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Acción de Inconstitucionalidad de Preceptos Legales (93 Nº 7)

Esta acción en la que clásicamente puede encontrarse en el derecho


comparado y que normalmente se conoce bajo el nombre de “acción directa” o
–menos comúnmente- “acción de nulidad constitucional”. Podemos
conceptualizar la acción de inconstitucionalidad como la potestad del Tribunal
Constitucional para declarar inconstitucional in abstracto, con efectos ex nunc
y erga omnes, un precepto legal ya declarado inaplicable, facultad que puede
ser ejercida de oficio o impulsada por vía de acción pública.

Ya en la elaboración de la Constitución de 1980 se tuvo presente que el


efecto particular de la inaplicabilidad debía ser armonizado de alguna forma
con el principio de igualdad ante la ley. Es en ese sentido que en la sesión Nº
251 de la Comisión Ortúzar, don José María Eyzaguirre propuso que tras 3
declaraciones de inaplicabilidad en el mismo sentido, lo resuelto tuviera efectos
generales, propuesta que finalmente no prosperó.

En términos bastante similares, se sugirió una enmienda en el Senado


durante la tramitación de la ley Nº 20.050 (de Reforma Constitucional del año
2005), ante la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia, por los
Ministros del Tribunal Constitucional señores Colombo y Valenzuela, esta vez
para dar lugar a una acción de inconstitucionalidad diferente.

Finalmente, y tras considerar más acertado establecer una acción


distinta, el 18 de mayo de 2005, la Comisión de Constitución, Legislación y
Justicia de la Cámara decidió introducir un nuevo texto, muy similar al actual,
que señalaba como atribución del Tribunal Constitucional la de “Decidir la
inconstitucionalidad de un precepto legal declarado inaplicable en conformidad
a lo dispuesto en el número anterior. El Tribunal conocerá estos asuntos en
pleno y, para declarar la inconstitucionalidad de un precepto de rango legal,
deberá hacerlo por los dos tercios de sus miembros en ejercicio.”, lo que
posteriormente, en la última etapa de la reforma, devino en el texto actual.
El artículo 93 Nº 7 de la Carta Fundamental dispone que “es atribución
del Tribunal Constitucional “Resolver por la mayoría de los cuatro quintos de
sus integrantes en ejercicio, la inconstitucionalidad de un precepto legal
declarado inaplicable”, complementando dicho texto con el inciso 12 de dicho
artículo, que señala que “una vez resuelta en sentencia previa la declaración
de inaplicabilidad de un precepto legal, conforme al número 6° de este
artículo, habrá acción pública para requerir al Tribunal la declaración de
inconstitucionalidad, sin perjuicio de la facultad de éste para declararla de
oficio. Corresponderá a la ley orgánica constitucional respectiva establecer los
requisitos de admisibilidad, en el caso de que se ejerza la acción pública, como
asimismo regular el procedimiento que deberá seguirse para actuar de oficio.”.

Características.

i) Se trata de un control ex post o represivo, ya que actúa sobre


preceptos legales vigentes y su objeto es la derogación de la ley
inconstitucional;

ii) Es un mecanismo de efectos generales o erga omnes, depurador


del sistema normativo, pues la norma declarada inconstitucional
es expulsada del mismo. Ya que la sentencia de inaplicabilidad,
como indica R. PICA, genera per se un problema de igualdad
ante la ley, consistente en que la norma (y específicamente su
aplicación), subsiste con efectos generales para todos los otros
casos previstos por ella, no obstante haber declaración expresa
de inconstitucionalidad, porque la declaración de inaplicabilidad
se pronuncia sólo dentro del marco del caso y con efectos
particulares, lo que hace que en casos similares el derecho
aplicable no es el mismo, al no a alcanzar a todos los casos la
declaratoria de inaplicabilidad por inconstitucionalidad, no
obstante ser casos iguales. Conforme a lo anterior, la norma
declarada inaplicable subsiste dentro del ordenamiento y no
obstante la inconstitucionalidad de su aplicación, esta sigue
produciendo sus efectos en el sistema normativo.
iii) Es un control con efectos ex nunc o irretroactivos, tal cual lo
describe la Constitución, al señalar en su artículo 94 que el
precepto legal declarado inconstitucional “se entenderá derogado
desde la publicación en el Diario Oficial de la sentencia que acoja
el reclamo, la que no producirá efecto retroactivo.”

iv) Se inicia de oficio por el Tribunal, o por solicitud de un sujeto


activo en ejercicio de la acción pública que confiere la
Constitución para solicitar la declaración de inconstitucionalidad;

v) Exige como presupuesto una sentencia que acoge una


inaplicabilidad recaída en el mismo precepto legal;

vi) Requiere un quórum agravado para resolverla, pues la Carta


fundamental exige los 4/5 de los miembros del Tribunal, es
decir, 8 de 10.

A) Procedencia.

Puede solicitarse respecto de leyes vigentes, anteriores o posteriores a la


reforma constitucional de 2005, o preceptos de las mismas, que a lo menos
por una vez hayan sido declarados inaplicables. En el artículo 93 LOCTC se
establece que “esta cuestión no podrá promoverse respecto de un tratado ni de
una o más de sus disposiciones”. Lo anterior, en concordancia con la norma de
jus cogens contenida el artículo 26 de la Convención de Viena sobre Derecho
de los Tratados.

B) Sujeto activo.

El Tribunal de oficio o cualquier persona por vía de acción pública.

C) Iniciación del proceso y admisión a trámite.

Debe distinguirse si el proceso fue iniciado de oficio o por acción pública. En el


caso de iniciarse de oficio, el art. 94 LOCTC dispone que: “En los casos en que
el Tribunal proceda de oficio, así lo declarará en una resolución preliminar
fundada, que individualizará la sentencia de inaplicabilidad que le sirve de
sustento y las disposiciones constitucionales transgredidas”. Es decir, el
Tribunal debe dictar una resolución que ordene abrir proceso (la que se conoce
con el nombre de “auto cabeza de proceso”), señalando:

i) La sentencia de inaplicabilidad que sirva de antecedente, y

ii) Las disposiciones constitucionales que se consideren infringidas.

Si es iniciado por vía de acción pública, el artículo 95 LOCTC dispone que


“la o las personas naturales o jurídicas que la ejerzan deberán fundar
razonablemente la petición, indicando precisamente la sentencia de
inaplicabilidad previa en que se sustenta y los argumentos constitucionales que
le sirven de apoyo”. Es decir, en el requerimiento se deben señalar:

i) La sentencia de inaplicabilidad que sirva de antecedente, y

ii) Los argumentos constitucionales que le sirven de apoyo.

En el caso de no cumplirse dichos requisitos, según el texto del mismo


artículo 95 debe distinguirse si el incumplimiento es de fondo o afecta la forma
o los antecedentes que deban acompañarse:

i) Incumplimientos de fondo: se establece en su inciso segundo


que el requerimiento “no será acogido a tramitación y se tendrá
por no presentado, para todos los efectos legales”, resolución
que debe ser fundada y dictarse dentro de 3 días desde que se
de cuenta del requerimiento;

ii) Incumplimientos de forma o referidos a los antecedentes: el


inciso tercero de la norma en comento establece que “tratándose
de defectos de forma o de la omisión de antecedentes que
debían acompañarse, el Tribunal, en la misma resolución a que
se refiere el inciso anterior, otorgará a los interesados un plazo
de tres días para que subsanen aquéllos o completen éstos. Si
así no lo hacen, el requerimiento se tendrá por no presentado,
para todos los efectos legales”.

La distinción es relevante para efectos de poder subsanar los defectos, pues si


son de fondo la inadmisión a trámite es dictada de inmediato y sin posibilidad
de contar con un plazo para subsanar.

D) Fase de admisibilidad.

Admitido a trámite, el artículo 96 dispone que el Tribunal deberá pronunciarse


acerca de la admisibilidad del requerimiento en un plazo de 10 días. La misma
norma faculta al requirente a solicitar alegatos de admisibilidad, que el
Tribunal puede conceder, en cuyo caso conferirá traslado por 10 días “a
quienes aparezcan como partes”, para que hagan llegar sus observaciones y
antecedentes que estimen pertinentes.

El art. 97 LOCTC dispone que procederá declarar la inadmisibilidad de la


cuestión de inconstitucionalidad promovida mediante acción pública cuando:

i) No exista sentencia previa que haya declarado la inaplicabilidad


del precepto legal impugnado, y

ii) La cuestión se funde en un vicio de inconstitucionalidad distinto


del que motivó la declaración de inaplicabilidad del precepto
impugnado.

En concordancia con lo dispuesto en el artículo 94 de la Constitución, esta es


una sentencia interlocutoria, y el artículo 97 LOCTC dispone que en contra de
la resolución que declara la inadmisibilidad no procederá recurso alguno,
poniéndose término, de esa forma, al proceso de inconstitucionalidad.
El mismo artículo dispone que la resolución de inadmisibilidad debe ser
fundada, que “el requerimiento se tendrá por no presentado, para todos los
efectos legales” y que debe ser comunicada a las cámaras y al Presidente de la
República.

La misma norma de la ley orgánica señala que tampoco procede recurso


alguno en contra de la resolución que declara la admisibilidad.

E) Trámites posteriores a la declaración de admisibilidad.

Declarado admisible el requerimiento, el artículo 98 LOCTC dispone que debe


emplazarse a las cámaras y al Presidente de la República, los cuales podrán
formular las observaciones y acompañar antecedentes, dentro del plazo de
veinte días.

F) Vista de la causa.

Formuladas las observaciones antes señaladas o vencidos los plazos para ello,
la causa debe ser agregada a la tabla para su vista, según lo dispone el
artículo 99 LOCTC.

G) Plazo para dictar sentencia.

Conforme al artículo 100 LOCTC, el plazo es de treinta días, contados desde


que concluya la tramitación de la causa, lo que será certificado por el
secretario, que podrá ser prorrogado hasta por otros quince días, por
resolución fundada del Tribunal.
La sentencia, de conformidad al artículo 94 de la Constitución, será publicada
en la forma y plazo establecidos en la LOCTC.

Finalmente, en el caso de haberse iniciado el proceso por acción pública, la


sentencia deberá pronunciarse sobre las costas en virtud de los arts. 103 y 104
LOCTC, que establecen para ellas el mismo régimen que tienen en el proceso
de inaplicabilidad.

H) Efectos de la sentencia definitiva.

El artículo 94 CPR, en su penúltimo inciso, dispone que el precepto legal


declarado inconstitucional “se entenderá derogado desde la publicación en el
Diario Oficial de la sentencia que acoja el reclamo, la que no producirá efecto
retroactivo”, lo que significa que los actos realizados al amparo del precepto
declarado inconstitucional con anterioridad a la publicación de la sentencia no
pueden ser atacados como inconstitucionales.

