Está en la página 1de 122

EL FEMINISMO ESPONTÁNEO

DE LA HISTERIA
Estudio de los trastornos narcisistas
de la feminidad

- - ·-· -
EMILCE DIO BLEICHMAR

EL FEMINISMO ESPONTÁNEO
DE LA HISTERIA
Estudio de trastornos narcisistas
de la feminidad

Dl$TAllUCIONES'

79·~
[l]
FONTAMARA
Primera edición: 1985, Adotraf, S.A., Madrid, España
Primera edición mexicana: 1989, Distribuciones Fontamara, S.A.
Segunda edición: 1994
Tercera edición: 1997

A mi madre.
A mis hijos Andrea. Julieta y Javier.
A Memén y Mariana.

Derechos reservados conforme a la ley

ISBN 968-476-090-6

© Emilce Dio Bleichmar

© Distribuciones Fontamara, S. A.
Av. Hidalgo No. 47-b, Colonia del Carmen
Deleg. Coyoacán, 04100 México, D. F.
Tels. 659•7117 y 659•7978 Fax 658•4282

hnpreso y hecho en México


Printed and made in Mexico
o
o
o.J
o
~
Q..
Se trata de un libro inteligente, que engloba aspectos sociales y cultu-
rales. Igualmente es un estudio estrictamente psicoanalítico que demues-
tra -por cierto, con tacto y respeto- el sexismo de Freud. Destaca có-
mo en nuestra sociedad, y en toda sociedad conocida, la diferencia tle
sexos implica desigualdad, y ambas condiciones tienen consecuencias
psíquicas, poniendo énfasís en la disparidad ex{stente en las leyes de la
cultura que constituyen y gobiernan la feminidad y la masculinidad. La
prohibición del incesto es pareja para ambos sexos, pero una vez alcan-
zada la diferenciación sexual, la normativización del deseo del hombre
y la mujer circula por caminos opuestos.
Para analizar el desarrollo psicológico diferencial del varón y de la ni-
fla, la autora profundiza en los conceptos de género y sexo. Es un abordaje
importante, ya que estas dos nociones no suelen ser discriminadas en el
psicoanálisis clásico. Emilce Dio B/eichmar nos\ habla de la identidad de
género anterior al reconocimiento de la diferencia anatómica. Tanto la
nifla como el varón saben desde muy temprano que son diferentes. Am-
bos idealizan y se identifican a la madre. Para ambos, la madre de la
primera infancia es poderosa y omnipotente. A esta identificación co-
rresponde en la niña su Yo Ideal femenino primario, cargado de libido
narcisista, y dando lugar al ideal del género al que pertenece. Discutien-
do este punto, descubrimos, no sin cierta malicia, la debilidad del varón
por tener que renunciar a esta identificación temprana, ajena a su género.
El drama de la niña se produce cuando, al reconocer la diferencia
anatómica, descubre también la inferioridad insospechada de la madre,
inferioridad que no se limita a la supuesta castración, sino a la realidad
de la propia inferioridad de su ser socia/, su ser mujer, ya que los padres
de nuestra infancia son nuestros modelos ejemplares tanto de sexo como
de clase social. En esta época se constituye, a través de los avatares del
·omplejo de Edipo, el Yo Ideal femenino, ya marcado por .la doble
minusvalía del modelo materno, herida narcisística que deja una huella
a menudo imborrable.

11
En la parte primera del libro la autora se apoya principalmente en
las investigaciones de Margaret Mahler y de Stoller. Mientras que coin-
cido con Mahler, me parece que Stoller exagera en su valoración del gé-
nero frente al sexo biológico. Como psicoanalista y médica, y por cierto
como mujer, no puedo imaginarme una identidad femenina o masculina
sólida si el sexo biológico está en desacuerdo con ella. Sin embargo, el
enfoque de Stoller nos ayuda, aunque no lo tomemos al pie de la letra,
a comprender mejor el inestable y delicado equilibrio entre sexo y INTRODUCCION
género.
En la parte segunda del libro la autora resume crlticamente, con am-
plitud y minuciosidad, la extensa bibliografía sobre la histeria, la diver-
sidad de criterios para interpretar y ubicarla, la confusión existente en
los empeños diagnósticos diferencia/es y en el establecimiento de subca-
tegorías. Si esta parte puede parecer algo árida a los lectores que no per-
tenecen a nuestra especialidad, su esfuerzo en la lectura se verá amplia-
mente premiado por lo atractivo y revelador de los últimos capítulos.
En ellos hay descubrimientos muy acertados, «el feminismo espontá-
neo» -aberrante- de la histérica, quien a través de su frigidez, de su
no goce, reivindica el deseo de ser reconocida, no sólo deseada, y la ex-
plicación de los cambios de fisonomía que el cuadro de la histeria ha su-
frido en el siglo último. Llegamos a comprender cómo la mujer de antes
solamente lograba ser escuchada si recurría a mensajes corporales,
mientras que la de hoy, si pretende diferenciarse del modelo materno del
género, si bien amplía sus áreas de acción y obtiene mayor reconoci-
miento, aún paga la rebelión mutilando su placer sexual. No se discute con el destino, o cedemos a sus
El reanálisis que hace Emilce Dio Bleichmar del famoso caso Dora poderes de fascinación o nos rebelamos. El re-
verso del destino es la conciencia, la libertad .
es brillante y totalmente convincente. Concuerdo con la autora, y creo
que actualmente somos muchos en sostener que las ideas sobre la mujer ÜCTAVIO PAZ
constituyen «el talón de Aquiles» de la doctrina psicoanalítica. Concor-
damos por experiencia clínica, pero ella lo demuestra, tras un arduo tra-
bajo interdisciplinario, ofreciendo de esta manera una sólida base cien-
tífica psicoanalítica a lo dicho por sociólogos y feministas. Ayuda de es-
ta manera a la mujer, en su cambio y en su lucha por una verdadera
autonomía, a poder abandonar el camino de la histeria y a lograr ser
compañera del hombre en igualdad de derechos y posibilidades, sin por
eso tener que renunciar al deseo y al placer.

MARIE LANGER

12
l ,A HISTERIA: UNA CUESTION FEMENINA

La histeria se nos revela multifacética, plástica, voluble en su apa-


l'icncia y también en los intentos de comprensión que ha suscitado en
:1curso de la historia. De las explicaciones mágicas, religiosas, médicas,
hemos arribado en el último siglo a las de carácter psicológico. Sin em-
bargo, lo circunscripto del dominio de pertenencia no ha disminuido la
vuriedad de las propuestas, ya que los matices abundan, y no es lo mis-
mo entender el síntoma histérico como producto de la represión del de-
seo sexual, que como un efecto del lenguaje, como una estructura básica
del ser humano o como una defensa específica contra la psicosis. Pero,
·on todo, en el enjambre de rostros y de teorías se destaca un invariante:
ya sean hechiceras, santas, neuróticas o sujetos tachados, siempre se tra-
1n de mujeres. Será en torno a este punto donde haremos girar nuestro
Interrogante, ¿en qué se funda la predisposición de la mujer a la his-
lcria?

Freud asestó un golpe mortal al supuesto naturalismo que goberna-


da nuestros cuerpos, al establecer en el campo científico la profunda he-
1cro nomía entre la pulsión y su objeto. La sexualidad humana es. capri-
d 1osa, variable, múltiple, a veces silenciosa, alejándose de la consisten-
cia y ritmo regular que caracteriza el celo animal. Gracias al psicoanáli-
is, la histeria cobró distancia del naturalismo etimológico del que pro-
ve nía, y del útero se desplazó a las reminiscencias, al fantasma, al Edi-
po, pilares del gran descubrimiento que la histeria inauguraba, el in-
rn nsciente. Pero cuando se trata de explicar por qué se corporiza preva-
lcntemente a través del cuerpo de la mujer, asistimos sorprendentemente
1 la reintroducción de la línea supuestamente abandonada: a causa de

N\I anatomía. Si bien, no se trata de la anatomía a secas, sino de las con-


·cuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos, con todo,
rá la anatomía la que se supondrá marcando el destino diferencial que
1sumirá la castración en el hombre y en la m_ujer.

15
La posesión de un clítoris, al que se le adjudica sin mayor reflexión ciones, así como al deseo sexual, con las múltiples significaciones y fan-
filiación masculina, predeterminaría la organización de una fantasmáti- tasmas que modelan sus siluetas y comportamientos diferenciales?
ca fálica que gobernaría el vínculo de la niña con su madre en tanto mu-
jer. Toda niña sería un muchachito sin saberlo -tesis de la masculini- El fenómeno del transexualismo viene en nuestra ayuda para indi-
dad primaria- hasta que descubre la diferencia de sexos, momento a carnos una dirección. Considerado durante mucho tiempo un trastorno
partir del cual, ahora ya con la certeza de no ser varón, deseará serlo extremo de la sexualidad, a partir de los trabajos de Robert Stoller se
por el resto de su infancia o de su vida, sostendrá Sigmund Freud. Y reubica su comprensión, iniciándose el capítulo altamente promisorio
este núcleo fuerte de masculinidad en la mujer sería el responsable de de los trastornos del género. Las investigaciones sobre estos raros casos
su proclividad a la histeria, roca irreductible al poder transformador del demuestran la estructuración de un núcleo de identidad femenina, es de-
psicoanálisis, de la palabra, a causa precisamente de su anclaje en otro cir, un sentimiento e idea inicial de ser mujer, anterior a la marcación
orden, el biológico. anatómica del cuerpo, o sea, al reconocimiento por parte del niño de
una diferencia anatómica genital entre el hombre y la mujer. Esta femi-
Freud sellará la histeria una vez más en la historia del conocimiento, nidad, cimentada en el seno de una peculiarísima relación con una ma-
al destino supuestamente fijado por la naturaleza a la mujer. Y quizás dre que feminiza casi sin erotizar, tiene el extraordinario poder de recha-
sea este sector de su teoría -hoy ampliamente discutido y cuestiona- zar la anatomía que ulteriormente el niño descubrirá. Identidad femeni-
do- donde es posible observar con mayor nitidez la marca del prejuicio y
na sostenida sólo por la convicción del niño el deseo de la madre, y
que hace obstáculo, que fija un límite al carácter transformador del pen- que se opone con tanto rigor al empuje del cuerpo, a la anatomía, a las
samiento freudiano. El escándalo surge entre las mujeres analistas, es- hormonas, al deseo sexual que emanaría «naturalmente» de este suelo
pecialmente entre las mujeres psicoanalistas de niños, quienes, obser- biológico, que el niño y luego el joven no dudarán en buscar todos los
vando a las niñas, las encuentran en franca contradicción con lo que la medios posibles para la transformación total de éste, su cuerpo de hom-
teoría sostiene, ya que se revelan mucho más femeninas cuanto más pe- bre que cuestiona el deseo de ser mujer.
queñas son. Melanie Klein eleva la bandera de la feminidad primaria,
una nena-mujer que conoce su vagina y desea el pene del padre práctica- Lo que el transexualismo nos demuestra, entonces, es una vía de su-
mente desde que nace, desvirtuando de este modo todo remanente de peditación de la sexualidad al género. Una vez definida una identidad
masculinidad inicial en el determinismo de la histeria. Sin embargo, la de género, ésta, la feminidad, por ejemplo -de acuerdo a las leyes que
propuesta kleiniana, aun invirtiendo la hipótesis ciento ochenta grados dictan los postulados que la cultura ha edificado como lo masculino y
-la masculinidad primaria se transforma en feminidad primaria- no lo femenino-, normativiza el deseo sexual. Lo que revoluciona el pen-
contribuye a desterrar el naturalismo contenido en el modelo teórico, si- samiento psicoanalítico es que, entonces, la feminidad/masculinidad no
no que lo entroniza aún más, pues tal feminidad también se concibe sur- se hallan exclusivamente bajo la égida de la anatomía, de lo biológico
giendo de la anatomía, en este caso la que corresponde a su sexo, la para su organización, no sólo en el caso del transexual, sino de todo ser
vagina. humano. La introducción de la noción de género, su origen indepen-
diente de los del sexo y sus íntimas articulaciones posteriores clausuran
¿Feminidad primaria o secundaria? Polémica que insiste y no se re- -en mi opinión- la dicotomía feminidad primaria o masculinidad pri-
suelve, y cuyo valor estriba, más que en polarizar a los analistas, en las maria, para establecer definitivamente la carta de ciudadanía de la femi-
posibilidades que deja abiertas para la comprensión de la mujer. Pero, nidad primaria, pero, simultáneamente, inauguran la concepción de una
¿qué entender por feminidad o masculinidad? ¿Acaso un sinónimo de feminidad secundaria, en el interior de la cual la masculinidad no puede
sexualidad, tal cual lo concibió Freud en sus artículos-de 1931 y 1933, dejar de tener un lugar.
que versando sobre un mismo tema se titulan, uno, «La sexualidad fe-
menina», y el otro, «La feminidad»? ¿O debemos pensar que tanto la Existe claramente una feminidad temprana por identificación prima-
feminidad como la masculinidad aluden a una subjetividad que será la ria y/o especular a la madre, a la cual la nifia conocerá, definirá y nom-
encargada de investir al cuerpo, de marcar tanto su anatomía, sus fun- brará empleando el mismo discurso cultural por el cual se conocerá, de-

17
16
finirá y nombrará a sí misma. Discurso que no hará más que redoblar La cantidad de hallazgos representan un desafío saludable para nuestra
los enunciados a través de los cuales la madre se define a sí misma e joven ciencia del psicoanálisis, que todavía se halla inmersa en los avata-
identifica a su hija como su doble. Feminidad primaria que goza de las res de un libre discurrir, sin que los teóricos sufran el estorbo del peso
licencias de lo imaginario, del fantasma, ya que en la intimidad de los de los hechos.
cuidados, del placer del amor y en las reducidas dimensiones en que la
madre reina, el niño/a puede edificar la idea de una feminidad a la cual Pero, ¿por qué esta recurrencia por nuestra parte a la biológico, des-
no le falta nada. Por tanto, hay un tiempo durante el cual la feminidad, pués de tan enconada denuncia a las repetidas tecaídas en el naturalismo
es decir, los atributos, actividades y actitudes que caracterizan a una a que ha estado sometida la teoría? Pues, porque los datos empíricos
mujer, son considerados por el niño una condición ideal. Será por esta serán utilizados, lo que no deja de constituir una paradoja, para refutar
valoración estrictamente fantasmática por lo que la feminidad primaria una teoría que hacía del empirismo -la diferencia anatómica de los se-
para la niña se constituirá en el núcleo más poderoso de su Yo Ideal xos y lo supuestamente real- su sustento. Nos valdremos de una serie
preedípico, y por lo que la castración materna sólo ocupará un lugar psí- de estudios empíricos que, desligados de connotaciones ideológicas, des-
quico, a posteriori del descubrimiento de la diferencia anatómica y de mienten y desenmascaran la estructura imaginaria del supuesto empi-
la total significación de la función sexual de los Órganos genitales. Si el rismo anatómico. Se trata en realidad de un contrapunto entre el em-
fantasma- de la mujer fálica debe ser producido, es para mantener la pirismo de la ciencia, que cierta epistemología desdeña y rechaza porque
creencia en la omnipotencia materna, omnipotencia que hallaba su sus- confunde con otra dimensión de lo empírico -el de la ideología-, al
tentación en un universo gobernado por las significaciones que emana- cual legítimamente ha sabido poner al descubierto. Es así como el nuevo
ban de la feminidad en tanto género femenino; el falicismo le será agre- bagaje de conocimientos biológicos adquiere significación en el seno de
gado a posteriori, no para dar cuenta de la masculinidad inicial, sino una teoría psicoanalítica, en la cual lo simbólico constituye el eje orde-
que tal masculinidad le debe ser añadida cuando esta última se instituye nador. No deja de ser sorprendente que, desde los extramuros del psi-
en el símbolo privilegiado por la cultura para designar el poder. Estepa- coanálisis, hoy sea posible fundamentar y completar la tesis freudiana
saje del cuerpo a lo simbólico en la determinación de la identidad, hasta sobre el rol capital de las experiencias infantiles en la estructuración de
hoy llamada identidad sexual -justamente por el peso atribuido a la la sexualidad humana, y afirmar que las determinaciones biológicas sólo
marcación anatómica- y que de ahora en adelante debiéramos denomi- podrán reforzar o perturbar una orientación edificada por el intercam-
nar identidad de género, contribuye a reintroducir en la teorización bio humano. Money y los hermanos Hampson (1955) demuestran cómo
psicoanalítica, una orientación que los propios trabajos de Freud sobre dos niñas, ambas hembras en el programa genético, gonadal y endocri-
la feminidad interrumpieron: la importancia de la realidad psíquica, del no, con su estructura sexual interna normal, por padecer, durante la
registro de la fantasía, de la creencia, de lo simbólico, como órdenes gestación del síndrome adrenogenital, nacen con sus órganos sexuales
fundantes alejados de todo realismo ingenuo. externos masculinizados. Una de las niñas es rotulada correctamente co-
mo hembra, mientras que a la otra -engañosamente varón por la
El centro de la primera parte de nuestro estudio sobre la histeria con- enfermedad- se le asigna el sexo masculino. A los cinco años, la desig-
sistirá en poner a trabajar el concepto de género en el interior de la teo- nada hembra se considera y es considerada por su familia una niña, y
ría psicoanalítica sobre la sexualidad femenina. Pensamos que los resul- la que creyó ser varón, un varón. Lo que ha determinado el comporta-
tados de tal elaboración co11tribuyen no sólo a resolver gran parte de los miento y la identidad no ha sido su sexo (biológico), ya que es otro, sino
impasses a que la misma se halla enfrentada, sino también a la elimina- las experiencias vividas desde el nacimiento, experiencias totalmente or-
ción de todo remanente de naturalismo dentro del campo de la revolu- ganizadas sobre la naturaleza supuestamente masculina del cuerpo de-
ción freudiana. Para la clara distinción entre género y sexo es imprescin- signado como varón. También se constatan los raros casos de varones
dible, al menos, un breve recorrido por algunas de las múltiples investi- nacidos sin pene y niñas sin vagina, que si bien sufren hondos conflictos
gaciones sobre la sexualidad que se han venido desarrollando en los últi- por este hecho, tales conflictos no conmueven una identidad de género
mos veinte años en el campo de la genética, la embriología, la bioquími- previamente establecida que no ha requerido la posesión del genital para
ca, la neurofisiología, la endocrinología y el comportamiento sexual. su constitución. Todos estos hallazgos, y muchos más, van operando

18 19
una suerte de línea de clivaje entre sexo y género, hasta hace una década nos enfrentamos con ningún dato que pudiera ser considerado fálico o
prácticamente sinónimos en el diccionario e inextricablemente ligados masculino; la feminidad primaria parece transcurrir ideal, imaginaria y
en sus destinos, de modo que hoy es posible afirmar que pertenecen a fantasmáticamente al margen de toda significación masculina para la ni-
dos dominios que no guardan una relación de simetría, y que hasta pue- ña. De ahí que pueda constituirse en una de las condiciones fundamen-
den seguir cursos totalmente independientes . Es entonces la propia bio- tales de su Yo Ideal, de su sistema narcisista. Tanto la niña como lama-
logía -debidamente enmarcada en un contexto teórico- la que des- dre gozarán de un tiempo en el que la representación de la mujer en tan-
miente a las teorías que apelaron a ella, y que nos permite, con su favor, to género será la sede del poder.
asestar el golpe final a todo resabio de naturalismo, ubicando la femini-
dad y la masculinidad - en tanto identidades de género- como catego- La crisis de la castración, al provocar una redistribución de la valora-
rías del patrimonio exclusivo del discurso cultural. Pero aún debemos ción ligada al género, arrasa con ese universo femenino en que tanto a
otro tributo a la biología, pues sabemos la magnitud de la inercia con la madre como a la hija no le faltaban nada, y el pene real del padre
que se enfrentan las nuevas ideas hasta lograr su consagración. Para será elevado en carácter de símbolo fetiche, representando privilegiada-
aquellos que se sientan inclinados a seguir pensando en la masculinidad mente la compensación de toda carencia . Pero sabemos que aquello que
inherente a la estructura anatómica de los órganos sexuales de la niña el descubrimiento de la castración pone en tela de juicio es el papel nar-
- el clítoris-, lo que determinaría la naturaleza de su deseo sexual, se cisizante de la madre, ahora será del padre del que se esperará la valori-
encontrarán con la sorpresa de los datos que prueban que tal hipótesis zación . Se hace entonces necesario agregar en el estudio de la feminidad,
biológica es simplemente falsa, embriológicamente el clítoris no es junto a la constatación de los efectos psíquicos que la diferencia anató-
masculino. mica de los sexos provoca en el sistema narcisista de la niña, aquellos
otros efectos que provienen del testimonio que la niña efectuará, de
Pero si queremos ser fieles a nuestro norte metodológico y mantener ahora en adelante, de las múltiples y permanentes desigualdades en la
la cercanía a los hechos clínicos, ¿cómo dejar de lado la presencia de lo valorización social de los géneros. Creemos que la principal consecuen-
masculino en la histeria? ¿Cómo precisar la naturaleza de su bisexuali- cia psíquica del complejo de castración para la niña es Ja pérdida del
dad, se trata del deseo o de las identificaciones? ¿Qué es entonces lo bi- Ideal Femenino Primario, la completa devaluación de sí misma, el tras-
fronte, su sexo o su género? La biología moderna desacredita rotunda- torno de su sistema narcisista, y que el interrogante mayor a dilucidar
mente el mito de la supuesta masculinidad de la niña, de manera que de- no es cómo hace la niña para cambiar de objeto y pasar de la madre al
ja de ser un obstáculo que pueda ser invocado, para profundizar en la padre, sino cómo se las arregla la niña para desear ser una mujer en un
incuestionable feminidad primaria de la misma. Por otra parte, el des- mundo paternalista, masculino y fálico. La eficacia de la castración se
cubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos que verdaderamente funda en la alteración, en la inversión de la valoración sobre su género,
determina el destino diferencial para la niña y el varón, no sería el que de idealizado y pleno se convierte en una condición deficiente e inferior.
éstos adquieren en un momento de su desarrollo, sino la debida norma- Pero si esta metamorfosis tiene lugar es porque el núcleo de la identidad
tivización que en tanto género y orientación sexual tengan los padres, de género se halla firmemente constituida; la castración ni origina ni al-
quienes construirán desde su sistema simbólico la feminidad y/o mascu- tera el género, sino que lo consolida. Lo que sí compromete, organiza
linidad que corresponda al cuerpo sexuado que dan a luz. En el caso de y define es el destino que la niña dará a su. sexualidad. El complejo de
la niña, la identidad de género femenino ve facilitada su estructuración, castración orienta y normativiza el deseo sexual, no el género. En otras
pues en el campo intersubjetivo en el cual tiene lugar su gestación, el palabras, decide básicamente sobre la organización de la sexualidad fe-
otro especular - la madre- es efectivamente su doble. Esta específica menina, no acerca de la feminidad. La niña se orientará o no hacia el
condición de maternalización de nuestra cultura marcará desde tempra- padre, estableciendo su elección de objeto sexual, sellando así o no su
no la mayor parte de los patrones que rigen la feminidad y la masculini- heterosexualidad. Heterosexualidad que en Ja teoría requiere ser dife-
dad. La dependencia, el déficit de diferenciación, el predominio del nar- renciada de Ja feminidad, pues así como existen homosexuales femeni -
cisismo y de la ambivalencia en el vínculo, como rasgos peculiares de nas, también existen formas de histeria fuertemente masculinizadas y,
la feminidad, serán rastreados desde el inicio. Pero en ningún momento sin embargo, exclusivamente heterosexuales.

20 21
Pero a la nifia no le basta establecer la heterosexualidad para lograr, fias, quienes cultivarán la gracia, la seducción y los sentimientos, y un
por consecuencia, una identificación secundaria a la madre que tipifique mundo social y crecientemente público para los varones, desde el cual
su feminidad, ya que la feminidad, en tanto ideal, ha quedado cuestio- ejercerán la capacidad para la toma de decisiones y el poder transforma-
nada por la castración. Deberá reconstruir su sistema narcisista de idea- dor sobre la realidad; una clara dicotomía en el ejercicio del placer pul-
les del género y reinstalar una feminidad valorizada que oriente tanto sional que será legitimado en el caso de los varones y fuertemente conde-
su rol del género como su deseo sexual. La prolongación en el tiempo nado para las nifias, y una diferencia neta en la localización deí ;· ,bjeto
y su clausura incompleta en la mayor parte de los casos, características del deseo sexual y del reconocimiento narcisista. El varón sólo buscará
del Complejo de Edipo de la nifia, encuentran explicación en la colosal en la madre-mujer el objeto de la satisfacción pulsional y sed de su pa-
empresa narcisística que debe acometer: 1) la reconstrucción de su femi- dre del que obtendrá la valoración, quien, a su vez, se halla instituido
nidad, a través de la instauración de un Ideal del Yo Femenino Secunda- socialmente para otorgarla y para ofrecerse como ideal del Yo; mientras
rio que no sólo incluya la oposición fálico-castrado, sino el rol social la nifia dirigirá su búsqueda sexual y narcisista sobre el mismo objeto,
-rol conflictivo, ambivalentemente valorado-, así como la moral se- quien por esta peculiaridad de otorgar tanto el goce como la valoriza-
xual que legisla sobre este rol, y 2) la narcisización de la sexualidad para ción no puede dejar de ser erigido, de alguna forma, en su ideal.
su género, pues la sexualidad femenina es un valor altamente contradic-
torio en nuestra cultura. Y es en este punto donde se revela el profundo déficit narcisista de
organización de la subjetividad de la futura mujer, ya que lo habitual
Recapitulando, la incorporación del concepto de género a la teoriza- en la nifia es que, en el proceso de identificación a la madre -en tanto
ción del desarrollo psicosexual nos ha permitido establecer la dimensión objeto rival y supuestamente ideal-, encuentre serios obstáculos para
simbólica de la feminidad. A su vez, a través de este desarrollo, hemos considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identifi-
podido situar el género como una representación privilegiada del siste- carse a ella, se desidentifique y localice el ideal en el hombre. De esta
ma narcisista Yo Ideal-Ideal del Yo, y constatar que estas estrucuras, así manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restableci-
como el Super Yo, siguen cursos de estructuración y formas finales de miento del balance narcisista en la mujer es en base a alguna referencia
organización diferentes en los distintos géneros, por lo que pensamos fálica, ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida.
que el género es un articulador o una estructura mayor, a la cual tanto Puede rodearlo de la más alta idealización y emprender su «caza», cual-
el Ideal del Yo como el Super Yo se hallan subordinados. Si bien la ley quiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de po-
del incesto introduce una legalidad pareja para ambos sexos prohibien- seer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel
do la sexualidad endogámica, sin embargo la moral sexual que normati- compafiera, la que ayuda a que su «hombre se realice», situándose en
viza el ejercicio del resto de las formas de sexualidad no es igualmente ese lugar tan valorizado por nuestras convenciones, de ser «la mujer que
simétrica. está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor
trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o
Y será a partir del estudio de la especificidad del sistema narcisista, actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal
de los ideales y valores que guían a la nifia durante la latencia y la ado- del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el
lescencia, de donde se desprenderá la fuerte oposición que rige tanto las comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando
relaciones entre feminidad y narcisismo como entre sexualidad femeni- su deseo
na y narcisismo. Durante estos períodos la tipificación tanto de la femi-
nidad como de la masculinidad se realiza por mútiples vías, por identifi- Toda suerte de oposiciones caracterizan los destinos de las distintas
cación al objeto rival, por ejercicio del rol y por un proceso de moldea- instancias psíquicas en la mujer. Si busca ser sujeto de su deseo y satisfa-
miento sólidamente pautado por los ideales de feminidad/masculinidad cer sin represiones su pulsión, aceptando su papel de ser «objeto causa
imperantes en la familia y en la microcultura a la cual ella pertenezca. del deseo», se encontrará no sólo con la condena social, sino con el peli-
El resultado es un clivaje estructural de los modos de acción y de pensa- gro real de la pérdida del objeto, es decir, con un entorno que unánime-
miento de los dos géneros, un mundo privado y doméstico para las ni- mente no valoriza, no legitima como femenina esta disposición. Resulta

22 23
así una oposición entre narcisismo y ejercicio de la sexualidad. Si se afa- relación deseo-placer le provoca. El goce sexual de la mujer, en tanto
na por superar sus tendencias «pasivas» que la mantienen dependiente goce puro, el ejercicio de la sexualidad como testimonio de un ser que
del objeto -ya sea madre, padre u hombre- y obtener autonomía so- desea el placer y lo realiza en forma absoluta - por fuera de cualquier
cial e intelectual, se encuentra con que de alguna manera compite con contexto !~gal, moral o convencional- , se constituye en una transgre-
algún hombre, castrándolo. Por tanto, la autonomía, que por otro lado sión a una ley de la cultura de similar jerarquía a la ley del incesto. La
forma parte de los requisitos esenciales de los decálogos de salud men- histeria queda así ubicada en el centro de un conflicto básico de carácter
tal, se opone a la feminidad. La pulsión se opone al narcisismo; la am- narcisista, que impulsa a la mujer a una suerte de feminismo espontá-
pliación del Yo, al Ideal del Yo. ¿Y el Super Yo? Los trabajos de Gilli- neo, pues lo que trata es de equiparar o invertir la valorización de su
gan (1982) - provenientes del campo de la psicología social- sobre la género, no el comportamiento sexual. Cada vez que se sienta humillada
evolución diferencial del juicio moral en los distintos géneros, muestran apelará a su única arma en la lucha narcisista, el control de su deseo y
que, al llegar a la adolescencia, las niñas presentarán una perspectiva su goce, para de esta manera invertir los términos, ella será el amo, asu-
moral basada en una ética del cuidado, mientras que en los varones lo mieQdo un deseo de deseo insatisfecho. En su reivindicación no puede
que prevalece es la lógica de la justicia. Pero como ambos serán evalua- dejarde permanecer prisionera de los paradigmas y sistemas de repre-
dos con métodos diseñados en base a patrones masculinos -la escala sentación masculina, y su feminismo espontáneo y aberrante se pondrá
de Kohlberg-, las niñas, aun poseyendo una sólida ética del cuidado en juego en el mismo terreno en que ha quedado circunscripta y defini-
y la responsabilidad y una muy avanzada lógica de la elección, serán cla- da, el sexo. Pero, obviamente, la problemática narcisista femenina exce-
sificadas como alcanzando un menor nivel de moralidad. Extraña con- de este campo, así como lo excede para el hombre, pues también cuando
dición la del Super Yo femenino, defectuoso, pero centrado en los máxi- en éste la valorización narcisista se confronta exclusivamente en el área
mos principios éticos del cuidado y la responsabilidad, inferior al del de la sexualidad, surge la histeria. Esta dimensión de la problemática de
hombre, pero condenando y legislando rigurosamente cualquier «exce- la mujer, vista desde el narcisismo de su género, ha permanecido y per-
so» sexual. manece silenciada para la cultura, el teórico, el terapeuta y para la pro-
pia mujer. Cuando accede a cualquier otro terreno se considera que in-
Esta dimensión profundamente conflictiva de la feminidad en nues- vade el territorio masculino, castra al hombre, es masculina. Si deja de
tra cultura se demuestra y tiene su máxima expresión en la histeria. La ser femenina en forma convencional -hembra, madre, ama de casa-,
introducción del concepto de género permite comprender más cabal- no se piensa que busca otras formas de ser en el mundo, sino que imita
mente la problemática histérica y no caer en el error de considerarla ba- y compite con el hombre.
sada en una supuesta indefinición sexual. Si la histérica¡ produce la fan-
tasía de la mujer con pene, no lo hace ni por homosexual ni por transe- ¿Es posible intentar hablar de la histeria, de la mujer y de la femini-
xual - o sea, por el deseo de ser hombre-, sino porque, cerrados los dad al margen de un discurso sexista? Mucho se ha escrito sobre la mu-
caminos de jerarquización de su género, intenta formas vicariantes de jer, sobre su sexualidad, ya que es especialmente en tanto sexo que ocu-
narcisización, añadiendo a su feminidad falicismo, masculinidad, un pa un lugar en la historia. Gran parte de lo escrito no hace sino repetir
pene fantasmal, o dirigiéndose a un hombre para que le diga quién es. el estereotipo imperante en nuestra cultura. Todo lo que se siga escri-
biendo y proclamando sobre ella tiene una feroz incidencia sobre lo que
Es posible delimitar dentro del cuadro de la histeria tres subcatego- la mujer es. Lacan y su escuela, en el marco de una concepción lingüísti-
rías nosológicas: la personalidad infantil-dependiente, la personalidad ca del psicoanálisis, definen a la histérica ya no como enferma más o
histérica y el carácter fálico -narcisista, las cuales constituyen una serie menos neurótica, ni más o menos psicótica, ni más o menos infantil, si-
psicopatológica cuyo eje es el grado de aceptación o rechazo de los este- no como el sujeto del inconsciente en ejercicio, efecto y producto del
reotipos sobre los roles del género vigentes en nuestra cultura. En todas lenguaje. La histérica, por primera vez en la historia del conocimiento,
ellas, sin embargo, se manifestará el síntoma histérico (dejando de lado queda reivindicada y equiparada con el hombre, ya que será entendida
la conversión, cuya filiación exclusiva a la histeria queda seriamente en su carácter conflictual de ser-parlante, marcada por el significante,
cuestionada), entendiendo por tal el profundo conflicto narcisista que la que deja sus huellas de desconocimiento y de carencia en la estructura

24 25
misma que funda y constituye al ser humano en tanto ser-que-habla. La- dado por la convalidación social que tales fantasmas encuentran. Se po-
cari. universaliza, generaliza y redefine en realidad el concepto de histe- dría hablar de mitos, ya que son estructuras socioafectivas colectivas
ria, ya que si para Freud consistía en el núcleo fundamental de toda neu- con una coherencia y unidad que permiten su análisis. El naturalismo,
rosis, para aquél consiste en el paradigma del sujeto del inconsciente. las «actitudes maternas» son un ejemplo, remiten a axiomas incuestio-
Por tanto, la histeria desde esta perspectiva queda desvinculada de toda nables de nuestro universo simbólico, que comienzan a ser no sólo des-
connotación psicopatológica, sexista y valorativa, ya que el sujeto del enmascarados sino hasta ridiculizados en la literatura, sustituyéndoselos
inconsciente es concebido como pura estructura en el marco de un es- por «proposiciones incorregibles» (Mehan-Wood, 1975).
tricto formalismo, ahistórico y transfenoménico. La histeria freudiana,
kleiniana, psiquiátrica o la del patrimonio cultural sólo guarda con el Nuestro trabajo no pretende ser más que una contribución a la línea
sujeto histérico lacaniano una relación de homonimia. Y es esta homo- teórica que no deja de asombrarse del poder incalculable de la creencia
nimia la que nos resuena sintomal, ¿por qué continuar manteniendo un humana, poder que parece haber aterrorizado al hombre mismo, quien,
significante tan cargado de reminiscencias de un saber marcado por la en lugar de reconocer la marca de su pensamiento productivo en la~
historia, por el prejuicio, por el sexismo? ¿Por qué instituir al falo, co- ideas que sostiene sobre sí mismo, ha preferido considerarlas «actitudes
mo significante del deseo, la fórmula «la mujer no existe», y concebir naturales», o sea, ajenas a su dominio. Pero derribado el naturalismo
la demanda de la histérica «¿quién soy yo?» como un enigma al que hay otros «axiomas incuestionables» se hacen visibles. En la intimidad del
que sostener como tal? ¿En este juego de resonancias imaginarias se está diván una mujer equipara su creatividad a una enorme potencia, a un
sorteando verdaderamente el discurso sexista o sus marcas penetran aún «torrente avasallador» frente al cual, sin embargo, tiene reacciones con-
más hondo, en una suerte de retorno de lo reprimido, del «eterno feme- tradictorias de bienestar y angustia. Se le interpreta que ella concibe su
nino», del «misterio», del «enigma de la mujer», como sutiles hilos invi- creatividad como equivalente a poseer un pene y a su vez este fantasma
sibles que siguen bordando una.trama en la que la relación sujeto-sujeto como una usurpación. Usurpación entonces de la mujer al hombre, ya
es inconcebible? ¿Cómo soslayar la cuestión de por qué la dependencia sea la paciente-mujer a su analista-hombre en la transferencia, o la nifia
del hombre al significante toma cuerpo privilegiadamente en el cuerpo a su padre, o la esposa a su marido, o la mujer identificada a la madre
de la mujer para dar la forma clínica de la histeria? ¿O es que nueva- codiciosa de la potencia paterna. Incustionablemente, más allá del colo-
mente la teoría sobre la mujer se constituye en una suerte de talón de rido temático, una acción en contra de un derecho o prerrogativa exclu-
Aquiles de una teorización, que al pretender aplicar rigurosamente los sivamente masculina. El resultado de esta codificación tiene efectos ma-
principios de un estructuralismo ahistórico concibe un significante, un yores: 1) la mujer-paciente, por considerado que sea su analista-hombre
lenguaje exclusivamente sobre el modelo fonológico, libre utópicamente o mujer, no podrá menos que incubar un molesto sentimiento de culpa,
de toda sujeción social? ¿O la mujer, además de padecer la discordia in- ya que se trata de un robo; 2) el analista incluirá su descubrimiento co-
herente a su carácter genérico de ser-que-habla, si habla mucho, compi- mo una confirmación más de la teoría que sustenta el mismo enunciado,
te y es fálica? proveyendo una evidencia singular que contribuye a su mayor crédito
como verdad científica; 3) la teoría convalidará la fantasmática colecti-
El nifio elabora en el curso de su desarrollo psicosexual varias teorías va sobre las diferencias inherentes a la dicotomía de los géneros como
sexuales que paulatinamente va abandonando. Si la primacía del falo se si fuera una esencia de la estructura del inconsciente, y 4) las mujeres
sostiene en su inconsciente es porque el fantasma encuentra un límite a y hombres insertos en este discurso cultural y científico continuarán
su metamor(osis, algo le hace obstáculo ofreciendo una resistencia in- imaginarizando toda creatividad y potencia de la mujer en áreas no tra-
quebrantable: su aspecto más profundo, lo que los lacanianos llaman la dicionalmente femeninas -hogar, hijos- como algún tipo de usurpa-
dimensión real del fantasma. Este aspecto de invariabilidad, y al mismo ·ión fálica.
tiempo de organizador de la subjetividad, sorprendentemente no consis-
te en complejas y primitivas fantasías de objetos parciales despedaza- Que al sexismo es posible rastrearlo en las teorías psicológicas impe-
dos, sino en fantasías «tontas», que son las que más le cuestan confesar rantes sobre los sexos, que legitiman su mayor o menor grado de desa-
a los hombres y a las mujeres. El c~rácter primitivo e irreductible está rrollo, su salud o enfermedad, lo muestran las experiencias de Gilligan

26 27
sobre la aplicación de la escala de Kohlberg al estudio del juicio moral
en adolescentes de ambos géneros. Incluso no es necesario un trabajo
de investigación tan cuidadoso para su reconocimiento, sino la simple
reflexión sobre un saber psicoanalítico que en la actualidad ha penetra-
do al discurso cultural: un hombre o un padre agresivo es descripto en
términos de dominante o autoritario, mientras que en la mujer estas ca-
r3cterísticas toman el nombre de fálica o castradora; la indiscriminación
y alta frecuencia en las relaciones sexuales se catalogan de promiscuidad
en el caso de homosexuales y mujeres, mientras que en el hombre se de-
nomina «donjuanismo».

Pero ninguna de estas direcciones será el centro de nuestro análisis, PARTE PRIMERA
ya que ellas interesan a otros campos -el de la psicología social o el de
la historia de la cultura-, sino el estudio psicoanalítico del origen, es- LA FEMINIDAD
tructuración y formas finales de organización de la feminidad. El géne-
ro, tanto femenino como masculino, será entendido a todo lo largo del
trabajo como una estructura estrechamente articulada y permanente-
mente evaluada y significada por el sistema narcisista del sujeto. Vere-
mos que el factor que le otorga mayor especificidad y carácter diferen-
cial a los géneros es su distinta valoración narcisista. Dentro de este
marco, la feminidad, en algunas de sus formas de organización interme-
dia o final, puede erigirse en un trastorno narcisista, y será desde esta
perspectiva desde donde nos proponemos explicar la predisposición de
la mujer a la histeria. El sexismo, es decir, la desigualdad en la aprecia-
ción de los géneros, es una de las tantas expresiones de uno de los con-
flictos más hondos del ser humano, su tendencia al avasallamiento del
semejante. La mujer no se halla exenta de este mal, pero en la confron-
tación con el hombre sólo ha podido, o sabido, ser amo en forma sinto-
mal. La solución encontrada, la histeria, no es más que una salida abe-
rrante, un grito desesperado de la mujer acorralada en tanto género fe-
menino. La histeria no es sino el síntoma de la estructura conflictual de
la feminidad en nuestra cultura.

28
CAPITULO 1

GENERO Y SEXO: SU DIFERENCIACION


Y LUGAR EN EL COMPLEJO DE EDIPO

Sexo y género son términos que hasta hace una década se recubrían
uno a otro de una manera inextricable. Es así que, en el diccionario, gé-
nero es simplemente un sinónimo de sexo (Webster, 1966), y se pueden
encontrar definiciones tales como: «Por sexo se entiende el género (ma-
cho o hembra) con el que nace el niño» (Rosenberg, Sutton-Smith,
1972). La Real Academia Española (1970) y el Petit Robert (1972) sólo
conciben al género, en su relación con la diferenciación sexual en térmi-
nos exclusivamente gramaticales: «la pertenencia al sexo masculino o fe-
menino o a cosas neutras», es decir, una palabra femenina remite a otra
palabra femenina, esté o no implicado el sexo. En cambio sexo contiene
la diversidad de significaciones corrientes: «conformación particular
que distingue al hombre de la mujer, asignándole un rol determinado
en la generación que le confiere ciertas características distintivas»; «cua-
lidad de hombre y de mujer»; «el sexo fuerte y el sexo débil»; «el segun-
do sexo»; «el bello sexo»; «partes sexuales»; «órganos genitales exter-
nos». Podemos observar que cuando el género es distinguido como un
concepto unitario no da cuenta ni de fenómenos humanos ni sociales,
y que sexo no sólo incluye las peculiaridades anatómicas, sino que de
tal anatomía parece surgir todo el universo de significaciones simbólicas
que rigen las teorías vigentes sobre el sexo y el género en nuestra cultura.
Esta falta de precisión no sólo abarca el mundo lego, sino también el
campo científico, ya que el fenómeno que designa al sujeto que con una
determinada anatomía adopta conductas propias del otro sexo, recibe
n inglés una doble denominación, tanto se lo describe en términos de
«Cross-gender behaviorn, como «sex-role-deviation».

Sin embargo, la teoría psicoanalítica no sólo estaba madura para la


neta demarcación entre sexo y género (Stoller, 1968; Abelin, 1980;
'l'yson, 1982), sino que lo requería -como hemos adelantado en la

31
introducción- para superar el nivel de conocimiento lego del dicciona- familia entera del niño se ubicará con respecto a este dato, y será emiso-
rio que imperaba en su seno. Pudo de este modo hacer uso de las recien- ra de un discurso cultural que reflejará los estereotipos de la masculini-
tes investigaciones en el campo médico (Money, J., Hampson, J. G., y dad/feminidad que cada uno de ellos sustenta para la crianza adecuada
J. L., 1955, 1957; Money, J., y Ehrhardt, A., 1972) y psicológico (Bem, de ese cuerpo identificado. Existen casos en que se cometen errores en
1981) que cuestionan tal continuidad y arribar a una clara diferencia- la atribución inicial del género y posteriormente es necesario corregirlos.
ción entre sexo y género. Bajo el sustantivo género se agrupan todos los Casi todos los intentos de esta clase que se han realizado después de los
aspectos psicológicos, sociales y culturales de la feminidad/masculini- tres años del nacimiento han fracasado, reteniendo el sujeto su identi-
dad, reservándose sexo para los componentes biológicos, anatómicos y dad de género inicial o convirtiéndose en alguien extremadamente con-
para designar el intercambio sexual en sí mismo. fuso y ambivalente. Por ejemplo, niños que nacen con un síndrome
adrenogenital, con sexo genético, hormonal y anatómico femenino nor-
El clivaje efectuado en el seno de los conceptos reduce el papel de mal, pero que, por causa de la afección sus órganos sexuales externos
lo instintivo, de lo heredado, de lo biológicamente determinado, en fa- se han masculinizado, si han sido designados como nenas al nacer, a los
vor del carácter significante que las marcas de la anatomía sexual ad- cinco años inequívocamente son niñas, mientras que si han sido rotula-
quieren para el hombre a través de las creencias de nuestra cultura. Ca- dos varones, son varones. Estas constataciones permiten suponer que lo
mino señalado por Freud, al poner de relieve el papel de la fantasía en que ha determinado su comportamiento de género no es el sexo biológi-
la sexualidad humana en el ejemplo paradigmático del fetichismo, re- co, sino sus experiencias vividas desde el nacimiento, comenzando por
cientemente continuado por la escuela francesa, al considerar el género la asignación del sexo (Stoller, 1968).
como ubicado por encima de la barra en la elipse saussuriana, en el lu-
gar reservado al significante, y el sexo por debajo, en alguna parte como
significado (Mannoni, 1973). El contraste entre la «varonidad» y «hem-
bridad» (sexo biológico) y la «masculinidad» y «feminidad» (género) NUCLEO DE LA IDENTIDAD DE GENERO
han permitido profundizar y refinar las discusiones sobre el tema (Kat-
chadourian, 1983). El estudio de las perversiones sexuales ha proporcio-
nado en la historia del conocimiento sobre la sexualidad una vía re-
«Conociendo desde el principio de su vida a su madre y a su padre
gia para su comprensión, y gran parte de los hallazgos que marcan la aceptan su existencia como una realidad que no precisa de investiga-
oposición entre los destinos del género y del sexo provienen de aquel ción alguna.» (Freud S. Teorías sexuales infantiles. St. Ed., Vol. IX,
ámbito. pág . 212).

El género es una categoría compleja y múltiplemente articulada que


comprende: 1) la atribución, asignación o rotulación del género; 2) la Es el esquema ideo-afectivo más primitivo, consciente e inconsciente
identidad del género, que a su vez se subdivide en el núcleo de la identi- de la pertenencia a un sexo y no al otro. Si bien todos los autores acuer-
dad y la identidad propiamente dicha, y 3) el rol del género. dan sobre la confluencia de factores biológicos y psicológicos para la
constitución de la identidad del género, es posible trazar una clara de-
marcación entre aquellos que dan más fuerza a lo biológico-anatómico
(Greenacre, 1953; Roiphe y Galenson, 1981; Tyson, 1982) y los que
ATRIBUCION DEL GENERO cuestionan el poderío de estos factores (Money y Ehrhardt, 1972; Sto-
ller, 1968-75; Kessler y McKenna, 1978), al considerar al sexo -en tanto
cuerpo anatómico- un estímulo social, entendiendo por esto los efectos
La rotulación que médicos y familiares realizan del recién nacido se que la rotulación del sexo del bebé ejerce en el despliegue de las conduc-
convierte en el primer criterio de identificación de un sujeto y determi- l11s maternas y paternas -las fuerzas más poderosas que se conocen-
nará el núcleo de su identidad de género. A partir de ese momento, la •n el modelaje de los comportamientos y juicios que el niño desarro-

32 33
liará *. Estudios recientes muestran cómo la mayoría de las conductas algunos la primera y fundamental experiencia que establecerá el núcleo
humanas se hallan clasificadas según un criterio ·dicotómico de los se- de la identidad de género será el descubrimiento de los genitales: el pene
xos, dimensión social de tal división que es ignorada a lo largo del pro- en el varón y su ausencia en la nena, y el mayor índice conducta! de que
ceso de crianza de un niño (Barry, Bacon y Child, 1957; Maccoby y tal núcleo de la identidad se halla firmemente establecido lo constituirá
Jacklin, 1974). Stoller (1968) sostiene que por el sentimiento «soy nena» la aparición de la ansiedad de castración.
o «soy varón» se debe entender el núcleo de conciencia, la autopercep-
ción de su identidad genérica, núcleo esencialmente inalterable que .debe El papel que desempeña el otro en el descubrimiento y establecimien-
distinguirse de la creencia que se relaciona pero es diferente, a saber to precoz de la erogeneidad genital se presta también a algunas precisio-
«soy viril» o «soy femenina». Esta última creencia corresponde a un de- nes. Para algunos -siguiendo a Freud-, la madre es el primer agente
sarrollo más sutil y más complicado, que no se consolida hasta que el seductor, al realizar los cuidados corporales erotiza la zona y favorece
niño/a comprende acabadamente de qué mahera sus padres desean ver- tanto el descubrimiento de los genitales como su integración al esquema
lo/a expresar su masculinidad/feminidad, es decir, cómo debe compor-· del Yo corporal incipiente (Greenacre, 1953; Spitz, 1962; Kleeman,
tarse para corresponder con la idea que ellos tienen de lo que es un niño 1965; Francis y Marcus, 1975; Roiphe y Galenson, 1981). Para otros es
o una niña. En el caso del varón, por ejemplo, podrá tener alguna idea necesario que a esta facilitación, que se establece por el contacto físico,
de qué significa ser mujer, y hasta fantasías tales como «me gustaría te- se le sume la confirmación parental, término arbitrario, utilizado para
ner un bebé» o «tener tetas», el tipo de deseos que constituyen una parte designar todo lo que expresan los padres a un niño/a concerniente a su
de la así llamada «homosexualidad latente» que se reencuentra en mu- sexo y a su género (Stoller, 1968; Kessler y McKenna, 1978). Esta con-
chas culturas. Pero el conocimiento «yo soy varón» como definición de cepción atribuye mayor valor al poder de la creencia, del fantasma, del
sí, comienza a desarrollarse mucho más temprano que los sentimientos deseo, como moldeadores del nucleo del género, que a la asunción que
«yo soy masculino» o que las perturbaciones de la identidad del género puede hacer el niño de por sí, en base a sensaciones corporales, de su
como «yo soy femenino, soy como una mujer». Actitudes de este orden pertenencia a un sexo anatómico.
recubren un núcleo previo de la identidad del género. El transvestismo
es un ejemplo claro: un hombre que tiene la ilusión de ser femenino La percepción de la excitación genital y la masturbación se incre-
cuando se viste con ropas de mujer, tiene simultáneamente clara con- mentan durante el segundo año de vida. Durante la etapa del control de
ciencia de ser hombre. Los dos aspectos de la identidad de género le son esfínteres es cuando, en un contexto de confrontación de la función uri-
esenciales para la perversión, el más reciente «ahora soy femenina», y naria de los genitales y del apogeo del erotismo uretral, la inscripción
el núcleo arcaico «soy un hombre». de pertenencia a un género queda más firmemente establecida (Klee-
man, 1965; Roiphe y Galenson, 1968). Por tanto, el sentimiento de tener
Desde el nacimiento en adelante la niña/ o va teniendo percepciones un núcleo de la identidad del género proviene para los distintos autores
sensoriales de sus órganos genitales, fuente biológica de su futura identi- de diversas fuentes: 1) de la percepción despertada naturalmente por
dad de género. Existen numerosos trabajos -especialmente aquellos la anatomía y fisiología de los órganos genitales; 2) de la actitud de
autores que sostienen la existencia de una feminidad primaria- que han padres, hermanos y de los pares en relación al género del niño, y 3) de
estudiado las manifestaciones precoces de la genitalidad, del descubri- una fuerza biológica cuyo poder para modificar la acción del medio es
miento y manipuleo que hace el lactante varón o niña de sus genitales relativo.
aún durante el primer año de vida. Pero es a partir de este punto cuando
comienza a acentuarse la divergencia en los planteamientos, pues para Stoller puntualiza que no es fácil estudiar la precisa y determinada
Importancia de cada uno de estos factores en los sujetos normales, ya
que no se puede aislar un factor de otro. Sin embargo, algunos raros
• La obra de Lacan ha contribuido también a esta demarcación al considerar el sexo ejemplos le permiten interrogarse más de cerca sobre estas cuestiones,
cómo un significante, pero su énfasis en la supremacía del mismo, en su valor sólo posicio-
nal en la cadena lingüística apartan sus teorizaciones del estudio del género como un siste- como en el caso de dos varones nacidos sin pene que parecen haber cre-
ma fijo de relaciones, es decir, como un código cultural. cido sin dudas ni vacilaciones sobre su núcleo de identidad masculina

34 35
(Nota 1). Estos dos casos muestran, por una parte, que el sentimiento lógicas sería el de reforzar o perturbar la identidad de género estructura-
de ser varón está presente y es permanente, y, por otra, que el pene no da por el intercambio humano. 3) La identificación en tanto operación
es esencial para ese sentimiento, pues desde el nacimiento los factores psíquica daría cuenta de la organización de la identidad de género.
psicológicos fueron suficientes para el desarrollo de una conciencia cre- 4) El núcleo de la identidad de género se establece antes de la etapa fáli-
ciente de su masculinidad. Consiste primero en el sentimiento de perte- ca, lo que no quiere decir que la angustia de castración o la envidia al
nencia a una categoría, en base a que no todos los seres humanos perte- pene no intervengan en la identidad del género, sino que lo hacen una
necen a la misma, es decir, que existen diferencias. Más tarde, se descu- vez estructurada tal identidad . 5) La identidad de género se inicia con
bre que no todos poseen las insignias esenciales de su propio género -la el nacimiento, pero en el curso del desarrollo la identidad de género se
particularidad de sus órganos externos-, en ese momento queda sellada complejiza, de suerte que un sujeto varón puede no sólo experienciarse
su identidad. hombre, sino masculino, u hombre afeminado, u hombre que se imagi-
na mujer.
1
Normalmente, los órganos genitales externos indican al individuo y
a la sociedad que se es hombre o mujer, pero, como hemos adelantado,
no son esenciales para producir el .sentimiento de pertenencia a un géne-
ro. Este énfasis, tan marcado a favor del poderío de la creencia del otro ROL DEL GENERO
humano en la determinación del núcleo del género, no es en Stoller pro-
ducto de la especulación, sino de precisas observaciones de un buen nú-
mero de casos, ochenta y tres hermafroditas, transvestistas y homose- Rol es un concepto proveniente de la sociología, se refiere al conjun-
xuales, que al decir de este autor constituyen una suerte de «experimen- to de prescripciones y proscripciones para una conducta dada, las expec-
tos naturales» que hacen vacilar nuestras ideas sobre la masculinidad y tativas acerca de cuáles son los comportamientos apropiados para una
feminidad en sus mismos cimientos. 1) Transexuales hombres desarro- persona que sostiene una posición particular dentro de un contexto da-
llan el convencimiento de ser mujeres a pesar de su anatomía masculina, do . El rol del género es el conjunto de expectativas acerca de los com-
convicción que los impulsa a buscar los medios quirúrgicos necesarios portamientos sociales apropiados para las personas que poseen un sexo
para corregir lo que consideran un «error de la naturaleza»; 2) interse- determinado . Es la estructura social la que prescribe la serie de funcio-
xuales cuya identidad de género es definida, no hermafrodita: adoles- nes para el hombre y la mujer como propias o «naturales» de sus respec-
centes a quienes se les descubre sobre el plano cromosómico un XO, con tivos géneros. En cada cultura, en sus distintos estratos, se halla rígida-
un desarrollo anátomo-fisiológico neutro y sin embargo poseen un pro- mente pautado qué se espera de la feminidad o de la masculinidad de
fundo e inconmovible sentimiento de ser mujer, pues así fueron criados; una niña/o. La tipificación del ideal masculino o femenino es anónima,
3) identidad hermafrodita en hermafroditas: cuando son enfrentados abstracta, pero férreamente adjudicada y normativizada hasta el este-
con la posibilidad de asunción de un solo sexo, resultan exitosos sólo reotipo, aunque en el desarrollo individual, el futuro hombre o mujer
aquellos casos cuya identidad de género no ha sido aún establecida, pues haga una asunción y elección personal dentro del conjunto de valores
una vez estructurada parece imposible de modificar. para su género. Es decir, que al sujeto se le asigna un rol del género,
que él podrá eventualmente asumir o rechazar. Tanto rol como estereo-
A partir de estas observaciones, Stoller sostiene una serie de propo- tipo son categorías que encierran un alto grado de valoración, de juicios
siciones que modificar. sustancialmente el punto de vista tradicional: en sí mismos . Se trata de aprobaciones o proscripciones, definiéndose
1) los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son estereotipo como el conjunto de presupuestos fijados de antemano acer-
esencialmente determinados por la cultura. Este proceso de inscripción ca de las características positivas o negativas de los comportamientos su-
psíquica comienza desde el nacimiento y formaría parte de la estructura- puestamente manifestados por los miembros de una clase dada. El este-
ción del Yo. La madre es el agente cultural, y a través de su discurso reotipo del rol femenino en nuestra sociedad sanciona como pertinentes
el sistema de significaciones será trasmitido, más tarde, padre, familia al género -es decir, como características positivas- una serie de con-
y grupos sociales contribuirán a este proceso. 2) El rol de las fuerzas bio- ductas que, al mismo tiempo, poseen una baja estimación social (pasivi-

36 37
dad, temor, dependencia). Ahora bien, estos estereotipos están tan hon- esta pauta social. Durante el segundo, tercero y aun cuarto afio de vida,
damente arraigados, que son considerados como la expresión de los fun- y esto depende de las peculiaridades de su socialización, presencia de
damentos biológicos del género. A tal punto llega tal creencia -elevada hermanos, etc., los nifios establecen las diferencias de género, por ras-
a la categoría de dato objetivo-, que una de las definiciones de hombre gos exteriores y secundarios que son en orden de frecuencia: largo del
del Webster es: «aquel que posee un alto grado de fuerza, coraje y va- pelo, vestido, ta1J1afio y forma corporal, según cuál de estos atributos
lor» (1966, pág. 1373). Porque el género está adscripto al rol, estas ex- sea destacado por el discurso materno para establecer la rotulación. Una
pectativas de rol son concebidas como la más pura expresión de las nifia de dos afios y un mes, ve un bebé en una cuna y pregunta si es nena
fuentes biológicas del género. o varón, a lo que la madre responde: «Es una linda nifiita, mira los zar-
cillos en sus orejas». El nifio aprende a discriminar las rotulaciones de
El movimiento feminista se ha encargado de reivindicar el carácter género que corresponden a los comportamientos aprobados, y también
«sexista» de las atribuciones de roles y estereotipos del género, que ha aprende a emplear tal etiquetación para sí mismo/a, y su proceso será
efectuado la estructura social a lo largo de la historia; sin embargo, las reforzado o desaprobado por sus padres. En esto consiste el proceso
conquistas conseguidas no se sitúan tanto en variaciones sobre el este- temprano de identificación a su género. Se podría apelar a la represión
reotipo -se sigue esperando que una nifia sea dulce y buena, se case y como factor de encubrimiento o a una vaguedad conceptual del nifio,
forma una familia-, sino sobre las sanciones, ya que las desviaciones y sostener que, en realidad; ya «saben» sobre las diferencias anatómi-
de este modelo confrontan una mayor indulgencia social. Las teorías so- cas. Sin embargo nos inclinaríamos a pensar que no es así, los nifios que
bre el desarrollo del rol del género varían en el énfasis otorgado a los han sido instruidos por sus padres a diferenciar los géneros por medio
factores biológicos o culturales. El poder de la creencia colectiva es tan de los significantes lingüísticos anatómicos -nifios que cuando comien-
ilimitado, que ha sellado con las marcas de lo biológicamente determi- zan a hablar, repiten de acuerdo a la versión dada por los padres, «los
nado no sólo el rol del género, sino su carácter dicotómico. Se asume, varones tiene pipí y las nenas un hueco o vagina»-, lo hacen sin pudor
desde los albores de la historia de la ciencia, que la dicotomía del rol ni curiosidad por seguir averiguando más, lo que revela que se trata de
es la natural expresión de la naturaleza dicotómica del género. Esta tesis una rotulación Como cualquier otra y, que sólo incentivarán la curiosi-
viene siendo crecientemente reexaminada (Kessler y McKenna, 1978; dad cuando se le agregue a este conocimiento la plena significación se-
Chodorow, 1978; Bem, 1981), pero la base del cuestionamiento de la xual de los genitales. El adultomorfismo y el estructuralismo a-histórico
existencia de roles dicotómicos no replantea la existencia de dos géne- imperante en el psicoanálisis de nifios ha conducido a un olvido de lo
ros. Coincidimos con Chodorow (1978) en que la naturaleza dicotómica progresivo de la construcción de las estructuras psíquicas, subrayando
del género se convierte en problemática sólo por los criterios dicotómi- el efecto apres-coup de reordenamiento y resignificación del pasado co-
cos y desiguales que se ejercen en la atribución .de los roles del género. mo método casi exclusivo de la estructuración de la psique. La resignifi-
cación puede consistir en una transformación, en una inversión, aun en
A través de la observación, los nifios incorporan las conductas perte- una desestructuración, pero siempre operará sobre una significación ya
necientes al padre y a la madre, aprendizaje que se realiza sin necesidad constituida y de fórma gradual y progresiva. Tan necesario es conocer
de un reforzamiento directo, porque los padres constituyen, por su con- los momentos reestructurantes como los procesos de organización.
dición de tales, objetos idealizados a los que se desea imitar, y además
tienen el control sobre el otorgamiento del amor y del reconocimiento Desde el ámbito psicoanalítico, no sólo Stoller sostiene que la mar-
como recompensa (Mischel, 1966, 1970; Kessler y McKenna, 1978). Por cación del género del cuerpo precede a la sexualización del mismo, los
ejemplo, viendo a la mamá ponerse rouge en los labios o perfume y ob- trabajos de Abelin (1975-1980) sobre el rol del padre en la triangulación
servando al papá elogiándola porque está bonita, ambos, varones y ni- temprana también lo conducen a tal afirmación. Edgcumbe y Burgner
fias, aprenden a vestirse. Cuando los nifios lleven a cabo las conductas ( 1975), psicoanalistas de nifios, a través del estudio de nifios en la escue~
aprendidas en ese punto, entonces sí serán diferencialmente reforzados: la maternal y del material clínico de nifios en la fase anal, afirman que
a la nifia se la reconocerá por su gracia, mientras el varón será desapro- durante este período, el nifio a pesar de estar iriteresado en las diferen-
bado instruyéndolo acerca de los peligros que acarrea la transgresión de cias anatómicas, no parece considerar « ... su.pene como una confirma-

38 39
ción de su masculinidad. Esta confirmación tendría lugar cuando alcan- mujer , la función específica de los órganos genitales en el coito y el apo-
za la fase fálico-narcisista y el investimiento consecuente del órgano ge- geo de la pulsión genital. Este conocimiento opera una transformación
nital y de las fantasías sexuales genitales». También Bleichmar, S. sobre el deseo del niñ.o, ya que la previa coexistencia de pulsiones sexua-
(1983) afirma que los significantes lingüísticos del género actúan duran- les hacia ambos padres, o de búsqueda de reconocimiento y aceptación
te un período del desarrollo sin abrocharse al sexo como significado *. narcisística, se ve conmocionada, y resulta necesario hacer una «elec-
Kohlberg (1966) enfatiza la importancia del desarrollo -en este caso ción>>, una opción , una renuncia, ante la presencia del conflicto.
cognoscitivo- para la percatación de las expectativas de rol.
¿Cuál es el peso de la zona erógena en la elección del objeto? ¿Es
Una vez que el núcleo de la identidad de género se halla establecido, la creciente erotización de la zona genital lo que dirige la elección? ¿O
el niñ.o/a mismo, ya inscripto en una de las dos categorías, organiza su efectuada la elección, ésta comanda la prevalencia y la localización de
experiencia en la búsqueda de «iguales» como modelos del rol con quien la pulsión? Pensamos que este problema no está aún totalmente diluci-
identificarse. Sandler y Sandler ( 1978) puntualizan que junto a las repre- dado. Pero es a partir de este punto cuando se orientará definitivamente
sentaciones del Yo y del objeto (en cuanto al género), el niñ.o crea repre- el deseo -aunque este sea un proceso que solamente se complete en la
sentaciones de los roles, es decir, modelos mentales de las interacciones adolescencia- y se definirán las formas de goce. Lo que queremos re-
entre él y los objetos en lo que atañ.e al género. No existe aún evidencia calcar es que cualquiera sea la dirección que se logre, ésta sólo definirá
concluyente, pero estos hallazgos conducen a pensar que la identidad de el tipo de orientación sexual, hetero u homosexual, pero no afectará al
género y el rol del género pueden influenciarse en varias direcciones. género del niñ.o/a. Ya que, como se ha venido pensando a partir de
Dadas rígidas expectativas del rol del género, un niñ.o puede comenzar Freud , aquella elección sólo se sella en la pubertad, sin embargo, el ni-
a abrigar la idea de que porque a él no le gustan ciertas actividades de ño/a durante la latencia y la adolescencia no duda de su género, sino
varones, y sí, otras de nenas, él es un «marica». Si las expectativas fue- de su orientación. Así es que para describir el perfil psicosexual de una
ran más flexibles, tales conflictos de identidad podrían soslayarse. persona, actualmente se requieren tres especificaciones: el sexo anató-
mico, el género y el tipo de sexualidad en relación al objeto.

