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LOS RETOS DEL FUTURO: ¿QUE APRENDE LA MASONERIA DE SU HISTORIA?

Luis Riveros Cornejo, Gran Maestro de la Gran Logia de Chile


Plancha para la Cuarta Cámara de Verano de la Región Metropolitana
24 de Enero de 2018 e.:v.:

La historia no se repite, pero rima.


Mark Twain

Introducción
Papá: ¿para qué sirve la historia?” Esta es la provocadora pregunta que aborda Marc Bloch
para orientar su discusión acerca del ritmo y del largo plazo histórico. Una pregunta
trascendente, puesto que la historia no puede verse restringida a un conjunto de eventos
sucesivos, dignos de ser relatados, pero dispersos en el tiempo y sin una lógica que les
estructure. Pero tampoco podría verse a la historia como una predeterminación constante,
cuyos sucesos surgen como una especie de paradigma inescapable respecto del ritmo y
dirección de la evolución social o institucional. ¿Cómo podría entonces entenderse que
existe una tal predestinación histórica cuando se consideran eventos cruciales como la
Revolución Francesa de 1789 , la Revolución Rusa de 1918 o la crisis financiera de los años
1930, los cuales no tenían precedentes y que nunca se podrían haber visto como resultado
de una cierta inevitabilidad de la historia? Solamente podría caber una reflexión en torno
a que esos acontecimientos tan decisivos como lo fueron, forman parte de una cierta
tendencia, de un cierto modo del comportamiento y la evolución social, como una cierta
estructuración de las fuerzas sociales manifestadas en acontecimientos reveladores de una
tendencia. Fueron eventos memorables y excepcionales, pero que a ningún historiador
sorprende porque estuvieron insertos en tendencias sociales y económicas de largo plazo.
Es decir, hemos de aceptar que prevalecen fuerzas en los sucesivos cambios sociales las
cuales provienen de la composición de procesos anteriores, pero que no retratan
exactamente a los mismos. La respuesta a ese niño no puede ser que la historia sea
solamente un recuento de sucesos; pero tampoco que la historia sea un instrumento
poderoso para predecir sucesos futuros.
La historia como precursora del futuro

Fue Arnold Toynbee, el ilustre historiador y filósofo de la historia, quien en su portentoso


“Estudio de la Historia” que en varios de sus volúmenes contenía el “Estudio de las 19
civilizaciones” nos previno acerca de la existencia de los ciclos históricos. Fue en tal sentido
un actor decisivo en un debate que se hizo corriente en la década de 1960 respecto de
“predecir” el futuro sobre la base de la historia, y que fue un elemento que gatilló diversas
respuestas incluyendo aquella relativa a “regularidades” que subyace a la posición de
Toynbee. En efecto, sostiene que los ciclos históricos no se repiten monótonamente, sino
que cada repetición del ciclo lleva asociado consigo un estado superior de desarrollo. Así,
por ejemplo, no presenciaremos una nueva revolución industrial, como aquella que
irrumpió en el siglo XIX, sino que atestiguaremos otras, actualmente la Cuarta revolución
Industrial, que conserva algunos signos básicos: como la transformación del concepto de
producto y de línea de producción o los efectos en el empleo, pero que hacen las
características del proceso algo totalmente diferente. Toynbee se mostró sorprendido
cuando encontró a raíz del estudio de la Primera Guerra, la enorme analogía de ésta con la
Guerra del Peloponeso descrito por Tucídides, y de allí infirió este principio de una historia
reflejada en una figura de espiral, que refleja los hechos pero a una escala distinta.

Había sido Marx, en su temprana manifestación como filósofo de la economía, quien había
anticipado este carácter predictivo de la historia, acotado eso sí por las circunstancias
cambiantes de la sociedad. Escribió que “La historia de la humanidad es la historia de la
lucha de clases”, así sugiriendo que en distintas etapas de la historia humana, las nuevas
formas de las organizaciones sociales determinan similares procesos que llevan a la
contradicción de clase, al enfrentamiento y la ruptura. Eso parecía lógico y visible en medio
de la primera revolución industrial, pero también más tarde sería testimoniado por la
revolución en un país que no había aún salido de su etapa agrícola medieval. Tampoco
respecto de la China o de los países latinoamericanos en búsqueda de una redención social.
Todo parecía lógico bajo esa gran tesis explicativa del enfrentamiento y la contradicción
social, empero un marco muy general para poder interpretar la proyección en el tiempo de
los sucesos y procesos históricos.

