Está en la página 1de 95

INFANTIL • JUVENIL • ARRAYAN

N A R R A T I V A
El cisne y la luna relata, desde la perspectiva del joven Eliodoro,
la vida de María Cristina Burgos, profesora de una escuela rural
del sur de Chile. Por los recuerdos del joven desfilan sus com-
pañeros de escuela, los profesores, los sencillos habitantes del
pueblo de Kalkuhué y, especialmente, su abnegada maestra.
Gallegos demuestra toda su maestría en la poética descripción de
ambientes naturales y es capaz de sumergimos, con un lenguaje
vigoroso y emotivo, en una obra qpe se impone por su gran sin-
ceridad, sentido de realidad, desarrollo de mundos valóricos y de
crecimiento personal; aspectos que se cruzan en los personajes de
esta novela juvenil. Además, todo ello integrado al bello escenar-
io que brinda la imponente naturaleza del sur de Chile.
Manuel Gallegos. Narrador, dramaturgo y educador. Ha escrito
una serie de obras teatrales dedicadas a los niños, cuyos temas se
arraigan especialmente en las raíces folclóricas, en el juego infan-
til y en el mundo poético. Se destacan El carnaval de los ani-
males; Tres obras para Navidad; Encuentro en Tritón y otras ob-
ras y Mi Primer Teatro (Arrayán Editores). Por su incursión en la
narrativa, Arrayán Editores le ha publicado Travesía infernal;
Cuentos para no cortar, y, ahora, la novela El cisne y la luna.
EDITORES., 9 789562 403016
INFANTIL • JUVENIL • ARRAYÁN
Manuel Gallegos
Dirección de Colección E l cisne y la luna
Héctor Hidalgo González
Corrección de Estilo
Alejandro Cisternas Ulloa
N A R R A T I V A
Dirección Gráfica
Leonardo Vilches Robert
Diseño Gráfico
Equipo de Diseño Arrayán
Ilustraciones y cubierta
Carlos Miranda
Ilustraciones de\
Carlos Miranda
© Manuel Gallegos Abarca.
© Arrayán Editores S.A. Bernarda Morín 435, Providencia, Santiago de Chile.
Teléfono: (56-2) 431 4200 • Fax: (56-2) 431 4282.
http://www.an-ayan.cl • e-mail: arrayan@an-ayan.cl.
Inscripción N°: 119.937 • I.S.B.N.: 956-240-301-7,
Primera edición, junio de 2001. Segunda edición, octubre de 2003.
Reservados todos los derechos para todos los países. Prohibida su reproducción parcial o tota!,
bajo las sanciones establecidas en la ley Impreso en Chile por Imprenta Maval.
A María Teresa y Dolores Estela, mis queri-
das hermanas.
A Marcelo y Francisco, para que no olviden
la dura y hermosa labor de su madre como
maestra.
Y a Carmen Gloria Cereceda Bravo, inesti-
mable maestra y amiga.
;1
CAPÍTULO 1
liodoro se sentó a orillas del lago a observar el hori-
E zonte azul. Ante su vista, el nevado y silencioso volcán
Chelle* parecía acompañarlo en sus sentimientos. La mañana
estuvo fría y el cielo cubierto por un manto blanco de nubes,
l'cro a mediodía todo cambió. El sol despertó el azul más azul
lid lago y el verde más verde de los árboles y arbustos de la
ribera. Eliodoro había regresado al lugar que inevitablemente
lo arrastraba a un pasado doloroso. Había vivido y crecido en
esos parajes que marcaron en forma significativa su existencia.
Luego, completó sus estudios en otras ciudades y trabajó duro
paia alcanzar su propósito. Se sentía orgulloso y estaba agra-
Nota: Todas las palabras de origen mapuche escritas en cursiva aparecen con su
significado alfinalde la novela.
7
cí cisne y la luna
decido de las personas que estuvieron atentas de su formación i (mil llera de los Andes estallaba un gigantesco sol naranja, que
en los primeros años de la niñez. Pensando en estas cosas deci- H-parlía sus gajos dorados sobre las nubes.
dió permanecer allí y pasar la tarde a orillas del lago. Después, Desde ese particular refugio vio pasar por la vereda de
partiría rumbo a Kalkuhué, su aldea natal, para visitar a sus r i i l r t - n i c apurados a sus compañeros; ibanriendo,tiritando, con
padres. Reconocía que estaba tan ansioso como nostálgico y l.r, i aras enrojecidas por el frío. A esa misma hora, el destar-
en ese momento todo lo llevaba a recordar a su querida maes- i.ilado autobús rural se detuvo, cubriendo con su mole la anti-
tra, la señora María Cristina Burgos. No podía dejar de pensar l'iia lachada de tejuelas ennegrecidas de la escuela y, como una
en ella, pues había sido determinante en su formación en ese píllala que se rompe, bajó presurosa una parvada de niños. Entre
período de la vida tan importante como es la infancia. Así,
filos, también lo hizo el profesor Norberto Astudillo, quien al
con la mirada clavada en el bello paisaje en tomo al lago, se
ilivisar a Eliodoro esbozó una sonrisa irónica, diciéndole:
dispuso a rememorar los años en que estudió en su pueblo
—¡Esperas inútilmente a tu profesora, Píchíchel ¡Hoy no
natal. Y situó los recuerdos desde la vez en que la señora María
Cristina estuvo muy grave a causa de una lílcera originada por viene en el autobús!
exceso de tensión nerviosa. Pichiche era el apodo que sólo la maestra usaba en ciertas
ocasiones para dirigirse a él con cariño.
El y todos sus compañeros de curso se preocuparon bas-
—¿Qué quiere decir Pichiche, señora? —preguntó el niño
tante por lo que le ocurría a su querida maestra y le escribieron
cuando la maestra lo llamó de tal modo por primera vez.
al hospital contándole en detalle lo que pasaba en su ausencia.
Le enviaron dibujos y tarjetas, haciéndola reír y despertar en —Es una palabra mapuche, compuesta por pichi, que sig-
ella la alegría que siempre conocieron. Hasta que la maestra nifica 'pequeño, menudo', y che: 'gente'. Es decir, 'gente
finalmente volvió a clases y pareció que con ello todo regre- menuda' —le explicó dándole un alegre y sonoro beso.
saba a la normalidad. Mientras los niños desocupaban el autobús, el vehículo
No había un día de clases en que Eliodoro, junto a su expelía una humareda oscura a través del tubo de escape y
perro, no esperara a la maestra bajo el coigüe que crecía en la después partía de nuevo.
acera opuesta a la escuela. El pequeño observaba cómo el cielo Eliodoro miró al profesor y con inquietud le preguntó:
típico de las mañanas luminosas de junio resplandecía entre —¿Estará enferma, señor?
las hojas verde oscuro del árbol, mientras sobre el lomo de la
El hombre, vestido de cuello y corbata, con el temo gris
8 9
Manuel Gallegos El cisne y la luna
claro de siempre y unos gastados botines de reno, levantó los aborígenes del lugar. El otro, un volcán mayor, con la cúspide
hombros al mismo tiempo que expresaba un lacónico "quizás". destrozada a causa de innumerables erupciones ocurridas hace
El cabello negro peinado a la gomina hacía sobresalir aún más cientos de años, semejaba un nido gigante, motivo que impulsó
su prominente nariz. Los niños siempre la imaginaban cre- a la gente a llamario Rucamanqui, es decir, 'nido de cóndores'.
ciendo como la de Pinocho; de allí el origen del apodo que le
El niño tenía la esperanza, como había sucedido en oca-
tenían, acuñado y conocido sólo entre ellos. E l profesor Astu-
siones anteriores, de que la maestra llegara en taxi colectivo.
dillo acostumbraba husmear en todos los rincones. A causa de
Pero no la divisaba. Entonces, prefirió voltear la cabeza hacia
esto, en las pupilas de los pequeños se repetía la imagen de una
el oriente, distinguiendo a un kilómetro el aserradero, situado
nariz saliendo de la oficina del director; también de la sala de
enfrente del escuálido servicentro que poseía tan solo una ben-
profesores, del patio, de la cocina y de las salas de clases, siem-
cinera. En la cercanía se erguían las casas ordenadas en líneas
pre apareciendo y esfumándose con una rapidez asombrosa. La
paralelas, dispuestas hacia el norte, a uno y otro lado de las
nariz era tal vez un poco más grande de lo corriente, pero la
calles sin pavimentar del pueblo de Kalkuhué. En verdad, el
actitud del personaje la convertía en descomunal.
pueblo se ajustaba más a las dimensiones de una aldea, y tan
Eliodoro, con una tierna sonrisa dibujada en su rostro cierto era esto, que ni siquiera aparecía en los mapas o guías
moreno y redondo, observó a su perro Anti, su inseparable turísticas, por lo que intentar ubicarlo se convertía en una
amigo. Enseguida le pasó la mano sobre el pelaje color oro tarea inútil. Las casas, construidas en madera, eran de baja
de la cabeza y le ordenó regresar a casa. E l animal movió la altura, sencillas y cubiertas con tejuelas de alerce oscurecidas
cola y oliendo las bastillas deshinchadas de los pantalones de por el sol, por la lluvia y los años; estas modestas viviendas
su amo dio media vuelta y siguió la ruta hecha a diario, por reflejaban tanto en el exterior como en el interior la pobreza
la berma. Él, en cambio, con el cabello revuelto por el viento, de quienes moraban en ellas. L a mayoría de los hombres
avanzó unos pasos hasta la orilla del camino. Allí se quedó del pueblo trabajaba en el aserradero y las mujeres atendían
mirando la larga cinta de cemento que parecía incrustarse en sus casas y, a la vez, se ocupaban en las diversas labores del
medio de los dos volcanes: el Chelle y el Rucamanqui. E l campo. v
primero, menudo y fino, cubierto de nieves eternas desde la Kalkuhué no había cambiado tanto. En términos generales,
cintura hasta su cima redondeada y suave. Parecía justificar se mantenía igual desde su fundación, realizada por los colo-
el significado de su nombre, 'gaviota pequeña', dado por los nos germanos a mediados del siglo XIX, quienes recibieron
12 13
iviamet uaiiegos El cisne y la luna
aquellas tierras de manos del gobierno chileno cuando el lugar .1 I k i i i / o n l e un taxi colectivo. Es que a Eliodoro no le gustaba
aún se encontraba cubierto por bosques impenetrables. Las 1.1 i s i l í e l a sin la "señora"; con ella todo era distinto. Cuando la
tierras en ese tiempo estaban escasamente habitadas por sus maestra se enfermaba, sentía las duras miradas de los profesó-
primeros dueños naturales: los cuneos y huilliches. Tres siglos l e . i | i i e se hacían cargo del curso, además de las llamadas de
después, los españoles habían abierto senderos a través de aiciición, anotaciones y el obligado regreso temprano a casa.
estos territorios, formando pueblos a fuerza de hachas, espa- Apenas el automóvil estuvo cerca, el niño identificó a la
das y de la religión. Posteriormente, por esas mismas sendas sciiDia María Cristina y cuando se detuvo frente a la entrada,
pasaron los colonos alemanes en busca de la tierra prometida M- apresuró a recibiría. Ella acostumbraba a vestir de manera
y, estableciéndose en diferentes sectores, rozaron los bosques,
i n l o i n i a l , combinando con delicado gusto los colores alegres
levantaron sus casas y se dedicaron al cultivo de la tierra y a la
( | i i i - l e hacían resaltar el cabello castaño y lafinuradel rostro.
cría de animales.
I a maestra sonrió y saludó a Eliodoro mientras éste asía su
Con el paso de los años, interesados en dar educación a sus enorme maletín. Tomado de la mano de la profesora el niño
hijos, los colonos alemanes construyeron una escuela a ori- i i i i / i ) l a descascarada puerta del edificio. Un grupo de esco-
llas del camino principal y, poco a poco, en las inmediaciones l a i i s acudió feliz a darle la bienvenida, como si ella hubiera
fueron surgiendo las casas de los obreros y campesinos chile- rstailo ausente durante largos meses. j ; ; ;;,,!;
nos contratados por los pertinaces europeos. Después, los hijos l i a n niños nacidos y criados en el campo, abiertamente
de los inquilinos pudieron asistir a clases allí, conservándose ili-mostrativos y necesitados de afecto. Consideraban la escuela
desde entonces el mismo edificio que conoció Eliodoro como i u m o su segundo hogar o, tal vez, el primero para muchos. Por
escuela. Por último, a la salida del caserío instalaron el campo esa la/ón, rara vez faltaban a clases, a pesar de las intermina-
santo y una iglesia, de tal manera que el visitante siempre se
l i l i s lluvias, del frío o de los intensos temporales de viento, tan
encontraba primero con los muertos y luego con los vivos. Así
pi opios de esa zona sureña.
nació Kalkuhué y Eliodoro pensó que así se iba a quedar, al
l i l i e l pasillo apareció la nariz del profesor Norberto Astu-
parecer, por largo tiempo.
i l i l l o . quien se sorprendió de ver al niño muy orgulloso tomado
El niño demoró lo que más pudo en traspasar la reja de la lie la mano de la maestra. Entonces Eliodoro lo miró de reojo
escuela, mirando a cada instante el camino. De pronto, de un V pasi) muy cerca de él esbozando una leve sonrisa triunfadora
segundo a otro, su corazón dio un salto de alegría al divisar en 111 MIS labios, como queriendo decir: "¡Te va a crecer la nariz,
14 15
Manuel uallegos El cisne y la luna
Pinocho mentiroso!". Al niño le daba la impresión de que el I ' l u l i i . i unos cincuenta años y con tan sólo dos haciendo clases
profesor Astudillo tenía celos por el cariño que todos sentían 1M l.i istiiela. La profesora poseía la curiosa obsesión de tocar
por la maestra, porque sus alumnos no lo esperaban como lo l.i 1 .iiiipana para los recreos, ocultando, quizás, detrás de ese
hacían con ella. . - m'sio un liesconocido trauma, reflejado también en su rostro
priii-o y malhumorado, contradiciendo la alegría de su apellido
En caso de que hiciera un hermoso día, la señora María
|i,lll'IIUI.
Cristina les había prometido ir de excursión al río Ñipaco,
del que constantemente ellos le hablaban, en especial de sus I .11 oliimna avanzó siguiendo la orilla del camino en direc-
paseos durante el verano y de cómo se bañaban en el río. 1 m i l poiiK-nte, semejando el vuelo de una bandada de fárdelas
Para alegría de todos, esa mañana el sol escaló la ciíspide en pcrlecla formación sobre el océano. Los niños no paraban
del volcán Chelle, iluminando todo el valle central cubierto de 11> I r 11 y de agobiar a la maestra con preguntas.
pampas y bosquedales. Eso bastó para que el curso la esperara lín pt)cos minutos atravesaron el terreno destinado hacía
con ansiedad. ; :••> " u . „ - ; . ,í- m i i i l u i s años para que allí se construyera la plaza de Kalkuhué.
Media hora más tarde, ante la mirada disimulada de los I'i MI i l lugar aún permanecía en total abandono, cubierto de
otros profesores, el 4° básico formado en dos filas cruzó el i i i . i l i / a y sólo demarcado por unos esmirriados aromos; allí los
portal de la escuela. La maestra, por casualidad, alcanzó a iiiiiii'. lugaban al fútbol hasta el anochecer.
vislumbrar un conjunto de sonrisas sarcásticas en los rostros Al dejar atrás la última calle de la aldea, arribaron frente
de algunos profesores asomados al ventanal de la oficina del ii l a lijMiia de La Virgen de las Lomas. En medio de verdes
director. Estos rara vez sacaban a los estudiantes de la sala, y (iiidiilantes pampas y rodeada por un cerco de varas del-
salvo para las clases de Educación Física y para la Operación
j J i u l a s , se elevaba lafigurade la Virgen con el Niño Jesús en
DEYSE. / ' j h M ^ ' V í í ' i o - ' ^ n i j i - i ; h,,;
Ims hra/Ds; ambas imágenes estaban pintadas completamente
"Es mucho trabajo", dijo en una ocasión Róbinson Gatica, i l 1 o l o r blanco. En tomo al pedestal que sostenía a la Virgen
un profesor alto, moreno y con pinta de galán de cine, al que l i a l i i a i i plantado hortensias azules, moradas, rojas y blancas. Sin
todos llamaban "Padre Gatica, el que predica y no practica". i i i i l i . i i i ' o , con la llegada de la primavera y el verano todo ese
"¿Y si les pasa algo a los chicos? ¡No, no, no, es demasiada i ' s p a c i o se cubría con margaritas y dedales de oro. En el cielo,
responsabilidad", agregó esa vez Trinidad Montealegre, cono- l.r. roloiulrinas dibujaban coronas invisibles, e instalada en la
cida por los niños con el apodo de La Loca de la Campana. l'iini.i tk- un estacón, una solitaria loica observaba el entorno
16 17
El cisne y la luna
con curiosidad, mientras media docena de Lliqui-llique embe- Niños, ¿conocen ese árbol? —preguntó la maestra, indi-
llecía con sus delicados trinos el apacible altar campestre. . .nido un ejemplar cubierto de hojas grandes, coloreadas de un
Los niños se acercaron a la Virgen, mirándola con respeto y vi-KÍi- intenso y verde-celeste pálido por el envés.
veneración. La maestra, como otras veces, los estimuló a que le ¡Un canelo! —irmmpió Gabriel, brillándole su cabello
cantaran canciones aprendidas en clase. Sin esperar un minuto, iii)'io. I'l muchacho, de contextura frágil y delgada, poseía una
las voces surgieron con naturalidad, elevándose hasta acompa- limada inteligente, siempre alerta. Su espíritu inquieto lo hacía
ñar el vuelo juguetón de las golondrinas. Los pájaros parecían aparecer superior a los demás y normalmente se trenzaba en
reconocer a los chicos, ya que acostumbraban a observarlos disi iisiones con los compañeros del curso.
salir y entrar desde la comisa de la sala de clases.
IY ese otro es un ulmo, señora! —exclamó la menuda y
La maestra oró en silencio. Pareció como si rogara tener la lunilla Teresa.
suficiente fuerza para soportar el dolor causado por la actitud
,, Y por qué la miel de ulmo es blanca? —consultó Soledad,
desconsiderada de los demás profesores. Una vez le comentó
iii(i\o en gracioso vaivén unas largas trenzas castañas.
a Alba Barría que, quizás, era ella la equivocada y quien debía
hacer un esfuerzo para ser como los otros. Sin embargo, esta ¡La miel de ulmo es blanca porque susfloresson blancas!
sola posibilidad, "ser como los otros", le abría grietas en el roniestó en el acto Cecilia con su voz ronca, pestañeando dos
alma. "Para mí, ser como los otros, sería igual que morir de a .u iiiiinas negras en el rostro delgado y mate, viéndose aún más
pausa", le afirmó en esa ocasión a su amiga. Cuando los niños moieiia por el cabello azabache derramado sobre los hombros.
concluyeron sus cantos se despidieron en silencio de la Santa ¡No tiene nada que ver! —intervino el corpulento David,
Madre y retomaron el camino de regreso. .il momento de afirmar los lentes entre su desordenada cabellera
Más allá de la Virgen de las Lomas, a partir de ambas castaña. Las niñas huían de él por su diaria manía de correr como
riberas del camino, se extendían los campos cuidadosamente i aballo desbocado a través de los pasillos de la escuela.
labrados por los colonos alemanes, irguiéndose de trecho en ¡Sí tiene que ver! ¿Verdad, señora? —aclaró Cecilia,
trecho algún robusto y solitario roble cual guardián en medio i|iiirii se apoyó como siempre en la mirada de la maestra, a
de la pampa. Los treinta muchachos del curso parecían reflejar i|iiii-ii adoraba. Entonces, inspirando profundo, volvió a expli-
la alegría del canto de los gorriones al amanecer, observándolo rai: ¡La miel de ulmo es blanca porque las abejas obtienen
todo con jubiloso asombro. el néctar de sus flores!
18 19
ifiunutl KjaUt^OS El cisne y la luna
—Cecilia tiene razón —afirmó la profesora. En ese preciso voces de los niños parecían pájaros en vuelo sobre el asfalto, se
segundo, María Estela desvió la atención del grupo: •! • encumbraban a la copa de los árboles y caían otra vez al camino.
—¡Miren esas bandurrias! —exclamó empinada en la punta Así prosiguieron interpretando variadas canciones, algunas
de los pies. A ella los niños le tenían el apodo de "La Fosfo- tradicionales y otras creadas por la profesora. Tenían fama de
rito", debido a la delgadez de su cuerpo. No obstante, María ser buenos cantantes. Aparte de hacerlo por gusto, la maestra
Estela escondía un alma en extremo sensible y sus lágrimas los motivaba aún más. Cuando escuchaba música se sentía en
siempre estaban a punto de dar un brinco por alguna situación comunión con el mundo; era el más delicioso regalo para su
triste o por un simple llamado de atención de la maestra. alma. Por eso don Gustavo, su marido, muchas veces la sor-
Con la bandada de pájaros frente a sus ojos, Eliodoro se prendía con una nueva grabación musical de regalo, lo que
acercó al alambrado y gritándoles a todo pulmón hizo que alegraba su espíritu infinitamente. Durante la semana, en repe-
levantaran el vuelo y cruzaran el camino graznando, tal como tidas ocasiones, por no decir todos los días, se oían las voces
si formaran parte de una compañía de soldados que alerta con de los niños interpretando hermosos cantos en la sala de clases.
sones de trompetas la aparición del enemigo. Todos aplaudie- En cierta oportunidad, la profesora Olga Rebolledo comentó a
ron felices la travesura, maravillados con el paso del enorme su colega Verónica Matamala: —¡Ya comenzó el concierto de
escuadrón sobre sus cabezas. "Los Niños Cantores de Viena"! —Las dos mujeres rieron a
carcajadas de la broma, pero, al darse vuelta, quedaron conge-
La caminata continuó sin novedad por unos minutos, hasta
ladas al descubrir a la señora María Cristina.
que la maestra, dándose cuenta del cansancio del grupo, expre-
sado en un repentino silencio, los alentó a que cantaran de El camino hasta el río parecía alargarse como una masa de
nuevo. pan, bajando y subiendo; entretanto, el sol rebotaba en el pavi-
mento por donde pasaba el grupo de niños. De vez en cuando
—¡El Pon-Pon, señora! —propuso Elisa, la mejor alumna
los conductores de algunos vehículos hacían sonar las bocinas
del curso. Esbelta, de bonitafigura,su característico moño "cola
para advertir su presencia, saludando o gritándole piropos a
de caballo" llamaba tanto la atención como su inteligencia.
la maestra, los que eran recibidos por los chicos con risas y
La propuesta fue aprobada unánimemente y, marcando el aplausos.
ritmo con las manos, comenzaron a entonar aquella canción de
Transcurridos tres cuartos de hora llegaron por fin al des-
ese perro regalón al que no le gustaba vivir en la ciudad. Las
tino. Pero la desilusión fue mayúscula: el río Ñipaco se había
20 21
Manuel Gallegos
El cisne y la luna
convertido en apenas un arroyo cubierto de arbustos y
I US demás, atraídos por la conversación, se agruparon ake-
nialezas que impedíate arribar a las orillas. Para David ésta
(li d n i i l i ' ambos. . :. . ; ... , , ;
la oportunidad de exhibir sus conocimientos y cualida-
de líder. Convencí <^ a la maestra a que bajaran a través I rviiium. significa "Cóndor veloz" y Naimán "Cóndor
'^^ Una senda descubierta por él, abriéndose paso entre coli- lil'h' Man es cóndor; Levi, veloz y Nai, libre.
Sües, matas de murtal» arrayanes _y sauces chilenos hasta "( ondor veloz y libre" —resumió la maestra.
desembocar en una e^'igua poza, donde se refrescaron la
I'ionlo Eliodoro advirtió que no todos los presentes estaban
cabeza y el rostro. L a profesora no los autorizó a mojarse
• i i i i i ' . l i ' i l í o s de la conversación. Diego, famoso por lo desorde-
"^ás, provocando la in\}^^^ protesta de David y de sus segui-
11.lili) \, a pesar de su privilegiada inteUgencia, grító:
dores ocasionales.
, .S1111 |iapá es indio, entonces tú también lo eres!
"^Niños —les habló maestra, intentando cambiar el centro
J^"-¿Y tú le crees gringo porque tienes el pelo rubio y los
de atención—, el nombf^ de esteríoes "Ñipaco". Una palabra
i i | n s a/ules? ¡De dónde saliste, cuando eres más chileno que
de Origen mapuche. ¿Sal?^ alguno de ustedes su significado?
l i i ' . p i i i o t o s c o n rienda"! —le gritó Andrés en defensa de Elio-
Ellos se miraron repitiendo la palabra Ñipaco una y otra vez i l i M i i , i l a i i d o l e además un empujón a Diego. Este le respondió
eon elfinde encontrarle sentido.
m i l un manotazo en el hombro y entonces el defensor volvió
^Anoche, señora —intervino Eliodoro—, cuando le conté a l a I .ii)'a laii/.ándose con todas sus fuerzas sobre el insolente,
a mi papá del paseo, él i^e preguntó también sobre el nombre ili|.inilolo estirado en el suelo. / --
del río y, como no lo s^'^ía, me dijo que Ñipaco significaba ¡ Hasta niños! ¡No deben golpearse! —intervino la maes-
"agu^ del arbolillo". Él P sabe porque, es mapuche y recuerda li.i aviulaiido al caído. '''^ í;-;.-Ofi:, •
•cuchas palabras de su lengua.
Andrés se quedó esperando, con el rostro y el pecho agi-
--"Agua del arbolillo" —repitió la maestra—. ¡Es un her- i . i i l i i I s i e muchacho era conocido como "el papá" del curso
moso nombre, niños! . . |ii'i los u-iterados intentos de imponer orden, a pesar de recu-
usted, señora, ¿s3t>e el significado de mi apellido Levi- 11II m i l i has veces sólo a los puños para conseguirlo. Corpu-
'^n hjaimárf! —le pregu<^tó entusiasm ado Eliodoro. li i i i i -. t i l -
ojos verdes y cabello castaño, poseía mal humor y un
El cisne y la luna
Manuel Gallegos
plena colonización germana, algunos se relacionaron con chi-
busca ele los panes de tiza, la leña o cualquier otro imprevisto
lenas, dando vida a hijos morenos, otros de cabellos rubios,
surgido en clases. E l día, para Andrés, comenzaba a las cinco
castaños y ojos azules o verdes. Esas diferencias físicas no
lie la mañana, ayudándole a su padre en la lechada y otras labo-
deben constituir la causa de insultos o golpes. Ahora somos
ivs del campo. Después, desayunaba un tazón de leche acom-
todos chilenos. ¡Es importante saber acerca de nuestro origen,
pañado de churrascos o, y luego, con la mochila al hombro y
pero no para terminar enemistados! ¿No les parece, niños?
tranco rápido cubría los dos kilómetros hasta el camino prin-
cipal para abordar el autobiís que lo dejaba en la escuela a las Ante la convicción y energía impuestas en cada una de
OChoenpUntO. = ••'^-•'•'Í .iv;^-:;'-^»,/?!:^^ = ^ las palabras por la maestra, un pesado silencio inundó el
Se produjo un tenso silencio entre Diego y Andrés, lanzán- ambiente, mientras una brisa helada levantó e hizo bailar sus
dose fieras miradas. Entonces, utilizando un tono sereno, la cabelleras.
profesora les habló: ; ¡ i : . v - •: - M Í J M ; —Entonces, ¿existen motivos para darse de puñetes? —pre-
—Créanme niños que me siento orgullosa de tener a un guntó a los contendores.
alumno cuyo origen es mapuche. No debemos olvidar que ellos —No, señora—dijo Andrés. z.
son la raíz del pueblo chileno. ¡Lucharon durante tres siglos —Ninguno, señora —replicó Diego.
contra quienes intentaron arrebatarles su hogar, su tierra! Hoy,
—Por lo tanto, ¿qué les impide darse la mano?
una infinidad de lugares tienen nombre aborigen; incluso este
En ambos floreció una sonrisa amigable; avanzaron dos
pueblo. Nuestro vocabulario incluye gran cantidad de pala-
bras de su lengua; y otras variadas costumbres que aún per- pasos y se dieron un corto apretón de manos en tanto el resto
manecen vivas en nosotros. Para los mapuches la naturaleza aplaudía con satisfacción.
es sagrada, la respetan y cuidan como nosotros no hemos La maestra les ordenó salir al camino para regresar. Una
aprendido todavía, niños. Por otro lado, igualmente me siento vez en el puente que tiene el mismo nombre delrío,Pablo, con
orgullosa de Diego. Cuando los españoles conquistaron estas su cabello de oro en forma de melena agitado por el viento,
tierras, se mezclaron con los indígenas, tuvieron hijos y así, la gritó imaginando ser Rodrigo de Triana al avistar el nuevo
mayoría provenimos de ese origen mestizo. Siglos después, en mundo, pero en lugar de exclamar: ¡Tierra! ¡Tierra!, dijo:
( I ) Churrascos: especie de sopaipilla hecha de harina, agua y sal, frita en aceite, —¡El autobús! ¡El autobús!
común en el sur de Chile.
