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AFORISMOS

Por Elías Canetti

Traducción de José María Pérez Gay

Tolstoi disfrazado de insecto en un baile. Después de haber escrito La metamorfosis,


Kafka, que admiraba a Tolstoi, ¿habría leído con gusto esa anécdota?

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Lo que más aprecio en un verdadero escritor es aquello que omite por orgullo.

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No me interesa entender de modo preciso a un hombre que conozco. Lo que me interesa


es exagerarlo de modo preciso.

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Se debe decir que Tolstoi llegó a cumplir ochenta y dos años, y que Dostoyevski umplió
sólo cincuenta y nueve. Veintitrés años es una enorme diferencia. ¿Sería Tolstoi el ismo
que conocemos si hubiese muerto en 1889? Es imposible saltar por encima de la
injusticia de nuestras edades.

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Ser mejor sólo quiere decir: llegar a conocer mejor. Sin embargo, debe ser un
conocimiento que no nos dé tregua, que nos acose siempre. Es mortal un conocimiento
que nos vaya aplacando.

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Todo lo que ha ocurrido teme a su palabra.

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Uno no sabe nunca lo que resulta si las cosas cambian de repente; ¿pero sabe uno lo que
resulta si no cambian?

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¿Fueron menores los abusos que se hicieron del infierno mientras creíamos todavía en
él? ¿Fueron más dóciles nuestras naturalezas infernales mientras no se dieron cuenta a
dónde nos llevaban? Nosotros, que estamos orgullosos de haber destruido el mito del
infierno, le damos ahora espacio por todas partes.
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Los últimos hombres no llorarán.

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El enemigo de mi enemigo no es mi amigo.

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Uno siente que ciertas palabras son terribles para todos los demás, salvo para nosotros
mismos.

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Todas las visiones pesimistas en la historia de los hombres nada tienen que hacer frente
a la realidad. Ninguna de las antiguas religiones puede satisfacernos, todas ellas
nacieron en periodos idílicos.

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¡Y si algún día se llegara a comprobar que nosotros —los eternos penitentes del
futuro— hemos vivido en el mejor de los tiempos posibles!

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¡Y si nos llegaran a envidiar por nuestros millones de hambrientos bengalíes!

¡Y si se llegaran a reír de toda nuestra insatisfacción, de toda nuestra miserable


conciencia como ahora se ríen de todos los caprichos pequeño burgueses!

¡Y si llegaran a investigar minuciosamente cómo fue posible que nosotros hayamos


obtenido tanta libertad, tanto aire, tantas ideas!

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Tantos hombres en la cabeza y todo lo que han dicho. Y, sin embargo, uno mismo tiene
que encontrarlo otra vez y decirlo.

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No hay que sobrestimar lo inusitado. Hay que dotar de aguijones a lo común y corriente.

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Los cosmonautas soviéticos ya habían muerto cuando aterrizaron. El aterrizaje no tuvo


problemas, murieron sin grandes dolores. Si tuvieron un paro cardíaco, los tres
corazones se detuvieron al mismo tiempo. Así, han tenido un final más conmovedor que
si hubieran desaparecido en el espacio. Así los encontraron: una advertencia. Lo mejor
sería no encontrar nunca una razón a su muerte.

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Los dioses de los antiguos han ido perdiendo casi todo, y debemos temer que suceda lo
mismo con nuestro Dios mucho más simple. Sin embargo, no quiero volver al que ha
traído la muerte a este mundo.

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Por ninguna parte veo un Dios de la vida, veo sólo ciegos que adornan sus crímenes con
Dios.

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¿Son mis ilusiones infantiles las que todavía me hacen decir si percibo una fisura en la
coraza de un hombre: no todo está perdido, hace falta poco para hacer palpitar a ese
corazón detenido?

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La primera conversación con esas personas a las que uno conoce de vista durante diez
años: las que vemos diariamente preguntando, las que nos preguntan diariamente
viéndonos. Uno debería tener más personas como ésas y, después de muchos años de
verse preguntando, dirigirles la palabra.

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A él le gustan las frases sueltas, frases redondas: las que no puede voltear en la mano,
las que pueden ser saqueadas, las que pueden ser estranguladas.

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Admiro a Robert Musil porque nunca abandona lo que ha reconocido a fondo. Se pasa
cuarenta años allí metido, y muere allí mismo prisionero.

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Uno debe terminar antes de haber dicho todo. Algunos lo han dicho todo antes de
empezar.

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En la mayoría de los místicos nunca hay poetas. Hay una excepción, la de los persas.

