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HACE

>3.44
337HM MAL TIEMPO
AFUERA

salvador garmendia
FUNDARTE
Si bien e! universo narrativo de
Salvador Garmendia se caracterizó
en sus inicios por la indagación
sistemática e incisiva de ese nue­
vo escenario del sentido que vino
a ser la ciudad en el discurso lite­
rario de los años 60, la persisten­
cia de determinados personajes o
situaciones y una voluntad formal
que ha buscado reiteradamente su
unidad de tono, han producido la
desaparición gradual de marcos
de referencia aparentemente realis­
tas y la irrupción paulatina de
otros códigos de lectura donde lo
descrito se erige como una metá­
fora fielmente deformante de nues­
tro mundo. Hace mal tiempo
afuera reúne un conjunto de rela­
tos breves donde el recuento con­
ciso de situaciones va de la mano
con una factura expresiva que ha
hecho de la síntesis y la exactitud
dos de las características más ad­
mirables de este gran narrador.
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§■ *

COLECCION DELTA
Hace mal tiempo afuera
Salvador Garmendia
Colección “Delta” , N? 18
Diseño: Toña Vegas
Impresión: Anauco Ediciones
Depósito Legal: ISBN 980-253-016-6
Fundarte, 1986

FUNDARTE
Coordinación de Publicaciones
Edif. Tajamar (Pent-House)
Parque Central, Av. Lecuna
Caracas, Venezuela

Apartado Postal 17.559


Caracas 1015-A
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SALVADOR QARMENDIA

HACE MAL TIEMPO


AFUERA

FUNDARTE
Para mi hermano Hermann Garmendia, en nombre del
piano de la sala, la ventana de reja, el mecedor, el
gran espejo carcomido y las manchas de tinta en la
mesa de mármol; el tinajón del patio, la mata de
jazmín del cabo, el crujido de la cáscara del tamarindo
dulce; el olivo, el cristal de la sábila; la pestilencia de
la cola rancia en el cuarto de encuademación, el jugo
de la verdolaga, la baba del caujaro, el sabor del clavel
de muerto; un volumen en cuarto de La Isla Misteriosa
de Julio Verne con todas sus páginas remendadas, el
vientre de Mateo Mole y las lágrimas de Guido de
Fongalan derramadas en vano; la piedra del fogón de
leña, la piedra de los aliños, la piedra de moler maíz;
el crujido de la cuerda del reloj de péndulo, las dos
alacenas del comedor, los dobles de las seis de la tarde.
Para Hermann, en fin, donde comenzó todo.

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H ORARIO DE SALIDA

Para Adriano González León y Verónica

Son las seis p. m.


El empleado retira su sombrero del lugar de costumbre.
Al colocarlo encima de sus cuarenta años, le ha dado som­
bra a un variado universo.
Aparece un escenario de gran profundidad que cubre todo
el espacio visible. La función del día ha terminado en este mismo
momento, y vemos que una comparsa heterogénea se dispersa
con gran regocijo en todas direcciones, como si cada uno de
sus componentes gozara anticipadamente de la estridencia y el
revuelo que se va a repetir para él, con seguridad, en mil futuras
representaciones a cual más ruidosa.
Pero el empleado ha dado la espalda a todo este bullicio
y se encamina a un extremo vacío del decorado, donde encuentra
una puerta entreabierta que cruza de inmediato para pasar al
otro lado de la escena. Se adelanta por allí, sin pensarlo, y ya
descubriendo a su paso fragmentos del pasado, auténticos trozos
vivientes que se deslizan por pasadizos no siempre firmes ni
derechos. Un poco adelante de él, se escuchan los pasos del
estro que suenan en un cuarto contiguo.
Durante los primeros minutos, un hilo del instinto que
ha sido tendido expresamente para él le permite moverse por
estos lugares con soltura; hasta que un brusco descenso de tono
agrieta el aire y pone el desconcierto en su ánimo. La luz desapa­
rece por completo y el sujeto se ve obligado a detener su marcha.
El miedo ha paralizado sus piernas y cierra un nudo corre­
dizo en el paso del aire.
El filo de la nada consciente está bajo sus pies.

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E L FRUTO PREMATURO

Para Francisco Pérez Perdomo

E l sueño de Madame Birotteau, la vez que se apareció


ante sí misma en la puerta de su tienda una noche de invierno,
es la misma visión que llegó a perturbar el descanso de Adán,
mientras anduvo solo por unos jardines recién coloreados que
iban dejando manchas en su piel.
E l gran niño desnudo reposaba a la sombra de un árbol,
cuando unos chirridos singulares que se aproximaban uno des­
pués de otro, acompasadamente, terminaron por arrancarle de
una agradable somnolencia.
Incorporándose sobre los codos, observó que una aparición
sorprendente se adelantaba por el camino: una figura erecta
como no había visto ninguna otra entre los animales, capaz
de andar sobre dos pies y mantener en su cuerpo una perfecta
línea vertical. Pero además el porte de esa bestia se igualaba
exactamente al suyo, y su cara se fue convirtiendo en una réplica
detallada de aquella que muchas veces había contemplado en
el fondo del agua; así que no podía haber ninguna duda de que
tenía que habérselas con una repetición de su propia persona,
puesta en movimiento en algún lugar del jardín.
¿Significaba esto que de aquí en adelante su propia cifra
iba a dejar de ser única e induplicable, como lo había venido
siendo hasta el presente, para pasar a formar parte de esa otra
especie múltiple y multiplicadora que comprendía a todas las
demás criaturas del jardín?.
Semejante sospecha inaceptable le introdujo un objeto
punzante y de sabor extraño en su interior.

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Ahora se daba cuenta de manera consciente que el centro
de las cosas había estado localizado siempre en su persona, y que
allí permanecía clavado sin abandonarlo un sólo instante, aunque
él tuviera necesidad de cambiar de lugar muchas veces; y real­
mente no se atrevía a pensar en lo que podía llegar a suceder
si ese punto dejaba de pronto de ser único.
¿Era eso acaso lo que estaba pasando?.
En el primer instante creyó que la figura carecía de piel;
pero se dio cuenta en seguida de que ésta asomaba, sólo en
pequeños trozos, por los claros de lo que parecía un revesti­
miento complicado que lo envolvía de pies a cabeza. El hecho
es que no podía quitarle los ojos de encima, mientras un hor­
migueo iba atravesando sus ideas rápidamente; una mezcla des­
conocida de curiosidad, hechizo y secreto pudor; aunque estas
denominaciones él no hubiese sabido aplicarlas al caso; al com­
probar que esa corteza abrillantada que se pegaba al cuerpo
de su doble, capa sobre capa, no podía haber sido desprendida
de nada conocido. Tenía la apariencia de una mezcla como la
del barro blando que él gustaba de untarse en la piel; pero esa
otra desconocida sustancia parecía formar una capa mucho más
libre y delicada que cualquier cosa que pudiera venirle a la
mente.
En todo caso, era una especie de envoltorio, una cáscara
suave y obediente capaz de amoldarse con tanta familiaridad
al cuerpo que la conducía, que hasta parecía agilizar sus movi­
mientos imprimiéndoles flexibilidad y gracia.
La criatura que iba a pasar por delante de él ostentaba
una manera de manifestarse entre risueña y desdeñosa, y era
evidente que estaba consciente de ello y que le complacía poner­
lo de manifiesto; y no únicamente para sí mismo; tal como a él
mismo le había ocurrido alguna vez, cuando por seguir un im­
pulso momentáneo efectuaba una prueba de fuerza, y sus
músculos vencían la resistencia de una rama, por ejemplo, y en
ese momento le parecía que el jardín entero contenía la respira­
ción y dirigía millaradas de ojos hacia él, admirándolo. Pero
también, y a medida que la contemplaba al aproximarse, esa
figura despedía de sí una especie de reflejo amigable, que iba
penetrando en su intimidad y se distribuía confiadamente por
allí como si tomara posesión de un lugar que le perteneciera;

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aunque esa familiaridad no dejaba de albergar también algún
aviso de peligro; tal vez la amenaza de alguna ligera ponzoña,
como algunas que ya le había tocado sufrir y que le enseñaron
a desplazarse con cautela entre animales y plantas.
Cuando el sujeto pasó finalmente delante de él y siguió
adelante por el sendero sin haberle dirigido la mirada, fue de­
jando tras sí unos aromas vaporosos que se apoderaron por com­
pleto del aire y permanecieron suspendidos en él, como si una
parte no visible de su persona se hubiese transmitido al contorno.
Al inhalar esos vapores, Adán pudo advertir que ellos eran
mucho más intensos al olfato que cualquiera de las emanaciones
que despedía el jardín a su paso. En ellos parecían fusionarse
una diversidad de componentes astutamente amalgamados, que
pasaban directamente a la cabeza y allí formaban un suave eriza-
miento.
Apenas el hombre escrupulosamente vestido y perfumado
desapareció en el camino, Adán se vio asaltado por un deseo
que de inmediato se dividió en dos facciones hostiles.
Por un lado, un impulso que venía de afuera luchaba por
alzarlo del suelo y empujarlo detrás del caminante. Por el otro,
una voluntad reducida pero autoritaria parecía impedirle todo
movimiento.
Como resultado de esa lucha que no conoció ganador,
el desfallecimiento y la aflicción le hicieron abatir la cabeza
durante largo rato.
Algunas aberturas y pasadizos, de cuya existencia no
había tenido conocimiento hasta ese momento, se habían abierto
en su cabeza y por ellos iban entrando unas ideas oscuras, insis­
tentes que nosotros, ahora, podríamos llamar mortales.
Finalmente, la criatura del Paraíso abrió los ojos.
Miró a su alrededor; pero aunque sólo encontró la poli­
cromía de costumbre, comprendió que en realidad el mundo
ya no era el de antes. ¿O acaso él había cambiado de alguna
manera?. ¿Cuánto y por qué?. Recordó algunas imágenes con­
fusas, muchas de ellas incomprensibles que solían deslizarse
mientras dormía, ocupando un lugar que se encontraba dentro
y fuera de él al mismo tiempo, y trató de convencerse de que
la figura del extraño, aun siendo más completa y menos pere­
cedera que las otras, había sido también como aquellas una es­

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tampa ilusoria. (Asimismo, la Vontance de Balzac al volver
de su sueño “ vio el gorro de dormir de su marido que conser­
vaba intacta la forma cónica de su cabeza” , y esto la redujo
una vez más a su amarillenta rutina). Y Adán siguió pensando
en esa imagen artificial calcada de su propia persona, y la recordó
llena de seducción pero a su vez risible y desquiciada, como si
hubiera caído de otro reino; y esta última idea lo sedujo aun
más infundiéndole un sabor diferente a todo cuanto conocía:
era la primera vez que su imaginación lo llevaba a concebir la
vida en algún otro lugar fuera de su recinto.
Después de todo, concluyó, tratando de disipar esos pensa­
mientos confusos, lo visto no podía haber sido más que una
humorada pasajera que había salido de su propio cuerpo.
Aun pensaba en estas cosas, sin poder evitar el roce en su
interior de una cierta nostalgia y algo también de malicia secreta;
y estos eran los primeros movimientos de su interior que deseó
nerviosamente ocultar, como si de veras se sintiera observado.
Se tendió nuevamente en tierra, y entonces llamó su aten­
ción un fruto solitario, una bola de piel roja encendida que
pendía de la rama de un árbol a cuya sombra se había cobijado.
Había visto esa fruta en otras ocasiones, pero nunca se
había adelantado a tomarla.
Esta vez, sin embargo, sintió que ese bulbo sanguíneo que
brillaba por encima de su cuerpo se estaba dirigiendo especial­
mente a él, con un ojo lleno de sarcasmo y poder.

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E L RELAMPAGO DE LAS PRADERAS

Para Rodolfo Izaguirre y Belén

Tim Me Coy cabalga por la cabeza de un muchacho de


canillas flacas, que está mirando la sabana desde la piedra donde
está sentado, bajo un arbolito amarillo que ya lloró todas sus
hojas. E l muchacho sostiene la mirada fija en los desfiladeros,
donde los cascos del caballo de Tim. resbalan levantando polvo;
mientras las colinas peladas van apareciendo a lo lejos semejando
montones de oro que van saliendo uno del otro; porque no
parece existir una línea divisoria entre el paisaje inmóvil y el
muchacho que lo contempla sentado en una piedra, sino que ese
paisaje comienza en medio de él y desde allí se extiende en
todas direcciones, conduciendo partículas suyas hasta el hori­
zonte.
En ese momento, el muchacho cree con todas sus fuerzas
que el sudor del caballo en que galopa Tim por la sabana, las
crines y la cabeza del caballo sacudidas por el fuerte viento que
él mismo parece desatar en la carrera, junto con la excitación
del galope y el alma misma de Tim, plateada y llena de dormido
poder como un proyectil reluciente, forman parte de un recuer­
do suyo, más verdadero que todo cuanto en ese momento puede
existir dentro o fuera de él.
Pero entonces Me Coy escapa por sus propios medios de
la cabeza del muchacho y emprende un trote desafiante por la
sabana. E l muchacho lo ha sentido salir, dejándole en el lado
vacío una sensación de abatimiento, mientras la figura del jinete
ya comienza a borrarse en el paisaje y los ojos fijos del mucha­
cho se humedecen y parece que se quedan en carne viva, como si

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el sol les hubiese arrancado el hollejo al pellizcarles dentro con
sus uñas. Como si pretendiera reanudar el juego, Me Coy apare­
ce de nuevo esta vez delante de su amigo. Su caballo se levanta
de manos y parece que va a escalar el aire con el movimiento
de sus cascos, a tiempo que sacude la cabeza de arriba abajo
repitiendo un ademán testarudo; pero el muchacho ha dejado
de creer en Tim, no sabe bien por qué ni cuando exactamente.
Acaso un gran pedazo de tiempo ha sido rodado de su sitio.
El sólo levanta la mirada y olvida mirando a las nubes.

