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RAÚL ALFONSÍN:

UN PRESIDENTE ENTRE LA
ESPADA Y LA PARED

14° Certamen de Historia


Euskal Etxeko Txapelketa XIV
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Dirigido a alumnos de Secundaria Básica y Superior

Cada Institución podrá presentar a 15 alumnos en cada


categoría
Un docente tutor será el encargado de preparar y
acompañar a los alumnos el día del certamen
Primer Premio
Un viaje para el alumno ganador
Un viaje para su profesor tutor
Viernes 30 de septiembre de 2016 – 8:30hs
Instituto Euskal-Echea – Sede Llavallol
Av. Antártida Argentina 1910
Llavallol (1836) – Buenos Aires
4239-3400 al 3451 (Nivel Secundario)

Web http://certamenhistoria.wix.com/euskal

certamenhistoria@gmail.com

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

ÍNDICE BIBLIOGRÁFICO1
1- JUAN SURIANO: “Introducción” en Dictadura y Democracia (1976-2001),
Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2005, pp.
20-24.……………………………………………………………………………………P.5

2- CARLOS ALBERTO FLORIA Y CÉSAR A. GARCÍA BELSUNCE. Historia de


los argentinos, Buenos Aires, Larousse, 2001, pp. 463-485. ……..………..P.7

3- LUIS ALBERTO ROMERO. Breve historia contemporánea de la Argentina,


Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2009, capítulo IX.…………P.20

4- HUGO QUIROGA: “La reconstrucción de la democracia argentina” en


Dictadura…, op. cit., capítulo II …………………………………………………..P.38

5- ALFREDO PUCCIARELLI. Los años de Alfonsín. ¿El poder de la


democracia o la democracia del poder?, Buenos Aires, Siglo XXI editores,
2006, introducción………………………………………………………………….P.51

6- MARCOS NOVARO. Historia de la Argentina contemporánea: de Perón a


Kirchner, Buenos Aires, Edhasa, 2006, capítulos VI y VII………………….P.61

7- MARCOS NOVARO Y VICENTE PALERMO. La Dictadura Militar 1976/1983,


Buenos Aires, Paidós, 2006, capítulo VII ……………………………………...P.76

8-EUGENIA ARUGUETE: “Lucha política y conflicto de clases en la


posdictadura. Límites a la constitución de alianzas policlasistas durante la
administración Alfonsín” en Los años de…, op. cit., pp. 413-
460………………………………………………………………………………………P.91

9- EZEQUIEL ADAMOVSKY. Historia de las clases populares en la Argentina.


Desde 1880 hasta 2003, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2012,
capítulos X y XI……………………………………………………………………P.105

10- DISCURSO DE ASUNCIÓN DEL DR. RAÚL ALFONSÍN COMO


PRESIDENTE DE LA NACIÓN ANTE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA –
10/12/1983………………………………………………………………………….P.112

1
N. de la E.: todos los textos citados se encuentran seleccionados y/o adaptados en algunas de sus partes, para uso exclusivo del Certamen.
Asimismo, se aclara que las citas competas sólo figuraran en el índice del cuadernillo, marcándose, luego, solamente los autores y, si es
necesario porque se repiten historiadores, se pondrá parte del título del texto.
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PRESENTACIÓN

En la memoria colectiva se asocia a Raúl Alfonsín con la


palabra “democracia” y su imagen puede catalogarse, a nivel
general, como positiva. Entre otras cuestiones, su gobierno
representó el retorno de la libertad en la participación político-
social y en la expresión (en todas sus formas). La centralidad
del tema seleccionado es indudable por su relación con el
presente y, principalmente, para la valoración de la vida y
práctica democrática.
Tras ganar las elecciones (tan esperadas), le tocó tomar las
riendas gubernamentales que, en más de una ocasión, se
vieron jaqueadas por las fuerzas militares salientes y por la
“explosión” de la participación social. Por esa razón, se eligió el
título: “Entre la espada y la pared”. Asimismo, tuvo grandes
problemas económicos durante su gestión que, sumado a otros
conflictos, lo llevaron a finalizar su mandato antes de lo
previsto.
Como todos los años recordamos que el principal objetivo de
este Certamen es acercar a los jóvenes al estudio histórico y,
como tal, a la relación que hay entre nuestro pasado y nuestro
presente. Entendemos que reflexionando podemos proyectar
un futuro mejor. Agradecemos la participación de todos
ustedes.

Comité Organizador
(Graciela Ainadjian, Daniel Miniello, Emmanuel Brugaletta,
Valeria Pardo, Linda Cooper y Elina Carrasco)

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JUAN SURIANO

Hacia 1982 el régimen militar se hallaba debilitado en varios frentes. No sólo por el fracaso del
proyecto económico; tampoco había logrado imponer el disciplinamiento social y político que
pretendía, aunque le asestó una indudable y definitiva derrota a la guerrilla tanto urbana como
rural. Además, estaba sumido en sus propios enfrentamientos internos, que, a medida que la
economía mostraba más resquebrajamientos, se hacían más agudos. El desgaste internacional
como consecuencia de la acción de los grupos de derechos humanos, desde que el 30 de abril
de 1977 se realizó la primera marcha de las Madres en torno de la Plaza de Mayo, no fue
menor e insumió una notable y dilapidada energía a los militares para neutralizarla. En cierta
forma, la derrota de la guerra de Malvinas marcó el comienzo del fin de la última dictadura
militar, y su acelerado repliegue implicó el reordenamiento desordenado de la actividad política
y una breve, compleja y tumultuosa transición a la democracia.
La restitución de la democracia a partir de 1983 habría de producirse en un contexto complejo
pues los cambios, en el rumbo de la economía en los países centrales afectarían de manera
concreta al nuestro. En un mundo cada vez más globalizado y desde fines de los años ‘80
unipolar, la presión ejercida por las políticas neoliberales, que pregonaban la reforma del
Estado, la reducción del déficit fiscal, las privatizaciones, la reconversión industrial y una
excesiva libertad de mercado, marcaría los límites dentro de los cuales se realizaría la
transición democrática y condicionaría la consolidación de las instituciones. En realidad, la
transición política del autoritarismo a la democracia se llevó a cabo de manera simultánea con
el pasaje de una economía dirigida a una de mercado.
Y el resultado que hoy puede constatarse de ese doble proceso de transición es que tanto la
democracia como las transformaciones económicas parecen haberse consolidado. Sin
embargo, las consecuencias están lejos de ser alentadoras. En efecto, por un lado la
democracia cumplió dos décadas, el período más largo desde la sanción de la Ley Sáenz Peña
en 1912. Y, a pesar de sus evidentes defectos y debilidades, el sistema democrático se ha
asentado y una muestra en ese sentido es que pudo capear violentos temporales, como los
levantamientos militares de fines de los años ochenta o la reciente crisis de gobernabilidad de
fines de 2001. En este sentido, el rasgo saliente a lo largo de estas dos décadas de vigencia de
las instituciones democráticas, tal vez, es que la sociedad civil supo rechazar los ataques
autoritarios a la democracia y también evitó la tentación de dejarse arrastrar hacia experiencias
que podrían haber desembocado en proyectos autoritarios. Mirando retrospectivamente la
historia política argentina del siglo XX, esta actitud de la sociedad civil resulta un acontecimiento
auspicioso pues parece haber desaparecido el pretorianismo presente en la sociedad argentina
hasta hace pocos años. Es cierto que esto sucede en un contexto regional en el cual fueron
desapareciendo los regímenes militares y se han impuesto sistemas democráticos en buena
parte de América latina, aunque la mayoría de estas democracias funciona con enormes
dificultades jaqueadas por los efectos depredadores de las políticas neoliberales y por
importantes niveles de corrupción, que llevan al desinterés y a la apatía política a buena parte
de los ciudadanos. Con la excepción de Venezuela, no se han producido en los últimos años
intentos de golpes de Estado, y la retirada de los militares de la esfera política, más allá de las
peculiaridades de cada nación, es hoy un dato de la realidad política latinoamericana. Es en
este contexto donde deben entenderse la constitución de la democracia local y el rol
desempeñado por la ciudadanía y los partidos políticos.
Hugo Quiroga sostiene que la participación de la ciudadanía en el espacio público durante la
década que duró la transición democrática tuvo dos momentos bien diferenciados. En el
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primero, entre 1983 y 1987, tuvo lugar una activa e intensa participación ciudadana en la
discusión pública en torno a varios acontecimientos cruciales, como el juicio a las juntas
militares, la labor de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), el
Congreso Pedagógico Nacional, el tratado de paz con Chile, la aplicación del Plan Austral; el
punto culminante de este clima democrático lo constituyeron las formidables manifestaciones en
defensa de la democracia durante el levantamiento militar de Semana Santa de 1987. Fue en
estos años cuando se generalizó el consenso de los ciudadanos hacia la democracia así como
un clima optimista en el que parecía haberse conformado un espacio público verdaderamente
participativo.
Sin embargo, ese clima pronto habría de resentirse y daría lugar a un creciente desencanto
ciudadano. Una serie de factores contribuyó al declive de la democracia participativa, cuya
primera evidencia se manifestó con la derrota electoral de la Unión Cívica Radical en 1987. Si
bien fue una consecuencia directa de la frustrante resolución de la crisis de Semana Santa,
también obedeció al errático rumbo de la política económica, que se veía fuertemente
presionada a dos puntas, tanto por el poder financiero como por las demandas gremiales. En
este sentido, el gobierno de Alfonsín sufría el acoso implacable de las diversas corporaciones
(sindicalismo, Iglesia, Ejército, empresarios) sin saber muy bien cómo salir de la encrucijada.
Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final vinieron a sumarse a este panorama tan
complejo y terminaron por hundir aún más la credibilidad presidencial. La participación
ciudadana se fue retrayendo y comenzó a afectarse la confianza en el sistema político.
En realidad, la resolución del tema de la violación de los derechos humanos por parte de los
militares marcó con claridad los problemas que tenía el sistema democrático para condenar a
los responsables. Al momento de asumir, el gobierno de Alfonsín tomó algunos principios y
reclamos del movimiento de derechos humanos, que, más allá de las diferencias entre sus
diferentes grupos, exigía conocer la verdad y enjuiciar a los culpables. Derogó la ley de
autoamnistía dispuesta por el general Reynaldo Bignone, creó la CONADEP y enjuició a las
cúpulas militares. El informe de la CONADEP y el juicio a las juntas militares representan,
quizás, el punto más alto del compromiso alcanzado por el gobierno radical con las demandas
del movimiento de derechos humanos. Las conclusiones de la labor de la CONADEP, dadas a
conocer el 20 de septiembre de 1984, permitieron correr el velo tendido por los militares a las
brutales violaciones a los derechos humanos y que la sociedad argentina conociera la verdad al
respecto.
Si bien la CONADEP fue conformada por el gobierno en oposición a la postura de buena parte
del movimiento de derechos humanos, que impulsaba la creación de una comisión bicameral,
es indudable que el resultado de la investigación realizada por sus miembros fue un hecho
excepcional y notable ya que comprobó fehacientemente los crímenes del terrorismo de Estado,
consistentes en la violación sistemática de los derechos humanos. Esto es, la desaparición de
personas, la aplicación de torturas, el secuestro de bebés y la existencia de más de trescientos
centros clandestinos de detención. Todos estos datos tuvieron una gran difusión por parte de
los medios y sus principales resultados se publicaron en el libro Nunca más, que generó (y aún
genera) “un enorme impacto sobre la opinión pública”. Pero además, como dice Elizabeth Jelin,
“la actividad de la comisión dejó en el haber del movimiento la sistematización de una carga de
prueba que iría a tener peso decisivo para la etapa civil del juicio a las juntas”.
El juicio a las juntas militares, hecho inédito en la historia latinoamericana, fue iniciado por la
Cámara Federal en abril de 1985 y constituyó el punto culminante de la lucha por los derechos
humanos en la Argentina; y no sólo por conmover la identidad colectiva de la sociedad y por el
consecuente valor simbólico sino porque, por primera vez, los máximos responsables de tres
conducciones consecutivas de las Fuerzas Armadas se sentaban en el banquillo de los
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acusados y debían someterse a la justicia civil y aceptar el veredicto del tribunal, que finalmente
estableció diversas condenas. Aunque los organismos de derechos humanos se mostraron en
desacuerdo con el fallo impuesto por los jueces, como se ha demostrado posteriormente, éste
daba lugar a la posibilidad de nuevos procesamientos. A partir de este momento el gobierno
comenzó a soportar fuertes planteos y presiones desde diversos sectores de las Fuerzas
Armadas, que convirtieron “la cuestión de los derechos humanos” en “cuestión militar”. Los
constantes planteos y levantamientos militares lo desestabilizaron a la vez que desdibujaron
sus políticas de derechos humanos al sancionar la Ley de Punto Final en 1986 y la de
Obediencia Debida un año más tarde.
Parece evidente que esta forma de resolver el conflicto con los militares significó un rudo golpe
a la ya declinante credibilidad del presidente Alfonsín, cuyas más claras manifestaciones fueron
la derrota electoral de su partido, la Unión Cívica Radical, en 1987, y la consecuente y rápida
recuperación del peronismo. Pero además inauguró una crisis de gobernabilidad cuyo rasgo
saliente sería una acelerada pérdida de legitimidad gubernamental, en medio del descontrol de
las variables económicas y una ola de saqueos, que llevaría a una nueva derrota electoral del
partido gubernamental en los comicios presidenciales de 1989 y a la entrega anticipada del
poder a su ganador, el justicialista Carlos Saúl Menem.

