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S O C IA L IS M O Y A N A R Q U IS M O

LA ENCÍCLICA
DE NUESTRO SANTÍSIMO PADRE LEÓN XIII

«DE COND1TJONE OPIFICUM»


- Y -

L O S C ÍR C U L O S d e o b r e r o s c a t ó l ic o s

PO E l BL

F. A n t o n i o Y i c e n t
DB LA COMPAÑÍA Dl i JESÚS

EDICIÓN ECONÓMICA

CON LAS LICENCIAS NECESARIAS

VALENCIA 1895

IMi'HENrA DE JOSÉ ORTEGA


Ruzafa, jt
<Sxcnio, (Señor*

*% ). Q la u b io X ó p u z

s u * ,(jués Je (se m illa s

3ítsi< lrn(e de /as (stzcu/os, ■Sahonaios

y ch u ta s (so z jio ta cio tie s (o a tá fica - ó & ic ia s Je

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ÍNDICE t)E JVlftTEÍ^IflS


PigilUS
Dedicatoria...................................................................m
Carta de Ss Santidad................................................... x i x
Felicitación del Eminentísimo Cardenal Rampolla diri­
gida a l autor con m otivo de la publicación S o c i a ­
lis m o y A n a rq u is m o ..................................................... x x m
Felicitaciones de lo* Eminentísimos, Excelentísimo! y
Reverendísimos Prelados de E*p? ña dirigidas al
autor....................................................................... x x iv
Juicio de la prensa........................................................ xliv
Introducción................................................................................i-Tl
Inscripción de la Encíclica............................................lxv
Aoálisii de la Encíclica Rtrum nwarum...................... I

P A R T E PRIM ERA
CAPITULO P& IttE & O — Naturaleza, grave­
dad y dificultad de la cuestión so cia l. . . 7
División de lai ciencias cuyo objeto y ñn es el hombre. 8
El objeto de la Economía política no son las riquezas. 8
Definición de la Economía política como subordinada
al orden social......................................................... 9
La cuatión social no consiste en la desigualdad social. 9
La gravedad del conflicto social lo demuesirau tres
hechos.................................................................................... 13
CAPITULO H — bausas de la cuestión social. 20
A rticulo primero.— La pobreza no es causa de la
cuestión social.........................................................21
Distinción entre la pobreza y la miseria ........................33
Erigen de la po breza..................................................... 24
A r t l c n l o I I .— Primera cauta de la cuestión social. Ap<<s
Usía de los naciones..........................................................29
Párrafo primero.—Fin del hombre. Doctrina católica 30
Fin del hombre uglln k sociedad pagana. El hombre
ha sido criado para el Estado................................. 34
El Estado segdn Platón................................................ 36
El Estado según Arisió:clcs........................................ 37
Doctrina de Jesucristo respecto del Estado................... 3»
En qué consiste la perfección de la sociedad................ 41
Párrafo JX— Fin del hombre. Doctrina sociallsu. . 4»
Fin del hombre segdn los materialistas.. . 4»
Paralelo entre el obrero cristiano y el socialista. . . , 43
No bsy otro remedio, catecismo ó socialismo., . . . 47
A rticulo 1I L —Afinidad entre el liberalismo, socialis­
mo y anarquismo. ...................................... 47
Principio) del liberalismo............................................. 48
I. El liberalismo niega el pecado original . . . . 4#
II. En materia de religión profesa la indiferencia 4 el
escepticismo. ......................................................... 51
No hay pai» quéaducir el ejemplo de loa Estado* Unido*. 53
I." Porque en los Estados Unidos jamás ha estado unida
la Iglesia católica con el listado............................. 53
a.® Porque la separación del Estado de las sectas pro­
testantes se hizo sin desamortaáción...................... 53
3.0 Porque allí ta respetan sobreoianei a las asociaciones
voluntarias............................................................. 54
4.° Porque el Estado en aque.la federación no es ateo. 55
5 0 Purque concede verdadera libelad á la Iglesia
católica. . ......................................................... 56
III. ün cuanto á la propiedad, establece con J. J. Rous­
seau que {a tierra es de todos................................. 57
IV. Estableciendo como fundamento «que no hay mád
interés que el general de la nación y el del particu­
lar », introdujo en el gobierno délos pueblos la centra
liiacitn 7 el Individualismo, y en Economía política
la absoluta libertad del trahajo............................... ' 5*
V. Destruye la familia, introduciendo el concubinato y
el divorcio en el matrimonio................................... 59
Los jjrincipios del liberalismo han sido condenados re­
petidas veces por los Romanos Pontífices . . . . 59
Natuioleta del liberalismo, probada por los escritos de
sus fundadores........................................................ 60
Clasificación de loa liberales segdnla'Enelclica Uhtrtat,
publicada en el aflo 1888 por el supremo Jerarca de
la Igksw León XIII............................................... 63
Confirma nuestra doctrina el R. P. V. Cathre>n en su
tratado «Philosophia moralis»................................ 6S
M |lm

El escepticismo ó indiferencia en materia de Religión se


debe principalmente al impío Voltoire.................... 66
Los Padres del ateísmo y de la ¡dea materialista que del
Universo profesan los socialistas y anarquistas, soa
los enciclopedistas D1Alembert, Dideroi, D’ Hollwch,
Lamettrie, Helveüus, etc........................................ 69
Pero el principio cardinal del liberalismo, la nativa bon­
dad del hombre, y todo lo relativo al derecho polí­
tico j propiedad, w debe i J. J. Rousseau. . . . 73
Credo de los Francmasones................................ . . 80
A rticu lo I V .—Importancia del ssceidocio católico
en la solución de la cuestión social........................ 81
CAPITULO K L —Segunda sansa de la oues-
tión social.— Individualism o.......................... 86
Kígimen cristiano cunos por otro* y Dios por todos».
Régimen revolucionario *cada uno debe mirar por af > 89
A rticu lo primero.—Primer efecto del individual»-
mo. La destrucción de los antiguos gremios.. . . 83
Organización de los antiguos gremios.......................... 9°
Desaparición de los gremios en Francia y en Espala. . 91
A rticulo I L —Segundo efecto del individualismo. La
líbre competencia................................................... 95
El trabajo es un hecho individual y social á la vez.. . 96
Párrafo primero.— Doctrina de la escuela económica
liberal acerca de la libertad del trabajo.................. 96
La libertad del trabajo ea ilimitada ó limitada por las
leyes divinas y humanas......................................... 96
Doctrina de la escuela económica liberal....................97
Párrafo n , —Doctrina de la Iglesia acerca de la liber­
tad del trabajo........................................................ 99
Testimonies de la Sagrada I&critura, decisiones de los
Concilios y de los Homanas Pontífices sobre la líber*
tad dsl trabajo.................................................................... to o
Párrafo m . —Naturaleza y efectos de la libre compe­
tencia..................................................................... 103
Definición de la libre competencia: dentro d e ciertos
límites puede ser iltil.............................................. 104
Resultados de la libre competencis............................... 105
Ventajas é inconvenientes de las máquinaa ea la produc­
ción Cabril y explotación agrícola............................109
A rticu lo 111 —Tercer efecto del individualismo. El
monopolio y la especulación.................................. 113
Valor en uso y ralor en cambio...................................114
Causss que influyen en el valor en cambio................... 11$
— Tin —

'Justo precio................................................................. 115


D el com ercio, especulación, m onopolio y acaparamiento. 1 1 6
L a producción va He día en día centralizándote
en pocas nanos......................................................117
Lista de las personas más ricas del m undo........................119
Testim onio del Éxcm o. Cardenal Sancha..........................11 9
CAPITULO IV .—Tercera cansa de la cnestMn
Bodal. TJrara..................................................... 135
A rticulo primero.—De la naturaleza del mutuo y de
la usura.................................................................. 196
Definición del mutuo y diferencia del contrato de como­
dato y de locación.................................................. I>7
Cuándo «1 pibuno 6 mutuo as obligatorio................. I a8
Títulos extrínsecoi del préstamo ó mutuo: l.*, lacran
ceuans; i.°, dtmnum emergen»; 3.0, periculum sortis;
4.*, titulum legis; 5.®, poena conventionalis. . . , 130
Gratuita afirmación de M. Paul Leroy- Beaulieu. . . . 131
Definición de lp mura segdn el Concilio Lktenneaae V,
ses. 5..................................................................... 133
Cómo boy cae con facQidad en el pecado de la usura. 134
A rticu lo n . — Leyes y decreto» de la Iglesia contra la
usura...................................................................... 135
Autoridades de la Sagrada Escritura que la prohíben. . 135
Decreta* de la Iglesia contra la usura. ........................ 137
Respuestas de la Santa Sede en 1822, 1830, 1831 y la
tltlma en 18 de Abril de 1889, al obispo de Márslco
y de Potenza. .........................................................139
A rticulo l l f — Armonía entre las leyes y las respues­
tas de la Santa Sede............................................... 140
Distintas soluciones que ac dan para demostrar la
armonía entre los decretos y respuestas: I.\ la de
los economistas incrédulos: refutación.....................140
2.a La que interpretafructui pecuniat de la dltima Rt-
pueda de la Santa Sede por la influencia de loa doc­
trinas del sacerdote Mastrolini: refutación. . . . . 141
Esterilidad natural bptr u del dineio: error de algunos
economista!................................................... .... • 14*
3 “ Algunos distinguen entre el muLuo ó préstamo qie
exige la caridad y el mutuo comercial 6 lucrativo:
refutación............................................................... 144
4.* Otros defienden que si la Iglesia considera hoy licito
el préstamo á int’ iéj, es purque el Estado lo-ha legi­
timado: refutación...................................................141
5.* Opinión del Abata Morel, que la Iglesia tolera el
PJglnaa
prístamo á interés, pero que no declan ser licite:
refutación........................................................... •4 Í
6.a Defienden también algunos que el préstamo á inte­
rés de nuestras tiempos es un contrato de sociedad:
refutación..................... .......................................... 146
7.* La solución más común entre teólogos y publicistas
católicos, se deduce de lai momas respuestas de la
Santa Sede............................................................. «47
Argumentos de los Padres Palmieri, Costa-Roswtti, Ca-
threin, etc., e t c . .................................................... >49
Hoy al dinem 6 capital acompaOa no solamente un tí­
tulo extrínseco, sino ua titulo intrlnieco steundua
quid, segtin el Padre Cathiein................................. • 5«
Tesis del R, P. V, Cathreiti «De conlractu foenebri». . •53
Oplniún del autor de lot caso* de conciencia y del Pa­
dre Ballarini. ......................................................... •55
Innumerables son los medios que emplean los usureros
para ejercer la usura............................................... •59
O A P irU ljO V . — Solucionen de la cuestión
social....................................................... . . . 164
A rticu lo primero.—Para el liberalismo conservador
y democrático es inioluble la cuestión social. . . 164
A rticulo H .— Las bandallas políticas no poadea dar so­
lución á la cuestión s o c i a l .................................. 169
Comparación entre la sociedad humana y el organismo
animal y vegetal..................................................... 170
En los vivientes como en la sociedad se observan conf­
iantemen le la asociación, la división del trabajo, la
circulación y el crédito........................................... 171
La sociedad hoy no es un organismo vivo, aino un verda­
dero autómata.......................................... .... . . 17a
Comparación del régimeo antiguo cristiano y d actual. •74
En qué ac ocupan los bundoa políticos en Espalla. •77
A rticu lo n i —T_a fnerza armada no puede poner re­
medio á la cuestión social....................................... >77
Militarismo y deuda pública en Europa. . . . . . • 79
Loa socialiataa dirigen su propaganda al ejército.. . , 181
Los ejércitos y las bayonetas no resuelven ni resolve­
rán jamás la cuestión social..................................... 183
Lo* grandes ejércitos permanentes sao un jato castigo
del cielo. .................................................... • 83
Testimonio de D. F. Donoso Curtés............................ 1S5
Intima relación entre la soberbia, Ja lujaría y las gue­
rras .................................................................. ....
Plgrni*
I-as e u l r s llagas sociales....................................................... i S í
A rticulo IV .— Los economistas de la escuela libertl
no resuelven el conflicto social................................189
¿Existe p&ra la escuela económica liberal el conflicto
social’ No...............................................................190
De dónde dimana el conflicto social............................ 19a
Naturaleza de la prosperidad privada segdn el Romano
Pontífice y el P. Cotta-Roiatti................................193
Error fundamental de la eicurla económica liberal. . . 196
Remedios de los economistas contra los malea actuales. 197
El ahorro: calado de las Cajas de Ahorros de Europa. . 198
División de la propiedad. HomcsttaA, Commaitttion. . 199
Opinión injuita de M. Fr. Huet, y la singular de M. de
de Laveleye............................................................201
Del crédito: crédito gratuito y Banco del pueblo de
Proudhón............................................................... 202
A rticu lo V.— La ciencia positiva y evolucionista no
presenta solución alguna 4 la cuestión social,, . • 803
Párrafo primero.— Idea falsa de les evolucionistas
acerca de la caridad................................................ 304
Párrafo H .—Teoría de Malihus acerca de lapoblación. 207
Párrafo I I I —Organización repreaiva........................213
Párrafo IV .—Organización legal ó tasa legal. . . . 218
P árrafo V -—Organización oficial............................. 221
CAPITU LO V I — E l Booialiemo 7 m arin ism o
no resuelven la cuestión Bocial...................... 224
A rticulo primero.— Breve historia del sccialiano y
anarquismo.......................................................................... 2 S j
Párrafo primero.— Del aocialiimo y anarquismo en
la antigüedad......................................................... 226
Párrafo II.— Del comunismo, socialismo yanarquismó
en los tiempos modernoa........................................ 337
Comunismo de J. J. Rosseau.................................. 327
Los abales Mably y Morelly........................................ 228
Brissot de W arrílle ...................................................................228
F. Noel BabeuL.........................................................229
El Conde Enrique de Saint-Sinón............................. 229
Am án Beiard............................................................... 230
Carlos Fourier............................................................................2 3 1
Roberto Owen............................................................. 23 a
Esteban Cabet.............................................................. 233
Asociaciones comunistas...............................................*J4
S o c ia lism o y o o le o t lv is m o ............................ 235
lVüro José Frcudhón...................................................235
Luí»Blanc....................................................................335
Winkelblech................................................................. 336
Carlos Rodbertus Jagetzcw ....................................................33 6
Fnnmdn T juille Contestación franca. T.py He bronce
de loa jornales........................................................ 337
Becker, Scbweitzer j la C'ondeaa de Hatzfeld. . . . 340
L « Iatem acional. Su organización...................... ..... . • 341
Carlos Marx Aumento artificial de loa valora en cam­
bio según Marx...................................................... 343
Colectivism o « g n u C . M arx...................................................346
A n a rq u ism o ........................................................... 347
Bnkounine 7 el principe ruso Kropoikine.................... 347
Catecismo revolucionario y Dioi 7 el Estado de Bakou-
................................................................................................ 348
Párrafo III.—Estado actual del socialismo interna­
cional..................................................................... 350
Congreso soclallsts Internacional de Gante................... ajo
Idem {dem de Parla......................................................953
Idem (dem de Bruselas................................................. 358
Idem (dcm de Zurich....................................................264
Filrrafo I V .— Socialismo español............................. a66
Congresos socialistas españolea....................... ................ 366
El de Zaragoza............................................................ 267
Barcelona................................................................... 270
V alen cia................................................................... 37 ■
Madrid......................................................................... 275
Párrafo V .— Del anarquismo internacional............... 279
Organización del anmquiamu....................................... a8o
La propsgaada por el becho ó acción en Alemania y
Austria................................................................... 281
En Bélgica 7 Francia................................................... 284
Dafenaa del ansrquiala Vaillant....................................985
En Italia, Rusia y América (Chicago)........................... 286
Párrafo V L — Anarquismo español........................... 291
Congresos anarquistas espaflolea...................................291
Organización anarquista. Bases para la organización
anarquista de la región espaftola.............................292
¿Se debe imputar 1 los anarquistas españoles loa en sie­
na* eomaiidoa por la Mano Negra?.........................993
Certamen socialista (anarquista) celebrndo el día 11 de
Noviembre de 1889 en Barcelona (V, Apéndice). .
Atemadoa anarquistas en Madrid j auceaoa de Jerez, . *94
Pallis y Salvador Franch. . v ................................. 296
Méetings anarquistas celebrados en Valencia y Madrid. 298
Página»
A rtioolo n . —Refutación de las doctrinas socialistas. 300
P árrafo primero.—Doctrinas socialistas...................300
I,° En religión son ateos, profesan el más crudo mate­
rialismo. s.° En materia de propiedad el colectivis­
mo. 3.0 En cuanto al futuro Estado, es la sociedad
socializada. Memorable discusión entre el diputado
católico Bachem y los diputados socialistas ale­
manes.....................................................................30a
4.0 El socialismo disuelve la familia. 5.* Defienden la
igualdad de derechos 7 deberes. 6.a La perpetua
lucha entre el capiul j el trabajo. 7.0 La ley de
bronce del salario................................................... 303
P árrafo IX — La propiedad es de derecho natural, y
por lo tanto el colectivismo es absurdo é Injusto. . 303
La propiedad de laa cosas que se consumen por el uso,
es de derecho natural..............................................304
Además, por ley natural tiene el hombre el derecho de
poseer bienes establea i inmuebles............................... 305
Luego es falso, falsísimo, que el derecho de propiedad
dimane del consentimiento de los hombres. . . , 306
También es falso que el derecho de propiedad se Intro­
dujese por las leyes civiles......................................307
Tampoco dimana del derecho de gentea........................ 308
Doctrina de Santo Tomás sobre la propiedad. . . . 309
Apropiación de la tierra, {Cuál ha sido en la práctica el
aclo humano que la ha determinado?.......................31a
P á m f o H l.— Doctrina de sn Santidad León XIII en
su Encíclica............................................................ 3*5
I ji doctrina socialista perjudica á los mismos ohreroa. 317
Es injusta considerando al hombre individualmente, . 318
¿Pero no dice la Escritura que Dios ha dado la tiem
á los hijos de los hombres?..................................... 319
El hombre «e asimila ea cierto modo la tierra por el
cultivo....................................................................3*0
Párrafo IV<— La doctrina socialista disuelve la fa­
milia. . . - .................................................... 321
Porque introduce en el matrimonio el amar librt. , . 322
Porque proclama la educación popular comdn t igual
en establecimientos del Estado,............................. 324
Porque la familia es anterior á la sociedad.................325
Porque el socialismo contradice á la razón natural to­
cante á los derechos del padre de familia. . 326
¿En qa¿ casos podrá el Estado regular, al menos, los
derechos de la familia............................................ 327
— xm —
rigtiM
Párrafo V .— El socialismo perturba y esclaviza á la
sociedad.................................................................................328
Repartición de loa productoi del trabajo en la sociedad
socializado...........................................................329
Quitado todo estimulo, aecarlanac necesariamente la*
fuente* mismas de la riqueza. 331
En la sociedad socializada, se afirma por loa socialistas
que desaparecerán la ignorancia, la miseria y por lo
tanto el crim en....................................................................333
Objeciones de los socialistas.........................................338
CAPITULO v n .- V e r d a d e r a solución de la
cuestión i o d a l — D octrina de la Iglesia. . 341
A rticulo primero.— Doctrina de Jesucristo. . . 34a
Jesús en la vida oscura de Naxarel reformó la familia. . 343
Predicación de Jesucristo: la dicha y felicidad segdn la
sociedad pagana r segdn Jesucristo............................. 345
Prescribe Jesucristo el amor á Dios y al prójimo. . . 348
¿Pero quién es mi prójimo?........................................... 348
{Y qué debo yo á mi prójimo?. ..................................349
Sanción de estos preceptos..................................................... 353
¿Pero cuál es la causa de que la sanción sea inflexible
y severa?................................................................. ...355
Soberanas prerrogativas con que la fraternidad con Jesu­
cristo ennoblece y sublima á la raza de Adán. . . 356
Carla franca de los esclavos................. .... ......................360
En la Iglesia de Jesucristo los nobles y privilegiados
son los pobres......................................................................360
Párrafo único.— La doctrina de Jesucristo no es so­
cialista, y por lo tanto no se da socialismo católico. 363
A rticulo II.—Solución católica segdn la Encíclica de
su Santidad I.eAn XIII........................................... 367
Párrafo primero.—EnseCamas de la Iglesia. Des­
igualdad natural al hombre: falsedad de la igualdad
de derechos y deberes para todos segiln las socialistas. 371
Párrafo Ú . —El trabajo y las penalidades de la vida
humana son tan inevitables como la desigualdad. . 375
Párrafo m . — De la perpetua luebn entre el capital y
el trabajo: falsedad de la teoría de C. Marx acerca
de los valores..........................................................377
Párrafo IV .— Deberes de justicia del obrero y del ca­
pitalista......................................................... . . 38a
Deberes de los patronos de la industria en grande
escala..................................................................... 385
Deberes de los patronos en la pequeoa Industria. . , 386
Páfliul
Debete* da los patronos en la ¡odniiria agrícola. . . J»7
Deberes de lo» «moi para con lo» críido»..................... 388
P árrafo Y . — Deberei de lo» rico* y de loi pobre»
por rizón de la amalad y de la fraterna caridad. . 389
Recuerda el Romano Pontífice el ñn del hombre, y de 0
deduce principio* influyente* en la cuestión «ocitl. , 3*9
El cristiano no puede disponer como quiera de sus rique­
zas: *u verdadero uto..................................... 39*
{Entonces qué le queda si tico? (A qu¿ se reduce d
derecho de propiedad?.......................................... 391
Saludable* lecciones para los proletario»...................... 39 *
Regla* de San Ignacio para distribuir la* limotna*,. . 394
¿Pues entonce* no serin posibles rn la sociedad cris*
liana las grande» empresa*?................................. 396
Caso de que el pobre se bailase en extrema y caí i ex­
trema necesidad...................................................... 397
Santo Tomi» de Villanueva......................................... 399
Párrafo V L —Instituciones de la Iglesia en la solución
del conflicto social. . ........................................... 401
Testimonio en cita materia del marqués de Valdegamas. 405
CAPITULO T U L — Atribuciones y deberes del
Estado en la cuestión social.......................... 406
A rticulo primero.— Deborts generales del Estado. . 4 «»
El Estado debe procurar la prosperidad püblioí. . , . 413
Debe guardar la justicia distributiva............................ 413
Debe procurar que el fiutu del trabajo redunde en bien
del proletario......................................................... 4'4
Debe el EiUdo sostener el orden social....................... 416
Al proteger los derechos de los particulares, deben pre­
ferirse los de la clase obrera................................... 4'7
A rticu lo H .— Deberes particulares del Estado.. . . 418
Párrafo primero. —El Kstndo y la propiedad privada:
las huelgas............................ ..... . . . . . 418
Resoluciones del Congreso internacional de obras
sociales de Lieja................................................ 419
Párrafo EL —El Estado, los deberes espiritual» del
obrero y el descanso en Irs días festivo*. . . . . 42 "
Bienes espirituales del o b r e r o .................................. 420
Descanso en los días festivos...................................... 4*1
Resoluciones de1 Congreso de Lirja celebrado en 1890. 416
Párrafo III. -D e loa bienes corporales y externos que
el EMado ha de proteger en los obreros. Cantidad
y duraciAn del trabajo. Trabajo de las mujeres y de
lo* nido»...............................................................
Pátina
Testimonio del Cardenal Manning................................ *30
Duración del trabajo segdn el Congreso de Lieja. . , ♦3a
Acuerdo internacional pan la protección de la mujer y
del niBo.................................................................. 434
A rticulo m . - D e la equidad en el (alario.. . . . 435
P i m í o primero.— D«1 salario que n debe dar al
obrero.................................................................... 435
Párrafo n — El ulario debe aer suficiente 'salario fa­
miliar).................................................................... 443
Carta del R. P. Eichbach, en la qne se cierra para aicm-
pre la controvenia entra loa católico!..................... 439
Párrafo IIL —-Medios prácticos para aumentar y acre­
centar loi salarios..................................... .... , . 45»
Escala móvil.— Participación ea los beneficios............... 453
Párrafo r v . — La ley de bronce del jornal, segdn el agi­
tador L a ssa lle ..................................................... 457
No es ley económica, ni son verdaderos los datos en los
que la apoyaba.................................................................... 461
A rticulo IV .—Saludables efectos de la aplicación de
la doctrina del Romano Pontífice............................. 463

P A R T E SEGUN DA
Medios práctico! cara resolver la cuestión social.. . . 465
CAPITULO PEIM BBO —De las asociaciones
de o b re ro a ......................................................... 466
A rticu lo prim ero.—Asociaciones deobreroi,gremio!
y patronato». Del derecho de asociación.—Deberes
del Estado para cenias asociaciones de obreros. . . 466
Natuimlesa de la sociedad privada y diferencia de la so­
ciedad civil. Es propio del hombre el asociarse. . 4«9
Estas asociaciones se diferencian de la sociedad civil. . 470
La formación de las sociedada privadas es de derecho
natural al hombre, y por eso el Estado no puede
modificarlas ni abolirías........................................... 47°
El Estado puede en algunos casos disolverlas ó impidir
471
su formación........................................................................
A pesar de lo dicho, es msy general prohibir las aso­
ciaciones religiosas.................................................. 47»
Necesidad de las asociaciones ubreras para poder sacu­
dir el yugo de las asociaciones perversas.................. 47»
El Estado debe proteger las buenas asociaciones de los
obreros................................................................... 474
Descripción de lasaaod eeion eey sos segf c n c atoa. . . 475
H | liu

Importancia déla Religión ea dichas asociiciones, . . 47 S


A r tle ilo I I .—Relacione* de loi asociados, aiendo como
e> U Religión el fundamento de las leyes locialci. 476
Relaciones mutuas entre lo« asociados.........................436
Se debe procurar que no fahe trabajo al obrero.. . . 477
{Pero qué le puede eaperar deloi machos obrero* socia­
listas 7 anarquistas?,. . . . . . . . . . . 47®
A rticulo n i . — Acuerdo* de lo* Congreso* internacio­
nales de Lieja y de Malina». . ; ................... 479
A rticu lo IV .— Resoluciones prácticas........................ 48a
Párrafo prim ero.—Fin principal de los Circuios de
Obreros Católicos: remedio contra la apo*(aafa del
individuo y de lat nacióse*. ..................................483
Párrafo H — De la corporación gremial: remedio
contra el individualismo................................ .... . 4®7
La paz social depende de tres elemento! variables.. . 488
La asociación obrera que pretenda restablecer la paz
social debe satisfacer los tres elementos dichos, y
sólo la corporación gremial dentro de los Circuios
de Obreros Católicos eficazmente los procura. . . 491
Instituciones religioso-económicas de los Círculos de
Obreros Católicos................................................ 49a
Origen de las instituciones gremiales. ................... 49a
Clases de gitemios.................................. .. . • . 493
Organización interior de los gremios: aprendicea, oficia­
les, maestros, jurados ó custodios y cofradías, . . 494
Relicionea políticas de los gremios...............................497
Ventajas generales y particulares de la corporación gre­
mial ..................................................................... 499
Aplicación de las corporaciones gremiales en la pequeOa
industria, en la grande y en la industria agrícola. . 50a
Reglamentación internacional del trabajo por medio de
las corporaciones gremiales.................................... 50$
Objeciones que ae lian hecho contra los gremios. . . 507
Párrafo III.— Instituciones económicas de losCirculos
Católicos: remedio contra la usura.......................... 514
Párrafo IV- — De los fines literario y recreativo de los
Círculos Católicoi: remedio contra la ignorancia y
alcoholismo de las clastfs obreras'. ........................ 5 1®
P áirafo V .—La doctrina de la Encíclica del Papa
León XIII Rtrum nevarum no es socialista., 5 1®
A rticulo V . —Conclusión de la Encíclica. De dónde se
ha de esperar finalmente la talud; 5*4
CAPITULO II.— NueBtroB R eglam entos.. . . 533
Pigiau
A rtlcn lo primero.— Reglamenio-Tipo. Historio.. . 533
Imlitucione* pconómiciiu que abraza: caja dé socorros
mutuos.................................................................... 534
Caja para inválidos, ancianos, viudas y huérfanos. . . 537
Caja para la cesación del trabajo.................................. 53*
Asociaciones cooperativas............................................. 53*
Caja de Ahorros y Monte de Piedad............................ 541
Banco agrícola de crédito personal............................... 54*
Reglamenta-Tipo para los Circuios de Obren» Católicoa 544
II. Reglamento de las asociaciones voluntarias de pn pa-
ganda católica en los Círculos de Obreros Católicos. 580
III. Reglamento general para los Patronatos de la Ju­
ventud o b re ra ...................................................... 586
IV. Asamblea de las Qrculos, Patronatos y demás Cor­
poraciones catúlIco-obrera* de Espato, que tuvo
■lugar en el Palacio Arzobispal de Valencia en las
días 28, 39 J 30 de Mayo de 1893........................ 597’
V. (Irganilación nacional de los Circuios de Obreros
Católicos, Patronatos de la Juventud Obrera y otras
Asociaciones análogas segdn la Ultima Asamblea. 614
VI. Bases para la confraternidad de los socios de los
Circuios de Obreros Católicos de las Diócesis de
Rapara.................................................................... 616
VIL Peregrinación obrera acordada por la Asamblea, y
Carla Pastoral de los Reverendos Prelados etpaflo-
les que han ido ¿ Roma acompasando á la Pere­
grinación Nacional obrera de 1894. . . . . . 619
VIII. Estado actual de los Círculos de Obreros Católi­
cos y Patronatos de toda España, segdn telegramas
de los Eramos., Exentas, y Rvdmos. Prelados espa­
ñolea. ................................................................... 639

APÉN DICE
Instituciones benélico-inslruclivas de laCompallá Tras­
atlántica.................................................................. 631
Instituciones benéfico instructivas de la Sociedad Hulle­
ra española........................................................ .... 659
Instilaciones benéfico-instructivas de 1* sociedad an6«
mina 1 Arsenal civil de Barcelona»..........................
ERRATAS MAS NOTABLES
Mgiu. Lints. Di.. Dtb« d*ck.

34 3* « pistola m epiaioUtn
40 34 vml Vllt
54 10 cnniiden y favorece conaideran y favorecen
57 2 consigna se consigna
57 «7 preceverint peccaverint
66 *3 elium etiam
11» 37 hispo obispo
*57 >S pueden ver putden vme
171 10 elaboran elaboraban
>94 10 tengan tenga
»5» 2 es sea
360 38 te reunirá se reunió
364 36 servo servio
3 >o 30 ser ver
374 ■ menor monos
410 8 lamdem laudem
422 37 lenguaje Iglesia lenguaje de I* Iglesia
4*3 3* Luis XVI Luis XIV
4*4 3* 1807 1870
43* 21 obligatorio obligatoria
451 4« ■equirat requirat
461 7 ODIOS ni son
49* 10 Dioceaado Diocesano
499 «S libre 6 competencia libre competencia
519 3 ptrtilenU pe*tilente
5*4 9 mué nanc
543 18 Jaunet Jaanet
5*7 16 en con
5*5 31 atenderla* titee derlas
6io 43 Zomon Somos*
613 3 Tbomu Tomé*
CARTA DE SU SANTIDAD

t§ilecio <§ilio patento ¡gieant, ¡S. ¿

^ d íe t t t ia m

LEO PP. XIII


T)ilecte Fili, salulem el aposlolicatn bene-
dictionem.
Qtw studio guaníaque comtantia am-
mum applicueris ad opifcum et operarum ra-
tiones ex chrisliano instituto provchciidas iam
diu Nobis exploraban est. Tita autem volun­
tas eo Nobis gratior accidit, quod in praeclaro
praestantlque opere prosequendo nihil tibí anti-
quius fuit quatn ut doctrinis idictisque Nostris
— XX —

inhaereres, quac praesertim Ettcyclicis Litteris


Rerum N o v aru m exhibuimus. Cuius obse-
quentis animi significationcm Inculentam in eo
volutninc reperimus quod uunc edil ion c altera
in lucem profers qnodquc de mmoratis litte-
ris Encyclicis deque opificum coeiibus disserit.
Igitur de industria diligenltaque lúa gratula-
mur tibi, ieque menta eonnuendatiotie libenler
ornamus, apprecali simul ex animo ul labores
tuos ubere fructu fortunel Deus. In terca bene-
volentiae Nostrae tcsiem ac munerum divino-
rum auspicem Apostolicam benedictionem ha-
beto, quani tibi pera nía nter in Domino imper-
timus.
Datum Romae apud S. Tetrnm die X V III
Januarii anuo M D C C C X C V , pontificatus
Nostri décimo séptimo.
d nuestro amado hijo ^atonto féicent, ie la
iQompaaia ie £esás,
t y a U n c ia

LEÓN XIII PAPA


Amado hijo: S'alud y bendición apostólica.
Nos consta hace 7a tiempo con qué aplicación y
eon on&ntt confitan ci* ooisa^rM tua talentos á
Iiromover, conforme á las Instituciones cristianas,
a organización de los artesanos y de la clase obrera.
Y esta tu voluntad Nos es tanto m&B grata, cnanto
que, on la prosecución de tan noble y excelente em­
presa, nada has tenido tan en el corazón coma el
adherirte á nuestras doctrinas y ordenaciones, ma­
yormente A las q a a Nos expusimos en la Encíclica
fíerum twnaiitm.
Clara prueba de ese tu ánimo otediente hemos
Nos hallado en el libro, coya segunda edioión ahora
dau & lnz, «1 oual trata do la menoionada Eaoiolioa
y de los Circuios obreros.
Dárnoste, pues, el parabién de tu indn&tria y dili­
gencia, y de buen grado te honramos con la merecida
recomendación; rogando al prupio tiempo á Dios
de todas veras que prospere con abundante fruto
tus afanes.
Mientras tanto, y como testimonio de nuestra
benevolencia y en-prenda üe las divinas mercedes,
recibe la bendición apostólica, la cual muy afectuo­
samente te otorgam os en el Señor.
Dada en Roma, en San Pedro, á 18 de Enero de
1895, de nuestro Pontificado el año décLnoséptimo.
FELICITACIONES
DE LOS
E m inentísim os, E xcelen tísim o s y Reverendísimos
Prelado*, dirigidas al autor con motivo de la pu­
blicación del S ocialismo y Anarquismo .

F E L lC l'tA C IÓ N del Rmmo. S r. 31. Cardrnal Raiapolla, aH


nombre rf« S u Santidad, a l u«tor. '

I llmo. S ignorh D . R afabl R. de C&f d d a .


'Nell’a a g a sto nome di S aa San ti 14 é n e l mío par*
ticolare riugrazio por mer.zo di V. S. Ilim a.,l|¿gregio
P. V icent dei dne exemplnri del la sn a opdra íntito-
la ta S ocialism o y Anarquism o da Leí trasm éssim i
con sa o córtese foglio. II £anto Padr^ si e oompla-
oiuto assai D e l vedere cbe il prelodato R eligioso ha
y o ln to con eorrereáfacitare l ’intelliganK adegli inseg*
nam euti da E ssn d ati nella eua E ncíclica Rerum no-
varum; e della buona accoglieuza cbe lia a v u to prueso
i oaltori dalle scienze Sooiali, ama di argomentar^ fl
buon fru tto che l’opera suddetta e d estin ata & recere
& qüanti la leggeranne.
Lo atesto Soramo Pontifico si e poi deicnató ootf-
cednre una particolare benedigzione a ll’encómiató
P . Y iceot e alia V. S. che e sta to órgano di brasmis-
s ío d o del dono di lui. A ngaro che la nnova benédfg'-
ziooe 4 lni data del Vioario di Gesn Crisf o, se ofctqug<i
ta tti qu& celesti fa ro ri dei quali pno ttíljieegnate peí'
proeegnire nelle opere di zelo é propagan d a o a tto lica ,
alie quali si dedica; e conform ándole la mía particd-
lare benevolenza, mi ripeto
Di V. S. Illma.
Roma 91 Marzo 1693.— Affm o. per s e r v ir le .
M. Cardenal Rampollo* -
~ /
. . i .
PELICITACIOIBS DE LOS PREL&DOS ESPIÜ0L8S
AL AUTOR

R. P. A ntonio V icent .
Sevilla 16 de Septiembre 1891.
Amadísimo P. in Cordt Jttu: Felicito k V. R . con
toda mi alma por haberse decidido á publicar la Be-
ganda edición de sn obra Sogialisuo y A narquismo
y hacerlo en condiciones que faciliten más y más sú
difusión.
Siendo, eomo es, tin comentario de la incom ­
parable Encíclica de nuestro Smo. Padre el Papa
León X III De conditione tpi/lcum. admirada j cele­
brada hasta por los no católicos de todas las nacio­
nes, el libro de V. R. está llamado i contribuir pode­
rosamente i los altísimos fines que se propone el
eabio Pontífice, apellidado con razón el Papa de los
cbrtrot. Sabido es de todos su ardiente deseo de qne
se multipliquen, debidamente organizados, los Circu­
ios Católicos de los hombres de la industria y del
trabajo, los Patronatos y Cajas de Ahorran, y cuan­
to, según las circunstancias de cada región, conduzca
á fom entar el bien entre ellos, alimentándolos con la
salvadora doctrina de la fe católisa, y robustecién­
dolos con el esp irita de caridad qne aproxim a, nne y
estrecha los corasone 6 con santo y poderoso vinculo,
y nuifica la acción m oralizadora de eleuieutus tan
valibsos para el verdadero progreso social.
Una y otra vez ha inculcado é inculoa el Santo
P ad re la necesidad de qne todas trabajen con empe­
llo ea la realiaaoión de esta obra importantísima. De
ello habló i los Prelados qne tomaron parte en la
r an peregrinación de este año; de ello & los ricos y
los patronos qne solicitaron y obtuvieron la hom a
de verle y escucharle en el Vaticano; de ello ¿ los
peregrinos exhortándoles á obrar de consuno para
el bien común; y en nombre de todos me cupo la
satisfaooión de expresar en aoto solemne, á loe piea
del venerado Pontífice, qne dóciles & su voz están
resueltos 4 obrar siempre según sus admirables
enseñanzas.
A que 86 realicen e ito i santos propósitos puede
contribuir eficazmente la segunda edición del libro
de V. R., publicándose gran número de ejemplares,
para qne fácilm ente llegue i manos de los párrocos
y celosos sacerdotes, y se difunda en to la s partes y
entre toda Clase de personas, que no sólo se pene­
tren de sn doctrina, que es ia del Sumo Pontífice,
sino que conozcan los reglamentos y organización de
los mejores Circuios y Patronatos y a fundados, y
oomprendan la manera de llevar & cabo estas obras,
de ta n ta trascendencia en el orden moral y social.
Pidiendo 4 Dios qne bendiga y prospere los tra­
bajos del celo de V. H. para que sean abuudautes
ana frutos, le felicito otra vez, repitiéndome su afeo-
tísimo amigo in Corde J tm ,
f B e n ito , Cardenal, Sanz v V orés
Arzobispo de Sevilla.

Valeneia 14 de Diciembre de 1894.


Mi estimado y distinguido amigo: He recibido la sé-
guada edición de sn inaKnlfico libro nobre la cuestión
social y los Círculos de Obreros Católicos, y 4 la vista
de la ampliación que ha dado usted 4 cuestiones im­
portantísimas de actualidad, y de los nuevos párra­
fos con qne la eemalta, para form ar aeí un m aanal
completo sobre la ouestión obrera, no puedo menos
de felicitarle v ratificarme en lo dicho en la carta
que tuvo usted la deferencia de poner por prólogo 4
sn primera edición.
Afectísim o siempre in Cordt Jesu,
C iriaco M a r ía , Cardenal, S a n c h a ,
Arzobispo de Valencia.

Cirlt del Eie». < III». SeBcr iiuhiipi Je Viltitii il nter

Valencia 25 de Noviem bre de 1892.


B . P. A ntonio V iobnt .
Mi estimadísimo y distinguido amigo: He recibido
el trabajo que piensa nsted publicar sobre la Cuettión
social y loi Circuios Católicos de Obreros, y aanqne
no hé te s iló tiempo másr qae para hojearle lirera-
mente y ver el índice de materias, crióm e en el aeher
de significar ¿ usted, bíd lisonja alguna, qne me ha
¿astad o, j qne ha prestado nsted con aqnél un im­
portantísim o servicio 4 la Iglesia y á la..sociedad.
P or de pronto sa libro, además ie los prestigios
qne le dará el rolo nombre de sa autor, viene á la
luz pública rodeado del m étito de los estím alos y de
los privilegios vinculados á la oportunidad: porque
nada, en efecto, tan oportano como la' publicación
de nn estadio serio y razonado sobre soluciones
económicas al principiar el afio 1893 y cumplirse la
primera centuria de la funeBta Revolución franceB»,
que destruyó el régimen cristiano del trabajo y dió
origen & los conflictos sociales que desde entonces
ban venido sacediéndose y agravándose hasta nues­
tros días; y porque ning&n medio, además, tan
apropiado y eficaz como la creación y fomento de
Patronatos y Circuios de Obreros para remediar y
conjurar los odios y oouvulgionrs que la Constitu­
yente'creó en el mnndo industrial, al disponer por
decretos liberticidas la abolición de , l a s corpora­
ciones gremiales de artes y oficios y'proclam ar el
individualitmo to n o prinoipio de riqueza y pública
prosperidad, siendo asi que con él nos ha venido nn
pauperismo espantoso que antes no se conocía y la
bancarrota universal.
H ay, además, en el susodicho trabajo de usted,
la incomparable ventaja de estar basado en las
enseñanza» de nuestro Santísimo Padre el Papa
León Xni, transmitidas al mundo católico en la
sapientísima Encíclica De condttione opifleum, de la
que el socialista M. L afargue no ha vacilado en afir-
m arq u e es el documento más admirable de ciencia
económica que ha visto la lnz pública en el presente
siglo, y sobre la cual se ha pronunciado también
unánime el juicio de los estadistas más notables
para reputarla como la C arta fundam ental del tra ­
bajo en la sociedad contemporánea.
De las machas exposiciones qne se han hecho
aoerpa del sontido y aloanoe do dicna Eooíolioa, pocas
h a y en qne se vean brillar juntos, como en la de
nsted, el orden, la claridad, loe recursos científicos,
las dedudeiones lógicas, las aplicaciones de carácter
=práctrbol y-los razonamientos’ sólidos aceroa ds los
— x iv n —
fines de la vida humana, del derecho de propiedad,
de las relaciones entre el capital y el trabajo, de la
naturaleza y jastioia del salario, de la prodncoi¿n y
distribución de la riqueza, y de loa demás puntos
importantísimos del orden económico.
Los cuadros estadísticos, que figuran en la se­
gunda parte de su libro, acerca da la existencia
actual de Círculos de Obreros, de Patronatos, del
fietsonal de anos y otros, del número de eseneles, de
os alumnos que asisten & ellas, y también sobre
los fondos recaudados y la aplicación que se les ha
dado, me han servido de gran consuelo y me han
cansado inmensa satisfación, no solamente por el
bien que están llamados á producir, instalándolos en
m ayor número de poblaciones, conservándolos in­
formados del espirita católico, sino porque llevan
su acción á la fábrica, al taller, á la granja agrioola
y á todos los órdenes del trabajo
A l felicitar á usted por su laudable celo «n estu­
diar la cuestión social y en aplicar á los pueblos las
saludables enseñanzas del Papa León X III, llamado
con razón Padre de los obreros, le ofrezco mi eficaz
cooperación, asi como tam bi6n el recomendar y pro­
pagar su precioso libro tan luego como estuviere
impreso.
E ntretanto, se recomienda á las oraciones de us­
ted y queda suyo afectísim o
f C ir ía c o M a s ía , Arzobispo de Valencia.

R . P. A ntonio V ichnt.
Zaragoza 5 de Noviembre de 1894.
Mi respetable señor y de todo mi afecto: Me dice
el Sr. Cardenal que aplaude ex toto cerde la idea que
tiene usted de hacer una segunda edición económica
de su preciosa obra S ocialismo y A narquismo ,- por
el macho bien qne paede hacer, y que, desde luego,
él suscribe lo que yo diga 4. usted eu recomendación
de su obra: y mi sentir es, que «haoe usted bien, en
exponer y refutar las teorías del sooialismo y anar­
quismo, para no alentar las torcidas intenoiones de
io s desheredados, y en fom entar las virtudes -de -loa
— xxYin —
ricos y los derechos de loe pobres, para qne ¿atoa
mejoren en suerte, en ouanto tengan derecho, sin orí-
menea y perturbaciones, y todo esto inspirándose en
Ir Encíclica de Sn Santidad». Pero opino que, ha­
blando en general, llegamos tarde. L»s sabias y
eficacísimas enseü&nzas de So Santidad están saca­
das del espíritu cristiano; y como hoy pobres y ricos
han oaido en la incredulidad, no tienen conciencia,
bascan sólo su interés, y caminan, por desgracia
con razón, con m utuas desconfianzas; de aquí qne
no veo el remedio (hablo en general, sin que esto
quiera ilecir que no trabajemos por hacer cuauto
Sodamoa en nuestra lim itada esfera) Dire el Padre
anto en su Encíclica: «Pero sin duda alguna aflr-
»mam os qne ser&n vanos cuantos esfuerzos nagan los
«hombres, si desatienden i. la Iglesia*. Atqui... ergo.
Temo el diluvio.
Lo que me ha gustado mnoho en su obra, y qne
p o d rí servir muchísimo para casos particulares, son
loa modelo 8 de reglamentoa para diveraas asocia­
ciones.
Se ofrece & sus órdenes, y se encomienda & sus
oraciones, sn afectísim o S. S. Q. B. 9 . U.
E l Obitpo de Europa.

a. P. A n to n io V ic b s t, S. J.
Valladolid 10 Diciem bre 1894.
Mi querido Padre y amigo: K 1 proyecto de una
segunda edición de su hermoso libro SOOIALI6MO
y Anarquismo, exposición la más interesante y com­
pleta de todas cuantas se lian publicado de la inmor­
tal Encíclica Serum nova 111rn, verdadero Evangelio
del obrero en la presente ¿pona, mereos mi más en tu ­
siasta aprobación, y será, & no dudarlo, poderoso
elemento de propaganda para la obra de los Círcu­
los CatiliooB, no tau en auge 00 n o lv reslam a lá
pavorosa cuestión obrera, y lo desea y pide el gran
León X III.
Y la cosa merece todos los esfuerzos de nuostro
celo, porque ó se organizan á lo católico las masas
trabajadoras, ó las organizaran i su gusto las sectas
enemigas del orden social, con todas ana satú rales
consecuencias
Una observación me atrevo á consignar,que quizá
no r a ig a nada, pero que á mi me parece de mocho
inter« 9 . En mi concepto, no tienen los patronos en
los Círculos la debida representación; a fuerza de
pensar en la regeneración del obrero dos hemos
olvidado no poco d« oqaílloü. con evidente perjuicio
de la obra, porque la necesidad d* regenerarse tn
Cristo alcanza por igual & los unos y ¿ los otros.
8 i el ilustre Marqués de Comillas, modelo del capi­
talista católico, tn viera entre les patronos muchos
imitadores, habríamos andado casi todo el camino en
el arreglo del problema social.
Qae Dios Nuestro Señor bendiga y prospere sus
nobles esfuerzos, querido Padre, como los bendice
muy de corazón su más afectísimo amigo y capelUn
Q. D S. M.
f A ntonio M *, Arzobispo de Valladolid.

R. F. ANTONIO VlCBNT, S. J.
Santiago de Compostela 80 de Noviembre de 1H94 .
Muy estimado P. Vicent: Mocho me agrada el
propósito, que usted me manifiesta en su atenta de
17 de los corrientes, de hacer ana edición económica
de su im portantísima obra S ooialismo y A nar ­
quismo .
L as circunstancias lo reolaman imperiosamente,
y a que por todas partes pnlulan falsos redentores
de la homanidad, sinedo asi que la Iglesia católica
es la ¿nica que tiene misión, competencia y priooi-
pios fijos para tesolver las cuestiones qae noy a g i­
tan i los pueblos.
La edición económica fa c ilita r! mucho la d ifu ­
sión del precioso comentario qne usted ha hecho de
U famosa Encíclica Serum novarum.
Soy de V. affmo. In Sacro Carde Jttu,
E l Artobispo.
R, P. A n t o n i o V i c b n t .
Tarragona 17 (le Abril de 1893.
M ay Befior mío: L a obra que se ba dignado usted
mandarme os do mi aprobación, y creo que ha de ser
de mucha utilidad para la clase obrera. Dios bendiga
b u s trabajos para buscar el bien espiritual y mate­
ria l de los obreros qne tanto necesitan de instruc­
ción religiosa.
Sa obra será recomendada en el Boletín Eclesiás­
tico (le la Diócesis.
D ígnese nsted recibir el testimonio del aprecio y
consideración de este sn atento Capellán y sn seguro
servidor Q. B. S. M,
T omás, Arzobispo de Tarragona.

R. P. A ntonio V icent , S. J.
Burgos C de Diciembre de 1891.
M ay señor mío y distinguido amigo: Con satis­
facción vivísim a leí su luminosa obra intitulada So­
cialismo y A narquismo , qne viene & vu lgarizar en
España las salvadoras doctrinas Bociales de nuestro
Santísimo Padre León XLII. F alta hacia aquí nna
obra de propaganda escrita de propósito y en sentido
verdaderamente católico acerca de nna cuestión de
tanta trascendencia, de tan palpitante actualidad y
al orden del día. P or eso ma complazco en felicitarle
con el mayor entusiasmo por la acertada idea de
pnblicar este libro, que no puede menos de ser leído
con extraordinario interés por su earAoter de grande
oportunidad y su utilidad inmensa.
Dotado de la competencia necesaria qne le propor­
cionan las muchas luces que sobre esta m ateria fuó
atesorando durante tu larga estancia ea la vecina
Repúblioa, en B élgica y en Alem ania, qne es donde
se ventilan con mayor interés estos asuntos, se dis­
pone con denuedo & resolver el m¿s grande proble­
ma de los tiempos modernos, esa pavorosa onestión
sooial tan difícil y compleja, qae presentándose bajo
diverso! upectoe y cambiando de significado legan
I09 gastos y las divisiones de sus apóstoles, tiene
su origen en el egoísmo del hombre y su panto de
apoyo en la satisfacción grosera de las más brutales
pasionos da la oirno.
Después de explicar la naturaleza y de ponderar
la gravedad dei terrible problema social, sin per­
derse en Isa alburas de una ciencia dem&aiado abs­
tracta, acomodándose al alnancn de las inteligencias
menos caltas, va nsted señalando como con la mano
laB verdaderas causas del profundo malestar que
actualm ente aflige 4 la sooiedad humana, recha­
zando las teorías liberales acerca de este punto, y
haciendo ana juiciosa y exacta crítica d élas absur­
das cnanto utópicas doctrinas que han ido inventando
los oorifeos del economiemo anticristiano., los maes­
tros de la escuela fisioerática y del socialismo de
Estado, los fanáticos sectarios del anarquismo uni­
versal.
P ara remediar las fatales consecuencias de unas
doctrinas que y a en la antigüedad, bajo la form a co-
mnnística, dieron origen á los horrores del Código de
Minos, á las abominaciones de ciertas leyes de L i­
curgo, á la perversidad de algunos preceptos de la
«República de Platón», y más adelante, bajo laform a
religiosa, dieron lugar i. los excesos de los gnósticos,
circunceliones y albigenses, y por fin, en nuestros
tiempos, causaron la gran revolución social que
fnerón preparando las aborraoiones oon quo se p re­
tendió dar expresión científica 4 aquellos principios
desde Oraechus B abeuf á Saint-Simón, desde el agi­
tador Las salla al Judío Carlos M arx, desde el brutal
Fourier a l feroz Bakonnine y al degradado principe
Kropotkine; propone usted como única solución
eficaz las fraternizadoras doctrinas de Jesucristo,
encarnadas en la sublime Encíclica 2Vovarutn Rtrtrni
de nuestro inmortal Pontífice León X III, de la cual
hace una exposición tan acertada, como evidente,
popular y hasta no fa lta de cierta novedad en la
forma.
No contento con la incontrastable lógica de la
razón, comprendiendo la grandísim a neoesldad ds
que las enseñanzas sociales contenidas en la Encí­
clica De eonditione opificum sean aplicadas de la
manera más práctica posible, deseisnde valerosa­
mente i ¡a lógica de Molón, proponiendo los modelos
y oomo el paradigm a & que deben ajustarse los cen-
tros cuya misión sea promover y dirigir las diversas
obras destinadas i realizar, especialmente en las
poblaciones agrícolas ó industriales, los generosos
deseos ile León X III.
1,08 patronos qne deseen conocer el secreto en
que estriba la solución de sus conflictos con los
obreros; los trabajadores amantes de su verdadero
bienestar; los sacerdotes y demás personas encarga­
das de preservar con sus enseñanzas al proletariado
de los excesos de industriales sin entrañas que no
consideran al obrero sino oomo un medio de produc­
ción, nna máquina de carne y hueso, no podrían leer
oon mayor fruto no libro en el cnal con tanto acierto
se desairolla el ardoo tema de la cuestión social.
Al felicitarle nuevamente por au útilísim o trabajo,
pidiendo al Señor que premie snperabundantemente
sus desvelos y acreciente sns bríos para proseguir
sirviendo con tanto celo y provecho a la sociedad y
4 la Iglesia de Cristo, tengo el honor de ofrecerle el
testimonio de la oonsideración más distinguida y del
afecto con q as soy su amigo y atento seguro servidor
qne le bendice y L¡. B. L. M.
Fa. G r e g o r io M abIa, Arzobispo.

R. P. A ntonio V icent .
9 de Octubre de 1894.
Muy señor mío y venerado amigo: He sabido con
satisfacción vivísim a que se apresta usted á hacer
una edición nuera de su interesante obra S ocialismo
▼ A n arquism o , edición popnlar y barata, á fln de qne
esté al alcance de todas las fortunas.
No puedo menos de aplaudir con toda mi alma el
pensamiento, pues creo que es una de las capitales
necesidados de nuestra ¿poca que se conozca la im­
portancia y trascendencia de la llamada cuestión
social, y qne se convenían machos de los qne por
desaliento, desmayo ú otras raiones se cruzan de
brazos, de que aún hay remedio, bien que si continúan
en sa inacción la catástrofe vendrá indefectible­
mente, y presenciaremos días más luctuoso» que
aquellos qae hacían lanzar rugidos de dolor allá en
b u soledad de Bol¿n 4 San Jerónimo, no s i n propie­
dad apellidado el Leód del desierto.
Realmente no acierta uno á explicarse lo qne está
pasando. Son machos los qae en vista del giro que
toman los sucesos, del terreno qne de día en día gana
entre los obreros la idea socialista ó anarquista, y
de la crecíante audacia de sus pretensiones, 8e pre­
guntan: ¿Adónde vamos 4 parar? Y, ein embargo,
nadie ó casi nadie se lanza á hacer frente 4 la ola que
se nos viene encima, limitándose los más, como César
cuando vió brillar en la mano de Bruto el pañal ho­
micida, ¿ envolverte en su manto, dejándose tran­
quilamente herir y matar.
Proceder es éste, 4 mi pobre entender, insensato,
y m is qne insensato todavía, pnes lo estimo hasta
criminal.
No niego yo, ni mucho menos, los estragos qne en
la olaae obrera ha heoho ana predicación, oorao la de
los que se han arrogado .el encargo de dirigir á esa
porción im portantísima de nuestra sociedad moder­
na, tan seductora, tan hábil y tan porfiada y tenaz.
Eran necesarias mucha luz y mucha virtud en el
obrero para mantenerse fírme y no blandearse cuando
le decían: «Te explotan... te usurpan lo que te perte­
nece ... tú eres el verdadero productor y otros devo­
ran lo que tú produces ...-«1 capitalista, el bnrguée,
oomo hoy se les apellida, se alimentan de tus carnes...
ha llegado la hora de qae despiertes., empieza el pe­
riodo >ae las reivindicaciones... levántate v manos 4
la obra... no hay qne cejar ante ningún obstáculo^,
el triunfo es nuestro, poique nuestra es la justicia».
Era precisa, vuelvo 4 decir, una gracia cielo alto
extraordinaria para qae no se apoderase del obrero
la indignación primeramente, el odio después y , por
últim o, el furor oon tea los representantes del capital,
que aparecían 4 sus ojos, en ,el retrato que se les
mostraba, como vampiros que le bebían la sangre,
como antropófagos que se lo comían vivo.
Y , sin embargo, tan fu erte as en nosotros el.in s­
tinto de lo reoto y i e lo justo, t u arraigado se halla
el buen sen tiio cristiano, qae á pesar de esas predi­
caciones, justificadas 4 veoes por los abusos ae los
patronos, una gran muohedumbre de obreros, de esos
mismos obreros qae cediendo 4 la sedaooión ae alia*
m
taron en las Alas del socialismo y figuran en los círcn-
los y grupos por ¿sto formados, no estén contentos,
llegando la interior desazón que los aqneja á tal
anto, qae con sólo enseñarles otro camino y ten­
S erles uua mano am iga para conducirles por ¿I, bas­
tarla para sacarles del abismo en que se han metido,
casi sin conciencia de lo qae han hecho.
lío sé ñ me engañaré, amigo mío; pero e 9to es lo
que ha visto y lo qae veo al estudiar con toda la im-
Iiarcialidad qae me es posible, y sin prejuicio algano,
as llagas de nuestra sociedad contemporánea.
Y de las premisas lentadas deduzco la conaecnen-
cia qae antes indiqaé, contra los hombres y señala­
damente contra loa católicos, qae i las altaras en qae
nos encontramos Be contentan con lamentarse en
tono declamatorio y entre gemidos y sollozos, repi­
tiendo: «Estamos perdidos; tristes tiempos nos han
tooado;el mal gana terreno; la fe cristiana lo pierde»,
y otras frases k este tenor. De tales hombres, de
tales católicos he afirmado qae soa insensatos y
hasta criminales.
Luchar k la desesperada un puñado de valientes
contra a n ejército numeroso y aguerrido, como lo
hicieron los 400 espartanos de las Term ipilas, es sia
dada heroioo; y sí tal fuera nuestra sitnaoión en­
frente del anarquismo, loa esforzados campeones que
peleasen conlra él, héroes merecerían ser apellidados;
mas no tendríamos el derecho de apodar oon los tito-
loa de insensatos y de criminales i los que. faltos da
alientos, so osasen tanto: el heroísmo se admira, no
■t mauda; si se mandara, no serla y a heroísmo.
Afortunadamente no estamos sn este caso; pode­
mos defender la oaasa de la fe, la causa de la socie­
dad y la oaasa de los obreros: tres grandes caos as
qae en realidad son nna sola, tras cansas en las
cuales estriban la pública felicidad de los pueblos y
la felicidad privada de los individuos; y evidente es
de toda evidencia, qae «i no lo hacemos, dejando por
incuria que se uos vengan encima desventuras Bin
cnento, a las qae seguirá forsosamente llanto sin
medida, daremos claro testimonio de no tener muy
■ano el Jnioio.
|Qu¿ deoimosl Demostraremos qae no sólo el
Jaioio anda ea nosotros trastornado, sino qae aan la
ooncienoia eati enferma. |Puea qnél ¿No ea cierto qae
el qne podiendo conjurar i. poca costa graves daños
obligado ae lialla 4 hacerlo? (No e6 verdad asimismo
innegable que todos, en la medida de nuestras fu er­
zas, debemos cooperar al bien común?
Y o no sé, venerado amigo, cómo pueden dormir
tranquilos esos hombres, y muy especialmente esos
cristianos que, indiferentes á todo lo qne en su derre­
dor acaece, se meten en su casa, cierran la puerta
con trancas y cerrojos, y se dedican tranquilamente
4 vivir para si miemos, comiendo y bebiendo, y qniz 4
alternando sus festines y banquetes de fam ilia con
el rezo del Rosarlo y algunas otras oraciones <5 devo­
ciones. Para éstos no se ha escrito aquella máxima:
Unictáque m m davit Deus de próxim o suo. Ni aquel
principio: Quod tifti non nocet et atteriprodest ad id
es obligatus.
Convengamos, pues, en qne todo el qne aspire al
renombre ae justo, de sesudo, de juicioso, de bnen
ciudadano y de buen católico, est 4 obligado á traba­
jar, según sn posibilidad, por ahuyentar la tormenta
qne asoma amenazadora, y que hace brillar & nuestra
vista el resplandor siniestro del relám pago y nos
deja oir el pavoroso rugir del trueno; reconozcamos
que no cnmple como leal 4 sn Dios y 4 su patria el
?ue no se arma y se dispone 4 pelear con todas sns
uerzae contra el socialismo y anarquismo; pero olaro
es, por demás, que para la gu erra se necesita táctica,
y para toda empresa ardua, gu ia y dirección.
H e aquí la gran importanoia de su libro de usted:
ea gu la, y gu ia segurísimo; dirección, y dirección
muy atinada para los que desean extirpar los males
qne aquejan 4 nuestra pobre sociedad y convertirlos
en bienes; es tio tica , estrategia excelente para los
soldados de Cristo, en esta ¿poca moderna en qne se
combate 4 nuestro Capit 4 n y Caudillo en form a dis­
tinta 4 la usada en pasadts edades.
Todos los hombrea de hoy debieran por «so leerlo,
estudiarlo, meditarlo, llevarlo consigo para consul­
tarlo 4 menudo; todos deberían poner por obra sus
leoclonee, como dictadas por el espíritu oatólioo m 4s
iuro, amaestrado en la experiencia, gran doctora de
f a vida práetica.
T aqal lo dejo 4 usted, mi baen am igo, qne
sobrado he escrito para haoerlo tan mal. Pero usted
me perdonará, sabiendo que, aunque nos hemos visW

I
poco, le quiero macho, y qae en cnanto le digo, no
me mueve otro desao que el de alentarlo para que
prosiga con Animo brioso sn fecunda camp&fia en pro
de los pobres obreros engañados por falsos amigos,
y de la sociedad y de la Iglesia.
Es de nsted siempre afectísim o humilde servidor
amigo y capellán devotísimo, Q. B. S. M.
f M a r c e l o , Obispo de Málaga,

K . P. A ntonio Yioknt.
Tortosa 14 de Noviembre de 1894.
M ay señor mío y estimado amigo: Ccnvenoido de
la importancia de sa libra so c ia lism o y A n a rq u is­
mo, y de la grande utilidad qae ea lectura ha de
producir en aquellos que lo lean detenidamente v
sin prevención alguna, aplaudo de vera 9 sn propo­
sito de hacer una segunda edición económica, A fin
de qna pueda hallarse al alcance de todas las for­
tunas.
P or este medio facilita nsted también ¿ la s olosea
acomodadas que pidan varios ejemplares, que después
distribuirán á los obreros qae no puedan adquirirlo
con bqb propios recursos.
L a propagación de su libro hará que se m ultipli­
quen los Gírenlos Católicos, donde el obrero encuen­
tra la tnstrucoión religiosa y literaria; donde aprenda
á estimar sn verdadera dignidad, cayo oonocimiento
le eleva naturalm ente al Padro Coleetial, de quien la
ha recibido: y en fin, donde halle la ju sta expansión
que busca el corazón entre verdaderos am igos que
(8 interesan por su bienestar temporal y eterno.
No dudo qne Dios bendecirá sns trabajos, y que
esta sociedad, bastante olvidada por- desgracia de
Dios y de sa santa Iglesia, vo lverá sobre si y eomen-
aará a oonooer j á agradecer los inmensos beneficios
Jue en sa infinita misericordia le prodiga por medio
e los buenos libros y de Asooiaciones Católicas.
Deseando A usted buena salad, tiene el honor de
reiterarle la seguridad de au afecto, sn oompaflero
y S. S. Q. B. S. M.,
f E l Obispo di Tortoia.
— xxxvn —

R . P . A ntonio Y iobnt .
Tortosa 30 de Febrero de 1808.
M ay amado amigo: Convaleciente de la enferme*
dad. y después da d a r gracias i. Dios y & usted qae le
pedia mi 3alad, si así convenía, para mi santificación,
aviso el recibo de las caTtaa qne usted me ha escrito
desde fin de año de 1802 y envió dos ejemplares
de las Bases para la organización da los Consejos
Diocesanos con la aprobación, para qne con ella
pueda el Concejo Diocesano im petrar la del Befior
Gobernador civil de la provincia respeotiva......
He recibido el tomo empastado de la obra titulada
S ocialismo y A narquismo , compuesta por usted, á
quien felicito por el gran servicio que ha prestado á
la Religión y también & los qne la profesan; creo qnfl
ha6ta los enemigos se aprovecharán de tan católica
enseñanza como les da. No he podido leer todo el
libro; pero lo haré, Dios mediante, luego.
Alegrándome qne haya mejorado en salad y qae
Dios se la conserve, salndan á usted el Visarlo g e ­
neral, secretario, y mi sobrino, y también lo hace
quien le bentlice atento seguro servidor y compa­
ñero Q. B. S M.,
j F rancisco , Obispo.

R. P. A ntonio V icbmt, 8. J.
Orlhuela 24 de Marzo de 18% .
Mi distinguido y estimado amigo: He leído con el
gusto y provoeho con que leo siempre los trabajos
ae nsted, su últim a obra Socialismo y A nabquismo .
En mi humilde ooncepto, el plan de la obra es
completo é inmejorable, porque abraza todos loe ex­
tremos del pavoroso problema social y los dilucida
admirablemente. ¡Sea todo para m ayor gloria de
Dio»!
Recomendaré la obra en el Boletín Eclesiástico,
pues creo qne su propagación puede ser de mucha
utilidad en los tiempos que corremos,
Se encomienda 4 las oraciones de usted y le ben­
dice 80 affmo. amigo
E l Obispo de Orihuela.

A . P . A ntonio V icbnt .
Mallorca 9 Febrero 1893.
M ay querido y distinguido amigo: D oy i. nsted
las m u cumplidas gracias por el ejemplar del libio
Cuestión social y les Circuios Católicos de Obreros
qne se sirvió remitirme. Aoabo de leer algunos
capítulos, y según lo qne he viBto, no pnedo menos
de felicitar 4 nsted por sa trabajo y también por sa
celo.
El libro viene 4 llenar nn gran vacio y está, lla ­
mado 4 hacer macho en e B t o s calamitosos tiempos
de socialismo y anarquismo.
Acepte usted oon este tan grato motivo la expre­
sión de los sentimientos u>4 s afectuosos de sa amigo
y capellin qne le bendice y 6 . M. D.
E l Obispo de Mallorca.

R. P. A n t o n io V ic b n t , S. J.
Tarazona 26 de Septiembre de 1894.
Mi querido P. Vicent: Envió ¿ usted nu nuevo y
repetido aplauso por el pensamiento quo tiene de
haeer una edición económica de sn especialmente re­
comendable trabajo sobre la Encíclica de nuestro
Santísimo Padre León X III De condiiione opifleum,
& fin de propagarlo en la mayor escala posible y
oontribnir de esa manera 4 la verdadera y úni­
camente satisfactoria solución del problema social
que hoy embarga la atención de toda clase de perso­
nas. Por mi parte, cuenteusted con la oooperaoión 4
tan laudable objeto en cnanto me 6ea dado, y no dude
usted que 4 patronos y obreros, 4 ricos y pobres, al
capital y al trabajo, presta nsted nn sef alada benefi­
cio, que no es fácil apreciar su alcance hasta qne
ge vayan viendo los saludables resultados en loa
pueblos que lepan aprovecharse de 1m enseñanzas
pontificias, por usted tan m agistralm ente expuestas
y aclaradas al ocuparse de aquel notable documento.
Reitera á usted su buen afecto y amistad el que
es suyo atento S. S. y capellán Q. B. S. M.
E l Obitpo da Tarazona.

R . P . A ntonio V icbnt .
H aesoa 90 de N oviem bre ¿e 1894.
Mi respetado y buen amigo: Por su g ra ta del 27
del actual veo que se propone usted publicar una
segunda edición de su excelente obra S ocialismo t
A narquismo , con el fin de propagar entre las clases
populares la solución católioa de la cuestión social.
El pensam iento ea m uy laudable, y , por lo que & mi
tooa, lo apruebo y aplaudo, segú n y a tu v e el gn sto
de m anifestarle en otra ocasión.
Es de absoluta necesidad qne las doctrinas de la
Iglesia se difundan por todas partes, bí los ricos y los
Í iobres, los obreros y los patronos kan de conocer,
antemente con sus derechos, sus respectivos debe­
res, y , oumpliendo éstos, amarse como hijos del
mismo Padre qne los h a criado para una. felioidad
perdurable, la cual no es posible alcanzar en la pose­
sión y goce de lee bienes de la tierra. L a verdad, y
sola ella, librará al hombre del error que extravia su
inteligencia y del vicio que corrompe bu corazón. Por
esto, los qne han recibido de Dios los talentos nece­
sarios para enseftarla, ya de palabra, ya por escrito,
deben lachar frente á frente oon los nefandos siste­
mas individualista y comunista, cualquiera que sea
la forma que revistan, oponiendo prensa 4 prensa,
escuela á escuela y asociación i asociación.
Algunos esperan que aplicando terribles castigos
contra loe anarquletae ee restablecerá la paz entre
los desheredados de la fortuna y los qne nadan en la
abundancia. ¡Vana ilusión! Mientras no se arranque
de raíz el árbol, se reproducirán bus frutps: mientras
no se quite la cansa, subsistirá el efecto. El anar.
qnismo es hijo natural del socialismo; mejor.dioho,
ambos son el comunismo oon diferentes p ro o e iim l^
toa, y éste, oomo el individualismo qae lo h a provo-
oado en nnestros dias, han sido engendrados por al
naturalism o, ó sea el pandemónium de todos los
errores religiosos, morales y sociales. E sta es la causa
primera de los males qae afligen á la sociedad, y on
tanto que la verdad sob ren atu ral'n o penetre de
nuevo en los espíritus y reconozcan los nombres su
origen y su destino, ni se conclliar&n el capital y el
trabajo, ni el patrono y el obrero vivirán en tran­
quila y sólida paz.
Nada tengo qae decir A nsted sobre este punto,
porque nadio ignora lo macho qae ha trabajado en
nuestra patria para oombatir 1&b perniciosas teorías
del sooialismo y-anarquism o, y unir entre si, por
medio de Circuios de Obreros y Gremios de labrado­
res, laa diferentes clases Booiales, qua son las llama­
das principalmente 4 resolver el condicto.
En esto quisiera yo que tuviese usted muchos
imitadores, oomo lo desea y recomienda nuestro San­
tísimo Padre León X III en sa Encíclica. D i opificum
eonditione. Los Circuios Católicos de Obreros y los
gremios m istos;-be aqui la gran obra que h ay que
iund&r en todas las ciudades y pueblos más impor­
tantes de España, tomando en ello parte olérigos y
seglares, para promover eficazmente loa intereses
religiosos, .morales y económicos de los asociados.
A.sl desaparecerán al individualismo, que produce,
según digo en mi «Catecismo sobre la cuestión
social», el envilecimiento de los oficios, la servidum­
bre de los trabajaderes y el antagonismo entre pa­
tronos y obreros, A igualmente el socialismo, qne as
el despotismo del Estado, qae confisca en provecho
propio la libertad ó independencia de los hombres del
trabajo.
Concluyo, mi respetado amigo, felicitando A usted
o i su oportuno y ú til pensamiento, y ya sabe que
S esea complacerle su afectísimo, que le bendice
y B. S. M.
' f V icb k tk , Obispo de Muesca. •
H. P. A ntonio Vicnar, 3. J.
P laaensla 10 de A bril de 1898.
Mny señor mío de toda mi consideración y apre­
cio; Agradezco sobremanera la obra de u sted—8o-
ciai.ism oy Anarquismo—qne ha tenido 4 bien enviar­
me Luego qne pude hacerlo comencé ¿ leerla. Todavia
me fa lta mncno para concluir; pero lo qne llevo
hojeado del precioso libro, confirma en nal el venta­
jóse concepto qne otros, macho más competentes qae
yo en la m ateria qne trata, de él hablan formado,
baanto antes, pues, proouraré que se publiqne su
prospecto en el periódico oficial de la Diócesis.
En cnanto á los Circuios de Obreros, y a hace
tiempo que excité & qne se estableciesen en las dos
poblaoionee fabriles que h ay en mi Dióoesie, pero ein
éxito. Otras asociaciones se han establecido, coa qae
en parte se pneden obtener resultados baenos A
que se ordenan los Circuios de Obreros; pero éstos
quizá, sa podrán luego establecer. Hay en estas dos
poblaciones, si bien pocos, algunos celoBos por el
bien de los obreros de sus pueblos respectivos, que
con las asooiaoionee de Caridad, de quo forman parte
ó dirigen, han obtenido ya una no pequeña influen­
cia en los obreros y sus fam ilias. Las obras continuas
de misericordia, espirituales y corporales, con que
socorren sus muchas necesidades, les han ganado el
corazón de muohos de ellos, y oon tan ta más facili­
dad, cuanto es sabido qne generalmente en esos dos
pueblos fabriles se conserva, quizá m is que en otros
que no lo son, nn fondo de fe y religión qae fá cil­
mente Be manifiesta en circunstancias especiales, por
más que eu las ordinarias uo suceda con tanta fre­
cuencia.
Dios N. S. bendiga cada día más el santo celo
qne le anima por sn gloria y salvación de las almas,
nomo se lo pide el últim o de los Prelados que á su
vez cordialmente le bendice.
P e d ro , Obispo de Plosencia.
R, P. A n t o n io V ic b n t .

M ay respetable' sefior mió: He recibido el ejem­


plar, qae ha tenido usted la bondad de dtdiaarme,
de bu libro la Encíclica D t conditiont opiftcum y los
Círculos de Obreros Católicos.
Por lo poco que he podido leer hasta ahora, me
pareen ana obra tan oportuna como interesante:
por eso no solamente la leeré con gasto, sino qae
procuraré darla & conocer en laD iiceels, y recomen­
darla por medio del Bolttin Eclesidttico.
Dando i nsted las mAs cumplidas gracias por sn
aprer.iable obsequio, y deseando que el trabajo de
nsted, con el favor de Dios, produzca los saludables
fra to s & qae y a ordenado, se ofrece de nsted afecti-
simo en Jesús y María, S. S. j capellán qae le
bendice.
V. S a ntia g o , Obitpo de Santander.

Omitimos oon sentimiento las eartas de otros


P relados por no alargar demasiado esta parte de la
obra. Añadiremos solamente la del ilustre filósofo
español D. J. M. O rtl y Lara.

R. P. A n t o n i o V i c b n t .
Marmolojo i da Febrero de 1803.
Mi estimado P. Vicent: Recibí oportunamente el
Reglamento de los Círculos de Obreros qae tuvo
usted la bondad de remitirme, y después be recibido,
certificado, un ejemplar de sa hermosa y doñeada
obra. Desde luego, aunque agobiado de oenpaniones
urgentísim as, me he puesto á leerla, y le digo i
usted con toda verdaa y sinoeridad qne me g a sta
sobremanera; qno os purísima y acrisolada en doe-
trina, rica y profunda & la vez, el «etilo claro y per­
suasivo, las parteB bien proporcionadas, uniéndose
la practica con la teoría para formar un todo en que
nada se deja qne desear. En mi humilde sentir, esta
obra está llamada ¿ hacer macho bien. Por mi parte
felicito & usted por ella de todo corazón y i mi mismo
me felicito también, porque ha de ilustrarm e macho
y g u ía m e en mis estadios y aan en la aplicación, si
por ven tara pnedo contribuir i qae se establezca
alguno qae otro Circulo en esta tierra desecada por
el liberalismo.
Siento macho qae no esté usted del todo resta­
blecido, y deseo en el alma qae recobre asted cnanto
antes y por completo bu preciosa salad, que taata
falta hace.
Beciba usted el respetuoso afecto de esta familia,
y m uy particularm ente el de s u devoto atento y
servidor en H. S Q. B. S. M.
Juan Manuel Orti y Lara.
JUICIO DE LA PRENSA
A la favorable acogí 4 » dispensada á la obra y &
•a autor por el egregio Episcopado español, hemos
de añadir el juicio qne de ella formó la prensa en
general al anunciar 4 sas lectores la aparición del

El Boletín Eclesiástico del obispado de Astorga


publica lo eiguienfce:
D ib lio o b a k ía .—Socialismo y Anarquismo, ó. sea
Ut Encíclica dé Nuestra Santísimo Padre. Letin XIII
*Dt conditione opificum.» y los Circuloi de Obreros
Católicos, por el P . Antonio ViceDt, de la Compañía
de Jeeús.
Hemos leído esta obra con verdadera aridez y
quedamos altamente satisfechos de sn lectura. La
oportunidad de la época en que este libro sale 4 la
luz pública no hay qnian deje de comprenderla., pues
son llegados los momentos en qae el Socialismo y
el Anarquismo amenazan derrumbar todo lo exis­
tente y levantar sobre las ruinas do la aotu&l sooie-
dad, otra sociedad nueva purificada cor la dinam ita
y el puñal; V si han de encontrar algún remedio para
•v ila r la muerte estas decrépitas naciones europeas,
sólo lo hallarán en la vuelta de la apoetasía, en que
hace tres siglos cayeron, al seno de la Iglesia cató­
lica. Esto es lo que el sabio León X III dice en su
notable Enoíelioa De conditione opificum á gober­
nantes y gobernados, á los ricos y á los pobres, á los
patronos y i los obreros.
Encíclica que está fielmente interpretada y expla­
nada por el P. V icent con abundante copia da docu­
mentos, con la doctrina de los estadistas y econo­
mistas católicos más eminentes, y oon la oportuna
aplicación do las verdades de la razón y d« la fe,
acerca del origen y fin del hombre, acerca de los de­
beres que éete tiene para con su Dios, para consigo
mismo y para con sus semejanets, y acerca lie las
virtudes da la fn, justicia y caridad; virtudes qne
por si sola 9 bastan para conjurar el conflicto entre
la miseria y las riquezas, con tal qne fuesen practi­
cados por los rioos y por los pobres.
En dos partes divide sa importante libro el Padre
Vicent. En la primera examina, de conformidad con
la Encíclica del Pontífice, las cansas, la nataraleza
y gravedad de la cuestión social, y las únicas sola*
oiones qae pnede tener tan pavoroso problema.
L as cansas son, según el docto jesníta: la apos­
tadla de las naciones, el individualismo, y sa nija
legitima la usara.
Entre las soluciones del problema, sólo es eficaz
la doctrina de la Iglesia católica; pees ni el libera­
lismo, ni el comunismo, ni la fuerza armada, ni
todos los sistemas inventados por los sooiólogos y
economistas modernos sin fe y sin raligióa para
m ejorar las relaciones entre los trabajadores y pa­
tronos, son potentes para evitar la miseria de in-
mensidad de obreros, y la acam ul&ciin de las rique­
zas en an oorto número de avaros patronos y de
empresarios sin entrañas.
Esto sólo lo puede hacer la reina de las virtudes,
la caridad.
En la segunda parte presenta los medios p rictico s
é inmediatos para resolver la cuestión social. Entre
ellos est&n las Asociaoiones de Obreros, Gremios,
Patronato», Cajas de Ahorros, de Socorros M ataos,
Montepíos, Asociaciones de Cooperación, la aséala
móvil (del jornal según el movimiento del preoio de
loa objetos vendidos), y la participación en los bene­
ficios (que las empresas pueden y deben dar 4 los
obreros sobre el jornal ordinario); todos estos medios,
plantados i la sombra de la Religión y vivificados
por la earidad, convertirían poco i pooo al obrero en
u s pequeño propietario y endulzarían las penas del
trabajo, oonvirtinnio los grandes centros fabriles y
el mundo todo en ana fam ilia y sociedad paoífioa.
Concluye el autor su obra con las Bases y R egla­
mentos de los Círculos de Obreros y con la descrip­
ción en sa estado aotual de los Círculos de Valencia
y demás provínoos industriales de España.
Recomendamos i todos la lectura de dicho libro,
pur creerla de grande interés en la presente época,
Y tenemos tanto mayor orgullo en recomendarla,
cnanto más conforme está bu doctrina con la desarro­
llada por nuestro F,xc.mo. Prelado en sn profunda
6 inapreciable Pastoral sobre el estado de las clases
obreras, publicada en el número 6.° del año pasado,
pi6- 7G.
Consta de 502 páginas on el cuerpo, y 21 en la
Carta-Prólogo del Sr. Arzobispo de Valencia, coya
carta Birve de introducción á la obra.

Extractamos del Botelin Eclesiástico del Obispa­


do de Lugo los párrafos que siguen:
B iri.io o e a fíA . - Socialismo y Anarquismo, por el
R . P. Antonio Vicent.
Muchos libros, cimentados en la admirable citada
Encíclica, se han escrito recientemente para resolver
teórica y, sobre todo, prácticam ente la cuestión so-
ci'al qne tanto preoenpa á Iob sabios y debe preocu­
par á los Sacerdotes, esa cuestión que p&ruce una
esfinge atravesada en el camino de la civilización
moderna qae puede morir á sus pies, pasando 4 la
historia como pacó la de Oriente y la de Grecia y la
del imperio romano, para dar cumplimiento á loa
designios inescrutables de la divina Providencia.
Entre las muchas obras qne han visto la lnz con
el indicado objeto, no habrá tal vez ninguna que
aventaje á la qne acaba de pnblicar, con el titu lo qne
encabeza estas lineas, el JP. Antonio Vicent, de la
Compañía de Jesús.
E l nombre del autor ee su mejor elogio.
El sabio jesuíta, tan ventajosam ente oonocido
por otros estudios, tiens competencia indiscutible en
Ja m ateria á que nos referimos. Ha visitado los
Circuios de Obreros Católicos de M arsella, de Tolo-
sa, de Lyon y de Colonia, y otros muchos de los
más importantes del extranjero. H a consagrado
catorce aflos de una vid a laboriosa á la fundación de
Patronatos de la Juventud Obrera, y es Consiliario
del Consejo Diocesano de loe Circuios de Obreros
Católicos de Valen oia. No es, por ende, extraño que
su libro sobre-la Encíclica De conditione opificum
sea digno de las más enoarecidat alabanzas y de
andar en manoe de todos.
• A este ten or recom endaron tam b ién la obra lo s
Boletines Eelehiátticos rte la s D iócusis de MAllorca,
b eg o v ia , T arazón », T nd ela y otros.

E l Pilar, semanario católico qne ye la luz públi­


ca en Zaragoza, ocúpase en su número del 15 Abril
de 18y3 de esta.obra, y lo hace en los términos qae
se insertan á continuación:
S ocialismo y A narquism o . — La Encíclica de
Nuestro Santísimo Padre León X I I I *De condüiont
opiflcumi y las Círculos de obreros católicos, por el
P. Antonio Vicent, dn la Compañía de JeoÚR, con
nna Carta-Prólogo del Excmo. élllm o. Sr. 1). Ciríaco
María Sancha, Arzobispo de Valencia.
El P. Antonio Vieont, de la Compañía de Jeeús,
es ¿ la vez hombre de cienciay de acción. Impulsado
por el nobilísimo deseo de oponerse con todas sos
tuerzas al torrente devastador del socialismo y del
auarqaismo contemporáneo, animado con la confian-
cade que en España, gracias á la religiosidad, aunque
algo am ortiguada ya, de esta nación, se podrá toda­
vía evitar el triunfo de aquellas sectas, ha. fondado
Círculos de Obreros Católicos análogos á los que ha­
bía visto funcionar en Francia, Alem ania y Bélgica,
y al desarrollo de tan benéficas asooiaoioneB consa­
gra haca muchos años todo el tiempo qne le dejan li­
bre las ocupaciones de su ministerio sacerdotal. La
obra, qm» ha. dado ahora á la prenBa, tiene el doble
fin de m ostrar á la la z de las enseñanzas pontificias la
verdadera resolución del problema social y la orga­
nización de las instituciones católicas que, para al­
canzarla en la práctica, se van creando en España.
En dos partes la ha dividido al docto jesuíta.
En la primera, y después de exponer la naturale­
za y la gravedad de la onestión social, inquiere sus
oansas y las reduce á tres: la negación ó el olvido de
la doctrina católica acerca del fin último del hombre;
el individualismo proclamado por la Revolución fra n ­
cesa, la cual, destruyendo loa antiguos gremios de
obreros, sin crear nada en su lugar, abandoné á las
clases pobres & los desastrosos efectos de la libra
competencia y del monopolio, y por últim o la asura,
hoy m is extendida que en otros tiempo?, ya por ter
la produooión y ol comoroio mayoree, ya también
porque & medida qae v a desapareciendo en los pue­
blos la fe católica, desaparecen también la caridad
y la justicia.
Demuestra 4 continnación qne no pueden resolver
la cnestión social los bandos político?, ni la fuerza
armada, fii la ciencia de los qne en una form a ú otra
pretenden sustituir 4 la caridad, hija del cielo, los cél­
enlos de un egoísmo repugnante 4 la naturaleza, ó la
beneficencia param ente nnmana regalada por la 9
leyes del Estado.
Pasando luego a l examen del socialismo y del
anarquismo, expone la historia de estas sectas con
datos novísimos tomados en excelentes fuentes
(Winterer, Cathrein, Hitze), y prueba que el colec­
tivism o, sobre ser absurdo e injusto en si mismo,
disuelve la fam ilia y lleva al aeno de la sociedad la
perturbación ’ t la esclavitud mée dogradanto y
vergonzosa.
Viene, por últim o, la explicación de la doctrina
católica relativa 4 este punto, y aquí opone el P. Vi-
c«nt 4 las libertades modernas proclamadas por la
Revolución francesa y & la fórm ula económica de
Oonrnav, laisitz fa ite, laittez passtr ;i), las m&xi-
mas sublimes del Evangelio, haciendo ver que en
ellas se contiene la soluoión verdadera del problema
social. Y guiado constantemente por las enseñanzas
del Romano Pontifico, señala con seguro criterio
las obligaoiones de los obreros y de los capitalistas,
las del Estado, tanto generales como las qne se
refieren 4 la propiedad privada, 4 las huelgas, 4
loa bienes espirituales del operario, al descanso de
los días festivos, 4 la oantiaad y daraoión del tra ­
bajo, al que deben desempeñar las. mojares y los
niños, y resuelve la tan debatida oueétión de la equi­
dad en el salario, refutando de paso los errores
principales qae se han sostenido y divulgado en
esta materia, como la teoría de Carlos M arx, fun ­
dador de la Internacional, acerca de los valores, y
las consecuencias que deduoia el agitador Lassalle
de la llamada ley de bronce del jornal.
T al es, expuesta en brevísim o 'compendio, la pri-

(1) Dejad hsoer en cuanto 4 la induttria; dejml paitar res­


pecto al comeroio.
ra parte, ó aei la paramenta teórica de la obra del
P. vicent.
L a riqueza de la doctrina, la solidez de loe raao*
namlentos y el orden qae en ella brilla, la hacen ce-
timable en alto grado.
No menos importante ea la segunda parte, en qne
nos da á ooaooer la organización dé los Circulo» de
Obreros Católicos por él instituidos.
Cuatro sen los fines de estas asociaciones: 1 .a E l
religioto, qne conslBte en conservar, arraigar y pro­
pagar las ore«naiai católicas, apostólicas, romanas,
empleando todos los medioe convenientes para fo r­
mar obreros honrados y sólidamente cristianos. 2.®
E l instructivo, qne se dirige á difundir en la claee
obrera los conocimientos religiosos, morales, tec­
nológicos, científicos y literarics 8 4 E l económico,
ne ee realiza por meuio de la oreaoión ds ana Caja
2 « Socorros Mutuos, de otra de Ahorro* y Monte ae
Piedad, y la promoción y el fomento de toda asocia­
ción qae tienda & la mejora de las condiciones mate*
ríales del obrero. 4.° E l recreativo, que ee cumple
proporcionando & loe socios una prudente expansión
y recreo, qne deberá procurarse que sea sin menos­
cabo de ia vida fam iliar (1).
Cada Circula, como sociedad católica, depende di­
rectamente del Prelado de la Diócesis á que perte­
nece.
Los Patronatos de la Juventud Obrera ton aso­
ciaciones creadas para catcplir el fin instructivo de
los Círoulos por medio de clases nostnrnas de prime­
ras letras y de las enseñanzas especiales que tengan
aplicación más general á los socios.
También se dedican á ia instrucción de la clase
obrera las Congregaciones de Nuestra Stflora y d»
San Lnis Goningo, qae dependen de los CfrcnlnN. ‘
L a organización de éstos se completa con la crea­
ción de Consejos Diocesanos, cu ya misión es conser­
var la anidad entre loe diferentes Círculos qae exis­
ten en una Diócesis, mantener en toda su faer/. i el
espíritu de la obra y propagarla.

(1) V éaM pn In •).’»! j m p iic n to td e In o b rad e l P . V icent


*1 Reglomento-Tiiio paru Ion (JfrculnR tln obreros fcafce
m o n to U n ] h ii’ lit «In u e o c ia u io iiit D
rjitó ioa*. colobrmtu cu T ui I uj*;i cu l9S~t y por el Cjugrono cató­
lico (lo Zunigoxo.
Bastan estas ligeras indicaciones para, que «a
comprenda que este vasto pensamiento de organiza­
ción del trabajo, según el ideal oaiólico, abraza la
ouestión sooial on toda en extensión. Dentro de la
esfera de acción de los Circuios caben otras m achas
asociaciones, como las cooperativas de producción y
de consumo, los gremios de labradores y artesa­
nos, etc., qne responden 4 diferentes fines particn-
lares, subordinados todoB á nn mismo principal.
De la fecundidad de esta institución católica dan
testimonio los onadros estadistiaos qae inserta el
P . V icent relativos 4 los Círculos, Patronatos y
Congregaciones fundadas, 4 las esencias oreadas, a
los fondos recaudados y so Inversión (1). E ntre loa
Patronatos se halla el de Zaragoza, qne es por cierto
bien notable, y asi lo consigna el P . Vicent, tanto
por la abnegación de los socios, como por la docili­
dad y excelentes condiciones moraleB de los obreros.
No podríamos rxplicar con m4s detenimiento la
organización de los Círculos de Obreros Católicos
sin dar extensión excesiva 4 este articulo; pero
séanos permitido llam ar la atención de los lectores
de E l P i l a r sobre la inmensa importancia que tie­
nen las asociaciones de este género eu todos tiempos,
v principalmente en éstos qne vamos atravesando.
!No h a y persona medianamente ¡lastrada que ignore
la gravedad é inminencia del peligro qae amenaza
actualmente 4 la sociedad. Ninguno qae conozca nn
poco la natnraleza humana, puede poner en duda que,
ann quehaya de ser de corta duración el triunfo del
socialismo ó el del anarquismo, porque no tienen
estas Sflf.tftH condicionas pura fnndar algo entablo,
donde lleguen 4 prevalecer causar 4 n nn verdadero
cataclismo. P ara conjurar te maño peligro hay nn
solo medio verdaderamente efío&2: infundir el espí­
ritu católico en todos los órdenes de la actividad
económica. A esto tienden los trabajos de organiza­
ción del P. Vicent, esto nos enseSa admirablemente
4 practicar sa libro.

fl) H » v M C írculo*, 88 P a tro n a to * y 25 C o n crtt^acio u ca. (£]


número de eaouelas lundudíiH asciendo ü 103: «V de alumnos 4
20.533. K1 inferior de la cantidad ¡nvciliilA cu ««corroe A
Ion enfermos <»b287 518 pesetas, el do la invortidn en el sosteni­
miento de l u escueluszMDOÜ.
El ilustre jesuíta era j a conocido entre loa
doctos por s u Estudios biológico*, y oon la obra que
acaba ae publicar h a prestado, como dice un jnez
muy competente en la m ateria (1), nn servicio im­
portantísimo & la Iglesia 7 & la sociedad.

El semanario Ilustrado Revista Popular, qne se


pnblica en Baroelona, en sn número del 28 de Fe­
brero se expresa asi hablando de esta obra:
Socialism o y Anákqüibmo.— L a Encíclica de
Nuestro Santísimo Padre León X III *De conditim e
opiflaim t y los Circuios dé Obreros Católicoi, por el
P . Antonio Vicent, de la Compaflía de Jes&s.
Dos eiroonstanciaa reúne principalm ente este li ­
bro, qne por si solas bastaran á dejarlo recomenda­
do, aun hecha abstracción de su intrínseco valor, y
son la oportunidad del asunto y la reconocida com­
petencia del escritor qne lo lia tomado por su cuen­
ta. Sobre lo primero, bastará, recordar qne nos ha­
llamos casi en vlsperaB del fatídico 1.° de Mayo, que
eate año nos parece ha de dar todavía más qne pen­
sar y que prevenir qne los anteriores. Sobre lo se-
Sundo, recordaremos que el P. V icent viene siendo
e algunos aflos aoá el apóstol de los Círculos Cató­
licos de Obreros en nna de las regiones más vastas
de España, onal es la valenoiana y sns inmediatas;
qne á sn iniciativa y propaganda se debe el qae se
halle sembrado aquel bello país de Centros de esta
clase, que aparecen como por encanto dondequiera
que pone sns pies el fervoroso Jesuíta, y que,
por fin, sus constantes trabajos en este terreno le
han dado sobre el modo de sor, y neoesidados y
peligros de la clase obrera, un conocimiento en qae
m uy pocos le aventajan. ¿Qué no puede, pues, espe­
rarse de quien con tales precedentes emprende el
estudio, no solamente ideológico, sino el más prác­
tico posible, de la cnestiÓD social, y de sns cansas,
carácter, efectos y remedios? Obra completa reputa­
mos este traseendentalísimo lib ro ,y ta llo roputa el

(1) El Excmn. <• Illino. Rr 1). Cirineo María Sannlm, Arzn


hispo de Valencia eu la Carta-Prólogo.
S ism o , i Illm e. Sr. Araeblspo da Valencia en U
Cuta-Prólogo oon qaa se ha dignado encabezarlo,
colmando de parabienes al infatigable propagandas*
ta. Daremos de su contenido brevísim a resefta. En
•1 cap. I se trata de la naturaleza y gravedad de la
cuestión social. En . el II, de sn causa primera, qne
es el olvido del fin del hombre. En el III, de otra
cansa ó concausa, que es el moderno individualis­
mo. En el IV , de la u sara bajo sos diversas formas.
En el V , de las falsas sttlnoioqei qae ofrecen «1
conflicto social el Liberalismo demoorátioo y con*
servador, los partidos polltioos, la ciencia positivis­
ta y las teorías económicas del Racionalismo. En
el VI, qae tampoco dan solución al oonflicto el A n a r­
quismo y el Socialismo. Ea el V II, que s ilo la da
solución completa la doctrina católica. En el VIH ,
■e examinan atribuciones y deberes del Estado en
la cuestión social. El reato está absolutamente dedi­
cado í la exposición de procedimiento!! prácticos
para plantear la solución católica anteriormente
propuesta, siendo en este pnnto verdaderamente
m aravillosa la variedad de form as oon que se pre­
senta la asociación católica obrera para subvenir &
toda clase de necesidades, conforme está planteada
en m ultitud de poblaciones délas Diócesis de V alen­
cia, Tortosa, Orihnela, Tarazón», Huesca. Z arago­
za, Cartagena y Murcia. A póstol de los Circuios
Obreros hemos llamado al P . Vicent, y no con otro
nombre hemos de recomendar este su libro, que
hará, por su organización y fomento, apostolado
igual al qne con bu ardiente palabra ha hecho per­
sonalmente el sobredicho Padre. Adquiéranlo y
léanlo y medítenlo y expliquenlo cuantos, y a en el
orden eclesiástico, ya en el seglar, quieran haoer
algo en bien de la infeliz clase trabajadora, digna
de compasión, m is que por sa m aterial pobreza, por
el número sin número de sus falsos redentores. La
obra del P. Vicent hará más para prevenir los con­
flictos del 1 .° de Mayo, que todas las medidas de la
poliaía frubernamental y todos los aparatos de la
fueras pública. L a tenemos en esta Administración.
- T . S. y S.
L a ConirOvetsia, revista religiosa, científica y
política de Madrid, en sa número de 2 »Abril de 1898
se expresa así:
S ocialismo y A narquism o . — La Encíclica de
Nuestro Santísimo Padre León X III «De conditione
opificum» y los Circuios de Obreros Cutolicos, por el
P. Antonio Vicent, da U Corfipaftía de Jesús. —
Valencia, Ortega, 1893. U a tomo de 502 págs. en 4 .°
mayor. Precio: 6 pesetas.
Muohos expositores ha tenido la Carta funda­
mental del trabajo, como se llam ó á la memorable v
admirable Encíclica del sapientísimo León XIH ;
ero pocos han penetrado mejor las intenciones y
S eseos de sn Santidad; pocos han beneficiado sus
ensefianzas laminosas y las han expuesto oon tan
snmo acierto como el eximio religioso de San Ipna»
eio; p aei, en realidad, sa glosa es oportunísima,
digna en nn todo del incomparable documento pon*
tificio. En la primera parte examina la «nalnralesa
Ír gravedad de la cuestión social*, y en la segunda
os medios prácticos para resolverla, dedicando
varios centenares de páginas á referir el estado
actaal de los Círculos Obreros Católicos, sa organi­
zación, reglamentos, personal, etc. Es contribuir
pox eficacísima directa manera á conjurar la tre­
menda crisis que se avecina, el difundir oon oelo y
entusiasmo este libro entre las «lases proletarias, le
mismo que entre las directoras.

El valí este semanario España C ristia n a , qae se


ublica en Valencia, decía en sa número correspon*
S ionte a l 25 <le Febrero de 1098:
S ocialismo y A narquism o . — Con este interesante
y enrió*o tltnio ha publicado ana excelente y ma­
gistral obra el docto P. Antonio Tieent, de la Com­
pañía de Jesús, libro qne tiene importancia y reviste
capitalísimo interés ahora que se agitan las socie­
dades revolucionarias de obreros y se acerca el
horroroso desenlace del terrible drama aue se des­
arrolla desde 1890 con el fatídico nombre ae Huelgas
de Mayo.
El estudioso P. Ylcont ooAptse de la naturaleza
y gravedad de la cae&tión social; examina s u cansas,
qae son: la a p o s ta sía de las n a c io n e s, el individua­
lismo y la usara; presenta como única solución la
doctrina de la Iglesia, y en el terreno de la práctica
el e sta b le c im ie n to de A so cia c io n es de Obreros,
como Gremios, Patronatos, Circuios y Congrega­
ciones de San L uis.G onzaga, y termina publicando
la siguiente consoladora resella:
Circuios Católicos instalados en toda Espafia, 56;
Patronatos, 83; Congregaciones de Luises, 25; Ea*
ouelas nocturnas y dominicales, 103; alumnos, 20.638;
socios de ambos sexos, 91. 386; Congregantes de San
Luis, 5. 176.
Igualas elogios tributaron las demás revistas da
España.

