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Ficha de Cátedra:

“Ciencia y Sociedad: hacia una relación ética y política”


Diana Arellano
(2009)

“Hoy vivimos un problema complicado, una


discrepancia entre teoría y práctica social que es
dañina para la teoría y también para la práctica. Para
una teoría ciega, la práctica social es invisible; para
una práctica ciega, la teoría social es irrelevante”
Boaventura de Sousa Santos, 2006

En éste artículo nos proponemos dar una mirada a los aspectos éticos del
conocimiento científico, como un tipo de saber, entre otros, generado desde y
para la sociedad.
Consideramos a tales efectos, al conocimiento científico como aquel tipo de
conocimiento producido sistemáticamente para explicar o comprender hechos o
procesos de índole diversa y de distinto nivel de abstracción, pero siempre
surgido de, y destinado a, la satisfacción de necesidades definidas por las
sociedades humanas.
Las motivaciones para la producción científica surgen de necesidades de
distinto nivel de abstracción. Necesidades a nivel teórico o de revisión
conceptual –lo que algunos autores denominan “ciencia pura”- a nivel empírico,
examinando hechos o procesos sociales para describirlos, explicarlos y
comprenderlos – lo que se conoce como “ciencia básica”- o, a nivel aplicativo,
en que los conocimientos científicos se utilizan en la intervención sobre
necesidades o problemas puntuales, para intentar resolverlos –lo que se
denomina “ciencia aplicada” y/o “tecnología”-. No obstante, siempre, los
conocimiento que producen las comunidades científicas (Capel, 1994) tienen
como destinatario directo o indirecto a la sociedad.
Por ello, es necesario realizar una primera especificación respecto de los
términos de la relación que nos ocupa: ciencia/sociedad. Relación que, según
la UNESCO (2004) resulta extremadamente problemática, ya que “se
manifiesta bajo la forma de cuatro tipos de ignorancia: la ignorancia del otro, la
ignorancia de la diversidad, la ignorancia del futuro y la ignorancia de la ética,

1
siendo la ignorancia de la ética, un elemento clave, puesto que la buena
conciencia es necesaria pero no suficiente y la ética debería formar parte de la
formación básica de los científicos” (UNESCO, 2004).
Lo que genéricamente denominamos “ciencia” alude a un campo complejo,
compuesto por saberes construidos a partir de matrices teóricas y disciplinares
diversas, que aplican métodos para la producción de dichos conocimientos y
mecanismos de socialización, apropiación y uso de dichos saberes, también
diversos.
Del mismo modo, lo que genéricamente denominamos “sociedad” es un todo
complejo y dinámico en el que las personas no están sueltas o aisladas, sino
que forman parte de comunidades, grupos y organizaciones diferentes, en
forma simultánea y además, cambiantes. Una misma persona pertenece a una
familia, se educa en una escuela en particular, pertenece a grupos
profesionales, es militante de un partido político determinado o no y, a lo largo
de su vida estos grupos de pertenencia o de referencia van cambiando según
los intereses y las posibilidades materiales de las personas y los grupos. A su
vez, tanto las relaciones que se establecen entre y, al interior de, los diversos
grupos que integran una sociedad determinada, son relaciones políticas, en
sentido amplio, en tanto implican una dimensión de poder (Bourdieu, 1988,
1999; Davis, 1980).
Entre estos grupos que forman la sociedad se encuentran las “comunidades
científicas” integradas por personas que tienen diversas formaciones
disciplinares, que se dedican a la producción/reproducción (investigación y
docencia) de conocimientos científicos que tienen como destinatario final a la
sociedad en general, pero dentro de ésta, algunos sectores particulares serán
beneficiarios directos, otros, los fomentarán o serán críticos, indiferentes o
escépticos frente a ellos.
Como toda relación social, la relación de las comunidades científicas con la
sociedad en general, es también una relación política –entendida no desde la
lógica de partidos políticos, sino en su acepción más amplia de formas de
creación y administración de poder- en la que intervienen al menos tres
factores interrelacionados que le darán su impronta: la priorización de
necesidades, la satisfacción de intereses y el ejercicio del poder de decisión.