CARLOS ALBERTO FLORIA Y CÉSAR A. GARCÍA BELSUNCE

La Argentina en las turbulencias internacionales. Breve memoria de un pasado crítico


En el libro primero de su ensayo El Antiguo Régimen y la Revolución, Alexis de Tocqueville
afirma: “Estamos bastante alejados de la Revolución para no experimentar, a no ser muy
débilmente, las pasiones que turbaron la visión de los que la hicieron, y estamos también
suficientemente próximos para comprender el espíritu que la animó”. Escribía a más de medio
siglo de la Revolución de 1789.
En nuestro caso, sin el genio analítico del seminal escritor francés, terminamos de describir un
pasado crítico que culminó más de medio siglo de discordias. Análisis que procuró sortear,
hasta donde nos fue posible, los condicionamientos que siempre asedian la tarea del
historiador, máxime cuando se trata de historia “actual”. Nuestro intento no pretende ser la
explicación, sencillamente porque ésta, en las ciencias humanas, no existe. Hay que desconfiar,
como decía André Siegfried, de la explicación única, “de la llave que abre todas las cerraduras”.
Los factores que actúan son muchos. Las causas cruzadas ponen en cuestión las explicaciones
armoniosamente construidas. Pero también es verdad que la reunión de elementos explicativos
y su organización racional —en la que la subjetividad de los autores tiene su parte— proponen
una explicación al cabo menos incompleta que la anterior a la búsqueda.
Nuestro intento ha sido, en toda la obra y sobre todo en el período más difícil que los argentinos
contemporáneos tienen presente —la Argentina de los años 70— explicar la realidad. No se
hace historia desde la impasibilidad deshumanizada. Conviene, en todo caso, exponer los
valores y motivos de la propia subjetividad, como hemos procurado en el curso de esta historia,
sobre todo cuando se trata de sufrimientos y de tragedias, de víctimas y culpables, de eclipses
de humanidad.
Cuando comienza el nuevo milenio, los argentinos debemos guardar la memoria y las lecciones
aprendidas de un pasado crítico. Ese pasado contiene etapas fundacionales de una nueva
nación, peleas y pendencias, autoritarismos y edificaciones republicanas, propuestas y
comportamientos enderezados a la democratización de la república de los notables”. Crisis de
legitimidad de la democracia incipiente que había logrado despegar entre 1912 y 1930, claudicó
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entonces para insinuarse un retorno luego de la Segunda Guerra —experiencia de una


democracia al cabo tendiente a formas de autoritarismo—; luego la sucesión de gobiernos con
legalidad constitucional pero sin legitimidad suficiente y de gobiernos de fuerza sin eficacia de
ejercicio.
Si se mira bien, entre 1930 y 1983 los argentinos no habían llegado a conocer la plenitud de la
ciudadanía democrática.
La secuencia de una
Argentina alterada e inestable
culminó en la cultura de la
violencia, de la militarización
del lenguaje y de los
comportamientos, de la
subversión y de la dictadura,
del terrorismo guerrillero y del
terrorismo de Estado, y al
cabo de la guerra no sólo
interna, sino internacional,
con la derrota catártica de
Malvinas.
El 30 de octubre de 1983
triunfó la Unión Cívica Radical
y perdió el peronismo en
elecciones libres abiertas por
vez primera desde su
creación, hegemonía,
proscripción, diáspora y retorno. El 6 de diciembre se dio a conocer el acta de disolución de la
junta militar delegando a un último presidente del Proceso sus facultades para el paso del
mando al nuevo presidente constitucional, Raúl Alfonsín, el 10 de diciembre. Fue el fin
formalizado del Proceso de Reorganización Nacional. El tiempo de la transición hacia una
democracia constitucional.
Cuando volvemos hacia esa historia, la existencia de una Argentina democrática se nos antoja
como una experiencia nueva, no como un retorno a un pasado interrumpido. Comprobación que
es en sí misma polémica, queda como hipótesis de discusiones probables. ¿Existió,
consolidada, una Argentina democrática? Sucedió, entre 1912 y 1930, lo que hemos llamado la
“democratización” de la república de los notables, de la república conservadora restringida en la
sociedad política, abierta en los inicios de la sociedad civil. Pero claudicó luego de su
despegue, en la crisis del 30. Después hubo gobiernos con fraude, democratizaciones
tendientes a una forma de democracia autoritaria, la crisis del 55, la polarización
peronismo/antiperonismo, “entremeses” constitucionales —Frondizi, Illia—, y pretendidos
regímenes militares que no fueron tales, sino sucesión de gobiernos sin capacidad de
constituirse en regímenes. La crisis de legitimidad de la intentada Argentina democrática fue la
constante. La incapacidad para establecer consolidado un régimen político democrático fue una
de las manifestaciones incontestables de la declinación argentina.
Ese fue el clima interior de la instauración democrática de 1983. Conviene hacer referencia,
primero, al clima exterior, al contexto internacional y regional, donde comenzó a instalarse la
democracia como idea nueva que los integrismos desde la derecha y la izquierda habían
combatido o ignorado.

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La búsqueda de un “nuevo orden” internacional