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PROPIEDAD HORIZONTAL

Para Alfonso Montilla y Lourdes

Apenas me asomé al pasillo de nuestro condominio, esta


mañana, cuando mi vecino de en frente abrió su puerta y se
presentó ante mis ojos lustrado por un vistoso traje a cuadros.
Un sombrerito de fieltro negro que coronaba su cabeza,
se elevó inmediatamente en el aire en un ademán de saludo.
Parecía una marca de fábrica.
Inmediatamente, el día colgó un letrero: “ Peligro, pise
con cuidado” .

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SOBRE LA TIERRA CALCINADA

Para Vicente Gerbasi y Consuelo

Al final de la tierra de Persia se hallaba la ciudad de


Damogán, en cuyos alrededores Tamerlán hizo construir tres
torres, “ tan altas como un hombre podía echar una piedra hacia
arriba” .
El hecho hubiese carecido de toda relevancia, y hasta po­
dría haber desaparecido en el casi infinito catálogo de prodigios
de distinta naturaleza, en especial palacios y hecatombes, con
que el Señor, en su corto reinado, enriqueció las crónicas de los
siglos siguientes; y sin embargo, la manera como esas torres
fueron edificadas, ha hecho perdurar su memoria hasta el pre­
sente. El emperador, a modo de escarmiento ejemplar, hizo
unir con barro hasta formar paredes, las cabezas cortadas a cu­
chillo de varios centenares de tártaros blancos, que desobede­
ciendo su mandato, se había negado a abandonar la vida nómada
de sus tribus, para venir a amarillear bajo techo en una región
calcinada, cuyos bochornos hacían morir de asfixia a los mismos
halcones.
Por las tardes, cuando el ardor del sol declinaba un tanto,
la gente de la ciudad acudía al lugar y permanecía en observa­
ción, ratos largos, delante de esas rudas fortificaciones, pres­
tando oídos al viento del desierto que venía a golpear en la
superficie labrada; y esas ráfagas arrancaban confusos murmu­
llos en el oscuro repujado de las paredes, que no había salido de
mano de hombre.
Ahora bien, el tiempo no había pasado en vano para esa
edificación corruptible que tanta sangre había dado de beber
al desierto.

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En muchos lugares del friso, los últimos restos de piel
habían caído mostrando la aridez del hueso. Picos de pájaros
habían retirado de las oquedades hasta el último trozo comes­
tible. E l polvo había cavado cráteres en la cecina; y sin em­
bargo, todavía era posible descubrir por allí algún remedo de
inocencia en una cabeza de niño. E l tajo de una boca era una
máscara de teatro que repetía la mueca del condenado, cuando
su último grito fue interrumpido por el filo del cuchillo; mien­
tras unas caras de mujeres que se habían secado sin consumirse,
conservaron los surcos cavados por las lágrimas que habían
derramado durante la espera del sacrificio.
Cada vez que escaseaba el material, los propios alarifes,
convertidos en cansadas estatuas de sangre seca, volvían a los
corrales en sus carretas de bueyes, portando sus alfanjes afila­
dos, sin cuidarse de alejar las bandadas de auras que venían
a posarse sobre los pringosos vehículos. Estos regresarían poco
después cargados con sus frutos monstruosos, mientras las aves
se encargaban de modificar con sus picos el tallado de las
facciones.
Los ojos de los observadores seguían recorriendo, día por
día, las líneas de esta escritura jeroglífica, que al fin y al cabo
ya nada les decía.
Las torres estaban allí, levantadas en la boca misma del
desierto, como la puerta de un templo muerto por la fatiga
de los sacrificios, invitándolos a agachar la cabeza una vez más
y entrar por ella.

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N OSTALG IA D E LA FIERA

Para Elisa Lemer

En una de esas mañanas sin piel de octavo día de nave­


gación, a eso de las doce y media, poco antes de que los altavoces
anunciaran el turno para la seconda colazione, una joven pasa­
jera de primera clase fue encontrada sin conocimiento tirada
en un pasillo de la cubierta principal.
Había quedado muy cerca de su camarote, cuya puerta al
parecer ella había dejado entreabierta, como si se hubiera visto
obligada a escapar por allí en carrera.
Después de haber recibido los cuidados necesarios en la
enfermería, y una vez repuesta por completo de su indisposición,
la joven pidió ser conducida a presencia del Capitán, de quien
solicitó ser oída en lo posible sin testigos.
— He visto a un tigre en mi camarote, Capitán— declaró.
— ¿Decía?.
— ¿Necesito repetírselo?. No empiece usted a imaginar
que estoy loca, por favor. Le acabo de decir que había un tigre
en mi camarote hace unos momentos.
— Expliqúese mejor, se lo ruego.
Mire. No hace más de media hora que me dirigía a mi
camarote a fin de cambiarme de ropa para el almuerzo, cuando
al abrir la puerta lo vi.
Quiero decir que había allí un tigre, tan vivo y saludable
como usted o como yo, parado junto a mi litera, de espaldas
a la puerta.
— De espaldas. . .

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De cola. No sé cómo decirlo, en realidad. — La joven se
ruborizó levemente.— Pero apenas me escuchó, volvió la
cabeza.
— Debe haberla olido, más bien.
— No lo s é . . . Sé solamente que volvió la cabeza y se
quedó mirándome. . .
— Entonces. . .
— En el momento no pude ni siquiera gritar. Además,
no sé decirle si estaba propiamente asustada; no lo recuerdo.
Aunque debo suponer que lo estaba, y de qué manera. Sé que
dos camareros me encontraron sin conocimiento en el pasillo,
cerca de la puerta de mi camarote que estaba entreabierta.
Así me lo dijeron al despertar, y que ya habían mirado y no
descubrieron nada anormal allí dentro. Esto quiere decir que
la fiera tuvo que haber escapado quién sabe adonde. Ahora
mismo p o d ría .. .
— ¿Era un tigre viejo o joven? — interrumpió el Capitán
y se pasó una pequeña garra blanca por el cabello.

El observó, con mirada sonriente, los tres puntos suspen­


sivos que brillaron perplejos por encima de la cabeza rubia de
la joven, y continuó diciendo:
— Usted se estará preguntando cómo saber eso: si su tigre
era joven o viejo. Pues es cuestión de práctica, se lo aseguro.
Pero puedo adelantarle sin ningún género de duda, que una
mirada anciana no le hubiera ocasionado ese desmayo.
La joven permaneció callada unos momentos, durante los
cuales estuvo prestando atención a las dos manos blancas y fibro­
sas del Capitán que descansaban encorvadas sobre el escritorio,
con los dedos un poco separados y las uñas rozando la madera.
Creyó sentir el vapor de un aliento tibio y fuerte que se
repetía delante de ella; pero la ilusión desapareció al instante.
Entonces continuó, recuperando su aplomo anterior.
— Capitán. No soy una histérica, ya lo ve usted; y le
aseguro que no tengo el menor interés en provocar alarma entre
los pasajeros; sobre todo teniendo en cuenta que en su mayoría
son personas de edad avanzada.
— Comprendo sus razones. Por eso ha venido usted a mí
directamente.

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¿Cómo explica la presencia de ese animal suelto en el
barco?.
— Imagino que en la segunda clase, o tal vez más abajo,
viajan los integrantes de un circo o algo semejante, con toda
su carga, y que la fiera pudo haber escapado de las bodegas.
— Una deducción perfectamente razonable, Mademoise-
lle. . . Y aquí las dos manos del Capitán se alzaron y se sepa­
raron con las palmas abiertas y ahuecadas como si recibiera
en ellas un fruto redondo. . . Dígame: cuando lo sorprendió,
¿no estaría su tigre husmeando por casualidad debajo de su
litera?. ¿No dejaría usted sus medias o alguna otra prenda
en el piso?. Siendo él muy joven como creemos podría sufrir
alguna inclinación fetichista, por lo demás muy explicable.
¿Quién no la tiene?.
Ella rió divertida. Cruzó ambas piernas con descaro. Mostró
las rodillas. Durante los minutos que siguieron bebieron cham­
paña y estuvieron charlando jovialmente de diversos asuntos;
pero antes de despedirse el Capitán volvió al comienzo.
— Deje que todo siga como va — le aconsejó con aplomo
profesional— . Si no me equivoco esto apenas ha comenzado
y acaso tengamos pronto buenas nuevas.
Esa noche, después de las doce, ella volvió a su camarote
con algo más de dos martinis velando en su regazo, junto al
tallado de las rodillas de un joven oficial, que estuvieron trope­
zando con las suyas debajo de la mesa en la sala de fiestas
durante por lo menos un par de horas, mientras tuvo lugar una
de esas kermesses decrépitas que se celebran en los salones de
los barcos de pasajeros; casi un grotesco simulacro de juicio
final.
Bajo sus pies y alrededor de ella seguía brotando el rumor
de la sala mientras ella avanzaba por el pasillo. El barco era
un objeto terso y volador que podía resumirse en el corte de
un uniforme blanco trazado a filos como el que se alzaba al
otro lado de su mesa; una piel colorada y dos bien organizadas
rodillas que se alejaban y volvían y penetraban en medio de las
suyas, envueltas en una marea suave y cálida.
Apenas ella entró en su camarote y encendió la luz, notó
la ausencia del tigre; una ausencia demasiado visible para que
pudiera pasar desapercibida.

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Se desnudó y se cubrió con un pijama delicado.
Entonces creyó haberse dormido. Soñó que dormía, en
realidad, creyéndose tendida de espaldas en la superficie del
agua como en una gran piedra blanca y fosforescente; y prin­
cipió a sentir encima de ella el gran peso de un animal de
cuatro patas que se vertía en su cuerpo e iba penetrando por
mil lugares en la carne, mezclándose con ella; envolvente y auto­
ritario.
¿Era realmente el tigre?.
Pensaba en esto al día siguiente mientras se paseaba por
cubierta frente a las reposadoras vacías; pues al parecer ningún
pasajero había abandonado todavía su camarote.
El día se aproximaba neblinoso y friolento.
El aire opaco había disuelto los colores y se rasgaba a tre­
chos, permitiendo divisar unas aguas plomizas que se agitaban
con movimientos angustiosos.
Entonces lo vio, parado al pie de la escalerilla del puente.
Era un gran cuerpo elástico, rayado por una caligrafía hermética
aunque llena de luz. Inclinaba su cabeza en un abra de músculos
sedosos y parecía que reflexionaba.
Pero no había ideas en esa cabeza, al parecer. Sólo era una
gran piedra labrada con una pequeña llama tensa vibrando en
el centro.
Se sintió desnuda en el aire friolento; mas su piel era
recorrida por un aliento doble y húmedo. Su vientre pareció
exhalar un pequeño grito.
Ella no se había movido de su lugar ni tampoco él parecía
darse cuenta de que era observado. Dio media vuelta mante­
niendo la cabeza baja y luego colocó sus zarpas delanteras encima
de la borda.
Tomó impulso en sus cuartos traseros y con un salto ingrá­
vido pasó por encima y desapareció en una masa de neblina
que venía de fuera y que luego se derramó sobre cubierta.
La joven reanudó su paseo. Ahora, todo lo ocurrido du­
rante el día y la noche pasados se fue internando dentro de ella
y tornándose oscuro y apenas comprensible.
La nostalgia abrió sus cuatro garras en silencio.

20
UN PEQUEÑO ESTRABISMO

Para Juan Sánchez Peláez y Malena

No todos los domingos son iguales; así como tampoco la


cara de mi hermano, con el que he vivido casi toda mi vida,
vuelve a ser exactamente la misma que he tenido delante hace
un instante ante de pestañear. Existe, sí, una melodía repetitiva
que se comporta siempre de la misma manera y que me per­
mite decir todo domingo es plano, por ejemplo; o bien, la cara
de mi hermano es un párrafo poco extenso con dos o tres
errores visibles. Pero si presto la debida atención, puedo reco­
nocer en esa cara que está allí delante, mostrándose ahora en
una visión enteramente real y detallista; tanto como puede ser
una imitación labrada escrupulosamente; un sinnúmero de pe­
queñas diferencias que al mismo tiempo están y no están en el
lugar donde hace un instante las descubrimos; porque esa pieza
de familia, esa cara que por momentos se asemeja a mi propia
vida aunque sea de manera torpe, falsamente contada, entra
y sale continuamente de la línea de foco; y en esa pulsación
imperceptible que sólo existe para mí, una raya se implanta
encima de la piel, un borde de la nariz se transparenta, un aña­
dido inesperado sobresale de un pómulo como si otra cara más
pequeña me sacara la lengua desde allí; y de pronto cierta pro­
fundidad que se acrecienta en los relieves, la aparición de un
rictus que se llena de propiedades puede cambiar todo el sen­
tido que hasta entonces había atribuido a esa vida. Todo eso
puede ocurrir en un segundo; pero será sólo una vez, eso sí.
Lo que viene después, la segunda mirada, con frecuencia me

21
provoca risa: la cara ha vuelto a ser más o menos la misma de
siempre, es verdad; pero está cubierta por un baño de comicidad
involuntaria
Pues bien, me he dado cuenta de que este domingo ha co­
menzado a marchar anticipadamente con respecto a mí esta
mañana. Ahora mismo vamos andando un poco a contratiempo.
Nos ajustamos completamente. Los bordes de mis pensamientos
más simples no coinciden en ningún momento con los contornos
exteriores, y ésto me hace sentir estrábico y desacompasado.
Por eso, el vaso que levanto en la mesa de un bar sólo
me ha acompañado a medias. Un escalón viene a mi encuentro
un segundo antes de que lleve mi pie hacia él.
Entre las realidades exteriores y mis propias acciones existe
una distancia irrellenable que me impide saber cuál de nosotros
(ellas o yo) tiene el mayor parecido posible con la verdad.
Un domingo así concluye por fuerza en el fracaso; tanto que
en este momento pienso en mí mismo con tristeza y empiezo
a comprender que de una manera tal vez irreparable he servido
de muy poco en una vida como esta que pasa, cuyo tiempo
pasado es mi presente.

