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El último Murena

31/ 07/2013 / POR PABLO LOVI ZIO

La nueva edición de La metáfora y lo sagrado (El Cuenco de Plata, 2012), es


una buena ocasión para volver tras los últimos pasos de Héctor Álvarez
Murena.

La metáfora y lo sagrado
Héctor Álvarez Murena
Prólogo de Silvio Mattoni
El Cuenco de Plata, 2012
104 páginas

Podríamos decir que la interrogación que atraviesa al “último Murena” es aquella que cuestiona
en virtud de qué condición o necesidad, es posible la existencia del arte. La respuesta que H.
A. Murena brinda en La metáfora y lo sagrado (1973) es que la condición del hombre es la
condición del arte y que ambos (el arte y el hombre) hallan su ultima ratio en la estructura de la
metáfora. En este sentido, los devenires del ensayo continúan entonces por la pregunta acerca
de esta estructura, y es allí donde Mundo, Hombre y Dios −en tanto dimensiones relacionales−
encuentran su vinculación más propia. Lo que constituye un terreno tan incierto como al mismo
tiempo tan transitado por el pensamiento filosófico contemporáneo (Franz Rosenzweig,
Emmanuel Lévinas, entre otros).

Analicemos detalladamente el recorrido mureniano:

“¿Qué es la metáfora? Su propio nombre habla. En la metáfora se ‘lleva’ (fero) ‘más allá’ (meta)
el sentido de los elementos concretos empleados para hacer la obra. ¿Se llevan más allá?
Llevar más allá lo sensible y lo mundano significa traer más acá al Otro Mundo. La metáfora
consiste en quebrar las asociaciones de uso común de los elementos concretos e instalarlos en
otro contexto en el cual componen otro mundo. (…) El impulso metafórico, cuando saca de su
marco habitual los elementos materiales de la metáfora, los cuestiona en tal medida, en lo que
suponíamos que constituía su ser consabido, que los vuelve traslúcidos, por un segundo
inexistentes. La metáfora deja ver que no existen ni la materia ni la metáfora, muestra la
posibilidad general de no existencia, lo no existente, lo infinito, Dios. (…) ‘Todo lo perecedero
no es más que semejanza’, dice Goethe en los versos finales de Fausto. Semejanza, metáfora:
también nosotros hemos sido llevados (fero) más allá (meta), es decir, traídos más acá, traídos
a esta tierra. (…) Si somos metáfora: ¿cómo llevar una vida metafórica? (…) Adán hablaba en
verso en el paraíso. (…) Adán expresaba que la vida del hombre es metafórica. (…) Resucitar
el Adán primordial exige llevar una vida metafórica. Volver a hablar en verso, igual que en el
Paraíso, representa la capacidad de recordar en forma activa la Ausencia: no buscarla en el
pasado ni esperarla en el futuro, sino hacer vivir el recuerdo en nuestro instante presente”[1].

Estos pasajes expresan una riqueza de sentidos que excede los que aquí podré desarrollar: si
el Hombre es artífice es porque él es obra, creación metafórica de Dios. Mas Dios no es sino el
nombre de una ausencia originaria que hace posible la metáfora. El Mundo es el rastro que
deja la metáfora en su movimiento. Una vida metafórica es la celebración de la metaforicidad
originaria, la multivocidad virtual de una Voz que hace sentido al abrir el infinito del sentido.
Una Voz que es al mismo tiempo Silencio primordial.

Resulta ejemplar la exégesis que Murena realiza a propósito del mito de la Torre de Babel
frente a la tradición canónica judeo-cristiana del Antiguo Testamento[2]. Al confundir las
lenguas −sostiene Murena− Yahveh emancipa al hombre, irónicamente, “de la locura del
discurso único, de la obsesión del regreso: le indica que el camino de retorno está para él sólo
a través de la aceptación de la diversidad”. Asimismo, de acuerdo con el autor de La cárcel de
la mente (1971), la simbología de Babel debe leerse junto a la de Pentecostés:

“Pentecostés es paralelo a Babel, pero es, sobre todo, lo contrario. (…) En Pentecostés late de
manera singular el afán de comunicar. ¿Comunicar qué? La Unidad. Como en el reino de la
diversidad esto es absolutamente imposible, se desfigura el orden natural del mundo, se hace
que unas criaturas hablen en lenguas que hasta ese instante ignoraban. Estas criaturas se
hallan inspiradas de manera especial. Así logran anular de manera repentina la distancia y, con
su fervor en el Otro Mundo, consiguen traerlo a éste, que se ve por ello transfigurado”[3].

Para Murena se trata de una afirmación conjunta de ambas parábolas bíblicas antes que una
oposición. Y paralelamente dentro de la conceptualización artística, Murena relaciona el
clasicismo con Babel y el romanticismo con Pentecostés. En este punto seguimos la reflexión
de Samuel Cabanchik: “El clasicismo, en su pretensión de representar el Mundo tal cual es,
reafirma la distancia que el artificio racional impone respecto del Paraíso perdido, mantenido
entonces como Unidad Ausente; el romanticismo, por su parte, al desfigurar al Mundo, trae el
Otro Mundo a éste, pero su osadía sacrifica la distancia al punto de transformar Este Mundo en
el Otro, diluyendo con su gesto todo vestigio de trascendencia; sumergiéndose enteramente
en La Historia”[4]. No obstante, en La metáfora y lo sagrado la duplicidad en tensión de
símbolos religiosos y de tendencias artísticas funciona como manifestación de la oscilación
metafórica, movimiento continuo a través de las dimensiones Mundo, Hombre y Dios.

Si al comienzo afirmamos la existencia de una estructura relacional compuesta por


dimensiones o términos (la tríada Mundo-Hombre-Dios), ahora −gracias a la interpretación del
“último Murena” que realiza Cabanchik en El abandono del mundo− podemos comprender que
se trata de la condición metafórica del Hombre, que es también la del Mundo y la de Dios.
Cada una de estas dimensiones precisa, al modo de un nudo borromeo, pasar por las otras. En
otras palabras, no es un detalle menor que el autor de El nombre secreto (1969) señale el
anclaje en la literalidad −la primacía del espíritu comunicativo-utilitario− como uno de los
mayores peligros de nuestro tiempo:

“La metáfora, con su multivocidad, pluralidad de sentidos, dice que está procurando decir lo
indecible: el silencio. (…) Los textos utilitarios, que pueden leerse con rapidez y que, si por un
lado nos fuerzan a salir de nosotros mediante la diversión o la información, por otro nos
empobrecen radicalmente al negar el blanco, el silencio, el misterio. (…) Hoy tocamos
límites”[5].

Según “el último Murena”, la pérdida de la humanidad significa la pérdida de la metaforicidad.


Lo que equivale a conjeturar −finalmente− que si queremos celebrar y practicar nuestra
condición de existentes humanos, metafóricos, debemos dejar el máximo de espacio posible al
movimiento de la metáfora.

[1] H. A. Murena, La metáfora y lo sagrado, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2012, pp. 68-69
y 77-79.

[2] “El episodio de Babel ha sido −es− considerado en general de índole negativa. Si se
adjudica a la acción de Yahveh el carácter de castigo, la castigada acción de los hombres brilla
como culpable”. Ídem, p. 91.

[3] Ídem, pp. 98 y ss.

[4] Samuel Manuel Cabanchik, El abandono del mundo, Buenos Aires, Grama ediciones, 2006,
p. 149.

[5] H. A. Murena, cit., pp. 63-64.