Ahora bien, la acción de inconstitucionalidad de un precepto legal tiene


como consecuencia principal la cesación de los efectos del mismo con alcance
erga omnes. Como se ha encargado de señalar el propio Constituyente en el
artículo 94 de la Carta Fundamental, la sentencia estimatoria del Tribunal
Constitucional, en este sentido, produce efectos “derogatorios” desde la fecha
de su inserción en el Diario Oficial. Este es el controvertido efecto de
“Legislador Negativo” que Hans Kelsen atribuía a las sentencias de
inconstitucionalidad dictadas por el Tribunal Constitucional. En tal sentido,
debe recordarse que si bien la inconstitucionalidad es una forma de nulidad
material (dado que la sujeción de las normas legales a la Constitución es un
requisito de validez de las mismas), dicha sanción traería como efecto
aparejado el retrotraer todo al estado de cosas previo a la existencia de la ley,
debiendo revivir procesos fenecidos y fallados conforme al precepto declarado
inconstitucional. Por ello y para salvaguardar la seguridad jurídica, el
constituyente chileno optó por darle efecto ex nunc o irretroactivo a la
sentencia estimatoria de inconstitucionalidad, en pos de la seguridad jurídica.

A diferencia de la acción de inaplicabilidad, la de inconstitucionalidad


supone un enjuiciamiento sobre la adecuación de la norma con la juridicidad
constitucional abstractamente considerada, en lo que L. FERRAJOLI denomina
“su contexto de fundamentación”, esto es, su aptitud jurídica para ser
obligatoria en relación con su génesis formal y material, sin alusión a su
eficacia en la práctica. Dicho en otras palabras, se controla la norma en
abstracto, esto es, sin referencia a ninguna aplicación concreta de la misma.

En este sentido, debe recordarse que, por la dificultad


contramayoritaria, el Tribunal debe deferencia a los órganos colegisladores
(deferencia razonada). En tal sentido, la presunción de constitucionalidad de la
ley será un principio de rector en el control de constitucionalidad. En efecto, en
virtud de la presunción de constitucionalidad, “la norma sujeta a examen sólo
ha de ser declarada inconstitucional en el supuesto de no poder ser
razonablemente interpretada de conformidad a la Carta Fundamental”. Si hay
una interpretación posible que permita armonizar el precepto con la
Constitución, el Tribunal debe evitar declarar la ineficacia y preservar la norma
impugnada, dándole un sentido acorde a la Carta Fundamental (principio de
interpretación conforme a la Constitución, surgido en el Constitucionalismo
Italiano). En tal sentido, la declaración de inconstitucionalidad es de última o
extrema ratio.

Este principio ha sido incluso definido por el Tribunal, que en la


sentencia rol 681 que “el respeto hacia la labor que desarrolla el legislador
obliga al Tribunal Constitucional, en su función de contralor de la
constitucionalidad de la ley, a buscar, al menos, alguna interpretación del
precepto cuestionado que permita armonizarlo con la Carta Fundamental y sólo
en el evento de no ser ello posible, unido a la necesidad de cautelar
integralmente la plena vigencia de los principios de supremacía constitucional,
igualdad ante la ley y certeza jurídica, resultará procedente y necesaria la
declaración de inconstitucionalidad”. Dicha declaración nos lleva a concluir que
la imposibilidad de interpretación conforme puede ser planteada como un
requisito de fondo, de orden negativo, para dar lugar a una declaratoria de
inconstitucionalidad, toda vez que la inconstitucionalidad podría ser declarada
sólo en el evento de no ser posible una interpretación conforme, lo que llevaría
forzosamente hacia el ejercicio de buscar una interpretación conforme para
resolver si procedería o no la declaración de inconstitucionalidad.

No obstante que el control por esta vía es realizado en abstracto, éste


contempla como presupuesto procesal, la existencia de una sentencia previa
de inaplicabilidad. Es así como la sentencia precedente se relaciona con esta
atribución en un doble sentido, en tanto supone, por una parte, un fuerte
indicio de inconstitucionalidad y, por otra, un enjuiciamiento totalmente ajeno
al actual, ya que la norma es examinada teniendo sólo como parámetro lo
“constitucionalmente adecuado” sin referencia a consideraciones externas. Por
ello, la inaplicabilidad de un precepto legal no necesariamente provoca la
inconstitucionalidad de la misma norma, pues se trata de niveles de
enjuiciamiento distintos.

Las anteriores ideas han sido ratificadas jurisprudencialmente por el


Tribunal Constitucional, en la sentencia rol nº 558 (590)/2006 de 5 de junio de
2007, que en su considerando 5º indica lo siguiente:

“Que el juicio de inconstitucionalidad expresa una comparación abstracta de


dos normas de distinto rango, para constatar su manifiesta incompatibilidad.
La ilegitimidad constitucional del precepto legal emana de su propio texto, sin
referencia a una situación singular. La sentencia estimatoria de
inconstitucionalidad, que excluye el precepto del ordenamiento jurídico,
produce efectos generales.

“En la inaplicabilidad, por el contrario, la decisión jurisdiccional ha de recaer en


la conformidad o contrariedad con la Constitución que la aplicación de la
norma impugnada puede tener en el caso concreto y no, necesariamente, en
su contradicción abstracta y universal con la preceptiva constitucional. Los
efectos de la resolución son relativos y conciernen a las partes del juicio o
gestión en que inciden.

“De lo expuesto se sigue que no existe una relación causal entre ambos juicios
–de inaplicabilidad e inconstitucionalidad- , en términos que la inaplicación de
un precepto provoque necesariamente su inconstitucionalidad. Perfectamente
una disposición declarada inaplicable puede ser constitucional en abstracto y
resultar aplicable en otros casos”.

Acción Declarativa de la Inhabilidad, Incompatibilidad y Cesación en el


cargo de los Ministros de Estado: (artículo 93 Nº 13)

Hay acción pública para requerir el pronunciamiento del Tribunal


Constitucional en relación con esta materia. Antes de proceder al examen de
fondo de la acción deducida, se realiza, por parte del órgano controlante, un
examen de admisibilidad de la misma.

El Tribunal Constitucional apreciará en conciencia los hechos cuando


conozca de este tipo de requerimientos.

El último requerimiento de este tipo fue promovido en contra de la


Ministra Carolina Tohá, el cual fue rechazado en el año 2009.

Acción de inconstitucionalidad de movimientos, organizaciones,


partidos políticos y personas contrarios al orden institucional de la
República (artículo 93 Nº 10)

En lo que concierne al Tribunal Constitucional, la defensa del orden


democrático y constitucional se resuelve en las sanciones que éste puede
aplicar a las personas, grupos, organizaciones, movimientos y partidos
políticos que atenten en contra de los bienes jurídicos protegidos en el artículo
19 nº 15. La norma aplicable de la Carta es el artículo 93 nº 10 e incisos 15°,
16°, 20°, 21° y 22°, y el artículo 53 nº 8 de la Constitución.
Lo importante es que en este caso se puede iniciar por intermedio de
una acción de particulares, los cuales, eso sí, y en la situación que no sean
órganos constitucionales, están obligados a afianzar los resultados de la
acción, a fin de responder de las costas de la causa. También el Tribunal podrá
apreciar en conciencia los hechos de estos asuntos.

Recordar, al efecto, los casos de Clodomiro Almeyda (1987) y del


Movimiento Patria Nueva Sociedad (2010).

Atribuciones que se ejercen a requerimiento de órganos políticos (93


Nº 1, 2, 3, 4, 5, 8, 9, 10, 11, 12, 14, 15 y 16)

Control de Decretos Supremos (93 Nº 16)

Se trata de un tipo control jurídico abstracto y represivo; esto es, el


Tribunal Constitucional conoce del requerimiento desvinculado de todo
presupuesto concreto de aplicación del decreto supremo (autónomo o
ejecución) que se impugna y, asimismo, una vez que haya tomado razón de él
la Contraloría General. Del mismo modo, esta hipótesis de control se
caracteriza por la naturaleza política de los órganos legitimados para reclamar,
o sea, el Tribunal, por regla general, sólo podrá conocer la constitucionalidad
de los decretos supremos, cualquiera sea el vicio invocado, a requerimiento de
cualquiera de las Cámaras o una cuarta parte de sus miembros en ejercicio;
excepcionalmente, en el caso de vicios que se refieran a decretos dictados en
el ejercicio de la potestad reglamentaria autónoma y que invadan materias
reservadas a la ley, el Tribunal Constitucional podrá conocer ellos sólo a
requerimiento de cualquiera de las Cámaras.

En cuanto a los efectos de la sentencia que estime el requerimiento, se


indica que, “En el caso del Nº 16º del artículo 93, el decreto supremo
impugnado quedará sin efecto de pleno derecho, con el sólo mérito de la
sentencia del Tribunal que acoja el reclamo (…)” (inciso 3º, art. 94). Al
contrario, la sentencia que desestime el requerimiento, esto es, que declare
que no es inconstitucional el respectivo decreto supremo, no cierra la
posibilidad de que éste sea impugnado por los Tribunales ordinarios –Corte de
Apelaciones y Corte Suprema-, por vía del Recurso o Acción de Protección (art.
20), pues a través de este proceso autónomo se puede revisar la
constitucionalidad del respectivo acto administrativo presidencial, ya que su
objetivo primordial es restablecer el imperio del Derecho, precisamente, frente
al agravio de un derecho subjetivo fundamental amparado por dicha acción
tutelar.

Ahora bien, en el contexto de esta disposición, es posible distinguir dos


grupos de hipótesis de inconstitucionalidad:

a) Hipótesis general, abarca todo tipo de decretos supremos (autónomo


distinto de su hipótesis particular o de ejecución, general o especial,
meramente administrativo o de gobierno que no convoquen a plebiscito) y
cualquiera sea el vicio invocado (forma o fondo, mediato o inmediato, inclusive
el caso en que la potestad reglamentaria de ejecución se exceda y pudiera
invadir materias cuya densidad normativa esté reservada a la ley); cuyo
quórum de ejercicio es cualquiera de las Cámaras o una cuarta parte de sus
miembros; y

b) Hipótesis particular, sólo hace referencia a los decretos supremos dictados


en el ejercicio de la potestad reglamentaria autónoma o independiente, cuando
el vicio se traduzca en la invasión de materias que están reservadas a la ley
por mandato del artículo 63, cuyo quórum de ejercicio es cualquiera de las
Cámaras.

Cuesta entender, eso sí, la lógica del constituyente para exigir un


quórum más reforzado a la hipótesis especial, toda vez que la eventualidad de
dicha inconstitucionalidad es bastante remota, teniendo en cuenta, como se ha
visto, que nuestro Ordenamiento fundamental configura una competencia
atributiva del legislador no constitucionalmente clausurada y la potestad
autónoma está lejos de ser la norma de clausura del sistema normativo. Del
mismo modo, es extraño que no se aprovechara la especialidad de esta
hipótesis de inconstitucionalidad, para incluir, con un quórum reforzado, la
problemática, muy usual, de la inconstitucionalidad por deslegalización de los
decretos supremos de ejecución. Donde precisamente reside la médula de la
verificación del Tribunal Constitucional en esta materia, pues, como ya se ha
dicho, se encuentra implícito nada menos que la determinación de la relación
ley-reglamento que configura de un modo sui generis nuestra Carta
Fundamental.