Ferdinand Braudel (1968), el ilustre historiador Francés, líder de la Escuela de los Anales,
ha sido el padre del concepto de larga duración en la historia el cual nos familiarizó con el
concepto de tiempo social, que cobija continuidades y discontinuidades pero con un sentido
definido. Es decir, sostiene que los procesos sociales tienden a mostrar similitudes en el
espacio del tiempo, así insinuando una repetibilidad de la historia. Los alemanes Schmoller
y Wagemann, por cierto, no estuvieron de acuerdo. Pero un apoyo a su tesis de la larga
duración provino de un sociólogo, George Gurtwich, quien aseguró que hay cortes en todo
proceso social, pero también un destino sin interrupción, así implicando una cierta
regeneración de los procesos sociales aunque a una cierta distinta escala. La visión de
Braudel implica, además, que el análisis de larga duración nunca puede ser solamente
histórico, en un sentido tradicional de recopilación de hechos, sino que debe también
imbuir el análisis de otros aspectos de la sociedad para proveer un espectro completo de
las condicionantes de los procesos. Los estadounidenses, especialmente Vogel, respaldaron
esta tesis de una larga duración histórica, basados ellos en la econometría y el uso de series
de tiempo de gran cobertura temporal. Fueron ellos los creadores de la historia
contrafactual, es decir aquella que se pregunta sobre los escenarios probables que
determinaron la evolución de los hechos y procesos, una especie de remedio al defecto que
se observa en la historia, concebida no como ciencia por su imposibilidad de experimentar.
La historia contrafactual ha sido un camino posible para modelar las respuestas, como lo
mostró Vogel en su análisis sobre el curso del desarrollo de los EE.UU. en la hipotética
ausencia de ferrocarril.

La conclusión hasta ahora es que persiste una historia estructural, de grandes tendencias y
características permanentes de los procesos sociales, que ocurre través de la superposición
de estratos de larga duración afectados por los hechos de duración mediana y corta.
Siguiendo a Braudel, la larga duración histórica son estructuras de gran estabilidad,
mientras que la coyuntura, el acontecimiento, es lo visible, una especie de “espuma de la
historia”, lo más visible pero menos significativo.
Por esa razón Marc Bloch, el insigne historiador fundador de la Escuela de los Anales,
asesinado por los nazis, aseguro que “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus
padres”, insinuando que la trayectoria de su historia está marcada por los signos de cambio
que los tiempos presentes, pero no fuera totalmente de los designios del tiempo largo. Nos
ha dicho que “El trabajo histórico es un trabajo crítico por excelencia; cuando alguien se
dedica a él sin haberse protegido previamente contra el instinto, se ahoga”, asegurando
también que la historia no es una ciencia porque no permite predecir, aunque sí “adivinar
tendencias”.

Historia de las sociedades e historia de las instituciones

Sin embargo, y valga esta reflexión para nuestros trabajos durante éstas Cámaras de Verano
y en lo que resta del año, habrá que considerar que la historia de la sociedades están
marcadas por designios permanentes o tendencias de largo plazo, que moldean su carácter
y determinan la sucesión de ciclos históricos. Por ejemplo, parece incuestionable la idea
del Chile Minero, que permanece como distintivo secular de nuestro país desde tiempos
pre hispánicos y que ha modelado así el carácter y la distribución de la población, a pesar
de los muchos tránsitos políticos regionales y locales, entre muchos otros fenómenos. A
pesar también del “Chile Agrícola” o del Chile del Mar”. Aquí hay inevitablemente una visión
de largo plazo que no asimila las viejas excavaciones artesanales de la minería del norte
chico con las grandes explotaciones mineras dominadas por tecnología moderna, pero que
sí permite en el fondo verla como un hilo conductor del transcurso histórico, capaz de
moldear una cultura. O sea, ha sido un factor preponderante, así como otras visiones que
dan carácter al largo plazo o la larga duración nacional.

