DEDICATORIA

DEDICADA A JESÚS Y DHARMA SAUCEDO,
EL PRINCIPIO Y FIN DE LA MADEJA QUE
TEJE LA TRAMA DE ESTA HISTORIA.
CAPÍTULO 1

Oleaje
1.

Luego se enteró de que era sólo el inicio. Lo supo cuando las luces de
los pequeños focos que lo rodeaban se apagaron, pues después de
dos horas funcionando sin motor los generadores fallaron. Ahí está el
azar buscándolo y él se llena de incertidumbre, pesares que sólo él
puede llevar a cuestas. Nadie más. Como todos. Fue el fin de una
pequeña burbuja imaginaria de protección humana; el resto del grupo
se había separado, cada quien jaló por su lado, corrieron su suerte.
Buena o mala. Ahora él está en medio de la turbulencia, tendido sobre
las olas, arrastrado por fuertes corrientes. Una vez más.

No entiende muy bien porqué se dejó llevar por las aguas con olor a
aceite de bacalao. Cuando el viento lo sacude, le azota la cara, sus
piernas y brazos se mueven al ritmo que marca la marejada que se
precipita sobre él con verdadera furia. La gruesa cuerda, tomada a las
prisas, que lleva anudada a la cintura y parte de la panza ya le ha
lastimado la piel. La madera del poste del barco en donde está
amarrado le rasga la espalda. La sal del agua marina entra por su
boca y su nariz, no lo deja en paz, le escuece la garganta, le provoca
ardores en el estómago.
Su mente está trabajando en automático, impulsada por los golpes de
la lluvia, además del temor intenso y los recuerdos cruzados de las
personas que lo acompañaron. No tiene tiempo para reconstruir
coherentemente la serie de eventos que vivió para que terminara hoy
aquí. Aunque amarrado, quieto, sí sabe que se moverá
indefinidamente hasta donde quiera la fuerza de eso que llamamos
naturaleza y que no es otra cosa que el caos extraño que nos rodea,
que es universal y común a todos. Eso lo mantiene quieto por fuera e
insensible, pero tirante, como la línea de menor resistencia, la que
asegurará su supervivencia.

No espera nada y como respondiendo a eso el barco camaronero
bandea, crujiendo fuerte entre el ruido del viento, y por encima del
estruendo alcanza a oír los gritos de miedo del otro, del chamaco, de
El Pavito. Con mucho trabajo, casi usando el último aliento de sus
pulmones, vuelve los ojos cocidos de sal, buscándolo. Nada, sólo la
guinda despintada de sol, que ahora escurre manchas de espuma gris.
Casi no valió la pena, piensa, casi no. Otro movimiento del barril,
tendiendo la borda más abajo; ve sus pies por encima del agua turbia
del mar, brazos y piernas cayendo hacia esa masa oscura, negra.

2.
La pequeña camioneta blanca se detiene bruscamente y él se
despierta, mirando alrededor, extrañado. Se lleva una mano a la frente
a manera de visera, entrecierra los ojos por el brillo quemante del sol
del Istmo de Tehuantepec. En el cielo, de un azul diáfano, no hay
nubes. El polvo que lo rodea es levantado por las pisadas de mujeres
obesas de pies descalzos que llevan cubetas de plástico en la cabeza
y trapos en las manos, con los que se abanican y secan su sudor de
tierra negra.
–Ya llegamos, ese... bájate – le dice el conductor del vehículo,
recriminando.

Aún aturdido, agarra la bolsita de plástico blanco en la que guarda sus
pertenencias: tres o cuatro playeras viejas, un bañador aguado y unos
huaraches de hule negro. Dando un brinco baja de la cabina. Intenta
agradecer al chofer, pero éste ya se convirtió en una polvareda que se
aleja a toda prisa. Mira con calma en torno suyo: hacia la izquierda, a
lo lejos, alcanza a ver las figuras familiares para él de los cilindros
achatados de las refinerías petroleras. Esta es la Refinería del
Pacífico, tan al sur de ese litoral enorme, que nutre con gasolina al
suroeste de todo el país. Para él parecen los signos de una la
maldición que lo sigue, como si la vida siempre lo regresara a esos
lugares, a ese ambiente indeseable del olor a gas quemado y aceite
crudo. Prefiere no mantener la vista ahí, le duele ver esos testigos.
Mejor pone la vista en la normalidad de los que caminan, en el
humano cercano, el que pasa al lado justo de su mirada.

No sabe bien qué hacer, pero el instinto le indica que el camino de la
gente lo puede guiar. Las obesas de las cubetas no van muy lejos por
la calle y otras personas siguen ese mismo rumbo. Decide seguirlos,
no oponer resistencia. Pone la bolsa bajo el brazo, mete las manos en
el pantalón y comienza a caminar con calma. Hombre que llama a
hombre, diría el filósofo del pueblo.
Por una costumbre vieja de viajero nuevo observa curioso el pueblo al
que ha llegado. En las cuadras de la comunidad las casas se apiñan
en un cerrado rectángulo, casi perfecto, pegadas todas lo más posible
a la calle principal, rasguñando las esquinas de banquetas
inexistentes. Ganando la partida a la zona del peatón. El pueblo es
añejo y nuevo, vacío y lleno, hospitalario y reservado. Hombres de
figura femenina, con grandes cadenas de oro en los cuellos, lo miran
desde las entradas obscuras de los muchos salones de billar. Es un
pueblo de paso, de entradas y salidas rápidas, de historias falsas
contadas por extranjeros o moel, como les dicen aquí. Las historias
verdaderas, las de este pueblo, se cuentan dentro de los patios de
casas amarillas. Esas no van de paso, no se van de vacaciones, se
quedan en donde nacieron, nunca salen. Las otras son invenciones de
extraños, ideas forasteras y secas que son llevadas por el viento del
Istmo, del Golfo al Pacífico y al revés.

Sabe que primero debe buscar donde tirar la onda, rascarle al sudor
para sacar unos pesos. Todos los transeúntes caminan como guiados
por el instinto. Sabe, la experiencia dura se lo ha dicho, que donde hay
gente casi siempre hay quien necesite ayuda; alguien que maneje los
mandados o cargue la entrada de la mercancía. Una mano fuerte,
dentro de sus posibilidades, que sude con el rigor del empleo y se
entregue fuerte por unos días. Cree que su paso será momentáneo.
Los montones de personas atareadas en la venta, que descuidan los
aspectos duros de la faena, los que él y otros muchos hacen por
necesidad, entrega forzada, son sus aliados incondicionales,
inesperados. Eso lo mueve, le da rumbo. Él sigue su andar de
nómadas, de animales grandes y cansados de mucho tiempo atrás.

Sin predecirlo y sin quererlo su camino termina en el muelle de la
ciudad. Es una obra de ingeniería civil de los años del crecimiento
económico del país, de los años de la pujanza imaginaria, del estado
revolucionario, con aires de batalla en la palabra expropiación. Por un
lado la Boca del Río, nombre con ecos de lugares lejanos, con olor a
fogatas de mariscos y humo llorón. Camina casi en medio del centro
geográfico, un poco a la derecha, de la bocana de la Bahía de La
Ventosa. Ese el lugar de los vientos, cruce de las brisas salvajes de
dos océanos, de los más conocidos y vituperados. Con la mirada vacía
ve los cascos viejos, el aceite tirado en el agua, con su brillo de arco
iris y su tristeza deslavada. Unas cuerdas olvidadas a mitad del
andador y los avíos de pesca piden la atención del caminante
distraído, dos gritos de advertencia y enfado; un fuerte olor le llega
hasta adentro de la nariz: “hiede a pescado”, piensa.

Decide que ese no es un buen lugar de oficio y trata de ver por dónde
salir. Camina a la derecha: un cajón de herramientas con el contenido
desparramado; camina a la izquierda: otro grito de enfado. El fuerte sol
de la temprana mañana costeña lo cubre de brillos en los pómulos. El
sol sobre la cabeza. La cabeza descubierta. La maldita costumbre del
miedo. La hediondez del camarón asoleado. Ve una y otra vez un
barco amarillo, preguntándose si es el mismo tono de amarillo o el
mismo barco de su infancia en las aguas grises del puerto del pueblo
chiquito en Veracruz. Mejor ve sus pies para no perder el paso de
huída: dos… dos, dos… tres, tres… tres, tres… cuatro, ahí van los
pies; los siente adoloridos, mojados dentro de los tenis viejos,
húmedos de sudor de hongos, de moho humano, de olor espeso. Se
detiene cuando topa con un ruido de hombres riendo y gritando pullas.
–Chamaco... pst ... muchacho – voltea y ve a varios hombres sentados
en el piso y otros encima de algunos cartones de cerveza – ¿Te
quieres ganar pa’ unos tacos? Consíguenos un destapador.
Contesta sin pensarlo, con el sol costeño y el barco amarillo en las
neuronas y los pies con hongos. Las palabras salen atropelladas.
–Yo… yo las destapo...sé abrirlas… con los dientes.

–Ah, chingá ¿cómo?

–Aprendí. Yo las destapo.

–A ver cabroncito, échate esta...– alguien le alarga una cerveza, es de
esas de envases chiquitos, muy pequeños; la ve y aprieta la boca de
la botella entre los dientes, un silbido y escupe la corcholata. Otras
manos, varias, le alargan otras cervezas, las toma como puede y,
mientras, se acomoda en el piso para destaparlas.

3.
“Te digo, buen trabajo, nomás hay que tenerle güevos pa’ aguantar la
presión”. Las palabras suenan sólo en su mente y aún así le duelen,
por eso se agarra la cabeza. Cada vez se ve más cerca el agua, pero
sólo se alcanza a ver la superficie, quién sabe qué más habrá allá
dentro. Y otra vez la voz: “en Salina Cruz pocos bichos, chamacos
pues, se dedican a curar los barcos; allá abajo, en agua, una chispita
te manda con santos”. Él levanta la cabeza, con dificultad abre los
ojos, vomita.
Don Germán le habla cortado, como hablan quienes son bilingües,
nativos del zapoteco, y están desesperados:

–Pagan mucho por horas. Total, ya se quedó aquí; ya vive con
nosotros. Quizás hasta haga vida con mujer, no importa que sea de
juera. Necesita dinero para mujercita. Sí, dice que paga bien. Soldar
bajo el agua perjudica coyunturas. Pero unos meses no le dañan
nadie. Empleo bien. Después junta red y va mercado, como todos,
vende polvo camarón o güeva. Piden mi soldadorcito. Los niños no
quiere, que no son huave, sólo tú. Vago deja mal día. Mujercita, casita,
Istmo buena mujer. Sólo das la tercia de sueldo, sólo pido, sólo
nomás. Poco ¿verdad?
–Pues yo le entro.

–Eso, éntrele ahorita que es bichito, ya cuando uno viejo todo se
chinga...
Desde ese día lo están sacando del agua. Las poleas chirrían del
esfuerzo, las burbujas verdes rompen el agua, la salida del armario,
los ruidos del agua cayendo a borbotones. El cuerpo cubierto con la
antiquísima escafandra, la cara roja por el esfuerzo ante la falta de
aire. El miedo siempre ahí, al momento de salir al mundo, porque
abajo está en nada. Sólo la luz del casco y las mortales chispitas de la
soldadora. En la superficie flotan los calcinados cuerpos de peces
conocidos como ojotones y otros pequeños peces globo, todos
parecen la escafandra rota de un mini buzo, a todos les entró el agua
eléctrica a los pulmones de pescado. O algo así.

Una vez fuera de la escafandra se tiende sobre la madera caliente del
puerto, siente en sus omóplatos la dura textura de la palmera podrida
del muelle asoleado. Lleva una ligera playera, casi transparente, de
algodón blanco y unos shorts de tela azul brillante. El esfuerzo de los
pulmones se refleja en su estómago, que baja y sube
acompasadamente. El resto de él se queda quieto, sintiendo el paso
de la sangre por las contracciones de los músculos. Sabe que necesita
comer, pero de sólo pensar en masticar le duele el alma. Concluye
que ahí, tumbado, está bien.

–Órale, bicho, ya sale otra tirada – dice Don Germán, a quien no ve
porque tiene los ojos cerrados.
–¿Cuál?

–Esa… es La Chillona.
Abre los ojos y ve que el viejo le señala con la cabeza, hacia la
derecha. La molestia en los pulmones es casi perversa, telúrica de no
dejarlo ver bien su mundo y así como los nexos con la vida simple que
desea: la mujercita de la falda apretada por el viento que una vez vio
en el zócalo, la casita amarilla con su patio, las historias sedentarias
de gente autóctona; la vida de Don Germán y de su gente, de su
mercado, de sus camarones y los barcos que los traen del mar
profundo. Voltea y ve un barco camaronero común: 25 metros de
eslora por unos seis de manga, poco calado. Se medio levanta.
–Hoy… ya me eché tres… veces.

–¡Garapacho! Bicho no quiere.
Parado en el muelle, sin que lo viera, hay un hombre delgado,
correoso, casi esquelético; con la clásica tez cobriza de los marinos y
unos cabellos amarillos saliendo de entre una gorra verde gastada.
Cuando lo mira le recuerda, nadie sabe porqué, al tío, el hermano de
su padre dejado atrás en el agua triste de aquel Golfo, mientras ellos,
los dos niños, se obligaban a criar gallinas flacas y comer mangitos
verdes aunque les ardiera el estómago. Con un movimiento claro y
amplio el tipo levanta la mano derecha y se rasca con cuidado la
mejilla; sus manos son grandes, huesudas, metálicas.
–Garapacho. No quiere bicho, peligroso –dice Don Germán–. Mucho
cuidado, poca paga; pero él decide.
–Za’ Germán, son 120 esta semana –pensando en la mujer del vestido
ajustado por el viento– y ya es tarde, después no voy a ver nada, no
sé hacerlo así. Estoy mojado de sudor.

–Contigo, poca paga – recrimina el bilingüe.
El tipo que se parece al tío abandonado, se ríe, mostrando una hilera
deforme y salida de dientes, por eso Garapacho. “Y voy a morir como
el caguamo… ¡trepado en la concha!”, grita a quienes lo oyen cuando
las copas de mezcal de gusano se le suben a la mollera, lo que no es
muy raro. También tiene los ojos tristes y expresivos, como de perro
abandonado, de cachorro pensativo, que es la mirada que les gusta a
las mujeres de corazón tierno.

–Hazme el favor, tío. Arréglame La Chillona. A la pobre se le abrió un
hoyo en el forro, cerca del pantoque. Se le están viendo las enaguas y
mojando los calzones. Mira que tengo la necesidad de salir mañana
tempranito al norte, pa’ Sinaloa; si no, no cubro la cuota – todo dicho
sin precipitaciones, despacio.

–Me escaldé las manos.

–Doble.
–¿Y el material?

–Doble.
Garapacho se aprieta la nariz con una mano. El muchacho ve lo
enormes y extrañamente finas que son las extremidades del pescador.
Voltea a ver las suyas: pequeñas, agrietadas y arrugadas por el agua;
ve el mar y a La Chillona. Suspira profundamente, la mente le habla de
recuerdos escondidos de espacios y atmósferas que lo llenan de
nostalgia, de un calor raro en el pecho, de vergüenza. Algo sabe que
se esconde, que lo llama desde atrás. Ya sabe que se va a dejar
arrastrar. Don Germán le palmea la espalda con ánimo. Aventando su
cansancio por delante, se levanta delante del hombre y va a su labor.
El indígena se queda hablando con Garapacho, discutiendo sobre los
mejores sitios que hay para comprar mezcal oaxacaqueño.

Otra vez el odiado ritual bautismal, el nacimiento ceremonial del
hombre que entra a la vida saliendo del mar. Otra vez el sofoco, el
dolor de los músculos, el hambre retrasada por el cansancio. Se
sienta, ve cómo el sol casi se ha metido. Interiormente se alegra de
ver sus reflejos en el aceite tirado y entre los cuerpos de los
pescaditos muertos. Trata de descansar tumbado en el piso, pero de
tan fatigado no encuentra acomodo y se mueve de un lado a otro sin
recargarse totalmente. Ve que se acerca Garapacho.

–Tío, el doble –le estira unos billetes gastados y húmedos.

–Falta –contesta separándolos con trabajo.
–No hay más. De regreso del Norte te liquido.

Garapacho le pone una mano firme en el hombro, cerca del cuello. Él
se achica, desvía la mirada; el otro sonríe. Con eso confirma que ya
es, ahora, el tío de los ojos tristes y el hablar golpeado, el de los
huevitos de tortuga y los enormes ostiones en su concha, allá en el
océano del aceite. Se parece, pero mejor tratado, a ese cuerpo que se
quedó quietecito cuando papá terminó con su obra de destrucción y
honra; que acabó con la granja de gallinas flacas, que inició el éxodo
permanente por las costas de los mares mexicanos; en los hermanos
separados, pero unidos en el recuerdo de los ojos vidriosos de muerte
del tío.
–O... o mejor vente arriba – señala a La Chillona. – Se nos fue un pavo
y necesitamos quien maneje el mono.
–¿Pavo? – dice sintiendo la enorme mano en el hombro.
–Sí, alguien que nos ayude en las faenas. Es como un pinche de la
hombrada a bordo. También nos dice si hay camarón abajo. Se trabaja
a destajo, pero yo te digo cómo hacer más monedas.

El joven se rasca la oreja y el codo y la barbilla con fuerza, mide sus
manos juntándolas, viéndolas de perfil. “Todo es cuestión de trabajar
con ganas, tirarse a la labor”, dice el hombre. El otro ve a Garapacho y
piensa en las máscaras que en realidad son las caras de la gente, en
su madre avergonzada por los errores y sus dos hijos: él y su
hermanita. No sabe muchas cosas, pero sí conoce ese sentimiento de
culpa, esa sensación de huída. Todo lo que sabe es que no quiere
sentirse así.
–Se gana a manos llenas, es duro… pero chulo es el descanso y el
billete. Con eso te cubro lo de hoy y sacas pa’ todo el año.
–¿A qué horas?

–Temprano, pero mejor ya duermes arriba. Así te aclimatas.

4.

Parece que la tormenta terminó, al menos ya puede respirar sin que el
agua se meta entre los orificios nasales y los dientes. Con mucho
esfuerzo, gime secamente, voltea a ver si está el Pavito. En la popa se
alcanza a ver el chinchorro, el de pesca de troleo. Está tendido como
una cortina desordenada colgada de la borda de estribor, donde se ve,
por fuera del mar, la carena que hizo siendo buzo. Por atrás de él
apenas se ve al niño, que parece dormido o muerto. No puede reprimir
un suspiro cansado, ve sus pies hinchados y sin zapatos. Al menos ya
no están mojados por el sudor de hongos.
Le duele todo, pero lo alivia ver que ya no tiene pasado. Todo está
roto. ¿Quién quiere casas amarillas? ¿Quién quiere buscar caracoles
y pedazos de coral en la pedacera del camarón? ¿Quién quiere ver
muchachas de piel fresca? Al menos él nunca se hizo menos hombre
ante la faz de plata, la ondulante sábana azul brillosa de las colinas de
agua de la mar profunda. Todo empieza otra vez. Será que una vez
más dejará sus huellas aquí y allá, en destinos que no son suyos, pero
que comparte y forman parte de un proceso que algunos llaman
crecimiento, que no es otra cosa que reiniciar.

Y ahí se van el tío muerto por el orgullo, la mujer sangrante por el
amor odioso de unas manos, los críos abrazados a la sombra del
techo de asbesto negro de una casita, el asedio y triunfo de la lujuria.
El ruido de una canción entonada para la mujer más bella del mundo.
Todo está en cero. Ya no hay lugar para la nada de las chispas
mortales, las amigas de la secundaria, las mujeres vengativas, los
señores poderosos, el mar furioso. Porque sólo ahí, colgando en
medio del huracán, descubrió lo que es nacer limpio por el mar.

5.
Los primeros días caminaba despacio, atascado de mareo y
cubriéndose lo más que podía del sol, rezongando por el sentimiento
constante de terror a la insolación. Al mismo tiempo le parecía
fascinante que doce personas pudieran trabajar, durante meses
enteros, en el rompecabezas revuelto de La Chillona. Tuvo que
aprender, a las voladas, el diccionario básico de la extraña jerga de los
hombres de mar. El trabajo era poco gratificante, pues recibía órdenes
de todo tipo de todos los hombres de la tripulación; además siendo el
más novato tenía que soportar las bromas obscenas por parte de la
marinada.

Como había prometido, el Garapacho le enseña a obtener unos pesos
extras con el trabajo de medición de la pesca. Lo hace un día de agua
tranquila, al despuntar el alba. Mientras lo despierta con un “Vamos,
tío. Ahora viene la tuya”, él se quita las lagañas de los ojos,
prestándose con buen instinto a la enseñanza. En la franja de tierra a
su derecha, pesado en su forma baja, los observa La Punta del Chivo.
Se refleja en la mar fría de la mañana, trayendo luces que se escapan
de entre los árboles picudos de su cima, con aliento a calor contenido
y pesca de época. Pocas veces se había esforzado tanto, aunque
tenía la sabia costumbre de la necesidad y de saber dónde estaba el
buen trabajo.

–Mira, tío – le dice Garapacho parado en la proa –, este que ves aquí
es el mono de pesca de diez kilotes. ¿Al menos sabes lo que es una
red? ¿No?

–Viví en Veracruz, en Boca del Río.

Garapacho lo ve como recordando algo. Los ojos tristes se hunden un
poco más. Se truena el cuello con un brusco movimiento y mira al
piso. Un leve soplido atraviesa su nariz. Un mar gris cobalto los rodea,
aunque al fondo unas manchas rosas comienzan a clarear la
atmósfera. Casi sin separar los labios dice:

–Supongo que eso no fue tan bueno ¿verdad? Algo duro, como
siempre ¿eh?
Él lo mira rascándose la barbilla con fuerza. El Garapacho levanta la
mirada, haciendo un gesto de comprensión con los hombros. Sus ojos
reflejan una atención profunda. Desiste del intento y continúa.

–Buee… éste lo usamos para saber si hay camarón abajo. Cada que
sale el sol y se pone tiramos el mono pa’ saber si debemos rondear y
volver atrás por el producto. El ato llega a unos 50 metros, al fondo,
pues. Si se sacan de la primera ternada más de 3 kilos de mijo o
camarón, pues vamos pa’ atrás a tirar la tarraya mayor y sacar lo que
podamos.

Garapacho da dos pasos al frente, junto a la redecilla, y con
movimientos pausados alinea el mono, lo extiende y lo suelta para que
caiga al agua. “Fíjate bien que no jale pa’ las propelas, por eso lo
avientas con la derecha”, le dice mientras con sus acciones va
ilustrando las instrucciones. Con la mano derecha jala una palanca y el
mono se pierde entre la espuma salida de los brincos de la eslora
derecha. Lo mira hundirse entre la espuma de la estela de la
embarcación, atento a lo que suceda.

–Dejas que se lleve toda la línea, procurando que no se te haga
coca… que se enrede, pues. Para eso la detienes de aquí. ¡Tío!
Cabrón, ve la chingadera. Ponte buzo y ve lo que hago. ¿Pa’ qué ves
el mar? Sigue la línea.
Él se da cuenta, en lo profundo de su ser, que es la primera vez que el
capitán le llama con algún nombre o lo insulta de forma personal. No lo
olvida nunca. Los dos se quedan parados viendo desaparecer los
metros de cuerda. Piensa que también es como el maestro de la
telesecundaria, allá en Tecate, ese que le enseñó a hacer jabón con la
manteca del cerdo recién sacrificado; ese que le dijo cómo debía de
besar a las compañeras cariñosas, a quienes nunca besó, y quien le
mostró la forma de derrotar a los malditos larguiruchos norteños en
peleas de grillos y alacranes. No se acuerda de cómo se llamaba, eso
lo enfurece, le da mucho coraje. Promete acordarse del nombre de
Garapacho. Pero recuerda que no sabe su verdadero nombre.

–¿De dónde eres? – pregunta con reserva.

–­Mi’ijo, creo que de Acapulco, al menos por allá dejé lo virgen y me
hice hombrecito. ¿Lo conoces?

–No.
–Es como Salina Cruz, pero sin polvo y con muchas gringas, en vez
de putos. Aunque también ahí hay… y muchos – ríe sin ganas.

–Y ahí ¿Cómo te decían?
–Yo sé de ti, no tú de mí… luego te cuento. – Garapacho se rasca con
fuerza la nariz y escupe un gran moco hacia la borda – Huele mal,
nunca hay que dejar que te llegue a la garganta… luego se infecta –
dice, disculpándose. Termina de arrojar los restos de la flema, lo ve
con atención – De ti me extraña tanto mar en tu vida, y que de verdad
no te pertenezca. Creo, de verdad, que esto no es lo tuyo. ¿Por qué te
saqué de buzo?
En eso suena una campaña y los dos voltean a la guía del mono. Se
acercan y entre ambos accionan el mecanismo del pequeño
cabestrante que enreda la cuerda de la redecilla, ésta sale dando
tumbos entre la línea de flotación. Con un golpe de mano Garapacho
descarga su contenido sobre la cubierta: dos rayas, un pez globo,
algunas estrellas de mar, pedazos de coral de varios colores,
hipocampos y un ovillo de camarones. Se encargan de seleccionar las
presas, separan y pesan el camarón. Ven que es sólo medio kilo.

–Ni pa’ la desvelada. – dice Garapacho – Tu ganancia es esto. Mira.
Toma el coral, las estrellas de mar y los hipocampos. El resto lo tira al
mar. Los coloca de forma que se sostengan quietos sobre la cubierta.
El muchacho no pierde de vista lo que hace, procurando recordar, sin
saber para qué, los pasos que sigue para que él se gane su dinero.
“Con esto te ganas tus pesitos”, le dice entusiasmado de tener a su
alumno, las frases salen con un tono demostrativo medio fingido. “Con
esto se hacen los recuerdos de la playas, esos que venden pa’ los
turistas; como en Acapulco”. Los sumerge en una cubeta que tienen al
lado, donde parecen adornos de una pecera. Él lo mira en silencio,
pensando en las redes de los pequeños barcos de todos los grandes
mares que conocía y en cómo se rompían y en cómo las arreglaban
de la misma forma, todos, en los malecones de sus calurosas
ciudades. Tirando el uso, dando el bucle, anudando la suelta… y otra
vez.

–Los mojas con agua dulce, muchas veces, pa’ lavarlos bien. Les das
una pasadita de gasolina blanca, que los deshidrata pero no los pudre.
Pones todo al sol y con eso evaporas la carne. Llegando a puerto los
vendes. Salen rápido, pues la gente ya sabe que estos son de la mejor
calidad, son de puro mar azul. De aquí hasta Colima se mercan bien.

–Ga… Garapa… cho ¿Cómo te llamas?

–No la chingues, Pavo.

6.
La rutina de las faenas lo lleva a calmarse, a no pensar en cosas
malas y extrañas, cosas que por las noches lo dejaban en insomnio.
Poco a poco conoce los espacios que tiene para él solo, así como los
que debe destinar a sus labores, a conocer a los muchachos, a calmar
los dolores de oído ocasionados por la brisa y la acidez del estómago
producto de la sal. Ya sabe que lo más importante ocurre en la
cubierta superior como a las 7 de la noche, con el sol poniente, que es
la hora de la mejor cosecha del fruto. A esas horas del atardecer
camina entre el aparejo de redes del barco mientras los camaroneros,
con esa media sonrisa de los hombres solos en el mar, lo “aleccionan”:
–¡Hazte pa’allá Pavote! Estás pisando parte del cielo de la red –le grita
uno mientras jala una cuerda envuelta en red, que está bajo uno de
sus huaraches de plástico.

–¿Por qué “Pavote”?
–Es por el otro chamaco que se subió en Puerto Escondido apenas,
pero ese sí es un chamaco; míralo, ahí está – señala a un lado y él
voltea para descubrir a un niño de unos 10 años– ... no como tú, que
ya la sabes, que ya te la mediste, que ya estás para merecer favores.

–Cálmala– responde el Pavo.
–¡No se me duerma, cabrón Pavo! – le grita otro que está cerca de la
gatera – Si te me duermes un poco te va a ir medio, medio… es que
¡El Cocinero te ama, Pavo! Y ese al que se descuida me lo perjudica y
eso no se cura ni con penicilina. Por ésta, mi pavo.
–Es puto. Muxe, como dicen en Oaxaca. Come hombres o… pues
como ahora se puede, quizá hasta coma mole de pavo. Afloje, Pavo, y
te van a dar de tragar bien, y es que le gustan más gorditos. Él dice
que así hay más carne, aunque no de todas partes.

Risas generales. Él se queda mirando el horizonte, respirando con
fuerza el olor del agua marina. Su sentido de la vergüenza siempre ha
sido muy aguzado, por más que ha querido controlarlo le causa
problemas cuando se incorpora a un ambiente nuevo. Aunque luego,
poco a poco, se va adaptando. Presiente que ahora las cosas no
serán así de simples. Se voltea, su pie tropieza con algo y lo recoge
del piso. Es un pedazo roto de coral rojo. Por dentro de enoja, pues
sabe que son los pedazos de una de sus mercancías que alguien le
quebró… sin querer, o a propósito nomás por molestar y hacerlo
enojar.

Al día siguiente se levanta y ve cómo las nubes se vuelven cada vez
más amarillas, también observa la forma en que la claridad total se
extiende en el cielo en tonos azules. Se acerca al aparejo que cuelga
cerca de la rampa de popa, de donde se sostiene el mono. Con
trabajos sube la redecilla a bordo, tira el contenido sobre la cubierta,
espulga el contenido y separa unas cosas de otras: por un lado el
camarón, lo pesa en la báscula: “1 kilo, no hay suficiente”, le dice al
Pavito que lo acompaña. Pone aparte una estrellita de mar, un
hipocampo, algunos pedazos de coral naranja. Se los da en la mano al
Pavito, luego los ponen en una cubeta gris, luego los lavan con
gasolina blanca; él los huele mientras los seca con una franela roja.

–¿Hace usted? – el Pavo voltea al oír la voz. Ve la cara redonda,
sonriente y restirada del Cocinero, le mira las gotas gruesas de sudor
que salen de su cuello. Vuelve a su labor para no verlo a los ojos,
pasar inadvertido. El Pavito se aleja por instinto imperceptiblemente.

–Voy a vender estas cosas– responde.

–¡Güicha!...
–No hablo zapoteca.
–¿Qué hablas, tú? El castella es feo, malo para la lengua, deforma.

–Nada.

–Ven, sacos de gambuza van fuera.
–Ahorita...

–¡Pavo! – el tono es enérgico, él sabe que tiene que hacer lo que le
indican; sin decir nada se levanta y sigue al Cocinero hasta la caseta
delantera del barco, donde por debajo de la cubierta están la cocina, el
comedor, los camarotes de los hombres y, en el fondo, pegada a la
helada bodega de pesca, la alacena.

Al llegar a la gatera el cocinero le hace una seña para que se
adelante, él con desconfianza se encamina. Lo estrecho del camino lo
sofoca y marea, pero está acostumbrado a aguantarse, “total” ha
llegado a pensar: “todas las mañanas es igual… así ha de ser la vida”.
Lo que más le molesta ahora es la silbante respiración del hombre en
su espalda, los pasitos chancleados del gordo ese, las miradas
divertidas y morbosas de la tribulación que lo ven pasar rumbo a lo
más profundo de La Chillona. Como siempre, comienza a contar sus
pasos y ahí trata de imaginar en qué parte superior de la cubierta del
barco estaría caminando y hacía dónde vería: estribor a derecha,
babor a izquierda, el sol enfrente, los pescantes también.
Llegan a la despensa, un camarote de forma extraña con desorden de
hombre: lleno de cosas sin sentido para los ajenos a su propia lógica
de almacén, sin atractivo propio… salvo por el misterio de su
contenido. El Cocinero pasa por delante de él y señala un bulto en
forma significativa. Él se acerca, lo abraza, trata de cargarlo con los
brazos, se le resbala. Dos gritos destemplados del Cocinero. Se
agacha y lo acomoda sobre el hombro izquierdo. Pesa como latas de
conserva, pero apretadas. Se levanta totalmente y voltea con cuidado
de no tropezar. Con los pies siente que hay cajas y bolsas en el piso.
Se detiene para ver cómo puede pasar entre esas cosas sin volver a
tirar la carga. El otro lo apura con palabras extrañas. Él ya siente el
brazo dormido, se acomoda el bulto.

Es un sentimiento que nace de las profundidades, es como vergüenza
a algo no conocido o sólo sabido por lo oculto de la mente. No es la
primera vez que le sale pagándole en el pecho, “¡inútil!” escucha en su
mente y casi puede oler las plumas de las gallinas de un ranchito
pobre. Se apresura, antes de que le digan cosas peores, suda por la
desesperación de salir del problema. Con los pies comienza a tratar de
hacerse un camino hacia fuera. No puede y se detiene respirando con
fuerza, esperando los insultos, la recriminación, el castigo.
Al principio no es nada o se confunde con otras cosas, algo suave y
remilgado, que poco a poco se abre paso a la realidad sensible, que
se torna en duda o alarma. Mientras, siente el toque firme, pero
delicado, del Cocinero entre las piernas. No se mueve pues no quiere
tirar los víveres que vienen en el saco... o eso quiere creer él. Intenta
moverse, pero el Cocinero lo aquieta con un golpe del codo y entonces
la lucha está perdida.
–Saca la fuerza, Pavo – su tono no es agradable, pero tampoco
violento, es como decir nada, así, sin pensar, sin dobles sentidos.

–¿Qué haces, cabrón? – hay más de voz seca y ansiosa, que de
coraje.
–La fuerza.

–¿Dónde?

–Ahí, aquí, acá, allá. Mujeres...
–No.
No se mueve, aunque deja el saco con cuidado a un lado... no sabe
bien qué hacer o qué decir, indeciso entre dejar de respirar o respirar,
se mueve y se queda quieto. Como si algo se fuera y regresara sin
avisar. Él en medio de ese vaivén, prisionero del instinto que huele,
muerde y araña. Sometido por un enemigo inesperado: él mismo. De
improviso...

–¡El Cocinero ya desayunó Pavo!... O el Pavo ya desayunó Cocinero.

Al salir a la cubierta central las risas salen de todos lados y no voltea
para ver de dónde provienen. Tiene a su lado al Pavito, él solamente
se concentra en recoger la pedacera de camarón del piso. Una doble
vergüenza lo atosiga, se le trepa a las manos, las vuelve torpes,
desconfiadas. El niño que lo acompaña únicamente mira con
interrogación muda, sabedor de que nadie le contestará sus tontas
preguntas, que son cosas de personas mayores. Otro mundo.

–Tío ¿Cuántos años tienes?
–Creo que 16 – dice sin voltear, ya sabe que se trataba de Garapacho.
–Y ya el pinche oaxaqueño te la hizo. Si te sirve, todos han pasado por
ahí – el Pavo voltea con asombro –. Menos yo, tío… ¡Arte al agua! –
grita sacando un susto a los muchachos.

Le pone la huesuda mano sobre el hombro, muy cerca del cuello. Lo
jala con suavidad, acercándolo al cuerpo, caminando con él. Lo lleva
hacia popa a ver la recogida del camarón. Acaban de tirar las tablas
de la red central, dejando que el vientre se ahonde, empujando con el
movimiento de barco la alas extendidas. Poco a poco se van yendo al
mar el copo y el saco.
–Fíjate cómo se va desenredando la guía, con la ayuda de estos dos
güinches; siempre dejando el chicote suelto hacia fuera. Hay veces
que algo atora el ala y da unos jalones que pa’ su madre, te enreda la
pata y vas derechito al cielo. Ahora nomás vamos a arrastrar unos 20
minutos.

–¡Al agua! – anuncia casi solemne el timonel y el motor de La Chillona
se acelera por etapas, dejando un sendero blanco tras de sí.
Minutos después los camaroneros, arrimados a estribor para la
procesada, gritan alegremente entre los montones de camarón, se dan
voces a pullas y groserías. Es el ambiente despreocupado de los que
pertenecen al mar, de los que disfrutan su aquí y ahora. En esos
momentos Garapacho siempre muestra sus dientes, pareciendo más
bien un tiburón. Mira los trabajos de su tripulación con el ojo experto
de quien conoce a fondo los entrecejos de la pesca de camarón.
Repentinamente un grito, un jalón en el cuello del Pavo, un quejido por
el apretón. El Garapacho mirando a otro lado y gritando.
–¡Epa! Chulo, me estás mezclando la talla de medida. ¿Estás
haciendo tu guardadito, cabrón? Chingas a tu madre, colón,
emparéjame los montones o te rajo el hocico.