Las combinaciones son múltiples:


ELECCION DE OBJETO SEXUAL

Sexo Género Elección de objeto


Se refiere a la orientación o preferencia del sexo que debe poseer el -
compañ.ero sexual. Las condiciones estudiadas anteriormente -asigna- H ombre maculino heterosexual
ción, núcleo y rol del género se desarrollan, o al menos, como en el caso « « homosexual
del rol del género- tienen sus raíces en las fases anteriores a la etapa « afeminado heterosexual
fálica. Es decir, transcurren en el marco de la «prehistoria del Complejo « « homosexual
de Edipo», antes de la completa inscripción de la significación sexual de « transvestista heterosexual
los órganos genitales y del intercambio sexual en sí mismo . No así la (( « homosexual
«elección» o preferencia de objeto sexual, que implica una completa (( transexual heterosexual
comprensión de la natYraleza sexual de la relación entre el hombre y la Mujer femenina heterosexual
« « homosexual
(( ma·sculina heterosexual
* Un niño de cuatro años, cuyo padre tiene vedados algunos alimentos y excesos (( « homosexual
orales debido a un trastorno gástrico crónico, responde a la madre que le pregunta si quie-
re un poquito de café que los adultos están en vías de ingerir: «¿Te crees que soy una mu- « transexual heterosexual
jer para tomar café y fumar?»

40 41
La utilidad de la tabla y la claridad comprensiva que proporciona se co, con todas las vicisitudes posibles de calcular -fijación a la lucha fá-
ponen de manifiesto especialmente en la caracterización de los homose- lica con el padre, edipo negativo y elección de objeto homosexual-, no
xuales. Siempre resultaba trabajoso entender afirmaciones de este tipo: llega a comprometer la identidad de género de los protagonistas. Esta
«La feminidad en el hombre -es decir-, el objetivo sexual que un par- identidad es previa y se halla consolidada, a lo que conduce el desenlace
tenaire sexual le introduzca algo en el cuerpo, vinculado habitualmente edípico es a una normativización del deseo, es decir, a la elección del ob-
a la fantasía de ser mujer, está combinada, frecuente pero no necesaria- jeto heterosexual. Su fracaso a lo sumo puede alterar tal «normalidad»
mente, con homosexualidad: con la elección de un partenaire del mismo y pervertir el deseo, no el género.
sexo» (Fenichel). Hoy en día estamos en condiciones de sostener que un
homosexual -un hombre que desea sexualmente otro hombre- puede ¿Existe en la obra freudiana un lugar que sea independiente del con-
presentarse como un hombre masculino -con aspecto físico, activida- flicto edípico desde donde poder pensar la estructuración del género?
des y gustos masculinos- o como un hombre afeminado -que goza En el capítulo VII de Psicología de las masas y análisis del Yo, Freud
con los amaneramientos y las sedas-, esto independientemente de su se plantea cuál es la naturaleza del vínculo humano más primitivo, el
rol sexual ªctivo o pasivo en el coito. El afeminamiento de un hombre que da cuenta de las relaciones del niño con sus padres en la «prehisto-
no necesariamente indica una elección homosexual de objeto, sino que ria» del Complejo de Edipo:
puede tratarse sólo de un hombre que en su desempeño social adopte
algunas actividades o posea gustos de mujer. Al establecer un clivaje en- «El nii'io manifiesta un especial interés por su padre, quisiera ser
tre las diferentes condiciones de organización psicosexual, surge la nece- como él y reemplazarlo en todo. Podemos, pues, decir que hace de su
sidad de precisar el examen, pues, por ejemplo: una persona con una padre un ideal. Esta conducta no representa, en absoluto, una actitud
atribución de género masculino, con una identidad de género femenina, pasiva o femenina con respecto al padre (o a los hombres en general),
con intereses masculinos, objeto sexual hombre, que usa ropa de mujer, sino que es estrictamente masculina y se concilia muy bien con el
¿es hombre o mujer? Complejo de Edipo a cuya preparación contribuye. Simultáneamente
a esta identificación con el padre, o algo más tarde, comienza el nii'io
a desarrollar una verdadera catexis de objetó hacia su madre de acuer-
do al tipo de elección anaclítica. Muestra dos órdenes de enlaces psico-
lógicamente diferentes: uno francamente sexual hacia la madre, y una
GENERO Y COMPLEJO DE EDIPO identificación con el padre, al que considera como modelo a imitar.
Estos dos enlaces coexisten durante algún tiempo-sin influirse ni opo-
nerse entre sí.» (St. Ed. Vol. XVIII, pág. 105, subrayado nuestro).
Si el núcleo profundo de la identidad de género, la feminidad o mas-
culinidad de un niño/a se hallan ya establecidas antes de los tres años, De esta formulación se desprende claramente que Freud conside-
¿cuál es el papel del conflicto edípico en este proceso? En el historial de raba la existencia de una identidad masculina en el niño, que se cons-
Juanito (1909), Freud recalca que el momento en que la ansiedad de cas- truye por medio de la identificación y que tal identificación se halla
tración se instala con plena efectividad, es cuando Juanito comprende guiada por la similitud entre él y el padre, proceso previo y prepara-
que si insiste en sus requerimientos incestuosos, puede perder su pene, torio del Complejo de Edipo. La identificación primaria a la que alude
es decir, convertirse en mujer, idea que lo ateµioriza. Es esta consecuen- el párrafo citado es un concepto que ha caído en desuso por la com-
cia -el eventual cambio de sexo- lo que provoca la eficacia de la ansie- prensión limitada que se ha hecho de él en relación a la expresión de
dad de castración, que conduce a la represión de los deseos incestuosos Freud: «es una identificación directa e inmediata, que se sitúa antes
y al desplazamiento de la ansiedad sobre el objeto externo. De lo cual de toda catexis de objeto». No es nuestro propósito un análisis mi-
debemos deducir que sólo un ya existente sentimiento de ser un varón nucioso de esta cuestión, pero pensamos que el proceso descripto por
y el temor a perder la masculinidad -debidamente narcisizada- se pre- Freud delimita un espacio y un modo de organización de la estruc-
sentan como la condición previa necesada para que la amenaza de cas- tura inicial de relación del niño con sus padres, que es de gran im-
tración obtenga su efectividad. Incluso la no resolución del drama edípi- portancia para la elucidación de este período. Freud no habla de un mo-

42 43
mento puntual, de un instante mítico, del orígen, de la puesta en marcha narcisista en que aspira al primer puesto, la de querer ser preferida,
del encuentro humano. Sí habla de un proceso que se sitúa «antes de la amada y satisfecha por la madre con exclusividad. Si la madre ha sido
catexis de objeto», como se desprende del párrafo del Yo y el Ello. La la dispensadora principal de los cuidados -como es habitual en nuestra
catexis de objeto a la que alude es la elección de la madre como objeto cultura-, ella será la más buscada y celosamente codiciada. Pero el pa-
sexual al comienzo dél período edípico, no a la catexis de objeto que or- dre, en el momento que otorgue los cuidados anaclíticos -debidamente
ganizará la relación Yo-otro en la etapa oral y anal. Es obvio que antes diferenciados de los de la madre por la dicotomía de los roles de género
del período edípico, los padres existen como entes separados y diferen- habituales en nuestra cultura-, será preferido y celado de la misma for-
ciados desde el punto de vista perceptual y cognitivo con los cuales el ma, en lo pertinente a esos cuidados. La diferencia de género de los pa-
niño mantiene relaciones de objeto, pero justamente en este período, es- dres se halla claramente establecida por un niño de dos años, el papá
te espacio de relación se organiza coexistiendo «la relación de objeto y es hombre, y la mamá, mujer. Pero esta distinción no es sexual (en el
la identificación». sentido de sus roles sexuales diferenciales), aunque pueda conocer la di-
ferencia anatómica de los órganos genitales cJe los padres, sino sólo de
Esta peculiar estructura de relación, que ha sido teorizada desde género y de funciones (Edgcumbe y Brugner, 1975). Para aspirar a la
distintos parámetros -identificación primaria (Freud), relación dual exclusividad materna no es necesario hacertb desde la masculinidad,
(Lacan)-, da cuenta de un sistema triádico, es decir, que comprende basta ser nifio o bebé, que es una identidad conocida y competidora del
tres términos: padre como de cualquier otra condición. Abelin (1980) describe un es-
Padre Madre quema parecido, «el modelo tripartido de la triangulación temprana»,
en el cual el padre es inicialmente concebido como «un diferente tipo
Hijo de padre», atendiendo a su inscripción psíquica como objeto de identifi-
cación y como rival del amor de la madre, pero también en tanto objeto
Pero que no se llega a constituir en triangular, ya que no se alcanza de un género diferente al de la madre. Esta diferenciación genérica, tan-
a trazar el tercer lado -relación entre los padres-, que constituirá el to entre el padre y la madre como entre el hijo varón o mujer, sería la
verdadero triángulo, en el sentido que desde el hijo los padres tienen una responsable de una distinta organización de la fase de «rapprochement»
única identidad, la de padres, identidad que a su vez define los términos - propuesta por Mahler- en los distintos géneros.
de la relación que el niño concibe y conoce. Sólo cuando el niño acceda
a la significación sexual y a la comprensión del concepto marido-mujer Tan es así, que en este sistema primario de relación ya se hallan cla-
y su intercambio específico, el triángulo se completará. ramente distinguidos los diferentes géneros de los padres para el niño,
que Freud insiste en recalcar la diferencia que existe entre la identifica-
Madre-esposa Padre-marido ción con el padre y la elección del mismo como objeto sexual.
o o
«En el primer caso, el padre es lo que se quiere ser, en el segundo,
Hijo lo que se quiere tener, la distinción depende de si el factor interesado
es el sujeto o el objeto del Yo. La identificación es entonces ya posible
En el primer sistema, tanto la nena como el varón considerarán a sus antes de que cualquier elección de objeto sexual sea hecha» (St. Ed .
padres objetos anaclíticos, objetos dispensadores de reconocimiento Vol. XVIII, pág. 106, subrayado nuestro).
narcisista, objetos del deseo sexual (oral, anal e incluso genital), pero
sólo en su carácter de padres, no percibiendo ni concibiendo la primacía Si el padre es su ideal y a él se quiere parecer es porque se ha efectua-
de la relación genital parental de la cual ellos son producto. En el seno do un clivaje, clivaje que no se realiza por las líneas de fuerza de la se-
de ese sistema de relación, cualquiera que quede en posición de tercero xualidad, sino del narcisismo, del doble, del igual al que se quiere imi-
resultará ser un rival, como puede serlo un hermano o cualquier extra- tar. O sea, que en la etapa preedípica se organiza un ideal del género,
ño . La niña no se halla en posición masculina, sino sólo en una relación un prototipo, al cual se toma como modelo, y el Yo tiende a conformar-

44 45
se de acuerdo a ese modelo. Ahora bien, todo este proceso se realiza en y bisexual» nunca fue concebido sobre el modelo del transexual, el niño
un contexto prevalentemente ajeno al conflicto edípico, aun cuando varón puede desear jugar al doctor indistintamente con una nena o con
conflictos de otro tipo pueden estar presentes •. El niño busca ser el pre- un varón, pero no duda, ni le es indistinto ser un varón o una nena. Un
ferido de cada uno de los padres, él los ha «elegido» para que lo amen, niño de tres años once meses ve barriendo el piso a su papá; ante tal es-
y a estos objetos poderosos e ideales el niño se identifica. Coexiste la ca- pectáculo exclama: «¡Papá es un marica!» La madre se ríe, el padre no
texis de objeto y la identificación sin que aún se haya efectuado una escucha bien y le pregunta a la madre qué dijo el niño; ella aclara: «Er-
«elección de objeto sexual», pues el niño no se ha encontrado en la si- nesto dice que las que barren son las mujeres». El padre le contesta al
tuación de tener que optar. Como dice Freud refiriéndose al vínculo del niño: «Tienes razón», y sigue barriendo. El niño se enoja y permanece
niño con su madre y con su padre en este período: «Estos enlaces coexis- reconcentrado y distante del padre toda la tarde. La edad del niño nos
ten durante algún tiempo sin influirse ni estorbarse entre sí» **. A partir muestra cuán tempranamente se hallan establecidos en forma diferen-
del momento en que el niño conciba la sexualidad de sus padres, y ubi- cial los roles del género. Ahora bien, ¿qué significa para este niño ser
que al padre en una posición imposible de igualar, es que tanto la fan- «marica»? ¿Podemos pensar que designa a la homosexualidad en tanto
tasmática como ·la estructura de las relaciones en el sistema -ahora sí peculiaridad del deseo o simplemente a los hombres que siendo tales
triangular y no sólo triádico- se modificarán; el niño no sólo deseará - es decir, establecido su género- desempeñan tareas o acciones de
ser como el padre, sino que se dará cuerita de que ,su padre es el objeto mujeres, y que, por tanto, no son suficientemente masculinos?
de amor sexual de su madre, a la que él desea ahora no sólo oral, anal,
sino también genitalmente. Este cambio conmueve la dinámica de la re-
lación con el padre: si éste constituía un ideal al cual el niño trataba de
imitar en todas sus formas identificándose a él, ahora esta identificación EL IDEAL TEMPRANO DEL GENERO
no sólo sostendrá la ambivalencia propia de la naturaleza narcisista de
tal identificación, sino un plus adicional correspondiente a la posición
de rival edípico. La cateogría de idealidad siempre la hallamos en los orígenes: M.
Klein sostuvo la persecución y la idealización como los estados iniciales
Se desprende claramente que, como resultado de los avatares del de la psique, Lacan propuso la identificación especular al otro absoluto-
Complejo de Edipo, el niño establecerá en el mejor de los casos una de- ideal de la primera dependencia en lo real, como punto de partida del
finida orientación hacia qué sexo dirigirá su deseo, es decir, que estable- Yo. Desde los míticos orígenes, la identificación se pone en marcha por
cerá los cimientos de su futura hetero u homosexualidad. Pero tanto la pregnancia del valor del modelo. La sintaxis sobre la que se articula
una como la otra descansan sobre un núcleo que no se ha cuestionado, «yo deseo ser como tú» deriva del hecho que al tú se lo evalúa, aun en
el género del niño y el de sus padres. El puede dudar entre el deseo de el registro más elemental, como poseyendo una cualidad superior. Si la
penetrar a su madre o ser penetrado por su padre, pero no duda que él unidad perceptiva visual del cuerpo unificado ejerce una fascinación, es
es un varón que será penetrado por otro varón o penetrará a una mujer. porque se contrapone a la percepción interoceptiva del cuerpo despeda-
La idea freudiana de la bisexualidad siempre descansó sobre una bipola- zado (Lacan, 1966). Sabemos que la madre, en su calidad de objeto múl-
ridad del deseo, no del género. El niño freudiano «perverso polimorfo 1iple (libidinal, narcisizante, anaclítico), es el mayor blanco de la identi-
ficación del niño, ya sea varón o mujer. El poder de la madre en cuanto
* No pretendemos sostener la idea de una vida psíquica temprana angelical, sin sufri- modelo -por más deficiente y desamorada que pueda ser- es en su ca-
miento ni angustia, sino subrayar que la posición y el carácter de ideal del género que po- lidad de adulto. El niño no parece, en el período de indiferenciación y
seen los padres para el niño, no es consecuencia de un conflicto al cual estas configuracio- simbiosis, rechazar identificaciones o comportamientos de rol materno,
nes intrapsíquicas intentarían solucionar.
uunque éstos no coincidan con su género. Se han observado varones pe-
** Bleger (1967), en su estudio sobre la ambigüedad, caracterizó un estado mental de queños imitando a sus madres en las tareas del hogar y reproduciendo
indiferenciación, de no discriminación, de coexistencia de contrarios sin que se desarrolle :stas acciones en sus juegos, así como expresando deseos de tener bebés,
conflicto, ni ambivalencia, por un déficit de reconocimiento de la diferenciación de los
términos en juego. •n forma similar a como aparecen estas conductas en las nenas pequeñas

46 47
(Ross, 1975). Sin embargo, tanto los juegos como las conductas de imi- fren una depresión crónica sin esperanzas, una vida inerte sin ningún es-
tación a la madre-en las funciones de reproducción, cuidados o tareas tímulo; 5) relaciones de pareja caracterizadas por prolongadas ausencias
del hogar, rápidamente desaparecen en los varones pequeños y se pro- físicas del esposo, déficits serios en el vínculo emocional, o marcado
longan o perpetúan 'en las nenas. Pensamos que sobre este punto no se formalismo, y 6) esposo pasivo, inafectivo y despreciado por la madre
ha tomado suficientemente en cuenta el modelaje del rol que efectúan que abandona totalmente la crianza del niño en sus manos, no teniendo
los padres y el medio social, quienes establecen delimitaciones muy ne- ningún contacto con él.
tas entre juegos y juguetes de varones y niñas, entre actividades y actitu-
des apropiadas para cada género, estimulando y desacreditando lo que Lo que más llama la atención es la calidad de la intimidad entre
cada microcultura considera como pertinente a la educación de un va- madre-hijo: la forma en que se miran a los ojos, la intensidad de sus
rón o una nena. Así como está claramente establecido que el celeste es abrazos, la suavidad de la voz, lo prolongado de las caricias, la forma
un color para los varones, a ninguna mamá se le ocurrirá regalarle a su de yacer entre sus brazos. Stoller acota que estas cualidades de la rela-
hijo una muñeca. De cualquier modo, y a pesar de la asignación de sexo ción en caso de dos enamorados adultos, despiertan y desarrollan el sen-
al nacer, de los efectos que tal asignación tiene sobre el deseo de los timiento de fusión (merging), pero en el amor adulto la intensidad de
padres -quienes considerarán al género del niño como correspondiente la fusión se apoya en su contrario, la clara conciencia de la mutua sepa-
a su sexo, salvo en los casos de madres y padres de transexuales y · ración y diferencia. El interrogante es qué sucede frente a estos mismos
homosexuales- y de la energía social puesta al servicio de la divi- fenómenos cuando no se ha logrado esta conciencia de sí. Si la ilusión
sión dicotómica de los géneros, parece evidente que la asunción de reduce hasta tal punto la brecha entre ambos seres, si en términos mater-
un temprano ideal del género le resulte más dificultoso al varón que a · nos el niño sería su falo sin cuestionamiento, y el niño está encantado
la niña. de ser «el todo para la madre», ¿qué impulsaría tanto a la madre como
al hijo a abandonar este idilio? _(Mahler, 1958). Lo importante a resaltar
El primer y principal modelo de identificación es la madre, para es- es que aun tratándose de la máxima intimidad madre-niño, de una sim-
tablecer el núcleo de la identidad de género y buscar activamente la iden- biosis sin corte, de una madre que observa cómo su hijo varón comienza
tificación con los hombres, el niño varón debe desidentificarse de ella a vestirse de mujer y lejos de rechazarlo lo estimula secretamente, tanto
(Greenson, 1968; Abelin, 1980; Tyson, 1982). Si el varón imita la dulzu- la relación en sí misma como el transvestismo del niño no tienen un ca-
ra, los movimientos, los gestos maternos, se feminiza. Por tanto, si bien rácter erótico-genital. O sea, esta profunda intimidad madre-hijo, y la
el varón cuenta con la ventaja que su objeto de amor no varía a lo largo serie de factores ya mencionados, conducen a una identificación fe-
de su evolución, no es tan simple en cuanto al desarrollo de su identidad menina del niño a la madre de tal intensidad y poder transformador
de género, pues la identificación a la madre no promueve su masculini- sobre el Yo, que tan pronto el niño descubre la diferencia de sexos
dad. Esta modificación a las ideas freudianas sobre el desarrollo psico- comienza a desear ser mujer, deseo previo a cualquier elección de objeto
sexual, proviene sobre todo de los hallazgos de Stoller en los casos de sexual.
transexualismo masculino. Los niños desarrollan una identificación fe-
menina temprana que no parece resultar básicamente de un grave con- Ahora bien, estas condiciones son extremas en el transexual, pero la
flicto, sino, por el contrario, de una unión-fusión perfecta con la madre estructura de la relación dual madre-hijo y la identificación primaria y
y de un conjunto de factores que, si cumplen la condición de hallarse especular a ella es común a todos los varones de la especie; por tanto,
todos present~s, darían como resultado un transexual varón: 1) gran be- uno podría interrogarse sobre cómo logra el varón desidentificarse de
lleza física desde el nacimiento; 2) extrema intimidad y cercanía en la su madre y cuáles son las vicisitudes del desarrollo normal de la masculi-
relación temprana madre-hijo (que se acerca al modelo de relación in- nidad en el niño. Habitualmente se encuentra con una madre que des-
condicional y perfecta de la cual el niño no parece querer desprenderse); acreditará cualquier esbozo de conductas o juegos femeninos . En el cur-
3) madres con severos síntomas de masculinidad en su desarrollo o de- so de la socialización, el niño recibirá un infinito número de claves en
seos de ser varón, que experimentan con este determinado niño una ex- la comunicación y en el código social vigente, que le indicarán lo que
trema felicidad; 4) mujeres que previamente al nacimiento del niño su- se espera de él como varoncito. El proceso de desprendimiento, de sepa-

48 49
ración de la madre, de ruptura del mundo imaginario de la simbiosis 1956; Van Leeuween, 1966; Ross, 1975); también en el varón se ha ob-
temprana, favorece que el niñ.o se dirija hacia el padre. Aquí se demues- servado envidia al pene, ya que éste es vivido como una posesión narci-
tra la importancia de la presencia real del padre-hombre para efectuar sista del padre (Bleichmar, H., 1981), que el niñ.o desea para sí ~\ín antes
el corte de la relación dual con la madre. de haber desarrollado la comprensión cognitiva de su función en el in- ·
tercambio sexual (Tyson, 1982).

PAPEL DEL PADRE EN LA CONSTRUCCION


DE LA MASCULINIDAD MASCULINIZACION DEL PENE

Si bien concordamos con la tesis de que el niñ.o pequeño toma com~ Ahora bien, este énfasis en la función uretral y posteriormente en la
modelos tanto al padre como a la madre en la construcción de su ideal genital, es decir, en el pene real del padre como única referencia de la
temprano (Freud, 1922), creemos que es necesario hacer algunas preci- masculinidad, resulta un planteamiento no sólo reduccionista, sino una
siones sobre este punto. La identificación a la madre -en tanto objeto trampa en la que se ha caído no infrecuentemente. Que el pene se haya
de la supervivencia vital, condición que posibilita que por apoyo se con- erigido en el símbolo del poder del hombre en nuestra cultura no quiere
vierta en objeto libidinal- es una condición de estructura, el Yo sólo decir que la transmisión y la estructuración de la masculinidad, en sus
adviene y se organiza como Yo imaginario, como Yo-Otro (Lacan). El complejos aspectos psicológicos y sociales, se realice sólo por la percep-
padre, en tanto proveedor de cuidados, es más oscuro y difícil de captar ción del pene real y de sus funciones. El falocentrismo abarca una in-
por el niñ.o pequeñ.o, y se requiere un mayor desarrollo cognitivo para trincada y vastísima red de significaciones en las que el falicismo pe-
que esto suceda, de ahí la enorme relevancia que cobra la continuidad neano es una de sus variantes. Pareciera que el psicoanálisis, que ha sido
y la consistencia de su presencia para que se erija en objeto interno idea- tan celoso en definir las fronteras de su objeto de estudio -el cuerpo
lizado (Abelin, 1975). ¿A partir de qué referencias es el padre para el investido libidinalmente, el marcado por el significante- poniendo dis-
niño un ideal temprano, tal cual lo describió Freud como objeto de la tancias del cuerpo biológico, no se hubiera interrogado sobre las formas
identificación primaria? en que se masculiniza el pene.

En la literatura se ha puesto mucho énfasis en las experiencias liga- Ahora bien, uno se podría cuestionar si en la niñ.ez el pene real no
das al falicismo uretral: «Comienza a mostrar gran fascinación hacia el recubre la totalidad del falicismo, es decir, que basta que el padre se
chorro de orina de su padre» (Tyson, 1982), y es a partir de esta comu- muestre desnudo ante el niñ.o, que comparta el ejercicio o haga conocer
nión anatómica cuando el niñ.o empezaría a mostrar un exhibicionismo la función uretral, para que el niñ.o adquiera el sentido de la masculini-
y un orgullo extremo por su Órgano, entrando en lo que algunos autores dad y la narcisización de la genitalidad, como paradigma de la masculi-
han designado la fase fálico-narcisista de la etapa fálica. Edgcumbe y nidad *. Lo que ha sido denominado la capacidad de donación del pa-
Brugner (1975) y también Nágera (1975) describen un período preedípi- dre (Lacan, 1970) parece aludir a otro plano, al de la narcisización de
co de la etapa fálica, durante el cual el niñ.o, si bien ya conoce la oposi- la masculinidad, no de la genitalidad. Aunque en cada cultura y en cada
ción fálico-castrado y el erotismo genital, sin embargo el exhibicionismo microcultura se registran variantes, existen parámetros sumamente rígi-
y las fantasías fálicas girarían alrededor de la valorización y la narcisiza- dos de los valores por los cuales la masculinidad queda definida. Esta
ción de su cuerpo, más que sobre el deseo sexual hacia la madre, ya que
las relaciones de objeto siguen manteniéndose duales. Lo que resulta im-
portante subrayar es que el niñ.o presenta todo tipo de deseos relaciona- • Quizá en muchos estratos de nuestras sociedades, en aquellas culturas en donde im-
pera el machismo, la masculinidad se trasmita en estos términos en forma consciente, aun-
dos con las capacidades y funciones de un cuerpo humano, tanto poseer que inconscientemente exista una trama de pautas que no se toman en cuenta y que tienen
un pene potente y grandioso como también senos y bebés (Kestenberg, 1nayor importancia en la determinación de los valores de la masculinidad o feminidad.

50 51
dimensión de la masculinidad, esta imago del padre, lo que constituiría sus propios deseos y expectativas acerca de qué es lo que quiere que el
la trama significante de la estructura del Ideal del Yo, aún queda por hijo varón sea-, y por el grado de compromiso en impulsar esta iden-
dilucidar. Pareciera que como se asume que «el sujeto abandona el Edi- tidad.
po provisto de un Ideal del Yo, tipificante de la masculinidad y la femi-
nidad» (Lacan, 1970), el psicoanalista no penetra más allá del Complejo El ideal del género se constituye por: a) Representaciones ideales de
de Edipo. En los últimos años, en la literatura psicoanalítica han apare- los objetos, basadas en las tempranas impresiones de los padres, quienes
cido algunos trabajos sobre este tema, recalcándose la importancia en son vistos como los modelos ejemplares del género. Ejemplares en un
la transmisión de la masculinidad, no sólo del padre real -en tanto do- doble sentido: ideales y patrones de clase, ya que a partir de la imagen
nador efectivo de los atributos-, sino del status de la masculinidad en ejemplar se incluyen por comparación todos los otros miembros de la
la fantasmática tanto del padre como de la madre, como de la ideología misma: mamá-mujeres-señoras-nenas. b) Representaciones del niño/a
consciente sobre los mismos que posee la familia. El óptimo investimen- varón-mujer ideal. El varón/nena modelo, que proviene del propio
to narcisista en la masculinidad y en el rol del género masculino se esta- ideal de los padres de lo que debe ser un niño/a. c) Representaciones del
blecerá en el niño cuando el padre y la madre muestren visible orgullo, varón/nena ideal del propio niño, lo que el niño quiere ser. Estos tres
tanto en la masculinidad paterna como en la del niño. Si el padre es con- tipos de representaciones son interdependientes no sólo en su dinámica,
trolador y dominante, no permitiendo el desacuerdo, puede forzar en el sino en su génesis.
niño una actitud pasiva y dependiente que obstaculice la asunción de
COIJlportamientos del rol, que por otra parte simultáneamente exigirá
como imprescindibles de la masculinidad: independencia, asertividad,
capacidad de decisión (Tyson, 1982). Si la madre domina y desvaloriza,
CONCLUSIONES
o franca y abiertamente rechaza los aspectos masculinos de la relación
con el esposo, el niño encontrará serios obstáculos en ver las ventajas
narcisistas en la identificación masculina; por el contrario temerá ser
dominado, empequeñecido y perder la estima de la madre, lo que difi- 1. Los aspectos de la sexualidad qm~ caen bajo el dominio del géne-
cultará su des-identificación de ella. Pero también parece tener una ro son prevalentemente determinados por el universo de significaciones
enorme importancia cómo el niño ve, concibe, va experimentando la imperantes en la cultura. Este proceso de inscripción simbólica comien-
masculinidad de su padre; si su padre que es una imago-parental ideali- za desde el nacimiento y formaría parte de la estructuración del Yo. La
zada (Kohut, 1971) comienza a ser contrastado por el niño de manera madre es el agente cultural a través del cual el sistema de significaciones
que sus comportamientos de rol no se adecúan a los fijados como mode- será transmitido. Más tarde, padre, familia y grupos sociales contribui-
lo, también esto afectará cuan narcisizada e ideal pueda construirse la rán a este proceso.
masculinidad. En los capítulos 11 y 111 examinaremos pormenorizada-
mente las peculiares vicisitudes y dificultades de narcisización, tanto de 2. El rol de las fuerzas biológicas será el de reforzar o perturbar
la vagina como de la feminidad, con que se enfrentan las mujeres de una identidad de género ya estructurada por el intercambio humano.
nuestra cultura.
3. La identificación en tanto operación psíquica daría cuenta de la
Resumiendo, el padre participa en la construcción de la mascu- organización de la identidad de género.
linidad del niño en forma múltiple: 1) como modelo ejemplar del cuer-
po anatómico del hombre; 2) como modelo de hombre masculino en 4. El núcleo de la identidad de género se establece antes de la etapa
sus roles sociales; 3) como modelo que valoriza su propia masculinidad fálica. Lo que no quiere decir que la angustia de castración o la envidia
y desea favorecerla en su hijo (su capacidad donativa); 4) como modelo al pene no intervengan en la identidad del génerp, sino que lo hacen una
de hombre masculino aceptado y deseado por una mujer, y 5) activa- vez que tal identidad se halla básicamente estructurada, para sellar su
mente por la promoción de deseos y conductas en el hijo - a través de conformación definitiva.

52 53
5. La identidad de género comienza a partir del mínimo desarrollo
cognitivo, suficiente para la percepción consciente o inconsciente de la
pertenencia a un sexo y no al otro. En el curso del desarrollo la identi-
dad de género se complejiza, de suerte que un sujeto varón puede no só- Nota l. Para mayor profundización en este punto, véase el capí-
lo sentirse hombre, sino masculino, u hombre afeminado, u hombre que tulo V, «El sentimiento de ser macho», del libro de Robert
desea ser mujer. Stoller, Sexo y género. Tomo 1 (1968) .

6. La idea freudiana de la .bisexualidad siempre descansó sobre la


bipolaridad del deseo, no del género. El niño freudiano «perverso poli-
«El primer paciente , genéticamente normal, no tenía pene externo cuando
formo y bisexual» nunca fue concebido sobre el modelo del transexual. nació, pero sí testículos laterales en su escroto bífido que parecían grandes y pe-
queños labios, y una uretrostomía perineal. Le dieron nombre de varón y fue
7. La madre constituye tanto para el varón como para la nena un criado como un varón. Una hidronefrosis grave del lado derecho con infección
ideal temprano del género, razón por la cual el desarrollo psicosexual y fiebre durante los tres primeros meses de vida condujeron a la ablución del
es más complicado para el varón que para la nena, en lo que atañe al riñón enfermo a los diez meses. Durante el transcurso del segundo año, como
género . consecuencia de infecciones que se repetían, se le puso una sonda en la vegija
para salvar el riñón todavía sano. Este instrumento lo conserva casi constante-
8. Tan central como la estructuración de la oposición fálico-castrado mente hasta ahora . Antes del nacimiento del niño, la riiadre abandonó al padre,
para la organización del género, resulta la masculinización del pene y/o fe- que desapareció completamente de la vida del paciente. Algunos meses después
ella se casó. El pacient e y su hermano (tres años más grande) tenían entonces
minización de la vagina: investimento de valoración narcisista del género.
un padrastro y una media hermana de la edad del paciente. El padrastro tomó
rá pidamente un rol activo en Ja familia . Era un hombre masculino y ha servido
de excelente objeto identificatorio para el niño . Es por esto que pese a esta grave
enfermedad de aparición precoz, pese a las permanentes intervenciones médicas
y a Ja presencia constante de la sonda , el paciente, que tiene ahora cuatro años,
es considerado por sus dos padres como un niño normal desde el punto de vista
psicológico. Ellos lo comparan frecuentemente con su hermano de siete años,
al que encuentran más sensible, más tímido y un poco afeminado. Describen al
paciente como a un niño fuerte, activo, que no se cuestiona su status de varón,
le gusta jugar al fútbol y al béisbol con su padre y luchar con sus hermanos. Pa-
ra retomar las palabras de su madre : « . .. Le gusta el boxeo, toda clase de depor-
1es, también le gusta mirar deportes en la T.V., me dijo que quería ser un lucha-
dor gordo y grasoso cuando fuera mayor. El detesta todo lo que le parece feme-
nino (camisas que podrían hacerlo parecer una niña), él quiere todo lo que pa-
rezca de niño. Tiene la costumbre de jugar en el escritorio solo. Algunas veces
él es Superman, en otras palabras, cuando hay que peinarse, él se peina para
a1rás, como su papá .» Su padrastro cuenta: « ...Le gusta bajar al lugar en donde
yo trabajo. Pienso que quiere ser como yo.» Al paciente le gusta imitar a su pa-
drastro, que tiene una colección de pistolas, el niño lo imita con sus pistolas para
niños. Su padrastro es gerente de una gasolinera, el juego favorito del niño es
«la gasolinera» , le gusta hacer un pozo en el piso, construir una estación con
ladrillos, o usar la cola del gato como manguera del surtidor. Es evidente que
<.:s te interés esté sobredeterminado: este niño está influenciado no solamente por
<.:l trabajo de su padrastro, sino también por su gran interés y preocupación en
, u propia «estación surtidora». En resumen, los padres describen netamente a

54 55
un niñ.o con una identidad masculina, que él manifiesta en la relación con su lo admite. Durante la masturbación mutua que sigue, el paciente deja actuar a
madre y su padrastro. El padre y la madre no dan la impresión de tener grandes su compañ.ero solamente unos minutos (con el reloj en la mano), porque no
problemas en sus propios roles respectivos del género. El aspecto del niñ.o corro- quiere que éste tenga un orgasmo. Dc;:spués de esto, el compañ.ero debe hacer
bora toda la información que dan los padres. Es un niñ.o despierto, simpático, lo mismo al paciente (salvo la relación anal que el paciente no puede llevar a
inteligente, cálido, audaz; tan francamente agradable que uno no puede explicar cabo porque su pedículo de piel no es eréctil). Está claro, después de estas des-
la fuerza evidente de su Yo (pese a las traumáticas experiencias médicas) sin atri- cripciones, que uno de los objetivos esenciales de estas actividades es obligar al
buir la excelencia de su estado mental a la suerte que él tiene de tener padres compañ.ero a tratarlo como si su «pene» fuese tan bueno como un pene que fun-
como los suyos". ciona (un mecanismo para «probar» al pene y que parece ligado a la dinámica
del exhibicionismo). Fuera del recurso de la homosexualidad como defensa efi-
'' ... Algunos expertos del Centro Médico aconsejaron que se transformara en caz contra la pérdida del sentimiento de ser un macho, estas actividades más una
una niñ.a y que los esfuerzos de los padres fueran consagrados a ayudarlo a con- fo rma particular de masturbación constituyen igualmente la vida sexual del
vertirse en una mujer con el correr de los añ.os. Se hizo esta recomendación en paciente».
razón de la importancia de la intervención quirúrgica para hacerle un pene ade-
cuado que, por su condición, no podría tener nunca una función sexual. Sin em- « ... Es evidente que se trata de un niñ.o muy perturbado; sin embargo, pese
bargo, porque él era verdaderamente masculino, y creía que su rol de género no a todas estas perturbaciones de las funciones del yo, y sus problemas en la defi-
podía ser cambiado por la psicoterapia o por otro aprendizaje y porque sus espe- nición de una identidad, el núcleo de la identidad del género está intacto. El no
ranzas de vida no eran grandes en razón del riñ.ón enfermo, los psiquiatras reco- . duda que es un hombre. Su problema esencial es que, en tanto hombre, tiene
mendaron dejarlo vivir como niñ.o. Los padres se sintieron aliviados por esta re- una anomalía importante. Su desarrollo normal y su psicopatología tienden a
comendación que fue seguida por los médicos que se ocupaban de él". reparar el dañ.o psicológico (o aprender a vivir con éste) sin volverse una mujer.
No se entrega a sus compañ.eros de juegos sexuales como una mujer, y no tiene
"El segundo niñ.o, que nosotros vimos por primera vez a los quince añ.os, nada de femenino ni en su apariencia ni en sus actos. Sus actividades homose-
era, en el momento de su nacimiento, un macho genética y anatómicamente nor- xuales son, más bien, un intento patético e i_mp~esionante de demostración a los
mal, salvo por el hecho de que no tenía pene y que tenía una uretrostomía peri- otros hombres que su «pene» funciona tan bien como el de ellos. El, por supues-
neal. Los dos testículos estaban situados en el interior de un escroto normal. Era to, no lo cree realmente, pero en el fantasma de estos juegos sexuales existe al
el menor de cuatro niñ.os: el mayor, mongólico; los otros dos (una niñ.a y un menos la creencia momentánea de que él está intacto».
niñ.o), normales. Antes de su nacimiento, su madre no quería tener más hijos.
Dada la asignación correcta de sexo al nacimiento, fue criado como un varón,
sin equívocos, por una madre que se interesaba poco en él y por un padre «esti-
rado» y cubierto de joyas que vendía perfumes. Desde el afio y medio el paciente
fue hospitalizádo seis veces en cinco añ.os; la última vez, durante tres añ.os con
una sola vuelta al hogar. Estas numerosas operaciones, una laparastomía segui-
da de intervenciones plásticas repetidas obtuvieron como resultado un pene que
un urólogo describió recientemente como <<Una monstruosidad con un aspecto
increíble». No es sorprendente que en el transcurso de su adolescencia, su con-
ducta se haya transformado en un problema en el colegio y con los vecinos . El
se creó una vida imaginaria que, en los momentos de sufrimiento, inundaban
la vida real bajo un modo paranoide: «Yo soy el nieto de Dios y probablemente
sea el Mesías», decía furiso, la cara lívida y devorado por el miedo, en un mo-
mento crítico del tratamiento. Desde los siete añ.os, este niñ.o juega con los veci-
nos juegos sexuales que tomaron la apariencia de una ceremonia con reglas que
deben de ser mantenidas. Por ejemplo, en uno de los juegos, llamado «el cor-
dón», cada uno de los dos jugadores tira del pene del otro para producirle dolor.
El primero que grita de dolor ha perdido y debe hacerle al otro todo lo que éste
le pida. Aunque el paciente, con su pedículo de piel, no siente el dolor, algunas
veces grita. Los dos niñ.os saben que el grito es falso, pero ninguno de los dos

56 57
CAPITULO II

FEMINIDAD PRIMARIA Y SECUNDARIA

¿FEMINIDAD PRIMARIA O SECUNDARIA?

Cuestión que ha seguido un curso pendular en la historia del psico-


análisis, y que ha dividido a los autores, entre los que siguen básicamen-
IC a Freud en su idea de un monismo fálico en la infancia (Lamp-de-
root, 1928; Deutsch, 1925, 1930; Mack Brunswick, 1940; Bonaparte,
1951; Chasseguet-Smirgel, 1964; Lacan, 1966) y los que se apartan del
fre udismo, sosteniendo la precocidad y anterioridad de una posición
francamente femenina en la niña pequeña (Müller, 1932; Horney,
1932-33; M. Klein, 1932; Jones, 1927, 1935; Zilboorg, 1944; Langer,
1951; Jacobson E., 1964; Stoller, 1968; Fast, 1979; Cereijdo, 1983).
¿Cuáles son los ejes polémicos sobre los que se han asentado las diferen-
cias teóricas? Básicamente los siguientes: 1) conocimiento versus desco-
nocimiento de la vagina; 2) contemporaneidad de impulsos orales y ge-
nitales (vaginales); 3) deseos tempranos del pene del padre, y 4) conoci-
miento congénito y/o precoz de la diferencia de sexos y del intercambio
sexual entre los padres.

Del repaso de los puntos anteriores surge claramente que a pesar de


las diferencias se termina adscribiendo la feminidad al órgano sexual,
a su conocimiento, a su grado de erotización, a su puesta en acción, a
su carácter de zona erógena, de fuente del deseo «natural» hacia el pene,
su complementario. De acuerdo a esta concepción, organizadas las vías
somáticas, biológicas y anatómicas del aparato genital femenino, que-
daría establecida la feminidad. Pensamos que la introducción de la dife-
rcnciaeión entre género y sexo, así como sus líneas de demarcación y de
relación, contribuyen a la reconstitución de un marco de comprensión
de esta cuestión, que ha preocupado a los psicoanalistas desde sus albo-
res y que se ha basado sobre un gran equívoco: el del naturalismo, cuyo
bastión inexpugnable en psicoanálisis se localiza en el cuerpo, en la ana-

59
tomía, en lo biológico. No es que estos factores no participen o no de- partiendo de esta actitud femenina que eligiese un hombre como obje-
ban ser tomados en cuenta en su articülación, sino que es precisamente to de amor; sin embargo, puede ser heterosexual y no presentar ningu-
esta articulación la que cuesta tanto establecer con propiedad. Tanto las na inversión hacia su objeto, como lo haría cualquier hombre normal.
teorías sostenidas como el método de exploración utilizado debe llamar- Lo mismo es verdad para las mujeres; aquí rasgos sexuales mentales
nos a la 1eflexión. Las afirmaciones sobre la sexualidad temprana de la y elección de objeto no coinciden necesariamente ... Es en cambio una
niña curiosamente no abundan como resultado de experiencias de obser- cuestión de tres conjuntos de características, a saber: caracteres sexua-
vación, sino que lo hacen por su carácter especulativo, de referencias in- les j{sicos (hermafroditismo físico), caracteres sexuales mentales (acti-
tertextuales, de toma de posición. tud masculina o femenina) y tipo de elección de objeto, que hasta cier-
to punto var{an independientemente uno de los otros y se encuentran
en diferentes sujetos en múltiples permutaciones» (St. Ed. Vol.
En el capítulo anterior hemos mostrado que la feminidad en tanto XVIII, pág. 170, subrayado nuestro).
sentimiento de género es una línea evolutiva que sufre transformaciones
a lo largo del desarrollo, pero que su núcleo se establece temprana y sóli- Si se siguen las consecuencias que derivan de esta tesis, se comprueba
damente en forma independiente de la sexualidad. Más aún, la sexuali- que permiten concebir una línea teórica que se contrapone al grueso de
dad femenina y la elección de objeto se logran a plenitud siempre y los supuestos del edificio freudiano sobre la feminidad y la sexualidad
cuando la mujer armonice el narcisismo ligado a su género y la narcisi- femenina, y cuya revisión podría girar en torno a los siguientes puntos:
zación de su sexualidad, proceso más tardío y sujeto a un mayor número 1) bisexualidad biológica; 2) masturbación clitoridiana; 3) ausencia de
de factores conflictivos, psicológicos y sociales. Esto nos conduce a un atracción instintiva hacia el sexo masculino; 4) la «masculinidad» de la
aspecto central de nuestro trabajo: articular las investigaciones recientes libido, por su carácter activo, y 5) envidia al pene.
sobre el género con el papel jugado por el sistema narcisista en la cons-
trucción de la creencia sobre el género. ¿Es el género de un sujeto parte
de su sistema narcisista intrapsíquico, es decir, de su Yo y Super Yo, o
debemos ubicar el género, como tradicionalmente se lo ha enfocado, en EL MITO DEL F ALI CISMO O MASCULINIDAD
la línea de las vicisitudes del deseo sexual? La teorización freudiana to- INICIAL DE LA NIÑA
mó esta última dirección, la noción de género es inseparable del grueso
de la teoría sobre el Edipo, no existió en Freud una delimitación entre
estos dos conceptos y las reformulaciones posfreudianas -Melanie 1. LA SUPUESTA BISEXUALIDAD BIOLÓGICA
Klein, Lacan- tampoco lo hacen. Sólo podemos constatar una breve
pero significativa referencia que desafortunadamente Freud dejó sin de- En rigor, la teoría freudiana sobre la feminidad y la sexualidad fe-
sarrollar y que no fue retomada posteriormente. En «Sobre la psicogé- menina se podría calificar de «transexualista», ya que sostiene que la ni-
nesis de un caso de homosexualidad femenina» {1920) dice: ña instintivamente se halla preparada para la masculinidad, que desde
que descubre la diferencia anatómica de los sexos se siente castrada, de-
sea ser hombre y ver su cuerpo transformado poseyendo un pene. Freud
«La literatura sobre la homosexualidad habitualmente fracasa en
distinguir con suficiente claridad entre la cuestión de la elección de ob-
{1897-1905) sustenta la teoría de la disposición bisexual congénita a par-
jeto por un lado y las características sexuales y la actividad sexual por tir de ideas sugeridas por Fliess sobre el sexo dominante y el recesivo
el otro, como si la respuesta a la primera necesariamente implicara la (Fliess se hallaba impresionado por los hallazgos en el feto de órganos
respuesta a las otras. La experiencia, sin embargo, prueba lo contra- sexuales atrofiados del otro sexo) y la mantiene a lo largo de toda su
rio : un hombre con predominio de características masculinas y mascu- obra {1919, 22, 23, 31, 33) otorgándole una enorme importancia. Tal es
lino también en su vida erótica puede ser invertido con respecto a su así que, en Analisis terminable e interminable, sigue afirmando que la
objeto, amando exclusivamente a hombres en lugar de mujeres. Un bisexualidad influencia tanto la identidad sexual como la elección de ob-
hombre en el cual predominan atributos del carácter femenino, quien jeto, y que su naturaleza biológica constituye uno de los obstáculos in-
puede en la vida amorosa comportarse como una mujer, es de esperar salvables y uno de los límites que el psicoanálisis encuentra en tanto te-

60 61
rapia. Sin embargo, sus planteamientos han sido siempre zigzagueantes, el cerebro femenino. Aparentemente el cerebro consistiría en un sistema
ya que en sus reflexiones sobre el fracaso del tratamiento en el caso Do- anatómico único, y sólo si es activado con andrógenos, la «roca» para
ra, apela al vínculo homosexual, y en su trabajo sobre la feminidad re- la masculinidad se implanta, si no permanece femenino. Desde el punto
calca la importancia del estudio de la relación preedípica de la nii'ía con de vista neurofisiológico el cerebro del hombre resulta ser un cerebro
la madre. Sin embargo, en ese mismo trabajo (1931) sostiene que «la vi- hembra androgeneizado, y embriológicamente el pene es un clítoris
da sexual de la mujer se divide regularmente en dos fases, la primera masculinizado. Existen períodos de sensibilidad crítica durante los cua-
tiene un carácter masculino, sólo la segunda es específicamente feme- les el cerebro fetal es más susceptible a la influencia hormonal, de tal
nina». modo que basta una simple inyección de hormonas en el laboratorio pa-
ro poder establecer por vida la conducta sexual, ya sea masculina o
Si bien la historia de la doctrina psicoanalítica muestra un aparta- femenina*.
miento e incluso en algunos momentos un corte radical con la biología
-planteándose un dominio del orden estricto del significante (Lacan)-,
la recaída a nivel de hipótesis intermedias en el fundamento biológico .2. Anomalías sexuales genéticas y congénitas (Money, Hampson y
es permanente. Por eso nos parece pertinente, en lo que atai'íe a la femi- Hampsón, 1955)
nidad y la sexualidad femenina, mostrar cómo inclusive los hallazgos re-
cientes en neurofisiología y en endocrinología ponen en duda la idea de 2.2.A. Anormalidades cromómicas XO (Síndrome de Turner). Es-
un soporte biológico de la bisexualidad. y, adel,llás, recalcar aquellos tos individuos en lugar de poseer los dos cromosomas XX o XY carecen
aportes de la clínica que ponen en evidencia que los sentimientos de ser del segundo cromosoma y no tienen gónadas productoras de hormonas
una mujer y de sentirse femenina son relativamente independientes de Ncx uales, sin embargo el desarrollo anatómico es de mujer. Generalmen-
sus órganos genitales. 1c presentan comportamiento femenino y son heterosexuales. (Véase
nota II.)

2. EL SUBSTRATO BIOLÓGICO DEL COMPORTAMIENTO SEXUAL 2.2.B. Síndrome de insensibilidad andrógeno (Feminización testi-
l' ular). Estos sujetos que presentan un perfil cromosómico XY se des-
2.1. Experimentos en animales de laboratorio 1rrollan como mujeres heterosexuales. Es probable que el defecto hor-
111onal sea en el órgano periférico que no responde a los andrógenos en
Los fisiólogos del cerebro están comenzando a determinar los meca- 1·in.:ulación.
nismos neurohumorales que afectan el comportamiento sexual (Goy,
Phoenix y Young, 1962; Barraclough y Gorski, 1962). Según Young 2.2.C. Hipogonadismo constitucional en hombres. Estos sujetos se
( 1965) el código genético desencadena la liberación bioquímica que de- presentan físicamente normales al nacer, recién en la adolescencia se les
sarrollará el tejido embrionario en alguna de las dos direcciones (Jost, descubre una deficiencia en andrógenos. Un gran número de estos casos
1958; Gorki y Whalen, 1966; Grady y Phoenix, 1965; Harris y Levine, on femeninos desde la infancia o creen ser niñas.
1962; Phoenix, Goy y Resko, 1968) *. Uno de los hallazgos más sor-
prendentes es que sólo si el cerebro fetal, el hipotálamo, es activado por 2. 2.D. Trastornos del lóbulo temporal. En sesenta y siete casos de
andrógenos la conducta masculina se desarrolla. El estado neutro, de re- l l'llstornos paroxísticos del lóbulo temporal se observaron conductas de
poso o inicial para los mecanismos centrales del sexo, así como los rudi- Inversión sexual, sólo en hombres. La conducta (comúnmente vestirse
mentos de los órganos sexuales y sus aparatos anexos, son femeninos; 1•0 11 ropas de mujer) sobrevino en el acmé de la crisis, la remisión de la
si la corriente normal de andrógenos es bloqueada, retoma el coriÍando l' l'isis hace desaparecer también el trastorno de conducta.

* Citados por Stoller (1968). • Para mayor detalle, véase Stoller (1968) .

62 63
2.3. Datos provenientes de la endocrinología nidad. El sistema biológico organizado prenatalmente en una dirección
masculina o femenina es casi siempre insuficiente en los humanos para
2.3.A. Castración del hombre. Si se produce antes de la pubertad resistir la fuerza más poderosa del medio ambiente: la madre. Las evi-
no sólo se extinguen los caracteres sexuales secundarios, sino la sexuali- dencias sobre la organización temprana de la masculinidad y la femini-
dad en su totalidad. Si se efectúa después de la pubertad, se ve marcada- dad en base a la poderosa acción del medio materno y familiar se pre-
mente disminuida. sentan cada vez en forma más numerosa: 1) niños diagnosticados al na-
cer como hermafroditas desarrollan una «identidad hermafrodita» (es
..
2.3.B. La castración de la mujer. !\fo produce los mismos efectos; decir, durante toda la vida no saben si son hombre o mujer o si son am-
niñas púberes que son ovariectomizadas pueden como los adultos desa- bas cosas), siempre que sus padres también abriguen dudas sobre el sexo
rrollar una sexualidad normal y tener orgasmo. De la misma manera la asignado. Cuando no es así (aun ante la presencia de órganos sexuales
extirpación de ovarios en la mujer adulta no disminuye ni su necesidad externos ambiguos), el niño no duda en ser varón si al nacer se le asignó
sexual ni su placer. el sexo masculino. Esto ocurre independientemente de la presencia
de anormalidades cromosómicas, gonadales o defectos hormonales;
Todo parece indicar que las hormonas andrógenas constituyen el 2) transexuales hombres, como resultado de circunstancias posnatales
substrato biológico del deseo sexual tanto en los nombres como en las ,- una específica constelación familiar - presentan una feminización
mujeres. En la mujer dependería de una ínfima cantidad de andrógenos tan marcada que actúan como mujeres y demandan que su cuerpo se
que normalmente produce la suprarrenal, ya que la suprarrenalectomía transforme en un cuerpo de mujer. No presentan ninguna anormalidad
ocasiona la abolición casi completa de la sexualidad. Por otra parte, la biológica.
administración de estrógenos a un hombre no modifica su comporta-
miento sexual, salvo que por hacerlo en grandes cantidades compita co n Todos estos hallazgos obligan a una revisión de la articulación entre
la producción de testosterona. En cambio las mujeres a quienes ~e les el nivel biológico y el psicológico. Los hechos parecen sugerir una com-
ha administrado andrógenos ven su libido reactivada . Pero lo importan- plejidad superior a la esperada. En algunos momentos críticos del desa-
te a recalcar es que la sustracción o adición de hormonas no modifica rrollo esta relación es de determinación, período fetal de acción de los
la orientación de la libido. Así, si se le administra a una mujer andróge- andrógenos sobre el hipotálamo, o los fenómenos de «imprinting» o
nos, aunque pueda masculinizarse en sus caracteres sexuales, externos, modelaje del género por la madre, como en los casos de transexualismo
sigue deseando a un hombre. De la misma manera que la ingestión de masculino; en otros momentos, en que estructuras como el género o el
andrógenos por un homosexual afeminado no lo transforma en menos deseo sexual ya se hallan establecidas, esta relación parece ser sólo de
afeminado, sino que acrecienta su deseo de relaciones homosexuales. influencia, afemirtamiento de hombres heterosexuales, intensificación
Por tanto, la intuición freudiana sobre el carácter masculino de la libido de deseo sexual por acción de los andrógenos.
en tanto deseo sexual hallaría su certeza en la naturaleza andrógena de
las hormonas activadoras del deseo, pero éste sigue siendo fiel a su fan -
tasma, y ni se masculiniza ni se feminiza por la acción de los andróge-
nos, sólo disminuye o cobra intensidad. ¿VAGINA O CLITORIS?

Stoller sostiene que todas estas evidencias nos llevan a refutar el su-
puesto monismo fálico de los niños de ambos sexos, y en todo caso pos- La presencia, exterioridad y supuesta filiación anátomo-masculina
tular lo inverso, que todos los bebés hasta los dos años son prevalente- del clítoris han sido los soportes centrales en que Freud basó su idea de
mente niñas. Pero esta hipótesis sólo nos conduciría a una recaída en la predominancia de la bisexualidad en la niña. Si en ella debía darse en
un biologismo de sentido contrario cuando lo que nos impresiona, en el curso de su evolución una metamofosis de hombre a mujer, el cambio
cambio, es el enorme poder que las actitudes, los comportamientos y las de zona erógena -del clítoris a la vagina- era su condición esencial.
creencias de los padres tienen en el modelaje de la masculinidad y femi- La dicotomía feminidad primaria o secundaria en realidad se asienta en

64
65
la concepción antagónica de estos dos órganos femeninos, de manera do varones, y las niñas que son genética, anatómica y fisiológicamente
que un recorrido por los distintos autores nos enfrenta con una serie de normales salvo por el hecho de que nacen sin vagina. Tal anomalía pue-
argumentos controversiales. de provocar un gran sufrimiento en una joven o en una niña cuando se
descubre el trastorno, pero Stoller nunca ha observado que tales muje-
-La niña sólo conoce el clítoris. -La niña conoce la vagina ya sea res desarrollen una perturbación en el núcleo de su identidad de género,
La vulva y la vagina al ser órga- por protofantasías heredadas o es decir, en su certidumbre de ser mujeres. Estas mujeres no buscan
• nos internos permanecen desco- por equiparación con la boca masculinizar su cuerpo, por el contrario insisten en proveerse mediante
nocidos hasta la vida sexual pu- (Horney, M. Klein). la cirugía de una vagina. Como en el varón la presencia de un pene, en
beral (Freud). la niña el conocimiento de su vagina refuerza enormemente el sentimien-
10 de ser mujer, pero no constituye una condición sine qua non. Si el
- La zona erógena infantil es el -La vagina es fuente de impul- varón o la niña se consideran varón o mujer es porque sus padres no
clítoris. Si hay masturbación, sos, es una zona erógena en la dudan de que lo sean. El conocimiento casi consciente de su estado bio-
ésta es clitoridiana (Freud). Si infancia. Existe la masturba- lógico acrecienta su sentimiento de identidad, pero aun en ausencia de
permanece como zona erógena ción vaginal (Müller, Horney). :ste conocimiento en niños sexualmente neutros (XO), una identidad fe-
privilegiada en la edad adulta, menina se estructura si se le asigna inequívocamente a la criatura el sexo
es signo de masculinidad. femenino (Stoller, 1968). (Nota II.)

-Al considerarse al clítoris como - Los impulsos vaginales son re- La estructura especular de la primera relación de objeto favorece la
masculino, las pulsiones de la ceptivos. Desea recibir el pene, instalación precoz del género femenino en la 11iña. No existe desarmonía
niña serían fálicas, es decir, de como equivalente del pecho nnatómica, ni de identidad entre la futura mujer y su madre. La niña
penetración, activas (Freud) . (fellatio-M. Klein). El clítoris es urna y desea a un objeto con el cual y simultáneamente se identifica,
un órgano femenino (Jones). identificación que crea y construye una image,n temprana femenina, así
;orno un Ideal del Yo preedípico (Jacobson, 1964; Blum, 1976) *. En
- Toda manifestación psicológica -Por un proceso defensivo, niega ;ambio en la organización del goce debe darse una ruptura con las for-
masculina es producto de la bi- Ja existencia de la vagina y su mas de seducción materna, el cuerpo de la niñÁ debe reaccionar a otros
sexualidad biológica (Freud). función. Deseos agresivos pro- :stímulos que no sean el de su doble. Hacia Ja, mitad del segundo año,
yectados sobre la madre por he- la niña parece tener una clara representación ~e su cuerpo, construida
ridas narcisistas. Temor a ser u lo largo de su relación con la madre, de la cu,al se ha diferenciado co-
atacada en su interior (M. mo cuerpo-otro (Mahler, 1958). La deambulación y el ejercicio de las
Klein, Jones). funciones corporales han establecido a través de la acción un reconoci-
miento psíquico del cuerpo en una anatomía que, si bien puede obtener
La mayoría de las críticas efectuadas a Freud por parte de los defen- una imagen de completud por vía especular (Lacan, 1966), sólo alcanza-
sores de la feminidad primaria se basan en hechos de observación de ni- rá su cabal objetivación y autorreconocimiento a través de la acción y
ñas pequeñas, quienes evidencian su conocimiento de la existencia y lo- :xperiencias propias. Experiencias de esfuerzo,\ dolor y sensibilidad que
calización de la vagina. Coincidimos con los autores que sostienen que 1compañan a las funciones contribuyen a relle~r el contorno de la uni-
no debe confundirse entre el descubrimiento de la vagina que puede dad. Sabemos el rol prevalente que juega el pacer para el proceso de
efectuar la niña y el grado de erotización que la misma alcanza durante su bjetivación del cuerpo, y el carácter organiz or que tienen las zonas
la infancia (Granoff y Perrier, 1964; Lucioni, 1982). Pero aun superado l'rógenas. Ahora bien, la dificultad para la niñ\ en formarse una clara
este impasse, lo que parece menos sostenible es que sea la fuente es~ncial
del sentimiento de feminidad. Puede trazarse un paralelo entre los niños
que nacen sin pene, pero que son reconocidos al nacimiento como sien- l próximo capítulo para el examen de este p~nto.
66 67
representación genital es bien conocida (Greenacre, 1950), sin embargo, no se constituya en zona erógena en la niñez -que no sea punto de par-
aún no existe consenso sobre las razones de este desconocimiento. Pen- tida de la estimulación para el goce sexual- no quiere decir que ulte-
samos que no sólo el carácter oculto de los órganos genitales contribuye riormente no reaccione al estímulo sexual, que no se produzca la descar-
a esto, sino que debe tenerse en cuenta la ausencia, o poca frecuencia, ga muscular en caso de producirse la masturbación clitoridiana. Lo que
de experiencias estimulantes del placer vaginal. La función uretral, la: falta es que sea la penetración y la consiguiente estimulación de la muco-
micción en la niña, no ponen en juego el órgano genital como en el caso sa vaginal, aquello que pone en marcha el proceso de excitación (Mas-
del varón. A su vez, en el cuidado higiénico, fuente de estimulación eró- ters y Johnson, 1966), aunque el asiento final del orgasmo sea siempre
gena permanente entre la madre y el hijo, las posibilidades de excitación vaginal, como veremos más adelante.
de la vagina son mucho menores. No hay necesidad de apelar a una se-
xualidad virtual distinta en el varón o en la niña, con una prefijación
al objeto heterosexual como postula Grnmberger *, ya que la represión
materna de la homosexualidad, es decir, la habitual normativización so.-
cial del deseo materno nos parece suficiente explicación (Aulagnier, MASTURBACION
1977).