2
En efecto las distintas corrientes políticas propician y se sustentan en posturas
científicas con sus teorías, metodologías, lógicas de intervención y sistemas de
valores congruentes.
Así, por ejemplo, mientras la corriente política neoliberal sustenta una ciencia
utilitarista con un paradigma en que la naturaleza es el objeto a “domesticar”
por el hombre para desarrollo de la humanidad, las corrientes más socialistas
entienden que la naturaleza no es un espacio de domesticación sino el locus
mismo de la vida, del que el hombre es un ser más entre otros y por ello, del
estado de la totalidad del ecosistema depende el estado de mal o bien-estar del
hombre.
Del mismo modo que toda relación social es política, toda relación social se
apoya, genera y sustenta un sistema normativo que establece las pautas
adecuadas de conducta para esa relación. La vida social de los seres humanos
no se compone solamente de acciones sino que implica también, un orden
normativo que genera reflexión y teoriza acerca de los actos formulando juicios
respecto de ellos (Davis, 1980).
Las normas que rigen la acción humana han sido concebidas de diferentes
maneras. Desde la teología, las normas morales tienen origen divino, pero,
desde una postura más sociológica a la que adherimos, consideraremos a las
normas como un sistema de pautas de conducta generado en y para las
sociedades humanas que tiene un devenir histórico en el que va
transformándose y adecuándose y que, en principio, tiene una fuerte carga
ideológica en tanto se sustentan en el poder de las clases dominantes de cada
sociedad. Es decir, no existe un único sistema normativo objetivo, proveniente
de las leyes divinas o de la naturaleza, sino un sistema convencional asociado
a diferentes culturas, creencias y épocas.
El sistema normativo presenta de este modo dos dimensiones imbricadas: la
moral y la ética, que, para muchos autores son en principio una misma cosa -la
distinción se establece sólo a partir de las traducciones provenientes de los
términos originales en griego o latín1- que con el tiempo han devenido una
distinción que diferencia Moral de Ética. De este modo, la Moral ha sido

1
Moral (del latín Moralis) significa costumbres y Ética (del griego ethikos, pero también ethos) significa
carácter o costumbres).

3
definida como “un conjunto de creencias y normas de una persona o grupo
social determinado que ofician de guía para el obrar, es decir, que orientan
acerca del bien y del mal, de lo correcto e incorrecto de una acción”. En tanto
que, se considera a la Ética como “una rama de la Filosofía que estudia la
moral, elabora y verifica juicios y sentencias éticas de carácter normativo. Es
decir, es la teoría o la ciencia del comportamiento moral” (Ferrater Mora, 1991).
La Moral acentúa el sentido interior de obligación, entraña el sentimiento de lo
bueno y lo malo implícito en los principios religiosos y seculares de justicia,
equidad, verdad, pureza, etc. que existe detrás de la observación de una regla
que se acata no sólo por imposición o por imitación sino por la necesidad de
satisfacer el sentimiento que su observancia genera en el “fuero íntimo” de las
personas2 (Davis, 1980).
La ética se ocupa de las normas o reglamentos que rigen el comportamiento o
conjunto de acciones individuales o colectivas. Puede decirse que la ética
describe la acción social en función de los efectos que produce según una
previa clasificación de los mismos en un continum que va de lo bueno a lo
malo, de lo deseado a lo indeseado, de lo prohibido a lo habilitado, de lo
positivo a lo negativo en una escala con grises intermedios.
Es decir, mientras la Ética es el conjunto de normas socialmente establecidas,
la moral alude al grado de acatamiento de las normas por los grupos o
individuos pertenecientes a dicha sociedad. Por ello, la norma ética siempre
será teórica, en tanto que la moral o costumbre será su aplicación práctica
(Ferrater Mora, 1991).
La Ética en general, tiene un núcleo duro que reposa en valores propios de
cada sociedad de un tiempo y un espacio determinado (por ejemplo, la ética de
la sociedad occidental el siglo XXI posee un sistema de valores diferentes a la
ética de la sociedad occidental del Siglo XV o de la sociedad oriental de
cualquier época). Inciden en esta diferenciación, la cosmovisión propia de cada
una de ellas, con sus sistemas de creencias dominantes, sus usos,
costumbres, leyes y paradigmas dominantes.

2
La moral comenzó a ser enseñada en forma de preceptos prácticos como en El libro de la sabiduría y
los Proverbios de Salomón, las Máximas de los siete sabios de Grecia, los Versos dorados y otros poetas
de Grecia o bien en forma de apólogos y alegorías hasta que revistió carácter científico en las escuelas de
Grecia y Roma (Ferrater Mora, 1997).

