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SITUACIÓN GENERAL HACIA EL AÑO 1.000: CONFUSIÓN ENTRE EL ORDEN


ECLESIÁSTICO Y EL CIVIL

Las abundantes y suculentas donaciones hechas a la Iglesia por los señores,


produjeron un grave “maridaje” entre el ordenamiento eclesiástico y el civil, o, mejor
dicho, conflictuaron aún más dicha situación que ya existía prácticamente desde la
Iglesia constantiniana y reeditada por el Imperio Carolingio y el sistema feudal en
general.

En definitiva: nos encontramos con una trama en la que se hace ardua la labor de
reconocer la diferencia entre el ámbito civil y lo eclesiástico. Con todo, en general se
reconoció la inmunidad al clero y a los señores feudales eclesiásticos.

Lo anterior, obligó al alto clero a responsabilizarse de tareas civiles respecto de


sus súbditos (esto no es nuevo, volvamos a recordar la situación bajo Carlomagno, por
ejemplo). Los señores eclesiásticos gobernaban y tenían potestad sobre asuntos como la
administración de justicia y el reclutamiento de tropas en sus feudos. Pero las leyes
eclesiásticas prohibían a los ministros de la Iglesia la jurisdicción de sangre y la
profesión de las armas. Por consiguiente, fue necesario echar mano de nuevo de seglares
(procuradores). El sistema de procuradores y la protección del rey hicieron que la
influencia “secular” persistiera sobre la “Iglesia”, o más específicamente sobre “el
clero y el monacato”.
Se comprende que los señores laicos tuvieran muchos intereses en el
nombramiento de los altos dignatarios del clero: los obispos y abades monásticos; y los
entronizaban mediante la colación1 del anillo y del báculo; originariamente símbolos
mundanos, que habían sido reinterpretados desde un prisma espiritual.
El Emperador y los “señores de iglesias privadas” a todos los niveles tenían una
concepción completamente contrapuesta a la de los representantes del clero que
afirmaban tener un derecho irrenunciable a todas las propiedades que les habían sido
traspasadas. En consecuencia, se negaban a que los laicos concedieran la investidura a
los obispos y abades. Por supuesto que esa entronización se compraba frecuentemente,
no siempre fue desatinado equiparar investidura laica y simonía2. Así estalló la lucha de
la llamada “querella de las investiduras”. Un papa celoso defensor de su Supremacía
petrina y reformador, al grito de “libertas Ecclesiae”, se enfrentó con el representante
más destacado del poder secular: el emperador Enrique IV del Sacro Imperio Romano
Germánico.
Esta tensión adquirirá rasgos propios cuando al frente de los partidos
contrapuestos -es decir, sacerdotium et imperium- estén dos grandes personajes que
pretendieron no la obtención de un acuerdo simple, sino la autoafirmación de su propia
posición hegemónica en la cristiandad medieval. Esta situación se produjo cuando el
monje y diácono Hildebrando, cuyos consejos habían sido determinantes para varios
Pontífices, fue elegido papa por el clero y el pueblo de Roma (sin tener en cuenta el

1
Colación: Acto de conferir canónicamente un beneficio eclesiástico.
2
Simonía, compra o venta de objetos espirituales, y de modo específico los asuntos espirituales
administrados por la Iglesia. La palabra deriva del hechicero bíblico Simón el Mago, quien intentó
comprar poderes espirituales al apóstol Pedro (He. 8,18-24) y es tomada para hacer patente la venta ilícita
de oficios, funciones u objetos sagrados. La simonía estuvo muy extendida desde el siglo IX al XI.
Durante este periodo, invadió todas las esferas de la vida eclesiástica.
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decreto sobre la elección del papa del 1059), el día 22 de mayo del año 1073. Gregorio
VII se convertirá en el alma de la lucha por la libertad de la Iglesia.
Al ser elegido para el Trono de San Pedro, Hildebrando escogió el nombre de
Gregorio en honor del gran Gregorio I, pues éste también se sintió llamado por Dios
para llevar adelante una empresa decisiva para la vida de la Iglesia. Era un gran
organizador, bajo de estatura, pero capaz de imponer su brillante y fuerte personalidad.

