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CAPÍTULO 23

La industria moderna y la política de masas, 1870-1914

«¡Nos hallamos sobre el promontorio más elevado de todos los siglos!», resolvió el
poeta y editor literario italiano F. T. Marinetti en 1909. En su rimbombante manifiesto
(publicado en la portada de un periódico parisino y calificado por él mismo como
«declaración incendiaria»), Marinetti presentó ante Europa un movimiento artístico
agresivo llamado futurismo. Para rebelarse contra lo que él consideraba el
conservadurismo gastado e impotente de la cultura italiana, Marinetti reclamaba una
renovación radical de la civilización a través de «la valentía, la audacia y la
sublevación». Enamorado del rudo poder de la maquinaria moderna, del ajetreo
dinámico de la vida urbana, pregonó «una forma nueva de belleza, la belleza de la
velocidad». Pero lo más llamativo de Marinetti radicó en su alabanza de la heroica
violencia de la guerra y su desprecio por las tradiciones morales y culturales que
constituían los cimientos del liberalismo decimonónico.

En el momento en que Marinetti publicó su manifiesto, cinco años antes de la Primera


Guerra Mundial, la gente de toda Europa se sentía, en efecto, viviendo en un mundo
radicalmente nuevo. Una serie de cambios explosivos había recorrido Europa durante
los años transcurridos desde 1870. Una segunda revolución industrial impulsó un
crecimiento descomunal en los ámbitos y escalas industriales. El consumo de masas
pasó a formar parte de la vida, al igual que la política de masas. Nuevos bloques de
votantes plantearon nuevas demandas políticas, y los gobiernos nacionales lucharon
por mantener el orden y la legitimidad. Los socialistas movilizaron a un número cada
vez mayor de obreros industriales, mientras los sufragistas demandaban el voto
femenino. En las artes y las ciencias, la aparición de teorías nuevas desafió las antiguas
nociones sobre la naturaleza, la sociedad, la verdad y la belleza. Pero estos cambios no
se limitaron a pasar de puntillas sobre las tradiciones del siglo XIX. Pocos europeos
recibieron la era moderna con el desenfado impávido de los futuristas. Como se verá,
el gran dinamismo y significado de este período provino del modo ambivalente,
desigual, con que los grupos, individuos y gobiernos afrontaron el desafío de un
mundo en pleno cambio.

Nuevas tecnologías y transformaciones globales

Durante el último tercio del siglo XIX, las nuevas tecnologías transformaron el rostro
de la manufactura en Europa y dieron lugar a cambios en los niveles de crecimiento
económico y a reajustes complejos entre la industria, la mano de obra y los gobiernos
nacionales. Al igual que la primera revolución industrial europea, que comenzó a
finales del siglo XVIII y se centró en el carbón, el vapor y el hierro, esta «segunda»
revolución industrial se basó en innovaciones en tres campos clave: el acero, la
electricidad y los productos químicos.

El acero, más duro, más fuerte y más maleable que el hierro, era cotizado desde hacía
tiempo como material de construcción. Pero hasta mediados del siglo XIX, la
producción de acero a bajo coste y en grandes cantidades había resultado imposible.
Esto cambió entre las décadas de 1850 y 1870, cuando tres procesos distintos de
refinamiento y producción en masa permitieron que el acero revolucionara la industria
metalúrgica. Uno de esos procesos lo desarrolló el inglés Henry Bessemer, los otros se
lograron gracias al trabajo conjunto de los hermanos alemanes Siemen y el ingeniero
francés Pierre Martin. Aunque el hierro no desapareció de la noche a la mañana, no
tardó en quedar eclipsado por la vertiginosa producción de acero. Los constructores
navales británicos adoptaron con rapidez y provecho la construcción con acero y, con
ello, conservaron su liderazgo en la industria. Sin embargo, fueron Alemania y Estados
Unidos quienes dominaron el resto de la industria del acero. En 1901 Alemania
producía casi la mitad más de acero que Gran Bretaña, lo que le permitió crear una
infraestructura nacional e industrial masiva.

Fuente: Carlo Cipolla, The Fontana Economic History of Europe, vol. 3 (2), Londres,
Collins/Fontana Books, 1976, p. 775.

Como el acero, la electricidad también se había descubierto con anterioridad, y sus


ventajas eran igualmente bien sabidas. Pero fue ahora cuando otra serie de
innovaciones decimonónicas permitió transmitirla a larga distancia para convertirla en
calor, luz u otros tipos de energía y, por fin, darle un uso comercial y doméstico. En
1800, el italiano Alessandro Volta inventó la batería química. En 1831, el científico
inglés Michael Faraday descubrió la inducción electromagnética que condujo al
desarrollo del primer generador electromagnético en 1866. En la década de 1880,
varios ingenieros y técnicos habían confeccionado alternadores y transformadores
capaces de producir corriente alterna de alto voltaje. Hacia finales de siglo, grandes
centrales eléctricas que solían utilizar la fuerza barata del agua lograron enviar
corriente eléctrica a grandes distancias. En 1879, el estadounidense Thomas Edison y
sus colaboradores inventaron la lámpara de filamento incandescente y convirtieron la
electricidad en luz. La demanda de electricidad subió como un cohete y, pronto, todas
las zonas metropolitanas estuvieron electrificadas. Como sector líder en la nueva
economía, la electricidad sirvió para propulsar metros, tranvías y, con el tiempo,
ferrocarriles de larga distancia; permitió técnicas nuevas en las industrias químicas y
metalúrgicas; y poco a poco cambió de manera radical los hábitos de vida en los
hogares corrientes.
La industria química fue el tercer sector que desarrolló tecnologías nuevas de gran
relevancia. La producción eficaz de álcali y ácido sulfúrico transformó la fabricación de
productos de consumo como el papel, los detergentes, los textiles y los fertilizantes.
Gran Bretaña y, en especial, Alemania encabezaron el sector. Los británicos abrieron
camino en la producción de jabón de manos y limpiadores domésticos. El aumento del
interés por la higiene en las casas y las nuevas técnicas de publicidad de masas
permitieron al empresario británico Harold Lever comercializar sus jabones y
detergentes en todo el mundo. La producción alemana, por otro lado, se centró en los
usos industriales, como el desarrollo de tintes sintéticos y métodos para refinar el
petróleo, y llegó a controlar casi el 90 por ciento del mercado químico mundial.

Otras novedades contribuyeron a la segunda revolución industrial. Por ejemplo, la


demanda creciente de energía eficiente espoleó la invención del motor de combustión
interna con combustible líquido. Las turbinas de vapor perfeccionadas ya disponían de
motores que funcionaban a velocidades sin precedentes, pero los motores de
combustión interna ofrecían dos grandes ventajas: eran más eficaces y no precisaban
personal para alimentarlos a mano, como en el caso de los motores de vapor. En 1914
la mayoría de las armadas habían pasado de usar carbón a usar petróleo, al igual que
las compañías privadas de buques a vapor. La dependencia del petróleo crudo y la
gasolina destilada de los nuevos motores puso en peligro en un principio su aplicación
generalizada, pero el descubrimiento de campos petrolíferos en Rusia, Borneo, Persia y
Tejas alrededor de 1900 acalló los recelos. Por tanto, la custodia de esas reservas
petroleras se convirtió en una prerrogativa estatal vital. La adopción de maquinaria
propulsada con petróleo tuvo otra consecuencia importante: los industriales que
previamente habían dependido de ríos o minas de carbón cercanos para obtener
combustible se vieron libres para poder instalar sus empresas en regiones carentes de
recursos naturales. Ahora existía el potencial para una industrialización planetaria. Por
supuesto, el motor de combustión interna depararía cambios más radicales aún en los
transportes futuros del siglo XX, pero tanto el automóvil como el aeroplano se
hallaban aún en su infancia antes de 1914.

CAMBIOS EN ÁMBITOS Y ESCALAS

Estos cambios tecnológicos formaron parte de un proceso mucho más amplio


consistente en un crecimiento impresionante de los ámbitos y las escalas de la
industria. Las tecnologías fueron al mismo tiempo causas y consecuencias de la carrera
occidental hacia un mundo más grande, más veloz, más barato y más eficiente. A
finales del siglo XIX, el tamaño sí importaba. El aumento de la industria pesada y la
mercadotecnia de masas hicieron que las fábricas y las ciudades crecieran mano a
mano, mientras que los avances en cuanto a medios de comunicación y movilidad
contribuyeron a la formación de culturas nacionales de masas. Por primera vez, la
gente común seguía las noticias a escala nacional y global. Observaba de cerca cómo se
repartían el orbe las potencias europeas y ampliaban así sus imperios con logros
prodigiosos de supremacía ingenieril; las vías férreas, los embalses, canales y puertos
crecieron hasta alcanzar unas proporciones monumentales. Los proyectos de este tipo
encarnaron las ideas de la industria europea moderna. Pero también generaron
ingentes ingresos para los constructores, inversores, banqueros, empresarios y, por
supuesto, fabricantes de acero y hormigón. Canales en Europa central, vías ferroviarias
en los Andes y cables telegráficos tendidos sobre el lecho marino: todos esos
«tentáculos del imperio», tal como los llama un historiador, se desplegaron por todo el
globo.

Pero la industrialización también produjo cambios profundos, aunque menos


espectaculares, en Europa. La población creció sin cesar, sobre todo en Europa central
y oriental. La población de Rusia creció casi una cuarta parte y la de Alemania
alrededor de la mitad más en el intervalo de una sola generación. La población de Gran
Bretaña creció también casi un tercio entre 1881 y 1911. Los avances en los cultivos y
el transporte marítimo aliviaron la escasez de alimentos, lo que se tradujo en una
propensión menor a contraer enfermedades y a la mortalidad infantil en poblaciones
enteras. Los adelantos en medicina, nutrición e higiene personal disminuyeron la
propagación de enfermedades peligrosas como el cólera o el tifus, y la mejora en las
condiciones domésticas y en el saneamiento público transformó el medio urbano.

*No se incluye Bosnia-Herzegovina.


Fuente: Colin Dyer, Population and Society in Twentieth Century France, Nueva York,
Holmes and Meier, 1978, p. 5.

Los cambios en cuanto a ámbitos y escalas no sólo transformaron la producción,


también alteraron el consumo. De hecho, fue en este período cuando el consumo
empezó a desplazarse, despacio, hacia el centro de la actividad y la teoría económica.
La era en que los economistas se preocuparan por la fidelidad de los consumidores y
los expertos pudieran efectuar un seguimiento sistemático de los hábitos de consumo
en el público no comenzaría hasta mediados del siglo XX, pero las novedades fueron
apuntando hacia ese horizonte. Los grandes almacenes que ofrecían tanto productos
prácticos como de lujo a las clases medias se convirtieron en el sello distintivo de
aquellos tiempos (de la urbanización, la expansión económica y la importancia recién
atribuida a la comercialización). La publicidad también experimentó un despegue. Los
carteles con lujosas ilustraciones de finales del siglo XIX que anunciaban salas de
conciertos, jabones, bicicletas y máquinas de coser, no fueron más que un signo de las
transformaciones económicas subyacentes. Más significativo aún fue que en la década
de 1880 aparecieron tiendas que intentaron atraer a la clase obrera introduciendo la
novedad importantísima del pago aplazado. En el pasado, las familias de clase obrera
empeñaban relojes, colchones o muebles para tomar dinero prestado. Ahora
empezaron a comprar a plazos, un cambio que con el tiempo tendría unos efectos
sísmicos tanto en los hogares como en las economías nacionales.

No obstante, estas nuevas pautas de consumo de finales del siglo XIX fueron sobre
todo urbanas. En las zonas rurales, el campesinado siguió guardando el dinero bajo el
colchón; heredando unos cuantos muebles de generación en generación;
confeccionando, lavando y remendando los vestidos y la ropa blanca, y ofreciendo un
kilo de azúcar como generoso regalo doméstico. Sólo poco a poco los comerciantes
minoristas fueron reduciendo estas prácticas tradicionales. El consumo de masas
seguía siendo difícil de imaginar en lo que aún era una sociedad profundamente
estratificada.

EL AUGE DE LAS CORPORACIONES

El crecimiento económico y las demandas del consumo de masas aceleraron la


reorganización, consolidación y regulación de las instituciones capitalistas. Aunque las
empresas capitalistas se habían financiado a través de inversores individuales
mediante el sistema de acciones desde al menos el siglo XVI, fue a finales del siglo XIX
cuando las corporaciones modernas alcanzaron la madurez. Para reunir los vastos
fondos requeridos por la ejecución de proyectos a gran escala, los empresarios
tuvieron que ofrecer mejores garantías al dinero de los inversores. Con el fin de
procurar esa protección, la mayoría de países de Europa decretó o mejoró sus leyes de
responsabilidad limitada para garantizar que, en caso de quiebra, los accionistas sólo
pudieran perder el valor de sus acciones. Con esta seguridad, muchos miles de
hombres y mujeres de clase media consideraron ahora la inversión en corporaciones
como una aventura prometedora. Después de 1870, los mercados de acciones dejaron
de ser ante todo una cámara de compensación para los bonos del estado y del
ferrocarril y atrajeron, en su lugar, otras operaciones comerciales e industriales.

La responsabilidad limitada formó parte de una tendencia mayor a la constitución de


corporaciones. Mientras las empresas habían sido en su mayoría pequeñas o
medianas, ahora las compañías se constituyeron en corporaciones para alcanzar las
dimensiones necesarias para sobrevivir. Al hacerlo tendieron a desplazar el control de
los fundadores y directivos locales de la empresa hacia bancos y financieras distantes.
Como las instituciones financieras representaban los intereses de los inversores, que
se centraban en los resultados finales, el control de los bancos sobre el crecimiento
industrial fomentó un espíritu de capital financiero impersonal.

Igualmente relevante fue que la segunda revolución industrial creó una fuerte
demanda de conocimientos técnicos, lo que minó las formas tradicionales de gestión
familiar. Los títulos universitarios de ingeniería y química adquirieron más valor que el
aprendizaje práctico. La emergencia de una clase oficinista (administradores
asalariados de nivel medio que ni eran propietarios ni eran obreros) supuso un cambio
significativo en la vida laboral y para la evolución de la estructura de clases sociales.
El giro hacia iniciativas comerciales más grandes lo impulsó el deseo de aumentar los
beneficios. También se vio alentado por la creencia de que la consolidación protegía a
la sociedad de los peligros de las fluctuaciones económicas al alza o a la baja, y de la
ineficacia derrochadora de una «ruinosa» competencia desenfrenada. Algunas
industrias se asociaron en vertical con la intención de controlar todas las fases de la
producción, desde la adquisición de materias primas hasta la distribución de los
productos terminados. La empresa de aceros de Andrew Carnegie en Pittsburg
controló los costes porque adquirió en propiedad las minas de hierro y carbón
necesarias para la producción del acero y compró, además, una flota propia de buques
de vapor y vías férreas para transportar el mineral hasta las fábricas. Otra modalidad
de autodefensa corporativa la representaron las alianzas horizontales. La organización
en carteles permitió a las empresas dedicadas a la misma industria unirse para fijar
precios y controlar la competencia, cuando no eliminarla de raíz. Las compañías de
carbón, petróleo y acero resultaron especialmente adecuadas para organizarse en
carteles, puesto que sólo unos pocos participantes grandes podían afrontar los gastos
ingentes de la construcción, equipamiento y explotación de minas, refinerías y
fundiciones. En 1894, por ejemplo, empresarios alemanes crearon el Sindicato del
Carbón de Renania-Westfalia, que conquistó el 98 por ciento del mercado alemán del
carbón mediante el empleo de tácticas desalmadas contra los pequeños competidores,
los cuales podían unirse al sindicato o ir a la ruina. A través de tácticas similares, tanto
legales como ilegales, la compañía petrolera Standard Oil de John D. Rockefeller logró
controlar el mercado del petróleo refinado en Estados Unidos, de forma que en la
década de 1880 producía más del 90 por ciento del petróleo del país. Mantuvo el
monopolio mediante el Standard Oil Trust, una novedad legal que permitió a
Rockefeller controlar y administrar activos de compañías aliadas a través del gobierno.
Los cárteles tuvieron gran peso en Alemania y Estados Unidos, pero no tanto en Gran
Bretaña, donde las políticas de libre comercio dificultaban la fijación de precios, y en
Francia, donde tanto las empresas familiares como los trabajadores se opusieron a los
cárteles, y donde, además, existía menos industria pesada.