Los estudios masivos sobre la sexualidad femenina (Sherfey, 1966;


La hipótesis sobre las protofantasías o fantasmas primarios (es de-
Hite, 1976) y sobre la terapia sexual (Masters y Johnson, 1966; Kaplan,
cir , un conocimiento heredado sobre la realidad sexual que ubicaría el
1974) han arrojado datos que nos ayudan a esclarecer este punto. Las
saber sobre la vagina en uµa independencia de lo vivido-real-histórico)
niñas desarrollan múltiples formas de masturbación: compresión de los
no aporta en forma concluyente sobre el problema, pues debiera en ese
muslos, retención de orina, balanceos, estimulación clitoridiana y even-
caso seguir la evolución p~utada por lo madurativo, y el cúmulo de mu-
tualmente introducción en la vagina de diversos objetos. En el informe
jeres que descubren la masturbación vaginal como actividad de goce en
Hite se destacan seis tipos básicos de masturbación femenina, pero lo
la adultez es numerosísimo. ¿Cómo explicar una detención tan marca-
interesante a constatar es que el 73 por 100 de las mujeres practicaban
da, tan extendida del des¡arrollo madurativo si la impronta fuera bioló-
la estimulación clitorideo/vulvar, mientras que sólo un 1,5 por 100, la
gica? ¿O es que se requiere una estimulación externa para ponerla en
penetración vaginal. Estas declaraciones pertenecen a mujeres adultas
marcha? Entonces sólo hiabríamos logrado un deslizamiento del proble-
no homosexuales, es decir, que sus fantasías eróticas eran con hombres,
ma del órgano al estímulo, ¿cómo es que el estímulo no tiene lugar, o
sin embargo el estímulo era clitoridiano y los ensueños eróticos giraban
su participación es tan in~predecible? La anatomía no favorece un tem-
alrededor de ser penetradas, no de penetrar con su.clítoris a nadie. ¿Có-
prano y espontáneo desdµbrimiento de la vagina por la niña, ni su esti-
mo pensar que la niña pequeña al descubrir su clítoris y las posibilidades
mulación casual en el cuidado corporal por parte de la madre. El ejerci-
de goce genital desea penetrar a su madre, ya que la etapa de masturba-
cio de la función uretral enmascara aún más las posibilidades de órgano
ción temprana entre los quince y diecinueve meses transcurre en la más
de goce de la vagina, ya q ue despierta la confrontación entre los sexos
1

completa ignorancia de la función del pene en el intercambio sexual? La


y la envidia al pene como una posesión preciada en el otro. Pensamos
naturaleza de las fantasías masturbatorias tempranas es aún un punto
que es en este sentido dj lnde «la anatomía es el destino» en el caso de a precisar. Existen claras observaciones que demuestran conductas de
la niña, pues no favorecJauna sexualización completa en la infancia. Pe-
coqueteo y actitudes seductoras hacia el padre en niñas de dieciocho me-
ro en este punto descansl un monumental malentendido: que la vagina ses (Abelin, 1975), y un pico de erotización en este período, que ha lleva-
do a algunos a postular una etapa genital temprana (Aberasturi, 1967;
Roiphe y Galenson, 1981). Pero también se constata posteriormente una
• «Igualmente puede uni preguntar si aquí la actividad "anaclítica" de la madre se
puede considerar como fuente de dichas sensaciones y si no sería preciso invertir de alguna
diferencia neta entre varones y niñas en el dominio del autoerotismo. La
forma esta proposición supon ·endo una cierta sexualidad virtual, distinta desde el princi-
masturbación del varón es una constante, puede reprimirse en mayor o
pio en la niña y en el niño y qu los cuidados en cuestión no hacen más que activar» (1964). menor grado, pero jamás deja de ser conocida y practicada. Dcclaracio-
1

68 69
nes como las que se compilan en el informe Hite serían inconcebibles desencadene la excitación genital, ésta comprenderá a la zona genital en-
para el género masculino: tera. Que la niña o la mujer frote o estimule su clítoris como método
prevalente para desarrollar la excitación, hasta la plataforma orgástica
«Mis recuerdos sobre la masturbación se remontan a la edad de necesaria para que los músculos de la vagina desencadenen su salva de
siete años, aunque no supe lo que era realmente hasta cumplir los contracciones, no implica que haya un doble orgasmo: uno clitoridiano
quince ... » «A punto de cumplir quince años viví mi primera experien- y otro vaginal, y mucho menos que uno sea masculino y otro femenino,
cia de intercambio de besos y caricias con un chico. Tales pasiones me ya que el clítoris es una parte esencial del aparato genital femenino *,
dejaban sexualmente excitada (aunque no lo comprendía entonces, órgano de la excitación, pero no del orgasmo.
eso era lo que me pasaba) . Llegaba a casa , una vez acostada, me toca-
ba, experimentando casi inmediatamente un orgasmo ... » «Al descu-
brir mi clítoris a la edad de dieciocho años ... » «La primera vez que Es como si la teoría se hubiera extraviado en el mismo nivel imagina-
gocé sola tenía diecinueve años ... » (pág. 52). rio que el fantasma de la niña, ambas han necesitado elaborar una mis-
ma creencia fantástica: el carácter masculino de la sexualidad femenina.
Para el varón no hay posibilidad de engaño, la voluptuosidad que «¿Podrían las neurosis sexuales que parecen endémicas en las mujeres
lo invade se halla indisolublemente conectada con la erección de su ór- se r en parte consecuencia de la iatrogenia?», se preguntaba Sherfey en
gano y la consecuente descarga muscular. La niña nada en las tinieblas I966, y agregaba: «Junto a la impresionante promesa de la extraordina-
de su anatomía genital interna, si sólo conoce su clítoris y la habitual ria riqueza y profundidad del pensamiento freudiano que conmueve
mojigatería y moral sexual de las madres no le han proporcionado nin- nuestras mentes, también nos encontramos frente al obstáculo formida-
gún saber sobre su vagina, la niña concebirá que todo lo que le sucede ble de un gran bloque de profesionales y de opinión pública que insisten
tiene asiento en lo que ve. para que el orgasmo vaginal se produzca . Para erradicar estos conceptos
erróneos debemos comenzar por erradicarlos de la mente de psicoanalis-
1as y psiquiatras. Para su consecución se requiere la ¡Jrueba de que el
MITO DEL ORGASMO CLITORIDIANO orgasmo vaginal como un orgasmo distinto del clitoridiano sencillamen-
te no existe, y lo que existe es una única experiencia que constituye la
El conocimiento adquirido sobre la fisiología del acto sexual nos sexualidad femenina. Ante tales pruebas la teoría psicoanalítica debiera
permite no recaer en el mismo error de la niña, y superar el malentendi- ser revisada».
do y la falsa división entre orgasmo clitoridiano y vaginal que tanta con-
fusión ha creado. La fase de excitación se caracteriza por una vasodila- Digamos, por nuestra parte y a manera de síntesis de este apartado,
tación refleja de los genitales, que produce una turgencia generalizada que in"vocar la biología para sostener la tesis de la masculinidad consti-
de los labios y del tejido que rodea la cavidad de la vagina. La fase de LUcional de la mujer, para hacer depender de aquélla el desarrollo psico-
preparación orgásmica (Masters y Johnson, 1966) se alcanza cuando lógico de su identidad de género y la orientación de su deseo se~ual, re-
existe una distensión generalizada del tejido vulvar y del introito de la ~ ulta doblemente falso. En primer lugar , aun en el mismo ámbito bioló-
vagina, un enrojecimiento de los labios y la lubricación vaginal, que es gico, ya que las investigaciones recientes lo desmienten, pero, sobre to-
el signo cardinal de la excitación de la mujer. La lubricación vaginal do, porque parten de un error básico de concepción de los hechos: la
consiste en un trasudado que distiende el área genital durante la excita- conaturalidad entre el psiquismo y lo anatómico y un orden de causa-
ción . Finalmente el orgasmo consiste en una contracción refleja de los ción en qµe el «suelo» biológico definiría la psiquis.
músculos localizados en el introito vaginal, contracciones acompañadas
por sensaciones de intenso placer. El clítoris, en tanto zona erógena, se • La semeja nza anatómica entre el clítoris y el pene no los equipara ni en el plano
halla provisto de la red sanguínea suficiente para proveer parte de la va- 1 i.> iológ ico,
ni mucho menos en el psicológico . La est imulación de a mbos no despierta un
sodilatación necesaria para cumplir un papel relevante en la fase de exci- 1"1nico tipo de fantas ías. Esta s d ependen de la estructuración del deseo y no del órgano que
'~ excita. De igual manera el frote del pezó n de la muj er y su erección durante el coito
tación, pero carece de los músculos necesarios para las contracciones del 11 0 ac:t!van fantasías de ser ell a la que penetra, sino el deseo de se r pen ~trada. La teoría
orgasmo. Cualquiera que sea el estímulo -táctil, auditivo-visual- que ha sido presa del nivel imaginar io a l suponer que la similitud de forma define la función.

70 71
serlo un ser humano : un XO en el plano cromosómico con neutralidad
anátomo-fisiológica. Sin embargo, cuando se la vio por primera vez, a los die-
ciocho añ.os, nada en su conducta, en su manera de vestir, en sus deseos sociales
Nota 11. Extraído del capítulo VI, «El sentimiento de ser mujern, del y sexuales, en sus fantasías, podrían haberla distinguido de las otras muchachas
libro Sexo y género, tomo I, de Robert Stoller. del Sur de California. Había un hecho inquietante que hacía que ella no fuese
una muchacha corriente, a los dieciocho añ.os, sus senos nos habían comenzado
a crecer y no tenía reglas. Después de haber hablado con sus hermanas mayores
Ciertos casos de anomalías biológicas se constituyen en experiencias «cuasi y de haber esperado durante algunos meses una maduración natural, se presentó
experimentales» que pueden ayudarn9s sobremanera en la comprensión del de- a la consulta médica (no psquiátrica). En el examen médico no se descubrió na-
sarrollo de ser mujer: 1) mujeres sin vagina normales biológicamente; 2) mujeres da en particular, a no ser la ausencia de desarrollo de los senos, de pigmentación
biológicamente neutras, cuyos órganos genitales externos parecen normales al aureolar y un extraño vello pubiano que solo cubría los labios. Los labios y el
nacimiento, no habiendo duda por parte de los padres sobre el sexo de la niña; clítoris parecía1. normales . El orificio vaginal estaba virgen. No había ningún
3) mujeres biológicamente normales, con excepción de la masculinización de sus signo de tejido gonádico del otro sexo. No se notó ninguna hipertrofia suprarre-
órganos externos (vagina), que fueron criadas sin ambigüedad como niñas; nal. En resumen, los contenidos de la cavidad abdominal eran neutros (con la
4) mujeres normales biológicamente, aparte de la masculinización de sus órga- tendencia a la anatomía femenina que se produce en la genética neutra en los
nos genitales externos (vagina), que fueron criadas sin ambigüedad como varo- seres humanos). Durante el tratamiento psiquiátrico que comenzó el día en que
nes, y 5) mujeres normales biológicamente, que no poseen clítoris . se le informó de su esterilidad (tratamiento que siguió durante tres años), el su-
fri miento que esta revelación inevitable le causó fue estudiado con detenimien-
1. La primera categoría es conocida por los ginecólo·gos. La mujer, en este to. Explorando este sufrimiento, descubrimos la presencia de tres orientaciones
caso, se considera una hembra, y posee una feminidad que la conduce con la enraizadas en las identificaciones femeninas, indiscernibles en sus grandes ras-
misma frecuencia que en las mujeres anatómicamente normales a las tareas y gos de la reacción que se encontraría en una mujer de sexo genéticamente nor-
a los placeres femeninos: casamiento, relaciones sexuales vaginales (en la vagina mal. La primera orientación era su deseo de casarse y de tener hijos; la segunda,
artificial) con orgasmo, embarazo (cuando el útero está presente) y cuidados el aspecto exterior y la función de sus órganos genitales, y la tercera se vinculaba
maternales. Relata el caso de una muchacha de diecisiete años, femenina, seduc- con sus intereses femeninos (su aspecto exterior, sus juegos, la utilización del
tora, inteligente, cuyo aspecto en el momento del nacimiento era normal. Aun- tiempo libre, las relaciones sexuales, etc.) ... La familia de la paciente se oponía
que no presentaba ni vagina ni útero, sus órganos genitales externos eran nor- a una vaginoplastia porque pensaba que la paciente comenzaría a tener relacio-
males . Sus padres, que no sospechaban nada, la criaron como a una niña, y ella nes sexuales antes de su casamiento. La paciente estaba evidentemente muy an-
se sintió mujer y femenina . Sus senos, su vello pubiano y la distribución de grasa siosa frente a esta cirugía correctora, y, finalmente, los cirujanos aconsejaron
subcutánea femenina comenzaron a desarrollarse a los diez años (ya que tenía a la familia permitir la operación para que la paciente no se sintiese tan diferente
ovarios normales y funcionales), y aunque tenía dolores abdominales cada mes, de sus amigas . Después de la intervención, la paciente fue muy feliz y nunca des-
no presentaba reglas. A los catorce años, un examen físico de rutina -que por pués se arrepintió de la vaginoplastia. Como lo temía su familia, algunos meses
primera vez comprendía un examen de los órganos genitales- reveló que ella después comenzó a tener relaciones sexuales con su amigo. Ella terminó casán-
no tenía vagina. Un chequeo posterior mostró que tampoco había útero, pese dose y sigue casada hasta el día de hoy ...
a la presencia de ovarios funcionales. Al hacerla partícipe de los hallazgos, ella
decía lo siguiente: «.. .lo que más me impresionó es que yo quería tener niños ... 3 y 4. Los sujetos que entran en la tercera categoría, hembras masculinas
y yo quería una vagina. Quería sentirme como todo el mundo, yo quería utilizar criadas como niñ.as, y en la cuarta, hembras masculinizadas criadas como varo-
la mía, quiero decir, cuando llegue el momento, yo quería utilizar la mía, no nes, fueron objeto de los hoy ya clásicos trabajos de Money y los hermanos
quería sentirme diferente ... y me sentía diferente ... y continúo sintiéndome dife- Hampsons (1957). Ellos estudiaron las diferencias existentes en la identidad de
rente ... » Cuando le propusimos una vaginoplastia, quiso que se hiciera inmedia- género de niñas presentando el síndrome adreno-genital. En este caso preciso,
tamente; cuando se le preguntó, después, cómo se sentía con una vagina, ella los órganos genitales externos de la niña, que, por otra parte, es normalmente
dijo: «.. .es diferente, es mejor, es un paso hacia adelante . Ahora me siento co- sexuada, fueron masculinizados «in utero>) por una gran cantidad de hormonas
mo todo el mundo .. . » andrógenas de origen suprarrenal. Los autores describen dos niñ.as, las dos hem-
bras biológicamente normales (genéticamente, en la anatomía y en la fisiología
2. Segunda categoría: pacientes intersexuales cuya identidad de género es sexual interna), pero con órganos genitales externos masculinizados. Luego de
normal. Relata el caso de una persona tan biológicamente neutra como puede un diagnóstico correcto, una de las niñas fue criada sin ambigüedad como una

72
73
nena (tercera categoría); esta nifia se mostró tan femenina como las otras nifias.
La otra, que no fue reconocida como hembra, fue criada sin ambigüedad como
un varón (cuarta categoría) y se volvió un nifio completamente masculino.

5. En este caso nos hallamos frente a la nifia normal desde todo punto de
CAPITULO III
vista, pero con ausencia de clítoris. En la literatura médica no se registra ningún
caso de este tipo, pero en algunas partes del mundo musulmán la costumbre ha-
ce que se extirpe el clítoris de todas las mujeres en la temprana infancia, o afios YO IDEAL FEMENINO PRIMARIO
más tarde. Si bien existen millones de mujeres en esa situación, ellas no tienen
disminuidd su sentimiento de ser mujeres, este sentimiento no desaparece jamás
y ni ellas ni sus maridos constatan una disminución de la feminidad.
El estudio del transexualismo ha conmovido los cimientos del na-
1uralismo hasta tal punto, que no sólo ha permitido afirmar que la iden-
1idad de género de estos sujetos se basa en una creencia - en una ilu-
sión tan poderosa que los compulsa a transformar su anatomía-, sino
que ha conducido a extender este tipo de determinación a todo ser
humano. Tanto el varón como la niña llegan a la conclusión de que son
hombre o mujer por un proceso de naturaleza idéntica a la del transe-
xual , es decir, por algo que trasciende la simple percatación de la sexua-
lidad anatómica de sus cuerpos. Esta tesis y la serie de consecuencias
que conllevan nos conducen a la necesidad de revisar la siguiente aseve-
ración freudiana : «Tomando como punto de partida la prehistoria, se-
ílalaremos que el desarrollo de la feminidad queda expuesto a perturba-
ciones por parte de los fenómenos residuales del período temprano de
las masculinidad» (La feminidad. St. Ed. Vol. XXII, pág. 131. Subra-
yado nuestro).

En su lugar proponemos para la etapa preedípica * lo siguiente:

1. La etapa preedípica no es idéntica en el varón y en la niña.

2. La diferencia en la organización de la etapa preedípica en los


distintos géneros es un efecto de la estructura asimétrica de la maternali-
zación y paternalización, procesos que fundan la célula familiar de
nuestra cultura.

3. Esta fase no se caracteriza en la niña ni por rasgos ni por mani-


festaciones de masculinidad.

* Pese a las objeciones que se han formulado a la denominación de preedípico, por


su carácter teóricamente impensable desde la estructura, consideramos útil conservar esta
:xpresión freudiana para referirnos al período anterior al reconocimiento por parte del ni-
l)o de la oposición fálico-castrado.

74
75
4. La madre, en su carácter de objeto primario, impone la especifi- Estudios provenientes de distintos campos de observación coinciden
cidad de su género a la relación madre-hijo. ~n la afirmación de que las madres tienden a experimentar a sus hijas
mujeres como menos separadas de ellas. Sentimientos de unidad y conti-
5. Existe en los niños de ambos sexos una teoría preedípica sobre nuidad, identificación y simbiosis predominan con las hijas mujeres y
la feminidad. la calidad de la relación tiende a retener elementos narcisistas, mientras
que el componente libidinal permanece más débil. Por el contrario,
6. La identificación primaria es portadora de un Yo Ideal femeni- ;uando es madre de un género diferente al suyo, experimenta el hijo co-
no para la niña. mo opuesto a sí, como un «otro» distinto. Entonces la investidura libi-
dinal predomina sobre un tipo de investidura narcisista, la de la identifi-
7. La envidia al pene no puede ser sino secundaria. ;ación. A su vez, los varones, como respuesta a ser considerados dife-
rentes, tienden también a experimentarse distintos a sus madres, y las
Melanie Klein puso de manifiesto la turbulencia del mundo interno madres empujan esta diferenciación (aunque retengan en algunos casos
que para una madre desencadena el hecho de tener un hijo: regresión un gran control sobre ellos), inclinándose a una mayor sexualización del
y reelaboración de su propio vínculo con su madre, actualización de sen- vínculo, proceso que a su turno reforzará la urgencia de la separación.
timientos de persecución y depresión si en la relación ha predominado En la medida que la maternalización es ejercida por la mujer, el período
la ambivalencia. Cada una de las capacidades requeridas -dar vida, preedípico de las niñas no sólo será más prolongado que el de los varo-
proveer bienestar físico, contener la ansiedad, comprender las necesida- 11cs, sino que aquéllas conservarán siempre, aun ya mujeres, la tenden-
des y responder adecuadamente a ellas, tener leche, etc.- remiten en to- ;ia a colocar en el centro de sus preocupaciones las relaciones humanas
da mujer a la puesta en comparación con los otros ejemplares de su gé- que tienen que ver con la maternalización: sentimientos. de fusión, défi-
nero. La relación de ser a ser es constante, tanto si la mujer se compara t: it de separación e individuación, límites del Yo corporal y del Yo más
con su madre u otras madres o si se identifica con su hija, en el deseo difusos.
de ésta de poseer una madre: como es ella, como ella tuvo, como ella
quisiera ser. Por tanto, el peligro de fusión, proyección y extensión nar-
cisista, así como mayores dificultades a la separación, se presentan más
habitualmente cuando la relación materno-filial tiene lugar con las hijas ETAPA PREEDIPICA
mujeres. La línea del modelo -ya se trate de repetirlo o de diferenciarse
de él- se sobreimpone permanentemente a la línea de la relación de ob-
jeto. El período de simbiosis parece ser más prolongado entre madres 1. J TEORÍA PREEDÍPICA SOBRE LA FEMINIDAD .
e hijas mujeres que entre madres e hijos varones. Freud (1931-1933) se- EFECTOS DE LA PREMATURACIÓN
ñaló este hecho -mayor longitud y mayor importancia de la fase pre-
edípica en la nena que en el varón- intuyendo y sugiriendo su relevan- El carácter persecutorio e idealizado de las representaciones de obje-
cia en el desarrollo diferencial de ambos. Es interesante constatar que 10 primarias es un efecto de las condiciones de prematuración humana,
fue llevado a esta afirmación por trabajos clínicos de psicoanalistas mu- ;ondición que determina la peculiaridad fantasmática de nuestra vida
)eres, que mostraron la importancia de esta fase para la mujer (Deutsch, pulsional y cognitiva. La dependencia vital, libidinal y cognitiva en que
1925; LamRJ-de-Groot, 1928; Mack Brunswick, 1940). Sin embargo, la se encuentra el niño, junto con el desconocimiento de tales condiciones,
orientación final que Freud otorgó a estos hallazgos debe ser revisada organiza un registro imaginario de la realidad. La fantasía de «la mujer
y reformulada desde la perspectiva que introduce la noción de género, ;on pene» (Freud, Lacan) o el «vientre materno lleno de todos los teso-
ya que la prehistoria -lo preedípico-, el vínculo con la madre, es esen- ros imaginables para el bebé» (Klein, M.) son representaciones tempra-
cit.i para el desarrollo de la feminidad no por la supuesta masculinidad nas , que dan cuenta de la cualidad omnipotente que adquiere la madre
que encierra, sino por todo lo contrario, por la inevitable feminización para la mente del niño. Pero sabemos a partir de Freud que la madre
que genera. fá lica no constituye sólo una fantasía que se estructura apres-coup del

76 77
descubrimiento de la diferencia de sexos, sino una de las primeras «te- 11 c pene . La angustia de castración, si bien su fantasmática compro-
rías sexuales» que despliega el niño frente a los enigmas que le plantea 111cte al pene, en realidad es efecto de una transformación fundamental
la sexualidad humana. Toda teoría parte de algún supuesto fundamen- de l narcisismo infantil: el niño comprende que el deseo de la madre
tal que se trata de demostrar. Sabemos que las teorías infantiles son 11 0 es ley, «el deseo de cada uno está sometido a la ley del deseo del
erróneas por dos motivos, porque en su psiquis predomina la ley del de- otro ». A partir de esta transformación, la angustia de castración se dife-
seo sobre la de la realidad y por insuficiencia de conocimiento, déficit 1·cncia de la angustia de separación, pues en la separación del ni-
que es rellenado por el saber a disposición del niño (coito oral, parto 1\0 de la madre, o de las partes de su cuerpo, la creencia en la omnipo-
anal). Sin embargo, Freud también nos llama la atención sobre el hecho 1enc ía materna no se ve afectada, mientr<is que esto es lo esencial en la

de que todas las teorías infantiles contienen alguna parte de verdad. :i ngustia de castración . En este punto se instalará la teoría sexual infan-
¿Cuál es el núcleo de verdad que encierra la teoría de la madre fálica? 1 il sobre la madre fálica, y ofrecerá dura resistencia a ser desalojada: el

niño insistirá en la posesión del pene por parte de la madre, porque de


Si se deben medir los efectos estructurantes que en el niño tiene el c\a manera conservará intacto el postulado de la «ley del deseo» (Aulag-
descubrimiento de la sexualidad adulta, coincidimos con Lacan (l 966) 11icr, 1977) .
en que el factor central sobre el que se reorganizará la psique infantil
será el advenimiento de la noción de castración materna. Lacan, a quien Ahora bien, cualquiera que sea el registro sobre el que se basa la
le debemos el haber rescatado la teoría de un realismo simplista, ubican- creencia - «ser el único objeto del deseo de la madre» (Lacan, 1958),
do el complejo de castración en una dimensión intersubjetiva -que arti- «ser la que tiene todo lo que se desea» (Green), «ser la que detenta la
cula la teoría freudiana del deseo y del narcisismo-, reformuló el narci- ley del deseo» (Aulagnier, 1975), «vientre materno repleto de posesio-
sismo primario en términos de la dupla madre fálica-niño falo. El niño, 11cs» (Klein)-, tal creencia es anterior al descubrimiento de la diferencia
engañado por su desconocimiento de la naturaleza sexual de la relación de sexos . Cuando tal descubrimiento sobreviene, el fantasma de la mu-
entre los padres y por su propio deseo de ocupar el lugar de único objeto jer con pene surge como un intento imaginario de conservar y desmentir
del deseo de la madre, mantiene la creencia, durante un período idílico el colapso narcisista que la mujer sin pene precipita. Por tanto, la mujer
de su existencia , de «ser todo lo que la madre desea». Este supuesto in- fálica en tanto fantasía tiende a preservar algo que con anterioridad fun-
fantil es teorizado en términos de hijo-falo, ya que el niño se ubicará cionaba como premisa, como postulado, como realidad que no se cues-
en el lugar de lo que a la madre le falta, constituyéndose así la trama 1io naba : el poder absoluto de la madre . Poder no sólo basado en el de-
imaginaria del narcisismo primario. El acento recae no tanto en la fu- seo , sino en el ámbito de acción social de este poder, que es el hogar,
sión del niño a la madre, o en la creencia de posesión del pecho, sino cscenario privilegiado de la puesta en acto de la relación madre-hijo. La
en que el sentimiento de plenitud, de omnipotencia, provendría de la ilu- madre, en la mayoría de las familias de nuestra cul.tura y aún más en
soria ubicación: «para agradar a la madre es preciso y suficiente con ser la era industrial y posindustrial, es la dueña y señora del hogar con res-
un niño» (la teoría sustituye niño por falo, lo que no significa que esta pecto a los hijos, teniendo plenos poderes de acción y decisión en las eta-
sustitución ocurra en la fantasía del mismo). Por otra parte, la madre, pas tempranas de sus vidas. En este sentido la fantasía del niño sobre
marcada por su propia estructuración edípica, será la fuente de esta ilu- el poder materno, aunque ilusoria y errónea, contiene un núcleo de ver-
sión, ya que el hijo completará, por mediación simbólica, lo que a ella dad . Toda sociedad se distingue en aspectos domésticos y aspectos pú-
le falta. Este encuentro de ambos deseos sella la célula narcisista pri- blicos de la organización social, madre y niños forman el corazón de la
maria. organización doméstica, siendo las madres las que dictan las normas y
reglas de procedimiento que gobiernan esta organización (Rosaldo,
Posteriormente, el niño asistirá al descubrimiento de la sexualidad, 1974; Ortner, 1974; Chodorow, 1974). Los hombres pueden estar inclui-
y sufrirá dolorosamente sus efectos: su destronamiento del lugar que dos en las unidades domésticas, pero su esfera social privilegiada es la
creía ocupar, él no es todo para la madre -en términos teóricos no pública.
es su falo-, pero también descubre , _y a esto se resiste , que a la ma-
dre también le falta algo, ella no es todo, ella está castrada, no tie- Si bien la madre fálica, en tanto fantasma, se organiza «apres-coup»

78 79
de la instalación en la psique de la oposición fálico-castrado, la creencia La más temprana relación Yo-otro ha sido categorizada en términos
en su omnipotencia es del período anterior, y esta prehistoria es, desde de identificación primaria (Freud) o identificación especular (Lacan).
el punto de vista de la diferenciación sexual, asexual. El niño no conoce En ambos casos, se trataría de una relación de ser a ser, de ser-otro, en
aún la diferencia anatómica de los sexos (pene-vagina), pero sí fa dife- la cual el otro queda ubicado en una categoría de modelo o ideal. Que
rencia de los géneros y las posiciones en la estructura del parentesco la madre sea mo·delo para el niño tiene implicaciones diferentes según
(nena-madre-mujer-hombre-padre-niño). El niño y la niña saben, aun los géneros. Para la niña, la madre es un doble absoluto, ya que tanto
antes de cualquier noción sobre la diferencia anatómica de los genitales, el discurso materno como el cultural hablarán de ellas dos bajo el mismo
que la persona que prodiga·y legisla los cuidados, la satisfacción , la pro- género gramatical; usará el mismo tipo y color de ropa, el mismo largo
tección, es decir, su bienestar entero, es mujer. El padre, como objeto del pelo, etc. Pero no sólo será un doble total, sino un doble superior
primario, tiene una representación mucho menos consistente, porque su al otro género, pleno de poderes y de atributos: un ideal. La niña vive
función en la primera infancia es menos significativa, no estando a car- el paraíso de ser igual al ideal, con quien en viltud de la estructura narci-
go ni del cuerpo, ni de la alimentación, ni de la higiene, modos básicos sista (especular, de desconocimiento) de la organización de su Yo, se
de intercambio y de organización de las relaciones de objeto tempranas. tenderá a fusionar y confundir. Cuando la niña juega a dar de comer
Si tanto el varón como la niña desarrollan la teoría de la madre fálica, al muñeco, no hace sino escenificar el transitivismo que persiste en la
es para restituir una imagen de poderío materno, poder{o que no emana- relación de objeto con la madre. Ella es la mamá, el muñeco es ella,
ba de su masculinidad, sino que tal masculinidad le debe ser agregada 1ransforma en activo -poseer el alimento, ejercitar la función de ali-
cuando la madre-mujer, en tanto género femenino, se instituye como in- mentar, tener los medios- aquello que es su ser pasivo, ser el bebé que
completa, imperfecta, perdiendo poderío. La carencia de pene será la recibe , no poder moverse, no saber alimentarse de por sí. Simultánea-
marca de esa pérdida. El niño elabora una primera versión de la femini- mente la niña va siendo instruida acerca de que estas transformaciones
dad materna que otorga a ésta la más alta valorización. Es por la de la pasividad (niñas) a la actividad (madre), se adecúan placentera-
valoraciónfantasmática del género mujer por la cual la feminidad se es- mente a lo que todos (madre,,padre y familia completa) esperan de ella:
tructura originariamente, tanto para el varón como para la niña, como una verdadera niña que ya es toda una mamá que alimenta, mantenien-
una condición ideal. El niño aún no ha llegado en esta etapa a otra ela- do la continuidad en la unidad de género. Estos aplausos a su identifica-
boración, no menos fantasmática , aunque por otros determinantes: la ción a la madre, la confirman una y otra vez en el género asignado al
condición ideal del género masculino . nacer, confirmación que reforzará su propio deseo de ser igual a su
ideal, la madre.

1.2. Yo IDEAL FEMENINO PREEDÍPICO Por tanto, no parece discutible la feminidad inicial de Ja niña, ni la
del varón. Sin embargo, salvo en los c;_asos extremos, que concluirán en
Las investigaciones sobre la identidad de género sostienen, con raras transexualismo, los varones rápidamente son alejados de esta condición
excepciones, que ésta se halla firme e irreversiblemente establecida para de feminización obligatoria. Quizá en este punto podamos constatar la
ambos sexos alrededor de los tres años. Como lo ha demostrado insis- poderosísima influencia del medio humano, que puede no sólo torcer
tentemente Stoller, dicha identidad se halla favorecida en el caso de las los destinos fija,dos por la biología, sino también, aqueltos que la estruc-
niñas, y entorpecida con mayor frecuencia en el caso de los varones, tura de la relación humana inicial le impone. La madre como ser social,
porque los niños de ambos sexos son criados por mujeres. La madre es inscripta en una cultura que legisla minuciosamente sobre Ja bondad de
para ambos sexos el objeto primario: anaclítico, libidi1~izador , narcisi- la dicotomía de los géneros , muy tempranamente establecerá diferencias
zante y socializador. El padre tiene una aparición posterior y secunda- y distinciones entre su trato al bebé niña o varón. Existen numerosas ex-
ria. Esta peculiaridad de la estructura de la familia tiene efectos crucia- periencias que muestran el moldeamiento de las diferencias de género
les y diferenciales en las experiencias de las relaciones preedípicas y edí- por parte de la madre (Stoller, 1968, 1975; Maccoby y Jacklin, 1974).
picas y en la forma en que ellas son estructuradas, es decir, apropiadas, La niiia , a1 tomar a la madre como modelo, proceso facilitado por su
internalizadas y transformadas por ambos sexos. total equivalencia y semejanza, tiene inicialmente una identidad de gé-

80 81
nero idealizada que la llena de orgullo. Admira a su madre por el gobier- cia, la representación del padre en tanto objeto interno se instalará pos-
no del hogar y los hijos y desea ser como ella. En la relación de ser a t~liiormente y estará expuesta a menor grado de disociación y ambiva-
ser, la ambivalencia es máxima, porque por momentos ese ser al que tebcia, contribuyendo también en menor grado a constituir una imagen
imita, incorpora y sustituye, también es el objeto de la primera depen- especular del Yo temprano y un objeto del Self (Kohut). Paralelamente,
dencia, al que debe obediencia para seguir recibiendo 'los cuidados y el al ser el padre menos responsable del cuidado y al permanecer sus fun-
amor. En esta duplicidad de la madre -modelo del ideal del género ciones más alejadas, el niño, ignorante al principio tanto del status fa-
temprano y a la vez objeto anaclítico que otorga o niega- radica, a miliar y social del padre como de su rol sexual en la pareja, le otorgará
mi juicio, el carácter prevalentemente conflictivo de la niña con su menor valorización. Por tanto, el padre como objeto primario juega un
madre. rol secundario con respecto a la madre en los tempranos períodos de la
vida.
El género mujer, en tanto compartido por la madre y la hija, contri-
buye a formar un núcleo de identidad de la niña, fuerte e idealizado, un Abelin (1980) considera que el padre es reconocido como un «tipo
Yo Ideal, ya que la nena en tanto mujer es igual a la mamá. Por otra diferente de padre» e investido como un «segundo vínculo» antes delco-
parte, este Ideal del Yo femenino, esta feminidad primaria, es un objeto mienzo de la crisis de «rapprochment» (Mahler), alrededor de los die-
interno idealizado y fantasmático que no contiene el conocimiento sobre ciocho meses. Su presencia jugaría un papel esencial en la superación
la anatomía y la sexualidad femenina. A su vez, el hecho de que la ma- exitosa de esta subfase del proceso de separación-individuación por par-
dre sea mujer, no afecta sólo a la niña para la organización de la rela- te del niño, pues se constituye en una «estable isla para practicar la reali-
ción de objeto, sino, y s.obre todo, a la madre. Porque son del mismo dad, mientras la madre se contamina de sentimientos de añoranza y
género que sus hijas y han sido mujeres, las madres de hijas mujeres frustración» (pág. 155).
tienden a no experimentar a sus niñas como separadas y diferentes de
ellas, como sí lo hacen con sus hijos varones. Una madre de dos varones Sin embargo, la comunión de géneros -el saber por parte del niño
decía: «Hasta que tenga una nena no paro, necesito sentir eso de ser varón que él es igual al padre- favorecerá la desidentificación de la ma-
igual con mi hija; además, en la vejez sólo las hijas cuidan de sus ma- dre (Greenson, 1968), la búsqueda y tendencia a la identificación prima-
dres». Los sentimientos de unidad, de fusión y de continuidad, aunque ria con el padre. A su vez, tanto la madre, quien lo considerará un otro
son sentidos por la madre ante cualquier sexo del hijo, parecen ser más distinto e igual al padre, como el padre, que obtendrá la satisfacción
masivos y prolongados entre madres e hijas mujeres *. narcisista de investir a su hijo varón, con el proyecto de la continuidad
y la semejanza en el otro que lo perpetúa, ambos favorecerán que en la
identificación primaria del varón a la omnipotencia materna se intro-
1.3. EL PAPEL DEL PADRE COMO OBJETO PRIMARIO INTERNO E IDEAL duzca una grieta que lo conduzca a la búsqueda de modelos paternos.
Por tanto, el sentimiento de identidad de género es un factor que juega
Las condiciones habituales de maternalización determinan una rela- un papel relevante en las diferencias que se observan en la etapa preedí-
ción más distante -especialmente en los primeros años de la vida- del pica entre niñas y varones (Mahler, 1975; Stoller, 1975), ya que la niña
niño/a con el padre. El padre de nuestra cultura no alimenta, no higieni- verá en su madre un todo aún más completo y pleno de poderes que el
za, no está a cargo del cuerpo del bebé. Esta falta de intercambios pri- varón. En la estructura del Yo especular temprano y en la organización
marios, sobre los que se organiza la relación de objeto temprana, deter- del objeto como una «imago parental idealizada» (Kohut, 1971), lama-
mina que el padre sea una figura con quien se tiene un vínculo más exte- dre adquiere mayor cualidad de idealidad para la nena que para el va-
rior, menos exclusivo, más distante, menos particularizado, con menor rón, ya que para éste se configura y se construye paso a paso el senti-
cantidad y riqueza de intercambios que con la madre. Como consecuelf- miento de la no homogeneidad entre su ser y el de la madre.

• Para la documentación de este punto, consúltese Chodorow (1978).

82 83
2. CARACTERES ESPECIFICOS DE LA FASE PREEDIPICA de la nena, a esta identificación al otro ideal, obligada y formadora de
EN LA NIÑA su Yo, se le agregará un plus de identificación al semejante. Por tanto,
en la niña no sólo es narcisista la estructura a la que el Yo puede adve-
ni r, sino que además será narcisista el deseo que duplique el poder de
El período preedípico en la niña se caracteriza por: esta identificación, el deseo narcisista de ser igual al otro porque el otro,
y no cualquier otro, sino el ideal, es igual a uno. Creemos que es este
2.1. Estructura fundamentalment.e narcisista del vínculo materno. carácter el que contribuye a que la etapa preedípica cobre más impor-
tancia para la nena que para el varón -será más prolongada, más con-
2.2 Mayores dificult~des en el proceso de separación-indivi- flictiva y más exclusiva-, pues la madre no sólo es el objeto de amor,
duación. de la dependencia absoluta, sino el ideal narcisista y el semejante del gé-
nero. En cambio el varón, aun durante el imperio de la relación dual con
2.3. Menor sexualización del vínculo materno. la madre, debe dirigir la mirada al tercero para encontrar al semejante
que capture su deseo narcisista por la equiparación del uno al otro.
2.4. Identificación primaria portadora del Yo Ideal femenino pri-
Sabemos que la agresividad es la tensión correlativa de la estructura
mario. La niña no cambia de objeto del género.
narcisista (Lacan, 1966), lo que permite comprender el mundo persecu-
torio de la niña en el vínculo temprano con su madre. Las fantasías de
vaciamiento, mutilación, envenenamiento, no necesitan de otras razo-
2.1 . ESTRUCTURA FUNDAMENTALMENTE NARCISISTA nes que el conflicto de dependencia-autonomía con un otro que se halla
DEL VÍNCULO PREEDÍPICO ubicado no sólo como auxiliar de funciones, sino como ideal. Las inves-
tigaciones clínicas psicoanalíticas, así como las provenientes de otros
campos, constatan el carácter más conflictivo, de mayor ambivalencia,
«A la luz de las discusiones previas debemos concluir que la acti- mayor lucha por el poder entre madre t· hija. Aunque estas fantasías y
tud hostil hacia la madre no es consecuencia de la rivalidad implícita sentimientos sufran la represión, son ha)lazgos habituales en los análisis
en el Complejo de Edipo, sino que se origina en la fase anterior, y sim- de mujeres adultas y contribuyen a fortalecer lazos de mutua dependen-
plemente halló un reforzamiento y una oportunidad en la situación cia entre hija y madre a través de sentimientos de culpa, persecución y
edípica.» (S. Freud, La sexualidad femenina. St. Ed . Vol. XXI , pág. angustia de separación.
231).

La igualdad de género entre madre e hija confiere a la relación pre- 2.2. DIFERENCIAS EN EL PROCESO DE SEPARACIÓN-INDIVIDUACIÓN
edípica -cuya estructura, independientemente de la variable género, es
fundamentalmente narcisista en cuanto a la identificación al Yo Ideal- «Una nifia pequefia es regularmente menos agresiva, desafiante y
cualidades aún más narcisistas. Toda la fenomenología y la dinámica autosuficiente; parece tener más necesidad de que se le muestre ternu-
del doble es aplicable a la comprensión de este punto, ya que no sólo ra, y ser por tanto más dependiente y dócil.» (S. Freud, La feminidad.
el hijo y la madre se completan en lo que ambos no tienen, sino que a St. Ed., Vol. XXII, pág. 117).
este factor se agrega la semejanza al otro igual e ideal como condición
de narcisismo. La madre es un semejante, pero es mucho más semejante Las diferencias de género imprimen al proceso temprano de
para su hija mujer. la cual a su vez es un semejante también más seme- separación-individuación características fundamentalmente distintas
jante para su madre que el hijo varón. Los fenómenos de transitivismo, (Mahler, 1975). Para los varones, la separación y la individuación están
de indiferenciación, de fusión entre las representaciones del yo y del ob- íntimamente relacionadas con la identidad de su género, desde que la se..
jeto son más intensos, pues la igualdad de género favorece el sentimien- paración de la madre es esencial en el desarrollo de su masculinidad. Pa-
to de unidad y los fenómenos de identificación . Ahora bien, en el caso ra las niñas y mujeres, la cuestión de la feminidad o de la identidad fe-

84 85
menina no depende esencialmente del logro de la separación de la ma- dio del discurso y el conjunto del programa educativo (Aulagnier,
dre, ni del progreso de su individuación. La masculinidad se irá defi- 1975). Lo que quisiéramos enfatizar es que la heterosexualidad de lama-
niendo desde la separación de la madre, mientras que la feminidad lo dre, es decir, la orientación de su deseo hacia los hombres, implica un
hará desde el apego a la misma; por tanto, la identidad de género mas- mayor grado de represión de cualquier componente de sobreerotización
culina se verá amenazada por la intimidad del niño a la madre, mientras con su hija mujer. Si se acepta que en el cuidado que prodiga la madre,
que la identidad de género femenina lo será por la separación precoz. en la caricia por afiadidura, en el beso que se pierde en la boca, siempre
surge, a · pesar de la represión, un plus de placer, debemos pensar que
Antes de establecerse la verdadera triangularidad, existe un otro dis- la resonancia será tanto menor entre madre e hija cuanto mayor sea la
tinto a la madre, pero que es el igual al varón en tanto género. En la heterosexualidad de la madre. Esto ha sido sefialado por algunos auto-
mujer asistimos a una paradoja en la correlación habitual entre el éxito res (Grunberger; Greenacre, 1950) como un efecto de «lo natural», co-
del proceso de separación-individuación y la asunción de la feminidad. mo producto de una atracción o rechazo automático entre los cuerpos.
El fracaso en el proceso de separación-individuación no atenta co.ntra Pensamos que sería más pertinente comprender «la naturalidad» como
su feminidad, contra su identidad de género, al contrario, permanecer un efecto de la normativización del deseo de la madre hacia la heterose-
en algún grado ligada a la madre, favorece la organización de una femi- xualidad, orientación que dificulta, al bloquear la vía del mismo sexo
nidad convencional legitimada por nuestra cultura. Lo que conlleva una como «objeto causa del deseo», que cualquiera que posea un cuerpo
doble problemática, pues la futura mujer no sólo se desarrollará con un femenino pueda ser causa de él, incluida su hija.
déficit narcisista por su condición de castrada, sino que también sufrirá
los déficits de acción y de dominio de la realidad extrafamiliar, al per-
manecer en un estado de dependencia. En toda mujer funciona en algún 2. 3.2 . La supuesta «masculinidad» de la niña
momento «el miedo a no poder, o a no saben>, es decir, un núcleo fóbi-
co. Sin embargo, los criterios de madurez o salud mental que sustentan
«finalmente intensos impulsos activos hacia la madre emergen du-
nuestras teorías elevan categorías tales como «transformación de objeto
rante la fase fálica. La actividad sexual de este período culmina con
en sujeto de deseo», «autonomía», «sublimación» al rango de lo espera- la masturbación clitoridiana. Esta probablemente se acompaña con
do como culminación del desarrollo. La feminidad convencional, es de- ideas de su madre, pero si la niña enlaza un fin sexual a la idea, y de
cir, los valores que rigen los estereotipos de idealidad del género, buena qué fin se trata, yo no he sido capaz de descubrirlo a partir de mis ob-
esposa -la que sigue y acompafia al marido-, buena madre -la que servaciones .» (S. Freud, La sexualidad femenina, St. Ed. Vol. XXI,
permanece al cuidado exclusivo de sus hijos-, se hallan en contradic- pág. 239 . Subrayado del autor).
ción con los criterios convencionales de salud mental. Se han sostenido
hipótesis del carácter «concéntrico de la libido femenina» (Grunberger), Freud sostuvo la masculinidad de la niña a lo largo de toda su obra.
del carácter receptivo-pasivo de sus fines sexuales, y estas peculiaridades Se refería indistintamente a la sexualidad femenina como a la feminidad
se han extendido a la explicación del fracaso habitual de la mujer en al- y /o masculinidad sin establecer precisiones entre estos conceptos. Si es-
canzar la autonomía. Pensamos más bien, que debiera sopesarse ade- tas afirmaciones son revisadas a la luz de la noción de género se logra
cuadamente la influencia de los factores género y rol social en la forma- una mayor claridad tanto conceptual como semántica. La identidad de
ción de una feminidad que perpetúa la dependencia de la mujer. género es anterior al establecimiento de la hetero-homosexualidad de un
sujeto, es decir, anterior a la normativización de su deseo sexual. Desde
2.3. MENOR SEXUALIZACIÓN DEL VÍNCULO el punto de vista de Ja exterioridad, de la apariencia, nadie ha puesto
en duda, y al decir de Stoller «es tan obvio que a nadie se le ha ocurrido
2.3.1. La heterosexualidad materna estudiarlo», que las niñas pequeñas no muestran signo alguno de mascu-
linidad -gestos y actitudes corporales- ni tendencia a los juegos de va-
Se considera que es una variante transcultural la represión materna rones, ni conductas de transvestismo. En los raros casos de transexualis-
de la sexualidad hacia su hijo, y la transmisión de esta represión por me- mo femenino -proceso que compromete la identidad de género, rio la

86 87
sexualidad- la masculinización de la niña y el deseo de ser varón es un lo una vez que todos sus intereses han experimentado un nuevo im-
proceso más tardío. Por el contrario, en los casos de feminización del pulso por la llegada de un hermanito/a menor podemos reconocer
transexualismo masculino se registran signos de feminización ya en el claramente tal fin. La niña pequeña, igual que el varoncito, quiere creer
primer año de vida, lo que resulta lógico de entender, pues el objeto pri- que es ella la que le ha dado a la madre este nuevo niño» (La sexualidad
mario objeto de la identificación es una mujer. Este solo hecho parecie- femenina. St. Ed. Vol.- XXI, pág. 239). Ante lo cual surge el siguiente
ra ser suficiente para no aceptar sin reservas la supd~ción de una fase interrogante: si e.; necesario apelar a una experiencia vivida para poder
primaria de masculinización de la niña pequeña. Freud hablaba de la su- «imaginar» el fin sexual, ¿cómo se las arregla la niña para fantasear ha-
puesta masculinidad de la niña pequeüa como si se tratase de una homo- cerle un hijo a la madre penetrándola con su clítoris si desconoce su va-
sexualidad, ya que se refería al vínculo sexual entre dos mujeres, niña gina, la de la madre y la función del pene en la procreación? (Tyson,
y madre. Pero, ¿puede hablarse de vínculo homosexual o de deseo ho - 1982). Salvo que entendamos el fin de darle un hijo a la madre en térmi-
mosexual en un período de la vida en que no se halla inscripta en la psi- nos de simple posesión, o de ser los protagonistas nominales de un pro-
que la oposición fálico-castrado? ¿Cuál es la naturaleza del deseo sexual ceso en el cual la sexualidad o el fin sexual no juegan ningún papel. El
de la niña hacia la madre? niño de ella y la madre constituiría más una posesión narcisista compar-
tida (Bleichmar, H. , 1981) que un producto del goce y de la actividad
El caudal erótico de la niña busca el cuerpo de la,madre para ser aca- clitoridiana. Por tanto, el status psíquico de «un hijo de la madre» re-
riciada, besada, higienizada, calmada, y es en la intimidad y cotidiani- sulta difícil concebirlo en esta etapa como un producto de la pareja hete-
dad de este contacto donde la niña puede sentir excitación genital y co- rosexual; se torna más cercano a un atributo de la feminidad de la ma-
menzar a masturbarse. La condición de órgano interno de la vagina difi - dre , que la niña desea también hacer suyo -compartir como posesión
culta que la seducción ejercida durante los cuidados maternos estimule narcisista [«ya que es exclusivo de la madre, con descuido total del obje-
esta área corporal, lo suficiente para erigirla en zona erógena temprana. to paterno» (Freud)]- o adueñarse de esta posesión privilegiada de la
El clítoris y la vulva - por su exterioridad- se constituyen habitual- misma manera como codicia y anhela todo lo que la madre tiene.
mente en la zona privilegiada de goce que la niña buscará manipular.
Como lo planteamos anteriormente, el clítoris puede, al igual que cual- Las formulaciones en términos de «tener un hijo de la madre» o «ha-
quier otra parte, erigirse en zona erógena, pero las contracciones museu- cer un hijo con la madre» nos enfrentan con dudas acerca de que refle-
lares reflejas responsables del goce orgástico no pueden dejar de trans- jen con fidelidad la fantasmática temprana infantil. La sintaJ{is del de-
currir en la vagina, aunque ésta se desconozca cognitiva y libidinalrnen- seo debiéramos pensarla como más próxima a «tener un hijo como ma-
te. Por tanto, las masturbación clitoridiana no tiene que ver con ningu- má» o «hacer un hijo igual como hace mamá». En tales formulaciones
na supuesta masculinidad ni masculinirzación, hasta tanto la niña no le el tener o hacer no sólo no se refieren a la verdad sexual del engendra-
atribuya una significación fálica. miento, sino que se superponen y funden con el ser, ya que para el niño
«tener o hacer un hijo como mamá» equivale a «ser la mamá». Abelin
Ahora bien, lo que inquietaba a Freud, y con razón, era la difi- (1980) sostiene que en la fase temprana la niña adquiriría específicamen-
cultad en determinar cuáles podrían ser las fantasías que acompañan te -a diferencia del varón- una «identidad generacional», que se esta-
la masturbación clitoridiana temprana, y no acertaba a «imaginar un fin blecería a lo largo de un continuo con su madre en estos términos: «yo
sexual determinado». Sabemos que el fantasma se guía por las leyes soy más pequeña que mamá, pero más grande que un bebé» o «yo deseo
de lo imaginario y rompe con el supuesto naturalismo inherente a la ser cuidada por mi madre o deseo cuidar a un bebé». O sea, que el bebé
anatomía, pero aun si recayéramos en el error teórico de atribuir mascu - sería primariamente una posición en la polaridad o transitividad inhe-
linidad a las fantasías masturbatorias, en base a una supuesta mascu - rente a su identificación a la madre, más que un producto de ella y Ja
linidad del clítoris, no dejaríamos de equivocarnos: hay suficientes evi- madre. Karen, una niña de cuatro años ocho meses, única hija, me ha-
dencias que permiten afirmar que el clítoris, desde el punto de vista bla de los hermanos/as de sus amiguitas. Le pregunto si ella quisiera te-
anatómico, no es un órgano masculino. Freud apelaba a lo real vi - ner hermanos, a lo que responde: «Una hermanita ... , pero no sé por
vido para «imaginar» los fines supuestamente fálicos de la niña: «Só- qué .. . Yo le digo siempre a mi mamá y no la tiene» (los padres se hallan

88 89
en el proceso de buscar un nuevo hijo). ¿Qué tiene que hacer mamá para capítulo así lo destaca-, cuando se refiere a «la actividad», sin especifi-
tener otra nenita?, a lo que inmediatamente responde: «¡Comer mu- car fines activos, lo hace considerándola un principio general del funcio-
cho!» Yo me muestro escéptica y vuelvo a insistir si ella cree que los be- namiento de la psique humana, por medio del cual « ... una impresión
bés se hacen simplemente comiendo. Contesta con una serie de argu- pasivamente recibida evoca en los niños la tendencia a una reacción acti-
mentos sobre el crecimiento del abdomen y cómo se va llenando de co- va .. . ». «Principio que responde a la necesidad de dominar el mundo ex-
mida; yo le comento entonces que según su idea la mamá puede hacer Lcrior al que se halla sometido .. . » (pág. 236). A continuación Freud da
un bebé sola, basta con comer. Se queda pensativa y hace un gesto de el ejemplo del juego «al doctor», y en este punto considera que de la
duda, yo le agrego: «¿No necesitará a tu papi para hacerlo?» «¡No, pa- energía con que se efectúa este viraje de la pasividad a la actividad de-
ra nada!» «¿Y cómo es que siempre un niño tiene una mamá y también penderá el grado de masculinidad o feminidad que un sujeto tendrá en
un papá?» A lo que me responde: «Clara, la muchacha de mi abuela, la vida adulta. Por tanto, la actividad a que se refiere Freud como pre-
tuvo tres hijos ella sola.» Este ejemplo ilustra el período del desarrollo wrsora de futura masculinidad es una propiedad que sobrepasa el mar-
en que coexisten a cielo abierto las significaciones primarias guiadas por <.:O de la pulsión sexual, se trata de un principio general al servicio del
el principio del placer y las secundarias sujetas al de realidad (Aulagnier, dominio de la realidad, de la supervivencia, o sea, un principio de adap-
1975). Podemos pensar que Karen «sabe» algo más del engendramiento 1ación . La «faz activa de la feminidad» en el contexto del juego a las
de lo que afirman sus enunciados defensivos, pero son éstos últimos los muñecas -juego a través del cual Freud descubre el carácter activo de
que evidencian su deseo; lo oculto, en todo caso, es la verdad que duele, los fines de la nena- se refiere a expresar activamente (tomando el rol
la participación del padre que se halla en contradicción con una idea an- de la madre poderosa) lo vivido pasivamente (ser niña). De la misma
terior: el poder absoluto de la madre y la exclusividad de su relación con manera que es activo el varón o la nena que después de una visita al mé-
ella. dico invierten los papeles y sitúan al muñeco o al hermanito menor en
víctima pasiva.

2.3.3. El juego y las fantasías masturbatorias ¿Es entonces posible sostener que en el juego de las muñecas la nena
expresa sus fines sexuales activos -léase masculinos- hacia la madre, es
«El hecho de que las niñas sean más afectas que los varones a jugar decir, el deseo de penetrarla y hacerle un hijo, o debemos pensar que ex-
con muñecas, suele interpretarse como un signo precoz de feminidad presa su temprana feminidad, ya que la maternidad es aquello que activa-
incipiente. Eso es muy cierto, pero no debería olvidarse que lo expre-
mente desempeñan las mujeres? En rigor, «faz activa de la feminidad» se
sado de tal manera es la faz activa de la feminidad, y que dicha prefe-
rencia de la niña probablemente atestigüe el carácter exclusivo de su hallaría correctamente empleada, porque la maternidad a que esta femini-
vinculación a la madre, con descuido total del objeto paterno.» (S . dad temprana alude, es la más activa de las condiciones de la feminidad, y
Freud, Lasexualidadfemenina. St. Ed. Vol. XXI, pág . 237. Subraya- su escenificación en el juego, lejos de masculinizar a la niña, la feminiza.
do en el original). El juego a las muñecas se desarrolla previa e independientemente del cono-
cimiento sexual sobre los órganos genitales y sobre el papel del padre
La única vía que disponemos de acceso al fantasma masturbatorio y la madre en la procreación. Se trata de una feminidad activa, porque
en la niñez es el juego. También Freud examinó el juego de las niñas pa- la niña se esfuerza en ejercitarla en juegos y fantasías, actividad que no
ra tratar de cercar los fines sexuales que le eran tan esquivos. En el capí- tiene ni carácter masculino, ni fálico, ni tampoco carácter homosexual,
tulo 111 de La sexualidad femenina examina el juego a las muñecas, con- pues no implica ninguna elección de objeto sexual con quien la niña elija
siderándolo la clave para la comprensión de la naturaleza del vínculo tener un hijo, sino la identificación a un atributo materno. Por tanto,
materno . Ahora bien, de esta formulación -«la faz activa de la podemos sostener que en la jase preedípica existe en las niñas un ejerci-
feminidad»- creemos que se desprende un gran malentendido aún vi- cio activo de la feminidad, a través de la ficción, de la fantasía, de uno
gente, pues en el marco freudiano «faz activa» se lee «faz de fines sexua- de los aspectos esenciales del rol del género femenino: la maternidad.
les activos», sinónimo de «faz masculina». Sin embargo, y esto es lo que
quisiera enfatizar, Freud, en todo momento -una lectura cuidadosa del

90 91
2.4. IDENTIFICACIÓN PRIMARIA PORTADORA DEL Yo IDEAL FEMENINO

Las condiciones de maternalización de nuestra cultura aseguran la


provisión para las niñas de un modelo de su género que conduce a la
estructuración de un Yo Ideal femenino primario. Al ser la madre-mujer
el objeto primario por excelencia, al cual el Yo de todo niño varón o CAPITULO IV
mujer se identifica, en una identificación especular estructurante del psi-
quismo, queda asegurada para la niña la asunción de los caracteres del CONSECUENCIAS PSIQUICAS DEL
género en el proceso mismo de la orgap.ización del Yo. En relación a la RECONOCIMIENTO DE LA DIFERENCIA
feminidad, es decir, al género, la niña no tiene que cambiar de objeto, ANATOMICA DE LOS SEXOS: PERDIDA
el objeto primario es el objeto de identificación de su género. Este pro- DEL IDEAL FEMENINO PRIMARIO
ceso se desarrolla desde el comienzo de la vida por una doble vía: por
el efecto de anticipación que el discurso materno ejercerá sobre la niña
al verla su igual, y por la identificación primaria de la niña a la madre, El descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos y sus efec-
modelo ideal todopoderoso. El desenlace edípico podrá reforzar o alte- tos concomitantes se han considerado desde siempre en la literatura psi-
rar este proceso que tiene lugar durante el período preedípico. La niña coanalítica un organizador psíquico de colosal importancia para la psi-
entonces no cambia de objeto para el establecimiento de su feminidad, cología femenina, ya que sobre el conocimiento anatómico se ha basado
sino que deberá cambiar de objeto para la organización de su goce, de - en forma exclusiva- el establecimiento de la identidad de género y
su heterosexualidad. En cambio el varón conservará a la madre como la fantasmática sexual que orientará su destino sexual. Las observacio-
objeto de su elección para el establecimiento de la heterosexualidad, pe- nes de niñas pequeñas indican que invariablemente esta experiencia se
ro deberá cambi~r de modelo para la construcción de su masculinidad. acompaña de sentimientos de ansiedad, rabia, desafío, mortificación,
depresión y deseo de anulación de la diferencia descubierta (Mahler,
1958; Mahler y col., 1975; Roiphe y Galenson, 1981). Pero creemos que
es necesario revisar el dominio en que ocurre la herida narcisista, la es-
pecificidad de los motivos y sus cambios eventuales a lo largo del desa-
rrollo, para soslayar un vicio frecuente de las concepciones globalizan-
tes que paradójicamente se basan en un fenómeno único para dar cuenta
de las explicaciones.

La inclusión del desarrollo cognitivo en la evaluación de la envidia


al pene permite distinguir varios pasos de complejidad creciente. Un pri-
mer nivel durante el cual la niña codicia cualquier posesión ajena, espe-
cialmente de otro niño a quien puede considerar un igual. El órgano que
descubre en el varón es similar -en su importancia- al juguete o al ca-
ramelo ajeno, que todo niño experimenta como una «falta virtual»
(Edgcumbe y Burgner, 1975; Abelin, 1980; Tyson, 1982). La escuela de
Charlotte Bühler sostiene que una diferencia de dieciocho meses de edad
en los niños es la condición que determina la mayor intensidad de los
sentimientos de celos y envidia entre los niños *. Si bien son necesarios

• Citado por Lacan, 1966.

92 93
estudios ulteriores que amplíen estas apreciaciones, parece constituir un :1 pene se constituirá en el símbolo del supuesto poder, ahora del padre.
estímulo de muchísima mayor magnitud en sus efectos, que el niño des- l'oder cuyo término teórico en psicoanálisis coincide con un símbolo
cubra en edad temprana una diferencia en las posesiones de cualquier universal de nuestra cultura: el falo. Falo cuyo referente más habitual
tipo -anatómico, material, etc.- de otro niño que el que tendría esa :s el pene. Lacan sostiene que el falo es sólo un significante, pero un
misma diferencia con respecto a un adulto. De ahí que los senos mater- significante esencial, pues en su carácter de tal -sustituyendo una
nos -paradójicamente- provoquen menor arrebato que el chocolate 1usencia y adquiriendo sentido sólo en una combinatoria de signi-
que come otro niño, o Ja visión del pene del hermanito produce mayor ficantes- cumple paradigmáticamente la función de significar: el de-
impresión que el cuerpo del papá *. Este fenómeno ha sido observado ,~eo, la castración y al sujeto mismo, ya que en su concepción teórica el

también por Abelin (1980) y denominado «constelación de Madonna», ujeto psíquico es producto de una falta irreductible: su constitución en
aludiendo al mayor impacto que el niño puede tener ante la visión de y por el lenguaje. En este sentido el pene real podrá ser elevado en carác-
otro niño en brazos de Ja madre, sobre el sufrido ante Ja visión de la ma- ter de símbolo fetiche del falo y representar privilegiadamente Ja com-
dre junto al padre. Es decir, que en una fase del desarrollo~¡ igual sería pensación de todas estas carencias.
un rival de mayor envergadura que el padre.
Ahora bien, ¿la niña, cuando se dirige al padre en el movimiento edí-
Un segundo nivel de significación se constituye cuando el control pico, busca el pene sólo como órgano de goce o busca el falo en tanto
y la potencia uretral ocupan el foco de atención de la niña. Esta que- poder paterno o poder masculino? Lo que el descubrimiento de Jacas-
rrá imitar la posición de pie y deseará poseer las mismas habilidades i ración materna pone en tela de juicio es el papel. narcisizante de la ma-
para la micción que el varón. Falicismo uretral preedípico que igno- dre , ahora es del padre del que se espera Ja valorización. ¿La niña descu-
ra el carácter genital del pene. Finalmente, ya con un completo cono- bre sólo una diferencia de sexos, una especie que posee y otra que le fal-
cimiento de su función sexual y de su papel en la procreación, la niña 111 un órgano o,.así como se ha recalcado tanto su sensibilidad a las dife-
envidiará el pene en tanto órgano que proporciona el goce a la madre. 1'cncias y desigualdades que observa frente a la micción, también será
Es a partir de la inscripción psíquica de esta significación donde se des- lcstigo, a medida que crece, de las múltiples y permanentes desigualda-
encadenará el proceso de redistribución de la omnipotencia, pivote so- des entre ella y Jos varones, entre las mujeres y Jos hombres?
bre el que se reordenará la posición de cada uno de Jos integrantes del
drama edípico. Sin embargo, esta concepción imaginaria del pene como símbolo del
fa lo es vacilante, ya que se concibe que como consecuencia de que Ja ni-
Siempre fue una tesis muy discutida desde ámbitos psicológicos no nu realmente tiene un pene atrofiado -el clítoris, órgano supuestamen-
analíticos (Malinowsky, 1932; Mead, 1935) la importancia atribuida al 1C masculino con una naturaleza más activa que Ja vagina-, lo que bus-
descubrimiento de la diferencia de los sexos en Ja estructuración de Ja nt ría es el órgano real que compense esta minusvalía. Tan aguda es Ja
personalidad, tanto normal como patológica, ¿por qué se convierte en 1cificación, que Stoller se empeña en demostrar con datos Jo contrario,
tan medular esta diferencia? Quizá Jos trabajos de Lacan, al poner el y sustentar que «por el hecho de que el clítoris sostenga una significa-
acento en el carácter imaginario de Ja castración, hayan contribuido a l'ión fálica no quiere decir que uno pueda probar que el clítoris es un
la comprensión de este enigma. El falo materno -es decir, el pene fan- peq ueño pene». Entonces si es el falo y no el pene Jo que la nena anhela,
tasmático atribuido por el niño a Ja madre después de descubrir su ',cómo circunscribir Ja envidia sólo a un terreno imaginario, cuando en
falta- no hace más que testimoniar una ilusión del universo psicológico 111 relación con lo real, Ja niña, la adolescente, se ven enfrentadas tan
1
del niño pequeño, el poder materno. Al descubrir el pene real del padre precoz y tan brutalmente a la diferencia y al ·privilegio que goza el hom-
y sus funciones, el poder se traslada de la madre al padre. Por tanto, bre en un mundo masculino? La niña se inscribe en un universo simbóli-
rn que le reenvía -quiéralo o no y más allá de sus vicisitudes personales
l'Ompensatorias- una imagen devaluada de su género.
• Edgcumbe y Burgner (1975) afirman que a partir de la etapa fálica el varón puede
envidiar los senos o la capacidad de engendramiento de la madre. La castración no se refiere al mero hecho anatómico de un sexo con

94 95
un miembro y otro no, sino a hechos simbólicos cuya materialidad y sig- «El sujeto abandona el Edipo provisto de un Ideal del Yo ... El
nificación, si bien no son del todo visibles y es necesario aprehenderlos Ideal del Yo resulta de una identificación tardía, ligada a la rela-
e interpretarlos, no dejan de ejercer una profunda eficacia. Estos hechos ción tercera del Edipo; no es un objeto, pero pertenece al sujeto, a una
intrasubjetividad estructurada como las relaciones intersubjetivas y
constituyen verdaderas condiciones de estructura que se simbolizan en no debe ser confundido con la función del superyo, pues está orienta-
la castración: el poder de la madre y su deseo no son absolutos, ésta ne- do hacia lo que en el deseo del sujeto representa un papel tipificante
cesita al padre-hombre para su completud y goce al igual que el padre; el hecho de <tsumir la masculinidad o la feminidad.» (Lacan, 1958,
el hombre no puede realizar nunca su deseo, aunque lo anhele, ya que pág. 103).
éste es del orden del fantasma; la integración del sujeto es un imposible,
ya que es producto del significant~ que lo constituye como sujeto dividi- Si nos atenemos a la letra (que será revisada más adelante), para que
do. Pero pensamos que existe una condición especifica para el género la feminidad sea deseada debe consistir en algo idealizado, por tanto la
femenino que se debe agregar a la lista de determinaciones subyacentes pregunta de mayor pertinencia no es cómo hace la nena para cambiar
al fantasma de la castración y es la constatación de la desigual valori- de objeto y pasar de la madre al padre, sino cómo se las arregla la niña
zación social de su género. Es necesario investigar cuáles son los efectos para desear ser una mujer en un mundo paternalista, masculino y fálico.
psíquicos sobre el sistema narcisístico de la niña -sobre su deseo de sen- ¿Cuál es la hazaña monumental que las mujeres realizan para erigir en
tirse única, diferente, superior- del descubrimiento de la valorización Ideal, ya no a la madre-fálica -ilusión ingenua de la dependencia
social de su sexo como «segundo sexo» . Creemos que la principal conse- anaclítica-, sino a la madre y a la mujer de nuestra cultura? Y aquí nos
cuencia psíquica del complejo de castración para la niña es la pérdida enfrentamos con todo el sincretismo que el sustantivo mujer encierra,
del ideal femenino primario. El colapso narcisista que sufre en su desa- ¿cuando se habla de «la mujer» nos estamos refiriendo a su identidad
rrollo no se limita a la serie anatómica: inferioridad-uretral-sexo- de género, a los comportamientos estereotipados del mismo, es decir, al
femenino-incompetente-para satisfacer-a la madre, sino que es expuesta mito, a su carácter de complemento del hombre, a la elección de objeto
a un continuo, permanente y poderosísimo proceso social de deprecia- que debe realizar, o a su sexualidad específica?
ción de su género, que comienza en la primera infancia y que cobrará
mayor intensidad en la latencia y adolescencia.

