dos días, ¿no? —Él toma el mango y la hala
hacia él, curvándola como una mancuerda—. Jesús. Esto tiene que pesar al menos…
¿treinta, cuarenta kilos?

—Detente. —Gesticulo con la mano.

—Le dije que estaba empacando de más. —Wren me dispara una mirada,
caminando hacia Ace con su mano derecha extendida, y me doy cuenta de que
probablemente no los he presentado todavía. Dios, ella actúa como nuestra madre
alguna veces. Y ahora mismo, luce como ella también—. Hola, soy Wren. La hermana
de Aidy.

Ace sacude su mano. —Gusto en conocerte, Wren.

Reviso la hora en mi teléfono. —¿Deberíamos ponernos en marcha? Estoy segura


de que hay algún tipo de hora pico que estamos tratando de evitar. No sé. Ha pasado
un largo tiempo desde que viajé a algún lado realmente.

Enzo aparece desde detrás de Wren, dando un paso fuera de las sombras del
pasillo. Sus redondos ojos están amplios y clavados en Ace, y usa a su madre como
algún tipo de escudo. Su emoción y entusiasmo se han ido. Wren estaba equivocada.
Él no lo ha olvidado, y probablemente nunca lo hará.

—Hola —dice Ace, agachándose y haciendo contacto visual con Enzo. Se estira y
saca algo de su bolsillo trasero—. Estaba esperando toparme contigo.

Enzo mira a Wren antes de mirar de vuelta Ace. Mi hermana asiente, y él da un


paso más cerca.

Ace golpetea una carta de béisbol entre sus dedos y la extiende. —Firmada para ti.

El rostro de mi sobrino se ilumina de una manera que nunca he visto antes, y su


boca se curva en una amplia sonrisa mientras la arrebata de la mano de Ace,
examinando ambos lados.

—¡Gracias! —dice, presionando la carta contra su pecho antes de revisarla otra


vez—. ¡Gracias, Ace!

Él se levanta, elevándose sobre Enzo. —De nada. Lo siento por lo de la otra


noche.

—Está bien. —Los ojos de Enzo están fijos en la tarjeta. Traza sus dedos a lo largo
de la firma de Ace.

—Bastante genial, ¿eh, amigo? —pregunto, lanzándole a Wren una mirada que
espero transmita el hecho de que no tenía idea de que Ace planeaba hacer esto.

—Muy bien, ustedes dos diviértanse —dice Wren—. Llámame cuando lleguen
allá.

Nos vamos, y Ace arrastra mi maleta hasta su camioneta, la cual está estacionada
ilegalmente en un callejón junto a nuestro edificio. Le digo que es un rebelde, y eso me
gusta, y él casi sonríe.

Casi.

Va a ser un buen fin de semana.

Puedo sentirlo.

***
—Estás realmente callado. —Decido abordar el elefante gigante en la camioneta a
mitad de camino de nuestro destino—. Estás arrepintiéndote de esto, ¿no? ¿Crees que
es raro? Quiero decir, apenas nos conocemos, y hasta hace poco pensabas que estaba
asechándote, y ahora me has invitado a tu casa del lago. Una parte de mí cree que tal
vez debería ser la de las preocupaciones, ¿sabes? Quiero decir, estoy de acuerdo con la
aventura, pero esto va un poquito más allá…

Las manos de Ace se aprietan en el volante, su mirada se entecha hacia el tramo


de carretera ante nosotros.

—¿Lo estoy haciendo peor? ¿Esta incomodidad? —pregunto.

—Bueno, ahora…

—Lo siento —digo—. No me llevo muy bien con los silencios. Me hacen pensar
demasiado. ¿Conoces esos mapas de ideas, donde dibujas un círculo alrededor de algo,
y luego trazas líneas que lo conectan a otra idea y dibujas un círculo alrededor de esa y
sólo sigues haciéndolo?

Él se queda en silencio por un momento, y luego sus cejas se fruncen. —¿Sí?

—Así es más o menos cómo funciona mi mente cuando hay demasiado silencio.
—Me hundo en el asiento. Él no dice mucho—. No respondiste a mi pregunta.

—¿Cuál de ellas? —bufa—. Lanzaste media docena hacia mí todas a la vez.

—¿Te arrepientes de haberme invitado? —pregunto las más importante.

—No del todo. —No lo duda esta vez.

—¿Siempre eres así de callado? —Hago mi segunda pregunta más importante.

—Bastante.

—¿Puedo preguntarte algunas cosas?

—¿Qué tipo de cosas?

—Preguntas al azar —digo lentamente, mirándolo por el rabillo de mi ojo. No


estoy segura de que el aprecie todo mi estimulo, pero para el final del día, nos vamos a
conocer mucho mejor, y podríamos olvidar incluso cuan incomodo es este viaje
realmente.
—Bien —dice—. Pregunta.

Aprendí varias cosas nuevas sobre Alesso Amato en nuestra continuación de


nuestro viaje a Rixton Falls.

Le gusta el rock clásico.

Su comida favorita para el viaje es Ruby Red Squirt y pasitas cubiertas de


chocolate, lo cual yo encuentro absolutamente desagradable, pero él no juzga mi
regaliz negro y mi ginger ale, así que mantengo mi opinión para mí misma.

Él es un conductor cuidadoso. Notablemente así. Direccionales. Límites de


velocidad. Las nueve yardas completas. Voy a asumir que tiene que ver con su
accidente automovilístico del año pasado.

Es escorpión. Nada sorprendente. Y no tiene un segundo nombre.

Es altamente competitivo. Incluso ni siquiera ha perdido un juego de Monopoly


antes.

En la preparatoria, fue suspendido por un mes completo por manejar alguna red
de tipo apuestas. Dijo que las personas no se dan cuenta lo lucrativo que pueden ser las
apuestas deportivas de las escuelas secundarias.

Su libro favorito es Grandes Esperanzas8.

Es el mayor de cinco niños.

Ace pone su direccional, y comprueba el reloj en el salpicadero. Hemos estado


conduciendo por apenas debajo de dos horas. Él se desvía de la carretera, bajando en
la salida marcada de Rixton Falls/Saint Charmaine. No había visto ningún área de
descanso en varias millas, y mi vejiga está llena por mi ginger ale, pero no estoy muy
emocionada para decir algo, así que sufro en silencio.

—¿Tienes hambre? —pregunta mientras nos dirigimos por un camino de tierra que
conduce a un pequeño pueblo llamado Blueshank. De acuerdo con la señal, la
población es de 1,081—. Hay una pequeña tienda de comestibles más adelante. Nos
detendremos allí para abastecernos para el fin de semana. Agarra lo que quieras.

8
Grandes esperanzas (en inglés, Great Expectations) es una novela escrita por Charles Dickens.
Entramos en un pequeño estacionamiento y bajamos del auto. Mis piernas me
duelen, y caminar se siente increíble. Me abre la puerta, la cajera con cara de póquer
levanta la vista de su revista cuando oye el timbre de la puerta.

—Hola. —Ace le da un saludo con la mano amistosamente, el cual ella regresa


antes de volver a su revista.

Agarro una carta y escaneo la pequeña tienda por un baño, exhalando con alivio
cuando veo una señal en el fondo de la tienda. Me disculpo, hago mi cosa, y regreso en
tiempo record, maravillándome por la cantidad de cosas que él ya ha escogido.

Diviso pan, algunos condimentos, fruta fresca y vegetales, incluso una caja de
cereal, pero no hay carne.

—¿Qué nos estamos olvidando? —pregunta.

—Nada —digo—. Sólo me estaba preguntando por que no hay carne.

Ace sonríe. —Vamos a pescar, Aidy. Lo comemos cuando lo atrapemos.

—Por supuesto. —Justo como lo hacíamos con mi papá en Ozarks. Justo como no
le hemos hecho desde entonces—. Entonces necesitamos algo de aceite y para hacer
pescado frito.

***

No estoy segura que esperar cuando regresamos al camino de grava quince


minutos después. Arriba, el horizonte parece brumoso, y hay una sobreabundancia de
pinos por todas partes. Cuanto más nos acercamos al claro, más veo las cataratas. Ace
me habló de ellas cuando manejamos hasta aquí.

Desacelera hasta detenerse, girando por un camino de tierra donde la vía conduce
a una casa del lago que es una cabaña de madera con un profundo porche frontal,
techo verde, y un muelle hacia el pequeño lago detrás.

Llegando a un lugar de estacionamiento improvisado desgastado al lado de un


cobertizo de metal gris, él se desplaza en el parque y apaga el motor. —Llegamos.

Bajo de la camioneta y me dirijo a la parte posterior para agarrar los comestibles, y


Ace agarra nuestras maletas. Una copa de los árboles de hoja verde nos da sombra y
una sinfonía de pájaros cantan llenando el cielo sobre nosotros.
—Este lugar me recuerda mucho a nuestra casa del lago de vuelta en casa —
digo—. En Ozarks. Al menos la que teníamos cuando estábamos creciendo.

Seguí a Ace a la puerta, esperando a que él nos dejara entrar, y en el momento en


que entré por el umbral, soy recibida con una ráfaga de deliciosa humedad. Es el tipo
de aroma que la persona promedio podría considerar ofensiva, pero no para alguien
que creció pasando sus veranos de pesca y acampando; es cielo puro.

—Teníamos incluso una colcha como esta. —Dejo los comestibles en una mesa
campestre y corro al sofá de piel que está adyacente a la chimenea para madera,
pasando mi mano a lo largo de la colcha compuesta por varios cuadros tejidos en
negro, anaranjado y amarillo que, juntos me recuerdan mi niñez.

—Mi madre hizo esa —dice él—. De hecho hace un par de décadas.

—Esto es loco —digo—. Este lugar. Me recuerda mucho el crecer. Habíamos


pasado meses en ese lago cada verano. Acampando. Pescando. Haciendo excursión.
Había olvidado cuanto extraño esto… la sensación.

—¿Lograste alguna vez regresar? —Ace comienza a sacar los víveres, y me dirijo
hacia ahí para ayudar.

—No. —Saco el pan rebanado de una de las bolsas y miro hacia abajo—. Tuvimos
que vender la casa del lago cuando yo tenía diecisiete.

—Siento escuchar eso.

Encogiéndome de hombros, digo—: No necesitas sentirlo. Eso es solo lo que pasa


cuando tu papá deja a su familia por otra mujer. Mamá no pudo permitirse dos
hogares, así que tuvimos de dejar ir la de Prairie Rose Drive.

Siento el peso de su mirada. —Hablas sobre eso tan… casualmente.

—¿Qué? ¿Se supone que debo estar dañada? ¿Amargada? Mi padre era un idiota.
Era un padre lo suficientemente decente. Quiero decir, hizo el trabajo bien. Pero era
un esposo de mierda. Mi mamá estuvo mejor sin él. —Pongo el pan a un lado y agarro
el contenedor de mantequilla del fondo de la bolsa—. Fue difícil para nosotros después
de que se fue, pero nos preservamos. Lo atravesamos juntas. Y me estaría haciendo
daño y todo lo que he atravesado si yo automáticamente asumiera que cada hombre es
una basura infiel como mi padre.
Ace toma la mantequilla de mí y la mete al refrigerador. —Hemos terminado aquí.
Déjame mostrarte tu habitación.
Traducido por Gisenid

Corregido por Dionne

Ace

so es lo que llevas puesto? —Tamborileo mis dedos a


través de los brazos de la silla de cuero que ha estado en mi

—¿E familia por generaciones—. Pensé que habías pescando


antes.

Aidy baja la mirada, sus piernas desnudas salvo por los pantalones cortos
deshilachados que cuelgan de las curvas de sus caderas, y ella tira de la camiseta
blanca de algodón que deja muy poco a la imaginación.

No es que me esté quejando.

Demonios, estaría más que feliz de verla, así, toda la noche.

—¿Qué hay de malo con lo que estoy vistiendo? —pregunta—. ¿Se ve mal?

—Luces como si estuvieras a punto de convertirte en la cena de los mosquitos.


Ellos te comerán viva allí afuera.

Aidy sonríe, recuperando algo de su bolsillo trasero. —Es por eso que vine
preparada.

Ella comienza a rociarse con alguna sustancia amarillenta por toda su piel,
frotándose febrilmente con ella. Un coctel picante de fragancias a base de hierbas llena
mis fosas nasales y toso.

—¿Qué demonios te estas poniendo? —pregunto, abanicando el espacio aéreo


frente a mí.
—Repelente de insectos orgánico —dice—. El DEET9 es realmente malo para el
medio ambiente, así que uso esta cosa.

Escupo parte de un pulmón. —¿Qué hay en eso?

Dándole vuelta al envase y sosteniéndolo hasta su cara, lee la etiqueta—: Aceite de


limón, menta, lavanda, citronela, romero, clavo, y eucalipto.

—¿Y funciona?

Aidy asiente. —De maravilla. ¿Quieres un poco?

—No gracias. —Me levanto y me muevo hacia la puerta, poniendome un par de


botas viejas que mantengo ahí.

—¿No vas a estar acalorado? —pregunta—. Estas vestido como un leñador y


afuera está a 29°C.

Echando un vistazo por la ventana de la cocina, me concentro en la parte trasera al


final del muelle. —Podría hacer calor, pero no seré picado.

Aidy pasa, envolviendo una mano alrededor de mi bíceps y apretándolo. —No lo


sé. Luces bastante apetitoso para mí, y tú sabes lo que siempre dicen: Querer es poder.
No pienso que un poco de franela va a detener a esas cosas de hacer de ti su merienda.
¿Seguro que no quieres nada de esto?

—Pasaré. Prefiero estar acalorado que oler como un boticario.

—Está bien. —Aidy chasquea su lengua, levantando las palmas de las manos en el
aire—. Lo dejaré ir.

Agarro un par de cañas de pescar que coloque antes en la puerta trasera, después
de mostrarle a Aidy su habitación y darle un poco de tiempo para cambiarse, y Aidy
toma la caja de pesca de color amarillo detrás de ellos. Agarro del refrigerador el
contenedor de poliestireno con la carnada viva y nos dirigimos por la puerta trasera
hacia el muelle.

El sol comienza a ponerse sobre el agua, y el rugido de la cascada cercana casi


ahoga el chirrido de los grillos. En realidad no hay ningún otro lugar en el que
preferiría estar en este momento, y a pesar del hecho que originalmente había planeado

9
N,N-Dietil-meta-toluamida, DEET, componente más habitual de los repelentes de insectos.
un fin de semana para mí mismo aquí, estoy de verdad disfrutando de la compañía de
Aidy.

Ella no es como esos huéspedes molestos que están alrededor todos nerviosos,
esperando que les des permiso de usar el baño. Aidy no tiene reparos en hacerse sentir
como en casa.

—¿Cuál es el pez más grande que has capturado? —pregunta—. Se honesto.

—Un Siluro de 13 kilos —digo sin vacilar—. No es nada para romper el record,
pero es más grande que el Silurio promedio.

—Genial —dice.

El patio trasero desciende a medida nos acercamos al muelle, y el césped se vuelve


roca.

Aidy está en sandalias tratando de balancear la caja de anzuelos bajo un brazo, así
que por instinto tomo su mano. Sus dedos se envuelven con los míos mientras
cruzamos los tres metros de extensión del terreno rocoso. Mi corazón late fuerte por
una fracción de segundo, y cuando finalmente alcanzamos el muelle, ella se suelta.

Cruzando cada tablón envejecido, sus sandalias hacen sonidos de succión, y


escucho un débil zumbido viniendo de sus labios.

—Oh, mira eso —dice, señalando al frente—. Un rebaño de veleros.

—¿Un rebaño? —Me rio.

—No sé qué otra cosa los llamarías. Hay como ocho, nueve. ¿Están compitiendo?

—Probablemente.

Llegamos al final y tomamos asiento, Aidy se quita sus sandalias y las coloca a un
lado. Sus pies cuelgan, rozando el agua debajo.

—El agua esta sorprendentemente cálida —dice, estirando y sumergiendo los


dedos en ella—. Y clara.

—No hay vertiente de este lago —digo, observando a un mosquito aterrizar sobre
su muslo desnudo.
Me acerco y lo golpeo. —Está protegido. Es uno de los más claros en el estado.

—Gracias —dice, frotando la palma de su mano sobre su pierna. Ella saca el


repelente de su bolsillo trasero y se vuelve a aplicar, y yo me muerdo la lengua.

Cebo el anzuelo y le doy una caña antes de tirarla.

—¿Vas a pararte ahí todo el tiempo o te vas a sentar a mi lado? —pregunta,


mirando a su espalda antes de lanzarla—. Se siente extraño, tu parado ahí. Me hace
sentir como una niña. No ayuda que seas tan alto.

Agachándome, pregunto—: ¿Esta mejor así?

Ella choca su hombro contra el mío. —Sip.

Su corcho de pesca rojo y blanco se hunde inmediatamente.

—Creo que tengo algo —dice, enrollando el sedal lentamente—. Oh sí.

Ella enrolla el sedal más rápidamente, jalándolo y enrollándolo y jalándolo y


enrollándolo, hasta que un pequeño pez sol se levanta del agua, atado a su anzuelo. El
da coletazos y ella lo alcanza cuidadosamente.

—Aww, es tan pequeño —dice, tirando suavemente del anzuelo en su boca.


Inclinándose, lo deja ir.

Hay un tirón en el extremo de mi sedal, y se siente grande. No pierdo el tiempo y


enrollo el mío, y estoy silenciosamente complacido cuando en el extremo observo una
robaleta negra de buen tamaño. Este será bueno para freírlo. Un par más de estos y
esta noche tendremos una buena cena.

Agarro el larguero de la caja de pesca, y por el rabillo del ojo, veo a Aidy cebando
el anzuelo. Por un breve momento, me sumerjo en un recuerdo lejano. Traje a Kerenza
aquí una vez, a pesar de que sabía muy bien que no era del tipo al aire libre. Ella
odiaba el agua fresca. Odiaba los mosquitos y la esencia a pino del aire. Odiaba los
grillos y pensaba que la quietud era algo perturbador. La mayor parte del tiempo se
escondía en el interior, sentándose en frente de un ventilador y hojeando el último
número de Vogue y quejándose acerca de la falta de servicio celular cada vez que
podía.

—¿Así que eres el mayor de cinco hermanos? —pregunta Aidy de la nada.


—Cierto.

—No me imagino teniendo cinco hijos. Probablemente me volvería loca. Mi tía


tiene tres hijos. Solía cuidarlos y ellos estaban rebotando por las paredes
constantemente. Tan loco. No se cómo tus padres lo hicieron, pero felicitaciones a
ellos.

Sonriendo en silencio, asiento. —Sí. Éramos bastante locos. Sin embargo, mamá
nos mantuvo en línea. La mayor parte del tiempo.

—¿Y tu padre?

Hago una pausa, mirando adelante fijamente a una suave ola de agua. —En
realidad, él no estaba alrededor. Y cuando lo estaba, era ebrio.

Aidy se gira hacia mí, su mirada intensa. —Lo siento.

Encogiéndome de hombros, le resto importancia. —Está bien. Él murió hace


mucho tiempo. En el momento que llegué a la segundaria, su hígado dejo de
funcionarle. Honestamente no recuerdo mucho sobre él. Se siente como por siempre.

—Algunas veces, me siento de la misma manera acerca de mi padre —dice—.


Pero está vivo y bien. Viviendo en Kansas City, con su nueva familia.

—¿Nueva familia?

—Sí. No perdió el tiempo reemplazándonos después de que dejo a mamá —dice—


. Incluso produjo un par de nuevos hijos, ambas niñas, con su nueva esposa.
Obtenemos tarjetas de Navidad y, algunas veces, llamará cuando recuerde un
cumpleaños, pero más o menos hemos ido por caminos separados.

—Eso es terrible. Eres su hija.

Aidy se ríe. —Sí. Es bastante terrible cuando lo digo en voz alta. Jesús, es un
idiota.

—¿Te mantienes en contacto con tus hermanastras?

Ella sacude la cabeza. —Solo las he visto un puñado de veces en mi vida. Su


nueva esposa las mantiene a mecate corto. Ella es una de esas madres helicóptero.
Nunca las deja fuera de vista. Más o menos hace que sea difícil conocer a las personas
de esa manera, ¿sabes?
Deslizo otro gusano en mi anzuelo y me río por la nariz. —Al crecer, siempre
quise una de esas mamás helicóptero. No sé porque. Supongo, tal vez, que siempre
queremos lo que no tenemos.

—Es cierto.

—Mi madre tuvo dos empleos durante tanto tiempo como puedo recordar. Nunca
llegó ninguno de mis juegos. Nos alimentó con comidas congeladas la mayoría de las
noches. Para el momento que cada uno cumplió los ocho años, nos enseñó cómo lavar
nuestra ropa.

—Interesante. —Siento su mirada en mí—. Estoy segura que solo hizo lo que tenía
que hacer para llevar comida a la mesa. No puedo imaginar que sea barato alimentar a
cinco chicos en crecimiento.

—Sí, no. Ella fue una mamá grandiosa —digo—. Nunca faltó a un cumpleaños o
una navidad. Hacía la cena los domingos e invitaba a la mitad del vecindario. Nos
animó a seguir nuestros sueños, sin importar que tan ridículos eran en ese momento.
Ella estuvo, más o menos, en modo supervivencia todos estos años.

—¿Cómo está ahora? Solo con un trabajo, ¿espero?

Riendo, digo—: Sí. Ahora esta jubilada. Fue maestra de escuela por treinta y cinco
años, así que tiene una pensión. Renunció a servir mesas por la noche tan pronto como
mi hermano menor se graduó de la preparatoria. Ahora está bien.

—¿De dónde eres? —pregunta.

—Nueva Jersey —digo.

—No tienes acento.

—No todos hablamos como hombres inteligentes —digo—. Además, la mayoría


crecimos en Ohio. Nos mudamos a Jersey solamente después de la muerte de nuestro
padre. Mamá tiene familia ahí, así que ahí es donde fuimos.

—¿Cómo son tus hermanos?

—Creo que tienes algo en tu sedal. —Cambio de tema.

Aidy se sacude, sentándose derecha. —Oh. Tienes razón. Este se siente grande.
Captura otra robaleta negra, y con cuidado le quita el anzuelo y el sedal.

—Es gracioso como estas cosas solo vuelven a ti —dice ella—. De todos modos,
¿eres cercano a todos tus hermanos?

Sacudo mi cabeza, contento. —No tan cercanos como solíamos ser. Todos
dejamos el nido y volamos en cinco direcciones diferentes.

—¿Dónde están ahora?

—Por todos lados —digo. Seattle. Los Ángeles. Chicago. Quien sabe con el
cuarto. No tiende a quedarse en un solo lugar mucho tiempo.

—Wren y yo hemos sido inseparables toda la vida. Mejores amigas —digo—.


Realmente nunca hemos tenido la rivalidad entre hermanos y toda la cosa. Las
personas pensaban que había algo malo con nosotras cuando éramos adolescentes
porque nos llevábamos tan perfectamente.

—Eso es… definitivamente anormal.

—Somos inusualmente unidas. —Aidy suspira, mirando hacia el frente y


exhalando una respiración a través de sus labios—. Va a ser tan extraño cuando se
case. Será la primera vez en años que no viviría con ella, pero creo que será bueno para
mí. No estoy asustada ni nada. Es solo que será… diferente. ¿Te gusta vivir solo?
Pareces ser del tipo.

—¿Es algo bueno o algo malo?

Ella se encoge de hombros. —¿Ninguna?

El sol empieza a ponerse sobre el agua, la imagen cálidos tonos de azul, verde y
anaranjado. Los matorrales de arbustos y árboles demasiado grandes bordean las
orillas, y hay al menos buena mitad de una milla entre la casa más cercana y aquí.

No siempre he vivido solo, pero si me gusta mi privacidad. Supongo que se nota.

—¿Alguna vez te has sumergido aquí? —pregunta, mirando hacia arriba al cielo
oscurecido.

—Nunca.
—¿Qué? —Su mandíbula cae y las comisuras de su boca se mueven poco a poco
en una sonrisa—. Estas bromeando.

—Generalmente vengo aquí solo —digo. Y por generalmente, me refiero a


siempre—. Sería raro si me desnudara y me diera un baño desnudo y solo, ¿no lo
crees?

Aidy sacude la cabeza, gruesas ondas rubias cayendo en su cara. —No lo creo. Yo
lo haría.

—Tengo el presentimiento qué harías muchas cosas que yo no.

—Entra —dice, sus ojos saltando de mí hacia el agua y de regreso—. Quítate la


ropa y entra.

—Estás loca, mujer.

Ella empuja mi hombro derecho, y duele, pero no digo una palabra porque cuando
me toca no estoy pensando en mi dolor. O mi pasado. Estoy aquí. Presente. En el
momento. Mirando fijamente a la cara de uno de los espíritus libres más hermosos que
he visto.

Dios, desearía poder ser como ella. Despreocupada. Ligera.

Pero nunca lo seré.

Así que, en su lugar, me conformaré con estar con ella.

Al menos por el fin de semana.

—Quítate la ropa —dice como si no fuera gran cosa—. No miraré si eres tímido.

Burlándome, inclino la cabeza. —No soy tímido. Jesús, Aidy. Pierdes eso muy
rápido cuando pasas la mayor parte de una década pasando el rato en los vestuarios.

—Bien. Hazlo. Lo haré contigo. —Aidy coloca su caña con seguridad contra la
barandilla del muelle y se pone de pie. Antes de que tenga la oportunidad de protestar,
sus dedos están trabajando en los broches de sus pantalones cortos y tirando de la
camiseta sin mangas sobre su cabeza.

Un sujetador de encaje rosa cubre sus pechos generosos, y su vientre es suave y


plano con un toque femenino de músculos. Se contonea fuera de sus pantalones cortos,
revelando un par de bragas que cuelgan bajo en sus caderas. No puedo pensar con
claridad. Todo se queda inmóvil, cautivado y prendado, mientras miro fijamente a esta
criatura magnifica de pie, casi desnuda, en el extremo de mi muelle privado.

—Vamos. —Sus dedos se deslizan por debajo de la diminuta banda elástica de sus
bragas de encaje negro—. ¿Qué estas esperando?

Levantándome, coloco mi caña a un lado e inhalo una fuerte respiración. No


había sido capaz de quitar mis ojos de ella todo el día, medio desnuda o no, y ahora
que está parada delante de mí de esa manera, es jodidamente imposible.

La camisa de franela que estoy vistiendo es más caliente que el infierno, y una
sumergida en el lago se sentirá increíble, pero me prometo a mí mismo que seré un
completo caballero este fin de semana. Por lo incómodo que fue mostrarle la
habitación a Aidy antes, creo que aprecia que no la trajera aquí para hacer mis
movimientos en ella como algún idiota en celo. Así como es, estoy seguro que tiene
suficiente de eso en casa.

No digo que no amaría una parte de Aidy Kincaid.

Me encantaría como el infierno un pedazo de esa mujer.

Pero también estoy disfrutando mucho su compañía, y el sexo tiende a hacer las
cosas incómodas, y no estoy listo todavía para empañar sea lo que sea que tengamos.

Casi puedo escuchar la voz de Mateo en mi cabeza diciéndome a la mierda


hombre y ve a por ella. Pero no soy Mateo.

No soy ninguno de mis hermanos, y gracias a Dios por eso.

Al crecer, me gustaba pensar en todos nosotros como continentes diferentes. Cada


uno tenía sus propias costumbres y personalidades, y la mayor parte del tiempo
necesitábamos un trato o una tregua con el fin de llevarnos bien, e incluso como
adultos, no ha cambiado mucho.

—¿Todavía pensando al respecto? —preguntó, labio curvado y ceja elevada. Se


deshace de sus bragas, y trago con fuerza. Manteniendo mis ojos fijos en los suyos es
una de las cosas más difíciles que he hecho nunca.

Mierda.
Trabajo los botones de mi camisa, sintiendo un latido en mi polla cuando ella hala
las tiras del sujetador de satén por sus hombros delicados. Desenganchándolo, lo lanza
a un lado, y dice, “ta da”, apoya las manos sobre sus caderas.

—Encuentro muy extraño que tú al menos no hayas tratado de verme todavía —


dice.

—No es que no quiera hacerlo.

Sus labios se curvan a un lado. —¿Siempre has sido un gran caballero?

Nuestros ojos se atrapan, encendiendo una chispa que ha estado esperando todo
este tiempo, e inhalo bruscamente.

—No. —Arrojo mi camisa a un lado y trabajo en mi cinturón. Los ojos de Aidy


caen en mi estómago, trazando visualmente las ondulaciones y curvas que yo
obstinadamente he rehusado perder durante el año pasado. A pesar de mi lesión en el
hombro, he hecho lo malditamente posible por mantenerme en forma, para no perder
el cuerpo que pasé toda mi vida trabajando—. No siempre, Aidy.

Sus labios fruncidos mientras ella traga. —Es bueno saberlo, Ace.