22
UNA GOTA D E LA MULTITUD

Para Luis García Morales y María Teresa

Una de las más perdonables perturbaciones callejeras, es


aquella que nos sitúa de pronto entre los senos de una hermosa
mujer que pasa por la acera, frente a las mesas de un café.
El lugar, aquí arriba, se asemeja a un jardín de formas
esculpidas con algunos parajes de sombra. Aquí prospera un
clima tibio y esponjoso que convida a la somnolencia y el des­
cuido.
Un entramado de olores donde se cruzan hilos diferentes,
todos ellos de procedencia conocida y todos ellos indescifrables,
nos convida a cerrar los ojos.
(Puedo reconocer la gasa de un perfume de tocador que
se levanta envolviendo esa otra melodía ascendente, cuyo punto
de partida está debajo del regazo de la hermosa y que principia
a hacer su nido en mi cabeza). Pero en ese mismo momento el
dibujo voluminoso de un número (el de nuestro puesto en la fila,
seguramente) se eleva de repente cubriéndolo todo; pero sin que
llegue a apreciar su valor, pues la mole se distancia rápidamente,
se empequeñece y al fin parece que se integra en una mancha
pálida que se extiende en el horizonte.
Detrás de la línea quebrada que forma el contorno de los
edificios, el atardecer es ya una grieta de oro pálido que se
desvanece.
La figura de la mujer se ha disipado entre la gente.

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CO NFESIONES DE UN PARALITICO

Para Federico Cortez y Ana Cristina

Me encontraba, esa tarde, sentado en un banco del pequeño


parque municipal vecino a mi casa, cuando me sorprendió verme
a mí mismo parado al otro lado de una fuente apagada, que
sobresalía (imagino que la pobre no sabía hacer otra cosa)
a poca distancia de mis zapatos.
Podía mirarme allí, de perfil, en una edad como de treinta
y cinco años. La figura un poco desgarbada como siguió siéndolo
entonces. . . ¡Y allí estaba mi antiguo mechón en la frente, con
su espiral rebelde en el extremo y su ademán acostumbrado,
entre melancólico y sonriente! Esta señal, por cierto, hace ya
tiempo que fue expulsada de su lugar. Una mano que tenía
metida en el bolsillo del pantalón, parecía soldada allí dentro.
Era como una pequeña parte blanda e inacabada de mi cuerpo,
que todavía era necesario cuidar de la intemperie.
Mirándome bien a la cara, hasta creí reconocer en ella,
parece mentira, supervivencias de mis lejanos diecisiete años;
muestras de aquella edad rondaban en esa cara de persona ma­
dura (y al mismo tiempo me había puesto a soñar que era un
paralítico y el banco era mi silla de ruedas); pero esas señales
que luchaban aún, débilmente, por seguir conservando supuesto,
no eran enteramente verdaderas: estaban allí como una manera
de decir, en lenguaje facial intraducibie: no soy ése que véis
lo aseguro; hay otro aquí, y éste es, por lo menos, dos veces
mejor de lo que todos creen.
La fuente que se nos interpone, empieza a parecerme un
gran peinado de mujer en ruinas.

24
De pronto, siento el deseo de acercarme a ese hombre,
y tal vez halarlo por el hilván de su saco blanco mal almidonado;
porque me agradaría contemplar su cara más de cerca y de frente
y preguntarle, qué te pasa, adonde has estado, qué sucede con­
tigo . . . Pero en el mismo momento, comprendo que no hay
nada detrás de esa fuente (hojas secas crujen bajo las ruedas
de mi silla de inválido, sonando como el astillamiento de pe­
queños huesos). No. Nadie ha estado parado en ese lugar; así
que me levanto del banco, irritado contra mí mismo, y comienzo
a andar nerviosamente hacia la calle.
Creo que lo que todavía queda de esta tarde azulosa, se
está derramando allá atrás por una rotura.

25
ERA VERDADERAMENTE UN MUCHACHO

A Rafael Cadenas y Milena

Soñé muchas veces que doblaba una esquina (aunque no


siempre fue la misma esquina) y entraba en una calle sin salida
como no había visto otra en mi vida.
El mundo de afuera de mi casa era un viejo damero expuesto
al sol durante todo el año; y allí no hubo una sola calle que a
poco de andar no se desvaneciera en pleno campo. En esas
casillas uniformes éramos piezas de un juego suspendido.
Recorrí muchas veces esa otra calle de mis pensamientos
en toda su extensión; unos cien metros; aunque no era un lugar
muy animado. Hileras de fachadas me hacían pensar en una
sola cara sin ojos, estrecha y pálida, y unos labios que nunca
se distendieron ni se abrieron en mi presencia.
A mi paso sólo llegué a escuchar un murmullo uniforme
y continuo; una especie de disertación lenta que salía de esas
fachadas regulares y unas puertas con aspecto de desconocidos
que debían tener poco interés en mi persona.
Pero todo enmudecía poco después cuando por fuerza tenía
que detenerme delante de una pared de ladrillos que cerraba
la calle.
¿Qué podía haber al otro lado?.
Si miraba a lo alto, veía descender un cielo de hierro des­
gastado. Si miraba a los lados me asaltaba un confuso temor;
como si de repente olvidara algo, cuya presencia seguía sonando
en mi interior. Por fin daba la espalda y emprendía el regreso.
Pero, apenas había dado la vuelta, me encontraba otra vez en
alguna de las calles largas y derechas de Barquisimeto por donde
siempre había caminado.

26
Poco después, el empedrado de esa calle venía a morir bajo
mis pies, mientras el polvo amarillo de la sabana crecía por todos
lados.
El paisaje que tenía delante se parecía a una música de
vientos, que otra vez sonaba en mis oídos con una ocre y crispada
afinación. Ahora que lo pienso, (seguirá en su lugar, si es que
lo tuvo, esa calla enigmática, ciega y entumecida como fue; con
su pared de ladrillos oscuros al final, preguntándome, ¿qué
haces aquí, muchacho, qué te pasa?.

27
CHAGUARAMOS
ROMOLO Y REMO
ler. piso.

Para Alfredo Gerbes y Lolita

Un cuarto todo lleno de música; un sexteto de Brahms


(el número uno en sí, con sus animales ligeros y potentes que
se entrecruzan y cambian sus identidades, encerrados en un
círculo de incandescencia de donde no podrán salir); un cuarto
muy lleno de esa música (que durante el segundo movimiento
se sangra con grandes cuchilladas y el líquido vertido corre for­
mando olas espesas); un cuarto bien lleno de esa música puesta
con todo el volumen del tocadiscos, es lo mismo que la vuelta
al mundo submarino; al pez que somos. Mundo calcificado y mo­
vedizo, hermafrodita, antiguo y prematuro, poblado de movi­
mientos solitarios o de legiones de partículas agrupadas que se
desplazan juntas como la animación de un tapiz. Un cuarto así
es un útero cuando se llena de esa música hasta arriba, y uno
se deja tapar por ella y aprende a respirar adentro.

28
“ UN N IÑ O R EG IO , H E R M O SO ..

Para Ramón Palomares

No hubo fórmula alquímica que tuviera el poder de trans­


formar todas las cosas en oro; porque no se puede vivir dos
veces, y el oro ya estaba en la masa y en la desigualdad de cada
cosa; era el propio dictado de la naturaleza, encerrado como el
compendio de una filosofía de la existencia en las vetas y los
círculos de lo perecedero. Por eso, el hombre que se lleva un
trozo de madera a la boca prueba la infidelidad del metal. Aquel
que duerme sobre el barro sueña con la llama dorada; y quien
aspira el vaho de la piedra volcánica o inclina la frente en el
azufre está tocando la mujer desnuda.
Basta que el deseo se concrete como la mezcla en el mortero,
o el capricho vuele sobre los astros estirando la chispa más
delgada, para que aquel metal pesado regrese desde el fondo
de millones de transmutaciones, hiera vertiginosamente a través
del número infinito de las formas y de los estados de la natura­
leza, para volver al fin a nuestras manos, pero siempre sin dejar
de escapar: escapando; porque su verdadera persona es el vacío
que deja al suprimirse; abstracto ya, trocado en desaliento.

29
NAVEGACIONES

A Miyó Vestrini

Subido al árbol más alto del patio miraba extenderse los


tejados, y pronto me veía suspendido sobre la superficie de un
mar de color negro, raído, erizado de crestas inmóviles que de
seguro habían dejado de agitarse unos momentos antes. Por
ahora, únicamente el vuelo de algunas palomas caseras, y más
arriba el paso de las nubes, alteraban ese paisaje endurecido.
Cuando bajaba de nuevo a la casa, sentía que caminaba
bajo el peso de muchas atmósferas; una carga que silenciaba los
objetos y adormecía mi piel.
La oscuridad debía presentarse mucho más tarde; pero ya
caminaba al lado mío desde hacía rato, y hablaba de sí misma.
Por fin llegaba la tarde y hacía su primera aparición el
Nautilus, ese largo navio con figura de pez espada que cruzaba
delante de las puertas sin tocar el suelo, llevando todas sus ven­
tanas iluminadas. Unos reflejos amarillos danzaban en la gran
cresta de piedra tallada y luego se esparcían espejeando por el
costado.
Tenía que disponer de un buen rato sin ser interrumpido,
si quería verlo cruzar de un lado a otro el hueco de una puerta.
Cuando salía al corredor, el gran patio central abierto
todavía a la media luz, era un fruto fibroso lleno de cosas vivas.
Apenas me veía venir, se abría en dos pedazos francos
dejándome pasar.
La noche latía al otro lado.

30
ASUNTOS DEL TRAFICO

Para Francisco Massiani

En el tiempo en que mi hijo Alberto tenía diez años, me


relató esta historia en una hora de calor estridente, las tres
de la tarde, en medio de una avenida congestionada.
La fila de automóviles no se movía. Sólo, de vez en cuando,
un Dios único y soñoliento alargaba su dedo enorme y movía
una pieza de una casilla a la siguiente. Luego, regresaba a su
inmovilidad, y permanecía envuelto en el más invulnerable
tedio.
“ Este era un hombre (así comenzó el cuento) que vivía
en la calle y no sabía que era mago. Entonces, se encontró con
su familia por allí:
— Familia, ¿yo soy mago?.
— ¡Sí!— y desaparecieron.
Entonces, el hombre hizo “ tac” , y apareció una casa; “ tac” ,
y apareció una cocina; “ tac” , y apareció un automóvil. . . y como
era un mago, vivió haciendo magias toda la vida. ¿Qué más
podía hacer?” .

31
PAJAROS OTOÑALES

Para Eli Galindo

Los filatélicos destiñen la Plaza Mayor de Madrid, en una


de esas mañanas del mes de octubre que apenas mueven la ca­
beza al paso de una ráfaga.
Ellos circulan de un mesón a otro, evitando pisar a unos
gusanos blancos que abundan por allí; los numismáticos.
Sus miradas revolotean sin prisa sobre esas alturas donde
reposa la escama de las artes gráficas. Pican aquí y allá como
pájaros en tiempo de sequía, y más tarde se llevan a sus
casas, ocultas bajo los abrigos, dos o tres de esas pequeñas hojas
con la cara de un general muerto, un monoplano destechado
o una pose de yak de Mongolia con fondo de montañas nevadas.
El adicto las arrulla con el calor de su cuerpo, mientras
las conduce a su cuarto, y espera poder meterlas en su cama
muy pronto, aún vivas.

12
OBSERVACIONES DEL TIEMPO

Para Hugo Baptista y Ofelia

Era ya la mañana; eso creía; y antes de salir de mi cuarto


fui a la ventana y saqué todo un brazo por debajo de la persiana
esperando saber si llovía o si ardía el sol.
Claro, que con haber echado una mirada al cielo me hubiera
bastado para averiguar lo que pasaba afuera, en lugar de tener
que meter el dedo en la sopa; pero ya estaba hecho; y resulta,
que apenas metí el brazo nuevamente sentí un agudo escozor
en la palma. Pensé si no se trataba de una picadura de hormiga
o el roce de las patas de un insecto; pero, para mi completa
sorpresa, me encontré con uno de los hombrecitos del cuadro
de Magritte “ La Thérapeute” , que estaba parado sobre la línea
de la vida, en actitud de continencia cívica, como si estuviera
esperando el tranvía.
Era una entre las muchas miniaturas urbanas que no dejan
de caer verticalmente en esa pintura de 1930, como una lluvia
mecánica o como una nevada fúnebre desvaneciéndose antes de
tocar el suelo, delante de unas fachadas uniformes que tampoco
parecían deseamos el bien.
Por efectos de la proximidad, la barrita de plomo labrada
(de imitación, puesto que carecía por completo de peso) se
fue cubriendo de detalles, tanto en su indumentaria, algo folle­
tinesca para nuestro tiempo, como en la parquedad de las fac­
ciones que transmitían una idea de orden demasiado simple,
donde no cabría imaginar la menor transgresión a las reglas.
Ya listo para salir a la calle, puse la brizna encima de la
cómoda, recostada a mi brocha de afeitar, y desde la puerta
le envié una última mirada.

33
Era mi brocha un artículo viejo, casi tan medianamente
conservado como mi dedo pulgar; pero en ese momento pareció
crecer por encima de la minúscula mancha de tinta que le había
adosado, y hasta llegó a parecer, ella misma, un muñeco volu­
minoso que casi se aventuraba a sonreír.
No sé si llegué a abandonar verdaderamente el cuarto, por
que de repente ya era de noche y yo estaba tendido en mi cama
aguardando el sueño.
En el día que seguramente acababa de transcurrir, se amon­
tonaban o cruzaban velozmente por arriba muchos trozos de
otros días ya pasados, y todo eso se cerraba e iba desapareciendo
por encima de mí, hasta que quedó convertido en un punto,
un ojo ciego, como sucede con la boca de una bolsa de tela
cuando se tira poco a poco del cordón.
En medio de todo, principié a escuchar el canto de un grillo
que seguramente provenía de la ventana (el brazo que había
sacado esa mañana oscilaba de la parte de afuera, convertido en
una imitación de trapo deshilachada); y pensé que no había
vuelto a escuchar ese canto chirriante del grillo desde hacía por
lo menos media vida; a menos que ese saltador de alas rectas
que ahora quería introducirse en mi sueño o que provenía de
él, fuese en propiedad el mismo grillo que escuché la última
vez, hace mil años.
¿Quiere decir que fue realmente un insecto lo que traje
en la palma de mi mano esta mañana. . .
En ese momento, di un bote formidable en la cama y grité,
con una última porción de aliento, “ ¡pero el hombrecito de
Magritte!” ; y abrí inmediatamente los ojos, dándome cuenta de
que había confundido el esfuerzo por despertar, con un grito.
Permanecí algún tiempo sin moverme, hasta que pude
asegurarme de que de veras me hallaba despierto. A todas
éstas, mi cuarto pareció abrir también un ojo; pero lo hizo con
una lentitud dolorosa, como si el párpado tuviera que levantar
en su borde el peso de toda una noche.
En realidad, pienso, todo ésto ha ocurrido sin que me
haya movido de mi cama y sin que me haya hecho un minuto
más viejo. Así que es una suerte no haber tenido que cargar

34
con un día más. Este ha sido sólo un día imaginario, no vivido
por los demás ni pasado a la cuenta general; sin embargo, ¡lo
siento tan pegado a mí!.
Y vi como se aclaraba por completo la ventana, y em­
pecé a sentir nostalgia por ese día inexistente, que en las horas
pasadas anduvo brincando por encima de mí, sin tiempo y sin
edad, como un pequeño saltamontes.