Control obligatorio de constitucionalidad: art. 93 nº1

Se refiere a leyes orgánicas, interpretativas de la Constitución y normas de un

tratado internacional que versen sobre materias propias de leyes orgánicas


constitucionales. Se trata de un control obligatorio (cuya necesariedad apunta
más a un requisito de fondo, que a la forma de la respectiva norma, pues el
presidente de la Cámara de origen respectiva, una vez tramitado totalmente,
está obligado en el plazo de cinco días a enviar el proyecto al Tribunal), previo
(“antes de su promulgación”) y abstracto (desligado de todo presupuesto real
de aplicación de la norma que se impugna). Si se omite este control, los
preceptos legales así promulgados serían inconstitucionales –además de la
forma- en el fondo, pues se trata de un trámite esencial. También, al Tribunal
Constitucional no le corresponde, por esta vía, pronunciarse sobre proyectos
de ley que no tengan la calidad de orgánicas constitucionales o interpretativas
de la Carta, es decir, el Tribunal no puede “congelar rango”, por esta vía de
control, a otras normas.

Conflictos de constitucionalidad: art. 93 nºs 3, 4, 5, 8 y 9

Sobre este punto hay que distinguir, siguiendo a Patricio Zapata, entre la
cuestión de inconstitucionalidad, que es una discrepancia explícita entre, o
dentro de, los órganos colegisladores respecto de la conformidad de un
proyecto de ley común con la Carta Fundamental; y el requerimiento de
constitucionalidad, que es el acto jurídico por el cual los órganos facultados
para ello demandan del Tribunal Constitucional un pronunciamiento expreso
sobre la constitucionalidad de todo o parte de un proyecto de ley común.

Constitucionalidad de los proyectos de ley o de reforma constitucional


y de los tratados internacionales: art. 93 n° 3

Este es un control por vía facultativa, que conocerá el Tribunal a requerimiento


del Presidente de la República, de cualquiera de las Cámaras (mayoría absoluta
de sus miembros presentes, art. 7º ley orgánica del Congreso) o de una cuarta
parte de sus miembros en ejercicio, antes de la promulgación de la ley, es
decir, se trata de un control preventivo y abstracto. Y se materializa a través
de una cuestión de constitucionalidad.

Específicamente en lo que atañe a los tratados internacionales, el Tribunal sólo


se pronunciará en relación al fondo o al procedimiento de su tramitación (los
cuales se someterán, “en lo pertinente”, a los trámites de una ley),
resolviendo, naturalmente, si se ajusta o no a la Constitución. Ésta, junto a la
hipótesis del n° 1 del artículo 93, son las únicas vías de control que pueden ser
objeto los convenios internacionales ante el Tribunal Constitucional.

Respecto a los proyectos de reforma constitucional, se debe puntualizar que la


verificación de constitucionalidad que lleva a cabo el Tribunal, se circunscribe a
los límites que tiene que observar el constituyente derivado (Congreso
Nacional y Presidente de la República). En efecto, dicho constituyente al
reformar la Carta Política, además de cumplir los requisitos formales de la
misma (por ejemplo, los quórum), tienen que circunscribir su acción al
parámetro que fija el contenido material de la misma, particularmente los que
están determinados por los valores (v. gr., dignidad humana) y principios
constitucionales (v. gr., interdicción de la arbitrariedad); como asimismo el
nivel garantista mínimo que fijan los derechos constitucionales y el núcleo
intangible de los mismos (exigencia que tiene como vector esencial los
tratados internacionales que contienen derechos humanos).
Constitucionalidad de los decretos con fuerza de ley: art. 93 nº 4

Se trata de un control facultativo y abstracto, y en cuanto a su oportunidad, y


de manera excepcional, podrá revestir un carácter preventivo -si lo plantea el
Presidente de la República- o represivo -si las Cámaras estiman que es
inconstitucional. En este último caso, el decreto con fuerza de ley estará
vigente y producirá todos sus efectos, en tanto no sea declarado
inconstitucional. El requerimiento de constitucionalidad podrá ser planteado:
Por el Presidente de la República dentro del plazo de diez días cuando la
Contraloría rechace por inconstitucional un decreto con fuerza de ley. También
podrá ser promovido por cualquiera de las Cámaras o por una cuarta parte de
sus miembros en ejercicio, en caso de que la Contraloría hubiere tomado razón
de un decreto con fuerza de ley que se estime inconstitucional; este
requerimiento deberá efectuarse dentro del plazo de treinta días, contado
desde la publicación del respectivo decreto con fuerza de ley (art. 93, inciso
7º, de la Constitución). Del mismo modo que, al tratarse de un “precepto
legal” (posee rango y fuerza de ley), puede ser impugnado ante el Tribunal por
las vías que se contemplan en los ya analizados n°s 6 y 7, del artículo 93.

En la circunstancia del control represivo o a posteriori, el Tribunal


Constitucional, con fecha 18 de marzo de 1996, dictó la Sentencia Rol Nº 231,
en la cual le ha tocado conocer una cuestión de constitucionalidad sobre un
decreto con fuerza de ley.

Los hechos se pueden sintetizar del siguiente modo:

Esta causa tiene su origen en el requerimiento de doce senadores que


solicitaron la declaración de inconstitucionalidad del Decreto con fuerza de ley
Nº 192, de 30 de noviembre de 1995, dictado por el Ministerio del Trabajo y
Previsión Social; dicha norma incorporaba al sistema de seguridad social por
riesgos del trabajo y enfermedades profesionales, de la ley Nº 16.744, a los
socios de sociedades de personas, de sociedades encomandita por acciones,
empresas individuales y directores de sociedades en general.

El requerimiento se relaciona con el hecho de violar lo prescrito en el artículo


61 de la Carta. Específicamente, a título de los requirentes, dos serían las
contravenciones: a) haberse dictado sobre la base de una delegación
inexistente, o en caso de estimarse que ella estaba comprendida en la ley Nº
16.744, se habría vencido en exceso el año de plazo dentro del cual podría
haberse ejercido; y b) la delegación de facultades, si se hubiera otorgado,
habría sido inconstitucional por las siguientes dos razones: no se pueden
delegar materias comprendidas en las garantías constitucionales, ni tampoco
respecto de las que son materia de quórum calificado.

Durante su tramitación también se oyeron los argumentos de la Contraloría


General y del Presidente de la República.

Constitucionalidad de la convocatoria a plebiscito: art. 93 nº 5

La convocatoria a plebiscito, por motivo de un proyecto de reforma


constitucional, es una atribución especial del Presidente de la República (art.
32, Nº 4, de la Carta), donde se manifiesta claramente una potestad
gubernamental de naturaleza política, o sea, se está en presencia de un acto
político o de gobierno. Esta atribución exclusiva del Presidente, como indica el
artículo 128 de la Constitución, deberá ejercerse dentro de los treinta días
siguientes a aquel en que ambas Cámaras insistan en el proyecto de reforma
constitucional aprobado por ellas, y se ordenará mediante decreto supremo
que fijará la fecha de la votación plebiscitaria. El Senado o la Cámara de
Diputados pueden formular el requerimiento dentro del plazo de diez días,
contado desde la fecha de publicación del decreto que fije el día de la consulta
plebiscitaria.

En esta situación al Tribunal Constitucional sólo le corresponderá examinar las


cuestiones que se susciten con la determinación de si se reúnen o no los
presupuestos exigidos por la Constitución en cuanto a la procedencia de la
convocatoria. Por ello se excluye, en la verificación de su constitucionalidad,
todo lo relacionado con aspectos de fondo, oportunidad o mérito, que haya
tenido el Presidente de la República al momento de dictar el acto de gobierno,
que convoca la consulta plebiscitaria.

Por último, cabe hacer presente que la atribución de convocar a plebiscito, aún
no ha sido ejercida por el Jefe del Estado durante este período de
normalización democrática.

Decreto o resolución representada por inconstitucional: art. 93 nº 9

En el ejercicio de la función de control de legalidad, el Contralor General


tomará razón de los decretos o resoluciones que, en conformidad a la ley,
deben tramitarse por la Contraloría. Sin embargo, puede ocurrir que el
Contralor estime que dichos actos adolezcan de un vicio de ilegalidad o
inconstitucionalidad, en cuyo caso los representará, y no les dará curso. El
Presidente de la República podrá insistir -en el caso de un vicio de mera
ilegalidad del decreto- con la firma de todos sus ministros y al Contralor no le
quedará otra alternativa que tomar razón y enviar copia del respectivo decreto
a la Cámara de Diputados para los efectos de que ésta cumpla con su función
fiscalizadora.

Pero, al contrario, si el decreto ha sido representado por ser contrario a la


Constitución, no cabe la insistencia, y en tal caso, de no conformarse el
Presidente de la República con el criterio del Contralor podrá requerir el
pronunciamiento del Tribunal Constitucional, dentro del plazo de 10 días, a fin
de que éste resuelva la controversia.
Gobierno

Noción de Gobierno

El Capítulo IV de la Constitución Chilena se titula “Gobierno”. Dicha


nomenclatura exige una reflexión previa respecto del significado del concepto
empleado por el Constituyente para encabezar el referido apartado
constitucional.

En este sentido, puede señalarse que “Gobierno”, en su concepto clásico


y amplio, deriva principalmente de las ideas plasmadas por Aristóteles en el
tercer libro de su Política y corresponde a todos los órganos que ejercen poder
público. Del mismo modo, tal como caracteriza José Luis Cea, “[e]n la
arraigada tradición anglosajona -vigente hoy en día-, el término
'gobierno', government, se refiere al conjunto de poderes públicos.” En suma,
los conceptos clásico y anglosajón de “Gobierno” resultan muy similares,
debido a su amplitud.

Sin embargo, la Constitución Chilena ha utilizado dicho vocablo en su


acepción restringida, referida esencialmente a la orgánica que compone el
Poder Ejecutivo. Dicha orgánica constitucional está referida esencialmente al
Presidente de la República (artículos 24 – 32 de la Constitución), los Ministros
de Estado (artículos 33 al 37 bis de la Constitución) y los órganos que
componen Administración del Estado (artículos 38 de la Constitución y 1º de la
Ley Nº 18.575 Orgánica Constitucional de Bases Generales de la
Administración del Estado – LOCBGAE).

(Tenemos una noción restringida de Gobierno).

Presidente de la República

El constituyente chileno quiso darle preminencia al presidencial, ya que


tenemos un modelo presidencialista, y sus atribuciones están exacerbadas.
Respecto del Presidente de la República de Chile, su figura fue tomada
del Constitucionalismo norteamericano. Históricamente, según la profesora
Joan Donoghue, “la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica es el
más antiguo texto constitucional en vigor y ha servido de modelo para un
sinnúmero de Cartas Fundamentales alrededor del mundo.” Sin embargo,
como resalta Francisco Zúñiga, en América Latina se presenta un modelo de
“presidencialismo complejo en sus formas concretas de arreglo institucional,
copia superlativa del régimen presidencial clásico, y que con matices, se
caracteriza por el predominio del Poder Ejecutivo.” En otras palabras, en
América Latina y, especialmente, en el caso chileno, el Presidente de la
República posee amplísimas atribuciones (“Ejecutivo vigorizado”), las que,
paradojalmente, son aún mayores que las de su homólogo estadounidense.