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Por ejemplo, la sociedad industrial del Siglo XVIII y XIX tenía como paradigma
rector las nociones de Progreso ilimitado, inscripto en las leyes de la evolución
histórica y, de Trabajo como domesticación de una Naturaleza, fuente de
recursos inagotables. Estas sociedades se diferencian tanto, de la sociedad de
Mercado del Siglo XX, con su centralidad en las acciones racionales de los
individuos en busca del máximo de placer, las nociones de inclusión/exclusión
social como un efecto “natural” de las estrategias de acceso a los mercados
como, de las sociedades occidentales de fines del Siglo XX y principios del
Siglo XXI, sociedades de la Globalización y la Información, con su paradigma
de la Diversidad, los “mercados” plurales y el Trabajo como un bien escaso ya
que la percepción de la Naturaleza, antes fuente inagotable ha transmutado en
un bien escaso acechado por el hombre que, por primera vez en la historia de
la Humanidad pone en peligro la existencia planetaria en su conjunto, por lo
que, de sus acciones depende la supervivencia misma de todas las especies
(Touraine, 1997).
Pero, agotamos aquí, el abordaje de la ética en términos generales o
universales para dar paso a la reflexión acerca de la ética, en tanto sistema de
valores vigentes para una sociedad determinada, que se presenta como un
sistema de pautas específicas que rige la acción de grupos dentro de una
sociedad, como pueden serlo las “comunidades científicas” y, entonces
hablamos de una “ética científica”, como podemos hablar de una “ética
deportiva” o de una “ética docente”.
A los efectos de ordenar la exposición establecemos algunas distinciones
analíticas para abordar la ética científica, definida como valores transversales
que sustentan y guían la actividad científica disciplinar, estrechamente
imbricados en las corrientes teórico-metodológicas.
La primera distinción vincula los planteos éticos en la práctica científica con la
pertenencia disciplinar, que produce variaciones de diverso grado de sutileza
en función de las especificidades de las distintas disciplinas. Así por ejemplo, la
ética científica veterinaria tendrá entre sus preceptos “no infligir dolor o
sufrimiento a los animales” mientras que este precepto no es necesario en la
ética científica de los médicos ya que no atiende a animales. Sin embargo
podemos rastrear cómo este precepto de la ética científica veterinaria tiene
adecuaciones para la ética científica médica bajo el precepto “no se deben

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realizar prácticas médicas que produzcan dolor sin anestesia”. Ambos
preceptos éticos científicos tienen su anclaje en una norma más general que
prohíbe la producción de dolor en los pacientes cualquiera sea su lugar en el
reino animal. A su vez, esta interdicción se extiende a toda la sociedad
prohibiendo infligir dolor a “otros” ex profeso y cualquiera sea su fin, cuya
observancia tiene implicaciones ideológico/religiosas “no dañar”, políticas “no
destruir” y legales “no torturar”.
En segundo lugar, al observar el interior de las disciplinas científicas
particulares, en función del paradigma teórico bajo el cual operan en un
momento determinado, se producen variaciones en las pautas éticas. Esta
variación es aún más notoria y da lugar a la toma de posiciones políticas
opositoras cuando, en una misma ciencia, coexisten diferentes paradigmas en
competencia. Un ejemplo de ello se da en el campo de la agronomía y el
desarrollo rural, con la co-existencia de científicos que operan bajo la corriente
teórica de la Revolución Verde – esto es el desarrollo de conocimientos para
producir monocultivo extensivo como la solución planteada en un contexto de
hambruna mundial, cuya ética rectora se puede expresar como “producción
masiva de alimentos para el mundo”, que coloca la falta de alimento, como un
problema de producción de los mismos propiciando la producción alimentaria a
gran escala. En antagonismo con aquella, encontramos “otra ética”, enarbolada
por el principio político ideológico de la “soberanía alimentaria” que sustenta la
defensa de la biodiversidad del ecosistema Tierra y ejerce una oposición
vehemente contra los monocultivos que destruyen la biodiversidad intentando
ocultar que el problema de la alimentación del mundo no es un problema de
producción sino de distribución de los alimentos, según la corriente teórica eco-
sistémica aplicada a la producción agropecuaria (Arellano, 2005).
Otro ejemplo interesante es el que se da al interior de la medicina entre
quienes sustentan el paradigma intervencionista de la “curación de los
enfermos” fuertemente desarrollado por la generación científica de medicina
hiper-especializada de alta complejidad y quienes, desde la epidemiología, más
cercana al paradigma eco-sistémico de la salud, sustentan una ética que propicia
y defiende la salud y la vida de todos los componentes del ecosistema (el suelo, las
aguas, la flora, la fauna, el aire y por supuesto, los individuos de la especie humana,
con sus relaciones ambientales, sociales, políticas, y económicas), resignifica

