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KNF31

El tiempo detenido y otras historias de África

© 2018, Lola Hierro


© 2018, Kailas Editorial, S. L.
Calle Tutor, 51, 7. 28008 Madrid
kailas@kailas.es

Fotos de interior: Lola Hierro


Foto de cubierta: Lola Hierro

Diseño de cubierta: Rafael Ricoy


Diseño interior y maquetación: Luis Brea Martínez

ISBN: 978-84-17248-23-9
Depósito Legal: M-10341-2018

Impreso en Artes Gráficas Cofás, S. A.

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Índice

Prólogo, por Xavier Aldekoa. Las Áfricas de Lola . . . . . . . . . . . 13


Introducción. ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? . . . 17
ETIOPÍA
Los más negros son los gumuz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
Un padre para los niños perdidos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
KENIA
No hay que temer a Lamu . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45
Arena en el pelo, sal en la piel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
La vida desde un matatu . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59
Un paseo por Kibera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67
Monos en la costa de Diani . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73
Espiando hipopótamos en Naivasha . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83
El niño que resurgió de la sangre de una vaca . . . . . . . . . . . . . . . 91
EN LA SABANA (FRONTERA ENTRE KENIA Y TANZANIA)
La teoría masái (primera parte) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99
La teoría masái (segunda parte) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
TANZANIA
Los mil verdes de las montañas Pare . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113
El tiempo detenido . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 121
Las campesinas del mar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 129
La sangre azul de Unguja . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133
Tierra de esclavos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139
La ciudad por todos ignorada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 147
UGANDA
Café arábiga, cascadas imposibles y una maratón . . . . . . . . . . . . 155
MALÍ
La vida pasa bajo la sombra de un mango . . . . . . . . . . . . . . . . . . 163
Un día en la clase de Doussou Fané . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169
NÍGER
Lo que nunca conté de Níger . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 175
BOTSUANA
Dormir como un rey y vivir como un mendigo . . . . . . . . . . . . . . 187
NAMIBIA
Donde el desierto y el mar se abrazan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197
ZIMBABUE
Vivir con dinero invisible . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 207
Epílogo, por José Naranjo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 219

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A mis mamas

A mi padre

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Nunca supe de una mañana en África
en la que al despertar no fuera feliz.
Ernest Hemingway

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Mapa de África, según la proyección de Peters.

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Prólogo, por Xavier Aldekoa

Las Áfricas de Lola

L
a primera vez que vi a Lola estuvo a punto
de pegarse un tortazo descomunal. Le acaba-
ban de conceder el premio Memorial Joan
Gomis de periodismo por su magnífico re-
portaje Por ser niñas, sobre la situación de la mujer en
Etiopía, y aquel día en Barcelona estaba radiante.
Diría que algo nerviosa, pero sería una suposición:
entonces no la conocía prácticamente nada y no sabía
si Lola sonreía tanto siempre o a veces como escudo.
El caso es que aquel día ella estaba exultante, y cuando
la llamaron al atril para recoger el premio, saltó del
sillón como un resorte. Feliz, sonriente, decidida. Y se
comió el escalón. Trastabilló, se tambaleó, abrió
mucho los brazos y estuvo a un tris de pegarse un le-
ñazo palabra de honor delante del jurado y de unas
gradas ya con la boca abierta. El público sostuvo un
segundo la respiración, pero como finalmente Lola

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aguantó el equilibrio y continuó su camino impertur-
bable hacia el micro, siguieron los aplausos. Y entonces
Lola fue más Lola que nunca: «¡Madre mía —dijo—,
casi me mato y la lío, ¿eh? ¡Buenas tardes a todos!». La
gente se desternilló.
Esa es la Lola Hierro que tiene, querido lector, aho-
ra mismo entre las manos. Este libro es esa alegría, ese
nerviosismo expectante, ese tropezón, esa naturalidad
y esa forma de no tomarse a uno mismo demasiado en
serio. Hace unos años, un amigo protestó porque yo no
era capaz de sacarme la próxima cobertura africana de
la cabeza. Entre cervezas, mientras veíamos un partido
de fútbol, le contaba detalles, puntos de vista e ideas
que pretendía llevar a cabo en el siguiente viaje. Em-
pecé a hacer un mapa en una servilleta para explicarle
por dónde pretendía cruzar la frontera y mi colega se
desesperó. «Joder, tío, ¿no puedes dejar de tomártelo
tan en serio un rato y ver al puto Messi tranquilamen-
te?». Lola va a África con el compromiso intacto pero
sin esa mochila de solemnidad. Vive África y exprime
el viaje; luego, escribe. Por eso al leerla apetece tanto
viajar con ella.
Lola me va a matar porque haya recuperado la
anécdota del Gomis, pero eso es solo porque aún no
sabe cómo voy a acabar este prólogo. Luego me com-
praré un billete solo de ida donde sea porque con Lola
pasa que me la creo. Llegó a África con tanta sed de
descubrimiento, tanta curiosidad y los ojos tan abier-
tos, que se olvidó de meter en la mochila el aura de
Indiana Jones. Viaja por el continente con la mirada de

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niño, eso tan difícil, y la curiosidad del periodista. A mí
siempre me parece un regalo que alguien pueda llegar
una y otra vez a un sitio nuevo pero, con su emoción
infinita por las pequeñas cosas, Lola llega siempre to-
davía.
África es un continente tan diverso que lo último
que necesita es una legión de uniformes. Acercarse a
esa tierra desde diferentes prismas, desde la seriedad,
la alegría, el llanto, la inspiración, la rabia o el humor
es casi una cuestión de justicia. No se trata de que, ata-
cados por la culpa, los periodistas cambiemos el tra-
dicional pesimismo con el que los medios se acercan
a la realidad africana por un buenismo irreal. No hay
países, ni pueblos, mejores que otros; tampoco allí en
el sur. Se trata de explicar la realidad de una tierra lle-
na de tantas virtudes e imperfecciones como las demás
pero, aun así, diferentes; y subrayar que por eso mismo
África es un lugar humano y extraordinario. Porque es
único como el resto.
Luego, permítame querido lector una confidencia
final. Lola tiene una caradura de aúpa. En una ocasión
me entrevistó en un hotel del centro de Madrid con
motivo de mi segundo libro. Llegó a la cita acelerada,
despeinada, disculpándose hasta con el camarero por
el retraso (ella lo negará) y, cuando por fin nos queda-
mos a solas en la mesa, tardó un microsegundo en con-
fesar: «Me vas a perdonar, Xavi, pero me ha llegado tu
libro esta mañana y no me he leído ni una frase, así que
va, explícame de qué va». Estuvimos charlando casi
una hora. Al día siguiente leí el resultado de aquella