El artículo 24, inciso 1º de la Constitución establece un Poder Ejecutivo


unicéfalo, que concede al Presidente de la República los roles de Jefe de Estado
y Jefe de Gobierno. El rol de jefe de estado es un rol suprapartidista ya que supone la
abstracción completa de lo que dice de la realidad polica, el jefe de estado no actua en
base a un sego partidista, sino mas bien de un interés general, en cambio un jefe de
gobierno es quien decide el curso de la polita, quien las implemta y quien las manda a
impletar, es un rol partidista , ya que lo hace basado en una ideología que lo sustenta. De
la redacción del inciso 2º del mismo precepto, se colige la amplitud de
facultades entregadas al dicho órgano, en tanto éste establece que “[s]u
autoridad se extiende a todo cuanto tiene por objeto la conservación del orden
público en el interior y la seguridad externa de la República, de acuerdo con la
Constitución y las leyes.” Conforme al estatuto constitucional que lo regula, el
Presidente de la República ejerce, esencialmente, dos funciones: la
gubernativa o política y la administrativa.

Elección, requisitos y características del mandato presidencial.

Conforme al artículo 25 de la Constitución, para ser Presidente de la


República de Chile, se requiere tener la nacionalidad chilena conforme a los Nº
1 y 2 del artículo 10, es decir, que se puede haber adquirido la misma bajo las
reglas del jus solis o del jus sanguinis. Asimismo, se requiere haber cumplido
35 años de edad y “poseer las demás calidades para ser ciudadano con
derecho a sufragio”.

El mandato presidencial es temporal y su duración es de 4 años. Este


término ha sido objeto de varias modificaciones durante la vigencia de la
actual Carta. Asimismo, el inciso 2º del artículo 25 de la Carta contiene la
llamada cláusula latinoamericana (“Latin-American clause”) que impide la
reelección inmediata del Presidente de la República, lo que, a su vez, se
relaciona con el carácter vigorizado del Ejecutivo chileno. Sin embargo, es una
tendencia latinoamericana en los últimos años la abolición de esta limitación en
los textos constitucionales, situación que no deja de ser preocupante, en
palabras de Humberto Nogueira Alcalá, dado que podría redundar en
“eventuales proyectos autoritarios.”

La elección del Presidente de la República se encuentra regulada en los


artículos 26 y 27 de la Constitución, y su reemplazo y subrogación, en los
artículos 28, 29 y 31 de la misma. El artículo 30 reconoce a los ex Presidentes
de la República un estatuto especial, con excepción de aquellos que hayan
ocupado el cargo por vacancia del titular y de quienes hubieren sido declarados
culpables en juicio político.

Atribuciones del Presidente de la República

Atribución Genérica del Presidente de la República o Reserva de Gobierno:

El artículo 24 de la Constitución contiene una potestad genérica o las


facultades generales del Presidente de la República. En efecto, según han
afirmado los Ministros del Tribunal Constitucional Francisco Fernández Fredes y
Carlos Carmona, dicho artículo “le asigna al Presidente de la República, como
funciones generales, el gobierno y la administración del Estado. Para cumplir
con estas funciones, su autoridad “se extiende a todo cuanto tiene por objeto
la conservación del orden público en el interior y la seguridad externa de la
República”. Es decir, el poder que tiene el Presidente de la República, en
cuanto Jefe del Gobierno y de la Administración del Estado, se extiende a todo
lo que sea necesario para cumplir con su tarea de ordenación.” Similar al
panorama chileno, en el sistema constitucional norteamericano, el Presidente
de los Estados Unidos goza de una potestad genérica reconocida en la
amplísima fórmula del artículo 2, sección 1ª de la Constitución federal, que
simplemente “deposita el Poder Ejecutivo” en el Presidente de la República. En
tal sentido, los constitucionalistas norteamericanos Vikram Amar y Alan
Brownstein han explicado que, para bien o mal, “la amplia discrecionalidad
ejecutiva sobre el si y el cómo hacer cumplir las leyes es parte del panorama
constitucional americano.” A este respecto, como señala el profesor Francisco
Zúñiga, existe en la Constitución una verdadera reserva de gobierno a favor
del Presidente chileno, que implica que éste puede conducir con amplia
discrecionalidad, en lo político y lo técnico, los altos asuntos públicos del
Estado, de acuerdo a la ideología que inspira su programa.

La contrapartida a esta amplia potestad genérica es la eventual


responsabilidad política del Presidente de la República, quien puede ser
acusado constitucionalmente por actos de su administración ejecutados en
ejercicio de aquélla, en conformidad a lo previsto en el artículo 52 Nº 2 letra a)
de la Carta Fundamental. A diferencia del sistema norteamericano, que admite
el juicio político (impeachment) del Presidente únicamente basado en delitos o
faltas graves, el ordenamiento chileno establece una causal amplia (haber
“comprometido gravemente el honor o seguridad de la Nación, o infringido
abiertamente la Constitución o las leyes”), concordante con la extensión de la
facultad que le reconoce el artículo 24.

Dentro de su atribución genérica, el Presidente de la República cumple


dos funciones: la gubernativa o política y la administrativa.

Funciones del Presidente de la República

Por un lado, la función gubernativa (¿Que?) consiste, en palabras de José Luis


Cea en “mandar y dirigir el Estado en su conjunto con decisiones políticas en
todos los asuntos que no sean, según la Constitución y las leyes, competencia
de otras autoridades públicas y respecto de los cuales sea indispensable obrar
con discrecionalidad, prudencia, liderazgo y creatividad para el bien común, sin
estar el gobernante subordinado a normas previas exhaustivas, pero sin
tampoco violar el ordenamiento jurídico vigente.” En otras palabras es que
políticas publicas el estado va a implementar .Del ejercicio de dicha función
derivan los actos políticos o de gobierno. El contenido de los mismos está
basado en razones ideológicas, de mérito u oportunidad. Por tal razón, dicho
contenido representa una limitación para los órganos jurisdiccionales, desde
que su revisión implicaría derechamente inmiscuirse en la ideología fundante
del acto y, en definitiva, violar una reserva constitucionalmente establecida en
favor del gobernante. En este sentido, la mayoría de la doctrina chilena adhiere
a la tesis sustentada en la jurisprudencia norteamericana de que las
“Cuestiones Políticas” (Political Questions) no son susceptibles de revisión
judicial. En este orden de ideas, Francisco Zúñiga ha expresado que “si la
potestad presidencial es de naturaleza gubernativa, se está en presencia de un
acto de gobierno que, como tal, no es susceptible de revisión judicial, en
cuanto atribución constitucionalmente reservada.” Sin embargo, este punto no
es pacífico en la doctrina nacional ni en la comparada. Igualmente, es
importante destacar que, de acuerdo a la Carta chilena, la naturaleza política
del acto debe ser evaluada en relación con su contenido y no con su
motivación. De este modo, un acto motivado en razones políticas bien podría,
por su contenido, no tener dicha naturaleza y, en consecuencia, podría
encontrarse eventualmente sujeto a control por la Judicatura.

Un tribunal si podría entrar a conocer de un acto político mientras le falte un


requisito de forma. Ej. Art.35.

Cuando entendemos que un acto es político? Cuando los actos poseen una
motivación política, dependiendo del ordenamiento . Ej. Art 92. (el acto en si
no es político, pero su motivación es político).

Por otro lado, la función administrativa (¿Cómo?), en palabras del profesor


Kamel Cazor, “se traduce en materializar en un plano inferior, por vía de actos
propiamente administrativos, las decisiones o lineamientos provenientes de la
dirección política gubernamental; para ello cuenta con una serie de órganos y
servicios públicos creados para el cumplimiento de las funciones
administrativas.” Del ejercicio de esta función derivan los actos
administrativos, cuya justiciabilidad es plena.

Atribuciones Especiales del Presidente de la República:

Por otro lado, el artículo 32 de la Carta Chilena establece las atribuciones


especiales del Presidente de la República. Igualmente, los artículos 11 Nº 2,
incisos 2º y 3º, 65 y 67, entre otras normas, reconocen al Presidente diversas
atribuciones especiales no contenidas en el catálogo del artículo 32, el que, por
tanto, no es exhaustivo.

1- Constituyentes
2- Legislativas
3- Parlamentarias
4- Jurídico Administrativa

32 Nº 1) Atribución de Colegislador del Presidente de la República

Las prácticas parlamentarias adoptadas en nuestro país y exacerbadas entre


los años 1891 y 1924, y que nos sumieron en un verdadero caos gubernativo,
llevaron a que el Presidente de la República, don Arturo Alessandri Palma,
estableciera en 1920, como necesidad urgente el dotar a Chile de un nuevo
marco constitucional, para intentar frenar los excesos que había generado el
parlamentarismo criollo.

Es así como la Constitución de 1925 entregó amplias facultades al


Presidente de la República en materia legislativa, es decir, se visualizó un
poder ejecutivo fuerte, intentando dejar atrás la sumisión político-partidista a
la que se encontraba expuesto el gobierno. Sin embargo, esta situación llevó a
las cámaras del Congreso Nacional a vivir un periodo de decadencia en materia
legislativa, ya que se reducen las materias de iniciativa parlamentaria, nacen
los Decretos con Fuerza de Ley, se establece la participación presidencial ya no
sólo en la iniciativa del proceso legislativo, sino también en materia de
urgencias, vetos, etc.
La Constitución de 1980 siguió el camino establecido por su antecesora, y es
así como en su articulado entrega expresamente al Presidente de la República
el carácter de colegislador, que se traduce en las siguientes facultades:

Hablando comparativamente el Presidente de la republica chileno, controla el


proceso legislativo chileno, o a lo menos participa muy activamente en él.

Participación en el Iter legis (proceso legislativo):

1. iniciativa legislativa; La iniciativa dice relación con la autoridad que pone


en movimiento el proceso legislativo. Es quien propone el proyecto de
ley para su discusión. La iniciativa puede ser parlamentaria o
presidencial, en el primer caso se la denomina como moción, y en el
segundo como mensaje. La iniciativa es un acto político importante, ya
que quien cuenta con tal facultad tiene el poder de predeterminar las
normas que regirán a la sociedad, dado que dispone del poder de elegir
qué valores e intereses sociales van a ser tutelados por el Ordenamiento
Jurídico.

