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Carta de un judío a otro…

Señor, quiero estar Contigo a solas, en esta Nochebuena…

No para aislarme de mis hermanos, sino para estar junto a


todos ellos de alguna manera.

No para escaparme en este mundo real en el que mu pusiste,


sobre el que se celebra, nuevamente, el Misterio de tu
nacimiento, sino para entrar más en este mundo y dejarme
penetrar por Tu Verdad…que siempre es inquietante.

Quisiera en la oración contemplar tu Rostro, y en el tuyo,


descubrir el rostro real de mis hermanos.

Al final, Señor, es tu rostro el que camina sobre los hombros de


cada ser humano. Que sufre o que se alegra. Que cae o se
levanta.

Hay rostros que conozco, ¿sabés?. Y que no puedo olvidar en


esta Nochebuena: el rostro angustiado de una creciente
muchedumbre sin seguridad, sin pan, sin trabajo.

El rostro serio y caídamente triste del niño mal nutrido, donde


se ha borrado muy temprano la alegría.

El rostro del enfermo, privado de cariño, de esperanza, de


remedios. El rostro del anciano abandonado y “arrumbado”
escondiendo en sus arrugas la historia de una vida que hoy
nadie valora.

El rostro difuso del “desaparecido”, cuyos ojos calan hasta los


tuétanos la carne de nuestra sociedad enferma…

El rostro impregnado de humo de centenares de familias


cobijadas y ocultas entre latas, cartones, y maderas de desecho.

El rostro del preso marcado por la soledad y, a veces, por la


injusticia.
El rostro del niño que no alcanzó a aparecer…el rostro de
tantas, de muchas familias, que por no aceptar la fuerza
trasformadora del perdón, perdieron la pista de un reencuentro
más profundo y feliz…

Hay rostros, Señor, que no conozco, pero sé que existen: el de


los pueblos flagelados por la guerra. Una guerra que ellos no
quisieron ni buscaron, pero que otros, por interés, hicieron
estallar…

Hay también otros rostros: sinceros, generosos, humildes,


esperanzados…

Quisiera, Señor, con esta multitud de hermanos quedar


largamente postrado ante el Pesebre. Para profesar nuestra fe,
que en cada Nochebuena, dicen, se renueva…

¡Señor, quiero ser feliz!. Te lo dije mil veces. Te lo reproché en la


cara…y te he reprochado que callases, sabiendo como sabes,
que es una brasa que llevo adentro y que me quema…

A menudo pensé que eras indiferente a esto que me mordía. De


tu presencia salí descorazonado. ¡Te encontré tan duro!...Hasta
se me ocurrió, mirando un pesebre, que no te interesaba tu
propia felicidad, por haber nacido como naciste. ¿Cómo podría
pensar que te interesases por la mía?. Más de una vez quise
cambiarte felicidad por algunas cosas: quizás te parecieron
chucherías.

Hoy me has desmoronado. Hoy caí en la cuenta de mi tremenda


hipocresía…al desearle felicidad a los otros, me sorprendió el
percibir que mis palabras eran puras fórmulas huecas. Que en
definitiva, en el fondo, las repetía por cumplido, sin
interesarme, de verdad, de que ellos fueran felices. Me hiciste
tomar conciencia de un engaño mío…por eso, aunque a veces
me pareció que me escuchabas, hoy comprendí que fue pura
ilusión mía. Hoy sentí, frente a mí mismo, la repugnancia que
Tu debes sentir al vernos tan “encerrados en nuestro pequeño
mundo”, calculando sólo nuestras propias ventajas…me has
hecho añico por dentro, sin hacerme nada, simplemente
callando…

Se me ocurre hoy incomprensible haber olvidado las


Bienaventuranzas donde llamas felices a los pobres, a los
pacientes, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los que
trabajan por conseguir la paz, a los compasivos que cargan el
padecer de los que, en un “mundo contaminado” conservan el
corazón limpio. A los perseguidos por causas del bien que
realizan y que inquieta, porque el bien es molesto: arruina
nuestra tranquilidad de gente “instalada”…gracias por haber
barrido de mi interior tanta basura…

Hoy no vengo a pedirte que me hagas feliz. Ya no me interesa.


Sólo te pido que sigas arrasando con las pequeñeces que
todavía me entretienen…Es verdad, aquellos a los que llamas
felices son los pobres, los que tienen hambre, los perseguidos,
los difamados “legalmente” y en el comentario de la calle,
PORQUE HACEN EL BIEN, porque son apasionados por la
justicia…los compasivos, los de corazón sincero, sin
dobleces…Hoy me sorprende que esto no me repugne, no me de
miedo…si hubieras podido nacer de otra manera, tal vez, no
serías el Cristo…a partir de hoy intentaré que mis hermanos no
sean de papel, ni un borrón de tinta perdidos en las
noticias…porque son de carne y hueso…