Sin advertencia, salta al agua, salpicándome a mí y al borde del muelle en el


proceso. Sale un par de segundos después, su cuerpo moviéndose hacia arriba y abajo,
y las palmas de sus manos escurriendo el cabello mojado de su espalda.

Sonríe, hace un chillido feliz, y luego patalea en el agua a unos pocos centímetros
por delante de mí. —El agua está bien. Trae ese obstinado trasero tuyo aquí antes que
haga algo más loco.

—¿Es esa una promesa o una amenaza? —Salgo de mis botas y me quito mis
vaqueros, y cuando tiro de la banda de mis calzoncillos bóxer, veo sus ojos viajar a la
protuberancia debajo de ellos. Esto es una locura. Esta mujer está loca. Tomando una
respiración profunda, me quito el último artículo de ropa y me paro en el borde del
muelle, la madera caliente bajo mis pies.

Por primera vez en mucho tiempo, no pienso.

Simplemente lo hago.
Y en segundos, me encuentro completamente sumergido. Envuelto en el agua del
lago, y pataleando en el agua. Cuando salgo por aire, la primera cosa que veo es su
cara sonriente.

Aidy se ríe, salpicando agua sobre mí antes de nadar más cerca.

—Sabía que podría convencerte a hacerlo —dice ella.

—¿Un poco engreída?

—Determinada. Obstinada. No engreída. —Su cuerpo se balancea hacia arriba,


pintada con colores del atardecer, y cuanto más me acerco, más veo el pequeño anillo
de maquillaje oscuro bajo de sus ojos. Aun así, ella es malditamente hermosa.
Iluminada desde adentro—. ¿No es esta la sensación más increíble en el mundo
entero?

—Ganar la Serie Mundial es la sensación más increíble en el mundo —digo—.


Firmar un contrato de cinco años es la sensación más increíble en el mundo.

—Tú sabes lo que quiero decir —dice, golpeando con su mano antes de volver al
agua.

—Solo esperemos que algún pez nade al lado pensando que tu… es un cebo para
peces.

—¿Estás diciendo que mi polla es tan pequeña como un gusano? —Entrecierro los
ojos en ella.

Aidy se ríe. —No, no, no. La vi. Es como del tamaño de cincuenta gusanos
puestos juntos.

Saco la lengua. —Gracias por ese vistazo.

Sus mejillas enrojecen. —No, solo quería decir… no es… es una buena… me
refiero que no hay manera que pudiera ser confundida con un gusano. ¿Quizás con un
pez de buen tamaño? Los peces comen otros peces, ¿cierto?

—¿Podemos ya no hablar acerca de mi pene en este contexto?

—¿De qué te gustaría hablar? —dice, pareciendo agradecida por el cambio de


tema.
El sonido de voces y el zumbido de un motor de un bote se arrastran sobre el agua,
atrayendo mi atención hacia la izquierda. Adelante, un par de cuerpos en un bote
pequeño se deslizan a través del agua, en nuestra dirección. Esta entrada es bastante
privada, aislada de otras casas, pero aun así son aguas públicas, y recibimos a los
pescadores y navegantes ocasionales.

—Mierda —digo mientras reconozco el logotipo de DRN10 en el lado del bote.


Esos hombres son más probablemente, Harold y Eddie. Los conozco desde hace años,
todo el tiempo que he tenido este lugar, y no estoy a punto de darles un espectáculo
gratuito. Todavía me gustaría ser capaz de mirarlos a los ojos.

—¿Qué? —pregunta Aidy después de seguir mi mirada.

—Vamos, vamos, vamos. Nado hacia el muelle. —Y ella me sigue—. Los


conozco. Salgamos de aquí.

Alcanzamos la pequeña escalera al borde del embarcadero, y subo primero,


estirándome por tomar su mano mientras ella sigue. Recogiendo nuestra ropa en
nuestros brazos, corremos hacia la casa, casi resbalando mientras cruzamos las rocas.
El césped debajo de nuestros pies se siente como el cielo mientras la puerta trasera se
aproxima.

Al segundo que la atravesamos, colapsamos contra la pared, desnudos y mojados,


con olor a suciedad, pasto y lago.

Nos reímos, algo que no he hecho en mucho tiempo, y cuando siento la hinchazón
de su seno y la dureza de sus pezones presionados contra mi pecho, me encuentro
incapaz de respirar.

Nuestro cuerpos se están tocando ahora, y su espalda esta contra la pared.

No estoy seguro como pasó esto. Quizás siempre estuvo destinado a suceder.
Quizás era inevitable. Pero ninguno de nosotros se mueve, nuestras respiraciones
suspendidas, y con la misma rapidez con la que aparecieron, nuestras expresiones se
desvanecen, reemplazadas con algo completamente diferente.

Sus dedos se deslizan por mis brazos, trazando las venas que corren por el centro
de mis bíceps. Su mirada cae a mi pecho, luego se eleva.

10
En el original DNR, Departamento de Recursos Naturales (DRN).
La lengua de Aidy roza su labio inferior, una invitación silenciosa, y respiro su
aroma terroso.

—Dios, eres hermosa. —Mis palabras están sin aliento. Mi corazón está
martillando. ¿Y mi autocontrol? Inexistente. Ahuecando su rostro en mi mano,
presiono mi boca contra la suya.
Traducido por Anna

Corregido por Dionne

Aidy

E
stoy temblando, pero mi cuerpo está en llamas.

El calor del cuerpo de Ace presionado contra el mío no hace


nada para calmar los temblores que atraviesan mi cuerpo en el
segundo en que él me besa. Estoy presionada contra una pared
junto a la puerta trasera, una de sus manos sobre mi rostro
mientras la otra descansa en la parte baja de mi espalda. La punta de mis dedos trazan
las venas pulsantes bajando por sus brazos sincerados, y el calor de toda su boca sobre
la mía debilita mis piernas.

Mis labios se separan, aceptando su lengua. Su barba es áspera contra mi piel, pero
estoy demasiado concentrada en todo lo que ocurre para pensar mucho sobre ello. Él
aleja su boca de la mía, bajando por la curva de mi cuello. Un millón de pequeñas
cosquillas envían mis nervios a una sobrecarga, y siento una sonrisa extenderse a
través de mi rostro.

Sus manos bajan por mi cuerpo, hacia la parte delantera de mis caderas, y separa
mi postura a media que viaja hacia al sur.

Exhalando, me estiro hacia abajo, corriendo mis manos por su cabello húmedo y
perfumado por el lago.

Esto no estaba planeado.

Nada de esto lo estaba.

El pequeño chapuzón fue una idea de momento, una forma de lograr que Ace
rompiera su caparazón. Él ha sido tan caballeroso hoy, que la última cosa que esperé
era que nada remotamente parecido esto ocurriera.
Me refiero a que, me mostró mi habitación antes, lo cual tomé completamente
como código para: “definitivamente no vamos a dormir juntos este fin de semana.”

—Oh Dios —digo, los estremecimientos y temblores de mi cuerpo mientras él pasa


su lengua entre mi hendidura me traen de vuelta al presente.

La sensación de sus dedos deslizándose entre mis pliegues y presionando dentro de


mí en suaves y rítmicas olas envía corrientes eléctricas a través de mi cuerpo.

La lengua de Ace da vueltas, y sus dedos exploran, y su barba raspa el sensible


interior de mis muslos. Hay tanto pasando, estoy casi bizca y totalmente incapaz de
formar pensamientos coherentes.

Pero supongo que momentos como este no son para pensar.

Son para hacer.

Disfrutar.

Experimentar.

Mis manos se apoyan contra la pared detrás de mí, fijo mis piernas para evitar que
me disuelva sobre la lengua de oro del Adonis Griego.

—Estás temblando —dice, subiendo por aire. Su mirada sube la mía, sus ojos azul
verdoso buscando los míos. Las manos de Ace se arrastran por la piel de gallina en mi
estómago—. Aquí.

Se levanta, elevándole por encima de mí, y toma mi mano, llevándome hasta la


chimenea. Hay una alfombra en el piso y una cesta de mantas cerca. Ace agarra una
caja de fósforos de la cubierta de madera y se agacha, pasando un fosforo a lo largo del
lado de la caja antes de encender un fuego.

Suaves saltos y crujidos acompañan la caliente ráfaga de aire que nos envuelve, y
mi cuerpo se relaja.

Girándose a hacia mí, nuestras miradas se mantienen. Él extiende una manta


sobre la alfombra y me entrega otra. Hay una cosa tacita pasando entre nosotros. Una
comprensión, ¿tal vez? Él no está tratando de seducirme. No está tratando de ser
romántico. Pero ninguno de nosotros puede negar que algo mágico está pasando aquí.
—Acuéstate Aidy —dice, sus ojos dirigiéndome hacia la cálida extensión bajo
nuestros pies.

Él toma mi mano, ayudándome a bajar, y luego se baja entre mis muslos. La dulce
quemadura de su cuello contra mi piel hace que mis muslos se abran con mayor
amplitud, y estoy completamente abierta para él.

A medida que los minutos pasan, Ace me devora como un hombre muerto de
hambre, sus dedos exploran cada delicado lugar, poseyendo mi cuerpo con su suave
aunque salvaje toque.

Sentándome, coloco mis manos en sus hombros. Él se detiene, arrodillándose.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Mi turno —digo, escondiendo mi mentón. Mis manos se deslizan hacia abajo
por su pecho, sintiendo el constante palpitar de su corazón, y lo empujo hacia atrás.

Su mirada nunca deja la mía.

Bajando, tomo una buena mirada de lo que Alessio Amato está empacando en su
completo estado de devoración y casi me quedo sin aliento.

Al igual que el resto de su magnífica criatura, su pene no es pequeño.

Todo lo contrario.

Arrastro mi lengua arriba y abajo por la longitud de su considerable dotación.


Deslizo mi boca alrededor de la punta. Él la llena por completo. Llena todo lo que
tengo. Y no estoy exactamente segura de cómo va a funcionar esto, pero estoy segura
como el infierno que voy a darle uso la antigua universidad.

Los gemidos de Ace llenan mis oídos, mesclados con el suave rugido del fuego a
nuestro lado.

Estoy más que caliente ahora, mi cuerpo aún está en llamas, cada molécula de mí
se iluminada dentro.

Después de un rato, sus dedos se enredan en mi cabello, agarrando un puñado y


guiando mi ritmo. Puedo decir que es un hombre que le gusta estar en control.

—Aidy. —Mi nombre es un susurro en sus labios.


Deslizo su longitud entre mis labios, levantando la mirando más allá de sus
abdominales y encontrando sus ojos antes de retirar mi boca del palpitante pene. —
¿Sí?

Él me alcanza, halándome hasta su parte superior, nuestros cuerpos presionados


juntos y nuestras partes bajas peligrosamente cercas. Un leve movimiento y estoy
segura de que él se deslizaría dentro de mí, y no estoy segura de si alguno de nosotros
intentaría detenerlo.

La mano de Ace se levanta hasta mi rostro, su pulgar rosando mi labio inferior.


Coloco mi mano sobre la suya y sonrío. Quiero que él sepa que disfruto esto. No
quiero que termine. Estoy divirtiéndome con él, explorando su cuerpo, olvidando el
mundo exterior.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada. No importa.

Sus manos caen a mis caderas, y me siento, montándolo. Está duro como una roca
debajo de mí, y es todo lo que puedo hacer para no pensar cuando lo deseo en mi
interior justo ahora.

La mirada de Ace cae a mi pecho, mis senos levantándose con cada suspiro. Meto
un mecho de cabello detrás de mi oreja y bajo hasta que todo de mí está presionado
contra todo de él una vez más. Me gusta estar aquí, envuelta en su calidez, atrapada en
su mirada.

Se siente segura aquí.

Cómoda.

Es como si todo encajara.

Mis piernas se levantan a lo largo de sus lados, y froto mi cadera contra la suya
solo para burlarme de lo divertido en ello. Llevo mis labios a los suyos y saboreo un
poco de mi excitación en su lengua.

—Aidy —dice, suspirando—. Me dije a mi mismo que no intentaría hacer nada


contigo este fin de semana.

—Que noble de tu parte —digo, presionando mis manos contra su pecho y


levantándome solo un poco.
—No soy así —dice.

—¿Así cómo?

—No follo mujeres de las que no estoy enamorado. Mujeres que apenas conozco.
No es quien soy. No es quien siempre he sido —dice, sus manos se deslizan hacia
abajo por mis lados y acunan mi culo—. Pero eres la cosa más sexy que he visto jamás,
Aidy. Y hay algo diferente en ti. Y si no puedo estar dentro de ti en los próximos
segundos, jodidamente me voy a quebrar.

Sus ojos destellan, sus intenciones duramente contenidas.

Sonriendo, froto mis caderas contra su dureza y me inclino para depositar otro
beso. Su mano izquierda se arrastra hasta la parte baja de mi espalda antes de acunar
mi nuca y empuñar mi cabello.

—Bueno —digo, un guiño en mi tono—. Nosotros no querríamos que eso pasara…

Él se levanta, caminando hacia la habitación de al lado. Miro sin pudor su culo


mientras sale, la forma en que los músculos se contraen a los lados mientras camina.

Cuando vuelve, hay un pequeño paquete metido entre dos dedos. El calor entre
mis muslos se enciende de nuevo, y siento como mi humedad aumentar al segundo en
que lo veo envolver a ese monstruo entre sus piernas. La realidad de que en serio
estamos haciendo esto, realmente vamos a follar, por fin me golpea, y comienzo a
perder mi aliento.

Moviéndome hacia atrás, mi cuerpo tiembla a medida que él se posiciona sobre


mí, agarrando la base de su polla con su mano derecha. Tomando una profunda
respiración mientras él se guía a mi interior, mi cuerpo se tensa con anticipación.

Ace presiona su boca contra la mía, entrando en mí con un solo codicioso y


resbaladizo empuje. Por un breve momento, siento como si fuera a explotar desde
adentro, y luego se evapora en magnifico alivio mientras mi cuerpo se funde con el
suyo. Exhalando, me relajo, nuestras miradas se sostienen con fuerza. Él me cubre, su
cuerpo deslizándose sobre mí, su ritmo se establece. Las manos de Ace corren por mis
lados y bajo mis muslos, empujándolos hacia atrás de forma que él pueda entrar más
profundamente. Empuja con más fuerza y velocidad, su mandíbula se tensa y sus ojos
se aprietan.
Mi coño se aprieta alrededor de su circunferencia, mis manos se levantan hasta su
rostro. Meto un mechón de cabello detrás de su oreja y veo las hondas de su pecho y
brazos mientras su cuerpo se mueve con cadencia animal.

Los ojos de Ace se abren, y me besa de nuevo antes de enterrar su rostro en mi


cuello. Nuestros cuerpos están más tensos, respondiendo voluntariamente a cada
arrastre de lengua o cada roce de dedos. No estoy segura cuanto tiempo ha pasado
aún, pero no quiero que esto termine.

Podría yacer aquí toda la noche, debajo de él, junto al cálido fuego.

Mi mano se levantan a su rostro, y su mandíbula se tensa bajo mi palma. Él se está


acercando. Igual que yo.

Con su puño lleno de mi cabello, guía mis labios hacia los suyos, sus caderas
golpean en mí con una necesidad tan feroz que es deliciosamente dolorosa y
desesperadamente dulce. La fricción caliente entre nosotros me envía sobre el borde.
Mi respiración se atora en mi garganta y mis uñas se entierran en la carne de sus
musculosos brazos hasta que deja marcas.

Con un empuje final, él se libera.

Y cuando ha acabado, estamos unidos, fusionados y jadeando por aire.

Sacando el cabello de mi frente húmeda, lo miro y sonrío.

Él no sonríe.

Pero no es nada nuevo, ya que él nunca lo hace en realidad.

En su lugar, sale de mí y rueda a mi lado, deslizando sus brazos a mí alrededor.


Mi espalda está hacia él, así que soy incapaz de leer su rostro y saber qué está
pensando. Tengo miedo de preguntar, así que no digo nada.

Simplemente me quedo allí, a su lado, disfrutando del dulce resplandor.

Por alguna razón inexplicable, pienso en el diario. Y luego recuerdo una entrada
en la mitad del libro que detalla un fin de semana de encuentros robados. Bueno, había
bastantes de ellos en ese libro, pero este era diferente. Este mencionaba una chimenea
y una alfombra de piel de oso, lo cual sentí como un cliché y poco original en ese
momento, pero, ¿quién era yo para juzgar?
Extendiéndome hacia adelante, tiro de la manta bajo nosotros hacia arriba en una
esquina y paso mi mano por la alfombra que está debajo. El pelaje es suave pero sin
embargo grueso, de color negro pardo.

Sin duda, es piel de oso.


Traducido por Anna

Corregido por Dionne

Ace

E
lla se despierta antes de que yo lo haga el sábado en la mañana. La oigo
moviéndose en la cocina, maldiciendo en voz baja después de algún
fuerte ruido metálico. Si está tratando de ser silenciosa, está fallando
miserablemente, pero no es su culpa. Esta cabaña es pequeña. Y está bien, porque ya
es tiempo de levantarse de todos modos.

Sacando las mantas, hago una larga y difícil camita hacia el baño en el pasillo y
me limpio.

Anoche fue la primera vez que he me acostado con alguien desde Kerenza.

Pensé que sería más difícil de lo que fue. Pensé que se sentiría mecánico y
automático, como solo haciendo movimiento y nada más. No creí que la miraría de la
forma en que lo hice. No creí que mis manos quisieran explorar cada pulgada de su
suave cuerpo, o que mi lengua la desearía fervientemente a la mañana siguiente.

Mi polla está dura como una roca, y quizás algo de eso tiene que ver con el hecho
de que me acabo de despertar, pero pensar en anoche, en Aidy y lo que hicimos, no
está ayudando al asunto.

Dejando el baño, me dirijo a la cocina, le di la bienvenida al olor de los huevos y


tostadas.

—Oh, hola. —Ella se gira hacia mí por una fracción de segundo antes de atender
el sartén en donde está intentando meter una espátula debajo de los dos huevos.

—¿Necesitas ayuda? —ofrezco, hablándole a su espalda.

—No gracias.
No estoy seguro si esta es una mañana incómoda después de la cosa, o si ella se
arrepiente de dormir conmigo, o si solo no es una persona mañanera, pero después de
anoche, la sostuve hasta que sentí el rugido de su estómago bajo mi palma.

Nos vestimos después de eso, y fui para sacar las robaleta del sedal de la caña, los
limpié, y luego los freí para la cena.

Aidy no actuó como si algo estuviera mal después de eso. Ella leyó por un ratito
en la chimenea, y me senté en el porche delantero y escuché a los grillos ya que todo
esto es el tipo de cosas que no se pueden hacer con frecuencia cuando vives en la
ciudad, pero ahora se siente como si ella no quisiera darme ni la hora.

—¿Todo bien? —Aclaro mi garganta y tomo asiento en la cabecera de la mesa.

—Aja —dice ella, con su espalda aún hacia mí.

La estudio, mirándola mientras emplata nuestros desayunos, repasando las


acciones de anoche paso a paso.

Nada de eso fue planeado.

Espero que ella lo sepa.

No la inventé aquí con la intención de follarla.

No estaba esperando algún tipo de oportunidad para besarla o desnudarla, y


seguro como el infierno que no estaba tratando se ser romántico con toda la cosa de la
chimenea.

—Aidy —digo, incapaz de soportar otro minuto de incomodidad—. Anoche…

Ella da media vuelta, dos platos en sus manos, y dejo de hablar cuando veo su
rostro.

Está rojo brillante.

Casi rojo quemado.

Pero sólo alrededor de su boca y barbilla. Se extiende por su cuello y se detiene a


lo largo de su clavícula.
—Aquí van. —Pone mi plato ante mí. Su mirada es esquiva, la punta de sus dedos
envueltos alrededor de un tenedor mientras se sienta.

—Jesús, ¿qué le pasó a tu rostro? —La respuesta viene a mí al segundo en que la


pregunta deja mis labios. Mi mano va a mi tupido cuello.

Aidy me mira desde el otro lado de la mesa, ojos amplios, y sus manos se levantan
hasta la piel roja cereza. —¿Está así de mal?

—Luce… como quemaduras de alfombra.

Ella baja la mirada a su plato y suspira. —Puedo cubrirlo con maquillaje, supongo,
pero si alguna vez quieres besarme de nuevo, vas a tener que afeitarte.

Trato de no reír. —Lo siento. La recortaré más tarde.

—No recortar —dice—. Afeitar.

Mi palma roza mi mejilla izquierda. Comencé a déjame crecer esto el año pasado,
cuando estuve hospitalizado después del accidente. Al principio fue para cubrir la
cicatriz y ayudar a hacerme menos notable para el público en general. Era una especia
de mascara. Cubriendo todo lo que quería que nadie más viera.

La cicatriz era un recordatorio.

Y no tener que mirarla cada mañana ha sido una tipo de gracia salvadora.

—¿Por favor? —dice Aidy. Su rostro decae—. Bueno, estoy asumiendo que
podrías querer besarme de nuevo. No lo sé. Podría estar equivocada. No quiero ser
presuntuosa.

Ella corta sus huevos, murmurando para sus adentro. Si fuera cualquier otra
persona, estaría molesto. No estaría encariñado en lo absoluto. Pero todos sobre Aidy
es adorable, sexy y caprichoso. Ella definitivamente no es mi tipo. No se parece a nada
de lo que siquiera le hubiera dado un segundo vistazo antes. Cuando realmente me
siento y pienso sobre ello, apenas y la conozco.

El hecho de que esté aquí, sentada frente a mí en la casa del lago, pasando tiempo
conmigo a pesar del hecho de que podría estar con alguien más y probablemente
divirtiéndose mucho más, es poco menos que un milagro, y no se me escapa.

—Quiero besarte de nuevo —declaro.


Aidy deja de masticar y levanta la mirada.

—Voy a besarte de nuevo —me corrijo.

Sus labios de estiran en una placenteras media sonrisa. —Bien, entonces, sabes
exactamente qué necesitas hacer.

Paso mi mano por mi barba de nuevo. —¿Puedo pensar sobre ello?

—Nop.

—No tienes idea de lo que me estás pidiendo. —Dudo que pueda hacerla sentir
pena por mí, pero vale la pena intentarlo.

—¿Tu barba sirve para algún tipo de propósito?

—Sí. Algo así —digo.

Aidy inclina su cabeza. —¿A qué propósito podría estar sirviéndote? Es julio. No
vives en las montañas. Eres endemoniadamente guapo. ¿Qué hace esa barba además
de hacerte parecer cerrado, molesto y esconder esa increíble sonrisa tuya que creo que
he visto una sola vez desde que te conozco?

Sé malditamente bien que no sonrío mucho, pero en mi defensa, no sonreía mucho


antes tampoco. Kerenza decía constantemente que era la única cosa que nunca
entendía de mí. ¿Por qué un hombre que tenía todas las razones del mundo para
sonreír, se negaba a hacerlo? Tenía la carrera de mis sueños. La mujer de mis sueños.
La casa de mis sueños. El mundo entero estaba a mi alcance.

Nunca pude darle una respuesta adecuada que fuera más allá del hecho que no soy
persona burbujeante y efervescente. Solo no es cómo estaba hecho. Tal vez soy
demasiado serio. Demasiado intenso. Tal vez vivo con demasiado fuerza y amo con
demasiada fuerza.

Es como siempre ha sido. Estoy hecho de esa forma. No creo que pueda cambiar
si lo intento, y ni siquiera estoy seguro de que quiera hacerlo.

Llevo mi personalidad como una armadura. Funciona para mí. Siempre lo ha


hecho.

—Hay una cicatriz en mi mejilla derecha —digo, manteniéndolo breve y al


punto—. La barba la oculta.
Aidy se hecha hacia atrás, su expresión suavizándose. —Oh, ¿eso es todo?

Trago, terminando lo último de mi desayuno. —Síp. Eso es todo.

—¿Es de tu accidente?

Debería haber sabido que ella iba a preguntar.

—Lo es —digo.

—Estoy segura de que no es tan mala.

Mis ojos parpadean hacia ella. —No se siente bien mirarla todos los días.

—¿Qué pasó? —pregunta cuidadosamente—. ¿Con tu accidente?

Exhalando con fuerza, me pongo de pie y llevo mi plato al fregadero. —Pensé que
lo habías buscado en google.

—Lo hice —dice ella—. Pero sabes cómo son esos artículos, la mayoría es
especulación mezclada con los detalles que sacan del reporte del accidente.

De pie en el fregadero, con mi espalda hacia ella, me debato en darle la fría y dura
verdad. Decirle a dónde estaba yendo esa noche y por qué estaba yendo allí y lo que
iba a hacer una vez que llegara. No pasa un día que no me arrepienta de entrar en el
auto esa noche.

Mi cuerpo se quema de adentro hacia afuera, mi respiración aumenta


desigualmente.

Y luego siento la calidez de su palma en la parte trasera de mi hombro. —Está


bien. No tienes que hablar sobre ello si no quieres.

Aidy pone su plato en la parte superior del mío en el fregadero y luego se aleja.

—¿Quieres ir en canoa hoy? —pregunta ella.

Mis hombros se relajan, y lo hago a su manera. —Sí.

Nuestras miradas se encuentras y ella sonríe.

—Bueno —dice—. Iré a cambiarme.


Traducido por Mariela y Gisenid

Corregido por Dionne

Aidy

or qué no me dijiste que había un armario lleno de juegos de

—¿P mesa en el pasillo? —Me siento en el sofá al lado de Ace el


domingo por la tarde, una caja en mi regazo con ¡Sorry! A
través de la tapa.

—Oh, sí. Esos. Uno de mis hermanos dejó esos hace algunos años.

—¿Sabes cuánto tiempo hace que no juego este juego? Tenemos que jugarlo.

—No podemos —dice él.

Mi sonrisa se desvanece. —¿Por qué no?

—Porque soy extremadamente competitivo —dice él—. Y siempre gano. Y no


quiero que te sientas mal cuando consigas tu culo pateado en ¡Sorry!

—Ja. ¡Sorry! Es mi juego, Señor Béisbol —le digo—. Creo que estas gravemente
equivocado si piensas que me vas a vencer en mi propio juego. No puedo permitirlo.
Sólo no puedo. Y no lo haré. Talvez debas pegarte a las cosas en las que eres bueno,
como saber sobre trívias de deportes… y… verte caliente.

Fuimos a hacer canotaje esta mañana después del desayuno, y en algún lugar entre
la mitad del lago y el fondo del lago, recibí una lección de la historia del equipo de
Baltimore Firebirds.

—¿Eso es todo lo que soy para ti? —se burla—. ¿Un atleta caliente con una cabeza
llena de datos inútiles?
—Casi. —Me encojo de hombros, quitando la tapa de la caja y colocando el
contenido en la mesa de centro enfrente de nosotros—. Soy el rojo. Tú el azul.

—Yo quiero el rojo —dice—. Soy un Firebird. Se supone que sea rojo.

Me gusta este lado de él. Es como si hubiera desenterrado esta faceta juguetona de
Ace que nunca sabía que existía. Por eso, le dejaré ser el rojo.

—Bien —digo, pretendiendo que esto me molesta más de lo que lo hace—. Seré el
verde. Porque con el tiempo estarás acabado, y estarás verde de la envidia, deseando
haber tenido mis habilidades en ¡Sorry!

Una hora después, hemos tenido cuatro juegos.

Gané el primero.

Él ganó el segundo.

Y el tercero.

Gané el cuarto.

Y ahora estamos a la mitad de camino en nuestra ronda para desempatar.

Estamos cuello a cuello, ambos esperando el tener nuestra última pieza en nuestro
punto de home.

Esto podría ser el juego de cualquiera, y nunca he estado tan investido. Me he


estado comiendo mi uña de mi pulgar izquierdo y no he quitado mis ojos del tablero
en los últimos quince minutos.

Ace saca la carta de la parte superior de la cubierta y obtiene un reverso de cuatro.

—¡Ja! —digo, apuntando mi dedo a su cara mientras el mueve su pieza cuatro


puestos hacia atrás.

Él gruñe, sobándose las manos antes de tronar sus dedos. Él chupa sus labios, los
mismos que he estado muriendo por besa todo el día y me he negado ya que él no se
ha afeitado esa monstruosidad de su cara todavía.

Incluso lo intentó antes, después de que volvimos del muelle. Ace me apretó
contra la pared cerca de la puerta de atrás, un dulce homenaje a la noche anterior, y
tomó mi cara en sus manos. La mirada en sus ojos cuando chasqué que no, no tenía
precio, pero espero que mi persuasión saldrá bien en un futuro cercano.

Tomo mi turno y saco un diez, lo que me coloca en una zona segura.

—Hogar dulce hogar —digo.

—Todavía estás a tres espacios —dice él—. Lo que significa que necesitas un uno
y un dos. Buena suerte para ti.

