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LA FIESTA DE LA CHAYA
En Santiago de Chile entre 1880 Y 1910.
Una expresión pública censurada por la élite.

Introducción

La intención del presente trabajo es dar a conocer lo publico y universal que era el carnaval en
Santiago de Chile entre 1880-1910, dejando en claro que no solo entre esos años existió la fiesta de
carnaval. Esta celebración fue una fiesta viva y permanente traída con los españoles de los siglos XVI. El
orden constitucional de 1833, con su decoro urbano y su compostura burguesa no logro apagar la alegría del
carnaval. Era una fiesta que representaba simbólicamente la experiencia de la carnalidad en oposición a la
espiritualidad. La burguesía imponía orden, recato y obediencia, mediante sus leyes o mediante la Iglesia,
esta institución velaba por el cumplimiento de la cuaresma, no era una obligación para todas las personas,
pero si para los cristianos.

Nos encontramos en un escenario donde el pueblo, es guiado por una burguesía con intereses propios y sin
mucho interés en las verdaderas necesidades del pueblo, y si este se llegara a levantar seria reprimido por la
fuerza como ha sido históricamente. Al pueblo que le queda, donde puede hallar un espacio público de
expresión y posibilidad de desenfreno, en una sociedad guiada por una elite cuaresmal. Aquí se hecha mano
a una fiesta que viene de Europa y que en la Edad Media a todos los hombres los hacía iguales en la plaza
publica. El carnaval, permitía al pueblo expresar su alegría, botar sus tristezas, mirar a los caballeros y
señoritas como iguales, aunque sólo fuera por un par de días. Sentirse desatado de un gobierno autoritario,
de una elite, que no se quería mezclar con los “rotos”, instituciones que preferían trabajar, antes de darle
unos días de libertad al pueblo que les servía de empleados. Periódicos que reclamaban el bajo
comportamiento del pueblo, pregonando que las autoridades reprimieran y pusieran orden ante tales
diversiones bacanales. Pero las instituciones olvidan que la elite, también tienen fiestas, juegos y sus
historias escondidas, que también dañan a la sociedad, pero por ser ellos los que guían el gobierno, pueden
celebrarse sin ningún problema.

En el periodo que se analiza nos encontramos con un elite seria, que se opone a que el “roto”, tenga su
espacio público para expresar su sentir y su diversión. Tomando medidas institucionales para detener
cualquier manifestación que según ellos atenta contra el “su espacio público”, pero que es lo público para
ellos, para la elite, el espacio público esta en las plazas que ellos visitan, las calles por donde ellos caminan,
los parques que acostumbran ir de paseo. Oponiéndose a que estos lugares sean visitados por gente de clase
mas baja. Vemos una clara división de clases, ya que no se puede ir a este tipo de lugares sin pagar o vestido
indecorosamente. Se apropian de un espacio público y realmente lo hacen privado. Pero cuando el pueblo se
quiere apropiar de un espacio donde se puedan manifestar, la elite presiona a las instituciones para generar
medidas de represión en contra de los que están invadiendo su espacio privado.

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El Carnaval como espacio Público

Milton Godoy, historiador y docente de la Universidad de La Serena y de la Academia de Humanismo


Cristiano, dice que el carnaval llegó con los españoles y asimiló costumbres locales. “Era un ritual de
disolución y exceso. Un período de inversión del orden establecido, durante él no había autoridad que se
respetara, era una válvula de escape de una sociedad altamente conservadora”.1

El Carnaval es una fiesta popular que se realiza antes de Cuaresma y se celebra en los países de una cierta
creencia cristiana. Esta palabra tiene su origen en la expresión latina carnem levare, que significa ‘quitar la
carne’ ya que durante la Edad Media existía la costumbre de no ingerir este tipo de alimentos, durante los
cuarenta días cuaresmales. La cuaresma comienza el miércoles de ceniza, los tres días que la anteceden, son
denominados carnestolendas que es cuando se realiza propiamente el carnaval. Lo que caracteriza a esta
fiesta son los bailes de disfraces, máscaras y comparsas junto a los desfiles de vistosas carrozas por las
calles. Estos días surge el desenfreno total, se come carne y se hace todo lo que se prohibía en la cuaresma.

Las fiestas públicas carnavalescas, los ritos y cultos cómicos, personajes como lo eran los bufones, bobos,
gigantes, enanos, monstruos y payasos, poseían unidad de estilo y constituían partes distintivas de la cultura
cómica popular, principalmente de la cultura carnavalesca. El carnaval aunque no pertenecía al dominio
propiamente tal del arte, lograba situarse en las fronteras del arte y la vida. El carnaval es la vida misma
presentada con los elementos característicos del juego, de esta forma ignoraba toda distinción entre actores,
espectadores y la escena, porque esta destruiría el carnaval. Las personas no “asistían” al carnaval, sino que
lo vivían porque en definitiva el carnaval estaba hecho para la participación de todo el pueblo. Durante el
carnaval no hay otra vida que la del carnaval, no se puede escapar porque no presenta fronteras espaciales y
la fiesta solo puede vivirse de acuerdo a las leyes de la libertad.2

Dentro del ritual de las diversas religiones, el carnaval resulta ser el momento más intenso donde se celebra
la fertilidad de la naturaleza y la hierogamia donde los dioses fecundan a las diosas de la tierra. Al interior
del ciclo de la naturaleza, éste simboliza el tiempo de la vida, la seducción y las alegrías sagradas. 3 El
carnaval posee un carácter universal, es un estado peculiar del mundo: su renacimiento y su renovación, en
los que cada individuo participa, es la esencia misma del carnaval. En esta fiesta es la vida misma la que se
interpreta y el juego se transforma en vida real, es la segunda vida del pueblo basada en el principio de la
risa, un reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia.

1 http://www.zona.cl/historicos/2007/06/08/monitor.asp

2 Mijail Bajtin. La cultura popular en la Edad Media y el renacimiento digitalización: Nacaveva Morales. edición: Marxists Internet archive, 2001.