35
3 PM

Para Gabriel Morera

Las cien patas de la vigilia, forman la circunferencia del


cuerpo de una araña, que está pegada a ti por el lado interior
de tu cabeza; un recipiente óseo que despide calor.
Por ahora, ese recipiente está vacío.
Es como un cartucho de bala que hace poco fue disparado.
En el interior de ese recipiente, en una distancia indefi­
nida, trozos oxidados de lata tropiezan entre sí, dejando oír
un ruido agrio y descolorido que en ningún momento se in­
terrumpe ni se modifica.
Esa es la música de la locura; pero en su fase inicial, toda­
vía; cuando tal vez no haya gran cosa que temer de ella. . .
por lo menos hasta el día siguiente.

36
VAS EN LA DIRECCION CORRECTA

Para Oscar Díaz Púnceles

Conoces, por supuesto, ese lugar común, cuando formas


parte de la calle y te atraviesa el movimiento como si quedaras
convertido en una imagen transparente, sin residencia corporal,
pues tus moléculas se hallan dispersas en el gran murmullo.
Vas andando por una acera, y tu conciencia se mantiene
en vigilia, pero únicamente como una anotación dejada allí para
recordarte el lugar adonde te diriges, aquello que debes hacer
en algún sitio.
Mientras tanto, las cosas se desenvuelven a tu paso como
si salieran una de la otra; las vidrieras, las mesas de un café,
los fornidos edificios públicos con sus millares de comparti­
mientos interiores, y los cerebros que circulan; dentro, desli­
zándose en vuelo bajo y susurrante entre el golpeteo de las
máquinas de escribir; y así todo parece encadenarse sin cesar;
hasta que, de pronto, notas que has cruzado, sin saberlo, una
raya invisible, y la calle viene ahora a tu encuentro dividida
en una multitud de fragmentos que chocan y se contraponen;
ropas estropeadas conducidas a prisa, la visión de una risa que
se oculta, un ademán inacabado. Con exaltada nitidez detallas
las manchas de unos viejos carteles, el centelleo de una vitrina,
un cubo de basura, una gorra de pana que flota en lo alto por
encima de una talla cuadrada.
Cada una de estas apariciones, se construye a sí misma
en un tiempo que rebasas continuamente. Sus llamadas inter­
mitentes brotan por todas partes y van desapareciendo como
chispas.

37
La cara de una anciana se fija por unos instantes en un
espacio libre, donde parece que un ácido ha borrado por un
instante todo cubrimiento; y aunque en esa primera mirada se
te aparece como una figura de cera copiada escrupulosamente
del natural, pronto un rayo de malicia sale de la juntura de sus
labios, donde se esconde todavía el cosquilleo de una palabra
de doble sentido, que ella pudo haber escuchado hace un
momento.
Pero la anciana ha cruzado delante de ti, y en seguida se
confunde con la multitud. Esa visión ha estado a punto de
arrastrarte a un torbellino de ficciones y de pistas enmarañadas
que parten en opuestas direcciones; sin embargo, ya has cru­
zado la esquina. Has olvidado. Vas en la dirección correcta.

38
MUSEO DE CERA

Para Bayardo Vera

En una visita reciente a un polvoriento museo de cera,


la pareja de enamorados encontró esa imagen más bien artificiosa
de la muerte, vista como una figura de teatro que parece evo­
carse a sí misma, con una especie de nostalgia fría y elaborada.
Como en un congelado tiovivo, las figuras en exhibición
estatuizan sus muecas y sus ademanes. Sus cuerpos calcificados,
impermeables y al parecer inmunes a la descomposición, sufren
sin embargo un desgaste metódico, que también ataca la madera
de una estantería, la pana que cubre el piso de las vitrinas, los
cordones rojos destinados a mantener a distancia a los especta­
dores, y se extiende en los pliegues de una cortina desangrada
que corre a lo largo de las paredes. Los amantes han recorrido
la sala, compartiendo una mezcla nerviosa de hilaridad y de re­
chazo. El le pasa el brazo por el talle, cuando se detienen delante
de una representación de Ana Bolena en el acto de la deca­
pitación.
Un escozor atraviesa de un lado a otro sus pensamientos
y los envuelve en una ráfaga de ansiedad amorosa.
No esperan más, y abandonan precipitadamente el lugar.
Saltan al aire libre, aturdidos y sin aliento, como si acabaran de
escapar, a saltos, de los pliegues de una cortina; y finalmente,
tras un recorrido vertiginoso por las calles, asaltan un cuarto
de hotel.
Han rodado desnudos por la alfombra, a los pies de la cama.

39
Casi inmediatamente, el hombre siente que las cosas no
van bien para él. Todo lo que consigue es repetir un ademán
fallido, un paso adelante que nunca llega a consumarse; con
lo cual se da cuenta de que sueña, y abre bruscamente los ojos.
Comprende que ha estado reviviendo, en un sueño, las
impresiones de una visita reciente a un museo de cera; pero
no sabe que en este momento en una oscuridad distante, su
acompañante de ese día también se esfuerza por recordar escenas
inconexas de un sueño que acaba de interrumpirse también
para ella.
E l mobiliario de un cuarto de hotel, la curva amada del
brazo de su acompañante que le aprieta invitadoramente por el
talle, delante del conjunto de Ana Bolena; la impaciencia durante
el recorrido por un largo pasillo de hotel, a tiempo que es con­
ducida a rastras por una calle, en medio de la algarabía del
tráfico; una opaca vergüenza que la asalta a la vista de la habi­
tación; la cara abocetada del empleado que les hace entrega
de la llave. . .
El hombre camina en dirección a la ventana de su cuarto.
Ella se sienta al borde de su cama, inclina la cabeza, respira
en la juntura de sus pechos; dos proyectos gemelos de vida
todavía demasiado sumisos para poder expresarse por sí solos.
Desde la ventana, él parece buscar un punto en la ciudad de­
sierta; tal vez una luz, aquella, que acaba de encenderse en una
ventana distante. Los pies desnudos de la amante se dirigen
al cuarto de baño. . .
Ambos sueños se disiparon ya, por completo, en el aire
descolorido de esa madrugada, sin haber llegado a tocarse.
La ciudad ha principiado a crujir en el amanecer, revi­
viendo.

40
T IG R E

Para David Alizo

Un tigre salta del papel y queda parado encima de mi mesa.


Sus poderosos cuartos, juiciosamente articulados, están pro­
tegidos exteriormente por verdaderas capas de silencio; y esto
le permite desplazarse de manera que cada movimiento que
realiza parece que hiciera el vacío alrededor.
Sus zarpas no quebrantan la hierba. Su respiración uni­
forme es la de un niño.
Lo estoy viendo ahora parado en la alfombra, convertido
en la réplica viviente de un tigre de peluche. Hasta su tamaño
ha llegado a ser, más o menos, el de un gato corriente de al­
mohadón; y así me mira desde abajo con ojos redondos
y aburridos.
Pero otras veces lo veo saltar por la ventana, recuperando
toda su magnitud elástica; y en esos momentos llega a atemori­
zarme, aunque sea sólo por unos segundos, ya que su imagen
se transparenta y desaparece apenas toca con la luz exterior.
Siempre que se echa a dormir a mis pies, bajo la mesa
donde leo o escribo, y mis pantuflas le tropiezan casualmente
en el vientre transmitiéndome el movimiento de su respiración,
no dejo de bajar la cabeza y echarle una mirada.
E l gesto que se imprime en su cara, simulando el sueño,
es de inocencia; aunque tal vez sonríe interiormente.
Disfruta a solas de su viejo mito; la idea tigre, más anciana
que el hombre.

41
JU EG O DE NIÑO

A Luis Alberto Crespo

Estaba yo en el patio trasero de casa, escarbando en el suelo


con las dos manos, cuando un hueso bastante grande, ¿un hueso
humano?, salió de la tierra. Era un hueso de forma más o menos
aplanada, con las bolsillas de las articulaciones pegadas en ambos
extremos.
Me lo quedé mirando en silencio encima de mis manos.
Era un hueso de persona grande, de seguro, que tal vez
perteneció a un brazo; pero estaba ya viejo y amarillento
y hasta perforado en dos o tres lugares por donde se podía ver
la pulpa abiscochada.
Nunca he podido olvidar ese hallazgo, porque el hueso
que había sacado de la tierra me pertenecía: era uno de mis
huesos de grande; de la persona que debía morir y que había
muerto.
Lo estuve contemplando mucho rato, agachado, sin cambiar
de posición y ya tenía mis propios huesos entumecidos; pero
me detenía la idea de que al incorporarme iba a crecer enorme­
mente hasta alcanzar la estatura de un hombre.
Si aquel fue un sueño, no lo sé. Pudo ser; ¿qué m ás?;
el sueño de la muerte; pero de ello sólo nos queda, con el
tiempo, el miedo a despertar.

42
A LAS M IL Y QUINIENTAS

Para Manuel Quintana Castillo

En una calle del barrio de Altagracia de Barquisimeto, en


pleno mediodía caliente.
Mi tío Raimundo espera el autobús desde hace ya un buen
rato. La espera comienza a parecerle interminable.
A las mil y quinientas el vehículo asoma en el extremo
de la calle donde no se ve un alma.
Mi tío se prepara, avanzando una pierna y plantando de­
lante su bastón de vera como si fuese una lanza quebrada.
Finalmente el vehículo se le para delante.
El chofer, que es un negrito monifato parecido a un muñeco
de lata al que acaban de darle cuerda, vuelve la cara hacia la
portezuela a tiempo que levanta su gorra, separa los coágulos
de los labios, y como una talla de caoba que se agrieta deja
al descubierto su millar de dientes:
— Suba, don Raimundo. ¡Me lo llevo!.
— ¡No sea usted pendejo! . ¡No me voy a subir a su arma­
toste después que llevo aquí cien años esperando!. ¡Siga su
camino!. Mi tío reanuda el suyo por la acera, y mientras anda
mueve alegremente su bastón. Recuerda, sin poder ocultar una
risita llena de malicia, que todos los asientos del vehículo estaban
vacíos y cubiertos de polvo, y que el negrito aquél, al quitarse
la gorra para el saludo, mostró una capa de candela viva bullendo
y despidiendo chispas bajo los chicharrones.

43
H O TEL “ LA ESTA CIO N ” (*)

Para Carlos Contramaestre y María Eugenia

El hombre se arregla la corbata frente al espejo de uno


de esos muebles helados de cuarto de hotel. Detrás de él, la
muchacha está sentada al borde de la cama con las rodillas juntas:
dos caritas lavadas y pálidas que seguramente no han conocido
la risa o se han valido de ella muy de cuando en cuando.
Dos tiras de cabellos negros le escurren por encima de los
pechos.
El hombre escuchó una risita aguda que de manera extraña
se escurrió por su cuerpo de arriba hacia abajo y llenó las
yemas de sus dedos, haciéndole sentir que resbalaban otra vez
por sobre los huesos afilados de la muchacha.
Volvió la cabeza.
— ¿Tú crees que te has acostado conmigo esta noche,
catire?. Le oyó decir— . Pues no. Conmigo ya no se acuesta
nadie.
El hombre, sin preocuparse por encontrar respuesta se
puso la chaqueta y se contempló una vez más al espejo, hallán­
dose liviano y satisfecho.
La risa se escuchó una vez más.
— ¿Quieres saber por qué? — preguntó la mujer— . Por­
que yo estoy muerta, catire. Mírame. Quiero que me recuerdes
siempre. Ahora tengo que irme.
Reuniendo todas sus fuerzas hizo un intento por desapa­
recer, pero no obtuvo ningún resultado. El hombre, sonriendo
desdeñosamente, abandonó la habitación.
Ella era todavía demasiado joven e inexperta. Una vez a
solas repitió su intento, y esta vez desapareció en un soplo.
(*) Calle Real de Caño Amarillo, Caracas.

44
ESA CAL DE FAM ILIA.

Para Caupolicán Ovalles y Josefa

Tuve un hermano mayor llamado Carlos que fue amaes­


trador de animales.
Un día, me hallaba sentado bajo el sol en la terraza de mi
casa, cuando sentí que su fantasma se me acercó calladamente.
Se había detenido a mi espalda así que todavía no podía
verlo; pero mi idea de él era en ese momento tan perfectamente
clara y su figura se delineaba en ella con tanta propiedad que
hasta llegaba a proyectar sombra: un unto suave, levemente
oscuro que apaciguaba el trozo de memoria donde caía.
Al instante ya estábamos hablando; pero no sé si es que él
respondía a una pregunta que yo le había hecho o si su voz pro­
cedía de otro momento:
— . . . el mundo era demasiado pequeño para todos; yo
lo había visto así, de veras, y créeme que no me importó tanto
haberlo dejado; pero sigo teniendo recuerdos de un pedazo de
tierra, un sudor de caballo, un pie descalzo, unas gotas de mujer
en un cuarto.
— Fue un poco loco de tu parte haberte largado de esa
manera repentina. Tus animales. . .
— . . . el león, el caballo, los perros, el chivo, el ele­
fante. . .
— Siempre pensé que te importaban demasiado. ¿Por qué
te ríes?. Reía, como tenía costumbre hacerlo, mostrando dos
pretiles de dientes estropeados. Ahora lo tenía delante y me
pareció que acababa de bajar del caballo y que el viento todavía
los golpeaba por los lados.