Silencio del interpelado. Otro grito a otra parte.
–Zotaco, menso. Alinea el redoble con el resto de la zanja ¿Quieres
que se nos vaya el tejido?
Se sientan en el borde, cerca de la escobén y Garapacho patea un
poco el ancla. Escupe a las gaviotas que revolotean buscando su
parte del marisco. De entre unas mantas saca una botella de licor sin
marca, toma un trago con calma, saboreándolo. Es el mezcal de
gusano que, literalmente, tantos dolores de cabeza le ha ocasionado.
Pasan las horas y los dos no se mueven de ahí, aunque varias veces
llamaron por ayuda al Pavo. “No vayas ahorita”, le dice el capitán. Ya
es noche cabal y los ojos de Garapacho miran al agua, perdidos en los
reflejitos del mar.

–Si la vida se vive con vivencias – la voz ronca del borracho –, he
vivido un chingo. Si la vida se vive con vida, ya me morí. Y lo peor es
que nadie me avisó. – Hace una pausa larga – Un día, en un mar que
no te reconoce, por nuevo, escuchas a lo lejos una mujer cantando y
piensas que nunca has escuchado algo tan bello y mientras la
escuchas te acuerdas de que sí, de que en otra parte y tiempo ya te
llegó ese sentimiento. Crees incluso que fue en ese mismo lugar. Te
acuerdas de tu infancia, de los chamacos de la cuadra, los partidos de
futbol y de los garrobos que te perseguían para morderte. Luego ya no
estás tan seguro y piensas: “si antes hubiera escuchado algo tan bello,
me hubiera cambiado… sería otro”… luego prefieres olvidarlo. Y al día
siguiente otra vez al camarón, al norte primero y luego al sur y de
regreso – Él se atreve a mirar los ojos del capitán y ve reflejados las
luces intermitentes que manda el mar, que son como focos en el
horizonte oscuro.

Te voy a contar una historia – le dice.
CAPÍTULO 2

Viento
1.

El barrio donde viví de chavo en Acapulco era un lugar muy húmedo,
mojado hasta la madre, a lo mejor todavía. Siempre amanecía oliendo
a tierra aguada y podrida, de las esquinas de las paredes salían hilitos
de agua verde; del alero de los portones, con techos de teja café,
escurrían las gotas del sereno. Nadie se levantaba tarde, ya desde
temprano se oían los gritos de las chamacas ofreciendo bolillo recién
hecho, quesillo, relleno, tamales oaxaqueños, montononal de cosas
que sólo compraban los que iban al Café de La Parroquia y o a la Flor
de Acapulco, restaurantes pa’ riquillos.

Yo de escuincle caminaba todos los días por la calle del Pozo de La
Nación, en chinga pa’ llegar temprano al chichorro de la mañana, de
las pescas que hacen por allá, de arrastre con cabo a tierra; y es que
si les ayudabas a sacar la red te dejaban agarrar dos o tres agujones
chiquitos. Nadie se quería comer esas cosas de espinas verdes, pero
la necesidad, la casa y la jefa pueden más que el asco. Con eso se
hacía un caldo costeño con chile de árbol entero, que si se aguaba un
poquito duraba pa’ dos días. Y, ni modo, a tragar el caldo con la
impresión de que el pescado ya estaba podrido.
Muchos recuerdan con nostalgia las comidas que les hacía su jefa. La
mía sólo caldos aguados de pescado regalado. No le reclamo, total,
con eso crecí de chamaco y se me hicieron fuertes los huesos, yo creo
deben ser también del color verde del pescado ese. Sólo eso
preparaba pa’ tragar. Y eso que era mesera. Pero no creas… mi jefa
era de esas que se ven en las cantinitas calurosas de por allá. Las
falditas cortas y las piernas gordas, de las que terminan sentadas en
las piernas de los taxistas borrachos. De las que llegan a la casa con
olor a jabón barato y loción reciente.
Mi apá ofrecía cuartos de hotel en la esquina del edificio Oviedo. Le
daban comisión por cada persona que llevara y se quedara
hospedada. En temporada sacaba dos o tres moneditas que siempre
se gastaba en cervezas; cuando se acababa el turismo se aguantaba,
era abstemio, hasta se juraba yendo a La Catedral de La Soledad. Me
acuerdo que caminaba despacito y por la sombra, secándose el sudor
con un paliacate rojo, ocultando el temblor de las manos metiéndolas
en los bolsillos. Normal pa’l puerto: el niño flaco, el hombre briago y la
mujer puta.
He jalado pa’l sur y norte de este océano y sé que el sol y el mar dejan
marca en la frente. Todo se vuelve lento, como apretado, como
sofocado. Pero en ningún lugar como en Acapulco. Como a las 3 de la
tarde de todos los días tienes que cerrar los ojos un rato pues algo se
te mete en la carne, te pide descanso. Lo raro es que eso te acumula
cosas en la piel, pensamientos y sentimientos que se enciman en los
vellitos y ni bañándote se quita. Lo peor es que te madrea el equilibrio,
llenándote de ideas raras, de calor en la carne. Entonces vas
creciendo, guardando las ansias en la entrepierna, aquí pues. Pasan
los años y más te come. Eso le pasa a todos… hombres y mujeres.
Por eso en la costa las hembras están más buenas y les gusta
enseñarlo; sólo en Acapulco, y en esa parte del mar –que me
acuerde– ves niñas de doce o trece años mostrando un buen culo en
falditas cortas y ajustaditas, de colores brillantes que parece que te
dicen “ve lo que hay”. Como hombre te vuelves ávido, se te suman las
ganas como el sudor en la espalda.
Así que por eso es que apenas a los catorce años conocí mujer y me
colmó las bolas. Me volteó la manga. Me pisó la sombra, como se
dice. No hallaba sosiego de tan enmuinado. “Mujer dejada, mujer
enterrada”, me decían los chavos y yo no los escuchaba. Los jefes
querían que entrara a la secundaria, yo creo que pa’ que me ocupara
de algo, porque nunca me revisaban la tarea o cosas así. La verdad, a
mí tampoco me interesaba lo que hacía. Yo sólo quería treparme a la
papaya, echarme todos los días a la mujer que me exprimía cuando se
le antojaba, pero también quería tirarme a las vecinas de falditas
vistosas, a las compañeras de la escuela con uniforme gris, a las
culonas mamás de los amigos. Te digo, el calor de las 3.

Por las mañanas iba a la escuela y me la pasaba sobándome las
pelotas con desesperación. De las clases sólo recuerdo a la maestra
que enseñaba los calzones cuando pasaba lista. Como mi apá y mi
jefa casi nunca estaban, cuando salía de la secundaria, por las tardes,
si no estaba tirando pata con la chava esa, caminaba por las playas
viendo a las turistas en bikini. En la playa La Condesa la cosa se ponía
suave cuando era febrero: era un hervidero de gringas y de perros
queriendo cogérselas. Pero no creas que era algo vulgar, no, todo
mundo brincaba, se reía, hacían competencias de nado hasta las
boyas, invitaban cócteles y cervezas a todo el que quisiera.

También había mucho primo joto –gringos putos–, grandotes los
cabrones, pero que les gustaban los machos, esos eran los que más
cerveza invitaban. Todo mundo los reconocía por sus trajes de baño
apretados y sus cuerpos musculosos, sus sonrisas blancas, blancas.
Aunque también había señores mayores, que usaban bermudas y
mocasines con calcetines estirados hasta la rodilla. Como las gringas
buscaban a los lancheros que les hacían el ligue con la mota, si
queríamos beber gratis nosotros los pránganas teníamos que lidiar
con los chotos esos.
El chiste era acercarse y aceptarles las frías, dejarse abrazar un rato o
hacerse güey, dejar que te invitaran la comida, si se podía. Cuando
anochecía te ibas luego luego, de ser posible sin avisar. Pero con
cuidado, despacio. Si te veían yéndote se encabronaban y podías
terminar madreado. Igual les decías que te los encontrarías al día
siguiente. O podías darles un besito, leve, sin repegón y luego te
hacías el ofendido o confundido. Total, te zafabas o literalmente te
jodían.
No sé si fue en febrero o en una Semana Santa, pero un día estaba
viendo cómo dos lancheros le quitaban el bikini a una americana
pedísima. Estaba muy buena la vieja y eso me ponía atento a la
acción. Tenía los ojos bien entretenidos, nomás en eso me fijaba.
Imagínate.

En eso que siento un golpe en la espalda y me caigo hacia delante.
Volteo confundido, veo a un gabacho tumbado en la arena,
retorciéndose del dolor y más allá otros dos corriendo como locos. El
americano se levanta como puede y comienza a gritarme de cosas.
Me levanto, espantado, y trato de calmarlo con gestos. Me empuja y
siento un chingo de miedo. Como reflejo, hijo de la chingada que soy,
levanto los puños.

Y que aparece un policía municipal, de esos de antes, que sólo tenían
la gorra azul marino, la credencial sucia en la playera y la macana… la
pura pinche finta. El güerito comienza a decirle algo y constantemente
me señala, el uniformado me volteaba a ver una y otra vez mientras
hace gestos con la cabeza. No me muevo, tengo los pies agarrotados
y todavía las manos a la defensiva. El policía se me acerca y me dice:
“Chavo ¿qué acción?”. Le digo que el cabrón primo ese me pegó en la
espalda y que ahora me quiere joder sin culpa, que no sé qué carajos
se trae. El miedo trae coraje, siempre, y ahí me salió el barrio. Sin
pensarlo bien me acerco al americano y le zorrajo una trompada en la
cara. Nos trenzamos.

El uniformado se mete y nos separa. Se dirige al gringo y comienza a
gritarle con fuerza. Era chistoso ver al enanito con la macanota,
gritarle sus cosas al altote ese. Lo dominaba con la mirada, los gestos
de las manos, el tono de voz. Además, todos los güeros que conozco
le tienen un miedo cabrón a la autoridad… no sé porqué será. El chiste
es que el amigo ese se va, enojado y todo, pero se chinga con el
policía. Yo quieto, respirando rápido por el susto. Él se acerca,
arreglándose la credencialita en el pecho.

Me dice: “a los chulos estos les gusta la jodedera, pero aquí tranquilos
los cabrones”. Me toma por el hombro y camina conmigo. “Me gusta
hacer cosas pa’ emparejarnos. Vienen y se comen lo que quieren,
somos sus criados, ahí de vez en cuando nos ven a la cara. Nos
conocen, entonces. Con otros, cabrón, no existimos hasta que alguien
les hace un mal gesto o no los atienden como quieren y ahí sí, buscan
a alguien”. Salimos a la calle y nos paramos en la banqueta. Yo sólo
veo el piso y, a veces, su cara mientras tira su onda. “Y ahí vamos
nosotros, de pinches gatos. Por eso me gustó lo que hiciste. Hay que
darles unos putazos pa’ que se alivianen ¿A qué te dedicas, chavo?”.
Le digo que a nada.

No me acuerdo de su nombre, sólo de cómo le decíamos:
“Comanche”. Y eso que me cambió la vida lo que hizo. Entonces me
dice: “la calentura es dura, mano, y no te va a dejar mucho. O te
vuelves puto o mariguano. Hay otros bisnes. ¿Quieres jale? Sólo así
se quita lo arrecho”. Y me dice: “ya que te compres un carro verás
cómo te siguen las chamacas. Si eso quieren, algo que las lleve. Por
eso los taxistas jalan tanta puta”. Y dice: “yo me jalo unas
chamaquitas, bien chamaquitas, que me las chingo cuando me sobra
tiempo. Eso sí, tengo que llevarlas a su casa ¿en qué? En carro,
amigo”. Dice: “Te llevo a donde vayas ¿quieres?”.

Me trepé a su carro. Una carcacha bien jodida. Luegito me olió a
mujer… o ese camarada había ido a comprar pescado al mercado. Y
ahí nos vamos hacia el Zócalo. Por el camino se para dos o tres veces
a hablar con muchachos de traje blanco y que caminaban como jotos.
Hizo muchos gestos y saludó a medio mundo. Se veía que la gente lo
conocía de muchas cosas, que era medio famoso. “Chamaco, tú
necesitas algo seguro con qué iniciar. Te voy a presentar con gente
grande”, me dice mientras manejaba. Se mete a una calle y entramos
a uno de los barrios más duros, allá en el centro de Acapulco. Ya voy
pensando medio, medio. “Pus ¿qué querrá éste?”, me pregunto.
Vamos por detrás del Fuerte de San Diego y se para debajo de una
ceiba. Se baja sin hablar, como si nada. Lo sigo.

Que empieza a caminar por entre las casitas de adobe apretado,
pasando por un andador de piedras de río, en un espacio bien chico.
Mientras bajamos por unas escaleras saluda con la mano a unas
señoras sentadas a la puerta de sus casas. Eran construcciones en
obra negra, paredes de ladrillos y techo de lámina color verde. Las
puertas eran cortinas de tela de mantel que no dejaban ver hacia
adentro, pero que sí dejaban pasar el viento. Todas se veían enojadas
y sus culotes se les desbordaban de las sillitas en las que
descansaban. En una de esas el aire levantó una cortina y que veo
que adentro, mero enfrente, había una cama de tijera ocupada por una
pareja. “Ya supe porque están enojadas”, pensé.
De en medio de las casitas apareció un muro grande y macizo, bien
armadito. De piedra de esa que le dicen volcánica. Había una puerta
escondida entre las flores de una bugambilia enorme. El Comanche
que se detiene delante de ella y jala una cuerda que estaba a un lado
del hoyo de las bisagras. Me hace señas de calma y de complicidad,
levantando las manos como dándose importancia. Por eso le fue como
le fue. Como diez segundos después aparece un negro morado –de
esos de la costa de Oaxaca– y dice con modos amanerados:
“¡Comanche! ¿Ya sabe?”, y el otro que contesta: “la tiznadera esa la
tiene que arreglar el pinche del Indio; él solito se puso de culo y solito
se debe de sacar la verga”, y dice: “pásale, manito… te digo que debe
saber”, “¡la ñonga, qué!”, que le contesta.

Adentro había un jardincillo bien cuidado, sin mucha sombra, pero se
veía que lo regaban diario, por las tardes para no quemarlo. El negrote
andaba delante de nosotros y se sobaba las manos en el pantalón del
conjunto coordinado de color verde que llevaba puesto. Nos llevó a
una salita de muebles de ocote o parota, como los de Taxco, bien
pesados y duros. Y que se va sin avisar, dejándonos ahí. El policía
municipal no se sentó y se puso a mirar una foto que estaba en la
mesa, mientras se sonreía y decía cosas que no alcanzaba oír. Yo me
acomodé en uno de los sillones, en el más chico. De la ventana de la
salita, frente a donde yo estaba, se veía el Fuerte de San Diego y
atrás de él se alcanzaban a ver las chimeneas apagadas de un
trasatlántico.

Y de repente entró… movía los brazos y caminaba de prisa. Hablaba
en voz muy alta, decía palabras groseras, pero frescas. Le
acompañaba un olor potente a loción recién puesta, un aroma a
maderas viejas que pegaba en la nariz y que todos estos años,
cuando huelo a algo similar, me recuerda las mentadas de madre que
le gritó al Comanche. El Comanche dejó la foto en su sitio y como por
magia se puso así, remilgoso, chiquito, sumiso… ya no era el policía
que le había gritado al gringo aquel de la playa. Que me hace una
seña pa’ que me levante, y sintiendo nervios lo hice. El otro reía y
manoteaba, mientras yo no entendía de qué hablaba, o si estaba
contento o enojado de tanta grosería que se le salía.

Pero algo sí era cierto. Mira, allá no nos gusta que nos griten, allá se
sale el hombre a la primera ofensa. Éste nomás con hablar magullaba,
mucho más cuando insultaba a tu madre. Luego se sentía el tamaño
del hombre, le valía madres lo que sintieras o lo que te moviera. El
instinto te lo dice: “este perro es bravo”. Y te quedas quieto, no se te
vaya a ir encima. Todo lo que hace te pone alerta, pero no lo ves a los
ojos, pues anda por ahí llamando la atención, subiendo la voz,
atropellando la intimidad de otros, agrediendo con sólo ser. Pero no se
puede hacer nada, por algo te chinga, por algo te dejas chingar. No es
de a gratis ser así, algo hizo, algo le costó y lo ganó de alguna forma.
Los otros, nosotros, los demás, nos hacemos de lado.

Como el mar, tío. Te acomodas a él, nunca al revés. Es algo grande y
que no le importas nada, se mueve y hace lo que quiere y tú… si en el
camino te chinga, qué haces, nada. Mentarle la madre si te quedan
ganas. Al mar no se le teme, se le respeta. En el fondo hasta se le
puede odiar, pero no te queda otra más que atenerte a sus cosas y
sacudidas. Por eso el mar es poder, nadie puede con él, pero fíjate
que no tiene nada contra ti, sólo es él. Tú eres el que la caga porque
ya lo sabes, porque está enfrente diciendo “aquí estoy”. Tú verás si no
le haces caso… ese es el pedo.
Bueno, la cosa es que el hombre aquel saludó primero al policía, que
le hizo una agachada cuando tomó su mano, como se le hace a las
personas mayores. A mí ni me volteó a ver, como si ni existiera. Peor
sentí la punzada, el vacío en el estómago. Era, a lo mejor, algo de
temor, inseguridad, inferioridad. “Comanche, hijo de tu puta madre,
estaba preguntando por ti ¿verdad, Negro? Ayer mismo te decía
¿verdad?: ese pinche comanchito ¿dónde estará?”, le decía al negro y
decía: “¿no creerás que ningún hijo de la tiznada daba señas de ti?
Tan pinche chiquito que es este pueblo”. Lo toma de los hombros y el
poli, El Comanche, está medio muerto del nervio, y que se lo lleva pa’
allá, de donde vino y decía: “Vente, jodido, pa’ ver al Carlos”. Y a mí
nada, nada, nomás ahí, sobándome el cuello sin pensar en nada claro.
Pues qué, ora qué, y… qué, decía en mi cabeza.
Todavía estoy parado ahí y que aparece uno que después supe que
era el Indio. Aunque nadie se lo decía de frente, por lo madreador.
Nomás me miró de frente. Y me dice que qué busco en ese cuarto,
que con quién vine y que quién me dejó pasar. Me pregunta mi
nombre y de parte de quién. Me voltea por los hombros, comienza a
revisarme como lo hacen los judiciales, así volteado y manoseando
desde los pies hacia arriba. Me voltea de frente y me ve a la cara, se
sonríe, creo que con burla. Me huele el miedo, eso seguro. Se escupe
en la mano y me la embarra en el cabello. No era buen día aquel.
Primero el gringo aquel y ora éste. ¡Nada qué, que conmigo no! Y le
tiro un madrazo y me lo detiene con la mano. ¡Ah, cabrón! Ahí me la
pensé y me quedé quieto. El otro se sentó, con toda calma, en uno de
los sillones.

Regresan los otros. El Comanche está más calmado, dice: “Mire,
Juanito. Aquí le traigo a mi ahijado”, mientras me señala con el dedo.
“Es girito, entrón el cabrón éste. Nomás véale las manotas que se
carga. Yo creo que, de mientras, le sirve pa’ los mandados ¿no?”.
Juanito se acerca y me tiende la mano. Cuando le pongo la mía, voltea
a ver al Indio y éste le hace una seña afirmativa. Fue curioso porque
uno espera que una persona así te apriete mucho, pero no, Juanito no.
Sí era firme y de respeto, un buen saludo de mano, pero no agresivo,
sino como reconociéndote. “Cabroncito, pa’ los hombres que lo
quieren siempre hay trabajo. Nomás hay que chigarse la madre”, dice.
A partir de ese día, todas las tardes me iba a ver qué se ofrecía en la
Casa del Fuerte, como le decían. A veces nomás me la pasaba
buscando dónde sentarme pa’ que no me diera el sol. Otras, me traían
en joda llevando recados y señas por todas partes. De punta a punta
de la bahía: ora pa’ la Base Naval, ora pa’ La Marina o Caletilla. Y la
mera verdad, me pagaban bien por llevar recaditos bien sencillos: que
Juanito te invita a comer o que te verán por la noche. Eso sí la chinga
era treparse a tanto chimeco, a los camiones urbanos pues, y es que
se paraban donde querían, se tardaban mucho esperando pasaje y
con un calor de la fregada. Imagínate a las 2 de la tarde, arriba del
camión, sin ventilador siquiera, la resolana te llega desde la calle, con
las nalgas en un asiento de vil plástico sentado al lado de una gorda
apestosa a sudor.
“Cómprate un carrito”, me decía El Comanche. “Si no te alcanza con lo
de las tardes dobletéate, éntrale a la joda desde la mañana”. Por eso
fue fácil dejar la secundaria. Lo hacía por la chamba y las ganas de
traer culitos trepados en mi carro, no hay mejor pretexto. Los jefes, en
especial mi apá, porque le daba pa’ su coronita, no se quejaron. Total,
estaba ocupado y no andaba de vaguillo. Y desde la mañanita me
trepaba a los camiones, pero ahora como más esperanzado, como
más animado porque con eso iba a sacar mi carrito.
Además el contacto con los hombres mayores me hizo más
conocedor, nomás los escuchaba hablar de sus movidas de faldas y
ahí me colaba a preguntar de cosas. Muchos me mandaba a la
fregada: “que te cueste a ti lo que me costó a mí”, decían los ojetes,
pero también había los que te soltaban toda la sopa nomás los
encarrerabas. Pedí consejos y platiqué sobre mi caso o los que
conocía. Entre charla y charla creí comprender muchas cosas.
Pensaba que ya tenía otra perspectiva de la calentura, de lo que me
ocurría. Empecé a aplicar algunas de las cosas que me dijeron y
algunas parecían funcionar… otras no.

Por ejemplo, me di cuenta de que no hay mejor manera de interesar a
las chavitas que siendo relajiento y tenerlas riendo todo el tiempo,
pues entre más se rían más te las estarás ganando. Si a eso le juntas
que gastas dinerito con ellas, que las paseas en taxi, que las invitas al
cine, seguro que te sueltan las nalgas. Aunque no siempre. Pero lo
malo de algunas, si las dan, es que una vez que sales del motel nadie
sabe lo que harán: unas son tranquilas y se van acomodando a lo que
va pasando y están las que no se conforman con nada y todo el
tiempo te exigen y piden y piden. Otras de plano te piden anillo y
departamento amueblado. También están las que sienten que por abrir
las patas son interesantes y se te esconden, hasta que las mandas a
la chingada y entonces sí, “lo que quieras, papi”. Así nomás era esa, la
chava que me traía jodido.

Yo así, juntando aventuritas, le estaba tomando la distancia y cada vez
me ponía más regejo. Hasta que un día de plano le dije que no. Eso
como que la noqueó, pero aguantó vara y nomás se dio la vuelta.
¡Cómo te cambia la vida tener con qué darte unos lujitos y moverles
los hilos a las viejas! No quería perderla. Siempre se guarda un lugar
especial para quien te quitó lo santo y en este caso me gustaba mucho
pensar que ella estaría, al final, conmigo. Yo sabía que regresaría,
como siempre regresan casi todas las mujeres que te sueltan las
prendas y no consiguen otro macho pronto. Por eso no me preocupó y
seguí dedicándome a la chamba y ahorrar pa’ un carrito y trepar a las
vecinitas, a las ex compañeras y las mamás culonas.

Ya hasta tenía visto el coche, tío. Era un fordcito medio bien
conservado. Desde mucho antes lo estaban vendiendo, pero por una
cosa u otra no salía, aunque la máquina estaba perfecta. Había
hablado con el dueño, le expliqué que estaba juntando los centavos y
acordamos que me aguantaría hasta pasada la temporada de
diciembre. Pero un día se me acerca, me dice que su esposa estaba
mala y que ya tenía un comprador; me pidió que entendiera y que si
podía juntar el dinero al final de la quincena me daría la preferencia.
Yo sabía que no podría juntar la lana, pero de todas formas le dije que
lo intentaría, que nos veríamos en una semana.

Con eso en mente llegué a la Casa del Fuerte. Pensé en pedirle el
dinero prestado a Juanito, que yo le pagaría con trabajo. Sólo
necesitaba pedirlo en buen momento, como se debe. En eso que me
mandan con un aviso urgente pa’l Indio, eso me enmuinó, ese jijo no
dejaba de moler y siempre que llegaba a la casa trataba de no
topármelo. Le dije al Negro que mejor mandara a otro, y que me dice:
“¿Cuál otro? Sólo tú haces esos mandados”. Sólo yo, pues. Y ahí voy,
rumbo a la zona de tolerancia trepado en el camión que va a Pie de la
Cuesta. El día no estaba bien, pura cochinada había pasado.

El barrio donde está la zona roja es un lugar de casas que sirven de
cantinas, casas de baile, casas de cita y leoneros. Ahí se ficha, se
cobra el baile, se vende la cogida, se bebe cerveza, se compra mota o
polvo, se madrea al vecino, se mata a las malas miradas. Alrededor de
eso viven las putas con sus familias que también trabajan ahí: son
cantineros, meseras, mozos, padrotes… aprendices de putas. Cada
quien su vida, pero nunca me llamó la atención la putería; sí me
gustaba el relajo que se armaba, pero sólo ver. Muchos cuates
terminaron mal en esa compañía. Es un mundo raro, extraño a las
reglas que conocemos, ahí nada es de verdad o de mentira, nada es
seguro, depende del día de la semana, de la hora o de quien esté
contigo.

Y ahí se la pasaba el Indio. Desde mediodía hasta casi el día
siguiente. Era típico, no iba a coger o a embriagarse, que nunca lo vi
borracho, iba a burlarse de las desgracias ajenas, a agarrarse de su
cochinito a quien se apendejara un poco. Se agandallaba de los
perdidos, de los deslumbrados por la carne. Cabrón Indio pata de
perro, como que la pena ajena lo hacía sentirse superior, más a gusto
con su propia vida, por eso no soportaba la felicidad de otros y la
boicoteaba, la bloqueaba, o de plano la hacía trizas por la fuerza y los
putazos y las patadas a la cara y los botellazos. Ese día estaba
empezando la ronda, por eso lo agarré alegre, o menos enojado.
Estaba sentado en la esquina más atrás de una cantinucha caliente,
solo, como casi siempre. En la mesa había una jarra de agua fresca y
un vaso a medio terminar, me vio y se sonrió el cabrón. Me acerque
tranquilo y varias muchachas me hablaron de sus tratos, pero no les
hice caso. Parado a un lado de la mesa le dije al Indio que Juanito lo
esperaba a comer, que ya estaban echando la tortilla. Como que no le
movió mucho, pues me obligó a sentarme y comenzó a hablarme de
los olores que despedían las viejas de ahí, de una por una,
señalándolas con el dedo. Hasta quiso invitarme una pa’ que
comprobara lo del olor. Ellas se hicieron pendejas y miraron a otro
lado. Yo era chavo, tío, y me movió, me sacó de lugar. Lo notó y no
dijo nada, sólo tronó la boca.
Salimos y nos subimos a su carro. El sol pegaba de frente y la calle
parecía brillar más que si fuera agua. Ya llegando al panteón me dijo
que yo trabajaba mucho por poco dinero. Yo le hablé, pa’ no escuchar
su hablar taimado, sobre lo que me obligaba a chambear y que quería
mi carrito, que ya lo estaban vendiendo. “¡Ah!”, dijo y ya no habló más,
hasta que llegamos a la casa de Juanito. Como todos, tuvimos que
caminar por el lado de las señoras enojadas, sólo que el Negro ya
estaba esperando en la puerta. “Te tardaste, chamaco”, me dijo, “me
van a fastidiar por ti”. El Indio lo calló con una grosería y los dos se
metieron a la casa. Yo me quedé en el jardincito buscando una
sombra.

Ya no me hablaron el resto de la mañana. Era media tarde y apenas
había terminado de comer cuando sale el Indio y me dice que me
ofrece otra chamba, pero que es de noche en El Malecón. Yo lo dudé
pues ahí se juntaban los putos que se vendían a los gringos y le dije:
“de puto, no”. Me soltó un zape en la cabeza y me dijo que era otra
cosa que dejaba más que “el oficio”, pero que tenía que dejar los
mandados de Juanito porque esas cosas no se mezclaban. Me quedé
callado, mordiendo la mente. Me dijo que lo pensara, que fuera a ver
el movimiento ese día en la noche. Que Juanito ya sabía. Se fue sin
que le contestara y no sabía bien qué hacer, pues dizque ese día iba a
pedir prestado. Más tarde pensé que Juanito igual me podía prestar
dinero antes del fin de semana. O sea que no perdía nada.
Esa noche en el malecón, como a las 12, ya estaba yo esperando en
el lugar que me había dicho cuando se paró en la avenida el carro del
Indio. Como siempre que me veía, se rió burlonamente. Del carro
bajaron otros tres y caminamos hacia uno de los costados, todos
tranquilos. Nadie habló hasta que llegamos a donde estaba atracado
un bote de fibra de vidrio. Ahí supe que la chamba era de cargador,
pues eran conocidas, menos para la policía, las actividades de los
contrabandistas. Se trataba de acercarse a los cruceros atracados en
el puerto, desde donde los cómplices de adentro de los barcos,
acapulqueños en su mayoría, hacían señas y comenzaban a tirar al
mar bolsas atadas a chalecos salvavidas. Dentro de las bolsas había
todo tipo de cosas: chocolates italianos, lociones americanas, vino y
champaña, playeras, tenis; en una ocasión hasta una tele portátil que
tenía la forma de un casco de astronauta.

Eso era el menudeo –la paja–, pues al Indio lo que le interesaba eran
otras cosas de más valor, cosas que los camareros, necesitados de
dinero por sus muchos vicios, robaban de los camarotes de los
turistas: plumas de oro, relojes, medallas, prendedores, joyas en
general, aunque no despreciaba cheques de viajero. Te impresionaría
saber lo que la gente pierde en los viajes por mar. Claro, el Indio
pagaba una madre por eso y después le sacaba mucho jugo a una
mercancía que nunca sería reclamada. Para distribuirla se usaban los
contactos de Juanito en la Capitanía de Puerto, en la Judicial del
estado, en la Policía de Caminos; todos, por supuesto, recibían su
buena mochada.

Y ahí me quedé. No había riesgo de nada. Sólo que corrieran a los
cómplices de a bordo… trabajos que ocuparían luego otros paisanos.
Tío, he tenido muchas temporadas buenas, he sumado y destruido
muchas fortunas. Con el camarón se gana bien y me ha salido mucho,
pero teniendo 16 años lo tuve todo, y bien. Al final no me compré el
fordcito, sino un auto de agencia. Y no había pedo, nadie se extrañó.
Acapulco era el destino turístico más importante de este lado del
mundo, ahí iban los hombres y mujeres más poderosos del mundo que
dejaban sus fuertes propinotas. En temporada buena hasta los
garroteros se compraban ropa y zapatos de boutique, no se diga los
capitanes de meseros. Todos, con un poco de suerte, se podían dar
esos agasajos.

Yo soñaba despierto y me sentía sobrado. Eso sí, como decía mi apá,
“la gratitud se pare, te llega de la placenta” y por eso todos los viernes
iba a la Casa del Fuerte a visitar a Juanito y le llevaba algún regalo. A
veces me recibía y platicábamos un rato sobre muchas cosas, el viejo
me daba consejos y yo me sentía aceptado por primera vez. A veces
no podía verlo porque estaba atendiendo sus asuntos, pero siempre le
dejaba su botellita de coñac recién salida del barco.
En una de esas me la encontré… con su falda amarilla, con sus
zapatos amarillos, con su andar costeño. Caminaba con el Negro al
lado, seria y triste, reclamándole algo. Sé que muchos lo han sentido,
no sé si como yo lo sentí, pero debe ser parecido. Todo se te
acalambra, se crispan los ojos de tan llenos que se ven, se seca la
boca y no piensas, sientes. Algo en la parte baja de la montura recibe
un golpe suave, pero seco, intenso. Desde entonces la guardo así en
la memoría: como un golpe en los güevos. Pero ese día sólo pude
mirar.
Yo pa’ entonces creía que nada de las viejas me movería como la
primera vez. La muchacha ingrata, que tanto me hizo sufrir, no dejó de
seguirme y de mandarme recados desde que vio que paseaba y les
daba aventón a las vecinitas. ‘Taba chamaco y me sentía bien cuando
me decían que quería hablar conmigo. Y mejor me sentía cuando les
decía que no quería, que otro día. Varias veces se metió en mi casa,
ofreciéndose, y yo me salía y ella se quedaba llorando. No quería
amarrarme, menos cuando estaba en mi mejor momento. Ya hasta
veces me hastiaba, cosas de muchacho, tío. Cuando la quería, no
quiso; ahora que ella quería, me daba güeva. Me la quería quitar de
encima por un rato y le pregunté al Indio que qué podía hacer y me
dijo que esperara, que ya llegaría la hora.
Sí pues. Unos días después, saliendo de mi casa cuando iba a
acompañar al Indio a unas cosas, que me sale al paso llorando y
diciendo de cosas. El Indio me estaba esperando en su carro, y que se
baja con su risa esa. Agarró a la chamaca por el brazo y la alejó, me
dijo que me subiera al coche. Me metí al carro y esperé. A lo lejos vi
que le hablaba mientras ella agachaba la cabeza y ocultaba su cara
con los cabellos. El Indio regresó sin decir nada, pero con la sonrisita
en los labios, ahora más sereno. Ahí terminó ese asunto hasta que
pasó aquello. Pero bueno… después supe que el Indio la metió a
trabajar de puta en la zona, no es raro. Por eso ni me sentí mal.

Ya está, pensé. Ahora a gozar. Y así lo hice. Flaco estaba de tanto
uso, las ojeras marcadas, pero contento. Caminaba suavecito, con
calma. Mirando por encima del hombro a los chavos de la cuadra que
me veían como si hubieran pasado muchos años, como si no me
conocieran, como si sólo yo pudiera entrar en un sitio secreto, y es
que no pude ocultar que conocía las redecitas ocultas bajo el agua,
chiquitas y delgaditas, pero más poderosas que las visibles, las que la
gente cree que son las que mueven sus vidas. No, nunca saben… y
mejor. Allá adentro las cosas se mueven pa’ lados que son
inexplicables. Pero yo todavía no lo sabía bien.

Un día me comía una campechana bien picosa pa’ curarme la cruda
en La Puerta del Sol y que llega la del vestido amarillo, aunque ahora
llevaba unos pantalones plisados de color café y una playerita sin
mangas que dejaba ver que no traía sostén. Saludó a la seño de los
cocteles y se sentó a comer unas quesadillas de cazón. Sobrado como
estaba, se me hizo fácil acercarme y que le digo que la vi en la Casa
del Fuerte. Ella me miró raro, como si no entendiera español, y es que
nadie se le acercaba así de franco, derecho, sin pedir permiso.
Después me dijo que eso le gustó. Yo empecé a contarle sobre el
Negro y sus modos de putazo grande, de su hablar puto, de sus
noches de putos y sus escapadas de putería; le comenté que yo creía
que el Indio le daba sus buenas lubricadas. Se rió con gusto. “¡Cayó la
cosita!”, pensé.
Le di aventón a la Casa del Fuerte y en el camino le saqué la
información que quería. O eso pensé. Total que supe su edad –18
añitos–, supe dónde estudiaba, qué cosas hacía; de ahí salió el plan
de hacerla pa’ acá, de acurrucarla aquí, tío, en donde se ponen a las
buenas hembras. Hay cosas que siempre están en el sentir de tus
manos, que se guardan allí, cuantimás en el centro del cuerpo, en la
entrepierna… cosas que te acompañan en las noches de mar tranquilo
y negro, cuando te chaqueteas en la cama pa’ dormir a gusto. Así
guardo la tarde en que me acomodé encima de ella, así tengo en las
manos su sudor de muchacha elegante, así mero guardo esas cosas.
Ora sí, como quien dice, que me enteré ya teniendo la espada adentro
de que ella era una de las más gustadas queridas de Juanito, que la
sacó de un pueblito cerca de Acapulco y de donde se decía que eran
las mejores morras de la Costa Chica. Así me lo dijo ella. Ya sabía que
las mujeres se ponen raras después que dan el cuerpo y eso me
detuvo de mandarla a la chingada. Pero también, no lo niego, me
asombraba la hembra y me curaba del calor de las 3 de la tarde, me
limpiaba la piel de todo el cuerpo y me dejaba sanos los poros. Lo
brioso del carácter la hacía buena pa’ la cama y terrible pa’ la rama.
Entonces me quedé ensartado y así me dejé, como lisa de carnada.
El Indio se enteró por lo cabrón que era. Era un lunes en la noche y
estábamos en la lancha recogiendo los bultos que caían de un barco
noruego. Me levanté para acomodar la mercancía y que se me para
por detrás y me pone los brazos alrededor de la cintura. Me dijo al
oído que olía a mujer ajena… muy ajena. Acostumbrado, como
estaba, a oler a las prostitutas de la zona, había reconocido el olor de
la muchacha que vivía con Juanito. No quería dejar caer el bulto y me
puse muy nervioso. El cabrón Indio me agarró la cosa y me dijo que
dejara mis mañas pa’ las vecinitas de secundaria, me la apretó muy
fuerte y dejé caer la bolsa al mar. Que me da un madrazo en los
riñones… ahí quedé tendido.

