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Presentación del libro Microfísica sexista del poder.

El caso Alcàsser y la
construcción del terror sexual, de Nerea Barjola.
Virus Editorial.

Librería Traficantes de Sueños, Madrid, 12 de abril de 2018


Mamen Briz, Colectivo Hetaira

Gracias a Virus Editorial por la invitación al Colectivo Hetaira para participar en


la presentación del libro de Nerea Barjola “Microfísica sexista del poder”.
Hay ensayos que aparecen en el momento oportuno y que vienen para quedarse
para siempre en nuestras estanterías y con toda seguridad volveremos a él una y otra vez.
Éste es el caso del libro de Nerea Barjola, a quien conozco a través únicamente de la
lectura de su vida y justo hace unos minutos en persona. Qué feliz que se siente una
cuando encuentra a personas preocupadas por los mismos temas, verdad? Ella refiere su
ensayo a un caso muy concreto: el caso Alcàsser, pero no para quedarse exclusivamente
en él, sino para ir más allá y reflexionar sobre qué suponen las ideas que se originan
socialmente en torno al terror sexual y cómo su relato afecta a la vida de las mujeres, de
todas las mujeres, al recorte de sus libertades y sus derechos.
Desde hace años y desde ciertos sectores del feminismo venimos alertando sobre
el “pánico moral” y sobre cómo los relatos que se construyen en torno a él frenan las
posibilidades de autodeterminación e impiden que el feminismo siga ensanchando las
posibilidades de decisión de las mujeres, que el feminismo amplíe y haga posible
nuestra libertad.
“París se convierte en una ciudad peligrosa para las mujeres. El 58% de las
parisinas dicen “sentir miedo” cuando regresan a casa después de las nueve de la
noche”. Es un titular del periódico ABC de la semana pasada (3 de abril de 2018).
Venía a cuento de una investigación del Instituto de Ordenación y Urbanismo de la
Región de Isla de Francia. Los únicos testimonios que aparecen, 3, son de mujeres que
hablan de sus “miedos”. Y el periodista insiste: “Todos los espacios de la vida diaria
pueden ser ‘peligrosos’”. Estáis alertadas, sobre todo si teníais previsto viajar solas a

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París, porque la foto que acompaña al artículo es una foto del metro, en principio, un
lugar público y transitado.
Pareciera que después de tantos años de lucha feminista tenemos que dejar de
hablar del sexo como placer para enfocarnos exclusivamente en el relato del “sexo-
peligro”. Y muchas nos negamos con todas nuestras energías. Nos negamos porque
queremos poner también el acento en el placer y en el sexo placentero.
Carole S. Vance lo explicaba magistralmente en su libro “Entre el placer y el
peligro”.
Como reflexionaba nuestra compañera del Colectivo Hetaira, Cristina
Garaizabal: “Por la importancia que tiene la sexualidad en nuestras sociedades y por
cómo aparece ligada a la expresión de nuestra más genuina intimidad, la sexualidad
frecuentemente es un terreno contradictorio: fuente de los más grandes placeres y de las
angustias más intensas. El sexo condensa temores íntimos, suscita preguntas acerca de
nuestra identidad, de la moral y de la ética, particularmente en momentos de crisis (como
el actual); de manera que las actividades sexuales a menudo funcionan como
significantes de temores personales y sociales con los que no guardan ninguna relación
intrínseca”.
El heteropatriarcado trata de dividir continuamente a las mujeres. En sus relatos
hay dos tipos completamente diferenciados: las “buenas” y las “malas” mujeres. Las
malas mujeres son aquellas que escapan del control patriarcal, que deciden y hacen con
sus vidas lo que desean, pero sobre todo hacen y deciden sobre sus vidas sexuales y aquí
es donde entra en confrontación con el machismo más exacerbado.
Las malas mujeres saben que recibirán un castigo. Las buenas mujeres saben que
han de continuar seguir siéndolo si no quieren recibir un “puta” como insulto.
Y esta situación consigue situaciones delirantes, como por ejemplo, que en algún
programa de televisión se le diga a una adolescente/joven que para estar guapa hay que
estar algo “sexy”, pero no demasiado “sexy”… porque eso no sería apropiado. Es también
un discurso recurrente en algunas revistas femeninas más tradicionales: al lado de un
artículo que supuestamente aboga por la libertad de las mujeres para hacer top less en la
playa, se ubicará otro en donde se explique, con todo detalle, cómo aplicarse la crema
solar en esa zona para no dejar entrever “malentendidos” entre quienes te rodean.
Todas las mujeres temen ser clasificadas como “putas” y es un temor con el que se
convive a diario. Porque es un temor que genera “castigo social” y reprobación. Nadie
vendrá a felicitarte por ello.
El movimiento feminista pro derechos, desde sus inicios, trabajó –y continúa
trabajando- por romper esta dicotomía entre mujeres, por no dejar que sea el
heteropatriarcado quien decida cómo y de qué forma dividirnos. Así nos reivindicamos
como “putas”, seamos o no profesionales del sexo, como una forma más de plantarle cara
al sistema establecido. Reapropiarse de los términos despectivos para hacerlos nuestros ha
sido también una estrategia propiamente feminista.
Putas por ser promiscuas, putas por disfrutar de nuestra sexualidad con quien nos
apetezca (o con quienes nos apetezca) independientemente de edades, etnias, género, de si
existe o no amor de por medio, etc. Reivindicamos el placer y denunciamos el posible