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En sus textos se habla más de animales y jóvenes. Su escritura es más voraz, su delirio
más terrenal, y sus parábolas tienen algo tan ardiente como un aliento amoroso y, al
mismo tiempo, algo tan delimitado como la vida cotidiana. En ellos hay la monotonía
de una vida en convento. Se les siente viajeros y callados. Y de pronto, después de un
largo silencio, comienzan a hablar apasionadamente. Son sabios pero su dicción es
fuerte, balbucean y hablan espléndidos.

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Tienen algo de acróbatas.

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El busca la frase única. Piensa miles de frases para encontrar la única. ¿En qué lenguaje
encontraría esa frase única? ¿Las palabras de esa frase serían cuerpos estelares,
corazones, muertes, animales? La frase única es la que nadie, ni él mismo, pronuncia.

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Los destructores del lenguaje buscan establecer una nueva justicia entre las palabras.

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Yo le debo a Stendhal una convicción: si todo hombre pudiera vertirse por escrito,
llegaría a ser algo excitante, sorprendente e irrepetible.

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Lo que más admiro en él es la espontaneidad de sus ideas y sus sentimientos, la apertura


y la excitación de su naturaleza: su rapidez nunca olvida nada, su incesante movimiento
nunca se dispersa; su nobleza nunca es algo fingido, su gratitud sabe siempre por qué
agradece. Lo implacable de su oficio (salvo si se trata de ciertos cuadros) y su
inmensidad transparente, que nos colma siempre. En suma: Stendhal siempre es claro,
sus ideas son sencillas, en él siempre hay luz. Sin embargo, no se trata de una luz
mística o religiosa (sospechaba de ella), sino de la de los procesos de nuestra vida
cotidiana. los que recogen las cosas más concretas.

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Es difícil mantener la crueldad necesaria que nos permita ser implacables en nuestros
juicios. La ternura de los recuerdos se va extendiendo por todas partes; si nos diluimos
en ella será imposible mirar a alguien con los duros ojos de la realidad.

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¿A qué hombre se le ha permitido seguir su propio camino? ¿Quién no ha sido


expulsado continuamente a un desierto en el que no encuentra nada de sí mismo, donde
tiene que degradarse y secarse, convertirse en un tartamudo que grita pidiendo auxilio,
alguien que se ahoga entre la sal, sin hojas y sin frutos, hundido y maldito?

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Nadie conoce toda la amargura de lo que aguarda en el futuro. Y si de pronto apareciera


como en un sueño, la negaríamos apartando los ojos de ella. A esto le llamamos
esperanza.

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Los filósofos quieren darnos la muerte como si ella estuviese allí desde un principio. No
soportan verla hasta el final. Tienen que prolongarla hasta el principio. La convierten en
la más íntima compañera de nuestra vida. Y así, en ese supuesto candor y en esa
confianza, nuestros filósofos son capaces de aceptarla.

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No existe ningún dolor imposible, lo único infinito es el dolor.

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La pulsión de la muerte, en Freud, es un descendiente directo de las antiguas y más


oscurantistas doctrinas filosóficas; pero mucho más peligrosa que aquellas porque se
disfraza de términos biológicos, del prestigio de la modernidad.

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Nadie conoce ni ha conocido nada de inmediato: lo que creemos conocer de pronto, ha


estado largo tiempo con nosotros. Lo que verdaderamente importa es el conocimiento
clandestino que alienta en todos nosotros.

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Todos se pusieron allí de monumentos, y allí se quedaron sin moverse. Luego llegó la
nueva moda y todos comenzaron a temblar de nuevo.

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Una tormenta que dura toda una semana. Una oscuridad constante: sólo podemos leer
entre relámpagos. Hemos de recordar e ir uniendo lo que leímos a relámpagos.

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Parece que en la historia hay sólo un aprendizaje negativo: uno recuerda lo que le ha
hecho a los otros sólo para acusarlos.
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Le sangraban los ojos, nunca el corazón.

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Dos clases de hombres: los que residen en las heridas, y los que habitan en las casas.

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El discurso largo y detallado es banal; el lapidario, irresponsable. Es difícil encontrar el


justo medio donde anidarse.

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Lo humillante de esta vida: que no acepta finalmente todo lo que ha odiado con fuerza y
orgullo. Así, se regresa siempre al punto de partida de nuestra juventud, a nuestros
alrededores que se han transformado. Pero, ¿dónde somos de veras nosotros mismos?
Lo somos en la fuerza y la dureza con que vemos y registramos las cosas.

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¡A uno solo, poder conocer a uno solo de los hombres que llegarán a este mundo
después que yo haya desaparecido! No tiene sentido estar discutiendo los detalles
técnicos del futuro si no conocemos a ninguno de sus habitantes.

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August Pfizmaier, el erudito vienés hund ido en su traducción del Manyoshu, se pasa un
año sin tener idea de la guerra franco-alemana (1870-1871). Finalmente, se entera del
conflicto por un periódico japonés que llega a Viena con un enorme retraso.