Dos niñas de seis años están viendo a la pequeña Lulú por TV, ésta
quiere llegar a una isla cercana y no sabe cómo hacerlo; ve pasar a un
hombre con un bote y le pide que la alcance; la respuesta del buen hom-
bre es la siguiente: «El mar no está hecho para las mujeres». Las niñas,
en el estado de concentración casi hipnótica que suelen tener al ver TV,
apenas si parpadean, la ideología ya las tenía presas de sus creencias y
la TV no hace sino reafirmarlas .

Si el descubrimiento de la castración materna impulsa a la niña a la


búsqueda del falo en el pene del padre, proceso silencioso pero aparen-
temente de un peso decisivo en su destino, el descubrimiento del carácter
secundario de su rol social en nuestra cultura ¿no debería lanzarla a una
carrera desenfrenada en la conquista de las posiciones, habilidades , em-
blemas fálicos que poseen los hombres? Sin embargo, la lógica a priori
tropieza con una realidad: las niñas, futuras mujeres, organizan una
identidad femenina que nada tiene que envidiar a la «Susanita de Ma-
falda» .

96 97
CAPITULO V

GENERO Y NARCISISMO

La feminidad primaria forma parte del Yo Ideal, construido en una


fusión e identificación especular obligada a la madre omnipotente de la
primera dependencia. Al sobrevenir la crisis del descubrimiento de la
castración materna, la niña se sumerge en una doble decepción, de su
madre y de ella misma. Colapso narcisista que ataca el núcleo de su esti-
ma, ella, miembro de una clase -ahora con la totalidad de las notas que
definen al género mujer-, pertenece a un género devaluado, ¿qué ha-
cer? Freud sostuvo que ante tamaña conmoción narcisística la niña tenía
tres destinos: 1. 0 buscar al padre, en tanto poseedor de lo que a ella le
falta, y luego por medio de sustituciones simbólicas desear tener un hijo
de él y cumplir entonces con todos los pasos de la feminidad; 2. 0 renun-
ciar a toda sexualidad, amputando su destino de mujer, y 3. 0 competir
con el hombre por el poder fálico (neurosis, homosexualidad). Lacan
considera que para superar esta triple condición: frustrada (sólo tiene
un pequeño pene-clítoris), privada (tampoco puede tener el pene del pa-
dre) y castrada (del falo), la niña catectizará el deseo sexual, buscará a
su padre, lo tratará de seducir con todos sus poderes fetichistas (belle-
za), es decir, se hará mujer identificándose a lo que es y hace su madre
y todas las mujeres para restituir el narcisismo perdido.

Una vez más, en este punto se hace evidente la necesidad de distin-


guir entre sexo y género. El complejo de castración, principalmente en
el caso de la niña, no hace más que mostrar todos los alcances de esta
distinción. Cuando la niña sufre la castración, la eficacia de esta ope-
ración psíquica se funda en una alteración, en la inversión de la valori-
zación sobre su género: de idealizado y pleno se convierte en una condi-
ción deficiente e inferior. Pero si esta metamorfosis puede .o currir es

99
porque el núcleo de la identidad de género se halla firmemente constitui- l. EL SUPREMO. EL HIJO
do. La crisis de la castración ni instituye ni altera el género, sino que
lo consolida, pero lo que sí compromete, organiza y define es el destino No existe aparentemente otra circunstancia que exalte por igual el
que la niña en tanto género femenino dará a su sexualidad. Tanto Freud narcisismo de la mujer. El nacimiento del hijo le prueba que ha sido ca-
como Lacan lo que pormenorizan son los posibles caminos que tomará paz del acto máximo: la creación de la vida. Al constatar que su leche
la sexualidad femenina: se desplegará haciendo uso del poder legitimado y sus cuidados son indispensables, que su sola presencia es vital para al-
para la mujer, la seducción; se anulará asumiendo la mujer sólo los roles guien, la mujer puede por primera vez en la vida sentirse insuperable.
sociales, no los sexuales; o iniciará una larga contienda a través de su Cuanto menor sea el espectro de actividades sustentadoras de su narci-
sexualidad para armonizar y elaborar los conflictos intra e intergénero sismo, mayor será el placer que obtendrá de la maternidad, al constituir
que la crisis de la castración inaugura. a esta función en la única que la engrandece. En los últimos años -bajo
el amparo del influjo feminista- se ha cuestionado el amor materno en
El complejo de castración orienta, normativiza el deseo sexual, no su carácter de «fuerza instintiva propia de la mujer» a lo largo de la his-
el género; en otras palabras, tiene que ver con la: organización de la se- toria, y los hallazgos nos muestran un instinto un tanto frívolo, muy su-
xualidad femenina, no con la feminidad. La niña se orientará o no hacia peditado al influjo de los valores de la época (Badinter, 1980).
el padre, y es a partir de este momento cuando se establecerá la elección
de objeto sexual, y cuando quedará definida o no su heterosexualidad.
Heterosexualidad que debe diferenciarse de feminidad, pues, por ejem- 2. LA BELLEZA CORPORAL Y LA SEDUCCIÓN
plo, a las mujeres que desarrollan una de las formas de histeria más co-
munes en la actualidad -el carácter fálico-narcisista-, siendo comple- Cuanto más bella, más apreciada, más amada, más deseada. La niña
tamente heterosexuales, se las considera habitualmente entre las más descubre la admiración y privilegios que obtiene a partir de la posesión
masculinas. Una de las claras diferencias entre el Complejo de Edipo del o explotación de su belleza muy tempranamente, pero es sólo a medida
varón y la niñ.a -ya señalado por Freud- es que para la niña, la crisis que su gracia como niña se va eclipsando cuando crecerá _en ella la con-
de la castración pone en marcha el Complejo de Edipo, y su resolución ciencia del poder que posee como «futura hermosa mujer» . La niña
se prolongará durante el tiempo de la latencia en lugar de clausurarse, aprenderá, escuchará, verá que sólo la mujer es reconocida como al-
como en el caso del varón, al comienzo de la misma. Pensamos que esta guien que ha cumplido con las expectativas que sus padres o la sociedad
diferencia se basa en que la niña tiene una doble empresa narcisística a tienen sobre ella, si alcanza el status de la mujer casada con hijos, para
resolver a partir del complejo de castración: l) la reelaboración de su lo cual le es indispensable ser bella, atractiva. En cambio en el hombre,
feminidad, ya que el Yo Ideal femenino primario ha sucumbido y debe- su narcisismo encuentra reconocimiento no sólo por fuera del hogar y
rá constituir otro, ahora teniendo en cuenta su condición de segundo se- la familia, sino que la legitimación y aplauso lo espera de sus congéne-
xo, y 2) la narcisización de la sexualidad para su género, ya que la sexua- res, de los otros hombres. La mujer sólo alcanzará el ideal y se sentirá
lidad femenina es un valor contradictorio en la cultura a la que ella valorizada a través del encuentro sexual con el hombre que le garantice
accede. que como mujer - en tanto género- tiene éxito (el éxito del género
masculino no se limita al encuentro sexual, salvo cuando éste es el único
medio de conseguir la convalidación intragénero como en el caso del
playboy o Don Juan). El ideal femenino edípico es el objeto rival, al
EL SISTEMA NARCISISTICO DE LA MUJER ideal temprano feqienino, fruto de la identificación especular, se suma-
rá ahora la madre y otras mujeres significativas como modelos del rol
del género a imitar en la conquista de la valorización, del deseo, del
amor que el hombre les puede brindar.
¿Cuáles son las posesiones, los objetos de la actividad narcisística,
el sistema de ideales de la mujer? (Bleichmar, H., 1981). Para responder al interrogante de cuáles son las referencias sobre las

!00 !01
que se construyen los ideales femeninos de una niña, habr~ que dirigirse de deseo y goce que la madre siente en amar y ser amada sexualmente
hacia la investigación de los ideales femeninos de la madre. Si una ma- por un hombre (heterosexualidad); 4) grado de placer y capacidad afec-
dre, leyendo una revista femenina, comenta a su hija que Jacqueline tiva para convivir .con un hombre y la aceptación del mismo en su rol
Kennedy Onassis se conserva joven y atractiva a los cincuenta y dos (pareja), y 5) grado de deseo y placer en tener hijos y criarlos (mater-
años, y el artículo se titula «¿Cómo debe sentirse una mujer que todas nidad).
las mañanas se encuentra como noticia en los periódicos?», ¿es posible
que esa niña deduzca que puede haber otras formas privilegiadas de ser Ahora bien, sabemos que los comportamientos de rol que_>:onstitu-
noticia, aparte de conseguir un apellido famoso vía la sexualidad? Una yen un ideal no sólo son aportados por el modelo pr~ente, sino «que
vez que este objetivo (¿fálico?, ¿narcisista?, ¿del género?) se halla insta- las imágenes y símbolos en la mujer no pueden aislarse de las imágenes
lado, la niña está lista para atravesar su etapa edípica, es decir, competir y de los símbolos de la rnujer» (Lacan, 1960), a lo que pensamos se de-
con su madre como rival en la conquista de su papá-hombre, para ser biera agregar: y en el hombre, ya que es el hombre hacia quien la mujer
preferida en el área erótico-sexual. Se ha fundado su elección de objeto se dirige para aislar las imágenes y símbolos de la mujer. ¿Qué desea pa-
sexual, su heterosexualidad. Ella querrá ahora ser no sólo una «mamá» pá en la mujer? ¿Mamá cumple con todas sus expectativas, o papá tiene
como su madre, sino también una esposa, de su «papi» como su «ma- diferentes modelos de mujer, distintas categorías? ¿Cómo constituye la
mi», en lugar de ser únicamente la niña d6 «mami» y «papi». Ella que- niña un ideal femenino desde el fantasma paterno de la feminidad?
rrá ser «la mami de los niños de su papi». ¿Cuáles son los fragmentos de estos deseos, de este discurso paterno que
se inscriben en la niña y a qué operaciones psíquicas ella los somete?
Coincidimos con Tyson (1982) en la reserva sobre la complejidad ¿Cuál es el desenlace? ¿Cuáles son las formas de relación de una niña
simbólica de las fantasías de tener un hijo que se adjudican a la niña de con su padre y qué actividades desarrolla con éste? Diálogo, deportes,
uno a cinco años. Las niñas de esta edad, aun cuando hayan recibido mecánica, si la niña comparte mucho estas áreas se masculiniza y no de-
información sexual por parte de los adultos o hayan sido testigos del be hacerlo. Si el hombre ha superado las diversas formas de machismo
embarazo y parto de algún hermanito, generalmente no sólo no tienen y colabora en el hogar, en su tiempo dedicado a la familia prevalecen
el nivel cognitivo para comprender cabalmente el proceso fisiológico, si- generalmente las actividades con el hijo varón. La niñ.a debe en todo ca-
no el deseo femenino de ser ellas embarazadas y «sufrir» la maternidad. so interesarse por lo que es propio del hogar que pocos hombres com-
Pueden, y de hecho esto es lo que se observa en la clínica, desear ser co- parten. Por tanto, la niña será llevada a suponer que las únicas formas
mo una mamá que tiene niños, es decir, anhelar el rol, no los fenómenos de captación paterna son las de la belleza y la seducción, y adoptará co-
de la maternidad. Maternidad que, ya sea siguiendo a M. Klein -para mo vía privilegiada de acceso a,l hombre y al mundo de los hombres los
quien el vientre materno lleno de contenidos, escenario fantasmático del senderos de la gracia, del encanto.
embarazo, es un núcleo persecutorio básico- o como dato de lo real
vivido -hecho médico, dolor, sangre-, nunca puede ser fuente de de-
seo para una niña, y mucho menos si lee la Biblia y cree en la condena 3. LA SEXUALIDAD, UNA ACTIVIDAD NARCISISTA POCO NARCISIZADA
divina «parirás con dolor».
¿Es la mujer fálica aquella cuya sexualidad posee un alto valor fáli-
se"han distinguido una serie de funciones y roles en una madre feme- co? Una vez más las apariencias engañ.an y pareciera que es justamente
nina y heterosexual, que serán los emblemas a los cuales la niña se iden- su falicismo -en tanto lucha narcisista por la posesión del falo- lo que
tificará (lo que en la literatura científica se ha dado en llamar «una ver- impide su goce sexual. Por tanto, las investigaciones se han dirigido a
dadera mujern): 1) grado de aceptación y gratificación, tanto libidinal denunciar la magnitud del narcisismo presente en su organización psí-
como narcisística que la madre obtiene de la posesión de un cuerpo ana- quica, narcisismo responsable de.su fracaso para asumir una «verdadera
tómico de mujer (hembra); 2) gr;;tdo de aceptación y gratificación narci- feminidad». Si la histérica es como mujer, supuestamente, aquella que
sística que la madre obtiene del ejercicio o fantaseo de todo o algo de ha alcanzado el mayor desarrollo en su estructuración psíquica -debi-
lo que en nuestra cultura es considerado femenino (feminidad); 3) grado damente triangularizada, marcada por la castración- y fracasa en su

102 103
acceso al goce, es por el narcisismo que se interpone como enemigo a mación narcisista por parte del hombre, fundamentalmente en el amor.
su deseo, ya que en lugar de aceptarse como «objeto causa de deseo» Hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y
obtiene su placer narcisista en desear que el deseo del otro no se realice. su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pare-
Habiendo alcanzado el retorno a Freud -quien sostuvo que la mujer ja, momento cumbre del agasajo, la lisonja, la sobrevaloración en que
es eminentemente narcisista, pues prefiere ser amada a amar-, el inves- la ubica su enamorado. ¿Por qué el amor compensa mejor el colapso
tigador en psicoanálisis duerme tranquilo. Es así que el componente narci- narcisista de la mujer que la sexualidad? ¿Por qué la sexualidad, el goce,
sista de la sexualidad femenina recibe toda la atención (Grunberger, 1964; no se halla frecuentemente investido, es decir, por qué sólo la mujer que
Torok, 1%4; Lemoine-Luccioni, 1976) y se destaca que quien quiera cap- ~s amada obtiene en su inconsciente algo que equivale a la posesión del
tar la vida inconsciente de la mujer situándose únicamente en el punto falo, y esta representación no se origina a partir de un buen orgasmo?
de vista pulsional objetal, bien pronto llegará a un callejón sin salida. ¿Es que el goce sexual es demasiado real y concreto para despertar Ja
fa ntasía, y el deseo -su fuente- necesita de un plus no realizado? ¿Por
Los argumentos sustentados para tratar de probar la prevalencia de qué, entonces, son tan frecuentes los fantasmas de megalomanía fálica
la estructura narcisista en la mujer son los siguientes: 1) prefiere ser en los hombres depués de una buena conquista y desempeño sexual?
amada a amar (Freud); 2) carácter concéntrico (centrada en sí misma) ¿Estamos en presencia de un inconsciente que funciona con una legali-
de su investidura libidinal (Grunberger); 3) capacidad de gozar de sí mis- dad diferente o con contenidos diferentes? La teoría psicoanalítica ha
ma, autosuficiencia que fascina al hombre (Freud); 4) clítoris, zona eró- sido renuente hasta el momento en escuchar y tener en cuenta el discurso
gena principal típicamente narcisista, .no sirve nada más que para el pla- fe minista, se lo conoce, pero sus enunciados permanecen si no censura-
cer (<+contrariamente al pene, que al mismo tiempo que es fuente de pla- dos, al menos neutralizados.
cer es de reproducción y órgano de micción, sin hablar de sus significa-
ciones inconscientes energéticas» Grunberger), y 5) narcisismo flotante, La denuncia sobre la desigualdad, reivindicación central, no es teori-
no integrado, no saturado, «que es patrimonio de las mujeres, cierta- zada; la tinta gastada en el estudio de la diferencia de sexos jamás alcan-
mente hay hombres narcisistas que presentan esta clase de narcisismo, zó para considerar la desigualdad de los mismos. Parece imprescindible
pero de alguna manera se encontrará en estos hombres una importante e imperioso la incorporación al discurso analítico de la valorización di-
componente femenina» (Grunberger, pág. 100). cotómica y desigual de los roles del género, que la cultura viene realizan-
do desde sus albores, para poder comprender cabalmente la articulación
Ahora bien, ¿cuáles son las razones que se esgrimen para explicar este entre el deseo sexual y el deseo narcisista en la mujer. Pensamos que es
desnivel entre la pulsión y el narcisismo? Se pueden agrupar de la siguien- en el sistema narcisista en el que esta desigualdad de status y poder inci-
te manera: a) Déficit pulsional primario. Se ha atribuido a todo tipo de de y organiza gran parte de la fantasmática femenina. Pensamos .que no
razones la frecuente frigidez de la mujer, desde «debilidad de la energía basta aceptar que la mujer se halla «presa de los paradigmas y represen-
libidinal» (Bonaparte); «inhibiciones constitucionales» (Deutsch, H.); pa- taciones viriles» (Lemoine-Luccioni), sino que es necesario rescatar a la
sando por la ya consabida bisexualidad más acentuada en la mujer que mujer y al hombre del supuesto destino que los hace no sólo diferentes
en el hombre, hasta confusiones graves entre frigidez y «espiritualidad» -diferencia que lejos de apartarlos sella su unión-, sino desiguales, lo
(Deutsch); b) Peculiaridades en el desarrollo psicosexual: inadecuación que los precipita a la guerra de los sexos.
estructural del objeto anaclítico como objeto erótico y, como consecuen-
cia, la relación madre-hija será inevitablemente frustrante y ambivalente La niña entra al Edipo devaluada en tanto género, pues anatómica
(Grunberger, Chasseguet-Smirgel); falicismo infantil (innato, alto mon- y funcionalmente le falta algo, y paso a paso recibirá las órdenes contra-
to de bisexualidad) devaluado en el descubrimiento de la falta de pene dictorias de nuestra cultura, a través de los fantasmas maternos y pater-
en ella y la madre; hombre fallido (Freud, Lacan). nos sobre su sexualidad y sobre sus destinos posibles en tanto mujer.
Debe formarse y proponerse como objeto de deseo y, para su logro, de-
Como consecuencia de esta desigualdad narcisista tan dolorosamen- sarrollar con menor o mayor sofisticación las artes de la gracia y la se-
te vivida, la niñ.a deseará, en un incesante desplazamiento, una confir- ducción. El cuerpo, la belleza, Ja perfección de lo ofrecido a la mirada,

l04 l05
no puede soslayarse para incorporarse a las formas vigentes que despier- ;ulares que conforman una fantasmática organizada y ritualizada que
tan la admiración y el deseo del hombre. Adoptando la máscara, las in- la literatura, el cine, la propaganda publicitaria, la pornografía, dan
signias de la feminidad, la mujer, dicen Lacan, «se encuentra identifica- :uenta de ella. En este sentido pensamos que el hombre es uno, pero no
da de una manera latente con el falo» y, para este autor, esto constituye por la gracia del significante, por ser el falo el símbolo de su órgano se-
el origen del extrañamiento, de su rechazo como ser, pues, identificada xual al mismo tiempo que el órgano por donde se manifiesta su deseo
con el falo, «no puede encontrar la satisfacción instintiva de la materni- de la mujer (Lemoine-Luccioni), sino porque si el poder masculino pue-
dad pasando por la vía sustitutiva pene-hijo» (1970). de ser cercado, definido, es en la medida en que cualquier manifestación
pulsional -por más perversa y abusiva que sea- contribuye a la califi-
En primer lugar, la mujer en tanto despierte y controle el deseo del ;ación y valorización de sí en tanto ejemplar de su gén/ero, es decir,
hombre se hallará situada en la posición de máximo poder. El período nu menta su hombría.
de la conquista, del asedio, de la corte que le hace el hombre, constituye
el momento en que ella vivencia alguna suerte de entronización. A esto Todo lo contrario sucede con la mujer. ¿Cómo puede no sentirse ex-
Lacan llama «estar identificada de una manera latente con el falo», pero 1rañada, dividida, atravesada por el malestar, si cualquier movimiento
creemos que la grieta que la mantendrá escindida no pasa sólo entre el :n favor de la pulsión devalúa, descalifica, mancha su narcisismo de
deseo y la maternidad, sino entre el deseo y la investidura narcisista de 111Ujer? La pulsión ataca al género . Extraña condición de culminación
su deseo sexual. Si alguna referencia podría ser llamada para aclarar la 11arcisista la de la mujer, pues el éxito de su carrera le exige poner en
división y extrañamiento que caracteriza a la mujer frente a la tan men- Juego aquello de sí que se halla menos narcisizado: su sexualidad. Se ha
tada unidad masculina la no coincidencia entre la pulsión y la valoriza- nsistido en que el desconocimiento de la vagina no es por déficit cogni-
ción de la pulsión merece destacarse. 1ivo, sino por falta de investimento libidinal, sin reparar que simultá-
neamente el teórico que sustenta esta afirmación de orden general, co-
El niño, el púber, el adolescente, el hombre, para quienes su padre 1110 madre/padre de una púber o adolescente en particular, velará no

o los otros hombres constituyen sus referencias identificatorias en cuan- por la puesta en acto del órgano, sino por su «latencia» hasta que sea
to al ejercicio de la función sexual, en todo momento legitimarán, verán mayor. El abismo entre ser objeto causa de deseo, es decir, despertarlo
con buenos ojos, estimularán -salvo en casos patológicos extremos-, pero en forma recatada, y ser sujeto de deseo, poder gozar de su sexuali-
jamás prohibirán o desalentarán al futuro potente amante. Ningún pa- dad y sentirse valorizada en su ejercicio y goce, no resulta superable fá-
dre/madre de hijo varón se preocupará por la virginidad de su hijo . Esta ;ilmente para la mujer por medio de resignificaciones individuales. Pen-
es una preocupación de las mujeres y de los padres de las mujeres. A samos que para lograr la tan mentada «unidad», a la mujer no sólo le
lo sumo el muchacho deberá velar por la virginidad de su hermana, de ;s necesario decubrir la vagina, libidinizarla adecuadamente, sino sobre
manera que claramente dividirá el mundo de las mujeres en dos catego- 1odo narcisizarla. Para esto es imprescindible que se opere un real cam-

rías. Ningún hombre a lo largo de la historia será descalificado por su bio psicosocial, que se le ofrezcan otros modelos del género, que se con-
actividad o abuso de la actividad sexual, aun el seductor, el Don Juan, sidere el valor poderosamente inductor que la teoría que se sostenga so-
el «chulo», el «gigolo», gozan de mayor prestigio que las mujeres a las bre la mujer tiene en el mantenimiento o cambio de los paradigmas a
que ellos explotan. Ningún hombre es censurado por provocar o acceder partir de los cuales se estructuran sus roles del género, su sexualidad y
al deseo sexual, el hombre no es condenado en los códigos de justicia su fantasmática. Formulaciones como las siguientes deben llamarnos a
por adulterio. Ningún hombre es censurado por buscar la satisfacción la reflexión:
de su deseo sexual en forma independiente del amor, o simplemente pa-
«El desvío de la libido hacia el hijo es resultado del viejo sueño fe-
gando por obtener un servicio . Ningún hombre es, en el fondo, censura- menino de plenitud y completud: es hombre porque tiene el falo (el
do por practicar la poligamia. En todos los casos existe un investimento hijo), y es mujer porque es madre. Por consiguiente, es todo -si no
narcisista pleno de la función sexual, socialmente legitimada y social- toda, para retomar una vez más la expresión de Lacan-, como se
mente inducida. Todas las condiciones enunciadas se constituyen en acostumbra decir: ¡la maternidad la ha transformado!» (Lemoine-Lu-
símbolos de hombría. La hombría se rige por cánones y estereotipos se- ccioni, 1976).

106 107
¿Cómo categorizaríamos a Virginia Wolff cuando sostenía que todo una de las evaluaciones más desiguales según qué género la ejercite. En
lo que necesitaba una mujer para escribir una novela era una asignación lLtnto actividad narcisista, veinte siglos de cultura denuncian el status
anual de quinientas libras y un cuarto propio? ¿El malestar de la mujer :onflictivo de la sexualidad para la mujer, que se halla muy lejos de ser
exitosa sin hijos se deberá a que no logra la culminación de su desarrollo una actividad que la valorice, una actividad narcisizada y narcisizante.
psicosexual o a los valores sociales y seudocientíficos imperantes que la 4) La maternidad: esta función de la feminidad se halla muy ambivalen-
consideran una mujer incompleta? Un trabajo reciente que apunta a es- lcmente considerada por nuestra cultura, ya que si bien María es lama-
ta problemática es el de Ethel Specton Person (1983), centrado en la va- dre de Cristo y es en tanto madre que alcanza la categoría de sagrada,
riable género del terapeuta y su relación con las metas de la terapia. Un s a costa de violentar de tal manera la lógica más elemental que pocos
terapeuta hombre supervisa con la autora el caso de una mujer de trein· lo creen de verdad. Para ser madre sagrada, debe serlo excluyendo el se-
ta aftos, madre de dos hijos pequeftos. Tanto ella como el terapeuta con- xo . Todos los demás comportamientos del rol asignados a la mujer son
sideraban las dificultades de la paciente en la misma forma; en virtud ·onsiderados inferiores.
de sus experiencias infantiles, la maternidad y el cuidado de los niftos
amenazaban a la paciente con una pérdida de su autonomía y con el pe- Pensamos que es esta profunda desigualdad narcisista la responsable
ligro de regresión a una relación dual con su madre. La diferencia radi- de una característica muy femenina que ha sido remarcada por todos los
caba en la evaluación que cada uno hacía sobre la decisión de la paciente 1utores : «la mujer no habla», «el continente negro», «el vacío», «el
de retomar su trabajo: el terapeuta, como un síntoma; la supervisora, misterio», «el enigma» . No habla, no por estar sometida a una poderosa
como una maniobra saludable. La conclusión de la autora subraya el l'Cpresión intrapsíquica, ni por un. ejercicio recakitrante de la indiferen-
hecho de que la terapia de las mujeres -cualquiera que sea el género :ia narcisista, no es por muy narcisista por lo que la mujer no hace bien
del terapeuta- ha sufrido la contaminación de la penetración cultural :1 amor, sino por un trastorno básico.en el proceso de narcisización de
y los prejuicios intelectuales acerca de la naturaleza y psicología de la su género y de la puesta en acto de la pulsión.
mujer. Uno de los errores más frecuentes es la interpretación de aspira-
ciones profesionales o intelectuales como una huida de la feminidad, y
el supuesto de que la verdadera feminidad es alcanzar el orgasmo vagi-
nal y la maternidad .

4. ÜÉNERO: REPRESENTACIÓN PRIVILEGIADA DEL SISTEMA NARCISISTA

¿Será nena o será varón? Si para definir una representación narcisis-


ta necesitaríamos de un paradigma -aquello que se construye, que se
mira, que se halla siempre marcado por un fondo de valoración-, el
género cumple todos los requisitos. 1) La confirmación parental del
cuerpo anatómico como perteneciente a uno de los sexos, es la fuerza
más poderosa en la determinación del género de una persona. Esta con-
firmación sabemos que jamás se halla exenta de preferencia o rechazo,
y, salvo raras excepciones, un varón es siempre.bienvenido. (Es clásico
en las anamnesis psiquiátricas la pregunta sobre si el sexo fue deseado
o no al nacer.) 2) la diferencia anatómica es el soporte universal de la
simbolización de toda imperfección y desigualdad humana. La mujer
asume en su género esta simbolización devaluadora y devaluada, está
castrada. 3) La sexualidad es uno de los comportamientos que sufren

108 109
CAPITULO VI

RECONSTRUCCION DE LA FEMINIDAD:
IDEAL DEL YO FEMENINO SECUNDARIO

Abordaremos ahora las líneas de transformación del Ideal del Yo y


del Superyo durante el desarrollo, junto con la permanente divergencia
que la variable género introduce en este proceso, para tratar de definir
la especificidad que estas estructuras pueden lograr en la niña y en la
adolescente. A la niña no le basta establecer la heterosexualidad para !o-
rar por consecuencia una identificación secundaria a la madre que tipi-
fique su feminidad, ya que tal feminidad (todopoderosa) ha quedado
cuestionada por la crisis de la castración. Debe reconstruir su sistema
narcisista de ideales del género, reinstaurar una feminidad valorizada,
que oriente tanto su rol del género como su deseo sexual hacia la conse-
cución del proyecto futuro que se ha dado en llamar «convertirse en una
verdadera mujer». El Ideal del Yo en tanto estructura intrapsíquica no
es estático, sino que se ve afectado por factores evolutivos y sociales .
El Ideal del Yo del género, es decir, la feminidad, es una subestructura
que forma parte del sistema global de ideales y, por tanto, recibirá las
influencias de los cambios que en este sistema se establezcan. Pero debe-
mos tener en cuenta que los modelos, metas y proyectos que componen
tal sistema están fuertemente marcados en nuestra cultura por la divi-
sión dicotómica de los géneros, razón por la cual el ideal del género
constituye quizá la subestructura central de dicho sistema. A su vez pen-
samos que si el Ideal del Yo e incluso el Super Yo siguen cursos de es-
tructuración y formas finales de organización diferentes en• los distintos
géneros, debiéramos concluir que el género es un articulador o una es-
tructura mayor a la cual tanto el Ideal del Yo como el Super Yo se hallan
subordinados . Si hay algo que diferencia el ideal del género primario del

111

·~ ~·. l. ~¡l\·~l'\~\!;,1~\ 1'•1


secundario es el carácter imaginario-individual del primero, y la suje- Ahora bien, si volvemos a centrarnos en el registro del género pare-
ción a la moral y a las convenciones sociales del segundo. Si bien la ley ciera que la sociedad, en su conjunto de niveles simbólicos -psicológi-
del incesto introduce una legalidad pareja para nenas y varones prohi- co, social, jurídico, ético- no ha superado la dimensión imaginaria,
biendo la sexualidad endogámica, sin embargo la moral sexual que nor- pues claramente existe un género tratado como ideal. Si la posición del
mativiza el ejercicio del resto de las formas de sexualidad, hemos mos- sujeto frente al ideal se resume en sólo dos alternativas -se posee el va-
trado que no se caracteriza por la equidad en ambos géneros. lor y entonces se obtiene la consagración y el reconocimiento, o no se
lo posee y el destino es, ya sea el desconocimiento o el relegamiento-
ª partir del período edípico en adelante, fa niñ.a asistirá a la constatación
de que la clase a la que pertenece no posee el atributo que la eleva a la
DE LO IMAGINARIO INDIVIDUAL A LO IMAGINARIO COLECTIVO
categoría de ideal. Tanto las estructuras psíquicas como sus transforma-
ciones han sido estudiadas sobre un único modelo, el del varón, de ahí
La mayoría de los autores (Kohut, 1971; Blos, 1974; Chasseguet- que se postule universalmente que la evolución que va del Yo Ideal al
Smirgel, 1975) basan el carácter dinámico del Ideal del Yo en el abando- Ideal del Yo debe deslizarse sobre una línea trazada desde la máxima
no progresivo de la ilusión y de las metas grandiosas y megalomaníacas autoidealización a una progresiva disminución del narcisismo. Este
de la fantasía -como medios para su consecución-, por actividades principio no es válido para el desarrollo de la niñ.a y la mujer. Para el
que permitan el logro, teniendo en cuenta tanto los poderes y límites del género femenino el trazado nó sólo se quiebra -de una máxima ideali-
Yo como los de la realidad. El complejo de castración permite la desi- zación cae abruptamente a un máximo colapso-, sino que luego es ne-
dealización de la madre y el niñ.o, quienes quedan desposeídos de los cesario un interminable trabajo de reactivación del narcisismo, que sea
atributos de supuesta perfección, completud, autosuficiencia, omnipo- capaz de restituir la feminidad a la categoría de Ideal del Yo a alcanzar.
tencia. Lacan, profundizando en esta dirección, introdujo la distinción
entre castración imaginaria y castración simbólica. Si los atributos de Del planteamiento lacaniano del Edipo en tres tiempos, el correspon-
perfección sólo sufrieran un traslado de la madre y el hijo al padre, con- diente a la instauración de la castración simbólica -cuando «el padre
virtiéndose éste en un segundo representante del Yo Ideal, nos hallaría- interviene como aquel que tiene el falo y no es tal»- siempre resultó
mos frente a la castración imaginaria. Sólo se completa la evolución del el más oscuro, el más difícil de precisar. ¿Cómo se las arregla el varón
sujeto cuando ni el padre ni ningún hombre puede detentar el poder ab- para admirar más al padre que a la madre, para renunciar al objeto in-
soluto; éste en carácter de producto simbólico de la humanidad, pero cestuoso por temor a la castración, para erigir a su padre como ideal a
más allá de cualquier individuo en particular, quedaría soldado a las le- quien identificarse, y al mismo tiempo relativizar a este padre como un
yes que rigen nuestra cultura. Bleichmar, H. (1981) amplía la tesis laca- ejemplar de la clase y no suponerlo un Yo Ideal, suma de atributos de-
niana estudiando las condiciones intersubjetivas de producción del Yo seables? Todo hace suponer que la tipificación de la masculinidad en el
Ideal más allá del modelo edípico. Considera que siempre que la ideali- niñ.o se verá favorecida por la presencia del padre real, quien será eleva-
zación de un atributo de la persona se extienda a la totalidad de la mis- do al carácter de modelo, guiado por el deseo narcisista del niñ.o de re-
ma (discurso totalizante), entronizándola como la suma de las perfec- producir al igual. ¿Y la niña? ¿Puede ella dejar de considerar a su padre
ciones, se está construyendo un Yo Ideal. Es necesario que el juicio sea un Yo Ideal, distinguir entre el falo y el pene, y establecer un juicio dis-
parcial, despersonalizado, para que aun reconociendo el valor de una criminativo que dimensione el poder relativo de su padre en tanto hom-
persona como supremo, pero sólo en un dominio restringido -por bre sometido a leyes? ¿No se impone más bien suponer que esta visión
ejemplo un campeón olímpico-, ello no implique una representación del padre se verá entorpecida por el peso de las leyes culturales y sociales
unificada del sujeto. En este último caso se trata de un juicio discrimina- a las que la mujer se halla sometida, y que, en la medida en que éstas
tivo que coloca el valor -un rasgo de los tantos posibles en el Ideal del cobren vigencia en su mente, la castración simbólica del hombre, en tan-
Yo- por fuera de una persona en particular; aunque esta última pueda to género, puede volver a desdibujarse? Aun cuando destrone al padre
en algún momento encarnarlo, nunca sería considerado como detentan- como Yo Ideal, ¿no lo hará al precio de colocar a otro hombre en ese
do la suma de todos los ideales. lugar?

112 113
Resumiendo, la economía narcisista en el caso del varón sólo se verá de la angustia de castración, en la profunda división de los géneros que
afectada por la crisis de la castración en la viabilidad para la posesión se opera a partir de la edad escolar. El niño que pronuncia el insulto,
del objeto incestuoso: si antes era el hijo-falo de la madre y desde esta cuando es interrogado sobre su valor semántico, dice: «Burro, gafo, co-
posición mantenía su autoestima, ahora se sabe un varón-futuro-hom- mo un nene que no sabe o una niña que no juega a eso». De esta res-
bre-poseedor-del-falo. Su sistema Yo Ideal-Ideal del Yo sigue pleno de puesta surgen varias reflexiones posibles. Si el significado de «marica»
narcisismo, es decir, de autoidealización, que sólo deberá dirigir hacia es en primer lugar femenino y no homosexual, es decir, que lo peyorati-
otros fines. En cambio, para la niña, el complejo de castración pulveriza vo es la feminidad o el sexo femenino, no el hombre que desea a otro
su Yo Ideal femenino primario, inaugurando un largo período, el de la hombre, sino el varón que por tener comportamientos de mujer es infe-
latencia, durante el cual la niña asistirá a un doble proceso de sentido rior, debemos concluir que la masculinidad· en este período se define
contrario, de devaluación y reconstrucción de su narcisismo. Deberá fu ndamentalmente por el negativo de la feminidad: no se es mujer, ni
construir un Ideal del Yo femenino que no sólo incluya la oposición se posee ningún rasgo femenino. El varón en esta etapa de la latencia
fálico-castrado, sino el rol social de la mujer en nuestra cultura -rol separa y mantiene un neto clivaje con todas las niñas e incluso las muje-
conflicitivo, ambivalentemente valorado y actualmente sujeto a una res. De manera que un varón para sentirse adecuadamente masculino
gran movilidad-, así como también la moral sexual que legisla sobre debe defenderse del contacto con las mujeres, lo que favorece su ruptura
este rol. del vínculo primario con su madre y la rápida liquidación del Edipo. En
segundo término, el ejemplo del juego muestra que la masculinidad
Lambién se construye a partir del desarrollo de habilidades físicas -el
CONSOLIDACIÓN DEL ROL DEL GÉNERO que no las posee durante la infancia corre el riesgo de ser marginado-,
que irradiarán como una condición de engrandecimiento sobre el rol del
Durante el llamado período de latencia y antes de la pubertad, la género, que eventualmente se reflejará en su comportamiento sexual.
identidad de género se fortalece mediante la puesta en acto de los com-
portamientos de rol que cada uno de los géneros progresivamente am-
plía, pues los círculos y experiencias fuera del hogar se multiplican pro-
veyendo modelos de identificación adicionales a los edípicos. Lo que re- MOLDEAMIENTO DE LA FEMINIDAD
salta durante esta etapa es la neta demarcación que se establece entre los
dos géneros, ya que despliegan actividades, intereses, que se realizan
completamente por separado. Pero sabemos que este aislamiento es cui- A partir de la edad escolar, las actividades se hallan socialmente re-
dado con esmero por los varones en ese período y sufrido como un re- gladas de tal manera que el desempeñarse en una determinada actividad
chazo y relegamiento por parte de las niñas. Todo v~rón, sabiéndose po- define, en la mayoría de las veces, el rol del género del nifio: ballet-
seedor de una supremacía sobre las niñas, mantiene con orgullo la pure- fútbol, para tomar un paradigma. Padres, familiares y maestros mantie-
za del género integrándose al grupo de los elegidos . Es interesante cons- nen demarcaciones, no sólo ofreciéndose como modelos de identifica-
tatar que es en esta época en la cual al niño que no cumple con los cáno- ción, sino en forma activa a través de las expectativas, orientaciones y
nes de masculinidad requeridos -no sabe batear, o patear la pelota, o elecciones de actividades e intereses a estimular en el niño, que modela-
pelear debidamente- se le comienza a rotular de «marica», es decir, in- rán los roles del género correspondiente. Jeanne Block, del Departa-
ferior o sospechosamente femenino. Siempre se ha explicado esta repul- mento de Psicología de Berkeley, Universidad de California, estudió el
sión por parte de los varones hacia las niñas por el «horror a la castra- desarrollo de la personalidad en ciento treinta niños durante once años.
ción», entendiendo por esto la amenaza que el genital femenino, por su Los niños fueron observados a partir de la edad de tres afias en adelante
sola presencia, ejercería sobre la integridad fálica del varón. Sin embar- por medio de grabaciones, entrevistas, test y observaciones djrectas en
go, la utilización de la palabra «marica» como un insulto ofensivo, diri- su hogar. La investigación no fue diseñada en primera instancia para
gido al igual del género por su falta de habilidad en lo que serían las acti- buscar diferencias de comportamiento en los distintos sexos, pero estas
vi~ades propias del mismo, arroja dudas sobre la exclusividad del papel diferencias se mostraron tan significativas a medida que los niños ere-

114 115
cían que se convirtió en el foco de la indagación. Se eligió a una familia elaboración de las reglas del juego, su actitud pragmática hacia los mis-
del estado de Maryland, los Graham, un matrimonio de educadores, mos, mientras las niñas son más toJerantes, más dispuestas a excepcio-
con dos hijos varones y dos niñas de edad escolar, como unidad de aná- nes. En virtud de estas experiencias diferentes, los varones aprenden las
lisis. El señor Graham manifiesta las siguientes expectativas sobre la leyes de la competencia abierta -a jugar con los enemigos y competir
personalidad deseada para sus hijos varones: «que asuman responsabili- con los amigos- en el marco de las leyes y reglas de los juegos. En cam-
dades, que sean independientes, que aprendan a pensar por sí mismos, bio las condiciones lúdicas culturales de las niñas replican los modelos
que sean trabajadores y ambiciosos, que sepan controlar sus sentimien- de crianza y de relación de objeto temprano, favoreciéndose la coopera-
tos, que sean agresivos y autosuficientes», acentuando la importancia ción y el tener en cuenta los sentimientos del otro, pero en detrimento
del logro -«los mejores atletas luego son buenos hombres de negocios; de la internalización de un «otro generalizado» y de las reglas de convi-
el atletismo favorece esta actitud»-. En cambio de las niñas espera: vencia social.
«que sean obedientes, amables, atractivas, no agresivas, unas damas,
que tengan buenas maneras». A lo que la señora Graham agrega: «La Volviendo a la familia Graham, si se observaba al padre jugando
mejor profesión del mundo es la de ama de casa y madre, tranquilas, con su hijo varón, resaltaba el énfasis que ponía en enseñar el mecanis-
no excesivamente activas, espero que las niñas asuman responsabilida- mo de füncionamiento del juguete y en el logro intelectual del niño. En
des de limpieza en la casa». En función de estas metas diferentes las ni- cambio con la niña gozaba más, se divertía, se destacaba que la relación
ñas son criadas más cerca del hogar, en contextos y grupos en general afectiva era lo más importante. La madre tenía una actitud diferencial
más reducidos, más supervisados, más estructurados; se las estimula pa- menos marcada, ayudaba directa e innecesariamente de manera que lle-
ra que estén en casa cuidando hermanos, lo que provoca un mayor gaba a interferir en la labor cuando no era necesario. Como la madre
aislamiento y una menor práctica en lidiar con lo imprevisto. Obser- jugaba más frecuentemente con la niña y el padre con el varón, el men-
vando a las niñas en sus juegos se advierten las siguientes peculiari- saje implícito era que la capacidad de la niña quedaba devaluada, ya que
dades: en general, juegan de a dos, o en grupos pequeños, juegan por la madre la tenía que ayudar continuamente. Los maestros también
turno y la competencia es indirecta. Cuando surge una disputa, las niñas mostraban una evaluación sexista del logro de los niños, ya que el éxito
en lugar de tratar de elaborar un sistema de reglas para resolver los des- del varón era considerado un resultado .je su intelecto, mientras que en
acuerdos, subordinan la continuación del juego al mantenimiento de la la nena se tendía a explicar como un producto de la suerte o la tenaci-
relación. dad. No es difícil obtener un perfil de autoestima distinto por parte del
propio niño: un mayor sentido de eficacia, de habilidad, de saberse ca-
En cambio a los varones se les permite desde más pequeños vivir en paz de producir efectos, de hacer cosas en. el caso de los varones.
ambientes más extensos y de menor supervisión, lo que los induce a ex-
plorar, experimentar y entender más activamente el mundo. Improvisan No es entonces casual, ni tampoco «natural» -ligado a una propie-
sin tanto temor y resuelven problemas en forma espontánea. Se les enco- dad innata y eterna de los distintos sexos-, las diferencias que se obser-
mienda tareas fuera de la casa, lo que les permite ampliar sus horizontes van en el comportamiento de los niños. Estas aparentes invariantes del
y desarrollar habilidades para aprovechar lo inesperado. En sus juegos hombre y la mujer -en tanto características de acción que rellenan los
generalmente forman grupos amplios y heterogéneos, integrando equi- contenidos de la feminidad y masculinidad- han sido minuciosa, sóli-
pos, más a menudo fuera de la casa, en juegos más competitivos y de damente construidas a lo largo de la interacción intersubjetiva en lacé-
mayor duración. Los juegos parecen durar más tiempo, no sólo porque lula familiar y en los contextos sociales habituales. Se destacan siete di-
requieren mayor nivel de habilidad y son menos aburridos, sino porque ferencias netas en los comportamientos de género en la infancia:
cuando entre varones surge en el curso del juego algún desacuerdo son l) Agresividad: los varones desarrollan juegos más violentos, más ru-
capaces de resolver la disputa desplegando mayor capacidad de negocia- dos, de mayor competencia y espíritu de asertividad. 2) Actividad: los
ción. Pareciera que los varones no sólo gozan del deporte o del juego varones se presentan como más curiosos, con mayores ansias de explo-
en sí mismo, sino también del placer de la disputa. Piaget tambiéi;i ha ración, practican juegos de naturaleza más variada y en espacios exte-
observado esta diferencia, el gusto y fascinación que tiene el niño en la riores. 3) Impulsividad: los varones se arriesgan más. La tasa de acci-

ll6 117
dentes es mayor para los varones en todas las edades. 4) Ansiedad: las rones. La consecuencia de esta división tiene claros efectos psíquicos: el
niñas son más ansiosas, más temerosas. En función de este motivo es varón hallará facilitada la resolución del conflicto edípico, pues para
por lo que parecen ser más ob~dientes, más complacientes. 5) Impor- consolidar su masculinidad debe romper amarras con su madre y catec-
tancia de las r~laciones sociales: las niñas son más maternales, cooperan tizar los intercambios extrafamiliares; la independencia y la autonomía
más que los varones, preocupadas por el bienestar del grupo, y más em- se verán reforzadas por el apoyo que los adultos brindan a estas tenden-
páticas. Tienen menor número de amigos, pero las amistades son más cias que son universalmente definidas como masculinas. «El varón no
íntimas, compartiendo sus ansiedades y tristezas. Los varones tienen debe estar pegado a la falda de su madre», constituye un claro ejemplo
mayor número de amigos, pero no tan íntimos. 6) Calidad del autocon- de la premisa que dirige el proceso de masculinización de un varón. La
cepto: los varones se sienten más poderosos, con mayor control sobre importancia de la presencia del padre real en la modelización de esta
los sucesos de la realidad, más influyentes, definitorios, ambiciosos, ca- masculinidad está fuera de cuestión, pero «el padre ausente» es un com-
paces de hacer que las cosas sucedan. Las niñas carecen de estos senti- portamiento habitual de los padres de nuestras sociedades actuales y es-
mientos. 7) Comportamientos ligados al logro: las niñas subéstiman su to, sin embargo, no implica que el niño deje de identificarse, o no apren-
desempeño, si fracasan piensan que no son inteligentes, en cambio los da los roles apropiados a su género. Pareciera que no es imprescindible
varones tienden más a echar la culpa al otro. una relación de objeto permanente y estrecha para que la identificación
se produzca. Quizá una mayor distancia favorece la ubicación del mode-
En un estudio comparativo, de niños entre cinco y quince años de lo como ideal y, por tanto, la identificación se vea facilitada. El varón
edad, de cuatro países, Australia, Estados Unidos, Inglaterra y Suecia desarrollaría una identificación posicional (Mitscherlich, 1963; Slater,
(Goldman, 1982), se constató que la identidad de género se halla firme- 1961; Winch, 1962), concepto que alude a la identificación con los com-
mente establecida a la edad de siete años, y que es mayor el número de portamientos, actitudes del rol desempeñado y no con la persona. Es de-
niñas con conflictos con su propio sexo que el de varones, localizándose cir, una identificación parcial, discriminada, propia de la estructura tar-
en esta edad el rechazo entre los sexos. Se destaca la experiencia llevada día y diferenciada del Ideal del Yo (Bleichmar, H ., 1981). Y no sólo la
a cabo en escuelas de Suecia donde se han desarrollado múltiples esfuer- mayor distancia en el vínculo paterno favorece este proceso, sino el he-
zos para implantar una igualdad entre los géneros, siendo los niños sue- cho de que al tener el varón mayores oportunidades de relaciones de ob-
cos -entre todos los niños de los cuatro países estudiados- los que es- jeto y experiencias extrafamiliares, mayores serán sus posibilidades de
tadísticamente presentan menor hostilidad hacia las niñas. Sin embargo, multiplicar y no personalizar el modelo al cual se identifica.
comentando estos estudios, los investigadores suecos aconsejan exten-
der los programas de formación al hogar, pues los que se llevan a cabo La niña a lo largo de la latencia pondrá en acto. ahora en ensayos
en la escuela sólo pueden minimizar o remediar una diferencia y una de- cada vez más cercanos a la realidad, los comportamientos que desempe-
sigualdad entre los géneros y sus expectativas, que tiene su origen tem- ñó en sus juegos durante la primera infancia. Si tiene hermanos más pe-
pranamente en la familia. Los autores dejan abierto un interrogante: queños los alimentará y cuidará, comenzará a colaborar en el manteni-
«¿La enfermedad de la hostilidad entre los géneros es tan evidente en miento del hogar, velará por la salud emocional de la familia o al menos
el mundo de los adultos y en la respuesta de los niños, que puede ser comenzará a preocuparse por fas relaciones humanas como le indican
moderada por la escuela, o los maestros en sí mismos son transmisores sus modelos. Se la adiestrará debidamente para estas actividades especí-
de la misma infección?» ficas, a las cuales ella reconocerá como las propias de su género y las
que «sabe hacer mejor». En la formación y desarrollo de habilidades se
Resumiendo, durante el período de latencia el rol del género se con- tenderá a que la niña-futura mujer se ocupe de la estética del cuerpo,
solida a través de varias vías: por identificación al objeto rival, por ejer- de las artes o del deporte o cualquier otra habilidad, pero siempre con
cicio del rol y por un proceso cognitivo y social de aprendizaje que es un límite, una exigencia mucho menor que en el caso de los varones. La
activamente orientado por el medio. El resultado es un clivaje estructu- identificación a la feminidad materna -ahora objeto rival- no hace
ral de los modos de acción de los géneros, un mundo privado y domésti- más que continuar la identificación primaria en el mismo contexto de
co para las niñas, un mundo social y crecientemente público para los va- apego y dependencia, pues, como ya hemos visto, las niñas son reteni-

118 ll9
das en el hogar, más supervisadas y sus actividades e intereses desplega- ción, sino también de la desigual valoración social existente en nuestra
dos en medios más cercanos y privados. Por tanto, el modelo no se des- cultura de la sexualidad infantil. . Sobre el varón en ningún período de
personaliza, se diversifica menos, la identificación secundaria se apoya su vida pende la condena de la «impureza», incluso si el niiío despliega
casi exclusivamente en la persona de la madre, por lo que ésta cobra ma- una actividad seductora temprana, precursora de su masculinidad, es
yor importancia, y será básicamente a través de su discurso mítico sobre considerada con orgullo por sus padres, .en cambio la madre debe velar
la feminidad como la niiía conformará la suya. desde pequeiía por el cuidado del recato, del pudor, de la pureza de su
hija, que será un espéjo de la propia. El descubrimiento de la-noción de
A todos los factores considerados en el caso del varón como facilita- prostitución (Goldman, 1982), no de la palabra -ya que los niiíos pe-
dores de la resolución edípica y de la identificación secundaria al padre, queiíos la esgrimen como una ofensa exclusivamente verbal o con un
debemos agregar la indiscutible narcisización que el proceso de masculi- contenido anal-, confunde y llena de perplejidad a la niiía sobre su
nización conlleva. Si uno se preguntara cuánto pueden sostener los pa- autoerotismo. Otro aspecto importante que marca una clara diferencia
dres reales de la segunda infancia el prestigio y la prestancia con la que es que el varón experimenta en el placer masturbatorio una eficacia del
fueron investidos tempranamente, y aceptáramos que siempre existe un órgano genital que lo acerca permanentemente al ejercicio de su rol se-
proceso de desidealización -el bombero deja de ser un personaje fasci- xual adulto, mientras que la niiía obtiene del autoerotismo menos ga-
nante por el uniforme o la potencia fálica-uretral de apagar el fuego, o rantías de estar capacitada suficientemente para la obtención de las me-
el padre se metamorfosea de titán al volante en un simple chófer a suel- tas de su ideal. No sólo porque no tiene la prueba de la capacidad eréctil
do-, sin embargo, para el varón, el hombre siempre conservará su del pene, sino porque habitualmente el Super Yo materno y su Ideal de
puesto de primacía frente a la mujer. Esto es lo que constata el niiío que lo que debe ser una niiía le prohíben y la condenan a un silencio absolu-
se suma al grupo de varones y, tan sólo por la superioridad física, consi- to sobre cualquier comunicación de su experiencia sexual, silencio que
derará la masculinidad un privilegio. Masculinidad y narcisismo se re- a su vez será testimonio del cuidado de su propia pureza como madre.
fuerzan permanentemente. Para la niiía existe una fuerte oposición en- Por tanto, la experiencia no le aporta gratificaciones pulsionales que
tre feminidad y narcisismo, no sólo porque la mujer no es lo más valioso sean alimentadoras de su narcisismo. Por el contrario, aun en el caso
de nuestra cultura y la niiía lo descubre, sino por el carácter diferencial que el impulso masturbatorio salga victorioso sobre la represión o la
de las experiencias sociales en el período medio de la infancia, que tam- condena social, la niiía siempre albergará ·una sombra de culpa, de per-
poco la proveen de suficientes habilidades yoicas que aumenten su secución, de impureza. Siempre se ha considerado que el particular em-
autoestima. Por tanto, si ni desde el Yo ni desde el Ideal del Yo la niiía plazamiento anatómico del ano y la vagina -su proximidad- era res-
puede considerar su narcisismo satisfecho, ¿podrá obtener el reconoci- ponsable de la persistencia de la teoría de la cloaca en la vida adulta,
miento que necesita en el terreno del deseo sexual? o del insistente significado anal en la genitalidad de la mujer, sin evaluar
adecuadamente los efectos psíquicos de la negativa valoración social
que connota como sucio el deseo femenino, o lo que imprime a la fan-
PLACER PULSIONAL EGOSINTÓNICO tasmática de la actividad sexual de la mujer la existencia del rol social
de la prostituta.
«Toda satisfacción obtenida, todo placer, se acompaña de una dis-
minución de la brecha entre el Ideal del Yo y el Yo, pues todo placer Coincidimos con Peter Blos (1972) en la conceptualización de la la-
pulsional egosintónico es inseparable de una satisfacción narcisística tencia como un período durante el cual no existen ni urgencias ni nuevas
que reviste de narcisismo al Yo y aumenta su autoestima.» configuraciones pulsionales, en lugar de considerarlo como una época
(Chasseguet-Smirgel, 1975). de silencio famasmático o de ausencia de deseo sexual. Pero esta defini-
ción tiene en cuenta sólo el registro de la pulsión, no el de las estructuras
Ya hemos seiíalado las diferencias constatadas en el ejercicio de la psíquicas. Podemos agregar que la latencia es, sí, una épqca de reestruc-
masturbación entre varones y nenas, explicando la mayor represión ob- turación y gran desarrollo de la organización del Yo, del Ideal del Yo
servada en las nenas, no sólo como un producto del complejo de castra- y del Superyo. Hemos pasado revista al carácter diferencial de las expe-

120 121
riencias sociales en la infancia media, a la desigual evaluación del ejerci- guir diferentes trazados, de modelos grandiosos e infantiles -como el
cio del autoerotismo, al descubrimiento creciente de la diferencia social bombero- aestereotipos adolescentes tan grandiosos como los anterio-
de los distintos géneros, para concluir que, inequívocamente en todos res, pero actualizados -el cantante de rock, el campeón de tenis-, pa-
los aspectos considerados, los varones y las nenas arribarán a la puber- ra pasar posteriormente a ideales más realistas, pero en todos los casos
tad con un sistema narcisista equipado en forma diferencial. En el varón podemos constatar una transformación de los caracteres del modelo con
se facilita la transformación del narcisismo, pues en su caso sí existe una conservación de su naturaleza masculina. Siempre serán los valores de
estrecha interdependencia entre la organización de un Ideal del Yo rea- grandeza, fuerza, coraje, inteligencia, encarnados en algún hombre, los
lista, con objetivos centrados en el desarrollo físico, intelectual y moral que se querrán poseer como propios. El futuro hombre podrá ser un re-
y las actividades sublimatorias, que reforzará la consecución de nuevas petidor compulsivo del modelo -igual que papá-, un corrector del
metas, en función de la gratificación obtenida en el desempefio logrado. modelo -mejor que papá- o eventualmente, por fallos del ejemplar
Vimos que las condiciones de socialización y la valoración social de tales en suerte, buscará un modelo extrafamiliar, es decir, otro hombre con
experiencias favorecen estos procesos. En cambio, en la nifia, la estruc- mayor valorización. Pero excepcionalmente el varón querrá cambiar el
tura del Ideal del Yo femenino tropieza con mayores obstáculos para con- género del modelo y desear ser igual que mamá.
ducir al Yo a estrechar la brecha y, por tanto, a narcisizarlo debidamen-
te. Así pues, el defecto narcisista en la mujer será más complejo y pro- En cambio este procedimiento es moneda corriente en el desarrollo
fundo, atentando contra la evolución del Ideal en tanto estructura y contra de la nifia, el erigir comportamientos, valores, intereses o deseos mascu-
la transformación y evolución en su seno del propio narcisismo. linos como ideales del Yo. Pero no sólo en esta forma lo masculino in-
terviene en la organización del Ideal del Yo femenino secundario, sino
que la mujer también puede renunciar o simplemente concebir que en
RESTITUCION DEL NARCISISMO ·su destino no caben «metas masculinas», e invertir su narcisismo no en
A TRA VES DE LA HETEROSEXUALIDAD sí misma, sino en su objeto de amor. Para la nifia no existe evolución,
sino colapso y derrumbe del ideal femenino primario; descubrimiento
Sin embargo este defecto, este trastorno de la autoestima en la nifia permanente y creciente de su inferioridad social, lo que impide una com~
contribuirá a normativizar su deseo, ya que inevitablemente la orientará pleta narcisización de sus metas femeninas; una imposibilidad de com-
hacia el hombre en la empresa de restituir su narcisismo. Si existe una patibilizar su deseo y la moral social imperante, lo que cercena su satis-
diferencia entre la estructura del deseo en la nifia y en el varón puede facción pulsional y un ejercicio de los comportamientos del rol de la fe-
ubicarse en este plano: la búsqueda del padre, del hombre, del pene, es minidad, que refuerzan su relación simbiótica a la madre disminuyendo
decir, su deseo sexual estará indisolublemente mezclado con el deseo de sus posibilidades de movimiento en el mundo adulto y masculino.
reconocimento narcisista. En cambio para el varón la latencia inaugura
una línea de clivaje f acilitadora de su desarrollo, ya que de la mujer
-hacia quien se orienta su deseo- esperará el goce sexual o el cuidado
anac/ítico, y del hombre -el igual hacia quien se dirige su ideal-, el LUGAR DEL HOMBRE EN EL IDEAL
reconocimiento narcisista. Existe un claro proceso diferencial en los DEL YO FEMENINO SECUNDARIO
cambios que a lo largo del desarrollo se operan s-obre la estructura psí-
quica del Ideal del Yo en los distintos géneros. El varón, una vez que
asumió la castración materna, erige ~orno Ideal del género al padre, La nifia tiene por delante varios caminos posibles para restituir el
ideal que coincide con la valorización social que detenta el hombre en narcisismo perdido de su género '*, los que constituyen a su vez múlti-
la cultura. Por tanto, cuanta mayor autonomía logre el nifio superando
el vínculo primario de dependencia a la madre, externalizándose de la
familia, en mayor grado hallará convalidada su masculinidad como el * Maldavsky (1980) también sostiene que la desidealización de la madre como garan-
valor que legitima la cultura. La evolución del ideal masculino podrá se- lc del ser impone que la niña realice ciertas transformaciones durante la latencia, <<Una de

122
123
ples variantes de investidura narcisista de objeto: 1) idealización del ob- la mujer, porque la condición de empobrecimiento del Yo no es un esta-
jeto sexual; 2) localización del Ideal del Yo en el objeto; 3) constitución do transitorio -como el enamoramiento-, sino una condición estruc-
de la masculinidad como Ideal del Yo, y, por último, 4) institución del i ural permanente. Y la prueba de esta afirmación la encontramos en el
el deseo masculino como Ideal del Yo. segundo caso de investidura narcisista del objeto de amor, cuando ésta
pasa a ocupar el lugar del Ideal del Yo del sujeto. ¿Es habitual que la
mujer ocupe para el hombre el carácter de líder, de conductora de las
1. IDEALIZACIÓN DEL OBJETO SEXUAL decisiones, de autoridad moral, de sede del conocimiento, o que el hom-
bre enamorado y esclavo del deseo de la mujer, abrigue en su incons-
Instituye como meta suprema de su Ideal del Yo ser la mujer de un ;iente el deseo ferviente de ser como ella? No hay una problemática del
hombre. Buscará desesperadamente el amor, el novio, el marido, ser el ser en la relación narcisista del hombre con la mujer. En cambio este
núcleo de una jamilia. El carácter narcisista de la elección radicará en punto es central en la organización del narcisismo femenino y del Ideal
la extrema idealización del objeto, el cual se considerará valioso simple- del Yo de la misma.
mente porque es poseído. Freud sostuvo que en el enamoramiento, la
tendencia a la idealización del objeto, obnubila todo juicio crítico y el
objeto pasa a ser sobreestimado, ignorándose o perdonándosele toda EL OBJETO EN EL LUGAR DEL IDEAL DEJ YO
imperfección o defecto. Desde el punto de vista económico, el modelo
freudiano puede concebirse como un sistema de vasos comunicantes. Localiza las metas de su Ideal del Yo en el hombre. Realizará una
«El yo se hace cada vez menos exigente y más modesto, en cambio el :lección narcisista de objeto, delegando en su objeto sexual la consecu-
objeto deviene más magnífico y precioso, hasta podría decirse que el ob- 1,; ión de los fines que supone vedados para sí misma por su condición de
jeto ha devorado al Yo.» Freud (1914) consideraba este proceso como mujer.
habitual en el hombre, quien capaz de un amor objeta! pleno, empobre-
ce su Yo en favor del objeto de amor. Si tuviéramos que recaer en gene- «El Ideal sexual puede entrar en una interesante relación auxiliar
ralizaciones impresionistas probremente documentadas, nos animaría- con el Ideal del Yo . Donde la satisfacción narcisista tropieza con obs-
mos a proponer a la mujer como un sujeto mejor provisto para el ejerci- táculos reales, el ideal sexual puede ser usado como satisfacción susti-
tutiva. Entonces se ama siguiendo el tipo de elección narcisista de ob-
cio de la idealización desmesurada de su objeto de amor, por múltiples jeto, lo que una vez fue y se ha perdido o lo que posee méritos que
razones: 1) por sufrir más frecuentemente de trastornos narcisistas que uno no ha tenido. En fórmula paralela a la anterior: se ama lo que
facilitan el empleo del mecanismo de la idealización; 2) por su condición le falta al yo para alcanzar el ideal.» (S . Freud, Introducción al Narci-
de género dependiente del hombre en aspectos qUe no sólo atañ.en a la sismo. St. Ed. Vol. XIV, pág. 101. Subrayado nuestro).
sexualidad y al narcisismo, sino incluso a la supervivencia, subordina-
ción que no tolera la desmistificación; 3) por su déficit en el ejerci- Ampliando lo claramente expuesto por Freud pensamos que la mu-
cio de roles sociales, carencia que permite por desconocimiento la ubi- jer ubicará al objeto en las siguientes posiciones: 1) El hombre puede
cación imaginaria del objeto sexual en una posición ideal; 4) por ser ocupar el lugar del niñ.o mimado y consentido (que se perdió o nunca
constituida como sujeto prevalentemente pasivo y consumidor de es- se tuvo), y la mujer funcionar como objeto anaclítico que brinda cuida-
tereotipos sociales que alimentan su fantasía y favorecen la idealiza- dos y ternura. 2) El hombre puede ser una imago parental idealizada
ción. (madre-padre) que cuida de la mujer-niñ.a'. 3) El hombre puede ser obje-
10 del Self que narcisiza a la hija-mujer, otorgándole siempre estímulo
En realidad podríamos decir que este proceso de empobrecimiento y apoyo. 4) El objeto puede ser él mismo, un hombre que contiene en
del Yo en aras del engrandecimiento del objeto se halla favorecido en su personalidad rasgos de carácter o habilidades yoicas que la mujer
unheló o ansía para sí, pero que «tropieza con obstáculos reales» para
las cuales es la ubicación del padre como modelo del cual esperará un regalo, un asumir por sí misma. En este último caso, el objeto es elegido por poseer
don, que colocará al servicio de la desmentida de que ella carece de falo» (pág . 336). las habilidades del Yo en el manejo de la realidad y la capacidad de su-

124 125
blimar, que la mujer no ha alcanzado en la evolución pero que ambicio- nor grado de integración de estos comportamientos de rol del género (lo
na, y conside:ando que sólo pueden ser realizadas por el «otro natural», que ha sido erróneamente considerado la bisexualidad de la mujer). La
las delega en el hombre. No se trata de un «Ideal Penean0>> (Pérez, masculinidad perseguida atañe a modos de acción en la realidad, activi-
1983), sino de un ideal masculino, es decir, de roles que culturalmente dades, intereses, roles y derechos, no al deseo sexual que se conserva he-
el hombre desempeña «con menor cantidad de 'obstáculos reales'» para terosexual, aunque la esfera de la sexualidad pueda verse afectada por
su consecución, obteniendo así una mayor gratificación narcisista por la rivalidad con el hombre. Dentro de este sector quedarían ubicadas la
su posesión y ejercicio. La mujer funcionaría con un resto de psicología mayoría de las mujeres de nuestra época, con roles del género en franco
grupal-primitiva o infantil (Fernández Moujan, 1974), ya que el objeto cambio de generación en generación, así como las llamadas personalida-
de amor se convierte en una imago parental idealizada (Kohut), y a él des histéricas. O mujeres, cuyas madres ya han avizorado un Ideal del
se le confía tanto la prueba de realidad como la promoción y conserva- Yo posconvencional y han estimulado un tip0- de crianza o de socializa-·
ción de la ilusión. ción no tradicionalmente femenino, o que pertenecen a microculturas en
las cuales el feminismo ya se ha incorporado a las creencias populares
Desde esta perspectiva se hace más comprensible la observación de o, que por fuerte ambición narcisista han desarrollado individualmente
Freud sobre el carácter más débil y flexible del Super Yo en la mujer. un Ideal del Yo posconvencional.
El mandamiento religioso, que vehiculiza todo un universo ideológico,
estipula que «la mujer debe seguir al marido», éste es el máximo valor
exigido; por tanto, de la mujer no se espera que tenga principios muy 4. EL DESEO MASCULINO COMO IDEAL DEL Yo
sólidos o estables (de cualquier naturaleza que sean, éticos, religiosos,
estéticos, pueden ser motivos de desacuerdo con el hombre), sino que Instituye como Ideal del Yo el comportamiento sexual del hombre
sea tolerante, se adapte, lo complazca. Es decir, que haga suyo los idea- hacia la mujer, homosexualizando el deseo.
les del otro como si fueran propios. La delegación del Ideal del Yo en
el hombre acarrea una serie de desventajas para el equilibrio narcisista
de la mujer, que variarán de acuerdo a su tipo de personalidad. Si se
trata de una personalidad infantil, esta depositación no entrará en lucha
con su propio Yo, sino que la mujer-niña usufructuará de las ventajas
de la dependencia y la falta de responsabilidad. Se hallará en mejor
equilibrio con la feminidad clásica y tradicional y su sistema de ideales
narcisistas se enfrentará con menor proporción de conflictos intrapsí-
quicos, interpersonales y sociales, ya que como «buena mujer» su meta
será contribuir al cuidado y protección del hombre, para que éste «reali-
ce» su Ideal del Yo. En cambio la mujer con una personalidad más his-
térica o fálico-narcisista, con ambiciones propias, que aspire a un desti-
no más glorioso, competirá por la puesta en acto de roles tradicionales
del género que desempeña el hombre.

