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Análisis de "El hombre pálido"

Análisis de “El hombre pálido” (Espínola)


Trabajo realizado por la Prof. Paola De Nigris
Introducción

Este cuento pertenece al autor ubicado en la generación del ’20 en el


Uruguay. Esta si bien está muy cerca de la generación del ‘900, ya
presenta características diferentes en su escritura.

Convengamos que en los primeros años de este siglo XX uno de los


mayores horrores que impactó al hombre fue la Primera Guerra Mundial.
Su impacto se produjo por dos hechos que hasta el momento no se
había dado con tanta fuerza: uno fue la participación de la ciencia en la
guerra y el otro la cantidad de civiles que en ella murieron.

Este impacto mundial lleva al hombre a una sensibilidad especial que se


traduce en doctrinas filosóficas que marcarán el siglo, tales como el
Existencialismo. ¿Para qué existe el hombre si suele destruirse? ¿Qué
puede hacer un hombre en tan corta vida?

Todo esto va creando a un hombre angustiado que debe aprender a


sobrevivir en las circunstancias que le toca. Si bien el Uruguay no
participa de la Guerra, no quiere decir con esto que esté exento de la
sensibilidad y las modas, la forma de pensar y de cuestionarse en ese
momento.

Si bien el mismo Espínola asegura que no le gusta la literatura


gauchesca, no por eso sus personajes se alejan del campo rural. Escribe
del hombre de campo, y describe a esos hombres en sus circunstancias,
sin dejar de mezclar el lenguaje “universal y elevado” con el habla
popular.

Tema

El tema del cuento es el hombre frente a la circunstancia inesperada. No


existe tan claramente el bien y el mal, el hombre, sin importar que sea
considerado malo, en circunstancias nuevas y diferentes puede
comportarse honorablemente, tal como pasa en este cuento.

Nada tiene por qué ser como se supone deba ser. Uno puede cambiar su
“esencia” aunque sólo sea circunstancialmente porque los hechos lo
llevan a actuar de forma contraria a como se espera actúe.

Asociado a lo dicho anteriormente, basta que hagamos un ejercicio de


imaginación, y veremos a miles de personas en situaciones límites, que
ni se imaginarían estar allí, siendo habitualmente honorables, pero
comportándose con villanía, o viceversa, personas normalmente
despreciables actuando honorablemente como es el caso de este cuento.
Título

El título resulta interesante. No parece decir nada, más que hay un


personaje que seguramente será principal en el cuento, con un rostro
pálido. Sin nombres, sin identidad. Y esto es curioso porque al no tenerla
podemos deducir que tampoco tiene vida. Si la vida se asocia al color, y
cuando alguien muere, éste se desvanece. Pues un hombre pálido podría
sugerir que lleva la muerte adentro metafóricamente. La falta de vida en
realidad sugiere la falta de emociones también. Es un hombre que mete
miedo y dice muy poco, pero también a él le pasará algo en el cuento
que no podrá explicar, pero que lo llevará a cambiar su esencia de
“pálido” al contraste final entre el blanco y el negro. En una palabra el
bien y el mal. Pero esto sólo será un hecho circunstancial. El hombre no
dejará de ser pálido como la muerte.

Estructura

Como todo cuento tradicional se divide en tres partes: marco, nudo y


desenlace. En el primero se presentan los personajes. En el segundo se
comienza a desarrollar la trama y en el tercero se resuelve. Esta última
parte no siempre se percibe claramente, ya que podría dejarse un final
abierto o bien para que el lector lo continúe o bien porque el final está
muy relacionado con el conflicto. Es por ello que la clave para
comprender el desenlace es el conflicto del texto.

En este caso, si miramos la forma en que el mismo autor dividió su


texto, vemos que hay dos partes. La primera correspondería al marco,
donde no sólo se presentan los personajes, el ambiente, sino también
parte del conflicto. En la segunda podríamos encontrar en la intuición de
Elvira, cuando se va a dormir, el desarrollo, ya que allí es cuando su
percepción de los hechos se hace realidad. Y la última estaría pautada
por la aparición del negro.

