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BIOGRAFIA

DE

JOSE JOAQUÍN SARMIENTO SANABRIA.

HISTORIA Y LEYENDA.

Por: Eduardo Sánchez Mora.


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BIOGRAFIA DE JOSE JOAQUIN SARMIENTO SANABRIA

Historia y leyenda.

Esta es la fotografía de José Joaquín Sarmiento Sanabria, cuando sacó


la cédula de ciudadanía. Yo le saqué una fotocopia en la
Registraduría Municipal de Chinavita.

En ésta nuestra tierra, en nuestra Chinavita, donde casi nadie lee,


porque no sabe leer, porque no le gusta, porque no entiende lo que lee,
porque no tiene que leer, y, ahora otros, porque por fin, se encontraron
un libro muy grande: la Biblia; que a todos nos queda grande; la leen
y se creen con la capacidad de interpretarla muy bien y según, ellos y
ellas, mucho mejor que los que se han quemado mucho tiempo
estudiándola para entenderla; eso sí cada cual a su modo y por su
lado. Pero no todo es perdido, gracias a eso, ahora tenemos muchos
predicadores, según dicen ellos: “es para poder discernir” No se lee, pero
sí se tiene mucha leyenda inédita; que nadie se pone a perder tiempo
en escribirlas, porque piensan y dicen que eso son bobadas. Yo voy a
llevarles la contraria y voy a rescatar y, a escribir algo de eso; porque
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lo considero como una riqueza cultural; lo importante es que yo no


dañe el material; y que mis cuenticos sí los lean. En esta tierra siempre
han vivido personas que las podríamos calificar como especiales, y que
en el caso del personaje del que me voy a ocupar, para tratar de escribir
algo, entre verdad, mito y leyenda; ese algo que será muy poco; para
recordar a alguien que se llamó: Joaquín Sarmiento. Una persona que
su vida da para todo: una historia, un mito y una leyenda. La gente
que lo conoció o que lo vio, siempre lo consideró, o lo calificó como
persona especial; por sus tantas cosas raras que hacia; lo calificó y lo
llamó, y lo llamaron: “El LOCO JOAQUÍN”. Pero así se le haya dado ese
calificativo; él no era loco; nuca fue tratado como loco por los médicos,
ni mucho menos fue llevado al Hospital Psiquiátrico. Su nombre
completo según su partida de bautizo era José Joaquín Sarmiento
Sanabria. Nació en la vereda Quinchos de Chinavita, el 7 de agosto de
1.928, por coincidencia un día muy especial, el día de la
conmemoración de la batalla de nuestra independencia; era hijo de
Félix Sarmiento y Dominga Sanabria. Vivian a la orilla de abajo del
camino real en una casa de bahareque y paja, decían que ahí en esa
casa había funcionado en los primeros tiempos una escuela, tal vez la
primera escuela de Quinchos; Cuando la vereda de Quinchos, era hasta
la Quebrada de la Miel y no solo hasta ahí, puesto que de Chinavita,
según sus linderos de la fundación era por toda la cordillera. Fue por
allá en los años de 1.930, cuando Ramiriquí aprovechando que
Chinavita no tenía los documentos de su fundación, y como se dice “en
una pelea de tigre con burro amarrado” Ramiriquí se adueñó de todo
el Guayabal grande. De Félix Sarmiento, el papá de Joaquín, se decía
que era el hombre más duro, más buen peón para sacar fique en varilla:
sacaba dos tareas en el día.

José Joaquín Sarmiento Sanabria, fue reclutado para pagar el servicio


militar obligatorio a principios del año de 1.947, en el mismo
contingente con uno del Guayabal de Chinavita Paulino Aponte
Espitia, Luis Cendales Rincón de Quinchos; e Ignacio Espitia Gamboa
de Cupavita. Fueron llevados a pagar sus dos años de servicio militar
al Batallón Bolívar de Tunja. A mudar pellejo por la nevada y el
tremendo frio de nuestra capital.
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Cuando se prendió la hoguera en Bogotá; porque un tipo pobre y


flacuchento, llamado Juan Roa Sierra, hijo de Rafael Roa y
Encarnación Sierra; que se había afiliado a la secta de los
Rosacrucistas, y andaba diciendo que el espíritu de Gonzalo Jiménez
de Quesada se había encarnado en él, y después dijo que: ahora era el
espíritu del General Francisco de Paula Santander que se había
encarnado en él; y que por eso había estado en tratamiento en el
hospital de los algo locos. En un momento de esos de algo loco, cometió
la locura de matar al hombre político liberal más importante y popular
de la época, Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1.948.

Cuando la mecha estaba lo suficiente de prendida y que los liberales se


querían adueñar del poder presidencial, el Presidente conservador
Mariano Ospina Pérez, la estaba viendo negra por el humo de los
incendios, le pidió ayuda, respaldo de fuerza pública al Gobernador
de Boyacá, José María Villareal; El Gobernador mandó al Ejercito,
compuesto por los soldados que ya sabían disparar un fusil; dentro de
esos soldados iban: uno del Guayabal Paulino Aponte Espitia, dos
Quínchanos: Luis Cendales Rincón, José Joaquín Sarmiento Sanabria
y un Cupavita, Ignacio Espitia Gamboa. Fueron cuatro los soldados de
Chinavita, que yo he sabido que estuvieron en Bogotá en ese 9 de abril,
cuando se prendió una hoguera más grande de violencia que no se ha
logrado apagar.

De cómo les haya ido en el 9 de abril, no se sabe nada; yo oí decir que


Luis Cendales comentaba que habían tenido que dispararles a Curas y
Obispos que desde la torre de los templos les estaban disparando. Eso fue
lo que pensaron los soldados y mucha gente; pero esos eran liberales que
se habían entrado a los templos, profanaron y se robaron todo, se
disfrazaron de curas y de obispos y desde sitios estratégicos
pertenecientes al clero le disparaban al Ejército. La policía que había
el 9 de abril era liberal; al principio del llamado Bogotazo, se
dedicaron a perseguir a muerte a los pocos policías conservadores que
había, luego se pusieron a tomar y les entregaron las armas a los
revoltosos, liberales gaitanistas, borrachos con el licor que robaron en
una noche de locura y sentimiento.

Después que todo pasó y no les pasó nada en el tenebroso 9 de abril,


llegaron de pagar su servicio militar y cada uno a sus oficios, a
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trabajar, a buscar la forma de hacer algo para el futuro ya que por


fin habían salido con vida de ese infierno.

Joaquín Sarmiento contrajo matrimonio en Chinavita, con Martina


Cruz Galindo, una muchacha de Montejo; el 14 de marzo de 1.950.