La historia de las naciones tiene mucho de ese sentido de largo plazo que argumenta la larga
duración de Braudel o la historia helicoidal sugerida por Toynbee. Y es bueno pensar en el
pasado como una historia de tendencias, de bordes necesarios para comprenderlo y
analizarlo, haciendo del historiador más bien un analista de procesos que un descriptor de
eventos sucesivos. Lo mismo es, sin embargo, aplicable al caso de las instituciones, muchas
de las cuales se deben inscribir en un concepto de “historia larga” que nos ayudaron a
comprender los dos ilustres historiadores entre muchos otros que son parte de las nuevas
escuelas de historiadores. Aquí se supera la historia de los hechos (los “evenements” de la
historia política diseñada por los franceses y con seguidores en todo el mundo). Sobre esos
eventos existe una historia larga, que Pierre Chaunu y la École francesas, asimilaron a la
historia de precios que pudo en evidencia las fuerzas capaces de moldear las conductas
sociales, y que en cierto modo influyeron decisivamente en la transición política y
económica. Y así también lo hizo Matus y otros historiadores de la Universidad de Chile,
que han visto en las dinámicas de precios y de salarios un instrumento de esencial
importancia para entender los giros y tendencias de la historia desde la Colonia. O sea,
existen estas constantes, estos factores que marcan a las sociedades y que, en cierta
manera proveen un marco referencial para los procesos futuros.

Cuando se piensa en la historia de las grandes instituciones nacionales, Congreso Nacional,


Tribunales de Justicia, Universidad de Chile, Bomberos de Chile, Iglesia Católica y Gran Logia
de Chile, por ejemplo, se puede bien pensarlas en su trayectoria de largo plazo. Sin lugar a
dudas, siempre en medio de nuevos ingredientes, inesperados giros y muy distintos actores,
ellas siguen los lineamientos que le otorgan sus mandatos institucionales y que enmarcan
sus conductas mantenidas en el largo plazo. O sea, al igual que las sociedades, la historia
de las grandes instituciones está marcada por su sino de largo plazo, a pesar de las
transformaciones, de los giros inexplicados o sistemáticos, de los variantes elementos
circundantes, etc. El estudio de estas visiones alentadas por el largo transcurrir histórico
debe enriquecer cualquier propósito de diseño institucional, que atienda a la voz de la
historia y no sólo al devenir de corto plazo.

La historia de la masonería en el largo plazo

El llamado de este año: “De Nuestra Historia”, por parte de la Gran Logia de Chile, es,
efectivamente, un emplazamiento para buscar en nuestro transitar histórico la esencia de
largo plazo, nuestra propia larga duración, los elementos que fluyen del transcurso histórico
más allá de los eventos y procesos de corto y mediano plazo. Incluso en el marco de una
masonería que evoluciona y se sujeta fuertemente al ritmo de los cambios sociales, es
posible examinar el pasado de la institución como un marco referencial que modela y
determina, de algún modo, el devenir futuro. El reto es, entonces, indagar en las grandes
tendencias que marca nuestro tránsito institucional. Nos servirá ello para ratificar
compromisos y establecer líneas de acción que fortalezcan el ánimo histórico: ese es el gran
desafío. Una institución que basa su hacer en sus propósitos de largo plazo es una
institución que planea sostener una vida continua y relevante, capaz de adaptarse a nuevos
tiempos pero con un norte siempre consecuente con su historia y tradición.

(a) De la Masonería venida de ultramar a la masonería chilena.

En la primera Cámara se nos ilustró sobre la influencia europea y el desarrollo de los


primeros años de la masonería en Chile, consistente en la creación de las primeras logias
dependientes de otros Orientes y hasta la creación de la Gran Logia en nuestro país en 1862.
Se nos dijo que el origen fundacional de la masonería en suelo chileno tenía que ver con la
integración de cuatro principios básicos que, en su esencia, vinieron de ultramar. Los
primeros dos, una masonería liberal y laica, consonante con el esfuerzo independentista
que había ubicado a la iglesia católica claramente junto al poder real, y hacía razonable la
aspiración de mantener a la Iglesia lejos de los asunto de Estado. El pensamiento liberal y
laico fue lo que marcó la existencia de una institución que nacía precisamente para
defender el principio de libertad de pensamiento y expresión, y para llenar un espacio que
se encontraba vacío en medio del férreo control del Rey. Era en cierto modo, la vigencia
proyectada del pensamiento europeo y de la masonería de ultramar.