Varios días después, un viernes, como siempre fui a la Casa del
Fuerte con la botella de coñac bajo el brazo. No sé si el Negro ya
sabía lo que yo le había dicho a la muchacha, pero me recibió de muy
mal modo, moviendo indignado su culo parado. Me sentó en la misma
salita de la primera vez y me senté esperando a ver si Juanito me
recibía. Otra vez lo anunció el olor de la madera. Y él apareció
extendiéndome los brazos. Me dijo que le gustaba mucho que tuviera
esa atención con él, que eso demostraba carácter honrado y leal. Me
extrañó su habla, tranquila y serena, tan lejana a sus frases ofensivas.
Pensé que era el clásico rollo ese de la gratitud y de la siembra pa’
cosechar que tanto pregonan los mayores con ganas de parecer
profesores de civismo.
Me comentó que el Indio estaba a contento con mi trabajo, que se me
veía futuro y que sus negocios no sólo estaban en lo que robaban los
paisanos de los barcos. Por su tono pude entender que no le gustaba
mucho lo de los ladrones viciosos. Y que dice: “robar lo de otros, lo
que tanto les costó, no deja buenas cosas, es como mala suerte…y
eso se paga”. Yo callado, pensando en los dobles sentidos, sin mirarlo
bien a la cara. Y dice: “pero cuando la gente pide lo que quiere y uno
se lo da, ya no es problema de uno ¿verdad? Hasta felices se ponen y
te agradecen”. No me dio tiempo para contestar y que me jala hacia
una sala en donde no había estado antes. Ahí me sirvió una copa de
la botella de coñac. Nos sentamos frente a frente.
La Casa del Fuerte tenía un patio central, como casa de barrio, que
era muy sombreado y fresco. La salita en la que estábamos tenía un
balcón grande que daba al patio, dejando que la estancia se refrescara
con las sombras de los árboles. Juanito hablaba de espaldas al balcón
y sobre su hombro se veían las ventanas de otras muchas recámaras.
Él echaba su rollo y yo pensando en el Indio y el putazo en los riñones,
en las cosas que no deben pasar. Por eso no le podía aguantar la
mirada y me hacía el tonto viendo a otras partes.
En eso, en una ventana que veo al Indio hablando con la muchachita,
discutían. Juanito, frente a mí, hablaba sobre los límites del poder y los
usos de la atracción violenta, de los atracos a la intimidad de los
enemigos, del desgaste lento de las pérdidas pequeñas y constantes.
Atrás, el Indio hablaba haciendo gestos en su forma habitual, mirando
de frente con la sonrisa permanente. Aquí, Juanito llamando al Carlos
por la extensión para pedir un encargo. Allá, la muchacha manoteando
en la cara del Indio, señalándolo con un dedo, mientras se arregla el
cabello de un manazo. Acá, Juanito dice que todo se reduce a querer
y arrebatar, a lograr la conquista del ánimo de los otros pa’ que te
sirvan con gusto o a disgusto, pero que lo hagan. En la ventana, el
Indio se retira con dignidad. En la sala, entra el Carlos y Juanito me
señala, él me da una bolsita de piel con cierre. Juanito dice que nada
es más importante que cumplir con uno mismo, porque eso hace que
los demás te cumplan. Y que me dice: “nunca olvides pa’ dónde tiras,
no pierdas camino, porque si no sabes a dónde vas estás por tu
cuenta y te pueden comer las bestias”.
Salgo de la sala y me topo con el Negro. Hizo gestos de desagrado.
“Te llevas eso…”, me dice tocando la bolsa “a Zihuatanejo hoy en la
noche… que el Comanche te acompañe”. Salgo al jardín y paso por la
puerta. Detrás de la bugambilia gigante se escondía la querida de
Juanito. Está como loca y levanta mucho la voz. Otra vez el putazo del
miedo. Me dice que ya está hasta la madre de las cosas del “viejito” y
que se va a la chingada “¿me ayudas o me vas joder como los otros?”,
dice. La indignación y desamparo que vi en sus ojos no me dejaron de
otra. Se iba conmigo a Zihuatanejo.

2.
Garapacho se detiene en su narración. Una sombra profunda se ve
frente a La Chillona, extendiéndose por el efecto de los focos
nocturnos del barco. Hay retazos de la luz de la luna en lo más alto del
cielo, donde trozos de nubes de aluminio se diluyen con el azul oscuro
de la noche. Por allá, hacia el norte, se ven los destellos del faro del
Morro Ayutla. Respira con fuerza por la nariz y mira al Pavo, quien no
aguanta la mirada de los ojos llenos de sal y tiempo, de libertad
condicionada y melancólica, que se cierran al volver la cara al norte.
–Uno cree que la vida es suya, que todo se hace por querer… te
convences de que siempre harás lo tuyo, por ti, por nadie más. Pavo,
tío, esa es mierda. Las cosas te atan, te amarran a algo que no sabes
bien qué es, pero que jalan como la chingada. Hay momentos en la
vida que te arrastran y ahí ya no hay corazón o querencia, sólo te
queda el hígado pa’ seguir adelante.

Se levanta tambaleándose, torpe y resentido. El contoneo de La
Chillona no lo ayuda mucho, pero se acerca a la borda de estribor. Se
rasca la panza con las dos manos y escupe, se queda quieto, mirando
las negras figuras contorneadas de unos cerros que muestran sus
líneas cortadas por la claridad lunar, desde el horizonte. Se baja el
cierre del pantalón y comienza a orinar copiosamente. Sin mirar al
Pavo, continúa:

–Hay algo en tu cabeza, algo que sobresale de por ahí, algo fuerte,
que te obliga a pensar en lo bueno, en lo sano, en lo que se debe
hacer. De ahí se enganchan las cuerditas de lo obligado, de lo forzoso
y te jalan pa’ donde quieren.
Se vuelve sin terminar de subir el cierre del todo y se recarga en la
baranda, con la mano izquierda se toma el cinturón y ríe sin ganas. Se
prende una luz en La Chillona, un foquito de 40 watts que realza la
sensación de oscuridad. Entrecierra los ojos y otra vez ve de frente al
muchacho.

–Unos los llaman humanidad, bondad, piedad. Será lo que sea, pero
eso duele. Al final siempre duele porque estás atado a otros, son ellos
los de los compromisos, los de los hilitos cabrones, los que hacen de ti
algo que no deseas realmente. Y te llevan pa’ allá y pa’ acá y tú,
jodido. En esas siempre vas a estar perdido porque ¿sabes? Nadie te
va a decir gracias. Por el contrario muchos te lo echan en cara. Si las
cosas no salen como deben, tú la regaste, tú no lo hiciste bien. Si la
cosa se arregla, era tu obligación ¿no? A veces creo que ser hombre
es encontrar la manera de que esas cosas no te afecten y dejar que se
diluyan, que se vayan despacito, debes seguir en lo tuyo, solito en la
vida, en la friega de todos los días.

Una zambullida repentina de La Chillona lo toma desprevenido, el
agua salpica por todos lados. Un quejido del golpe, el cuerpo
acercándose por la borda al mar negro. Cayendo. “Castigo de Dios”,
dijo la abuelita. Ahí se va a su bautismo, donde nadie lleva padrinos,
eras bocón manito, te gustaba ver a las vecinitas en tu carrito, acepta
los santos sacramentos, mucho debes y poco dejas, el sol ya te
quemó la vida, ánimas del purgatorio, ¿cómo se llamaba la
muchachita de Juanito? Santo Cristo se apiade de ti, yo también me
ganaba mis moneditas trabajando de Pavo, borracho igual que’l padre
¡arrepiéntete, arrepiéntete! duele y duele mucho, por mi culpa por mi
gran culpa, la muchacha me pisó la sombra y terminó en la zona… un
tirón fuerte de la playera, los pies nuevamente firmes en la madera del
barco. Amén.
–¡Ya me chingaste, chamaco! Me hubieras dejado ir, era buen tiempo.
Nomás me faltó querer bien – da manotazos a aire – … y ya me
rastreaste. Me volví a joder. A joder, a ver qué trae la resaca.
Ruido de cosas siendo acomodadas allá detrás, en proa, al final de la
cubierta. Afuera sólo el viento y el constante chapoteo de la
embarcación. No se dice nada. El Pavo se sienta otra vez en donde
estaba y se mira las manos con cuidado, se las talla en el short azul y
se queda muy quieto. Garapacho lo ve con ojos extraños, se acerca y
otra vez pone la mano sobre el hombro, con ella se ayuda para
sentarse. Otro trago del licor de agave, un suspiro; otro sorbo, otro
soplo. Una rutina tan añeja como la del viejo Noé, que todos los
marineros odian, por simple y obcecado, pero siempre renovada a la
luz de sol poniente, a la vera de los colores del arco de la alianza o
muy temprano en la mañana cuando las tripas se descomponen. Se
acomoda la gorra verde, se soba las manos. Continúa:

3.
Nomás la vio y el Comanche comenzó a soltar una letanía grosera.
Cuando ella se subió al viejo carro se calló y no volvió a hablar hasta
que estábamos en la oscuridad apretada de la carretera. “Muchachos
pendejos”, dijo mientras azotaba la mano en el volante, después me
señaló. Dijo: “te advertí que la calentura no dejaba cosas buenas”. Le
dije que no era eso, que se trataba de un asunto de honor, de ayudar
a los necesitados. Meneó la cabeza. Gritó en voz muy baja: “¡La
ñonga!”. Después hubo un silencio absurdo, pues todos
escuchábamos en el pensamiento los gritos de recriminación… los
chillidos de las explicaciones, gruñidos de las inconformidades. El
silencio incómodo del silencio.

Era una noche sin luna y a lo lejos olíamos, y creíamos, distinguir el
mar. De vez en cuando los miados de los zorrillos nos llegaban con su
olor a café cargado. Dos horas de no hablar, de hacerse el tonto
viendo por las ventanillas las siluetas del monte. De repente, el
Comanche se orilla en un lugar que se llama El Calvario. Una cuesta
de una montaña que sale del mar… en donde varias enramadas de
palma de coco se usan como fondillas de mariscos y pescado fresco.
En esa época todavía no les llegaba la luz y el lugar estaba obscuro y
vacío. Allá abajo se oía cómo el mar movía los pedruscos de la playita.
“Yo también tengo mis gustos”, dijo el Comanche, antes de bajarse
azotando la puerta.

“Este puto nos quiere joder”, dice la muchacha con tono de miedo. Dos
chiflidos a lo lejos, los perros de rancho ladre y ladre. Otros ruidos de
gente, palabras que parecían oírse pero no… porque se las llevaba la
brisa. Yo preferí no decir nada, fijarme en lo que pasara, mirando con
esfuerzo al lugar por donde se había ido el Comanche. Las cigarras y
los sapitos de charco hacían sus ruidos apagando el sonido del mar.
“Vámonos. Dejó las llaves pegadas. Vámonos que nos va a joder, te
digo”, y yo piense y piense en Juanito y el Negro. En la bolsa que
llevaba sobre las piernas, que quemaba de tan pesada, y en la
muchachita gritona que no se cansaba de tener miedo.

Al rato regresa el Comanche acompañado por un bulto negro. Abre la
puerta del conductor y dice: “vete pa’ atrás chamaco”. Estoy tenso,
tardo en moverme, “allá… con tu vieja, cabrón”. Paso por en medio de
los asientos, me acomodo en la parte trasera, la muchacha me mira
desconsolada y nomás con los ojos me recrimina lo que pasaba. Yo,
nomás los hombros alcé ¿qué podía hacerse? Se abre la puerta del
otro lado del volante. Me río. “¡Pinche Comanche!”, pienso. ¿Y él me
dice que la calentura es mala? Si siempre, en todos los encargos,
paraba por el camino y pasaba por una de sus “muchachitas”. Veo que
se sube una hembra gorda y sonriente, que saluda con mucha
cortesía y entonces no sé, algo en sus formas, en sus ojos, me dijo
que no era tan cortés.

Arrancamos de nuevo hacia el norte. Pegados a la costa. El
Comanche y la gorda platican de hechos, cosas que no conozco; ríen
continuamente, con escándalo, en carcajadas ruidosas. La muchacha
se recarga en mí. Se queda quieta, dormida. Sin darme cuenta yo
también cierro los ojos y los vuelvo abrir asustado, sin saber bien si
me dormí… o cuánto tiempo pasó. Veo que en la parte de adelante la
gorda está agachada sobre el regazo del Comanche. Le hace cosas
con la boca. El hombre suspira fuerte mientras trata de controlar el
volante. Prefiero voltear hacia la ventana, ver los contornos de los
cerros, cerrar otra vez los ojos. No me duermo, la inquietud la tengo en
la piel del pecho. La muchachita debió despertarse también. No sé si
notó mi miedo porque empezó a sobarme suavemente aquí… y entre
el ruido de adelante y la sobada de la niña, me relajo, se me pasó un
poco el susto. Regreso otra vez al sueño.

Cuando abro los ojos el carro va bajando por una colina alta. Al frente
ya está nuestro destino. Las lucecitas de Zihuatanejo apenas si se
veían entre los árboles y los manglares. Es un pueblito triste, de calles
solas, abandonadas. Con un mar de los grandes y buena pesca de
deportes. Los focos azules alumbraban las calles vacías y
polvorientas, en las esquinas se veían cerrados los puestos de
comida, las ferreterías y las tiendas de veterinarias… sólo uno que
otro taxi viejo se atravesaba con nosotros. La gorda hablaba de los
caldos de marisco que vendían en el mercado por las mañanas… de
su efecto afrodisíaco. Miraba al Comanche y éste se reía. Nosotros
atrás, silencio. Llegamos al malecón del pueblo en medio de los vahos
del mar dormido. El olor de la marea roja nos llenó los pulmones y me
hizo escupir, como siempre hago. La gorda me miró con una cara de
asco, a mí no me movió la costumbre.

Nos bajamos del carro cuando el Comanche lo apagó, así, sin
decirnos nada… sabedores de que hasta ahí llegaba la ruta. Yo
cargaba la bolsita bajo el brazo, concentrándome en no tirarla.
Caminamos. Caminamos hacia un local de donde venía una música
arrabalera, de dolor y malquerencias. El changarro era mugriento. Aun
siendo de noche tenía el tufo cálido de las 3 de la tarde, quizá por la
lámina de aluminio que hacía de techo. En las mesitas de fierro, casi
todas vacías, se veían los restos de las bebidas de clientes ya
ausentes. Sólo en una de ellas había un grupo de hombres sonrientes,
de camisas abiertas, sombreros apoyados en las rodillas. El
Comanche nos dijo que nos sentáramos y señaló vagamente una
mesa. La gorda obedeció de inmediato, la muchacha y yo nos
miramos y con la cabeza le señalé una silla. Me miró con furia
contenida, pero igual se acomodó ahí. Yo también. Y dejo el paquete
entre mis piernas para que no lo vean. Lo aprieto con fuerza.

Mientras el Comanche se acerca a platicar con los tipos sombrerudos,
una mesera nos preguntó con acento a cerveza si queríamos algo. La
gorda una clarita, yo igual. La muchacha nada. “Mi’ija, no hay nada
mejor para dormir a gusto. Éntrale, órale”, dijo la gorda… ojos
asesinos de la niña. “A que pinche chocante, la criaturita”. Voy a decir
algo, cuando el Comanche me grita y me hace señas para que me
acerque. Me levanto, me detienen por el brazo, se me cae la
mariconera. “Cuidado con el puto ese, que nos jode te digo”, me dice
la muchacha. Yo la veo con ganas de gritar pero no digo nada, nomás
levanto el encargo de Juanito. Me acerco al Comanche. Pasamos por
un costado de los tipos sentados, cruzamos una puerta cubierta con
una cortina de jerga roja. Arriba había un póster del Padre Jesús de
Petatlán, un santo de por allá. No sé qué me dio verlo, pero me llamó
la atención. Damos con un patio oscuro y oloroso a jabón de trastes,
seguimos caminando y llegamos a un cuartito de material color gris.
Nos paramos junto a la puerta. El Comanche me pregunta por el bulto
y yo se lo enseño. Me dice que entre con calma y que salude con
mucho respeto a todos los presentes. Como él siempre hacía.
Entramos. Aunque al principio no veo nada, doy las buenas noches y
me detengo. Oigo, atrás de mí, el saludo del Comanche. Siento un
golpe en la parte de atrás de la cabeza, me volteo. Ahí, sonriendo
como siempre, está el Indio que comienza a soltar una letanía de
groserías y nombres raros, mientras me suelta manazos sobre la cara,
la frente, los cachetes. Yo ni me quejo, pues no entiendo nada, sólo
trato de cubrirme lo mejor que puedo. Paran los golpes y veo que el
Comanche suda y se retuerce las manos, y mira al otro lado del
cuarto. Volteo. Ahí está Juanito, sentado como un campesino
cualquiera, la camisa abierta y los pies cruzados bajo la silla. En una
mesa, frente a él, está la botella de coñac que le había llevado en la
mañana. A un lado, un vaso. Toma un sorbo, agarra la botella y la
estrella en el piso. El Indio me arrebata el paquete y se lo avienta, él lo
deja sobre la mesa y espera.

Ruidos y gritos vienen desde afuera. Una mujer chilla. Entra la gorda
cargando a la muchacha. La gruesa mujer se ve extraña y veo que no
tiene cabello, o no parece tenerlo. En las manos de la muchacha, que
forcejea como diablo, hay una peluca. La gorda desespera por
aplacarla; “Cálmate, perra pendeja”, grita y ya no tengo dudas, es la
voz enojada de un hombre. Azota a la muchacha en el piso y ella
queda tirada, gimoteando. Hablando incoherencias. Volteo a mirar al
Comanche, que se hace menso. Sólo mira al piso. “Muchacho.
Cabrón. ¿La abriste?”. Juanito está agarrando la bolsa. Contesto que
no con la cabeza. Juanito ve al Indio, que se sonríe con burla. Abre el
cierre y bota el contenido al piso. Veo que son pedazos de periódicos
cortados… y que se me cae el alma, tío.

“En este trabajo no hay que tener… corazón”, comienza Juanito, con
su tono de maestro de civismo, “alguien me dijo que tú tenías uno
grande, yo no, yo pensé que sólo era honestidad, gratitud, lealtad,
hasta ahí. No te confundas, pendejo, la lealtad está en las tripas, la
honestidad en el miedo, la gratitud en las penas saldadas. Si pones el
corazón, todo eso ya se lo llevó la tiznada. Por eso tú no eres bueno
pa’ esto ni lo serás pa’ muchas otras cosas, según creo y pienso. ¿Pa’
qué te saqué de recadero?”. Ahora se dirige al Comanche: “hay otros
hijos de la verga que no tienen ni corazón, ni lealtad, ni nada, aunque
lo aparenten. Esos no. Esos no son inútiles, son peligrosos. Caray.
Nos saliste bien pinche puto, mi Comanche. Eso no es problema,
culero, pero tanto que criticas y presumes. Te perdoné muchas, hijo de
puta. Ahora sí te van a meter el palo”. La gorda o gordo, no sé, toma
por el cabello al Comanche, gritando, manoteando, lo arrastra hacia
fuera.

El Indio... levanta a jalones a la muchacha del piso y la pone de
rodillas. Frente a Juanito. Con groserías me dice, me dice que me
ponga igual que ella. Yo lo hago en silencio, silencio, ya sabes flojito y
cooperando. Ella todavía moquea y dice cosas en voz muy baja. El
Indio sale y regresa con algo en las manos, se lo da a Juanito y él que
se levanta. Lo veo brillar en sus manos y mi mente comienza a decir,
sin forma, sin orden, me van a matar, me van a matar, van a matar,
van matar, van, matar van, matar. Juanito se pone detrás de nosotros
y me dice cerca del oído, pero no suavecito, sino fuerte: “Si no te
pones derechito, si te dejas caer de lado o pa’ atrás, te cortas y ahí sí
te jodes solito”. El Indio me arranca la playera, así, a la fuerza, y me
pone con la espalda derechita, como a los niños que castigan en la
escuela, poniéndolos al sol.
Aquí atrás… en la espalda, sentí lo frío del metal. lo planito del acero.
El filito del filo ya me aruñaba la piel. Ahí, en las riñoneras, fue donde
Juanito primero me puso el machete. Y, ándele cabrón, ya va el primer
putazo. Plano y seco, y yo que me quejo, pero más por el susto, pues
en mi mente ya creía ver la sangre. La carne partida. El putazo seco
hasta las espinas. La grasita de la piel cortada. Goteando. Cuando
pude respirar sin que me tumbara el dolor del tajo, me di cuenta de
que… me estaba fajeando. Pegándome con el canto del machete
como si fuera un cinturón. Así, así…Otro golpe, más ardor. Otro, otro,
otro. El Indio me decía, con sus formas, que no me moviera… porque
si no, el machete no me iba a pegar plano y me iba a entrar completo.
Sin matar… pero tasajeándome duro. Ya sentía pequeños arroyitos de
sangre mojando el final de mi espalda… y las rodillas y los muslos me
temblaban de dolor por la postura.
Al rato. Todavía aguantando los golpes del machete, yo sólo oía el
sollozo de la muchacha… junto con el resoplar de Juanito con cada
golpe. Era como si la escuchara cuando estaba con ella en el hotel… y
en la cama de mi casa… y en el asiento del carrito del año… en todas
las butacas de los cines del Centro. Yo perdiendo las ganas de seguir
derechito. Ganando las ganas de tumbarme y terminar el acto. Coger
con el piso de cemento de la casita. Descargar la vida en medio de los
ruidos del placer robado… darle a mi dolor el dolor de lo consumado…
de lo irreparable, de lo pasado. Hacerlo más grande, pero menos
temido. Por lo conocido. No sé… así nomás.
Cierro los ojos y ya no aguanto tanta mierda junta… Juanito me
penetra, me la deja caer a mí y a su muchachita querida… nos fornica
a los dos con un machete bien filosito. No hay qué me detenga, me
violan, carajo, pa’ qué tanta jodidez… Caigo completo y el corte del
machete me pega en la nuca. Eso se siente como suavecito, como si
nada hubiera pasado, sólo calientito, blandito, resbaloso. El Indio dice
cosas… raras, palabras que no sé qué dicen. Pone una mano en la
herida y arrastra hacia fuera… mojada la espalda, sangre a chorros,
muchos, a lo oscuro y en lo oscuro, escucho… y es un llanto fuerte, un
grito ahogado de mujercita. Frases tibias de un hombre enmuinado.
Silencio… oscuridad, lodo… piedras, olor de jabón de limón jodiendo
en la nariz… cerveza tirada por el suelo, manchando… muchas
palabras dichas aprisa. A lo lejos un disparo. Silencio. La muchacha ya
tampoco estaba siendo violada.

4.

La verda’… es que no sé mucho de lo que pasó después… sólo sentir
dolor en las coyunturas, presión de algo caliente en la cabeza,
punzadas en la frente. Oír el ruido cercano del mar, el olor del aceite
quemado… Caray, cuando ya estuve bueno me encontré arriba de un
barco, igualito que tú ahora. Fui pavo de un camaronero que iba pa’
Salina Cruz. Las cosas se calmaron poco, poco… sólo la gorra me
quedó de pinche recuerdo. Mira, aquí, toca… esa es la cicatriz de
machetazo. No… no llegó tan hondo. Tenía que cuidarla del sol, de
ahí me acostumbré a llevar tapada la cabeza. También de ahí empezó
la ruta de Norte a Sur, de Norte a Sur, a Sur, y de regreso… a ver
cuándo termina.

Ya estoy… muy borracho… mejor nos dormimos.
CAPÍTULO 3

Lluvia
1.
Como por magia alcanza a ver las luces en el horizonte, él sabe que
son los focos de las casas y edificios de una ciudad; ya no está el
huracán, pero ya no intenta moverse. La atmósfera es muy clara,
como nueva, y se respira con facilidad, incluso con los pulmones
destrozados por el viento. Se acomoda de lado, tratando de ver por el
extremo del poste, pero el esfuerzo lo agobia y sólo logra tensar más
los músculos del cuello. Se resigna a no ver y se queda quieto,
buscando descanso.
–Ya te moriste Pavito ¿eh?

–No – suena muy lejos y seco.

Él voltea y ve otra vez el agua, ahora en calma. El líquido se mueve en
pequeñas olas tranquilas, pero desordenadas. Algo del peso que
llevaba dentro se esfumó con la voz aguda y seca del niño. Se
escucha un chapoteo, se sobresalta. Es un ruido denso, de mucha
fuerza, con carga encima. Se repite, ahora por el lado de la derecha.
Sus ojos siguen el sonido, adivinando la ruta del rumor. Distingue la
aleta dorsal de un animal grande y peligroso, de unos cuatro metros,
que se mueve con calma pero atento.
–¿Tiburón? – pregunta el Pavito.
–No sé.

Se acomoda las cuerdas que lo sujetan y pasa por su cabeza la idea
de la carne desgarrada por los dientes triangulares de las bestias. La
imagen es de una boca abierta, enorme en su rapidez, agresiva en sus
tirones. Sabe que no va a dormir, que prefiere morir viendo, que lo
elige a no saber qué le pegó. De ahí se sube otra vez a las dudas. Se
llena de susurros, de gritos escondidos en los ruidos del mar sereno.
Otra vez el miedo le pega en las tripas y tiene que cagarse encima y
soportar la fetidez de los gases que produce el espanto. La mierda
aguada se escurre por los tobillos y llega al mar, formando manchitas
amarillas, del color de la bilis ¿Qué más queda? Esperar.

2.
Por estribor se vio alzarse, día a día que pasaba, una cadena de
montañas de color tierra con motas de verde intenso. Sobre ellas las
nubes indican la cercanía de la época de lluvias. Cada noche se
distinguen las luces perdidas de muchos pueblos, a veces cerca de la
costa, otras acomodadas en la altura de los montes. Esta es una zona
muy habitada, llena de gente. Los marinos comienzan a tener una
conducta evasiva y casi no hablan, en el ambiente se nota una tensión
que crece a cada hora que pasa. Todos la sobrellevan con la rutina y
el tedio diario.

Él, como todas las mañanas, tira la pequeña red del mono justo antes
de que el sol claree de entre el horizonte. Mientras lo hace prepara los
materiales para disecar la pedacera que salga. Hoy amaneció fresco,
como señal de que ya se van acercando al norte de las costas de
Pacífico, y se soba las piernas para calentarlas. Los cristales de La
Chillona se ven cubiertos del agua densa del sereno y la brisa. Ya le
habían dicho muchas veces que por esas aguas nunca había camarón
suficiente, pero él insiste en cumplir con su trabajo, como una forma
sana de olvidar sus propios males. Acciona la palanca y la línea tira
hacia abajo, buscando la mercancía.
Con la mirada busca la ruta del sol naciente, que en esta época del
año aparece detrás de las montañas, y unas nubes manchadas de
color rosa le ayudan a encontrarla. Sus ojos se pierden en la distancia,
tal vez huyendo de la inmensidad marina y anidando en los árboles,
que no se ven con claridad, o en el contorno de las palmeras que
cubren la cima los cerros. De repente algo lo regresa a conciencia y
con asombro descubre las casas y las calles plantadas en las cumbres
de la sierra. Baja más la vista, cerca del mar, y ahí están los edificios
altos, altos como nunca los conoció. La duda sube por sus pulmones
para preguntar algo, cuando la campana del mono lo detiene. Voltea
con calma y comienza a recoger el cabo para subir la redecilla, usando
el montacargas que la eleva automáticamente. Regresa a ver los
edificios y sabe que son las construcciones de hombres fuertes y la
marca de una ciudad grande y viva, aunque de momento su
pensamiento no la acomoda a ningún nombre que recuerde.

El chapoteo del mar le anuncia que el mono ya regresó de su visita
submarina. Cuando voltea se espanta y corre a agarrarlo, con mucho
trabajo lo voltea y mira en silencio el contenido. Toma la cubeta
grande de la báscula y pesa lo recogido. “10 kilos… ¡es toda la
plomada!”, piensa, mientras corre atropelladamente hacia los
camarotes y anuncia a los hombres, con medios gritos, que hay
mucha fruta en el agua. Lentamente se empieza a hacer la luz y las
puertas de las habitaciones se abren, dejando salir a los marinos que
suben a ver lo que ocurre. El último en hacerlo es Garapacho.
–¿Qué chingaos? ¿Cómo está eso de que hay fruta? ¡Aquí! – grita
mientras camina hacia la popa de La Chillona – Nomás lo hacen por
chingar, hijos de su santa madre. Pero ahorita hablamos…

Se acerca un marinero al muchacho y le pega por la espalda. “Te
dijimos que aquí NO hay camarón, zoquete”, le susurra al oído, “pero
ahí tú te las ves con el capi…” y se aleja con normalidad. Él se queda
con las manos sudando, viendo despotricar a Garapacho a uno y otro
lado, hasta que finalmente alguien señala al muchacho y el capitán se
dirige hacia él con la cara descompuesta.

–A ver, Pavo ¿Qué carajos hiciste? – le grita antes de estar cerca.

Él baja la cabeza y mira al piso hasta que ve los zapatos de
Garapacho frente a él y levanta la cara. Incluso sin saber el motivo de
su falta habla con palabras sencillas y temerosas. Le explica todo lo
hecho, el enojo del capitán se transforma en reflexión y una especie
de análisis sombrío. Al terminar el relato, Garapacho se soba los
labios con sus manazas. Voltea a ver la lejana ciudad.

–Será que está escrito. Nada se puede hacer ¿o no? A lo mejor ya es
hora – dice sin dejar de ver a lo lejos. Entonces voltea con firmeza–
¡Timón! Hay un chingo de mercancía allá atrás. Hay que bolear. Todos
a hacer el avío de la mercancía. ¡Y me chingo al que vaya con el
chisme a la cooperativa!

Todos ya saben qué hacer y nadie habla. Sólo el muchacho está
inmóvil, en el centro de la cubierta. Hay murmullos apagados de la
tripulación, dos o tres miradas acusadoras. Garapacho se detiene a su
lado y le pone una mano en el hombro, sin verlo de frente le dice: “eso
que ves ahí, tío, es Acapulco. Ahí mero creo que quedó mi cordón
umbilical. Y espero no morir ahí, por eso nunca me paro por aquí”. Se
aleja y el muchacho se queda asombrado y muy quieto, hasta que los
gritos de los camaroneros reclaman su ayuda en las labores de las
redes y va hacia ellos.
En el camino se encuentra, casi tropieza, con el Cocinero. Lo ve de
frente, sin miedo, más bien resentido. “Tiene mal presagio, usted
Pavo. Mal paso. Conmigo cuidado. Maltrato mucho, sí, conmigo ¿eh?”,
le dice mientras le jala con fuerza una oreja, él se queja pero no hace
más. El Cocinero lo suelta y camina hacia Garapacho, que está en la
proa de la nave y ambos comienzan a hablar en voz muy baja. Y ahí
se quedan los dos, manoteando al aire. El muchacho los ve unos
instantes hasta que una mirada del Cocinero lo hace volver a dirigirse
su labor.
Más tarde, separadas las casi tres toneladas de camarón que sacaron
ese día, todos hacen bromas mientras comen una sopa aguada. Ahí le
explican al Pavo y al Pavito sobre lo que van a hacer y les piden
solidaridad con ellos, porque así todos van a ganar un buen dinero
extra. Les comentan que el negocio del camarón, que empezó con
gran fuerza comercial en los 60, es un coto cerrado y bien protegido
por intereses económicos y políticos. No se trata –explican– de
comprar un barco, contratar una tripulación y salir a pescar el marisco.
En un afán populista de hacer crecer esta actividad, las autoridades
marinas escribieron un marco jurídico que con los años se convirtió en
una especie de monopolio criminal controlado por líderes corruptos,
coludidos con empresarios y capitalistas. Por ello, les dicen, si se
quiere trabajar el camarón se debe estar afiliado a una de las muchas
cooperativas que dirigen la ruta Norte - Sur del Pacífico.

Un tripulante abunda: “esas organizaciones son las encargadas de la
distribución del producto de la pesca de todos sus afiliados. Así
pueden controlar los precios del mercado, dejando sin camarón a
ciertas ciudades o llenando de producto a otras. Los ladrones esos,
además de quedarse con parte de las ganancias, que cobran en forma
de cuotas o gastos de representación, pagan el camarón al precio que
más les conviene. Y al que no le guste, pues que se dedique a ser
ganadero o que ponga un restaurante”.

Sin embargo, les cuentan que es muy común que los dueños de los
barcos les pirateen la mercancía y la vendan, barata sí, pero con
mayor ganancia, directamente a los comerciantes de los puertos. Esto
debe hacerse, por supuesto, cuidando que nadie les informe a los
líderes y dándole una tajada fuerte al representante de la cooperativa
que esté afincado en ese sitio. El caso de Acapulco es mejor –
comentan– porque en verdad es muy raro que haya marisco en esas
aguas. “Tal vez por toda la porquería que echan al mar”, tercia uno de
los presentes. Los otros continúan diciendo que por eso no hay
representante cooperativista y, por lo tanto, no hay que dar tajada y
por lo mismo les tocará más dinero. “Aunque sea camarón pacotilla,
nos toca un buen a cada uno”, concluyen, “pero esto se queda aquí y
nadie se entera allá, en Sinaloa… ¿estamos?”. Los dos muchachos
asienten con la cabeza y el resto de los presentes sonríen con
satisfacción.
Al terminar la cena, uno a uno se van yendo a sus camas. Después de
minutos de silencio, el Pavo cae en cuenta de que está solo en el
comedor. La quietud que le rodea le penetra las narices y casi lo
asfixia, pues en sitios así siempre se acuerda de los muertos. La
similitud lo aterra y lo lleva de regreso a la morgue que vio de niño,
cuando fue obligado a verlo muerto, tendido en la plancha metálica,
cubierto hasta el cuello con una sábana blanca. “Ya vete a dormir”, le
dice una voz, voltea para ver a Garapacho, “que mañana atracamos
en el malecón del puerto y ahora te toca ti conocer Acapulco”.
CAPÍTULO 4

Rompiente
de agua
1.
Ahora sí, ya te voy a seguir contando. Nomás deja que me traigan la
otra cerveza. No, no es eso… es que ya traigo el gaznate seco y es un
relato largo, tanto como quieras y desees. Así nomás, en serio. Si por
eso me conocen en todas las botaneras de la laguna, porque me gusta
relatar esas cosas. Siempre me llaman a que les platique mientras me
invitan unos tragos ¿será por eso que caí en el vicio? Gracias chula,
déjamela aquí mero… nomás no le digas a la jefa, que ya ves que
luego se me enoja y me manda a dormir a la hamaca. Ya pues… ya
mero. ¡Ah, que buena está! Y con la calor que está haciendo.
¿Onde andaba? ¿En Acapulco? Sí, ya me acordé… Pues, resulta que
llegamos con la bodega helada llena de camarón, del pacotilla, del
chiquito. Íbamos a piratear a los cooperativistas vendiendo la
mercancía por lo bajito a los marchantes del Mercado Central. Y es
que así se le saca más… claro, si los cooperativistas son reagarrones,
se llevan su tajadota. Bueno, pues el capitán me mandó como
recadero a buscar al representante de los comerciantes del ala de
mariscos. Nomás tres señas me dio: “le caminas por esta calle hasta
que llegues a un río, ahí te volteas a la izquierda y te vas pa’ arriba. No
hay pierde, donde huela a pescado podrido ahí mero es”. Para hacer
la finta le habían informado a la Capitanía que estaban atracando para
componer unas cosas del tablero de La Chillona. De todas formas les
cobraron como quinientos pesos. ¡Salud!

La calle estaba hecha con una especie de cemento gris, que soltaba
piedritas con el paso de los carros, y en medio de la avenida unos
mangos y palmeras sombreaban un pasto verde brillante. Hacia el
fondo se alcanzaba a divisar el Fuerte de San Diego, incrustado en las
piedras de una cresta de rocas marrón. Total que me encaminé por el
lado derecho, por la banqueta que estaba pegada a un edificio de
aduanas. Más adelante había estacionados muchos autobuses
nuevecitos y los choferes caminaban muy apurados anotando cosas
en unos cuadernos negros. Iban vestidos con camisas blancas y
pantalones verdes. Yo caminaba con calma porque no conocía y no
quería perderme. Como siempre me estaban sudando las manos y
eso me pone nervioso.

