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Salvador Garmendia

Entre tías y putas


LA CA SA

Para Rafael Cadenas

La casa cruje, se empina sobre sus viejos garfios y


asoma solamente los ojos por encima del día que ahora
se levanta y es apenas un tono, una medida, una peque­
ña parte.

Luego, la casa se dobla hacia adentro y sus otras


letras aparecen en ese lado sin color, formando para mí
una palabra que debería poder leer perfectamente, pues
los caracteres que la forman son dibujos lineales y re­
cios. Sin embargo, la palabra pertenece a una lengua cu­
yas formas se evaden y sus sonidos parecen escapar por
las grietas de un cuerpo sumido en el sueño.
Debo cerrar los ojos. Esperar.

La casa regresa por partes y sus pasadizos se


abren sobre largos días de verano. Cada cosa cruje en
d sol. Las camas, arrimadas a los rincones, son peque­
ras tierras, explanadas vacías en apariencia debido a las
^ntinuas reversiones del blanco que las cubre. Te tien­
es a todo lo largo y oyes que el blanco de las sábanas
116 S alv a do r G armendu

germina debajo de ti (esa forma de infinitas aristas


se sorbe a sí misma), a tiempo que se resquebraba bajo
tu peso.
Las criaturas se multiplican bajo el efecto de un
polvo benéfico.

No haces un solo movimiento mientras permane­


ces tendido en la cama, asustado, pues la casa entera es
un recinto híbrido compuesto por innumerables for­
mas vivas, formas humanas desmedidas, incrustadas,
apelmazadas en fragmentos entre el barro reseco, los
troncos y las cañas podridas.
Entre tanto, miras el techo que es un trozo de sa­
bana muerta, donde crujen insectos. Junto al caballete,
hay un ojo de vidrio cuadrado que da paso a la luz. Y
ya no tienes tiempo de esconder la mirada. Un zamuro
ha posado sus patas ganchudas en el vidrio. Su risa debe
oírse lejos, en un mundo vacío que es todo blanco, del
tono de la lencería vieja. Y lo verás romper el vidrio que
ya tiene el tamaño del techo, por donde el pico curvo
entra como un garfio manchado de barro y orines y se
clava en medio de tus ojos.

El tío Juan aparece entre las flemas del cocuy y


sus ojitos brillan con chispitas de vidrio derretido.
Ha aparecido en el corredor con un aire de solda­
do viejo, restaurado y pintado de nuevo después de la
batalla.
Pero no viene solo y adormecido mirando al suelo
y rezongando como otras veces; el esqueleto del diablo
comienza a salí ríe del cuerpo y después se va llenando
de carne y se pinta de rojo y ahora salta delante de él y
va brincando y haciendo cabriolas por el corredor; has-
entrE T í a s Y PUTAS 117

que el tío Juan entra a su cuarto, detrás del tabique de


coleta que cubre el final del corredor.
-Siéntate ahí, muchachito -m e dice.
Transpira. El aliento oloroso le viene de la carne,
reblandecida entre los líquidos que manan de rincones
v bañan sus partes delicadas.
Sonríe porque ve el cielo en el lugar destinado a
los años pasados. Pronto se quedará dormido.

Emprendí un largo viaje, de mañana, por el camino


que se abrió delante rompiendo una pared de adobes.
Del otro lado, el cam po comenzó a crecer. Vi mo­
gotes de pascuas floridas y, a los lados, unas lomas de
tierra amarilla.
Mientras caminaba y los cerros levantaban cúpu­
las, borbotones rojos o de tonos morados, paredes de
hueso carcomidas, pensé con cierto sentimiento en mi
casa lejana y en las personas que allí morían sin darse
cuenta. Los cuartos, los corredores tibios y el color de
los patios eran el lugar de la muerte, donde el tiempo
cerraba sus lados e iba suprimiendo los ruidos.
Desde una altura, distinguí las formas de una ciudad
blanca, hacia la cual me encaminé de inmediato, sabiendo
que debía soportar el momento más duro del viaje.
Desapareció por com pleto el camino, orillado
por altas leíarias y todo alrededor fue tierra dura. Una
manada de piedras blancas de cortes afilados, muy cer­
ca unas de otras, guardaban cierta crispatura interior,
como si una repentina parálisis las sorprendiera en ese
instante, en medio de un alocado movimiento.
La anunciada ciudad debía encontrarse intacta,
aunque en una perspectiva lejana que ahora, tal vez, se
Atendía a mis espaldas.
J 18 Salvador G armerdu

Aun así, com enzaron a aparecer cieñas ruinas,


unas habitaciones destechadas, tapias de tierra apisona­
da y roja por donde salen copas de naranjillos y grana­
dos. El monte crece en las ventanas. Una raíz de mata­
palo propaga várices en el paredón de una iglesia.
Entonces, de nuevo en la casa me dio el olor del
cuanito del fondo, cuyo centro es la tiniebla de un hue­
co de letrina. Ahora, la casa se levanta, dispareja, cru­
jiendo y sus grietas se cierran sin ruido.

Va a llegar el m ediodía; está allí como una agüita,


que uno viene en carrera y la pasa de un brinco.
Pero no ves llegar la otra orilla y estás en el aire,
despernancado y con la boca abierta, en medio de un
tiempo que se estira dentro de ti y te mantiene en vuelo
por encima del vasto día.
Caerás alguna vez al otro lado y sentirás ese duro
rebote en los huesos.