Pero también se trató, como un tercer aspecto fundamental, de una masonería cosmopolita
y profundamente vinculada al resto del mundo, puesto que su propio nacimiento estuvo
caracterizada por la fuerte influencia francesa, además de alemana e inglesa. Por ello, la
masonería chilena se desarrolló en nuestros puertos, donde predominaban ambientes
cosmopolitas y más bien liberales, lejos de lo más conservador de nuestra sociedad en
Santiago, y por ello también alejada de la influencia directa de la iglesia católica, que le vió
siempre como una enemiga a perseguir. Como asevera René García Valenzuela, la Iglesia
Católica se opuso férreamente a la ideología liberal hasta el punto hasta el punto de
propiciar “la lucha de la aristocracia católica en contra de O´higgins, de Freire y de
Pinto…hasta producir en Lircay el violento vuelco que habría de dominarnos durante treinta
años más” (García, 1992). Su lucha contra la masonería también se inscribiría en el mismo
plano ideológico.

Ciertamente el llamado régimen portaliano fue el logro fundamental de las fuerzas


conservadoras pos triunfo en Lircay por sobre los Pipiolos, y en orden a edificar un régimen
político sustancialmente restrictivo amparado en la Constitución de 1833. Con ello se
mantuvo relegado al pensamiento liberal y la edificación de un sistema más proclive a la
tolerancia religiosa a la vez que republicano en su esencia más democrática y de
instituciones que garantizaran derechos. Ello no fue así, el régimen permitió construir un
sistema muy efectivo en su respuesta a las necesidades de organización de un Estado
eficiente, pero muy restrictivo en materias esenciales, incluyendo la libertad de
pensamiento y construcción de una verdadera institucionalidad republicana.

Pero el pensamiento de Locke ya había penetrado en nuestro suelo. Al decir la doctrina


liberal que “Es el individuo y su capacidad productiva la fuente de legitimidad, riqueza social
y único lugar de cultivo moral”, se retrataba en mucho el ideal independentista y el sueño
humanista. Era esta una visión que promovía una nueva manera de organizar la sociedad
(teoría del Estado) contrapuesta al patriarcalismo, y tuvo fuerte acogida en el progresismo
intelectual de mediados del siglo XIX, congregado en la masonería y en las iniciativas como
el Club de la Reforma y la Sociedad de la Igualdad. La Sociedad de Instrucción Primaria y
líderes de la talla de José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao y Santiago Arcos, se sumaron
a las poderosas voces de masones que actuaron en el ámbito político, y defendían con gran
empeño estos conceptos. Era, por cierto, una doctrina con que se identificaba la lucha laica
de esos años conservadores y que favorecía la libertad de pensamiento y las reformas que
llevarían muchos años más tardes aun cambio fundamental en la institucionalidad política.

Así se refiere René García al importante rol que jugó la masonería chilena pos fundación de
la Gran Logia de Chile: “Gracias a su acción se obtuvo la libertad de cultos, se emancipó la
enseñanza de la tutela confesional, la constitución de la familia pasó a ser resorte del Estado
en lo que respecta a inscripción de nacimientos, celebración de matrimonios, retorno de los
mortales despojos a los manantiales de la vida material. Y gracias a su acción, la iglesia
dominante fue relegada al papel que le corresponde dentro del estado laico y democrático”
(García V., 1992). Jugó un rol crucial, a pesar del pequeño tamaño de la Augusta Orden que
47 años después de su fundación tenía sólo 31 Logias de vida bastante inestable, y un
número muy limitado de miembros, concentrados fundamentalmente en La Serena,
Valparaíso, Santiago y Concepción. Sin embargo, tenía adalides importantes, tribunos de
primer orden, hombres respetados que mostraron férrea disposición a luchar
encarnizadamente por sus ideales liberales y republicanos, especialmente éstos últimos
porque propiciaron la creación de una institucionalidad republicana en materias políticas
sociales y, sobretodo, educacionales. Por esa razón, la masonería adquirió también ese
cuarto aspecto que constituye su fortaleza y su identidad fundacional: el ser una entidad
republicana.

25 nombres destaca René García en su obra de 1992, como los adalides más representativos
de esa masonería defensora de los principios liberales y republicanos, y que fueron capaces
de sacar adelante los inicios de un camino de institucionalidad republicana, que sería
fortalecido por los intelectuales que provenían de la recién nacida Universidad de Chile. En
su accionar político a nivel del Parlamento o del Gobierno, pero también desde sus tribunas
académicas, esos masones distinguidos fueron los constructores de las bases que
permitieron el desarrollo de la masonería en Chile durante el siglo XX. Fueron quienes
proyectaron su pensamiento hacia el largo plazo, y le dieron las características esenciales a
nuestra larga duración institucional.