La década de los años 80 resume las aventuras e ilusiones del hombre y de las sociedades
durante el breve siglo XX según la propuesta de Eric Hobsbawn que lo condensa entre 1914 —
primera guerra mundial, o primera “guerra civil europea” y 1989, cuando sucede la caída del
muro de Berlín y el proceso que lleva a la no prevista implosión del imperio soviético.
La historia contemporánea contiene tanto la emergencia de perversos regímenes totalitarios
justificados por ideologías como el fascismo, el comunismo y el nazismo, cuanto
fundamentalismos religiosos, luchas étnicas, al mismo tiempo que el reconocimiento creciente
de los derechos humanos y del principio de los derechos de la conciencia humana.
El Estado llega a cubrir por entero la vida de hombres y sociedades y al cabo se repliega por la
globalización, sin por eso desaparecer. Si se quiere resumir con equilibrio la experiencia del
siglo, se registrará lo terrible, su primado de hecatombes y exterminios, practicados con
barbarie e irracionalidad científica, junto a progresos en las condiciones de vida de millones de
seres humanos, la preocupación por los derechos de categorías marginadas, y creciente
conciencia de la dignidad y centralidad del hombre. La comunicación de hechos, ideas y
personas jugó un papel relevante en la unificación del mundo.
Progresos y regresiones que contienen, en fin, tres rasgos que no nos pueden resultar
indiferentes. El primero es la difusión de la democracia reconocida como el régimen político que
mejor guarda la dignidad humana. El segundo la economía libre y la influencia del capitalismo
como forma de organización de la economía. El tercero la expresada conciencia de los
derechos humanos. En esos tres rasgos las desigualdades y marginaciones reclaman un
examen de conjunto respetando la centralidad del hombre. Un documento notable que expresa
la interpelación precedente es la encíclica Centesimus Annus del papa Juan Pablo II, cuyo
interés trasciende el de los fieles católicos.
En ese contexto sucedieron la caída del muro de Berlín, la imprevista desintegración del imperio
soviético y la guerra del Golfo, en un eje temporal situado entre 1989 y 1991. La implosión del
imperio soviético sorprendió por las características de un proceso que se produjo por la erosión
interior y no por una guerra internacional como se creía propio de la claudicación de los
regímenes totalitarios. Hélene Carrére d’Encausse (1978) y Jean-Yves Calvez, entre los
conocedores profundos del imperio, venían describiendo la degradación del partido Comunista
en su papel dirigente y del comunismo como algo más que ideología de justificación del poder
de una oligarquía reconocida como la “nomenklatura”. En los años 70 y 80 la confianza pública
en la eficacia del llamado socialismo real se había deteriorado profundamente entre los
soviéticos y las sociedades europeas situadas en su zona de influencia. El imperio, literalmente,
se desmoronó. Con su fin terminó una época y con la caída de uno de los polos de la Guerra
Fría habría de comenzar lo que Carrére d’Encausse (1991) llamó con propiedad la “gloria de las
naciones” hasta entonces sometidas al imperialismo ruso. Proceso fundamental para analizar el
incierto “nuevo orden” internacional, a través de Gorbachov —fracasado en el intento de
democratizar el imperio sin perderlo—, Yeltsin —político complejo y hábil— y su heredero Putin,
exhibe en estos tiempos arrestos de nostalgia imperial contenidos por la más razonable —y
propia— pretensión de Rusia de ser reconocida como un actor responsable y significativo en el
escenario mundial.
La guerra del Golfo, provocada por el afán expansionista de Irak y las ambiciones de su líder
Sadam Hussein, comenzó con la invasión a Kuwait, cuya anexión es un propósito iraquí de
vieja data. El intento iraquí fue detenido por una fuerza internacional encabezada por la fuerza y
tecnología norteamericanas; el pueblo padeció las consecuencias de la respuesta armada y
Hussein, no obstante, permaneció en el poder. Análisis complejos sugieren que la represión no
fue más allá porque la inestabilidad que hubiera seguido a una posible victoria en esa región
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crítica del mundo aparecía como un costo peligroso para los triunfadores para el incierto orden
internacional en cambio permanente. Cierto realismo político lleva a reconocer que este nuevo
orden es dominado por los países que controlan mercados, sistemas financieros, tecnología y
fuerza militar. Patrimonio de pocos, la posición relativa de las naciones depende de la posesión
de todos, de varios o de ninguno de esos recursos fundamentales.
La guerra del Golfo puso en juego todos esos elementos de las reglas internacionalmente
dominantes. Interdependencia, prioridad de la cooperación sobre el conflicto, desigualdades
objetivas y la necesidad de globalizar la ética, así como se globalizan las finanzas y la política
procura la gobernabilidad del proceso mundial. Dicha guerra —como al filo del siglo la de
Kosovo— fue en ese sentido un “hecho cultural”, pero no se suscitó por una cuestión moral sino
por intereses políticos y económicos presentes en casi todo conflicto militar. Dio nuevo relieve,
en fin, a otra cuestión: la de si ese tipo de conflictos, que pone en juego lealtades religiosas, no
anticipa en rigor factores relevantes en el mundo por venir.
Si la guerra del Golfo fue una experiencia dramática que cambió estrategias y tácticas militares,
el siglo terminaría con el escenario de una última guerra europea, por sus características la
primera guerra del siglo XXI: la guerra de Kosovo, la tragedia de la ex Yugoeslavia. Guerra de
orígenes y consecuencias polémicas: intervención de la OTAN sorteando la intervención del
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en cuanto se invocó el derecho de ingerencia
derivado de graves acciones contra los derechos humanos del pueblo kosovar, y acciones que
habrían de contener todos los factores de conflicto conjeturables para los tiempos actuales:
nacionalismos, politización de religiones, “limpiezas étnicas”, pero también nuevas maneras de
hacer la guerra mediante tecnologías sofisticadas, poder aéreo inalcanzable para los atacados,
sin bajas entre atacantes que no ocupaban el terreno de lucha cediendo la capacidad de
maniobra táctica a las fuerzas serbias del dictador Milosevic... Tema todavía abierto a
consideraciones éticas, políticas, militares en un debate no terminado que oscurecen no sólo
esa “otra Europa” sino Timor, buena parte de África, zonas de América Latina, de la ex Unión
Soviética y de Asia.
El siglo XX deja, en la dimensión internacional de los procesos políticos, lecciones para pensar.
Combinación de pasiones humanas —étnicas, ideológicas, pseudo religiosas—, luchas
estatales por el poder con tecnologías con gran capacidad de destrucción. Una expresión
política en su momento nueva y revolucionaria: el estado totalitario, culminación de aspiraciones
mesiánicas para un “hombre nuevo” que nunca se forjó, a expensas de millones de vidas de
seres concretos.
El siglo XX también produjo un esfuerzo de síntesis —expresada en la democracia social y en
el “estado providencia”— de valores sociales y liberales, de libertad individual y, si no de
igualdad, al menos de bienestar.
Fue escenario de movimientos expansivos por la emancipación de estructuras tradicionales, de
hábitos y costumbres, de situaciones coloniales, así como la emancipación de la mujer y la
lucha contra la discriminación racial y por los derechos humanos como fenómeno universal. Aún
paga el mundo los costos de la Guerra Fría. Tensiones étnicas reprimidas explotan en nuevos
conflictos o revelan viejos conflictos en condiciones nuevas. El sistema de estados soberanos
tiembla por abajo en cuanto los atributos de la soberanía del sistema de Westfalia son
recortados, erosionados, sin por eso desaparecer del todo.
Dos revoluciones, dos saltos cualitativos suceden mientras tanto: la revolución empírica y
cultural de la globalización y la interdependencia, y la revolución normativa de los derechos
humanos, la búsqueda de una justicia criminal internacional, de la limitación de los armamentos
nucleares, de las legislaciones regionales que procuran mediar entre el estado nacional y la
globalización o mundialización.
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La primera consecuencia perceptible es la de un mundo que contiene a la vez originalidades,


complejidad e incertidumbres. Y esto en un doble movimiento: hacia la mayor integración y
hacia la multiplicación de fragmentaciones. Un mundo con “edades’ diferentes (Stanley
Hoffmann, 1998): la de la globalización para algunos; la edad de las rivalidades étnicas, tribales
o interestatales para otros. Un mundo más unido y al mismo tiempo escenario de la crisis y —
sin embargo— multiplicación de estados nacionales. Y un mundo en el que se debate la crítica
cuestión de la gobernabilidad mundial.
En esa clave vivimos una era revolucionaria de nuevo cuño, con una nueva tecnología de la
información, con un nuevo sistema financiero mundial, con una nueva sociedad “informacional’,
con cambios sustanciales en las formas de producción de bienes, con desafíos políticos frente a
los nuevos contenidos de la ciudadanía, con modificaciones culturales profundas en medio del
multiculturalismo en el interior de sociedades nacionales y en sus periferias. Pero al mismo
tiempo es un mundo de desigualdades crecientes, de consecuencias no queridas en función de
la centralidad del hombre, de marginados y excluidos, y de la presencia provocativa de
“proletariados externos” —en términos de Arnold Toynbee— que interpelan al mundo
desarrollado.
La dimensión internacional de los procesos forma parte de las historias particulares —como
procuramos demostrar a lo largo de toda la obra—. La década entera de los 70 en la Argentina
es incomprensible sin tener en cuenta el escenario de la Guerra Fría en el contexto mayor y de
la revolución cubana y sus resonancias en los conflictos ideológicos, militares y militantes en la
subregión latinoamericana. Así también la influencia decisiva de una guerra internacional
perdida —la guerra de las Malvinas— que condujo a la claudicación del Proceso militar en el
plano interno y a la revelación del gobierno de la ley desde el principio de legitimidad de la
democracia constitucional como apetencia colectiva de la sociedad civil en la Argentina del año
crucial de 1983.

Política exterior (1983-1999)


La política exterior de la Argentina democrática tiene un desarrollo significativo que merece
tratamiento específico. Debernos tener en cuenta desde dónde se venía para entender mejor la
necesidad que tenía la Argentina de situarse en el mundo a partir de la nueva legitimidad
democrática.
Los gobiernos militares del Proceso de Reorganización Nacional eran el antecedente crítico que
habría de conducir a revisión y nuevos planteos desde el principio de la instauración
democrática. La Argentina debía remontar una fama oscura, imagen y sucedáneo de realidades
que la habían marginado de la consideración de la mayor parte de las naciones democráticas,
constituyentes del medio internacional de referencia y al que estaba retornando. Las relaciones
críticas con Chile y la guerra de las Malvinas fueron el resultado de comportamientos que
hemos juzgado y que convirtieron a la Argentina en un país impredecible y, según percepciones
internas y externas no desdeñables, peligroso en una situación internacional ganada por
incertidumbres. (Camillión, 1999; Escudé, 1989; Tulchin, 1984).
La política exterior de los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem exhibe rupturas y
continuidades. Ciertas constantes de la política exterior que señalamos en su momento venían
de antiguo. También, si se investiga el período con algún detalle, hubo diferencias dentro de la
gestión de un mismo gobierno, lo que hace interesante y complejo el análisis que procuramos
resumir en sus líneas fundamentales.
Russell (1998) señala que los cambios introducidos en la política exterior de Galtieri durante la
guerra de las Malvinas es una referencia necesaria porque permite comprobar los contrastes
con los gobiernos constitucionales.
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