La casa tiene una entrada que comunica con ella


misma, aunque en una edad diferente.
Los corredores han cam biado de orientación; ac­
túan en sentido opuesto a sus antiguos hábitos, lo cual
parece infundirles una viva energía. También la luz es
un tejido nervioso, irradiante.
Personajes curiosos, vestidos con abrigo y som­
brero de copa, parecidos en su embalaje oscuro a efec­
tos de almacén que acaban de ser desembarcados, se pa­
sean cruzando las habitaciones, internándose de prisa
en los patios a medida que se multiplican y pronto for­
man multitud. Una habilísima maniobra trueca el co­
rredor en una vasta plaza, donde cientos de mesurados
personajes se pasean.
fc,N* *

Unos árboles d elg a d o s y borrosos se alinean en


una orilla distante. L a s nubes son cúmulos dibujados a
Juma. Pasan d am as q u e parecen figuras de loza. Lle­
van un borbollón de se d as en la grupa.
Por fin m e en cu en tro solo en un banco de pie­
dra, frente a un c a m p o o n d u lad o donde ha comenzado
a caer la nieve.
Es silencio esto q u e cae en copos lentos, que pare­
cen surgir del aire. E n to n ces, una ligera mancha oscura
se percibe a lo lejo s (tal vez se trate de una astilla de ár­
bol) y de inm ediato esto y allí, inclinado junto al cuerpo
magro de mi ab u elo E zequ iel, muerto en Davos-Platz
acomienzos del sig lo .
Los c o p o s se endurecen en su barba. Sus ojos, que
no he visto nunca, se cierran sobre un campo de arrugas
profundas y h u esos m artillados.
Acaso no se parezca m ucho al retrato ovalado de
lasala, donde su cara dem asiado tierna todavía brota de
un trasfondo de h u m o; pero sin duda es mi abuelo Eze­
quiel, cubierto p o r la nieve, con sus manos huesudas y
secas unidas so b re el vientre y un corazoncito arrugado
bajo las capas del ab rigo. D e pronto, esos ojos se abren.
Un color gris p ro fu n d o tiñe hasta el fondo los globos
inmóviles.
Pero una lu z va saliendo de adentro, poco a poco,
y en esas pupilas qu e tienen el color de las litografías, se
aparece el d ibu jo de un puente de hierro costeado por
barandas y faroles, so b re el cual se deslizan carruajes ti­
rados por caballos, en m edio de una animada multitud.
Algo me induce a levantar los ojos. Por encima de
flota un g lo b o de co lo r azul, como una gota de tinta
que asciende. P u d o haber escapado de unas manos, en
*** multitud que ah ora se agita en cualquier lugar.
120 VJAKMKNDfy

El cielo es una lámina azul. El aire es limpio y res.


plandeciente.

El ojo de la bruja tapa un agujero del baharequC(


Su color es de barro y si meto en él un dedo, se hundirá
tras un chasquido lento.
Destapar una olla de repente, caminar hacia atrás,
llorar de noche, mirar mucho tiem po las brasas, son
momentos que se caen del lugar donde estuvieron sus­
pendidos entre un sinfín de cosas y al quedar solos y en
tensión, su vibración atrae a las brujas.
Las brujas sacuden sus fustanes llenos de ceniza,
corren encima de las mesas, sueltan vientos debajo de
las camas.
Alguna llega al extremo del día, una orilla afila­
da; se lanza y vuela un rato con las otras formando un
tejido de avispas. Al tiempo reaparece, saliendo por la
pared de la cocina.
Dos brujas viejas, vestidas con largos camisones,
se sientan juntas en un pretil del patio, bajo la mata de
resedá, cuando pasan las nueve de la noche.
Si uno se guía por las brasas de sus tabacos y les
tira una piedra, sólo escucha, a lo lejos, un chasquido
de hojas.

La casa que sale de la noche es un huevo de casa­


ra tierna. Pronto se abrirá en medio del sueño.
Mis tías conversan, ríen y se columpian en los me­
cedores del recibo. Ignoran que lo hacen en un tiempo
distante y velado, donde ellas son una historia que ha
sido contada mil veces.
A esta hora, los muertos de la casa se hallan cada
uno en su cuarto. Uno, se quita las polainas senado |§
Entre tías y putas 121

la cama; o tro , se m ece en el chinchorro; mi abuela se


peina un cab e llo m u y larg o , sentada delante del espejo.
Mis tías n o interrumpen su conversación; las tres
continúan sen tad as en el recibo, a pesar de que una de
ellas se dirige en este momento al anteportón, quita los
pasadores y despliega ambas hojas y por allí entra mi
tío Fran cisco, cabizbajo, trayendo una muía barcina del
diestro. Su cara es un nicho de huesos.
M is tías alzan la voz y hablan a un mismo tiem­
po, pretendiendo con ello ocultar el ruido de los cascos
herrados y las rudas botas de vaqueta que golpean los
ladrillos y también el resoplido de la bestia.
La grupa de la muía se mueve unos instantes en la
oscuridad del jardín. Una sombra que desaparece, era
mi tío Francisco.
La casa se pliega sobre sí misma. Es un lienzo do­
blado muchas veces y dejado al sereno, bajo un cielo
negro y estrellado.

De E l * ruco Ixgar p e s ilrie t Sd x B arra!, Barcelona, 1981.