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Acción feminista y gubernamentalidad http://www.sindominio.net/contrapoder/article.php3...

Acción feminista y
gubernamentalidad
LA EM ERGENCIA PÚBLICA DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS
M UJERES

Begoña Marugán Pintos [mailto:]


Acción feminista y gubernamentalidad
[article.php3?id_article=21]
Cristina Vega [mailto:crisis@nodo50.org]
Acción feminista y gubernamentalidad
[article.php3?id_article=21]

Nos gustaría agradecer a las amigas y compañeras


feministas, de aquí y de allá, sus críticas y comentarios a los artículos
anteriores: "El cuerpo contra-puesto. Discursos feministas sobre la
violencia" (2001) y "Gobiernar de la violencia. Apuntes para un análisis de
la rearticulación del patriarcado" (2002) de los cuales este texto es
deudor, véase también en: http://www.cholonautas.edu.pe/genero.htm
[http://www.cholonautas.edu.pe/genero.htm] .Así mismo, nos gustaría
destacar la posición desde la que escribimos este texto, a caballo entre el
activismo feminista, iniciado en la década de los 80 en la Coordinadora
de Organizaciones Feministas del Estado Español, y la emergencia de los
Estudios de la Mujer en la academia.

La emergencia de la violencia contra las mujeres

El cuerpo violentado de las mujeres maltratadas está siendo objeto de un profuso debate. Al rastrear
los discursos que se van conformando en torno a este debate asistimos a la preeminencia de una
práctica de gobierno ­a la que Foucault denominó gubernamentalidad (1978)­ que además de haber
impulsado en los últimos años una serie de dispositivos jurídicos, penales y asistenciales de carácter
específico ­en el Código Civil y Penal, a través del Servicio de Atención a la Mujer de la Policía
Nacional, del Equipo de Mujeres  y Menores  de la Guardia Civil, del Servicio de Atención a la
Violencia Doméstica, del Protocolo de actuación Sanitaria, etc­, ha promovido el desarrollo de un
conjunto de saberes especializados ­estadísticas y toda clase de datos sobre las maltratadas, perfiles
de   maltratadores   y   víctimas,   tratamientos   médico­psicológicos,   medidas   de   alcance   europeo   y
mundial, guía de buenas prácticas, etc­ que han ido transformando la percepción y los modos de
abordar esta cuestión y, en definitiva, la relación entre las mujeres y el Estado.

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La   complicidad,   frecuentemente   señalada   en   la   teoría   feminista,   entre   Estado,   capitalismo   y


patriarcado   heteronormativo,   fuertemente   cohesionados   en   la   perpetuación   de   las   jerarquías   de
género en la familia, en el sistema productivo y en los ámbitos públicos [1 [#nb1]] ha dado paso en
unos cuantos años a un nuevo panorama en el que cabría pensar que el Estado se ha situado «del
lado de las mujeres» convirtiéndose en abanderado, garante y gestor de la libertad de estas últimas
frente a aquellos hombres que aún pretenden beneficiarse por la fuerza de un orden social heredado
en aparente contradicción con los principios de la ciudadanía (neo)liberal. Esta percepción nos sitúa
nuevamente ante la relación entre las mujeres y los discursos y las prácticas que emanan del Estado,
ante las transformaciones del papel del este último que, como señalan algunas autoras feministas, ha
sido una de las principales bajas de la teoría social reciente, y ante las formas en las que hoy se
ejercer el gobierno y, en un sentido general, el poder (Pringle y Watson 2002).

El cambio fundamental en el gobierno, tal y como lo entiende Foucault, se refiere a la entrada de la
vida en la política. De acuerdo con Lazaratto, para Foucault, las técnicas de poder cambian a partir de
la  integración   de  la  economía   (en   tanto   que  gobierno   de  la  familia)   y   la  política   (en   tanto   que
gobierno de la polis). La cuestión, en adelante, se refiere a «la manera de gobernar como es debido a
los  individuos, los  bienes, las  riquezas, como puede hacerse dentro de una familia, como puede
hacerlo un buen padre de familia que sabe dirigir a su mujer, a sus hijos, a sus domésticos, que sabe
hacer prosperar a su familia, que sabe distinguir para ella las  alianzas  que le conviene. ¿Cómo
introducir esta atención, esta meticulosidad, este tipo de relación del padre con su familia dentro de la
gestión de un Estado?» (Foucault 1991,p.14). Y ¿cómo, siguiendo a Pateman, en esta entrada se
produce una alianza fraternal, un contrato socio­sexual, que no responde ya al poder del padre sino
al de los hombres, en sentido genérico, sobre las mujeres? (Pateman 1988).

La gran novedad de los nuevos dispositivos biopolíticos de gobierno es justamente que no revisten
un carácter estrictamente represivo sino que se apoyan en el carácter productivo de la existencia
social, del cuerpo social; aspiran a «mejorar la suerte de la población» y lo hacen profundizando en
la acción de los propios sujetos sobre sí mismos y sobre los otros. El poder, en esta aproximación,
multiplica sus puntos de condensación haciéndose inmanente en todas las relaciones sociales. «El
problema político fundamental de la modernidad no es el de una causa de poder único y soberano,
sino el de una multitud de fuerzas que actúan y reaccionan entre ellas según relaciones de obediencia
y mando (�) La biopolítica, observa Lazarato, es  entonces  la coordinación estratégica de estas
relaciones de poder dirigidas a que los vivientes produzcan más fuerza» (2000, p. 11).

La  emergencia  de  la  violencia  de  género   se  inscribe  en   esta  transformación   fundamental  de  las
modalidades   administrativas.   En   efecto,   la  violencia  ha  pasado   de  ser   un   secreto   ignominioso,
siempre   insuficientemente   guardado   y   regulado   en   el   seno   de   las   parejas,   las   familias   y   las
comunidades  a ocupar en nuestros  días  un lugar destacado entre los  fenómenos  de intervención
estatal   y   mediática.   De   acuerdo   con   Foucault,   en   los   Estados   administrativos
«gubernamentalizados», las familias han dejado de ser un modelo para el gobierno del Estado ­el del
cabeza  de  familia que  dirige  y  controla  todo  lo  que  sucede  en  su  casa­  para  convertirse  en   un
instrumento privilegiado del gobierno de la población. Es a través de la familia como el Estado puede

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organizar ámbitos de la existencia de los individuos como la maternidad, la prevención de la salud, la
reproducción de la fuerza de trabajo, el consumo, la asistencia y el cuidado a las personas, etc. cuyas
dinámicas se sitúan al margen del marco jurídico de la soberanía (1978, pp. 21­23). La relación de
poder que implica la violencia, una relación que se extiende desde lo infinitesimal hasta abarcarlo
todo ­la identidad, la cultura, la reproducción, el lenguaje, etc.­, y las resistencias y contra­posiciones
que suscita son aprehendidas en una nueva modalidad de dominio sobre los cuerpos. Gobernar la
violencia se convierte, por lo tanto, en un modo de gobernar a las mujeres introduciendo una acción
externa, de expertos, jueces, policías, etc., y simultáneamente interna a cargo de las propias mujeres
en su relación con las distintas instancias de poder y con los hombres.

Las fuerzas sociales hegemónicas desde el Estado y la comunicación se han decidido a hablar sobre
la   violencia   erigiéndose   en   las   auténticas   «especialistas»   de   nuestro   tiempo.   Se   suceden,
especialmente por parte de las  instituciones, discursos  en los  que se subraya que este fenómeno
concierne al conjunto de la sociedad y se advierte sobre el paso adelante dado gracias al creciente
compromiso   de   los   organismos   públicos   y   los   medios   de   comunicación   en   su   visibilización.
Informativos, reality shows, informes y estadísticas, investigaciones, cursos de expertos y campañas
de prevención no son más que algunas de las formas que adopta el interés que se ha generado en
torno a un tipo de violencia que hace no tanto únicamente interesaba a aquellas  que aspiraban a
abolirla   mediante   la   lucha   política.   Así,   comunicadores   y   políticos   actúan   como   auténticos
dinamizadores   en   un   debate  que  ha  desplazado   a  un   segundo   o   tercer   plano   el  componente  de
agitación y transformación social que hace unos años tuvieran las luchas en contra de las agresiones.