San Gregorio VII (1020?-1085), papa entre los años 1073-1085, fue uno de los
grandes reformadores de la Iglesia medieval. Impuso la prioridad del Papado sobre los
poderes seculares y formó la facción papal en la primera fase del conflicto con el Sacro
Imperio Romano Germánico.
Hildebrando nació en Toscana en el seno de una familia de escasos medios y fue
enviado a estudiar a Roma. Después de ser ordenado clérigo, el papa Gregorio VI lo
nombró su capellán. Considerado como la persona más influyente de Roma, disfrutó de
la confianza de todos los papas que reinaron tras la muerte de Gregorio VI y antes de su
propia subida al Pontificado en el año 1073.
Durante estos años, los papas estuvieron involucrados en una vigorosa campaña
para reformar la Iglesia. Es indicador de la importancia de Gregorio VII, tanto antes
como después de su elección, que este proyecto sea conocido ahora como ‘la reforma
gregoriana’. Centrada en el ámbito del alto clero especialmente, el movimiento puso de
manera inevitable al Papado en conflicto con los príncipes seculares, que reclamaban el
derecho a nombrar los cargos superiores de la Iglesia en sus territorios; eligiendo a
obispos y abades que, aparte de sus cualidades morales, favorecieran las finanzas
imperiales y el poder político de los señores laicos.
Las relaciones de Gregorio VII con Enrique IV, emperador del Sacro Imperio,
eran ya tensas desde el Papado anterior, y las vigorosas medidas del nuevo papa en el
sínodo romano de 1075 para eliminar la simonía y el nicolaísmo del clero aumentaron la
tensión. En particular, el sínodo prohibió la investidura laica, derecho reclamado por
emperadores y Príncipes para otorgar a los prelados los símbolos de su autoridad
espiritual. Enrique IV respondió a estas y a otras acciones de Gregorio VII y lo depuso
de su cargo de forma solemne en la Dieta de Worms. El papa contestó excomulgando al
emperador, lo que señaló el comienzo de la Querella de las Investiduras.
Gregorio VII y Enrique IV se reconciliaron por un tiempo en 1077, cuando
Enrique hizo penitencia en el exterior del castillo de Canossa y pidió perdón al papa. Sin
embargo, el conflicto surgió de nuevo, reavivando una guerra civil en Alemania
provocada por un rival que quería reemplazar a Enrique en el trono. Enrique logró
entrar con su ejército en Roma, cuando el pueblo se puso en contra de Gregorio y lo
obligó a dejar la ciudad, que fue saqueada por sus aliados normandos. Gregorio VII
murió poco después, el 25 de mayo de 1085, en Salerno.
El pontificado de Gregorio VII fue uno de los más conflictivos y controvertidos
de la historia de la Iglesia medieval. La decidida puesta en práctica de sus ideas le
proporcionó leales admiradores e implacables enemigos. Aparentemente indefendibles
en el momento de su muerte, sus reformas fueron poco a poco aceptadas de forma
moderada posteriormente. Sin duda, San Gregorio VII sentó las bases de una Iglesia
regenerada en el ámbito moral; logró clarificar y distinguir de manera más clara el papel
del clero y el de los señores laicos en la colación de oficios eclesiásticos y pretendió
reforzar y centralizar la jurisdicción del papa sobre toda la Iglesia.
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Sus acciones contra Enrique IV debilitaron a la monarquía alemana y fueron


quizá en parte responsables del atrasado desarrollo político que sufrió en la Edad Media
el Imperio Alemán, así como de la antipatía germana hacia al Papado.

LA PERSONALIDAD DE GREGORIO VII

Este controvertido Pontífice poseía una fuerte personalidad. Capaz de ser


enormemente consecuente consigo mismo, esperaba de los demás una actitud similar.
Manifestó con gran claridad y determinación su pensamiento y pretensión de que, como
papa, era el Vicario de Cristo (Vicarius del rex regnum) en la tierra. El papa era, en su
opinión, el sucesor del Emperador Augusto. Por consiguiente, el papa era competente no
sólo en las cosas espirituales, sino también en los asuntos seculares. De ahí derivaba
Gregorio VII el derecho a nombrar y a deponer príncipes seculares, y la posibilidad de
desvincular a los súbditos del juramento de fidelidad a un señor excomulgado (ver
Dictatus papae). Al parecer el nuevo papa no comunicó su elección al emperador
alemán. Sabemos que su tumultuosa elección no se llevó a cabo según el decreto de
elección pontifical del año 1059, y sin “el honor y veneración” previstos para Enrique
en ese decreto.

ENRIQUE IV

En el otro lado se encontraba Enrique IV, que entonces tenía 23 años. Tras la
prematura muerte de su padre, había padecido durante largo tiempo la educación de
príncipes eclesiásticos incompatibles con su carácter y sensibilidad. Esa educación le
produjo daños en su carácter; carecía del suficiente equilibrio y durante toda su vida se
mostró desbocado e inmaduro, tanto en la política como en sus relaciones familiares.
Se sentía sucesor directo de los reyes del Antiguo Testamento, ungidos por Dios,
y “por la gracia de Dios” no “por la gracia del Papa”. Puesto que la valoración
correcta de sus posibilidades sólo lo inclinaba más al conflicto, se encontraba ya por
principio en una situación dificultosa cuando llegó la confrontación con Gregorio VII.