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entrevista y me pasó lo de siempre: aún hoy creo que es una
de las mejores que me han hecho.
Con Lola ocurre que no importa que esté en Etiopía,
Zanzíbar, Namibia, recogiendo un premio en Barcelona o
en una mesa de un hotel céntrico de Madrid; siempre me
la imagino sacándole la lengua a la cámara y, de paso, a la
vida.

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Introducción

¿Qué hace una chica como tú en un sitio


como este?

«¿Q
ué hace una chica como tú en
un sitio como este?» fue la
pregunta del millón un 13 de
noviembre de 2014. En Adís
Abeba, la capital de Etiopía, llovía a las diez de la
noche. En las calles, empapadas y oscuras, sin apenas
farolas, solo permanecían algunos paisanos, resguarda-
dos en los portales, que cubrían sus cuerpos con grue-
sas mantas; tan solo las caras quedaban visibles. Y yo
era esa chica. Una mujer extranjera de treinta y un años
que pisaba África por primera vez. Sin más compañía que
una mochila al hombro y con más miedo que ver-
güenza. Maldiciendo, preguntándome por qué estaba
allí, qué había pasado en los últimos días para que, de
golpe, me viera fuera de mi seguro y confortable hogar
en Madrid y escupida allí, en medio de la nada más
remota, una noche de lluvia y oscuridad.

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Me propuse firmemente no llorar aquella primera
velada en un hostal con mejor fama que instalaciones.
La habitación, de techos altísimos, vieja y húmeda, no
resultaba muy acogedora. Los muebles crujían, la ven-
tana no cerraba bien, la cama estaba hundida por el
centro. No funcionaba la conexión wifi y ni siquiera
podía avisar a los míos de que había llegado, ni pedir
unos pocos ánimos virtuales. Recuerdo que me puse a
ver la película El lobo de Wall Street en mi ordenador
para intentar distraerme, reírme un poco, quitar hierro
al asunto. Al final, me dormí. Y sí, algo lloré.
Este fue mi desastroso estreno en África, un terri-
torio que hasta aquel noviembre de 2014 solo había
visto por televisión e Internet. Por entonces yo era pe-
riodista independiente y mi último trabajo me había
obligado a ponerme al día y empezar a aprender sobre
este continente. Una tarea inabarcable, por otra par-
te, pues estamos hablando de cincuenta y cuatro paí-
ses (cincuenta y cinco, si incluimos el Sáhara), dos mil
idiomas diferentes, más de mil doscientos millones de
habitantes y tantas historias como personas.
En mi imaginario permanecían los mismos tópicos
en los que creen otros profanos en la materia: pobreza,
guerra, hambre, niños con moscas en los ojos… Poco
más. Pero mi trabajo de los meses anteriores despertó
una curiosidad que antes no había sentido. Empeza-
ba a interesarme por esas tierras ignotas más allá del
Mediterráneo. Asomada a la pantalla de mi portátil,
empezaba a encontrar un sinnúmero de hilos de los
que me atraía tirar.

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En esas estaba cuando una ONG me ofreció acom-
pañarlos en un viaje a Etiopía, ese país en el cuerno de
África del que solo me venía a la mente la hambruna
de los años ochenta. Primero me ilusioné, pero mi gozo
se desmoronó al darme cuenta de que las condiciones
que pretendían imponer eran incompatibles con mi in-
dependencia periodística. Se abortó la misión, aunque
la bombilla ya se me había encendido: «¿Y si me voy
por mi cuenta?».
Tardé menos de una semana en comprar los vuelos
y menos de un mes en plantarme allí. Fue tan precipita-
do, tan excitante, tan intenso que, cuando toqué tierra
aquella noche en el aeropuerto de Adís Abeba, solo me
vino a la mente esa pregunta: «Pero ¿qué hago aquí?».
Como no podía ser de otra manera, la oscuridad
clareó, la lluvia cesó y el nuevo día trajo consigo un
sol bien grande y luminoso capaz de levantar el ánimo
más endeble. Aquella mañana salí a la calle y husmeé,
exploré, me perdí un poco, conocí a gente nueva, pre-
gunté y aprendí. A este día siguió otro, y otro, y otro.
Recompuse mis ideas sobre las historias que había
decidido documentar: el hambre escondida, los dere-
chos de las niñas o la falta de estos, las batallas diarias
contra enfermedades olvidadas… Durante el mes en
ruta encontré estas y otras muchas que, definitivamen-
te, plantaron en mi cerebro y mi corazón una semilla
de curiosidad y ganas de saber que ya no dejaría de
crecer.
Pasó el tiempo y regresé a casa. En el mismo aero-
puerto donde había aterrizado treinta días antes volví