3 Maximiliano Salinas. En el cielo están trillando. Editorial Universidad de Santiago. Año 2000.

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En la plaza publica se daba un contacto libre y familiar, aquí se creaba una comunicación inconcebible en
situaciones normales, elaborándose formas propias de lenguaje y comportamiento. Todas las formas y
símbolos de la lengua carnavalesca se caracterizaban, principalmente, por la lógica original de las cosas “al
revés” y “contradicción”, de las permutaciones constantes de lo alto y lo bajo, del frente y el revés y por las
diversas formas de parodia, inversiones, degradaciones, profanaciones, coronamientos y derrocamientos
bufonescos.4

La cosmovisión carnavalesca era radical porque les obligaba a olvidar por un momento, su condición de
monje, clérigo o sabio y a contemplar el mundo desde un punto de vista cómico y carnavalesco. Los
escolares, clérigos, eclesiásticos y doctos teólogos, se permitían alegres distracciones donde olvidaban la
constante gravedad cotidiana (tal era el caso de los juegos monacales, los que consistían en escribir tratados
y obras cómicas en latín). Durante el carnaval existía una abolición provisoria de las diferencias y barreras
jerárquicas entre las personas y la eliminación de ciertas regulaciones y tabúes vigentes en la vida cotidiana.
Era un contacto familiar y sin restricciones.5

Tomando en cuenta algunas crónicas de viajeros que llegaron a Chile en el siglo XIX, describen lo
impresionados que quedaron con los carnavales. Cómo la Iglesia Católica era tan tolerante con este tipo de
manifestaciones que eran a veces desmedidas. Actualmente una persona, puede pagar una entrada para una
fiesta, y puede perfectamente introducirse en una colectividad y disfrutar la fiesta sin ni siquiera decir su
nombre. Eso es un poco lo que pasaba con los carnavales, con las máscaras y disfraces, con las
transgresiones y la ruptura de jerarquías que también había, porque lo que estaba permitido en la fiesta, no
estaba permitido en la vida corriente, en una sociedad de estructuras mucho más rígidas. Que se proclamara
al Rey Negro en la Fiesta de Reyes, el 6 de enero, y el protagonista principal de la fiesta era un esclavo
negro, que en la vida real no tenía posibilidad de sentirse dueño y señor de nada. Entonces, era una
estructura de inversión, también, que aseguraba un funcionamiento más sano de la sociedad, neutralizando
las tendencias delictivas de la vida social, por decirlo así. 6

El Carnaval como fiesta grotesca y su influencia en la literatura.

Cuando hablamos del carnaval lo hacemos con distanciamiento, ya que su nombre nos lleva a imágenes de
las grandes celebraciones de países vecinos como Bolivia, Uruguay y Brasil. Actualmente es difícil asociar l
carnaval con una tradición generalizada en nuestro país. Sólo conocemos los aún vigentes carnavales en el
norte grande de Chile, ¿Somos un pueblo con alma de carnaval?, ¿Somos capaces por un momento quebrar
lo establecido?. A pesar de que la idea es tentadora bien sabemos que nuestro carácter siente una extraña
fascinación por el sentido del orden y del control y hemos fijado de igual modo el calendario que permite
una o dos licencias al año donde el desborde y el jolgorio rebelde nos invita a la resurrección de nuestra
alma festiva.

En Chile al carnaval se lo conoció también con el nombre de fiesta de la chaya y chalilones, convirtiéndose
en una costumbre viva al interior de la cultura popular. Al igual que muchas de las tradiciones que nos han
4 Ibídem, (cit 2).

5 Ibídem, (cit 2).


6 Isabel Cruz de Amenazar. “La Metamorfosis Criolla”. Entrevista de su libro La Fiesta: Metamorfosis de lo Cotidiano”. Entrevistada por Michelle Hafemann Berbelagua.

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identificado ésta tomó elementos de la cultura indígena e hispana, vertientes que aportaron formas propias a
esta celebración. Para los indígenas el tiempo de carnaval correspondía, a la cosecha y la siega, en enero,
febrero y marzo. En nuestro país, el carnaval se fue situando en un momento de regocijo estival y de
recolección agrícola. Era el momento propicio para el júbilo y la reunión de la comunidad, especialmente
juvenil, en torno de la naturaleza donde ella cobraba sus derechos y sus prerrogativas. La fiesta de carnaval
se celebraba con gran regocijo en la sociedad agraria7.

Los primeros registros del carnaval datan de los siglos XVI y XVII, realizando un completo recorrido por
nuestro país desde el Norte Grande hasta Chiloé. No obstante, poco a poco fue perdiendo popularidad y
vigencia social, ayudado por las prohibiciones legales que estigmatizaron a la chaya como una “mala
costumbre del populacho”. Esta fiesta, a los ojos de la elite, atentaba en contra del “bien común”, ya que sus
prácticas como el tirarse cantidades desmesuradas de agua, papeles picados y más de una pícara mezcla
indecorosa terminaban por alterar el orden público y los buenos modales de un ciudadano.

A principios del siglo XIX, se dieron dos mandos de prohibición del carnaval en Santiago, uno dado por
Marco del Pont en 1816 y el otro por Bernardo O’Higgins en 1821. La magnitud de esta fiesta, y el
desorden público que se provocaba en tiempos de chaya generaba cierto disgusto en los mandatarios.
O'Higgins ordenó que se prohibiera esta manifestación, por el desorden callejero que producía y porque
desvirtuaba la fiesta de independencia nacional, incluso se mandó a crear un 'reglamento' de celebración de
esta fiesta, eliminándose el carnaval. Pero los esfuerzos no fueron capaces de terminar definitivamente con
esta celebración. Si recordamos bien, el orden constitucional de 1833 tenía un discurso basado en la
compostura y buenas costumbres, un dogmatismo orientado a instaurar un orden republicano en el que
definitivamente la cultura popular no era el referente más indicado, sino precisamente el que se debía
erradicar.