LA LUCHA CON ENRIQUE IV

Veamos los acontecimientos con más detención. El Sínodo romano del año 1074,
decidió que en el futuro no se permitiría a nadie vender o comprar oficios eclesiásticos.
Además, se prohibió celebrar misa a los sacerdotes nicolaítas (con concubina). El
emperador no tenía objeción alguna contra el celibato de los clérigos. Por el contrario,
era partidario de que los feudos imperiales que estaban en manos de clérigos o monjes
no se transmitieran por herencia. Pero no hizo el menor caso de la disposición nº1 del
sínodo (la investidura laica). Actuó como si nada hubiera oído. En un sínodo cuaresmal
del año siguiente, se volvió a recomendar las conclusiones anteriores y, además, se
excomulgó a cinco consejeros del emperador a causa de su destacada participación en
provisiones de oficios supuestamente simoníacas.
Enrique tampoco se dio por enterado y aún más, designó arzobispo de Milán a
un partidario suyo, tras haber depuesto al antecesor. Esto encolerizó al papa que
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amenazó con deponer al emperador en diciembre del año 1075. Enrique convocó a los
obispos alemanes del Imperio en el sínodo de Worms (1076) y mandó deponer al papa.
Por su parte, el papa en el sínodo de ese mismo año, leyó la carta del emperador
que terminaba: “Éste (Gregorio) no es papa, sino un lobo feroz”. La reacción del
sínodo fue que todos los obispos alemanes que habían firmado en Worms fueron
suspendidos, se dictó la excomunión contra Enrique IV y se desligó a sus súbditos del
juramento de fidelidad.
Muchos nobles alemanes se sentían insatisfechos con el emperador, esto creó
una situacion peligrosa para él. Sus adversarios llegaron a declarar que un excomulgado
no podía ser emperador. En octubre del 1076, una asamblea de príncipes decidía negar
la Corona al emperador si en el plazo de un año no se liberaba de la excomunión.
En el invierno de 1076-1077, Enrique emprende un viaje en compañía de su
esposa Beatriz, hacia el Monte Cenis. Gregorio se encontraba ya de viaje a Augsburgo,
cuando tuvo la noticia de la proximidad de Enrique, se retiró al Castillo de Canossa,
propiedad de la fiel condesa Matilde de Toscana. Junto al abad Hugo de Cluny, padrino
de bautismo del emperador, Matilde trató de abuenar al papa y al emperador. Enrique
hizo penitencia pública durante tres días a las puertas de Canossa en pleno invierno.
Gregorio, como Pastor de almas, recibió al penitente y el 28 de enero del 1077 levantó
la excomunión al emperador, si éste no impedía el viaje del papa a Alemania y no usaba
en modo alguno el poder imperial hasta que se hubiera tomado la decisión final en la
dieta de Augsburgo.

En ese momento el ganador era Enrique. Los príncipes ya no tenían motivos


para acusarlo, pues ya no estaba excomulgado. Al papa se le había escapado el asunto
de sus riendas. La Dieta de Ausburgo no se realizó. Por su parte, los nobles habían
nombrado un antiemperador, Rodolfo de Suabia. Gregorio se mantuvo neutral. Enrique
venció a Rodolfo en la batalla del río Elster (1080). En este momento, Enrique ha
alcanzado el vértice de su poder y arrogancia.
En el sínodo de Brixen hizo elegir un antipapa (Clemente III). Gregorio lo
vuelve a excomulgar; el emperador marchó sobre Roma y el papa fue encarcelado en
Sant’Angelo, de donde fue liberado por los normandos de Roberto Guiscardo 3, que
vencieron a Enrique y arrasaron un tercio de Roma; debido a esto, el papa debió huir de
la ciudad a Monte Casino y luego al exilio en Salerno, donde poco después murió.

3
Roberto Guiscardo (c. 1015-1085), aventurero normando. Como otros muchos caballeros normandos
empobrecidos, Guiscardo marchó a Italia, a donde llegó hacia el año 1046. Después de servir en las
fuerzas del Príncipe de Capua, organizó un ejército para crear sus propias posesiones en Calabria.
Cuando el papa León IX intentó expulsar a los normandos de Italia en 1053, Guiscardo jugó un
importante papel en la derrota de las tropas del papa.
A la muerte de su hermano mayor Unfrido Guiscardo, Roberto se convirtió en líder de los normandos
establecidos en Italia. El papa, que buscaba independizarse del Sacro Imperio Romano Germánico,
decidió aliarse a los normandos. En 1059 el papa Nicolás II nombró a Roberto 'por la gracia de Dios y de
san Pedro, duque de Apulia y Calabria y de aquí en adelante, con la ayuda de los dos, duque de Sicilia'.
A cambio, Roberto Guiscardo reconoció al papa como su señor feudal. En esa época, Sicilia estaba en
manos de los bizantinos, por lo que él y su hermano Roger I se embarcaron en una serie de campañas
militares y conquistaron Messina en el año 1061 y Palermo en el 1072. Después dirigió su atención hacia
los Balcanes, y en 1081 obtuvo una gran victoria sobre el Basileus Alejo I Comneno en Albania.
Roberto fue llamado en 1083 para que acudiese en auxilio del papa Gregorio VII, que estaba asediado en
el castillo de Sant'Angelo por Enrique IV. Roberto expulsó de Roma al emperador y redujo a cenizas un
tercio de la ciudad.
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También el final de Enrique IV, dos décadas más tarde, estuvo rodeado de
soledad. En lucha feroz contra sus hijos y su segunda esposa, debió abdicar porque un
excomulgado no podía ser emperador. Enrique falleció antes de la batalla final contra su
hijo predilecto (Enrique V), el año 1106.