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a lloriquear, pero esta vez por una nostalgia precoz,
por saber que dejaba atrás a personas a las que había
cogido cariño y quizá no volvería a ver, por un país que
en muy poco tiempo me había hecho pasar del miedo
al amor. Este fue el viaje que me cambió los esquemas.
A partir de entonces decidí que seguiría explorando
África, consciente, entonces y hoy, de que por mucho
que vea, escuche y aprenda, nunca sabré lo suficiente de
esta vastísima y diversa tierra. Desaprendí muchos este-
reotipos y aprendí tradiciones, rutinas, cotidianidades,
modernidad, emprendimientos… A Etiopía le siguieron
Kenia, Tanzania, Uganda, Malí, Níger, Costa de Marfil,
Botsuana, Namibia y Zimbabue, que son los países que
he visitado hasta ahora, algunos en varias ocasiones.
De forma paralela a estas expediciones, a veces a
título personal y otras por motivos laborales, fui escri-
biendo todas las peripecias que me iban sucediendo.
Lo hice en el blog que fundé en 2009, que se llama Re-
portera nómada. Se trata de un espacio personal don-
de recojo todas aquellas experiencias y reflexiones que,
por una razón u otra, se quedan fuera de los reportajes
y artículos que produzco de manera profesional. No
existe en mis relatos ningún afán aleccionador, más
bien al contrario: son los pensamientos e impresiones
de una mujer novata que viaja a lugares donde no ha
estado nunca y todo le sorprende: desde los paisajes
hasta las personas, desde los idiomas hasta la vesti-
menta, de la música a la gastronomía, de la tragedia a
la verbena, desde la bondad de un campesino hasta la
maldad de un policía corrupto.

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Al cierre de este libro, Reportera nómada cuenta
con trescientas cuarenta entradas, no todas sobre Áfri-
ca, pero sí la mayoría. Y seguirán aumentando, o al
menos eso es lo que planeo. Este libro nace gracias a
la voluntad de la editorial Kailas, cuyos responsables,
Ángel e Íñigo, contactaron conmigo para decirme que
les gustaba lo que escribo y que querían publicarlo.
Así, El tiempo detenido y otras historias de África está
compuesto por una selección de relatos recogidos du-
rante los últimos cuatro años, pulidos y actualizados
para la ocasión, así como de otros cuatro inéditos. Son
los titulados «El niño que resurgió de la sangre de una
vaca», «Dormir como un rey y vivir como un mendi-
go», «Donde el desierto y el mar se abrazan» y «Vivir
con dinero invisible».
El orden elegido para su lectura es cronológico, ya
que nos ha parecido el más coherente, pues creo que
se percibe una evolución en la manera de mirar África
desde aquellos primeros días en Etiopía hasta los úl-
timos que he pasado en Zimbabue. En la mayoría de
capítulos el interés se centra en los otros, en las perso-
nas que encuentro durante cada viaje y sus rutinas. No
obstante, existen algunos más subjetivos donde doy
rienda suelta a sentimientos o vierto opiniones; no hay
que perder de vista que estos textos, como he dicho,
pertenecen a un blog personal que habitualmente uti-
lizo como desahogo porque, para mí, escribir es tera-
péutico. Y por esta razón sucede también que en estos
relatos he recurrido en ocasiones a la primera persona,
algo que me tengo prohibido en mis artículos periodís-

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ticos porque creo que yo no debo ser protagonista ni
personaje de las historias de otros.
No quiero terminar esta introducción sin dar las
gracias a todas las personas que de una u otra mane-
ra han contribuido, a lo largo de mi vida, a que esté
logrando mi sueño de convertirme en escritora, algo
que mi abuela materna vaticinó cuando yo no tenía
más que ocho o nueve años. Ser periodista primero, y
escribir un libro después, me parecían palabras muy
mayores, y dudé mucho que llegara a conseguirlo al-
guna vez. Pero tenía razón. A ella le dedico este libro.
Tengo la inmensa fortuna de estar rodeada de per-
sonas que me quieren muchísimo y de verme ahora
en la tesitura de tener que resumir la lista de agrade-
cimientos para no sobrecargar al lector. Muy rápida-
mente, pero con todo el cariño del mundo, quiero dar
las gracias a Ángel e Íñigo, de Kailas, por esta maravi-
llosa oportunidad. A mis padres, hermanos, sobrinos y
a mi pareja, Jose, por estar siempre. A las Gómez y a mi
familia, también la asturiano-marbellí. A mis compa-
ñeras y resto de amistades de El País; a Thiago y demás
tertulianos del Shiray, a las y los colegas periodistas y
fotógrafos, especialmente a los amigos de Madrid, a mi
cuadrilla del Tian Tian y a los pocos pero excelentes
reporteros y reporteras que escriben sobre África y de
quienes tanto aprendo, sean nuevos o veteranos. Sobre
todo, a Xavier Aldekoa y a Pepe Naranjo, por aceptar
escribir el prólogo y el epílogo de este libro. A Miguel
Ángel Pérez Nieto, a los profesores y maestras que me
han inspirado, especialmente a Paco Salvador, Miguel

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Ángel Bastenier y Enrique Meneses, que ya no están. Sé
que les hubiera ilusionado tanto como a mí la publica-
ción de esta obra. También estoy muy agradecida a las
organizaciones que en algún momento me han facilita-
do el trabajo sobre el terreno y me han permitido acer-
carme a realidades que, de otra manera, hubiera sido
imposible conocer: Unicef, Acnur, Geólogos sin Fron-
teras, Osalde, el Programa Mundial de Alimentos, las
Misiones Salesianas, Survival, Médicos sin Fronteras,
Médicos del Mundo, Manos Unidas, Drone Adventu-
res, Ongawa, la Organización Mundial del Turismo y
Chimelong. Mis disculpas si me dejo a alguien.
Por último, los más importantes: todas las personas
que me han atendido y que han accedido a compartir
conmigo detalles de sus vidas en los lugares que he vi-
sitado, desde refugiados hasta políticos pasando por
artistas, médicos, amas de casa, granjeras y pastores.
Especialmente a la hermana Maru y al padre Roca, de
Etiopía; a Khadija, de Zanzíbar; a Antonio, mi amigo
angoleño; a Pedro, Frank, Kadiatu, Jacqueline y todos
los vecinos de mi pueblito maliense, Beleko. A todas las
personas buenas que se han cruzado en mi camino y
que espero seguir encontrándome. Porque pienso con-
tinuar viajando, contando historias y, de vez, en cuan-
do, volver a preguntarme: «¿Qué hace una chica como
tú en un sitio como este?».

