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Cognición, emoción y aprendizaje

Durante los últimos treinta años, muchos y muchas especialistas en pedagogía, consideraron
que la educación consistía en un proceso cognitivo basado en el procesamiento de la
información, donde la actividad mental, como expresión del aprendizaje se da gracias a la
existencia de conocimientos previos, el nivel, la cantidad y calidad de la acumulación de estos,
los cuales articulándose de una manera creativa son generadores de pensamiento productivo
(Woolfolk, 2006). A esto se suma el considerar que el aprendizaje es el resultado de la
interacción social por medio de esfuerzos cooperativos dirigidos hacia metas compartidas (Pea,
2001 citado por Salomon, 2001). Esta concepción, implicó un considerable avance con respecto
a muchas de las consideraciones de los modelos pedagógicos del siglo XX, pero resultó ser
insuficiente para poder explicar el porqué de las dificultades del aprendizaje en una época
caracterizada por la presencia de las TIC, al no tomar en cuenta que las actividades mentales y
la interacción social están mediadas por las emociones y los sentimientos que posean y
desarrollen los individuos alrededor de tales aspectos. A partir de Salovey y Mayer (1990),
Gardner (1995) y Goleman (1996), la educación no puede reducirse únicamente a lo académico,
a la obtención y procesamiento de la información, al desarrollo estrictamente cognitivo, o a las
interacciones sociales, como si éstas se dieran en abstracto, sino que debe abarcar todas las
dimensiones de la existencia humana (Dueñas, 2002). Nadie duda que el aprendizaje sea un acto
deliberado, por lo que no es ni inconsciente ni arbitrario, sino que se da conforme el individuo
se desarrolla y se manifiesta como la capacidad para ejecutar una conducta que previamente no
se poseía.

Sin embargo esto no dice cómo es que el sujeto alcanza tal conducta o capacidad y mucho menos
qué lo motiva a su alcance. Ya en 1960, Bruner consideró que el aprendizaje involucra tres
procesos, que considera son casi simultáneos: la adquisición (que implica información nueva o
un refinamiento de la información ya existente), la transformación (que implica el manipular el
conocimiento para ajustarlo a las nuevas tareas) y la evaluación (para comprobar si la manera
en que manipulamos la información es la adecuada). Para lograr esto, el proceso educativo debe
tener en cuenta la predisposición del individuo hacia el aprendizaje (Bruner, 1960), lo que de
una u otra manera implica el carácter emocional con que se asume el aprendizaje en si mismo.
La adquisición, transformación y evaluación, implican una acumulación de experiencias que son
interpretadas y “comprendidas”, las cuales están inseparablemente unidas a lo que las personas
son y sienten (Bisquerra, 2005). El aprendizaje, por tanto solo es posible en un entorno social,
en el que se construyen las estructuras de conocimiento, denominadas “destrezas”, las cuales
son cada vez más complejas en tanto se maneje cada vez más información. Así, el proceso de
aprendizaje desde la Teoría sociocultural incluyó, cuatro puntos esenciales, (Bruner, 1960;
Salomon, 2001; Vigotsky, 2005) • El desarrollo cognitivo, el cual varía de una persona a otra, así
como de una cultura a otra. • La interacción social, la cual posibilita el crecimiento cognitivo de
un individuo gracias al aprendizaje guiado dentro de la Zonas de Desarrollo Próximo (Rico, 2009),
lo que permite a los aprendices la construcción del conocimiento. • La socialización, donde se
da la construcción de procesos psicológicos individuales como el habla social, lo que permite la
comunicación • El papel de los adultos, quienes transmiten “herramientas” cognitivas en
función de facilitar la adaptación intelectual dentro de la cultura que los aprendices deben
internalizar. Una lectura entre líneas, de los puntos anteriores, evidencia que faltó indicar que
el aprendizaje constituye un constructo individual y social que se ve afectado por las
apreciaciones y valores que, individual y socialmente, se le atribuyen a las emociones en razón
de ser estas construidas en términos culturales y contextuales, aspectos que determinan y
regulan, cuales emociones son las apropiadas o aceptadas en razón de la interacción entre el
sujeto y el ambiente (Bisquerra, 2001), de manera tal que no hay aprendizajes fuera del espacio
emocional (Pekrum, 2000, como se cita en Casassus, 2006), al punto que las emociones son
determinantes para facilitar u obstaculizar dichos aprendizajes, los cuales a su vez están
determinados por los intereses o necesidades del sujeto, en razón de su interacción con el
entorno. De esta manera, debe considerarse que el aprendizaje es el producto cultural de dos
vertientes que interactúan entre sí de manera dinámica, la racional, ligada a la cognición y, la
emocional, ligada a los sentimientos, de forma tal que es difícil, sino imposible, separar lo que
corresponde a uno u otro dominio.

Estos aspectos, visto en conjunto, generan un marco conceptual que permite explicar que el
pensamiento, aunque parezca ser racional, está cargado de aspectos emocionales, de hecho no
existe pensamiento puro, ni racional ni emocional (Casassus, 2006), porque los pensamientos
dependen de los intereses o necesidades de las personas, y estos aspectos están mediados con
el entorno por medio de las emociones. El pensar en como resolver un problema, y lograrlo,
produce sensaciones, emociones y sentimientos positivos (como parte de la realización de la
persona), en tanto sucede todo lo contrario en el caso de fracasar, por lo que es posible afirmar
que la capacidad para atender y entender las emociones, experimentar de manera clara los
sentimientos, poder comprender los estados de ánimo, tanto negativos como positivos, son
aspectos que influyen de manera decidida sobre la salud mental del individuo, afectan su
equilibrio psicológico y, por ende, su rendimiento académico (Fernández-Berrocal y Ruiz, 2008).