Conflicto

El protagonista, que es quien lleva el conflicto adentro, es el hombre


pálido, sin lugar a dudas. Él es quien al descubrir la belleza de Elvira se
da cuenta que hay algo sublime en ella, que no debe ser corrompido,
digamos que algo sagrado, demasiado bello para ser traicionado. Y es la
presencia de ella la que lo hace cambiar su rumbo, pero no para
siempre, sino sólo por esta vez. Él es el que descubre que existe vida en
un mundo en el que él creía haberlo visto todo, y por lo tanto todo le era
indiferente. Siente “la vida” pero no elige continuar con su muerte, pero
respetar esto que sintió y a la mujer que se lo provocó. No porque la
ame, sino porque es superior a todo lo que ha visto, porque es sagrado,
y porque sería una villanía destruirlo.

El narrador
En este cuento el narrador es omnisciente, es decir que lo sabe todo,
sabe lo que siente Elvira, lo que siente el hombre pálido, sabe incluso
hasta cuál puede ser el propósito de la lluvia que por momentos juega
un papel casi de personaje, lo juzga, y también se pone a su favor
cuando está peleando contra el negro.

Sin embargo este narrador utiliza también una técnica interesante que
es el punto de vista variable. Cambia permanentemente el punto de
vista: a veces narra los hechos desde el exterior, como un ojo alejado de
este, y otras veces como si lo hiciera desde los ojos de alguno de los
personajes. De esta manera, incluso, se describe al personaje contrario
y lo que realmente está pasando. Si sólo se viera la escena como una
película, sin que existiera el narrador, sería muy difícil entender qué
ocurre realmente en el cuento.

Marco

El cuento comienza con una descripción detallada de la tormenta que


está por venir. Obviamente esto es un recurso interesante dado que ésta
no es inocente. Anuncia la catástrofe que va a darse dentro del hombre.
A su vez lo juzga dado que el texto dice “como si le dieran asco las cosas
feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo
bien lejos”. Aun así ayuda al personaje a acercarse a la casa con una
excusa para robar.

El personaje parece en principio venir huyendo de la tormenta, pero todo


lo que parece en un principio termina no siendo así, y es precisamente
ese cambio lo que sustenta el conflicto.

El sol no aparece, está “toldado” por las nubes “negruzcas”. Esto anuncia
que lo brillante, lo vital y maravilloso, la luz del sol, que representaría lo
bueno, está ya tapado por lo negro. Este contraste, esta antítesis entre
el blanco y el negro se manejará en el marco y también en el desenlace.
Esas nubes aprietan el aire, lo mezquinan, provocan la imposibilidad de
respirar pacíficamente. Así el clima pinta desde el principio el clima
agobiante, pesado, y el narrador dice “bochornoso” y “cansador”. Porque
bochornoso es lo que se propone el hombre pálido, al entrar a una casa
y aprovecharse de dos mujeres solas e indefensas. Y cansador, no sólo
porque este clima cansa a los hombres, sino porque este hombre en
particular vive de esta manera, de traicionar la confianza de quienes lo
hospedan.

Por esa razón el clima se transforma en juez de la acción pretendida por


este hombre, pero a su vez esta tormenta está personificada: “el agua el
agua empezó a caer con rabia, con furia casi”. Como si en ella hubiera
un sentimiento que es atribuible a la persona humana. Además, por
supuesto, de juzgar a través de la comparación “como si le diera asco
las cosas feas de este mundo…”
Aun cuando no esté de acuerdo con lo que este hombre va a hacer, no
puede intervenir en la decisión del hombre. Si bien la tormenta es juez,
también es cómplice. Observa, pero no puede hacer nada hasta que el
mismo hombre reflexione sobre sus circunstancias.

Inmediatamente después que describe la tormenta nos presenta la


indefensión de todas las circunstancias que rodean la acción. Empieza
por lo más grande para ir a lo más pequeño, y de esta manera también
nos va anunciando lo indefensa que están estas mujeres.

“Cada bicho escapó a su cueva”, todos buscan refugio. Esto parece


lógico, y ayuda a pensar que un hombre que cae en la casa viene
buscando lo mismo, con lo cual las mujeres estarán más propensas a
dárselo sin desconfiar.

