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XIV DE CIERTOS ESCRITORES MODERNOS Y LA INSTITUCIÓN DE LA FAMILIA

(Herejes)

La familia puede muy bien ser considerada, así habría que pensarlo al menos, como una
institución humana fundamental. Todos admitirán que ha sido la célula principal y la unidad
central de casi todas las sociedades que han existido hasta ahora, con la excepción, la
verdad sea dicha, de algunas sociedades como aquella de Lacedemón1 que optó por la
«eficiencia» y que, en consecuencia, ha perecido sin dejar ni rastro. E1 cristianismo, por
enorme que fuera la revolución que supuso, no alteró esta cosa sagrada, tan antigua y
salvaje; no hizo nada más que darle la vuelta. No negó la trinidad de padre, madre y niño.
Sencillamente la leyó al revés, haciéndola niño, madre y padre. Y ésta ya no se llama la
familia, sino Sagrada Familia, pues muchas cosas se hacen santas sólo con darles la vuelta.
Pero algunos sabios de nuestra propia decadencia han lanzado un serio ataque a la familia.
La han atacado, y me parece que de manera equivocada; y sus defensores la han defendido,
y lo han hecho de manera equivocada. La defensa más común de la familia es que, en
medio de las tensiones y cambios de la vida, resulta un sitio pacífico, cómodo y unido. Pero
es posible otra defensa de la familia, y a mí me parece evidente; consiste en decir que la
familia no es ni pacífica, ni cómoda, ni unida.

Hoy día no está muy de moda cantar las ventajas de la comunidad pequeña. Se nos dice que
debemos lanzarnos en pos de grandes imperios y de grandes ideas. Hay una ventaja, sin
embargo, en el estado, en la ciudad o en el pueblo pequeño que sólo los que quieren ser
ciegos pasarán por alto. El ser humano que vive en una comunidad pequeña vive en un
mundo mucho más grande. Sabe mucho más de las variedades feroces y las divergencias
inflexibles de los hombres. La razón es obvia. En una comunidad grande podemos elegir
nuestros compañeros. En una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados.
Así en todas las sociedades grandes y altamente civilizadas se forman grupos fundados
sobre lo que se llama simpatía y que silencian al mundo real de modo más cortante que las
puertas de un monasterio. Lo cierto es que no hay nada pequeño o limitado en el clan o en
la tribu; lo que es de verdad pequeño y limitado es la pandilla o el corrillo. Los que forman
un clan viven juntos porque todos se visten con el mismo tartán o porque todos descienden
de la misma vaca sagrada; pero en sus almas, por una suerte divina de las cosas, siempre
habrá más colores que en cualquier tartán. Los que forman una pandilla o un grupo viven
juntos porque tienen el mismo tipo de alma, y su estrechez es una estrechez de coherencia y
satisfacción espiritual, como la que hay en el infierno. Una sociedad grande existe para
formar grupillos. Una sociedad grande es una sociedad para la promoción de la estrechez.
Es una maquinaria para proteger al individuo solitario y sensible de toda experiencia de los
amargos y fortalecedores compromisos humanos. En el sentido más literal de las palabras,
es una sociedad para la prevención del conocimiento cristiano.