El presidente Alfonsín introdujo cambios en la cuestión de la deuda externa, particularmente


después de la renuncia de su primer ministro de Economía Bernardo Grinspun. El presidente
Menem terminó otorgando, luego de ambigüedades iniciales, prioridad al Mercosur. Esos
ejemplos y otros situados en la misma línea demuestran la importancia y complejidad de la
relación entre la dimensión internacional y la política interna, máxime cuando en ésta había
discontinuidad profunda entre la dictadura y la democracia constitucional. En ese sentido, aún
cuando la discontinuidad era necesaria y bienvenida, la Argentina aparecía objetivamente más
inestable que sus vecinos latinoamericanos como Chile y Brasil.
Las políticas exteriores conducidas por los militares gobernantes hacia América Latina fueron
orientadas por una mezcla de realpolitik —desde un mal realismo, sin embargo—, versiones
geopolíticas y una posición anticomunista que demostró ser extrema y explosiva.
Desconocieron el principio de no intervención y proyectaron hacia la región, cuyo clima estaba
enrarecido por la violencia, la violencia propia. Ese precedente habría de contrastar con la
política de paz y de confianza mutua que alentó incluso las políticas de defensa favorables a la
consolidación de las democracias y a la integración regional. Estas líneas de política exterior
fueron compartidas, aún dentro de diferencias relativas, por las gestiones de Alfonsín y de
Menem.
Una prueba del estilo y contenido de la política exterior argentina fue representada por ciertas
medidas y decisiones importantes. Durante la presidencia de Alfonsín se firmó el Tratado de
Paz y Amistad con Chile (noviembre de 1984). En el año siguiente se hace notorio el
sinceramiento de las relaciones con el Brasil. Hubo acuerdo para la inspección mutua en temas
nucleares; ambos países se manifestaron corresponsables de la empresa favorable a la
creación de una zona de paz y cooperación en el Atlántico Sur modificando gradualmente las
hipótesis de conflicto tradicionales concebidas desde una permanente estrategia de guerras
potenciales. La formación del Consenso de Cartagena, el apoyo argentino al grupo Contadora y
la participación en reuniones cooperativas con los procesos de paz rompieron la línea de la
política exterior del Proceso. Este había intervenido con ayuda militar al ejército de El Salvador
y a la insurrección antisandinista en una vasta operación coordinada con sectores de la
administración Reagan con designios afines -compartidos en esto por el gobierno de Pinochet-,
contradictorios respecto de otros sectores de esa misma administración inclinados a la política
de no intervención y a la coordinación regional consecuente. El Proceso había intervenido,
incluso, en los preparativos de un golpe de estado en Bolivia. Cuando la guerra abortada a
último momento con Chile llegó a las cancillerías, la sensación de que la política exterior
argentina era impulsada por un grupo de “militares peligrosos” era una impresión difundida. Con
ese telón de fondo llegaron al escenario internacional los gobiernos constitucionales.
La gestión del presidente Menem mantuvo las líneas fundamentales de la política exterior de
Alfonsín. Sostuvo la importancia de la integración regional en el contexto del Mercosur.
Suscribió con el Brasil en Foz de Iguazú (noviembre de 1990) una nueva declaración relativa a
la política nuclear. En octubre de 1996 los ejércitos de ambos países compartieron maniobras
en territorio argentino en manifestación elocuente del cambio de percepciones y de relaciones
en áreas otrora críticas.
Los derechos humanos y la disputa de la soberanía en Malvinas fueron aspectos salientes de
“políticas de Estado”, en temas extrapartidarios y en asuntos en los cuales la diplomacia debía
actuar en función de valores básicos y objetivos de largo plazo ajenos a toda aventura.
Las relaciones con los Estados Unidos y la Unión Europea, pese a ciertos altibajos y
declaraciones impresionistas, exhiben más continuidades que rupturas entre las
administraciones democráticas. En contraste con la “feudalización” del poder durante el

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Proceso y la delectación de éste por dudosas diplomacias paralelas, la política exterior de la


democracia aparece consistente con la legitimidad del régimen político establecido.
Es preciso tener en cuenta el estilo y el sistema de creencias personales de los presidentes,
gravitantes en su percepción del país y del mundo sobre todo en sistemas presidencialistas.
Alfonsín y Menem jugaron su papel con efectos en la política internacional. Russell destaca que
las administraciones democráticas tienen “códigos operacionales” muy distintos de los del
Proceso. Para éste la política era “realpolitik” animada por un anticomunismo extremo (código
operacional), dentro de una guerra global entre dos civilizaciones antagonistas (creencia
contextual) y que la Argentina —según la interpretación de los gobernantes militares y sus
seguidores— era una expresión impecable del “mundo occidental y cristiano” que habían
concebido.
El primer gobierno de la transición democrática, bajo la presidencia de Alfonsín y su ministro
Dante Caputo debió evitar interpretaciones y traducciones que tenían cierta afinidad con
mentalidades de ese y otros pasados, ajustando su propio código de creencias respecto de las
relaciones Este/Oeste y de las relaciones Norte/Sur. Abordaje que influyó en la política del
gobierno de Alfonsín dando perfil alto a su gestión exterior en América Central y en el
Movimiento de los No Alineados, rompiendo relaciones diplomáticas con Sudáfrica, dando
énfasis quizás excesivo a una diplomacia de prestigio, y tomando distancia —en una primera
etapa— con la administración Reagan aduciendo “diferencias metodológicas” respecto de la
deuda externa y de la crisis en América Central.
El segundo tramo, con Menem en el gobierno, se diferenció en las relaciones con los No
Alineados, que la Argentina abandonó; con la decisión de intervenir en la guerra del Golfo, en el
desarrollo de lo que el canciller Guido Di Tella —en pintoresca expresión digna de seminarios
recoletos— llamó alguna vez “relaciones carnales” con los Estados Unidos; con la ratificación
del Tratado de Tlatelolco, en la defensa activa de la democracia en Haití, y en la cancelación
del proyecto Cóndor II.

El gobierno de la ley

El triunfo de la Unión Cívica Radical


La guerra de las Malvinas, fue para los argentinos tiempo de euforia y tristeza. Cuando se
conoció la derrota, encubierta hasta el último instante por una extrema manipulación informativa
desde el gobierno del Proceso y la complicidad o la subordinación de la mayoría de los medios,
la sociedad fue tomando conciencia de que la guerra había ocurrido a partir de una pésima
apreciación de la situación internacional por militares profesionales, asesores civiles y ciertos
preceptores intelectuales.
La derrota significó la claudicación definitiva del Proceso iniciado en 1976. Dejó a la sociedad
militar y sus aliados en un estado de crispación que tendría graves efectos sobre el desarrollo
de la transición democrática y la forma de inserción de las fuerzas armadas cuya relación
natural debía ser la subordinación al gobierno constitucional.
Los temas de la campaña electoral abierta por el régimen en retirada estaban definidos por la
biografía violenta de los años 70, por el recuerdo ominoso del gobierno de Isabel Perón
dominado por el siniestro favorito López Rega y sus seguidores, y por la responsabilidad de las
alianzas objetivas que habían protagonizado desde los años 60 los miembros plenos de la
Argentina corporativa: el poder militar, el poder sindical y sectores significativos del poder
económico, según fue explicado.
De tal modo, cuando llegaron las elecciones nacionales de 1983, la memoria colectiva tenía
identificados a los responsables del pasado crítico. Uno de los lemas de campaña del candidato
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