D e la prensa diaria insertarnos solamente el ar­


ticulo del D ia ñ o de Barcelona. Dice asi:
S ocialismo r A narquism o .—Causas superiores i
nuestra voluntad nos han obligado á dejar pasar al­
gunas semanas sin enterarnos de la obra recien te
mente publicada por el Rvdo. P. Antonio Vicent, da
la Oompafila de Jesús, con titnlo idéntico al de este
articulo, seguido de ese otro más concreto y explí­
cito: «La Encíclica de nuestro Santísimo Padre
León X III De conditione opificum y los Círculos
Obreros Católicos». Y no fu é sin violentar nuestra
curiosidad que hubimos de sujetarnos á aquella abs­
tención; pueB habiendo podido apreciar, años hace,
la poderosa inteligencia, los vastos conocimientos y
el carácter práctico y emprendedor deaquellaborioso
jesuíta, y teniendo además noticia de Iob fecundos
trabajos á que en Valencia estaba consagrado sa
oelo, organizando varias olases de asooiaoiones cris­
tianas obreras, después de haber estudiado esta or­
ganización y visto funcionar aquellas asociaciones
en B élgica y Alem ania, le considerábamos en las
mejores condiciones para emprender nn trabajo da
esta índole, no dudando qae su publicación-se eleva­
ría sobre la esfera de lo ordinario y revestiría el ca­
rácter de m agistral. P ¿r la lectura qne du ella aca­
bamos de hacer, nos hemos convencido deque nuestro
pronóstico se había plenamente realisado, y tenemos
gamo gusto, después de enviar al autor la más cala*
lusa felicitación, en dar á los lectores del D iario una
ligera ¡dea de diebo libro, seguros de que, al reco­
rrer sus páginas, compartirán nuestro juicio sobra
el mismo y querrán contribuir á difundirle por to­
das partes, á fin de que produzca todo el bion á qne
está destinado.
Está basado, según indica el subtitulo, en la En-
cíolica Serum nouarum do León X III. No tenemos
necesidad de encarecer aquí la im portancia de este
dooumento pontificio; pues nadie habrá olvidado ei
grito de admiración con que, a l parecer, fue recibido
por los estadistas más oonspicnos del mundo civili­
zado, llam ándole el socialista L afargüe la obra más
admirable de eienoia económioa que habla visco la
luz pública en el presente Biglo, y oonBiderándole los
más reputados sociólogos como la C arta Magna del
trabajo en la sociedad contemporánea. Pero si el
juicio de los sabios fuá unánime en reconocer su mé­
rito excepcional, no se deduzca de aqui que sea fácil
apreciarle en todo lo que vale ni aan por las perso­
nas más Ilustradas. Debe Ber comparado, bajo este
punto de viata, á ana gran jo y a enteramente cu­
bierta de pedrería, cuya fabulosa riqueza echa de
ver oaalquiera de un modo indeterminado; pero que
ni loa más peritos en el arte logran justipreciar bien,
sino examinándola mny despacio, analizando una
poT nna sus piedras y parangonándola con otras
alhajas de valor reconocido. Ig u al procedimiento
hay que segair con la inm ortal Encíclica de que es­
tamos hablando. Las ideas en ella contenidas son
muchas y eximias; pero están sumamente condensa-
das, por lo cual Be destacan poco, contribuyendo
también á ello la uniformidad de exposición qae
exige el formalismo del lenguaje oficial. De aqui qae
en gran parte pasen desapercibidas aún á los más
avisados, si a l profundo oonocimiento de la materia
no afiaden un minucioso análisis, aplicado á cada
ano de bus párrafos y aún á oada ana de sus pala­
bras.
P oes bien; el primero é importantísimo servicio
que presta el libro del P Vicvnt es pou6r entera-
uicuto al descubierto aq u il riquísimo tesoro de doc­
trina. Oada ano de los m últiples elementos que en­
trañ a la cuestión obrera es objeto de una amplia
disertación, qne nnaa veces se abre y otras se cieri'a,
trsnssribieado las palabras úe la Encíclica qne
le b o u concernientes. En ambos caso*, al penetrarse
el leelor de la gravedad de las diücaltndta qne
ofrece el asnnbo y de lo rancho qne se ha discurrido
ya en el campo racionalista, ya en católioo, para
solventarla/, el ánin'.o qoeda asombrado al ver
qne en e) texto pontificio, lacónico y sencillo en apa­
riencia, está resumido todo el meollo de aqnella
gran discusión v q ue todo se ha ten ido en cuenta al
redactarlo, pesándose la propiedad y el valor de
rada palabra con tanta sabiduría como prndencia.
Aon cuando sea proverbial y ae tenga m uy presenta
el pulso ex trenado con que ss escriben en Boma esta
olaBe de dooumentcs, estamos segaros que la obra
del P. V icent todavía producirá sobra el particular
más de nna sorpresa á los qne la lean.
No estriba en esto, sin embargo, so único ni tál
vez sn principal mérito. Huchas de las que Be han
dado á luz recientemente sobre esta materia (noa
referimos principalmente á las francesas) son incom­
pletas por el fcigaiente motivo. Los autores qne se
sienten fuertes cu ol terreno de los principios, gene­
ralmente se aferran á ellos, esperándolo todo de su
exposición y desdeñan los datos prácticos; siguién­
dose de aquí, qne al descender á las aplicaciones con­
cretas lo hacen rápidamente, porque les fa lta el
conocimiento rabal de las actuales condiciones en
que viven los capitalistas y los obreros. A l contrario;
otros hay, enamorados de los hechos, repletos de es­
tadísticas, sabiendo a l dedillo lo que pasa ó lo que
se dice que pasa en las fábricas y talleres de todos
los países, pero que, careciendo de principios fijos
que sirvan de norma al discurso, divagan sin resul­
tado, proponiendo, como fórmula de pacificación uni­
versal. mezquinos arbitrios que apenas tendrían
efica ca para prodneir una pasajera suspensión de
hostilidades. Ninguna de estas deficienciae se obser­
va en el P. Vicent. Al descender á la liza, se ha pre­
sentado disponiendo de una panoplia completa,
siéndole igualmente c o D o cid o B los principios y los
hechos, estando tan familiarizado con laB estadísti­
cas como coa las teorías, y sirviéndose maravillosa-
mtntn de las unan para contraprneba de las otras.
P rovisto de ta les recursos, se dirige, no y a sola­
mente á los hombres de letras, sino A toda clase de
personal qne no hayan totalm ente perdido el buen
sentido, y en estilo animado y claro expone la natu­
raleza y gravedad de la cuestión social;— bus cansas;
— las solucione*) propuestos por el naturalism o en
todos sos grados; - la solución verdadera;—lo que in­
cumbe al Kstado;—lo qne debe partir de la iniciativa
Farticular— y los medios prácticos da llevarlo ¿ cabo.
ropoBible, dentro los estrechos límites á qae debe­
mos circunscribirnos, de apuntar siquiera la serie de
puntos qae toca, de opiniones qne examina, de datos
de todo género que aduce. Sólo podemos de nn modo
general repetir lo que hemos dicho al principio, la
cuestión es tratad a m agistral mente, y el racionalis­
mo, desde el más espiritualista y conservador bosta
el más radical y revolucionario, queda batido en toda
la línea, desalojado de todas sus trincheras, perse­
guido basta sus últimas consecuencias, aplastado
bajo el peso de una lógica «bramadora y al alcance
de todos; quedando triunfante y coronada do luz la
doctrina de la Iglesia, eje del mundo económioo,
como lo rs del mundo social y moral.
Concretando la cuestión á España, no queremos
terminar estas lineas sin recoger dos aserciones del
P . Vicent, que responden exaotam ente á nuestra
manera de ver las cosos, y deben ser objeto de seria
reflexión para todos L a primera es que, si bien el
revolucionarismo del prolelari»do se presenta divi­
dido nn socialistas y anarquistas, esta clasificación
podrá significar alguna cosa de real en otros países,
pero «s enteramente ilusoria respecto á España. Aquí,
dado nuestro temperamento y nuestras tradiciones,
el día en qae estalle el conflicto, todos los revolucio­
narios serán anarqaistaa. En cambio, la segunda es
consoladora. Todas las naciones pueden aplicar la
verdadera solución al problema obrero, pero en nin­
guna es tan fácil ccmo en España: porque, si nuestro
estado político está por debajo ae la mayor parte,
nuestro estado social es el menos gangrenado.
Con efecto; á pesar de los espantosos estragos qae
está haciendo la irreligión en nuestra patria y de loa
alarmantes síntomas que estamos presenciando, es
cierto que á la hora presente todavía la gran masa
del paeblo español no se ha alejado tanto de las ideas
cristianas como la generalidad de los otros pueblos.
E n tre nosotros, aquellas creencias son con lia rta fre ­
cuencia olvidadas y u ltrajadas; pero só lo con Tara
excepción desconocidas y renegada». A quí mucboa
patronos y obreros aon sincera y pr&ctinamftnt.e ca­
tólicos; otros lo son privadam ente en el interior de
la fa m ilia , aunque l o lo bastan te en la g estió n de sus
negooioe, os decir, que observan ol Docúlogo indivi­
dual y les fa lta cum plir el Decálogo social; otros,
finalm ente, los que m is blasonan de librepensado­
res, al llegar el últim o tia u ce de su vida, en hu
g ra n m ay o ría quieren m orir en el seno de la Iglesia,
si Bon advertidos de sa estado. A hora bien; como la
solución del problem a social ta d a oonBiste en acep­
ta r patronos y obreros la base orietiana regaladora
de sus reciprocas relaciones, qne es la obligación
m oral, y desechar la base racionalista, qae es exclu­
sivam ente el interés, n aturalm ente ha ae obtenerse
ésto m és fioilm ente allí donde las ideas cristianas
ilum inan y conservan m ayor influjo sobre las con­
ciencias. P or esto los b a s ta ahora peqae&os ensa­
yos que se ban hecho, lo mismo en C atalnfla que en
V alencia, de llevar é la p ráctica las ensefiaozas de la
Encíclica, se han realizado ein grandes esfuerzos y
con los m&s felices resultados.
A practicarlos en m ayor escala estén llam ados é
interesados todos los hom bres de buena voluntad,
sea cnal fuere su categoría, y oondioión. E n el exce*
lente libro, ouyo ligero esboao acabamos de tragar,
h a lla ré cada nno el modo eficaz de cooperar & esta
grande obra. Del que rehúse hacerlo, suya seré la
responsabilidad, p u liendo decírsele merecidamente:
plaga estin te. - C. S .

L as revistas extranjeras Civiltá Cattolica, L'Átso -


ciation Catkolique, la Bioista internazionale, los E tu -
def religieuse*, philotophiquts, hittoriquei, et litUrai-
ret y o irás, se han ocupado tam bién as la obra
S o c ia lis m o y A n a rq u ism o . Indicamos solam ente el
a r tic n lo d e la r e v ista m en sn a l fr a n c esa de M ontpe-
llier Sociotogie Catholique. H e aqni lo que dice:
Biüi.ioGiiüriitn;. —Stíi iulmmo y a n a u ju U m o .-L a
Encíclica de Nuestro Santísimo Padre Ijeón X III,
*£ie coHditione opificum», y loa Circulo* de Obrero*
— ux —
Católicos, por el P. Antonio V icent, S. J. Imprenta
de José Ortega.— Valencia, 1898.

Le R . P Vincent a exposé, daos un ouvrage de


500 pages (grand in-8 °), les moyens de réaondre la
qnestion sociale, ta n t au point de va e théoriqne
qa’a a point de vue pratique.
Aprés avoir indiqué ce qu'est la qnestion sociale,
et quelle en est la gravité, le K. P. Vincent se de-
maude quelle en est la cause; la pauvreté a’ost pas,
oomma on l'a prétendu, la canse de la qaeation 80-
oiale. En effet, lea paya les plns riches sont pent-
6tre oenx oú la qnestion soeiale se po 9e le plus.
L a pxemiére sanee de la qaestion eooiale, c'eet
l’apostasie des nations. Depuis qae la religión a
perdn son inflaenoe, lea diverses claasea de l a bo-
elété ont oablié leurs devoirej les principee de la
Instioe et da la charitá aont meconnns; de IA. aat née
la qnestion sociale.
L ’individnalisme est la seconde cansa de la qnes*
tion eooiale. C’eet la i qai a d étra it les anoiennes
corporationi, sana y rien subsiituer; désormais les
individua se trouvent isolés en face d'un E tat tont-
uúiaent. En caa de chOinage, en cae de maladie ou
S ’aecident, loraqne la vieillesse est arrivée, ila n ’ont
Ios le seconrs de l’association. L ’m dividnalisme a
S onné naissance & la libre concnrrence effrénée, anx
monopolee exagérés, i, la epionlation éhontée et t
nne foule d’antres m a n dont sooffre le monde da
travail.
L a trolsiéme cauBe dn la qaeation so c ta le c’est
l’usare, 1’utura oorax, comme disait Léon X III.
L ’osnre ne préBente pent-étre pas absolam ent la
forme qu'elle revStait antrefois; elle est cependant
aassi faneete i la eooiító.
Aprés avoir montré lea canses de la qnestion so­
ciale, le R. P. Vincent «n cherche la solation.
Le libéralisme conservatear et dém ocrstiqae est
incapable de rúsoadre la qnestion «ocíale. II fa n t en
dirá antant des partis politiquea, «le la forcé armée,
de la sclence positivista et évolutionniste.
Le R . P . Vincent fa it précéder la réfatation de
la deruiérd pseado-solulicn, c ’e s t a Ji r e du socialis*
me. de quelques détails historiques. 11 nous dit ce
qu’a été le socialismo daña 1'anU qalté et dans les
temps modernas; ce q a’Il est actnellement. Í1 noas
expose les progrimmee de Ootha, de B raxelles et de
Valenoe.
Le socUlieme, comme l a fa it remarqaer Léon
X III daos son Encycliqne, est absurdo et injnete,
car il anéantit la propriété, la fam ille, la lib e rti in-
dividuelle.
L a véritibln aolution eat contenne dans l'eueeig-
nement de lVÉglise- C’est elle qni indique & chacnn
sea droits et ses devoirs; parbicalürem ent k l ’onvrier
et aa patrón, au pauvre et an riohe.
L ’exposé des droite et des devoirs de l’E ta t ter­
mine eette premiére partie.
L a solation pratiq n e de la qneetion sociale est
daos les aesooiations. Le R. P. vincent ne se borne
fias & n o as v an ter le ars bieufaits, e t A nona prouver
eur légit imité. II noas donne le ars iéglem ents. Ces
r&glements types, réglem eots de corporstions, ré ­
gle mente de aooiétée eoopíratives, sont da vrais
ch e fad ’ceuvre, dont on ne sa u ra it tro p s’inspirer.
Mais ces aiisooiations ne doivent pas fttre sépi-
réea les nnes dea antros; elles doivent fttre rin n ie s
e n tre elles. C’ast lá ce qai a ¿té réalisé dans di veis
diocéses d’Espaene. Le R. P. V inotnt f a it passer
sons les yaax ae ses leotears les dlvers détaila de
eet-te orgasiaation.
T oas nos voeux ponr qae Socialitmcy anarquit-
me soit, le ploB tfit possible, tr a d n it en fran^ais.
INTRODUCCIÓN

ABiÉNDOSE agotado en menos de cinco meses

f la primera edición de esta obra, y deseando


vivamente adquirirla los pobres obreros de los Cír-
culos y Patronatos Católicos y los señores Curas
párrocos y Coadjutores, tan pobres si no más que
los mismos trabajadores, hemos determinado hacer,
i fin de que su difusión fuera más fácil, una se­
gunda edición numerosa y de poco coste. Tom a­
mos esta resolución aconsejados i impulsados por
el Emmo. Cardenal, Arzobispo de Valencia, mi
venerado y amadísimo Prelado, y por el egregio
Episcopado español, que tanto ha hecho en los
Congresos Católicos por la causa obrera, y que en
la Carta Pastoral sobre la peregrinación d Roma
nos recuerda las memorables palabras del sapientí­
simo Jerarca de la Iglesia, el Papa León XIII: «Yo
quisiera, dos decía, que no sólo en cada ciudad y
en cada pueblo, sino en cada Parroquia, hubiese un
Círculo de Obreros Católicos, que aparte de otros
conocimientos útiles, se cimentasen más en el de
la Religión explicada por celosos Sacerdotes. Asi
aprenderían á cumplir fielmente con los deberes de
cristianos, los de la vida de familia, los del tTabajo
y la industria, los de la vida social, influyendo
poderosamente en la moralidad pública y en el
bienestar común».
Para responder de algún modo i la bondad ¿
indulgencia con que el público ba recibido la pri­
mera edición, y para qne los lectores d éla segunda
estén al tanto, así del progreso del Socialismo y
Anarquismo, como de las gravísimas cuestiones qne
hoy se discuten entre los economistas católicos,
además de haber revisado cuidadosamente la obra,
hemos añadido nn Análisis de la Encíclica, que
pone i la vista las partes y trabazón de ese monu­
mento del insigne Pontífice León X III, y los párra­
fos siguientes: «Los economistas de la escuela libe­
ral no resuelven el conflicto social». «La doctrina
de Jesucristo no es socialista». «El salario debe ser
suficiente».
Después de la conclusión, vindicamos la inmor­
tal Encíclica de las acusaciones que se le han hecho
de parte de los economistas liberales, con el párrafo
«La doctrina de la Encíclica del Papa León X III
Rerntn novarum no es socialista».
En la segunda parte exponemos los medios
prácticos para resolver e) problema social, según la
doctrina de Su Santidad, incluyendo en ella, además
del Reglamento-Tipo y el del Patronato de la Ju­
ventud Obrera, las Bases para la confraternidad de
los socios de las corporaciones católteo-obreras de
España. También indicamos la organización y el
estado actual de las corporaciones católico-obre*
ras de España, según la última Asamblea celebrada
en Valencia en los dias 28, 29 y 30 de Mayo
de 1893. ¡Quiera el Sagrado Corazón de Jesús ben­
decir esta obra, que se destina i la propaganda de la
inmortal Encíclica del gran Pontífice León X III, y
que su lectura nos convenza y anime ¿ todos, para
alejar del suelo católico deEspaflala invasora peste
que llama ya i las puertas y se nos ecba encima
con el nombre de Socialismo y Anarquismo!
RERVM . NOVARVM . CVPIÜINE “>
OBCONOXICIS . COHIVmiONIBVS . PERTVBB1TI3

EOS . INTER . QT1 . BEM . ET . QTI. OPEEAM . COSFBIYNT

HVTVÁM . IVRIVM . OFPICIORVHQVE . RATIOHEM

AEQVA . I.AJiCE . UBRATAM

ET . DOWNI3 . ET . MERCENARHS . CONSTITVIT

qVAE . DIV1TVH . POSSBSSIONRS . T7 GATVR

ATQVE . MEL10REH . IN . FORTVNAM . CONVERTAT

CONDITIONEM . OPIFIOUM

IN . QV1BVS . VEKERI . AEQVVH . EST . HOMINIS

CURISTUNI . DIGNITATEM

11) E s ta Inscrip ció n es inm <ln lan q u e el R I*. K d u n n lo Slnrfit


GarolH K m to s, d* I» C om pufífa d e .1i>arf «, vonipim o so b ro ni »r-
B U m cntoy to m a n d o liu p a la b ra s con<|iu> «'Initiezull ilo Iiih p rin -
olpalea fcnoícIíoom lia S. tí. e! H»)iu ljcó u X I I I , lo s vuhIqr, oflerititB
e s g ra n d e s cutid ro s, cm ilriliu re rt¡n A r o l z n r lu nrniiinciilnciriu
dol grAD u l ¿ n d e AvtAK lid lllo n n ilcl lie Kfltmlinn Supe­
r i o r » d o D onato, [ñ llb u )!, d o n d e Iiih IV n lr u i d el A p o sto lad o tío
ln Ort*'-i(jii do íhii ilurtlru y [liiulonn n o ’itMiirtu r a lc b r u m iv it s iitm
luiloiuiifsinii» sceióu K rioo-poética el J u b ile o K plnconnl d el u ru n
Pontífice.
.Vií.íiT.ítTitlT.TtT.tft.lií.íííiltí
6 ..... ” ...... ... " " ................

ANÁLISIS DE LA ENCICLICA
E E E T JM H O Y A R U M

Puede dividirse en tres partes: la i.‘ abraza el


prtámbulo, la 2.* el cuerpo de la misma y la 3.* la con.
clnsión.
En la primera parte, ó sea en el preámbulo, se in-
dlca: la existencia, génesis, naturaleza y gravedad del
conflicto social.— C. 1.
Dificultad de resolver la cuestión obrera.
Propuesto el problema, declara el Papa:
1.* Que es difícil sa resolución, por las múltiples y
delicadas cuestiones que comprende.
2.* Que es peligrosa, porque los hombres m alicio­
sos y turbulentos tuercen el juicio de la verdad.— C. 1.
Después pasa á exponer las causas que han engen­
drado el conflicto social.—C. U. Son:
1.‘ La apostasia de las naciones, por haberse apar­
tado en las iustitucioues. y ea las leyes públicas de la
Religión de nuestros padres.— C. II. A . Ú. §. 1. II.
2.* El individualismo que produjo:
1 * La destrucción de lo s antigaos grem ios.—
C . 111. A. I.
2.* La libre competencia.— C. III. A. II.
3o-. r A*i»q —1
j . ‘ £1 monopolio y especulación.— C. 1(1. A .líf.
3.* La usura.—C. IV. A. I. II. III.
Conocidas las cansas, pasa ya en el cuerpo J e la
Encíclica á probar, en primer lugar, que el socialismo
no resuelve el conflicto social, por las razones si­
guientes:
1.* Porque el colectivismo, en vez de dirimir la
cuestión, perjudica altamente á los mismos obreros.—
C. VI. A. 11. §. II— V.
2.* Porque el colectivismo es injusto, por ser la pro­
piedad privada de derecho natural.— C. VI. A. H. §. II.
Y a considerado al hombre como individuo, ya como jefe
de familia. Como individuo, porque el hombre tiene de­
recha al fruto de >u trabajo. «Ni hay para qné se entro-
»meti el cuidado y providencia del Estado, porque
b id ís antigao qne el Estado es el hombre...»

«Ni vale„decir que la Escritura afirma «que Dios ha


»dado la tierra á I09 hijos de los hombres», porque no
es éste sa verdadero sentido, «sino que no señalo Dios
n i ninguno en particular la parte que habla de poseer,
«dejando á la industria del nombre y 4 las leyes de los
«pueblos la determinación de lo que cada uno en par­
tic u la r había de poseer».
3.* F.s de derecho natural, «porque cuando en pre-
aparar lis- tierras gasta el hombre la industria de su
«inteligencia y las fuerzas de su cuerpo... dejó impre-
»sa una como huella ó figura de su propia persona en
»la tierra cultivada... y conforme ¿ razón, es qae
«aquella parte la posea el hombre como suya».

4.* Lo confirma el nso de todos los siglos y las


leyes civiles de I09 pueblos.
Como jefe de familia: porque es ley santísima de
la naturaleza, qu* debe el padre de familia defender,
alimentar... á los hijos que engendró... adem&s tiene
la familia el derecho de procurar y aplicar los medios
que para su bienestar y justa libertad son necesarios,
derechos iguales, por lo menos, i los de la sociedad
civil, y ambas cosas no se pueden obtener sin el domi­
nio de la propiedad.
5.* El socialismo es injusto: 1.", porque trastorna y
desnaturaliza las funciones del Estado, y 2 % porque
introduciría en la sociedad una dura y odiosa esclavitud
délos ciudadanos.
Refutado el socialismo, entra de lleno el Romano
Pontiñce en la exposición de la verdadera solución, de
la solución católica, y reclama para resolver el terrible
conflicto social el triple concurso de la Iglesia, del
Estado, y de los mismos patronos y obreros.
En cuanto i la Iglesia, presenta dos medios eficací­
simos para resolver el conflicto: i.°, sos enseñanzas, y
2 .0, sus instituciones.
En sos enseñanzas prueba:
1.® L a desigualdad del hombre y falsedad de la
igualdad de los socialistas.— C. V il. A . II. §. I.
2.* Que el trabajo y las penalidades de la vida son
tan inevitables como la desigualdad.— C. VII. A . II. §. H.
3.a Que no debe haber lucha entre el capital y el
trabajo.— C. VII. A . II. §. III.
4.0 Expone los deberes de justicia del obrero y del
ca p ita lista .-C . VII. A . II. §. IV.
j.° Expone los deberes de los mismos por razón
de la amistad y de la fraterna caridad__ C. VII. A. II. §. V.
Insliíiidoius.—Prueba, por último, el Romano Pon­
tífice, que la Iglesia ha procurado siempre con sus ins­
tituciones, tanto en los tiempos antiguos como en los
modernos, el bien espiritual y temporal de los horo-
b r e s .-C . VII. A. II. §. VI.
En el concurso del Estado exige el Jerarca Supre­
mo de la Iglesia deberes generales y deberes particu­
lares.
Los generales los reduce á cuatro:
i.° Debe el Estado procurar la prosperidad.públi­
ca. - C . VIH. A. I.
2.0 Debe guardar la justicia distributiva.— C. VIII.
A. 1.
3-° Debe procurar que el fruto del trabajo redunde
en bien del proletario.— C. VIII. A. I.
4.a Debe sostener el ordeu social contra todos los
agitadores.—C. VIII. A. 1.

«Los limites de la intervención del Estado, añade,


»los determina el Gil mismo por que se apela al auxilio
>de las leyes.....»

Los deberes particulares del Estado son: C. VIII. A.II.


i.° Procurar poner á salvo la propiedad privada y
prevenir las huelgas.— C. VIH. A . II. §. 1.
a.® Cuidar de un modo especial de los bienes espi­
rituales del obrero y del descanso en los dias festivos.
— C. VIII. A. II. §. 11.
3.° Cuidar de la salud y fuerzas físicas del obrero,
mediante una discreta duración del trabajo del hombre,
y en particular de la mujer y del niño.— C. VIII. A. II. §. III.
4.“ Debe velar para que el salario sea equitativo y
justo.— C. VIII. A . 111. §. I. v D.
Finalmente, expone el Papa los saludables efectos
que se seguirían de la aplicación de su doctrina.
En el concurso que ezige el Papa de los amos y de
los obreros, les manda que se asocien en corporacio­
nes gremiales para socorrerse mutuamente y acortar
las distancias entre las dos clases. Y como la solución
de la contienda actual la pone el Romano Pontífice en
la asociación obrera dirigida por la Iglesia y s'ostenida
por el Estado, pasa & tratar de la corporación. Y asi
trata en general:
i.° De la naturaleza de la sociedad privada y su
diferencia de la civil.— 2.* parle, C. I. A. 1.
a.° Qné la constitución de la sociedad privada es
de derecho natural.— C. I. A. I.
Q aé el Estado puede en algunos casos disolver­
la i impedir su formación.—C. 1. A . I.
E l Romano rom ifice aplica estos principios á las
Congregaciones y órdenes religiosas y censura á los
gobiernos liberales que los maltratan y expulsan de las
naciones.
- J -
P isa en particular el Romano Pontífice i tratar de
la asociación obrera y declara:
1 .° S a absoluta necesidad para librar al pobre
obrero del yo go de los socialistas y anarquistas.—
C .I . A .l.
2.° Alaba los esfuerzos que en este sentido han he­
cho los católicos en distintas ocasiones.—C. I. A .l.
3.a Describe las asociaciones obreras.— C. I. A . 1.
4.* Expone las mutuas relaciones, los cargos y el
modo de dirimir las contiendas entre los mismos.—
C. I. A. II.
5.4 Finalmente, las ventajas que han de producir
estas asociaciones obreras, esto es, la solución del
conflicto social.—C .I . A. II.
En la conclusión de la Encíclica expone Su Santi­
dad dos ideas: en la primera resume toda la Encíclica
exhortando á los gobernantes, ¿ los patronos y obre­
ros, y á la Iglesia, esto es, i sus ministros á que con­
curran eficazmente ¿ poner remedio al conflicto social,
y en la segunda exhorta i qae se difunda y reine U
caridad cristiana entre todos.
No publicamos á continuación la Encíclica Rerum
novarum, por cuanto la publicamos integra en la obra.
PARTE PRIMERA
C A P ÍT U L O P R IM E R O

Naturaleza, gravedad y dificultad do la


cu ea tl6n so cia l

lío s, al crear al hombre, quiso que éste fuese un


misterioso lazo de unión entre el espíritu y la
materia, entre Dios y sus criaturas, de las cua­
les, asi como Dios es el primer principio, asi
tambi¿n es el último fin, idea fundamental, base la m is
sólida del orden físico, intelectual y moral. Con raz¿a
el hombre ha sido llamado por Aristóteles microcosmos,
ó sea pequeño mundo, dado que maravillosamente
compendia todas sus perfecciones, las cuales, por ser
tantas y tan diversas y el hombre que las posee un
compuesto tan bello, excitan justamente la admiración
de los sabios y deben estimular k todos i consagrarse
al conocimiento y estudio en su parte fiska y moral
del que ha sido llamado rey de la creación. Como
al hombre, esencialmente sociable, se 1c puede consi­
derar bajo distintos aspectos, Je aquí que á la Moral
ó Etica ( i ) se refieren las ciencias cuyo objeto y fin
directo es el hombre.

( i) Véame mis «Estudios biológicos». Clasificación (le las


c i e n c i a s .. , p á g , 2 5 .
Asi que Derecho civü es l i ciencia qae estudia al
hombre en cnanto es susceptible de fuero privado.
Derecho penal... en cuanto puede apartarse de la
justicia y delinauir.
Derecho político... en cuanto tiene relaciones con
el Estado.
Economía política ó social-, en cuanto goza de la
facultad de producir y utilizar la riqueza, etc., etc.
De manera que la moral cristiana enseña lo qne los
hombres deben bacer para conseguir sa último fio; el
derecho, lo qae las leves deben prescribir nara la exis­
tencia del orden social y para que dentro de éste pueda
cumplir el hombre sos propios fines; la Dolitica, qué
forma de gobierno v qu¿ instituciones deben estable­
cer los pueblos. Como los hombres no son puros espí­
ritus, sino seres compuestos de alma y cuerpo, de aquí
que por causa de Ir* bienes exteriores y materiales, qne
son el sostén v alimento de su vida, los hombres se
hallen necesaria y perpetuamente en relación v con­
tacto los unos con los otros. Ahora, pues, ordenar ó
distribuir estos bienes materiales, estos bienes útiles,
conforme en un todo i la justicia y en vista del bien
común, es el objeto de la Economía política.
Por donde se ve cuánto yerran los economistas al
crodam ar que el objeto de la Economía política ason
las riquezas», con lo caal separan & esta ciencia de la
ciencia moral y la hacen materialista y cruel ( i ) . Debe,
pues, definirse la Economía política según el recto sen-

(O L a ciencia de la riqueza (RussiX


Investigación** «obre la naltiralezft y las causas de la ri­
queza de las naciones (Ariam Smitli).
- L a ciencia que trata de l i producción, distribictfn y consu­
mo de la riqueea (Sny).
L a ciencia que estudia las condiciones bajo las cíales el
trabajo es m is productivo y las leyes que presiden á la distri­
bución y consumo de las riquezas (Donneyer).
I.a ciencia que tiene por objeto y fin el estado de la* rique­
zas de Iss Sociedades humanas (Coarcelle-SeneuiO.
Ciencia de los riquezas sociales (K. Hervé-Bjzin),
tldo: <La ciencia qne tiene por objeto la organización
del trabajo conforme & la ley moral y la m is perfecta
conservación y prosperidad de la sociedad y del indi­
viduo».
La Economía política es una parte de la ciencia so­
cial, y ésta, á su vez, es parte de la moral. L a moral,
en efecto, tiene por objeto al hombre en todas sus li­
bres manifestaciones, gobierna y rige toda la actividad
■humana, y como enseña al hombre sa ' ñn último y
■supremo, dirige i so vez todos los fines del hombre
parciales y secundarios, Por lo tanto, el orden econó­
mico está subordinado al orden social, y entrambos al
orden moral.
Ea nuestros días, i consecuencia de- los trastornos
que existen en el orden político de las naciones, se ob­
serva también trastorno y confusión en el orden eco­
nómico, lo que da origen al conflicto social, asunto de
la presente obra. Ahora bien; asi como decimos que se
agita una cuestión política cuando se discute pública­
mente y se desea cambiar la forma de gobierno j las
instituciones públicas de una nación, de la misma ma­
nera decimos qne se agita el problema, ¡a cuestión si­
tial, cuando se discute y se desea transformar la orga­
nización social de fln Estado ó nación. El conflicto
social, el peligro social actual nace de la falsa organi­
zación del trabajo, y la anarqala social i los pocos
pasos engendra u anarquía económica.
Se afirma comúnmente que la cuestión social es la
cuestión de la desigualdad social; sin embargo, esta
fórmula ni es exacta enteramente ni expresa el fondo
de las cosas.
No es exacta, porque existe hoy, ha existido siem­
pre y continuará existiendo, mientras existan hombres
sobre la tierra, alguna manera de desigualdad social
natural necesaria, fundada en la diversidad de carac­
teres, talentos, fuerzas y virtudes de los hombres; en
la variedad de empleos y oficios tan diferentes del or-
;anismo social, como lo demuestra con toda evidencia
f a misma palabra cuerpo social con que se designa á la
sociedad.
. E»ta fórm ala, además, no expresa el fondo de las
cosas. ¿De dónde viene esa injnsta desigualdad que hoy
sufrimos? Viene, entre otras causas, de qae unos cuan­
tos, una insignificante minoría, gozan de los bienes de
este mundo y se divierten toda su vida sin trabajar 6
sin ejercer función útil en la sociedad, al paso que las
muchedumbres del pueblo, que cada dia se empobrecen
más y m is, llevan en sus hombros el peso insufrible
de las cargas sociales. De aquí resalta que en la socie­
dad, donde deberla reinar el equilibrio y armonía
entre las distintas clases que la componen, existe hoy
el desequilibrio m is espantoso y ana monstruosa des*
igualdad. De aqui la guerra de los pobres contra los
ricos, el odio fratricida de los unos contra los otros y
la profunda división de las clases sociales. En esto con­
siste precisamente la naturaleza de li cuestión social,
el conflicto social, que como terrible castigo amenaza
destruir las naciones modernas.
Además, otras causas muy hondas y profundas han
contribuido también poderosamente a engendrar ese
conflicto aterrador, esa tempestad horrorosa que sube
avanzando por el horizonte de los pueblos civilizados.
Dice el Romano Pontífice.

«Efectivamente: los aumentos recientes de la indus-


stria y los nuevos caminos por que van las artes, el
«cambio obrado en las relaciones mutuas de amos y
«jornaleros, el haberse acumulado las riquezas en unos
«pocos y empobrecido la multitud; y en los obreros la
«mayor opinión que de su propio valer y poder han
«concebido, y la unión más estrecha con que unos i
«otros se han ¡untado; y finalmente, la corrupción de
«las costumbres, lian hecho estallar la guerra».

No hay duda que el desarrollo simultáneo de las


artes y de las ciencias positivas, especialmente los in­
ventos que tanto han hecbo progresar la industria, la
agricultura y todo trabajo en general; el espíritu egoís­
ta, tiránico y cruel, tanto público como privado, junto
con la apostasia de casi todos los gobiernos de Euro­
pa, y la total desaparición del antiguo régimen cristia­
no, han producido ese mal social, ese conflicto social,
que hoy sobresale sobre todas las demás cuestiones, y
que el siglo x ix legará al x x como un terrible castigo,
si no se pone pronto y eficaz remedio.
Pero adviértase que la cuestión social, el conflicto
social, que intenta acabar coa l i familia, la Religión, la
propiedad y la autoridad, no es más que la última
consecuencia de la revolución religiosa, o sea el p ro ­
testantismo; de la revolución filosófica ó sea el racio­
nalismo, y de la Revolución francesa, cuyos principios
informan boy, por desgracia, las leyes é instituciones
de casi todos los pueblos.
El carácter distintivo de la cuestión social, en sentir
del R. P. G. de Pascal ( i ) , es la profunda división de
las diferentes clases de la sociedad.
Los encomiadores de la Revolución francesa, ante
esta división profunda entre pobres y ricos no saben
qué contestar. Se prometieron una época de dicha
y felicidad social tan pronto como proclamaron los
principios de la revolución: igualdad, libertad y fra­
ternidad; pero grande ha sido el desengaño. Jamás en
la historia de las naciones de Europa se ha visto á los
hombres tau enemigos unos de los otros y tan arma­
dos para la lucha. La civilización moderna lleva en sa
frente el signo fratricida del odio: en medio del brillo
del progreso material, en medio de grandes capitalis­
tas y millonarios, ha aparecido el pauperismo (2), que
crea y conserva verdaderos ejércitos de miserables, y el
proletariado, que echa sobre la tierra millones de cria­
turas racionales sin hogar, sin tradiciones y sin pan
para mañana, verdadera mercancía humana puesta á
merced de las fluctuaciones del mercado. No es difícil
señalar de paso las causas de ese odio y desigualdad.
Dos elementos contribuyen poderosamente á la armo-

(1) Cenb ffvirsi, tomo IX , pág. 360.


(2) Asi lo recunocc el mismo Muliimri en su obra cEvolu-
líon éconouiKjuc». Reiuwulil, 1880, )j|ig. 102.
nía v concordia de los pneblos, i. saber: la vida ma­
terial fácil y barata y el continno contacto entre las
clases sociales Es nn error creer que en los siglos pa­
sados la vida material, el pan cotidiano era más cos­
toso ó difícil de hallar que hoy; nuestros padres pasa*
ron, es verdad, tribulaciones que hov no conocemos,
pero gozaban de la paz y de la abundancia, y el sala­
rio era proporcionado i su: gastos. Adetn&s, las clases
sociales se hallaban en continuo contacto, mezclados
y confundidos nobles y plebeyos, ricos y pobres, mo­
cho m is que hoy lo están los qne habitan en las ciu­
dades y los labradores de los pueblos, los hombres de
mundo y los pobres obreros.
Los derechos hoy son iguales entre ricos y pobres,
pero las costumbres y el modo de vivir de nnos y de
otros difieren profundamente.
Pero oigamos ya al Sumo Pontífice León XIII, que
en su portentosa Encíclica sobre el estado actual de los
obreros, expone del modo siguiente la naturaleza de
la cuestión social ó cuestión obrera:

a Una vez— dice—despertado el afán de novedades,


«que hace tanto tiempo agita los Estados, necesaria-
límente habla de suceder que el deseo de hacer ma­
g a n z a s en el orden político se extendiese al económi-
ico , que tiene con aquél tanto parentesco. Efectivamen­
t e : los aumentos recientes de la industria y los nuevos
«caminos por que van las artes, el cambio obrado en
alas relaciones mutuas de amos y jornaleros, el ha-
sberse acumulado las riquezas en unos pocos y empo­
b re c id o la multitud; y en los obreros la mayor opinión
«que de su propio valer y poder han concebido, y la
«unión m is estrecha con que unos á oíros se han jun­
t a d o : y finalmente, la corrupción de las costumbres,
shan hecho estallar la guerra. La cual guerra, cuánta
sgravedad entraña, se colige de la viva expectación
»qne tiene los ánimos suspensos, y de lo que ejercita
«los ingenios He los doctos, las juntas de los pruden­
t e s , las asambleas populares, el juicio de los legisla­
d o re s, los consejos de los principes; de tal manera,
»que no se halla ya cuestión ninguna, por grande qae
usea, que con m is fuerza que ésta preocupe los ánimos
»de los hombres».

Declarada ya la naturaleza de la cuestión social, vea­


mos ya su gravedad, que es lo segundo que propusi­
mos tratar en el presente capítulo.
Por mucho tiempo los herederos de la Revolución
francesa, los que lun engrosado sus fortunas coa los
bienes de los religiosos, «Je los clérigos y comunes de
los pueblos, los que gobiernan y dirigen las naciones
de Europa, felices y orgullosos con sus palacios y ri­
quezas, con el progreso material, negaron que existie­
se la cutstiin social, la lucha terrible del pobre contra
el rico, del obrero contra el patrono. Los más sabios
políticos, á los hechos evidentes que se les señalaban,
respondían: «Esto no es nada; no es más que un acci­
dente de las conquistas modernas; es una enfermedad
pasajera: dejad á los obreros; dejad hacer, dejad pasar
las turbas: la actividad humana, las libertades moder­
nas por si mismas, no lo dudéis, resolverán el proble­
ma tan complejo al parecer».
Sin embargo, durante todo el tiempo de las liber­
tades modernas, el descontento y el odio del pobre
obrero han ido en aumento; lo que antes era casi nada,
al decir de los liberales, ha tomado las proporciones de
una inmensa catástrofe que nos amenaza, y está ya á
nuestras puertas, y la efímera y pasajera enfermedad ha
degenerado en un mal crónico. £11 la hora actual, como
nos enseña el Romano Pontífice León XIII, la cuestión
social penetra en las Academias y en los Ateneos; los
socialistas y anarquistas invaden los Parlamentos y ma­
nifiestan violentamente sus pretensiones: la cuestión so­
cial inspira é informa los programas de les oradores y
de los tribunos, y Us muchedumbres de los obreros,
que trabajan y. sufren, cansados ya de vanas promesas
proclaman sus principios por calles y plazas, ya en fre­
cuentes huelgas, ya en manifestaciones pacificas ó tu­
multuosas, y coa rojos ó negros estandartes, en los
cuales se leen estas significativas palabras: pan y
Jm rtlol». (Terrible castigo para la Europa masónica y
masonizantel Creían ios amigos y entusiastas de la Re­
volución francesa que, proclamados los derechos del
hombre, separando i los pueblas de la Iglesia y des­
amortizando sus bienes, iban á entronizar para siempre
una era'de justicia y de fraternidad universales y pro­
porcionar pan abundante al pobre. Ha sucedido touo lo
contrario: falta ya pán al pobre en machas partes, y
la justicia y la fraternidad son boy más raras que nun­
ca entre los hombres. No es necesario ser profeta para
asegurar que Dios prepara á la Europa prevaricadora
un terrible castigo, una catástrofe tal, que los días del
terror de la Revolución francesa serán una sombra en
comparación de las ruinas y asesinatos causados por
el socialismo y anarquismo en nn tiempo no muy le­
jano, si no se da pronto y eficaz cumplimiento á loa
saludables consejos y amonestaciones que á pueblos y
obemantes da en su inmortal Encíclica Su Santidad
E cón XUL C oa Us ruinas ocasionadas por la dinamita
de loa anarquistas, demostrará Dios Nuestro Señor qae
no impunemente se ultraja la ley divina, especialmente
por los gobernantes, y de este modo el desorden m a­
terial vengará el orden moral, violado y ultrajado por
los amigos de la Revolución francesa, por los nombres
del tercer estado. Y a Federico Ozanam, al fundar las
admirables Conferencias de San Vicente de Paúl, es­
parcidas hoy por todo el mundo, escribía á sus com­
pañeros:
«La sociedad se halla dividida en dos bandos: las
clases sociales se hallan dispuestas á despedazarse; la
lucha es inminente. Interpongámonos entre los dos
bandos con la verdad católica en los labios y la cari­
dad en el corazón; echemos bálsamo de consuelo en
tantos corazones ulcerados; recordemos á esos hom­
bres que se llaman enemigos y que se odian de muer­
te, qne son hermanos, y opongamos al odio, siempre
en aumento, el sacrificio y la abnegación». Si esto
escribía F. Ozanam hace cincuenta años, ¿qué diria
hoy ante las muchedumbres socialistas y anarquistas?
Nadie piense que éstas sean exageraciones, y que el
rtial social qae amenaza no es tan grave ¿ inminente.
L e í quien quisiere la obra que acaba de publicar el
elocuente diputado por Alsacia-Lorena en el Parlamen­
to alemán, el sacerdote Winterer, cara párroco de
Mulhouse, tltuladi Et Socialismo internacional. En ella
examina el movimiento, siempre creciente, del socia­
lismo y anarquismo que se verifica en las naciones de
Europa y América, su aumento prodigioso y amena­
zador, y termina su obra con dos capítulos, que son
dos gritos de alarma á la vista del peligro social:
«¿Adónde vamos i parar? A una catástrofe inaudita.
¿Qjié debemos hacer? Poner pronto y eficaz remedio,
si lo queremos e v ita n .
E l mismo diputado Winterer, en el último C ongre­
so de las Obras Sociales celebrado en Lieja en los
días 7 y 10 de Septiembre del año 1890, expuso en
nn elocuentísimo discurso la gravedad del mal, y ex­
clamaba:
«En la hora en que hablo, ¿quién duda de la proxi­
midad ¿ inminencia del peligro social? ¿Quién duda
que entre todos los poderes de la tierra el socialismo
es ya hoy nn poder terrible, un poder internacional?
En efecto; tres hechos se han realizado en nn año, los
cuales conviene examinar para comprender la grave­
dad del peligro social qne nos amenaza. El primer
hecho es el Congreso marxista celebrado en París en
Julio de 1889. El día 14 de Julio, mientras se celebra­
ban en París grandes fiestas para solemnizar la Expo­
sición Universal, hombres llegados de todas las nacio­
nes de Earopa y de las dos Américas se reunían en un
Congreso al parecer pacifico. Estos hombres, pertene­
cientes ¿ más de veinte naciones distintas, hablaban
doce lenguas, y 4 todos, hasta entonces casi descono­
cidos entre si, lo s reunía un nuevo género de fraterni­
dad cosmopolita. Cada uno de ellos era delegado de
millares de electores de la clase obrera, y orgullosos
cou tal delegación, se consideraban como representan­
tes gemimos del trabajo. La prensa toda saludó con
entusiasmo & los delegados de laclase obrera al llegar
á Parb, añadiendo qae el naevo Congreso iba á acabar
con la gran industria, y llamando al Congreso marxista
Parlamento del Trabajo, único que registra la Historia
del género humauo. Después qae los congresistas
deliberaron como en el m is serio y grave Parlamento
sin disputas, votaron sus resoluciones, comprometién­
dose mutuamente á procurar por todas partes su
exacta ejecución; se fueron ¿ visitar á los muertos: ¿y
qué muertos? A suspender au Mor des Fidiris, en el
cementerio del Padre Lachaise, una inmensa corona
de siemprevivas, jurando sobre la tumba de los comu­
neros consagrar su vida á la defensa de los derechos
de los proletarios. Antes de separarse de París los
congresistas lanzaron el grito de la revolución social
á los obreros de los dos mundos: « proletarios de
TODOS LOS PAÍSES, ONÍOS».
Ahora bien; ¿fué por ventura el amor fraternal el
que unió á estos hombres venidos de todos los puntos
de la tierra? No y mil veces no: fu¿ el odio social.
Fneron 4 París para unirse en la locha contra la socie­
dad actual, para organizar la revolución social univer­
sal. Uno de los presidentes del Congreso no tnvo el
menor reparo en declararlo, añadiendo: «La lncba de
las clases dominantes contra la unión internacional de
los obreros es el último combate, el combate desespe­
rado de la autigua sociedad contra la futura so*
ciedad».
Estas palabras manifiestan bien claramente la
significación del Congreso social marxista reunido en
París en 14 de Julio de 1889. En la historia de los
Parlamentos liberales de Europa no se halla uno,
cuyas deliberaciones y resoluciones hayan tenido la
importancia que las del Congreso Obrero de París.
Porque con este Congreso ha entrado en el mundo
actual un nuevo poder, una nueva potencia de primer
orden; poteucia, es verdad, de negación, de destruc­
ción de lo actual, la potencia de la revolución social
internacional orgariaada.
Él segundo hecho social que señaló al Congreso
de Licja el diputado Wintercr fue el triunfo de los
socialistas alemanes en las elecciones del 20 de Pebre-
ro de 1890. De doce diputados socialistas, qne eran
antes, llegaron en estas elecciones al número de treinta
y cinco, reuniendo la suma de 1.427.000 votos. Este
resultado fué un verdadero acontecimiento que demos­
tró evidentemente el progreso del socialismo en Ale*
mania. Ea efecto; desde 1878 á 1890 los votos dados
i los candidatos socialistas aumentaron en Berlín,
de 57.000 á 126.000; en Hamburgo, de 29.000 á
66000; en Munich, de 5.000 1 25.000; eu Magdcbour-
go, de 6.000 4 17.000; ea Francfort, de 4.000 & i í .o o o ;
en Koenigsberg, de 1.000 4 12.000; en Hannóver, de
6 000 á 15.000, etc.
El órgano principal del socialismo alemán ¿ inter­
nacional qué se publica actualmente en Londres,
titnlado Social-deiwkrat, apareció orlado de fiesta y
de color de sangre, lanzando siniestros gritos de
triunfo. En la primera página del periódico se hallaba
la imageo desgreñada de la revolución, sostenida por
dos obreros que gritaban: e l mondo es nubstko p o r
más qob haoam. Este grito se consideró como el grito
de triunfo del socialismo cosmopolita; porqne en efecto,
el eco del grito resonó en las orillas del Támesis y de
la Spr¿e, m is allá de los Alpes y de los Pirineos, en
París como en Copenhague, en New-York como en
Chicago. Y con razón, porque los socialistas de Europa
y los ae las dos Américas habían contribuido con sus
colectas al triunfo da los socialistas alemanes.
Sia embargo, á pesar de las leyes protectoras de
los obreros qae en Alemania se han promulgado,
aumenta de día eu día el socialismo. En efecto; eu las
pasadas elecciones para diputados del Parlamento
(Reichstag) han obtenido los socialistas cuarenta y
cinco plazas con más de 2.000.000 de votos, en lngar
de los treinta y cinco qae tenían en el anterior Parla­
mento; de manera que hoy, si el gobierno alemán
hubiese distribuido con igualdad de sufragios los dis­
tritos electorales, y no los dividiese con suma habilidad
en provecho de los candidatos conservadores y libe­
rales, deberían sentarse en el Parlamento aleman más
de cien diputados socialistas entre los trescientos
noventa y siete de qne se compone, esto es, una cuarti
parte del Reichstag.
Bebel afirma que al llegar Alemania i 60.000.000
de habitantes, lo que suceder! dentro de doce aflos,
el gobierno pasará á manos de los socialistas. Notorio
y público es el aumento y progreso del socialismo y
anarquismo en Francia, Italia y en nuestra pobre Es­
paña, donde fraternizan los federales con los socialis­
tas; no hay necesidad de aducir pruebas en este lugar,
porque los hechos evidentemente lo demuestran.
líl tercer hecho es la manifestación socialista de
1 de Mayo. La primera manifestación obrera de esta
clase se verificó el i.° de Mayo de 1886 en América,
en donde los obreros pidieron por las calles y plazas
de sus principales ciudades ocho horas de trabajo
diario. Los manifestantes no obtuvieron lo que pedían
por entonces; pero insistieroa en la misma petición
en 1890, y los enviados al Congreso m ariista de París
llevaban encargo, de parte de los obreros americanos,
de presentar dicha petición. L os inspiradores del Cou-
greso marxista vieron en la petición presentada por
los delegados americanos un medio de conseguir con
gran facilidad la liga internacional obrera que inten­
taban organizar. Acogió el Congreso entero la peti­
ción de los delegados americanos; obligóse á los
obreros de Europa y de las Amiricas & que el i.° de
M ayo hicieran manifestaciones pidiendo la reducción
del tiempo de trabajo y limitándolo al espacia de
ocho horas. Lo que ha sucedido después, y cómo se
vienen realizando en las grandes ciudades de Europa
V de las dos Amiricas las manifestaciones de i.° de
Mayo, no hay para qué indicarlo; está en la memoria
de todos. Manifestaciones de miles y miles de obreros
en un mismo día, y pidiendo lo mismo en todas las
grandes ciudades del mundo, es un hecho tan grave
tan nuevo, que es único en los anales del género
Í umano. I.ns gobiernos de Europa prohibieron en
algunas partes dichas manifestaciones por calles y
plazas; pero los obreros, donde les convino, obedecie­
ron sotes al Congreso mariista de París que á los
gobiernos; y de aqui las sangrientas colisiones y dis­
turbios qae tanto en Francia como en las demás
naciones tuvieron lugar. Nadie dudará que de los tres
hechos indicados se desprende evidentemente la gra­
vedad del problema y peligro social y la poderosa
organización de los socialistas en todo el mundo.
Propuesta la cuestión y la naturaleza del problema
que se na de resolver, el Romano Pontífice declara:
1.° Que es difícil de resolver por las múltiples y
delicadas cuestiones que abraza.

(Proponiéndonos—dice el Papa— como fin la de-


■fensa de la Iglesia y el bien común, y como otras
>veces os liemos escrito sobre el gobierno de los pue-
sblos, la libertad humana, la constitución cristiana de
•los Estados y otras cosas semejantes, cuanto parecía
»á propósito para refutar las opiniones engañosas, asi
•ahora y por las mismas causas creemos deber escri-
•biros algo del estado y condición de los obreros.
«Materia es ésta que ya otras veces, cuaudo se ha ofre­
c id o la ocasión, nemos tocado: mas en esta Encíclica
•amonéstanos la conciencia de nuestro deber apostólico
«que tratemos la cuestión de propósito y por completo,
• y de manera que se vean bien los principios que han
«de dar á esta contienda la solución que demandan la
•verdad y la justicia. Es difícil de resolver y no carece
«de peligro. Porque difícil es dar la medida justa de los
•derechos y deberes eu que ricos y proletarios, capita­
lis ta s y operarios deben encerrarse».

2 .' Que es peligroso, porque hombres turbulentos


y maliciosos tuercen el juicio de la verdad.
cY peligrosa es una contienda que, por hombres
turbulentos y maliciosos, frecuentemente se tuerce
para pervertir el juicio de la verdad y mover ¿ sedi­
ciones la multitud».
C A P ÍT U L O ií

C a u sa s d e la cu estión so c ia l

Él Romano Pontífice León XIII señala admirable­


mente las causas de la cuestión social del siguiente
modo:

«Como quiera que sea, veremos claramente, y ea


«esto coavienen todos, que es preciso d ir pronto y
•oportuno auxilio á los nombres de la ínfima clase,
«puesto caso que sin merecerlo se hallan la mayor
«parte de ellos en una condición desgraciada y calami­
t o s a ; pues destruidos ea el pasado siglo los antiguos
«Gremios de obreros, y no habiéndoseles dado en su
«lugar defensa ninguna, por haberse apartado las ins-
«tituciones y leyes públicas de la Religión de nuestros
«padres, poco á poco ha sucedido hallarse los obreros
«entregados, solos ¿ indefensos, por la condición de
«los tiempos, ¿ la inhumanidad de sus amos y i la
«desenfrenada codicia de sus competidores. A auraen-
star el mal vino la voraz usura, la cual, aunque más
«de una vez condenada por sentencia de la Iglesia, si-
*gue siempre, bajo diversas formas, la misma en sn
«ser, ejercitada por hombres avaros y codiciosos. Jiln-
«tase á esto, que los contratos de las obras y el comer-
»cio de todas las cosas está casi todo en manos de
npocos, de tal suerte, que linos cuantos opulentos
«nombres y riquísimos lian puesto sobre los hombros
»de la multitud innumerable de proletarios un yugo
rnjue difiere poco del de los esclavos».

ARTÍC U LO PRIMERO

LA POBREZA NO ES CAOSA DE LA CUESTIÓN SOCUL

Antes de enumerar las causas que han producido


el conflicto social que aterroriza k pueblos y gober­
nantes (lo cual hacemos al ñu de este articulo), cúm­
plenos arries refutar el error de los que piensan que
ese conflicto y trastorno nace de las penalidades que
abruman á la clase obrera, y especialmente de la po­
breza en que vive.
La refutación de tamaño error, nos dejará libre y
expedito el camino para combatir de una manera di­
recta y positiva las causas engendridoras de la cuestión
social.
«El mal social— dice M. Paul Leroy-Beaulieu ( i ) —
procede del malestar del pobre obrero; la pobreza lo
engendra. Pero la desigualdad que engendra la pobreza
iri disminuyendo á medida del progreso de las m elo­
nes. Los pueblos civilizados tienden hacia un estado
de cosas en el que las condiciones serán de día en dia
menos desiguales entre los hombres».
Esto afirma el economista liberal; pero la verdad es
que la repartición de las riquezas se nace de dia en día
menos equitativamente, como después veremos. Y es
además, por otra parte, un crasísimo error considerar
la pobreza como causa de la cnestiin social, porque en
todo tiempo ha existido la pobreza acompañada de
las penalidades del indigente, en todo tiempo han
existido los pobres y la injusticia social, y sin erobar-

(i) Esta! sur h ripartüim <Ut tlchnut.


go , no en todo tiempo lia existido la cuestión social.
Áua hay más; nunca en los anales del mundo el bien­
estar, goces y diversiones públicas han sido tan gene­
rales como I i o t ; jamás el progreso material ha alcan­
zado la perfección y la universalidad que en nuestros
dias; y sin embargo, jamás la crisis social ha sido tan
terrible y amenazadora como hoy; jamás el odio de
unas clases contra otras ha sido tan profundo y gene­
ral como hoy; diñase que aumenta el odio fratricida al
par que aumentan los goces y diversiones sociales. Por
otra parte, si miramos á nuestro alrededor y dirigimos
la vista á los pueblos donde aún reinan los principios
de moralidad cristiana y por ellos se rigen, ¿no echa­
remos de ver á muchos pobres que trabajan y sufren,
r que sin embargo, son dichosos y felices; pobres que
?lorau y -llevan una vida de penitencia, y sin embargo,
tienen paz en su corazón? Aun existe otra clase de
bombres que, abandonando la opulencia y bienestar
que hallaban en sos palacios y en medio de sus rique­
zas, abrazan la vida de la m is estrecha pobreza, se vis­
ten con la librea del pobre, y llevan hasta el último
suspiro una vida de abnegación y de sufrimiento; y sin
embargo, estos bombres son dichosos y felices en
cuanto cabe serlo en este valle de ligrim as. Es verdad
qae el mundo llama dichosos y felices á los ricos, i los
qué poseen grandes bienes de fortuna, pero se enga­
ñan miserablemente. ¿Quién, aunque no cuente mu­
chos años, no ha tenido ocasión ae ver cubiertas de
amarguísimas ligrim as las mejillas de más de un millo*
nario, morir de fastidio y de tristeza hombres de muy
buena posidón social, y nasta llegar i suicidarse hom­
brea ricos que llevaban una vida sibarítica y crapulosa?
E s un error, pues, creer que la dicha se halla en los
honores, dignidades y riquezas. No y mil veces no.
L a felicidad no se halla en las cosas materiales; se
halla en nuestro corazón, en nuestra alma, y de ella,
•in nuestra voluntad, nadie puede arrebatárnosla.
Ahora bien; nuestro corazón et dichoso y feliz,
siempre qne se halla en posesión de la verdadera y ju s ­
ta paz: ya sea pobr» o rico, capitalista ó jornalero,
sabio ó ignorante, cada uno encuentra la dicha y felici­
dad en ia satisfacción de su corazón. ¿Y cuándo se
hallará contento y satisfecho nuestro corazón? Siem­
pre que el hombre cumpla su deber, su más estricto
deber, cada uno según su estado; en otras palabras,
solamente se hallará el hombre contento y satisfe­
cho si está en paz con Dios, coa su prójimo y consi­
go mismo. Cualquiera que sea el estado del nombre,
y cualquiera que sea el cambio económico que en el
mundo se realite, la dicha del hombre sólo se encuen­
tra en el cumplimiento del deber y no ea otra cosa
alguna. De lo dicho se desprende, que la cuutián social
no viene de la pobreza, porque ésta es natural al hom­
bre caído. No negaremos, sin embargo, que el aumento
de la pobreza por la organización social de la actual
sociedad, es una concausa de 9n malestar que estudia­
remos en su lugar correspondiente, pero entonces se
denomina miserta ( i ) .
En vano buscaron los economistas liberales el ori-

(l) La pobreza, la necesidad externa, no puede llamarse


putería, ni mucho menos puede considerarse como signo de
decadencia moral; antes al contrario, los pueblos pobres y ne­
cesitados son de onlinariu lus más vigorosos y raoralmcme
las más sanos, y de entre ellns precisamente salen siempre los
regeneradores de U civilización y del progreso. La pobreza se
convierte en miseria cuando el rico y el pobre viven en abierta
oposición; cuando es Jetfveeiado ésie y aborrecido el primero;
cuando á la opresión que sobre él ánimo ejerce la pobreza, se
agregan el odio interior, la envidia, el rencór, un rompimiento
completo con la sociedad, con Dios y consigo mismo; cuando, en
fin, ála miseria material se junta la lucha interna que desgarra el
ánimo del que le entrega i los vicios. De tina mauera concreta
M nos presenta la miseria bajo este doble aspecto en el prole­
tariado, sobre todo en los periodos de decadencia de los esta­
do* indi»tríales. Por la misma rsxón qne no podemos confun­
dir la pobreza con la miseria, tampoco debemos poner en un
mismo nivel al cuarto estado, al pueblo y al proletariado: 4sn
se distingue, generalmente, por una corrupción moral de que
está muy distante el primero.
1 a fuorw moni conservadora que te nantiene viva en el
gen de U pobreza en la existencia social actual del
hombre, en los vicios de las instituciones que rigen i
las sociedades, en el exceso de la población, en la di­
rección de la industria, ó, en fin, en la ignorancia, In­
moralidad ¿ imprevisión de lis clases obreras. Es
indadible que estas circunstancias contribuyen pode­
rosamente á aumentar y propagar la deplorable con­
dición de una gran parte de la especie humana, pro­
duciendo la miseria y el pauperismo; pero existe otra
y más alca razón de la pobreza, y ¿sta no la explican
los economistas liberales, porque se han desdeñado de
buscar su explicación en la Religión católica, en donde
única y satisfactoriamente se halla.
El origen de la pobreza é indigencia entraña las
más alta» cuestiones de Religión, de Moral y de G e n -
cia Política. Pero para resolverlas es indispensable es­
tudiar al hombre en toda sa integridad, esto es, cono­
cer la naturaleza y destinos del bombre; es necesario
descubrir la causa y el fin de las desigualdades de las
condiciones humanas; en una palabra, es necesario

pueblo, es en el proletariado un poder destructivo y diabólico;


la conservación de esa clase que se llama pueblo, ei, pues, una
gaianlia |,.1Ia la civilización, mientras qne la victoria del prole­
tariado traería consigo la ruina de toda humana cultura; el
pueblo es el puente por el que verificamos el tránsito á un
porvenir mas venturoso; al contrarío, el proletariado se nos
praenla como ln impetuosa corriente que sepulta lo preterí le
y lo futuro en sus furiosas olas, después de romper todos los
diques; en el pueblo se cobija el amor, en el proletariado el
odio; uqn¿l unía el progreso y la patria, cale se propone levan­
tar unn nueva sociedad sobre las ruinas de la legislación y de
la patria; el pueblo es la fuente de la vida, el proletario las
heces de U muebedambre; aquél representa la fe y éste el li­
bertinaje; el pueblo alimenta an su espíritu la eonfiansa en
Dios, el proletariado la desaperaáOo; en el pueblo se mantie­
ne viva la fuerza de la naturaleza, mientras que el proletariado
es la tumba de la civilización. Ea una palabra, el paeblo es
siempre y en iodos loa casos el áncora, de salvación, la vida;
en el proletariado est& la ruina, la muerte de la Sociedad.
(Rosslach).—Hiize, E l problema tocicl, pág. 35, nota.
encontrar, en cierto modo, el secreto y la riltima razón
de la existencia del universo.
La sabiduría humana es impotente para rasgar ve­
los impenetrables á otras miradas que i las miradas de
la Fe católica. Rl hombre, y sobre todo el hombre po­
bre ¿ indigente, es un misterio que solamente Dios,
autor y criador del mismo hombre, puede revelarnos;
todos los esfuerzos de la filosofía y de la ciencia lo­
grarán sólo demostrar, que no pneden señalar otras
causas de los males que afligen al genero humano, sino
el decreto supremo é irrevocable de Dios, que conde­
nó al hombre al trabajo, á las enfermedades y i la
muerte.
Este es un misterio profundo y terrible, es verdad,
pero sin el cual es m is incompiensiblc todavía el hom ­
bre. F-ii efecto; el hombre actual seria para la pobre in­
teligencia humana un enigma, si 110 nos enseñara la
Religión que, criado para la felicidad, pero dueño de
su destino, cayó de su alto puesto por el libérrimo oso
de su libertad, por una falta proporcionada al castigo
que sufre en su condición actual, perdiendo todos los
bienes sobrenaturales y preternaturales, qjedando asi
el hombre miserable despojado de la justicia original,
y con todas las contradicciones, penalidades y miserias
que emanan de tan triste condición.
Que el hombre cayó de su condición primera y
dichosa, lo enseñan las tradiciones de todos los pue­
blos, además de la Religión católica y el estudio de la
naturaleza humana. «El hombre es un ángel caldo que
conoce i Dios y k la muerte», lian dicho de él los pen­
sadores profundos que han estudiado y sentido tal vez
las encontradas aspiraciones del rey de la creación.
«Es un Dios caido, lanzado de su solio, errante y pe­
regrino sobre la tierra, que se acuerda de los cielos»,
han podido cantar los poetas cristianos. Y lo repito,
porque el asunto lo merece: sólo en el dogma funda­
mental de nuestra sacrosanta Religión, en el pecado
original, se halla la explicación completa de las des­
igualdades sociales, y por consiguiente, la última razón
de la pobreza; (precisamente en la negación, ignoran-
c¡a ú olvido del pecado original, está el fundamento
de todos los errores de la cscaela económica liberal!
Las palabras del primer historiador del mundo arrojan
sobre esta materia, ríos de purísima lux. Y á Adán le
dijo: Vor cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y co­
mido del árbol di que te mandé no comieses, maldita sea
la turra por tu causa: con grandes fatigas sacarás de ella
el alimento en todo el discurso de tu vida ( i ) . Espinas y
abrojos le producirá, y comerás de las hierbas de la tie­
rra (2). Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta
que vuelvas á la tierra de que fuiste formada; puesto que
polvo eres, y á ser polvo tornarás.
El hombre comerá el pan con el sudor de sa ros­
tro, dijo Dios, y he aquí la necesidad del trabajo como
condición precisa de la existencia del hombre sobre
la tierra; y he aquí también la pobreza, como necesa­
ria herencia del hombre, que no puede ó no quiere
trabajar. El trabajo, en efecto, se hizo entonces nece­
sario para el individuo, para la familia y para toda
asociación por decreto y ley divina, como condi­
ción precisa para poder comer; y desde el momento en
qae el hombre queda imposibilitado para el trabajo, ó
cuando se sustrae voluntariamente á tan imperiosa ley,
ó finalmente, cuando el salario es insuficiente para
cubrir las necesidades del hombre, entonces aparece
la pobreza ó indigencia y hasta la miseria. Sobreviene
también la pobreza, cuando el jefe de ana familia no
ha podido ahorrar para sostener á una esposa enferma
ó delicada, á los hijos de menor edad, ó para él mis­
mo, cuando ya no pnede trabajar ó por enfermedad ó
por vejez. Fuerza es, pnes, que todo hombre trabaje,
cada ano según sa estado ó profesión, y las clases
pobres de la sociedad, los obreros ó jornaleros que por
sa posición no tienen otro recurso qae los oficios ma­
nuales, deben convencerse de qae no hay poder hu­
mano qae les pneda dispensar del trabajo impuesto

(1) i 8.G 4n .m .
(a) 19. Utn. UL
por la ley divina. El ilia en que cesase completamente
el trabaju, se consumaría bien pronto la destrucción
de la especie humana. Por lo tanto, después del pecado
original, el trabajo es obligatorio para todo hombre,
y por consiguiente, la pobreza y la miseria es natural
al hombre caido que no puede ó no quiere trabajar.
Se desprende, pues, evidentemente de lo dicho, que
siendo la pobreza natural al hombre caido, y habiendo
existido siempre, no puede ser causa de la cuestión
social.
Antes de investigar las verdaderas cansas que han
engendrado la cnestiAit social, conviene añadir dos pa­
labras para terminar el asunto de la necesidad que tie­
ne el hombre de trabajar. Dios Nuestro Señor, al criar
al hombre á su imagen y semejanza, dióle una natura­
leza inteligente y activa: natural, por lo tanto, es al
hombre, aun en el estado de la inocencia, la actividad
y el trabaja. Porque el hambre nnce para trabajar, como
el ave para volar ( i ) . El mismo Dios instituyó el tra­
bajo, por cnanto después de haber plantado ti Señor Dios
desde el principio un jardín delicioso y becho nacer de la
tierra toda suerte de árboles hermosos i U vista, y de
frutos suaves al paladar; y también el árbol de la vida
en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y
del mal.
Tomó, pues, el Señor Dios al hombre, que habla cria­
do, y púsote en el paraíso de delicias, para que lo cultiva-
st y guardase (2). Sin embargo, en el paraíso de deli­
cias el trabajo era libre, puramente voluntario, porque
el hombre solamente se nallaba sujeto á un precepto:
Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del pa­
raíso; mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del
mal no comas, porque en cualquier día que comieres de
él, infaliblemente tnorirás. Por lo tanto, en el estado
de la inocencia el trabajo para el hombre no era obli­
gatorio, sino voluntario; era una distracción, un recreo

(1) Job. v. 7.
(J) Gén. H *, 9f 13.
en aquel jardín de delicias, y una satisfacción aten­
diendo á la naturaleza activa el hombre. Además, co ­
mo en aquel feliz estado el hombre se hallaba exento
de enfermedades, de fatigas y de toda molestia, de
aquí que no estaba obligado al descanso semanal,
porque esta obligación solamente se la impuso Dios
después del pecado original, gozando, por lo tanto, el
hombre en el estado de la inocencia y de la justicia
original de la omnímoda libertad del trabajo.
Esta doctrina cxpónela el Romano Pontífice en
los signientes términos:

« Y por lo oue ni trabajo corporal toca, ni aun en


»el estado dt la inocencia había de estar el hombre
«completamente ocioso; nías lo que para esparcimien-
>10 del ánimo habría entonces libremente buscado la
«voluntad, eso mismo después por necesidad, y no sin
ífatiga, tuvo oue hacer en expiación de su pecado.
* Maldita será la tierra en lu obra; cotí afanes comerás
»de ella todos los días de tn vida ( 1 ) . Y del mismo
«modo no han de tener fin en este mundo las otras
«penalidades, porque los males que al pecado siguie-
«ron son ásperos de sufrir, duros y difíciles, y de ne­
cesidad lian de acompañar al hombre hasta lo último
«de su vida. Asi que sufrir y padecer es la suerte del
«hombre, y por más experiencias y tentativas que el
«hombre lu g a , con ninguna fuerza, cotí ninguna in-
«dustria podrá arrancar enteramente dé la vida humana
•estas incomodidades. Los que dicen que lo pueden
«hacer, los que al desgraciado pueblo prometen una
«vida exenta de toda futiga y dolor, y regalada con
«holganza é incesantes placeres, lo inducen á error, lo
«engañan <on fraudes de que brotarán algún dia males
xmayores que los presentes. Lo mejor es mirar las co­
asas humanas como son en sí, y al mismo tiempo
«buscar en otra pane, como ya hemos dicho, el reme*
«dio conveniente á estas incomodidades*.

(1) Gén. III, 17.


No siendo, por consiguiente, l i pobreza la causa de
la cuestión social, ¿qué causas la han producido? El R o­
mano Pontífice León XIII las enumera magistraluiente.

ai.* La destrucción en el siglo pasado de los anti-


»guos gremios de obreros, no habiéndoles dado en su
•lugar defensa ninguna. 2.* La apostasia de las nacio-
•nes, habiéndose apartado las instituciones y leyes
■públicas de la Religión de nuestros padres. ).* El
•individualismo, dejando 4 los pobres obreros solos
•é indefensos, por la condición de los tiempos, á la
•inhumanidad de sus amos y á la desenfrenada codicia
•de sus competidores. 4 / La voraz usura, usura vorax,
■la cual, auuquc uiás de uua vez condenada por seu-
•tencia de la Iglesia, sigue B¡empre bajo diversas tar­
umas la misma en su sér, ejercitada por hombres
•avaros y codiciosos. Y 5.* Finalmente, el monopolio
adel trabajo y del comercio, porque los contratos de
•las obras y el comercio de todas las cosas está casi
•todo «n manos de pocos, de tal suerte, que unos
«cuantos opulentos hombres y riquísimos han puesto
•sobre los hombros de la multitud innumerable de pro­
le ta rio s un yugo que difiere poco del de los esclavos».
I.as cinco causas engendradoras del tristísimo esta­
do en que se encuentran los pobres obreros enumera­
das por el Romano Pontífice, podemos redacirlas á
tres. 1 * A la aposiasía de las naciones, por haberse
apartado en las instituciones y en las leyes públicas de
la Religión de nuestros padres. 2.* Al mdividualismo,
causando la destrucción de los antiguos y cristianos
gremios. Y 5.* Finalmente, á la cruel y voraz usura.

A RTÍC U LO II
PRIMBHA CAUSA 1>£ LA CUESTIÓN SOCIAL.— APOSTAjiA
DK LAS NACIONES

La causa principal y el verdadero origen de la


tuestiÓH social, t i l como la pernos expuesto y existe
hoy, es la negación ó el olvido absoluto del fin
último del género humano. El punto de vista aun
económico, cambia según que el nn ultimo del hombre
se halle en la tierra ó se prolongue más allá de la
tumba. Un abismo separa la teoría que hace del hom­
bre un mono perfeccionado, de la doctrina catAlica
que reconoce en el hombre un ser inmortal, cuya
inteligencia contempla la verdad invisible y cuyo
corazón ó voluntad no puede descansar completamente
sino en el Bien Sumo. Por lo tanto, la cutsiión social
se reduce en último término á la respuesta que se dé
á una pregunta del Catecismo: ¿De dónde venimos y
adónde vamos? ¿Cuál es el origen del hombre y cuál
es su último finí1 En una palabra, ¿para qué fin ha sido
criado el hombre? He aquí la gravísima cuestión que
ante todo conviene resolver, y que interesa tanto á
los gobernantes como á los gobernados, porque el
principio civilizador de la sociedad y la misma política
será muy diferente, si todo se acaba en el sepulcro ó
existe una vida futura.

PÁRRAFO PRIMERO
FIN DEL HOMBRE.— DOCTRINA CATÓLICA

Escribe el Romano Pontífice:

«Pero la Iglesia enseñada y guiada por Jesucristo,


«aspira i algo m is grande; es decir, ordena algo que
»es más perfecto, y pretende- con ello juntar en unión
«íntima y amistad una clase con la otra. Entender lo
• que en verdad son, y apreci;
«valen, las cosas perecederas
aponen los ojos del alma en la otra vida, que no ha de
atener fin; la cual vida, si se quita, perecerá inmedia-
»tamente el concepto y verdadera noción del bien, y
shasta se convertirá este universo en un misterio
«inexplicable á toda investigación humana. Asi, pues,
»lo que del magisterio de la naturaleza misma apren-
»dimos, es también dogma de la fe cristiana, ea que
•como en principal fundamento estriba la razón y el
»sér todo de la Religión, i saber, que cnando sal­
ivam os de esta vida, entonces hemos de comenzar de
«veras á vivir. Porque no crió Dios al hombre para
«estas cosas efímeras, miserables y caducas, sino para
«las celestiales y eternas; ni nos dió la tierra por habi­
ta c ió n perpetua, sino por lugar de destierro. Abundar
«ó carecer de riquezas y de las otras cosas que se
■llaman bienes, nada nos importa para la bienaventu-
«ranza eterna; lo que importa más que todo es el uso
«que Je esos bienes hagamos. Las varias penalidades,
«de que está como tejida la vida mortal, no las quitó
•Jesucristo con sn cobicsa redención, sino las trocó en
«incentivos de virtudes y las hizo materia de mereci-
«mientos, de tal suerte, que ninguno de los mortales
«puede alcanzar los bienes sempiternos, si no es carm­
inando sobre las ensangrentadas huellas de Jesucristo.
s Si sufriéremos, reinaremos también con Él ( i) . Tomando
«El de su voluntad trabajos v tormentos, por adniira-
«ble modo templó la fuerza de esos mismos tormentos
» y trabajos; y do sólo con su ejemplo, sino con su
«gracia y con la esperanza que aclame nos pone de
«un premio eterno, hizo más fácil el sufrir dolores;
* porque lo que aquí ts para nosotros de uua tribulac
•momentánea y ligera, engendra en nosotros ie un modo
tmuy maravilloso un peso eterno de gloria (2)» .

Muy á propósito viene aquí lo que escribe Gode-


froid Kurth en su notabilísima obra titulada Los orige-
nts de la civilización moderna (3 ). Investiga el princi­
pio civilizador de la sociedad humana, y afirma que
una definición exacta de la civilización no se concibe
sin un conocimiento previo del hombre, no siendo toda
sociedad más que una reunión de hombres. La cuestión
as! propuesta se reduce á esta pregunta: ¿Qué es el

(1) IL ad Tim , II, 13.


(a) ILCor., IV, 17.
(3 ) Tomo I, lutroductíon, pág*. 9 a 37 .
hombre? Ese sér inteligente y libre, ¿tiene por ventora
un fin último, propio del hombre, 1 cuya consecución
debe consagrar su existencia, ó bien ha sido el hombre
arrojado al mundo sin destino alguno, por un ciego
acaso, en medio del uaiverso, sin designio de Dios?
La razón y la conciencia responden á esta pregunta
de uní manera irresistible, y no h iy sofisma alguno
que pueda debilitar su testimonio. No hay duda; tene­
mos en nosotros mismos la certeza inquebrantable de
que hemos sido destinados á un fia que debemos
cumplir, que explique y dé razón de nuestras facultades
y de nueitra propia naturaleza. De la misma manera
que en nuestro organismo no existe una célula ni
tejido alguno que no esté subordinado á la función del
organismo, y que éste i su vez existe por el principio
espiritual que los anima, del mismo modo nuestra
alma no posee ninguna atribución ó facultad que no
se la haya dado en razón del sublime destino, del fin
último que ella está llamada á cumplir. Todos los
seres de la tierra están subordinados a este fin, y no
podemos concebir ni uno solo que tenga otro destino.
S i la sociedad pudiese ser otra cosa que nn medio ó
instrumento para los individuos que la componen, para
que obtengan mejor el fin último, entonces la sociedad
serla inútil ó dañosa para el hombre, y por lo tanto se
llegaría á la conclusión de que la sociedad cedería en
descrédito del Criador.
¿Pero cuál es el fin del hombre? Esta cuestión es
la más urgente que el hombre se puede proponer, y
nada hay tan importante para su dicha como m
respuesta que se dé; además, necesita esta respuesta
inmediatamente, porque su responsabilidad principia
desde el momento en que la conoce; y la respuesta
debe ser evidente, porque la menor meertidumbre en
esta cuestión le conducirá á irreparables y gravísimos
errores. Y sin embargo, á pesar de reconocer la indis­
pensable necesidad de poseer la solución del problema,
el hombre por si solo, sin otro auxilio superior, es
incapaz de hallarla con evidencia. En vano se la pedirá
á su inteligencia; u n hábil como es para guiarle en el
laberinto del mundo material, le deja desprovisto de
luces en medio de las incertidumbres del mundo moral.
Su misma conciencia, qae tan poderosamente afirma
la realidad de su fin, se calla y enmudece cuando se
trata de definirla. Devorado por la inquietud busca en
vano su ñn, mientras sa vida pasa velozmente, y sus
actos irrevocables caen con todo su peso en la balan­
za de sus destinos. ¿Cómo no ha de ser angustiosa
esta investigación? Aquel qne no se ha dado i si
mismo la existencia, no puede decir el fin para que ha
sido criado. Es el Criador y no la criatura el que debe
y puede dar cuenta de la creación del hombre. Al
grito de tristeza y aflicción que el alma humana lanza
en el silencio infinito de la eternidad, «¿para qué he
sido yo puesto en este mondo?», una sola voz puede
responder, y esta voz es la voz de Dios. Luego, en últi­
mo término, es un problema de orden teológico aquel
cuya solución busca la ciencia social; y por decirlo
todo de ana vez, no se hallará el secreto de la civili­
zación humana sino en el secreto de la revelación divi­
na. Quiérase ó no se quiera, la ciencia religiosa es la
que posee la solución del enigma social, y aqui en
esto precisamente se halla el lazo indestructible de la
politica y de la Religión, lazo qne no se destruirá sin
mutilar antes al hombre. ¿Y mié enseña la Religión
respecto del fin del hombre? Que el hombre ha sido
criado—responde el Catecismo— ¿ara conocer, amor y
servir á Dios en esta vida, v, medSantetsto, conseguir la
vida eterna. Esta respuesta, esta definición, es una de
aquellas que se imponen al espíritu humano por su
evidencia y necesidad. Hicese en cierto modo parte
de la razón desde el momento qae la razón principia
& conocerla. Iluminada ésta por una luz que en sí
misma no tenía, afirma y confiesa con una seguridad
inquebrantable, qne si Dios existe, si es fin de todas
las cosas, y si ba señalado un fin al hombre, no pudo
designarle otro que el mismo Dios, cuya visión cons­
tituye la vida eterna.
Si es verdad qae el fin de la sociedad es facilitar i
los hombres la consecución de su fin último, y que
SftC. T A u to .-)
- u -
este fin es la vida eterna, en vano buscaremos en 1á
antigüedad las trazas de una verdadera civilización,
de una verdadera organización social. Cualquiera que
sea el esplendor de los pueblos antiguos, es absurdo
sostener que ellos hubiesen tenido las verdaderas con­
diciones ó cualidades de la vida civilizada. La anti­
güedad ignoraba el fin de la sociedad, porque ignoraba
el fin del hombre, y ella al mismo tiempo lo negaba
de una manera implícita. Lejos de admitir que el
hombre ha sido creado por Dios, la sociedad inventó
para el hombre un destino radicalmente opuesto. El
hombre ha sido creado para el F.slniio—dcóa,— y según
una fórmula m is antigua, el ciudadano ha sido hecho
para la patria. Esto era un axioma de derecho público,
aceptado tácitamente por todas las inteligencias, sin
que nunca aparezca en los escritos de las más grandes
inteligencias de la antigüedad la menor dada acerca
de ¿ 1. Este monstruoso error, base y fundamento de la
ciudad pagana, produjo todas las iniquidades. Ella se
propuso y consiguió construir con la sangre y sudor
de los ciudadanos u n ídolo abstracto y cruel, e l D i o s -
E s t a d o . El César era esta divinidad y ante la conciencia
de todos los ciudadanos puso este ídolo, exigiéndole
todos los homenajes que se deben al verdadero Dios ( i Y
E l ciudadano, temblando ante este falso ídolo, le
inmolaba su conciencia, su personalidad y la misma
naturaleza humana. Consintió el hombre no ser ante

(i) «Sed et quod principi plaeuit, legis babel vigorem:


quom lege Regia, qaae de imperio ejus lata est, populus ei et in
cum omne iium ¡mperium el potcsialcm conccssil, Quodcun-
qne eigo impenlor per etpbtolam constiloit vel eogneseeas
deererit, legem esse coostat; §. Insl, lib. I, til. a». «De jure
nat. genL et c í t . —Constituto príncipe, daiutn est ei jus, nt
quod conalitnisael, rattnn esset. Fr. a. g il. Dig., lib. I, tit. a».
«De orig. jur.».—«Quod ipae princeps constituir, pro lege ser*
▼etnr>. Fr. 12, eod.—Principa legibua soluto» eat: Augusta
lamen llcet leglbua soluta ñor est, principes lamen eadem 1111
privilegia trtbnunt quae iipai hnbent. Fr. 13. Dig , lib. I, 3.
De Legib,
“ Jí -
el Dios-Estado sino materia bruta, recibiendo i su v e í
del Estado su forma y destino. Ea cambio, el Dios-
Estado prometía á sus adoradores la felicidad; pero no
la felicidad eterna, sino la menguada y engañosa del
cacrpo, cuyas coadiciones vitales consistían en el delei­
te y en la ociosidad ( i ) . Y esto el ídolo no lo ofrecía á
todos, sino 4 unos pocos privilegiados. El descanso y
el placer son frutos del trabajo, y para que algunos lo
pudiesen disfrutar, era necesario que otros trabajasen
incesantemente. La esclavitud era la ley fatal de toda
sociedad que veía en la ociosidad y el placer el fin
supremo de la vida, y he aquí por qu¿ toda la antigüe­
dad puso por cimiento del edificio social, como mate­
riales informes y sin valor, i la mayor parte del género
humano, condenado á servir de instrumento de goce 4
U oligarquía dichosa de la tierra. La iniquidad del Dios-
Estado no paraba aún ahi. ¡Cuántos esclavos había aún
entre los que gozaban de la libertad legal! La mujer,
el niño, el pobre, d plebeyo y el extranjero se veían
privados de los derechos esenciales de la persona hu­
mana. Esta amarga desigualdad, entre las diverjas
categorías de los hombres libres, combinada con la
inicua de libres y de esclavos, era la ley de hierro que
el Dios-Estado promulgaba en todas las sociedades
antiguas, y por eso llevaba en su seno la anarquía
moral.
Pero i este precio ¿podía el Dios-Estado asegurar
U dicha de los privilegiados? No, porque se hallaban
privados del más precioso don del hombre, de la
libertad. Esta palabra entre los antiguos significaba
una condición civil, pero no on derecho político; para
los hombres libres significaba que no eran esclavos de
otros, pero no que dejasen de serlo para el Estado.
Este tenía todos los derechos del ciudadano, pero éste
no tenia ninguno respecto del Estado. L o que éste le
daba eran solamente concesiones que podía retirar
cuando le parecía, sin dar cuenta ¿ aadie del uso que

(i) PaDem et circense! Juvenal Sat. X.


hacia de sn poder. T.os intereses y caprichos del Esta­
do determinaban la vida moral de los ciudaJanos, por
cuanto ¿1 era el árbitro de sus conciencias y la sola
medida de la moralidad de sus actos. El crimen come­
tido en su servicio era una acción digna de alabanza,
salus populi suprema ¡ex esto. El fin de la existencia se
hallaba realizado cuando se había contribuido de algún
modo al engrandecimiento de la patria; después des­
aparecía el ciudadano en la terrible obscuridad de la
muerte; oada tenía que esperar de la eternidad, y
sentía tan sólo perder la vida, cuando la había cruzado
sembrada de flores y delicias. He aqui la sociedad
antigua: un festín en donde algunos se embriagaban
con la torpeza de los placeres, servidos por un pueblo
de esclavos; pero que tanto para unos como para olios,
morir no era otra cosa que volver & la nada. En vino
se buscará algún remedio en la filosofía pagana, porque
ésta se hallaba prosternada ame el ídolo Dios-Estado,
y de todas las divinidades, sólo aquél se hallaba exento
de toda burla y negación No hubo pensador alguno
en la antigüedad que se atreviese ó destruir ni á poner
en duda el dogma fundamental del paganismo, la divi­
nidad de la patria, ni pensó jamás filósofo alguno en
reivindicar los derechos que la persona humana tenia
de la misma naturaleza. Todo lo contrario: Platón, el
divino Platón, en su República ideal, echa á pedazos
la naturaleza humana en la caldera de Esón, con el fin
de rejuvenecer á la sociedad per medio de la filosofía;
y ésta no saca sino un monstruo tan horrible, que el
animo se espanta al contemplarle. Nada encuentra
amparo ante este filósofo que habla en nombre de la
filosofía: condena á muerte al niño ó niña contrahechos;
condena á muerte al pobre enfermo ( i ) . En la familia
ve un organismo que le incomoda, porque ve en ella
una sociedad particular con intereses distintos de la
sociedad pública; la suprime proclamando la promis­
cuidad de las mujeres, y lo que es aún más horrible, la

(l) Platón. República, ID. 406, edic. Didot.


promiscaidad de las madres. El pudor y modestia
femeninos son un obstáculo para la educación común
de los niños de ambos sexos; decreta la supresión del
pudor, introduciendo en la palestra los niños desnudos
con las niñas desnudas ( i ) . L a prosperidad individual
es otro obstáculo para la vida común; la suprime pro*
clamando la comunidad de bienes.
El Estado de Aristóteles no vale mucho m is que
el de Platón. No tiene noción alguna de la verdadera
libertad, porque para Aristóteles el ciudadano perte­
nece al Estado. El verdadero privilegio del hombre
libre no es la libertad, sino la ociosidad. Y esta ocio­
sidad augusta tiene por condición, sinc qua non, el
trabajo continuo de los demás, la esclavitud. La insti­
tución de la esclavitud es una institución justa y
necesaria. ¡Originada de la misma naturaleza! ¡Hay
hombres que nacen esclavos, asi como los otros nacen
libres y para mandar! La vida humana, para Aristóteles,
no es inviolable. Según ¿I, hay casos en que el infan­
ticidio es licito y debe mandarse, y el aborto es libre.
Para Aristóteles, los padres, que tienen el derecho de
matar á sus hijos, carecen del derecho de educarlos;
el Estado es el oue tiene cargo de esto, no existiendo,
por lo tamo, el hogar doméstico. ¡Tales eran los reme­
dios que la filosofía pagana propinaba, peores mil veces
qne los males que quería corregirl Así el mundo paga­
no recorrió el ciclo de su evolación sobre la tierra sin
encontrar la verdad social.
En el momento de mayor esplendor del imperio
romano, el m is grande entre las sociedades paganas,
reveló Jusucristo el misterio de nuestros destinos y el
fin sobrenatural del hombre, no solamente teórica, sino
prácticamente. ¿Porque de qué servirla al hombre saber
que su fin es Dios, la vida eterna, si no supiese el cami­
no? Jesucristo se lo enseña, porque Él est verbas et vía.
Toda la regla para alcanzar la salvación, que resnme
la ley y los profetas, consiste en amar á Dies sobrt todas

( i) Ib. V. 457 y 4 58 .
las cosas, y al prójimo como á si mismo. Regla y ley per*
fectlsima, la cual, el hombre, como ser imperfecto, no
la hubiese jamás encontrado; pero que una vez promul­
gada ya no puede rechazar, por cuanto se impone á su
conciencia y á su corazón. Pero para que esta ley divi­
na tenga y conserve su imperio sobre las pasiones, y
se transmita de generación en generación integra y
pura, era necesaria una autoridad infalible y no sujeta
a las fluctuaciones de nuestra pobre inteligencia y cora­
zón. Por esta simple consideración se ve que la infalibi­
lidad es una necesidad del orden social. Con ésta jamás
podrá la ley evangélica ser ofjscada ó extinguida, y sin
dicha autoridad la revelación hubiera sido poco menos
que inútil y vana. Lo verdaderamente trascendental en
el cristianismo está en la creación del oráculo infalible
de la Iglesia. Poder social intermedio entre la tierra y
el cielo, enseñando perpetuamente al hombre el cami­
no que le conduce hacia su fin, hacia su Dios. Por ella
el genero humano, informado de un principio de vida
eterna, se veta elevado á la infalibilidad. La creación de
la Iglesia infalible es la exaltación del género humano
hasta el término supremo de su ascensión hacia Dios.
Jesucristo, que obró esta fecunda unión de la Igle­
sia coa el género humano, dió al mismo tiempo la fór­
mula que na de regir y ordenar al hombre en la vida
ordinaria y común. Dad al Cisar lo qut es del Cisar y á
Dios lo que ts de Dios. Esta fórmala práctica es la sen­
tencia de muerte del Cesarismo y de todo gobierno
despótico, y la Constitución esencial de los pueblos
cristianos. De esta fórmula brotó la civilización cristia­
na; supone la distinción de los dos elementos, el espi­
ritual y el temporal y no la confusión; carece el Estado
de derechos en todo lo que se refiere á la vida, eterna;
reconoce Jesucristo el derecho sagrado del poder civil.
Todo poder viene de Dios, pero el poder civil tiene sus
limites, la esfera de la vida moral del hombre; en esta
esfera no tiene otro legislador que Dios, y sus leyes
son antes que las leyes de los hombres. La obligación
de dar á Dios lo que es de Dios, es el origen y fuente
del derecho civil. Todo hombre puede decir; «nji deber
para con Dios es an derecho qae tengo sobre el Esta­
do, es el deber y obligación qae tengo de desobedecer
al Estado, cuando manda y legisla contra Dios». San
Pedro lo dice: Más vale obedecer i Dios que á los ham­
bres.
En este caso el cristiano no es un revolucionario,
no se levanta en armas; desobedece simplemente. Je ­
sucristo, al revelarnos nuestro fin £ indicarnos el ca-
mino, establece la admirable armonía que debe existir
entre las dos potestades, y esta armonía no es una'uto­
pia. Diecinueve siglos de cxiitencia de la Iglesia nos
indican su grandiosa realidad.
Ahora bien; para el cristiano que sabe de un modo
infalible cuál es su fin último, y lo que debe hacer en la
tierra para obtenerlo, el problema social toma otro as­
pecto; porque desde el momento cjne hace intervenir
en dicho problema & la Divina Providencia, el juicio úl­
timo y la vida futura, la vida humana toma otra fiso­
nomía; entonces cree el cristiaao qae más allá de la
tumba existe un Dios justiciero, que cada acto de re ­
signación tendrá en el cielo su recompensa y cada tra­
bajo su premio. Para los qae creen que los ángeles del
Señor recogen las lágrimas de los afligidos obreros
cristianos, y que un día brillarán en la gloria más que
las estrellas del firmamento, las aflicciones y penalida­
des son nada, y el cristiano que esto cree, pasa la vida
con la frente levantada, con la sonrisa en los labios y
la paz en el corazón, aun en medio de las m iyores
penalidades y sufrimientos. Más aun: en medio de la
pobreza y aflicciones de ¡a vida, goza y encuentra con­
suelos el cristiano, porque sabe lo que dice el Apóstol:
Si hijos, también herederos: uertaeros verdaderamente
de Dios, y coherederos de Cristo: si padecemos cotí é!,para
que seamos también glorificados con él ( i ) .
Porque sabe el cristiano que no nay otro camino

( l ) S i au/tm f i l i i et h a tred et; K atrtdes autem D ti, tohaert-


¿et auU ’n C h risíú t i auton cem fatim u r u ! ( i (vn gh riJieem H r,
Ad. Rom., VIII, 17.
qae le conduzca al cielo, qae la abnegación y la cruz.
Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese i si mismo,
lome su cru\ y sígame ( r ) .
Y sabe también que las tribulaciones y miserias de
la vida, son nada en comparación del cielo que le
aguarda (2).
|Qué consuelo no d i al cristiano aquella magnifica
frase de San Pablo: Sabemos qnt para las atu aman A
Dios, ¡odas las cosas contribuyen á sn bien! ( j ) .
Asi es que para el cristiano existe un mas allá des­
p a ís de la maerte, real y verdadero, en el cual serán
corregidos todos los desórdenes, castigadas todas las
injusticias de aqui abajo; fia último, real, vivo é inmor­
tal, al que deben estar subordinados todos los fines
parciales del hombre aquí en la tierra. Suprimid el fin
último en el que se resuelven todas las cosas, y el g é ­
nero humano no es más que un enigma cruel ¿ inex­
plicable. Sin la vida futura, el hombre es el animal bí­
pedo m is desgraciado entre todos los animales.
Pero esto ao se opone á que el hombre pueda as­
pirar á ana dicha y felicidad parcial en esta vida; y
deber es de toda autoridad, y de toda organización so­
cial, dar al ciudadano sólida garantía para ello; pues
como hemos visto, la verdadera civilización de un pue­
blo consiste en proporcionar á los individuos que lo
constituyen, el mayor número posible de medios para
que consiga su último fin. Desenvolvamos más esta
proposición, considerándola bajo el aspecto económi­
co y temporal de los pueblos.
Consistiendo la perfección de la sociedad, en últi­
mo término, en la perfección del hombre, cuanto más
contribuya aquélla á la perfección de los individuos
que la componen, más perfecta y civilizada será. L u e-

( l ) S i qm s v u l fio st me ven ire abneget sem eiifsu m , to lla t


cru cen m am et sequ atu r m e. M alh., XVI, 24.
(a ) IL C o r. IV, 17.
( 3) Seim us a v ie n quom am diiigen tíbu s D tum o n n ia coopt -
ra n tu r 1m io n u m , Ad Rom., V III, 28.
go la perfección de la sociedad consistirá prácticamen­
te en la organización más adecuada, para obtener el
desarrollo simultáneo y armónico de los individuos
que la constituyen. Ahora bien; al hombre lo constitu-
ren la inteligencia, cuyo objeto propio es la verdad;
Ía voluntad, cuya regla propia es la ley moral, y la
sensibilidad, cuya satisfacción consiste ea el bienestar
material. Luego aquella sociedad será más perfecta ó
civilizada qne proporcione más verdades á la inteligen­
cia, más bien moral á la voluntad, y mayor número de
satisfacciones legitimas á las necesidades físicas del
hombre. No es difícil, después de lo expuesto, determi­
nar el último término del progreso social ó civilización
de un pueblo, diciendo que consiste tn el mayor des­
arrollo posible de la uüeltgenáa, de la moralidad y del
bienestar entre el mayor numero posible de hombres que
lo constiluym. Pero obsérvese que como la verdad y
no el error es el objeto propio de la inteligencia, el
bien y no el vicio el de la voluntad, y el bienestar es
efecto de una buena distribución del trabajo, resulta
que en los pueblos ó sociedades en los caales se esta­
blezcan la absoluta libertad para el bien y la verdad,
la absoluta represión para el vicio y el error, y la buena
organización social del trabajo, existirá la verdadera
civilización ó perfección social. Además, dichas tres
condiciones son indispensables: si falta alguna de ellas,
ya la perfección social no es posible. En efecto; no
será civilizado un pueblo que, aunque sea inteligente,
se halle desprovisto de moralidad y de bienestar ma­
terial. Tampoco lo será, aún cuando reine la moralidad
en él, si al mismo tiempo domina la miseria y la igno­
rancia; pero mucho menos lo sería aún, si un pueblo
fuese ignorante é inmoral, aun cuando abundasen en ¿1
las riquezas y bienestar material. En una palabra, un
pueblo inteligente y moral, pero pobre y miserable, es
digno de piedad; inteligente y rico, pero vicioso y cra­
puloso, es digno de desprecio; finalmente, rico y moral,
pero ignorante, será semejante á un hombre rico, bue­
no, si, pero tonto; lo que no constituye por cierto el
ideal de la perfección humana en el estado civil.
PÁRRAFO n
TIN DEL HOMBRJL— DOCTRINA SOCIALISTA

Pero si i. la pregunta del Catecismo « d e dónde


vengo, á dónde voy?», se responde como lo hacen los
materialistas, padres legítimos de los socialistas, en­
tonces la solución á la cutsliin social debe ser otra
muy diferente. ¿De dónde Teñimos?, pregunta Buchner
en su obra titulada Del lugar qut ocupa el hombre en la
naturaleza. De una célula, responde, la cual viene de
la evolución espontánea de U materia inorgánica, in­
destructible y eterna. ¿Qué somos? Un mono perfec­
cionado, sin distinción esencial entre el hombre y los
demás animales: la diferencia solamente es de grado.
Y ¿ i dónde vam os?, pregunta finalmente. No i lo ce­
lestial, sino á lo terreno, ya que tierra somos y nada
más. Estas son las respnestas qne hoy din, siguiendo
i Bnchner, Moleschot, Strauss, eran número de profe­
sores de nuestros Institutos y Universidades, los cua­
les, faltando á las leyes de un Estado católico y i la
misma probidad natural, enseñan i sus pobres discípu­
los el más craso materialismo. ¡En cuántos jóvenes y
malogradas inteligencias se ha extinguido completa­
mente la antorcha luminosa de la fe, por las materia­
listas explicaciones de sus profesores, que, prevalién­
dose de la autoridad que les da sn nobilísima profesión
y de las mismas leyes, van poco á poco robando las
creencias de sns jóvenes é inexpertos discípulos! ¡En
cuántos corazones se ha perdido el germen de toda
virtud, y ha ocupado su lugar el vicio y la corrupción
desenfrenada! ¡Pero lo más triste es que esas doctrinas
han penetrado en el alma del pobre obrero, del jorna­
lero, de aquel que, siendo verdadera imagen de Cristo,
había pertenecido hasta hoy á la Ielesial
Ahora bien; imbuido el pobre ot>rero en estas falsas
doctrinas, no puede menos de convertirse en socialista
y furioso anarquista. Y en esto, no hay que dudarlo,
son muy lógicos; porque si el fin último del hombre
está ea la tierra, si todo se acaba en el sepulcro, en­
tonces el gozar es nuestra ley suprema; la necesidad
toma el lagar del deber, la regla ae nuestras acciones
y la medida de la justicia. S i el hombre no es más qae
un animal perfeccionado, tiene como los demás ani­
males el derecho de satisfacer todos sos apetitos, p or­
que su fin supremo es el mayor goce animal. Sentados
estos principios, no es difícil deducir de ellos que todo
sistema social, que no resuelva en este sentido el pro­
blema, es altamente injusto, y por lo tanto, que la jus­
ticia exige su destrucción; que la propiedad individual,
que se poue delante de mí como un obstáculo, es una
injusticia, un verdadero robo, como dijo Proudhón; que
la familia, el matrimonio cristiano, una con uno y para
siempre, si se oponen como un obstículo insuperable
para la satisfacción de apetitos brutales, es otra injus­
ticia; y la resignación y la paciencia en medio de las
privaciones y sufrimientos que predican los sacerdotes
de Cristo, es una cobardía; sus ministros y curas unos
farsantes y la Religión católica una impostura. Y o no
s£ lo que podrán contestar á estos razonamientos los
epicúreos ae este mundo, que pasan la vida en diversio­
nes, bailes y orgías, derrochando los millones que ro­
baron á la Iglesia, y qne quizás han amasado con la
sangre de los pobres.
Hubo un tiempo en el que los pobres, los obreros,
los jornaleros y desgraciados según el mundo, tenían
también sus bienes, su parte de herencia aqui en el
suelo; esta parte consistía en el tesoro de todos los
Santos de la Iglesia, en la esperanza de una feliz inmor­
talidad, y esta esperanza les bastaba para soportar con.
alegría, ó 4 lo menos con tranquila y apacible resigna­
ción, todos los trabajos y privaciones de esta miserable
▼ida. Es verdad que los pobres jornaleros servían y
trabajaban para sus amos lo mismo que los de hoy,
pero se consolaban con la esperanza de que sus penas
terminarían un día, al trocar los pesares de ¡a tierra
por las delicias del cielo; sufrian en medio de sus tra­
bajos y gemían entre sus aflicciones, pero con la pa­
ciencia y con la resignación aumentaban el caudal de
sos méritos, los cuales engrandecían y hermoseaban la
perspectiva de la gloria sin fin que les esperaba; llora­
ban, es cierto, en medio de sus enfermedades y priva­
ciones, pero sabían que las lágrimas derramadas delante
del Sefior y de su santísima Madre brillarían un día
como las estrellas del firmamento. La Iglesia católica,
para asegurarles esta herencia inmortal, cuyo solo pen­
samiento los alegraba, llamábalos sus hijos primogéni­
tos, los verdaderos nobles ¿ hijos predilectos, imágenes
vivas de Cristo, y este nombre los llenaba de noble y
legitimo orgullo. Cuando los sacerdotes desde la cáte­
dra del Espíritu Sauto repetían la s palabras de Jesucristo:
Beati pauptrts, bienaventurados los pobres, esta consola­
dora sentencia resonaba allá dentro, en el fondo de sus
almas, y hacia que percibiesen ya de algún modo el
eco de ios cantares de la gloria. Reanimaban esta dulce
y santa esperanza con la oración, con la confesión y
comunión frecuente. El domingo y días festivos, al par
que proporcionaban al pobre obrero descanso y repuso
para sa cuerpo, le daban alimento para su alma con la
asistencia á los divinos oficios y á las exhortaciones y
prácticas doctrinales. «Entonces— esclama M. Woes­
te ( i j , — los obreros no erau ricos, pero no se considera­
ban desgraciados. ¿Habéis contemplado las escenas, los
retratos pintados por nuestros viejos pintores realistas,
los Teniers y los VanDiek? El gozo y el contento revi­
ven y se desbordan en sus semblantes. Fijad, por el con­
trario, vuestros ojos en los cuadros de los realistas m o­
dernos, los Degranz y los Combet, y veréis en todos
ellos el descontento, la ira y la desesperación. Estas
.diferencias en el arte son imagen fiel de los dos estados
sociales». Las fiestas de los gremios, con sus inocentes
emociones y pompas populares, aumentaban el coDten-
10 y alegría del pobre jornalero. Porque entonces todos
los obreros, todos los jornaleros, se hallaban reunidos
en gremios, y éstos tenían sos Santos patronos, sos

(i) Diieuno en ti Congreso de Obnu Sociales celebrado


co Liej» en 1890.
peanas, sus reliquias, sus imágenes; y todos estos obje­
tos sagrados les hablaban elocuentemente de sus debe­
res y de sus sublimes destinos. En efecto; el pobre
todo lo puede sufrir y soportar mientras tenga la fe
en Cristo, hecho pobre por nuestro amor y Dios de los
pobres. El pobre jornalero trabajará sin descanso y aun
con alegría, si fija sus ojos con fe viva en la humilde y
rudimentaria estampa que representa el taller de Naza-
ret. I.a mujer más pobre de este mundo no se quejará,
mientras ame ccn fervor á la afligida Madre de Dios é
implore su poderoso patrocinio; y por más miserable
que sea el cuarto ó la casita en donde viva, aunque
carezca de todo y se halle abandonada de todos, será
feliz, si en su mente existe el pensamiento de que Dios
y su Santísima Madre conocen su triste albergue, y de
que le han enviado un ángel para consolarla y guar­
darla. Allí, allí, se puede vivir felizmente y morir sobre
un montón de paja, mientras se sienta esta pobre paja
removida por los ángeles, y á la cabecera del pobre
jornalero moribundo esté el ángel del Señor para llevar*
se su alma al paraíso.
Asi vivían y morían los obreros cuando en la socie­
dad reinaba Jesucristo, y en los fieles existía la creencia
en la vida futura, en el cielo y en el infierno. Pero racio­
nalistas y materialistas salidos del engendro satánico
denominado Revolución francesa, arrancaron de las
muchedumbres con perversas y mentirosas predica­
ciones las enseñanzas del Catecismo que tan buenos
y dichosos hacían en otio tiempo á los trabajadores;
y ¿qué han conseguido?, ¿cuál ha sido el efecto de
sus arengas? He aqui lo que con atrevida y lógica
franqueza dice ya la clase obrera: «Vosotros nos
aseguráis que no hay vida futura, que no hay cielo
ni infierno, y que el Catecismo es un invento de los
enrasa. Bien; puesto que la vida futura es nn sueño,
que el paraíso es una leyenda, dadnos un asiento en el
banquete de la presente vida. «Es justo, les responden
los corifeos de la civilización modernas, y en todas
iarles se abren por millares las tabernas, los casinos,
f os teatros y las logias. Entran alli los pobres obreros,
y toman también parte en lis conquistas del sitio XiX.
Pero en las tabernas se embriaga y embrutece el pobre
obrero, y sale de tales antros con m is sed de la que
habla entrado; el casino y el teatro entretienen y encan­
tan, pero arruinan al pobre obrero; las logias hacen
viles esclavos y desgraciados, pero no hombres libres y
dichosos. Después de tantos beneficios que al fin y al
cabo enriquecen al tercer estado y arruinan al pobre
obrero, las clases proletarias se manifiestan m is insa­
ciables que antes, y continúan gritando: «ya que no
hay paraiso, queremos la tierra». Es sorprendente, con­
testa la sabiduría moderna, oqnizás no haya bastantes
escuelas»; y por todas partes se abren centros de ins­
trucción y escuelas gratuitas para los obreros; pero con
el fin de que las ideas religiosas no turben y confúndan
al pobre obrero, se quitan de las escuelas, como en
Francia, los signos de la Religión católica; se borra
hasta el nombre de Dios en los manuales que se ponen
en las manos del pobre jornalero; en una palabra, se
abren, como hoy día se dice, escuelas laicas. Pero la
instrucción se dirige 4 la inteligencia y no 4 la yolun-
tad; el saber leer, escribir y cuentas no hacen al hom­
bre honrado; y el pobre obrero sale de las escuelas
lateas y obligatorias con más hambre de oro y de pla­
ceres que tenia en el estado de su ignorancia. «Puesto
que uo hay vida futura, puesto que 110 hay paraiso,
irosiguea, según enseñan vuestros manuales, dadnos
Í a parte que nos toca en el banquete de la vida». (Cómo!
— exclama el socialista y anarquista,—¡tú rico y yo
pobre! ¡En tu casa reina la opulencia y la fortuna, y en
Ja mia la orneria y la indigencial Y o trabajo todo el
día y no puedo dar de comer á mis hijos, y tú, ocioso,
banqueteas hasta las altas horas de la nochel Y o que
cumplo con mi obligación, soy un miserable, un des­
graciado, y tú que eres un malvado, triunfas, gozas y
lies. ¿Y queréis que yo— continúa diciendo el socialista,
— que yo acepte la desigualdad social y la injusticia
social, si no hay cielo en el qae se haga justicia, y jus­
ticia rigurosa? ¿Operéis que yo acepte y que encuentre
bien ordenado na mundo en el qae veo i un lado i lo»
que siempre gozan, y en el otro á los qne siempre
sufren? No: «puesto que no hay cielo ¿ infierno, dadme
la parte que me toca en el banquete de la vida». ¿Qué
responderá á esto el racionalista masón que se ha enri­
quecido con los bienes de la Iglesia, el materialista de
guante blanco, por cuyas predicaciones y sofismas se
halla el desventurado obrero sin fe y esperanza en la
otra vida? ¿Qué responderán cuando asi se habla? ¿Res­
ponderán tal vez que ya tienen bastante, que ya tienen
so parte en el banquete de la vida? Eso no; eso no
satisfará al obrero á quien han arrancado las creencias
que antes le hadan dichoso y feliz. aPuesto que no hay
cielo, dirá, quiero la tierra y la tendré».
Y en parte la ha pedido ya con la tea y el puñal, y
la volverá i pedir cou el fusil eu la mano. Y no hay
que forjarse ilusiones; al socialismo y anarquismo ya
no se le vence con bayonetas. Vendrán dias espanto­
sos, si no se procura impedir la propaganda del maso-
nistno, esto es, del naturalismo y del materialismo entre
la clase obrera; si no se procura establecer otra vez la
unidad católica en nuestra patria, esto es, la libertad
completa para la verdad y para el bien en todas las
esferas, y la represión más absoluta para el error y
para el mal. Es necesario volver á la enseñanza prác­
tica del Catecismo, tanto cutre los ricos como entre
los pobres; es necesario santificar el trabajo, si no que­
remos tener pronto aquí abajo una vida insoportable,
un infierno, principio del que durará por toda la eter­
nidad.