25
24
Manuel Gallegos El cisne y la luna
' —¡Estamos salvados! ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Viva! —vitorearon hué, pero los niños y yo salimos a pasear sin dinero y estamos
los excursionistas. • • :¡ . • o;- : , . - cansados, -r:/m, . .^vi:-!: . • ^
—Pero, ¿alguno de ustedes trajo dinero? —los interrogó la El hombre dirigió la mirada a los pequeños. Ellos espera-
maestra con un rápido movimiento de cabeza. " ron. El hombre sonrió: los había reconocido. O tal vez imaginó
Los niños se miraron de reojo y buscaron en sus ropas. ver a un humilde rebaño de ovejas suplicándole por sus vidas
Sebastián, delgado y menudo, mostró los bolsillos rotos muerto y se compadeció. .¡ . .. .
de la risa. Pablo extrajo un puñado de pulidas piedras como —¡Por esta vez les daré crédito, señorita! ¡Arriba todos!
su único tesoro. La pequeña Alicia, famosa por el orden y lim- —gritó a quienes ya aglomerados en la pisadera comenzaron a
pieza de los cuadernos, a quien la maestra distinguía siempre subir radiantes de alegría. Entonces, con la idea de María Estela
como alumna esforzada, extendió la mano, dejando ver una en la cabeza, Eliodoro se dirigió al conductor, proponiéndole:
moneda de cien pesos y dijo: —Señor conductor, en pago, nosotros queremos cantarte.
—¡ Yo tengo, pero no alcanza para todos! ¡Sabemos hartas canciones bonitas!
Sus caras se cubrieron de tristeza porque el viaje en auto- —¡Entonces, amigo, apagaré mi reproductor de discos
bús se esfumaba. compactos! —concluyó el hombre, y lanzó una enorme carca-
—¡Señora, pero si usted le habla al conductor, seguro que jada mientras presionaba el botón para silenciar el viejo radio-
no nos cobra! —afirmó Andrés. rreceptor que emitía molestos chirridos en lugar de música.
—¡Si nos lleva gratis, podemos cantarle durante todo el Contentos comenzaron a cantar, alegrando a los demás
camino!—exclamó María Estela, riendo. pasajeros del vehículo. Las canciones se sucedieron una tras
E l autobús, que hacía un recorrido entre los pueblos de otra hasta que llegaron frente a la fachada de la escuela. A
Licanco y Quilleco, se acercaba tocando la bocina. Al instante causa del bulhcio producido, otra vez una cortina se descorrió en
y sin que ninguno se pusiera de acuerdo, treinta brazos se la sala de la dirección. Aquellos rostros asomados no se explica-
levantaron para hacerio detener. E l vehículo frenó a metros del ban cómo María Cristina Burgos lograba esetipode cosas: salir
puente. Entonces, la señora María Cristina se vio obligada a con sus alumnos de paseo y traerios de regreso en autobús, todos
subir y hablar con el conductor. felices de la vida.
—Buenas tardes, señor. Vamos hasta la escuela de Kalku- La maestra, al concluir la jomada y ya camino a casa, aún
26 27
Manuel Gallegos El cisne y la luna
no alejaba de la mente esasrisasirónicas de sus colegas profe- La maestra, de vez en cuando intervenía para evitar que todos
sores, risas acompañadas de palabras y gestos expresados con iiablaran a la vez y, de ese modo, cada cual opinó sobre lo
disimulo, indicando con ello la poca disposición a una comuni- vivido, manifestando al unísono el deseo de repetir la salida,
cación franca. Entonces, reconcentrada y de una manera natu- proponiéndole otros lugares cercanos.
ral, concluyó para sí misma: Después, la señora María Cristina les pidió escribir una
"Sus actitudes me hieren porque no pretendo otra cosa que carta a alguien conocido, contándole la aventura del río
hacer bien mi trabajo, entregándoles lo mejor de mí a los
chicos. Me miro en ellos y pienso en cómo me habría gustado —¿Y será una carta de verdad? —interrogó Margarita, bri-
que hubiera sido la escuela en los tiempos de mi niñez y, llándole unos ojos tiernos y negros en su rostro moreno y del-
entonces, sin dudar, les entrego lo que no tuve. ¿Qué habrá gado. • = •• • ' - • •[ '
ocurrido en el espíritu de mis colegas? ¿Por qué ya no aletea
—¡Por supuesto que será de verdad! Mañana traerán un
en sus ojos la mariposa de la alegría, de la sorpresa, del amor?
sobre y una moneda para que yo pueda llevarlas al correo de
¿Qué ocurrió con sus sueños? ¿Por qué eligieron esta profe-
Quilleco, ¿les parece?
sión si son tan infelices? ¿Por qué me observan como si yo
fuera un bicho raro? Sus comentarios de apariencia inofensiva, Aprobaron contentos la idea y, con entusiasmo, cada uno
el silencio o los sutiles gestos parecen dardos invisibles que se buscó los útiles necesarios para acometer dicha tarea.
clavan en mi alma. A pesar de que los niños me ayudan a olvi- —¿Y a quién vamos a escribirle? —preguntó María
darlos, la hora de clases acaba y al otro día debo encontrarme Lstela.
otra vez con mis colegas y con el director, de manera irreme-
— i A quien tú quieras! A un primo, a un amigo o amiga, a
diable."
una tía...
A la mañana siguiente del paseo, Eliodoro y sus compañe- —Yo no tengo a nadie lejos. ¿Podría escribirie a la señora
ros entraron más felices a la sala de clases y mientras las niñas Alicia Morel? —intervino Teresa, recordando a una de las
se colocaban los delantales a cuadrillé azul, los muchachos se autoras del libro que estaban leyendo.
cambiaban los zapatos cubiertos de barro por zapatillas teji-
—Sí, claro, ¿por qué no?
das de lana. Durante ese quehacer, comentaban con esponta-
neidad y a borbotones acerca de la excursión del día anterior. —¡Yo le voy a escribir a Iván Zamorano! —gritó David.
28 29
Manuel Gallegos El cisne y la luna
—En la carta —explicó la maestra— deberán contarte a
Gabriel. Tenía dibujado un simpático enano que volaba en una
la persona elegida "todo" el paseo de ayer. Si alguno escribe,
hoja de árbol con un libro abierto en las manos. E l afiche,
por ejemplo, de este modo: "Ayer fui con mis compañeros de
traído de la capital por don Gustavo, el esposo de la maestra,
escuela al río Ñipaco, lo pasé muy bien. Saludos." Quiero que
anunciaba la Feria Internacional del Libro de Santiago. En ese
sepan que esa carta no la voy a enviar. Se trata de escribir
lo que más recuerden, refiriéndose a las bandurrias y su bulli- uistante Eliodoro miró al duende y, de improviso, lo vio salir
cioso concierto, a la Virgen de la Lomas, al río que no era río del cuadro montado en su hoja y volar por sobre las cabezas,
o al inesperado viaje en autobús sin tener dinero, y tantas otras dejándose llevar por los sones de la música, planeando como
situaciones que vivimos juntos en la excursión. una gaviota sobre el mar mientras leía absorto su libro. Tam-
bién, en la pared del fondo había dibujos hechos por los niños,
Sus alumnos habían entendido y sin chistar se dispusieron y en un pequeñoflorerode plástico se sostenía a duras penas
a trabajar. Como Eliodoro se sentaba siempre en el primer una enorme hortensia azulina llevada por María Estela para
banco, junto a María Estela, a quien le quedaban colgando los
atlornar la mesa de la profesora. Pero las delicadas notas del
pies de la silla, se levantó sin decir nada, fue hasta el estante
I'reludio no se quedaban en la sala; se escabullían sigilosas
situado cerca de la entrada de la sala, lo abrió y sacó una
por entre las rendijas de las ventanas al patio del colegio y,
radiograbadora que había sido llevada por la maestra porque
atravesándolo en fuga hacia el norte, saltaban la pandereta
las de la escuela no funcionaban. Eligió una grabación, y una
para jugar con las golondrinas que sobrevolaban en la extensa
melodía fascinante comenzó a invadir la sala. Se trataba de la
pampa de uno de los fundos de los colonos alemanes.
Suite Aysén, del compositor chileno Iván Barrientos Garrido.
Sus notas parecían elevarse en el aire, jugando en el cabello de La maestra, apoyada en el libro de clases abierto sobre
las niñas y de los niños. Eliodoro reguló el volumen y regresó la mesa, comenzó a escribir los datos estadísticos del curso.
a sentarse. ('uando en la radiograbadora se escuchó el segundo tema de la
suite, "La Llamada", ella levantó la vista e hizo un lento giro
En la humilde sala temperada por una antigua estufa a leña sobre las menudas cabezas de los niños y mirando más allá del
que la maestra alimentaba de vez cuando, los chicos trabaja- l e r c o de madera, sintió por un instante que la invadía una infi-
ron felices y concentrados, como en una poblada colmena en nita sensación de dulzura.
pleno movimiento al despuntar, el día. Las paredes estaban cui-
Esa grabación era un regalo de don Gustavo. En el reverso
dadosamente adornadas con algunos afiches, destacándose en
ik- la carátula aparecía un texto impreso donde el autor infor-
especial uno enmarcado en madera de alerce por el padre de
30 31
El cisne y la luna
Miaba poéticamente sobre el origen de su creación: la ausencia
tic la esposa amada, quien, a causa de una enfermedad incu-
lable, sólo pudo permanecer un breve tiempo a su lado. "Me
gusta esta música —pensaba la señora María Cristina— porque
despierta en mi alma tantas emociones y porque percibo los
bosques, el viento, el agua y su murmullo dulce y lejano".
Aquella composición musical era un recuerdo único para
ella. En el interior de la carátula se podía leer en letra manus-
ciita la siguiente dedicatoria: "Para María Cristina y Gustavo:
('on gran aprecio y amistad, recordando que "aquel que camina
una sola legua sin amor, camina amortajado a su propio fune-
ral. Iván Barrientos."
En uno de los viajes a la capital con el propósito de comprar
artículos de escritorio para su librería de Quilleco, don Gus-
tavo hizo lo posible por ubicar al músico favorito de su esposa,
V después de varios encuentros, éste escribió unas afectuosas
palabras a sus nuevos amigos, citando un verso del poeta nor-
leaincricano Walt Whitman.
Entre tanto, la maestra observaba cómo sus alumnos oían
agradados aquella música mientras trabajaban. De pronto,
como una golondrina errante cruzó un pensamiento por su
i aheza y lo escribió en un pequeño cuaderno escolar: "¿Habrá
vuelto alguna vez el autor de la Suite Aysén a su tierra natal,
donde, a pesar de su espíritu herido creó esa música tan bella?
S\l sufrimiento de un alma sensible puede crear obras artísti-
t as tan hermosas, ¿podré yo, con mi pobre sensibihdad, encon-
Manuel Gallegos El cisne y la luna
trar una salida al dolor y vivir en paz? ¿O tal vez debo ahogarlo —¡Los niños no pueden estudiar en un lugar desaseado! ¡Y
y no sufrir por situaciones o hechos que a los demás les son nosotros tampoco podemos enseñar en medio de la mugre y
indiferentes?" > , . ,. el desorden! Me pregunto: ¿qué dirán los apoderados cuando
Los niños habían terminado las cartas, casi todos incluye- entran a la escuela? -• - ^ : -
ron dibujos pintados con lápices de colores. La señora María —Personalmente, en la lista de útiles incluí las zapatillas de
ristina les prometió leerías en la tarde y, al día siguiente, lana, pero si no las traen, es asunto de ellos —intervino Róbin-
ada uno haría lo mismo frente a sus compañeros. La clase son Gatica, profesor protegido del director por cuanto éste le
ontinuó con matemática y ciencias naturales hasta poco antes ayudaba en la oficina a responder los oficios y ordinarios; es
e la hora de almuerzo. Entonces, dejaron los útiles orde- decir, la múltiple documentación que debía redactar el director
ados, salieron al pasillo y entraron al comedor. Allí, unas cada día.
argas mesas de gruesos maderos aguardaban a dos cursos en
Alba Barría, la joven maestra incorporada hacía poco a la
l primer tumo. En bandejas de plástico con compartimentos
escuela, intervino en la conversación:
ara el pan, el servicio, un vaso, la ensalada y el plato único,
—Yo estoy de acuerdo con la colega—. E l resto se quedó
es servían el almuerzo de la Junta Nacional de Auxilio Escolar
i-n silencio por unos segundos, mirándose, y la profesora
Becas. El comedor comunicaba a la cocina por medio de una
agregó—: Debemos inculcaries hábitos a los alumnos. E l des-
entana grande a través de la que pasaban las bandejas. Era
aseo de la escuela es nuestra responsabilidad. ! '
na sala fría, poco acogedora y muchas veces desaseada, pero
llos no se daban cuenta de esto. Para muchos, este almuerzo —Creo —argumentó la señora María Cristina, sintiéndose
e la escuela era vital, aunque a veces lo comían sólo por tener apoyada por primera vez— que no basta con informaries a
onciencia de que al llegar a sus casas no encontrarían nada pi incipio de año; se les debe reiterar una y otra vez la exigen-
e comer y únicamente al caer la tarde se servirían un té con cia de las zapatillas por medio de una comunicación al apode-
an. Después, de regreso a la sala afinde cambiar las zapati- lado y en reuniones de curso. Yo sé que ellos pueden cambiar,
las por los zapatos, se preparaban para volver a sus casas. Sin port|ue he visitado sus hogares y he comprobado la preocupa-
mbargo, con el tiempo algunos profesores descuidaron esta ción de sus madres por el aseo de la casa.
ostumbre, por lo que el pasillo y las salas se veían en repe- Entonces, si sus casas están limpias, como dice usted,
idas ocasiones sucios. Esto enfureció a la maestra y un día ( iisiinita, ¿por qué aquí se comportan diferente? —preguntó
ijo: (I ilnector, acercándose al gmpo.
34 35
Manuel Gallegos
—La razón es que en la escuela los adultos no se pre-
ocupan. Si se mantuvieran los pisos limpios, por ejemplo,
haciéndoles hincapié en conservarlos así, los niños responde-
rían positivamente.
—Pero, entonces, ¿para qué existe un auxiliar de aseo en la
escuela? —reflexionó Verónica Matamala.
—Ustedes saben, colegas, que don Félix ha trabajado la
vida entera en esta escuela. E l hombre ya está anciano y hace
lo que puede, ¡pero los bárbaros de estudiantes que tenemos
no demoran nada en ensuciar! —aclaró el director.
A pesar de las insistentes quejas y después de haberlo tra-
CAPÍTULO 2
tado en consejo de profesores, jamás salió la nota al apoderado
y los pasillos continuaron el resto del año igual. No obstante, liodoro caminó por la gmesa arena mojada de la orilla
la maestra se dio cuenta de que no estaba sola. Había alguien del lago Küyenpür. Recogió unas piedrecillas pulidas
entre el profesorado con quien podía compartir las inquietudes
E
i|iK- hizo chocar en la palma de su mano y luego las lanzó con
y eso ya era un alivio. Por lo menos, ella se preocupó de tener hu'i/a sobre la solitaria playa. Una diminuta mariposa blanca,
su sala limpia, obligando al profesor Norberto Astudillo, que la i II un rápido y discontinuo vuelo, cmzó ante sus ojos y desapa-
ocupaba en la tarde, a dejarla tal como la había encontrado. De i i i lo. En ese instante recordó cuando su amigo Gabriel entró
lo contrario, en la jomada siguiente descubría en el pizarrón un
.1 l a sala de clases y descubrió a un costado de la pizarra algo
amable e ingenioso recado recordándole a él y a sus alumnos
i | n c le llamó poderosamente la atención. En aquella ocasión se
lo hermoso que era estudiar y trabajar en un lugar aseado.
.[i.iici), estiró el brazo y entre sus dedos tomó un alfiler atra-
vesado al cuerpo de una mariposa. L a trasladó con mucho cui-
il.iilo, y exclamó:
' 'iO,ú i'lpj -'.Uu', (Mire, señora!
¡Qué linda mariposa! —^prormmpió Elisa.
37
36
Manuel Gallegos El cisne y la luna
—¡Pobrecita! ¿Qué hicieron con ella? —preguntó Karina, Era un hermoso ejemplar de mariposa, de color café-rojizo,
abriendo aiín más esos grandes y redondos ojos bajo una tupida con un enorme ojo dibujado en cada una de las cuatro alas.
chasquilla de cabello castaño. Además, dos antenas en forma de pluma adornaban su cuerpo
Todos rodearon a Gabriel con los ojos sorprendidos. La grande y alargado.
maestra, observando la mariposa, comentó: —¿Qué haremos con ella? —intervino Sebastián, pre-
—La deben haber dejado ayer los chicos de la tarde. ocupado.
—¡Y todavía está viva! —exclamó Eliodoro. —Debe de tener hambre —afirmó Elisa.
—¡Es una Mariposa con Ojos! —apuntó David. —¡Hay que darie pan! —propuso Gabriel, extrayendo del
—¡Todas tienen ojos que yo sepa! —dijo Sebastián, cau- bolsillo de su delantal un trozo que desmenuzó en migajas que
sando una explosión de risa en todos los compañeros del (icjó cerca de la mariposa. Después de un largo silencio de
curso. espera y ante la absoluta indiferencia del insecto por el ali-
—¡No, no! ¡Se les llama así por los ojos pintados en las mento ofrecido, Cecilia exclamó:
alas! —explicó David. —A lo mejor quiere comer hojas de esa violeta de Persia
—¡Señora —suplicó la morena Catalina—, sáquele por -y corrió a traerie una hoja de la planta de hermosas flores
favor el alfiler! ¡Le debe de doler una enormidad! rojas que estaba ubicada sobre el estante.
La maestra estaba asombrada de la supervivencia de la Inmediatamente le dieron las hojas y un poco de agua en
mariposa. Había pasado la tarde y la noche clavada a la pared. lina tapa de bebida, pero la "florcita con alas", como la llamó
la maestra, no reaccionó.
—¡Qué niños tan malos hicieron eso, señora! —murmuró
angustiada María Estela. En ese instante, su pena fue inmensa, —¡Cómo pueden ser tan ignorantes. Dios mío! ¿Dónde
y aferrada a la señora María Cristina sollozó en silencio. La han visto a un bicho como este comer hojas deflores?—irrum-
maestra había puesto sobre la mesa a la mariposa y con sumo Consuelo, quien, por sus rasgos proporcionados y finos,
cuidado retiró el alfiler del frágil cuerpo del insecto. Los niños provocaba en los chicos continuas atenciones y preferencias,
sintieron en sus propias carnes el deslizamiento de la estaca u-sumidas en un comentario de Catalina: "Todos andan como
de metal y sólo descansaron cuando la profesora completó la /;inganos detrás de la reina".
operación. — Y tú que te las das de sabia, ¿qué comen entonces las
38 39
Manuel Gallegos El cisne y la luna
mariposas? —la interrogó maliciosamente Yolanda con su cara —Ojalá se salve, ¿verdad?
sonrosada. —Sí, hijita, ojalá pueda salvarse.
—Para tu información, las mariposas se alimentan del Sebastián encontró una caja de té vacía y, entonces, con
néctar de las flores —respondió con orgullo y seguridad Con- cxiremo cuidado Eliodoro depositó la mariposa en el interior,
suelo—. ¿Supongo que sabrás lo que es el néctar? fiiscguida, la tapó y como un frágil tesoro la fue a dejar sobre
—¡Claro que lo sé! —contestó indignada Yolanda y acer- sil pupitre.
cándose a su compañera le dio un empujón. -¡Para qué se preocupa tanto por una mariposa, colega, si
—¡Señora, la Yoli-Membrillo está peleando otra vez! .líucra hay miles! —le dijo después Verónica Matamala a la
Así llamaban a Yolanda desde que tuvo hepatitis el año maestra mientras limpiaba con un pañuelo sus gruesos lentes.
anterior. iJIa, a diario se ufanaba de estimular en sus alumnos la creati-
vidad y el gusto por la lectura, cosas que la señora María Cris-
—¡Niños! —intervino la maestra deteniendo la trifulca—.
una consideraba "ideas de importación", y que seguramente
¡Se me ha ocurrido una idea! Les propongo lo siguiente: cada
liahía escuchado en algún curso de perfeccionamiento o leído
uno podría llevar la mariposa a su casa por un día y cuidaría
por ahí, pero ignoraba cómo llevarías a la práctica. Entonces,
hasta que se reponga.
l;i profesora Matamala agregó:
—¡Es una buena idea, señora, porque si la dejamos aquí los
Es un simple experímento, colega. ¿Para qué daríe tanta
chicos de la tarde la van a matar! —exclamó María Estela.
importancia a una mariposa clavada por un alfiler?
—¡ Yo me la llevo primero! —propuso Eliodoro.
Entiendo que es un experimento de los alumnos de sép-
—¡Y después yo! —gritó Pablo, feliz. II1110 año, pero la dejaron clavada allí y mis niños la descu-
—¡Y después me toca a mí! Imorón aún viva. Les dolió el alma contemplarla así. ¿Qué
(|iii'iían que hiciera? ¡A mí me importa mucho lo que ellos
—¡Y a mí!
•.irnian! ¡Me interesa sobremanera respetar los sentimientos de
—Muy bien, niños, así se irán turnando. Busquen alguna mis alumnos y educar su sensibilidad!
caja para llevaría —sugiríó la maestra al mismo tiempo que
i .os docentes que escuchaban sonrieron por la preocupa-
María Estela se acercaba con lágrimas en los ojos a murmu-
(11111 (le la maestra ante tan insignificante hecho.
rarle:
40 41
El cisne y la luna
Defraudada, María Cristina salió a la calle y esperó el auto-
bús de la una y media de la tarde que ya se asomaba enfrente
del aserradero.
—¡Señora María Cristina! —le gritó Eliodoro—. ¿Puedo
irme con usted?
—¿Vas a Quilleco, Pichichel
—Sí, señora, esfinde mes y debo acompañar a mi mamá a
las compras. Ella me esperará en el supermercado.
El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y hacía frío. La
mayoría de los niños se habían retirado de la escuela y el
lugar estaba envuelto por una atmósfera tan triste que incluso
se traspasó a los ojos de la profesora. En esto, el vehículo se
detuvo junto a ellos y subieron. Primero pasaron ante sus mira-
das las pampas y una laguna donde era común encontrar una
bandada de patos silvestres y unas cuantas garzas. La señora
María Cristina le contó a Eliodoro que una mañana le pidió
a una colega suya, quien a veces la llevaba en automóvil a la
t'scuela, que se detuviera un momento para observar a una her-
mosa pareja de cisnes cuello negro que, por alguna maravillosa
ra/ón, ese día estaba en la laguna. r n;.* Í?- Í • Í •/
—Estas hermosas aves —le explicó a Eliodoro— abun-
daron hace muchos años en este lugar que está a los pies
(k'l volcán Chelle, pero en el lago Küyenpür: fueron desapare-
ncndo con la llegada de la civilización, que terminó con su
liahilat, y las que se salvaron de morir emigraron lejos. Sólo
muy de vez en cuando una que otra se detiene a descansar en
43
El cisne y la luna
alguna perdida y aislada laguna como esta del camino, pero al —No. No, señora. ¡Me encanta que me cuente esas cosas!
lago Küyenpür jamás volvieron.
Más allá de la laguna, el camino desembocaba en una suave
Recordó la maestra que en esa ocasión estuvo largo rato y larga pendiente cerrada a ambos lados por tupidos árboles.
observando a los cisnes hasta que, inesperadamente, las aves
—¡Me fascina esta arboleda! Te contaré, Eliodoro, que
emprendieron el vuelo. Al volver al vehículo de su amiga le
cuando conocí este camino hace diez años, creí que esos árbo-
dijo: —"¡Qué hermosa y triste es la vida de los cisnes! ¿Te das
les eran ñ/r^í. ¿Los conoces? ,
cuenta? ¡Hermosa porque siempre andan en pareja y son fieles
uno del otro hasta la muerte. Triste, porque deben huir constan- Él movió negativamente la cabeza y la maestra siguió:
temente para encontrar la paz y tranquilidad que necesitan para —Los confundí porque yo sólo los había visto en una
vivir!" Su compañera de trabajo, en aquella oportunidad, sólo revista y, sin querer, los asocié a esa música del mismo autor
asintió con la cabeza. —"¡Mira! ¿tefijasteen aquella garza?" (le la "Suite Aysén", titulada "A un bosque de ñires". Después,
—agregó María Cristina con entusiasmo a su amiga. nú marido me sacó del error: —"Esos árboles, María Cristina,
Una garza gigante permanecía apoyada con elegancia en son coigües nuevos— Me dijo y agregó: —"Los ñires sólo se
una sola pata, absorta en el horizonte del agua. La esbelta ave encuentran en la alta cordillera. Pero esto en nada cambió mi
permaneció inmóvil durante los minutos que ellas contempla- encanto por este trayecto cubierto de ramas siempre verdes,
ron los cisnes. extendidas como brazos al cielo"! —concluyó. .,• i
—Nada de lo que ocurre a su alrededor inmuta a la garza, El autobús continuó por la pendiente ondulante que termi-
ni mucho menos la distrae de su mundo interior. ¡Parece que naba en el ancho y quieto río Llufülafkén. A la maestra aquel
ni siquiera notó la presencia de los cisnes! ¡Con cuántos cisnes lut le traía especiales recuerdos. Le encantaba ir hasta allí de
y garzas nos encontramos cada día! —reflexionó la maestra paseo con su familia. Y su rostro pareció iluminarse al con-
en voz alta. Su compañera de trabajo se quedó mirándola sin irmplar el paisaje. María Cristina inspiró hondo y al pasar el
entender y María Cristina estaba segura que aquella vez la aiiiobús sobre el puente, observó por unos segundos el ancho y
creyó loca. oscuro fondo del río.
Sin embargo, su rostro otra vez se ensombreció y perma-
—¿Te estoy aburriendo, Pichichel —regresó de sus recuer-
neció en silencio por largo rato. El chico, para no molestarla,
dos María Cristina.
nnró por la ventanilla. La maestra, mientras, muy cavilosa
44 45
Manuel Gallegos
pensó: "Si mi corazón estaba feliz hace un momento y en paz
mi alma, ¿por qué razón las condiciones del trabajo envene-
nan mi espíritu? ¿Por qué la mediocridad me afecta tan hon-
damente? Yo no quiero convertirme en uno de ellos, quienes
después de diez, quince o veinte años de trabajo parecen aca-
bados. ¿Alguna vez tuvieron sensibilidad e ilusiones en sus
almas? Sin duda las tuvieron, pero, ¿qué les pasó entonces?
¿Qué ocurrió en sus vidas que las espantó y no quedaron ni
siquiera las sombras?"
De pronto, Eliodoro dándose cuenta de que el autobús había
dejado atrás el paradero donde ella debía bajar, le advirtió: CAPÍTULOS
—¡Señora! ¿Usted no va a su casa?
—¿Por qué? liodoro llegó caminando hasta un viejo muelle del lago
E Küyenpür, el que permanecía como silencioso testigo
—¡Mire, ya pasamos el paradero!
iW laflorecienteépoca del transporte naviero a vapor, del que
¡Dios mío, es cierto! —y sonriendo comentó—: ¡Qué ahora no quedaba ningún barco, y para saber de él se debía
proíesora tan lunática tienes, Pichichel ircurrir a antiguas fotografías o a croquis de viajeros.