Rodando mis ojos, encuadro mis hombros y le doy una mirada feroz a pesar de
saber que él está en lo cierto. Los impares se apilan contra mí ahora, sobre todo desde
que acabo de sacar un doce y aterrizó en su propia zona de seguridad. Él necesita un
dos. Eso es todo. Y entonces él ganará nuestro pequeño torneo y toda mi gran charla
de antes habrá sido por nada.

Saco la siguiente carta. Un siete. No puedo dividirlo con otros peones porque ya
están en home, así que me quedo ahí.

Ace saca otra carta. Un ocho, haciendo su turno inútil.

Mi siguiente tarjeta es un dos, y completo el vuelo del sofá, estoy tan feliz. Él se
estira por la cubierta, pero golpeo su mano lejos.

—Tengo otro turno, ¿recuerdas? —Me recuerda él, frotando mis palmas de las
manos juntas.

Cerrando mis ojos, presiono mis manos en oración contra mi frente.

—¿Qué estás haciendo?

—Haciendo una oración para los dioses de ¡Sorry! —digo, abriendo


cuidadosamente mis ojos.

—Puff. —Él sopla una respiración a través de sus labios y descansa sus codos
sobre sus rodillas.

Sacando mi esperanzadora última carta, jalo las puntas de mis dedos a través de la
parte superior y la volteo lentamente.

Es un uno.
He ganado.

Victoria y felicidad se asientan en mi pecho mientras deslizo mi cuarta pieza en el


punto de home. Con una sonrisa que no podía borrar aunque lo intentara, me subí al
regazo de Ace, a horcajadas sobre él. Estoy tan feliz que podría besarlo.

Así que lo hago.

Haciendo a un lado mi desagrado al asunto de la barba de antes.

—Si perder significa que tú finalmente me besarás de nuevo, entonces lo tomaré —


dijo él. Su voz baja y hambrienta mientras desliza sus manos alrededor de la cintura.

—No estaba pensando —digo—. Aún no he cambiado de opinión. Esto no es más


que un beso de la victoria.

Mi boca sonríe contra la de él.

—¿Qué se siente besar a la ganadora? —me burlo.

—Se siente como algo a lo que puedo acostumbrarme.

Silbido y estallidos vienen desde una ventana abierta cercana, dirigiendo nuestra
atención a los fuegos artificiales explotando en el lago.

Me había olvidado completamente de los fuegos artificiales este fin de semana


completo. Y, ¿quién puede culparme cuando los fuegos artificiales apagándose
enfrente de mí todo el tiempo?

—¿Quieres ir a ver? —pregunto.

Ace muerde su labio y duda, sus manos agarrándome de las caderas y rehusándose
a dejarme ir.

—He visto esos fuegos artificiales media docena de veces.

—Sí —digo—. Pero nunca los has visto conmigo antes.

Me bajo de él, agarrando la manta de cerca y tomándola en mis brazos. Nos


dirigimos afuera por la puerta trasera y hacia el muelle. Él toma mi mano mientras
cruzamos las rocas escarpadas, se aferra a ella hasta que llegamos al extremo del
muelle.
Extendiendo la manta para nosotros, nos sentamos en la orilla, nuestros pies
colgando en el agua templada. Cerca, veo mi pequeño bote de espray orgánico contra
mosquitos. Alcanzándolo, me pongo y se lo ofrezco a él. Él duda al principio, luego lo
toma.

No es como si fuera a hacer alguna maldita diferencia de cualquier forma.

Estoy bastante segura que será comido esta noche independientemente. No por los
mosquitos, sino por mí.

Recargándome hacia atrás, me enrosco en sus brazos y observo el espectáculo en


el cielo.

—Mis fuegos artificiales favoritos son aquellos que comienzan en el centro de un


color y luego cambian a otro —digo, mi oído descansando sobre sobre el tranquilo latir
de su corazón—. ¿Qué sobre ti?

—Me gustan todos —dice, su voz baja y tranquila—. No creo poder escoger.

—Vamos, tienes que tener uno favorito.

—Los rojos, supongo.

—Eso es aburrido. Los rojos son sólo rojos… Ellos no hacen nada loco como
algunos otros.

—¿Juzgas mucho?

—Es solo, que no estás siquiera intentando tener uno favorito. Solamente dices
rojo por decir.

El cielo se ilumina, el último fuego artificial volviéndose en una docena de


diferentes colores todos a la vez.

—Bien —dice—. Ese. Me gusta ese. El que es de todos los colores.

—¿Y por qué te gusta?

—Por qué es interesante. Impredecible. Y diferente a todos los demás fuegos


artificiales.
Sonrío, acariciando mi mejilla en su pecho. El espectáculo continúa, los fuegos
artificiales silbando, estallando, agrietándose y explotando sobre nosotros, mostrando
el cielo nocturno con colores y luces.

Ace rueda a su lado, su mirada azul verdosa sosteniendo la mía, sus manos en mis
caderas. —Quiero besarte demasiado, Aidy.

—También quiero besarte. —Levanto mis cejas, labios fruncidos—. Pero…

Él intenta.

Oh, Señor, el intenta.

Pero me mantengo firme en mi convicción, presionando la palma de mi mano


contra su pecho y manteniendo varios centímetros seguros entre nuestras bocas. Mi
piel está comenzando a picar menos y pasé casi media hora corrigiendo y ocultándolo
antes. Me gustaría volver a la ciudad mañana sin parecer que acabo de comer una tarta
de cereza directamente del recipiente.

—Mierda. —Ace se pone de pie, tirando de mí.

Riendo, le pregunto—: ¿Qué estás haciendo?

Él mete su mano en la mía, me lleva fuera del muelle y sobre las rocas, hacia la
casa mientras el espectáculo de fuegos artificiales comienza a morir. Una vez dentro él
me lleva a su habitación. No dormí aquí anoche porque no estaba segura de que eso
era lo que él quería. Él estaba tan tranquilo después de tener relaciones sexuales, y no
quería ser presuntiva.

—Quédate aquí. —Ace me dirige a los pies de su cama y me deja en su habitación.

Pacientemente, espero.

Escaneo la habitación, mirando todas sus cosas y absorbiendo mis alrededores. Su


cama es definitivamente antigua, y también lo es el edredón que la cubre. Hay una sola
pelota de béisbol firmada en el buró, empacado en una pequeña caja de vidrio, y una
pila de libros, sobre todo clásicos, descansando en su mesita de noche.

Afuera, el silbido y estallido de los fuegos artificiales se ha disipado a la nada, y no


estoy segura cuanto tiempo ha pasado, pero nada de eso importa al segundo que
escucho sus pasos desde el pasillo.
Preparándome, observo la puerta, viendo su preludio en forma de sombra.

Cuando Ace finalmente aparece, mi mandíbula cae.

—¿Me besarás ahora? —Se para, sus manos enganchadas en las estrechas caderas,
ojos que destellan con lujuria palpable.

—Oh, dulce Jesús. Estoy sin aliento con solo mirarlo.

Su rostro está completamente rasurado, y de nuevo siento como si lo estoy viendo


por primera vez, solo que no se parece en nada a ese hombre incesante que me
persiguió por la acera. La pesada mirada de Ace está dirigida a mí, su pecho sube y
baja mientras estamos aquí en el limbo.

No podría apartar mis ojos de él si lo intentara.

Y no quiero hacerlo.

—¿Y bien? —pregunta.

—¿Qué demonios estas esperando? —Corriendo hacia él, doy un salto. Deslizando
mis brazos alrededor de su cuello, prácticamente trepo su cuerpo musculoso.

Las manos de Ace ahuecan mi trasero, y rozo mis labios sobre él, deleitándose en
la suave uniformidad. Huele a limpio, como a colonia, crema y loción de afeitar. Llevo
su esencia a mis pulmones, besándolo más fuerte, deslizando mis dedos en el cabello
de su nuca.

Y mientras él me lleva a su cama, nuestras manos desgarran ávidamente nuestra


ropa, ocurriéndoseme que no noté su cicatriz.

De hecho, ni siquiera la vi.

Estaba muy distraída por su belleza, por el extraño hermoso delante a mí, para
incluso importarme.

En segundos, estoy desnuda, yaciendo en el centro de su cama. Hay una


resbaladiza calidez entre mis piernas, y estoy latiendo, adolorida físicamente por su
toque. Para el momento que se sube sobre mí, está envainado y duro como una roca.
Mis muslos tiemblan mientras se separan por él, se inclina, deslizando un erguido
pezón entre sus labios, chupando y dando golpecitos con su lengua.
Su lengua quizás sea mi característica favorita de él.

Eso y su polla.

Y sus brazos.

Y su culo.

Arrastro mi mano a lo largo de su mejilla, amando la suave sensación debajo de


mis manos. Su rostro. Su rostro es mi favorito.

Ace me mira, su mirada aguamarina resplandeciendo en la oscuridad.

También amo sus ojos. No puedo olvidarme de ellos.

Tira su cuerpo sobre el mío, manteniéndose arriba con un brazo y agarrando la


base de su polla con su mano libre. Burlándose de mi clítoris con su dureza, contengo
la respiración, y luego liberándola al segundo que se empuja dentro de mí.

Es un dulce alivio, pero ni de cerca tan dulce como el que está por venir.

Sosteniendo su cuerpo arriba del mío, se desliza dentro y fuera, resbalándose y


ayudándose por mi excitación, luego me besa.

Me besa un centenar de veces, nuestros labios ansían calor y nuestras lenguas


anhelan sabor.

—¿Podemos hacer esto toda la noche? —suspiro, mi boca aún presionada contra la
suya.

Sus embestidas se vuelven más fuertes. —Me leíste la mente.

***

Ace abre la ventana cuando terminamos. La habitación es sofocante, y la cabaña


no tiene aire acondicionado en las habitaciones. Cuando regresa, levanta las sabanas
de la cama y toma el lugar a mi lado. Nos tumbamos encima de las sabanas de
algodón, la pegajosidad de nuestros cuerpos evaporándose en el veraniego aire
nocturno.
Se inclina hacia mí, su cuerpo pegado al mío, el antiguo ventilador sobre la mesita
de noche junto a mi lado de la cama, moviéndose rápidamente. Por un momento, la
brisa fresca se siente bien, pero mi cuerpo se adapta rápidamente y tiembla.

—¿Tienes frío? —pregunta, extendiendo su brazo.

—Ahora lo tengo —digo, sin perder el tiempo en acurrucarme.

Presiono mi mejilla contra su pecho, escuchando el sonido calmante que hace su


corazón cuando palpita, y exhala suavemente.

No estoy segura por qué, pero empiezo de nuevo a pensar en ese diario. Y que
tanto amaba ese hombre a la chica con los ojos violeta. Como ella lo arruino para
cualquier otra persona. Como el juró nunca amaría a nadie más tanto como la amó a
ella.

Incluso acostada aquí, en los brazos de Ace, hay una especie de distancia
inexplicable entre nosotros. La atracción está ahí, seguro. Eso no lo niego. Y hay
química entre nosotros porque aparentemente los opuestos se atraen.

Pero quiero algo más profundo.

Pedir más de él, es un nivel que no estoy segura que sea capaz de dar porque cada
parte de mi sospecha que ese diario le pertenece a él.

Y egoístamente, cada parte de mi espera que no lo sea.

Pero es la única cosa que tiene sentido.

—¿En qué estás pensando? —pregunto después de un rato de silencio.

—Nada. —Exhala, sin vacilar.

—Todo el mundo siempre está pensando en algo —le digo, y entonces me doy
cuenta que quizás no está pensando en algo. Está pensando en alguien.

Yacemos allí, aun en silencio, pero sus dedos rozan la parte posterior de mi brazo.
Hace cosquillas y pone mi carne de gallina, pero me gusta.

—¿Has estado alguna vez enamorado, Ace? —pregunto

Mis mejillas enrojecen.


Mierda.

No debería estar haciendo esta pregunta.

¿Acabamos de follar por segunda vez en veinticuatro horas y ya estoy haciendo


preguntas sobre amor?

Buen Dios, no estoy pensando este fin de semana.

Si Wren estuviera aquí, estaría riéndose histéricamente de mí. Siempre estoy


metiendo la pata con mi boca.

—No me refiero… —digo, esperando aclararlo pero sabiendo que el daño ya


estaba hecho—. No estoy preguntando porque…

Ace se ríe. Una vez.

—Solo me preguntaba —digo—. Porque hay esta distancia sobre ti. La veo en tus
ojos. Solo tengo curiosidad si alguna vez has le permitido alguien entrar.

Trazo mi dedo a lo largo de su pecho, justo debajo de su corazón latiendo.

—Una vez —dice—. ¿Y tú?

Invierte los papeles, señalando mi propia pregunta directo hacia mí.

—Nunca —digo.

Siento su mirada en la oscuridad fija en mí. —¿De verdad?

—Me han dicho que tengo un espíritu demasiado libre —digo—. Supongo que
nunca he querido estar atada por demasiado tiempo. Supongo, que nunca me quedo
alrededor de nadie el tiempo suficiente para enamorarme.

Está callado.

No estoy segura si eso es una cosa buena o mala.

—¿Te sientes atada cuando alguien te ama? —pregunta.

—Lo sentía cuando era más joven. No sé si lo sentiría ahora. Han pasado un par
de años desde que salí en serio con alguien —dije—. No he tenido una cita apropiada
en más de un año porque he estado trabajando mucho. Me encantaría conocer a ese
alguien especial, ¿sabes? Alguien que me ame tanto que duela. Quiero ese amor
avasallador y adictivo del que siempre hablan todos.

Del tipo que escrito en ese diario.

—¿Qué hay sobre ti? —pregunto—. ¿Qué paso con tu único amor?

Hay un gemido leve retumbando en su pecho, como si pensar en la respuesta a esa


pregunta es doloroso para él.

Pero tengo que saber.

Tuve que preguntar.

—Simplemente no funcionamos —dice.

Me pongo de lado, apoyando mi barbilla sobre su pecho.

—¿Qué pasó?

—Ella estaba enamorada de dos personas —dice.

Antes nunca he tenido mi corazón roto. No sabría lo que se siente o que tanto
dolería. Pero en este momento, hay un dolor oprimiendo mi pecho.

Es de él.

Tiene que serlo.

Él es el Romeo con el corazón roto.

No consiguió a la chica.

Y si ese es el caso, nunca amará a otra de la manera en que la amó a ella.


Traducido por Mariela

Corregido por Dionne

Aidy

A
ce se estaciona afuera de mi apartamento el domingo en la tarde.

Esto es.

Esto es el final de nuestro sexy inesperado pequeño fin de


semana.

Nos levantamos temprano esta mañana y tuvimos una caminata tranquila,


introspectiva a lo largo de este increíble camino con vista panorámica del lago Rixton,
y nos detuvimos en la cima de una colina y disfrutamos un desayuno de picnic
mientras veíamos a un grupo de adolescentes buceando en el acantilado al lado de la
cascada más grande del estado.

Disfruté cada momento, dispuesta a que cada minuto goteara tan lento como la
miel, porque no había disfrutado tanto desde hace mucho tiempo. Algo de estar aquí
afuera, codos hundidos en la savia de pino, mosquitos y el agua del lago, es refrescante
de una manera que no se puede encontrar en la ciudad. Nunca ningún spa con puerta
roja podrá compararse con lo que puede ser la naturaleza, al estar desconectado de la
tecnología y del ajetreo.

Ace, siendo tan maravilloso, una intriga y un misterio como es, me mantuvo a la
distancia de todo el fin de semana. Incluso cuando su pene estuvo hundido dentro de
mí y su boca estaba sobre la mía, había una extraña separación.

Pasé la mayor parte del viaje de regreso a casa pensando en eso.

Aceptándolo.
Sabiendo que esto nunca cambiará porque él es un hombre que aun claramente
está enamorado de una mujer con ojos violetas, y nadie más se le podrá comparar.

Exhalo, pesadamente y con melancolía, cuando él apaga y sale de la camioneta.


Yo me encuentro con él detrás, donde está sacando mis maletas y poniéndolas en el
bordillo.

—Gracias por todo —le digo. Hay una finalidad en mi tono que no puse ahí
intencionalmente.

Ace cuadra su cuerpo con el mío, poniendo sus manos en mis caderas. Nuestros
ojos se encuentran, y mis rodillas se me debilitan de sólo verlo otra vez. Él es bello así,
todo rasurado. Había visto antes fotos de él afeitado, cuando busqué en google su
nombre la última vez, pero la mayoría eran fotos con el equipo o fotos de imágenes de
la televisión. Eran borrosas y alejadas. Viéndolo de cerca, viéndose como un millón de
dólares, me hace algo que nadie más ha hecho.

Pero es más que su apariencia.

A través de este fin de semana, crecí amando su fuerza tranquila. Su intensidad. Su


seriedad. Su quietud.

—La pasé genial —le digo—. Gracias por llevarme contigo. Fue definitivamente
uno de los mejores fines de semana que he tenido en mucho tiempo.

—Deberías venir otra vez conmigo en algún momento —dice él casualmente, y mi


mandíbula cae ligeramente porque no estaba esperando que dijera algo como eso.

Me imaginé que fue una de esas cosas de una vez y hecho. Él encontró una chica,
la llevó a su cabaña, consigue encamarse un buen puñado de veces, y luego en el
segundo en que los pies de ella tocan el suelo nuevamente, él la deja donde la
encontró.

—Me gustaría —digo.

—¿Quieres ayuda para cargar con todo? —pregunta él.

Volteo, mirando hacia mi puerta y luego de vuelta a él. —No, está bien.

Exhalo, sonrió y me muevo hacia el bordillo, pero su mano engancha mi brazo y


me jala, cerca de él. Sin decir una palabra, Ace me besa.
A plena luz del día.

En las calles de Manhattan.

Para que todo el mundo vea.

Y no solo me besa… él me besa duro.

Cada parte de mí espera que este no sea nuestro último, pero sé que no debo
mantener mis esperanzas altas.

Lamo mis labios, dejando que su sabor se deleite en mi lengua, y lo veo irse
manejando. Cargando mis bolsos hasta mi apartamento, me doy cuenta que olvidé el
joyero antiguo en su camioneta. En nuestro camino de vuelta esta tarde, nos
detuvimos en este pequeño pueblo encantador llamado Walnut Creek y entramos en
esta tienda de antigüedades en la esquina llamada “The Yellow Elephant”.

Ahí fue donde encontré esta pequeña baratija ovalada. Tenía una tapa de cristal y
sus pequeñas patas de filigrana de oro y pequeños cameos de jade a su alrededor. Ace
pensó que era fea, y casi me lo compro solo para fastidiarlo, pero cuando vi la etiqueta
de precio en el reverso, me di cuenta de que no había manera en el infierno que me lo
pudiera permitir. El precio era más que el alquiler de un mes aquí, así que lo puse de
nuevo y seguí observando.

Cuando regresamos al coche un poco más tarde. Ace lo saco de su bolsillo.

Lo compró para mí cuando yo no estaba mirando, ese sinvergüenza.

Suspiro, metiendo la llave en la cerradura de mi puerta. Voy a tener que


conseguirlo en otra ocasión.
Traducido por Mariela

Corregido por Dionne

Ace

¿E
STÁS EN CASA?

Me voy despertando de mi siesta de la tarde con un


mensaje de texto de Aidy. Es miércoles, y han sido tres
días completos desde que la vi por última vez. Tres días
enteros de estar repasando nuestro fin de semana juntos
en un recodo de mi mente. Tres días pensando sobre la forma en que me besó los
labios, como se sentía su suave piel, en las palmas de mis manos, y cuan dulce su sabor
era en mi lengua.

Soy oficialmente un patético, cachorro perdido.

No estoy seguro de que tipo de hechizo me lanzó, pero sea cual sea, está
funcionando.

No he pensado en Kerenza en toda la semana, y eso es un record.

Tiro de la manta fuera de mí y me levanto, leyendo el mensaje nuevamente, mis


ojos borrosos. Levantándome, me dirijo al baño, hago pipi, y luego agarro una botella
de agua. Sin responderle al segundo porque eso me haría parecer un perdedor
lamentable. Y tal vez lo sea. Pero ella no necesita saberlo.

Incluso me detuve en el cuarto de lavado en el pasillo y lancé una carga de


blancos.

Cuando han pasado al menos diez minutos, le mando uno y le dejo saber que sí,
de hecho estoy en casa.

Ella responde al instante: ¿PUEDO PASAR POR AHÍ?


***

El timbre de la puerta suena quince minutos después, y Aidy está de pie al otro
lado de mi puerta, su maletín de maquillaje en una mano y en la otra agarrando la tira
de su bolso sobre su hombro.

—Hola —dice ella, sonriendo dulcemente—. Estaba en el área por trabajo. Pensé
en detenerme de paso y conseguir mi joyero ¿que dejé en la camioneta que rentaste la
semana pasada?

Bueno, jódanme. Ella no estaba viniendo para salir o porque quisiera verme.

—Cierto —digo—. Sí. Está arriba. Entra.

Subimos las escaleras, Aidy jactándose de alguien que pidió una sombra azul pavo
real a pesar de los intentos profesionales de Aidy de llevarla en otra dirección.

—¿Qué has estado haciendo toda la semana? —pregunta ella, recargándose sobre
la isla de la cocina.

Ella se ve bonita hoy, aunque ella siempre lo hace. Pero el día de hoy su cabello es
un poco más brillante, como si lo acabara de peinar. Y su maquillaje es diferente.
Nuevamente, siempre es diferente. Cada vez que la veo, ella se ve un poquito como
alguien más. Ella es como esos fuegos artificiales sobre el lago el fin de semana pasado,
ese que era todos los colores a la vez. No puedes precisar a Aidy Kincaid. No puedes
encasillarla en un tipo particular de nada.

—Tuve una entrevista en el New York Times —digo.

—¿No me digas?

—Sí. Aparentemente desde que fui co-anfitrión de Smack Talk, ellos piensan que
estoy preparándome para mi gran regreso.

—¿Qué les dijiste?

—Les dije lo que querían escuchar. Que siempre seré un jugador de corazón, pero
ser pitcher está fuera de cuestión para mí —digo—. Luego quisieron saber que seguía
para mí.

—¿Cuál fue tu respuesta?


—¿Honestamente? No tengo ni puta idea de que hay para mí después. Pero puede
que me haya dado un tiro en el pie con eso.

—¿Por qué es eso?

—Les dije que tenían que esperar y ver.

—Oooh. —La boca de Aidy se alzó en las esquinas—. Les pusiste un cebo. Los
dejaste en suspenso. Ahora tienes que hacer algo realmente emocionante.

Llevo mi mano a mi cara, tirando de la piel suave y desconocida que hay debajo.
Todavía no me acostumbro a estar afeitado, y la mayoría de las veces me siento
completamente desnudo, pero decidí el fin de semana pasado que tenía que besar otra
vez a Aidy. Tenía que tenerla nuevamente.

Además, es solo vello. Crecerá de nuevo.

Los ojos de Aidy caen a mi cicatriz dentada en mi mejilla izquierda. Tiene la


forma de un rayo torcido y sigue estando rosado. Tal vez un cuarto de pulgada de
grosor y ligeramente abultado. El vello ya no crece ahí, por supuesto, pero la barba
hacía un buen trabajo escondiéndola.

Ahora está a la vista como el día, es rojiza como una invitación para el resto del
mundo la vea.

—Me gusta tu cicatriz —dice Aidy. Es la primera vez que la menciona desde que
me rasuré.

—¿Qué? —La miro de reojo, sosteniendo la palma de mi mano sobre ella.

—Eso te da un filo. Te hace ver intimidante —dice ella—. Porque sin ella, eres un
tipo de chico bonito. Sin ofender. Pero tú eres realmente, realmente guapo, y, como que
eres todavía caliente con la cicatriz, no me tomes a mal, pero solo te da un poco más
de algo extra.

—Gracias.

—Mira, trato con personas todos los días quienes tienen inseguridades físicas —
dice—. No hay una sola persona en el mundo que ame cada uno de sus rasgos faciales,
y si lo hacen, es probablemente porque hay algo genéticamente modificado de
Frankenbelleza de la capital de la cirugía plástica del mundo.
Moviendo con un ruido chillón, saco un banco y tomo asiento.

—Las personas encuentran todo el tipo de cosas para odiarse a sí mismos. Nariz
grande. Ojos que están muy cerca entre sí. Ojos que están muy despegados. Barbilla
plana. Gran frente. Sin pómulos. Mucho pómulo. Muy bajo. Muy alto. Cabello lacio.
Cabello chino. Cabello rizado. La lista sigue. —Aidy rueda los ojos—. Las personas no
se dan cuenta que si te amas a ti mismo y te aceptas por quien eres, todas esas
inseguridades eventualmente se desvanecen.

—Lo dice la artista del maquillaje que puede hacerlas desaparecer.

—El maquillaje no se supone sea para esconder —dice—. Es para acentuar. De


cualquier forma, me hiciste salirme por la tangente. Muchas gracias. De vuelta a la
cicatriz.

Dejo salir una respiración dura a través de mis labios. —Está bien. ¿Qué hay sobre
ella?

—Eres caliente, pero tu cicatriz te hace ver incluso más caliente —dice ella—.
Camina alrededor y hazte dueño de la cicatriz. Jode al pasado. Maldice al accidente
que te robó tu carrera. Que se joda todo lo que la cicatriz te recuerde.

Su cabeza se inclina, y sus labios toman una curiosa sonrisa.

—¿Y luego qué? —me burlo—. ¿Te jodo a ti en su lugar?

Hay un momento interminable que permanece entre nosotros, uno donde puedo
sentir el pulso constante y el lento calor subir a través de la espalda a mi nuca.
Nuestros ojos se enganchan.

—Sí —dice.

Pateo el banco debajo de mí y voy por ella, sin desperdiciar un solo segundo.
Levantándola en la encimera, mis manos rodeando su cintura y mi boca reclamando la
suya.

Dios, extrañé esto.

La había extrañado a ella.

Sus dedos corrieron a través de mi cabello y su lengua rozó la mía. En segundos,


estoy duro como una roca, desesperadamente contando los minutos hasta que pueda
hundirme en ella y mi pasado detrás de mí. Cuando estoy con ella, no pienso en nada
salvo en ella.

Ella es la cura para todo que me hizo sufrir este último año. Y tal vez ella sea un
curita o un arreglo rápido. A lo mejor la cura no sea permanente. Pero como que
espero que lo sea, porque Aidy solamente trajo luz del día a mi vida desde el día en
que nos conocimos.

Tacha eso.

Desde el día después de que nos conocimos.

***

—¿Tienes Netflix? —preguntó Aidy, enredándose una manta del sofá alrededor de
su cuerpo desnudo.

Estoy agotado, mi polla sigue palpitando y mis ojos aún fijos en su cuerpo
desnudo mientras ella está frente a mí, el control remoto en su mano izquierda.

—Lo tengo —digo.

—¿Quieres ver algo? —pregunta, pasando rápidamente a través de las opciones de


programas—. Hay una nueva. Es como un viejo programa del oeste, pero es aterrador.
Es como fantasmas en el viejo oeste. Suena loco, pero sigo escuchando sobre él, y
siento que soy la única que no lo he visto. ¿Lo has visto?

—No.

—¿Quieres ver un par de episodios? —Sus cejas se levantan y tira de su labio


inferior entre sus dientes. La manta se cae, dejando al descubierto sus pezones rosados.
Puedo follarla otra vez. Y nuevamente. Pero todavía me duele del fin de semana
pasado, y mi hombro me sigue doliendo. La hice montarme esta noche. Le hizo hacer
todo el trabajo por una vez. Fue agradable, recargándome, viendo rebotar sus copas C
mientras gemía, sin aliento, su piel caliente, su cabello pegándosele al cuello cuando
ella lanzó su cabeza hacia atrás.

—Seguro. —Agarro otro control remoto, el que controla el Netflix, y puse el


programa.

Aidy sale a la cocina, agarrando un par de aguas para los dos, la manta
arrastrándose detrás de ella.
—Tengo una cita en tres horas —dice—. Podemos ver un par de capítulos y luego
tengo que irme.

Hay una sensación de hundimiento en mi pecho cuando me doy cuenta de que no


tenía intención de quedarse mucho tiempo.

—¿Vas a volver después de eso? —pregunto.

Aidy se baja al sofá, acurrucándose a mi lado, metiendo sus piernas debajo de ella.
Siento que me está estudiando, observando mi expresión, pero miro directamente a la
televisión y mantengo mi cara de póquer.

—Acabamos de pasar un fin de semana juntos. ¿Todavía no estas harto de mí? —


pregunta.

—No. —Ni siquiera cerca.


Traducido por Mariela

Corregido por Dionne

Aidy

racias a Dios sigues viva. Pensé que tal vez habías sido golpeada

—G por el camión de basura y estabas yaciendo en algún lado en un


callejón. —Así es como Wren me agradece que me escabulla la
mañana siguiente.