1 Lacedemón o Lacedemonia (en griego Λακεδαίμων o Λακεδαιμωνία) era en tiempos históricos el nombre correcto del
estado espartano.
Podemos ver este cambio, por ejemplo, en la transformación moderna de lo que se llama el
club. Cuando Londres era más pequeño, y sus barrios más reducidos y familiares, el club
era lo que es todavía en los pueblos, lo opuesto de lo que es ahora en las grandes ciudades.
Se consideraba entonces como un lugar en donde una persona podía ser sociable. Ahora el
club se valora como el lugar en donde puede uno ser insociable. Cuanto más grande y
elaborada es nuestra civilización tanto más deja de ser el club un lugar donde uno puede
tener un argumento ruidoso, y se convierte en un lugar en donde uno puede comer a solas,
por su cuenta, sin que nadie le moleste. E1 objetivo es que se sienta cómodo, y hacer a un
hombre cómodo es hacerle todo lo opuesto a sociable. La sociabilidad, como todas las
cosas buenas, está llena de incomodidades, peligros y renuncias. El club tiende a producir
la más degradante de todas las combinaciones-el anacoreta de lujo, el hombre que combina
la indulgencia voluptuosa de Lúculo con la soledad insana de Simeón el Estilita.
Si mañana por la mañana una enorme nevada no nos dejara salir de la calle en que vivimos
entraríamos de repente en un mundo mucho más grande y mucho más insólito que
cualquier otro que hayamos imaginado. Pero todo el esfuerzo de la persona moderna típica
es huir de la calle en la que vive. Primero inventa la higiene moderna y se va a Margate.
Luego inventa la cultura moderna y se va a Florencia. Después inventa el imperialismo
moderno y se va a Tombuctú. Se marcha a los bordes fantásticos de la Tierra. Pretende
cazar tigres. Casi llega a montar en camello. Y al hacer todo esto está todavía esencialmente
huyendo de la calle en la que nació; y siempre tiene a mano una explicación de esta fuga
suya. Dice que huye de su calle porque es aburrida. Miente. La verdad es que huye de su
calle porque es demasiado excitante. Es excitante porque es exigente; es exigente porque
está llena de vida. Puede visitar Venecia tranquilo porque para él los venecianos no son
nada más que venecianos; los habitantes de su propia calle son hombres y mujeres. Puede
quedarse mirando a un chino porque para él los chinos son algo pasivo que hay que mirar;
si se le ocurre mirar a la vieja señora en el jardín de al lado, la anciana se pone en
movimiento. Está forzado a huir, para decirlo en breve, de la compañía demasiado
estimulante de sus iguales-de seres humanos libres, perversos, personales, deliberadamente
diferentes de él-. La calle en Brixton resplandece demasiado y resulta abrumadora. Tiene
que apaciguarse y calmarse entre los tigres y los buitres, los camellos y los cocodrilos.
Estas creaturas, sin duda alguna, son muy diferentes de él; pero no ponen su figura o color
o costumbres en decisiva competición intelectual con los rasgos suyos propios. No
pretenden destruir sus principios y reafirmar los suyos. Los monstruos extraños de su calle
en el barrio pretenden exactamente eso. El camello no contorsiona su anatomía hasta
formar una espléndida mofa porque el señor Robinson no tenga una joroba; pero el culto
caballero del número 5 sí que exhibe una mofa cuando advierte que el señor Robinson no
tiene rodapié en su casa. El buitre no va a estallar de risa si no ve volar a un hombre; pero el
comandante que vive en el número 9 se reirá a carcajadas de que tal hombre no fume. La
queja que comúnmente tenemos que hacer de nuestros vecinos es que se meten en lo que no
les concierne. No queremos decir realmente que no se metan en lo que no les concierne. Si
nuestros vecinos no se metieran en lo que no les concierne, les pedirían de repente su renta
y rápidamente dejarían de ser nuestros vecinos. Lo que realmente queremos decir cuando
exigimos que no se metan en lo que no les concierne es algo mucho más profundo. No nos
desagradan por tener tan poca fuerza y energía que no puedan interesarse en sus cosas. Nos
desagradan por tener fuerza y energía suficientes para interesarse además en las nuestras.
Lo que nos aterra de nuestros vecinos no es la estrechez de su horizonte, sino su espléndida
tendencia a ensancharlo. Y todas las aversiones a la humanidad ordinaria tienen este
carácter general. No son aversiones a su endeblez (como algunos pretenden), sino a su
energía Los misántropos creen que desprecian a la humanidad por su debilidad, pero lo
cierto es que la odian por su fuerza.
Por supuesto, esta retirada de la brutal vivacidad y variedad de la gente ordinaria es algo
perfectamente perdonable y excusable en tanto en cuanto no pretenda convertirse en una
actitud de superioridad Pero cuando se califica a sí misma de aristocracia o esteticismo o de
una superioridad sobre la burguesía, no hay más remedio en justicia que señalar su
debilidad intrínseca. El fastidio es el más perdonable de todos los vicios; pero es la más
imperdonable de todas las virtudes. Nietzsche, que es el representante más destacado de
esta pretenciosa demanda del ser fastidioso, tiene en algún lugar de su obra una
descripción-muy poderosa desde el punto de vista literario-del disgusto y desdén que le
consumen al volver su mirada sobre gente ordinaria con sus rostros ordinarios, sus voces
ordinarias, sus mentes ordinarias. Como decía, esta actitud es casi hermosa si podemos
clasificarla como patética. La aristocracia de Nietzsche reúne todo el carácter sagrado que
pertenece al débil. Cuando nos hace sentir que no puede soportar los rostros innumerables,
las voces incesantes, esa omnipresencia abrumadora que pertenece a la muchedumbre, tiene
la simpatía o aprobación de cualquiera que haya estado alguna vez enfermo en un barco o
cansado en un autobús lleno de gente. Todos hemos odiado a la humanidad cuando hemos
sido poco humanos. Todo ser humano ha tenido alguna vez a la humanidad en sus ojos
como una niebla sofocante, o en sus narices como un olor sofocante. Pero cuando Nietzsche
tiene la increíble falta de humor y de imaginación de pedirnos que creamos que su
aristocracia es una aristocracia de músculos fuertes o una aristocracia de voluntades fuertes,
se hace necesario mostrar la verdad de las cosas. Y la verdad es que es una aristocracia de
nervios endebles.