2. iniciativa legislativa exclusiva (art. 65); El constituyente de 1980 recogió


el precepto contenido en la constitución de 1925, ampliándolo y
definiéndolo aún más, reforzando la posición del Ejecutivo frente al
Legislativo. Es así como hoy en día, el Presidente de la República tiene la
iniciativa exclusiva de formación de ley de conformidad con lo
establecido en el artículo 65 incisos 3 y 4 de la Constitución.
Básicamente se trata de materias relacionadas con el gasto e inversión
públicas, las cuales están revestidas de una enorme tecnicidad,
conocimientos que, sin perjuicio de los órganos asesores, las Cámaras
del Congreso Nacional no manejan. Dentro de ellas podemos mencionar,
por ejemplo, la alteración de la división política y administrativa del país,
materias de carácter tributario, la administración financiera y
presupuestaria del país, dentro de la que se incluye modificaciones a la
Ley de Presupuestos, etc. (estas materias no pueden inicar si no hay
mensaje presidencial).
3. Solicitud de urgencia para el despacho de un proyecto de ley (art. 74);
La Constitución de Chile otorga al Presidente de la República la facultad
de introducir urgencias legislativas en todo momento de la tramitación
legislativa de un proyecto de ley. Las urgencias pueden ser de tres tipos
–urgencia simple, suma urgencia o discusión inmediata–, y ellas obligan
a la Cámara en que se encuentra el proyecto a votar la iniciativa en 30
días, 15 días y 6 días respectivamente. Si el proyecto se encuentra en
Comisión mixta, los tiempos indicados para cada tipo de urgencia se
deben repartir entre la votación de la Comisión mixta y las votaciones
posteriores en cada Cámara.

4. Participación del Ejecutivo en la discusión de la ley (art. 37); El


Presidente puede participar en la discusión de la ley a través de sus
Ministros, quienes podrán asistir a las sesiones legislativas, donde
podrán hacer uso de la palabra y rectificar los conceptos emitidos por
cualquier diputado o senador al fundamentar su voto.

5. Derecho a Veto frente a un proyecto de ley: Como en la mayoría de las


Constituciones modernas –inspiradas en la norteamericana de 1787-, la
Carta Fundamental chilena contempla el mecanismo del veto
presidencial. No se trata de un veto absoluto –que pretende sepultar un
proyecto de ley- sino uno suspensivo, inherente a toda democracia. Se
trata de una herramienta legislativa de última ratio, que tiene por objeto
someter nuevamente a una discusión legislativa un proyecto de ley por
parte del Jefe de Estado. En Chile se contempla ya desde la Constitución
de 1833, estando también presente en la de 1925.
Dicho mecanismo consiste en que una vez finalizada la
tramitación de un proyecto de ley y si el Presidente de la República
desaprueba dicho proyecto, tiene la facultad de devolverlo a la Cámara
de su origen con las observaciones convenientes, dentro del término de
treinta días. Este veto (sustitutivo, aditivo o supresivo) nunca puede ser
discrecional o arbitrario: no admite observaciones que no tengan
relación directa con las ideas matrices o fundamentales del proyecto, a
menos que hubieran sido consideradas en el mensaje respectivo. Si las
dos Cámaras aprueban las observaciones, el proyecto se transforma en
ley y se devuelve al Presidente para su promulgación. Pero si las dos
Cámaras desecharan todas o algunas de las observaciones e insistieran
por los dos tercios de sus miembros presentes en la totalidad o parte del
proyecto aprobado por ellas, se devolverá al Presidente para su
promulgación. Desde la vigencia de la Constitución de 1980, el veto
presidencial ha sido ejercido en varias ocasiones, específicamente en 73
oportunidades, según lo indica Ciudadano Inteligente (Aylwin: 12, Frei:
24, Lagos: 14, Bachelet: 15, Piñera: 8).1

6. La sanción, promulgación y publicación de la ley:

La sanción equivale a la conformidad o aprobación que el Presidente da a un


proyecto de ley. Según Mario VERDUGO, puede ser expresa (art. 72), tácita
(art. 75) y obligatoria o forzada (art. 73).

La promulgación, según Mario Verdugo, es el acto jurídico solemne, expresado


en un decreto supremo, mediante el cual el Presidente atestigua a la Nación la
existencia de una ley y ordena su cumplimiento.

La publicación, en cambio constituye un acto distinto al de la promulgación, y


tiene por finalidad dar a conocer a la comunidad el contenido íntegro de la
norma legal mediante su publicación en el Diario Oficial, momento desde que
se presume conocida por todos, no pudiendo nadie alegar ignorancia después
que ésta haya entrado en vigencia.

En el contexto del proceso de formación de la ley, además, el


constituyente faculta al Presidente de la República para plantear al Tribunal
Constitucional los problemas que se susciten durante la tramitación de los
proyectos de ley o de reforma constitucional y de los tratados sometidos a la
aprobación del Congreso. Es lo que se denomina en doctrina como cuestiones o
requerimientos de constitucionalidad (art. 93 n 3 e inciso 4º). Igualmente, al
Tribunal Constitucional le corresponderá resolver los reclamos en caso de que
el Presidente de la República no promulgue una ley cuando deba hacerlo (art.

1
http://lyd.org/centro-de-prensa/noticias/2012/07/%C2%BFque-es-y-como-opera-el-veto-presidencial/
75 inc. 2º) o promulgue un texto diverso del que constitucionalmente
corresponda (art. 93 nº 8 e inciso 11).

32 Nº 3: Facultad de Dictar Decretos con Fuerza de Ley

Forman parte de la legislación especial y constituyen su vertiente regular. Su


origen histórico se remonta a la Europa posterior a las dos Guerras Mundiales y
a la implementación del modelo de Estado Social, que demandó una rápida
intervención en la adopción de medidas de igualdad y políticas públicas
urgentes para corregir la creciente pobreza en las naciones. Por ello, el
profesor José Luis Cea le denomina “legislación motorizada”.

En esta materia se observa el rompimiento de la clásica relación ley-


reglamento, toda vez que el constituyente chileno parte de la existencia de dos
centros de producción normativa ordinaria -el Congreso Nacional y el
Presidente de la República-, que se concretan en general en dos tipos de
normas escritas: las leyes en sus diversas especies y las normas infralegales.
La particularidad de este caso es que la norma gubernamental, de una manera
excepcional, adquiere los caracteres propios de la ley del Congreso, es decir,
posee rango y fuerza de ley. Por esta razón el legislador sólo puede delegar las
materias que expresamente la Constitución le reserva a su ámbito normativo
(..."sobre materias que correspondan al dominio de la ley", dice el artículo 64).
No obstante lo anterior, el precepto legal que se genera en base a esta
delegación recepticia conserva su denominación de “decreto”, lo que
demuestra que su origen se da en el seno del Ejecutivo y no en el Legislativo.

Estas normas son la primera manifestación que estudiaremos, en el


ordenamiento chileno, del rompimiento de la clásica relación ley-reglamento.

Como se ha expresado, los decretos con fuerza de ley son una forma
excepcional de delegación legislativa, que se debe situar en el contexto general
de la función normativa del Presidente de la República (artículo 32 Nº 3, del
texto fundamental), ya que son dictados por éste en virtud de una delegación
de facultades del órgano legislativo y por estar constitucionalizada dicha
función, no puede hablarse de una abdicación o traspaso de funciones públicas

De esta forma, el artículo 32 Nº 3, señala como atribución especial del


Presidente de la República, la facultad de: "Dictar, previa delegación de
facultades del Congreso, decretos con fuerza de ley sobre las materias que
señala la Constitución".

En este sentido la Carta Fundamental, en especial su artículo 64, señala


una serie de requisitos que se deben cumplir para su dictación, y se podrían
sintetizar en los siguientes:

1) El Presidente de la República podrá solicitar autorización al Congreso


Nacional para dictar disposiciones con fuerza de ley durante un plazo no
superior a un año sobre materias que correspondan al dominio de la ley.

2) Esta autorización no podrá extenderse a la nacionalidad, la


ciudadanía, las elecciones ni al plebiscito, como tampoco a materias
comprendidas en las garantías constitucionales o que deban ser objeto de
leyes orgánicas constitucionales o de quórum calificado, tampoco podrá
comprender facultades que afecten a la organización y régimen de los
funcionarios del Poder Judicial, del Congreso Nacional, del Tribunal
Constitucional ni de la Contraloría General de la República.

3) La ley que otorgue la referida autorización señalará las materias


precisas sobre las que recaerá la delegación y podrá establecer o determinar
las limitaciones, restricciones y formalidades que se estimen convenientes. En
todo caso, como se ha dicho, la delegación legislativa sólo puede entrar en el
ámbito de las materias reservadas a la ley.

4) A la Contraloría General de la República corresponderá tomar razón


de estos Decretos con fuerza de ley, debiendo rechazarlos cuando ellos
excedan o contravengan la ley delegante o sean contrarios a la Constitución
(art. 99). Hipótesis de mera ilegalidad, mera inconstitucionalidad e ilegalidad e
inconstitucionalidad concurrentes. Además, corresponde al Tribunal
Constitucional resolver las cuestiones sobre la constitucionalidad de esta clase
de decretos (art. 93 Nº 4), cuando lo requiera el Presidente de la República,
dentro de los 10 días siguientes a que el Contralor los represente por
inconstitucionales, o alguna de las Cámaras o una cuarta parte de sus
miembros, cuando el Contralor tome razón del D.F.L. que éstas estimen
inconstitucional, dentro de los 30 días siguientes a su publicación.

5) Los Decretos con fuerza de ley estarán sometidos en cuanto a su


publicación, vigencia y efectos, a las mismas normas que rigen para la ley;

32 Nº6: Potestad Reglamentaria Presidencial

En el contexto de la clásica relación ley-reglamento, las normas de rango


Infralegal tienen por objeto ejecutar las disposiciones generales y abstractas
contenidas en normas de rango legal. En otras palabras, en el clásico
mecanismo de reparto de competencias normativas, del Legislativo emanan
preceptos legales caracterizados por su abstracción y el Ejecutivo dicta normas
infralegales destinadas a su operatividad.

Como explica el profesor Carlos Carmona, “[e]n general, la potestad


reglamentaria es la atribución especial que la Constitución o la ley dan,
específicamente, a ciertos órganos o autoridades para dictar normas jurídicas
generales o especiales.” En función de precisar el concepto, el profesor José
Luis Cea define la potestad reglamentaria presidencial como “la atribución
general-especial del Presidente de la República para dictar, unilateralmente,
normas jurídicas generales o especiales destinadas al gobierno y
administración del Estado o a la ejecución de las leyes.”

Las bases constitucionales de la potestad reglamentaria están en los artículos


24 y 32 Nº 6 de la Constitución. Esta última norma dispone que es una
atribución especial del Presidente de la República: “Ejercer la potestad
reglamentaria en todas aquellas materias que no sean propias del dominio
legal, sin perjuicio de la facultad de dictar los demás reglamentos, decretos e
instrucciones que crea convenientes para la ejecución de las leyes.”
Como explica el profesor Kamel Cazor, del precepto arriba transcrito “se
derivan las dos clases de potestad reglamentaria existentes. En primer lugar,
la potestad reglamentaria autónoma o extendida, que tiene lugar "(...) en
todas aquellas materias que no sean propias del dominio legal(...)", es decir,
las materias que no se encuentren en el ámbito de la reserva legal. Y en
segundo lugar, la potestad reglamentaria de ejecución o propiamente tal, que
se traduce en "(...) los demás reglamentos, decretos e instrucciones que crea
convenientes para la ejecución de las leyes.” La potestad reglamentaria
autónoma –como se advertirá- es la segunda manifestación que estudiaremos
del rompimiento de la clásica relación ley-reglamento.