—Lo siento —digo, abriendo y cerrando la puerta detrás de mí—. Debí haberte
enviado un mensaje de texto.

—Malditamente cierto. —Ella se agacha, golpeando un par de zapatos de Enzo y


moviéndolos al tapete enseguida de mí—. ¿Así cómo están las cosas con Ace?

Mis labios se tuercen en una sonrisa. —¿Cómo sabes que estaba con Ace anoche?

Wren rueda los ojos. —Porque has estado revoloteando alrededor como alguna
princesa de Disney desde que regresaron de la casa del lago, y tengo la sensación de que
esto solo es el comienzo.

—No revoloteo.

Pongo mis cosas abajo cerca de la puerta y me dirijo a la cocina para hacerme una
avena. Después de que regresé con Ace anoche pasamos la noche en cama.

No durmiendo.

Y ahora estoy extremadamente hambrienta.

Me escabullí esta mañana, antes de que él despertara, y me apresuré a la estación


de metro más cercana, con mis grandes, lentes oscuros puestos, balanceando algo del
mejor cabello de sexo.
—Así que ustedes chicos, como que, ¿ahora están saliendo? —Wren me sigue a la
cocina, una mano en su cadera y una molesta sonrisa cursando su rostro de hermana
mayor.

—No. —Arrugo la nariz, buscando un paquete de avena sabor fresas con crema
abierto y vaciándolo en el plato hondo. No habíamos tenido esta conversación todavía,
y no estoy corriendo para nada—. Solo estamos teniendo diversión.

—Él se ve agradable —dice Wren.

—Es extremadamente agradable. Un poquito serio. Pero de vez en cuando veo


este destello de jugueteo en él. —Inhalo, mirando hacia un lado—. Y él es caliente.
Dios, es caliente.

—¿Segura que no quieres salir con él? —dice ella, bizqueando.

—No importa de ninguna forma. —Vierto media taza de agua en mi plato y lo


revuelvo antes de colocarlo en el microondas. Volteando hacia mi hermana, me encojo
de hombros—. Una vez que tú y Chauncey estén casados, probablemente me estaré
mudando a Los Ángeles. Hay más trabajo allá, y realmente quiero hacer crecer nuestro
negocio. Además con todas nuestras conexiones, puedo tener un trabajo agendado con
una simple llamada telefónica.

—Guau. —Wren levanta sus cejas, mirando hacia abajo—. Quiero decir, lo habías
mencionado antes pero nunca pensé que fueras seria al respecto.

Asiento, la mirada suavizándose.

—Siempre has sido mi pequeña socia. —Wren sonríe por un segundo, pero
rápidamente se desvanece—. Tú me seguiste a la universidad, a Nueva York. Has sido
mi compañera de habitación el noventa por ciento de mi vida entera.

Asiento. —Que es el por qué necesito hacer esto. Tú te estás moviendo al siguiente
capítulo de tu vida, con Chauncey, y necesito hacer lo mismo. Es tiempo para ver que
más hay ahí afuera.

El labio inferior de mi hermana tiembla. El número de veces que he visto llorar a


Wren las puedo contar con una sola mano. Ella es fuerte, siempre lo ha sido. Tiene
que ser una muerte o una tragedia real por la que esté pasando, así que de hecho el que
esté así de contrariada por qué me esté mudando rompe mi corazón.
Yendo a su lado, envuelvo mis brazos alrededor de ella. —Solo estaré a una noche
de distancia.

Wren ríe, enterrando su rostro en mi hombro, y ahora me doy cuenta, a los


veinticinco años, de que tal vez no siempre he sido solo su pequeña hermana. Tal vez
ella siempre me ha necesitado tanto como yo a ella.

—Tú y Chauncey tendrán una hermosa vida juntos —digo—. Y no voy a


perderme ni un solo hito, lo prometo. Ni siquiera te darás cuenta de que estoy a tres
millas de distancia. Será como si estuviera aquí, llenando tu teléfono con memes de
gatos y preguntándote que estás haciendo en la noche para cenar.

Wren se aparta, limpiándose los ojos con el dorso de la mano.

—Solo promete que vendrán a visitarme —le digo—, tanto como sea
humanamente posible.

Wren se da la vuelta, golpeándome con sus manos. —No quiero hablar más de
esto. Dios, ¿por qué estoy tan emocional tan de repente? Hablemos de ti. ¿Cuándo
estás viendo de vuelta a Ace?

—Este viernes. —Mi rostro se ilumina ante la mención de su nombre.


Traducido por Gisenid

Corregido por Dionne

Ace

sta es probablemente la única vez que escucharas a un instructor

—E decir algo como esto. —El hombre frente al salón de clases


improvisado en el centro del Bar Prohibition, empuja sus gafas
gruesas y negras hasta su nariz chata—. Pero es perfectamente normal estar agitado en
mi salón de clase. Las notas se enviaran por correo electrónico. Lo más importante
esta noche es que obtengan algo de experiencia y se diviertan.

Echo un vistazo a mi derecha, a Aidy, ahí de pie en un vestido pequeño y negro


que llega a medio muslo. Ella me mira, levantando los hombros hasta sus orejas y
sonriendo. Una hebra suelta de cabello rubio cae en su rostro, el resto de este, apartado
con algún artilugio de diadema brillante que la hace resplandecer bajo las luces suaves
de encima.

Esta oscuro dentro de Prohibition, con tenue iluminación, y Duke Ellington


reproduciéndose desde altavoces ocultos. Afuera está lloviendo, y no hay lugar donde
preferiría estar esta noche.

Aidy mencionó una vez que no había estado en una cita apropiada en más de un
año, y como hemos estado pasando mucho tiempo juntos, pensé que era la mejor cosa
por hacer.

Podría haber tomado el camino fácil. Cena y una película. Bebidas y un


espectáculo. Pero quería ser original. Quería darle una noche que nunca olvidaría. Así
que, llamé a un amigo de un viejo amigo, quien es propietario de este bar en Gramercy
que tiene lecciones de Mixología11, y pudimos asegurar un lugar esta noche.

11
Mixología es generalmente aceptada como un término más refinado y un estudio más profundo del
arte de mezclar cocteles y bebidas.
El asistente del instructor camina en la fila de atrás, más allá de nuestra mesa,
alineando los artículos de la mesa y cosas como aceitunas rellenas y Vermut12, así
como, cuatro tarjetas de recetas impresas en una cartulina gruesa y de color crema.

—Esta noche, estaremos aprendiendo cuatro recetas —dice el instructor—. La


primera de las cuales será un martini clásico.

Aidy alcanza la coctelera, retira la tapa y mira dentro. —Es más pesado de lo que
pensé que sería.

—Todos, por favor comprueben su mesa y déjenme saber si no tienen uno de los
siguientes —grita el instructor, paseando alrededor de la sala—. Un macerador13, un
colador, tenazas, una cuchara, una copa, un vaso coctelero, y una coctelera Boston14.

Escaneamos nuestro equipo, asegurándonos de tener todo lo que necesitamos, y


Aidy le levanta el pulgar a él cuando pasa por delante.

—Esto es tan divertido —dice ella, acercándose y parándose de puntillas, su cálido


aliento en mi oído.

—Ni siquiera hemos comenzado —le susurro.

Sus ojos azules están encendidos, su boca está un poco más cerca de lo habitual,
ya que está usando el par de tacones fóllame más sexis que he visto.

—¿Y? —Me giña, su boca roja fruncida. Cada vez que miro esa boca llena, quiero
besarla. Estoy convencido que esta noche lleva pintalabios rojo brillante para
torturarme, sabiendo que no la besaría con eso puesto.

Está bien.

La tentaré como el infierno, y para el final de la noche, estará quitando el rojo de


sus labios y rogándome que la bese.

Otro asistente viene empujando un carro, depositando en cada mesa dos martini
previamente enfriados.

12
Vermut o vermú es un vino, rojo o blanco, macerado en hierbas, compuesto de vino blanco, ajenjo y
otras sustancias amargas.
13
En el original Muddler. Mano de mortero o macerador es una herramienta de coctelería utilizada para
triturar frutas, hierbas o especias en el fondo de una copa y así liberar todo su sabor.
14
En el original Boston Shaker. Está formada por dos vasos, uno metálico y otro de cristal de diámetro
más pequeño.
—¿Todos listos? —grita el instructor, juntando sus manos—. Bien, me gustaría
una vez más, darles oficialmente la bienvenida a Mixología de Prohibición 15 101. Soy
su instructor, Carlos, y está noche estaremos haciendo cuatro cócteles. Si pueden, por
favor tomen su coctelera Boston. Hay doce pasos para hacer el martini perfecto, así
que, por favor presten mucha atención.

Aidy agarra la coctelera y me da otra sonrisa.

—Algunas cosas que deben saber antes que comencemos —dice Carlos,
sosteniendo su coctelera Boston—. Siempre que mezclamos una bebida en un
recipiente de metal, lo agitamos. Cuando mezclamos una bebida en vaso de cristal, lo
revolvemos.

Aidy se inclina, chocando su brazo contra el mío. —No sabía eso. ¿Tú lo sabías?

Asiento. —Lo sabía.

Mientras nuestro instructor habla sin parar sobre los cubos de hielo, sus tamaños,
el tipo y forma apropiado para cada bebida, y cuantos utilizar cuando se mezcla un
martini, siete u ocho, solo estoy prestando atención a medias. Todos los ojos están
puestos en Carlos, excepto los míos.

No puedo parar de mirarla.

El resto de la noche es un borrón. Escuchamos. Mezclamos. Probamos. Probamos


un poco más. Dos horas después, hemos elaborados cuatro cocteles: un martini
clásico, un mojito de pera asiática, un amaretto sour16, y un moscow mule17.

En el momento que clase ha terminado, la lluvia ha amainado un poco, y ella la


había pasado bebiendo.

—Creo que solo se supone que probáramos los cocteles —dice Aidy, sus palabras
lentas y amables mientras salimos. Esta lloviznando de nuevo, y el estruendo de los
truenos, amenaza con marcar el comienzo de otra tormenta de verano—. Bebí
demasiado, y ahora no puedo sentir mi cara. ¿Por qué me dejaste beber demasiado?

15
En el original Prohibition. No hace alusión al nombre del bar, Prohibición, sino a la Era de la
Prohibición o mejor conocida como Ley Seca.
16
Amaretto sour es originario de Estados Unidos. Lo que lo diferencia del resto de la familia sour, es
que no se le añade azúcar, ni sirope de azúcar, ni clara de huevo.
17
Moscow Mule es un cocktel elaborado con vodka, ginger beer y jugo de lima. Se sirve en una taza de
cobre. El nombre hace referencia a la percepción popular del vodka como un producto típico de Rusia.
Mi plan para nosotros era caminar por el vecindario. Para conocernos mejor.
Tomarnos el tiempo y disfrutar de la compañía del otro tan naturalmente como sea
posible.

—Estabas pasándola bien —dije.

—Tú no bebiste tanto. —Aidy hace un puchero.

—Probé.

—Debí haber probado.

Un relámpago ilumina sobre nuestras cabezas.

—Mil uno. Mil dos… —dice Aidy, justo antes que el estruendo del trueno llene el
aire.

—¿Qué estás haciendo?

—Así es como sabes que tan lejos está la tormenta. Está a dos millas de distancia.

—¿Es cierto eso?

—No lo sé. —Sus tacones raspan el cemento, y caminamos lentamente, aunque la


lluvia parece estar a cayendo más rápido a cada segundo—. Eso era lo que Wren
siempre decía cuando crecíamos. Nunca lo comprobé.

Echo un vistazo a su boca, observando la manera que se mueve mientras divaga


sobre su hermana y que era tan inteligente y como tenía un poco de sabelotodo, pero
era solo Wren. Entonces me di cuenta que su pintalabios rojo había desaparecido por
todo lo que había hecho en las últimas dos horas, beber, hablar y sonreír.

Un fuerte trueno hace a saltar a Aidy, y silencia su comentario mientras mira al


cielo nocturno. Más adelante, escucho la lluvia golpeando la acera, acercándose en
nuestra dirección, y se me ocurre que dejé nuestra sombrilla en Prohibition. A nuestra
izquierda hay un toldo a rayas en blanco y negro que pertenece a alguna boutique que
cerró hace horas. Tomando su brazo, la conduzco debajo de este.

Posicionandola contra la fachada de piedra caliza, levanto mi mano a su rostro,


sus ojos lentamente encontrándose con los míos. Las comisuras de su boca se curvan
antes que su mirada caiga a mis labios. Inclinándome, la reclamo, de la forma que he
deseado desde que la recogí hace tres horas. Su boca me pertenece. Su sonrisa. Su
dulzura natural.

Mis labios rozan los suyos, como si no fuera capaz de separarme de ella. La lluvia
cae fuera del toldo, golpeando nuestras cabezas y chorreando alrededor.

—Ven a casa conmigo esta noche, Aidy. —No estoy preguntando. Miro fijamente
dentro de sus ojos color zafiro, y ella bate sus largas pestañas, exhalando. Mis manos
caen en su cintura y tiro de ella contra mí, besándola una vez más. Sus labios son
suaves, llenos. ¿Su sabor? Adictivo—. Por alguna loca razón, parece que no puedo
tener suficiente de ti.

—Siempre supe que eras el loco —dice ella, parándose de puntillas y besándome—
. Bien. Me convenciste.
Traducido por Anna

Corregido por Dionne

Aidy

h mi Dios, Aidy. —Wren me saluda desde la puerta el sábado en la

—O mañana, su rostro blanco como una hoja y sus manos agarran mis
muñecas. Pensé que podría colarme dentro sin que ella se diera
cuenta, pero por supuesto que la única vez que lo hago, ella está levantada. A juzgar
por la mirada en su rostro, algo terrible pasó o enloqueció por el hecho de que no vine
a casa anoche y olvidé avisarle.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—He estado tratando de llamarte —dice, su voz temblando y su cuerpo


sacudiéndose.

—¿Dónde está Enzo? Mi teléfono murió anoche. ¿Qué pasa?

—Enzo está bien. Está con su papá —dice ella, con el rostro tan blanco como una
hoja—. Aidy, estoy embarazada.

—Wren…

Ella libera su agarre en mí y retrocede, cayendo sin fuerza en el brazo del sofá. Su
expresión todavía está aturdida.

—¿Estás segura? ¿Cómo un cien por ciento segura? —pregunto.

Sus pestañas revolotean, y su mirada vuela a la mía. —Ve a ver el baño. Me hice
cinco pruebas esta mañana. Cada una es positiva.

Abandono mi bolso, dejando que se deslice fuera de mi hombro bajando por mi


brazo, y tomo asiento frente a ella. —Muy bien, así que esto… esto no estaba
planeado, pero está bien porque tienes a Chauncey, y él será un gran padre. ¿Él ya lo
sabe?

Ella asiente, lentamente. —Sí. Él estaba aquí esta mañana cuando tomé las
pruebas.

Frunciendo el ceño, pregunto—: ¿Adonde fue?

Ella sacude su cabeza. —No lo sé. Él solo tenía esa mirada de pánico en su rostro,
como si estuviera tan anonadado como yo lo estaba, si no más. Y estuvo en silencio. Y
luego se fue.

—Jesús. —Entierro mi rostro en mis manos. Que el cielo ayude a Chauncey si él


abandona a mi hermana. Nunca lo habría clasificado como uno de ese tipo, pero
siempre es él que menos sospechas.

Guardo mis preguntas. No necesito saber cómo pasó esto. Los condones se
rompen. El control de natalidad no es siempre cien por ciento efectivo. Y no importa,
porque ella está embarazada y no hay vuelta atrás ahora.

—Aidy, estoy tan asustada —dice ella—. Él se marchó hace horas. Y no ha


respondido a mis llamadas.

Nos sentamos en silencio por un segundo, dejando que el peso de todo esto se
asiente

—Y sé que tenía mis dudas antes —dice, con voz temblorosa—, pero era solo
porque lo amaba tanto, estaba asustada de perderlo.

—¿Ese es el por qué has estado posponiendo todo?

Wren asiente. —Sé que no tiene sentido para ti. Pero parte de mí pensaba que si
podía retrasar la boda o convencerlo de no casarse conmigo, entonces podría evitar lo
inevitable. Los tipos se van, ¿cierto? Eso es lo que hacen. Te aman y luego te dejan.

Mis labios se abren pero nada sale. Quiero decirle que está equivocaba. Quiero
decirle que Chauncey no es así. Pero puede que no sepa eso. Todo lo que sé es que él
estaba aquí. Y se fue. Y ahora se ha marchado.

—¿Qué se supone que haga? —Wren entierra su rostro en sus manos—. Apenas y
puedo mantener a Enzo por mi cuenta.
La cerradura detrás de mí hace clic, y la puerta se abre. Chauncey aparece, dando
pasos vacilantes. Él y mi hermana se miran mutuamente el uno al otro, y luego los ojos
de mi hermana se llenan de lágrimas que no estoy segura si son de alivio porque él
volvió o tristeza porque la dejó en primer lugar.

Él sostiene algo tras su espalda, y va hacia ella, cayendo de rodillas.

—¿Por qué me dejaste? —pregunta Wren, su expresión retorcida y herida.

—No los dejé, nena. —La mandíbula de Chauncey cuelga, balbuceando palabras
mientras intenta explicarlo—. No lo sé. Estaba sorprendido. Necesitaba algo de aire.
Necesitaba pensar.

Chauncey, tan genial como es con Enzo, siempre le había hecho tan claro como el
cristal a Wren que no quería hijos propios. Su vida es Wren, Enzo, y la Pizzería
Finnegan’s. El hombre trabaja cincuenta, y algunas veces sesenta horas a la semana.
No tiene tiempo para mucho más.

—Y pensé en ello —dice él—. Pensé en todo.

Chauncey saca un pequeño ramo de peonias color rosa detrás de su espalda, las
favoritas de Wren, y se las entrega.

—Y creo que puedo hacer esto —dice él—. Es decir, sé que puedo hacer esto. Tal
vez no estaba planeado, y no es lo que pensaba que quería, pero lo quiero ahora. Lo
quiero contigo. Te he visto con Enzo, y eres una madre increíble, Wren. No puedo
imaginar a nadie más como la madre de mis hijos.

Las manos de Wren vuelan a su rostro y esnifa antes de estrujar sus ojos con la
parte posterior de sus manos.

—Lo siento, te dejé esta mañana —dice—. Pero necesitaba aclarar mi cabeza y
pensar realmente sobre ello. No quiero que pienses que estaba dejándote. Que estaba
dejándote por esto. Solo necesitaba un minuto para respirar, dejar que se asentara.

Él se levanta, halándola a ella hacia arriba y envolviendo sus brazos a su


alrededor.

—Te amo tanto —dice él.

—Te amo también. —Wren se levanta sobre la punta de sus pies, besándolo.
—Mi madre va a enloquecer. Lo sabes, ¿no? —dice él con una risa. Había
escuchado a Wren hablar sobre cuanto había estado presionándolos su madre para
tener un bebé. Ella trata a Enzo como uno de los suyos, pero consiguió algo de la feroz
fiebre del bebé—. Probablemente va a insistir en que nos casemos ahora mismo, hacer
las cosas bien. Sabes cómo es ella.

Wren asiente. —Sé exactamente cómo es ella.

—¿Qué dices si nos casamos antes? ¿En el ayuntamiento? Justo como querías. —
Chauncey limpia una lágrima de la mejilla de Wren—. No necesito una boda de
fantasía. Solo te necesito a ti.

Wren asiente, besándolo de nuevo. —Sí. Creo que eso suena perfecto.

Estoy feliz por ellos.

Realmente lo estoy.

—Aidy, olvidé totalmente que estabas sentada allí. —Wren ríe, secando sus ojos—
. Siento tanto que acabamos de forzar nuestra telenovela en ti.

—No te preocupes por ello. —Me pongo de pie, agarrando mis bolsos y me dirijo
hacia mi habitación. Me detengo y los abrazo a cada uno en el camino—. Amo los
finales felices. Felicitaciones. Los amo chicos, y no puedo esperar para tener un nuevo
sobrino o sobrina a quien amar.

Me doy cuenta mientras los dejo, que si van a casarse en un mes, eso me da
mucho menos tiempo para averiguar cuál es mi próximo movimiento… en donde voy
a vivir… si voy a quedarme en Nueva York o mudarme a Los Ángeles.

No estaba esperando tener que hacer mi decisión final aún.

Pensé que tenía más tiempo.


Traducido por Anna

Corregido por Dionne

Ace

s bueno verte, Ace. —Lou se encuentra conmigo en una cafetería el

—E domingo en la tarde—. Jesús, está malvadamente caliente allí afuera


hoy. ¿Te mantienes genial, Ace? ¿Estás haciéndolo todo bien?

Tomo asiento frente a él, sintiendo la mirada de un grupo de mujeres sentadas en


la mesa a unos metros de distancia. Desde que me afeité, he sido “ojeado” más a
menudo. Incluso he firmado un par de autógrafos, mayormente para niños, porque
sigo volviendo a esa noche cuando hice llorar al sobrino de Aidy, y no puedo tener eso
sobre mí de nuevo.

—Te ves realmente bien —dice Lou, finalmente notando el estilo afeitado que
estoy luciendo—. Me alegra que quitaras a ese peludo animal de tu rostro. Nunca fui
un fanático de esas cosas.

Sonrió, resoplando por la nariz, y sentándome con mi café negro en un vaso


desechable.

—Soy bien consciente de eso, Lou.

—Aunque seriamente, hay algo más ligero sobre ti, y no tiene nada que ver con tu
apariencia. —Él hala su taza de café más cerca—. ¿Qué has estado haciendo? ¿Saliste
mucho de la ciudad?

Asiento. —Justo la otra semana. Fui a la casa del lago.

—Bien por ti. Hiciste algo de pesca, ¿no?

—Un poco. —Tomo un sorbo de mi café y miro por la ventana a mi izquierda,


observando a una pareja pasando tomados de la mano. Ellos están riendo.
Completamente felices y despreocupados. Y hasta que Aidy entró en mi vida, había
olvidado cómo se sentía eso.

Lou me estudia, sus tupidas cejas grises elevándose y cayendo, y su cabeza


inclinándose en cada ángulo.

—¿Tú… tú, uh, conociste a alguien, Ace? —pregunta él.

—¿Qué? —Aparto la mirada, frunciendo el ceño—. Nah.

—No me mientas.

No es que esté avergonzado de Aidy. Todo lo contrario. Solo no estoy de humor


para ser interrogado por este gran tonto.

—¿Cuál es su nombre? —me interroga Lou de todos modos.

Llevo el vaso de polietileno a mis labios y escondo una sonrisa. —No hay una
chica, Lou.

—Ah, bien. No te molestaré sobre esta chica que supuestamente no existe —dice
Lou con un guiño de lado, apastando su mano con gruesos nudillos hacia mí—. Eso
no es por lo qué quería reunirme contigo de todo modos. Solo quería ver cómo estabas
ya que ando en la ciudad, dirigiendo algunas cosas por ti.

—¿Sí? ¿Cómo qué?

—Bueno, he conseguido algunos amigos que tienen este programa por radio
satelital, y están buscando un anfitrión. Es temporal, y es en su mayoría hablar sobre
las grandes ligas, pero creo que serías perfecto para ello, y maldición, chico, te vi en
Smack Talk el otro día. Tienes el rostro para la TV y la voz para la radio. ¿Nunca
pensaste en dirigirte en esa dirección?

—Nah. —Giro mi vaso y luego la levanto, arremolinando el contenido de la parte


inferior—. Eso no es para mí.

—Bueno, tienes que hacer algo. —La voz de Lou es un poco más fuerte ahora—.
No puedes sentarte por allí todo el tiempo viendo a la distancia. Escribe un libro y ve a
un tour, entrena a un equipo de las ligas menores, demonios, entrena en las mayores.
Ya sabes, podrías ser un actor si no te gusta la televisión en vivo.

Sonriendo, sacudo mi cabeza. —Le dejaré la actuación a Matteo.


—Muy bien. —Lou exhala, sobresaliendo sus ojos de su cabeza mientras suelta
una pesada respiración con aroma a café a través de mesa—. De cualquier forma, tu
futuro aún es brillante, chico. Solo quería venir aquí y recordarte eso.

—Gracias, Lou.

—Encuentra una forma de hacer lo que amas, incluso si ya no estás lanzando


bolas —añade él—. Sigue tu corazón. —Lou se pone de pie, tomando lo último de su
café—. Me voy ahora, chico. Mantente en contacto. Quiero conocer a esta chica en
algún momento, ¿bien? Se bueno con ella. No lo arruines solo porque ella te hace feliz.
Puedo decirlo. Y si dices que no existe, estás lleno de mierda. Te he conocido por un
largo tiempo, Ace. Veo claramente a través de ti.

Me palmea la espalda, dándole a mi hombro bueno un apretón, y saca una


polvorienta gorra de béisbol de su bolsillo trasero, ajustándola en su cabeza antes de
irse.

De camino a casa un par de minutos más tarde, pienso en enviarle un mensaje a


Aidy. Pasamos el viernes en la noche juntos, y ella se quedó después. El sábado se
reunió con algunos clientes, y luego nos encontramos en Finnegan’s para una pizza
con Wren, Enzo y Chauncey.

Debería dejarla sola por una día.

Tanto como quiero pasar cada segundo de vigilia de cada día con ella, no quiero
alejarla. No quiero perderla. He pasado por eso antes. He amado a alguien tan
intensamente que la asusté, la alejé.

Me niego a hacerle eso a ella.

Así que tomaremos las cosas con calma, un deliciosamente agradable día a la vez,
y ver lo que pasa.
Traducido por Lili-ana

Corregido por Dionne

Aidy

V
eintidós.

El número de veces que he tenido sexo con Ace desde nuestra


primera cita oficial.

Dieciocho.

El número de veces que me he quedado la noche en su casa desde nuestra primera


cita oficial, así que básicamente todas las noches.

Siete.

El número de citas reales en las que hemos estado ahora. Cita real del tipo de
ponerme-toda-maquillada, cena y una noche en la ciudad. Tomarnos de las manos.
Sostenerme la puerta. Los trabajos.

Tres.

El número de veces que me he atrapado soñando sobre un futuro con este hombre,
lo cual es completamente ridículo porque nunca he sido de las que fantasean con el
anillo, el vestido, la casa y estar atada a un hombre por el resto de mi vida.

Cien.

La probabilidad que esté cien por ciento obsesionada con Alessio “Ace” Amato.

Toco el timbre de su puerta un viernes por la noche, comida para llevar en la


mano. Tenemos cinco episodios más de la tercera temporada de nuestro viejo
programa de fantasmas del oeste para ver, y hemos tenido planeado este viernes por la
noche hace un par de semanas.
Ace responde con una toalla envuelta alrededor de su cintura y una sonrisa en sus
ojos. Dios me libre, él sonríe con su boca de vez en cuando.

—Hola —dice él, abriendo la puerta e inclinándose para robarme un beso.

Creo que ahora él es mi novio.

Pero no lo sé con seguridad.

Hemos estado en varias citas. Hemos follado como conejos. Y él no parece


molestarse cuando respondo a todos sus mensajes de texto en cuestión de segundos
porque estoy demasiado impaciente para jugar con él.

Él sabe que me gusta.

Se lo digo todo el tiempo, dejando pistas cada vez que tengo oportunidad y
haciendo pequeñas cosas dulces que sé que él aprecia, como no quejarme cuando
quiere ver alguna película estúpida de acción y tratando realmente, realmente duro de
aprender más sobre béisbol porque a pesar del hecho que él finge que lo ha superado,
sé que el amor del juego sigue ahí.

Además le dije todo sobre el embarazo sorpresa de Wren y como se adelantó la


boda, y ni si quiera se estremeció cuando le pregunte si el sería mi cita para la
recepción con los amigos y familiares de Wren y Chauncey en Luciana’s en la Quinta.

De cualquier modo, Ace hace un montón de cosas dulces para mí. Me ha enviado
flores unas cuantas veces, siempre un arreglo diferente, nunca predecible. Y me
compró un cepillo de dientes para mantenerlo en su casa. Incluso tengo mi propio
cajón en su tocador, y tengo algo de ropa extra y pijamas allí a pesar del hecho que
cada vez que duermo, los pijamas están prácticamente fuera de ecuación. Simplemente
la semana pasada, Ace compro mi pasta de dientes favorita de canela orgánica porque
su pasta de menta me hace vomitar.

Y me dice que a él también le gusto.

Pero siempre es eso.

—Me gustas, Aidy —dice habitualmente—. Eres diferente.

Trato de no pensar sobre su amor por la chica del diario comparado su lujuria por
mí. Para todos propósitos e intenciones, tal vez él no escribió esas cosas después de
todo. Es posible que esté equivocada. Y es posible que esté leyendo demasiado en las
cosas. Hace unas noches, estábamos tumbados en la cama, y casi saqué a colación el
diario de nuevo. Estaba en la punta de mi lengua. Entonces respiré su aroma y besé sus
labios llenos mientras él enterraba sus dedos en mi cabello, y recordé lo feliz que estaba
y lo mágico que todo es, y no quería tíralo todo por encima de algo que él
probablemente negaría de todos modos.