El clérigo FRANCISCO J CAVADA, en su libro Chiloé y los Chilotes en el año 1914, nos describe lo
siguiente: “El Chalilo en Chiloé, es idéntico al de los demás pueblos de la República, si bien reviste a veces
caracteres de grosería, de falta de cultura y hasta de barbarie, que felizmente tienden a desaparecer”….”El
Chalilo chilote degenera a veces en una verdadera lucha a cuerpo a orillas de un pozo, río o mar, en la cual
las mujeres, como es natural, llevan siempre la peor parte, pues son tornadas en peso y sumergidas hasta la
garganta y aún totalmente en medio de sus gritos y alaridos. Es una distracción brutal, que ha sido causa de
innumerables dolencias, como pulmonías, reumatismos etc., sin que las autoridades encargadas de velar
por !a salubridad pública, hayan tomado ninguna medida coercitiva a1 respecto.”… “Sería muy conveniente
para Chiloé se renovara la ley con que el rey de España prohibió este juego en todos los dominios de la
Corona.”
Naturalmente, entre la gente “culta” la Chaya se contiene dentro de sus límites, y se reduce a rociarse unos a
otros con esencias y a tirarse papeles picados o huevos de esperma, llenos de aguas perfumadas, que, al
dispararlos, se quiebran.8
La fiesta de la Chaya era un agradable esparcimiento para la mayoría de las personas, pero a fines del siglo
XIX, se comenzó a perseguir algunas de las manifestaciones festivas populares como el carnaval y la chaya.
Las autoridades de la época, consideraban que no era una actividad “civilizada” y desataron una cruzada que
intentó terminar con su práctica. El Padre Cobos, en cambio, la reivindicó en un verso publicado en enero
de 1883:
7 Maximiliano Salinas. “¡En tiempo de chaya nadie se enoja!: la fiesta popular del carnaval en santiago de chile 1880-1910”. Mapocho 50, 2001, 281-325.

8 Francisco Javier Cavada Hernández. “Chiloe y los Chilotes”.Imprenta Universitaria. Bandera 130. Santiago 1914.

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“Pasó la época ¡malhaya!


En la que, de proa a popa,
Las chicas como a una sopa
Nos dejan con la chaya
Salíamos a la calle
Muy llenos de agua de olor,
Cuando zas! En lo mejor
Una morena de talle
Esbelta como palmera
O bien una hermosa rubia
Nos mandaban una lluvia
Que no de las nubes era”.9

Juan Rafael Allende a través de El Padre Cobos, no sólo describió sino que alentó la cultura popular con sus
expresiones festivas, carnavalescas, rociadas de buen “ponche”, criticando los estilos europeizantes de los
sectores de la elite o la intelectualidad chilena. Esta posición de defensa de lo nacional se refleja en sus
críticas a los espectáculos que se presentaban en los teatros nacionales. En especial, sus análisis se centraban
en los espectáculos del teatro Municipal, los que privilegiaban a los artistas extranjeros en desmedro de los
nacionales, independiente de su talento.10

La fiesta pública fue una de las instancias de sociabilidad donde mejor se manifestaron las contradicciones
entre el sensualismo popular y los nuevos principios de austeridad y rigor moral que la elite deseaba
implantar sobre el resto de la sociedad chilena. Así ocurrió con la procesión del Corpus Christi. En Chile, la
procesión de Corpus Christi constituía un hito en la vida cotidiana de la plebe santiaguina, la cual acudía
masivamente a celebrar la instauración de la Comunión. Aparecían en forma espontánea las chinganas y
ramadas, la construcción de ‘tablaos’ y la escenificación de algunos pasajes bíblicos en las cuatro esquinas
de la Plaza de Armas, esta celebración adquiría dimensiones carnavalescas. Los muñecos, con sus caras
grotescas y burlonas, se confundían con la multitud aclamando a viva voz las carreras, esta ceremonia se
transformaba en un ritual donde se combinaba lo sagrado y lo profano, lo formal y lo popular. 11 Aquí se
observan características claramente carnavalescas.

La segunda mitad del siglo XVIII estuvo marcada en Chile por el ingreso del reino a la era del progreso y la
modernidad. Por todos lados emergían signos que anunciaban el aire del cambio: fundación de villas y
ciudades, reformas al sistema comercial, modificaciones al régimen de tributación y, por sobre todo, el
afianzamiento del poder de la elite. Despertando de su letargo y deseosa de imprimir mayor lumbre a su
supremacía, la elite comenzó a invertir parte de su riqueza en la pompa y el boato que debía acompañar el
despliegue de su poder en el espacio público. El incipiente orden social oligárquico, en que se eliminaba la
universalidad que imprimía el vasallaje al monarca paternalista para poner en su lugar una estratificación
determinada por la riqueza, establecía también nuevas exigencias escenográficas: las jerarquías debían
quedar de manifiesto a la primera mirada de los espectadores. Lo imperativo era que en cada gesto oficial no
se descuidara ni el menor detalle pues, si en el mundo del imaginario se registraba el paso del barroco hacia

9 Daniel Palma Marina Donoso R. “Letras pililas en la prensa chilena (1875-1898)”.

10 Ibídem, (Cit 9).

11 Leonardo León. “Bajo pueblo y cabildo en santiago de chile colonial, 1758-1768”. Revista Contribuciones Nº 130.

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el clasicismo, en el mundo de la fiesta cívica se desplazaba el antiguo sensualismo popular por una
exhibición aristocrática más austera.12

Según un artículo escrito por Max Salinas "¡En tiempo de chaya nadie se enoja!", la fiesta de la chaya se
realizaba la segunda semana de febrero y se vivía como un verdadero carnaval. Chaya es una palabra de raíz
quechua que alude al acto de tirar agua en forma de rocío, otras definiciones aluden al acto de tirar agua con
papelitos, harina, perfumes (no necesariamente agradables). En eso consistía el carnaval de febrero, fiesta
popular en las calles de Santiago, en las cuales los caballeros les decían a las damas:"¡chaya señorita!" y
procedían a rosearlas con agua. Notable son las descripciones recogidas por Maximiliano Salinas:

“Allá por 1909, se celebraba con gran alegría y entusiasmo la fiesta del carnaval. La gente se echaba a la
calle dispuesta a divertirse y a olvidar por completo sus preocupaciones… se permitían entonces, toda clase
de bromas, y el que salía a la calle debía llevar también una buena dosis de buen humor …”13

José Joaquín Vallejos nos cuenta."-¡A la carga muchachos!, gritan a retaguardia. Esta empuja el centro y
todos a los de la vanguardia. En semejante desorden es invadido el campo contrario. El agua, el harina, el
almidón y el afrecho y otras cosas que caen en torrentes y en nubarrones; el sol se oscurece; se pelea bajo
de sombra, y antes de un minuto, no parece sino que todos se hubieran bañado en un río de argamasa….
Grandes cuadrillas de mineros a pie, de pescuecete con su cada una, y fuertes pelotones de caballerías
armados con odres de agua, no siempre mezclada con esencias aromáticas recorren las calles repartiendo a
derecha e izquierda caudalosos asperges: o visitan las chinganas donde, tomándose de las manos las
parejas enamoradas, forman una gran rueda para danzar el vidalai"14

Las culturas indígenas de América del Sur con su orientación en el sentido de la renovación cíclica y
armónica del Cosmos no tuvieron problemas en acoger los aspectos festivos y carnavalescos que pudieron
ofrecer las culturas euromediterráneas que llegaron al Nuevo Mundo por debajo de la circunspección oficial.
En el siglo XVIII ya se pudo comprobar cómo los indios recogieron la práctica del ‘carnaval’ traída por las
culturas populares ibéricas: "habían aprendido los neófitos a ejercitar en aquellos días las locuras que veían
hacer a los cristianos viejos, que poseídos de no sé qué frenesí, no tuvieron empacho de propagar en las
Indias un abuso que tiene tantos resabios del gentilismo en la imitación de las fiestas indecentes que
consagraba la antigüedad pagana al Dios Baco: "... esta licencia, inventada sin duda por Satanás, se había
extendido mucho entre los nuevos cristianos, y ellos adelantado su malicia con nuevas invenciones". La
adopción del ciclo del ‘carnaval’ entre los indios del norte de Chile se aprecia muy bien en Aiquina, donde
allí la música tiene que cumplir la función de desatar con su alegría mágica las fuerzas fertilizadoras de las
aguas seminales en el Cosmos andino. En la lengua kunza ‘jugar al carnaval’ y ‘reír’ se designa con la
misma expresión letchtur. 15

“ El juego de las chayas, de los carnavales, donde se tiraban cáscaras de huevos rellenos con sustancias
aromatizantes, que causaban daños en los ojos, con los baños de agua fría en tinas o baldes con los que la
gente se enfermaba, incluso se producían muchas muertes en las carreras a la chilena, en pelo, por las
velocidades a las que iban. Entonces la autoridad reclamaba porque había desórdenes y muertes como
12 Ibídem, (cit 11).

13 Ibídem, (cit 7). Benedicto Chuaqui. “Historias de un emigrante”.


14 Ibídem, (cit 7)

15 Maximiliano Salinas. “¡Toquen flautas y tambores!: una historia social de la música desde las culturas populares en Chile, siglos XVI-XX”

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consecuencia de las fiestas, que no eran su causa ni su finalidad. Pero lo interesante es que de alguna manera
esta sociedad tenía contempladas instancias en que el individuo podía tener un escape, una cierta libertad,
aunque fuera una libertad muy instintiva, muy espontánea.” 16

Una Elite Seria que mantiene el orden decente y los cánones de la burguesía.
Si pensamos en la historia política y social de Chile durante el siglo XIX, nos podemos dar cuenta de que ha
sido presentada mediante un pensamiento de las elites como un proceso de héroes, fundadores, padres de la
patria y de vidas ejemplares. Este es el lenguaje del poder político. Esta forma de ver la historia, apunta al
mundo de la razón del Estado, la historia de los poderosos contra los débiles, la historia de los civilizados
contra los bárbaros, y, más que nada, la historia de los ricos contra los pobres. La elite santiaguina levantó,
cuatro estatuas claves en el centro cívico de la ciudad, entre 1860 y 1904. La primera fue dedicada a Diego
Portales, como héroe del poder de los ricos en 1860. Al descubrirse su efigie se lo ensalzó como aliado del
clero y de los "capitalistas". La segunda fue dedicada en 1872 a Bernardo O'Higgins como héroe de la
guerra, ícono de los poderosos contra los débiles e incapaces. La tercera estatua fue levantada a Andrés
Bello: héroe de la razón, la ley y la mesura en 1881. Finalmente se erigió la estatua en memoria de Manuel
Montt, héroe del Estado y del “progreso material”, el comercio y la riqueza en 1904. Los cuatro pasaron a
ser los arquetipos de la dominación oligárquica del siglo XIX.17

Estos héroes o arquetipos de la polis republicana y masculina continuaron siendo ejemplares hasta fines del
siglo XX. Patricio Aylwin llegó a La Moneda detrás de Augusto Pinochet inspirado en las figuras de
Bernardo O'Higgins y Andrés Bello. Estos héroes no tuvieron nada que ver con la sátira ni el buen humor.
Al contrario, ellos desterraron la sátira de la polis. El poder político del Estado nacional fue anticómico.
Andrés Bello no sabía reír. Así lo recordó José Victorino Lastarria: "Otra cualidad característica de don
Andrés era la seriedad. Era moralmente seco y no manifestaba jamás sus impresiones. Su risa parecía una
contracción puramente facial". Andrés Bello no soportó a cómicos como Aristófanes: "Nada tan asqueroso
en todos sentidos como las gracias con que Aristófanes sazona a menudo sus versos". Manuel Montt tuvo la
triste fama de no haber reído nunca, como lo dijera su amigo Domingo Faustino Sarmiento. Los políticos
cercanos a Montt reprobaron incluso la literatura cómica de un clásico de la literatura española como Tirso
de Molina. Bernardo O'Higgins fue la encarnación del estadista distante del pueblo, frío, grave, despiadado
con sus enemigos, entre ellos los seguidores jaraneros del carnaval en Chile. Y Diego Portales fue el modelo
del estadista o déspota ilustrado que persiguió la cultura y la fiesta popular y que exigió el derramamiento
de sangre para la mantención del orden público. 18