A RTÍC U LO III

AFINIDAD ENTRE EL LIBERALISMO, SOCIALISMO


Y ANARQUISMO

Si hasta hace poco tiempo en la Iglesia católica se


hallaban los pobres obreros, los desheredados de la
fortuna, los desgraciados todos, formando la parte
más selecta y privilegiada de la misma, ¿quién es el
criminal que los lia arrancado d d dulcc regazo de la
Iglesia? ¿Qjrién les lia robado la fe de sus almas,
haciéndolos infelices y desgraciados? ¿Quién los ha
transformado de humildes y sencillos en bestias fero­
ces que ro respiran sino odio y destrucción?
Es el liberalismo, es el naturalismo politico, susti­
tuyendo en el gobierno de los pueblos i la tradición y
Religión cristiana. Este error funestísimo que hoy todo
lo invade, y que bace ya m is de un siglo informa las
constituciones y leyes de las naciones de casi todo el
mundo, es el que na engendrado, por el simple des­
arrollo de sus principios, el socialismo y el anarquismo.
L a prueba es fácil. Enumeremos los principios senta­
dos por los fundadores de este lunesto error, y vere­
mos cómo las doctrinas socialistas son fruto natural y
lógico de aquél. En efecto; ¿cuáles son los principios
del liberalismo? L es principios del liberalismo, según sus
mismos autores, son los siguientes: Primero: el liberalis­
mo niega el pecado original; admite la nativa bondad
del hombre; según sus principios el hombre nace bueno,
mas la sociedad y los gobiernos le depravan; este fui el
primer y cardinal principio del derecho nuevo formulado
Í ior el principal fundador del liberalismo, como veremos
uego; de aquí que sea necesario destruir la sociedad y
construirla de uuevo, mediante el coulrato social de
Rousseau. Y fuerza es confesar que lo lian conseguido
plenamente; porque i.*, por medio del conslUiuioiia-
lismo les ha sido fácil quebrantar el poder de los prin­
cipes y de los reyes y apoderarse del poder; 2.°, como
mediante la soberanía popular, e! principe ó rey tiene
obligación estricta de tener representación del pueblo
en el Parlamento, y de seguir necesariamente la vo­
luntad del pueblo manifestada en el mismo, de aquí,
que el rey ó principe en las Monarquías Constitucio­
nales reine, no por la gracia de Dios sino d d pueblo;
hasta que éste, instruido suficientemente por las fre­
cuentes elecciones populares, se pueda pasar sin el rey
y se proclame la República. M is breve, el primer prin­
cipio del liberalismo es la soberanía popular, esto es,
el derecho que tiene el pueblo para legislar y gobcr-
narse con absoluta independencia de todo criterio qne
no sea el de au propia voluntad, expresado primero
por el snfrngic y por la mayoría parlamentaria des­
pués ( i ) : es la autoridad encarnada en el número, no
en la justicia y la verdad. De aquí dimana el derecho
de insurrección del pueblo, el de no intervenir en las
revoluciones y querellas de los demás pueblos, y en
declarar el sufragin universal como principio de auto­
ridad. ¿Qué uan hecho los socialistas? No han hecho
otra cosa qne sacar las consecueucias de los principios
del liberalismo establecidos por los padres de tan fu­
nesto error. Por ahora no piden otra cosa m is, sino
que se guarde fielmente el sufragio universal como
principio de autoridad, y en las naciones en donde
todavía no existe, intentan recabarlo por medio de
motiues, huelgas y revoluciones. ¿Qué han consegui­
do los socialistas? Que en Alemania, como hemos
indicado en el capítulo primero, en las pasadas elec­
ciones para diputados del Parlamento (Reichstag),
han obtenido 45 plazas con más de 2.000.000 de su­
fragios, en lugar de los 36 diputados que tenia el an­
terior Parlamento: de manera que boy, si el gobierno
alem&n hubiese distribuido con igualdad de votos los
distritos electorales, y no los dividiese con suma habi­
lidad en provecho de los liberales y conservadores,
deberían sentarse eo el Parlamento m is de 100 dipu­
tados socialistas entre los J97 de que se compone,
esto es, una coarta parte del Reichstag. Bebel preten­
de que al llegar Alemania i 60.000.000 de habitantes,
lú qae sacederi dentrb de 12 años, sólo por el simple
sufragio universal, el gobierno pasará i manos de los
socialistas. Engels adelanta aún m is, y en una carta
al diputado socialista francés Lafargue, fija el año 1898
como el momento en que el partido socialista será
suficiente numeroso y poderoso para apoderarse del
poder. Por eso en el último Congreso socialista qae se
acaba de celebrar en Zarich rechazan de su seno á

(l) Sardá y Salreny.—E l Ubtralismt tspecado,


Soc. t Anta —4
los anarquistas y proclaman la legalidad. ¿Quiénes
han dado al pueblo el sufragio universal como princi­
pio de autoridad? Los gobiernos liberales de todas las
nacinnes.
Pero nótese que el liberalismo no consiste ni en el
constitucionalismo, ni en el sufragio universal, ni en
la República, ni en cualquier otro sistema de go ­
bierno, por C u an to el catolicismo, indiferente á las
diverras formas de gobierno, ninguna rechaza, y
acepta cualquiera, donde se encuentra legítimamente
establecida ( t ) . El Supremo Jerarca de la Iglesia,
el Papa León XIII, hablando precisamente de las for­
mas de gobierno que hoy se u>an t a n t o en América
como eo Europa, escribe (2): En general, «ninguna de
las formas de gobierno que están en uso ha sido re ­
probada en si misma, pues qae nada tienen qne re­
pugne i la doctrina católica, y oportuna y justamen­
te aplicadas, pueden dar 4 la sociedad una ordenación
excelente». En cuanto al gobierno representativo,
escribe en la Encíclica Libertas: «Ni es tampoco mira­
do en si mismo, contrario ¿ ningún deber el preferir
para la República un modo de gobierno moderada­
mente popular, salva siempre la doctrina católica
acerca del origen y ejercicio de la autoridad públi­
ca». La Iglesia católica no rechaza, por lo tanto,
ésta ó la otra forma de gobierno, lo que condena es
la negación de toda acción divina en el gobierno del
hombre y dé la sociedad, y el asignar al poder y i la
autoridad un origen independiente de Dios. La Igle­
sia católica no rechaza ni condena las formas repre­
sentativas, lo que rechaza y condena son las constitu­
ciones políticas de esas formas, porque en tales códigos

(1) Carta pastoral del venerable obispo de Cartagena, Exce­


lentísimo ¿ Doslrlaimo Sr. Dr. X). Tomás Bryan, § II.
(a) Quibus lamen dietis decretisque, si recle judicari velit,
nidia per se reprenditur ex variis rcipublicae formó, ut quae
nihil habíni quod doctrina? catholicae repuguet, endem possunt,
si sapienier adhitetntur et juste, in optimo nata tueri civita-
tem (Encíclica Inlm. Del).
y constituciones, además de la distinción de los pode-
re> y de los funciones propias de la soberanía, hay
declaraciones más ó menos categóricas de principios
reprobados por U Iglesia, v. gr., la soberanía nacional,
la libertad de prensa y la de culto?, la libertad de es­
cribir, etc. «En razón de establecer tales principios,
las modernas constituciones políticas y las demás
leyes que de ellas se derivan, son intrínsecamente ma­
las y perversas y conducen á los pueblos á la degra­
dación y ruina» ( i) . Y hablando el Romano Pontiñce
León XIII de la República francesa, escribe: «Esta re­
pública, se dice, está animada de sentimientos tan
anticristianos, que los hombres de bien, y mucho más
los católicos, no podrán aceptarla en conciencia. He
aqui, sobre todo, lo qne ha originado y agravado las
disensiones. Hubiéranse evitado esas sensibles diver­
gencias teniendo en cuenta la considerable distancia
que existe entre legislación y Poderes constituidos.
Tanto difiere la legislación de los Poderes políticos
y de sn forma, que bajo el régimen cuya forma es la
más excelente, la legislación puede ser detestable, al
paso que bajo el (¿gimen de la más imperfecta for­
ma, puede hallarse excelente legis!ación».
«Si la distinción ahora establecida, añade, tiene la
mayor importancia, también tiene razón evidente: la
legislación es obra de los hombres investidos del po­
der, y que de hecho gobiernan la nación. De donde
en la práctica, la cualidad de la< leyes depende más
de la ae los hombres que de la forma del poder. Y
serán buenas ó malas, según el espíritu de los legis­
ladores se halle imbuido ae principios buenos ó ma­
los, y se dejen dirigir por la prudencia ó por la pa­
sión n.
Segundo principio del liberalismo.—En materia de
Religión profesa el liberalismo la mayor indiferencia
ó el escepticismo de parte de la autoridad, respecto

( i) E l deber d* lo» católico* espaRolu eon los Poderea


contlituMos, por D. J . M. Ortf y Lara, pág. 7 4 ,
de las distintas religiones, y en cuanto á la Iglesia
católica, profesa «la separación de la Iglesia del Estado,
ó sea la Iglesia libre en el Estado libre», que íué la
fórmula ideada por los católico-liberales, y que en
Francia se juramentaron algunos para difundirla por
escrito y de palabra por Europa. Defendían coa sa jefe
J. B. Lamrnenais, que separaaa la Iglesia del Estado,
destituida de su apoyo y auxilio, y sumamente pobre,
volvería A ejercer gran influencia en el pueblo y aca­
baría con todos los errores. Pedían también las cuatro
libertades: de cultos, de conciencia, de imprenta y de
asociación. Ha cuanto á la indiferencia ó escepticismo
del Estado, solamente se observa en la práctica, res-
Í >ecto de la Iglesia católica, y frecuentemente esa indi -
erencia se convierte en odio y persecución en algunas
naciones de Europa y en algunas Repúblicas america­
nas. Oe esa indiferencia ó escepticismo que en la prác­
tica se convierte en odio y persecución, dimanan:
i . A La tolerancia y la libertad de cultos.— 2 “ El pase
regio respecto de las deposiciones de los Romanos
Pontífices y de los Prelados. —J.° El matrimonio civil
y el divorcio también civil, como se ha establecido en
Alemania, Francia, Italia, etc.— 4.a La inspección y
dirección por el Estado de todas las escuelas, aun las
fundidas y dirigidas por la Iglesia.— 5.° F.l obligar á
los padres 4 que envíen sns hijos á las escuelas laicas.
Esto lo aplauden soberanamente los socialistas, p ar­
que así se van preparando los hombres al Estado
socialista, en el que la enseñanza será también común
y obligatoria; y también, porque si el gobierno liberal
puede disponer del derecho gravísimo de la educación
y d éla cultura intelectual de los ciudadanos,con mayor
razón podrá disponer del derecho de propiedad y de
la material prosperidad de los mismos, toda vez que
los bienes materiales son inferiores í los espirituales.—
6.° Las libertades de imprenta, de conciencia, de aso­
ciación, del trabajo, eo una palabra, de todas las liber­
tades ó derechos del hombre, condenadas repetidas
veces por la Iglesia. Y notemos de paso, ya que se ofre­
ce la ocasión, qae la fórmula de los católico -liberales,
- J J -
da Iglesia libre en el Estado libre», ha sido reprobada
por Gregorio X V I, por Pío IX en el Syllabus, 77-80, y
por el sapientísimo León X III, y con razón, porque no
se concibe cómo hombres que se decían católicos, en­
señasen que el Estado no se debe mezclar para nada
en asuntos de Religión; esto es, debe en cierto sentido
ser ateo, no tener el Estado Religión alguna, sino
respetar en los súbditos cualquiera creencia que ten*
gao.
En esto se muestran los católico-liberales tan
racionalistas como los librepensadores. Y no vale
aducir, como hacen los católico-liberales y todos los
liberales en general, el ejemplo de los Estados-Unidos.
La importancia del asunto merece nos detengamos i
refutar este eterno argumento, tomado de la situación
especial en qne se hallan aquellos Estados, argumento
inaplicable á las naciones católicas de Europa. i.° Por­
que en los Estados Unidos jamás ha estado unida la
Iglesia católica y el Estado, al paso que con las sectas
protestantes, no solamente ha estado unida en las
primeras colonias, sino hasta fundida. En las colonias
puritauas era un gobierno puramente teocrático el que
existía; los tantos gobernaban la ciudad, y la Biblia
era la única ley: todas sus prescripciones tenían la
sanción penal. En las colonias fundadas por la corona
de Inglaterra, como Virginia, la Carolina, etc., la Igle­
sia anglicana existía con todos sus privilegios y prerro­
gativas, esto es, el régimen inglés Church and slatt.
2.° ¿Por qué se ha realizado la separación del Estado
y las sectas protestantes? Porque al emanciparse de la
Metrópoli, respetó fielmente el Estado las donaciones
y bienes que poseían las Iglesias protestantes, no hubo
desamortización, esto es, robo, como en las naciones
de Europa. Asi es que la principal parroquia episcopal
de Ne-w-York Trinity Cburcb posee hoy una fortuna
evaluada en más de io o millones de pesetas, y así en
las demás Iglesias protestantes. En Espafla y en las
demás Daciones de raza latina, la desamortización de
los bienes del clero ha sido aceptada por la Iglesia
para evitar mayores males, y en cambio el Estado les
da una mezquina retribución reconocida por el Con­
cordato. De manera que en caso que el Romano Pon-
tiSce, cambiando las circunstancias, aprobase la separa­
ción de la Iglesia y del Estado, tendría éste previamente
qae indemnizar al clero. 3.0 Se ht podido realizar la
separación de la Iglesia y del Estado en los Estados
Unidos, porque la raza anglo-sijona mira con distintos
ojos las asociaciones voluntarias dentro del Estado de
como las mira actualmente la raza latina. Los Estados
Unidos considera y favorece á las asociaciones volun­
tarias como consideraban y favorecían los pueblos
europeos á las corporaciones gremiales, cuando todavía
el liberalismo no informaba las leyes y las constitucio­
nes de los pueblos como sucede hoy. La raza anglo­
sajona ha considerado que las asociaciones voluntarias
era el 10I0 medio de dar & miembros iguales de ana
democracia, consistencia y vigor, y que sin las corpo­
raciones era reducir la sociedad á un atomismo humano.
De aquí es, que el Estado ha dejado brotar espontá­
neamente esas numerosas personas morales que ocupan
un lugar intermedio entre el ciudadano y el Municipio,
y que realizan obras qae el individuo no podría llevar
á cabo y en las que el Estado no conviene se meta
para nada. Para evitar abusos, la legislación ha dis­
puesto de antemano: i.° Las condicionesaue debe toda
asociación llenar, 6¡ quiere tener la categoría de persona
moral, y si se acomoda á ellas, no tiene necesidad ya
de pedir autorización. 2.0 Ha determinado de antemano
el máximum de bienes raíces y con renta que pueda
cada asociación voluntaria poseer, pero los edificios y
establecimientos que no den renta alguna están excep­
tuados. La Iglesia católica, qae es la más vasta Asocia­
ción que existe en el mundo, se ha aprovechado de estas
condiciones, y como ella no pide más que libertad y jus­
ticia, ha progresado de nua maucra sorprendente. Coa la
facultad de adquirir y de poseer, en menos de medio
siglo ha construido 8.000 iglesias, evaluadas en más de
la o millones de dollars, y tn cuanto al número de
escuelas y casas de caridad, no se pueden contar. En
la diócesis de N ew -York aumentan por cada 10 afios
en nn 10 por 100, y en Baltimore y en San Francisco,
por cada 10 años en 100 por lo o ( i) .
Además, en los Estados Unidos gozan las Asocia­
ció n » del derecho Je gobernarse por los Estatutos
que ellos mismos se lian establecido; de aqui que los
cánones de la Iglesia católica allí sou mejor observa­
dos qae en ninguna parte del mondo, teniendo además
los clérigos el derecho de intervenir en la elección de
los Prelados según los cánones establecidos, al paso que
en Europa son los gobiernos liberales los que los pre­
sentan ¿ la sanción de la Santa Sede. He aaui las con­
diciones de la separación de la Iglesia y del Estado en
los Estados Unidos: los liberales que la proponen de­
ben aceptarlas, sino, se dirá que no quieren la indepen­
dencia de la Iglesia, sino la opresión, persecución y ex­
pulsión.
Además, es un crasisinio error el aGrmar que el Es­
tado en los Estados Unidos es ateo; porque en todos

(l) Quien poner por nota lo que leo ea el hermoso y


elocuente discurro acerca de U libertad de enseñanza, pronun­
ciado en el Senado de Chile por D. Abdón Cifueatea, senador
por Slanquihuc, pág. 6 j. «No puedo, ón embargo, omitir un
ceailmonlo casi reciente de uno de los hombres que ha consa­
grado toda su vida al estudio de ls enseflanza, laato en sa
país, la Francia, como en otras partes; porque este testimonio
está basado ea la elocuencia abrumadora de loa números, daloa
que deteo que el Senado conozca. Hablo de Hippeau y de au
última obra sobre la ImírmceiÍH pública tn Altmamia, obra que
tengo en la mano. Haciendo Hippeau resúmenea de su exposi­
ción, que se refiere á laa estadísticas de >870 en Francia, Ale­
mania y Estados Unido», dice:
«Hace noiar desde luego, que la población de la Piusia j
demás Estados Alemanes (á lodos los cuales se refieren sus es­
tudíeos), que en 1870 era de 45.000.000 de habitantes, era su­
perior ¿ la de los Estados Unidos, que en 1870 Sólo teaía
38.558.371, al paso que la de Francia era de 40.000.000. Com­
paremos ahora el número de alamnos que en los lies paisea
segufan en el citado aflo de 1870 los cunos de la ensefianza
segunda y de la enaeflanzasuperior».
«En loa Estados Unidos». En 184 Facultades aniTetsiiariaa
y e a 6 004 Colegios j Academias, en total de alumnos, 978 658,
sus actos y leyes manda que se tribute público home­
naje á Dios, y desea y ruega que lo hagan públicamen­
te las personas legales autorizadas para ello. Todos los
Presidentes, al subir al poder, en su discurso inaugural
«ruegan y suplican k la Divina Providencia les dé Tuer­
zas para cumplir su encargo», y todos los aüos se con­
sagra uo día para que el pueblo americano d i gracias
al Señor por los inmensos beneficios que les lia conce*
dido. Allí se guarda fielmente el domingo, lo manda y
sanciona la ley y se halla ya en las costumbres. De
esta obligación nadie se exime, por distinta que sea su
Religión de la cristiana. Vean, pues, los católico-libera­
les, y todos los liberales en general, & qué se reduce la
fórmula «de la Iglesia libre en el Hstado libre, en los
Estados Unidos». [Ojalá que la Iglesia católica disfruta­
se la paz y la libertad de que goza en aquellos Estados
en nuestra vieja, Impla y corrompida huropal Ahora
bien;-volviendo al tema que arriba propusimos. ¿Qué
ideas profesan los socialistas y anarquistas acerca de

«En Alemania». En 26 UniyenidailcB y en 1.499 Gimnasios,


Escuelas m ies, Escuetas Normales, Escuelas de enseltanza su­
perior parí tftujeres, Insumió» politécnico», etc., total de
alumnos, 294.088. «En Francia». En los Liceos, Colegios, Es­
cuelas especiales, etc., sostenido» por el Estado, ;a 839; en los
Colegios privados, 77.000. Total de alumno!, 149899».
«Aun suponiendo,agrega Hiappeau, que el número de nues­
tros estudiantes fuese superior al de Alemania, todavía estaría­
mos bien lejos de esa enorme cifra de 978.655 estudiantes que
siguen en los Esladoa Unidos los cursos de enseOanza secunda­
ria y superior.» «No hay nación que dé mayor importancia i la
instrucción; no hay ninguna donde el gusto y el hábito de la
lectura estén más difundidos. En 1870 se contaban 164.815
bibliotecas públicas, conteniendo 45.528.000 volúmenes. Los
Colegios y Universidades tienen, por su parte, 14.375 bibliote­
cas con 3.598.000 voldmena. J-os escudos dominicales cuen­
tan 8.356.1241 gabioetes de lectura, ponen á la disposición
del público 2.536.138 volúmenes. Las Iglesias tienen 4.478
bibliotecas con 1.634 9 ‘5 volúmenes», «Todas estas cifras tie­
nen su elocuencia, prueban ma/emátírementt qne se trata de
tina nación que está muy lejos, como se ba repetido tantas ve­
tes, de aación absorbida por los intereses materiales».
I* Religión? Los primeros declaran que el Estado debe
ser ateo, y en el programa de Gotha consigna aque la
Religión es un negocio particular», pero esto es una
ooioria mentira, «porque los socialistas como los anar-
quistas se declaran ateos y materialistas. En esto no
han hecho otra cosa qne sacar lógicamente las conse­
cuencias d élo s principios y prácticas del liberalismo».
¿Quién es, pues, escribe el P. Calhrein ( i ) , el que ba
predicado y fomentado el ateísmo en todas sus mani­
festaciones? ¿Quién ha combatido al cristianismo por
todos los medios, y tratado de privarle Je su benéfica
influencia en la escuela, semillero de la generación fu­
tura, y en toda la vida pública de los Estados?... ¿Quié­
nes han de ser, sino los partidarios del liberalismo,
desde los enciclopedistas del siglo pasado hasta los ca­
tedráticos de Universidad de nuestros días, que com­
baten y escarnecen la fe en Dios y en nuestro Reden­
tor Jesús, como conseja que debe relegarse para siem­
pre al interior inculto de las selvas? In quo prtcaverint
castigabuviur. En lo que pecasen serán castigados».
3 ° Ea cuanto & la propiedad, establece J. J. Rous­
seau que la tierra es de todos, y que el primero que
cultivando ona parcela de terreno la cercó y dijo: esto
es mío, fué un usurpador, un ladrón, porque para ello
no tuvo el consentimiento del género humano, de la
ley civil. Esta fué la doctrina de los padres y fundado­
res del liberalismo; y por eso al grito de la libertad y
de la igualdad se robaron los bienes á la Iglesia y á las
órdenes religiosas, i los nobles y á los pueblos, esto
es, se robaron también y malvendieron los inmensos
bienes comunales; pero en cuanto se formó la burgue­
sía liberal, en cuanto engrosaron sus fortunas los par­
tidarios del liberalismo y se apoderaron del poder, se
ordenó en la constitución «que la propiedad privada
es sagrada é inviolable».
¿Cómo?, exclaman los socialistas y anarquistas, diri-
rigiéndose ¿ los liberales: vosotros qne habéis robado

(i) Ob. cit.


los cuantiosos, bienes de la Iglesia y de los Religiosos,
bienes que eran y se empleaban para los pobres, vos-
tros que os habéis apoderado con fraudes, con engaño
ó por cuatro céntimos de los bienes comunales que
también eran pira los pobres de los pueblos, ¿queréis
que hagamos alto? Os equivocáis: porque es necesario
que al grito de la igualdad y libertad que nos habéis
predicado, desaparezca la propiedad privada; es nece­
sario que la tierra, el capital, las máquinas, las minas,
ferrocarriles, etc., en una palabra, todos los instrumen­
tos del trabajo, pasen al F.stadn, y que éste ros distri­
buya la ración según el trabajo de cada uno. Nos
habéis prometido un paraiso en la tierra, y con el co­
lectivismo lo tendremos.
4.* El liberalismo, estableciendo como fundamento
xque no hay más interés qne el general de la nación y
el del particular», introdujo ea el gobierno de los pue­
blos la centralización, y con el fin de mejor dominar,
destruye de una manera imprudente y brutal todo
organismo vivo de las naciones, como las clases so ­
ciales, los fueros de las regiones, los gremios y toda
otra corporación, convirtiendo á las naciones en un
individualismo ó atomismo humano. Oe aquí, que abra­
zando en Economía social la absoluta libertad del tra­
bajo, y por lo tanto la libre competencia, que produce
la especulación, monopolio y agiotaje, se han formado
inmensas fortunas que están en pocas manos, quedando
la muchedumbre en la mayor miseria. Como se ve, el
liberalismo en Economía política abraza el sistema del
capitalismo, lo que no debe extrañarnos, porque los
judíos y judaizantes figuran en sus filas. ¿Qué han
necho los socialistas? Sacando las consecuencias de
los principios y leyes de los economistas liberales, han
proclamado la eterna lucha entre el capital y el tra­
bajo, fundando la leoita de los valores de C. Marx, é
intentando probar éste que el capital no es más que el
trabajo acumulado, coagulado, cristaÜ2ado y que (bo­
m a sangre del pobre obrero, en una palabra, que el
capital es el robo; y con la libre competencia y la ley
de la oferta y la ucmauda, han pregunado la ley de
bronce del salario del agitador I.assalle, ley que con­
dena para siempre & los asalariados á no salir jamás
de su deplorable estado.
j.° El socialismo destruye la familia; no quiere
aquella unión bendecida por Dios del hombre con la
mujer, una con uno y para siempre; en su lugar in­
troduce el amor libre; ¿pero quién es el que lia prepa­
rado el terreno & los socialistas? ¿No es el liberalismo,
qoe ba consignado en sus leyes independíenles de la
Iglesia el matrimonio y el divorcio, oo canónicos sino
civiles? ¿No es el amor libre lo mismo que el concu­
binato público, por el cual se pueden separar las pare­
jas cuando se d¿ un motivo legal, y contraer otro y
otro matrimonio? ¿Qué diferencia existe? Ninguna;
cuestión solamente de detalles legales.
Los principales principios del liberalismo que aca­
bamos de indicar brotaron del masonismo, cuyo ob­
jeto y tendencias pondremos al fin de este articulo, y
en sus principios no hubo diferencia alguna; y aun
cuando después y hoy muchos liberales no son ma­
sones, sin embargo, en todas partes el masonismo
apoya al liberalismo, como también al socialismo. No
es necesario aducir pruebas de este aserto, basta re­
cordar el público apoyo que en Barcelona dieron las
logias al socialismo.
Ahora bien; si por el fruto se conoce al árbol, bien
se puede asegurar que el liberalismo es el peor ene­
migo que boy tiene la Iglesia católica. Por esto Gre­
gorio X V I, en la Encíclica de 15 de A gosto de 18 3 2 ,
condenó la separación de la Iglesia y del Estado: el
Syllabus de Pío IX condenó todos los principios arriba
enumerados, y últimamente, el sapientísimo León XIII
en su inmortal Encíclica Libertas. Y con razón: por­
que, como escribe el P. C. Riess ( 1 ) , el liberalismo, de
cualquier clase que sea, político, social, eclesiástico,
incrédulo, científico, etc., no quiere aquella libertad

( 1) Stimmen ani Mam-Laach H. V. iib. dic Encycl, ▼,


1864. Die moderne Irrlebre odet Libe ral iimut
que se sigue de los principios del derecho natural y
de la Iglesia católica, mas admite y promueve cual­
quiera otra libertad que no se pueda conciliar con
aquélla. El liberalismo, añade, no es sino una forma
del antinomismo que siempre ha existido desde la cal­
da del hombre ( i) . El P. V. Casajoana, S. J., lo defi­
ne (2 ) sistema con el cual se patrocina y defiende que
cada uao tiene facultad y derecho para usar de sa
libertad como mejor le acomode. Y el Dr. D. F . Sardi
y Salvany (3 ) escribe hablando del liberalismo: «Es el
mundo de Luzbel, disfrazado hoy día con aquel nom­
bre, y en radical oposición y lucha con la sociedad de
los hijos de Dios, que es la Iglesia de Jesucristo».
Compréndese, desde luego, tratándose de un error
trascendental, que es cosa difícil dar una definición
breve y sencilla del liberalismo; á nuestro modo de
ver, aunque sea verdad que en todo pecado existe un
acto de rebelión contra Dios, y en esto todo pecador se
manifiesta racionalista y liberal, sin embargo, nos pa­
rece que el liberalismo indica algo m is, y. que los pa­
dres y fundadores del liberalismo, al establecer su
sistema iban m is lejos, y para ello creemos conducente
estudiar los escritos dé los malhadados progenitores
del liberalismo, y en ellos indudablemente hallaremos
expuesta la naturaleza y esencia de tan funesto error.
La investigación es fácil, después de lo mucho que se
ha escrito acerca de la Revolución francesa (4 ). En
efecto, del orgullo, que engendra en las almas sin fe
el cultivo de las ciencias fisico-natnrales, puesto que
casi todos los filósofos y corifeos del error del siglo

( 1) Non est niii altera forma antinamismi, q ii post lapium


naluiae húmame aempcr cutilit.
(a) Diaquisilionea acholaalico-tlogmaiicoc, vo], I., pág. 186.
Liberaliimua est sputtma quo defendilur facultareis aen ticen-
lUm in case cuique honiini abutendi sua libértale,
(3) E l liberalismo es pecado, pág. 16.
(4) H. Taine. Les origine* de U Frmnce coniemporaine.-
L'aucien regime, pág. 266 y íig.
Ítasado cultivaron m is ó menos la química, física,
as ciencias Daturales, la medicina y las matemáti­
cas; de la corrupción de las costumbres difundida des­
de la corte de Luis X V por toda la Francia; de la
frivolidad ¿ indiferencia religiosa de los nobles, y de
la cultora pagana, brotó en el siglo pasado en Fran­
cia una doctrina, que á manera ae un* nueva revela­
ción infernal, pretendía dirigirlo y gobernarlo todo.
Próximo al año 1789 se escribía y proclamaba «que
se vivía y* en el siglo de las luces», en la edad de la
rtzótt, y que el género humano hasta entonces había
vivido en la infancia, pero que ya se hallaba tn la edad
adulta. Se manifestaba que la verdad iba á reinar por
primera vez sobre la tierra; porque teniendo el supre­
mo derecho de mandaren todas las cosas, era por sn
naturaleza también universal. Por sus creencias fanáti­
cas la filosofía del siglo xvm es semejarte al puritanis­
mo del siglo xvn y. al mahometismo del siglo v il Se
observa en los sectarios de dicha ñlosotia el mismo
entusiasmo, el mismo espíritu de propaganda y de do­
minación, la misma intolerancia y crueldad, y la m is­
ma ambición de los puritanos, protestantes y maho­
metanos en refundir al hombre y modelar toda su vida
conforme 4 un plan, á un tipo preconcebido. Su jefe,
Voltaire, habla como soberano legitimo k quien la dic­
tadura se debe por herencia, y contra quien to Ja re ­
beldía es un crimen y una locura. Pero difiere de los
fanáticos, protestantes y mahometanos, en que no habla
i los honiDres en nombre de Dios, sino en nombre de
la ra^ón. En nombre de la rajón se emprende la des­
trucción de las más sagradas instituciones; pero en esta
infernal batalla contra todo lo santo y tradicional,
nnos se quedan, quizás por timidez ó espantados al
ver su obra, á medio c
lógicos ¿ impulsados
fin, basta la negación más absoluta de todo lo m is
santo y sagrado que existe. Ahora bien; ¿en nombre de
quién se predica y propaga tan infernal revelación, que
engendró y dió á luz al monstruo sangriento de la
Revolución francesa y al derecho moderno? En nombre
de ta razón, de tarazón Independiente, y en nombre
de esta soberana razón humana se pretende destruir
la Religión y la tradición cristiana, y sustituirles en la
dirección y gobierno de los pueblos. Léanse los en­
ciclopedistas del siglo pasado y se veri confirmada
plenamente esta verdad. Creemos por lo tanto con fun­
damento, que se puede defiuir la naturaleza y esencia
del liberalismo diciendo: «que es la independencia
de la razón humana en materia de dogma y de moral,
aplicada como primer principio en el gobierno de
los pueblos*. Hay quien pretiere, que en lugar de la
raxin independitnU, se ponga «escepticismo», porque
en este caso la definición abrazaría todos los grados
y matices del liberalismo. F.n efecto, se puede anlicir
al primer grado del escepticismo, que es la duda, la
duda jornal , y dudando del dognia y de la moral por
falta de fe, se proclama en el gobierno de los pueblos
la tolerancia, la libertad de caitos, la libertad de im­
prenta, de conciencia, de asociación y de todas lai de­
más libertades ¿d erech os del hombre que constituyen
el credo de los católico-liberales, con sus múltiples
denominaciones; como también al último grado del
escepticismo, que es la negación m is absoluta de todo
dogma y de toda moral, que constituye la esencia del
librepensamiento, del socialismo, anarquismo y nihilis­
mo. A nuestro pobre entender, tan racionalistas son
los católico-liberales como los liberales á secas y libre­
pensadores. Examínense bien las doctrinas del catoli­
cismo liberal, y se verá que son aún peores que las del
Íiuro radicalismo, porque en aquéllas se procura cubrir
a razón independiente con un barniz de religión oficial
b mundana; y no hay duda ninguna, si hemos de juz­
gar por los escritos de los Padres y fundadores del libe­
ralismo, y por los fratos de tan dañino árbol, qae su
naturaleza consiste en la ru^á« independíenle que reem-
Í ilaza y sustituye en el gobierno de los pueblos y de
os individuos i la Religión, tradición, y á la razón
cristiana. «La esencia específica ( i ) , mejor dicho, el

(i) C u ta Pastoril del Obitpo de Cartagena, $ I.


distintivo individual del sistema... es la emancipación
del Estado de la Iglesia; la secularización del Estado;
el ateísmo oficial; la separación de la Religión de la
política; en una palabra, una política sin religión y
sin Dios».
Corrobora nuestro sentir la clasificación que hace
el supremo Jerarca de la Iglesia, de los liberales en su
Encíclica Libertas, publicada en el año 18B8. En ella
distingue el Papa León XIII tres géneros de liberales.
El primer género lo constituyen los que proclaman la
absoluta independencia de la razón de toda ley supe­
rior: éstos niegan la existencia de Dios ó deifican al
hombre; son, por lo tanto, ateos ó panteistas y su cri­
men es evidentísimo. Para esta clase de liberales el
Estado en Religión y moral debe ser ateo, en política
debe proclamarse la República, y en Economía social
la absoluta libertad de producción ó del trabajo. El
segundo género lo forman aquellos que admiten la ley
natural y eterna de Dios, y declaran someterse á su
voluntad soberana, mientras que esta voluntad se ma­
nifieste de un modo natural, esto es, por medio de la
razón humana, porque cualquier otro modo diferente
de manifestarse la voluntad de Dios lo niegan como
imposible. Estos son los soberbios racionalistas, que
niegan el orden sobrenatural, la revelación y la Iglesia
de Jesucristo: su crimen, si son cristianos, constituye
la plenitud de la herejía y la apostasia. Para estos libe­
rales el Estado no debe preocuparse en la vida social
del orden sobrenatural, ni preferir la Religión cristiana
sobre las otras. El creer ó no creer en alguna'Religión
debe ser negocio privado y nada más. El Estado, por
lo tanto, ni debe ser ateo, ni cristiano, ni irreligioso.
Error funestísimo, porque la misma ley natural que
admiten estos soberbios racionalistas,' les obliga á
honrar y dar culto á Dios, del modo que Dios lo quie­
re y lo na manifestado. Bien saben estos racionalistas
que Dios quiere, y que lo ha manifestado con pruebas
evidentemente creíbles, que quiere ser adorado con el
culto cristiano-católico, y que por lo tanto no basta
la ley natural, ni pueden equipararse ni compararse las
falsas religiones & la solamente verdadera, la Religión
cristiana.
El tercer género de liberales lo constituyen, según
el Romano Pontífice, los que admiten el orden sobre­
natural, la Iglesia de Jesucristo, y las leyes positivas
que la Iglesia propone; pero profesan la doctrina de
que las leyes de la Iglesia son la norma de la vida pri­
vada de los hombres, pero />o de la pública; por lo
tanto, que no obligan al Estado, por ser éste absolnta-
menle independiente de la Iglesia. Estos se denominan
simplemente liberales ó católico-liberales, y juzgaron
qne las persecuciones de la Iglesia dimanaban de la
unión con el Estado, proclamando sa separación en la
célebre fórmula la «Iglesia libre con el Estado libre», y
defendiendo Ia9 libertades de cultos, de conciencia, de
la prensa, de la asociación, reprobadas repetidas veces,
condenadas, com o hemos arriba indicado, por los R o ­
manos Pontífices. Estos católico-liberales son tan racio­
nalistas y aun peores que los de la primera y segunda
clase, porque can un orgullo satánico limitan el poder
de Dios, negando que pueda intervenir en la vida públi­
ca del hombre, y estableciendo una separación verda­
deramente imposible en la vida pública y privada.
Adem ás, son inconsecuentes é hipócritas; porque si ad­
miten la revelación y que el fin últim o del hombre e>
Dios, ¿porqué conceden iguales derechos al error que ¿
la verdad, al bien que al mal? Medítese lo que escribi­
m os en el párrafo primero. «Fin del hom bre.— D octri­
na católica», y se comprenderá el fundamento de las
palabras del grao Pontífice Pío IX al afirmar que los
católico-liberales son müs peligrosos y funestos que
los enem igos declarados.
El Sapientísimo León XIII añade en su Encíclica
«Libertas» ( i ) : «Por último, hay muchos que no a prue­
ban la separación catre las cosas sagradas y las civiles;
pero juzgan que la Iglesia debe condescender con los

( i ) Colección de Encíclica? de S a Santidad el P ip a León X III,


p íjj. 404. Madrid: Librería caiOUea de G . del A m o.
tiempos, doblándose y acomodándose & lo gue la m o­
derna prudencia desea en la administración de los
pueblos. Este parecer es honesto, si se entiende de
cierta equidad que pueda unirse coa la verdad y la
justicia; es decir, que la Iglesia, con la probada espe­
ranza de algún gran bien, se m uestre indulgente y
conceda i los tiempos lo que, salva siempre la santidad
de su oficio, puede concederles. Pero m uy de otra m a­
nera serla si se tratase de cosas y doctrinas introducidas
contra justicia por el cambio de las costumbres y los
falsos juicios. Ningún tiempo hay qne pueda estar sin
religión, sin verdad, sin justicia, y como estas cosas
supremas y santísimas han sido encomendadas por D ios
1 la tutela de la Iglesia, nada hay tan extraño com o el
pretender de ella que sufra con disimulación lo que ea
falso ó injnsto, & sea connivente en lo que daña & la
Religión.
Síguese de lo dicho, que no es lícito de ninguna
manera pedir, defender, conceder la libertad de pensar,
de escribir, de enseñar, ni tam poco la de cultos, como
otros tantos derechos dados por la naturaleza al hom ­
bre. Pues si los hubiera dado en efecto, habría dere­
cho para no reconocer el imperio de Dios, y ninguna
ley podría moderar la libertad del hombre. Síguese
también que, si hay justas causas, podrán tolerarse
estas libertades, pero con determinada moderación,
para que no degeneren en liviandad ¿ insolencia. Donde
estas libertades estén vigentes, usen de ellas lo mismo
que la Iglesia siente. Porque toda libertad puede repu­
tarse legítim a, con tal que aumente la facilidad de obrar
el bien; fuera de esto nanea» ( i ) .
Escrito esto, hemos recibiao la «Philosophia m o-
ralis» del P . V . Catlirein, y en la página 351 confirma
nuestra doctrina (2).

(1 ) S¡ el leclor desea conocer una hermosa exposición de


Jas palabras del Rom ano Foniiñce, lea los párrafos XLV y X V
de la Pastoral citada del Sr, Obispo de Cartagena.
(*) Sub iriplici potiaaimuin forma Ubcnlism us occurrit
Soc. 1 A i u q - J
Fxpuestos ya los principios y I» naturaleza del
liberalismo,nos falta solamente oir 4 los mismos funda­
dores de tan funesto sistema, para así confirmar la ver­
dad de nuestra definición-y ver palpablemente que el
socu " proceden del liberalismo.
principio del escepticism o ó
indiferencia en materia de religión, pero especialmente
respecto de la Iglesia católica? Se debe al ejército de
filósofos del siglo pasado, pero especialmente al jefe de
todos ellos, al implo V ol taire. ¿Cuál fué la táctica dia­
bólica que empleó Voltaire? Pretende este implo escri­
to r negar la divinidad de nnestra Sacrosanta Religión
con calumnias y mentiras, y para esto se valió del pro­
cedimiento siguiente: Contra la autoridad y respeto

L e o X III, E n c fc l. «Libertas, p r:\estanlissimiim iinlurac l»o-


num >):
I. Liberalistnus, qui tibí plañe constat, rejicit omntm auc-
tcritútem dñinnm <¡uoad vitan socithm. Omnes homines con-
cipiuntur liberi et ínter se oequsOe*, et auctorilaa a lia via oriri
non polest nisi comuni volúntate seu pacto, eo fere modo, quo
finxit Rousseau P a n n ajo r populi eit foo« omnis legis et
juris. Potest ergo überalismus hic defiairi: plena auton on ía
individual» npplieola ad v iltm locialem , vel etinm nAturalis-
mua seu rationalismus ad vitnm hominum socialem applicatus.
E k hiis prmcipiia fundamen'.alibus libernlismi sequitur: a)
qaoad religirmeot et mtrakfn: aocietalem e s e atheistícnm (lV lat
est athée), i. e. eam nultnm D ei et religionis cnram habere,
seu ecclesiam plañe esse a ststu aeparandam et, quod inde sequi­
tur ómnibus plenam libetlatem religionis et cultas ease conce-
dendain.In inalítulione juventutis religión! nullua inAuxoa con-
cedendus est; scbolae, quae unice ad statum perlinent, absque
relipione im titui debent in iisque sola tnnralis laica et civ il»
docclur. Matrimonium utpotc ad stAtuni pertínens ubique debet
e<se civile: b) im repolítica libcralismus necw tario ducit ad rem-
publicam, immo, si sibi consentiré velit, ad democratiain eo
modo, quo rolnit Rousseau; quod si multi liberales bodie monar-
chiara conslitutionalen vel rempub'.icam aliquo m odo arillo-
ciaticam (in favorem divilum ) adaman!, id unice faciunt, quia
potestatem am iuere timent qoam acquisiverunl: c) in re occmc-
mica liberal iamlis profiteiur plenam libertatem produciionia:
quilibet potest facere, quidquid t u I i , quomdiu aliorum j u r a prí­
v ala non violat.
qae se teala 4 las Instituciones tradicionales, opuso
otras instit o d o n es, cu y o imperio no era menos extenso
y cuya autoridad y respeto no era menor. Enfrente
del dogm a y del cu lto católico, desenvuelve con pérfida
ironía, oculta ó manifiesta, los principios ó el credo de
las diversas sectas cristianas, anglicanas, cuákeros,
presbiterianas, socinianos; los dogm as y cultos de los
paeblos antiguos y rem otos, com o G riegos, Romanos,
Egipcios, M ahom etanos, adoradores de B ram a, de
Buda, Chinos é idólatras. En cuanto k las constitu­
ciones políticas y civiles, opoue otras m uy diferentes y
diversas costumbres: describe el despotismo, la monar­
quía templada, la república, la Iglesia libre, tolerada y
sometida al Estado; en un país indica las castas, en

H aec liberalism i forma ómnibus quo hucusque dispulavi-


mu», tufEcienlei rcjicilur, ¡ta ut spcciali refulatione hoc loco non
iniligeat. Specialim omnia aubverlil, quo de relalione civilalis
ad religionem et ecclesiam diximus.
II. A lia eaque mitior, sed minus sihi concordans species
liberaliaiai ognoicil dependenliam hom inii a Deo etiam quoad
vilam socialem , le d solum m ira lim iies raiioois et legis natu-
ralis, R evelalionis supernaturalis ¡n tíiü sociali nuil* relio
habenda cal. Inde deducunt iulcr rcligiouis christfanas vel reve­
íalas nullam aliis esse proferendam. Civitas ergo secunáum
bañe setenliam non est quidem chrisliana, sed ñeque atheiitica
am irreligiosa. Sedetiam haec theoria ex iis, qno diximus de
relalione auctoritatia'ávilis a l ecclesiam jam refútala e«l. Civi
tai o b ligtlu r lege natarali ad Deum colendutn co m odo, quo
Deus vult. Alqui Deus coli vult cultu chriiliano cailiolieo.
G rgo non suflicit sola religio naturalis ñeque possunt falsae
religiones christianae «equiparan.
III. Est derique tertia liberalismi species prioribtis mitior,
sed etiam minus sibi constans quae quoad vitam privatam
etiam religionem svptrtM iurahm agnoscere vult, sed non q u o a d
vitam publicam. H aec etiam inler cntho'.icoj (liberales catholici
vel catholici liberales vocabam ur) aliquandiu suos asseclns
habebal, quurum ilux erat J . B. rie Lamtnenah. Puiabanl inaxi-
ina mala ectleaiae proirenire ex ejus foedere cura absolutismo,
ideo ecclesiam a slatu plene separandam. Ecclesiam, si iterum
pauper et socielalis civilis auxilio d estílala foret, suam vim
moralem victricem contra errrores exereituram esse. Ideo pos-
otro la poliandria ó poligam ia, y de nación en nación,
de siglo en siglo , seflala la diversidad, la contradicción,
el antagonism o de instituciones y costum bres fonda-
mentales, que cada una de ellas, en su país respectivo,
se hallará consagrada por la tradición, formando el
derecho público. Desde este momento, ya por la crasa
ignorancia del pueblo francés en asuntos históricos,
com o observa H. Taine ( i ) , ya por la falta absoluta
de erudición, y por el desprecio del serio estudio de
las grandes compilaciones históricas y de la critica, y
por creerse como verdades las sofisticas mentiras de
V oltaire, desaparece el respeto debido i la tradición;
las instituciones pierden el prestigio divino que las
rodeaba: ya no eran para los franceses más qne obras
humanas, nacidas según las circunstancia;: y los la g a ­
res por la conveniencia y por la couvención. El escep-

lulabanl has qualuor «magnas llb e rta te» : scil, plenam liberta-
tem cu ltm , lib. eonacientiie, lib. preli el lib. auociation it. Sen-
leniia haec rejecta est a Gregorio X V I. et praetertim a rio IX.
in Syllab. (thes. 77 80), el jure mérito.
N am csl mira 1nconacqucn L¡a, agoosccrc revclalionein pro
yila privatn et ro n pro publica, quasi homo haberel jus litni-
tandi protes latem Dei ad vitam privalam. Deinde separatio vitae
prtvatae a publica est plañe imposibilis. Bonus catliolicus debet
curare, ut infante* in schnli* cntholice educentur, ut malritiio-
nia eccleiiae subsint, ut generalira jura ecclesiae s n t salva,
▼. g quoad immunilatem cleri, quoad bona ecclesiaslica, quoad
institutionem in scholis etc. Praeterea poleit q'iidem inlcrdum
libertas rultuum recle tulcrari, si id neceasariúm sil ad majora
mala vitanda, a:d genernlim contendere omnes ctiltua deberé
i i s J c i D juribus (¡audere ac etcleainui, csl iiijiiriusmn ecclcsiac,
quae sola ju i existentli et ordínandi res religiosas habet, e t cui
omnes per ae obsecundare leneii.ur. D¿in magnus est error,
pulare, concessa oequali liberlale falso el vero, malo et bono
aemper verum ct bcíhum vicloriam reporlatura eaae, F ic illm eat
errorem spargere quam veritalem , e l hominibus faciuorosia
a
eiiam multa media praesta sunt, quibus boni absiineri dtbent;
denique hominis cupidialca tíTiciunl, ut facilius ad vitium pro-
tn h a lu r quam ad virtutem.
(1) Ob. cit., pág. 276.
- «S -
ticismo y la indiferencia se apoderó de todas las inteli­
gencias y corazones. A la Iglesia católica se la declaró
guerra sin cuartel por medio de una pérfida, cruel y
continua polémica. Voltaire, con la Historia en la mano,
recorre de un extrem o al otro toda la Historia eclesiás­
tica, y desde los primeros versos del Génesis hasta la
última Bula del Rumano Pontífice, con animosidad y
perfidia implacables, en la critica como en la Historia,
Geografía, L ógica, Moral, etc., coteja las fuentes, opone
los diversos testimonios sobre un mismo asunto, y
ahora frivolo y festivo, ahora cáustico é impío, excita
con chistes de mala ley el ridiculo en mil y mil pasajes
de la Biblia y de la Historia, y desfigura de una manera
monstruosa el edificio primitivo. Pero Voltaire, ya sea
por timidez, ya por miedo de su propia obra, se queda
á medio camino. Para ¿I, com o para otros escritores
de su época, todas las Religiones positivas son falsas;
iero debajo de ellas queda la Religión natural, que es
fa verdadera y común al género humano. S a fórmula
es el Deísmo.
L o mismo hace en cuanto á las constituciones y
leyes civiles y políticas; después de demostrar, á través
de los siglos, sus mutuas contradicciones, afirma que.
debajo de las leyes positivas existe una ley natural,
sobrentendida en los códigos de todas las naciones,
aplicada en las costumbres de los pueblos y escrita en
los corazones de los hombres. «Lo que es justo ó injusto
aparece com o tal á todo el U n iv e r s o ( i ) .
¿Quiénes son los padres del ateísmo y de la idea
materialista que del Universo profesan los socialistas y
anarquistas? Son los enciclopedistas, de los cuales los
unos eran escépticos, com o D’ Alem bert, los otros
semipanteístas, com o Diderot y Lamark, y el mayor
número, más francos y m is lógicos, unos se declararon
ateos y materialistas, como D’ Holbach, Lamettrie,
Helvelius, y otros lo hicieron más tarde, com o Condor-
ect, Lalande y V olney: diferentes é independientes unos

(i) V o ltaire.— Dialogue»: Entretiene entre A . B . C .


de otros, estaban unidos y concordes en considerar i
la Iglesia y á la tradición monárqolca como al enemigo
común. Se abren las hostilidades y se declara la guerra
sin cuartel; quieren acabar con todas las instituciones
seculares y destruir para siempre al enem igo. Se niega
y rechaza obstinadamente que la razón y la religión
pueden estar en armonía y defender las mismas verda­
des; de ahi que al inaugurarse el reiiudo de la raz¿n
debe desaparecer para siempre la religión y la tra­
dición.
L os enciclopedistas se burlan de Voltaire, porque
este Patriarca del error no quiere desprenderse aún de
sa Dios -vengador y remunerador ( i ) . Escribenle que
la idea de Dios ce ha forjado en la mente del hombre
por la ignorancia, por el miedo y por la imaginación,
facultades todas mentirosas. «Voltaire replica que la
idea de Dios es verdadera, porque sin ella no se puede
explicar el orden y conjunto m aravilloso del muudo, y
si un reloj supone un relojero, del mismo modo el
Universo supone k Dio:. (2)». Le replican que ante todo
es necesario probar que el mondo sea un reloj, y probar
también qne la disposición j armonía imperfecta y
defectuosa que en ¿I se observa, no puede explicarse
mejor con la materia eterna y con el movimiento, esto
es, con la serie infinita de causas y efectos que con una
causa primera distinta del mundo. No saben estos ateo-
materialistas que el número inñnito de causas y e fe c­
tos es un mito, y aun concediéndoles tal absurdo,
como el predicado esencial de cada individuo de la
serie es el ser producido por otro, lo es también de
toda la colección, exige por lo tanto una causa prim e­
ra, una causa no causada que dé origen á toda la serie.
«De partículas materiales, escribe Didcrut, dotadas de
m ovim iento, cuyas distintas clases gozan de diferentes

(1 ) Voltaire. D i' c L pbil. artir. Religión. <S¡ troiia avez une


bourgade & goberner, il fnut qu'ellc oit une religión».
(2) • L ’ Univers lu'cmbarrassc e l je ae puis songer
q u ece lle h orloge existe e l n’ait poin l d ’horloger».
estados de equilibrio, han salido los minerales, la
substancia inorgánica, el mármol, la cal, el aire, el
agua y el carbón*. «Fabrico el humus, continúa el
mismo escritor, y siembro en ¿1 guisantes, habas,
coles; las plantas se nutren del humus, y y o me nutro
de las plantas. En cada una de mis com idas, en mi y
por nrt, la materia inorgánica se transforma, se o rg a ­
niza en materia viviente; de manera que y o hago la
carne, la animalizo, la hago sensible». «Ea la materia
inanimada existía ya una sensibilidad latente, incom­
pleta, que se va elaborando y se manifiesta en nn
organismo. La organización es la causa, la vida y la
sensación son sus efectos». «No tengo necesidad de
una mónada espiritual para explicar los efectos vitales,
puesto que ten go la causa ( i ) 1 - Cualquier escolar
refuta h o y el argum ento del materialista Diderot,
porque si ia organización es causa de la vida, cuál será
la causa de la organización? Y si se contesta con los
organicistas de la Facultad de Medicina de París, que
los fenómenos vilales proceden de las propiedades
vitales, y éstas del arreglo orgánico, ó sea de la o rga­
nización, se com ete un circulo vicioso. Porque la o rg a ­
nización, ya sea durante la evolución del germen, ya
sea durante la perpetua reorganización, durante la
nutrición, es precisamente el fenómeno vital por e x c e ­
lencia, y por lo tanto debe á su vez proceder de las
propiedades vitales. L u eg o tenemos qae la organiza­
ción ó la m olécula orgánica es á la vez causa y efecto
de las propiedades vitales.
Además, según Diderot (a ), «el matrimonio perpe­
tuo es un abaso, es la tiranía del hombre que convierte
en propiedad suya la posesión de la mujer». «El pudor
como el vestido es una invención y nna conveniencia».
«No existe verdadera dicha sino en los países en donde
la ley autoriza el instinto, como en O taiti, por ejemplo,
en donde el matrimonio dura solamente un mes, una

( i) L e teve de D 'A lem b cil, par Diderot.


( i) D id erot.— Supplémen t au royn gc de Dougainville.
ina vez un cuarto de hora;en donde
queremos escandalizar á nues-
tros lectores trascribiendo taD ta indecencia. A la piara
de puercos de Epicuro van á parar todos los materia­
listas. Véase si los socialistas hallan ó no en sus Padres
los fundadores del liberalismo las doctrinas que defien­
den, esto es, el materialismo y el amor libre.
L os compañeros de Diderot coosiruyeu la moral &
la manera de Hobbes. Para ello les b aita con un medio
sencillo, grosero, casi mecánico, fisiológico, esto es,
con la inclinación natural que gu ía al animal á huir del
dolor y buscar el placer, a El dolor y el placer, dice
H elvecio, son los únicos resortes de la moral, y el sen­
timiento del amor propio es la sola base sobre la cual
se puede echar los sólidos fundamentos de la moral
utilitaria». «¿Q.ué otros m otivos que el interés personal
puede determinar al hombre á acciones generosas? Le
es tan imposible al hombre amar el bien por el bien,
com o amar el mal por el mal». «Los principios de la
le y natural ( i ) se reducen á un principio fundamental
único, á la conservación de st mismo». Procurar la
conservación de si mismo y obtener la dicha, este es
el instinto, el derecho y el deber del hombre». Com o
se ve, la virtud, para estos sibaritas revolucionarios, no
es más que el egoísm o individual. Si toda la moral con­
siste en obtener la felicidad, el goce material, bien
pronto el hombre la procurará á todo trance, destru­
yendo toda traba tradicional que le salga al paso. Asi
mismo lo enseña Diderot al pueblo. «El estado de la
sociedad es un estado de guerra del soberano contra
todos y de cada uno de los miembros contra los otros».
«No vem os sobre la faz del globo sino soberanos injus­
tos, incapaces, relajados por el lujo, corrompidos p or
las adulaciones, depravados por la licencia y la impu­
nidad, desprovistos de talentos, de buenas costumbres
y de virtudes».. P or eso truena contra los Reyes

(i) V oln ey. L a lo i n atu rd le ouCatechism edu citoyenfrao-


9&is. C h , I IL — Saini-Lam beru Catechiame unircrtel. Premier
dialogue,
y los Sacerdotes, ordenadores y guardianes de la socie­
dad, y pide que se acabe con el orden social asesinan­
do á los Sacerdotes y á los Reyes ( i ) . Véase si los
anarquistas tienen ó no buenos ascendientes.
Pero el principio cardinal del liberalismo, la nativa
bondad del hombre, y iodo lo relativo al derecho po­
lítico y í la propiedad, se debe á J. J. Rousseau. En
efecto, de las doctrinas de Rousseau y de sos discípu­
los han brotado las instituciones modernas, el Estado
moderno, y de ellas han salido y saldrán todos los so­
cialistas y anarquistas actuales y futuros.
El trabajo de 2apa que junto ¿ las eternas murallas
de la Iglesia y de las caducas y perecederas de la M o­
narquía tradicional realiza Rousseau en sus principios,
parece poca cosa, pero en realidad es el m is eficaz, y
el ariete de guerra que emplea es también una idea
nueva acerca de U naturaleza humana. Esta idea, como
afirma el mismo Rousseau, se ha presentado en su
mente ante el espectáculo de su propio corazón (2 ).
Preocupado Rousseau de si mismo hasta la maula,
y no T ie n d o en el mundo sino á si mismo, se imagina
al hombre tal cual es él y le describe como ¿1 se siente
y se conoce. En esto, el amor propio encuentra plena
satisfacción, porque lo es el creerse el tipo del género
humano. C o avo ca Rousseau & las generaciones todas
de la tierra con la trompeta del juicio universal, y
presentándose delante de los hombres y del juez sobe­
rano, dice: «Que uno solo se atreva i decir y o he
sido mejor que ese hombre» ( j ) . ¡Y ese hombre o rg u ­
lloso, liviano y corrom pido es el principal fundador
del orden político actual!! D e todos los vicios y crí­
menes que ba cometido no tiene ¿1 la culpa, siuo las

( 1) Diderot: Les Eleuihéromanes.


«Et sea cnaíns, ourdissanl les enlraUlcs du Piélrc,
En feraient un cordon pour le dernier des rois».
(2) Rousseau ju ge de Jean.— Jaeques. Trom em e dialogue
V^g- 193 .
( 3) Coufesnones. L in t I, pág. I j fia del libro.
circunstancias y los que le han dirigido 7 educado.
«Si hubiese caido en manos de mejor maestro... hubie­
se sido buen cristiano, buen padre de familia, buen
am igo, buen obrero y hombre de bien en todas las
cosas». La sociedad es la culpable. De si la naturaleza
del hombre es buena. «Los primeros movimientos del
hom bre so» siempre rcctcs... El principio fundamental
de toda moral, y sobre el cual he discurrido en todos
mis escritos, es que el hombre es un sér naturalmente
amaute de la justicia y del orden... E i Emilio, en par­
ticular, 110 es m is que un tratado de la bondad origi­
nal del hombre, destinado á poner de manifiesto que
el vicio y el error son extraños ¿ la constitución huma­
na, vienen de faera y le alteran insensiblemente... La
naturaleza ha hecho al hombre dichoso y bueno, la
sociedad le deprava y le hace miserable*... L o increí­
ble bo y para nosotros es, que ante el falso aserto de
Rousseau, de qne el hombre es bueno ¿ inocente,
abraxara esta creencia todo lo m is selecto de la so­
ciedad francesa, con todas las exageraciones de la
moda y con el sentimentalismo m ás tierno de los sa­
lones. Y lo m is raro del caso es que esta ilusión menti­
rosa conquistase hasta los hombres políticos y del Es­
tado. «Sire, le dijo el ministro T u rg o t al rey Luis X V I,
presentándole un plan de educación política, puedo
responder que dentro de 10 años vuestra nación se
hallará desconocida, y que, por las luces, las buenas
costum bres, por el esclarecido celo por vuestro servi­
cio y de la patria, seiá superior á todas las otras na­
ciones. L os niños que ahora tienen 10 años, se halla­
rán entonces preparados para el Hstado, amantlsiraos
de su país, sometidos, no por el miedo sino por la
razón, A la autoridad y acostum brados á reconocer y
á respetar la justicia». En Enero de 1789, el ministro
N ccker, á quien M. de Bouillé le indicaba el próximo
peligro, le contesta fríamente levantando los ojos al
cielo, «que era necesario contar con las virtudes mora­
les de los hombres».— La culpa de todos los males,
continúa Rousseau, la tiene el gobierno. «Son vuestros
gobiernos los causautes de los males que deseáis qae
ellos remedien... ¡C etrosd e hierro! ¡Los insensatos! vos­
otros tenéis la culpa de que no hayam os podido cum ­
plir nuestros derechos sobre la tierra. «Q uitad esos
diques, esas barreras, obras de la tiranía y de la ru ti­
na; libre la naturaleza humana seguirá la linea recta y
sana, y el hombre, sin esfuerzo, se encontrará no sola­
mente' dichoso, sino virtuoso». No sabemos si el sofis­
ta de Ginebra midió todo el alcance de sn principio
fundamental, á saber, que el hombre nace bueno, per­
fecto, inocente, ■y que los gobiernos, la sociedad, lo
deprava y le hace desgraciado. En esa frase se hallan
encerradas todas las tempestades sociales que hemos
sufrido y sufriremos todavia.
No se puede calcular el efecto que produce en la
muchedumbre desgraciada y pobre cuando se les pre­
dica que la culpa de todos sus males se halla en la
sociedad, en los gobernantes, y no en ellos, y si quieren
ser felices y virtuosos, conviene destruir y aniquilar la
tociedad actual. Hasta entonces se había presentado á
la Iglesia, á la Monarquía y demás instituciones tradi­
cionales como enemigos de la razón, pero Rousseau y
sus secuaces las presentan com o injustas y co rru p to ­
ras: hasta entonces, con las doctrinas y enseflanzas de
Montesquieu y Voltaire, esperaba el pueblo una socie­
dad con menos defectos y males: con las de Diderot y
Holbach, una sociedad alegre y divertida, en donde
todos los apetitos, por brutales que fuesen, se hallarían
satisfechos; en ana palabra, con las doctrinas anteriores
¿ Rousseau se había logrado sublevar la razón y los
apetitos bestiales del pueblo, pero con las doctrinas
del soñsta y loco de Ginebra se logró sublevar la
conciencia del pueblo y el orgullo y odio más satánico.
|Cómol, esciibe el R. P. Félix, dirá el pobre obrero á
quien la desgracia le hiere, le oprime el dolor, y la
opresión y el hambre le atormenta: ¡Oh Dios! |Oh Dios
justo! ¡Soy inocente y sufro!... ¿A qué debo mi miseria?
¿A aué debo mi hambre? ¿A qué debo mi sed? ¿A qué
mi dolor? ¡Ahí Y a lo comprendo. £1 mal no está en mi
que sufro, está en los gobernantes, en la sociedad que
me aplasta. ¡Maldita sea! T e n g o á mi puerta el paraíso,
el edcn, la dicha y felicidad verdadera, si destruyo y
aniquilo los obstáculos que me lo impiden. En este
caso la revolución social no solamente es un derecho,
sino que es un deber socia!, mi deber social por e x ce ­
lencia. Asi lo quieren la Providtncía y la naturaleza.
¿Qu¿ hará el pueblo cuando o ye á su oido que se le
dice: «¡Oh pueblo, he aqui tu miseria! ¡Oh pueblo, he
aquí tu servidumbre! ¡O h pueblo, be aqui tu mal! T u
miseria consiste en esta riqueza; tu servidumbre con­
siste eu este gobierno; tu mal consiste ea esta so cie ­
dad». ¿Qué bará el pueblo ignorante y sin fe? L o q u e
hizo en la Revolución francesa, lo que hicieron los
liberales en España sus discípulos, robando y asesinando
á los religiosos y sacerdotes, lo que han becbo ¿ inten­
tan hacer los socialistas y anarquistas, destruir la
sociedad actual. En esto son lógicos; ¡pues bien!, con ­
testará siempre el pueblo sin fe ni religión: Y o destruiré
esa riqueza; y o acabaré con el gobierno y aniquilaré
la sociedad ( i ) .
Rousseau, además, truena contra toda cultura y c i­
vilización. ¿Para qué siiven las ciencias? Para nada,
contesta; de sisón inciertas, imütiles, y solamente sirven
para los disputadores y ociosos. ¿Para qué sirven las
bellas artes? No son más que una perpetua adulación
de las pasiones de los gobernantes, ae manera que para
Rousseau las ciencias, bellas artes, filosofía y literatura
no sirven sino para fomentar la afeminación y disipa­
ción del alma. En cuanto á las ciencias, debemos c u lti­
var la ciencia de nuestros deberes, y el sentido intimo
nos lo enseña: en cuanto á las artes, debemos cultivar
la sq u e nos sirven para satisfacer nuestras necesidades;
las que nos dau el pan para alimentarnos, la casa paia
vivir, los vestidos para cubrirnos y armas para defen­
dernos. En cuanto á la vida, solamente una es buena y
sana, la vida del campo, sin aparato, sin brillo, con
familia, dedicados á la agricultura, con vecinos que se

( i ) V ía s e E l Socialismo ante la Sociedad, por el R , P . F é ­


lix , S . J „ conf. 4 .a y 6 .a
' nales y coa criados que se les trate

i clases sociales, solame


Rousseau es digna de respeto, la clase trabajadora,
pero especialmente los que trabajan con sos propias
manos, los artesanos, los labradores, los cuales son
verdaderamente útiles, y los que estando por so con ­
dición cerca del estado natural bajo nn envoltorio
rudo, conservan el am or, la bondad 7 la rectitud de
las costumbres primitivas. La elegancia, el lajo, la ur­
banidad, la delicadeza, la literatura y la desvergüenza
filosófica, que tanto se admira y aplande y se tiene
como la flor de la vida humana, no son otra cosa que
podredumbre y corrupción; y los aristócratas, los pri­
vilegiados, los ociosos de los salones y los que mandan,
e o son otra cosa que parásitos. Si para Rousseau la
civilización y cultora es mala, peor es aún la sociedad.
Esta se ha establecido destruyendo la ignaldad prim i­
tiva, estableciendo dos instituciones, la propiedad y el
gobierno, que son dos usurpaciones. «El primero que,
cercando un terreno, dijo esto es mío, y encontró
iersonas que lo creyeron, fué el verdadero fundador de
fa sociedad civil». ¡Cuántos crímenes, guerras, asesina­
tos, miserias y horrores hubiera ahorrado al género
humano aquel que destruyendo el cercado hubiese gri­
tado i sus semejantes: «Guardaos de ese impostor;
estáis perdidos si olvidáis que los Frutos de la tierra
son de todos, pero la tierra de nadie...1 «y no justifica
su robo, ni su indastria, ni su trabajo, ni el valor aña­
dido á la tierra, porque lo que lia hecho no se lo ha
mondado el género humano y para ello ea necesario
su espreso consentimiento... Además, no solamente es
injusta la sociedad, sino que en ella todas las ventajas
son para los ricos: describe con negros colores (as
miserias del pobre y las ventajas y privilegios del rico,

( 0 Confesion». Partic II, livre IX . 3 61, 368.— Discours


sur 1'in flu en cedcs adences e l des uris. I.elres á D ’ Aleuibert
sur les speclactes.
y concluye con las siguientes palabras que pone en
boca del rico: «Vosotros tenéis necesidad de mi, p o r­
que soy rico y vosotros pobres: hagam os, pues, un
pacto: y o permitiré que tengáis el honor de servirme,
pero con la condición de que m e daréis lo poco que
os queda por la pena que me tom o en mandaros». En
ana palabra, la sociedad en su origen se estableció
mediante un pacto inicuo, pero la sociedad actual es
aún m is inicua é injusta, «porque an niño manda á un
anciano, un imbécil dirige y gobierna & los sabios,
unos pocos gozan de todas fas riquezas y superfluida­
des, mientras que la muchedumbre carece de lo nece­
sario para vivir».
Detengámonos aqu!, y añadamos solamente que sus
discípulos no respetaron la existencia de Dios y del
alma com o Rousseau, y se declararon ateos y materia­
listas, com o el gran número de socialistas que brota­
ron de sus doctrinas proclamando el comonismo de bie­
nes, y el que en la República se atreviese á restaurar
la detestable propiedad «fuere declarado loco, y como
á tal encerrado en una cárcel». Y ¿qué remedio aduce
Rousseau para remediar tanta iniquidad y tanta desdi­
cha? El famoso Contrato Social, que si h o y ya no hay
legista ni politico que lo admita, sin embargo, se ad­
miten sus artículos: la libertad, igualdad y la soberanía
del pueblo, fueron los tres primeros artículos del co n ­
trato ó pacto social, pero bien pronto se dedujeron
niros derechos del ciudadano, las leyes civiles y polí­
ticas del nuevo estado moderno, esto es, la teoría de
los derechos ó libertades del hombre proclamados por
la R evolución francesa, ó sea la independencia abso lu ­
ta de la razón como gaia y norma de los actos huma­
nos, asi com o del gobierno de las naciones. «Que la
teoría del contrato social ( i ) es la que inspira los prin­
cipios filosóficos, religiosos, sociales y políticos de la
civilización moderna, nadie lo pondrá en duda, sino

(i) La críai» de la Agricultura, por D. Santiago Marlinex y


Gonulo, pág 13.
algún doctrinario que pretenda nadar entre dos aguas.
Quizás alguno no se atreva á devorar el absurdo e v i­
dente de su exposición; pero no h ay ninguno qae no
se atenga á sus consecuencias/En una forma ó en otra,
pasa en los circuios liberales por uno de los adelantos
más ciertos de la moderna ciencia; y parte del supues­
to de que el hombre se ha levantado poco & poco del
estado del salvajismo semianimal basta la cum bre de
la civilización contcmpor&nca. Aun h o y mismo se
halla, no solam ente en los naturalistas de la evolución,
sino que muchos economistas la tienen por verdad in­
concusa: Scháffe ( i ) , Sauter (2 ), M. W isth (3 ), y sobre
lodo, el recién muerto Laveyele, profesor de Economía
en la Universidad de Licja ( 4 ) . Lejos de haber sido
desechada, sus principios son el fundamento de la so­
ciedad y de la política moderna. «De la total apos-
tasia de Dios y de su providencia, escribe el Reverendo
P. Cathrein (5 ). deriva inmediatamente el principio de
Rousseau: lodo lo que procede de la naturaleza es bueno.
De aquí se deduce esta consecuencia: líbrese al indivi­
duo humano de toda traba artificial, ydéjesele á si mis­
mo en el libérrimo desarrollo de sus facultades é im­
pulsos. Este es el fundamento sobre el cual se ha
constituido todo el orden social y al que habían ile
pagar tributo todas las ramas de la ciencia y Je la
práctica. En el terreno político, ha traído la soberanía
nacional y el puro Estado jurídico; en Filosofía, la A u ­
tonomía de la razón de Kant, y en Economía política

(1) Dan und Leben dea soeialen Korpers, I. ITT.pig*. 15


7 404 .
(2) Das Eigenlhum in seiner soeialen Uedemhung: 1S75,
pág. 78.
(3) GrundzUge der Nacional O con o oie: C o lo n a , 1871;
1. I, págs. 7 7 8 .
(4) .De la propr¡£t£ el de sea formes prim itiva: 3 .* edi­
ción, Parí» 1877.
(5) D e Siim . Ana M-I-aach, t. 33, pág. 1.
el llamado Mancbesterism». Véise, por lo dicho, ti hay
afinidad ó parentesco entre el liberalismo, socialism o y
anarquismo, ó más bien identidad absoluta, y si es ó no
« a c t a la definición que hemos dado del liberalism o.
C om o el liberalismo ha nacido y se ha desarrolla­
do en el seno del m isonism o, y en las logias masónicas
se han preparado todos los atentados contra el ré g i­
men cristiano de todas las naciones de Europa y de l a .
América, queremos terminar este largo articulo inser­
tando el Credo de los francmasones, para qne se co n o z­
can claramente el objeto y tendencias de la francm a­
sonería ( i ) .

C R E D O DE L O S FR A N CM A SO N ES

Artículos:
i .* Nos per nos.
2 ’ Nullus super nos.
3* Q iioecum que, ubicumque, quamdocomque, c o -
mede, bibe, laetare.
4.a Cum quacumqne et qoacumqne disjnnge et
conjunge, dumraodo convenias sitnul.
5.' Da necessaria ad victum , veslitum et voluptates
signates nostris indigenis.
6.‘ U sorem , Blios, filias, servos, ancillas cum aliis
convenientes non impedias.
7 .‘ Ñeque aliornm libertati, etsi contraria vo len -
tium, resiste.
8.a Nihil est quod sit malum, et occasio voluntaria
mal i; immo,
9 .' Bonuro necare qui volunt praese nobis.
10. Mórimur et redimas, et iteruni semper.
11. Possumus omuia facere quae voluinus absqoe
levi etiam culpa.
1 2. E rgo semper liben suiuus.

( l ) Credo de los francmasones, tomado de II Diviht Sol-


vafttrt, periódico de Kuine, ¡naerto cu e l Boletín EtUiiústko del
Arzobispado de Valencia, afio 18 75, f.° 477.
Por los dos primeros artículos todo francmasón se
declara independiente de D ios.— P or el 3.* funda toda
su dicha en la pr&ctica del epicureismo. El 4.', 5.°,
(,.• y 7.° son el libertinaje moral en su último grado y
la disolución de todo lazo de familia.— En el S .e se
borra toda distinción entre el bien y el mal.— En el
9.’ se establece la insurrección contra toda autoridad.
— El io .n niega la eternidad y la vida futura.— El 11.*
destruye todo freno m oral.— Por el 1 j.° se viene &inferir
que las once negaciones dogm ático-m orales qae pre­
ceden engendran la verdadera libertad. ¡Vergüenza
eterna á estas doctrinas de la carne y del puñal! ¡V er­
güenza á sus partidarios, á sus fautores y á sus prop a­
gandistas!

A R T ÍC U L O IV

IMPOKTANC1A DEL SACERDOCIO CATÓLICO EN LA SOLUCIÓN


DE LA COBSTIÓN SOCIAL

De lo que acabamos de indicar se desprende la a b ­


soluta necesidad del Sacerdote católico para resolver
el p avo ro so problema social. Com o la cuestión social
es una cuestión intrínsecamente moral y religiosa, de
aquí la importancia y necesidad del Sacerdote católico,
ue desde la cátedra del Espíritu Santo, en nombre de
3 csucristo, expone la verdad, defiende la justicia y en­
seña i todas fas clases sociales los caminos de la vida.
Recuerda al hombre su sublime dignidad de cristiano,
su último fin, el cumplimiento de sus deberes para
alcanzarlo, y amonesta á todos á que no se dejen
arrastrar por los bieues de la tierra, sino que princi­
palmente tengan fijos sus ojos y corazón en el cielo:
Non habemus hit mantnitm civitalem, dice San Pablo.
Antes de Jesucristo hubo, sí, Academias, tanto en
Roma como en Grecia, pero no púlpito católico desde
donde se predica ea nombre de Dios la ley moral ¿ los
hombres todos, lo mismo i los ricos que 1 los pobres,
á los sabioa que i los ignorantes, á los reyes, erapera-
80c. I A u to .-1
dores y presidentes de repúblicas, qae ¿ los súbditos,
vasallos ó ciudadanos; y eslo con autoridad, sin respe­
tos humanos y sin aceptación de personas. La tribuna
sagrada es una institución de la Iglesia católica, y
desde ella los prelados y los sacerdotes lian espar­
cido por el universo enteio la verdad y la justicia.
«Q uitad— repetía con frecuencia el venerable cura de
Ars,— quitad al cura de la parroquia durante veinte
años, y veréis que los hombres adorarán á las bestias».
Bien podía añadir que transformados en bestias feroces
se devorarían mutuamente. Con mucha razón excla­
maba el sabio sacerdote Hitze en el C ongreso de Bres-
lau: «El obrero que no cree en la otra vida, no se ha?
liará jamás contentó y satisfecho». Pero ¿quién puede
h o y predicar aún el deber y la abnegación á nuestra
sociedad tan corrompida y gangrenada, sino la Iglesia
católica, el clero y las órdenes religiosas? Una her­
mana de la caridad ejercerá más influencia en un alma
endurecida, que diez profesores de Economía política
desde su clase. Donde el sacerdote -nada puede, es
enteramente mótil la autoridad civil; ¿sta no restable­
cerá el orden trastornado. Por esta razón el elocuente
cura párroco W interer, el R. P . L udovico de Besse, y
los sabios obispos de T réveris Mgr. Korum y el auxi­
liar de Colonia M gr. Fischer, han insistido en los Con­
gresos sociales de Lieúi de 1886, 1887 y 1890, en la
absoluta necesidad del Sacerdote católico para resol*
ver la cuestión social, queriendo que penetre en los
talleres, agrupe á los obreros y se ocupe prácticamente
en su educación y porvenir en la sociedad y ea el
mundo.
Asi hablaba W interer:
«La principal causa del socialismo es el materialis­
mo de una >'iua sin Dios. La corriente materialista de
nuestra época ha producido los abusos del capitalis­
mo, siendo ¿stos la causa de la iudignacióa popular y
la inextinguible sed que se ha despertado en el pueblo
de go ces materiales. Se ha negado la existencia del
cielo y se ha proclam ado el goce material y sensual
com o el fin supremo de la vida. El socialism o ha acep­
ta Jo este Jogrru y pide la ¡goalJad de placeres para
todos, reclamando el derecho de las masas en el ban­
quete «le la vida material. ¡Con qué gritos de impa­
ciencia no manifiestan los socialistas la sed que tienen
de goces materiales, tanto en sus escritos com o en sus
congresos! Aquí es donde tiene la Iglesia indicado su
lugar, porque solamente ella tiene el poder de oponer
un dique i este torrente devastador; sólo ella puede
inspirar i los ricos y pobres del siglo xix un surstim
corda regenerador. Q u e el sacerdote salga, pues, de su
Iglesia y vaya á recordar á unos el cristiano nombre
de patronos, y consuele y ayude á los proletarios con­
tra la dureza y avaricia de los ricos, que no son ver­
daderos patronos. ¿Quién conoce mejor al pobre obre­
ro que el sacerdote?... £1 m is humilde vicario de la
ciudad industrial en donde y o habito, ha enjugado más
ligrim as de los pobres obreros que el más activo jefe
del socialismo».
El elocuente obispo de T ré veris M gr. Korum , h a ­
blando de las asociaciones de obreros católicos funda­
das por Kolping, las presenta ante los Congresos de
Lieja como formando una sola familia cristiana.
cDe ordinario el sacerdote ocupa en ellos la presi­
dencia, pero ésta no excln yela colaboración del obrero,
todo lo contrario; es absolntanrfente indispensable que
el obrero trabaje con nosotros, qne juntamente arre­
glem os sus intereses, y que discutamos con ellos las
condiciones de sn existencia. Se les predica incesante­
mente que nosotros queremos explotarlos, qae nuestra
caridad es interesada, que deben desconfiar de nuestras
intenciones y hasta de nuestros beneficios. Asi verán y
se convencerán, observándonos en el trabajo de la
A so ciació n , que en logar de ser explotadores no que­
rem os sino ser padres, y que todos nuestros trabajos
y esfuerzos no tienden sino i favorecer su situación
material, conservándoles sa corazón cristiano ó de­
volviéndoles la fe que han perdido. En estas reuniones
se les instruye en el Catecism o, pero no nos limitamos
á esto solamente. En la diócesis de T réveris tenemos
a8 asociaciones de obreros católicos, y en ellas s«
da por el sacerdote cada semana una conferencia, ya
de asuntos religiosos, ya de cuestiones económ icas.
Con esto se consigue que el obrero no pase al campo
socialista. Los presidentes y directores ae estas asocia­
ciones se reúnen cada año bajo la presidencia del señor
O b isp o , y después de dar cuenta cada director del es­
tado de la asociación respectiva, se lee un trabajo
acerca de las cuestiones sociales encaminado al mejo­
ramiento de la clase obrera. El sacerdote debe estu­
diar con sumo cuidado esta clase de cuestiones, debe
tratar de resolverlas, y después de un maduro exim en,
debe defenderlas con fuego y entusiasmo. Si ¿l no las
discute y resuelve, serán discutidas y resueltas por
los socialistas, y el pobre obrero, en lugar de aprender
las enseñanzas de la verdad y de la paz, aprenderá el
desorden y la revolución.
Entre nosotros, el sacerdote se dedica con asiduidad
al estudio de estas delicadas cuestiones, pudiendo de
este modo, instruyendo al obrero, evitar que le seduz­
can las doctrinas socialistas. Lo que frecuentemente
repite el sacerdote al pobre obrero es, que el socialis­
mo intenta engañarle para explotarle mejor. Esto es
indispensable repetirlo todos los dias, porque los p o ­
bres operarios no han cesado de ser explotados por
los jefes de los socialistas, jefes numerosos, si, pero no
convencidos, porque éstos son tan escasos en número,
qae, por decirlo asi, todos podrían caber eu un óm­
nibus».
Es, pues, necesaria, en la época presente, la ínter*
vención del clero eu el grave conflicto social y nece­
sidades de la clase obrera; y puesto que leyes impías &
decretos masónicos tratan ó nan tratado de encerrar
al sacerdote católico en el recinto de las iglesias como
en otras catacum bas, es muy justo reivindicar para él
los derechos que tiene de predicar el Evangelio ¿ todas
las gentes y de bascar á los que no suelen acercarse 4
nuestros tem plos. «Cuando el sacerdote no sale ya de
su Iglesia— ha dicho un elocuente escritor— el espíritu
cristiano sale de la sociedad». Con razón escribe la
Civittá Catlolica, 19 de A go sto 1893:
«La Chiesa sola e quella potenza morale, che v a rri
& tener testa al socialismo e conqoiderlo. La lotta sari
fierisissima. II clero vi si deve preparare eolio stadio
delta queslione sociale, a lime di conoscere i sigiri delP
errore socialistico, e saperlo com batiere. A lia fíne, di-
nanci ai fulgidi raggi delle verit.i oredicate della C h ie ­
sa, esso non poirá reggersi. La Chiesa si accosterá al
popolo tm viuto dell’ errore, ¿ come Cristo disse al
rieeo dell’ F.vungelo: vedi; ed egli vide; cosi la Chiesa,
¿ inquesto modo lo trarri al suo seno m aterno».
C A P Í T U L O III

Seg u n d a c a u s a d a la ouostlón aooial


Individualismo

La segunda causa de la cuestión social es el indi­


vidualismo. En esta causa comprendemos la i.* , 3.a y
j.» señaladas por el Rom ano Pontífice León XIII, por­
que, com o verem os, el individualismo proclam ado por
la R evolución francesa las incluye todas. m
Para comprender bien esta segunda causa, convie­
ne recordar la antigua organización social cristiana,
fundada en el precepto de la caridad, legado por Nues­
tro Señor Jesucristo. Un año habla transcurrido desde
que nuestro divino Redentor prometió solemnemente
en la sinagoga de Cafarnaum la institución de la Euca­
ristía, y se acercaba ya por momentos el día de la
pascua judaica: la h o ra d e la pasión señalada por Dios
se llegaba, y en ella se iban ¿ realizar y cumplir todas
las promesas y misterios. Jesús « sco ge i sus dos dis­
cípulos predilectos y les dice: Id á preparar lo meesa-
rio para comer ¡a pascua. Les indica una gran sala ta­
pizada, para enseñarnos— afitman los in té rp re te s -e l
cuidado con que deben estar adornados los sitios des­
tinados ¿ la celebración de este sublime misterio; de
manera que en la institución de la Eucaristía jesús no
auiso aparecer pobre. Reunido en el cenáculo con sus
doce discípulos, multiplica allí los prodigios de virtud
y de mansedumbre, para preparar 4 sos discípulos y
acreditar de este m odo el m is sublime misterio de sa
omnipotencia que iba á realizar, la institución de la
Eucaristía. Después de la cena legal (Joann. X II, 4.)
«levántase de la mesa Jesús y quitase sus vestidos: y
habiendo tomado una toalla se la ciñe. Echa después
agua en nn lebrillo, y pónese á lavar los pies á sus dis­
cípulos y á limpiarlos con la toalla que se había ce­
ñido... flbid. 14.), y abriendo sus divinos labios les dice:
Pues si yo, que soy el Maestre y el Señor, os he lavado los
pies, debéis también vosotros lavaros los bits unos & otros o.
Después Jesús manifiesta en nn la rgo discurso U
ternura y mansedumbre de sn alma, pero en sus p ala ­
bras se revela f?ran tristeza; y es, porque el alm a de
Jesús veía la traición de Jadas y su desgraciada m uer­
te: veía i sus amados discipnlos dispersos por todo el
mundo, predicando su doctrina y dando 1m vidas por
sa amor y gloria. El mismo Jesús se conmueve, y A
pesar de la proximidad de sa pasión y muerta afrento­
sa, les asegura que no los abandonará, que no queda­
rán huérfanos... (3 4 ) « Entretanto— les dice— un nuevo
mándalo es doy, y es, que os améis unos á otros: y que
dtl modo que yo os he amado á vosotros, asi también os
améis reciprocamente. (3 5) Por aquí conocerán todos que
sois mis discípulos, si os tenéis un tal amor unos ¿ otros.
(xiv, 4) Que ya sabéis adonde voy, y sabéis asimismo el
camino. (6 ) Yo soy el camino, y la verdad y la vida:
nadie viene al Padre sino por tul. (1 j ) Si me amáis, ob­
servad mis mandamientos. (2 1) Quien ha recibido mis
mandamientos y ¡os observa, ese es el qne me ama; y el
que me ama, será amado de mi Padre: y yo le amaré, y
yo mismo me manifestaré á U. (x v, 12) E l precepto mío
es, que os améis unos á otros, como yo os he amado a
vosotros. (1 3 ) Que nadie tiene amor más grande, que el
que da su vida por sus amigos. (1 4 ) Vosotros sois mis
amigos, si hacéis lo que yo os mando. ( 1 7 ) Lo que j o os
mando es que os améis unos á otros».
Después Jesús, dirigiéndose 4 sa Eterno Padre le
dice (x vn ): ¡Oh Padre Santo! guarda en tu nombre á
éstos que tu me has dado: á fia de que sitan una misma cosa
p o r l a c a r id a d , asi como nosotros le somos en la n a t u ­
r a l e z a . (2 1) Ruego que todos sean nna misma cosa; y
(¡lie como tú p b Padre' estás en mi, y yo en ti por I d e n ­
tid a d d e n a t u r a le s * , asi sean ellos tina misma cosa
en nosotros p o r a n ió n d s a m o r: para que crea el mun­
do que tú me bus enviado. (2 } ) Yo estoy con ellos, y tu
estás s ie m p r e en mi: á fin de que sean consumados en
la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado, y
amádolos ti ellos, eenm á mi me amaste.
Jesucristo, por lo tanto, en su últim o testam ento,
que lo selló con su preciosísima sangre en el madero
de la Cruz, nos leg ó el precepto evangélico, el amor
m utuo ve! precepto mió es, que os amiis unos á otros*.
¡Cuántas veces repite Jesús este preceptol Y de tal-
niodo, dice, qne lleguéis á ser por la anión del mutuo
amor una misma cosa. En efecto; este último testa­
m ento de Jesús, esta última voluntad, llegó i informar
de tal modo la Iglesia de Jesucristo, que su historia no
es más que los anales del verdadero am or al prójimo,
del verdadero sacrificio de la caridad-cristiana.
Es esto tanta verdad, que eu nuestra patria, aun
hasta ayer, el amor mutuo se manifestaba con la her­
mosa divisa de nuestros padres «unos por otros y Dios
por todo:»; y cuando algún labrador, por enfermedad
ó por cualquiera justa causa, no podía recoger la mié*
ó sembrar sus campos, sus vecinos y compañeros eu el
gremio le ayudaban, sembrándole los campos ó reco­
giéndole las mieses gratuitamente por amor de Dios.
Pero vino la Revolución francesa: esparciéronse sos
principios disolventes por las naciones de Europa, y
bien pronto cambió la faz de los pueblos. En nuestra
católica España se introdujeron estos principios, pri­
mero con la fuerza, y después, desgraciadamente, por
medio d é la s leyes y de la enseñauza pública. Eu Fran?
cia, en nombre de la libertad del trabajo, se destrnyeron
los antiguos gremios; en España se destruyeron con la
libertad industrial proclamada ea la Constitución del
año 1 2-, de manera que bieo pronto á la divisa de nues­
tros padres «unos por otros y Dios por lodos», se sus­
tituyó «el deber de mirar cada uno por sí», prescin-
ditndo de los d e m ii. «Lo que conviene ante to d o es
adquirir y enriquecerse, sin tener en cuenta para nada
los intereses.del prójimos.
Bajo este aspecto, los economistas sectarios del
naluralismo político, hijos de la Revolución francesa,
que defienden que las sociedades humanas se hallan
regidas por leyes natarales. se dan la mano con los
darvinistas. En efecto; ¿qu¿ enseña Darwin? Q ue el
progreso y la evolución de los seres vivos se realiza,
porque las especies mejor adaptadas al medio ambiente
triunfan en la lucha por la existencia. Del mismo m odo
los economistas liberales proclaman el principio la i'sti
faire, laisst\ pnsser; dejad hacer, dejad pasar; porque
gracias 1 la libertad ilimitada del trabajo y á la libre
concurrencia, los más vigorosos, los m is hábiles y
mejor armados, eliminarán poco k poco i los más débi­
les y flacos, realizando de este modo el progreso del
género humano. Por consiguiente, es cosa absurda
querer salvar por la justicia y por la caridad cristiana
1 ¡os que la naturaleza condena á desaparecer. ¡¡Paso,
por lo tanto, á los valientes y á los fuertes, porque la
fuerza es el derecho!! Teoría monstruosa que se deduce
lógicam ente del individualismo sin freno y sin regla
proclamado por la revolución, y que engendra por na­
tural reacción el socialism o.