Estaba caminando entre los autobuses cuando se me aparecen unas
personas blancas y güeras. Desde lejos se veía que eran extranjeros.
Todos hablaban con tonos extraños y llenos de sonidos raros. Muchos
estaban rojos, como camarón. Llevaban cámaras de fotografías,
gorras blancas, llaves doradas en el cuello. En eso que me acuerdo de
la pedacera de recuerdos que tenía pa’ vender, pero ya había
caminado un trecho grande y me pareció mal regresar hasta el
atracadero. Quién sabe qué me hubiera dicho el capi. Pa’ como era de
canijo. Total, luego las podía vender… además la lana ya iba a llegar
con la merca del marisco de las bodegas. No había problema, pues.

De repente, por el lado del mar, que lo veo… era como una casa de
cinco pisos. Blanco, con adornos metálicos de tonos dorados y azules.
Todos los niveles tenían balcones de cristal y las personas se
asomaban a la calle buscando no sé qué cosas. Para cuando me fijé
atento no me lo creí muy bien… eso fue cuando le vi las chimeneas de
caldera. O sea que era un barco, pues. Claro, todos los barcos
grandes tienen chimeneas por donde sale el humo de sus motores, si
no las personas se ahogan. Este era bien grande, como un edificio
muy elegante, pero acostado. No, no, la gente no se caía porque todo
lo acomodan de forma horizontal. Tu sabes más de eso que yo, te
estás burlando. Mejor me pides otra cerveza. Entonces mejor no te
burles y dile a la niña que me traiga otra. Está bien.
En ese entonces no había visto barcos de pasajeros así de grandes,
sólo los cargueros en Veracruz, que son iguales a otras naves pero
grandes. Por eso me quedé como tonto mirando ese barco enorme.
Había lugares en los que se veían a las claras que tenía adentro salas
alumbradas con muchas luces. La gente caminaba por esos lugares
como cualquier cosa. Otras personas entraban y salían de las puertas
de sus habitaciones. Bueno, hasta vi que tenía un elevador adentro. Si
me fijaba bien, notaba que el barco se balanceaba con las crestas de
las olas de la playa. Nomás de imaginármelo en la mar grande pensé
en la de mareos que sufría esa gente. Ahí estaba, como menso, hasta
que un marino de la Capitanía me dijo que estaba molestando a los
turistas y que mejor me esperara hasta la noche para hacer el
negocio. La verdad es que no le entendí, pero de todas formas me fui
de ahí.

Caminé un buen trecho en la banqueta que pasaba a un lado del mar.
Eran como las 2 de la tarde y el sol pegaba bien duro. Las fachadas
de los edificios y los negocios que habían por ahí relumbraban con la
claridad, todos brillaban como recién pintados. Por la calle sólo
algunos carros se veían. Como que la gente se guardaba de la
resolana y sólo a lo lejos, por allá del otro lado, alcancé a ver a
algunas personas en las playas. Pero acá, cerca de donde estaba, no
había nadie. Lo que pasa es que esa parte no tiene playa de arena,
sino sólo rocas porque es un relleno que le ganaron al mar. Sí, pues,
le echaron rocas para que se pudiera construir encima la calle.
Allá adelante ya alcancé a ver, por encima de los comercios, por los
cerros, las colonias de Acapulco. Sí, sí es grande, pero no tanto. De mi
lado derecho comenzaba una playa solita y más allá unos cayucos de
fibra de vidrio descasaban sobre la arena. Estaban acomodados a la
sombra de unos árboles de almendra. Cuando pasé al lado me llegó el
tufo del pescado y las escamas. Por todos lados se veían gatos
callejeros que brincaban sobre pescadores que dormían tirados en el
suelo. Supuse que ahí no era el mercado porque no había gente
vendiendo y entonces seguí caminando, ya medio desesperado. Yo
pensaba que ese mercado iba a estar más cerca.
Después de pasar unas fondas de comida corrida me topé con un
puente que cruzaba un arroyo de aguas negras y apestosas. No sé
porqué la gente no cuida los ríos, luego en dónde van a tomar agua.
Este era un reguero negro, luego se veía que no era agua buena. El
olor ácido del agua se aumentaba con el calor y como que evaporaba
más rápido la fetidez. Ahí me metí hacia la izquierda, como me dijo el
capi. Por aquí y allá se veían unas personas caminando por la sombra
de la acera, avanzaban tratando de no pisar las cuitas de los perros y
las bolsas de basura regadas por las esquinas. Yo caminaba mirando
con atención para no perderme del mercado. Soplaba una brisita
caliente que traía olores raros, como de ropa húmeda y fruta podrida.

Como unos metros más adelante ya divisé el mercado, que era un
edificio achatado de color blanco. Ahí enfrente se arremolinaban
carros, camionetas y camiones. Lo malo es que también me di cuenta
de que la construcción estaba del otro lado del cauce del río apestoso.
Las aguas negras cruzaban la mitad de una hondonada, que en medio
tenía el cauce atrapado en una canaleta de cemento de un metro y
medio. Después supe que era una afluente pluvial y que en época de
lluvias el agua llegaba hasta casi la altura de la calle, superando la
quebrada que lo contenía… yo no sé qué pasaba, pero creo que los
desechos que llevaba terminaban regados por todas partes, por todas
las calles. Si nomás mierda negra se veía en la superficie.
Yo me acerqué al mercado, pensando cómo hacerle para cruzar. De
lejos miré una calle que lo cruzaba y me enojaba pensar que el capi no
me hubiera dicho que me metiera pasando el arroyo. Con el calor me
pareció que esa avenida estaba bien lejos. En eso veo unos tablones
atravesados sobre la corriente y se me hizo fácil darle por ahí. No, mi
hermano, dentro del barranco la peste era más fuerte… hasta los ojos
me lloraron. Y era tan fuerte el hedor que me eché a correr y crucé
bien rápido la tablita. Ya estaba subiendo por uno de los lados cuando
siento cómo me agarran del brazo, y pues era un señor, un paisano de
unos 40 años, que me pide cinco pesos. ¿No me estaba cobrando
cruzada? Que me dice que esa era la tarifa por usar la tablita. Yo le
dije, y era verdad de Dios, que no traía dinero. Nomás dos mentadas
de madre dio y me soltó. Si hubiera traído unas monedas en serio que
le pago; mira que estar todo el día oliendo la porquería esa, nomás por
eso se merecía el dinero.
Un traguito pa continuar. ¡Ah! Sabrosa. Perdón. Ya en el mercado
pregunté por el ala de pescados y mariscos. Parecerá extraño, pero
adentro el clima era fresco y la hediondez no pegaba tan fuerte,
aunque igual olía… ahí lo malo eran los charcos de agua aceitosa que
pisabas y te dejaba con la sensación de haber metido el pie dentro de
la panza de un marrano. El ala de pescados y mariscos era como las
demás, sólo los locales cambiaban pues aquí tenían montones de
hielo molido, donde tendían los pescados ya pelados y listos para
freírse. Y ahí nomás dije que traíamos camarón y luego se me
presentó un señor güero y gordo, con olor a ostiones viejos. El tipo
llevaba en la mano un bolillo relleno de queso que mordía a cada rato,
y me hizo recordar que nomás llevaba unas galletas en el estómago.
Me dijo que esperaba a Garapacho en el basurero del mercado, por la
vuelta de atrás, para que quedaran de acuerdo. Me pidió que le
recordara traer la muestra de la fruta pa’ colar el precio. Me fui de ahí,
con la boca llena de tufo agrio, la nariz aceitosa y las ganas de un
quesito fresco.

La verdad es que las ciudades grandes me revuelven por dentro… me
sacan de mi medio, me atolondran. Por eso ya ni me interesó ver
cómo cerraban los muchachos el trato con los marisqueros. Eso sí,
desde entonces no como camarón si no lo saqué yo del agua… hum,
para sacarlo del barco lo metieron en tambos de basura que pasó a
recoger una camioneta de redilas. Tres viajes de ida y vuelta dio en la
madrugada y nosotros acarreando en friega. Ahí nomás veías al
cabezón revuelto con pedazos de papel de baño y restos de comidas.
Así lo vendieron los canijos, nomás un manguerazo de agua les
dieron. Pura porquería. Por eso en las ciudades la gente se muere de
enfermedades raras, pues están rodeados de cochinada. Pobres, no
como por acá que uno se muere nomás de repente, siendo ya mayor.
De todas maneras yo toco madera y que me pase dormido, así es
mejor.
Yo me la pasaba en el barco, adentro, dizque ayudando a reparar dos
cositas que le dolían a La Chillona; de pasada aprendía a conocer las
tripas de cables y tubos. Uno nunca sabe cuándo le servirán cosas de
esas, sobre todo cuando no hay escuela completa y uno le tira a
cualquier trabajito. Pero rápido se arreglaron esas enfermedades de la
embarcación. Los muchachos recibimos nuestras partes de la venta y
de volada los mayores se fueron a disfrutarla; todos jalaron parejos pa’
salir, pero pocos regresaban iguales y algunos no regresaban. Yo
nomás los miraba desde arriba, viendo sus vueltas, viendo sus caras
maltrechas de tanto trasnochar. Me quedaba mirando los carros pasar
por la avenida, escuchando la música que me llevaba la brisa. Y así
pasaron dos días.

En la mañana, un día en que todos habían llegado a dormir a La
Chillona, me despertó el muchachito ese que nos acompañaba:
“vamos a la playa ¿no?”, me dijo. Ahí me di cuenta de que no era el
único que me la pasaba encerrado en el barco. El pobre chamaco, que
nunca daba más lata, nomás se asomaba por la borda. Seguro que le
traía ganas a conocer más tierra, no por curioso, sino por sacudir la
madera que se te acumula en el tuétano de los huesos cuando pasas
mucho tiempo en una embarcación. Me llenó de cosas lo que pidió,
me acongojé, me llamó a la ternura, el pobre era sólo un niño en
medio de todos nosotros. Seres llenos de fantasmas, de secretos, de
porquerías añejas. Merecía un descanso de la carga de ser adulto sin
serlo. Nomás me puse una gorra y nos fuimos para las playas.

El puerto de Acapulco está en medio de unos cerros que dan la forma
de una curva cerrada, no es muy grande y desde cualquier punto uno
abarca, de un vistazo, toda la bahía… hasta parece laguna grande.
Pero cada distancia las aguas cambian, yo pienso que por ser el
trecho de mar tan pequeño las mareas haces cosas distintas en cada
playa. Por eso en algunas la playita se extiende en forma planita, te
metes y poco a poco el agua te da hasta por la cintura. Pero más
adelante te metes y la arena se te va de los pies, porque las olas
hacen una poza mero donde pegan, así que te metes y luego te
sumes. Es como si fuera un barranco. También los oleajes cambian, a
veces las olitas nomás te mecen tantito, mientras que en otras te tiran
con fuerza de a madres. Hasta te jalan por lo bajo y hacen rizos de
espuma que no te dejan ver ni respirar. Alguien nos dijo que mejor
buscáramos aguas más tranquilas, también nos dijeron que en ésas
hay lugarcitos para comer, pues como se llenan de familias con niños
hay mucha demanda. No hay nada que le guste más a un niño que el
agua, eso es seguro. El pobre muchachito se la pasó muy bien.

De tan alegre que estaba me invitó la comida. Pedimos unos sopecitos
de frijol con queso y filete empanizado. Por eso del camarón, pues.
Con mucho orgullo sacó del dinero que le tocó y le pagó a la
muchacha que nos atendió, y hasta propina le dio. Las nubes ya
estaban azules y soplaba una brisa fresca. La ropa que llevábamos se
había secado mientras comíamos. Estábamos sentados, frente al mar,
sin hablar. Lo miré de reojo y vi una sonrisa plena, llena, que yo creo
que contenía toda la felicidad del mundo, también la tranquilidad de la
inocencia del niño. Salud ¡Salud! Por el chamaco. ¡No me digas nada!
Los viejos siempre lloramos. Así es la cosa. De tonterías ¿de qué va a
ser? También yo estaba chavo, eso me da nostalgia.

A pesar de que ya iba a hacerse de noche la playa estaba retacada de
gente, familias y familias de gente que comía en la arena. Unos
muchachos jugaban con una pelota a patearla y correr tras de ella. El
chamaco y yo nomás mirando. Algo en la cabeza me hizo pensar que
todo eso era como un sueño, una imagen del mundo que nunca podría
ser. Tal vez fueron las olas, porque cuando pegan en la arena, y sólo
en la orilla, nomás al escucharlas te… cómo diré… te engañan, te
relajan, te ponen blandito. No me di cuenta de cuándo cerré los ojos,
así de repente. No fue sino hasta que escuché una música, ahí noté
que mis ojos se habían cerrado y que incluso había imaginado algo
lejano, de otras cosas de mi vida. Pero esa música… era una guitarra,
nada más… caía en los oídos con suavidad.
Te pensarás que la mejor canción es la que tocan veinte músicos, la
que escuchas por veinte bocinas, la que cantan veinte personas… no,
eso es algo grande, nomás así. La mejor música es la que entra por el
oído sin pesar, sin dolor, entrando, entrando, metiéndose hasta
adentro. No es grande, es pequeña, sencilla, porque está completa.
Se derrama por dentro, ahí es donde parece cantada por todos los
mejores cantantes del mundo. Como la canción que te cantaba tu
mamá de niño… o tu hembra. Así es, así debe ser, total. Será que me
faltaba vivir, pero no me había pasado antes. Ese día me pasó, o tal
vez otras cosas, la alegría del niño, el cansancio, el mar. A veces me
duermo con esa música adentro y entonces sueño y despierto bien
descansado.
Al abrir los ojos voltee hacia la derecha. Un grupo de muchachos y
muchachas, como de mi misma edad, estaban sentados mientras uno
de ellos tocaba la guitarra. Todos lo miraban y él tocaba con calma,
también disfrutando, la cara serena. A mí me llegó una como
añoranza… también envidia. Estos muchachos gozaban sus cosas y
las vivían con calma. Yo nunca tuve el chance, la vida nomás me
azotó contra las paredes, me jaloneó, me golpeó por donde quiso, sin
más. Pero todo caía en su lugar, al final me gustó verlos ahí, lejos,
sentados en sus alegrías, pero llenando el aire de la esperanza que
tienen los que no saben. Me dejé llevar por ese aire que se respiraba,
me puse flojo, relajado, llené mis pulmones de aire salino, sentí mis
manos vacías cayendo a los lados, tocando la arena, mis ojos
penetraron las cosas que veían. Se me quedaron grabadas bien
adentro.

Una ola se acercó y tronó ruidosamente, las gotitas que salpicó se las
llevó la brisa. Volaron hacia el fondo, donde las nubes color oscuro
corrían hacía mar adentro. Un mar oculto por lo cerros que apenas
mostraban sus formas y siluetas, llenos de casitas de colores claros,
prendiendo una a una sus luces para salvar las sombras, derramando
por todas partes figuras extrañas que se formaban entre ellas. Luego
bajando, llegando a un muelle de botes de velas blancas, movidos por
las corrientes con ritmo disparejo. Desde un mástil voló una gaviota
para irse a refugiar, pero el viento la levantó en círculos. Dio una
última mirada a la playa, buscando un pescadillo perdido. Se engañó y
por poco se la lleva una ola que salpicó gotitas. Esas pizquitas nos
llenaron la cara y también la mojaron a ella. Con la mano se limpió la
frente y siguió escuchando la linda canción que le cantaba un
muchacho tranquilo. Luego me miró.

Gracias, así está bien… más al rato. Claro, ¿qué más podía hacer?
Hacerme el tonto, como si no hubiera pasado nada. Volteé la cara a
otro lado. No sé si será cierto, pero ahora que me acuerdo, nunca
había visto a una mujer así, con ese sentido, como queriendo sonreír,
tocar, abrazar. Sí que había visto muchas, pero eran como parte de
todo, estaban ahí nomás porque sí, con lo demás. Ya más grande me
pasó muchas veces, pero no antes de ese día. ¿Será que nunca antes
me habían mirado a mí? No para pedir algo o pasar un recado. Sino
por el gusto de mirar… digo, mirar. Como reconocer con los ojos,
pasarlos por encima para sentir el tejido, acariciarlo. Buscar saber
quién es ese que se ve, preguntar con la vista, recibir la respuesta.

Ya no pude pensar en otra cosa, sólo en sus ojos que me vieron. Algo
en la mente no me dejaba en paz y me llevaba otra vez a la mirada.
Todo se puso en mí, todo se trataba de mí adentro de ella. Me
comencé a preguntar, en serio, cómo es que los demás me veían y
qué pensaban de mí: ¿Seré campechano o insípido? ¿Creerán que
siempre he sido así o que algo malo me pasó? En eso me puse a
pensar y no pude dejar de sentir cómo me mareaba la idea de verme
desde otros ojos y otras cabezas, nomás así. Pensar que hay otros
que me ven desde el interior de los colores de sus ojos y que piensan
algo sobre eso que ven. Desde entonces, cuando alguien me ve, no
puedo evitar los nervios de saber que me ve con su mirada y su
mente. Desde tan lejos como eso.
De todas formas estaba ahí sentado, haciéndome el desentendido.
Nomás buscaba distraerme, no rascarle mucho al asunto ese, como
dejar que pasara solo. Tratando de alejar esas ideas, distraerme de
esas cosas que te asustan el alma. No pode resistir voltear de nuevo
hacia el grupo de espectadores. Como que es normal que la mente,
distraída en otras cosas, se olvide del cuerpo y éste hace sus gracias
solo. Regresé la cara y ahí estaban otra vez esos ojos, ¿no? Y otra
vez para atrás. Me ponía nervioso y de malas. Pensando y pensando:
¿Estaré mal? ¿Estoy pensando de más? Tratar de responder me
apretaba la panza, me agrandaba el hueco en el pecho.

Otra vez a voltear y otra vez a retornar la vista para el mar. Así un rato.
Hasta que ella se levantó. Traía un traje de baño de dos piezas, con la
panza descubierta. Lisita, plana, llena de cosas que se movían por
dentro de la piel. Lo demás todo pegado a la carne, mostrando sin
enseñar. Nada se pone a cielo abierto, pero uno mide lo que quiera y
no se engaña. No soy cerrado de la cabeza, pero esos trajes dan
miedo, temor de pensar mal, de ver lo que no se debe y que alguien
se enoje por las mirandillas. Mis chamacas no usan de esas cosas, a
lo más un short. ¿Te imaginas? ¿Ver a tus hijas mostrando las
caderas y todo? Todas las jovencitas tienen la película tierna, uno es
hombre canijo. Además son traviesas, aventadas, todo en ellas llama
a despertar. ¿Para qué, pues?
Era chamaco y antes no me ocurrió nada así. Sólo sentí que era algo
que me llamaba, ni idea de qué, pero me acordonaba, me ataba a
sitios que nunca había visto, lejanos, pero amables. Le vi un andar
pausado, dejando que las piernas se acomodaran. Como si le
molestaran los músculos, o le estorbaran. Así mero, como dices.
Todas lo hacen igual, como que les viene de raza. Se acercó a otra
muchacha y algo le dijo. Las dos comenzaron a caminar hacia mi silla.
El Pavito me preguntó algo sobre las mareas y las crecidas de mar.
Aproveché para disimular y miré al niño, mientras le inventaba una
respuesta rara sobre los temas del océano que él no tardó en creerme.
A los pocos momentos el sonido de una risa nos llenó el aire de un
perfume dulce. Era ella, que agarraba a su compañera mientras
mostraba los dientes y daba un giro parada sobre la arena. Alzó los
brazos al cielo y los regresó sobre su pecho. Se alejó y cuando ya
estaba a unos metros volteó otra vez a verme. No lo aguanté y le dije
al aprendiz que mejor nos fuéramos, que el capi quería vernos a todos
en La Chillona.

De plano el sol ya se había ido. Durante el camino miramos callados
los semáforos y las personas que caminaban como sin rumbo,
buscando no sé qué lugares. Niños de color rojo corrían y sus mamás
gritaban con palabras chillonas. Unos tipos llevaban bolsas blancas de
tiendas de abarrotes, abrazando a mujeres delgadas, sin forma.
También vimos otras mujeres, húmedas en sus playeras de algodón y
chorreando desde sus chanclas de pata de gallo. Por todas partes,
chamacos de pantalones cortos se paraban a mirarte mientras se
levantaban las camisas para secarse el sudor. En las esquinas había
señores con folletos en las manos, se vestían con trajes rectos de
colores claros, zapatos blancos, cabello relamido con brillantina, que
se aventaban a la calle cuando un carro se les acercaba. Algunas
carretas adornadas con globos pasaban despacito por la orilla y los
conductores fumaban sin ver a nadie, metidos en sus cosas. Los
caballos que las jalaban eran demacrados y de ojos enormes, de su
boca salía mucha espuma, como si tuvieran sed. Al lado, detenidos
por el tráfico, unos carrazos extraños, muy buenos, nuevos de hasta el
olor, llevaban gente que te veían como juzgando. Por aquí y allá se
notaban mujeres de cabello negro, con vestidos flojos, que miraban al
piso mientras estiraban la mano para pedir ayuda, pero nadie les hacía
caso.
En todo el aire se notaba un olor a carne, sudor, crema y mar. Era una
neblina de cosas atravesadas, brillante por los focos amarillos de los
faroles, seca al contacto con los ojos. Pero luego como que se alejaba
o se hacía a un lado, porque en partes podías respirar con calma,
despejado, hasta flores crecían en la banqueta, corriendo por la línea
del cemento, buscando la humedad de la tierra llana. Eran las
sombras de los árboles, tal vez, que detenían los resplandores
dorados de la luz y regresaban su color verdadero al aire. Luego otra
vez te envolvía la bruma y te distraía de tus pensamientos. Nada más
podías ver, casi sin pensar, atento a lo que se te cruzaba enfrente.
Como fantasmas muy relucientes, dobles brillantes, triples.

Por suerte llegamos al atracadero, que era uno de esos lugares libres
de niebla. Más en la noche, cuando no hay nada que hacer ahí. Al ver
a La Chillona cabeceando en el malecón algo se me hizo extraño.
Como que me di cuenta de que no era un lugar para ella ¿qué hacía
un camaronero en medio de esta gente? Y no era el único, por aquí y
allá estaban otras barcazas. Botes de pesca. Yatecitos alargados. Me
pareció pura presunción, pura imagen. Ahí no hay gente de mar, sólo
son una maqueta de un puerto, una fachada. Las olas y las corrientes,
los vados, las mareas, la barrena de la brisa que avisa de lluvia, el
sabor de la espuma, no les interesan, son parte del adorno. No los
conocen, ni se reconocen entre sí, entre ellos. El mar también los
ignora y por eso, creo, no les da todo lo rico que tiene. Ahí está medio
muerto o alejado. Así lo vi, quizá me equivoco. O a lo mejor sí eran un
pueblo de mar. Y se les olvidó.

Medio enojado por pensar esas cosas me trepé a La Chillona. En la
cabina superior estaban Garapacho y tres de los muchachos, que
platicaban sobre sus correrías por el puerto. Al verme se callaron y
eso me hizo pensar mal, que nunca me aceptarían como era y
siempre querían que fuera de una u otra forma. Nunca yo, así solito,
sino más como ellos. No les hice mucho caso, pues alborotado ya
andaba. Nomás los saludé inclinando la cabeza, aburrido. Yo creo que
mis pensamientos se me fueron a la cara, porque hasta el capi me
preguntó que si estaba malo. Yo le dije que no, que traía mis ideas
revueltas. Los muchachos que lo acompañaban se codearon entre
ellos, como si ya supieran que eso mismo iba a decir. Garapacho los
mandó a aplacar con un gesto, se sentó a mi lado y empezó con una
de sus habladas. Siempre que te quería convencer de algo
comenzaba a hablar raro, confundido, dejando sólo pistas de a qué te
quería llevar.

A mí siempre me agarraba por ese lado, me chamaqueaba, yo nomás
me dejaba llevar. ¿Qué le iba a hacer? ¿Por qué no? Además lo
respetaba, era bien derecho conmigo. Sólo cuando tomaba se ponía
malo, pero casi no. Esa vez me habló sobre los momentos y las cosas,
algo así de que todo el tiempo ocurren muchos actos, pero sólo
algunos van más allá de los días y las semanas, que no nos damos
cuenta de todos los que se quedaron atrás, muertos. Que nuestra
memoria nos engaña, diciéndonos que sólo esos sucesos duraderos
fueron y no los otros. Y así vamos contando la vida, con muchas
vivencias que se quedan rezagadas, relatamos la existencia como si
fuera una línea recta y clara de aventuras. Pero no, eso sólo lo
creemos, pues vivir es como saltar las olas con el bote, y son miles,
pero sólo se quedan en la mente aquellas que te cambiaron el
rumbo… no me acuerdo de más. ¿Verdad que sí? Puras palabras
atravesadas. Al final me dijo que me iba a llevar a conocer otras
cosas, que debía ser así para que supiera de qué hablaba. Yo no sé
para qué me digo todo eso, de todas formas me iba a llevar a fuerzas.
Creo que nomás me habló de eso para que me acordara de ese día y
se me grabara.

Los muchachos, como siempre, se empezaron a burlar. Ya me estaba
fastidiando, pero ni modo, a veces así es la gente. Nos bajamos del
barco y caminamos hasta la avenida. Un taxi se detuvo y nos subimos,
todos apretados, en la parte de atrás. El capi iba adelante, junto al
chofer. En el camino nadie habló, sólo Garapacho que platicaba con el
taxista sobre la vida en la ciudad, que cuánto había cambiado, que ya
no era lo de antes… se estaban poniendo viejos. El cochecito se metió
por calles escondidas y lejos de las multitudes de la avenida principal.
No era muy noche, pero casi no se veía gente por el camino. Si acaso
en algunas esquinas estaban paradas mujeres, vestidas con blusas
rosas y verde claro, esperando que los camiones las recogieran.
Luego empezamos a pasar por calles empinadas, que subían a los
cerros cercanos, llenos de colonias de casas de material a medio
terminar. A esas horas la gente que vivía allí se sentaba a la puerta de
sus casas, las ventanas abiertas, reposados en sillitas de madera y
plástico. Platicaban con los vecinos que pasaban, jugaban dominó o
de plano estaban sólo sentados viendo a los que pasaban, recibiendo
la brisa. Aunque por aquí y allá se notaban algunos portones de
madera que de seguro guardaban hogares mucho más hechos. Las
bardas altas no dejaban ver hacia adentro, pero por encima
sobresalían enredaderas de flores amarillas y las puntas de palmeras
delgadas y mechudas. En esas puertas nadie se asomaba, pero los
focos encendidos mostraban que sí había gente, pero bien guarecida,
encerradita en sus muros y sus asuntos ocultos.
Frente a uno de esos zaguanes se paró el taxi. Nos bajamos y
Garapacho pagó el transporte, hasta se despidió de mano del chofer.
Como no queriendo la cosa todos se empezaron a estirar la ropa,
como planchándola, también a pasarse las manos por los cabellos. El
capi se acercó al portalón y apretó el botón del timbre. Al momento la
puerta lateral se abrió. Vimos que un hombre vestido con traje de
saco, en medio del calor de esa noche, se asomaba para ver quiénes
éramos. Después de dos palabras con nuestro guía, pasamos a un
jardín con tres carros estacionados en medio. Al fondo, una casa de
dos pisos, de color blanco y ventanas grandes, que dejaban salir una
luz clarita de adentro e iluminaban en parte el pasto del suelo.
También dejaban ver que había gente adentro, por las sombras que se
movían desde el otro lado. Una música suave, unas palabras lejanas,
una sonrisa tranquila llenaron el silencio que nosotros traíamos. Ahí
caí en cuenta de que ellos también estaban nerviosos, que se les
había secado la bulla.
Al llegar a la puerta, un tipo vestido con un uniforme como de militar
nos detuvo y comenzó a revisar nuestras ropas. Yo vi que los otros
levantaban las manos y separaban las piernas, por eso hice lo mismo.
Me pasó la mano por todo el cuerpo, pero sin pasarse, sino muy firme,
casi duro. Después pasamos a una sala pequeña, en donde
Garapacho pagó las entradas a una señora seria, con cara de
amargura, como mujer mal dejada. Desde ahí se alcanzaba a ver la
habitación principal, que era una pieza grande, donde grupos de
hombres se sentaban frente a mesas bajas mientras veían hacia el
frente en silencio. La luz era apenas suficiente para verlos bien, pero
no mucho desde lejos. Más al fondo las personas se convertían en
sombras borrosas y ya no sabías qué género de gente eran.
Siempre que me acuerdo de ese lugar, y mira que no es seguido, me
llega a la mente el olor. Olía a un perfume dulce y fuerte, limpio, como
nuevo en el mundo. Pero no era como de flores, nada tan simple, sino
a madera, resina y a dulce caramelo recién lamido. Era muy claro, sin
confundir, es más, no lastimaba a la nariz como otros, pero sí te metía
sentimientos, cosas en el cuerpo. Hasta como que relajaba, te bajaba
la tensión. También de inmediato se afianzaba al sitio y te decía que
ya no estabas en otro lugar, sino ahí, en la penumbra rodeada de las
sillas de tela suave. A veces, cuando voy a la compra del mes, allá, a
la central; a veces me topo con un aroma que se le parece y nomás
como que me regreso a ese día. Algo raro. Pero así es.

Al pasar la puerta vimos que el techo era alto, como de dos pisos y
allá arriba grandes focos de neón color azul esparcían una luz clara.
Todo alrededor eran pasillos abiertos, tipo balcón, que pasaban frente
a muchas puertas. Es decir que era una especie de patio rodeado de
los edificios propios de la casa. Por ahí caminaban unas hembras
luminosas, llenas de brillos de plata y oro. Unas se metían por las
puertas, otras salían, también se quedaban recargadas en el barandal
y se contorneaban al ritmo de la música que se oía. Además, algunas
llevaban de la mano a hombres y los guiaban por los caminos esos,
andando con calma por delante de ellos, sonriendo, subiendo las
escaleras y perdiéndose en los rincones.
Saca la otra, ¿no? Gracias. Nosotros caminamos despacio, dejando
que las cosas sucedieran como debe ser. Unos cuantos pasos
adelante se apareció una muchacha delgada, olorosa al perfume ese
que ya les dije, que estaba desnuda de la cintura para arriba,
enseñando los pechos. De verdad. Yo me quedé como tonto
viéndolos, hasta que uno de los que iban me puso la mano en el
hombro: “Está buena, ¿verdad?”, me dijo, “pero no te vayas con lo
primero, espera a ver más”. En eso me di cuenta de que todas las
mujeres de ahí andaban igual. Todas enseñando sus… Déjala ahí,
chula, gracias. Nomás chitón con la jefa, ya sabes que no le gusta que
platique estas cosas, ¿eh? Bueno, por donde volteaba estaban a la
vista. Redondos, luminosos, grandes, no tan grandes, mirándonos con
sus ojos oscuros. No sé qué pensé al ver eso, tal vez nada, no me
acuerdo. Pero es que no tenía punto de comparación. A lo mejor ya
había visto pechos desnudos, de las mujeres que alimentan a sus
chamacos, aquí y allá. Lo que pasa es que uno ve eso sin pensar en
las otras cosas, en las de la carne. En cambio ahora estaba rodeado
de mujeres enseñando sus cosas, como si tal cosa fuera normal. Ni
siquiera se les veía la vergüenza.
Eso me hizo ver todo diferente, me sentí como libre, calmado,
descansado, no me ofendía ver ni que me vieran observándolas, la
cosa era clara, nada de ocultarse. Normal para ti y los otros, como
algo escondido que traes en la mente por dentro y que cuando lo ves
se vuelve real. Algo que pasa de hombre a hombre, que sabes que
existe desde que naces, que debe existir en alguna parte, que has
escuchado en susurros contenidos. Rumores de hechos pasados que
llegan a ti y se quedan en algún sitio escondidos, para cuando los
veas te sorprendan, pero te sean familiares. Para que no te venza el
temor. Tal vez llegan por los sueños, los libros, las películas y se
quedan por ahí, esperando salir en el momento que sea necesario. Un
rincón que cuando lo ves se te hace conocido, repasado. Y ahí estaba.

La muchacha delgada nos sentó en una mesita del rincón. Como que
nuestra apariencia no era para andarla enseñando a los demás
concurrentes. Sí, había muchos hombres que en sus posturas, en sus
ropas y joyas, en como se movían, denotaban fuerza, poder sobre
otros. Eso casi se huele, ¿verdad? Después de sentarnos, la mujer
nos preguntó sobre las bebidas. Todos pidieron cerveza menos el
capi, que ordenó una bebida de nombre raro, dándose a ver que era
conocedor. Yo pienso que la mesera esa me vio la cara de tierno,
también eso era bien visible, porque cuando llegó a tomar mi orden
acercó mucho su oreja a mi boca y sus senos se me repegaron en el
hombro. Una cosa es mirar, pero sentirlos ahí, tibios, fue mucho para
mí. Me quedé mudo, sin querer me hice a un lado como con
vergüenza. Los muchachos se rieron fuerte, también ella, la malvada.
El Garapacho me salvó diciendo que también me trajera una cerveza.
Ahí ya no estaba tan seguro de querer estar en esa casa.

Por lo general los hombres del mar son parlanchines, alborotadores,
como grupos de gaviotas. Ya no tanto como antes, como en las
películas, pero todavía se ven muchos pleitos en esos ambientes,
hasta navajazos me tocó ver una vez. El chiste es que ese lugar
afectaba la mente, callaba al chamaco que siempre traían adentro. Las
luces, el olor ese, el ambiente, los hombres de poder, los pechos al
aire, todo te hacía concentrarte en ti mismo. Nada de platicar, mejor
hay que llenar los huequitos vacíos, aprovechar la oportunidad,
atiborrar los ojos del recuerdo ¿Para qué hablar cuando ahí, a un lado,
una hembra sinuosa dejaba que el hombre sentado con ella le sobara
la entrepierna de leche y nos dejaba ver? Eso, considero yo después
de pensarlo muchos años, es la diferencia: ahí todo es a las vistas,
como te veo te trato. Como jugar al albur, te toca ganar o perder, pero
las cartas se ven. Las hembras de afuera, las de la normalidad, son
como los juegos de barajas. Tienes que arriesgar a lo que no sabes, a
veces hasta engañar para ganar. Y luego, a la vuelta de los juegos, te
la hacen a ti. Mira nomás cómo terminé yo, pero eso es otro cantar. En
esos lugares la vista gana, los ojos mandan. En otros se hace, sobre
todo con la cabeza, con la boca y las frases. Enamorando, le dicen, no
sé. Aunque a veces es más complicado, hay otras reglas ocultas que
mandan las cosas de las parejas. Por eso me ganaron esa vez, no
sabía que los dos juegos se pueden voltear.