Los conceptos: liberal, laica, cosmopolita y republicana, constituyen los cuatro pilares
fundamentales que la institución masónica ha mantenido y enriquecido a lo largo del
tiempo. El concepto de liberalismo se ha ampliado, desde luego, con respecto a aquel de
la primera mitad del siglo XIX, pero en su esencia es el mismo y viejo principio de luchar por
la autodeterminación del hombre y la mujer, de dar forma solvente a la democracia
republicana, y de sostener firme el ideal de una sociedad laica con un Estado capaz de ser
garante del bien común. Hoy día, en el mundo de la globalización activa que vivimos, el
principio cosmopolita está garantizado por una masonería que mira al mundo y su ejemplo
permanente. Aquí están los cuatro ingredientes fundamentales de nuestro poderoso
edificio de ideas: somos una institución republicana, y eso es lo que debemos seguir siendo
en defensa de principios esenciales como el laicismo y la libertad, en su sentido más amplio.

(b) Una masonería proyectada hacia la sociedad.

Pero en la segunda Cámara se abordó un tema de suyo interesante. ¿Cómo llevó a cabo la
Masonería esta obra fundamental de proyectar hacia la sociedad ese pensamiento liberal,
laico, cosmopolita y republicano? Es decir, a otro nivel, ¿cómo es que se entendió que era
parte de la misión el llevar ideas y propuestas hacia la sociedad, enmarcadas en un ideario
de principios pero sometida al fuero de las ideas de cada uno de los miembros de la Orden?
La respuesta sugerida ha sido que la masonería hizo suyo una cierta tradición europea: la
masonería debe estar en la sociedad y ser capaz de proyectar ideas hacia ella a partir de su
propia vivencia. Si ese fue el principio adoptado, adornado además por la figuración política
de sus líderes más visibles en el espacio social, las logias debían actuar como faros en su
entorno social: recogiendo desde el mismo la información y el sentimiento ciudadano,
elaborando un pensamiento propio al interior del Taller y proyectándolo hacia la sociedad
de acuerdo al vital principio consistente en que la voz de la masonería es la voz de los
masones. Este ha sido el cimiento de ese gran edificio que constituyen nuestros valores y
principios.

Por cierto que esta hipótesis subraya el rol de los adalides, los voceros naturales de la
Orden, los guías de pensamiento y de acción que brotan naturalmente de la actividad
masónica y del incansable proceso de pulimento de la piedra bruta. Pero la masa crítica de
la logia pasa a ser un elemento esencial, puesto que estos adalides incansables debían
recoger sus argumentos a partir del trabajo cuidadoso de discusión y análisis en el interior
de los Templos, para proyectarlos luego en su marco propio de ideas, valores y
adscripciones. Un trabajo que requiere la paz que encierran nuestros Templos pero
asimismo el sentimiento de unión fraternal que proyectan nuestros rituales y normas
conductuales internas. Ha sido ese proceso de detectar la inquietud y las ansias sociales el
elemento cardinal para llevar respuestas consonantes con ellas, pero también con los
principios de una masonería que no es sólo caja de resonancia, sino también una entidad
que se perfecciona para así también educar al medio en que se desenvuelve y proyectar en
el sus principios y doctrinas.

(c) Una masonería con preeminencia intelectual

Y en la tercera cámara aprendimos que esa masonería en desarrollo durante el siglo XX y lo