No obstante que el Presidente de la República y el Congreso Nacional son


órganos generados ambos en virtud de elección democrática y poseen directa
legitimidad constitucional, como enseña la profesora española Paloma Biglino
“las disposiciones del Ejecutivo no ocupan, en el sistema de fuentes, una
posición idéntica a la que caracteriza a la ley del Parlamento porque, al
elaborarlas, el Ejecutivo no garantiza, como sin embargo hacen las cámaras,
los requisitos que impone el principio democrático.”

En estrecha relación con este punto, el artículo 63 de la Carta establece


la reserva legal, enumerando las materias cuya regulación el Constituyente
encomienda al legislador de modo irrenunciable. De ello podría colegirse, en
principio, interpretando armónicamente los artículos 24, 32 y 63, que las
materias extrañas a dicho catálogo deben ser objeto de la potestad normativa
autónoma o extendida del Presidente de la República, en un contexto de
dominio legal máximo. Los preceptos antes citados constituyen la configuración
constitucional de la relación ley-reglamento en el ordenamiento chileno y
delimitan los alcances de la técnica de reserva legal empleada por el
Constituyente como mecanismo de reparto de competencias normativas, en
contraste con el ámbito reservado al Gobierno en el ejercicio de su potestad
reglamentaria.

Sin embargo, la mayor problemática de la configuración constitucional


de la relación ley-reglamento en Chile estriba en que el numeral 20º del
referido artículo 63 establece como materia de ley a “toda otra norma de
carácter general y obligatoria que estatuya las bases esenciales de un
ordenamiento jurídico”. En virtud de esta disposición, la competencia
legislativa se configura como no constitucionalmente clausurada, por cuanto es
posible regular por dicha vía cualquier asunto, en tanto aquel numeral carece
de contenido material determinado.

Por último, conviene hacer una breve reflexión, de lo cual se puede deducir lo
siguiente:

-La importancia de la potestad reglamentaria autónoma, de acuerdo a la


voluntad del Constituyente, no es tal, ya que su relevancia está reducida a un
ámbito de materias de poca importancia que minimizan su carácter de norma
de clausura del orden positivo. En este sentido, se debe mencionar el
importante decreto supremo nº 81 de 1999 (publicado en el Diario Oficial de
26 de junio del mismo año) que Reguló el Uso de la Firma Digital y los
Documentos Electrónicos en la Administración del Estado; materia que, no
obstante estar regulada en parte en la esfera de la potestad autónoma,
posteriormente fue reglada por la ley 19.799 de 2002, sobre documentos
electrónicos, firma electrónica y servicios de certificación de dicha firma
(materia que ha sido regulada en virtud del artículo 63 Nº 20 de la
Constitución).

-Como la referida innovación no ha sido tal, la verdadera importancia del


estudio se traslada al campo de la potestad de ejecución, que es más prolífica,
pero a la vez ha sido fuente fecunda de conflictos de constitucionalidad. Toda
vez que, con la estrecha relación existente entre la ley y el reglamento, dado
su carácter de norma secundaria, abarca un amplio ámbito en el sistema
constitucional. Y es más, en virtud de la vinculación directa de las normas
constitucionales a los poderes del Estado, es la propia Carta Magna la que
puede ser ejecutada mediante la potestad reglamentaria ejecutiva o secundum
legem.

Las normas infralegales se clasifican en decretos, reglamentos e instrucciones.


Las últimas son aquellas normas que el Presidente de la República dicta para
impartir órdenes a los funcionarios a su cargo. Por otro lado, el decreto es la
resolución dictada por cualquiera autoridad en asuntos de su competencia.
Cuando la resolución la dicta el Presidente de la República, se denomina
Decreto supremo, que toma el nombre de decreto reglamentario al ser mayor
su generalidad, o simple decreto supremo al ser ésta menor. Por lo tanto, el
reglamento es siempre una especie de decreto. De este modo, el carácter
general y permanente cualifica al reglamento, mientras que la especialidad y
particularidad es lo esencial del decreto. En otras palabras, si las decisiones
obligatorias son generales y permanentes, se denominan reglamentos; en
cambio se reserva el nombre de decretos supremos a las normas que carecen
de tales características y se agotan con su cumplimiento.

32 Nº14 Otorgar indultos particulares. Facultad heredada por el Presidente


como resabio monárquico. El indulto extingue la responsabilidad penal, la pena
o conmuta esta última por una menos gravosa.

Hay que distinguir dos situaciones, el indulto y la amistia, elprimero equivale a


un perdon para que no cumpla su pena o la cumpla penalmente, este requiere
leyes el art.63n16 de la CPR , en la amistia no hay procesamiento, el indulta es
un perdon ex-post

32 Nº 16 La facultad de llamar a retiro a los comandantes en jefe:


Concordante con el artículo 104 de la Constitución. Esta facultad se plasma a
través de un acto político o de gobierno, los cuales, cabe recordar, se
fundamentan en la dirección política que le corresponde exclusivamente al Jefe
del Estado (art. 24). Dicho cometido se cumple mediante “decreto fundado e
informando previamente a la Cámara de Diputados y al Senado”, los cuales –
eventualmente- podrían hacer efectiva la responsabilidad política del
Presidente de la República, mediante la vía de la acusación constitucional,
excluyéndose cualquier posibilidad de control jurisdiccional de dicha medida,
por la enorme dificultad que implicaría la verificación de una decisión
netamente política que se fundada en el interés general. En este contexto, la
exigencia de informar a ambas Cámaras, salvo la responsabilidad política
posterior, no implica la posibilidad de dejar sin efecto el acto presidencial.

Funcion Gubernativa: - Politico

- Internacionales
- Militares
- Financiera 32Nº19 y 20

32 Nº5 declarar los estados de excepcion constitucional:

32 Nº11

32 Nº8

32 Nº17 y 18

Ministros de estados:

Es una relacion de confianza, son los colaboradores directos del presidente de


la republica,

Congreso Nacional

Derecho Parlamentario y características del Congreso Nacional Chileno

El Capítulo V de la Constitución se refiere al Congreso Nacional,


estatuyendo su composición orgánica y funciones. En este sentido, puede
decirse que el referido capítulo regula lo que se conoce, en doctrina, como
Derecho Parlamentario. Esto es, siguiendo al profesor Francisco Berlín, “el
conjunto de normas que regulan las actividades internas de las asambleas
legislativas (parlamentos o congresos) de los Estados, en lo referente a su
organización, funcionamiento, facultades, deberes, privilegios de sus miembros
y relaciones entre los grupos políticos que las integran.” El nombre de esta
rama del Derecho no es indicativo de la forma de gobierno (presidencial o
parlamentario) adoptada por el Estado en cuestión, sin perjuicio de que la
denominación “Parlamento” es más propia de los sistemas parlamentarios y la
de “Congreso”, de los presidencialistas. En otras palabras, siguiendo a Gustavo
Zagrebelsky, “el parlamento es un nombre genérico con el que se puede
identificar a todas las asambleas legislativas, independientemente de que
operen en un régimen presidencial o parlamentario.”

Nuestro sistema constitucional se caracteriza por poseer, en palabras de


Francisco Zúñiga, “un Parlamento racionalizado”; esto es, un órgano legislativo
cuya amplia competencia normativa contrasta con una marcada preeminencia
del ejecutivo. Lo anterior se traduce, por un lado, en el importante rol que el
Presidente de la República juega en el proceso legislativo y, por otro, en los
altos quórum demandados por la Constitución para que el Congreso Nacional
pueda hacer efectiva la responsabilidad política del primer mandatario vía
acusación constitucional.

En la reciente historia nacional, pesaron sobre el Congreso Nacional dos


importantes enclaves autoritarios, que afectaban su legitimidad democrática.
Por un lado, hasta las reformas de 2005, existían 9 escaños asignados en la
Cámara Alta a Senadores Designados (4 por el Consejo de Seguridad Nacional,
3 por la Corte Suprema y 2 por el Presidente de la República), además de
reservarse otros tantos escaños, en calidad de Senadores Vitalicios, a los ex
Presidentes de la República que hubiesen gobernado por más de cuatro años.
Evidentemente, tanto el alto número de “Senadores Institucionales” como el
hecho de que su mandato no tenía origen en la elección ciudadana, provocaba
una distorsión en el modelo democrático chileno. Por otro lado, la vigencia del
sistema electoral binominal mayoritario provocó, en palabras de Manuel y
Roberto Garretón, un sinnúmero de debilidades en la democracia chilena, las
cuales fueron determinadas “por los límites fundantes en la soberanía popular
observados a partir de la Constitución, que consagró la exclusión política a
través del sistema binominal, de lo que se derivan los límites de la democracia
electoral sujeta a restricciones fácticas y normativas en un diseño institucional
deficiente.” Dicho modelo, único en el mundo, siguiendo a John M. Carey, si
bien fue establecido originalmente para favorecer y sobrerrepresentar a la
coalición política de derecha después de la caída del régimen militar, acabó
favoreciendo en términos muy similares a las listas de candidatos de ésta y de
su contraparte concertacionista, en desmedro de todos los demás actores
políticos minoritarios. Sin perjuicio de lo anterior, comparte este docente la
posición sustentada por Dieter Nohlen, en orden a que no existe un sistema
electoral que garantice per se una democracia más perfecta. A este respecto,
el autor alemán ha dicho que “[e]l mejor sistema electoral es el que se adapta
mejor a los requisitos de lugar y tiempo. Esta tesis implica que el contexto
político y sociocultural importa mucho a la hora de diseñar un sistema
electoral, pues es el que decide de alguna manera si este va rendir mejor en
relación a los valores priorizados, cuya realización se espera.” En el mismo
orden de ideas, Robert Dahl señala que la solución institucional debe ser
ajustada o diseñada a la medida de las necesidades (tailored). Finalmente,
sobre el particular, la reforma de abril de 2015 eliminó el sistema electoral
binominal mayoritario, sustituyéndolo por una fórmula de corte proporcional,
poniendo fin a las objeciones democráticas antes reseñadas acerca de la
composición del Congreso Nacional.

La Constitución chilena establece un Congreso Nacional bicameral


(artículo 46). El bicameralismo, tomado del modelo inglés (Cámara
Alta/Cámara Baja), llega a la tradición chilena en su variante norteamericana.
Esta última vio en el bicameralismo, según el profesor Vikram Amar, “un medio
para revisar y controlar posibles abusos del legislativo”, evitando la
concentración en un solo órgano. En el ideario de los padres fundadores
norteamericanos, la Cámara Baja, la rama dinámica y popular del legislativo –
temía James Madison- podría caer fácilmente presa de la “inconstancia y
pasión”; de ese modo, el Senado –una suerte de nobleza republicana- vendría
a simbolizar la tradición, y en razón de ello, normalmente procedería, según
Madison, “con más frialdad, con más sistematicidad y más sabiduría que la
rama popular.”