A esas alturas los que nos escoltaban al capi y a mí ya estaban
acompañados de mujeres de risa ruidosa y fácil. Garapacho nomás
miraba a la gente que nos rodeaba, a las muchachas que pasaban, la
vista lejana, como ajeno a esto. Yo trataba de que mi mirada no se
quedara atrapada mucho tiempo en los senos de las acompañantes:
también me fijaba en sus piernas, en los ombligos, hasta en sus caras,
mientras le daba tragos cortos a la segunda cerveza que me tomaba.
Algo me hizo voltear a ver al capi y me topé con su mirada tranquila.
Me enseñó sus dientes de tintorera, mientras detenía a una mesera
por el brazo, hablándole al oído. La mujer se alejó caminando alegre
entre las mesas y la recochina duda me hizo seguirla con la mirada.
Ya estando lejos, donde no se podía ver bien, se detuvo en otra mesa
mientras nos señalaba. Una sombra se levantó con calma, comenzó a
caminar hacia nosotros arreglando una falda brillante que entendí
llegaba a los muslos. Paso a paso la figura se convirtió en dos piernas
cobrizas, cadera ancha, amplia, cintura marcada, así de pequeña,
estómago liso, senos propios, cara sonriente.
No entendía muy bien de qué se trataba aquello, qué es lo que
buscaba la mujer aquella que se acercó nomás de repente. “¿Vienen
de paseo?”, preguntó como si fuera una niña. “Nomás él”, dijo el capi,
señalándome con una de sus manazas. Ella caminó hacia mí
mirándome a la cara. Algo debió de ver, porque sus cejas se alzaron y
su boca se abrió como con sorpresa primero, luego con burla. El gesto
me intrigó, haciendo que me fijara más en su cara y dejando a un lado
lo demás que enseñaba. Era ella, la de la playa, con su andar dolido,
su risa perfumada, los ojos que examinaban.
Se sentó en una silla de al lado, mientras se me colmaba la mente de
preguntas, dudas que no me dejó contestar porque de inmediato me
comenzó a hablar. De cerca su voz no era tan de niña, pero era
fresca, limpia, sin dobleces. No empezó a hablar con lo de siempre, la
rutina esa que tan bien se saben, las tonterías esas de “¿eres de
aquí? ¿Cómo te llamas?”. No, nomás luego me dijo que estaba medio
aburrida de estar sentada sola, que prefería platicar con alguien,
divertirse con la compañía. Dijo que no le gustaba estar allá en el
rincón oscuro, “nomás ves a los otros entretenidos, no me gusta”, me
dijo.
Hay algo ¿sabes? Sucede cuando dos personas se encuentran, es
algo que ocurre pocas veces. Por estos lados se dice que te cae o no,
se da o no se da. Es que con sólo dos palabras se puede saber si una
persona que recién conoces va a ser de los tuyos o no, si vas a poder
estar con él en confianza o si nada te desagrada más. Parecería que
venteas algo, que se da así, te envuelve y de inmediato reconoces si
traban amistad u otras cosas. No lo sabes como certeza, lo sientes, lo
intuyes. A veces no es nada, no te mueve ni para atrás ni para
adelante. Otras es fuerte, se te atora en alguna parte de la cara o más
profundo. Debe ser por eso que le dicen que es la sangre de uno.
Entonces tus palabras fluyen despacio, con compañerismo, pues no
temes decir lo incorrecto. También lo que escuchas de esa persona te
llega suave, sin pensar en dobles significados, sin herir la intimidad
que apenas comienza a darse. Pasa mucho cuando uno es niño y
tienes la cara fresca. Por eso las amistades de la infancia son eternas,
porque nacen de esa franqueza repentina, de ese gusto por conocer a
otros sin pensar en nada más, sin intereses de ningún tipo. Si te pasa
siendo grande, atesóralo, guárdalo en donde nadie se meta. Eso
mismo me pasó ahí, sentado al lado de la muchacha.
No me engaño, puede que se tratara de un ensayo, de un truco
sencillo. Pero de mi lado fue real, no es que sólo me gustara la
hembra. Que también fue cierto. Fue algo más para dentro, más por
debajo del agua. Comenzamos a hablar como conocidos de años. Me
dijo que le gustaba la música romántica, esa que se escucha sentado,
viendo hacia adentro. Y yo me acordé de la playa, de los muchachos
reunidos. Le hablé del buceo, de la soldada en los barcos, del miedo
de estar dentro de la escafandra cuando te parece que ya entró el
agua que mete la electricidad. También de los mareos que da el
oxígeno puro, de donde se deduce que todo lo puro no es bueno. Ella
me contó sobre una escuela de cocineros donde nadie tenía
necesidad de preparar comida, porque siempre había alguien que se
las hiciera. De sus ganas de salir de esa ciudad, de ese lugar en
donde sólo llueve cuando hay ciclón, del sol eterno y sus manchas en
la piel.

La plática me distraía de los demás, hasta que ella volteó a ver a
Garapacho. Algo debió de ver, pues comenzó a comportarse diferente,
se me arrimó más. Sus palabras ya salían más bajas, como queriendo
esconderlas en los oídos. “¿Quieres seguir platicando?”, me preguntó.
Después me dijo que necesitaba que le invitara algo de tomar porque
si no se la llevaban a otra mesa. Me vio a la cara y me explicó que la
casa cobraba las copas de ellas con sobreprecio, ellas se quedaban
con una parte, la administración con el resto. Esa es una porción del
negocio. “Estoy trabajando”, me dijo. Nomás me tanteé las bolsas del
pantalón por encima, le dije que sí podía pedir la copa. Ella levantó la
mano y la mesera se acercó, pidió un tequila. Al rato le dejaron su
copa, por debajo estaba un papelito azul que se guardó en la cintura.
Luego se recargó en mi hombro, poniendo la mano en una de mis
piernas. Creo que era lo normal, pues el capi nomás sonrió al verla
así. También yo caí en cuenta de que debía de ser así, que para
platicar están los cafés, que todo estaba pensado para actuar de ese
modo. Y no se permiten los desaires, menos cuando hay con qué.

Así como ella mostraba sus cosas y se contoneaba para hacerlas más
evidentes frente a todos, remarcando lo visible. Así uno como hombre
debía mostrarse, enseñar sus armas, dejar en claro qué es lo que
busca. Por eso ese baile es sencillo. Nadie me lo dijo, lo rescaté de
una memoria anterior a mi vida. Los años que han pasado me
mostraron que tenía razón. Entonces era normal, estaba a la vista, no
hay dobleces. Ella con su cuerpo desnudo, yo con los medios para
mantenerla así, pagando para continuar el juego. Retenerla hasta que
quisiera o alcanzaran las monedas, disfrutar de esto a costa de mi
esfuerzo. Ella entregando hasta que le entregara, ni más ni menos.
Nadie rompe ese trato, ni se salta las trancas. Quien lo hace rompe la
sencillez tranquila de ese lugar. Esta parte no la sospeché, tuve que
aprenderla sobre la marcha, equivocándome y terminando herido.
Me atreví a ponerle una mano en los muslos. Tratar de comprobar lo
de los músculos que estorbaban. Tenía la piel fresca y algo húmeda.
Como si acabara de bañarse. Ni se movió cuando sintió la mano. Yo
nomás la dejé ahí, no sabía qué más hacer. Cosas de la inexperiencia.
Uno de los muchachos que todavía no estaba acompañado, comenzó
a hablarle de sus negocios, más conocedor que yo. Algo se me atoró
en la panza que me hizo cerrar los puños. Hasta después supe que
esos eran celos. Pero a mí siempre me ha parecido más envidia
disfrazada. En fin… ella, con calma, coqueta, le hizo ver que ya estaba
acompañada, que otro día o más tarde. También Garapacho le dio a
entender que se quitara de ahí, que estaba estorbando. El marinero
tronó la boca, alegando que sólo le estaba quitando el tiempo. “Puede
ser –dijo el capi–, pero eso se puede arreglar”. “Súbelo –le indicó a la
muchacha– yo aquí me encargo de todo”. Ella me miró con una
sonrisa, se levantó jalándome de la mano. Comenzamos a recorrer el
salón en medio de miradas curiosas y carcajadas en el fondo. Yo no
dije esta boca es mía, me dediqué a seguir sus pasos.

De nuevo la intuición me ayudó a comprender que no era peligroso,
siendo el paseo parte del mismo juego. Una nueva forma para mí de
completar aquello que me tenía ahí. Llegamos a las escaleras que
daban a los balcones. Subimos con calma, despacio, dejando que los
pies se acomodaran bien a la alfombra que cubría los escalones.
Mientras la seguía me llegaba a la nariz el perfume de su piel, el olor
me consolaba con la idea de algo que llegaría y eso impedía que me
sudaran las manos. Además no era el único, pues varias parejas,
siempre la mujer por delante, avanzaban por los pasillos. Todos
tranquilos, mirando siempre hacia delante, sin fijarse en nada más,
sólo por unos momentos checando con los ojos los tapices de las
paredes. Caminamos por uno de los pasillos, desde ahí arriba miré
hacia la mesa y noté que Garapacho nos miraba, los brazos cruzados
y los ojos fijos en nosotros hasta que ella se metió en una de las
habitaciones. Me jaló con ella, cerrando la puerta después de que
entré. No sé qué esperaba, ni idea. Pero me puse a ver la recámara,
que era pequeña pero bonita, limpia. Los muebles eran de madera
delgada, amarilla, trenzada en partes con bejucos. Encima de ellos
estaban cojines de colores subidos. Una cama con una colcha gruesa
con figuras de color café claro. ¿Tu cuarto? Le dije. Ella se sonrió,
mostrando los dientes blancos que había visto en la playa. “Algo así,
sí, sí es”. Luego se acercó, me hizo un gesto con la mano para que
hiciera lo mismo.

2.

Ahora sí. Más vale que no me oiga la jefa. Estate al pendiente. Han
pasado como 30 años o más, no sé, muchos años. Por eso es que
muchas partes de lo que pasó se me fueron de la memoria, ya no
puedo contarte todo con detalle. Mentiría si te dijera que sí y nunca me
ha gustado esconder la verdad, para qué me complico la vida. Una
mentira sigue a otra, hasta que estás rodeado de ellas. No, mejor te lo
aclaro de antemano, no me acuerdo de todo. Pero sí de lo que me
marcó, de lo que me dejó en realidad, eso que no puedo perder ni
cuando esté tirado en la cama, listo para morirme. Piensa tantito, trata
de irte para atrás, a tu pasado. Acuérdate de tu momento más antigüo,
de tu recuerdo más lejano. Tal vez cuando tenías cuatro o cinco años.
Hay gente que asegura que se acuerda de hechos de cuando tenía
dos años. Yo no lo creo, pero ellos lo dicen. El asunto es que eso que
está en tu memoria se quedó guardado, bien almacenado en tu
cabeza para sacarlo cada que quieres repasarlo, refrescarlo. Debe ser
porque es importante, más importante mientras más tiempo ha
pasado. Algo hace que se quede ahí, marcado. Tal vez te dice muchas
cosas de ti. No así abiertamente, sino de una forma escondida, pero
que es importante por dentro, sin que lo pienses realmente. Todo lo
que te pasa se va quedando así, lo que no importa se va, si no, se
queda. Pues así pasa con esto. Tal vez es mejor así, sin tantas cosas
que distraen de lo bueno y malo que sacamos de los sucesos que nos
acontecen.

Al principio fue difícil acostumbrarme a todo lo que me pasaba, eran
muchas cosas al mismo tiempo. En la carne, en la piel, en los líquidos
que mantiene el cuerpo adentro. Sobre todo en los pensamientos,
pues es como una duda constante, que se hace más grande a medida
que se contesta. Te doblas en las ideas. Dejas momentos atrás para
encontrarlos más adelante, como nuevos, y así varias veces. Sin
embargo, algo te dice qué hacer, te sostiene el rumbo, una línea de
guía permanentemente apuntada al centro de tu ser. Y sigues
adelante, hasta que una cierta calma te llena de sofocos, falta de aire,
músculos nuevos que se mueven sin control. Después está el silencio
roto, crujiente, lleno de quejidos. Todos se hace más cadencioso,
acompasado en los ritmos de la vida. Todo se llena de olores secretos.
Corres por cerros añejos, pero nuevamente descubiertos, dejando lo
que puedes para marcar la pasada. Recuerdas un hueso, el lunar de
la axila, la herida hecha en el accidente de bicicleta, las brechas
naturales, los pozos que escarbas y se quedan para siempre. Todo es
terreno para la exploración. Lo lamentable es que sólo se reduce a un
kilómetro de piel. Eso es todo, no da más de sí porque empeñarías el
resto de la masa de cobertura. Así se queda la apuesta abierta,
esperando que alguien se atreva a llevarte la contraria.
Después salimos, caminando igual que como llegamos. Sólo que yo
sentía un dolor suave en las corvas, que se hacía más fuerte con cada
paso que daba, como recordándome, llenando el silencio con una
especie de vergüenza extraña, un sentimiento de pena que no
entendía. Luego ni me importó saber más de eso. Llegamos a la mesa
y sólo Garapacho estaba ahí. Fumaba y daba sorbos a la bebida rara
que tenía delante de él. Nos sentamos en las mismas sillas de antes,
frente al capi. Nos comenzó a hablar de sus historias, empezó a pedir
copas y cervezas y más bebidas. Ya sabes que eso del amor te da
sueño, por eso me mareé nomás al principiar la tercera ronda. Pero él
siguió con su festejo. Fueron risas, comentarios, la compañía de dos
brazos en el hombro. Una espalda suave y larga. Más música cuando
se fueron sumando los demás marinos. Caras sonrientes, con las
bocas relajadas y brillantes. Vasos que chocaban unos con otros.
Unos labios de rosa cerca de la oreja, hablando en susurros cada vez
más sueltos, de palabras deshilachadas de cuentos groseros, de
historias de caminos perdidos. Por ahí se fue haciendo cada vez más
oscuro, hasta que todo quedó negro y apagado.

Cuando abrí los ojos ya estaba en mi camarote de La Chillona. Tenía
la lengua pastosa, la garganta cerrada, la cabeza pesada, el pecho
dolorido. Estaba en medio de una cruda filosa, de esas que te
mantienen entumecido el cuerpo todo el día. Me habían aventado a la
cama vestido, así como estaba, sólo los zapatos me quitaron. Sólo las
ganas de agua, me hicieron irme para la cocina. Cuando salí al pasillo
de la caseta me di cuenta de que el sol ya pegaba duro, supuse que
ya era casi el mediodía y me extrañó que nadie me hubiera ido a
molestar con sus encargos. “Sólo que ya me hayan corrido”, pensé
mientras caminaba hacia la cocina. Cuál fue mi sorpresa al
encontrarme ahí a casi toda la hombrada, todos riendo con carcajadas
contenidas, escuchando cómo uno de los que había estado con
nosotros anoche les contaba sobre las cosas que hice estando
borracho. Hasta el Pavito se reía, yo creo que nomás de pura
imitación. ¿Qué sabía él de eso? Además éramos amigos, se reía
nada más porque los otros lo hacían. El coraje se me subió a la
garganta, agrio, no me dejó decir nada pero estaba que de veras me
jodía la vida.
Lo peor fue ver ahí al cocinero oaxaqueño enseñando los dientes,
agarrando su panza bofa. Un golpe de sangre me llegó a los dedos.
Ese siempre se burlaba, te hacía sentir que tus penas eran chistes. Te
humillaba por el placer, por ver la cara que ponías, descompuesto de
las tripas, mientras tu idea de lo que eras se rompía. Eso me llamó a
lucha, me sacó de mis cabales, me arrojó arena a la cara. Él seguro se
dio cuenta, pues su mirada me lo dijo. El brillo de los ojos me raspó,
dañando mis entrañas, derrumbando las zonas seguras. Era el testigo
incómodo de mis pasos inseguros, el que intentaba siempre
arruinarme las victorias. El que se te trepa a los puntos débiles no para
ayudarte, dejarte mejor que antes, sino para apañarte de ahí y no
soltarte. Darte golpes hasta que te derrumbes, ensañarse contigo,
dominar la neta de lo que eres. Dejarte ahí tumbado, mojado en el
charco de tu hediondez, mientras él mira desde lo lejos, pero bien
cerquita a tu porquería, oliendo con gusto malo de hombre terrible.
Mejor me di la vuelta, soportando el coro de voces aullantes que me
siguió hasta el cuarto. No hay caso cierto para los que se ufanan de
las penas de otros, mejor los dejas pasar. Así me parece y así lo he
hecho siempre. Aunque me tilden de jodido. Todo al final se pone
bueno, eso se sabe, claro, al final. Pero eso, sin que lo pueda evitar,
me pone listo para la tristeza. Y así estaba, como apagado, sentado
en la camita del camarote. Oyendo con ansia los rumores lejanos de
una plática que creía era sobre mí. Decidí mejor bañarme, escurrir con
el agua la mala vibra, apagar el fuego de las venas en el frescor de la
regadera. Quise desquitar la rabia, el enojo y la torpeza con mis ropas.
Azotaba mi playera, jalaba con desesperación los pantalones. Mis
manos se golpeaban con mi piel, queriendo sacar la sangre malsana,
contaminada por las burlas tontas. De entre la ropa arrugada salió un
punto blanco, un cachito de algo: la tira de un papel arrugado en
muchas partes.
Lo levanté de un tirón, desconfiado de ese hallazgo. En el papel había
un nombre desconocido, unos números marcados en tinta azul, una
idea rondando mi cabeza. Un momento recordado, casi en el final de
todo, casi perdido en la ola de los hechos de una noche para olvidar.
Un gesto sin importancia, unos movimientos rápidos y precisos. Las
caras enormes de los que están ahí, mientras una mano secreta se
mete en el hueco del pantalón. Unas frases olvidadas, dos
comentarios añadidos, exactos, que se van con la bruma de un sol
naciente que se escurre por los edificios grises de la mañana. “Mejor
vas y le dices que se olvide”, me aclara el capi desde su lugar en la
puerta. “Mejor no empieces todavía con esas calenturas. Espérate
tantito, si solas llegan. Pero hablas con ella de frente, para que se te
haga la costumbre. Mañana salimos para el Norte, ya sabes”. Y me
deja temblando de la emoción con un pedazo de servilleta en la mano,
pensando en las formas elegantes de un número de teléfono.

Ya ves que la historia es buena, por eso me la piden tanto. ¡Huy! Si
vieras la cantidad de veces que la he contado, ya hasta me sé en qué
partes está lo más interesante. Pero eso sí, siempre la relato igual. A
lo mejor sale idéntica en tu libro cuando la escribas. ¡Si ya todo el
mundo sabe! No sé, tal vez Maclovio lo dijo. Espérate, si ahora viene
lo mejor de todo. Y es que llamo al teléfono de la servilleta. Una mujer
adulta, no sé de qué edad, me contesta con tono de cansancio
tremendo. Después me habla una voz ronca con tonos de sábana,
muy lejos de una frase amable, más bien como escapando y usando
un arreglo sobreentendido, algo común y conocido dentro de las reglas
no escritas. Temí que todo fueran sueños producidos por el humo de
los alcoholes. Pero insisto, algo me llama a eso. La cosa se
recompone con dos retazos de la charla de anoche, datos sueltos, la
música ayuda en el oculto trazo de la estrategia. La música que se oye
desde adentro, sentado con atención a lo lento que late el corazón
callado. Una risa breve. Un golpe sordo. Un “espérame” más claro en
su pronunciación. “Nos vemos en el Zócalo”, con ansiedad aparente.
Sí, digo, a las 4 de la tarde. “Yo te busco”, termino colgando con
fuerza, sin saber la razón de la prisa.

Para entretener la espera me dedico a limpiar la línea de la red de
sondeo, lavo mis trapos viejos, ordeno por pares la pedacera que junté
para hacer los recuerdos. Más tarde, me envuelvo en un sueño ligero,
de los que te dan dolor de cabeza, en los que todo te despierta a cada
rato. Como nunca he tenido reloj, me la pasé viendo a las escondidas
la muñeca del señor que trabajaba de timonel. La cosa es que el
malecón donde estaba amarrada La Chillona quedaba bien cerca del
Zócalo de la ciudad. Porque antes, cuando la ciudad era un pueblo
pequeño, todo estaba ahí: el mercado, la catedral, el palacio de
gobierno, el puerto. Parado desde la cabina se podían ver las bancas
del kiosco y por detrás de los árboles, el campanario de la iglesia. Eso
me desesperaba, me aumentaba las ansias, pues era como si ya la
estuviera esperando sentado en las sombras del mediodía. Y pues
¿qué hacía? ¿Para dónde le jalaba? Todo era peor si pensaba o me
imaginaba qué es lo que pasaría. Ni hablar con los muchachos
después de lo que había visto antes. Me quedé sentado, contando las
vueltas de los camiones que hacían parada casi enfrente de la popa.
Al ver a las personas que se subían a los colectivos viejos, me entró la
duda de si todos ellos sabían de esas cosas de la carne, si era parte
de su vida normal. Y si era así ¿cómo hacían para que no se les
notara? Tal vez sólo yo, como todo un degenerado, me sentía lleno de
esas ganas locas de regresar a eso. A lo mejor me estaba
enfermando. Decidí que no me importaba, no más, era yo quien lo
resolvía.

Por fin se dio la hora. Para entonces el sol ya no caía tan fuerte sobre
las personas y unas cuantas nubes llenaban el lado derecho del
hemisferio. La brisa llegaba fresca con un olor penetrante a molusco.
Me bajé del barco sin avisarle a nadie. Todos estaban ocupados en
preparar la fiesta de salida, una costumbre que tenía muy afianzada el
capi: se trataba de despedirse con una celebración cada vez que
partían de un puerto si habían estado más de dos noches ahí.
Tampoco ellos me hicieron mucho caso. Cruce con calma la calle,
volteando hacia todos lados, esperando ya encontrármela. Me
empezaron a atacar puras cosas de la fantasía, por todas partes se
aparecían caras parecidas, caderas de movimiento lento, piernas
dolientes de carne dura y moldeable. Ya me ha tocado ver a
muchachos en esos casos, cuando la vista se les vuela con cada
persona que pasa; se acomodan las ropas con molestia, la boca
apretada en gestos raros. Si yo me hubiera visto, pena sentiría.

En medio de la espera caí en cuenta de que no me dijo exactamente
en dónde me vería. Eso me complicó más la angustia de que llegara.
Con cada minuto que pasaba, se me aparecían en el pensamiento
imágenes de ella esperando, igual de engarrotada que yo, en una
esquina al otro lado de donde yo estaba. Hasta la veía alejarse con
cara triste, pensando en las razones de la ausencia. Eso aumentaba
mi apuro, mis miradas a las personas que pasaban. Comencé a vagar
por la plaza recorriendo sus locales de piedra, esquivando las sillas de
los boleros de a 20, los puestos de quesadillas, sopes, elote tierno y
cocteles de fruta tropical. Frente a la iglesia unas niñas vendían
vasitos con agua enjabonada, listos para usarse con unos alambres
torcidos que llevaban estambre morado enredado en la punta, para
hacer burbujas que aplastaban los niños corriendo por detrás de ellas.
Los globeros caminaban pesados por las nubes de colores que
llevaban colgando a los pies, que también flotaban por encima de su
cabeza, chiflando con su modo ese, ayudando a su venta, cazando a
los padres de hijos pedinches que los obligaban a comprar.

Caminaba de prisa, con pasos largos para que nada se me escapara.
No me detenía a ver qué sucedía en las caras de los viejitos que leían
los periódicos o que se reunían en grupos de tres para hablar sobre
las noticias de los muertos recientes. Yo estaba en lo mío y me topaba
con los rostros de niñas grandes, vestidas con uniformes de tela flaca,
azules, verdes o blancos, que caminaban de regreso a las oficinas.
Ellas pasaban por entre las macetas atascadas de ramas secas y
bolsitas de plástico transparente, pisando los adoquines grises con
zapatos de tacón, que se movían con su andar; entre sus senos iban
gafetes enormes, con fotos terribles y detalles inútiles sobre lo que sus
jefes querían de ellas

Me encontré, sin querer, con un hombre vestido sólo con un calzón
mugriento y que marchaba con andar militar, llevando entre las manos
una escoba pelona, gritando órdenes de general enloquecido y
espantando a las palomas que le hacían caso. Por el lado derecho de
la plaza, un hombre sin manos tocaba la armónica, sosteniéndola
entre los brazos mochos, resoplando en ella para sacarle gritos de
dolor, pidiendo ayuda. Y había más. Una mujer desnuda acurrucando
un bebé de trapo, que no se alimentaba por más que le ofrecía sus
senos arrugados. El ciego que mientras caminaba amenazaba con
destruir la tierra, tomando poses de pelea para demostrar su enjundia.
El muchacho de cara extraña, como aplastada, que se divertía
enseñando sus partes a las señoras que vendían periódicos. Cuántos
locos, pensé.
Por ahí entre esa gente, parada bajo unos árboles, junto a la fuente
llena de mangos podridos, por ahí mero me la encontré. Ella es otra
vez una niña en la calle. Una chamaca como todas las que por allí se
veían. Vestía una blusa blanca, con el cuello y los hombros al
descubierto. Además una falda que le llegaba a las rodillas, con
holancitos blancos a la mitad y al final de la tela. En los pies unos
zapatos de tacón pequeño, tiras para amarrarlos, que parecía que le
molestaban. Al verme ladeó la cabeza, viéndome a los ojos, la boca
mostrando los dientes. Nada la revelaba. Fuera de la casa –donde era
reina– al verla no se conocía el poder de sus poses, la atracción
tremenda que producía su cuerpo y los daños que provocaban sus
frases justas. Tal vez eran demasiados premios como para dejarlos
ver a la luz del sol, a los juicios llanos de un ambiente que no era el
exacto para que se elevara a la altura que tenía. Para mí eso fue
bueno, porque yo tampoco tenía ya nada que la mereciera, que me
acercara a ese nivel. Estábamos fuera de las apariencias claras de la
casita blanca y regresábamos a lo engañoso, natural pero actuado: a
que éramos dos chamacos jalando los remos en la corriente, sin saber
qué puerto nos esperaba.
Casi no hablamos de muchas cosas. Pues ¿qué más podía pasar? De
inmediato nos fuimos a un hotel de por ahí cerca. Al principio como
que no quería, pero yo no pensaba en otra cosa. Me espantaba no
poder repetir la experiencia, quería probar si era tan bueno como lo
recordaba o si era producto de la novedad. También estaba sediento
de nuevas sensaciones, pues pensaba que debía de haber más y
quería descubrirlo. Ya sabes, como todos los hombres. Lejos de
conformarse van por más, como si fuera obligatorio. Debe ser algo
instintivo que te jala a almacenar cada vez más, como la pesca o la
cacería. Ya en el cuarto, la situación no fue como la vez pasada. Aquí
como que se dejó llevar, como que puso todo de su parte para no
estorbarme. Me dejó llevar las riendas, despacito, jalando las trancas
para el rumbo que yo quería. Al final, cansado de las renovaciones,
goteando las penas abandonadas y agarrado a las fuerzas con los
dedos enredados, me puse a pensar. Así es como que quise creer que
eso era la verdad, que debería ser así, que era lo bueno. Me asumí
como dominante, como guía de las formas. El camino sólo estaba
delante de mí y yo nomás lo conocía.

Sentía sus dedos en el pecho, delgados y sin peso. No se cansaba de
sobarme con calma, de arriba hacia abajo. Eterna. Su piel temblaba en
los lugares en los que ponía mis manos, después se relajaba.
Comenzó a hablar del pasado, de las casas de adobe donde
estudiaba a la luz de los focos amarillos, de sus ganas de conocer
más la vida, de unos hermanos que la ahorcaron hasta casi la muerte
cuando supieron que tenía novio. De cómo la sacaron de ahí para que
no se la robaran los vecinos y la mandaron con una madrina que vivía
en el puerto. “Pobres –me dijo–, ve cómo acabé”. Yo no supe qué
decir para no ofenderla, porque muy adentro sabía que tenía razón.
Tampoco quise saber qué la mandó por esa ruta, no me correspondía
preguntar.
Después habló del futuro, de las formas en que se veía cuando ya no
necesitara responderle a su patrón, de la buena vida que le esperaba.
Me aclaró, sin que me quejara, que no pensaba mucho en el dinero,
pues ya sabía lo que eso hacía. “Todas las noches corre como un río
que se lleva al que se pone en frente”, concluyó. Se acomodó en la
cama, dejando ver sus zonas oscuras. Luego se volteó, dándome la
espalda, acomodando su cuerpo a la forma del mío. “Yo sólo busco al
hombre correcto”, dijo. Y yo me quedé quieto.
Al rato nos levantamos, en silencio me fui acomodando la ropa. Otra
vez la rara sensación de pena en el estómago. Me costaba mucho
decir algo, no le hallaba sentido a ninguna frase y todas me parecían
tontas. Odié no encontrar la familiaridad de antes, me preguntaba si
eso es lo que pasaba con las personas después de conocerse en la
intimidad. A lo mejor se pierde algo cuando te desnudas frente a otra
gente, como que todo cambia entre ellos. Se hace más importante
todo lo que dices, no te andas con ligerezas; te da miedo que no sea
igual y no te mueves. Pero por eso se hace diferente. Esa es la cosa.
Tampoco sabía qué hacer después. Por dentro quería dormir en mi
cama y recordar lo que pasó, recrearlo a solas. Pero algo en ella me
decía que debía hacer más que eso, también era una cosa dentro de
mí. Como una obligación. Como algo que me llamaba a estar ahí.
Esperar sus indicaciones. La dominación había terminado, porque ella
decidiría lo que pasaría después. En eso estaba en sus manos. Esa es
parte de la trampa porque entregan la cantidad justa de dominio que
quieren de ti. Cuando se dan, esperan algo, una compensación, como
si fuera su pago por los momentos en que te dejaron ser tu mismo. Así
te lo dejan sentir con sus gestos.
Por eso tuve que responder que sí cuando me preguntó si podía
acompañarla. Como que uno, por las experiencias que ha tenido, se
ve obligado. Otros se van sin más, dejan de lado todo por zafarse.
Será que son más listos. Yo no pude, menos cuando me puse a
pensar que a lo mejor ya nunca la vería. Es que al otro día nos íbamos
para el Norte. Por eso le dije sí. Para no dejar cosas desagradables,
para que todo terminara suavecito. Por eso la miré tratando de verla
muy atento, tratando de que se me viera eso en la cara. Que ella lo
reconociera y supiera que era por eso. Como dando a entender que
sabía que debía hacerlo, que sabía ya de qué se trataba, que no tenía
problema en compensar las molestias. Nunca supe si de verdad lo
hice bien. Una sonrisa clara, un beso en la boca, una mirada serena,
segura, sólo eso tuve de respuesta. Después salimos, tapándonos las
caras con las manos para que no nos deslumbrara tan fuerte el sol.

Caminamos hacia la avenida Costera tomando el lado de la sombra de
la banqueta, del lado izquierdo. Los locales vacíos se veían sucios, en
uno estaba una señora sentada, dormida, con una revista en el pecho.
Yo caminaba un poco detrás de ella, pensando en que debería
regresar temprano a La Chillona, que tal vez era mejor que ahí mismo
me fuera, estando tan cerca del atracadero. No ocurriera que por
acompañarla se me fuera el tiempo. Ya mis ansias de vida estaban por
otro lado. Pero otra vez me dije que no era lo correcto, que los
hombres como yo –fíjate que zonzo– no hacían eso. Que se
comprometían y aguantaban candela. “Total –me consolé–, el capi va
a entender. Además andan todos ocupados con la fiesta, van a
terminar bien borrachos”. Todo eso me decía, tratando de hallar
disculpas. Mientras le seguía los pasos, no sé qué cosa me dio que
nos vieran caminando juntos. Hasta me entró miedo al pensar que
alguien que la conociera se acercara y supiera, de alguna manera, lo
que acabábamos de hacer y que eso nos trajera problemas.

Caí en cuenta de que las cosas son muy complicadas, que esas
prendas no se quedan sólo en las camas y se desparraman por las
calles, haciendo que se actúe de una forma determinada. Que por eso
las miradas de los vecinos se vuelven tan importantes. Ellos saben y
miran, observan, miden las distancias. Sonríen con gestos de
comprensión o se les juntan las cejas. De esos pensamientos salen
las molestias, las palabras que te aplauden o te condenan a ser
evitado, marcado. Pobres de las niñas que siempre están sujetas a
esas miradas, acosadas por sus amigos, hermanos, padres, los
señores vecinos. Aunque también ellas se entretienen haciendo que
los ojos las sigan, como si no supieran que las ven, dejando rastros de
confidencias por todos lados. Como que viven más a resguardo de eso
o ya se acostumbraron. Por eso ellas salen más fácil de esas
situaciones, las manejan mejor. Los hombres no, nosotros nos
ponemos incómodos, nerviosos de las palabras que salgan por lo que
hagamos. Y eso pesa más que la indiferencia, seguro.
Estábamos cruzando la avenida, pasando al lado cerca del mar, por la
vía que lleva al lado de los hoteles elegantes. Ella me preguntaba
sobre los amigos que me acompañaban por la noche, me dijo que sus
compañeras hablaron bien de ellos. También que les extrañó que el
señor grande que iba con nosotros nomás se quedara tomando sus
copas. “Es el capi –le dije–, ese es mi amigo”. Ahora, pasados los
años, me parece que lo dije así porque quería darle a entender mi
confianza con ella.

La cosa es que delante de nosotros, pegado a la orilla del malecón, se
me apareció el Garapacho. Lo reconocí desde lejos por la gorra verde
que no se quitaba. Iba caminando con las manos en las bolsas del
pantalón y un cigarro medio acabado en la boca. Miraba al frente, con
los ojos rojos, la camisa mojada de sudor. Luego me di cuenta de que
estaba molesto, que se estaba tragando un enojo grande, porque él
siempre se movía con los brazos sueltos aleteando a los lados. Me
quedé parado, esperando que no me viera con la muchacha. Para
qué, si me iba a decir mis cosas, reclamarme que no le haya hablado
a ella de la salida al Norte. Al vernos se iba a enterar, lo sabía, era una
verdad conocida. Lo bueno es que se fue de largo, yendo con sus
zancadas largas hacia el lado de Tlacopanocha.

De todas formas eso me dejó alertado, nervioso, curioso de saber
porqué no se había quedado en la celebración de La Chillona. Avancé
para acomodarme la vista y observar el barco. Estaba detrás de unos
matorrales, como a unos 100 metros, pegado al muelle fiscal. Desde
ahí todo lo que vi era la calma, sólo algunas personas sentadas en la
borda, otras se movían de un lado para el otro. La niña me hablaba,
pero no le hacía mucho caso. Hasta que yo solo me calmé. Cuando la
miré a la cara, ella tenía los ojos grandes y miraba a otra parte. Me
dijo: “¿Sabes?”, su voz era otra vez de niña, “yo todavía no me quiero
ir de aquí, donde está lo mío, quizá después, más tarde”. Levanté los
hombros porque no le entendía. Ella me miró a los ojos, como
apenada y también nerviosa. Me dijo que la esperara y caminó hacia
el arroyo de la calle, donde estaba un auto parado. Ahí se metió y el
carro arrancó. Fue tan rápido que no se me ocurrió nada. De por sí la
situación era extraña, pues nunca había tenido esa experiencia de
trabar relación con una mujer.
Todo me confundió. Me dejó parado en medio de los señores que
esperaban cruzar la calle. Y más nervioso me puse. Pensé que todos
ahí me miraban, que eran testigos de mi abandono. Que ellos sabían
mejor que yo la letra de la historia que estaba viviendo. De por sí
haber estado con ella en el cuartito de hotel me dejaba un temor
extraño. Un miedo a que estuviera haciendo algo mal, o tal vez a que
tendría la obligación de enfrentarme a alguien que la cuidaba. Su
papá, sus hermanos, su patrón. En el fondo sabía que era territorio
ajeno y que haberlo pisado dejaba multa. Aunque también quería que
se regresara para decirme qué pasaba, explicarme sus impedimentos.
O las dos cosas. Luego quería terminar con eso, pero en calma y con
todo claro. Por eso decidí alejarme un poco, lo suficiente para
esconderme pero sin dejar de ver el lugar en el que había estado. Me
planté en frente de un puesto de revistas, mirando las portadas, como
distraído en los nombre de los cuadernillos. Pero era pura finta, mi
atención estaba en ese lugar donde me habían dejado solo.
Una mujer se para a mi lado. Poco a poco me llega su aroma a dulce
recién lamido. Su olor era el de la casa. Por eso no pude evitar mirarla.
Ella voltea al mismo tiempo, la cara llena de una sonrisa ladeada.
“Hola mi vida”, alcancé a escuchar. Toma mi mano y me lleva a un
lado, donde termina la pared del malecón y las olas se estrellan con
calma en el cemento. Me dice que si no me acuerdo de ella, que
estuvo pensando mucho en mí. La verdad es que no me esperaba
eso, era algo que ni pensaba. Tuve que volver a verla para
asegurarme de que no la conocía. Ella me dice que soy muy malo, que
después de lo de anoche, en la casa, quería platicar más conmigo. Me
lo dijo con tal seguridad que, de verdad, me puso a temblar. En mi
cabeza, a toda prisa, se me venían las cosas. Tal vez sí la conocía,
pero esa noche estuve muy borracho. A lo mejor me había vuelto a
subir a los cuartos. ¿De qué me hablaba? Le dije: “Sí, sí me acuerdo”,
tratando de alargar los momentos para seguir pensando. Al mismo
tiempo miraba para todos lados, como tratando de encontrar una
salida. Fue entonces cuando vi el carro en que la otra se había ido,
estacionado del otro lado de la calle. Ella se dio cuenta de que lo
miraba, pero siguió con su plática, diciendo que tal vez podíamos ir a
otro lugar. Los dos ya sabemos del engaño, pero nos da miedo romper
la trampa, como si alguien nos observara de cerca y tuviéramos que
seguir sus mandos.