45
— A ellos se les hacía más fácil pasar que a nosotros.
— ¿Hay un caballo contigo?.
— Siento que no puedas verlo o que a él no le sea posible
mostrarse ahora. Recuerdo que no se les podía mirar fijamente
un momento sin que nos transmitieran un escalofrío. En reali­
dad, presentíamos, sin querer admitirlo, que ellos en su apa­
rente indiferencia estaban pasando continuamente de una parte
a la otra.
— ¿Crees que pueda hacer algo por ti ahora?.
— Rebusca un poco por ahí, en ese montón de desperdi­
cios. No tienes que salir de ti mismo. Vas a encontrar debajo de
otros trastos una pizarra de la escuela que una vez se me cayó de
las manos y se rajó por la mitad. Lleva el puntero colgado del
marco por un cordón que ya entonces era negro. Sopla sobre
el polvo que la cubre. Verás que todavía quedan unas inscrip­
ciones allí, figuras trazadas por tu propia mano, ahora muy
borrosas; palotes, círculos. Toma el trozo de mica y comienza
a escribir con grandes letras la palabra memoria cuidando de
asentar con fuerza cada trazo. El primer chirrido raspante que
salga de tus dedos va a rajar la cecina de arriba abajo, hará
crujir los viejos huesos, hará resucitar las muelas en sus agujeros
y las hará encogerse y temblar como niñas. Y cuando todo se
derrame finalmente allá arriba, la calavera blanca se va a en­
volver en un escalofrío.
Cuando acabó de decir esto le vi reír de nuevo, pero, y a
pesar de que sabía que el Carlos estaba de broma y con seguridad
se divertía un poco a costa de su hermano menor, sus palabras
pasaban a través de mí como rachas de emoción palpitante.
— Es solamente un juego. Es que me gustaría poder volver
a sacudir un poco toda esa cal que he dejado aquí en tierra.
Pero cuando acabó de decir esto último él ya no estaba
delante de mí. El aire a mi alrededor era inmóvil y parecía que
nada extraño lo hubiese tocado en mucho tiempo; pero yo sentía
que en medio de mis pensamientos, agrupados como de costum­
bre en una masa blanquecina, se había formado un pequeño
círculo negro, amoratado, una lesión sensible a cualquier roce.
Ahora esa mancha ha comenzado a achicarse. Va a des­
aparecer poco a poco.

46
REVELACIONES DEL MAESTRO

Para Mariana Otero

Esto que creemos que pasa continuamente delante de


nosotros no llega a ser la representación del tiempo verdadero.
Es sólo una elaboración artificial, confeccionada con astucia,
por lo que pocas veces se hará sospechosa de impostura.
Pero el genuino artífice desdeña las superficies transitorias,
desecha las repeticiones y prefiere intervenir oblicuamente en
sus criaturas, recostado en el lado oscuro de los sentidos como
si reposara sobre sí mismo.

47
TRUCOS DE VENTANILLA

Para Manuel Matute y Alesia

El cajero levantó la mirada y pudo contemplarse una vez


más a sí mismo al otro lado de la ventanilla.
Ambas caras se miraron una en la otra, desde los arcos
de unas cejas precursoras de un tiempo brumoso, y permane­
cieron sin moverse durante unos instantes.
Después, la figura de afuera, actuando por su cuenta, clavó
sus dientes en el labio inferior, mordiendo en ellos con ensaña­
miento casi hasta hacerse sangre. Su cara se encogió cubriéndose
de arrugas como si sufriera los efectos de un terrible dolor
interno.
— ¡Por favor, trucos no!— gimió el cajero, sintiendo en
sus adentros que una brasa de su vieja llaga en el duodeno
salía a la superficie.
— ¿Puede darse prisa, por favor?. — reclamó el cliente.
El empleado obedeció en seguida.
Poco después, una ancianita con cara de madera pintada
a la cal recogió sus billetes, dijo “ gracias, señor” y dejó su
lugar a otro personaje (había un grupo bastante nutrido frente
a la taquilla), en quien el cajero reconoció una vez más la
repetición de su propia persona, que ahora llegaba convertida
en una incolora talla de cemento.
Por esta vez pensó en no hacerle caso; así que haló un
nuevo fajo de billetes y principió a contarlos empleando toda
la velocidad de que era capaz en esa operación, sin olvidar
que las miradas de los presentes, como atraídas por un fluido
hipnótico, estarían clavadas en sus dedos. Bien lo sabía. Pero

48
cuando un segundo después una advertencia silenciosa le hizo
levantar la cabeza, se encontró con que debajo de esa cara pri­
vada de ideas que llenaba la ventanilla, había hecho su apari­
ción un revólver. El cajero vio salir la llama de un disparo
y vio también como sus propias facciones desaparecían hacia
atrás confundidas en un baño de sangre.
A todas estas, ya había acabado de contar los billetes, y sin
llegar a mirar hacia arriba los entregó a unas manos carnosas
que temblaron ligeramente.
— Gracias— dijo una voz desconocida.

49
PRIM ERAS LETRAS

Para Rafael Brunicardi Ponce

Efectivamente, 2 y 2 son 4.
2, es un caballero corrido por todos los vicios; el otro es
su sombra contrita y muriente.
4, es su manera permisible de mirar al mundo con cara
de verdugo.

50
UN ARCO DE CENIZA

Para Enrique Hernández D’Jesús

Mi gato, un herético ejemplar siamés, hace otra de sus


apariciones regulares en mi estudio. En una prueba de elasti­
cidad irreal propia de los felinos, cruza resbalando como una
cinta de papel mojado por el filo del marco de la puerta.
Lo veo avanzar sobre la alfombra con pisadas simétricas
que parecen traerlo de muy lejos. Se detiene en mitad de la
habitación y levanta un poco esa cabeza un tanto desmedida
que le confiere la representación de una divinidad andrógina,
y me enseña la pequeña boca abierta que parece transplantada
de un ofidio, y los ojos inmóviles en cuyo centro se funden
uno después de otro los distintos matices del odio, la comicidad,
el aburrimiento, la burla.
¿Será posible que se ría de mí?, pienso. Puede que tam­
bién llegue a odiarme; no me atrevo a pensarlo; sin embargo
nunca habrá manera de averiguar una cosa u otra, pues ¿quién
en este lado de las cosas podrá leer el jeroglífico del gato?.
Yo había interrumpido mi trabajo para contemplarlo, y en
ese momento se despegó del suelo y saltó en dirección a mis
rodillas.
En el transcurso de ese salto, el gato se transformó en
cachorro, el cachorro en hueso, el hueso en aguilucho, el agui­
lucho se posó en la montaña, la montaña se convirtió en toro,
el toro en jabalí, el jabalí en su propia sombra que huye, la
sombra en cazador, el cazador en lobo, el lobo en el desierto
helado, el desierto en el sol, el sol en el ojo del cíclope, el ojo

n
en un sonido trepidante que tomó la forma de mi cuerpo al ser
atravesado por un escalofrío, en el momento en que las cuatro
zarpas del gato se posaron al fin en mis rodillas.
El gato ha trazado un arco de ceniza entre el suelo y mis
piernas.
Al detenerse en ellas arquea su lomo y despide voltios por
todos sus pelos.
SEMBLANZAS PRIMITIVAS

Para Mariamalia

La rueda de la fortuna, ¿qué otra cosa es sino la rueda


de la diligencia del cine, cuando se traba y luego gira voluntaria­
mente hacia atrás, y nos parece que recula a ciegas por todo
lo andado del siglo y se desliza frente a una interminable vitrina
de juguetería, repleta de artefactos que se simplifican y se vuel­
ven más toscos e inofensivos, a medida que van regresando a la
infancia, hasta que por último la vemos desaparecer dentro del
primitivo tomavistas de 1894?.
Aquella también, como rueda de diligencia, es ruda y pri­
mitiva y no se le puede mirar fijamente con insistencia sin que
la veamos girar a la inversa delante de nosotros, como si quisiera
indicarnos de esta manera, cuál vendrá a ser en definitiva su
último dictamen.

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PUTECILLA PRIMAVERAL

Para Mary Guerrero y Toni

La habitación no era más grande de lo que podía ser una


casa de muñecas; aunque tal vez era un poco mayor que cual­
quiera de éstas, considerando que entrábamos cómodamente
la chica y yo, aun hallándonos de pie y desnudos. Esto ultimo
no nos hacía mayores, que se diga, puesto que el techo de la
habitación, con sus vigas de hierro peladas, quedaba muy lejos
de nuestras cabezas.
Alcé los ojos a ese techo, y le envié un pensamiento en
voz baja a una araña casera, que mecía en el aire su desnudo
esqueleto, construido al parecer con hilos de su propia tela,
y lo hacía con una cadencia tan risueña como si se propusiera
tomar en broma a la totalidad de la creación.
En cuanto a la muchacha, debía andar en los treinta, digo
yo, sin que por ello su figura hubiera abandonado un aire
primaveral, algo nostálgico, es verdad; estropeado, en gran
parte; pues era como si todavía llevara puesto el traje y otros
aditamentos con los que había representado la alegoría de esa
estación mojada en una velada escolar.
Algunas visiones resplandecieron para mí en esos instantes.
Por ejemplo, en su cabellera descuidada, de color rojizo natural
(porque siendo una nena lloró durante veinte noches sucesivas,
en la toldilla de un barco de inmigrantes que la trajo a América)
unos pichones rompían sus huevecillos y piaban con fuerza.
Eran pichones de estornino, ya que la pobre no era más que
una pájara vulgaris llena de colorines. Sus axilas despedían un
aroma de ramas quebradas.

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Debía ser muy avanzada la noche cuando desperté y la
vi que salía por la puerta del retrete (un olor a vinagre que
era parte del cuarto), casi convertida en una niña de cinco
años: su cabeza no sobrepasó la altura de un aro de alambre
que hacía las veces de aldaba de la puerta.
Ya esto era bastante sorprendente; pero lo fue más, en
extremo, cuando a medida que se acercó a mi cama, su estatura
se fue reduciendo todavía más y más.
Me incorporé un poco sobre el codo. Saqué la cara por
encima del borde de la cama. Ella llegó a mi lado. Mi respiración
entró en sus cabellos.
La araña, que se había descolgado por su hilo y pendía
en medio de la habitación como un farol sin vidrios, estuvo
observando este acontecimiento con verdadero desencanto.
A pesar de que su cerebro no era mayor que un grano de polvo,
pensaba: “ ¿Qué carajo le pasa a esta putecilla idiota?” , o acaso
era yo mismo quien ponía estos pensamientos en ella. Uniendo
las palmas de mis manos, alcé la pequeña figura desnuda que
ya no era mayor que una zanahoria pequeña, pero de color
menos amarillo, y la coloqué con cuidado encima de la cama.
Me di vuelta y apoyé el mentón en la colcha. Así podía te­
nerla en medio de mis ojos, y en las mejores condiciones para
apreciar cada partícula de su anatomía. Creo que, en adelante,
su tamaño llegó a reducirse todavía más, mucho más, y que,
por fin, se instaló en mi cerebro, pero ya sin cuerpo.
Era únicamente una ráfaga de la primavera, un aire algo
reseco ya de esa estación del año, que en nuestro clima pasa
por ser solamente una ficción estática. Ella se había traído de
allí en las alas unos recuerdos viejos.

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CANCION DE LOS SEXO S OPUESTOS

Para Javier Villafañe

1.

Un caballero recibe una visita inesperada.


— No comprendo por qué vienes por mí. ¿Es que no tienes
a alguien importante a quién llevarte?.
— No te menosprecies de esa manera. Mira que tu nombre
goza ya de cierta fama.
— ¿De veras?. ¿Adonde). ¿Cómo puedo saberlo?.
— Trata de escuchar tus pensamientos.
— Es lo que hago a cada momento; pero, ¿quién se entera?.
— Yo, que te escucho continuamente; y no olvides que
soy la mitad del mundo. La otra eres precisamente tú. De ma­
nera que estamos completos.
Vamos.
— ¿Por qué no te llevas antes al que me sigue en la lista?.
— No puedo. A ése le falta exactamente. . . un minuto
y medio. Sería demasiado peso para mí.

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2.

Ahora es una dama quien se presenta inesperadamente en


la puerta.
— ¡Señora!. Me ha tomado usted de sorpresa: aun no he
terminado de arreglarme para ir a buscarla.
— No tienes por qué preocuparte por eso. No luces tan
mal tal como estás. Sin embargo. . . ese hilván descosido ahí
detrás, en tu túnica.
— Ya le dije, señora. . . la prisa. . .
— Esa respuesta me da a entender que eres hombre. ¿O
por desgracia me equivoco?.
— Participo de los dos sexos.
— Esa es una comodidad que está al alcance de todos
y sin embargo la rehuimos.
— Curioso, ¿verdad?. Pero usted. . .
— Ni te incomodes. No seas convencional. Sabía que ven­
drías y quise anticiparme unos momentos.
— No es lo reglamentario.
— Lo siento. Es que hace tiempo sentía curiosidad por
averiguar si realmente había una máscara delante de esa cara
que tanto aterroriza nuestros hijos. Ahora ya sé que la hay:
no trates de esconderla.
Se te ha rodado un poco de ese lado.
— Oiga, usted. . .
— Calma. Veo que estás un poco nerviosa, pero no importa:
yo te iré mostrando el camino. Vamos.

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UNA DEBILIDAD R ECIEN TE

Para Luis y Bethania

Hoy por hoy, tener la nostalgia de los Beatles es como


releer, desmemoriados, la hoja del periódico que habíamos tirado
esa mañana; como pisar las sobras del desayuno que dejamos
al perro antes de salir junto a una pata de la mesa o mear sobre
lo que queda del atardecer después de una cerveza. Volver del
trabajo en un vagón del metro de Caracas, demasiado limpio
todavía para tener historia; aunque cada día creemos bajar de él,
cincuenta años después, en una crujiente estación llena de vahos
y muchachas friolentas.
Llegar a casa y hacer sonar la llave en la cerradura, creyén­
donos idénticos en ese momento a un millón de pequeños em­
pleados como nosotros que han despachado ya su día, aunque
esto en esencia no sea la verdad; entrar y volver a juntarnos
con esa suave resistencia a morir de las cosas que hemos venido
reuniendo en los últimos años.
Esta es una nostalgia demasiado real, demasiado conscien­
te, parecida también a la piedad. Es como la debilidad que sen­
timos por un cartel irreverente que alguna vez pusimos en la
pared del baño y que todavía se hace respetar; aunque sabemos
que una tarde de estas (será cuestión de ponerlo por obra)
lo dejaremos del lado de afuera de la puerta de la calle para
que cumpla su último destino.

