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PRINCIPIOS ÉTICOS

La noción de principio trata de la norma, la máxima o precepto que orienta el pensamiento y la conducta
individual y colectiva. Está asociado a la conciencia de cada persona y acumula aquello que se toma como
válido o bueno. Existen, sin embargo, numerosos principios compartidos a nivel social que ayudan a
desenvolvernos en el día a día y gracias a ellos, podemos actuar siguiendo ciertos patrones a la hora de
encontrarnos ante un dilema, es decir cuando dos o más principios y/o valores éticos entran en conflicto.

Cuando los valores se convierten en máximas de nuestra vida, pasan a ser principios.

En concreto, se considera que en la sociedad existen una serie de principios éticos entre los que se destacan:

LA LIBERTAD:
La moral busca normas que garanticen que todos los individuos que viven juntos, o tienen que convivir con
los demás, posean el mayor grado posible de libertad. Así lo moral y ético es el respeto de las libertades
propias y ajenas.

Libertad proviene del vocablo latino Libert, que significa posibilidad de elección espontánea, como acto
voluntario que promueve la satisfacción de una necesidad. Es una facultad racional de la persona, que le lleva
a elegir entre distintas opciones, la que se considere la mejor o más adecuada para uno y para los demás.

El conocimiento y la razón permiten elegir de manera inteligente la mejor opción, es decir que la verdadera
expresión de libertad radica en hacer lo que a bien se tenga haciendo uso de la razón. Gracias a la capacidad
de discernir la persona sabe que puede decidir, pensar y actuar como un sujeto racional.

No obstante al hablar de libertad, no basta el aspecto racional, pues una parte importante la desempeña
también la voluntad. En efecto, no basta con que uno sepa racionalmente cómo ha de actuar, también es
importante que tenga la voluntad de llevarlo a cabo. Mucha gente sabe lo que tiene que hacer; sin embargo,
a lo mejor no tiene la voluntad para hacerlo.

La libertad limita, por un lado, porque cuando elegimos nos limitamos a una sola posibilidad. Y por otra,
porque si todas las personas tienen libertad, ésta va hasta donde inicia la libertad de otros. La libertad se gana,
se conquista estableciendo un compromiso de respeto con uno mismo y con los demás. Es decir, quien aspira
a su libertad, pero no aprecia la de los demás no es un individuo libre.

Los límites de la libertad son de dos clases: una interna, la conciencia moral, despende de cada individuo y los
valores de regulan su actuar. Una externa, la moral social, son los mínimos de convivencia, las leyes.

Hay que decir que una sociedad sin libertad se estanca, sufre, pierde la autocrítica, la capacidad de crecimiento
y de evolución. En una sociedad, los ciudadanos deben elegir qué hacer, disponer de un ambiente propicio
para el desarrollo de sus proyectos y tener la oportunidad de hacerlo conforme a sus deseos e intereses; pero
también deben tener claro que cada acto de libertad genera compromisos que uno como individuo y con la
sociedad a la que pertenece.

LA AUTONOMÍA:
El término autonomía, tal como se entiende hoy, viene del griego autos (sí mismo) y nomos (ley). Por lo tanto,
hace referencia a la posibilidad que tiene todo ser humano de darse sus propias normas para la realización de
su vida, sin esperar premios ni castigos por las acciones que ejecuta, sino tan solo por la satisfacción que
conlleva la propia realización.

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Cuando se es bebe, los padres y demás parientes le dan a la niña o el niño las primeras normas, más tarde
serán reforzadas en los otros ámbitos de socialización como el jardín, el colegio, los grupos sociales. Significa
que la etapa inicial de la vida moral es heterónoma.

La palabra heteronomía está formada por los vocablos heteros que significa ajeno, externo y nomos que
significa ley, norma. Es decir que la ley viene de afuera, impuesta, en donde uno se comporta de acuerdo con
normas o lineamientos ajenos.

En la medida en que la persona por su proceso de madurez va adquiriendo capacidad de pensar por sí mismo,
aprende que las normas y reglas que recibe deben ser sometidas a un juicio maduro de la razón, al ser capaz
de indagar, cuestionar, analizar lo que ha sido dado desde afuera y establecer si se debe hacer o si nos estamos
engañando.

Autónomo es todo aquél que decide conscientemente qué reglas son las que van a guiar su comportamiento,
que tiene capacidad y libertad para pensar por sí mismo con sentido crítico. Que obra no por coacción, “nadie
me impone las reglas desde el exterior”, sino por convicción “sé lo que hago, no me dejo llevar por la rutina,
la costumbre, el capricho, lo bien visto o la imagen que me gustaría dar ante los demás”

Una de las dificultades más grandes con la que se encuentra el hombre contemporáneo, en términos éticos,
tiene que ver con esa tendencia, cada vez más generalizada, a no sentirse responsable por las cosas; y ello por
una suerte de ignorancia o de ingenuidad. No hay, por lo tanto, ética sin libertad, pero tampoco hay autonomía
sin ella.