Nos hacemos nuestros amigos; nos hacemos nuestros enemigos; pero Dios hace a nuestro
vecino de al lado. De ahí que se nos acerque revestido de todos los terrores despreocupados
de la naturaleza; nuestro vecino es tan extraño como las estrellas, tan atolondrado e
indiferente como la lluvia. Es el Hombre, la más terrible de todas las bestias. Por eso las
religiones antiguas y el viejo lenguaje bíb6lico mostraban una sabiduría tan penetrante
cuando hablaban, no de los deberes con la humanidad, sino de deberes con el prójimo. El
deber hacia la humanidad puede tomar a menudo la forma de alguna elección que es
personal y aun agradable. Ese deber puede ser un interés nuestro; puede ser incluso un
capricho o una disipación. Podemos trabajar en el barrio más pobre porque estamos
especialmente preparados para trabajar en ese barrio, o porque así nos lo parece; podemos
luchar por la causa de la paz internacional porque nos gusta mucho luchar. E1 martirio más
monstruoso, la experiencia más repulsiva, pueden ser resultado de elección o de cierto
gusto. Puede que estemos hechos de tal forma que nos encanten los lunáticos o que nos
interesen especialmente los leprosos. Puede que amemos a los negros porque son negros o a
los socialistas alemanes porque son unos pedantes. Pero hemos de amar a nuestro vecino
porque está ahí-una razón mucho más alarmante para una obra mucho más seria-. E1
vecino es la muestra de humanidad que de hecho se nos da. Y precisamente porque puede
ser una persona cualquiera, nuestro vecino es todo el mundo. Es un símbolo porque es un
accidente.