LA QUERELLA DE LAS INVESTIDURAS CON ENRIQUE V

Entre tanto, había sido elegido papa el monje Pascual II (1099-1118) 4, piadoso
pero desconocedor del mundo. El emperador Enrique V, hombre de voluntad fría y
calculadora, olvidó pronto las promesas hechas al papa en su designación. Continuó
practicando sin más la investidura de los laicos; el bondadoso papa esperaba que se
podría llegar a algún arreglo. Su esperanza creció cuando se logró una solución en
Francia e Inglaterra mediante la importante distinción entre oficio eclesiástico y
posesiones temporales, distinción a la que había hecho referencia el famoso jurista Ivo
de Chartres.
Enrique V pasó Los Alpes en el verano del 1110 con unos 30.000 hombres, no
encontró resistencia en Italia. Envió emisarios al papa. Éste se declaró dispuesto, en el
nombre de la Iglesia, a renunciar a los derechos de majestad y soberanía que la Iglesia
había recibido del Imperio y le ofreció la entrega de ciertas tierras de la Iglesia en
Alemania a cambio de su renuncia al derecho de nombramiento de los cargos
eclesiásticos. Y afirmó que así quedaba solucionada automáticamente la cuestión de la
investidura. Era un ofrecimiento con grandes ventajas para el emperador.
Los Príncipes eclesiásticos rechazaron y resistieron la decisión del papa. Se
esbozaron documentos, en uno de ellos el emperador expresaba su renuncia a la
investidura, con la condición de que se devolvieran las regalías y bienes dados a los
Príncipes eclesiásticos. En el otro, el papa exigía a los Príncipes eclesiásticos del
Imperio la devolución de todos los feudos del Imperio.
Ahora sí podía entrar solemnemente Enrique V a Roma el 12 de febrero del año
1111. El primer documento fue leído públicamente en San Pedro. Cuando el papa
Pascual II leyó el segundo, se levantó una violenta protesta de los Príncipes
eclesiásticos. La solución pacífica había fracasado.
El emperador mandó a apresar al papa y a algunos de sus cercanos, en la basílica
de San Pedro, ante lo cual la población romana tomó partido por el papa. El emperador
huyó de Roma llevándose a los prisioneros y amenazó con nombrar un antipapa, pero
dejó abierta la posibilidad de nuevas negociaciones. Resultado de éstas fue el famoso
Privilegium de Sutri, por el que se concedía al emperador expresamente la investidura
de los obispos y abades elegidos libremente, con el anillo y el báculo. Al mismo tiempo,
el papa se comprometía a no excomulgar al emperador a causa de la investidura o de los
malos tratos recibidos; por el contrario, se obligaba a coronar a Enrique como
emperador y apoyarlo con todas sus fuerzas.
El papa pudo volver a Roma, donde reinaba el desencanto. Un sínodo de marzo
del 1112 en Letrán, bajo la dirección del papa rechazó el Privilegium, que recibió el
nombre de Pravilegium. El papa, interesado en mantener sus compromisos, no quiso
4
Pascual II (c. 1050-1118), papa (1099-1118), su Pontificado se caracterizó por la Querella de las
Investiduras. Fue nombrado cardenal por Gregorio VII y en 1099 elegido sucesor de Urbano II.
En 1107 resolvió una disputa sobre las investiduras entre el rey Enrique I de Inglaterra y el arzobispo de
Canterbury, San Anselmo. También reconcilió al rey Felipe I de Francia con la Iglesia y promovió la
primera Cruzada con éxito. Sin embargo, fue incapaz de solucionar la continua controversia de las
investiduras con los emperadores del Sacro Imperio Enrique IV y su hijo Enrique V.
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excomulgar al emperador. Se repite la situación: el emperador invade Italia, el papa


debe huir. Se va el emperador, regresa el papa. Entretanto muere Pascual II ( 1118), y
asumen el Trono de Pedro Gelasio II (1118-1119) y lo sucede Calixto II (1119-1124),
decidido partidario de la reforma, pero dispuesto a llegar a un acuerdo con Enrique V.

El acuerdo, luego de entreveradas negociaciones y maniobras políticas, llegó con


el famoso Concordato de Worms, firmado el año 1122, por el papa Calixto II y el
emperador Enrique V, por el que la investidura de los obispos y abades, un derecho
reivindicado desde tiempo atrás por los emperadores, se adjudicó finalmente al papa.

 En el futuro los obispos serían elegidos libremente por los ministros de la Iglesia en
presencia del emperador, pero sin violencia ni simonía.
 En el futuro tendría que desaparecer la investidura con el anillo y el báculo
entregados por el emperador.
 Tras la elección se llevaría a cabo la investidura con las posesiones seculares
mediante el cetro regio.
 A continuación, el obispo pronunciaría el juramento de vasallaje, después de lo cual
podía procederse a la consagración.
 También en esta ocasión se redactaron dos documentos, el imperial y el papal, en
forma de una concesión personal a Enrique V.
 Con esta ocasión se levantó la excomunión al emperador.
 El papa hizo que el concilio I de Letrán (marzo 1123) confirmara este acuerdo.
 En la Iglesia se respondió a esta victoria mediatizada por el compromiso, adoptando
posturas de espiritualización; pero, lamentablemente también con el clericalismo y
el juridicismo.
 La desacralización del Imperio alemán condujo paulatinamente a su vaciamiento de
poder, con lo que los papas se vieron privados del poder del emperador, que también
en ocasiones actuó de protector del Papado.