Rápidamente tomó su bolso, se despidió agitando con El joven se sentó sobre los maderos apolillados y, con la
calinola mano y descendió del autobús. rajiidez de una estrella fugaz, asomó en su memoria la figura
\W su padre, don Anselmo Levimán Liucura, quien era un
hombre bajo, rechoncho, con unos ojos redondos, sonrientes y
bondadosos. Muy raras veces se afeitaba, manteniendo siem-
|iie una incipiente barba. Trabajaba en el aserradero de Kalku-
htir. donde tenía la responsabilidad de la mantención de las
iii;i(|uinas cortadoras y cepilladoras.
En repetidas ocasiones, años atrás, la empresa despidió per-
46 47
Manuel Uallegos m Cisne y la luna ,,.,,«-.„:«,..•.•
sonal y él, ocultándolo para no preocupar a la familia, comenzó incluso una vez lo envió de regreso a cambiarse los calceti-
a sufrir ante la idea de quedar cesante. A Eliodoro le afligía nes. Por último, optó por pedirie un par a fin de tenerios en
ver así a su padre, y don Anselmo al percatarse de ello, se acer- la sala en caso de que le ocurriera el mismo percance. Eho-
caba y le explicaba que su especialidad, aprendida por medio doro recordó cómo rió con la idea de la maestra y entendió que
de la experiencia, no la podía asumir cualquiera y por tal razón debía poner más cuidado al vestirse. Otras veces la maestra lo
tenía el trabajo asegurado. E l chico volvía a reír por la explica- descubría esperándola bajo el coigüe con los zapatos estilando
ción. Pero todo no era tan fácil. Para afianzar su trabajo hacía agua y junto a su perro, también empapado. Pero, a pesar de
muchos sacrificios y Eliodoro sentía la ausencia del padre, ya esto, Eliodoro rara vez se enfermaba.
que este debía permanecer el día completo en el aserradero, A raíz de aquel hecho, un día la señora María Cristina lo
incluso cumplir, a veces, turnos los sábados y los domingos. invitó al pueblo de Quilleco para comprarte un par de zapatos.
L a madre de Eliodoro, doña Leontina Naimán González, El niño sintió una alegría inmensa por el regalo. Los miraba
trabajaba en horario nocturno en una industria pesquera, a 25 una y otra vez como si fueran un valioso tesoro; al menos, para
kilómetros de Kalkuhué. L a pasaba a buscar un autobús alrede- el sí lo eran. E l calzado tenía una delgada trenza en el con-
dor de las ocho de la noche y la traían de regreso a las ocho de torno, semejante a las espigas de trigo, lo que le gustó mucho.
la mañana siguiente. Era una mujer humilde, siempre muy pre- Pensaba que la señora debía quererlo bastante para comprarle
ocupada de sus hijos. A pesar de ser joven, padecía de una leve un par de zapatos, porque en repetidas oportunidades escuchó
sordera, lo que la obligaba a hablar con mayor volumen que el acerca de los bajos sueldos de los profesores y recordaba la
común de las personas y, por no poseer suficientes medios eco- huelga que duró un mes en todo el país por demanda de mejo-
nómicos le había sido imposible seguir un tratamiento médico. res salarios.
Ante esas circunstancias, Eliodoro y su hermana Elena, un Eliodoro conoció a su maestra cuando cursaba segundo
año mayor que él, despertaban y se vestían solos, y cuando año, pero a pesar de ello, la mayoría del curso no había apren-
les alcanzaba el tiempo, hasta desayunaban. Después, salían dido a leer. ¿Qué había hecho el profesor de primero? Nadie lo
corriendo rumbo a la escuela, distante tan sólo cuatro cuadras supo. Entonces, la señora María Cristina les enseñó. Desde ese
de la casa. Por ese motivo, en ocasiones, la maestra lo descu- momento al chico le pareció que el mundo era distinto. Pensó
bría con calcetines de diferente color o la chomba al revés.
que lo más importante de su vida había ocurrido en el instante
Ella, con ternura y humor, hacía que se diera vuelta la prenda.
de aprender a juntar las sílabas y de leer una palabra com-
48 49
picta. Al término de cada jomada, desde la salida de la escuela,
iniciaba la lectura de todo lo que se le cruzaba por sus ojos.
Lo primero que leía era el letrero del almacén de enfrente:
"Paquetería El Pudú."; después, "Aserradero Kalkuhué"; ense-
guida, "Hojalatería", y así: "Se vende leña de ulmo", "Calle
Uno, Calle Dos, Calle Tres", "Vote por...", el resto de las letras
pintadas las había diluido la lluvia. El trayecto a su casa nor-
malmente lo hacía en diez minutos; después de aprender a leer
demoraba más de media hora.
—Señora —le dijo una vez doña Leontina a la maestra, casi
gritando debido a su sordera—, estoy tan feliz de que le haya
enseñado a leer a mi hijo. ¡Ha sido como un milagro! ¡Gracias,
muchas gracias, señora! Se lo agradezco tanto porque yo, en
realidad, no sé leer.
La mujer irmmpió en un inesperado llanto y, después de
una pausa, continuó: ' • • '
—Pero, ¿sabe? Estoy preocupada. Fíjese que la única entreten-
ción de este niñito durante el día es leer todo lo parecido a una
palabra. Si estamos tomando once, él toma la caja de té o cual-
(|uier envase y lee de principio afinlas etiquetas, también las revis-
tas y los pocos libros existentes en casa. ¡Todas las santas tardes,
cuando no viene a ensayo de teatro, se las pasa leyendo! No le
atrae la televisión ni tampoco salir a jugar. Su hermana y amiguitos
del barrio se burian de él, diciéndole que se "le pelarán los alam-
bres" como a un tal don Quijote de la Mancha si sigue así. ¿Qué
puedo hacer, señora? i Yo no quiero que mi niño se vuelva loco!
51
La maestra sonrió con dulzura al oír las palabras de la
es decir, el Estrecho de Magallanes, hasta Arica, que está en
mujer, y sintió una inmensa felicidad nacida de ese deslum-
el extremo norte.
bramiento vivido por sus alumnos cuando aprendían algo. La
profesora la tranquilizó explicándole el natural entusiasmo del Los niños gozaban de las situaciones divertidas, sufrían con
chico, el que pronto disminuiría, como sucede con todos los los conflictos y penas del protagonista, como también no deja-
niños frente a un juguete nuevo. ban de aplaudir sus ingeniosas ocurrencias.
No obstante, la pasión de Eliodoro por la lectura no La lectura del libro fue un éxito total. E l cariño, el entu-
mermó; al contrario, cada día fue mayor. Al inicio del tercer siasmo, la alegría y pasión comunicada por la maestra al leer,
año básico, la maestra comenzó a leeries todas las mañanas producía una atmósfera de encantamiento.
unas cuantas páginas del libro "Perico Trepa por Chile", de El gusto por la lectura nació de ese maravilloso placer
Marcela Paz y Alicia Morel. En forma paulatina, en ellos se de escuchar, sentir y revivir aquella historia. Y de esa forma
despertó un profundo interés por escucharía. Sagradamente, cautivó sus espíritus por medio de las palabras, estimulándo-
a primera hora de los cinco días de clases, la obligaban a los ardientemente a desear oír otras aventuras, hasta llegar al
continuar leyendo. La novela, de 293 páginas, contaba la momento en que, por iniciativa propia, pidieron a la maestra
historía de Perico, un niño pobre de ocho años de edad
libros para leer solos. Así ocurrió durante todo ese año: termi-
—como ellos—, que vivía en Tierra del Fuego. E l niño pro-
naron leyendo entre quince y veinte libros cada uno y otros
tagonista debió dejar la escuela para trabajar con su padre
tantos, con la profesora. Una mañana, la señora María Cristina
y convertirse en pastor de ovejas. Solo, en las desoladas
descubrió a Eliodoro dando vueltas con disimuló las páginas
pampas de esa enorme isla, ayudó a una oveja a tener su
cría e inmediatamente surgió en él un hondo cariño por la de un libro bajo el banco; lo hacía mientras ella explicaba una
recién nacida, procurándole todo tipo de cuidados. E l padre materia. No resistió más, se detuvo y le dijo:
de Perico vendió las ovejas y el corazón del niño no resis- —¿Qué está leyendo, mi Pichichel
tió dejar partir a su amiga Marisol, que así había llamado al —Este libro de mi hermano mayor que encontré en la casa
animalito, y se las ingenió para acompañaría. En el diario —le contestó.
afán de daríe protección, le sucedieron un sinfín de aventu- —¿Qué libro es?
ras que lo llevaron a recorrer el país, desde la extremo sur, —"Edipo rey", de un autor llamado Sófocles, señora.
La maestra quedó muda. Tuvo ganas de reír pero se repri-
52
53
El cisne y la luna
mió. Jamás pensó que su alumno de nueve años de edad per- desde donde —pensó— se la podrían hacer llegar a la escri-
manecería absorto leyendo una obra dramática destinada a tora. La maestra le contó en la carta acerca del lugar donde
los alumnos de enseñanza media. Optó por no hacer ningún vivían los niños, sobre sus numerosas lecturas y de lo hermoso
comentario sobre el asunto. Entonces, le preguntó sobre las i|ue podría ser para ellos conocer en persona o, por lo menos,
partes de una planta, que era lo que estaba tratando en esos a través de una carta a un escritor. Además, le acompañó las
momentos en la clase, ante lo que éste respondió: misivas que le habían escrito lo chicos, donde le manifestaban
—La planta está compuesta de raíz, tallo,floresy frutos. E l la opinión acerca de su libro, con dibujos y saludos cariñosos
agua y el sol son importantes para su vida. Del agua extrae los incluidos.
nutrientes y gracias al sol realiza la fotosíntesis. A los quince días la escritora les respondió con una tar-
Repitió con exactitud lo expresado por la maestra cuando jeta de saludo y treinta libros de regalo, tanto de ella como de
lo sorprendió leyendo el libro. Entonces, la señora María Cris- otros autores de IBBY-Chile, es decir, la Organizacióón Inter-
tina sólo se limitó a animarle a seguir leyendo, pero en otro nacional para el Libro Infantil y Juvenil, cuya filial chilena fue
momento y lo invitó a que cuando lo terminara se lo contara fundada justamente por la otra autora del libro que leyeron,
a sus compañeros. Principalmente, pensando en los demás Marcela Paz.
niños, le pidió no distraerse en otras cosas si ella explicaba Al enterarse de la carta de la señora Alicia Morel, los niños
ciertos temas. Pero no pasó mucho tiempo cuando descubrió a se sintieron felices de tener una escritora famosa como amiga.
uno de sus alumnos leyendo la Biblia y a otro la revista "Con- Cuando la maestra les leyó la tarjeta, la emoción fue tan grande
dorito", en la misma clase. que irrumpieron en aplausos. Los niños de una perdida escuela
En esa época, considerando que los libros enviados por en el campo sureño, pobre, y a más de 1.200 kilómetros de la
el Ministerio de Educación permanecían, por orden del direc- capital, se sintieron considerados y queridos por alguien tan
tor, debidamente guardados en cajas dentro de un estante con importante, que había escrito tantos libros para los niños de
llave, debido al temor de que fueran ensuciados si los usaban Chile y de otros países.
los estudiantes, a la maestra se le ocurrió comunicarse con La maestra también se sintió feliz de recibir el regalo de
Alicia Morel, una de las autoras del primer libro que leyeron o, la escritora. Al concluir la jomada, como todos los días, llegó
mejor dicho, "oyeron". Como ella ignoraba su dirección parti- hasta la sala de profesores a dejar el libro de clases, llevando
cular envió la carta a la editorial que había publicado el libro, la carta y la tarjeta de la escritora entre sus manos. Contó
54 55
entusiasmada a sus colegas lo sucedido. Éstos la escucharon y
observaron la tarjeta sin hacer mayores comentarios. La única
que reaccionó compartiendo su alegría fue Alba Barría, r: r,:
—¡Te felicito, María Cristina! —le dijo— ¡Qué hermosa
tarjeta! ¡Te confieso que jamás se me habría ocurrido escribirle
a una escritora! No sé, uno los ve tan lejos.
—¡No imaginas lo feliz que estaban los niños! Fíjate que
inmediatamente se les ocurrió juntar dinero para sacar una
fotocopia a la tarjeta y tener cada uno la suya. ¿Quieres ver los
libros que les envió?
Alba Barría aceptó gustosa la invitación y ambas salieron CAPÍTULO 4
de la sala, contentas, en medio del silencio de los demás.
liodoro no sabe por qué recordó de pronto una de
E esas lejanas mañanas en el pueblo de Kalkuhué, en
que había amanecido especialmente helado. El camino y los
campos parecían cubiertos de harina cruda, tan albos como
si hubiera nevado. Las pozas formadas por la lluvia de la
tarde anterior despertaron escarchadas, y los niños, camino a
la escuela, semejaban pequeñas locomotoras a carbón echando
humo blanco por las bocas. Al llegar a la sala, fueron directo
a la estufa para calentarse la cara, los pies y las manos que,
de tanto frío, casi no las sentían. Entró la maestra y se acercó
a saludaríos. Después, les pidió salir al patio. Intrigados y sor-
prendidos de la propuesta, le preguntaron el motivo. Ella, son-
riendo, sólo les informó que se trataba de una sorpresa. Y a
56 57
Manuel Gallegos
afuera, levantó el brazo e indicó hacia los volcanes. Su rostro
se iluminó con esa luz rasante de las primeras horas del día
después de una intensa escarchada, y les dijo:
—¡Miren, niños, cómo nace el sol! ¿No es maravilloso?
¡Contemplen esos colores! — Y éstos observaron con los ojos
brillantes por la luminosidad. El amanecer entre los dos volca-
nes, erguidos sobre el lago Küyenpür, parecía un gigantesco
fuego artificial estallando en cámara lenta.
—¡Señora, esas nubes están pintadas de color naranja!
—exclamó Margarita.
—¡Qué potente! —señaló Andrés con la cara roja por el
hielo del aire.
—¡La nieve del volcán parece una flor rosada! —gritó
Pablo, con su voz suave y mirada inteligente.
—¡El color del cielo nace en un débil azulino hasta llegar
a un intenso azul-mar! —agregó Celeste. En ese momento, su
persona menuda y tímida pareció crecer. Llamó la atención de
la maestra esa espontánea expresión de la niña, normalmente
retraída y callada. Había ingresado hacía sólo dos semanas a
la escuela, porque —según les contó la maestra—, su padre
encontró un trabajo mejor remunerado en los campos colin-
dantes a Kalkuhué.
—¡Qué maravilloso! ¿Verdad, niños? —insistió la profesora.
Asintieron con movimientos de cabeza, riendo contentos.
Ellos consideraban a la profesora una persona especial, un
58
poco loca, tal vez lunática, como se definía ella misma, distinta corriendo al baño y sin querer divisó a la profesora Verónica
a la mayoría de los adultos que conocían, pero llena de fuerza Matamala observando absorta el patio donde ellos jugaban. Ella
y sinceridad. Esta y otras razones los inclinaba a quererla muy sonrió con ironía, luego caminó por el pasillo mientras sostenía
fácilmente. un paquete entre las manos y se metió en la oficina del director.
El chico pasó junto a la puerta entreabierta y alcanzó a oír:
—¡Respirenhondo, niños! ¡Uno, dos, tres! ¡Esoes! ¿Saben?
¡Me encanta contemplar los amaneceres! Fíjense bien, nin- —¡Hay que ser bien loca para hacer esas tonteras! —. E l
guna mañana es igual a otra. Cada día es diferente. Si lográra- director, de contextura gruesa, bordeaba los 60 años. Gustaba
mos pintar lo que nuestros ojos ven en este instante, nadie lo lucir impecables temos cruzados y unos bigotes ralos que
creería. Todos dirán: "Ah, es un dibujo infantil: ese azul del maquillaba creyendo que nadie lo advertía. Con su voluminoso
cielo no existe. Ese color naranja y aquel rojo tampoco". Sin cuerpo arrellanado detrás del escritorio, daba la impresión de
embargo, existen, y ustedes lo están apreciando, ¿verdad? estar siempre cansado. Miró lánguidamente a la interíocutora
E l grupo aprobó a coro, sonriendo. y le respondió:
—¡Déjela, Verónica; cada loco con su tema nada más!
—¡Silencio! ¡Escuchen! —los alertó de pronto la señora
María Cristina. Abrió con avidez el paquete dejado por la profesora sobre
el escritorio, sacó un enorme pastel empolvado que todos
Desde el fondo del patio y por sobre la pandereta se acer-
conocen como "beríín". Se lo pasó a la mujer; enseguida, tomó
caba volando una bandada de loros. Siguieron su vuelo a gran
otro igual y llevándolo a la boca le dio tal mordisco que el
altura, causándoles hilaridad el estridente y desordenado diá-
azúcar en polvo le marcó las infladas mejillas y el resto cayó
logo que llevaban mientras se dirigían a los campos en busca
en las anchas solapas de la chaqueta.
de alimento.
El niño regresó corriendo al patio. Después de unos quince
, —¡Se parecen a unos que yo conozco! —afirmó riendo la
minutos de juego, la señora María Cristina les pidió volver a
maestra, y cuando la mancha verde se perdió detrás del techo
de la escuela, agregó: la sala. Una vez allí, la maestra llamó a Eliodoro para que le
confesara la causa de su actitud silenciosa y el porqué de su
—¡Para espantar el frío vamos a jugar a la "Pinta"! Su rostro afligido:
idea los puso felices y rápidamente ella gritó llevar la pinta,
—Señora, yo traté de hablaríe, pero usted estaba tan entu-
correteándolos por el patio. En un momento, Eliodoro salió
60 61
I ,as palabras de la maestra fueron cot>^Q ^^y^ ¿Q sol en
siasmada mostrándonos el amanecer que decidí esperar. Le
un cielo oscuro de lluviosas nubes. E l rastro de cada uno de
tengo una mala noticia , „
Hus alumnos se iluminó, imaginando cór^i^ ^¿lo unos días
—Dime, hijito —contestó envuelta en una nube de polvo de nacerían otras mariposas, hecho que alegró sus corazones y en
tiza mientras borraba lo escrito en el pizarrón. ini nnpulso irreprimible les hizo aplaudir emocionados. Enton-
—Se murió la mariposita. I es, cuando Eliodoro regresó de la misión encomendada, ella
La maestra detuvo el brazo y dirigiéndole su mirada descu- .iprovechó para hablaríes acerca de la vj^^ g^tog insectos,
brió que el niño bajó la cabeza al sentir resbalar unas lágrimas nnenlras con dibujos simples trazados Con rapidez, esbozaba
por sus mejillas. El resto de los chicos lo habían oído y guarda- las etapas del nacimiento de una mariposa en el pizarrón. Los
ron silencio. María Estela se acercó a su pupitre, levantó la caja niños quedaron sorprendidos, sin entender en su totalidad la
con suavidad, dio unos pasos hacia la profesora y la dejó sobre el explicación. Entonces, Eliodoro levantó la ^^^^^ para pedir la
escritorio. Ésta, abriéndola cuidadosamente, observó el valioso palabra:
contenido. ' —Señora, ayer en la tarde fui a la biblioteca de la escuela
—¡Señora, la mariposa parece haber dejado algo en ese porque quería saber cómo cuidar a la niariposa y en un libro
rincón de la caja! ¿Serán huevos? de insectos chilenos hallé lo que usted dice, pero, ¿sabe lo que
descubrí? ¡Mire, aquí está!
—¡ Sí, sí, María Estela, tienen todo el aspecto de ser huevos!
La profesora se acercó, tomó el libro y 1Q observó.
Al percibir la consternación expresada en los rostros infan-
—¡ Se parece a la maríposa encontrada por Gabriel!
tiles, la señora María Cristina, continuó:
—¡Sí, señora, y ahí sale el nombre y todo!
—Niños, no deben sentirse culpables por la muerte de la
mariposa. Ustedes intentaron salvarla pero ya era demasiado La maestra fue mostrando de batico en banco el libro
tarde —. Después de un rato mirando los semblantes compun- abierto:
gidos, agregó: —¡Se me ocurre una idea! ¡Que Eliodoro vaya a —¿La observan bien?
dejar esos huevos en el tronco del coigüe de la entrada! ¡Es muy —¡Es igual! —exclamó Pablo.
posible que en agradecimiento al esfuerzo que ustedes hicieron —¡Sí, sí, tiene exactamente los mismos colores! —agregó
por salvaría, les dejara ese hermoso regalo! ¡El regalo son sus
Teresa.
huevos, de donde nacerán otras mariposas como ella!
63
62
Manuel Gallegos El cisne y la luna
—¡Los ojos de las alas son idénticos, señora! —intervino u^íadores. ¿Les parece? El objetivo será recopilar la mayor
Sebastián. cantidad de información sobre las mariposas.
—¡Muy bien! ¡Felicito a Eliodoro por haberse preocupado Las chicas y chicos respondieron entusiasmados, contentos
en averiguar algo más sobre las mariposas! Pero, dinos, ¿cuál lie la proposición. La tristeza sentida por el infortunado insecto
es el nombre de ella? comenzó a debilitarse, en especial cuando pensaron que en
—¡Señora, aquí lo dice!— Eliodoro tomó nuevamente el realidad no había muerto del todo al dejaries sus huevos.
libro y leyó en voz alta: —"Su nombre científico es Polythysana
Cinerascens. Y habita desde Atacama hasta Chiloé. La gente
comúnmente la llama 'Mariposa con ojos' por tener unos gran-
des círculos como ojos dibujados en las cuatro alas".
—¡Tenía razón David, señora; él sabía cómo se llamaba!
—Así es, Consuelo. David conocía el nombre común de la
mariposa y Eliodoro investigó el nombre científico. Ambos se
merecen un aplauso, ¿no creen?
El curso entero los aplaudió. David, como un campeón de
boxeo, levantó los brazos jugueteando, lo que provocó gran
hilaridad en el resto. ,. .
— A l observar este libro me doy cuenta de que nuestra
mariposa podría corresponder a un tipo especial llamado poli-
lla. Será mejor, con el propósito de saber más acerca de ella,
hacer una investigación sobre la vida de estos insectos: cómo
nacen, dónde viven y cuáles son las diversas clases que exis-
ten. ¡Creo que mientras más logremos saber acerca de algo o
alguien, lo aprenderemos a amar también con mayor profundi-
dad! Bien, entonces, vamos a formar grupos de cuatro inves-
64 65
CAPÍTULO 5
l joven Eliodoro se tendió sobre la gruesa arena del
E lago Küyenpür y disfrutó con el cielo tapizado de
gigantescas nubes, las que poseían una poderosa fuerza de
atracción para su alma desde que era niño. Vio cruzar unas
gaviotas y admiró el apacible vuelo planeador. Éstas remonta-
ban desde el mar a través del cauce del río Llufülafkén hasta el
lago Küyenpür y volvían con la puesta del sol.
El joven evocó inevitablemente un lejano 25 de junio. Lo
recordaba con tanta precisión porque coincidía con el cum-
pleaños de su padre y, por lo tanto, le traía una buena dosis
de gratos momentos; sin embargo, un día como aquel, en la
escuela, al final de la jomada, Andrés acusó a Margarita de
haber regalado dulces a los demás chicos menos a él. No era
66
—Uno que vive allá, casi a la entrada del pueblo.
primera vez que ella, durante este último tiempo, había sido
—¿Y sólo a ti te ha regalado dinero?
especialmente generosa con sus compañeros. Este hecho llamó
—A mí y a otras chicas.
la atención de la maestra y al enterarse ahora por boca de un
—¿Y por qué?
alumno, creyó que era la oportunidad para preguntarle a la niña
acerca de la procedencia de los dulces, pero ésta sólo respon- La niña permaneció silenciosa, escondiendo el rostro, con
dió con sonrisas, esquivando la respuesta. Entonces Andrés, las manos apegadas al cuerpo, como en un intento de también
despechado, prorrumpió: querer ocultarlo.
—¡Los compra con dinero que el viejo Heriberto, a ella y a —Margarita, dime la verdad, por favor —insistió la maestra.
otras niñas, les regala cuando van a su casa! —Él nos invita a su casa diciéndonos que nos conviene.
En el rostro de Andrés, Eliodoro alcanzó a percibir una son- Entonces, nos hace unos cariños.
risa picara al final de la acusación. Entonces la señora María La maestra quedó impresionada al escuchar la confesión de
Cristina le pidió a la niña que se quedara un momento en la la niña. Consideró muy grave el hecho y se propuso indagar
sala, mientras los semaneros hacían el aseo. más sobre el asunto.
—Margarita, cuéntame, ¿de dónde has sacado el dinero — Dime, ¿con quién has ido allí?
para comprar dulces? —Con la Yéssica del séptimo.
—Mi papá me lo dio. -Pero, ¿qué te ha hecho ese hombre, hijita? Si me lo dices,
—¿Estás segura que me estás diciendo la verdad, hijita? ', te aseguro no va a ocurrirte nada. ,
—¡Sí, sí, es cierto, señora! —¿Me lo promete? Porque él me prohibió contarlo. Dijo
—Te conozco muy bien, Margarita. En tus ojos veo que me que si lo hacía iba a arrepentirme toda la vida.
mientes. —Te lo aseguro, mi niña: él no sabrá nada y, además, pro-
La niña, recorría con nerviosismo los botones del delantal. meto protegerte y darte mi ayuda.
Tenía el rostro encendido y sus ojos denotaban que estaba a
La chica afirmó con la cabeza e impulsivamente abrazó a la
punto de estallar en lágrimas. Hasta que declaró con una voz
maestra. Luego, apartándose, le habló:
casi inaudible:
—Cuando voy allí, él me hace cariño en las manos, en el
—Bueno, señora, es cierto, le mentí. Los dulces me los
regala el viejo Heriberto. pecho y...
-¿Y..?
—¿Y quién es el viejo Heriberto?
69
68
Margarita no respondió e indicó con la mano su vientre y autoridades locales, con Carabineros y nada! Hace unos meses
se puso a llorar. ocurrió algo parecido. Se inició una investigación y la res-
Con un acogedor abrazo la señora María Cristina logró puesta se diluyó como una pastilla efervescente. ¡Es una pér-
tranquilizarla, estimulándola a no temer hablar con ella. La ilida de tiempo denunciar estos hechos!
hizo prometer no ir otra vez donde ese hombre, porque lo que —Creo, señor director —insistió la maestra con energía—,
él hacía estaba mal y lo más seguro que fuese un enfermo que las cosas no las podemos dejar así. Nuestro deber en una
mental. .'i.'...;;:;^/; r : ; i . r aldea como ésta consiste también en preocupamos de lo que
—Cuando tú seas una mujer adulta —le explicó con dul- les sucede en la calle a los niños. Si no, ¿qué educación esta-
zura— y encuentres a alguien que te ame y tú también lo mos entregándoles? ¿Acaso las nuevas ideas educacionales no
ames, podrás aceptar y ofrecer cariños de verdadero amor en tu sugieren que debemos integrar a los padres y a la comunidad
cuerpo, pero, Margarita, éste es un hombre viejo que se apro- en el proceso educativo? Y si es así, entonces no podemos
vecha de una niña de sólo nueve años, y eso es muy malo. cerrar los ojos ante lo que les ocurre a nuestras alumnas a una
Ya más tranquila, la niña se fue a su casa. La maestra cuadra de la escuela. ¿No le parece?
ordenó los libros sobre la mesa y por la puerta abierta vio venir —Sí, sí, tiene razón, pero, se lo advierto, usted se echará
al director. Rápidamente se levantó, salió a su encuentro y de muchos problemas encima.
inmediato le expuso la situación. La respuesta la sorprendió: La señora María Cristina respondió con una mirada firme.
—Créame, Cristinita, que me produce profundo dolor lo Un tenso silencio inundó el espacio entre ambos. Entonces, el
que me cuenta. De sólo pensar en esa pequeñita que tiene la director, olvidándose de su cargo y ya más relajado, agregó:
misma edad de mi única nieta, me parte el corazón. —Bueno, sí, sí, Cristinita, yo la entiendo. Seré sincero con
El director, emocionado, no pudo contener las lágrimas y usted. ¡Ya estoy aburrido de todo esto! Cuando comencé a tra-
sacando un pañuelo de su bolsillo se las secó. La profesora bajar, también quise cambiar el mundo, luchar, salir en defensa
tampoco pudo contener la pena, brillándole los ojos de emo- de causas justas aun cuando fueran perdidas y, con el tiempo,
ción. Entonces, el hombre, respiró hondo e inesperadamente comprendí que nadaba solo contra la corriente. Finalmente,
su semblante se endureció y con una voz disdnta dijo: eso me cansó.