El día que Ace me diga que me ama, si me dice que me ama, moriré e iré directo al
cielo, como uno de esos personajes de dibujos animados tumbados en el suelo con un
ramo de flores en sus manos mientras su espíritu fantasmal se eleva por encima de
ellos.

—¿Qué trajiste? —pregunta, su mano en la parte baja de mi espalda mientras nos


dirigimos arriba.

—Tu favorito —digo—, pizza de carne de res de Chauncey.

—Dios, te amo —dice, sus manos hundiéndose en mis caderas cuando se inclina y
besa el lugar justo al lado de mi oído izquierdo.

Mi corazón vibra y luego de hunde como una piedra. Él realmente no quiere decir
que me ama. Solo le encanta que le traje su comida favorita.

Ignoro eso, en lugar eligiendo deleitarme en la sensación de su mano arrastrándose


por la parte posterior de mi muslo justo antes de llegar al último escalón. Una sonrisa
astuta se desliza por mi rostro.

—Está bien, bueno, disfruta tu pizza —digo—, tan pronto como termines, sabes
dónde encontrarme… desnuda… en tu cama.

Lanzo la caja en la isla y patina a través. Tirando de mi blusa para revelar el sostén
de encaje negro que compré especialmente para él esta mañana, tiro mi camisa hacia él
y tranquilamente camino por el pasillo. Prácticamente sintiendo sus ojos en mi culo, sé
que es solo cuestión de tiempo antes que él tome la decisión correcta, y sonrío a mí
misma.

—A la mierda la pizza —gruñe, un preludio de las pisadas decididas de sus pasos.


Cuando sus manos se envuelven alrededor de mi cintura por detrás, sonrió aún más.

Ace me ama más que su pizza favorita.

Eso tiene que contar para algo.


***

Pensé en dejarlo dormir el sábado por la mañana y salir poco después que saliera
el sol. Pero se veía tan malditamente caliente allí, medio desnudo y en paz. Le robé un
beso, arrastré mi mano por su pecho cincelado, y luego le susurre al oído. Haciéndole
saber que me estaba yendo y lo encontraría más tarde. Después de eso, tomé el tren a
casa, me duché, y me dirigí a un día completo de citas.

Al mediodía, Ace me había enviado un mensaje de texto, preguntándome que


estaba haciendo esa noche.

Si no lo supiera bien, a veces pensaría que él estaba más obsesionado conmigo que
yo con él.

Y sin embargo aún me mantiene a distancia, y en muchas maneras aun me siento


como que difícilmente lo conozco. Sé que se genial en la cama, es atlético y mandón.
No se queda por nada. Nunca. Es callado más de lo que habla, que es donde entro yo,
y le encanta la pizza y la cerveza. Tiene un agente llamado Lou, a quien todavía no
conozco, y hablé con uno de sus hermanos, Matteo, en el teléfono una vez cuando
estábamos acostados en la cama y el teléfono de Ace sonó. Él parecía agradable.

¿VENDRÁS?

Echo un vistazo a mi teléfono vibrando tan pronto como dejo a mi último cliente
del día. Son casi las cuatro. He estado corriendo por todo Manhattan desde las ocho de
la mañana, subsistiendo principalmente de café y un solo muffin del día, que uno de
mis clientes tan generosamente me ofreció. Estoy agotada.

Disparo uno de regreso: ESTOY HAMBRIENTA. ¿ME ALEMENTARÁS?

Responde en cuestión de segundos: ESTOY ASUMIENDO QUE QUIERES DECIR


COMIDA REAL PORQUE SIN DUDA NO ESTAS HAMBRIENTA DE SEXO.

Mis labios se curvas en las esquinas: COMO SEA. SIMPLEMENTE


ALIMENTAME. ALGO ME DICE QUE VOY A NECESITAR MI ENERGÍA ESTA
NOCHE.

Anoche tuvimos sexo dos veces. Seguidas. El hombre es una máquina, apenas
necesita descanso. Él dice que nunca ha sido así con nadie antes: solo yo.
Mis piernas duelen y mis zapatos cortan mis talones cuando camino. Más
adelante, un taxi amarillo está estacionado, así que lo agarro antes que nadie más, y
me lleva a la avenida Lexington.

***

—¿Eres mi novio? —pregunto cuando Ace responde la puerta el sábado por la


noche.

Sacude su cuello, dando un paso atrás, boca sonriendo. Mi pregunta lo divierte.

—¿Qué? —pregunta él.

—¿Estamos saliendo? ¿Soy tu novia? ¿Qué somos? —Coloco mi caja de maquillaje


al pie de los escalones interiores.

Ace coge mi mano y cierra la puerta detrás de mí. —¿De dónde ha salido esto?

—Simplemente estaba pensando en el camino aquí. Hemos estado pasando el rato


casi todos los días por un tiempo. Y vendrás a la boda de mi hermana la próxima
semana. No estoy durmiendo con nadie más, y me gustas mucho. Como, mucho,
mucho —digo—. ¿El sentimiento es mutuo o soy una de esas mujeres que compensan
excesivamente sus inseguridades haciendo suposiciones sobre el estado de la relación?

—Jesus, Aidy, no eres insegura —dice él, aspirando un largo suspiro y arrastrando
su pulgar por su labio inferior. Su boca se curva en una media sonrisa firma de Ace.

Quiero morderlo. Y luego quiero besarlo. Y luego quiero trepar su cuerpo de


Adonis como un gato sube uno de esos árboles irresistibles. Dios, viéndolo, mi cuerpo
se agita frenéticamente. Cada. Momento.

—Y no estás haciendo ninguna suposición —dice él—, me gustas también. Mucho,


mucho.

Sonrío.

—¿Quieres ser mi novia? —pregunta.

Asiento con la cabeza, envuelvo mis brazos alrededor de su cuello. —Claramente.

—Bien —dice—. Eres mi novia.


Lo beso. Duro. Más duro de lo que le he besado antes.

Me levanta, ingrávida en sus brazos. Llevándome por los escalones, lo beso una y
otra vez, mis manos acariciando su suave rostro. Me deslizo de él cuando llegamos a la
parte alta, mis dedos ávidamente tirando del dobladillo de su camiseta.

Lo quiero, y lo quiero ahora.

Me detiene, colocando sus manos en las mías. —Tengo provisiones siendo


entregadas en cualquier momento. Pensé que haríamos de cenar esta noche y luego tal
vez podríamos salir y ver esa película que has estado esperando ver. Aquella con Ryan
Gosling y esa chica de esa otra película con ese tipo…

—¿De verdad? —grito, haciendo un ligero salto—. ¿Las veras conmigo? Dios,
realmente somos novio y novia ahora.

Él sonríe. —Como sea, acabo de volver del gimnasio hace poco, voy a tomar una
ducha rápido.

—¿En serio? —suspiro. No es justo que un hombre pueda ir al gimnasio y volver


oliendo como la testosterona y feromonas y el buen tipo de sudor, y una mujer sale del
gimnasio caminando a casa en una burbuja de tres pies de hedor a gimnasio y rezando
no encontrarse a nadie que conozca en el camino—. Podría comerte vivo, hueles tan
bien. No es justo.

—Siéntete como en casa —dice, inclinándose para besar mi frente.

—Siempre lo hago.

Ace desaparece por el pasillo, y me acurruco en su sofá, moviéndome a través de


los canales en su televisión y esperando poder encontrar el último maratón de Real
Housewives of Whatever porque estoy tan atrasada.

Anotación.

Encontré uno.

Me instalo, viendo a dos mujeres peleando. No estoy cien por ciento segura, pero
creo que una de ellas hablo con la hija de la otra a sus espaldas y una está molesta
sobre ello y ¿acusando a la otra de manipular a la hija para que no le agrade su
prometido? ¿Y todo sucedió en la víspera de Año Nuevo en St. Barths?
Algo así de todos modos.

Dios, necesito palomitas de maíz para esto.

Un comercial aparece en la pantalla, y mi volátil atención similar a una mosca


disminuye. Me encuentro centrada en las fotos que alinean en la repisa de la chimenea
de Ace. Levantándome, me acerco, examinando cada uno como un detective tratando
de descubrir pistas. No veo a una sola mujer en ninguna de estas fotos, además de una
señora mayor de mediana edad con el cabello negro jaspe flanqueada por un montón
de hombres jóvenes y audaces. La mujer, quien claramente es su madre, lleva una
sonrisa orgullosa, y el hijo de pie a su izquierda, Ace, tiene su brazo envuelto alrededor
de sus hombros.

El programa regresa, y me instalo de nuevo en la cálida hendidura esperándome


en el cojín del sofá cuando el débil tono del timbre interrumpe la lucha que está a
punto de estallar en la pantalla.

No escucho la ducha corriendo, así que creo Ace esta fuera, pero dudo que sea
apropiado aún, así que salgo y subo las escaleras para conseguir los comestibles.

—Un momento —grito, tomando dos escalones a la vez y casi tropezando con mi
estuche de maquillaje, que olvide que había dejado en el fondo del rellano.

Tirando la puerta abierta, espero ser encontrada por un hombre en uniforme de la


tienda de comestibles cargando varias bolsas de comida.

En cambio es una mujer.

Cabello de color del ónix.

Ojos como violetas salvajes.

—¿Quién eres tú? —pregunta ella, con una ceja arqueada.

Estoy de pie ante ella, paralizada, incapaz de hablar

El golpeteo de los pies de Ace bajando las escaleras detrás de mí casi ahoga el
golpeteo de mi corazón en mis oídos.

—Kerenza —dice Ace—. ¿Qué estás haciendo aquí?

¿Kerenza?
Es ella.

Es “K”.

Tenía razón. Tenía razón todo el tiempo.

La mujer con ojos color violeta mirándome fijamente, su mirada fría e incrédula.
Me mira como si yo no perteneciera aquí, como si no esperaba verme y ella quiere que
me vaya. Sé que las mujeres pueden volverse territoriales a veces, como yippy el
pequeño inofensivo chihuahua, pero esta mujer me mira como si ella podría ser todo lo
contrario a inofensiva.

Ella parece cruel.

Hermosa y feroz, pero cruel sin embargo.

—Alessio —dice ella, alisando una mano manicurada por una blusa de seda:
blanca con diminutos lunares negros.

Sus uñas son rojas; el color de los corazones rotos.

—¿Por qué estás aquí? —Escucho el coraje en su voz, y si miro hacia él en este
momento, estoy segura que vería una apretón en su suave mandíbula.

Mis ojos están centrados en Kerenza. Ella fácilmente es una de las mujeres más
atractivas que he visto en mi vida, y eso dice mucho, porque dado mi línea de trabajo,
he visto más de ellas que la persona promedio.

Alta y esbelta, todo lo que la rodea es refinado, incluso la manera que desliza su
largo cabello negro sobre un hombro. Su delicada muñeca sostiene un minúsculo reloj
de oro incrustado de diamantes, y su cintura se reduce a un punto angosto antes de
florecer a las caderas curvadas femeninas que harían a Marilyn Monroe verde de
envidia.

—No eres bienvenida aquí —dice Ace, su voz resuena en el pequeño vestíbulo que
compartimos—. Necesitas irte. Ahora.

—Estaba esperando que pudiéramos hablar. —Kerenza intenta sonreír, sus ojos
buscando los de él. De repente me he convertido en algo secundario para ella—. Yo…
te vi en televisión. Leí tu entrevista en el Times. Me alegra que estés haciéndolo mejor.
Pensé que tal vez sería importante si nosotros…
—¿Qué, simplemente porque lo elegiste a él y él te dejó, quieres volver
arrastrándote? —escupe Ace sus palabras hacia ella, y cuando lo miro, veo su
expresión dura y su mirada azul verdosa parpadea intensamente.

Los labios carmesí de Kerenza forman una fugaz sonrisa. —No estoy
arrastrándome, Alessio. Tuvimos algo. Algo real. Y la forma en que las cosas
terminaron… hay un montón de cabos sueltos que necesitan ser atados.

Ace se burla, y luego me mira, su expresión suavizada cuando nuestros ojos se


encuentran.

—Tuviste tu oportunidad. Hiciste tu elección —le dice a ella, su mano moviéndose


hacia la parte baja de mi espalda y sus dedos enganchándose alrededor de mi cadera.

—Espera —dice ella, sosteniendo una mano delicada en el aire mientras él golpea
la puerta en su rostro.

—Joder —la voz de Ace es un rugido profundo que hace eco en las paredes en el
pequeño rellano y envía un temblor a través de mi cuerpo. Salto hacia atrás,
sorprendida. Su mandíbula está apretada, y hay una vena abultada en su frente que
nunca había visto en él antes. Toma un puño cerrado, conduciéndolo hacia la pared
delante de él, deteniéndose antes de estrellarlo. Y luego se vuelve hacia mí, sin aliento,
ojos pidiendo perdón—. Lo siento, Aidy.

—Era ella, ¿no? —pregunto—. Ella la que te hizo esto. No fue el accidente o la
pérdida de tu carrera. Fue ella todo el tiempo.

—Fue un poco de todo. —Sus palabras son cuidadosas, pero su tono es derrotado,
sin hacer nada para evitar que mi corazón se rompa en un millón de pedazos.

Estábamos teniendo una velada encantadora, y él no esperaba verla. Puedo ser


comprensiva con eso.

Pero quiero la verdad de él de una vez por todas, así que voy a preguntar las
preguntas difíciles.

Y voy a exigir respuestas.

—El diario era tuyo. Lo sabias todo el tiempo. Admítelo —digo, brazos cruzados.
Mi mente pasa a través de extractos memorizados del diario. Todo encaja. Todo
coincide perfectamente—. No me importa lo que fue, simplemente no quiero que me
mientan.
—No —dice él, volviéndose hacia mí, sus ojos oscuros—. Te lo dije. No era mío.
Nunca lo había visto antes en mi vida.

—Eres un mentiroso. —Mi acusación nos sacude a ambos, y retrocedo un paso,


cubriendo mis labios con mis dedos temblorosos.

La cabeza de Ace se inclina a un lado, sus cejas fruncidas lo suficiente para causar
una profunda línea entre ellas.

—¿Por qué mentiría? —pregunta, en voz baja. Esta hirviendo, sus hombros
elevándose y cayendo como algún animal malhumorado.

—¿No lo sé? —Me encogí de hombros—. Porque hay algunas cosas realmente
personales en ese diario. El tipo de cosas que las personas no les dicen a otras
personas. Eres una persona privada, Ace. He sabido eso desde el primer día. No dejas
entrar a nadie. Ni siquiera a mí la mayor parte del tiempo, y hemos estado pasando el
rato casi todos los día durante semanas y semanas. Y ahora veo porque has estado
amurallado. Es por ella.

Quiero que discuta conmigo. Quiero que me diga que estoy equivocada y que
estoy siendo ridícula y que no sé de qué estoy hablando.

Pero él no dice nada.

Mis ojos arden, rebosantes de lágrimas saladas.

Normalmente no soy una de esas chicas, el tipo que llora una gota sobre cada
pequeña dificultad que se les presenta. No soy una de esas chicas que tienen a hacer
producciones dramáticas sobre todo. No soy una de esas chicas que tienen un hábito
de probar a su novio, empujándole lejos para ver cuán duro la traerá de vuelta.

Pero estoy desesperada aquí. Estoy respirando por pajitas. La realidad de las
últimas semanas está deslizándose entre mis dedos como arena, y todo lo que pensaba
que teníamos se siente que está desintegrándose ante mis propios ojos.

—Tal vez —dice—, pero no de la manera que piensas.

Ahí lo tenemos.

La verdad.

Él está conteniéndose debido a ella.


Eso es todo lo que necesito escuchar. No hay explicación necesaria. Antes de decir
otra palabra, subo las escaleras, agrando mi bolso y mis zapatos.

—¿A dónde vas? —Me sigue.

—Ahórratelo.

—¿Qué? ¿Por qué? —se burla Ace, lanzando sus manos en el aire antes de
correrlas a través de su cabello húmedo, tirando puñados mientras él gruñe—. Aidy,
no hagas esto. No es lo que piensas. Ya no estoy enamorada de ella. Y ese jodido diario
no es mío.

Mi mandíbula se suelta cuando nuestros ojos se encuentran. Él todavía está


mintiendo. Está mintiendo en mi cara.

—No puedo estar con alguien que ni siquiera puede ser honesto consigo mismo.
—Lo enfrento en lo alto de las escaleras. Mi labio inferior se estremece—. Sabes, cada
vez que traté de preguntarte sobre tu pasado, me callaste. ¿Y cuándo pregunte por tu
familia? ¿Tus hermanos? No hablaste sobre ellos. Todo tiene sentido ahora. No puede
hablar de ellos, o tu pasado, sin pensar en ella.

Él no discute.

Las últimas semanas parpadean ante mis ojos. Mi pecho esta tan pesado que no
puedo respirar. Nunca quise encariñarme de él. Nunca quise ser correspondida.
Simplemente estábamos divirtiéndonos, y luego él tuvo que mirarme de la manera que
lo hace y besarme de la manera que no hace y tocarme, quererme y necesitarme como él
lo hace.

O así lo pensé.

—Aidy. —Sus manos enganchan sus caderas, y sopla un suspiro exhausto más allá
de sus labios, mirada cansada fija en la mía.

Lo miro a través de los ojos llorosos, todas sus líneas y bordes borrosos juntos
hasta que no puedo distinguir sus labios llenos que solía besar o los brazos cincelados
que me acunaban como si no tuviera peso.

—¿Quieres saber lo que paso? Bien. Otro hombre y yo estábamos enamorados de


la misma mujer —dice él—. Mierda pasó. Ella lo eligió. La vida siguió. Fin.
Sacudiendo mi cabeza y mirando hacia abajo, mordí mi labio para no decir algo
que voy a lamentar. Todas esas divagaciones, aquellas entradas del diario declarando
devoción inquebrantable a Kerenza parpadean en mi mente.

¿Si él puede resumir todo lo que pasó con “la vida siguió” porque piensa que es lo
que quiero escuchar?

¿Por qué piensa que eso me hará quedarme?

Entonces realmente él es cruel18.

Me marcho, corriendo por las escaleras como una recreación dramática de


Cenicienta, pero no me importa. No quiero que me vea desmoronarme. Agarrando mi
estuche de maquillaje en la parte inferior del rellano, abro la puerta y camino, ego
destrozado, corazón roto, y todo, hasta la parada del metro más cercana.

***

Nunca he estado más agradecida de volver a casa a un apartamento silencioso de


lo que estoy ahora. Desde que Wren se enteró que está embarazada, ha estado pasando
más tiempo en casa de Chauncey, y como su boda está a la vuelta de la esquina, ella ya
ha empezado a mover sus cosas gradualmente allí. Enzo también.

Él apartamento esta oscuro, excepto por la luz bajo el microondas. Coloco mis
cosas por la puerta y me arrastro hacia mi habitación. Me extendí a través de la cama,
boca abajo, y doblo una almohada debajo de mi barbilla, mirando fijamente ese
maldito diario.

Exhalo con fuerza, lo alcanzo, hojeando las páginas como si estuviera buscado
alguna pista apremiante.

Ella apareció en mi puerta anoche, mejillas manchadas de máscara para pestañas, lápiz de
labios manchados, chaqueta espolvoreada en copos de nieve gruesos. Era un hermoso lío de mujer,
y la saque de la calle, llevándola a la chimenea, sus dedos apretados detrás de mí cuello
aferrándose a su vida.

Se derrumbó, llorando, yendo sobre como él no la entiende en la forma que lo hago yo. No la
escucha. Nunca se ha sentido más sola que cuando está en casa, con él. Él la ama demasiado, dice
ella. Le hace imposible dejarlo porque esta aterrorizada que nadie la ame la mitad de lo que él lo
hace.

18
En ingles Heartless.
Ella dijo que él era su primer amor.

Le dije que ella era el mío.

Que la amaba desde que éramos niños.

Se derrumbó en mis brazos, la parte superior de su cabeza se metió debajo de mi barbilla y su


mejilla presionaba contra mi pecho.

Y luego me dijo que si podría hacerlo todo de nuevo, me habría elegido primero.

No a él.

Le dije que no era demasiado tarde. Todavía podía elegirme.

No estaba de acuerdo.

Ella dijo que la primera vez que das a alguien tu corazón, es suyo para mantenerlo.

Por siempre.

Pero me niego a dejarle que eso me disuada.

No me detendrá hasta que ella sea mía porque soy lo suficientemente terco para creer que
algún día pronto, ella será mía. Completamente.

Ella no se ha dado cuenta todavía.


Traducido por Mariela

Corregido por Dionne

Ace

A
idy no ha contestado mis mensajes de texto.

O mis llamadas.

Han sido dos días.

Pensé que ella necesitaba tiempo para enfriarse y que estaría de regreso aquí,
tocando el timbre de mi puerta, saltando a mis brazos, riendo de cuan ridícula se veía
aquí irrumpiendo el domingo como alguien auto correcto prima donna.

Tal vez debería haber ido tras ella.

Tal vez debí haber explicado todo…

Pero no era así de fácil. Nunca he hablado con nadie sobre Kerenza. Acerca de lo
que sucedió. O como me cambió desde dentro.

Estoy sentado en mi silla favorita, sentado en la oscuridad de la sala, escuchando a


la fuente de sinfonía del tráfico de la ciudad afuera de mis ventanas. Los últimos dos
días han sido una escala de grises y sin sentido.

La extraño.

Y jodidamente la necesito.

Debí haberme abierto más. Debí haberle dicho todo a ella. No debí haberla hecho
callar cuando preguntó por mis hermanos. No debí haber cambiado de tema cuando
preguntó si alguna vez había estado enamorado.
Muchas noches, la pasamos acostados despiertos en la cama, mirando al techo, su
mano en mi pecho y mis manos enredadas en su cabello. Ella divagaría sobre cualquier
cosa y todo, y yo solo escucharía. Le dejaba hacer todo el abrirse, esperando que no lo
notase.

Masajeando mis sienes, exhalo. Estoy exhausto, mentalmente, de tanto pensar.


Estoy exhausto, físicamente, porque apenas he dormido en estas últimas dos noches.

Todo este tiempo tuve miedo. ¿Miedo a abrirme a ella y dejarla entrar por lo que
pasó la última vez que lo hice? ¿La última vez que desnudé mi alma a una mujer quien
sostenía mi corazón entre sus dientes? No terminó bien.

Amaba tanto a Kerenza. Demasiado duro. Me aferré a ella tan fuertemente que
fue literalmente y figurativamente casi la muerte para mí. ¿Y si perder a Kerenza fue
casi la muerte en casi la mayoría del sentido literal? ¿Cómo se sentirá perder a Aidy?

Como un cobarde, dejé que el miedo tomara el mando porque estaba tan
convencido que amarla demasiado la alejaría.

¿Pero esta vez? ¿Al final? La perdí de todas formas.

Levantándome de la crujiente silla de piel, tomo una bocanada de aire rancio y


agarro mis zapatos deportivos. No estoy seguro si ella esté en casa. No estoy seguro de
donde este ella o si siquiera me hable desde que no ha devuelto mis llamadas, pero
estoy seguro como el infierno que no me voy a quedar sentado sintiendo pena por mí
mismo.

Es momento de contarle todo.

No me voy a guardar nada.

Le voy a contar sobre mis arrepentimientos.

Cuanto lo siento.

Cuanto me ha cambiado ella.

Como ya no soy el hombre que solía ser: soy mejor.

Y todo por ella.

Y ella necesita escucharlo.


Y cuando la tenga; si la tengo… también le diré lo que siento por ella. Le diré
como el sábado en la mañana, cuando subió sobre la cama y me dio el beso de
despedida, la miré a través de mis ojos entrecerrados mientras se cambiaba a su ropa,
tratando tanto de mantenerme quieto para poder volverme a dormir mientras ella se
iba a trabajar. Y le diré como era en ese entonces, en ese momento, cayendo en la
conciencia de que me estaba enamorando de ella.

No soy del tipo de hombre que habla a la ligera o que entra y sale de un
enamoramiento. Kerenza es la única otra mujer a la que le he dicho esas palabras, y
desde que eso ya no suena a verdad, y en lo que a ella respecta, me he dado cuenta que
es posible amar nuevamente.

Y amar tan fuerte como antes, si no es que más.

Golpeando la acera, meto mis manos en los bolsillos de mis pantalones vaqueros y
enumero todas las cosas que le voy a decir a Aidy en cuanto la vea.
Traducido por Lili-ana

Corregido por Dionne

Aidy

h, Wren, es hermoso. —Levanto mis manos a mi boca cuando Wren

—O sale del vestidor de Blush Bridal en la avenida Madison el viernes por


la mañana. Hace dos semanas, ella pasó por esta tienda y se detuvo a
probar un traje que descubrió en un maniquí en la ventana. Fue totalmente en un
capricho y terminó siendo el vestido perfecto para ella.

—¿Puedes decirlo? —Wren suaviza su mano sobre su diminuto bulto.

Este es su último ajuste, y estamos aquí para que pueda probarlo antes de que se lo
lleve de la boutique. Todos estamos rezando para que encaje porque ya ha sido
alterado dos veces, y su gran día es mañana.

Bueno, no es exactamente un gran día, per se19. Wren y Chauncey se casarán en el


ayuntamiento conmigo como su testigo, y luego nos reuniremos todos en Luciana’s en
la Quinta con un pequeño grupo de amigos y familiares.

—Sinceramente, parece como que comiste un montón de tacos antes de venir —


dice Topaz, levantando la vista de su teléfono.

Wren ríe. —¿Por qué tacos?

—Um, ¿Por qué no tacos? —responde ella, como si la respuesta fuera obvia.

—Realmente no puedes decirlo —digo.

—Me estoy mostrando mucho antes que con Enzo. —Inclina la cabeza Wren,
examinando su reflejo desde todos los ángulos frente a un espejo triplicado—. Mañana
estaré de catorce semanas.

19
Expresión latina que significa ‘por sí mismo’ o ‘en sí mismo’.
—¿Cómo está tomando todo la mamá de Chauncey? —pregunto.

—Bien —dice Wren—. Su excitación está sobreponiendo a todo lo demás en este


momento, así que no se ha asustado acerca de nosotros lanzando la tradición por la
ventana y haciendo todo fuera de secuencia.

—Bueno —dice Topaz—. La tradición es para los débiles.

El vestido de Wren tiene una ligera cintura imperio y pequeñas mangas de encaje.
Lleva un pequeño velo atado a un sombrero de estilo Jackie O, y cubrirá la mitad de su
rostro, deteniéndose justo debajo de su nariz.

—Vas a lucir tan chic y clásica. —Suspiro—. Necesitas un labial rojo, un moño y
estas perfecta.

Wren me da un pulgar arriba mientras la asistente tira y recoge la tela en sus


manos, comprobando las medidas y tirando de las áreas seleccionadas en su lugar.

—¿Qué tipo de flores vas a tener? —pregunta Topaz.

—Rosas —dice Wren—. Rojo clásico.

—Me encanta. —Topaz sonríe a su teléfono, disparando un texto.

—¿A quién estás enviando mensajes de texto? —le pregunto.

—Oh —levanta la vista Topaz, su mirada moviéndose entre Wren y yo—. Solo
este tipo que conocí la semana pasada.

Mi ceja izquierda se levanta un poco. —¿Por qué no me has hablado sobre él aún?
¿Cuál es su nombre? ¿Cómo lo conociste?

Ella descansa su teléfono en su regazo, suspirando. —Lo conocí en una sesión de


fotos y su nombre es Gianluca. Y no te lo había dicho aún porque pensé que era una
cosa de una sola vez, pero él ha estado volando mi teléfono toda la semana queriendo
volver a verme.

—Déjame adivinar, está asustada y está alejándote porque él está demasiado


disponible —digo.

Topaz asiente con la cabeza, boca formando una línea recta. —Bastante.
—¿Tienes una foto? —pregunta Wren.

—Solo busca en Google “Gianluca”. Él es este fotógrafo de moda de clase mundial


—dice Topaz—. Es un verdadero hombre del renacimiento. Toca la guitarra. Escribe
poesía. Incluso fabrica estas pequeñas películas borrosas de ocho milímetros en su
tiempo libre. El hombre viaja por todo el mundo y conoce Europa Occidental como el
dorso de su mano.

—¿Lo traerá a la recepción el sábado? —pregunta Wren

Topaz se congela por un momento. —No estaba planeando traer a un invitado.

—Puedes —dice Wren—. Y deberías. Él suena interesante.

—Me siento mal. —Me mira directamente Topaz—. Aidy no trae a nadie.
Nosotras íbamos ser la cita de la otra.

—Está bien —digo—. Realmente. Deberías traerlo si quieres traerlo.