A R T ÍC U L O PRIMERO
PRIMER EFECTO DEL INDIVIDUALISMO. — IA DESTRUCCIÓN
DE LOS ANTIGUOS GHEUIOS

Examinemos brevemente los efectos desastrosos


producidos por el individualismo que proclam ó la
Revolución francesa.
Com o dice el Romano Pontífice León XIII, el pri­
mer efecto fué:

«La destrucción en el stelo pasado de los antiguos


•grem ios de obreros, no habiéndoles dado en su lugar
«defensa alguna i.
Antes de ver cóm o y por quiénes desaparecieron
los gremios, juzgam os conveniente dar nna ligera idea
de su constitución j manera de ser.
Organización de los gremios:
«Todos los individuos de un arte ú oficio ( i ) se
agrupaban en su respectivo grem io, cuyos derechos
estaban perfectamente deslindados, y en cada gremio
sólo podía existir un número fijo de oficiales y apren­
dices. No solamente se había fijado la duración del
aprendizaje, las pruebas á que debían someterse los
aprendices y sus relaciones con el maestro, sino además
estaba igualmente dispuesto que oficiales y aprendices
vivieran con los maestros, comiesen en la misma mesa
que éstos, y fuesen, en suma, considerados com o miem­
bros de su familia, participes en todo de los beneficios
anejos á la sociedad domestica. Andando el tiempo, los
oficiales sallan á viajar por el mundo, á fio de com ple­
tar su educación y adquirir la m ayor suma posible de
conocimientos. Com o las aves que pueblan el aire, v o ­
laban de un lugar á otro, y en todas partes encontraban
ya preparado su albergue, y por doquiera eran recibi­
dos con amistad y cariño entre los socios de sus respec­
tivos gremios. En aquel albergue no echaban de menos
la casa paterna, porque bastábales mostrar su consigna
para ser saludados com o hermanos, y para que se les
prestase dinero y cuanto hubiesen menester.
El maestro no tenia que temer esas competencias
ruinosas, hoy tan frecuentes, porque nunca se admitían
en el grem io más socios que los que podía sostener la
respectiva industria ü oficio. Por otra parte, las cajas
de socorro que había en todos los gremios los ponía á
cubierto de la miseria, aun en el caso de faltarles traba­
jo. Cuando moría un maestro se unta á la viuda, en
calidad de socio, nn oficial hábil, que, dirigiendo la
explotación del n egocio, le asegurase el pan; en lo cual,
y en la educación de los hijos, contaba además con el
concurso del gremio.
Cada gremio tenia sa traje particular, so bandera,

(i) Hiize, ob. eit, pág. 3 $.


ras emblemas, sus ceremonias, sos fiestas y su patrono
tutelar; porque es de advertir qae la Religión presidia
en todos los actos de estas sociedades, cu vos individuos
estaban taim ados del m is puro sentimiento religioso.
Honradez y conducta intachable eran las primeras c o n ­
diciones que se exigían para ser admitido en un grem io,
y por esto los miembros más antiguos vigilaban á los
nuevos. Y rigiéndose todos por las leyes severas de la
conciencia, justicia y moralidad, y estando animados
del espíritu de una noble emulación por llegar á la m a­
yor perfección posible en sus obras, era natural que el
oficio se elevase rápidamente á la categoría de arte;
ahí están, para probarlo, las obras de las catedrales de
aquella ¿poca, los trabajos en madera y metal que ador­
nan el interior de los templos y de otros edificios anti­
guos que han inmortalizado á los gremios. Los maes­
tros formaban la aristocracia del trabajo, y el grem io
los realzaba y les comunicaba fuerza. Además, la cons­
titución especial de los grem ios aseguraba al talento su
recompensa y su justo premio al trabajo, porque en
ellos el mérito se n ada siempre respetar. El oficial y
el aprendiz no vivían como personas extrañas al maes­
tro en esa atmósfera helada que constituye el carácter
de las relaciones que unen á nuestros operarios cun sus
amos; antes bien era para ellos un compañero en la
casa, en la mesa y en el trabajo, y contra la especula­
ción ó los malos tratamientos le aseguraban las leyes
del grem io. De esta suerte podia mirar con tranquila
confianza el porvenir, y esperar que le llegase el turno
de subir á la categoría de oficial, si era aprendiz, ó de
maestro, si era oficial, y con ella obtener una posesión
independiente y respetada, que le peim itia fundar un
establecimiento y crear una familia. ¿Quién puede dudar,
en vista de esto, que la época de los grem ios reuuia
m uy ventajosas condiciones para el obrero»?
V eam os ahora cóm o y por quiénes desaparecieron;
y lo primero en la vecina Francia, cuyas novedades,
com o es sabido, no tardaron en pasar los Pirineos.
D es a pa rició n d e l o s gh em ío s e n F r a n c ia .— En Fran­
cia los grem ios se establecieron en 1381 por un edicto
del rey Enrique III: «Se establecen las artes y oficios
en cuerpos y en comunidades en todos los pueblos del
reino. L os artesanos están sujetos k la alcaidía y i los
jurados». Asi continuaban en 12 de M ayo de 1776,
hasta que el ministro T u rg o t suprimió con un edicto
los jurados ó consejos resptetivos que gobernaban los
gremios; y en el decreto señala ya qae la causa del
nial estaba en la facultad concedida á los artesanos de
un mismo oficio de reunirse en cuerpos ó gremios. Y
en la famosa ley del 2 al 17 de Marzo de 17 9 1, por la
que se suprimieron en Francia todos los gremios, se
lee: «No debe estar permitido & los ciudadanos de dis­
tintos oficios ó profesiones reunirse para tratar de sus
intereses comunes; no existen ya grem ios en el Estado,
y en éste no hay m is que el interés particular de cada
uno y el interés general». Por esta ley se estableció
com o sistema el desarreglo social. N o se crea que la
abolición de los grem ios la exigió el pueblo. El pobre
pueblo, el operario, no hizo la Revolución francesa; la
hicieron los m alhechores, los vagabundos dirigidos
por hombres perdidos sin fe y sin creencias. En efecto;
en el momento que se trataba de abolir las corpora­
ciones ó gremios, la clase trabajadora hizo formidable
protesta. El 10 de Junio de 1790 se reunieron en los
Campos Elíseos cinco mil zapateros; los carpinteros se
agruparon alrededor del palacio del Arzobispo. Los
albañiles, los pizarreros, los tipógrafos, se reunieron en
otros puutos de la capital.
El alcalde Bailly, guillotinado por haber hecho dis­
parar sobre el pucbto, luego que estuvo en el poder,
no obstante haberle excitado i la insurrección cuando
pretendía escalarlo, contesta: «Com o hombres, tenéis
todos los derechos, sobre todo el derecho de morir
de hambre». «Todos los hombres son iguales en dere-
rechos, pero 110 lo serin jamás en facultades, en talento
y en medios». Después añade: «Una coalición de obre­
ros para fijar el salario de sus jornales á precios unifor­
mes, y forzar á los del mismo estado i someterse á
lo que tilos dispusiesen, seria contraria á sus verdaderos
intereses, equivaldría además i una violación de la :le y ,
al anonadamiento del orden público, & en «taque infe­
rido al interés general». L o s obreros no se desanima­
ron, y habiendo nombrado delegados por todas las
corporaciones, dirigieron una instancia i la Asamblea
nacional. El comité de las patentes se encargó del
exim en y acordó no admitirla. Chapelier, que fué
guillotinado como Bailly, declaró en la tribuna qae las
reuniones de obreros eran inconstitucionales, ya que
no había corporaciones en el Estado, y no existía más
que ei interés particular de cada individuo y el interés
general. La Asamblea vo tó u» decreto conforme con
esta proposición.
Vuelven á la carga los artesanos; algunos de sus
mandatarios se presentaron el 29 á la barra de la
Asamblea, y el presidente Darnave, que fo¿ también
guillotinado, les contesta con estas palabras: «La Asam ­
blea, por sos trabajos, tiene derecho á vuestra confian­
za. No perderá ya de vista lo que puede consolidar
una Constitución que tiene por base los derechos del
hombre y por fin la felicidad pública. La Asamblea
nacional tomará en consideración el objeto de vuestras
instancias, os ha escuchado con interés, y os invita, si
lo permiten vuestras conveniencias, á que asistáis á la
sesión».
T o d o fué en vaco: lejos de hacer a lgo á favor de
los obreros, la clase media les quitó muy luego el
derecho sagrado, en cuya posesión estaban desde
siglos antes: el derecho de reunirse para discutir sus
intereses, de ponerse de acuerdo para oponer la fuerza
colectiva al capital, y á los que no tenían, los pouia ¿
merced de los que tenían algo.
Un decreto del Com ili de salvación pública del día 2
de Pradial, año 11, mandaba que los obreros y los jor­
naleros que se coligaran para pedir aumento de salario
serian entregados al Tribunal revolucionario.
Esta legislación en Francia quedó en vigo r bajo
una forma suavizada, y sólo merced á la iniciativa de
Napoleón III se reconoció i los trabajadores el derecho
de coalición y de huelga. Esto explica por qu¿ el p ue­
blo, tanto en Francia com o en España, en las ciudades
com o en el campo, haya sido casi por com pleto hostil
á la revolución. T o d o s saben ya h o y que en Francia la
guillotina mató más hom bres del pueblo que nobles.
De 12.000 condenados á muerte, cuya calillad y p ro ­
fesión se han hecho constar, se cuentan 7.545 perte­
necientes al pueblo, campesinos, labradores, obreros y
criados.
D e s a pa r ic ió n d é l o s grem ios en E sp a ñ a .— Es ver­
dad que en España 110 se abolieron los grem ios en la
Consiitución del año 12, pero han ido desapareciendo
«á impulsos, como escribe D. Rafael R. <Je Cepeda (1 ),
de las ¡deas propagadas por la Revolución francesa, y
aun de la misma legislación,'com o asegura el Sr. Tra-
m oyeres en su obra Iiislilticicnts gremiales de Va­
lencia» (2).
«Roto el gremio por mandamiento de la ley, sin
personalidad propia y característica, pasó i la ca te g o ­
ría de asociación voluntaria, pero sin que dentro de
esta categoría le fuera posible detener la desorganiza­
ción y a iniciada desde los com ienzos del siglo; pues
si bien la ley de 1836 no disolvió de hecho el grem io,
com o tenemos apuntado, dejó á las corporaciones
obreras sin objeto inmediato que realizar, toda vez
que la desvinculación industrial privó & las ordenanzas
y reglam entos de todo efecto coercitivo».
Y más abajo escribe ( ) ) :
«.....Ia Hacienda, siempre apercibida para la inves­
tigación, procuraba apoderarse de los mermados bienes
de los oficios corporados, considerándolos com pren­
didos dentro de las leyes de desamortización, por
responder algunos de ellos i fines piadosos. Esta
tentativa por parte del Fisco, ha contribuido en V a le n ­
cia á que los gremiales se apresuraran á la enajenación
de los bienes que constituían el patrimonio del oficio,
tem erosos de qae el Estado se incautase de la fortuna
del grem io i....

(O O pdie. d i., p íg . 15. .


(2) Pág. 434 y •¡('■ienta.
(3) Wg.43í-
De manera, que el individualismo en el orden gen e­
ral ha ro to los lazos que unían á los hombres entre si,
1 mos soc¡a.

d, ha que­
dado reducida en algunas naciones i la nada. Asi como
en las ciencias fisico químicas se proclama hoy el
atom ism o, asi en las ciencias sociales se proclama el
individualismo; porque en la sociedad solamente han
quedado los átom os sociales, los individuos, que si se
reúnen entre si, no es por su naturaleza similar, sino
por el egoísm o, constituyendo dichas reuniones lo que
se llaman partidos políticos. Y a verem os en otro lugar
que la restauración de los antiguos grem ios acom o­
dados á las circunstancias actuales es de obsoleta ne­
cesidad.

A R T ÍC U L O II

SEGUNDO EFECTO DEL INDIVIDUALISMO.— LA LIBRE


COMPETENCIA

C on la destrucción de los antiguos grem ios, decre­


tada y realizada por la Revolución francesa, dice el
Rom ano Pontífice:

«Quedaron los pobres obreros solos é indefensos,


»por la condición de los tiempos, á la inhumanidad de
•sus amos, y á la desenfrenada codicia de sus com pe­
tid o re s » .

Para que los obreros de los Círculos Católicos


comprendan perfectamente el segundo efecto produ­
cido por el individualismo, ó sea la libertad ilimitada
del trabajo, conviene brevemente exponer algunas no­
ciones acerca de ¿ste y de la libre competencia. _
Y a hemos visto en otra parte que el trabajo ha
sido impuesto por .precepto al hombre caldo, y es o bli­
gatorio mientras anre su peregrinación sobre la tie­
rra; qae además el trabajo reviste el carácter de ne-v
cesidad física y moral; que sin el trabajo el género
humano no podría existir.
El trabajo es además un hecho individual y social
i la vez; individual, porque los últimos elementos de
toda sociedad son los individuos, y ¿stos son los agen­
tes directos del trabajo; es i la vez social, porque sien­
do la sociedad natural al hombre, el trabajo, que no
es m is que ana manifestación de sus aptitudes y facul­
tades, se realiza en un medio social, siendo, por lo
tanto, el trabajo una función social; pero esto no
indica que el trabajo se ejerza por delegación de la
autoridad pública. El trabajo del hombre no es otra
cosa, por lo tanto, que el ejercicio de la actividad
humana, y com o ésta comprende varias facultades, de
aqui qae naya varias clases de trabajo: trabajo intelec­
tual y físico, trabajo de invención, de dirección y de
ejecución. El hombre toma las primeras materias, las
modifica, las transforma y las acom oda i sus múltiples
necesidades; esto es, el hombre con su actividad y
trabajo las hace útiles. Ea <¡uae sund ad fniem actommo-
ia , utiüa dictitilnr, dice Santo T o m is ( i ) .

P Á R R A F O PR IM E R O

D O C T R IN A D E LA B6CUBLA ECONÓM ICA L IB E R A L A C ERCA


DB LA L1D EK TA D D E L TR A B A JO

El trabajo es el gran agente de la producción; el


hombre, como agente del trabajo, puede y debe ser­
virse de medios, de instrumentos ó m&quinas; pero el
efecto realizado debe siempre referirse á la verdadera
y primera caosa, á la actividad humana. El primer
problema que hemos de resolver es el siguiente: Sien*
do el trabajo el ejercicio de la actividad humana, ¿es
absolutamente libre ó no? En otros términos: ¿la liber­
tad del trabajo es ilimitada ó limitada por las leyes
divinas y humanas? ¿Qp6 opinión profesa en esta cues-

(t) n e o 1. i.» a * q. X V Ia.


tlón lá escuela económica liberal? Y» antes lo hemos
indicado: profesa la libertad abioln ta del trabajo. A h o­
ra bien; el principio fundamental de la Economía polí­
tica liberal acerca de la libertad absoluta del trabajo
con todas sus naturales consecuencias, no es más que
la teoría de los derechos del hombre proclamada por
la Revolución francesa, esto es, la independencia abso­
luta de la razón com o guía y norma de los actos
humanos, asi com o del gobierno de las naciones.
L1 fundamento de esta teoría está en la bondad
nativa del hombre, y por consiguiente en la u egadón
del pecado original del linaje humano. Suponiendo que
el hombre no hubiese caldo del estado ae justicia en
que fu¿ criado por Dios, y que en la actualidad fuese
nataralmente inocente y bueno, su verdadero progreso
y felicidad acá abajo dependería de la m ayor extensión
de la libertad en todos sus actos. De aquí las liberta­
des del hombre ó derechos proclam ados Qor la R e v o ­
lución francesa, ó sean lo que h o y se llaman libertades
modernas, á saber: libertad de cultos, de asociación, de
imprema, de enseñanza, etc., etc., libertades todas co n ­
denadas repetidas veces por la Iglesia católica. Pío IX,
en la carta apostólica de t.° de Febrera de 1875 i
M. Carlos Perin, dice que la Iglesia católica en sus
condenaciones no se limita á las libertades de concien­
cia, de cultos y de imprenta, sino que se extienden á
las otras libertades del mismo género, proclamadas por
la revolución de fines del siglo pasado y constante­
mente proscritas por la Iglesia; de donde se deduce que
la libertad ilimitada del trabajo ha sido también p ro­
hibida por la Iglesia, y esto mismo lo confirman los
mismos economistas cuando escriben: «Si la libertad
del trabajo no comprende y sintetiza toda la libertad,
de seguro que es la m ayor parte de ella; porque pocas
son las libertades que no se hallen comprendidas en
aquélla» ( 1 ) . La libertad ilimitada es para la escuela
económica liberal la ley, el fin supremo y la base
de todos los derechos del hombre. Esta doctrina está

( l) F . Garaier. Tratii f Econtmitpoiitiqut, pág. 1 14 ,

Soc. 1 A m ia.- 7
,comprendida m la célebre fórmula económ ica de l»
.libertad del trabajo y del comercio, laisstxfairt. laissa
asser. Asi lo proclamaron T o r g o t y los derechos del
Í ombre de 17 9 1, y asi lo enseñan los economistas
todos de la escuela liberal.
En el lenguaje económico, la libertad del trabajo
comprende:
1.° La libertad de ejercer la profesión, arte ú oficio
que uno quiera.
2.0 La de ejercer ana ó varias profesiones.
3 ° La de arreglar los precios de sns productos 6
servicios com o mejor le parezca.
4.a La de cambiar sus productos, tanto en el inte­
rior com o en el exterior, según convenga á sus intere­
ses; en una palabra, ejercer su actividad com o le dé la
gana, sin miramiento alguno i la ley moral, natural ó
revelada ( 1 ) . Resalta, por lo tanto, que la libertad del
trabajo comprende la libre concurrencia ó competencia
y la libertaa de com ercio.
Según los principios indicados, la autoridad públi­
ca, civil ó eclesiástica no debe intervenir con preventi­
vo s reglam entos en el trabajo del hombre. El interés
personal es la ley y la regla de conducta en el trabajo,
y el hombre ejerce su actividad como mejor le parece.
Por consiguiente, según la doctrina de la Economía
liberal, el hombre trabaja, vende y compra en los do ­
mingos y días festivos, sin que sea para él un obstáculo
la ley religiosa que lo prohíbe.
La libertad del trabajo, considerada com o derecho
del hombre, independiente de toda ley moral ó revelada,
está fundada en el principio racionalista del interés
iersonal, y tiene por consecuencia lógica y obligada
Í a libre competencia.
La competencia Ilimitada b libre la definen los eco ­
nomistas, diciendo: que es el derecho que tiene cada
uno de luchar con los demás en la producción indus-

(1 ) Qucstioni sociales tt ouvtitrts. — I. Pégim e da travail,


p íf. 34. .
trial y itrtcbe comercial, sin tener en coenta p m nada
ni la posición ni cualidades de los dem is competido*
res, ni mirar la m ayor ó m enor igualdad en las ar­
mas ( i ) . L uego se deduce evidentemente que si en la
libre concurrencia no se deben tener en cuenta la igu al­
dad de las arma 9, en la lucha entre la oferta y la de­
manda, entre el trabajo y el capital, la victoria per­
tenecerá siempre i los m u d e s capitales. L uego la
libertad absoluta del trabajo es la libertad del m is
fuerte. Esta consecuencia es de los mismos economis­
tas liberales.

PARRAFO n
DOCTRINA DE LA IO L IS IA CATÓLICA ACERCA DR LA LIBERTAD
DEL TRABAJO

¿Cuál es la doctrina de la Iglesia católica respecto


de la libertad del trabajo? La doctrina católica, en este
pnnto, enseña que la libertad del hombre no es ilim i­
tada en ninguna de sus facultades, y la del trabajo, lo
mismo que las otras, está circunscrita por los derechos
que Dios tiene sobre el hombre.
Dios, al criar al hombre y hacerle libre, activo ¿
inteligente, no le concedió el ejercicio de so actividad
ó la facultad de trabajar com o una propiedad libre é
independiente de su autoridad soberana, sino oue se
reservó sobre el trabajo del hombre derechos absolu­
tos y solemnemente promulgados en el D ecálogo. L a
Sagrada Escritura, las decisiones de los Concilios y de
los Romanos Pontífices han consagrado solemnemente
desde el origen del mundo hasta nuestros días los de­
rechos de Dios sobre el trabajo del hombre, dirigidos
á la protección de los intereses espirituales y materia­
les de los trabajadores.
La Sagrada Escritura y las decisiones de los Con­
cilios y de los Romanos Pontífices imponen á los g o -

(i) Garnier, ob, c¡L, pág. 114 .


b ic r n o s d e lo s p u e b lo s la e s tr i c t a o b lig a c ió n d e c o n s e -

fruir l i fiel observancia de las leyes de Dios y de ls


glesia, esto es, de dejar hacer el bien y prohibir el mal,
para que asi el hombre pueda obtener su últim o fin.
Esia doctrina del cielo acerca de la libertad del trabajo
se halla consignada en los lugares siguientes: a) Dios
instituyó el trabajo (G en. II, 7, 8 y 15). b) En la obra
de la creación instituyó Dios la forma del trabajo del
hom bre (Ibld. I, II, 1 y 4). c) En el paraíso el trabajo
era libre para el hombre: solamente se le impuso un
precepto, no la ley del descanso (Ibid. U, 16 y 17). d)
E l trabajo después del pecado original fué obligatorio
(lbid. III, 1 7 ,1 8 y 19). e) Si después del pecado el tra­
bajo es un medio de expiación, el Señor dispuso las
condiciones de esta ley peral del género humano, con
el fin de aminorar el rigor y evitar abusos (Exod. X X ,
8 ,9 . 10 y 1 1 ).
Nuestro Señor Jesucristo ha e i puesto en el Santo
Evangelio los principios de la Economía social del cris­
tiano. Los derechos del Señor sobre el trabajo, según
el Evangelio, sí>n los siguientes: (Math. X XVIII, 18).
A mi se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tie­
rra. (lbid. X IX , 17). Por lo demás, si quieres entrar en
la vida eterna guarda los mandamientos. (Ibid. XII, 30).
E i que no está conmigo, contra mi está] y el que conmigo
tío recoge, desparrama.
El Evangelio coloca como base de la libertad del
trabajo y del comercio el fin último del hombre, (lbid.
X V I, 26). Porque ¿de qué le sirve al hombre el ganar
todo el mundo, si pierde su alm af O ¿con qué cambio po­
drá el hombre rescatarla a n a v e s p e r d id a ? La le y di­
vina es la medida de la producción de las riquezas
(L u c. X , 42); y á la verdad que una sola cosa es nece­
saria, q u e « a l a a a lv a o ló n e t e r n a . (M ath . V I, 2$
y 34).— 25. En raipnde esto os digo, no os acongojéis por el
cuidado de bailar que comer para sustentar vuestra vida,
ó de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo.
Qué, ¿no vale más la vida ó el alma que el alimento, y
el cuerpo que el vestidoi
Ademas, Nuestro Señor Jesucristo no solam ente ha
revelado & los hom bre) los principios de la verdadera
economía del trabajo, sino que nos ha dado el ejemplo,
trabajando treinta años en un humilde oñclo. Y hasta
el mismo Dios, en el principio de las cosas, en la obra
de la creación, ha dado al género humano ejemplo del
trabajo.
La Iglesia católica, en virtud de la autoridad social
recibida de su divino fundador Jesús, interviene á su
vez en la cuestión económ ica.
Recuerda al hom bre el precepto obligatorio del
trabajo. ( 1. Thessalonic. IV . n ) . Y trabajéis convites-
tras propias manos, conforme os tenemos ordenado (II.'
Thessalonic. III. 10). A si que, aun estando entre vosotros,
os intimábamos esto: quien no quiera trabajar, tampoco
coma (Ephes. IV . a8). E l que iurtaba 6 defraudaba al
prójimo no hurte ya: antes bien, trabaje, ocupándose con
sus manos en algún ejercicio honesto, para tener con que
subsistir y dar a l necesitado.
La Iglesia católica, ante el mundo pagano, en el
que todo trabajador era un esclavo del trabajo, p rocla­
ma la libertad cristiana del trabajador y del trabajo
(Ibíd. II. 16. L C o rin th . V . 17 ).
Pero la Iglesia condena la libertad revolucionaria,
las sociedades secretas y las huelgas no legítim as
(Petr. epist. II. 16 -18 ).
A la ley del D ecálogo añade el mandato de gu ar­
dar las fiestas.
L a Iglesia interviene también en el ejercicio mismo
de los oficios ó profesiones, porque autoriza unas y
reprueba otras í los fieles. Eq los primeros siglos dis­
puso: Que todo el que fabricase Ídolos era culpable del
pecado de idolatría (T e rtu l. de Idol. 5). La prohibición
del homicidio nos enseña que el lanista (aquel que co m ­
praba, educaba, vendía ó alquilaba los gladiadores)
debe ser expulsado de ¡a Iglesia (T e rtu l. de Idol. 4 4 ).
Los cocheros del circo y ¡os comediantes m pueden ser
admitidos como cristianos, á menos que no renuncien sus
profesiones y aue no vuelvan otra ve\; de lo contrario,
serán rechazados del seno de la Iglesia (C an . 62 del
Conc. de Elvira).
La Iglesia se declaró juez soberano acerca de las.
cuestiones más importantes del comercio y de la indus­
tria, tales como las de crédito, préstamo con interés
y de la asura. Las decisiones de los Concilios y de los
Romanos Pontífices durante siglos, han informado en
estas materias la legislación civil de las naciones. Para
hacer cumplir las leyes de la Iglesia acerca del trabajo,
están las potestades temporales de las naciones. La
violación de dichas leyes en nombre de los derechos
del hombre y de las libertades modernas en el com er-
d o y en la Industria de las naciones, ha abierto la lucha
desigual entre el capital j el trabajo, produciendo la
guerra social. Com o la libertad ilimitada del trabajo
no solamente se ha concedido por la revolución á los
obreros, sino á todos, la lucha encarnizada que resulta
del individualismo ha tomado proporciones alarmantes
entre los patronos, industríales y comerciantes; pero
este aspecto de la libertad del trabajo se denomina
libre concurrencia ó competencia.

PÁRRAFO OI
N A T V ftA L E Z A V R T E C T O S D B LA L 1B B E C O M P E T E N C IA
.‘ ! J
El individualismo de la Revolución francesa ( i ) , des­
truyendo los antiguos gremios, ha producido dos1
grandes males: i.*, reemplazar, com o hemos dicho, la
antigua organización social de los grem ios con la libre
concurrencia, en la que todo orden/todo reglamento
se ha suprimido, como hemos visto; y 2 °, poner una
enfrente de otra las dos clases que solam ente han so­
brevivido de la antigua organización, á saber: la clase
de los poseedores, esto es, de los que tienen los 'ins­
trumentos del trabajo, com o son los capitalistas, p ro ­
pietarios, rentistas ociosos por no explotar por si mis-

(i) Véase L e p o u v o ir ted a !t par fe R. P. G . de Pascal,


35 J siguientes, á quien segarem os en este párrafo, .
dios sos capitales, m aestros, contramaestres y patronos,
siempre que éstos sean los directores del' trabajo; y la
clase trabajadora que carece de capital, com o san los
empleados, obreros, jornaleros, los cuales han recibido
el nombre de proletarios ó asalariados, por no ser ellos
los poseedores del producto de su trabajo, sino que
reciben del poseedor de los capitales ó amo el precio
d e;su trabajo denominado salario.
La competencia, com o liem os dicho, es una lucha,
un com bate, con el fin de conseguir alguna ventaja,'
pero ventaja que no conseguirán todos, sino solamente
odo 6 un pequeño número, con exclusión de los demás.'
Ahora bien; ¿esta lucha, este combate, es ventajoso
bajo el aspecto económ ico y social? V eim oslo.
Desde luego se comprende que U justicia exige que
la vida y subsistencia de los trabajadores no esté i
merced de los resultados de la lucha ó combate, sino
qne en toda buena organización económica los traba­
jadores deben tener asegurada su subsistencia mediante
su trabajo útil. Pero com o en algunos centros de ma­
nufacturas en el extranjero los obreros no ganan lo
bastante para vivir, i causa de un&>Competencia desen­
frenada, se desprende que esta competencia es odiosa
i injusta, y la sociedad que lo consiente falt| & ano de
sas principales deberes, esto es, al deber de velar para
qiie no s e l en provecho de unos pocos lo que por el
trabajo debe asegurarse i todos, ¿ saber, :1a conserva­
ción individual y la seguridad de la vida.
Además, la competencia que tenga por objeto po­
ner en manos de unos los bienes y capitales que otros
ioseen y a , atendiendo solamente 4' hacer pasar las'
Í ortunas de unas m in o sáo tras, sinañadirdbsolutamente
nada á la riqueza ó producto to tal de la sociedad, es
tan funesta ¿ inmoral com o la precedente. Esto sucede-
en todos los ncgodóS en los cuale 9 uno no puede g a ­
nar sino á condición de que otro pierda, com a sucede’
en todos los juegos'de azar, en las operaciones de agio-
tufe, eri el juego'de efectos públicos ó mercancías y en
el com erció da especulación. E sta com petencia es in-
moral (y tfcSastrosa, porque deSl?iiyé' esfuerzos que
podrían emplearse en una producci¿n ¿til, y porque al
mismo tiempo quita seguridad al trabajador.
Finalmente. ¿Qué pensar de aquella com petencia
en la cual las condiciones impuestas á los com petido­
res no son iguales, y en la que se permite que triunfe
el fraude y la violencia, en donde, com o en un com ­
bate, la victoria está por el más audaz y el más fuerte?
Esta competencia conduce á la sociedad al salvajismo;
porque en ^lla ni h ay orden ni justicia para el pobre
obrero, ni para la misma sociedad.
No negarem os, sin embargo, que á veces la com ­
petencia puede ser útil á la sociedad; pero siempre de­
berá ajustarse á las leyes de la equidad y justicia, y
ejercerse debida y lealmente. Dentro de estos límites,
que toda autoridad pública tiene obligación de m ante­
ner, la competencia podrá ser útil, porque es on ver­
dadero resorte de la actividad humana.
En efecto; el interés individual, encerrado y man­
tenido por la autoridad pública dentro de los justos
limites para qoe no degenere en egoísm o ó avaricia
salvaje, es ana de las principales causas del progreso
m aterial. La comp.etencia estimula la actividad hum a­
na, porque sin ella quedarla m edio dormida, al paso
que excita tntre los hombres saludable emulación si
está sabiamente arreglada; por el contrario, si la com ­
petencia se desencadena, este desenfreno pone á la
vida social en un estpdo de agitación y de fiebre es­
pantosa. Entre los buenos efectos de una moderada
competencia debe contarse el gran desarrollo de la
producción, y a buscando cada uno el desenvolvimiento
de sus fuerzas productivas, ya perfeccionando los pro­
cedimientos del trabajo bajo la iniciativa individual.
Finalm ente, la competencia en los cambios tiene por
objeto hacer bajar los precios de los productos. Ahora
bien; la rebaja de los precios es un bien real para el
obrero, pero con la condición de que la rebaja del
precio no sea inferior al precio justo, porque en este
caso el beneficio del consumidor representarla una
iérdida real del productor. Estas son las ventajas de
Ía competencia encerrada dentro de los justos limites
Indicados; pero si éstos se traspasan, entonces produce
la competencia los efectos horribles que presenciamos
en el régimen actual, que no es por cierto el de la li­
bertad y competencia mantenidos dentro de los limi­
tes que exigen la razón y la religión, sioo el de la li­
bertad y com petencia casi ilimitadas; porque los débiles
obstáculos que en algunas partes se ponen, no influ­
yen de ningún modo en la producción. Ahora bien;
¿esta libertad y com petencia ilimitadas, qué resultados
han producido y cada día producen?
Merecen ser conocidos, y vam os someramente á
exponerlos: i.° Este régim en de la libertad ilimitada y
libre competencia en el trabaja industrial, im pulsado
sólo por el interés personal, es egoista y desordenado.
Só lo se busca la ganancia: en la producción no se con ­
salta para nada el interés general; en la Industria falta
la previsión, y la producción se realiza al cie g o azar
de las apreciaciones y especulaciones individuales. De
aquí que tan pronto se observa escasez y penuria
com o abundancia en los mercados; para los producto­
res, la incertidumbre com pleta acerca de lo que deben
producir, la imposibilidad de colocar lo que produ­
cen, y en últim o térm iao, la ruina de gran número de
ellos.
2.* Estudiando el capital, nos hallamos con una
doble com petencia, la que los capitales se hacen enlre
5! y la que hace el capital al trabajo. ¿Cuáles son los
efectos desastrosos que produce la competencia de los
capitales entre si? La lucha y el com bate se traba en
el terreno de la colocación de los productos. Es nece­
sario á todo trance que el productor venda, poraue si
no vende, pierde su capital y se arruina. Ademas, es
indispensable que venda con algún beneficio, porque
de lo contrario no sacarla ninguna retribución de sa
trabajo. Ahora bien; ¿cómo conseguirá vender y obte­
ner de la venta beneficios? Desde luego despachará
los productos si los vende ¿ un precio inferior al de
los demás competidores, pero obteniendo siempre al­
gún beneficio. Ahora bien; cuatro medios existen para
obtener tan buen resultado, de los cuales sólo los dos
primeros son lícitos: i . B, disminuir los gastos de pro­
ducción, aprovechando, v. gr., las ventajas que ofrece
el terreno y la oportunidad de los tiempos para las
compras de las primeras materias; 2.°, mejorar y per­
feccionar los productos m is que los otros competido -
res, con lo cual, aunque el precio parezca igual al de
los otros, en realidad equivale á dar barato el género;
3.°, disminuir injustamente los salarios de los obreros,
y 4.% adulterar y falsificar las mercancías ó los pro­
ductos, engañando al consumidor respecto- del valor
y calidad de los mismos. ¿Qpi¿n ignora qae hoy casi
todo se adultera con fraudes escandalosos, tanto por
el productor com o por el com erciante, vendiendo casi
siempre, según la frase vulgar, galo por ¡ubre? Léanse
las elocuentes p igin as que tiene el Dr. Letam endi en
su Patología general, enumerando las enfermedades y
el estado general del cerebro por las mixturas y adul­
teraciones que h o y se hacen en las substancias alimen­
ticias.
Pero vender i precio bajo no es el único medio
que existe para vender los productos y obtener bene­
ficios, porque hay otro medio infalible, el cual consiste
en aplastar i los o tro s competidores; es la guerra de
las grandes casas contra las pequeñas, d é lo s fuertes
contra los débiles. £1 procedimiento que emplean es
m uy ficil; consiste en nacer sacrificios m om entineos,
en vender durante algún tiempo perdiendo, hasta que
todos los competidores queden arruinados. Una vez
acabada la competencia se sube el precio y se realizan-
inmensas ganancias, sin haber hecho progresar de
ningún modo la producción. Este procedimiento inmo­
ral se ha extendido extraordinariamente en casi todas
las naciones, pero especialmente en los F.stados Uni­
dos y en Alemania, Para esto se juntan varios fabri­
cantes ó comisionistas y hacen terrible competencia i
los que no forman parte de la asociación; después de
haber arruinado í sus competidores y quedarse dueños>
del mercado, consiguen hacer bajar el precio 'de' las
primeras materias y subir el precio de los productos,-1
Estas Asociaciones se las denomina trusts en los Estados
Unidos y han ejercido desastrosa influencia en el mer­
cado de cereales; en Alemania se les llama Cariéis y
en 1891 eran más de cien, y entre estos, diez interna­
cionales. De manera que la libertad absoluta del trabajo
ha producido el más norrible m onopolio, desconocido
en los antiguos gremios. Esta guerra de los capitales
produce la destrucción de los pequeños y la concen­
tración v acumulación de las riquezas en pocas manos.
).° Finalmente, la libre competencia encuentra otro
medio de ganar dinero-sin vender y hasta sin producir
nada, y este medio es la especulación y el juego. El
agiotaje y los otros medios J e especulación de la
misma naturaleza, consisten en obtener nn beneficio,'
una ganancia, mediante la pérdida de igual valor que
otro sufre. Para conseguir este resultado se vende ó
se compra á término fijo, y en el intervalo del contrato
se emplean los medios para bajar ó subir ei precio de
la mercancía vendida ó comprada, í fin de apro ve­
charse de las diferencias. El vendedor juega i la baja
y el com prador i la alza. Vende uno, por ejemplo,
1.000 hectolitros de aguardiente á j o pesetas el hecto­
litro, para entregarlos dentro dé un mes. Si cuando
llegue el plazo lijado baja el precio del hectolitro &
40 pesetas, com o el com prador debe pagarlos á jo , el
vendedor habrá obtenido un beneficio de 10 pesetas
por hectolitro. Si, por el contrario, ha comprado la
misma cantidad á j o pesetas y al mismo plazo fijo,
entonces y o tengo interés en hacer subir el precio;
porque si llegado aquél el hectolitro vale 60 pesetas,
el vendedor deberá darme á j o pesetas lo que y o pue­
da vender en seguida á 60 pesetas. El beneficio, por lo
tanto, será del comprador. Ahora bien; en las especu­
laciones de este género, las ventas y las compras jamás
son reales; el vendedor no tiene lo qne vende, ni el
comprador tiene-para pagar lo que compra; solamente
las diferencias se saldan, y para ganar las diferencias
e a Ja bolsa, para realizar el alza ó baja, Dios sólo sabe
las iniquidades y maldades que se cometen. E l agiotaje
cons& te'sólo en operaciones ficticias, no reales; sin em ­
bargo;'tiene un efecto real en las alteraciones y cambios
de los precios de las mercancías, ó sea en el curso que
llevan los negocios mercantiles, curso que el comer­
ciante modifica ó falsea hartas veces para lograr su
intento, pero de suerte que al fin y al cabo los produc­
tores y consumidores son los que sufren todas las
variaciones que esle juego hace cu la plaza pública en
orden í bajar ó subir el precio de los producios.
Estos son los efectos que produce la libre com pe­
tencia de los capitales enire si: veamos ahora los efectos
que produce la lucha eutre el capital y el trabajo del
pobre obrero.
Com o por una parte la fuerza se halla en el ca p i­
talista, y la libertad ilimitada le da el derecho de hacer
el uso que le dé la gana del capital, es m uy natural
que en dicho uso mire su interés personal. Ahora bien;
su interés personal consiste en tomar la m ayor parte
de la ganancia del producto y dejar la m is pequeña al
trabajador. Com o el patrono lo que busca es producir
m ucho y barato, de aquí la violación del domingo y
días festivos, el exigir al obrero m is horas de trabajo,
y el emplear i las mujeres y i los niños en las fábricas
mediante un escaso jornal, y en trabajos que no son
proporcionados ni á su sexo ni á su edad. El individua*
lismo, no teniendo en cuenta la dignidad del hombre
ni su último fin, considera al pobre obrero com o una
máquina, un instrumento, y al trabajo que ejecuta
como una mercancía, cuyo precio lo fija la ley de
hierro de la oferta y de la demanda. Destruye además
el hogar doméstico y convierte la fábrica en un presi­
dio para el obrero, operaría y niño: he aquí los bene­
ficios que ha producido al pobre trabajador la libertad
ilimitada proclamada por la rcvolucióu.
Las relaciones entre el capital y el trabajo, en el
régimen industrial basado en el capitalism o, lian sido
expuestas gráficam ente por el conocido fabricante de
maquinas, James Nasm yth, en la deposición que hizo
á la comisión inglesa nombrada para estudiar los T ra-
des-Unions. Afirma que es de gran interés para la
industria que gran número de obreros busquen trabajo,
porque entonces el jornal es más barato. Afiade que
ha obtenido grandes beneficios empleando en la fabrica,
en lugar de nombres, mujeres y aprendices. Pregun ­
tado qué sucedía i los obreros despachados y i sus
familias, respondió: «Lo ign oro, dejo su suerte á la
acción de las leyes naturales que rigen lis sociedades».
llEstas palabras cuántas ligrim as, desesperación y odio
no han engendrado^ La práctica inglesa ha confirmado
la teoría inglesa; pero es lo cierto qae la riqueza for­
mada conforme ¿ esta teoría es la expresión de la más
brutal opresión contra el pobre. Hasta el padre del
evolucionismo inglés, H. Spencer, la denomina cani­
balismo.
L os economistas de la escuela inglota. objetan que
el orden debe nacer de la gravitación natural de las
fuerzas sociales. «Dejad la acción individual con inde­
pendencia absoluta en todo lo relativo á la producción
y distribución de las riquezas, porque la armonía resul­
tará del juego combinado de todas las fuerzas natura*
les». Este error común á todos los sectarios del natura­
lismo político, dimana de la confusión de los fenómenos
y leyes Jel mundo físico con los fenómenos y leyes del
mundo m oral. El hoaibre no está sujeto, com o el
mundo Tísico, á leyes fijas, constantes, mecánicas; en
una palabra, la obligación que nace de la ley impuesta
al hombre por su destino sublime, es una obligación
moral que el hom bre debe cumplir, es verdad, pero
ue puede desobedecer desgraciadamente, y desobe-
3 ece de hecho, com o hacen todos los partidarios de los
derechos del hombre; de manera, que sin la interven­
ción de la fuerza social, de la autoridad cristiana, la
gravitación natural de las fuerzas individuales no ter­
minará sino en la lucha ó com bate entre las mismas
fuerzas y la destrucción mutua ( i ) .
Hemos dicho que la competencia contribuía á per­
feccionar los procedimientos del trabajo; pero debemos
afiadir que las máquinas inventadas y utilizadas coa

( l) Traite d'Economii socialt, por M. O lí, p ig . l i s , y


K . V. Pascal, o b . cit., p íg . 35 y siguientes.
libertad lio limites han producido el horrible paupe­
rismo. «La explotación fabril, escribe Hitze en el Pro­
blema social ( i ) , por medio de las máquinas ocupa el
lugar de la obra de mano, porque ésta ni es tan rápida
ni siempre tan exacta como aquélla, y además resulta,
en casi todos los casos, m is barata. La costurera
arroja la aguja, rendida por el cansancio ó por el
sueño; pero la máquina trabaja sin cesar, y siempre con
igual perfección, ejecutando á la vez la tarea de m u­
chos operarios. Antiguam ente ejecutaba el obrero una
operación desde el principio hatta .el fin; por medio
de las máqainas se ha hecho no sólo posible, sino
conveniente, distribuir el trabajo de manera que cada
operario se ocnpe siempre ed una misma cosa, lo que
permite adquirir en su arte una habilidad suma y en
p o co tiempo.
La máquina lleva sobre la obra de mano la inmen­
sa ventaja de poder proporcionar ocupación i m ujeru y
i niños, que trabajan á veces hasta con mejor resultado
que el hombre... Pero no son éstas las ¿nicas ventajas
que el fabricante obtiene con la miquina «obre el que
trabaja i mano. Ejecutando aquél una explotación en
grande escala, puede comprar a más bajo precio la ma­
teria prima, siendo el sostenimiento de su máquina in­
mensamente menos costosa que el de los centenares de
hombres que representa. No se necesita más para com ­
prender que el operario que se vale dnicamente de sus
manos, pocas veces ó nunca podrá sostener com peten­
cia con el productor que se vale de las máquinas, y
que vencido al fin en esta lucha se verá precisado á
cerrar sns talleres y entrar en una fábrica, confundién­
dose entre la multitud de simples jornaleros. ¡Lo que
este sacrificio significa, se siente mejor que se describe!
L a misma suerte que al obrero está reservada al labra­
dor de escaso caudal ó mermada fortuna. No tan sólo
echa de menos las máquinas, sino que filto de, instruc­
ción y de capital, encuentra cerrados todos l o s , ca­
minos que conducen á adquirir los conocimientos

( l) O b. cil., pág. 60.


técnicos y científicos indispensables para Introducir
eo la explotación de so industria las mejoras y lo s
adelantos qae eose&a la química aplicada i la agricul­
tura... ( 1 ) .
Por tanto, el principal inconveniente que presenta
la constitución actual ae la sociedad, estriña en que el
aumento de la fecundidad del trabajo, gracias i los
adelantos de la ciencia, redunda en beneficio exclusivo
del capitalista y en daño manifiesto.del obrero; injus­
ticia patente para todo el que considere que el genio y
sos inventos son patrimonio de la humanidad y no
sólo de los capitilistasa.
¿Y c u il es la cansa más poderosa del mal que ac­
tualmente estudiamos? La caosa principal e» ti en la
ecooom ia política liberal; está, no nos cansaremos de
repetirlo, en el logar secundario que ocupa en ella el
hombre; el objeto 4 que atiende principalmente tn sus
investigaciones la economía política liberal, d o es el
hombre, sino las riquezas: al hombre, al obrero, se le
considera com o un valor, com o una cosa. No sucedería
esto si se considerase la ciencia económ ica com o debe
considerarse; sus dos bases fundamentales son la na­
turaleza y el trabajo: la naturaleza, con sus fuerzas
físico-químicas, de una parte; de otra, el hombre sujeto
del trabajo, esto es,capitalistas y obreros que dominan
y dirigen i la naturaleza. El hombre, ya sea individuo
o colectividad, es el sujeto que tiene por objeto el tra­
bajo de la tierra, significando aquí la palabra tierra
todos los factores de la naturaleza, esto es, la materia
y sus fuerzas cósm icas. He ahí la economía política
reducida á su verdadera significación.
Por lo dicho se comprenderá de nuevo lo que ense­
ña la Religión, que no es el fin de lo s hombres ni de la
verdadera economía política el acumular riquezas.

( l ) A l terminar el primer siglo de la invención del vapor,


habfa esparcidas por toda la tierra cerca de 200.000 máquinas
de vapor de IOCAS clases, que representaban una fuersa de más
de 12 m illones de caballos, equivalentes ¿ la de 200 millones
de hombres laboriosos. — Engels.
a u n q u e c i t o p u e d e 4 l o m is ser u n m e d io , s in o el p r o ­
c u r a r 4 t o d o s lo s in d iv id u o s d e la s o c ie d a d lo n e c e s a rio ,

Íra eneconomía
cuanto sea posible lo agradable. El progreso de
política consiste en procurar en menos
tiempo y con menos gasto de fuerza lo necesario para
todos, y progresando, procurar m is de lo necesario, al
m ayor número posible de individuos de la sociedad
humana.
Ahora bien; si se examina á ia luz de estos princi­
pios el estado social y económ ico actual, se apena y
entristece el alma, porque en lugar de enorgullecem os
de los admirables inventos de los tiempos modernos,
de las maravillosas m iquinas, que se prestan igu al­
mente con rapidez increíble al desarrollo de fuerzas
espantosas com o i la elaboración de las cosas más de­
licadas, v. gr., los encajes; en vez de envanecernos de
las comunicaciones de país i país tan tapidas como el
rayo y de otras gloriosas conquistas... si somos cuer­
dos y observadores, quedaremos atónitos co r humildad
y buscaremos la causa por qué hoy con instrumentos
ael trabajo tan universales y perfeccionados, hoy cuan­
do un solo obrero puede ejecutar el trabajo ae cien,
se creen obligados los capitalistas i prolongar la dura­
ción del trabajo y reducir gran número de obreros i
una alimentación inferior a la de los siglos anteriores.
El ánimo observador investigará por qué por una parte
los agricultores se quejan de no poder vender sus p ro ­
ductos, ó de venderlos á precios bajos, y de tener los
almacenes llenos, y por otra parte, clases enteras de
la sociedad yacen en la m ayor miseria, y el tifus del
hambre hace grandes estragos entre los obreros de­
seosos de trabajar.
Se reconocerá con facilidad que los beneficios del
aumento de la producción no se lian utilizado feliz­
mente; lo que debería haber sido una fuente de bendi­
ciones, ha producido todo el efecto contrario.
La producción por medio de máquinas d i por re­
soltado una economía considerable de tiempo y de
fuerza.
A hora bien; este tiempo ó esta fuerza economizados
poeden emplearse ya en la creación de' otros instrn-
mentos ó m iquinas de prodacción, qae harán el trabajo
futuro m is productivo, ya en el descanso, en el recreo,
en el estudio 6 en la oración. Los capitalistas, fundados
en la econom ía politica liberal, tienden 4 lo primero,
pero los obreros tienden i lo segundo; y en esto tienen
razón, porque esta tendencia corresponde perfectam en­
te i los intereses de la colectividad, de la sociedad,
cuya fuerza intelectual depende de la cultura de las
fuerzas individuales. Debemos fomentar esta segunda
tendencia, y el Romano Pontífice nos traza el camino
en sa Encíclica, al indicarnos el salario suficiente del
obrero para que llegue antes de la vejez i ser propie­
tario. L o que urge es, que todos, oyendo la vo z del
Romano Pontífice, procuremos qae el tránsito del d e­
plorabilísimo estado actual al cristiano se verifique sin
trastornos ni revoluciones sociales, sino que imperando
en todos la caridad cristiana y haciendo los ricos y
capitalistas sacrificios inmensos, podamos pronto salir
de este estado deplorable.

A R T ÍC U L O 1H

TB1CBK EFECTO DEL INDIVIDUALISMO.— EL MONOPOLIO


Y LA ESPECULACIÓN

El Romano Pontífice describe con estas Bravísimas


palabras el tercer efecto producido por el individualis-
ro o e n el orden económ ico:

(Júntase & esto que los contratos de las obras y el


•com ercio de todas las cosas está casi todo en manos
»de pocos; de tal suerte, que unos cuantos opulentos
«hombres y riquísimos han puesto sobre los nombro*
fcde la m ultitud innumerable de proletarios un y a g o
iq u e difiere poco del de los esclavos».

. A lgunas previas nociones de los-valores y del c o ­


m ercio serán necesarias para que patronos y obreros
Soc. T Anife— •
comprendan bien el terrible efecto producido por la
libertad ilimitada del trabajo, y que tan gráficam ente
y ccn palabras tan graves describe el Supremo Jerarca
de la Iglesia católica.
Y a Aristóteles ( i ) distingue dos’ modos de asar de
los bienes, alhajas y demás objetos y otensilios: uno
propie di la cosa, según su naturaleza peculiar, y otro
que tiene común con todos los demás bienes, ilustrando
su teoría con el ejemplo familiar de un zapato. «Un za­
pato, dice, tiene dos usos; el primero le es propio, 4 di­
ferencia de otras prendas, y consiste en qne se calza
para abrigar el pie; el otro le es común con todos los
demás bienes, objetos del com ercio, y consiste en que
se le puede trocar por otra cosa útil; por manera que
4 ano se le puede llamar uso universal, al otro uso acce­
sorios. I.os economistas modernos distinguen en las
cosas dos valores, el valor en uso y el valor en cambio.
E l valor en uso consiste en la utilidad de ana cosa
para la satisfacción de necesidades humanas, y so fun­
damento est 4 en las propiedades Tísicas y químicas de
la misma. El valor en cambio se determina por la pro­
porción, en la cual valores en uso de una clase paeden
trocarse por valores en uso de otra. El valor en uso
del pan, consiste en su utilidad para nuestro sustento;
su valor en cambio, en su aptitud para ser trocado por
otras mercancías, ó digase para ser vendido, lis indu­
dable que la utilidad entra en la aptitud para ser tro ca­
da la cosa por otras mercancías, pero no basta para
determinar los grados del valor en cambio. En efecto;
existen objetos de grandísima utilidad, como el agaa,
por ejemplo, y sin em bargo, carecen de valor en cam ­
bio. ¿Por qué? Por su extraordinaria abundancia; luego
la escasez ó abundancia de las cosas es uno de los ele­
mentos de su valor en cambio. Pero adviértase que
para que una mercancía se venda barata, es necesario
que sea m ayor la oferta qae le demanda, por más que
s e t abundante; y para vender caro no basta qne sea

[ i ) P oliiic. I. 9, i , 357, a. 6. aeg.; S . T h o n ., in I. Polit, I ,


7; S ilvesl, Maurua, in I. Polit. c. 6, n. a .
rara y escasa, sino que es necesario qne la demanda
sea m ayor qae la oferta. La abundancia ó la escasez
iroducirin, ordinariamente, la primera m ayor oferta y
Ía segunda m ayor demanda.
Además, los gastos de producción y la cantidad y
calidad del trabajo, influyen también en el valor en
cambio.
Debemos advertir, conform e con la T eo lo g ía c a ­
tólica, que el valor de las substancias que el hombre
necesita para vivir, com o el pan, la carne, etc., depen­
de del trabajo empleado para prodocirlas, y su precio
está determinado por los gastos de producción. T o d o s
los teólogos hablan del precio justo, justan frelium ,
esto es, del precio proporcionado al valor de la cosa.
En efecto; la base equitativa del trueque ó cambio
entre las cosas, debe ser la igualdad de valor entre los
objetos cambiados. Si y o vendo por 100 pesetas un
objeto qae vale too, pierdo, y el o tro se enriquece
con mi pérdida. Platón condena á aquellos que ven­
den el trico m is caro de lo que vale, ocultando la
llegada de un navio que disminuiri el precio; y San
A gustín inCTepa i aquellos que siempre quieren com ­
prar barato y vender caro: v ili v tlli emert ti caro ven­
d en ( i ) . Los economistas modernos no admiten la
noción del justo precio; para ellos el precio aceptado
por las dos paites es siempre justo.
El justo precio ofrece alguna latitud, y puede os­
cilar entre el infimum y el summum prctimn. Si se tras­
pasa el precio superior, entonces se perjudica al co n ­
sumidor, y si no lleg a al Infimo, el productor en este
caso pierde. En ciertos casos, la ley tiene el derecho
de intervenir, particularmente, siempre que se trate de
los alimentos del hombre. Hasta ayer aun se usaban
en España las tasas para el pan, la carne, etc.
Vender y comprar los productos de la industria y
de la agricultura, es indispensable para la existencia
de toda sociedad; pero vender y comprar, no para la
utilidad inmediata del hombre, sino c d vista del bene •

( i) De Trm it., XIII, 3.


ficio que pueda dar la operación misma, constituye lo
que se llama el ccm ccic. Sanio Tom ás y los doctores
de la Iglesia católica lian considerado de gran utilidad
el com ercio para la sociedad, pero con tal que la g a ­
nancia sea honesta y-moderada. El beneficio del co ­
merciante consiste en la remuneración que hay que
añadir al precia de producción, ya por los riesgos y
peligros que ha sufrido, ya por los1 gastos y esfuerzos
que ha hecho para colocar las mercancías en el mer­
cado y ofrecerlas 4 los consumidores.
Pero en el régimen actual de la libre competencia,
el com ercio, por lo general, es horriblemente anár­
quico. L o es principalmente: i .°, por la especulación,
y 2.°, por el m onopolio y acaparamiento.
Especulación. Mientras que el verdadero com ercio
tiene por objeto transportar las mercancías del lugar
de la producción 4 los lugares ó mercados en donde
pueden ser empleados y consumidos, la especulación,
como hemos dicho ya, solamente tiende al valor de las
mercancías: ella no transporta ni un fardo de lona, ni
nn saco de trigo: ella compra sin tener ¡ntenciÓD de
aprontar el precio, y vende lo que no tiene. Este nue­
vo género de comercio no tiene utilidad alguna, p u es­
to que ejecutando operaciones ficticias mata el verda­
dero com ercio, por l a perturbación que produce ea el
precio de las mercancías, que incesantemente varía 4
voluntad de los vendedores y compradores, extraño)
en su m ayoría i la profesión comercial, simples capi­
talistas ocupados en tratar solam ente de diferencias.
A hora bien; todas las substancias de primera necesidad
para el hombre están sujetas 4 las continuas flu ctu a ­
ciones del inmoral juego de la especulación.
Monopolio y acapara d in . Efecto de la omnímoda
libertad de los capitales y de su acumulación asom ­
brosa en sociedades de unos cuantos hombres opulen­
to s, las mercancías esparcidas por los mercados del
mundo entero pneden ser m onopolizadas v lo son de
hecho. En este caso lo s precios naturales de las cosas
se falsean y fluctúan en los .m ercados i merced de esos
hombres; sucédense periódicamente las crisis comer-
dales, las quiebras y bancarrota!; la ruina del trabajo
m odesto y litil es inminente ¿ inevitable, y de cuando
en cuando sobrevienen catástrofes que amenazan tra­
garse la fortuna y prosperidad de una nación.
Con razón escribe L. Milcent ( 1 ) :
«Todos estos robos sacrilegos de judíos y judai­
zantes cesarían, si los principios cristianos sobre la u su­
ra volviesen i informar las leyes públicas de las na­
ciones, cuyos principios condenan com o contrarío ¿
la justicia tomar el producto del trabajo de otro; y en
este caso, la actividad humana aumentaría, la produc­
ción industrial y agrícola se multiplicaría, y los cam­
bios comerciales esparcirían por el mundo entero la
abundancia y la riqueza.
Las mismas institucionts sociales, favorecidas por
una nueva legislación, se transformarían y se armoni­
zarían coa los principios económ icos cristianos.
L os monopolios no serian ya posibles, y los acapa­
ramientos de las primeras materias prohibidos absolu­
tamente.
Entonces el verdadero com ercio ejercerla su fun­
ción propia en productos reales y no sobre valores
ficticiosx.
Com o el Jerarca Supremo de la Iglesia describe
con tan graves palabras el mal que estamos estudian­
do, diciendo que tunos cuantos opulentos bombres y ri-
»quisimos han puesto sobre los hambres dt ¡a multitud
¡¡innumerablede proletarios (veintitrés millones se caen-
itan solamente en Europa) uu yugo que difiere poco del
tde I01 esclavos», juzgam os oportuno, aun á trueque de
prolongar este artículo, transcribir las siguientes p ala­
bras de la célebre obra dt H ilje (a ):
«Para demostrar que la producción se va centrali -
zando cada día m is en manos privilegiadas, bastará
ue fijemos nuestra atención en el aumento fabuloso
3 e las sociedades de accionisias, y ellas nos suminis­

(1 ) Mtmoire sur le commerce, p ig . 14,


(*) H itze, oh. c il.y p á g s. 46' y 66.
trarán, a d e m á s, la prueba de los inconvenientes que
tal sistema encierra; porque esas sociedades acaban
siempre por absorber las empresas particulares que no
pueden entrar en com petencia con ellas. Es precisa­
mente el misino fenómeno que se nos presenta reali­
zado en la industria. La industria, gracias al enorme
desenvolvimiento que ha adquirido en los tiempos m o­
dernos, ha absorbido todo el capital disponible; pero
una vez agotados los recursos que aquélla ofrece, di­
rigirán los capitalistas sus miradas a la agricultura,
para ensayar en ella la explotación en grande escala,
y darle ese pujante desarrollo que alcanzó en la anti­
gua Roma, y que todavía observam os bo y en Inglate­
rra. Las palabras de Plinio Lalifundia perdidere Ro-
mam, son una profecía que se está cumpliendo ahora
en Alemania. ¿Y qué será de esta hermosa patria ale­
mana si viene á ser propiedad de unos cuantos millona­
rios, de unos cuantos judíos? ¿Quién puede sufrir tan
escaudaloso monopolio?...»
Antes de pasar adelante, queremos aún añadir al­
gunos datos á los que nos señala Hitze.
¡¡La mitad de toda Inglaterra pertenece á ciento
cincuenta personas solamente, y la mitad de Escocia i
doce propietarios!!
En la América del Norte aparece en nuestros días
un nuevo tipo, el millonario, esto es, el rey absoluto y
deipótico de nuestra civilización mercantil ¿ industrial.
Y con respecto á Francia, ¿qué nos dice su estadís­
tica? Q ue de cuarenta y nueve millones de hectáreas
que pagan contribución, treinta y dos millones son p ro ­
piedad exclusiva de quinientos mil individuos, al paso
que seis millones de habitantes se disputan los fra g­
mentos ó parcelas de once m illones de hectáreas, y
tres millones quinientos mil propietarios agrícolas no
iueden vivir de los producios de su propiedad por no
f legar ésta á cinco hectáreas. Los de esta última clase
se ven obligados, tanto en Francia com o en España,
por lo oneroso de los impuestos, á malvender sus pe­
queñas propiedades, si no se apodera de ellas el fisco,
pasando al triste estado d d asalariado 6 jornalero.
Desde e l punto de vista de la producción y de los
beneficios que de ésta se obtienen, ¿qué nos dice la es­
tadística? Q a e los veinticinco millones de trabajadores,
con sus familias, que enumera la estadística en bran­
d a , solamente tieneu para vivir seis mil milloues de
francos, con una producción agrícola y mercantil de
veinte mil millones de francos ( i ) . En una palabra, asi
como la solidaridad, mediante la organización social
y caridad cristiana, salva 4 las sociedades, asi el indi­
vidualismo, con sus salvajes efectos, las destruye y las
conduce al abismo de la bancarrota y de la ruma (2 ).
Corroborem os lo expuesto con las palabras del
Emmo. Cardenal Sancha ( } ) .
«No son necesarios grandes esfuerzos y razonamien­
tos para demostrar que el progreso anormal y natura­
lista en los medios de producción es la cansa principal

( 1 ) M. de V arigoy, en su libro Les gratules fortunes aux


Fíats»Unis et en Anglaiirrt (1889), da la siguiente lista de Im
12 persona» m is ricas del mundo:
O ap lta l Benta
Ktoloulldad
Prietas anual
Jay G on ld .............. Am ericano 1.375.000.000 70 000.000
J. W . Mackay. . . Id. 1.250.000.000 02500000
Ingtés. 1000 000 000 50000.000
C. Vanderbilt.. . . Am ericano. 625.000.000 31.250 000
J. P. Jon ei............. Id. 500.000.000 25.000.000
Duque de W eil-
n in ile r ............... Inglés. 400 000 000 20 000 000
John J. A i l o r . . . Am ericano. 250.000.000 12 500 000
W . S tew ail............. Id. 200.000 000 10. 000.000
). C . B en ell............ Id. 150.000.000 7.500.000
Duque de Nor-
Ihumberland.. . Id. 125.000 000 6.250.000
Marqué» de Bule.. Id. 100 000.000 5 000 000
(2) Traite d'Eeonpmit sacióle, par M. Ott, tome premier
lir ie V , § 100. XifartitU» d e la h r r t ei des capitaux.
(3) euéttiiit tttial. D itcursoa jr opiniones del E lim o . é
lilao. Sr. D. Ciriaco María Sancha-Hervis, b ipo de Madrid-
Alcali, pága. 39 i. 4a.
de la concentración de riquezas ea el menor número
de los individuos, y de la miseria espantosa en los de­
más de que se compone la gran familia humana; por­
que sobre asegurarlo así el Romano Pontífice, cuya
autoridad es irrecusable para todo creyente y para
todo entendimiento exento de prejuicios y de sectaria
obstinación, lo confirman también los tratadistas más
eminentes de Econom ía política, y lo comprueban los
hechos, cuya ló gica habla elocuentemente y g o za del
privilegio ae pronunciar juicios incontrastables.
«A pesar de todos los beneficios del orden social,
dice Sismondi, y i. .pesar de las ventajas que el hombre
ha reportado de las artes, se ve uno tentado ¿ veces á
m aldecir la división del trabajo y la invención de las

Según dicho autor, existen en el d u n d o 700 personal que


poseen más de 35.000.000.
Se reparten del modo siguiente:
Inglaterra....................... ............................ .... 200
E s t a d o s - U n id o s ..................................................... 100
A l e m u i i ; A u itria................................................... 100
Francia.......................................- ............................... 75
Rusia................................................ ............................ 50
Indios............................................................................ 50
O trai naciones......................................................... 125
T o t í l .............................. 700

Leem os el siguiente datu que queremos quede consignado


en esta obra. «La suma redonda del haber de los R olhschild
es en la actualidad de 10.000 m illoaes de francos próxima­
mente. En 1875 *u fortuna tolal no le elevaba á la mitad de
esta suma. L a rama parisién «ataba representada an alia por
I .o o o m illones. E n dieciocho aflos la fortuna de los Rotbo-
child ae ba duplicado, 7 el profesor Rodolfo M eyer ha calcu­
lado que doblará cada quince aBos, j qae en el alio 1965 al­
c a n z a d la cifra de 300.000 m illones. Co n >61o los intereses
de este gigantesco capital í« podrían sostener 37.120.000
hom bres, próximamente la población de Francia. En el a to
1800 el antepasado de R otlucbild no poseía Bada. Hasta
después de la batalla de W atherlóo, en 18 1 5 , no com enzó i u
prodigiosa gestión financiera.
manufacturas cuando se considera & qué estado han
venido las criaturas racionales por cansa de ellas. L os
animales suplen á los hombres, nuestros semejantes, y
son reem plazados por las máquinas en todos los pro­
ductos manufactureros. Y en verdad que, al lado de
los poderosos engranajes, y de los asombrosos y múl­
tiples factores de la riqueza en nuestros dias, la m ayo­
ría de operarios ocupa un lugar muy secundario en el
muudo productor, y queda postergada y condenada i
la inercia y eterna vacación. Según estadística cuida­
dosamente formada por la Sociedad de Ingenieros ci­
viles de Francia en Marzo del año últim o pasado, la
fuerza total desarrollada por todas las máquinas del
mundo civilizado representa la de cuarenta y seis mi­
llones de caballos, coya fuerza equivale al trabajo de
mil millones de obreros, que es casi la población total
de la tierra.
No es de extrañar, ante esa exaltación y predomi­
nio de la materia sobre la dignidad y prerrogativas del
hombre, que falte á éste trabajo para ganar honrada­
mente el sustento para si mismo y para sus hijos, y
que, oprimido por uua coucurrencia cruel y sin entra­
ñas, busque en la asociación la defensa que falta al in­
dividuo en el aislamiento para luchar por la vida y para
irotestar contra el capital, qne le reduce á la miseria,
Íe niega el recurso del trabajo en los meses del riguro­
so invierno, ó si le favorece con la ocupación, le hace
pagar ¿sta rebajándole el jornal ganado con el empleo
de sus fuerzas físicas y de su aptitud profesional.
En la conferencia de Berlín celebrada el año último,
y á la que concurrieron las eminencias de la Economía
política y los representantes de las naciones de Europa
para tratar sobre la cuestión social, levantó la v o z el
mecánico francés V ícto r Delahaye, y eu un notabilísi­
mo discurso, coya publicación quiso impedirse porque
revelaba la detestable organización del trabajo en la
vida m oderna, demostró con evidencia que el progreso
de la maquinaria, tal com o viene funcionando, conduce
al empobrecimiento de las clases obreras y 4 la a cu ­
mulación de la fortuna, en los principes del dinero.
«En la Edad Media, decía el susodicho mecánico, había
un operario por cada diez patronos, mientras qae hoy
sucede todo lo contrario, puesto que p o r cada patrono
h a y diez braceros. En aquel periodo los modestos pro­
pietarios, viviendo del producto de su trabajo, sobre
ser los primeros interesados en no prolongar de una
manera excesiva el tiem po destinado 4 trabajar, mante­
nían el precio de la mano de obra y las tarifas com pa­
radas en relación correspondiente 4 la carestía de la
subsistencia, 4 fin de atender así 4 las necesidades de
la familia, y estar prevenidos ante un porvenir incierto
y ante los accidentes 4 que está sujeta la riqueza.
«Aquel bienestar ha ido poco 4 poco desapare­
ciendo, y en la imposibilidad de restablecer h o y las
pequeñas industrias entonces existentes, es necesaria
una legislación internacional del trabajo, que tenga
por base los nuevos medios de producción de la gran
industria moderna, porque en la actualidad, las nuevas
fuerzas productivas y los grandes medios de transporte
y de comunicaciones han dado por resultado m ayores
productos de los que se necesitan y m uy superiores al
consumo. H oy, por ejemplo, existen cien millones de
aparatos en Europa y América para hilar el algodón,
y bastan i8u .ooo operarios para poner en movimiento
esa maquinaria inmensa, para cuyos productos hubiera
sido necesario emplear hace un siglo el trabajo de ciea
millones de hombres; por donde se ve que cada opera­
rio puesto al servicio de un mecanismo produce h o y
quinientas treinta veces más que antes. El arado 4
vapor,aplicado en gran escala á los campos, representa,
ior la fuerza de cada caballo, el trabajo de too jorna-
Í eros. Entre las fuerzas productivas de Europa existen
actualm ente sobre la tierra cincuenta millones de ca­
ballos de vapor, que dan ana fuerza mecánica equiva­
lente 4 m4s de mil millones de trabajadores, de donde
resulta, ante ese aumento asombroso de factores útiles,
que, en vez de crecer los recursos de los operarios, al
contrario, se han restringido, y han quedado éstos en
peor condición por la p ro lo n g ad ó a del tiempo del tra­
bajo, con la desventaja de que las hora; de ¿«te no
pueden limitarse por gobierno alguno, ¿ causa de la
libre concurrencia extranjera».
Prosiguiendo el mecánico francés la demostración,
corrobora sus asertos con datos estadísticos de la m a­
nera siguiente:
«En los Estados Unidos de Am érica, el número de
talleres de manufacturas era el año 1850 de 123.025,
y el año 1880 era y a duplicado, puesto que ascendía á
253.832. El valor anual de productos industriales, que
el año 1850 era sólo de 6.114.657.696 francos, se cua­
druplicó en 1880, puesto que en este año se elevó á
22.722.200.000; por donde se ve claramente que en
treinta años el capital total empleado era ya seis veces
m ayor, dado que el año 1 8 5 0 sólo consistía en
5 . 5 0 6 . 8 2 7 . 8 0 2 francos, y el año 1880 subió á
32.172.900.000; y dividiendo, por fin, la totalidad de
los obreros por la cifra que expresa el aumento de los
salarios, se verá por el cociente que con el desenvol­
vimiento de la maquinaria disminuye el número de los
braceros en la misma proporción que aumenta el de
los talleres, puesto que, por término medio, habla siete
obreros el año 1850 por cada establecimiento indus­
trial, nueve el año 1860 y once el año 1880, resultado
contrario al que se observa en la cifra total del capital
empleado en la maquinaria; por donde se viene á co n ­
cluir también que el aumento de los salarios está en
razón inversa de los aparatos de producción, y que el
ahorro de los obreros disminoye ae nn modo espanto­
so e a proporción de la acumulación de la riqueza
social, lo que se comprueba en Inglaterra por los datos
oficiales de estadística, según los cuales las A so ciacio ­
nes Cooperativas, las Cajas de Ahorro y los Tradts-
Uniaus sólo alcanzan una economía representada por
3.000, mientras que las Cajas de A b o n o del Estado
tienen una existencia representada por 300000; resul­
tado enorme que indica claramente que el ahorro de
las. clases trabajadoras va poco á p o co pasando á las
clases acomodadas; en tal manera, qne mientras la
fortuna de éstas ha venido aumentando en grandes
proporciones, por d contrario, aparece de la estadls-
tica que sólo en el periodo det año 1845 al i®5° <1
ahorro personal de cada obrero bajó el 41 al 50 por
too».
Es, por tam o, innegable, y resulta con evidencia
de las precedentes observaciones, que la condición de
las clases trabajadoras va siendo cada día peor; que
el progreso material de los poderosos medios de pro­
ducción de la sociedad contemporánea engrandece y
fomenta la omnipotencia del capitalista industrial á
costa de la miseria y opresión del obrero, y que la
disminución de un 50 por 100 que éste sufre en sus
utilidades hace imposible su subsistencia, presagiando
situación tan violenta una catástrofe horrible que sólo
podrá evitarse con una legislación internacional del
trabajo, inspirada, na eu criterios materialistas y de
repugnante egoísm o, sino basada en la moral y en los
principios cristianos.
Con razón el Papa León X lll señala necesaria la
intervención de los Estados en la medida que lo exija
el bien común de la sociedad, porque de otro modo
no se hallaría remedio ficil para evitar los perjuicios
qae sufre el débil ante la codicia del poderoso; v sa­
bido es que, dejado al obrero solo y desamparado de
la protección legal, no bastarían sus esfuerzos, ni serían
eficaces sus quejas y reclamaciones para mejorar su
situación angustiosa, y salvar del naufragio sus l e g í ­
timos derechos y su dignidad personal. El vuelo g i­
gantesco que en alas del progreso de las ciencias
naturales han tom ado las diferentes fuentes de produc­
ción, á m inera de un rio caudaloso se eitiende por
todas partes; pero si ha de llevar sos provechos á todas
las clases sociales, necesita ser regulado y encauzado,
r de otro modo, cual torrente desbordado, en vez de
Í a dicha y prosperidad, será causa de irreparables p er­
juicios y de pública perturbación».
C A P Í T U L O IV

T e r o e r a c a u e a d e la c u e s t ió n a o o la l
U su ra

Escribe el Rom ana Pontífice León XIII:

«A aumentar el mal vino la voraz usura, la cual,


«aunaiic m is de una vez condenada por sentencia de
>la Iglesia, sigue siempre, bajo diversas formas, la
smisma ea sa ser, ejercitada por hombres avaros y co-
sdiciosos».

Se comprenderá fácilmente la verdad que encierran


las sentidas palabras del Romano Pontífice León XIII,
al exponer la última causa de la cuestión social, si >e
recuerda lo que ya hemos indicado en los capítulos
anteriores; que habiendo desaparecido de las institu­
ciones y leyes de la rte d é la s naciones de
Europa la Religión muchas y preclaras
inteligencias la antercha luminosa de la fe, y de m o ­
chos corazones el germen de toda virtud, se ha exten­
dido y propagado en su lagar por todas partes, con
una rapidez que espanta, el naturalismo, esto es, el
materialismo, y con él la sed de oro, la avaricia m is
espantosa, el orgullo y los placeres sensnales. De
donde ha venido i ter que hoy, m is ano qne en los
siglos pasados, la raza judaica de los usureros se haya
multiplicado por todas partes, y que apenas exista un
pueblo en donde no reine, bajo una il otra forma, la
m is cruel y voraz usura. Éste enorm e crimen no sola­
mente empobrece y arruina á los ricos, sino que direc­
tam ente acaba con los bienes de los propietarios agrí­
colas é industriales de escaso caudal; de aquí que sea
una causa, y no pequeña, del peligro de las sociedades,
de la gravísim a cuestión social. Com o este ponto de la
usura se ha venido confundiendo m is cada día, tanto
por los ecooom istas liberales com o por algunos escri­
tores católicos, procurarem os en esta materia seguir á
los más célebres y seg aro s teólogos antigaos y m o­
dernos, y exponer la doctrina con la m ayor claridad
posible, para que los patronos y obreros puedan per­
fectamente entender este importantísimo asunto ( i ) .

A R T ÍC U L O PRIMERO
DB LA MATOKALEZA DEL MUTOO Y Dfi U USOKA

La naturaleza del mutuo y de la asura se enten­


derá claramente y sin dificultad alguna, si explicamos
antes lo que se suele entender en el trato común coh
el nombre de préstamo.
Prestar,en sentido general, es entregar ¿ d a r & otro
una cosa útil, esto es, ana alhaja, un libro, un caballo,
dinero, pan, vino ú otra cosa por algún tiempo, con
obligación de restituirla. A hora bien; entre los objetos
enumerados, anos son de tal naturaleza qae podrán de­
vo lverse materialmente los mismos, al paso qae otros no
podrán restituirse á sus dneft •
valente del mismo precio
prestado el libro, caballo ó un instrumento cualquiera,

(O V éam e principalmente al R , P. L eb m kab l, S. J ., en


iu Tknhg. moral, tomo I, p i { , 685 y iiguiente*; J. B. Ja■-
gey Diei. Afologétiaut, p í ¡ . a.J94, *rt. Frét 1 intéréts; R. Padre
G u ry, Titthg. moralii, etc.
podrá restituir á su ducflo los mismos objetos después
de haberlos usado durante el tiempo convenido, al paso
que no podrá devolver el mismo vino, pan y dinero,
después de haber hecho uso de ellos, porque estos o b ­
jetos se consumen por el primer uso, y por eso el due-
flo pierde la propiedad de los mismos al prestarlos. De
estos principios tan evidentes se deriva la dotrina de
la Iglesia acerca de la usura. En efecto; cuando las c o ­
sas no se consumen con el primer uso de las mismas,
entonces se puede separar la propiedad de ellas de su
uso, y por lo tanto se puede ceder el uso por algún
tiempo reservándose 1* propiedad, y viceversa. Pero
si se trata de cosas.que se consumen con el primer uso,
com o sucede con el pan, aceite, trigo, dinero, etc., en­
tonces ya no se puede separar el uso de la substancia
de las mismas cosas, y por consiguiente no se puede
ceder el uso, reservándose la propiedad de las mismas.
D e aqui que cuando se prestan cosas ftingibles 6 que
se consamen con el primer uso, se transfiere al mismo
tiempo, al que las recibe, la absoluta propiedad de las
mismas, pero con la obligación de restituir en el tiem ­
po señalado una cantidad equivalente y de la misma es-
iecie. Este es el préstamo propiamente dicho, que los
Í atinos llamaron mutuum, mutuo. Se puede, por lo tan­
to , definir del modo siguiente: El mutuo es un contra­
to real en que se da dinero, aceite, granos ú otra cosa
fungible, con la condición de que la baga suya aquel
ue la recibe, obligándose á restituir otra tanta canti-
3 ad de igual género en dia señalado. De esta defini­
ción se deduce: i.°, que la cosa que por el contrato dt
mutuo se presta, debe consumirse por el primer uso, y
oe éste no es «preciable ni distinto de la substancia
2 e la misma cosa; y 2.*, que debe ser naturalmente
gratuito, ya porque asi le denomina el derecho roma­
no ( 1 ) , ya por sa com paración con los demás contra­
to*. En efecto, si la cosa qae se entrega no se consame
por el primer uso, y se presta gratuitam ente ó m e­
diante recompensa, entonces tendremos en el prim er

(1) Digtst., pág. 3., lib, ia .,t(t. 1,


caso el contrato de comodato, y en el segundo de loca­
ción ó contrato de arrendamiento. De manera, que
com odato es un contrato por el cual se da ó recibe
prestada una cosa de las que pueden usarse sin des­
truirse, para servirse de ella, con la obligación sola*
mente de restituirla. Este contrato es esencialmente
gratuito ( i ) , al paso qae contrato de arrendamiento
es cuando se da 4 uno alguna cosa (fincas lústicas,
edificios ó establecim ientos) para que la beneficie ó
use de ella por el tiempo que se determine y mediante
el pago de una renta convenida. .
Existe además otra diferencia entre los contratos
de que estamos hablando y el mutuo, y es la siguiente:
que la cosa prestada en el com odato y en la locación
continúa siendo del dominio del com odante y arrenda­
dor, al paso que en el mutuo pasa la propiedad al
mutuatario, y si perece, perece para el m utuatario y no
para el mutuante.
De la naturaleza del m utuo y de su objeto se de-
duee, que el mutuante ó prestam iita no puede recibir
por razón del mutuo nada m is que lo que ha prestado,
a no ser que por circunstancias especiales se probase
haber cambiado el objeto del m utuo, ó que exista una
razón por la cual el carecer el mutuante por algún
tiem po de la co ia objeto del mutuo sea precio esti­
mable.
El préstamo ó mutuo ordinariamente es voluntario,
pero existen casos en los cuales el préstamo es obli­
gatorio, y esto acontece cuando p o r tristes circuns­
tancias de parte del prestatario se puede éste salvar
de una inevitable ruina y pobreza mediante an prés­
tam o oportuno, porque en este caso el mutuo ó prés­
tamo cae bajo el precepto de la caridad. Es verdad
que el mutuante, ordinariamente, al prestar alguna
cantidad no intenta hacer una limosna, no Intenta pri­
varse para siempre de ella; pero debe advertirse que
en circunstancias dadas no solamente la caridad nos

(i) Cidigo civil tspaUfl. Til, X , Del piésltmo.


obliga & prestar, sino & soportar las pérdidas directas
ó indirectas qae nos ocasione el préstamo.
Es verdad que en el contrato de m ntao debe haber
igualdad perfecta entre lo que se presta y lo que se
aeruelve, porque el prestamista ó motilante intenta,
si, hacer nn favor, pero no quiere de ningún modo
perder ó empobrecerse. Ahora bien; h o y , en las cir­
cunstancias qne nos rodean, el privarse del dinero
prestado et una causa directa ó indirecta, pero real y
verdadera, de pérdidas más 6 menos considerables o
de daño apreciable con dinero. A si es que con el di­
nero prestado se hubieran podido comprar, v. gr., ren­
tas ó censos oue asegurasen el capital y los réditos
anuales: se huDÍeran podido hacer negocios la era ti vos
que ya no los puede realizar, el prestamista; y hasta
sucede muchas veces, que el mutuante tiene que hacer
astos para proenrarse el dinero prestado: luego se
f educe evidentemente, que si ha de haber igualdad
entre la cosa prestada y lo que se devuelve, debe el
prestamista, además del capital entregado, recibir algo
más, para que le sirva de indemnización por las per­
didas sufridas. Esta justa compensación no debe con ­
siderarse como usura. Puede también suceder que el
m utuatario no sea hombre de confianza, y en este caso
tam poco puede haber igualdad absoluta entre la can ­
tidad que se presta y la que se devuelve, porque el
ue presta en estas circunstancias se espone al peligro
3 e perderlo todo, y este acto merece alguna retribu­
ción. Esta retribución tam poco puede considerarse
com o usura, con tal que haya proporción entre el in­
terés convenido y el peligro.
Finalmente, si por el cien público, esto es, si para
evitar contiendas que suele haber entre el prestamista
y prestatario acerca del interés del préstamo, la au­
toridad pública, por medio de la ley , estableciese qae
siempre y en todo caso el mutuante pueda exigir el
6 por to o , por ejemplo, entonces el interés percibido
por esta ley , que nosotros suponemos justa, tam poco
seria usurario.
La Iglesia católica siempre ha considerado gratuito
el mutuo ó préstamo en si mismo considerado, pero
siempre también ha declarado legitim o y justo el
préstamo coa interés en los casos que acabamos
de enumerar, casos que se designan con el nombre
de títulos extrínsecos del préstamo. A consecuen­
cia de esta doctrina, los Romanos Pontífices, los
teó lo go s de todos los siglos y nuestro antiguo dere­
cho patrio, reunieron cu cuatro clases lo s casos en los
que el préstamo con interés era licito y libre, i.* £1
caso en que lucrum cessans, ó lo que es lo mismo,
cuando el préstamo de dinero lleva consigo respecto
al prestamista la pérdida de un beneficio: asi, por ejem­
plo, si el mutuante tiene empleados en nna industria
20.000 pesetas que le dan el 5 por 100, si las retira
para prestarlas puece evidentemente exigir el 5 por
100 de interés, porque sin esa indemnización no exis­
tiría la igualdad requerida en el mutuo. 2.* Gl caso ea
que exista iamnum emirgens, esto es, cuando el prés­
tam o ocasiona un daño al prestamista: por ejem plo, un
sujeto tiene trig o por valor de 20000 pesetas; se le
ruega que lo venda en seguida para prestar su im por­
te; pero al vender el trig o en seguida ha perdido 1.000
pesetas, que no hay duda puede reclamar bajo la fo r­
ma de interés. En este caso se halla el préstamo de
cosas no fungibles, en el contrato de arrendamiento,
por ejemplo, y la m ayor parte de los préstamos co ­
merciales. 3.0 En aquellos casos en los que hay peri-
culum sortis, esto es, peligro de perder el capital, y a
sea por la naturaleza de la empresa, ya por las cir­
cunstancias especiales del prestatario. 4 .' Finalmente,
cuando existe el iitulum Itgis, ó lo que es igual, cuan­
do la ley civil autoriza la percepción de cierto interés
para evitar contiendas y abusos, la Iglesia considera
al Estado con la suficiente competencia para conocer
lo que reclama la utilidad social. Gl R. P. Lehmkuhl,
en su T eo lo g ia m oral, enumera el titulo poena conven-
lionaUs, que se realiza en el caso que el mutuatario
es culpable retardando el p ag o más allá del tiempo
designado. Pero-este titulo no será justo si no reúne
las condiciones siguientes: i . a Debe la pena ser mode­
rada. a .1 No debe pedirse sino en el ca io que la dila­
ción de parte del prestatario tea culpable. Y j > No
debe colocarse con la intención del mutuante de que
así suceda, esto es. de que incurra el prestatario en la
dilación culpable. T o d o s los teó lo go s están conform es
en afirmar que el m utuaote que reuoa alguno ó a lg u ­
nos de los títulos extrínsecos enumerados debe pre­
viam ente pactar el interés, porque de la contrario
el contrato de m utuo es gratuito, y sin previo pacto
no podría percibir interés alguno. G jta ha sido siem ­
pre la doctrina de la Iglesia católica, y la bailamos
asi consignada en los escritos de los más antiguos te ó ­
lo go s. Santo T om ás ( 1 ) menciona en la Suma Teoló-
ica los títulos damnum emtrgtns y lucrum ctssans.
5 úzgaese por este solo testimonio el crédito que m e­
rece el jefe de los economistas liberales ( z ) , M. Paul

(1) <2.* a.» q. 6a, art. 14. «Aliquis damnificatur duplici-


ter: uno m odo, q uit aufenur ei ¡d quod aclu habebat (es 10 es,
d damnum tm trgens), et tale darnnum est semper restituendum
tecundum recoopenaationem áequaíü... alio m odo, ai damnifi-
cel aliquem impediendo lie adjunga tur quod erat in via habendi
(et decir, e l tucrum cessaas), et tale damnum non oportet re­
compensare ex aequo, quia m inia est habere aliquid in virtute,
quam habere actu.— T eoetu r ta ñ e n aliquan recom peniationem
facere tecundum condicionéis peraonarum e t negotioram ».

(2 ) Essai sur ¡a rípartition its ríchetits.


11 est a rriv t á C alrin , et ce n 'cst pas de sa p ait uo tai ble
u ir it t , de diseerner beaucoup mieux la nalure du p r lt ^ intérét
et de legitim er cette tn n saction . L ’argent, diaa.it Calvin, n'en­
gendre pas de 1'nrgent, c'est incontestable; mais a»ec de l’ar-
gen t on a ch ile des Ierres qui produiaaent plus que l'équivalenl
du travail qn'on y consacre et qui laissent au propríétaire un
rerenu net, toutes dtpenaea de main-d'ceuwre et autrea po-
yées. A re c de l ’argsnt on achite une inaison qui produit des
loyers. O r, la cliosc arec laquelle on peut acheter des objeta
apontanément productifa de revenu doil ítr e conaidírée com-
me productire elle m im e de reyenu. Une grande congréga-
tion catholique, celle dea jesuitea, partage avec Calrin le m triie
d 'aro ir trét^nettement distinguí les cause* del ’ in ié rít el de
l’ avoir ju a tifií.
Leroy-Beaulleu, cuando afirma con tono magistral qae
los tÍtalos extrínsecos han sido invento de los jesuítas
y de Calvm o.
Después de lo expuesto, ¿cuál es la naturaleza de
la usura? En el caso que por circunstancias especiales
no se haya mudado e l objeto del m utuo, ni exista razón
alguna ó titulo alguno de parte del mutuante, percibir
a lgo más, esto es, interéi alguno además del capital
prestado, es contra la justicia, y se denomina usura y
pecado asurario. S i el prestamista reúne alguno de los
titulo extrínsecos, entonces será usura el exigir una
excesiva ganancia en el préstamo; y usurero ó logrero
será aquel que saque ú obtenga de una cosa cualquiera
una gran ganancia ó utilidad excesiva. El Concilio
Lateranense V , ses. j , define la usura del modo siguien­
te: Se debe entender por usura propiamente dicha, cuando
por el uso de una cosa fungible, infructífera, sin trabajo,
gasto ni peligro alguno, se pretende obtener interés i
lucro ( r ) . Supongamos el caso en qne el mutuante, al
prestar una cosa fungible, no ha hecho gasto alguno,
ni ha sufrido pérdida ni peligro alguno, lo que sucedía
frecuentemente tn la antigua organización cristiana de
la sociedad. ¿Qué lítalo podrá alegar el prestamista para
pediralgún interés además del capital prestado? ¿El servi-
ció ó beneficio prestado? Pero un servicio que nada cues­
ta, un beneficio que consiste simplemente en un acto de
buena voluntad y por el cual nada perdemos, no es de
ningún modo «preciable en dinero, y por lo tanto no
podemos por el simple préstamo exigir indemnización
alguna además del capital. ¿Podrá alegar el prestamista
la ganancia que ha obtenido el prestatario con el dine­
ro prestado? No, porque todo el beneficio obtenido se
debe á la industria y trabajo del prestatario; y a d e ­
más, si en lugar de ganar hubiese perdido el capital
prestado, la pérdida no serla, como sabemos, para el

( l) <Ea est propri» usuraran ¡nterpretalio, quando videli-


cet ex usu rci# quae non germinal» nullo labore, aulló suroplu,
nullove periculo lu cru n fructusque cooquiri sludclur».
prestamista, sino para el mutuatario solamente. L a
injusticia de la usura dimana de la misma naturaleza
del mutuo, puesto que se e xig e una suma cualquiera
de dinero, ua interés además del capital sin razón ni
título alguno. Se dirá quizás que el prestatario es
libre y libremente consiente en dar el interés pacta­
do, pero en el caso que suponemos, en el cual no
existe de parte del prestamista para indemnizarse razón
alguna, entonces ti consentimiento del m utuatario no
es libre y por consiguiente no transfiere la propiedad
ni el derecho de reclamar el interés usurario al mu­
tuante. Viéndose el pobre prestatario en la necesidad
de p agar deudas argentes, ó quizás aguijoneado por
una pasión, se halla en el mismo caso que un ham ­
briento que pagase á peso de oro un pedazo de pan
para satisfacer s a necesidad. L a misma injusticia se
cometerla en el ano com o en el otro caso, por más
que ambos consientan libremente en dar lo que injus­
tamente se les pida, porque cuando no existe razón ó
titulo alguno de parte del prestamista, el mutuo com o
el com odato son por su misma naturaleza esencial­
mente gratuitos, y hasta el depósito ( i ) y mandato (2 )
si no hay pacto en contrario. Estos casos, como y a
antes hemos insinuado, eran frecuentísimos en la anti­
gua organización cristiana de la sociedad, porque en la
estabilidad, paz y armonía que entonces se disfi-utaba,
podía el rico propietario, sin gasto, pérdida ni peligro
alguno, prestar cosas fungibles sin indemnización a lgu ­
na. Pero en la actualidad no sucede asi, porque gracias
á la libre com petencia, á la libertad omnímoda en la
industria y en el comercio, y á las mil y mil sociedades
anónimas que explotan todo lo explotable, h o y se puede
siempre obtener algún beneficio ó interés del dinero,
del aceite, trigo, vino, etc., ó de cualquiera otra cosa
fungible, y de aquí, que hoy siempre existan títulos
extrínsecos de parte ael prestamista para pedir algún
interés además del capital.

(1) C iiig c civil npaüol. T ít, IX . D el mandato,


(2) Cóífígt civ il upafU l, T ít. X I. D el depósito.
Com o h o y , sin em bargo, pnede con facilidad come­
terse el pecado de la usura, especialmente en cosas
tangibles, com o trigo, aceite, etc., queremos aún
m is dilucidar este asunto con algunos ejemplos
sacados de la T eo lo gía moral de San Alfonso María de
L igorio, que se hallan también indicados en la obra
citada del P. Lehm kuhl. En efecto; de lo expuesto
hasta ahora se deduce, i Q u e no será asura dejar una
cantidad de trigo ó aceite, por ejem plo, pactando que
se le devuelva la misma cantidad en un plazo fijo, por
más que en dicha ¿poca el trigo ó aceite hubiese subi­
do de precio. a." T am poco seria nsura si el mutuante,
temiendo con fundamento que bajase el precio del trigo
ó aceite, pactase que se le devolviese en el mismo pre­
cio ó valor que tuviese al tiempo del préstamo, pero
esto debe entenderse con la expresa condición que el
mutuante no hubiese de guardar el trigo ó aceite, por­
que de lo contrario se cometerla asura con dicho pac­
to. 3.” Tam bién seria usura si el mutuante exigiese se
le devolviese el trigo ó aceite al m ayor precio que du­
rante el tiem po transcurrido desde el préstamo hasta
la devolución tuviese, porque en este caso se impone
al m utuatario una condición que no contiene de ningún
modo el contrato de mutno ( 1 ) . 4.0 Sería también usu­
ra imponer al mutuatario, por el simple préstamo, la
obligación de comprar en la tienda del mutuante, por­
que tal condición es injusta, por serlo la restricción de
la libertad del mutuatario en no poder ir i com prar
adonde m is le co n verga (2 ). 5.° Finalmente, no será
usura esperar que el mutuatario, agradecido por el
préstam o, com pre lo que necesite en la tienda del pres­
tamista ó de sus parientes, ni tam poco lo seria recibir
lo que por regalo 1c d¿ el mutuatario sin preceder
pacto, ya por agradecimiento ó j a para que otra vez
le preste lo que le pidiese ó necesitase (3 ).

(1) V ia je San Alfonso María de L igorio, n ú n . 782. L*cr.


oiin . 910*
(2} San A lfon so María ¿é L igo rio, ndm. 780.
(3 ) Idem , ntim. 763.
A R T ÍC U L O II

LEYIS T DECRETOS DE LA IGLESIA CONTRA LA OSÜRA

L e t e s d iv in a s c o n t r a l a u s u r a .— Com o las leyes


de la Iglesia acerca de la usura se fundan en la ley di-
. vina, positiva y natural, veam os en primer lu g ar las
autoridades de la Sagrada Escritura que la prohíben:
Exod. X X II, 25. ¡a prestares dinero ai necesitado de
mi pueblo, que mora contigo, no le has de apremiar como
un exactor, ni oprimirle con usuras.
L evit. X X X V , 3J y 37. S i tu hermano empobreciese,
y nc podiendo valerse, le recibieres am o forastero y pe­
regrino, y viviese ccntigo, no cobres usuras de il, ni más
de lo que prestaste. Teme á tu Dios, Afin de que lu her­
mano pueda vivir tn tu casa. No U darás tú dinero á
logro, y de los comestibles no le exigirás aumento sobre
aquello que le has dedo.
Deut. X V , 7 y 10. S i viniere á quedar pobre alguno
de tus hermanos, que moran dentro de tus ciudades, en la
tierra que tu Señor Dios te ha de dar, no endurezcas tu
corazón, ni cierres para con i l tu mano, sino ábrela, y
prístale, lo que vieres que i l necesita. Cuidado que no te
sorprenda e l desapiadado pensamiento de decir en tu co­
razón: se acerca ti tifio siptimo de la remisión-, y apartes
con eso los ojos de lu pobre hermano, rehusando darlo
prestado lo qne pide: no sea que clame contra ti a l Señor,
y se te impute a pecado. Sino que le darás lo que pide: ni
usarás de superchería alguna al aliviar sus necesidades:
para que le bendiga el Señor Dios tuyo en lodo tiempo, y
en todas las cosas en que pusieres la mano.
Deut. XXIII, 19, 20. No prestarás á usura á tu her­
mano ni dinero, ni granos, ni otra cualquiera cosa; sino
solamente á ¡os extranjeros. Mas á lu hermanó le has de
prestar sin usura lo que necesita, para que te bendiga el
Señor Dios tuy? en todo cuanto pusieres mano tn la tie­
rra que vas á poseer.
Ezeq. XVIII, 8. Si no prestare a usura ni recibiese
más de lo prestado; si no obrase ¡a maldad, y sentenciase
justamente sin acepción de personas.— 1 3. Dé A usura y
reciba más de lo prestado, ¿acaso ise vivirá? \ ’o vivirá.
Habiendo hecho todas estas cosas tan detestables, morirá
sin remedio: su sangre caerá sobre il.
E zeq. XXII, 12. ...tubas sido usurera y logrera; y
por avaricia calumniabas á tus prójimos; y a mi, dice el
Señor Dios, me echaste en olvido.
Leem os en el Nuevo Testam ento:
Math. V , 39, 42. Yo, empero, os digo, que no hagáis
resistencia al agravio: antes si alguno te hiriere en ¡a
mejilla derecha, vuélvele también ¡a otra; y a l m e quiere
armarte pleito para quitarte ¡a túnica, alárgale también
la capa: y á quien te forjare i ir cargado mil pasos, ve
con i l otros io s m il. A l que te bidé, dale, y no tuercas tu
rostro a l mu pretende de ti algún préstamo.
L o e . V I, 34, 35. Y si prestáis á aquellos de quienes
esperáis recibir recompensa, ¿qui mérito tenéis? Pues
también los malos prestan á los malos, á trueque de recibir
de ellos otro tanto. Empero vosotros amad á vuestros ene­
migos: haced bien, y prestad, sin esperanza di recibir nada
por ello: y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos
del Altísimo, porque E l es bueno y benéfico aun para con
los mismos ingratos y malos.
De los testimonios que acabamos de copiar, tanto
del Antiguo com o del N uevo Testam ento, especial­
mente si se tienen presentes los comentarios sobre di­
chos textos de los Santos Padres y exegetas, se dedu­
cen las consecuencias siguientes: i.* Q ue la usura está
reprobada por las Sagradas letras, y por lo tanto es
ilícita. 2.* Q u e aun cuando la maldad y malicia de la
usara aparezca en la opresión que con ella se ejerce
contra el pobre, sin em bargo, la razón formal del pe­
cado de la usura consiste en exigir más de lo prestado.
Y 3.* Q ue el exigir, por algún titulo extrínseco al m u­
tuo, a lg o sa indemnización ó interés además del capi­
tal, no es esencialmente malo, porque de serlo, no se
hubiese permitido á los judíos ejercer la osara con los
extranjeros, iadudablemente porque con ellos se co -
rrla m is peligro de perder el capital que prestando &
sus mismos hermanos.
D e c r e t o s d e l a I g l e s ia c o n t r a la o s o r a . - Indica­
remos los principales decretos de los Concilios contra
la asura.
El Concilio III de L etrin , celebrado bajo el Ponti­
ficado de Alejandro III, espantado por los horrores
causados por la usura excom ulga 4 los usureros; les
niega la sepultura si muriesen en el pecado de la usura,
y manda que no se acepten sus donaciones.
El Concilio IV de L etrin , celebrado bajo el Ponti­
ficado de Inocencio III, habla contra la perfidia de los
logreros judíos y contra los cristianos que les imitan,
obligando i los primeros i pagar ¿ las iglesias los
diezm os y primicias...
E l Concilio II de L eón, de Francia, celebrado bajo
el Pontificado de G regario X , reproduce los decretos
de los Concilios anteriores é indica la pena de destierro
contra los usureros. Prescribe adem is que no se ab­
suelva al usurero, si no ha restituido según sus fa cu l­
tades 6 preste suficiente caución; que nadie asista i
sns testam entos, declarándolos ipso jure nulos si no se
consignase la restitución de las usuras.
E l Concilio de Viena, celebrado bajo el Pontificado
de Clem ente V , manda castigar com o hereje al que se
empeñase en defender con pertinacia que no era peca­
do la usnra, y prescribe á los Ordinarios é inquisidores
que procedan contra los sospechosos de usura, como
contra los sospechosos de herejía.
El Concilio V de Letrán, después de definir la usura
como hemos visto en el artículo anterior, aprueba los
Montes de Piedad establecidos en varias ciudades, per­
mite ea ellos percibir un interés moderado y los alaba.»
el quinimo. meritorium esse, ac laudari el probari dtbtre
tale muluum, et miniine usnrarium pulari... omtics a u -
lem... qui contra... pracdicarc stu disputare verbis vel
scriplis ansí fuerint, excommimicalionis lalne senitnUtte
poeuaitt, privilegio quocumque non obstante, incurrere
volumus.
Después de los decretos de los Concilios que aca­
bamos de indicar, es inútil aducir testimonios de Santo
Tom ás, de San Buenaventura, de Cayetano, de Suárez,
de San Alfonso María de Ligorio y de otros cien escri­
tores católicos. Bastará aducir en esta materia la doc­
trina del Romano Pontífice Benedicto X IV expuesta en
el Sínodo diocesana y en su célebre Encíclica Vix ferve-
tiil, en la que se dirige i los obispos y doctores de
Italia y Ies indica lo que debe enseñarse en esta
m ateria.
En el Sínodo diocesano, libro X , cap. IV, párrafo II,
escribe lo siguiente:
«T odo beneficio sacado del préstamo, precisamente
en virtud del m utuo, com o hablan los teólogos, esto
es, sin qne el prestamista tenga el titulo lucrum cessans,
damnum emergens, ó cualquier otro titulo extrínseco,
es usurario, y se halla prohibido por todos los dere­
chos, por el derecho natural, divino y eclesiástico: tal
ha sido perpetuamente la doctrina de la Iglesia c a tó ­
lica, confirmada por el acuerdo unánime de todos los
Concilios de los Padres y de los teólogos».
No es m enos explícito el mismo Papa en su Encí­
clica antes citada. A consecuencia de la publicación
del libro del marqués de Maffei acerca del empleo del
dinero, y del libro del cura de Deft Rraedersen, se
suscitaron en Italia acaloradas controversias en pro y
en contra de algunos contratos por los cuales se per­
cibían intereses. El Papa, con el fin de terminar toda
cuestión y controversia en este asunto, publicó en i.* de
Noviembre de 1745 su Encíclica donde se halla toda la
doctrina católica sobre la usura. En ella expone: 1." Q ue
es usurario exigir algo más del capital prestado en
razón solamente del mutuo. 2® Q ue en vano se alega­
rán razones de que el prestatario es rico, de que ha
obtenido grandes beneficios, etc., porque la regla del
m utuo consiste esencialmente en la más perfecta igu al­
dad entre la cosa prestada y la devuelta. Por consi­
guiente, si ha recibido a lgo más debe restituirlo, por­
que de lo contrario se fallarla á la justicia conm utativa.
3.° Pero que esto no se opone á que se exija interés,
sifempre qae existan títulos extrínsecos, porque enton­
ces con justicia se paede exigir alguna indemnización
por ellos. 4 ‘ Q ue la doctrina contra la nsura no se
opone tam poco & que cada uno pueda obtener rentas
ó beneficios por medio de otros contratos, como el de
sociedad, compra de rentas ó censos, ctc. 5.' Q ue se
examine cuidadosamente en todo contrato de mutuo
si existen ó no títulos extrínsecos, porque no siempre
los hay...
Machas son las respuestas que desde Benedicto X IV
hasta 1889 ha dado la Silla A postólica á las consultas
de los Prelados de las naciones católicas sobre el prés­
tamo & interés. H illanse reunidas en la colección de
los Concilios de los Padres de María Lacb, tom o VI,
en el apéndice ad Synodum Pudicberianam, col. 677 y
siguientes: las principales respuestas poeden verse en
cualquier tratado de Teología Moral.
En todas las respuestas de la Santa Sede á las con ­
sultas hechas, se leen estas palabras: Non esse inquie­
tando!, et acquiescant, dummodo parali sint ¡tare man-
dalis S. Sedts. Q ue significa: No se debe inquietar á los
qae perciben interés por el préstamo, ni á los que
enseñan qae es legitim o y justo, mientras estén pre­
parados á acatar las ulteriores órdenes de la Santa
Sede. T ales fueron las respuestas dadas por la Santa
Sede en 1822, en 1830 y en 18 31.
La misma respuesta dió la Santa Sede en 18 de
Diciembre de 1871 al V icario general de Ariano. Y
como el obispo de Mársico y de Potenza expusiere más
tarde i la Sagrada Penitenciaría algunas dndas sobre
varios casos que pasaban en sa diócesis, y qoisiera
saber qué tasa justa y ordinariamente se podría exigir,
la Sagrada Congregación le contestó en 18 de Abril
de 1889 lo siguiente: Cum fruclta pteuniae laxare per
moduin regiilne periculosum sil, Ven. in Chlo. Pater Epis-
capucus orator in tingulis casibus rem dtcernal juxta
praxirn cm nn uem sirvatam ab bonitiibtis timoratae
conscientiae rtspectivis in loas el temporibus. Q p e quiere
decir: siendo cosa expuesta á peligro tasar por m edo
de regla el fruto del dinero, defina y determine el
mismo Venerable en Cristo Padre obispo, en los casos
que se presentasen, lo que en cada uno deba hacerse,
según la práctica común seguida por hombres de con ­
ciencia timorata en los respectivos lugares y tiempos.
Tn esta notabilísima respuesta debemos señalar:
i.° Q ue la Iglesia, com o en las anteriores decisiones,
declara licita la práctica de exigir interés eu el présta­
mo, j lo g ° e admira sobremanera es que omite la
condición üum nodo sitil para listare maudatisS. Seáis,
siempre exigida. 2.” Aquí ya no se trata de la tasa legal
como se lee en otras respuestas, que por otra parte no
admiten muchos teólogos y que ha sido abolida ya en
casi todas las naciones. 3.* L a Sagrada Penitenciarla
emplea la palabra fructus pecuniat, cuya frase puede
ser interpretada en distintos sentidos, como veremos
en el artículo siguiente.