Me abraza por la cintura y camina alejándose del carro. La sigo porque
no tenía otra cosa que hacer, nada más así, dejándome. Mientras da
pasos lentos me habla de lo que le gustaría que hiciéramos, de que la
vamos a pasar bien. Fueron como cuatro pasos hasta que una alarma
intensa me detuvo. Pensé que estaba llegando a una cuerda gruesa,
de esas de las redes con las que tropiezas y te caes al mar. Un cabo
traidor, le decían en La Chillona. Eso, pensar en el mar, en la
hombrada del bote, me trajo certezas que no encontré en otras
formas. Porque sólo me paré, sin decir nada. No sabía cómo acabar
con eso, cómo explicarlo sin parecer idiota. Aclararlo con palabras que
no me comprometieran. ¿Qué palabras? Cómo decir que no era cierto,
que aunque estaba caminando con ella sabía que no era nadie que yo
conociera. ¿Así de llano? No, pues eso podía traer cosas peores.
Además no entendía qué era eso que me pasaba, de qué se trataba.
“Tal vez mejor corro –pensé–, a lo mejor así se les olvida esto que no
sé qué es”.
Ella también se paró, primero sin decir nada. Hasta que se movió
frente a mí soltándome. Se cruzó los brazos por delante, tapando su
pecho. Suspiró, levantando la vista hacia el cielo y sacudiendo la cara
hacia los lados. Como que se preparaba a decir muchas cosas
hirientes, pero mi mirada de chamaco la detuvo. “Mira –me dijo–, en
este mundo hay muchas fuerzas que lo hacen moverse, todas son
valiosas y hay que mantenerlas porque si no, se detiene; pero hay dos
que son muy grandes: el dinero y el sexo, esas meras son, si tienes
dinero tienes fuerza, poder, las cosas materiales se te rinden y
obedecen; pero si controlas el sexo, controlas a las personas, tengan
dinero o no, poder o debilidad, así de simple… ¿entiendes? También
no puedes tener uno sin el otro, están muy unidos, si los separas
siempre terminas perdiendo. Así de importantes son, pero hay otra
cosa: el cariño, si no quieres dinero cuando te llegue se te resbala, se
te va y por eso debes apreciarlo, darle su valor; igual que el sexo, si no
te interesa, de verdad, no podrás tenerlo bien ni darlo, te quedas frío –
me miró fijamente–. ¿Quieres a la niña? Ayúdala. Pero debes saber
que la cuidamos porque es parte de lo que tenemos. ¿Dinero o sexo?
tú decides… o cariño, amor o como sea que te guste decirlo. Eso te
salva siempre, pues te lleva a los caminos correctos, lástima que
pocos sean los que se dejan llevar por eso. Si no es eso, déjala,
porque estás en medio de dos martillos que se van a pegar muy
fuerte”. Me callé, me callé para siempre.
La mujer se dio la vuelta. Caminó despacio, como si esperara que le
contestara algo. En ese momento no me importó lo que dijo. Era
mucho para mi alma. Pensé que tenía cosas seguras en otros lados.
Me largué de ahí. Caminé de prisa hacia La Chillona, sin voltear hacia
ningún lado. Las manos me temblaban mucho más que otras veces,
sentía el pecho caliente. Si no me aventé a correr fue porque me daba
miedo llamar la atención, que la gente me viera como extraño y que
por eso me llegaran por la espalda. Hasta que estuve a unos metros
del barco, cuando ya escuchaba los gritos desaforados de los
muchachos que cantaban las canciones rancheras de moda, no me di
el permiso de voltear hacia atrás. Claro que nada vi. Sólo los carros
pasar, la gente tomando fotos del mar y de ellos mismos. Todo se
perdió entre esos hechos de una ciudad grande. Nada quedó, sólo un
recuerdo. A lo mejor otros se enteraron de esto, nunca se sabe. Para
mí sólo son eso, imágenes que recreo en mi mente cada vez que se
va la luz y no puedo ver la tele.
Cuando me subí al bote nadie me hizo caso. Estaban tan tomados que
discutían sin forma por las cosas más simples. Algunos hasta se
llamaban con groserías y sólo les contestaban con risas escandalosas.
Me preocupó que por ahí estuviera el Pavito, dentro de ese ambiente
de hombres ebrios. Por eso lo busqué con la mirada, pero no lo
encontré. Sólo vi al mentado Cocinero, sentado en medio de dos
marineros borrachos, acariciando sus espaldas. Con una seña de la
cabeza me dijo que me fuera lejos. Yo no estaba de humor y tampoco
tenía nada que hacer ahí, por eso me fui. Dentro de los cuartos me
encontré al niño, dibujando en un cuaderno arrugado. Me miró y se
sonrió. Con calma me quité los zapatos que traía, me sobé la planta
de los pies y me puse unas chanclas de plástico. Me senté al lado de
él, platicando de los planes de partir mañana. Yo conocía parte de la
costa del Norte del Pacífico, pues de niño viví unos meses por ahí. Por
eso le comencé a platicar sobre las bahías grandes que hay allá. De lo
bravo que es el mar, tanto, que no deja nadar a nadie sin que se
ponga en peligro. De las ballenas que se ven a lo lejos, brincando
cerca del horizonte. Poco a poco me fue ganando el sueño, hasta que
me dormí. Cuando desperté era de noche y todos se habían ido a
dormir. Me trepé al puente, con un dolor de cabeza que no me dejaba
pensar bien, para preparar mis cosas. Esperando la partida del otro
día.

Te tengo que decir que lo pasado no me hace culpa porque estaba
encaminado por otros lados. Las cosas las veía desde puntos
diferentes. La muchachita aquella se quedó ahí, donde estaba. Eso
creo, porque nunca supe nada de ella. No volví a ver Acapulco. No me
dieron ganas de eso. Después me tiré más para tierra. Son cosas que
suceden y ya. Pero si eso me pasara ahora, de todas formas me iba,
pues qué… igual ahorita me callo de lo que veo mal. Yo voy por lo
mío, tallando el día, sacando adelante mis cosas. Eso hacen todos.
Por algo será ¿quién soy para preguntarme eso? Sólo espero que
siempre escoja lo bueno, que me caiga la suerte de atinarle a lo mejor.
Por eso me persigno todos los días. Pero eso sí, me guardo lo que me
dijo esa mujer. A lo mejor me vuelve a servir, como me pasó hace tres
años. Cuando ya estaba perdiendo a mis niñas por no seguir al cariño.
Pero eso es otra historia, bien ajena a esta que te estoy comentando.
O tal vez igual, en el fondo, detrás de la mirada o por encima.
Pero ¿sabes? Ya me dieron ganas de otra. ¡Claro! Me tienes que
invitar la otra chela porque esto es nomás la mitad. Ya te dije que era
una historia larga como tu quisieras. Que por eso me llaman a que la
cuente en todas partes. Además ya traigo seca la garganta. Ya mero
se hace de noche y ya van a llegar los moscos, mejor que nos
vayamos de prisa. ¿Cuánto falta? No mucho. Debes escuchar lo otro,
está mejor. Pues es cierto, eso no es todo, pasaron otras cosas mucho
peores. A ver ¡Chula! Ven para acá.
CAPÍTULO 5

Crecida de mar
1.

Hay silencio en el mar, sólo roto cuando se escucha el chapoteo
producido por el movimiento de cabeceo de La Chillona. Las luces
color naranja del malecón le llegan desde las ventanas de la derecha.
El Pavo está sentado en la cabina del puente y se entretiene puliendo
con un trapo tiznado unos caracoles. La verdad es que no ha tenido
necesidad de vender esos objetos y ya sólo los guarda con nostalgia
anticipada, así como almacena profundamente la sensación de la piel
firme y joven que lo aventó a la vida.

La confusión y el miedo de unas horas antes ahora se disuelven en un
sentimiento de curiosidad. No reflexiona sobre lo sucedido, ni siquiera
se lo cuestiona, simplemente se avoca a revivir los momentos, a
revisarlos como se ven las fotos viejas de la fiestas familiares. Así de
separadas en el tiempo y así de unidas en el ser vivido. Sabe que sólo
se internó brevemente en una vereda que lo llevará a otros mundos,
que es el camino de la cuenta atrás de los días. Lo que no sabe es
que ahí su vida se ata a lo normal, lo convencional, tal vez un puerto
seguro, o quizá el alivio de las penas viejas, en trueque por unas
nuevas. Todavía limpia los caracoles.
Aun en medio del ruido urbano de una ciudad, que siempre se niega a
dormir, se escuchan unas risas. Él se incorpora y se asoma por una de
las ventanas de los lados. Los autos que pasan por la Costera llaman
su atención. Sólo se escuchan murmullos ahogados y a lo lejos las
notas de un corrido trasmitido por la radio. Otra risa, esta vez más
cercana y clara, aguda casi hasta la exasperación. De entre la
oscuridad de los locales vacíos del puerto se destacan dos figuras que
caminan con dificultad y se detienen a cada paso, como tomando aire.
Un policía se acerca a ellos y les dice algo. Comienzan a platicar con
calma y una que otra carcajada.

Regresa a sus pensamientos y se preocupa, pues él sabe que deben
zarpar el día de mañana para el Norte, si quieren completar la cuota
del medio año. Más risas y se asoma para ver como Garapacho ayuda
a alguien subir por la borda. La dificultad con la que ambos lo hacen
denota su estado. Las sombras, apenas rotas por los faros de los
coches y los focos amarillentos de La Chillona, no dejan ver quién
acompaña al capitán. Momentos después una cabeceada de la
embarcación mueve las luces, mientras rebota con el muelle, y ve que
la persona que acompaña al Garapacho es una mujer. El muchacho
arruga la frente sin entender.

–¡Mujer! – voltea y ve que a sus espaldas está el Cocinero, quien mira
fijamente a la pareja y asiente con comprensión– La llorona en
Chillona. Dios agarre y se la lleve. Puta vieja, mal querida. No vale.
Buen guardada, no sale. ¿Pa’ qué? Deja pasado, ahí está buen.
¡Chamaco!
El oaxaqueño se separa de la ventana y se alisa los cabellos con
rapidez y desesperación. Él lo observa con aprensión, pues el
Cocinero tiene la bien conocida capacidad de poner nervioso a
cualquiera. Ahora se limpia las manos en el uniforme de chef y habla
en zapoteca, como regañándose. Ve para todos lados, hasta que sus
ojos tropiezan con el Pavo y lo señala con un dedo amenazante.
Parlotea varias cosas en su idioma, hasta que la cara de interrogación
del muchacho lo hace reaccionar.

–Te dije, mala sombra tú. ¿Qué te persigue? Suerte del nacido, suerte
morido. ¿Qué hace tú? ¿No contesta?
No contesta. Ve con hastío al oaxaqueño, truena los labios y se vuelve
a sentar. El Cocinero se escupe en la mano y la embarra en el cabello
del Pavo, se va con una sonrisa irónica en los labios. Él vuelve a
limpiar con cuidado. Se da cuenta de que las palabras del Cocinero no
le afectaron y sus acciones lo dejaron indiferente, como si aquél fuera
un niño enojado. Medio entiende que sus días en Acapulco lo curtieron
de alguna manera. Ya no se ve con una mujercita del Istmo, su familia
en las casitas amarillas, ahora ya no se ve de forma alguna. Piensa,
con irritación, que el oaxaqueño se puede quedar con sus palabras
raras y sus cosas de marica.

El enojo impide que se dé cuenta de que repentinamente aparece en
la puerta Garapacho. Éste tose con garganta de fumador
empedernido, él muchacho voltea extrañado. Ambos se ven con
cuidado, con complicidad, sobreentendiendo la situación. El capitán
baja la mirada, sacude la cabeza en signo de negación y en esa
postura se mantiene unos segundos. El Pavo comienza a decir algo,
pero el otro empieza a hablar con voz que intenta ser poética. Sin
embargo sólo da el tono de farsa que resulta de las copas de más:
–Al calor de la tarde… clara. El cuarto… sumido en los vapores de sal.
Sábanas frescas… un ventilador. Palabras… a medias, pero
suficientes. Un olor, un… sentido, una palabra dicha con risas
contenidas, un… ruido provocado por cadenas de plata sucia,
cochambrosa,…y el sudor fresco de una espalda descubierta. Las
manos llenas… de aromas internos, de esos que tardan en irse. ¿Te
suena, tío?
–¡Jijo! ¿de qué habla? Parece como mucho ¿no? Sólo fui a verla y
pues, nada. Ya, este, hablé y todo como me dijo.

Garapacho se recarga en el marco de la puerta y lo mira con las cejas
levantadas. Levanta una mano y lo quiere señalar, desiste. Levanta la
vista, se ríe en silencio enseñando los dientes salidos. Después
sacude la extremidad frente a su cara y se pone serio, se rasca la
mejilla, pensando. Lo mira con la vista cambiada, extraña, con ojos de
saber añejo. Se resiste a hablar, pero lo vence la costumbre.

–¿Te acuerdas de allá abajo? ¿En el sur? Algo buscabas. No lo
encontrabas por más que te tirabas al agua. Eres buen buzo, tío.
Sabes soldar muy bien. Pero cada chispita te mataba, te llevaba pa’
adentro, te jalaba al fondo. Por eso te saqué de abajo y te traje a
respirar con nosotros – se lleva una mano al pecho–. Pero algo más
sé, más me han enseñado las olas. Por eso creo que es una lástima
que lo tuyo no sea el mar. ¡De veras! Te falta.
Un ruido en los camarotes lo hace callar. Una voz extraña se escapa
de entre la madera del piso. Garapacho truena los labios con fuerza y
lanza un sonoro escupitazo por encima de la borda. Se limpia con la
mano la saliva que quedó en los labios, luego se la pasa por la
playera. Palmea sus piernas y palpa las bolsas del pantalón por
encima de la tela. Cuando encuentra lo que busca mete la mano y
saca un pequeño llavero, lo extiende hacia el muchacho.
–Pero esa es historia que está por contarse, nadie sabe con verdad lo
que hay detrás del horizonte. Toma las llaves de La Chillona. Hoy te
invito yo. No me veas así. Ya sabes todo lo que se debe hacer, si
nomás te la pasas mirando. Es tu turno de empezar la ruta al Norte, a
cumplir como hombrecito, hay que ver si lo haces pa’ toda la vida. A lo
mejor algo se aclara por el camino ¿no? Ahí está, Pavo. Sueltas los
tiros del muelle, total hoy el agua está serena, arrancas el motor y te
sales de la bahía, por detrás de la piedras de la bocana. Ya que estés
afuera bogas hacia los 310° de azimut… Noroeste... pones la flecha
de dirección y te callas, tío. Nada de nada ¿eh?
El Garapacho sale. El asistente no dice nada y hace lo que se le
indicó: enciende el motor con un giro de la llave, no acelera hasta que
el humo azul del combustible se disipa y se hace menos denso. La
Chillona ronronea firmemente mientras baja del puente y salta al piso
de cemento del muelle. Nadie de la tripulación se asoma a ver el inicio
de la maniobra, pues la fiesta de despedida de Acapulco se terminó
hace pocas horas y dejó a los hombres listos para otra ocasión.
Mientras tanto, él camina al costado del barco y ve a lo lejos dos
muchachas caminando por la calle, tomadas de la mano, en su
estómago algo se le descompone. Prefiere concentrarse en su faena,
aunque la mente le nubla la vista en medio de las sombras.
Con mucho cuidado termina de soltar amarras, rápidamente se sube a
La Chillona, tratando de que las olas no muevan mucho la
embarcación. Cuando sube al puente cierra el portalón, mueve el
timón hacia babor y acelera con calma. El movimiento de
embarcaciones al interior del puerto, especialmente en la noche, es
poco. Debido al tamaño del barco y al giro comercial con el que está
registrado, no es necesario avisar oficialmente a la Capitanía de
Puerto para obtener un permiso de salida; únicamente se notifica vía
radiofónica. En caso de mala mar, causada por fenómenos
meteorológicos como huracanes o depresiones tropicales, se les
notifica el estado de alerta con anterioridad. Este no fue el caso.

Poco a poco va saliendo de la bahía, escuchando el leve crujido de la
mecha. Las casas, las calles, los edificios e incluso los autos se van
convirtiendo en un espectáculo de luces que parpadean. Al frente y a
los lados se ven los brillos azulados de las lámparas a gas que usan
los viejos pescadores para fondearse en la pesca nocturna, fumar
marihuana y escapar de los gritos de los nietos. También se distinguen
los dos antigüos buques de recreo que todas las noches recorren los
diversos puntos turísticos de la ensenada, repletos de citadinos,
inexpertos en los quehaceres del mar, entretenidos de su natural
mareo con los espectáculos de bailes hawaianos y grupos de música
en vivo.

Cuando está cruzando la bocana de la bahía, inconscientemente y con
torpeza se persigna. Dos olas mueven de costado a La Chillona y
rápidamente acomoda el aparato para tomar la marejada de la
corriente de entrada por el frente. Pasado el escollo, toma rumbo a los
310° y acelera con más confianza. La aguja magnética le marca
claramente el rumbo, en el cuaderno de notas verifica que está a los
16º 49’ 26” de altitud Norte, 99º 55’ 16” longitud Oeste. Voltea a ver las
luciérnagas en que se transforman las cada vez más pequeñas luces y
un tufo raro le llega a la nariz, en él reconoce el aroma de un puerto
fingido, falso en su dependencia al agua que lo rodea. Sabe que es el
aroma de los desagües que, minuto a minuto, descargan la inmundicia
de los extraños seres que lo habitan. Con el olor del caño en las fosas
nasales hace conciencia de que todos esos días estuvo rodeado de
este sutil aroma a casa de Acapulco. No sabe bien qué sentir. “Lo de
atrás ahí se queda, ya se verá al regreso”, concluye.
La oscuridad que le rodea es tal que no distingue con facilidad las
indicaciones de los instrumentos y decide prender sólo la luz de
lectura de la cabina, absteniéndose de encender la iluminación
nocturna de la cubierta, pues no quiere que alguno de los muchachos
se despierte y lo vea conduciendo. Bastante ha tenido de sus puyas
en estos días, como para que ahora reciba su envidia por la
inesperada confianza del capitán. Verifica el rumbo en la brújula y
amarra el timón. Se dispone a mantener la guardia el mayor tiempo
que pueda, para gozar de algo así como la libertad que siente al
manejar él solo el destino del camaronero. Como está seguro de que
nadie se mantiene despierto, se atreve a violar algunas normas y se
entretiene leyendo las raras notas escritas por el capitán en el
cuaderno de bitácora.

“24 sep. La bajada de agua. 250 kls. Un pico apareció en la
superficie, es de los raros, parecía como lagarto. Siempre
aparecen con las lluvias, como que la porquería café que se
desprende de la tierra los atrae. El timonel se niega a decir que
también lo vio. Nos acercamos lentamente, a 10 y medio gas. Yo
creo que nomás sintió la tubería en la cola y desapareció
echándose hacia abajo. Con éste van tres en el año. Todos creen
que son brujas o sirenas de gas. Eso sí, cada vez se cuidan
menos. Que se los lleve…
407 lts. de gas. 300 klms. de Escondido.”

“6 oct. Cerro del chino. 800 kls. Norte despejado. Sur torcido.
Vientos que entraron por la corrillera y que sólo enferman a los
hombres. Ya le dije al oaxaqueño que mande para abajo el costal
cerrado, pero dice que lo necesita. Sólo que sea por curanderas.
Allá él. La cuota va. A pesar de los signos. Nadie se queja por
fuera y sólo se siente la vibra cuando fuman sus cosas, ojalá no
se les necesite en mala hora. Es lo malo. Callar. Es lo malo. ¿Qué
tanto tendrá él que ver? Ya nada le debo.

201 lts. de gas. Cerca de Cruz Grande.”

“18 oct. Contarventas. Poca gas. 1500 kls. Quiero pasar de largo,
como siempre. Espero que la gas aguante, si no, pues nomás nos
encomendamos a los altos. La inflamación cada día se ve más,
sólo la tapan las playeras. Otra vez esas miradas, como cuando
era chamaco. Mar al frente, soleado. Lleno de barriletes, esos
espantan la merca. Hay que procesar más rápido y dejar de
tontear. No hay material de reparación que aguante así. Espero
pasar de largo con la gas. Muchos nomás miran… ”

La Chillona se mueve con calma, ronroneando el motor, llenando el
mar con humo azul y el brillito de las luces de insignia. Le cansa
mucho leer y más cuando no entiende bien lo que se escribe. Cierra la
bitácora y procura regresarla a su sitio, en el mismo estado en el que
la encontró. Se levanta y mira al frente, sin encontrar en qué posar la
mirada, sólo el negro absoluto en sus ojos. Un ruido en la radio: tres
fuertes toques intermitentes, una especie de silbido de interferencia,
dos golpes más. Son señales de contrabandistas, de narcos que
descargan su producto en las playas cercanas al puerto.

–Huracán. Pero aún lejos – se dice, asombrándose de su recién
adquirida sabiduría sobre esos códigos.

Sin ser algo que le preocupe, decide comunicarse con la Capitanía en
Acapulco para confirmar la veracidad del mensaje en clave. Como va
a ser la primera vez que usa la radio para una plática formal con una
autoridad, decide pensar muy bien lo que va a decir. Incluso recuerda
que él no se anotó en la lista de registro de salida, o sea que no es
parte real de la tripulación de La Chillona. Al menos para las
autoridades marinas, y para algunos miembros de esa tripulación. Eso
le hace agarrar con confianza la bitácora, arranca la última de sus
hojas y toma el lápiz puesto en medio del cuaderno. Se recarga en la
pasta del diario y observa con nervio el papel en blanco. Anota el
nombre oficial de La Chillona: Camaronero María Magdalena, y el
número de la matrícula. Pasa el tiempo pensando qué más decir, le
apena despertar al timonel para preguntarle sobre esto y se queda
mordiendo la punta del lapicero. Mientras, a lo lejos se escucha el
ruido como de aplausos que hacen las mantarrayas cuando caen al
mar, después de hacer piruetas fuera del agua.

2.
Aparece una mujer en la puerta del puente, que lo mira con asombro.
Él la mira en silencio, pensando que es la mujer que subió con el
Garapacho. Algo en ella huele a instinto, a calor, a animal sudado.
Lleva un vestido corto, negro, de amplio escote, se le nota el desorden
de la ropa mal puesta; los cabellos sueltos y desordenados. Se los
quita con una mano ocupada por una botella de cristal, semillena con
el licor anónimo del capitán. En su mirada se nota confusión y
alteración. Trata de calmar su respiración con una mano en el pecho,
que sube y baja.

–Que se chingue el Garapinche... pinche eunuco – afirma sin más,
como entre amigos de muchos años, de valores entendidos y
verdades conocidas.

Con calma se dirige adentro de la cabina, camina despacio, a pesar de
sus intentos aún respira agitadamente. Se le acerca y nota en él algo
que la hace sonreír. Conocedora de muchos trucos, le pasa una mano
por los cabellos y él no acierta a moverse. Ahora lo despeina a placer,
se acerca a su oído, sopla pausadamente y con mucho tino. Él se
separa con algo de vergüenza. Ella se aleja algo aturdida,
contoneando por el puente y ve atenta los instrumentos. Se recarga en
el panel frontal y observa al Pavo de frente, toma un trago de la
botella, se sofoca un poco.
–Muxe, dice puto – le dice al Pavo, quien se hace el desentendido,
mientras ella vuelve a caminar por la cabina –, así le decíamos cuando
no estaba cerca, ¿o no te acuerdas? – lo apunta con un dedo fino y
blanco, calla mientras analiza su entorno – La sal del mar es mala pa’
los güevos, los seca ¿sabes? Por eso en la cárcel les dan sal de grano
a los presos, eso los castra, por eso no se fornican tanto entre ellos.
Bueno, no todos. Te lo advierto, ‘tas chamaco. Tú todavía te salvas.
Conmigo él empezó igual. Así –hace una seña–, cuando yo estaba
como de tu pelo, lo conocí. Después ya estaba fichando en un putero,
10 pesos la pieza. 200 el acostón. ¿No quieres bailar? Es gratis, ya no
estoy en turno.

Sin esperar respuesta lo jala por el brazo y se lo acomoda en el
cuerpo con la mano libre. Comienza a moverse con parsimonia,
ladeando las caderas. Le habla cerca de la oreja. “Años y años
pasan”, se le pega más al cuerpo, “bailas y abres las piernas, luego,
jodida de la espalda, te duermes en una cama dura ¿Te acuerdas?”.
Da una vuelta en redondo y continua con las caderas, él la siente
pegada, rozante. “¡Ah! pero siempre te ayuda, te sientes bien, cuando
te cae algo sin uso. Algo nuevo. Como que se te rinden ¿o no?”. Ella
lo roza, lo acaricia sin manos.

La mujer se despega un poco y lo ve en perspectiva, molesta.
“Después se los lleva la vida o las faldas de otras. Los hombres son
muy fríos y por eso se buscan mujeres calientes, pa’ igualarse, ¿por
qué si no?”. Otra vez bailan. “Una es chamaca, se comporta sin
pensar bien, crees que el poder del mundo está en el culo. Ellos te
siguen el juego y poco a poco te van enfriando, se llevan tu calor a
otro culito. ¿Dime si no? Pa’ cuando te diste cuenta ya estás helada,
cansada, ya llevas un chamaco suyo adentro”. Ahora lo abraza con
fuerza, bruscamente, sin cariño. “¿Qué le dices? Si ya no está contigo.
Lo buscas y él se va, se esconde. Viene la ruina, la miseria; peor,
viene la culpa. Te acuerdas de tu familia y mejor te vas. Ahí inicias”.
Afloja el abrazo. “¡Qué bueno que le maté a su hijo!”.

Da otro trago a la botella, ahora se mueve asincopada, temblando. Se
lo vuelve a acomodar y se restriega en su cuerpo, lo soba con los
pechos sin sostén. “Luego te acostumbras a las sobras y te hacen
reina del desperdicio. ¿Sí, viste? Te adoran en los ratos de fuga y
escape”. Recarga su cabeza en el hombro del Pavo. El ritmo de su
baile se ha convertido en retazos de una idea de algo que planeaba
ser música, algo que se trajo de la tierra para no perderse. “Un día
llegan y te piden algo, que los ayudes. Algo en el corazón se te
calienta otra vez. Tú cumples otra vez y otra vez se van. Regresas a la
cuevita donde estabas. A ver si ahora sí te encuentras con el
condenado calor”.
Su mano se desliza por la cadera y llega a la entrepierna. Lo acaricia
con calma, con sabiduría, anticipándose a toda reacción. “Vas de uno
a otro, te ilusionas a veces, te entregas con ideas locas”. La mano no
se detiene, lo moldea, lo sostiene y se aleja. “Más fantasmas. Más
cosas extrañas. Ratos de vacío. Pobres niñas, ¿verdad?”. Su cuerpo
se aproxima más y lo siente firme, pero finge no saberlo. Él mira al
techo. “Tan tontas que estamos, siempre buscando al, digamos,
‘hombre correcto’ que nos consuele”. Él se detiene confundido. “Así
me trataron ellos. Pero tú ya lo sabes ¿verdad? Hasta ahora que
regresaste, ¿te acuerdas?”. Ríe con ganas, fingiendo.
Ninguno se mueve. Se separa del Pavo, se detiene a ver su reacción.
Como éste no se mueve, lo empuja con un gesto de repulsión. Mira
hacia fuera por las ventanas del frente, detiene la botella sobre la
mesa de los controles. Se abraza a sí misma, habla con voz ronca:

–Me pidieron ser la reina de un barco, alejarme de la basura, de la
mierda. Mira nomás. Yo me lo creí, todo, todo. Sólo me gané una
hermosa vista a la pendeja cara de un ser sin convicciones. O tal vez
sea el culero miedo, miedo de ser lo que no chingados se quiere –
voltea hacia el Pavo, mientras bebe nuevamente de la botella –. No
me quisieron llevar porque a los barcos los hunden las viejas como yo,
dizque se salan, toman mala sombra. Perdidos están. Me
amenazaron. Pero es que no se dan cuenta de que la maldición del
mar la llevan los hombres, no la cargan las mujeres, porque a ellas el
cabrón sabor del agua salada no les jode los tanatitos tiernos. O tal
vez sí, tal vez ya me jodí.
Toma un trago directo de la botella hasta verle fondo, hipa, ve el
envase de costado. A través de ella observa al muchacho, él ve los
ojos deformados por el vidrio y el inicio del llanto. Suavemente, como
si se fuera a romper, deja la botella a un lado. En silencio toma la radio
con ambas manos, la arranca de su sitio con un quejido, toma la caja
negra sopesándola. Con un nuevo tirón logra romper los cables que la
conectan. “Habrá que hacer la prueba”, dice anegada en lágrimas, “a
ver si ésta puede vivir sin rumbo, como todas las viejas propiedad de
los putos hombres de mar”. Camina hacia los instrumentos de
navegación y usa el aparato para romper la brújula con golpes
metódicos. Con cada porrazo al compás de guía, saltan fragmentos de
cristal y plástico negro. El limbo sale rebotando por la estancia,
perdido el rumbo. El muchacho quiere reaccionar, pero los gritos
furiosos del dolor abierto de la mujer lo hacen dudar, pues ya le teme.

Algo del equilibrio del mundo se rompe en un segundo, sin avisar,
temblando desde el centro mismo de los aparatos quebrados. Los
hechos se suceden sin control, el caos invade el destino de aquellos
seres enlazados, sometidos, amarrados a los cordones que se estiran
y rompen soltando chispas. Los hechos del futuro son eventuales, las
medidas a tomar se desconocen por ocultas, secretas, escondidas tras
los números rotos de los instrumentos de navegación. Se desata la
furia contenida, como si una vez pasada la línea de fuego lo demás no
importara, teniendo que llegar hasta donde la vía lleve. La mujer grita y
golpea por todas partes, usa pies, manos, objetos que se le aparecen
para estorbar; empuja lo suelto, arranca lo sujeto, lo tira todo y lo pisa.
Patalea.

–¡La puta perra! – Es Garapacho. Va descalzo y lleva la camisa
abierta, los cabellos extrañamente amarillos en lugar de la eterna
gorra verde.

Silencio. Sólo el rítmico latido del motor de La Chillona se mantiene
constante, imperturbable, en su ya aparente destino, en su camino de
los 310°. La mujer lo mira y se sonríe, como si lo esperara para un
juego de atrapadas. Con soltura se limpia los restos de las lágrimas.
Trata de arreglar sus cabellos y acomoda, sin conseguirlo cabalmente,
el vestido negro. Garapacho entra al puente y mira largamente los
destrozos. Asiente con la cabeza y se rasca el pómulo derecho.
Mirándola de frente se lleva la mano a la cabeza, en un gesto familiar
y descubre que está desnudo de la frente hacia arriba. Se acomoda
con dificultad los cabellos. Ella está quieta, con su media sonrisa,
altiva y orgullosa, también aliviada.
El capitán camina por entre los pedazos regados de los instrumentos y
los patea, apartándolos; otros se rompen bajo sus pies descalzos con
ruidos de plástico. Se acerca despacio, suspirando, gesticulando con
los labios. Cuando la proximidad lo permite, agarra a la mujer por la
parte superior de los brazos. Ella se aparta con un movimiento brusco
del cuerpo y se tropieza, queda de rodillas. Él aprovecha, la coge por
los cachetes, la trata de incorporar jalando por la piel. Ella gime y trata
de resistirse. Ambos hacen ruidos jadeantes debido al esfuerzo. Se
acomodan y ella manotea, después se detiene. Respira con fuerza. Un
quejido de dolor del Garapacho. La suelta, ella cae de un golpe al piso,
y se ve la sangre escurriendo por la mano derecha del capitán. Con la
otra mano se tapa la herida. La mujer se levanta y escupe al piso un
pedazo de carne de Garapacho.

El pavo mira azorado a Garapacho, callado, sin conocer bien qué decir
o gritar o hacer. Se siente en una situación algo familiar. El capitán
queda quieto dos segundos, sopesando quién sabe qué rumbos sean
mejores. Ella va a su sitio seguro: cerca de los controles y ahí algo
hace. Aquél se abalanza con un grito, la mujer lo recibe con un fuerte
botellazo. Los vidrios caen alrededor. Más sangre, esta vez en la cara.
Trastabillea, se sostiene de la mesa de apuntes, se lleva una mano a
la cabeza. No se mueven, la respiración del Garapacho es dificultosa,
por la sangre que le mana por el lado izquierdo de la sien y le cae
sobre los ojos y la nariz. Ella todavía sostiene el cuello roto de la
botella, lo ve levantando la mano. Comienza a reír, divertida por la
escena. Él también sonríe mientras con la mano se embadurna la
cara. Desvía la mirada, como buscando algo con qué limpiarse, toma
el trapo sucio del Pavo y embarra aún más su sangre en la cara. Ella
comienza a reír histérica, con voz aguda, lastimosa. Se soba las
piernas, levantado hasta la cintura el trapo negro de su vestido.

Otra carcajada, más grave, se escucha en la cabina. Todos voltean
hacia la puerta. El Cocinero sonríe recargado en el marco. Congela la
sonrisa, la borra dejando una mueca rara en su lugar. “Tú mira,
alegre”, dice en su tono amargo de toda la vida, “fiesta y no invita, tú
olvidas”, le dice a la mujer, que lo mira con los labios temblando. Aun
siendo de noche al oaxaqueño el sudor le moja la parte baja del cuello
y toda la cara le brilla con sebo. Truena los labios, camina hacia
adentro. También pasa su mirada por los restos de los aparatos,
aunque lo hace soltando imprecaciones en su idioma. Su vista se
detiene, en el piso está la brújula rota. Incrédulo se agacha a
recogerla. La mira con detenimiento y la arroja sobre la mujer, que la
evita inclinándose. Ella se incorpora con la mirada turbia, el rostro
alargado.
–Ya te extrañaba, mira que esas cosas nunca se olvidan, cabrón. Ve
con Dios.– le dice con la voz sucia, mirando al piso.
–Tú ve, yo quedo mi barco. No recuerda cosa. Olvida cosa con
propósito. Muchas dije, mucho tiempo… y no. Se olvida.
–Sí. Se olvida. ¿Qué más podía hacer sino regresar? Bonita gracia me
diste ¿no? Nomás me desapareciste ¿Qué fue eso? Igual me mato y
ya, el resultado es igual, ya me comieron los gusanos – levanta la
vista, se ve su mirada de odio –. Eso, y nada más, fue lo que hiciste.
Por algo nomás te decimos el Indio.

El epíteto cae en los tres y los sofoca. Los azota contra aguas negras,
pasadas y pesadas. Los ahoga en sí mismos, los voltea de la piel, los
deja descubiertos, solitos. Sólo el muchacho es testigo ajeno a sus
desgracias. Todos están de pie. Renace la sonrisa cínica en los labios
del indígena y sus ojos brillan con satisfacción. Del pantalón blanco
saca un pañuelo y se enjuaga la cara, hasta que el sebo desaparece.
Queda una faz limpia, clara y poderosa.

–Calla tú. Palabra perdida, no use sin cuidar – la amenaza se percibe
sólo por la piel, que reacciona ante la fuerza subyacente de la frase –.
Años sin oír, se está bien. Nada más.

–A tu manera también tú me dejaste fría… - continúa sin percatarse de
que lo hace – nomás fui carne de cañón, carnada. Y tú te pusiste a
pescar, pinche Indio, tú y sólo tú, Indio. ¿Se te olvida?

–Ayudé. Pedí favor. – dicho sin emoción y mucha frialdad – Me
dijeron, yo ayudé. Patrón Juanito dijo –Los señala con dos dedos–.
Los dos dijeron, los dos.

–No me metas en eso – habla por fin el capitán – que yo ya pagué lo
mío.
–No diga nada. Silencio. – contesta tajante el Indio.

–¿Y yo qué? – pregunta ella – ¿Tengo que seguir igual? Pues no. No,
a lo mejor ya no tengo con qué. A lo mejor.

En silencio se abalanza sobre el Indio, la botella rota por delante.
Atacando el cuello. Impasible, él se adelanta y la recibe con una
bofetada que le voltea la cara anormalmente. La detiene en su caída
por los cabellos, ella grita de dolor, él se dedica a golpearla con el
puño en la cara. Por unos momentos solamente se escucha el ruido
de la carne magullada contra los nudillos. Después, los quejidos de
sufrimiento.
–Ya déjala – dice Garapacho con calma y desgano –. La vas a matar.

–Matar, morir. –le responde mientras la levanta de los pelos. La
sostiene contra su cuerpo con la otra mano, le habla al oído – Matar,
morir. No igual. ¿Verdad? Sabes tú, mujercita ¿no? Como niño tuyo.
Se fue ¿Y tú, qué? ¿¡Qué!? Nació niño y murió. Algo más pasó. Yo sé.