No cabe duda de que nos encontramos ante un hecho novedoso, sorprendente incluso, para quienes
han luchado durante años por desnaturalizar y acabar con esta clase de violencia. El feminismo en
tanto motor político y simbólico en la emancipación de las mujeres, herramienta de análisis de las
formas de explotación y dominación de las mismas en distintas sociedades, catalizador de hábitos
nuevos y alegres y enunciación colectiva y visible de una multitud de deseos femeninos individuales
ha sido un elemento clave para entender este fenómeno. En sus distintas expresiones, ámbitos de
acción,   ubicaciones   geográficas,   objetivos   y   encrucijadas,   el   feminismo   ha   producido   nuevas
subjetividades   femeninas   que   han   alternado   irremisiblemente   las   relaciones   de   poder   entre   las
mujeres y los hombres constituyéndose en un referente fundamental, aunque no siempre admitido o
entendido del mismo modo, para muchas mujeres. En este sentido, la presión ejercida desde estas
subjetividades   resulta  clave  a  la  hora  de  nombrar   y   dar   presencia  en   lo   público   a  este  tipo   de
violencia.

Si atendemos a la visibilización de la violencia contra las mujeres [2 [#nb2]] en el Estado Español,
hoy por hoy expresada por el número de denuncias, veremos cómo, hasta el año 1997, el aumento
de las  mismas  coincide con momentos  álgidos  en la movilización y la denuncia social (véase el
cuadro   n°   1).   Tras   un   periodo   de  estancamiento,   esta  dinámica  cambia,   y   el  protagonismo   que
anteriormente jugara el movimiento feminista (MF) cede ante el papel que en adelante desempeñarán
los   medios   de   comunicación   y   los   organismos   institucionales   o   seminstitucionales,   con   el
consiguiente cambio en la comprensión y los  modos  de abordar esta cuestión. El cambio en la

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enunciación   del   «problema»   («abuso»,   «malos   tratos»,   «agresiones»,   «violencia   machista»,


«violencia doméstica», «violencia contra las mujeres», «terrorismo doméstico», etc.) no sería más
que una de las manifestaciones de la transformación general del discurso sobre/contra la violencia,
un discurso que en el Estado Español se inicia en la década de los 70 y tiene al movimiento feminista
como primer enunciador.

Tal y como explicaremos  más  adelante, los  cambios  en las  concepciones  feministas  que se han


producido a lo largo de las últimas décadas han ido desplazando los campos de intervención del MF,
entre ellos, el de la violencia. Así, en lo que se refiere a ésta última, el espacio reivindicativo de los
80, ocupado por grupos de mujeres locales o temáticos como las Comisiones Anti­Agresiones, se
transformó   en   los   90   en   un   espacio   de  atención   o   asistencial  dirigido   a  las   víctimas   (espacio
inexistente con anterioridad) más  o menos  autónomo con respecto a las  instituciones  que en los
últimos  años  ha consolidado su posición y su dependencia con relación a las  mismas  (véase el
cuadro   n°   2).   En   este   sentido,   el   Estado   empleará   y   aprovechará   todo   el   potencial,   esfuerzo,
conocimiento y entusiasmo desplegado por las organizaciones feministas durante la década de los 80
para ponerlo al servicio, como explicaremos  más  adelante, de una racionalidad propia (Bourdieu
1999, pp. 291­304).

Antes de adentrarnos en la caracterización de este desplazamiento político en el tratamiento de la
violencia en el Estado Español, así como a la gestión institucional de la misma, consolidada a lo
largo de la última década, nos  referiremos  brevemente a la encarnación o corporeidad como un
instrumento central de las políticas feministas y, en particular, de las políticas contra la violencia.

El cuerpo contra-puesto

La política feminista a partir de los 60 y hasta la actualidad se caracteriza en lo fundamental por ser
una política del cuerpo, primeramente cuerpo colonizado y, a continuación, atravesado o inscrito. [3
[#nb3]] La percepción histórica de las mujeres como «más cuerpo» (frente a los hombres, «más
mente») y, en cierto sentido, como cuerpo definido según las determinaciones de la ciencia, y en
particular de la biología, es uno de los ejes de intervención fundamental del feminismo de la segunda
ola, que en la teoría arranca de la obra de Simone de Beauvoir. A  diferencia de ésta última, las
aportaciones   más   recientes   no   contemplan   el   cuerpo   como   obstáculo   para   la   liberación,   sino
precisamente como un campo extremadamente rico de intervención política más allá de la ideología y
la biología.

El   cuerpo   es,   en   primer   lugar,   experiencia   del   cuerpo   sexuado,   aunque   también   racializado.
Fenómenos sociales como la violencia contra las mujeres, la sexualidad, la maternidad, la esclavitud,
la anorexia y la totalidad de los modos en los que el cuerpo se conforma de acuerdo con los hábitos
que   hacen   al   género   contribuyen   a   la   politización   de   un   campo   personal­privado [4   [#nb4]]
anteriormente relegado o directamente ausente en las luchas sociales. La expresividad del cuerpo,

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especialmente del de las mujeres, en tanto exceso o fuente simultánea de placer y peligro que ha de
ser controlada y disciplinada hace emerger el carácter no­natural, producido y productivo, de los
cuerpos  sexuados  (Vance 1989). Por otro lado, la aportación fundamental de los  conocimientos
situados y de la política de la localización a partir de la década de los 80 reconoce la mediación de
prácticas   y   discursos   y   cuestiona  «los   presupuestos   ontológicos   y   metafísicos   y   aboga  por   la
necesidad de una mayor responsabilidad y conocimiento del propio lugar de enunciación» (Casado
1999, p.82). El cuerpo, en tanto localización inmediata que conforma el lugar y el campo perceptivo
y sitúa el punto de vista, implica una materialidad ubicada e inmersa en un proceso histórico.

El cuerpo, en esta perspectiva, debe ser entendido, al menos, con un doble significado: como locus
de interpretaciones culturales, el cuerpo es una realidad material que ya ha sido localizada y definida
dentro de un contexto social; además, el cuerpo es la situación de tener que asumir y representar una
y otra vez el conjunto de interpretaciones recibidas sobre el mismo. La corporeidad, en palabras de
Elizabeth Grosz, puede contemplarse como la condición material de la subjetividad (1999, p.381). La
diferencia sexual no constituye un punto de partida que se verá condicionado por una existencia
social particular sino justamente de llegada o mejor habría que decir, de tránsito. Es en este sentido
en   el  que  Butler   (1989,   1993,   1999,   2000)   habla  de  la  «interpretación   vivida  de  una  anatomía
sexualmente diferenciada», y sostiene que ésta está menos restringida por la anatomía que por las
instituciones  culturales  que convencionalmente han interpretado esa anatomía. El vínculo que de
acuerdo con el sistema sexo/género (Gayle Rubin 1993) se establece entre: (a) la bipolaridad de las
categorías naturales de las mujeres y los hombres, (b) el modo diferenciado de entender la feminidad
y la masculinidad en tanto categorías  culturales  y, finalmente, (c) la adscripción de la sexualidad
según un modelo heterosexual responde a una convención cuyo fin es producir sujetos «normales»
que reproduzcan la sociedad «normalizada». Así pues, si asumimos el carácter construido del cuerpo
como cuerpo sexuado nada impide pensar en la posibilidad de que esta categoría pueda cambiar a
medida que las sociedades se transforman o participar en combinatorias aún inexistentes.