A R T ÍC U L O ni

u m o m Ia e n t r e l a s leyes y l a s r b s PC e s t a s d e l a

SANTA SEDE

De la lectura del artículo anterior snrge este p ro ­


blema. «Si D ios ha prohibido tanto en el A ntigu o y
N uevo testam ento toda usura, todo interés del dinero
prestado, ¿cómo ha podido la Iglesia, depositaría de
ted a verdad, trazar la regla práctica de conducta arriba
indicada? ¿Por ventara la Iglesia ha condenado la doc­
trina que antes enseñó en Tos Concilios y en las Encí­
clicas? Indicaremos brevemente las distintas soluciones
que hallamos de este problema:
1.® Los incrédulos economistas responden que la
Iglesia ha reconocido su error, y declara, ante la evi­
dencia de los hechos, que se ha equivocado. «El dere­
cho canónico, dice M. T isso t, condena el préstamo i
interés de una manera absoluta». U su ra.est quid quid
supra dalum exigitur. L uego si ahora lo permite, es
' *gorqae ha reconocido sa error. El jefe de los e co a o -
nngfas liberales ea Francia, M. Paul Leroy-Beaulieu, lo
¡¿éj
atribuye i qoe U nto el judaismo com o el cristianismo
aparecieron en úna ¿poca, en la cual no existía aún la
ciencia económica ( i ) .
No hay necesidad de qae nos detengam os ¿ refutar
el error y falso aserto de los incrédulos econom istas,
por cnanto la Iglesia en sns respuestas confirma la d o c­
trina tradicional, y manda que los fieles observen lo
dispuesto en la Encíclica de Benedicto X IV . Vix p tr-
venil. Asi lo consigna en la respuesta dada en 14 de
A go sta de 1831 al capitulo de L ocano.
2.0 A lgun os católicos pretenden ver en las respues­
tas de la Santa Sede la influencia de las doctrinas del
Sacerdote Mastrofini. y en especial se apoyan en la
última respuesta de la Santa Sede en 1889, porque en
ella expresamente se leen las palabras fructus pteuniae;
luego la Santa Sede condesa que el dinero no es esté­
ril, sino fecundo y fructífero.
No podemos admitir de ningún m odo esta in ter­
pretación, porque la frase «fructus pecuniae» debe
entenderse en el sentido del interés percibido por el
préstam o, com o justa indemnización concedida al pres­
tamista por los títulos extrínsecos del préstamo ó m u­
tuo propiamente dicho. G sto es lo que significa ea la
respuesta de la Santa Sede «fructus pecuniae», y no
que el dinero sea ó no fructífero per st. Es cosa triste,
tristísima, leer eu algunos autores católicos que los
teólogos de los siglos pasados se equivocaron no re­
conociendo la verdadera naturaleza del dinero, y por
consiguiente, con ellos á su vez los Concilios y los
Romanos Pontífices al consignar la esterilidad del d i­
nero. Esto es hacer coro con los indiferentes é in cré­
dulos economistas que se burlan de los teó lo go s cuan­

( i ) Essai sur la répariitlen des rtchcsses, pág. 239. —


«D'cni vient que des irerités aussi facilement saisiasiblts aient
échappé, non seulcmenl tu p h ilo so p h e Aristote, maii encore &
la plupart des égliscs, au judaüm e, au chrislianisme, au maho*
netisme? C<« églites aont nfos daos des le o p s o& la Science
économique n V ciitait pas et oit le 7ra¡ caractire des relatig
sociales ayant pour objet ia production éiw't méconnu».
do afirman com o «nominas nammum non parit» el
dinero es estéril ¿ infructífero ( i ) . E s verdad que no es
imposible que todos los argum entos sobre los cua­
les se apoyen los teó lo go s para sostener una doctrina
enseñada por la Iglesia no sean verdaderos, pero es
imposible que sea falsa la doctrina de la Iglesia, cuan­
do nos dice qae la usura es injusta. Adem ás, recuér­
dese que ni los teólogos ni los Concilios fundan so
doctrina acerca de la usura ea la absoluta esterilidad
del dinero. El fundamento de la justa indemnización
que puede además del capital percibir el prestam ista,
no estriba en el favor que se hace al necesitado, ni en
la ganancia ó utilidad que pueda tener el m utuatario,
sino solamente en si es ó no de precio estimable la
utilidad de una cosa que y o me privo prestándola á

( i ) M. p . Leroj-B ealieu, ob. cit. p íg . 333. — «La légliim lté


de 1’ iotÉrít da capital n 'n t pas un axiom e qu¡ ne rencontre paa
de contradicteun; ¡1 s'en est ttouvé de dea* sortea: les socia-
listes cumnie Proudhon, auxquels n o is joindrons certtins u -
vants de l'antiquité comtne A riatolc; en second lien, le s reli­
gió n !. au moins i 1'origine, le christianisme et l’ islamisme en
particulier, car le judalsm e i été plus to lé n n L L es fiU d 'A b ra-
ham ont toujoun en quelque lendreafe pour l'iotérét de l’ar-
gen t «t leur religión ne l'a jamais proacrit d'un* m aniere ab-
aolue.
L e raiionnem ent d 'A rú tote pour condam ntr l'intérét eat
d'une simplicilé qu’ ün pourraiL prcsque appeler eiifkntine; il
est étean an t qu’ un ai p ín ttran t g ín ie se snit arréié en cette
mati¿re & la suríace, a la forme extirieure, satis voir le fond et
le sens de l ’operation qui s'appelle le p r ít. L 'intérét de l’ar-
gent, d'apréa A ristole, est ¡Ilegitime, parce que l'argent ou
la monnaie n’enfanie pas io n pareil: jamais on n'a t u une
piéce de rinpt j o u s . Cela est exact, et il n 'é u it pas beioin
d'une iutelligencc de premier ordre pour découvrir que maté-
riellem ent un écu ni une quantit¿ d’écus, si nombreuse qu'elle
•oit et si longtem pi qu'on la garüe, n'enfante pas un aulre
écu: nummuj nummum non parit. Les anciennes civilisationa,
cependant, et la plupart d o rcligions & l'origine se aont arré
tées i ce n e canception toute fu perñ áelle de l'intérét des ca-
pitaux, Aussi tou'.es ou presque toutes le prohibaient-elles com -
me une chose contre n aiurt».
otro. Por lo tanto, la injusticia de la m a n no com iste
en que el mutuo sea con juntivo ó productivo respecto
del m utuatario, sino de que por circunstancias gene­
rales ó especiales el dinero sea ó no productivo para
el mutuante ( i ) . La doctrina de la Iglesia acerca de la
usura hállase expuesta, com o hemos arriba dicho, en
la Encíclica « Vix pervenil», en la que el Papa Benedic­
to X IV expone la doctrina tradicional de la Iglesia
católica. Pero vengamos á las burlas de los econom is­
tas liberales. Es verdad que el dinero es naturalmente
estéril é infructífero en el sentido qae (pecunia pecu­
nia m non parit», pero deja de serlo si al dinero se
añade el trabajo y la industria del hombre; y asi, si co a
el dinero se compra una vaca ó un carnero, el dinero
producirá un becerro y un cordero,. Pero afirmar,
com o lo hace Paul Leroy-Beanlieu y nuestro Colmeiro,
que esta fecundidad artificial del dinero era absoluta­
mente desconocida de los teólogos, de los Concilios y
de los Romanos Pontífices, y qae ha sido necesario
esperar l is luces económ icas de la Revolución france­
sa y de las del siglo x ix, es cosa verdaderamente es­
túpida. Y a de muy antiguo existió el com ercio y los
comerciantes; y precisamente el com ercio, como indi­
ca Santo Tom ás, se funda en esta fecundidad artificial
del dinero. Cuando los teó lo go s, siguiendo á A ristó­
teles, consignan «nummus nummum non parit®, afir­
man sencillamente qae el dinero nada puede producir
sin ser transformado por la industria humana. Cien
duros pueden producir otros cien duros, pero con la
condición, v. gr., de cam biarlos con una mercancía y
venderla en condiciones propicias para ganar otros
cien duros. Esta especie de esterilidad natural ó per se,
es propia de las cosas que se consamen ó destruyen
por el primer uso; pero aquellas que pueden ser arren­
dadas, v. gr., una máquina, una casi, un derecho, etc.,
com o se pueden utilizar sin transformarlas ó co n su ­
mirlas por el uso, no son estériles. El argum ento que
los Padres, Concilios y teó lo go s han sacado de la es-

(i) Ob. cit. Lehemkuhl.


terilidid del dinero lo hem os expuesto m is arriba: eo
el dinero, com o ea las demás cosas fundibles, el aso
es inseparable de la substancia de las mismas cosas y
con el oso se transfiere la propiedad de las mismas,
com o hemos dicho antes. L a rg o es falso, falsísimo,
qne la Iglesia haya reconocido sn error.
3.* O tros católicos, economistas en especial, co n ­
cillan las actuales respuestas de la Saota Sede con
la doctrina antigua del modo siguiente: afirman que
los decretos de los Concilios y de los Romanos P o n ­
tífices contra la usura se referían al mutuo ó préstamo
qae exigía el precepto de la caridad, y no al mutuo
comercial, al mutuo lucrativo. H oy la Iglesia, lo m is­
m o que antiguamente, prohíbe todo interés cuando se
presta i un pobre, á un proletario, porque la caridad
nos obliga i prestarle gratuitamente.
Esta solución dada por algunos economistas c a tó ­
licos es falsa, porque se fonda solamente en ua senti­
miento caritativo, pero no en la realidad histórica de
los hechos. En efecto, ya hemos visto que la Iglesia
obliga al UGarero k la restitución de los bienes adquiri­
dos usurariamente, porque considera la usura como
un robo y por lo tanto cómo una injusticia; y en esto
la Iglesia no distingue, ya sea que se haya prestado al
rico com erciante ó al más miserable proletario. Luego
es errónea dicha solución.
4 ° La cuarta solución sostenida por algunos ca tó ­
licos es la siguiente: defienden que si la Iglesia co n si­
dera h o y licito el préstamo á interés, es porque el E s ­
tado ha legitim ado el interés que se exige, porque sin
la ley civil que lo permite, seria h o y una injusticia como
lo era antiguamente. El legislador, afirman los d efen ­
sores de esta doctrina, teniendo presente el bien p ú ­
blico, con el fin de dirimir contiendas y evitar abusos,
ha determinado que todo prestamista pueda exigir un
interés fijo; y en esto no ha traspasado sus derechos
el Estado, legitim ándose de este modo el préstamo á
interés: la Iglesia no ha hecho otra cosa que reconocer
dicho titulo extrínseco, sin que para ello haya tenido que
cambiar en nn tilde los autiguos decretos y enseñanzas.
Este sistema de conciliación nos parece inadmisible
por las razones siguientes: i .', porque las respuestas
de la Santa Sede declaran ser lícito el préstamo i inte­
rés aun cuando en las consultas no se haya hecho men­
ción de la ley civil; 2.a, porque la Iglesia establece la
misma regla de conducta en los países donde existe la
tasa leg al que en los que no se ha establecido; 3.*, p o r­
que según esta solución, si la ley civil que designa la
tasa leg al se aboliese ó desapareciese, entonces el in­
terés recibido además del capiral prestado sería usura­
rio 6 ¡ajusto; pero es asi, que la Iglesia católica pres­
cribe la misma regla de conducta en las naciones en
donde se ha derogado la tasa leg al que antes existía;
luego la justicia del préstam o á interés no depende de
la ley civil.
j . ‘ T am poco podemos admitir la solución dada
por el abate Morel, expuesta en sa obra «Du prést i
intérét ou des causes theologiques du so c ia lis m o . En
esta obra defiende el sacerdote Morel, que las respues­
tas dadas por la Santa Sede desde el año 1830 hasta
nuestros dias no contienen la aprobación formal, ni la
declaración de ser licita la práctica del préstamo á in­
terés, ya sea sujetándose á la tasa legal, ya exigiendo
un moderado interés, sino qae en ellas declara sola­
mente la Iglesia, qae por la maldad de los tiempos
conviene tolerar el préstamo á interés; que por las tris­
tes circunstancias en que se eocuentran los católicos,
no conviene por ahora exigir la fiel observancia de la
ley divina, natural y eclesiástica acerca de la usara,
sino qae es necesario esperar mejores tiempos. En esta
cuestión ha obrado la Iglesia com o en el error gali­
cano, escribe el sacerdote Morel, que á pesar de haber
sido reprobado por la Santa Sede más de cien veces
continuó por m ucho tiempo siendo profesado par cris­
tianos á quienes no se les negaba la absolución.
En este sistema no se vulnera de ningún m ode la
doctrina de la Iglesia acerca de la usura, pero no se
interpretan en sa verdadero y cabal sentido las res-
p o e s u i de la Santa Sede. Porque no h a y dada alguna
qae cosa muy diferente es tolerar un abaso, porque se
nzga que la represión es material y moralmente im po­
sible, que afirmar ser licita una acción injusta, un robo
como lo es la asara. La Santa Sede no na respondido
solamente 4 Prelados y á Sacerdotes, sino i Cabildos,
Conventos, Iglesias y Monasterios, los cuales pregun­
taban antes de prestar el dinero á interés si podían ha­
cerlo sin pecado y con seguridad de conciencia; y ya
sabemos que á unos y h otros contestó, qae era licito
el préstamo á interés con tal que tuviesen las respues­
tas como provisionales; omitiendo, com o hemos visto,
esta condición en la última respuesta. Hablar asi, no
h ay duda que no es solamente tolerar, sino aprobar y
declarar ser lícita la acción.
6.° En estos últimos tiem pos se ha dado por algu­
nos católicos la siguiente solución: el préstamo á inte­
rés nada tiene que ver, afirman estos autores, con el
antiguo contrato de mutuo, que es esencialmente g ra ­
tuito, y qae solamente cuando existan títulos extrínse­
cos es cuando se puede exigir una justa indemnización;
el préstamo i interés de nuestros tiempos, desconocido
de los antiguos, es un contrato de sociedad, un co n ­
trato innominado si se quiere, pero contrato oneroso,
qne na exige títulos extrínsecos fiar» la percepción del
interés convenido. Entre el propietario y prestamista
existe un contrato de sociedad tácito e innominado,
nna verdadera participación en los beneficios, pero
éstos de parte del prestamista se determinan de antema­
no. Existe entre los jadlos ana costumbre muy curiosa
que nos explica de algún modo el contrato de socie­
dad que defienden estos autores. Cuando un jadío pres­
ta i otro judio alguna cantidad, con el fin de no violar
la ley Mosaica, que solamente permite la usura con los
extranjeros, el prestamista y prestatario, ea este caso,
estipulan entre ellos una sociedad, pero inmediatamen­
te después fijan el beneficio, ó sea el interés que ha de
percibir el prestamista. Si realizado el negocio jura el
prestatario que no ha tenido ganancia alguna, el pres­
tamista, en este caso, no percibe el interés señalado de
antemano; pero el infeliz prestatario pierde desde lue­
g o el crédito entre sos correligionarios. El contrato de
sociedad, afirman estos autores, es la base del contrato
del préstamo i interés, com o lo es también del trabajo
asalariado; de manera, que el interés y el salario es un
beneñcio fijado de antemano que determina la partici­
pación de las dos partes en la ganancia común. ¿Qué
diremos de esta opinión? En primer lugar, que no la
creemos fundada, puesto qne el contrato de sociedad
era conocido y frecuente precisamente en los tiempos
en los cuales se legislaba tan severamente contra la
usura y acerca del contrato de mutuo ó préstamo; y
en segando lugar, que es absolutamente inútil tal supo­
sición, por cuanto hoy, por las circunstancias actuales
económicas, el dinero se ha transformado en capital, y
por esta transformación adventicia st puede siempre exi­
gir algún interés del mutuo ó préstamo.
La solución m is verdadera, y b o y la más común
entre teólogos y publicistas católicos, la encontramos
en las mismas respuestas de la Santa Sede; porque hay
qae advertir que la Iglesia católica no solamente ha
señalado reglas practicas de conducta acerca del prés­
tamo á interés desde 18)0, sino que las hallamos en
los antiguos tiempos. En 8 de Enero de 15 54, el Papa
Jnlio III declaró en la Bula de aprobación del Monte de
Piedad de Vicenza, que se podía sin escrúpulo de co n ­
ciencia percibir el 4 por 100 de interés al año por el
capital prestado k dicho Establecim iento, con tal que
los prestamistas pudiesen realizar o tro n eg ocio por lo
menos tan lucrativo, pero del que se privaban por c o ­
locar el dinero en dicho Monte de Piedad. Este interés
que el prestamista recibía del Monte de Piedad era,
com o dice el Papa Julio III, una justa indemnización de
la pérdida que el préstamo causaba al prestamista. La
costumbre de percibir el 4 ó 5 por 100 de los Montes
de Piedad era universal en toda Italia, en donde se ha­
llaba floreciente el com ercio, y se podía con facilidad
utilizar el capital, ya en dichos Establecimientos, ya
por lot contratos de sociedad, de compra de rédito*
anuales ó censos: en las grandes ciudades de Italia, por
lo tanto, el préstamo ó mutuo llevaba consigo una pér­
dida, por la que podía, por lo tanto, el prestamista exi­
g ir una justa indemnización. Un siglo más tarde, en
1645, la C ongregación de Propaganda fide envió i las
misiones de la China una respuesta acerca del contra­
to de préstamo aprobada por el Papa Inocencio X , que
nos da también la solución en la presente cuestión.
Consultaron á la Santa Sede los misioneros si los pres­
tam istas católicos podrán conformarse con la ley civil
del país qae autorizaba exigir un 30 por 100 por ra­
zón del peligro que existia de perder el capital. La
Santa Sede respondió, que por el simple contrato de
m utuo ó préstamo nada se podia exigir además del
capital, pero si existía de veras el p eligro de perder el
capital, com o se aseguraba, que entonces no se podia
inquietar á los que exigían un interés proporcionado
al peligro. L uego, tanto el Papa Julio III como Ino­
cencio X , nos afirman que es lícito el interés, siempre
que existan títulos extrínsecos.
¿En qué difieren las respuestas dadas por estos R o ­
manos Pontífices de las que ha dado desde 1830 basta
h o y la Santa Sede? En dos pontos: t.°, en que las res­
puestas dadas por la Santa Sede desde 1830 hasta
nuestros dias se refieren á todas las naciones, al paso
que las de los Papas Julio III é Inocencio X , solam en­
te á los habitantes de Vicenza y del Imperio Chino; y
2.0, que en ellas no se indican los títulos extrínsecos,
en virtud de los cuales se puede exigir un moderado
interés, com o en las respuestas de los Romanos Pontí­
fices Julio III é Inocencio X . Las Sagradas C o n g reg a ­
ciones no nos dicen la causa ó causas que ban tenido
para permitir hoy el interés en los préstamos además
de la cantidad, porque d o acostumbran á dar razón de
sus decretos; esto lo dejan á los teólogos para que
demuestren que lo que hoy se hace no está en co n ­
tradicción con los antiguos decretos. La Santa Sede
afirma en sus respaestas «non esse inquiendos, et ac-
uiescant, dummodo parati sint stare mandatis S. S e ­
3 is», de manera qae no solam ente tolera el préstam o á
interés, sino que positivamente lo permite; pero am o­
nesta que el asunto no ha sido aún definido por la
Iglesia, y por eso exige qae estén preparados los fieles
para obedecer y acatar lo que la Iglesia definitivam en­
te determine; y reprueba 4 los predicadores que, expo­
niendo las condiciones económ icas de estos tiem pos,
lo dan com o cosa resuelta ( i ) . En 1743 el Papa Bene­
dicto X IV declaró que seria un error creer que e x is­
tían siempre en todo préstamo titulos extrínsecos, y
que por lo tanto no se podia exigir siempre interés o
justa indemnización, sino que en todo préstamo se
examine previamente la existencia de dichos títulos.
Pero un siglo después. 4 consecuencia de los principios
económicos de la Revolución francesa, de la absoluta
libertad del trabajo, del industrialismo y capitalism o,
el dinero ha sufriao tal transformación, que y a no es
dinero, sino capital, representado por billetes de Ban­
co, por acciones, titulos, pagarés, letras de cambio,
que no son ya cosas fungibles, sino bienes inmuebles,
minas, propiedades urbanas, ferrocarriles, etc., que se
compran y venden con suma facilidad; que cada uno,
ior pobre que sea, puede utilizar sus cortos haberes en
Ías Cajas de A horros, en donde se admiten imposiciones
desde una peseta en adelante, dando al imponente el
5 por 100 ae interés; de manera que hoy, por las cir­
cunstancias económicas actuales, los titulos extrínsecos
se deben suponer siempre, y qne por lo tanto es licito
el exigir por el préstamo un interés m oderado. Si las
condiciones económ icas actuales cambiasen, lo que no
es imposible, y el dinero no fuese y a virtualm ente fruc­
tífero, sino absolutamente estéril,com o en los antiguos
tiempos, y no siendo, por lo tanto, inherente en él el
lucro cesante, no seria licito el préstamo á interés sin
probar antes la existencia de los titulos extrínsecos,
como lo prescribe el Papa Benedicto X IV . Esta es la
opinión cómiün entre los teó lo go s y publicistas c a tó li­
cos modernos (2). Indicaremos brevemente algunas

(1 ) «Quia prívala aucloriiaie definium quaeilioncni quam


S. Sedes nondum voluit definire». En la respuesta ad Episc.
Vivarienaem 7. Marzo 1835.
(a) Lehmkuhl, v o l. I, litlin. 1.10 5 y siguientes.— Revista
«Sümen aus María-Laaeb», 1879, píg. 470 y tigaienies,— Vic-
de sus pruebas. Los padres Palmieri y Costa-R ossetti,
en los lugares citados niegan qae el préstam o qae bo y
se h ace del dinero sea mutuo, y que por lo tanto sea
n su ri el interés que se pacte. «En efecto; para que
haya mutuo, dos cosas son necesarias: que la cosa que
se.presta sea estéril y que se consuma con el uso; por
lo tanto, para que el contrato deje de ser m utuo, dos
cosas bastan, A saber: que la cosa que se entregue sea
fructífera y que no se consuma con el uso. Ahora bien;
h o y el dinero no se puede negar que sea por lo menos
virtcalraente fructífero, si se considera como instru­
mento del com ercio y como representante del precio
de todas las cosas que son objeto del mismo. Él c o ­
m ercio, además, necesita de la industria humana, y se
alimenta y extiende por toda la tierra mediante el di­
nero; de mánera, que con razón se considera al dine­
ro como el instrumento más eficaz para promover y
desarrollar dicho com ercio. Eo efecto; el dinero no es
solamente un instrumento acomodado á la acción hu­
mana como condición, sino aquel instrumento que usa
y emplea la actividad humana, y que el efecto de la
acción es mayor ó menor según el m ayor ó menor em ­
pleo que hace de ¿I; luego al dinero, en cuanto instru­
mento del com ercio, no se le puede considerar estéril.
O bsérvese, además, que el dinero aplicado á la activi­
dad comercial le presta tal beneficio, que las otras
cosas equivaletiics al dinero, com o las casas, predios,
etcétera, no pueden prom over el com ercio si primero
no se convierten en dinero ó capital. L o que indica
que algo hay h o y por las circunstancias económicas
actuales inherente al dinero que le hace fructífero. De

tor Calhrein, S. J. PhQosophia M o n lis in osum scholarum, pá­


gina 246 y siguientes.— Enr. Pesch en el Period. oenopont.,
1888, pdg. 36. — Co»U Rosaetti, Philos. mor., pág. 768 a lie n
edilio y pág. 771 y siguientes,— Dotoinic. Palmieri, en la ob. del
P. B tllerin i «Anlonii Balterini e eocietale J e iu oput Iheolo*
gicum m oralc i a Buiem bau M cdullam ■ h so lT Íl e l ediúil D o-
m iniciu Palmieri ex eadem socielate.— V ol, III, página 650,—
Kola,
aquí que el R. P . V . Cathreia ea la obra citada ( i ) afir­
me que h o y existe en el dinero ó capital no solamente
on título extrínseco, sino un titulo intrínseco secundum
quid qne acompaSa al dinero ó capital por el orden
actual económico.
2. Además, se denomina cosa fungible aquella cosa
que en el primer uso se consume, y por lo tanto no
sirve y t para otros usos; pero si puede servir para usos
sucesivos, i.° , 3.°, 3.°, etc., entonces la cosa ya no efe
Tangible. Es asi, que el dinero que h o y se presta, no se
consume por el primer uso, sino que sirve para los
siguientes; luego el dinero h o y no es cosa fungible. L a
prueba es evidente; porque h o y se atiende en el prés­
tamo del dinero & su valor, y este valor permanece en
poder del prestador ó prestamista. En efecto, el pres­
tamista tiene contra la cantidad prestada jas ad rem; es
a:>i que el derecho á la cosa le vale al prestamista lo
mismo que el dinero prestado, y puede el - pagaré,
letra de cambio, títulos, acciones, etc., entregadas en
cambio del préstamo, usarlos en el comercio lo mismo
que la cantidad prestada. L uego el valor del dinero
puede servir para varios usos, porque paeden las letras

( i ) O b. tit., pág. 246, ndm. 414 . — «Potro titulas, ol»


quem aliquid ultra sortem exigilur, v e l ett ipti mutuo titrin n -
tus et a e c iin u lií, i. e. solum per iccidens e l propter specialei
cireumslantioa cum mutuo conjuncttu, v*l est mutuo a l quo
modo inirvtsccuí, i. e . per se cum eodem connexui; quod ite-
rum dupliciter contingere poten: vel rim flicüer v e l situndum
fȆt.
T itu lu i erjjo mtrinsecut secundum quid quasi medius mí
ínter titulum lim pliciier ¡ntrinsecun et lim pliciter exlriiuecum,
el de utroque aliquid paiticipat. C onren it cum titulo extrinaeco
eo, quod non ex sola natura mutui et rei mutuatae adest, cum
titulo ¡nlrinieco eo, quod in a liq u i saliera conditione oecono-
mica generatim cum pecunia m utasta conjunctus est, ideoque
non sicut tituli mere extrinieci pro unoquoque c u u individuo
prohari debet, aed tem per ex genereli conditione pecuniae
adett. Non dari titulum lim pliciter intriusecum mutuo ómnes
concedunt, dari titulum secundum quid ialrinsecum nos con-
lendimiu» 1
de cambio, pagarés, títulos, acciones, etc., entregarse
como prenda, y asi pasan, com o h o y sucede, de mano
en mano, ya para comprar, pagar, cambiar, etc., mil y
mil cosas, objetos del com erdo y de la industria. L ue­
g o h o y en el pr¿3tamo i interés no existen las condi­
ciones antiguas; luego ó no es mutuo, cuyo interés,
si no se probaba la existencia de los títulos extrínse­
cos, se consideraba com o usura por los decretos de la
Iglesia, ó se considera com o verdadero contrato de
mutuo; pero por haberse h o y transformado el dinero en
capital, y ser hoy universal el titulo extrínseco lucrum
casans, puesto que cfc
las Cajas de Ahorros
ganar el 5 por 100, resulta que h o y el interés que se
exige no es usara; porque además del dinero que pres­
ta, se priva el prestamista de aquel aumento, lucro ó
ganancia, que según la estimación común lleva hoy
consigo el dinero en cuanto instrumento del comercio;
y por lo tanto, el principio de los antiguos «que en el
m utuo se ha de guardar la igualdad», debe h o y .obser­
varse estrictamente; y por lo tanto, el prestatario, acep­
tado el préstamo ó m utuo, debe, además de la cantidad
prestada, devolver aquel aumento, lucro ó ganancia que
pierde el prestamista según la común estimación. Pero
debemos advertir, que no importa que en algún caso
particular el prestamista, por su holgazanería, tuviese
el dinero ocioso y no ganase nada, porque el valor y
precio del dinero com o de las otras cosas, no depen -
den de casos particulares y contingentes, sino ae la
común estimación y uso general. Ni tienen tam poco
necesidad los prestamistas, al dejar el dinero, de con si­
derar que perdiera a lgo realizando el préstamo, porque
aun cuando lo tuviesen ocioso, como hemos dicho, al
dejarlo dejan una cosa, que según el común sentir en ­
gendra ganancia, lucro, y por lo tanto, es digno de
algún precio, de alguna compensación.
En esto está, añade el R. P. D. Palmieri, la diferen­
cia éntre la saciedad actual y la antigua. La facultad
de engepdrar hoy alguna ganancia, algún lucro, es hoy
inherente al dinero por el uso común de los hombres
y por la común estimación, y p o r lo tanto, es Inde­
pendiente de la condición privaaa de los poseedores;
antiguamente la ganancia ó el lncro dependía sola­
mente de la condición del poseedor del dinero, y en­
tonces era indispensable averiguar si en el poseedor
existía el titulo lucro ctsanic; hoy es inútil averigu arlo,
y por eso las Respuestas de la Santa Sede permiten un
m ódico interés, sin hacer mención alguna del alucrnm
cessans». Asi el P. Palmieri en el lu gar citado.
O bserva además el R. P. H .P e s c h ( i) , que h o y, por
la avaricia y mala fe de los hombres, son frecuentes las
quiebras y bancarrotas, tanto de parte de los bancos
páblictps, sociedades particulares, com o de los comer­
ciantes, y que es justo, ante el peligro hoy de perder
el capital que se coloque en dichos establecim ientos,
exigir algún interés ó lu cro (2 ).

(1 ) Loe r il
(a ) P a n nulidad de lo s Consiliarios de los Circuios de
Obraros Católico» ponemos aqui la tesis del R. F . V . C a-
ihrein. I. c.
D e Centraítu foeritbri,— Thesis. S pee tala hodierna sociela-
tis cendilione oecon on ica com ead as foenebris per se D o n est
illicitas. etiam abstrahendo á disposilione legis civilis.
P a rí 1 * Contraitus foenebris... p tr se non ¡Uleilus.
Prob.— Qui in favorem allerius ad tempus se privat uau reí
fnigiferae, licite pro h oc o ñera retributionem accipit. A lq u i se-
candum hodiernas conditkm es oeconomicas pecunia red e annu-
tueraiur rebua frugifers. E rg o , qui ejusdem usu in alterius favo*
rem ad tempus se prirat licite retributionem (foenus) pro hoc
onere accipit.
frob, min,— Praeter Tolorem mattrialtm ex materia, e x qua
aífecta est, pecunia habet etiam Talorem moraltm exe ju s osu e l
fine in commercio hum ano. H ic autem valor moralis dúplex
est:
a ). Pecunia in s e n il ut insirununtwn ncgttiadom el merca-
turai. Niminun a baque pecunia negotialio exerceri nequil. et
q uo majorem quis habet pecuniae visu, eo m sjo n lucra faeere
p oteit, Jam quamdiu itatu s societatis ia est, ut nonnisi illi, qui
•pecialein aptitndinem e l opportunitatem negotiandi habent et
magnam pecuniae summam possident, pecunia lucrum facen
Para evitar escrúpulos, añade el R. P. Palmieri ( i ) ,
qae aon cuando el dinero qae se presta, coraúomente
se presta á los comerciantes, do se debe deducir, que
si no son comerciames los prestatarios ya no se puede
exigir interés, porque aun cuando el dinero prestado
se em p lease en pagar una deuda, sin em bargo, se hu­
biera podido emplear en el comercio y proporcionar al
prestamista alguna ganancia.
Puede, finalmente, suceder, que se preste dinero i
un pobre que cu seguida lo consuma j no pueda por
lo tanto dar interés 6 ganancia alguna. En este caso,
si el pobre se halla en verdadera necesidad, de tal m a­
cera qae la caridad exige que se le deje alguna canti­

possint, hoe lucrutn potius ad fruciua industriales referendum


cal ideoque ipia pecunia de se frugífera vocari nequit. Quando
sutetn m utilo societatis itatu quilibet non per accidena, sed
ordinaria, ubique el sí ne peculiflrí d ificú ltate per se vel peraltos
etiam m ininam pecuniae quintitatem ad ejutmodi n egolia ad-
hibere indeque lu cru n percipere potest, praesertim aocielatem
cum aliis ioeuado, t . g . tn d e o d o pecunia tn tocielAtibua «ctio-
iium qaae ro c ín tur, pecunia ¡pía aaturam cnjuidun reí fnigU
ferie induit, ideoque, qu¡ ejtu o n m alteri ad tempus concedit
se pro eodem tempore potestate lucraodi privat et bine ju i ha­
bet ad congruim remunerationem.
i) . Alterum valoiem , cum priore connexum, habet pecunia
inde, qsod quodnmmodo otnnea res miles repratititlat. Nam
qui pecuniam habet, possidet, non quidem formaliter, sed ütqut-
valenttr omnes res, quae pecunia hic et nunc emi possunt.
Quodsi status societatis lilis est ut, ordh urie aonaisi re,
consumplibiles (vinum, Crumenlum, etc.) emi pessiat, pecunia
per se solum rcpracientat cjuamodi res consumptibiLes cisque
qu oid valoren) aejuiparatur, si veto itatus societatis talis era-
serit, ut opportuni occasio res frugíferas omnis generis emendi
tere perpetua sit aot saltein u n e p etu liiri dilhcultate haberi
queat, pecunia quoad valo ran rebus fhigiferia a ifu tv th t sea
iisdem idnum erari potest.
Alqui hodierno tempore, propler miram communicatíonit
facllitaiem et celeritatem, propter negotlorum frequeniiam et
d iversitilem , propter liberlaiem commercii et industriae et ere-
bram agrorum divisionem e l Teadiiionem , cuilibet ordioarie et
(l) Loe. dt.
dad, entonces íe p éca ri si se le exige algiün interés
además de la cantiaad prestada; pero pecará no contra
la justicia, porque la cosa es del poseedor y digna de
aquel interés, pero se pecará contra la caridad, si se
niega la limosna al necesitado que la pide.
El autor de los casos de conciencia ( i ) defiende
con el P. Ballerini, que b o y se realiza un contrato in ­
nominado, que se puede llamar préstamo á interés, y
que siendo contrato oneroso se puede exigir interés.
Este contrato oneroso le define dicho autor del modo
siguiente: «Es nn contrato bilateral por el cual uno
presta á otro dinero ú otra cosa tangible con la condi­
ción de devolver la misma cantidad ó cosa equivalente
pero de igual cantidad, vendiéndole al mismo tiempo

ubique o c c u io p n e sto est, res fructíferas omnis generís emendi


prolodeque pecunia quoad valoreo) moralem ils aequlptrari
potesl.
Pars j . a FJwm abitrakindo a disptsitioni hgis riv ilii
P roi.— Si foenus liccret o b lolum legem civilem, le í debe­
le ! etiam wuwsmram sen limites hujus foenorii liciti determinare.
N on potesl enim lex qaodcumque foenus exceaÍTam licitum
reddere. A lq u i bodie fere ubique lcgxa focous ad ccrtam quan*
titatem restrinfentes abrogatae sunt. E rgo.
N ec potesl recurrí ad aliquaia consueludinem, quae vím
lfg il habeat. Nam ejusmodi conatieludinem, exsisterc m eriio
negalur, In mullía enim regionibua praaciaa t* fin * legaa deler*
minantes m ensuran foen oril abrogatae auni, ut haberetur pita*
M irtos oeconomica, qualem requirunt principia lib e n liim i.
Ñ eque utlus, quaalum acio, io bis regionibua sibi conscius est
ae t í conm eludínis ad certam m ensuran foenoril r a u in g í.
O bj . i . Pecunia e it sterilis ex natura sua. E rgo nequit pro-
Ierre fructus.
R tsf. Dist. ant.: Est sterilis ex te tola, conc. adjuncta homi-
nis industria, negó. D iit. conseq. Nequit progignere fructus
naturales, conc., fructui civiles, i e, non praebet homini m ilita-
tem se. p o le s ia le a faciendi lucrum, negu.
IttsL Ex concessis pecunia profert fructus solum sdjunets
industria humana. Atqui lalis fructus est mduilrialta E rg o n o s
Iruclus pecuniae.
(t) Pan altera, píg. 261.
al justo precio el derecho de usar de la cosa durante
algún tiempo» ( i ) . Q a e el contrato sea justo se com ­
prende perfectam ente, porque la obligación que se im­
pone el mutuante de no poder usar ni redam ar la cosa
durante cierto tiempo, es de precio estimable; y esto lo
admiten San Alfonso María de Lifforio f2 Y el C arde­
nal de L u go (3 ), el R v d o . P. Ballerinl (4 ) y otros. Y
con razón, porque toda obligación aceptada libremente
y de justicia, se considera onerosa y de precio e sti­
mable: luego se puede vender; es así que se supone que
el precio sea justo, lo que tiene lugar en toda venta;
luego com o por otra parte la cosa se ha de devolver
equivalente y de la misma naturaleza ó calidad, y el
prestatario verdaderamente se hace deudor, lo que es
propio de las cosas fungibles prestadas, se sigue que

Rtsp. Conc. maj., d iit. min.: Talis fruclus e it industrialis ex


parte, conc. totus, aubdiat.: quamdiu non quilibet cum pecunia
m ijus lu cra n (acere potest, quatn lin e ea ex sola industria,
conc., n c w mge (cf. argum).
O b j. 2. Q iii foenus pro pecunia mutuata accipit, vel id acci­
pit p ío sorte e i sic pro e ad e n te dúplex pielium accipit, nem -
pe aumniam aequatcm sorti e l praclerca foenus, vel p ío uiii
sortis, et sic vendil nllcri usum rei non iuoe; nam per muluum
transíertur dominium in mutuanlem et per con sequtn i eliam
uius rei. Atqui a tran q ue injuilum e it. E rgo.
Rtsp. N egó d ie ju B C tio o . maj. D aiu r enim terlium: S cil. mu
tuum d«ns non portulat rctributionem pro usu pecuniae concet-
sae, sed pro onsrt quod subiré debet in favorem alleriu» se
privando re, quacum ipse frucium v e l lucruin capere posset.
H oc onvis pretio aestimari potest et a nemiue gratis suteipi
debel.
OBJ. 3. Ex explicalionc data scquilur, titulum, quem defen-
dimtu eaie litulum lucri ccssanlis, vel darani cn e rg c n lis. Atqui
(i) «Contracluj biUteralis quo quls alteri pecuniam aut
retn aliara fungibilem in aequivalenli ejusriem boniialis rrdden-
dam credit, vendendo simul illi pro pretio justo jus fruendi re
per certum tempus >.
(z) L ib . III, nilm. 770, v e n . (inem «AdUuc aflirm anl».
(3 ) DispuU I J , n ü n . 18, Alibi.
(4) T o a , l,° , núm, 867. iPriocipium ¡taque«,
el contrato guarda estricta igualdad y por lo tanto es
justo.
El autor ile los casos de conciencia y el P. Ballerini
juzgan que de este modo se explica el modo de p ro ce­
der hoy día de la Iglesia en el préstamo á interés, p or­
que no es uu contrato gratuito com o el m utuo, sino
un con trato oneroso. Opinan dichos autores que sa
opinión debe ser preferida i la común que hemos
expuesto, porque se refiere no sólo al dinero sino i
toda otra cosa tangible, y que parece separarse menos
de lo enseñado por la Iglesia acerca de la esterilidad
per se (que se llama natural en cuanto opuesta i la
artificial) del dinero.
L os reparos y dificultades que se presentan contra
tsta opinion pueden ver expuestos por el P. Palmieri
en el lugar arriba indicado.

hic titulus eit exlrinsecuj Ergo solum probatur litului exlrin-


aecui.
Resp. Dift. maj.: Tilulum illutn ene aolum tilulum lucri eea-
■uitis, qui lamen In hodiernia 9¡rcumitantiis moraliter loquendo
aemper adait, ideoque in lingulis caaibns praesumi poasit, conc.;
tilulum, qui in singulis caaibua probari debeat, negó, contra
diat. min. et negó coateq.
Obj. 4 . Ex S. Thoma (I. c.) proplerea foenus exigere noo
licet, quia pecunia usu conaumiiur, i e, düirahitur seu illi pcril,
qui ea alilnr. Atqui etiam liodie pecunia nau consumitur. Krgo.
Retp. Conc. nta)., dial. min.: Pecunia ciif.m hodie uau con-
aumitur, ti «olom adhibetur ad rea comumptibilo emenda),
«ene., «i adhibetut ad negoltanduro (ad produclioneio), id quod
hodie montliler loquendo aemper fieri poleit mbdiat.: ita
umen, ut ejui loco lubililuatur rea frugífera vel productiva,
conc., aecui, negó.
Si pecunia ad negotiindum adhibetur, aemper manet in re
aequivalente frugífera, v. g. campo, fabrica, vía terrea, etc.
0?J. 5 . L e x naturalii a i im mulabilii. Atqui l e í naiuralii
p r o lib c i acciperc usuram. E rgo,
Jtuf. Conc. maj., dial, min,: Lex nal. prohibet uiuiam,
ac. faenua injuitum (exceaaivum), conc.; foentu quodlibet; sui-
dht.j iuppoalto quod pecunia ail rea mere consumpiIbilU, cene,,'
auppoaito quod poaaauoú quoUbat témpora prueben (acuíta­
telo fitciendi lucrum atque ita rebua frugiferia aequivaleat, tugo,
Creemos que con lo dicho hasta ahora hemos
demostrado evidentemente que la práctica de la Iglesia
no ha cambiado, y qae existe armonía entre los decre­
tos antiguos de la Iglesia y las respuestas actuales de
la Santa Sede.
Debemos, sin em bargo, adven ir con el P. Palmieri,
que la razón que el teólogo aduzca para probar la
práctica actual de la Iglesia, no es necesario qae sea
cierta y verdadera, porque para que la Iglesia pueda
permitir una práctica cualquiera á aauellas personas
que están in bena fide, antes que la Iglesia dé la sen ■
leuda defuiiliva, basta que exista una razón verdadera­
mente probable, por la que, ayudados de los principios
reflejos, el que la p racti:a este seguro en conciencia.
De estas verdaderas consideraciones no se ha de
deducir, com o hacen algunos, qae hoy la ley de Dios
y de la Iglesia, que prohíbe toda usura, no tiene ya
objeto; consecuencia funesta y falsísima, poique lioy,
lo mismo que en los tiempos pasados, existe la usuro
r se prohíbe severísimamente por la ley de Dios y de
Í a Iglesia; y la regla práctica que nos da la Iglesia
para conocer si existe ó no pecado usurario, hállase
consignada en la última respuesta de la Santa Sede.
«Cum fructus pecuniae taxare per modum regulae
periculosum sit, Ven. in C hto. Pater Episcopus orator
id siDgulis casibus lem decernat juxta praxim co m -
munem servatam ab hominibus timoratae conscientiae
respectivis in locis et temporibus»; esto es, siendo cosa
expuesta á peligro tasar por modo de regla el fruto
del dinero, defina y determine el mismo Venerable
Padre O bispo, en los casos que se presentasen, lo que
en cada uno deba hacerse, según la práctica común
seguida por hombres tim oratos en los respectivos lu g a ­
res y tiempos. Esta es la doctrina de la Iglesia, d o ctri­
na que hoy, más aun que en los tiempos antiguos, loa
hombres avaros violan v quebrantan exigiendo un injus­
to y cruel interés, y enriqueciéndose conTos bienes de los
prestatatios. H o y, com o afirma el Papa León XJU en su
inm ortal Encíclica, son las usuras más frecuentes que
en loa antiguos tiempos, ya por ser la producción y el
comercio m ayores y más rápiJos, ya también porque
desapareciendo de los individuos y de los pueblos la fe
católica, desaparece la justicia y la caridad, y con dichas
virtudes el amor, respecto á los pobres y pequeños p ro ­
pietarios, multiplicándose por todas partes la maldita
raza de los usureros. Innumerables son los medios que
emplean para ejercer la usura.
Enumeraremos los principales.— H oy las grandes
usuras se realizau por medio ¿leí reliado convencioual.
Tiene lugar el retracto convencional ( i ) , cuando el
vendedor se reserva el derecho de recuperar la cosa
vendida, con obligación de cumplir lo expresado en
el art. 1.518 y lo demás que se hubiere pactado. El
C ódigo civil, en el art. 1.518, dice así: «El vendedor no
p o d rí hacer uso del derecho de retracto sin reem bol­
sar al com prador el precio de la venta, y además:
1.° L os gastos del contrato y cualquier otro pago
legitim o hecho para la venta.
2.* L o s gastos necesarios y útiles hechos en la
cosa vendida».
El derecho que tiene el vendedor de recuperar la
finca vendida, & falta de pacto expreso, dura cuatro
años, contados desde la fecha del contrato. En caso de
estipulación, el plazo no podrá exceder de diez aAos.
En el caso que el vendedor no cum pla lo prescrito,
el comprador adquirirá irrevocablem ente el dominio
de la cosa vendida.
L a ley permite el retracto convencional ó el con ­
trato con pacto de retroventa, porque supone que pre­
side la justicia en dicho con tratc; pero ordinariamente
no sucede asi. Los grandes logreras, sabiendo las an­
gustia! que pasan hoy los propietarios por la crisis
agrícola que atravesam os, ofrecen las cantidades que
necesitan, pero en cambio de nna finca justipreciada en
mucho más valo r que la cantidad ofrecida; pero com o
el pobre propietario espera poder devolver pronto la
cantidad, acepta el pacto de retroventa. En el retracto
convencional el interés que se exige ordinariamente

(1) Codlgo civil, ari. 1.507 7 siguiente*.


es m uy subido, y si en el plazo estipulado devuelve el
dinero, el vendedor tiene entonces que indemnizar to ­
dos los gastos originados en la constitución y cance­
lación de la obligación, esto es, tiene que abonar los
gastos de la escritura, el p ago á la Hacienda y al R e ­
gistro de la propiedad. Este es el modo qne hoy em ­
plean los grandes usureros para apoderarse de las m e­
jores fincas, tanto en las capitales como en los grandes
pueblos; y si el lector duda de esto, puede preguntarlo
á los Registradores de la propiedad, como lo hemos
hecho nosotros, y se convencerá que el 90 por 100 de
las fincas vendidas con el pacto de retroventa, se que­
dan definitivamente en poder del comprador por no
poder devolver el dinero recibido.
2.0 Se realiza h o y en grande escala la usura por
medio de quiebras fraudulentas. Estas quiebras son
verdaderos latrocinios y robos, que deberían castigar­
se severamente por las leyes. Los qne esto se p ropo­
nen, tratan en primer lugar de adquirir crédito con los
fabricantes, y cuando por su fidelidad en los p agos lo
han plenamente conseguido, en un día dado piden á
distintos fabricantes grandes cantidades de géneros á
90 días; en este tiempo esconden en algunos almace*
nes los géneros y declaran la suspensión de pagos. Se
realiza 61 concurso de acreedores y presenta el deudor
una relación de su activo y pasivo para probarles que
no puede satisfacer las deudas; les propone pagarles
el 50 ó 60 por lo o de lo que les debe en el p lazo de
cnatro ó cinco años, y los pobres acreedores no tie­
nen m í» remedio que conformarse con lo que se les
propone, ante el tem or de perderlo todo. A rreglado
así el asunto, vuelve otra vez á sacar los géneros de
los almacenes, y el quebrado fraudulentamente realiza
grandes capitales vendiendo los géneros i bqen p re­
cio. Eu el acto de la apertura de los tribunales de este
aBo, el teniente fiscal del Tribunal Supremo pide con
instancia la reforma del C ódigo de Com ercio en lo que
se refiere i la suspensión de pagos. En la extensa Me­
moria reglamentaria, escribe: (Con la declaración de
suspensión de pagos vemos snstanciarse expedientes
en los qae el deudor de m alí fe, después de alargar y
hacer interminable su tramitación, coocluye por nacer
proposiciones de rebaja de créditos tan escandalosas,
qne agotada la paciencia de los acreedores, aceptan
aquella parte Insignificante que de sus créditos se les
ofrece, pues temen qae, de lo contrario, aquel expe­
diente no concluya nunca».
j .° En la Mancha, Reino de Valencia, y en general
en casi toda España, la usura se ejerce dejando el di­
nero al 15, 18, 20, 25, 30 y hasta 40 por 100, con hi­
poteca y por varios años. Obsérvese que los usureros
al entregar el dinero ya se cobran el interés del pri­
mer año, resultando que siendo nominal tan sólo la
cantidad entregada, el interés que se cobra es en rea­
lidad de la diferencia entre lo que aparenta prestarse y
el interés del primer año, cantidad que abroma en la
generalidad de los casos.
4.0 En algunas partes se deja el dinero solamente
para seis meses y con seguridades al 18 por 100, lo
que equivale al 36 por 100 al año.
A los pobres segadores que para la s e g a del arroz
ó del trig o tienen que ausentarse de sus pueblos por
ao ó 30 días y necesitan pequeñas cantidades, lo co ­
mún es exigirles una peseta por cada duro qne se les
deja por el plazo indicado, y que al año equivale 300
por 100.
5.0 En las cosas fungibles, com o el trigo, arroz,
habichuelas, aceite, etc., la usura se ejerce del modo
siguiente: se deja una fanega de trigo, que ordinaria­
mente vale 40 reales, por éo reales, y á pagar en la
cosecha; y com o en ésta, por lo general, no vale la fa­
nega más que 30 reales, se cobran dos fanegas los
prestamistas. Del mismo modo realizan la usura con el
aceite, arroz, habichuelas, etc., y ordinariamente exigen
doble cantidad de la prestada.
6.° En la provincia de Valencia es bastante frecuen­
te ejercer la usura del modo siguiente: se prestan car­
neros, cerdos, tem erás, etc., pero con esta condición:
si el animal que se presta vale, por ejemplo, 8 duros,
tiene el prestatario que pagar en el plazo, qae no pasa
Soc. T It
jarais de seis á ocho meses, 10 durós; pero afiadiendo
además ana peseta por doro: de m an en , qae además
de los 10 dnros debe entregar 10 pesetas; total, debe
entregar al prestamista 1a auras por los 8 que vale el
animal que se le presta.
7.® Sabido es por todos aquellos que frecuentan el
trato de nuestros empleados públicos, que éstos, por
lo exiguo cu general de sus haberes, se vea obligados
á pedir prestado al principio de cada mes. El presta­
m ista le entrega la paga del mes, eligién dole y c o ­
brándose un real p o r duro de interés por cada mes, lo
que equivale al 5 por 100 mensual y al año el 60 por
100. Además, el prestamista logrero les obliga á fir­
mar la nómina mensual, y por esto el habilitado le r e ­
tiene la paga. En este caso lo que sucede es que se
renueva mensualmente la obligación, y de este modo
el usurero se va apoderando ae la mitad ó más de la
exigua paga del pobre empleado.
8.a Pero el modo más cruel y horrible con que se
ejerce la usura es dejando dinero á los hijos de familia,
calaveras y derrochadores. Se les bace firmar un re ci­
bo concebido en los siguientes términos: «He recibido
d e D . Fulano de Tal la cantidad de 20.000 pesetas sin
interés, que devolveré dentro de t il plazo, pero si
llegado el plazo no devuelvo la cantidad, desde ese
día abonaré de interés el (o por ioo>.
Firma el interesado como m ayor de edad.
Estos recibos se cobran después de la m aerte de
los padres, y suelen asi los usureros de esta clase apo­
derarse de los bienes de algunas familias.
Snelen también á los jóvenes de grandes familias
exigirles los usureros un recibo en depósito de las can ­
tidades prestadas, y al dar el escándalo de llevar á la
cárcel al’ hijo insolvente, los padres, para evitarlo, se
apresuran i pagar las deudas de sus hijos centupli­
cadas.
Un prestamista, gran usurero, que al principiar su
tráfico usurario sólo tenia 2.000 duros, pero que al
morir blasfemando y rabiando y sin testar, dejó un
capital de 14 millones, dijo 4 nn conocido mió, v icti­
ma de sos osaras, qae le pedia con las ligrim as en los
ojos rebaja en los intereses: «Si las lig rim a s qae se han
derramado en este cuarto estuviesen juntas, toe a b o ­
gaban». Para acabar con tan maldita raza de usureros,
que se van multiplicando y extendiendo por toda E s­
paña, sirven admirablemente los Montes de Piedad que
establecemos en los Circuios de O breros C atólicos, los
Bancos A grícolas, los depósitos de herramientas para
los labradores y los depósitos de semillas, y a que van
desapareciendo los antiguos pósitos de casi todos los
pueblos. (Ojalá quisieran en todas partes los ricos ayu ­
dar debidamente á los pobres, anticipando el capital
necesario para estas benéficas instituciones!
C A P ÍT U L O V

Soluciones de la cuestión social

Después de haber estudiado las cansas que produ­


jeron el conflicto soci*l, en los capítulos que se signen
tratarem os de la solución' qne imperiosamente r e d a ­
ma. Examinaremos primero en lo s capítulos V y VI
las falsas hipótesis ó soluciones qqe proponen los ene­
m igos de la Iglesia, comenzando por el liberalismo,
que declara insoluble dicho conflicto, y expondremos
después en el capítulo VII la doctrina ae la Iglesia ca­
tólica, demostrando que en ella se encuentra la verd a­
dera solución del pavoroso problema.

A R T ÍC U L O TRIMERO

PARA EL LIBERALISMO CONSERVADOR Y DEMOC k A TICO ES


1KSOLOBLE LA COESTJÓN SOCIAL

Después de lo expuesto hasta aquí, y particular­


mente en el párrafo 111 «Afinidad entre el liberalismo
y socialismo», es absolutamente inútil buscar en tan
maldito sistema remedios para el mal social.
El padre del socialismo y anarquismo ¿cóm o ha de
acabar con los hijos que ha engendrado y amamantado
¿ sus pechos, robustecido en sus Universidades libres,
y didoles, por ño, el materialismo, que los nutre y sos­
tiene? Imposible, y de ello tenemos evidentes testim o­
nios. El órgano del liberalismo conservador de Bis-
marek escribía en el dia 3 de M ayo de 1890 lo siguiente:
«La rivalidad de clases no tendrá término jamás.
Q aerer resolver esta cuestión, es lo mismo que tratar
de resolver el problema de la cuadratura del círculo.
Esta es nna utopía que no se convertirá en realidad
hasta el dia en qne todos los hombres sean ángeles.
Es imposible todo arreglo fijando el salario á tanto
por dia, puesto que ¿cómo ha de imponerse una sola-
c í ó d de esc género i los que vivan dentro de cien años?

Además, semejante arreglo no podría satisfacer al


obrero. Si le concedéis cinco chelines, pedirá después
seis y siete. Es, por lo tanto, inútil creer que una cues*
tión de esa especie pueda resolverse de un modo per­
manente, que evite todo conflicto ulterior*.
En el periódico E l Liberal, órgan o de la dem ocra­
cia española, y en cu y a imprenta se ha publicado la
traducción de la obra de Straus, La antigua y la nueva
Je, en fecha 13 de M ayo de 1890 se publicó nn arti­
culo titulado cT an tus hombres, tantos pareceres*, y
en él trata de burlarse de los numerosos doctores que
se dedican á dar solución al problema social, y dese­
cha, por inútiles, todas las soluciones. A si escrioe:
«En Francia, la comisión parlamentaria de la regla ­
mentación del trabajo ha oido dos proyectos.
Según el uno, convendría limitar la duración del
trabajo á cincoenta y ocho horas por semana, repar*
tidas entre cinco dias de diez horas, y otro, que sería
el sábado, de ocho. El domingo quedaría consagrado
al descanso en absoluto.
N o se trabajará más que ocho horas; pero debe h a ­
ber condescendencia para qne trabaje m is de ocho el
albañil que no ha podido trabajar muchos días por el
mal .tiempo, y con todos los obreros que después de
nna enfermedad quieran recobrar el tiempo perdidos.
. A estas soluciones rechazadas, puede E l LiberaI aña­
dir otra porción de soluciones fallidas.
Sin contar los delirios de Robespiérre, Babeuf, Sain-
Sim ón, el falansterio de Fourier, los talleres nacionales
de Luis Blanc qae ahogó en sangre C avaignac, y limi­
tándonos á las invenciones de estos últimos tiempos,
tenem os, entre otros, las Cajas de préstamos de Eilen-
burgo, las Asociaciones para la instrucción de los obre­
ros, la Sociedad de Créaitos v Anticipos, las Asociacio­
nes para la adquisición de la s primeras materias, las
Cajas de Ahorros, las Asociaciones productoras, de
obreros, la Participación de los obreros en los produc­
tos de las industrias, las A sociaciones de protección
contra la opresión de los fabricantes y las otras for­
mas con que Schultze-D elitzsch imaginó resolver el
problen\¿, las Trndes- Uitions inglesas, Tas Asociaciones
productivas y la A sociación general de obreros con
que Lassalle quiso enmendar la plana á Schultze, la
expropiación de la máquina y la organización colecti­
va del trabajo con qne Carlos M arx también fracasó.
En anma: |qne no h ay remedio!
E l U b tra l entiende que los consejos del Papa, la
caridad, la resignación y los Circuios i t Obreros C a ti-
licts que recomienda, es lo mejor que se ha dicho,
porqne corresponde & la esfera individúal donde se
debe encerrar, si no la solución del problema, ¿ lo me­
nos la mejora de la suerte de los obreros. Pero teme
E l Liberal que los obreros no hagan caso de los con­
sejos del Papa y que tam poco por aquí se encuentre el
remedio.
Es decir, qne el liberalismo creó el proletariado, el
pauperismo, la cuestión social, qne antes de ¿I no
existía.
Y ahora dice & sus victimas:
Mal os he puesto, no cabe dudarlo; pero consolaos
con que en cambio no tengo remedio para vuestro
m al, ni creo en la eficacia de los que otros os pro­
ponen.
Esta es la última palabra del liberalismo, asi del d e ­
m ocrático como del conservador.
¿Q.u¿ se habla creído el cuarto estado, cuando a yu ­
dó al tercero i destruir el antiguo organism o social y
apoderarse del poder, del capital y del mondo? ¿Qne
no se lo habla de pagar con toda justicia? ¿Tan ciego
estaba qne no vió dónde se metía?
«Según el otro, se debe establecer el trabajo duran­
te seis días por semana, á razón de diez horas cada
día, descansando uno. Además, la víspera del dia de
descanso se podría autorizar algunas horas de trabajo
suplementario para la limpieza de los talleres y de las
fábricas.
La pretensión más general es la del jornal de tra­
bajo de ocho horas, con un dia de descanso cada se­
mana».
Estas soluciones las despacha F.¡ Liberal con anas
cuantas preguntas:
«¿Por qué cincuenta y o ch o horas y no cincuenta
y seis ó sesenta?
¿Por qué diez horas cada día? ¿Por qné ocho? ¿Por
qué do nueve?
S i hay quien dé nna razón plausible, le proclama­
remos el hombre más sabio, aun más sabio que el mis­
mo Salom ón.
¿Por qué el obrero puede soportar ocho horas de
trabajo mejor que nueve? Pues también podrá soportar
mejor seis qne ocho.
¿Por qué el jornal de ocho horas es el más propor­
cionado al esfuerzo que en un dia debe realizar el
hombre? Paes eso será según la fuerza y la resisten­
cia de cada obrero. Para unos podrán ser cosa sopor­
table diez horas y para otros podrán ser un exceso las
o ch o .
¿Por qué es preciso que el obrero tenga tiempo
para instruirse? Pues preguntemos hasta qué grado.
¿Para ser un doctor de Salamanca? O breros habrá .qne
tengan recibida la instrucción primaria y que no nece­
siten más para su conveniencia particular.
T o d o ello, com o se ve, es arbitrario, y cuando se
pide que el Estado consagre la arbitrariedad, se da
derecho para decir que se pide una monstruosidad.
Las excepciones que no se pueden menos de ad­
mitir k las reglas generales que se establecen para la
reglamentación del trabajo son tan numerosas, que í
su lado las reglas generales vienen á convertirse en
excepciones.
No se trabajará de noche; pero esto no ha de
rezar con acuellas industrias que no puedan interrum­
pir el trabajo de día ni de noche. ¿Y se sabe cuáles
son éstas? Las qne oenpan m ayor número de trabaja­
dores.
Habrá un día de descanso forzoso á la semana;
pero no se aplicará esta prevención á las faenas agrí­
colas, porque el labrador no puede desperdiciar dias
de trabajo cuando la tierra está á punto de ser traba­
jada y de recibir la semilla, y cuando es preciso reco­
ger pronto la cosecha para que no se pierda por algún
accidente».
Pues abra ahora los ojos y vea que sobre la puerta
del organism o liberal, escribió el tercer estado aque­
llas palabras del Dante: ¡Oh ¡os qut entráis, dejad toda
tsptranifll
C on las ilusiones engañosas de Robespiérre, Babeuf,
Saint-Sim ón, Fourier y Luis Blanc, Mazzini y Marx,
jamás fuisteis á ninguna parte, pobres trabajadores, cuan­
do no fuisteis com o ovejas al matadero. Las invencio­
nes de Schultze y Lasalle os llevaron al desengaño y
la bancarrota. El liberalismo democrático os dice que
os las compongáis com o podáis: el conservador, más
franco, os declara que para vuestro mal no tiene re­
medio.
Con el sistema de C .M arx y la Coramune, ó corréis
á la muerte ó á un desengaño más terrible que los pa­
sados; porque se remediarán unos cuantos, pero que­
darán desheredados y dispuestos á tomar el desquite
los despojados, del tercer estado, más los sobrantes del
cuarto, que formarán el nuinto, y luego el sexto y
después el séptimo estado ( i ) .

( i) Stglo Futuro, ndm, 3 de M ayo de 1890.


A R T ÍC L L O II

LAS BANDERÍAS POLÍTICAS NO PUEDEN DAS SOLUCIÓN


k LA CUESTIÓN SOCIAL

Dice el Rom ano Pontífice:

«La violencia de las revoluciones ha dividido los


spueblos en dos clases de ciudadanos, poniendo entre
sellas inmensa distancia. Una clase poderosísima, por-
»que es muy rica, como tiene en su mano ella sola
®todas las empresas productoras y todo el comercio,
«atrae para su propia utilidad y provecho todos los
«manantiales de riqueza, y tiene no escaso poder aun
»ea la misma administración de las cosas publicas. La
so ira es la muchedumbre pobre y débil, con el ánimo
• llagado y pronto siempre i amotinarse».

Hallándose la sociedad compuesta de familias, y


¿stas de individuos, no hay duda que se puede compa­
rar i un organism o vivo y vigoroso. S i no recordam os
mal, W irchow ha sido el primero en comparar la so­
ciedad humana i los organismos de las plantas y de
los animales, y después de ¿I varios biólogos y soció­
logo s le han imitado. Ahora bien. ¿En qué consiste el
organismo de todo viviente, ya sea planta ó animal?
O portunísim o es eo esta ocasión exponer brevemente
lo que nos enseña la Riologia acerca del organismo de
todo vivie asi podamos comparar el o r-
gan ism o organismos de los seres que,
adercás del hombre, gozan de vida.
Según la Biología, tan to las plantas como los ani­
males y el hombre, se componen de células ó celdillas;
no siendo ¿stas otra cosa que un sér vivo (plantas y
animales unicelulares), ó parte de un sér vivo (seres
pluricelulares), que se compone de núcleo, protoplas-
ma y membrana. L os progresos constantes ae la C ito ­
logía y de la H istología nos demnestran que en los
vivientes no hay m is que células y productos de las
mismas; que las células similares, esto es, semejantes
en la forma y función que desempeñan, se agrupan y
forman los tejidos vegetales y animales; qae los tejidos
se reúnen entre si (uno fundamental y los otros acce­
sorios) para formar los órganos y aparatos, asi deno­
minados por las funciones que desempeñan; y final­
mente, que los aparatos y órganos se unen para cons­
tituir los miembros de las plantas (raíz, tallo y hojas)
y de los animales (cabeza, tronco y extremidades).
P ero obsérvase que ¿ medida que la planta ó animal
sube en la escala de la perfección, las funciones se van
localizando en los tejidos y órganos, apareciendo la
división del trabajo en los distintos órganos y aparatos.
En la3 plantas y animales unicelulares todas las fun­
d o n es las ejerce la simple célula, pero en los vegetales
y animales superiores vem os y a introducida la divi­
sión del trabajo, y b ay aparato de la respiración, de
la circulación, de la nutrición, etc.; pero nótese, qae
ano cuando en cierto modo parecen autónomos ¿ in­
dependientes las células, tejidos y aparatos, por cuanto
en todos los elementos figurados se realizan las fon­
d on es vegetativas, esta independencia es relativa,
porque en las animales los aparatos se bailan subordi­
nados al aparato central de la inervación, figurando
con mucha exactitud todo organism o animal una m o­
narquía representativa, y en los vegetales los aparatos
constituyen los miembros, y se hallan tan estrecha­
mente enlazados entre si, que representan en cierto
modo una república federativa. Pero lo qne nos con­
v ien e saber aquí es, que Dios, al criar las plantas y los
animales, los na hecho de tai m odo, que eu todo vi­
viente cada órgano es en cierto modo autónomo y ejer­
ce cada uno de los órganos y aparatos ana particula­
rísima función ( i ) .

(i) En la organización del trabajo de toda sociedad te


observan constantemente cuulro cosas, que podemos llam tr
esenciales, por cuanto existen en cualquier régimen y situa­
ción en que se halle la naeiAn. Estas cuatro condiciona
Ahora bien; si <lc estas consideraciones que nos
suministra el estudio de la naturaleza pasamos á las
que nos ofrece el estadio de las sociedades constitui­
das, ¿qué nos enseña la historia? Q p e la sociedad cris­
tiana, antes de la Revolución francesa, era un o rg a ­
nismo vivo; que en este grandioso organism o exim an
órganos y aparatos, ejerciendo cada uno de ellos sus
funciones propias, según los grnpos, corporaciones ó
grem ios, cuyos reglam entos y leyes ellas mismas se
elaboran, pero siempre subordinadas dichas agrupacio­
nes, casi autónomas, á las leyes fundamentales de las so­
ciedades cristianas y al poder central. D e manera qne
entonces en las Cortes se hallaba verdaderamente re­
presentada la nación. ¿Cuál es actualm ente la organi­
zación de la sociedad? La sociedad hoy no es q q or­
ganism o vivo, con órganos y aparatos, es un puro
mecanismo com puesto ac ruedas m is ó menos ingenio­
samente reunidas, partiendo sn movimiento de nna
fuerza m otriz central poderosísima. En una palabra, es
un verdadero autómata con la apariencia é ilusión de
un cuerpo animado y vivo. La causa de este mal es­

son la asociación, la división del trabajo, la circulación y el


críd ito . Pues bien; la B iología nos enseBa que en los vivientes
de organización algo com plicada, existen constantemente di-
chas cuatro cotas. E n efecto; vemos en loa vivientes las aso*
daciones celulares, la división del trabpjo medíanle los tejí*
dos y aparatos, el cambio mutuo entre los distintos órganos
y aparatos por el »¡stema circulatorio, y por fin el crtditQ%me­
diante el sistema vaso motor, que permite qae i un órgaao d
aparato que funciona activamente y que consume más que loa
oíros, éstos le envíen parle del liquido nutricio que ellos reci*
birlan en estado de funcionamiento norm al. A la semejanza y
casi identidad de los fenómenos que se observan en el orga*
nismo y funcionamiento del mundo social y mundo biológico,
ae le b a llamado «el n ú grande acontecimiento científico de
nuestros tiempos». Sobre este interesante asunto paeden verse
les siguientes obras: Bdgard Q uinet, La Qr¿eti<m. Hecbert
Spencer, Principes d t tociolopey tome 1(, pág. 130, traduc. trun-
cesa. Schafile, Estructura y vida d tl cucrpe s<nria¡. (Bou und
Leben des socmlea K cerpen), ele.
pantoso, de la muerte de la sociedad actual, porque en
realidad no es m is que un cadáver, nn verdadero au­
tóm ata, fué el triunfo de un individualismo salvaje,
que acabó con los grupos ó corporaciones que cons­
tituían el cuerpo vivo de la nación. S e proclamó el
principio, com o vim os, de que no hay m is que el inte­
rés general del Estado y el del particular. Pero, acaso
¿no es la asociación el tema obligado del naturalismo
político? N o, porque el concepta que tiene de la a so ­
ciación es puramente mecánico, ya que únicamente
pretende asociar el capital, & lo sum o las fuerzas del
trabajo; la asociación de los bombres, ó más concreta-
tamente las corporacior.es.no entran en su program a.
D e aquí viene el odio que profesa 4 la Iglesia cató­
lica, sociedad que hallándose animada por un espirita
moral, vivificador y uno, es incompatible con el indi­
vidualismo de los sectarios del error. Sabe m uy bien
el naturalismo político, que si es fácil dominar y ava­
sallar á los individuos, y basta rebajarlos i la categoría
de mercancía, sin que puedan hacer valer sus derechos
ni defender sos Intereses, no sucede lo propio con las
corporaciones. L a Iglesia, que es el prototipo de toda
corporación, proclam a con valentía el derecho de la
persontlidad libre de toda corporación y gremio, y lo
fomenta y ampara bajo su égida.
¿Cuáles han sido los efectos de la destrucción de
los grem ios y corporaciones por el naturalismo polí­
tico? Han sido desgraciadamente: i.° , pulverizar 4 la
nación, reducirla á átom os, á individuos, y como la
inmensa mayoría la constituyen los pobres, el hallarse
éstos, como dice el Romano Pontífice León XIII, solos,
abandonados é indefensos; y 2.a, el triunfo brutal del
número, no de la razón ni de la justicia, sino del nú­
mero encarnado en el despotismo de uno ó de muchos.
Se ha destruido la antigua organización social: enho­
rabuena; ¿pero con qué se ha sustituido?
No vem os en el régimen actual más que individuos
disgregados, aislados, y un Estado omnipotente. P or­
que á la verdad, ¿qué son los partidos políticos? A g ru ­
paciones de individuos disgregados, sin que los ana ni
profesión común ni interés social común: sólo ideales
de unos cnantos, qae se traducen casi siempre ea ape­
titos groseros. ¿Son, por ventara, los partidos en Es­
paña ni en Eurupa para servirnos de la comparación
de ios seres vivos, células similares que se reanen for­
mando aparatos, grupos, que representan algo, esto
es, qne desempeñan una misma función en la sociedad?
D e ningún modo, y por eso los diputados que los par­
tidos actuales envían al Parlamento, no representan de
modo alguno & la nación. A la única agrupación, í la
única asociación que todavía existe en España, por ser
de institución divina, i la Iglesia católica, se la excluye
del Congreso de los Diputados. ¿Por ventara conocen
mejor los seglares y los políticos las necesidades del
iucblo, sus aflicciones y sus penas, que los sacerdotes,
Íos cuales, en su inmensa m ayoria, salen de su seno y
viven en perpetuo con tacto con el pobre, com partien­
do con ¿I sus mermados y escasos haberes? Entonces
¿por qué se les excluye? Porque para los hombres del
tercer estado, com o antes hemos dicho, la Iglesia debe
permanecer encerrada en la sacristía y en la abadía.
P o r eso en los actuales Parlamentos no se halla r e ­
presentado el pneblo, todo el pueblo; no las clases so ­
ciales, ni la industria, ni la agricultura, ni las artes y
oficios; sólo y exclusivam ente se hallan representados
esos qae se llaman partidos políticos, verdaderos v a m ­
piros de la patria, que no tienen entrañas sino para los
suyos y para sus intereses egoístas.
|Cuán diferente aspecto presentaba hace un siglo
la sociedad espaSolal Lea quien quisiere la obra escrita
por el R. P. T o tn is Serrano, S. J., cronista de Valencia
y profesor ilustre de Retórica en la Universidad de
Gandía, donde se describen ( i ) las ñestas que Valencia
dedicó á su hijo San Vicente Ferrer en su tercer cen te­
nario; allí se enumeran los gremios, las cofradías, las
corporaciones, los conventos, las parroquias, la nobleza,
los militares y hasta el gremio de los poetas; las juntas

( i ) Fiestas seculares con que la ciudad de Valencia celebró


el tercer siglo de la canonización de San Vicente Ferrer.
y reaniones qae tenían primero por separado y después
delegados de todas las corporaciones, presididas por
el capitán general anas veces, otras por el señor A rzo­
bispo. Allí se observa una organización social tan
hermosa, tan simpática, tan cristiana y poética al mis­
m o tiempo, qae parece retrato de nna sociedad antigua
y no de ayer. ¿Y cóm o ha desaparecido tan cristiana
organización, por la cual el rey sabia perfectamente
las necesidades de todas las clases sociales? ¡Cóm o,
siendo España católica por excelencia, hace y a casi
na siglo qae se baila dominada por masones y masoni-
zantes? Y o bien sé qne en España, lo mismo que en
Francia, se proclamó la revolución, esto es, las liber­
tades modernas (com o y a hemos visto al hablar de los
grem ios), opuestas á Jesucristo y á sn Iglesia, y por lo
tanto, por ella condenadas; y o bien sé, repito, que se
proclam ó contra la voluntad del verdadero pueblo, y
qoe ¿ste protestó i mano armada en algunos departa­
m entos a c Francia, protesta qae en España ha sido
constante. Y o bien sé que solamente los hechos de
fuerza, y de fuerza bruta, han logrado introducir en
nuestra patria los principios de la Revolución francesa.
T o d o esto es cierto, verdadero, incontestable; pero ¿no
es nna mengua que esos hechos de fuerza hayan lo gra­
do imponerse y avasallar á la inmensa mayoría de los
españoles, á la España católica? Y ¿cuál es la causa de
esa ominosa imposición é innoble tiranía? ¿Por qoé el
paeblo, el verdadero pueblo español, de carácter indo­
mable, que se agiganta con la lucha y nunca pacta con
los traidores, permitió con lauta facilidad dejarse robar
los fneros y las franquicias, y lo que es más, desterrar
á los frailes, sus verdaderos am igos y verdaderos m as­
tines contra los lobos afrancesados? ¿Por qué permitió
que cuatro desalmados los asesinasen, destruyesen les
mejores monumentos eclesiásticos y se burlasen de la
fe, de la fe católica y de la Iglesia? El pueblo español,
sencillo, religioso, confiado en la fe de los grandes y
nobles y de Tos que estaban al frente del gobierno de
la nación, no receló que llegase uu día en que éstos,
aliados con los corifeos del filosofism o, quisieran robarle
la religión de sus m ayores. P or sa parte, los gobernan­
tes que conocían la sencillez del pueblo, el respeto qae
profesaba i los reyes y m agistrados de la nación, y la
aGcióu que tenia ¿ la pompa c d el culto y á los r e g o ­
cijo» con que solía celebrar también sus fiestas popu­
lares y religiosas, tuvieron gran cuidado de fomentar
esta afición y añadir á aquéllas nuevo esplendor, des­
cuidando la formación interna del espirita, la vida espi­
ritual del alma. De ahí que en muchas provincias,
gracias á la habilidad de algunos intencionados, el
catolicism o práctico de los vecinos principales se redu­
jese á la fiesta del santo patrón de la villa y de la
calle, com o antes de los gremios, sermón por la m aña­
na, procesión por la tarde, acabando siempre las fiestas
con comidas, toros y bailes.
De ahí también que no se adiestrase bastante al
pueblo español para el co ' ' lucha de nuestros
tiempos por la defensa religión, ni se le
preparase para descender ¿ la arena, salir de sa apatía
y hacer frente á los que, mintiendo cuestiones m era­
mente políticas, pretendían herirle en lo más vital de
su sér cuando le habían adormecido. De ahí, finalmen­
te, esa falta de apercibimiento y organización para el
gran dia del combate religioso, y esa com o aversión á
entrar en la lid. Por esto les fue fácil á los enemigos
de la Religión y de la patria conseguir lo que de
otra manera les hubiera sido imposible. E sto existía ya
desde hace tiempo en el pueblo español; pero desde
la supresión de los frailes, principió á faltar más que
nunca en ¿1 la piedad, el espíritu de fe, la reflexión y
la meditación frecuente de las verdades eternas, ha­
ciendo consistir muchos todo su catolicism o en las
fiestas populares. Se ha descuidado muy mucho la
formación del verdadero espíritu del cristiano, y hoy
el Catecism o apeuas se conoce. De este deplorabilísimo
estado de ignorancia y de falta de sólida y maciza
piedad, á la indiferencia y apatía, no hay más que un
iaso; de aquí que se dejen pisotear y ap lastarlo s ca tó -
Íicos como panas por cuatro masones y librepensado­
res. Este es el hecho. No hay que dudarlo: si hubiese
convicción en l i s creencias católicas, si hubiese fe viva
y sólida, los católicos acudirían i las urnas, emplearían
los medios legales, y si los contrarios apelasen á la
violencia, no sería necesario qae empleasen las armas;
bastarían las escobas para barrer, y barrer... para siem ­
pre de los pueblos & los masones y librepensadores.
Aun h o y las leyes patrias nos protegen; lo que falta es
espirita de fe, valor y organización; lo que falta es que
los católicos todos se unan com o haz bajo la égida
del Romano Pontífice y lo s Preladoi, posponiendo sn
medro personal y rompiendo, cuando se trata de la
Religión y de la patria, las vergonzosas cadenas de las
banderías políticas, y con los ojos fijos en el Corazón
de Jesús, lanzarse codos los católicos i la lacha legal:
|he aqoí un modo de dar á la cuestión social en España
nna solución práctica!!! Esto escribimos en la i.» edi­
ción, y ahora en esta 2.a añadiremos con toda nuestra
alma: L o que falta es o ir la vo z del Romano Pontífice
León XIII cuando dice á los católicos españoles: «Es
necesario también que todos los católicos de España
se persuadan de que el bien supremo de la Religión
pide y exige de su parte unión y concordia. Es nece­
sario que den tregua á las pasiones políticas que les des­
conciertan y dividen; y dejando i la Providencia de
Dios dirigir los destinos de las naciones, obren ente­
ramente acordes guiados por el Episcopado, para p ro ­
m over por todos los medios que fas leyes y la equidad
permitan, los intereses de la Religión v de la Patria,
r com pactos resistan i los ataques de los impíos y de
Íos enemigos de la sociedad civils ( i ) .
¿Pero en qué se ocupan los bandos políticos en
España, ya que no sirven para resolver la cuestión so­
cial? Un periódico de gran circulación, y que conoce
bien el paño, escribe lo siguiente:
«Vulgar es de puro sabido que las sociedades hu­
manas comenzaron por los pueblos cazadores, siguie­

( i ) Discurso de Su Santidad en la aolemne recepción de los


Peregrinos españoles, el 18 de Abril de 1894.
ron por los pueblos pastores y continuaron por los
pueblos agricultores, Industriales, comerciantes, etc.
Esta forma de evolución se manifiesta también con
caracteres particulares de las sociedades ya formadas,
t n nuestra sociedad española v en la particular esfera
de la política, somos un pueblo cazador. T o davía no
hem os podido pasar de ahí, no obstante el largo
período qae llevam os de sistema representátivo y de
agitada y accidentada vida pública.
Fíjese cualquier observador en los rasgos típicos
de personajes y partidos, y verá de qué m odo la p olí­
tica es una mera cacería. De la caza viven prohom ­
bres y parcialidades, y por eso cuidanse tan poco del
suelo, es decir, de la patria, com o suele cuidarse el
cazador. Nada de mirar por la vegetación; nada de
sembrar hoy para recoger mañana. L o que la suerte
y la naturaleza ofrezcan al paso se co ge, y con lo por­
venir Dios dará.
Cazar el poder es el objetivo de los partidos; cazar
la cartera, el acta, la credencial, cuando no el negocio,
' pecial de cada miembro de la a gru -
errores, las contradicciones, las fla-
quezas, las irregularidades de los que mandan, es la
ocupación de las oposiciones* ( i ) .

A R T ÍC U L O III

LA FUERZA ARMADA NO PUEDE PONER 1EUEDIO


k LA CUESTIÓN SOCIAL

Es común opinión del liberalismo, tanto conserva­


dor com o dem ocrático, que al fin y al cabo la cues­
tión social se ha de resolver & cañonazos. Este es, en
efecto, el único argum ento que el naturalismo polí­
tico, engendrador del socialismo y anarquismo, puede

(■) /mfarela/, a4 d e Mayo de 1890,


Soe. t A m ia.—u
oponer i sus díscolos hijos. Con razón escribe el pa­
dre Cathrein ( i) :
«El liberalismo no conoce m is que nn arma contra
el socialismo, y es la policía; no bien pretende im p u g­
narle con otras, se descubre cu ín inconsecuente es su
proceder coa un sistema engendrado en sus propias
entrañas. El que desee combatir de veras al socialism o
y sanar el cuerpo de nuestra sociedad con remedios
eficaces, abjure del liberalismo y vuelva confiado al
terreno del cristianismo integro ¿ incondicional».
Lejos, muy lejos andan los gobernantes de oír
sumisos la vo z del Supremo Jerarca de la Iglesia,
León XIII, y de poner en práctica sus mandatos y con ­
sejos; lejos están de renegar de los principios de la
Revolución francesa, ó se* de las libertades modernas,
cansadoras del mal presente, y del inminente peligro
que nos amenaza; en todo piensan menos en volver
por medio de leyes ¿ instituciones públicas, informadas
de la fe de nuestros padres, á la organización cristia­
na de la sociedad; pueblos y gobiernos están ciegos;
desvélanse éstos en aumentar los ejércitos permanen­
tes, y de tal modo los aumentan y multiplican, que
espanta ver el número fabuloso de millones de hom­
bres armados que tienen actualmente las naciones de
Europa. ¡Qué desengaño pora los adoradores de la
Revolución francesa! Ante las mágicas palabras liber­
tad, igualdad y fraternidad, se creía que iba á brillar
una era de paz y de felicidad universal. Q ue por algún
tiempo se necesitarían aún ejércitos para acabar con
los fanáticos restos del antiguo régimen, con los clé­
rigos y frailes; pero que después se disolverían para
siempre los ejércitos permanentes, resultando del ejer­
c id o de los derechos del hombre, esto es, de todas las
libertades ilimitadas del alma humana, la armonía, la
dicha, el bienestar y la fraternidad universal. Y ain
em bargo, en la historia de los pueblos cristianos,
jamás ha habido época en la que los odios de unas
clases contra otras sean como h o y tan profundos i

(i) Ob. d i., ptg. 71,


implacables; jamás las naciones cristianas se han baila­
do tan armaaas com o hoy, esperando todos con ansia
cí fatídico grito d e «guerra», qti
dudarlo, y quizás’ m acho antes
exagero.
Unidos los efectivos militares, los de la marina y
las tropas auxiliares de policía, resguardo, etc., la
suma total de las fuerzas que Europa mantiene en
tiempo de paz llega á cuatro millones de hombres.
Los efectivos en pie de guerra de toda Europa
hacen un total de m is de veintiún millones de comba­
tientes.
Una de las concausas, i no dudarlo, de la crisis
económ ica y de lis grandes deudas de las naciones de
Europa es el militarismo, que absorbe, ¿1 solo, la rique­
za agrícola ¿ industrial de los pueblos ( i ) .

( l ) L a deuda p íb lic a en Europa es la siguiente:


l . F ran cia.— Con 3S m illonesde habitantes. Deuda, 30.600
m illones. Term ino medio por habitante, 79S francos.
I. R u sia.— H abitantes, 93 y medio millones, D eu d i, 17.500
millonea. Capitación, 184 Trancos.
3. Inglaterra.— Habitantes, 38 m illones. D esda, 17.000
m illones. Capitación, 447 francos.
4. Austria-H ungria.-H abitantet, 4 1 millones. Deuda, 15.500.
Capitación, 372 francos.
5. Alem ania.— H abitantes, 49 m illones. Deuda, 13.500
m illones. Capitación, 273 francos.
6. Italia .— Habitantes, 30 millones. Deuda, 12.400 millo­
nes. C ip ilación , 4 10 francos.
7. Espada.— H abitante!, 17 y medio m illon es. Deuda,
6.200 millonea. Capitación, 353 francos.
8. Portu gal.— H abitantes, 5 millones. Deuda, 3.400 millo­
nes. Capitación, 694 francos.
9. Turquía.— H abitantes, 8 millones. Deuda, 1.500 m illo­
nes. Capitación, 324 francos.
10. H olanda.— Habitantes, 4 y medio millones. Deuda,
a, 400 m illonea. Capitación, 5 16 (raucos.
I I . B élgica.— H abitan lea, 6 millones. Deuda, s.30 0 m illo­
nes. Capitación, 3 77 bancos.
12 . Rum ania.— H abitantes, j m alones. Deuda, 1.000 mi­
llones, Capitación, S04 franco*.
En efecto; el presupuesto de los ejércitos, en tiempo
de paz, de las cinco grandes potencias de primer orden^
arroja una suma de unos cuatro m il millones di peseta,
comprendiendo en tila la parte concerniente á la ma­
rina.
A dem is, deben aBadirse los numerosos créditos
extrordinarios que los Parlamentos votan con frecuen­
cia para armas, fortificaciones y otras defensas.
L os seis presupuestos más crecidos del ramo de
guerra en Europa son los siguientes:
PESETAS

El de Francia......................... de 942 000.000


El de Inglaterra.....................de 762.000.000
El de Rusia............................. de 762.000.000
El de Alemania..................... de 537.000 000
El de Italia............................. de 415 000.000
El de Austria......................... de 407.000.000

' 13 . G red a .— H abitantes, a millonea. Deuda, 750 millones.


Capitación, 338 francos.
14. Suecia.— H abitantes, $ millones. D euda, 358 m illones.
Capitación, 74 francos.
1 5 . Servia.— Habitantes, i millonea. Deuda, 328 millonea.
Capitación, 153 francos.
16 . Dinam arca.— H abitantes, a m illones. Deuda, 259 mi*
Henea. Capitación, 119 franco».
1 7 . Bulgaria,— Habitantes, 3 millones. Deuda, 330 millo-
n a . Capitación, 7 4 fi ancos.
18 . Noruega.— H abitantes, 2 m illones. Deuda, 161 millo*
nea. Capitación, 81 francos.
19 . Finlandia,— Habitantes, 2 y medio millones. Deuda,
77 m illones. Capitación, 32 francos.
ao. Suiza,— H abitantes, 8 millones. Deuda, 53 m illones.
Capitación, 18 francos.
a i . Luxeinburgo,— H abitantes, 200.000. Deuda, 16 m illo­
nes. Capitación, 7 6 francos.
22. M ontenegro.— H abitantes, 200.000. Deuda, 16 millo»
n a . Capitación, 7 6 francos.
T o ta l: Habitantes de Europa, 360 m illones. Deuda, 126.000
millones. Térm ino medio correspondiente á cada habitante,
350 frraeor.
(SfgU Fu/uro— 15 A b ril de 1893, ndm. $.456).
A estas cifras hay que a gregar los millones que se
emplean en Alemania para los dos uuevos cuerpos de
ejército que vo tó el Reichstag alemán por ley de 27
de Enero de 1890, y las 74 nuevas baterías de artillería
para igualar los cuerpos del ejército del imperio, y el
aumento del ejército que se votó en el Parlamento a le­
mán en Julio ue 18 9}.
A hora bien; asusta y cansa horror el número de
veintiún millones de soldados qne en tiempo de guerra
iuede presentar Europa; pero téngase en cuenta que
Íos obreros se han contado también, y solamente en
Europa son veintitrés millones; es verdad que no todos
están afiliados al socialismo internacional; pero lo es­
tarán, no hay que dudarlo, si los gobiernos no ayudan
á la Iglesia en la restauración social. Adem ás, téngase
presente que la propaganda socialista se está realizan­
do entre los soldados, y eso eD todas las naciones de
Europa. No hace mucho que el compañero Pablo Igle­
sias repetía poco antes del 1.® de Mayo del ano 189;:
cA hora es preciso que dirijamos nuestra propaganda
al ejército; que hagam os entender á los soldados que
sus am igos, que sus hermanos, que sus padres, que sus
madres están entre nosotros*. L le g ó el primer dia de
M ayo, y los telegram as recibidos Je Francia co rro b o ­
raron que la propaganda se hacia en todas partes. En
efecto; un soldado llam ado Lebón, que nació en el
pueblo de Fourmies, se hallaba en filas, com o los demás,
cuando se dió la v o z de |faego! Lebón apuntó sobre
la multitud y se detuvo. Entre las mujeres había visto
i su madre, que le gritaba: «¡No tires, no tires, hijo!»
El soldado la oyó, arrojó iracundo el fusil y se cruzó de
brazos. Pero el resto de los soldados hizo fuego y la
colisión fué espantosa.
Esto no es más que un hecho, es verdad; pero un
hecho que indudablemente se repetirá, cuando en las
filas del ejército haya quien tenga, no una madre ó her­
mana com o el soldado Lebón, sino compañeros de ideas
socialistas á centenares entre las filas acl pueblo: es un
hecho que nos obliga á tener por cierto en primer
lugar, que la fuerza bruta, los ejércitos y las bayonetas*
oo resuelven ni resolverán jamás la cuestión social,
porque no tienen el poder de convertir á la sociedad,
ni de hacer que los socialistas depongan sus odios satá­
nicos contra ella: las bayonetas, si no van acompaña­
das con la predicación evangélica y con el bálsamo de
la caridad evangélica, no son para acabar con las ideas
socialistas. Podrán los ejércitos, la policía y las leyes
represivas perseguir la propaganda del socialism o;
podrán, como al vapor, encerrarle en estrechos limites,
doblar y triplicar la resistencia, pero llegará uu m o­
m ento en que, como el vapor aprisionado en una c a l­
dera, romperá los diques y las resistencias, causando
ruinas y victimas sin cuento. Porque téngase en cu e n ­
ta que en España la distinción entre socialista y anar-
uista es puramente nominal; en la lucha no hay y a
3istinción; todos son anarquistas, y éstos ya sabemos
que pretenden con la dinamita y los medios de des­
trucción que la química ha descubierto, convertir en
ruinas nuestras catedrales, iglesias y monumentos.
¡Quién sabe si dentro de medio siglo vendrán los cris­
tianos de la América y del Africa á visitar las ruinas
monumentales de lo que fu i en otro tiempo la católica
España! No: es preciso repetirlo, la cuestión social no se
resuelve con cañones y bayonetas; podrá, quizás, el
César decir: «yo tengo el hierro, arrójense los r e v o lto ­
sos á la calleo; pero el socialismo responderá: «yo so y
la hierba, y tengo el tiempo»; y en Alemania el hierro
y las leyes represivas han enviado al Parlam ento
35 diputados socialistas. L a solación verdadera la in -
dican los telegram as que todos los periódicos de
España publicaron acerca de la colisión entre la tropa
y los obreros en Foormies.
«París 4 ( j ’ io tarde). Al sonar en la plaza de la
Iglesia las descargas, las puertas del templo fueron
bruscamente abiertas, y por ellas salieron el párroco
cerdotes más que se precipitaron al centro de

¡Altol ¡Por caridad, a lto !— em pezaron á gritar los


^sacerdotes, abriendo lo s brajpp para proteger á la
‘ muchedumbre indefensa.
Hubo un momento de vacilación en la tropa al
ver el enérgico y heroico acto de los sacerdotes. A l
fin bajaron los fusiles y cesó el fuego.
La gente aprovechó el m em ento y h u yó en todas
direcciones.
La plaza quedó sola con los soldados y los sacer­
dotes. A quéllos esperaron en so lugar descanso, y los
sacerdotes empezaron á recoger y curar com o pudie­
ron los heridos, dando la absolución á los moribundos
sobre el terreno».
En segundo logar, creemos oportuno recordar en
el caso presente, que i los ojos del cristiano que m e­
dita en las enseñanzas de la historia y se fija en los
textos bíblicos, los ejércitos permanentes de las nacio­
nes de Eurcpa deben aparecer como son en realidad,
un justo castigo del cielo. En el libro de la Sabiduría
se lee que el castigo del pecado sigue siempre á ¡a pre­
varicación de ¡os malvados ( i ) . Y en otro lugar: Por
las cesas en que ww peca, por las mismas es también
castigado (2). Por lo taoto, Dios mismo nos asegura
que no h a y crimen sin castig o, y que el castigo se
baila siempre oculto en el fondo del crimen que le
hace necesario. Las sagradas letras enscSan también
al cristiano, que las iniquidades de los hombres se
resumen en tres puntos; que el amor de si mismo lle ­
vado al extrem o, hasta la rebelión contra Dios, se
manifiesta por el amor de nuestra carne, de nuestra
voluntad y de las cosas de la tierra: es decir, por la
voluptuosidad, la soberbia y la avaricia (3 ). Y en los
pueblos, lo mismo que en los individuos (4 ), se ob­
serva que cada vez que la triple concupiscencia se
agita con más fuerza en el corazón de los bombres,

(1) Sap. XIV. 31. Prccantmm poena perambulat temper


¡njuitorum praevaricationem.
(a ) Sap. X I. 17. I’er quae peccat quis, per haec et tor-
quetur.
( 3) *• J o » " " - II| 16.
(4) La Pobreta, ob. cit., pág. 53.
cada vez que el mal aumenta, la expiación se desen­
vu elve proporcionalmente. Si; cada vez que la avari­
cia, que la sed de bienes terrestres crece y toma p ro ­
porciones extrem as, la pobreza crece, se convierte eo
miseria, y tom ando i su vez proporciones terribles,
se convierte com o h o y en nna llaga social, que se
llam a pauperismo. Cuando la soberbia y el espíritu de
independencia hierven com o nn mar embravecido,
cuando en el seno de la sociedad actual fermenta el
socialism o y el anarquismo, entonces la obediencia,
más necesaria que nunca, toma una forma abyecta, y
se llama con nn nombre pagano: ¡esclavitud! Y cuan­
do el deseo de go ce s físicos, cuando la lujuria, que
acompaña siempre i la soberbia, se desborda, la pena
y expiación se desbordan tambión, y se llama con un
nombre terrible: ¡guerra!
El signo más visible de la soberbia, su carácter
más permanente, mejor dicho, sn esencia, es la irreli­
gión. Pues bien; el fruto de la soberbia, la recompensa
inevitable de nn pueblo irreligioso, es la esclavitud.
Q uiero corroborar estas reflexiones con nna cita del
gran repúblico español Donoso Cortés ( 1 ) , en donde
prueba que en un pueblo aumenta el despotismo y la
esclavitud á medida que el espíritu católico disminuye.
«Señores, os ruego me presteis atención; v o y á
poneros en presencia del paralelismo más m aravilloso
que ofrece la historia. V osotros habéis visto qne en el
mundo antiguo, cuando la represión religiosa no p o ­
día bajar mas, porque no existía ninguna, la represión
iolitica subió hasta no poder más, porque subió hasta
f a tiranía. Pues bien; con Jesucristo, donde nace la
represión religiosa, desaparece completamente la re ­
presión política. Es esto tan cierto, que habiendo fun­
dado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fué
................ ’ 1 1 existido sin gobierno.
había más gobierno
que el amor del maestro ¿ los discípulos, y el amor
ae los discipulos al maestro. F.s decir, que cuando la

(1) Obra* de O. J. Donoso Conés, tono III, píg. 367.


represión interior era co m p le ta , la libertad era a b so ­
lu ta...
L lega, señores, el siglo xvi. En este siglo, con la
gran reforma luterana, con ese gran escándalo político
y social, tanto com o religioso; con ese acto de em an­
cipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden
las siguientes instituciones. Ea primer lugar, en el ins­
tante las monarquías de feudales se hacen absolutas.
V osotros, creeréis, señores, que más que absoluta no
puede ser una monarquía: un gobierno, ¿qué puede
ser más que absoluto? Pero era necesario, señores,
que el term óm etro de la represión política subiera
más, porque el term óm etro religioso seguía bajando,
y con efecto, subió más. ¿Y que nueva institución se
creó? ¿La de los ejércitos permanentes? ¿Y sabéis, s e ­
ñores, lo que son los ejércitos permanentes? Para s a ­
berlo, basta saber lo que es un soldado: un soldado
es un esclavo con uniforme. A si, pues, veis que en el
momento que la represión religiosa baja, la represión
política suoe al absolutism o, y pasa más allá. No
bastaba á los gobiernos ser absolutos; pidieron y o b ­
tuvieron el privilegio de ser absolutos y tener on mi­
llón de brazos.
A pesar de esto, señores, era necesario que el ter­
m óm etro político subiera más, porque el term óm etro
religioso seguía bajando, y subió más. ¿Qué nueva
institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos
dijeron: tenemos un millón de brazos, y no nos bastan;
necesitamos más; necesitamos un millón de ojos, y
tuvieron la policía; y con la policía un millón de ojos.
A. pesar de esto, señores, todavía el term óm etro p o lí­
tico y la represión política debían subir; porque á
pesar de todo, el term óm etro religioso seguía bajando,
y subieron.
A los gobiernos, señores, no les bastó tener un
millón de brazos; no les bastó tener un millón de ojos;
quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con
la centralización administrativa, por la cual vienen á
parar al gobierno todas los redam aciones y todas las
quejas... Los gobiernos dijeron: no me bastan, p a n
reprimir, nn millón de brazos; do me bastan, para re •
primir, un millón de ojos; no m e bastan, para reprimir,
un millón de oídos; necesitamos más: necesitam os te­
ner el privilegio de hallarnos 4 un mismo tiempo en
todas partes. Y lo tuvieron, y se inventó el telégrafo.
Señores: tal era el estado de la Europa y del mun­
do cuando el primer estallido de la última revolución
vino á anunciarnos á todos qae aun no había bastante
despotismo en el m ando, porque el term óm etro re li­
gioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores,
una de dos: ó la reacción religiosa viene ó no; si hay
reacción religiosa, ya yeréis, señores, com o subiendo
el termómetro religioso, com ienza á bajar natural,
espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos,
ni de los gobiernos, ni de los hombres, et term óm etro
político, hasta señalar el dia templado de la libertad
de los pueblos. I’ero si por el contrario, señores, el
termómetro religioso continúa bajando, no sé adónde
hemos de ir á parar. Y o , señores, no lo sé, y tiem blo
cuando lo pienso. Contem plad las analogías que he
propuesto ante vuestros ojos; y si cuando ía represión
religiosa estaba en su apogeo no era necesario g o ­
bierna alguno, cnando la represión religiosa no exista,
no habrá bastante con ningún género de gobierno:
todos los despotismos serán pocos».
¿Será necesario corroborar con algún hecho histó­
rico lo expuesto por el elocuente Donoso Cortés? Si lo
transcrito lo pronunció en 1648, y entonces en F ran ­
cia, y principalmente en España, hib'11 represión reli­
giosa, ¿qué diría hoy de España, en la que la represión
religiosa ha desaparecido, y todo librepensador se cree
con el derecho de insultar en los periódicos á Jesu­
cristo y á su Iglesia? Nu hay duda que, siguiendo como
sigue España, nos va k suceder lo que á la nación fran­
cesa. En ella la soberbia se exaltó de tal manera, que,
aproximándose á los altares, arrojó de ellos á la Razón
de Dios encarnada en Jesucristo, y tomando la razón
del hombre encarnada y embrutecida en una prosti­
tuta, la colocó en el trono mismo que Dios se había
escogido entre nosotros, y prosternándose delante de
ella, la adoró. Este fu¿ el acto de soberbia más innoble
y salvaje qae se ha visto en la tierra, pero al mismo
tiempo la proclamación de la suprema esclavitud. Por­
que tres ó cuatro hombres insensatos, astutos, ebrios
y viles, tomaron al pueblo francés entre sus manos y lo
manejaron í so antojo, y no bailaron en ¿1 m is resis*
tencia cuando violaron su conciencia que cuando v io ­
laron su propiedad, cuando le mandaron subir al patí­
bulo que cuando le enviaron á combatir. T riste destino
de Francia: ¡la nación que no quiso obedecer á Dios,
obedeció si» resistencia á Catrica, á Couthón, á R o bes-
pi¿rre y á la guillotina!
Existe Intima relación entre la soberbia y la lujuria,
y com o antes hemos dicho, los crímenes ae la carne
se expían con efusión de sangre. No hay nada en la
historia, tanto religiosa com o profana, tan claramente
demostrado como este hecho terrible. En Roma, bajo
las arcadas del anfiteatro, la cortesana tenia tienda de
corrupción; en el interior, diez mil pares de gladiado­
res (fiestas de T rajano) se preparaban á matarse para
recrear al pueblo romano; y ¡aun había cristianos de
reserva para completar el festín! Este es el resumen
sim bólico de la historia entera: tanto la profana com o
la de los pueblos cristianos, atestigua que por las mu­
jeres se declararon terribles guerras. L a sangre corre
para expiar las libertades y la glorificación de la car­
ne. Es esto tan cierto, que se podría hacer entre la
lujuria y la guerra un paralelo análogo al qne Donoso
C ortés ha hecho entre la soberbia y la esclavitud.
Baste recordar la reforma religiosa del siglo xvr. fué
una comedia que terminaba siempre por el casamiento
de los que habían hecho juramento de guardar el ce­
libato. La sangre corrió i torrentes asi en Alemania
com o en Francia, y sobre todo eu Inglaterra. O tro
periodo muy sangriento fué la guerra de los cien años
entre Francia c Inglaterra que siguió al gran cisma de
O ccidente, ¿poca de libertades carnales. Necesitamos
subir hasta las cruzadas contra loa Albigenses, para
encontrar entre los cristianos una época verdadera­
mente sangrienta. Ahora bien; ¿qué eran los A lbigen -
ses sino los socialistas y los falansterianos de aquella
¿poca? ¿Será necesario recordar también las causas que
introdujeron á los musulmanes en Europa? ¿Por qué
los godos quedaron deshechos ante las huestes musul­
manas en el río Guadalete?
Dios Nuestro Señor deja á los pueblos por mucho
tiempo entregarse á los vicios más vergonzosos; pero
cuando llega Ta hora de la justicia, la sangre corre sin
medida.
En el siglo xvm la corrupción de costumbres al­
canzó gran desarrollo. T.a F.uropa se hallaba en paz y
tranquilidad; parecía dormir mientras se revolcaba eo
el cieno de la disolución y de la orgia. Pero al dar la
hora de la justicia de Dios, y al despertar los hombres
afeminados y corrompidos, la revolución, salida del
averno, aparece con sus carnicerías, sus cadalsos, sus
guerras, guerras que continuó el imperio. La sangre
corre durante veinte años seguidos como un tío, y
Francia, que fué el escándalo del mundo, llegando i
ser en las manos de Dios el azote de las naciones, es
más castigada que todas ellas. Desde 1791 hasta 1815
perdió en los campos de batalla cerca de seis millones
de valientes y robustos hijos. En lo que va de siglo,
como la corrupción en las costumbres aumenta, y hoy
los pecados mas infames se glorifican, ni se considera
como deshonra la fornicación ni el adulterio, y se ad­
miten hasta en la buena sociedad las meretrices, si no
las públicas, las privadas; hoy que la lascivia y la luju­
ria nan invadido y contaminado hasta las almas más
tiernas, y el militarismo y los ejércitos son ua foco
inmenso de corrupción, no sólo para los soldados
sino también para las poblaciones enteras donde viven,
y donde acabado el servicio habitan, ;qué hemos, por
desgracia, de esperar? Guerras, y guerras sangrientas,
no sólo de clases á clases, sino de naciones contra na­
ciones. Por esto todas se arman, y la guerra al fin y al
cabo no se podrá evitar (1 ).