3. LA MASCULINIDAD COMO IDEAL DEL YO

Incorpora como metas propias de su Ideal del Yo rasgos que conven-


cionalmente se consideran masculinos; por tanto, la estructura intrapsí-
quica tendrá un doble carácter, femenino y masculino, con mayor o me-

126 127
CAPITULO VII

SUPERYO FEMENINO Y MORAL SEXUAL

En el capítulo anterior hemos visto cómo la niña arriba a la organi-


zación de una feminidad secundaria que se define netamente como efec-
to del discurso cultural. La estructura del Ideal del Yo femenino secun-
dario bascula ineluctablemente sobre alguna referencia fálica. Nos cen-
traremos a continuación en el estudio del Superyo femenino, en los esta-
dios intermedios y formas finales de organización de esta estructura psí-
quica que, por definición, es aquella que se supone más sujeta al poder
de la ley.

Freud afirmó que el Superyo de la mujer sólo alcanzaba un «escaso


sentido de justicia», por la acción del sentimiento no elaborado de envi-
dia al pene que gobertjaba su psiquismo. Significativamente, sobre su
complejo de masculinidad recaería la responsabilidad del fracaso en la
conquista de uno de los baluartes del hombre, el desarrollo de la ética.
Es curioso constatar que salvo estas escasas referencias de Freud, todos
los estudios sobre el Superyo que le sucedieron no han tomado en cuenta
la variable género; Melanie Klein formuló su tesis del Superyo precoz,
profundizó su evolución en los sucesivos períodos de la vida y sus pecu-
liaridades en los distintos cuadros psicopatológicos, pero, en todos los
casos, tanto para el hombre como para la mujer, concibió una estructu-
ra unitaria del mismo. ¿Esta equiparación implícita responde a la com-
pleta evidencia de que se trata de una misma clase de organización, o
a un silencio sobre una problemática que se ha ignorado? Si nos remiti-
mos a los orígenes, tanto el varón como la nena son marcados por igual
por la ley del padre, pero esta ley ¿se limita sólo a impedir la relación
dual y a establecer la interdicción del incesto o incluye una estricta nor-
mativa diferencial para la nena y el varón a partir de la latencia? En
otras palabras el significante paterno prohíbe por igual a varones y ne-
nas en relación a la madre, pero la interdicción que inaugura y de la que
es portador ¿legisla en forma igualitaria al púber, al adolescente y al
adulto de ambos sexos en lo que atañe a su vida sexual?

129
Si el hombre es producto del malentendido que lo constituye como niveles principales: el nivel preconvencional (estadios I y II), el nivel
ser-parlante (Lacan, 1972-1973), si se reconoce su sujeción al lenguaje convencional (estadios III-IV) y el nivel posconvencional (estadios V-
como un orden que lo precede e instituye ¿cómo entender, entonces, el VI). Estas descripciones están basadas en el estudio empírico de ochenta
status y la acción de las leyes morales diferenciales incrustadas en el len- y cuatro varones seguidos por Kohlberg durante veinte años. El nivel
guaje, sobre la formación de las estructuras psíquicas del hombre y la preconvencional es el nivel de la mayoría de los niñ.os menores de nueve
mujer? ¿O debemos precisar que el déficit ético o sublimatorio que ca- años, algunos adolesi::entes y muchos delincuentes adolescentes y adul-
racterizaría a la mujer debe entenderse exclusivamente como un fracaso tos . En el nivel convencional se ubicarían gran parte de los adolescentes
en su identificación al padre? Por otra parte, ¿cómo explicar, en un su- y adultos de nuestra sociedad y de otras sociedades. El nivel posconven-
jeto supuestamente de menor envergadura moral, el vigor y el éxito de cional sólo es alcanzado por una minoría de adultos, y, por lo general,
la represión del deseo sexual, la frecuencia de los sentimientos de culpa sólo se llega a él después de los veinte años. El término convencional im-
y la tendencia al masoquismo que caracterizan al Superyo de la mujer? plica someterse a las reglas y expectativas de la sociedad o de la autori-
Las afirmaciones de Freud sobre la inmadurez moral de la mujer tenían dad, y defenderlas precisamente porque son convalidadas socialmente.
sólo un carácter impresionista, pero lo que no deja de ser sorprendente El individuo que está a nivel preconvencional no comprende realmente
de constatar es que aún a través de cuidadosos estudios empíricos se todavía las reglas sociales, ni las defiende. Algunos de los que están en
arribe a las mismas falsas conclusiones (Kohlberg). Sólo un esfuerzo el nivel posconvencional las comprenden y aceptan básicamente, pero
teórico (Gilligan), guiado por la sospecha de la presencia de un prejuicio su aceptación se basa en la comprensión y acuerdo con principios mora-
ideológico en la evaluación de los datos, ha permitido precisar tanto las les de carácter más general, subyacentes a las mismas. Estos principios
razones que han inducido a sostener una dirección equivocada en la entran en algunas ocasiones en conflicto con las reglas, en cuyo caso el
apreciación del juicio moral en la mujer, como también poner al descu- sujeto posconvencional juzga por el principio más que por la conven-
bierto los vicios metodológicos que han conducido a tales afirmaciones ción. Una forma de comprender los tres niveles es concebirlos como tres
erróneas . tipos diferentes de relación entre el Yo y las reglas y expectativas de la
sociedad. Desde este punto de vista, el nivel I es el de una persona pre-
Nuestro planteamiento se centrará en la necesidad de incorporar al convencional, para la cual las reglas y expectativas sociales son algo ex-
estudio del Superyo femenino las formas de acción y los modos específi~ terno al Yo; en el nivel JI o convencional, el Yo se identifica con las re-
cos, en que la ley imperante en la cultura sobre el ejercicio desigual de glas y expectativas de los otros, especialmente de las autoridades, y las
la sexualidad en ambos géneros, ejerce sus efectos. Y, además, puntuali- interioriza; en el nivel JJI o posconvencional, el sujeto diferencia su Yo
zar cómo esta ley, debidamente incorporada al inconsciente materno y de las reglas y expectativas de los otros y define sus valores en función
paterno, determina una socialización diferente para niñ.os y varones a de los principios que su Yo escoge. La articulación de la perspectiva so-
partir de la latencia, dando como resultado que al llegar a la pubertad cial y del juicio moral nos remite a un concepto aún más básico, que es
y a la adolescencia, niñ.as y varones han constituido escalas de valores la perspectiva sociomoral, que se refiere al punto de vista que adopta
morales y éticos que difieren en sus objetivos. A su vez, veremos cómo un sujeto al definir los hechos sociales y los valores o deberes sociomo-
esta diferencia será evaluada, mediante procedimientos que se rigen por rales. Por ejemplo, un sujeto que se halla ubicado en un nivel conven-
principios elaborados básicamente sobre muestras masculinas, como cional al emitir un juicio moral se basa en las siguientes razones:
una desigualdad. 1) preocupación por la aprobación social; 2) lealtad a personas, grupos
y autoridades, y 3) el bienestar de los otros y de la sociedad. Lo que de-
Para el tratamiento de este punto tomaremos en consideración los fine y unifica a las características del nivel convencional es su perspecti-
estudios de Kohlberg (1969-1976) sobre el desarrollo del juicio moral. va social, es decir, el punto común de los participantes en una relación
Kohlberg sostiene una perspectiva a la vez cognitiva y social en el enfo- o grupo. El individuo convencional subordina las necesidades del indivi-
que de su teoría, entendiendo el juicio moral como un producto tanto duo al punto de vista y las necesidades del grupo.
del desarrollo lógico como del nivel alcanzado por el sujeto en la percep-
ción social de sus semejantes. Describe seis estadios, que agrupa en tres Kohlberg ejemplifica su tesis con el caso de Joe, quien a los diecisiete

130 131
años responde a la pregunta «por qué no se debe robar en los almace- las condiciones específicas de su desarrollo proponen una concepción
nes» de la siguiente manera: «Es una cuestión de ley. Una de nuestras moral para las mismas que difiere de las de Freud, Piaget o Kohlberg.
reglas es tratar de proteger a todo el mundo, de proteger la propiedad. Para la mujer (Gilligan, 1982), la moral se definiría como un conflicto
Si no tuviéramos estas leyes, la gente no haría, no tendría que trabajar de responsabilidades, más que como un conflicto de derechos, que re-
para vivir y toda nuestra sociedad se vendría abajo.» En cambio, a los quiere para su resolución un pensamiento de tipo contextual y descripti-
seis años: «No está bien robar en unos almacenes. Va contra la ley. Al- vo, más que formal y abstracto. Esta concepción de la moralidad que
guien puede verte y llamar a la policía.» A los veinticuatro añ.os Joe hace su centro en el cuidado, focaliza su desarrollo en la toma de res-
adopta el punto de vista moral posconvencional como respuesta al dile- ponsabilidades y en las relaciones humanas, así como la concepción de
ma de Heinz (un hombre llamado Heinz considera si debe robar o no la moralidad basada en la justicia la vincula a la comprensión de los de-
una medicina para salvar a su mujer de la muerte). «El deber del marido rechos y las reglas. La moralidad de los derechos difiere de la moralidad
es salvar a su mujer. El hecho de que su vida está en peligro está por de la responsabilidad en el énfasis puesto en la separación más que en.
encima de cualquier otro criterio que se pueda utilizar para juzgar su ac- los vínculos, y en la consideración de lo individual en lugar de las rela-
ción. La vida es más importante que la propiedad.» ¿Y si fuera un ami- ciones humanas.
go y no su mujer? «No dudo que fuera diferente, desde el punto de vista
moral sigue siendo un ser humano en peligro.» ¿Y si fuera extranjero? Como ilustración de la importancia que tiene el factor genérico en
«También.» ¿Cuál es el punto de vista moral? «Creo que todo individuo la divergencia de orientación del juicio moral, transcribiremos las res-
tiene derecho a la vida y si hay una forma de salvar a un individuo debe puestas dadas por dos niñ.os de once años -una niñ.a y un varón- al
ser salvado.» ¿Deberá el juez castigar al marido? «Normalmente lamo- dilema de Heinz. La muestra fue seleccionada para el estudio de las va-
ral y las leyes coinciden, aquí están en conflicto. El juez debería tener riables género y edad, manteniendo constante factores ya estudiados,
más en cuenta el punto de vista moral, pero preservar la ley imponiendo como clase social, nivel de educación y de inteligencia *. Amy y Jake,
a Heinz un castigo ligero.» los niños elegidos, cursaban el mismo sexto grado y participaban en las
mismas actividades escolares y extraescolares. Eran alumnos sobresa-
Aplicando la escala de Kohlberg, Simpson (1974), Edwards (1975) lientes y, al menos en las aspiraciones que tenían a los once añ.os, no po-
y Holstein (1976) en estudios empíricos observaron que la mayoría de dían ser clasificados como asumiendo roles del género estereotipados.
las mujeres no sobrepasaban el estadio 111, en el cual la moral esconce- Amy quería ser científica, y Jake prefería el inglés a las matemáticas.
bida en términos interpersonales, y la bondad es equivalente a ayudar A ambos niños se los enfrentó con el dilema de Heinz. Jake desde el
y ser complaciente con otros. Esta concepción de la bondad es conside- principio tuvo claro que Heinz debía robar la medicina; partiendo del
rada por Kohlberg y Kramer (1969) como funcional para la mujer, ya dilema entre el principio de propiedad y el principio de vida, él distingue
que su vida transcurre en el hogar, y sostienen que sólo si la mujer entra- la prioridad de la vida y utiliza la lógica para justificar su elección.
ra a jugar en la arena de las actividades tradicionalmente masculinas re-
conocería la inadecuación de su perspectiva moral y progresaría como «Por una cosa la vida es más importante que el dinero, y si el boti-
el hombre, al considerar que las relaciones humanas están subordinadas cario sólo ganara 1000 dólares, él sigue viviendo, pero si Heinz no ro-
a reglas (estadio IV), y las reglas, a principios universales de justicia (es- ba la droga su mujer se muere.» ¿Por qué la vida es más importante
tadios V y VI). que el dinero? «Porque el farmacéutico puede conseguir 1000 dólares
después, de gente rica con cáncer, pero Heinz no puede conseguir a
su mujer otra vez.» ¿Por qué no? «Porque la gente es toda diferente.»
Las observaciones sobre el carácter diferencial de las experiencias so-
¿Y si Heins no quiere a su mujer? «No hay diferencia, no es una cues-
ciales en la infancia media (Piaget, 1932; Maccoby, 1974; Lever, 1978,
y Chodorow, 1978) conducen a pensar que los varones y las niñ.as alcan-
zan la pubertad provistos de distintas herramientas, con una diferente
• Ejemplo citado por Gilligan ( 1982) de las experiencias efectuadas por Kohlberg
orientación interpersonal y un diferente rango de experiencias sociales. ~ (1958). The Development of Modes of Thinking and Choices in Years JO to 16. Ph. D.
Los estudios sobre la mujer que se centran en conceptos derivados de Diss. University of Chicago.

132 133
tión entre odiar y amar e incluso si Heinz fuese apresado, el juez pro- podría ir preso , y entonces su esposa se enfermaría de nuevo, y no po-
bablemente pensaría que él tenía derecho a hacerlo.» ¿Pero Heinz ha- dría conseguir más medicamentos y esto no marcharía. De manera
bría violado la ley? «Las leye~ a veces cometen errores.» que ellos deberían hablarlo y discutirlo y encontrar otra manera de ha-
llar el dinero.»
O sea, que Jake tiene en cuenta las leyes y reconoce sus funciones
en el mantenimiento del orden social, también toma en consideración Ella no tiene en cuenta ni la ley ni la propiedad, sino los efectos que
que las leyes son productos del hombre y, como tal, sujetas a error y sobre la relación tendría el robo. Amy encara el dilema no como un pro-
cambio. Fascinado por el poder lógico de las matemáticas, este mucha- blema lógico o matemático, sino desde una perspectiva interpersonal
chito considera que es la única disciplina totalmente lógica y la aplica - la necesidad de la esposa por su marido y la preocupación del marido
al dilema en juego que «es una suerte de problema matemático con hu- por su mujer-, y busca responder a los intereses del farmacéutico de
manos». Aunque al mismo tiempo conoce los límites de la lógica, pues una manera que trata de mantener la unión, en lugar de producir un
cuando se le pregunta si hay siempre una respuesta correcta a los proble- conflicto insoluble. Así como ella vincula la sobrevivencia de la esposa
mas morales, Jack responde «hay errores y aciertos en los juicios», e con la preservación de la relación, ubica el valor de la vida humana en
ilustra cómo una acción llevada a cabo con la mejor de las intenciones un contexto de relaciones, considerando que sería negativo dejarla mo-
puede conducir al peor de los desastres: «Si usted le da el asiento a una rir, porque «si ella muere, lastima a muchos, y esto también la hace su-
anciana en el autobús, y luego choca y el asiento es arrojado por la ven- frir a ella». Estima que el núcleo del dilema no surge del derecho del far-
tana, será por esta razón que la anciana muera.» macéutico, sino del fracaso de éste en tener en cuenta el problema de
la mujer.
Desde el punto de vista cognitivo la preadolescencia se caracteriza
por la articulación de un pensamiento operacional en surgimiento, aun- Las respuestas siguientes dadas por Amy repiten la misma argumen-
que la descripción todavía se funde en los parámetros de un mundo in- tación ante los sucesivos interrogantes que se suceden en la construcción
fantil -su edad, su ciudad, la ocupación de sus padres, sus creencias, que Kohlberg hace del dilema de Heinz, si Heinz ama o no a su mujer,
sus gustos-, es decir, un campo de observación aún egocéntrico. Sin si es una extranjera, etc.; pero sus respuestas van siendo cada vez menos
embargo, la creciente capacidad para el pensamiento formal, para el explícitas y Amy va perdiendo confianza en sí misma. Finalmente afir-
metapensamiento y el razonamiento lógico, liberan al niñ.o de su depen- ma: «Bueno, porque no está bien, no sabrá cómo dárselo a su esposa
dencia de la autoridad y le permiten hallar las soluciones a sus proble- y ella moriría igual.» Amy compone el rompecabezas según otras leyes,
mas. Aplicando la escala de Kohlberg, el razonamiento de Jake -an- un mundo no tanto de reglas y principios, sino de relaciones humanas,
clado aún en su nivel convencional- es una mezcla de los estadios III y el dilema descansa, para ella, en el fracaso del farmacéutico -en tanto
y IV, pero su habilidad para deducir lógicamente, diferenciar moral de ley ser humano- en responder a las necesidades de la esposa: «El debería
y considerar que las leyes pueden estar sujetas a errores, y apuntar a un darle los medicamentos para la esposa y permitirle al marido que le pa-
principio de justicia propio, acercan a Jake al tope del desarrollo moral. gue después.» Ella considera que la solución del dilema radicaría en re-
saltar el pedido de ayuda al farmacéutico y, en caso de que éste no acce-
En contraste, Amy responde de una forma muy diferente, dando la diese, en apelar a otros que estén en posición de ayudar. Así como Jake
impresión de fallar en su razonamiento lógico y en no tener la capacidad confía en que el juez acordaría que robar era lo que Heinz debía hacer,
de pensar por sí misma. Interrogada si Heinz debería robar el medica- Amy está segura que si Heinz y el farmacéutico hubieran podido hablar
mento, ella responde en forma evasiva e insegura: lo suficiente, habrían llegado a un acuerdo sin tener que robar. Ella
también tiene en cuenta que la ley se equivoca, pero además estima que
«Bueno, yo no pienso eso. Pienso que debe haber otras formas o
maneras además de robar, por ejemplo, pedir el dinero prestado o un
existe un error en el seno mismo del drama y cree que «el mundo debería
préstamo a un bancó, o algo, pero no tendría que robar, pero su espo- compartir más las cosas, y de esa manera la gente no se vería forzada
sa tampoco tendría que morir. .. » ¿Por qué no debería robar? «Si el a roban>. Ambos reconocen la necesidad de un acuerdo, pero mediado
roba el medicamento, él podría salvar a su esposa, pero si lo hace, él de diferente manera: él, de forma impersonal a través de términos lógi-

134 135
cos y por la fuerza de la ley; ella, a través de la comunicación humana. sistema de comunicación, asegurando la salvación de la esposa a través
Así como Jake confía e_!l una convención para solucionar el dilema del fortalecimiento del diálogo más que en el corte de las conexiones.
-asumiendo que esra convención es compartida-, Amy se basa en la
comunicación, sosteniendo que las voces serían oídas. Pero lo que Gilligan resalta es que el entrevistador no entiende las
respuestas de Amy, mejor dicho, no se da cuenta de que Amy no res-
Lo que Gilligan descubre es que mientras las afirmaciones de Jake ponde a si Heinz debe robar el medicamento, es decir, si debe actuar o
se confirman por la coherencia lógica entre preguntas y respuestas, las no en esa situación, sino cómo debe actuar Heinz al darse cue,nta de la
de Amy no se sostienen por el fracaso en la comunicación demostrada urgencia. Amy responde a si Heinz no podría arbitrar otra alternativa
por el entrevistador al no entender sus respuestas. Desde la escala de que robar el medicamento. Entonces lo que parece una evasión del pro-
Kohlberg, Amy queda ubicada por debajo de Jake, en un cabalgamien- blema desde una perspectiva, significa en otros términos el reconoci-
to entre los estadios 11y111: 1) sentimiento de impotencia en el mundo; miento del problema y la búsqueda de una mejor solución. Ante el mis-
2) inhabilidad para pensar sistemáticamente acerca de los conceptos de mo dilema, Jake y Amy ven dos problemas morales distintos: él, un
moral y ley; 3) rechazo a examinar la lógica de los conceptos sobre ver- conflicto entre la vida y la propiedad, que debe resolverse por deducción
dad moral recibidos, y a desafiar la autoridad; 4) fracaso en considerar lógica; ella, una fractura de la relación humana, que debe ser reparada
el acto de salvar una vida sin efectos. Por otra parte, su tendencia a apo-. de alguna manera.
yarse en las relaciones interpersonales parece revelar dependencia y vul-
nerabilidad, y su creencia en la comunicación como medio de resolver El problema teórico adicional no sólo consiste en no haber compren-
problemas se presenta como ingenua y cognitivamente inmadura. Esto dido que se trataba de lógicas diferentes, sino además, haber considera-
contrasta con la personalidad de Amy y con su autopercepción, segura do los argumentos de Amy como de un estadio inferior. Kohlberg tiene
de sí misma en sus convicciones y creencias, convencid~ de poder reali- respuestas para el interrogante ¿qué ve él que ella no ve?, ya que ubica
zar algo valioso en la vida. Describiéndose a sí misma como en «creci- a Jake en un estadio superior de la escala, pero no sólo carece de hipóte-
miento y cambio, porque ahora sé realmente mejor cómo soy y veo el sis para la pregunta inversa ¿qué ve ella que él deja de lado?, sino que
mundo diferente». no se le ocurre planteársela. De hecho, Jake revela una comprensión so-
fi sticada de una lógica de la justificación, de la misma manera que Amy
Gilligan se interroga si esta visión del mundo que Amy despliega le- es equivalentemente sofisticada en su comprensión de la naturaleza de
jos de ser inferior, no es no sólo diferente, sino expresión de una pro- la elección. Dice Amy: «Si dos caminos conducen a lugares muy distan-
funda ética humanfstica. Su mundo es un mundo de relaciones y tes y uno elige uno, nunca se sabrá qué habría sucedido si hubiera elegi-
verdades psicológicas, donde el descubrimiento del vinculo entre las per- do el otro», y agrega, «la chance que ha elegido es realmente una conje-
sonas impone la responsabilidad por el otro, la perentoriedad de la nece- tura» y lo ilustra concretamente ante la elección de campamento para
sidad de una respuesta. Desde esta perspectiva, su comprensión de la el verano: «Y o nunca sabré qué habría pasado si me hubiera quedado;
moral surgiendo del reconocimiento de la relación de objeto, su creencia y si el campamento no resultara bien, tampoco sé, si me hubiera queda-
en la comunicación como modo de resolución de conflictos y su convic- do, si hubiese sido mejor. No hay solución, porque es imposible estar
ción de que la solución al dilema surgirá de lo apremiante del mismo, en dos situaciones al mismo tiempo, pero hay que decidirse, y uno nun-
parecen hallarse lejos de una cognición primitiva e inmadura. Los jui- ca sabe.»
cios de Amy contienen los principios centrales de una ética del cuidado,
as{ como los de Jake reflejan la lógica de la justicia. Su incipiente con- , La organización diferencial de las estructuras de la psique en los dis-
ciencia de un método no violento de resolución de conflictos y su creen- tintos géneros, basada a su vez en el carácter diferencial de las relaciones
cia en el poder reparador del cuidado, la conducen a ver a los actores de objeto y de las experiencias sociales en la infancia, que conduce a que
del dilema no como oponentes en un concurso de derechos, sino como el varón y la niña llegados a la adolescencia consideren y evalúen la rea-
miembros de una red de relaciones de cuya continuación dependen to- lidad, la condición humana y los valores también en forma diferencial,
dos . Consecuentemente, la solución al conflicto descansa en activar el ha sido hasta el momento escasamente reconocida en el ámbito científi-

136 137
co. Este déficit de comprensión se ha rellenado con una ideología subya- bordinación social , sino en el substrato último de su preocupación mo-
cente, el imperio de lo masculino como referencia absoluta y parámetro ral. La sensibilidad hacia las necesidades de los otros y la asunción de
indiscutido de toda normativa. Esta es la razón por la cual nos parece la responsabilidad por su cuidado, conduce a la mujer a escuchar las
imprescindible estudiar y evaluar los efectos psíquicos que tiene sobre uoces de los demás y a tener en cuenta el juicio ajeno, antes que el pro-
la organización de las estructuras mentales de la mujer, el hecho de que pio. Esta aparente debilidad, difusión y confusión de juicios es a su vez
tanto el mundo lego como el científico se hallen gobernados por la erró- inseparable de su fuerza moral. La mujer no sólo se define en un contex-
nea creencia sobre la condición inferior del género femenino . Lo que Gi- to interpersonal, sino que también se jt1zga en términos de su habilidad
lligan destaca es que Amy, aun poseyendo una sólida ética del cuidado para el cuidado. El lugar de la mujer en el mundo masculino es el de
y la responsabilidad, y una muy avanzada lógica de la elección, será cla- nutriente, ayudante, compañera, la hilandera de la red de relaciones so-
sificada como alcanzando un menor nivel que Jake, ignorándose no só- bre la que ella se apoya . Pero mientras ·Ja mujer se ocupa del cuidado
lo el error teórico que encierra tal evaluación, sino también los efectos del hombre, los hombres - en las teorías psicológicas y en los arreglos
devaluadores sobre el concepto de género femenino que aflorarán en la económicos- tienden a no valorizar dicho cuidado . Cuando se norma-
mente de Amy, de Jake. del entrevistador y de todo aquel que tenga ac- 1iviza sobre salud mental, se hace en términos de autonomía, individua-
ceso a los resultados. ción, acceso al deseo, mientras que la preocupación por el cuidado o la
dependencia al objeto se considera inmadurez o debilidad (Miller,
1976) .

LA FEMINIDAD O LA VIGENCIA DE UNA CONVENCION l:.xiste una notoria discrepancia entre adultez y feminidad, y esto se
evidencia con IT\arcado rigor en estudios sobre estereotipos del rol se-
xual. Broverman y col. ( 1972), estudiando las cualidades necesarias para
¿Cómo hará entonces la adolescente para no envidiar a los hombres, la adultez: capacidad de pensamiento autónomo, toma de decisiones
a las condiciones de desarrollo de los varones, a los roles masculinos que claras y acción responsable, las consideran no sólo atributos masculi-
se destacan por su grado de eficacia y competencia? ¿Cómo se las arre- nos , sino cualidades indeseables de-la feminidad. Por tanto, la adoles-
glan las adolescentes de nuestra cultura en transición, para compatibili- cente debidamente convencional -aquella que se identifica con las re-
zar las metas femeninas de apego, dependencia y conciliación con los glas y expectativas de los otros, especialmente de las autoridades, y las
ideales de funcionamiento masculino, separación-individuación y auto- interioriza- mantendrá su identidad «en suspenso», en estado latente,
nomía que se les presentan como más exitosos, pero ajenos? Horner preparándose para atraer al hombre por el cual se nombrará, por cuyo
( 1972) observa que las mujeres presentan un tipo de ansiedad propia, status se definirá, cuyos valores adoptará, el hombre que la rescatará del
que no es ni la expectativa ansiosa ante el éxito ni el temor al fracaso, vacío y la soledad rellenando el «espacio interno». Mientras que en el
sino el miedo al éxito. Las mujeres tienen problemas con la competitivi- hombre la identidad precede a la intimidad y al compromiso en una rela-
dad, que parecen emanar de la oposición entre feminidad y éxito, pues ción de objeto, en la mujer estos procesos se hallan fusionados. La inti-
la anticipación del éxito en actividades de competencia de logros, espe- m idad va junto con la identidad, y la mujer llegará a saber sobre sí en
cialmente con hombres, conlleva la convicción de consecuencias negati- la medida en que se relaciona con su hombre.
vas : amenazas de rechazo social, conflictos afectivos, pérdida del objeto
de amor y de la feminidad . La mujer pareciera no sentirse con derecho Ejemplificando con los cuentos de la Bella Durmiente y Blanca Nie··
a tener éxito, a diferencia del hombre, que al haber edificado su identi- ves , Bettelheim (1976) observa la reconcentración en el interior y el esta-
dad, sin medirse con nadie más que él mismo (en el sentido genérico), do latente de la adolescente hasta que llega el príncipe que definirá su
asume el derecho a sentirse bien con su éxito en cualquier área, ya que ser. Esta línea de desarrollo, en que la identidad precede a la intimidad,
éste no pone en peligro su masculinidad. y el crecimiento humano implica separación e individuación, es la direc-
triz en la definición del ciclo humano; todo lo que signifique apego y
La diferente situación para la mujer no sólo tiene sus raíces en la su- dependencia será entonces retraso y desviación: o sea, la feminidad.

138 139
Junto a este sistema dual de requerimientos y expectativas para el de- el del desear el deseo y no su satisfacción, la mantiene a distancia de la ,
sempefio social, la adolescente también descubrirá -y deberá ubicarse acción concreta, de la vivencia, del goce, del aprendizaje y la madurez
en alguna de las categorías descritas pre, post o sencillamente sexual, y, por tanto, en el fondo no se narcisiza porque sabe de su déficit
convencional- que en el orden cultural donde ella se inscribe, existe en tanto mujer-niñ.a, o sea, virgen. La virginidad constituye la expresión
una moral sexual también dual , diferente para cada sexo. Para los mu- más p ura de la estructura profundamente contradictoria del rol sexual
chachos, la ley del deseo, de su legitimación, de las ventajas tanto de su exigido y esperado en la mujer. Si la conserva, mantiene el honor de su
puesta en acto, como de las múltiples y numerosas experiencias, de la género, lo que eleva su narcisismo, pero permanece en un nivel de erotis-
libre expresión y comunicación sobre la sexualidad. Cuanto más «corri- mo infanti/ que la hace sentirse incompleta; si por el contrario accede
do», mejor hombre será. En cambio las niñ.as-mujeres serán introduci- al deseo y su sexualidad se cultiva, creciendo como hembra, cae presa
das en la «moral del respeto», que se constituye en una de las reglas de del tormento de perder al hombre y pasar a la categoría de mujer des-
oro de la feminidad . honrada o de verse compulsada a formalizar una unión precoz para
evitar este riesgo, todo lo cual se halla lejos de narcisizarla. ¿A quién
Vamos a examinar detenidamente esta peculiar normativización de confía sus dudas, temores, sufrimientos? Generalmente no encuentra a
la mujer por la paradoja que encierra. Apenas la niñ.a alcanza la puber- la madre receptiva y disponible para facilitar la iniciación de su sexuali-
tad, o antes, descubre que en tanto género las mujeres son agrupadas, dad, pues la madre no puede abrir una temática, una comunicación que
clasificadas, consideradas no sólo en forma desigual en relación a los comprometería su rol de educadora. Si la madre estimula la sexualidad
hombres, sino en relación a su propio género . Están las mujeres respeta- de su hija mujer, ¿cómo enfrenta ella misma el dilema de la virginidad,
bles, respetadas y/ o que se hacen respetar y las otras, las mujeres «fáci- paradigma del honor de su género? Razón por la cual evita el tema, la
les», «ligeras», de rango inferior, lo que en un período anterior era sólo confrontación y el compafierismo en esta etapa. La nifia se dirige enton-
un significante ofensivo, ahora se abrocha al significado. Esta línea de ces hacia sus pares, pero corriendo el riesgo de no ser cabalmente com-
clivaje se traza sobre la legitimación social del ejercicio de la sexualidad, prendida, y que la amiga, arrastrada también por los dilemas puberales
ley aplicada sólo al deseo femenino . El niñ.o/a es introducido en un y adolescentes, la condene con el calificativo de «puta», fantasma siem-
mundo social primario y elemental que le permite la organización de su pre cercano para cualquier muchacha que tiene como empresa principal
deseo gracias a la instauración en la cultura de una prohibición, la pro- en su vida «cuidar su reputación». Por tanto, la joven esconderá su cu-
hibición del incesto. La nifia se introducirá en el mundo de los adultos riosidad, reprimirá su deseo, inhibirá la fantl\Sía y esperará al hombre
l;ll ser marcada por la ley que prohíbe el libre ejercicio de su deseo, la con quien en la intimidad del amor podrá comenzar a investigar ¿qué
moral sexual que la definirá ante sí misma, ante las demás mujeres y es una mujer?
hombres como un determinado tipo de mujer.

Pero la importancia de este hecho no sólo radi~a en que la adolescen-


te, a diferencia del varón, tendrá que vigilar su deseo , tendrá que desa- CONCLUSIONES
rrollar controles para sus impulsos -generalmente basados o en el te-
rror persecutorio frente a las consecuencias que le acarrearía el satisfa-
cerlo, o en férreos principios morales-, sino que tendrá que hacer fren- La especifidad de los conflictos que marcan los estadios intermedios
te al desbalance narcisista que el dilema de la feminidad le acarrea. Para y las formas finales de organización de las estructuras psíquicas del
ser mujer debe acceder a la sexualidad, pero para ser una mujer respeta- Ideal del Yo secundario y del Superyo en el género femenino determinan
ble debe reprimir su deseo. La moral se opone a la pulsión. Para ser mu- un tipo de integración diferente a la del hombre.
jer y valorizarse como tal debe tener experiencias sexuales, no puede ser
una «gafa», una «tonta», una «no avivada», es decir, debe ser «sexy», 1. La permanencia de lazos de relación primaria con la madre du-
seductora, manipular los resortes del hacerse desear, lo que la convierte rante toda la vida dificulta la despersonalización de los modelos del
en una narcisista que prefiere que la amen a amar. Pero este narcisismo, Ideal del Yo y de los valores éticos y morales del Superyo, manteniéndo-

140 141
se referidos centralmente a aquellos sustentados por el objeto de la de-
pendencia.

2. La feminidad, en tanto convención vigente (es decir, tal cual es


predominantemente entendida en nuestra cultura), se opone a la evolu-
ción, al cambio, a la autonomía, al éxito, ideales que por otra parte son
los que reciben la máxima valoración en el sistema del cual tal conven-
ción surge.

3. La feminidad, en tanto convención vigente, se opone a la sexua-


lidad, ya que el rol de sujeto de deseo en la mujer es fuertemente comba-
tido por los valores morales del sistema.
PARTE SEGUNDA
4. La feminidad, en tanto convención vigente, se opone al narcisis-
mo, ya que los lugares que la definen no contribuyen a su neta valoriza- LAS HISTERIAS
ción.

Estas razones fuerzan a un clivaje obligatorio de las estructuras psí-


quicas de la mujer, cuyas líneas de fractura son guiadas por una de sus
leyes básicas, el mantenimiento del balance narcisista, mantenimiento
que implica en todos los casos alguna forma de inclusión del hombre pa-
ra su estabilización final. La feminidad más ortodoxa se alcanzará es-
cindiendo el Ideal del Yo, en uno «femenino», de apego y dependencia
al hombre, quien sustituirá la imago parental idealizada, y uno «mascu-
lino», de ambiciones y valores cuya realización delegará en el hombre
elegido o eventualmente en sus hijos. Formas menos tradicionales de fe-
minidad -pero día a día más numerosas por el cambio en los roles de
la mujer de generación en generación- son aquellas en que la escisión
entre metas femeninas y masculinas del Ideal del Yo y del Superyo co·
existen en el seno mismo de las estructuras psíquicas de la mujer sin de·
legación en el hombre (Benedeck, 1959). «La representación de la sexualidad femeni·
na condiciona, reprimida o no, su puesta en
obra y sus emergencias desplazadas (donde la
doctrina del terapeuta puede resultar parte
condicionada), fijan la suerte de las tenden-
cias, por muy desbastadas naturalmente que se
las suponga.»

LACAN: Sobre la sexualidad femenina

142

)
CAPITULO VIII

EL ENIGMA SEMIOLOGICO,
NOSOLOGICO Y EXPLICATIVO

Frente a la histeria la dispersión de las opiniones es máxima: ¿oral


o fálico? ¿Carácter «instintivo», propio de mujeres impulsivas, busca-
doras de placer, exhibicionistas o, por el contrario, cárcel donde impera
la represión y la defensa contra la expresión de la pulsión? ¿Personali-
dad infantil, superficial, inestable, sugestionable, inmadura o última
etapa del desarrollo psicosexual con sólido proceso secundario, múlti-
ples posibilidades de relaciones de objeto y estructura del Yo intacta?
¿Dependiente, complaciente del deseo del otro, siempre lista a quedar
cautiva del discurso del amo, o competitiva, agresiva, experta en no sa-
tisfacer el deseo, es decir, castradora? ¿Conversión como mecanismo
que marca su especificidad o sólo un síntoma que es común a cualquier
estructura?

La histeria surge así, dando lugar a efectos paradójicos sobre los es-
tudiosos, a adjetivaciones peyorativas como «amorfa» (Kris, 1973),
«controvertible receptáculo universal de todo tipo de rasgos» (Nam-
num, 1973) o a obras como la monografía de Krohn (1978), monumen-
tal esfuerzo de cercar lo que el propio autor llama <<Una neurosis elusi-
va». Es increíble el número de artículos escritos sobre el caso Dora -la
histérica más famosa de la historia-, quien ha llegado hasta el cine y
el teatro (la obra de Cixous, 1976, puesta en escena por la compañía de
Renaud-Barrault y la película de MacCall y Col, 1979). Todo lo cual
prueba el desconcierto, el desaliento y/o la fascinación que ejerce, pero
también sugiere una insuficiencia que no encuentra su tope.

Una primera respuesta, la más habitual, que trata de justificar este


déficit teórico, es ubicarlo como el efecto obligatorio de la naturaleza
misma de su estructura sintomal, el aspecto camaleónico, ubicuo, cam-
biable de sus manifestaciones (Wajeman, 1982). La histeria sufre trans-

145
formaciones junto con el devenir histórico, pues siempre está alerta a cionista estaría al servicio de balancear una autoestima estruendosamen-
la moda, al juicio vigente, a las convenciones imperantes. Exquisita- te disminuida. Aunque no lo especifica, parece referirse a una depresión
mente sensible a la aprobación de las mayorías, abandona el lecho de de corte narcisista.
enferma --la sociedad actual no tiene tiempo para cuidar enfermos-,
el beneficio secundario no rinde sus frutos. Por tanto, escasean cada vez Con respecto al núcleo fuerte del concepto, el carácter específico del
más las histerias sintomáticas de los primeros escritos de Freud y abun- conflicto edípico en juego, Freud lanzó la primera piedra al sostener que
dan los trastornos de la personalidad. Es opinión de muchos (Namnum; el fracaso del tratamiento de Dora descansaba en no haber tenido en
Beres y Green, 1974) que el mecanismo de conversión tiende a desapare- cuenta el factor homosexual. A partir de la sospecha freudiana, algunos
cer. Pero este deslizamiento de la neurosis al carácter no alcanza a des- autores han apoyado la tesis de la doble orientación del deseo sexual en
pejar la confusión. Pues no sólo se caracteropatiza, sino que tampoco la histeria (Lacan, 1956-57; Krohn y Krohn, 1982; Kohon, 1984). En es-
se presenta «pura», está acompafiada de manifestaciones compulsivas, te oscilar entre el padre y la madre sin poder decidirse a localizar el obje-
obsesivas, fóbicas, paranoides, infantiles, narcisistas. ¿Qué es lo que se to de su deseo se fundaría su presunta bisexualidad. Pero ¿es que la clí-
destaca entonces como específicamente histérico? Justamente en este nica muestra una prevalencia del Edipo invertido, la madre en tanto ob-
punto de pasaje de la neurosis al carácter es donde la histeria parece des- jeto sexual, o Ja madre se recorta como el modelo de una feminidad
vanecerse, difuminarse y es cada vez más difícil definirla. Cuando se fuertemente rechazada, de la cual la histérica huye y busca desesperada-
trataba de la gran histeria de la época de Charcot el diagnóstico semioló- mente modelos de valorización que obligadamente la masculinizan? ¿O,
gico y nosológico no ofrecía problemas. Este desdibujamiento se acre- por el contrario, el cuerpo de la madre es escudriñado para saber sobre
cienta aún más cuando la histérica se transforma en fóbica, pues la dis- aquello que las unifica en tanto género femenino? ¿Se puede hablar de
tinción entre histeria de angustia e histeria de conversión planteada por bisexualidad porque rechace o compita con el hombre? En realidad la
Freud quedaría anulada, al destacarse la fobia sexual como la forma tí- histérica ni desea ser hombre -no es una transexual encubierta- ni se
pica de la histeria actual. Se sostiene que «cuando parece haberse alcan- homosexualiza, rivaliza, castra al hombre no accediendo a su deseo, pe-
zado formalmente la madurez sexual mediante el matrimonio, vemos ro la naturaleza de su deseo siempre se mantiene heterosexual al igual
aparecer la evitación de la sexualidad genital bajo los diferentes disfra- que su identidad, que no se aleja del dominio de la feminidad.
ces del "conflicto matrimonial", que en realidad suelen ser mecanismos
fóbicos» (Namnum, 1974). Este impasse pareció resuelto con las ideas kleinianas sobre el Edipo
temprano y la fijación oral, que parecían poder explicar el desplaza-
El planteamiento kleiniano desgenitaliza la histeria al sostener el ca- miento de la importancia del conflicto con el padre a la madre. Pero,
rácter oral de los conflictos subyacentes. Las angustias paranoides y de- ¿cómo entender con precisión la naturaleza de un Edipo oral? Laplan-
presivas en relación a la madre pasan a considerarse como el factor cen- che arriesga una aproximación, «nos encontramos en el nivel oral, en
tral, y el cuadro, a ser una organización defensiva superficial de un tras- la época de los cuidados maternales de Ja estimulación sexual excesiva,
torno más profundo de naturaleza psicótica. Pero lo que llama la aten- la seducción, la pasividad y la irrupción de la fantasía de la escena pri-
ción en relación a esta última tesis es que la introducción del concepto maria, a través de estas experiencias sexuales infantiles, he aquí el nú-
de regresión severa, o al menos de posible descompensación psicótica cleo de la histeria» (1974). Uno se pregunta, ¿no caben la totalidad de
como un «siempre presente» en la histeria por parte de los kleinianos los niños en esta supuesta matriz patógena causante de la histeria?
(Rosenfeld, 1974), no contribuyó mayormente el encuadramiento noso-
lógico de la psicosis histérica. Quizá por esta razón, otros autores se Lacan, por su parte, universaliza la histeria de tal modo, ·que ésta
oponen a este planteamiento de generalización de la psicosis en la histe- se constituye en el ejemplar paradigmático de las formulaciones más ge-
ria, y sostienen que si se produce la descompensación es porque desde nerales de la teoría: el deseo jamás puede alcanzar su satisfacCión, está
el comienzo «existió algo que no era solamente histeria» (Namnum, condenado a ser deseo de un deseo, y la histérica no haría sino sostener
1974). Green (1974) también subraya el carácter defensivo de la histeria, a través de esta manifestación el aspecto central de todo hombre, su
pero contra un núcleo depresivo, todo el despliegue histriónico y exhibi- condición de sujeto escindido por el lenguaje y, por tanto, incapaz de

146 147

~~
ser colmado, incapaz de cualquier integración. Todos los síntomas de que es casi comprensible que se llegue a preconizar que «más vale elimi-
la histérica se pueden reducir a la alienación de su deseo, y a lo que La- nar la categoría de histeria» (James, 1974).
can llama la carencia fálica del padre. Carencia fálica del hombre, que
la histérica -más allá de toda intencionalidad-, inevitablemente, pon- Una reflexión sobre esta síntesis pone de relieve una doble insufi-
drá de manifiesto al solicitarle que responda a su pregunta, ¿quién soy?, ciencia. En primer lugar, resalta la sobreinclusión, la generalidad de los
y si éste intenta solucionar el enigma no hará más que descubrir su «no análisis que en lugar de contribuir a una mayor precisión, a una delimi~
saber», su propia condición de castrado. En esta peculiaridad de la de- tación más rigurosa de las fronteras de la histeria en tanto configuración
manda de la histérica sobre su subjetividad, encontraría fundamento la psicopatológica, a una comprensión de sus formas de articulación con
explicación de su fisonomía siempre elusiva, siempre variando en el otras estructuras o cuadros psiquiátricos, nos conduce a un caos nosoló-
transcurso del tiempo, ya que según este enfoque, el hombre siempre ha gico, a una vaguedad semiológica y, lo que es quizá la consecuencia más
intentado saber sobre ella y de este modo se ha prestado a dotarla de lamentable, a una inespecificidad terapéutica. Por otro lado, estas des-
sucesivas máscaras: la hechicera, la santa, la enferma. Pero esta trampa cripciones sobreabarcativas se corresponden con explicaciones que se
que la histérica le tiende al analista, y que él debe saber sortear, es consi- caracterizan por una tendencia reductora «todos los síntomas tienden al
derada por Lacan y su escuela, como el prototipo de la situación analíti- discurso histérico» (Wajeman, 1982). ¿Es que puede mantenerse una ex-
ca, y de ella surge uno de los principios rectores de su técnica: no acce- plicación unitaria para entidades tan diferentes como una personalidad
der a la demanda, no obturar con un supuesto saber por parte del analis- infantil e impulsiva, un carácter histérico marcado por la represión, sín-
ta el deseo del paciente, única vía que permitiría situar al sujeto del in- tomas conversivos en una paranoia y el carácter fálico-narcisista? ¿Esta
consciente. Ahora bien, ante estas formulaciones: la categoría de histe- fisonomía tan polifacética no nos estará sugiriendo una heteronomía de
ria que Lacan crea: el discurso histérico ¿no es un concepto nuevo, dis- condiciones subyacentes, más que una unidad? El pluralismo ha sido se-
tinto a la histeria de la psicopatología? ¿Si todo sujeto, como ser parlan- ñalado y es así que se habla de «Las Histerias» (Sauri, 1975), sin embar-
te, es un histérico, qué se le añade a la histérica para que el ejemplo se go, pareciera que con el plural del sustantivo sólo se está apuntando el
transforme en paradigma y, sobre todo, cómo interviene su condición hecho de que existen varias explicaciones dinámicas para dar cuenta de
de mujer para otorgarle especificidad a lo que se sostiene como una pro- su psicopatología o, en otro plano, al r:ambio frecuente de fisonomía
blemática universal? -las distintas caras de la histeria a lo largo del tiempo-, y no a una
diversidad de cuadros, que, si bien comparten un núcleo común, tienen
Los argumentos sustentados ante los distintos impasses que se pre- autonomía suficiente para distinguirse claramente entre sí.
sentan en torno a la histeria pueden resumirse así: l) La gran neurosis,
plena de ataques y síntomas conversivos, es decir, la forma histérica epi- Recapitulando, el recorrido por la literatura sobre la histeria nos
léptica desaparece -como han desaparecido a lo largo de la historia las permite delinear tres dimensiones sobre las que es posible encarar un
formas demoníaca y la hipocondríaca-, dejando lugar a una vaga e im- trabajo de revisión y replanteamiento. En primer lugar, desde el punto
precisa evitación de la sexualidad. 2) El mecanismo de conversión como de vista semiológico, el papel de la conversión en el diagnóstico de histe-
rasgo fundamental del modelo sólo es mantenido por algunos autores ria. Se impone el reconocimiento de la no necesariedad del vínculo entre
(Laplanche, 1974), mientras que la mayoría lo descartan (Easer y Les- síntoma conversivo e histeria, ya que el primero admite variadas conste-
ser, 1965; Zetzel, 1968, y Krohn, 1978) o sostienen como Green (1974) laciones dinámicas subyacentes. Trataremos de dar cuenta del síntoma
la necesidad de sustituir la conversión por la disociación como eje de la conversivo como una categoría aislable, que puede, por un lado, acom-
categoría nosológica. 3) El descubrimiento freudiano de la importancia pañar o no a una neurosis histérica y, por el otro, formar parte de la
en la histeria de la relación con la madre -por otra parte escasamente constelación síntoma! de cualquier cuadro psicopatológico. Es preciso
integrada a su teorización sobre la psicopatología de este cuadro- ha distinguir entre personalidad o carácter y estructura psicopatológica, la
dado lugar en los sucesivos intentos de comprensión a una difusión de personalidad a pesar de que la podamos denomin,a{, por ejemplo, histé-
su marco de referencia inicial, primero de la neurosis a la psicosis, luego rica por la predominancia de cierta configuración psicopatológica, es
como modelo universal de la estructuración del deseo humano, por lo una entidad compleja en la cual se hallan presentes otras estructuras o

148 149
mecanismos además de los dominantes. Las estructuras psicopatológi- pasa al estado latente segi¡n las condiciones de la experiencia? Coincidi-
cas o unidades de organización, en cambio, son cada una de ellas defini- mos con quienes han venido sosteniendo una articulación entre femini-
das en torno a ciertos parámetros, y, por tanto, están desde el punto de dad e histeria (Freud, 1926; Lacan, 1958; Rosolato, 1964; Perrier, 1974;
vista metodológico en una relación de oposición unas con respecto a las Fendrick, 1976; Chodoff, 1982), pero diferimos en el sincretismo con
otras. El mecanismo de conversión sería un claro ejemplo de lo que pro- que se ha concebido la feminidad, al hacerla sinónimo de heterosexuali-
ponemos entender como una organización mínima, que admite una de- dad, de deseo sexual, de sexualidad femenina. Creemos que la incorpo-
finición que lo delimita y diferencia de otros mecanismos, y simultánea- ración del concepto de género, y las consecueneias que conlleva para la
mente se halla presente en múltiples combinaciones con otras unidades. teorización sobre la histeria, permiten comprender más cabalmente su
problemática. El carácter estructural e intrínsecamente conflictual de la
En segundo término, las investigaciones en otros dominios de la psi- feminidad en nuestra cultura se demuestra y tiene su máxima expresión
copatología nos permiten actualmente precisar con mayor rigor la cate- en la histeria, que se constituye en uno de los síntomas que lo pone en
goría nosológica de histeria, separando de su seno cuadros como las per- evidencia. La feminidad no es una configuración fácilmente delineable,
sonalidades borderline que durante mucho tiempo han sido considera- o paradójicamente puede serlo hasta el estereotipo; cada mujer elabora
das como histerias graves o psicosis histéricas. Junto a este proceso de a lo largo de su existencia su propio Ideal del Yo femenino más o menos
verdadera limpieza conceptual, simultáneamente surge la necesidad de adaptado, más o menos en oposición al deseo de sus padres, a las expec-
reconocer otras configuraciones emparentadas, la personalidad infantil tativas de los microgrupos en los que se halla inserta, a las convenciones
o dependiente y el carácter fálico-narcisista como pertenecientes a la se- de la sociedad en que vive. Pero sí tratamos de conocer y definir qué
rie histérica. De manera que, por un lado, se eliip.inan algunas catego- es una mujer para los padres de dicha muchacha, o cuáles son los mode-
rías y, por otro, se incorporan como pertinentes otras ya descriptas en los aportados o exigidos por el microgrupo al cual pertence, o los patro-
la literatura, pero no consideradas histéricas hasta el momento. Se trata nes vigentes en su medio, hallaremos una constante oposición tanto en-
de un reagrupamiento en torno a una estructura psicopatológica común, tre feminidad y valorización narcisista como entre sexualidad femenina
la problemática narcisista del género, pero que en la combinatoria con y narcisismo. Las variantes de la histeria -la personalidad infantil-
otras estructuras da como resultado una pluralidad de configuraciones: dependiente, la personalidad histérica y el carácter fálico-narcisista-
las distintas personalidades. De este modo entendemos el pluralismo constituyen una serie psicopatológica, cuyo eje lo constituye el grado de
presente en la histeria. aceptación o /rechazo de los estereotipos sobre los roles del género
vigentes en nuestra cultura. Pero en cada uno de estos cuadros podre-
En tercer lugar, abordaremos la relación entre histeria y género fe- mos reconocer una estructura genérica de toda mujer: el profundo con-
menino. No hay ninguna duda de la prevalencia de la histeria en la mu- flicto narcisista que la relación deseo-placer le provoca.
jer, y tal afirmación se funda no sólo en las impresiones de· gran parte
de los que se han dedicado a su estudio -Freud en primer lugar- que Delimitadas así las tres dimensiones que organizarán nuestro replan-
ha conducido a que se constituya en la única «neurosis sexuada» -his- teamiento entraremos en el análisis detallado de cada una de ellas.
teria femenina y masculina-, sino que actualmente existen datos esta-
dísticos que así lo demuestran (DSM-III).

A partir de la obra freudiana es un postulado psicoanalítico que el


desarrollo psicosexual es más complejo en la mujer, quien debe sortear '\.
un mayor número de obstáculos que el hombre, y al decir de Perrier «to-
da madurez libidinal debe pasar por los modos histéricos de madura-
ción» (1974). ¿Es entonces la histeria si no el destino obligado de la mu-
jer, al menos un paso necesario de' su e_volución o,,en cambio, una posi-
ción, una forma de organización específica que se actualiza, moviliza o

150 151
CAPITULO IX

CONVERSION

¿CARACTER MAXIMO DEL MODELO?

La presencia de síntomas conversivos es para algunos el rasgo funda-


mental y lo que permite trazar la demarcación entre histeria de angustia
e histeria de conversión. Sin embargo, el hecho de que existan personali-
dades histéricas bien delimitadas u otros cuadros de la serie histérica,
como el carácter fálico-narcisista, que raramente presentan un síntoma
de conversión, arroja dudas sobre su valor patognomónico y la corres-
pondencia entre histeria y conver~ión. En ausencia de conversión, la
matriz generadora, ese núcleo de represión, de triangularidad edípica no
obstante, debería hallarse presente. ¿Entonces es la conversión el expo-
nente paradigmático de una estructura subyacente, o puede considerarse
irrelevante ya que la matriz existe sin su presencia? ¿Será legítimo inte-
rrogarse sobre la validez de la situación inversa: un síntoma conversivo
en ausencia del típico patrón subyacente, es decir, producido por con-
flictos diferentes al clásico conflicto edípico? El segundo orden de he-
chos que merece también una explicación, es la presencia de \síntomas
conversivos en cuadros bien definidos pero distintos de la histeria, como
en la esquizofrenia, la neurosis obsesiva o la paranoia. ¿Su presencia se-
ría testimonio de una microestructura triangular de escenificación del
deseo, un indicador de ansiedad de castración, y debemos pensar en una
neurosis mixta o en un núcleo histérico como lo sugiere Laplanche
(1 967)?