No hay duda de que los hombres huyen de ambientes pequeños a tierras que son mortíferas
de verdad. Pero esto es natural porque no están huyendo de la muerte; están huyendo de la
vida. Y este principio se aplica a cada uno de los anillos del sistema social de la humanidad.
Es perfectamente razonable que los hombres busquen alguna variedad particular del tipo
humano, siempre que busquen esa variedad del tipo humano y no la mera variedad humana.
Es perfectamente lógico que un diplomático británico busque la compañía de generales
japoneses, si lo que quiere son generales japoneses Pero si lo que quiere es gente diferente
de sí mismo, haría mucho mejor en quedarse en su casa y discutir de religión con la
sirvienta. Es muy razonable que el genio del pueblo vaya a conquistar Londres si lo que
quiere es conquistar Londres. Pero si lo que quiere es conquistar algo fundamental y
simbólicamente hostil y además muy fuerte, haría mucho mejor en quedarse donde está y
tener una pelea con el párroco de la iglesia. E1 hombre de la calle de barrio se comporta
correctamente si va a Ramsgate2 por ver Ramsgate-algo bien difícil de imaginar-. Pero si,
como él lo expresa, va a Ramsgate «para cambiar», entonces hay que decirle que
experimentaría un cambio mucho más romántico y hasta melodramático si saltara por
encima del muro al jardín de su vecino. Las consecuencias serían tonificantes en un sentido
que va mucho más allá de las posibilidades higiénicas en Ramsgate.

Ahora bien, de la misma manera que este principio vale para el imperio, para la nación
dentro del imperio, para la ciudad dentro de la nación, para la calle dentro de la ciudad, vale
también para la casa dentro de la calle. La institución de la familia debe ser ensalzada
precisamente por las mismas razones que la institución de la nación, o la institución de la
ciudad, son en este respecto ensalzadas. Es bueno para un hombre vivir en una familia por
la misma razón que es bueno para un hombre ser asediado dentro de una ciudad. Es bueno
para un hombre vivir en una familia en el mismo sentido en que es algo hermoso y
delicioso para un hombre ser bloqueado por una nevada en una calle. Todas estas cosas le
fuerzan a darse cuenta de que la vida no es algo que viene de fuera, sino algo que viene de
dentro. Sobre todo, todas ellas insisten sobre el hecho de que la vida, si es de verdad una
vida estimulante y fascinante, es una cosa que por su misma naturaleza existe a pesar de
nosotros. Los escritores modernos que han sugerido, de manera más o menos abierta, que la
familia es una institución mala, se han limitado generalmente a sugerir, con mucha
amargura o patetismo, que tal vez la familia no es siempre algo muy conciliador. Pero, qué
duda cabe, la familia es una institución buena precisamente porque no es conciliadora. Es

2 Ramsgate es una localidad costera inglesa en el distrito de Thanet, al oeste del condado de Kent. Fue un
importante puerto británico durante el siglo XIX y pertenece a la confederación de los Cinque Ports
algo bueno y saludable precisamente porque contiene tantas divergencias y variedades. Es,
como dice la gente sentimental, un pequeño reino y, como muchos otros reinos pequeños,
se encuentran generalmente en un estado que se parece más a la anarquía. Es precisamente
el hecho de que nuestro hermano Jorge no está interesado en nuestras dificultades
religiosas, sino que está interesado en el «Restaurante Trocadero», lo que da a la familia
algunas de las cualidades tonificantes de la república. Es precisamente el hecho de que
nuestro tío Fernando no aprueba las ambiciones teatrales de nuestra hermana Sara lo que
hace que la familia sea como la humanidad. Los hombres y las mujeres que, por razones
buenas o malas, se rebelan contra la familia, están, por razones buenas o malas,
sencillamente rebelándose contra la humanidad. La tía Isabel es irracional, como la
humanidad. Papá es excitable, como la humanidad. Nuestro hermano más pequeño es
malicioso, como la humanidad. El abuelo es estúpido, como el mundo; y es viejo, como el
mundo.

No hay duda de que aquellos que desean, correcta o incorrectamente, escapar de todo esto,
desean entrar en un mundo más estrecho. La grandeza y la variedad de la familia les deja
desmayados y aterrorizados. Sara desea encontrar un mundo que consista por entero en
teatros; Jorge desea pensar que el «Trocadero» es un cosmos. No digo ni por un momento
que la huida a esta vida más limitada no sea lo correcto para el individuo, como tampoco lo
digo de la huida a un monasterio. Pero sí que es malo y artificioso todo lo que tienda a
hacer a estas personas sucumbir a la extraña ilusión de que están entrando en un mundo que
es más grande y más variado que el suyo propio. La mejor manera en que un ser humano
podría examinar su disposición para encontrarse con la variedad común de la humanidad
sería dejarse caer por la chimenea de cualquier casa elegida a voleo, y llevarse tan bien
como sea posible con la gente que está dentro. Y eso es esencialmente lo que cada uno de
nosotros hizo el día en que nació.