(1) Rccomesdatnoi á nueitros lectores la lectura del capi­


tulo XII de la obre de Claudio Jaonel «Le tocia!¡ame d'éiat et
ARTÍCULO IV
LOS ECONOMISTAS DE LA ESCDELA LIBERAL NO RESUELVEN
EL CONFLICTO SOCIAL

Oigamos á los economistas en la resolución del


conflicto y problema social que tan gráficamente nos
describe el Papa León XIII en aquellas gravísimas pa­
labras que hemos comentado en el articulo III del capl-
' tulo III, á saber: ique los contratos de las obras y el
comercio de todas u s cosas está casi todo en manos
de pocos; de tal suerte, que unos cuantos opulentos
hombres y riquísimos han puesto sobre los hombros
de la multitud innumerable de proletarios nn yugo que

la refoim e sociale >. En el párrafo III expone las Hagas socia­


les actuales desconocidas de nuestros antepasados.
1 / L a constituye el alcoholism o, y nuestro siglo será
denominado por los venideros, siglo del alcohol: ;an enorme
es su consumo y lan horribles consecuencias produce.
Francia es uno de los países del mundo que consume más
alcohol. Un solo dalo lo prueba: el Estado ha percibido el ano
anterior unos 300 m illones de Trancos, y ai los provectos pues­
tos sobre el tápele se aprueban, esta suma llegará á 500 millo­
nes. Y mientras los guariainus del alcohol son tan altos, los de
la población tescienden en cambio; el alio último hubo 20.000
defunciones más que nacimientos. Buena parte tiene en e l que­
branto e l alcohol. Asi, en l8 8 j bebieron 1.400.000 hectolitros
de alcohol y en 189a llegaron & x >73Sa3^9i l ' n contar lo que
pasa sin fiscalización.
A n ies había 390.000 tabernas: h ay hay 450.000, es decir,
una por cada 20 electores. Turnando á Francia comu tipo, se
ve que comprende á cada habitante 4*56 liirns, mientras que en
Inglaterra sólo tiene a ’ 70, tas Estados-Unidos 2*82, Rusia 3*07,
los Países Bajos 4'4 9 y Alem ania 4*40; únicamente Bélgica
supera á Francia, pues le corresponde una proporción de 4*91.
E l reparto geográfico es alarmante; en el Sur de Francia
se consume poco alcohol (an1litro), pero en e l N orte el abuso
es enorme: 7 á 8 en París, 9 en la Somme y Eure j más de 13
tn el Sena inferior. En EspaBa, con ten erla mitad de la pobla-
difiere poco del de los esclavos». La dificultad del pro­
blema consiste, por lo tanto, en destruir ó disminuir en
cnanto sea posible, dentro de los limites de la justicia,
la enorme desigualdad, que separa á los hombres en
dos dase.': una pequeña, pero compuesta de riquísimos
y opulentos hombres, y otra que la constituyen la in­
mensa multitud, cuya condición difiere poco de la del
esclavo, y conciliar la libertad moderada del trabajo
con una producción regalar y proporcionada á las nece­
sidades del hombre.
En primer lugar, ¿existe para la escuela económica
liberal el conflicto, el problema social? De ningún
modo, porque para los economistas liberales es irra­
cional pretender una mejor distribución del trabajo en
la sociedad, y por lo tanto, una más equitativa distri­
bución dé las riquezas entre los hombres. Las rique­

ción que F n n c ia , cuenta con 342.694 tabernas. ¡Cuidado ii


saldrán alam brados de eses J o c o i d e lú a al cabo del año loa
m ie s y miles de obieros que l u frecuentan!
2 .a La confusión y torre de Babel que se produce en e l cere­
bro del pobre estudiante, la multiplicidad de asignaturas i mter-
minnbles programas que se exigen tonto en los Institutos romo
en las Universidades, y lo que es aún peor, e l hallarse sin
colocación alguna, despu ít de obtenidos los títulos, m ilei de
maestros, abogados, médicos é ingenieros, es una Haga 7 no
pequeña de la actual sociedad. E llo n o es propio de Espalla,
sino de todas las naciones de Europa. En B ílgica, en el con­
curso de 1890, para 100 empleados de correos se presenta­
ron 801 candidatos, y entre ellos varios ingenieros, doctores e t
derecho y normalistas. E n 1889, en Italia, p a n 60 plazas de
correos se presentaron 1 1.000 candidatos, y entre e llo i más de
a o o con títulos académicos.
3.* L a tercera llaga la denomina con un nombre que oculta
toda la podredumbre que encierra: «Lepra nuera», esto e l, las
horrible* consecuencias del pecado de la carne, que hoy todo lo
invada y qua a* « tir a d a hasta por las ca sa l d« campo, á cauaa
de lo s reservistas. L ía s e e l informe de la Academ ia de Medi­
cin a de Partí.
4.* L a Ultima lla ga la constituyen los enormes gastos que
importan lo s ejércitos perm auenles 7 las inmensas deudaa
públicas, de las que a o i hem os o c ip td o en o t n parte.
zas no se distribuyen, afirman, sino que ellas mismas
se reparten entre los hombres, en virtud de las leyes
naturales qne el hombre do ha inventado ( i ) . En
nuestras sociedades modernas cada uno es hijo de sus
obras, esto es, cada uno se halla remunerado según
los servicios prestados, y esto, por el simple mecanis­
mo de las leyes naturales, es decir, por el solo juego
del autom atism o de las leves económ icas. De aqui,
que la escuela económ ica liberal considere al oruen
económ ico actual com o el mejor, el m &9 excelente ¿
inmejorable.
Se dice que el orden económico actual, dimanado
de la libertad ilimitada del trabajo y de la libre com­
petencia, es natural, y la 'distribución actual de las'
riquezas, resultado de leyes fatales que no están al
alcance del hombre el cambiarlas ó modificarlas. Sin
embarg.0, se podrá recordar que hace setenta años, y
menos aun, que inmensas riquezas se hallaban en otras
manos más bienhechoras, que son, por lo general, los
actuales poseedores; me refiero á los bienes de las
órdenes religiosas, de las iglesias y bienes comunales
de los pueblos, los coales, por medio de leyes opresivas
¿ injustas, fueron casi regalados, con el fin de hacer
partidarios del derecho moderno, ó sea de la Revolu­
ción francesa: recuérdense los escandalosos mono­
polios, especulaciones y agiotajes realizados bajo la
protección del hissei foire, Imssii passer del orden
económico actual, y se verá si la distribución de las
riquezas hoy obedece á la justicia ó no; se funda, es
verdad, la actual distribución en la ley de la oferta y
de la demanda, ley natural, pero por lo mismo indi­
ferente á toda moralidad ó inmoralidad, y por lo
tanto, indiferente absolutamente á la justicia. Esta
es precisamente la causa de que existe una cues­
tión social, porque los hombres uo se conforman ea

( i ) E s un hecho digno de notarse, que loa economistas


elfcncot como T n ig o t, Adam Smith, J. B. S ay , Ricardo, ele.,
ni han discutido, ni menos propuesto, ea sus obras e l fr e b lm a
tocial.
aceptar un orden económico independiente de la justi­
cia y se obstinan en conformarlo al m is estricto de­
recho y H a verdad.
El conflicto social actual dimana de que las rela­
ciones entre las clases sociales no están equilibradas,
y de aquí resulta, que en la distribución de las ganan­
cias existe gran contraste entre las riquezas acumula­
das en pocas manos y el trabajo casi sin provecho en
la inmensa muchedumbre.
«No es conforme al orden natural de las cosas,
escribe Ch. Perin ( i) , que gran parte del cuerpo social
se halle en la mayor miseria, como vemos frecuente­
mente en las clases obreras. La Providencia Divina ha
dispuesto las cosas de tal modo, que en el orden regu­
lar de las sociedades cristianas, cada uno puede tener
lo necesario según sn estado ó condición.
Las rebeldías del hombre contra la justicia, la cari­
dad, la moderación y el uso de los bienes temporales,
como prescribe el Evangelio; las prevaricaciones públi­
cas y privadas, son las que torbin la disposición pro­
videncial de las cosas®... «Pues bien; la justicia legal
ó social no es más qae la conformidad de la sociedad
á este orden providencial, base de la paz social, según
el orden providencial de las cosas; siempre existirá
desigualdad social, y sin ella la sociedad ni podría exis­
tir ni siquiera concebirse». El error de los socialistas
está precisamente en tomar por base de las leyes so­
ciales el principio falso de la igualdad absoluta. Pero
de la necesidad de que naturalmente haya desigualda­
des sociales, no se acduce que unos estén condenados
á no tener más que lo necesario perpetuamente, mien­
tras que los otros gozan de una opulencia y abundan­
cia excesiva. Todos los hombres tienden naturalmente
á mejorar su posjción social, y la justicia social debe
procurar que lodos puedan alcanzarla. Hablando el
P. Costa-Rossetti d éla prosperidad privada á que pue­
de aspirar todo hombre viviendo en sociedad, escribe:
«Esta prosperidad a) no puede ser lógicamente co­

(i) L’Ecooomie polilique d'epréa l’Encyclique, pig. a6.


mún para todos, de tal manera, que sea una prosperi­
dad material completamente igual para todos los hom­
bres, puesto que siendo, en concreto, desiguales, han
de ser, por lo tanto, desiguales también sus derechos
ingénitos y adquiridos.
a) Ni de tal manera, que todos sean ricos, aunque
en distinta categoría, puesto que la producción ordina­
ria no puede aumentarse en tanto grado.
c) Ni que sea tal, que en pocas manos se acumu­
len grandes riquezas, pues esto no se realiza ordina­
riamente, sin que por otra parte aumente más y más el
número de los poWes y de los desdichados.
d) Si no tal, que la mayor parte de los ciudadanos
logre una prosperidad moderada y diversa, mientras
que la menor parte obtengan riquezas algo más cuan­
tiosas, pero nunca extraordinarias, y la más pequeOa y
última parte de la sociedad permanezca en una pobre­
za relativa, sin estar, empero, expuesta i continuas mi­
serias; guardándose la subordinación debida ¿ Dios, la
moralidad y el orden jurídico rectamente constitui­
do» ( i ) . Esta doctrina la expresa el Romano Pcntiñce
en su inmortal Encíclica cuando escribe: «Verdadera­
mente, el bien social, puesto que debe ser tal, que con
¿I se hagan mejores los hombres, en la virtud es en lo
que principalmente se ha de poner. Sin embargo, á una
bien constituida sociedad toca también suministrar los

( l ) O b. c i t Haec, a) non potest i u esse ómnibus (logice)


commums, ut tit p ro ip c ritu material¡s omnium pronu s nequa-
lis, cum liom ines in con cretosim inaequales, et ideo etiam jura
eorum ingénita et acquisifa ¡mequalia; nec b ) lalis, u l omnes lin t
divites, etsi in gradu diverso, tantopere enim augeri productio
ordinnrie non poten; ne c) ejusmodi, ut pauci ingestes divida»
•ccumulent: id enim fien ordinarie non poteit, quin ex altera
parte numerus paupenim e l miserorutn mugís magisque augen-
tur; sed d) ialis ut major pars civiurn prospcrltatun moticratam
et inaeguaUm minar p a n riivMat paulo oíajores (non vero in­
gentes) oblineat; tertit e t quam mínima paupertalis mitigadle,
in u tu vero miseriae permanenti obnoxia sit, salvit semper,
subordinatione sub D *o, moratilala et ordiaaj jurídico recle
conslituto.
bienes corporales y externos, cuyo uso es necesario
para el ejercido de la virtud ( i ) . Ahora bien; para la
producción de estos bienes no hay nada más eficaz ni
más necesario que el trabajo de los proletarios, ya em ­
pleen ¿stos sn habilidad y sus manos en los campos,
y 4 los empleen en los talleres. Aun más; es en parte
su fuerza y su eficacia tanta, que con grandísima verdad
se puede decir que no de otra cosa, sino de¡ trabajo de
¡os obreros, salen ¡as riquezas de ¡os Estados. Exige, pues,
la equidad, que la autoridad pública tengan cuidado
del proletario, haciendo que le toque algo de lo que
aporta ¿1 á la común utilidad; que con casa en que
morar, vestido con que cubrirse y protección con que
defenderse de quien atente á su bien, pueda con menos
dificultades soportar la vida. De donde se sigue que ba
de tener cuidado de fomentar todas aquellas cosas que
se vea que en algo pueden aprovechar á la clase obre­
ra. El cual cuidado, tan lejos está de perjudicar á na­
die, que antes aprovechará á todos, porque importa
muchísimo al Estado que no sean de todo punto des-
raciados aquellos de quienes previenen esos bieues
f eque el Estado tanto necesita». Nadie como el Papa
León XIII, el padre de los obreros, ha ditdo un testi­
monio de la dignidad y poder del trabajo, «del trabajo
de los obreros salen fas riquezas de los Estados». No
excluye en modo alguno la frase del Sapientísimo Je­
rarca de la Iglesia, los medios que la naturaleza nos
presenta, como la tierra y las primeras materias, por­
que precisamente en ellos se emplea el trabajo del
nombre. El trabajo es el que modifica, transforma y
apropia los medios naturales para que nos puedan ser
útiles y satisfacer nuestras necesidades.
A los testimonios tan claros y manifiestos del Sa­
pientísimo Jerarca déla Iglesia y de los publicistas ca­
tólicos, ¿se podrá responder como hacen algunos ca­
tólicos que la cuestión social es puramente religiosa
y no económica; ¿No es propio de la Iglesia católica
procurar con la predicación de la fe y las buenas cos-

(l) S, Thom. De Reg. Princip. I, c. IJ.


tumbres la restauración del régimen económico cris­
tiano?
Varios economistas de la escuela liberal reconocen
enmn nosotros el conflicto social, pero responden uná -
nimemente: «La cuestión social, el conflicto actual se
resolverá mediante la libertad ilimitada del trabajo,
mediante la libre competencia: en ana palabra, el estado
actual sin trabas de ninguna clase*; |he aquí el ideal de
los economistas! Reconocen, es verdad, que el régimen
actual no produce siempre buenos resultados, pero lo
atribuyen á que en muchas partes se ponen trabas y
obstáculos al libre cambio, á la más libérrima compe­
tencia; por ejemplo, al sistema proteccionista, que en
muchas naciones se opone i la libertad del comercio
internacional, al monopolio del Estado, á los bancos
privilegiados, etc., etc.
En otro lugar ya hemos expuesto los efectos de­
sastrosos producidos por la libre competencia, y es ne­
cesario estar ciegos, por las ventajas qae produce dentro
de ciertos limites, para no ver los inconvenientes y
efectos producidos, é imaginarse que dando mayor
desarrollo y quitando toda traba á la libertad del tra­
bajo, los males todos desaparecerían. No ven que exis­
tiendo el libre cambio internacional, la libre competen­
cia se realizaría en mayor escala, y los efectos y peligros
de la lucha se aumentarían por el gran concurso de
fuerzas y capitales. Además, si los monopolios del Es­
tado desaparecieran, es verdad que el tabaco, la sal,
los fisforos, etc., los compraríamos más baratos, ¿pero
las fatales consecuencias del libre cambio, de la libre
competencia que arriba hemos expuesto, por ventura
desaparecerían? En cuanto á los bancos privilegiados, en
cierto modo casi han desaparecido en América y en
Inglaterra, y sin embargo, allí aun es más desastrosa la
libre competencia que en F.nropa.
Ya hemos indicado en otro lugar, que el error fun­
damental de los economistas de la escuela liberal con­
siste en afirmar «que el orden debe nacer de la gravita-
ción natural de las fuerzas sociales». «Dejad la acción
individual con independencia absoluta en todo lo reía-
tivo & la producción y distribución de la* riquezas, por-
qae la armonía resaltar! del juego combinado de todas
las fuerzas naturales» ( i ) . Este error dimana de que se
confunden deplorablemente los fenómenos y leyes del
mundo físico con los fenómenos y leyes del mundo
moral, como hemos demostrado en otro lugar al ma­
nifestar la natnraleza y efectos de la libre competencia.
Existe además otra diferencia entre las faerzas mecí*
nicas, tísico-químicas y la del hombre. Aquéllas obran
Individualmente, sin conocerse i si mismas ni conocer &
las demis; una suprema inteligencia fnera de la esfera
de las mismas, es la que las dirige, establece la armo*
nia entre diversas acciones y las nace concurrir i un fin
común. El hombre, por el contrario, sér inteligente y
libre, debe dirigirse i si mismo y debe hacerlo en socie­
dad, para la que ha nacido. En todas sus cosas nece­
sita del coocurso de sus semejantes, y es indispensable
que los hombres en la sociedad se entiendan, se con­
cierten y obren en común. Esta ley social, cuya verdad
la demuestra el sentido común y la experiencia univer­
sal en todos los órdenes de las relaciones humanas,
¿será falsa en economía política? ¿Será posible que los
nombres en el orden del trabajo obren sin entenderse,
persigan un objeto común sin previo concierto, y hagan
una obra social obrando individualmente? Si la econo­
mía política diese tales resultados, entonces darla m is
de lo que promete, dispensaría de las reglas de la ló-

Írica y del buen sentido. Reconocen los economistas


as ventajas de la acción común en las asociaciones

Í(articulares; pues ¿por qué no reconocen la utilidad en


a sociedad, que no es más que la gran Asociación de
los intereses de todos? En una palabra: para que la gra­
vitación de laa fuerzas naturales produjese el orden en
la economía política, era necesario primero que el
hombre careciere de libertad, y en segundo lugar, ó que
no fuere sociable ó que la previsión y la acción común
no fuesen la condicióu sitie qua non de la vida social.

( i) Basliat. «Harmónica ¿eonom iquea, e tc .» .- D unoyer.


«De la lib ertí du trava l», 3 vol.
Pero ¿qué remedios indican los economistas contra los
males actuales? Dos: el ahorro individual y la división
de la propiedad. ¡El ahorrol ¡Como si no fuese el afán
constante del pobre trabajador el ahorrar, pero que ac
ve casi siempre en la imposibilidad de realizarlo) l.a di­
visión y el fraccionamiento de la propiedad. ¡Como si
esta división no se hallase ya realizada en muchas par- .
tes y no se hubiese demostrado su ineficacia hasta la
evidencia! El ahorro es materialmente imposible á la
inmensa mayoría de los trabajadores, porque el salario
no basta para la sustentación del obrero y de su familia,
y no podrá ahorrar el que no gana lo suficiente para
comer. La prueba es fácil. El mecánico francés Víctor
Delahaye demostró en la Conferencia de Berilo, que
según los datos oficiales de estadística de Inglaterra las
Asociaciones Cooperativas, las Cajas de Ahorro y los
Trades-Unioassólo alcanzan una economía representada
por 3.000, mientras qae las Cajas de Ahorro del Estado
tienen una eiistencia representada por 300.000: resul­
tado enorme que indica claramente que el ahorro de las
clases trabajadoras va poco á poco pasando i las cla­
ses acomodadas; ea tal manera, que mientras la for­
tuna de ¿stas ha venido aumentaado en grandes pro­
porciones, por el contrario, aparece de la estadística
que sólo en el periodo del año 1845 al 1850 el ahorro
personal de caaa obrero bajó el 41 y jo por 100.
En Francia, cuyas estadísticas de las Cajas de A h o ­
rros se publican con regularidad, vemos también con­
firmados los mismos hechos.
Según el estado oficial publicado en Francia en
1890 ( 1 ) , el número de imponentes é imposiciones en
31 de Diciembre de 1887 es como sigue:

iBpoacatM In fo ilc lo M f M il

Cajas d« Ahorros privados. 5.207.351 2.364.454.094 454


Cajas p o s u le s ..................... 979.597 223. 519.666 229
6136.951 2 587.973.760 7 Ü T

(1 ) L ’ Annuaire de l’ Econom ie p o litiqie, 1890.


Espanta ¿primera vista la enorme sama de cerca de
tres mil millones de imposiciones; pero si se tiene pre­
sente que el número de imponentes es de seis millones
y medio, se veri que por término medio no tocan ¿
cada ano sino 450 pesetas: ahorro, como se ve, de
poca importancia; pero no es esto lo principal, no, sino
que considerando la cantidad de las imposiciones, se
ve que las libretas de los pobres producen un ahorro
ilasorio. En efecto, las cajas privadas nos dan el es­
tado siguiente:
Km *
LlbrHM «■■un lafU M U ■«lio

De 20 fr. y menos. 1.554.182 14.145 320 9*10


De 21 fr. á 10 0.. 1) 10.103 47. 273.763 51'60
De 101 fr. & a c ó .. 461.876 G6 867 665 144’77
D e 201 fr. á 500.. 686.851 228.577.408 333’79
D e 501 fr. ¿ 1.000 . 610.250 497.431 041 74b ’8 L
D e 1.001 fr. á 1.0 0 0 .. 663.824 919.462.991 1.385’10
D e más de 3.000, j>ero
sujelo á reducción.. 311.133 638 906.796 2.053*48
D e más de 2.000, pero
sin reducción. S 075 11 780.616 3.83 f 02
5 207.351 2.364.454.094 454*05
Por estos datos se puede deducir la pequeña parte
de ahorro que le toca al pobre obrero, porque adjudi­
cándole 3 619.072 libretas menos de 500 pesetas, re­
solta que d término medio será 98 pesetas 60 céntimos,
ahorro, como se ve, mezquino ¿ ilusorio. Sin embargo,
no cesaremos de inculcar 4 los obreros de los Círculos
Católicos la necesidad que tienen de ahorrar, aun cuan­
do sólo sea 10 céntimos cada semana, imponiéndose
en la Caja de Ahorros, cuando las pequeñas imposicio­
nes lleguen á una peseta, porque sólo así podrán
reunir i los 20 años la suficiente para dotar á sn hija
ó librar de la quinta alguno de sus hijos: con igual nn
establecemos la Caja de Ahorros en los Patronatos de
la Juventud Obrera, para que con el acicate del ahorro
pnedan los padres educar mejor y conseguir más dili­
gencia y aplicación en sns hijos; pero debemos confe­
sar la verdad, esto es, que el pobre obrero se ve con
frecuencia obligado á recoger las imposiciones para
satisfacerla necesidad. Con la Caja de Ahorros se con­
seguirá indirectamente la previsión y Moralidad del
pobre obrero; pero resolver el conflicto social, dismi­
nuir en algo la enorme desigualdad social, no se con­
seguirá. ¿En qae emplean los socialistas alemanes y
franceses los ahorros? En preparar las elecciones y
en ayudarse en las huelgas y motines. Como con­
secuencia del ahorro, por parte del trabajador, se
admite la división de la propiedad de un modo casi
igual entre todos los obreros, viniendo éstos á ser
propietarios. Ya hemos dicho en otro lagar que esto
es ilusorio, y que, en el orden actnal económico, con­
duce necesariamente á la concentración de la propiedad
en pocas manos. La razón es obvia; los propietarios
de menos de cinco hectáreas se vea obligados, tanto
en España como ea Francia, á malvender sus peque­
ñas propiedades, por lo oneroso de los impuestos, si no
se apodera de ellas el fisco, pasando otra vez al triste
estado de jornalero.
Algunos economistas desearían introducir en Euro­
pa una institución qae existe en los Estados Unidos,
denominada Homistead. Consiste esta institución en la
facultad que tiene todo propietario de asegurar una
parte de su propiedad territorial de todo acreedor y
de toda expropiación y que le dé lo suficiente para sa
subsistencia.
Esto se verifica mediante la inscripción de la finca
ó pequeña propiedad en un registro especial, seme­
jante al registro de hipotecas, que defiende al propie­
tario contra toda acción de los acreedores. Esta ins­
titución es útilísima para el propietario no rico, porque
impide que caigan en manos de los usureros sus pe-
ueñas fincas; ¿pero le libraría en España y en Francia
3 e las manos del fisco cuando no pudiese pa^ar la con-
tiibución? Además, esta ¡ustitnción no cambiaria el es­
tado actual económico. Las mismas consideraciones
podemos hacer respecto ¿ la operación que se verifica
en Alemania, denominada Commassation. Consiste esta
operación en reonir en un todo continao diversas par­
celas de terreno pertenecientes á pequeños propieta­
rios, de los cuales cada uno tiene diversas parcelas se­
paradas. Reunidas todas, se adjudican después á cada
propietario el número de hectáreas que antes tenia, pero
todas las parcelas reunidas. Esta operación, que no se
puede llevar á cabo sin el unánime consentimiento de
todos los propietarios ó de las tres cuartas parces, pre­
senta grandes ventajas para la explotación agrícola,
pero no Temos que conduzca gran cosa k la solución
de la cuestión obrera. Otros escritores han presentado
proposiciones más radicales, pero que pugnan con el
derecho establecido y algunos contra la justicia. Asi,
on escritor francés propone limitar el derecho de heren­
cia al tío y al sobrino, v que al Estado se le considere
como coheredero también dentro de ciertos limites.
De este modo todos los años pasarían al Estado gran
número de bienes ralees que podría venderlos í los
trabajadores. Pero prescindiendo de lo que tiene este
proyecto de socialismo del Estado, pregunto: ¿de dónde
na de sacar el obrero el capital para la compra de
las Eneas? ¿Del ahorro? Ya hemos visto que esto es
imposible. Luego esta proposición debe ser desechada
por arbitraria é insuficiente.
M. Fr. Huet ( i ) ha ido aún más lejos. Suprime de
un golpe todas las herencias, reservando solamente
aquellas en las que permite dejar lo que el poseedor
ha adquirido por su trabajo, pero todo lo demás irá á
parar al Estado, que tendrá obligación de distribuirlo
entre todos los jóvenes que hayan llegado á mayor
edad. Temporalmente deja en su proyecto la sucesión
en linea recta. Según sus cálculos, el Estado podrá ad­
judicar á cada juven 1obrero de mayor edad 3.000 pe­
setas p i r a que se dediquen i alguna industria ó al cul­
tivo de alguna pequeña propiedad. No es. necesario
seguir adelante, porque la proposición de M. Fr. Huet
es injusta, socialista y atentatoria contra derechos ad­
quiridos.

(1) L e t¿gne social du Chriitianism e, 1853, n ím . 8.a


El economista Belga M. de Laveleye ( i ) encanta­
do de las ventajas que resaltan en algunos países de la
existencia de grandes propiedades comunales, que pe­
riódicamente se reparten entre todos los habitantes del
Municipio ó pueblo, y que cada familia explota doran­
te nn tiempo determinado (esto se verifica en Rusia
con el nombre de mir y eo la Suiza con el de allmetti),
propone que mediante una fuerte contribución sobre
tas sucesiones ó herencias se vuelvan á reconstituir las
antiguas propiedades comunales, y que, repartidas entre
la* familias ael Municipio ó pueblo las explotasen do­
rante algunos años, se proceda después de ellos á nue­
va división de las tierras comunales Mucho se ha dis­
cutido acerca de las ventajas ¿ inconvenientes de este
procedimiento de la explotación de las tierras, pero
prescindiendo de los mil abasos á que da lugar tanto
en Rusia como en Suiza esa división del teireno comu­
nal, ¿será una verdad que aunque por este medio el
número de pequeños propietarios sea mis numeroso y
su posición m is desahogada, será una verdad, repito,
q o c esta medida logre mejorar en lo más mínimo
la suerte de los braceros y de los numerosos obreros
industriales? De ningún modo: por lo tanto, la medida
propaesta por el economista belga mejorará parcial­
mente la suerte de algunos labradores, pero el arden
económico actual continuará siendo el mismo.
Desde 184B, para muchos economistas de la escuela
liberal uno de los maravillosos medios para la reforma
social en que pensamos fué el cridilo. Convenía á todo
trance desarrollar los establecimientos de crédito en
todas las naciones, porque el billete de Banco es dine­
ro que cuesta poco, y lo que conviene es multiplicar
esta clase de capital, ae modo qne venga & cubrir todas
las necesidades; de este modo será fácil proporcionarles
el capital á todos aquellos que tengan necesidad. Ade­
más, como este capital cuesta poco trabajo al producirlo,
pues al fin y al cabo es un pedazo de papel, será posi­

( 1 ) D e k p ro p a é ti et de aes forme» prinitfres: 3.* edición,


18 9 1, o d a . 8.”
ble prestarlo con un pequeño interés. Bien pronto cono­
cieron los economistas que no era verdad tal afirma­
ción, y extraña sobremanera ver qne Proudhón, que
tan bien conocía el mecanismo económico, cayese en
tamaño error. No; de ningún modo puede ser indefi­
nida la emisión de los billetes de Banco, porque tanto
la acuñación de la moneda como la emisión de bille­
tes, tienen limites naturales dimanados de la natura­
leza de las mismas cosas que no pueden traspasar, y
si se hace, bien pronto el valor de estos instrumentos
de la circulación de las riquezas decae, se lea tiene en
poca estima en comparación de las mercancías y cesan
ae realizar su objeto. Lus limites para la emisión de
los billetes de Banco no pueden determinarse en abso­
luto, porque la emisión deberá ser mayor ó menor,
según las necesidades del mercado y según esté más
ó menos generalizado el uso del crédito; pero en gene­
ral, puede decirse que la emisión de billetes no puede
tener lugar por un valor superior, ni aun siquiera igual,
al del numerario que exista en el mercado de que se
trate, pues los instrumentos de crédito son medios
supletorios y no originarios de cambio, razón por la
cual si bien deben suplir, ea lo posible, la moneda, no
pueden hacerla desaparecer por completo, pues siem­
pre será su empleo necesario para las transacciones
cotidianas, para los saldos que a veces resultan en las
negociaciones que se arreglan en papel y para los
cambios entre diversas plazas comerciales, si son bille­
tes de Bancos particulares. Sin embargo, se pensó fun­
dar el Crédito gratuito y Proudhón murió pensando en
su Banco de cambio yen su Banco del pueblo. Su sueño
consistía en suprimir el capital suprimiendo el metálico,
y organizar la circulación de las riquezas de tal ma­
nera qne nada costase, repartiendo billetes gratuitos...
No queremos continuar exponiendo su Banco del pue­
blo, porque fué un sueño socialista que jamás se plan­
teó. Todos los demás medios que hallamos expuestos
por los discípulos de los ecouoinistas, como por ejem­
plo, la tiacionaliiación de la tierra, 9on sistemas que se
aproximan y entran de lleno en el colectivismo ó socia-
” ' lógica consecuencia de la escuela cco-

ARTICULO V
LA CIENCIA POSITIV A Y EVOLUCIONISTA NO PRESENTA
SOLUCIÓN ALGCNA k LA CUESTIÓN SOCIAL

Escribe el Romano Pontífice:

«No sólo esto, sino que halló el modo de socorrer


«á la multitud de desgraciados, quitándoles el erapa-
«cho del mendigar. Porque como Madre comán de
«ricos y pobres, promoviendo en tocias partes la cari-
«dad hasta un grado sublime, estableció comunidades
• de religiosos ¿ hizo otras muchísimas útiles funda-
«ciones, para que distribuyéndose por ellas los soco-
irros, apenas hubiese género alguno de males que
«careciese de consuelo. Hoy, en verdad, h&llanse rau-
»chos que, como los gentiles de otros tiempos, hacen
«capitulo de acusación contra la Iglesia de esta misma
«excelentísima caridad, y en sn lugar les parece que
«pueden poner la beneficencia establecida y regulada
«por leyes del Estado. Pero la caridad cristiana, de la
«cual es propio darse toda al bien del prójimo, no hay
«ni habri artificio humano que la supla. De sola la
«Iglesia es esta virtud, porque si no se va 4 buscar en
«el Santísimo Corazón de Jesucristo, no se halla en
«parte alguna; y muy lejos de Cristo van los que de
«la Iglesia se apartan*.
«No puede, sin embargo, dudarse, que para conse-
«gnir el fin propuesto se requieren también medios hu-
«manos. Todos, sin excepción alguna, todos aquellos
quienes atañe esta cuestión, es menester que conspi­
r e n al mismo fin y en la medida que les corresponde
«trabajen por alcanzarlo: á semejanza de la Providcn-
scia Divina reguladora del mundo, en el cual vemos
«que los efectos resultan de la concorde operación de
«las causas todas de que dependen».
PÁRRAFO PRIMERO
IDKA FALSA D t LOS EVOLUCIONISTAS ACERCA !>■ LA
CARIDAD

A fin de q u e nuestro estudio, sanqae breve, d o sea


incompleto, debemos examinar los remedios q u e para
resolver la cuestión social presentan los racionalistas,
esto es, los positivistas y evolucionistas, que al fin y
al cabo no son más que materialistas. La ciencia posi­
tiva y evolucionista establece como principio, y en
esto convienen los socialistas, que la caridad cristiana
es enteramente inútil, y aun perjudicial, y dañosa para
la sociedad; porqae lo que ésta necesita es ana orga­
nización científica, y sólo con ella alcanzará la felici­
dad y la dicha. Así lo afirman con grande aplomo los
escritores positivistas y evolucionistas, y sus testimo­
nios se hallan en la obra titulada La ciencia social, por
Alfredo Fouillée.
También debemos citar en este logar al economista
clásico Paul Leroy-Beaolien, que en un tomo de 569
páginas, titulado Essai sur ia répart'Uioii des ricbesses,
trata de probar que no estamos tan mal como se dice
y afirman los socialistas demócratas, los socialistas del
Estado y los socialistas cristianos, sino que estamos
mejor que en los tiempos pasados, y particularmente
el obrero jamás ha tenido tanto pan como hoy, ha ves­
tido tan bien y ha habitado tan buenas casas; qae el
pauperismo va desapareciendo y qne caminamos rápi­
damente á un estado en que las condiciones de las
clases sociales sean menos desiguales que hoy. Y para
probar tal aserto, que los terribles hechos desmienten,
amontona estadísticas y sofismas sin cuento. Es un ra­
cionalista sin religión alguna, y es graciosísimo el ca-
lítalo VIII en donde habla del préstamo á interés y de
Í a usura. Las alabanzas qne da á Calvino y á los jesuítas
demuestran su ciencia eclesiástica. Termina la obra
afirmando qae la cuestión social se resolverá por sí
misma, poco i poco, por parcelas, con la simple coope-
- aos —
ración del tiempo, del capital, de la instrucción, de la
libertad, de la filantropía y hasta de la caridad, que,
ion cuando machos economistas la tratín con dema­
siada severidad, nosotros no la despreciamos ( i ) .
Las doctrinas no son nuevas; en el fondo son las
mismas que expone Malthcs en sn obra El.principio dt
la población, Juan Stuart Mili en sus Principios ie Eco­
nomía politiza, y en las obras de Herbert Spencer, de
Schopenhauer, de Hartmann, y de todos los sectarios
socialistas desde Babeuf hasta Lassalle y C. Marx. ¿Qué
diferencia existe entre la doctrina de los actnales evo­
lucionistas y de los antiguos materialistas? Ninguna,
absolutamente ninguna; sólo que hoy visten sos doc­
trinas con ropaje científico, para engañar asi con m is
facilidad i los espíritus tímidos y ciegos y i las incau­
tas ¿ ignorantes muchedumbres. ¿Qpé afirman, por lo
tanto, estos reformadores evolucionistas? Aseguran
que el cristianismo lleva mal camino buscando faera
de la humanidad el lazo que une al hombre con el
hombre; y eso ¿por qué?, preguntaremos. No hay que
bnscar argumentos ni razones de sus afirmaciones
entre los evolucionistas; no las encontraremos entre
sus obras. El solo argumento es el ateísmo, es negar
i Dios; porque la fuente de la caridad no esti en Dios,
que según ellos no existe, sino en el hojnbre mismo,
en la humanidad. Ea esto conviene con los evolucio­
nistas el jefe aetnil de los socialistas alemanes, cuando
proclama «el ateísmo en Religión, republicanismo de­
mocrático en el Estado y colectivismo en la econo­
mía» (2). Y el impío v blasfemo socialista Dietzgen
escribe sus homilías sobre la leligión de la democracia
socialista:

(1 ) P ág. 552. «La queilion aociale se résout d'elle-tnéme,


lu tan t du moins qu’ elle esl réioluble, peu a peu, par parcellea,
avcc la sim ple cullaUuntliun du tciups, üu capital, de l’mslruc-
lion. de la liberté, de la philanlhropie, de la charilé aussi, qne
beaucoup d’¿conom útes triiten l trop s ir ire m e n t e l que nous
ne dedaignooi pas».
(a) A. Bebel, La Mnjtr, pág. 188.
«Si la Religión consiste en la fe en seres y fuerzas
suprasensibles é inmateriales, en la fe en dioses y espí­
ritus, la democracia socialista es irreligiosa. En lugar
de la Religión, pone ella el sentimiento de la flaqueza
del individuo, que para su perfección D ccesita comple­
tarse, y por tanto, subordinarse a la comunidad. 1.a
sociiiadbwtiaiia civilizada es el ¡ir supremo en que tene­
mos fe; nuestra esperanza es que su constitución será
democrática y socialista, para que al ña se haga verdad
el amor, respecto del cual los visionarios religiosos no
han hecho hasta ahora m is que desvariara ( i).
No basquemos, repito, argumentos de sus afirma-
ciones ni en H. Spencer ni en los socialistas, porque
para estos materialistas en el universo no existen más
que leyes fisico-quimicas, las leyes mecánicas: eso que
se dice de las leyes morales es nn sueño. En vano se
les pregunta porqué ha de ser asi. No dan respuesta
alguna, y siguen afirmando sin probar absolutamente
ninguna afirmación: «la caridad cristiana está de sobra,
basta nna organización científica de la sociedad». «La
verdadera caridad, afirman los racionalistas, es una
idea humana, no viene de Jesucristo: quizá brotó por
vez primera en el corazón del hombre, en el seno de
la primitiva naturaleza, hasta aquel momento indife •
rente ¿ insensible». «La caridad, hija del hombre, es el
ideal de la sociedad universal; es la unión libre de todos
los seres por medio de una mutua afección, que conci­
llará la m is perfecta diversidad con la m is perfecta
unidad». Schopenhauer escribe:
«Las barreras desaparecen, ante la ciencia moderna,
entre todos los vivientes. En los animales, como en ei
hombre, existe la sensación, la inteligencia y la volun­
tad, y por lo tanto, asi como hay una ¡usliciti entre los
animales, existe entre ellos la caridad».
Y según Hartmann, es muy oportuno enseñar la
vida de los animales á los niños, porque solamente
ellos nos enseñan la felicidad. Y otro autor afirma que
sólo cuando se acabe la inteligencia en el hombre, y

(t) Lcifüg, páginas 33 y 34.


en él no haya más que instintos, habrá llegado al
apogeo de U perfección. La perfección se halla en los
instintos de los animales, y particularmente en los
insectos.
Luego, según estos autores, la raridad se extiende
también para con los anímale), y por lo tanto tenemos
también deberes para con ellos. A esto contesta el
ilustre Taparelli ( i) :
«Los deberes morales que nos dirigen en el uso de
las criaturas, son relaciones qae nos ligan con nosotros
mismos, con Dios, y algunas T e c e s con los demás
hombres. Si entre los seres irracionales y el hombre
existiese una conexión moral que impusiese A ¿ste de­
beres morales respecto de los animales, á so vez ten­
drían derechos y deberes para con el hombre, lo cual
es tan absurdo como atribuir i los animales ana inteli­
gencia capaz de abstracción y libertad moral. Sólo hay
deber moral respecto de seres morales, y ésta es una
proposición qne puede demostrarse de otra manera.
El deber nace del principio general, haz el bien. Si
tuviéramos deberes para con los animales, estaríamos
por ellos obligados i procurar sn bien; pero como sn
oien es su fin, y su fin es contribuir al servicio del
hombre, vendría á resultar que nuestro deber para con
los animales seria en realidad un deber para con el
hombre».

PÁRRAFO II
te o b ía nm U A t.T H u s A r m e * n i la p o b la c ió n

¿Se halla sujeto el hombre, como los demás anima­


les, á leyes fijas y constantes, leyes mecánicas y fata­
les, las cuales van realizando la evolución en los seres
vivientes, según las leyes naturales que soñaron Dar-
win y E. Haeckel? Algunos evolucionistas y socialistas
lo afirmaron así con todo aplomo, fundando sus prin-

(l) Ensaya teórico de derecho natural, tomo I, píg. 50.


eipios en la teoría de Malthus, i quien plugo, can una
frescura sin igual, apoyado en datos aislados, verdade­
ros tmos, falsos otros, barajados los m is ¿ so manera,
asentar gratuitamente en 1798, como ley inmutable,
que mientras la producción ie los artículos de primera
ntcesidnd en en país cualquiera, aan en las circunstan­
cias m is favorables, sólo puede erecer en progresión
aritmética (1 : 3 : j : 7 : 9 : 11), los individuos de un
pueblo tienden i propagarse en progresión geom é­
trica ( 2 : 4 : 8 : 1 6 : 32 : 64). De manera, que según
estas progresiones, que llevan el nombre de Malthus,
la población se doblari en periodos de veinticinco en
veinticinco años (III) si las condiciones del país son
favorables, al paso que las subsistencias crecen al mismo
tiempo muy poco relativamente al aumento de la po­
blación. Por lo tanto, si tomamos la suma total délos
medios de subsistencia que hay éo nn país como divi­
dendo, el número de habitantes como divisor y la parte
que de aquélla corresponde i cada individuo como
cociente, resultari perfectamente demostrado que si
el divisor, i consecuencia de la gran propagación de la
clase proletaria, aumenta en mayor proporción que el
dividendo, tiene por necesidad que disminuir el co­
ciente.
Esta ley, tan precisa como gratuita, lejos de ser
inmutable, como afirma Malthus, es aún, en sentido
general, eu la mayor parle de los casos iusostcuible.
Y por lo que al dividendo respecta, ¿quién duda que
puede recibir nn considerable aumento, ya porque el
trabajo crezca intensiva ó extensivamente, es decir,
porque sea mayor la virtud productiva de los iudividuis
ó porque haya crecido el número de los operarios; ya
porque loa adelantos científicos, los nuevos inventos
de la técnica ó de la mecánica, facilitando las opera­
ciones, hagan también posible un aumento de produc­
ción? ¿No puede acaso crecer ese aumento y surtido de
cosas necesarias i la vida por la importación de otros
países que remitan esos artículos ¿ cambio de los pro­
ductos ae la industria? Además, quedan aún en el mundo,
en las dos Américas, en el Asia Septentrional y Central,
en toda el Africa, en las innumerables islas de Oceania,
en las vastísimas llanuras de la Rusia, y aun en los
países más civilizados de la Europa, muchas tierras no
roturadas por el arado. Y ann entre las tierras culti­
vadas, ¿en cuántas y cuántas regiones no se siguen
todavía para explotarlas los procedimientos antiguos,
desposeídos de los auxilios de la ciencia y del capital?
Según Jules Duval, la extensión de la tierra habi­
table es de 12.000 millones de hectáreas y la población
del mundo no es más que de 1.200 millones de almas,
ó sea un habitante por 10 hectáreas; en Francia exis­
ten 70 habitantes por 100 hectáreas; luego la pobla­
ción del globo puede aún, por lo menos, sextupli­
carse.
Pero Teplican: «la ciencia y el espirita de invención
tienen un limite; luego llegará on día en que la multi­
plicación del género humano acabará con las sabsis-
leticias, y, según Sluart Mili, llegará un día en que el
rio de la industria humana encontrará el mar estanca­
do». Concedido; pero qué, ¿si para llegar á ese término
han de pasar todavía centenares de siglos, por qué
alarmamos? Bien podemos aplicar aquí el dicho del
ioeta: Carpe diem. ¿Acaso no hacemos lo mismo con
f as predicciones de los geólogos y termodinámicos
acerca del fin de nuestro globo y por consiguiente del
énero humano? De igual manera, por lo que toca al
f ¡visor, la emigración, las guerras, enfermedades, epi­
demias, con otras muchas causas imprevistas qae se
escapan á los cálculos mejor combinados, ¿no pueden
acaso ocasionar lina disminución más ó menos conside­
rable? ¿Puede Malihas precisar matemáticamente la
cifra de los que hayan de morir en una larga serie de
años? ¿O piensa encerrar también en los términos de
sus progresiones el cetro y poderlo de la muerte? Lo
verdadero en esta cuestión es qne el aumento de la
población está en razón directa del aumento de las
subsistencias.
Pero aún admitiendo en nn sentido latísimo la ley
de Mahhus, falsísima en muchas ocasiones, ¿quién no
te indigna y condena las terribles consecuencias qne
¿ 1, y m is sus discípulos, deducen de ella? Porque, ¿cuál
es, en suma, la conclusión?
Según Malthus, es necesario disminuir el número
de los hombres é impedir sa multiplicación: la pobla­
ción debe quedar poco mis ó menos siempre la mis­
ma, si queremos evitar la miseria y el pauperismo. He
aquí el célebre pasaje de Malthos en aonae se mani­
fiesta el fondo de su teoría y de los que le siguen:
(El hombre que al venir al muudo encuentra ya
ocupados los puestos en la gran mesa de la naturale­
za, si s j familia no le puede alimentar, ni la sociedad
puede utilizar sn trabajo, no tiene derecho i redamar
la menor parte de alimento: esti de sobra en la tierra.
En el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto
para ¿1. La naturaleza le m a n d a que se vaya, y ella n o
tarda en poner esta orden en ejecución*.
Es an expediente el de Malthus que hallamos ad­
mitido y practicado por todos los pueblos paganos,
sin exc'uir el griego ni el romano, y que aun se prac­
tica en nuestro tiempo en la China, el país clásico de
la exposición de los niños. La doctrina de Malthus es
seguida por todos los evolucionistas y socialistas, ha
formado escuela, y lo que no se atrevió ni i indicar
siquiera el maestro, lo proponen claramente sus discí­
pulos. Entre sus discípulos se cuentan, entre otros,
StnartMil!, Mario, SchaíFee, De Kirchmann, etc., etcé­
tera. Uno propone, para evitar el exceso de lapobla-
ción, someter ¿ los recién nacidos á una asfixia sin do­
lor, paitiless txtinction por medio del ácido carbónico;
otros, y entre ellos varios economistas, conforme k lo
que decidieron las logias masónicas, pidieron y obtu­
vieron de los gobiernos de Europa que retardase la
¿poca de los matrimonios entre la tropa, aconsejando,
además, al Estado que tomase medidas enérgicas para
evitar la procreación de los hijos, aun en los matrimonios
ya celebrados, cuando se carece de mediospara mante­
nerlos y educarlos. ¿Qpé resultado han dado estas teo­
rías? La prostitución más espantosa y numerosa que se
ha visto basta hov y los vicios más vergonzosos. |¡Y
esto es lo que se llama la caridad, según la ciencia mo-
Jema!! No exageramos; quien necesite pruebas, lea las
obras de los autores que antes hemos citado: Stuart
Mili propone los medios m is enérgicos para disminuir
el oiüraero de los recién nacidos, esto es, el número de
los miserables, como él los llama. «Se debe mirar con
tanto desprecio á las familias numerosas como i los
borrachos y á los demás vicios»; y hasta el mismo
Rosi escribe: «Prefiero más bien dos millones de suizos
ricos que ocho de irlandeses miserables». De Kirch-
mann, en una Asamblea de obreros celebrada en Berlín,
les decia «¡¡que el obrero tiene bastante con dos hijos
y debe-procurar no tener más!!»
El problema relativo á la población es precisamen­
te la pesadilla de todos los economistas enemigos de
la institución cristiana, de la virginidad, de los conven­
tos de mujeres y de hombres, y al propio tiempo el
más vigoroso argumento contra los socialistas, que
con su nuevo orden social pretenden reconstituir una
¿ra de paz y de ventura nunca conocida, ya que esos
reformadores de la humanidad no conocen otro medio
para evitar el excesivo crecimiento ce la población que
el de Malthos: violencia y prostitución.
Escribe Hitze:
«En efecto; ocupan on capitulo, y no despreciable,
del problema social, esos millares de infelices criaturas
que, arrojadas del seno de la familia, se presentan en
el mercado público para vender su cuerpo, único bien
que les queda sobre la tierra; nos referimos á esas
80.000 mujeres pública: de Berlín y de Londres, á las
$0.000 de París, y á esas innumerables que arrastran
sa pador y sa vergüenza por las calles de todas las
grandes ciudades del orbe, y qae son también victimas
de la defectuosa organización de la sociedad moder­
na... ¡Qué diremos ae una legislación que deja crecer
con la impunidad tan horrendos desacatos á la moral
pública, ya que ni siquiera establece la prisión de la
culpable y de la madre, antes al contrario, deja abier­
tos mü caminos á la seducción!»
Y Scbeel observa:
«Vemos con asombro, qae mientras que la socie­
dad, en su progresivo desarrollo, apenas ha organizado
asociaciones importantísimas, el ramo de la prostitu­
ción ha alcanzado una organización maravillosa. Esos
centros de corrupción han extendido ya por toda Eu­
ropa las redes de su tráfico de esclavos, en que todos
los días quedan prisioneras millares de infelices donce­
llas, sin esperanza de recobrar la libertad perdiJa. Y
tan horrenda trata se practica ante los ojos, y en me­
dio de esa sociedad que se llama liberal, de esos mis­
mos pueblos que han levantado el grito contra la es­
clavitud de los negros, menos repugnante que el tráfi-
co europeo de inocentes doncellas. Aquel comercio ha
desaparecido, y entretanto las costumbres públicas y
la indolencia de los gobernantes sancionan este tráfico,
qae hace de una gran parte de las hijas del pueblo ob­
jeto de comercio en provecho y para solaz de las cla­
ses acomodadas, y la policía mira con hipócrita indi­
ferencia esta horrenda relajación de la dignidad humana
y las autoridades la protegeos.
Se comprende que la infeliz criatura que así se ve
despreciada por sus semejantes llegue & ser capaz de
cualquier crimen, y aventaje en la escuela de perver­
sión moral al hombre más degradado; ana mujer de
esta naturaleza loma, en momentos dados, el aspecto
de una veidadera furia, cuyos salvajes instintos dejan
muy atrás á los de los petroleros, como lo demostra­
ron los hechos de la Commune de París durante la pri­
mavera de 1871.
En corroboración de lo dicho, creemos oportunas
las siguientes palabras de M. Teram:
«Ciertamente, es muy bueno, decía nna de estas
petroleras, qae los ricos consagren algunos momentos
ae so vida al servicio de los necesitados, que empleen
el sobrante de sus bienes en socorrer la pobreza, qae
levanten asilos para los niños y para los ancianos; es
también digno de alabanza <jue traten de disipar los
errores y de combatir los principios disolventes que los
agitadores inculcan i las clases trabajadoras, pero no
basta esto para extirpar el odio qae el paeblo profesa
i las clases acomodadas, puesto que semejante odio no
te origina tan sólo de los padecimientos físicos, ni se
funda únicamente en loa extravíos de la inteligencia:
antes al contrario, reconoce más & menudo por causa
las torturas del corazón desgarrado por pesares de
índole muy diversa. Y esta causa subsistirá en tanto
ue los ricos no enseñen i sus hijos á respetar la honra
3 e las hijas y de las mujeres del pueblo, y no les hagan
entender aüe es un crimen vergonzoso robar i estas
doncellas la inocencia, que es el único bien que sobre
la tierra poseen.
Creedme, ricos: para curar las llagas de la sociedad,
no bastan vuestros donativos ni los esfuerzos de vues­
tra inteligencia; es menester que mejoréis vuestras cos­
tumbres. El divertirse á costa del pueblo lleva consigo
graves peligros; pero tened por cierto que mientras
vosotros hagáis del pueblo la victima de vuestros ca­
prichos; mientras el padre que vuelve de las rudas faenas
del dia sienta retorcerse en sa pecho el corazón al ver
á su hija adornando el brillante cortejo de uno de vues­
tros hijos; mientras el hermano sienta subir á sn rostro
el carmín de la vergüenza al pasar por delante del pa-
lado en que mora el seductor de su hermana; mientras
el novio tenga que reprimir la rabia que devora su co­
razón al ver á su amada en los brazos de un seductor
afortunado que con sus malas artes la hizo olvidar
sagrados juramentos; mientras no pongáis término á
tan tremendos males, os jaro yo, la petrolera, que no
faltarán agitadores que levanten al pueblo y le conduz­
can á las barricadas* ( i ) .

PÁ R RAFO III

O IG A N IZ A C IÓ N R E PR E SIVA

Esta organización, planteada por los triunfadores de


la Revolución francesa, consiste en castigar, no sola­
mente al pobre que pide ana limosna, sino también al

( l) Ptlrtltra, pqr M. Tenun,


rico que se la da. Con el fia de acabar con los pobres y
con la mendicidad, se crearon colonias adonde se trans­
portaba á los infelices mendigos sorprendidos implo­
rando la caridad pública. Esto parecerá mentira i los
obreros españoles, pero es una verdad histórica. Léase
la ley del 24 vendimiarlo, año 11, sobre la mendicidad.
h< algunos de sus artículos se dispone:
Todo ciudadano convencido de
haber dado limosna á un pobre será castigado con coa
multa igual al valor de dos jornales, y en caso de rein­
cidencia la multa será doble.
T it. II, art. 1.* Todo mendigo será arrestado.
Tlt. III, art. 1.* Todo mendigo á quien se hallare
pidiendo una limosna será arrestado y sufrirá el arresto
dnrante un año.
T lt. IV, art. 2.0 Todo mendigo á quien se hallare
por tercera vez mendigando será transportado.
Art. 7.0 La pena de la transportación i la colonia
durará poi 1o meaos ocho añosa.
De manera, que cuando un pobre obrero, padre de
familia, no pyede trabajar por hallarse enfermo y pide
una limosna, debe ser arrestado; ¿y por qué? ¿Qué de-
litó ha cometido? ¿La pobreza es por ventura un cri­
men? La ociosidad del rico capitalista que cobra sin
trabajar, faltando al precepto del trabajo, ¿se castiga
por ventura? ¿F.iisten dos justicias y tan desiguales en
este mundo?
Es verdad que estas leyes ya no se practican en
Francia, pero todavía al viajar por la nación vecina se
halla con frecuencia esta ¡uscripcióu en la entrada de
los pueblos: eSe prohíbe la mendicidad en el departa­
mento de»... ¿Y por qué se prohibe la mendicidad? ¿Se
quiere acaso desmentir k Nuestro Señor Jesucristo,
que nos asegura que siempre tendremos pobres? Se dirá
que se prohíbe la mendicidad con el fin de evitar abu­
sos; pero ¿qué es lo que no se debe suprimir en este
mundo con semejante pretexte? ¿No se abusa de todo
en este mundo? ¿No abusan los ricos de sus riquezas?,
jes suprimamos los propietarios. ¿No abusan muchos
E asta del comer y del beber, puesto que hay quien se
embriaga y quien se causa indigestiones? ¿No se ha
abusado hasta de la razón y hasta de la religión? ¿No
hay hipócritas y sacrilegos? ¿No hay médicos y abo­
gados qae abasan de la medicina y de la legislación?
¿Quién no ve que es un absurdo suprimir una cosa,
porque se abusa ó se pueda abusar de ella? La prohibi­
ción de la mendicidad en Francia ba complacido ¿ los
ue nada daban al pobre mendigo, porque les ba libra-
3 o del insoportable fastidio de encontrar todos los días
4 su puerta, al dirigirse al café después de comer, al­
gún pordiosero que les pedia una limosna por amor de
Dios.
«La mendicidad ( i) , ó m is bien el abuso de la
mendicidad, producirá algunas veces caracteres viles,
bajos, llenos de doblez, esto es evidente; pero no es
culpa de la mendicidad. El número de los que especu­
lan con la caridad pública es menos de lo que se dice;
iero lo que importa saber es, que con la extinción de
f a mendicidad disminuirá la saota caridad, |esa flor de
nuestra religión que la sangre de Jesús hizo brotar en
el Calvario al pie de la cruz, y producirá almas sin
piedad, corazones sin generosidad; en ana palabra, seres
que no comprenderán jim is el sacrificio! Hay gran
diferencia entre dar la cuota qae á cada ano le corres­
ponda al comité nombrado por el gobernador ó muni­
cipio para socorrer á los pobres de la población, y dar
libremente la limosna al pobre que la pide por amor
de Dios. El corazón del hombre, á causa de su nativo
orgullo, no se resolverá jamás á la mendicidad sino
con mucho trabajo; y si escuchase ese orgullo oculto
en lo intimo de su naturaleza, el mendigo miraría siem­
pre al rico con mucho odio y rivalidad, aun en el m o­
mento en que recibe la limosna. Se comprende perfec­
tamente que durante el terror se guillotinase por el
crimen de haber dado limosna. Dar limosna, se decía,
es insultar la dignidad de la naturaleza humana. Cier­
tamente; si se cifra la dignidad humana en la soberbia
de la naturaleza corrompida, dar limosna á alguno es

(i) Luii Veuillot, Librepensadores.


Insultarle. Es necesario que la limosna llegue al pobre
bajo el velo de la caridad, para ^ue pueda ¿ste humil­
demente recibirla; necesita sentir que en el momento
en que se le da, se interesa pór ¿1 y se le ama, para
que se escite su reconocimiento. Pues bien; ese efecto
de caridad y de benevolencia, ese tierno interés que el
corazón del hombre reclama aún m is que el pan ma­
terial, los halla cuando el pobre puede mendigar. No
cabe duda que ha habido siempre malos ricos, pero
también ha habido siempre cristianos que veian en el
pobre un hermano, tanto más digno de ser amado
cuanto más desgraciado era; y es cierto que el encuen­
tro de uno solo de estos cristianos hacia olvidar al
pobre mendigo muchas amarguras, cicatrizaba en un
instante las más sensibles heridas. Se establecía entre
el rico cristiano y el pobre un vinculo qae no era la
amistad, pero que los unia m is estrechamente sin
comparación que lo estin entre si, exceptuando los
amigos, las personas de condición igual o casi igual.
De este modo, cuando se permite la mendicidad, se
logra mis ó menos perfectamente el objeto que el
SeDor propuso al querer la desigualdad de condiciones:
juntar y hermanar entre si, cuanto es posible, los di­
versos miembros de la humanidad, formando con ellos
un solo cuerpo.
Ahora, donde se prohíbe la mendicidad, como en
Francia, todo ha cambiado; el pobre, alimentado no
por un hermano suyo, sino por una administración, no
iuede sentir nada de lo que suavizaba i sus ojos la
Í imosna. Hoy relégase al pobre, y ni quieren verle si­
quiera, dando con ello sobradamente á entender que
es una carga, que su vista basta para molestar á la
sociedad. Se tolera en las calles la presencia de los
animales, pero no la del mendigo... La filantrópica
providencia de nuestros legisladores tiene un objeto
diametralmente opuesto al objeto divino de la caridad:
multiplica los rencores y las divisiones, i la vez que
las hace mis amargas y profundas».
No se puede, por lo tanto, en una nación C ristia n *
prohibir en absoluto la mendicidad. Esto, sin embargo,
no quiete decir que no convenga tnay macho y se
deba también distinguir entre los pobres mendigos y
los vagos. En España siempre han sido perseguidos
los vagos, es decir, esos nombres que no teniendo
domicilio fijo ni medios de subsistencia, no tienen h a -
bitualmente oficio ni profesión alguna; muchos son los
criminales que salen de los vap;os, y es urgentísimo
que en España vuelva otra vez a estar en vigor la ley
de vagos que ha sido suprimida, si se quiere dar paz
y seguridad á los habiiantes de las grandes ciudades.
F.n cuarto & la mendicidad, en el último Congreso
de Obras Sociales, celebrado en Lieja hace dos años,
se fijaron las siguientes conclusiones:
1.a Que la ley solamente debe prohibir la mendi­
cidad de los adultos que tengan fuerzas para trabajar,
y cuando la cjcrccn babitualrncnte y no accidental­
mente, no cuando la ejercen enfermos y niños.
La ley debe organizar los medios para que los ver­
daderos pobres, como los ancianos, enfermos y niños,
sean enviados á sus respectivos pueblos, y que allí la
caridad privada los socorra.
2.* Se debe procurar suprimir gradualmente los
depósitos de la mendicidad.
3.a Mientras se conserven, se debe procurar: i.* La
separación completa entre los dos sexos durante la
noche, z.* Se deben separar por grupos los mendigos
é impedir el contacto de los mismos, j.* Vigilancia
sobre los mismos, con el fin de obtener la enmienda de
los detenidos y que no se propague el vicio entre
ellos. 4 ‘ Se les deoe obligar al trabajo, con el fin de
r un pequeño peculio
detenidos. j . ‘ Se los
debe instruir en la primera enseñanza y en el Catecis­
mo, pero sobre todo habituarlos á las prácticas pia­
dosas. fi.® La acción y vigilancia de los Patronatos
establecidos para el cuidado de los presos oue han ob­
tenido ya la libertad, debe también extenaene i los
pobres detenidos: los adultos que, pudiendo, no quie­
ren trabajar, han de salir de los depósitos de pobres.
También se determinó que se procurasen conven?
ciones internacionales para impedir la invasión de los
-vagos extranjeros.
Como perfectamente habrá comprendido el lector,
lo determinado por el Congreso de Obras Sociales de
Lieja más bien se refiere (en lo que dice de los depó­
sitos de pobres) á los vagos propiamente dichos que
i los verdaderos pobres.

P Á R R A F O IV

ORGANIZACIÓN Ó TASA LEGAL

Pasemos ahora de Francia á Inglaterra y veamos


la organización legal. La lasa legal ó cuota de los po -
bres data en Inglaterra desde la Reforma, y la reina
Isabel es la que decretó la tasa legal, ó sea la obliga­
ción de las parroquias de mantener ¿ los pobres.
Es cosa sabida por todo el mundo, que una de los
causas de la Reforma protestante del siglo xvi fué el
deseo de apoderarse de los bienes eclesiásticos. Pues
bien; el despojo del clero católico engendró inmedia­
tamente el pauperismo que devora ¿ Inglaterra y que
acabará por destruirla. Los bienes de la Iglesia no
desaparecieron: no hicieron más que cambiar de po­
seedores. Mientras estuvieron en las manos de los
eclesiásticos, la caridad católica consideró que eran
bastantes para sustentar á los pobres; pero desde que
están en manos de los protestantes, ha sido indispen­
sable la ley de los pobres para que éstos no muriesen
de hambre. Citemos algunos hechas tomados de la
Historia Universal de César Cantú:
«Trescientos sesenta monasterios abolidos acre­
centaron la renta de los reyes... Entretanto se halla­
ban dispersas ricas bibliotecas; los señores sostenían
que los bienes eclesiásticos debían volver otra vez á
los representantes de los antiguos donadores; las per­
sonas piadosas estaban escandalizadas; los pobres se
veian privados & la vez del pan del cuerpo y del alma,
que recibían poco antes en ciento diez hospitales y
noventa colegios... A l mismo tiempo el número de
pobres habla aumentado. Los nuevos propietarios de
los bienes arrebatados al clero, cultivados antes m e­
diante cortos censos, exigían de los colonos un precio
mucho m is elevado. A fin de tener menos gastos, con­
virtieron las campiñas en praderas, atendiendo á qne
la lana producía más, y rodearon de empalizadas e x ­
tensos dominios para hicer paraues de caza, lo cual
obligó á muchas familias á abandonar los campos pa­
ternos, y dejó sin trabajo á una multitud de jornaleros,
mientras que les tesoros de América hadan sabir el
precio de todas las cosas. Los pordioseros, acostum­
brados 4 tener segura su subsistencia en los conven­
tos ( i ) , se esparcieron entooces por todo el reino.
Con oojeto de poner remedio á este mal, se decretó
que cualquiera que permaneciese tres días sin trabajar
sería considerado como vagabundo, marcado en el
pecho con la letra V y dado al denunciador para ser­
virle dos años en calidad de esclavo. Su señor no es­
taba obligado i mantenerle más que con pan y agua,
y podia ponerle una argolla de hierro en el cuello ó
en la pierna y sujetarle 4 toda suerte de trabajos. Si
se ausentaba por quince días, se hacia reo de la marca
S en la cara y quedaba esclavo por toda la vida; en
caso de reincidencia, se le trataba como culpable de
felonía. Este decreta insensato estuvo eu vigor por
espacio de dos años... Nada de esto bastó para reme­
diar el mal causado i los pobres con el despojo del
clero. Después de otras tentativas se corrigió algo la
mendicidad (que no cesaba de aumentar) por medio
de la lasa de los pobres, limosna oficial hecha' sin c a ­
ridad y recibida sin gratitud».
Los males que sufren las víctimas del pauperismo
inglés son casi incoucebibles. M. C . Perin, en su obra
De ¡a riqueza en las sociedades modernas (2), nos los
pinta con los más sombríos colores: soa una mezcla de

( t ) Igualm ente que lo s nuevos pordiosero* producidos por


la nueva m anera de hacer valer las propiedades.
(2) Tomo II, pág. 116 á 154,
snfrimientos del cnerpo y de torpezas del alma, qae
cxcede i cnanto paeda imaginarse, y este cuadro se
compone exclusivamente de citas tomadas de los eco­
nomistas ingleses. Ahora bien; la tasa ley, la contribu­
ción para los pobres, ¿qué resultado ha dado? El que
debia esperarse de una institución que es contra la na -
luralezade 1* caridad, porque la cuota para los pobres
se fonda en la obligación, cuando la libertad es de
esencia de la caridad. El hacer ó no hacer limosna,
excepto en el caso de extrema necesidad, no pertene­
ce á la justicia, sino á la caridad. Ahora bien; una ins­
titución contra la naturaleza de la caridad no podía
dar buenos resultado*, y la prueba evidente la tenemos
en esa nación, la m is rica del universo. En efecto; la
llaga asquerosa del pauperismo, que acabará con In­
glaterra, aumentó y aumenta cada día desde la tasa
legal. Varias son las causas que contribuyen 4 ello,
i .* Porque la cuota obligatoria para los pobres extingue
y acaba con la caridad privada. 2/ Engendra en el co­
razón del rico, qae paga la contribución, dureza y al­
tivez respecto de los pobres; asi es que los propietarios
ingleses son los hombres m is duros, crueles y tiranos
que existen en Europa. 3.a El pobre que recibe la li­
mosna, la recibe no como un beneficio que se le hace,-
sino como un derecho que tiene: y de aquí que el qae
la da de este modo no puede ejercer influencia moral
alguna sobre el pobre. 4* Le falta por su misma na­
turaleza 4 la tasa legal la dignidad, fecundidad y efica­
cia de la limosna cristiana. Y 5.a Finalmente, la tasa
legal tiene todos los efectos de ana prima que se ofre­
ce y da á la pereza y 4 la inmoralidad. Se observó en
Escocia qne al solo anuncio de qae iba & establecerse
la cnota de los pobres se duplicó el número de ellos.
Cuando en 1B34 se quiso poner remedio 4 este abuso,
se establecieron Work-hansts, presidios menos riguro­
sos, en los cuales se hacia trabajar 4 los pobres ins­
critos; de este modo se separaba al marido de la mu­
jer, 4 los padres de los hijos, pretendiendo evitar con
el predo o falta de la libertad la pereza y ociosidad.
Pero nada, absolutamente nada se ha conseguido; si­
gue aumentando el pauperismo en aquella nación de
una manera que espanta.

PÁRRAFO V
ORGANIZACIÓN OFICIAL

Nos queda sólo por examinar la organización oficial.


fista es verdad que en el pobre no reconoce derecho
al socorro; pero en lugar de buscar su punto de apoyo
en la conciencia, lo busca en la administración. Se
sustituye el Estado 4 la Iglesia, estableciendo el prin­
cipio de la completa emancipación del Estado de todo
poder superior. En la organización oficial se excluye
ia libre caridad inspirada por el espíritu religioso, y se
la quiere sustituir con lo que se llama secularización de
la caridad. Esta organización es tan impotente como
la tasa legal para resolver la cuestión social, y ni si­
quiera alivia a la pobreza. «Después de sesenta años
qae la administración del Estado ejerce la caridad—
escribe W atteville,— todavía no se ha visto que haya
sacado 4 un pobre de sn miseria. Por el contrario, el
efecto que produce es desgraciadamente consolidar el
pauperismo en el estado hereditario». Dos cosas falta­
rán eternamente 4 las administraciones laicas, de cual­
quier naturaleza qae sean, cuando traten de socorrer
y aliviar 4 la pobreza: las entrañas, el verdadero amor
al prójimo y la riqueza; la voluntad de aliviar 4 los
ae sufren y la posibilidad de hacerlo, si por acaso
a egasen á quererlo. Si quisiéramos con una sola pala­
bra comprobar nuestro aserto, bastaría hacer estas
preguntas: ¿Cu41 es el estado rentístico de los Gobier­
nos de Europa? ¿Cuál la moralidad de los funcionarios
por cuyas manos han de pasar los socorros para los
pobres? Jamás la Hacienda pública se ha visto tan falta
de riquezas como ahora, desde que los ingresos son
tan extraordinarios que rayan en lo fabuloso; y en
España cansan horror y espanto, considerando lo es­
quilmada y atrasada qne se halla la agricultura. Aten­
diendo á las deudas públicas de las naciones de Euro­
pa y & los gastos exorbitantes qae hacen, d o hay duda
que la bancarrota se halla ya á las puertas, i no ser
qae los socialistas y anarquistas quemen los libros de
las dendas de los Estados. Y en España ¿<jué resultado
ha dado la limosna hecha por la Administración pú­
blica? Recuérdese en la última y espantosa inundación
de Murcia los millones qne se recogieron y lo qne se
repartió entre los pobres perjudicados. ¿Qué se ha
hecho de lo demás? L ’óli per ahin pasa dtixa, me res­
pondió d d pobre labrador valenciano; así sucede siem­
pre que las manos que reparten las limosnas tan cuan­
tiosas no estén consagradas.
He aquí los medios empleados por la ciencia eman­
cipada de la Religión para resolver la cuestión social,
medios impotentes y perjudiciales como hcmo 9 visto.
Sólo la caridad cristiana puede resolver el problema
social y aliviar al pobre. ¿Y por qué? Porque los dos
elementos de la caridad cristiana son la libertad por la
obediencia y el renuncia miento de si mismo por el po­
bre. Tres sentimientos existen en el corazón del cris­
tiano. Para consigo mismo, renunciarse, tomar sn ernz
y seguir ¿ Jesús al Calvario ( i ) . Para con Dios, un
amor inmenso, por cima de cualquier otro amor, que
se manifiesta por la voluntad de obedecer, humilde y
fuerte á un mismo tiempo. E l que me ama— dice Jesús
— guarda mis mandamientos (2). Para con el prójimo,
nn tierno sentimiento de benevolencia, de respeto y
de amoi; en una palabra, la caridad. El cristiano sabe
qoe su deuda con Jesucristo ha sido transferida en la
cabeza del prójimo: Todo lo que hicisteis al más pequeño
dt mis hermanos, A MI me lo hicisteis ( j ) , y por eso el
cristiano, y sólo el cristiano, comprende lo que quieren
decir aquellas palabras de San Juan: Pues que Jesucristo
murió por nosotros, nosotros debemos también morir los

(1) Matli. X m . 34.


(2) Joann. XIV, 21, 3],
(3) Maili. XXV. 40.
tinos por los oíros ( i) ; he aquí la vida del cristiano. La
soberbia es justamente el antípoda de estos sublimes
sentimientos, la soberbia es egoísta. No se renuncia
ano á si mismo por rennnciarse, sino porque es impo­
sible sin abnegación amar i Dios y servir al prójimo.
Por eso la caridad produce la solidaridad de los hom­
bres por el renunciamiento y por el amor. La caridad
tiene nn fin espiritual y otro social. Por el fin espiritual,
la caridad une al hombre con Dios por el sacrificio, y
por el social, une á los hombres unos con otros, me­
diante la recta y bien ordenada distribución de los bie­
nes y de los trabajos de la vida; y esto lo realiza la
caridad, no por una ley fatal, sino libre, qne da al hom­
bre la grandeza del mérito é influencia extraordinaria,
como una segunda providencia de los pobres. Además,
por la caridad tomamos como propios los trabajos del
prójimo, renunciamos lo supetfluo dándolo al pobre,
y renunciamos también al dulce reposo y descanso,
con el fin de instruirlos y consolarlos.
¿Quién se atrever!, después de esto, á comparar
la organización oficial, la tasa legal y todos los demás
medios excogitados por el espíritu anticristiano, con
)a celestial virtud de la caridad, proclamada por Núes*
tro Sefior Jesucristo, dada i los hombres como eí mejor
remedio para el conflicto social?

(i) Jrann. III. 16.


C A P ÍT U L O VI

El socialism o y anarquism o no resuelven


la cu estlán social

Para que se comprenda mejor el asunto importan­


tísimo de que vamos á tratar en este capitulo, es indis­
pensable principiar dando algunas nociones acerca del
socialismo y anarquismo y algunos datos de su histo­
ria ( i ) , como lo vamos á hacer en el articulo siguiente.

ARTÍCULO PRIMERO
BREVE HISTORIA DHL SOCIALISMO Y ANARQUISMO

El concepto de comunismo tiene extensión m is


lata que el de socialismo. Entiéndese por comunismo
todo sistema económico que aspira i suprimir la pro­
piedad particular y ¿ sustituirla por la comunión

(l) Víanse para mayores ampliaciones lu obrai diadas, i


•aber: L49 das** euvritrts m E urtfa par René L a ro lléc, lome
premier. Allemagne, c , v,— Lt tocialismt alUnond, El tocialis*
me, por el P. Catbrein, cap. L—H¡l*e. E l frailtma teda!.—
E. Droumond, Lt fin d'un atendí, etc.
de todos los bienes. Este comunismo admite varias
formas.
a) Comunismo negativo.— El comunismo negativo
se contenta con la simple negación de toda propiedad
particular, dejando, por lo demás, todos los bienes
existentes i la libre disposición de cuantos quieran
gozarlos. No se ha recomendado jamás en la práctica
este comunismo, porque matarla todo estímulo al tra­
bajo.
b) Comunismo positivo radical.— Coasiste este co ­
munismo en la entrega de todos los bienes sin excep­
ción á una comunidad, en la cual serán comunes la
producción y el usufructo de las cosas que la vida
humana reclama. Este sistema fué el ideal de los comtt-
nistas antiguos.
c) Comunismo positivo moderado, llamado tamlitn
anarquismo.— E stese limita á abolir la propiedad pri­
vada de todos los medios de trabajo, transfiriéndola á
las comunidades ó asociaciones obreras, independientes
entre si, aunque confederadas. El anarqaismo no admi­
te Estado ni Gobierno, sólo confederación de asocia­
ciones autónomas.
<£) Comunismo socialista 6 simplemente socialisma.—
Este sistema quiere convertir todos los medios de tra­
bajo en propiedad común de la Sociedad ó del Estado,
y organizar bajo la dirección de la Sociedad 5 del Es­
tado, tanto la producción como la distribución de los
productos. Pnesto que los socialistas modernos, y ante
todo los secuaces alemanes de Carlos Marx, piensan
realizar esta organización sobre bases cuteramente de*
mocráticas, se llaman demócratas socialistas, y lian dado
el nombre de democracia social al sistema por el que
abogan.
Esto supuesto, diremos qne la democracia social ¿
socialismo es aquel sistema económico que traía de enire~
gar al Estado la propiedad inalienable de iodos ¡os medios
de trabajo,y de organizar, mediante el Estado democrático,
la producción 'y la distribución de todos los bienes que
basta ahora han ¡ido objeto del comercio y de la industria.
' Asi el P. Cathrein.
PÁRRAFO PRIMERO
DEL, SOCIALISMO V ANARQUISMO EN LA ANTIGÜEDAD

En la antigüedad hallamos algunos sistemas ó ins­


tituciones comunistas. Enumeraremos los principales:
Mil trescientos años antes de Jesucristo se procla­
mó en Creta la comunidad de bienes por efecto de la
ley que autorizaba la pederastía.
Las instituciones comunistas de Creta sirvieron de
modelo á Licurgo para las de Esparta. Como en ella
se permitía la poliandria, de aqui que bien pronto se
permitió la exposición de los niños.
En cuanto 4 los filósofos Platón y Aristóteles, ya
hemos dicho en el párrafo primero del art. II lo que
pensaban sobre el Estado.
Todos los ensayos comunistas de la antigüedad
tenían por base la>esclavitud; pero al aparecer el cris­
tianismo, observóse en la primera comunidad de Jeru-
salem un comunismo sublime, semejante en un todo al
que se observa en las comunidades religiosas. De ¿1 se
lee en los actos de los apóstoles f i):
32. Toda la multitud de los beles tenía nn mismo
corazón y una misma alma; no había entre ellos quien
considerase como suyo lo que poseía, sino que tenían
todas las cosas en común.— 33. Los apóstoles con
gran valor daban testimonio de la resurrección de Je­
sucristo Señor nuestro, y en todos los fieles resplan­
decía la gracia con la abundancia.— 34. Así es que no
habla entre ellos persona necesitada, pues todos los
que tenían posesiones ó casas, vendiéndolas, traían el
precio de eilas.— 35. Y lo ponian á los pies de los
apóstoles, el cual después se distribuía según la nece­
sidad de cada uno.— 36. De esta manera José, i quien
los apóstoles posieron el sobrenombre de Bernabé (esto
es, hijo de Consolación), qae era levita y natural de

(1) Act. apoat, IV, 30-37.


la isla de Chipre.— 37. Vendió ana heredad que tenia,
y trajo el precio, y lo puso á los pies de los após­
toles».
Pero esta comunidad de bienes ni aun entonces era
obligatoria, como se evidencia por el hecho Je Ananías
y de su mujer Salira. Terminantes son las palabras de
San Pedro: ¿Quién le quitaba el conservarlo? Y aunque
lo hubieres vendido, ¿no estaba su precio á tu disposicióni
Además, semejarte estado de perfección evangélica,
fundado en la pobreza voluntaria, no podía ser dura­
dero ni universal, ni extenderse ordenadamente á me­
dida que aumentaba el número de fieles en la Iglesia,
especialmente atendiendo i la naturaleza de los hom­
bres y á lo que son por lo común.
En U historia eclesiástica «parecen furiosos secta­
rios que, bajo el pretexto de establecer la comunidad
de bienes, cometieron crímenes horribles; tiles fueron
los circuncelicnes, albigenses y anabaptistas, que rom­
piendo con la Iglesia negaban toda propiedad privada.
Si prescindimos de estos sectarios, y de algunos
escritos en favor del comunismo, como La Utopia de
Tomás Moro (1516), la Ciudad del Sol de Campanilla
(1637) y el Código de la Naturaleza de Morelly (175$)»
podemos afirmar qae el socialismo y comunismo son
modernos.

PÁRRAFO II
DBL COMUNISMO, SOCIALISMO Y ANARQUISMO SN LOS TIXMFOS
MODERNOS

El comanismo moderno, escribe el Sr. Brafias (1),


era una doctrina económico- política que pretendía llegar
al triunfo déla libertad democrática y de la revolución
social por medio de la nivelación de las fortunas.
-1) Oomnnlamo da Jn«m Jaoobo B m u u . -
Y a en otro lugar nos hemos ocupado de este sofista de

(1) Ob. rit, pág, ajo.


Ginebra que tantos trastornos sociales han producido
sos erróneas doctrinas. Este maniático publicó un D is­
curso sobre el origen y Juniamenlo i c ¡a desigualdad
entre los hombres, donde expresa su doctrina econó­
mica. El hombre, según ¿I, nació bueno y le pervirtió
la sociedad: es necesario rehacerla y restaurarla. Los
hombres son todos iguales; la tierra es un don de la
divinidad, en que tienen derecho cuantos sobre aquélla
existen. La ley es la expresión de la voluntad general;
del legislador dependen los derechos iudividuales. Por
lo tanto, el Estado puede y debe repartir con igualdad
la propiedad del suelo y acabar con los privilegios y
excepciones de que gozau solamente unos cuantos.
2) L o a a b a te s H a b ly y H o r e lly .— H1 abate
Mably obtuvo un gran ¿tito con su libro Derecho p u ­
blico de Europa, en el cual defiende el comunismo for­
zoso como Rousseau. Al efecto, propone que el F.stado
se apodere de todas las riquezas para distribuirlas con
igualdad. Menos docto fué el abate Morelly, que si­
guiendo los pasos de Tomás Morus escribió una novela
alegórica, titulada Las Islas Jlolanles ó la Basiliada de
lHlpay, en la que describe una sociedad deliciosa donde
los bienes y las riquezas de todas clases son comunes.
Morelly fué refutado duramente por los críticos de su
tiempo, pero les replicó al punto en su Código de la
Naturaleza, que pretende dar una base filosófica y moral
al comunismo.
3) B r l M O t de W arvlUe. — Drissot pertenece i la
época de la Convención: era un comunista práctico que
deseaba implantar en Francia el nuevo régimen: en sus
Investigaciones sobre ti derecho de propiedad y el rebo,
anticipándose á Proudhón, escribió aquella popular
sentencia: «La propiedad exclusiva es un robo en la
naturaleza*. «Siendo la necesidad el solo titulo de pro­
piedad, resulta que, satisfecha la necesidad, el hombre
deja de ser propietario... ¿Los hombres pueden comerse
mutuamente? Si, porque los seres tienen el derecho de
nutrirse de toda materia apta para satisfacer sus nece­
sidades... Hombre de la natoralera, sigue tos deseos,
escacha tus necesidtdes, sean tu solo maestro y gula»...
Es un comunista cínico y brutal .(i).
4") Oo m oni» m o d e F . IJoSlB abauf (17621797).
— Nació este revolucionario en Saint-Guentin, en
1762, y por sos ideas demagógicas, al estallar la Revo­
lución francesa, obtuvo grandes empleos en l.i nueva
administración. Después de la calda de Robespicrre pu­
blicó la obra titulada E l tribam del pueblo, por Grac-
chus Babeuf. En ella propone una nueva ley agraria,
esto es, la abolición de la propiedad privada, la distri­
bución de todas las tierras y de todas las riquezas
entre los ciudadanos pobres; ataca con gran violencia
al Directorio, y como ¡efe del club de los iguales, pre­
para la insurrección para destruir la constitución del
«So til. Terminó trágicamente sns días: arrestado y
condenado á muerte, fué guillotinado el 25 de Mayo
de 1797, y con él acabó su tentativa comunista.
5) E l oo n d e E n r ia s e d e B itn t-B lm ó n (:76 o -
1825). — Saint-Simón tué primero militar, después
aplaudió la Revolución francesa, y coa el conie de
Redera se metió & especular con la venta de los bienes
nacionales. Engañado por su compañero quiso ser el
redentor de una nueva sociedad. Publicó (2) varias
obras exponiendo la nueva reorganización social, que
ideaba principalmente de la industria; los experimentos
que hizo le costaron tanto, que quedó en la más es­
pantosa miseria, y para acabar intentó suicidarse
(1823). Curado de la herida logró morir en brazos de
sus discípulos Agustín Thierry, Augusto Coime, O indo
Rodríguez, Bazard, Enfantin, etc. Saint-Simón fué el
fundador de la escuela industrialista, la cual se propo­
nía mejorar la suerte del género humano, especial­
mente de la clase trabajadora, por medio de la indas -

(1) Taine, Ob. cit. pág. 2S3.


(2) V ÍMtroáuetion aux travaux icieali/ífues du XIX sietle,
1S0S.— De la rierganitatítn ie la societi turápteme, 1814, con
A g. T h ierry.— V ln dw trit, 1 S 1 7 ,— L*syslbriCindujtricl, l 8 a i ,
— Le Nmrveau Chrittknhme, 1825, etc., etc.
tria y de la ciencia. Apoyándose en el principio de los
economistas clásicos,- que el trabajo es la única fuente dt
todo valor y de toda riqueza, dedujo lógicamente que el
trabajador, esto es, el que produce la riqueza, debe
ocupar el primer lugar cu la sociedad. «El trabajo (ó
sea li industria en el sentido m is lato) debe ser la me­
dida á la cual han de ajustarse las instituciones sociales;
ó en otros términos, los trabajadores no deben ocupar
en adelante, como hasta aqui, el último, sino el primer
puesto eu la sociedad, y oficio de la ciencia es el pro­
curarles :iquel grado que á su dignidad corresponde».
A esta aristocracia del trabajo daba la dirección de la
nueva sociedad, eliminaba de ella á los ociosos y h o l­
gazanes y mandaba la organización y asociación entre
los trabajadores. Además constituía bajo nuevas bases
la propiedad, la religión y hasta la familia. Vino en
auxilio de las enseñanzas de Saint-Simóú precisamente
nn discípulo del economista Adam Smith, porque en
aquel mismo tiempo criticaba el célebre Sismundi los
abusos de la libre competencia, el aumento ilimitado
de las riquezas cu unos y la miseria en la mayor parte,
el descenso continuo de los salarios causado por el
empleo do las máquinas, etc., etc., ¿ invocaba el auxilio
del listado para proteger á los obreros contra la ava*
ricia y crueldad de los jefes industriales.
I.os discípulos de Saint-Simón, conocidos con el
nombre de sansimonianos, formaron una secta que des­
arrolló enn mucho talento la doctrina social de sn
maestro, pero desde el momento que pasaron de la
teoría á la práctica, perdieron todo crédito. Quisieron
formar una nueva jerarquía social, decretaron la igual­
dad absoluta entre el hombre y la mujer, modificaron
el matrimonio, abolieron la herencia, sustituyeron á la
filiación natural otra convencional é introdujeron on
nuevo culto. Tan espantosas innovaciones debían aca­
bar como acabaron: ridicolizados por todo el mondo
sus aotoies, fué disnelta la secta por sentencia judicial
en 1833.
6) Am4n B a u r d (17 9 1-18 32).— Este fué el me­
jor discípulo del conde Saint-Simón, y bien pronto,
ptr so carácter fogoso, reconocido jefe d éla secta.Pu-
Dlicó Le Producteur a fOrgauisaleur, y en dicha obra,
siguiendo lis doctrinas de su maestro, expone ana
reforma social. «Qjie el F.stadn debe incautarse de las
herencias, en logar de los parientes, y repartirlas entre
los más dignos, esto es, entre los obreros, qae son los
verdaderos prodoctores de la riquezas. En sus prime­
ros años fundó ana de las ramas de la francmasonería,
el carbonarismo francés.
7) C a r lo s F o u r U r (1768-1837).— Este econo­
mista fué el fundador de la escuela llamada Societaria
ó FaUnsteriann. Era natural de Besanjón é hijo de un
trapero. Hasta la edad de cincuenta años estuvo de
dependiente en varias casas de comercio. Habiendo
visto en tiempo de hambre á su amo acaparar el trigo,
negarse á venderlo y consentir que padeciese hambre
el pueblo, con el Sn de obtener mayores ganancias, la
filantropía de Fourier se 'conmovió, y Juzgando que
ana sociedad en donde se cometían tales crímenes es­
taba mal constituida, se creyó llamado i reorganizarla
y i ponerla en el estado en que debía estar. Sin duda
alguoa la humanidad hacía seis mil años que esperaba
á Fourier. Atribuía este filántropo al catolicismo los
vicios y sórdida avaricia qoc notó ea sa amo y priaci-
al, como si en los dogmas del cristianismo y dentro
§ e la Religión no hobiese algún medio capaz de hacer
triunfar al hombre de semejante tentación. Fourier no
se dignó siquiera pensar en esto. El cristianismo estaba
condenado siu apelación en su tribunal por dos razo­
nes: la primera, poraue Fourier no lo conocía ni pre­
tendía estudiarlo; y la segunda, porque su principal,
que sabia de ello tanto como él, era un bribón. Era
preciso buscar otra cosa, y en efecto la bascó. Pasado
macho tiempo, y después de haber hecho machos nú­
meros, declaró k sus discípulos que si el mundo iba mal
era, no porque existiesen pasiones en el corazón huma­
no, sino porque estas pasiones no tenían amplia liber­
tad ni podían desenvolverse á sus ancharas; ael desen­
volvimiento de todas las pasiones resaltarla en lo suce­
sivo la armonía. Esta crasa y salvaje doctrina la expo­
ne del modo siguiente: «Qpe lo que comúnmente se
llama la voluntad de Dios, no es m is qae la atracción
universal, y ésta en los seres se manifiesta por el ins­
tinto. Siendo también para el hombre los instintos re­
velaciones de la voluntad divina, no debe ¿1 suprimir­
los, sino satisfacerlos, porqne de su satisfacción nace
la dicha. El medio, empero, para procurar esta satis­
facción á todos los seres humanos existe en el trabajo,
organizado del modo siguiente: los propietarios deben
juntar sus bienes, sin perder su derecho de propiedad,
para instalar una industria común que permita & cada
uño dedicarse, ora á esta, ora á aquella ocupación, se­
gún le instigue el impulso del momento, método que
ha de convertir el trabajo en diversión». Para los por­
menores, Fourier propone lo siguiente; a En el espacio
de una milla cuadrada han de vivir 2.000 personas (una
falange), reunidas en un edificio dilatado (falansterio),
y bajo la dirección de un inspector (uñares). Las falan­
ges han de dividirse en series, y las series en grupos.
Cada uno puede, cuando guste, cambiar de trabajo.
Dividido el froto del trabajo en doce partes, cuatro se
destinan á aumentar el capital, tres á remunerar el
talento, y los cinco restantes quedan para el trabajos.
¡Portentoso sistemal Aunque parezca increíble (1), el
loco Carlos Fourier adquinó prosélitos. Entre los que
propagaron sus errores se cuenta & Kranzt, que en 1848
publicó una obra titulada El presente y lo porvenir; i
Víctor Consideran, que ataco furiosamente i los eco­
nomistas, á los que nace responsables de todos los
males sociales; ¿ Trauson, apologista de Fourier, y &
Lenooyne, míe ensayó la formación de nuevas falanges
industriales.
8) B oberto Owen nació en Escocia en 1771 y
murió en 1857. Rico indastrial, fué el primero que ideó
en sus manufacturas las instituciones de Patronato
Obrero, Sociedades Cooperativas de consumos y de
producción, Cajas de Ahorros, almacenes de abasted-

(1) Historia «conómúa, por D. A. Brafiai, pig. >97,


mientes para los obreros, prohibición del trabajo & los
niños y limitación en las horas del trabajo diario. Ateo,
y fatalista, persuadido de la irresponsabilidad humana,
no admite ni penas, ni premios, ni recompensas; ene*
migo de la producción en grande y de la competencia,
quiere qne el trabajo, distribuido según las varias
edades, se ejercite en el seno de pequeñas comunidades
confederadas, regidas por magistrados electivos y com­
puestas por lo menos de 500 y no más de 2.000 perso­
nas, que reciban la misma educación, contrayendo
matrimonios no indisolubles, y que, sin necesidad de
comercio y de moneda y sin conocer ni jueces ni cár­
celes, disfruten naturalmente de cuanto sirva para sus
necesidades (1). Soñador, quiso ensayar una sociedad
comunista en los Estados Unidos, bajo el nombre de
New-Harmony, en iS2é, pero la tentativa fracasó.
F.ntre sns partidarios merecen especial mención el
irlandés Guillermo Thompson (muerto en 1S33), que,
como ha demostrado Mengen, expone con mucha clari­
dad la teoría del mayor valor, de ordinario atribuida i
Rodbcrtus y á Marx. Ideas análogas se hallan en los
escritos de John Gray ( i 8 j i ) , de Edmond (1828), de
J. F. Bray (1839) y Carlos Bray (1841).
9) E ateb& n O a b e t —El abogado demócrata Es­
teban Cabet (1788-1856), después de haber leido,
mientras estaba desterrado en Inglaterra, La Utopia de
Toms Morse, escribió una novela social comunista
( Voyagt tn Iearie, 1840) contra la propiedad y favo­
rable á la familia, más notable, sin embargo, por el
esplendor de forma que por originalidad de doctrina,
el cual llegó 4 ser mas tarde el código de algunas so­
ciedades de emigrados franceses en Texas y en Illinois,
que experimentaron con poco felices resultados las
doctrinas de un maestro personalmente no muy acep­
tado (2).

(1) Rob. Owen. News riews of «ociety, 181 s.


(3) Víase la Introducción al estudio de la Economía poli-
tica por L, Cono, troduc. de J. de Ledesqis y Palacios, píg. 583.
io) A a o o U o lo n M O o m m ls U e .- E n los Esta­
dos Unidos hallamos, sin embargo, algunas Asociacio­
nes Comunistas de escasa importancia, es verdad, pero
que algunas tienen ya más de setenta años de existen­
cia ( i ) . Actualmente se cuentan de 70 á 80, con un
ersonal de 6 á 7.000 miembros, y el conjunto de sus
E ¡enes representa un capital de 120 á 150 millones de
francos. Este capital, repartido entre los miembros,
tocarían á unos 20.000 (raucos, cantidad superior á la
que correspondería por individuos en las naciones mis
ncas de Europa. Acaba de realizarse otra fundación
comunista en Topolobambo, en Méjico. La verdadera
causa del descrédito de las Asociaciones ComanÍ9ta¡
consiste en que las condiciones necesarias para que
den buen resultado están en oposición con las tenden­
cias y aspiraciones de las modernas sociedades. Para
convencerse, baste conocerlas condiciones indispensa­
bles para su existencia: 1.* Es indispensable que las
sociedades comunistas se compongan de pocos indi­
viduos, siendo el máximum de 1.000 a 2.000; la
razón es evidente, porque á medida que el núme­
ro de los asociados aumenta, el interés que cada indi­
viduo tiene por el éxito de la comunidad disminuye.
2.a Es indispensable en dichas comunidades ó socieda­
des severisiraa disciplina. En establecimientos en donde
se observa la vida común, como en los cuarteles, liceos
y presidios, es en donde es rigurosa la obediencia.
La historia de la colonia de Icaria es interesante bajo
este aspecto: allí se ve á los neófitos sustraerse á la
regla que creían insoportable, y Cabet, luchando
inútilmente y para interés de la colonia, pidiendo po­
deres de dictador. Pero obsérvese que solamente el
espíritu religioso es capaz de producir en los miem­
bros de nna comunidad la obediencia á la disciplina y
al cumplimiento fiel del reglamento. El fanatismo de
las sectas protestantes soa actualmente las que dan
alguna estabilidad á las pequeñas sociedades comunis­

(i) Nordfaoff. Communistie Socales. —Richard Ely. The


Ubor moTemeot in Amcric*,
tas que existen en los Estados Unidos. No están hoy,
desgraciadamente, loa ánimos para sajelarse & yogo
alguno, y mucho menos al religioso, y por eso toda
tentativa de comunismo infaliblemente fracasará. ¡Es
altamente chocante que hoy los únicos hombres que
enseñan y procuran á todo trance el comunismo puro,
so» los qae se declaran ateo-materialistas!