No he visto a Ace en cinco días, y sé que no es mucho tiempo, pero se siente como
una eternidad. Él exploto mi teléfono del domingo al lunes, y el martes tome de último
minuto un vuelo nocturno a Los Ángeles todo lo que tomo fue solo una llamada de
teléfono, y un amigo de un amigo preparando algún trabajo para mi ahí afuera.
Algunos programas de Netflix comienzan el próximo mes y duran seis semanas, y su
artista de maquillaje se retiró en el último minuto. Mi amigo deliraba sobre mí y los
productores querían ver mi trabajo en persona, así que subí en el siguiente vuelo y
regrese al siguiente día, oferta de trabajo en mano.

Cuando desempaqué mis cosas esa noche, me di cuenta que me teléfono había
estado en silencio desde el lunes. O Ace me estaba dando espacio o me estaba dejando
ir. De cualquier manera, había algo pesado y firme en el silencio, y si escuchaba lo
suficiente, estaba bastante segura que podía escuchar el sonido de no uno sino dos
corazones rompiéndose.

Tenía mucho sentido si él estaba dejándome ir. He leído el diario que encontré a
los pies de su puerta. Vi lo mucho que ese hombre amaba a la chica con los ojos
violeta. Ella apareció en su puerta, y vi la forma que él reaccionó. Seguro, él le dijo que
se fuera, y se enojó, pero la raíz de la ira casi siempre es amor.

No reaccionas de esa manera si todavía no te preocupas por alguien. Simplemente


la imagen de Kerenza le hizo casi golpear una pared.
Pienso sobre ese instante, y el momento que siguió cunado no pude salir de allí lo
suficientemente rápido. A veces me pregunto qué hubiera pasado si me hubiera
quedado. Y luego me digo que siempre sería el segundo plato por el resto de mi vida,
viviendo en la sombra de la mujer que Ace siempre amará un poco más que cualquier
otra.

—Ni siquiera sé si él querrá ir. Simplemente me conoció. Él podría pensar que


estoy loca pidiéndole ser mi cita a la recepción de la boda de una amiga. —La mirada
de Topaz se afila en la pantalla iluminada de su teléfono una vez más. Ella pelea una
sonrisa, disparando otro texto.

—Si está enviándote tal cantidad mensajes, él está obsesionado —dice Wren—. Él
totalmente irá.

Topaz entorna sus ojos, gimiendo. —Bien. Le preguntaré. Solo prométeme que
ambas no me avergonzarán. Él es muy, muy genial, y todo lo que puedo pensar es la
última vez que traje a un tipo, y tú y Wren se emborracharon y comenzaron a
enseñarle fotos en su teléfono de cuando tuve ese corte realmente horrible de duende y
pasé por esa fase de lápiz labial negro. Nunca escuché de él de nuevo después de eso, y
la verdad es que este me gusta.

—Por suerte, estaré pegándome a la sidra espumosa este fin de semana, así que…
—Se tapa el vientre Wren, antes de volverse hacia mí—. Aidy estas muy callada allí.
¿Está bien?

—Sip, simplemente pensado sobre el próximo mes —miento—. Él gran paso.

—Ugh, estoy tan celosa. —Topaz cruza las piernas y se gira hacia mí—. No tienes
ni idea de lo afortunada que eres de vivir en Los Ángeles por seis semanas. Deberías
llevarme contigo porque realmente podría usar un cambio de escenario. Puedo
negociar en el edificio de Chrysler muchas palmeras, y ni siquiera lo pensaré dos veces.
Estaríamos de regreso a tiempo para el día de Acción de Gracias, también. Dios sabe
que no puedo perderme el desfile de Macy’s.

Froto mis labios, y tomo una respiración profunda. —No sé si regresaré.

—¿Qué? —El rostro de Topaz se arruga—. Sé que hablaste de mudarte, pero


nunca pensé que hablabas en serio.

Encogiéndome de hombros, digo—: Quiero construir Glam2Go en la costa oeste,


y con esto aún en pañales, no quiero delegar eso a alguien más. Y hay más trabajo al
oeste que aquí, todas sabemos eso.
—Sí, pero… —Los hombros de Topaz se hunden—. Todo está pasando tan
rápido.

Echo un vistazo a Wren. —Puedes culpar a la Mirta fértil por eso.

—Oye. —Dispara una mirada afilada Wren en mi dirección.

—¿Estas contenta con el ajuste? —le pregunta la asistente a mi hermana. Ella


asiente con la cabeza, y la mujer le ayuda a regresar detrás de las cortinas de seda del
vestidor.

—¿Estas segura, que está bien que traiga una cita? —pregunta Topaz, cogiendo mi
mano. Almorzamos juntas el lunes pasado, y pase totalmente desahogándome,
conteniendo las lágrimas, y justificando mis acciones mientras ella me daba alguna
rara y total atención. Ella sabe el estado en que mi corazón está ahora.

—Sí —digo con un poco más de fuerza que la última vez—. Hazlo. Tráelo.

Topaz exhala, su mirada de endurece. —Deberías llamarle.

—¿Qué? No. —No escondo mi disgusto. Ya hemos hablado de esto. Y ella estuvo
de acuerdo. Él obviamente aún está enamorado de Kerenza. No la ha dejado ir
todavía.

Y él mintió.

Es más fácil de esta manera, de cualquier forma. Estoy mudándome. Esto hace las
cosas mucho menos complicadas. Además, no era nada más que una aventura de
verano glorificado, y las aventuras de verano no están destinadas a durar.

Al menos eso es lo que me he estado diciéndome toda la semana.

Mi estómago se retuerce, como lo ha estado haciendo toda la semana cada vez que
pienso en él. Ha habido una pesadez en mi pecho, y parece que cada dos horas me
encuentro al borde de las lágrimas sobre las cosas más triviales, como no ser capaz de
sacar la tapa del tarro de mantequilla de maní o accidentalmente tirar un tarro nuevo
de polvo marca de Laura Mercier.

La verdad del asunto es que no he sido yo misma toda la semana. No hay


efervescencia en mí. No estoy sonriendo o siendo optimista.
El hecho del asunto es, leí el diario, encontré al hombre, obtuve mis respuestas, y
para bien o para mal, estoy cambiando para siempre por esta experiencia.

Incluso tire el diario ayer, que era el día de la basura. Esa cosa se ha ido, enterrada
en una pila de basura en algún vertedero en alguna parte.

Para siempre.

Y me niego a detenerme más.

Las personas caen dentro y fuera del amor todos los días.

Promesas se hacen.

Los corazones se rompen.

La vida continúa. Ace se lo dijo a sí mismo.

—¿Están listas? —Emerge Wren del vestidor, su vestido envuelto en plástico y


colgando detrás de su hombro—. Estoy hambrienta. ¿Dónde estamos comiendo?

La vida, definitivamente, continúa.

Pero eso no me impide extrañarlo tanto que mi pecho duele.


Traducido por Lili-ana

Corregido por Dionne

Ace

S
eis días.

Hace seis días, la sostuve en mis brazos por última vez.

Si hubiera sabido que iba a ser la última vez, tal vez la habría
sostenido un poco más apretado, un poco más de tiempo.

Soy un desastre.

No he tenido una comida apropiada en días.

Mi rostro está cubierto en una espesa capa de vello facial.

Y no estoy orgulloso de admitir que he estado viendo los tutoriales de maquillaje


de Aidy en Instagram, porque extraño el sonido de su risa, la forma en que su sonrisa
ilumina su rostro. La forma que gira sus ojos a sí misma y asoma su lengua cuando
tropieza con sus palabras.

Hoy es la boda de Wren y Chauncey en el ayuntamiento, y esta noche es su


recepción. Se suponía iría como la cita de Aidy. Se suponía que celebraríamos juntos.
No soy gran fanático de las bodas, pero estaba emocionado de ir allí, estar con ella,
porque por alguna razón completamente loca eso me superó, no puedo obtener
suficiente de esta mujer.

Me han dicho antes que soy demasiado intenso.

Que amo demasiado.

Que me niego a dejar ir.


Y durante mucho tiempo, estaba convencido que era mi más grande fracaso. Me
entrené para dejar ir. Retirarme. Pero algo me dice que voy a hacer todo esto mal con
Aidy.

Ella es una pluma.

Y necesita una roca.

Despegándome del sofá, aspiro una respiración profunda y me dirijo a la ducha.

Tengo que verla esta noche.

Tengo que recuperarla.

***

Mi rostro está limpio, y miro a mi sombrío reflejo mientras estiro mi corbata.


Apareciendo en la cena de Wren puede ser de mal gusto, pero no estoy seguro cuando
veré a Aidy de nuevo. Ella no ha tomado mis llamadas o mensajes. No respondió a la
puerta cuando me detuve el lunes. O el martes. Ella necesita escucharme, y en este
punto, creo que no tengo nada que perder porque ya lo he perdido todo.

Me doy una última mirada y me dirijo bajando las escaleras a la puerta principal,
mi corazón casi deteniéndose cuando veo el contorno de una figura sombría en el otro
lado. Por una fracción de segundo, creo que es Aidy, viniendo a buscarme. Me
imagino que abriré la puerta y ella no perderá el tiempo diciéndome que me ha
extrañado toda la semana y que debemos detener esta tontería. Puedo prácticamente
sentir la suavidad de su mano deslizándose en la mía, y puedo casi probar su brillo de
labios de cereza en mi lengua.

Solo cuanto más me acerco, más me doy cuenta que la figura sombría al otro lado
es mucho más alta que Aidy y mucho más sedosa. Miro cuando ella alcanza el timbre
de la puerta, y luego abro la puerta, sorprendiéndola.

—Alessio. Me has asustado. —Kerenza coloca su mano en su pecho, que ahora


tiene que ser una cavidad vacía porque esta mujer ha demostrado ser de sangre fría y
nulo de un corazón humano real y latiendo.

No me disculpo.

Nunca me disculparé con Kerenza. Por nada.


Lo peor que le he hecho a esta mujer fue amarla tan malditamente que la envió
directamente a los brazos de mi maldito mejor amigo, de todas las personas.

—Vete. —Mis fosas nasales se ensanchan, y mi mandíbula se aprieta. Forzó a la


puerta cerrarse, solo se atora cuando Kerenza coloca su pie inclinado en el camino.

—Antes de decir otra palabra —comienza Kerenza—. Simplemente he venido a


pedir cinco minutos de tu tiempo.

Mofándome, doblo mis brazos. —Voy a ir algún lugar. No tengo… tiempo… para
ti o tus jodidos juegos.

—Lo entiendo —dice ella, sus salvajes ojos violetas llorosos—. Tiene todo el
derecho de odiarme. No estoy aquí para discutir eso.

—Entonces, ¿por qué coño estas aquí?

Miro a los ojos de la mujer que una vez me rogo por un anillo de compromiso
porque no podía irse más de un minuto sin llevar mi apellido. La mujer quien planeo
una hermosa boda elaborada, a mi costa, y luego me dejó en el altar como un jodido
tonto delante de cientos de amigos y familiares. La que huyo con mi mejor amigo de la
infancia; al que ella había estado follando en secreto por meses, o así que más tarde me
enteré.

Kerenza rompe en lágrimas, las cuales me había dado cuenta a lo largo de los años
que no eran más que una táctica manipuladora. Cada vez que ella quería atención o
simpatía por algún problema de su primer mundo, se derrumbaría en lágrimas,
colapsaría en mis brazos, y me rogaría abrazarla.

Si Kerenza fuera una actriz, tendría un maletín lleno de Oscars y Golden Globes.

Después de un rato, dejé de jugar en ello. Dejé de darle lo que ella quería y
comencé a conocer sus falsas lágrimas con la distancia con la esperanza que ella
aprendiera que no era la manera de conseguir lo que ella quería. Supongo que es
cuando ella comenzó a dirigir sus afectos hacia mi mejor amigo.

Ella no es más que una narcisista. Kerenza es egoísta y perversa, alguien quien
planea para controlar la vida de todos a su alrededor, doblando, persuadiendo hasta
que ella consigue precisamente lo que quiere, y luego se aleja con sus metas
convenciéndolos que todo lo que hicieron fue por su propia voluntad.
—¿Has cogido el diario? —pregunta, secándose las lágrimas con el dorso de su
mano—. Lo dejé en uno de los escalones hace un par de meses.

Arrastrando mi mano por mi rostro, doblo mi barbilla y arrastro una pesada


inhalación.

—Lo tomé de él después que rompimos —dice ella—. Yo… pensé que tal vez te
mostraría… simplemente… simplemente quería que supieras cuanto él me amaba.

—Por supuesto. Es todo acerca de ti.

—Y porque lo elegí sobre ti. —Me alcanza Kerenza, insensatamente esperándome


que necesita el consuelo de ella de todas las personas, y me alejo.

Mirándola con el ceño fruncido, escupí mis palabras—: ¿Por qué? ¿Por qué mierda
creerías que me importaría un año después?

Sus labios rojos forman una O, y sus cejas estrechas se encuentran. —Porque…
porque te desmoronaste después… después de todo lo que pasó. Quiero decir,
básicamente te convertiste en un recluso. Te destruiste, Alessio. Y me siento terrible
por eso. Estoy tratando enderezar este barco, estoy tratando de darte el cierre, porque
claramente lo necesitas.

Llevando una sonrisa incrédula, arrastro mi pulgar a través de mi labio inferior y


miro de cerca a la acera detrás de ella.

—¿De verdad? —pregunto— ¿De verdad, Kerenza?

Ella no dice nada, solo se pone de pie con la irrefutable confianza. Es curioso
como esas lágrimas de ella se secaron al segundo que se dio cuenta que no estaban
funcionando en mí.

—No me destruiste —digo— permíteme hacerlo extremadamente claro para ti.

Sus ojos se suavizan, como si yo hubiera herido sus sentimientos, lo cual es


bastante hilarante porque no estoy seguro que tenga alguno.

—Me dejaste el día de nuestra boda, frente a cuatrocientos treinta y dos invitados,
era maldito oro clásico. Quiero decir, en serio, ir a lo grande o ir a casa, ¿Verdad? ¿Y
luego averiguar que habías estado follando a mi mejor amigo a mis espaldas durante
meses? Eso fue la guinda del pastel de bodas de $15,000 que nunca tuvimos la
oportunidad de disfrutar. —Hablo con los dientes apretados—. ¿Pero mi rabia este año
pasado? ¿Mi amargura? Siempre ha sido dirigida a mí mismo.

Kerenza parece confundida, sus labios bailando y luego sellando.

—Nuca debería haberme metido en ese auto —digo, mandíbula tan apretada que
duele. Había alquilado un Austin Healey convertible 1957, color blanco con interiores
en color rojo. El auto fue idea de Kerenza después de que ella había visto una sesión de
fotos en alguna revista de bodas, y yo, siendo el ignorante imbécil que era, quería
hacerla feliz, darle la boda de sus sueños. Después de la recepción de nuestra boda,
íbamos a conducir, arrastrando las latas y uno de esos horribles letreros detrás de
nosotros “Recién casados”, saludando a nuestros amigos y familiares y besándonos
mientras montábamos sobre la colina más allá del lugar. Como lo habíamos planeado
desde que éramos niños. En lugar de eso, deje la iglesia, saque el maldito letrero de la
parte trasera del auto clásico, y salí a toda velocidad en dirección a Martha Vineyard
donde mi mejor amigo estaba quedándose durante el fin de semana de boda.

No estaba pesando claramente. Solo estaba viendo rojo.

En la fracción de segundo, había perdido al amor de la infancia.

Y un hombre al que había amado tanto como si fuera mi propio hermano de


sangre.

No iba a tomarlo de brazos cruzados, viendo a todos sentarse sintiendo lastima


por mí, escuchando a Zia Maria Teresa diciéndome que fuera solo a la luna de miel
porque eso realmente estaría pegándoles a ellos…

Tenía que verlos. Quería mirarle a sus ojos. Golpearlo contra la pared. Escupir en
su rostro. Sacar la mierda de él porque en ese momento, parecía una buena manera de
trasferir el dolor intenso que estaba corriendo a través de mi cuerpo.

Y luego, cuando él estaba tumbado en el duelo en una pila de su propia sangre y


vómito, mirando el jodido pedazo de mierda que él era, le iba a informar que estaba
muerto para mí.

Perder a Kerenza dolió como una perra.

Pero perder a mi mejor amigo, mi hermano, dolió cien veces peor.

Mis manos agarraron el volante con fuerza mientras corría a toda velocidad la
ventosa carretera de Provincetown que conducía a su casa. No estaba mirando mi
velocidad, aunque sabía que estaba volando, y antes que lo supiera, estaba literalmente
volando. El auto atrapó una curva cerrada en una carretera con la que no estaba
familiarizado, y cuando desperté, estaba acostado en una habitación de hospital
enganchado a máquinas, consumido por el peor dolor físico que había sentido en mi
vida.

Lo siguiente que supe, fue que mi madre gritaba frenéticamente en italiano y salía
corriendo a buscar al doctor, y en las veinticuatro horas que siguieron, me dijeron que
mi hombro derecho estaba destrozado en cinco lugares y más que probable, nunca
lanzaría una pelota de béisbol de nuevo.

—El año pasado —dije con cuidado—. No he estado de luto por ti, Kerenza. He
estado odiándome por entrar en ese auto, creyendo que ambos valían la pena en lo que
me estaba metiendo. Fuimos jodidamente los mejores amigos, él y yo. Más cercanos
que los hermanos. Y tú tomaste eso. Los dos lo hicieron. Juntos.

—Vez, por eso quería que leyeras el diario —dice ella, casi sonriendo—. Quería
que vieras que no fue fácil para mí. Él documentó todo. Su amor por mí era diferente
al tuyo. Tú me amabas demasiado, Alessio.

—Maldita sea. —Esto es lo que obtengo por discutir con una narcisista—. No
estas. Jodidamente Escuchando.

La cabeza de Kerenza se inclina, su lengua de desliza por la parte de sus labios.


Parece una cocker spaniel confundido, su cabello oscuro ondulado y suelto alrededor
de sus hombros. Solía pensar que era entrañable, y ahora difícilmente puedo soportar
mirarla.

—Alessio, solo quiero que sepas que lamento mi decisión todos los días —dice
ella—. Sabiendo que mis acciones causaron que tu vida se volteara al revés aún no lo
supero.

—Que considerada.

—Él representaba emoción y aventura. Era brillante y nuevo —dice ella, sus ojos
encendidos—. Viajaba por el mundo. Tú viajabas a estadios. Él me amaba con todo lo
que tenía, sin detenerse. Tu amor me aterrorizaba y me asombraba. Se sentía como
casa. Eras mi ancla, Alessio. Simplemente no quería estar atada. Al menos no en ese
momento.

Echo un vistazo a mi reloj. —¿Hemos acabado?


—¿Porqué? ¿Tienes algún lugar en el que necesitas estar? —se burla, como
insultada, no quiero estar aquí y dejar su cera poética sobre la maldita cosa buena que
una vez tuvo y como la jodió por ser una cruel bruja.

—Guárdatelo, Kerenza. Al final del día, nunca debería haberme metido en ese
auto. Nunca debería haber ido tras ustedes, ¿porque la verdad del asunto es que tú y
Gianluca? Era perfectos el uno para el otro. Absolu-jodida-mente perfectos.

La mandíbula de Kerenza cae y de pie, bloqueando mi puerta.

—Muévete —gruño.

Ella traga, parpadeando rápidamente y mirando pasar a una pareja en la acera. Se


vuelva hacia mí.

—¿Lo leíste? —pregunta ella—. El diario.

—Joder. No —digo, todo comenzando a tener sentido por una vez. No puedo
decir que culpo a Aidy ahora. He visto la forma en el Gianluca escribe, y sé que él
tiene una inclinación de la hipérbole y cualquiera que lo conoce sabe que él no quiere
decir la mitad de la cosas que dice. Él es muy parecido a Kerenza de esa forma.
Incluso sus ojos son tonos coincidentes de mierda—. Pero mi novia lo hizo, y al
parecer ella piensa que escribí toda esa mierda de amor y devoción sobre ti. Y maldita
sea. —Mis manos en puño cuando todo finalmente tiene sentido—. Ella cree que
todavía estoy enamorado de ti.

Los labios de Kerenza se retuercen en una sonrisa satisfecha, que no me sorprende


en lo más mínimo.

—Dios, realmente eres una perra sin corazón —me burlo, usando mi cuerpo como
un campo de fuerza mientras pasó a través de la puerta y la cierro detrás de mí.

Dejo a Kerenza en los escalones y no miro atrás. Centrándome en el viaje delante


de mí, me dirijo a Luciana’s en la Quinta.
Traducido por Lili-ana

Corregido por Dionne

Aidy

M
i madre no ha soltado mi mano desde que nos sentamos. Ella se ha
aferrado a mi lado desde que voló esta mañana e irrumpió en nuestro
apartamento cantando su propia versión de New York, New York de Frank
Sinatra, su bolsa de Lily Pulitzer de colores brillantes colgada sobre su hombro y una
maleta a juego balaceándose detrás de ella. Llegando a la cuidad se siente como la
primera vez para ella, cada vez, y es adorable.

—¿No se ve tu hermana hermosa? —Mamá aprieta mi mano, mirando


melancólicamente a Wren y a Chauncey en la cabecera de la mesa—. Siempre supe
que ella sería una novia encantadora. Y tú lo serás también, algún día.

No le dijo que ni siquiera estoy pensando eso más adelante. Le rompería el


corazón.

—Julie, ¿cómo estás? —Toma asiento frente a nosotras Topaz, sonriendo de oreja
a oreja.

—Hola, cariño. —Mamá le sonríe—. Es tan maravilloso verte. ¿Mira ese cabello?
Lavada. Me encanta.

Topaz corre sus dedos través de la onda brillante y se encoge de hombros. —Estoy
pesando en color castaño rojizo. Es casi otoño, y quiero algo que se vea bien con tonos
perla.

Dejo eso a Topaz para coordinar el color de su cabello con las paletas de colores
estacionales del armario.

—Castaño rojizo sería encantador en ti —dice mamá.


—¿Dónde está tu cita? —susurro a través de la mesa, arrugó la nariz.

—Él está viniendo —dice ella, suspirando—. Esta retrasado. Estaba terminando
un rodaje en Tribeca, pero está en camino.

El tintineo de cristal llena la pequeña sala de fiesta que estamos compartiendo, y


todos giramos nuestra atención a la cabecera de la mesa donde Chauncey está tocando
su cuchillo para mantequilla contra la copa flauta de champán. Tan pronto como la
habitación se calma. El coge la mano de Wren y la acerca.

—Gracias, todo el mundo —dice Chauncey, su rostro se vuelve rojo remolacha


cuando habla—. Solo queríamos agradecer a todos por venir a nuestra recepción. En
pocas palabras, hoy ha sido el mejor día de toda mi vida. Nunca en un millón de años
pensé que conocería a alguien tan increíble como Wren, y el hecho que está llevando a
mi hijo y aceptó casarse conmigo me hace el irlandés más afortunado de Manhattan.
Enzo, tengo el privilegio de ser tu padrastro, y ayudar a su madre a criarte. Vas a ser
un hermano mayor increíble, sin duda en mi mente. Y Julie y Aidy, gracias por darme
la bienvenida a su familia. Sé que ustedes tres son uña y carne, y estoy agradecido por
la oportunidad de unirme a su círculo de locura.

Mamá levanta su copa a Chauncey, sonriendo, lápiz labial rosa sobre sus dientes y
todo.

Veo a Wren, sonriendo cuando nuestros ojos se encuentran, y ella sonríe. Ella no
podría haber elegido un día más perfecto para casarse con su alma gemela. El clima
cooperó. Su cabello y maquillaje estaban perfectos. Todos se presentaron a tiempo.

Es una pena que mi padre no esté aquí, pero al final del día, él se lo pierde. Él es el
único quien va a tener que vivir con eso. Simplemente estoy más allá agradecida que
Wren este casada con alguien mejor que él. Esta casándose con el hombre que ella
merece, y él va a hacerla increíblemente feliz.

Velas parpadean en la mesa, rodeadas de rosas rojas. Es un entorno terriblemente


romántico, y me encuentro deseando que Ace estuviera aquí ferozmente. Mamá lo
habría amado. Y entonces ella habría hecho todo en su poder para avergonzarme.

Desde el rabillo de mi ojo, veo a Topaz levantarse en su asiento ligeramente,


dando un saludo con la mano hacia la puerta. Siguiendo su mirada, veo a un hombre
que se dirige al asiento vacío a su lado.
—Gracias por venir, todo el mundo —dice Wren en la cabecera, levantando su
copa flauta de sidra de manzana—. La comida debería estar saliendo en breve. Las
bebidas corren por nuestra cuenta.

Levantamos nuestras copas y brindamos por la nueva familia Finnegan, y mamá


limpia una lágrima del radillo de su ojo.

—Siento llegar tarde. —Escucho la voz de un hombre a través de la mesa. Es la


cita de Topaz.

Mamá está hablando en mi oído de nuevo, diciéndome algunos chismes sobre la


tía Bev de regreso a casa, pero por el rabillo del ojo casi juro que estoy viendo a Ace.
Sacudo mi cabeza, apuntando a mi cerebro que está jugando trucos en mí. Él ha estado
en mi mente todo el día. Toda la semana en realidad. Lo he estado viendo en todas
partes. Por toda la cuidad. Cualquier hombre con el cabello color chocolate y cuerpo
de solida roca y una inquiétate andar a su alrededor, estoy convencida es Ace. Casi no
pude respirar en el tren hace dos noches cuando pensé que el tipo sentado detrás de mí
con los auriculares era él.

—Aidy, este es Gianluca —dice Topaz. Miro a través de la mesa hacia su cita y
casi pierdo mi respiración. Gianluca es moderno, urbano y se muere de sexy, ondulado
cabello al hombro, chaqueta de cuero de motociclista, y todo. Topaz lleva una sonrisa
aprensiva, como si estuviera tratando de pretender que a ella no le gusta él o que es
demasiado genial para conseguir excitarse por el magnífico ejemplar de hombre
sentado a su lado.

—Encantada de conocerte —digo, extendiendo mi mano sobre una vela


parpadeante.

Topaz me observa desde el otro lado de la mesa, tratando de medir mi reacción.

Tomo una respiración profunda y alcanzo el agua frente a mí. Viendo a Gianluca
junto a Topaz me hace extrañar a Ace tanto que duele.

Todos los cubos de hielo se han derretido en mi copa, y el vidrio está manchado de
condensación. Agarrando el cristal, casi se desliza de mis dedos, pero el frío helado me
hace regresar al presente.

Gianluca no es nada como Ace, pero hay algo familiar en él. Tal vez sean sus
manierismos o su postura. Algo que no puedo ubicar exactamente.

O tal vez realmente. Realmente extraño a Ace y estoy proyectándome.


Dándome un momento, me convenzo todo está en mi cabeza. Topaz ha trabajado
con Ace. Ella conoce su aura. Su conducta. Si ella pensara que Gianluca le recordaba a
Ace, seguramente habría dicho algo, ¿verdad? Por otra parte, es Topaz, y ella tiene a
ser un poco ajena a la mayoría de cosas.

Todo está en mi cabeza. Tiene que ser.

Aclaro mi garganta y me inclino, componiéndome. —¿Topaz me dijo que eres


fotógrafo?

Él se inclina antes de contestar, ojos clavados en los míos, sus ojos oscuros son
intensos, pero su cuerpo esta fluido, relajado.

—Lo soy —dice él—. Sobre todo de moda. Por alguna razón me aman en Milán.
Siempre estoy allí para sesiones.

—¿Qué tipo de sesiones hace? ¿Como comerciales o reportajes…? —Haciendo una


pequeña conversación con él ayuda a mantener mi mente ocupada y mi curiosidad a
raya.

—Un poco de todo. —Se ríe por la nariz, la esquina de su boca levantada de un
lado. Es muy guapo, bonito incluso. Las proporciones de su rostro son la perfección, y
sus ojos color marrón encapuchado me atraen como imanes. No me sorprende que a
Topaz le guste. Es un modelo de cartelera ambulante. Apuesto que él es el tipo de
chico que toma fotos a sus novias desnudas, y no en el tipo pervertido, tipo asqueroso,
pero artístico, sensual.

—Oh, bien —digo, manteniendo mi respuesta enlatada porque estoy luchando por
pensar claramente aquí mientras trato de determinar qué es tan familiar acerca de este
hombre.

Aspiro una profunda respiración, me siento en mi silla.

—Tía Aidy, tía Aidy —golpea Enzo mi hombro izquierdo, y me complace la


distracción.

—Hola, amigo —digo.

—¿Viste mi ramillete? —Señala la flor en su solapa.

—Eses es botonero —digo—, y sí. Me encanta. Ayudé a tu mamá a escogerlo.