—¡Pero si esto no es novedad aquí, Cristinita! ¡Ocurre — Y ese cansancio lo llevó a la indiferencia, a la abulia,
todos los días! ¡Qué se puede esperar de esta aldea donde colaborando con su actitud a degradar nuestra profesión. En
abunda la degeneración a todo nivel! ¡Hemos hablado con las sus palabras todo está bien; sin embargo, las acciones contradi-
70 71
Manuel Gallegos
cen lo que expresa. Perdóneme acerca de lo que voy a decirle,
señor director, pero no lo puedo callar. Por el sueldo que gano
no venderé lo más preciado de mí: la valentía de expresar lo
que pienso sobre mi trabajo. Su interés, señor director, dejó
de ser la educación. Usted habla como si fuera un anciano sin
serlo. ¡Yo no soy una profesora nueva, llevo diez años ejer-
ciendo y el día que piense y actúe como usted, ¿sabe lo que voy
a hacer?
—No. No lo sé, Cristinita.
—¡Pues me retiraré y me dedicaré a otra cosa!
Se despidió formalmente, dio media vuelta y se alejó.
CAPÍTULO 6
liodoro lanzó una piedra sobre la superficie del lago y
E contempló las ondas provocadas por el impacto y las
aguas rizadas por el viento. Se sintió inquieto y atrapado por
algunas situaciones de desagrado, las que lo arrastraban a dar
vueltas y vueltas sin que se pudiera desligar de ellas. De nuevo
recordó lo que le sucedió a Margarita.
El mismo día que la maestra conversó con la niña, envió a
buscar a su madre para informarle de lo acontecido. Esa tarde
tenían ensayo de teatro y Eliodoro fue el primero en llegar a la
sala. Mientras leía sus pariamentos en silencio, escuchó que la
mujer le decía:
—¡Pero eso no es posible! ¡Dios mío! ¡Qué terrible, señora
•'li
María Cristina! Mi niñita, ¿por qué a ella?
72
73
Vestida de oscuro y con sencillez, la mujer reflejaba en las a explotar en llanto, contagiando también a su hija. La maes-
manos el diario y agotador trabajo hogareño. Lloró desconso- tra tranquilizó a doña Raquel y acarició la cabeza de Marga-
lada y entre lágrimas preguntó a la chica: rita. Luego, dirigiéndose a Eliodoro, quien había comenzado
—¿Es verdad eso, hijita? a pintar unos carteles, le pidió ayuda para llevar los rollos
sobrantes de cartulina a la dirección. Cuando entraron a la ofi-
Margarita, aterrorizada, sólo afirmó con la cabeza.
cina, el chico los dejó sobre una mesa y la maestra lo hizo
—¡Esto, señora, no lo podemos dejar así! Vamos a denun- esperar afuera. Allí se quedó, junto a la puerta, desde donde
ciar a ese hombre porque es un peligro para su hija y las demás alcanzaba a divisar parte del escritorio del director. Este, arre-
niñas. llanado como siempre en su sillón, sólo ante la insistencia de
—Sí, sí, señora María Cristina. Y usted ¿sabe quién es? la maestra decidió llamar a la policía. Tomó el teléfono, marcó
el número y habló con alguien, explicándole lo sucedido. Des-
—Sí. Lo sé, pero, perdóneme, no se lo puedo decir toda-
pués de unos minutos de conversación, colgó.
vía. Ahora iré a informarie al director de nuestra conversación
y pedirle su ayuda. ¿Está de acuerdo en hacer la denuncia, — E l detective Muñoz nos aconseja llevar a la chica al hos-
verdad? pital con el objeto de hacerle un examen y, a continuación,
pasar a estampar la denuncia al cuartel. ¿Podría ir usted, Cristi-
La mujer se quedó callada, moviéndose inquieta, indecisa
nita?, porque yo estoy muy ocupado organizando la comida que
de hablar: •
tendremos mañana para celebrar el cumpleaños de la colega
—Bueno, no sé. Yo soy dueña de casa y para estas cosas se Montealegre. A propósito, usted participará ¿no es cierto?
necesita tiempo. A veces, uno pierde todo el día en la comisa-
—No, no asistiré, señor. Permiso.
ría o el juzgado, usted sabe, eso es así. También, debo contár-
Y al darse vuelta para salir, este le dijo:
selo a mi marido. ¡Dios mío, a él le tengo un miedo horrible!
Es muy violento y esto lo sacará de juicio, estoy segura. —¡Qué lástima! Bueno, manténgame informado de todo,
Cristinita. Cuente con mi apoyo.
—Señora Raquel, ¿no se da cuenta de que está en juego la
salud mental y física de su hija? ¡No podemos permitir a un Eliodoro oyó los pasos de la maestra y se retiró de la puerta.
degenerado andar suelto por el pueblo! ¿No lo comprende? Ella se mordía los labios y su cuerpo entero parecía temblar.
Enseguida caminó con paso rápido y seguro hasta la sala. Se
—Sí, sí, tiene usted razón —concluyó la mujer y volvió
detuvo, y antes de entrar hizo esfuerzos para dominarse. Daba
74 75
la impresión de que no deseaba que la vieran irritada. Enton-
Al salir de allí caminaron por la calle principal hasta la anti-
ces, después de hablar con las dos mujeres, llamó a Eliodoro
gua casona de madera usada como cuartel de la policía. Un
para encargarle que al llegar sus compañeros aprovecharan de
hombre de mediana edad, informalmente vestido, se presentó
ensayar solos mientras ella iba a la ciudad. Así lo hicieron los
como el detective Muñoz. Las saludó con cortesía e invitó a
niños, desconocedores de cuanto sucedía con la maestra en esos
subir a través de una crujiente escala al tercer piso. Entraron
momentos.
a una pequeña sala ubicada en el altillo del edificio, amoblada
Como Eliodoro vivía enfrente de la casa de Margarita y nor- sólo con una mesa y dos sillas comunes, de madera. E l lugar
malmente en las tardes se juntaban a jugar un rato, ella le contó era poco acogedor, tenebroso, lo que aumentó el miedo de
lo sucedido.
Margarita. E l detective pidió a la madre que esperara en el
Habían ido a Quilleco en auto colectivo y ella se mantuvo pasillo por unos minutos. Después cerró la puerta, se sentó
en silencio los cinco kilómetros que los separan de Kalkuhué. detrás de la mesa y comenzó a indagar en detalle sobre lo ocu-
Tuvo tanto miedo que su frágil cuerpo no dejó de temblar en rrido, haciéndole preguntas a la chica y transcribiendo las res-
el trayecto. La señora María Cristina la tranquilizaba cariño- puestas en una vieja máquina de escribir eléctrica. Alrededor
samente, hablándole de otras cosas. Una vez en el hospital, de treinta minutos después, el detective concluyó:
se dirigieron al servicio de urgencia, donde, al no haber otros —Margarita, ¿cómo se llama el hombre?
pacientes, fueron atendidas de inmediato. Ante la petición del
—Todos le dicen el viejo Beto, pero se llama Heriberto. *
auxiliar de enfermería sólo entró Margaríta con doña Raquel.
La maestra aguardó en la sala de espera. —Hoy lo conocí —agregó la maestra—. Los niños me lo
mostraron. Es un hombre de unos sesenta años, mal vestido,
Después de veinte minutos, salieron. Tras cmzar la puerta bajo, delgado, moreno, y con una pequeña joroba. Andaba ron-
batiente, el rostro de doña Raquel reflejaba una angustia con- dando la escuela en actitud sospechosa, como en la búsqueda
tenida y simulando tranquilidad, comentó: de nuevas víctimas.
—No es nada. El doctor dijo no haber sido nada. —Es lo más probable. Señora, esto se debe mantener en
Margarita se dio cuenta que la maestra —por la expresión absoluta reserva para que el hombre no escape. Intentaré pedir
del rostro— no le había creído a su madre. La niña tampoco al juez una orden de arresto para este individuo.
se enteró de lo que el médico habló aparte con ella. El detective, entonces, se levantó y dirigiéndose a la puerta
llamó a doña Raquel. Cuando ésta pasó le informó que,
76
77 ^ '
lomando en cuenta las declaraciones de su hija, el hombre en
cuestión había abusado de ella y de otras estudiantes de la
escuela, que tratara de estar tranquila, ya que él se preocuparía
de encerrarlo. Le pidió mantener a la chica sin salir de la casa
durante a lo menos dos días.
—Señor detective, sé que ustedes conocen quién es el
hombre. ¡Yo también tengo derecho a saberlo!
—Señora, por el momento es preferible que lo ignore.
—Pero, ¿por qué? ¡Soy la madre y si se trata de un hombre
de A'Í?//:M/IMÍ'necesito estar alerta!
El detective pensó unos instantes, dio media vuelta y le
contestó a la mujer:
—Está bien, se lo diré, pero le pido por el bien de la inves-
tigación y de su hija, no decirlo a nadie.
—Se lo prometo, señor.
—Se trata de un hombre de edad, con una joroba, a quien
llaman el Beto.
—¡Dios mío! ¡El Beto! ¡No puede ser! ¡No puede ser! A
ese hombre, señor policía, nosotros lo conocemos mucho, si
casi es de la familia, porque es un primo lejano de mi marido.
Se llama Heriberto. ¿Es cierto, hijita que fue el Beto?
—Sí, mamá. •' • - ' • •' '
—¡Santísimo corazón de Jesús! ¡Pero si él ahora mismo
está en casa cuidando a tus hermanos! ¡No tenía con quién
79
Manuel Gallegos El cisne y la luna
dejarlos y recurrí a él porque siempre tiene tan buena voluntad Esa tarde no hubo noticias de la aprehensión del viejo
y es bondadoso con los niños! ¡Señorcito santo! ¡Mi marido Beto. .
lo va a querer matar! —gritó la mujer en una crisis de llanto e —¿Quién lo iba a imaginar, cuando a ese hombre lo veía-
histeria. mos a diario en la calle y era aparentemente inofensivo? —dis-
—Cálmese, señora. Nuevamente se confirma la regla: quie- currió Eliodoro.
nes cometen estos delitos son hombres de la misma familia o La inmediata reacción del padre y del tío de Margarita, al
parientes cercanos de la víctima. enterarse del hecho, fue salir a la calle en busca del hombre
—¡No lo puedo creer! ¡Tendré que regresar inmediata- para daríe una paliza, pero doña Raquel les rogó no hacerío,
mente o llamar por teléfono a una vecina para que saque a los contándoles el compromiso con el detective; de lo contrario
niños de la casa y los cuide hasta mi vuelta! ¡Dios mío! ¿Com- podría escapar y frustrarse todo.
prende? ¡ Ahora están con ese hombre!
—¡No harán nada! —dijo el enfurecido padre de Marga-
—Yo quisiera ir a aprehenderio en este momento, señora, rita—. Todo se va en papeleos y trámites. ¡Después, los delin-
pero no puedo sin una orden del juez. Bajemos, por favor. En cuentes salen al día siguiente a la calle, "libres de polvo y paja"
el primer piso podrá llamar por teléfono. a continuar con sus fechorías!
Así lo hicieron. En la planta baja indicó el aparato telefó- —Esperemos hasta mañana, hombre —le propuso el her-
nico a la mujer y ésta se comunicó. Cuando terminó, el detec- mano.
tive les dijo:
—¡Está bien, sólo hasta mañana!
—Esta tarde lo detendremos. Pediré también al juez que
Al otro día los detectives detuvieron al Beto y en el cuartel
solicite el informe médico al hospital. Y, por favor, señora, no
diga nada de esto a nadie. E l hombre puede llegar a enterarse procedieron a interrogarío. Este lo negó todo, pero el juez, con-
y escapará. siderando el informe médico y las contradicciones del incul-
pado, estableció la existencia de violación. Por lo tanto, lo
La madre se despidió agradecida del policía. Subieron a
condenó a la cárcel.
otro automóvil colectivo y regresaron a Kalkuhué. La maestra
volvió a la escuela. Sus alumnos ya se habían marchado y sólo La señora María Cristina Burgos sintió una profunda tran-
Eliodoro decidió esperaría para saber lo ocurrido, pero ella quilidad al pensar que ahora sus alumnas podían ir seguras
sólo le contó generalidades. camino a la escuela, libres de las bajezas de ese hombre.
80 81
—¡La felicito, Cristinita! Usted logró lo que nadie había que deberíamos seguir su ejemplo. Y ya es tiempo que real-
conseguido hasta ahora en Kalkuhué. Cada vez que se iniciaba mente entreguemos una buena educación sexual a nuestros
un proceso parecido, se diluía en el tiempo, perdiendo nosotros alumnos. E l nuevo concepto de educación que comienza
la fe —argumentó el director de la escuela ante el grupo de a echar raíces en nuestro país requerirá de otro espíritu y
profesores. debemos prepararnos. ¡Quizá debamos comenzar por depu-
—¡En todo caso, una no puede andar haciéndose la heroína, rar nuestros corazones!
intentando solucionar asuntos de este tipo! —opinó Verónica Tras la intervención de Alba Barría, no hubo ninguna otra
Matamala. opinión. Cada uno se escabulló. La señora María Cristina, diri-
—¡Y no sólo ocurren cosas de este tipo! ¡Las hay peores! giéndose a su colega, le dijo: • ' / >,
—afirmó riendo Trinidad Montealegre, arrastrando a la risa al —Alba, quiero agradecer tus palabras. • • -•
resto. —Nada tienes que agradecer, Cristina. Expresé lo que
—Me parece, señor director y colegas —dijo Alba—, que siento y pienso solamente. Soy yo la que debo estar agradecida
yo hubiera hecho lo mismo que María Cristina. ¡No es justo de ti por ayudarme a despertar y valorar mi vocación. En nues-
que se dude de su intención! Ella lo hizo por las niñas de tro medio la gente es muy buena para criticar, hablar mal o
la escuela y no para recibir sus aplausos. ¡Ahora, después inventar cosas acerca del otro, pero en el momento de destacar
de oídos, tomo conciencia con quiénes realmente trabajo! Yo las acciones positivas, nadie abre la boca.
estaba ciega y no me daba cuenta. Es muy fácil, pienso yo, —Sí, tienes razón. Alba. ¡Ese mundillo superficial y falto
esconder la cabeza como el avestruz ante nuestra realidad tan de generosidad es el que me enferma!
particular. Aquí, nosotros no sólo cumplimos la labor educa- —Debes tomario con más calma, María Cristina. Tu entrega
tiva, sino que también hacemos el papel de padres, enferme- como profesional se estrella contra la indiferencia de los
ras, consejeras, asistentes sociales, psicólogas y auxiliares otros.
cuando la sala está sucia. ¡Nosotros mismos elegimos ser
—Me asombra que tú, amiga, siendo una profesora joven,
maestros en una escuela rural y debemos asumir lo que sig-
hables con tanta madurez sobre esto. Ojalá no te contamines.
nifica! María Cristina hizo lo imposible por evitar que ese
hombre siguiera ensuciando el cuerpo, la mente y el corazón —Tú no lo has hecho. ' .
de las niñas de la escuela. Perdónenme, colegas, pero creo —Sólo he actuado confidelidada mis pensamientos y prin-
82 83
cipios. En cuanto a los alumnos, siempre estoy dispuesta a
escucharlos y aprender de ellos. En especial en lo que se refiere
a mantener viva la llama de la sorpresa, de estimularlos a
maravillarse por lo que puedan ver sus ojos. A propósito, te
tengo un regalo—. Extrajo de su cartera una hoja doblada y
manteniéndola en sus manos le dijo:
—Es el Decálogo de la Maestra de Gabriela Mistral. Una
querida profesora de la universidad donde estudié me lo dio
a conocer y créeme, Alba, en esas pocas líneas está lo más
importante de nuestra vocación. Lo he leído infinidad de veces,
palabra por palabra, hasta grabarlas en mi alma y en mi carne.
Como ejemplo te citaré dos de esos pensamientos: "Ama, si CAPÍTULO 7
no puedes amar mucho, no enseñes niños"; y "Maestro. Sé fer-
voroso, para encender lámparas has de llevar fuego en tu cora- 'liodoro recordó la humilde casa de su infancia; era
zón". ¿No sería esto suficiente para hacer un cambio de raíz en /como casi la de todos sus compañeros de escuela,
nuestro sistema pedagógico. Alba?
E
estaba formada por tres habitaciones: un par de dormitorios y
Su compañera de trabajo lo leyó de inmediato y al con- una sala que hacía las veces de comedor y de cocina, además
cluir unas silenciosas lágrimas humedecieron la hoja entre sus de sala de estar. Algunos habían agregado a este tipo de
manos. Se acercó a su amiga y la abrazó: viviendas otras piezas prefabricadas, en la medida que aumen-
taba la familia. Construidas de madera sobre pilotes de tron-
—¡Gracias, María Cristina! ¡Esos pensamientos son mara-
villosos y te identifican plenamente! No los olvidaré, te lo ase- cos y envueltas las paredes exteriores por oscuras tejuelas de
guro. Ahora, si ya te vas, aprovecharé de irme acompañada, ¿te alerce, parecían imitar al escamado cuerpo de los jureles. Su
parece?—Ambas mujeres salieron de la escuela conversando, interior sencillo, amoblado con lo esencial, se distinguía por
sintiendo reconfortada el alma al percibir que su amistad se la extremada limpieza que la madre del chico conseguía en el
había enriquecido. piso de anchas tablas, y del mismo modo, la vajilla y la cocina
a leña. Sobre ésta, colgaba la zarabanda de coligue donde
84 85
doña Leontina con unas pinzas de madera prendía la ropa para "Si tiene una boina
que se secara. Las habitaciones tenían sencillos catres con vendrá lluvia. - '• - -
cubrecamas de lana de múltiples colores, y pequeños objetos Si tiene un sombrero
de adorno cuidadosamente ordenados sobre antiguas carpetas el tiempo será bueno." • ' ' "
tejidas a crochet. Eran unos versos de la tradición lugareña que su padre
La mayoría de las casas de la aldea, en especial la de los le había enseñado. La mujer, entonces, dejaba de pelar unas
inquiUnos, eran mantenidas con el mismo cuidado de Umpieza papas y se asomaba a la puerta trasera de la vivienda para com-
que el hogar de Eliodoro. Afuera, en el estrecho patio, su madre placerío. Sus ojos descubrían sobre la cima del volcán una per-
mantenía un frondoso huerto con plantaciones de lechugas, fecta boina de nubes blancas. Irremediablemente, en la tarde o
repollos blancos y morados, habas y papas. Desde allí, se podía al anochecer, se dejaba caer la lluvia, confirmando su poético
observar el volcán Chelle, convertido para él en un faro mágico. vaticinio.
Cuando iba con su padre a las pampas o al monte en busca de
La señora María Cristina tenía también un particular modo
leña, a Ehodoro le bastaba descubrir el mullido cono nevado
de enterarse del mal tiempo. Constataba la proximidad de un
para ubicarse en el espacio y sentirse seguro. En las mañanas
aguacero por la nerviosa inquietud percibida en la sala, expre-
lo veía iluminarse con el sol trepando por una de sus laderas.
sada horas antes de ocurrir. Cuando los niños actuaban extra-
Y entonces, pensaba: "el sol duerme en el volcán". Elena rió
ñamente eufóricos y desobedientes más allá de lo normal, era
cuando le repitió su poético pensamiento. Según su hermana, el
signo inequívoco de lluvia en un par de horas. Eso sí, según su
sol no dormía y si lo hiciera, no lo haría en el volcán.
opinión, las señales descritas convertían la mañana en una jor-
—Además, no cabe en el cráter —concluyó la niña. nada agotadora, por lo que no gustaba de esas manifestaciones
Otras veces distinguía en la cúspide de la cónica montaña meteorológicas. Los demás profesores de la escuela bautizaron
una enorme nube con forma de boina y entonces, exclamaba: a esa expresión infantil como "el barómetro infalible".
—¡Mamá, mañana va a llover! En otras ocasiones el Chelle desaparecía totalmente cubierto
—¿Porqué,hijito? ' " ' por grandes y azabachadas nubes, permaneciendo así días
completos, incluso hasta una semana. Cuando esto sucedía, el
—¡El Chelle se ha puesto la boina! — Y en el acto corría
ánimo de Eliodoro se derrumbaba. Le provocaba ensimisma-
donde ella y le recitaba: ; ,, ;
miento y tristeza. Había perdido la luz del faro. E l volcán
S6 87
llegó a ser una importante compañía en su existencia. En algu- Icviiida, se oríginó cuando los aborígenes habitantes de las
nas ocasiones, pensando en el significado del nombre Chelle, millas de la laguna Küyenpür, al ver cómo los extranjeros
imaginaba a la enorme montaña como un ave blanquecina, ate- iK upaban sus tierras y quemaban los bosques, lloraron incon-
rida y acurrucada por el frío. A causa de esa profunda rela- Nolablemente durante una semana. Desde ese día, en recuerdo
ción nacida en su espírítu desde los primeros años de vida, de ese infinito dolor, comenzaron a nombrarlo Quilleco, es
había concebido a la ciudad que lleva el mismo nombre del i Ice ir. Agua de Lágrimas.
volcán como un lugar magnífico, un sueño maravilloso. Por Después, el vehículo cruzó el valle a través de arroyos,
ese motivo, cuando integró el grupo de teatro formado por la bosques y pampas hasta llegar a la desembocadura del río
maestra y comenzaron a actuar en diversos villorrios, germinó Pichico, cuyo reducido cauce hacía honor al significado de su
en su interior el deseo de viajar a conocer la ciudad de Chelle,
nombre: agua escasa. Desde allí se desviaron por el camino
sospechando que sería tan hermosa como el querído volcán.
paralelo a las oríllas del río, dejando atrás hermosos campos
El furgón azul con el sello blanco de la Ilustre MunicipaU- abiertos e internándose pronto en un tupido túnel de coigües,
dad de Quilleco en las puertas llegó a buscar al grupo teatral ulmos y arrayanes que parecían saludaríos. Unos cinco kiló-
de la escuela. A la maestra le gustaba mostrar las obras de los metros antes de llegar a la escuela, al mirar por la ventanilla
alumnos las veces que fuera posible. Estaba convencida de que del vehículo, Eliodoro exclamó:
les hacía bien para el desarrollo personal. Y, en esa ocasión,
—¡ Miren esa tierra negra!
habían sido invitados a actuar a los pies del volcán Rucaman-
—¡Claro! —respondió Pablo— ¿Y de qué otro color va a
qui, en la aislada Escuela de Pancul, ubicada a treinta kilóme-
ser? ¿No te das cuenta que es ceniza del volcán?
tros de Kalkuhué. Para los veinte actores del grupo ésta era una
vivencia única: el solo hecho de salir de la aldea representaba Todos los viajeros se arrimaron a observar. Don José, el
ya una aventura apasionante. conductor, hombre de unos cincuenta años, esmerado y amiga-
ble, detuvo la camioneta, invitándolos a bajar para contarles lo
Cargaron el vehículo con los telones, la utilería y el vestua-
rio necesarío para la representación de la obra, la cual titularon siguiente:
como "El maravilloso circo de Kalkuhué^ —¡Esta es tierra volcánica, niños! Hace muchos años el
volcán despertó de su sueño de siglos. Prímero, comenzó a
E l furgón salió de la aldea y atravesó Quilleco de punta
salir del cráter un inofensivo hilillo de humo, aumentando con
a punta. Esta es una ciudad cuyo nombre, según cuenta la
88 89
el pasar de las horas hasta reventar en una gigantesca erupción —Tiene usted razón, don José. >
que ennegreció el cielo. ¡El cráter se abrió y dejó salir ríos de A poco avanzar, subiendo y bajando por el angosto camino
lava ardiente por las laderas, quemando todo lo existente a su húmedo, la maestra se entretuvo en apreciar las bellas flores
paso! Junto al humo expulsaba ceniza y piedrecillas a cientos rojas del chilko, que colgaban como diminutos faroles encen-
de kilómetros, las cuales cayeron sobre los campos, cubrién- didos; el hermoso color dorado de los ondulantes troncos de
dolos con esta capa de tierra oscura como el carboncillo. los arrayanes, y las gigantescas hojas del pangue.
Levantaron las cabezas para contemplar la cumbre del Don José advirtió que a mano izquierda del camino había
volcán coronada por una nube de nieve. David se agachó y
un grupo de personas alrededor de algo que no podía distinguir
cogió un puñado de tierra, examinándola atentamente. Los
con claridad.
demás imitaron la acción y, luego, la guardaron en los bol-
sillos. Observándolos con disimulo, la señora María Cristina —Tal vez ha ocurrido un accidente —comentó. Después
sonrió y mantuvo silencio. ,- detuvo el vehículo a la orilla del camino, puso el freno de
mano, enganchó el cambio y dio instrucciones perentorias:
—¡Miren! ¡Encontré una piedra volcánica! —gritó Cecilia,
mostrando un trozo de roca negra del tamaño de una manzana —¡Niños, esperen por favor un momento! Señora, le ruego
grande entre las manos. Los otros, en el acto comenzaron a que no les permita bajar.
buscar también. Cuando cada uno tuvo su tesoro, el conductor Salió del furgón y se dirigió con paso apresurado hacia el
ordenó: grupo de curiosos. Habló con un hombre que presenciaba el
—¡Todo el mundo a bordo! — Y dirigiéndose a la profesora desconocido suceso, e inquirió con él lalinformación necesa-
comentó con simpatía: —¡Creo que esta vez les cobraré sobre- ria, luego regresó al vehículo: . ; • \
peso! —¡Acabamos de encontramos con el príncipbvde los Andes
Ella rió, agradeciéndole el gesto de haber detenido el sureños! —exclamó entusiasmado. Los niños lo nairaron sin
vehículo para que sus alumnos bajaran a conocer y les entender y entonces él continuó: \
hablara con tanta amabilidad. —¡Tienen encerrado en una jaula a un hermosa puma!
—Señora, si los chicos jamás han tenido en las manos un Hablé con el hombre que lo cuida y me dijo que no exisíe peli-
puñado de tierra volcánica, ¿cómo sabrán lo que es verdadera- gro alguno; al contrario, se alegró de que lo pudieran cotaocer
mente un volcán? los niños. —Se volvió a sus pasajeros y les preguntí^: \
90
Manuel Gallegos El cisne y la luna
—¿Quieren verlo? lie matarío, incluso una noche salí armado con esa intención.
Todos afirmaron al unísono, sin dudar. Don José, después il'or suerte no lo encontré! Yo amo a los animales y no puedo
de explicarle a la maestra y ésta aceptar encantada, los hizo actuar vengativamente. El puma carece de culpa. Sus bosques
bajar en orden. Los chicos se pusieron nerviosos y a la vez los han talado y por esa causa desaparecieron las especies que
felices ante esta inusitada invitación, sobre todo por no haberla él cazaba para alimentarse. Si bajó de la montaña a comerse
siquiera imaginado. Caminaron hacia la jaula, expectantes e uús animales, no lo hizo por maldad. ¡Nosotros, los hombres,
inquietos, no faltos de cierto disimulado temor. Los demás somos los responsables por terminar con su ambiente natural!
curiosos ya se retiraban, quedando enteramente libre la visión Además, yo no debo matarío: la ley lo prohibe y si lo hago,
para ellos. E l guardián del animal, un sencillo agricultor, son- me llevan a la cárcel. ¡Estoy satisfecho de haberío capturado y
riente, de piel y cabellos blancos, les advirtió que no se acer- saber que no seguirá atacando a mis animales!
caran demasiado para no poner nervioso al puma y, de esa —¿Y el puma puede matar hombres? —le preguntó Pablo,
manera, pudieran observarlo mejor. Este era un bello ejemplar
abriendo los ojos más de lo normal.
adulto, con su piel dorada, clara, suave y un cuerpo fuerte y
— E l puma ataca al hombre sólo si éste lo agrede.
armonioso. •
En el auditorio se produjo un relajamiento después de esta
María Estela y Elisa buscaron las manos de la maestra, no
afirmación; sin embargo, no dejaron de tener miedo, conser-
soltándose hasta sentirse seguras otra vez en el furgón.
vando la debida distancia entre ellos y la jaula.