En esto consiste verdaderamente la aventura romántica, especial y sublime, de la familia.


Es romántica porque es «a cara o cruz», porque es todo lo que sus enemigos dicen de ella,
porque es arbitraria, porque está ahí. En la medida en que un grupo de personas haya sido
elegido racionalmente habrá cierta atmósfera especial o sectaria. Cuando se eligen de
manera irracional entonces uno se encuentra con hombres y mujeres sin más. El elemento
de aventura empieza a existir; porque una aventura es algo que, por naturaleza, viene hacia
nosotros. Es algo que nos escoge a nosotros, no algo que nosotros escogemos. E1 hecho de
enamorarse ha sido a menudo considerado como la aventura suprema, el incidente
romántico por excelencia. En la medida en que hay en ello algo que está fuera de nosotros,
algo así como una especie de fatalismo alegre, esto es muy cierto. No hay duda de que el
amor nos atrapa, nos transfigura y nos tortura. Rompe de verdad nuestros corazones con
una belleza insoportable, como la belleza insoportable de la música. Sin embargo, en la
medida en la que, por supuesto, tenemos algo que ver con el asunto, en la medida en la que
de alguna forma estamos preparados para enamorarnos y en algún sentido para arrojarnos al
amor, en la medida en que hasta cierto punto elegimos y hasta cierto punto juzgamos, en
este sentido el hecho de enamorarse no es verdaderamente romántico, no es de verdad la
gran aventura. En este sentido, la aventura suprema no es enamorarse. La aventura suprema
es nacer. Allí nos encontramos de repente en una trampa espléndida y estremecedora. Ahí
vemos de verdad algo que jamás habíamos soñado antes. Nuestro padre y nuestra madre
están al acecho, esperándonos, y saltan sobre nosotros como si fueran bandoleros detrás de
un matorral. Nuestro tío es una sorpresa. Nuestra tía es como un relámpago en un cielo
azul. Al entrar en la familia por el nacimiento entramos de verdad en un mundo
incalculable, en un mundo que tiene sus leyes propias y extrañas, en un mundo que podría
muy bien continuar su curso sin nosotros, en un mundo que no hemos fabricado nosotros.
En otras palabras, cuando entramos en la familia entramos en un cuento de hadas.

Este colorido, como el de un relato fantástico, debería pegarse a la familia y a nuestras


relaciones con ella durante toda la vida. El amor es la cosa más profunda en la vida; más
profundo que la misma realidad. Porque aun si la realidad resultara engañosa, a pesar de
todo no se podría probar que es insignificante o sin importancia. Si los hechos fueran
falsos, serían todavía muy extraños. Y este carácter extraño de la vida, este elemento
inesperado y hasta perverso de las cosas tal como acontecen, permanece incurablemente
interesante. Las circunstancias que podemos regular pueden hacerse mansas o pesimistas;
pero las «circunstancias sobre las que no tenemos control» permanecen como teñidas de
algo divino para aquellos que, como el señor Micawber, pueden invocarlas y renovar su
fuerza. La gente se pregunta por qué es la novela la forma más popular de literatura; por
qué se leen más novelas que libros científicos o de Metafísica. La razón es muy sencilla: es
que la novela es más verdadera que esos otros libros. La vida puede a veces aparecer
legítimamente como un libro científico. La vida puede a veces aparecer, y con mucha más
legitimidad, como un libro de Metafísica. Pero la vida es siempre una novela. Nuestra
existencia puede dejar de ser una canción; puede dejar de ser incluso un hermoso lamento.
Puede que nuestra existencia no sea una justicia inteligible ni siquiera una equivocación
reconocible. Pero nuestra existencia es, a pesar de todo eso, una historia. En el fiero
alfabeto de toda puesta de sol está escrito, «continuará en el próximo». Si tenemos
suficiente inteligencia, podemos terminar una deducción filosófica y exacta, y estar seguros
de que la estamos acabando correctamente. Con poder cerebral adecuado podríamos llevar
a cabo cualquier descubrimiento científico y estar seguros de que lo acabábamos
correctamente.