Lola Hierro
Marzo de 2018

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Etiopía
Los más negros son los gumuz

E
n África hay muchas clases de negros.
Como de blancos en Europa, vamos. En Etio-
pía, también. Están los etíopes y eritreos que
se denominan a sí mismos habesha (abisinios)
porque comparten raíces semíticas. Ellos suelen tener
la piel más clara, los ojos grandes y las facciones más
angulosas. Luego hay otros como los gumuz, cuyo
tono es negrísimo, como el betún, y sus narices son más
chatas. Se parecen más a los vecinos del Sudán y, de
hecho, la mayoría de ellos está repartida en la frontera
con este país, junto al Nilo Azul. A ellos les hago una
visita para conocer cómo viven, cómo son sus aldeas…
Una no para de hacer descubrimientos en Etiopía, este
país del cuerno de África al que llegué hace escasas tres
semanas y que ha sido el primero que me he propuesto
conocer de los cincuenta y cuatro que conforman este
vasto continente.

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Claro está que no sé nada de estos gumuz antes de
que la hermana María (Maru), misionera combonia-
na que trabaja en programas de igualdad de género en
el vicariado de Nekemte, me hable de ellos y me invite
a acompañarla. Ella me explica que iremos a Badessa,
una aldea con cuyas mujeres ha empezado a trabajar
hace apenas tres meses.
Antes de partir me informo mínimamente. Y esto es
literal porque la conexión a Internet en esta parte del país
es pésima. Ni siquiera tengo 3G y el teléfono funciona
cuando quiere pero, más o menos, al final leo un par de
páginas que me dan alguna pista sobre esta etnia. Hasta
bien entrado el siglo xx, los gumuz eran vendidos como
esclavos, fueron discriminados y perseguidos. Su pre-
sencia en este territorio al noroeste del país ha sido muy
problemática porque es esta una tierra rica en oro, y eso
ha dado pie a conflictos armados. Ahora están más pro-
tegidos porque el Gobierno etíope creó una región para
ellos, la llamada Beninshangul-Gumuz, y han visto sus
derechos reconocidos. Aquí viven libremente casi ocho-
cientas mil almas, alejadas de las metrópolis que les son
tan ajenas y preservando su cultura y sus tradiciones.
No se me ocurre cómo alguna vez un gumuz ha
podido conocer una gran ciudad. Llegamos a Badessa
tras dos horas de camino en un todoterreno por pis-
tas de tierra. Ahora, que es temporada seca, se pueden
transitar con cierta facilidad —hay tramos que son es-
trechos, empinados… duros, vaya—. Durante esas dos
horas desde que dejamos la carretera principal, cada
vez encontramos menos seres vivos. No hay edificios,

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y las casas que se asoman no son más que chozas de
una estancia fabricadas con ramitas y adobe. No hay
nada que recuerde a un núcleo urbano, ni tan siquiera a
un pueblo. Ni una tienda, ni una calle, ni un centro de
salud, ni una granja… Solo árboles, cielo, sol. De vez en
cuando, un pastor con sus vacas. No me quiero imagi-
nar cómo será para un gumuz llegar a la población más
próxima en temporada de lluvias, cuando todos estos
caminos anaranjados y polvorientos se convierten en
terribles lodazales y el paso queda cortado para vehí-
culos y peatones. ¿Qué le pasará a una embarazada si
tiene una complicación en el parto? La hermana Maru
me contesta a esa pregunta: mueren muchas porque,
cuando llueve, se quedan incomunicadas en sus aldeas.
Los gumuz viven con extrema sencillez y no hay co-
ches, ni siquiera una bicicleta o un carro, que puedan
transportar a un enfermo o a una parturienta. Y aunque
los hubiera, tampoco se han construido carreteras de as-
falto, así que al menos un 25% de las mujeres que fallecen
durante el alumbramiento, lo hicieron por la ausencia
de un medio de transporte que las llevara a un hospi-
tal para practicarles una simple cesárea, según datos de
la ONU. No encuentro cuántas en su región perdieron
la vida a causa del parto o el sobreparto, pero el dato
general de toda Etiopía es devastador: 676 mujeres de
cada 100.000 nacidos vivos fallecen. En España, cuatro.
Con estas y otras explicaciones alcanzamos la aldea
de Badessa, donde la misa está a punto de comenzar.
Los gumuz no fueron evangelizados hasta los primeros
años del siglo xxi, pero lo cierto es que ahora lo están:

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son cristianos católicos y frecuentemente les visita un
sacerdote etíope habesha que oficia un servicio religio-
so al que me invitan y al que acudo sin muchas ganas
porque yo no soy creyente y ya pasé mis años de infan-
cia durmiéndome en los bancos de la iglesia cuando mi
abuela no miraba.
Pero esta misa es distinta, ¡aquí se canta! Pronto me
doy cuenta de que la ceremonia no va a ser como las de
mi pueblo. No entiendo ni una palabra de lo que cuen-
ta el cura, pero no importa, eso no es lo que llama mi
atención. La pequeña ermita está a rebosar de hombres,
mujeres y niños vestidos con ropa occidental de mil co-
lores que escuchan absortos a su pastor. La luz que te-
nuemente se filtra por las estrechas ventanas del templo
otorga un brillo azulado a los rostros negrísimos de los
feligreses, y el olor a humanidad pronto queda oculto
por el penetrante incienso que reparten unos chicos con
sotana parecidos a los monaguillos, botafumeiro me-
diante.
Nos levantamos, nos sentamos, nos arrodillamos.
El sermón, según me sopla Maru, va sobre hallar las
virtudes de cada uno, aquello que se nos da mejor, y
utilizarlo en provecho de la comunidad. Los que saben
recitan oraciones cuando toca. Y cantan. Cantan todo
el tiempo dirigidos por el coro de una quincena de va-
rones jóvenes de verde y blanco.
Luego de la misa, los forasteros blancos somos pre-
sentados a la comunidad, y la hermana Maru se dirige
a todos con ayuda de un intérprete para contar los si-
guientes pasos que van a dar dentro del programa de