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castigo que pueda recaer sobre nuestras cabezas. El castigo como freno al placer sexual de
las mujeres y de su libertad.
Porque, además, y es otra idea socialmente admitida, las mujeres son responsables
de su sexualidad y, de paso, de la sexualidad de quienes les rodean, fundamentalmente la
de sus parejas sexuales hombres. Así, en muchas ocasiones, aparecen como
“contenedoras” del deseo irrefrenable de éstos últimos. Por si fuera poco, las mujeres
también son culpables de ser agredidas (no estar en el lugar que le correspondería, haber
salido de la zona de supuesto confort para las mujeres, etc…).
En el ensayo de Nerea Barjola aparece el testimonio de Laura García siendo una
adolescente “Creo que voy a ser puta” y la otra: “Pero ¿por qué piensas eso?”, y yo:
“No te lo puedo decir…”. A ella no le dije que me masturbaba. Pero yo sabía que era
algo sucio, por mi madre”.
Como señala Nerea: “Lo relevante de este testimonio es la asociación que Laura
hace con la categoría “puta”. Para ella, sus prácticas, su libertad sexual e individual,
el disfrutar de su cuerpo suponía no ser una “mujer normal” y, por ende, debía de ser
una puta. Esta línea entre la “mujer normal” y la puta es una zona que las mujeres
transitan constantemente a lo largo de su experiencia vital”.
“Nunca hay que ser demasiado puta”, relata Gentzane Oyarzabal, otra de las
entrevistadas en el libro. Sobre todo porque tu nombre puede acabar en las paredes del
instituto junto al calificativo “zorra”. Recordaba el testimonio de una trabajadora del
sexo brasileña, Bruna Surfistinha, que escribía en su autobiografía El dulce veneno del
escorpión, que ante la insistencia de alguna gente de su instituto por denominarla puta
(era algo más atrevida en sus relaciones sexuales que el resto de la clase), decidió que
tal vez tenían razón, que tal vez podría ser su futura profesión, porque no le temía al
insulto, le temía más a quedarse inmóvil a no ser curiosa, a no relacionarse con quien
quisiese en cada momento. Bruna optó por su libertad frente al qué dirán. Como otras
muchas mujeres que, asediadas por el entorno social, deciden romper con la falsa idea
de las malas mujeres.
Silvia Federici escribe en el prólogo: “Como ya sabemos, las preguntas acerca
de qué vestido llevábamos, de si opusimos suficiente resistencia frente a la agresión o
las indagaciones respecto a nuestra reputación sexual –a ojos de la policía, por
ejemplo, las trabajadoras sexuales no tienen derecho alguno a ser protegidas frente a
las violaciones- son cuestionamientos recurrentes a la hora de denunciar una violación.
Como consecuencia de ello, la mayor parte de la violencia sexual contra las mujeres
acaba por no ser denunciada, al transformarse los encuentros con la policía y las vistas
en los tribunales en otra forma de agresión”. Tengo que decir para vuestra tranquilidad
que no sucede así en todos los países y que en el nuestro, en concreto, no nos hemos
visto obligadas a denunciar ninguna situación de desprecio por parte de la judicatura
hacia denuncias de violación realizadas por parte de algunas trabajadoras sexuales. Por
lo general, las penas están siendo equitativas y no se está ni cuestionando ni
discriminando a las mujeres que han cursado denuncia por el hecho de ejercer la
prostitución. Pero insisto, en nuestro país y de momento. No descartamos que tengamos
que enfrentarnos a algún caso. Pero, a día de hoy, y gracias a la lucha feminista, a las
“esposas violadas por sus maridos” o las trabajadoras sexuales violadas por
desconocidos, parejas o clientes se les está dando cobertura judicial. Desde Hetaira y las
organizaciones pro derechos animamos a la denuncia y a que ninguna agresión quede
sin respuesta, judicial y social.
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Comencé a formar parte del Movimiento Feminista, primero desde las
asambleas feministas de la Universidad Complutense y más tarde (y antes de decidir
junto con otras compañeras lanzarnos a crear y batallar en el Colectivo Hetaira) de la
Comisión Antiagresiones del MF de Madrid. Cabalgábamos entre la denuncia de las
agresiones y exigencia de libertad sexual para las mujeres y sí, conseguimos algunos
pequeños triunfos. Los “delitos contra el honor” se convirtieron en “delitos contra la
libertad sexual” en la reforma del Código Penal.
Gracias Nerea por reflejar tan bien esos años tan intensos e interesantes del
Movimiento Feminista, tanto a nivel de activismo como a nivel de reflexión teórica.