Desde esta aproximación, el cuerpo es soporte y materia expresiva, resultado y origen del proceso
ininterrumpido de la semiosis [5 [#nb5]]. El sujeto corporeizado no sólo padece, asume o reproduce
los significados sociales sino que se convierte en agente que «existe» en su propio cuerpo como una
forma personal de asumir y (re)interpretar las normas de género recibidas. La política del cuerpo
como acción individual y colectiva sobre sí abre, de este modo, un campo de actuación que se basa
justamente en la intervención de los sujetos en el modelo constituido como hábito a través de su
continua puesta en escena de la producción e interpretación ritualizada del sistema sexo/género. El
derecho   a  la  autodeterminación   del  propio   cuerpo,   enfrentado  o   «contra­puesto»   al  ejercicio   del
poder pero también «puesto», es  decir, constituido por las  relaciones de poder en el seno de las
familias, de acuerdo con los dictados de la iglesia o el mercado y en conformidad con la hegemonía
de los hombres, se convertirá desde mediados de los 70 en la piedra angular de los discursos y las
prácticas feministas (Bordo 1999, p. 251).

La  experiencia  femenina  de  la  violencia  que  se  ha  inscrito   en   el  cuerpo   de  las   mujeres,   cuya
vulnerabilidad conforma una disposición constante e interiorizada del ser­mujer, no precisa del acto

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violento   individualizado.   Se  sustenta  sin   necesidad   de  este  último   gracias   al  temor   y   al  propio
autocontrol y constante entrenamiento de quienes son susceptibles de convertirse en víctimas. Las
mujeres, en adelante ciudadanas, «sujetos de derecho» de segunda categoría con un pie en el mundo
público y otro en la invisibilidad de lo privado asistirán a la intervención creciente del Estado en
áreas selectivas de la reproducción. Las respuestas a las demandas del movimiento feminista en el
ámbito   de  la violencia, de las  agresiones  sexuales, de la violencia doméstica, del acoso y,   más
recientemente, de la violación como arma de guerra o la apelación al derecho internacional en lo que
se refiere a mujeres que habitan en regímenes patriarcales tremendamente opresivos, formuladas ante
el Estado (o la «comunidad internacional»), han tenido hasta hace no mucho una respuesta tímida a
pesar de tratarse literalmente de la vida de las mujeres (de aquellas, claro está, reconocidas como
ciudadanas).

En   el   Estado   Español,   sólo   recientemente   hemos   asistido   a   la   intervención   estatal   en   la


(re)formulación, distribución e invocación de derechos que atañen a la integridad y libertad de las
mujeres. Los efectos, a menudo perversos, de control (e.g., regulación del alcance e intensidad de la
violencia),   despolitización   (e.g.,   individualización   del   «problema»   vis   a   vis   el   Estado)   y
espectacularización   (e.g.,   identificación   reduccionista   de   violencia   con   muerte)   precisan   de   un
análisis más detallado (Marugán y Vega 2002).

En lo que sigue, trataremos de reconstruir el desplazamiento que en los discursos sobre la violencia
contra las mujeres se ha producido a lo largo de las últimas dos décadas. Un desplazamiento que
toma las políticas del cuerpo iniciadas por el Movimiento Feminista ­la valorización feminista de la
autonomía   sexual   y   reproductiva,   la   afirmación   del   deseo   como   motor   de   la   emancipación,   el
cuestionamiento de la heteronormatividad, el carácter colectivo de la lucha contra el miedo y la
invisibilidad, etc.­ traduciéndolas de acuerdo con una lógica instrumental múltiple que difumina las
relaciones de poder y aborda los conflictos en términos de gestión.

El discurso feminista de los 80

1. Derechos civiles y políticas del cuerpo

Para el Movimiento Feminista español, nacido en 1975 [6 [#nb6]] (Miranda y Abril 1978, p. 219),
el cuerpo constituye un eje central que atraviesa la experiencia conjunta de las mujeres y se insinúa
en todos los hechos sociales. El cuerpo, al renegar de la concepción biologicista, se desnaturaliza
convirtiéndose en depositario del orden social. La revolución sexual, promovida por el feminismo,
rompe entre otras cosas con este orden natural. La introducción de los anticonceptivos, [7 [#nb7]]
absolutamente contraria a los principios del nacional­catolicismo, durante la fase final del régimen
franquista fue fundamental para que las mujeres dieran un primer paso en el control de sus cuerpos.

Teóricas   como   Christine  Delphy   y   Shulamith   Firestone  entendían   que  la  explotación   sexual  ­la
apropiación del cuerpo de las mujeres por parte de los hombres para la reproducción­ era el punto de

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partida, y la familia el núcleo básico en el que se apoya y reproduce la estructura de poder de los
hombres. En 1980, Alice Schwarzar escribía en un libro que tuvo una gran influencia entre las
feministas   del  Estado   Español:  «la  sexualidad   es   al  mismo   tiempo   espejo   e  instrumento   de  la
opresión que sufren las mujeres en todas las esferas de la vida», reproduciendo de este modo una
visión extremandamente opresiva y sobredeterminada de la sexualidad en el seno de las relaciones
heterosexuales (Flax 1990); una afirmación que aspiraba, como tantas otras de entonces, a producir
un   extrañamiento   en   la  identificación   de  las   mujeres   como   cuerpo   sexual­reproductor   para  los
hombres.

En el postfranquismo, las  feministas  comenzaron a analizar las  relaciones  estructurales  de poder


entre hombres y mujeres en el patriarcado. En este contexto, acabar con el poder exigía recuperar el
propio cuerpo que, en aquel momento, se entendía como cuerpo colonizado, es decir, sometido a
múltiples capas de opresión que no permitían comprender la auténtica expresividad del mismo. La
consigna   «Nosotras   parimos,   nosotras   decididos»,   coreada   frecuentemente   durante   las
movilizaciones de la década de los 80, marca una línea de avance en lo que concierne al derecho de
las mujeres a decidir por sí mismas más allá de las determinaciones de médicos, jueces, políticos,
padres, maridos o compañeros. La lucha por el derecho al aborto libre y gratuito, cuya liberalización
sigue  pendiente  veinte  años   después,   centró   gran   parte  de  la  actividad   del  movimiento   durante
aquellos años.

La idea del cuerpo como lugar en el que se ejercita el poder y la posibilidad de la autodeterminación
en el campo de la sexualidad y la reproducción va cobrando fuerza. Tras el referéndum del 6 de
diciembre de 1978, las mujeres aparecen en la Constitución como seres reconocidos legalmente y,
varios años después, en 1981, el Código Civil, [8 [#nb8]] tras largos años de cosificación femenina,
comienza a reconocer a las mujeres en su condición de sujetos de derecho.

El reconocimiento civil sólo era un paso. El movimiento feminista aspiraba a destronar la dicotomía
que ampara la subordinación femenina dividiendo el mundo entre el ámbito público y el privado.
«En la definición de la mujer a través de "lo privado" es donde el pensamiento feminista sitúa el
principio de su opresión» (Molina 1994p.237). Las críticas señalan el profundo carácter patriarcal de
esta segmentación de la realidad que concierne tanto a las supuestas características naturales de los
sexos, la celebre adscripción sexual de la naturaleza y la cultura, como a una concepción de la
sociedad civil que prescribía el carácter doméstico­privado de todo lo concerniente a la reproducción.

La popular consigna «lo personal es político» inaugura un vasto campo en el que desarrollar una
nueva concepción de la política (Vega 2002). La política se introduce en la sexualidad, inexistente,
constreñida, reprimida y limitada por la normatividad de la pareja heterosexual, de la familia y de los
imperativos reproductivos. La lucha por el «derecho al propio cuerpo» y por las múltiples formas de
habitarlo se había iniciado. [9 [#nb9]] «Es hora de desenterrar el hacha de guerra y de decir que sí,
que tenemos sexo, que somos seres sexuales y que nuestra relación con nosotras mismas y con
nuestros cuerpos, con las mujeres y los hombres y los cuerpos de esas personas, con la naturaleza y
con el entorno en que vivimos ha de abrirse camino y desarrollarse» (Pineda 1980,p.6). En junio de

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1983 se organizan en Madrid las primeras Jornadas sobre Sexualidad. «La defensa del derecho de
las  mujeres  a abortar la acompañaron [los  grupos  Pro­Derecho al Aborto] de la denuncia de la
sexualidad   patriarcal   que   hace   del   hombre   el   centro   de   la   sexualidad,   que   impone   la   norma
heterosexual como única relación "natural" negando el lesbianismo y la homosexualidad» (Comisión
Pro­Derecho al Aborto 1985, p.355).