Enzo echa un vistazo y luego suspira. Él es el único niño aquí y tiene que estar
aburrido. Lo siento por él, lo hago. Pero este en una ocasión trascendental y él debe
estar aquí, celebrando con nosotros creciendo.

—¿Estas emocionado por nuestra semana juntos? —pregunto. Wren y Chauncey


se van de luna de miel a primera hora mañana. Se irán toda la semana, viajando a
Jamaica, y yo estaré a cargo de Enzo.

Mi sobrino asiente con la cabeza. —No puedo esperar, tía Aidy. ¡Estoy muy
emocionado!

—También yo, chico. —Agito su cabello pelirrojo—. Nos vamos a divertir tanto
esta semana que ni siquiera sabrás que hacer contigo mismo.

Tengo toda una semana planeada para él. Ahora está pasando por algunos
cambios importantes en su vida. Se mudará a la parte alta de la ciudad con Wren, a la
casa de Chauncey, cambiará de escuela y vendrá la navidad, estará compartiendo el
centro de atención con un adorable bebé hermano o hermana.

Pensé que mimándolo con comida chatarra, juguetes y atención durante una
semana no sería lo peor que le pasara.

—Oye, tu mamá te quiere —le digo cuando veo a Wren señalándolo. Hay una
señora con una cámara en la cabecera de la mesa, y creo que están tomando fotos.
Enzo se aleja, y mi mirada vuelve a Topaz y a Gianluca.

Están coqueteando entre ellos, duro, descaradamente, completamente ajenos a


todo el mundo que los rodea. Él se inclina más cerca de ella, su mano buscando
descansar sobre su rodilla y sus piernas cruzadas, inclinadas hacia él. Él mete un
mechón de cabello oscuro detrás de una oreja y se lame sus labios antes de susurrarle
algo al oído. Tengo piel de gallina… por ella… solo por ver. Gianluca es absurdamente
sexy. No tan sexy como Ace, pero muy cerca.

Estoy absorta en estos dos que no noto nada pasando a mí alrededor. El chasquido
de los cubiertos de plata se desvanece en el ruido de fondo y toda la charla
conversacional se mezcla en un murmullo sordo.

Gianluca levanta la mano a la mejilla de Topaz, corriendo su pulgar por su


mandíbula, y ella muerde su labio, mirando hacia abajo. Cuando levanta la vista, su
mirada recorre su hombro, y su expresión cae.

Volviéndose hacia mí, sus ojos se ensanchan.


—¿Qué? —Gesticulo.

Gianluca libera la mano de su rostro y alza la copa de champán descansando


frente a él sin saber lo que está robando la atención de Topaz en este momento.

Sus ojos se dirigen hacia la puerta y luego a mí, y cuando me vuelvo para ver lo
que ella está haciendo una gran cosa, mi corazón martillea en mi pecho y todo mi
cuerpo se siente débil.

Ace.

Ace está aquí.

De pie en la puerta.

Vistiendo un traje negro y camisa de vestir blanca, cabello recogido hacia atrás.
Apuesto que hule a un millón de dólares también.

Estaría mintiendo si digo que no estaba feliz de verlo. Dios, he extrañado a este
hombre. Pero no estoy a punto de fingir que no pasó nada. No estoy a punto de ir en
cámara lenta corriendo a sus brazos.

Aclaro mi garganta, miro a Topaz, suplicando con mis ojos, silenciosamente


preguntando qué debería hacer porque mi cuerpo está paralizado y mi mente está
pensando un millón de pensamientos diferentes y ninguno de ellos tiene sentido.

Sus ojos se ensanchan, sus labios se aprietan, y sus cejas se elevan. Si ella pudiera
hablar en ese momento sin causar una escena, probablemente me diría ve con él.

Tirando mi servilleta sobre mi plato de pan vacío, me levanto de la mesa y paso


rápidamente en su dirección, corazón golpeando duro en mi pecho y calor irradiando
mis oídos. Mis labios se estremecen.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —grito-susurro, tratando muy duro de


parecer molesta con el cuándo todo lo que realmente quiero es besar su sexy boca y
arrastrar mis manos por su pecho musculoso.

Ace me toma por el hueco de mi codo y me lleva a u pasillo justo fuera de los
baños. Estamos solos, y los apliques ambientales en la pared detrás de nosotros arrojan
un brillo cálido sobre nuestros rostros.

—Me has estado evitando toda la semana —dice él.


—¿Así que apareces en la recepción de mi hermana? ¿Sabes lo loco que pareces?

Él arrastra una palma a través de su mejilla lisa, la que está sin cicatriz, y sonríe.
—Sí, Aidy. Muy consciente. Pero necesito que me escuches.

—¿Esto no podía esperar?

—¿Hasta cuándo? No devolverás mis llamadas o contestarás mis mensajes de


textos. No tendrás nada que ver conmigo. ¿Se supone que espere hasta que el universo
decida que nosotros deberíamos chocar uno con el otro? Porque quien diablos sabe
cuándo será eso.

Mis brazos están doblados sobre mi pecho. Cometo el error de dejar caer mi
mirada a sus ojos, labios y de regreso, y él lo nota completamente.

Este movimiento podría resultar mortal.

Mi espalda esta contra una pared y su mano descansa plana detrás de mi hombro.
Lo inhalo, otro error mortal, y lamo mis labios. Echo de menos su peso en mí, extraño
sus manos, agarrando mis caderas mientras él se conduce profundamente dentro de
mí. Extraño acostarme en el capullo de sus brazos, todo seguro, caliente y eléctrico.

Pero él mintió.

Y él aún está enamorado de alguien más.

Podría extrañar cada cosa sobre él, y lo hago, pero eso no cambiaría los hechos.

—¿Quieres saber porque nunca hablo de mi pasado? —pregunta él.

Asiento, labios fruncidos.

—Porque no importa. El pasado ha terminado. Mierda sucedió. Mierda de la que


no me gusta hablar porque he cometido algunos errores. Me jodí a mí mismo. ¿Y
conocerte? Me hiciste centrarme en el presente, y centrarme en el presente contigo, se
sintió tan bien que nunca quería dejarte. No por dos segundos. Así que sí, cuando me
preguntaste sobre mi pasado, puede que haya cambiado de tema —dice él—. Y siento
que te haya lastimado. Nunca fue intencional. Nunca traté de dejarte fuera.

Exhalo, perdiéndome en su penetrante mirada verdeazulada.


—Y otra razón porque te mantuve a un brazo de distancia —continua él—, es
porque la última mujer, la amé tan duro que se deslizo entre mis dedos. La amaba tan
duro que eso la alejo. Era una maldita bendición disfrazada, pero yo no quería hacerte
eso, Aidy. Eres un espíritu libre. Yo no lo soy. No quería asustarte.

Mis hombros caen, y lo inhalo de nuevo, mi resolución se ablanda por lo segundo.

—Pero tratando de contenerme —dice él—, te perdí de todos modos.

Coloco la palma de mi mano contra su pecho, sintiendo el tambor constante de su


corazón latiendo. —Te escucho, Ace, y aprecio lo que estás diciendo, pero eso no
cambia el hecho que siempre voy a estar en segundo lugar detrás de Kerenza.

Su expresión se oscurece, sus cejas frunciéndose.

—No. No, no, no. Ahí es donde te equivocas. —Inhala Ace, sus hombros
aumentando y labios formando una línea recta—. Dios, tengo tanto que decirte.

Ace acuna mi barbilla, inclinando mis labios hacia los suyos, y puedo sentirme
comenzando a temblar. Él se inclina más cerca, depositando un beso en la parte
superior de mi frente, y escucho mientras él arrastra el olor de mi cabello en sus
pulmones.

—Kerenza fue a mi casa esta noche —dice él, sus palabras aplastando mi espíritu
esperanzador—. ¿El diario? Fue escrito por mi mejor amigo. Ella lo dejó en mi puerta
hace un par de meses, pensando que me ayudaría a encontrar paz con la situación.

—Espera así que…

—Ella pensó que me daría cierre —se burla—. ¿Por qué querría leer acerca de
cómo mi mejor amigo de mierda estaba durmiendo con mi prometida? Crecimos
juntos por el amor de Dios. Él era como un hermano para mí. Y ese imbécil
egocéntrico tuvo el valor de guardar un diario de su aventura, como si fuera su última
obra de arte.

Soplo una respiración profunda entre mis labios.

Ace deja de hablar, respirando con dificultad como si necesitara un momento. Las
piezas del rompecabezas comienzan a unirse una a una. Ace nunca fue el que estaba
enamorado de una mujer que no podía tener. Él no estaba obsesionado con Kerenza.
No estaba metiéndose con la mujer de otro hombre, ellos estaban escondiéndose de él.
—Maldito Gianluca —dice él, sacudiendo su cabeza—. Podría dar dos mierdas
sobre perder a Kerenza. Casarme con ella habría sido un gran error. Me doy cuenta de
eso ahora. Y en retrospectiva, ella probablemente siempre iba a joderme. Nunca pensé
que lo haría con mi mejor amigo de todas las personas; la única persona quien estaba
más cerca de mí que todos mis hermanos juntos.

—¿Gianluca? —Mis ojos buscan los suyos—. ¿Su nombre… es Gianluca?

No es un nombre que una persona escucha todos los días, pero esto es Nueva
York, y aquí hay un millón de personas viviendo en esta área. No sería raro que haya
un par de Gianlucas en la mezcla.

—¿Lo conoces? —Respira más fuerte Ace, más rápido.

—¿Yo…. no lo sé? —Levanto mis cejas—. ¿Él es fotógrafo?

—Jesús. —Exhala Ace, alejándose, arrastrando su mano dura a través de su


rostro—. ¿Has trabajado con él en el set o algo así?

—No. —Niego, sabiendo que esto no va a terminar bien. Al menos no para


Gianluca—. Solo lo conocí esta noche. Él… él vino con Topaz… él está aquí.

Ace su vuelve hacia mí, mirando fijamente la sala de recepción.

—Figlio di puttana20 —murmura entre dientes, puños apretados a sus costados. No


estoy segura, de lo que eso significa, pero estoy segura que no es nada agradable. Él
parece un toro dispuesto a cargar, pero no puedo dejarle arruinar la recepción de
Wren.

Poniendo mi mano en su brazo, con firme agarre. —Detente, no vayas allí. Por
favor. Lo que necesite decirle, por favor ahórratelo. O llévalo afuera. No puedo
permitir que provoquen una escena. No aquí. No esta noche.

Los ojos de Ace son oscuros, su mandíbula tensándose mientras mira fijamente,
ojos entrenados en su risa, despreocupado ex camarada poniendo los movimientos en
mí mejor amiga.

Topaz mira hacia arriba, y me pregunto si ella ha estado comprobándonos de vez


en cuando. Observo cuando ella se excusa de la mesa y corre hacia el vestíbulo.

20
Hijo de puta en español.
—¿Todo bien aquí afuera? —pregunta ella.

Ace no responde, y Topaz me da una mirada.

—Gianluca y Ace tienen un pasado —digo, las palabras secas y apuntando.

—Oh, señor. —Topaz cruza sus brazos sobre su pecho, girándose para ver hacia
Gianluca, quien ahora está charlando con mi madre—. Seguro se cómo elegirlos, ¿no?

Pongo una mano en el hombro de Topaz. —No quiero causar una escena. ¿Puedes
llamarlo aquí? Creo que los dos necesitan hablar. Vamos a llevarlos al frente.

Topaz asiente, saliendo y empujo a Ace por el restaurante y hacia la fachada


delantera del edificio, debajo de un toldo verde.

Él camina mientras esperamos, cargando de un lado a otro como un animal


enjaulado, arrastrando sus manos a través de su cabello.

La puerta de vidrio se abre un minuto más tarde. Es Topaz, seguida por su cita, el
hombre del momento. Mi corazón se detiene frío cuando los bloquean sus ojos, y
posiblemente también estén bloqueando los cuernos.

—Alessio —dice Gianluca—. Ha sido un largo tiempo.

Ace frunce el ceño, su frente cubierta de duras líneas y los ojos oscuros como la
medianoche.

—¿Vienes aquí para tratar de matarme de nuevo, o no aprendiste la lección la


última vez? —Los labios de Gianluca forman una sonrisa presumida y él ensancha su
postura cruzando sus brazos sobre el pecho. Él no es tan grande como Ace. Tampoco
es tan musculoso. Está en forma, pero su cuerpo es delgado, como un corredor quien
ocasionalmente se ejercita.

Puedo decir que Ace le intimida, ya que hay una pequeña contracción en el ojo
izquierdo de Gianluca y su pecho está ligeramente hinchado. Dado todo lo que he
leído y todo lo que ha salido a la luz, Gianluca tiene buenas razones para estar
temblando en sus botas de motociclista.

Traiciono a su mejor amigo de la peor manera imaginable.

Debería estar aterrorizado.


—Pigliainculo.21 —Carga Ace hacia Gianluca, su rostro retorcido y rojo. Su puño
esta apretado y levantado, y a pulgadas del lado del hermoso rostro de Gianluca, pero
Gianluca no se estremece.

—Non meritavi di lei22 —escupe de nuevo Gianluca, con expresión dura.

—¿E che hai fatto?23 —gruñe Ace, flexionando la mandíbula. Su postura es amplia,
pero puedo decir que está tomando todo lo que él tiene para no venir a matar—. Non
importaa ora. Ho perso un fratello. Un migliore amico. Mi hai tradito.24

—Non dispiace per amarla25. —Gianluca dobla sus brazos apretados en su pecho.

—Dios, necesitamos un traductor —murmura Topaz mientras los dos continúan


su intercambio.

Estoy completamente perdida. No tengo ni idea de lo que están diciendo, pero veo
dolor en los ojos de Ace y una presuntuosa arrogancia en Gianluca, y eso me rompe el
corazón.

Una mujer de cabello oscuro, de mediana edad, con una chaqueta de estampado
de leopardo pasa por allí, deteniéndose por el espectáculo en la acera. Dando un paso a
un lado, se detiene y observa, sus ojos profundos cada vez más amplios y redondos con
cada palabra que vuela de las bocas de estas bestias enojadas.

—Dio mio26 —dice ella, sacudiendo la cabeza y haciendo el signo de la cruz.

—¿Sabe lo que ellos están diciendo? —pregunta Topaz.

La mujer asiente. —Nada bueno. Nada bueno en absoluto… ese traiciono a ese…
él le robó a su prometida… ambos la amaban desde pequeños… todos crecieron
juntos… el perdón está fuera de la cuestión… el de cabello largo está disculpándose
pero él otro no lo dará… el desgraciado dice que no arrepiente de amar a la chica, solo
se lamenta de haber herido al único hermano que alguna vez tuvo… el alto dice que él
todavía está muerto para él y siempre lo estará… y él le está diciendo que se mantenga
fuera de su vida… y lejos de su novia.

21
El mayor cobarde en español.
22
No la merecías en español.
23
¿Y tú sí? en español.
24
No importa ahora. Perdí a un hermano. Mi mejor amigo. Me traicionaste. En español.
25
No me arrepiento por amarla en español.
26
Dios mío en español.
Miro a Topaz, y levanta sus cejas.

—¿Ustedes dos están juntos de nuevo? —susurra ella.

—Así lo parece. —Encogiéndome de hombros, me vuelvo hacia los hombres. Ace


ha retrocedido un poco, ese color cereza dejando su rostro y su tez volviendo a su
bronceado natural.

—Testa di cazzo, traditore.27 —Ace lanza sus última palabras hacia Gianluca y le
hace una movimiento de menospreció, deslizando su mano a través del aire y haciendo
un puño mientras camina hacia mí. Gianluca sale, cabeza en alto. Apenas ve hacia
Topaz. Subiendo a una Ducati estacionada, se pone en marcha y arranca.

La mujer italiana nos mira a todos, se encoje de hombros, y luego se dirige dentro
del restaurante.

—Allí va mi cita —suspira Topaz desde la comisura de su boca mientras ve a la


Ducati desaparecer en un coctel de faros y tráfico.

—Lo siento mucho. —Froto el lado de su brazo.

Topaz inclina la cabeza, ojos fijos en la acera agrietada debajo de nosotros. —Esta
bien. Los hermosos idiotas no son realmente mi tipo de todos modos. De alguna
manera tuve la impresión de que él era un poco hombre de puta de todos modos. —
Mira hacia Ace, mientras él da pasos pesados en nuestra dirección—. Todo bien.
Necesito una bebida. Voy a entrar y dejaré que hablen los dos.

Topaz se marcha, y Ace viene a mi lado, sus ojos moviéndose entre los míos. Sus
hombros se elevan y caen mientras él empuja pesadas respiraciones, y todo acerca de él
es caliente, enojado, amargo y sin embargo… apologético.

—Siento que hayas tenido que ver eso —dice él.

—No te disculpes.

—¿Estás bien? —Se acerca Ace, acariciando mi rostro. Su palma es cálida en mi


piel—. No lo había visto en más de un año, no desde que todo sucedió. No esperaba
encontrarme con él esta noche.

27
Vete a la mierda, traidor en español.
—¿Quién sabía que tenías un temperamento como ese? —Sonrío y lo alcanzo,
metiendo mis manos bajo sus brazos cuando él se acerca. Se siente bien tocarlo otra
vez. Sonreír—. En realidad fue un poco caliente. ¿Te sientes mejor? ¿Obtuviste la
oportunidad de decir todas las cosas que querías decirle?

—Lo hice. —Un lado de su boca se curva, y él se inclina hacia abajo, sus labios
aplastando los míos.

Hay algo más ligero en él ahora. Lo siento en su toque, la forma que respira, la
ternura en su beso. No lo puedo imaginar ser traicionado así por un hombre que amas
como si fuera tu verdadero hermano. No es de extrañar que él haya estado tan
disgustado, torturado, amargado y enojado. No puedo culparlo en absoluto.

Alzando mi mano a su suave mandíbula, me alejo y encuentro su penetrante


mirada.

—Tenemos mucho que hablar —le digo.

Él exhala, asintiendo con la cabeza. —Lo haremos.

—Pero ahora, ¿por qué no entras y vez a todos? —sugiero—. Puedes incluso
conocer a mi mamá…

—Me encantaría eso.


Traducido por Carilo

Corregido por Dionne

Ace

abes, mis chicas nunca practicaron deportes —dice Julie Kincaid,


con las piernas cruzadas e inclinándose hacia mí. No ha salido de mi
—S lado desde que Aidy nos presentó, y tengo la impresión de que ella
está un poco enamorada de mí, aunque podría ser la bebida quien habla. Ella ha tenido
su champaña terminada alrededor de tres o cuatro veces en la última hora—.
Simplemente no estaban interesadas. ¿Pero yo? Jugaba softbol. Estaba en un equipo
semi profesional femenino en los años ochenta. La primera base era mi posición, pero
podría llegar a un homerun como si no fuera asunto de nadie.

Julie tiene el cabello rubio espeso que roza la parte superior de sus hombros, y
lleva un clip brillante en un lado. Sus labios están manchados en una sombra rosada
brillante, su sonrisa se extiende de oreja a oreja, y su risa se puede oír claramente a
través del cuarto.

Pone la efervescencia de Aidy en vergüenza.

—Eres muy guapo, Ace. —Julie alcanza mi bíceps, dándole un apretón—.


Deberías estar en la portada de Sports Illustrated o algo así.

—Lo estuve —digo humildemente—. En unas pocas ocasiones diferentes.

—¿No estás bromeando? —Su voz alcanza un tono tan alto que nunca supe que
existía—. ¡Bueno, bien por ti! Me encantaría verlos alguna vez. ¿Los tienes
enmarcados?

Sacudo la cabeza. —Probablemente estén en cajas de la casa de mi madre.

—Ya sabes, Aidy hizo un poco de modelaje una vez cuando era niña. Ella estaba
en la portada de Children's Crochet Magazine —dice Julie—. Tenía la más adorable y
pequeña sonrisa. Ahí es donde Enzo lo consiguió. Y tenía una pizca de pecas justo al
otro lado del puente de su nariz. Aquellos se fueron a medida que crecía, pero el Señor
todopoderoso fue siempre una niña linda.

—Mamá. —Aidy se aclara la garganta, volviendo a mi lado con dos copas nuevas
de champán y me da una mano—. ¿Está hablando con tu oreja, Ace?

—Ella es buena —digo, tomando un trago.

Una mirada superficial alrededor de la sala muestra a varias personas reuniendo


sus bolsos, chaquetas y moviéndose hacia la novia y el novio para decir buenas noches.
Julie echa un vistazo al reloj encantado de plata en su muñeca izquierda y declara que
probablemente debería atrapar a la prima Verónica antes de que ella se vaya.

Al segundo que Julie se ha ido, Aidy se sienta en mi regazo y engancha su brazo


alrededor de mi nuca. Ella está sonriendo, ojos solo para mí.

—¿Qué?

—No puedo creer que estés aquí. No puedo creer que hayas venido aquí esta
noche —dice—. Eso requiere mucho...

—Esta semana pasada, sin ti, no fue fácil. —Exhalo, colocando mi mano en el
lado de su muslo y moviéndolo hacia arriba.

—De acuerdo.

—Ven a casa conmigo —digo—. Solo quiero acostarme contigo en la cama, y te


prometo que haré la mayor parte de la conversación esta vez. Puedes preguntarme
cualquier cosa, y te diré lo que quieras saber.

Los labios llenos de Aidy se arquean, sus ojos de zafiro resplandecen. —Eso suena
maravilloso, Ace, pero estoy cuidando a Enzo toda la semana. Tengo que llevarlo a
casa esta noche.

Jódeme.

—Pero puedes venir, si quieres. —Ella se encoge de hombros, con las cejas
levantadas. Durante todo el tiempo que nos vimos, todavía no me he quedado en su
casa por respeto a Wren y a Enzo—. De todas formas, probablemente dormirá en el
taxi de regreso a casa.
Ambos miramos hacia abajo a la cabecera de la mesa donde Enzo se sienta, como
un niño zombi, los ojos entreabiertos y cabeceando. Cada par de segundos se atrapa a
sí mismo y se despierta, solo para rápidamente aclarar y repetir.

—¿Está segura? —pregunto.

Aidy se muerde el labio inferior. —Sí. Quédate conmigo esta noche.

***

Mis dedos pastan a través de la hinchazón de los pechos llenos de Aidy, y abro mis
labios a sus pezones brotados. Ella exhala, su cuerpo derritiéndose en mis brazos. Sus
piernas cruzan mis caderas mientras nos tumbamos en medio de su suave cama, su
cuerpo desnudo pintado en rayas de luz de luna y sombra. Incluso en la oscuridad, veo
el aleteo de sus ojos y la dulce y lenta sonrisa que reclama sus labios entre besos.

Nuestros dedos entrelazados y la humedad de su sexo se deslizan a través de mi


polla hinchada, burlándose y tentándome. Pero esta noche estamos tomando las cosas
con calma. Vamos a disfrutar de esto. Lo vamos a hacer durar porque, bueno, vamos a
hacer esto último: este amor naciente nuestro.

Aidy se inclina hacia adelante, presionando sus pechos contra mi pecho desnudo,
y ella besa mi cuello mientras mis dedos se enredan en sus suaves ondas rubias. Sus
caderas rozan contra mi polla. Un movimiento equivocado y estaré enterrado
profundamente dentro de ella. Mi dureza se contrae en anticipación, y mis manos
descansan sobre la curva exagerada por encima de sus caderas.

—Dios, he extrañado esto —ronronea, arrastrando sus uñas a lo largo de mi cuero


cabelludo—. Todavía creo que estás loco por aparecer en la recepción de Wren, pero
me alegro de que lo hicieras.

Ella gime en mi boca, moliendo con más fuerza, una señal de que no está
dispuesta a esperar mucho más. Y joder. Yo tampoco.

Ella se pone de rodillas mientras alcanzo abajo, agarrando la base de mi polla y


arrastrando la cabeza hinchada a lo largo de su hendidura lisa. Bajando sobre mí, su
cuerpo me acepta un centímetro a la vez, hasta que ella está totalmente empalada y
llevando una delirante sonrisa.

—Te sientes tan bien dentro de mí —susurra, su cabeza inclinada hacia atrás y sus
ojos cerrándose mientras se balancea, y mueve en círculos.
Mis manos agarran sus caderas, guiando y controlando su ritmo imprudente, mi
pulgar derecho haciendo círculos su clítoris.

Podría estar acostado aquí toda la noche, mi polla enterrada en su dulce coño,
observando cómo sus tetas rebotan mientras ella me monta, la forma en que su rostro
se estremece cuando se acerca, escuchando los suaves suspiros escapando de sus
labios.

Una cortina de cabello rubio cubre su rostro cuando se inclina hacia delante, y ella
lo retira de sus ojos, sin aliento mientras se baja para besarme. Ella sube fuera de mí,
rodando a mi lado.

—Quiero sentirme cerca de ti esta noche —suplica, susurrando.

Con la espalda apretada contra mí, separo sus muslos y entro por detrás, mis
manos recorriendo todo su cuerpo curvado, masajeando su sensible clítoris antes de
meter puñados de sus senos hinchados, y luego arrastrando hasta sus labios. Mi pulgar
se desliza a lo largo de su boca, separando la costura, haciendo que ella pruebe lo que
le he hecho.

Volviendo mi atención a la calidez entre sus muslos, la bombeo más y más rápido,
presionando con fuerza, besos necesitados en la carne febril de su hombro izquierdo
mientras ella jadea. Aidy entierra su cara en la almohada en un intento de mantener el
ruido, y puedo decir por los pequeños terremotos que consume su cuerpo que ella se
está acercando.

Sus caderas resbalan contra las mías, encontrándo los embistes para empujarlas, y
en el momento en que su cuerpo se tensa, embisto más fuerte, empujándola por el
borde, liberándome dentro de ella y envolviéndola en mis brazos mientras flotamos
hacia abajo desde el techo.

—Te amo, Aidy.

Ella está en silencio.

No había planeado decirle. Solo salió.

Los segundos que pasan, sin siquiera una respuesta, son pura tortura de mierda.

Aidy gira hacia su otro lado, frente a mí. Trague con fuerza, estirando mi cara y
apartando un mechón suelto de mi frente.
—Yo también te amo, Ace —dice—. Pero tengo que decirte algo.

Mi corazón se detiene. La ingravidez que sentí un momento antes se ha ido, y me


estoy hundiendo rápidamente.

—¿Qué es? —Mi boca está seca, mi corazón latiendo fuerte en mis oídos.

—Me mudaré a Los Ángeles y tomaré un trabajo allí, y comenzará el próximo


mes. —Su cara está dolorida, y su cuerpo está rígido mientras espera mi respuesta.

—Jesús, Aidy. —Exhalo, aliviado. Al menos, creo que debería estar aliviado.
Tengo que admitir, parte de mí estaba esperando algo mucho peor—. Me has asustado
la mierda. Pensé que ibas a decir que estabas embarazada o algo así. No es que fuera lo
peor que pasara, pero me preocupaste un segundo. ¿Esta mudanza? ¿Es un trato
hecho?

Aidy asiente lentamente. —Es un trabajo de seis semanas, pero me quedo para que
pueda crecer nuestra aplicación en la costa oeste. Esto ha sido planeado por un tiempo.
No tenía nada que ver contigo. No estoy tratando de huir de ti ni de nada. En realidad
estaba planeando mudarme el próximo año, pero con Wren quedando embarazada y
la boda adelantándose, mi línea de tiempo se movió.

—Ya veo.

Siento que ella me observa, sus ojos buscando los míos para algo, aunque no estoy
seguro qué.

—¿Es... es la distancia algo para romper el trato para ti? —pregunta.

Tomando su mejilla en mi mano, me inclino y aplasto sus labios con un beso


autoritario.

—No —digo, voz baja y confiada—. Va a tomar mucho más de tres mil millas
para mantenerme lejos de ti.

Me besa con fuerza, exhalando, y me arrojo sobre ella, anclándola debajo de mí,
anclándonos a los dos en este momento.

—Háblame de tu familia —dice—. Tus hermanos. Tu mamá. Dímelo todo.


Quiero llegar a conocerte, el verdadero tú, de nuevo. —La luz de la luna se derrama
sobre la almohada a su lado y arroja un cálido reflejo en sus ojos azul océano. Quiero
saber todo lo que hay que saber sobre ti.
—¿Estás escribiendo un libro o algo así?

—Solo quiero sentirme cerca de ti —dice, su vigor domesticado, pero solo


ligeramente—. ¿Eso está mal?

Exhalando, deslizo mis brazos debajo de ella, creando un acogedor capullo, y todo
lo que veo es ella.