Portales, O'Higgins, Bello y Montt, héroes de la Ilustración en los valles andinos de Chile, constituyen una
galería de estadistas que impusieron una adhesión irrestricta a la gloriosa expansión de Occidente en el siglo
XIX. Todos ellos fueron partidarios explícitos de la influencia militar, económica y cultural de Gran
Bretaña, la potencia imperialista del momento, con el objeto de elogiar e identificar a los chilenos como "los
ingleses de América del Sur". Estos hombres de Estado tuvieron que ser por lo mismo serios, "seriotes",
como diría Gabriela Mistral, y aun peor que "tontos graves". Al fin el Estado oligárquico como dijo José
Victorino Lastarria en 1868 estaba matando no solo la libertad sino la alegría del pueblo: "Un gobierno
16 Ibídem, (cit 6).

17 Maximiliano Salinas. “¡Y no se ríen de este leso porque es dueño de millones!”: El asedio cómico y popular de Juan Rafael Allende a la burguesía chilena del siglo XIX.

18 Ibídem, (cit 17)

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omnipotente y represivo ha dominado durante treinta y seis años,... hasta sofocar toda muestra de
espontaneidad y alegría en el pueblo". 19

El mundo de la elite partidario del Occidente decimonónico, junto con imponer un estilo de vida oligárquico
y antipopular, reveló un ethos por completo falto de humor. Y esto como dejamos dicho se notó en las
formas de hacer política y cultura desde las elites hasta terminar el siglo XX en Chile. Fue la vieja herencia
de los "futres" de la Ilustración, o de lo que quedó de ella. Desde una perspectiva explícitamente no elitista,
nos interesa ahora relevar la importancia de una visión cómica de la historia política y social chilena. Ella
nos permite desestructurar la linealidad del canon antidemocrático de la República del siglo XIX. Para ello
recurrimos a la tradición satírica de Juan Rafael Allende. Él criticó a su modo a los próceres de la Ilustración
ya nombrados. Por de pronto, se rió de las graves y severas estatuas santiaguinas de Andrés Bello y de
Manuel Montt y de las "momias del monttvarismo". Andrés Bello, para él, estaba "Penando en mármol".
Montt y su ministro Varas fueron para el autor satírico más que nada las "sanguinarias figuras del fatídico
decenio". 20

La elite burguesa nunca quiso, ni permitió el carnaval. La sociedad burguesa no conseguía imponer del todo
su lógica en sus reservados espacios Urbanos. Poco a Poco, a lo largo del siglo XIX trato de ganar terreno
en la ciudad levantando suntuosas mansiones y soberbios edificios. Las estatuas consagradas a la memoria
oficial del ministro Diego Portales en 1860, del capitán General Bernardo O`Higgins en 1872, del
académico y jurista Andrés Bello en 1881, de los gobernantes Manuel Montt y Antonio Vara en 1904, o el
intendente Benjamín Vicuña Mackenna en 1908, fueron formas de implantar el prestigio del heroísmo y el
ideal burgués en el corazón de la ciudad ‘elegante’ de santiago. Todos los hombres públicos fueron
reconocidos y ensalzados como graves y conspicuos personajes anti carnavalescos. Respetuosos del orden y
de las leyes, fundadores del estado nacional, piadosos y observantes católicos. En su honor compitieron los
argumentos mas graves del republicanismo ilustrado. Sin embargo, el espíritu carnavalesco estaba vigoroso
en la vida y la conciencia populares. A punto de emerger en cada ocasión de bullicio y alegría colectiva y de
descontrolar los espacio urbanizados apenas. Los aparatos policiales no eran capaces de poner orden
público.21

La capacidad festiva de Chile se veía disminuida por el tema de la pobreza y muchas veces la fiesta era un
verdadero sacrificio o una donación, porque se producían situaciones de mucha precariedad. Pero ocurrió
algo que es diferente de lo que pasó en otros países de Latinoamérica y que diferenció a Chile. A nuestro
país le quitaron esa parte festiva, alegre, que caracteriza a otros pueblos latinoamericanos, que pueden estar
en la situación más horrorosa y la gente sigue feliz, alegrándose o distrayéndose. El siglo XVIII, con su
racionalismo, que penetra fuertemente en Chile hubo una elite ilustrada, no sólo civil sino también religiosa.
La Iglesia chilena fue una iglesia muy austera, que reprimió estas manifestaciones. Después vinieron
gobernantes ilustrados, como Ambrosio y Bernardo O'Higgins, que por su espíritu anglosajón fueron
especialmente críticos respecto de estos desbordes del Barroco, porque ellos estaban imbuidos de su propia
mentalidad sajona, que no es proclive a estas manifestaciones. Por algo la Iglesia reformista fue tan drástica
en su campaña iconoclasta, de destruir las imágenes y de quitarle al culto toda esta sensualidad y
ostentación. En el Chile del siglo XVIII hay una tendencia, uno lo ve por ejemplo en la cantidad de órdenes
y bandos donde se restringen las fiestas, aunque sin mucho éxito. Ambrosio O'Higgins fue particularmente