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igualdad de género en esta diminuta población, que no
tiene más de veinte o treinta casas. En la calle, los niños
me miran con menos disimulo que en la iglesia. A algu-
nos les doy miedo, a otros les hago gracia. A las muje-
res, sobre todo las ancianas, las conquisto. Me besan las
manos, me abrazan, señalan el pendiente de mi nariz y
me enseñan los que ellas llevan. Los hombres me salu-
dan con un educado apretón de manos, parece que les
impongo por alguna razón que no adivino.
Tampoco entiendo lo que sucede a la hora del al-
muerzo, que compartimos con los hombres del pueblo.
¿Dónde se metieron las mujeres? Esto me hace ver tam-
bién que, aunque haya buena voluntad, queda mucho
camino por recorrer aún en materia de igualdad. Los
extranjeros desenvolvemos nuestros bocadillos de to-
mate, queso y mortadela traída de Italia por Giuseppe y
Dario, dos voluntarios que se alojan con las hermanas
combonianas. Sacamos también una enorme bolsa de
arpillera llena de pan que hemos comprado de camino
a Badessa para obsequiar a nuestros anfitriones. Come-
mos. Los blancos, los bocatas; los gumuz, solo el pan
que hemos traído. Me siento mal porque mi comida es
mejor, pero no puedo repartir una ración entre veinte
hombres. ¿Por qué no comen otra cosa? Me quedo con
ganas de preguntarlo, la verdad. Leo que cultivan sor-
go, cebollas y otras hortalizas, y que se alimentan de
gachas con verduras y salsas, pero no veo nada de eso
en esta mesa.
En la única casita de cemento y ladrillo que existe en
Badessa, la hermana Maru explica a los participantes

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de los programas de género lo que van a hacer. No
entiendo nada porque hablan en gumaz, su idioma
materno, pero sí traduzco las expresiones de interés y
compromiso de muchos rostros. Ellas y ellos quieren
participar, quieren saber. Durante los siguientes meses
no solo aprenderán a leer y escribir las que no sepan;
también adquirirán conocimientos sobre economía
doméstica, agricultura, cuidado de los hijos, higiene
e igualdad.
Veo muchos maridos en la sala prestando atención a
las indicaciones de Maru. Es importante que el hombre
esté abierto a escuchar que las mujeres tenemos dere-
chos y que tienen que consultar sus decisiones con sus
esposas, mandar a sus hijas al colegio y compartir las
tareas domésticas. Veo a los gumuz y siento que hay
esperanza para la mujer etíope. Tradicionalmente han
sido un poco tiranos con sus compañeras: ellas son la
piedra angular de la casa y de la familia, pero también
han sido asociadas con fuerzas diabólicas y, según me
cuenta la misionera, hasta hace dos días tenían que pa-
rir fuera de su casa, en el bosque, porque creen que da
mala suerte que se derrame sangre dentro del hogar.
Por esto mismo tampoco podían entrar en la vivienda
durante la menstruación.
Otra práctica muy significativa de la identidad gu-
muz que sigue dándose es el intercambio de hermanas
como esposas. Mi familia toma a una mujer para que
se case con uno de nosotros y a cambio le damos una
de las nuestras a los parientes del novio. Cuando tie-
nen solo diez años ya son entregadas en matrimonio,

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aunque solo se entregan al marido después de que ha-
yan tenido su primer periodo. También da coraje hablar
de la tremenda carga de trabajos que están obligadas a
realizar a diario: llevar leña y agua al hogar, ocuparse
de los hijos, lograr alimento para todos, ayudar en el
campo, etc.
Sin embargo, hay otras normas dentro de la socie-
dad gumuz que me sorprenden por equitativas: hom-
bres y mujeres pueden beber alcohol y fumar, y prácti-
cas como los malos tratos a las esposas o su abandono
son consideradas faltas graves. Luego conozco a muje-
res como Shumate, que tiene unos venticuatro años y
solo estudió hasta los diez, y siento esperanza cuando
ella y su marido me cuentan que planean enviar a sus
dos hijas al colegio hasta que acaben la educación se-
cundaria. La menor de ellas nació apenas diez días, y
observo cómo se cumple eso de que los padres deciden
los nombres en función de acontecimientos diarios im-
portantes, como un fenómeno natural o la visita de un
forastero: la bebé recibe el nombre de María, en honor
a la hermana Maru.
Mientras los niños más pequeños se revuelven en
brazos de sus atentas madres en el aula de la misionera
comboniana, fuera los mayores juegan con despreocu-
pación: una rueda de camión sirve de cama elástica; un
árbol, de columpio, y una extranjera blanca y rubia hace
las veces de objeto de estudio científico. Se me acercan
unos pocos, primero tímidos. En cuanto les hago una
foto, descubren que eso puede ser un buen pasatiempo
y me fríen a sonrisas, gritos, agarrones y llamadas de

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atención varias para que les haga más. Así pasamos el
rato hasta que la reunión de los adultos termina.
Llega la hora de irse, pues el camino es largo y el
sol se esconde pronto. Los gumuz dicen adiós con la
mano mientras el todoterreno se aleja trabajosamente.
Quienes pasan por delante de mi objetivo me hacen una
última mueca o saludo, y yo me pregunto qué deparará
el destino a esta pequeña aldea pegada al Nilo Azul.