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ANIMALES DEL FRIO

Para Ben Ami Fihman y Mina

El perro del insomnio es un animal de doble exposición.


Lo oyes andar al otro lado de la pared de tu cuarto re­
corriendo el pasillo en un trote menudo, y oyes el repiqueteo
de sus uñas que raspan con suavidad el piso. Piensas que debe
tratarse de un animal casero de regular tamaño; un breve tejido
de instintos más o menos apaciguados, por fortuna (de momento
llegaste a imaginar que buscaba pelea); y mientras sientes que
el intruso se aleja siguiendo una arbitraria dirección diagonal,
la puerta de tu cuarto es empujada desde afuera con un toque
certero que abre únicamente la mitad de la hoja; y en el claro
aparece, en tiro vertical, un soberbio animal de largo espinazo
resumido en los ángulos de la cabeza. Esa máscara inalterable
donde nunca ha anidado el razonamiento te está mirando con
oscura frialdad. Luego lo ves avanzar en dirección a los pies
de tu cama y vas descubriendo una pelambre negra barnizada
que parece haber estado absorbiendo luz durante todo el día.
La bestia se detiene calculando el impulso para el salto, durante
una pausa en que los músculos parecen escucharse unos a otros
en actitud de alerta. El largo hocico se mantiene cerrado; el
cráneo laminado forjado a martillo debe alojar en su interior
una brasa que no para de arder.
Finalmente la fiera salta por encima de tu cama. Interior­
mente te reduces esperando el golpe en el pecho de las dos
patas delanteras.

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Ya el negro hocico se precipita en medio de tus ojos, anti­
cipándose a dos ardientes ascuas que lanzan rayos venenosos
al aproximarse; y sin embargo, durante la sacudida del pánico,
cuando tu respiración detenida se carboniza, la elástica figura
se ve atrapada dentro de un marco reducido que gira en dia­
gonal, mientras es absorbido entre las líneas de una perspectiva
que a su vez se reduce y toma su distancia en un espacio oscuro
donde tu brazo ya no alcanza.
El espacio a tu alrededor ha quedado reducido a las dimen­
siones de un gabinete. Otras reliquias flotan en esta reducción
casera del limbo.

60
MUCHOS AÑOS DESPUES

Para José Ignacio Cabrujas

Tomando la apariencia de una oveja, con su capa de vellón


rizado debajo de la cual late mi pequeña cabeza, reblandecida
todavía a causa del sueño reciente, salía de la casa, siendo apenas
las seis de la mañana, y me encaminaba a la capilla de un asilo
de hermanas de la caridad que había en el vecindario. Mis pe­
zuñas golpeaban en el cemento de la calle que aún dormía,
junto con las paredes y los postes de madera negra del alum­
brado, enterrados en las esquinas con su sueño de viejo, duro
y carcomido.
Al cruzar el portal del asilo, otras cosas vienen a rodearme.
Cuando pienso que nadie me ve, me acerco a una rama
de esperma caliente que cuelga de un borde de madera dorada,
y dejo que una gota caiga en medio de mi mano abierta. El dolor
me traspasa la carne; sin embargo, no retiro la mano. Ha caído
una segunda gota. Cierro los ojos y dejo que esa aguja ardiente
traspase la palma de mi mano y caiga en un asiento de la noche
que ha seguido vivo en mi cabeza. Aguardo a que ella se disuelva
como una tinta oscura; pero cuando después camino por entre
las hileras de bancos de la capilla, aún vacíos, siento que partes
de esa noche que han seguido con vida se arremolinan en el
techo, hacen gestos procaces y me persiguen con miradas tor­
cidas. Pronto desaparecerán, de seguro.
Cuando regreso, revestido, a ocupar mi sitio en el altar,
ya he soltado por completo aquel espíritu silvestre que había
sacado de mi casa, y un tejido viviente y delicado va apareciendo
debajo de la tela y los encajes, que ahora me cubren hasta los

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pies como a una niña. Soy capaz de simular la inmovilidad más
completa cuando estoy arrodillado en una grada del altar, con
las manos juntas y la cabeza baja, reclinada en las puntas borro­
sas de mis dedos.
En ese momento, alguien como yo va corriendo con todas
sus fuerzas por una extensión de tierra y aire libre que se va
abriendo a sus costados.
La agitación de esa carrera crece como la espuma en el
ardor del sol y no desfallece ni un momento, hasta que uno
de mis pies pisa de lleno en una forma redondeada y tensa, como
un músculo que ha salido del suelo. Ese contacto me estremece
de pies a cabeza, y su sacudida se extiende por toda la perfumada
capilla y hace temblar al mismo tiempo la cera, el yeso y las
flores de trapo.
Había pisado la serpiente.
El choque producido rebota con un terrible ruido, cuyo
eco, aunque armonizado por la edad adulta, todavía me despierta
con cierta frecuencia.

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SILEN CIO , POR FAVOR

Para Ibsen Martínez

El padre falleció a eso de las tres de la madrugada. Murió


en silencio.
— ¡Qué bien!— exclamó con un largo suspiro, pero sin
producir el menor ruido.
A las seis de ese mismo día, la madre despertó, una vez
más, como lo venía haciendo con regularidad a esa hora durante
por lo menos veinte años de su vida; y siguiendo una costumbre,
tan vieja como la anterior, principió a masajear con los dedos
el lóbulo de la oreja derecha del marido, mientras ronroneaba,
dichosa; pero esta vez, sus dedos fueron rechazados por el
contacto de un cartílago tan endurecido y tan frío como la carne
de una sepia.
Adivinando lo que pasaba, la madre lanzó un alarido y se
desplomó en llanto.
Como era de esperarse, los gritos despertaron a Bobby y
La Nena, quienes volaron en seguida al cuarto de sus padres;
aunque, a decir verdad, la hembra tardó unos minutos más
que su hermano en hacerse presente en la alcoba; porque en el
mismo momento en que el grito la hizo volver en sí, ella masti­
caba semillas hundida en la butaca de una sala de cine, mientras
la pantalla se iluminaba una vez más y los primeros letreros
anunciaban, por milésima vez en toda una larga edición de
noches semejantes, la vida y los amores secretos y arrebatadores
de La Nena.
El tener que despertar abruptamente en medio de esa es­
cena, siempre le ocasionó unos momentos de letargo.

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Irrumpió finalmente en la habitación, cuando ya el her­
mano lloraba como un niño, puesto que sólo tenía diez años
de edad; la madre como una esposa, y ella, que principió a
hacerlo sin pérdida de tiempo como una actriz; una actriz de
segunda, porque el estrellato flotaba todavía como un precioso
enigma muy lejos de su vida.
Una hermana de papá, llamada curiosamente Mildred, quien
para esos días se recuperaba de un divorcio reciente, irrumpió
después en medio de todos y rompió en unos gritos agudísimos,
cuya tesitura había conseguido extenter en forma sorprendente
durante el proceso de divorcio.
Despertaron algunos vecinos. Acudieron, originando un
tropel de tacones que estremeció toda la casa.
Ante semejante alboroto, el padre saltó de la cama.
Alrededor de él, la habitación gorgoreaba y gemía como
una descomunal laringe. Quiso echar dos buenas insolencias;
pero en ese mismo momento todas las palabrotas que sabía
se dispersaron en carrera y él las sintió escapar de su cabeza
como ratones, viendo que desaparecían allí mismo, quizás para
siempre.
Entonces, se deslizó por en medio de todos y salió al corre­
dor de la casa que cruzó a grandes trancos, apartando la mirada
con desaprobación de aquel cuadro doméstico.
Objetos y muebles lo vieron pasar indiferentes; y él tam­
bién los apartó de sí, como si retirara el plato de ensalada del
día anterior, que se marchitó casi sin ser probada.
Finalmente, abandonó la casa, y al pasar la calle para diri­
girse a un parque vecino, disfrutó de un rico y desconocido esca­
lofrío que recorrió jocosamente sus carnes: era que estaba cru­
zando por primera vez a través de un coche en marcha.
Una vez en el parque se tendió a descansar en un banco,
y poco a poco fue sintiéndose rodeado de un silencio, tan franco
y tan inmediato a su piel, que casi lo envolvía por completo
como un suave vendaje.
Pensó en lo inapropiado de la hora para estar así tendido
en el banco de una plaza; pero, ¿de qué valía eso ahora?. Ya no
había tiempo para él, o tal vez ya no se le podía seguir llamando

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de esa manera; si es que era cuestión de nombres, solamente.
El tiempo fue, tal vez, la respiración del deseo. Una secuencia
de muertes brevísimas y sin consecuencias.
Miró a su alrededor y observó que los cuerpos parecían
quedarse sin nombres. Las apariencias perdían importancia, y
parecían demostrar con sencillez que ellas eran también el con­
tenido. No había afuera ni adentro. Después, en algún momento,
así lo pensó a través de una noción cada vez más esquiva, vio
pasar en el fondo borroso el coche funerario, donde algo era
transportado a otro lugar.
También pudo distinguir algunas sombras indecisas que
seguían pausadamente a la carroza.

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COSTUMBRES SOLITARIAS

Para Salvador Prasel

Fue descubierto, en una vieja residencia del lado viejo


de Caracas (lado que no ocupa ningún espacio determinado
de la ciudad, lo cual no significa que no existe, sino que sus
pedazos pueden aparecer en cualquier lugar como si los hubiese
aventado un cataclismo), fue descubierto, digo, (en ese lado
ubicuo que puede consistir en un conjunto de casas, en una
sola casa o en el pedazo de una casa), descubierto fue allí, por
último, un coleccionista de narices de estatuas.
En las investigaciones que a continuación se llevaron a cabo,
pudo establecerse sin dificultad que el pequeño anarquista lle­
vaba mucho tiempo dedicado a satisfacer, por medios criminales,
su costumbre (una de las más solitarias que existen), habién­
dose encontrado en las paredes de su residencia una muestra
más que reveladora de la cuantía de sus depredaciones, cometi­
das en parques y avenidas de la ciudad.
Multitud de narices esculpidas, todas de diferentes tama­
ños, formas y calidades sobresalían en hileras en una pared,
donde todavía parecían respirar para unos cuerpos que hubiesen
sido sepultados de pie, en una perversa modalidad del empare­
damiento.
El personaje ofrecía la apariencia, ciertamente anacrónica,
de un caballero inmigrante, recuperado y puesto en limpio des­
pués de numerosos avatares que comenzaron hace unos treinta
años en el país de su nacimiento, la antigua Eslavonia, lo que
le hace descendiente de curtidores de cueros y pieles.

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Su edad, de cincuenta o cincuenta y pocos años. Fornido
y de rostro moreno y sanguíneo, desde donde crecía una cabeza
prominente que pudo haber sido terminada toscamente a golpes
de martillo. Redondos espejuelos montados en varillas de plata;
casi extensiones de sus fibras nerviosas. Cabellos ralos en hebras
de aquel mismo metal. Una acomplejante, proteínica dentadura
centroeuropea, y la nariz que curiosamente intentaba desapa­
recer en mitad de su cara, como si se sumiera rápidamente en
ella, aterrorizada, cada vez que se le dirigía la mirada.
Durante algún tiempo, la aparición frecuente de estatuas
desnarizadas en parques, cementerios y fachadas de edificios
públicos de Caracas, fue motivo de apasionados comentarios
en los periódicos locales, que hablaron de “ centenares de estatuas
y bustos que adornan la ciudad, objeto de un juego secular;
la extirpación traumática de la nariz” ; agregando a continuación
una aportación erudita: “ Un mal que aflige a todas las grandes
ciudades del mundo, excepto Helsinki y Copenhague” .
(Y ellas por qué no, precisamente?. ¿Qué ocurriría en
especial con estas damas invernales a quienes nadie osó alterar
sus atributos?).
En esas mismas gacetillas, nuestro hombre fue motejado
de vándalo y expoliador de la comunidad “ . . . que se vio
obligada a soportar costos, con grandes hileras de ceros, por
causa de esta especie de carnicero facial, sin ponerle remedio
alguno” .
Tal como pudo llegar a establecerse durante la indagatoria
judicial, los ataques del estuprador croata tuvieron lugar habi­
tualmente después de la medianoche, una o dos veces por
semana, obedeciendo al parecer a un secreto llamado que abría
golosamente sus instintos y lo lanzaba al azar de las calles, con
el andar empecinado del adicto que rastrea una dosis.
En esos momentos, tal vez imbuido por un oscuro ritua­
lismo, nuestro pájaro llevaba la vestimenta más antigua de los
montañeses de su país: capa blanca que ondeaba con vigor a su
espalda, y un sombrero negro de alas amplias que lo protegía
de la intemperie como la techumbre de una cabaña, al mismo
tiempo que bañaba de sombra sus facciones.