2. La violación en la batalla por la reforma del Código Penal

La tematización de la violencia pronto surgió en los discursos feministas, fundamentalmente en su
vinculación con la libertad sexual y la irrupción de la política en la esfera privada, por ejemplo, y tal
y como advierte el Grupo de Mujeres Separadas y Divorciadas, a partir de los procesos de divorcio.
La   violación   ­anteriormente   considerada   como   agravio   a   los   varones   de   la   familia­   pasa   a
considerarse  una  de  las   manifestaciones   más   importantes   de  la  violencia  contra  las   mujeres.   El
derecho al cuerpo significaba poder disponer de él en todos y cada uno de los espacios y tiempos de
la vida. Las consignas de aquel momento se centraban en el deseo de «caminar tranquilas»: «la calle
y la noche también son nuestras». La denuncia de la violencia contra las mujeres tuvo dos objetivos
claros: reprobar socialmente la violación y llamar la atención sobre la violencia que conlleva la
imposición de la heterosexualidad. En un manifiesto del 8 de Marzo de mediados de los 80 se podía
leer: «la violación es fundamentalmente un acto de agresión y ejercicio de poder de los hombres
contra las mujeres. Es la manifestación más extrema de la persecución sexual de todos los días».

Sin embargo, la extensión de la lucha no hacía sino evidenciar los problemas a los que se enfrentaba
la politización feminista de lo privado. La imagen dominante de la violencia que se manejaba en
aquel periodo era la de los violadores extraños a la víctima y la agresión en la calle. Esto determinó
que los discursos del movimiento estuvieran centrados en la denuncia pública de las violaciones. A
partir de los primeros datos difundidos por la prensa y de las informaciones recogidas desde los
bufetes   jurídicos [10   [#nb10]]   y   las   comisarías,   el  Club   Vindicación   Feminista  aseguró   que,   a
principios de los 80, se cometían en España unas 15.000 violaciones anuales.

Con la creación del Instituto de la Mujer [11 [#nb11]] se inicia alguna campaña institucional de
denuncia, se crean las unidades especiales de mujeres policías y las comisarías de policía comienzan
a recoger datos estadísticos. Sin embargo, y a pesar de la extensión del fenómeno, lo cierto es que el
número de denuncias es muy limitado; la causa de este hecho reside en que «las agresiones a las
mujeres están incrustadas en un tejido de la sociedad donde la sexualidad masculina va ligada al
poder de un sexo sobre el otro, lo que implica unos  papeles  sociales  y sexuales  de hombres  y
mujeres» (Frente Feminista de Zaragoza 1988, p.3). Esto es así hasta el punto de que los delitos de
violación aparecen en el Código Penal bajo el título de delitos «contra la honestidad». [12 [#nb12]]

A pesar de las limitaciones que aún hoy representa la producción de datos sobre la violencia [13
[#nb13]], éstos, junto al conocimiento directo de las víctimas por parte de determinados colectivos
de mujeres supuso la creación de comisiones especializadas en el seno del movimiento. A medida
que se producía un análisis sobre esta cuestión, los grupos comenzaron a denunciar «la inexistencia

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de   servicios   públicos   para   atender   a   mujeres   violadas   y   la   necesidad   de   las   agredidas   de   ser
escuchadas y encontrar soluciones a corto plazo» (Dones de L'Hospitalet 1988, p.127).

Por otra parte, las comisiones de mujeres abogadas llamaron la atención sobre los obstáculos legales
en   los   casos   de   malos   tratos   y   violencia   doméstica,   así   como   sobre   el   incumplimiento   de   la
legislación existente. En las  comisarías  y los  juzgados  se valoraban las  agresiones  como «riñas
domésticas»; las denuncias no llegaban a tramitarse y, en caso de llegar a juicio, los propios jueces
instaban   a   las   mujeres   a   perdonar   a   su   agresor,   y   las   penas   que   se   imponían   resultaban
absolutamente ridículas (Molina 1988). En 1985, en un clima de cierta sensibilidad social hacia el
tema,   las   instituciones   se   ven   obligadas   a   aceptar   ciertos   planteamientos   feministas   sobre   la
necesidad   de  auxiliar   a  las   mujeres.   Se  inician   campañas   de  información   sobre  las   agresiones
sexuales y se abren las primeras casas de acogida.

Las  tímidas  respuestas  institucionales  no pueden compararse con el sentimiento de las  activistas;


«éramos conscientes de que hacíamos todo lo que estaba en nuestras manos, pero siempre venía a
nuestra cabeza la impotencia que sentíamos. Nos costaba confiar en nuestra propia fuerza, en nuestra
capacidad de respuesta» (Grupo Anti­Agresiones de Euskadi 1988, p.317). Esta reflexión es la que
anima una de las consignas más potentes del movimiento: «ninguna agresión sin respuestas». La
autodefensa y la autoafirmación colectiva frente a las agresiones formaban parte del horizonte de la
lucha feminista que finalmente acabo centrándose, a finales de los 80, en torno al debate sobre la
reforma del Código Penal. [14 [#nb14]] La publicación que lanzó la Comisión Anti­Agresiones y la
Coordinadora de Grupos de Mujeres de Barrios y Pueblos de Madrid ­«Ante la violación: responde.
Reforma del Código Penal ¡ya!»­ subraya el objetivo fundamental en lo que a la respuesta feminista
se refiere.

El texto y la campaña en su conjunto provocaron un largo debate en el seno del movimiento. En
torno suyo se aglutinaron muchas mujeres de distintas corrientes. La siguiente reflexión expresa una
de las limitaciones con las que se topó esta campaña:

El estado de opini�n emergente al que vino a dar respuesta la reforma penal se había creado a
partir  de  los  objetivos  políticos  diseñados  desde  el  Instituto  de  la  Mujer  que  recogía,   bien   es
cierto,   reivindicaciones  anteriores  del  movimiento  de  mujeres,   movimiento  que  conocía  ¿c�mo
no?  la  realidad   de  las  mujeres,   sobre  todo  a  partir  de  experiencias  tan   ricas  como  las  de  las
casas de acogida, la comisi�n de investigaci�n de los malos tratos, los despachos profesionales
de abogadas y los servicios sociales. Con demasiada facilidad el poder se apropia, reinterpreta
y asimila las aspiraciones de los movimientos alternativos, entre ellos, de manera significativa
los  del  movimiento  feminista.   El  tratamiento  que  se  dio  desde  la  perspectiva  legislativa  a  esa
terrible   problemática,   manifestaci�n   ejemplar   de   la   discriminaci�n,   supone   una   situaci�n
paradigmática de c�mo el sistema es capaz de deglutir, reinventar y rentabilizar políticamente
los conflictos (Sáez 1995, p. 2).

La movilización por la Reforma del Código Penal finalizó en 1989 con la sustitución del título
«delitos contra la honestidad» por el de «delitos contra la libertad sexual». Se introdujo por primera

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vez el término «agresión sexual» y en los Artículos 419 y siguientes se regula la violación, también
la anal y la bucal, que anteriormente no figuraban como tales. Tras el éxito obtenido, las Comisiones
Anti­Agresiones empezaron a disolverse. [15 [#nb15]] La emergencia pública de la violencia, que
tuvo su apogeo a finales  de la década de los  80, protagonizada en las  calles  por el movimiento
feminista,   se   transforma   e   incluso   desaparece,   salvo   algunas   excepciones,   como   reivindicación
fundamental en el feminismo de los 90. De hecho, en las Jornadas Feministas estatales «Juntas y a
por todas», celebradas en Madrid en diciembre de 1993, no hubo ninguna comunicación relativa al
tema. El MF se retiraba de este espacio político que únicamente siguió tratando la Federación de
Mujeres Separadas y Divorciadas, que ya llevaban años trabajándolo.