SOCIALISMO Y COLECTIVISMO

Indicaremos los principales defensores y exposito­


res del socialismo y colectivismo.
i ) P e d ro J o i é P ro n d h ó n .— Pedro José Prou-
dhón (1809-1865), que comentó en uno de sus prime­
ros escritos (Qu'est ce que la pr apriete? 1840) la co­
nocida frase La. propiedad es un robo, ya adoptada por
Brissot de Wauville (1780), ocupa el primer puesto en
la historia del socialismo. En otro lugar nos hemos
ocupado de este socialista: sos doctrinas políticas,
religiosas, filosóficas y económicas son an tejido de
sofismas y paralogismos. En muchas cuestiones defien­
de el pro y el contra. Adversario incondicional de la
propiedad privada, odia, sin embargo, á los comu­
nistas, de quienes dice que le dan asco, y combate en
muchos pantos los dentts sistemas socialistas. La obra
más discutida de Proudhón fui la titulada Sistema de
las contradicciones econimicas 6 filosofía de la miseria,
que apareció en 1845. Proudhón fué el ídolo de la
turba malta de conspiradores, demagogos y demó­
cratas igualitarios qae aspiraban á cambiar el orden
social.
z) L o la B la n o (1811-1882).— Vió en la libre
competencia la fuente de todos los males qae afligen
al mundo en el terreno económico, y creyó bailar el
remedio en la organización pública del trabajo. El
Estado ha de ser el primer productor, y, aumentando
su producción sin cesar, ha de acabar con el productor
particnlar. Fué también el primero que defendió el dere­
cho a! trabajo, y trató de establecerlo mediante U ios-
taladón de talleres nacionales para obreros desocupa­
dos, talleres que ahogó en sangre Casanaig.
3) W ln k e lb le o h . —£1 profesor Winkclblecli, de
Alemania, conocido con el nombre de Mario, publicó
por entregas (en Kassel, 1850-185 5) una serie de estu­
dios acerca de la organización del trabajo ó sistema
de economía política universal (1), en los cuales trata
de probar la necesidad de una transformación de la
propiedad privada en una sociedad societaria moy se­
mejante al sistema económico de Fourier.
4) Oaxloa X to d b srtaa -J a g etE o w (1805-1 £75).
— Fué este autor, contemporáneo y ¿mulo de Mario,
ministro de Agricultura de Prusia en 1848, y padre y
defensor del socialismo científico en Alemania. Pocos
y breves son sus escritos, pero contienen en substancia
el socialismo, que con brillantez y fogosidad han des­
arrollado después Carlos Marx y Lassalle. En varios
artículos que publicó en revistas y periódicos alema­
nes, y en las cartas i un amigo con el titulo Zur Be
lenchluug áer socialea Frage, critica de un modo dema­
siado vivo y peligroso el origen de la riqueza y las
relaciones entre el capital y el trabajo. Adam Smith
había reconocido que la mejor medida de los valores
era el trabajo y no el capital, y Ricardo, dando á esta
verdad todo el rigor de una fórmula científica, esta­
bleció que desde el punto de vista económico la rique­
za no era más que un producto del trabajo y no valia
sino trabajo. Apoderóse Rodberto de este principio, y
exagerándolo, no sólo llegó á omilir, sino á suprimir
el oficio del capital, y sostener que el trabajador recibe
menos 4 medida qne produce más. Por lo tanto, el
mismo Rodberto caracteriza su teoría como «evolución
consecuente de la tesis introducida en la ciencia por
Adam 5 mhh, y más profundizada por la escuela de R i­
cardo, de qne todos los bienes dcoen considerarse en

(1) H an sido n u n i i o i en Irei tom oi, con el titulo Unttr


suchunger uier tfíe organisation áer Arteit oder System dtr
Wtltt’ Konmit.
la economía como producto del solo trabajo, ya qne
no cuestan m is que trabajo». Opina, además, qae el
sraithianisnio es una doctrina atrasada, y que la pre­
tendida ariuouía entre el capital y el trabajo es uua
falsedad; qae el pauperismo y las crisis sociales sólo
tienen un mismo origen, á saber, el qae si la distribu­
ción del producto nacional se abandopa á si misma, el
salario del trabajador será una parte tanto más pequeña
del producto nacional cuanto más aumente la produc­
ción, esto es, cuanto más trabaje el obrero. Se burla,
y con razón, de la libertad ilimitada del trabajo y de
las leyes naturales de la sociedad. aCuanto mayor nú­
mero de habitantes hay en una población, tanto es
más productivo el trabajo, y cuanto mayor es la liber­
tad individual, tanto es nwnor el salario, y el trabaja­
dor se equipara á ana mercancía». «Es necesario— ex­
clama— que la sociedad reemplace las leyes naturales
con leyes racionales, y si no lo hace, caerá sobre ella la
revolución». ¿Y cuáles son estas leyes racionales, según
Kodberto? E d una serie de cartas á su íntimo amigo
Rodolfo Mayer reclama:
i.° Otro sistema de salario. 2.° Que el Estado
maneje todo el capital artificial en circulación, bajo la
forma de billetes de Banco, para dar á la producción
nacional una dirección conveniente á loa asalariados.
Y 3.0 La introducción de almacenes públicos, con el
fin de que la remuneración se verifique en mercancías
y pueda asegurar y mantenerse asi la tasa del salario.
En una palabra, no hay otro medio de ocurrir á los
males ocasionados por los principios de la escuela eco­
nómica liberal, que hacer pasar la sociedad paulatina­
mente i un estado en que no haya ninguna propiedad
de tierras ni de capital, sino sólo emolumentos debidos
al mérito ó al trabajo.
5) F e r n a n d o L a n a l l e (182J-1B64) ha sido ver­
daderamente el propagador y como padre del socialis­
mo en Alemania. Ningún jefe socialista ha ejercido
tanta influencia sobre las muchedumbres populares
como Lassalle. Rico, laborioso, inteligente, ambicioso
y fiero, llamó la atención desde luego entre los univer­
sitarios. Se dedicó desde sos primeros años i la filología,
al derecho y ¿ la filosofía, en la cual se apasionó por
Ilegel, y estudiante aun, se alistó en el partido radical y
revolucionario de la joven Alemania. Por la energía de
su carácter, por el poderde su espíritu, por su elocuencia
de fuego y por el atractivo fascinador de su catara-
leza briosa y casi salvaje, al par que delicada y tierna,
estaba llamado á ser el agitador popular de Europa.
Nada tenia de alemán; por su astucia ¿ imaginación,
por sus odios y ambiciones, parecía m is bien del Orien­
te. En efecto; era jodio de nacimiento, no de religión,
porque jamás reconoció otro Dios qae i sí mismo. De­
dicó los tres úllimus años de su viua á la propaganda
socialista, y para qae nada faltase á su vida aventurera
y de exaltación, murió en un duelo por nna cuestión
de amores en Ginebra el 14 de Agosto de 1864. Se dió
á conocer defendiendo á la condesa Hatzfeld en el céle­
bre proceso contra sa marido, que principió tn 1845 y
no terminó hasta 1854, con un arreglo m ay ventajoso
para la condesa. Estuvo relacionado con Bismarck, pre­
cisamente en 1862, cuando los liberales progresistas,
los discípulos de la escuela de Manchéster, los parti­
darios del ¡aissei ¡aire, laissez f>asser¡ se oponían 1 la
reorganización del ejército y al presupuesto presentado
por Bismarck. Entró Lassalle en campaña contra Schult-
ze-Delitzsch y sus partidarios en lo m is recio del
conflicto parlamentario.
Véanse las palabras que escribe Lassalle:
«El advenimiento del tercer estado al poder, la'
sustitución de la Burguesía i la Aristocracia, fué sola­
mente una etapa en la marcha de la democracia; pero
ahora i la clase obrera, al cuarto estado (es frase de
Lassalle) esti reservada la supremacía, y la obtendrá
pronto por el sufragio universal. Las castas del tiempo
pasado, Clero, Nobleza y Burguesía, nna después de
otra, se han combatido mutuamente y destruido; hoy
el cnarto estado, la clase obrera, es la qae debe acabar
la evolución; ella tiene el encargo de aniquilar la Bur­
guesía que todavía queda y adquirir el poder».
Pero donde espone so programa es en la contesta­
ción pública ó respuesta franca; en ella desarrolla el
plan qne deben seguir los obreros para obtener el po­
der, y dice así:
«Los obreros deben formar un partido aparte, dis­
tinto, sin dejarse arrastrar por nadie, procurando por
medio del sufragio universal y directo obtener el mayor
número de votos en el Parlamento y en los consejos
urbanos y rurales; y cuando sean en número suficien­
te, votarse para si mismos los fondos necesarios para
el establecimiento de asociaciones cooperativas de pro­
ducción, siguiendo la opinión de Luis Blanc».
Peculiar del fogoso agitador es la Ley di bronce de
¡os jornales, que formula del siguiente modo:
«El término medio del jornal se reduce siempre &
lo indispensable para el sostenimiento de la vida, 6
sea á lo que en un pueblo dado se necesita habitnal-
mente para la conservación y la propagación. Los
obreros forman y formarán siempre realmente la clase
de los desheredados; están sujetos i esta ley cruel del
salario como á nn poste ó picota. ¿Y cómo podrán li­
brarse? Para librarse del salario y poder llegar á reci­
bir el producto de su trabajo sólo hay un medio, pero
infalible: la creación y desarrollo de asociaciones obre­
ras de producción, independientes y ayudadas por el
Estados.
Creía Lassalle que para transformar la industria y
la sociedad moderna bastarían cien millones de talers
que exigía al Estado. Y a hemos dicho que Fernando
Lassalle fué muerto al primer tiro de pistola en el
desafío que tnvo por cuestión femenina con el barón
Janko von Rackowitz en Carouge, cerca de Ginebra.
Transportado su cadáver á Alemania por lá condesa
de Hatzfeld, fué objeto de grandes y entusiastas mani­
festaciones del partido socialista durante varios días,
hasta que puso término la policía, siendo enterrado en
el cementerio de Breslau. Pero bien pronto la imagina­
ción fanática y crédula del partido socialista ha creado
alrededor de sa tamba ana leyenda fantástica. Para
gran número de socialistas alemanes Fernando Lassalle
no ha muerto, vive aún, y volverá pronto con gloria
y majestad i presidir el triunfo de la próxima renova­
ción social. Sn memoria se venera como si fnera un
profeta y un mártir, y para el partido obrero es el
verdadero Mesías, el verdadero redentor. En las confe­
rencias populares de los socialistas, son frecuentes las
paralelos entre Sócrates y Femando Lassalle, entre
Jesucristo y el redentor socialista. Se han propuesto
en su honor cánticos i imitación de los cánticos sagra­
dos de la Iglesia católica; se le dirigen oraciones y
preces, y se na compuesto en su honor hasta el Creao
de Fernando Lassalle, sacrilega parodia del Credo ca­
tólico. ¡¡(Cuánta verdad es qae el que se aparta de
Dios, de Jesucristo y de su Iglesia, adorará á los hom­
bres y hasta á las bestiaslM
6) B e o k e r , S o h w e lts e r y la oond eaa d e H a t i-
fe ld .— No fué de gran duración la obra de Lassalle, &
pesar de la veneración que le tienen, porque apenas
cerró los ojos principió la división entre sus partida­
rios. El sucesor Bcckcr, á quien el mismo Lassalle
había nombrado para socederle, fué declarado inútil,
eligiendo la Asociación de trabajadores alemanes al gen­
tilhombre, socialista y católico, el barón y doctor de
Schweitzer, que con temando Lassalle habían fundado
el primer periódico de la liga Et Demócrata Socialista.
No le pareció bien á la condesa de Hatzfeld el nom­
bramiento del nuevo presidente, y asociándose con
Mende y otros jefes del partido fund¿> una asociación
distinta; de manera, que en 1B64 se dividió el partido
lassalliano en dos ramas, la masculina y la femenina,
como se llamaba irónicamente á la pequeña reunión
de la condesa de Hatzfeld. El doctor Schweitzer logró
reunir bajo su dirección el mayor número de los par­
tidarios de Lassalle, y hasta los desterrados de 1848,
como Felipe Becker, Kustow, Hess, Wattke, y sobre
todo á Carlos Marx, los cuales contribuían con tesón
á la redacción de E l Demócrata Socialista. Fué elegido
en 1867 el doctor Schweitzer como dipntado socialis­
ta, pero como lo mismo que Lassalle miraba la cues­
tión social m¿s bien desde el panto de vista germánico
que internacional, y como por otra parte aabian sus
partidarios qae era noble y católico sincero, aprove­
charon la ocasión de haber publicado algunos artícu­
los i favor de la política de Bisnurek, para separarse
públicamente del doctor Schweitzer todos los que
pertenecían i la Asociación internacional de los traba­
jadores y los partidarios de la revolución universal.
Carlos Marx, se separó siendo él presidente de la Inter­
nacional, y los socialistas sajones Bebel y Liebknecht
formaron nn partido socialista disidente, titulado El
partido de los obreros socialistas demócratas, llamado
también el partido de los hombres de honor ó el parti­
do de Eisenacb, nombre del pueblo en donde se hizo
la primera reoni6n. Este nnevo partido tuvo por ór­
gano al periódico El Volkstaal, y el del doctor Schweit­
zer El Nuevo Demócrata Socialista. Este seguía fiel i
las doctrinas de Lassalle, al paso qneE/ Volkstaal seguía
4 Carlos Marx, presidente y fundador de la Internacio­
nal de los trabajadores. A los diez años sólo quedó ya
el partido de los obreros socialistas demócratas.
7) L a I n te r n a o io n U .— Durante la Exposición
francesa de 1862, los delegados de los obreros france­
ses Tolain, Fribourg y otros, se reunieron en Londres,
y en compañía de los jefes de los socialistas ingleses
y alemanes pusieron las bases de un sistema nuevo,
ae la Unión internacional de los obreros. El $ de Agosto
de 186} tuvieron los mismos delegados la Fiesta de
la fraternidad, en donde hubo manifestaciones entu­
siastas en favor de la insurrección polaca, y el 28 de
Septiembre de 1864, en nn gran méeling celebrado en
Saint-Martin’s Ilall, se fundó definitivamente la Inter­
nacional. Se determinó que un Consejo Central provi­
sional redactase el programa y los estatutos de la
asociación. Ea este Consejo Carlos Marx, con sus pro­
yectos revolucionarios, económicos é internacionales,
triunfó de Mazzini, que deseaba solamente una liga
política y no la lucha de las clases. Benito Malón, en
el estudio que ha dedicado á la Internacional, dice (1):

(1) tfoHvellc Revut del 15 de Febrero de 1884.


Soc. T & IU Q . — 1 (
«Mazzini vió en los comienzos de la asociación
nm baja preocupación de los intereses materiales y na
ataque i la supremacía italiana (primato italiano), oue
faé como complemento de la independencia de Italia,
el solo sueño— al que debía sacrificarse todo— del
conspirador patriota. Luis Blaoc guardó hostil reser­
va; T.edrouRollin dijo qoe buscar así las mejoras me­
ramente económicas era resignarse muy ficiimente al
imperio odiado. Finalmente, filanqui se persuadió que
habla al (jo de bonapartisnu en el asunto. Julio Simón,
m is malicioso, se hizo inscribir con el número ¿06 en­
tre los obreros».
Sin embargo, las proposiciones de Carlos Mari
fueron aprobadas casi por unanimidad, v en el primer
Congreso que en 1866 se celebró en Ginebra fueron
de nuevo proclamadas, nombrado el Consejo definitivo
r redactadas las instrucciones para el Consejo y para
Í os delegados. La divisa de la Internacional es la si-
'uiente: «Tenemos por principio el derecho al traba-
Í 0, por medio de acción la organización del trabajo, y
por fin la revolución social*. Además del primer Con­
greso, la Internacional se ha reunido en Sossana,
Bruselas, Bal y Ginebra, en los años 1867, 1868, 1869
y 1871, en los cuales los asociados en Europa eran ya
muy cerca de dos millones. Se consolidó la dictadura
de Carlos Marx en el Consejo Central, dándole la di­
rección de los socialistas obreros del mando entero.
En el Congreso de La Haye, en 1872, la Internacional
se dividió, porque gran numero de delegados protestó
de la dictadura de Carlos Marx y él se salió de la
sala, fundando las secciones que representaban el
Consejo federal internacional en Chiux-de-Fouds. Las
delegados ingleses, dirigidos por Cremer, Odger y
Potter se retiraron igualmente disgustados, y trans­
formaron las secciones inglesas en simples asociacio­
nes nacionales. Carlos Marx transportó el asiento de
la Internacional i New-York. A pesar de estas disi­
dencias continuó Carlos Marx siendo el verdadero
¡efe de la Internacional, porque la gran mayoría de
las' secciones continuaron fieles, especialmente las
secciones alemanas, bajo la dirección de Bebel y de
Liebknecht, y con el nombre de Asociación democrática
de los obreros.
8) O a r lo s l u x (1818-1885).— Moy poco pa­
recida es la vida de Carlos Marx & la de Lassalle;
toda ella se halla encerrada en sus obras. Nació en
Tréveris en 1818; su padre era empleado de las mi­
nas, y pertenecía por sa familia & la raza judaica.
Marx consagró toda su vida al estudio de la economía
social hecho en distintos paises; sus viajes obligados
eran causados por sus ideas y proyectos exaltados y
revolucionarios. Es muy distinto de Lajsalle; fu i un
hombre dedicado al estudio, al paso qne Lassalle faé
nn agitador y tribuno popular. Mnrió Carlos Marx en
Londres en 1885, rodeado de sus tres hijas, hoy ca­
sadas con tres socialistas, Lafargue, Longuet y
Ed. Avclidg (1).
Carlos Marx ha trazado en sus obras la tictica
qne pira la propaganda deben emplear los socialistas,
especialmente los ]efes; y en efecto, sus discípulos la
siguen de una manera admirable, porque su propagan­
da es un modelo de perseverancia, de prudencia, de
sabias acomodaciones y de pérfida moderación. A >1
como Lassalle, luchando contra los economistas, es­
cribía con su énfasis acostumbrada, «desciendo k la
arena armado con toda la ciencia de mi siglo», Carlos
Marx en su principal obra disimula y viste sus doctri­
nas subversivas con un barniz científico, suficiente
para ilusionar i espíritus superficiales y engañar 4 los
incautos obreros. Pero las doctrinas de Carlos M irx,
despojadas del ropaje científico, vienen & parar i las
conclusiones del misino Proudhón; todas ellas se pue­
den resumir ed esta frase: El capital es un reto.

(1) S u obra principal E l Capital, cuyo primer lom o fu£


publicado en 1867, habla de comprender cuatro tomos 7 no
ha pasudo del segundo. A d em is ha publicado varios artículos
en las revistas; en 1847 publico La M iseria d i la F ilosofía ,
respuesta ¿ La Filosofía de la idistría por M. Proudhón, y
en 1859 La critica dt la Ectmomia política.
Carlos Marx oírte del principio admitido por los
economistas, i saber: que la única fuente de la rique­
za es el trabajo. Adem is define, como todos los econo­
mistas, el T ala r en uso y el valor en cambio ( i ) , y
siendo éste la aptitud qne tiene nna cosa para ser
trocada per otras mercancías, deduce Marx qne par el
solo trueque de unas mercancías por otras no puede
obtenerse nn incremento de valor, puesto que al tro­
carle una cosa por otra, la qne se da debe ser equiva­
lente ¿ la que se recibe. Esta máxima deberla aplicarse
también al cambio de mercancías por dinero y de di­
nero por mercancías. ¿Cómo, pues, pregunta Marx, es
posible que el capitalista consiga obtener un Incremen­
to de valor y aun acumular capitales fabulosos? Me­
diante el secreto descubierto por Carlos Marx, & sa­
ber, el aumento artificial de los valores en cambio, y
para revelar este secreto escribió so obra El Capital.
Veamos, pues, el secreto de Carlos Marx.
Como toda mercancía, así también la fuerza del
trabajo (ane hoy día es tratada como mercancía) po­
see un valor en uso v un valor en cambio. El valor en
cambio de la fuerza del trabajo se determina, como el
valor de toda otra mercancía, por la suma del trabajo
social medio contenido en ella, ó sea por el valor en
aso de los medios de subsistencia precisos para alimen­
tar y conservar en circunstancias ordinarias la fuerza
del trabajo. Pero, ademis, la fuerza del trabajo tiene
un valor en uso, don natural que no cuesta nada al tra­
bajador, pero que es un manantial de lucro para el ca­
pitalista. Es i saber: que la fuerza del trabajo tiene la
propiedad de añadir i loe prodactos más valor en cam­
bio del que ella misma posee. Cuando, por ejemplo, el
valor de los medios de subsistencia de que el trabaja­
dor neccsita de ordinario importa cuatro pesetas,
éstas representan el valor en cambio de la fuerza de
trabajo, y por tanto, también el estipendio que el traba­
jador obtiene regularmente por ella. F.1 obrero hilador,

( i ) V ía ie el art. III del cap. III, en donde hemos expuesto


las definiciones.
por ejemplo, en seis horas de trabajo aumenta el valor
del algodón qae hila en cuatro pesetas, igual á la sama
que recibe por el salario quizás de doce horas. Mas su­
pongamos qae se obliga al trabajador á continuar tra­
bajando; el producto de las seis horas suplementarias
se lo mete el fabricante en el bolsillo, debiendo esta
ganancia al trabajo gratuito de otro. «Este segundo
período del proceso de trabajo— escribe Marx,— en el
cual el trabajador sigue sudando más allá del limite
del trabajo necesario, le cuesta á £1 trabajo, ó sea
gasto de fuerza de trabajo, pero no representa ningún
valor para H; antes constituye ti» sobrante de valor, que
sonríe al capitalista con todos los encantos de nna crea­
ción de la nadat ( i ) . Este sobrante de valor ingresa en
las cajas del capitalista sin compensación alguna á
favor del trabajador qae lo ha producido, y va crecien­
do, como es natural, en razón directa de la duración
del trabajo diario, del número de obreros ocupados en
producirlo y del descenso del salario qae se les paga.
T al es el secreto de la multiplicación del capital,
según Carlos M ili, esto es, la explotación del trabaja­
dor por el capitalista.
¿Y este estado de cosas cómo se remediará? Por un
solo medio, afirma C . Marx: por el comunismo de to­
dos los medios de producción, ó sea instrumentos del
trabajo, y por la supresión absoluta del derecho de
propiedad privada sobre los capitales. Mientras subsis­
ta el capital privado, el F.stado rada podrá contra la
potencia natural de su desenvolvimiento; no tiene otro
medio sino escoger entre la supresión completa ó de­
jarle crecer á sus anchas.
Escribe Marx:
«La conversión tn propitdad capitalista de la pro­
piedad privada procedente del trabajo propio de mu­
chos individuos aislados, y de consiguiente fraccionada
en porciones innumerables, es naturalmente un proceso
sobre toda ponderación, más largo, cruel y dificultoso
que la conversión en propiedad social de la propiedad

(l) E l Capital, a.1 edic., píg. 207.


privada capitalista, procedente ya de hecho de la ex­
plotación cooperativa de los medios de producción. Ea
aquélla se trató de qae unos cuantos usurpadores des­
poseyesen á las muchedumbres del pueblo; en ésta se
tratará de qae las muchedumbres del pueblo despo­
sean i unos cuantos usurpadores.
Cada capitalista -vive de la muerte de varios seres
humanos. A medid* que disminuye el número de los
grandes señores del capital, se aumenta la miseria, la
opresión, la esclavitud, la degradación y la expolia­
ción; pero al mismo tiempo aumenta también, como
una marea ascendente, el levantamiento de la masa
popular ilustrada por el mecanismo de los procedi­
mientos de la producción del capital, unida y organi­
zada*.
Por les testos citados y por lo que expone en sus
obras, escribe el P. Cathrein ( i) :
•Podemos colegir que Marx espera qae la sociedad
del porvenir se iundará sobre las instituciones siguien­
tes:
a) Comunismo de todos los medios de producción,
implantado mediante la expropiación de los nsorpado-
res, ó sea de los capitalistas, por la masa del pueblo,
ó sea por la via democrática.
b) Explotación comunista de los medios de pro­
ducción sobre la base de la cooperación de los traba­
jadores libres, esto es, de la organización pública del
trabajo, empero sobre el fundamento de instituciones
democráticas.
c) El fruto del trabajo es producto de la sociedad.
Una parte del mismo será invertida en nuevas obras
productivas. La otra, destinada á ser consumida, será
repartida entre todos, y será, por tanto, propiedad pri­
vada. Esta es la «propiedad privada procedente del
trabajo propio», de que Marx habla eu diversos lu­
gares.
i¿) Al distribuirse el producto total del trabajo de
la sociedad, exige Marx, aunqne sns ideas son algo

(i) Ob. c it , pág. 37.


obscuras respecto á este extremo, que se tome por me­
dida de las partes correspondientes i cada uno, el tra­
bajo útil prestado á la sociedad, ó bien el tiempo de
trabajo necesario invertido por cada individuo en sa
faena respectiva».

A N A R Q U ISM O

B ak o u ü n e y e l principe rnio K ropotU ne.—


Hemos ya indicado m is arriba que C . Marx em­
plea en sos obras el lenguaje de la más pérfida mode­
ración; frecuentemente asegura qne él no se mete en
los intereses de las personas, sino en las teorías; no
en las personas, sino en los principios, y que él espera
la realización de sus doctrinas, no por la violencia,
sino por los procedimientos regalares y por las me­
dios legales. Pero á su lado y de sus doctrinas han
salido nombres auxiliares suyos que, más sinceros y
lógicos y menos pacientes que su maestro, han enar-
bolado la bandera de la Revolución Social y del tras­
torno universal. Ya principiaron en la Internacional
desechando la dictadura de C . Marx, y para sn direc­
ción establecieron, en lugar de un poder central, la fe­
deración de asociaciones obreras. El ñn qae pretenden
alcanzar es el mismo que el de los socialistas, pero
quieren llegar cuanto antes, y para esto echan mano
de todos los medios de destrucción, de la dinamita,
del puñal, de las bombas explosivas, etc.; en una pa­
labra, aspiran á la destrucción de la actual sociedad,
y después, sobre los escombros y ruinas de ésta,-
establecerán el anarquismo. Esto parecería nn sueño,
si los acontecimientos no nos demostrasen la infer­
nal reilidad. Al frente de estos sectarios figuran los
rusos Bakounine y Kropotkine, pero especialmente
el primero es el autor del Catecismo revolucionario,
uno de los inspiradores de la Commtmc de París y
uno de los fundadores del nihilismo roso. He aqui
cómo describe los deberes del revolucionario para
consigo mismo:
«El revolucionario es an hombre sagrado. No tiene
intereses personales, ni sentimientos, negocios, bienes,
preferencias, ni hasta nombre. En él todo debe ser
absorbido por nn interés único y exclusivo, por un pen­
samiento único, por una pasión única: la revolución.
No solamente por sus palabras y por sus actos, sino
por el fondo de so sér, él ha roto para siempre con el
orden público, con el mundo civilizado entero, con las
leyes, con los usos, la moral y las costumbres gene­
ralmente admitidas en este mundo. Un revolucionario
desprecia todo.doctrinarismo y toda la ciencia de este
mundo... No conoce m is que una ciencia, la ciencia de
la destrucción. Frío para consigo mismo, debe serlo
para con los otros... Noche y día no debe tener más
que un pensamiento, perseguir un solo objeto, la des­
trucción implacable. Cumpliendo esta obra friamente
y sin descanso, debe estar presto ¿ morir ó i degollar
con sus propias manos & todo aquel que se oponga i
su 6n>.
Los deberes de un revoludonario para con lo* de­
m is, los expone del modo siguiente:
«Un revolucionario no ocupa un lugar en la socie­
dad actual; no vive sino en la esperanza y creencia de
la pronta y completa destrucción de la misma... No
debe retroceder delante de la destrucción de ninguna
institución, de ningún bien, de ningún hombre perte­
neciente i esta sociedad. Si los lazos del parentesco,
de la amistad y del amor detienen su brazo, no es re­
volucionario. Convencidos de que no'se puede esperaf
la emancipación y felicidad del pueblo sin una revolu­
ción popular y destrucción universal, la liga debe, por
todos los medios posibles, aumentar la desgracia y los
sufrimientos para acabar con la paciencia del pueblo y
acelerar la emancipación de las muchedumbres. Nues­
tro fin es la destrucción terrible, completa, implacable
y universal. Nosotros debemos acostumbrarnos i la
vida de los malhechores y asesinos, porque éstos son
los verdaderos y únicos revolucionarios*.
En el fragmento de su obra titulada Ditu el l ’
Eíat, lanza Miguel Bakounine gritos infernales contra
Dios y contra el Estado. Encarándose como un ena’-
gúmeno contra Mazzini, Michelet, Guinet, John Stuart
Mili, que aun cuando racionalistas revolucionarios se
declararon adversarios del materialismo, y por conse­
cuencia del socialismo tanto en filosofía como en po­
lítica, trata de probarles en argumentos que solamente
pueden hacer mella ea pobres ¿ ignorantes obreros,
que no existe Dios y que toda autoridad debe ser
abolida.
Destruida la sociedad actual, los hombres se re­
unirían en asociaciones libres, á semejanza del muni­
cipio raso, las cuales se confederarán entre si, y la
discordia y el mal desaparecerán de las sociedades hu­
manas; he aquí la locura y el sueño de los anarquistas,
dimanados del sueño del loco de Ginebra, de que el
hombre nace bueno y la sociedad lo deprava..
He aquí el programa del anarquismo y I* quinta
esencia del nihilismo. Este lenguaje frió y cínicamente
feroz, parece más bien el lenguaje de un fanático mu­
sulmán, de un fakir ó de un iluminado árabe, no el de
un europeo. Pero basta recordar el asesinato del em­
perador de Rusia, los atentados de Haedel y de Nobi-
ting, la Commttnt de París con sui incendios y asesina­
tos, los incendios de Alcoy y de Valencia, las bombas
explosivas y cartuchos de dinamita en todas partes, y
los mittings, en los que nada se.respeta, para conven­
cernos de que el anarquismo ó nihilismo es una triste
realidad. Serán ios unos socialistas, para poder así me­
jor ejercer su propaganda, pero en el fondo pretenden
tomismo que los anarquistas, y en el dia del combate
formarán un mismo haz, combatiendo bajo la bandera
de la destrucción. En Alemania, un diputado socialis­
ta del Parlamento, Most, pronunció ante una gran
asamblea de anarquistas estas palabras, que resumen
toda la doctrina deBakounine: «Nosotros no queremos
la paz, sino el odio, hasta que estalle en llamas res­
plandecientes». Y uno de los jefes del socialismo hizo
ante el Parlamento la apología de la Commune de
París. En España, por más que el compañero Pablo
Iglesias asegurase en la Memoria que leyó en el Con­
greso socialista de París de 1889 que aquí no habla,
más qne socialistas agrupados en el terreno científico,
y que los bakouninistas hablan ya terminado, bien
pronto las huelgas, tum ultos ¿ incendios en Valencia,
Zaragoza, Barcelona y Bilbao, desmintieron la afirma­
ción del compañero Iglesias. Tiene razón en afirmar el
ilustre W interer que en España, por el carácter ar­
diente de sus hijos y de su temperamento fogoso, no
hay qae hacer gran caso entre la distinción ae socia­
listas y anarquistas; el carácter español, fiero é inde­
pendiente, no se presta á la disciplina del socialismo
colectivista. Un español será h o y socialista y mañana
anarquista; en efecto, en Valencia, en Z aragoza y en
otras partes, existen grupos bastante considerables de
anarquistas y socialistas. Pues bien; en el dia del tu ­
multo, de la h a elg a, del com bate, se les ve á todos
unidos.

PÁRRAFO m

ESTADO ACTUAL DEL SOCIALISMO INTERNACIONAL

El estado actual del socialismo se ha de investigar


y estudiar en los Congresos socialistas internacionales
que se celebran cada aos años.
Cuatro son los que se han celebrado hasta h o y, i
saber: el de Gante, París, Bruselas y Zorich.
Hemos expuesto y a en su logar la breve historia
de la Internacional, y con el fin de intentar de nuevo
la anión de los socialistas y de los anarquistas, fa¿
convocado en 1877 un Congreso de los dos bandos en
Gante. Entre los 45 delegados de los obreros d é la
Europa y de la A m irica, 10 fueron los delegados de
los anarquistas.
La historia del Congreso de Gante tiene dos par­
tes, una externa y pública y otra interna y reservada
para los socialistas. Los periódicos belgas publicaron
la parte externa, contándonos la solemne recepción de
los delegados, sns paseos y manifestaciones por calles
y plazas de C an te y las sesiones públicas. Estas faeron
ana continua maldición contra la sociedad y una blas*
femia contra Dios; la nota constante fné el odio satá­
nico contra el sacerdote católico. En este punto los
delegados flamencos, el suizo y el comunero Frenckel
sobrepujaron á los demás en cinismo y brutalidad.
Fueron tan soeces y bajas las blasfemias, que en más
de ona ocasión parte del auditorio horrorizado aban­
donó el salón. Guárdenos Dios de reproducir tan horri­
bles blasfemias; pero para conocer lo que fueron aque­
llas sesiones públicas, basta traducir la siguiente de­
claración que hizo el Congreso: «Tendrem os el placer
de asistir á la agonía de los sacerdotes... arrojados en
las calles y plazas, morirán de hambre y de miseria
lenta y terriblemente ante naestros ojos. Y para g o ­
zarnos con la venganza, con una botella de Burdeos
en la m ano venderemos voluntariam ente nuestro lugar
en el cielo. ¿Qjié digo el cielo? N o le queremos: lo qae
pedimos es el infierno con todas las voluptuosidades
que le preceden, y dejemos el cielo al Dios de los pa­
pistas y á sus infames bienaventurados» ( i ) .
La historia Íntima del C on greso la encontramos en
el periódico oficial del socialism o alemán Forwaerts.
I.os delegados belgas pertenecían generalmente á los
anarquistas y buscaban hacia tiem po unirse con los
colectivistas. D os fueron las cuestiones objeto de las
discusiones y disputas de los dos bandos. Los socialis­
tas pretendían que debían pasar al Estado todos los
instrumentos del trabajo; pero los anarquistas pedían
la propiedad colectiva para las asociaciones formadas
libremente entre los obreros. Después de una larga y
r . SJ ^ . ' ’ • ~ } tom ó la si-
mientras la
jo, sobre los
cuales está fundada la sociedad, se hallen en manos de
individuos aislados y de clases especiales que los m o ­
nopolizan com o propiedad privada, la opresión del
pueblo y sus consecuencias funestas como el lum bre
y la miseria deben necesariamente persistir; el C o n g re ­
so declara, que es indispensable qae el Estado, que

. (i) Bitn Pui/ie, 13 Septiembre 1877.


representa 4 todo el pueblo, y qae organiza en sa seno
el municipio Ubre, es el propietario único de la tierra y
de los otros instrumentos del trabajo». Se necesitaron
grandes esfuerzos para reunir eo el Estado el colecti­
vism o de Marx y el municipio Ubre de Bakonnine. Q u e ­
daba el 2." punto, esto es, determinar el m étodo que
debía seguirse para realizar el fin deseado. Los anar­
quistas optaban por la violenta revolución, desechando
por lo tanto las elecciones y toda acción política y
proclamando la propaganda por el becbo. Los socialistas
se declararon partidarios del sufragio y de la acción
política, esperando de la misma el cambio económ ico
y la libertad del proletariado. Los dos bandos lucharon
entre si con furia, y como la discusión iba prolongán ­
dose sobremanera, buscaron modo cóm o entenderse
socialistas y anarquistas. S e paso 4 votación an pacto
de solidaridad entre unos y otros: doce votos hubo en
pro y nueve en contra. O ch o delegados se abstuvieron,
y entre ellos Liebknecht, delegado aleroin. Se nombró
un Consejo Central para la correspondencia internacio­
nal, y se aprobó nna proposición encaminada 4 la crea*
ción de nna federación internacional de corporacio­
nes profesionales. El pacto fué firmado por los delegados
de Bélgica, Inglaterra, Francia, Alemania, Dinamarca y
un delegado italiano. Pero los delegados españoles y
del Jura, anarquistas impenitentes, r.o quisieron firmar
el pacto. E l Congreso de Gante es verdad que no
pudo realizar sólidamente la unión de anarquistas y
socialistas, pero aprobó el sistema de G Marx en tres
puntos: i.°, el colectivism o, ó sea que al Estado deben
ir 4 parar todos los instrumentos del trabajo; a.°, la
acción política del proletariado, y 3.°, la unión interna­
cional ael proletariado bajo la base de asociaciones
profesionales.

CONGRESO SO CIALISTA INTERNACIONAL DE PARÍS

Desde 18 7 7 4 1889 el socialismo habr 4 hecho gran ­


des progresos en todas las naciones (Je Europa, debido
principalmente 4 la mejor organización internacioaal
- a j? -
obrera y i los sindicatos ó corporaciones profesionales.
El Congreso socialista de París es el m is importante de
todos, porque ea ¿1 se'concertó de nuevo la anión inter­
nacional de los socialistas y el m ovim iento actual de
los mismos en todo el mundo. En 1889 habla en Eu­
ropa com o en A tn irica tres grupos: los socialistas que
se dividían en dos, p o sib ilita s y marxistas, y el tercero
ijue lo constituye el anarquismo. L os dos grupos socia­
listas tuvieron sus Congresos el día 14 de Julio de
1889 en conmemoración de la Revolución francesa. Los
nombres de posibilistas y de marxistas se han tomado
de los dos grupos principales de los socialistas france­
ses; al frente de los primeros se halla Bronsse, y de los
segundos, denominados en Francia también colectivis­
tas, Julio Guesde. Una simple cuestión de tictiq a y pro­
cedimiento los separó en Francia desde 1882, pero uno
y otro grupo admite y profesa la teoria de la propiedad
colectiva de C . Marx. Reconociendo, sin em bargo, que
todavía hay que andar m ucho para que el socialismo
impere en el Estado, es decir, para que ¿ste ó la socie­
dad obtengan y posean la propiedad colectiva, de suerte
ue nadie privativam ente posea cosa alguna, uno de los
3 os grupos piensa qne desde luego h ay que aspirar i la
propiedad colectiva que poseía la Commune de París;
quiere ante todo adquirir lo que es actualmente posiblt,
y de a<]ul el nombre de posibilistas que les dieron. L os
posibilistas, i sn vez, se quejan de que el otro grupo e s ti
tan supeditado á Marx y i su sistema, y de aquí el nom­
bre de marxistas que les han dado. Grandes esfuerzos se
hicieron antes del mes de Julio para la fusión de los
dos grupos, pero todo fu¿ inútil. Los posibilistas h a ­
blan recibido, por el Congreso de la Internacional ce­
lebrado en Londres en 1888, el encargo de preparar el
Congreso socialista durante la Exposición Universal.
Los marxistas no fueron admitidos en el Congreso de
la Internacional de Londres, y pronto comprendieron
la importancia de la celebración de un C ongreso in­
ternacional en París. S e reunieron en Haya de Holanda
y decidieron dirigirse i los posibilistas, pero con la
condición de qae el program a del Congreso había de
ser redactado por los dos grupos. Los posibilitas lo
rehusaron y los m an iatas decretaron el C on greso in ­
ternacional de Paila. L a convocación determinaba que
el C on greso marxista de París debía reunirse desde el
14 al 21 de Julio y terminaba con estas palabras: [(Viva
la emancipación internacional de los trabajadores!!
Esta proclama la firmaban: M . Lavigné, en nombre del
Congreso internacional de Bordeaux.— M. Batíase, ea
nombre del Com ité Ejecutivo del Congreso de T ro yes.
— MM. Boulé, Berset, Feline, Manceau, Roussel, en
nombre de las C im aras sindicales de París.— MM. Vai-
llant, J. Guesde, Deville, Jaclard, Crepin y L afargae,
en nombre de los grupos socialistas de P a rís. —
MM. Daumos, L aguet, Chauviére y V aillant, en nom­
bre del grupo socialista de París.— MM. Ferroul y
Planteaú, en nombre del grupo socialista de la C á ­
mara francesa.
Pronto siguió otra convocación firmada por socia­
listas alemanes, austríacos, belgas, ingleses, franceses,
holandeses, italianos, polacos, portugueses, españoles,
rusos y suizos. L a última palabra de este llam am iento
cosm opolita fué el grito: / Proletarios de todos los países,
unios! L os socialistas del mundo entero se conm ovie­
ron, y se reunieron en París, uno al lado del otro, los
dos Congresos, qae reunieron m is de 900 delegados.
Cada uno por separado fué m is importante que el ma­
y o r C on greso de la antigua Internacional. Por término
medio sólo reunían los Congresos de la Internacional
de j o i 60 delegados, no representando sino k lo m is
diez naciones, aT paso que los 381 delegados del C on ­
g reso marxista representaban veintiuna naciones, y cada
delegado representaba ana ó varias secciones socialis­
tas. Los posibilistas, aunque reunieron 606 delegados,
permitieron que cada sección socialista enviase tres
delegados. De los 3S1 delegados del Congreso marxis­
ta, a o i pertenecían á la I-rancia y 180 á las nacioncs
extranjeras. Entre los extranjeros se contaron: 82 a le­
manes ( t i diputados del R eichstag), 6 rasos, 14 bel-
;as, 4 polacos, 2 suecos, 1 noruego, 3 daneses, 4 ho-
f andeses, 3 húngaros, 2 españoles, 7 austríacos, 21
ingleses, j norteamericanos, i brasOeBo, i búlgaro, i
griego, i tchique, i de la Alsacia-Lorena, i p o r ta r a is
11 italianos, 7 suizos 7 4 romanos. El delegado de la
Fintlaudia no llegó basta el dia 17 y fué saludado con
grandes aclamaciones.
En el C on greso m arxiste, lo mismo qae en el de
los posibilistas, con el fin de evitar discusiones inútiles
se discutieron asuntos prácticos y las sesiones fueron
públicas. L os miembros más influyentes del C on greso
fueron los alemanes Bebel, Liebknecht, V ollm ar y B e-
rustcin, el redactor principal del So\ia!iemokral; los
franceses Jales G aesae, L afargue y V ailU nt, miembro
del Consejo municipal; los austríacos A dler y L eo
Frenckel; los ingleses Ed. A velin g y M orris; lo s belgas
Anseele y Paepe; el holandés Domela-Nieu'weuhuis;
los italianos C o sta y Cipriani; el ruso La'wroff; el suizo
Brandt; los americanos Bush y Hales. Asistieron a lgu ­
nas mujeres, y entre ellas las dos hijas de C a n o s
Marx. El C on greso lo presidian Liebknecht y V aillan t,
antiguo miembro de la Communt.
E l objeto principal de las deliberaciones del C on ­
greso m arxista fué la legislación internacional obrera.
Esta legislación debe asegurar al obrero:
1.° La reducción de la ¡ornada á ocho horas de
trabajo.
2.* La prohibición de que los nifios trabajen antes
de lo s catorce años. Desde los catorce hasta los die­
ciocho años los niños no deben trabajar sino seis horas
solamente.
3.0 L a prohibición del trabajo nocturno. Este tra­
bajo solamente debe ser tolerado en aquellas industrias
cu yo trabajo es continao.
4.“ La absoluta prohibición de trabajar de noche
las mujeres y los obreros menores de dieciocho años.
5.0 La exclusión de las mujeres de toda industria
que sea dañosa á su orgauism o.
6.° Descanso cada semana de treinta y seis horas.
7.0 V igilancia mejor organizada en la gran indus­
tria y en la industria dom éstica. Los inspectores debe­
rán estar pagados por el Estado, y la mitad de los
vigilantes, por lo menos, deberin ser elegidos por los
obreros.
8.° L a prohibición de toda indostria y de todo pro­
cedimiento dañoso 4 la salad del obrero.
9.0 La prohibición de pagar el jornal en género*.
io .' La extensión i todos los países de las medidas
de higiene favorables ¿ los obreros.
El C on greso marxista no se contentó con votar las
resoluciones generales, sino que adoptó los medios
para conseguirla», y al efecto decidió:
i.° Q u e el i.® de M ayo de 1890 se reuniesen en
todos los países las asambleas de los obreros para
hacer ana gran manifestación en favor de la jornada de
o ch o horas.
2.0 Q ue las asociaciones de los obreros de todas
los países, ya por reuniones, com o por peticiones públi­
cas, se adhiriesen i la Conferencia diplomática de Berna
para la protección internacional del obrero, y que esta
Conferencia se pronunciase en favor de las resoluciones
del Congreso de París.
j.° Q u e los diputados socialistas y miembros de
las diputaciones y municipios presentasen mociones y
vo to s conformes & las resoluciones del Congreso de
París.
4.0 Q ue en las elecciones los candidatos socialistas
adoptasen l i s mismas resoluciones en sus program as.
Q ue se nombrase una comisión ejecutiva para
som eter i la Conferencia de Berna las resoluciones del
C on greso. 4
Después de felicitar ¿'S u iza por haber tom ado la
iniciativa en la cuestión de la legislación obrera inter­
nacional, proponiendo la Conferencia diplomática de
Berna, se nom bró la comisión ejecutiva compuesta de
los miembros siguientes: K. Kückli, miembro del gran
Consejo de Bale.— V . L an g.— K . Mauz, encuadernador.
— A.. Merk, empleado en la secretaria del trabajo en el
Consejo federal.— W ulschleger, redactor del Amigo dtl
obrero de Bale. El com ité tiene su residencia en Zurich,
y W ulschleger se encargó de publicar en tres lenguas
un periódico con el titulo La jornada de ocho horas, que
se repartirla gratis á los hombres de confianza. Ade­
más condenó el Congreso los ejércitos permanentes,
recomendando las milicias suizas. Determinó reunirse
en Bruselas en A g o s to de 1891.
Hl Congreso de los posibilistas reunió 606 delega­
dos: 524 pertenecían á Francia y solamente 82 eran
extranjeros. Entre éstos se contaban: 8 belgas, 2 holan­
deses, 12 italianos, 2 daneses, 5 españoles, 3 portugue­
ses, 1 polaco, 3 suizos, 4 americanos de los Estados
Unidos, 39 ingleses y 7 austro-húngaros que no se les
nombra en la relación.
De los 39 delegados ingleses, 20 solam ente eran
socialistas; 19 representaban diversas asociaciones pro­
fesionales; 15 delegados pertenecían i la Federación
socialista democrática.
En las sesiones, que fueron secretas, los ingleses
ejercieron gran influencia, y entre todos se distinguie­
ron los franceses Brousse, JofFrin, L a ry, Besant, y los
ingleses Burns é Hyndmann.
El Congreso fue presidido por M. Joffrin, el émulo
del general Boulaager en las elecciones. L as resolucio­
nes qne se adoptaron casi son idénticas 4 las adopta­
das en el Congreso marxista, lo que nos indica que la
paz se realizará entre los dos bandos.
L o que si conviene observar es, que las poderosas
asociaciones profesionales de Inglaterra, denominadas
TraJes-Unions, á pesar de la fuerte oposición del co ­
mité que tiene en el Parlam ento inglés, enviaron dele­
gados al Congreso marxista, y otros, en gran número,
al Congreso posibilúta de París.
El municipio de París, com puesto en su .m ayoría
de masones socialistas, invitó i lo s congresistas obre­
ros. Más de 3.000 invitados se reunieron en los gran­
des salones del H&tei de V ille, y los raamistas y posi­
bilistas fraternizaron entre sí ae tal modo, que pare­
cían pertenecer k un solo Congreso. Y a hem os dicho
en e l capitulo primero, en donde probamos la gravedad
de la cuestión social, qne después qae los socialistas
marxistas depositaron en la tumba de los comuneros
de Paria ana gran carona, cuya inscripción era: El Con•
preso internacional de obreros socialistas reunidos en
Parts desde el 14 a l 21 dt Julio dt 188$, se pronun­
ciaron cuatro discursos por V aillan i (fran cés;, Lieb­
knecht (alemán), Jaclard, representante de A lsacia-
Lorena, y por la ciudadana polaca Jankowska, glorifi­
cando á la Commune de París, dirigiéndose después al
Saltón des Familles para tener un banquete, presidido
por el alemán Liebknecht. Vaillant habló en nombre
del presidente, diciendo qae el Congreso habia reali­
zado la alianza y la anión de todos los revolucionarios,
y les suplicaba que cada uno en su lengua patria ento­
nase los cánticos revolucionarios: los alemanes canta­
ron la Marseltesa; una mujer, Eva Gordona, cantó con
vibrante v o z los cantos revolucionarios rusos, y la
Carmañola coronó la manifestación revolucionaría. En
la sala se lela la inscripción: ¡ Proletario! de todos los
países, manteneos unidos/ 'l odo en el salón era de color
revoluciona! io, de color rojo; pero sobre todo llamaba
la atención una grande inscripción m uy significativa:
Expropiación política y económica de ¡a clase de los capi­
talistas. Es la tesis de Carlos Marx: E l capital chorrea
sangre i e l obrero; el capital es el robo. Com o se ve,
á pesar de su aparente moderación ensefiaron U
oreja.

CONGRESO INTERNACIONAL SOCIALISTA DE BRUSELAS

Hemos dicho que, tanto los socialistas marxistas


com o los posibilistas, determinaron en sos respectivos
C on gresos vo lv e rá reunirse en Eraselas en el ano 1891.
En el boletín La Réformt Sociale, órgano de la escuela
de L e Play, que se publica en París, T ullam os un resu­
men de las sesiones del C on greso de Bruselas y vamos
á transcribirlo integro ( 1 ) .
«Acaba de celebrarse en Bruselas del i é al 23 de
A g o s to un C on greso internacional qne indica un nuevo

(1) P ág. 485 y liguientaa.


progreso en la educación y disciplina del internacio­
nalismo obrero.
Este Congreso ha tenido la fisonomía de una Asam ­
blea representativa v la forma de un Parlamento bur­
gués. fcn él se han reunido 362 miembros, delegados
de corporaciones obreras del m ando entero. Alemania
ha enviado 40 delegados, representantes de 91 asocia­
ciones; Inglaterra 23 delegados, representantes de
199.300 personas; D ilgica 187 delegados; Estados
Unidos 6, representantes de 157 sociedades, y Francia
60, representantes de 595 sociedades.
L os docum entos oficiales distribuidos en el C o n ­
greso, presentan la situación del partido socialista en
los principales países y dan el estado de las fuerzas del
ejército socialista, regim iento por regimiento 6 cuerpo
de ejército por cuerpo de ejército. T o d o s los matices
del socialism o se han aproximado. Ha elegido el Con­
greso por presidentes de la primera sesión 4 MM. Vai-
llant, miembro del Consejo municipal de París, y
Singer, diputado socialista del R eichstag alemán, que­
riendo demostrar asi, que el Congreso «no se mete en
cuestiones de patriotism o, sino que, ajeno i cuestiones
de raza y personalidad, únicamente se consagra i la
organización del partido obrero en todos los países».
T a l ha sido, en efecto, la gran preocupación del
Congreso; organizar el partido obrero socialista inter­
nacional. Por eso en la primera sesión fueron excluidos
los anarquistas ( 1 ) , por enemigos y destructores de
toda organización. En el Congreso no se agita la cues­
tión dinamitera, sólo se trata de hacer subir al proleta­
riado «consciente y organizado», en filas com pactas, al
asalto del Estado, con el fin de acabar con el capital.
Desde este punto de vista, las divergencias de escuela
desaparecen; no importa aquí la unidad de doctrina,
sino la unidad de acción. Si el C on greso ha excluido i
los anarquistas, es porque ni están organizados ni son
organizantes; y si ha admitido i las mujeres, no las ba
admitido como mujeres, sino como obreras. Con este

(1) Entre elloi el ciudadano eipaBol Ramo*.


titulo pueden ellas entrar en la cruzada para la eman­
cipación del trabajo. Para los organizadores del C on ­
greso no hay distinciones de sexo ni de nacionalidad.
A un lado los capitalistas, al otro los trabajadores; en­
tre los dos uoa guerra á muerte, proclamada á un
tiempo en toda 9 partes.
La nacionalidad aparece para la organización de las
ramas del partido. Los obreros tienen patria para las
necesidades de la táctica y de agrupam iento, mas no
la tienen para ei plan general de campaña y para el
objeto á que han de atender.
Se ha conservado la elección del i.° de M ayo como
fecba de una fiesta exclusiva de los trabajadores de
todos los países. Esta manifestación debe estar inspi­
rada por la reivindicación de la jornada de ocho horas
y por «la afirmación de la lacha de clases*. Los Con -
gresos tienen en esto ana tradición que se la transmi­
ten y la respetan T i).
Esta lacha de las clases es el eje alrededor del cual
giran todas las deliberaciones. Una proposición sobre
la legislación internacional va precedida de este consi­
derando: «El Congreso recomienda á los obreros del
mundo entero que se nnan contra la dominación de
los capitalistas, y sobre todo que se sirvan de los dere­
chos políticos, donde los tengan, para emanciparse de
la servidumbre del asalariado». De igual manera for­
mula lo siguiente á propósito de la embarazosa cues­
tión judaica: «Considerandoque los partidos socialistas
y obreros de todos los países nan afirmado siempre qae
para ellos no puede haber antagonismo ó combate de
raza ó nacionalidad, sino solam ente la lucha de las
clases de los proletarios de todas las razas contra los
capitalistas de todas las naciones... el Congreso decide
que no ha lugar á tratar la cuestión judaica y pasa 4
la orden del día».
La sesión del 21 de Agosto te rm in a con on voto
por unanimidad y aclamación: «No tenemos más qae
ana patria, la humanidad; on solo enemigo, el capitala.

(1) £1 próximo Congreso se retiñir* en Suisa en 1893.


Ea un discurso muj aplaudido, el fam osa socialista
alemán Rebel da al socialismo esta voz: ¡A la conquista
del Estado!, y preconiza la unión con la btqiuña bur­
guesía, que vendrá i llenar en el partido la plaza que
han dejado vacante los anarquistas. «De una parte del
mundo í la otra— dice el orador,— obreros, empleados
de cortos haberes, pequeños burgueses, marchemos al
asalto del Estado por la destrucción del eterno y uni­
versal enem igo, el capital. ¡Proletarios de todos los
países, uníosla
El grupo alemán ha desempeñado un papel im por­
tante en este Congreso por su cohesión y por el m é­
todo de sn program a. Su socialismo es práctico y
toma la delantera é impone su teoría. Una de las cu es­
tiones m is controvertidas ha sido la resurrección de la
Asociación Internacional de los Trabajadores en su for­
ma franca é integra. T a l ha sido la conclusión de la
fracción más avanzada del Congreso; pero los políti­
cos han hecho notar que la legislación de los diferentes
paises no permite proceder al descubierto y conviene
tomar ciertas precauciones. Después de larga discusión
se ha concluido por pedir en cada país la formación de
nna Secretarla nacional del trabajo, <¡t fin de que si se
produjera algún conflicto entre el trabajo y el capital,
los trabajadores de las diferentes partes pudiesen estar
advertidos y dispuestos para avisara. Estas secretarías
nacionales estarían en correspondencia intima y con­
tinua.
Estos organism os deben prestar su fuerza i los
sindicatos profesionales recomendados por el Congreso.
El sindicato profesional agrupa á los obreros, es la
base de la organización del partido, y presta el punto
de apoyo que piden los Arquiraedes del socialismo para
levantar el mundo».
Por lo copiado se ve la gran importancia del últim o
C on greso de socialistas de Bruselas, en el cual desapa­
reció y a la división entre marxistas y posibilitas; toaos
eran socialistas. Su importancia ha consistido principal­
mente en que ha demostrado, de un modo aterrador,
el trabajo de organización á que ha llegado el so ­
cialismo. Hasta la circunstancia de haber negado la
asistencia á las juntas á un delegado, por cierto espa­
ñol, que se dccia anarquista, prueba cuánto es el em ­
peño que el socialismo internacional pone en o rg an i­
zarse. A l delegado anarqulpta le dijeron que no tenia
puesto en la asamblea, porque la asamblea se iba i
ocupar en organizar lo qne se halla en estada anár­
quico, y un anarquista no puede concurrir á eso. Con
mucha gracia observa el redactor de E l Siglo Futuro,
que escribe la miscelánea ( i ) , que también los so cia­
listas saben hacer epigramas. Suponemos que el anar­
quista no habrá dejado de llamarles reaccionarios y
opresores. También en el socialism o hay burgueses.
Nunca faltarán estas cuestiones de familia y estos
odios de escuela dentro del campo socialista. Sin esas
cuestiones y esos odios, su triunfo seria seguro; pero
lo retrasa la Providencia con esas envidias y esos celos,
conio dando tiempo á que las naciones vuelvan en sí
y la sociedad cambie de rumbo, y hoy todo el proble­
ma consiste en saber qué es to que ocurrirá primero,
si la enmienda de la sociedad ib la unión y concordia
de todos los socialistas. L o qne primero suceda deci­
dirá del porvenir.
Para hacerlo suyo por los medios de que ahora
disponen, y perfeccionar ertos medios hasta donde sea
posible, los socialistas que acudieron al Congreso de
Bruselas resolvieron hacer las declaraciones siguien­
tes, en las que se compendian por ahora las aspiracio­
nes del socialismo:
o El C on greso declara, que las leyes y decretos pro­
mulgados por los gobiernos desde 1889, á consecuencia
del Congreso internacional de París, no responden en
m odo alguno á las aspiraciones de los jornaleros.
Q u e la Conferencia de Berlín, según confesión de
los mismos que la convocaron, se verificó á con se­
cuencia del referido Congreso internacional de París,
por lo cual debe estimarse como- concesión hecha ¿1
socialismo; pero que, sin embargo, los delegados que

(1) Siglo Futuro, 35 de Agoito de 1891.


asistieron i la Conferencia demostraron qne los actua­
les gobiernos no tienen las convicciones ni la buena
voluntad necesarias para llevar & cabo las reformas, oí
conciencia de sus obligaciones para con la clase
obrera.
Q.ue por otra parte, las resoluciones de la Confe­
rencia de Berlín nao servido de pretexto & ciertas
naciones industriales para impedir que se completara
la legislación protectora del trabajo, lo cual debe ca li­
ficar el C on greso de perverso y desleal.
El C on greso manifiesta también, que la actual legis­
lación obrera, sobre ser deficentísim a, se observa mal
y se aplica imperfectamente.
Por todos estos m otivos, el C on greso socialista
conjura á la clase obrera de todas las naciones í luchar
con toda energía y por todos los medios e fiA ce s para
conseguir la promulgación de leyes que se ajusten i
las resoluciones del C on greso internacional de París
de 1889, san coando esta agitación no produzca, por el
momento, m&s resultado que el de evidenciar hasta
qu¿ punto son las clases directivas hostiles á toda
legislación que proteja eficazmente á la clase jo r­
nalera.
Afirma que es indispensable dar una dirección espe­
cial al m ovim iento socialista en todo lo que se refiera
á la legislación protectora del obrero.
E l C on greso invita ¿ todos los grupos de jornale­
ros; t.° A establecer en cada nación una junta que
investigue el estado de legislación obrera y sos rela­
ciones con las condiciones del trabajo. Y a * 4 com u­
nicarse entre si los resultados de esta investigación,
para fomentar y unificar la legislación industrial.
Finalmente, el Congreso invita á los trabajadores
de todo el mundo á que unan sus Fuerzas en la resis­
tencia contra el capital y la burgutsia. Dondequiera
'q u e los trabajadores disfruten derechos políticos, darán
sus votos sólo & los candidatos que se obliguen á de­
fender las reivindicaciones obreras».
En suma, lo qne realizó el Congreso de Bruselas
ha sido: t.° O rganizar la unión internacional socialista
decretada por el Congreso de P iris. 2.* A l grito tfo r­
mad asociaciones, formad sindicatos», ha surgido una
nueva Internacional de Trabajadores, no tan aparente y
ruidosa como la antigua, pero mejor o r g a n i z a d a , m á s
poderosa y menos centralizada. H oy es una verdad la
unión real, la federación del proletariado socialista de
los dos mundos. 3.° A los confederados los une el odio
social, la locha de clases. Los jefes socialistas, viendo
que la teoría colectivista no es seductora para el tra ­
bajador, porqne el instinto de propiedad individual
hállase en el corazón del hombre, fijándose en el lado
flaco de la organización actual económ ica, la explotan,
la exageran y excitan el odio y la lucha contra el ca­
pitalista.

CO KG hI s O INTERNACIONAL SOCIALISTA DE ZURICH

El Congreso se reunió en Zarich á principios del


m es de A go sto de 189J, y abrióse, com o los anteriores,
c o a una pública manifestación por las calles y plazas.
Reuniéronse 338 delegados, representantes de obreros
de 20 naciones diferentes. En este Congreso triunfa­
ron definitivamente las doctrinas de C . Marx, y su
antiguo colaborador y am igo Federico C ogéis, 4 pesar
de sus muchos años, dej¿ á Londres para asistir al
triunfo de sus doctrinas. El basto de C . Marx predo­
minaba en la Asamblea, y el grito del padre del socia­
lism o colectivista «¡Proletarios de todos los países,
unios!» se lela en 16 lenguas, y entre ellas la hebraica.
Fué cosa particular y propia del Congreso de Zurich
la presencia de 10 secciones judaicas, 9 inglesas y 1
americaua, y nna sección de maestros de la Holanda.
Hubo en el C on greso de Zurich: 1 delegado de la
A ustralia, 17 belgas, 2 del Brasil, 2 búlgaros, 2 dane­
ses, 98 alemanes, 4 1 franceses, 65 ingleses é irlande--
ses, 6 holandeses, 22 italianos, 1 de N oruega, 34 a u s ­
tríacos, 10 húngaros, 10 polacos, 5 romanos, 1 ruso,
1 1 7 suizos, 1 servo, 2 españoles y 3 de los Estados
Unidos de la América.
Cada sesión pública fué presidida por los delegados
de diferentes naciones, y la última la presidió la rasa
Kolischoff, esposa del italiano T urati.
El Congreso de Zurich continuó la organización
internacional obrera por medio de las asociaciones
profesionales. Las resoluciones que tom ó fueron las
siguientes: i.* Q ue la lucha para obtener la jornada de
ocho horas se entablase en todas partes. 2.* Fijó para
el i.° de M ayo, con exclusión del próximo dom ingo,
la Fiesta del trabajo. 3.* Q ue los obreros, empleasen
todos los medios posibles para recabar de los poderes
públicos el sufragio universal, y eo donde se nubiese
ya obtenido, ejerciesen su derecho en las elecciones
políticas. 4 / N o quiso ocuparse de la proposición ho­
landesa, en la que se pedía la huelga general en caso
de declaración de guerra. 5* Dispuso la formación, en
cada nación, de una Seerttarla nacional del trabajo, para
entenderse con el Consejo central y ayudarse m utua­
mente.
En cuanto i la organización internacional de la de ■
mocracia socialista, se determinó, que pertenecían al
partido internacional de ¡a democracia socialista revolu­
cionaria, toda asociación, todo partido que admitiese la
lucia de clase y la necesidad de la socialixaciin (co le c­
tivismo^ de todos los medios de producción, y se so*
meta á las decisiones de los C ongresos internacionales
socialistas. 6.* Finalmente, instó i los delegados para
que recabasen en todas partes el derecho de asociación.
La influencia de los delegados alemanes fué aún
m ayor en Zurich que lo había sido en Bruselas y en
París; sin em bargo, en algunos asuntos encontraron
gran oposición de parte de los delegados franceses, y
en la votación en que se fijó el i.° de M ayo para la
Fiesta del trabajo, se encontraron en la minoría Bebel,
Liebknecht y Singer. L o m is importante en el C on gre­
so de Zurich fué la aproxim ación al socialism o de las
poderosas asociaciones obreras de Inglaterra, denom i­
nadas Trades-Unions. El número de estos Uniones de
oficios se acerca i 2.500, con m is de 800.000 socios
y un presupuesto anual de 50 m illones de pesetas.
P Á R R A F O IV

SOCI ALI SMO ESPAÑOL

En la historia del socialism o español debemos dis­


tinguir dos ¿pocas, la que abraza el tiem po en el que
la federación obrera española formó parte de l i A s o ­
ciación Internacional de los Trabajadores, y la qae le
siguió después de la supresión de la Internacional. Por
las tristes circunstancias en que se hallaba España, el
socialismo se propagó rápidamente y tomó tal carácter
de violencia, que se inclinó hacia el anarquismo. Se
puede asegurar que el socialismo español no tuvo
verdadera organización hasta la revolución de Septiem ­
bre de 1868. En aquella triste época todo el mundo
conspiraba en nuestra pobre patria: la dinastía, el ejér­
cito y la administración pública, y la Internacional
creyó había llegado el momento para qae el paeblo se
sublevara. El Com ité Central de Ginebra y el Cornejo
meral de Londres, ano después de otro, se dirigieron
r los trabajadores españoles: «Am igos— les escribía el
Consejo general,— es necesario obrar con energía, ¿ fin
de qae la revolución dé tal resaltado, qae no sea sola­
mente político, sino social». La Internacional obtuvo
en España grandes triunfos. La primera sección se fundó
en Barcelona el 2 de Marzo de 1869, al mismo tiempo
qae apareció el órgano socialista titulado La Federa­
ción. La inauguración de una Sección Central en Ma­
drid siguió inmediatamente, y dió prueba de vitalidad
dirigiendo nn ampuloso maniScsto á todos los países:
«Nuestra patria y nuestra religión es la humanidad. El
mando pertenece á la humanidad... recordemos siempre
qae los reyes son los únicos tiranos de la tierra». En
el mes de Septiembre de 1869, la Internacional contaba
en España 195 secciones y 20 000 miembros, la m ayor
parte en Cataluña y los restantes casi todos ellos ea
Andalucía. La afiliación & la Internacional de las sec­
ciones españolas tuvo la g ar en 1870. El Consejo C e a -
tral español lleg ó & ser tan im portante, que, ¿ im itación
de las secciones de Inglaterra y Bélgica, protestó co n ­
tra la guerra franco-alem ana el 2 * de Julio de 1870.
En la protesta maldice cien mil veces el prejuicio que
se llama la patria. El ministerio, presidido por Sagasta,
tuvo miedo y principió á perseguir i la Internacional.
«Contestó el Cornejo federal atacando ferozm ente 4 la
burguesía, á la aristocracia del capital, que ha reempla­
zado á la antigua aristocracias. La persecución condujo
insensiblemente al socialismo español, al anarquismo; la
propaganda se hacia secretamente, y los emisarios se
condujeron con suma habilidad y audacia. El sistema
de Bakounine respondía mejor al temperamento apa­
sionado del español y al regionalismo tan encarnado
en nuestra patria. En efecto, el C on greso socialista
español, que se reunió en Zaragoza el 11 de Abril de
1872, se adhirió á las resoluciones antiantoritarias y
antimarxistas del Congreso regional belga del mes
de Diciembre de 18 71, en el que se decidió: «Que la
Internacional no es una asociación despótica, cuyos
miembros deben obedecer á la orden ói mandato veníaos
de arriba, sino que ella es una Federación de asociacio­
nes independientes, entre las cuales el Consejo general
debe servir de centro de correspondencias. El Congreso
socialista de Zaragoza vo tó , sin saberlo, el verdadero
anarquismo de Bakounine. Los partidarios de C . Marx
redam aron, pero fueron excluidos de la federación
internacional de Madrid. Entonces- los socialistas fun ­
daron la Nueva Federación de Madrid, y e l Nuevo
Consejo federal, enviando dos delegados al C on greso
general de La H aya. La Federación internacional envió
cuatro delegados, los cuales votaron con los belgas y
del Jura y con éstos se dirigieron al C on greso anar-
uista de Saint-Innier, en Suiza Finalmente, el 25 de
S liciembre de 1872, mediante la invitación del Com ité
del Jura, 36 federados se reunieron en Córdoba, admi­
tiendo el Congreso la organización definitiva del siste­
ma de Bakounine. Los socialistas, pocos en núm ero, se
separaron de los federados.
Viao la abdicación del principe Amadeo, el dia 10
de Febrero de 1873, y sucesivamente la noble y ca tó ­
lica España fo¿ entregada en manos de Figaeras, Sal­
merón, Pi y Margall y Castelar; las tendencias socialis­
tas de PI y Margall eran conocidas de todos, y bien
pronto la Internacional lleg ó en EspaBa & su apogeo.
El 20 de A go sto de 1872, la Federación española can ­
taba 371 secciones corporativas y 114 secciones mixtas,
y el 20 de A g o sto de 1873 llegaron á 557 secciones
corporativas y 11 7 secciones uiixtas. E l día 23 de Fe­
brero de 1873, el Consejo general de la Internacional,
situado en N e w -Y o rk , creyendo al obrero españoi dis­
puesto para entrar en campaña, les dirigió un mani­
fiesto, en el que se leia: «El. descendiente de la casa
de Saboya, el hijo del brocanteur de Niza, del héroe
de Asprom onte, ha dejado el trono... Obreros es­
pañoles, vosotros mismos debéis ser los artífices de
vuestra fortuna... agrupaos, organizaos para establecer
la república social. Si no sois bastante fuertes para
ello, & lo menos protestad contra la república burgue­
sa». Las federaciones anarquistas no oyeron las órdeoes
del Consejo general m arusta y se aliaron con los re­
publicanos federales, con el fin de establecer en todas
partes, no la Commune (municipio de Paris), sino el
Cantón. Este es precisamente el origen de la subleva­
ción de los cantonal qae caracteriza la historia del so ­
cialismo español. Entonces se comprendió el horrible
desarrollo qne tenían en España las doctrinas de
Bakounine. Él 13 de Febrero de 1873 se reunieron en
Barcelona 30.000 proletarios y el 16 decretaron las
condiciones del trabajo qae debía reunir tanto en Bar­
celona com o en otras poblaciones. El m ovim iento de
insurrección se extendió i otras partes; en M álaga se
desarmó i la guarnición, se incendiaron los cuarteles y
se proclam ó la república federal. En Extremadura los
labradores se apoderaron y se repartieron los bienes
comunales. Ea la provincia de Badajoz los insurrectos
destituyeron varios municipios y se apoderaron de los
bienes de grandes propietarios; en varias poblaciones
confiscaron los pocos bienes de la Iglesia, y basta en
Granada decretaron fundir las campanas e Imponer
i los principales propietarios una contribución forzosa
de 120 000 reales. El 7 de Julio los socialistas de A lc o y
se declararon en huelga general; el 9 se apoderaron de
la caaa del Ayuntam iento, después de haber asesinado
algunos municipales; se apoderaron del alcalde, le ase­
sinaron y arrastraron su cadáver por las calles de A l­
coy. San Lucas, Cádiz, Sevilla, Cartagena, Granada y
otras ciudades se revolucionaron, y en todas partes los
anarquistas formaban parte de las juntas cantonales.
En algunas partes la resistencia fué terrible, com o en
Cartagena, y la sangre se derramó en abundancia. En
Valencia, en donde tomaron parte en la insurrección
los socialistas m arxistes, la lucha y la resistencia
doró 15 dias. La dictadura militar del general Serrano
filé la que acabó con el últim o motín socialista de Bar­
celona en Enero de 1874. Decretó el estado de sitio en
toda España, disolvió todos los círculos y asociaciones
políticas «en donde se conspiraba contra la seguridad
pública, c o D lra los in te re se de la patria y contra la in­
violabilidad de la tierra española»... El decreto se dirigía
particularmente contra la Internacional. Después de este
decreto filé disaelta la Internacional enEspafia, y desde
el año 74 al 81 sólo subsistieron públicamente algunas
sociedades cooperativas y otras sin principios determina­
dos que, no obstante y deber su vida legal á una o rg a­
nización de socorros a lg o parecida á un Monte Pío, no
dejaban de influir en cuantas cuestiones de trabajo se
les presentaban. Parece indudable que la Internacional,
á pesar de las persecuciones, debió subsistir secreta­
mente en España durante todo este perio lo, y a porque
tuvo representantes en algunas manifestaciones de esta
asociación llevadas á cabo en el extranjero, y a por la
pujanza y brío con que en Septiembre, de 1881 nació
en el C ongreso de Barcelona la Federación de Trabaja­
dores ie la Región española. Dq otro modo no se com ­
prende la unidad de miras de iq n el Congreso, qne pro­
clam ó las doctrinas de Bakonnine y adoptó ana orga­
nización qne con dificaltad se habiera llevad o tan
fácilmente á la práctica, i no haber sido con anteriori­
dad conocida por los qne la aceptaban públicamen­
te ( i ) . En efecto; O liva Moncasi, que tiró an p isto le­
tazo sobre el difunto rey Alfonso XII, el 25 de O ctubre
de 1878, declaró pertenecer i la Internacional. Se a tri­
buyen i los mismos los grandes incendios de bosques
que hubo en distintas provincias en los años >$78,
1879, 1880 y 1881 (2 ).
L os socialistas anarquistas, llamados en las publica­
ciones del partido simplemente anárquicos, se iban sepa­
rando de día en día de los socialistas m arxistas, deno­
minados autoritarios; así es, que se van ya reuniendo en
congresos separadamente unos de otros, aunque siem­
pre se bao admitido, al menos en sus principios, en
ellos elementos diversos. El Congreso socialista espa­
ñol se celebró en el teatro del Circo de Barcelona,
en los días 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19 y 20 de
A g o sto de 1882. Sus ocho sesiones, dejando aparte
la preparatoria, faeron importantes. L os extremos
sobre que versó fueron objeto de empeñada discusión
taes en ¿1 tuvieron asiento elem entos heterogéneos,
fo cual da m is importancia i los acuerdos que se to ­
maron.
Antes del Congreso, los socialistas publicaron un
manifiesto ó program a dtl partido socialista obrero es-
iañol (3 ). Consignaremos a lgo de lo que hallamos en
Íos libros indicados en la nota. «Fúndase dicho partido
sobre el espíritu moderno, admitiendo todos los p ro -
¡resos realizados, y bisase en los sanos principios de
Ía moral universal y en la sabia filosofía. Constituido
p araim pulsarel desenvolvim iento político, económ ico,
científico y social en los tiempos contemporáneos, y
en vista de qae cuantos partidos hasta el presente em-

( i ) C«olr6 d i Am igo* de Reus. Primer Certamen socialista,


1885. Organización y aspiraciones de la Federación de T rab a ­
jadores de U Región espadóla.
(a ) Journal d u D íitls , a a de A go sto 18 8 1.
(3) Véase d primer Certamen socialista, Reui, pág. 37, y
la Crónica de lea Trabajadores de la Región española, libio I,
eatregaa l.'h a ita M,
flañaron las riendas del Gobierno han dejado siempre
as causas económ icas en el mismo estado, la misma
desigualdad, las m i s m a s batallas, las m i s m a s diferen­
cias, y que por lo tanto será eterna la ixplotación del
hombre por el hombre, entraña la misión de hacer salir
de la apatía y del indiferentismo á los obreros para
convertirlos en procuradores, en defensores, en p ro ­
pia salvaguardia de ellos mismos; debiendo reinar en
dicho partido los sentimientos de paz, solidaridad, fra­
ternidad y amor. Y de este modo vindicar sus d e re ­
chos i la vida, al trabajo, k la legislación de las leyes
generales y i la intervención de los cargos públicos,
y por medio de la universalidad absoluta del sufragio
ingresar en les esferas d é la vida pública»...
Con su partido propio, desligado en absoluto de los
otros partidos políticos, aspiran los socialistas & la p o ­
sesión del poder político, á la transformación de la p ro­
piedad individual y corporativa de los instrumentos del
trabajo en propiedad común de la nación. Y consideran
com o medios de pronta aplicación y eficaces para pre­
parar la realización de sus aspiraciones las siguientes
libertades y derechos individuales: Derechos de asocia­
ción, de reunión, de petición, de manifestación, de co a ­
lición, libertad de la prensa, sufragio universal, seguri­
dad individual, inviolabilidad de la correspondencia y
del domicilio, abolición de ,1a pena de muerte, un solo
fuero, justicia gratuita, jurado para toda clase de deli­
tos, milicia popular, y , en tanto que el ejército subsista,
servicio general y obligatorio.
En suma: el segundo C on greso socialista nacional
adoptó por 108 vo to s contra 8 nn program a entera­
mente colectivista, i pesar de haberse propuesto una
resolución en favor de los nihilistas rasos.

CONGRESO KACIOKAL SOCIALISTA DE VALENCIA

El tercer Congreso socialista celebrado en Espa­


ña se reunió en V alen cia el día 26 de A g o s to de 1892.
N o por sa im portancia, sino por la proximidad de
la fecha de su celebración, daremos algunas noticias
tomadas de los periódicos de la loLalidjd, y por ellas
se v e r i la conformidad de opiniones de los socialistas
de todos los países.
Asistieron k este C on greso representantes de las
agrupaciones de Madrid, Bilbao, Sestao, Burgos, Lina­
res, M ilaga, A licante, Elche, Ferrol, O viedo, T oledo,
Barcelona, Manres», San Martín de Provensals, Ma­
tará, T ortosa, T arragon a, J itiva, Valencia, Baleares.
G uipúzcoa, Navarra, Santander y C id iz . El Comité
N acional de Madrid estaba representado por el ciuda­
dano Iglesias. ,
En la primera sesión ley¿ronse telegram as de ad­
hesión al acto del Congreso, de las agrupaciones de Bil­
bao, Madrid y Zaragoza, una carta del Congreso obre­
ro de Lisboa y una comunicación del Consejo de
París que copiamos k continuación:
«Al tercer C on greso del partido socialista espa­
ñol ( i ) .
Q ueridos camaradas: A l verificar vuestro tercer
C on greso, no pueden menos los socialistas franceses
de enviaros un cariñoso salado y desearos feliz éxito
en vuestras resoluciones.
Com o en los demás países, en España aumentan
las fuerzas socialistas con extraordinaria rapidez, y el
principio de la lucha de clases lo invade todo.
Mal que les pese k nuestros enem igos los detenta­
dores de los medios de producción, el proletariado
consciente internacional va estrechando el cerco que
ha puesto i la burguesía, y pronto se hallará en dis­
posición de darle el go lp e de muerte.
Con el acto que vais á celebrar, no sólo acredita­
réis los progresos que ahí han hecho las ideas socialis-
tas, sino que dar¿is un poderoso impulso i la obra re­
volucionaria.
Hermanos, adelante: traigamos k las filas del par­
tido socialista internacional 1 todos los qae han sido

(1) Tomada de La Ctrrttptñétncia dt Valtncia, nOmero


del a i de A goito.
tiranizados por el capitalismo, y démosles la conciencia
que necesitan para librar i su clase de la esclavitud.
¡Viva el partido socialista español! [Viva el socialismo
revolucionario! |Viva la redención humana!
París 22 de A gosto de 1892.— P or el Consejo Na­
cional del partido obrero francés, Pablo Lafargut».
Aprobó el Cvngreso, después de un breve examen,
U conducta del Com ité Nacional: asimismo fué apro­
bada la condacta del delegado español en el Congreso
internacional de Bruselas.
Se acordó que el Com ité general se com ponga en
adelante de siete indi videos, y se nombró una com isión
para que dictaminase acerca de la prensa del partido.
En la segunda sesión se leyeron telegram as de ad­
hesión de Bciss&n, Ferrol, Elcne y Palma de Mallorca.
Dióse cuenta del com portam iento del ciudadano O rte,
concejal socialista del ayuntam iento de Bilbao, y dióse
nn vo to de confianza i dicho ciudadano por el pensa­
m iento que tiene de pedir i aquel ayuntam iento la li­
mitación del salario y la jornada de ocho horas.
En la sesión tercera púsose i discusión la cuestión
electoral, y se acordó presentar candidatos el partido
socialista en todas las elecciones y en todas las locali­
dades donde haya elementos organizados; y en las elec­
ciones parciales de diputados a Cortes, y en todas las
de diputados provinciales y ayuntam ientos, presentar
candidatos solamente en donde baya probabilidades de
obtener ua triunfo moral y material. Q ue los candida­
tos deben ser de los afiliados al partido y serán pre­
sentados por las agrupaciones socialistas. Y finalmente,
que sean excluidos del partido las agrupaciones ó in­
dividuos que hagan pactos ó alianzas con los partidos
burgueses ó con sus candidatos ó los que voten por
ellos, concediéndose perdón á los com pañeros que en
esto obraren por ignorancia.
Por fin, después de larga discusión, se convino en
qae el Com ité español sea representado en el próxim o
C on greso socialista por nn solo Individuo; que éste se
oponga i la huelga general si se suscita, y que propon­
ga la creación del Com ité Internacional.
En la última sesión, el delegido del Comité Na­
cional presentó el siguiente programa municipal:
«i.* Abolición de todos los impuestos que perjudi­
quen i la clase trabajadora.
2.° Fijación de un salario mínimo para los emplea­
dos y obreros del municipio, que les permita satisfacer
sos primeras necesidades. Este salario se determinará
todos los años por el ayuntam iento, de acuerdo con
las sociedades obreras de resistencia.
}.° Jornada máxima de ocho horas para todos los
trabajos y servicios del municipio.
4.* Cantinas escolares, donde se d i gratuitamente
nna comida i los hijos de los trabajadores en el tiempo
qoe media entre la clase de la mañana y la de la
tarde.
j.° Dar todos los años á esos niños ropa y calza­
do, un traje y un par de botas ó zapatos á la entrada
del invierno, y o tro traje y par de botas á la entrada
del verano.
6.° Asistencia médica y servicio farmacéutico gra­
tuitos.
7-° Creación de asilos para los ancianos y los in­
válidos.
8.° Idem de casas de maternidad para los niños
co yas madres tienen que abandonarlos durante el día
ó la noche para ir al taller ó i la flbrica.
9.0 Idem de ca sis de baños y lavaderos públicos
gratuitos.
10. Idem de bolsas de trabajo ó de edificios donde
tengan dottñcilio gratis v local para celebrar sus re ­
uniones las sociedades obreras que se proponen mejo­
rar la condición de sus individuos ó de su clase.
1 1 . Retribución de las funciones municipales con
arreglo al salario máximo que perciben los trabajado­
res, á fin de que los concejales obreros puedan des­
empeñar su cargo.
12 . Exigir el exacto cumplimiento de las ordenan­
zas municipales en todo cnanto favorezca á los traba-
"adores, y principalmente en lo qoe se refiere á la
I ligiene ae las habitaciones, análisis de los articolos
alimenticios, derribo de las casas denunciadas y anda*
muje de las obras».
E l com pañero Pablo Iglesias pronunció nn la rgo
discurso defendiendo punto por pnnto este program a,
sosteniendo la conveniencia de lanzarse & la lacha
electoral para consegair el fin que se desea, hasta obte­
ner una m ayoría socialista que se imponga i los ele­
mentos burgueses.
El delegado de Manresa Pich v Creus propuso una
adición, que consiste en com batir las subvenciones que
se destinan para e l culto religioso, la cual fué apro­
bada.
P o r creerse beneficioso ¿ la marcha del socialismo,
se acordó por nnanimidad qne continúe residiendo en
Madrid el Comité Nacional. Por 22 votos contra 9
acordóse se reúna en Madrid el coarto Congreso socia­
lista.
E l presidente hizo el discurso-resumen, y dió por
terminadas las tareas del tercer Congreso nacional so ­
cialista obrero.
Los asistentes al Congreso celebraron después un
miaing, en el cual muchos delegados de distintas agru­
paciones pronunciaron discursos defendiendo las ideas
socialistas.

CUARTO CONGRESO SOCIALISTA ESPAÑOL CELEBRADO


EN MADRID

E l últim o Congreso socialista español, celebrado en


el Centro O brero el 29 de A g o sto , i las nueve de la
noche, tiene m is importancia que el celebrado en V a ­
lencia, ya por el m ayor número de delegados, com o
por las numerosas cartas de los distintos Consejos so­
cialistas de Europa y América.
Asistieran 1 este Congreso representantes de las
agrupaciones de Burgos, Arboleda, T etu in de Chamar-
tln, V . Casar, Gijón, Madrid, O viedo, Villanueva y
G eltrú, M ilaga, Sestao, Játlva, Linares, Roda, V é le z-
M ilaga, T oledo, T arragona, Mataró, Córdoba, La C o -
ruña, Alicante, Zaragoza, Palma de M allorca, Elche,
Valencia, Bilbao, Barcelona, Logroño, Granada, V igo
y Santander.
En la primera sesión, aprobadas las actas y nom ­
brada la Mesa, para la que fueron elegidos presidente,
Antonio García Quejido; vicepresidente, Facundo P e -
rezagna, v secretarios, Federico V alero y Francisco
L argo Caballero, el com pañero Matías G óm ez propuso,
com o cuestión urgente, que el Congreso se adhiriese i
la resolución del Congreso de la Unión general de
Trabajadores, de reclamar del ministro de U Goberna­
ción el restablecim iento de las garantías constitucio­
nales en Barcelona y que se supriman los barracones
en las minas de V izcaya, y en el caso de qne la recla­
mación no fuese atendida, acordase secundar la agita­
ción acordada por la Unión general en pro de los p ro -
iósitos ya dichos. Acordado por el Congreso, segán
Í o propuso el compañero Iglesias, éste dió lectura i
las comunicaciones siguientes:
A l cuarto C on greso del partido socialista obrero
español.— Compañeros: L os socialistas de la República
Argentina... os saludan al celebrar...— Buenos, 31 de
Julio de 1894.— Por el Centro Socialista O brero, A u ­
gu sto Kühn, secretario general; A dolfo Tuñón, vicese­
cretario.
A l partido socialista español.
Camaradas: En nombre de los miembros del C o n ­
sejo general de la Federación social democrática... Sa­
lud y fraternidad.— A . W . L ee.— Londres 24 de A g o s ­
to de 1894.
O tra de la Unión Nacional de obreros gasistas y
oficios anejos de la Gran Bretaña ¿ Irlanda.— \V. Torne,
secretario.— Londres 20 de A go sto Je 1891.
O tra de parte de la Sociedad Fabiaoa de Londres,
firmada por Eduardo B. Peage y G. Leer.
O tra de la Liga internacional de las ocho horas y
del trabajo de Londres.— E. F. Shcridan, secretario.
— Eduardo A velina, presidente.
O tra del partido obrero independiente de la Gran
Bretaña. — J. Keir Hardie, presidente.— T om Mann,
secretario.
O tra del Consejo Nacional del partido obrero fran­
cés, firmada por Pablo Lafargue.
O tra del partido obrero socialista de Austria.
Dr. V ícto r Adler, secretario por e l exterior.
O tra en nombre de los socialistas alemanes. V . A uer,
G. Gerisch.
Después se leyeron telegram as de adhesión al Con­
greso de las agrupaciones de JAtiva, Valencia, Rarce-
lona, Villauueva y Geltrú y Bilbao. Adem ás de los te­
legramas se leyeron otras tres comunicaciones, á
saber: de Bilbao, del Pueblo Nuevo del Mar y de Madrid.
Entrando en el examen de la conducta del Comité
Nacional, el compañero Cam pos preguntó qué destino
dió el Com ité ¿ los 500 marcos enviados por los socia­
listas alemanes al verificarse las pasadas elecciones le ­
gislativas. Iglesias contestó que, salvo 40 pesetas, que
se dieron á la agtu p aciiu de Córdoba, por carecer de
recursos en el momento preciso de ocurrir las eleccio­
nes, y 50 á la de Valencia para ayudarla á verificar un
miehng por haberles disuelto otro los anarquistas, lo
dem is entró en la caja del Com ité. Se aprobó igualm en­
te el proceder del delegado al Congreso internacional
de Zurich.
Se procedió en seguida & la discusión del p royecto
de organización general del partido socialista en Espa­
ña, principal objeto del Congreso, y fueron aprobados
hasta el articulo 3.° en la primera sesión.
En la segunda sesión fueron admitidos los delega­
dos de Cala de Benagalbón y del Ferrol, leyéndose
además telegram as a e adhesión de O viedo, Sitges,
Valladolid y Mataró. En esta sesión se discutieron y
aprobaron desde el art. 10 hasta el 30; solamente de­
bemos observar lo que sucedió en la lectura y discu­
sión del art. 2 j, que, aun cnando no lo tenem os 4 la
vista, sin em bargo, por lo que leemos en El Socialista
del dia 7 de Septiembre de 1894, se deduce que re-
iroduce dicho articulo lo que con gran hipocresía se
Í ec en los program as de G otha y últimamente en el
de Erfurt, que la Religión será asunto particular de cada
uno; oída la lectura del articulo, se levantó el com pa­
ñero Abascal y pidió sn supresión, y el compañero
Com aposada presentó una enmienda, para que no
puedan pertenecer al partido aquellos que hagan ma­
nifestación ostensible de ideas religiosas. Después de
larga discusión, en que intervinieron D iego, Abascal,
Com aposada, Sanchis é Iglesias, éste, en nombre del
Com ité Nacional, retira el art. 23 y propone qne la
cuestión religiosa constituya un pan to del orden del
día en el primer Congreso que celebre el partido.
Conoce el compañero Iglesias lo arraigado que se halla
en el obrero español el bnen sentido cristiano, y el
instinto de lo recto y de lo jasto que le anima dima­
nado de la fe en Jesús, obrero de N azaret, Dios y
hom bre verdadero, y por eso, para engañarle, desea
introducir en la organización socialista española que la
R eligión será negocio privado de cada uno. Pora
farsa y falsedad insigne: el colectivism o es ateo-m ate­
rialista, y asi lo proclaman los corifeos que dirigen el
partido internacional socialista.
En la tercera sesión se admitió al delegado de Ma-
nacor, y el compañero Iglesias dió lectura á la com u­
nicación de la Com isión Ejecutiva del partido socia­
lista de los trabajadores italianos, y entre sus frasea
se perciben gritos de coraje y de rabia contra las
autoridades italianas: la firma Filippo T urati, secre­
tario para el exterior. Se discutió lo restante del pro­
y ecto , quedando definitivamente aprobada la nueva
organización del partido socialista, excepción hecha
del art. 23, que será objeto de discusión en el próxi­
m o C on greso que se ha de celebrar en Málaga.
En la cuarta y última sesión se aprobó el manifies­
to que el C on greso dirige á los obreros, leído por el
compañero Iglesias, y se acordó se hiciese una tirada
de 30.000 ejemplares. Fué elegido por unanimidad el
com pañero Iglesias presidente del Comit¿ Nacional y
director de E l Socialista. Por este últim o cargo le
asigna el Congreso 30 pesetas semanales, y aumenta
las mismas hasta 40 pesetas, caso de que aumenten lo i
ingresos, que debe asonarle la caja del partido.
Copiam os del manifiesto socialista dos párrafos,
para que nuestros lectores comprendan claramente lo
que los socialistas piensan respecto de la Iglesia ca ­
tólica, y de los Centros y Circuios de Obreros C a tó li­
cos que los Prelados, acatando las enseñanzas y órde­
nes ael Sapientísimo Jerarca León XIII, prom ueven y
fundan en sns diócesis respectivas.
«Pero los hechos que m is acusan el ascendiente
que el socialism o va ejerciendo en los proletarios e s ­
pañoles son dos: uno, la creación de C entros Católicos;
otro, la ampliación ó reforma del program a del parti­
do federal.
L a Iglesia, viendo en la próxima revolución prole­
taria el término de su poder, la muerte del oscu­
rantismo que representa, trata de contrarrestar la
propaganda y organización socialista llevando & su
campo, por medio de promesas, dádivas mezquinas y
miserables engaños, al m ayor número de obreros.
Tales propósitos, que acreditan el poder de los tra­
bajadores conscientes, no librará á la caduca institu­
ción religiosa de dejar de existir el mismo día que la
burguesía sucumba».
|No saben los infelices y engañados socialistas que
no puede existir sociedad sin R eligión, sin propiedad
y sin familia, y que sólo en la Iglesia católica se halla
eficaz rem edio en la cuestión obreral

PÁRRAFO V
DXL ANARQUISMO INTERNACIONAL

Y a hemos indicado a lg o respecto de los anarquis­


tas. El ruso Bakounine, discípulo de C . Marx, ha sido
el primero que les ha reunido, dándoles el más implo
de tos catecismos. Después de él, el principe raso Kra-
potkine, el alemán Most y el geó grafo francés Eliseo
Reclus, salidos de los socialistas, son los qae ejercen
sobre los anarquistas gran influencia. E l primer C on ­
greso anarquista se reunió en Londres- desde el 14 al
19 de Julio de 1881, y en él se dió al partido un
nombre, se estableció ana organización y se trazó la
conducta que debe seguir. F.l nombre fue el siguien­
te: Asociación internacional de obreros socialistas revolu­
cionarios. La organización es m uy sencilla: un Com ité
Central en Londres, subcomités en Parts, Ginebra y
N e w -Y o ik , y secciones cu todas partes; basta para
nna sccción escaso número de sectarios. La con duc­
ta que deben seguir es categórica. (P ara llegar al
fin que pretendemos, esto es, al aniquilamiento de
los soberanos, de los ministros, de la nobleza, del
clero, de los grandes capitalistas y de otros explota­
dores, todos los medios son legítim os». ¿Qué queda
de aquella organización? Es m uy difícil saberlo, por­
que la anarquía reina en el anarquismo. El principe de
Krapotkioe, después que salió de la prisión, desapare­
ció, de manera qae no se ha vuelto & hablar de el; el
alemán Most, desterrado de Ioglaterra, pasó ¿ los E s­
tados Unidos; después de haber impulsado al asesinato
en el periódico Freibeit, se ha mostrado cobarde y
huía ante la policía, perdiendo el crédito entre los
suyos. Sin embargo, el anarquismo existe en todos los
países, y la propaganda, por el becbo, com o ellos llaman
al incendio, asesinatos, bombas explosiva*» etc., son
frecuentísimos en toda Europa. En donde existen so­
cialistas bien pronto aparecen los anarquistas, porque
de su seno nacen y de sus doctrinas se nutren. En
Londres hállase el centro de estos peligrosísimos hom ­
bres, pero en continua discordia; porque ¿cómo puede
haber paz y concordia en el infierno? Uno de los g r u ­
pos lo dirige Penckert y el órgano se titula L a Auto­
nomía, y e l Club de la Aurora reúne i los peores.
En Alemania se ha introducido el anarquismo por
el compañero de Bebel y Liebkneckt, por Juan Most.
El periódico La Libertad (Freiheit), que se publicaba
en Londres en gran número de ejemplares, se divul­
gaba en Alemania, y lo mismo ha sucedido al periódico
L a Autonomía que le sucedió. C om o el anarquismo se
agita y trabaja en la m ayor reserva, de aquí que sn
historia solamente se manifiesta por los procesos,
atentados y horrendos crímenes. El x.° de Julio de t8 8 j,
el anarquista Lieske com pareció ante la audiencia
de Francfort por haber asesinado al jefe de policía
Rnmpff, y fué condenado ¿ muerte. Lieske no confesó
el crimen, pero al saber la sentencia gritó k los m agis­
trados: «¡desgraciados de v o so tro s, vuestra sangre
pronto correrá!» Y después, dirigiéndose al presidente,
fe dijo: «¡habéis terminado!» Sabido es el crimen de
cuatro anarquistas poloneses: elegantemente vestidos
se presentaron ante el cura de Koscielek, decano de
Poninski, y le pidieron el dinero en nombre de su par­
tido. El cara, herido de an tiro de pistola, se echó por
la ventana al jardin, en donde dos balas le alcanzaron;
i los gritos de socorro, los vecinos acometieron k los
anarquistas y mataron i dos; los otros, viéndose per­
didos, se acom etieron, muriendo en la lacha. En los ca ­
dáveres de los anarquistas encontraron tarjetas rojas y
nna lista de coras poloneses. En una se lela lo siguien­
te: «El com ité de lo s anarquistas poloneses ordena al
decano de Poninski el entregar todo el dinero oue
tenga para las necesidades de la organización de los
anarquistas poloneses. Eu caso de desobediencia ó
denuncia ¿ la policía, el C om ité E jecutivo ordena la
muerte del decano de Poninski: el secretario».
L a propaganda por el hecho se extiende por las
naciones a e una manera espantosa. En Austria, en
menos de medio afio, desde el mes de A g o sto hasta
fines de 1883, cometieron los anarquistas diez aten­
tados.
Y en Enero de 1884 fueron asesinados por los anar­
quistas, Eisert y su familia y uu agente d é policía. Pues
bien; casi todos los crímenes, robos y asesinatos fueron
cometidos por los dos anarquistas, Stellm acher de
30 años y Kammerer de 12; los dos hablan sido solda­
dos, el prim ero en Alemania y el segundo en Austria.
La prensa socialista engendró en sas almas el odio k
la sociedad, y la prensa anlrquica les indicó el m étodo
pronto y fácil de satisfacerlo. Esta misma prensa impía
robó de sos alm as toda creencia en Dios y en la vida
futura, y por consiguiente acabó con sus concienoias.
Puso en sus manos el catecism o revolucionario de Ba-
kouniue, según él, todo lo que favorece la revolución
social es legitim o. Llegaron i creerse héroes robando
y asesinando, y después de su m uerte, que sufrieron en
un patíbulo^ su partido les considera com o mártires.
T o d o esto consta en el proceso que s e le s hizo, y Stell-
m ich e r presentó una Memoria ante la audiencia, Me­
moria qae ¿1 mismo leyó , y en la que expone los m o­
tivos que le habian impulsado i com eter los robos y
asesinatos. Apena el corazón la lectura de las prime­
ras lincas de la memoria, «He aqui mi profesión de fe.
Y o no creo en Dios, porque no puedo creer sino en- lo
que y o veo» ( i ) . Com o casi todos los anarquistas,
rechazaron hasta el último momento los auxilios de la
religión, que siendo jóvenes hablan profesado y que
perversos compañeros y la prensa impla les habían
robado.
«IIAbajo los tiranos y los esbirrosII ¡¡Abajo los
explotadores y los que engañan al puebloll* A si ter­
minaban los escritos incendiarios que esparcieron por
Viena.
En Bélgica ha aum entado también el anarquismo,
y loa mietings de Lieja en 1886 y las explosiones
ae varios cartuchos de dinamita en 1888, impulsa­
dos por el jefe V . D ave,lo testifican.En 18 9 ) establecie­
ron los vengadora de Ravachol un taller en Bruselas
para la fabricación de bombas explosivas y máquinas
infernales. Solam ente fueron presos los hermanos
Schouppe.
En Francia se consideran como hechos por los
anarquistas todas las explosiones de la dinamita, todos
los tumultos en las reaniones revolucionarias y los lla­
mamientos i la violencia y al incendio. Es verdad que
estos hechos pertenecen de derecho á los anarquistas;
pero en Francia, com o en España, los marxistas, posi-
bilistas y blauquistas se con vienen fácilmente en anar­
quistas.

( 1 ) V o r Allem mein CJlamrnseUpnninin. Trli glaube niclit


an G o lt, und zwar desthatb, w eú ich nur glauben K ann « a s
ich wcias (Vaterland, Wien, 10 Juni).
V atios son los periódicos anarquistas qne se publi­
can en Francia: L Atlaqut, La Revolte, Qá tra, etc.
En el mes de Diciembre de 1886 se encontró en la
iglesia de Saint-Nizier, de L yon de Francia, coando se
hallaba llena de fieles, una bomba explosiva cargada
de clavos, fragm entos de hierro y plom o. Tenia esta
bomba dos mechas cubiertas de una substancia fosfo­
rescente qae se encendía al contacto del aire. Un mu­
nicipal observó las llamas, y tomando la bomba 1a sacó
de la iglesia y la echó en el a g u a . A lgunas semanas
después aparecieron pasquines en Grenoble amenazando
i. monseñor Fava. La policía puso preso al autor de
los pasauines, y en su casa se nalló una carta fechada
en Ginebra en 27 de Diciembre, que d ecb: «La bomba
de los curas no ha dado resultado. V ittr¿ ha hecho
mal la mecha. T ú escoge bien tos hombres. Propto
se v e r i que nosotros trabajamos constantem ente para
vengarnos. jV iva la revolución y la anarquía I* Firm a­
ba bauiet.
A tan horribles crímenes iociia constantemente á
los anarquistas la prensa de su partido, cu y o lenguaje
no puede ser m is horripilante, cinico y sanguinario.
G tarem o s un pequeño fragm ento del periódico £&
ira de Diciembre ae 1888.
«Mañana, cuando el incendio devore vuestras ha­
bitaciones; cuando la bomba explosiva colocada por
nna mano desconocida eche vuestras tripas al aire;
cuando sintáis sobre vuestra espalda el trio del cu­
chillo... cada uno dirá: «El primer culpable es la victi­
ma», y ninguna v o z se levantará para compadeceros...
ellos asesinaría ¿ los propietarios y patronos, sacer­
dotes y generales, políticos y diputados, reyes y pre­
sidentes*...
¿Para qué continuar copiando tanta maldad? La
pluma se nos cae de las manos.
No solamente los anarquistas tienen su catecism o,
so s periódicos, cuyos artículos parecen gritos de de­
monios que incitan al incendio y al asesinato, sino
que tienen también un Indizador anárquico, entregado
por un agente oculto 4 la policía de París. E l Inaica-
dor se publica en Londres, y en ¿1 se hallan m is de
cien recetas para fabricar bombas explosivas y otros
medios de destrucción.
Consagra un capitulo á la fabricación de las bom­
bas y otro á la táctica revolucionaria y al modo de
construir las barricadas. E l Indicador señala á los
anarquistas las catedrales góticas. Por eso los anar-
mstas valencianos deseaban también destruir, después
3 el palacio Arzobispal, la catedral de Valencia. Pide
E l Indicador que el ciclón revolucionario acabe con
todo lo que se opone i los sueños salvajes del anar­
quismo. Desea que la desesperación, el asesinato y el
incendio empuje i las masas populares á levantarse
contra el orden actual.
Esto escribimos en la primera edición, pero en poco
tiem po en Francia ha tomado gran incremento el anar­
quismo y la propaganda por el hecho. Recordem os
brevemente al anarquista Clem ente Duval, y al mons­
truo Ravachol con las explosiones del boulevard de
Saint- Germain y de la calle de C lich y, obra suya,
monedero falso, ladrón y asesino de un pobre anciano
de 9a años y autor de otros tres asesinatos. Fué preso
en el restaurant V éry , y precisamente un día antes de
comparecer Ravachol ante la Audiencia, fué arrojada
una Doraba de dinamita en el mismo restaurant, día
26 de Abril, cuya explosión produjo la muerte del
propietario y de un parroquiano. Q uiso Ravachol h a ­
blar en la Audiencia en nombre de los obreros, pero
oportunam ente le advirtió el presidente que hablase
en nombre de los asesinos. Recuérdese la bomba de
dinamita lanzada en la Cámara francesa por el anar­
quista Vaillant, porque ya no se dirigen i los reyes y
iriocipes, sino i los representantes del pueblo; es la
f ucha del pueblo contra el pueblo, es la anarquía: re­
cuérdese al anarquista Emilio H enry, que como el
asesino del presidente de la República M. Carnot,
Caserio G. Santos, suben al patíbulo gritando com o
energúmenos: ¡¡Viva la anarquía!! ¿C u il es el criminal
que ha transformado i estos nombres en bestias fieras,
que no respiran sino destracción y muerte? L o dice
admirablemente el defensor del anarquista Vaillant: es
el liberalismo, que hoy lo invade todo y que ha engen­
drado en sa seno al socialismo y anarquismo ( i ) .
En Italia los dos grupos de anarquistas titulados
la «Mano ñera» (Mano negra) y i Mor te a! borgUesi»
(Muerte ¿ los burgueses) aumenta extraordinariam en­
te, y lo mismo sucede en Suiza; pero en donde la pro­
paganda por el hecho de los anarquistas ha tenido gran
resonancia ha sido en Rusia y en Am érica. En Rusia,
solamente en 1887 se registraron 4 atentados contra
el czar, que fueron descubiertos antes de la ejecución;
707 atentados contra funcionarios públicos, de los
cuales solamente 11 tuvieron resultado. La policía
cogió 7 prensas clandestinas, arrestó ¿ 2.850 nihilis­
tas y secuestró 20.000 ejemplares de escritos re vo lu ­
cionarios y 50.000 ejemplares del periódico nihilista
Ztmlsa i Volta.