radical Raúl Alfonsín fue la denuncia de lo que llamó con oportunidad el pacto militar-sindical.
Otro hecho, decisivo, fue la apetencia de la sociedad civil por el gobierno de la ley y la paz
institucional que resumía la democratización. Lema y consenso, reflejaron los sentimientos
prevalecientes en la población, sobre todo entre las mujeres y la juventud.
La fuerza política que por su historia y estilo tenía los mejores pergaminos para acreditarse
frente a esas motivaciones de voto era, si se recrea el clima de la época, la Unión Cívica
Radical, partido nacional entonces casi centenario.
El peronismo había dominado casi 40 años el escenario político. Invicto en elecciones libres y
abiertas sólo había sido sometido mediante la proscripción y el golpe de estado. No había
surgido, en décadas, una verdadera alternativa de gobierno, una fuerza política capaz de
vencer al peronismo en comicios sin fraudes, proscripciones, maquinaciones electorales o
inhabilitación de candidatos.
El primer cambio perceptible hacia 1983 era que podía esperarse una contienda electoral en la
que el peronismo no fuera
seguramente victorioso.
El segundo cambio tenía
que ver con la solidez de la
coalición social de base del
peronismo histórico. ¿En
qué medida esa coalición
social permanecía fiel, no
vacilaba en sus segmentos
fundamentales y persistía
sin deserciones?
En 1983 esa coalición
social demostró ser
vulnerable y fue perforada por una convergencia electoral alternativa.
El tercer cambio se dio en el mundo intelectual. Durante lustros la mayoría de los intelectuales,
sobre todo en la izquierda del espectro ideológico, en la derecha liberal y en la que los italianos
suelen llamar “liberista” (sólo atenta a la dimensión económica y desaprensiva hacia la calidad
del régimen político) había maltratado o marginado la validez de la democracia a partir de la
crítica a la democracia “formal”. Ni los militares ni la guerrilla, por otra parte, evocaban un
régimen político que no fuera alguna forma de dictadura, unos por politización corporativa y
otros por ausencia de teoría política que remitiese al tipo de régimen cuya propuesta se
desconocía.
En 1983 la mayor parte del mundo intelectual relevante había aceptado la lección de las
consecuencias. El principio de legitimidad democrático se impuso sin alternativas atrayentes. La
democracia era reconocida como aquél sistema político mejor dotado para guardar la dignidad
de la persona humana, y ésta era, en términos breves pero elocuentes, su más sólida
justificación. La historia que los argentinos contemporáneos habían vivido los llevó a la
sospecha, o a la convicción, que la construcción de la ciudadanía democrática era una empresa
nueva.
La mayoría de la gente se dispuso a reivindicar un objetivo civilizado más inmediato: el gobierno
de la ley, la constitución y la paz ideológica. Puede añadirse, consultados los sondeos y
manifestaciones de entonces, que el territorio electoral era preferentemente habitado por
tendencias de voto no-peronista. Ese fue el contexto y el clima de la victoria de la fórmula de la
U.C.R., Raúl Alfonsín-Víctor Martínez.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Fue una convergencia electoral, en expresión calificada de Edgardo Catterberg, más bien que
la expresión de una coalición social persistente como quedaría demostrado por
desplazamientos posteriores del voto ciudadano. Fuertemente centrista, mirando hacia la
izquierda y la derecha constitucionales del panorama ideológico, como solía suceder en las
transiciones democráticas en su primera etapa.
En los 30 años anteriores a 1983 sólo sucedieron cuatro elecciones nacionales separadas entre
sí por una década o menos: en 1957, en 1963 y dos en 1973. Diez años después el voto
expresó cambios sustanciales en el país político. La U.C.R. obtuvo el 51.74% de los sufragios,
el partido Justicialista —Italo Luder-Deolindo Bittel— el 40.15%. El resto se dividió entre diez
pequeños partidos el mayor de los cuales, el partido Intransigente, obtuvo el 2.4% de los votos.
Se había votado a partir de una ley orgánica de los partidos políticos —22.627, dictada el 26 de
agosto de 1982 durante el Proceso— que excluía expresamente a los partidos “antisistema”. El
sistema electoral, según la ley 22.838 de 1983, fue por representación proporcional de
diputados nacionales, electores de presidente y vicepresidente de la nación y electores de
senadores por la Capital Federal.
Luego de los comicios de 1983 la empresa política que se imponía a la U.C.R. como partido era
transformar la convergencia electoral en coalición social de base, que consolidase una nueva
meseta electoral por encima de su promedio histórico, que se situaba muy por debajo del
desempeño que la llevó al triunfo de aquel año.
La experiencia indica que esa empresa política no fue lograda durante la gestión del presidente
Alfonsín. El trámite de esa empresa fue acosado por las cuestiones que el ciclo político
descripto en los capítulos precedentes había dejado pendientes: la cuestión peronista, la
cuestión sindical, la cuestión económica, la cuestión internacional. Sobrecarga para la
democracia incipiente, a todas abordó Alfonsín en forma prácticamente simultánea.
La cuestión peronista era teóricamente ajena al gobierno radical. Sin embargo el Presidente fue
tentado por la articulación de lo que en algún momento se llamó el tercer movimiento histórico,
intención que suponía la fractura definitiva del peronismo, la absorción estable de muchos de
sus fieles y la conformación de una fuerza política predominante. Esos objetivos habrían de
consumir muchas energías que el gobierno radical necesitaba para reorganizar un Estado que
reclamaba reformas profundas. Eran objetivos difícilmente conciliables con la consolidación de
una democracia competitiva. Ni el movimientismo ni la hegemonía armonizan, por lo que se
sabe, con la lógica interior de una democracia constitucional abierta. Era el “gobierno de la
democracia en tiempos difíciles”, como enseñaba el examen comparado de las transiciones
democráticas.
La cuestión sindical era una empresa compleja aunque necesaria, porque suponía desarmar o
neutralizar uno de los factores de lo que hemos llamado la “Argentina corporativa”. En esa
contienda el gobierno alfonsinista entró en desventaja en una situación económica y social
todavía anclada a la tradición precedente que se había fraguado a partir de los años 40. El
sindicalismo luchó por sus privilegios apelando abusivamente a la huelga general. El gobierno
carecía de una estrategia estructural para vencer coaliciones de intereses que alguna vez
Mancur Olson describió entre las causas de la decadencia de las naciones.
La cuestión militar se constituyó en un serio factor de perturbación y zozobra para el gobierno y
la sociedad. En Semana Santa (abril de 1987), en Monte Caseros (enero de 1988) y en Villa
Martelli (diciembre de 1988) hubo alzamientos militares que hicieron temer por la estabilidad
institucional. Las fuerzas armadas eran cruzadas por facciones que procedían del desarrollo y
final del Proceso, la principal de las cuales se identificaba como la de los “carapintadas”
aludiendo a comandos en ropa de fajina con las caras pintadas como camuflaje de guerra. Los
carapintadas produjeron los levantamientos citados. Muy grave fue la comprobación de que las
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

fuerzas leales al gobierno constitucional no demostraron capacidad represiva ni, sobre todo,
voluntad franca de acción contra los grupos rebeldes.
El presidente Alfonsín enfrentó grupos “semileales”, en el sentido de que las facciones que
producían las crisis se reclamaban no golpistas pero pretendían el dominio total de las fuerzas
armadas sin subordinarse al gobierno constitucional. Un golpismo de facto aparecía encubierto
por una retórica constitucionalista mal disimulada, mezclada con el reclamo por la recuperación
de la “dignidad” militar.
Preciso es decir que esa retórica no penetró las convicciones de la sociedad civil. Esta, que en
el pasado se había mostrado dócil o resignada cuando no complaciente respecto de los
levantamientos militares y los golpes de estado, se movilizó aislando los golpistas o semileales.
El poder militar, quizás por vez primera en la historia contemporánea de los argentinos, debió
admitir que no contaba con aliados objetivos en la sociedad política y en la sociedad civil o que
quienes lo eran no se manifestaban o carecían de relevancia. La gente salió a la calle pero no
para vivar a las tropas sino para reclamar que volvieran a los cuarteles. Un cambio cualitativo
se había producido en uno de los flancos tradicionalmente vulnerables del sistema político. Pero
ese cambio no había penetrado del todo a la sociedad militar, tironeada por sentimientos
contrapuestos por la gravitación de su propio pasado.
El partido Radical, de tradición antimilitarista aunque antiguos dirigentes actuaron tolerando
intervenciones en tramos de ese pasado crítico, no tenía en claro cómo enfrentar la situación
militar ni disponía de una política adecuada para resolver la cuestión. En rigor, los hechos
demostraban que tal política no se expresaba en partido alguno y que ni siquiera los militares
sabían qué hacer con ellos mismos, tema éste de muy lenta y vacilante evolución.
La cuestión militar mantuvo en vilo a la sociedad porque junto a la bandera de la protección de
los derechos humanos y su reivindicación respecto del pasado, el gobierno de Alfonsín inició, el
22 de abril de 1985, proceso judicial a los integrantes de las tres primeras juntas militares que
gobernaron el país desde 1976. ¿Por qué no a protagonistas anteriores responsables de la
cultura de la violencia? Asunto polémico, no impide comprobar que por primera vez en la
historia nacional —raro, si existente, en la experiencia comparada— un gobierno democrático
decidió juzgar a quienes acusaba de graves violaciones a los derechos humanos.
Comportamiento pionero, habría de distanciar a la sociedad militar respecto del Alfonsinismo.
Sería inútil que el Presidente procurase detener los castigos en el nivel de las cúpulas militares
mediante recursos como las leyes de “punto final” y de “obediencia debida”. El proceso legal fue
una mezcla inextricable y polémica —siempre difícil de evitar máxime en ese caso inédito— de
justicia y política.
Raymond Aron solía escribir que la política y el examen de su mundo exhiben a menudo
“combates dudosos”. Comprobación frecuente, puede aplicarse al caso en cuestión. Los
militares se sintieron perseguidos por una campaña de difamación y en la sociedad política el
Presidente encontró aliados expresivos en los momentos culminantes de las crisis —incluyendo
dirigentes relevantes del peronismo— pero no respecto de su política militar donde encontró
pocos aliados, muchos críticos y demasiados observadores no comprometidos que tomaban
distancia.
La cuestión militar revelaría posiciones variadas que la lectura de la historia registra. En la
sociedad militar —sobre todo entre los oficiales activos y retirados muy comprometidos con las
tácticas y estrategias de represión durante el Proceso— y aliados civiles, hubo críticas a veces
sin matices contra lo que consideraron una operación “justiciera” que negaba el peligro y
actividad de la guerrilla. Transcurrió el tiempo entero del primer gobierno democrático para que
surgiera una revisión propiamente militar de esa crítica dentro de la gestión del presidente
Menem. En la sociedad política y en el campo intelectual se manifiestan posiciones mayoritarias
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

situadas entre la comprensión hacia la política de Alfonsín y la crítica desilusionada por lo que
se consideraban concesiones inaceptables hacia los militares. Coexistían, pues, posiciones
maximalistas extremas con posturas moderadas. La polémica persiste en sectores significativos
de la sociedad acerca de “si las medidas adoptadas por la administración Alfonsín estuvieron
éticamente justificadas o fueron excusables dada la situación política entonces imperante”,
polémica que existe aunque tenga hoy menos; audiencia que en los primeros tramos de la
transición. (Garzón Valdés, 2000). Los históricos fallos de la Cámara Federal y de la Corte
Suprema de Justicia de la Nación (Fallos:309) merecen lectura atenta, por cuanto describen
con elocuencia el clima y los hechos que configuraron tanto las acciones terroristas “privadas”
como el terrorismo de Estado, que sucede cuando el gobierno se transforma en agente del
terror indiscriminado o difuso. (Andersen, 1993; Jordán, 1998; Garzón Valdés). Decisiones
rechazadas por los jefes militares comprometidos, aceptadas por la mayoría de la sociedad que
tuvo entonces conocimiento cabal de la tragedia vivida, consideradas por críticos civiles como
“la ilusión de la justicia a medias” (Garzón Valdés, 2000) y por otros, sin embargo, un intento de
buena fe para soldar una sociedad en tensión.
La cuestión económica fue al cabo crucial para el primer gobierno de la construcción
democrática. Como casi todos los gobiernos de la región, salvo —relativamente— el proceso
chileno, los gobiernos de los primeros tramos de las transiciones actuaban asediados por el
“estado de naturaleza” político y económico. Por la necesidad de consolidar el gobierno de la
ley y por la exigencia de hacerlo en medio de políticas “de ajuste”.
Ese dilema acompañó la presidencia de Alfonsín. Su gestión puede dividirse en tres tiempos:
hasta 1985, entre esa fecha y las elecciones intermedias de 1987 y entre estos comicios y la
resignación del cargo presidencial en 1989. Esos tramos están signados por la economía corno
cuestión política.
Gerchunoff y Cetrángolo (1991) explican con el valor de un testimonio especializado desde
dentro de la gestión del gobierno de Alfonsín, cómo éste comenzó con un diagnóstico
insuficiente a la par de un triunfo electoral sorprendente. La política económica inicial cubrió el
primer tramo de ocho meses con resultados desalentadores. El gobierno consumió recursos
políticos importantes que procedían de su condición de fiador institucional de la transición. Era
preciso un corte drástico que dejase atrás la memoria del pasado inflacionario en dirección a la
estabilidad. Ese fue el propósito del llamado Plan Austral, elaborado por el ministro Juan V.
Sourrouille y un equipo técnico propio con aportes de especialistas que compartían las líneas
fundamentales de acción. El cambio de moneda -del peso argentino al austral (junio de 1985)-
quiso simbolizar la recuperación de la moneda, signo a su vez de la instalación de una
“constitución económica” que e correspondiese con la “constitución política” vigente.
La sociedad confió. Los comicios de ese año tradujeron esa confianza en votos y la sensación
fue que se podía lograr un compromiso perdurable con la estabilidad. El Plan Austral fue
inicialmente exitoso, pero se fue consumiendo sin traducir la consolidación de sus objetivos
fundamentales resumidos en principio en la estabilidad en sí misma. Contribuyeron factores
técnicos, sociales y políticos. La estabilidad era un bien que los líderes políticos recién
comenzaban a valorar. Se había confiado demasiado en que una buena política podía
perseverar sin atender al mismo tiempo lo que se entiende como una buena economía. Era una
respuesta simétrica pero imprudente a las experiencias de los regímenes militares
caracterizados por una mala política que creía tener una buena economía —la de los “liberistas”
según expresión que empleamos en su momento—, y habían terminado demostrando que cada
política tiene su economía y cada economía su política, fracasando en ambas dimensiones. El
gobierno de Alfonsín no adjuntó a su nuevo plan la preocupación por formar una coalición
estabilizadora con apoyo en el Congreso. La carencia de esa capacidad de coalición permitió el
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