—El nombre de mi madre es Valentina —digo—. Ella todavía vive en Jersey. Me


encantaría llevarte a conocerla pronto. Mis hermanos son todos más jóvenes que yo.
Está Matteo que vive en Los Ángeles. Es un actor que lucha, pero es bueno en lo que
hace, y estoy convencido de que si consigue una gran oportunidad, algún día será una
estrella. Después de eso está Dante. Él vive en Seattle y trabaja en una cierta compañía
de tecnología que estoy bastante seguro va a vender por una cantidad ridícula de
dinero pronto. Luego está Cristiano. Acaba de terminar la escuela de posgrado, pero
no estoy seguro de lo que está tramando en estos días. Lo último que supe era que
viajaba por Europa, permaneciendo en albergues. El más joven es Fabrizio. Está
terminando su último año en la Universidad Ashburn en Chicago.

—Ustedes Amato están un poco dispersos por distintos lugares, ¿no?

Asiento. —Por eso no estamos tan cerca como solíamos estar.

—Apuesto a que rompe el corazón de tu madre.

Mis labios cargan. —Sí.

—Así que haz algo al respecto. —Aidy puso los labios en una sonrisa cuidadosa—.
¿Puedo conocerlos? ¿Puedes invitarlos a todos a la ciudad? Tu madre también.

Libero una respiración firme y miro hacia un lado. —Creciendo, los cinco de
nosotros estábamos apretados. Siempre estuvimos juntos. Mantenerse fuera de
problemas juntos. Tener problemas juntos. En muchos sentidos, tenía que ser el padre
que nunca tuvimos. Tuve que mantenerlos en línea cuando mamá estaba en el trabajo,
y tuve que llevarlos a la escuela por la mañana esos años cuando mamá estaba
demasiado enferma para salir de la cama la mitad del tiempo. Mis hermanos eran mi
responsabilidad. Y la segunda vez que obtuve mi beca de béisbol y me fui a la
universidad, no pude salir de allí lo suficientemente rápido. Supongo que siempre me
sentí un poco culpable por eso, así que he mantenido mi distancia.

Los ojos de Aidy se ensanchan. —No. Dios no. No te sientas mal por ir a la
universidad y perseguir tus sueños. No creo que ninguno de ellos esperaba que
lanzaras tu vida para quedarte en casa y criar a tus hermanos. Entraste cuando tuviste
que hacerlo, pero no te atrevas a sentirse culpable por seguir adelante. Tus hermanos
resultaron bien, al menos por lo que dices. Diría que hiciste más que tú parte justa, e
hiciste un buen trabajo.

—Sí. —Me presiono en ella, rodando a su lado, y se acurruca contra mí,


envolviendo una pierna larga sobre mí y apoyando su mejilla en mi pecho—. Supongo
que es una manera de verlo.

Mi cuerpo está lavado de fatiga, agobiado por la pesadez del día y relajado por la
ligereza que siento en la presencia de Aidy. Bostezando, paso mis dedos por su cabello
y dejo que mis ojos cayeran cerrados.

—¿Ace? —susurra la voz ligera de Aidy en mi oído.

—¿Sí?

—Te amo —dice ella—. Sé que lo dije antes, pero solo quería decirlo una vez más.
Se siente realmente bien decirlo.

Por primera vez desde siempre, mi boca forma una sonrisa real. —También te
amo, Aidy.
Traducido por Carilo

Corregido por Dionne

Aidy

M
i cama está vacía y fría cuando me despierto el domingo por la mañana,
pero la puerta de mi dormitorio está ligeramente entreabierta. Saliendo de
las cobijas, me dirijo al baño para refrescarme, y luego sigo el rastro de
voces y el aroma de desayuno que viene de la cocina.

—¿Cuál es el estadio más antiguo de la historia de la MLB28? —pregunta Enzo.


Cuando doblo la esquina, lo veo sentado en la mesa de la cocina, con un puñado de
cartas de trivia en sus manos.

—Eso es fácil. Fenway Park29. —Se burla Ace. Echando un vistazo a la cocina,
miro como Ace vierte la masa de galletas en la plancha y cierra la tapa—. Próxima
pregunta.

—Nombra al único jugador que haya golpeado un home run de las Grandes Ligas
y marco un touchdown de la NFL30 en la misma semana. —Enzo lee su tarjeta.

—Psh. Deion Sanders. Dame algo más difícil. Venga. Sé que puedes hacer algo
mejor que esto.

Enzo se ríe, y Ace saca la plancha de waffles.

—¿Quién fue el líder de los hits de todos los tiempos en 1985?

Ace está tranquilo, y creo que Enzo puede haberle dado un golpe. Observo como
la cara de Ace se tuerce, como si estuviera profundamente pensado, y entonces me doy

28
Liga de Béisbol Estadounidense.
29
Estadio de los Red Sox de Boston.
30
National Football League (en español, Liga Nacional de Fútbol Americano).
cuenta de que él probablemente sabe la respuesta, está haciendo una escena por el
amor de Enzo.

—No lo sé, chico. Creo que me tienes con esa.

—¡Ja! —Enzo deja caer las cartas sobre la mesa y lo señala—. Fue Pete Rose.

Ace se frota la frente con la mano y finge estar decepcionado de sí mismo. —Ah,
eso es correcto. Pete ‘Charlie Hustle’ Rose. No pensé que pudieras golpearme, pero lo
hiciste.

—¿Qué está pasando aquí? —Salgo de las sombras del pasillo con mi mano en mi
cadera y tomo un asiento al lado de mi sobrino, que está sonriendo. No me golpeó
hasta ahora que tener algún jugador famoso de béisbol haciendo waffles
probablemente va a ser uno de los puntos culminantes más grandes de la niñez de
Enzo.

—Ace está cocinando waffles —dice Enzo, sonriendo de oreja a oreja.

—No eres especial. ¿Cómo le hablaste de eso? —le pregunto, guiñando un ojo a
Ace.

—Fue idea suya —dice Enzo, señalando a Ace mientras lleva un plato a la mesa.
El waffle de Enzo está empapado en almíbar, y no pierde el tiempo cavando adentro
como un hombre de las cavernas de ocho años.

Cuando Ace toma la silla junto a la mía, desliza su mano debajo de la mesa y la
apoya sobre mi rodilla, y deslizo mi palma sobre la suya. Se inclina, besando mi frente.

—Gracias. —Me inclino.

El asiente.

No tiene idea de lo mucho que esto significa para Enzo. Con una cálida sonrisa,
apoyo la cabeza en el hombro de Ace.

—Espero que esté bien, pero hice una llamada telefónica esta mañana —dice.

Al sentarme, me vuelvo hacia él. —¿Sí?

—Llamé al gerente de Millenium Park, el estadio de los Firebirds en Baltimore —


dice—. Tenemos tres entradas para el juego de hoy.
La mandíbula de Enzo cuelga y deja caer su comida. Golpea su plato con un solo
tintineo.

—¿Queréis ir? —pregunta Ace, levantando las cejas oscuras.

Me vuelvo hacia Enzo, que está tan exaltado que no puede hablar, y sacude la
cabeza de arriba abajo, de lado a lado, y alrededor. Chico tonto.

—Son cuatro horas de viaje —dice—. Tendré que hacer un alquiler, pero podemos
quedarnos un día. Sé que Enzo tiene escuela por la mañana. Si eso va a ser un
problema, no tenemos que ir.

Pongo mi mano sobre su brazo. —Iba. Vamos a hacer que esto funcione. Enzo
puede dormir en el coche en el camino de regreso. En serio, acabas de hacer la vida de
este chico.

Enzo saca la última mordedura de waffle en su boca, y le digo que se meta en la


ducha lo antes posible. Cuando se ha ido, me meto en el regazo de Ace, montándolo
en la silla de mi cocina, cubriéndome los anchos hombros con los brazos.

—¿Estás bien volviendo allí? —pregunto—. No puedo imaginar que sea lo más
fácil que puedes hacer.

Él rasga sus dientes blancos sobre su labio inferior. —Sí. Necesitaba ocurrir tarde o
temprano. No puedo estar lejos para siempre. Además, estoy deseando revivir esa
emoción a través de Enzo.

—Dios, no tienes ni idea de lo que esto significa para él. Es un fanático de los
Firebirds.

Ace sonríe, de par en par, y mi corazón revolotea cuando me doy cuenta de que
nunca le había visto sonreír como esto antes. Él es realmente feliz, y eso hace que mi
corazón quiera cantar como María en The Sound of Music, girando a través de la ladera
montañosa Bávara.

Beso su boca, me muevo a su oído, mordisqueando antes de trabajar mi manera


debajo de su cuello, respirando él en todo momento.

—Hueles a mí. —Enderezo mi postura.

—Dices eso como si fuera algo malo.


—No es una mala cosa. Por casualidad, creo que huele a una puesta de sol del
desierto. —Sonrío, riendo.

—¿Cómo es que huele un sol de desierto exactamente?

—Jazmín… Lirio… Flor de cactus.

—Eso es… muy específico.

—Es mi jabón, ¿de acuerdo? Por Dios. —Le rozo la boca, depositando un beso,
saboreando un toque de jarabe de arce en sus labios. Debe haber conseguido algo en
sus dedos y haberlo lamido antes—. Me gusta cuando hueles como… tú.

—¿A qué huelo?

Hago un largo suspiro y sonrío, mis ojos descansando en los suyos. —Como un
hombre. Cuero agrietado, almizcle y testosterona.

Apuesto a que una vez, olía a béisbol, suciedad y sudor. Estoy momentáneamente
celosa de la mujer que lo tenía todo para sí misma durante esos años. Me hubiera
encantado verlo en acción, pero en vez de eso estoy relegada a treinta segundos de
videos destacados en Internet.

Oh, bueno.

Algo me dice que prefiero este Ace sobre el otro de todos modos.

—No creo que puedas realmente oler la testosterona —bromea suavemente.

—Lo que sea. Voy a saltar a la ducha —digo, levantándome de mi novio


ridículamente sexy y sacudiendo mechones desordenados de recién levantada de mi
cara.

—Voy a ir a casa y prepararme. Recogeré el coche de alquiler y te llamo por el


camino. —Se levanta, enganchando sus manos en mis caderas y tirando de mí contra
él para darme otro beso. Es adicto a mí, pero no me importa, porque el sentimiento es
muy recíproco.

Tal vez sea una locura, porque estará de vuelta aquí en tan poco tiempo, pero
siento que es necesario decirle que no puedo esperar a verlo de nuevo.
Miro desde la cocina mientras saca sus llaves de la repisa y las guarda en su
bolsillo antes de desplazarse en sus zapatos. Todavía lleva la ropa de la última noche:
pantalones negros, una camisa blanca. Su chaqueta negra le cubre el brazo.

Su mano descansa sobre el pomo de la puerta mientras se vuelve para mirarme,


como si tuviera que robar una última mirada antes de irse. Pero voy a él, lanzando mis
brazos alrededor de su cuello nuevamente, ahogando su hermoso rostro con besos
como si fuera la última vez.

Solo que esta vez, sé muy bien que no será la última vez.

Amo a este hombre.

Lo amo desde el fondo de su alma hasta las profundidades de sus ojos


azulverdosos.
Traducido por Anna

Corregido por Mariela

Ace

e pregunto si veremos a Rodrigo Gutiérrez? —Enzo no ha


dejado de hablar desde que Aidy lo abrochó en la parte
—¿M trasera—. ¿Cuántas bolas rápidas crees que va a lanzar Brandon
Sousa hoy? ¿Podemos conseguir un recuerdo? Como una taza o algo. Algo que pueda
mostrarle a mi vecino Owen porque nunca me creerá cuando le diga…

Aidy se gira hacia mí en el asiento delantero e intercambiamos sonrisas,


dirigiéndonos hacia la autopista de Nueva Jersey. Me estiro a través de la consola del
auto de alquiler, tomo la mano de Aidy, dándole un apretón.

Pensé que volver a Baltimore sería más difícil que esto. Pensé que sería
desagradable. Honestamente, si no fuera por Aidy y Enzo, no estoy seguro de que este
viaje estuviera pasando. Al menos no aún. Todo lo que quería era enmendarme con el
chico por ahuyentarlo hace un par de meses y hacerlo llorar.

Esta mañana, me desperté antes de que el sol saliera y me dirigí a la sala porque no
quería despertar a Aidy. A los veinte minutos Enzo salió, mirándome fijamente,
parpadeando y frotando sus ojos. Él se había desmallado la noche anterior en la
recepción, antes de que siquiera llegáramos al taxi. El chico no tenía idea de que lo
llevé a su casa o que me quedé a pasar la noche.

—¿Qué estás haciendo en mi sala? —preguntó. Lo vi pellizcar el interior de su


muñeca, como si estuviera revisando si estaba soñando. Le dije que me detuve de
camino está mañana para sorprender a su tía, y luego él agarró el control remoto y me
preguntó si me gustaban las caricaturas, a lo cual respondí—: ¿A quién no?

Después de un rato, me preguntó si sabía cómo hacer waffles, y luego corrió de


vuelta a su habitación y regresó con un puñado de cartas de preguntas y respuestas
sobre béisbol.
Hemos sido mejores amigos desde entonces.

—Ah, Wren está llamando —dice Aidy, poniendo la llamada en altavoz—. Hola,
Wren, ¿cómo estás?

—Buenos días —dice Wren—. Estamos aquí en Houston, solo esperando nuestro
vuelo de conexión. Pensé en llamar y ver cómo estaba todo.

—¡Hola, mamá! —dice Enzo desde el asiento trasero.

—Hola, amigo. Te extraño. Te amo —dice Wren dulcemente—. No puedo esperar


para verte de nuevo. ¿Estás siendo bueno con la tía Aidy?

—Es un ángel —dice Aidy.

—Ace me hizo waffles esta mañana —anunció Enzo.

Wren hace silencio por un momento.

—Fueron los mejores waffles que he comido jamás —añadió.

—Bien por ti, amigo —dice Wren—. Eso es… eso fue bastante dulce de su parte.
Tendrás que hacer algo agradable por él uno de estos días.

—No es necesario. Fue un placer —digo, apretando la mano de Aidy.

—Ah. Hola, Ace… —dice Wren.

—Estamos en el auto ahora mismo. Estás en el altavoz —dice Aidy.

—¿Qué auto? —dispara Wren de vuelta.

—Ace nos consiguió entradas para el juego de los Firebirds. En Baltimore. Estamos
de camino ahora —dice Aidy.

—¡Estoy tan emocionado, mamá! —añade Enzo—. ¡Ace dijo que podríamos
recorrer el dogout31, y él va presentarnos al equipo!

—Fue todo de último minuto —digo—. Espero que esté bien. Prometo que ellos
están en buenas manos.

31
Dugout: En el Béisbol, es el área donde se halla la banca de un equipo en territorio de foul, a ambos
lados del diamante, entre el home y bien sea primera o tercera base.
Wren hace silencio de nuevo, y luego vuelve al teléfono. —No, no, está bien.
Confío en ti. Enzo, sé bueno y quédate con Ace y la tía Aidy. No te alejes de su lado.
Has todo lo que te digan.

Aidy se gira hacia mí y gesticula “Mamá Helicóptero” mientras gira sus dedos en
el aire. Me rio.

—Él va a pasar un buen rato hoy, ¿no, amigo? —dice Aidy—. Te enviaré un
mensaje cuando lleguemos allí —añade ella—. Y tomaré montones de fotos.

—Está bien, bueno, están llamándonos para abordar ahora —dice Wren—. Los
amo chicos.

—¡Te amo, mamá! —grita Enzo.

Aidy cuelga y alcanza la radio, sintonizando la misma estación de rock clásico de


Jersey que crecí escuchando.

Dentro de media hora, estamos pasando por la salida que nos conduce a mi pueblo
natal.

Sí.

Voy a llevar a Aidy a casa el próximo fin de semana a conocer a mi madre.

Y mi mamá va a amarla tanto como yo lo hago.


Traducido por Anna

Corregido por Mariela

Aidy

E
l cielo está completamente negro, ni una sola estrella a la vista. Enzo está
roncando en el asiento trasero y Ace concentrado en la carretera. Los
faros alumbran delante de nosotros y la radio tararea música tranquila.

Estamos quemados por el sol y delirantemente exhaustos, pero hoy fue un día que
ninguno de nosotros olvidará jamás.

Puedo ver el horizonte de la ciudad desde aquí, lo cual significa que estamos casi
en casa, lo que también significa que este día está llegando a su fin.

—Gracias —digo, alcanzando la mano de Ace—. Gracias por todo. Creo que
Enzo casi se desmalló cuando le diste un recorrido por el dugout y lo dejaste lanzar
una bola antes de que el estadio se llenara.

Ace sonríe. —Se lo debía. Además, es un buen chico. Lo merecía.

Saco mi teléfono y paso a través de todas las fotos. Debí haber tomado al menos
doscientas hoy y media docena de videos, y las compartiré todas con Wren cuando
llegue a casa.

—El pobre chico casi se desmayó cuando conoció al equipo —digo, riendo para
mí misma. Pensé que iba a desmayarse cuando Ace le presentó a Guy Ditka y Mike
Baltierra. Un bolso en el asiento trasero está lleno con el botín. Sombreros. Banderillas.
Bolas firmadas.

De eso es de lo que están hechos los sueños del pequeño chico justo allí.

Me di cuenta cuando teníamos un par de millas en la carretera que no vamos a ser


capaces de hacer este tipo de cosas mucho tiempo. En un mes, estaré viviendo en el
oeste, y si tengo suerte, Ace podría venir a visitarme un par de veces por mes. O tal vez
yo venga aquí. No estoy segura. No hemos averiguado los detalles. Nuestra relación
será relegada a exprimir un montón de cosa en unos pocos días, y esperaremos con
ansias cada agonizantemente largo día en el medio.

Aun así, preferiría tener a Ace en mi vida que no hacerlo.

Haré lo que sea que haga falta para que esto funcione.

—¿Estás bien? —le pregunto a Ace. Probablemente estoy molestándolo porque le


he preguntado eso cada hora durante todo el día, pero vi el destello de nostalgia en sus
ojos cuando regresamos a su tierra natal. Vi la sonrisa triste en su rostro cuando su
antiguo entrenador envolvió sus brazos alrededor de sus hombros y lo llevó a un lado.
Vi cuan feliz estaban sus antiguos compañeros de equipo por verlo. Y escuché la
melancolía en su voz cuando les aseguró que estaba bien sin el béisbol en su vida.

—Lo estoy. —Ace asiente, los labios apretado—. Estoy mejor que bien, en
realidad.

—Ah, ¿sí?

—En una extraña forma, es como si finalmente conseguí un cierre. Es como si


fuera libre para finalmente seguir adelante de todo esto —dice, sus manos girando el
volante a medida que nos acercamos a la salida. Gira a la derecha, revisando el
retrovisor—. Después de hoy, realmente estoy esperando lo que sea que venga después
para mí.

—Está bien, así que, ¿qué es lo siguiente para ti?

Ace levanta un pesado hombro, dejándolo caer. —Todavía estoy tratando de


averiguar eso.

—Lo bueno es que tienes opciones. Puedes ir a cualquier lugar. Puedes hacer
cualquier cosa.

—Sí —dice él, girándose hacia mí rápidamente—. Estaba pensando hoy, y no me


importaría revisar en la costa oeste. No soy exactamente el tipo de hombre de palmeras
y sol, pero puedo ponerme unos pantalones cortos y conseguir un bronceado si eso
significa estar cerca de ti.

Mi mandíbula cae y me inclino hacía él, apretando mi mano en su carnoso bícep.


—¿Qué? ¿En serio? ¿Estás hablando en serio?
—Sí. —Se ríe entre dientes—. ¿Es tan loco?

—Sí. Certificadamente.

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta.

—Por supuesto. Pero vas a odiarlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque realmente tendrás que sonreír de vez en cuando. Los californianos se


recuestan y son generalmente felices la mayoría del tiempo. Al menos cuando no están
atorados en el tráfico.

—Jesús, Aidy. Estaré sonriendo todo el maldito tiempo si estoy contigo.

Froto mi rostro contra su brazo, inhalando su aroma. Colonia. Cerveza. Palomitas


de maíz. Sol.

—Te amo —dice—. Voy contigo. No voy a perderte de nuevo.


Traducido por Mariela

Corregido por Beth B.

Ace

Un año después.

stedes dos son como la Barbie y el Ken —dice Wren, descansando en

—U una silla de playa, con los dedos enterrados en la arena. La bebé


Maeve se sienta en su regazo, tratando de quitarse el sombrero de
encaje blanco que su madre aseguró cómodamente bajo su barbilla hace un minuto.
Mechones de cabello color naranja brillante sobresalen por debajo de él y su barbilla
está resbalosa con baba brillante—. Con casa Malibú de ensueño y todo.

Chauncey y Enzo están al borde del agua, buscando conchas marinas.

—La casa fue idea de Ace —dice Aidy, regresando del bar del patio con cervezas
heladas en la mano—. Él es quien quería echar algunas raíces.

—Tenía que hacerlo —dije, defendiéndome. Hace seis meses, firmé un contrato de
cinco años con Satellite XFM, para conducir un programa de radio deportivo. Mi
trabajo está aquí. Y la mujer que amo.

Aidy se quita el tapado, revelando un bikini de color mandarina brillante que juega
con su bronceado dorado de California. La costa oeste se ve bien en ella, y tanto como
odio admitirlo, se me ve bien a mí también.

Aidy no estaba bromeando sobre el tráfico, pero la gente aquí es tan feliz, y
siempre está soleado y hay tanto por hacer.

—Déjame ver ese anillo otra vez. —Wren alcanza la mano izquierda de Aidy,
tirando de ella más cerca. Maeve también extiende su mano—. Maldita sea, esa cosa
brilla.
Aidy sonríe, mirándome de nuevo y luego coloca su mano sobre su corazón. Hace
tres meses, le propuse matrimonio en una cena privada en un yate alquilado en la isla
de Coronado. Incluso presenté el anillo en esa caja de joyas antigua que Aidy compró
después de ese fin de semana que pasamos juntos en la casa del lago en Rixton Falls.
Tal vez es un poco pronto, pero no me importa. Cuando lo sabes, lo sabes. Y no quiero
perderla. Tengo que encerrarla antes de que sepa que puede tener algo mejor que yo.
Le he dicho eso también, y siempre me asegura que no hay nadie más para ella.
Supongo que estamos de acuerdo en no estar de acuerdo con eso.

No estoy seguro de lo que hice para tener tanta suerte, pero no voy a estropear
esto. Juro por todo lo que soy, que seré exactamente el tipo de hombre que merece una
mujer como Aidy Kincaid.

—¿Siguen planeando una boda de junio? —pregunta Wren.

—Sip. —Aidy se reclina en su tumbona, cruzando las piernas.

—Perfecto —dice Wren—. Dicen que cuando te casas en junio, eres una novia
toda tu vida.

—¿Quién dice eso? —pregunto.

Wren se encoge de hombros. —No sé. Pero suena bien.

La puerta del patio trasero se abre y se cierra, y giro bruscamente para ver a mi
madre bajando, llevando un plato de crostini caliente y caponata. Ella llegó hace dos
días, y se ha propuesto mantenernos bien alimentados durante su estancia. Cree que
estamos demasiado delgados, pero le hemos dicho que somos un poco más activos
aquí que antes.

—¡Gracias, Valentina! —dice Aidy, tomando una servilleta y una rebanada de


crostini—. Esto huele increíble.

Wren coge uno también.

—Te quiero, Valentina. Estamos aquí, relajándonos en la playa, y tú te estás


esclavizando a un horno caliente, asegurándonos de que no tengamos hambre.

Mamá me mira, sonriendo, y luego se sienta frente a mí bajo la mesa cubierta por
un paraguas.

—Gracias, mamá —le digo.


—Prego —dice ella.

Wren se da la vuelta.

—¿Prego? ¿Dijo prego? Aidy, ¿estás embarazada?

Riendo, le hago un ademán con la mano.

—Significa “de nada” en italiano.

—Ah. —Wren se encoge de hombros, los labios sobresaliendo.

—Te ves decepcionada —le dice Aidy, poniendo la mano en el hombro de


Wren—. No te preocupes. Pasará uno de estos días. Ese allí atrás cree que necesita un
equipo de béisbol completo de niños Amato.

Apoyo las manos detrás de mi cuello y sonrío, asintiendo. Es verdad. Quiero una
casa ruidosa, como en la que crecí. Quiero caos, risas y recuerdos. Y lo quiero todo
con Aidy a mi lado.

Nunca la dejaré. Nunca dejaré a la familia que creamos juntos.

Después de que mi carrera terminó, no tenía ni idea de lo seguía para mí. La


mayoría de las veces, ni siquiera quería pensar en ello. Pero encontrar a Aidy resolvió
todo. Ella era el antídoto para la mano de mierda que me habían tocado.

Al principio, no estaba seguro de por qué seguíamos encontrándonos el uno al


otro.

Ahora sé que fue una especie de intervención divina.

Esa mujer me salvó.

Ella me salvó de mí mismo.

—¿Cuándo llega Matteo aquí? —pregunta mi madre con su acento italiano, con
los ojos castaños encendidos—. He extrañado a mi listillo con hoyuelos.

—Esta noche —digo—. Está terminando un comercial de desodorante.


Mamá golpea su mano. —¿Por qué está perdiendo el tiempo con los comerciales?
Debería estar haciendo películas. Éxitos de taquilla. Matteo debería ser el próximo
Batman.

—Me temo que no es así como funciona —le digo, sofocando una risita.

Mamá jadea, mirando hacia el océano como si tuviera una venganza contra él.

—Uno de estos días, esos hoyuelos le harán hacer dinero. Recuerda mis palabras.
Si Dios quiere.

Ella murmura una pequeña oración en italiano y hace el signo de la cruz.

—Dante vuela desde Seattle mañana por la mañana, Cristiano y Fabrizio


aterrizarán mañana por la noche —le digo. Estamos celebrando el Día de Acción de
Gracias anticipado este año, y con mis hermanos tan locamente ocupados y el
restaurante Chauncey volviéndose loco alrededor de las vacaciones, todos decidimos el
segundo fin de semana de septiembre. La madre de Aidy, Julie, también viene, llega el
sábado. Todos se quedan aquí, en nuestra casa. Incluso Topaz estará aquí, al menos a
través de Skype. Va a ser un fin de semana increíblemente largo, pero en realidad estoy
deseando que llegue.

Mamá se frota las manos antes de inclinarse sobre la mesa y acariciar mi cara. —
No he tenido a mis muchachos todos juntos en mucho, mucho tiempo. No tienes idea
de lo feliz que estás haciendo tu vieja madre.

—Sí, sí —digo.

—¡Mamá! ¡Encontré algo! ¡Ven, mira! —grita Enzo desde la orilla.

Aidy se levanta antes de inclinarse para tomar a su sobrina en sus brazos para que
Wren pueda cuidar a su hijo, y entonces se mueve a la mesa, tomando un asiento al
lado de mi madre.

—Eres tan natural con ella —dice mi madre, mirando a Aidy y a Maeve
atentamente—. No voy a andar por las ramas con ustedes dos. Me estoy haciendo
mayor, y voy a querer nietos más pronto que tarde, y tus hermanos están demasiado
ocupados viviendo la dolce vita para pensar en esa etapa de sus vidas.

—Sí, sí, mamá. Lo sabemos —digo, dando un guiño a Aidy—. Está en el


horizonte. Créame.
—Está bien. —Mi madre suspira, levantándose de la mesa—. Voy a entrar y
comprobar el resto de la cena. ¿Vamos a cenar al fresco32 esta noche?

—Cenamos al fresco todas las noches, Valentina —dice Aidy—. Ahora somos
californianos. Es posible que desee considerar unirse a nosotros uno de estos días…

—Cara mia33, tú me das un nieto y nunca podrás sacarme de encima —dice mi


madre, riéndose mientras entra—. Empacaré mis maletas antes de que puedas decir
Pacific Coast Highway.

Mi madre se dirige hacia adentro, y veo a Aidy rebotar a Maeve en su regazo,


escucho al bebé haciendo ruidos y riendo mientras Aidy hace todo tipo de caras
estúpidas y pedorretas en su vientre.

Mamá tenía razón. Aidy es natural con los niños. Pero ya lo sabía.

—¿Por qué estás mirando? —me pregunta Aidy, su atención aún centrada en la
bebé.

—¿Qué? ¿No puedo verte? —defiendo mis acciones—. Solo se siente como si
estuviera echando un vistazo a lo que viene, es todo.

—Paciencia, amor mío —dice—. Primero tienes que casarte conmigo, luego
hablaremos de bebés.

—Me casaría contigo mañana si me dejas. Tú lo sabes.

—Sí, pero no quiero precipitarme. Solo se llega a planear una boda. Quiero
disfrutarlo —dice sonriendo. Ella ha estado enfocada en su negocio el año pasado, que
ha crecido de la nada a algo que está floreciendo salvajemente. Ha contratado por lo
menos una docena de nuevos maquillistas en el último año, y está presentando
solicitudes para más.

No estoy seguro de cómo lo hace.

Ella es prácticamente la Mujer Maravilla.

Y nueve meses a partir de ahora, será Adelaide Grace Amato.

32
Al fresco: Al aire libre en italiano
33
Cara mia: Querida en italiano.