Yo empecé a ver a Joaquín Sarmiento al principio de la década de los


cincuenta. Una vez lo vi en la vereda El Valle, allá en el camino frente
a donde vivía Salvador Parra Espinosa, a quien apodaban “El
Coyundo”. Eran tiempos de mucha zozobra, de mucho miedo a los
liberales. Decían de la chusma liberal que se había alborotado
muchísimo más después del 9 de abril de 1.948. Ahí estaba Joaquín
hablando como con mucha reserva con varios muchachos y ensayando
unas armas hechizas de mediano calibre, disparándole a la peladura
que le habían hecho a un árbol grande llamado escobo. Yo entendí o
pensé que esas armas las fabricaba Joaquín como un alistamiento para
luchar contra los liberales; que según los chimes pensaban entrarse a
Chinavita por el lado de Montejo o por el Alto de la Laja, pero por fin
eso fue solo cuentos. Después, mucho después, supe que Joaquín vivía en
la Lomalta, de la Lomalta hacia el norte. De especial se sabía y se veía
que cambiaba mucho de vivienda; como cada año. La gente de por ahí,
es decir los vecinos comentaban con admiración que como por arte de
magia o con ayuda del diablo en una noche arrancaba la casa de
una parte y amanecía en otra, y que en la misma noche hacía el trasteo
de todo; eso era del todo visible y comprobado, pero nadie llegó a saber
cuál era el motivo ni como lo hacía, porque a nadie le rogó que le
ayudara. Así, que se fue convirtiendo en un hombre de misterio. Decían
que era que leía libros de magia. Un amigo mío, muy serio, muy de
credibilidad, que se llama: José Gabriel Acevedo Aponte, de Jordán, me
dijo: “es verdad que el sí leía libros de Magia, porque yo le vi uno de esos
libros. El libro era grande, casi del tamaño de una biblia; y se llamaba:
EL LIBRO DE MAGIA NEGRA DE SAN CIPRIANO. Contaban que una vez
tuvo un pequeño disgusto con un amigo; por ahí en la Lomalta, en una
de esas casas que trasladaba en una noche; que ese amigo cogió su
camino y se fue; ya yendo lejos sintió algo detrás de él; volvió a mirar y
con extrañeza vio que Joaquín iba corriendo detrás de él con una
peinilla en la mano; sintió mucho miedo y salió a correr, como no
sintió que Joaquín lo seguía, volvió a mirar y no vio a Joaquín; con
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susto y pensado en lo que había visto siguió su camino, cuando de


repente otra vez Joaquín Sarmiento detrás de él con la pinilla en la
mano y otra carrera y el susto más grande. Era un día de sol; como
Joaquín se había vuelto algo médico, otro conocido llegó por algo de
consulta y encontró a Joaquín en el patio de la casa, acostado boca
abajo sobre un junco y estaba leyendo un libro. Como después corrió el
cuento de las carreras raras con peinilla y según la hora de los hechos,
visto por el paciente, a esa hora, Joaquín no estaba corriendo en
ninguna parte, estaba era leyendo un libro grande. Que el cliente o
paciente no supo qué libro podría ser; solo pensó que debía ser un libro
de medicina.

Hablar o escribir algo de una persona de esas, de cosas raras, es para


mí muy difícil; yo no entiendo nada de eso de magia de ninguna clase.
Así las cosas, para referirme en algo al nombrado LIBRO DE MAGIA
NEGRA DE SAN CIPRIANO, tengo que decir que no se nada. De quien sí
puedo decir algo es del tal santo, SAN CIPRIANO, Obispo de Cartago y
mártir en el año 258. Había nacido en el año 200 en Cartago, norte de
África y se dedicó a la labor de educador, conferencista y orador
público. Llegado a la mayoría de edad se convirtió al cristianismo por
las palabras y el ejemplo de un santo sacerdote llamado Cecilio. Fue
ordenado sacerdote, y en el año 248. Fue nombrado Obispo de Cartago.
En el año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima
persecución contra los cristianos. Como el Obispo Cipriano no obedeció
las órdenes de Valeriano, el juez Valerio lo condenó a muerte
quitándole la cabeza con una espada. Al llegar al lugar donde lo iban
a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que
le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el
suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquia. El santo Obispo
se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza
con un golpe de espada. A los pocos días murió de repente el juez
Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho
prisionero por sus enemigos en una batalla en Persia y esclavo
prisionero estuvo hasta su muere. (Extractado de: VIDAS DE SANTOS.
Tomo 3. 16 de septiembre. P. Eliecer Sálesman).
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EL ALTO DE LOS TIESTOS.

DE LOS POSIBLES PODERES DADOS A JOAQUÍN SARMIENTO.

Cuadrante versión. Aureliano Vallejo Acevedo.

El Grande de Jordán Grande.

Dicen y cuentan varias personas, con teorías algo parecidas, muy


difícil de tener alguna como la más probable, pero que entre todas; da
para pensar que es posible que algo haya sucedido; en todo caso yo
tengo que decir: que a mí me consta porque me contaron.

Dicen que cuando Joaquín Sarmiento se casó se fue a vivir a Montejo


en una casita que le dejaron los suegros; tenía que trabajar mucho y
por más que trabajara cada día se sentía muy pobre y alcanzado; que
por ese motivo andaba pensando mucho en cómo hacer para conseguir
a alguien muy especial que tuviera y le diera poderes muy especiales
para que le rindiera más caminar y trabajar, así como a su papá Félix
Sarmiento que sacaba dos tareas de fique en el día. Que él había oído
hablar de los espíritus, de los buenos y de los malos y de muchas cosas
desconocidas; pero que también había oído decir que para eso debía
tener mucho valor, mucha fuerza espiritual; que de seguir insistiendo
y manteniendo esos pensamientos raros era posible que al momento
menos pensado se le podía presentar algo escalofriante, que debía estar
preparado y aguantarse, porque si no tenía capacidad para aguantar
una entrevista de esas o negarse, es decir retractarse en los
pensamientos lo podían dejar loco.

Que Joaquín seguía preparándose muy firme en todos sus pensamientos,


hasta que un día de verano estando solo en su trabajo, en Montejo,
sintió mucho calor, le dio mucha sed, se hizo a una sombra, tomó
guarapo, sintió como un sueño raro, se recostó y se alcanzó a dormir,
lo despertó un ruido extraño, se levantó, se sentó, miró bien, no vio
nada, pero se sentía diferente y cada momento más, tanto que le
parecía no estar sobre la tierra, se sacudió para que le pasara, no le
pasó; cuando en un momento llegaron a pie unas personas muy
desconocidas, no pudo contar cuántas eran, había uno más alto que
parecía que era el que mandaba, se le acercó y sin pérdida de tiempo
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le preguntó: ¿necesita ayuda? Joaquín se sentía mal y dijo sí. El extraño


le dijo: nosotros le vamos a ayudar, póngame bien cuidado, yo voy a ser
su guía; pero lo tenemos que llevar a donde el jefe para que le de los
poderes que usted quiere; le vamos a mostrar muchas cosas de tiempos
idos, tiempos que fueron de otros. Joaquín se sintió valeroso, fiel y firme
y dijo: está bien, vamos. En un momento se movió toda esa aparente
gente extraña y en un instante lo llevaron resultando todos en el Alto
de los Tiestos. Si, era el Alto de los Tiestos, pero era algo distinto, ahí
estaba el camino para ir y venir de Tibaná; pero había muchas casas
mal hechas, hechas muy a la ligera con palos y cubiertas con paja. Eran
casas que las trasladaban en un momento entre varios de esos
desconocidos que le estaban mostrando y enseñando cosas y formas de
trabajo muy ligero; eso le gustó a Joaquín. Resultó un gentío que iban
para el mercado, llevaban muchas maletas, pero era gente como de
otros tiempos, muy raros los vestidos, todos a pie limpio, unos con
sombreros de ramo y otros con sombreros de calceta de plátano.
Joaquín no conoció a ninguno; como el grupo era grande, unas casas
hacían estorbo los instructores de Joaquín las quitaron, las pusieron en
otras partes. Había una casa que parecía de verdad, algo grande y
firme, con varias piezas, esa era una tienda de venta de guarapo y
aguardiente chirrinche; los dueños estaban batiendo el guarapo, para
venderle a la gente cuando regresara del mercado algún día o, en la
noche.