El discurso contra la violencia de los 90. La intervención mediática


e institucional

Se abría, de este modo, un paréntesis que duraría casi una década. El problema de la violencia contra
las mujeres sólo reaparece puntualmente durante los 90 y casi siempre en relación con polémicas
legislativas. En 1995, en medio de una propuesta de Reforma del Código Penal a cargo del PSOE,
tuvo lugar la violación y asesinato de las jóvenes de Alcasser, un hecho que pronto se convertiría en
un acontecimiento mediático en clave de reality show sin precedentes en nuestro país. La respuesta
popular,   poderosamente  influida  por   los   mensajes   televisivos,   se  tradujo   en   la  exigencia  de  la
intensificación   de   las   posturas   punitivas   que   se   extendió   incluso   hasta   alcanzar   a   los   propios
movimientos sociales. El Ministro de Interior promete endurecer las penas frente a las agresiones
sexuales en la calle. Nuevamente en el seno del MF se reabre un debate en torno a la judicialización
y las penas que originará diferencias entre los distintos grupos (Zabala 2000, pp. 444­445). Pese a lo
regresivo del momento, la Reforma del Código [16 [#nb16]] sale adelante y gracias a las presiones
del movimiento no se equipara la pena de violación con la de asesinato.

Rosa Fernández, del Frente Feminista de Zaragoza, valoraba la evolución de las ideas feministas
sobre la violencia en las Comisiones Anti­Agresiones durante este periodo del siguiente modo:

el panorama que teníamos ante nosotras era muy diferente del actual. (...) Eran los años en que
las  provocadoras  actuaciones  y  reivindicaciones  del  Movimiento  Feminista,   que  cuestionaban
los más firmes pilares de la sociedad en que vivíamos, molestaban a amplios sectores que nos
definían con todo tipo de calificaciones despectivas, eran años en que audacia y osadía crean
escándalo  en   una  sociedad   que  no  está  acostumbrada  a  que  las  mujeres  nos  organicemos  y
luchemos  contra  unas  conductas  y  estereotipos  que  daban   por  hechos  naturales  en   la  mujer
(....). Hasta principios de los años noventa, fueron años muy ricos en debate y en experiencias
concretas,   sin   embargo  tras   esta  fase  de  eclosi�n   y  creatividad   vino  una  disminuci�n   en   la
actividad.   Las   razones   eran   de   diversa   índole,   pero   sobre   todo   nos   sentíamos   bastante
impotentes ante una sociedad que ya daba por trasnochado y asumido el discurso feminista y
pretendía   resolver  la   problemática   que  implica   la   violencia   sexista   haciendo   abstracci�n   de
causa   y   origen,   de  alguna   manera,   se  nos   usurpa   el   discurso   formal,   sin   comprender,   ni

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atender, al fondo del mensaje (Fernández 2000, pp. 452­453).

Dejando   a  un   lado   la  apropiación   del  discurso   feminista,   previamente  vaciado   de  contenido,   la
Coordinadora de Organizaciones Feministas, al centrarse casi únicamente en las demandas dirigidas
al Estado desatendió otras dimensiones centrales en la continuidad de la lucha. De hecho, el techo
que   se   fijó   en   las   reformas   planteadas   en   un   periodo   político   de   desestructuración   de   los
movimientos sociales redujo al silencio, en lo que a la violencia contra las mujeres se refiere y salvo
momentos puntuales, a la Coordinadora. El movimiento pasó, a finales de los 90, de ser un agitador
de la mentalidad dominante a un enunciador de segundo orden, cediendo ante el nuevo papel de los
medios de comunicación.

A partir de diciembre de 1997, los medios de comunicación empezaron a jugar un papel fundamental
en la dramatización de la violencia al conseguir conformar un público para la misma. En la batalla
por las audiencias y el número de tiradas que sostienen los poderes económicos que sustentan a los
grandes medios, prendió la chispa que hizo saltar a la escena pública el sufrimiento que tantas y
tantas mujeres estaban experimentando en lo privado. La industria de la noticia, en ésta como en
otras cuestiones, precisa de gestos excepcionales y de la publicidad (Eco 1997). El asesinato de Ana
Orantes, el 4 de diciembre, de 1997, a manos de su exmarido, tras hablar en un programa televisivo
sobre el maltrato que había recibido, constituye quizá uno de los primeros y más claros ejemplos de
este proceso.

La aportación de las feministas quedaba, de este modo, en el olvido. Es como si este problema se
«descubriera   por   primera   vez»,   en   esta   ocasión,   desde   una   mirada   sensacionalista   e
individualizadora. Al centrarse en las consecuencias de la violencia doméstica, más que en el origen
o causas  profundas  de la misma, los  medios  consolidan la idea predominante, ya expresada en
alguna campaña institucional, de que la solución pasa necesariamente por la denuncia. Los mensajes
reduccionistas del tipo «Tan sólo tienes que mover un dedo» (para marcar el teléfono y realizar la
denuncia) o «La solución está en tus manos» contribuyeron a simplificar la complejidad y dificultad
de  un   proceso   en   muchos   casos   largo   y   doloroso,   además   de  cargar   a  las   maltratadas   con   la
responsabilidad   única   en   la   solución   de   lo   que   en   adelante   se   entenderá   como   un   problema
individual.

En este sentido, el discurso de los medios de comunicación y de las propias instituciones públicas es
fundamentalmente   autorreferencial   (APDH   1999)   y   lejos   de   cuestionar   el   papel   que   juega   la
violencia en el patriarcado, lo legitima y refuerza. En el perverso juego de las apariencias, los medios
de comunicación parecen «haber sacado a la luz» el problema de la violencia familiar contra las
mujeres, sin embargo, se limitan a hablar del asesinato y de los casos de agresiones más brutales, en
los que las mujeres se convierten exclusivamente en víctimas sin voz. En los medios, las mujeres
maltratadas   vuelven   a   aparecer   únicamente   como   cuerpos   inertes,   magullados,   apaleados,
amoratados, sin capacidad de decisión, cuerpos pacientes privados de la capacidad de ser. No hay
tras estas noticias fragmentadas más que una nueva reproducción de otras modalidades de violencia
sobre las  que se sustenta la física, como el empleo de la violencia como arma de guerra, la que

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conlleva   la   vulnerabilidad   económica   de   las   mujeres,   sobre   todo   de   aquellas   que,   como   las
inmigrantes, carecen de derechos, o la simbólica que reduce a las mujeres a cuerpos objetualizados,
bellos para el consumo placentero en la publicidad y golpeados para el consumo morboso convertido
en espectáculo de masas.

A   pesar   de  los   aspectos   negativos   de  estas   representaciones   (Marugán   y   Vega  2002),   resulta
evidente que han sido los medios de comunicación los que han visibilizado, esta vez ante el gran
público, el problema de la violencia conformando una intensa producción subjetiva en torno a esta
cuestión. Por ello, cuando en el año 1998, los asesinatos de ETA producen un impacto decisivo en el
imaginario colectivo gracias a una fuerte campaña mediática en la que se produce una movilización
masiva de la población frente al terrorismo, en aquel entonces convertido en único problema social y
político   del   país,   la   Federación   de  Mujeres   Separadas   aprovechó   esta   situación   para   llamar   la
atención sobre lo que desde ese momento se acuñó como «terrorismo doméstico».

A   lo   largo   de  los   últimos   cinco   años,   el  maltrato   doméstico,   en   sus   aspectos   más   brutales,   ha
adquirido el estatuto de problema social. El aumento sostenido de las denuncias se ha acrecentado
como resultado de una serie de campañas institucionales [17 [#nb17]] y mediáticas, en las que la
desnaturalización de la violencia corre a cargo de otros actores directos o indirectos (como las ONGs
y   las   empresas   contratadas   por   los   organismos   públicos   para   la   gestión   de   los   dispositivos
asistenciales) y en las que se produce un nuevo marco interpretativo, más acorde con la intervención
pública especializada.