19 Ibídem, (cit 17).

20 Ibídem, (cit 17).

21 Ibídem, (cit 17).

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minucioso al respecto y Bernardo O'Higgins tomó medidas restrictivas firmes con respecto a la fiesta,
suprimió el juego de las chayas, del carnaval, y las corridas de toros, porque eran considerados
entretenimientos bárbaros y dentro de la mentalidad ilustrada eran absolutamente incomprensibles,
configurándose así un país con una institucionalidad más seria y más puesta en la ley captando precisamente
lo que quería la Ilustración, instaurar el concepto de “lo civilizado”.22

Una de las características del carnaval en Santiago entre los años 1880 y 1910, consistía en que durante los
días de celebración las instituciones más características de la vida urbana y burguesa cesaban sus
actividades. Como por ejemplo las oficinas públicas, la intendencia, los ministerios, los tribunales, los
bancos, la bolsa, incluso el comercio, cerraban sus puertas. También la actividad administrativa, bursátil
cerraba los días de carnaval. Las calles principales se veían sin gente y sin movimiento como si fuera un día
Domingo. En 1889, durante el gobierno de Balmaceda, por una disposición del ministro de Hacienda
Justiniano Sotomayor, se intento abrir los bancos y los establecimientos comerciales de Santiago, pero la
medida no prospero. En 1907 y 1909 incluso el miércoles de ceniza formo parte de los días feriados de
carnaval. Las personas dependientes del movimiento burgués, no soportaban estos días de asueto urbano, en
1903 se denuncio en el periódico “El Chileno”: “Protestamos del feriado de Carnaval. El correo cerrado, las
oficinas cerradas, los bancos cerrados. Estamos sin cartas, sin noticias y sin dinero.”. Surgieron otros
argumentos burgueses que sugerían desentenderse del carnaval y tratar que en estos días, la vida siguiera su
rumbo cotidiano. El espíritu carnavalesco estaba inserto en la vida y la conciencia popular, surgía en cada
ocasión de bullicio y alegría colectiva y de descontrolar los espacios urbanos. La policía de la época, no era
capaz de poner orden público, puede decirse que no eran respetados en absoluto. El diario “El Chileno”,
hace una crítica con respecto a que la policía en chile no inspiraba ningún respeto moral, nadie le obedecía y
haciendo un llamado al respeto por la policía y que este se integre en el modo de ser de las personas, para
lograr ser una nación culta y civilizada.23 La fiesta de la Chaya, fue una de las ocasiones más propiamente
cómicas y burlescas de desordenamiento de la urbanidad burguesa durante el siglo XIX y los comienzos del
XX. Fue el símbolo para inundar a la ciudad y los ciudadanos en el espíritu proveniente de la naturaleza o
de lo “bajo material”, según la teoría de Mijail Bajtin. Mediante estas expresiones se lograba abandonar la
compostura ciudadana para sumergirse en las desatadas fuerzas de la naturaleza.
La fiesta de la chaya ataco a los caballeros, las señoras y señoritas de la burguesía Santiaguina.
Desparramando harina o huevos ton tinta sobre los vestidos de las señoras. Incluso en algunos casos
respetables señoras fueron bañadas completamente desde una ventana con un balde de agua. En algunas
ocasiones estos baldes contenían agua sucia. También las señoritas sufrieron lo suyo, les arrojaban tierra o
harina, lo que les hacia perder su flamante tarje. Esto llevaba a concluir que el carnaval atentaba contar la
gente decente y educada, considerándose un peligro para las familias. Por lo que muchas familias desistían
salir a las plazas o parques a pasear para no sufrir las groserías y atropellos por parte de un puñado de
gomosos mal educados e insolentes. Los que participaban y eran protagonistas del carnaval, eran las
personas que no estaban comprometidas ni eran responsables del ajustado y elegante orden burgués de la
ciudad. La prensa oficial señalaba reiteradamente que la chaya era un juego propio de gente inculta o
maleducada. Con el objetivo de excluir la fiesta de la chaya del orden decente de la ciudad, la elite paso a
considerar a esta diversión eminentemente plebeya. En 1896 la celebración del carnaval se comenzó a
clasificar como algo exclusivamente periférico con respecto al centro de la oligarquía.24

22 Ibídem, (cit 6).

23 Ibídem, (cit 7).

24 Ibídem, (cit 7).

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La gente que participo realmente del carnaval, fue la que estaba libre de ataduras del orden decente de la
ciudad burguesa. Ellos podían desordenarla cómicamente con sus baldazos, sus jeringazos de agua o sus
golpes de huevo y harina. Su mas expresivos representantes fueron plebeyos, mujeres y niños. Incluso
participaron de este espíritu lúdico y libre, algunos guardianes del orden público. Hay que recordar que en
este periodo, la policía estaba mucho más cerca de la cultura popular que de la elite. Incluso se dieron casos
en que un soldado en la localidad del Resbalón tuvo orden de sumario por jugar a la chaya y dos jóvenes
tenientes y dos jóvenes alumnos de la escuela Militar en la plaza Yungay se sumaron a los festejos de la
chaya.25. Aquí se observa que las fuerzas armadas aun conservaban, ciertos rasgos que los identificaban con
lo popular.

El sector social que celebraba el carnaval o la fiesta de la chaya, fue el que se resistió a unirse a los cánones
ciudadanos de una burguesía incapaz de ser natural y humana. La elite pretendía ser más inglesa que la
propia Inglaterra y más victoriana que la misma reina Victoria. En 1905 surge una reivindicación pública
sobre el juego de la Chaya. Sale impreso en “El Chileno”, donde se que en el portal Edwards la policía
atropella a los paseantes, por la prohibición de la chaya. Se hace ver el porque la policía reprime a una
persona por lanzar papeles al aire, pero este tipo de atropello nunca es visto en el Club Hípico, en el club de
la Unión y demás lugares de esparcimiento de la clase alta de la época. En este periódico se acusa los juegos
de la elite, deberían ser exterminados, porque ellos fervientes los corazones, ellos arruinan las familias y
conducen a la cárcel.26