La primera descripción es la de la hacienda que está animada al decir


“daba el anca al viento y buscaba refugio bajo un árbol”. La casa, que no
podía protegerse de la tormenta parece buscar que su parte trasera (“el
anca” como la del caballo) se protegiera de alguna manera. Esta
metáfora no sólo nos anima la casa, sino que nos muestra que no existe
protección posible, y no sólo por la tormenta, sino también por lo que se
avecina, el hombre.

La siguiente imagen es la de los pajaritos que tratan de ocultarse en sus


nidos, pero quedan chorreados de agua. Estos animales indefensos son
otra pintura de las mujeres que refugiadas en “sus nidos” o en la misma
hacienda” también estarán en peligro, no podrán escapar de la tormenta
o de las intenciones del hombre pálido trae, a no ser que él así lo quiera.

Podríamos ver un paralelismo psicocósmico entre la tormenta y el


personaje, pero no es tan claro al principio y sí lo será cuando él
descubra a Elvira. La tormenta está al principio para acompañar las
circunstancias, pero la verdadera tormenta se desatará en el hombre
cuando este se encuentre con lo que Elvira le provoca, es allí donde el
papel de la tormenta cobra un nuevo impulso y acompañará al
personaje, al punto de ayudarlo a matar al negro.

Una vez que ha descrito el ambiente pasa a hablar de los personajes: las
mujeres solas y el capataz de estancia que no estaba presente. En una
palabra, el hombre que podría darles tranquilidad o defenderlas en caso
que fuera necesario. Este dato aparece para marcar la soledad de las
mujeres, pero más adelante sabremos que el hombre pálido sabía de
esta circunstancia, y pensaba aprovecharse de ella como lo está
haciendo de la tormenta. Pero en el principio del cuento esto no se nos
revela, con lo cual todo parece inocente, para luego ir mostrándonos la
vileza del acto que el protagonista pretendía llevar a cabo.

La grafopeya del hombre (descripción física) se irá haciendo lentamente,


por partes y casi siempre a través de los ojos de Elvira. Primero será sin
intuición, tal como son los hechos, luego, cada vez que ella vaya
observando al hombre pálido, esta descripción estará plagada de
percepciones subjetivas, pero curiosamente tendrán más que ver con la
realidad que lo que ve Carmen, su madre.

El hombre se presenta también como si fuera un ser indefenso buscando


refugio “con el poncho empapado y el sombrero como trapo por el
aguacero”, lo que seguramente provocaría en las damas una
predisposición a la hospitalidad.

Es el perro el primero que lo ve, y lo manifiesta con su ladrido. Esto es


interesante dado que son ellos animales intuitivos, y en un principio
mirará con desconfianza al hombre hasta que este se lo gane. La
desconfianza del perro ayuda en un principio a confirmar la desconfianza
de Elvira que inmediatamente se va para adentro, después de llamar al
perro y se coloca bajo la protección de su madre. Pero el perro no
mantendrá esa desconfianza por mucho tiempo, bastará con que el
hombre le tire un hueso, para que su intuición se esfume, y más
adelante veremos la reflexión del hombre que habla de su descreimiento
en la humanidad.

Sin embargo la protección que busca Elvira es inútil, porque la madre no


ve nada de lo que intuye Elvira. Ella está en la cocina y por la aparición
del hombre no deja de hacer lo que está haciendo, revolver la
mazamorra. No la inquieta ese hombre, no desconfía. Lo trata como lo
haría con cualquier paisano que llegara a su hogar, como es la
costumbre en el campo. Si bien ella lo interroga, no saca nada extraño
de sus preguntas. Lo hace casi como por hospitalidad: ¿de dónde viene?
¿Adónde va?, nada fuera de lo normal, incluso haciendo un comentario
sobre la lluvia y sugiriendo que deje el poncho para que se seque. Estas
preguntas inocuas le permiten al hombre pálido responder de forma
mecánica. Lo justo y necesario para pedir asilo, que es lo que en
realidad le interesa.