Ella calla, su respiración es un silbido de huesos rotos. Las lágrimas
se confunden con la sangre que caen a goterones sobre el piso. En la
cara de Garapacho se adivina el asombro, la duda, el desconcierto.
Pretende decir algo, pero se detiene. Es lo que esperaba el Indio y la
afloja un poco. Se limpia la sangre de las manos en el vestido de ella.
Otra vez la sonrisa. Mira al frente y teatralmente estira la mano
derecha.

–Preocupa, ¿verdad? Su vida. ¿Por qué? Mató hijo, ahogó. –La
señala con la mano estirada – Su hijo. – Ahora lo señala a él – Tu hijo.

La empuja con fuerza hacia el capitán. Él la detiene con los brazos, la
sostiene frente a su cara y la ve con firmeza. Un quejido ahogado sale
de su boca despedazada. El llanto ahoga las palabras y la
convulsiona.

–Yo estaba embarazada… desde antes. Por eso, por eso te buscaba
tanto, pero luego te fuiste con el puto este y yo me quedé sola, me
quedé con la carga de alguien que me despreciaba ¿cómo se vive con
eso? Sólo muriendo en vida. Era mi bebé, también era mío.
Baja la cabeza, sus quejidos son ahora gritos ahogados. Él pasea la
mirada por los destrozos de la cabina, se detiene sobre el Indio,
regresa a la mujer. Con toda calma él la toma por el cuello. Sus
enormes manos aprietan con fuerza. Ella calla cuando sus ojos se
abren desesperados. Sus caras sangrantes son idénticas, reflejo en un
espejo sucio. Finalmente, un líquido espeso chorrea de entre la falda
de la mujer, que muere sin gritar, sin decir nada, como esperando a
que en cualquier momento él se riera y la soltara.
–Te dije que mataba. Advertí. Pero se olvida, siempre olvida.

Sin soltarla del cuello, Garapacho sale del puente y con fuerza la pasa
sobre la borda, la sostiene unos segundos viendo de frente la cara
muerta, la avienta al agua. Es succionada hacia abajo de La Chillona.
No dice nada, se retira a su camarote. El Indio lanza un suspiro de
hastío, camina hacia un costado del Pavo, toma el trapo sucio de
sangre y grasa. Con cuidado, con mucha delicadeza, se limpia lo que
queda de sangre en sus manos. Avienta el paño al regazo del
muchacho, quien se revuelve con asco hasta que se lo quita de
encima.

–Tú, callas todo. Yo dije mala sombra. Aquí está. ¡Callas! ¿eh? De
final, es culpa tú. Sólo tú – le dice y sale despacio por la puerta.
3.

Solo, en el puente, el Pavo comienza a golpearse rítmicamente el
muslo, abre y cierra las manos, los ojos cerrados. Una imagen, dos,
tres, le llenan la mente. Una ola de calor repentino le moja la frente, el
pecho, la espalda. Otra pelea, otros personajes se presentan sin
avisar. Sus fantasmas lo colocan en un cuartito con luz tenue, piso de
tierra, olor a mierda de marrano y humo de azufre. La mesa, cubierta
con un plástico floreado, está llena con trastes tiznados de carbón,
vasos de veladora y tortillas duras. Él es un niño mirando la escena.
Tiene mucha hambre, pero no se atreve pedir comida. Una niña llora
desconsolada, tapándose la cara recargada en su pecho. “No otra
vez”, dice con los labios apretados.

Las bocas de los adultos se mueven rápido, se dicen cosas, se
responden otras. Él los mira desde su estatura, voltea hacia sus caras.
No entiende lo que dicen, sólo comprende la situación y tiene miedo.
El tío está sentado en una silla de madera y mecahilo. Se le ve triste,
abatido, también confundido. Casi no habla, mira de frente al otro
señor. Mamá está junto al extraño y se interpone entre ellos. Ella
señala a diversas partes, se pega fuerte en el pecho con las palmas
de las manos, gesticula con rapidez. El otro señor algo dice en un
grito, mamá voltea a verlo, le pega en la cara. A ella le pegan en el
estómago, en los brazos, la cara. Llora con frustración.

El tío se levanta con cara de indignación, grita al hombre. Éste sigue
golpeando sin hacer caso de los alaridos del tío. Se le acerca y lo
toma por el hombro, para separarlo de mamá. El otro voltea, lo empuja
con fuerza. Tío cae sobre la mesa, da una voltereta hacia el otro lado.
La niña, su hermana, grita y jala al niño por la playera. Como él no se
mueve, ella sale corriendo. Mamá se tapa la cara, los cabellos le
cubren las manos. El hombre extraño se acerca a donde cayó el tío.
Voltea a ver al niño y le sonríe, le hace un gesto de reconocimiento,
como si lo saludara a su manera.

Una mano pasa por detrás de la espalda, jala algo del cinturón. Apunta
con cuidado. El tío se levanta con la cara pálida, sofocado. Se queda
quieto, mirando el arma. Un trueno lo tumba de espaldas. El ruido
empapa a mamá, la congela. El sonido ciega al hombre extraño, se
cubre los ojos. La detonación quema al niño, la piel se eriza. Todo se
llena de una explosión de aroma azul con sabor a caldo dulce, que
lentamente se dispersa por la puerta de la casita y espanta a las cinco
gallinas que todavía viven.

El otro hombre regresa la pistola a su lugar, se arregla el cabello con
la mano. Da la vuelta, se para delante de mamá caída, la mueve con
la punta de la bota. Mamá levanta la mirada, el hombre hace un gesto
con la cabeza y sale en silencio. Ella ve lo que le rodea, se incorpora.
Se mueve con urgencia y de la esquina del cuarto toma unas bolsas
de plástico, un retrato enmarcado y unas prendas sueltas. Agarra al
niño de la cara, lo señala con un dedo, lo cruza con una bofetada. Se
va y nunca vuelve.

El niño queda en silencio. Parado en medio del desorden. Los pies del
tío asoman por debajo de la mesa. Baja la mirada y ve toda la tierra
del piso mojada por gotitas negras. También ve sus manos llenas de
sangre. Trata de limpiarlas en su ropa.

–Otra vez no – dice el Pavo, mientras se restriega las manos en el
short que viste.
Se levanta sollozando, respira con fuerza. Algo lo mueve, lo dirige. Se
acerca al destrozado panel de controles. Temblando se agacha. De
entre los cables rotos saca lo que queda del encendido y apaga el
motor, después sale despavorido, sin voltear, sin ruido alguno.

4.

Amanece. El sol alumbra al mundo sin obstáculos, aunque a esas
horas todavía no lo domina por completo. La Chillona flota dormida en
medio de aguas de color azul profundo. La mar está calma, se mueve
rítmicamente, con la apariencia de colinas sinuosas que bajan y suben
en perfecta armonía. Bajan y suben. El horizonte se extiende por todos
lados con un brillo lechoso, que invade la vista, que llena los ojos.
Todo es inmenso y lejano, en contraposición con la estrechez causada
por la cantidad de aparejos y personas dentro de la embarcación. El
silencio abruma, entume los odios. Por eso a los marinos les gusta
silbar.
La tripulación amanece con la novedad. El capitán espera desde muy
temprano, sentado en el puente. Primero llega el timonel “Amigo…”,
dice con asombro cuando ve el estado de los instrumentos, “¿pues
qué diablo se soltó?”. Garapacho sólo levanta las cejas, “llama a los
demás”, le dice. Momentos después, el resto de los hombres se
apretujan en el breve espacio de la cabina. Todos miran atónitos el
triste espectáculo. El Pavo ve que Garapacho lleva una vendoleta en
la mano y por debajo de la gorra verde un emplaste de algo que
parece grasa, embarrado de la sien hasta casi la ceja. Piensa que en
estas curaciones está la mano del Indio. La herida en la cabeza es
grave y la hinchazón llega hasta el pómulo, deformando la cara del
mandamás.

“Ustedes saben lo que tengo por dentro en el caso de Acapulco”,
comienza a explicar con voz seca. Habla sobre las piedras del pasado,
los accidentes que lo llevaron de regreso al maldito lugar, los días que
trascurrieron. El Pavo escucha interesado, tratando de adivinar el final
de toda esa monserga. Siente una mano en el trasero, voltea rápido, la
cara del Indio le da la bienvenida. “Pero ya saben cómo es el hombre”,
continúa, “lleno de huecos donde se esconden sus fantasmas. Por
más que quiera yo no soy diferente. No señor, no lo soy”. Les empieza
a contar la historia de una borrachera de antología, llena de mujeres
baratas, extraños interesados y diablos del recuerdo.

Algunos de los marinos asienten con comprensión. ¿Quiénes son ellos
para juzgar los dolores de otros? ¿Quién se puede atrever a tirar la
primera piedra? “Llegué a La Chillona buscando el apoyo de su
compañía, pero la fiesta ya había terminado. Sólo el Pavo me recibió”,
señala al muchacho, los otros se vuelven a verlo con algo parecido al
aprecio. El Indio, cínicamente, como felicitándolo, le pone una mano
en el hombro. Él la retira con un movimiento brusco, quemante. “Sin
embargo yo le fallé. Él me quiso escuchar y yo me perdí. Le di la
espalda, lo amenacé”, se lleva la mano izquierda al lado sano de la
cabeza.

Tras unos instantes se levanta de su asiento, extiende las manos a
sus costados. “Todo esto es resultado de una estupidez que no
recuerdo, y les pido su comprensión. Sé que la merezco”. Hay un
momento de silencio, hasta que “buen, capi”, dice el Indio. El resto se
une con frases cortas de reconciliación y ánimo. Garapacho también
pide la cooperación de todos para reparar los desperfectos, para
aguantar las consecuencias de ese “momento”, como lo llama. Todos
asienten. Les encomienda labores específicas utilizando adjetivos
cariñosos, frases de afecto, chanzas amistosas. Hasta algunas
sonrisas se dejan ver por la cara de los hombres. El Indio retoma su
disfraz de cocinero y promete un buen mole de camarón para la
comida. Todos se dirigen a hacer sus encargos. En el puente quedan
los dos pavos, el timonel y Garapacho.

–¿Qué se rompió? ¿Qué no sirve? – pregunta el capitán con la calma
de siempre al viejo timonel, quien trata, con ayuda del Pavito, de
arreglar el desorden de cables.

–Todos los indicadores del motor, la brújula. El radio. También el
barómetro, y eso que es época de temporal. No sé ni dónde estamos,
y luego éste... – señala con desprecio al Pavo – este pendejo se
espantó y no cuidó el timón. No tomó ni nota de dónde estábamos
cuando apagó el motor. Aquí la corriente casi siempre jala pal’ Norte,
pero a veces no. ¿Estamos viendo pa’ Norte o al Sur? y luego ¿a qué
distancia de la costa? No sé. No recuerda ni la hora en la que paró el
cabotaje, no la ha de saber leer este tarado.
–Cálmala, compadre. ¿Qué sabe el chamaco? Tú eres el timonel – lo
corrige con calma–. Tal vez podemos usar las piezas del motor del
cabrestante ¿o no?

–No. Este es de diesel, el otro es eléctrico. Nada que ver.

–¿Entonces? Algo debe hacerse.
–Pues a ver si me sale a la antigüa. ¿Qué horas son? Así puedo ver
en dónde está el sol y tratar de encontrar la costa. Puede que si
damos de bordadas veamos las nubes y a partir de eso nos damos al
cabotaje. Lo bueno es que no estamos muy lejos de tierra. Eso creo.
Sólo navegamos unas dos horas y llevamos siete a la deriva.

–Órale, tío. Hay que darle.

–Nomás deja puenteo el motor y algunos fusibles.

–Está bien. Con que le busquemos.
–No prometo nada. Nomás déjame a los chamacos pa’ que me echen
la mano.
El Garapacho asiente, sale cansinamente y desde la cubierta ve hacia
el horizonte. Muchas nubes espesas, cargadas de agua, se mueven
hacia el sol dejando rastros de sombras en el oleaje lento de la lejanía.
Se toca el pantalón, saca de una de las bolsas el llaverito con la llave
de encendido de La Chillona. Lo toma con la mano lastimada, cubierta
con la venda. La lanza al mar lo más lejos que puede. Se soba el
cuello, se soba con fuerza los ojos. Lanza un sonoro escupitajo, se
queja de dolor en el pómulo y ahí se queda mirando hacia la popa, con
el deseo oculto de localizar, entre el brillo de las aguas, la silueta de
un cuerpo flotando. El cuerpo muerto de una mujer.

5.

El viento sopla frío sobre el agua de un mar encrespado. La Chillona
se tambalea, el ruido del motor se hace más grave por momentos,
cuando el agua tapa el respiradero del carburador. Las nubes grises
cubren toda la extensión del cielo. Algunos de los hombres se reúnen
en la cocina, atraídos por el calor de las estufas. Otros intentan hacer
terapias de sueño y se encierran en sus habitaciones. Hace dos días
todavía se turnaban para hacerle al vigía y descubrir las nubes que
indican la costa, pero con este clima tormentoso ya no tiene caso.
Menos pensar en buscar las estrellas que los guíen, ocultas tras las
cortinas del cielo. Hallarán costa cuando peguen con ella. Ahora se
entretienen con eternos juegos de dominó y baraja española. La
comida no escasea, pero ya están fastidiados del camarón en todas
sus formas. Ya no confían tanto en su suerte.
El Garapacho está parado en la borda junto al Pavo, que maniobra la
corredera para tratar de saber la velocidad a la que se desplazan. Esta
es la última ocurrencia del timonel, que tal vez lo hace para
entretenerse, no pensar en lo perdido y castigar al muchacho. El Pavo
anota algo en un cuadernillo, tratando de que no se le mojen las hojas.
Garapacho ve hacia barlovento, el agua le salpica. Se la limpia de la
cara y los brazos con un pañuelo.
–El agua está tibia, señal de que se acerca el temporal. Cuatro días de
esta infernal bordada. El punto de estima del timón no sirvió para
nada. Habrá que tener mucha suerte, tío, o al menos esperanza.
Tenemos con qué, pero a veces con eso no alcanza – en su cara se
ve una gran cicatriz, parece fresca como a punto de volver a sangrar.

El Pavo lo observa en silencio, descubriendo en los contornos de su
cara las líneas de la pesadumbre, de la añoranza verdadera que se
acurruca en la piel de los ojos para dormir latente. En medio de la cara
alargada descubre puntos negros que se pierden en la distancia, que
lo unen indescifrablemente con el mar embravecido y las olas de
espuma. Como muchas cosas en esos días, esto obliga al muchacho
a caminar con la mente por entre las ruinas de jornadas
empobrecidas, dolores amargos y vergüenzas descubiertas.

Garapacho siente la mirada, voltea a verlo y confunde la mirada
entretenida del muchacho con los signos del reproche, tal vez de la
duda. Algo le pega en la boca del estómago. Le recuerda algo lejano,
que entretiene con la conciencia, pero que se filtra a gotas por el
espinazo y le pega en las corvas. Se acomoda con cuidado la gorra,
dirige los ojos por sobre los hombros del ayudante, simulando, como
entretenido en la búsqueda de la playa que no se ve, de la tierra que
se oculta. Finge tener frío en los brazos, los cruza sobre su pecho,
enseñando la venda sucia que le cubre la mano. Acomoda los pies.

–Las desgracias se aparean, tío. De una nacen muchas y es bien
difícil detenerlas – con la boca cerrada mueve la lengua por entre los
dientes, deformando aún más su rostro –. Que se acabe el mundo
cuando la desventura se quede quieta, solita en su rincón. No, que va.
Se arrastra por el piso y te deja trampas, huevitos tiernos de otras
calamidades. Llega un momento en la vida en que donde pongas el
pie, ahí mero está otra bola de problemas y quejidos, de gente
llorando por sus pérdidas. Uno ya no quiere ni moverse, pero te
mueves, así te somete la vida.

Los cabeceos de La Chillona los mueven con fuerza, el viento silba por
entre sus oídos. Garapacho se acomoda para soportar el vendaval, se
recarga en el perchero del ancla, todavía con los brazos cruzados. Ve
directamente a la cara del muchacho, la escruta con fijeza, queriendo
encontrar los restos de una queja callada. Sonríe un poco, como
dándose por aludido, conocedor de los recovecos del silencio. Asiente
con la cabeza en silencio, mientras levanta la mirada hacia los
nubarrones que corren por encima de ellos.
–Quiero decir que hay veces en que la mierda sale sola. No hay que
hacer nada, nomás esperar a que flote – una vez más su mirada se
detiene en los ojos del Pavo –. No me preocupa lo que yo deba pagar,
que ya soy experto en eso. Me acongoja que quieras tomar parte en
esto. Y no, de una vez te lo digo, tío, tú nada sabes ni debes. Así es y
será, hasta que te topes con las tuyas, con tus trabas, con tus
animalitos. Esa será tu hora. Aquí sólo estás pa’ ver cómo se hace,
para cuando sea turno pa’ ti. Y deja de pensar en lo otro.

El Pavo baja la mirada, extrañado de las palabras, pensando en la
incomprensión. No puede determinar que eso es algo mucho más
complejo, más allá de no entenderse, de no poder descifrar la maraña
de las palabras. Es la incapacidad de situarse dentro de las
circunstancias íntimas del otro. Por eso cada uno de ellos entiende, a
su manera, las frases indicadas por aquél. Por eso no le cabe la idea
de que Garapacho, con indolencia, se refiere a la muerte de la mujer
como un hecho separado de la exposición de sus ideas, pues para él
es un evento accesorio, paralelo, casi ajeno a sus preocupaciones
íntimas. Incomprensión, el muchacho no entiende que él no se está
refiriendo a los disparos, llenos de humo, que lo mancharon de sangre
para siempre.

“No te preocupes”, una voz remota le habla por detrás de la nuca, “las
cosas caen así en cualquier rato. ¿Qué sabes tú de los líos que
traemos? Son temas que no entiendes”. Agacha la cabeza, los ojos
cerrados, como para escuchar mejor. “A tu amá no le gusta, pero pues
¿qué cosa le gusta? Puros gritos y sombrerazos. Mejor trabajar pa’
entretenerse, no pensar en esas cosas que sólo te agüitan. Si viene
algo, viene pa’ mí”. Levanta la mirada y ve al capitán sentado en
medio del ambiente gris. “Tú no tienes que ver con eso. Todavía no te
toca. Ya te tocará”. En ese momento es un reflejo de su tío, un hombre
moribundo que no se entera de lo cerca que tiene, casi sobre su
hombro, la cara de la muerte.

El Garapacho queda inmóvil, oteando la superficie del mar. El Pavo no
dice nada, sólo afirma levemente con la cabeza y se aleja rumbo al
puente. Lleva la libretilla en la mano húmeda, mientras camina con
dificultad entre los aparejos desordenados. Entra a la cabina y se
encuentra una colección de rostros sombríos que lo voltean a ver con
ojos resentidos. Nadie habla, presenciando el trabajo inútil del timonel,
todos vuelven a mirar hacia el frente. Uno de ellos estrella la mano
abierta en su muslo, deja caer la cabeza entre las manos y respira con
fuerza contenida. Desde el fondo una boca dice: “¡Ya!”. El timonel
voltea a ver al Pavo y le extiende la mano derecha, “dame eso”, le dice
mientras arrebata el cuaderno de su mano.
Él observa que a un costado, sentado en el piso de madera, el Pavito
se entretiene haciendo nudos marinos con los cable inservibles. Hace
la labor en silencio, levantando los ojos con asombro hacia los adultos
que lo rodean, como queriendo usar la lástima para pasar inadvertido.
Él lo ve con aprehensión. Se descubre a sí mismo en medio de un
mundo adulto, jugando con caballitos de madera mientras la desgracia
se cierra sobre los señores que discuten y piden los pagos atrasados,
el cumplimiento de los compromisos, el llanto vergonzoso de mamá,
las discusiones sobre el hambre eterna. Y él queriendo ser invisible.
Se acerca al Pavito y lo saca del puente jalándolo suavemente de la
manga de la playera. Salen a la cubierta, ambos voltean a ver por
entre la suciedad de los cristales los rostros del grupo
desesperanzado.

–Tienen cara de locos. Mejor vente conmigo – dice él.
–Están así desde la mañana. Me dijeron que huelen la tormenta y les
duelen las manos de la desesperación.

El muchacho voltea a varios lados, tratando de analizar la situación,
pensando sin forma ni orden. En la popa está Garapacho, todavía
sentado, fumando con calma y mirando la estela de la embarcación;
tira el cigarro con un movimiento de la mano y se levanta. Algo hace
reaccionar al Pavo, le habla al niño con una media sonrisa.
–¿Comiste?

–No

–Yo tampoco. – comienzan a caer goterones sobre la cubierta, hacen
mucho ruido y los dos voltean al cielo, no pueden verlo pues caen en
su cara grandes gotas – Vente pa’ acá.

Entran por la puerta de los camarotes. Caminan por los pasillo
olorosos a humedad, orines y sudor rancio de hombre. Llegan,
sujetándose de las paredes, hasta la bodega de los alimentos. Abren
la escudilla y se meten respirando con cansancio. El Pavo busca con
la mano hasta que encuentra el apagador. Se enciende una luz tenue
y parpadeante. En el fondo de la estancia una sombra se detiene. El
niño y el muchacho también quedan inmóviles. La sombra se mueve
con cautela. Después se oye una risa, seguida de varias palabras
extrañas. De entre los bultos aparece la cara del Indio.

–Ahora come niño ¿no? –Se acerca a ellos, llevando en la mano un
costal mediano de yute café – Aprende tú muy bien. ¿Ayudo?

El Pavito retrocede hasta quedar atrás de su acompañante, que no se
mueve. “Seguro que tú nada, pero empezar bueno”, le dice el Indio. La
cara, ahora casi desconocida para él del falso cocinero, aterra al niño.
El Indio se dirige ahora al Pavo: “¿No sabe tú que es mala suerte?”,
ríe con ironía. “Olvidé, tú mala sombra. Me recuerda alguien tú…”
hace un saludo militar con gesto simulado. El otro no responde, mira
de frente hasta que llama su atención el costal que carga el indígena,
éste se da cuenta y la farsa desaparece de su rostro, quedando la
piedra dura de sus arrugas.
Con un movimiento decidido el Indio amarra el bulto a su cinturón,
pasando por debajo las jaretas y dándoles vuelta sobre sí mismas. Al
terminar levanta un dedo y señala al muchacho. “Ya dije, no conmigo”,
le dice seco. El Pavo no se mueve, lo mira con fuerza a los ojos. El
Indio levanta las dos manos a la altura de su cara, “Nada sabe, falso.
Pero, bueno, sí, yo enseño más”, se acerca moviendo las manos,
alentando el encuentro, amenazando con el cuerpo. El instinto hace
que el otro se repliegue, cerrando los ojos y alejando la cara,
esperando evitar los golpes.
Ruido de hombres moviéndose, gritos de apuro, una mano detenida a
punto de golpear una cara. Un niño oculto entre los bultos de la
bodega, un muchacho enfrentando su miedo, un indígena
amenazante. Una calculada mirada a las partes bajas, unos ojos con
la punta de las lágrimas en las comisuras, un gesto de sorpresa en la
boca. Se acomoda un bulto a la cintura, se escupe al piso, se sale sin
decir palabra. Dos bocas que jalan aire para conservar la serenidad,
conservar la vida. Afuera, la lluvia comienza a anegar velozmente la
bodega casi vacía de La Chillona.
6.

Nada es peor que la oscuridad profunda del mar en medio de un
temporal, pues las estrellas se esconden detrás de nubes preñadas de
agua y la luna nunca sale de su escondite en el horizonte. La
atmósfera parece teñida de aguas negras que impiden ver a lo lejos y
se está como encapsulado en una burbuja de luces tenues, techos
mojados, vaivenes repentinos. Extraños reflejos tintan, aquí y allá, la
idea de una ola enorme subiendo por el lado del barco; nada pasa,
pues la idea de una ola desaparece con el rumor pausado del motor
cansado de luchar contra la corriente. La idea de seguridad es, pues,
mínima, siendo palpable la fragilidad del mundo, de las ideas, de los
presupuestos humanos.

La tormenta cae con saña sobre La Chillona, que avanza
austeramente hacia ningún lado, volteando y corrigiendo
continuamente el rumbo. Se ve sacudida en varias direcciones por las
olas, sin orden, sin ritmo. El cabeceo del barco alcanza los dos metros
de alto y con la caída salpica agua en la cubierta. Agua que se filtra
por todas partes, que escurre con sonidos metálicos hasta llegar a los
camarotes vacíos. Los aperos se ven a arrinconados sin ningún orden,
abandonados sobre la cubierta central, al lado de la pluma de guía.
Algo ya se está muriendo. La vida del camaronero se ahoga, pues la
hacen a un lado.

Sin que se les convocara, como atenidos a un acuerdo tácito y
silencioso, todos se reúnen en el puente. Su respiración parece
sincronizada, pausada, llena de sales, humos blancos, vaho viejo. Las
caras están llenas de interrogantes que ya cansan de ser tan
pensadas, rumiadas una y otra vez con otros y con el alma misma.
Todos los cuerpos están húmedos, con las ropas pegadas a la piel,
pareciera que esa agua que entra por todas partes es su sudor. Cada
quien mira a diferentes partes, distrayendo el miedo con los ojos
perdidos en lo que no les recuerda el momento actual. Menos El Indio,
que mira fijamente al capitán con los ojos entornados desde uno de los
marcos de cristal de la cabina.

–¿Cómo cuánto le falta?– es Garapacho. Se muestra incómodo,
molesto, atrapado.
La pregunta rompe el encanto y los ojos de todos se dirigen a la
espalda vieja del timonel. Quizá esperan que la voz cascada, de
dientes negros, encías moradas, les regrese el destino perdido.
Quizás aguarden la señal última, la que les marque el estómago con la
adrenalina. El timonel, sabedor de eso, se resiste a la fuerza de su
encomienda y tarda unos instantes en contestar.

–A lo mucho, calculo que unos 10 minutos. Eso si no falla antes
porque le falta aceite. En todo el día no hemos podido revisar la
máquina. Las bielas ya están rozando con la pajilla. Pero, bueno, la
gasolina seguro que no aguanta más de diez – El timonel habla
despacio, buscando no mostrar la verdad de sus pensamientos, malos
o buenos.

Otra vez las miradas se pierden en minucias, la espera no ha
terminado. Nadie se atreve a decir sus cosas ¿para qué atragantar a
todos con los miedos propios? Mejores momentos habrá para eso,
cuando todo termine y cuenten a sus amigos la forma en que la mano
de Dios los llevó a salvo. Así son las anécdotas del mar, de momento
hay que agarrar la hombría para sacudir el cuerpo, para que responda
a tiempo. Garapacho está mirando a los muchachos, a sus pavos,
quienes están parados juntos, como camaradas de juego de muchos
años, de muchos parques. Menea la cabeza lentamente, se frota por
encima la nueva cicatriz.

–Después de cinco días, como que ya le vamos llegando al Jesús.
Necesitamos preparar el equipo pa’ lo que se presente. Nada es mejor
que estar listo, ya se sabe. Y no invoco al diablo, quiero que quede
claro – un golpe fuerte sacude al camaronero–. ¿Y ahora qué
chingados? Dale bolina, no sea que una ola nos trastée.

El timonel reacciona lo más rápido que se lo permiten sus años,
mueve cables y acomoda el timón. “Vamos Chillona, ahora es cuando
se ve la fuerza del costillar. No te me rajes”, dice con los labios
apretados por el esfuerzo. El motor también se queja, pero esta vez su
rumor es extraño, partido, sin ritmo. Nada pasa, hasta que un
rechinido metálico invade la habitación, mordiendo. El barco se
detiene, el rugir de los motores se intensifica con el agua que lanza
hacia atrás del vehículo. Ya se nota una pequeña inclinación en el
horizonte de La Chillona, que poco a poco se va haciendo más
pronunciada, todos se sujetan de donde pueden. Se escucha un siseo
sordo e intenso.

–¡Párale, ojete! Que vas a romper una cuaderna. Dale a ciar – ordena
Garapacho mirando hacia popa –. Para atrás todo lo que se pueda.
Esto está encallando.

En ese momento un golpe metálico truena en el fondo del barco y el
ruido se detiene. Sólo el silbar salvaje del viento continúa
acompañándolos. Un quejido de motor ahogado cimbra a La Chillona y
se detiene y recobra fuerza: el timonel trata de revivirla. Los hombres
no se mueven, resignados, mirando con ojos inyectados de
adrenalina. Sólo el timonel sigue buscando las vías de la resurrección,
sin esperanza, en medio de la maraña de los cables rotos y
quemados, de los restos del panel de control.
–Ya valió madres la gas – dice, confirmando un diagnóstico. Mirando
al capitán, el timonel le da varios intentos al encendido y nada ocurre–
No hay plazo que no se cumpla, Garapacho. Y éste ya llegó.
Garapacho pierde el control, patea lo que queda del tablero. Saltan
algunas chispas que se pegan a su pantalón y lo detienen de la
destrucción. Silencio total. Hasta que la voz de El Pavito exclama con
cautela: “Allá hay luces”. Todos voltean hacia donde señala el dedo
del niño. A estribor se distinguen, pues apenas lo permiten las olas
que tapan gran parte del horizonte, las luces tenues de unos focos. La
forma en que están alineadas y el color de las mismas no invitan a
duda, es un poblado de la costa. Aún hay silencio. Sólo lo rompe
Garapacho, sin emoción.
–Deben de ser Zihuatanejo, está como a trescientos metros. Ellos no
nos ven. Ni los guardias de la Capitanía se atreverían a sortear los
vientos que hay. Ahí están, pero así no nos sirven de nada. Vamos a
ser nosotros los que salgamos de aquí, nomás nosotros.
–Es agua de tiburón, mi capi... – dice una voz anónima, presintiendo
los arrestos del resto de la explicación.

–Pues a ver cómo transita esto. – le contestan.
El Pavo siente algo en los pies. Reacciona bajando la mirada, sus ojos
se topan con agua. Al principio sólo son unos regueros, como de
filtración. Pero rápidamente se transforman en oleadas húmedas de
agua con espuma, que le mojan hasta los tobillos. Sin decir nada, se
asoma por la ventana hacia el lado de donde proviene la marejada. Ve
que un costado de la borda da directamente al temporal, y con un
temor extraño observa que las olas comienzan a rebasar su
protección. Alcanza a gritar: “Se hunde”, antes de que una masa negra
se levante sobre La Chillona y la golpee con la fuerza del huracán.

El barco cruje mientras se zarandea. Los cristales, que habían
soportado el impulso de los vientos, ceden ante la presión del agua.
Se abren para dejarle el paso al mar caliente, que tira al piso todo lo
que encuentra. Por un momento, el aire del mundo se vuelve turbio de
espuma, silencioso, apagado, lento. Todos son tomados por sorpresa.
Arrancados del suelo, sacudidos por pequeños remolinos densos,
azotados unos contra otros. Sólo a intervalos irregulares se escuchan
los ruidos de las bocas tratando de respirar, la tos ansiosa provocada
por el agua que entra al estómago, una exclamación torpe de sorpresa
o coraje.

La calma vuelve con lentitud desesperante. Los que pueden se
incorporan y ayudan a otros a levantarse. El pequeño grupo de
marineros deambula por la cabina, recuperando la compostura
perdida. El Pavo busca desesperado al niño de la embarcación, siente
opresión en el pecho, los ojos se le empañan con la sal del agua. Lo
encuentra aferrado al débil brazo del timonel. Se escucha una voz
suplicante, casi un murmullo, que dice: “mejor nos vamos a nado”. Las
miradas ven los cristales rotos, “si quieres ser carnada de animales”,
objeta uno de los hombres sin dirigirse a nadie en especial.
–Estar encallado en medio del norte es peor, chulo. – dice un marinero
de aspecto aterido.

El Garapacho se sitúa al centro del espacio revuelto, levanta las
manos pidiendo calma. Su talante se ve extraño, de color rojo brillante.
Los hombres callan, azorados ante lo que ven. La sangre del capitán
se diluye con el agua, sin embargo cubre perfectamente bien todo el
lado izquierdo del rostro. “Mira...”, comienza a decir Garapacho, pero
se detiene ante las miradas extrañas de su tripulación. Instintivamente
se lleva la mano lastimada a la cara y con los dedos limpia una parte.
Observa la mano, descubre en la venda los rastros de la sangre.
Adivina que la última ola abrió nuevamente la herida de la sien. Ve la
sangre, retira con violencia la venda y azota el brazo con fuerza a un
costado de su cuerpo.

–¡Cada quien por su cuenta! – dice lapidario.

7.

Afuera, el viento y el agua se mezclan para formar cortinas ondulantes
que azotan la cara, impidiendo ver las cosas con claridad o apenas
con calma. Todo se mueve, sin control o norma; hay algo
definitivamente animalezco en la forma como reacciona el temporal a
cada instante, ahora respirando despacio, descansando, ahora
gruñendo con los pulmones, expulsando sonidos guturales o de plano
gritando. El mar también armoniza los cambios del viento, se une a
ellos, en manada. Las olas son la primera línea del ataque que se
lanza sobre sí misma o sobre quien los enfrente, debilitando a las
presas, desangrándolas mientras la lluvia asesta la puntilla, barriendo
sus ganas de sobrevivir. El viento se encarga de vigilarlos, los
supervisa, es el amo de la furia.

Los marineros, uno a uno, comienzan a salir, despacio pero sin pausa;
todos abandonan el puente. No hay palabras de despedida, buenos
deseos, frases de amistad. La indicación fue clara: el equipo se acabó,
se desintegró, pasan a ser seres independientes responsables de sus
vidas. Ya no pueden, entonces, confiar en nadie pues nadie los
respalda, sólo su ángel personal, la suerte, Dios, todo aquello que les
sirva para explicar y justificar su permanencia en este mundo. Cada
quien a su sombra se guarece, por lo tanto su triunfo sobre el ciclón
será personal, íntimo, nadie se los podrá robar; llegarán, sólo unos
cuantos, más allá del obstáculo y definitivamente serán otros, mejores
o peores, pero incomparables con ese que se quedó atrás de la pared
de agua.
Garapacho se voltea a donde está el Pavo. Lo ve ayudando al Pavito a
acomodarse la ropa húmeda, le ataca una nostalgia extraña, olvidada.
“Tío ¿te vas o te quedas? Cada quien lo decide”, la sangre de la cara
comienza a ponerse negruzca, dejando marcadas las líneas de las
arrugas del capitán, tapando la mitad de su rostro. El Pavo lo ve
callado, confundido por la crudeza de la pregunta y lo profundamente
irreparable de la respuesta, sea cual sea, pues quiebra los puentes
tendidos entre ellos, los nexos de una especie de amistad tardía, de
confabulaciones, de secretos compartidos en silencio.

–Yo no me voy – dice con voz chillona, irrumpiendo en la plática, el
Pavito. Lágrimas salen de sus ojos y varios mocos se asoman por la
nariz –. Yo me quedo aquí, no sé nadar.

–Me quedo – dice el Pavo viendo al niño.

Garapacho levanta las cejas y asiente lentamente con la cabeza. Esta
a punto de decir algo, cuando la presión de una mano sobre su
hombro lo hace voltearse. El Indio sonríe, como confirmando que ya
sabía algo. Se ven de frente, callados, los labios apretados. El
oaxaqueño rompe el silencio: “¿Qué?”, dice con voz hueca; se detiene
a la mitad con la boca abierta, baja los ojos al piso, se voltea y sale del
cuarto con pasos cortos. El capitán se aprieta la nariz con una mano
mientras levanta la cara hacia el techo. “Vamos”, les dice a los
muchachos.
Afuera, el ciclón los recibe con una bofetada de agua. Los demás
hombres salen de la cubierta con bolsas de plástico llenas de sus
pocas pertenencias, de las cosas a las que no pueden renunciar aun
en estas circunstancias. Usan nudos de mar para amarrarlas con
cuidado a los cinturones del pantalón, asegurándose de que estén
bien fijas. Se sacan por encima de las cabezas las playeras mojadas y
las tiran por donde pueden. Igual hacen con sus zapatos y todo
aquello que creen les moleste en el nado o los haga más pesados. Ya
ni siquiera entre ellos se voltean a ver, pues esas caras –si no las
vuelven a ver– les pesarán más en la conciencia del abandono, del
egoísmo humano por salvarse.

En medio de ellos, contagiados de la ignorancia mutua del miedo, el
capitán y los dos ayudantes caminan lentamente hacia la proa del
barco y se acercan a la borda ladeada de La Chillona. Allí se sostienen
del pasamanos de acero cromado. El capitán los arrima y le habla al
Pavo alzando la voz, por encima del rugido del aire. Tiene la mirada
sucia, los ojos rojos.