TEXTOS ANEXOS SOBRE LA QUERELLA DE LAS INVESTIDURAS

I. CONTRA LA INVESTIDURA LAICA.


HUMBERTO, CARDENAL DE SILVA CANDIDO: ADVERSUS SIMONIACOS
(1054 – 1058)

Al haber ordenado los venerables y sumos pontífices, por inspiración del


Espíritu Santo, que la elección de los clérigos se haga por decisión del metropolitano y
se confirme después (una vez aprobada por la autoridad civil) por la nobleza y el
pueblo, todo lo que se haga en orden inverso, de tal manera que lo primero sea lo último
y lo último lo primero, se hará en contra de los sagrados cánones y en menosprecio de la
religión cristiana.
Pues tal como se lleva esto a cabo, es el poder civil el primero en elegir y
ratificar y a éste, se quiera o no, le sigue el consentimiento de la plebe y del clero y en
último lugar el juicio del metropolitano.
De donde se deduce que los elegidos de este modo, como se ha dicho
anteriormente, no han de ser considerados obispos, porque su nombramiento se efectuó
al revés, ya que lo que debió hacerse lo último se ha hecho lo primero y se ha hecho
además por hombres que no tienen jurisdicción alguna en esta materia. ¿Pues qué tienen
232

que ver los laicos con la distribución de los sacramentos de la Iglesia y la gracia
pontifical o pastoral, es decir, la concesión de los báculos y anillos, símbolo del trabajo
y milicia de la Iglesia y en los que se apoya toda consagración episcopal?
Pues con los báculos, redondos y doblados por la parte superior para invitar y
atraer al pueblo y por la parte inferior, en cambio aguzados y armados, para reprender y
castigar, se indica a los sacerdotes los cuidados pastorales que se les confían y se les
aconseja lo que deben hacer para mantenerse rectos y justos y para que
condescendiendo con el pueblo al que deben atraer hagan blando el duro y difícil
camino del bien obrar y de la oración, de tal manera que siempre tengan estos báculos
dirigidos hacia sí mismos y nunca, por obcecación de sus mentes, los aparten de sí. La
parte inferior de estos báculos aconseja a los pastores que aterroricen a los rebeldes con
severas amonestaciones y que si continuaran con el error los expulsen de la Iglesia con
el castigo más severo de todos. Todo esto lo confirma brevemente el apóstol en la
siguiente frase: Os pedimos que corrijáis a los rebeldes, que consoléis a los pusilánimes,
sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos.
El anillo por otra parte, sello de los secretos celestiales, indica y aconseja a los
predicadores que, con el apóstol, marquen con signo distintivo la sabiduría de Dios y la
prediquen entre los perfectos, pero, como si estuviera sellada, la aparten a su vez de los
imperfectos, cuyo alimento no es comida sólida sino leche, y que expliquen y confíen
sin descanso esta fe del Esposo a la esposa que es la Iglesia.

Así pues, quienes mediante estas dos cosas inician a alguien en el ejercicio
pastoral, reivindican para sí sin duda alguna toda la autoridad pastoral. Pues, después de
una ordenación de tal clase, ¿Qué juicio libre acerca de tales pastores, ya ordenados,
podrán tener el clero, la plebe o el metropolitano que les va a consagrar? Pues los
consagrados de este modo irrumpen violentamente, intentando dominar el orden clerical
y a la plebe antes de ser conocidos, solicitados o pedidos por estos órdenes. De este
modo ataca al metropolitano al no ser juzgado por él sino al juzgarlo él. Y ya no solicita
ni toma su consejo, sino que reclama y exige sumisión, cosa que sólo se le otorga
mediante la oración y la unción episcopal. Pues, ¿qué le aprovecha ya el devolver el
anillo que lleva? ¿Lo hace acaso por el hecho de haberle sido dado por un laico?
Pero el bautismo dado por un laico no ha de ser repetido de nuevo, sino que ha
de ser completado por la oración y unción del sacerdote, si es que sobrevive la persona.
Pero si muere, podrá sin la unción del sacerdote, entrar sin duda alguna en el reino de
los cielos ya que, salvo por el agua del bautismo, nadie puede entrar. De donde se
deduce que toda unción episcopal se les concede sólo por medio del anillo y del báculo,
sin cuyos símbolos y autoridad no son obispos, ya que consta que sin una unción visible
y sólo mediante estos atributos, que aparecen visiblemente en el anillo y el báculo, se
les concedió a los santos apóstoles el cuidado pastoral. Yo me pregunto, pues, por qué se
devuelve lo que se tiene, a no ser que sea o bien para vender de nuevo el patrimonio
eclesiástico, bajo pretexto de orden o donación, o bien para que sea corroborada por el
metropolitano la primera venta; sea para lo que fuere, lo cierto es que, para encubrir la
ordenación laica bajo el color de cierta legalidad eclesiástica, lo cual, si no se ha hecho,
ni se hace, que cualquiera me acuse de mentiroso.
Pero lo que es más grave es que no sólo el tiempo pasado fue costumbre hacer
tal cosa, sino que también ahora, en nuestros tiempos, es algo corriente, como sabe. ¿Es
qué acaso no es verdad que los príncipes del siglo vendieron y venden las cosas de la
Iglesia bajo el falso nombre de investidura y más tarde bajo el nombre de consagración
episcopal?5
5
M. ARTOLA. Op.cit., pág. 92-93.
233