Aunque los gobiernos intentaron contener en ocasiones el poder creciente de los


cárteles (en Estados Unidos, por ejemplo, donde el presidente «revienta-trusts»
Theodore Roosevelt recurrió a leyes antitrust previas), la tendencia imperante durante
este período consistió en una cooperación cada vez mayor entre los gobiernos y la
industria. En contra de la mentalidad de laissez-faire del capitalismo temprano, las
corporaciones establecieron relaciones estrechas con los estados de Occidente (sobre
todo para la consecución de proyectos industriales coloniales, como la construcción de
vías férreas, puertos y buques de vapor para las líneas regulares). Estos proyectos
exigían esfuerzos económicos tan costosos, o tan improductivos, que las empresas
privadas no los habrían acometido por sí solas. Pero como servían para apoyar
intereses políticos y estratégicos más amplios, los gobiernos los subvencionaron de
buena gana. Aquella interdependencia la enfatizó la aparición de empresarios y
financieros como funcionarios del estado. El banquero alemán Bernhard Dernburg
actuó como ministro alemán de las colonias. Joseph Chamberlain, fabricante británico
y alcalde de la ciudad industrial de Birmingham, también ejerció como ministro de las
colonias. Y en Francia, Charles Jonnart, presidente de la Compañía del Canal de Suez y
de la acerería Saint-Étienne, fue más tarde gobernador general de Argelia. Vinculado a
los intereses imperiales, el auge de las corporaciones modernas repercutió en todo el
orbe.

ECONOMÍA INTERNACIONAL

A partir de la década de 1870, la expansión veloz de la industrialización incrementó la


competencia entre naciones. La búsqueda de mercados, productos e influencia atizó
gran parte de la expansión imperial y, como consecuencia, a menudo enfrentó unos
países a otros. Volvieron a levantarse barreras comerciales para proteger los mercados
interiores. Todas las naciones, excepto Gran Bretaña, elevaron los aranceles con el
argumento de que las necesidades del estado-nación prevalecían sobre la doctrina de
laissez-faire. Pero los cambios en la economía internacional alimentaron el desarrollo
progresivo de un sistema de fabricación, comercio y finanzas entrelazado, mundial. Por
ejemplo, la adopción casi universal del patrón oro para el cambio de moneda facilitó
enormemente el comercio planetario. Al vincular el valor de las monedas, sobre todo
la potente libra esterlina británica, al valor del oro, el cambio de divisas fue inmediato.
El patrón común también permitió que las naciones recurrieran a un tercer país para
que mediara en el comercio y el cambio, y mitigara así los desequilibrios de las
balanzas comerciales (un problema habitual en las zonas industrializadas de
Occidente). Casi todos los países europeos, dependientes de vastos suministros de
materias primas para mantener su tasa de producción industrial, importaban más de lo
que exportaban. Para evitar los déficits crecientes derivados de esas prácticas,
recurrieron a exportaciones «invisibles»: transporte marítimo, seguros y servicios
bancarios. El monto de las exportaciones británicas en esos ámbitos superó con mucho
el de cualquier otro país. Londres se erigió en el mercado monetario del mundo hacia
el cual dirigían la mirada los prestatarios en ciernes en busca de ayuda antes de acudir
a cualquier otro lugar. En 1914, Gran Bretaña tenía veinte mil millones de dólares
invertidos en el extranjero, frente a los 8.700 millones de dólares de Francia y los 6.000
millones de dólares de Alemania. Gran Bretaña también se sirvió del comercio invisible
para afianzar sus relaciones con las naciones productoras de alimentos, lo que la
convirtió en la mayor compradora extranjera del trigo de Estados Unidos y Canadá, la
ternera de Argentina y la carne de cordero de Australia. Estas mercancías,
transportadas a bajo precio en buques refrigerados, bajaron los precios de los
alimentos para las familias de la clase obrera y aliviaron las demandas de subidas de
sueldos.

Durante este período se produjo una transformación en la relación entre las naciones
manufactureras europeas y las fuentes extranjeras de materias primas, tal como se
detalla en el capítulo anterior. Esos cambios remodelaron a su vez la economía y la
cultura de ambos países implicados con diversos grados de expectativas y beneficios.
Este empuje internacional hacia la fabricación y la producción masiva de mercancías
conllevó necesariamente cambios en los arraigados hábitos de consumo y de
producción. Alteró el paisaje y las costumbres de la India tanto como los de Gran
Bretaña. Imprimió nuevos ritmos de vida a las mujeres dedicadas a la fabricación de
ropa en Alemania, a los transportistas de suministros para la construcción de vías
férreas en Senegal, y a los trabajadores que dragaron el puerto de Dakar.
La política obrera y los movimientos de masas

La rápida expansión capitalista de finales del siglo XIX conllevó un crecimiento paralelo
de las dimensiones, la cohesión y el activismo de las clases obreras europeas. Los
hombres y mujeres que trabajaban como asalariados se resintieron del poder de las
corporaciones (un antagonismo compartido fomentado no sólo por la explotación y las
desigualdades que experimentaban en el trabajo, sino también por la creación de
comunidades obreras bien diferenciadas en las ciudades europeas en expansión). Las
corporaciones habían desarrollado métodos nuevos para proteger y apoyar sus
intereses, y los trabajadores hicieron lo mismo. Los sindicatos, que tradicionalmente se
limitaban a trabajadores masculinos cualificados de empresas con un tamaño
modesto, evolucionaron a finales del siglo XIX hasta convertirse en organizaciones de
masas, centralizadas y de ámbito nacional. Este «nuevo sindicalismo» hizo hincapié en
la organización en ramas industriales completas y, por primera vez, incluyó a
trabajadores no cualificados. El amplio alcance de los nuevos sindicatos otorgó a la
mano de obra mayor poder para negociar salarios y condiciones laborales. Pero lo más
importante es que la creación de sindicatos nacionales brindó una estructura para la
aparición de un movimiento político inexistente hasta entonces: el partido socialista
universal.

La aparición de partidos socialistas en toda Europa después de 1870 se debió en parte


a los cambios acaecidos en estructuras políticas nacionales. En la década de 1860, el
avance del constitucionalismo parlamentario había abierto las puertas del quehacer
político a nuevos participantes, entre ellos los defensores del socialismo. Como parte
del proceso legislativo, los socialistas inmersos ya en el parlamento centraron los
esfuerzos en la ampliación del sufragio en las décadas de 1860 y 1870. Sus éxitos al
respecto crearon nuevos distritos electorales formados por hombres de la clase
obrera. Al mismo tiempo, las luchas tradicionales de los trabajadores con la
administración se reestructuraron a una escala nacional, al mismo tiempo que los
gobiernos se alinearon con los intereses empresariales y rebatieron la agitación de la
clase obrera con leyes contrarias a los obreros y al socialismo. Los líderes de la
izquierda radical consideraron la organización a nivel nacional de los movimientos
políticos universales como la única vía efectiva para defenderse de la autoridad política
capitalista. De ahí que, durante este período, los movimientos socialistas abandonaran
tradiciones previas de radicalismo insurreccional (ejemplificado mediante la imagen
romántica de las barricadas en las calles) y se acogieran a la competición legal, pública
desde el seno de los sistemas parlamentarios europeos.

Este desplazamiento hacia la política popular de masas y el éxito parejo de los


movimientos obreros se debió tanto a un aumento del activismo de los intelectuales
como a los esfuerzos de los trabajadores y los sindicatos. El más destacado de aquellos
intelectuales fue Carlos Marx, cuyas primeras actuaciones se comentaron en el
capítulo 20. Desde la década de 1840, Marx y su colaborador Friedrich Engels habían
figurado como intelectuales y activistas redactando panfletos y participando en la
organización de movimientos socialistas incipientes. Después, en 1867, Marx publicó el
primero de los tres volúmenes que conformaron El capital, una obra considerada por
él mismo como la mayor aportación para la lucha por la emancipación humana. Con
ella dotó al materialismo histórico de un fundamento teórico y atacó el capitalismo
desde el campo de batalla de la economía. Con el espíritu científico propio del siglo
XIX, Marx afirmaba que su obra ofrecía un estudio sistemático del modo en que el
capitalismo obligaba a los obreros a entregar su trabajo a cambio de salarios de
subsistencia mientras los propietarios de los medios de producción acumulaban tanto
riqueza como poder. La obra, que aunaba el estudio teórico de la economía con
exigencias de políticas revolucionarias, se convirtió en la crítica socialista del
capitalismo más sobresaliente.

Por diversas razones, la síntesis explosiva de pensamiento y acción que combinó el


marxismo atrajo a trabajadores e intelectuales de todo Occidente, En primer lugar, el
marxismo aportó algunos de los razonamientos más radicales y apremiantes del
período para la democracia y la inclusión política. En toda Europa, aunque sobre todo
en los países occidentales, el socialismo marxista procuró una base crucial para la
instauración de políticas democráticas de masas. Pocos grupos impulsaron con tanta
fuerza la garantía de las libertades civiles, difundieron los conceptos de ciudadanía o
crearon sistemas nacionales de seguridad social. Como doctrina teórica, el marxismo
también reivindicó con firmeza la igualdad entre ambos sexos, pero en la práctica el
sufragio femenino ocupó un segundo plano en la política de clases. El utopismo
marxista también representó un elemento crucial porque su gran promesa de un
futuro mejor y triunfal para los trabajadores captó gran número de ellos para la causa.

No obstante, no todos los movimientos de la clase obrera fueron marxistas. Incluso


cuando varias organizaciones políticas y obreras adoptaron el pensamiento marxista,
siguió habiendo grandes diferencias entre las filosofías, objetivos y métodos de los
diversos grupos de izquierdas. Aquellas disparidades aumentaron en cada industria,
ocupación, región y nación; no existió un movimiento obrero homogéneo. Pero las
cuestiones más distanciadoras radicaron en el papel de la violencia y si los socialistas
debían colaborar con gobiernos liberales o «burgueses» y, en caso afirmativo, con qué
finalidad. Algunos «gradualistas», sobre todo en Gran Bretaña, quisieron trabajar con
los liberales para lograr una reforma gradual, mientras que socialistas más radicales
persiguieron el poder parlamentario para acelerar el derrocamiento del capitalismo.
Los anarquistas y sindicalistas rechazaron de plano la política parlamentaria. Este
primer debate esencial sobre esta cuestión surgió en la Asociación Internacional de los
Trabajadores, o Primera Internacional, fundada en 1864 para promover una actuación
obrera coordinada en el conjunto de Europa. Marx y sus seguidores defendieron con
firmeza los movimientos políticos en masa; los anarquistas, como Mijaíl Bakunin,
rechazaron toda clase de organizaciones centralizadas (ya fueran estados nacionales o
partidos socialistas) y, en su lugar, instaron al terror y la violencia. Aunque este
dilatado debate impidió que la Internacional dibujara un mapa claro de actuaciones
políticas, sus objetivos siguieron ocupando la proa de organizaciones socialistas
ulteriores.

LA PROLIFERACIÓN DE LOS PARTIDOS Y ALTERNATIVAS SOCIALISTAS

Tras el cierre de la Primera Internacional en 1876, la política obrera organizada se


desarrolló con rapidez y tomó direcciones diversas. El socialismo marxista se propagó
por una serie de partidos democráticos socialistas y sociales fundados entre 1875 y
1905 en Alemania, Bélgica, Francia, Austria y Rusia. Estos partidos eran organizaciones
de trabajadores disciplinados y politizados que aspiraban a tomar el control del estado
para acometer un cambio revolucionario: de todas ellas el modelo fue el SPD, el
Partido Socialdemócrata Alemán, creado en 1875. En un primer momento, el SPD
persiguió el cambio político dentro del sistema político parlamentario de Alemania,
pero, tras una época de opresivas leyes antisocialistas, adoptó un programa marxista
explícito y preparó un proletariado con conciencia política para cuando se produjera el
desplome inminente del capitalismo. En el momento en que estalló la Primera Guerra
Mundial, el socialdemócrata era el partido de los trabajadores más grande y mejor
organizado del mundo. Hubo varios factores clave que convirtieron Alemania en un
país especialmente receptivo a la socialdemocracia: la industrialización veloz e
intensiva, una clase obrera urbana extensa, una constitución parlamentaria nueva, un
gobierno nacional hostil a los trabajadores organizados y una tradición nula de
reformas liberales.

La relevancia de este último agente se torna más evidente al considerar el caso de


Gran Bretaña, el primer país (y el más) industrializado del mundo, pero con una
presencia socialista mucho menor y más moderada que cualquier otro país de Europa.
Hacia finales del siglo XIX, buena parte del programa progresista socialista lo
avanzaron liberales radicales en Gran Bretaña, lo que impidió el desarrollo de un
partido socialista independiente. Incluso cuando se creó un Partido Laborista separado
en 1901, se mantuvo claramente moderado, comprometido más con la reforma del
sistema capitalista que con su derrumbamiento. Centró sus esfuerzos en reformas
pragmáticas tales como la vivienda pública, beneficios de seguridad social y subida de
salarios. Para la variedad de activistas políticos pertenecientes al Partido Laborista, así
como para muchos sindicatos británicos, el parlamento continuó siendo un vehículo
legítimo para lograr el cambio social, lo que redujo el atractivo del marxismo
revolucionario.