Todo pasaba muy rápido, Joaquín estaba desconcertado; acababa de


ver pasar la gente para el mercado y ya estaban regresando en gran
cantidad con otra clase de maletas, muchos con ollas de barro, con
toda clase de vasijas de barro; las descargaban y se entraban a la
tienda a tomar guarapo que los tenderos les servían en vasijas de barro.
Había varios que traían a la espalda, bien liadas y con muy buen
pretal las ollas grandes de barro para la industria de sacar el
aguardiente chirrinche, rastrojero o tapetusa. Esas ollas las dejaban
lejos de la tienda y se iban a tomar guarapo. Casi todos los hombres
llevaban una vara enrecatonada y enmanijada con un rejo. Todos
tomaban, hombres y mujeres, parecía que algunos y algunas estaban
enamorando, se hacían caricias y muestras de mucho amor, había
muchos grupos, había mucha bulla, pero no se entendía ni una
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palabra, llegó más gente y se aumentó el ruido, en un momento se


formaron varias peleas. Todos, hombres y mujeres peleaban, los hombres
con varas repartían palo para todo lado; las mujeres con la
mantellina, o el pañolón envuelto en un brazo amparaban los palos y
con la otra, con un palo o con una piedra se defendían como
luchadoras endiabladas y muy experimentadas en esas faenas tan
peligrosas; al no haber más con que defenderse o atacar cogían los
chorotes, las pailas, las ollas, las múcuras y todas las vasijas que traían
del mercado y las que había en la tienda y se la estrellaban a los otros
en la cabeza y volaban los tiestos lejos. Se acabó la pelea; a las ollas que
no les pasó nada fue a las ollas grandes, las de preparar el
aguardiente, elemento muy necesario para el fermento de otras peleas;
los dueños, con sus pretales se acercaron a sus ollas, que estaban liadas
con buenos hilos de fique, las echaron a la espalda y se fueron.

El movimiento era continuo, unos se iban y otros llegaban y todo seguía


en la misma forma.

_Por esos pequeños detalles que sucedían con mucha frecuencia en ese
alto, muy frio, pero que varias veces se ponía muy caliente; como
cuando se calienta el tiesto; en esa tienda de muchos romances, muy
calientes y quemantes como los tiestos, unos muy duraderos y otros que
se rompían como los tiestos, fue que los fundadores de Montejo y de ese
camino le pusieron el nombre de “El Alto de los Tiestos” que de todo eso
solo quedó el reguero de tiestos; de los tiestos de los montejanos.
También dicen que cada tiesto busca su arepa y que los tiestos se
parecen a su dueño, y que el rompe paga y se lleva sus tiestos.

Hay una coplita que dice: Mamita no me regañe,

Porque ayer no vine presto,

Sumercé muy bien lo sabe,

Cuando se calienta el tiesto.

Después de este pequeño paréntesis vuelvo al cuento. Joaquín estaba


asustado de todo lo que había visto y porque se le hacía mucho el tiempo
transcurrido, quería irse, pero no sabía cómo; sin decir nada, los que
lo llevaron le entendieron lo de su afán y, el guía le dijo: nosotros lo
llevamos, pero antes de eso lo voy a llevar para que mire algo más; lo
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llevó para la tienda; el guía no lo entró por la puerta; entraron por


cualquier parte como si no hubiera nada; adentro había mucha gente
acostada, no había por donde pasar; el guía pasó por encima de la
gente y le dijo a Joaquín que hiciera lo mismo; Joaquín obedeció pero
al pisar sobre esa gente, no había nada, eran como sombras; pasaron
la otra posible pared que no era nada y resultaron en la parte de atrás
de la misteriosa casa tienda. En esa parte había un camino muy lindo,
era un sendero muy amplio, lleno de toda clase de flores, pasaba un
arroyo de agua muy limpia, que hacía varias curvas; el camino así
arreglado dirigía a una mata de monte grande verde, tan verde que
después o, más adelante parecía negra. Joaquín con mucha
admiración le preguntó a su guía una explicación de lo que estaba
viendo. El guía le dijo: este se llama el camino de los enamorados, que
se han enamorado en el camino, o en la tienda, cuando el amor ha
tomado toda su fuerza, salen de la tienda, dan la vuelta y se van por
este camino muy lindo y se internan en la selva verde de la esperanza,
para poder pirayar. Significa que el amor es lo más lindo que hay y que
cuando el amor empieza, cuando hay enamoramiento el camino está
muy amplio, cubierto de muchas flores, porque el amor lo hace ver de
esa forma; pero al seguir el camino se entra en la selva negra donde
hay muchas enredaderas, bejucos muy espinosos como el amoroso que
complican y enredan para no dejar salir y seguir en el camino del
amor, el amor es lo más grande y poderoso en el mundo y la vida.
Joaquín, a pesar de ver tanta belleza, volvió a decir que se quería ir; el
guía le dijo: sí, pero falta ir a donde el jefe. Dieron media vuelta y
estuvieron en la casa del jefe. Era una casa más grande, del mismo
estilo, tenía muebles, mesas y asientos, todos de palos atravesados y
amarrados con bejucos; nadie se sentó, apareció el jefe; todos se
pusieron firmes y lo saludaron con saludo militar; no tenía nada de
especial; miró a Joaquín y le dijo: nosotros lo guiaremos y en todo le
vamos a ayudar y desapareció. Todos al tiempo dieron media vuelta y
el comandante guía dijo: vamos. Cuando Joaquín volvió en sí, a un que
aturdido de lo que acababa de ver, estaba casi en el mismo sitio donde
estaba cuando lo llevaron y notó que no había transcurrido mucho
tiempo.
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LA MOLIENDA.

Dicen: que una vez Marco Fernández Casteblanco, estaba


organizando una molienda, en una finca que tenía, con trapiche de
piedra, en la vereda de Quinchos, cerca al puente El Gaque. Tenía las
yuntas de toros anucados listos, la caña cortada; pero por alguna
razón no llegaron los cargueros de la caña; estaba trancado el
trabajo. En un momento llegó Joaquín Sarmiento, quien no había sido
convidado al trabajo, sino que pasó por ahí, pero iba para otra parte;
le contaron de la dificultad que tenían; le rogaron que hiciera el favor
de ayudarles, que, aunque fuera él solo, esa ayuda servía de mucho. Le
sirvieron el desayuno; lo aceptó y dijo que sí les iba a ayudar, se
desayunó y se fue al trabajo. Pasado un rato oyeron descargar una
maleta de caña; en seguida llegó Joaquín Sarmiento a la casa y dijo:
ya está arrimada la caña, yo me voy y se fue. Inmediatamente fueron
a mirar y tuvieron la gran sorpresa, algo increíble ¡toda la caña estaba
arrimada!

LOS MAESTROS DE LAS ESCUELAS.

No soy yo la primera persona que busque o quiera escribir algo referente


a Joaquín Sarmiento. En 1.989 un grupo de veinte maestros de las
escuelas de Chinavita, hicieron una pequeña monografía de
Chinavita; en la página 22 hace referencia a Joaquín Sarmiento y dice:
“Una de las historias que hace estremecer a los vivientes es la creencia
en Busiraco (diablo) a quien se le tiene mucho miedo. Se dice qué si se
le enfrenta a éste, hay la posibilidad de hacer un pacto y con esto puede
volverse loco; caso real lo vemos en el señor Joaquín Sarmiento quien
había hecho un pacto con el diablo y al no cumplirlo el diablo le
impuso como castigo cambiar de habitación frecuentemente para lo
que tiene que acabar la que existe y construirla en otro lugar, los
habitantes comentan que por ese lado, especialmente en el sitio
denominado Lomalta hace mucho miedo y lo que se oye y se siente es
muy extraño”

Aquí ellos dicen de un caso real, que Joaquín había hecho un pacto con
el diablo; es decir que están dando a entender que les consta; puesto
que dicen que había hecho un pacto con el diablo, no dicen que habría,
o que hubiese hecho un pacto con el diablo. Sea como sea, eso está muy
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bien; muchos tendrán muchas versiones, parecidas y distintas


alrededor de ese personaje de mucho misterio, de cosas increíbles, pero
que muchos lo comprobaron. Yo estoy haciendo este pequeño relato
porque varias personas me han preguntado qué si no he escrito algo de
la misteriosa vida de Joaquín Sarmiento. Yo voy a hacer lo mejor que
pueda; pero en vista de la riqueza de leyenda literaria que nos dejó ese
personaje, les sugiero que escriban a su modo lo que hayan visto u oído.