—Este puma —habló el hombre— lo cazamos anoche,
—¿Y qué hará con él, señor? —intervino Eliodoro.
porque ya hacía varias semanas bajaba a mi campo a comerse
los animales domésticos. Yo tenía cuatro pudúes y una veintena —¿Te lo quieres llevar? —preguntó el hombre sonriendo.
de gansos. Uno a uno los fue matando hasta dejarme sin vena- —¡Bueno! ¡Podríamos integrarío a nuestra obra del circo!
dos ni gansos. Entonces, fue necesario darie caza. Conseguí ¿Se imaginan un león de verdad? ¡Tenemos a una domadora
esta jaula-trampa y después de varios días de espera lo atrapé. y tres tigres! —irrumpió nuevamente Eliodoro, seguido de la
—Señor —intervino Cecilia—, ¿qué le hará al puma? ¿Lo rísa de sus compañeros que entendieron la broma.
va a matar?
—Lo que sucede, señor —explicó la maestra— es que estos
—Mentiría si no les dijera que en un instante, producto del chicos forman parte del grupo de teatro de la escuela de Kalku-
enojo y la furia de perder a mis animales, no me dieron ganas hué y han sido invitados a hacer una presentación en la escuela
92 93
de Pancul. La obra trata de un circo, uno de cuyos números son lulo, y la profesora gustosa se unió a sus alumnos. Luego, cada
tres tigres. lino se despidió y agradeció al generoso anfitrión. Subieron al
M'hículo comentando y bromeando acerca de lo ocurrido. Al
—¡Pero nuestros tigres son mansos! ¡Tan mansos que los
llevamos junto a nosotros en el furgón! —agregó Gabriel con retomar el viaje, observaron hasta perder de vista la prisión
forzada seriedad. ,: donde permanecía el animal casi inmóvil.
—Debo agradecerte nuevamente, don José, la maravillosa
El hombre lanzó una sonora carcajada, seguida también de
oportunidad ofrecida por usted a mis alumnos —le dijo la
la risa del grupo como un eco. Luego, felicitó al grupo por lo
que hacían y, después de unos segundos de contemplar silen- maestra, ubicada en el asiento del copiloto.
ciosamente al animal, contestó la pregunta de Eliodoro: —La verdad, señora, es que al hacerio para ellos, lo hago
recordando a un chico mío que se lo llevó una enfermedad. Al
—Informé al Servicio Agrícola y Ganadero de la captura
regalarles alegría a sus niños se la estoy dando también a él
del puma. Ellos vendrán mañana para llevarlo a un sector
lejano de aquí, a un parque natural ubicado al inicio de la —dijo el hombre con los ojos llorosos.
Carretera Austral, donde podrá vivir tranquilo, en libertad y —Lo comprendo—. Después de una breve pausa emotiva y
tener comida sin necesidad de acercarse a poblados. con la vista en el camino, la maestra volvió a mirar al conduc-
tor, agregando: —¡Estoy segura de que su hijito se siente feliz
Los compañeros de Eliodoro mostraron satisfacción con
movimientos de cabeza y entusiastas aplausos, aprobando la con cada gesto suyo, don José! ,i . .i ,r
actitud del hombre. ¡r, ' La escuela de Pancul, nombre que significa 'cachorro de
puma', estaba situada a un costado del camino, el que dejaba
—Bueno —concluyó la maestra—, le agradezco mucho
ver en ambas orillas cientos de troncos de alerces milenarios
haber permitido a mis alumnos conocer al puma y, también,
que habían sido quemados irresponsablemente. Esos troncos
por su instructiva conversación. Estoy segura de que los niños
no olvidarán tan fácilmente esta experiencia. Sólo quisiera se alzaban al cielo como manos en actitud de ruego, de com-
pedirle un último favor. Me gustaría tomarle una foto a ellos y pasión. La camioneta se detuvo y todos comenzaron a bajar,
a usted junto a la jaula para llevarla de recuerdo a la escuela. quedando sorprendidos y admirados del paisaje.
—¿Quién quemó esos árboles? —consultó David.
Ante la aprobación del hombre, el grupo se ubicó a cierta
distancia del puma. Don José le ofreció a la maestra tomar él la —Algunos, fueron quemados por el volcán; otros, por los
94 95
hombres —afirmó don José. ' El elenco de actores con su directora bajaron los bártulos
—¡No me gustaría vivir aquí: hay pumas. Además, el volcán del vehículo. Instalaron al fondo del escenario un telón blanco
hace cosas feas —opinó Cecilia, observando con temor a ese en el que relucía una gigantesca cara de payaso. Y en un rincón
inmenso gigante de roca y nieve que se elevaba ante sus ojos. del escenario se ubicó el equipo de sonido, consistente en un
—¡A mí me encantaría! ¡Les pondría trampas a los pumas órgano electrónico manipulado por Javier, el hijo de doce años
y si uno me ataca, ¡Paf! ¡Chas! ¡Raaaam! ¡lo hago un nudo! de la maestra, encargado de los efectos de sonido y de la inter-
—exclamó Andrés, haciendo una cómica demostración de pretación musical.
lucha libre que provocó carcajadas en el grupo. Se vistieron con la ropa de los personajes en una sala de
Salió a recibiríos un hombre vestido con sencillez, ade- clases; las niñas, como eran menos, lo hicieron en la oficina de la
manes respetuosos y amables. Los saludó uno a uno. Era un directora. Acto seguido, se pintaron la cara utilizando pinturas de
profesor de la escuela, de rostro tan colorado que a Pablo le color rojo, blanco y amarillo, además de lápices café y negro.
pareció un tomate. Presentándose como el profesor Mancilla, Entretanto, había comenzado a llegar el público integrado
manifestó gran entusiasmo por el teatro y les mostró los dos por alumnos de la escuela, quienes trasladaron sus propias
escenaríos que les tenía preparados. sillas de las salas de clases. Eran niños pobres, hijos de cam-
pesinos del sector, que verían por primera vez una obra teatral.
—Aquí será la actuación de las cuatro de la tarde, dirigida
a los alumnos de la escuela. Ellos sabían lo que era el teatro porque con sus profesores en
más d e una oportunidad habían practicado algunas dramatiza-
El lugar era un largo y angosto salón con varías puertas a un
ciones; sin embargo, ahora sería distinto, verían a un grupo de
costado que daban a las salas de clases. En uno de sus extre-
niños actores venidos de lejos, "un grupo de fama", como dijo
mos, unas débiles tarímas habían sido convertidas en escena-
el profesor Mancilla, impresionado por el hecho de que tenían
rio. Después, el profesor Mancilla los llevó al fondo del salón,
hasta un programa impreso con el nombre del grupo, el título
abrió la puerta que daba a la parte trasera de la construcción
de la obra en la portada y en el interior el reparto de los actores
de madera y les informó:
con sus personajes. . ^ . . . . .
—La segunda función será en aquel escenario al aire libre.
Se inició la función con el desfile de los artistas, apare-
¡Están invitados los padres, apoderados y gente de todo el valle
ciendo por el hueco de la enorme y colorida boca de payaso,
que vendrá al atardecer!
como lo hacen en todo gran circo que se precie de tal. Des-
96 97
pues de desaparecer todos por el mismo lugar, el señor Cora- Hl profesor Mancilla subió al tablado e imitó a un típico
les fue presentando a cada uno por los nombres artísticos en el l'usentador circense, dando comienzo a la obra. El público rió
momento de hacer la entrada a la pista e iniciar la actuación. (ir principio a fin con los diálogos y juegos,ya que los niños
La obra retrataba las peripecias de un circo pobre, de esos se hacían oír con voz fuerte y segura como les había enseñado -
cientos que recorren los pueblos de Chile. Los espectadores la maestra. E l cielo, de un azul oscuro, parecía una inmensa
al principiorieroncon timidez, pero al ver cómo los actores larpa con orificios brillantes. Los ojos y oídos sorprendidos de
se divertían y jugaban en el escenario, soltaron la risa con- esa gente sencilla revelaban el disfrute de ver a Las Hermanas
fiadamente. Eliodoro, la estrella más pequeña del circo, inter- Marambio, equilibristas internacionales; también a Yolanda, la
pretaba a un payaso servicial y juguetón que, sin hablar una Keina de la Magia Americana; Cuchi-Cuchi, la domadora de
sola palabra, ayudaba a entrar y sacar la utilería necesaria de Tigres de Malasia; el Unicornio Azul, único en el mundo, y por
los distintos personajes. Aplausos y carcajadas arrancaron las último, el diálogo del Señor Corales con los Payasos Repollito,
variadas acciones del grupo. Al finalizar, el público los aplau- Chocolatito, Choclito y Caramelito.
dió con cariño, y recibieron felicitaciones de la directora y , Los payasos reían exageradamente hasta caer al suelo. Unos
profesores de la escuela mientras los agasajaban con una abun- a otros se daban golpes con sus típicas tablas, las que aumen-
dante once. Para ellos fue el banquete niás exquisito recibido tan el sonido del golpe pero no provoca dolor. Eliodoro, en
en todas las presentaciones. el papel de mascota del circo, aparecía por el rincón menos
Por encontrarse entre los pies del volcán y los altos bosques esperado, tiraba de las chaquetas de los otros y daba golpes
de coigües, el atardecer llegó antes a la escuela de Pancul. también con la tabla de payaso.
Por el camino, tanto del norte como del sur, se veían hombres, Al final, persiguieron al señor Corales, mientras se oía la
mujeres y niños caminar hasta el magnífico escenario natural música del desfile y regresaban al escenario a despedirse.
y, en silencio, tomaban asiento en los troncos y bancas frente
Concluida la presentación se escucharon fuertes y afectuo-
a la tarima ubicada en medio de una verde y húmeda pampa.
sos aplausos, en agradecimiento por haberios hecho pasar un
Algunas mujeres habían llegado con un cojín bajo el brazo
momento grato, una pausa en la ardua tarea del campo. Ter-
para apreciar el espectáculo cómodamente. Sólo dos ampolle-
minó así una jomada doble de actuación y debían volver a su
tas grandes alumbraban el escenario, permitiendo distinguir el
rostro de los actores y sus movimientos. aldea.
Uno a uno la maestra los felicitó por el brillante desempeño
98
iii el escenario. Y fue entonces cuando le comentó al profesor
Maiisilla, reflexionando en voz alta:
-¿Qué les ocurre a estos chicos, que en el escenario crecen
1 orno si fueran actores con un largo entrenamiento? Debe ser.
Mil duda, la magia del teatro y ese algo indefinible o miste-
rioso nacido del alma, invitándolos a entregar lo mejor de sí a
los espectadores. Cada día compruebo en estos humildes niños
ci')mo el arte les ayuda a superarse y a vislumbrar otras reali-
dades.
El profesor Mansilla sólo afirmó con admiración en rápidos
movimientos de cabeza. ., i,¡
De regreso a Kalkuhué, la luna que los había acompañado
durante la representación continuó junto a ellos en el trayecto,
apareciendo y ocultándose entre la arboleda, en el serpenteante
camino, hasta encontraria,finalmente,esperándolos tendida en
el lago. Fue entonces cuando Eliodoro le preguntó a la maes-
tra:
—Señora, ¿cuándo iremos a actuar a C/íí//e?
—Algún día iremos, Eliodoro, algún día.
Cuando llegaron el lunes a clases, sólo Alba Barría se
interesó en saber cómo les había ido, preguntándoles detalles
de las actuaciones y felicitándolos por el éxito del viaje. De
algún modo se sentía partícipe de esa alegría porque algo de
ella igualmente estuvo presente en el trabajo del grupo. Ella
diseñó y confeccionó el vestuario de los personajes de la obra a
101
pedido de la señora María Crístina, considerando sus espcci;'
les habilidades en esa matería. Alba Barría los hizo con
buen gusto y amor, ante lo cual la maestra quedó muy agn'
decida. Nadie más se interesó en saber del viaje a Pancul
tampoco el director. En el acto de los días lunes en el patio,
éste, después de los acostumbrados llamados de atención que
hacía a los alumnos por micrófono, les dio la bienvenida de
la semana y felicitó a los jóvenes que se habían destacado en
el encuentro deportivo del día sábado en Quilleco. La maestra
se mantuvo atenta, deseando íntimamente que también felici-
tara al grupo de teatro, pero no lo hizo, a pesar de tener conoci-
CAPÍTULO 8
miento de la actividad. Para él era más importante lo deportivo
que lo cultural y, después del acto, se excusó de esta manera:
—Crísdnita, discúlpeme pero tuve tantas preocupaciones e las tantas cosas que le pasaron a Eliodoro, de muchas
esta mañana que lo olvidé. le quedó un dejo de trísteza, pero también de otras
Lo cierto es que, conociendo al director, esto no preocupó
D
guardó los recuerdos más luminosos de su época escolar. Por
ejemplo, el viaje a Pancul, las excursiones a la Virgen de
a Eliodoro. En sus pensamientos había quedado rondando la
las Lomas, las representaciones teatrales, la lectura de cuen-
respuesta de la maestra cuando le dijo que algún día irían a
tos y los fantásticos juegos que improvisaba la maestra. Sin
Chelle. Esperanza que muy pronto se frustró. Nunca fueron a
embargo, lo de Margarita fue enormemente impactante para
actuar allí porque al año siguiente ya no hubo grupo de teatro
él y todos sus compañeros de curso. A partir de tal suceso
en la escuela.
comenzaron a tener más cuidado y también asumieron que
las relaciones con los adultos no siempre serían tan edificantes
o positivas como quisieran; por lo tanto, en el aprendizaje de
esas y otras experíencias sintieron a la maestra junto a ellos, lo
que los ayudó a crecer y enfrentar el mundo más preparados.
102
Con la llegada de la primavera se realizó la inauguración noció el reluciente automóvil deportivo de color blanco que se
de un circuito cerrado de televisión para la escuela. En aquel detuvo en el frontis. Modesto Maldonado, el jefe del Departa-
evento, el profesor Gadca hizo su papel preferido: el de maes- mento Administrativo de Educación Municipal, bajó ágilmente
tro de ceremonia. A él asistió el alcalde de Quilleco; también, del vehículo y entró al pasillo de la escuela donde encontró a
Modesto Maldonado, jefe del Departamento Administrativo de Róbinson Gatica. Mientras el niño se cambiaba los zapatos por
Educación Municipal de Quilleco; el comandante del Cuerpo las zapatillas de lana, les oyó decir: - •' ' ' ' "
de Bomberos; el capitán de Carabineros; el gerente del aserra- —¿Cómo está, Gatica? —lo saludó Maldonado mientras
dero y el cura párroco de Quilleco. Se agregaban a la lista de este leía el diario—. Y agregó: —¿No hay nadie en mi
invitados otros conocidos y habituales jefes y subjefes munici- escuela?—. El hombre acostumbraba a hablar con arrogancia.
pales. Entre ellos se distinguía Richard Cifuentes, más cono-
—¡Buenos días, don Modesto! ¡Qué alegría tenerlo aquí!
cido como E l Charro Cifuentes, quien llegó a ocupar el cargo
Por el momento sólo se encuentra la señora María Cristina
de jefe del Departamento de Cultura de la Ilustre Municipali-
y este humilde servidor. Los demás deben estar a punto de
dad de Quilleco.
llegar, don Modesto. ¿Pasamos a servirnos un cafecito?
En la colorida ceremonia inaugural, el profesor Gadca
—No, no gracias, Gatica. Dígame, ¿cómo van los prepara-
agradeció en su alocución al Ministerio de Educación por el
tivos para esta tarde?
proyecto que les permitiría implementar una red de circuito
cerrado de televisión, el que sería de gran utilidad para la —¡ Viento en popa, don Modesto! . :=: Í : ?
comunidad escolar. Como demostración de su uso, el profesor —Yo invité, gracias a mis buenas relaciones, a la banda del
Gatica preparó para la ocasión un breve programa en que él, regimiento de Aguas Verdes para acompañar a las delegacio-
personalmente, aparecía en pantalla oficiando como conductor nes. Ellos, después del desfile de la mañana en Quilleco, ven-
del mismo; después de aquello se daría por inaugurado el pro- drán en la tarde a Kalkuhué.
yecto con bombos y platillos.
—Pero, don Modesto, como usted sabe, la banda de la
Dos días después se reahzaría el desfile del 18 de Sepdem- escuela ya está dispuesta.
bre para celebrar las Fiestas Patrias, por lo que la novedad del —¡Ellos son sólo niños, Gatica! Necesitamos algo más
equipo de circuito cerrado de televisión pasó a un segundo
espectacular, ¿entiende? No se preocupe, yo he pensado en
plano. E l día del desfile, Ehodoro, al llegar a la escuela, reco-
todo.
104 105
Manuel Gallegos El cisne y la luna
—Pero,... ciar el paso de las delegaciones invitadas. Participarían, entre
—Nada de peros, Gatica. otros, la escuela de Kalkuhué con sus alumnos y profesores,
además de representantes, tanto de alumnos como de profeso-
—Sí, señor.
res, de escuelas aledañas y otras instituciones locales.
Eran las 8 A.M. y el jefe se había dejado caer en la escuela.
A sólo minutos de iniciarse el desfile, Richard Cifuentes,
Revisó el libro de asistencia, escribió una anotación y se retiró.
celular en mano, corrió a través de la calle rodeada de público
Al salir, algunos profesores entraban con paso apresurado.
hasta la cabecera de las delegaciones ya formadas y, dirigién-
Él, con una amplia sonrisa, los saludó y continuó su camino.
dose al director de la banda estudiantil, le comunicó:
Modesto Maldonado gustaba darse un aire juvenil, el que se
reflejaba en su automóvil y en la manera de vesdr. Era común —Estímado colega, lamento informarie que su banda no
verlo en la oficina con temos de encendidos colores y luciendo podrá acompañar a los participantes del desfile. Deberán pasar
en la mano derecha dos llamativos anillos de oro. En el ins- locando sólo una vez ante las autoridades, al igual que las
tante que los demás profesores se enteraron de la visita del demás delegaciones. La Banda del regimiento de Aguas Verdes
jefe, se reflejó el temor en sus rostros por haber sido descubier- tomará el papel de ustedes. , .
tos enflagranteatraso. —Pero, ¿por qué? No lo entiendo. Usted se comprometió
con los niños. ¡Y han ensayado durante meses! ¿Se da cuenta
Entre los profesores que fueron llegando a la escuela estaba
de lo que esto provocará en ellos?
Alonso Cárdenas, incorporado en marzo a la escuela. Él se
hizo cargo de formar la banda para el que sería, sin haberlo —Lo siento, colega, son órdenes superiores. E l protocolo
jamás imaginado, el último desfile en Kalkuhué. El profesor de desfiles indica que cuando participa un destacamento del
Cárdenas preparó a los alumnos paciente y arduamente durante ejército, este debe ser acompañado por su banda militar y
meses para la presentación. Aprendieron la Marcha Radetzky hacerse cargo del desfile completo. Yo sólo le transmito las
de Johann Strauss, El Penacho Rojo de Adríano Reyes Fuentes órdenes de la autoridad. Y eso es lo definitivo.
y un conjunto de alegres y hermosas fanfarrias. Eliodoro observó cómo Cifiaentes dio media vuelta, marcó un
El día tan esperado había llegadofinalmentey alrededor número en el celular y hablando alto regresó con paso rápido,
de las cuatro de la tarde, Kalkuhué se despobló. Sus habitantes temiendo que le ocuparan la silla en la tarima de las autoridades.
tomaron ubicación a lo largo de la calle principal para presen- Alonso Cárdenas reunió a la banda en la berma del camino
y les dio a conocer el mensaje del coordinador general del
106 107
Manuel Gallegos El cisne y la luna
desfile. Los niños quedaron mudos, impávidos. La mayoría I as palabras del profesor los sorprendió, pero inmediata- ^
reaccionó al golpe con lágrimas en los ojos. El director trató iiu'iiie reaccionaron: •
de tranquilizarlos, intentando hallar un argumento. Fue inútil.
¡Sí, estoy de acuerdo! —gritó David, para quien la banda
Para ellos había sido demasiado dolorosa y frustrante la deter-
había transformado en lo más importante de su vida, la
minación. , , , , , . ,, , , , , ,
Hinca acdvidad que había logrado apasionario de verdad, reve-
—Entonces, señor, es mejor que no desfilemos —balbuceó lando sus ocultas cualidades musicales.
Daniel, de 7° año.
—¡Les propongo algo! —irrumpió Eliodoro con la caja
—Sí, sí —exclamaron unos y otros—. ¡No desfilemos! < ni gando de una banda de cuero color blanco sobre el pecho.
i Vamonos a casa, mejor!
Sus compañeros lo observaron con sorpresa. Les hizo un gesto
—Tal vez deberíamos hacerío como lo ordenan y después para que se acercaran y desapareció tragado por un círculo de
hablar con el director o el alcalde —reflexionó Alonso Cárde- espaldas. Así, después de oírio unos minutos, el grupo se abrió
nas en voz alta. como una rosa para explicar al resto la estrategia acordada.
—¿Y qué vamos a lograr, señor, si ellos están de acuerdo —¡De acuerdo, señor. ¡Lo haremos como ellos dicen, toca-
con lo informado por el Charro Cifuentes? —adujo David, sos- remos sólo una vez! —declaró David en nombre de todos.
teniendo entre los brazos un enorme tambor. ^ El desfile comenzó con la brillante interpretación de la
—¡Don Alonso, esto no lo aceptamos! ¡Aquí está mi ins- banda de la escuela, avanzando entre la multitud que los aplau-
trumento! ¡Yo me retiro de la banda! —concluyó un mucha- día, contenta y orgullosa de poseer un conjunto musical propio
cho de 8° año. en Kalkuhué. Entonces, cuando llegaron al sector de las auto-
—¡Y aquí está el mío! : " > - ridades, de manera intempestiva, cada integrante fue dejando
—¡Y el mío! . de tocar y acercándose a los pies de la tarima abandonó allí
su instrumento. El alcalde y todo su séquito, estupefactos, se
—¡Un momento, jóvenes! —los detuvo Alonso Cárde-
levantaron como impulsados por un resorte, no entendiendo lo
nas. —¿Qué culpa tengo yo? ¿Acaso no ensayé con ustedes
durante todo este tiempo, preparándolos para el desfile? ¿Por que ocurría. La gente se agrupó alrededor de la banda, igual-
qué no devuelven los instrumentos al jefe de cultura y a las mente sin comprender. Alonso Cárdenas, levantando la voz, se
autoridades que tomaron la decisión? dirigió a los altos personeros de la comuna:
108 ^. ' 109
El cisne y la luna
—¡Señores: estos niños han sido engañados! ¡El señor
Cifuentes les prometió que serían la banda oficial de este des-
file y ahora, a sólo cinco minutos de comenzar, les informa
que desfilarán como cualquier otra delegación pues la banda
del regimiento ocupará su lugar para el resto de la ceremonia!
¡Ellos se han preparado durante seis meses y se les defrauda
de esta manera! ¡Por esta razón devuelven los instrumentos a
quienes pertenecen, renunciando a la banda porque no acep-
tan un atropello semejante! ¡Y quien les habla, su profesor de
música, los apoya en esta decisión, tomada libremente!
E l público oyó las palabras del director de la banda y al ins-
tante surgió en los presentes un sentimiento de solidaridad, aplau-
diéndolo con entusiasmo. Alonso Cárdenas dio media vuelta
y abrazó a algunos de sus pequeños músicos que lloraban de
rabia y pena, mientras se alejaban de allí. Todo Kalkuhué los
respaldó, dejando a las autoridades abandonadas en el estrado.
Richard Cifuentes recibió del alcalde la orden de continuar con el
desfile y éste corrió hasta el comandante del regimiento de Aguas
Verdes, comunicándole la decisión del alcalde. En estas circuns-
tancias, comenzó el desfile y las delegaciones lo hicieron sólo
ante el pequeño grupo de espectadores sentados sobre la tarima.
Los aldeanos habían seguido a la banda, dejando la calle vacía.
Concluido el acto, el alcalde le manifestó su malestar al
director de la escuela respecto del escándalo ocurrido, respon-
sabilizándolo del proceder de la banda escolar. .r,.r..>.,
Dos días después, a fin de ganarse el favor de los aldeanos.
111
Manuel Gallegos
el alcalde concertó una reunión con todos los integrantes de
la banda, ofreciéndoles viajar a la capital sin costo alguno con ,'í,' l-iífS'
el fin de actuar en diversos lugares. Curiosamente, después de
ese viaje, Modesto Maldonado caducó el contrato del profesor
Cárdenas. Sin embargo, la señora María Cristina Burgos lo
defendió de esta manera:
—¡Nosotros, colegas, no podemos quedamos tranquilos
ante el despido de Alonso! E l es un valioso maestro que no
sólo formó la banda, sino también el coro, el gmpo folclórico
y el conjunto de guitarras. ¿Cómo es posible que lo dejemos ir
de este modo, sin hacer oír nuestra voz a las autoridades?
—¡Estoy de acuerdo con María Cristina! -opinó Alba Barría CAPÍTULO 9
y continuó: — E l día menos pensado, por algo que no le guste a
la autoridad, cualesquiera de nosotros podría ser despedido de la
' liodoro había observado hacía sólo unos minutos, cómo
noche a la mañana. Propongo que nos unamos y manifestemos
E yuna nube semejante a una pera de agua avanzaba con
nuestra opinión por escrito al jefe del Departamento de Educa-
lentitud hasta quedar sobre su cabeza, y después, soltar una
ción y al propio alcalde.
fina llovizna que se esparció por lariberadel lago.
Todos los profesores, por primera vez, apoyaron una acción Tal como esa mañana de hacía algunos años en que llovía
que consideraban justa. A la señora María Cristina le costaba suave y acompasadamente y todo parecía normal. Pero esa
creerio. Después, comprendió que ellos, tratándose de defen- lejana mañana tuvo un serio trastorno para él. El autobús llegó
der el puesto de trabajo, se unían. También los apoderados y con su carga de risas infantiles y los estudiantes entraron a la
junta de vecinos de la aldea se hicieron presentes, apoyando escuela para comenzar las clases como de costumbre, pero,
al profesor Alonso Cárdenas, y para alegría de los niños de algo rompía el equilibrio diario: el pupitre de Eliodoro estaba
Kalkuhué, el profesor de educación musical volvió a hacerles vacío. La maestra seguramente se extrañó de no divisarlo espe-
clases. rándola bajo el coigüe y, más tarde, al pasar la lista de asisten-
cia, preguntó:
112 113
Manuel Gallegos
—¿Alguien sabe de Eliodoro?
—¡Seguro se quedó enredado entre las sábanas, señora!
—intervino el gracioso de David, provocando carcajadas en
los demás.
—¡No, señora —irrumpió Diego—, yo lo divisé temprano!
¡ Iba corriendo a comprar el pan!
La clase continuó y en el primer recreo la señora María
Cristina se enteró por Elena, la hermana de Eliodoro, que la
profesora Olga Rebolledo lo había enviado de vuelta a casa
por llegar atrasado. Al oír el motivo de la ausencia del chico,
su rostro se desencajó. Pensó un instante, inspiró profundo y
entonces, con resuelta actitud, se dirigió a la sala de la señora
Olga:
—¿Quiero saber por qué razón despachaste a Eliodoro a su
casa?
—Simplemente, llegó atrasado —contestó evitando la
mirada de quien la interpelaba.
B,—¿Estás de turno hoy? - : w. -'^
—No—dijo demudada la otra profesora.
—Entonces, no tenías ningún derecho. El único que puede
hacerio es el director y quien esté de tumo. Tú sabías que hoy
me corresponde a mí.
. — i Pero él llegó atrasado!
—Te lo repito: no debiste inmiscuirte en lo que no te con-
114
cierne. Me parece un acto desleal. Y esto no lo dejaré así. Dis- ,S¡ supiera cuántas veces el chico se ha desmayado de hambre
cúlpame, pero no me dejas otra alternativa. durante la primera hora de clases! Son niños que gracias a su
En ese preciso minuto el Director entraba a la sala, sonrién- propio interés vienen a la escuela. Y, a pesar de esto, Eliodoro
doles, en sus acostumbradas visitas a los cursos. La maestra, es el mejor alumno del curso.
entonces, con dificultad le habló: —No sabía eso —afirmó el director con sinceridad.
—Justamente deseaba exponerle una situación delicada, —Yo tampoco —dijo hosca, Olga Rebolledo.
señor Director La colega aquí presente ha tomado una deci- —Cristinita fiene razón al reclamar por su actitud, colega.
sión que no le corresponde con uno de mis alumnos. Eliodoro Aunque el niño incurriera en falta, a usted no le correspondía
Levimán llegó algunos minutos atrasado y lo despachó a su lomar esa determinación. Bueno, en todo caso, son situaciones
casa sin estar ella de tumo. superables. No es para terminar ofuscados. Como el chico vive
—¿Olguita hizo eso? cerca, lo enviaré a buscar y asunto arreglado. ¿De acuerdo?
i —Sí, señor—respondió la profesora. — E l asunto no es tan así, señor director, y tal vez éste sea
el momento de aclararlo: algunos colegas, y esto lo he confir-
—Pero, usted no estaba de turno, Olguita. Debería haberle
mado en variadas oportunidades, castigan psicológicamente a
informado a la colega.
mis niños.