que va del XXI, sirvió para impulsar siempre república los medios necesarios para la
consolidación republicana. Así, por ejemplo, pudo recoger la necesidad que envolvía para
nuestra sociedad un cambio sustantivo en la educación y que debía implicar la
obligatoriedad de la enseñanza primaria. Así también la masonería se dio cuenta de la
demanda por el necesario progreso y paz social que implicaba un Código del Trabajo, que
auspició decididamente. Y asimismo el propio cambio constitucional de 1925 que
estableció el Estado laico, y que surgía como una sentida aspiración del pensamiento liberal
y republicano. Y también asumió la implementación de las medidas económicas de Aguirre
Cerda para enfrentar la aguda crisis financiera de los años 30, que demandaban un cambio
estructural en la economía y la política económica. Así también la masonería se reflejó en
las iniciativas en pro de la educación técnica que envolvía, además, en el sueño de Pedro
Aguirre, la creación de una Universidad Técnica, que se consolidaría años más tarde, y que
emulaba su esfuerzo anterior en pro de la Universidad de Concepción. Fue también la
masonería y su conducción pública partícipe de las sucesivas iniciativas en materia de salud
pública, sobre todo del cuidado a la madre y al infante como también el ataque contra las
enfermedad de mayor prevalencia, que es lo que ha permitido en los días presentes asumir
el significativo incremento en la esperanza de vida de la población. Todas estas cosas y
muchas otras fueron, de un modo u otro, material de discusión en las Logias, en el espíritu
de constituirse en la opinión informada de nuestros propios hermanos que actuaban así
como verdaderas sondas sociales, en busca de aportar información para el estudio
subsecuente y la formación de los criterios, diversos pero inspirados en la fraternidad, que
marcarían la acción extramuros.
Como aprendimos en la tercera cámara, los pasos agigantados que dio el país en materias
de salud, pensiones, infraestructura, educación, etc, fueron todos objeto de estudio en las
logias y se constituyeron en poderosos instrumentos argumentales para nuestros hermanos
en la esfera pública. Se trataba de esa masonería activa, con rostro social y proyección
educadora hacia la sociedad, que fue el legado más importante del segundo cincuentenario
de la Gran Logia de Chile. Todo un siglo, más o menos, sirviendo al país por parte de esa
masonería que conservó siempre el espíritu fundacional y los ánimos tempranos que
marcaron su desarrollo institucional: masonería liberal, laica, cosmopolita y republicana
conectada a Chile y a las necesidades de su pueblo. Sus liderazgos en el siglo XX estuvieron
marcados por vocerías relevantes, por una contribución decisiva al equilibrio social, al
diálogo, al encuentro republicano, por un decisivo y reconocido talente masónico y
ciudadano.

Es cierto: pasamos por otros muchos años de silencio público y de oscuridad en nuestros
Templos. Fuimos víctimas de un terrible proceso oscurantista, de un silencio que resultó de
las agudas contradicciones en nuestra sociedad y que nos dañaron en lo interno, al no ser
capaces de asumir el rol de encuentro que siempre habíamos jugado. Pero también fuimos
víctimas del temor a lo mismo que se vivió en otros países con una masonería perseguida
hasta con el asesinato de sus miembros. Recuerdos terribles de cuando la Guerra Fría
también penetró a nuestros Templos y nos trajo sufrimiento y división, así encapsulando
nuestra vocación republicana, nuestra contribución a la sociedad y nuestra responsabilidad
por la misión histórica que habíamos de cumplir.

Pero ahora, ya marchando por el cuarto cincuentenario institucional, hemos vuelto a


levantar nuestra voz republicana y a asumir nuestra tarea de pensar libremente a nuestra
sociedad y al Chile que soñamos. La lista de ilustres Grandes Maestros que ya conocemos,
nos indica que nuestro período de mayor grandeza estuvo marcada por la profunda
incidencia intelectual de ellos, por su amor a la Orden y a Chile, y por su destacado y
respetado rol en la esfera pública. La Masonería necesita pensarse a futuro con ese mismo
ánimo, esa misma energía renovadora, ese mismo espíritu liberal, republicano y laico que
debe marcarla en estos días de globalización y diversidad.
Nuestra misión

También es cierto: la sociedad chilena ha cambiado profundamente. Hoy, el concepto de


familia no es el mismo que predominó en el siglo recién pasado, ni tampoco es el mismo el
concepto de derechos y libertades, que se ha ampliado enormemente. También, el
sentimiento del chileno ha cambiado respecto del consumo, que lo ve ahora como material
esencial para su realización. Y desde luego, ha cambiado su percepción sobre el medio
social, haciéndolo más crítico y quizás también más individualista. Además, con 15 millones
de conexiones a internet y un amplio espacio para el rol de los sistemas de comunicación e
información en nuestros hogares, dominando las conductas especialmente entre los más
jóvenes, es imposible pensar en una sociedad sino cosmopolita al cien por ciento. Y también
observamos retrocesos, como es en el caso del laicismo, acosado por reglas que validan los
propios gobiernos sobrepasando el mandato general de la Constitución, y hasta agrediendo
a los Colegios laicos con imposiciones decimonónicas. Y, además, no deja de ofender a
nuestras conciencias de hombres dignos y consecuentes con nuestra historia, el legado de
desigualdad que todavía se convierte en una lacra que inmoviliza los pasos hacia un pleno
desarrollo.