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En una ajada maleta de cuero rústico salida de las manos
de sus antepasados, con el campo ajedrezado del escudo de su
país grabado en las tapas, conducía las herramientas necesarias
para efectuar la poda de la manera más eficaz y rápida que
fuera posible; sierras, limas, escoplos aplicables, en su oportu­
nidad, según fuera la calidad del material.
Cuando finalmente fue sometido a la curiosidad de los
periodistas, la timidez que le embargó durante los primeros
interrogatorios policiales se había desvanecido en gran parte.
Su nariz, una pieza vetusta en apariencia aunque tan pusilánime
como si le azotara una mala conciencia, decidió permanecer
en su lugar, definitivamente, gruesa y despreocupada, y dos
hileras de dientes brillaron debajo de ella con una desmesura
infantil.
Explicó entonces cómo había conseguido escapar de su
país durante los años finales de la guerra, y cómo su desem­
barco en Venezuela, país donde finalmente permaneció hasta
haber merecido la ciudadanía, fue en gran parte producto de
las circunstancias y no de su propia determinación, ya que hasta
ese momento de su vida había ignorado por completo todo lo
referente a este lado del mundo.
No. Nunca estuvo en Helsinki ni tampoco en Copenhague,
esas ciudades limpias de pecado con sus millones de narices
frías pegadas a las caras de sus monumentos. . .
— Como la estuvo siempre la de mi abuelo— agregó ines­
peradamente, haciendo que el correr de los lápices sobre las
hojas de las libretas de los reporteros cobrara fuego renovado.
Esa nariz, la nariz de ese anciano era una hortaliza macerada
en slibowitz, nuestro ardiente licor de ciruelas. Era un apéndice
tan voluminoso como autoritario, capaz por sí solo de contener
entre sus enormes tabiques la habitación donde nos encontrá­
bamos, la casa, los campos, las montañas vecinas y hasta la
más lejana nube.
— Quiere decir que esa nariz de abuelo, que usted por su­
puesto idealiza, debe haber ocasionado en su interior alguna
forma de repulsión o de rebeldía incontenible. ¿Albergó en
su mente de niño una idea criminal o sadista con respecto
a ella?.

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— Solía soñar en ese entonces, no recuerdo bien si dormido
o despierto, o quizás mitad y mitad, que me subía a una ban­
queta de madera rústica armado de un par de tijeras de rebanar
el cuero, y aprovechándome de que el viejo dormía en su sillón
completamente sumergido en los vapores del slibowitz, saltaba
a sus rodillas sin que él pareciera darse cuenta de la maniobra,
o al menos sin que lo viera hacer el menor ademán de rechazo;
metía las cuchillas de mis tijeras entre los pelos y el cartílago
y usando la fuerza de mis dos manos hacía un largo corte en
el tabique.
¡Lo había logrado, sí!. Mi atrevimiento y mi osadía me propor
cionaban una emoción tremenda; pero a medida que las cu­
chillas se llenaban de sangre y la sangre principiaba a correr
por mis manos, un dolor insufrible iba desmayando mis dedos,
subía a lo largo de los brazos y luego se derramaba desde arriba
por todo mi cuerpo destemplando poco a poco mi sistema
nervioso; todo esto sin que en la vidriosa mirada de mi abuelo
asomara una chispa de conciencia; porque en realidad las tijeras
habían entrado en la cabeza de aquel cachorro de hombre y allí
habían vulnerado mi propia carne y ahora proseguían adelante
sin que ya pudiera detenerlas, abriendo y cerrando sus cuchillas
por en medio de todos nosotros, mi madre, mis hermanos,
y también por nuestra vieja casa y por todo el territorio que
nos rodeaba como un tejido encostrecido y rancio, que sopor­
taba su castigo sin rendirse a la compasión ni al dolor. En este
mismo momento, señores, puedo reconstruir en mi mente hasta
“ la forma” que tomaban aquellas sensaciones, mezcla de dolor
y desvanecimiento. Sentía que me doblaba por la mitad. El dolor
era una sustancia corpórea que se derretía junto con mi carne
y finalmente me quedaba solo, reducido a una especie de feto.
No espero que el significado de esta anécdota me absuelva, ni
tan siquiera espero que el público llegue a darle crédito, puesto
que una mitad más uno del tiempo allí gastado formó parte
del sueño. En fin: sé que ya no podré volver a las calles; pero
espero poder pasar el tiempo que me queda repitiendo esos
nombres que antes nada decían a mis caprichos: Helsinki,
Copenhague- . . y abrazarlos en mi imaginación como si fuesen
muchachas desnudas.

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— Sin embargo, ahora que usted ya no podrá volver im­
punemente a sus correrías, debería esforzarse por demostrar
a todos su arrepentimiento. ¿Piensa que le será posible volver
a convertirse en un ciudadano común, un hombre respetable
apreciado por la comunidad?.
— Todos los bienes pertenecientes a una mitad del mundo,
comúnmente llamados males en la otra — replicó— sólo son
marcas temporales. Es posible nacer cien veces y morir cien
veces y pecar ciento una vez si uno lo prefiere de esa manera;
pero también es necesario despertar, ya que únicamente de esa
manera podemos llegar a saber que soñamos y ese es al único
consuelo al que podemos aspirar, finalmente.

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CUENTO DE TIA V IEJA

Para César y Sonia Quintana

Los dos hombres, el grande y el pequeño, estaban sentados


al borde de la acera, uno al lado del otro.
Eran, si queremos verlo de esta manera, como dos viejas
botas, puestas una al lado de la otra, ambas igualmente desgali­
chadas, pero de clases diferentes.
La bota de un minero, recia y despellejada, con una aber­
tura crispada en el lugar de los cordones, que también podía
equipararse a una carcajada seca, junto a un botín de señorito
rico, ya muy venido a menos.
Y era penoso imaginar como el puñadito de huesos del
pequeño, podía llegar a sostener en sus manos uno de los dos
pesados taladros neumáticos, que ahora descansaban inclinados,
con sus cuchillas enterradas en el asfalto de la calle.
El grande masticaba un pan con mortadela.
— ¿A ti te leyeron cuentos cuando eras pequeño?— pre­
guntó de repente.
El chiquilín lo miró con asombro.
— Pues a mi sí — continuó el primero— , porque yo tuve
una tía vieja que se llamaba Emérita, que fue maestra de es­
cuela y me leía cuentos.
El flaco se rascó las ingles.
— Yo creo que uno puede volar — continuó el grande,
sin mover los ojos del aire que tenía delante— . Bueno, no diga­
mos que siempre o a cada momento; pero puede llegar un día
en que uno . . . ssssssssssss. . . se levante y vuele. Imagínate

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que se aparece aquí ahora mismo una carroza. De la carroza
baja un hada, el hada tiene una varita mágica; hace plín, y los
dos salimos volando, volando.
El de los huesos escupió en una trayectoria de tres metros.
— ¡Estás diciendo la pendejada más grande que he oído
en mi vida!— exclamó.
Desde ese momento, el grande permaneció callado. Un bo­
cado se le había congelado entre los dientes.
— ¡Qué lástima! — dijo finalmente— . Nunca has debido
decir eso. Yo ya principiaba a sentirme livianito.

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MANCHAS FRIAS EN LAS SABANAS

Para Pepe Barroeta y Teresa

E l tigre puede penetrar con facilidad en el corazón de una


viuda (le bastará con dar un salto repentino), y en ese caso,
cualquiera de los vestidos negros que ella guarda en el armario
de su cuarto como en un enfriador de lágrimas, amanecerá man­
chado de sangre, húmedo todavía de esa sangre, como si ésta
acabara de ser derramada a la sombra del tálamo.
Así pasará el tiempo; el tiempo impermeable de las viudas
que corre únicamente por una de sus dos orillas; y si todo va
bien, el tigre aprenderá a moverse con facilidad en el espacio
que le ha correspondido.
No tardará en acomodarse a su rutina (en esto han venido
a parar aquellas ilusiones), sin que por ello deje de manifestar
su desagrado o su repulsa cada vez que la dama, en sus ama­
neceres, apenas sale de la cama se lleva las manos al pecho
(donde la hierba ha muerto hace ya tiempo) y va a asomarse
por una ventana de su cuarto. Desde allí se dedica a admirar
a un joven jaguar; la más elástica edición conocida del gato;
que en ese momento ejercita sus músculos en el jardín. Este
macho silvestre, que al parecer quedó atrapado allí desde la
adolescencia de la viuda, suele mostrarse casi siempre desver­
gonzado, pegado de sí mismo, por lo cual no concederá siquiera
una mirada a su dueña cuyo regazo seguirá aguardándole sin
esperanzas.
Por otra parte, parece que no existe ninguna vía de comu­
nicación, o cruce de arterias entre el tigre de adentro y la viuda.
Ambos parecen compartir una misma habitación pequeña, sin
haber cambiado nunca un monosílabo.

73
ESPERAR LA LUZ VERDE

Para Amaldo Acosta Bello

¿Qué hago aquí, en esta calle, en medio del ruido, si ahora


mismo estoy en mi casa rodeado de pequeñas distancias, sin
más compañía que la de mis hijos, esos envases leves cuyo
aliento ha salido del mío y a quienes doy la vida a cada momento
que pasa?.
Sin embargo, ¿para qué detenerme ahora en medio de esta
calma hogareña que se reblandece poco a poco, cuando aquí
en la calle la vida apresura sus pasos para darme alcance, en el
ofuscado movimiento exterior que me rehace a cada instante?.

74
DONDE PEGAR UN O JO

Para José Balza

Faltan agujeros por ahí donde pegar un ojo y descubrir


que con toda seguridad, otro ojo perfectamente vivo estará
pegado al lado opuesto.
Ambos permanecerán fijos uno en el otro repitiéndose
continuamente a sí mismos; y sin embargo este constituye una
ingenua ficción, pues es sabido que tales agujeros sólo tienen
una sola cara; es decir, únicamente aquella donde uno ha acer­
cado su ojo.
En todo caso, aun cuando usted llegue a convencerse de
que otro ojo lo mira desde el lado opuesto, es prudente tener
en cuenta, para su completa tranquilidad, que aquél también
es un lado único.

75
FUNCION NOCTURNA

Para Luis Camilo Guevara

Cada noche, cuando apenas han dado las nueve, los esposos
regresan a casa después de haber completado un pequeño paseo
por el barrio. Ahora les vemos cruzar la verja de una de esas
quintas modestas, que envejecieron sin haberse quitado el lazo
y la falda almidonada que usaron en su fiesta de quince años.
Ella queda un poco rezagada del marido, disimulada a me­
dias por la oscuridad del jardincito; mientras el caballero da
un paso decidido hacia el pórtico y se lleva una mano al bolsillo.
Un instante después, el húmedo chasquido del pestillo
suena detrás de ellos.
En los minutos siguientes, el silencio que comúnmente se
pasea por la casa, se ve interrumpido por rumor de pisadas
y conversaciones en voz baja, a medida que los esposos van
de un lado para otro cumpliendo algunas tareas domésticas.
Ella se inclina por sobre el cubo de la basura para ase­
gurarse de que la tapa ha quedado bien calzada. El pasa por
detrás de ella cuando se dirige a hacer su última visita del día
al cuarto de baño, y sin pensárselo detiene sus pasos, se inclina,
la abraza por el torso, y como si ya se sintiera atraído por un
liviano espíritu nocturno, deja que sus dedos opriman con deli­
cadeza dos nidos espaciosos que cuelgan de su rama, moldeables
todavía aunque ya nada trina en su interior.
El cabello abundante se desliza a un lado bañando una
parte del hombro carnoso, y él se recuesta un poco más en su
espalda y siente el paso de una risita aguda que corre formando
burbujas.

76
Apenas entran en la alcoba, una transformación va tenien­
do lugar en las facciones del marido; quien en la vida real se
desempeña como cajero de una agencia bancaria, razón por la
cual su fisonomía padece de los estragos originados común­
mente por la taquilla: una mirada fría y distante, unos rasgos
lavados con señales vidriosas en los lagrimales; una piel que
ha venido chupando, año tras año, a través de las yemas de
los dedos, cierta saña del prójimo vertida en el papel moneda;
y esas señales despiertan ahora avivadas por un brillo histriónico
que se comunica a cada movimiento suyo, añadiéndoles veloci­
dad y chispa, como si en el interior de ese cuerpo una corriente
de sangre vigorosa se abriera camino.
Ella aparta de él la mirada ocultando una cara bañada por
las lágrimas; pero ya el marido aguarda a los pies de la cama
en mangas de camisa. Sus rasgos ya no resplandecen como lo
hacían hace unos momentos; tampoco muestran despotismo o
crueldad. Por el contrario, la disposición del semblante reposa
al parecer en un asiento de conciencia en paz.
La mujer sin hacerse esperar se pone de rodillas en la
alfombra. Ella misma aparta a un lado el bloque de cabellos
valiéndose de un ademán del brazo casi ritual y cadencioso.
Dobla con lentitud el espinazo, apoya la frente en el borde
metálico de la cama y deja el cuello al descubierto.
El marido levanta el hacha en las dos manos.
La cabeza rueda sobre la colcha, por milésima vez en milla­
res de noches semejantes, envuelta en sus propios cabellos.

77
E L CARRO, E L AUTOM OVIL

A Gabriel Jiménez Ernán

Las paredes interiores del coche (del carro, del automóvil),


esa reducción del primitivo hogar de los sueños, primer proyecto
realizable de la casa que anda y se desliza sin obstáculos frente
a un paisaje que nunca es el mismo cuando volvemos la mirada
a la ventanilla. Caja de bombones de Eros, su aroma peculiar
resplandece como una vitrina de trofeos; sus instintos se afinan
en la mitad del día más salidor del año; ése que hace subir los
vidrios empañados por el aliento y llena el asiento trasero de
ropas en desorden.
Por eso, especialmente, un coche, un automóvil nunca nos
ama igual que en los veinte años.