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Un padre para los niños perdidos

M
i viaje va llegando a su fin. También el
interior, pero esta es otra historia. Hoy
quiero hablar de mi último destino,
aquel hacia el que me encamino muy
temprano desde Aksum, cuando no ha salido el sol. Se
trata de Adigrat, una ciudad situada muy al norte, en la
frontera entre Etiopía y Eritrea. ¿Por qué? Porque aquí
vive un hombre extraordinario al que tengo muchas ga-
nas de conocer: el padre Alfredo Roca, que lleva vein-
ticinco años velando por los niños huérfanos de esta
ciudad, entre los cuales están algunos de los primeros
apadrinados por familias españolas.
Poca gente ha oído hablar de este cura de origen
catalán. Es más famoso Ángel Olaran, su homólogo
en la vecina localidad de Wukro, que ha protagoniza-
do varios reportajes y relatos viajeros. Pero a mí me
interesa este de Adigrat, que tiene ochenta y un años

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y hace honor a su apellido: es duro y resistente como
el granito. Él inició el programa de apadrinamientos
de niños necesitados de esta ciudad y, aunque ha dado
unas cuantas vueltas por Etiopía en todos estos años,
aquí sigue con sus chavales, y no tiene ningunas ganas
de marcharse.
Me intriga el padre Roca, o Abba Roca, como se dice
en Etiopía. Solo alguien que me llame la atención pode-
rosamente puede conseguir que yo me levante a las cua-
tro de la madrugada, totalmente a oscuras, y me meta
en un autobús —el único que sale al día, que si no ya
me están viendo madrugar de semejante manera— para
adentrarme en esta montañosa frontera, a casi 3.000
metros sobre el nivel del mar. Aquí estoy un sábado de
diciembre, en la puerta de la estación de autocares en
compañía de un nutrido grupo de doñas envueltas en
sus enormes pañuelos blancos, pasando todas más frío
que en una sección de congelados. Solo que yo no tengo
con qué taparme.
En este momento de frío glacial, sueño, aburrimien-
to e incertidumbre al no saber qué autobús será el mío,
ni dónde se cogerá, ni cuánto dinero me clavarán, me
viene a la mente la necesidad de avisar de una costum-
bre muy puñetera de los etíopes: citarte una hora antes
en la estación. No sé por qué lo hacen, pero ya me la
he aprendido para no perder más el tiempo. Aquí los
vehículos de larga distancia salen tempranísimo: cin-
co, seis de la mañana, seis y media como tarde… Pero,
cuando preguntas, siempre te dicen que estés allí una
hora antes. Tú, viajera novata y temerosa de quedarte

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en tierra, apuras el tiempo y llegas todavía con otros
quince minutos de antelación, por si las moscas. Así, te
tiras una hora y cuarto como un pasmarote esperando
a poder montar en el autocar. Y hace frío en este país
cuando no hay sol, aviso. Mi recomendación es apare-
cer media hora más tarde de lo que dicen, y no apuro
más para que nadie me acuse de haber llegado tarde
por mi culpa. Pero vamos, que no hay miedo, porque
cuando te citan ni siquiera han abierto las puertas de
la estación…
Pongo rumbo a Adigrat muerta de sueño y envuel-
ta en un amanecer fantástico, de los más bonitos que
he encontrado desde que aterricé en Etiopía. El paisaje
que me acompaña todo el camino también es digno de
mención: vamos casi en constante ascenso por unas es-
carpadas montañas llenas de curvas. Da miedo mirar
hacia abajo, pero los campos, la gente, los animales, los
accidentes geográficos, el sol… Qué maravilla. ¡Cuánto
me gusta viajar en autobús por el mundo!
Adigrat está a unos 2.500 metros por encima del
nivel del mar y desde lo alto de la montaña que uno
atraviesa para llegar se ve la ciudad, que está más abajo,
blanca y desparramada sobre los campos parduzcos. El
padre Roca vive en la misión salesiana Don Bosco, a
las afueras, en un lugar de muy difícil acceso por la au-
sencia de asfalto y la irregularidad de la pista de tierra.
Esta es imponente, me recuerda a Gondor, la ciudad de
piedra del libro El señor de los anillos.
La misión Don Bosco es un soberbio complejo exca-
vado en la roca natural. Su aspecto es el de un antiguo

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feudo medieval. La entrada principal da a un amplio
patio de suelo de granito en cuyo centro hay un inmen-
so árbol rodeado por un banco. En este nivel están las
cocheras también. A los siguientes se accede por escale-
ras talladas desde la piedra original que conducen al vi-
sitante, a través de unos exuberantes huertos, hasta los
edificios principales, situados en lo más alto del com-
plejo. Desde aquí, las vistas a la ciudad de Adigrat son
impresionantes.
En Don Bosco se cultivan judías, tomates, lechugas,
cebollas, alfalfa, maíz, coles y zanahorias. Y más ve-
getales que no me vienen ahora a la cabeza. El padre
Roca se encarga de que los huertos estén en buenas
condiciones y todo crezca bien. También tienen vacas
que dan leche a diario y de la que se alimentan tanto
los habitantes de la misión como los más de cuatrocien-
tos niños del colegio anexo. Todos los alumnos reciben
cada mañana un vaso de leche fresca y un pan. Es muy
importante para ellos porque la mayoría viene de fami-
lias tan pobres que esta es su única comida decente del
día. Así está la cosa por aquí.
La casa de Don Bosco en Adigrat impresiona al ser
toda de roca desnuda y fría. Podría calificarse de solem-
ne, marcial, ruda… Como el rostro concentrado de un
soldado del medievo a punto de entrar en el fragor de la
batalla. Pero no es así. En Don Bosco se respira alegría
y no es por sus frondosos árboles ni por sus flores de
colores, ni por los huertos, ni por las vacas que pastan
plácidamente en su redil. Es por los niños de Adigrat.
Los huérfanos del padre Roca.