—Sí, sí, señor. ^ ^
—Explíqueme, Cristinita, que no lo entiendo.
ii —Además —agregó la señora María Cristina—, ¿sabe —Le expreso mi opinión sincera sobre el asunto. Creo per-
usted por qué, en muy contadas ocasiones, mi alumno llega cibir cierta fobia por mis alumnos, quienes se destacan y me
atrasado?
manifiestan siempre su cariño. ¿Usted ha visto cómo me aguar-
—Lo ignoro —respondió el hombre. dan todas las mañanas en la vereda? Dígame, ¿a algún otro
—Porque sus padres no están cuando él sale de casa. La colega lo esperan de ese modo? ¿Cuáles son los alumnos más
madre trabaja de noche en una pesquera y el padre en el ase- destacados en los puntos de cada mes, en especial en la lectura
rradero durante todo el día. Entonces, el niño y su hermana y dramatizaciones? ¿A qué curso pertenece la mayoría de los
deben despertar y vestirse solos, prepararse el desayuno y salir. niños del gmpo de teatro? A propósito, señor director, ¿usted
Muchas veces sólo alcanzan a vestirse y aquí toman su leche. ha visto las últimas obras preparadas por el gmpo teatral de la
escuela?
116 117
haciendo lo que nos encanta! Iremos de paseo, cantaremos
- —No, no he tenido tiempo, lamentablemente. /
todos los días, leeremos gran cantidad de cuentos, jugaremos
' —Es una lástima, porque en todas partes han quedado
a aprender y decir poesías, además de representar más y más
admirados de su actuación, dejando una excelente imagen de
obras de teatro. Estudiarán la matemática, la historia y las cien-
la escuela.
cias con lindos y entretenidos juegos. También saldremos al
—Permiso —dijo la profesora Olga Rebolledo, intentando patio a mirar el volcán, el sol, la lluvia y los granizos. ¡Y sobre
retirarse. todo, no vamos a pasar un sólo día sin estar contentos! ¿De
—¡Olguita! —la detuvo el hombre—, espero que esto no acuerdo?
se repita porque, sin desearlo, puede tener un desenlace peor Con eufórico entusiasmo y en forma espontánea los chicos
Recuerde que los niños no deben pagar por nuestros conflictos aplaudieron las palabras de la maestra, demostrándole en ese
personales. gesto el apoyo absoluto e incondicional que Ehodoro también
—¡Eso creo yo también! —concluyó la señora María Cris- siempre le brindó. IH t í
tina y regresó a su sala, donde fue asaltada a preguntas por sus
alumnos:
—¿Qué pasó con Pichiche, señora? —la interrogó María . 'lü (.SUi':- /••ric;;;!. • ^{ VíUp .•;>Í:M
Estela. Ella los hizo sentar y les explicó, informándoles que el
director enviaría a alguien a buscarlo a su casa.
—¡Bravo! —exclamaron al unísono todos.
—¿Sabe, señora? Yo creo que como nosotros hacemos
hartas cosas con usted, a los demás profesores les da envidia
—argumentó Diego.
—¡Yo pienso lo mismo! —opinó Consuelo—. Por esa
razón, cuando usted falta y otro profesor debe reemplazada, se
desquitan con nosotros. >-j t. .•>-¡.? - i -
—¡Pero no les vamos a dar en el gusto! ¡Continuaremos
119
118
Sin embargo, la maestra pudo hacerio. Hablaba lo esencial en
clases: sólo se le oía a primera hora de la mañana un "presente,
señora" y un "hasta mañana, señora", al término de la jomada.
I'ara los compañeros de curso poseía una atracción única: les
encantaba observar aquellos dibujos y pinturas, quedando sor-
prendidos de su habilidad y los intensos colores que elegía.
Entre ella y la maestra se había tendido un sólido puente de
comunicación. A Celeste le gustaba la alegría de la profesora,
disfrutaba de las lecturas y salidas a contemplar el sol al ama-
necer o un arco iris después de la lluvia o la escarcha en una
mañana helada. La niña le respondía de una manera cariñosa,
CAPÍTULO 10 a pesar de permanecer encerrada casi todo el tiempo en ese
mundo especial, no compartiendo con sus compañeros en los
juegos diarios.
ra inevitable, aquel lugar lo vinculaba con muchas per-
E sonas queridas. De improviso sintió un breve, intenso y —Un día te invitaré a mi casa, ¿quieres? —le propuso la
dulce aguijón en su alma. Se acordó de Celeste, su compañera señora María Cristina. ,. .:
de curso. Ella había llegado a mitad de año a la escuela y su —¿Y a dormir? j
persona inspiró afecto inmediato en la señora María Cristina, —Si tus padres te dan permiso, ningún problema.
tal vez por ese especial comportamiento retraído que la hacía A ella le provocaba una gran temura la niña, sentimiento
mantener una actitud silenciosa, pensativa y aislada del grupo. cuyo origen venía —según lo confesó risueñamente alguna vez
Eliodoro no olvidó nunca el color mate de su rostro, el cabello a su amiga Alba— del vacío que sentía como madre. Siempre
negro, y esa sonrisa encantadora que siempre lucía. A ella no deseó con intensidad tener una mujercita y sólo tuvo dos varo-
le atraía el castellano, la matemática, la historia ni la educación nes—. Tal vez esté allí —repetía— la razón de querer tan fácil-
física; sólo le gustaba dibujar y pintar. El modo de comunicarse mente a mis alumnas.
con los demás era a través de líneas y colores. Así plasmaba su
Un mes y medio más tarde, para el cumpleaños de su hijo
mundo interior Difícil de comprender por cualquier persona.
menor, la promesa se hizo realidad. La maestra invitó a Celeste
120 i 121
a su casa. Los padres de la chica estaban felices con la profe- —En esa cama dormirá Pichice y en ésta, mi linda Celeste.
sora y la autorizaron a quedarse del viernes al sábado. Además, Javier, cansado, se había ido a acostar. Los invitados se pre-
Javier, no dejó también de invitar a Eliodoro por considerarlo pararon para hacer lo mismo mientras la maestra conversaba
"el amigo chico de la escuela". , > , - , . M , . . .
con su esposo. 0,.^.,,^,-,..
Ocho amigos de Javier asistieron a la fiesta, además de Entonces, la señora María Cristina fue a daries las buenas
Celeste y su compañero de curso. Ambos, debido a falta de noches, se sentó en la cama donde estaba acostada Celeste y le
mayor confianza con los otros invitados, no se separaron ni
dijo pasándole la mano con temura sobre la cabeza.
un momento. Comieron una exquisita torta de hoja rellena de
manjar hecha por la maestra, se entretuvieron jugando con los —Me alegro que hayas venido, hijita.
globos, a lanzar serpentinas en el patio y recibir felices las sor- —Gracias, señora. A mí me ha gustado mucho venir tam-
presas repartidas porelfestejado. ' ' • ¡ « Í K i ; i.,; bién. Esta casa ahora está muy linda, pero cuando usted llegó
A la horafijada,los padres de los amigos de Javier llegaron aquí estaba todo descuidado y sucio, ¿verdad?
a buscarlos y, entonces, los dos invitados especiales ayudaron La señora María Cristina quedó muda por un instante. Era
a la maestra a ordenar y limpiar la casa. la primera vez que la chica visitaba su casa.
—¡Esto parece el desastre de Rancagua! —exclamó riendo —¿Cómo lo sabes, hijita? —le preguntó. , . , , ,.
Eliodoro.
—Sólo lo sé. En mi mente lo vi. Cuando usted llegó a esta
La señora María Cristina consideró muy divertida la expre- casa debió reparar las maderas y pintarías, ¿no es cierto?
sión de su alumno y rió de buenas ganas con Celeste y Javier La maestra afirmó con un leve movimiento de la cabeza.
—No te has equivocado, Pichiche, ¡esta ha sido una verda- Celeste hizo una pausa, observando las paredes de la habi-
dera batalla campal! tación y se detuvo en una pequeña fotografía enmarcada en
Cuando terminaron de ordenar, con la ayuda también de madera roja.
don Gustavo y su hijo, Celeste le preguntó: —¿Ese de allí es su hijo grande? *• •
—Señora, ¿y dónde vamos a dormir nosotros? —Sí, es mi hijo Pedro que estudia en la universidad. ^]
Ella los condujo a una habitación con dos camas y seña- —Ah..., a él lo veo como un gran ingeniero. ¿Sabe dónde
lando con su mano, dijo: , ,,.
trabajará?
122 123
—No —respondió la maestra, sorprendida. Su hijo aún no Entonces, Eliodoro observó cómo Celeste se acercaba al
terminaba la carrera y no podía sospechar siquiera dónde tra- oído de la maestra para deciríe algo en secreto. A pesar de
bajaría. La niña, con los dedos puestos en las sienes y los ojos hacerse el dormido e intentar alargar las orejas, no pudo oír ni
cerrados, continuó hablándole: ,„ entender nada. \
—Él trabajará en L a Lechera de Quilleco y allí tendrá un —Pero, ¿cómo sabes esas cosas, hijita? ¿Las sueñas?
importante cargo. ¿Sabe, señora? Usted se va a cambiar a una —No, no son sueños. Las veo en mi mente. Los otros me
casa más grande, muy hermosa y que le gusta tanto. informan.
—Pero, ¿cómo lo sabes, hijita?
—¿Quiénes son los otros?
Acostado en la otra cama, Eliodoro estaba muy interesado
—Unos niños —hizo una pausa y mirándola a los ojos
en la conversación y simulaba leer una revista. Mantenía los
continuó—. Esto se lo cuento sólo a usted, señora. Nos llama-
oídos atentos, casi sin respirar.
mos los Salvadores. Yo siempre estoy en contacto con ellos y
—Sólo lo sé, señora. Simplemente lo sé.
cuando alguno está en peligro vamos en su ayuda. ¡Claro que
—Yo jamás te he hablado de eso. Celeste. Pero, es verdad
no siempre podemos, porque son muchos los que nos necesi-
lo que dices. Sueño con volver a mi casa grande y hermosa, la tan! ¿Usted cree en los ángeles?
que debo arrendar para financiar los estudios del hijo mayor;
La maestra asintió con la cabeza.
mientras tanto, con mi marido, hemos arrendado esta humilde
casa a un precio módico. —Los ángeles existen y cuidan a los chicos. Y aunque no lo
crea, yo me comunico con ellos.
—Sí, lo sé, señora. Y le diré algo: cuando vuelva a la otra
casa, tendrá las paredes cubiertas de libros y todas las maderas Eliodoro mantuvo los ojos cerrados, escuchando cada pala-
estarán escritas. Usted será feliz. Y su marido, don Gustavo, bra que decía su amiga.
quien la quiere mucho, un día la llevará a conocer otros países. —No se asuste, señora —la tranquilizó la niña—. Yo la voy
La señora María Cristina estaba perpleja, no sabía cómo a cuidar donde usted se encuentre, porque su corazón es bon-
reaccionar. Quizá pensó en correr donde Gustavo, pero sintió dadoso y contiene mucho amor. Es como una fuente inagota-
temor de que si lo hacía rompería la magia del momento y tal ble, mientras más amor da, más parece tener Mis amigos me
vez su alumna ya no desearía seguir hablando. pidieron venir y hablarle. Hay personas que buscan su mal. No
124 125
tiebe tomarlas en cuenta. Al comienzo no podrá con ellas y se
enfermará, pero su gran corazón y alma fuerte la salvarán y
saldrá adelante. Yo la protegeré. Ahora, señora, ya no puedo
seguir hablando, porque comunicarme con la mente me cansa
demasiado.
—Duerme bien, hijita, y gracias por lo que me has contado.
Ahora descansa, y tú también Pichiche, que duermas bien.
Apagó la luz y salió a su dormitorio donde conversó con
don Gustavo hasta tarde. Finalmente, Eliodoro alcanzó a oír a
medias que le decía a su esposo:
—¡No, no, si no es mi cansancio ni mis nervios, cariño, es
verdad!
—Está bien, está bien. Pero no olvides, María Cristina, que
los chicos tienen una gran imaginación.
Es probable que a la maestra le costara conciliar el sueño
esa noche, dándole vueltas una y otra vez a las palabras de
Celeste en su cabeza, igual como le ocurrió a Eliodoro. El tam-
poco comprendía esos poderes que, de alguna manera, lo asus-
taban. Después, el silencio envolvió la casa, interrumpido sólo
por una fuerte lluvia que se dejó caer muy fuerte sobre el techo
de zinc.
Celeste estuvo sólo tres meses en la escuela. Su padre, por
una dolencia en la columna y ante la negativa e intransigencia
del patrón en apoyarlo para seguir un tratamiento, debió dejar
el trabajo, lo que significó también abandonar la casa de inqui-
127
lino e ir en busca de otra fuente laboral. La maestra no supo
dónde se fue Celeste y por años pensó en ella, recordándola
en clases como un ángel aparecido en su vida. Intentó en . s . >; •• i !' i . ,. • ' ( / ;'• '^n
varias ocasiones ubicarla cuando alguien le informó que la
niña estaba viviendo en una pequeña aldea de la cordillera de
la costa. Pero resultó una pista falsa. Celeste no vivía allí. Pos-
teriormente, un hecho que le llamó la atención fue la coinci- .. ..!. ,. , , i ., ...,!.,, ., .-,' , í ,
dencia del nacimiento de la chica con el día de Santa Cristina,
el 24 de julio. Un detalle insignificante que, con el tiempo, se
convirtió para ella en un elemento que envolvía aún más el
misterio de su breve paso por la escuela, en especial cuando
sus palabras se fueron cumpliendo una a una.
.,k-n,. CAPÍTULO 11 V.
espués de la breve lluvia el cielo se despejó y, al oeste,
D el día se fue apagando con destellos rosados, exten-
diéndose en alargadas nubes terminadas en punta. En esas
nubes —como dice la leyenda— descansan eternamente las
flechas de los guerreros huilliches, muertos en combate contra
los invasores. Atardece en Quilleco. Los volcanes Chelle y
Rucamanqui reciben en las alburas el último saludo del sol con
sus ya débiles manos doradas. Más tarde, una lanza blanca se
clavará sobre las aguas del lago Küyenpür, y durante la noche
se iluminará con miles de otras lanzas yflechasenviadas desde
el redondo kultrún plateado de la luna. Por esta razón y no
por capricho los antiguos llamaron al lago Küyenpür, es decir,
'luna llena'.
128 129
Manuel Gallegos El cisne y la luna
Eliodoro contemplaba las pequeñas olas que se rompían entre » —¿Cómoestáél? - ..'.u/;,;
las piedras, una a una, como las imágenes de su memoria. De —Dice el doctor que sigue inconsciente y lo tienen en
pronto, junto a un intenso destello sobre la superficie del lago, nhscrvación. Se golpeó fuerte la cabeza en el pavimento.
recordó uno de los momentos más difíciles en su vida de niño.
—¡Pobrecito! ¡Estuvo tan contento en el ensayo de hoy!
Una vez que la señora María Cristina regresó al hogar —exclamó angustiada la maestra, siéndole imposible detener
junto a su esposo e hijo y cuando compartían una tranquila
el llanto.
cena mientras avanzaba el anochecer, cubriéndose de espesas
—¿Cómo se accidentó? —interrogó don Gustavo.
nubes el cielo, de improviso, la campanilla del teléfono trizó
aquel instante. Al contestar, de inmediato reconoció la voz de —De regreso de la escuela salió a andar en mi bicicleta,
Róbinson Gatica, quien la saludó diciéndole: como lo hace cada vez que estoy en casa, y enfrente del ase-
rradero, un automóvil lo pasó a llevar. ¡Cuántos accidentes han
—Disculpe por molestarla, colega, pero quiero informarle
ocurrido en esas escasas cuadras, señora! ¡Aquellos condena-
que uno de sus alumnos ha tenido un accidente. Atropellaron a
Eliodoro Levimán. ¡No, no se asuste, por favor; al parecer, no es dos cruzan el pueblo a toda velocidad! ¡Creen que es una pista
tan grave! Lo llevaron inmediatamente al hospital de Quilleco. de carreras!
Infinitamente largas se hicieron las horas de espera. Cada
—¡Pobrecito, mi Pichichel —exclamó la maestra prorrum-
vez, al abrirse las puertas batientes, el padre del chico se levan-
piendo en llanto. Agradeció al compañero de trabajo el gesto
taba, pensando que lo llamarían para comunicarle su mejoría,
de avisarle, percibiendo gran preocupación en su voz por lo
o, quizás, que lo vería aparecer caminando listo para irse a
ocurrido. Apenas colgó el auricular les contó a Gustavo y a
casa. De la calle entró un carabinero junto a un hombre de
Javier lo sucedido. En breves minutos ella y su esposo llegaron
unos 40 años, de ascendencia extranjera, acompañado de una
al área de urgencia del hospital. Allí encontraron al padre de
mujer joven, morena y delgada. E l uniformado, dirigiéndose a
Eliodoro, paseándose nervioso y reflejando una honda tristeza
la enfermera ubicada detrás del alto mesón, le preguntó por el
en sus ojos. Ambos lo saludaron con afecto. Él, parecía destro-
estado de salud del niño y ésta, leyendo con tono maquinal un
zado: ; \¡;: ; , 'jL '«s.. ; i;;,.-:;; :
cuaderno abierto, dijo: "Eliodoro Levimán Naimán presenta un
—Lo están atendiendo, señora —murmuró con voz TEC cerrado y permanece inconsciente con agudas contusio-
inaudible.
nes en la cabeza y extremidades".
130 131
Después de anotar en una minúscula libreta, el carabinero —¡Aquí, señor! —contestó el hombre levantándose con
consultó a los allí reunidos por algún familiar. Don Anselmo, rapidez.
levantándose apresurado, se acercó al policía. Este, después de — E l pequeño deberá quedar hospitalizado. Sólo mañana
unas cuantas preguntas personales, se dio media vuelta y le podremos informarle más sobre su real situación. Aquí están
señaló al hombre junto a la mujer que reía con descaro. sus ropas.
—Es el conductor que atropello a su hijo —le informó. El —¿Pero, qué tiene el niño, doctor? —irrumpió la maestra.
hombre daba la impresión de tranquilidad y no expresaba signo —Presenta golpes en la cabeza y en otras zonas del cuerpo.
alguno de alteración por lo ocurrido mientras hablaba anima- Nada se puede decir todavía sin los resultados de otros exá-
damente con la acompañante. El padre de Eliodoro sintió retor- menes que se conocerán mañana. Vayanse tranquilos, porque
cérsele el alma al escuchar la risa de la mujer, magnificada en
queda en buenas manos.
aquel lugar Quitándoles la vista, regresó donde la maestra y
La señora María Cristina reprimió la emoción después de
su esposo sentados, contándoles la conversación con el carabi-
las palabras del médico. Don Anselmo hizo un atado con sus
nero. La señora María Cristina miró fríamente al conductor que
ropas y las puso en una bolsa de plástico. Después, volvién-
lo había atropellado y profirió:
dose a la maestra, dijo:
—¡En más de veinte minutos que lleva aquí, ese hombre no
—Iré a buscar a Leontina. Como usted sabe, ella cumple
ha preguntado nada acerca del niño! ¡Pero, ya te las verás con
tumo de noche en la fábrica y es mi deber ir a contárselo.
la justicia, sinvergüenza!
Además, para que mañana venga temprano a ver al niño.
—Cálmate, querida—la tranquilizó don Gustavo en el pre- Salieron los tres a la calle. La oscuridad envolvía el jardín
ciso momento que el carabinero con la pareja desaparecían del hospital y los gigantescos mañíos de la entrada. Nueva-
detrás de la mampara de vidrio de la salida.
mente una lenta lluvia cubrió el entorno. E l clima sureño
—Lo deben llevar detenido al cuartel hasta saber qué ocu- refleja el alma de los seres humanos en sus constantes altera-
rrirá con mi hijo. ciones.
En ese instante se abrió la puerta batiente del recinto y apa- —A esta hora y con este tiempo, don Anselmo, ¿en qué va
reció un médico preguntando en voz alta: a ir?
—¿Dónde está el padre o la madre de Eliodoro Levimánl —No lo sé, don Gustavo, pero algo habrá. •
132 1^
i —¡Nosotros lo acompañaremos!—afirmó la maestra, m (Idlc a la profesora todas las molestias, mientras la lluvia que
—No, no, muchas gracias, es muy lejos, señora. ' ya se había desatado torrencialmente, obligaba a don Gustavo
a conducir con extremo cuidado.
—¡No importa, don Anselmo, despreocúpese! ¡Vamos!
—concluyó el esposo de la maestra. Subieron a su auto y toma- t Como nada podían hacer a esas horas en el hospital, la
ron rumbo a Lolomahuida. Luego de veinte minutos viajando maestra y su esposo fueron a dejarlos a Kalkuhué. E l paso de
en dirección sur, se desviaron hacia la costa y arribaron a la las horas hasta el otro día se iba a convertir en la espera más
pesquera donde trabajaba la madre de Eliodoro. Don Anselmo larga en la vida de doña Leontina. Más, mucho más extensa
bajó del vehículo y acercándose a la caseta del guardia le a las vividas en el trabajo nocturno, donde contaba los minu-
explicó en breves palabras la situación. E l hombre llamó por tos para llegar a tiempo y ver a sus hijos antes de partir a la
citófono al interior de la fábrica y en escasos minutos apareció escuela, lo que escasas veces conseguía.
doña Leontina, ignorando aún lo sucedido. Al enterarse, lanzó Para la señora María Cristina serían también horas intermi-
un ahogado quejido como si en ese instante hubiera recibido nables. Ella vivió una situación curiosamente idéntica hacía
una profunda puñalada en el pecho. Los ojos se le inundaron alrededor de diez años, cuando atropellaron a Pedro, su hijo
de lágrimas y, enseguida, se abrazó a la maestra. ;, mayor, por lo que debió permanecer dos noches en la Unidad
—Debe intentar tener calma, señora Leontina. ¡Gracias a de Cuidados Intensivos. En ese tiempo vivían en Santiago y
Dios, su hijito está atendido por excelentes médicos y mañana desde aquel momento ella nunca quiso la capital. La maestra
podrá verio! Muy pronto él se pondrá bien. ,, , conocía la angustia y el dolor de tener a un hijo hospitalizado,
ignorando su real estado de salud. Sabía de esa terrible espera,
Un grupo de mujeres con delantal y gorro blanco, llevando
y consciente de la inutilidad de su esfuerzo, se tranquilizaba
entre las manos unas cajas de plástico vacía, cruzó por allí en
con el corazón pleno de esperanza al dejar en manos de los
ese momento. La madre del chico se acercó a contarles. Estas,
doctores y de Dios al hijo amado. •
con actitudes y expresiones cálidas de comprensión y solida-
ridad, la tranquilizaron. Por último, le desearon buena suerte, Apenas arribó la claridad de la mañana, la maestra se
comprometiéndose ellas en asumir el trabajo de la amiga. dirigió al hospital. Subió hasta el tercer piso y en el pasillo
De regreso a Quilleco, los padres del muchacho en el encontró a la madre de Eliodoro, quien al veria la abrazó con
asiento trasero del auto no dejaban de hablar de él, agradecién- ansiedad, diciéndole:
134 135
—Su Pichiche se agravó durante la noche, pero al amane-
cer tuvo una leve recuperación. L a enfermera jefe nos dijo que
debemos esperar. ¡¡'.¡h: •• i ' . '
—Sí, esperar, esperar —repitió la maestra, acogiendo a la
mujer envuelta en un mar de lágrimas. Don Anselmo estaba
deshecho, parecía un sonámbulo. No hablaba.
—¿Qué vamos a hacer, señora María Cristina?
—Rezar mucho, señora Leontina. Sólo eso nos queda.
Rezar para que su hijito mejore. . ^.
Los acompañó casi una hora y luego partió a la escuela,
donde la esperaban sus alumnos. .., ,
' > Durante el trayecto a la escuela, su mente y corazón estaban
aprisionados por un profundo sentimiento de angustia. Fuga-
ces imágenes se sucedían en su interior: veía el rostro de Elio-
doro feliz al recibir los aplausos del público en la última obra
donde él se había lucido. Lo vislumbraba en la sala de clases,
sonriente. De pronto, distinguía su semblante por encima de 5>
los demás, como si fuera un ser invisible, angelical. Y enton-
ces pensó que, a lo mejor. Dios lo quería en su reino de ánge-
les y lo llevaría. Con una rapidez asombrosa apareció también
la figura de su hijo mayor en el hospital y las noches junto a
él, esperando que abriera los ojos y regresara a la vida. Pedro
mejoró y hoy ya es un hombre. Esa misma esperanza atesoraba
en ese instante por Eliodoro. Aquellas lágrimas se sumaron a
136
Manuel Gallegos
ira, apenas salió de clases voló al hospital, encontrándose allí
las gotas de lluvia golpeando con insistencia el parabrisas del
auto colectivo minutos antes de llegar a la escuela. Ante sus con los padres de Eliodoro.
ojos, el día entristecía aún más su alma, ahondando el dolor, la - N o hay mejoría, señora María Cristina - l e infomtió el
intranquilidad e impotencia de no poder hacer nada. hombre.
Fue directamente a informarie al director acerca de la visita -Entonces, sólo nos queda seguir esperando, don Anselmo,
al hospital y éste la autorizó para ir con el curso a rezarte a y no perder ni un segundo la fe en su recuperación.
la Virgen de las Lomas. Los niños, en esa ocasión, como se
lo relató Pablo a Eliodoro, cuando lo fue a ver después al hos-
pital, caminaron en silencio, ordenados y cabizbajos hasta el
santuario. Recogieron algunas margaritas en el trayecto y al
llegar allí las dejaron en pequeños tarros oxidados en tomo a
los pies de la Virgen. Después, con brillos de emoción en los
ojos, guardaron silencio. De pronto, María Estela tomó ubica-
ción delante del gmpo y dijo en voz alta:
—Queremos pedirte, Virgencita de las Lomas, que hables
con Jesús para que ayude a Pichiche y lo mejore. Él está
muy mal en el hospital. Por favor, cuídalo, madrecita. Siempre
cuando salimos con la señora, Pichiche es el primero en traerte
flores y cantarte. Virgencita, te pedimos este favor especial.
Sólo podemos prometerte ser mejores cada día. Pichiche tiene
un buen corazón y jamás te olvida. Amén.
Por último, estimulados por la profesora, cantaron a la
virgen y regresaron con un hondo convencimiento de haber
sido escuchados.
Durante la mañana no hubo noticias alentadoras. La maes-
139
138
El cisne v la luna
—¡El director anunció la distribución de los cursos para el
próximo año y, sin consultármelo, determinó dejarme un primer
año con 41 alumnos en jomada de la tarde! ¿Te imaginas?
—Pero, ¿cómo? ¿Y no consideró tu opinión?
—¡Nada! Tú sabes que no puedo aceptar la jomada de la
larde. Debo preocuparme de mi hijo. Ü, ; ;,3 i.
—De todas formas, cuando se cumpla la Reforma deberás
venir todo el día. . . ^ i u ^ . u
—Sí, pero eso sucederá a la menos en dos años más, una
vez que construyan el doble de salas para mantener a los niños
CAPÍTULO 12 de la mañana y de la tarde en la escuela. Para entonces podré
resolverlo teniendo una empleada en casa. El asunto de ahora
es que me cambiaron de jomada y quitaron el curso sin antes
lena le informó en detalle a Eliodoro sobre lo ocurrido conversario conmigo, desconociendo el trabajo que he reali-
E en la escuela mientras él estuvo inconsciente en el hos- zado. ¿Te das cuenta lo que significa trabajar con 41 alumnos
pital. En esa semana el grupo de teatro no ensayó; sus com- en primer año?
pañeros carecían de buen ánimo a causa del accidente. La
maestra, de todas maneras, los reunió para reconfortarlos y —¡Es una locura!
contarles del estado de salud del compañero, pidiéndoles que —¡Exacto! Calcula, mi querida Alba: si una hora pedagó-
no dejaran de orar por él. Alba Barría, la madrina del grupo, gica tiene cuarenta y cinco minutos, ¿cuánto le corresponde a
había llegado también ese día a saber noticias y apoyar a su cada alumno para ser atendido? ¿Te das cuenta? ¿Qué se puede
colega. hacer? ¡No, no, no lo aceptaré!