Si la reforma parlamentaria brindó una alternativa popular al programa marxista, la


doctrina del anarquismo ofreció otra. Tal como se indicó con anterioridad, los
defensores del anarquismo compitieron con los marxistas por definir la dirección que
debía seguir el socialismo europeo. Los anarquistas, contrarios a las economías y
políticas organizadas desde un núcleo central, y a la propia existencia de la autoridad
del estado, abogaron por la soberanía individual y una democracia localizada a
pequeña escala. Compartieron una serie de valores esenciales con los marxistas, pero
mostraron diferencias radicales en el modo de exponerlos. Los anarquistas, que
renunciaron a partidos, sindicatos o cualquier forma de organización moderna de
masas, recurrieron a la tradición de la violencia conspiradora de vanguardia a la que
Marx se opuso con tanta reciedumbre. Como consecuencia, una de las características
definitorias del anarquismo fue su confianza en el terrorismo, o lo que los anarquistas
italianos llamaron «propaganda a través de los hechos». Aunque no todos adoptaron
esos métodos, los anarquistas cometieron la infamia de asesinar al zar Alejandro II en
1881 y a otros cinco jefes de estado en los años siguientes. Algunos anarquistas
influyentes, como Piotr Kropotkin y Mijaíl Bakunin, creyeron que el «terror ejemplar»
podía espolear la sublevación popular. A su parecer, la revelación de la vulnerabilidad
de los líderes políticos poderosos crearía caos y envalentonaría al pueblo. Aunque el
anarquismo (tal vez por cuestiones intrínsecas) no logró progresos notables como
movimiento, mantuvo viva una alternativa radical, violenta, a la importancia que
atribuyó el marxismo a la política parlamentaria.

Otra variedad de movimiento socialista, conocida como sindicalismo, adquirió


popularidad con el cambio de siglo, sobre todo entre los agricultores de Francia, Italia
y España. Siguiendo los principios socialistas, el sindicalismo reclamó que los
trabajadores compartieran la propiedad y el control de los medios de producción, y
que el estado capitalista fuera derrocado y sustituido por sindicatos obreros o
asociaciones comerciales. Aunque el sindicalismo se fundió a menudo con el
anarquismo (como en el término anarcosindicalismo), se trató de una doctrina distinta
que no apeló al terror, sino más bien a formas masivas de acción directa entre las que
figuraban la huelga y el sabotaje. El teórico del sindicalismo más leído, el francés
Georges Sorel, sostenía que una huelga general de todos los trabajadores de la
industria tendría más repercusión para derribar el estado que la política electoral. En
cambio, cuando más tarde Sorel se desplazó hacia la extrema derecha, aparecieron
líderes más populares y prácticos en Francia, donde se unieron a otros líderes
sindicales franceses y crearon en 1895 una Confederación General del Trabajo.
Decidida a trabajar desde fuera del entramado político francés legalmente constituido,
la confederación y otras organizaciones sindicales contribuyeron a promover el
radicalismo entre los socialistas (sobre todo tras la revolución frustrada de 1905 en
Rusia), pero no lograron desarrollar una permanencia duradera en la política europea.

LOS LÍMITES DEL ÉXITO

Hacia la época del cambio de siglo los movimientos socialistas populares habían
realizado progresos impresionantes en toda Europa: en 1895, siete partidos socialistas
habían concentrado entre un cuarto y un tercio de los votos de sus países respectivos.
Pero justo cuando los socialistas adquirieron un puesto permanente en política
nacional, también tuvieron que afrontar limitaciones y conflictos internos que habían
estorbado en el partido desde el principio. De hecho, los movimientos de la clase
obrera jamás consiguieron en ningún lugar el apoyo casi total de los trabajadores.
Aunque algunos se mantuvieron leales a las viejas tradiciones liberales o a partidos
religiosos, otros muchos quedaron excluidos de la política socialista por su limitada
definición de quién conformaba la clase obrera (es decir, únicamente los trabajadores
industriales masculinos). Al menos en términos de elecciones, los partidos socialistas
tropezaron contra un muro que ellos mismos habían construido.

Al mismo tiempo, el conflicto permanente entre revolucionarios y reformadores, entre


captar votos y tirar piedras, estalló con una intensidad renovada después de 1900. Por
un lado, socialistas fervientes empezaron a cuestionar las afirmaciones más esenciales
de Marx sobre la imposibilidad de evitar el empobrecimiento de los trabajadores y el
desmoronamiento del orden burgués. Un grupo alemán de los llamados revisionistas,
encabezado por Eduard Bernstein, desafió la doctrina marxista y reclamó un giro hacia
la reforma moderada. Aunque la facción de Bernstein no consiguió una mayoría de
votos ni en congresos nacionales ni en internacionales, su pragmatismo atrajo a
socialistas y trabajadores de todo el continente. En cambio, en el extremo opuesto de
espectro había defensores del incremento del radicalismo y la acción directa.
Inspirados por el inesperado (y fallido) levantamiento revolucionario de 1905 en Rusia,
los marxistas alemanes, como Rosa Luxemburgo, reclamaron huelgas generales con la
esperanza de aprovechar el momento y provocar una revolución proletaria
generalizada.

Los conflictos relacionados con la estrategia alcanzaron su intensidad máxima justo


antes de la Primera Guerra Mundial, cuando marxistas moderados, reformistas y
ortodoxos debatieron sobre cómo actuar ante el riesgo del conflicto internacional.
Pero estas divisiones no mermaron la fuerza y el atractivo del socialismo de principios
de siglo. En realidad, en vísperas del conflicto armado, los gobiernos realizaron
consultas discretas a líderes obreros sobre la disposición de los trabajadores de a pie
para enrolarse y combatir. Tras desarrollar una fuerza organizativa y política
impresionante desde la década de 1870, los partidos de la clase obrera influyeron
ahora en la capacidad de los estados-nación para ir a una guerra. En resumen,
alcanzaron la mayoría de edad.

Demandas de igualdad: el sufragio y los movimientos femeninos

Desde la década de 1860, la combinación del activismo de la clase obrera y el


constitucionalismo liberal había ampliado el derecho al sufragio en toda Europa: en
1884, Alemania, Francia y Gran Bretaña habían concedido el derecho a votar a la
mayoría de los hombres. Pero las mujeres no tenían derecho a votar en ningún sitio. La
ideología política decimonónica relegó a la mujer a la categoría de ciudadana de
segunda clase, y hasta los socialistas de convicciones igualitarias rara vez cuestionaron
esta jerarquía arraigada. Excluidas de la actividad política parlamentaria y de los
partidos de masas, las mujeres defendieron sus intereses a través de organizaciones
independientes y formas de acción directa. El nuevo movimiento de las mujeres logró
algunas reformas legales esenciales durante este período, y la campaña combativa que
emprendieron tras el comienzo del nuevo siglo para conseguir el sufragio alimentó la
sensación creciente de crisis política, sobre todo en Gran Bretaña.

Las organizaciones de mujeres, como la Asociación General Alemana de Mujeres,


presionaron, en primer lugar, para lograr reformas educativas y legales. En Gran
Bretaña, los centros femeninos de estudios superiores se crearon al mismo tiempo que
las mujeres obtuvieron el derecho de controlar su propio patrimonio. (Con
anterioridad, las mujeres cedían su propiedad, incluido el sueldo, a sus esposos). Las
leyes de 1884 y 1910 otorgaron ese mismo derecho a las francesas, además de la
posibilidad de divorciarse de sus maridos. Las mujeres alemanas también consiguieron
leyes de divorcio más favorables en 1870, y en 1900 les garantizaron derechos legales
plenos. Tras estos cambios trascendentales en la categoría de la mujer, el sufragio
cristalizó como el siguiente objetivo lógico. De hecho, los votos se convirtieron en el
símbolo de la capacidad de la mujer para alcanzar la categoría plena de persona. Según
los sufragistas, el derecho al voto no representaba tan sólo un avance político, sino
también económico, espiritual y moral. Hacia el último tercio del siglo, las mujeres de
clase media de toda Europa occidental habían fundado asociaciones, publicado
periódicos, organizado peticiones, patrocinado asambleas y emprendido otras
actividades públicas para ejercer presión en favor del voto. El número de asociaciones
formadas por mujeres de clase media se multiplicó con rapidez; algunas, como la Liga
Alemana para el Sufragio Femenino, fundada en 1902, se crearon con la única finalidad
de abogar por el derecho al voto. A la izquierda de los movimientos de clase media
había organizaciones de feministas socialistas, mujeres como Clara Zetkin y Lily Braun,
convencidas de que sólo una revolución socialista podría liberar a las mujeres de la
explotación económica y política.

En Gran Bretaña, las campañas en favor del sufragio femenino estallaron en violencia.
Millicent Fawcett, una mujer distinguida de clase media con contactos en la clase
política, reunió dieciséis organizaciones diferentes en la Unión Nacional de Sociedades
para el Sufragio Femenino (1897), comprometida con una reforma pacífica y
constitucional. Pero el movimiento carecía del peso político o económico necesario
para influir en una asamblea legislativa masculina. La exasperación creció ante la
incapacidad de convencer al partido liberal o al conservador: cada uno de ellos temía
que el sufragio femenino beneficiara al otro. Por esta razón, Emmeline Pankhurst
fundó la Unión Social y Política Femenina (en inglés, Womens Social and Political
Union, o WSPU) en 1903, que adoptó tácticas de militancia y desobediencia civil. Las
mujeres de la WSPU se encadenaron en la sala de visitas de la Cámara de los Comunes,
rajaron cuadros en museos, escribieron con ácido «Voto para las mujeres» en la hierba
de campos de golf, interrumpieron discursos políticos, quemaron casas de políticos y
destrozaron escaparates de grandes almacenes. El gobierno atajó la violencia con
represión. Cuando las mujeres arrestadas hacían huelga de hambre en las prisiones,
los guardias las alimentaban a la fuerza (las ataban, les abrían la boca con cepos de
madera o metal y les introducían tubos hasta la garganta). En 1910 las sufragistas
intentaron acceder a la Cámara de los Comunes y provocaron un enfrentamiento de
seis horas contra policías y viandantes que conmocionó y escandalizó a un país nada
acostumbrado a ese tipo de violencia por parte de las mujeres. La fuerza de las
reivindicaciones morales de las sufragistas la personificó el impresionante martirio de
Emily Wilding Davison, quien, llevando un fajín con el lema «Voto para las mujeres»,
saltó a los pies del caballo del rey durante la prueba hípica del Derby Day y falleció
pisoteada por el animal.

REDEFINICIÓN DE LA CONDICIÓN FEMENINA

La campaña en favor del sufragio femenino fue, tal vez, el aspecto más visible e
incendiario de una evolución cultural mayor que redefinió los papeles tradicionales
Victorianos de cada sexo. Los cambios económicos, políticos y sociales del último
tercio del siglo XIX fueron minando la idea de que hombres y mujeres debían dedicarse
a ámbitos claramente distintos. Las mujeres figuraron cada vez más como mano de
obra a medida que un número mayor de ellas fue accediendo a ocupaciones más
variadas. Algunas mujeres de la clase obrera se incorporaron a fábricas y talleres
nuevos para atenuar la pobreza de sus familias, a pesar de la insistencia de algunos
hombres de su misma clase en que la estabilidad familiar exigía que las mujeres
permanecieran en casa. Además, el aumento de la burocracia en el gobierno y las
empresas, unido a la escasez de mano de obra masculina para afrontar el crecimiento
industrial, situó a las mujeres en el mercado laboral como trabajadoras sociales y
oficinistas. El incremento de los servicios hospitalarios y el advenimiento de una
enseñanza estatal obligatoria requirieron más enfermeras y profesoras. Nuevamente,
la falta de trabajadores masculinos y la necesidad de cubrir todos esos puestos nuevos
con el menor coste posible convirtieron a las mujeres en una alternativa lógica. De ahí
que las mujeres, que habían emprendido campañas intensas para acceder a la
educación, empezaran a ver que las puertas se abrían ante ellas. Las universidades y
colegios médicos de Suiza comenzaron a admitir mujeres en la década de 1860. En las
décadas de 1870 y 1880, las británicas crearon sus propios centros de enseñanza
superior en Cambridge y Oxford. Algunos sectores del mundo profesional
experimentaron un cambio impresionante de aspecto: en Prusia, por ejemplo, en
1896, 14.600 profesoras a tiempo completo formaban parte de plantillas escolares.
Estos cambios en la actividad laboral femenina fueron derribando el mito de la
domesticidad femenina.

Además, algunas mujeres empezaron a trabajar en el terreno político, un ámbito


considerado prohibido en épocas anteriores. Esto no significa que la actividad política
femenina careciera de precedentes; en ciertos aspectos importantes, las bases para la
nueva participación política de las mujeres se habían sentado anteriormente durante
este mismo siglo. Los movimientos de reforma de comienzos del siglo XIX dependieron
de las mujeres y elevaron su prestigio público. Mediante obras de caridad desde
asociaciones religiosas en un primer momento, y a través de cientos de asociaciones
laicas después, las mujeres de toda Europa centraron sus energías en la ayuda a los
pobres, reformas penitenciarias, catequesis para los niños, acciones antialcohólicas, la
abolición de la esclavitud y la prostitución y la ampliación de las oportunidades
formativas para las mujeres. Los grupos reformadores unieron a las mujeres fuera del
hogar y las animaron a expresar sus ideas como librepensadoras iguales a los hombres
y a perseguir objetivos políticos, un derecho que tenían vetado como mujeres
individuales. Y mientras algunas mujeres pertenecientes a grupos reformadores
apoyaban la emancipación política, muchas otras se animaron a participar en políticas
reformistas por el convencimiento de que tenían una misión moral especial: es decir,
entendieron sus actuaciones públicas como una mera extensión de las obligaciones
domésticas femeninas. Con todo, los movimientos de reforma del siglo XIX habían
abierto las puertas de cada casa al mundo exterior, en especial para las clases medias,
y ampliaron el abanico de posibilidades para generaciones posteriores.

Estos cambios en el papel de las mujeres corrieron parejas con la aparición de una
categoría social nueva llamada «mujer nueva». La mujer «nueva» reclamaba
formación y un trabajo; se negaba a ir escoltada por acompañantes cuando salía;
rechazaba los restrictivos corsés que estuvieron de moda a mediados de siglo. En otras
palabras, reclamaba el derecho a una vida activa tanto física como intelectual y se
negó a conformarse con las normas decimonónicas que definían la feminidad. La mujer
nueva fue una imagen creada, en parte, por los artistas y periodistas que llenaron
periódicos, revistas y carteles publicitarios de imágenes de mujeres en bicicleta
vestidas con pololos (pantalones bombachos para usar debajo de faldas cortas);
fumando cigarrillos y disfrutando de cafés, salas de baile, aguas tónicas, jabones y
otros emblemas del consumo. Pero, en realidad, muy pocas mujeres encajaban en esa
imagen: entre otras cosas, la mayoría era demasiado pobre. Aun así, las mujeres de la
clase media y obrera reclamaron más libertad social y redefinieron las normas de cada
género en el proceso. Algunos observadores consideraron que la independencia recién
adquirida por las mujeres equivalía a eludir las responsabilidades domésticas, y
tacharon a las mujeres que desafiaban lo convencional de «machorras» peligrosas,
indignas e incapaces de contraer matrimonio. Para los defensores, en cambio, aquella
«mujer nueva» simbolizaba una era de emancipación social digna de celebrar.