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prácticas culturales como la alimentación, la higiene, la religiosidad y hasta la
alegría y la tranquilidad de los pueblos como factores importante para la
conservación comunitaria de la salud (Monsalvo, 2002).
En tercer lugar, la construcción del conocimiento científico implica un proceso
más o menos extendido en el tiempo, que a los efectos, podemos dividir en dos
etapas: la primera, de producción y, la segunda de circulación, comunicación o
aplicación del conocimiento científico.
Ambas entrañan interdicciones éticas de tal envergadura que restringen tanto
el tipo de problemas sociales o naturales a partir de los cuales se construyen
problemas de investigación/objetos de estudio como, el diseño metodológico
más apropiado, y las aplicaciones prácticas a que se destine el producto de la
investigación, momento en que la comunidad científica pone a disposición de la
sociedad su producto bajo la forma de conocimiento científico.
Según Leonardo de Castro, director del Programa de Enseñanza de Bioética
de la Universidad de Filipinas “la ignorancia de la ética se presenta a menudo
en las comunidades científicas que no son conscientes de que la ética está en
sus supuestos y temas de trabajo, que creen que su trabajo es puramente
científico, es decir, neutral” (UNESCO, 2004).
Las posturas más cientificistas homologan objetividad con neutralidad. Mientras
que, la objetividad es una característica buscada permanentemente por el
conocimiento científico, la neutralidad de las ciencias no existe, toda
producción de conocimientos es interesada, aún cuando ese interés sea un
interés socialmente compartido, positivamente valorado o considerado
“benéfico” (Negrete, 2000).
En el momento de producción del conocimiento científico, una de las
características de los preceptos de la ética científica es que una determinada
posición o acción científica en un grado determinado puede ser la norma
disciplinar, pero su exceso puede constituir una falta ética grave.
En el campo de las ciencias sociales donde, para dar un ejemplo, coexisten las
posiciones teórica que sustentan una ética de la praxis o acción transformadora
de la sociedad, su exceso puede transformase en la falta ética de manipulación
desmedida de la voluntad de las personas y los grupos en tal o cual sentido y
acorde a los intereses del científico y no de la persona o grupo. Otro ejemplo
es, el del principio de objetividad científica que, en el campo de las ciencias

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sociales demanda como estrategia metodológica el distanciamiento del grupo
cuyas relaciones sociales se pretende describir y analizar, pero en su extremo
puede transformarse en la falta ética de la desidia o abandono de persona.
También las técnicas de registro de la información relevada en Trabajo de
Campo tiene sus implicancias éticas que obligan a valorar las posibilidades de
que la información registrada en audio o fotografía, pueda caer en manos
extrañas a los intereses genuinos de la producción de conocimiento científico,
perjudicando a las personas o grupos que accedieron a brindar información. Tal
es el el caso reciente de una antropóloga a la que los organismos de
seguridad le decomisaron fotografías y grabaciones sobre una comunidad
indígena en litigio por la tierra y utilizaron su información para accionar
judicialmente contra la comunidad.3
Aunque, de acuerdo con los Principios éticos y el Código de conducta de la
American Psychological Association, 2003, los participantes en una
investigación tienen algunos derechos como: a estar informados del propósito
de la investigación, el uso que se hará de los resultados de la misma y las
consecuencias que puede tener en sus vidas o; a negarse a participar en el
estudio y abandonarlo en cualquier momento que así lo consideren
conveniente, así como negarse a proporcionar información (Hernández
Sampieri, 1997) en algunos casos extremos, los preceptos éticos disciplinares
pueden encontrarse en situaciones de contradicción por lo que queda al