Ahora en Chinavita existe la CASA DE LA CULTURA MAMAPACHA y el


salón museo MAMAPACHA TEMPLO SAGARADO que es el sitio que el
Concejo de Chinavita destinó como campo abierto para la exhibición
de nuestra cultura y nuestra literatura. Bueno, al fin todo eso es lo
mismo. ¡Pero, háganle, que esto se pone muy bueno!

LA MOTO ERA UN MARRANO COLORADO.

Varias personas cuentan algo de sus experiencias con Joaquín


Sarmiento. El siguiente es el relato de un Montejano, Orlando Galindo
Torres, Dice así: “en cierta ocasión cuando yo debía tener entre 12 y 16
años (no recuerdo en que año, pero recuerdo que ya estaba en el colegio
en Chinavita, al cual ingresé cuando tenía 13 años). Un día llegó al
pueblo una persona cercana a mi familia, venía de visita y traía una
camioneta Chevrolet. Era el plan del visitante llegar ese día al campo
en donde vivían mis papás y los de él en la vereda de Montejo.

Era un sábado, yo aprovechando que él tenía carro y que regresaba el


domingo le dije que me llevara y nos fuimos como a las cuatro de la
tarde. En la calle que corresponde a la salida del pueblo para Montejo
nos encontramos al señor Joaquín Sarmiento, quien para ese entonces
también vivía en la vereda de Montejo, su casa estaba ubicada en la
parte de arriba del difunto Emilio Cruz y la señora Cándida Galindo,
los suegros de Joaquín; una finca que queda del camino para arriba.
El conductor le ofreció llevarlo ya que a esa hora el bus que iba para
Montejo ya se había ido. (Éste vehículo arranca del pueblo hacia la
vereda alrededor de la 1 p. m.); así que ya no había más posibilidad
de transporte. Sin embargo, Joaquín rechazó el ofrecimiento, puesto
que, según él, le faltaba hacer una vuelta más, antes de regresarse.
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De manera que entonces emprendimos el viaje en la camioneta. No se


realizó ninguna parada hasta llegar al final de la carretera que para
eso días era en la escuela de Montejo; este recorrido demoró alrededor
de unos 40 minutos. Luego fuimos a una tiendita ubicada como a 200
metros de la escuela donde el señor Félix Cabezas y, ¡para nuestra
sorpresa, allí ya estaba Joaquín Sarmiento! El conductor lo abordó
para preguntarle ¿cómo había llegado antes? A lo cual contestó que
había encontrado un camino más corto y que le había rendido.

Es de resaltar que solo hay una carretera tipo trocha y que durante
nuestro recorrido ningún otro vehículo nos alcanzó, ni mucho menos
nos sobrepasó. Además, una persona de buen físico, a pie ese recorrido
lo hace entre dos horas y media a tres horas tomando los caminos y
atajos más cortos posibles.

Años después cuando Joaquín Sarmiento trasladó su vivienda de


Montejo a la vereda de Quinchos al sitio denominado: Lomalta, lugar
que es visible desde Montejo y paso obligado para ir al pueblo; también
me consta que su casa anochecía en un sitio y amanecía en otro. En
muchas veces. Ya para eso tempos Joaquín vivía solo porque decían que
la esposa se había ido para San Luis de Gaseno con los hijos” Hasta aquí
la colaboración de Orlando Galindo Torres.

En cuanto se refiere Orlando Galindo del familiar que lo llevó a


Montejo en una camioneta, era el señor Luis Molina Torres, cuñado de
Orlando. Ellos son dos personas de plena credibilidad, no se puede
pensar que sin más ni más se iban a inventar un cuento falso. Luis
Molina es hijo Evaristo Molina (Q.P.D), personas muy bien calificadas.
Lo mismo que los Galindo.

Del medio de trasporte que usó Joaquín para llegar más rápido a
Montejo ese día, he sabido la siguiente versión, según dicen contada
por el mimo Joaquín: Teniendo que irse para Montejo y que ya era muy
tarde y no había carro, tenía que irse a pie. Iniciaba la salida, cuando
llegó un señor desconocido con una moto que hacía mucho ruido y le
dijo: yo voy para Montejo, si quiere súbase y lo llevo. Como esa era una
muy buena oportunidad, Joaquín no lo dudó y se subió a la moto y que
el señor desconocido le dijo: téngase duro porque voy algo ligero. Se
inició el viaje. Esa moto parecía que volaba; que de la velocidad
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Joaquín se alcanzó a trastornar; pero no alcanzaron ni pasaron a


ningún carro; cando se dio cuenta ya iban pasando la Quebrada
Colorada, se sentía mucho calor. Cuando llegaron a Puerto Mincho,
volvió un poquito hacia el lado de la escuela y frenó en forma muy
brusca y dijo el desconocido conductor de la moto: hasta aquí lo trigo,
no diga muy pronto quien lo trajo. Bájese. Joaquín se bajó y miró en
que venía montado, se dio cuenta que no venía montado en una moto
sino en un marrano grande colorado, que de pronto echó candela por
las patas al arrancar de nuevo y desapareció.

LA REFORESTACIÓN DE LA LOMALTA.

Después Joaquín parece que se cansó de trasladar casas y ranchos de


paja, e hizo una casita de ladrillo y cemento y teja de Eternita, cerca
de la carretera; esa casa no era trasladable como es de entenderse por
su estructura. Este hecho parece que le agravó más el problema mental;
algunos decían que eso se debía, al parecer, que él había hecho un
convenio con el diablo de que tenía que trasladar la vivienda; como
ahora no lo podía hacer, el diablo se lo estaba cobrando. Se entiende
qué para suplir esa falencia en el contrato, resolvió hacerle algunas
reformas a la casa. Ejemplo: sellarle la puerta y hacérsela por otro lado.

Y vinieron los grandes progresos nacionales y regionales, construyeron


la gran Represa de Chivor; con toda esa tecnología, poder y plata; hubo
trabajo para mucha gente. Hasta después que estuvo terminada la
obra, los grandes empresarios pensaron que tal vez el agua no era
suficiente en forma permanente para mantener llena la represa.
Hicieron mucha propaganda diciendo que había que reforestar por
todo lado, regalaban arbolitos de varias clases, pero en especial pino
candelabro. Como la gente no tenía mucho tiempo para dedicarse a
eso; los empresarios resolvieron dar ese trabajo por contrato, le pidieron
permiso a la gente para que dejara sembrar los palos, y para
convencerlos que dejaran sus fincas, para lo que ellos llamaron “la
industria maderera” con doble finalidad: producir agua para la
represa y plata para los pobres campesinos, les dijeron, mejor dicho, nos
dijeron: que cuando esa madera estuviera grande, Cartón de Colombia
les compraba hasta los gajos. Así con facilidad todos nos comimos el
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cuento, sembramos los mencionados pinos, otros dieron el permiso para


que la empresa, por medio de sus contratistas sembraran palos al por
mayor.

Vinieron muchos trabajadores que llevaban un palo con la medida de


la distancia y llenaron varias fincas de palos, entre esas, la finca de
Joaquín Sarmiento Sanabria, en la Lomalta. Donde Joaquín cuidaba
algunos animales y hacía sus labranzas, quedó todo convertido en una
nueva clase de selva; porque los pinos resecaron la tierra y acabaron
por completo con la modesta selva nativa. Por último, lo único que
cuidaba Joaquín Sarmiento era una potranca mora, en la que dicen
que viajaba en una noche hasta San Luis, donde estaba la familia y
esa misma noche regresaba.