Estos cambios encontraron una oposición intensa, en ocasiones violenta, y no sólo


masculina. Los hombres despreciaron a las mujeres que supusieron una amenaza para
su selecto territorio dentro de universidades, círculos sociales y cargos públicos, pero
gran cantidad de mujeres antisufragistas también denunciaron el movimiento.
Conservadoras como la señora Humphrey Ward sostuvieron que la incorporación de la
mujer al terreno político socavaría la virilidad del imperio inglés. Octavia Hill, célebre
trabajadora social, manifestó que las mujeres debían abstenerse de participar en
política y que con ello «mitigarían esta lucha salvaje por la posición y el poder». Los
comentaristas cristianos criticaron a los sufragistas por conducir a la decadencia moral
a través del individualismo egoísta. Otros creían que el feminismo disolvería la familia,
un tema que alentó un debate más amplio sobre el declive de Occidente en medio de
un sentimiento creciente de crisis cultural. De hecho, la lucha por los derechos de las
mujeres sirvió de detonante a una serie de inquietudes europeas relacionadas con la
mano de obra, la política, los géneros y la biología, que parecían indicar que el
consenso político ordenado que deseaba con tanto fervor la sociedad de clase media
se deslizaba hacia el reino de lo imposible.

El liberalismo y sus descontentos: políticas nacionales en el cambio de siglo

Los liberales de clase media, defensores de doctrinas favorables a los derechos


individuales durante todo el siglo XIX, pasaron a adoptar una postura defensiva tras
1870. Con anterioridad, el poder político había descansado sobre un equilibrio entre
los intereses de la clase media y los de las élites tradicionales. La aristocracia
terrateniente compartía poder con magnates industriales; la gestión monárquica
coexistía con libertades constitucionales. Pero a finales del siglo XIX, el auge de las
políticas de masas desequilibró la balanza. La ampliación del sufragio y el aumento de
las expectativas introdujeron elementos nuevos en la escena política. Como se ha
visto, los sindicatos, los socialistas y las feministas desafiaron a la clase dirigente
europea mediante la exigencia de una participación política abierta a todos. Los
gobiernos respondieron a su vez con una mezcla de medidas conciliadoras y
represivas. A medida que se acercó el siglo XX, las tensiones políticas se tornaron más
intensas y, hacia la época de la Primera Guerra Mundial, los fundamentos de la política
parlamentaria liberal empezaban a desmoronarse. El tránsito por este territorio
desconocido obligó tanto a la izquierda como a la derecha, tanto a los de dentro como
a los de fuera, a crear formas nuevas y modernas de política de masas.

FRANCIA: REPÚBLICA SITIADA


La guerra franco-prusiana de 1870, que completó la unificación de la Alemania
vencedora, infligió una derrota aplastante a Francia. El gobierno del Segundo Imperio
se derrumbó. Tras ella, los franceses proclamaron una república cuya legitimidad se
cuestionó desde el principio. La confección de un sistema republicano duradero se
reveló difícil. La constitución de la Tercera República, establecida al fin en 1875, señaló
el triunfo de los principios democráticos y parlamentarios. Sin embargo, la instauración
de la democracia se produjo de manera inestable, y la Tercera República se topó con
escándalos de conflictos de clase y la aparición de nuevas formas de políticas
derechistas que envenenarían la actividad en ese ámbito durante décadas.

En cuanto el gobierno se rindió, tuvo que afrontar una crisis que enfrentó a los
representantes nacionales con los radicales que habían tomado la ciudad de París.
Durante la guerra, la ciudad había nombrado su propio gobierno municipal, la Comuna.
París no sólo se negó a rendirse a los alemanes, sino que se proclamó a sí misma el
verdadero gobierno de Francia. La ciudad había estado sitiada por los alemanes
durante cuatro meses; la mayoría de la gente que pudo huir lo hizo, y el resto,
hambriento y radicalizado, desafió al gobierno francés que acordaba desde Versalles
las condiciones de un armisticio con los alemanes. Una vez firmado el armisticio, el
gobierno francés dirigió la atención hacia la ciudad. Tras negociaciones largas e
infructuosas, en marzo de

1871 el gobierno envió tropas a desarmar la capital. Pero, como el mayor apoyo de la
Comuna provino de los obreros de París, el conflicto se convirtió en una guerra de
clases. Durante una semana los communards se enfrentaron a las tropas
gubernamentales, construyeron barricadas para contener la invasión, tomaron y
dispararon a rehenes, y poco a poco se fueron retirando hacia los barrios obreros del
norte de la ciudad. La represión del gobierno francés fue brutal. Al menos veinticinco
mil parisinos fueron ejecutados o murieron durante el enfrentamiento o quemados en
los incendios que asolaron la ciudad; miles de personas más fueron deportadas a la
colonia penal de Nueva Caledonia en el Pacífico Sur. La Comuna de París fue un
episodio breve pero proyectó una sombra larga y reabrió viejas heridas políticas. Para
Marx, que escribió sobre la Comuna, y para otros socialistas, aquel hecho ilustró la
futilidad de la vieja tradición insurreccional de la izquierda y la necesidad de políticas
democráticas más basadas en la gran masa.

EL CASO DREYFUS Y EL ANTISEMITISMO COMO DOCTRINA POLÍTICA

En el extremo opuesto del espectro político francés emergieron formas nuevas de


derechistas radicales que prefiguraron cambios en otros lugares. A medida que
fracasaban los rancios fundamentos de la política conservadora, la Iglesia católica y la
nobleza terrateniente, tomaron forma políticas derechistas más radicales. La nueva
derecha, escocida por la derrota de 1870 y crítica con la república y sus cimientos, fue
nacionalista, antiparlamentaria y antiliberal (en el sentido del compromiso con las
libertades individuales). Maurice Barrès, por ejemplo, elegido diputado en 1889,
declaró que el gobierno parlamentario había sembrado «impotencia y corrupción» y
era demasiado débil para defender la nación. Durante la primera mitad del siglo XIX, el
nacionalismo se había asociado con la izquierda (véase el capítulo 20). Ahora lo
invocaba más a menudo la derecha, y en conexión con la xenofobia (hostilidad hacia
los extranjeros), en general, y el antisemitismo, en particular.

La trayectoria personal/política de Édouard Drumont ofrece un buen ejemplo.


Drumont fue un periodista antisemita de gran éxito que atribuyó todos los problemas
de la Francia de finales del siglo XIX a los efectos desastrosos de una conspiración
internacional judía y que tachó de «judíos» a todos los enemigos de la derecha
política. Drumont mezcló/fundió tres vertientes antisemitas: el viejo antisemitismo
cristiano, que condenaba al pueblo judío por matar a Cristo; el antisemitismo
económico, que insistía en que la poderosa familia de banqueros Rothschild era
representativa de todos los judíos; y el pensamiento racial de finales del siglo XIX, que
enfrentaba a la raza aria (indoeuropea) con la raza semítica (inferior). Drumont encajó
estos temas en una influyente ideología de odio. «Los judíos en el ejército» subvertían
el interés nacional; los escándalos financieros provenían de «conspiraciones
internacionales»; la cultura de masas, el movimiento femenino, las salas de baile y
todas las novedades que supuestamente estaban corrompiendo la cultura francesa
demostraban sencillamente el peso de los «intereses cosmopolitas e internacionales
de los judíos»; los «ricos banqueros judíos» o «avaros socialistas y sindicalistas judíos»
vivían a costa de los campesinos y pequeños comerciantes de Francia. Drumont
machacó con estas cuestiones en su periódico La libre parole («Palabra libre»),
fundado en 1892, a través de su Liga Antisemita y con el masivo y vendidísimo
volumen de quinientas páginas La Francia judía (1886), que vendió cien mil copias
durante los dos primeros meses.

Este antisemitismo politizado estalló con el Caso Dreyfus, un momento político crucial
en la vida de la República francesa. En 1894, un grupo de oficiales monárquicos del
ejército francés acusó a Alfred Dreyfus, un capitán judío en plantilla, de vender
secretos militares a Alemania. Tras ser procesado por un consejo de guerra, Dreyfus
fue declarado culpable, despojado de su rango y deportado de por vida a la isla del
Diablo, una prisión espantosa en el Océano Atlántico. En 1896, el coronel Georges
Picquart, nuevo jefe del Servicio de Inteligencia, puso en duda el veredicto y, tras una
investigación previa, comunicó que los documentos del juicio estaban falsificados.

Cuando el Ministerio de Guerra se negó a juzgar de nuevo a Dreyfus, el «caso» se


convirtió en un «acontecimiento» que polarizó el país. Republicanos, socialistas,
liberales y figuras tales como el escritor Émile Zola apoyaron a Dreyfus. Según los
dreyfusards, como se los llamó, defendían el progreso y la justicia en contra de la
reacción y el prejuicio, y la supervivencia de la república dependía del equilibrio. Zola,
por ejemplo, criticó la institución francesa en un provocador ensayo periodístico
titulado J’accuse!, en el que acusaba al gobierno, a los tribunales y a los militares de
falsificar documentos, encubrir actos de traición y saltarse con descaro los aspectos
fundamentales de la justicia. En el polo opuesto, los antidreyfusards incluían a otros
socialistas que consideraban el caso como una distracción para eludir cuestiones
económicas más importantes, monárquicos, militaristas y algunos miembros del clero.
Un periódico católico insistió en que la cuestión no radicaba en si Dreyfus era culpable
o inocente, sino en si los judíos y los no creyentes eran los «dueños secretos de
Francia».
Después de seis años de amarga controversia, una orden del ejecutivo en 1899 liberó a
Dreyfus. En 1906, el Tribunal Supremo lo eximió de toda culpa, lo reintegró en el
ejército como comandante y lo condecoró con la Legión de Honor. Entre las
numerosas consecuencias de este caso figura la separación de la Iglesia y el estado en
Francia. Los republicanos estaban convencidos de que la Iglesia y el ejército eran
hostiles a la república. Las leyes aprobadas entre 1901 y 1905 prohibieron en Francia
las órdenes religiosas no autorizadas por el estado, prohibieron al clero enseñar en las
escuelas y, por último, disolvieron la unión entre la Iglesia católica y el estado.

La tercera república se fortaleció durante la primera década del nuevo siglo. Al mismo
tiempo, la derecha radical y el antisemitismo emergieron con claridad como fuerzas
políticas en toda Europa. El alcalde de Viena fue elegido en 1897 por una plataforma
antisemita. La policía secreta rusa forjó y publicó un libro titulado Los protocolos de los
viejos sabios de Sión (1903 y 1905) que hablaba de una supuesta trama judía para
dominar el mundo. El estado ruso también ayudó a incriminar a Mendel Beiless, un
oficinista judío de Ucrania que fue arrestado en 1911, condenado por asesinato y
encerrado en prisión durante dos años antes de quedar absuelto. El antisemitismo
político teorizado por Drumont y practicado por otros en toda Europa estuvo muy
vinculado al nacionalismo de finales del siglo XIX e insistió en atribuir a los problemas
sociales y políticos un carácter racial.

SIONISMO

Entre la mucha gente que observó con inquietud la evolución del Caso Dreyfus figuró
Theodor Herzl (1860-1904), un periodista nacido en Hungría que ejerció en París. El
auge del antisemitismo virulento en la tierra de la Revolución francesa preocupó
profundamente a Herzl. Él consideró el Caso Dreyfus como «la mera expresión
elocuente de un malestar mucho más esencial». A pesar de la emancipación judía o de
la concesión de derechos civiles, Herzl llegó a la conclusión de que el pueblo judío
jamás sería admitido en la cultura occidental, y que abonar las esperanzas de la
comunidad judía en relación con la aceptación y la tolerancia era un disparate
peligroso. Herzl abogó por que el sionismo siguiera una estrategia distinta, o
construyera una patria judía independiente fuera de Europa (aunque no
necesariamente en Palestina). Un pequeño movimiento de colonos judíos, en su
mayoría refugiados procedentes de Rusia, había empezado ya a crear asentamientos
fuera de Europa. Herzl no fue el primero en proponer esos objetivos, pero fue el
defensor más eficaz del sionismo político. Él sostuvo que el sionismo debía
reconocerse como un movimiento nacionalista moderno, capaz de negociar con otros
estados. En 1896 Herzl publicó El estado de los judíos; un año después convocó el
primer congreso sionista en Suiza. En todo momento participó en política de alto nivel
y mantuvo encuentros con jefes de estado británicos y otomanos. La idea de Herzl de
una patria judía incluía elementos muy utópicos, pues consideraba que un estado
nuevo debía basarse en una sociedad nueva y transformada, carente de desigualdad y
creadora de derechos. Aunque los escritos de Herzl hallaron gran escepticismo,
tuvieron una acogida entusiasta en zonas del este de Europa donde existía un
antisemitismo especialmente violento. Durante la confusión de la Primera Guerra
Mundial, las necesidades específicas de la guerra animaron a los británicos a implicarse
en la cuestión y a introducir el sionismo en la diplomacia internacional (véase el
capítulo 24).

Alemania busca la unidad imperial

A través de una política exterior habilidosa, tres guerras breves y un firme sentimiento
nacional, Otto von Bismarck unió Alemania bajo el estandarte del conservadurismo
prusiano durante los años 1864 a 1871. Con la construcción de un sistema político
federal, Bismarck aspiró a crear las instituciones centralizadoras de un estado-nación
moderno al mismo tiempo que salvaguardaba los privilegios de las élites tradicionales
alemanas, incluido el papel predominante de Prusia. La constitución de Bismarck
atribuyó funciones administrativas, educativas y jurídicas a los gobiernos estatales
locales e instauró un parlamento bicameral para supervisar los intereses nacionales de
Alemania. Los delegados elegidos de la cámara alta (el Bundesrat) servían como
contrapeso conservador de la cámara baja (o Reichstag), más democrática y elegida
por sufragio universal masculino. En la rama ejecutiva, el poder dependía únicamente
de Guillermo I, rey prusiano y káiser (o emperador) alemán, quien ejercía el control
absoluto sobre los asuntos exteriores y militares. En contraste con Francia o Gran
Bretaña, los ministros alemanes no debían ninguna explicación al parlamento, sino que
respondían sólo ante el káiser.

Bajo un gobierno que no era verdaderamente federal ni democrático, la creación de un


país con un sentimiento de intenciones comunes no fue tarea fácil. El gobierno alemán
obtuvo buenos resultados de la creación de agencias imperiales para la banca, la
acuñación de moneda, los tribunales federales y la red ferroviaria, todo lo cual
favoreció la unidad administrativa y económica. Pero la cuestión de la unidad política
siguió abierta. Al fin y al cabo, muchos estados se habían alineado con Austria en 1866,
y sólo habían aceptado la unión alemana ante la amenaza de la conquista francesa.
Tres líneas de falla en el paisaje político alemán amenazaron especialmente con
quebrar la estructura nacional: la discrepancia entre católicos y protestantes; un
partido socialdemócrata en auge, y los intereses económicos potencialmente divisorios
de la agricultura y la industria.