En los ambientes populares del carnaval, esta fiesta culminaba a altas horas de la noche, con alegres bailes
de cueca, tamboreo y huifa, como una forma de expresión popular chilena. En los conventillos de la calle
Morandé en dirección a Mapocho, estos eran los ingredientes finales del carnaval. En casi todas las
manifestaciones populares terminaban con el popular baile de la cueca, aunque fueran protestas contra las
autoridades. En 1908 una manifestación en contra del alza de los tranvías, termino con los manifestantes
bailando cueca al son de una acordeón.27

La burguesía santiaguina implanto un estilo hipócrita de vida que Maximiliano Salinas denomino “el reino
de la decencia”. 28La burguesía se fue tornando muy impopular y siútica. Obligando al pueblo de desistir a ir
a lugares como al Cerro porque hay que pagar, o a la Quinta porque hay que ir vestido con elegancia. La
Burguesía participaba de banquetes suntuosos como el que se dio posteriormente a la caída del presidente
Balmaceda. O los banquetes de la familia Cousiño en el fundo Macul. Y para mantener el orden público
decretaban prohibida la embriaguez. La Burguesía de daba el lujo de de jugar a las apuestas en el Club
hípico, pero reprimía las riñas de gallos o prohibía los juegos de la chapitas. El espíritu burgués no
soportaba la risa cómica popular, la que podía herir su falso pudor y su frágil compostura. En la Universidad
de Chile en 1880, se enseñaba que “el bufón es un hombre odioso en la sociedad; es un abestia temible y
peligrosa, dice Horacio; guardaos de su trato, porque en empezando a burlarse, a nadie perdona, ni aun a sus
mejores amigos…, Siempre que chanza pueda ofender, lo mas acertado es omitirla, porque ya entonces no
es juego ni diversión. Jamás los dichos picantes fueron agradables, especialmente a los grandes,..”29

25 Ibídem, (cit 7).

26 Ibídem, (cit 7).

27 Ibídem, (cit 17).

28 Maximiliano Salinas, “El reino de la desencia”. El cuerpo intocable del orden Burgues y catolico de 1833, Santiago 2001.

29 Ibídem, (cit 7).

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Benjamín Vicuña Mackenna en 1872 decreto prohibida la presencia de los mendigos en la ciudad. Mando
seis letreros que fueron colocados en el Puente Calicanto, en el Llano Subercaseaux, en la Pirámide del
tajamar, en la estación Montenegro, y en las estaciones del Norte y del Sur, que decían “En el departamento
de Santiago es prohibida la mendicidad”. Ese mismo año el 25 de mayo persiguió la medicina popular,
prohibiendo que ejercieran los curanderos, médicos i otros que no tuvieran un titulo legal para ello. El 28 de
marzo de 1873 obligo a los conductores y cocheros de la empresa del Ferrocarril Urbano a no vestirse como
”rotos”, no podían andar en mangas de camisa o usar chupallas. El 12 de Diciembre prohibió la instalación
de fondas y el expendio de licores en la alameda para la Navidad.30

La crisis económica de la segunda mitad de la década de 1870 la elite burguesa, paso a tener pánico en
relación a la criminalidad de los pobres. A los cuales consideraban enemigos de Dios y del sistema Urbano.
En 1876 el intendente de la ciudad repartió armas a la población para defenderse de los delincuentes. La
guerra contra los pobres fue tomando cada vez más cuerpo hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX.
El objetivo era desterrar a los rotos de la ciudad. Dentro de este contexto se comprende el motivo de la
represión por parte de la elite santiaguina con contra del carnaval. Estas fueron fiestas donde el espíritu del
pueblo, se tornaba vivo, indomable, obstinado, ajeno a todo control policial y privado.

Medidas institucionales para detener el carnaval


La celebración del carnaval llego a constituir un desafío o un desacato a la autoridad de la ciudad. La
intendencia tomo medidas, la policía, y el ministerio del interior, formando así una legión de decretos que se
sumaron a los que hizo Marcó del Pont y Bernardo O`Higgins. Bajo el gobierno de Manuel Montt en 1856,
sale una ordenanza que podría leerse como una prohibición, de la fiesta de la chaya. Decía que se prohibía
derramar o arrojar agua por los balcones o puertas, que puedan mojar o ensuciar a los transeúntes. Mas tarde
en 1874 la intendencia de Santiago decreta prohibir la chaya en los carros del Ferrocarril Urbano, para
terminar definitivamente con las guerras de tierra, arena y líquidos entre un carro y otro. El intendente de
Valparaíso, en 1876 prohibió explícitamente el carnaval ese 24 de Febrero, por considerarlo impropio de un
vecindario ilustrado como el que se compone el primer puerto de la republica. Mas tarde en 1880, el
intendente de Santiago instruyo al comandante de la Guardia municipal, invocando el decreto de 1874
contra la chaya. Ordenando que una tropa del cuerpo de guardias, se distribuyera por la ciudad desde las
siete de la noche hasta las seis de la mañana, para evitar posibles desordenes que pudieran ocurrir. En 1882
la intendencia da la orden a la policía que esta prohibido absolutamente jugar a la chaya. Dos años mas tarde
en 1884 ya definitivamente se encarcelaban a los que se tiraran agua u otras especies. En 1887 la detención
por jugar a la chaya se extendió a hombres, mujeres y niños. El intendente de la ciudad Zenón Freire,
nombrado en 1888, se dispuso a reprimir la chaya efectivamente como en los años anteriores. Entre los 1890
y 1897 los respectivos intendentes mantuvieron la prohibición de jugar a la chaya en la ciudad de santiago.
En 1899 el alcalde de la ciudad nuevamente saca un decreto de prohibición absoluta del juego de la chaya.
El alcalde del año 1902 hace lo mismo. En el año 1903 se reúnen el ministro del interior, el intendente de la
ciudad, el subsecretario del interior y el prefecto de policía, para organizar la prohibición de la fiesta de la
chaya y a partir de ese año publicar listas con los detenidos por motivos de carnaval. Desde 1905 en algunas
provincias tamben se acostumbro a prohibir la fiesta de la chaya. En Limache Un regimiento de caballería
vigilo que la prohibición se cumpliera. Los detenidos en los días de carnaval, constituyen una detallada
estadística. En 1903 la prensa comenzó a publicar lista de detenidos.31

30 Ibídem, (cit 7).

31 Ibídem, (cit 7).

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La cuaresma y el carnaval

Frente al ideal cuaresmal de la burguesía conservadora santiaguina, el pueblo se reconoció en el espíritu


lúdico y libertario del carnaval. Era la forma de combatir el estiramiento de intendentes, alcaldes,
periodistas, clérigos y policías. Aquí el pueblo podía vivir a sus anchas. El carnaval desenmascaraba la vida
doble del católico burgués, que mostraba su rostro decente para ocultar sus placeres y satisfacciones.