3
Se trata de un caso de trascendencia pública que obligó a Asamblea General de la Asociación
Latinoamericana de Antropología, reunida en 2008 en San José de Costa Rica e integrada por
antropólogas y antropólogos sociales de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala,
Honduras, México, Nicaragua, Panamá, El Salvador, Uruguay y Venezuela a emitir la siguiente
proclama:
I. Nuestro enfático rechazo al uso de nuestra disciplina con fines militares y contrainsurgentes por parte
de gobiernos con conflictos militares, y apoyo a los y las colegas, así como asociaciones de esos y otros
países que se han opuesto valerosamente a esta utilización mercenaria de la antropología.
II. Nuestra inquietud por la detención de la documentalista Elena Varela, el 7 de mayo de 2008 en Chile y
la incautación del material documental que ella había logrado acumular después de un largo proceso de
trabajo con comunidades y dirigentes mapuches. Hacemos un llamado a las autoridades chilenas a
resolver prontamente la situación judicial de Elena Varela y restituir de inmediato el material documental
incautado. Del mismo modo exigimos la garantía de que los documentos obtenidos por la
acción policial no serán utilizados para la represión de los pueblos indígenas chilenos.
Consideramos que la incautación y uso represivo de este material por parte del Ministerio Público y las
policías chilenas amenazan valores fundamentales de la relación del investigador con las
comunidades que estudia.
III. Como antropólogas y antropólogos nos preocupa que, hechos como los referidos, constituyan un
precedente para acciones que impliquen la utilización indebida del material colectado bajo un
compromiso ético de confidencialidad, que al ser quebrantado amenaza la integridad de las comunidades
y sujetos involucrados en la investigación (II Congreso Latinoamericano de Antropología, 2008).

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investigador el deber de evaluar la situación. Particularmente, cuando la
preservación de la identidad del informante adquiere visos de complicidad
delictiva por omisión o encubrimiento en un delito, como en el caso de los
estudios sobre violencia de género o delincuencia urbana. Un ejemplo de ello
nos lo proporciona el antropólogo Denis Rodger (2004) que estudió las
pandillas juveniles urbanas de la ciudad de Managua y se vio obligado a
denunciar a los pandilleros a la policía para evita el asalto a mano armada a
una jubilada, del que tenía conocimiento a través de las muchas horas de
observación participante que realizaba, donde los jóvenes planificaron el delito
en su presencia. En este caso en particular, el científico abandona la norma
ética científica de preservación de la identidad de los entrevistados a favor de
normas éticas de la sociedad a la que el científico pertenece, como la evitación
del sufrimiento ajeno y el encubrimiento del delincuente cuya gravedad hace
que la sociedad sancione con fuerza de Ley al “encubridor de un delito” como
un acto delictivo en sí mismo que pondría al científico social fuera de la ley
(Rodger, 2004).
A diferencia de la ética científica en el contexto de producción del conocimiento
que suele ser más una preocupación de las comunidades científicas que de la
sociedad, los planteos éticos en el contexto de aplicación de los conocimientos
científicos genera discusión social con la participación de muchos actores y,
alcanza muchas veces, gran difusión en los medios. Basta mencionar las
discusiones sobre aborto, clonación de células humanas, armas de destrucción
masiva, aplicación de agroquímicos peligrosos como los herbicidas y pesticidas
clorados o fosfatados4, etc.
En ésta segunda etapa de comunicación, circulación o aplicación de los
conocimientos científicos, éstos se ponen a disposición de la sociedad para el
debate ético de su aplicación y, la propia sociedad, a través de sus diversos
actores, pone en marcha mecanismos de aceptación, apropiación e interdicción
para el uso de los mismos. Mecanismos que varían en tiempo y espacio y, lo
que hoy puede resultar aberrante, en otros contextos espaciales y/o históricos,
el debate y los posicionamientos éticos producen correcciones y adecuaciones,
como sucede con la generación de energía para dar un ejemplo. Mientras hace

4
Nótese la operación semántica mediática que opera en la designación de los agroquímicos como
“agrotóxicos” por parte del sector que pide la suspensión de su producción, comercialización y uso.