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En esta localidad se da una circunstancia bastante
deplorable que contrasta con lo que he observado en
otras partes del país: frente a la mojigatería, por lla-
marlo de alguna manera, de las jóvenes etíopes antes
de contraer matrimonio, aquí he encontrado que hay
muchísimas madres solteras con hijos de padres dife-
rentes. No se trata de una modernidad bien entendida,
de la decisión de ser madre sin ser esposa o novia. No,
porque estas mujeres no son económicamente indepen-
dientes, al contrario: viven en la miseria y no tienen ni
para alimentar a sus proles.
El fenómeno se explica si se tiene en cuenta el pa-
sado de la ciudad. Está muy cerca de la frontera entre
Eritrea y Etiopía, dos países que se separaron pacífica-
mente en 1993 pero que, posteriormente, en 1998, se
enzarzaron en una guerra atroz debido a las discrepan-
cias por la delimitación de sus territorios. El conflicto
acabó formalmente en el año 2000, pero hasta 2008
seguían unos mil setecientos cascos azules por la zona.
Hoy en día estas dos naciones no se hablan y mantie-
nen una frontera de 25 kilómetros vigilada a cada lado
por el ejército correspondiente para evitar incursiones
enemigas.
Algunas mujeres fueron violadas, otras se prosti-
tuyeron y otras, simplemente, fueron engatusadas por
soldados que les prometieron un futuro y, después, se
esfumaron. La hambruna del año 84 también llevó a
muchas personas a dejar el campo en busca de una ciu-
dad que creían mejor surtida. Por una razón u otra,
hoy en día cientos de madres sin dinero, formación ni

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parientes malviven con sus hijos, sin un cabeza de fami-
lia y sin recursos. Ocupan chozas de una sola estancia
que carecen de luz eléctrica, cocina o muebles. La que
mejor está tiene una cama y un fuego para hacer gachas
o injera, una torta típica de harina de teff. Algunas es-
tán enfermas, o eso dicen, y no trabajan, de modo que
se quedan en casa un día sí y otro también mientras sus
hijos visten con andrajos y vagabundean por los alrede-
dores en busca de algo que llevarse a la boca.
Estos son los niños del padre Roca, los que yo he en-
contrado al llegar a este lugar y los que me han robado
el corazón con sus sonrisas y su capacidad de resistir la
vida tan complicada que les ha tocado en suerte. Cuan-
do acaban el colegio, muchos de estos chicos y chicas
—los más pequeños, con sus madres— suben la mon-
taña hasta el hogar Don Bosco para jugar, ayudar en el
huerto o pasar el rato. El sacerdote es toda una estrella
de rock. Mayores y pequeños se le acercan allá a donde
va, le besan la mano en señal de respeto y le acompañan
durante todo su camino, tanto si le gusta como si no. Él
hace como que se queja, porque siempre le están pidien-
do dinero como si fuera un banquero, pero sonríe y no
cuela: le encanta estar con estos chicos. Algunos han sido
apadrinados por familias españolas; los que carecen de
padrinos reciben de los salesianos una pequeña ayuda
económica mensual. Además, varios ayudan en el huer-
to o realizan tareas domésticas de manera voluntaria en
el recinto, desde pasar la escoba hasta descargar un ca-
mión de paja para las vacas. Cuando acaban su tarea re-
ciben una compensación económica. Así se va tirando.

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El padre Roca siempre está apagando fuegos. Hoy
abren un salón de belleza para que una mujer se empie-
ce a ganar la vida, mañana compran un colchón para
otra que no tiene cama, pasado pagan la medicación de
una niña con reumatismo infantil… Todo esto es po-
sible gracias a donaciones económicas de particulares
que el Abba administra.
Aun así, estos niños y sus madres sufren graves ca-
rencias. Algunos se acercan y cuentan en un inglés muy
básico que ese día no han comido. Te lo dicen y se llevan
la mano a la boca cuando tú estás haciendo la digestión
del menú de dos platos y postre que te hace sentir como
un leviatán. Te indigesta el almuerzo, la verdad. Y no sé
si es verdad o mentira, si lo dicen para dar pena y que
les des algo. Pero cuando ves que la parte superior de
su brazo es del mismo grosor que el palo de una frego-
na, más bien les crees e intentas buscarles alguna cosa.
Espero que el padre Roca pueda perdonarme por haber
hecho desaparecer algún plátano que otro del comedor
durante mi estancia.
He pasado cinco días en Don Bosco. Solo iba a que-
darme un par y después tenía pensado poner rumbo
hacia las iglesias excavadas en la roca de Lalibela, que
son Patrimonio de la Humanidad, pero me siento tan a
gusto en Adigrat que decidí dar prioridad a las personas
en vez de a los monumentos. Y me he quedado.
Don Bosco es, además, centro juvenil, lugar de es-
tudio y residencia de doce salesianos que se preparan
para ser sacerdotes. Estos cinco días vivo en un semina-
rio acompañada de estos jóvenes hermanos que están

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estudiando para curas y de sus profesores, que ya lo
son. Todos se portan estupendamente conmigo, como
siempre desde que llegué a Etiopía, pero esta vez ha
sido muy gracioso vivir con ellos porque yo soy la única
mujer y me tratan con gran respeto y delicadeza. Me
siento como Blancanieves pero, en vez de siete enanitos,
tengo doce seminaristas. Eso sí, Abraham, uno de ellos,
ya me ha dejado claro que yo no soy la única señora de
la casa. «¿Y quién más hay?», le pregunto. «Ella», res-
ponde señalando una estatua de la virgen María. Hay
rivales contra las que no se puede competir.
Gracias a estos días extra he conocido cómo es la
vida en la misión. Don Bosco tiene un centro juvenil en
el que se organizan actividades deportivas, educativas
y lúdicas para los jóvenes. Durante el fin de semana
de mi estancia se organiza un concurso de preguntas
y respuestas en el que participan cinco institutos de la
ciudad. Es todo un acontecimiento. El salón de actos,
que es un enorme caserón construido recientemente
para albergar este tipo de actividades, se llena de niños
y adolescentes intrigados porque nunca hasta ahora
han participado en una competición así. En los bancos,
los asistentes, en silencio y portándose muy bien. En el
escenario, equipos de cuatro miembros de cada colegio,
muy concentrados y nerviosos.
La prueba tiene muchas rondas, cada una sobre una
materia y cada una con un modus operandi distinto.
Pasamos por el inglés, la historia, la geografía, la polí-
tica, la biología, las matemáticas y la física, entre otras
muchas. El momento más hilarante sucede cuando una