Ahora bien, las dudas no se centran sólo en la relación obligada en-


tre histeria y conversión, sino que se hacen extensivas al concepto mis-
mo de conversión, ya que el enlace mente-cuerpo se halla lejos de estar
dilucidado. Sabemos, a partir de Freud, de la eficacia simbólica para
movilizar mecanismos cerebrales que ponen en marcha procesos somáti-

153
cos, pero de este proceso sólo conocemos el eslabón inicial y el terminal. fantil,,nueve niñas y seis varones, de edades promedio alrededor de doce
La idea central es la trasmutación, el cambio de estado, algo psíquico años. Los síntomas más comunes eran trastornos en la marcha y en los
se convierte en algo físico, corporal. La tesis más radical fue la concep- miembros inferiores, acompañados algunas veces de dolores y pareste-
~ión econó_fuica freudiana -actualmente abandonada-, la libido en sias. Un 80 por 100 presentaba antecedentes psiquiátricos diversos: esta-
tanto energía psíquica se transformaba, se convertía en inervación so- dos de ansiedad, enuresis, trastornos de conducta, depresión, fobias es-
mática. Pero simultáneamente a la económica, Freud sostuvo la concep- colares. En alrededor del 30 por 100 se hallaba una historia médica ante-
ción simbólica de la conversión, que es la que se ha mantenido y ha reci- rior, y la aparición del síntoma era en todos ellos rápida, en horas o po-
bido el empuje de la teoría de la supremacía del significante en Lacan: cos días. Pero lo más interesante a destacar es que el. diagnóstico de per-
el síntoma somático es la expresión simbólica, debidamente disfrazada sonalidad mostraba un espectro sumamente amplio, en el que los rasgos
por los mecanismos de condensación y desplazamiento de ideas reprimi- característicos de la personalidad demostrativa, exhibicionista o histrió-
das. Esta particularidad -la de guardar una relación simbólica precisa nica estaban prácticamente ausentes, salvo en tres casos. Por el contra-
con la historia del sujeto- es la que distinguiría la conversión de otros rio, la mayoría de los niños eran definidos por un perfil que giraba alre-
procesos de formación de síntomas, en los cuales también existe vincula- dedor de marcada ansiedad, déficit en las relaciones interpersonales, re-
ción de lo psíquico con lo somático, como en las enfermedades llamadas tracción, inseguridad, baja autoestima y Jlislamiento.
psicosomáticas, entidades que se presentan como más herméticas al in-
tento de aislar una fantasmática específica y determinante. Un caso particularmente estudiado fue el de una niña de' nueve años,
con una pérdida parcial de la visión en ambos ojos, que se quejaba de
Pero volviendo al mecanismo de conversión, ¿podemos seguir soste- «ver borroso», El examen psicológico mostró baja autoestima, tenden-
niendo que se trata siempre de una fantasía inconsciente particular que cia al aislamiento y búsqueda de relaciones con adultos. Su madre sufría
mantiene con el síntoma un enlace simbólico? En ese caso, ¿qué tipo de depresiones frecuentes, y su padre era un alcohólico moderado. Se ob-
simbolización se hallaría en juego? ¿Estamos permanentemente en pre- servó que el síntoma hacía su aparición después que el padre dejaba la
sencia de un deseo sexual, como en la tos de Dora que supuestamente casa como consecuencia de alguna disputa matrimonial. Una investiga-
expresaba un deseo de «felatio», o puede ser considerada en una acep- ción más cuidadosa, permitió establecer el hecho a partir del cual el sín-
ción más amplia, como una alteración psicógena de la función de alguna toma se había desencadenado: después de una visita de la niña a la casa
parte del cuerpo, entendiendo por alteración psicógena la que se produ- de una tía que sufría de problemas de visión, afección que provocaba
ce por cualquier tipo de motivo, no sólo el sexual? ¿Puede entonces la una sobreatención por parte de sus familiares.
conversión entenderse como un mecanismo elemental de la psique hu-
mana, capaz de ser puesto en marcha por múltiples fantasmáticas? Estos datos sumados a otros provenientes del campo psicoanalítico
y psiquiátrico, que, aunque desafortunadamente no están:provistos de
Las dificultades para situar la conversión, desde el punto de vista se- estadísticas, sin embargo se hallan basados en las observacfones de bue-
miológico y nosográfico, son ampliamente compartidas por la comuni- nos y experimentados clínicos, demuestran la escasa evidencia para
dad psicológica en general, y quizá sufridas en forma aún más aguda mantener la correspondencia entre síntoma conversivo y personalidad
por los profesionales que trabajan con niños (Robins y O'Neal, 1953; histérica (Chodoff y Lyons, 1958; Guze, 1967; Stephens y Kamp, 1962;
Proctor, 1958; Hinman, 1958). Por su parte, Rock (1971), en un estudio Krohn, 1978). Lo que recalca el estudio de Goodyear es la participación
de diez casos de histeria de conversión, propuso el siguiente criterio para de la identificación con la tía en la producción del síntoma de conver-
la elaboración del diagnóstico diferencial: 1) síntoma somático bien de- sión. Un síntoma de conversión establecido vía identificación es lo que
finido (motriz o sensorial) sin base anatómica ni fisiológica demostrada; Freud describió como identificación histérica, o también contagio histé-
2) comienzo o exacerbación ante sucesos emocionales significativos; 3) rico. Se trata de una identificación parcial a un elemento puntual del
examen psiquiátrico que demuestre su filiación psicológica y su base in- otro, que se articula precisamente por la similitud del deseo en juego.
consciente. Ian Goodyear (1981), aplicando estos criterios sobre tres mil Goodyear concluye que los niños parecen ser capaces de «aprender» que
niños con síntomas somáticos, encontró sólo quince casos de histeria in- una incapacidad física es un medio poderosísimo para encarar un sufri-

154 155
miento psicológico que se halla más allá de su control. En la generalidad po psicoanalítico no se le haya otorgado al concepto freudiano de iden-
de los casos el niño es consciente del problema familiar, en cambio pare- tificación primaria todo el valor que merece, tanto en la estructuración
ciera que el sufrimiento del niño es ignorado o mal entendido por la fa- de la psique normal como en la formación de rasgos de carácter y sínto-
milia, sumergida en otras prioridades emocionales. En este sentido el mas patológicos. Después de la importancia cobrada por las relaciones
desarrollo de síntomas físicos se demuestra como un recurso eficaz para de objeto tempranas en la organización del psiquismo, la identificación
contener y controlar dificultades interpersonales. primaria ha quedado relegada y confundida con el mítico momento
puntual del origen del psiquismo.
¿Estamos ante diferentes lenguajes -el aprendizaje postulado por
Goodyear y la identificacion psicoanalítica- para describir un mismo Se ha malinterpretado la definición freudiana «esta identificación
fenómeno, o se trata de dos hechos de distinta naturaleza? ¿Es lo mismo no parece constituir el resultado o desenlace de una carga de objeto,
la identificación histérica que el aprendizaje de una técnica de control pues es directa e inmediata y anterior a toda carga de objeto» (St. Ed.
interpersonal? El punto en cuestión es el siguiente: cuando pensamos Vol. XIX, pág. 31 ), la formulación «anterior a toda carga de objeto»
que la niña se halla identificada a la tía, ¿esta identificación es a·un mis- tomándola en su literalidad descontextualizada, y no en el significado
mo deseo sexual, a una misma posición dentro de una estructura relacio- que tenía para Freud. Freud se refería a la carga se'Xual del objeto edí-
nal o a una técnica interpersonal? ¿Podríamos ~enturar que la simili- pico y no a cualquier carga de objeto, lo que aclar'a explícitamente
tud de deseos o de fantasías inconscientes entre-tia y sobrina se articula- cuando hablando de la diferencia entre «identificación con el padre y
ría en un discurso fantasmático compartido, del tipo «no quiero ver a la elección del padre como objeto» agrega: «El primer tipo de vínculo
mis padres peleando, ya que yo deseé separarlos, me siento culpable de es por tanto ya posible antes de que cualquier elección de objeto sexual
mis deseos incestuosos hacia papá», es decir, el síntoma como expresión haya sido hecha» (St. Ed. Vol. XVIII, pág. 106. Subrayado nuestro).
del conflicto edípico? O, más bien, considerar que la identificación es Como ya hemos desarrollado en otro lugar (Dio Bleichmar, 1981), en
a una determinada técnica de control sobre el semejante, ya que la tía la oposición identificación primaria-identificación secundaria la barra
a través de su dolencia obtenía no sólo el cuidado sino la presencia per- divisoria pasa por la pérdida de objeto (pérdida que no significa des-
manente de esposo y familiares . En este caso la identificación y el apren- aparación del objeto, sino una modificación de su inscripción psíquica)
dizaje parecen recubrirse, ya que se trataría de una identificación a lo que acontece, como consecuencia del complejo de castración y los con-
que conocemos como el beneficio secundario del síntoma, que no es flictos edípicos. Al renunciar el niño al objeto incestuoso, y por tanto
otra cosa que un procedimiento yoico, y en el proceso de equiparación perderlo en tanto objeto libidinal, lo recupera identificándose a él,
de un Yo a otro, se incorpora un rasgo, independientemente de la fan- transformando su Yo a imagen y semejanza del objeto. En esto consiste
tasmática que puede haber determinado su aparición en la tía. básicamente lo central del concepto de identificación secundaria, es
decir, secundaria a una pérdida. El modelo de la identificación melancó-
No es casual que en la literatura psiquiátrica y psicológica no analíti- lica o narcisística también se rige por esta ley, ya que la imago del objeto
ca abunden los trabajos que reconocen la importancia de la imitación se instala en el Yo como consecuencia de su pérdida. Si en algo se distin-
y la identificación en el proceso de formación de síntomas (Proctor, gue entonces la identificación primaria es que no es secundaria a una
1958; Gold, 1965; Raskin, 1966; Stevens, 1969; Caplan, 1970). Chodoff pérdida de objeto, sino que coexisten la carga de objeto y la identifica-
(1974) considera que es a través de este mecanismo como en términos ción. Freud no habla de su presencia sólo en los orígenes o en las épocas
psicológicos puede hablarse de experiencias de aprendizaje intensivo más tempranas del psiquismo, sino que la hace responsable de la estruc-
(Leybourne y Churchill, 1972). Estos planteamientos se aproximan a los tura de la relación de objeto durante la prehistoria del Complejo de Edi-
nuestros (Dio Bleichmar, 1981) en la relevancia otorgada al papel de la po, es decir, durante la etapa preedípica. Período durante el cual consi-
identificación en la producción sintomal, no sólo en la línea freudiana deraba que el padre y la madre son valorados en forma indistinta por
de la identificación histérica -identificación puntual y transitoria a un el niño/a ya que se ignora l~ diferencia de sexos y sus consecuencias psí-
rasgo-, sino a partir de la identificación primaria y masiva a los obje- quicas, por tanto · anterior a la renuncia y consecutiva «pérdida» del
tos de amor de la primera infancia. Lo notable es que en el propio cam- objeto.

156 157
A su vez, esta simultaneidad entre la relación de objeto y la identifi- co y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-111), al establecer al
cación queda incluida como característica central en la noción misma de beneficio secundario como uno de los dos motivos posibles en la pro-
la identificación que propone Lacan, mostrando con todo rigor no sólo ducción de un síntoma conversivo. Se considera que la evitación de un
la inevitabilidad de este tipo de organización de la psique humana, sino peligro o el control de una relación interpersonal son factores causa-
la permanente vigencia del fenómeno en el campo de las relaciones nar- les suficientes, desvinculándolos de su carácter de efecto del benefi-
cisísticas. cio primario. La pertinencia del mecanismo de manipulación para la
explicación del síntoma conversivo, como una técnica de control inter-
Pero la introducción de la temáti.::a del beneficio secundario nos con- personal, se pone de manifiesto en la frecuencia con que en la infancia
duce a revisar otro punto, y es el de la especificidad sexual edípica de es posible determinar el beneficio secundario y no el primario en la sin-
la fantasmática en juego. El enfoque kleiniano destierra toda exclusivi- tomatología histérica. En el caso Dora, Freud registra este hecho en la
dad fálica del conflicto en cuestión, al enfatizar la importancia de la infancia: /
compleja y ambivalente relación con la madre en los casos de histeria.
Si bien este conflicto también formaría parte del circuito edípico, ya que «Los motivos de la enfermedad empiezan a actuar muchas veces
se trata de una triangularización temprana, ¡o que predomina es la pro- ya en la infancia. La niña, ansiosa de cariño y que sólo a disgusto
blemática persecutoria más que la sexual. Rangell (1959), tributario de comparte con sus hermanos la ternura de sus padres, observa que esta
una línea teórica diferente, también sostiene que la conversión puede ex- ternura se prodiga exclusivamente sobre ella cuando está enferma.
presar fantasías agresivas canibalísticas, como en el esquizofrénico. De Descubre así un medio de provocar el cariño de sus padres y se servirá
cualquier modo, aunque asistamos a una ampliación de la fantasmática de él en cuanto disponga del material psíquico necesario para producir
subyacente, el síntoma sigue respondiendo a los principios que lo defi- una enfermedad.» (St. Ed. Vol. VII, pág. 44).
nen como un «beneficio primario»: 1) se constituye en base al fantasma;
2) a través del síntoma mismo se obtiene una satisfacción libidinal. ¿Pe- ¿Es necesario concebir una fantasía adicional que esté enlazada es-
ro podríamos sostener con la misma coherencia, la presencia de conflic- pecíficamente con la enfermedad en juego, o basta haber sufrido alguna
tos y fantasmas de orden narcisista en el punto de partida de un síntoma cualquiera, o haber visto u oído de los beneficios de estar enfermo, para
conversivo? Por ejemplo: un prestigioso profesional acude a un congre- que la conversión se instale, sin que entre el deseo de acaparar a los pa-
so a presentar los resultados de sus investigaciones, y considera que será dres y la enfermedad específica intervenga ninguna asociación simbóli-
muy atacado por el auditorio y sus colegas, por el carácter innovador ca? En favor de esta posición es que se pronuncia el comité asesor de
de sus ideas que comprometen las teorías de muchos de los presentes. la Sociedad de Psiquiatría Americana, que pareciera resolver la proble-
El día de la presentación amanece afónico, no pudiéndose rastrear en mática que se le presentó a Freud predominantemente con la histeria:
sus motivos más que una intensa persecusión y temor a perder posicio- la coexistenci~ de mecanismos intrasubjetivos e interpersonales en el se-
nes, conflictos todos de corte fuertemente narcisista . no mismo de un síntoma psíquico. En la nota afiadida en 1923 al estudio
del caso Dora, Freud distingue en el «beneficio primario» mismo dos
Laplanche (1967) sostiene que es justamente el punto de vista tópico partes: la parte interna, que consistiría en la reducción del esfuerzo psí-
el que permite dilucidar las fronteras siempre difusas entre beneficio pri- quico -«fuga hacia la enfermedad»- que procura el síntoma al con-
mario y secundario, quedando este último claramente limitado a los ca- flicto, y la parte externa, que estaría ligada a las modificaciones que el
sos en que las ventajas obtenidas sean del orden· narcisista o ligadas a síntoma aporta en las relaciones interpersonales del sujeto (St. Ed. Vol.
la autoconservación. Ahora bien, nuestro interrogante es el siguiente: VII, pág. 43). Como bien señala Laplanche (1967), entonces la frontera
¿una motivación narcisista es siempre secundaria, extrínseca, posterior que separa «la parte externa del beneficio primario» y el beneficio se-
a otra de carácter sexual o agresivo, o puede tener autonomía y conce- cundario resulta difícil de trazar.
birse como motivo suficiente para desencadenar una conversión? Esta
parece ser la posición adoptada por el comité encargado por la Asocia- Pero no sólo en el sentido de una predominancia o de una autono-
ción Psiquiátrica Americana para la elaboración del Manual Diagnósti- mía del beneficio secundario es. donde debemos señalar la presencia de

158 159
conflictos narcisistas en la producción de síntomas conversivos, también imagen y semejanza del' otro, quien se sitúa como un Yo Ideal. El sínto-
en las descripciones freudianas de síntomas conversivos por simboliza- ma conversivo no vale de por sí, sino sólo como un atributo del otro que
ción (en la época que distinguía dos mecanismos posibles para explicar a partir de su posesión -por la ley de parte por el todo- asegura la
la conversión por simbolización y simultaneidad, lo que hoy denomina- equiparación de la identidad total. En el segundo caso, el recurso, el ras-
ríamos por metaforización y contigüidad temporal), hallamos sus ras- go, admite un reparo, una discriminación como tal, no asegura la identi-
tros. ¿Es forzar mucho los argumentos considerar el temor a «no entrar dad, sino que si el sujeto lo elige como atributo a poseer espera usufruc-
con buen pie entre los demás huéspedes del sanatorio», como una pro- tuarlo de igual forma.
blemática de orden narcisista? (St. Ed. Vol. 11, pág. 179). Hugo Bleich-
mar (1981) mostró, como un juicio surgido en el área de las representa- Ahora bien, si se elimina la imprescindibilidad del fantasma como
ciones narcisistas, pÓr ejemplo, una fórmula devaluadora de la autoesti- condición única de producción del síntoma conversivo, la demarcación
ma c;omo «no valgo nada», por medio de la operativa de las creencias entre enfermedad psicosomática y conversión, pareciera desdibujarse,
del inconsciente, se traslada a las representaciones del área del cuerpo especialmente para los síntomas que implican objetivamente algún gra-
creando una idea hipocondríaca del tipo «tengo cáncer». De la misma do de alteración orgánica, aunque dicha alteración pueda ser consfdera-
manera pensamos que representaciones narcisistas pueden constituirse da de carácter funcional y pasajera, como la afonía y la tos espasmódi-
en punto de partida de un otro tipo de trasposición, el de la conver- ca. Esta situación es contemplada en la DSM-111 al introducir la catego-
sión. ría Trastornos somatofarmes para designar los síntomas psíquicos que
sugieren desórdenes físicos (de ahí, lo de somatoforme) sin base anató-
De manera que es posible concebir varios mecanismos de producción mica ni fisiológica demostrable, con una fuerte presun~jón de estar rela-
de un síntoma conversivo: a) por simbolización , es decir, por Ja pura cionados con factores o conflictos psicológicos, pero pof foera del con-
combinatoria de las representaciones, en que una' parte del cuerpo ex- trol voluntario del sujeto. Los trastornos pueden comprometer cual-
presa a través de la alteración de Ja función, un pensamiento reprimido quier aparato, y cuando las quejas se refieren al sistema neurológico es
y simultáneamente la defensa -«vomito porque me da asco la sexuali- entonces que se denominan síntomas conversivos. Es decir, que la
dad» , «no veo nada, no me entero de mis deseos incestuosos», «no pue- conversión queda reducida a una subclase de los trastornos somatofar-
do moverme, me inmovilizo y no soy culpable»-, simbolización que, mes, cuando éstos son de carácter seudoneuro/ógico -dificultad _para
por otra parte, admite múltiples fantasmáticas: sexual, agresiva, narci- tragar, afonía, sordera, visión borrosa o visión doble, desmayos o pér-
sista. b) Por identificación al otro, conversión en Ja cual el síntoma se dida de conciencia, pérdida de memoria, convulsiones, trastornos en Ja
emplea para lograr una equiparación de ser a ser, pues si comparte el marcha, debilidad o parálisis muscular, retención urinaria o dificultad
rasgo supone que se le asemeja en totalidad. El síntoma conversivo del para la micción-, y el carácter conversivo no supone la necesidad de
otro es un atributo más, una característica como cualquier otra que se una fantasmática específica subyacente. Por otra parte, el síntoma con-
elige para la semejanza. c) Por identificación a un recurso del otro, al versivo es presentado en forma independiente de los distintos cuadros
beneficio secundario que obtiene a través del síntoma. d) Por exclusivo de histeria que la clasificación contempla. A su vez, al describir la histe-
beneficio secundario, por el aprendizaje a partir de una enfermedad o ria de conversión, se aclara que el mecanismo productor puede ser tanto
dolencia previa, de los efectos interpersonales que provoca. La idea de el beneficio primario, o sea, una fantasía específica, o el beneficio se-
la «complacencia somática» como generadora de síntomas conversivos cundario en forma independiente y exclusiva.
pero desvinculada de toda otra significación que no sea el control del
objeto. Por otra parte, el clivaje en el territorio afectado por una u otra con-
dición - por un lado, motricidad, órganos de los sentidos para Ja con-
La diferencia entre b) y c), es decir, los dos tipos de identificación, versión y, por el otro, el sistema nervioso autónomo, órganos más pro-
está basada en la lógica de las dos clases de discurso: la del Yo Ideal y fundos, para la enfermedad psicosomática- pone de relieve el rol juga-
la del Ideal del Yo (Bleichmar, H., 1981). En el primer caso, la identifi- do por la anatomía y Ja fisiología imaginaria en el proceso de conver-
cación al otro se halla dirigida por el deseo de moldear el propio Yo a sión. La marcha, la palabra, Ja visión, se pue.den articular en una gra-

160 161

~~"¡
mática fantasmal más fácilmente que el hígado o el riñón, y quedar cia del sujeto, o cuando domina el miedo los músculos que habilitan el
afectados o constituirse en el eje de una actividad narcisista -la gargan- correr pueden ya sea activarse o .paralizarse?
ta para el barítono- y por tanto sometida a los avatares del éxito o del
fracaso. Por ello la conversión se halla más cerca que las enfermedades Sintetizando:
psicosomáticas de ser expresión de contenidos representacionales, de ex-
presar deseos y temores. La enfermedad psicosomática, en cambio, se 1. La conversión es entonces un mecanismo complejo caracteriza-
localiza en un órgano, no porque exista alguna relación entre el tipo de do por una determinada vinculación de cualquier tipo de conflicto y la
conflicto -su temática- y la zona enferma, sino porque ésta ofrece un representación del cuerpo. El cuerpo siempre se halla incluido ya sea:
punto de menor resistencia para que la tensión del conflicto provoque a) como escenario del fantasma inconsciente; b) identificado a otro
inespecíficamente alguna alteración. cuerpo enfermo; lo que admite a su vez dos posibilidades: a la posición
de enfermo, y por tanto cuidado y atendido, o al núcleo conflictivo sub-
La conversión es un mecanismo de vinculación entre dos conjuntos yacente; oc) considerándose enfermo, como técnica de control interper-
de representaciones, por un lado las que establecen la anatomía y la fi- sonal sin ninguna metaforización en juego.
siología del cuerpo, y por otro, aquellas que escenifican al sujeto en los
temas de la agresividad, del narcisismo, de la sexuaJidad, de las relacio- 2. Lo específico del mecanismo no descansaría en una temática
nes interpersonales. Dos conjuntos de representaciones diferentes, aun- particular, sino en la vinculación de cualquier temática con representa-
que con un tipo de articulación muy particular: en las representaciones ciones corporales, que comprometen a su vez las representaciones de su
de la agresividad, de la sexualidad, del narcisismo, la representación del funcionamiento.
cuerpo anatómico está incluida, pero sólo como un elemento más que
compone el montaje de la escena. Aunque se trata del cuerpo, éste apa- 3. Un síntoma somático, de cualquier etiología, puede ser incorpo-
rece gozando, golpeado o siendo valorado. De este modo, las represen- rado a una trama fantasmal, de hecho .todo sujeto enfermo elabora al-
taciones del cuerpo anatómico son una subclase comprendida e incluida guna teoría imaginaria sobre su enfermedad, pero en este caso el fantas-
en el complejo representativo de la sexualidad, la agresividad y/ o el nar- ma es un efecto de la dolencia y no su causa.
cisismo, razón precisamente por la cual estas últimas pueden en su gra-
mática actuar sobre aquéllas. Porque en el nivel psíquico son las mismas 4. Síntomas conversivos pueden hallarse en cualquier estructura de
representaciones las que dibujan al cuerpo anatómico cuando éste es personalidad o trastorno psicopatológico. En este caso no es necesario
parte de la intersubjetividad, es por lo que se puede producir el mecanis- apelar a denominaciones tales como «núcleo histérico» o «neurosis mix-
mo denominado conversión. En rigor no existe ninguna conversión aún- ta» para su ubicación semiológica, sino delimitarlo simplemente como
que metafóricamente resulte legítimo conservar esta denominación, no un síntoma conversivo, ya que su filiación a la histeria no es impres-
hay ningún cambio de.estado, de psíquico a físico. Todo transcurre en cindible.
el plano de las representaciones, más aún, porque como acabamos de
ver el abrazo en tanto representación anatómica está incluido en el pen- 5. El síntoma conversivo es una manifestación frecuente en la his-
samiento «quiero abrazar a fulano», es que aquél puede paralizarse, teria, pero no es necesaria su presencia para la existencia de la misma.
cuando al abrazo se le suma un peligro, una prohibición. Es en la aso-
ciación particular entre la representación del cuerpo y las representacio- Pero ¿no es una franca contradicción que no exista una temática
nes que vinculan el cuerpo al otro en lo que radica la propiedad de la particular, ni tampoco un mecanismo propio de la histeria y simultánea-
conversión, ya que después, en el segundo tiempo, cuando la representa- mente tanto la temática como el mecanismo aparezcan con mayor fre-
ción del cuerpo alterado pasa a comandar las vías nerviosas y a producir cuencia en este cuadro? Pensamos que es en torno a esta estrecha corre-
un efecto en la anatomía o en la fisiología del cuerpo real, ya no hay lación -que sin embargo no encierra especificidad ni necesariedad-
nada de específico. ¿Acaso en el automatismo de hablar, las representa- donde se dividen las opiniones entre los partidarios de la conversión co-
ciones no van guiando los músculos fonatorios por fuera de la concien- mo modelo máximo del cuadro y los que lo consideren irrelevante. Falsa

162
163
opción resultante de la confusión entre especificidad y frecuencia, sin
penetrar en los motivos que determinan esta última. Lo que resalta co-
mo verdaderamente significativo es la frecuencia de síntomas conversi-
vos en el género femenino (la DSM-III los registra en el 1 por 100 de
las mujeres y raramente en el hombre) lo que nos conduce a interrogar-
CAPITULO X
nos sobre la posibilidad de que, en la nosología, entre conversión e his-
teria se halla deslizado un error. El clínico consideró lo que en realidad
es una correlación estadística, que ambas categorías, histeria y conver-
INFANTILISMO Y/O PSICOTIZACION
sión, sostienen por separado con una tercera, el género femenino, como DE LA HISTERIA EN LA TEORIA
si fuera una relación de necesariedad entre las primeras. Si conversión
e histeria coinciden es porque ambas aparecen con mayor frecuencia en
la mujer. Existe una facilitación genérica para la amnesia, la ceguera,
La novena revisión de la Clasificación Internacional de Enfermeda-
la parálisis, los desmayos y los dolores corporales, así como la utiliza-
des Mentales de la OMS contempla una categoría que se denomina
ción de las representaciones del cuerpo y su funcionamiento, especial-
«Trastorno de la Personalidad de Tipo Histérico» (301.5), caracterizado
mente el sexual en la mujer. Esta facilitación de la conversión en el géne-
por los siguientes rasgos: afectividad superficial e inestable, dependen-
ro femenino descansa en el mismo principio que condujo a Freud a pen-
cia de otras personas, ansia de apreciación y atención, teatralidad y pro-
sar Ja «facilitación somática», una experiencia anterior, un dolor real
pensión a ser sugestionable, inmadurez sexual (frigidez). En la citada
que 11,ego simplemente es evocado. ¿Acaso no es por su cuerpo por lo
clasificación se dan como sinónimos de tal configuración los siguientes:
que se considera que la mujer «habla» y no es esta la razón por la cual
«personalidad histérica, histriónica o psicoinfantil», o sea, que se equi-
no existe el síntoma histérico solitario, sino que siempre es una expre-
para la histeria a una condición infantil. Esta vinculación de la histeria
sión, una comunicación, un mensaje?
con la infancia, aunque salvo excepciones *, no se halla explicitada o
conceptualizada, sin embargo es posible reencontrarla, de una u otra
manera con bastante facilidad, en una serie de trabajos que pueblan la
literatura sobre el tema. Por ejemplo, de los cinco parámetros aislados
por Chodoff y Lyon (1958) para definir la personalidad histérica, si ex-
ceptuamos las concernientes al plano sexual, el resto puede ser conside-
rado la perfecta descripción de la afectividad de un niño: 1) egoísmo,
vanidad; 2) exhibicionismo, dramatización, mentira, exageración; 3)
despliegue descontrolado de afectos, labilidad afectiva, inconsistencia
de las reacciones; 4) superficialidad emocional; 5) exigencia y dependen-
cia. En la exhaustiva revisión que hace Krohn (1978) de las descripciones
existentes sobre la personalidad histérica y la neurosis histérica, el agru-
pamiento de los datos también nos sugiere una fisonomía de inmadurez,
de falta de desarrollo emocional, de características que pueblan el mun-
do infantil y los tratados de psicología infantil:

* Reich (1933) y Wittels (1930) ya en los años 20 habían notado la dificultad de los
cuadros de histeria de liberarse de las fijaciones infantiles, y consideraban que la histérica
permanecía como el niño, confundiendo realidad y fantasía.

165
164
~

Aguda reacción al disgusto (Reich, 1933). algunos se trata de una equivalencia representacional entre la vagina y
Baja tolerancia a la frustración (Easer y Lesser, 1965). la boca, es decir, que la boca y sus actividades se han erotizado y juegan
lmpredicibilidad (Reich). las veces de un órgano genital (Reich, 1933; Marmor, 1953); para otros
Reacciones inconsistentes (Chodoff y Lyon). la oralidad sería sinónimo de dependencia (Johnston, 1963), mientras
Uso de los sentimientos en lugar del pensamiento en una crisis; labi- que la inestabilidad emocional, la falta de responsabilidad, la confusión
lidad emocional; crisis de rabia o pataletas (Easer y Lesser; Israel, entre fantasía y realidad, serían rasgos que para Zilboorg (1931) y Wit-
1971). tels (1930) hablarían a las claras de una debilidad del Yo y un punto de
Sobredramatización; anhelo insaciable de actividades excitantes (Is- fijación anterior a la etapa fálica, considerando a la histeria un primer
rael, DSM-III). paso hacia una descompensación esquizofrénica. Zilboorg recuerda que
Sugestionabilidad (Reich; Easer y Lesser; Israel). «el hombre de los lobos», cuyo diagnóstico final fue el de esquizofrenia,
Desarrollo de la imaginación (Reich). comenzó con una clara reacción histérica.
Uso de la fantasía para realzar relaciones existentes (Easer y Lesser).
Gran actividad de ensoñación, que crea ficciones (identificación a Easer y Lesser, por un lado, y Zetzel, por el otro, se resistieron a
personajes imaginarios); tendencia a la idealización y desidealiza- pensar la histeria como una psicosis encubierta, pero al no poder descar-
ción brusca (Krohn, Israel). tar la existencia de cuadros francamente más primitivos, los dos prime-
Mantenimiento de una imagen de sí que elimine lo displacentero, lo ros autores se inclinaron hacia la distinción entre histerias verdaderas e
desagradable (Easer y Lesser). histeroides (basándose en la investigación de los cien casos de histeria
Necesidad compulsiva de ser querido; sobredependencia a la aproba- realizado por Knapp y Col. (1960), mientras que Zetzel subdividió el
ción de los otros (Reich). cuadro en cuatro categorías, a las que denominó: l) «verdaderas» o
Hipersensibilidad a los otros por una excesiva necesidad de amor y «buenas histerias», que se benefician con el psicoanálisis; 2) otras, tam-
de ser amada (Easer y Lesser). bién verdaderas, pero que no consiguen un compromiso terapéutico;
Continua comprobación de si son queridos o no (Chodoff y Lyon; 3) caracteres depresivos con síntomas histéricos que le otorgan una fa-
Reich). chada de histeria; 4) seudohisteria en personalidades más primitivas.
También Brenman (1974) afirma que muchísimos casos de histeria apa-
Incesante búsqueda de atención; egocentrismo, autoindulgencia y
rente encubren psicosis de base y, se inclina por la investigación minu-
desconsideración hacia los otros (DSM-111) .
ciosa de problemas tradicionalmente histéricos, como la frigidez o la hi-
Infantilismo, viven en un mundo de juego, juguetes y pequeños ob- persexualidad, síntomas encubridores tanto de una voraz dependencia,
jetos (Israel). como de la identificación con un objeto fantástico. «Cuando las defen-
sas fracasan, la gravedad de la enfermedad dependería hasta qué punto
es lo único que el paciente tiene, o cuántas otras partes de la personali-
Ahora bien, la constatación de este conjunto de rasgos y síntomas dad más sanas están disponibles para entablar relaciones de objeto nor-
de inmadurez en el cuadro de la histeria ha conducido la investigación males.» Se inclina por una división entre «histeria» e «histerias seve-
psicoanalítica en dos direcciones que podríamos denominar «la psicoti- ras», que corresponderían a la psicosis de base.
zación y la infantilización» de la histeria. Detengámonos en primer lu-
gar en aquélla, que la considera sólo una fachada de la psicosis . Green (1974) destaca la necesidad de una definición metapsicológica
de la estructura de la histeria, y sostiene que en lugar de haber una opo-
Son muchas' las voces, junto a Melanie Klein, que se han alzado con- sición entre oralidad y sexualidad, el problema de la histeria residiría en
validando la tesis de una fijación o regresión oral en la histeria. Sin em- la relación entre sexualidad, amor :Y reacción a la pérdida, referido a las
bargo, examinando los trabajos que siguen esta posición, se observa una diferentes estructuras del Yo. El núcleo de la estructura consistiría en
diversidad de criterios bastante amplia en lo que cada autor considera una lucha enérgica contra la depresión potencial, depresión de corte
como relevante del así llamado «carácter oral» o «fijación oral» . Para narcisístico, ya que pone el acento en la autoestima estruendosamente

166 167
disminuida. Si bien Green no considera que lo oral se impone sobre lo es concebida como un elemento susceptible y fácilmente disponible para
genital, pone de relieve la trasformación histórica de la histeria -consi- la conversión, es decir , para «la puesta en escena» .
derada por Freud como una represión erigida contra la satisfacción se-
xual- y la histeria actual en la cual la sexualidad conserva su vigencia Pensamos que una revisión de la histeria que permita distinguir y
a través del deseo del objeto. Pero la naturaleza del deseo sería más nar- subdividir dentro del cuadro algunas configuraciones, con suficiente
cisista que sexual, de ahí que la pérdida, actuando como una herida nar- unidad en sí mismas para aspirar a la categoría de subtipos con una fiso-
cisista, pueda conducir a la depresión. El señalamiento de que ante la nomía propia, no es una inconsecuencia con el psicoanálisis, por el con-
pérdida se pueden presentar síntomas tales como actuaciones mayores, trario se trata de un reconocimiento a la producción teórica que ha des-
adicción a las drogas, estados delirantes con temor a la desintegración bordado la nosología psiquiátrica preanalítica. La histeria es una cate-
y psicosis pasajeras de recuperación rápida y algunas veces espontáneas, goría psiquiátrica prefreudiana, a la que Freud otorgó una explicación
ubica a Green junto a los que conciben para la histeria una relación es- di námica. Después de casi cien años de elaboración teórica, ¿no será ne-
trecha con la psicosis . Herbert Rosenfeld (1974), asumiendo el punto de cesario hacerla estallar y proponer desde el psicoanálisis nuevas configu-
vista kleiniano --la histeria, una defensa frente a angustias esquizopara- raciones, nuevas denominaciones? De hecho, este camino ha empezado
noides graves-, afirma que la eliminación de los síntomas mediante la a ser transitado: Kernberg (1967) y Sugarman (1979) se han esforzado
hipnosis determina con frecuencia la aparición de estados psicóticos. en trazar no sólo una línea de clivaje entre la histeria neurótica y las for-
mas más regresivas, intento compartido por Guntrip (1961), Blacker y
Frente a esta franca tendencia al desdibujamiento del cuadro clínico Tupin (1977), Allen (1977), aunque con resoluciones no tan felices, sino
(histerias graves, histeroides, buenas histerias y seudohisterias, carácter que también sostienen la necesidad de abandonar definiciones tales co-
oral, defensa frente a la psicosis), varios autores (Namnum, 1974; Be- mo «histeria oral», «seudohisteria», «histeroides», denominaciones y
res, 1974, y Laplanche, 1974) reclaman desde distintos puntos de vista conceptos que en lugar de contribuir a remarcar las diferencias tienden
- el valor clínico de una nosología ya conocida, la fidelidad a Freud- a oscurecerlas .
la necesidad del mantenimiento de la histeria como una unidad, caracte-
rizada por la expresión de las fantasías edípicas por medio de la conver-
sión. ¿Cuáles son los argumentos que fundamentan la conservación d_e ÜRGANIZACIÓN BORDERLINE. PERSONALIDAD INFANTIL
la categoría freudiana inalterable, y, en ese caso, cómo explicar la co- Y PERSONALIDAD HISTÉRICA
existencia de síntomas y rasgos histéricos junto a condiciones de regre-
sión severa, que se constatan a diario en la práctica clínica? Una línea De acuerdo a la conceptualización de Kernberg (1975), las personas
es la apelación a la necesidad de preservar los principios básicos de la que sufren de un trastorno borderline presentan una sintomatología
doctrina, y la desconfianza respecto a la amenaza de «desexualización neurótica variada. Sólo un cuidadoso diagnóstico revela la combinato-
del psicoanálisis en la mayoría de las teorizaciones modernas», posición ria específica de síntomas que caracterizan esta estructura: ansiedad cró-
asumida por Laplanche (1974), quien sostiene que este riesgo se corre nica difosa, polisintomatología neurótica, tendencias perversas poli-
al considerar la histeria sólo como una defensa contra «angustias arcai- morfas, impulsiones y adicciones, severa patología del carácter que pue-
cas, psicóticas y de naturaleza no sexual». Propone entender «la orali- de incluir personalidades infantiles, narcisistas, «as if», psicopáticas.
dad kleiniana», en el sentido primigenio dado por Freud a la especifici- Lo relevante a destacar es que entre la sintomatología neurótica pueden
dad histérica: la seducción materna en época temprana a través de una presentarse múltiples y elaborados síntomas de conversión de larga du-
«estimulación sexual excesiva» y un elemento de pasividad. La presen- ración, así como sensaciones corporales complejas, fronterizas con alu-
cia de síntomas de corte más regresivo, las alucinaciones o las crisis son cinaciones corporales. También es dable constatar una completa inhibi-
entendidas por este autor como respondiendo al concepto de escena, y ción de la vida sexual, pero con fantasías inconscientes o conscientes
en este punto residiría, aun en sus formas más desestructuradas, el sello plenas de deseos sexuales de múltiple procedencia, que pueden tener el
de la histeria freudiana: <<Una escena triangular edípica, aunque tome li- carácter de alucinaciones visuales. Se presentan además reacciones diso-
bretos que han sido percibidos en la pareja a nivel oral». La «escena» ciativas, amnesia y, fugas con trastornos de conciencia posterior. En la

168 169
personalidad de estos pacientes se destaca un histrionismo errático y su~ delimitación de la personalidad infantil como una configuración separa-
perficial, pues son buscadores de vínculos en detrimento de la vida inte- da de la histeria contribuye a clarificar el nivel de confusión y descon-
rior, tienen serias dificultades en el mantenimiento de las relaciones de cierto imperante en el diagnóstico y comprensión de las histerias graves,
y que la designación elegida - personalidad infantil- permitf dar cuen-
objeto por el nivel narcisista de las mismas, ya que si l:>ien «se cuelgan»
la de su carácter primitivo y oral, constituyendo un verdadero aporte a
del objeto, sólo esperan de él gratificación. La divalencia afectiva es
marcada y los objetos son sentidos como totalmente buenos o malos, la psicopatología.
en forma permanente y con escasa posibilidad de cambio o matices. Las
relaciones afectivas son masivas, sobreexigentes y en caso de producirse
alguna limitación a la relación interpersonal, aquélla no es aceptada,
despertándose rabia narcisista sin neutralización. La mayor ansiedad RASGOS COMUNES Y DI FERENCIALES ENTRE
surge ante la pérdida de objeto, lo que es temido por encima incluso de PERSONALIDAD HISTERICA Y PERSONALIDAD INFANTIL
la pérdida de su amor. Cuando esto ocurre, el colapso narcisista es total, (Kernberg, 1975)
reaccionan con indefensión, debilidad, vacío, abandono y pánico a no
ser queridos, y la desestabilización de la personalidad puede ser tan agu- PERSONALIDAD INFANTIL
PERSONALIDAD HISTÉRICA
da que precipite estados psicóticos transitorios.
1) Labilidad emocional
Ahora bien, a partir de los estudios sobre la organización borderline
Seudohiperemocionalidad que re- Labilidad emocional difusa y ge-
de la personalidad, que datan de las últimas décadas, Knight (1953), neralizada. Pocas áreas libres de
fuerza la represión. Es marcada
Kernberg (1967, 1975), Paz C. (1969), Masterson (1972), ha sido posible conflicto . Déficit de control im-
en áreas parciales conflictivas
reubicar con mayor precisión diagnóstica y conceptual, dentro de esa (sexual), permaneciendo estable pulsivo más generalizado .
categoría, una serie de entidades que tenían un status teórico ambiguo: emocionalmente en otras (traba-
«esquizofrenia seudoneurótica» o «ambulatoria», «neurosis éon nú- jo, etc .). Falta de control emo-
cleos psicóticos» (a partir de los trabajos kleinianos sobre la importan- cional en áreas circunscriptas y
cia de los mecanismos esquizoparanoides subyacentes a las neurosis), sólo en el clímax de algún con-
«prepsicosis», e incluso una serie de descripciones clínicas sin denomi- flicto.
nación. Pensamos que el mismo proceso de reubicación y precisión está
2) Sobrecompromiso
sucediendo con los dos niveles que se recortan en el campo de la histeria:
las «malas» y las «buenas» histerias, de Zetzel, las «seudohisterias», e El compromiso expresado en las La sobreidentificación es más
relaciones interpersonales es apro- desesperada e inapropiada. Hay
incluso las denominadas «psicosis histéricas», que a la luz de la concep-
piado en la superficie . Observa- una lectura equivocada de los
tualización de la personalidad borderline quedan enmarcadas dentro de motivos de los otros, aunque en
dores no calificados usualmente
los límites de esta categoría. Kernberg subraya que por borderline debe consideran este rasgo como «el la s9perficie puede haber un
entenderse una organización estable de la personalidad, y no un estado encanto típico de la mujer» . ajuste adaptativo adecuado a los
transitorio entre la neurosis y la psicosis. A partir de esta noción, propo- La extroversión y la rápida pero mismos. En relaciones prolonga-
ne un criterio de clasificación de la patología del carácter a lo largo de superficial resonancia intuitiva das y comprometidas, desplie-
un continuo que va de un nivel superior a un nivel inferior, de acuerdo con otros, y la sobreidentificación gan demandas regresivas, infan-
al grado de predominancia de los mecanismos de represión y disocia- con las implicaciones de Ja fanta- tiles, oral-agresivas.
ción. Considera que la personalidad histérica en general no es una es- sía, el arte y la literatura, se des-
tructura borderline, sino una neurosis de carácter de nivel superior, y arrollan dentro de un sólido
denomina personalidad infanti/ a una estructura intermedia entre la his- marco del proceso seClllldario y
de una evaluación realística de la
teria neurótica y la histeria boráerline, pero que muchas veces puede ·
realidad.
quedar ubicada directamente en el campo borderline. Pensamos que la

171
170
3) Dependencia y deseos exhibicionistas
merecería repensarse la sustitución de la categoría psicosis histérica por
La necesidad de ser querida y de Tiene menor carácter sexual, con la de personalidad borderline. En este sentido es curioso constatar la es-
ser el centro de atención tienen mayor sentimiento de indefen- casa bibliografía que existe sobre psicosis histérica (Follin, Chazand y
una mayor implicación sexual. sión, oralmente determinado. Pilan, 1961; Hollender y Hirsch, 1964; Richman y White, 1970; Martin,
Los deseos oral-dependientes es- Exigencias inapropiadas y exhibi- 1971; Pankow, 1974), tal como lo señalan Temoshok y Ahkisson (1977),
tán relacionados con tendencias al cionistas que tienen una cualidad
quienes recalcan el hecho de que a pesar de que esta categoría carece de
exhibicionismo genital directo. fría, más narcisista.
designación oficial -no figura en ninguna clasificación reciente, ni
4) Seudohipersexualidad e inhibición sexual tampoco en la actual DSM-III-, sin embargo se conserva por una espe-
cie de tradición oral entre los especialistas, quienes consideran que «ella
La provocación sexual y la pos- La provocación sexual tiende a
está aún entre nosotros». Por otra parte, desde el pundo de vista teóri-
terior frigidez o rechazo es típico ser más directa, más inapropiada
de esta estructura. Revela fuerte socialmente, y expresa más que co, el concepto de psicosis histérica no deja de plantear una contradic-
vínculo edípico en sus relaciones un deseo sexual, demandas ora- ción, ¿una psicosis en el seno mismo de una de las neurosis considerada
sexuales, y existe la capacidad pa- les de cuidado y proteccion. la más cercada a la normalidad? En este sentido, tanto la delimitación
ra relaciones estables, si se cum- Conducta y relaciones sexuales como la conceptualización propuesta por Kernberg para las personali-
plen ciertas precondiciones neuró- menos estables, hasta llegar a la dades borderline, ofrece un dominio en el interior del cual se puede ubi-
ticas (relaciones prolongadas con promiscuidad (promiscuidad in- car la psicosis histérica y resolver así el impasse teórico.
hombres mayores o «amores im- ducida, es «llevada por la co-
posibles»). Represión de fantasías rriente»). Fantasías sexuales di- Pensamos que el trabajo de Kernberg merece una reflexión ulterior:
sexuales. fusas1 polimorfas. este autor ha sido un estudioso de la teoría kleiniana, a la cual por un
5) Competencia con hombres y mujeres lado ha criticado desde el cristal de la psicología del Yo (Kernberg, 1969)
y por otro, la ha incorporado, especialmente en lo pertinente a los meca-
La rivalidad edípica es el motor Hay menos diferenciación entre nismos primitivos, así como a las consecuencias que la acción de tales
de la competencia con el mismo la que se ejerce con mujeres y
sexo, y está claramente diferen- con hombres, presentando en ge- mecanismos ejercen sobre el Yo y sobre las relaciones de objeto. A la
ciada de la que se ejerce con el neral un nivel muy bajo de com- riqueza y fecundidad kleiniana, Kernberg le agrega sistematización, res-
sexo opuesto. Cuando la compe- petencia. Cambios bruscos de peto por la nosología, el diagnóstico y la especificidad terapéutica, así
tencia con el hombre se instala, sentimientos, una sumision e como los desarrollos en el estudio del Yo del psicoanálisis americano.
de manera de negar la inferiori- imitación infantil a otros, así co- El producto es algo que puede verse como un mestizaje de ideas, de di-
dad sexual, tienden a desarrollar mo oposicionismo y terquedad. recciones teóricas, de preocupaciones, sin embargo enriquece, aclara,
sólidos y estables rasgos de ca- completa notablemente el conocimiento sobre la histeria. Quizá esta
rácter en este sentido. mezcla, esta pluralidad, resulte extraña a algunos espíritus amantes de
la pureza de las fuentes, celosos de mantener netas las fronteras de las
6) Masoquismo
escuelas. Afortunadamente el curso del conocimiento parece indiferente
Relacionado con un Superyo rí- Sentimientos de culpa erráticos e a estos intentos de limitación y compartimentalización, y a pesar de los
gido y severo que condena la se- inconsistentes. Rasgos masoquis- esfuerzos en contra, termina incorporando a su cauce los desbordes .
xualidad. Fuertes sentimientos tas y sádicos derivados de la fal-
de culpa. ta de integración pulsional.
Recapitulando, la incorporación de la conceptualización tanto de la
personalidad borderline como de la infantil o dependiente (e.orno apare-
Coincidimos con Krohn en la apreciación de la valiosa contribución
ce en la última edición de la DSM-III) a la nosografía, significa un pro-
que para la comprensión de la histeria constituye la delimitación de los
greso, y, además, de una manera indirecta, aporta elementos para una
trastornos borderlines que ha efectuado Kernberg en términos de impul-
mejor comprensión de la histeria. ¿Si se trata verdaderamente de entida-
sos, procesos del Yo y relaciones de objeto. Asimismo pensamos que
des tan diferentes, qué ha quedado del sello unificador que la palabra

172 173
histeria contenía al englobarlas? ¿Se trataba sólo de un uso abusivo de
esta categoría o daba cuenta de un denominador común, que con la nue-
va delimitación nosológica corremos el riesgo de dejar por el camino?
¿Asistiremos a la experiencia siempre repetida de ver cómo el vino nue-
vo se arruina en el odre viejo, e insensiblemente recaer en nominaciones
tales como histeria borderline, histeria infantil o neurótica? ¿Qué es lo CAPITULO XI
que insiste en esta recurrencia no encontrando la idea adecuada que ter-
mine por concebirla? Un hecho viene a nuestro encuentro, en las esta- EL FALI CISMO Y/O NARCISISMO
dísticas que proporciona la DSM-111, tanto la personalidad borderline, DE LA HISTERIA
como la dependiente o infantil, como la personalidad histérica y la neu-
rosis histérica, muestran una clara prevalencia en el género femenino.
¿Nos sugieren algo estos datos? Lo que la delimitación nosológica con-
tribuye a aclarar son las distintas formas, más o menos evolucionadas Wilhelm Reich (1933) inauguró en el psicoanálisis el estudio del
de acuerdo a los grados de organización dijerencia/es del Yo y del siste- carácter, y sus descripciones tanto del carácter histérico como del obse-
ma Ideal del-Yo-Superyo, de enfrentar un mismo y único conflicto: el sivo-compulsivo constituyen un clásico sobre este tema. Su precisión
de la feminidad, el dilema que a toda mujer se le plantea en nuestra cul- diagnóstica merece destacarse, pues afirmaciones suyas de hace cincuen-
tura en tanto género femenino. ¿Acaso no hemos mostrado hasta el har- ta años van encontrando actualmente la convalidación, después de un
tazgo, cómo la relación madre-hija retiene a la mujer en los lazos de una largo período controversia!. Se opuso a la inclusión de la histeria en cua-
relación primaria, dependiente y narcisista; cómo el ideal paterno y dros regresivos más severos, como la depresión o la esquizofrenia, y,
masculino de la mujer no da lugar a figuras de autonomía, asertividad aunque ya en ese entonces aceptaba la presencia de rasgos orales en la
y libertad pulsional; que la cultura toda y aún los tratados sobre salud histeria, consideraba, sin embargo, que pertenecían a una diferente serie
mental también lo consideran así? ¿La puesta en escena de la crisis histé- psicopatológica. También describió un tercer tipo de organización ca-
rica no es más evocativa de la pataleta del niño, que sólo atina en su de- racterológica, la personalidad fálico-narcisista. Ubicada ésta en un lu-
bilidad a arrojarse al suelo como señal de protesta y forma de presión, gar intermedio entre la histeria y la personalidad obsesivo-compulsiva,
que del ataque epiléptico, o de la posesión demoníaca, o de una supues- presentaría características pertenecientes tanto a la posición sádico-anal
ta simbolización -por la semajanza de los movimiento- del acto se- como al nivel fálico-genital. De acuerdo a Reich, las personalidades
xual? ¿Si en la mujer es más frecuente el uso del cuerpo como método fálico-narcisistas, a pesar de poseer poderosas preocupaciones narcisís-
para encarar y resolver los conflictos, no nos estará diciendo de esa ma- ticas, mantienen fuertes lazos con las personas y las cosas, y en este sen-
nera que es sólo por medio de él como cree poder ser escuchada? tido se hallarían muy cercanas al cuadro del carácter genital, como se
denominaba en esa época a las configuraciones más cercanas a la nor-
malidad. Rasgos de competitividad, fuerte ambición, coraje impulsivo,
exhibicionismo y conducta agresiva abierta son sus características prin-
cipales. En los hombres, un gran orgullo es concentrado en los genitales,
vividos como instrumentos de agresión y venganza más que como órga-
nos de amor, y en las mujeres lo prominente sería la fantasía de tener
un pene, aunque Reich sostenía la idea de que este cuadro era infrecuen-
te en el género femenino.

A pesar de que la categoría del carácter fálico-narcisista es clínica-


mente diferente de la del carácter histérico, sin embargo ha caído en des-
uso, y el carácter histérico actualmente engloba tanto rasgos de agresivi-

174 175
dad, narcisismo, competitividad, junto a marcada sugestionabilidad, 4) Etapa triangular del Edipo. Con- Etapa triangular del Edipo. Con-
complacencia o exhibicionismo, así como también son consideradas co- flictos y celos acerca de la relación flictos alrededor de cualquier ti-
mo histéricas aquellas personalidades dependientes, infantiles, poco entre los padres y deseos de usur- po de inferioridad corporal o de
competitivas y nada agresivas. O si no, encontramos que en la literatura pación del lugar del objeto simé- otros atributos del género.
puede ser caracterizado en una forma personal que no se atiene a ningu- trico del género.
na nosología establecida, tal como lo hace Perrier (1974), describiendo
5) Lucha por establecer un vínculo Preocupaciones sobre todo aire-
una mujer que viene al encuentro del analista en nombre de «la militante
infantil con el objeto: aunque dedor del tamaño (en el hom-
de la verdad del sexo y del amor, segura de la causa que defiende, busca
tenga fantasías de poseer un pe- bre), preservación y a,ceptabili-
un testigo de su desgracia, que son los hombres: unos son brutales y tirá-
ne, estas fantasías están al servi- dad de los órganos genitales, pa-
nicos; otros, timoratos e inconsistentes. En su egoísmo, malignidad o ig-
cio de construir un romance con ra desterrar de la mente ideas de
norancia nunca llegan a corresponder con la imagen de aquél al que la
el objeto incestuoso. inferioridad genital, de órgano
histérica se cree con derechos ... » (pág. 164). Denomina a esta configu-
sucio, pequeño e insignificante.
ración «el lado ofensivo del compromiso histérico», una de las fachadas
más frecuentes de la histeria actual, opinión que también sostienen Is- 6) Se siente más cómoda/o presen- Centrada/ o en afirmar el pode-
rael y Col. (l 971) en la hermosa descripción clínica por ellos elaborada. tándose débil y pasiva/o. Su pa- río de su sexualidad, de su belle-
sividad e infantilidad es egosin- za, más que preocupaciones por
Coincidimos con Krohn ( 1978) en la doble ventaja -clínica y con- tónica y una manera privilegiada los sentimientos hacia los obje-
ceptual- que ofrece conservar la distinción entre carácter histérico y ca- de mantener el vínculo con el ob- tos. Lucha denodadamente por
rácter fálico-narcisista, y una lectura de sus rasgos fenomenológicos dis- jeto. erradicar toda flaqueza, defecto
tintivos, tal como Krohn lo ha realizado, nos resulta sumamente esclare- o añoranza de dependencia.
cedor (pág. 55). Dominante e impositiva/o.
7) No le preocupa necesitar y ser Conductas contrafóbicas de de-
dependiente del hombre papá. safio al peligro y a la muerte son
CARÁCTER HISTÉRICO CARÁCTER FÁLICO-NARCISISTA
comunes, en una tentativa de
afirmar la omnipotencia y man-
1) Lucha interna contra sentimien- Deseos de exhibición y de ser ad-
tener a raya carencias y senti-
tos de culpa y deseos incestuo- mirada/ o, y temor a la vergüen-
mientos de inferioridad.
sos; contra la emergencia de pen- za y a la humillación. Exquisita
samientos, deseos y sentimientos sensibilidad a la inferioridad físi- 8) Se esfuerza con mayor o menor Preocupada/o en establecer la
tabúes hacia objetos edípicos . ca o mental lo que la/o lleva a te- conflicto para establecer un vín- igualdad o la superioridad fálica
mer el ridículo y la crítica. culo infantil con el objeto. con el objeto.
2) Se presenta como débil , imper- Trata en todo momento de evitar
fecta/o, tonta/o, con tal de evi- o impedir la experiencia que la/o
Creemos que la problemática planteada por Reich sobre la posición
tar, si es necesario, pensamien- enfrente con la in:adecuación o la
intermedia del carácter fálico-narcisista entre la neurosis obsesiva y la
tos incestuosos, manteniéndose imperfección.
histeria merece una revisión. Para Reich, la cuestión se centraba en que
segura/o en fantasías infantiles
si el carácter fálico-narcisista presentaba rasgos de agresividad abierta
pregenitales.
y coraje impulsivo, estos atributos francamente «activos» remitían a su
3) Trata de evitar pensamientos Trabaja muy duro para parecer filiación sádico-anal, de allí que debían entenderse como de raigambre
perversos y todo lo que la/o lleve perfecta/o, y más allá de toda obsesiva. Reich, tributario de las ideas de Abraham sobre la evolución
a una objeción social. crítica. de la libido, comparte con él uno de sus vicios teóricos : el atribuir una

176 177
significación destructiva a la expulsión de heces y luego cuando se cons- sivas, de coraje, con ambiciones, que compite en lugar de depender, es
tata un rasgo de agresividad en el carácter, explicar su naturaleza agresi- más fálica, más narcisista, más atrasada en su carrera de mujer, pues
va por su origen anal *. parece lejos de aceptar su feminidad? Sin embargo ambas se pueden
presentar frígidas o, si no frígidas, al menos, la sexualidad es su terreno
La preocupación del carácter fálico-narcisista es ocupar una posi- conflictivo.
ción de poder, de privilegio, de superioridad que le garantice ser admira-
do/a y reconocido/a como valioso/a. Las emociones displacenteras tie- El falicismo de la histeria, si bien ha sido reiteradamente subrayado
nen que ver con sentimientos de vergüenza, humillación, inferioridad, en la comprensión del cuadro, ha recibido distintos y complejos senti-
ridiculez. Su objetivo fundamental es un desempeño, una conducta, una dos . Freud consideraba que la histeria expresa el conflicto genuinamen-
posesión de atributos, de poderes o de objetos que lo eleven a alguna te edípico, pero al tratarse de una fijación en el desarrollo psicosexual
de las múltiples categorías de la perfección -el mejor alumno/a, la más a una etapa infantil, el falicismo se refería a las características de esa fa-
bella, el más acaudalado, etc.-. Hasta aquí, nos encontramos frente a se, es decir, al predominio de una determinada zona erógena, supuesta-
una descripción que en nada se diferencia en nuestros días de un carác- mente el clítoris, y de una determinada fantasmática sobre los genitales,
ter narcisista a secas. ¿Cuál es la peculiaridad entonces de un carácter gobernada por la premisa universal del pene. Sólo muy tangencialmen-
fálico-narcisista? Reich nos ayuda poco, sus explicaciones dinámicas no te, tratando de dar cuenta del fracaso terapéutico en el caso Dora, asu-
avanzan más allá de una insistencia en la ansiedad de castración; el ca- me la hipótesis del Edipo negativo y de los deseos homosexuales, como
rácter fálico-narcisista centraría sus conflictos y fantasías más en sí mis- una especificación mayor del falicismo histérico. De cualquier modo, en
mo, en el estado de su Yo, de sus genitales, que en los objetos, y princi- la obra freudiana este carácter del trastorno histérico queda básicamen-
palmente en un tema privilegiado: la castración de sus genitales. La es- te vinculado a la masculinización de su deseo, ya sea en la envidia al
pecificidad estaría dada por la genitalidad en juego, de ahí lo de fálico, pene o, eventualmente, a la posesión de la madre como objeto sexual
y en buen freudismo esto significa ansiedad de castración en el hombre desde una posición fálica similar a la del padre.
y envidia al pene en la mujer. El problema es que esta referencia no nos
aclara las diferencias con el carácter histérico, cuyas preocupaciones Más tarde, Abraham esboza los rudimentos de una teoría psicoanalí-
también han sido consideradas como del orden fálico, aunque con un tica del carácter, y es Reich quien otorgará al falicismo histérico una lo-
matiz menos narcisista, menos competitivo y más sexual. Sin embargo, calización en el Yo, al describir los rasgos que permiten distinguir el cua-
aunque se plantee una equiparación libidinal entre histeria y estructura dro de la histeria del carácter fálico-narcisista . Recientemente, Alan y
fálico-narcisista la desigualdad de desarrollo del Yo entre una y otra es Janis Krohn (1984) ofrecen una relectura del caso Dora, en la cual mues-
clara, configurándose la histeria como un nivel menor de organización, tran que, si bien Freud llegó a poner en evidencia los deseos homosexua-
hasta tal punto que se las caricaturiza a una como mujer-niña y a la otra les de Dora, no otorgó a la regresión a la fase fálico-edípica o, más pre-
como mujer-hombre. cisamente, a la fase del Edipo negativo que sería normal en toda mujer
-de acuerdo con las ideas de Nágera (1975)-, la relevancia que tiene
¿Cómo entender esta desarmonía entre la clínica y la teoría? ¿La en la histeria. Sostienen que Freud no consideró en toda su magnitud
«mujer-niña», inocente, ignorante, dependiente del hombre, inconsis- el amor erótico de Dora hacia Frau K, que él no supo ver este amor co-
tente y voluble, haciendo gala de un pensamiento vago e impreciso, sería mo derivando del complejo fálico-edípico, que incluye competencia y
acaso más mujer, más femenina, con un mayor grado de triangulariza- deseos de castración hacia el hombre y deseos de amar a una mujer des-
ción ya que su goce sólo se vería refrenado por la culpa edípica, mien- de una posición fálica. Desde esta perspectiva la hostilidad de Dora ha-
tras que la mujer de inteligencia clara y aguda, capaz de conductas agre- cia Freud, hacia su padre y el señor K, serían producto no sólo del orgu-
llo injuriado, sino más básicamente de sus celos y rivalidad con su padre
• Para mayor detalle véase Dio Bleichmar «La teoría de la libido. El pensamiento por el amor de su madre. Sostienen enfáticamente que para analizar
analógico en la teoría psicoanalítica», en La Depresión, un Estudio Psicoanalítico, Bleich- apropiadamente los casos de histeria, el complejo fálico-edípico debe
mar H. (1976).
ser reconocido, entendido e interpretado sistemáticamente. No es sufi-

178 179
ciente aceptar la existencia de la bisexualidad, sino comprender la natu- copatología, sólo cuando se desarrolla una neurosis, el síntoma es consi-
raleza específica de los deseos homosexuales. Estos autores subrayan derado por el Yo como egodistónico. Pero lo que resulta sorprendente
que, si bien Freud puso de manifiesto tales deseos en Dora, no distin- es que ni en la descripción del Yo, ni en los conflictos pulsionales,
guió, a esa altura del conocimiento analítico, los distintos tipos de amor Krohn destaca el carácter fálico del conflicto o de los rasgos, al contra-
que unían a Dora con su madre. Y lo que también destacan, es que en rio, expresa textualmene: «En contraste con la personalidad fálico-
este error se recae aún actualmente en la comprensión del cuadro y, que narcisista u otros pacientes con fijaciones preedípicas fálicas, la histeria
la literatura psicoanalítica abunda en esta confusión, ya que el compro- está primariamente preocupada por la posesión libidinal exclusiva de su
miso con la madre en la mujer histérica se adjudica a la presencia de un objeto incestuoso. El deseo inconsciente gira alrededor de fantasías
vínculo preedípico prevalentemente oral. fálico -edípicas de ser penetrada fálicamente por el padre, tener un hijo
de él y reemplazar finalmente a la madre» (pág. 214). Sin embargo, cua-
Para estos autores, Dora revela lo que han encontrado en otros casos tro añ.os más tarde propone la relectura del caso Dora como un paso
de histeria: que la fase fálico-edípica es extremadamente significativa central para Ja cabal comprensión de la histeria, ubicando el conflicto
para la mujer histérica. Una fijación en esta etapa incluye una incons- en la misma etapa, pero entendiendo «lo fálico» como el deseo homose-
ciente rivalidad con los hombres, a menudo con deseos de castración y xual, y destacando en la descripción del carácter de Dora y en sus mani-
muerte hacia ellos, deseos o intentos de poseer genitalmente a la madre festaciones, rasgos que no son fácilmente ubicables en la tipología de
y a los sustitutos maternos (Frau K), y, más profundamente, recuerdos personalidad histérica sostenida por él mismo previamente, sino que se
infantiles depresivos provenientes de la fase fálico-edípica de no ser ca- acercan mucho más a la descripción hecha por Reich del carácter
paz de dar a la madre y a ninguna otr;:i mujer ni placer sexual con un fálico-narcisista .
pene, ni tampoco un bebé . El núcleo más conflictivo en Dora, para estos
autores, sería el componente agresivo hacia los hombres y las defensas O sea, que Krohn, tributario de los desarrollos del psicoanálisis ame-
concomitantes. Dora ilustraría esta condición, en sus intentos de organi- ricano en el estudio del Yo, contribuye con un cuidadoso trabajo a esta-
zar la historia con el señ.or K, de modo de representarse como traumáti- blecer la especificidad de su estructura en la histeria, apelando a una
camente agredida, usando una defensa paranoide ante sus propios de- amplia gama de autores y de posturas pr.ra la construcción final del mo-
seos inconscientes de herirlo. Sostienen también que aunque Freud des- delo (Rapaport, Shafer, Abse, Kernberg, Shapiro, Federn, Siegman,
cubre y discute la no analizada transferencia, él nunca explícitamente Zetzel, Fairbairn), y cuando lo contrasta con los otros esquemas aporta-
habría reconocido la básica hostilidad hacia los hombres que impregna- dos anteriormente por la literatura (Wittels, Reich, Chodoff y Lyon,
ba la patología de Dora, actuada en la transferencia por medio de los Marmor), recalca que el fracaso de estos intentos en establecer un orden
intentos de convertir el análisis en una contienda y de probar que Freud en la nosología de la histeria radicaría en la no inclusión del estudio del
estaba equivocado. Hostilidad hacia los hombres que continuó, por otra Yo en la diferenciación de los distintos cuadros. Esta deficiencia sería
parte, sin cambios en la vida de Dora, siendo constatada añ.os más tarde la responsable de la confusión y desorden en que se encuentra la histe-
por Felix Deutsch en su encuentro con la paciente. ria, ya que todas las propuestas se basan exclusivamente en la especifica-
ción de la etapa del desarrollo libidinal alcanzado («cuando el Yo no es
Un examen de la literatura americana sobre la elaboración que sufre tomado en cuenta, las discusiones concernientes al nivel libidinal alcan-
el concepto de fálico en la histeria, nos conduce a la comprobación de zado se parecen a las discusiones sobre el número de ángeles o cómo en-
un fuerte contraste y, la obra de Alan Krohn es un fiel exponente. Por contrar una aguja en un pajar», pág. 84) . Pero, sorprendentemente, el
un lado, este autor es ejecutor de la monumental obra sobre la histeria mismo Krohn en la explicación última del origen de los síntomas y con-
ya mencionada, en la cual concluye sistematizando una configuración flictos de Dora, retoma los planteamientos más estrictamente «instinti-
de rasgos, para dar cuenta de su personalidad tipo. Se trata de un preci- vistas» haciendo recaer las causas.en el supuesto falicismo-deseo homo-
so estudio sobre la estructura del Yo, los distintos niveles de las relacio- sexual de Dora, deseo que es comprendido en su más concreta acepción,
nes de objeto, la organización del Superyo, y las relaciones con la reali- en la más estricta literalidad simbólica del fantasma, como el deseo de
dad social. Krohn sostiene que la personalidad histérica no implica psi- poseer un pene propio.