Entre 1866 y 1876, Bismarck gobernó sobre todo con facciones liberales deseosas de
promover el libre comercio y el desarrollo económico. Para reforzar los lazos con esas
coaliciones liberales, Bismarck inició una campaña anticatólica en Prusia. Con lo que se
conoce como la Kulturkampf, o «lucha cultural», Bismarck alentó viejas tensiones
sectarias sobre temas tales como la educación pública laica y el matrimonio civil,
además de inquietudes sobre la lealtad de los católicos, supuestamente desgarrada
entre la nación y el papa. Con el apoyo de una mayoría de liberales protestantes,
Bismarck aprobó leyes que encarcelaron a sacerdotes por pronunciar sermones
políticos, expulsaron a jesuitas de Prusia y frenaron el control eclesiástico sobre la
educación y el matrimonio. Sin embargo, la campaña salió mal y las simpatías públicas
por el clero perseguido contribuyeron a que el partido del centro católico ganara un
cuarto de los escaños del Reichstag en 1874. Tras reconocer que necesitaba el apoyo
católico para crear una legislación económica nueva, Bismarck negoció una alianza de
conveniencia con el partido del centro católico en 1878.

El declive económico de finales de la década de 1870 había mermado el apoyo a la


política de libre comercio, lo que instó a Bismarck a establecer una coalición nueva que
aunaba los intereses agrícolas e industriales, así como a católicos de tendencias
sociales conservadoras. Esta nueva alianza aprobó una legislación proteccionista (con
aranceles sobre los cereales y sobre el hierro y el acero) que irritó tanto a liberales
favorables al laissez-faire como a la clase obrera alemana, representada por el Partido
Socialdemócrata. Del mismo modo que Bismarck había utilizado los sentimientos
anticatólicos para consolidar su alianza previa, ahora arremetió contra el nuevo
«enemigo del imperio», los socialdemócratas, y redactó su legislación proteccionista y
antisocial en términos de la defensa de un «orden moral cristiano». En 1878, tras dos
atentados distintos contra la vida del emperador, Bismarck declaró una situación de
crisis nacional para forzar una serie de leyes antisocialistas que prohibieron a los
socialdemócratas reunirse o difundir sus escritos. Otras leyes adicionales expulsaron a
los socialistas de las ciudades más importantes. En efecto, esas leyes obligaron al
Partido Socialdemócrata (conocido como SPD) a convertirse en una organización
clandestina, lo que favoreció una subcultura de trabajadores que cada vez más
consideraron el socialismo como la única respuesta a sus necesidades políticas.

Tras recurrir a la vara para apalear las organizaciones políticas obreras, Bismarck
ofreció ahora una zanahoria a los obreros alemanes mediante una serie de reformas
sociales. Les garantizó seguros por enfermedad y accidentes, una inspección rigurosa
de las fábricas, un límite de horas de trabajo para mujeres y niños, una jornada laboral
diaria máxima para los hombres, organismos de empleo público y pensiones de vejez.
En 1890, Alemania había reunido un montón de leyes sociales, entre las que sólo
faltaba el seguro por desempleo, que servirían de modelo a la mayoría de las naciones
occidentales de Europa durante las décadas siguientes. Pero, curiosamente, las leyes
no sirvieron para alcanzar el objetivo político de Bismarck a corto plazo: ganarse la
fidelidad de los obreros. A pesar de todos los obstáculos legales, el Partido
Socialdemócrata obtuvo más de la cuarta parte de los votos entre 1881 y 1890, año en
que Bismarck se resignó.

El clima de resentimiento provocado por la política interior de Bismarck incitó al nuevo


káiser, Guillermo II, a marchar en otra dirección; suspendió de manera drástica la
legislación antisocialista de 1890 y, con ello, legalizó el SPD. En 1912, los
socialdemócratas obtuvieron un tercio de los votos emitidos, y eligieron el mayor
bloque independiente del Reichstag; pero el káiser les negó cualquier participación
política significativa por encima de un círculo de élites unidas como una piña. Y,
mientras, los intereses comerciales, industriales y agrícolas se paralizaron con los
aranceles. La política alemana caminaba a pasos agigantados hacia un estancamiento,
pero la conclusión de aquel punto muerto imprevisible la precipitó el estallido de la
Primera Guerra Mundial.

GRAN BRETAÑA: DE LA MODERACIÓN A LA MILITANCIA


Durante el medio siglo anterior a 1914, los británicos se preciaron de lo que
consideraban un sistema de gobierno ordenado y práctico. Tras la aprobación de la
Segunda Ley de Reforma en 1867, que amplió el sufragio a más de un tercio de la
población masculina adulta del país, los dos partidos más importantes, el liberal y el
conservador, compitieron por conseguir el apoyo de esos grupos crecientes de
votantes. El parlamento atendió los intereses de los nuevos votantes con leyes que
reconocieron la legalidad de los sindicatos, ordenaron la reconstrucción de grandes
áreas urbanas, brindaron una enseñanza elemental para todos los niños y permitieron
a los disidentes religiosos masculinos asistir a las selectas universidades de Oxford y
Cambridge. En 1884, el sufragio se extendió hasta más de las tres cuartas partes de los
hombres adultos.

La nueva política parlamentaria estuvo dirigida por dos figuras cruciales: el


conservador Benjamin Disraeli y el liberal William Gladstone. Disraeli, un judío
converso y novelista de gran éxito, era un hombre eminentemente pragmático,
mientras que Gladstone, anglicano ferviente y reformador moral, veía la política como
«moralidad clara y notoria». A pesar de tener sensibilidades opuestas y amargas
discrepancias parlamentarias, ambos hombres dirigieron sendos partidos que, en
retrospectiva, parecen compartir puntos de vista muy similares. Gestionados por
ministros procedentes de la clase media alta y de la nobleza terrateniente, tanto
liberales como conservadores propusieron programas moderados atractivos para un
electorado amplio. Los ministros preparaban la legislación pero reconocían la
autoridad última de la Cámara de los Comunes, con capacidad para destituir un
gabinete de gobierno mediante un voto de censura. El sistema político británico,
gestionado por hombres con una educación y una ideología semejantes que
garantizaban soluciones intermedias, era estable y «razonable».

Hasta los movimientos de la clase obrera británica fueron bastante moderados hasta el
cambio de siglo, momento en que por fin los sindicatos y las asociaciones socialistas de
clase media se unieron para crear un partido laborista independiente en 1901.
Presionado por la izquierda, el ministerio liberal que asumió el poder en 1906, aprobó
decretos para garantizar seguros sociales de enfermedad, accidentes, vejez y
desempleo, además de otras concesiones a los sindicatos. Para costear los nuevos
programas de seguridad social y una ampliación de la armada que contrarrestara la
concentración de fuerzas alemanas, el ministro de economía y hacienda, David Lloyd
George, presentó unos presupuestos muy controvertidos en 1909 que incluían
impuestos progresivos sobre la renta y sobre sucesiones, pensados para que los ricos
pagaran porcentajes más elevados. El proyecto de ley provocó un enfrentamiento
resentido con la Cámara de los Lores, la cual no sólo se vio obligada a aprobar los
presupuestos, sino también al sometimiento permanente de su poder ante la
legislación de veto aprobada por los Comunes. La acritud de aquel debate favoreció un
tenor cada vez más militante en la política británica, considerada por muchos abocada
al caos.

De hecho, después de 1900, la estructura parlamentaria liberal de Gran Bretaña, que


con tanto éxito había satisfecho las demandas crecientes del grueso de la sociedad
desde la década de 1860, empezó a derrumbarse cuando una serie de grupos rechazó
la actividad legislativa para promover la acción radical. Los militantes de la industria
iniciaron protestas obreras enormes que incluyeron huelgas nacionales en el sector del
carbón y el ferrocarril, y huelgas de transporte en Londres y Dublín. Las sufragistas
femeninas adoptaron las formas violentas de acción directa ya mencionadas. Al mismo
tiempo, en Irlanda, nacionalistas radicales empezaron a apoyar la revolución armada
como la solución más simple para resolver la disputa parlamentaria relacionada con los
detalles de la gestión de Irlanda o el autogobierno.

Irlanda había pasado a depender del gobierno directo del parlamento británico en
1800, y los diversos esfuerzos políticos y militares emprendidos en el transcurso del
siglo XIX para recuperar la soberanía irlandesa habían fracasado. En la década de 1880,
un partido nacionalista moderno (el Partido Parlamentario Irlandés) había empezado a
conseguir resultados a través del proceso legislativo, pero igual que en el caso de otros
grupos de orientación reformista (como el sufragio femenino), su programa quedó
cada vez más eclipsado por dirigentes más radicales hacia el cambio de siglo. Éstos,
defensores del «nuevo nacionalismo», despreciaron a los representantes del partido
tildándolos de ineficaces y trasnochados. Grupos nuevos reavivaron el interés por la
historia y la cultura irlandesas y prestaron apoyo organizativo al movimiento radical, al
igual que asociaciones políticas militantes como el Sinn Féin y la Hermandad
Republicana Irlandesa. En 1913, cuando volvió a proponerse un proyecto liberal para
garantizar la gestión nacional (que provocó pánico en el Úlster, los condados de
mayoría protestante del norte de Irlanda recelosos de un gobierno católico), los
nacionalistas irlandeses llamaron a la acción a algunos grupos paramilitares. Gran
Bretaña, enfangada ya en crisis internas, parecía ahora al borde de una guerra civil,
una perspectiva aplazada tan sólo por el estallido de la Guerra Mundial en Europa.

RUSIA: EL CAMINO A LA REVOLUCIÓN

Los cambios industriales y sociales que barrieron Europa se revelaron especialmente


perturbadores en Rusia. Un sistema político autocrático estaba mal preparado para
tratar los conflictos y presiones de la sociedad moderna. La industrialización occidental
desafió el dominio militar de Rusia. Las doctrinas políticas occidentales (liberalismo,
democracia, socialismo) amenazaron la estabilidad política interna del país. Al igual
que otras naciones, la Rusia zarista capeó estos retos con una mezcla de represión y
reforma.

En las décadas de 1880 y 1890, Rusia lanzó un programa de industrialización que la


convirtió en la quinta economía más grande del mundo a comienzos del siglo XX. El
estado dirigió en gran medida este desarrollo industrial, ya que, a pesar de la creación
de una mano de obra móvil tras la emancipación de los siervos en 1861, no emergió
una clase media independiente capaz de conseguir capital y apoyar proyectos
industriales. De hecho, el estado ruso financió el desarrollo industrial interno más que
cualquier otro gobierno europeo importante durante el siglo XIX.

La industrialización veloz intensificó las tensiones sociales. La transición de la vida rural


a la vida urbana fue dura y repentina. Hombres y mujeres abandonaron la agricultura
para trabajar en fábricas, y con ello dañaron la estructura de la vida y la cultura rurales.
En las zonas industriales, los trabajadores vivían en barracones grandes y marchaban al
estilo militar tanto para entrar como para salir de las fábricas, donde las condiciones
de trabajo se contaban entre las peores de Europa. Además, se apañaron para
abandonar sus localidades de origen tan sólo de manera temporal, y para regresar a
ellas durante la siembra o la recolección. El cambio social tensó el sistema legal ruso, el
cual no reconocía los sindicatos o las asociaciones de trabajadores. Las leyes aún
diferenciaban entre nobles, campesinos, miembros del clero y habitantes de ciudad,
categorías que no se correspondían con una sociedad industrializada. Leyes bancarias y
financieras anticuadas no servían para cubrir las necesidades de una economía
moderna.

En cambio, la verdadera reforma legal iba a poner en riesgo la estabilidad del régimen.
Alejandro II (1855-1881), el «zar libertador» (porque emancipó a los siervos), había
acumulado recelos contra el cambio. En lugar de relajar las restricciones, las reforzó. El
régimen creó un sistema de asambleas provinciales y locales, o zemstvos, elegidas por
todas las clases sociales (aunque controladas por la nobleza) en 1864, con la única
finalidad de limitar derechos y las posibilidades de debatir sobre política. Asimismo,
amplió la censura a la prensa y las escuelas. Cuando el zar fue asesinado por un radical
en 1881, su sucesor, Alejandro 111(1881-1894), orientó el país claramente hacia la
derecha. Según Alejandro, Rusia no tenía nada en común con Europa occidental; el
pueblo se había alimentado durante siglos de la piedad mística, y estaría
absolutamente perdido sin un sistema autocrático firme. Este principio condujo a una
represión severa. El régimen cercenó todos los poderes de los zemstvos, aumentó la
autoridad de la policía secreta y sometió las localidades a la autoridad gubernamental
de nobles elegidos por el estado.

Nicolás II (1894-1917) prosiguió con estas «contrarreformas». Como su padre, abogó


con fervor por una rusificación, o programa de gobierno para difundir la lengua, la
religión y la cultura de la Gran Rusia sobre los súbditos no rusos del imperio. La
rusificación equivalió a coacciones, expropiaciones y opresiones físicas: los finlandeses
perdieron su constitución; los polacos estudiaban su propia literatura traducida al
ruso, y los judíos perecieron en pogromos. (Pogrom es un término ruso que alude a
ataques violentos contra civiles que a finales del siglo XIX solían ir dirigidos contra la
comunidad judía). El gobierno ruso no organizaba pogromos, pero era abiertamente
antisemita y dejó claro que hacía la vista gorda cuando la gente masacraba a judíos y
destruía sus casas, negocios y sinagogas. Otros grupos, cuya represión por parte del
estado favoreció la aparición de contracorrientes duraderas de nacionalismos
antirrusos, incluyeron a georgianos, armenios y azerbaiyanos de las montañas del
Cáucaso.

El grupo político radical más importante de la Rusia finisecular lo constituyó un


conjunto amplio y disperso de hombres y mujeres que se llamaban a sí mismos
populistas. Los populistas pensaban que Rusia debía modernizarse a su estilo, no al
estilo occidental. Ellos imaginaron una Rusia igualitaria basada en la antigua institución
de la comuna rural (mir). Los defensores del populismo surgieron sobre todo de la
clase media; muchos de sus adeptos fueron estudiantes jóvenes, y las mujeres
constituyeron alrededor del 15 por ciento del grupo (una proporción bastante alta
para la época). Formaron bandas secretas que maquinaron el derrocamiento del
zarismo a través de la anarquía y la insurrección. Dedicaron su vida «al pueblo»
intentando, siempre que les era posible, vivir entre los trabajadores normales para
entender y transmitir la voluntad popular. La importancia histórica del populismo
radica menos en sus logros, que fueron pocos, que en sus promesas futuras. Actuó
como semillero de la agitación organizada rusa que con el tiempo daría lugar a la
revolución. Los populistas leyeron el Capital de Marx y revisaron sus ideas para
confeccionar una doctrina adecuada para Rusia. El énfasis populista en el socialismo
campesino influyó en el Partido Social Revolucionario, creado en 1901, que también se
esforzó por ampliar el poder político del campesinado y por construir una sociedad
socialista basada en el comunalismo agrario de los mir.

La emergencia de un capitalismo industrial y una clase obrera nueva y paupérrima


generó el marxismo ruso. Los marxistas rusos, organizados en el Partido
Socialdemocrático, concentraron sus esfuerzos en beneficio de los obreros urbanos y
se consideraron parte integrante del movimiento obrero internacional. Hicieron pocos
progresos en una Rusia eminentemente campesina antes de la Primera Guerra
Mundial, pero dotaron a los obreros industriales urbanos y a los intelectuales
descontentos de una ideología poderosa que hacía hincapié en la necesidad de
derrocar el régimen zarista y en el advenimiento inevitable de un futuro mejor. La
autocracia daría paso al capitalismo y el capitalismo a una sociedad igualitaria y libre
de clases. El marxismo ruso combinó una oposición radical y activista con una
interpretación racional y científica de la historia, lo que brindó a los revolucionarios
una serie de conceptos con los que entender los levantamientos de principios del siglo
XX.