La autonomía a la vez que es principio, es un derecho, que es alcanzado en la medida en que se demuestra
un uso responsable del ejercicio de la libertad. En consecuencia, no todos los seres humanos son autónomos;
solo lo son aquellos a los que, en términos del reconocimiento, se les considera capaces del autogobierno.

LA DIGNIDAD HUMANA

Seguramente has oído hablar de la dignidad humana y de que todas las personas somos dignas, pero ¿te has
preguntado alguna vez a qué se refiere tal dignidad?

Etimológicamente viene de la palabra dignitas y del adjetivo dignus: expresa que la persona tiene valor
intrínseco, que es merecedora de respeto por el solo hecho de serlo. Pertenece al modo de existir de la
persona y no depende de si es o no consciente, de si es o no virtuosa, de si es o no aceptada o apreciada, al
igual que no depende del poder que supuestamente tiene.

Un buen pastel es digno de ser comido, un buen estudiante es digno de reconocimiento y un buen libro, digno
de ser leído. Ser digno de algo equivale a merecer ese algo; pero entonces, ¿qué significa que nosotros
tengamos dignidad humana? Tómate un momento y piénsalo… La pregunta, en realidad, no es nada fácil, pues
detrás de ella se esconde la creencia de que nos merecemos algunas cosas por el simple hecho de ser seres
humanos.

En el siglo XVIII, el filósofo alemán Inmanuel Kant se preguntó ¿qué significa que nosotros tengamos dignidad
humana? Sostuvo que la mejor forma de responder consistía en determinar si existe alguna diferencia
significativa entre los seres humanos y el resto de las cosas. Pensando en esto, Kant encontró que la verdadera
diferencia está dada por el valor que tenemos.

Hay elementos que sólo valen por alguna característica o función, como un martillo que es útil para martillar,
o un paraguas que sirve para detener la lluvia. Sin embargo estos objetos no tienen un valor propio y si se
llegaran a romper perderían su valor y podríamos tirarlos a la basura. A todo aquello que tiene un valor
relativo, es decir, que vale para algo diferente de sí mismo, es posible fijarle un precio e intercambiarlo.

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Pero existen otros seres cuyo valor no está dado por la utilidad que puedan tener para otras cosas, sino que
son valiosos por sí mismos. Este es el caso de los seres humanos, de quien Kant dice que tienen un valor
absoluto. Si a una persona se le rompe una pierna o incluso si se encuentra inmovilizada en una cama, no
podemos pensar en tirarla a la caneca. No podemos desecharla, porque los seres humanos tenemos un valor
absoluto y no precio.

La dignidad es una potencia que se desarrolla, por tanto cuando se trata a la persona como instrumento para
la consecución de objetivos de otros y se le exige realizar acciones sin juicio, se desactiva su sentido crítico y
se le trata como medio y no como fin.

Los humanos por ser seres racionales, tenemos el deber de hacer actos que beneficien a los demás,
esforzarnos por promover su bienestar, respetando sus derechos, evitando causarles daño y de modo general
esforzarnos en lo que se pueda por fomentar los fines ajenos. Nunca debemos manipular a la gente o usarla
para alcanzar nuestros propósitos, por muy buenos que se consideren estos.

La dignidad no se negocia y cuando la persona se siente amenaza en sus derechos, hace resistencia, se indigna
y debe decir NO, nunca más.

No obstante, el reconocimiento de la dignidad humana no siempre existió. Tal como hoy la entendemos, es el
resultado de un desarrollo histórico muy largo. Hasta hace no muchos años existían en el mundo los esclavos:
personas que pertenecían a un amo, y que podían ser vendidas por el precio que éste les fijara.

Nuestra Constitución Política busca evitar a toda costa que una situación así, en la que a alguien no se le
reconozca su valor absoluto como persona humana, se pueda presentar nuevamente; por eso lo primero que
los colombianos acordamos en 1991, es decir hace 25 años, fue que todos somos dignos de respeto y que
nuestra existencia es un fin en sí mismo, nunca un medio para que otras personas logren sus objetivos. Por
esto consagramos el principio de dignidad humana en el primer artículo de la Constitución como un valor
absoluto que no puede ser limitado por ninguna otra norma.

La Corte Constitucional ha dicho que la dignidad tiene tres manifestaciones y que todas ellas están
protegidas por la Constitución:

El primer aspecto de nuestra dignidad consiste en no permitir que suframos humillaciones; es decir, que no
nos sea irrespetada nuestra integridad física y moral. En este sentido, la Corte Constitucional ha protegido a
los niños maltratados por sus padres, a los enfermos que no reciben atención médica o asistencial, o en
ocasiones es de poca calidad, a los reclusos que son maltratados en las cárceles y a muchas otras personas
que, en ciertas circunstancias, son tratadas de una manera indigna.