Mientras los palos crecían, Joaquín pasaba el tiempo viajando a pie de


la Lomalta a Chinavita y a muchas partes. Joaquín era una persona
muy pasiva, a nadie irrespetaba. Con muchas muestras de amor
patriótico. Se vestía con ropa de policía, casi uniformado, venía al
parque y le hacía saludo militar al busto, monumento de Bolívar.

¿LE AYUDO A LLEVAR LA MALETA?

José Gabriel Acevedo Aponte, cuenta que una vez vino a Montejo a
visitar a los papás, Hermenegildo Rincón Pabón, que era suboficial del
Ejército. Para regresarse tuvo que hacerlo a pie. Venía solo y por el
camino, (carretera) lo alcanzó Joaquín Sarmiento. Después de un rato
de camino, Joaquín le ofreció el servicio de ayudarle a traer una
mediana maleta que traía Hermenegildo. Joaquín traía la maleta y
empezaba a oscurecer cuando venían del Alto de Cupavita hacía
Chinavita en el sitio donde hay dos curva seguidas, llegando a donde
hay una matica de monte al lado de abajo de la carretera; no venían
hombro a hombro, sino que Joaquín venía un paso atrás, cuando de
pronto Hermenegildo oyó que algo cayó al suelo con ruido muy
parecido a su maleta, volvió de inmediato a mirar y tuvo su gran
sorpresa; efectivamente lo que había sonado contra el suelo era su
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maleta pero Joaquín Sarmiento ya había desaparecido como por arte


de magia.

Con susto e incertidumbre Hermenegildo alzó su maleta y siguió su


camino y entrando al pueblo, cerca al puente se encontró con Joaquín
que ya iba de vuelta y pasaron sin decirse ni una palabra; al fin de
cuentas no había de qué hablar.

Así las cosas, yo resolví que debía ir algún día a hablar algo con
Joaquín Sarmiento, quien en la mayoría de las veces vivía con un
hermano llamado Valentín Sarmiento y la esposa de éste llamada
Magdalena Rivera Morales, en una casa, ubicada entre Chinavita y el
Alto de Cupavita, al lado de abajo de la carretera, donde hay un
ramalito para llegar a la casa. No me acuerdo ni en qué año fue eso;
pero sí me acuerdo que fui con un señor que se llamaba Marco Emilio
Morales Villamil (Q.P.D.) que era de Pachavita, pero vivía en
Chinavita; sabía de varios oficios, hacía escopetas y era fotógrafo; él
admiraba mucho a Joaquín, le tomó varias fotos. A mí me vendió una
Fotografía; que ahora mucho tiempo después, pienso que tiene mucho
valor. Eso es así, las casas valen por lo viejas. Esa es la foto que he usado
para la portada de esta pequeña obra; hecha con mucho trabajo, pero
con mucho interés por nuestra tierra. ¡por Chinavita!

Yo le hice algunas preguntas, teniendo en cuenta lo que decían de él;


como lo de un viaje de Tunja a Chinavita. Me dijo y nos dijo: Un día yo
estaba en la Lomalta, no me acuerdo qué día ni qué horas serian, oí
que lloraba un niño, puse bien cuidado, pero no logré saber bien a qué
lado era, no vi a nadie, me sentí un poco mal, me sentía todo extraño,
no sabía qué hacer, me sentía muy solo, pensé en mi familia que vivía
en San Luis y pensé en qué si pudiera irme para allá, pero no tenía
ninguna forma, no tenía plata ni nada. No me di cuenta de nada, sin
pensarlo resulté en Villanueva, yo conocía algo a Villanueva, pero yo
no tenía nada que hacer allá.

Después sin darme cuenta cómo, resulté en el terminal de transportes


de Tunja; me di cuenta que ya era muy por la tarde y llegó el último
bus que sale para Chinavita, ahí se subieron dos personas muy
conocidas: Mario Pulido y Víctor Aponte, ellos me miraron muy bien, yo
también pero no nos pasamos ninguna palabra. Yo no pensé que de
17

alguna forma me podía venir en ese bus; el bus salió y yo me quedé, yo


estaba asustado, no sabía qué hacer, cuando de repente llegó un señor
desconocido y me preguntó: ¿usted va para Chinavita? Yo le respondí
que sí. El desconocido me dijo: venga conmigo, el carro está allí, venga
y súbase rápido que nos vamos ya; me subí al bus, miré bien, había
varias personas, la mayoría monjas; pero todas desconocidas; era un
carro extraño que hacía mucho ruido y corría mucho, casi no paraba;
en los cerros se bajaban unas monjas y se subían otras. Me cogió algo el
sueño, yo miraba un cristo. Cuando llegamos a Chinavita, el bus iba
por la calle de abajo y alguien me dijo: Aquí está en Chinavita, bájese,
nosotros vamos para el Cerro Guicaramo. Me bajé rapidito y me vine
para el parque, en ese momento el otro bus bajaba, paró y se bajaron
Mario Pulido y Víctor Aponte, nos miramos, pero no hablamos nada. ___

Este es uno de los hechos que son un misterio comprobado, puesto que el
cuento corrió, yo les pregunté a Mario Pulido y después a Víctor Aponte
y ambos me dijeron que eso era lo que ellos habían visto y que en caso
de que fuera una declaración, eso era lo que les costaba.

Luego Joaquín me dijo: Otra vez me vine de Bogotá, me parece que un


hijo me sacó el tiquete; el bus salió por tierras extrañas, llegamos rápido
a Chinavita. Uno de los del bus les dijo a los otros: llevémonos este para
nuestro servicio; pronto dijo otro: no, no nos sirve por ese collar que lleva
y me mandaron que me bajara. Joaquín dijo que el collar que no lo
dejó llevar para ese supuesto servicio, era un escapulario

Le pregunté: ¿es verdad que usted lee libros de magia? Me contestó: sí


leí libros de magia, pero vi que eso era malo y le consulté a un Cura y
también me dijo que eso era malo.

En seguida nos contó: una vez estando yo solo en mi casa o rancho en


la Lomalta, sentí que corría mucho viento, parecía que me iba a
tumbar el rancho, me fui para la parte de atrás del rancho porque oí
que algo se había caído, revisé todo, ninguna cosa se había caído, todo
estaba bien, me devolví, en ese momento sentí mucho frio, sentí miedo,
cuando llegué al patio frente a la casa, se me apareció un hombre
misterioso y desconocido, me miró bien y me dijo: lo voy a llevar al
espacio a conocer el cielo, me levantó y me llevó a una puerta muy
linda y muy grande que estaba abierta, por todos los lados descolgaban
18

flores de todos los colores, tantos que uno no alcanza a entenderlos;


adentro no se ve a nadie, solo se ven jardines como en surcos hasta
donde uno le alcanza la vista; esos jardines se ve que se mueven como
en marcha como si fuera gente. Que Joaquín estaba extasiado viendo
esa incomprensible belleza, cuando el desconocido lo interrumpió y le
preguntó ¿cómo le parece? Joaquín solo pudo decirle: no alcanzo a
entender tanta belleza. Luego le dijo el guía: voy a llevarlo a conocer
el infierno; Joaquín se estremeció de miedo; pero el guía lo llevó a un
hoyo que no se pudo saber dónde era o dónde es. Allá conocí la primera
casa con hall, vi a espíritus de mucha gente conocida trabajando,
como si el trabajo fuera un castigo; el guía entendió mi inconformidad
y me dijo: el trabajo no es un castigo, es como se haga. Vi gente de los
ricos de la vereda de Fusa abajo, vi a Arcadio Gámez vigilando los
obreros, llevaba la totuma de servir el guarapo boca abajo sobre la copa
del sombrero para que los obreros no pudieran tomar hasta cuando él
se le diera la gana. Vi a Domingo Gámez, con una vara midiendo las
tareas, siempre corría la vara para engañar al obrero. Vi a Magdalena
Caro, esposa de Arcadio Gámez, con una cuchara de palo raspaba el
sarro del colador de hacer la cuajada para rendir la cuajada. La gente
o los obreros de Quinchos venían mucho a trabajar a donde esos ricos
Gámez de Fusa y Cupavita. Vi a muchos espíritus trabajando, siempre
los que pueden engañar a la gente en las pesas y en los precios de lo que
venden. Vi en una laguna mujeres peinándose, el que me llevó dijo que
eran las brujas. Vi en la puerta del infierno a mi mamá, ella todavía
estaba viva, pero había dejado morir a una hija de hambre. Después
resulté solo en el patio de mi casa.