180 181
¿Es esto lo que la clínica sugiere, que la histérica es una homosexual objeto elegido, ella es la pregunta de Dora y encarna a sus ojos la fun-
latente? Después de declarar la necesidad y la conveniencia de contem- ción femenina, el misterio de su feminidad corporal; lo que Dora busca
plar el estudio del Yo para delimitar las histerias orales o psicóticas de en la señora K es una respuesta a su pregunta: ¿qué es una mujer? O
las genitales, de sefíalar la importancia de distinguir un pluralismo de más precisamente: ¿cómo puede aceptarse como objeto del deseo del
cuadros -el 'carácter fálico-narcisista, por ejemplo-, Krohn en 1982 hombre?» (pág. 159). Para abordar este interrogante, para saber sobre
vuelve a reducir el pluralismo y sostener la fijación de la histeria a la eta- la sexualidad femenina, se identificaría con el hombre, de ahí su identi-
pa del Edipo negativo y a recalcar que sólo se terminará comprendiendo ficación con el señor K y con Freud durante el tratamiento. O sea, que
cabalmente a la histeria cuando se analice a fondo su hostilidad hacia si el hombre cobra importancia para la histérica, es porque éste se sitúa
el hombre. Lamentamos que una línea tan promisoria como la que en el circuito del deseo de otra mujer, pero la condición de este circuito
Krohn había iniciado en su monografía, fuera posteriormente abando- es que la otra mujer sea deseada por el hombre. De ahí que el plantea-
nada, y si transcribimos en tanto detalle sus comentarios sobre el caso miento se cierra en la afirmación de que el acceso al objeto del deseo
Dora, es porque creemos que Krohn personifica una orientación vigente (el padre, el hombre) es otorgado por un tercero (la madre, otra mujer),
del psicoanálisis actual (Kohon, 1984). Posición que discutiremos y que lo que se desprende del enunciado general: el objeto del deseo se institu~
se erige en un polo de la teorización, el otro polo lo constituyen las ideas ye por mediación, es el objeto del deseo del otro. En esta problemática
de Lacan y sus continuadores . es donde la histérica quedaría atrapada, oscilando e interrogándose, es-
pecialmente si el hombre -como en el caso de Dora-- sufre de alguna
Lacan en su relectura de Freud rescata el psicoanálisis y la histérica carencia fálica, en un incesante deseo de deseo y, por tanto, esencial-
de una concepción reificada del objeto, al puntualizar que no es el pene mente insatisfecho.
lo que la histérica persigue, sino el falo . Falo, que designa justamente
aquello que desde la perspectiva imaginaria del niño le falta a la madre, Siguiendo las ideas de Lacan, Perrier (1974) pormenoriza el falicis-
ya que a la mujer y a la madre en realidad no le falta nada, y que se mo de la histérica centrándolo básicamente en los mecanismos de identi-
convertirá en el significado privilegiado que designará sólo aquello que ficación. Por un lado, en la exaltación del cuidado y la belleza corporal
es una falta, y no sustancialidad alguna real o fantaseada. Sobre el con- la mujer histérica identificaría su cuerpo con el falo; a su vez se identifi-
cepto de falo -basado en la teoría infantil-, Lacan hace pivotear gran caría al hombre en un doble aspecto, a su deseo -tratando de averiguar
parte de sus ideas, ya que en tanto representación de una ausencia, de por procuración cómo y qué es una mujer- y a su Ideal del Yo masculi-
una falta, el falo se presta para hacer girar sobre sí tanto al deseo como no, según Perrier para comprobar, compitiendo con él, la carencia fáli-
al objeto . La niña se introducirá en el complejo de Edipo en tanto no ca del hombre. También la fantasía bisexuada de la histérica es com-
posee el falo, y deseará el pene del padre para recibir de él un sustituto prendida como una doble identificación, al Yo Ideal homosexuado de
simbólico del falo: el hijo. ¿.Pero cómo instituye la niña al padre como su madre edípica, pero rechazado en tanto modelo de feminidad desva-
objeto de su deseo, si ni el objeto -el padre- ni el deseo -sexual de lorizada, y al Ideal del Yo del padre -idealizado y, por tanto,
ser penetrada- han sido las experiencias sobre las que la niña ha transi- anhelado-, pero al que se intenta denigrar por competencia narcisista.
tado, creyendo ser o poseer el falo que concebía entre ella y la madre?
Lacan (1956-57) puntualiza que justamente éste es el dilema de la histéri- Ahora bien, así como Freud fue conducido a gran parte de los descu-
ca: no poder determinar el objeto de su deseo. Para hacerlo se lanza al brimientos psicoanalíticos -la sexualidad en la etiología de la neurosis,
centro del triángulo edípico, de tal forma que siempre en una histeria la transferencia, la estructura del síntoma-- a partir del estudio de la
hay tres personajes. Es lo que resalta en el caso Dora, está el padre y histeria, también Lacan encuentra en la histeria tanto el paradigma de
el señor K en posición simétrica y, simultáneamente, la señora K. El in- uno de sus planteamientos básicos -el deseo es siempre el deseo · del
terés de Dora al fijarse en el señor K no es excluyente de la señora K, otro- como la clara ilustración de uno de sus replanteamientos y polé-
pues tal interés habría residido en la relación de los personajes de la pa- micas centrales con el psicoanálisis posfreudiano: la relación de objeto
reja y no en ellos por separado. Lacan sostiene que Dora desarrolla un no se da en forma directa y simple entre un sujeto y un objeto, sino que
vínculo libidinal con el señor K, pero que « ... la señora K, no es sólo siempre se halla mediada por un tercer término: el falo. Esta virtud de

182 183
la histeria -ser el modelo ejemplar de la teoría- sin embargo se ha del deseo del hombre? Pero, ¿de qué deseo, el sexual? ¿Por qué com-
convertido, en nuestra opinión, en un obstáculo para su cabal compren- prender la inmensa y compleja red simbólica de significaciones «fálicas»
sión psicopatológica, pues al tratarse de una hipótesis de tal nivel de ge- en que se hallan inmersos el hombre y la mujer, exclusivamente en el te-
neralización y poder de inclusión -la estructura del deseo humano es rreno de la sexualidad? ¿No sería más consecuente considerar la sexuali-
histérica, todo sujeto es entonces histérico- hasta se desdibuja la con- dad de la misma forma que se hizo con el pene y su relación con el falo,
tribución que esta explicación aporta a la comprensión de la sugestiona- verla como una imaginarización, un efecto de una estructura simbólica
bilidad presente en su sintomatología. en la cual el narcisismo es lo determinante? ¿Estará insatisfecha la histé-
rica porque encarna el deseo, o justamente por haber sido elegida para
A manera de síntesis, se perfilan dos tendencias claras en el psico- encarnarlo y no encontrar en el sistema de representaciones que se le
análisis actual acerca de la comprensión del falicismo de la histeria. ofrecen para definirse, otras formas, otros significantes que la ayuden
Una, como sinónimo de homosexualidad, de disputa del rol del padre a representarse como sujeto? ¿Si la histérica se resiste a concebirse como
en la posesión de la madre, de masculinización del deseo, es decir, la «objeto causa de» es por su identificación latente con el falo, o más bien
más plena expresión del «mayor monto de bisexualidad presente en la por un desesperado intento de zafarse de una sexualidad a la que se erige
mujer». Remanentes de la orientación biologista que aún domina cier- como la totalidad de su persona?
tos sectores de la teoría, especialmente - como lo hemos subrayado en
la parte primera- en lo que se refiere al desarrollo psicosexual de la ni- Sólo podríamos apoyar la propuesta lacaniana de que la histérica no
ña y a la concepción de la supuesta masculinidad de sus primeros años puede determinar el objeto de su deseo, siempre ,que se entienda esta
de vida. Otra, como ilusión de totalidad, de narcisismo satisfecho, de fórmula como referida a la oposición entre dos deseos: el sexual -por
poder, de sustitución de «la hiancia constitutiva del hombre» (Lacan). el objeto del otro sexo- y el narcisista de reivindicación de su género.
Desde esta orientación el falicismo de la histérica no sólo se aparta de Si por un lado Dora acepta su deseo sexual por el señor K, no puede
toda biologización, sino que tal falicismo es una construcción esencial- dejar de sentirse humillada y comparada con Frau K, a quien el señor
mente fantasmática y un efecto de la estructura del lenguaje, que rompe K con anterioridad sedujo y abandonó, si por el otro, cuida su narcisis-
amarras con cualquier forma de naturalismo, apartándose de toda apa- mo ligado al género, mutila su deseo sexual. Pero la feminidad que le
riencia de masculinización, ya que la mujer más femenina ejercería una preocupa a la histérica, como a Dora, no es únicamente la corporal, sino
estrategia de poder en la así llamada «feminidad como mascarada». precisamente una feminidad que no quede reducida a lo corporal, a su
sexualidad. Así como cuando el falo se imaginariza en el pene, éste se
Las ideas de Lacan han significado un paso fundamental en la com- convierte en el centro de las preocupaciones, cuando «el ser mujer» se
prensión del falicismo, y concordamos con ellas en términos generales, imaginariza bajo la forma del cuerpo, éste se perturba.
aunque en el tratamiento particularizado que hace de este punto en el
caso de la histeria nos surgen algunas dudas. Hemos tomado en primer ¿El polimorfismo de que hace gala la histeria -la borderline, la in-
término como base del análisis la propuesta que aparece en el Seminario fantil, la histriónica o la fálico -narcisista- no tiene ninguna relevancia,
de las Relaciones de Objeto (1956-57), época en la cual la histeria era o nos está señal~ndo un camino a través del cual la resistencia a ser obje-
aún incluida en un modelo psicopatológico (según los discípulos y segui- to de deseo puede ser interrogada? Coincidimos con Perrier en que la
dores de Lacan es posible distinguir épocas en su producción teórica, histeria de los años 80 es cada vez más «el lado ofensivo de la histérica»,
que se han dado en llamar Lacan I y Il), posteriormente discutiremos la forma clínica descripta por Reich, el carácter fálico-narcisista que en
su segunda proposición, el discurso histérico. los años 30 era poco frecuente en la mujer. De todas las histerias, es la
única que no adoptaría la máscara o el simulacro de la feminidad, no
¿Por qué, si se insiste tanto en la barra divisoria entre significante se presenta ni dependiente, ni inferior. ¿Será por eso que se la considera
y significado, y en el falo en tanto significante opuesto a cualquier mate- narcisista? La fálico-narcisista no se arroja al suelo, ni hace escenas con
rialidad dada, se concibe a la mujer histérica interrogándose sobre la fe- el cuerpo, sino que habla, pelea, reivindica. ¿Pero cuál es su reclamo?
minidad corporal y cómo haría una mujer para aceptarse como objeto El del derecho a una vida similar a la del hombre, ya que su Ideal del

184 185
Yo del género aspira para sí a desempeñar roles tipificados socialmente
como masculinos, y el desarrollo del Yo alcanzado le permite obtenerlos
si se lo propone. Para el logro de este objetivo puede decidir mutilar la
feminidad tradicional y no buscar ni el amor ni la sexualidad, o puede
tratar de integrarlos pero con tanto celo de que su feminidad corra el
riesgo de verse devaluada, que los conflictos inherentes a toda relación CAPITULO XII
amorosa o sexual serán considerados afrentas narcisísticas a su posición
de sujeto de deseo. LA FEMINIDAD, Y/O «NORMALIDAD»
DE LA HISTERIA

Partiendo de las concepciones más radicales sobre la gravedad y ca-


rácter regresivo de la histeria, las así llamadas histeria oral o «maligna»,
hemos llegado, a través de un recorrido de las diferentes propuestas ha~­
ta las formulaciones, también reiteradas y frecuentes en la literatura, so-
bre la aparente obligatoriedad en el curso de la vida de una mujer, del
pasaje por una etapa histérica, o la identidad de estructura entre histeria
y feminidad (Freud, 1933; Lacan, 1956-57; Granoff y Perrier, 1964;
Aulagnier, 1966; Perrier, 1974; Nágera, 1975). En este terreno el psicoa-
nálisis, lejos de ser innovador, ha penetrado en una de las relaciones
consagradas por el saber múltiple -filosófico, literario, médico,
popular-: la mujer es histérica. ¿Ha contribuido el psicoanálisis a dar
cuenta de las razones de esta indisoluble amalgama o se ha sumado a
la perpetuación del mito? (Fendrik, 1976).

El punto de pasaje de la histeria a la feminidad «madura» quedará


ubicado para Freud en el levantamiento de la represión y en el ejercicio
pleno de la sexualidad, que se lograría abandonando «un montante de
actividad» -la sexualidad fálico-clitoridiana- , renuncia que permitiría
no sólo alcanzar la heterosexualidad, sino dejar de oscilar entre el Edipo
negativo y el positivo, y de esta manera sustituir el deseo de tener el pene
por el del hijo. Pero esta conceptualización continúa manteniendo, des-
de el punto de vista de la estructura del deseo y de la organización del
Yo, una total equiparación entre histeria y feminidad, pues en última
instancia la más acabada feminidad no sería sino el deseo narcisista de
obtención del pene a través del hijo. En este sentido Freud concibe la
feminidad básicamente gobernada por un acentuado narcisismo: 1) pre-
fiere ser amada a amar; 2) practica el culto a su cuerpo, ya que cuanto
más atractivo más lo equipara a la posesión del pene envidiado en la
ecuación cuerpo-falo; 3) la elección de objeto es conforme al ideal narci-

186 187
sista de hombre que hubiera querido ser; 4) el hijo le deparará las satis- el falo» (autosuficiente, narcisista). El deslizamiento desde la feminidad
facdones de todo aquello que de su complejo de masculinidad ella espe- a la histeria es fácil de suponer: en este permanente juego de ser y/ o te-
raba, y 5) la intensa envidia al pene presente en su vida psíquica es la ner el falo puede quedar atrapada y ser presa de lo que se define como
razón de su escaso sentido de justicia. su estructura específica, el deseo 'en su carácter de insatisfacción esen-
cial.
La teoría freudiana sobre la feminidad constituye una suerte de ta-
lón de Aquiles de la doctrina psicoanalítica. Las revisiones a esta altura En Lacan la histeria abandona el ámbito de la psicopatología en la
son numerosísimas, a las postulaciones sobre la feminidad primaria (ya medida en que se presenta como el modo específico de estructuración
mencionadas) se suman las críticas a la posición prejuiciosa de Freud so- del deseo humano, de la transferencia, del Edipo y la bisexualidad, y a
bre la mujer (lrigaray, 1974; Kofman, 1980). Sin embargo un repaso de través de la teorización última de este autor, de la estructura misma del
estos desarrollos ulteriores produce la impresión de que si bien se acepta sujeto del inconsciente. En esta dirección histeria y feminidad son equi-
la necesidad de un replanteamiento a fondo, las propuestas que se han valentes, ya que la feminidad quedará definida: l) a partir del deseo se-
presentado como revisiones no sólo mantienen la estrecha relación entre xual; 2) a partir del deseo del otro a quien se dirige su deseo, es decir,
feminidad e histeria, sino que esta relación se ha consolidado. Las coor- la dimensión intersubjetiva del deseo humano; 3) la bisexualidad, que
denadas sobre las que se ordena la feminidad son entonces las mismas en el interior del Edipo aparece ligada a las identificaciones; 4) a la dia-
que para la neurosis : el deseo sexual y su estructuración en la trama edí- léctica de ser y tener el falo, y 5) al valor preponderante que toma la ex-
pica. Además, en todo momento y en todos los autores -salvo Sto- periencia patogénica de la pérdida del amor. De ahí que algunos auto-
ller- existe una superposición total entre feminidad, sexualidad feme- res, como Perrier (1974), establecen una línea de c;lemarcación entre una
nina, zona erógena vaginal y elección de objeto heterosexual. Estos tér- histeria lograda, «normal» («como idéntica a uno de los registros fun-
minos son prácticamente intercambiables y, en teoría al menos, tributa- damentales del deseo, la identificación imaginaria») y por otra parte
rios unos de otros, aunque algunos autores como Granoff y Perrier una histeria sintomal, la neurosis, y se inclinan a sostener una línea evo-
opongan algunas reservas *. lutiva que necesariamente «debe pasar por los modos histéricos de ma-
duración libidinal».
Lacan también centra la problemática de la mujer, su «extrañamien-
to», su rechazo como ser, en los dilemas a que se ve enfrentada por la Por tanto, la feminidad en tanto «verdadera» se constituiría en una
crisis de la castración. La feminidad, una «verdadera mujer», quedará suerte de polo ideal, una especie de meta utópica, y en realidad toda mu-
establecida si se estructura en ella la orientación hacia el padre, el hom- jer sólo alcanzaría el rango de la feminidad en tanto máscara, engaño,
bre, si se establece la heterosexualidad. Heterosexualidad que enmasca- simulacro, pues permanecería tributaria de los modelos identificatorios
ra la búsqueda del hijo, en última instancia el falo que le dará la comple- de la etapa fálica. Nuevamente la máscara alude a la falicidad subyacen-
tud buscada. Para obtenerlo debe exhibirse y proponerse como objeto te a esa aparente feminidad, ya que eliminada toda ilusión de feminidad
de deseo, y esta posición implica una identificación latente con el falo, natural la mujer no puede sino ordenarse según las leyes del significante,
es decir, que para «tener» el falo (debe buscar al hombre y a través de fundamentalmente del significante fálico. De ahí la expresión lacaniana
él alcanzar la libidinización de la vagina y la heterosexualidad) debe «ser «la mujer no existe», ya que el significante que podría situarla es sólo
un significante perdido.

• «Lo que vale la pena destacar es que la clínica nos muestra la precariedad de los es- Quizá sea Piera Aulagnier (1966) quien mejor da cuenta de la inci-
quemas edípicos en relación a las infinitas variaciones de las historias femeninas. No fal-
·tan esquemas clínicos, pero todo transcurre como si la mujer, desde su origen, estuviera
dencia de lo simbólico en la estructuración de la mujer, al marcar que
en una relación privilegiada con lo real, que habría que tener en cuenta para no reducirla la feminidad es ante todo una cuestión de hombres, descansando en su
a las modalidades o caracteres de su Edipo. Es así como se pueden ver hijos orales o anales condición de deseada, condición que sólo objetivará a través de la mira-
en mujeres preedípicas, del mismo modo que orgasmos rectales o vaginales en grandes in-
maduras, o a la inversa, frigideces irreductibles en sujetos muy edípicamente marcados» da masculina. Para Aulagnier en este punto residiría esa feminidad tan
(pág. 49). envidiada y explorada, espiada, buscada, que toda mujer persigue. Si la

188 189
mujer está más o menos siempre en una relación de rivalidad con sus do al compañero que a ella le falta algo, entonces se desmoronaría toda va-
semejantes (histeria normal), sería para constatar cuál es el rango de de- lorización narcisística. De ahí que la mujer tome la vía del simulacro, del
seabilidad y cómo, a través de qué atributo, «la otra» logra despertar engaño, de la mascarada (siendo ella misma la primera engañada) y con
el deseo del hombre, investigación que también persigue a través del extrema atención tratará de atisbar, desentrañar cómo él la desea y, sólo
hombre, buscando saber qué desea él en Ja otra mujer. En una producti- «por amor» asumirá el papel que él propone y le será fiel, ya que el hom-
vidad que toma como punto de partida ideas de Lacan, Piera Aulagnier bre, siempre listo en la reivindicación de su autonomía de ser que desea, no
se aparta un tanto de la formulación estructuralista ahistórica, de que está dispuesto a considerar Ja reciprocidad cuando él no es el beneficiario.
el hombre no tiene mejor suerte que Ja mujer en la organización de su
deseo (ya que también se halla marcado por Ja falta, pues en rigor él Lo que surge como esclarecedor en el planteamiento de Aulagnier es la
tampoco es el falo, sólo posee un pene que Jo simboliza). articulación que establece entre la valoración narcisista y la sexualidad
como condición de acceso a la feminidad. Aunque también el clivaje entre
Puntualiza una clara diferencia entre la estructura del deseo del histeria y feminidad pasa por el logro o no del goce, este último sería de-
hombre y Ja mujer: mientras el hombre puede escindir el deseo del pendiente de un investimento narcisístico previo. Aulagnier sostiene que lo
amor, esto es imposible para la mujer. «En esta posibilidad y en esta que Freud denominó una feminidad normal implicaría que « .. .la mujer
afirmación sustentará su potencia masculina, su orgullo, su narcisismo, haya podido hacer del deseo que brilla en la mirada del hombre Ja fuente
quiere ser capaz de un deseo autónomo, en estado puro, frente al cual misma de su investidura narcisística, pues, no lo olvidemos, no se puede
la mujer sea un objeto intercambiable (sólo un «a») .» La estrategia mas- amar si antes uno no se ama a sí mismo. Podrá aceptar saber que en cuan-
culina para negar Ja castración, cuyo espectro se perfila sobre la castra- to sujeto de la carencia puede encontrar su lugar de deseada ... » (pág. 88).
ción materna, es entendida en estos términos por Aulagnier: « ... si es Si este prerrequisito no se cumple -la investidura narcisista del deseo
preciso el amor para que exista el deseo, entonces su supremacía fálica del hombre por ella- rehusará a su compañero todo surgimiento de pla-
revela estar sometida al antojo de Ja Otra: ta mujer se acerca al lugar cer, su frigidez desmentirá que el pene sea el emblema y la sede tanto
vedado que tenía la madre, aquel cuya falta amenaza siempre con remi- del goce como de la valoración narcisista y será él quien deberá interro-
tir a la nada su papel de ser que desea. Pero si, por el contrario, cual- garse acerca de qué es para ella el objeto del deseo . En el triunfo del en-
quiera puede permitirle reconocerse como ser que desea, si cualquier gaño la mujer recuperaría el poder, el falo, pero a costa de su goce.
mujer, sin que tenga ni un~ p\~Jabra que decir, y cualquiera que sea su
deseo le basta para que pueda afirmarse como amo del deseo, entonces Concordamos plenamente con este lúcido planteamiento de Aula-
la amenaza materna es vana ... » (pág. 71, subrayado del autor). gnier, salvo en un punto, y es el de instituir «al deseo que brilla en la
mirada del hombre en la fuente misma de la investidura narcisista» de
En cambio la mujer se declarará siempre partidaria del amor único, la mujer. Pensamos que es justamente esta reducción, la narcisización
ya que algo se opondría a que se conciba sólo como objeto de deseo, de la mujer exclusivamente en torno a la sexualidad, Ja que la conduce
siempre buscará el amor y sólo por amor logrará en el mejor de los casos a exigir una legitimación del goce por el amor, o que en su defecto Jo
el goce sexual. No Ja hiere el ser deseada, lo que no puede tolerar y lo rehúse. Por el contrario, pensamos que la condición que garantiza que
siente como una decadencia es que el hombre le revele saber que ella no la mujer acepte de buen grado la mirada deseante del hombre, es que
es sólo deseable, sino sobre todo que está deseosa del deseo de él y que sólo espere de ella el goce y que su narcisismo se halle asegurado por
se desenmascare su carencia. Tampoco soporta ser descubierta como su- medio de otras fuentes, no sólo por medio de la sexualidad. Si Ja sexuali-
jeto de deseo. Pero, ¿por qué esta angustia, qué marca este corte tan ne- dad y sus avatares deben hacerse cargo exclusivamente del manteni-
to entre el hombre y la mujer, esta fractura entre el placer y el deseo que miento de la autoestima del sujeto, inevitablemente la sexualidad se verá
se situaría en el nudo de Ja feminidad? Es que para la mujer, si experi- comprometida y será gobernada por otras leyes que las del deseo sexual.
mentar placer no puede transformarse en el signo de otra cosa, si descu- ¿Acaso no es éste el drama del hombre histérico?
bre que no es para el hombre sino el instrumento de un goce en el que el
amor no tiene Jugar alguno, y si su propio placer le confirma que ha revela-

190 191
CAPITULO XIII

DORA, ¿HOMOSEXUAUDAD O TRASTORNO


NARCISISTA DEL GENERO?

MARCO FREUDIANO DE COMPRENSION DE LA HISTERIA

El eje de la interrogación freudiana sobre la histeria se condensa en


sus incógnitas frente a Dora: «¿cómo se explica su repulsa en la escena
del lago, o por lo menos la forma brutal, testimonio de indignación, de
dicha repulsa? ¿Cómo pudo una muchacha enamorada sentirse insulta-
da en una declaración que, según comprobaremos luego, no tuvo nada
de grosera, ni de ofensiva?» (pág. 38). En esta repulsa radica la condi-
ción según la cual Freud define la histeria: « ...toda persona que en oca-
sión de una excitación sexual experimenta sentimientos preponderante
o exclusivamente displacenteros» (pág . 28), y esta subversión de los
afectos será explicada básicamente por la acción del mecanismo de re-
presión, que produce una metamorfosis tal, que en lugar de deseo se
manifiesta lo contrario, asco, repugnancia, rechazo . La razón funda-
mental que dispara la represión surge del carácter incestuoso y prohibi-
do de los deseos que se dirigen ya sea hacia el padre, el señor K o la seño-
ra K. La sexualidad infantil, los actos masturbatorios (temática del pri-
mer sueño), los deseos sexuales actuales (fantasías de desfloración , em-
barazo y parto en el segundo sueño) en conflicto con las ideas morales,
los sentimientos filiales y la culpa edípica encuentran como única solu-
ción la represión de toda manifestación sexu<;tl. Los síntomas corporales
(asma, jaqueca, tos y afonía) aparecen como la fractura al bloqueo de
la conciencia y el Superyo, y se abren camino hacia la satisfacción por
medio de la sustitución fantasmática.

Freud aporta la explicación, las determinaciones, las mediciones a


un saber profano que relacionaba desde los albores de la medicina la se-
xualidad a la histeria. En el marco freudiano los síntomas corporales,

193
la depresión de ánimo, las fantasías, sueños y problemática de Dora, ma de la triangularidad histérica, condujo finalmente a Freud hacia la
surgfD de la insatisfacción del deseo sexual, de los celos y necesidad de hipótesis de la existencia de corrientes afectivas masculinas hacia la se-
venganza sobre los agentes de su frustración sexual. En primer lugar, ñora K como el último estrato del inconsciente de Dora. En 1901-1905,
básicamente su padre, que la relega doblemente por su madre y por la en pleno auge del descubrimiento de la importancia del deseo edípico se-
señora K; luego el señor K, que, además de ser esposo de la amante de xual, Freud sustenta esta tesis hasta sus últimas consecuencias.
su padre, seduce a una institutriz. Las coordenadas de la histeria se tra-
zan sobre estos hallazgos: conflicto edípico en el registro libidinal fálico, Pero el conocimiento psicoanalítico ha progresado lo suficiente para
triangularidad, represión, identificación histérica y conversión. Sin em- que ochenta años después sea posible proponer otra perspectiva. Dora
bargo, aunque el desenlace del tratamiento presta más colorido a la tipi- se hallaba, efectivamente, más interesada en la mujer que en el hombre,
ficación histérica -Dora abandona la cura no satisfaciendo el deseo de pero no en su sexo, sino en su feminidad, en la búsqueda de un ideal
Freud-, el cierre lo deja insatisfecho y Freud se pregunta si habrá com- de Yo femenino, que lejos de perfilarse como instituido y fácilmente lo-
prendido cabalmente a Dora. Pero ¿por qué Dora desea a la señora K calizable, se hallaba desdibujado. ¿Cómo podía su madre, mujer de po- ,
y no a la madre cuando en el historial el deseo heterosexual parecía po- cas luces, cuyo padre descalificaba totalmente, y para quien «no signifi-
der deslizarse del padre al señor K y de éste al padre fácilmente? ¿Es que caba nada», que sólo podía reinar sobre los objetos del mundo domésti-
acaso Dora desea en el fondo a su madre, siendo la señora K un sus- co, ser el ideal admirado de una muchacha como Dora, a quien Freud
tituto? ¿Hay simetría entre el desplazamiento del deseo del padre al describe « ... como una joven madura de juicio muy independiente ... »
señor K por un lado, y por otro entre la madre y la señora K? (pág. 22), « ... que rechazaba el cuidado de la casa y el trato social y pre-
fería estudios serios, cursos y conferencias para señoras ... » (pág. 23).
Veamos cómo caracterizaba Dora a las mujeres que la rodeaban. Su La señora K parecía más indicada para ser y representar el modelo de
madre: se trataba de una mujer poco ilustrada y sobre todo poco inteli- feminidad admirada, elegida por su padre y lectora de temas sexuales,
gente, que al enfermar su marido había concentrado todos sus intereses constituía un prototipo más valorizado. Si consideramos seriamente el
en el gobierno del hogar, ofreciendo una imagen completa de aquello juicio de Freud sobre Dora como una mujer inteligente, ¿no es por obra
que Freud mismo calificaba de «psicosis del ama de casa». « .. . Falta de de esta inteligencia y a través de ella por lo que la relación con su madre
toda comprensión para los intereses de sus hijos, se pasaba el día velan- en tanto doble de su género y polo de identificación, es decir, en el regis-
do por la limpieza de las habitaciones, los muebles y los utensilios, con tro narcisista, se podía ver seriamente\afectada?
una exageración tal, que hacía casi imposible servirse o gozar de ellos.»
« ... La muchacha hacía tiempo que no tenía prácticamente relación con El contraste entre la personalidad de los hombres y las mujeres es
su madre, a la que criticaba duramente, y había escapado por completo tajante . Su padre: « ... persona dominante en su círculo, tanto por su in-
a su influencia» (pág. 20) *. Por el contrario, sabemos que a la señora K teligencia y sus condiciones de carácter como por las circunstancias de
-a pesar de ser su máxima rival- le profesaba una honda admiración, su vida ... » (pág. 18). Gran industrial, de infatigable actividad y dotes
habiendo mantenido una estrecha y confiada amistad. La seño- intelectuales poco vulgares, se hallaba en excelente situación económica.
ra K la había hecho confidente y consejera de su vida matrimonial y con Y su hermano, año y medio mayor, era « ... el modelo a partir del cual
ella podía leer el libro de Mantegaza sobre la Fisiología del amor. Dora sus ambiciones se habían forjado» (pág. 21) *. ¿Cómo se articulan en
admiraba el cuerpo de la señora K, quien conocía sus gustos y podía ele- el interior del Ideal del Yo de Dora las ambiciones «masculinas», es de-
girle los regalos que la muchacha apreciaba, y, según palabras de Freud, cir, el registro de un dominio de algo más allá del mundo doméstico ma-
nunca había escuchado una sola palabra hostil contra aquella mujer. terno, con el ideal femenino, en tanto complementaridad de lo que al
Sabemos que esta inconsecuencia, este dato contradictorio en el esque- hombre le falta? En otras palabras, ¿cómo se armonizan los deseos nar-

• Este retrato materno es corroborado en la biografía de su familia aportada por • A partir de los trabajos de Rogow (1979), sabemos que el hermano de Dora, Otto
el hermano de Dora (Rogow, 1978). Bauer, fue uno de los principales líderes socialistas en Austria.

194 195
cisistas, las ambiciones que se tipifican en un terreno masculino, y el de- narcisista y, por el contrario, se opone al narcisismo de su género, que
seo sexual de Dora por un hombre, no para serlo, sino para tenerlo? Dora trabajosamente intenta situar.
¿Cuáles eran las quejas de Dora? Ser sólo un objeto al servicio del Se destaca el carácter incestuoso de los sentimientos de Dora como
narcisismo de los personajes del drama. Objeto de transacción para el el motivo de su honda represión y sus síntomas concomitantes, sin repa-
padre, vendida al sefior K, a cambio del silencio de aquél sobre sus rela- rar ni en el matiz incestuoso tanto de la proposición del sefior K, como
ciones con la sefiora K; objeto del capricho sexual para el sefior K, pues de la complacencia con que el padre toleraba los avances de su amigo
Dora conocía el episodio de seducción que el sefior K había tenido con hacia su hija, ni en los efectos desestructurantes que la transgresión a
la institutriz; objeto encubridor para la sefiora K, ya que cultivando la la ley por parte de un adulto puede producir en la mente de una adoles-
amistad con Dora se Je facilitaba el acercamiento con el padre y objeto cente. Transgresión que posteriormente no es asumida como libertad del
aún para su propia institutriz, que utilizaba a la muchacha para seducir deseo o del amor, sino que cuando es desenmascarado por la denuncia
al padre. ¿Cuáles eran los sentimientos que predominaban en Dora? La de Dora, el sefior K no vacila en considerarse el «inocente seducido»
indigna:ión, la rabia narcisista, la humillación. Le indignaba que su pa- apelando a una supuesta perversión de la adolescente, « ... con qué dere-
dre la creyera una intrigante fantasiosa, aceptando la opinión de que chos puede escandalizarse una muchacha que lee la Fisiología del
«tal escena del lago» no había tenido lugar, consistiendo sólo en un fe- amor ... » (pág. 88) argumentará el sefior K. Sin lugar a dudas no se pue-
bril suefio de su mente erotizada. Le indignaba descubrir la falsedad de de subestimar el deseo edípico de Dora, el empuje sexual que una ado-
la dedicación maternal de la institutriz, quien exhibía su devoción ante lescente puede abrigar hacia un padre atractivo y prestigiado, o por un
la mirada de su padre. Le indignaba que el sefior K considerara posible hombre adulto también apuesto que la requiere de amores, pero tam-
un acercamiento erótico, que sugería más una burda seducción (equipa- bién es necesario precisar el abismo de diferencias que existe entre el de-
ración de Dora a Ja institutriz) que una pasión irrefrenable o un gran seo sexual edípico de una nifia por su padre en la etapa fálica y el com-
amor. Le indignó finalmente la traición de la sefiora K. Ahora bien, ¿no plejo universo psíquico en que ese deseo reemerge en una adolescente
serán estos Jos términos racionalizadores preconscientes de formulación como Dora. La nifia puede vivir el espejismo de creerse reina porque pa-
del conflicto, cuando en realidad el deseo sexual reprimido, tanto hetera pá la sube a sus rodillas, mientras mamá se halla ausente y sólo sofiar
como homosexual, sería el motivo real, generadcr de Jos síntomas y res- con alguna bruja nocturna, pero esta simplicidad del conflicto infantil,
ponsable de la histeria de Dora? el maniqueísmo con que se dibujan los buenos y los malos y la grandio-
sidad cómodamente sustentada de que gozan los ídolos, no se reencuen-
Freud sostiene que la pugna se entablaba entre la tentación de ceder tra en la subjetividad de una adolescente debidamente normativizada y
al deseo sexual y las resistencias a sucumbir a él. Entre los motivos de sumida en la problemática de su feminidad secundaria.
la defensa enumera: razones de respetabilidad y cordura, hostilidad pro-
vocada por las confidencias de la institutriz y un elemento neurótico, la Si Dora es «invitada» a olvidarse de su castidad con la anuencia de
represión sexual edípica (pág. 88). ¿Cómo se modifica la perspectiva su padre, ¿se asusta sólo de su empuje sexual o también se confunde
conceptual si a los primeros dos órdenes de motivos le otorgamos una frente a lo que ella suponía que esperaban ambos de una «mujer que sig-
dimensión psicoanalítica dentro del marco del narcisismo? Se puede en- nificara algo», o sea, que contuviera su deseo?; ¿sólo se resiente porque
tonces sostener que lo que se opone como repulsa, como rechazo, lo que su padre la posterga sexualmente por la sefiora K o porque parece igno-
provoca la indignación de Dora no es solamente la transformación de rar su papel de garante de la honorabilidad de su hija adolescente, es
un impulso sexual en su contrario, en asco, asco ligado a la cloaca, al decir, defensor del narcisismo de su feminidad incipiente? Padre que se
flujo, al semen sifilítico, a la erección, sino que el asco o la repugnancia desentiende de su tratamiento con Freud en la medida en que no la con-
física es una «conversión» de un sentimiento de humillación narcisista. duce a encubrir sus relaciones con la sefiora K. ¿La indignación de Do-
El narcisismo herido no deja que el deseo sexual se organice, porque a ra, no era al mismo tiempo una lúcida captación sobre su poca impor-
pesar de que Dora entrevé que el valor máximo de la feminidad merodea tancia como ser humano, como otro significativo para su padre, a quien
el sexo, la sexualidad que le toca vivir no se halla investida de un valor ella consideraba su Ideal del Yo, ideal que no sólo no la reconocía, sino

196
197
que tampoco lograba sostenerse en tanto tal? Se ha insistido en la «ca- la intimidad con una mujer. Si el señor K pudo enarbolar la acusación
rencia fálica» que ofrecía como imagen el padre de Dora, por la impo- contra Dora para defenderse de su responsabilidad en la escena del lago,
tencia postsifilítica que sufría, sin jerarquizar que el desmoronamiento la muchacha sabía que la informante era la señora K, la única testigo
que tiene lugar es el de su talla en tanto garante del honor, categoría que de sus confidencias y con quien compartía la lectura de la Fisiología del
sobrepasa la falicidad peneana. ¿Cómo hará Dora para sentir en forma amor. ¿Estos hechos no le demostrarían dolorosamente a Dora que tan-
fresca, espontánea, sin conflicto, su deseo sexual? ¿La insistencia freu- to para el hombre como para la mujer la sexualidad en la mujer no es
diana justamente en este punto, en su masturbación infantil, en su deseo un atributo que Ja engrandece, Ja valorice, que no es una virtud, sino
sexual no correspondido, no ubicaban a Dora exclusivamente comr una una degradación? Lo que Dora llamó «la traición de la señora K» con-
adolescente «alborotada», obsesionada por el sexo, lo que la humillaba siste en la traición que la propia mujer se hace a sí misma al no recono-
y confundía una vez más? cerse el derecho a la actividad sexual, identificada a los paradigmas y
sistemas de representaciones del hombre de nuestra cultura.
¿En qué consiste la especificidad de la lucha fálica que se desarrolla en-
tre el hombre, el médico, el amo y la histérica, sino en una lucha de poder, ¿No es éste también el conflicto de Ja histérica, cómo gozar sexual-
de mayor reconocimiento? Dora era susceptible, no aceptaba el menospre- mente en un mundo en que tanto las mujeres como los hombres no con-
cio al género, si huía de su madre era probablemente por horror a la in- sideran este goce como legítimo y engrandecedor de la mujer? Es llama-
feriÓridad y no por falta de sentimientos filiales. No quería ser reducida tivo que la intensidad del conflicto edípico (el deseo sexual de Dora por
a la mujer-mucama que mantiene limpia la casa, ni tampoco a la que su padre) no entorpeciera la relación amistosa y de compañerismo que
accede al erotismo libre de atadura superyoicas, pero no sólo por moral mantenía tanto con la señora K como con su propia institutriz, a quienes
victoriana, sino por un hondo conflicto narcisista en que el sexo se cons- sabía enamoradas de su padre. Sólo se desató la furia narcisista de Dora
tituye en signo de degradación para la mujer («seducida y abandonada»). cuando advirtió que por sí misma «no representaba nada para ellas»,
Dora odiaba el modelo femenino aportado por su madre, en tanto re- que en ausencia de su padre la institutriz se mostraba indiferente a la
chazada y menospreciada por los hombres de la casa, con quienes Don~ joven. «Mi mujer no significa nada para mí», en boca de su padre y del
se identificaba en sus ideales y ambiciones. La señora K personificaba señor K, o la conducta de la institutriz encerraban un mismo significa-
otro ideal, deseada y apreciada por su padre, tolerada en su doble vida do, la descalificación de su género. La herida infligida era al narcisismo,
por su marido; madre y enfermera devota del hombre amado; poseedo- más que a la libido. A su vez, Dora «no significaba nada» para las pro-
ra de un «saber sexual» que compartía con Dora, a quien hacía su confi- pias mujeres que sucesivamente fue considerando sus modelos - la ins-
dente y amiga. En este acto la señora K introducía a Dora en el mundo titutriz, la señora K-, pero al menos Ja señora K significaba algo para
de los adultos, de la mujer en tanto tal. Si algo Dora deseaba era esta los hombres. Si la única mujer del universo simbólico de Dora se desmo-
formación que no podía recibir de su madre. ¿Qué sienten 111s mujeres, ronaba, ¿quién podía sostener entonces Ja valorización de la feminidad?
qué viven las mujeres en relación a los hombres? Sólo la bofetada, que, en tanto reacción, se hacía cargo de la defensa
del género como algo más que la entrega del cuerpo. Tal es así, que los
Si hay algo «homosexual» en la histérica es su deseo de homologa- síntomas por los cuales el padre se dirige a Freud en búsqueda de ayuda
ción y de conocimiento sobre su género, sobre las conductas, activida- en el epílogo de los sucesos del lago, son básicamente una intensa depre-
des y sentimientos que definen a una mujer en sus distintas y específicas sión que conduce a Dora a ideas de suicidio y a una creciente asociabili-
funciones. Si para «saber sobre la mujer» la mujer se dirige al hombre, dad. ¿Cómo entender estos síntomas en el interior de un cuadro de his-
al amante, no es por homosexualidad latente, buscando que el hombre teria? ¿Son pertinentes a su dinámica interna o pertenecen a otra serie
le hable de las mujeres, ni por una sofisticada relación con el «saber so- psicopatológica? Parecieran corresponder a las reacciones de una depre-
bre el objeto de la tendencia», sino porque la intimidad sexual es el úni- sión narcisista (Bleichmar, H., 1976, 1981).
co ámbito de discurso sexual permitido y existente para una adolescente.
Dora, por la peculiaridad del pacto perverso vigente entre los protago- La tesis que emerge, entonces, no es que la mujer histérica rechace
nistas del drama, había tenido acceso al conocimiento sexual a través de al hombre a causa de su corriente homosexual o por un acentuado narci-

198 199
sismo -producto de alguna fijación a una etapa fálico uretral de su
deseo-, sino que la mujer histérica rechaza al hombre porque no en-
cuentra otra forma de valorar a la mujer que hay en ella, siendo el pre-
cio que tiene que pagar, el de una lucha sexista entre ella y el hombre
que ama.
CAPITULO XIV
La importancia de la inclusión de la problemática narcisista en la
comprensión de la histeria reside en que permite entender cómo la per- HISTERIA Y GENERO
sonalidad infantil o dependiente, la personalidad histérica y el carácter
fálico narcisista en la mujer se delimitan como una serie psicopatológica El feminismo espontáneo de la histeria
cuyo eje es el grado de aceptación o rechazo de los estereotipos vigentes
de la feminidad. Cuando más acepte la mujer los estereotipos de nuestra
cultura sobre los valores «intrínsecamente femeninos», más se aproxi-
«La mujer se define como un ser humano
mará a la personalidad histérico-infantil o dependiente. Su sexualidad
en busca de valores en el seno de un mundo de
podrá permanecer en un letargo asintomático, si sobre ella no se inviste
valores ... vacilante entre el papel de objeto, de
ningún valor, o la rechazará como lo prescribe el modelo de la pureza. otro que le es propuesto y la reivindicación de
Cuanto más aspire a una equiparación al hombre, más competitiva, su libertad.»
«castradora» y mayor dificultad tendrá en aceptarse «objeto causa del
SIMONE DE BEAUVOIR
deseo», pues se sentirá reducida a un cuerpo que goza, y no es esta meta
la que su Ideal del Yo le impone. La identificación al padre es una direc-
ción obligada si la mujer es consciente de su condición y no la acepta, ¿Cómo componer el rompecabezas? Por de pronto, resulta imposi-
sino que se rebela, pues ¿qué la llevaría a identificarse a la madre desva- ble seguir denominando en singular la histeria, es decir, mantener una
lorizada sino un secular sometimiento que ha sido considerado parte de categoría unitaria para englobar configuraciones que se diferencian
su «naturaleza» masoquista? marcadamente entre sí. Queda la alternativa de pluralizar -las
histerias-, conservando la denominación prefreudiana y añ.adiendo la
Existe otra dimensión en el deseo del hombre por la mujer que ésta especificidad que le corresponda. Pero, ¿cuál sería entonces el denomi-
se halla ávida por escudriñar y descubrir: si este deseo recubre algo más nador común entre una borderline-histérica y una mujer con frigidez,
que su sexo, si el padre que comienza a ser atraído por la grácil jovencita entre un carácter fálico-narcisista y un síntoma conversivo en una mujer
también reconoce en ella algo más que un cuerpo . ¿Acaso no era esto obsesiva? ¿El conflicto sexual subyacente, la estructura del deseo o el
lo que Dora sentía a los dieciocho años cuando escuchaba: «mi mujer hecho de tratarse de la psicopatología de la mujer? ¿Es que la histeria
no es nada para mÍ»? ¿Qué destino podía imaginar para sí como futura tiene un carácter universal del que la ciencia da cuenta, o ésta no escapa
mujer, si la señora K, la única jerarquizada dentro de ese conjunto, tam- a la imprecisión del saber popular, ya que cuando describe el sobrecom-
bién caía a la categoría de una nada? Al falo no se lo busca como Oecha promiso emocional de la personalidad histérica se acota que «observa-
indicadora que conduzca al tercero femenino, no se. trata de otra mujer dores no sofisticados consideran este rasgo típicamente feminino»?
a la que se desea sexualmente, sino una mujer que represente una ima- (Kernberg, 1975, pág. 14). Y los observadores calificados, ¿cómo lo
gen valorizada de la feminidad. Es una búsqueda desesperada por la rei- consideran? Un dato significativo son las estadísicas sobre las que se
vindicación narcisista de un género poco narcisizado en la historia de la confeccionó la DSM-III. Tanto la personalidad borderline, la depen-
cultura. diente (lo que correspondería a la personalidad infantil de la ICD-9), la
personalidad histriónica (histérica en clasificaciones anteriores), como
los síntomas somatoformes (que incluyen conversiones y somatizacio-
nes) y los del área sexual muestran una clara prevalencia en la población

200 201
femenina. ¿Podríamos sostener que esta serie de cuadros constituyen un Este mito es cuidadosamente construido en la formación de la joven
eje por el que transita la mujer, avatares del género femenino? para esperar y co_nquistar por medios pasivos -su belleza y gracia- un
hombre que la conducirá a su destino. ¿No resulta lógico suponer que
La personalidad dependiente es descripta en los siguientes términos la histérica encuentre facilitada la vía para adjudicar al hombre, ser la
en la DSM-III: «El sujeto pasivamente permite que otro asuma la res- fuente de deseos sexuales y agresivos que no puede reconocer en sí mis-
ponsabilidad en áreas mayores de su vida a causa de un déficit de con- ma? ¿Por qué se ha jerarquizado, con tanto énfasis, que la histérica tie-
fianza y de inhabilidad para funcionar independiente; se subordinan las ne siempre el sentimiento de que es el otro el provocador de sus deseos
propias necesidades a la de los otros, de los cuales ella o él dependen. sexuales y agresivos, y no se ha reconocido que el mandato de la pasivi-
Generalmente los que sufren de esta condición tienen serios problemas dad secularmente mantenido por la cultura también compromete la
en hacer manifiestos sus deseos y demandas, por temor a poner en ries- mente, la acción y la representación que ella elabora sobre su capacidad
go la relación de la cual dependen y verse forzados a hacerse cargo de para producir efectos en la realidad, aspectos de la personalidad que ex-
ellos mismos. Por ejemplo, una esposa puede tolerar abusos físicos de ceden el campo de los impulsos? ¿Por qué se ha reducido la problemáti-
su marido por temor a ser abandonada. Invariablemente existe un défi- ca de la histérica a Ja sexualidad? Pero junto a esta histérica pasiva y
cit de autoestima y minimizan sus habilidades y poder, sintiéndose im- dependiente que se especializa en desembarazarse de toda responsabili-
potentes y desamparados. La ansiedad y la depresión son los rasgos aso- dad por sus deseos y acciones, encontramos Ja silueta opuesta, la fálico-
ciados, y, a menos que el sujeto se halle seguro sobre Ja relación que narcisista, empeñada en la decisión activa, exquisitamente sensible a
satisface su necesidad de dependencia, la preocupación invariable y cualquier mención descalificadora. ¿Una es más oral y la otra más fáli-
permanente es la posibilidad de ser abandonada» (págs. 324-25). ¿No ca? ¿O debemos inclinarnos a pensar las diferencias entre un cuadro y
constituye esta descripción un colosal mural de Ja mujer en nuestra so- otro como diferentes potenciales del Yo y del Ideal del Yo, no de los im-
ciedad? pulsos? ¿Es en este punto donde, al decir de Granoff y Perrier, «todo
transcurre como si la mujer, desde su origen, estuviera en una relación
Krohn (1978) se dispone a pulverizar el tan mentado mito 0c la ino- privilegiada con lo real, que habría que tener en cuenta para no reducir-
cencia y la pasividad en este cuadro. Sostiene que no sólo es la expresión la a las modalidades o caracteres del Edipo»? (pág. 49).
de una fijación o regresión libidinal, sino una fantasía defensiva para
reforzar la negación de la erotización y de la agresividad. Proclamando El psicoanálisis significó una revolución en el conocimiento, ar per-
el deseo de una estrecha, cálida y honesta relación con un hombre dulce, mitir el salto de la psicofisiología del cuerpo -del cuerpo objeto al cuer-
suave y sensitivo la histérica evitaría el reconocimiento de su excitación po vivido por el sujeto- a Ja cabal comprensión de un cuerpo-humano.
sexual. «Si tal fantasía es evaluada como teniendo una real base oral, La histeria dejó de ser un útero que afectaba la psique, una especie de
y las interpretaciones son guiadas hacia los presumibles conflictos ora- maldición de la naturaleza biológica femenina para convertirse en un
les, la estructura defensiva de la histérica será a menudo reforzada por efecto del fantasma sexual, de la sexualidad en tanto actividad humana,
Ja fantasía de una pequeña chiquilina con conflictos acerca de la alimen- psíquica, vivencia!. El deseo sexual ocupó el centro del sistema y la de-
tación y el cuidado, evitando poner de manifiesto er potencial agresivo mostración de su surgimiento y organización en el seno de la relación
y autodestructivo» (pág. 224). No hay ninguna duda de que la inocencia parental del triángulo edípico, subjetivizó el deseo arrancándolo de su
y Ja pasividad constituyen un mito en la histérica, y coincidimos con base animal, demostrando que la gente se enferma no por ignorancia de
Krohn en desechar la tesis de la fijación oral, pero en este mito no se halla las leyes biológicas, sino porque el deseo sexual debe ser reprimido, tal
incluido sólo un peculiar método de enfrentar el conflicto edípico. Si la como Ja ley de Ja cultura lo exige. Freud comprendió a la histérica, pero
histérica es dependiente y pasiva, ejemplificando la condición esencial de ésta habría permanecido insatisfecha a causa de su subterránea e irre-
la mujer en nuestra cultura, esta defensa es la expresión de una condición ductible masculinidad.
de estructura. ¿Acaso en «la dote» psicológica que debe aportar una jo-
ven para ser elevada a la categoría de mujer digna, o sea, casarse, no Cuando Lacan propone el retorno a Freud -para rescatar el psico-
constituyen la virginidad y la sumisión uno de los rasgos más preciados? análisis de las desviaciones tanto de la psicología del Yo americana

202 203
como del enfoque kleiniano de las relaciones de objeto sin mediación- Si se establece claramente la diferencia conceptual entre feminidad
Y sostiene el imperativo de contemplar el orden simbólico en el cual el y sexualidad femenina pensamos que es posible una mejor comprensión
sujeto se inscribe, la histérica ve renovada sus esperanzas de ser com- de la histeria, ya que la feminidad constituye un continente negro, un
prendida, sobre todo si la propuesta incluye la explicación de por qué enigma quizá mucho más ignorado tanto para la mujer como para el
la histérica siempre abriga esperanzas. hombre que el constituido por la sexualidad femenina . La feminidad no
tiene que ver con el deseo sexual, ni con ningún conjunto de pulsiones,
En el seminario de 1969-70 Lacan ubica la histeria como uno de los aunque éstas pudieran quedar por fuera del ámbito de la represión
cuatro discursos -junto al del amo, al de la Universidad y al del analis- (Montrelay, 1970), sino con el conjunto de convenciones que cada socie-
ta-, es decir, como un total efecto de la cadena significante. El del amo dad sostiene como tipificadores de lo femenino y lo masculino . La con-
sería aquel en el cual existiría una supuesta identidad entre el sujeto y ducta sexual de un hombre, su relación con la mujer, hablarán de su vi-
el significante, es decir, el que se cree dueño de la verdad, siendo el de rilidad, pero la masculinidad de un hombre incluye valores como el co-
la Universidad su versión moderna: la burocracia. Por el contrario, el raje, la fuerza, la capacidad de decisión que podrán hacerlo más precia-
del analista consistiría en el que renuncia a todo intento de gobernar o do a los ojos de una mujer, pero hasta ahora estos ragos no parecen pro-
educar, como lo soñaba Freud. ¿Y el discurso histérico? Significativa- venir de ningún substrato sexual, a menos que le otorguemos al pene es-
mente este discurso no es universal, sino que está singularizado, es «el tos atributos. Si no lo son del pene, sino del falo, ¿no es entonces el falo
de la histérica». Sin embargo es considerado un modelo ejemplar del un significante de los valores e ideales masculinos de nuestra cultura y
discurso del analizando, que buscaría al otro: amo, Universidad o ana- es esta instancia en tanto orden simbólico, cadena significante pero con
lista para que le descubra la Clave de su destino. Si obtiene una respuesta significados bien abrochados, los que definen y tipifican qué es una mu-
cualquiera, irreductiblemente queda cosificada, definida por otro, redu- jer y qué es un hombre? Si es justamente la histérica la que se interroga
cida a objeto del deseo del otro y entonces la rechazará. Por eso, según sobre esta cuestión, es por una vaga e incipiente conciencia de su insatis-
Lacan, ante ella todo amo perderá su máscara y se reconocerá castrado, facción en cuanto a una imposición que no surge precisamente de su
«naturaleza», sino de un orden ajeno que la tipifica como objeto, tipifi-
castración que no involucraría la más mínima intencionalidad, sino que
cación a la que se resiste.
sería un puro efecto de la estructura que determina la demanda.
Al naturalismo de lo biológico en que éste generaría obligatoriamen-
Pero a pesar de estas buenas intenciones y del intento de compren-
te un efecto, Lacan agrega otro naturalismo -en el sentido de aquello
derla tan castrada como al hombre -que también viviría engañado en
que no puede ser de otra manera-, el del significante: la histérica es his-
la máscara de su completud fálica (imaginarizada como posesión del
térica pues está marcada por el lenguaje como ser de una «falta» no so-
pene)-, la histérica sigue interrogándose si en la estructura del lengua-
lucionable. Obviamente esta histérica lacaniana ya no es la de la psico-
je, o en las leyes de la cultura, o en las convenciones sociales, o en los
patología, sólo se ha mantenido la denominación para referirse a una
mitos sobre la mujer, esa categoría de objeto a la cual se halla condena-
categoría que adquiere sentido en el interior de las coordenadas laca-
da no podría revisarse, ya que Lacan ha logrado arrancarla de la psico-
nianas.
patología, pero ha fracasado en narcisizarla. ¿Por qué la impotencia del
saber que la histérica engendraría provoca « ... que su discurso se anime
Pero en este juego de la polisemia, tan peculiar a su estilo, mientras
del deseo ... » (Lacan, 1970, pág. 74). ¿Por qué esa tendencia distintiva
por un lado enriquece, pues se amplía la problemática, por el otro se
a la erotización? Cada vez que la mujer oye hablar de ella, lee sobre lo
pierde por lo que se sustrae, con el agravante de que el abandono queda
que es ella, estudia su tema, fantasea su destino, sueña sus -. deseos, irre-
disimulado en la suposición que la nueva categoría explicita y contiene
mediablemente aparece el deseo sexual, la meta del orgasmo vaginal, el
también a la antigua, sin reparar que se hallan ubicadas en dos órdenes
hombre como objetivo de su vida . .. ¿Es esto cierto, o el malestar histéri- diferentes. En el caso de la histeria de la psicopatología el interro-
co reside justamente en la reducción de su condición humana a su sexua- gante pendiente es sobre la muy distinta incidencia en el hombre y en
lidad, en la superposición y confusión entre feminidad y sexualidad, en- la mujer.
tre su ser social y su erotismo?

205
204
Aunque la histérica llegue a aceptar la aparente simetría que se le EL FEMINISMO ESPONTANEO
propone -tanto el hombre como la mujer son sujetos de la carencia,
ambos se dan lo que no tienen-, seguirá en la búsqueda del falo, por-
que éste simboliza una soberanía que se ejerce en otros dominios más La sexualidad es el instrumento y/ o la actividad narcisista que la his-
allá del amor y la sexualidad. Y son esos otros dominios en los que la térica privilegia para el mantenimiento de su balance narcisista. Pero en
mujer constata también su sujeción, su inferioridad, su falta de deci- tanto actividad narcisista la sexualidad está sujeta -lo hemos visto-
sión, su ausencia de deseo. Si para saber cómo es una mujer en la cama, ª una muy distinta y desigual valoración social para el hombre y la
la histérica tiene que averiguarlo a través del hombre que le hable o la mujer, lo que determinará que de acuerdo a como se ubique la histé-
dirija hacia otra mujer en calidad de modelo, ¿a quién puede dirigirse rica frente a esta distinta valoración, la sexualidad en tanto actividad
para saber de trabajo o negocios que le permitan su autono~ía material, se ponga en acto o se sustraiga de la escena. Si en la experiencia singular,
para saber de la historia del mundo que la ubiquen en un contexto so- la actividad sexual se opone o entra en contradicción con la valora-
cial, para saber de derechos y poderes que le descubran el arte de gober- ción narcisista, dicha puesta en acto se verá comprometida, pertur-
nar? Si su feminidad secundaria debidamente asumida le demuestra la bada o bloqueada en algún nivel. La mujer siempre va a requerir que
supremacía masculina, ¿cómo hará la mujer para no desear ese destino la propuesta sexual tome el carácter de un romance, de un hecho tras-
para sí? ¿Cómo puede existir como ser humano s~n valorización narci- cendente en la vida del hombre. Si, por el contrario, el despliegue de la
sista? actividad sexual refuerza o satisface el narcisismo, la puesta en acto se
verá favorecida y tenderá a repetirse, lo que ocurre habitualmente en la
Cada vez que se siente humillada apelará a su única arma para resta- histeria masculina, de ahí su casi sinónimo de Donjuanismo, y que
blecer su narcisismo herido, el control de su deseo y su goce, e invertirá llamativamente no encuentra su paralelo para la actividad similar en
los términos, el amo quedará castrado. Es común que la reacción preva- la mujer, sino que en ella se la describe como promiscuidad o ninfo-
lente de la mujer en la pareja, cuando surge un desacuerdo, sea la indife- manía.
rencia sexual o la negativa a tener relaciones sexuales (Singer Kaplan).
De esta peculiar manera la mujer se hace oír en tanto sujeto, reivindi- La transformación de los modelos de feminidad de generación en ge-
cando su deseo de reconocimiento, de valorización en tanto género fe- neración, la liberación sexual que impera actualmente, conduce a la
menino, lo que equivale considerar su feminidad como equivalente de adolescente, a la mujer, a multiplicar crecientemente sus experiencias se-
su ser-humano, no sólo a su ser-sexuado. En su r~ivindicación no puede xuales. Pero aún en los años 80 el goce sexual de la mujer, en tanto goce
dejar de permanecer prisionera de los paradigmas y sistemas de repre- puro, el ejercicio de la sexualidad como testimonio de un ser que desea
sentación masculina, y su feminismo espontáneo se pondrá en juego en el placer y lo realiza en forma absoluta -por fuera de cualquier contex-
el mismo terreno en que ha quedado circunscripta, el sexo. to legal o moral convencional- se constituye en una transgresión a una
ley de la cultura de similar jerarquía a la ley del incesto. Las relaciones
En el síntoma histérico el conflicto entre sexualidad y valoración sexuales con los hijos son tan antinaturales como el derecho al puro pla-
narcisista alcanza su máxima complejidad, y es este conflicto, en su ca- cer sexual de la mujer. «Ella no lo necesita», dicen las madres y los pa-
rácter genérico y constante para la feminidad, el que se instituye como dres de las adolescentes mujeres, mientras proporcionan una prostituta
un síntoma de la estructura cultural. Es esta identidad estructural entre al varón. Los padres debidamente normativizados transmiten la prohi-
la feminidad y la histeria la que «universaliza» a la histeria, así como bición del incesto sin necesidad de amenazas, a través de su propia re-
simultáneamente le otorga a la feminidad su carácter sintomal. Siempre presión. De la misma manera está inscripto en ellos y efectúan la trans-
que se cree una oposición entre narcisismo y sexualidad o entre narcisis- misión de la estructura desigual del deseo del hombre y la mujer. Para
mo y feminidad, y tal feminidad quede reducida a la sexualidad, estare- el hombre: el derecho y la valorización del deseo autónomo, en estado
mos ante una estructura histérica. puro, con mujeres como objetos intercambiables; para la mujer: el
amor de un hombre que otorgue legitimidad a su goce. Desde esta pers-
pectiva ¿es difícil entender por qué la excitación sexual puede despertar

206 207
en la mujer angustia o rechazcJ, o por qué el deseo en la histérica consiste EL SINTOMA HISTERICO: TESTIMONIO DE IMPOTENCIA
en que el deseo del otro se mantenga insatisfecho? ¿No es acaso éste el
momento de mayor l-:orrespondencia entre sexualidad y valoración nar-
cisista a la que puede aspirar? «La aparente estupidez de la histeria»
« ... los síntomas van en contra del interés de la
Hemos visto que la histeria de los 80 raramente hace crisis , pero enferma y entorpecen gravemente su liber-
siempre podemos reconocer un escenario, un guión, alguna acción que tad.»
tiene o no tiene lugar, como claramente sostiene Laplanche, una comu- CHARCOT
nicación que se hace en el área privilegiada del cuerpo y que implica un
mensaje dirigido a otro. Un deseo que no se expresa, un orgasmo que
no tiene lugar, una presencia que se ausenta, ella debiera venir y se va, El antecedente de Charcot nos ilumina para emitir un juicio sobre
como lo hizo Dora; o seduce, o hace el amor pero no se compromete, la histeria. Sus manifestaciones pueden agruparse en síntomas de exclu-
o pareció estar convencida pero hizo lo que quiso. Laplanche sostiene sión de la conciencia y de evitación del conflicto: amnesia, desmayos,
que invariablemente cualquiera de estas «puestas en escena» nos remiti- crisis letárgicas y catalépticas, ceguera, parálisis, anestesias, actitud de
rá a una escena sexual del complejo de Edipo. Y aquí radica el punto «bella indiferencia» y toda la gama de rechazos de la sexualidad. Es de-
problemático, que la sexualidad sea la actividad que la histérica privile- cir, ante el conflicto, la histérica se sustrae, se escapa, no sabe, no sien-
gia para balancear su narcisismo no implica que su narcisismo se reduz- te, no puede. O si no tenemos el otro sector, los síntomas de expresión
ca a la sexualidad, sino que obviamente lo excede. Sustrayendo del esce- del conflicto: las conversiones, las escenas, la teatralidad, el sobrecom-
nario aquello por lo único que es tenida en cuenta -el sexo-, ¿será re- promiso afectivo, expresión enmascarada, sólo un mensaje enigmático
conocida como algo más? En esta sustracción, en este rechazo se cuela del que ella misma no se entera y, finalmente, los síntomas compensato-
su anhelo de valorización, su enigmático reclamo feminista. Existe un rios, ¿qué hace la histérica, además de recurrir a la elemental defensa
f enimismo espontáneo en fa histérica que consiste en fa protesta des- de sustraerse de la escena? Crea disfraces: la ensofiación diurna, la alu-
esperada, aberrante, actuada, que no /lega a articularse en palabras, una cinación, la ecmenesia, ficciones placenteras pero tan efímeras que se
reivindicación de una feminidad que no quiere ser reducida a fa sexuali- desvanecen en pocas horas o en pocos días, pues no tiene el sólido mon-
dad, de un narcisismo que clama por poder privilegiar la mente, la ac- taje de una buena argumentación que justifique o racionalice la realidad
ción en la realidad, fa moral, los principios y no quedar atrapado sólo o alguna creencia para renegarla, sólo algunas imágenes que no se sos-
en fa beffeia del cuerpo (cuando en el hombre la valoración narcisista tienen y se esfuman por sí solas. La ausencia de combate, cuando domi-
se plantea exclusivamente en el ámbito de la sexualidad surge la histeria nan los síntomas de exclusión y de evitación, fue interpretada como el
masculina). éxito de las defensas en la histeria, o lo ventajoso de esta estrategia fren-
te a la neurosis obsesiva, la paranoia o la depresión, en las cuales el tor-
Pero esta diµiensión ha permanecido y permanece confundida para mento consciente y el sufrimiento es tan invalidente, sin penetrar en el
la cultura, el teórico, el terapeuta y para la propia mujer. Cuando la mu- carácter profundamente patético, infantil e impotente que traslucen los
jer accede a cualquier otro ámbito se considera que invade el territorio mecanismos histéricos. Si fa histeria constituye el síntoma de fa estructu-
masculino, que castra al hombre o que se identifica con él (y eso está ra profundamente conflictiva de fa feminidad en nuestra cultura, esta
mal), o que abandona la feminidad si no lo es de la manera convencio- apreciación de fa debilidad de sus métodos, de fo inconsistente de sus
nal -hembra-madre-ama de casa-, feminidad que como hemos subra- defensas, de fo sordo del grito con que se hace oír, no hace más que tes-
yado queda adscripta a dependencia, sobrecompromiso emocional, in- timoniar el carácter devaluado de su identidad de género.
ferioridad, y atrapada en este narcisismo devaluado, sólo atina al
autoengaño. Pero la condición social del género femenino se halla en una lenta
pero creciente metamorfosis: de la doncella al cuidado de religiosas que
le ensefiaban el arte del bordado y el recato, a la adolescente de los cof/e-

208 209

-- '

I' /1
ges americanos hay un mundo de por medio. De ahí que sea necesario Sin embargo, a pesar de que existe un denominador común -el tras-
revisar cuidadosamente ciertas formulaciones que sostienen que la niña torno narcisista inherente al género-, los diferentes cuadros de la histe-
abandona el Edipo provista de un Ideal que tipifica su feminidad, salvo ria se pueden distinguir de acuerdo al grado de desarrollo alcanzado por
que lo tomemos estrictamente como un punto de partida. Lo que se ob- el Yo, a la amplitud de metas del Ideal del Yo y en relación a cuáles son
serva es que la niña se identifica a su madre, pero cada día más frecuen- las localizaciones de su sistema narcisista. De estas variaciones depende-
temente, luego se desidentifica de ella, en un largo y laborioso proceso rá en qué medida la mujer acepte o rechace las convenciones vigentes
para erigir en modelo a alguna otra mujer -real o de ficción- a través que tipifican una feminidad devaluad0ra de su narcisismo. Si las acepta,
de la cual su cleseo de identificación con su género nQ implique el sordo puede erigir como Ideal del Yo femenino a la mujer-niña, en todas sus
sentimiento de sentirse inferior. De manera que podemos constatar la versiones , desde la ama de casa que cuida a sus hijos y esposo como ni-
variedad y la variación a lo largo de la historia de los modelos de femini- ños, y colecciona peluches, hasta la «vamp-niña», cuyo modelo estelar
dad, y lo que queremos subrayar es que este cambio en la tipificación de los años 50 estuvo personificado en Marilyn Monroe. Pero en ambas
social de /(1 identidad femenina no es ajeno a lo que vemos como su con- la restitución de un narcisismo infantil ligado al género ha consistido en
secuencia: la fisonomía variable que el cuadro de la histeria presenta en la sustitución de los padres por un hombre al que han erigido como ideal
las diferentes épocas. No nos resulta enigmático que los síntomas de im- y proveedor. Cada vez que este equilibrio se vea amenazado, la mujer-
potencia y desesperación, los desmayos o las crisis catalépticas sean una niña -más o menos borderline, más o menos infantil- sólo sabrá «ha-
reliquia y que en cambio: «el lado ofensivo de la histeria», como la lla- cer una escena», alterar la vida sexual o atormentarse por la amenaza
ma Perrier, la militante del sexo y el amor tome la palabra. Cuanto ma- . de perder al objeto. Tanto Kernberg como Martín (1971) subrayan que
yor sea el conflicto intrínseco a su género, es decir, .cuanto mayor sea los motivos desencadenantes de las descompensaciones psicóticas en las
su deseo de trascendencia por fuera de los roles convencionalmente asig- personalidades borderlin.e como en las psicosis histéricas por ellos estu-
nados a la feminidad, el feminismo espontáneo de la mujer no sólo in- diadas son las relacionadas con la amenaza de abandono por el objeto .
volucrará a la sexualidad, sino que reivindicará el derecho a los roles so- Después de haber consagrado la vida a la construcción de una feminidad
ciales tipificados como masculinos. De ahí que la histérica deje de ser cuyas leyes morales exigen el cuidado del objeto, ¿quién retribuirá estos
neurótica, de ocultar a su conciencia y luego soñar con lo que no puede cuidados -no sólo el amor, sino el aseguramiento de la supervivencia-
conseguir o acceder, y se caracteropatice tratando de desarrollar tanto si aquél cambia de planes? Ante tal desenlace ¿qué puede hacer la
ambiciones como capacidades yoicas, que le permitan un protagonismo mujer-niña sino llorar de rabia y desesperación? Este estereotipo consti-
en el mundo, y de esa manera lograr vencer la oposición entre feminidad tuye un polo de lo que se ha teorizado como la pasividad de la histérica,
y narcisismo. Para el éxito de esta estrategia el carácter fálico-narcisista estructura de fondo que da lugar a los cuadros de personalidad infantil,
se presenta más apropiado. dependiente, o la histérica en su forma clásica.