La formula del binominal mayoritario, creaba la existencia de dos bloques,


supone que los candidatos competían en dos listas, la regla general es que
hubiese ds nominas
Distinción orgánica entre ambas Cámaras

De acuerdo al profesor Alejandro Silva Bascuñán, el Senado y la Cámara de


Diputados se distinguen, según la actual Carta, en base a los siguientes
factores.

a) Número de miembros:

CD: determinado por la ley orgánica constitucional respectiva (art. 47). En


ejercicio, 120. A partir de la próxima elección, 155.

S: determinado por la ley orgánica constitucional respectiva (art. 49.). En


ejercicio, 38. A partir de la próxima elección, 50.

b) Base de elección:

CD: los distritos electorales que señale la ley orgánica constitucional respectiva

(art. 47 inciso 1º).

S: las circunscripciones electorales que determine la ley orgánica constitucional


respectiva. Cada región del país constituirá, a lo menos, una circunscripción.
(art. 49)

c) Duración del mandato:

CD: 4 años (art.47)

S: 8 años (Art. 49)

d) Renovación:

CD: total, cada 4 años (art. 47 inc. 2º).

S: parcial, cada 4 años (Art. 49)


e) Edad y demás requisitos para ser elegido:

CD: 21 años, enseñanza media y residencia de 2 años en la región en que se


ubique el distrito. (art. 48)

S: 35 años, al día de la elección y enseñanza media. (art.50)

f) Materias de ley de origen exclusivo:

CD: leyes sobre tributos de cualquiera naturaleza, sobre los presupuestos de la

Administración Pública y sobre reclutamiento (art. 65 inc. 2º).

S: leyes sobre amnistía y sobre indultos generales (art. 65 Inc. 2º).

g) Atribuciones exclusivas:

CD: acusar en juicio político y fiscalizar los actos del gobierno (art.52).

S: juzgar en juicio político; permitir el ejercicio de la responsabilidad civil de


los Ministros de Estado; conocer de ciertas contiendas de competencia; otorgar
rehabilitaciones de la ciudadanía; consentir en algunos actos del Presidente de
la República; autorizar la ausencia del país del Presidente de la República;
declarar la inhabilidad del Jefe del Estado o admitir su dimisión; aprobar la
sentencia del Tribunal constitucional que hace responsable al Presidente de los
hechos que han producido la declaración de inconstitucionalidad de
organizaciones políticas, y dar su dictamen cuando el Presidente lo consultare
(art. 53).

Funciones del Congreso Nacional:

En la teoría clásica, el órgano parlamentario desarrolla dos grandes


funciones, a saber, la función legislativa y la de fiscalización y control
político. Además de estas funciones clásicas, cada Congreso Nacional recibe
del Constituyente otras funciones específicas, que varían de ordenamiento en
ordenamiento.
El Derecho parlamentario arriba mencionado tiene como principal objeto
de estudio ambas funciones clásicas. De hecho, el académico Woodrow Wilson
–más tarde Presidente de los Estados Unidos- afirmaría sobre el rol del
Congreso Nacional que “tan importante como la legislación es la vigilante
fiscalización de la Administración”. A mayor abundamiento, John Stuart Mill
consideraba a la segunda función (la fiscalizadora y de control) más importante
que la primera (legislativa), expresando al efecto que “el oficio propio de una
asamblea representativa es observar y controlar al gobierno.”

Función Legislativa

La función legislativa cumplida por el Congreso Nacional está reconocida


en los artículos 46, 63, y 65 al 75 de la Constitución chilena. Esta función se
vincula estrechamente con el principio democrático que recoge la Carta
Política en el artículo 4º de la misma. Esta vinculación se produce, como
explica la profesora española Paloma Biglino, porque “el Parlamento es el
órgano del Estado donde el principio democrático alcanza su máxima
expresión. En primer lugar, porque las cámaras representan a todo el pueblo
en su conjunto. En segundo lugar porque, aunque decidan conforme a la regla
de la mayoría, articulan cauces de participación para las minorías. Por último,
porque actúan conforme al principio de publicidad, de forma que los
ciudadanos puedan conocer el sentido de lo actuado por aquellos a quienes
han votado.” Respecto del segundo punto tocado por Biglino, esto es, que la
democracia opera bajo la regla de una mayoría que respeta y reconoce a la
oposición, éste constituye, en la teoría política norteamericana, por un lado,
uno de los dilemas inherentes de la democracia y, por otro, es la fuente que
legitima la autoridad del Congreso a lo largo del proceso legislativo (“legislative
process”). En este sentido, como indica el académico norteamericano Norman
Ornstein, “[u]na función importante de una legislatura es proporcionar el cauce
y la representación de la oposición legítima. Lograr un equilibrio entre el
apropiado rol de la minoría y el legítimo derecho de actuar que tiene la
mayoría es otro de los dilemas inherentes a un poder legislativo democrático.
Encontrar un papel significativo para la oposición, sea que ésta se organice en
un solo partido o varios, o en corrientes dentro de las líneas de un partido, o
en circunscripciones regionales o étnicas, es una clave para la estabilidad y la
legitimidad del sistema político.”

Finalmente, explica la profesora Paloma Biglino que “[s]i la ley sigue


conservando una posición privilegiada dentro del ordenamiento es, sobre todo,
por razones de naturaleza formal. Como antes se señalaba, la ley continúa
siendo la única norma elaborada por un órgano que expresa la voluntad
popular en su conjunto, mediante un procedimiento de carácter participativo
que permite a los ciudadanos conocer la posición que han adoptado sus
representantes. En definitiva, lo que cualifica a la ley en el sistema de fuentes
es su procedimiento de elaboración.”

Función de Fiscalización y Control

Como explicó el académico británico Anthony Birch, el control


parlamentario es “consecuencia directa e inmediata del principio democrático”,
dado que, en virtud de éste el gobierno es “representativo y responsable”. En
otras palabras, como explica el profesor norteamericano Brian Soucek, “la
importancia de la supervigilancia congresal (“congressional oversight”),
ejercida a través del sistema de comités, es la responsabilidad
(“accountability”), sea potencial o efectiva, del poder ejecutivo, lo que se erige
en base del sistema de frenos y contrapesos (“checks and balances”)
establecidos por la Constitución como salvaguardia de la democracia.”

De acuerdo con el marco constitucional vigente en Chile, a la Cámara de


Diputados le corresponde la función de fiscalizar los actos del gobierno
(artículo 52 Nº1) y, asimismo, participar en el control político en sentido
estricto que se ejerce por medio de la acusación constitucional (artículo 52 Nº
2). Por otro lado, el Senado interviene en el control político, conociendo y
resolviendo sobre la acusación formulada por la Cámara baja respecto de las
autoridades contra quienes ha sido dirigida (artículo 53 Nº 1). Ambas acciones,
fiscalizar y controlar por vía de juicio político, son especies de control político y
ambas se enmarcan en la lógica de limitar el poder del gobierno. En tanto
formas de control político, ambas son de naturaleza subjetiva, es decir, que su
ejercicio se basa en razones de mérito u oportunidad. Empero, es importante
destacar que éstas corresponden a distintos tipos de verificación y, en
consecuencia, producen efectos disímiles.

En la doctrina nacional, como expresa el profesor José Luis Cea, “cuando se


fiscaliza y cuando se controla se examina y analiza un acto, pero, en el primer
caso, se formula principalmente un juicio de valor, acerca de la conveniencia o
inconveniencia sustancial de su contenido, desde el punto de vista no sólo de
su conformidad al ordenamiento jurídico, sino, además, de su adecuación a
determinada idea de bien común. En el control -prosigue- se busca la
conformidad del acto con el ordenamiento jurídico positivo, dejando al margen
toda apreciación que quepa en la órbita dentro de la cual se mueve con
amplitud la determinación discrecional que se reserva, por dicho
ordenamiento, al autor del acto”.

En refuerzo de lo dicho, explica el profesor Kamel Cazor, “tratándose de la


fiscalización de los actos del Gobierno, los efectos de la responsabilidad
gubernamental son muy distintos a los que se producen en la acusación en
juicio político. En el primer caso, no hay responsabilidad política (…); en el
segundo, sí cabe dicha posibilidad.” No obstante, resulta conveniente agregar
que aunque la fiscalización no acarrea responsabilidad política, de todos modos
puede utilizarse como un eficaz instrumento para reunir antecedentes que
permitan, más adelante, enderezar una acusación constitucional en contra de
la autoridad previamente fiscalizada. Prosigue señalando Cazor, además, que
“no obstante de tratarse en ambos casos de manifestaciones del control
político, en la situación de la fiscalización se está en presencia de una
verificación que implica un máximo de subjetividad (…); en cambio, tratándose
de la acusación constitucional el margen de subjetivismo en la verificación –
que es propio del control político-, se encuentra determinado por las hipótesis
constitucionales que pueden dar origen a este juicio político.” En otras
palabras, la subjetividad en la acusación constitucional como forma de control
político en sentido estricto está más acotada, desde que la Constitución
establece causales de procedencia de la misma, en el artículo 52 Nº 1, letras
a) – e). Esto no excluye, por cierto, la subjetividad con que se valora la
aplicación o no de las referidas causales a la autoridad en cuestión, sea para
acusarle o juzgarle, en cada caso en concreto.

Fiscalización de los Actos del Gobierno

Esta fiscalización se refiere a los actos del gobierno, pues comprende


todos los actos que, bajo las órdenes del Presidente de la República, llevan a
cabo las autoridades administrativas y gubernativas. Dicho en otros términos,
los actos del gobierno pueden emanar, además del Jefe del Estado, también de
sus colaboradores directos, tales como, los Ministros de Estado, los
subsecretarios, Intendentes, gobernadores, etc. No hay que confundirlos con
los actos de gobierno, que son de atribución exclusiva del Presidente de la
República, en su calidad de Jefe del Estado y supremo administrador, los
cuales obviamente pueden ser fiscalizados por la Cámara de Diputados. Al
respecto es importante tener presente el art. 1º de la Ley de Bases Generales
de la Administración del Estado - LOCGBGAE.

Esta fiscalización puede llevarse a cabo, esencialmente, a través de tres


vías:

Adoptar acuerdos o sugerir observaciones al Presidente de la República (52 Nº


1 letra a)

Adoptar acuerdos o sugerir observaciones, con el voto de la mayoría de los


diputados presentes que se transmitirán por escrito al Presidente de la
República, debiendo el Gobierno dar respuesta, por medio del Ministro de
Estado que corresponda, dentro de treinta días.