En 1903, el liderazgo del Partido Socialdemocrático se escindió debido a una


discrepancia notable sobre la estrategia revolucionaria. Un grupo, que de manera
temporal fue el mayoritario pero en seguida se calificó a sí mismo de bolchevique («la
mayoría»), creía que la situación rusa demandaba un partido muy centralizado de
revolucionarios activos. Los bolcheviques insistían también en que la rauda
industrialización de Rusia implicaba que no debían seguir el modelo desarrollado por
Marx para el oeste. En lugar de trabajar para conseguir reformas capitalistas liberales,
los revolucionarios rusos podían saltarse un paso e iniciar la construcción inmediata de
un estado socialista. Los mencheviques («la minoría») eran más precavidos o
«gradualistas», de manera que perseguían cambios lentos y eran reacios a apartarse
de la ortodoxia marxista. Cuando los mencheviques recuperaron el control del Partido
Socialdemocrático, los bolcheviques formaron un partido independiente dirigido por el
joven y abnegado revolucionario Vladímir Ilich Uliánov, quien vivió el exilio político en
Europa occidental entre 1900 y 1917. Escribió bajo el seudónimo de Lenin desde el río
Lena, en Siberia, donde estuvo deportado.

Las dotes teorizantes y el brío organizativo de Lenin infundieron respeto, lo que le


permitió mantenerse como líder de los bolcheviques incluso mientras residió en el
extranjero. Desde el exilio, Lenin predicó la lucha implacable de clases, la necesidad de
un movimiento revolucionario coordinado en toda Europa y, lo más importante, el
convencimiento de que Rusia estaba atravesando una etapa económica idónea para la
revolución. Los bolcheviques fueron quienes organizaron un partido revolucionario en
nombre de lo obreros, ya que, sin la disciplina del partido, los obreros no podrían
efectuar el cambio. En su tratado titulado ¿Qué hacer? (1902), Lenin expuso su visión
del destino especial que le aguardaba a Rusia, y censuró a los gradualistas que habían
instado a colaborar con los partidos moderados. Lenin consideraba la revolución como
la única respuesta posible a los problemas de Rusia, y sostenía que la organización de
la revolución debían acometerla, y pronto, los miembros de «vanguardia» del partido
en nombre de la clase obrera.

La primera Revolución rusa

Sin embargo, la revolución que sobrevino en 1905 pilló por sorpresa a todos aquellos
movimientos radicales. Su llegada inesperada se debió a la rotunda derrota de Rusia
en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905. Pero la revolución tuvo raíces más
profundas. La rápida industrialización había transformado Rusia de forma desigual;
ciertas regiones estaban muy industrializadas, mientras que otras se mantuvieron
menos integradas en la economía de mercado. El boom económico de las décadas de
1880 y 1890 se estropeó a comienzos de la década de 1900, cuando disminuyó la
demanda de mercancías, los precios se desplomaron y la emergente clase obrera
sufrió tasas elevadas de desempleo. Al mismo tiempo, los precios bajos de los cereales
provocaron una serie de alzamientos campesinos que, unidos a una organización
estudiantil muy radical, se tornaron abiertamente políticos.

Cuando los despachos oficiales informaron sobre las derrotas del ejército y la armada
del zar, el pueblo ruso comprendió todo el alcance de la ineficacia del régimen. Los
súbditos de la clase media, hasta ahora apolíticos, clamaron por el cambio, y los
trabajadores radicales organizaron huelgas y celebraron manifestaciones en todas las
ciudades importantes. La confianza en la benevolencia del zar se vio severamente
sacudida el 22 de junio de 1905 (el «domingo sangriento»), cuando doscientos mil
obreros y sus familias, dirigidos por un sacerdote, el padre Gapón, se concentraron
para exponer sus reivindicaciones ante el Palacio de Invierno del zar en San
Petersburgo. Cuando las tropas de guardia mataron a 130 manifestantes e hirieron a
varios cientos, el gobierno no sólo se reveló ineficaz, sino también arbitrario y brutal. A
lo largo de 1905 aumentó la protesta general. Los comerciantes cerraron sus negocios,
los dueños de fábricas pararon la maquinaria, los abogados se negaron a defender
casos en los juzgados. La autocracia perdió el control de localidades rurales y regiones
enteras cuando las autoridades locales fueron expulsadas y a menudo asesinadas por
campesinos enfurecidos. Obligado a ceder, el zar Nicolás II emitió el Manifiesto de
Octubre, en el que se comprometía a garantizar las libertades individuales, un sufragio
liberal moderado para la elección de una duma y auténticos poderes de veto
legislativo para ella. Aunque la Revolución de 1905 acercó peligrosamente el sistema
zarista al desplome, no logró convencer al zar de que era necesario un cambio político
esencial. Entre 1905 y 1907, Nicolás revocó la mayoría de las promesas que había
incluido en el Manifiesto de Octubre. Sobre todo, privó a la duma de sus poderes
fundamentales y decretó que ésta se elegiría de forma indirecta de acuerdo con unas
bases clasistas que aseguraban un cuerpo legislativo formado por seguidores sumisos.
No obstante, la revuelta de 1905 convenció a los consejeros más perspicaces del zar de
que la reforma era urgente. Los programas agrarios que promovió el primer ministro
del gobierno, Piotr Stolypin, fueron especialmente significativos. Entre 1906 y 1911, las
reformas de Stolypin estipularon la venta de unos dos millones de hectáreas de tierras
reales para el campesinado, concedieron permiso al campesinado para retirarse del
mir y crear granjas independientes, y anularon las deudas de propiedad de los
campesinos. Decretos adicionales legalizaron los sindicatos, redujeron la jornada
laboral (a diez horas en la mayoría de los casos) y crearon seguros sociales por
enfermedad y accidente. Era razonable que los liberales pensaran que Rusia estaba en
vías de convertirse en una nación progresista basada en el modelo occidental, pero el
zar siguió practicando una autocracia tenaz. La agricultura rusa se mantuvo suspendida
entre un sistema capitalista emergente y la tradicional comuna campesina; la industria,
aunque lo bastante poderosa como para que Rusia mantuviera su puesto como
potencia mundial, difícilmente había creado una sociedad moderna e industrial capaz
de soportar las enormes tensiones a las que se enfrentaría el país durante la Primera
Guerra Mundial.

NACIONALISMO Y POLÍTICA IMPERIAL: LOS BALCANES

En el sureste de Europa el auge del nacionalismo siguió dividiendo el desintegrado


imperio otomano. Antes de 1829, toda la península de los Balcanes, delimitada por los
mares Egeo, Negro y Adriático, estaba controlada por los turcos. En cambio, durante
los ochenta y cinco años siguientes, el imperio turco cedió territorios a potencias
europeas rivales, en especial a Rusia y Austria, así como a las revoluciones
nacionalistas acometidas por los súbditos cristianos del imperio. El Imperio otomano,
formidable potencia mundial de antaño, era conocido ahora como el «Enfermo de
Europa». En 1829, con el fin de una guerra entre Rusia y Turquía, el sultán Mahmud II
(1808-1839) reconoció la independencia de Grecia y garantizó la autonomía de Serbia
y las provincias que más tarde integrarían Rumania. Con el paso de los años, los
resentimientos contra el gobierno otomano se difundieron por otros territorios
balcánicos. En 1875-1876 se produjeron alzamientos en Bosnia, Herzegovina y Bulgaria
que el sultán reprimió con una ferocidad efectiva. Las noticias sobre las atrocidades
cometidas contra los cristianos brindaron a Rusia una excusa para reiniciar la vieja
batalla por el dominio de los Balcanes. Durante esta guerra ruso-turca (1877-1878), los
ejércitos del zar lograron una victoria aplastante. El Tratado de San Stefano, que cerró
el conflicto, obligó al sultán a entregar casi todos sus territorios europeos, salvo un
reducto alrededor de Constantinopla. Pero en esta coyuntura intervinieron las grandes
potencias. Austria y Gran Bretaña se opusieron especialmente a conceder a Rusia la
jurisdicción sobre una región tan extensa de Oriente Próximo. En 1878 un congreso de
las grandes potencias, celebrado en Berlín, transfirió Besarabia a Rusia, Tesalia a
Grecia, y Bosnia y Herzegovina a Austria. Montenegro, Serbia y Rumania también se
convirtieron en estados independientes, con lo que iniciaron la era moderna de los
nacionalismos balcánicos. Siete años después, los búlgaros, a quienes el Congreso de
Berlín les había concedido cierto grado de autonomía, se apoderaron de la provincia
turca de Rumelia Oriental, y en 1908 crearon el reino independiente de Bulgaria. En
1908 Austria se anexionó las provincias de Bosnia y Herzegovina, las cuales había
administrado desde 1878, y en 1911-1912 Italia intervino en la guerra contra Turquía.
El vacío de poder en Oriente tensó de manera significativa el equilibrio entre imperios
europeos.

Asimismo, en la propia Turquía surgió un movimiento nacionalista. Durante algún


tiempo, los turcos instruidos se habían ido impacientando con la debilidad del sultán y
la incompetencia de su gobierno. Quienes se habían formado en las universidades
europeas abogaron por la renovación nacional mediante la introducción de la ciencia y
las reformas democráticas occidentales. A través de la invocación de una variedad
liberal occidental del nacionalismo, estos reformadores se autollamaron los «Jóvenes
Turcos» y en 1908 consiguieron obligar al sultán a instaurar un gobierno
constitucional. Al año siguiente, ante la aparición de un movimiento reaccionario,
depusieron al sultán Abdul Hamid II y entregaron el trono a su hermano, Mehmed V
(1909-1918). El poder real del gobierno se le confió ahora a un gran visir y ministros
responsables de un parlamento electo. Sin embargo, el nuevo gobierno representativo
no extendió las libertades hasta los habitantes no turcos del imperio. Al contrario, los
Jóvenes Turcos iniciaron una campaña enérgica para «otomanizar» a todos los
súbditos del imperio con el fin de someter tanto a las comunidades cristianas como a
las musulmanas a un control más centralizado y para difundir la cultura turca. Aquel
empeño, que pretendía compensar la pérdida de los territorios europeos, socavó la
popularidad del nuevo régimen reformista.

La ciencia y el alma de la era moderna

Las décadas previas a la Primera Guerra Mundial dieron un gran giro a la relación de la
sociedad con la ciencia y el arte. Los liberales del siglo XIX confiaban en la ciencia. Ésta
no sólo trajo el progreso tecnológico y material, también confirmó la fe de los liberales
en el poder de la razón humana para descubrir y dominar las leyes de la naturaleza. En
cambio, hacia finales de siglo, los avances científicos pusieron en duda esas
expectativas. La teoría evolucionista, la psicología y la ciencia social introdujeron ideas
sobre la humanidad muy reñidas con la sabiduría convencional. Al mismo tiempo,
artistas e intelectuales montaron su propia revolución contra las convenciones del
siglo XIX. La moral, las costumbres, las instituciones, las tradiciones: todos los valores e
ideas preestablecidos se cuestionaron cuando una generación de artistas tímidamente
vanguardistas reclamó una ruptura radical con el pasado. Estas alteraciones en el
mundo de las ideas perturbaron los viejos conceptos de individualidad, cultura y
conciencia. El individuo moderno ya no parecía el agente libre y racional del
pensamiento ilustrado, sino más bien el producto de unos impulsos internos
irracionales y de unas circunstancias externas incontrolables. Tal como escribió en
1902 Georg Simmel, uno de los fundadores de la sociología moderna: «Los problemas
más profundos de la vida moderna derivan de pedir al individuo que conserve la
autonomía y la individualidad de su existencia frente a las abrumadoras fuerzas
sociales, a la herencia histórica, a la cultura exterior y a la técnica de la vida».

LA TEORÍA REVOLUCIONARIA DE DARWIN

Si Marx cambió el concepto de sociedad, Charles Darwin lo rebasó, tal vez porque su
teoría de la evolución biológica por selección natural transformó nociones
relacionadas con la propia naturaleza. Como explicación científica, pero también como
metáfora imaginativa de la transformación social y política, la teoría de la evolución de
Darwin introdujo una imagen nueva e inquietante de la biología, la sociedad y el
comportamiento humanos. Como en el caso del marxismo, sus fundamentos fueron
aceptados por algunos y aborrecidos por otros, y fueron interpretados y empleados de
muchas maneras imprevistas, y a menudo contradictorias, que modelaron
profundamente el fin del siglo XIX y el comienzo del XX.

Las teorías de la evolución no surgieron de Darwin, pero nadie como él consiguió una
aceptación científica o generalizada tan amplia. Los geólogos y otros científicos del
siglo XIX habían cuestionado ya el relato bíblico de la creación dando pruebas de que el
mundo se había formado mediante procesos naturales a lo largo de millones de años.
Sin embargo, la naturaleza de esos procesos seguía sin conocerse, sobre todo cuántas
especies aparecieron. Un intento importante para responder la cuestión a principios
del siglo XIX provino del biólogo francés Jean Lamarck. Él sostuvo que los cambios de
conducta podían alterar las características físicas de un animal en el curso de una sola
generación, y que esos rasgos nuevos pasarían a la descendencia de esos individuos.
(Un ejemplo célebre lo constituye la afirmación de Lamarck de que el largo cuello de
las jirafas derivó de muchas generaciones de jirafas que se esforzaron por llegar a las
hojas más altas). Con el tiempo, señalaba Lamarck, la herencia de las características
adquiridas generó especies nuevas de animales. Aunque las hipótesis de Lamarck
recibieron críticas generalizadas, también encontraron sus seguidores y, a falta del
conocimiento de la herencia genética, perduró como concepción generalizada de la
evolución hasta el siglo XX.

Pero en 1859 apareció una teoría más convincente de la evolución biológica gracias a
la publicación de El origen de las especies, del naturalista británico Charles Darwin. Hijo
del médico de una localidad pequeña, Darwin había pasado cinco años de la década de
1830 como naturalista no retribuido a bordo del H. M. S. Beagle, un buque de la
marina británica dedicado a la exploración científica, durante un viaje alrededor del
mundo. La singladura brindó a Darwin una oportunidad sin precedentes para observar
en primera persona las múltiples variedades de vida animal. Comparó las especies que
habitaban en islas con animales emparentados de continentes cercanos y cotejó los
rasgos de las criaturas vivas con los de restos fosilizados. Tras familiarizarse con la cría
de palomas (popular afición victoriana), Darwin supo que ciertos rasgos particulares
podían seleccionarse de manera artificial mediante apareamientos dirigidos.
¿Funcionaría algún proceso similar de «selección» en la naturaleza?