bloqueo político de la oposición peronista y sus aliados, sindicalistas y sectores empresarios. La


inclusión en el gobierno de representantes corporativos (caso Alderete, sindicalista del
peronismo como ministro de Trabajo, por ejemplo) dio pie a un juego de dobles lealtades que
terminó erosionando la confianza inicial en el Plan. Las ideas apropiadas del liberalismo
económico, por fin, que pudieron ser capitalizadas dentro de una estrategia general de mayor
aliento, fueron incorporadas sin aparente convicción o fueron desalojadas.
Cuando Alfonsín y su gobierno comenzaban a expresar una nueva visión de la política
económica a través de privatizaciones —bloqueadas cuando era posible por la oposición
peronista—, reestructuración del Estado y apertura de la economía, el Plan Austral estaba
políticamente agotado.
Sucedieron los comicios de 1987 en ese contexto, y expresaron una fuerte sanción al gobierno
radical. Entre el gobierno y la sociedad se abrió una enorme brecha de desconfianza. La
desconfianza restó autoridad al gobierno y la sociedad se vio ante una experiencia dramática: el
“estado de naturaleza” económico de la hiperinflación.
La experiencia comparada de las hiperinflaciones contiene lecciones fundamentales. Los casos
son raros y suelen confundirse con inflaciones “altas” o megainflaciones. La alta inflación,
incluso megainflaciones, constituían una suerte de segunda naturaleza para los argentinos,
pero la hiperinflación era una experiencia inédita. Habrían de comprobar que comienza con la
degradación de la moneda, “muere el dinero” como decían alemanes y húngaros en crisis
memorables con consecuencias siniestras; es imposible el cálculo racional; y la sociedad
comienza a ser ganada por el lado más oscuro de los comportamientos. La hiperinflación es al
principio degradación financiera; al cabo es degradación social y moral.
En términos políticos, la consecuencia se resumía en ingobernabilidad, situación difícil de
remontar sin cambios sustantivos que impidiesen la claudicación no ya de un gobierno, sino del
entero sistema democrático.
Una decisión amarga pero responsable, en medio de un estado colectivo tentado por la
irracionalidad, fue adoptada por el presidente Alfonsín cuando resignó el cargo meses antes de
cumplirse el mandato constitucional transfiriendo la presidencia al candidato electo: Carlos
Menem. En trámite complejo, con marchas y contramarchas explicables, la sociedad sería
testigo de un cambio de mando turbulento. Fue una prueba difícil para la transición democrática
y fue un gesto responsable del mandatario perdidoso y del ganador, en cuanto las cosas
sucedieron “respondiendo” a la lógica interior del gobierno de la ley.

La década del peronismo menemista


Volvamos a la inflexión de 1987: el mapa político del país se modificó profundamente. El partido
Justicialista venció en elecciones legislativas en 17 provincias; el partido radical en 2 (Córdoba
y Río Negro); en San Juan triunfó un partido local, el bloquismo; en Neuquén un partido
provincial de tradición neoperonista, el Movimiento Popular Neuquino y en Corrientes el Pacto
Autonomista Liberal.
En 1988 los grandes partidos realizaron elecciones internas. El 3 de julio los radicales
consagraron la fórmula Eduardo Angeloz-Juan M. Casella y el 9 de julio los justicialistas la
fórmula Carlos Menem-Eduardo Duhalde.
Ambas experiencias eran auspiciosas. Movilizaron millones de votantes exhibiendo la
aspiración participativa de la ciudadanía. Fue, en realidad, un indicador de que la ciudadanía
era un objetivo demandado por la sociedad civil. Pero entre ambas la más significativa fue la
ocurrida en el seno del peronismo histórico. Sacudido desde siempre por el síndrome de la
sucesión, muerto Perón debía resolverla en su interior para no trastornar el sistema político
entero. Había surgido una corriente llamada de los “renovadores”. Más allá de los incidentes
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

internos y de la circulación conflictiva de los candidatos, la Renovación logró democratizar, al


menos en una ocasión crítica como la que entonces vivía el antiguo “movimiento”, una
formación política que reivindicó, con esfuerzo, la posibilidad de ser un partido en competencia
con adversarios reconocidos como tales.
Cuando se aproximaban los comicios presidenciales de 1989 se discutía con preocupación la
posibilidad de que la elección del Presidente, dependiente de juntas electorales que mediaban
entre el voto ciudadano y la consagración presidencial según las disposiciones vigentes de la
Constitución Nacional, pudiese derivar en un grave conflicto por el bloqueo consiguiente a la
ausencia de una mayoría absoluta de electores.
La preocupación existía, aunque el examen de los antecedentes de la historia constitucional
argentina demostraban que los bloqueos críticos fueron siempre superados por decisiones de
los electores favorables al partido o tendencia relativamente mayoritaria. No hubo, al cabo,
conflicto ni crisis, pero las especulaciones previas a los comicios demostraron la existencia de
ciertas alianzas “objetivas” probables que los comportamientos de los protagonistas insinuaban;
las conjeturas de entonces habrían de ser útiles para la comprensión de alineamientos
posteriores así como de modificaciones aparentemente sorprendentes.
Podían componerse, en efecto, dos grandes alianzas objetivas. Una, que podía calificarse de
“centro-izquierda”, aproximaba el grueso del alfonsinismo radical a la “renovación” peronista
citada —línea interna encabezada por Cafiero en cuya fundación había participado Menem—, y
asimismo sectores de la izquierda política e intelectual. Otra, de “centro-derecha”, reunía o
vinculaba al sector radical de Eduardo Angeloz, sectores del “menemismo” en la primera
percepción de entonces, a protagonistas del partido de los Alsogaray —la Unión del Centro
Democrático (UCD)— y a partidos conservadores y provinciales.
La experiencia posterior demostró que esos alineamientos no carecían de sentido y que las
conjeturas de un conflicto aventado por los resultados electorales serían sugerentes para la
interpretación del proceso político por venir.
El clima electoral de 1989 no fue dominado por la ansiedad de paz interior política e
institucional, sino por la aspiración mayoritaria a favor de las banderas históricas de la justicia
social y el progreso económico, dando por superadas las ansiedades del 83. Si respecto de
éstas los mejores pergaminos habían sido los presentados por la Unión Cívica Radical, en el 89
el mejor plantado era el partido Justicialista. En todo caso, la cuestión del 89 no era un dilema
de pergaminos, sino la degradación sufrida por el gobierno de Alfonsín con su dramático final
señalado por la hiperinflación. En todo relato histórico es importante recrear el clima de cada
momento decisivo.
Si la guerra interna, la guerra civil larvada o de superficie, evoca lo que Hobbes llamaba el
“estado de naturaleza” político, la hiperinflación significaba mucho más que la degradación de la
moneda —con ser esto un símbolo de crisis profunda—: significaba el ya descripto “estado de
naturaleza” económico, y al cabo moral (Llach, 1998).
Así fue que los segmentos sociales de la coalición del peronismo histórico que Raúl Alfonsín y
el partido Radical habían logrado capturar en la convergencia electoral de 1983 retornaron al
partido Justicialista en las elecciones de 1989.
Carlos Saúl Menem y Eduardo Duhalde ganaron con holgura los comicios con el 49.18% de los
votos. Eduardo Angeloz y Casella o Cristina Guzmán -según las alianzas que se presentaron
como alternativa- el 37.05%. La U.C.D el 7.19%; las formaciones de izquierda el 4.22%.
Persistía el bipartidismo y se temía la polarización. El peronismo había levantado casi 9 puntos
respecto de 1983. El radicalismo perdió más de 13 puntos. La derecha liberal conservadora
había pasado, en el plano nacional, de 0.42% a más del 7%, es decir veinte veces su caudal
anterior. La izquierda, en fin, sumó poco más de un punto a lo obtenido seis años antes.
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Comenzó enseguida de las elecciones lo que pocos o ninguno sospechaba: una década de
gobierno con la titularidad de Carlos Menem. Dos períodos, reforma constitucional mediante en
1994, que permitió la reelección, que Menem habría de conquistar.