II. “DICTATUS PAPAE” (1075) DE GREGORIO VII

1. Que sólo la Iglesia romana ha sido fundada por Dios.


2. Que por tanto sólo el Pontífice Romano tiene derecho a llamarse universal.
3. Que sólo él puede deponer o establecer obispos.
4. Que un enviado suyo, aunque sea inferior en grado, tiene preeminencia sobre todos
los obispos en un concilio, y puede pronunciar sentencia de deposición contra ellos.
5. Que el Papa puede deponer a los ausentes.
6. Que no debemos tener comunión ni permanecer en la misma casa con quienes hayan
sido excomulgados por el Pontífice.
7. Que sólo a él es lícito promulgar nuevas leyes de acuerdo con las necesidades del
tiempo, reunir nuevas congregaciones, convertir en abadía una canonjía y viceversa,
dividir un episcopado rico y unir varios pobres.
8. Que sólo él puede usar la insignia imperial.
9. Que todos los príncipes deben besar los pies sólo al Papa.
10. Que su nombre debe ser recitado en la Iglesia.
11. Que su título es único en el mundo.
12. Que le es lícito deponer al Emperador.
13. Que le es lícito, según la necesidad, trasladar los obispos de sede a sede.
14. Que tiene poder de ordenar a un clérigo de cualquier iglesia para el lugar que quiera.
15. Que aquel que haya sido ordenado por él puede ser jefe de otra iglesia, pero no
subordinado, y que de ningún obispo puede obtener un grado superior.
16. Que ningún sínodo puede ser llamado general si no está convocado por él.
17. Que ningún capítulo o libro puede considerarse canónico sin su autorización.
18. Que nadie puede revocar su palabra y que sólo él puede hacerlo.
19. Que nadie puede juzgarlo.
20. Que nadie ose condenar a quien apele a la Santa Sede.
21. Que las causas de mayor importancia de cualquier iglesia, deben remitirse para que
él las juzgue.
22. Que la Iglesia romana no se ha equivocado y no se equivocará jamás según el
testimonio de la Sagrada Escritura.
23. Que el Romano Pontífice, ordenado mediante la elección canónica, está
indudablemente santificado por los méritos del bienaventurado Pedro, según lo
afirma San Enodio, obispo de Pavía, con el consenso de muchos santos padres,
como está escrito en los decretos del bienaventurado Papa Símmaco.
24. Que a los subordinados les es lícito hacer acusaciones conforme a su orden y
permiso.
25. Que puede deponer y establecer obispos sin reunión sinodal.
26. Que no debe considerarse católico quien no está de acuerdo con la Iglesia romana.
27. Que el Pontífice puede liberar a los súbditos de la fidelidad hacia un monarca
inicuo.

GREGORIO VII: Registrum P.L. CXLVIII, en Artola. Op. Cit., pág. 95-96.

III. EXCOMUNIÓN DE ENRIQUE IV (1076)

¡Oh bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, inclina, te rogamos, tus


piadosos oídos a nosotros y escúchame a mí que soy tu siervo! Tú me has nutrido desde
la niñez y hasta este día me has librado de la mano de los inicuos, que me odian y
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odiarán por la fidelidad que te guardo. Tú me eres testigo – y mi señora la Madre de


Dios, y el bienaventurado Pablo, hermano tuyo entre todos los santos – de que tu Santa
Iglesia romana me llevó contra mi voluntad a su timón, de que yo no he pensado que
fuera un acto de rapiña el ascender a tu sede y de que más bien he querido terminar mi
vida yendo de un lado para otro, antes que arrebatar tu lugar por medios seculares por
amor de la gloria terrena.
Por esto, por tu gracia y no por mis méritos, creo que has querido y quieres que
este pueblo cristiano confiado de modo especial a ti, me obedezca a mí también, de
modo especial, en razón del vicariato que se me entregó.
Por tu gracia, Dios me ha dado la potestad de atar y desatar en el cielo y en la
tierra. Basándome en esta confianza, por el honor y la defensa de tu Iglesia, en nombre
de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por medio de tu potestad y
autoridad, quito al rey Enrique, hijo del Emperador Enrique, que se sublevó con inaudita
soberbia contra tu Iglesia, el poder sobre todo el reino de Germania y sobre Italia, y
libero a todos los cristianos del vínculo del juramento que le hicieron o le hagan, y
prohíbo que ninguno le sirva como a rey.
Es justo en efecto que quien se afana por rebajar el honor de tu Iglesia pierda el
suyo. Y ya que desdeñó obedecer como cristiano y no regresó al Señor, al que despidió
relacionándose con los excomulgados, cometiendo muchas iniquidades y despreciando
las amonestaciones que por su bien le hice y de las que eres testigo, separándose de tu
Iglesia e intentando dividirla, actuando en tu nombre le ato con el vínculo del anatema y
le ato con ese vínculo con la confianza puesta en la autoridad que me has otorgado, para
que las gentes sepan y vean que tú eres Pedro y que sobre esta piedra el Hijo de Dios
vivo edificó su Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella (Mateo 16).
Acta Sancti Gregorii VII. P.L. CXLVIII.