Le pregunté a Joaquín: usted a veces se viste de policía, ¿hubiera


querido ser policía? Me dijo sí, me gusta mucho la policía.

Pienso ahora que me he adelantado mucho en el tiempo de tantos


relatos inéditos de leyendas que se han dicho de esa tierra de la
LOMALTA. Mucho antes de pasar la carretera, cuando era solos
caminos, siempre decían que algunas personas habían visto cosas muy
extrañas en esa loma, algunos decían que habían visto a un señor muy
grande montado en un caballo también muy grande que subía y
bajaba a pasos muy largos de piedra en piedra por el filo de la loma.
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Otros decían y admiraban que esa loma era como encantada para el
amor, tal vez por el frio, la soledad, y la fuerza invisible de la
abundante naturaleza, ese paisaje tan amplio, sus caminitos de suave
arena, el viento a veces suave y otras veces fuerte que besa la frente,
hacían que los algo enamorados resultaran muy enamorados y
cambiaran de camino, los que debían ir por el camino de arriba se
iban por el de abajo o viceversa, lo que los exponía a momentos muy
lindos y divinos al disfrute del verdadero amor libre, sin bendiciones
ni maldiciones ; pero después era para dolores de cabeza y de estómago;
entonces le echaban la culpa al diablo. Que en la Lomalta había
muchos diablos que los obligaba a hacer diabluras y que era imposible
evitarlas; porque ese diablo del amor a escondidas tiene mucha fuerza.

EL MORRACO.

Cuenta Aureliano Vallejo Acevedo que decían que una vez, un día por
la tarde, iba Marcos Fernández Casteblanco, de Chinavita para su casa
en Quinchos, sector de abajo. Cuando iba en la hondonada antes de
llegar a la Lomalta, hoyó que a lado de arriba del camino entre el
chiramal lloraba un niño, era tan sentido el llanto que Marcos resolvió
ir a darse bien de cuenta qué era eso tan extraño, ¿sería que alguien,
alguna jijuna, o algunos jijunas cochambres, habían abandonado a
alguna criatura? Se fue a paso firme y encontró a un niño
abandonado, estaba solo, miró para todo lado y no vio a nadie, estaba
sobre unos trapos viejos, todo era muy extraño; pero lo más extraño era
que al niño le empezaban a salir los dientes y que con las manitas con
uñas muy largas cogía cogollos de helecho churito para mantenerse, y
comía helecho tierno.

Marcos estaba muy admirado de eso tan raro, volvió a mirar muy bien
para todos los lados, y no vio a nadie. Sumido en amor, lástima y
ternura resolvió que no había más que hacer, sino que llevar ese pobre
niño abandonado para su casa. Marcos ya se había casado dos veces y
tenía varias hijas y nueve hijos varones todos bien fortachos y con este
que se acababa de encontrar se completaban diez, todo un grupo de
grandes trabajadores. Alzó el niño, le arregló los chanchiros y lo
envolvió en la ruana y cogió su camino. Marcos Fernández iba a paso
20

firme y meditando muy profundo sobre lo que estaba viendo y viviendo


en la Lomalta; tierra de la que él desde niño había escuchado muchos
cuentos misteriosos, y pensó con ambición: este muchacho puede llegar
a ser un guaimarón muy fuerte para el trabajo, para cargar caña para
la molienda y para sacar fique, talvez mejor que cualquiera de estos de
esta manada de hijos grandotes que tengo. Seguía Marcos con la
cabeza calva llena de muchos pensamientos, con pantalón
arremangado, camisa de cuello al hombro y sombrero de ramo; a ratos
se sentía como ir volando, pero no, sus pies descalzos iban sobre la tierra
y sobre el caminito bordeado de paja de peña, uva silvestre y otros
arbolitos muy propios de esa loma. Era ya por la tarde, una linda tarde
despejada, parecía increíble tanta belleza y tanta fortuna. Cuando iba
por el filo de la loma, antes de llegar a la vuelta de los olivos, donde se
ve en la profundidad el rio y al pie de la escalofriante peña el gran
Puente del Vado de los Trapiches, sintió algo muy caliente en el niño y
pensó que algo del cuerpecito había hecho, lo colocó en el suelo para
darse cuenta, vio que el niño ya había crecido y se sonrió, los dientes
ya le habían crecido tanto que parecían puntas de formón bien
afilados; lo miró muy bien y con admiración dijo: ¡urre raya! Con
escalofrío de lo que estaba viendo, tomó alientos, volvió a mirarle los
dientes al niño, ya en un momento había cambiado de dentadura, era
de aspecto más feo, la boca más grande y los dientes eran casi como
dientes de trapiche. Marcos Fernández no pudo contener el susto tan
verraco y en ese punto tan peligroso del camino al borde del
despeñadero a esa escalofriante altura; volvió a mirar el niño, que ya
había cambiado más y dijo: ¡uyuy, este guasapoa ahora se parece a un
grillo listo para pegar el salto! Esto es muy extraño y dijo: ¡uyay! ¡María
santa, upí! ¡este guampoa que yo pensaba que iba a ser un abagó, lo
que parece ser es un morraco! ¡Tal vez es un curaya diablo! Cuando el
morraco se dio cuenta que Marcos lo identificó que era un diablo, le
mostró una vez más los dientes en la presencia de un enorme grillo,
afianzó las zancas de grillo y saltó a la profundidad del abismo; pero
por fin no se le llevó la ruana. Marcos quedó temblando del susto, se
tocaba todo el cuerpo para examinarse si estaba bien, no se le pararon
los cabellos porque esos guampoas ya se le habían caído.
21

Ese no era un día de mercado, ni Domingo, ni día de alguna fiesta;


por eso no habían otros pasajeros, como en los días especiales que se
veían las coloridas filas de gentes con maletas y otros con sus bestias
con cargas, la mayoría con cargas de fique sacado en varilla; así que
Marcos Fernández tuvo que confortarse solo, darse ánimo, seguir su
camino, pensado que lo sucedido era como un sueño, que la vida sigue
y sigue la molienda, para eso pensaba en las cuatro yuntas de toros
grandes de trabajo que tenía y las yuntas pequeñas y las cuantas
yuntas que tenían los hijos; en verdad había todo lo suficiente para
trabajar; no se debía pensar en cosas y en ayudas como la que le había
presentado como una visión, pero era una cosa muy real. Hizo el deber
de no pensar más en eso, sino en algo real como sus yuntas de toros bien
anucados, que eran algo trabajoso para enyugarlos, había que
hacerles el cogote para atrás para que encajara el yugo para poder
envolver la coyunda; que ya estando enyugados escarbaban y
levantaban el yugo hasta contra la balanza, por el brío y la fuerza de
trabajar y oír traquear la caña. Así iba andando y distrayendo la
mente en el dulce placer de trabajar; sí; de trabajar en el campo; eran
los tiempos de la Colombia campesina, había mucha gente en el campo,
la tierra daba y había con quien trabajar; no era tanto que se pagara
el obrero o al jornalero, era que en todo trabajo se ganaba la vuelta o
el llamado brazado. Marcos Fernández concluyó que hay que ser duro
y honrado en el trabajo, así fue como logró vencer a ese sanapa diablo.