Pero ni siquiera con la más gigantesca inteligencia podríamos terminar el relato más
sencillo o el más tonto, y quedarnos seguros de que lo hemos terminado correctamente
Ocurre así porque un relato lleva por detrás, no sólo la inteligencia, que es parcialmente
mecánica, sino la voluntad, que en su esencia es algo divino. E1 escritor de una narración
puede enviar a su héroe al calabozo en el penúltimo capítulo, si así lo desea. Puede hacerlo
por el mismo capricho divino por el que el mismo autor puede ir al calabozo y después al
infierno, si así lo escoge. Y la misma civilización, aquella civilización caballeresca europea
que reafirmó la libertad en el siglo XIII, produjo lo que llamamos «ficción» en el XVIII.
Cuando Tomás de Aquino afirmó la libertad espiritual del ser humano, creó todas las malas
novelas que se encuentran en las bibliotecas circulantes.

Pero para que la vida sea para nosotros una historia o una historia de amor, es necesario que
una gran parte de ella sea decidida sin nuestro permiso. Si queremos que nuestra vida sea
un sistema, eso puede ser un fastidio; pero si queremos que sea un drama, es algo esencial.
Puede ocurrir a menudo, sin duda alguna, que un drama sea escrito por alguien que no es
muy de nuestro agrado. Pero nos gustaría todavía menos que el autor se presentara delante
del telón cada hora más o menos y descargara sobre nosotros toda la preocupación de
inventar por nuestra cuenta el acto siguiente. El ser humano tiene control sobre muchas
cosas en su vida; tiene control sobre un número suficiente de cosas para ser el héroe de una
novela. Pero si tuviera control sobre todas las cosas, habría tanto héroe que no habría
novela. Y la razón por la que las vidas de los ricos son en el fondo tan sosas y aburridas es
sencillamente porque pueden escoger los acontecimientos. Se aburren porque son
omnipotentes. No puede tener aventuras porque las fabrican a su medida. Lo que mantiene
a la vida como una aventura romántica y llena de ardorosas posibilidades es la existencia de
estas grandes limitaciones que nos fuerzan a todos a hacer frente a cosas que no nos gustan
o que no esperamos. En vano hablan los altivos modernos de estar en ambientes
incómodos. Estar metido en una aventura es estar metido en ambientes incómodos. Haber
nacido en esta Tierra es haber nacido en un ambiente incómodo, y por lo tanto, haber
nacido en una aventura. De todas estas grandes limitaciones y estructuras que modelan y
crean la poesía y la variedad de la vida, la familia es la más definitiva y la más importante.
De ahí que sea malentendida por los modernos que se imaginan que la aventura podría
existir en grado más perfecto, en un estado completo de los que ellos llaman libertad. Se
creen que si un hombre hace un gesto sería algo sorprendente y asombroso que el Sol se
cayera del cielo. Pero lo que es sorprendente y asombroso-la aventura romántica de la
misma existencia del Sol-es que no se cae del cielo. Buscan estas gentes bajo toda forma y
figura, un mundo donde no haya limitaciones-es decir, un mundo donde no haya contornos,
esto es, un mundo donde no hay figuras-. No hay nada más despreciable y ruin que esa
infinidad. Dicen que desean ser tan fuertes como el Universo, pero lo que realmente desean
es que el Universo entero sea tan débil como ellos mismos.