El liderazgo de Alfonsín
Raúl Alfonsín exhibió un
estilo de liderazgo
institucional. Hombre de
partido, combinó su
principismo de raigambre
yrigoyenista con una
vocación ideológica que
intentó dar al partido
Radical —partido no
doctrinario según la
tradición de los grandes
partidos populares
argentinos— un sesgo
socialdemócrata en el
sentido europeo de la
expresión. La cuestión
abierta permanece
respecto al tipo de
socialdemocracia evocado
por Alfonsín y sus
animadores intelectuales. Los críticos dicen que eligió al “primer Mitterand” como modelo, más
bien que al segundo, modernizado con la aceptación del neoliberalismo económico moderado
por el socialismo democrático. Felipe González, en la España de la transición posfranquista,
habría acertado con el “modelo” para el mundo cambiante y globalizado. Cuando las pasiones
callen se reconocerá al primer presidente de la transición democrática su esfuerzo por la
recuperación del gobierno de la ley y se opacarán ciertos raptos debidos más a su
temperamento que a su intención. En todo caso, y más allá de las polémicas suscitadas por sus
decisiones respecto de la “Argentina militar” —no ya los juicios a las juntas, hecho sin paralelos
comprobables en la política comparada sino las medidas tendientes a sortear el acoso
“carapintada”—, los argentinos habrían de considerar como propio de la naturaleza de las cosas
la libertad política y el sistema democrático cuando el pasado sugería la necesidad de cultivar
una cultura política apropiada a la vigencia de esos valores tanto entre los dirigidos como entre
los dirigentes políticos y sociales.

LUIS ALBERTO ROMERO

El impulso y su freno, 1983-1989


La ilusión democrática
El nuevo presidente, Raúl Alfonsín, asumió el 10 de diciembre de 1983 y convocó a una
concentración en la Plaza de Mayo; para marcar las continuidades y las rupturas con la
tradición política anterior, desechó los “históricos balcones” de la Casa Rosada y eligió los del
Cabildo. Como en 1916, la multitud que se volcó a las calles sentía que la civilidad había
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

alcanzado el poder. Pronto se puso de relieve no sólo la capacidad de resistencia de los


enemigos juzgados vencidos, sino la dificultad para satisfacer el conjunto de demandas de todo
tipo que la sociedad había venido acumulando y que esperaba ver resueltas de inmediato,
quizá porque a la clásica imagen del Estado providente se sumaba la convicción —alimentada
por el candidato triunfante— de que el retomo a la democracia suponía la solución de todos los
problemas.
Pero éstos subsistían, y sobre todo los económicos, aunque en la campaña electoral se habló
poco de ellos. Más allá de sus problemas de fondo, la economía se encontraba desde 1981 en
estado de desgobierno y casi de caos: inflación desatada, deuda externa multiplicada y con
fuertes vencimientos inmediatos, y un Estado carente de recursos, sin posibilidad de atender a
los variados reclamos de la sociedad, desde la educación o la salud a los salariales de sus
mismos empleados, y aun con una fuerte limitación en su capacidad para dirigir la crisis.
Esa incertidumbre acerca de la capacidad del gobierno democrático se extendía a los otros
campos, donde los poderes corporativos —los militares, la Iglesia, los sindicatos— habían
demostrado tener una enorme fuerza. Pero casi todos ellos habían quedado comprometidos
con el régimen caído, o salpicados por su derrumbe, y se encontraban a la defensiva. Sus
viejas solidaridades estaban rotas y faltaba un centro político que articulara sus voces, de modo
que debieron mantenerse a la expectativa, sumándose al coro de alabanzas a la democracia
restaurada y rindiendo homenaje al nuevo poder democrático. El adversario político principal del
radicalismo gobernante, el peronismo, vivía una fuerte crisis interna, latente desde antes de la
elección pero agudizada luego de lo que fue, en toda su historia, la primera derrota electoral.
Mientras el sindicalismo peronista se separaba de la conducción partidaria y ensayaba su
propia estrategia para enfrentar los embates del gobierno, el peronismo político buscaba sin
éxito definir su perfil, atacándolo desde la derecha o la izquierda o desde ambos lados a la vez,
como lo hacía el senador Saadi.
El poder que administraba el presidente Alfonsín era, a la vez, grande y escaso. El radicalismo
había alcanzado una proporción de votos sólo comparable con los grandes triunfos
plebiscitarios de Yrigoyen o Perón, y tenía mayoría en la Cámara de Diputados, pero había
perdido en el interior tradicional y no controlaba la mayoría del Senado. Si el liderazgo de
Alfonsín en su partido era fuerte, la UCR constituía una fuerza no demasiado homogénea,
donde se discutieron y hasta se obstaculizaron muchas de las iniciativas del presidente quien
prefirió rodearse de un grupo de intelectuales y técnicos recientemente acercados a la vida
política y de un grupo radical juvenil, la Coordinadora, que avanzó con fuerza en el manejo del
partido y del gobierno. Fuerte en la escena política, el radicalismo no tenía en cambio —más
allá de las adhesiones que inicialmente cosecha todo triunfador muchos apoyos consistentes en
el ámbito de los poderes corporativos un territorio donde sus adversarios peronistas se movían
en cambio con toda fluidez. El Estado que debía librar sus combates contra esos poderes y al
que el gobierno no controlaba totalmente carecía de eficiencia y aun de credibilidad para la
sociedad.
Pero cuando asumió el gobierno el presidente Alfonsín tenía detrás de sí una enorme fuerza,
cuya capacidad era aún una incógnita: la civilidad, identificada toda ella, más allá de sus
opciones políticas con la propuesta de construir un Estado de derecho, al cual esos poderes
corporativos debían someterse, y consolidar un conjunto de reglas, capaces de zanjar los
conflictos de una manera pacífica ordenada, transparente y equitativa era poco y muchísimo: se
trataba de una identidad política fundada en valores éticos, que subsumía los intereses
específicos de sus integrantes, en muchos casos representados precisamente por aquellas
corporaciones, pero que en el entusiasmo de la recuperación democrática quedaban
postergados. Mucho más aún que los gobernantes la civilidad vivió la euforia y la ilusión de la
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democracia, poderosa y “boba” a la vez. Con estos respaldos, en cierto sentido fuertes y en
otros débiles, el presidente debía elegir entre gobernar activamente, tensando al máximo el polo
de la civilidad, lo que implicaba confrontar con intereses establecidos y aun introducir fisuras en
su frente de apoyo, o privilegiar las soluciones consensuadas, los acuerdos con los poderes
establecidos, lo que implicaba postergar los problemas que requerían definiciones claras. El
gobierno eligió en general la primera línea, pero debió aceptar la segunda cuando algunos
fuertes golpes demostraron los límites de su poder. No obstante, hasta 1987 el gobierno
mantuvo la iniciativa, buscando caminos alternativos y presentando ante cada contraste nuevas
propuestas, que Alfonsín sacaba —decían muchos observadores- como de la galera de un
mago.
En el diagnóstico de la crisis, los problemas económicos parecían por entonces menos
significativos que los políticos: lo fundamental era eliminar autoritarismo y encontrar los modos
auténticos de representación (de la voluntad ciudadana. El gobierno atribuyó una gran
importancia, simbólica real, a la política cultural y educativa, destinada en el largo plazo a
remover el autoritarismo que anidaba en las instituciones, las prácticas y las conciencias,
representado en la difundida imagen del “enano fascista”. Coincidiendo con los deseos de la
sociedad de participación y de ejercicio de la libertad e expresión y de opinión, largamente
postergada, las consignas generales fueron la modernización cultural, la participación amplia y
sobre todo el pluralismo y el rechazo de todo dogmatismo.
En este terreno se avanzó inicialmente con facilidad: se desarrolló un programa de
alfabetización masiva, se atacaron los mecanismos represivos que anidaban en el sistema
escolar y se abrieron los canales para discutir contenidos y formas —a veces puestas en
práctica con una alta dosis de utopismo voluntarismo—, lo que debía culminar en un Congreso
Pedagógico que, como el de cien años atrás, determinaría qué educación quería la sociedad.
En el campo de la cultura y de los medios de comunicación manejados por el Estado, la libertad
de expresión, ampliamente ejercida, permitió un desarrollo plural de la opinión y un cierto
“destape”, para algunos irritante, en las formas y en los temas. En la Universidad y en el
sistema científico del Estado volvieron los mejores intelectuales y científicos, cuya marginación
había comenzado en 1966. Aunque en muchas universidades los cambios no fueron
significativos, en otras, como la de Buenos Aires, hubo profundas transformaciones. Estas
instituciones, que debieron resolver el problema planteado por un masivo deseo de los jóvenes
de ingresar a ellas, se reconstruyeron sobre la base de la excelencia académica y el pluralismo,
alcanzando en algunos casos niveles de calidad similares a los de su época dorada a principios
de la década de 1960.
Además de volver a la vida académica, los intelectuales se incorporaron la política, y la política
se intelectualizó. Su presencia fue habitual en los medios de comunicación. Alfonsín recurrió a
ellos, como asesores o funcionarios técnicos, y su discurso, que traducía en clave política lo
que los académicos elaboraban, resultó moderno, complejo y profundo, a tono con lo que en el
mundo se esperaba de un estadista. No fue el único —su más notorio compañero en ese
camino fue el peronista Antonio Cafiero— y la discusión política adquirió brillo y, en menor
medida, profundidad.
El punto culminante de esta modernización cultural fue la aprobación de la ley que autorizaba el
divorcio vincular -un tema tabú- y posteriormente la referida a la patria potestad compartida, que
completaba el proyecto de modernización de las relaciones familiares, campo en el que la
Argentina estaba sensiblemente atrasada respecto de las tendencias mundiales. La ley sobre
divorcio fue sancionada a principios de 1987, luego de una breve pero intensa discusión. Los
sectores más tradicionales de la Iglesia católica intentaron oponerse, no sólo con los
mecanismos habituales de presión sino hasta con manifestaciones —la Virgen de Luján fue
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sacada a la calle— que fracasaron, por el alto grado de consenso existente alrededor de la
nueva norma, incluso entre sectores católicos, preocupados quizá por las consecuencias
familiares de una práctica ya habitual en sus propios círculos. En cambio, la Iglesia se movilizó
con éxito alrededor del Congreso Pedagógico —cuestión que le interesaba directa y
profundamente, por su fuerte participación en la educación privada— defendiendo
paradójicamente, contra un supuesto avance estatal, el pluralismo y la libertad de conciencia.
La Iglesia, que en 1981 se bahía definido por la democracia -aunque sin hacer la crítica de su
íntima relación con el gobierno militar- fue evolucionando hacia una creciente hostilidad al
gobierno radical y a un cuestionamiento del régimen democrático mismo. Le irritaba lo que
juzgaba su poca injerencia en el área clave de la enseñanza privada, la sanción de la ley de
divorcio y el tono en general laico del discurso cultural que circulaba por las instituciones y
medios del Estado. Fue determinante un cambio en el equilibrio interno del episcopado local,
pero lo decisivo fue la orientación general impresa a la Iglesia por el papa Juan Pablo II,
decidido a dar una batalla por la comunidad católica que tenía precisamente su centro en lo
cultural. Ese combate, asumido por los obispos locales más conservadores, les permitió
empezar a reconstruir su arco de solidaridades con otros integrismos deseosos de volver.
Enfrentados de manera creciente con el gobierno radical -el presidente respondió
enérgicamente en un templo a las opiniones políticas de un obispo, que además era vicario
castrense-, estos sectores de la Iglesia, que paulatinamente empezaban a dominar en ella,
asumieron el papel de censor social, con un discurso de combate en el que la democracia –
decían- resultaba ser el compendio de los males del siglo: la droga, el terrorismo, el aborto o la
pornografía.
El discurso ético, centrado en los valores de la democracia, la paz, los derechos humanos, la
solidaridad internacional y la independencia de los estados, fue puesto al servicio de una
reinserción del país en la comunidad internacional, que recientemente había censurado y hasta
aislado al régimen militar. Pronto, la oveja negra se convirtió en el hijo pródigo; los éxitos en
este terreno, expresados en la gran popularidad alcanzada por el presidente en distintos
lugares del mundo, fueron utilizados para afianzar y fortalecer las instituciones democráticas
locales, todavía precarias. Con esos criterios se encararon las principales cuestiones
pendientes, con Chile por el Beagle y con Gran Bretaña por las Malvinas. En el primer caso, el
laudo papal, que los militares habían considerado inaceptable pero sin atreverse a rechazarlo,
fue asumido como la única solución posible por el gobierno democrático, que necesitaba
refirmar los valores de la paz y eliminar una situación de conflicto que podía mantener vivo el
militarismo. Para doblegar las resistencias internas a su aprobación —nutridas en el tradicional
nacionalismo y en un reluctante belicismo— se convocó a un referéndum popular no vinculante
que corroboró el amplio consenso existente para esa solución pacífica e inmediata. Aun así, la
aprobación por el Senado —donde el peronismo tenía la mayoría— se logró por el mínimo
margen de un voto. En el caso de las Malvinas, donde la torpeza militar había llevado a la
pérdida de lo largamente ganado en la opinión pública internacional y en las negociaciones
bilaterales, también se recuperó terreno: las votaciones en las Naciones Unidas, instando a las
partes a la negociación, fueron cada vez más favorables, incluyeron a las principales potencias
occidentales y aislaron al gobierno británico. Sin embargo, la expectativa de que ello sirviera
para convencerlo de la conveniencia de iniciar una negociación que incluyera de alguna manera
el tema de la soberanía resultó totalmente defraudada.
Asociada con otros países que acababan de retornar a la democracia -Uruguay, Brasil, Perú-, la
Argentina se propuso mediar en el conflicto en Centroamérica, y sobre todo en la cuestión de
Nicaragua. Se trataba de aplicar los principios éticos y políticos generales, y también de evitar
los riesgos internos que podía acarrear uno de los episodios finales de la Guerra Fría.
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Discrepando con Estados Unidos, pero aprovechando su buena voluntad hacia las democracias
restauradas, logró que finalmente se alcanzara una solución relativamente equitativa. Actuando
con independencia, dialogando con los países no alineados, reivindicando los principios pero
absteniéndose de los enfrentamientos más duros —por ejemplo, constituir un “club (le
deudores” para negociar la deuda externa— el gobierno mantuvo una buena relación con el
norteamericano, que respaldó con firmeza las instituciones democráticas, cortando cualquier
vinculación con militares nostálgicos, y apoyó luego los diversos intentos de estabilización de la
economía.