Es interesante una nueva grafopeya que se hace del hombre en la acción


de entrar a la casa: “Agachándose – la puerta era muy baja”. Esto por
un lado habla de un hombre con una altura relativamente imponente
que podría provocar cierto miedo y reflejar la mirada de Elvira, sin
embargo el narrador se encarga de decirnos enseguida que la puerta es
baja, como todas las del campo. Podría también interpretarse que el
hombre de la casa no es demasiado alto, o que aunque lo fuera también
debía agacharse para entrar. Pero más allá de eso, la imagen del
hombre agachándose para entrar provoca una impresión acentuada en
la fuerza de lo masculino.

El narrador comienza su juego de miradas, y pasa directamente a los


ojos de Elvira que desde un rincón lo observa. Esta imagen de Elvira nos
habla de su temor, de su desconfianza, pero ella no tiene claro cuál es la
razón por la que desconfía, ni por qué su corazón late más fuerte. No le
gusta ese hombre, algo en él no está bien. Y como siempre sucede en lo
femenino, se recurre a descripciones periféricas y circulares, hasta llegar
a lo que realmente la impresiona. La grafopeya que da es que es un
hombre delgado, alto, de cara pálida y con una barba negrísima que
hacía más blanca su cara. Una vez más lo que Elvira ve es el contraste
entre el blanco y el negro, colores simbólicos si se asocian al bien y al
mal, y colores que unidos también representan a la muerte, y es
precisamente esto último lo que en principio no la deja tranquila.

Carmen es la que la saca de estos pensamientos y la obliga a socializar


con el hombre a través del mate, símbolo de estas latitudes, que
representa la posibilidad de intimar o crear un clima de tranquilidad.
Esto no es precisamente lo que Elvira quisiera, pero el mandato materno
y la cortesía le impiden oponerse, y es a través de este vaivén con el
mate, que ella podrá captar la esencia del hombre, o al menos
acercarse.

Hasta este momento el perro sigue desconfiando “de tanto mimo”, por lo
tanto sigue funcionando su intuición de que este hombre tiene algo
“negro” en su interior.

Apronta el mate con cuidado y es la mirada de él la que lo intimida, sin


embargo no será hasta el final de su última grafopeya y sus reflexiones,
que ella se dé cuenta qué es lo que hay de extraño en este hombre.
Como mujer intenta racionalizar, pero no puede anular su intuición.
Muchos hombres han ido a su casa antes, qué tiene éste de distinto.
Piensa que tal vez sea la tormenta que hace que esta situación parezca
más peligrosa. Todo esto son reflexiones racionales de algo que ella
sabe que no es racional. Entonces vuelve a repasar las características de
este hombre, pálido, barba negra, pero agrega una nueva característica
que es la principal: “ojos como chispas”. A través de esta comparación
ella comprende que hay algo peligroso en ese hombre, hay fuego. Los
ojos son la ventana del alma, por lo tanto Elvira llega a sospechar lo que
está pasando dentro del alma del hombre pálido.

Nudo

Naturalmente el narrador cambia el punto de vista para enseñarnos lo


que pasa por la cabeza del hombre que es precisamente el conflicto que
está viviendo. “El hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la
muchacha”. Su mirada es lasciva, no es de amor, sino de deseo. Y es en
ese momento que el narrador, mirando como el hombre pálido, describe
a Elvira. Esta grafopeya tendrá un orden, desde la cabeza hasta las
piernas, e irá siendo desde lo más superficial a lo más sensual. Algunas
de estas descripciones serán precisamente las que ve, pero otras serán
las que imagina.

“Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por los
hombros en dos trenzas largas y flexibles”. La imagen es cándida pero
también sugiere la flexibilidad de la juventud. Su primera mirada exalta
su belleza más inmediata pero no se quedará con esto.
“Tenía unos labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar
un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia” es
en esta segunda imagen que empezamos a ver cómo el hombre agrega
imaginación a lo que ve. Reconoce sus labios “carnosos y chiquitos”,
estos adjetivos parecen ser contrapuestos: carnosos como los de una
mujer, y chiquitos como los de una niña. Sólo en ella podría encontrarse
la contradicción, y es por eso que él imagina el “beso largo y hondo, de
esos que aprisionan toda una existencia”, porque Elvira representa la
existencia de lo que él ya no creía posible, y quisiera volver a tener, ya
que no hay en él vida, como sí la ve en Elvira.