—¡Estoy indignada! —exclamó la señora María Cristina —Pero, María Cristina, estoy segura de que habrá alguna
cuando la vio llegar solución.
—Pero ¿qué ocurre? ^ -¿Cuál?
140 141
—Hablar nuevamente con el director... para ayudar a mi papá en la lechada. ¡Mi papá me pidió que
—¡Es inútil, Alba! —la interrumpió—. Lo conozco muy I lloramos a ver la vaca preñada y, en el momento de entrar al
bien. El ya lo decidió y no va a cambiar. establo, el temerito ya estaba naciendo! ¡Quedó sobre la paja
como asustado! ¡Es muy bonito, todo café con manchas blan-
—¡Qué injusto!
cas! Trataba de ponerse en pie, pero sus patas no lo sostenían.
—Pienso que es una especie de venganza. ¡El propósito ha
—¿Y tú lo vas a cuidar? —irmmpió Consuelo, interesada.
sido desquitarse de mí porque no comulgo con su camarilla!
—Sí, mi papá lo dejó a mi cargo.
—Bueno, bueno, trata de tener calma. Alguna salida se
encontrará al asunto. Los niños quedaron encantados de lo que su compañero les
contó yrieronde nervios imaginando al ternero recién nacido.
El conflicto fue agrandándose en el alma de la señora
María Cristina y cada día era mayor la molestia por haberse Así como lo contó a su amiga, transcurrían infinidades de
resuelto de ese modo su situación laboral. clases de la señora María Cristina. Le gustaba que sus alum-
nos se expresaran con sus propias palabras, nacidas de la
—A pesar de esto. Alba, vengo contenta a encontrarme con
vida diaria. Ella compartía con Alba Barría estas experiencias,
mis alumnos —le dijo una mañana María Cristina a su amiga,
diciéndole que de ese modo desarrollaban el lenguaje, descu-
con voz resignada —. Allí, entre esas cuatro humildes paredes,
brían el gusto de hablar bien, de aprender a ordenar las ideas
frente a esos ojos de niños pobres, soy feliz. ¡Como si fuera la
y lograr mayor dominio de sí mismos. Al cerrar la maestra la
mejor de las actrices me transformo, dejando fuera de la sala
puerta tras de sí, parecía como si el sol se hubiera instalado
de clases las tristezas y preocupaciones! Siento mi alma con-
en forma permanente en la sala y en la vida de esos niños. Y
tenta de conversar con ellos, encantándome oírios contar sus
luego, al comenzar la lectura diaria, los transportaba a otros
vivencias, como esta mañana cuando Gabriel me dijo:
mundos, deseando pasar la mañana sólo leyendo.
—¡Señora, hoy ayudé a nacer un temerito!
Sin embargo, este ambiente de alegre comunicación se
—¿Sí? ¡Cuéntanos, por favor! —lo incentivé con entu- rompía en el alma de la profesora al sonar la campana para
siasmo. El niño se sintió feliz de percibir mi interés, al darle la salir a recreo. Su curso era parte de un todo e inevitablemente
oportunidad de hablar acerca de su vida: llegaba el momento de relacionarse con el resto. Debía abando-
—Me levanté como todos los días a las seis de la mañana nar la particular isla y anibar a la sala de profesores. Saludaba
142 .'143 í
a los colegas que entraban uno a uno a repetir el mismo ritual
diario: escribir algunas notas en el libro de clases, servirse
un café, comentar a veces algún acontecimiento del pueblo y
esperar el nuevo repique de campana. La señora María Cris-
lina, a estas alturas, percibía la tensión reinante en el ambiente,
mortificándole el alma. Un silencio pesado, cargado de com-
plicidad gozosa ante su conñictiva situación, se sentía en el
aire e impregnaba el rostro y gestos de los compañeros de tra-
bajo. Existían dos vías de escape para ella: las ventanas que
daban al patio y a la pandereta del fondo, vislumbrando las
pampas verdes donde habría querido huir con su imaginación,
o bien un libro entre las manos. Normalmente optaba por las
dos alternativas, ignorando muchas veces a sus colegas. Esta
atmósfera se fue reiterando, acumulándose hasta hacerse inso-
portable. En ocasiones, la profesora Alba Barría, en quien
había descubierto una especial afinidad y cuya alma "aún no
estaba contaminada", según las palabras de la maestra, la res-
cataba del lejano refugio donde se escondía, interesándola en
algún buen tema hasta que lograba hacer aflorar esa natural y
contagiosa alegría tan propia de su persona.
—¡No, no lo dejaré así. Alba! ¡No tengo nada que perder y
no temo hablar! Si me callo, entonces sí perderé lo más impor-
tante que siempre he enseñado a mis alumnos: decir la verdad
sin miedo a expresarla.
—Tal vez si dejaras pasar unos días, las cosas pueden
cambiar.
145
' —¡No, no les daré en el gusto! Necesito decirle al director Dije lo que mi deber y mi corazón me dictaban. Le dejé
en su cara lo que siento y pienso, porque aquí nadie se atreve Miiiv en claro al director que ni siquiera me consultó para cam-
a contradecirle. lii.unie de jomada.
—Está bien, María Cristina. Tienes razón. ¡Tú me has —Eso no le importó nada.
demostrado que si uno no defiende su dignidad de profesor y
-¡Claro, si está acostumbrado a imponer sus ideas y capri-
de persona, no podrá mirar de frente a los alumnos y enseñar-
(líos! Y cuando le exigí una razón para que yo no continuara
les a defender sus ideas o principios! ¡Sí, sí, es tal como lo
dices! ¡Nuestro trabajo no consiste en llenar como a un buzón ion el curso, a pesar de estar preparada para hacer clases
la mente de los niños, sino, enseñarles a ser personas pensan- desde primero a octavo año, ¿qué me respondió? ,y ¡
tes, sensibles y creativas! ¡Eso es lo más valioso y de allí parte • —¡Sólo reafirmó su poder diciendo que un director podía
todo! í' - tomar esas decisiones sin consultaries a los docentes!
—Gracias, Alba. Me das fuerzas para continuar, porque — Y después, el muy zorro, me alabó diciendo que yo era
no sólo es importante entender, sino también sentir, hacerio una profesora irremplazable para alumnos de primero. ,.
correr por las venas, como te ocurre ahora a ti: "Para , —¡Debí reprimir la risa al mirar su cara cuando le dijiste
encender lámparas has de llevar fuego en tu corazón". Veo que sus razones no te convencían! ,v)n>n«v/
que ahora no sólo lo has comprendido, realmente lo vives
—¡Cómo no va a entender que al alejarme de mi curso,
—le dijo con lágrimas en los ojos. La compañera de trabajo
interferirá ese valioso proceso pedagógico iniciado con ellos
se acercó y la abrazó con afecto.
en segundo año!
Después de la jomada de aquel día, la señora María Cristina
—¡Lo peor, María Cristina, fue cuando le pediste que no te
y Alba Barría tomaron el autobús y, sentadas una al lado de la
llamara más "Crisfinita"!
otra, conversaron animadamente. De pronto. Alba Barría des-
cubrió en dirección a la cabina del conductor la nariz de Nor- —¡El viejo se quería morir! "'^^
berto Astudillo, quien intentaba abrirse paso, pero no lo pudo Rieron las dos mujeres. Se quedaron unos momentos en
conseguir ya que el vehículo estaba atestado de gente. silencio y retomaron pronto la conversación.
—¡Te felicito por tu intervención en el consejo, María —Te agradezco. Alba, que tú y Alonso, hayan sido los
Cristina! !
únicos en apoyarme. _ ^.
146 147
El cisne y la luna
—Los otros, tú sabes, sólo acatan ciegamente las decisio- la ignoraba. A la maestra, en apariencia no le importó, sin
nes superiores. • •«.w.-nf. u .n,.:^
iiubargo, poco a poco fue martirizando su alma.
—Sí, lo sé. Por eso, no tuve miedo de hablar. Él favoreció Una antigua úlcera estomacal se le había reactivado con los
a Trinidad Montealegre con la jomada de la mañana porque presentes acontecimientos. María Cristina se sentía acorralada
pertenece a su círculo de amigos. Sinceramente, Alba, ellos no y sin poder hacer nada para conseguir tranquilidad. A l despe-
imaginan que para mí, realmente, ésta fue una batalla ganada. dirse de su amiga en el paradero del autobús le dijo:
—¿Cómo? • ?). u í —¿Los ves. Alba? Se mueven como si fueran títeres mane-
—¡La victoria de ser fiel a mí misma! ¿Te das cuenta? jados por hilos claramente identificables. Parecen estar acos-
—¡ Silencio, que se acerca Norberto! • • r tumbrados a recibir órdenes y hacer lo que quieran con ellos.
¡Cómo no comprenden que son personas y tienen derecho a
—¡Que escuche el muy intmso! ' 1
expresar sus pensanüentos! Como maestros se convierten en
' Norberto Astudillo había avanzado por el pasillo hasta máquinas grabadoras que repiten un mismo mensaje una y otra
llegar junto a ellas. Las saludó sonriendo en el instante que se vez. Caen en conversaciones triviales y sólo piensan en orga-
ponían de pie para bajar del autobús al avistar ya el centro de nizar comidas para hacer feliz al director. ¡Dios mío! ¡Cómo
Quilleco. he podido soportar tanto tiempo esto! ¡Cómo!
La señora María Cristina, a pesar de haber expresado el
motivo de su molestia y de sentirse más desahogada, no podía
evitar mostrar una irritabilidad a flor de piel. Se alteraba por
insignificantes situaciones hogareñas e incluso con su propio
sú'? .'ffUifr, h] din;;.
hijo y esposo, sumándose, además, la incertidumbre de la salud
de Eliodoro, que la tenía preocupada. A la ya difícil situación
por la que pasaba, se agregó el hecho de que Olga Rebolledo
había tenido una muy buena relación anterior con ella, pero
después del conflictivo atraso de Eliodoro, no volvió a salu-
daría durante el resto del año. Cada vez que se encontraban,
la primera daba vuelta la cara y en las reuniones de consejo < J j í { ¡ J W : i t ; f ' j l í r - i u i iMtj¡,ii); '•['•IÚÍ: ÍJI:J<¡ ,;.:\:.riq ,üc,
148 m 149
El cisne y la luna ^ ,
La maestra se quedó pensativa: "Hace un cuarto de hora, yo
estaba a orillas delríoy ese bello picaflor.."
—¿Qué dice, señora? —le preguntó extrañada la mujer.
—No, no es nada. Sólo hablaba en voz alta. ¡He tenido
tantas diñcultades en la escuela! '
—Lo sabemos, señora —conñrmó don Anselmo.
•v'iíjía V'nsíf ríníiiji í.í oiT:-', í;:,,Qr;r;. , .¡fii/- i- . —¿Cómo lo saben?
—¿Olvida que en Kalkuhué uno se entera de todo en cues-
i,;..-,-...!/,; fíVííjblO 'WlV^'ñ í; <í,)Ú;:;
tión de minutos? *
—No se preocupe, señora María Cristina —le dijo en un
n-. ír..Ji5r/n.v. ' CAPÍTULO 13
ÍViiO '/fifí!' ^ tono bondadoso doña Leontina—. Recuerde que estamos junto
-fin/, f!-, a usted, apoyándola. Desde segundo año, cuando la conoci-
a señora María Cristina subió corriendo los tres pisos y mos, los apoderados hemos estado muy satisfechos de tenería
L al buscar la habitación donde permanecía Eliodoro, vio como maestra de nuestros hijos, a quienes ha tratado con amor,
con sorpresa venir a su encuentro a los padres y a la hermana temura y preocupación.
del niño. De manera intempestiva se abrió la puerta de la habitación
—¿Qué pasa, señora Leontina? y salió el médico. Un hombre de unos 50 años, de estatura
—¡Eliodoro, mi niñito, ha recuperado la conciencia! —le mediana, moreno y de cabello cano, acercándose afable al
gritó la madre, feliz. gmpo, dijo:
—¡Qué alegría. Dios mío! —exclamó la maestra abrazando —¡Ya pueden estar tranquilos: recuperamos a su hijo! ¡Es
a los tres. ¡Es una bendición! un muchacho muy fuerte!
— E l preguntó inmediatamente por usted, señora. —¡ Gracias a Dios! —exclamó la maestra.
—¿Y cuándo sucedió que no me avisaron? —Sí, gracias a Dios, señora. Nosotros hacíamos lo impo-
—Hace un cuarto de hora, no más. Nosotros estábamos en sible y el chico no respondía. Pero estén tranquilos ahora, la
su pieza, pero ahora el doctor lo está examinando. recuperación es segura. |
150 151
El cisne y la luna
-¡Gracias, doctor! —dijo su madre y en un gesto impre-
visii) le tomó la mano y se la besó.
Ii! médico sonrió con bondad, ya que comprendía la alegría
lie esos corazones, como antes también el dolor de la incierta
espera.
—¿Podemos verio, doctor?
—Sí, pero sólo unos minutos y de a una persona cada vez,
por favor.
—Entre, entre primero, señora. Nosotros acabábamos de
estar con él y preguntaba mucho por usted.
—¡Gracias, señora Leontina!
Abrió con suavidad la puerta y entró despacio, temiendo
producir demasiado ruido.
Eliodoro estaba vestido con una camisola blanca en la única
cama de la habitación junto a la ventana, desde donde se divi-
saba el volcán Chelle. Miraba absorto la pirámide de nieve y,
al sentir pasos, volvió los ojos, alegrándose infinitamente de
reconocer a su profesora: ¡«in. kuijí.//^
—¡Hola, mi Pichiche!
Lo saludó cariñosamente, acercándose a darle un beso. E l
sólo le sonrió emocionado. La maestra tomó su mano entre las
suyas y este volvió a sonreír.
—¡Me alegro mucho de verte, hijito! no ¿oiA
—¡Yo también! —musitó el niño. • ' * '
133
• —¿Cómo te sientes? Í: ' ' ' ^ ' —¡Buenas tardes! ¿Podría seguir a ese picaflor, por favor?
—Bien, señora. —le dije al conductor Este, que me conocía, sonrió. Avergon-
zada, le expliqué: —Discúlpeme, señor Ocurre que minutos
^ —¿Así es que intentaste chocar una camioneta?
antes de aparecer usted, divisé un hermoso picaflor sobre el
—No —dijo sonriendo por la ocurrencia de la maestra. camino y al subir a su auto todavía pensaba en esa linda ave-
—¿Teduele? . ,, cilla. ¡Por favor, lléveme rápido al hospital de Quillecol —Lo
—Un poco la pierna, nada más. haré encantado, señora, y no se preocupe. Usted fue profesora
de mi hijita el año pasado. Por razones de trabajo debimos
—¿Sabes que un pajarito me avisó que viniera a verte?
trasladamos a Quilleco, pero ella no la ha olvidado jamás.
¡Era un hermoso picaflor que no me dejó tranquila hasta
Siempre está diciendo que le gustaría ser como su maestra,
cuando tomé el camino al hospital! De regreso de la escuela,
porque según sus propias palabras: "La señora María Cristina
llegando al puente del río Llufülafque'n, sin pensarlo hice
ama la naturaleza, le encanta enseñar, leer y admirar el río,
detener el vehículo y bajé, encaminándome hasta mi lugar
el lago y los pajaritos". De manera que la entiendo muy bien,
preferido. Absorta, me quedé mirando por unos instantes la
señora—. E l hombre hizo funcionar el motor del vehículo e
corriente lenta del río. De improviso, divisé un hermoso pica-
inició raudo el trayecto a la ciudad. Yo observaba con disi-
flor entre las ramas de una mata de chilko. Inesperadamente
mulo a través del parabrisas, intentando ubicar al picaflor De
voló hacia el camino y con rapidez regresó a escasa distan-
pronto lo descubrí. Continuaba el vuelo a veces por el centro
cia donde yo estaba. Una y otra vez hizo el mismo recorrido.
y otras, sobre la orilla del camino, pero al entrar a la ciudad
Me quedé inmóvil observándolo y, de repente, paralizada,
lo perdí deñnitivamente. Al llegar al hospital, bajé del auto y
exclamé: —'¡Pichichel" Como si en un segundo viviera
subí rápido los tres pisos.
una importante revelación, me levanté con energía y en
un dos por tres estuve en el camino. El pajarito dio unas vuel- Eliodoro rió de contento al terminar la maestra su relato.
tas indicando con insistencia una misma dirección: la línea —¿No sería el mismo que hace un momento llegó a golpear
blanca central del pavimento hacia el este. ¡No me cupo duda mi ventana para anunciarme su visita? —le dijo el niño, no
alguna: tú me estabas llamando! Me di vuelta y miré a lo extrañándole en absoluto lo manifestado por ella, conñrmán-
lejos: un vehículo con letrero amarillo en el techo se acer- dole con la pregunta su total creencia en la historia.
caba. Lo hice detenerse y subí.
—Toma, te traje un libro de cuentos.
IS4 155
Manuel Gallegos J El cisne y la luna
—¡Gracias, señora! —Sus ojos se iluminaron de contentos lo van a estar tus compañeros. Ellos, cada día que pasa han ido
al observar el libro y acariciar con los dedos el lomo y la hasta la Virgen de las Lomas a llevarlefloresen tu nombre y a
cubierta. —¿Sabe? —agregó—, hoy no podré ir al ensayo de |)cdirle su ayuda. • •• ' • -^f^
teatro. Debo quedarme unos días aquí. Eliodoro no pudo decir nada, sólo apretó la mano de la profe-
La maestra afirmó con un leve movimiento de cabeza. sora que había girado la cabeza para dejar caer unas lágrimas.
—Pero usted, señora, parece no estar bien ¿verdad? —¿Sabe, señora? ¡Cuando yo sea grande voy a estudiar
—Estoy bien, mi Pichiche. ¡Mejor aún al saber de tu recu- para maestro! . . . , i ,.
peración! -í ..ti-, '..-..u, .. wí\r -¿Qué? ' • '
—Cuando desperté hace un rato tenía en nú cabeza un mal —¡Sí, quiero ser profesor, señora!
sueño. ¿Se acuerda de la mariposa que encontramos en la sala? —¡Hijito! —exclamó ella acercándose a darle un beso, intu-
• —Sí, hijito, la recuerdo. yendo sus motivaciones—. Te diré algo, Pichiche. ¿Recuerdas
esa vez que tú y Celeste estuvieron en mi casa?
—En el sueño la veía atrapada en una red, pero, de pronto,
distinguí en ella su rostro, señora. ¡Como si usted fuera esa —Sí, señora.
mariposa! —Esa noche Celeste me reveló su poder de predecir el
< L a maestra lo miró sorprendida. futuro. Me habló de muchas cosas que, en ese momento, yo
dudé en creer y, sin embargo, se han cumplido. En aquella
' —¡Y unas manos grandes, enormes, comenzaron a ente-
oportunidad me dijo en secreto al oído: "Ése —indicándote a
rrarle lentamente un alfiler! Yo lo sentía también entrar en mi
ti— cuando sea mayor va a estudiar y será un gran profesor".
pecho, produciéndome intenso dolor. Quise gritar y no pude.
Hijito —continuó la maestra—, me agrada que pienses así y
Quise abrir los ojos y tampoco pude. ¡De improviso, desperté,
sigas los dictados del corazón para encontrar tu felicidad. Sólo
encontrándome aquí, en esta sala de hospital, recordando a ese
te diré algo: aún eres un niño y queda bastante tiempo para
automóvil acercarse a toda velocidad y golpearme fuerte!
esa decisión. Tú podrás estudiar la carrera que desees porque
—Tranquilo, descansa, hijito, ya no hables más. Lo impor- eres inteligente y responsable. A l maestro lo sostiene sólo su
tante es que ahora, gracias a los médicos y a Dios, estás recu- vocación, lo espiritual, pues económicamente no es remune-
perándote. Y tus padres y yo estamos felices, como iguahnente rado como se lo merece. Yo, por ejemplo, nunca pensé en ser
156 157
Manuel Gallegos
profesora- Y te confieso haberlo hecho porque mis padres no
podían pagarme otra carrera. A pesar de esto, poco a poco
fui enamorándome de mi profesión y dándome cuenta, sin
^^pQfiérmelo, que podría llegar a ser una buena profesora al
descubrir ™ infinito amor hacia los niños. Entonces
compre"^* que uno, hijito, debe elegir aquello que le hará
sentir pl^''^ ^^^'^ humano porque esa decisión lo acompa-
ñará toda la vida. ¡Bueno, bueno, nada más de conversación!
Otro día vendré a verte, ahora descansa.
¿io un beso en la frente y se despidió:
__¡fe quiero mucho, Pichiche!
jYo también, señora! CAPÍTULO 14
jiiaestra salió de la sala y al instante entraron los padres
(jgl niño. Eliodoro presintió que ella regresó con el alma ali- espués de una semana en el hospital y de regreso a
viada y fortalecida a su hogar, dejándolo muy contento. D la escuela, Eliodoro esperó ese primer día a la señora
Su hermana Elena, en la visita de la tarde siguiente, le donde siempre: bajo el coigüe. E l perro Anti, estuvo también
contó qu^ compañeros esperaban ansiosos saber de él esa enfermo. Su madre le dijo que los perros enfermaban de tris-
mañana, y ^' enterarse por la señora María Cristina de la mila- teza por la ausencia de sus amos.
grosa recuperación, comenzaron a saltar y aplaudir con ale-
— ¡ Y tenía razón, señora, porque apenas me vio,
gría Los cantos que se escucharon desde la sala fueron los
sus achaques desaparecieron por encanto! —contó
más hermosos y alegres oídos desde hacía mucho tiempo en
más tarde el chico a su profesora.
la escuela, tanto fue así que las golondrinas, embelesadas, no
salieron de su escondite ese día. , Aquel día la maestra llegó en taxi colectivo porque
traía tres enormes bolsas. Eliodoro le ayudó como
pudo a llevarlas hasta la sala. E l l a parecía feliz con
su carga, pero no quiso decirle nada ante la curiosi-
158
Manuel Gallegos
dad del niño. Sólo le confesó que era una sorpresa.
Entonces, cuando y a estuvieron todos en la sala y en
sus bancos, la maestra les habló:
—¡Les he traído un hermoso regalo de unos niños
de Santiago! L a hermana de mi esposo, mi cuñada,
que tiene a sus hijos estudiando en un colegio de la
capital, reunió entre los alumnos gran cantidad de
ropa para ustedes. ¿Qué les parece?
Sus alumnos no pudieron resistir y aplaudieron de
alegría por ese magnífico regalo. Acto seguido, la
maestra les pidió que se quedaran sentados en sus
puestos mientras ella abría las bolsas. Y así comenzó
a sacar, como si se tratara de baúles mágicos, hermo-
sas prendas de variados colores.
— ¡ A q u í hay un vestido! ¡Veamos; este le quedará
bien a Yolanda!
L a niña se levantó feliz a recibirlo y sin pensarlo
dos veces se lo puso encima de su uniforme.
— ¡ Y esta polera le quedará pintada a David! ¡Este
pantalón con esa chaqueta de colegio le vendrán bien
a Eliodoro! ¡Ese suéter y estas zapatillas, estoy segura
que le gustarán a Pablo! ¡No me cabe duda que esos
zapatos con ese pantalón le quedarán a la medida a
Sebastián ¡Mira, Margarita! Esta es una parka para
la lluvia y te viene como anillo al dedo.
m
Mmuel Gallegos El cisne y la luna
L a chica, emocionada, abrazó a la maestra dicién- —¡Jamás olvidaremos este día! ¡Es como haber
dole al oído lo mucho que la quería, porque desde lo tenido una Navidad anticipada, mamá! — e x c l a m ó
ocurrido con el viejo Heriberto, ella siempre estuvo Eliodoro. -
apoyándola y entregándole cariño, lo que la ayudó A pesar de esos gestos de la señora María Cris-
a superar aquella traumática experiencia. Y así, a tina, Eliodoro notaba tristeza y preocupación en los
cada uno la maestra le regaló una tenida completa de ojos de su maestra. Había muchas cosas que él, como
ropa de muy buena calidad, casi nueva. Para todos niño, no podía saber ni tampoco se atrevía a pregun-
alcanzó, incluso la señora María Cristina le llevó a tar. Pensaba que serían cosas de grandes y a él no
Alba Barría un paquete con ropa de tallas grandes se las explicarían. Ocurrió que la señora María Cris-
para que se la regalara a sus alumnos. A l enterarse los tina no llegó a clases durante los primeros días de esa
padres de los niños, quedaron eternamente agradeci- semana y el chico le preguntó al profesor Robinson
dos de la maestra. Gatica la razón de su ausencia. Él le informó que su
— ¡ N u n c a pensamos que la señora nos llevaría profesora hizo llegar una licencia médica y no sabía
regalos así, m a m á ! E l l a nos contó que su cuñada, al cuándo iba a volver a la escuela. Entonces, el sábado
saber que en nuestra escuela había muchos niños sin siguiente fue a saber de ella a su casa en Quilleco.
ropa ni zapatos para asistir a clases, propuso en el Eran alrededor de las cinco de la tarde y al descu-
curso de uno de sus hijos de 4° básico hacer una cam- brir a Eliodoro en el marco de su puerta, la maestra y
paña para reunir lo que necesitábamos. ¡Muchos de su esposo se alegraron sinceramente de verlo. E l los
ellos ni siquiera sabían dónde estaba nuestra escue-
saludó y lo invitaron pasar a la casa, guiándolo hasta
lita, pero la maestra les explicó en una carta, agra-
la sala de estar.
deciéndoles en nuestro nombre! —fue el entusiasta
— Y o vine a visitarla, señora, porque el profesor
comentario de Eliodoro al llegar a casa.
Róbinson me dijo que usted estaba enferma.
— ¡ Q u é lindo es saber que en otras partes los niños
— A s í es, hijito, y no te lo puedo ocultar. Quizá
cuyos padres tienen mejor situación económica se
por mucho tiempo no podré ir a la escuela. Como tú
preocupan de regalar la ropa que ya no usan! ¡Dios se
eres mi mejor alumno y has llegado a ser casi un hijo
los agradecerá! —concluyó doña Leontina.
nuestro, te lo diré, ¿verdad, Gustavo? : • !
163
* —Me resulta imposible concederie ese permiso,
— S í , sí, estoy de acuerdo. ¡Tú has sido como un
verdadero hijo, Eliodoro! báu nA>^ .d' ( I istinita. No puedo darle seis meses, a lo m á s ,
cuatro. > '»
—Gracias, don Gustavo. ' %
—Pero ¿por qué cuatro y no seis? —le preguntó la
—Bueno —dijo ella—, decidí pedir permiso sin goce
maestra. ^ ' .a^j.-n
de sueldo por seis meses con la intención de descansar y,
—De acuerdo con la ley, en efecto, yo estoy auto-
entre otros proyectos, buscar una actividad laboral dis-
tinta por algún tiempo. Pienso que, de continuar como rizado para otorgar permiso hasta seis meses, pero de
estoy, mi salud física y psicológica empeorarán. éstos los que "yo" estime conveniente. Y otra cosa: si
le otorgo el permiso, podrá ser sólo a partir de 15 días
— L a vamos a echar mucho de menos, señora
más. Necesito ese tiempo para buscar un suplente.
— m u s i t ó el niño con un nudo en la garganta, a punto
de explotar en llanto. L a señora María Cristina se — ¡ N o , señor! —repuso ella, conteniéndose—. E n
acercó y lo abrazó. Entonces, Eliodoro dio libre cauce quince días más estaré peor si continúo trabajando.
a su pena y lloró largamente. No iré a la escuela a partir del lunes. E l reemplazante
no es problema mío.