Un segundo aspecto consiste en contar con condiciones materiales que son necesarias para vivir bien. Si
toda persona es un fin en sí misma, ningún individuo debe estar condenado a sobrevivir en condiciones
inferiores a las que requiere para vivir humanamente, es decir contar con el mínimo vital.

Un último aspecto de nuestra dignidad consiste en que somos seres autónomos y estamos en capacidad de
decidir por nosotros mismos aquellas cuestiones que están relacionadas con nuestro modo de vida. En este
sentido la dignidad se entiende como autonomía o como posibilidad de diseñar un plan de vida y de
determinarse según las características del mismo.

En suma, DIGNIDAD es todo aquello que reclama el ser humano de sí mismo y de los otros: respeto,
estimación, custodia y realización. Por eso sentimos indignación cuando vemos que se maltrata a una persona
o se pisotean sus derechos más básicos.

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LA ALTERIDAD
“Todo aquello que no soy yo, es otro”
Al lado del “yo” existe un “tú” y un “él”. Y cada uno de ellos es un “yo”, es decir, otra persona como yo. Al lado
de un “uno” existe un “otro”. Yo me siento y me expreso espontáneamente como “uno”, uno que cree…, uno
que dice…Pero frente a mí existen “otros”. Habitualmente se tiende a menospreciar, sino a rechazar, el que
“otro crea que...”, “otro decida…”: Olvido que ese “otro” es un “uno” como yo, que cada tú o cada él es
primordial y originalmente un “yo”.

La persona reafirma su identidad y dignidad a través del Otro, un ajeno, un diferente. El Otro es aquello que
nunca fuimos, no somos y no seremos. Incluso podría decirse que el Otro es lo que no queremos ser. Por
supuesto, quien es el Otro varía según la perspectiva de cada individuo: para los occidentales, el Otro son los
orientales mientras que, para éstos, la otredad estará dada por la existencia de los occidentales.

Esta visión ha generado conflictos en la historia de la humanidad, por cuanto resulta difícil para el individuo
aceptar al diferente, más aún cuando ese otro posee notables diferencias e implica modificar la propia
identidad. Pensadores de mediados del siglo determinaron que una de las causas de los genocidios en la
segunda guerra mundial es el que toda “Identidad dura” necesita de un “Otro inferior” o marginal para
fundamentar su diferencia y de ese modo justificar su pretendida superioridad.

La otredad se encuentra presente en el día a día de cualquier persona. ¿Cómo? A través de elementos tales
como la empatía, el rechazo, la tolerancia o la simpatía. No implica que el otro deba ser discriminado o
estigmatizado; por el contrario, las diferencias que se advierten al calificar a él o ella como un Otro constituyen
una riqueza social y pueden ayudar al crecimiento de las personas.

Una persona a través de la interacción y el diálogo con el otro puede conocer cosas que antes no había
conocido, generando un mayor acercamiento y entendimiento sobre ese otro. Octavio Paz, poeta y ensayista
mexicano abordó la otredad y puede evidenciarse en uno de los fragmentos de su poema Piedra de sol:
(…) nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, ¿todos somos
la vida? pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros (…)
“Los otros todos que nosotros somos” - en el reconocimiento de la existencia del otro, afirmamos nuestro
propio conocimiento, nuestra identidad.

BIBLIOGRAFÍA ASOCIADA

Gómez Navas Leonardo (2012). Libertad, autonomía y responsabilidad. En: Ética y valores I. (págs. 51 – 60).
Mc Graw Hill. México.

Kant, Immanuel. La idea de la dignidad humana en: Fundamentación de la metafísica de las costumbres. trad.
Manuel García Morente (1946). Espasa-Calpe, Madrid.

Mazo Álvarez, Héctor Mauricio. 2012. LA AUTONOMÍA: PRINCIPIO ÉTICO CONTEMPORÁNEO. Revista
Colombiana De Ciencias Sociales. Vol.3. No. 1. PP. 115-132. Enero-Junio. Medellín-Colombia.

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Torralba, Francesc. Dignidad humana. p.53. Ponencia leída en el Primer Simposium Internacional de Ética en
Instituciones de Salud Monterrey, Nuevo León. Mayo 2006.

https://www.acfilosofia.org/materialesmn/libro-de-texto/curso-2016-17/valores-eticos-4-eso/843-persona-
dignidad-y-derechos#2-nuestra-dignidad-y-nuestros-derechos
http://gazeta.gt/educacion-en-la-otredad/