LA VIRGEN DE LA LOMALTA.

Con tantos cuentos, tanto embeleco, tantas visiones y ruidos raros, todo
un conjunto de supuestos hechos que producían mucho miedo, que oían
música y cánticos en otro idioma, todos, grandes y chicos a decir el
cuento más reforzado, para causar más miedo, tanto que había que
procurar pasar de día por la loma, porque por la noche se le podía
aparecer el patas, con todo eso tan misterioso, unos señores muy
católicos y desde luego conservadores, pero no godos, rezanderos a dos
camándulas, se inventaron que para contrarrestar tantas tentaciones
22

tan lindas que los hacían cambiar de camino, con mucho gusto y con
mucho susto al disgusto; había que colocar una imagen de la Virgen
en la loma en la parte donde apartaban los caminos, para que ella
atajara a cada cual por su camino y, no buscaran el camino de los
enamorados, amplio, lindo, cubierto de flores. Dicen que esos señores
fueron: Florentino Vega Rivera, Benjamín Vega Acevedo (padre e hijo),
ambos de Quinchos y Calixto Torres Acevedo de Montejo. Se entiende que
debió haber muchos más, lo que pasa es que ya en este año 2.017, ya es
muy difícil encontrar quien cuente el cuento. Dicen que para conseguir
la imagen fue comisionado Calixto Torres Acevedo, quien se defendía
muy bien en Bogotá y sabía dónde era la fábrica de las vírgenes;
compró una y la trajo.

Era por allá en 1.958, o 1.959, cuando colocaron la imagen de la


Virgen de Fátima; cuya advocación estaba muy de moda. En esos
tiempos habían sacado un cuento apocalíptico temeroso y reforzado,
según el cual habrían tres días de tinieblas, de oscuridad, debido a
tantos desvíos; que había que rezar mucho, darse golpes de pecho,
arrepentirse de lo posible malo que hubiesen hecho, y de lo que no
habían hecho y que nadie se desviara; para implorar la misericordia
de Dios que nos librara de ese castigo. Habían hecho alistar varias
botellas de agua bendita, ceras grandes benditas, hojas de palma de
ramo bendito, etc. Había que salir a las cuatro de la mañana a rezar
el rosario de aurora. Eran tiempos de cuentos, de contar y no acabar.
El día que colocaron la imagen, yo estuve por ahí; vine con Dositeo
Parada Morales; ahí en la Lomalta se encontró y charlaba con Cecilia
Morales Torres, una prima hermana de Dositeo, hija de Noé Morales,
que era maestra de escuela, luego Licenciada. Había mucha gente;
pero yo conocía a muy pocas personas. Estaba una compañera de
escuela del Valle, que era bonita y muy alegre, estaba con hábito,
estaba haciendo el sacrificio de ser religiosa, se llamaba Hercilia
Guerrero Vega. Ese día hubo misa, pero no me gravé en la mente quien
era el sacerdote. El Párroco era Marco Aurelio Quintero; pero él ya
estaba muy viejo, no podía salir a esos caminos. En fin, esas son cosas
que ya no hay quien las cuente y, que a mí me parece que ya no le dan
ninguna importancia; talvez, quien más se interesaba por ese
monumento de la Virgen de Fátima era Joaquín Sarmiento; él le hacía
23

mantenimiento y lo adornaba con flores. Cuando colocaron esa


imagen no había carretera; la carretera la iniciaron en 1.958 y a la
Lomalta llegó en 1.970. Fue una obra muy lenta, no había plata, para
que algo anduviera la obra tenían que hacerlo a base de basares y de
problemas.

Al fin de tantos cuentos, la verdad fue que no hubo los tres días de
tinieblas, que a lo último lo habían rebajado a un solo día que también
lo fijaron para esas fechas numéricas que las califican como malas, era
el 13 de octubre de 1.960; algunos se alistaron para lo final, los de mi
casa no se alistaron porque poco creían y el que menos creía en esos
cuentos era yo, pero me tocaba estar callado por sí, o por no ; el miedo
que nos habían metido era muy grande, yo cuando eso no tenía la
suficiente capacidad de conocimientos para contradecir semejantes
brutalidades.

Pero nuestra gente ingenua y sumisa a falsas creencias, alcanzó a ver


la claridad, en vez de las tinieblas; que eso era un engaño, un
embeleco, al igual que muchos otros cuentos. Esas anunciadas
tinieblas, sirvieron para salir un poco del oscurantismo, pensar y
entender que el cosmos es perfecto, no puede fallar.

LOS ESPANTOS DE LA LOMALTA.

Son muchos los cuentos de los espantos y espantajos de la Lomalta;


pienso que muchas personas, tienen en la cabeza un cuento a su modo
de imaginar algo para asustar, eso está muy bien, con todo eso han
adornado esa loma fría y muy atractiva. Desde que me conocí, oí
cuentos y cuenticos y ese fue mi camino de toda mi vida; pasé muchas
veces solo a altas horas de la noche a pie o en mi caballo; si me
acordaba de los cuentos, pero como yo no creo en eso, nunca sentí
miedo, ni se me apareció un espanto, tampoco una espantaja de esas
que dicen que seducen a los hombres, ni tampoco el caballo estornudó
para indicarme que algo extraño había en la vía. Lo que sí encontré
ya cerrando la noche, en la curva de la carretera, abajo de la última
casa que construyó Joaquín Sarmiento, donde empieza el desecho o
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atajo; primero a Julio Torres Amaya, de Quinchos, ahí estaba caído


patas arriba; lo conocí y me conoció cuando llegué ahí en mi caballo
y me dijo entre trabado: ¡Hay amigo! bájese, deme la mano, ayúdeme
a pararme, vengo de trabajar en Fusa, venía acalorado y algo tomado,
pero venía bien, pero salí al alto y el frio me hizo daño, con mucho
trabajo llegué hasta aquí, y aquí caí, no me puedo parar, ayúdeme a
parar a ver si puedo caminar y devuélvase y me acompaña hasta donde
yo considere que me puedo defender.

Inmediatamente me bajé del caballo y puse manos a la obra de


ayudar al pobre hombre caído, y sin modos de defenderse de los efectos
del guarapo y el cambio brusco del aire algo caliente del lado de la
vereda de Fusa y a la sombra de la loma; pero al salir a sobre la loma
el frio es intenso y causa efectos muy malos a las personas. A fuerza de
ayuda y de voluntad, Julio Torres Amaya se puso de pie, echó su pala
de ganche al hombro y empezamos a caminar. Lo acompañé hasta bien
allá, hasta cuando él se valoró que se podía defender. Le quedaba
mucho terreno, carretera por recorrer, hasta pasar La Peña blanca, que
era donde él vivía.

En el mismo sitio y víctima de los mismos efectos, encontré caído a


Juvenal Sanabria Torres, todavía estaba bien de día, me conoció, y lo
conocí; en la misma forma, me bajá de mi caballo para auxiliarlo; pero
Juvenal estaba más afectado que Julio, tuve que acompañarlo, es decir
llevarlo hasta su casa, ubicada más allá de la quebrada La Carbonera.
Entregarlo bueno y sano, poner pie en el estribo, montar en mi caballo
y coger mi camino ya de noche, venir y pasar por la curva de los caídos,
que no eran espantos, pero porque los encontré de día; si esos encuentros
hubiesen sido de noche, el cuento sería muy diferente, esos bultos de
gente caída habrían sido un espantoso susto para caballo y jinete, y la
obra de buen samaritano tendría que haberla hecho temblando y más
trabado que los pobres borrachos.