***

Escribir cartas para ser leídas despué s de nuestra muerte, a largos años de distancia y
dirigidas a todos los que quisimos y odiamos. O mejor: una especie de confesión para
después de la muerte, un inventario de largos años en etapas sucesivas.

***

Eschbach, presidente del tribunal de Es trasgurgo, le contaba a mi amiga Madeleine C.


que en su juventud había conocido a un viejo que habitaba el castillo de Sulz. El viejo
se encontraba ya un poco decrépito, y alguna vez le dijo: "durante mi juventud, cuando
estuve en Rusia, maté a una persona en un duelo. Pero nunca supe quién era".

Era Pushkin.

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¡Cabrones!, ¿queréis vivir eternamente?: ¡Sí!

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El que respira, dice: tengo todavía todo por respirar. El infeliz, dice: tengo todavía lugar
para las desdichas de los otros. El que ha muerto, nos dice: no conozco nada todavía, no
puedo estar muerto.

***
La más cruel de sus visiones del futuro sería la destrucción del viento.

***

La diferencia radica en que hoy todo puede ser fotografiado. Ninguna miseria puede
ocultarse, todas son públicas. Sin embargo, este hecho significa que nos acostumbramos
mejor a ellas. Cualquier persona podía antes hacer como si no supiera nada: hoy puede
hacer como si fuera un ser indefenso porque sabe demasiado. Todas nuestras
conversaciones, los diálogos entre amigos íntimos, han llegado a ser cada vez más
hipócritas. Nuestra rabia puede extenderse fácilmente sobre muchas cosas. Cualquier
persona tiene diariamente un cúmulo de hechos terribles por referir; sin embargo,
también el que infiere que nada le importa porque es demasiado, sabe perfectamente lo
que pasa: ningún ciego, ningún sordomudo podría cerrarse totalmente, el mismo cretino
tendría una razón para angustiarse por lo menos de su alrededor. [...]

***

Una sociedad en la que los hombres ríen en vez de comer.

Una sociedad en la que no hay más de dos hombres juntos, todo lo demás es imposible e
insoportable. Si un tercero se acerca, los dos se separan asqueados.

Una sociedad en la que cada persona le enseña a hablar a un animal; luego el animal
habla por todas ellas, y cada uno enmudece. [...]

Una sociedad en la que los hombres lloran sólo una vez en la vida. Ahorran sus
lágrimas, y cuando la vida ha pasado se alegran de nada. Y están cansados y viejos.

Una sociedad en la que cada individuo pinta su imagen y la adora.


Una sociedad en la que los hombres desaparecen de pronto, pero nadie sabe que han
muerto: una sociedad en la que no existe la muerte, porque no hay para ella una palabra,
y todos están satisfechos.

Una sociedad en la que hay sólo viejos que procrean ciegamente a otros viejos.

Una sociedad en la que no hay mierda: todo se diluye en sus cuerpos. Son gente sin
sentimientos de culpa, sonriente y voraz.

Una sociedad en la que los buenos apestan y todos se evitan. Sin embargo, se les admira
desde la lejanía.

Una sociedad en la que nadie muere a solas. Hay miles de hombres que se juntan
espontáneamente, y son ejecutados en público: su verdadera fiesta.

Una sociedad en la que todos hablan sólo al otro sexo: hombres a mujeres, mujeres a
hombres; pero nunca un hombre a otro hombre, ni una mujer a otra, o sólo
clandestinamente.

Una sociedad en la que los niños sean verdugos, para que ningún adulto se manche las
manos de sangre.

Una sociedad en la que uno respira sólo una vez al año.

***

Los hombres hablan demasiado en el purgatorio; en el infierno, callan.

***
En el amor es donde menos existe la piedad: en el amor cuenta siempre lo más pequeño,
lo insignificante: esa precisión minuciosa le otorga su ser. Nada se olvida. Si uno dice:
quiero todo, hay que entenderlo así: todo. Acaso sólo un caníbal podría ser aquí
consecuente. Sin embargo, el canibalismo anímico es mucho más complicado: hay que
advertir que se trata de dos caníbales que se devoran al mismo tiempo.

***

Todo el arte consiste en no engañarse a sí mismo: mínimas islas de rocas en todo un mar
de autoengaños. Lo que más puede lograr un hombre es aferrarse a ellas y no ahogarse.

***

El hombre: el único animal que recuerda lo que ha asesinado.

***

Helicópteros enanos que aterrizan en las calvas.

***

Nubes en lugar de ideas. Se forman sobre las cabezas de los pensadores, el viento se las
lleva y se derraman sobre zonas áridas de ideas.