Gobernar la violencia

En otro texto hemos caracterizado el gobierno [18 [#nb18]] actual de la violencia a partir de tres
procesos íntimamente entrelazados: (1) la gestión de la emergencia, (2) el gobierno a distancia y (3)
la   emergencia   del  discurso   de  la   seguridad   humana.   En   último   término,   estos   procesos,   que
exceden el modo en el que se está abordando en la actualidad la violencia contra las mujeres, remiten
a importantes cambios de los Estados­nación en Europa occidental que en sus aspectos más visibles
tienen que ver con el derrumbe y fragmentación de las instituciones, así como con la privatización de
lo que hasta el momento se entendía como el sector público.

Alejado, en lo que al Estado Español se refiere, del sistema de bienestar que se extendió en mayor o
menor grado en Europa durante las décadas de los 60 y de los 70, el gobierno de la violencia se
inscribe   en   el   creciente   impulso   que   va   adquiriendo   una   administración   diseminada   que   ha
transferido   buena   parte   de   sus   funciones,   «desinviertiendo»   en   ciertas   zonas   vulnerables   e
«invirtiendo»   de   forma   selectiva   y   limitada   en   otras   que   puedan   proporcionarle   control   y
legitimidad. [19 [#nb19]] El tratamiento público actual de la violencia contra las mujeres respondería
a este último campo en el ejercicio del control encaminado a contener y pacificar el conflicto de
género que se suscita en un contexto en el que las transformaciones productivas están intensificando

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la explotación de las mujeres, mucho más vulnerables a los procesos de desregulación.

Las intervenciones estatales en este terreno no pretenden acabar con la violencia, ni siquiera paliar
sus consecuencias, sino limitar las manifestaciones más brutales, aquellas que en el plano simbólico
representan los  aspectos  más  llamativos  de un orden de género profundamente opresivo que se
aborda   en   términos   de   emergencia,   es   decir,   como   un   conjunto   más   o   menos   coherente   de
excepcionalidades. La gestión en términos de emergencia se puede ver claramente en el diseño de los
dispositivos de acogida, que se han convertido en unidades de tránsito carentes de una perspectiva
global ­económica, afectiva, laboral, etc.­ y a largo plazo sobre lo que les  sucede a las  mujeres,
disociados de cualquier tipo de recurso económico para las maltratadas y descoordinados en relación
al campo jurídico y laboral o a otros  centros  de acogimiento con los  que se podrían establecer
acuerdos destinados a salvaguardar la tranquilidad y seguridad de las mujeres. La insistencia en la
casa de acogida, algo que en un principio el MF ideó como una auténtica alternativa en el marco
comunitario de las redes de apoyo feministas, actúa como catalizador en el debate bloqueando otras
propuestas que, como los fondos compensatorios, no agotan los problemas que se derivan de la
violencia ­en definitiva, ninguna puede agotarlos por separado­, pero revisten un carácter más amplio
y menos estigmatizador.

La  excepcionalidad   produce  una  segmentación   social  allí  donde  no   existía  con   anterioridad.   La
maltratada,   para   la   que   llega   a   definirse   un   perfil   específico,   cada   vez   más   determinado   por
componentes étnicos y de clase en el imaginario colectivo, queda de este modo separada del resto de
las  mujeres. Las  campañas  de concienciación, uno de los  campos  florecientes  en la intervención
institucional, han contribuido a este hecho mediante la producción y difusión de mensajes de carácter
victimizador (Marugán y Vega 2002). Por otro lado, la «obligatoriedad» de la denuncia, aún a riesgo
de provocar situaciones  de peligro para las  mujeres [20 [#nb20]], y en la casa de acogida como
paradigma prácticamente exclusivo de asistencia vienen a incidir en la percepción de la violencia
como una disfuncionalidad controlable.

La normalización del estado de excepción, ya se trate de la extranjería, la violencia o el terrorismo, se
convierte en una práctica de integración de los conflictos de un modo diferencial y flexible, acorde
con las demandas y los intereses de carácter coyuntural. Estas demandas lo mismo pueden tener que
ver con la implementación de prioridades internacionales que recomiendan determinadas políticas de
género   en   periodos   específicos   más   o   menos   extensos,   como   con   procesos   electorales   que,
dependiendo de los países, incidirán en ámbitos sobre los que previamente y con la ayuda de los
medios de comunicación se ha generado un amplio consenso.

Otro   rasgo   fundamental  del  gobierno   actual  de  la  violencia  se  refiere  a  la  externalización   de  la
gestión. El tratamiento actual de la violencia es un ejemplo de la nueva racionalidad política y de las
tecnologías   de  gobierno   propias   de  una  sociedad   global  en   la  que  el  Estado   «está  obligado   a
economizar su propio ejercicio de poder» a través de la movilización permanente de su conocimiento
sobre los individuos, captado a través de la vigilancia a distancia y de la observación mediante el
despliegue de fuerzas que operan también desde un cierto alejamiento. «La regulación será en gran

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medida obra de agentes no estatales» (de Marinis 1999, pp.77­78). El nuevo gobierno se sirve de
técnicas que crean una aparente distancia entre las decisiones de las instituciones políticas formales y
otros actores sociales más autónomos que, como las asociaciones de mujeres, vienen encargándose
desde mediados de los 80 de la asistencia a las mujeres, animadas por la idea de que lo les sucede a
éstas es un grado específico de lo que de uno u otro modo sucede a la mayoría. [21 [#nb21]]

Estas asociaciones, creadas al calor de la militancia feminista, se están enfrentando a un choque de
racionalidades que ha sustituido la motivación política de partida por una lógica dominada por las
subvenciones y los súbitos virajes en la orientación administrativa. Apoyándose en este impulso de
autonomía civil, el Estado ha externalizado gran parte de la atención generando un vínculo más
cómodo   y   ágil  que   descansa,   además   de  en   las   asociaciones,   en   un   sin   número   de   empresas
subcontratadas   que  van   rotando   el  tipo   de  servicios   ofertados;  hoy   mujeres   golpeadas,   mañana
ancianas y pasado jóvenes consumidores de alcohol.

El  Servicio   de  Atención   a  la  Violencia  Doméstica  (SAVD),   dependiente  del  Ayuntamiento   de
Madrid y gestionado por una empresa privada, es un buen ejemplo de cómo la administración ha
asumido   la   legitimidad   en   el   plano   simbólico   deshaciéndose   simultáneamente   de   las   tareas   de
atención, coordinación y seguimiento que precisa un centro de estas características. El SAVD, con
sus   pautas   de  externalización,   transferencia  de  responsabilidad   y   cuidado,   desburocratización   y
gestión   autónoma   y   creativa   del   trabajo   contribuye   a   la   precarización   del   empleo   femenino
compaginándolo con una fuerte dosis de responsabilización e implicación afectiva por parte de las
trabajadoras que, de este modo, se ven desbordadas por la falta de medios y armonización entre las
distintas agencias que trabajan en este ámbito. Depositando la iniciativa, por un lado, en las víctimas
(en adelante gestoras de sus propios riegos) y, por otro, en las especialistas (en muchos casos con
contratos   en   prácticas),   los   poderes   han   implantado   una   nueva   (auto)regulación   alejada   de   la
coherencia  y   el  compromiso   económico   y   más   próxima  a  la  imbricación   actual  entre  el  Estado
desagregado, los imperativos del mercado mundial y el nuevo papel de la sociedad civil.

Las evaluaciones, las monitorizaciones y las técnicas presupuestarias sirven, así mismo, para ejercer
control sobre el cuerpo de especialistas  asegurando su fidelidad y responsabilidad. Como hemos
señalado anteriormente, la producción de datos se revela como uno de los terrenos más relevantes en
el ejercicio del control en el liberalismo avanzado (Rose 1991, p. 33), como lo es también la nueva
pluralización de las tecnologías sociales.