Nuestra misión está ahí, intacta ante los retos de la historia y del futuro. Pensar en nuestra
historia, consiste en la tarea de asumir nuestras responsabilidades para la masonería de hoy
y la del futuro. Esta presente el reto de nuestra larga duración, como institución que nunca
ha sido desfigurada en torno a sus sueños y sus ambiciones. Es cierto, somos ahora una
institución consolidada, con una mucha mayor presencia a nivel nacional y una organización
regionalmente diversificada y una estructura decisional moderna y efectiva. Pero también
necesitamos preocuparnos de nuestro espíritu masónico, que nos debe recordar día a día
que tenemos todos una responsabilidad para que esta institución siga siendo un poderoso
centro de perfeccionamiento individual y de elaboración de pensamiento, que proyecta la
mejora individual hacia la sociedad con un espíritu que nunca abandona su esencia liberal,
laica, republicana y que nunca tampoco deja de lado su pesada tradición histórica.
Nuestra historia enseña que tenemos que prepararnos para reasumir siempre nuestras
tareas en defensa de los principios inalienables que han marcado los pasos de la masonería
chilena desde su fundación. Tenemos que saber estudiar mejor nuestra tarea, diseñar en
forma adelantada el trabajo logial consistente en actuar como un cierto “radar” social,
centro de estudio y célula básica para proyectar nuestro accionar en lo profano. Tendremos
que aprender siempre a seleccionar mejor de la cantera, para buscar aquellas piedras más
susceptibles del buen trabajo modelador. Tendremos siempre que mejorar nuestra
formación en rito y simbolismo, para que ello sea la base efectiva de nuestro estudio sobre
el hombre y la sociedad, sea un efectivo disciplinador, como también el foco radiante para
llevar nuestro mensaje a la sociedad. Y también tendremos que ser más empeñosos en
proyectar nuestros liderazgos para que brillen en la sociedad, y se nos identifique con las
buenas ideas humanistas y laicas que demanda el progreso.

La historia no se repetirá, eso ya lo sabemos. Pero si surgirán muchas más oportunidades


para que nuestro accionar muestre consecuencia con esa historia viva de la cual somos
depositarios. Las circunstancias de nuestra sociedad, con todos sus enormes cambios y
retos, son esencialmente las mismas: la lucha por los valores que enaltezcan al hombre, el
gran sueño de la igualdad y de una libertad cuyas fronteras se siguen desplazando con vívida
fuerza. Seguiremos luchando por los valores republicanos, que necesitan consolidarse para
que la Patria sea efectivamente una nación integrada, democrática y dotada de poderosos
y confiables instituciones. Y nuestro mayor combate cada día debe concentrarse en la lucha
por el laicismo, porque no sea letra muerta, y porque sea efectivamente la piedra angular
de una sociedad dominada por la libertad de pensamiento y de conciencia.

Ahí están las tareas mis queridos hermanos. A la reflexión en torno a ellas estará dedicado
este año 2018 que, preñado de nuevas tareas para la masonería chilena, nos demandará
pensar en nuestra historia como un legado de responsabilidades ineludible con mirada de
futuro.

Quiero finalizar este trazado de arquitectura con un bello recuerdo, que nos desafía a
pensarnos como la entidad que ha dibujado la historia. Se trata del Himno de la Sociedad
de la Igualdad, de mediados del siglo XIX, y que nos recuerda lo que tenemos aún que
aprender a ser como masones,

LA IGUALITARIA

Naciste, patria amada


¡Gritando Libertad!
Por ti morir sabremos
O triunfa la igualdad[…]

Que Viva la República!


¡Que vivan las reformas
Sea esta nuestra norma
Y el símbolo de unión.

Que caiga el despotismo


De la pandilla infame
Y que este voto inflame Himno de la Sociedad de la Igualdad
De Chile el corazón Autor: José Zapiola

S.:F.:U.:

BIBLIOGRAFIA

Locke, John (2010), Segundo Tratado del Gobierno Civil, Alianza Editorial, Madrid.

Toynbee, Arnold (1934 a 1961), A Study of History, 12 Vols., Oxford University Press.

Ferdinand Braudel (1968), La Historia y las Ciencias Sociales, Alianza Editorial, Madrid.

Chaunu, Pierre (1996), Historia de América Latina, Editorial Universitaria de Buenos Aires.

Gurtwhich, George (1970), Dialéctica y Sociología, Alianza Editorial, Madrid.

Bloch, Marc (1949), Introducción a la Historia, Fondo de Cultura Económica , México.