IV. CONCORDATO DE WORMS (1122)


Privilegium pontificis
Yo, Calixto obispo, siervo de los siervos de Dios 6, te concedo a ti, querido hijo
Enrique, por la gracia de Dios augusto emperador de los romanos, que tengan lugar en
tu presencia, sin simonía y sin ninguna violencia, las elecciones de obispos y de abades
de Germania que incumben al reino; y que si surge cualquier causa de discordia entre
las partes, según el consejo y el parecer del metropolitano y de los sufragáneos, des tu
consejo y ayuda a la partea más justa.
El elegido reciba de ti la regalía por medio del cetro y en razón de él realice lo
que de justicia te debe. Quien sea consagrado en las restantes regiones del Imperio, por
el contrario, reciba de ti la regalía en el espacio de seis meses, por medio del cetro, y por
él cumpla según justicia sus deberes hacia ti, guardando todas las prerrogativas
reconocidas a la Iglesia Romana.
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Calixto II, papa 1119-1124. Contribuyó a finalizar la Querella de las Investiduras con el emperador
Enrique V y a poner en práctica el programa de reforma eclesiástica emprendida por Gregorio VII. En
1088 fue nombrado arzobispo de Viena. Pronto se convirtió en un defensor acérrimo de la reforma de la
Iglesia y se opuso a Enrique V en la cuestión de las investiduras. A la muerte del papa Gelasio II
(Pontífice 1118-1119), Calixto fue elegido su sucesor e inmediatamente convocó el Concilio de Reims
(1119); la investidura de los laicos quedó condenada y Enrique y el antipapa Gregorio VIII (pontífice
1118-1121) fueron excomulgados. La opinión pública se puso de parte de Calixto y Gregorio VIII fue
encarcelado, mientras que con Enrique V se llegó a una tregua. El 23 de septiembre de 1122 firmó el
famoso Concordato de Worms, que puso fin a la Querella de las Investiduras y garantizaba a la Iglesia
libertad absoluta de elección. En 1123 Calixto convocó el primer gran concilio ecuménico de Occidente,
el Primer Concilio Laterano, que ratificó el Concordato antes citado.
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Según el deber de mi oficio, te ayudaré en lo que de mí dependa y en las cosas


en que me reclames ayuda. Te aseguro una paz sincera a ti y a todos los que son o han
sido de tu partido durante esta discordia.

Privilegium imperatoris
En nombre de la Santa a Indivisible Trinidad. Yo, Enrique, por gracia de Dios
augusto emperador de los romanos, por amor de Dios y de la Santa Iglesia Romana y de
nuestro Papa Calixto y por la salvación de mi alma, cedo a Dios y a sus santos apóstoles
Pedro y Pablo y a la Santa Iglesia Católica toda investidura con anillo y báculo, y
concedo que en todas las iglesias existentes en mi reino y en mi imperio, se realicen
elecciones canónicas y consagraciones libres.
Restituyo a la misma Santa Iglesia Romana las posesiones y los privilegios del
bienaventurado Pedro, que le fueron arrebatados desde el comienzo de esta controversia
hasta hoy, ya en tiempos de mi padre, ya en los míos, y que yo poseo; y proporcionaré
fielmente mi ayuda para que se restituyan las que no lo han sido todavía. Igualmente
devolveré, según el consejo de los príncipes y la justicia, las posesiones de todas las
demás iglesias y de los príncipes y de los otros clérigos o laicos, perdidas en esta guerra,
y que están en mi mano; para las que no están, proporcionaré mi auxilio para que se
restituyan. Y aseguro una sincera paz a nuestro papa Calixto y a la Santa Iglesia
Romana y a todos lo que son o fueron de su partido.
Fielmente, daré mi ayuda cuando la Santa Iglesia me lo reclame y rendiré a ella
la debida justicia. Todo esto está redactado con el consenso y el consejo de los príncipes
cuyos nombres siguen. (…)
M.G.H.: Leges, vol. II, pp. 75-76. En Artola, Op. cit., pág. 99-100.