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los estudiantes tienen que adivinar quién es el persona-
je famoso de unas fotografías que se van proyectando.
Confunden a Angela Merkel con Hillary Clinton, luego
con no sé qué política de España… Y confunden la voz
de Martin Luther King con la de Obama. A decir ver-
dad, el concurso tiene fases bastante complicadas que
yo no hubiera superado ni en broma. Las de letras aún,
pero los estudiantes me dejan alucinada con su prepa-
ración en ciencias.
El domingo hay otra actividad muy interesante para
una forastera como la que escribe: la ceremonia del
café. Me he hinchado a café en Adigrat porque cada
entrevista que he hecho ha venido acompañada de uno
con toda su parafernalia, que en este país es mucha.
Pero está rico, muy rico. En el mismo centro juvenil se
prepara todo para tan solemne ocasión, que habitual-
mente dura entre dos y tres horas y se realiza tres veces
al día, cada vez que se reciben invitados en el hogar y
en fechas conmemorativas.
La ceremonia comienza con la preparación del es-
cenario: dos mesitas pequeñísimas y un taburete. En el
suelo, flores y hojas frescas. En el aire, incienso para
ahuyentar a los malos espíritus. En la banqueta se sien-
ta la mujer (siempre lo preparan ellas), en una de las
mesas se colocan las tacitas muy primorosamente y, en
la otra, que tiene unas brasas en la parte superior, se
empieza a calentar el agua en una vasija de arcilla. La
anfitriona, a continuación, usa la misma lumbre para
tostar unos granos de café verde en un recipiente pa-
recido a una sartén. Cuando empiezan a despedir olor,

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se pasea el cazo entre el público para percibir bien el
aroma… Buenísimo, claro. Por último, se muele el café
con un mortero.
Una vez molido, se vierte en el agua y se sirve con el
primer hervor en las tazas, que son de arcilla y sin asa.
Se tiene que dispensar de una a otra de un solo chorro,
dejando los posos en la cafetera. Además, se colocan
unos platos como las ruedas de un coche de grandes
con palomitas de maíz recién hechas, caramelos y ga-
lletas que se ofrecen a los invitados. Se sirven hasta tres
rondas: en la primera sabe más fuerte; en la última, más
suave. Según la tradición, con cada una de ellas, y gra-
cias a las propiedades del café, el espíritu de quienes lo
comparten se va transformando.
A los niños les dan refrescos, un trozo de pan y
unas galletas. Para ellos es una verdadera fiesta. Pien-
so en lo acostumbrados que están los chiquillos es-
pañoles a las chucherías, tanto que ya ni se inmutan
cuando comen una. Y luego tienes a estos que salivan
solo con ver los dulces. Les observo y vuelvo a mi in-
fancia, cuando nos hacía ilusión beber coca cola (solo
los domingos o las fiestas), comprar dulces, tener ropa
nueva… O, simplemente, cuando jugábamos en la calle
con un palo y unas chapas e inventábamos cualquier
estupidez para pasar el rato. Esto en España está dejan-
do de existir; los niños viven absorbidos por Internet,
los videojuegos… Y hay padres que tampoco los dejan
salir de casa ni mancharse la ropa ni hacer el burro. En
Adigrat, los niños corren, saltan, se caen, lloran, gritan,
arman bulla, se pelean, se reconcilian y se vuelven locos

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si les das una galleta o un refresco. Todos lucen heridas
de guerra por alguna parte y todos echan unas sonrisas
y dan unos abrazos que desarman.
He hecho especial amistad con dos muchachitas pre-
ciosas llamadas Abdulah y Trhass, de diez y doce años,
respectivamente. Son diminutas y no tienen nada de nada,
salvo buen humor. Conozco a Trhass según entro por la
puerta de Don Bosco. Me recibe con una sonrisa enor-
me y hace ademán de coger mi mochila para ayudar,
pero se la ve tan enclenque que me da verdadero miedo
que se rompa.
Abdulah llama mi atención cuando visito a su ma-
dre. Es tremendamente despierta, inteligente y alegre, y
creo que llegará lejos si se le da una oportunidad.
Durante mis últimos días en Adigrat, que transcu-
rren muy plácidamente, Trhass vive un momento espe-
cial: cuando nos vamos de compras para buscarle ropa
nueva. Viene llorando porque le han robado en el pues-
to del mercado que ella misma regenta cada vez que su
madre enferma, que es siempre. No sé si es verdad o
trola, el padre Alfredo tiene sus sospechas, pero aun así
decido regalarle un vestido. Iba a hacerlo de todas ma-
neras porque todos los días la veo con los mismos ha-
rapos sucios y rotos; simplemente adelanto el momen-
to. Nos vamos a unos quioscos de prendas de primera
mano y en menos de media hora tenemos un atuendo
entero nuevo y hasta zapatos. Y un chándal para su
hermano pequeño. Me gasto una pequeña fortuna para
el bolsillo de una mochilera porque me da la sensación
de que todos los vendedores se han aprovechado un

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poco de mi condición de extranjera y me han expri-
mido a base de bien pero, bueno, la cara de absoluto
éxtasis de la niña compensa la jugada.
Durante mi último día me dedico a no hacer nada
más que observar, descansar y pasar el rato con los chi-
quillos. Recogemos judías, vemos cómo los adolescen-
tes más ágiles y fuertes descargan un camión lleno de
paja para el ganado, y jugamos un rato hasta que no
queda más remedio que despedirse. Trhass llora, la po-
bre, y me dice: «Don’t forget me» (No me olvides), y
me da besos todo el tiempo. Abdulah no llora porque
esa niña solo sabe estar de guasa, pero también me llena
de abrazos, igual que Markus y Luam. Qué lindos son.
No los olvidaré.
Me queda una gran pena porque otra vez tengo que
irme y dejar atrás a personas que aprecio, pero también
me queda claro que, mientras el padre Roca esté por allí
cuidando del rebaño, estarán bien atendidos. Por algo
todos los niños me dicen que el Abba es su padre.

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