La revolucionaria respuesta de Darwin fue afirmativa. Defendió la teoría de que las


variaciones dentro de una población (como picos más largos o la pigmentación
defensiva) favorecían la supervivencia de ciertos individuos, lo que aumentaba sus
probabilidades de apareamiento y, por tanto, de transmitir sus rasgos ventajosos a la
siguiente generación. Para llegar a esta conclusión, Darwin recurrió a las ideas del
economista y demógrafo Thomas Malthus, quien con anterioridad había sostenido que
en la naturaleza nacen muchos más individuos de los que logran sobrevivir y que,
como consecuencia, los más débiles perecen en la lucha por conseguir alimento. Según
la explicación de Darwin, esta competencia maltusiana conducía a la adaptación y, si la
adaptación resultaba provechosa, a la supervivencia. El entorno, afirmaba,
«selecciona» en la progenie las variaciones más aptas para sobrevivir y reproducirse, al
mismo tiempo que elimina otros rasgos biológicos menos «adecuados».

Darwin usó esta teoría de la variación y selección natural para explicar el origen de
especies nuevas. Él creía que los individuos vegetales y animales con características
favorables transmitían los rasgos heredados a su descendencia en el curso de
generaciones, y que la eliminación sucesiva de los menos aptos acababa generando
especies nuevas. Darwin no sólo aplicó esta idea de la evolución a especies vegetales y
animales, sino también a la humana. En su opinión, la raza humana había evolucionado
a partir de un ancestro simiesco, extinto mucho tiempo atrás, pero probablemente
precursor común de los humanos y los monos antropoides existentes. Darwin
introdujo esta incómoda teoría en su segunda gran obra, La ascendencia del hombre
(1871). Por lo menos desde Newton, la ciencia había infundido fe en la capacidad
humana para comprender y dominar el mundo natural; la revolución darwiniana
parecía poner en riesgo dicha fe.

La teoría darwiniana y la religión

Las implicaciones de los escritos de Darwin se extendieron mucho más allá del ámbito
de las ciencias evolutivas. Curiosamente, cuestionaron los fundamentos de creencias
religiosas muy arraigadas y, con ello, provocaron un debate público sobre la existencia
y la cognoscibilidad de Dios. Aunque algunos detractores conocidos censuraron a
Darwin por contradecir interpretaciones literales de la Biblia, no fueron esas
contradicciones lo que incomodó a los lectores religiosos de clase media. La labor de
teólogos notables, como David Friedrich Strauss, ya había ayudado a los cristianos a
conciliar su fe con las imprecisiones e incongruencias bíblicas. No precisaban renunciar
al cristianismo o a su fe por la sencilla razón de que Darwin demostrara (o afirmara)
que el mundo y las formas de vida que lo habitaban se habían desarrollado a lo largo
de millones de años, y en tan sólo seis días. Lo que los lectores religiosos del siglo XIX
encontraron difícil de aceptar fue que Darwin desafiara su creencia en un Dios
benévolo y un universo moralmente dirigido. Según Darwin, el mundo no se regía por
el orden, la armonía y la voluntad divina, sino por el azar aleatorio y la lucha constante
y no dirigida. Es más, la concepción darwiniana del mundo parecía redefinir las
nociones de bueno y malo únicamente en términos de capacidad de supervivencia y,
por tanto, privaba a la humanidad de certezas morales cruciales. El propio Darwin
logró reconciliar su teoría con la fe en Dios, pero otros se aferraron a su obra para
atacar con fiereza la ortodoxia cristiana. Una de esas figuras la encarnó el filósofo
Thomas Henry Huxley, quien se ganó el apodo de «bulldog de Darwin» al vituperar a
los cristianos horrorizados ante las implicaciones de la teoría darwiniana. Huxley se
definió a sí mismo como agnóstico (del griego agnostos, o «ignoto»), una persona
convencida de que no se puede conocer ni la existencia ni la naturaleza de Dios, y
afirmó que «no hay ningún indicio de la existencia de un ser como el Dios de los
teólogos». Huxley, contrario a cualquier clase de dogma, sostenía que la persona
pensante debía guiarse sencillamente por la razón «hasta donde pueda llevarnos», y
reconocer que la naturaleza última del universo queda fuera de su alcance.
DARWINISMO SOCIAL

La teoría de la selección natural repercutió también en las ciencias sociales, que


empezaban a desarrollarse a finales del siglo XIX. Disciplinas nuevas, como la
sociología, la psicología, la antropología y la economía, aspiraron a aplicar métodos
científicos al análisis de la sociedad, e introdujeron modos novedosos de cuantificar,
medir e interpretar la experiencia humana. Bajo el estandarte autoritario de la
«ciencia», estas disciplinas ejercieron gran influencia en la sociedad, a menudo para
mejorar la salud y el bienestar en Europa. Pero, como se verá, el impacto del
«darwinismo social» permitió que las ciencias sociales justificaran, además, ciertas
formas de hegemonía económica, imperial y racial.

Los denominados darwinistas sociales, cuyo exponente más célebre lo representó el


filósofo inglés Herbert Spencer (1820-1903), adaptaron el pensamiento darwiniano de
tal modo que habría conmocionado al propio Darwin, puesto que aplicaron los
conceptos de competencia y supervivencia individual a las relaciones interclasistas,
interraciales e internacionales. Spencer, quien acuñó la expresión «supervivencia de
los más adaptados», usó la teoría evolucionista para exponer las virtudes de la
competencia libre y atacar las medidas sociales gubernamentales. Como defensor del
individualismo, Spencer tildó todas las formas de colectivismo de primitivas y
contraproducentes, reliquias de una fase anterior en la evolución social. Las tentativas
del gobierno para paliar los apuros económicos y sociales (o para imponer
restricciones a grandes negocios) eran, según Spencer, obstáculos para el pujante
progreso de la civilización, sólo alcanzable mediante la adaptación y la competición del
individuo. En Estados Unidos, sobre todo, estas demandas le granjearon a Spencer
grandes elogios por parte de algunos industriales adinerados que, sin lugar a dudas,
estaban encantados de contarse entre los «más adaptados».

A diferencia de la ciencia de la evolución biológica, la idea popularizada del darwinismo


social resultaba fácil de entender, y sus conceptos (centrados en la lucha por la
supervivencia) se incorporaron pronto al vocabulario político del momento.
Defensores del capitalismo de laissez-faire y detractores del socialismo usaron la
retórica darwinista para justificar la competencia del mercado y el «orden natural» de
ricos y pobres. Los nacionalistas adoptaron el darwinismo social para racionalizar la
expansión y la guerra imperialista. La doctrina de Spencer también se relacionó mucho
con teorías de jerarquía racial y superioridad de la raza blanca según las cuales esta
última había alcanzado el nivel máximo del desarrollo evolutivo y, por tanto, había
adquirido el derecho de dominar y gobernar al resto de razas (véase el capítulo 25).
Curiosamente, algunos reformistas de clase media se basaron en una serie de
afirmaciones raciales similares: sus campañas para mejorar la salud y el bienestar de la
sociedad recurrieron a los temores de que Europa, aunque dominante, podía sufrir un
retroceso en la escala evolutiva. A pesar de su potencial inquietante, el darwinismo se
usó para anticipar una serie de objetivos políticos y para consolidar cierta cantidad de
prejuicios arraigados.

PRIMEROS PASOS EN PSICOLOGÍA: PAVLOV Y FREUD


Aunque los nuevos científicos sociales confiaron tímidamente en el uso de los
principios científicos, racionales, sus descubrimientos enfatizaron a menudo lo
contrario: la naturaleza irracional, y hasta animal, de la experiencia humana. Darwin ya
había cuestionado la idea de que la humanidad fuera, en esencia, superior al resto del
reino animal, y el nuevo campo de la psicología aportó conclusiones igualmente
desconcertantes. Los experimentos fisiológicos, capaces de establecer conexiones
entre el cuerpo y la mente, prometieron un método completamente nuevo para
comprender la constitución mental de los humanos. Por ejemplo, el trabajo del médico
ruso Iván Pávlov (1849-1936) explicó una clase de comportamiento llamado
«condicionamiento clásico», el cual permite emitir un estímulo aleatorio para producir
una reacción física refleja (en ocasiones involuntaria). El célebre experimento de
Pávlov reveló que al dar de comer a perros después de hacer sonar un timbre, con el
tiempo los animales acaban salivando con sólo oír el timbre, igual que si dieran y
vieran la comida. Es más, Pávlov insistió en que ese condicionamiento constituía
asimismo una parte importante del comportamiento humano. Este tipo de psicología
fisiológica, conocida como conductismo (o behaviorismo), evitó conceptos vagos como
el de mente o conciencia, y, en su lugar, se centró en la reacción de músculos, nervios,
glándulas y visceras. Según los conductistas, la actividad humana, más que regirse por
la razón, suponía un montón de respuestas fisiológicas a estímulos del entorno.

Al igual que el conductismo, una segunda escuela de la psicología sugirió además que
el comportamiento humano está motivado en gran medida por fuerzas inconscientes e
irracionales. La disciplina del psicoanálisis, fundada por el médico austriaco Sigmund
Freud (1856-1939), postuló una teoría nueva, dinámica e inquietante sobre la mente,
donde una serie de impulsos y deseos inconscientes se oponen a una conciencia
racional y moral. Durante los numerosos años que pasó tratando a pacientes con
dolencias nerviosas, Freud desarrolló un modelo de la psique compuesto por tres
elementos: los deseos inconscientes, o indisciplinados, de placer, satisfacción sexual,
agresión, etcétera; el superego, o conciencia, que registra las prohibiciones de la moral
y la cultura; y el ego, el territorio donde se resuelve el conflicto entre el inconsciente y
el superego. Freud opinaba que la mayoría de los casos de desórdenes mentales
resultan de una tensión irreconciliable entre los impulsos naturales y las restricciones
culturales, las cuales entierran los impulsos innatos en el subconsciente. Freud
pensaba que el estudio de esos desórdenes, así como los sueños y lapsus, permitiría a
los científicos vislumbrar las regiones más hondas de la conciencia y, por tanto,
formular un conocimiento objetivo del comportamiento aparentemente «irracional».
De hecho, la búsqueda de Freud de una teoría global de la mente se basó en gran
medida en los principios de la ciencia decimonónica. En cambio, al hacer hincapié en lo
irracional, las teorías de Freud alimentaron una preocupación creciente por el valor y
las limitaciones de la razón humana. Asimismo, conllevaron fuertes críticas contra las
limitaciones impuestas por los códigos morales y sociales de la civilización occidental.

EL ATAQUE DE NIETZSCHE A LA TRADICIÓN

Nadie acometió un ataque más radical o más influyente contra los valores occidentales
que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900). Con una aceptación
desbordante de la emoción, el instinto y la irracionalidad, Nietzsche criticó con dureza
las certezas morales del siglo XIX. Como Freud, Nietzsche había observado una cultura
de clase media dominada por ilusiones y autoengaños que él intentó desenmascarar.
En una serie de obras donde rehusaba la argumentación racional en favor de una
prosa elíptica, evocadora, Nietzsche presentó su crítica de la cultura occidental. En
esencia, afirmaba que la fe burguesa en conceptos tales como la ciencia, el progreso,
la democracia y la religión representaba una búsqueda vana, y por tanto reprensible,
de seguridad y verdad. Nietzsche rechazó de forma categórica la posibilidad de
conocer la «verdad» o la «realidad», puesto que todo el conocimiento nos llega
filtrado a través de sistemas de representación lingüísticos, científicos o artísticos.
También fue célebre su ridiculización de la moral judeocristiana por infundir una
conformidad represiva que privaba a la civilización de su vitalidad. Aunque la filosofía
de Nietzsche no planteó ningún objetivo político o social concreto, sí se hizo eco de
temas relacionados con la liberación personal, en especial, de las imposiciones de la
historia y la tradición. De hecho, el individuo ideal o «superhombre» de Nietzsche es
aquel que se libera del peso de la conformidad cultural y crea una sarta independiente
de valores basados en la visión artística y la fuerza del carácter. Nietzsche sólo
auspiciaba la salvación de la civilización occidental a través de la lucha individual
contra el universo caótico. Sus publicaciones, entre las que se cuentan Así habló
Zaratustra (1883), Más allá del bien y del mal (1886) y La genealogía de la moral
(1887), alcanzaron gran fama a comienzos de la década de 1890, justo cuando las
tensiones de la modernización empezaban a resquebrajar los fundamentos de la
sociedad europea.

LA RELIGIÓN Y SUS DETRACTORES

Frente a los diversos desafíos científicos y filosóficos, las instituciones responsables de


conservar la fe tradicional se pusieron a la defensiva. La Iglesia católica de Roma
respondió a los abusos de la sociedad laica apelando al dogma y a las tradiciones
veneradas. En 1864, el papa Pío IX emitió un Syllabus (o programa) de Errores donde
condenaba lo que él consideraba los principales «errores» religiosos y filosóficos de la
época. Entre ellos figuraban el materialismo, el pensamiento libre y el
«indiferentismo», o la idea de que cualquier religión es tan buena como las demás. El
papa también convocó el primer concilio eclesiástico desde la Reforma católica, que en
1871 declaró el dogma de la infalibilidad papal. Esto significaba que, en su calidad de
«pastor y doctor de todos los cristianos», el papa era infalible con relación a todos los
asuntos de fe y moral. Aunque la proclamación de la infalibilidad papal fue aceptada
en general por los católicos devotos, también provocó una tormenta de protestas y
denuncias gubernamentales por parte de varios países católicos, incluidos Francia,
España e Italia. En cambio, la muerte de Pío IX en 1878 y la llegada del papa León XIII
conllevaron un ambiente más acomodaticio para la Iglesia. El nuevo papa reconoció
que la civilización moderna albergaba el «bien» y el «mal». Incorporó una plantilla de
científicos al Vaticano y abrió archivos y observatorios, pero no hizo más concesiones
al liberalismo político.

Los protestantes también se sintieron impelidos a responder al mundo modernizado.


Como se les enseñaba a conocer a Dios con poco más que la Biblia y una buena
disposición, los protestantes, a diferencia de los católicos, apenas pudieron recurrir a
la doctrina para defender su fe. Algunos fundamentalistas optaron por ignorar por
completo las implicaciones de la indagación científica y filosófica, y siguieron creyendo
en la verdad literal de la Biblia. Otros se mostraron dispuestos a aceptar la escuela de
los filósofos estadounidenses conocidos como pragmatistas (cuyos representantes
principales fueron Charles S. Peirce y William James), quienes afirmaban que la
«verdad» era todo lo que producía resultados útiles y prácticos; según su lógica, si
creer en Dios procuraba paz mental o satisfacción espiritual, entonces la creencia era
verdadera. Otros protestantes aliviaron sus dudas religiosas fundando misiones,
trabajando con los pobres o realizando otras buenas acciones. Muchos adeptos a este
«evangelio social» fueron también «modernistas» que aceptaron las enseñanzas éticas
de la cristiandad pero se negaron a creer en milagros y en el pecado original.