LOS CANDELABROS DE LA LOMALTA.

Vuelvo tomar el cuento reforzado de que cuando los pinos estuvieran


grandes, Cartón de Colombia compraba hasta los gajos; y nos
quedamos mirando para los gajos; ya funcionaba la carretera y
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crecieron los pinos, Joaquín Sarmiento esperaba que de pronto en


alguno de tantos carros que pasaban llegara el negociante a
comprarle la madera; pasaban camiones repletos de madera acerrada
en otras partes, pero para el pobre Joaquín, que los palos le acabaron
con la finca, nadie llegó. Decían que esa clase de madera no vale
porque hay abundancia y que solo se puede acerrar en verano porque
en invierno se macanea. Desesperado Joaquín con ese estorbo que le
acabó con la finca, que algo le daba; empezó a tumbar palos a hacha;
después pensó que era más fácil prenderle candela; así lo hizo varias
veces y tenían que ir a apagar los incendios.

LA MUERTE DE JOAQUIN SARMIENTO.

El 28 de enero de 2.001, hubo un incendio en la Lomalta; en pleno


verano, todo ayudaba a la candela, fue un candelazo muy verraco;
del pueblo fue gente a ayudar a apagar y apagaron la candela, nadie
se dio cuenta dónde se quedó Joaquín, que lo habían visto ayudando
a apagar. Como Joaquín vivía solo en la Lomalta y era hombre
misterioso, nadie lo echó de menos y transcurrieron los días, hasta que
un día ya en febrero, Nubia Clemencia Torres Ulloa, una habitante de
un balconcito que tiene la Lomalta al lado de la vereda de Fusa, vio
que en una cueva de la ladera entraban y salían varias chulas. Era un
verano de esos que estamos viendo y viviendo en estos tiempos con el
cambio climático; el cielo estaba totalmente azul, no había ni una
nubecita, hacía mucho calor, reberberiaba el sol; de la vega, de ese
profundo vallado del Rio Fusa subía el aire caliente con mucha fuerza
y se estrellaba contra la roca empinada, perpendicular de la Lomalta,
aun levantaba algunas cenizas. Al salir al filo de la loma ese aire con
fuerza, impedía que las chulas o galembos que son negros, que tienen
la punta de las alas blancas y que vuelan muy alto, pudieran bajar a
la cueva; para romper o vencer la columna de aire, encorvaban las
poderosas alas por debajo y se lanzaban en picada, bajaban como
bólidos para tomar otro nivel para poder llegar a la cueva. En cambio,
las gualas que son de color pardo, son más grandes, no tienen esa
dificultad porque siempre vuelan rastrero buscando por todas partes,
llegan primero a la presa y son las primeras que pican y luego tienen
que irse porque las chulas las sacan de la manada.
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Era un bello espectáculo de fuerza y poder en el cielo azul profundo.


Aumentaba el calor; aumentaba también la cantidad de galembos
dando vueltas y más vueltas; era LA DANZA DE LAS CHULAS. Una danza
con mucha altura; con clase muy elitista, porque allá no pueden llegar
las gualas que son sus similares. El fuerte viento impidiendo que las
chulas bajaran, pero las chulas, esas fieras de los aires no están hechas
para que el viento las maneje, sino ellas con su fuerza y poder de vuelo
para dominar el aire, cuando decidían bajar, bajaban con tanta
fuerza que silbaba el viento y cuando querían mermar el bólido lo
hacían.

Intrigada Nubia Clemencia Torres Ulloa con el espectáculo que estaba


viendo; ya se le había cansado la nuca de mirar para la empinada
loma y las danzas de los galembos. Se revistió de energía, templó la
corva para irse por la loma arriba; y se fue con machera a mirar qué
habría de extraño en esa cueva; cuando iba llegado llevaba el corazón
acelerado por el calor, por el ejercicio de la caminada, y por la intriga
de lo desconocido que podría encontrar; ante la duda, templó el
espíritu en esa soledad y en esa temible ladera, dio con firmeza los
pasos que le faltaban y se encontró con la escalofriante escena de, que
ahí estaba una persona muerta; ya no se conocía quien sería porque
las aves de rapiña le habían comido toda la cara y el cuello; pero por
la vestimenta conoció que el muerto era su vecino Joaquín Sarmiento.
¡El muy nombrado Joaquín Sarmiento! Nubia Clemencia Torres Ulloa,
fue en ese momento una hembra valiente, dura, y tranquila, no le falló
el acelerado corazón. ¡Ese no era un momento ni un sitio para flojos!

Nubia Clemencia Torres Ulloa, inmediatamente se fue para Chinavita


y dio la chiva de noticia a las autoridades.

Se hicieron todas las diligencias del caso y la defunción fue el 5 de


febrero de 2.001 a los ocho días de muerto. Se concluyó que Joaquín el
día del incendio acosado por la candela se refugió en esa cueva y allí
murió asfixiado. Joaquín murió luchando contra los poderosos que lo
engañaron invadiéndole su finca con esa madera, y murió como
mueren los grandes hombres: solo, pobre y abandonado. Murió a causa
de la candela en su tierra; no le pasó nada en el candelazo del 9 de
abril de 1.948 en Bogotá, donde los incendiarios llevaban en unos
tarros con agua, las aparentes tizas, ¡las tenebrosas tizas de fósforo
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blanco!, que con guantes sacaban las barritas y rayaban lo que


encontraban y ahí se formaba el incendio. Fue una vida muy dura, de
frio y soledad en la Lomalta, de candela, de magia, mito y leyenda. Se
acabó su vida llena de misterio y a nadie le hizo mal.

¡Chinavita es tierra de mitos y leyendas!

Chinavita agosto 17 de 2.017.

Eduardo Sánchez Mora.

Por la anterior exposición, el señor Alcalde Municipal de Chinavita,


Coronel Francisco Javier Roa Millán, con su interés por la cultura, el
campo, y teniendo en cuenta que esto sirve para fomentar el turismo en
Chinavita ha resuelto:

Primero: Dentro del menor tiempo posible, mandar, y hacer arreglar


muy bien, el sendero a la cueva donde murió Joaquín Sarmiento;
mandar elaborar y colocar una placa conmemorativa que dirá así:
Asfixiado por un incendio, aquí murió el 28 de enero de 2.001, el
misterioso hombre de leyenda de esta tierra JOSÉ JOAQUÍN SARMIENTO
SANABRIA.

SEGUNDO: En la mismo forma mandar arreglar muy bien el camino al


ALTO DE LOS TIESTOS en la verada de Montejo, para que mucha gente
venga de turismo, a buscar y mirar el camino de los enamorados; ¡SÍ,
de los enamorados de ésta tierra, de esa tierra, de nuestra tierrita; que
vengan, que regresen a buscar la selva verde; ¡de ese verde intenso y
profundo, de la esperanza de que algún día nuestros campos puedan
volver a reverdecer y florecer, que no olviden, ni olvidemos nuestros
tiestos! Que es “verdad” que nuestros campos y campesinos están muy
mal, pero “UNIDOS POR CHINAVITA” esto cambiará.

TERCERO: En sendos actos especiales de cultura, el señor Alcalde hará


entrega a la comunidad de estas obras.
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EL AUTOR SIEMPRE LEYENDO, PENSANDO, ANALIZANDO Y


ESCRIBIENDO LA HISTORIA DE CHINAVITA

EDUARDO SÁNCHEZ MORA