–Te dije que no servías pa’l mar, no sé porqué te saqué de buzo.
Espero no pagar más por eso – voltea la cara hacia varios sitios,
pensando, analizando –. Mira, tío, coges un cabo y se amarran de ahí
– señala con un dedo a uno de los tongones del trípode–. Sujetas
fuerte el firme, hasta que casi no puedan respirar; de ahí sólo esperar
queda. Nada más.
–Sí.

El capitán se asombra por lo lacónico de la respuesta, pretende decir
algo, pero desiste. Con un movimiento de la mano marca la renuncia.
Sonríe, enseñando los enormes dientes, aunque es una mueca rara
deformada por la inflamación, medio oculta por la sangre. Garapacho
se encamina al lado caído de La Chillona, camina despacio y
tapándose la cara de los vientos con una mano. El Indio aparece de la
nada y se le planta de frente, en la mano lleva el costal de yute. El
capitán se detiene, con la mano toca el bolso y palmea con afecto uno
de sus hombros. Los dos hombres reemprenden la marcha sin voltear
hacia atrás.
El Pavo los mira alejarse mientras siente algo cercano a la envidia.
Desvía la mirada para ya no pensar. Sus ojos se detienen en la cubeta
del mono, en donde secaba la pedacera para los recuerdos, y a un
lado ve una soga gruesa. Se acerca cuidando no perder sitio para
sujetarse y la toma, la sostiene por debajo del brazo. Regresa al lado
del Pavito, lo agarra por la espalda. Se detienen, confundidos,
temerosos. El resto de la tripulación ya se ve en el agua, nadando con
dificultad, ellos se asoman para ver su lucha contra la marejada.
El Indio se tira al agua sin quitarse ni una sola pieza de su ropa. Como
queriendo ocultar sus cosas, mantener su imagen. Garapacho se para
en el filo de la cubierta mirando al frente, con las manos se limpia los
restos de la sangre y se las enjuaga con la lluvia. Ve la herida de la
mordida hecha por la mujer. Voltea por un instante hacia los
muchachos. Levanta una mano, pero la detiene a medio camino,
arrepentido. Otra vez sus ojos ven las olas a lo lejos y los reflejos de
las luces de Zihuatanejo. No puede evitar que un estremecimiento le
recorra los brazos. Se los soba con gestos amplios, las manos
abiertas.

–¡Bien! – grita Garapacho, avienta al viento la gorra verde, que
desaparece al instante, dejando al descubierto la herida y se avienta al
mar. Él se queda mirando y siente que el Pavito le jala la manga de la
camisa. Lo voltea a ver, pasa su brazo por los hombros del niño.

8.
Al principio el cabo atado al poste sirve para tranquilizar, para dar un
sentido, una flecha de guía. Eso ata a algo fijo. Aunque pensándolo
bien no está fijo, se mueve y se arrastra con las olas y el aire
huracanado. Junto con los miles de metros cúbicos de agua que se
desplazan siguiendo la presión atmosférica, las corrientes tibias del
ciclón. Como el mundo que se mueve girando en el éter oscuro.
Danzando con los demás astros, porque así inició su búsqueda del
centro de la galaxia y así seguirá hasta que nadie quede sobre ella.
Entonces nada está verdaderamente asentado, inmóvil. Sólo las
fantasías, los sueños y la mente del hombre. Es una lástima, no
debería ser un truco tan barato.
Así es como una gota resbala por el ojo, siguiendo las normas de su
propio movimiento y se incrusta en la comisura derecha. La lluvia la
llevó ahí, también la piel mojada, los cálculos del caos, las miles de
ondulaciones de los poros ayudaron. Una gota de mar en el ojo como
resultado de los interminables caminos de la mala suerte, es casi
como querer soplar en una taza de café para detener el calentamiento
global, pero se puede intentar, alguien ya lo probó con el aleteo de una
mariposa. El ojo se irrita por la sal, sin importarle que esa molestia sea
una ecuación ficticia no probabilística. Igual lo hace el joven amarrado
en medio del temporal, quien para tranquilidad de su alma no se hace
tantas preguntas y sólo pide morir viendo el mundo desintegrarse: las
estrellas cayendo por racimos, desapareciendo detrás de cargadas
nubes negras.

Tampoco pensó mucho el día en que una gaviota gris y azul le tiro un
pedazo de excremento sobre la mano derecha, mientras se sentaba
en una banqueta de ese pueblo triste y aguado, entreteniendo el
hambre mientras separaba las tortillas calientes –recién compradas–,
contándolas una a una para impedir que se pegaran. En cambio sí se
preguntó si su mamá perdonaría que la caca de pájaro hubiera
salpicado el kilo de comida de pobres, si creería que sólo estaba
sentado mirando el malecón sucio de aceite. Ni siquiera se movió para
atinarle al culo de la mañosa gavina, que no le dio tiempo de
asquearse por el miedo que sintió. Menos la vergüenza pudo
distraerlo. Ahora ¿ella podía creer que la ave lo hizo a propósito?
¿Que la rapaz apareció estar atenta, escondida, mientras ella le
recordaba que tuviera mucho cuidado, preparando el bolo oloroso para
dejárselo caer en el momento oportuno? ¿Cómo se explican esas
cosas? Estaba atrapado, todavía no sabía de “accidentes”.

Pero mamá camina por la otra acera, como adivinando sus temores.
Lleva un reboso negro sobre la cabeza, un vestido de flores, un andar
rápido, los pies volantes. La mirada derecha, al frente sin desvíos, los
ojos centrados en el final de la calle. Un trabajador petrolero, con su
peto azul lleno de marcas grasientas del trabajo se cruza en el camino:
un trastabilleo, un recargón accidental, un “perdón señora”, un
problema más para el niño descubierto al otro lado de la calle. La cara
se llena de signos, envuelta por la tela negra que se desliza un poco
hacia la nuca cuando voltea el rumbo directo a él. La cabeza se mueve
a los lados, un cruce de ojos, precaviendo los carros de la avenida. El
par de zapatos de correa de piel, gastados en hilos y madejas, se
enfilan por la tierra mojada del piso aplastando los guijarros sueltos.
Truenan como tallos rotos. El güano se embarra en la tela del
pantalón, las tortillas se acomodan a las carreras. Se queda
paralizado, como borrego en matadero: los pies quietecitos, doblados,
los ojos bajos y llenos de agua asustada. Junto con los ruidos de las
piedras destruidas le llegan las palmadas a la cabeza, acompañadas
del jalón al brazo, que lo hace llorar frente a la puerta de madera de
una cantina.
Aquí las cosas se ponen confusas, nadie habla de las tortillas que se
quedaron desparramadas por el camino. Él las ve a lo lejos con
lástima y pena, porque la gente las mira al pasar, recorriendo con los
ojos el sendero que fueron dejando hasta llegar a su persona. “Tan
chiquito, tan flaco, de ojos grandes ¿por qué tiras la comida? ¿No ves
que eso es malo? En tu cara, llena de marcas de llanto, apaleada, se
te nota que te equivocaste, ¡descuidado! No sirves para nada, ya ni los
perros se las comerán”. Los que pasan a su lado desvían la cara
apenas lo justo para hacerse los distraídos, pero dejan sus huellas de
curiosidad y reproche. Además no ayuda nada que mamá grite furiosa
hacia dentro del establecimiento. Tampoco lo hace la aparición de una
señora flaca, apestosa a vinagre, que se enfrenta a la que grita. Lo
jalan, lo señalan, lo ponen en el centro del cuadrilátero, en medio de
las trincheras. Más caras se aparecen husmeando, brotando detrás de
las ventanas, en las puertas de los lados, desde los carros que se
detienen. Mira que venir a este pueblo tan decente a hacer sus
numeritos, cómo hay personas locas, que resuelvan sus problemas en
sus casas, qué espectáculo. Al final mamá lo avienta por la espalda
hacia dentro del local.

Más la gota del mar bravo no se detiene ahí, al contrario, se une a
otras más que llegan de diversos lados, incluso desde el mismo
interior del cuerpo, haciéndose más fuertes. Ya va llegando a la nariz y
se escurre por la punta. Se queda un momento ahí. Temblando en
medio de la respiración cálida de dos pulmones cansados, medio
ahogados. De toda el agua del mundo, en ese momento existente, de
todas las partículas atrapadas en el cuerpo, esa es la única gota de
líquido que realmente existe. La conciencia de que está ahí, de que se
resbala unos milímetros para allá y de que regresa hacia acá con el
impulso del aire del aliento que pertenece a uno, eso la hace ser. Las
demás se amontonan, se disipan en ellas mismas, son anónimas.
Pasan, pasan sin dejar nada atrás que las recuerde como pedazos
pequeños de lo que son juntas: un agua furiosa. Y por eso y nada
más, esas, las ignotas gotitas del montón, también mojan.

9.
Un niño entra a la cantina sosteniendo en el pecho una caja de
chicles. Carga la mercancía sin ganas, respirando cansado, ya medio
dormido, en la mitad de esa medianoche ventosa. Sin embargo a
nadie le importa su sueño, nadie lo ve desde hace años, ni siquiera
para reprenderlo. Está en el fondo del telón de fondo de la vida,
habitando en los pliegues. Se acerca a una señora muy gorda y
extraña, que parece que no le escucha pues sólo le pasa una mano
pesada por la cabeza, sin responder a sus ofrecimientos. Ya casi no
hay nadie, sólo en una mesa alejada, donde las luces del bar no
iluminan, un foco solo sobre ella, unas personas platican en voz baja.
La rutina, más que la necesidad, lo hacen acercarse para mercar sus
cosas. La charla los entretiene, él aprovecha para aproximarse
despacio, porque ya sabe que muchas veces la gente se molesta con
su presencia. Por eso el sigilo aprendido después los primeros golpes
y manazos de borrachos agresivos.

Encima de la mesa, de la que apenas alcanza a ver algo, hay dos
vasos de cristal llenos de un líquido blanco. Tal vez horchata o leche –
piensa–, qué raro. Dos hombres están sentados viéndose de frente,
uno es bajo y rechoncho, del color del cobre; el otro delgado, moreno
costeño, bigote y canas en el cabello. Las manos sobre la tabla se
mueven al ritmo de la charla lenta. El tono de las voces es apagado,
como queriendo esconder algo que traen las palabras desde atrás, de
las intenciones reales, duras. Se callan un momento y los dos toman
los vasos, beben de su contenido, los regresan a su sitio con cuidado.
Eso que hacen es falso, parece verdadero, pero es un ritual antigüo de
hombres de poder. Uno repite los gestos del otro y a la viceversa,
nada se sale de la coreografía pactada, del ritmo indicado, tampoco
los propósitos. Por eso la calma debe prevalecer, sostenida por la
frialdad interesada, la hipocresía: así todos ganamos. El niño se
detiene a mitad del camino, el instinto de las calles le alerta, lo pone
en guardia, sabe que no sabe lo que pasa y eso lo hace temeroso,
cauteloso.

El hombre bajo se agacha hacia sus pies, agarra algo del piso y lo
pone sobre la mesa, cerca de él. Es un saco de yute rudo, como los
que se usan para el frijol, amarrada la boca con una cuerda de
vaquero. Otra vez los dos se miran de frente, ahora en silencio, hasta
que el otro pregunta algo que no se escucha. Alarga la mano y toma la
tela, sopesa el contenido con una mano. Se da el lujo de sonreír
mientras se soba el bigote. Desamarra el lazo, lo suelta a un lado y
vacía el contenido alzando la bolsa. Mientras caen cosas, se escucha
un ruido metálico, golpeado, roto. La mesa se llena de reflejos raros,
destellos rápidos, que iluminan por partes sus caras cuando la luz del
foco rebota en cadenas de oro, relojes nuevos, aretes y semanarios de
plata, piedras brillantísimas de colores arcoiris: verdes, rojas y azules.
Entonces el del bigote pierde la calma, levanta la voz, las manos se
mueven en trazos rápidos. El otro mira con calma y responde con dos
frases que no vuelan más allá de la tabla de la mesa. Se recupera el
orden del rito, de nuevo se mueven sincronizados, con pasos
aprendidos. En medio de la falsa calma los objetos regresan al bulto,
ahora despacio, sin que se golpeen.
El niño mira sin respirar. Ve a los dos hombres completar su
ceremonia. Su mirada se detiene en el perfil achatado del señor
regordete, que le parece el más extraño del mundo. Repentinamente
unos ojos le pegan en la cara, no puede reaccionar antes de que una
patada le dé en el pecho y lo aviente por los aires, aterrizando en el
cemento rudo del piso. Suenan frases de palabras que no se
entienden, extranjeras. No puede llorar porque le falta el aire, sólo
puede revolcarse, gemir con el estómago. Afortunadamente no pasa
nada más, sólo el dolor, la mirada vidriosa, el temor. El aire ya le entra
a los pulmones, mientras aún siente que se desgarra. Incorpora la
parte superior del cuerpo ayudado por la urgencia de huir. Recuerda
que no puede dejar atrás su mercancía y comienza a buscarla por el
suelo, pero la indagación termina cuando ve, por detrás de las patas
de la mesa, los pies de un hombre tirado. Se da cuenta de un sendero
rojo que atraviesa la estancia cruzándole las piernas. Por ahí lo
arrastraron, concluye espantado. Todavía en las prisas que le genera
la visión del cuerpo derribado, alcanza a ver una herida en la cabeza
del sujeto que le recorre toda la parte trasera de la nuca, con la piel
levantada por el machetazo, aún chorreante. Sale corriendo a la calle
mientras una risa lo acompaña desde la espalda.

Desde lejos se escucha la risa, burlona, atragantada de aguardiente.
La risa del borracho estándar de los pueblos mestizos, con alma
doblada, india y mediterránea, africana y morisca. La oscuridad es
producida por los tablones atravesados en los marcos de las ventanas,
las telas sucias pegadas a las puertas, el claustro de los antros. En
algunos rincones, pequeños focos de colores encarnados traban lucha
con las sombras, igual que los destellos rítmicos de las luces de series
navideñas colgadas con desorden o desgano en las paredes del
fondo. Los ojos tardan en penetrar la bruma negra de los olores
rancios del tabaco y la bebida. Por eso se queda parado, sintiendo en
la espalda la fuerza del empujón injusto que le dio mamá. Detrás de él
aún se escuchan los rumores de una pelea terminada a medias,
adjetivos que no entiende. Luego, silencio. Como si todos callaran por
la orden de alguien, expectantes.
La punzada de dolor le llega sin aviso, desde la parte de superior de la
cabeza. “Ay, ay, ay”, le sale desde los dedos que agarran su cabello,
que lo tiran hacia abajo, a un lado, otra vez para arriba. No llora
porque sabe que esto es agresión, no castigo. Jalando por la cabeza
lo dirigen por los laberintos de un local tibio, lleno de pasillos con
puertas a los lados, estrecho y muy largo. Lo detienen frente a una
puerta. Por fin le dejan en paz los pelos. La mujer delgada se adelanta
a la puerta, la golpea con fuerza, gritando un nombre que nadie
recordó después. Dos frases de respuesta desde adentro. La mujer se
va, dejándolo parado, las manos secándose el sudor en los
pantalones. “¿Por qué me habrá cagado la gaviota?”. La puerta se
abre, un hombre desconocido sale arreglándose el pantalón. Se
detiene delante de él, se agacha hasta mirarlo a los ojos. Su mirada es
verde claro, rodeada por manchones rojos de los derrames oculares.
Su aliento es tibio, con regueros de olores metálicos. Le dice con
calma que lo espere ahí, sentado a un lado del corredor. Entra una vez
más.

El calor lo atosiga, confabulándose con el llanto y el miedo para que se
quede dormido en el piso fresco del pasillo. Cuando despierta se da
cuenta de que el sol se está escondiendo. Aterrado, confundido, se
levanta dispuesto a salir de ahí. La modorra lo detiene a pensar por
dónde es que entró, además la vista a las galerías oscuras de la
construcción no le causa tranquilidad. La puerta se abre y sale el
hombre. Viste pantalón vaquero, sombrero norteño, botas y chamarra
de cuero. Camina rodeado de una atmósfera de jabón y loción de
baño. Le pone la mano en el hombro, “vamos”, dice y comienza a
caminar por delante de él. Llegan a la primera estancia, que a estas
horas está vacía. Se sientan en una mesa de madera. El hombre les
pide de comer, los dos se alimentan en silencio, con calma y hambre
atrasada. Al terminar salen de ahí, él deja sobre la mesa un fajo de
billetes nuevos, crujientes.

Las luces de los focos de las casas mal alumbran la calle. El hombre
cruza la avenida y él lo sigue por instinto. “Te llevo a tu casa”, le dice a
mitad del arroyo, sin pararse. Avanzan por la baqueta de lodo, lado a
lado; él de vez en cuando voltea hacia arriba para verlo, intrigado. Se
detienen frente a una norteña, que es como le dicen a las camionetas
de cabina que vienen del Norte, de los Estados Unidos. Se sube a ella
cuando el hombre le abre la puerta, lo hace con dificultad porque el
estribo le queda muy alto. Momentos después arrancan con rumbo a
la casa del niño. Maneja despacio, cuidando de no caer en los hoyos
llenos de agua café, moviendo el volante calmado, con una mano. Él
niño mira el interior del vehículo con curiosidad, toca con las manos la
sedosa vestidura color rojo y la piel de sus brazos se eriza cuando
siente el frío del aire acondicionado. Se entretiene viendo las luces
moradas del equipo de sonido, moviéndose al ritmo de unos corridos
que cantan sobre mujeres despiadadas. Una calma extraña lo
amodorra, se siente a gusto.

Así, aturdido, le va indicando las calles que van a su casita. Al rancho
de los pollos agripados, que está por el rumbo de la aceitera, rodeado
de ciénagas moradas por los derrames y pastizales altos como él. El
recorrido es corto, pues el pueblo es chico. Se van sumiendo poco a
poco en una oscuridad plateada, resultado de las luces de la fábrica
de hidrocarburos que no descansa a ninguna hora del día o la noche,
que domina el horizonte cercano del poblado. Se desvían por una
brecha maltrecha que corre paralela a la cerca exterior del edifico
principal de la planta, las matas del pasto rozan las puertas de la
camioneta, haciendo un ruido silbante. Durante este último trecho el
silencio los envuelve y el niño entretiene la mirada con sus zapatos, el
recuerdo de lo pasado en la tarde lo sume en un estado de
expectación, de anticipación nerviosa que lo rodea de augurios
pesados. De pronto se da cuenta de lo que sucede y no le parece
normal, eso lo hace acomodarse revolcando el cuerpo.

El carro se detiene, todo se va apagando por partes: el sonido del
estéreo, el zumbar del aire acondicionado, las luces del tablero, el
brillo de los faroles del frente, hasta que ya es sólo un cascarón
metálico en el que se hallan sentados. “Ya llegamos, chavito ¿esta es
tu casa?”. Un movimiento afirmativo de la cabeza. “¿Aquí vives?”, otra
vez la cara arriba y abajo. “Mira, tu mamá”, señala con un dedo. El
niño la ve alzando el cuerpo, vestida igual que hace unas horas, el
trapo negro cubriéndole los hombros firmes. Está parada enfrente de
la puerta, como si los hubiera esperado mucho tiempo, tal vez desde
que llegó, obstinada como siempre que quería imponerse con algo,
como todas las madres. “Te cuidas”, dice despacio, se tiende
estirando el cuerpo y abre la puerta del lado del niño. Él se baja
despacio, abandonado, como con las tortillas. Se detiene a ver la cara
de su madre, a ver si algo le indica cuál será su destino. Nada pasa.
Comienza a caminar viendo el piso, “dos… dos, dos… tres, tres… tres,
tres… cuatro, ahí van los pies”. Escucha el ruido de la puerta de la
camioneta al cerrarse, voltea para ver cómo ésta se arranca
derrapando en la tierra, aventando una nube de polvo y guijarros. Se
comienzan a escuchar los ruidos trepidantes, opacados por los
cristales polarizados, de las canciones de mujeres malas, de las que
caminaron sin preguntarle a sus hombres. El niño retoma su camino,
ya sin esperanzas. Ve sus pies caminando por si mismos.
Es una sensación extraña pues sus extremidades no responden a las
órdenes que su mente les manda, como si no la entendieran. Si no
estuviera tan adormecido por los tranquilizantes, se daría cuenta de
que lo llevan a arrastras, colgando en medio de los hombros de dos
sujetos que lo cargan con esfuerzo y prisa, que los pies que ve
moverse no son los suyos. De pronto lo levantan del piso, se eleva
mientras lanza un grito quejándose, medio alarmado por lo inesperado
del vuelo. Cuando regresa al piso, el suelo que ve es de madera
curada, de color oscuro, de tablas largas separadas por líneas muy
sutiles. Ahora todo se vuelve negro. La luz desaparece por unos
momentos para ser sustituida por un resplandor parpadeante. La
caminata continúa, pero ahora dan vueltas, deteniéndose a cada
tramo. Al final lo tiran boca abajo en un jergón duro que le pega en la
cara. No intenta moverse, no sabe qué pasa, así pues, como la vieja
costumbre. Escucha la voz del Indio, “ahora mía ¿eh?”, dice desde su
espalda. No le habla a él y él no quiere hablarle. “Me van a rematar,
aquí me chingaron”. Decide cerrar los ojos. La herida de la nuca le
punza, las pulsaciones le recorren el cuerpo, especialmente la
espalda. El malestar lo marea, lo hace sentir que se mueve, que se
sacude, la habitación se sacude, los pies y las manos se aflojan. Una
gota de sudor baja por su espalda, despacio, acariciando. Pero no se
puede mover. Para qué si nomás le duele. Se siente arrastrado,
meneado, golpeado. su respiración se dificulta porque las olas no lo
dejan, porque la cuerda que lo amarra le lastima la panza y la espalda
está llena de llagas. El ciclón lo tiene derrotado, sumiso, entregado
como nunca antes. Ni llorar, ni huir, ni aguantar sirve. Mejor se queda
quietecito, como siempre. Y ahí se queda, colgando, mientras siente
que una gota de mar o una lágrima se detiene en el borde de su nariz.

10.
Figuras de luces, dibujos de formas extrañas, tal vez retazos de
sueños. En la oscuridad brillante que hay detrás de sus párpados lo
atacan caras gritando, gente comiendo, personas caminando por
banquetas de lodo. Poco a poco la conciencia se abre paso por entre
los resquicios de fantasmas horribles y repetidos. Al fondo, por atrás
de su cabeza, le llega el sonido tranquilo del agua golpeando una
superficie de madera. En su piel descansa una sensación cálida y
molesta, que irrita a penas lo suficiente como para levantar la mano a
sobar la zona incomoda.

Una voz lo espanta, lo regresa de entre la bruma del descanso, con
una infusión interna de una secreción que le pega en la punta de los
dedos. Abre los ojos con dificultad, siente un escozor tremendo que lo
obliga a tapárselos con los dedos de la mano. Entre la niebla de su
mirada alcanza a ver a un marino que lo sujeta con fuerza de la
camisa, mientras otro corta la cuerda que los amarra. Ellos hablan
entre sí, pero él no entiende lo que dicen. Intenta detener el diálogo,
pero no tiene fuerzas ni para hablar. Los marinos llevan uniformes
azules, trabajan con calma pero con indiferencia, como si cargaran
fardos de arena. Ninguno se dirige a él o tratan de verificar su estado.
Son las hormigas que recogen los escombros de la escoba de Dios.

No lo entiende, pues las preguntas se le agolpan en la cabeza. Por
ello está confundido, como si despertara de un sueño muy pesado,
tanto, que le cuesta mucho reconocer la diferencia entre el estado
onírico y la llamada realidad. Todo lo ve extraño, diferente, los brillos
del sol en las cosas hacen que se vean como nunca las experimentó.
Cada ángulo se muestra diferente, las texturas conocidas se revelan
en patrones ignorados, el aire mismo huele a cosas ocultas. Es la vista
nueva del mundo, los restos limpios del nacimiento del mundo
después de su destrucción.
Mientras lo bajan del pescante se da cuenta de que La Chillona está
recostada sobre su lado derecho, mostrando por encima de la línea
del mar, una parte importante de la crujía. Ahí cerca del fondo de la
embarcación se ve una mancha metálica de un color diferente al resto
de la pintura del barco. Es un borrón informe, rodeado de manchas
oscuras. Su vista se detiene ahí, analizando las razones de esa zona
rosada en medio de los tonos amarillentos. Su mente brinca cuando
descubre que es la reparación de emergencia que le hizo al barco allá,
en Salina Cruz, cuando tenía sueños de mujeres y casas. Los marinos
maniobran, mueven su cuerpo, pierde de vista la carena que hizo bajo
el agua cuando era un pequeño buzo, pero en su mente se graba la
idea de que una raya roja, color sangre, la cruzaba de un extremo al
otro.

Lo recuestan en una camilla de lona rígida que le lastima las
magulladuras de la espalda, arrancándole un quejido ahogado.
Mientras lo tapan con una sábana blanca, poniéndole una tolla
húmeda en la frente, ve cómo los marinos maniobran para bajar del
poste al Pavito. El cuerpo cae tendido sobre los brazos de uno de los
rescatistas, no se mueve, los miembros se revuelven flácidos, sin
control. Hay gritos de apuro, los marinos se mueven con prisa. Un
marino vestido de color blanco, con una cruz roja cosida en la manga
izquierda, toma al niño por los brazos y lo tiende sobre el techo
inclinado de la cabina. Comienza a darle respiración de boca a boca, a
oprimir con las manos el pecho del Pavito.
Una idea cruza por su mente, hasta que se convierte en un
entumecimiento del pecho y la parte inferior del cuello. Un golpe de
sangre que se amontona en el cerebro lo marea, la visión se hace
extraña, como si fuera parte de una película. Quisiera correr, huir, pero
las piernas le tiemblan sin control. Siente que su lengua se desplaza
hacia atrás de la boca. Más gritos de urgencia, está vez por él. Una
persona se acerca, su sombra lo protege del sol. Algo dice, pero no lo
oye. Al siguiente instante, cierra los ojos. Ya nada está ahí.

11.
Es un edificio grande, de color blanco que resalta del fondo verde de
las lomas detrás de él. Su forma es igual a la de una caja de zapatos.
El techo es de lámina brillante, a dos aguas; cada tramo hay
respiraderos en forma de chimeneas redondas. Las paredes muestran
letreros grandes, de letras pintadas en color negro y rojo. El edificio
está plantado sobre una plataforma elevada a unos 120 centímetros
sobre el nivel del suelo, unas escaleras de cemento rudo permiten la
entrada a la construcción. Sobre la avenida de grava que lleva al
acceso principal están estacionados, en hileras rectas, varios
camiones de tipo militar.
Él lo ve desde lejos, desde antes de salir de la carretera por la
desviación de la derecha. Viaja en una camioneta Suburban de
asientos amoldados, el aire acondicionado le mueve los cabellos y le
enfría la cara. Con la mano derecha mueve los conductos, desviando
la corriente fría hacia el techo. Se recarga sobre el respaldo, se limpia
el sudor de las manos en el pantalón de mezclilla que le regalaron a la
salida del hospital. Mantiene la mirada fija en el edifico hasta que éste
toma su tamaño normal y la camioneta se detiene.

–Ya llegamos, bájese – le dice el conductor.

Abre la puerta, se apea mientras dos marinos con uniforme completo y
armas de alto poder lo esperan. “Venga por aquí”, le dice uno de los
uniformados. Ellos caminan por delante, a paso lento. Él entretiene la
vista en los letreros pegados en las paredes, barriéndolos con los ojos
sin llegar a leerlos. Llegan a la entrada y un oficial les recibe. Lleva
una tabla porta documentos con hojas que recorre con las manos.
“Eras del María Magdalena ¿verdad?”, le pregunta. Él asiente con la
cabeza. Le pide que pase al interior, habla mientras camina hacia
adentro sin esperarlo.
–Es duro esto de los recuentos, además de mucho papeleo. Chamaco,
necesitamos que lo hagas. Es para no darlos por perdidos y poder
informar a los familiares. Pásale por aquí.
La estancia de la bodega es grande, sin muebles ni adornos. La voz
del oficial rebota en las paredes produciendo un eco leve. Varios
marinos caminan por el interior, llevando documentos en la mano,
haciendo anotaciones. En el piso, ordenados por hileras, se ven
sábanas color verde, en ellas se descubre, o mejor, se insinúan las
formas humanas. Al costado de cada una está pegada en el piso una
hoja tamaño carta con las señas de información de cada cuerpo. El
oficial revisa, sin agacharse, los datos ahí anotados. Los contrasta con
la información que lleva en la tabla, hace algunos comentarios a los
marinos que ahí laboran. Sigue caminando.

–Usamos el registro que todos los barcos dan a la Capitanía de Puerto
para inscribir a las personas que llevan con ellos. Así, si llegan al
hospital, los vamos eliminando de los posibles muertos. Por eso
sabemos a quiénes buscar. Casi siempre, pues es muy común que no
se anoten a todos los tripulantes. Por descuido o por otras cosas,
porque hay quien quiere estar oculto ¿verdad? Tú, por ejemplo, no
estabas anotado. El niño sí. Qué bueno que te encontramos, si no ya
nadie sabría de ti. Nada en absoluto.

Al llegar al rincón derecho del espacio repite la acción, esta vez se
detiene y voltea a ver al muchacho. “Estos son los que están sin
identificar”, dice el oficial, quien lo va acercando metódicamente a
cada una de las sábanas, “ya encontramos a casi toda la tripulación
del María. Todos muertos, tirados en la playa, nos sirvieron sus
identificaciones. Fueron los tiburones”, mientras habla los marinos van
retirando las telas verdes para que él vea lo que cubren. “No sabemos
nada de los demás, quien quita y a lo mejor están vivos, perdidos en
algún hospital de la costa. Pero bueno, estamos buscando a Javier
Mendoza, tu capitán”, él recibe las palabras con un golpe de asombro
al conocer el verdadero nombre de Garapacho. “También a Pedro
Juan, cocinero. Y dos tripulantes más: Leoncio Estrada y Mario Silva”.
Va caminando al lado del oficial, quien anota en las hojas las
respuestas negativas del muchacho cada vez que levanta una sábana.
A la tercera revelación él ve la cara ajada, mucho más arrugada que la
última vez que la vio, del viejo timonel. Le dicen que los escualos le
mordieron la pantorrilla y se desangró. Lo identifica como Leoncio,
aunque a decir verdad no está seguro. A final de cuentas le parece el
nombre más apropiado para ese hombre de mar, pues le suena a
furia, valor, todo bueno.
Tras dos miradas más se detienen junto a una gran bolsa negra. El
oficial se agacha para abrirla, se detiene y voltea a ver al muchacho.
“Con este hay que tener cuidado. Lo siento, pero también debes
verlo”, le dice. Regresa la mirada al bulto y recorre el cierre. Toma aire
por la boca y abre el contenido. Una emanación dulzona sale del
interior, desparramándose entre los dos. Es una masa de despojos
amorfa, con rastros de sangre por todas partes. El cuerpo está
masticado casi hasta la cintura, cubierto apenas por jirones de ropa.
También está dañado en partes del tórax, aunque en menor grado. A
diferencia de los otros cadáveres la piel es azul y está marcada,
cruzada por várices negras que le cubren incluso la cara. Esta parte se
muestra muy hinchada dando al rostro un aspecto deformado, de
forma que los ojos se pierden en la inmensidad de los pómulos
estirados. Es la cara mortal de un oriental sonriente.
Primero aparata la mirada, pero se obliga a ver. El muchacho se
tranquiliza, pues la fisonomía no le es familiar. Está a punto de hacer
una seña negativa cuando el oficial le dice: “Míralo bien, por la cara no
vas a saber. Busca señas o marcas antes de decir algo”. Entonces él
mira con atención, apartando la mirada de donde se ve el trabajo del
tiburón. El corazón se le acelera cuando ve en la mano una marca de
dientes, redonda, muy pequeña para ser del animal. Con cuidado
levanta la vista hacia la cara y en medio de las dentadas que
arrancaron partes de la cabeza, cerca de la sien izquierda, ve una
herida grande, fresca, como si fuera a sangrar, de un golpe de odio
hecho con una botella.

–A éste, que se lo tragaron los animales, le decíamos Garapacho. Y
era el capitán – dice despacio, conteniendo el aire. “Como
predestinado, todo tenía que terminar en Zihuatanejo no en Acapulco”,
piensa sin meditarlo mucho.
Junto al cuerpo despedazado del mandamás se descubre el rostro
redondo del Indio. “A éste creemos que le falló el corazón, pues los
animales ni lo tocaron. A lo mejor sí llegó hasta la playa. Ya se verá en
la autopsia”, dice el oficial mientras el muchacho se puede
perfectamente imaginar al oaxaqueño pateando por debajo del agua a
los tiburones que se le acercaban, madreándolos con los puños,
arañándolos, mordiendo, con todo. También se lo figura manoteando
salvajemente por encima de los otros miembros de la tripulación para
salvarse, sin importarle incluso si los ahogaba en el intento. Sin
poderlo evitar algo sube por su esófago y una arcada lo tira en el piso,
un líquido negro sale por su boca y nariz. El oficial se levanta, da unas
órdenes y se aleja vociferando cosas.

Respira con dificultad, apoyado en cuatro puntos sobre el piso, gotas
del líquido negro aún escurren por su boca mientras ve el cuerpo del
que en vida se llamaba Pedro Juan. Se pregunta si la relación del
Indio con el capitán era como éste se la había contado, a resultas del
trabajo con Juanito. Si el ser malvado que el oaxaqueño llevaba
consigo era sólo de él o lo compartía con los que le rodeaban. Se
cuestiona sobre los motivos reales que tuvo el indígena para rescatar
a Garapacho, perdiendo dinero, respeto y poder, para terminar
cocinando en un camaronero, jodiendo con muchachos inexpertos.
Piensa también sobre la prenda que tuvo que dejar el Indio para que
perdonaran la afrenta del otro. ¿Por qué seguían escondidos? ¿Cómo
es que el Indio se apellidaba Juan? ¿Quién era la mujer del barco? Se
interroga sobre el tamaño de la afrenta que debió recibir, esa noche,
para de esa manera provocar su muerte y matar, de pasada, a La
Chillona. ¿Era la novia de Juanito o la otra mujer? ¿Qué papel juega él
en medio de tanta vida echada a perder?

Un asistente del oficial lo ayuda a levantarse, otros marinos llegan con
franelas y las usan para limpiar el piso. Después de unos segundos,
nota que el oficial está frente a él. “No te preocupes”, le dice con una
media sonrisa, “aquí hasta los más curtidos se tuercen”. En la mano
lleva un vaso de papel lleno de agua, se lo ofrece al muchacho. Él lo
toma, agradece con la cabeza, bebe despacio dejando que el agua le
limpie la boca.

–Yo creo que aquí lo dejamos. A ver si mañana te das otra vuelta para
que te enseñe a los demás. Depende de cómo te sientas.

Al terminar de beber aprieta el vaso con la mano y hace una bola con
él. Respira hondamente, recuperando la calma. “Por cierto”, le dice el
oficial, “ya que lo viste. ¿Lo reconoces?”. Él se detiene a mirarlo de
frente, molesto, aprieta las mandíbulas. Después cierra los ojos y
niega con un gesto. No lo había decidido hasta ese momento, en que
la claridad le llegó al alma. Determina que no habrá nadie, así existiera
algún interesado, alguien que poco probablemente rece por él, que
sepa cuál fue el destino último del Indio. A él lo destina al olvido, a que
en medio de la oscuridad lo continúen siguiendo sus diablos. Sin que
él pueda verlo, una sonrisa irónica se dibuja en su cara.

El oficial termina por tapar el cuerpo, acomoda sus papeles, anota la
respuesta del muchacho y se encaminan a la salida.

–Gracias – se despide el oficial.

Él camina despacio, ve el cielo azul y sin nubes. A su lado pasa un
camión de carga, una nube de polvo lo envuelve. Respira la tierra sin
poder evitarlo y escupe para que no le llegue a la garganta, como
ahora siempre lo hace. No lleva nada, pues nada tiene. Los tenis,
donados por alguna organización caritativa para los damnificados del
ciclón, le cuecen los pies con hongos, que le pican con fuerza. Camina
sin dirección: “dos… dos, dos… tres, tres… tres, tres… cuatro, ahí van
los pies”. Por fin se ve en el muelle. Ahí pasea entre los barcos, hasta
que escucha el ruido familiar de un grupo de marineros dispuestos a
emborracharse. Hacia allí se dirige.

Agosto de 2004 –13 de Octubre de 2005.

Acapulco, Guerrero.

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