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Sigamos. Se cuenta en el ensayo que Francisco Granados, delegado del
Gobierno en Valencia, informó a los medios de comunicación sobre las primeras
hipótesis que se iban barajando:
“En un principio –exponía el delegado del Gobierno-, todo apuntaba a que las
menores podrían encontrarse en algún centro de diversión, aunque, al haber
transcurrido cuatro días desde su desaparición, tampoco se rechaza que alguna
organización de delincuentes las mantenga recluidas en un club de alterne de
carretera, tras haberlas secuestrado para obligarlas a ejercer la prostitución”,
publicaba El Levante Valenciano (18 de noviembre de 1992).
No es hasta el año 2003 cuando comienzan a darse los primeros casos de trata de
personas en nuestro país y, sin embargo, ya en 1992 se cita uno de los peligros que
pueden corren las mujeres jóvenes que deciden irse de fiesta una noche: “ser obligada a
prostituirse”, acabar convertidas en “putas”, ser puta como lo peor que le puede ocurrir
a una mujer.
Los peligros, las amenazas se triplican cuando eres puta. De hecho pocas veces
leemos historias de interés en relación al trabajo sexual en los medios de comunicación.
Las prostitutas existen cuando son “cadáver”. Y a algunas instituciones, sólo les interesa
hablar de ellas cuando han sido asesinadas. El reclamo de “contabilizar” las víctimas
por violencia machista prostitutas es una constante en los últimos meses. Entró en la
agenda política, pero no para denunciar todas las situaciones de violencia a las que se
pueden exponer las prostitutas, incluida la violencia institucional (esa que les persigue
para multarlas, esa que se niega a conceder derechos laborales) sino para tener a la
víctima perfecta: la víctima muerta y seguir recreando en el imaginario colectivo que si
el lugar de una “buena mujer” está en la cocina, el de la “mala mujer”, la prostituta, está
en la morgue.
La historia está llena de páginas y páginas de sucesos: Jack el Destripador o el
caso más moderno, en los años 80, del llamado “Destripador de Yorshire”, que asesinó
en una región del norte de Inglaterra a 13 mujeres a lo largo de cinco años, antes de que
le detuviesen. “Dios me dijo que las prostitutas eran la escoria de la tierra y que había
que acabar con ellas”, confesó Sutcliffe. De las 13 mujeres 6 eran prostitutas
profesionales. El asesino aclararía: “Sabía cuando lo hice que cada una de ellas era una
prostituta”. Ese fue su móvil para asesinarles: según su concepción, todas eran putas,
ejerciesen o no la prostitución. El Colectivo Inglés de Prostitutas llamó la atención en su
momento de la distinción que se solía hacer en los medios entre unas y otras: “Parece
como si las muertes de prostitutas conmovieran menos que las de ‘inocentes’”.
A lo largo de los años, hemos denunciado que el estigma que recae sobre las
prostitutas las sitúa en un lugar de fragilidad. Hemos alertado sobre la violencia
institucional y como actúa como llamada para que algunos agresores encuentren
motivos, bajo su punto de vista fundamentados, para violentar a una prostituta. Si te
multan por captar a tus clientes en la calle, en el imaginario colectivo crece la idea de
que las prostitutas son delincuentes, porque de hecho se les castiga económicamente.
Por tanto, cualquier ciudadano puede “castigarles” según le parezca. A mayor
desprotección institucional mayores son las posibilidades de que crezca el estigma y la
putofobia en algunos individuos particulares.
Porque quedarse en la idea de que son “unos desequilibrados” nos descarga de la
responsabilidad social, de la responsabilidad institucional. No, no son desequilibrados,