78
LA CABRONA, V IEJA G LORIA

Para Octavio Armand

Parece que uno puede recibir su parte de la gloria de


muchas maneras diferentes. De lejos, advertí que la mía iba
a ser posiblemente un objeto doméstico de forma cuadrada. Era
una mesa. La era, en realidad. Luego vi que sólo tenía tres patas.
Tratándose de una mesa cuadrada, con una pata en cada
punta, esto significaba que no iba a poder apoyar los codos
en el lado vacío sin tener que venirme al suelo; y ésto iba a con­
vertirla rápidamente en un objeto inútil.
Pensé en mandarle a hacer una pata; pero el carpintero
insistió en tener que llevársela a su taller, y yo no quise que
saliera de casa. De cualquier manera era mía, con su lado vacío
que no le venía mal, después de todo, ya que esa minusvalía
era como un rasgo voluntario de humor; como si ella levantara
esa pata solo un momento para mí, y luego iba a aparecer el
pequeño charco espumoso debajo.
Me aficioné tanto a esta última idea, que con el tiempo
comencé a pensar si no hubiera sido mejor haber recibido un
perrito en lugar de la mesa. Podía sacarlo conmigo a pasear,
envejecería entre mis cosas y hasta podía verlo morir un día
con tristeza; ya que los perros mueren regularmente antes que
sus amos y así se les puede llorar mucho tiempo; pero en cambio,
¿qué iba a suceder con mi lisiada?. Había sido construida de
caoba, material más duradero que la carne, de modo que me
sobreviviría fatalmente. ¿Y entonces, qué iba a ser de ella?.
La mayoría de la gente quiere una mesa, tal vez una mesa
de tres patas, pero no tres patas de una mesa. De modo que la

79
pobre tendría que terminar sus años en el basurero . . . o tal
vez en el centro de una tertulia de mendigos, bajo el arco de
un puente, por ejemplo, ya convertida en leña, en humo.
La idea me gustó desde el principio. El humo de la gloria.
¡Vaya!.
Me apropié de esta vieja metáfora que había salido por
azar, y ella me ayudó en adelante a soportar galantemente mi
propiedad.
Estuve muchos años imaginando la escena de esos men­
digos como si la viera en un grabado de estos que aparecían
en los folletines del siglo pasado; estampas que valen muy poco
como arte, me imagino, pero que siempre me enternecen con
sus tonos sombríos.
A partir de entonces, mi lisiada fue perdiendo contacto
con el suelo, comenzó a flotar en lo inefable y me permitió
imaginar, a su costa, innumerables fantasías novelescas, muchas
de ellas felices.
Claro está que esto último ha sido producto de las ilusiones
únicamente; pero, al fin y al cabo, ellas, las cabronas, siempre
fueron lo más importante.

80
HACE MAL TIEM PO AFUERA

Para Leopoldo Castilla

Fuera de la puerta de su conciencia estaba parado un día


un hombrecito de corta estatura, de facciones perdidas en una
cara de muchos huesos, remedo de fechas y acontecimientos
pequeños que la memoria debe conservar sólo como vestigios
sin forma conocida.
Ese hombrecito viste de un viejo paño oscuro castigado
por la intemperie y lleva una sombra bajo el brazo; un pequeño
paraguas, una rutina melancólica conducida como el condenado
que es llevado cada día al suplicio sin que la sentencia nunca
se ejecute.
Pero, ¿qué hace allí al aire este desconocido; quién es él;
se decidirá por fin a llamar?. Nada ganaría con hacer eso; lo
juro. Esa puerta es la entrada a una vida senil y ponzoñosa y éste
sólo busca cabida por un día, tal vez por unas horas nada más,
en una estancia más o menos cómoda que le proporcione una
sensación de pertenencia. El sólo aspira a disfrutar del sosiego
que cabe en una propiedad provisional libre de pasado y de
remordimientos.

m
UNA ASPIRACION BRUSCA

Para Juan Gustavo Cobo-Borda

Ella tenía toda la apariencia de un arquero joven. (Nunca


tuvo reparos con el sexo ). Sólo su cabeza era una piedra tosca­
mente tallada que parecía negar la existencia de un cuerpo ver­
dadero.
Observando esa cabeza con detenimiento, me parecía estar
viendo una cicatriz que ya ha terminado de cubrir por completo
una herida.
El arquero me ha visto. H a preparado el arco. Estira la
cuerda empleando las yemas de dos dedos que al juntarse con­
funden sus sangres, resumiendo la perversa distribución de las
fuerzas en toda una edificación de músculos colocados en estado
de alerta.
El arco se curva como un vientre en el séptimo mes y la
flecha sale disparada hacia el centro del blanco: un punto oscuro
donde giran vertiginosamente mis ideas como en el vértice de
un remolino.
Pero no habrá desgarramiento ni dolor en el choque.
En el instante en que los dedos del arquero se separan
liberando la cuerda, una violenta aspiración de aire, un grito
revertido sorbe todas las manifestaciones de la vida arrastrán­
dolas a un único agujero: el centro de la vida consciente por
donde entra en seguida, refrenada, purgada de dolor la punta
de la flecha.
He vuelto a respirar una vez más.
Una vez más ella está preparando su arco.

82
HACER PASAR AL MALO

Para Darío Ruiz Gómez

E s prudente dejar la puerta de atrás entreabierta para que


el diablo entre sin tropiezos, ya que a él le es del todo imposible
entrar por las puertas de enfrente sin faltar gravemente a su
dignidad.
El sabrá agradecernos esta deferencia que nada nos cuesta,
y en cambio nos permitirá disfrutar del beneficio que significa
tener al diablo en casa; beneficio que se reparte sin distinción
entre grandes y chicos, pero sobre todo entre los ancianos.
Claro que si no tenemos todavía ancianos en la familia
será necesario esperar a que llegue a nosotros la vejez completa,
y así podremos envolvernos definitivamente en ese manto que
el amo prepara especialmente para la última edad.
E s un manto tejido a través de la vida con los hilos de la
avaricia, de la gula, de la envidia; esa que nos corona de azahares
y nos desposa con la belleza ajena; y también, por qué no, con
la dulce pereza.
¿Qué mejor calorcillo para acabar de envejecer como éste
que nos proporciona el señor del aire?. A su abrigo viviremos
unos pocos años de sosiego, libres de las retaliaciones del tiem­
po, el cual irá dejando de ser lo que pretende y poco a poco se
aquerenciará por completo, goteando, dentro de nosotros.
De esta manera gozaremos de la ilusión casi perfecta de
que nuestra vida transcurre o se detiene por su propio imperio
en un mundo que progresivamente se decolora y se distancia.
Y todo esto, no más que con dejar la puerta de atrás entre­
abierta.

83
REDO BLE DE TALO NES EN LA NO CH E

A Pedro Gómez Valderrama

Esa noche, cuando abrazaba a su mujer, sintió que un


peso extraño, una forma voluminosa que se le hizo irreconocible,
se deslizó en el hueco de sus piernas y se estremeció allí varias
veces, estregando contra sus muslos una superficie escamosa.
Al momento pensó que esa masa viviente, obstinada y llena
de calor había salido del vientre de su mujer; pero no tuvo
tiempo de saberlo, porque casi inmediatamente todo empezó
a desintegrarse y resbaló desordenadamente dentro del sueño
que se aproximaba.
Apenas despertó al día siguiente, la sensación regresó a su
memoria con tal veracidad como si la gran cola de pescado
estuviera resbalando en ese mismo instante entre sus piernas.
Bien. Casi sin proponérselo acababa de acertar con la forma
de aquella masa singular: una cola de pescado; una pesada cola
escamosa semejante a la extremidad de una sirena tal como se
la representa en los grabados: flexible, adelgazada en su parte
inferior y rematada por una doble aleta abanicante.
A todas estas, su mujer reposaba a su lado en la cama
todavía sumida, al parecer, en la larga digestión del orgasmo.
Dormía vuelta de costado hacia él, y sus piernas, un par de ellas
en la mejor edad y en su más sano juicio, desnudas, asomaban
por un trozo de sábana rodada.
Ellas también dormían, pero de una manera especial, ya
que en el sueño parecían dirigirse a él, haciéndole entender
que en cualquier instante ellas podían despegarse y saltar y
cerrarse como dos poderosas palancas por encima de sus riñones.

84
Así pues, nada de colas de sirenas. Eran dos piernas, tan sepa­
radas e independientes como dos brazos de río que se juntan
por un momento, pero sin llegar a confundir sus aguas.
¿De dónde le había venido, pues, aquella extraña idea?.
Á lo largo de ese día, la pesada cola cayó una y otra vez
entre sus piernas, y allí se sacudió en convulsiones.
Volvió a su casa al atardecer. Su mujer lo recibió con dul­
zura, pero sin cantos de sirena porque ellos no eran su estilo.
Sólo lo abrazó con diligencia, comportándose ya como una pro­
mesa firme de la noche que se avecinaba y que pronto los
arrastraría, confundidos en uno solo.
El tocó sus caderas que siempre se abrían al aproximarse
como un pesado fruto que va a ser consumido, y cuyas molduras
entraban en toda la mitad de su cuerpo con juiciosa correspon­
dencia.
Esa, noche, al sentir la aproximación de su aliento el calor
seco de su cara, las líneas de los huesos que resbalaron encima
de los suyos, comprendió que aquel descubrimiento no había
sido únicamente obra de la imaginación. La criatura que tenía
en sus brazos ya no era tan sólo su mujer; también era el reves­
timiento de una antigua metáfora, cuya resonancia había re­
corrido los siglos teniendo diversas maneras de manifestarse,
algunas de ellas hijas de la imaginación más humilde.
Pensó en el soplo casi maléfico de las bestias marinas,
y también en el vuelo de las brujas, tan cercano a la caricatura.
Pero los talones golpearon una vez más en las tazas de los
roñones.
La cabeza del pájaro sin ojos cruzó la entrada.
Realmente, no había nada de que preocuparse.

85
CAMINANDO HACIA ATRAS

Para la Negra Garmendia.


Y para Mari Ferrero, Nancy Rodríguez,
Leonor Pulgar, Marina Barreto, Malila
Estava, la Flaca Cecilia.

La fiesta que pondríamos, amigos, si todo hubiese sido


una broma y ahora principiaran a salir por las puertas aquellos
de nosotros que nada más habían ido a la esquina un momento,
o estaban en el bar de enfrente, o pasaron un año en París
o únicamente llegaban un poquito tarde, únicamente un poquito
más tarde a la fiesta que estaba convocada hace tiempo Gonzalo,
Efraín, Rómulo, Baica, el Chino; todos un poco más ligeros
ahora, libres del peso de los días corrientes; ligeros pero con
lo mejor que tienen, con la camisa más bonita; y esa noche
no nos cansamos de mirarlos paseándose por entre los sillones
como grandes juguetes que brillan y andan sin sentir cansancio;
y nosotros no paramos de hablar en toda esa noche, hasta que
el amanecer nos sorprende y vemos que ninguno de nosotros
ha envejecido; pero ellos ya tienen que irse, claro, porque la
hora del regreso está pasando, y todos salimos a despedirlos
a la puerta; adiós, chicos, adiós; y ellos comienzan a alejarse
pero no lo hacen en fila ni formando grupos, sino regados en
todo lo ancho del camino por todo lo díscolo que fueron y
siempre caminando hacia atrás y saludando con el brazo: adiós,
adiós, pues; después nos vemos; y se alejan, pero tampoco
demasiado ni tampoco van perdiendo tamaño; solamente se van
otra vez, satisfechos, por un camino que tiene de todo como
en los cuentos y no termina nunca.

87
I N D I C E

Pág.

Horario de s a lid a ....................................................................................... 7

El fruto prem aturo..................................................................................... g


El relámpago de las p rad e ras.................................................................. 12

Propiedad horizontal................................................................................. 14

Sobre la tierra calcinada........................................................................... 15

Nostalgia de la f i e r a .................................................................................. \~¡


Un pequeño estrabism o............................................................................ 21

Una gota de la m u ltitu d ........................................................................... 23


Confesiones de un p aralítico................................................................... 24
Era verdaderamente un muchacho.......................................................... 26
Chaguaramos: Romolo y R e m o ............................................................... 28
“ Un niño regio, hermoso. . . ” ................................................................ 29
N avegaciones............................................................................................... 30
Asuntos del trá fic o .................................................................................... 31
Pájaros o to ñ ales......................................................................................... 32
Observaciones del tie m p o ........................................................................ 33

3 p m ............................................................................................................. 36
Vas en la dirección correcta.......................................... .......................... 37

Museo de c e r a ............................................................................................. 39
T ig r e ............................................................................................................. 41
Juego de n iñ o ............................................................................................. 42
A las mil y quinientas
Hotel “ La Estación” (*)
Esa cal de familia . .
Revelaciones del maestro
Trucos de ventanilla
Primeras letras . .
Un arco de ceniza
Semblanzas primitivas
Putecilla primaveral . .
Canción de los sexos opuestos
Una debilidad reciente
Animales del frío . .
Muchos años después
Silencio, por favor
Costumbres solitarias
Cuento de tía vieja
Manchas frías en las sábanas
Esperar la luz verde
Donde pegar un ojo
Función nocturna . .
El carro, el automóvil
La cabrona, vieja gloria
Hace mal tiempo afuera
Üna aspiración brusca
Hacer pasar al malo
Redoble de talones en la noche
Caminando hacia atrás
COLECCION DELTA

1 Los cuadernos del Destierro


Falsas Maniobras
Derrota Rafael Cadenas
2 Contra el espacio hostil Alfredo Silva Estrada
3 Entreverado Baica Dávalos
4 Discurso salvaje J. M. Briceño Guerrero
5 El Bazar de la Madama Alfredo Armas Alfonzo
6 Sumario de Somaris Gustavo Pereira
7 Cuatro Ensayos sobre el hombre
contemporáneo Hernando Track
8 El Cuaderno de Blas Coll Eugenio Montejo
9 Por cuál causa o nostalgia Juan Sánchez Peláez
10 Trópico Absoluto Eugenio Montejo
11 Myesis Juan Liscano
12 Amante Rafael Cadenas
13 Anotaciones Rafael Cadenas
14 Holadios Jonuel Brigue
15 Antología poética Luis Beltrán Guerrero
16 Salto Angel Ida Gramcko
17 Antología Paralela Juan Calzadilla
Salvador Garmendia (Barquisimeto,
1928), uno de los máximos repre­
sentantes de la narrativa venezola­
na contemporánea, fue miembro
fundador y redactor de la revista
Sardio, publicación que en mucho
contribuyó durante la década del
60 a difundir las tendencias mo­
dernas de la literatura occidental.
Desde 1959, en ocasión de haber
obtenido el Premio Municipal de
Prosa de Caracas con su obra Los
pequeños seres, Garmendia nos
ha ofrecido paulatinamente uno de
los corpus narrativos más sólidos:
Los habitantes (1961), Día de ce­
niza (1963), Doble fondo(1966), La
mala vida (1968), Difuntos, extra­
ños y volátiles (1970), Los escon­
dites (1972), Los pies de barro
(1973), Memorias de Altagracia
(1974) y El único lugar posible
(1981).
fundarte

Fundación para la Cultura y las Artes del Distrito Federal

COLECCION DELTA N" 1