Días antes, don Gustavo y su esposa habían ido a
—Entiendo que esté afectada, Cristinita, pero,
hablar con el Jefe del Departamento Administrativo
de Educación Municipal, a fin de exponerle el caso "yo" tengo un cuerpo de profesores que " y o " con-
y solicitarle su autorización. Modesto Maldonado, duzco y por el cual debo velar. ¿Por qué no habla con
como siempre, los saludó con una amplia sonrisa el director?
de propaganda dentífrica, acompañada de extrema — ¡ N o voy a conversar con él otra vez!
amabilidad en las palabras y expresiones. Detrás del —Pero, Cristinita —fundamentó Maldonado—,
escritorio escuchó los argumentos con una actitud de tengo noticias de que la escuela funciona muy bien.
suficiencia, moviéndose como péndulo de reloj en un L a Jefe Técnico me ha hecho llegar un excelente
enorme y negro sillón giratorio mientras intervenía informe donde no menciona ninguna dificultad. E s
con exclamaciones teñidas de un afectado acento y seguro que ella debió haber intervenido en el cambio
gestos amanerados. Por último, evitando la mirada de de su jomada. , , , ^.
ambos, argumentó: v t u j usiurf/ ,..;•*> 'i ui I Í £ J ; M
164 165
— S i intervino lo ignoro, porque hasta ahora no he iiiiiiclad para desarrollar sus talentos y que presti-
escuchado su parecer —afirmó la maestra. I| (•i.i a la escuela y a este departamento de educación
Don Gustavo, sin poder evitar dar su opinión, ya mimicipal con sus presentaciones artísticas y su
que conocía a Maldonado desde antes de que asu l.ibor pedagógica? ¿ N o está ella respondiendo a lo
miera el cargo, dijo: modular de l a Reforma puesta en marcha, traba-
liiiido mejor que muchos otros que sólo se limitan a
- —¿Te das cuenta, Modesto, que el Gobierno está
implementando una Reforma Educacional y con esas iL'orizar sobre ésta?
actitudes los propios partidarios la están socavando Maldonado guardó silencio. Sabía de la veraci-
en sus cimientos? Tú sabes, y disculpa mi intromi- dad de los argumentos de don Gustavo. Tenía con-
sión, que María Cristina se ha destacado siempre ciencia de la injusticia cometida con la señora María
como profesora. Estos últimos años realizó una expe- Cristina, pero él debía defender a la autoridad de la
riencia de estímulo por la lectura única en la comuna escuela y —según su pensamiento— el hilo siempre
y quizá en la región. ¡Cada uno de los niños de cuarto se corta por el lado m á s débil. Acto seguido, dio un
básico leyó veinte libros en el año, y por su propio gran suspiro y concluyó: .¡.^.,,,. , ^ ^, j , , ^
gusto! Además de los leídos por ella en voz alta a —Bueno, conversaré con el director. Sólo le pido,
los chicos. Estos, han mejorado la expresión oral y Cristinita, presentarse el lunes al trabajo. L e advierto
escrita, elevaron su baja autoestima y la comprensión que si recurre a una licencia médica, le negaré rotun-
en las diversas asignaturas. Y otra cosa, Maldonado:
damente el permiso.
tú estás en conocimiento que su grupo de teatro ha
L a maestra no contestó. Don Gustavo, al mirarla,
llevado a cabo una labor de extensión cultural a otras
comprendió que tenía y a su propia decisión y no era
escuelas de la comuna. ¡Es un orgullo que haya sido
necesario agregar más. Ambos se levantaron y despi-
distinguido como los mejores de la provincia!
diéndose con formalidad, salieron.
Don Gustavo hizo una pausa, se puso en pie y le
E l diagnóstico del médico confirmó que la señora
habló con entereza a Maldonado.
María Cristina padecía de un alto grado de tensión
—Entonces, Modesto, ¿crees tú que éste es el pago nerviosa, afectando peligrosamente su úlcera. Por lo
a una profesora que les ha dado a los niños la opor- tanto, en principio, le otorgó quince días de licencia.
166 167
Manuel Gallegos
E l lunes no fue a la escuela. E l martes, la secreta-
ria del director del Departamento Administrativo de
Educación Municipal llamó a la maestra, en nombre
de su jefe, para informarme que él había conversado
con el alcalde y éste autorizó el permiso de seis meses
a contar del día anterior. L a señora María Cristina le
agradeció por su llamado y colgó. Había hecho valer
sus derechos, a disgusto de Modesto Maldonado.
Eliodoro, en los brazos de la maestra, había dejado
lentamente de llorar y ahora tomaba un vaso de jugo
que don Gustavo le había traído. De pronto, se oyó el
CAPÍTULO 15
fuerte pito de la tetera en la cocina y la señora se puso
en pie, diciéndoles:
—¡Todos a la mesa! esde entonces Eliodoro no tuvo más clases con la
señora María Cristina. Llegó una reemplazante para
E l hijo menor de la maestra había salido a la casa D
cumplir ese período de seis meses. Y al año siguiente tuvo otra
de un compañero, así que sólo tomaron once los tres.
profesora, así como en los cursos venideros. En esa época, la
Eliodoro, al ver a su maestra tranquila y contenta,
maestra recibió algunos "regalos del cielo", como ella misma
fue alejando su pena. Don Gustavo le preguntó por
decía: su hijo mayor se tituló de ingeniero y, como lo habían
sus padres y su hermana. Él les contó también que
proyectado, la familia volvió a la casa que tenían en arriendo.
Anti iba a tener hijos con una perrita vecina. Cuando
terminaron ya estaba oscureciendo y debía volver a —Cuando debí dejarla para costear los estudios del hijo en
Kalkuhué. L a señora María Cristina lo abrazó. L e dio la capital, lloré durante semanas en silencio, pero lo hice por
un beso en la cara y en la frente. E l niño dio media él. ¡Soñaba con que mi hijo fuera un profesional y viviéramos
vuelta y se fue sin volver la cabeza, porque ya no otra vez en casa!—. Sin embargo, lo que ella nunca pensó, fue
pudo contener más su emoción. verio trabajando en la Lechera de Quilleco, tal como lo predijo
Celeste.
169
El cisne y la luna
Manuel Gallegos
serenatas en las plazas y calles de Ciudad de México, Gua-
En varias ocasiones Eliodoro fue de visita donde su profe-
(lalajara y Veracruz, donde apreció también los bailes de
sora y ella, como siempre, lo atendía con especial cariño. Una
la zarabanda, el huapango, la mañanita y los corridos. E l
vez, el padre de Gabriel, su compañero de curso, le vendió
pueblo de Pátzcuaro cautivó sus ojos con la bella y colorida
a la maestra, treinta varas^'* de leña y el chico invitó a Elio-
artesanía, así como también el vestuario de los mariachis en
doro para que los ayudara a guardaría ordenada en el patio
los distintos lugares visitados, y, sobre todo, la maravilló el
techado. A pesar de lo cansador del trabajo, se entretuvieron,
intenso amor de los mexicanos por sus raíces e identidad.
ya que imaginaban estar haciendo "castillos de palos". La
A don Gustavo lo atrapó la Plaza de la Luna, rodeada de
casa era grande, hermosa, toda de madera, rodeada de un
imponentes pirámides en la antigua ciudad de Teotihuacán,
amplio jardín cuidado con esmero por la señora María Cris-
apreciando con placer y admiración los vestigios de las cul-
tina. Después de ordenar la leña, la maestra les sirvió jugo de
turas toltecas, mayas y aztecas, aparte de disfrutar con entu-
naranjas, galletas de miel y como premio cinco monedas de
siasmo de la comida de ese país.
cien pesos a cada uno.
De regreso del feliz viaje, la señora María Cristina volvió
Don Gustavo, consciente de que había llegado el momento
de pensar en sí mismos, y en especial en su esposa que pasaba renovada a la escuela. En reiteradas ocasiones pensó postu-
por un momento difícil, pidió un crédito a un banco y la invitó lar a otro municipio, pero si lo hacía, debía someterse a un
a hacer realidad su viejo sueño de viajar En sus vidas, siem- sistema de contrata anual en calidad de profesora novata.
pre encontraron la manera de conocer otros lugares durante Del mismo modo, en algún momento consideró la alter-
las vacaciones. Primero nuestro país, pensaban ambos y así ya nativa de trabajar en colegios particulares; sin embargo,
habían recorrido el norte, centro y sur de Chile. Ahora decidie- interiormente se negaba a hacerlo. Su alma se sentía plena
ron por primera vez ir al extranjero y visitar el país que ella enseñándoles a niños de escasos recursos de la zona rural.
más ansiaba conocer: México. La maestra siguió haciendo clases por cinco años más,
cuando otra vez reaparecieron con intensidad los dolores
Le encantaron —como le contó en detalle a Eliodoro
por la úlcera que tenía.
cuando la fue a visitar después de su llegada— las románticas
Internada en el hospital de Quilleco, un día llegó a visitaria
(1) Vara: En el sur de Chile se llama así a un marco de madera de poco menos
de un metro cuadrado de superficie, dentro del cual se colocan los trozos de leña, Olga Rebolledo.
apilados. Es, por lo tanto una medida para la compra y venta de la leña.
171
170
Manuel Gallegos El cisne y la luna
—Vine a verte, María Cristina, y también a pedirte disc Miiora María Cristina sintió en ese instante unas tibias gotas
pas—le dijo.
icshalar por su cuello. '"•^<
—Pero, ¿por qué disculpas? ' * Cada día la maestra recibía también la visita de alguno de
—Por no haber reconocido mi error y enojarme tanto MIS nuevos alumnos que le contaba las alternativas diarias de
tiempo inútilmente. (lases. Quiénes se habían portado mal y quiénes bien, además
—Eso lo decidiste tú, no yo. .^ j (le expresarle lo mucho que la echaban de menos. Se entretenía
—Sí, fue una niñería. 9 leyendo los mensajes llevados por uno de ellos, que hacía el
papel de mensajero cuando no podían viajar los otros.
—No, los niños no son rencorosos. "
Se produJQjia-sileacioJargo entre las dos mujeres. Enton- Después de variados y múltiples exámenes durante dos
semanas, el médico resolvió operaria. Todo parecía normal.
ces, Olga R¡ebolle6o levantó su mano y le pasó un ramo de frá-
Una mañana, como se había programado, se llevó a cabo la
giles lirios silvestres de los que a la maestra le gustaba recoger
intervención quirúrgica. Sin embargo, la maestra no la resistió,^
cada vez que podía camino a la escuela. >
produciéndose en forma inexplicable un paro cardiacírqüe le "
—Gracias, Olga —le dijo—. Ya era hora de que hablára- apagó en segundos la vida. i.,,..
mos. Tuvimos antes una bonita amistad que no podía perderse
por falta de comunicación. El hecho provocó un fuerte impacto en Quilleco y Kalku-
hué. Nadie esperaba un desenlace tan abrupto de una enferme-
—Sí, reconozco que me he puesto hosca y de mal humor.
dad que, por lo común, era controlada sin peligro de muerte.
Ahora comprendo que la soledad no es una buena compañía.
María Cristina Burgos tenía sólo 52 años.
Los golpes de la vida a veces son difíciles de superar e incu-
ban en el alma rencor y hasta envidia. Perdóname, Cristina. Los compañeros de Eliodoro que ya cursaban educación
Quisiera recuperar nuestra amistad. Siento que he crecido y media en el liceo de Quilleco, donde él también estudiaba, se
dejado atrás esos dolores que me hacían mal. Tu amistad es sintieron profundamente consternados. No sólo éstos la llora-
importante para mí. ...^ ron, sino también todos los niños de promociones anteriores,
convertidos ya en adultos, la mayoría trabajando en diversos
—Te agradezco, Olga, la visita y las flores. Sólo basta tu
oficios y unos pocos siguiendo estudios superiores, quienes
presencia para olvidar aquel mal rato. , . , ,„., ,j j . ^ , , ,
acostumbraban a saludarla con cariño y agradecimiento cuando
Le extendió las manos y ella le dio un abrazo cariñoso. La por casualidad la veían en algún lugar de la ciudad.
172 173
mando le dijo a la maestra que esos árboles crecerían hasta
" A l enterarse esa mañana Eliodoro, creyó sentir fierros elevar su casa por los cielos. —¡Ojalá suceda lo que dices,
ardientes penetrando su corazón. El paisaje oscureció a su alre- l'ichiche, porque de ese modo tendría una vista única del lago
dedor y debió buscar dónde apoyarse para no caer Tenía ya y los volcanes! —le respondió riendo alegremente ella.
dieciséis años y había alcanzado la estatura normal para su
Entró por el portón abierto, caminó unos pasos hacia la
edad, dejando de ser el más pequeño del curso.
puerta de la casa, tocó el timbre y después de unos núnutos
La inmediata reacción que tuvo fue ir a casa de la maes- apareció una mujer joven y morena, con delantal blanco:
tra para confirmar la noticia. En el taxi colectivo, camino a
—Buenas tardes —murmuró—, soy ex-alumno de la señora
Quilleco, se le agolparon miles de recuerdos vividos con la
María Cristina y quisiera saber de ella.
maestra. Al cruzar el puente del río Llufülafquén recordó ese
fin de año cuando, junto a sus compañeros de curso, llegaron Hubo unos segundos de silencio. La mujer lo miró y dijo
hasta allí a bañarse y comer salchichas asadas en un palo. con evidentes señales de llanto y dolor en el rostro:
También asaltaron su mente las presentaciones del grupo de — L a señora falleció anoche. , ^ L ,
teatro, los libros leídos, conciertos y obras teatrales a las que
—¡Es cierto, entonces...! =• - * ' f
asistieron, el encuentro con escritores invitados de la capi-
Le fue imposible poner atajo a sus lágrimas y lloró descon-
tal, las cartas enviadas a diversas personas, los paseos por
soladamente. La mujer, sin saber cómo reaccionar, lo hizo pasar
la orilla del Küyenpür y, en especial, la época en que ella le
enseñó a leer y sentarse. Le sirvió un vaso de agua con azúcar y le dijo:
—Mañana a las cuatro de la tarde serán los funerales. Don
Bajó del automóvil a dos cuadras de la plaza y caminó en
dirección norte, subiendo una suave cuesta. Sintió el alma con- Gustavo y sus hijos darán cumplimiento a la voluntad de la
trita y los músculos del cuerpo tensos a causa de las últimas señora María Cristina de lanzar las cenizas de su cuerpo a las
horas vividas. En la cima del exiguo terraplén descubrió la agu&s del hgo Küyenpür
casa. Estaba igual, salvo las señales deltiemposobre las made- —Muchas gracias, señorita. Ha sido muy amable. i! ;
ras. Allí se erguían los gigantescos secuoyas, mucho más cre- Fue todo lo que atinó a balbucear y se retiró. Al salir y cami-
cidos. Esos árboles exóticos originarios de América del Norte, nar por la vereda, miró con nostalgia la casa, desandando con
plantados allí por alguno de los primeros colonos llegados a paso lento el camino. Observó el patio donde estibó la leña con
vivir a la orilla del lago en el siglo pasado. Recordó esa vez
175
174
SU amigo Gabriel, la empalizada que ayudó a cambiar al hijo Por último, los familiares levantaron el ánfora y salieron en •
mayor de la maestra por nuevos maderos de coigüe y pintada dirección al lago.
después por don Gustavo. Se detuvo a contemplar el hermoso Dejándose llevar por el corazón, Eliodoro no pudo resis-
jardín donde ella gustaba plantar azaleas, rosas y tulipanes, tir al impulso de seguirios y estar presente en ese momento,
como también un pequeño huerto de lechugas, cilantro, ajos, aunque sólo fuera desde la distancia. Se fue canúnando con el
habas y arvejas. L a veía con su dulce sonrisa, caminando en pequeño ramo de camelias blancas que había recogido en las
el prado, feliz. El guardaría esa imagen de la maestra, no olvi- primeras horas de la mañana del jardín de su casa. Llegó hasta
dando también lo que había sufrido por defender sus ideas.
la orilla del Küyenpür, dejó el ramo defloressobre una piedra
Al día siguiente se dirigió a la catedral donde le hicieron y desde allí observó cómo don Gustavo, junto a Pedro y Javier,
una misa de despedida. Allí encontró a todos sus antiguos sus hijos, subieron a un bote y remaron alrededor de quinien-
compañeros de escuela, como él, transformados ya en jóve- tos metros lago adentro. Después de unos minutos en los que
nes y a quienes abrazó uno a uno con hondo afecto. También nada parecía ocurrir, el padre abrió la pequeña ánfora y dejó
habían llegado los profesores y autoridades de la comuna. caer parte de las cenizas, esparciéndolas el viento con suavidad
Solitaria, muy cerca del ánfora que contenía las cenizas de la sobre la superficie del agua. Luego, pasando el preciado reci-
maestra, distinguió a Alba Barría. En sus ojos reflejaba el alma piente a los hijos, repitieron el gesto. Se abrazaron largamente
golpeada ante la repentina ausencia de la colega y amiga por y, por último, don Gustavo cogió otra vez los remos y dirigió la ,
quien llegó a sentir una gran admiración. Al final del pasillo, embarcación a tierra. Al desembarcar con los ojos enrojecidos f
acongojados como dos almas en pena, estaban los padres de por el llanto, reconocieron a Eliodoro y este se acercó a salu- '
Eliodoro, tomados de la mano para darse valor uno al otro. darios con un sentido abrazo. Después, se despidieron. Miró al
Una profunda emotividad invadió a los asistentes cuando se horizonte y sintió una infinita soledad. Entonces, exclamó en
presentó el grupo orquestal de la escuela de Kalkuhué, dirigido voz baja para sí mismo:
por el profesor Alonso Cárdenas, quien, agradecido por lo que
—¡No, no, es inútil, no logro aceptar que nuestra maestra
ella hizo por él, preparó un homenaje junto a sus alumnos, eje-
haya muerto! x i ? .
cutando con instrumentos de cuerda y viento varias canciones
que la maestra acostumbraba a enseñarles. Aquellos que ella Se quedó callado, expectante, inmóvil, como si esperara una
tanto amaba la despedían como hubiera deseado: cantándole. repuesta. Luego, caminó por la orilla del agua, observando como
las menudas olas mojaban sus zapatos. Se detuvo y agregó:
176 177
ti cisne y la urna
—¡Debí haberlo adivinado! ¡Aquí deseaba permanecer eter-
namente! ¡Ella amaba este lago! ¡Küyenpürl ¡Luna Llena!
¿Han visto la luna llena carmesí reflejada en el lago Luna
I Jena? —nos decía,riendode sus juegos de palabras y aconse-
jándonos: — ¡Es algo que no se deben perder en sus vidas! ¡Su
color encamado es tan intenso como el sol! ¡Rojo de vida, de
fuerza, de amor! Y cuando es plateado, parece cubrirlo todo con
esa dulce paz que contiene—. ¡Cuántas veces nos habló de la
luna y del lago! De los amaneceres, de su paz en días de calma,
de su furia en la tormenta, convertido en un verdadero mar Nos
contaba maravillosas historias de los primeros habitantes de sus
orillas. Y también de cómo don Gustavo lo amaba porque fue
frente al Küyenpür donde él le reveló a ella su amor ¡Qué triste
debe estar don Gustavo! Yo los quería a ambos. Siempre iban
juntos a todas partes. Se apoyaban el uno al otro, reflejando un
profundo amor ¡Por eso también envidiaban a la señora!
Eliodoro se puso en cuclillas, estiró los brazos, hundió
ambas manos abiertas en el agua y las levantó unidas a la altura
del pecho. Un rayo del sol de la tarde iluminó las palmas ahue-
cadas, produciendo reflejos de arco iris en la superficie del
diminuto lago formado en sus manos. Sonrió entre lágrimas y
elevando más los brazos vació enteramente el agua en su rostro:
—¡Mi dulce maestra! —exclamó.
Eliodoro estaba ahora solo frente al lago, después de tantos
años. Y durante esas horas había recordado sus años de niño
junto a la maestra que tanto había significado en su vida.
5 179
S
Mmuel Gallegos El cisne y la luna
Las aguas cristalinas del Küyenpür habían cambiado de color. Lliodoro dio unos pasos en silencio y la abrazó, manifes-
Tomaron el oscuro azul del cielo mientras los volcanes pare- i.iiidole sin palabras lo reconfortante que le resultaba verla en
cían esfumarse con los reflejos rosados bajo las primeras estre- isL' preciso instante. Después, continuó hablando:
llas.
—¡Qué bueno haberte encontrado. Celeste! No me cabe
En ese momento percibió que alguien se acercó a él. Se (luda que en esto intervino la señora María Cristina.
levantó y descubrió a una joven de tez mate, hermoso cabello
—Creo que quien me llamó fuiste tú.
negro, largo y liso que estaba a su lado. E l reflejo de esa luz
especial en sus ojos lo hizo recordar un rostro familiar. -¿Yo?
—Con la fuerza de tus sentimientos.
—Eliodoro —musitó ella—. Él, se quedó mudo, mirándola.
Eliodoro movió afirmativamente la cabeza sin decir nada.
- S o y Celeste. axioy^n A;AÍAH.::U^Í,..-'
—Presiento que la señora María Cristina estará feliz de
—¿Celeste? ¿Mi compañera de escuela? ¡No lo puedo
creer! verte convertido en unflamanteprofesor
—¿Y cómo lo sabes?
—Comprendo que no me hayas reconocido. ¡Hace tanto
tiempo y sólo compartimos apenas tres meses! —No es necesario ser adivina para saberlo. Yo siempre lo
—Sin embargo, siempre me acordaba de ti. Nunca supe supe.
adonde te habías ido. La señora María Cristina tampoco se —¡Ahora lo recuerdo! Esa vez que me atropellaron y estuve
enteró. No he olvidado cuando nos invitó al cumpleaños de su grave en el hospital, le conté a la señora mi sueño de ser maes-
hijo y tú le dijiste un montón de cosas que le sucederían en la tro como ella. Entonces, me confesó un secreto: la noche del
vida. Ella, a medida de ir cumpliéndose lo dicho por ti, estuvo cumpleaños en su casa, tú le dijiste al oído que yo llegaría a
cada vez más convencida de haberse encontrado con un ángel. ser profesor algún día. Y así ha sucedido. Celeste. Ya me he
Celeste le sonrió con timidez, respondiéndole: titulado y estoy muy contento a causa de ello.
—¡Sabía que te iba a ver algún día! Aunque no esperaba —¡Es el mejor regalo que puedes haberte hecho a ti mismo,
que fuera en esta ocasión en que se cumple otro aniversario de a tus padres y a la señora María Cristina!
la muerte de la maestra. .in...^"' - - Eliodoro la miró a los ojos y tomó conciencia de tener a su
180
lado a la querida compañera que con tanta temura mitigaba la —¡Mira, Celeste, un cisne! ¡Allí! ¿Lo ves?
ausencia de la maestra. Sin decir una palabra, cayó de rodillas
Por el recodo de una puntilla se desplazaba sobre las aguas
sobre la arena, hundiendo la cabeza en su pecho y con lágrimas
un cisne cuello negro en dirección a ellos. Guardaron silencio,
en los ojos agregó:
observando al ave nadar con elegancia, embelleciendo aún más
—¡Cuánto dolor, Celeste, tuvo mi corazón por la partida de el paisaje de ese día.
nuestra maestra!
—La señora María Cristina nos contaba que los cisnes
• La joven se arrodilló junto a él, lo abrazó por los hombros tienen sólo una pareja en la vida y si uno de ellos moría, el otro
en un gesto de comprensión, dejando caer también unas silen- se quedaba solo, esperando la muerte. Así le pasó a don Gus-
ciosas lágrimas. Eliodoro tomó su mano y se levantó. Ella tavo también. Se produjo un silencio entre ambos y Eliodoro,
cogió el ramo de camelias que había traído y delicadamente inesperadamente, le dijo:
lo dejó sobre la superficie del agua, donde flotó con suavidad
-¿Oyes?
produciendo unas ínfimas ondas.
-¿Qué?
—¡Esasfloresle gustaban tanto a ella! Desde que sus ceni-
—¡Me pareció escuchar esa música que oíamos en clases!
zas fueron lanzadas al lago y estuve viviendo aquí, le traje
siempre camelias a la señora. ¡Aquella que para la maestra era la más hermosa de todas: "La
Llamada" de la Suite Aysén!, ¿te acuerdas?
— Y cuando tú ya no pudiste hacerio por estar estudiando
lejos, lo hice yo cada vez, como ahora. ' ~ —¡Sí, la recuerdo muy bien! ¡Es bella y dulce como una
música celestial!
Sólo se oyó el leve sonido del agua rompiendo en diminu-
Se quedaron unos minutos en silencio, oyéndola en sus
tas olas en la orilla. Las sombras del anochecer comenzaban a
mentes casi sin respirar y manteniendo la vista en el cisne. Se
cubrir lentamente las aguas del lago. Enseguida, ambos mira-
ron al horizonte y vieron al volcán Chelle nevado, tranquilo, dieron cuenta de que éste parecía oír también los mágicos sones.
humilde, pero magnánimo. —Eliodoro, tu espíritu ha reenconti-ado el alma de la maes-
tra y la llevarás siempre junto a ti. Por esa razón, tu rostro debe
Se quedaron unos instantes en silencio, observando el lago
Küyenpür de una orilla a la otra. De pronto, Eliodorofijóla sonreír ¡Estoy segura de que aquel cisne ha sido una señal de
mirada en un punto y prormmpió: ella para que estés contento!
184 185
Manuel Gallegos
La miró con los ojos iluminados por un profundo brillo
VOCABULARIO MAPUCHE Y 04
de paz interior y no pudo dejar de abrazarla, emocionado.
Al mirar otra vez hacia el lago, el cisne inició un lento y
ANTI: Sol .uíh'ídu; íst- 'wr. A ;tí >/iíi^
largo desplazamiento hasta elevarse por sobre la ciudad en
CARIMAHUIDA: Monte verde.
dirección sur Se quedaron contemplándolo, tomados de las
COLIGUE: Planta cuyas varillas duras los aborígenes usaban
manos, hasta que se convirtió en una menuda mota de nube
para disfintas labores domésticas.
blanca que desapareció en el infinito, en el instante en que una
CHELLE: Gaviota pequeña. ^ ' "•" """^
enorme luna dorada se elevaba entre los dos volcanes.
CHILKO: Arbusto he hermosas ñores con forma de pequeños
faroles rojos. ; >/ ¿',Í:ÜÍ ^ - O V U -
• - . i h vi .-•'ími'-. COIGÜE: Árbol autóctono de hojas siempre verdes, propio del
sur de Chile. Su madera es muy valorada por su resistencia y
' • >
calidad.
CuNCOs: Aborígenes que conforman el subgrupo de los hui-
lliches. Ocuparon las tierras entre Río Bueno y la Isla de
Chiloé.
HUILLICHES: Gente del Sur (Huilü: sur; che: gente). Subgm-
pos pertenecientes a los mapuches. Habitaron desde el río
Toltén hasta Chiloé. En la Isla de Chiloé constituyen la raíz del
pueblo chilote y de la cultura que hasta hoy admiramos.
LEVIMÁN: Cóndor veloz.
LicANCo: Agua de piedra preciosa.
LOLOMAHUIDA: Monte del cangrejo.
LLIQUI-LLIQUI: Nombre popular de un pequeño pajarito del sur
Su cuerpo diminuto y gordo es de color normalmente café.
LLUFÜLAFQUÉN: Aguas profundas.
KALKUHUÉ : Lugar de sortilegios.
186
187
KÜYENPÜR: Luna llena. /, tííjt /. i: j -i i:' rOí • ÍNDICE
NAIMÁN: Cóndor libre.
NiPACo: Agua del arbolillo. i; Capítulo 1 7
NoTRO, NOTRu: También se le conoce como Ciruelillo. Árbol Capítulo 2 37
de hermosas flores con forma de dedos largos en pequeños Capítulo 3 47
racimos de color rojo. Capítulo 4 57
ÑIRES: Árbol que crece en la alta cordillera. Capítulo 5 66
PANCUL: Cachorro de puma. Capítulo 6 73
PANGUE: Planta de hojas grandes cuyos tallos son las nalcas, de Capítulo 7 85
uso comestible para ensaladas. Planta halorragácea. Capítulo 8 103
1:' ^
PICHICHE: Gente menuda. ; : - ;í /i;; j n Capítulo 9 113
120
PICHICO: Agua escasa. -ÍÍ. Capítulo 10
129
PUDÚ: E l ciervo más pequeño del mundo, nativo del sur de Capítulo 11
Capítulo 12 140
Chile, en especial de Chiloé. . . . . j ,
Capítulo 13 150
QUILLECO: Lugar de lágrimas. -¡ol
-Xtr 159
RUCAMANQUI: Nido de Cóndores. :.,/<• l - u ':AMA< -lan =rij> Capítulo 14 'MJVn sin
Capítulo 15 mi 169
1 .••;.•! ii .-'ííiíí-ii'^'JírMtüíi
vn.h.
Vocabulario mapuche 187
' ' ! i
189
188