(1 ) Scflores jurados; Si «sluviésemo* aún en l u tin ie b lu da


la Edad Media 6 siquiera en l u neblina* ^ue precedieron & nues-
tra gíffriosa Revolución francesa, mi presencia en e ile banco no
serta justificable y , mudo, abandonarla mi desgraciado d iente
i la vindicta pdblica.
Loa hechos, en efecto, io n indiscutibles, averiguados, paten­
tes; y no podría yo tener gracia en entretener al señor Proco*
náor general en la discusión de ciertos pormenores muy con ­
testables del acta de acusación.
Sí: fu i V aillant qaien dió el golpe del Palacio Borbón. Pero
en esta clase de u u n io s , la antigua sociedad tenia todo on
arsenal de principios y -onvicrinnea, segiin las cuales V aillant,
coa toda sinceridad y sin som bra de duda, habría sido entre­
gado al potro ó i la rueda.
Entonces se cr«fa; todos creían que existía un Dios, Su­
prem o Legislador y Juez Supremo de lodos los hombres; se
creta que el hombre era libre j responsable; se creía que la ley
de Dios alcanzaba y dirigía no sólo l u acciones del hombre,
sino también sus pensamientos, sus afectca y sus deseos; se
creía que la propiedad legitima era cosa sagrada, como la vida
del hombre, y desgraciado del qae hubiese osado negar tales
cosas.
L a antigaa sociedad descansaba sobre lo que ella llam aba
eternas verdades; y quienquiera que las minase era coasiderado
El teatro del anarquismo en A m irlca fu i C h icago.
Las manifestaciones del i.° de M ayo en 1886 pidiendo
la jornada de ocho horas fueran muy agitadas. Nada
consiguieron los manifestantes, y el órgan o de los
anarquistas Arbeiter-Zñtung escribió: «El anarquismo
es el único medio qae tienen los obreros para romper
las cadenas con laa cuales lea atan los capitalistas; es
el so lo camino que condoce i la libertad. Con el re­
vó lv er en nna mano, el puñal en la otra 7 los bolsillos
llenos de bombas « p lo siv a s, es como se debe andar
para conseguir la revolución y la libertad». Estos sa­
tánicos gritos dieron resaltados: habo huelgas en
C hicago díspnés de la manifestación del 1.» de Mayo,
y el día 3 hubo ya una colisión sangrienta entre los
anarquistas y la p o lid a. A l siguiente día la p o lid a
quiso d iso lv e rá n grupo de obreros, pero ¿stos e ch a ­
ron en medio de lo s polizontes, que se hallaban en

como enemigo da 1* sociedad; contra él d aplcpba ésta todo


■u rigor j toda la fuera» de lu ltyes.
Pero, sabéis muy bien, señorea Jurados, que nuestra inmor­
tal Revolución ha demolido todas aquellas ciroelea en que gemía
a u d a la libertad humana. V osotros aabéis que ella h a destruido
á la vieja sociedad desde i u i cimientos, é imagino que m aguno
de voiotros ha sollado tiqaiere en q u ejan e de ello. (Ritas).
V osotros suis los hijos felices de la Revolución, los ciu­
dadanos afortunados de la nueva sociedad. |Sin la Revolución,
esta Corle de Justicia no vería, i lo menos en el lugar que
ocupa, no verla i vuestra cabeza, seOores Jurados, i este bijo de
Israel, cuyos dies dedos finamente enguantados manejan más
m illones que centavos las manos callosas del obrero! (Se rtjurt
sim duda á un ju d ü qtu presidía).
E t, pves, evidente que la Revolución b a deiribado la anti­
gua sociedad. En aqueÑos tiempos se creía en Dioa; h oy ya no
se cree en É l. {No lo veis? E l Presidente de la República trata
A EH01 com o una cantidad despreciable. Antea se creía en la
libertad humana, en la reepensabilidad; hoy no ae cree ya en
semejantes cosas, Taine, desde hace tiempo, h a dado la fórmala
de la nueva m oral, cuando escribió: «La virtud y e l vicio son
productos com o e l azúcar y el vitriolo».
T o d o esto, bajo el color d d deterninism o, se ensena corrien­
temente en lat cátedraj oficiales, E10 se bace aplaudir en laa
gran número, bombas explosivas. En medio de una
escena indescriptible la policía hizo fuego 4 los o bre­
ros y el com bate duró la rgo rato , resultando diez
mnertos y m is de 100 heridos entre las dos partes.
La represión fu i enérgica, y siete anarquistas fueron
condenados 4 muerte, 4 saber: Frederic G eo rge, Sa­
muel Fielden, Adolphe Fischer, L . L in gg , A lb. P a r-
sons, Michel Schw ab y A uguste Spiess. O scar Neebe
foé condenado 4 quince años de presidio. Entre los
condenados, cinco eran anarquistas alemanes. La eje­
cución no tu vo lu gar hasta Noviembre de 1887, y
mientras tanto, los socialistas y anarquistas del mundo
entero hicieron cnanto pudieron para impedirla; se
les conm utó la pena de muerte por cadena perpetua i
Michel Schw ab y i Samuel Fielden. L . L in g g se suici­
dó en la prisión. L a ejecución de los otros cuatro anar­
quistas tu y o lugar el día 11 de Noviembre de 1887 ( 1 ) .

Academia*. ¡El otro día no m il dada Coopio que <1 hombre era
virtuoso 1AI0 por instinto!
E n tiempo* de la antigua sociedad se creía que e l pensa­
miento y la Yolunlad a la b a n sometidos á ciertas reglas, i una
ley mora!, li> mismo que lo s actos externo*; hoy ae sostiene
con los principios del 89, código intangible de la sociedad mo­
derna, que el pensamiento es libre y absoluto, com o indepen­
diente y autónom o, y que la voluntad es la regla y la medida
de s[ misma.
Antes se creía en la inviolabilidad de la propiedad, del
domicilio y de la vida del hombre. H o y ya no se cree en eso;
testigo, los despojas de los convenios; testigo, aquel veredicto
de Angulem a, que todavía vibra y palpita,segdn e l cual se puede
matar impunemente por motivo político 6 social.
Sí, sefiorea Jurados: be ahí los fundamentos de la sociedad
moderna; he ahí su evangelio inmutable, dictado por la ciencia,
llfada de D ios, nada de maestro, nada de ley moral, fuera de
aquella que el bom bre encuentra en si mismo! ¡El hombre es
libra, independien!»! ¿ I et tu propia regla, su dnica ley.
N o negaréis vosotros que sea ésta la doctrina de la R evo­
lución. Y no negaréis tampoco que esta doctrina cuenta con e l
favor de lo t poderosos del dta. Son los maca Iros de eala doe-
( r ) E l periódico N ew Y oik U erald nos da algunos detalles
acerca de este suceso.
- aSS -
Leída la sentencia á cada uno de los condenados,
el cortejo fúnebre se puso en marcha. Fischer entonó
entonces la Marsellesa y los otros tres le hicieron
coro. T o d o s subieron al cadalso, se les puso e l nudo
al cuello, y , antes oue la trapa se abriese, Fischer gritó
en alemán: ¡¡Viva la anarquía!!
Más de 6.000 obreros acompañaron los restos de
los anarquistas h is t i el cementerio, que dista dos le­
gu as de la villa, é inmenso gentío se agolpaba en las
calles para ver pasar al cortejo, en el que se ostenta­
ban banderas rojas. Los discursos que se pronunciaron
en el cementerio fueron de gran violencia y rabia.
«|Aqul, delante de estos hombres asesinados—
gritó uno de los oradores,— jurad que vengaréis este
crimen y que vosotros lo haréis expiar á los que os
odian!» El pueblo contestó: «Lo juramos».
«Pues bien— continuó el orador,— afirmamos qae

trina lo* que se llevan todos los p a i d a favores, las condeco­


raciones, las carteras: a el triunfo social y brillante del libre
pensamiento. Y quienquiera q u * se oponga a l desenvolví*
miento y acción d e esta doctrina, cualqoieia que se arrime A
los pilares todavía apelillado* de la antigua sociedad, d e la
vieja Urania, ¿se no debe esperar sino el abandono, la injusti-
cía y la persecución.
T o d a j nuestras leyes laical, estas leyes que nuestros minis­
tros declaran s b e l patrimonio definitivo de la República, e l
pallaum de la sociedad moderna, todas esas leyes no lienen
otro'objeto ni otro fin que enterrar el viejo E ran gelio de los
cristianos y eatender por todas partea el Evangelio de la R evo­
lución.
Ahora bien, tenores Jurados: ¿qui ha hecho Vaillant? Sn
caso es muy sencillo. V aillaat ba creído en la doctrina d e la
Revolución.
A l ver los liv o re s de que ella go za y las recompensas con
que se la estimula, ha creído que esta doctrina era la verda-
- dera. H a creído que no habla Dioe; ha creído que el hombre
e t e l maestro de t í mismo; ha crefdo que no hay ni bien ni mal
en sus pensamientos y en tu s deseos. Después, naturalmente, y
por la pendiente de irresistible lógica, ha llegado hasta decirse:
puesto qae ningún pensamiento e t culpable y m erecedor de
castigo, ninguna acción puede te t culpable 6 digna de castigo.
tendréis sin g re por sangres. Estos gritos de feroz
venganza tuvieron resonancia en los mletingt anar­
quistas de Europa y de Am érica, y lo s periódicos
anarquistas rivalizaron en los mittxngs. En nna re ­
unión en N e w -Y o ik , M ost sobrepasó i todo. «Cada
gota de sangre de estos victim as costar! ana vida».
La prensa socialista, escribe el diputado W interer,
de quiea tomamos estos datos, estuvo 4 la altura de
la prensa anarquista. Protestó fieramente y p rovocó
manifestaciones. E l Socialdemckral llamó a la ejecu­
ción de los anarquistas Asesinato judicial de Chica-
ge ( 1 ) . Durante diez afios se han com etido 1.123 aten­
tados con la dinamita en Europa y 502 en América:
total, 1.615 explosiones de bombas y cartuchos dedina-

P o rq ie la libertad del pensamiento i r n u t r i fatalmente la del


acto: pacato que e l acto no es sino la prolongación, el h uto e l
fia del pensamiento. Si el hom bre piensa, piensa para obrar,
qae ai no, no pensarlo. Y si e l pensamiento no et m alo (no siendo
libre podría aer m alo), es inadmisible que ic a malo un acto
hecho en conformidad con el pen am ien to . Vaillant pensaba
qne la sociedad actual H lá mal equilibrada, y tenia derecho
p a n pensar asi. Pensaba que algunas bom bas arrojadas en buen
sitio ayudarían poderosamente á destruir el asiento actual de
la sociedad y & establecerla sobre mejorfe* bases. T en ia el dere­
cho para pensar asi. y , por tanto, tenia también el derecho para
realisar tu pensamiento y arrojar las bom bas.
Pero, ¿y los diputados que Iba á motar? |Bahl {Acaso e l fin
no justifica los medios> ¿Acaio la Revolución no aceptó «ste
principio de M aquis velo? Acaso Dantón, n oes tro gran D in tó n ,
4 quien se ban elevado estatuas con e l ecncutso del Gobierno,
que vosotros representáis, señores Jurados; acaso D tn tó a , repito,
no dijo que: «(entre los nobles no habla inocentes?»'A hora
bien: los nobles de hoy sen los burgueses.
Y , además, (oo es la inviolabilidad de la vida humana una
especia de colum pio, como decía e l primer pissidente Cartier?
La vida humana... fia respetaron acaso nuestros grandes ante­
pasados del 89Í ¿Ellos, que el 14 de Julio mataron ¿ los inde­
fensos de Fleaclics y de Launay? |Y , sinem bargo, el 14 de Julio
h s llegado A ser nuestra JUsla natioitall |Y los Poderes públicos
decretan grandes festejos en honor de los asesinos de la Bastilla!
(i) D tr Sotialátaukral, 18 Noviembre 1887.
m ita. Muertos 4 a y heridos centenares. Según el pe»
riódico E l Tocxin, que se publica tn Londres, viendo
el ningún resultado de tantos crímenes se ba cambiado
de táctica, dando orden ¿ los anarquistas para meterse
en las agrupaciones ó corporaciones obreras para
hacer prosélitos y producir la agitación.
T a l es el anarquismo. Declara odio y sangrienta
venganza contra el juez, que no hace más que aplicar
las leyes comunes contra tos asesinos, y proclam a to ­
dos lo s días el derecho que tiene para matar y destruir.
D eclara la guerra á muerte á la sociedad, pero niega á
la sociedad el derecho que tiene de defenderse.
Del mismo modo son los socialistas de Carlos
Marx. Ea sus labios sólo se bailan maldiciones contra

IS e llo m JuradosI Un poco d e buena fe: {cómo, después d< tale*


lecciones, de tale* ejemplo», ¿cómo podría creer V aillant que
e l asesinato político era un crimen? ¡Cóm o pudo haber creído
que «¡quien exim an accioaes culpable»?
Y en treun to , p o r obedecer á laa inculpaciones vehem fntas
del aeOor Procurador general, ¿iríais á condenar á mi cliente)
|No, señores, no podéis hacerlo, nol Mi cliente s o ha hecho
otra cosa que sacar, con la lógica m i» im placable, la» conse­
cuencias prácticas de l u doctrinas que vosotros le habéia ense­
nado. É l serta condenado entonces sólo por haber sido lógico,
por haber sabida raciocinar, por haber puesto su conduota de
acuerdo con su razón. ¡No, repito, no podéis hacerlo, á menos
que quisierais dar el más sangriento mentís i todas las doctrinas
y á toda la obra revolucionaría, á m enot que vayáis á buscar
vuestras armas en las antiguas bastillas clericales!
Pero enlonces, en caso de que V a illin t sea condenado,
teséis, seBor Procurador, sn deber que cumplir, un deber impe­
rioso, ineludible, cual es hacer sentar sobre este banco de lu»
acusados d t o d a es tn gente oficial que no» gobierna y nos
engalla; ministros, diputados, profesores, etc./S ¡ V aillan t es
culpable, lo son mucho más aquellos que han ensenado i Vai-
llan t las doctrinos cu jas consecuencias no ha hecho <1 sino sa­
car L a justicia dehe »i*r igual para lodos; y si esos señores van
á continuar viviendo tranquilamente de sua rentas y de todos
los Panamá», grandes y pequefios, en nom bre de la justicia
elem eulol, en nombre de la igualdad, en nombre del sim­
ple buen sentido, yo ren go á pedir la absolución de V aillant.—
A/alitut.
los vencedores de la Commune de París, pero ni ana
palabra de represión contra sus crímenes. ¿No son,
p o r ventara, los socialistas m aniatas los que han pro­
clam ado el derecho de W alriuiserf ( t )

PARRAFO VI
ANARQUISMO BSPAftOL

Com o ya hemos v isto en la breve historia del so ­


cialismo español, el regionalism o y fo go so carácter
meridional e indisciplinado de los españoles se presta
más al anarquismo qae al socialism o en los obreros
que han perdido la fe. D e aquí es, que en Espafia ha
tenido y tiene muchos partidarios la doctrina de Ba­
kounine. En el C on greso anarquista celebrado en Lon­
dres en el mes de Julio de 1881, ya tuvieron los es­
pañoles nn delegado. En el C on greso anarquista de
Barcelona, celebrado el 24 y 25 de Septiembre de
1881, se reunieron 14 ) delegados de otras tantas
secciones. El program a del C on greso pedia la autono­
mía absoluta de los municipios federados entre si.
Eu 1882 se celebró el Congreso anarquista eo Sevi­
lla, en 1883 en V alencia y en 1884 otra vez en Se­
villa. En este últim o C on greso se reunieron 251 de­
legad os de 492 secciones, las que contaban con
49. $60 miembros. Le Revoilé de Ginebra lanzó un
grito de triunfo, consignando dicha cifra de anarquis­
tas en España.
El órgano entonces de los anarquistas er* La Re­
vista Social de Madrid, y se gloriaba de tener 10.000
abonados. En el Congreso de Valencia de 1883 quedó
definitivamente adoptada la organización social del
partido anarquista.
Esta (2 ) organización forma cuatro gm p o s que

(1) W inlerer. O b. cit., pág. 255 y siguienles.


(a ) Explicación de la organización social. Sin pie de im-
prcnla.
le destacan perfectam ente anos de otro», si bien con ­
curren todos k an mismo fin: 4 la anión intima y s o ­
lidaría de todos los trabajadores. Estos cuatro grupos
son: i .* Federación internacional. 2.* Federación re gio ­
nal. j . ' Federación local.— Y 4.» Unión de oficios.
L a Federación internacional la constituyen todas
las secciones de obreros del mundo adheridas i la
Asociación Internacional de los Trabajadores, las cua­
les se rigen por los Estatutos y Reglam entos de la
misma. Sn objeto es la com pleta emancipación econó­
m ico-social de todos los trabajadores.
L a Federación regional la forman las federaciones
locales adheridas i la misma, cu y o pacto común son
los Estatutos generales de dicha federación.
Com ponen la Federación local las secciones de
oficio, que en una misma población se unen entre si
por el pacto establecido en los Estatutos de dicha
Federación. L a Federación local es el municipio del
porvenir. Con stituyen la unión de o fid o s las agrupa­
ciones locales de oficios similares. El libro citado con -
tiene los distintos reglam entos y los acuerdos to m a ­
dos en los Congresos anarquistas internacionales y
españoles. Las aspiraciones de los ■anarquistas son:
anarquía, federación, colectivism o y revolución social.
Publicaron unas bases de la misma organización (1 ).

(1) Las baies pan la organización anarquista de la región


española son laa siguientes:
I * Se entiende por Anai yuía e l no g obitn o, esto es, un
estado social en el que no iea necesario gobierno ni dirección
alguna, porque entendemos que mientras subsista e l principio
de autoridad, no estará garantid» la libertad de todos los miem­
bros de la Sociedad, y a qae el principio de autoridad ó direc-
tiro de la Sociedad supone incapacidad de loa aaociadot p a n
regirse por si mismos, degenerando siempre en tirnnia; y la so­
ciología ha llegado i tal perfeccionamiento, que dem u esm la
certitud de que el hom bre ha alcanzado yn la mayor edad, y
por tanto es digno de gozar de toda la libertad que las leyes de
la naturaleca, únicas que aceptamos, le permiten, impidiendo
•ate goce de la positiva libertad humana, solamente la cuestión
de intereses, el m onopolio y e l privilegio, sostenidos, no por la
razón y la justicia, sino por la farsa 7 por la fuerza.
¿Se debe imputar í los anarquistas españolee los
crímenes cometidos por la Mano Negra? La Revista
Social y las demás publicaciones anarquistas rechaza­
ron enérgicamente toda solidaridad con tan horrible
sociedad secreta que tantos atentados y asesinatos
habla com etido. Sin em bargo, es necesario confesar
qne, si la Mano N egra no formaba parte de la federación
anarquista, tom ó de la misma, no solamente los medios
de acción, sino hasta sus mismos principios. En efecto;
se lee en los Estatutos de la Mano Negra que se publi­
caron: tL a tierra existe para el bienestar común ae los
hombres, porqae todos tienen igual derecho 4 so po­
sesión; ha sido feenndada por el trabajo del trabaja­
dor, la organización social actual es absurda y crimi­
nal... L a sociedad declara qae lo s n eo s están fuera del

2.1 Aunque reconociendo que no ierd una lociedad co m ­


pletamente anarquista en taato subsista e l m is pequeBo átom o
de autoritarismo ni sujeción alguna, débese consignar com o
garantía d e libertad la abolición del principio de la propiedad
individual y toda explotación del hom bre por e l hombre.
3.* E n consecuencia, forman la organización anarquista
revolucionaria todo* lo s individuos, sociedades, grupos, circu­
ios, periódicos, etc., que acepten la anarquía, sin diitinción de
procedim ientos revolucionarios n i de escuelas económicas.
4.* Siendo e l hombre libre en sus manifestaciones, ccm o
libre en la práctica del derecho de asociación (ilegisU ble
com o la misma libertad), ccm o libres las agrupaciones é indi­
viduos de inteligenciarse con quienes y com o mejor les parezca
á los interesados en un objetivo dado, sin m i l alcance ni tra­
bas que sus m iim os propósitos, no se sédala m odelo esiatm o-
rio ninguno, ni conducta slguna de procedimiento» confiando
á cada individuo, i cada agrupación y á la organización toda,
el estudio y loa medioa más á propósito para conseguir «1
triunfo de la anarquía.
5.* Se crea, para conveniencia de todas lis entidades de la
organización, un Centre Je Relaciones y Estadística^ con objeto
de facilitar datos y direcciones y traspasar comunicaciones y
acuerdos entre las mismas, especie de oficina de la organiza­
ción, sin m is facultades ni iniciativas; y que las entidades
determinarán el modo y form a de llevarlo á cabo, com o indi-
viduos que lo conititoirán, localidad y duración.
derecho de gentes; proclam a que para combatirlos
todos los medios son buenos y necesarios, sin excep­
tuar el fuego, el hierro y la misma calumnia». Desde
1 884. el anarquismo no se manifiesta tan ostensible­
mente com o antes, pero de cuando en cuando da sefia-
les de su pujante vida, t n una asamblea celebrada
en 1887 para conmemorar la Commune de París, los
anarquistas de Madrid declararon que ellos harían lo
mismo que los de París; «que en iguales circunstancias
pondrían presos á los capitalistas y los fusilarían; que
se apoderarían del Banco de España y del Hipotecario;
quemarían los registros de la propiedad y el gran libro
de la deuda pública». Las explosiones de las bombas
de dinamita han sido numerosas. Recuérdense la bomba
que mató al jefe anarquista Ruiz y la bomba que estalló
cerca de la casa de Cánovas del Castillo, para vengarse
del ministro qne no habla perdonado i los autores del
atentado de Jerez.
Conocidos son de todos los sncesos de Jerez, por
los cuales se v e que el anarquismo no solamente cunde
en las grandes poblaciones, en donde abundan los
obreros industriales, sino qne penetra ya en las aldeas
y cortijos habitados por campesinos, en cuyos pechos
no ha m achos años aun tenia lugar, junto con la fe
católica, el respeto i la autoridad y el amor al orden.
Causa espanto pensar en los trastornos y calamidades
que nos aguardan, si por desgracia el anarquismo se
propaga m is por entre las gentes del campo de nues­
tra nación, cu yo carácter rudo, indomable y hasta
fiero, cuando el dique de la piedad no lo contiene,
puede convertirles en salvajes más temibles que los
antropófagos.
Asi se desprende de las noticias que los periódicos
nos dieron de lo acontecido en Jerez en la noche del 8
al 9 de Enero del año 1R91.
Las primeras noticias alarmantes que llegaron i
Jerez fueron de que los trabajadores de algunas casas
de campo hablan abandonado sus tareas y que se re­
n d an en ponto determinado para echarse sobre la
ciudad. Tam bién se supo qne algunos andaban re co -
nien do los cortijos y recogiendo armas de todas cla­
ses y hasta herramientas d t labranza. Las autoridades,
el día anterior habian detenido á unos sesenta trabaja­
dores que llevaban periódicos socialistas, y por no en­
contrarles cansa alguna les habian dado libertad á
casi todos á las veinticuatro horas de ser detenidos;
pero enteradas de los preparativos que los obreros
nacían, tomaron algunas precauciones, las cuales no
bastaron para evitar un asalto de los anarquistas sobre
la población.
En las primeras horas de la noche notaron los
centinelas de la cárcel que andaban hombres por el
tejado del edificio y dispararon los fósiles sin hacer
blanco. Más tarde, unos seiscientos hombres, la ma-
oria de ellos con traje de campesino, entraron en
¡ erez por distintos puntos y se dividieron y esparcie­
ron por toda la ciudad. Un grupo se dirigió á la cár­
cel, y aludiendo á los compañeros que el día anterior
hablan quedado presos,- les decían: «Hermanos, veni­
mos por vosotros». Echaron piedras y dispararon al*
guoos tiros contra la guardia; pero esta, disparando
los fusiles, los hizo huir. Atacaron otros grupos á los
cuarteles y también fueron dispersados por la tropa,
y otros que hicieron disparos sobre la casa municipal
fueron dispersados á tiros por los agentes del muni­
cipio. Después recorrieron las calles dando gritos de
¡viva la anarqulal ¡mueran los burgueses! Apoderán­
dose de un joven empleado que se retiraba de la ofici­
na á su casa, le asesinaron vilmente, disparándole dos
tiros en la cabeza. A otro joven (D . Manuel C astro )
le cortaron una oreja con una hoz, le destrozaron la
cara con armas cortantes y acabaron con él dándole
puñaladas en el pecho. U no de los agresores fué de­
tenido por nn municipal, y los demás raeron dispersa­
dos por cuatro soldados, disparando sos armas en la
retirada, arrojando piedras y blandiendo descomunales
facas.
E l número de anarquistas presos era tan conside­
rable, qae no cabían en la cárcel y hnbo necesidad de
utilizar las habitaciones de los empleados; pero por la»
declaraciones no se pudo saber, por de pronto, quiénes
eran los cabecillas del m o th . A pesar ae haberse co n ­
centrado en Jerez y sus contornos mucha fuerza de la
Guardia civil, y de las muchas precauciones tom adas
por las autoridades, auxiliadas por un regim iento de
caballería y otro de infantería, los anarquistas incen­
diaron algunos cortijos y el pueblo no creía asegurada
la tranquilidad.
A un preso se le encontró una lista de suscripción,
en la cual habla inscripciones parecidas i. ésta: «Un
jornalero que desea bañarse en sangre burguesa... diez
céntimos».
T ó e o s conocen la declaración de uno de los pre-
sos, el Lebrijano, en la que dijo que el m otivo de haber
asesinado al Sr. Castro era porque llevaba guantes, cir­
cunstancia que debió presentarse i los ojos de los
anarquistas com o síntoma inequívoco de burguesía, y
que les indicaba, por consiguiente, que se hallaban en
la presencia de uno de sus enem igos, un burgués, y
habla qne aprovechar la ocasión para quitarle de de­
lante. Aquí se ve com o los, anarquistas no hacen m is
que llevar á la práctica los inteotos de los socialistas,
si bien éstos pretenden antes organizarse para ase­
gurar mejor el éxito de su empresa. ¿Q.ué dicen los so­
cialistas en sus C ongresos y reuniones? ¿No procla­
man guerra, y guerra 4 muerte 4 los burgueses? He
aqui com o los anarquistas se encargan de ejecutar lo
<]ae aquéllos desean.
El 24 de Septiembre de 1893, mientras que el g e ­
neral Martínez Campos presenciaba el desfile militar,
una bomba de dinamita fué lanzada por el anarquista
Pallas y cayó junto al general. Hizo dos victimas, h i­
riendo además al mismo general y á otras varias per­
sonas. Bien pronto fué fusilado el anarquista Pallás,
muriendo impenitente, pero bien pronto se vengaron
de su muerte los anarquistas; porque mientras la Es-
pafia se hallaba en guerra con las kabilas en Melilta, y
que apenas habla salido del estopor de la inmensa des-
racia de Santander, cuando una mano criminal lanzó
f • s bombas en el gran teatro del Liceo de Barcelona,
quedando en la platea varios cadáveres, qae janeo con
los qae murieron al día siguiente llegaron al número
de 21. ¡Venganza horrible, feroz y cruelm ente estúpida!
El aator de tan espantoso crimen es el anarquista San­
tiago Salvador Franch.
El martes 22 de M a jo de 1894. nos anundó el telé-
rafo el fusilamiento de los seis anarquistas cómplices
f e Pallas en el atentado contra el general Martínez
Cam pos. Cinco de los reos, Cerezaela, B ern il, Archs,
Sabat y Codina, persistieron en su impenitencia, negán­
dose i recibir los auxilios espirituales. Contrastando
con la conducta seguida por sus cinco com pañeros,
Sogas dió muestras de sincero arrepentimiento'. C e ­
diendo ¿ las reiteradas instancias de an sacerdote cas •
treose, abjuró de sas errores y se confesó y co m a lgó .
Pero lo qae apena el corazón y entristece el alma, es
observar que, mientras los periódicos liberales cuentan
hasta los menores detalles ae la impenitencia de Rava-
chol, Pallás y Henry, manifiestan pena é incredulidad
respecto de la conversión de Sogas. Manifiesta señal
' ' das católicas en los escrito-

Com o ya en o tro capitulo de este libro hemos pro­


bado qae el socialism o y anarquismo son hijos del na-

(1) H em os recogido de un anarquista convertido y que


actualmente es «ocio numerario d e un Circulo de Obreros C a tó ­
lico», un folleto titulado ■Consideraciones sobre e l hecho y
muerte de P all 4s>. Precio: cada uno según au voluntad. E l
producto para la familia de PallAs. Se ha hecho la puhlicación
cotizándose los anarquistas españoles. Pedidos: Joan M entíseny,
M olla, 1, Reus.

D e este folleto copiamos la i siguientes Uneos:

«Decir que la sociedad ha sido injusta al sentenciar 4 Pa­


llás fuera inocente.
D e otro modo P ollás hubiera sido un criminal; de otro modo
los anarquistas todos seriamos unos perturbadores sin fin, sin
motivo, sin causa.
turalism o político, nos excusam os ahora de examinar y
hacet ver sobre quién pesa la culpa de tam a sangre
derramada, de tanta desdicha causada, de tanto des­
orden producido y de todas las calamidades qae nos
aguaraan. Y no solamente, pesa sobre los padres del
anarquismo y socialism o la colpa de los males que
estas sectas producen, si que además pesa también sobre
ellos parte de la culpa de la desdichada suerte que
ban corrido los Ravachols, Lebrijanos, PallAs, Henry,
V aillan t, Caserío y demás anarquistas tristemente cé­
lebres que han terminado sus días en el cadalso.
L os mietings celebrados en Valencia y en Madrid,
y l<ft discursos incendiarios qne én las reuniones se
han pronunciado, están en la memoria de todos y no
h a y para qo¿ recordarlo. En un mieling de los anar­
quistas de Valencia se desafió á quien quisiera probar
la existencia de Dios, porque ellos se declaraban ateos.
Un pobre profesor de la Universidad, racionalista y
masón por añadidura, quiso probar la existencia de
D ios, pero su v o z fué sofocada por aquellos energú­
menos. E a el m iiling celebrado en V alen cia e a el raes

N i nosotros podíamos esperar o lía cosa, ni otra cota jam ía


esperó Pallás, que conocía la sociedad presente.
Se nos ha pagado con la moneda que merecíamos, con la
moneda que justifica nuestra actitud: todos podemos estar
satisfechos.
L o s dueños del patrimenio universal gritaran: ¡un bandido
menos!; nosotros g r inrrmfis* ¡un mártir másl; y estos dos gri­
tos determinarán la diferencia de aspiraciones y lo opuestos
que son lo t intereses socialea.

P a l l As . — Carácter m oral d el anarquista. Transformación


que la idea - ácrata hace sufrir en e l m odo de ser del hombre.
Sus opiniones sobre la sociedad. Su fe á un ideal de redención.
L a anarquía. Su justicia. Su práctica. Evolución de la autori­
dad hacia su negación. Guerra permanente entre el anarquista
y la sociedad. Distintas armas de que se vale en relación de
aus cualidades y su temperamento, con las injusticias que sufre
y las miserias que pata. L a sociedad actual conteata con la
guerra. Fuera sentimentalismo. E n un pueblo esclavo < ins-
de A g o sto de 1891 se habló contra los Circuios Cató­
licos, contra la Iglesia qae los inspira y contra el jesui­
tismo que los fonda para fanatizar i los obreros. L o
m is gracioso ó deplorable del caso es que allí se ha­
llaba el representante de la autoridad y de un g o b ie r­
no católico, y este representante o yó paciente cóm o
se negaba i Dios y se esca m ed a a la Religión, ¿ la
cual tiene la obligación de amparar y defender.
El día en que el anarquismo y el socialismo bagan
i la v e z en toda España, ¿ en toda Europa ó tn todo
el mundo, como intentan, lo que unos cuantos partida­
rios ó unos cuantos huelguistas han hecho en Jerez y
en Bilbao, en París y en otras partes aisladamente,
¿qué Guardia civil, qué policía, qué ejércitos y cafioncs
podrán contener la ira de los que desean ardientemente
Dañarse en sangre humana?
Al considerar lo infructuosa que es la represión
política contra la dinamita y el furor de los faníticos
descatolizados, viénenos otra vez á la memoria la
acertada comparación de Donoso Cortés entre las v a ­
riaciones del term óm etro de la represión y las del ter­
mómetro de la religiosidad.

traído n o puede haber pac ni orden. Carencia de i d e en el


orden política y en el económica. Consecuencia de esta caren­
cia para U saciedad y para los anarqujslis. Estamos dispuesto!
ó aer victimas de toda clase de persecuciones.
l.A I-F-Y— E l crimen que la sociedad castiga. I q u e mata
i Fallé*. L a influencia del medio social en la determinación de
estos actos. Patología social.>Carencia del caso morboso. A ntro­
pología y socialism o. Necesidad de proleslsr de la injusticia.
Convencionalism o de toda ley. L a actitud de P illá s.
L a S o c ie d a d , — L a revolución m aterial y la intelectual.
N o puede juzgarse la sociedad futura por lo s defectos de la
p r a e n le .
E l más respetado es el más rico, no el más bueno. L a ju s­
ticia de la propiedad. Nuestros enem igos. E l periodismo en su*
relaciones con e l anarquismo. E l Sr. R oca j R oca y L a Cam­
pana de Gracia. L o que n erccen . Desprecio a las leyes. El
porvenir es nuestro. F a llís por los anarquistaa. L a familia.
[Viva la anarqulal ¡Viva F allía! |Vtva la a n irq u la li
D e lo expuesto hasta aqui, se desprende evidente­
mente que las doctrinas colectivistas no son un sueño
más ó menos quimérico, más ó menos generoso, más
ó menos poético, como La Utopia de T om ás Moro, La
Ciudad del Sol de Campanella ó el Talento de Fenelón;
son la expresión sencillísima y m uy clara del estado
presente, son la expresión exagerada de la tendencia
de la actual sociedad, si no vuelve en sí y pone pronto
y eficaz remedio, com o manda el Romano Pontífice en
so Encíclica.
/

A R T ÍC U L O II
KBFOTACIÓN DB LAS DOCTRIMAS SOCIALISTAS

Demostrarem os en este articulo, con las enseñan­


zas del Romano Pontífice León XIII, que el colectivis­
m o es absurdo k injusto y que el socialismo disuelve la
familia y perturba y esclaviza la sociedad, comenzando
en el párrafo primero por bacer el resumen de las doc­
trinas socialistas.

PÁRRAFO PRIMERO
DOCTRINAS SOCIALISTAS

D e la breve historia del socialismo y anarquismo


que acabamos de hacer, se deduce evidentemente que
las doctrinas que estas sectas sostienen son las si­
guientes:
l.° En religión son ateos, profesan el más erado
materialismo; asi lo proclaman las obras de los jefes
actuales del socialismo de todas las naciones. Esto es
evidente; pero cuando tienen interés de ocultar la ver­
dad, entonces citan el programa de G otha, y actual­
mente el de Erfurt, en donde se establece: «Q ne la
religión será asunto particular de cada uno».
2.0 En materia de propiedad, profesan los socialis­
tas la negación más absoluta de ia propiedad privada,
dt la propiedad individual, de la tierra, del capital, de la i
máquinas, de l u minas, etc.; en ana palabra, de todos
los instrumentos del trabajo. El socialism o com bate la
propiedad privada sin tregua ai descanso; contra sn
institución opone todos los abusos pasados y presentes;
en una palabra, es la gran culpable que debe desapa­
recer. El socialismo reemplaza la propiedad privada
por la propiedad colectiva, y esta propiedad, qne debe
ser de todos y no es de nadie en particular, la pasa al
Estado, ó 4 la Sociedad, ó 4 la: comunidades de obre­
ros; pero el Estado 6 Sociedad qne debe poseer la pro­
piedad colectiva, no es el Estado ó Sociedad actual
qne nosotros conocem os, no; será otro Estado 6 So cie­
dad que todavía no han definido los socialistas. No
saben, es verdad, lo qne quieren edificar, pero sí lo que
quieren destruir; el socialismo y anarquismo son como
el infierno: un poder de destrucción. Afirma, además,
que en la sociedad socializada, en la que todos los
medios de producción serán comunes, la repartición
de los productos se hará según la equidad y la justicia,
y entonces desaparecerán la ignorancia, la miseria y
el crimen ( i) .

( i ) Gran confusión reina entre lo* corifeos del socialismo


respecto de la naturaleza del futuro Estado, del Estado del por­
venir. Para C . Marx, el Estado lo e ¡alista no es otra cosa que
una vasia asociación económ ica,'una asociación de producción
y de consumo. Su compañero Engels confunde el Estado con el
poder público del Estado, y «firma que e l Estado, en la Socie­
dad no sccialtaada, no es otra cosa que un poder represivo en
provecho de una c lis e dominante. Einc itsonJcrt Rtprtssicns
gewalí. (Entw W un¿ dtr socialismus, pág. 139}. El último p r o ­
grama d ; los socialistas alemanes, que son los que imponen
la ley i los demás socialistas del mundo entere, suprime la
palabra Estado: y Liebknecht, que en e l Congreso de Krfurt
defendía el programa, motivó la supresión d é l a palabra E sta­
do, porque envuelve la idea de explotación. K a rl K su lsky,
director de la Revista oficial del socialismo alem in , D ic ntu4
Ztit, en su comentario del programa de Erfurt interpreta del
siguiente m odo e l pensamiento socialista: «El Estado no dejará
de ser uoa empresa capitalista basta que las clases obreras triun-
y ” El socialism o disuelve la familia cristiana; d o
quiere aquella unión, bendecida por Dios, del ham bre
con la mujer; en su lu g ar introduce el amor libre. Des­
conoce los derechos del padre respecto de la educación
de sus hijos, porque en el program a de G otha y de
E rftm pide expresam ente «educación popular comuo ¿
igual en establecimientos del Estado». Hasta ahora ni
se podit comprender la sociedad sin religión, sin pro­
piedad y sin familia; y sin em bargo, el socialism o y
anarquismo quieren instituir un E stado, una sociedad ó
federación de comunidades ó asociaciones obreras sin
D ios, ni propiedad, ni familia. N i trono, ni tróna; ni
palrim&nt ni matrimbni, dicen los socialistas catalanes.
4." L os socialistas sueñan, además, con una igu al­
dad de derechos y deberes absurdos, com o veremos.
j . c Declaran que existe perpetua lucba entre el
capital y el trabajo, y lo apoyan en la teoría de los
valores de Carlos Marx, teo n a que, com o verem os,
es falsísima, y com o sin fundamento, ya no se cita en
el program a de Erfart.

fen, y sólo entonces le rá poiible transformarle en una asocia­


ción socialiata». P ág. 130. B cbcl denomina á esta asociación
económica SocúAad socializada; y t it a ea precisamente la fa­
m osa sociedad del porvenir (Zukuof'-ataal), de cuya naturaleza
y atributos nada r o s mentan los socialiatas. Debem os en este
lu gar citar la memorable discusión que luvo lugar en e l Reich-
stag alemán, desde e l 31 de Enero a l 7 de Febrero de 1893,
entre lo s socialistas y el diputado católico Bachem. E ste les in­
terpeló acerca de i u futuro Estado, de su Sociedad scí¡alitada.
* Vosotros — le* decía Bachem A lns nocinlktai — titocíi» lin c e ­
sar la actual organización de la sociedad; decid nn§, pues, de
una manera p rc c iu cuál será vuestro futuro Estado (Zukunft-
aiaaL). Vosotros invitáis al obrero para que vara con vosotros;
pero antes de seguiros, el obrero razonable desea saber cuál
será en realidad e l Estado bacía el cual vosotros deseáis con­
ducirle, Sf, el obrero os pide que le describáis de una manera
clara y comprensible el plan futuro de vuestra organización».
N o digáis: «nosotros nos ocuparemos de e«o cuando hayamos
obtenido nuestro objeto». «Porque eso equivaldría á d ec ir y o
dormiré en tal cosa cuando la tcn gi; pero com o y o no lé ailn
actualmente si la tendié, me excuso de dormir hasta entonces».
é." Declaran desheredados para siempre & los pro­
letarios con la «L ey de bronce del salario», de Lassalle
cuando, com o virem o s, no es tal ley , dí mucho menos.
T am poco se halla citada en dicho program a de Erfurt.
En la refutación de estas doctrinas seguim os al
sapientísimo Romano Pontífice León XIII en su inmor­
tal Encíclica y hasta en el mismo orden con que se
refutan.

P Á R R A F O II

l a r a o riiO A O e s o s d b i s c h o n a t u r a l y p o s 1.0 t a n t o
I L COLECTIVISMO SS ABSURDO ¿ INJUSTO

L a palabra propiedad significa el dominio que tiene


nna persona sobre cosas materiales. La propiedad, por
lo tanto, consiste en el derecho qae tiene una persona
de disponer de nna cosa y de excluir i los demás de la
posesión, oso y usufructo de la misma. L o que es
propio de uno, de tal modo se identifica y une con ¿I,

Bebel pidió responder en U próxima sesión, y lo hubiese hecho


m ejor respondiendo en seguida. «Si hubiese estudiado la lite­
ratura socialista contem poránea— replicó B ebel al diputado
Bachem — n o hubiese sodado siquiera proponer la cuestión del
Estado del porvenir, porque nosotros no queremos tal Estado.
L o reconozco: hace 10, 19, 15 aDos, se nos hubiera podido
proponer ta l cuestión, p orq u eta democracia socialista,, bajo e l
pualo de ríala de la teoría, no se hallaba tan adelantada com o
hoy. N osotros no som os solam ente un partido revolucionario,
sino un partido que progresa continuam ente, que siempre
aprende y que pasa sin cesar por una muda espiritual, De ma­
n e ra — anadió— que si el socialismo no quiere un futuro E sta­
do, quiere una sociedad del porvenir». Pero se guardó muy
bien en ¿escribir la organización de esa sociedad Jel porvenir.
«Es superfluo— dijo— de hablar de la organización, porque no
sabemos cuál será la situación de la sociedad cuando esta orga-
niiación deberá establecerse >. Term inando su discurso Bebel,
echó al R eichstag b grosera blasfem ia de Heine: <Abandona­
mos el cielo á las ángeles y á los pájaros».
|Cosa bien rara! Un partido que no tiene plan alguno pre­
ciso de organización social, invita á los obreros del mundo e n ­
que bajo la misma razón no pnede referirse ó p erten e­
cer i otro. De aqal qne en el aire y en la luz solar no
tiene lo gar la propiedad, porque entre, estas cosas y
las personas no existe tan estrecha unión que haga
que el uso de ellas no pertenezca i los demás. De aquí
que el aire y la luz del sol sean com unes á todos y no
pertenezcan á nadie en particular. D e manera, qne
aquel que no tiene el derecho de excluir á los dem is
de la posesión y uso de una cosa, no tiene el derecho
de propiedad sobre la m¡9nna. El derecho de propie­
dad es de derecho natural. Es fácil la prueba:
i .° En cuanto á las cosas que se consumen por el
uso. E l hombre tiene obligación estricta de conservar
sn vida, asi lo prescribe Dios. L u eg o tiene obligación
de ampararse y tom ar aquellos medios que para la
conservación a e su vida sean necesarios, lo cual signi­
fica el derecho de tom ar dichos medios. Pero es asi que
entre estos medios existen muchos que se consumen
con el oso y que al mismo tiempo no pueden servir
para otros. L u eg o el hombre tiene el derecho de to ­
m arlos y de excluir de su uso á los demás. En esto está

tero para destruir el edificio actual de la sociedad, y cuando


n o sabe qué dará i las muchedumbres hambrientas de goces,
a6rma con inaudita audacia que liene la salud. Ea verdad que
los corifeo» del socialism o han contado i los profanos algún
sueflo acerca de la sociedad socialista del porvenir, pero jam ás
han admitido en sus programas oficiales una descripción de
dicha sociedad- E l comentario del Kaatalty trata de justificar
dicha reserva, y pretende e*tar conform e con la teoría marxista.
E n efecto; la teoría materialista, en la historia de la Humani­
dad, gcgdn Marx, d o reconoce la influencia é intervención de
causas superiores. <No son las ideas de los hombres lis que
determinan la historia de la H um inidad, sino el desarrollo
económico, que avanza irresistiblemente, no segdn los deseos y
caprichos de loa h o m b r e s , sino conforme ti tryes dttirminadas.
Pá g. 138 Pero ¿q tién ha determinado esas leyes— podemos
preguntar á K iu t s k y — segda 1» cuales debe efectuarse el
desarrollo económico, e l que i su vea determina la historia de
la Humanidad? Pero una contradicciSn más A menos no emba­
raza ¿ u n discípulo de C Marx, Lt leeialtsmt conttmperain,
par l'abbé W interer, pág. 3 7,
precisamente el derecho de propiedad, y por lo mismo
este derecho se funda en la ley natural, ó sea en la na­
turaleza del hombre, tal cual Dios la ha criado. Esto
en cuanto á las cosas que se consumen por el uso.
2.° Además, por le y natural tiene el hombre el de­
recho de poseer bienes estables ó inmuebles. La razón
es evidente: el hombre tiene qae preparar los medios
de subsistencia para si y para los suyos, no solamente
iara lo presente, sino también para lo porvenir, porque
fos medios de subsistencia no son tan abundantes, por
efecto del incremento de la población, qae estén siem­
pre i nuestra disposición; de aquí se deduce que si el
nombre no quiere dejar sa vida i merced de la fortuna
ó del azar, debe procurarse los medios para poder vivir
el día de mañana. En esto consiste el derecho de la
propiedad inmueble. Adem ás, considerando en los
nombres su naturaleza especifica, no hay disiiación
entre ellos, todos son iguales. L u eg o nadie tie n eo b li­
gación de trabajar para otro, ni dejar el fruto de su tra­
bajo á otro sin la debida recompensa. Pero es asi aue
sin el derecho de propiedad estable m uchos tendrían
qne trabajar para otros sin recibir el debido estipendio.
L ae go de la misma igualdad natural del hom bre, y por
lo tanto del derecho natural, sale el derecho que tiene
el hom bre de ocupar la tierra y de excluir i los demás
de sn disposición y uso. Porque en efecto, las tierras
no producen sus frutos espontáneam ente, sino por el
trabajo y la industria del hombre. Finjamos que uno
toma posesión de un campo no ocupado por otro, lo
fecunda con sa sudor y lo siembra, cava en ¿1 un pozo
r establece ana noria, lo cerca de árboles ó de múra­
? las, edifica una casa; si después de recogidas las atie­
ses tiene qae cederlo á otro, entonces tiene que entre­
garle to d o su trabajo sin ninguna recom pensa. L u eg o ,
resumiendo, vemos qae el derecho de propiedad se
fhnda en la misma naturaleza, por dos razones: i.*
Porque la misma naturaleza pide que empleemos los
medioa naturales para la conservación de la vida. Y
a.» Porque tenemos derecho de percibir el fru to de
nuestro propio trabajo, del mismo m odo qae el
Boa t A u to ,-»
efecto depende de sa causa y la prole del que la en­
gendró.
De esta doctrina verdadera se desprenden algunas
consecuencias importantísimas que conviene consignar
aquí.
1.a L uego es falso, falsísimo, que el derecho de
propiedad dimane del consentimiento de los hombres.
Piensan algunos que en los tiempos primitivos las
cosas y las tierras fueron comunes, pero que por el
aumento de la población v las emigraciones consiguien­
tes, antes de la separación, previo el consentimiento,
cada uno poseyó las tierras que se le asignaron.
Las historias nada dicen de tal consentimiento, y
aun cuando las historias lo dijesen, ninguna obligación
impondtia tal pacto ¿ los sucesores. La comunidad de
bienes era negativa y no positiva, y en este sentido se
ha de explicar, que antes de la ocupación tenia cada
uno la facultad de vindicar para si una parte cualquie-
ia de la tierra; pero una vez ocupada una parte ó par­
cela del terreno, entonces era propiedad del ocupante,
independientemente del consentimiento de los otros.
Además, esta ocupación, que engendró el derecho
de propiedad, tenia tam biin sus condiciones; porque
para la legitim a ocupación se requiere, no solamente
el acto interno d é la voluntad de nacer sayas las cosas,
sino la misma ocupación real, externa y efectiva; no
basta sólo la interna ó platónica, sino que se requiere
también un acto exterior positivo por el cual toma
posesión de la cosa, y manifiesta por el trabajo ó tra­
pajos que ejecuta la resolución de apropiarse la cosa;
.porque sin estos signos externos, á los demás no les
constarla la ocupación de la propiedad, y por lo tanto,
no estarían obligados á reconocer el dominio de otro
sobre la misma.
2.a Tam bién es falso que el derecho de propiedad
se introdujese por las leyes civiles. En efecto, la le y
.civil es posterior á la sociedad civil y ésta á la sociedad
dom éstica, porque aqnélla, com o sanemos, se ha cons­
tituido con la reunión de varias familias. Es asi que lu
familias tieuen derecho de propiedad, no sólo respecto
de las cosas muebles, sino también de las inmuebles,
como indispensable requisito para la conservación de
las mismas; luego el derecho de propiedad es aoterior
i la constitución de la sociedad civil. Sin em bargo,
algunos autores, qae sin querer apoyan á los socialis­
tas y anarquistas, juzgan que la propiedad dimana de
la ley civil, por dos razones: 1.a Porque en el estado
primitivo los hombres tenían igualm ente derecho ¿
todas las cosas, y p o r lo tanto nadie podía tener pro-
iiedad particular ae alguna cosa. 2.a Porque fuera de
fa sociedad civil, el derecho de propiedad carecería de
la totcla y defensa propia. La primera razón es absurdft,
porque absurdísimo es el derecho de todos ¿ todas las
cosas. El derecho de usar alguna cosa, importa necesa­
riamente e a los. demás la obligación de no impedir el
ejercicio de aquel que lo goza. La segunda razón se
funda en un falso supuesto, 4 saber: qae nuestro dere­
cho sería nulo si nos faltase la fuerza física para luchar
contra los invasores. De este modo se confunde la po­
testad moral con la fuerza bruta. La sociedad debe pro­
teger el derecho de propiedad de los ciudadanos y
castigar á los ladrones ¿ invasores, pero tin gase pre­
sente que la sociedad no crea estos derechos, sino qne
los snpone existentes. Es m uy im portante en estos
tiempos establecer sólidamente el origen de la propie­
dad privada, no sea que sin pensarlo se favorezca al
socialismo y anarquismo. Supongam os, por un m o­
mento, que el origen de la propiedad privada dimana
de la ley civil; entonces podría suceder que la supre­
ma autoridad, pidiéndolo asi la m ayor parte de los
ciudadanos, tuviese derecho de aboliría, siempre que
juzgase que dicha abrogación había de redundar en
bien de toda la comunidad y que fuese necesaria
ara el bien común. La razón es, porqne & la autori-
S ad suprema pertenece establecer aquellas leyes qne
juzga necesarias para el bien común, mientras qae
por ellas n o se violenta la justicia. Y en este caso es
evidente qne ningnna injusticia se haría & lo s ciudada­
nos, si e l derecho de la propiedad privada trae sn orí*
gen de la autoridad civil.
Se podría también objetar con tra el socialismo,
que dicha abrogación cedería en daño de la misma
sociedad, pero con esto no se manifestaría ni probaría
que la ley que esto dispusiese fuese injusta, ni la su­
prema autoridad y la m ayoría de los ciudadanos lo
juzgasen conveniente para el bien común.
3 ° Finalmente, quizás alguno pueda objetar que
los escolásticos, con Santo T om ás, enseñaron que
el derecho de propiedad no dimanaba del derecno
natural, sino del derecho de gcutcs, a jure grnlium (x ).
Sin em bargo, debemos advertir que ni Santo Tom as
ni los escolásticos entendieron jamás por derecho de
gentes la ley civil, ni los pactos hechos por las nacio­
nes, sino que, com o dice Santo T om ás, entendieron
ior derecho de gentes, conclusiones tx printipiis priiuis
Ítgis natural, las conclusiones de los primeros princi­
pios de la ley natural, y que por eso se admitieron
por todas las naciones, porque las veían contenidas
en los primeros principios de la ley natural. A la ley
natural propiamente dicha, juzgaban los escolásticos
que pertenecían aquellos preceptos qne fluían de las
esenciales relaciones entre Dios y los hombres, y de
los hombres entre si. A hora bien; el derecho de la
propiedad privada de la tierra no dimana de las reía*
cioncs esenciales entre Dios y los hombres, sino que
depende de la condición que el hom bre tiene en el
orden actual establecido por Dios Nuestro Señor.
Porque si el hombre no necesitase de las cosas m ate­
riales para su alim ento, vestido y vivienda ó habita­
ción, o si las cosas necesarias para poder vivir fuesen
tan abundantes que siempre las tuviese i so disposi­
ción sin trabajo ó dificultad alguna, entonces el de-
xecho de propiedad no serla necesario ni existiría.
D e manera, que en último término depende de la
suprema voluntad de Dios, porque de tal m odo ba
hecho al hom bre, que, dándole nna inteligencia libre

(l) Summi Th. I.* a.*q. XCV, a. 4.— Principio de Eco­


nomía Política dd P, M, Liberaton, tnd, al castellano, pégi>
sa 180 j slguleniia.
y activa, tiene necesidad del trabajo, y de aquí indis­
pensablemente la propiedad individual de bienes m ue­
bles é inmuebles; y com o tanto la necesidad de tra ­
bajar com o la de poseer para subsistir, dimana de la
naturaleza humana actual, de aquí que el derecho de
propiedad sea de derecho natural.
T oda esta doctrina la confirma Santo T o m ás del
modo siguiente ( i ) :
• Respondo que las cosas exteriores se pueden
considerar de dos modos: uno, si consideramos la na­
turaleza de las cosas, la cual no depende de la p otes­
tad del hombre, sino de Dios, que las ha dado el sér
y las ha criado com o son, y así todos le obedecen;
pero se pueden considerar las cosas bajo o tro aspecto,
esto es, respecto del uso de las mismas, y ea este
caso tiene el hombre el dom inio natural de las cosas
exteriores, porque por sa razón y voluntad puede
usar de las cosas exteriores para su utilidad, com o
hechas para ¿1; siempre, pues, las cosas imperfectas
se han hecho para las petfectas, com o antes se ha
demostrado» (2 ).
Y por esta razón prueba A ristóteles (3 ) que la
posesión de las cosas externas es al hombre natural.
Este dominio natural sobre las demás criaturas, que
compete al hombre por su razón, por la cual es im a-
een de Dios, se manifiesta en la misma creación del
nombre (4 ). «Hagamos al hombre í imagen y seme­
janza nuestra; y domine á los peces del mar, y á las
aves del d é lo , y á las bestias, y á toda la tierra, y á
todo reptil que se mueva sobre la tierra».
Esta es, y no otra, la base esencial y primordial del
derecho de propiedad, el orden que el mismo D ios es­
tableció entre las criaturas, según el grado de perfec­
ción de las mismas, orden que el mismo Dios prescri-

(1) a.» a>q. 66, art. 1.


(a) q. 64, art. I .
(3) Politic., V.
(4) Gen. I, a6 .
díó ( i ) . «Y echóles Dios sa bendición, y dijo: Creced
y multiplicaos, y henchid la tierra, y ensefloreaos de
ella, y dominad i loa peces del mar, y i las aves del
cielo, y á todos los animales qne se muevan sobre la
tierra». Y añadió Dios: «Ved qae os he dado todas
las hierbas, las cuales producen simientes sobre la
tierra y todos los árboles, los cuales tienen en si mis­
mos simiente de su especie, para que os sirvan de ali­
m ento i vosotros, y i todos los animales de la tierra,
r á todas las aves del cielo, y i todos cuantos anima-
Í es vivientes se mueven sobre la tierra, á fin de que
tengan que comer».
Después del Diluvio, Dios Nuestro Señor renovó
el primer precepto, y dijo i N o i ( i ) : «Después bendi­
jo Dios í Noé y i sus hijos, y dijoíes: Creced y mul­
tiplicaos, y poblad la tierra. Q u e teman y tiemblen
ante vosotros todos los animales de la tierra, y todas
las aves del cielo, y todo cuanto se m ueve sobre la
tierra; todos los peces del mar están sujetos á vuestro
poder. Y todo lo que tiene m ovim iento y vida os ser­
virá de alimento: todas estas cosas os las entrego,
así com o las legumbres y hierbas... V osotros, pues,
creced y m ultiplicaos, dilataos sobre la tierra, y po -
bladla». En una palabra: Dios Nuestro Señor, en la
iersona de nuestros primeros padres, dió la tierra á
Í os hombres. Terram... d e ü t filtis hominum. L u eg o el
hombre, no solam ente por derecho natural, sino tam ­
bién divino, puede y debe usar de los bienes de la
creación, y entre éstos figura la tierra, madre del géne­
ro humano, por lo que produce.
¿Pero el dominio general qne tiene el género hum a­
no sobre la tierra ha de permanecer en ésta confuso é
indeterminado? ¿Gozaron todos los hombres en común
de los bienes de la tierra? Y a hemos indicado arriba
que las historias callan sobre este particular, y la his­
toria bíblica lo desmiente categóricam ente; Abel ¡fué
pastor, al paso que Caín agricultor. F uil tultm Abel

(i) Gen. I, 38 y 30.


(a) Gen. IX, 1 y 7.
pastor ovium, et Caiu agrícola ( i ) . L uego desde el prin­
cipio del gén ero humano vem os establecida la división
de los bienes, la apropiación privada de la tierra. D es-
iné» del D iluvio nos describe la Biblia á Noé trabajando
f a tierra y plantando la viña. T o d o s aaben los trabajos
Improbos qne requiere el cultivo de la viña, incom ­
patibles con una vida errante, porque exige la estabili­
dad y la ocupación individual de parcelas de la tierra
iara prepararlas y plantar lis cepas. Y N oé, que era
f abrador, com enzó i labrar la tierray p lan tóla viña (2 ).
Esto en cuanto al hecho; pero en cuanto al derecho,
en cuanto á la razón fundamental por qué la propiedad
privada individual de la tierra es también de derecho
natural, ya la hemos indicado arriba; pero ahora que­
remos añadir las razones que aducen los escolásticos
con Santo T om ás (3 ).
«Respondo que respecto de las cosas exteriores dos
cosas com peten al hombre, de las cuales la una es la
potestad de procurar y dispensar (potistas procurandi et
disptnsattdi); y en cuanto á esto, licito es que el hom ­
bre posea bienes propios. Esto es necesario á la vida
humana por tres m otivos (propter trin): primero, porque
d hombre es m is solicito y trabaja más en aquello que
le pertenece, que en aquello que es común de muchos
ó de todos; segundo, porque cada uno, huyendo el
trabajo, lo dejará para el otro en todo aqaello que per­
tenezca á todos (sieiit in multituaint minisirarwn); en
otras palabras, porque los negocios humanos se tratan
bien si cada uno procura por su propia cosa, al paso
que habría gran confusión si cada uno procurase indis­
tintamente el n egocio que le dé la gana; tercero, por­
que con la propiedad privada, el estado de los hom ­
bres se conserva mejor y con m ayor paz, estando cada
uno contento con lo que es suyo y posee».
Con estas razones ó argumentos refuta y a Santo
T om ás gran número de fantásticas afirmaciones de los

( t) G en. IV , a.
(a) G en. IX , so.
( 3) a.* J . " q. 66. arl. a.
socialistas. Sin propiedad privada no tendría estimulo
la actividad humana, la producción disminuiría extra­
ordinariamente, se acabarla todo progreso, introducién­
dose en la sociedad socialista la confusión y una escla ­
vitud espantosa, en lu gar de la libertad y ael bienestar
que nos prometeu los socialistas.
En cuanto al hecho de la apropiación de la tierra,
está determinado en cada región por distintas circuns­
tancias de lugar, de tiempo, por las tradiciones, cos­
tumbres y condiciones económ icas. Nos enseña la his­
toria que no existe un solo régim en de propiedad te ­
rritorial, sino varios, cuyas condiciones las marcan las
legislaciones de cada nación.
Se ha disputado m acho por saber cuál ha sido en
la práctica el acto humano que ha determinado la
apropiación privada del suelo o de la tierra. ¿Ha sido,
ior ventura, la ocupación? ¿Ha sido el trabajo? Y si es
Í a ocupación, ¿cuál es sn naturaleza y forma? Respon­
demos brevem ente con el P. Liberatore ( t ) :
«El acto externo qae determina la apropiación es
la ocupación; el fin de la apropiación es la producción,
la utilidad, y el medio con qae el hom bre consigue el
fin es el trabajo. Asi se concilian los jurisconsultos, que
defienden la ocupación, con los econom istas, que están
por el trabajo. L os primeros reconocen que el objeto
de la ocupación es la transformación de la tierra para
hacerla apta para el cultivo, y los segundos no niegan
que el primer acto es la ocupación, porque sin la cosa
el trabajo carecería de m ateria».
A la objeción de Ahrens de que si la ocupación fué
el primer acto por el cual se adquirió el derecho de
propiedad, «entonces nn solo hombre podría ocupar
todo un continente», contesta el sabio P. Liberatore
negando qne un solo hombre pueda ocupar real y
efectivam ente, no digo un continente, pero ni una na­
ción; lo podrá ocupar idealmente, es verdad, pero esta
ocupación no engendra derecho, y m ucho menos el
derecho de propiedad.

(i) Ethica, páf. 1967 soo.


El objeta de la ocupación es la transformación de
la tierra mediante el trabajo para hacerla apta p a n el
cultivo, y esta transform ación no la puede hacer un
solo hombre cu todo un continente, ui en una sola
nación; y si este trabajo no lo hace solo, sino ayudado
de los otros, entonces ya no se trata de la propiedad
individual, sino que los individuos todos que componen
ja sociedad son los que poseerán cada ano su parte del
continente ó de la nación. De aquí deduce el decano de
los filósofos escolásticos de este siglo, que la misma
naturaleza ha trazado los limites al derecho de propie­
dad de la tierra.
Y a hemos visto que la propiedad, tanto de bienes
muebles com o inmuebles, es de derecho natural, pro­
cede necesariamente de la naturaleza humana. Ahora
bien; com o lo qne pretenden los socialistas y comunis­
tas es acabar con la propiedad privada, pasando los
primeros todos los medios de producción, capital, m i-
quinas y tierras al Estado ó Sociedad socializada, y los
segundos i las distintas comunidades ó asociaciones
autónomas, resulta que van contra la naturaleza h u ­
mana calda, y que sos sistemas son injustos, perjudi­
ciales i los mismos individuos i irrealizables durante
mucho tiempo. Q u e pretenden abolir la propiedad pri­
vada y hacerla nacional, lo afirman todos los socialis­
tas en sos escritos, y el program a de G oth a, y ahora
el de Erfnrt, aceptado por todos los socialistas, lo
consignan. Ademas, esta es la doctrina común de todos
los que se han ocupado en la cuestión. Citarem os so ­
lamente & S ch iffle ( i ) .
«El socialismo únicamente concebible es y seri, por
de pronto, la producción colectiva, universal, exclusi­
va y centralista, organizada por la democracia social.
El m ¿todo socialista de producción, no lo olvide­
mos jarais, es con necesidad perentoria uno y arm ó­
nico. Sea cual fuere la forma ae esta unidad, central ó
federal, absolutista ó dem ocritica, la necesidad de una
forma social, ó sea unitaria, ó bien de un enlace con i-

(1) Impracticabilidaddt lademocracia social, pág. 5.


d e n te de todas las operaciones productivas, debe ser
sustentada com o principio esencial por todo socialista,
puesto qae, según sos premisas, la anarquía de la con*
correncia individualista es el origen de todo m al, de
todo fraude, de todo desorden y desbarajuste, de toda
explotación y de toda injusticia en la ecouomía m o­
derna. No estará constituido el Estado socialista hasta
que todos los medios de producción hayan pasado i
ser propiedad colectiva» ( i ) .
En absoluto, no negam os que la propiedad co lec­
tiva se pudiese realizar, si el hom bre se hallase en el
estado de la inocencia, si los hombres no fuesen tales
com o son, sino ángeles bajados del cielo, ó que todos
aspirasen k la perfección evangélica; pero tal cual es
h o y su naturaleza, el colectivism o es irrealizable, por­
que va contra las inclinaciones naturales del hombre.
Creem os también posible el colectivism o en la primera
fase de un pueblo inocente com o el del Paragu ay, ó
niño como el antiguo imperio del Perú, con una a u to ­
ridad paternal ó despótica, pero esto fué en pequeños
limites y fenómeno pasajero com o el de los primeros
cristianos, según los Hechos de los A póstoles. Q aizás
también después de la destrucción y de las m inas del
orden actual puedan también los socialistas y com u­
nistas realizar sus sueños, porque cosas increíbles se
realizaron en la revolución higlcsa y francesa de los
siglos x vu y xvu q pero siendo el colectivism o contra
las inclinaciones de la naturaleza humana, no duraría
m ucho tiempo. Aun cuando en el fin, esto es, en aca­
bar con la propiedad privada, están conform es los so ­
cialistas y anarquistas, aquéllos, sin em bargo, recha­
zan lajform ación de comonidades ó asociaciones de
obreros autónom as, porque entre ellos brotaría la
anarquía de la competencia, y ellos quieren acabar coa
toda competencia, con toda anarquía.
O igam os ahora la doctrina de 3 . S. León X III en
su Encíclica:

(l) Víase la olí. cit. del P, Catkrein, pág». 8a á 8j, en


donde cita i rarioi autores.
PÁRRAFO in '
DOCTRINA DE SU SANTIDAD LEÓN XIII EN SU ENCÍCLICA

El Romano Pontífice prueba eo su admirable E n ­


cíclica que las doctrinas socialistas no resuelven el con­
flicto social por las razones siguientes: i .a, porque el
colectivism o, en vez de dirimir la cuestión, perjudica á
los mismos obreros, porque quita al pobre trabajador
y económ ico la libre disposición y la propiedad de lo
que ha ganado con su trabajo.
2.a Porque la solución socialista es altamente in­
justa, por ser la propiedad de derecho natural, ya con­
siderando al hom bre individualmente, ya com o jeíe de
familia. Com o individuo, porque todo hombre tiene
derecho al fruto de su trabajo, y como éste se con ­
creta en la propiedad, de aqui que deba ser suya para
poderse alimentar con ella mientras viva. «Mi hay para
qué se entrom eta el cuidado y providencia del Estado,
porque más antiguo que el Estado es el hombre, y por
esto, antes de que se formase Estado ninguno, debió
recibir el hombre de la naturaleza el derecho de cuidar
de su vida y de su cuerpos. Ni vale decir que la Es­
critura afirma «qne Dios ha dado la tierra i los hijos
de los hombres», porque no es éste su verdadero sen­
tido, «sino que no señaló Dios á ninguno en particular
la parte que había de poseer, dejando á la industria
del hombre y i las leyes de los pueblos la determina­
ción de lo que cada uno en particular habla de p o -
seer».
Además, es de derecho natural para el individuo,
«porque cuando en preparar las tierras gasta el hom ­
bre la industria de su inteligencia j las fuerzas de su
cuerpo, por el mismo hecho se aplica &si aquella parte
de la naturaleza material que cultivó y en la que dejó
impresa ana com o huella ó figura de su propia persona;
de modo que no puede menos de ser conforme á la
razón, que aquella parte la posea el hombre com o
saya, y i nadie en manera alguna le sea licito violar
so derecho».
Lo confirma, finalmente, el Romano Pontífice con
el aso de todos los siglos, con las leyes civiles de los
pueblos, porque cuando son justas, derivan su eficacia
de la ley natural, y con las leyes divinas, que prohíben
gravlsim am ente aun desear lo ajeno.
Si consideramos al hombre com o padre de familia,
aparece que la propiedad es de derecho natural si cabe
con m ayor evidencia aún; porque «ley es santísima de
la naturaleza qae deba el padre de familia defender,
alimentar, y , con todo género de cuidados, atender á
los hijos que engendro; además, tiene la familia el
derecho de procurar y aplicar los medios que para su
bienestar y justa libertad son necesarios, derechos igu a­
les, por lo menos, i los de la sociedad civil; ambas
cosas no se pueden realizar sin derecho de propiedad.
El socialismo es injusto— escribe el Romano P o n tí­
fice,— porque trastorna, desnaturaliza las funciones del
Estado: los derechos del individuo y de la familia son
anteriores á lo s del Estado; «cuando, pues, los socia­
listas, desatendiendo la providencia d é lo s padres, intro­
ducen en su lugar la del Estado, obran contra la justi­
cia natural, y disuelven la trabazón del hogar d om és­
tico».
«Finalmente— concluye el Romano Pontífice,— el
colectivism o es altamente injusto, porque trastornaría
y perturbaría toda la sociedad, siguiéndose una dura y
odiosa esclavitud de los ciudadanos». Después de este
breve análisis oigam os al jerarca de la Iglesia en su
admirable Encíclica.
Resume, primero, en breves palabras el Romano
Pontífice, los argum entos que prueban que el socia­
lismo no resuelve el conflicto social.

«Para remedio de este mal, los socialistas, después


nde excitar en los pobres el odia á los ricos, pretenden
»que es preciso acabar con la propiedad privada y
■sustituirla con la colectiva, en qne los bienes de cada
»uno sean comunes & todos, atendiendo á sa conser-
ovación y distribución los que rigen el municipio ó
«tienen el gobierno general del Estado. Con este p a­
usar los bienes de las manos de los particulares á las
»de la comunidad y repartir lu ego esos mismos bienes
»y sus utilidades, con igualdad perfecta entre los ciu­
d a d a n o s, creen que podrán curar la enfermedad pre-
• sen te. Pero tan lejos está este procedimiento suyo de
•poder dirimir la cuestión, que antes perjudica a los
«obreros mismos; y es, adcm&s, ^ranaemente ¡ajusto,
«porque hace fuerza ¿ los que legítim am ente poseen,
•pervierte los deberes del Estado é introduce una com-
•pleta confusión entre los ciudadanos*.

Prueba, eo primer lu^ar, el Romano Pontífice, que


la doctrina socialista perjudica ¿ los mismos obreros.

«A la verdad, todos fácilmente entienden que la


«causa principal de emplear su trabajo los qne se ocu-
•pan en algún arte lucrativo, y el fin i que próxima­
m e n te mira el operario, son éstos: procurarse alguna
• cosa y poseerla com o propia suya con derecho propio
•y personal. Porque si el obrero presta ó otro sus
•fuerzas y su industria, las presta con el fin de alcanzar
•lo necesario para vivir y sustentarse; y por esto, con
»el trabajo que de sa parte pone, adquiere un derecho
•verdadero y perfecto, no só lo para exigir su salario,
•sino para hacer de éste el uso que quisiera. L n ego si
•gastando poco de ese salario ahorra algo, y para
•tener más seguro este ahorro, fruto de sn parsimonia,
• lo emplea en una finca, síguese qae la tal finca no es
•más que aquel salario bajo otra forma; y por lo tanto,
•la finca que el obrero aai com pró debe ser. tan suya
•propia com o lo era el salario que con su trabajo ganó.
•A hora bien; en esto precisamente consiste, com o fl-
•cilmente se deja entender, el dominio de bienes raue-
•bles ó inmuebles. L u eg o al empeñarse los socialistas
•en que los bienes de los particulares pasen á la com u-
•nidad, empeoran la condición de los obreros, porque
•quitándoles la libertad de hacer de su salario el uso
•que quisieren, les quitan la esperanza y aun el poder
»de aumentar sus bienes propios y sacar de ellos otras
•utilidades».
Prueba, en segundo lugar, que la solución socialis­
ta es injusta, considerando al nombre individualmente.
«Pero, y esto es aún m is grave, el remedio que
«proponen pugna abiertamente con la justicia; porque
i poseer algo com o propio y con exclusión de los de-
«m is es un derecho que dió la naturaleza 1 todo hom -
«bre. Y á la verdad, aun en esto hay grandísima dife-
«rencia entre el hombre y los demás animales. Porque
>¿slos no son dueños de sus actos, sino que se gobier-
«nan por un doble instinto natural qne mantiene en
xellos despierta la facultad de obrar, y i su tiempo
«les desenvuelve las fuerzas y excita y determina cada
«uno de sus movim ientos. M uéveles el uno de estos
«instintos i defender su vida y el otro á conservar su
«especie. Y entrambas cosas fácilmente las alcanzan
■con sólo usar de lo que tienen presente, ni pueden en
amanera alguna pasar más adelante, porque los mueve
«sólo el sentido y las cosas singulares que con los sen-
«tidos perciben. Pero m uy distinta es la naturaleza del
«hombre. Existe en ¿I toda entera y perfecta la na*
«turaltza anim al, y por eso, no menos que á los otros
«animales, se ha concedido al hombre por razón de
«ésta su naturaleza animal, la facultad de gozar del
«bien que hay en las cosas corpóreas. Pero esta natn-
>raleza animal, aunque sea en el hom bre perfecta, dis­
ata tan to de ser ella sola toda la naturaleza humana,
«que es m uy inferior á ésta y de s q condición nacida
« á sujetarse á ella y obedecerla. L o que en nosotros
«campea y sobresale, lo qae al hombre da el sér de
«hombre y por lo que se diferencia específicamente de
alas bestias, es el entendimiento ó la razón. Y por esto,
«por ser el hombre el solo animal dotado de razón,
«hay que conceder necesariamente al hombre la facul-
«tad, no sólo de asar, como los demás auimales, sino
«de poseer con derecho estable y perpetuo asi las cosas
«qne con el uso se consumen, como l u qae, aunque
«usemos de ellas, no se acaban».
«Lo cual se ve aún más claro si se estudia en sí y
»mís Intimamente la naturaleza del hombre. Este, por-
aque con la inteligencia abarca cosas innumerables y
•a las presentes ¡unta y eulaza las futuras, y porque
•ademas es dueño de sus acciones, por esto, sajelo i
ala ley eterna y & la potestad de Dios que todo lo g o ­
b ie rn a con providencia infinita, ¿I asimismo se gobier-
m a con la providencia de que es capaz su razón, y
•por esto también tiene libertad de elegir aquellas
•cosas que juzgue m i s á propósito para sd propio bien,
»no sólo en el tiempo presente, sino aun en el que está
«por venir. De donde se sigue que debe el nombre
atener deminio, no sólo de los frutos de la tierra, sino
«además de la tierra misma, porque de la tierra v e que
•se producen, para ponerse a su servicio las cosas de
«qae ¿I ha de necesitar en lo porvenir. Dan en cierto
«modo las necesidades de todo hombre perpetuas
•vueltas, y asi, satisfechas hoy, vuelven mañana á
«ejercer su imperio. Debe, pues, la naturaleza haber
«dado al hombre a lg o estable y que perpetuamente
adnre, para que de ello perpetuamente pueda esperar
•el alivio de sus necesidades. Y esta perpetuidad nadie,
• sino la tierra con sus frutos, puede darlas.
«Ni hay para qué se entrometa el cuidado y provi­
dencia del Estado, porque m is antiguo qae el Estado
•es el hombre, y por esto, antes qae se formase Estado
•ninguno, debió recibir el hombre de la naturaleza d
•derecho de cuidar de su vida y de su cuerpos.

¿Pero no dice la Escritura, como hemos visto antes,


que Dios ha dado la tierra á los hijoa de los hombres?

«Mas el haber dado Dios la tierra i todo el linaje


«humano para que use de ella y la disfrute, no se opone
aen manera alguna &la existencia de propiedades par*
•ticulares. Porque decir que Dios ha dado la tierra en
a común i todo el linaje humano, no es decir que todos
«los hombres, indistintamente, sean señores de toda
•ella, sino qae no seftaló Dios i ninguno en particular
>1» parte que habla de poseer, dejando i la Industria
adel hombre y i las leyes de los pueblos la determina*
ación de lo qae cada uno en particular había de poseer.
«Por lo d cm ls, aun después de repartida entre p eiso-
»nas particulares, no cesa la tierra de servir i la utili-
adad común, pues no hay m ortal ninguno qne no se
asústente de lo que produce la tierra. Los que carecen
ade capital lo suplen con su trabajo, de suerte que con
a verdad se puede afirmar que todo el arte de adquirir
alo necesario para la vida y mantenimiento, se funda en
»el trabajo que, ó se emplea en nna finca, ó en una
¿industria lucrativa, cuyo salario, en último término,
»de ios frutos de la tierra se saca ó con ellos se per-
amutaa.

Prueba, finalmente, que la propiedad es de derecho


natural, porque el hombre se asimila la tierra por d
cu ltivo, y por esto se halla sancionada por el uso de
todos los siglos y por las leyes humanas y divinas.

«Dedúcese de aqui también, que la propiedad p ri-


avada es claramente conforme á la naturaleza. Porque
alas cosas que para conservar la vida, y m is aun, las
«que para perfeccionarla son necesarias, prodúcelas la
atierra, es verdad, con grande abundancia; mas sin el
«cultivo y cuidado de los hombres, no las podría pro-
aducir. Ahora bien; cuando en preparar estos bienes
«naturales gasta el hombre la industria de su inteligen-
acia y las fuerzas de su cuerpo, por el mismo hecho
ase aplica i si aquella parte ae la naturaleza material
aqae cultivó, y en la que dejó impresa una com o hue-
alla ó figura a e sa propia persona; de m odo que no
apodem os menos de ser conforme i la rizó n , que
aaquella parte la posee el hom bre como suya y á nadie
«en manera algana le sea lícito violar su derecho».
«Tan clara es la fuerza de estos argum entos, que
«cansa admiración ver qne hay algunos que piensan de
«otro modo, resucitando envejecidas opiniones; los
«cuales conceden, es verdad, al hombre, san com o
aparticular, el oso de la tierra y de los frutos varios
■que de ella, cuando se cultiva, se producen, pero
«abiertamente le niegan el derecho de poseer com o
aseñor y dneño el solar sobre que levantó nn edificio,
•ó la hacienda qne cu ltiv ó . Y no ven qae al negar este
«derecho al hombre le quitan cosas que con su trabajo
«adquirió. Pues un cam po, cuando lo cultiva la mano
«y lo trabaja la industria del hombre, cambia m ucbísi-
ím o de condición; h icese de silvestre fructuoso, y de
«infecnndo feraz. Y aquellas cosas que lo han asi m e­
jo r a d o , de tal modo se adhieren y tan intimamente se
«mezclan con el terreno, que muchas de ellas no se
«pueden ya en manera alguna separar. Ahora bien; que
«venga algcien i apoderarse y disfrutar del pedazo
«de tierra en qne depositó otro su propio sudor, ¿per-
«mitirálo la justicia? Com o los efectos siguen la causa
«de que son efectos, asi el froto del trabajo es jnsto
«que pertenezca á los qae trabajaron. Con razón, pacs,
«la totalidad del género humano, haciendo poco caso
«de las opiniones discordes de unos pocos, y estudian-
id o diligentemente la naturaleza, en la misma ley
«natural baila el fundamento de la división de bienes y
«la propiedad privada, tanto que, cum o m uy conformes
«y convenientes k la paz y tranquilidad de la vida, las
«na consagrado con el uso de todos los siglo s.— Este
«derecho a e que hablamos lo confirman, y hasta con
«la fuerza lo defienden, las leyes civiles qae, cuando
ison justas, de la misma ley natnral derivan su efica-
«cia.— Y este mismo derecho sancionaron con su aoto-
«ridad las divinas leves que aun el desear lo ajeno g ra -
«visimamente prohíben. No codiciarás la mujer de tu
tprijimo, n i su casa, ni campo, ni sierva, tti buey, ni
tasuo, ni cosa alguna de las que son suyas» ( i ) .

P Á R R A F O IV
LA DOCTRINA SOCIALISTA D ISU K LV I LA FAM ILIA

La propiedad es de derecho natural, si consideramos


además al hombre como padre de familia; por eso el
socialismo disuelve el hogar doméstico.
(i) Dmt„ v. a i,
loo. i Awao,->i
L os elementos constitutivos de toda sociedad bien
ordenada no son los individuos, sino las familias, y la
familia ó sociedad dom éstica, fondada é instituida por
el mismo Dios, es la base y fundamento esencial de
to d o pueblo ó nación.
Escribe Herve Razin ( i ) :
«La familia es la unidad social. Se impone de una
manera todavia m is imperiosa que la propiedad; es
una institución inmutable y el fundamento de toda ci­
vilización. En todas partes donde la sociedad vive en
paz, los individuos se complacen en vivir agrupados
cajo la autoridad de los padres y renuncian sin va cila ­
ción alguna á su independencia. Este primer punto se
encuentra establecido de una manera universal, lo mis­
mo que las ventajas qae de ello resultan en favor de
la fecundidad del trabajo de la producción».
Ahora bien; como el socialismo destruye el vinculo
del matrimonio, introduce en su lugar el amor libre y
qoita los hijos á sos padres y los entrega al Estado
para su cuidado, educición y enseñanza, se deduce
evidentemente qae el socialismo desoye el precepto de
D ios, obra contra la justicia natural y disuelve la tra­
bazón del hogar dsm éstico.
L os escritos de los socialistas dan testimonio de
que quieren acabar con la familia. Bastará citar lo que
escribe uno de los jefes del socialismo m ariista, Be­
bel, sobre la posición de la mnjer en la sociedad del
porvenir:
a En la elección de sos amantes (2 ), será tan libre
com o el hombre; amará ó dejaráse amar, y celebrará
el contrato sin atender más que al impulso de su incli­
nación. Este contrato será, como en los tiempos pri­
m itivos (I), un contrato privado, sin intervención de
ningún funcionario... El hombre ha de estar en co n ­
diciones de disponer de su instinto más pujante con la
misma libertad que de cualquiera o tro . L a satisfac­

ía) Tratado elemental i t Economía foMita, tndncido por


D. A. J. Pou y Ordinas, píg. 96.
(a) La Mujer, ptg. 193, P, Calhrein, ob, cil., pág. 141,
ción del ¡nslÍDto sensual es asuuto personal, ni más
ni menos qae la de cualquier otro instinto natoral; na­
die tiene derecho de pedir cuenta de ella; ningún ex­
traño tiene perm iso para ingerirse en ese acto privado.
La prudencia, la ilustración, la independencia de los
individuos, harán más fácil una buena elección. No bien
se originen falta de armonía, desengaño, aversión, la
ley moral (I) manda rescindir la anión contraria á la
naturaleza, y por tanto á la decencia».
Aqui se predica sin pizca de vergüenza el amor
libre. ¿Qué resta del matrimonio si los cónyuges
pueden separarse, obedeciendo ciegos i cualquier ca­
pricho momentáneo ó á cualquiera manera de aver­
sión, para ligarse con un nuevo vinculo de amor? Mas
no ¡atentamos limitarnos á citar testim onios semejan­
tes, sino demostraremos que el socialism o debe por su
mturalt^a aniquilar la familia, esa piedra angular del
orden social.
Esta doctrina se corrobora con el com entario del
Program a de Erfurt hecho por el más ñel discípulo de
C Marx después de Liebknecht, director del periódico
oficial del partido Dic ntue Z til; escribe dicho autor,
«que en la Sociedad socializada la mujer estará emanci­
pada á la vez de la esclavitud del hogar dom éstico
(vo a der Knechtschaft des Hanses) y de la esclavitud
del capital» ( i ) .
Una de las bases en que descansa la indisolubilidad
del matrimonio, y por consiguiente la de toda la fam i­
lia, es la educación ae los hijos que va aneja á esta in s­
titución. Según esto, es necesario que el lazo m atri­
monial no se rom pa mientras vivan ambos consortes,
por la razón precisamente de que se requiere la
cooperación de marido y mujer para educar á las
prendas de sn amor. L uego quien arranca á la familia
la educación de los hijos, haciéndola ministerio del
Estado, destruye el fundamento de la familia misma.
En electo; el socialismo entrega la educación y
enseñanza de la ¡aventad por entero 4 los órgan os de

(0 Pág, 146.
la sociedad. El program a de G otha y el de Erfurt pide
explícitam ente educación popular ccmún i igual en ts-
tal'lecimienlüs del listado. Escuchem os aúa al apóstol
magr.o del socialismo:
«T odo niño que nazca, sea varón ó hembra, es
una accesión bien venida, porque la sociedad ve en
ella la persistencia y continuación evolutiva de si pro­
pia; por eso se siente también obligada desde luego á
atender con todas sus fuerzas al bienestar de la nueva
criatura. Ante todo, pues, la mujer qae pare, que cria,
la madre, en fin, es el objeto de sus solicitudes. Habi­
tación cóm oda, personal simpático, disposiciones de
to d o género apropiadas á esa fase de la maternidad,
asistencia cuidadosa de la madre y del hijo, son la
primera condición. Q ue el hijo dislrute cuanto tiempo
sea posible del pecho de la madre, se entiende...
N o bien ha crecido algo, los compañeros de la
misma edad le aguardan para que, som etido con ellos
á la vigilancia com ún, tom e parte en sus juegos. Aqui
también se dispone lo que es posible y conveniente
para el desarrollo físico y espiritual, según el estado
de los conocim ientos y de la inteligencia humana.
Con los salones de ju ego vienen los jardines Je la in ­
fancia; más tarde e m p in a la iniciación, á manera de
'u ego (I), en los rudimentos del saber y de la actividad
Í íumana. Habrá trabajo intelectual y físico; ejercicios
gim násticos y movimiento desembarazado en las p la­
zas de juego y de gimnasia, en los planos del hielo,
en el baño de natación; marchas de ejercicio, com ba­
tes de palestra y ejercicios para ambos sexos alternan
y se com pletan entre si; pues se trata de formar ana
generación sana, curtida, desarrollada normalmente de
cuerpo y de espíritu. Paso á paso se siguen la intro­
ducción en las diversas operaciones practicas, los tra­
bajos fabriles, la horticultura y agricultura, toda la
técnica del proceso de la producción. No se descaída
entretanto la instrucción intelectual en los diferentes
ram os del saber...
Conforme al alto nivel de la cultura social, serán
de primera calidad el adorno de las clases y los aten-
sitios de enseñanza. En los medios de instrucción y
educación, tn el vestido y en el sustento, ningún alum ­
no se v e r i pospuesto i los demás. El número y la ex­
celencia del personal docente no desmerecerá de todo
eso...
T a l será la educación de ambos sexos común ¿ igual,
debiéndose separarlos únicamente en los casos en que
la diversidad del sexo lo exija perentoriamente. Y este
sistema educativo, rigurosam ente reglam entado y so­
metido á estricta vigilancia, hasta la edad que la so­
ciedad declare m ayores <¡ sus hijos, habilitará á ambos
sexos en todos sentidos para el go ce de los derechos
que les conceda y el cumplimiento de los deberes que
les imponga, podiendo estar com pletam ente segura la
sociedad de haber educado solamente miembros sanos
y por todo concepto bien desarrollados» ( i ) .
Veam os cóm o refuta m agistralm ente el Supremo
Jerarca de la Iglesia León X lll tan absurdos y funestos
errores. Examinando el Romano Pontífice la doctrina
socialista con relación al hombre considerado en la
sociedad dom éstica, escribe:

«Estos derechos, qne á los hombres aun separados


•competen, se ve que son aún más fuertes, si se los
«considera trabados y unidos coa los deberes que los
•mismos hombres tienen cuando viven en familia «.

La familia es anterior á la sociedad.

•Cuanto al elegir el género de vida, no hay duda


«que puede cada uno á su arbitrio esco ger una de dos
«cosas: ó seguir el consejo de Jesucristo guardando
«virginidad, ó ligarse con los vínculos del m atri-
>moaio>.
«Ninguna le y humana puede quitar al hombre el
«derecho natural y primario que tiene á contraer ma-
«trimonio, ni puede tam poco ley niuguna humana
«poner en m odo alguno limites á la causa principal del

(0 Bebel La Mujer, pág*. 18a y 183.


•m atrim onio, cnal la estableció la autoridad de D ios
sen el principio. Creced y multiplicaos ( t ) . He aqni la
«familia & sociedad dom éstica, pequeña á la verdad,
«pero verdadera sociedad y anterior & todo Estado, y
•que, por lo tanto, debe tener derechos y deberes
«suyos propios, y que de ninguna manera dependan
•del Estado».

El socialismo contradice 4 la razón natural, tocante


i los derechos del padre de familia.

«Menester es, pues, traspasar al hombre, c o m o ca -


•beza de familia, aquel derecho de propiedad qae hemos
«demostrado que la naturaleza dió a cadasino c d par­
tic u la r ; más aún, el derecho éste es tanto m ayor y
•más fuerte, cuauto sou más las cosas que en la socie-
•dad dom éstica abarca la persona deL hombre. L ey es
•santísima de la naturaleza que deba el padre de farai-
•lia defender, alimentar, y con todo género de cuida-
»dos atender i los hijos que engendró; y de la misma
•naturaleza se deduce que á los hijos, los cnales, en
•cierto modo, reproducen y perpetúan la persona del
•padre, debe éste querer adquirirles y prepararles los
•medios con que honradamente puedan en la peligro-
•sa carrera de la vida defenderse de la desgracia. Y
•esto no lo puede hacer sino poseyendo bienes útiles
•que pueda en herencia transmitir i sus hijos.— L o
•mismo qae el Estado es la familia, com o antes hemos
•dicho, una verdadera sociedad regida por un poder
•que le es propio, i saber: el paterno. P or esto, dentro
•a e los límites que su fin proxim o le prescribe, tiene
•la familia, en el procurar y aplicar los medios qae
•para su bienestar y justa libertad son necesarios, a e -
•rechos iguales, por lo menos, ¿ los de la sociedad
•civil. Iguales por lo menos, hemos dicho, porque
•co m o la familia ó sociedad dom éstica se concibe y de
•h ech o existe antes que la sociedad civil, sígnese que

(I) Gen., I, s i,
•los derechos y deberes de aquélla son anteriores y
•m is inmediatamente naturales que los de ésta».

Los derechos de la familia son m is sagrados y an­


teriores á los del Estado.

«Y si los ciudadanos, si las familias, al formar parte


•de u n í comunidad y sociedad humana, hallasen en
•vez de auxilio estorbo, y en vez de defensa disminu-
•ción de su derecho, sería m is bien de aborrecer que
>de desear la sociedad.
«Querer, pues, que se entrom eta el poder civil
•hasta en lo intimo del hogar, es un grande y perni­
c i o s o error».

¿En qné casos p c d ri el Estado regular, al menos


los derechos de la familia?

«Cierto que si alcan a familia se hallase en extrem a


•necesidad y no pudiese valerse ni salir por si de ella
•en manera alguna, justo seria que la autoridad públi-
»ca remediase esta necesidad extrem a, por ser cada
•noa de las familias una parte de la sociedad. Y del
•mismo m odo, si dentro ael hogar doméstico surgiere
•nna perturbación grave de los derechos mutuos, in-
•terpongase la autoridad pública para dar á cada uno
•el suyo; pues no es esto usurpar los derechos de lo s
•ciudadanos, sino protegerlos y asegurarlos con nna
•justa y debida tutela. Pero es menester que aquí se
•detengan los que tienen el cargo de la cosa pública;
•pasar estos limites no lo permite la naturaleza. Por-
•que es tal la patria potestad, que no puede Ser ni e x ­
t in g u id a ni absorbida por el Estado, puesto que su
•principio es igual é idéntico al de la vida misma de
•los hombres. Los hijos son aleo del badre y com o una
•am plificación de la persona ael padre; y si queremos
•hablar con propiedad, no por si mismos, sino por la
•com unidad dom éstica en que fueron engendrados,
•entran á form ar parte de la sociedad civil. Y por esta
•misma razón, porque los hijos sou naturalmente algo
>del padre... antes de que lleguen á tener el uso de su libre
»albedrío, están sujetes al cuidada de sus p a ir a ( r ) .
•Cuando, pues, los socialistas, descuidada la providen-
■cia de los padres, introducen en su lugar la del E sta-
ado, obran contra la justicia natural y disuelven la tra -
•bazón del hogar doméstico».

PÁRRAFO V
E l S O C IA L IS M O TERTURDA Y E S C L A V IZ A Á L A SO C IE D A D

Escribe el Romano Pontífice:

aV ese demasiado claro cuál serla en todas las d a -


»ses el trastorno y perturbación, í que se seguirla una
sdura y odiosa esclavitud de los ciudadanos. A bririise
»la puerta á mutuos odios, murmuraciones y discor-
«dias; quitado al ingenio y diligencia de cada uno todo
aescimulo, secarlanse necesariamente las fuentes m is-
tinas de la riqueza, y esa igualdad que en su pensa-
»miento se forjan, no seria, en hecho de verdad, otra
acosa que un estado tan triste com o innoble de todos
ílo s hombres, sin distinción alguna. De todo lo cual
ase ve que aquel dictamen de Tos socialistas, & saber,
»qoe toda propiedad ha de ser común, debe absoluta-
«mente rechazarse, porque daña i los mismos i quie-
anes se trata de socorrer, pugna con los derechos na-
aturales de los individuos y perturba los deberes del
«Estado y la tranquilidad común. Q uede, pues, sen -
•tad o qae cuando se basca el modo de aliviar á los
«pueblos, lo que principalmente y com o fundamento
«de todo se ha de tener, es esto: que se debe guardar
«intacta la propiedad privada».

N o necesitan largo comentario las líneas qae ante­


ceden, en las cuales enumera con toda claridad el R o ­
mano Pontífice las funestas consecuencias que p rodn -

( i) S. Tbom. a.* i . « Qsaeat. X, a. ia ,


aria el colectivism o, si lograse entronizarse en la
sociedad. El socialism o, en efecto, pretende libertar al
obrero del capital y del patrono, y 4 sa vez le co n ­
vierte en un miserable esclavo del Estado. Concede
además 4 éste atribuciones que por su naturaleza no
tiene ni puede ejercer, y c a y o desempeño acabarla
bien pronto con ¿ 1. En efecto; el Estado colectivista
deberla ocuparse en m últiples operaciones, com o, por
ejemplo, en la distribución de los diversos trabajos
entre los obreros, en la repartición entre los mismos
de los productos del trabajo, bajo una norma clara,
fija y de fácil aplicación, norma apropiada y justa que
sin em bargo hasta ahora no ha indicado aún el socia­
lismo ( i ) , y en otras m il que, al par que acrecenta­
rían la centralización, cu yo s efectos desastrosos sufri­
mos, aumentarían 4 su vez el ejército de empleados,
hoy ya tan numeroso.

Repartición de los productos del trabajo en la S o ­


ciedad socializada.

Hemos dicho que la repartición debe hacerse bajo


una norma justa y de fácil aplicación; norma, sin em­
bargo, que basta ahora no han fijado los socialistas.
¿Se distribuirán los productos del trabajo co lectivo en
partes iguales? ¿La parte qne se dé al obrero a ctivo y
diligente, debe ser igual que la que se dé al obrero h o l­
gazán y negligente? El trabajo penoso ha de ser retri­
buido del mismo modo que el fácil? ¿Se retribuirá del
mismo modo al artista que al zapatero? E sta solación
seria absurda y más inicua qae lo que se hace en la
producción capitalista.
«A cada ano se le dará el producto integro de su
trabajo»; asi lo repite el último manifiesto socialista
español del cuarto Congreso que se acaba de celebrar
en Madrid. El program a de G otha había adoptado
dicha fórmula, pero el de Erfurt se calla sobre este p a n ­
to. Y con razón, porque el producto íntegro del trabajo

(i) Víase la obra del F. Catbreio, pág, 130 y siguientes.


colectivo no se p odrí entregar; & lo menos será nece­
sario quitar dos partes: una necesaria para poder con­
tinuar la producción, y la otra destinada al consumo
común; esto es, la qae perm itir! establecer y conservar
los establecimientos públicos de educación, de instruc­
ción y de recreación, los hospitales y manicomios, etc.
Deducidos estos repartos, lo que resta será bien poca
co sa, ó com o dice el mismo Kantsky, no será sino
un rulo. Adem ás, esta fórmula es impracticable en
nuestras sociedades modernas. ¿Quién es capaz de se*
fialar el producto íntegro del trabajo de cada uno en
nna compañía de ferrocarriles ó en una fábrica c u a l­
quiera? En una sociedad prim itiva, ea la que no hu­
biese división del trabajo y en la pequeña industria,
esta fórmula produciría el más brutal y cruel indivi­
dualismo, que el socialismo pretende evitar.
Ea cuanto á la fórmula « i cada uno según sus ne­
cesidades*, ¿cómo se paede sostener? Las necesidades
á las cuales debe adecuarse la distribución del producto
del trabajo colectivo, ¿cuáles deben ser? En primer la ­
gar, ¿de qué necesidades se habla? ¿Se distinguirán las
necesidades legitim as de las qae no lo son? Adomás,
¿quién será el juez que medirá en cada uno las necesi­
dades qae se han de satisfacer? T o d o dependerá— res­
ponde K antsky— de la abundancia de lo s productos; si
¿stos abundan, se podrán satisfacer todas las necesida­
des, pero no será asi en el caso que el trabajo c o le c ­
tiv o no produzca lo suficiente.
El com entado del program a de Erfurt lle g a á es­
tam par lo siguiente: «El salario fijo, el tem poral, el
salario por pieza, el salario con prima, todas las diver­
sas formas de salario, pueden, sufriendo las transfor­
maciones necesarias, concillarse con la naturaleza de
ana Sociedad socializadas.
L o que quiere decir, que el colectivism o anda en
tinieblas y no presenta nada fijo y determinado en la
organización de su Sociedad socializada, que pretende,
sin em bargo, engañar asi á los pobres é ignorantes
obreros com o ideal social.
Adem ás, abolidos por el colectivism o los derechos
naturales del individuo, de la familia y dem is a g ru ­
paciones naturales, y reglamentado aqu¿l hasta loa
m is pequeños actos de los Individuos, brotarían n atu­
ralmente, como dice el Rom ano Pontífice, los odios,
murmuraciones y discordias entre los miembros del
Estado socialista, que darían por resultado el m is
brutal despotism o que jam is han visto los siglos, ter­
minando al fin y al cabo en una im agen del infierno,
eu una horrible anarquía. Los socialistas conciben la
sociedad com o un inmenso cuartel, pero cuartel que
bien pronto se convertiría en presidio, y cuyos presi­
diarios, odiándose matuamente, acabarían por despeda­
zarse entre si com o bestias ferocísimas. En efecto;
¿cómo puede aplicarse á todo uu pueblo la estrecha
regla militar y su terrible código penal? Q uerer c o n ­
vertir i toda la sociedad en nn numeroso ejército, es
nn sneño irrealizable. ¿En qué vendría i parar un
ejército, si sns soldados tuviesen en sus manos el
mando, pudiendo elegir 4 sus propios oficiales y g e ­
nerales, y si les pareciese haber m otivo para ello, des­
tituirlos, juzgarlos y fusilarlos también?
Con razón, adem is, afirma el Romano Pontífice que:

«Quitado al ingenio y diligencia de cada uno todo


«estimulo, secarianse necesariamente las fuentes m is-
»mas de la riqueza».

Precisamente en esto e s t i el error de los socialis­


tas; sueñan que con el colectivism o ha de aumentar
el progreso y la prodncción; pero es inútil bascar
pruebas de este aserto en sos escritos, porqae no las
dan ni las pueden dar, puesto que el conocim iento y
la experiencia que tenemos de la naturaleza humana,
tal com o es y será siempre, nos dem aestra lo contra­
rio. Sustituir al celo y afán siempre interesado del
propietario, sustituir al ojo vigilante de un trabajador
asiduo, constante y responsable la administración del
Estado, siempre tardo y lento en sus procedimientos,
siempre m is ó menos negligente, y asegurar que la
producción en este caso, no solamente s e r i la misma,
sino qae irá ea aam ento, es soñar despierto y mani­
festar absoluta ignorancia de la naturaleza humana tal
cual es. Sin estimulo personal no h ay progresa ni
adelanto en la producción, y no .existiendo aquél en
el Estado socialista, ha de extinguirse por fuerza todo
afáa y estim ulo de adquirir. L a prueoa no es difícil
darla, porqae bajo el régimen colectivista el obrero,
por háoil é inteligente que sea, no puede adquirir más
propiedad que la que le baste para satisfacer sus nece­
sidades: la esperanza de mejorar de fortana y el r i ­
sueño porvenir no existen para él: debe desechar para
siempre de su mente el pensamiento qae abrasa ¿ in­
flama el corazón de todo padre que sufre, trabaja y
ahorra para sus hijos. Ahora bien; no es de esperar
que por sola la proclamación del socialism o, los obre­
ros y empleados del Estado colectivista se transfor­
men en ángeles del paraiso; continuarían siendo hom ­
bres como nosotros y manchados com o nosotros en
la culpa original, y por lo tanto, sin el afán y esti­
mulo de aumentar y de adquirir, se convertirían los
obreros en holgazanes y perezosos, esperando de la
providencia del Estado la ración que no les habría de
faltar para vivir. El resultado positivo y cierto serla
el disminuir la producción, que, coincidiendo con un
rápido aumento en la población, pondría en gran p e ­
ligro al Estado; el cual, recurriendo á la fuerza, p ro ­
ducirla la m is espantosa esclavitud industrial. Júzgne-
se por lo dicho lo que afirma el socialista Bebel ( i ) ,
cuando escribe:
«En el Estado socialista todos estudiarán p ro yec­
to s de reforma, simplificación y aceleración del p ro ­
ceso del trabajo. La ambición de inventar y descubrir
será excitada en grado sam o, tratando el ano de
adelantarse y superar al o tro en proyectos é ideas*.
Escribe el P. Cathrein:
«Semejantes fanfarronadas caracterizan al dem ago­
g o (2 ). ¿Es verdad qae todos pensarán ccntinuamenU

(1) La Mujer, pág. 154.


(l) Ob. e¡t„ pág. 131.
en refo rm as y descubrimientos? Pero aun cnando ad­
mitiésemos que la ilustración socialista, que será igual
en todos, habilitara á todos los obreros i hacer inven­
tos, cosa de que tal vez no sin razón dudamos mucho,
¿dónde está el interés que los estimule á reformar y
descubrir? Y auo dado que no se echase de menos un
estimulo adecuado, ¿dónde hallará el obrero los m e­
dios precisos para hacer descubrimientos en la p ro ­
ducción de bienes? Descubrim ientos ¿ invenciones, al
menos en el terreno económ ico, presuponen qae quien
los haya de realizar posea bienes productivos, qae
puede elaborar á su gu sto y em plear en los descubri­
mientos que juzgue necesarios; y i más de eso,