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ni monstruos… son “pacíficos ciudadanos” que escribiría Nerea, capaces de repartir
miedo, dolor y sufrimiento a sus víctimas.
Y, por desgracia, esta idea no cesa, aparece muy recurrentemente. La última vez
en una escenificación ligada a un pase de modelos y al calor del #MeToo, donde
aparecieron los “hombres cerdo”, hombres con máscaras de cerdo donde se descarga
toda la furia y que libra al resto de hombres y mujeres de tener qué explicar cómo es
posible la conformación sexista de las sociedades.
Pág. 147. Esta idea aparece también en “Microfísica sexista del poder”. Calificar
de “alimañas” a los agresores dificulta que se puedan entender las agresiones hacia las
mujeres como un problema social. La sociedad en general se inhibe en buscar
soluciones adecuadas y en desgranar su parte de responsabilidad.
No deja de ser chistoso que desde algunas formaciones políticas con cero interés
en los derechos de las mujeres este tipo de opiniones corran como la pólvora: “No, no
son todos los hombres, se trata sólo de algunos hombres”. El buen hombre no agrede,
no insulta, no mata… es solo “el hombre protector”, que ve reforzados sus privilegios y
que no parece formar parte de la sociedad machista.
Termino ya. Con más preguntas que respuestas. “Mi hermano y su amigo solían
decir que las mujeres eran todas unas putas”, decía Enrique Anglés, (en declaraciones
al periódico El Mundo), hermano del autor del triple crimen, declaraciones que ponen
sobre la mesa otro gran mito.
El editorial de la revista Mientras tanto instaba al ministro a repensar sus
declaraciones: “¿No cree que, por lo menos, debería decir públicamente que en
adelante considerará sospechoso a todo aquel que vuelva a repetir que todas las
mujeres son unas putas?”.
Puta como insulto, puta como estigma. ¿Caminamos hacia una nueva moralidad?
¿Qué hacemos con la libertad de expresión? ¿Recortamos libertades?
¿Dejamos que los pánicos morales cambien las políticas y que éstas vayan en
detrimento de la ampliación de derechos o los combatimos?
Muchas gracias y no dejéis de leer este magnífico ensayo, Microfísica sexista
del poder.