La  lógica  dominante  de  la  denuncia  y   la  casa  de  acogida,   que  responden   a  un   dispositivo   de
segmentación y control cerrado, comienza a convivir con otras  fórmulas  de asistencia y control
difuso como la entrega de pulseras con alarma o el sistema localizador GPS. Tal y como explican
Tirado y Domenech siguiendo a Foucault en su caracterización del paso de la sociedad disciplinaria a
la sociedad de control, nos hallamos ante «extituciones» que «a diferencia de lo que ocurre en la
institución (...) se caracterizan por la potenciación del movimiento y el desplazamiento. No más
encierro, no más reclusión, el control continuo y abierto permite que el movimiento deje de ser un
problema»   (2001,   p.   201).   En   esta  ocasión,   las   operaciones   de  visualización,   categorización   y

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asistencia de emergencia se realizarán reduciendo los costes, potenciando la movilidad y «dejando
hacer» a las mujeres. Eso sí, al igual que como sucede con las medidas de alejamiento, son ellas y no
los agresores quienes se convierten en objeto de la intervención «extitucional».

Por último, la comprensión de las cuestiones políticas, incluida la violencia contra las mujeres, como
problemas de seguridad (Mezzadra y Petrillo 2000, Hardt y Negri 2002), una perspectiva que ha
acentuado tras el 11 de septiembre, se ha traducido en el nuevo encuadramiento de la violencia junto
al resto de los  apartados  del enigmático campo de la «seguridad ciudadana». Algo que estamos
teniendo ocasión de ver en las  campañas  electorales  de los  principales  partidos, así como en el
diseño de las encuestas de opinión que se están realizando en la actualidad.

En   líneas   generales   podríamos   decirqueelactualgobiernodela   violencia   invierte   el   proceso   de


politización del cuerpo impulsado por el feminismo durante los 70 y los 80, «privatizando» el cuerpo
politizado   y   autodeterminado   para   transformarlo   nuevamente   en   un   cuerpo   individualizado   y
domesticado que gestiona sus propios riesgos y maximiza lo que se juzga como elecciones y, por lo
tanto, fracasos propios.

Este enfoque bloquea no ya una comprensión contextualizada e histórica del papel de la violencia en
las   relaciones   cambiantes   entre   los   géneros,   sino   el   componente   de   agencia   y   colectividad
impulsados desde el feminismo, ambos esenciales en la erradicación de la misma en el marco de las
transformaciones del patriarcado. [22 [#nb22]] En definitiva, el gobierno de la violencia apunta a un
nuevo  modo de regular el conflicto de género, tensionado como decíamos  anteriormente  por  la
desregulación, el declive de los recursos y políticas públicas existentes, la desestabilización y crisis
reactiva del imaginario sexual dominante y la precariedad y vulnerabilidad a la que se ven sometidas
las   mujeres.   Así  pues,   se  ha  producido   una  reinterpretación   de  la  liberación   feminista  en   clave
neoliberal que al tiempo que aspira a producir mensajes legitimadores dispersos ­en lo penal, en lo
asistencial, en lo comunicativo, etc.­ sobre la violencia y, en general, sobre las políticas de género,
refuerza las segmentaciones y estigmatizaciones que el feminismo había logrado quebrar ­en este
caso, entre las maltratadas y el resto de las mujeres­ e implanta una lógica administrativa flexible que
carece por completo de la voluntad política de convertir los  mensajes  que se lanzan a diestro y
siniestro en prácticas reales y coherentes.

Entendemos que el reto que estos cambios plantean al feminismo ha de ser abordado nuevamente
ampliando el campo de visión y recontextualizando la cuestión de la violencia en el seno de las
transformaciones actuales del patriarcado.

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 S. VANCE (comp.) (1989): Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, Madrid, Revolución.
 VEGA,   C.   (1997)  "Experiencia   y   experimentación   en   las   anécdotas   contadas   por  mujeres",   Revista   de
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 ZABALA  GONZÁLEZ,   B.   (2000):   "La   respuesta   legal   a   las   agresiones   y   el   movimiento   feminista",   en
Jornadas Feministas Feminismo es... y será, Córdoba, 443­449.

[1 [#nh1]] Con respecto a esta alianza véase el debate entre Butler y Fraser en la New Left Review, edición en castellano,
2000, nº 0, 126­155 y nº 2, 109­122 y 123­136.

[2 [#nh2]] Con la denominación genérica de "violencia contra las mujeres" tratamos de evitar el uso de la acuñada
descripción institucional de "violencia doméstica o familiar" que, definida a partir del I Congreso de Organizaciones
Familiares (1987), oculta a los sujetos y raíces de las agresiones, y connota el espacio de "lo doméstico" como el espacio de
"lo privado", suscitando la necesidad de una solución intrafamiliar.

[3 [#nh3]] Reflexionando acerca de las limitaciones del discurso feminista en el análisis del poder en relación a los cuerpos,
Susan Bordo se refiere al feminismo de finales de los 60 y de los 70 utilizando la metáfora del territorio colonizado. "Dicha
imaginación acerca del cuerpo femenino era la de un territorio socialmente conformado e históricamente 'colonizado', no la
de un lugar de autodeterminación individual. Aquí, el feminismo invirtió y transformó la vieja metáfora del 'cuerpo
político', que se encontraba en Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Maquiavelo, Hobbes y tantos otros, por una nueva
metáfora: 'la política del cuerpo'. En la vieja metáfora del cuerpo político, el estado o sociedad era imaginado como un
cuerpo humano, con diferentes órganos y partes que simbolizaban diferentes funciones, necesidades, componentes sociales,
fuerzas, etc. (...) Ahora, el feminismo imaginaba el propio cuerpo humano como una entidad inscrita, con una fisiología y
una morfología conformada y marcada por historias y prácticas de restricción y control que iban desde el vendaje de los pies
y el encorsetamiento hasta la violación y el maltrato, desde el mandato de la heterosexualidad, a la esterilización forzada, el
embarazo no deseado y (en el caso de las esclavas afroamericanas) la mercantilización explícita" (1999:251).

[4 [#nh4]] Un referente central de la política feminista del cuerpo es la crítica a las categorías del pensamiento occidental, y
en lo que al cuerpo se refiere, al desarrollo de la privacidad. El cuerpo moderno, progresivamente diferenciado del cuerpo
medieval y posteriormente del renacentista, es una construcción sociohistórica estrechamente vinculada con el capitalismo
burgués y con el desarrollo de la privacidad. El cuerpo entra a formar parte del reducto íntimo de la subjetividad e íntimo
equivale en este contexto a privado. Se erige en torno suyo una de las fronteras nucleares de la identidad, un territorio

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blindado del «yo» al que sólo se accede al compartir las experiencias en las que está involucrado (de la sexualidad, la
lactancia, y en otro orden de cosas, de la enfermedad) (Bajtin 1974). El cuerpo pasa a ubicarse, según disposiciones y
movimientos voluntarios, en el mundo exterior. Este proceso de individuación y adiestramiento disciplinario del cuerpo se
efectúa en el lenguaje. Entre otras cosas, se evita hablar de ciertas partes del cuerpo para las que se utilizan eufemismos,
cuando se alude al cuerpo es de manera funcional y con un valor caractereológico o explicativo, se privatizan o restringen
las conversaciones sobre asuntos que conciernen al cuerpo desorganizado y poco dispuesto. El cuerpo se transforma en un
asunto íntimo y oculto, revelado en la medida en que adquiere una función expresiva o entra en un intercambio mediado por
las tecnologías del poder­saber (Foucault 1998).

[5 [#nh5]] Teresa de Lauretis (1987, 1992) siguiendo a Charles Pierce caracteriza la semiosis como el circuito de producción
de percepciones, acciones y significados en el que interviene no sólo la transmisión recursiva de conocimientos, sino
componentes corporales y energéticos, afectos que se articulan, interactúan y proliferan en tiempos y espacios específicos
que los sujetos transforman en agencia o capacidad específica de intervenir en la vida social­ "Asentar la semiosis en la
encarnación ­sostiene F. García Selgas­ hace que para que algo funcione como signo sea necesario, entre otras cosas, una
agente cuya configuración/asimilación experiencial de la práctica social permita la realización del significado"
(1994:521­522).