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algunas décadas, cuando el petróleo no era considerado un recurso escaso,
las centrales termonucleares eran bien recibidas, incluso por movimientos
ecologistas, que se oponían a la generación de energía hidroeléctrica. En la
actualidad, si bien las mega-represas siguen generando rechazo, el debate
ético suaviza la discusión acerca de la forma de consecución de energía en sí,
y problematiza los impactos sociales y ambientales colaterales, ante la
constatación de que otros tipos de energías “limpias” como la energía solar o
eólica, no generan los volúmenes necesarios para satisfacer los actuales
volúmenes de consumo.
Cuando los conocimientos científicos permiten desarrollar aplicaciones
tecnológicas para uso de uno u otro sector de la sociedad, los sectores de la
sociedad que se sienten afectados negativamente por la aplicación de tal o cual
desarrollo tecnológico, reaccionan. Muchos de estos reclamos generan nuevos
movimientos sociales que luchan por la discusión pública (agenda) del tema y
la sanción de leyes de protección de sus derechos. Por ejemplo, los pequeños
productores familiares agropecuarios de Misiones, ante el avance de los
desarrollos en laboratorios de semillas híbridas de cultivos anuales como el
maíz, cuyo precio y derechos de patente resultan onerosos para ellos,
conformaron el “Movimiento por las semillas campesinas” que, bajo el lema “las
semillas en manos de los productores” protesta contra la ley de patentes de
semillas en general, a las que consideran un recurso natural y cultural no
comercializable, dada su condición de indispensable para la subsistencia y
reproducción de la vida de los campesinos, oponiéndose a toda forma de
apropiación privada de los simientes (Arellano, 2005).
Es en esta etapa en que se pone más claramente de manifiesto un segundo
debate ético político sobre el acceso a los productos de la actividad científica.
¿Para quiénes los últimos avances en medicina, en energía, en seguridad
pública, alimentaria, en tecnologías del trabajo, en informática, etc.? Debate
ético político que no se restringe solamente al acceso a los bienes científicos,
sino también culturales y artísticos. Debate ético político que excede este
trabajo ya que se inscribe en una discusión mayor de las ciencias sociales: la
participación democrática y la distribución de los recursos en una sociedad de
mercado globalizada, restrictiva y excluyente, en la que el producto de la

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actividad científica sufre esa misma tensión entre una lógica democrática y una
lógica de mercado (Borón, 2000).
Siguiendo a Igor Sádaba (2008) en la sociedad actual y, en las comunidades
científicas en particular, quizás el debate ético transversal es el que surge en
las últimas décadas a partir de la creación de las Políticas y los Derechos de
Propiedad Intelectual que cuestionan las nociones de producción colectiva y de
propiedad comunitaria del conocimiento científico e introducen, por primera vez
en la historia, el desarrollo de sistemas de protección de las ideas (patentes y
copyrights o derechos de autor) y transforman en mercancías los intangibles
sociales: el conocimiento y la información.
No obstante, como contra-tendencia, aquellos lugares donde se vuelve más
conflictiva la regulación propietaria del conocimiento científico (biotecnología,
genética, software, medicamentos, arte, etc.) es donde más visibles son las
“comunidades de conocimiento”. Frente al esquema restrictivo de las nuevas
reglas de los mercados globales, se ha erigido una postura nueva en defensa
de los “commons”, de lo común compartido, de las creaciones e invenciones
sociales públicas y colectivas, sostenida por nuevos movimientos sociales con
una ética colectivista que se expresa en un discurso en defensa de lo público.
Un ejemplos muy difundido de “commons” es el software libre “Linux”, que
pone en el centro del debate ético político que la producción y circulación de
información y saber es la columna vertebral de las sociedades del Siglo XXI, de
ahí la necesidad de libre disponibilidad de los desarrollos informáticos como un
principio de equidad global, contra la brecha informática entre países pobres y
países ricos (Sádaba, 2008).
Finalmente, sin pretensión alguna de agotar las múltiples instancias en que los
aspectos éticos del quehacer científico pueden ser analizadas, hemos querido
revisar desde la perspectiva de la producción, circulación y apropiación del
conocimiento científico, algunos aspectos de una pregunta que se hace el ser
humano desde tiempos inmemoriales, nada más y nada menos que la pregunta
sobre el bien el mal, no desde una perspectiva esencial, filosófica, de ese
inasequible binomio, sino desde la praxis científica, que ejerza una vigilancia
activa sobre las formas de producción, circulación, apropiación y uso de los
productos del conocimiento científico.

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Bibliografía

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