“La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía
por el escote y la dejaban también ver las mangas cortas del vestido”,
una vez más en su descripción hay elementos reales y otros imaginarios
como lo es la tibieza de su piel que él llama “carne” de la manera más
grosera, pero que se contrapone a su blancura y a su tibieza. Elvira es la
mujer niña que insinúa el escote, pero que recuerda que es una niña por
las “mangas cortas del vestido”. Esta contradicción es lo que desata la
tormenta del hombre pálido.

A partir de este momento, el hombre empezará a sensualizar su mirada,


y por lo tanto a imaginar lo que no ve, pero intuye: “el pecho
abultadito”, “las caderas ceñidas, firmes”, “las piernas que se adivinan
bien formadas bajo la pollera ligera”. Su mirada parece desnudar a
Elvira en propósitos que ella ni se imagina. Esta atracción sexual desata
en él la contradicción, la tormenta, lo enfrenta a la vida que ya había
perdido, dado que ya era incapaz de volver a sentir algo por la
existencia humana. Es por ello que ella le produce “unas ansias
extrañas” para él, que ya no siente. Ansias de hacerle daño, pero
también de protegerla y no permitir que nada corrompa la belleza
sublime que le ha permitido volver a sentir algo. Estas ansias
contradictorias son las “de caer de rodillas” como quien adora a un ídolo,
pero también la de “cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte
entre los brazos”, es decir, poseerla, violar lo sagrado, hacerlo suyo,
para demostrarse que es de carne y hueso y puede tenerse. Pero a su
vez aparece ese “acariciarla tocándola apenitas” como si el otro fuera
tan frágil que pudiera romperse y mereciera todo el respeto y cuidado.

Elvira despierta en el hombre pálido sensaciones que él ya no cree ser


capaz de sentir: adoración, ternura, y hasta la violencia del cariño. Esto
lo desconcierta. Es un hombre muerto en vida, y ahora parece renacer
con “una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma
como relámpagos en la noche”. Esta comparación nos recuerda otra vez
la tormenta del principio, pero ahora dentro del hombre pálido, que
siente los estallidos del relámpago en su alma oscura como la noche. La
metáfora “viboreaban” nos sugiere lo incontrolable, y la “noche” la
oscuridad en la que existe este personaje.

Pero es recién al final de esta grafopeya que podemos entender el final


del cuento. “Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los
ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan real, tan tristón,
que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas
pasiones”. Su pasión es animal, pero los ojos de Elvira, es decir, su alma
no sólo son grandes y negros, es decir, recién están descubriendo la
vida, con curiosidad, sino que también son dulces, es decir inocentes,
capaces de perdonar, algo que seguramente él olvidó. Pero su mirada
también es “real”, no sueña, sabe algo del mundo en que vive, pero al
lado de este hombre, sabe poco de la desilusión humana, y esto ya
provoca una mirada tristona. Si el hombre mostrara toda su pasión
animal destruiría a una mujer que ya es capaz de comprender la bajeza
humana, y que no sabe cuán profundo puede ser eso. El hombre sabe
que tocar a Elvira, o hacer la traición que tiene pensada sería como
transformarla en él, un hombre muerto en vida. No puede permitirse
cargar con eso, porque ella le ha devuelto, con su imagen, una vida que
él había olvidado que podía existir. Por eso la comparación “como alitas
de ángel a las malas pasiones”, una vez más lo bueno y lo malo se
confrontan en el alma del hombre pálido.

Sólo al finalizar sus reflexiones, él puede ver a la muchacha


profundamente y darse cuenta de que está asustada, por eso el narrador
dice “entonces, algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al
tenerla para recibir o entregar el mate”. Lo que le pasó es la compasión.
El mate, que es símbolo de unidad los unió, ya nada es tan claro, el
hombre siente la vida y ante eso tiembla, después de acostumbrarse a
estar insensible ante ella. Elvira es algo superior para él, algo que debe
protegerse, no avasallarse.