El espectro de perfiles psicológicos y cuadros psicopatológicos des- El otro polo está constituido por la fálico-narcisista, en que el carác-
criptos bajo la denominación de personalidad infantil-dependiente, per- ter central del cuadro -la pasividad- se ha metamorfoseado. Llamati-
sonalidad histérica y carácter fálica-narcisista aparecen mucho más fre- vamente las amnesias, los desmayos , las conversiones, así como los en-
cuentemente en el sexo femenino, porque tienen en común el trastorno sueños compensadores, es decir, las expresiones de impotencia no hacen
narcisista del género que toda mujer padece en mayor o menor medida. su aparición. En su lugar, la franca y abierta rivalidad con el hombre,
Este trastorno narcisista inherente al género femenino es lo que se ha el espíritu combativo evidenciado, justifica la denominación de «muje-
dado en llamar la «normalidad» de la histeria, entendiendo por tal nor- res fálicas», ya que la supuesta envidia al pene no se disfraza bajo nin-
malidad un paso obligado en su evolución psicosexual. Pero que, «con guna máscara de feminidad. Cuanto mayor sea su ambición de erigirse
buena suerta», algunas mujeres lograrían superar, adoptando la confi- en sujeto de su destino, mayor será su identificación al padre, al maes-
guración de una feminidad convencional que adormece sus deseos de tro, al médico, al hombre como modelo -ilusorio pero legitimado-,
trascendencia, pero les aporta el placer de estar satis!aciendo el deseo pues la soberanía de éste como hacedor de su destino es un hecho social.
de los otros. Esta identificación es esencialmente al tipo de estructura del deseo y a

210 211
la posición de determinación de los hechos de que goza el hombre en
nuestra sociedad, no al objeto al que se dirige este deseo. No consiste
en homosexualidad de ningún tipo, y es en este senti~o donde no vemos
la conveniencia de seguir hablando de homosexualidad, al mismo tiem-
po que se sostiene que «la homosexualidad de la 'histérica debe distin-
guirse de la homosexualidad anal, perversa y psicótica» (Rosolato), ya
que no se trata ni de deseo sexual, ni de elección de objeto femenino,
ni de ningún complejo de Edipo invertido -como bien lo sefiala Mal-
davsky (1982)- lo que hace la histérica, sino de la apropiación para el
género femenino de los derechos y de los modos de acción tipificados
como masculinos. Si en lo imaginario, supuestamente la histérica se in-
terrogaría sobre si es hombre o mujer, no es con respecto a los roles se- BIBLIOGRAFIA
xuales, sino al poder, a la valoración, a las formas de obtener reconoci-
miento; no es a la diferencia de sexos a lo que reacciona, sino a la des-
igualdad imperante entre ellos. En todo caso si tuviéramos que concebir
un interrogante en torno al cual situarla, podríamos escucharla pregun-
tándose sobre cómo acceder a poder identificarse con su género sin que
esto implique ser inferior.

212
ABELIN, E. (1975). «Sorne further observations and comments on earliest role
of the fathern . Int. J. Psychoanal., S6; 293-302.
(1980). «Triangulation, the role of the father and the origins of co-
vergender identity during the rapprochement subphase», en LAx-BACH-
BuRLAND (ed}, Rapprochement. New York. Jason Aronson.
ABERASTURY, A. (1967). «La existencia de la organización genital temprana en
el lactante» . Rev .. Brasil. Psicanal., l.
ALLEN, D . (1977). «Basic treatment issues», en HoROWITZ (ed), Hysterical Per-
sonality. New York. Jason Aronson.
AMERICAN PSYCHIATRIC Assoc1ATION (1980) . Diagnostic and Statistical Manual
of Mental Disorders (DSM-III). Washington, D. C, A.P .A.
AULAGNIER, P. (1966). «Observaciones sobre la feminidad y sus avatares», en
El Deseo y la Perversión. Buenos Aires . Sudamericana, 1968.
- - - - - - (1975). La Violencia de la Interpretación. Buenos Aires. Amo-
rrortu, 1977 .
BADINTER, E. (1980). L 'Amour en Plus. Histoire de l'Amour Maternel (XVII-
XX Siécle). Paris. Flammarion.
BALINT, A. (1939). «Love for the mother and mother-love», en BALINT (ed), Pri-
mary Lave and Psychoanalytic Technique. New York, Liveright Publishing,
1965.
BARRACLOUGH, C., y GORSKI, R. (1962). «Studies on mating behaviour on the
androgen-sterilized female rat in relation to the hypothalamic regulation of
sexual behaviourn. J. Endocrino!., 2S; 175-182.
BARRY, H.; BACON, M., y CHILD, l. (1957). «A cross-cultural survey of sorne
sex differences in socializatiom>, J. Abnor. Social Psychol., SS; 327-332.
BELENKY, M . (1978) . «Conflict and development: a longitudinal study of the
impact of abortion decisions on moral judgments of adolescent and adult wo-
mem>, PHD, Diss., Harvard University.
BEM, S. L. (1981). «Gender schema theory; a cognitive account of sex typing»,
Psychol. Review, 88; 354-364.
BENEDEK , T . (1959). «Parenthood as a developmental phase: a contribution to
the libido theory». J. Amer. Psychoanal. Assoc., 7; 389-417.
BERES, D. (1974). En LAPLANCHE, Panel «Ün hysteria today» . Int. J. Psycho-
anal. , SS; 459-469.
BETTELHEIN, B. (1976). The Uses of Enchantment. New York. Alfred Knop.
BLACKER, K., y TUPIN, J. (1977). «Hysteria and hysterical structures», .en Ho-
ROWITZ (ed) , Hysterical Personality. New York . Jason Aronson.

215
BLEICHMAR, H. (1976). La Depresión, un Estudio Psicoanalftico. Buenos Aires. EASSER, S. y LESSER, B. (1965). «Hysterical personality; a re-evaluatiom>,
Nueva Visión. Psychoanal. Q., 34; 390-405.
(1981). El Narcisismo. Estudio Sobre la Enunciación y la Gra- EoacuMBE, R., y BuRGNER, M. (1975). «The phalic-narcissistic phase. A diffe-
mática Inconsciente. Buenos Aires. Nueva Visión. rentation between preodipal and oedipal aspects of phallic development»,
BLEICHMAR, S. (1983). «Frases de los nifios. Estructura del aparato psíquico». Psychoanal. Study Child, 30; 161-179.
Trabajo del Psicoanal., 5; 167-189. - - - - - - - - - - - - LUNDBERG, S.; MARKOWITZ, R., y SALO, F.
BLEGER, J. (1967). Simbiosis y Ambigüedad. Buenos Aires. Paidós. (1976). «Sorne comments on the concept of the negative oedipal phase in
Bws, P . (1972). «The function of the Ego Ideal in adolescence», The Psycho- girls», Psychoanal. Study Child, 31.
anal. Study Child, 27; 93-97. EowARDS, C. (1975). «Societal complexity and moral development; a Kenyan
(1974). «The genealogy of the Ego Ideal», The Psychoanal. Study study», Ethos, 3; 505-527.
Child, 29; 43-47. FAST, l. (1978). «Development in gender identity: the original matrix», Int.
BLUM, H. (1976). «Masochism, the Ego Ideal and the psychology of women», Rev. Psychoanal., 5.
J. Amer. Psychoanal. Assn., 24, (5); 157-191. - - - (1979). «Development in gender identity, gender differentiation in
BoNAPARTE, M. (1951). Sexualité de la Femme. París, P.U.F. girls», lnt. l. Psychoana/., 60; 443-453 .
BRENMAN, E . (1974). En LAPLANCHE, Panel «Ün hysteria today», Int. J. FENDRIK, S. (1976). «La sexualidad femenina en el discurso analítico. ¿Univer-
Psychoanal., 55; 459-469. salidad o histeria?» Buenos Aires, /mago 4; 20-36.
FENICHEL, O. Teoría Psicoanalítica de las Neurosis. Buenos Aires, Nova (1957).
BROVERMAN, l.; VOGEL, S.; BROVERMAN, D.; CLARKSON, F., y ROSENKRANTZ,
FERNÁNDEZ MouJAN, O. (1974). Abordaje Histórico y Clínico del Adolescente.
P. (1972). «Sex-role stereotypes: a current appraisal». J. Social Jssues, 28;
Buenos Aires. Nueva Visión.
59-78.
FoLUN, S.; CHAZA UD, J., y PILON, l. (1961). «Cas cliniques des pshycoses hyste-
CAPLAN, H. (1970). «Hysterical conversion symptoms in childrem>, M. Phi/.
riques». L 'Evolution Psychiatrique.
Dissert., University London.
FRANCIS, J ., y MARcus, l. (1975). Masturbation: A Developmental View in
CEREIJIDO, F. (1983). «A study of feminine sexuality», Int. J. Psychoana/., 64;
Masturbation from Infancy to Senescence. New York. International Univer-
93-104
sities Press.
CHASSEGUET-SMIRGEL, J. (1964). Sexua/ité Feminine. París, Petit Biblioteque
FREUD, S. (1897). The Origins of Psychoanalysis: Letters to Wi/helm Fliess,
Payo t.
1887-1902, BoNAPARTE (ed). London: Hogarth Press; New York: Basic
CHODOFF, P. (1974). «The diagnosis of hysteria: an overview», Am. J.
Books, 1954.
Psychiat., 131; 1073-1078.
(1905) . Fragment of an Analysis of a Case of Hysteria. S. E., 7.
(1982). «Hysteria and womem>, Am. J. Psychiat., 139-5, 545- (1905). Three Essays on the Theory of Sexuality. S. E., 7.
551. (1908). Hysterica/ phantasies and their relation to bisexuality. S.E., 9.
y LIONS, H. (1958). «Hysteria, the hysterial personality and - - - - (1908). Sexual Infantil Theories, S. E., 9.
hysterical conversion», Am. J. Psychiat., 114; 734-740. - - - - (1909). General Remarks on Hysterica/ Attacks, Sorne. S. E., 9.
CHoooRow, N. (1974). «Family structure and feminine personality», en RosAL- - - - - (1909). Analysis of a Phobia in a Five-year-old Boy. S. E., 10.
oo y LAMPHERE (ed), Woman, Culture and Society. Stanford, Stanford Uni- - - - - (1914). On Narcissism . S. E ., 14.
versity Press. (1919). A Child is Being Beaten. A Contribution to the Origin of the
(1978). The Reproduction of Mothering. Psychoanalysis and Study of Sexual Perversions. S. E., 17.
the Sociology of Gender. Berkeley, University of California Press. (1920). The Esychogenesis of a Case of Homosexuality in a Woman,
DEUTSCH, H. (1925). «The psychology of women in relation to the functions», S. E., 18.
en FuEss (ed), The Psychoanalytic Reader, New York, International Univer- - - - (1922). Group Psychology and the Other Works. S. E., 18.
sities Press. 1969. (1923). The Ego and the Id, S. E., 19.
(1930). «The significance of masochism in the mental life of wo- (1931). Fema/e Sexua/ity. S. E., 21.
men», en FuEss (ed), The Psychoanalytic Reader, New York. International (1933). Feminity. S. E., 22.
Universities Press. 1969. (1937). Analysis Terminable and Interminable. S. E., 23.
Dm BLEICHMAR, E. (1981). Temores y Fobias. Condiciones de Génesis en la In- GILLIGAN, C. (1982). In a Different Voice. Massachusetts. Harvard University
fancia. Buenos Aires. Fundación Acta. Press.

216 217

L. • ' Í /• "'
', '
ÜILLIGAN, C., y BELENTY, M. (1980). «A naturalistic study of abortion deci- HoLLENDER, M., y HIRSCH, S. (1964). «Hysterical psychosis», Am. J. Psychiat.,
sions», en SELMAN y YANDO (ed), Clinical-Developmental Psychology. New 120; 1066-1074.
Direction for Child Development, 1. San Francisco. HoRNER, M. (1972). «Toward and understanding of achievement related con-
ÜOLD, S. (1965). «Diagnosis and managment of hysterical contracture in chil- flicts in women», J. Social Issues, 28; 157-175.
dren», Br. Med. J., 1; 21-23. HoRNEY, K. (1932). «The dread of women», Int. J. Psychoanal., 13; 348-360.
ÜOLDMAN, R. y J. (1982). Children's Stxual Thinking. London. Routledge- - -- - - (1933). «The denial of the vagina. A contribution to the problem
Kogan-Paul. of the genital anxieties specific to women», en Feminine Psychology. New
GoooYEAR, l. (1981). «Hysterical conversion reactions in childhood», J. ehild York. W. W. Norton, 1967.
Psychol. Psychiat., 22; 179-188. IRIGARAY, L. (1974). Speculum de l'Autre Femme. París. Minuit.
ÜORKI, R., y WHALEN, R. (1966). Brain and Behavior. Berkeley. University of ISRAEL, L.; DE PournT, J.; KREss, J.; S1CHE, J. (1971). Hystérie. Encyclopédie
California Press. Médico-Chirurgicale. París.
GoY, R.; PHOENIX, C., y YouNG, W. (1962). «A critical period for the suppre- - - - - (1972). «El goce de la histérica.» Buenos Aires. !mago, 4; 37-49;
sion of behavioral receptivity in adult female-rats by early treatment under 1976.
androgen», Anal. Record., 142; 307. (1979). La Histeria, El Sexo y El Médico. Barcelona, Toray-Masson .
ÜRADY, K., y PHOENIX, C. (1965). «Role of the developing rats testes in diffe- JACOBSON, E. (1964). The Self and The Object World. New York. 1.U'.P.
rentiation of the neural tissues mediating mating behaviorn, J. Comp. JAMES, M. (1974). En LAPLANCHE, Panel «Ün hysteria today», Int. J. Psycho-
Psychol. Psychol., 59. anal.; 55; 459-469.
ÜRANOFF, W., y PERRIER, F . (1964). «Le probleme de la perversión chez la fem- JoHNSTON, M (1963). «Features of orality in an hysterical charactern, Psycho-
me et les ideaux feminins», La Psychanalyse, 7. anal. Rev., 50; 663-681.
GREEN, A. (1968). «Sur la mére phallique», Revue Fran. Psychanal., 32. JoNES, E. (1927). «The early development of female sexuality», Int. J. Psycho-
(1974). En LAPLANCHE. Panel «Ün hysteria today». Int. J. Psycho- anal., 8; 459-472.
anal, 55; 459-469. - - - - (1935). «Early female sexuality», Int. J. Psychoanal., 16; 263-273.
ÜREENACRE, P. (1950). «Special problems of early female sexual develop-
JosT, A. (1958). «Embryonic sexual differentiatiom>, en JoNES y ScoTT (ed),
ment», Psychoanal. Study Child, 5; 122-138.
Hermaphroditism , Genital Anomalities and Related Endocrine Disorders.
(1953). «Penis awe and its relation to penis envy», en Emotio-
Baltimore. Williams Wilkins, Col.
nal Growth. New York. International Universities Press, 1971.
KAPLAN, H . (1974). The New Sex Therapy. New York. Brunner-Mazel.
ÜREENSON, R. (1968). «Dis-identifying from mother, its special importance for
the boy», Int. J. Psychoanal., 49; 370-374. KATCHADOURIAN, H. (1983). La Sexualidad Humana. Un Estudio Comparativo
ÜRUNBERGER, B. (1953). «Conflict oral et hysterie», Revue Franc. Psychanal., de su Evolución. México. Fondo de Cultura Económica.
17; 3. KERNBERG, O. (1967). «Borderline personality organization», J. Amer. Psycho-
(1964). «Jalons pour une étude du narcissisme feminin», en anal. Assn., 15; 641-685.
CHASSEGUET-SMIRGEL, La Sexualité Feminine, París. Petit Bibliotéque Payot. - - - - - - (1969). «A contribution to the Ego-psychological critique of the
GuNTRIP, H. (1961). Personality Structure and Human Interaction. New York. Kleinian school», Int. J. Psychoanal., 50; 317-333.
International Universites Press. (1975). Borderline Conditions and Pathological Narcissism.
GuzE, S. (1967). «The diagnosis of hysteria: what are we trying to do?», Amer. New York. Jason Aronson.
J. Psychiat., 124; 491-498. KESSLER, S., y McKENNA, W. (1978). Gender and Ethnomethodological Ap-
HAMMER, S. (1975). Daughters and Mothers, and Mothers and Daughters, Qua- proach. New York. Wiley and Sons.
drangle. New York. New York Times Books. KESTENBERG, J. (1956). «Vicissitudes of female sexuality», J. Amer. Psycho-
HARRIS, G., y LEVINE, S. (1962). «Sexual differentation of the brain and its ex- anal. Assn., 4; 453-476.
perimental control», J. Physiol., 163. KLEEMAN, J. (1965). «A boy discovers his penis», Psychoanal. Study Child, 20;
HiNMAN, A. (1958). «Conversion hysteria in childhood», Am. J. Dis. Child, 95; 239-266.
42-45. (1975). «Freud views on early female sexuality in the light of direct
HITE, S. (1976). El Informe Hite. Barcelona. Plaza & Janés, 1977. child observation», J. Amer. Psychoanal. Assn., 24 (5); 3-27.
HoLSTEIN, C. (1976). «Development of moral judgment. A longitudinal study KLEIN, M. (1932). El Psicoanálisis de NUios. Buenos Aires. Asociación P&ico-
of males and females», Child Development, 47, 51-61. analítica Argentina, 1948.

218 219
KNAPP, P.; LEVIN, S.; McCARTER, R.; WEMER, H., y ZETZEL, E. (1960). «Suita- LACAN, J. (1969-70). L 'Envers de la Psychanalyse. Seminario inédito, versión
bility for psychoanalysis. A review of one hundred supervised analytic cases», no corregida.
Psychoanal. Q., 29. (1970). Radiofonía y Televisión. Anagrama. Barcelona, 1974.
KNIGHT, R. (1953). «Borderline states», en KNIGHT y FRIEDMAN (ed), Psycho- (1972-73). Encore. Le Séminaire. Livre XX. Paris. Seuil, 1975.
analytic Psychiatric and Psychiatric and Psychology. New York, 1.U.P. LAMPL DE ÜROOT, J . (1928). «The evolution of the oedipus complex in women»,
KoFMAN, S. (1980). El Enigma dela Mujer. ¿Con Freud o contra Freud? Barce- Int. J. Psychoanal., 9; 332-345.
lona. Gedisa, 1982. LANGER, M. (1951). Maternidad y Sexo. Buenos Aires. Nova, 1964.
KoHLBERG, L. (1966). «A cognitive developmental analysis of children's sex ro- LAPLANCHE, J. (1974). Panel «Ün hysteria today», Int. J. Psychoanal., 55;
le concepts and attitudes», en MAccOBY (ed), Development of Sex Differen- 459-469.
ces. Stanford, California University Press. LEMOINE-Lucc10N1, E. (1976). Partage des Femmes. Paris, Seuil.
(1969). «Stages and sequence: the cognitive development ap- LEVER, J. (1978). «Sex differences in the complexity of children's plays and ga-
proach to socialization», en GosuN (ed), Hanbook of Socialization Theory mes», Amer. Social. Re., 43; 471-483.
and Research. Chicago. Rand McMally. LEYBOURNE, P., y CHURCHILL, S. (1972). «Symtons discouragements in treating
(1973). «Continuities and discontinuities in childhood and adult hysterical reactions of childhood», Int. J. Child Psychoter, 1: 111-114.
moral development revisited», en Collected Papers on Moral Development Luc10N1, l. (1982). «Maculinidad, narcisismo y elección objeta!», Rev. Arg. de
and Moral Education, Moral Education Research Foundation, Harvard Uni- Psicol. , 32; 59-68.
versity. LYNN, D . (1962). «Sex role and parent identification», Child Develop., 33;
- - - -- (1981). The Phylosophy of Moral Development. San Francisco, 555-564.
Harper and Row. MACCOBY, E., y JACKLIN, C. (1974). The Psychology of Sex Differences. Stan-
y KRAMER, R. (1969). «Continuities and discontinuities i.!1 child ford . Stanford University Press.
and moral development», Human Development, 12; 93-120. MACK BRUNSWICK, R. (1940). «The preodipal phase of the libido develop-
- - - - - y GILLIGAN, C . (1971). «The adolescent as a philosopher: the dis- ment», en FuESS (ed), The Psychoanalityc Reader. New York. I.U .P.
cover of the Self in a postconventional world», Daedalus, 100; 1051-1086. MALDAVSKY, D . (1980). El Complejo de Edipo Positivo. Constitución y Trans-
KoHON, G. (1984). «Reflections on Dora: the case of hysteria», Int. l. Psycho- formaciones. Buenos Aires . Amorrortu .
anal., 65; 73-84. MAHLER, M. (1958). «Ün two érucial phases of integration of the sense of iden-
KoHUT, H. (1971). The Analysis of the Self. Monograph Series of the Psycho- tity: separation-individuation and bisexual identity», J. Amer. Psychoanal.
analytic Study of the Child. New York. 1.U.P. Assn., 6.
- - - - (1982). «lntrospection, empathy and the semicircle of mental PINE, F ., y BERGMAN, A. (1975) . The Psychological Birth of the
health», lnt. J. Psychoanal., 63; 395-407. Human lnfant. New York. Basic Books.
KRIS, E. (1974). En LAPLANCHE. Panel «Ün hysteria today», Int. J. Psycho- MALINOWSKY, B. (1932). The Sexual Lije of Savages. London. Routledge and
So ns.
anal., 55; 459-469.
MANNONI, O . (1969). La Otra Escena. Claves de lo Imaginario. Buenos Aires.
KROHN, A. (1978). Hysteria. The Elusive Neurosis. Psychol. lssues Monog.
Amorrortu, 1973 .
45146. New York. 1.U.P.
MARMOR, J . (1953). «Orality in the hysterical personality», en MARMOR (ed},
- -- - y KROHN, J. (1982). «The nature of Oedipus complex in Dora
Psychiatry in Transition. New York. Brunner-Mazel.
case», J. Amer. Psychoanal. Assn., 30; 555-578.
MARTIN, P . (1971). «Dynamic considerations of the hysterical psychosis»,
LACAN, J. (1951). «Intervención sobre la transferencia», en Les Ecrits. Paris
Amer. J. Psiquiat., 128, 745-748.
Seuil. 1966.
MASTERSON, J. (1972) . Treatment of the Borderline Adolescenr. A Develop-
- -- - (1956-57). «Las relaciones de objeto y las estructuras freudianas», mental Approach. New York. Wiley lnterscience .
en !mago 6. Buenos Aires, 1978. MASTERS, W., y JoHNSON, V. (1966) . Human Sexual Response. Boston . Little
(1958). Las Formaciones del Inconsciente. Buenos Aires. Nueva Vi- Brown.
sión, 1970. McDEVITT, J . (1975). «Separation-individuation and object constancy», J.
(1964). «Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad feme- Amer. Psychoanal. Assn., 23; 713-743.
nina, en Les Ecrits. París, Seuil. 1966. MEAD, M. (1935). Sexual Temperament in Three Primitive Societies. New York.
(1966). «La significación del falo», en Les Ecrits. París. Seuil. W. Morrow.

220 221

L . ,,i1~,..
MERAN, H., y WooD, H. (1975). The Reality of Ethnomethodo/ogy. New York. PERRIER, F. (1974). «Estructura histérica y diálogo analítico», en NASCIO
Wiley-Interscience. (comp), Acto Psicoanalltico. Buenos Aires. Nueva Visión.
MrLLER, J. (1976). Toward a New Psychology of Women. Boston. Beacon PÉREZ, M. (1983). Mujer: goce, falo y castración. Agenda 2. Buenos Aires.
Press. PHOENIX, C.; COY, R., y REsKo, J. (1968). «Psychosexual differentiation as a
MISCHEL, W. (1966). «A social learning view of sex differences in behaviourn, function of androgenlc stimulatiom>, DIAMOND (ed), Perspectives in Repro-
en MACCOBY (ed), The Development of Sex Differences. Stanford. Stanford duction and Sexual Behavior, Bloomington, Indiana University Press.
University Press. PIAGET, J. (1932). El Criterio Moral en el Niño. Barcelona. Fontanella, 1971.
(1970). «Sex-typing and socializatiom>, en Carmichael's Manual PROCTOR, J. (1958). «Hysteria in Chiklhood», Am. J. Orthopsychiat., 28;
of Child Psychology. New York. Wiley. 394-407.
MITSCHERLICH, A. (1963). Society Without the Father: A Contribution to Social RANGELL, L. (1959). «The nature of conversiom>, J. Amer. Psychoanal. Assn.,
Psychology. New York. Schocken Books, 1970. 17; 632-662.
MoNEY, J. (1955). «Hermaphroditism, gender and precocity in hyperadreno- RASKIN, M.; TALBOTT, J., y MYERSON, A. (1966). «Diagnosis of conversion
corticism: psychologic findings». Baltimore. Bull. John Hopkins Hosp., 96; reactions: practice value of psychiatric criteria», J. Am. med. Ass., 197;
253-264. 102-105.
HAMPSON, J. C., y HAMPSON, J. L. (1955). «An examination of REICH, W. (1933). Character Analysis. New York. Farrar-Straus and Girou,
sorne basic sexual concepts. The evidence of human hermaphroditism». Balti- 1972.
more, Bull. John Hopkins Hosp., 97; 301-319. RICHMAN, J., y WHITE, H. (1970). «The family view of Hysterical psychosis»,
(1957). «lmprinting and the establishment of gender role», Arch. Amer. J. Psiquiat., 127; 280-285.
Neurol. Psychiat., 77, 333-336. RIVIERE, J. (1929). «Womanliness as Mascarade», Int. J. Psychoanal., 10;
y EHRHARDT, A. (1972). Man and Woman. Boy and Girl. Baltimo- 303-13.
re. John Hopkins, University Press. RoBERT, P. (1972). Le Petit Robert Diccionnarie. S.N.L., París, 1973.
MoNTRELAY, M. (1970). «Recherches sur la feminité», en NASCIO (comp), Acto
ROBINS, E., y O'NEAL, P. (1953). «Clinical features of hysteria in children with -
Psicoanalítico. Buenos Aires. Nueva Visión. 1976. a note on prognosis», Nerv. Child., 10; 246-271.
MULLER, J. (1925). «A contribution to the problem of libidinal development of
RocK, N. (1971). «Conversion reactions in childhood. A clinical study of child-
the genital phase in girls», Int. J. Psychoanal., 13, 1932.
hood neurosis», J. Amer. Acad. Child. Psychol., 10; 65-78.
NAGERA, H. (1975). On Fema/e Sexuality and The Oedipus Complex. New
Roaow, A. (1978). «A further footnote to Freud's "fragment of analysis of a
York. Jason Aronson.
case of hysteria"», J. Amer. Psychoana/. Assn., 2; 331-356.
NAMNUN, A. (1974). En LAPLANCHE, Panel «Ün hystery today», Int. J. Psycho-
- - - - (1979). «Dora's brothern, Jnt. Rev. Psychoanal., 6; 239-259.
anal., 55; 459-469.
NoTMAN, M. (1982)". «Feminine development changes in psychoanalytic RorPHE, H., y GALENSON, E. (1981). Infantile Origins of Sexual Jdentity. New
York. l.U.P.
theory», en NADELSON y NoRMAN (ed), The Woman Patient, Vol. JI, New
York. Plenum ~ress. RosALDO, M . (1974). «Woman, culture and society: a theoretical overview», en
ORGANIZACIÓN Mu~DIAL DE LA SALUD 1979). Clasificación Internacional de los RosALDO y LAMPHERE (ed), Woman, Culture and Society. Standford, Stand-
ford University Press.
Trastornos Meni¡ales. Novena Revisión.
ÜRTNER, S. (1974). «Is female to maleas nature is to culture?», en ROSALDO y RosENBERG, B., y SuTTON-SMITH, B. (1972). Sex and Identity. New York. Holt,
LAMPHERE (ed), Woman, Culture and Society. Stanford. Stanford Uni/ersity Rinehart y Winston.
Press. RosENFELD, H. (1974). En LAPLANCHE, Panel «Ün hysteria today». Int. J.
PANKOW, G. (1974). «The body image in hysterical psychosis». Int. J. Psycho- Psychoanal., 55; 459-469.
anal., 55; 407-414. RosoLATO, G. (1962). «L'hystérie», en SAURÍ (comp). Las Histerias. Buenos
PARENS, H.; POLLOCK, L.; STERN, J., y KRAMER, s. (1976). «Ün the girl's entry Aires. Nueva Visión, 1975.
into the oedipus complex», J. Amer. Psychoanal. Assn., 24; 79-107. Ross, J. (1975). «The development of paternal identity; a critica! review of the
PAZ, C.: PELENTO, M., y ÜLMOS, T. (1976). Estructura y/o Estados Fronterizos literature on nurturance and generativity in boys and girls». J. Amer.
en Niños y Adultos. Buenos Aires. Nueva Visión. Psychoanal. Assn. 23; 783-818.
PEARSON, E. (1974). «Sorne new observations on the origins of feminity», SAEZ, C. (1979). Mujer, Locura y Feminismo. Madrid. Dédalo.
STROUSE (ed), Women and Analysis. New York. Grossman. SAFOUAN, M. (1976). La Sexualidad Femenina. Barcelona. Crítica, 1979.

222 223
SAND, R. (1983) . «Confirmation in the Dora's case», lnt. Rew. Psychoanal., 10; during the prenatal and larval periods, in vertebrates», en Sex and Behavior.
333-357. New York. John Wiley.
SANDLER, J., y SANDLER, A. (1978). «Ün development of object relationships ZETZEL, E. (1968). «The so-called good hysteric», lnt. J. Psychoanal., 49;
and affects», Int. J. Psychoanal. , 59; 285-296. 256-260.
SAuRÍ, J. (1975) . Las Histerias. Buenos Aires. Nueva Visión. ZILBOORG, G . (1931). «The deeper layers of schizophrenic psychosis», Amer. J.
SHAPIRO, D. (1965). Neurotic Styles. New York, Basic Books. Psychiat., 88; 493-518.
SHERFEY, M. (1966). «Evolution and nature of female sexuality in relation to (1944). «Masculine and feminine: sorne biological and cultural
psychoanalytic theory». J. Amer. Psychoanal. Assn. , 19; 29-127 . aspects», MILLER (ed), Psychoanalysis and Women . New York. Penguin
S1MPSON, E . (1974). «Moral development research: a case study of scientific cul- Books, 1973.
tural bias». Human Develop., 17; 81 -106. ZucKER, K . (1982). «Chilhood gender disturbance: diagnostic issues», J. Am.
SLATER, P. (1961) . «Toward a dualistic theory of identificatiom>. Q. Behavior Acad. Child Psychiat., 31; 274-280.
Develop., 7; 113-126.
SPECTOR PERSON, E. (1983) . «Women in therapy. Therapist gender as a varia-
ble». lnt. Rev. Psychoanal. , 10; 193-204.
SPITZ, R. (1962). «Autoerotism re-examined: the role of early behavior patterns
in personality formation», Psychoanal. Study Child, 17; 283-315.
STEIN, C . (1971). L'enfant imaginaire. Paris . Denoel.
STOLLER, R. (1968). Sex and Gender. Vol l. New York . Jason Aronson.
- - -- - (1974). «Facts and fancies. An examination of Freud's concept of
bisexuality», en STROUSE (ed), Women and Analysis. New York . Grossman.
- - - - - (1975). Sex and Gender. Vol. U . New York. Jason Aronson.
(1979) . Sexual Excitement. Dynamics of Erotic Lije. New York.
Simon and Schuster.
SuGARMAN, A . (1979) . «The infa ntile personality: orality in the hysteria revisi-
ted». lnt. J. Psychoanal. 60; 501-513.
TEMOSHOK, L., y ATTKISSON, c . (1977) . «Epidemiology of hysterical phenome-
na. Evidence for a psychosocial theory», en HoROWITZ (ed), Hysterical Per-
sonality. New York . Jason Aronson.
ToROK, M. (1964) . «La significación de la envidia al pene en la mujer», en
CHASSEGUET-SMIRGEL. La Sexualidad Femenina. Barcelona. Laia.
TYSON, P. (1982) . «A developmental line of gender identity, gender role, and
choice of love object» . J. Amer. Psychoanal. Assn., 30; 61-86.
- - - y R. (1982). «A case of pseudo-narcissistic psychopathology: a
re-examination of the developmental role of the Superego». lnt. J. Psycho-
anal., 63; 283-293.
VAN LEEUWNER, K. (1966) . «Pregnancy envy in the male». lnt. J. Psychoanal.,
47; 319-324.
W AJEMAN, G. (1982). Le Maitre et L 'Hystérique. París. Navarin. Seuil.
WEBSTER's (1966) . Third New lnternational Dictionary. Chicago . William
Ben ton.
W1NCH, R. (1982). ldentification and its Familia/ Determinants. New York.
Bobbs-Merrill.
WITTELS, F . (1930). «The hysterical character». Med. Rev. Revs. , 36; 186-190.
YouNG, W. (1965) . «The organization of sexual behavior by hormonal action

224 225
J

ÍNDICE

Prólogo 9

INTRODUCCIÓN

La histeria: una cuestión femenina 15

PARTE PRIMERA: LA FEMINIDAD

Capítulo 1: Género y sexo: su diferenciación y lugar en el Com-


plejo de Edipo... ........... ... ... .. ........ ........... .. ..... .. .... .. ................. 31
Atribución del género .............. .. .......................... ................ 32
Núcleo de la identidad de género ........................................ 33
Rol del género.. ....... ..... ........................................................ 37
Elección de objeto sexual................................................... . 40
Género y Complejo de Edipo .............................................. 42
El Ideal temprano del género............................................... 47
Papel del padre en la construcción de la masculinidad .. ..... 50
Masculinización del pene ... .. .. .. ....... ...... ....... .... .. ..... .. ..... ... .. 51
Conclusiones ....... ... .. ...... .. .... .. .. ....... .. .... .... .. ........ .... .. .. .... .. .. 53
Nota l.................................................................. ............. 55

Capítulo 11. Feminidad primaria y secundaria.... .......... ............. 59


¿Feminidad primaria o secundaria?..................................... 59
El mito del falicismo o masculinidad inicial de la niña....... 61
La supuesta bisexualidad biológica .... ............................... 61
El substrato biológico del comportamiento sexual............ 62
¿Vagina o clítoris? ..... ........ ... .... .... .... .. .... .. .. .. ....... .... .. ... .. .. ... 65
Masturbación ....................................................................... 69
Mito del orgasmo clitoridiano .......... ........ .... .... .. ... ..... .... .. . 70
Nota 11 .................................................................................. 72

227
Capítulo III. Yo ideal femenino primario .. 75 Capítulo VII . Superyofemenino y moral sexual .......... .............. . 129
Etapa preedípica 77 La feminidad o la vigencia de una convención .................. . 138
Teoría preedípica sobre la feminidad 77 Conclusiones 141
Yo Ideal femen ino preedípico 80
El papel del padre como objeto primario interno e ideal .. 82 PARTE SEGUNDA: LAS HISTERIAS
Caracteres específicos de la fase preedípica .................. ...... 84
Estructura fundamentalmente narcisista del vínculo pre- Capítulo VIII. El enigmasemiológico, nosológico y explicativo 145
edípico 84
Diferencias en el proceso de separación-individuación .... 85 Capítulo IX. Conversión 153
Menor sexualización del vínculo 86 ¿Carácter máximo del modelo? 153
Identificación primaria portadora del Yo Ideal femenino .. 92
Capítulo X. Infantilismo y/o psicotización de la histeria en la
Capítulo IV. Consecuencias psíquicas del reconocimiento de la teoría ..... .. ...... ........ .............. ... ...... ........... .. ............ ...... .... ...... . 165
diferencia anatómica de los sexos: pérdida del Ideal f emeni- Organización borderline. Personalidad infantil y personali-
no primario ....... .... .. .... .. ............ .................. .................... ... ... .. 93 dad histérica 169
Rasgos y diferencias entre personalidad histérica y perso-
Capítulo V. Género y narcisismo ....... . 99 nalidad infantil 171
El sistema narcisístico de la mujer 100
El Supremo. El hijo 101 Capítulo XI. Elfalicismo y/o narcisismo de la histeria ..... ..... ... . 175
La belleza corporal y la seducción 101 Carácter histérico . Carácter fálico-narcisista 176
La sexualidad, una actividad narcisista poco narcisizada . 103
Género: representación privilegiada del sistema narcisista 108 Capítulo XII . La feminidad y/o «normalidad» de la histeria ..... 187

Capítulo VI. Reconstrucción de la feminidad: Ideal del Yo f eme- Capítulo XHI. Dora, ¿homosexualidad o trastorno narcisista del gé-
nino secundario 111 nero? ......... .. ........... .. 193
De lo imaginario individual a lo imaginario colectivo ..... . 112 Marco freudiano de comprensión de la histeria 193
Consolidación del rol del género 114
Moldeamiento de la feminidad 115 Capítulo XIV. Histeria y género. El feminismo espontáneo de la
Placer pulsional egosintótico 120 histeria ... .... ......................................... . 201
Restitución del narcisismo a través de la heterosexualidad. 122 El feminismo espontáneo .... 207
Lugar del hombre en el Ideal del Yo femenino secundario . 123 El síntoma histérico: testimonio de impotencia 209
Idealización del objeto sexual 124
El objeto en el lugar del Ideal del Yo 125 Bibliografía 213
La masculinidad como Ideal del Yo 126
El deseo masculino como Ideal del yo 127

228 229
LISTA DE TÍTULOS ~
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . C::931L.E:C:C::•~.-. .........

PARA COMPRENDER LA HISTORIA


George Novack
2 • BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS
Fray Bartolomé de las Casas
3 • TEORÍA DE LA HISTORIA
Agnes Heller
4 • INTRODUCCIÓN A LA LÓGICA. Lógica formal y lógica dialéctica
George Novack
5 • LA ADMINIS~TRACIÓN CAPITALISTA DEL TRABAJO
Cipriano Flores Cruz
6 • MI VIDA
lsadora Duncan
7 • DIARIO DEL SEDUCTOR
S6ren A. Kierkegaard
8 • SEXO CONTRA SEXO O CLASE CONTRA CLASE. La mujer ¿casta,
clase o sexo oprimido?
Evelyn Reed
9 • LAS MEMORIAS DE SHERLOCK HOLMES
Arthur Conan Doyle
10 • LA MAYORÍA MARGINADA
Franco Basaglia, Franca Basaglia Ongaro
11 • POR UNA ESCUELA DEL PUEBLO
Célestin Freinet
12 • EL ARCHIVO DE SHERLOCK HOLMES
Arthur Conan Doyle
13 • LOS TELENIÑOS
M. Alonso Erausquin, Luis Malilla, Miguel Vázquez
14 • EL EVOLUCIONISMO
Benjamín Farrington
15 • CINCO ENSAYOS DE MATERIALISMO HISTÓRICO
Etienne Balibar
16 • HISTORIAS DE AMOR ENTRE SAMURAIS
Saikaku lhara
17 • METODOLOGÍA Y MÉTODO EN LA PRAXIS COMUNITARIA
Juan B. Barreix Meares, Simón Castillejos Bedwell
18 • FILOSOFÍA DE LAS CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES. Materiales
para una fundamentación científica
J. M. Mardones, N.Ursúa
19 • EPIDEMIOLOGÍA. Economía, medicina y política
Jaime Breilh
20 • ENCLAVES PSICOLÓGICOS
Germán Gómez (Compilador)
21 • LA BÚSQUEDA DEL ASGARD. Relatos de la mitología vlklnga
José Salvador Chávez
22 • LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DEL ESTADO CAPITALISTA
Ornar Guerrero
23 • LAS FUNCIONES CORTICALES SUPERIORES DEL HOMBRE
Alexandr Románovich Luria
24 • LAS CIENCIAS DE LA ADMINISTRACIÓN EN EL ESTADO
ABSOLUTISTA
Ornar Guerrero
25 • CURSO DE LINGÜiSTICA GENERAL 48 • HISTORIAS COMICAS DE FANTASMAS
Ferdinand de Saussure W. lrving, E. A. Poe, H. James, O. Wilde, Saki

26 • ASÍ HABLABA ZARATUSTRA 49 • MEMORIAS E IMPRESIONES DE UN VIAJE A INGLATERRA Y ESCOCIA


Friedrich Nietzsche Manuel Payno

27 • CAPITAL, ESTADO Y VIVIENDA EN AMÉRICA LATINA 51 • HISTORIAS DE AMOR


Emilio Pradilla Cobos D. H. Lawrence

28 • A SANGRE Y FUEGO 52 • LA VIRGEN Y EL GITANO


Jorge González Trujeque D. H. Lawrence

29 • TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS 53 • LA CUESTIÓN ETNICO-NACIONAL


Agnes Heller Héctor Díaz-Polanco

30 • LA EXPANSIÓN ESPAÑOLA HACIA AMÉRICA Y EL OCÉANO 55 • LOS EMPEÑOS DE UNA CASA


PACÍFICO. Tomo l. Un eslabón perdido en la historia: piratería en el Sor Juana Inés de la Cruz
Caribe, siglos XVI y XVII 56 • EL ORIGEN DEL HOMBRE
Martha de Jármy Chapa Charles Darwin
31 • LA EXPANSIÓN ESPAÑOLA HACIA AMÉRICA Y EL OCÉANO 57 • LOS OJOS DE LA PANTERA. Y otros relatos de terror
PACÍFICO. Tomo 11. La mar del sur y el Impulso hacia el Oriente Ambrose Gwinnet Bierce
Martha de Jármy Chapa
58 • UBU COMPLETO. Ubu en el disparadero, Ubu encadenado, Ubu
32 • LAS ORACIONES CATÓLICAS MÁS BELLAS DEL MUNDO cornudo, Ubu rey
AA.VV. Alfred J¡¡¡rry
33 • EL LIBRO DE LOS VAMPIROS 59 • LA MANO FANTASMA. Y otras narraciones de lo sobrenatural
Goethe, Potocki, Hoffmann, Polidori , Poe, Gautier, Le Fanu, Capuana, Joseph Sheridan Le Fanu
Maupassant, Darío
60 • NAUFRAGIOS
34 • DE PROFUNDIS Alvar Núñez Cabeza de Vaca
Osear Wilde
61 • RAFLES. El príncipe de los ladrones
35 • LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA NORTEAMERICANA. Origen, crítica y Ernest William Hornung
crisis
62 • LA POSADA DE LAS DOS BRUJAS. Seguido de: Los Idiotas, relatos
Beauregard González Ortiz
de terror
36 • ESTUDIO EN ESCARLATA. Un caso de Sherlock Holmes Joseph Conrad
Arthur Conan Doyle
63 • LAS MINAS DEL REY SALOMÓN
37 • SU ÚLTIMA REVERENCIA EN EL ESCENARIO. Un caso de Sherlock Henry Rider Haggard
Holmes
64 • LA HORA FATAL. Y otr11s historias de terror y de fantasmas
Arthur Conan Doyle
Sir Walter Scott
38 • LOS PARAÍSOS ARTIFICIALES. Acerca del vino y el hachís
65 • ARSENIO LUPIN CONTRA HERLOCK SHOLMES
Charles Baudelaire
Maurice Leblanc
39 • RELATOS DE SANGRE Y MISTERIO
66 • CARMILLA. Historia de vampiros
Arthur Conan Doyle
Joseph Sheridan Le Fanu
40 • EL RETRATO DE DORIAN GRAY
67 • HISTORIAS DE LO OCULTO
Osear Wi lde
D. H. Lawrence
41 • SINEQUIOTOMÍA SÍ CIRCUNCISIÓN NO. Monografía del prepucio para 68 • EL LENGUAJE PICTÓRICO
la higiene genital temprana
Laura Cárdenas
Andrés Straffon
69 • DICCIONARIO FILOSÓFICO
42 • EDUCACIÓN Y LUCHA DE CLASES Voltaire (Francois Maria Arouet)
Aníbal Ponce
70 • EL MUNDO PERDIDO
43 • MANICOMIOS Y PRISIONES Arthur Conan Doyle
Sylvia Marcos (Coordinadora)
71 • HOJAS DE HIERBA
44 • LA MANDRÁGORA Walt Whitman
Nicolás Maquiavelo
72 • CUENTOS DE HUMOR NEGRO
45 • LOS MUCHACHOS TERRIBLES Saki (H . H. Munro)
Jean Cocteau
73 • EL REGRESO DE SHERLOCK HOLMES
46 • LA EVOLUCIÓN DE LA MUJER. Del clan matriarca! a la famllla Arthur Conan Ooyle
patriarcal
Evelyn Reed 74 • LAS AVENTURAS DE SHERLOCK HOLMES
Arthur Conan Ooyle
47 • LA ALTERNATIVA PEDAGÓGICA
Antonio Gramsci 75 • SANTA
Federico Gamboa
76 • EL MILLÓN 103 • HISTORIAS DE FANTASMAS
Marco Polo Charles Dickens

n • SEXO Y LITERATURA 104 • EL SUPERMACHO


D. H. Lawrence Alfred Jarry

78 • 105 • EL GALLO PITAGÓRICO


EDGAR ALLl\11! POE
Charles Baudelaire Juan Bautista Morales

79 • 106 • ESTUDIOS DE GÉNERO Y FEMINISMO 1


EL FEMINISMO ESPONTÁNEO DE LA HISTERIA
Emilce Dio Bleichmar Patricia Bedolla Miranda, Oiga L. Bustos Romero, Fátima Flores
Palacios, Blanca E. Garcfa y García (Compils.)
80 • EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
107 • NUEVA EDAFOLOGÍA. Reglones troplcales y áreas templadas de México
Joseph Conrad
Régulo León Arieta
81 SITUACIÓN LÍMITE
108 • RESPUESTA A SOR FILOTEA DE LA CRUZ
Joseph Conrad
Sor Juana Inés de la Cruz
82 • TIFÓN
109 • EL EXTRAÑO CASO DEL DR. JEKYLL Y MR. HYDE. Seguido de: La
Joseph Conrad
mujer solltarla
83 • LA MUJER. En el pasado, en el presente y en el porvenir Robert Louis Stevenson
August Bebel
110 • TRES NOVELAS CORTAS. Noches blancas, Novela en nueve cartas,
84 • LA UTOPÍA DE LA RAZÓN El sueño del príncipe
Alejandro del Palacio Díaz Fyodor M. Dostoyevski
85 • EL PERRO DE LOS BASKERVILLE. Un caso de Sherlock Holmes 111 • EL SIGNO DE LOS CUATRO. Un caso de Sherlock Holmes
Arthur Conan Doyle Arthur Cenan Doyle
86 • EL VALLE DEL MIEDO. Un caso de Sherlock Holmes 112 • RELATOS DE TERROR
Arthur Conan Doyle Arthur Cenan Doyle
87 • MUJER, HISTORIA Y SOCIEDAD. Sobre la llberaclón de la mujer 113 • EL PARÁSITO. Seguido de: El vampiro de Sussex
Alexandra Kollontai Arthur Cenan Doyle
88 • ZADIG, MICROMEGAS. Y otros cuentos 114 • EL FANTASMA DE JANÉT. Ol~lla y otras narraciones de terror
Voltaire (Francois Marie Arouet) Robert Louis Stevenson
89 • EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO 115 • UN OSCURO CAMINO HACIA EL AMOR ¿Es més puro el amor
André Gide homosexual?
90 • EL SPLEEN DE PARÍS Juan Manuel Corrales
Charles Baudelaire 116 • EL MORADOR DE LAS SOMBRAS. Y otros cuentos de Cthulhu
91 LAS ONCE MIL VERGAS. O los amores de un Hospodar H. P. Lovecraft
Guillaume Apollinaire 117 • ¿QUÉ ES LA SOCIOLOGIA DEL CONOCIMIENTO?
92 • MARXISMO Y FEMINISMO Michael Lowy
Mary-Alice Waters 118 • EL DIVINO NARCISO
93 • Sor Juana Inés de la Cruz
REFORMA O REVOLUCIÓN. Y otros escritos contra los revisionistas
Rosa Luxemburg 119 • EL SIGNIFICADO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
94 • Emest Mandel
¡BUENA NUEVAI LAS ENSEÑANZAS DEL DIVINO MAESTRO
Martfn Alfonso Villanueva R. 120 • ALIENACIÓN Y EMANCIPACIÓN DEL PROLETARIADO
Emest Mandel
95 • CONFESIONES DE UN OPIÓMANO INGLÉS
Thomas de Quincey 121 • ¿HACIA DONDE VA LA U.R.S.S. DE GORBACHOV?
Emest Mande!
96 • LA CUESTIÓN HOMOSEXUAL
Jean Nicolas 122 • EL PAPEL DEL TRABAJO EN LA TRANSFORMACIÓN DEL MONO EN
HOMBRE
97 • MUJERES MAQUILADORAS Y MICROINDUSTRIA DOMÉSTICA
Friedrich Engels
José Antonio Alonso
123 • EL PENSAMIENTO POLfTICO DE KARL MARX
98 • CORYDON. Cuatro dlálogos socrétlcos sobre el amor que no puede
Robin Blackbum, Carel Johnson
decir su nombre
André Gide 124 • FEMINISMO Y UTOPIA. Unión obrera
Flora Tristan
99 • ANTOLOGIA DEL EROTISMO
Miguel Guzmán Peredo 125 • TEORfA, CIENCIA Y METODOLOGIA EN LA ERA DE LA MODERNIDAD
Francisco R. Dávila Aldás
100 • EL AMOR ABSOLUTO
Alfred Jarry 126 • LAS ANTINOMIAS DE ANTONIO GRAMSCI
Perry Anderson
102 • PROMETEO MAL ENCADENADO
André Gide 127 • LA HISTORIA Y SU MÉTODO
Alberto J. Pla
128 • LÓGICA PARLAMENTARIA
154 • LA PAREJA o hasta que la muerte nos separe ¿Un sueño lmposlble?
Guillermo Gerardo Hamilton
María Teresa Dóring
129 • LA CREACIÓN CULTURAL EN LA SOCIEDAD MODERNA
155 • EL REGRESO
Lucien Goldmann
Joseph Conrad
130 • ESPACIALIDAD Y ESTADO: FORMAS Y RE-FORMAS
156 • TELENY
Víctor Manuel Moncayo
Osear Wilde
131 • LA REVOLUCIÓN MEXICANA CONTRA EL PRI
Manuel Aguilar Mora, Mauricio Schoijet (Compils.) 157 • LA POSADA DEL DRAGÓN VOLADOR
Joseph Sheridan Le Fanu
132 • CRÓNICAS GASTRONÓMICAS 1
Miguel Guzmán Pereda 158 • INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS
Antonio Gramsci
133 • EL ARTE Y EL CUERPO DE MADONNA ENTRE LA CIUDAD Y LA
AVENTURA 159 • LA POLÍTICA Y EL ESTADO MODERNO
Emili Oleína Aya Antonio Gramsci

135 • EL REGIMIENTO DE LOS MUERTOS. Y otros cuentos de la India 160 • EL ANTICRISTO


Rudyard Kipling Friedrich Nietzsche

136 • SODOMA AL ALBA DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO 161 • EL DISEÑO DE LA INVESTIGACIÓN SOCIAL
Lluís Sala-Molins Francisco Gomezjara, Nicolás Pérez

137 • LÓGICA DEL RACIOCINIO JURÍDICO 162 • TÉCNICAS DE DESARROLLO COMUNITARIO


Eduardo García Máynez Francisco Gomezjara
138 • LIBERACIÓN FEMENINA Y DIALÉCTICA DE LA REVOLUCIÓN. 163 • PANDILLERISMO EN EL ESTALLIDO URBANO
Tratando de alcanzar el futuro Francísco Gomezjara, Femando Villafuerte, Israel López Chiñas, Jesús
Raya Dunayevskaya Nava Ranero, Adrián Atilano Hernández, Octavio Moreno, Homero Campa
Butrón, Virgilio Caballero, Gerardo Pacheco, Pablo Cabañas
139 • ESTUDIOS DE GÉNERO Y FEMINISMO 11
Patricia Bedolla Miranda, Oiga Bustos Romero, Gabriela Delgado 164 • ECCE HOMO
Ballesteros, Blanca E. García y García, Lorenia Parada Ampudia (Compils) Friedrich Nietzsche
140 • LA CANCIÓN DE ODETTE 165 • IMPORTANCIA DE LA TEORÍA JURÍDICA PURA
René Avilés Fabila Eduardo García Máynez
141 • HACIENDO EL AMOR CON MÚSICA 166 • DEL MILAGRO A LA CRISIS, LA ILUSIÓN ... EL MIEDO ... Y LA NUEVA
D. H. Lawrence ESPERANZA. Análisis de la Política Económica Mexicana, 1954-1994
Francisco R. Dávila Aldás
142 • EL CÓMPLICE SECRETO
Joseph Conrad 167 • EL PRINCIPITO
Antaine de Saint-Exupéry
143 • LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA
H. P. Lovecraft 168 • EL HORROR SOBRENATURAL EN LA LITERATURA
H. P. Lovecraft
144 • LAS ENFERMEDADES INVISIBLES
Paracelso 169 • OCTAVIO
Jorge Arturo Ojeda
145 • EL MEXICANO ANTE LA SEXUALIDAD
Maria Teresa Dóring 170 • LA MUJER NUEVA Y LA MORAL SEXUAL
Alexandra Kollontai
146 • EL GRAN SOLITARIO DE PALACIO
René Avilés Fabila 171 • EL RINOCERONTE
Scott Robert Alexander
147 • LOS ORÍGENES DE LA OPRESIÓN DE LA MUJER
Antaine Artous 172 • PIEDRA CALIENTE
148 • DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN. De los griegos a nuestros días Jorge Arturo Ojeda
George Novack 173 • MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL
Friedrich Nietzsche
149 • ¿QUÉ ES UNA CONSTITUCIÓN?
Eduardo Pallares 174 • LA CONFUSIÓN DE LOS SENTIMIENTOS
Stefan Zweig
150 • AUTOBIOGRAFÍA DE UNA MUJER EMANCIPADA. La juventud y la
moral sexual. El comunismo y la familia. Plataforma de la oposición 175 • LA GAYA CIENCIA
obrera. Friedrich Nietzsche
Alexandra Kollontai
176 • LA REPRODUCCIÓN. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza
151 • EL CASO DE CHARLES DEXTER WARD Pierre Bourdieu, Jean-Claude Passeron
H. P. Lovecraft
177 • EL CAMPO ANTE EL FUTURO DE MÉXICO
152 • POESÍA AMOROSA Simón Castillejos Bedwell
Sor Juana Inés de la Cruz
178 • SADE Ilustrado
153 • TEMOR Y TEMBLOR
179 • MEMORIAS DE UN MÉDICO HOLANDÉS HOMOSEXUAL
Sóren A. Kierkegaard
H. J. Tulner
180 •

181 •

182 •
LA CUESTIÓN ESCOLAR. Críticas y alternativas
Jesús Palacios
MUJER CAMPESINA Y TECNOLOGÍA ALTERNATIVA EN EL SALVA-
DOR, MÉXICO Y NICARAGUA
Francisco Dávila, Ana Stern
LA LETRA ESCARLATA
Nathaniel Hawthorne
m
Dirigida por:
BIBLIOTECA DE ÉTICA,
FILOSOFÍA
DEL DERECHO Y POLÍTICA m
~

183 • LA IMAGINACIÓN Y EL ARTE EN LA INFANCIA


L. S. Vigotskii
Ernesto Garzón Valdés (Maguncia, Alemania) y Rodolfo Vázquez (ITAM, México)
184 • EL MEXICANO. Alqulmla y mito de una raza
Manuel Aceves
185 • ANTILABERINTO
Manuel Aceves
1• 13•
PROBLEMAS DE LA FILOSOFÍA LAS INSTITUCIONES MORALES
186 • PERSONAS FATALES Y DE LA PRAGMÁTICA DEL DERECHO Hartmut Kliemt
Jorge Arturo Ojeda Ulrich Klug
14•
187 • EL ARTE DE LA GUERRA 2• SOCIOLOGÍA Y JURISPRUDENCIA
Nicolás Maquiavelo CONCEPTOS JURfDICOS FUNDAMENTALES Rüdiger Lautmann
188 • HEGEL HISTORIADOR W. N. Hohleld
Gioacchino Gargallo Di Castel Lentini 15•
3• LÓGICA DEL DERECHO
189 • HEMOS PERDIDO EL REINO LENGUAJE JURÍDICO Y REALIDAD Rupert Schreiber
Marco Antonio Campos Karl Olivecrona
16•
190 • QUE LA CARNE ES HIERBA 4• PROBLEMAS DE ÉTICA NORMATIVA
Marco Antonio Campos DERECHO E INCERTIDUMBRE Norbert Hoerster
191 • EL VIEJO Y EL MAR Jerome Frank
Ernest Hemingway 17•
5• MORAL Y DERECHO,
192 • RUBAIYYAT EL DERECHO Y LAS TEORÍAS ÉTICAS Polémica con Uppaala
Omar Khayyam CONTEMPORÁNEAS Theodor Gelger
193 • LA SONATA A KREUTZER George Nakhnikian
18•
León Tolstoi 6• DERECHO Y FILOSOFfA
194 • LA PEDAGOGÍA OPERATORIA. Un Enfoque Constructlvlsta DERECHO, LÓGICA, MATEMÁTICA Ernesto Garzón Yaldés (Comp.)
de la Educación Herbert Fiedler
Montserrat Moreno y equipo del IMIPAE 19•
7• ESTUDIOS SOBRE TEORIA DEL DERECHO
EL CONCEPTO DE VALIDEZ Y OTROS ENSAYOS Y LA JUSTICIA
All Ross Otlried HOffe

8• 20•
CONTRIBUCIONES A LA TEORfA PURA DEL EL CONCEPTO SOCIOLÓGICO DEL DERECHO
DERECHO Y otros ensayos
HansKelsen Wemer Krawietz

9• 21 •
¿DERECHO SIN REGLAS? EL CONCEPTO DE ESTABILIDAD
Los principios filosóficos de la teorla del Estado DE LOS SISTEMAS POLÍTICOS
y del derecho de Cart Schmltt Ernesto Garzón Valdés
Matthias Kaulmann
22•
10• LÓGICA DE LAS NORMAS
¿QUÉ ES LA JUSTICIA? Y LÓGICA DEÓNTICA
Hans Kelsen Georges Kalinowski

11. 23•
¿QUÉ ES LA TEORfA PURA DEL DERECHO? MARXISMO Y FILOSOFfA DEL DERECHO
Hans Kelsen Manuel Atienza y Juan Ruiz Manero

12• 24•
EL PROBLEMA DEL POSITIVISMO JURIDICO RACIONALIDAD Y EFICIENCIA DEL DERECHO
Norberto Bobbio Albert Clllsamiglia
'

Este libro se imprimió bajo el cuidado de Ediciones Coyoacán S.A. de


C.V., Hidalgo 47-2, Coyoacán, en noviembre de 1997.
El tiraje fue de 1,000 ejemplares más sobrantes para reposición.