Muchas de las rebeliones populares de los primeros años del siglo XX, no sólo brotaron de las ideologías.
También se debieron a las necesidades básicas y de los afectos más históricos y entrañables de las clases
populares. Como por ejemplo la huelga de la carne de Octubre de 1905. Maximiliano Salinas postula que
“esa algazara fue una reivindicación del carne vale, de la importancia de la carne para el pueblo y su vida
material y cotidiana. Fue, en ese preciso sentido, un carnaval. En la ocasión cincuenta mil personas
desfilaron ante la moneda con estandartes muy significativos que decían: ‘Queremos carne’, ‘No mas
hambre, ‘que concluya la miseria’, ‘¡Viva la abundancia!’. Estos textos eran de suyo carnavalescos. La
misma carta dirigida al presidente Germán Riesgo –¿un clásico tipo anti carnavalesco de la burguesía
santiaguina?- abogaba por ‘una alimentación nutritiva y abundante’. Por la avenida Independencia
mujeres populares incitaron explícitamente al saqueo. La idea era asaltar La moneda, la casa del
Presidente Riesgo, y la casa del burgués Rafael Errázuriz Urmeneta. Las autoridades civiles de la ciudad
eran conocidos personajes anti carnavalescos como el alcalde Eduardo Edwards y el prefecto de la policía
Joaquín Pinto Concha.”32

Recordemos que el carnaval precedía a la cuaresma, y en estos cuarenta días, los creyentes cristianos,
debían ser austeros, en la carne y en sus comportamientos, por este motivo los días de carnaval, eran
desenfrenados, comiendo carne y haciendo todo lo que la cuaresma prohibía. Según este contexto y lo
expuesto por Maximiliano Salinas, la huelga de la carne fue una rebelión por pedir una alimentación justa y
una rebelión en contra de la cuaresma impuesta por las nuevas condiciones económicas y culturales de la
burguesía. Ahí se podrían explicar desde este punto de vista los asaltos a los almacenes, panaderías y las
cantinas. La burguesía había impuesto la cuaresma a los pobres, ellos podían comer como quisieran,
mientras que el pobre, a medio vestir y a medio comer miraba desde la vereda del frente. El tiempo de
carnaval debía llegar tarde o temprano, era hora de el pueblo pudiera comer carne.

Conclusiones
Si pensamos en el momento en que dos personas crean vínculos de amistad, comienza a disminuir la
distancia que las separa, y las formas de comunicación verbal comienzan a cambiar: se tutean, utilizan
diminutivos y sobrenombres que adquieren un sentido afectuoso, pudiendo fácilmente llegar a burlarse entre
si, palmotearse la espalda o incluso el vientre, gesto carnavalesco por excelencia. De esta manera los
elementos que constituyen el carnaval, independiente del pueblo donde se celebre, contempla por sobre todo
el carácter universal, el clima de fiesta, la idea utópica y la concepción profunda del mundo. Estas dos
personas se encuentran en mismas condiciones, no están insertos dentro de una estructura piramidal, ya sea
civil o política. Aquí ambos individuos son iguales.

En la plaza del pueblo es donde la gente se reunía a celebrar el carnaval, tirándose agua, papel picado,
naranjas, etc. Lo que tuvieran a mano. Era un espacio público, lo privado estaba fuera de este ámbito, todos
32 Ibídem, (cit 7).

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eran iguales desde el clérigo, o el gran señor hasta el más pobre del pueblo. No había trabas, complejos,
restricciones sociales, todo estaba permitido, eran días de fiesta, eran por decirlo a modo moderno, eran días
feriados. Este espacio publico era el momento de que las personas se sintieran libres de restricciones
sociales, aquí no existía la clase social y el desenfreno que cada individuo llevaba dentro de si, florecía con
toda la fuerza que guarda una represión que dura todo un año, que por unos días puede salir a la luz publica
y sentirse mas libre. Pero La elite ha hecho desaparecer la fiesta del carnaval, ya que está en contra de sus
principios, creencias e intereses políticos y sociales. Cada vez que una manifestación popular valla en contra
de sus intereses, esta manifestación terminara desapareciendo.

En Chile el carnaval, la chaya o chalilones, heredó igualmente elementos de la cosmovisión medieval y en


cada comunidad se fue modificando y adaptando. En varias de las zonas donde antiguamente se le festejaba
hoy a perdido total vigencia y en otras persiste, pero ya con modernos esquemas y objetivos sociales. No
obstante, aún son renombradas la fiesta de la chaya en Los Andes, San Felipe, Putaendo, en el Norte queda
el Carnaval, con los personajes que presiden esta fiesta.

Recuperar espacios públicos donde el pueblo pueda expresar su sentido sin trabas ni estructuras sociales que
no permiten una igualdad social entre las personas. Un espacio donde lo privado se este por sobre lo
publico, ya que actualmente el derecho a la propiedad privada limita cualquier tipo de manifestación a pesar
de lo justa que este pueda ser.

Fernando Campos Godoy


Alumno Historia
Universidad Arcis
Integrante Conjunto de
Proyección Folklórica
PALOMAR.
Lo Prado, Santiago, Chile
2007