Se sientan a comer en silencio, cada cual realizando su tarea, la que


corresponde a cada género: las mujeres tienden la mesa, el hombre va a
buscar su recado y a desensillar su caballo. Pero en esta escena
corresponde destacar un gesto y es cuando el hombre le tira un hueso al
perro. Dijimos que el perro es el único, además de Elvira, que intuía algo
extraño. Sin embargo cuando le da un hueso, pierde la desconfían”za y
se hace íntimo con el hombre. El pensamiento del protagonista es
revelador “mesmo qu’ el hombre”, esto nos da a entender que el
personaje está descreído de la raza humana que es capaz de apagar su
intuición, de sentirse cómodo, de venderse por un hueso o un plato de
comida. La mirada de humanidad es la de una gran prostituta que se
vende por un precio muy barato, las sobras de la comida.

Todo parece transcurrir naturalmente, por lo menos ante los ojos de


Carmen. Sólo Elvira continúa asustada, pasa ligero al cuarto para
acostarse, desconfiada. Todo esto bajo el ruido del agua que como
cortina sonora ahora sí se acompasa con la tormenta del hombre pálido.

Esta primera parte termina con el detalle del candil mal apagado que
queda brillando en la noche. El hombre, en su interior, no apaga la luz
que la presencia de Elvira ha encendido.
En la segunda parte del cuento el narrador se focaliza en los ojos de
Elvira quien está temerosa, mientras su madre duerme con absoluta
tranquilidad, lo que la ahoga más, ya que la única protección posible no
percibe el peligro.

Elvira percibe, siente, intuye, intenta saber, pero la visión está anulada
por la falta de luz, con lo cual todo se centra en lo auditivo. La visión
anulada crea más temor, más indefensión, y por lo tanto mayor deseo
de estar alerta, no en vano “el corazón le golpeaba el pecho”, metáfora
que habla del miedo, del descontrol interno que siente. “Su vista trataba
en vano de atravesar las tinieblas” esta metáfora tan común muestra no
sólo la oscuridad que la rodea, sino la incomprensión sobre lo que está
pasando, que intuye, pero que no sabe. Por eso se aferra a rezar, pero
jamás termina el rezo porque cualquier sonido la exalta. Lo religioso
parece no ser una fuente de consolación para lo que ella está intuyendo,
que no es otra cosa que una realidad que no puede verificar.

Siente que la puerta de la cocina se abre, pero todo se mezcla con su


miedo “bien claro oyó”, pero luego el narrador dice “hasta el pareció
sentir que el aire frío entraba por las rendijas”. La información que
recibe de sus sentidos se mezcla con un parecer que no es precisamente
una certeza. Sin embargo su percepción es correcta como se verá más
adelante.

No se anima a despertar a su madre. Necesita oír más, oír algo que


confirme su impresión. Y una vez más el narrador, focalizada en ella,
utiliza su mismo discurso “no sintió nadita” “no sentía nadita”. Este
diminutivo sugiere la ternura y la inocencia del miedo de Elvira que la
lleva a imaginar justamente lo que está pasando realmente. De esta
manera el narrador pasa de los ojos de Elvira, de su imaginación a una
focalización cero, es decir a mirar la acción despojada de la subjetividad
de los personajes. “pero en su imaginación veía al hombre de la barba
negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado
del clavo, movido por el viento como anunciando ruina... y como para
convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía
sintiendo el aire frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia”. Una
vez más el detalle de los ojos como chispas, del viento “como
anunciando ruina” y la lluvia como telón de fondo, anticipan el final.

Desenlace

El hombre se había ido a la enramada, y el narrador dice “dejándose


pintar de rosado por los relámpagos”. La tormenta ahora le da un color a
este hombre. No sale de la casa como entró. Entró como un muerto,
ahora parece vivo, por eso “dejándose pintar” como si fuera algo que el
mismo hombre pudiera dominar. Evidentemente está hablando de la
tormenta que no sólo está fuera, sino dentro de él.

Otro aspecto importante de esta lluvia es que lo obliga a caminar con la


cabeza gacha, como si el hombre tuviera que humillarse ante la
tormenta. Ya no es aquel hombre resoluto que entró a traicionar la
hospitalidad de las mujeres. Ahora algo le ha hecho bajar la cabeza,
volverse humilde.

Es aquí que descubrimos al antagonista, al personaje que se estaba


esperando para robar junto con él. Este hombre es el contrario al
hombre pálido, ya que es negro. Una vez más los contraste de colores,
blanco/negro, sugieren el bien y el mal, pero sólo por estas
circunstancias.