[6 [#nh6]] Animado por el rechazo que generó el intento de Naciones Unidas de institucionalizar el conflicto planteado por
el feminismo proclamando 1974 como Año Internacional de la Mujer, el naciente movimiento de mujeres celebró en
diciembre de 1975 las primeras Jornadas Nacionales por la Liberación de la Mujer, durante las que se produjo la primera
escisión entre el Movimiento Democrático de Mujeres y el Colectivo Feminista. Todo ello en un contexto político marcado
por la lucha antifranquista.

[7 [#nh7]] Aunque su legalización no llegaría hasta 1979, su utilización se extendió en gran medida durante la segunda
mitad de los 70. A partir de 1975­1976, el MF planteó, junto con la consigna "libertad para los presos políticos", la
despenalización de los anticonceptivos y su gratuidad a cargo de la Seguridad Social. Los lemas "Anticonceptivos libres y
gratuitos" y "Anticonceptivos para no abortar, aborto libre y gratuito para no morir" condensan los contenidos de esta
etapa.

[8 [#nh8]] Las modificaciones más importantes, cuya finalidad fue la de adaptar la legislación civil a los postulados
constitucionales, vinieron a plasmarse en las Leyes 11/1981 y 30/1981, que supusieron, entre otras cosas, acabar con
determinados artículos en materia de filiación, nulidad, separación y divorcio del Código Civil anterior tales como el
Artículo 57 en el que se establecía: "la mujer debe obedecer al marido".

[9 [#nh9]] La llegada, en 1982, del PSOE al poder tras las terceras elecciones legislativas, y la presión ejercida por el MF
sobre éste en relación al derecho al aborto llevaron a este partido a plantear una tímida Ley de Aborto en la que únicamente
se despenalizaba su ejecución bajo tres supuestos.

[10 [#nh10]] Gracias al empuje del MF en el Estado Español se pudo contactar con otros grupos de mujeres europeas y
conocer los trabajos que se estaban llevando a cabo en Londres, donde a principios de los 70 ya se había abierto una casa
refugio de mujeres golpeadas. A partir de aquel momento, se constituyen, a principios de los 80, los primeros gabinetes
jurídicos y psicológicos de mujeres desde los que se abordan los problemas derivados de la violencia contra mujeres, niñas
y niños, el abandono económico, los trastornos emocionales producidos por las rupturas familiares, el repudio social, etc.

[11 [#nh11]] La aparición del Instituto de la Mujer abre una fuerte polémica en el seno del movimiento, que lo interpreta
como una manifestación más del deseo del PSOE de institucionalizar la lucha de las mujeres (Ayllón 2000).

[12 [#nh12]] Según una Fiscal de la Audiencia de Barcelona, "lo protegido en el concepto jurídico de violación no es la
mujer en cuanto persona libre en su afectividad, sino como mero receptáculo potencial de maternidad" (Teresa Compte
1988:16)

[13 [#nh13]] Hasta el momento la única fuente de datos son los Cuerpos de Seguridad del Estado. Sólo figuran las mujeres
asesinadas en el acto, no contabilizándose las que fallecen en los hospitales posteriormente o las que se suicidan por esta
causa. Tampoco existen datos acerca de las que sufren secuelas irreparables tanto psíquicas como físicas, como por ejemplo
invalidez o esquizofrenia. Así mismo, no se publican cifras acerca de cómo la violencia afecta a niñas y niños.

[14 [#nh14]] En diciembre de 1988 se celebraron en Santiago de Compostela las Xornadas Feministas Contra la Violencia

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Machista, acto previo a la huelga general del famoso 14­D y evento en el que se produjo una importante escisión en el seno
del movimiento.

[15 [#nh15]] En el plano institucional, los mensajes de los movimientos de mujeres habían calado y ese mismo año
Naciones Unidas, en su Conferencia Mundial sobre los derechos humanos, reconoce los derechos de las mujeres como
derechos humanos y elabora la famosa "Declaración institucional sobre la eliminación de todas las formas de violencia
contra las mujeres", en la que insta a los Estados a tomar medidas para erradicar los delitos "de puertas adentro".

[16 [#nh16]] Ley Orgánica 10/95 distingue entre agresión sexual y abuso sexual "sin violencia" y no se hace distinción
entre violación y agresión sexual. También contempla como agresión sexual equiparable a otras la penetración con objetos
y se tipifica, por primera vez, el acoso sexual.

[17 [#nh17]] En Europa, en 1997, se pone en marcha la Campaña de "Tolerancia Cero" contra la violencia a las mujeres,
acompañada de la iniciativa DAPHNE, con una dotación económica de 3 millones de euros. En el Estado Español, el III
Plan de Igualdad de Oportunidades (1997­2000) propone medidas específicas para eliminar la violencia, y en este marco, el
Consejo de Ministros aprueba en 1998 el I Plan de Acción Contra la Violencia Doméstica.

[18 [#nh18]] Según Thomas Lemke (1998) la noción foucaultiana de gobierno presenta tres acepciones vinculadas; por una
parte hace referencia a la conducción de la conducta: "una forma de actividad práctica que tiene el propósito de conformar,
guiar o afectar la conducta de uno mismo y/o de otras personas" (de Marinis 1999, pp. 82­83); por otra, a una racionalidad
política y, finalmente, a las tecnologías de gobierno.

[19 [#nh19]] Tal y como explica de Marinis, "el welfarismo estaba animado en líneas generales por un deseo ferviente de
estimular el crecimiento nacional y el bienestar general a través de la promoción de la ciudadanía social, la responsabilidad
social y socialización de los riesgos (Rose/Miller 1992, p. 192). El neoliberalismo vendrá a romper con el welfarismo a
varios niveles: al de las moralidades implicadas, de las explicaciones utilizadas y de los vocabularios vigentes
(Rose/Miller 1992, p. 198) (1999, p. 92).

[20 [#nh20]] Los datos muestran el aumento espectacular entre los años 1997 y 2000 de las mujeres asesinadas a manos de
sus agresores una vez iniciados los trámites para su separación o presentado su denuncia por las agresiones. Véase,
www.separadasydivorciadas.org.

[21 [#nh21]] Tal y como explica Rose, "Los nuevos mecanismos modulados y programados por las autoridades políticas
están siendo utilizados para vincular los cálculos y las acciones de un heterogéneo conjunto de organizaciones,
gobernándolas `a distancia' a través de la instrumentalización de una autonomía regulada (1997, p.37).

[22 [#nh22]] Frente a lo que sugieren Alberdi y Matas (2002, pp. 62­67) en un reciente estudio sobre la violencia
doméstica, donde argumentan a favor de la "desaparición del patriarcado como sistema básico de organización del poder
social" que, sin embargo, persiste como un "código" que vive en las sociedades democráticas en las que políticamente ha
triunfado la democracia y la igualdad de derechos entre los géneros, consideramos que el patriarcado, lejos de desaparecer,
está rearticulando a marchas forzadas las modalidades de la opresión. En este sentido, la violencia de género como aspecto
estructural del orden social no se ha deslegitimado sino que, por el contrario, se intensifica en un periodo reactivo que se
manifiesta claramente en la materialidad de lo económico y lo simbólico (Marugán y Vega 2001). En este sentido,
entendemos que se ha cerrado un ciclo en la actuación feminista frente al patriarcado, un ciclo que arranca de finales de los
60 y culmina en los 90 con la proliferación de las subjetividades contra­puestas, y se abre otro en el que el feminismo tiene
que pensar cómo la globalización, por ejemplo, a través de fenómenos como la etnificación y feminización del mercado
laboral o la supeditación de los Estados al dominio del capital, y los cambios en las formas de gobierno están trastocando
los términos en los que hoy se ejerce el poder de los hombres sobre las mujeres.

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