Sin perjuicio de lo anterior, cualquier diputado, con el voto favorable de un


tercio de los miembros presentes de la Cámara, podrá solicitar determinados
antecedentes al Gobierno. El Presidente de la República contestará
fundadamente por intermedio del Ministro de Estado que corresponda, dentro
del mismo plazo señalado en el párrafo anterior.
En ningún caso, dichos acuerdos y observaciones afectarán la responsabilidad
política de los Ministros, y la obligación del Gobierno se entenderá cumplida
por el solo hecho de entregar su respuesta".

“Interpelar” a los Ministros de Estado (52 Nº 1 letra b)

La interpelación es una institución de los sistemas parlamentaristas, que


puede acarrear la responsabilidad política del gobierno. En este caso, la
terminología es aplicada, de un modo erróneo, a la realidad presidencialista
chilena. En el caso chileno, esta forma de fiscalización fue introducida por las
reformas de 2005.

“Citar a un Ministro de Estado, a petición de a lo menos un tercio de los


diputados en ejercicio, a fin de formularle preguntas en relación con materias
vinculadas al ejercicio de su cargo. Con todo, un mismo Ministro no podrá ser
citado para este efecto más de tres veces dentro de un año calendario, sin
previo acuerdo de la mayoría absoluta de los diputados en ejercicio”.

Ejemplos emblemáticos: Martín Zilic y Magdalena Matte.

Crear Comisiones Especiales Investigadoras. (52 Nº 1 letra c)

Se plasma una práctica constitucional existente antes de su instauración


formal en el año 2005.

“Crear comisiones especiales investigadoras a petición de a lo menos dos


quintos de los diputados en ejercicio, con el objeto de reunir informaciones
relativas a determinados actos del Gobierno”

Control Político en sentido estricto: La acusación constitucional.


Esta vía de control político permite hacer efectiva la responsabilidad
política (“accountability”) de los funcionarios que, por mandato de la
Constitución, se encuentran sujetos a la misma. Esta responsabilidad, como
algo se ha adelantado, es inherente al concepto de democracia. A mayor
abundamiento y con justa razón, el profesor norteamericano Jonathan Fox, se
pregunta por el rol que juega el concepto de “responsabilidad” en la
configuración del Estado democrático, expresando que “[e]l concepto de
responsabilidad política es presa de una tensión definicional –¿es ésta un
proceso o una consecuencia? Lógicamente, ella conlleva ambos- como sucede
con el concepto de democracia. Los dos conceptos no se refieren, sin embargo,
a los mismos procesos y consecuencias. Algunos analistas incorporan la
responsabilidad en la definición misma de democracia como concepto político.
Tales definiciones sugieren implícitamente que los procesos democráticos
inherentemente generan consecuencias sujetas a responsabilidad política.”

Como explica el profesor Francisco Zúñiga, la acusación constitucional


funciona como “válvula de escape” del sistema político-constitucional. Así, ante
situaciones de crisis o bloqueo institucional, el juicio político funciona como
elemento de descompresión.

Esta institución se encuentra detalladamente normada en la Constitución


chilena, a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, en la realidad comparada
norteamericana, en que el impeachment se halla escasamente regulado en la
Carta Política. La normativa constitucional en estas materias, debe ser
complementada, desde luego, con las disposiciones de la Ley Orgánica
Constitucional del Congreso Nacional y los artículos 304 y siguientes de su
Reglamento.

De acuerdo al artículo 52 Nº 2 de la Constitución Política, es atribución


exclusiva de la Cámara de Diputados: “Declarar si han o no lugar las
acusaciones que no menos de diez ni más de veinte de sus miembros formulen
en contra de las siguientes personas:

a) Del Presidente de la República, por actos de su administración que hayan


comprometido gravemente el honor o la seguridad de la Nación, o infringido
abiertamente la Constitución o las leyes. Esta acusación podrá interponerse
mientras el Presidente esté en funciones y en los seis meses siguientes a su
expiración en el cargo. Durante este último tiempo no podrá ausentarse de la
República sin acuerdo de la Cámara;

b) De los Ministros de Estado, por haber comprometido gravemente el honor o


la seguridad de la Nación, por infringir la Constitución o las leyes o haber
dejado éstas sin ejecución, y por los delitos de traición, concusión,
malversación de fondos públicos y soborno;

c) De los magistrados de los tribunales superiores de justicia y del Contralor


General de la República, por notable abandono de sus deberes;

d) De los generales o almirantes de las instituciones pertenecientes a las


Fuerzas de la Defensa Nacional, por haber comprometido gravemente el honor
o la seguridad de la Nación, y

e) De los intendentes, gobernadores y de la autoridad que ejerza el Gobierno


en los territorios especiales a que se refiere el artículo 126 bis, por infracción
de la Constitución y por los delitos de traición, sedición, malversación de
fondos públicos y concusión.”

En el caso de los funcionarios señalados en las letras b), c), d) y e), la


acusación podrá interponerse mientras se encuentren en ejercicio y hasta tres
meses de expirados en su cargo. Para aprobar la acusación constitucional se
requerirá el voto de la mayoría de los Diputados presentes. Una vez
presentada la acusación, la autoridad no podrá salir del país sin autorización de
la Cámara y, en caso alguno, si la acusación ya estuviese aprobada por ésta.

En el caso del Presidente de la República, la acusación podrá intentarse


dentro de su mandato o hasta seis meses luego de expirado éste. La
aprobación de la acusación demanda el voto conforme de la mayoría de los
Diputados en ejercicio.

Aprobada que sea la acusación, quedará el funcionario suspendido en


sus funciones. La suspensión cesará si el Senado desestimare la acusación o no
se pronunciare sobre ella en el plazo de 30 días. El Senado actuará en el juicio
político resolviendo como jurado (en conciencia) y “se limitará a declarar si el
acusado es o no culpable del delito, infracción o abuso de poder que se le
imputa”. (artículo 53 Nº 1) Para aprobar la acusación dirigida en contra de las
autoridades signadas bajo las letras b), c), d) y e) del artículo 52 Nº 2, se
requiere el voto conforme de la mayoría de Senadores en ejercicio. Si el
funcionario hubiese sido acusado por más de una infracción o abuso, o si la
acusación única estuviese dividida en diferentes capítulos, bastará la
declaración de culpabilidad sobre una(o) de ellas(os) para hacer efectiva la
responsabilidad política.

En el caso del Presidente de la República, para aprobar la acusación


constitucional, se requerirá del voto conforme de 2/3 de los Senadores en
ejercicio, lo que es propio de la forma de gobierno presidencialista reforzada
que caracteriza al modelo constitucional chileno. En tal sentido, el profesor
Humberto Nogueira ha manifestado que una situación de crisis institucional “en
un régimen presidencialista no tiene solución salvo la destitución presidencial
por acusación constitucional. Por ello, esta acusación requiere quórums
elevados que son normalmente difíciles de obtener. De ahí que se sostenga
que no hay manera de resolver crisis mayores dentro del sistema sin que el
propio sistema entre en crisis institucional.”

Ejemplos emblemáticos: Contralor Vigorena, Presidente Carlos Ibáñez


del Campo, Ministro de la Corte Suprema Hernán Cereceda, Ministros de
Estado Yasna Provoste y Harald Beyer.

Atribuciones Exclusivas del Congreso:

Se trata de atribuciones que ejercen, en conjunto, ambas cámaras. Están


contenidas en el artículo 54 de la Carta:

1) “Aprobar o desechar los tratados internacionales que le presentare el


Presidente de la República antes de su ratificación” (nº 1, inciso 1°). La
reforma constitucional mantiene intacta esta primera oración; esto implica una
limitada acción del Congreso Nacional: “Aprobar o desechar”. Y por tratado
internacional se debe entender lo establecido en el art. 2° de la Convención de
Viena sobre Derecho de los Tratados.

En el primer inciso, la reforma incorpora una segunda oración, la que sostiene:


“La aprobación de un tratado requerirá, en cada Cámara, de los quórum que
corresponda, en conformidad al artículo 66, y se someterá, en lo pertinente, a
los trámites de una ley”. Según Humberto Nogueira, esta oración merece dos
comentarios. 1) Constitucionaliza la interpretación realizada por la doctrina y
por el Tribunal Constitucional, la que había sostenido que las materias
abordadas por tratados internacionales que correspondían a enunciados
normativos que la Carta Fundamental sostiene que deben ser aprobados por
determinado quórum parlamentario en el ámbito del Derecho interno de
acuerdo al art. 66 de la Carta, debe aprobarse su incorporación por el
Congreso Nacional por el mismo quórum, tema que queda zanjado por la
reforma constitucional. 2) Del mismo modo, la reforma introduce una precisión
en su frase final, que es de gran trascendencia, ya que el texto original podía
prestarse a malas interpretaciones. En efecto, la nueva redacción establece
que el tratado internacional “se someterá, en lo pertinente, a los trámites de
una ley”. La expresión “en lo pertinente” explicita lo que parte importante de la
doctrina venía sosteniendo, como asimismo ya había asumido el Tribunal
Constitucional (STC, Rol N° 288/1999, considerando 6°) en el sentido que un
tratado internacional no es una ley, ni tiene jerarquía de ley, ya que el tratado
es una norma de Derecho internacional, expresión de la voluntad de dos o más
Estados u organismos internacionales o supranacionales, a diferencia de la ley,
que es expresión de la voluntad unilateral de los órganos colegisladores de un
Estado. Por ello, el tratado requiere la aprobación del Congreso, sólo para su
incorporación al Derecho interno. Una vez que el tratado se encuentra
aprobado por el Congreso y ratificado por el Presidente de la República, genera
inmediatamente las obligaciones pertinentes del estado en el plano
internacional, es decir, las normas del tratado pasan a ser Derecho interno sin
dejar de ser Derecho internacional, pero, a diferencia de las normas generadas
por fuente interna no son susceptibles de derogación por voluntad unilateral
del Estado. En este contexto, el inciso sexto del texto reformado introduce un
principio de grandes repercusiones en el Derecho interno y que es plenamente
armónico con las obligaciones internacionales asumidas por el Estado chileno
en la Convención de Viena sobre Derecho de los Tratados de 1969 (ratificada y
publicada por Chile en el año 1981). Dicho inciso precisa: “Las disposiciones de
un tratado sólo podrán ser derogadas, modificadas o suspendidas en la forma
prevista en los propios tratados o de acuerdo a las normas generales de
Derecho Internacional”. De acuerdo con este precepto constitucional el Estado
chileno no deja ninguna duda sobre la voluntad de hacer efectiva las
obligaciones de ius cogens de cumplir de buena fe las obligaciones
internacionales contenidas en los arts. 26 y 27 de la Convención de Viena
sobre Derecho de los Tratados (pacta sunt servanda), como asimismo la
obligación de no oponer obstáculos de Derecho interno al cumplimiento de las
obligaciones internacionales voluntaria y libremente aceptadas, generando
responsabilidad internacional por ello.

2) Pronunciarse respecto de los estados de excepción constitucional, de


acuerdo con el artículo 40 inciso 2 (nº 2): La lógica es evitar la concentración
de poder en el Presidente y el ejercicio abusivo de esta facultad excepcional.