Con la presencia del negro se descubre que el robo estaba arreglado, así
como el aprovecharse que las mujeres estuvieran solas para cometer el
atraco. Sin embargo, ya nos había dejado claro Carmen, al principio del
texto, que en esa casa no había comodidad, por lo tanto seguramente
tampoco habría plata. Esto hace que la acción preparada por estos
hombres sea más vil. El negro está convencido que debe haber plata por
algún lado y está dispuesto a continuar con el plan que se habían
propuesto. Pero lo interesante está en la oposición que el hombre pálido
hace frente a este empecinamiento. No le da explicaciones a su
compinche, simplemente le dice que no va, y que él tampoco, porque no
quiere. ¿Qué puede entender el negro que es igual al hombre pálido,
alguien muerto en vida, de lo que acaba de vivir el protagonista? De
nada sirven las explicaciones, así que está dispuesto a llevar su “no”
hasta las últimas consecuencias.

Queda claro que el hombre pálido no piensa cambiar de vida por haber
conocido a Elvira, sólo pretende que este plan hoy no se lleve a cabo:
“Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y
aquí, menos.”

Es el negro el que nos revela que el protagonista no es precisamente


una buena persona, ha matado, y lo ha hecho muchas veces,
seguramente sin compasión, taciturno, tal como se muestra: “¡Hum! Si
te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación,
y ahora te ha entrao por hacerte el angelito”, y es el mismo protagonista
quien le aclara que no es una cuestión de bondad. Nada podría entender
el negro ya que no vivió lo que sintió el hombre pálido.

La pelea pasa de la palabra a la acción y es en ese momento que vemos


por el diálogo del negro que imagina lo peor, es decir que él ya las debe
haber robado y pretende quedarse con la plata. La mentalidad del negro
es la del maleante inescrupuloso, igual que la del hombre pálido, pero
que en este instante está representando escrúpulos que no ha tenido
antes. Esto es el hombre que cambia de condición frente a una
circunstancia diferente. Tanto lo hace como para enfrentarse a su
compinche y matarlo, sin el menor remordimiento.

La lucha se plantea en los términos más básicos del duelo criollo. Dos
hombres, frente a frente, con una daga, demostrando su virilidad,
valentía, y honor (aún en situaciones tan poco honorables). Recogen el
poncho como escudo y se miden frente a frente, sin que nadie
intervenga. Aunque este caso quien elige intervenir es la lluvia. El
hombre pálido decide valerse de ella pero no al punto de quitarle la
honorabilidad. Se pone de espaldas a la lluvia para poder ver mejor a su
contrincante, pero el negro, captando la jugada da un salto y allí la lluvia
hace lo suyo, provoca que este se resbale. El hombre pálido podría
haber aprovechado esta circunstancias, pero no lo hace, porque eso no
es de hombres, porque hay códigos, y no se aprovecha de quien está
caído, porque es cobardía, así que espera a que el otro se levante y se
enderece. Entonces, recién allí, lo abre en dos. El narrador dice “le abrió
el vientre y se le hundió en el tórax” mostrando la fuerza y la valentía
del hombre pálido.

“La muerte le tapó la boca”, una personificación de la muerte que


provoca una sentencia poética de la muerte de alguien que no se lo
merece, pero que la acción sí. Limpia la daga en las ropas del difunto,
costumbre del duelo criollo, pero se va sin prisa, “al trotecito”. Nada
valía la vida de ese hombre, como tampoco la vale la del hombre pálido,
aunque esta acción lo haya dignificado. Pero la indiferencia frente a la
muerte de su compañero de fechorías, y la lluvia que sigue cayendo
“gruesa, helada” nos da a entender que nada ha cambiado en él.

Ha conocido algo extraño, inexplicable, inescrutable que lo atrajo, que le


provocó un cambio momentáneo, que siente que debe respetar y
defender, pero nada dentro de él como asesino, ladrón, traicionero
cambia. Sigue “helado” como la lluvia, como su vida. De alguna forma
elige no corromper esa inocencia que conoció, y se aleja, tampoco elige
quedarse a vivir en ella.