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Salud mental

Iván Sandoval Carrión


ivsanc@yahoo.com

“¿Crees tú que desde el Estado se puede lograr una política efectiva sobre la salud
mental de la población?”, me espetó hace pocos días un colega joven y comprometido
con el tema. Supongo que la pregunta surgió ante cierta posición crítica de mi parte.
¡Por supuesto que lo creo! Pienso que solamente desde el Estado se puede lograr un
compromiso de la población en todo lo relacionado con la llamada salud mental, y el
emprendimiento de las acciones necesarias para ocuparse de los problemas clínicos,
familiares, sociales y económicos, derivados de los llamados trastornos mentales. Creo
que las pequeñas acciones privadas jamás lograrían un resultado semejante, por las
particularidades propias que limitan su alcance, incluyendo conflictos de intereses en
algunos casos.

Acuñada desde el siglo XIX en el seno de la práctica psiquiátrica, la salud mental no es


un concepto científico sino más bien una noción común, coloreada por las
determinaciones sociales y culturales de cada época y lugar, y con permanente
aspiración a convertirse en una categoría clínica bien establecida. Alude al ideal del
equilibro en las relaciones sociales entre el sujeto y su entorno, que aseguran su
bienestar y le permiten ser productivo. La noción de salud mental se contrapone a la de
trastorno mental, la que a su vez se yuxtapone –en algunos casos– a aquella del
“malestar en la cultura”, propuesta por Sigmund Freud, para designar los conflictos
cotidianos que vivimos como consecuencia de nuestra inscripción en la comunidad de
los seres hablantes.

Como sea, la salud mental es el argumento que ha conducido a diferentes países, desde
el siglo XIX, a establecer políticas nacionales efectivas, para ocuparse de todas las
formas del malestar psíquico, desde las psicosis hasta todas las expresiones diarias de la
violencia social. Porque la salud mental no se limita a las relaciones entre los psiquiatras
y sus locos: jamás se nos ha ocurrido preguntarnos en qué medida los trastornos de
personalidad de algunos conductores intervienen en los accidentes de tránsito, por
ejemplo. El Ecuador jamás ha tenido un plan semejante, a diferencia de la mayor parte
de países del mundo occidental. No solamente ha faltado por parte de los sucesivos
gobiernos ecuatorianos, sino también del lado de los psiquiatras, de los psicólogos, y de
la sociedad entera.

Probablemente a causa de los prejuicios aún arraigados respecto a la “locura”, y porque


los pacientes mentales no son muy “mediáticos” para los gobiernos de turno, el Estado
ecuatoriano jamás le ha dado mucha bola a la salud mental. Esta desatención contradice
las previsiones de la Organización Mundial de la Salud, que anticipa un incremento
constante de la incidencia de los trastornos psicológicos en el siglo XXI. Una
preocupación efectiva debería trascender la contratación apresurada de 100 psiquiatras y
psicólogos ecuatorianos (o cubanos) para “cubrir plazas”. Una política responsable
obliga a establecer alianzas con las universidades, con los profesionales que laboran en
el sector privado y con todos los medios de comunicación, para modificar los prejuicios
persistentes a todo nivel, para formar clínicos que respondan a nuestra realidad y para
que todos los ciudadanos nos sintamos concernidos por los problemas de la salud
mental