NUEVOS LECTORES Y LA PRENSA POPULAR

El efecto que ejercieron los diversos desafíos científicos y filosóficos en la gente de


finales del siglo XIX no se puede medir con exactitud. Sin duda, millones de personas
siguieron viviendo indiferentes a las implicaciones de la teoría evolucionista, contentos
de creer en lo que habían creído hasta entonces. En efecto, la mayoría de la gente de
clase media atribuyó al desafío del socialismo una «realidad» que probablemente no
otorgó a los retos de la ciencia y la filosofía. El socialismo amenazó intereses
específicos. Las teorías de Darwin y de Freud, aunque «flotaban en el ambiente» e
inquietaban, no tuvieron la misma relevancia. Hombres y mujeres podían posponer la
consideración de sus orígenes y destino último. Es más, como ya hemos visto, muchas
personas religiosas lograron reconciliar su fe y religión con la nueva ciencia. Pero los
cambios que acabamos de exponer tuvieron un impacto profundo a largo plazo. La
teoría de Darwin no era demasiado complicada para alcanzar difusión. Si la gente
instruida no disponía de tiempo ni de ganas para leer El origen de las especies, sí leía
revistas y periódicos que resumían (no siempre de manera correcta) sus implicaciones.
Se topó con los conceptos elementales de la teoría en otros ámbitos, desde discursos
políticos hasta novelas y noticias sobre delitos.

La difusión de aquellas ideas se vio facilitada por el incremento de las tasas de


alfabetización y por formas nuevas de cultura impresa para el gran público. Entre 1750
y 1870, el público lector se extendió desde la aristocracia hasta incluir círculos de clase
media y, después, hasta una población general alfabetizada cada vez más amplia. En
1850 casi la mitad de la población europea era analfabeta. En décadas posteriores,
cada país introdujo una enseñanza primaria y secundaria financiada por el estado para
favorecer el progreso social, para difundir el conocimiento técnico y científico y para
inculcar un orgullo cívico y nacional. Gran Bretaña instauró la enseñanza primaria en
1870; Suiza, en 1874, e Italia, en 1877. Francia amplió el sistema en vigor entre 1878 y
1881. Después de 1871, Alemania creó un sistema estatal de acuerdo con el modelo
prusiano. En 1900 sabía leer alrededor del 85 por ciento de la población de Gran
Bretaña, Francia, Bélgica, Países Bajos, Escandinavia y Alemania. Había llegado la era
del gran público lector. Otros lugares, en cambio, tenían porcentajes mucho más bajos
que variaban entre el 30 y el 60 por ciento.
En los países con mayor grado de alfabetización, los editores comerciales, como Alfred
Harmsworth en Gran Bretaña y William Randolph Hearst en Estados Unidos, se
apresuraron a captar al nuevo público lector. Los lectores de clase media habían
estado bien atendidos durante cierto tiempo por periódicos al servicio de sus intereses
y punto de vista. El número de lectores del Times de Londres superaba con creces la
cifra de cincuenta mil en 1850; en Francia, Presse y Siècle tenían una tirada de setenta
mil ejemplares. Sin embargo, en 1900 aparecieron otras publicaciones que atrajeron a
la gente recién alfabetizada mediante un periodismo sensacionalista y obras picantes y
de lectura facilona por entregas. La publicidad abarató de forma radical el coste de los
periódicos de masas, lo que permitió que hasta los obreros compraran uno o dos al
día. La prensa «amarilla» de las penny-presses[2] mezcló pasatiempos y
sensacionalismo con noticias con la intención de aumentar su circulación y, con ello,
asegurarse ventas publicitarias más lucrativas. Pero los editores y publicistas no fueron
los únicos deseosos de llegar a un mercado de masas. Según avanzó el nuevo siglo,
artistas, activistas, políticos (y, sobre todo, gobiernos) mostraron una preocupación
cada vez mayor por transmitir su mensaje a la gran masa.

LOS PRIMEROS MODERNOS: INNOVACIONES EN EL ARTE

En el crisol de la Europa de finales del siglo XVIII (rebosante de transformaciones


científicas, tecnológicas y sociales) los artistas de todo el continente empezaron a
examinar de manera crítica y sistemática la naturaleza del arte en el mundo moderno.
Nuevas generaciones de pintores, poetas, escritores y compositores empezaron a
cuestionar los valores morales y culturales de la sociedad liberal de clase media.
Algunos lo hicieron con grandes vacilaciones, otros con un abandono descuidado. A
través de una variedad abrumadora de experimentos, innovaciones, movimientos
artísticos efímeros y rimbombantes manifiestos, los iniciadores de lo que más tarde se
denominó modernismo desarrollaron las formas artísticas y los valores estéticos que
acabaron imperando durante buena parte del siglo XX. Como todos los movimientos
de este tipo, el modernismo resulta especialmente difícil de definir: incluyó una serie
de teorías y prácticas diversas y a menudo opuestas que abarcaron todo el rango de la
producción cultural, desde la pintura, la escultura, la literatura y la arquitectura hasta
el teatro, la danza y la composición musical. Sin embargo, a pesar de esa diversidad los
movimientos modernistas compartieron ciertas características clave: en primer lugar,
un tímido sentimiento de ruptura con la historia y la tradición; en segundo lugar, un
rechazo de los valores y supuestos establecidos; y, en tercer lugar, una insistencia
radical en la libertad expresiva y experimental. Además de estas tendencias, el
modernismo temprano se distinguió por una interpretación nueva de la relación entre
el arte y la sociedad. Aunque algunos artistas y escritores se recluyeron hacia adentro,
hacia el estudio de cuestiones puramente estéticas, muchos otros abrazaron la idea de
que el arte podía motivar un cambio social y espiritual profundo. Por ejemplo, el pintor
abstracto Vasili Kandinski (1866-1944), devoto del misticismo oculto (especialmente
popular durante el cambio de siglo), creía que los artistas visionarios apartarían a la
sociedad de «la vida material, carente de espiritualidad, del siglo XIX» para introducirla
en «la vida psíquico-espiritual del siglo XX». La idea de que la sociedad contemporánea
era materialista y desprovista de moral abundó en las críticas modernistas contra la
cultura europea. Y, mientras artistas como Kandinski apuntaron hacia la salvación en
un futuro utópico, otros usaron su arte para estudiar el presente con resolución
explorando las patologías psicológicas y sociales de la sociedad urbana industrial. En el
terreno político, la hostilidad modernista hacia los valores convencionales se tradujo
en ocasiones en el apoyo a movimientos antiliberales en la periferia política, como el
anarquismo radical de izquierdas y el protofascismo de derechas. Esta tendencia a los
extremos ideológicos reflejó las tendencias estéticas de los modernistas. En palabras
de un académico: «Después de que el siglo XIX hubiera creado un núcleo
especialmente seguro e íntimo donde pudieran habitar el artista y el público, la época
modernista tendió la mano a las caprichosas circunferencias del arte».

La revolución en el lienzo

Como la mayoría de los movimientos artísticos, el modernismo se definió en oposición


a una serie de principios anteriores. Para los pintores en particular, esto significó la
negación de la corriente principal del arte académico, que afirmaba la actitud casta y
moral de los aficionados a los museos, y de la tradición realista de gran conciencia
social (comentada en el capítulo 20), que se esforzó por representar la realidad
material con una exactitud rigurosa, y hasta científica. Pero la rebelión de los artistas
modernos llegó incluso más allá, puesto que descartaron por completo la tradición
secular de la representación, o lo que el pintor francés Paul Gauguin (1848-1903) llamó
las «trabas de la verosimilitud». Desde el Renacimiento, el arte occidental había
aspirado a reproducir con precisión la realidad tridimensional visible; los cuadros se
consideraban «espejos» o «ventanas» del mundo. Pero, durante las postrimerías del
siglo XIX, los artistas dieron la espalda al mundo visible y se centraron, por el contrario,
en formas de expresión personal subjetivas, o de orientación psicológica, y con gran
carga emotiva. En palabras del pintor noruego Edvard Munch: «El arte es lo opuesto a
la naturaleza. La obra de arte sólo puede salir del interior del hombre».

Aunque en épocas anteriores del siglo XIX ya se había cuestionado la tradición del arte
figurativo, las primeras rupturas relevantes llegaron con los impresionistas franceses,
los cuales destacaron ya como jóvenes artistas en la década de 1870. En rigor, los
impresionistas fueron realistas. Tras empaparse de teorías científicas relacionadas con
la percepción sensorial, procuraron reproducir los fenómenos naturales con
objetividad. En lugar de pintar objetos en sí, captaron el juego transitorio de la luz
sobre las superficies, con lo que confirieron a sus obras un aspecto impreciso, efímero,
que las diferenció radicalmente del arte realista. Y aunque artistas posteriores se
rebelaron contra lo que consideraron la objetividad estéril de este enfoque científico,
los pintores impresionistas, cuyas celebridades fueron Claude Monet (1840-1926) y
Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), dejaron dos legados importantes a la vanguardia
europea. En primer lugar, mediante el desarrollo de técnicas novedosas sin relación
con estilos previos, los impresionistas allanaron el camino para que los artistas más
jóvenes experimentaran con más libertad. En segundo lugar, como las salas de arte
oficiales rechazaron sus obras, los impresionistas organizaron exposiciones
independientes desde 1874 hasta 1886. Aquellas exhibiciones minaron con eficacia el
monopolio secular de la Academia Francesa en cuanto a exposiciones artísticas y
estándares estéticos, e instauraron una tradición de exposiciones autónomas de
artistas independientes que ocupa un lugar destacado dentro de la historia del
modernismo.

Después del impresionismo, unos cuantos artistas innovadores de finales de siglo


sentaron las bases para el estallido de experimentación creativa que se produjo
después de 1900. El más destacado de todos ellos fue Paul Cézanne (1839-1906),
cuyos esfuerzos por «convertir el impresionismo en algo sólido y duradero»
conllevaron la reducción de las formas naturales a sus equivalentes geométricos, el
rechazo de la perspectiva tradicional y (lo más importante) el énfasis de la disposición
subjetiva del color y la forma. Cézanne rompió, tal vez más que nadie, la ventana del
arte figurativo. En lugar de ser un reflejo del mundo, la pintura se convirtió en un
vehículo para la expresión personal del artista. El holandés Vincent van Gogh también
exploró el potencial expresivo del arte, con mayor emoción y subjetividad aún. Para
Van Gogh, pintar era una tarea de fe, una vía para canalizar sus violentas pasiones.
Para Paul Gauguin, quien huyó a las islas del Pacífico en 1891, el arte garantizaba un
refugio utópico contra la corrupción de Europa. Gauguin en concreto estuvo influido
por el movimiento simbolista que surgió hacia el cambio de siglo. Los simbolistas
fueron un grupo de pintores y escritores muy recelosos de la realidad material, y que
buscaron la verdad trascendental a través de la imaginación, los sentimientos
personales y las percepciones psicológicas.

En Alemania, sobre todo, los artistas de vanguardia manifestaron un desencanto


atormentado con la sociedad moderna. Emil Nolde (1867-1956) clamó contra la
«voracidad irresponsable» con que los imperios europeos «aniquilaban pueblos y
razas, y siempre bajo el pretexto hipócrita de hacerlo con las mejores intenciones».
Para enfatizar la corrupción paralela de la cultura artística, James Ensor (1860-1949),
contemporáneo de Nolde, escribió que «todas las reglas, todos los cánones del arte
vomitan muerte exactamente igual que sus hermanos con boca de bronce[3] en el
campo de batalla». Bajo el nombre colectivo de expresionistas, estos pintores
recurrieron a colores chillones, figuras muy distorsionadas y crudas representaciones
de escenas de sexo que conmocionaron al público de clase media. Inspirado por el
teatro psicológico de su compatriota Henrik Ibsen, Edvard Munch (1863-1944) intentó
reproducir la conciencia interior de la mente humana. El austriaco Egon Schiele (1890-
1918) exploró la sexualidad y el cuerpo con imágenes crudas y muy gráficas.

En los albores del nuevo siglo eclosionó en Europa una serie diversa de movimientos
de vanguardia. En el París bohemio, el francés Henri Matisse (1869-1954) y el español
Pablo Picasso (1881-1973) llevaron a cabo su innovadora experimentación estética con
bastante tranquilidad. Por otra parte, reclamando la atención a voces, había grupos de
artistas que disfrutaban con el enérgico dinamismo de la vida moderna. Los cubistas en
París, vorticistas en Gran Bretaña y futuristas en Italia, todos ellos se aferraron a una
estética dura y angular de la era de las máquinas. Mientras otros modernistas
buscaron un antídoto contra el malestar finisecular volviendo la vista al «pasado», a las
llamadas culturas primitivas, estos movimientos nuevos se aferraron al futuro y todas
sus incertidumbres a menudo con el mismo lenguaje agresivo e hipermasculino que
más tarde se erigió en sello distintivo del fascismo. En el manifiesto futurista, por
ejemplo, F. T. Marinetti proclamó: «Queremos glorificar la guerra —única higiene del
mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas
ideas por las cuales se muere.» Entretanto, en Rusia y Holanda unos cuantos pintores
intensamente idealistas dieron lo que tal vez fuera el paso estético más revolucionario
de los inicios del modernismo hacia una pintura totalmente abstracta o «sin objeto».

La amplitud y diversidad del arte moderno eluden categorías y explicaciones simples.


Los cambios profundos que atravesaron las artes plásticas encontraron un paralelismo
en todo el espectro cultural (transformaciones que se comentan en el capítulo 28). Y
aunque se restringieron a un pequeño grupo de artistas e intelectuales antes de 1914,
estas revisiones radicales de los valores artísticos se integraron en la corriente cultural
dominante poco después de la Primera Guerra Mundial.

Conclusión

Muchos europeos cuya infancia había transcurrido durante el período de 1870 a 1914
pero vivieron las privaciones de la Primera Guerra Mundial contemplaron el período
anterior a la guerra como una edad dorada de la civilización europea. En cierto
sentido, esta idea retrospectiva es acertada. Al fin y al cabo, las potencias
continentales habían logrado evitar grandes guerras y permitir así una segunda fase de
industrialización que mejoró el nivel de vida de la población al alza de la sociedad de
masas. Una sensación generalizada de confianza y de destino impregnó lo que se
consideró la misión europea para ejercer un dominio político, económico y cultural en
los confines del mundo. Pero la política, y también la cultura, de Europa registró
asimismo la existencia de poderosas (y desestabilizadoras) fuerzas de cambio. La
expansión industrial, la abundancia relativa y el aumento de la alfabetización crearon
un clima político con más expectativas. Cuando llegó la época de la política de masas,
demócratas, socialistas y feministas reclamaron a gritos el derecho a participar en la
vida política mediante violencia, huelgas y revoluciones. El socialismo marxista, sobre
todo, transformó la política radical al redefinir los términos del debate para el siglo
siguiente. La ciencia, la literatura y las artes de Occidente exploraron nuevas
perspectivas sobre el individuo y con ello socavaron algunas de las apreciadas
creencias de los liberales decimonónicos. La competición y la violencia que constituyen
el centro de la teoría de la evolución de Darwin, los impulsos del subconsciente que
Freud detectó en el comportamiento humano y la rebelión contra las artes figurativas
apuntaron hacia direcciones distintas y desconcertantes. Aquellos experimentos,
hipótesis y cuestiones molestas acompañaron a Europa hasta la Gran Guerra de 1914.
Ellos contribuirían a forjar las respuestas de Europa ante la gran cantidad de muerte y
destrucción en masa que devastó el continente. Tras la guerra, los cambios políticos y
la inquietud cultural que afloraron durante el período entre 1870 y 1914 resurgieron
en forma de movimientos globales y transformaciones artísticas que definirían el siglo
XX.

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