La Inteligencia Emocional, según Daniel Goleman, se basa en cinco competencias emocionales.


El autor define la competencia emocional como “la capacidad adquirida basada en la Inteligencia
Emocional que da lugar a un desempeño laboral sobresaliente”. Es decir, serían como
habilidades adquiridas en la práctica diaria de nuestras competencias (por ejemplo, la habilidad
de trato con el público). Estas capacidades son necesarias para el mundo laboral, pero no son
menos indispensables en la vida diaria.

La empatía es la capacidad cognitiva de percibir lo que sienten los demás. La clave radica en
captar los mensajes tanto verbales como no verbales de nuestro interlocutor. Así, por un lado,
tenemos que la mente racional se transmite a través de las palabras, y por otro, que la mente
emocional se transmite a través del lenguaje corporal.

Las relaciones sociales se basan muchas veces en saber interpretar las señales que los demás
emiten de forma inconsciente y que a menudo son no verbales. El reconocer las emociones
ajenas, aquello que los demás sienten y que se puede expresar por la expresión de la cara, por
un gesto, por una mala contestación, nos puede ayudar a establecer lazos más reales y
duraderos con las personas de nuestro entorno. El reconocer las emociones ajenas es el primer
paso para entenderlas e identificarnos con ellas.

Las habilidades sociales según Góleman consiste en la capacidad de conocer los sentimientos de
los demás y de poder hacer algo para transformarlos. Al relacionarnos con los demás estamos
emitiendo señales emocionales que afectan a los que nos rodean. Muchos nos damos cuenta de
que las emociones son “contagiosas”, de forma que si alguien nos contesta de manera airada
nos sentiremos enfadados, y si alguien que está feliz se sienta a nuestro lado y empieza a
hablarnos y reír, acabaremos riendo con él.

Así, este arte de relacionarse con los demás es la capacidad de producir sentimientos en los
demás. Esta habilidad es la base en la que se sustenta la popularidad, el liderazgo y la eficiencia
interpersonal. Las personas con esta cualidad son más eficientes en todo lo que dice relación
con la interacción entre individuos. Todos conocemos personas que parecen tener un toque
especial en el trato con los demás. Son simpáticas, suelen caer bien a todos… pero además son
capaces de encontrar soluciones a conflictos sin que la agresividad, el enfado o el nerviosismo
hagan acto de presencia.

Goleman afirma que la primera oportunidad para dar forma a los ingredientes de la Inteligencia
Emocional son los primeros años de vida, aunque estas capacidades continúan formándose en
la Escuela. Las capacidades emocionales que los niños adquieren en años posteriores se
construyen sobre esos primeros años y son la base esencial de todo aprendizaje.

El éxito escolar no se pronostica por la precoz habilidad de leer sino por parámetros sociales y
emocionales, ser seguro de sí mismo y mostrarse interesado, saber que tipo de conducta se
espera de él y como dominar el impulso de portarse mal, seguir instrucciones, recurrir al maestro
en busca de ayuda y expresar las propias necesidades al relacionarse con otros chicos. En los
tres o cuatro primeros años de vida, el aprendizaje emocional es el más importante de todos, ya
que el estrés puede dañar los centros de aprendizaje del cerebro y el niño tendrá pocas
oportunidades de concentrar su atención, será inseguro, triste y depresivo. El costo será un bajo
desempeño escolar, infiriendo su depresión en su atención y memoria y en retener lo que se les
enseña en clase. Goleman agrega que: El camino hacia la violencia y la criminalidad comienza
con alumnos agresivos y difíciles de manejar en los dos primeros años de escolaridad, su
incapacidad de dominarse contribuye que sean malos estudiantes y son considerados por los
demás y por sí mismos como “estúpidos”; juicio que se confirma cuando son derivados a
Educación Especial. A pesar de ser hiperactivos o tener Trastornos de Aprendizaje no pueden
ser considerados retrasados, sin embargo su lucha contra las reglas de los maestros les impiden
tener tiempo para aprender y el fracaso que ya se observa al tercer año, demuestra que su
impulsividad es un pronosticador tres veces más poderoso que su CI, al convertirse en
delincuente.

El ABC de la Inteligencia emocional es la Ciencia del Yo. Las destrezas emocionales incluyen el
autoconocimiento, la identificación, expresión y manejo de los sentimientos, el control de los
impulsos y las gratificaciones demoradas, el manejo del estrés y la ansiedad. Una habilidad clave
para el control de los impulsos es conocer la diferencia entre sentimientos y acciones, y el
aprendizaje de cómo tomar mejores decisiones emocionales mediante el control del impulso al
actuar, identificando luego acciones alternativas y sus consecuencias posteriores. Muchas de las
actitudes son interpersonales: la interpretación de las tendencias sociales y emocionales,
prestar atención, resistir las influencias negativas, ponerse en el lugar de los otros y tener el
comportamiento adecuado en cada ocasión. Si un niño tiene un trauma: “Una forma de lograr
que la imagen quede congelada en la amígdala es mediante el arte, medio de comunicación
inconsciente. El cerebro emocional está sumamente sintonizado con significados simbólicos y
con lo que Freud llama “ proceso primario”: los mensajes de la metáfora, el relato, el mito y las
artes. El arte puede abrir el camino para que los niños hablen de un momento de horror, del
que, de otro modo, no se atreverían a hablar.