V. ANÓNIMO DE YORK

Por autoridad divina y por institución de los Santos Padres, los Reyes son ordenados en
la Iglesia de Dios y consagrados ante el altar mediante la unción y bendición sacras,
para que puedan tener el poder de gobernar el pueblo del Señor, el pueblo cristiano, que
es la Santa Iglesia de Dios, raza escogida, raza santa, pueblo rescatado (1 Pedro 2,9).
¿Qué es, en verdad, la iglesia sino la congregación de los fieles cristianos que viven
juntos en la casa de Cristo, unidos en la caridad y en una sola fe? Por ello, los Reyes
reciben en su consagración el poder de gobernar esta Iglesia, para que puedan dirigirla y
fortalecerla en juicio y justicia, y administrarla de acuerdo con la disciplina de la ley
cristiana; porque ellos reinan en la Iglesia, que es el Reino de Dios, y reinan junto con
Cristo, en orden a gobernarla, protegerla y defenderla.
Reinar es gobernar a los súbditos y servir a Dios con temor, el orden episcopal está
también instituido y consagrado mediante una unción y bendición sacras, para que
también pueda gobernar la Santa Iglesia según la doctrina dada por Dios, de acuerdo
con ello, el bienaventurado Papa Gelasio hablaba así: Dos son los poderes mediante los
cuales este mundo se rige principalmente, la autoridad sacerdotal y el poder real.
Por este mundo, quería significar la Santa Iglesia, que es un transeúnte en él. En este
mundo, por tanto, la autoridad sacerdotal y el poder real tienen el principado del
gobierno sagrado. Algunos tratan de dividir el principado de esta manera, diciendo que
el sacerdocio tiene el de gobernar las almas y el rey el de dirigir los cuerpos, como si las
almas pudieran gobernarse sin los cuerpos y los cuerpos sin las almas, lo que de ninguna
manera puede hacerse. Porque si los cuerpos están bien gobernados, es necesario que las
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almas estén también bien regidas y viceversa, ya que ambos están orientados por el
propósito de que en la resurrección puedan salvarse juntamente.
Cristo, Dios y Hombre, es el verdadero y más alto Rey y sacerdote. Pero es Rey desde la
eternidad de su divinidad, no hecho ni creado bajo o separado del Padre, sino igual y
uno con el Padre. Es, en cambio, sacerdote desde que asumió la humanidad, hecho y
creado de acuerdo con el orden de Melquisedec y en este sentido es menor que el Padre.
Como Rey, creó todas las cosas y gobierna y conserva todas ellas, rigiendo tanto a los
hombres como a los ángeles. Como sacerdote, solamente redimió a los hombres para
que pudieran reinar con Él. Esta es la única razón por la que fue hecho sacerdote, es
decir, para ofrecerse como sacrificio a fin de que los hombres pudieran participar de su
Reino y su de su poder real. Porque en todos los pasajes de las Escrituras prometió el
Reino de los cielos a los fieles, pero no el sacerdocio.
Está claro, por tanto, que en Cristo el poder real es mayor y más alto que el sacerdotal
en la misma proporción que su divinidad es mayor y más alta que su humanidad. De
aquí, algunos sostienen que, entre los hombres, igualmente, el poder real es mayor y
más alto que el sacerdotal, y que el Rey es más eminente que el sacerdote, siendo esto
una imitación y emulación de la mejor y más alta naturaleza y poder de Cristo. Y así no
es contrario a la justicia de Dios, dicen ellos, que la dignidad sacerdotal sea instituida
por la real o esté sujeta a ella, porque así sucedió con Cristo; Él fue hecho sacerdote por
su poder real y estuvo sujeto al Padre en su poder sacerdotal mientras que era igual a Él
en el real (…).
Pero ahora veamos lo que el Rey confiere a un hombre que va a ser creado obispo
mediante la prerrogativa del báculo pastoral. Pienso que no le confiere el orden o
derecho de sacerdocio, sino que corresponde a su propio derecho y al gobierno de las
cosas mundanas, principalmente el señorío y la guarda de las cosas de la Iglesia, y el
poder de gobernar al pueblo de Dios, que es el templo del Dios vivo, y la Santa Iglesia,
Esposa de Cristo Nuestro Señor. Que un obispo tenga señorío sobre cosas terrenas, esto
es posesión de estados, en virtud de la ley de los Reyes lo establece Agustín al final de
su sexto tratado sobre Juan cuando dice: Cada hombre posee todo lo que posee por ley
humana porque, por ley divina, la posesión del Señor es la tierra y la plenitud de lo que
contiene…Por ley humana y por tanto por ley de los emperadores.
Nadie debería arrogarse por derecho prioridad sobre el Rey, que está bendecido con
tantas y tan grandes bendiciones que está consagrado y como dirigido hacia Dios con
tantos y tales sacramentos, porque nadie está consagrado y hecho semejante a Dios con
más o mayores sacramentos que él, ni con otros equivalentes, y así nadie es igual a él.
Por tanto, no puede ser considerado laico porque es el ungido del Señor, un Dios a
través de la gracia, el supremo gobernante, pastor, maestro, defensor e instructor de la
Santa Iglesia, señor sobre sus hermanos, digno de ser adorado por todos los hombres,
principal y más alto prelado. No debe decirse que sea inferior al obispo porque el obispo
lo consagre, porque a menudo sucede que hombres menores consagran a mayores,
inferiores a su superior, como cuando los cardenales consagran a un Papa o los obispos
sufragáneos al metropolitano. Esto puede ser así porque en realidad no son autores de la
consagración sino ministros de ella. Dios hace eficaz el sacramento y ellos lo
administran.
Tractatus Eboracenses (C. 1100)