La corporación militar y la sindical


En el terreno cultural y en el de las relaciones exteriores el gobierno radical pudo avanzar con
relativa facilidad, pero el camino se hizo más empinado cuando afrontó los problemas de las
dos grandes corporaciones cuyo pacto había denunciado en la campaña electoral: la militar y la
sindical. En ambos terrenos pronto quedó claro que el poder del gobierno era insuficiente para
forzar a ambas a aceptar sus reglas.
El grueso de la sociedad, que había empezado condenando a los militares por su fracaso en la
guerra, se enteró de manera abrumadora de aquello que hasta entonces había preferido
ignorar: las atrocidades de la represión, puestas en evidencia por un alud de denuncias
judiciales, por los medios de comunicación y, sobre todo, por el cuidadoso informe realizado por
la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), constituida por el
gobierno y presidida por el escritor Ernesto Sabato, cuyo texto, difundido masivamente con el
título de Nunca más, resultó absolutamente incontrovertible, aun para quienes querían justificar
a los militares. En la sociedad se manifestaron algunas confusiones y ambigüedades: ¿eran
culpables de haber hecho la guerra de Malvinas, o simplemente de haberla perdido?; ¿eran
culpables de haber torturado, o simplemente de haber torturado a inocentes? Pero la inmensa
mayoría los repudió masivamente, se movilizó y exigió justicia, amplia y exhaustiva, quizás un
Nuremberg.
La derrota en la guerra de Malvinas, el rotundo fracaso político, las divisiones entre las fuerzas,
los propios cuestionamientos internos, que afectaban la organización jerárquica, todo ello
debilitaba la institución militar, que sin embargo no había sido expulsada del poder. Como se
repetía por entonces, en la Argentina no había habido una toma de la Bastilla. Pronto, la
solidaridad corporativa de los militares se reconstituyó en torno de lo que reivindicaban como su
éxito: la victoria en la “guerra contra la subversión”. Rechazaron la condena de la sociedad,
recordaron que su acción contó con la complacencia generalizada, incluso de los políticos luego
sumados al coro de los detractores, y a lo sumo estaban dispuestos a admitir “excesos” propios
de una “guerra sucia”.
El presidente Alfonsín había estado, en los años del Proceso, entre los más enérgicos
defensores de los derechos humanos, y había hecho de ellos una bandera durante la campaña,
en la que también fustigó duramente a la corporación militar. Sin duda compartía los reclamos
generalizados de justicia, pero se preocupaba también de encontrar la manera de subordinar
las Fuerzas Armadas al poder civil, de una vez para siempre. Para ello proponía algunas
distinciones, lógicas pero difíciles de ser admitidas por la sociedad movilizada: separar el juicio
a los culpables del juzgamiento a la institución, que era y seguiría siendo parte del Estado, y
poner límite a aquel juicio, deslindando responsabilidades y distinguiendo entre quienes dieron
las órdenes que condujeron al genocidio, quienes se limitaron a cumplirlas y quienes se
excedieron, cometiendo delitos aberrantes. Se trataba de concentrar el castigo en las cúpulas y
en las más notorias bêtes noires y aplicar al resto el criterio de la obediencia debida. Sobre
todo, el gobierno confiaba en que las propias Fuerzas Armadas se comprometieran con esta
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propuesta, intermedia entre las demandas de la civilidad y la postura dominante entre los
militares, que asumieran la crítica de su propia acción y procedieran a su depuración,
castigando a los máximos culpables. Para ello, se procedió a reformar el Código de Justicia
Militar, estableciendo una primera instancia castrense y otra civil, y se dispuso el enjuiciamiento
de las tres primeras Juntas Militares, a la que se sumó la cúpula de las organizaciones armadas
ERP (de hecho extinguida) y Montoneros.
Se trataba de transitar un difícil camino entre dos intransigencias. El primer contratiempo
sobrevino cuando se hizo evidente que los militares se negaban a revisar su acción y a juzgar a
sus jefes: a fin del año 1984, cuando se sentían los primeros remezones en los cuarteles, los
tribunales castrenses proclamaron la corrección de lo actuado por las Juntas, y entonces las
causas judiciales fueron pasadas por el Ejecutivo a los tribunales civiles; en abril de 1985, en un
clima mucho más agitado aún, comenzó el juicio público de los ex comandantes. El juicio, que
duró hasta fin de año, terminó de revelar las atrocidades de la represión, pero mostró una cierta
pérdida de militancia de la civilidad, mientras las organizaciones defensoras de los derechos
humanos hacían oír una voz cada vez más dura e intransigente. Comenzaron a escucharse
otras voces, hasta entonces prudentemente silenciadas, que defendieron la acción de los
militares y reclamaron su amnistía. A fin de 1985, poco después de que el gobierno ganara las
elecciones legislativas, se conoció el fallo, que condenó a los ex comandantes, negó que
hubiera habido guerra alguna que justificara su acción, distinguió entre las responsabilidades de
cada uno de ellos, y dispuso continuar la acción penal contra los demás responsables de las
operaciones. La justicia había certificado la aberrante conducta de los jefes del Proceso, había
descalificado cualquier justificación y los militares habían quedado sometidos a la ley civil —
circunstancia absolutamente excepcional— y en ese sentido fue un fallo ejemplar. Pero no
clausuraba el problema pendiente entre la sociedad y la institución militar, sino que lo mantenía
abierto.
De ahí en más, la Justicia siguió activa, dando curso a las múltiples denuncias contra oficiales
de distinta graduación, citándolos y encausándolos. La convulsión interna de las Fuerzas
Armadas, y muy especialmente del Ejército, tuvo un nuevo eje: ya no se trataba tanto de la
reivindicación global como de la situación de los citados por los jueces, oficiales de menor
graduación, que no se consideraban los responsables sino los ejecutores de lo imputado. El
gobierno, por su parte, inició un largo y desgastante intento de acotar y poner límites a la acción
judicial, para así contener ese clima de fronda que fermentaba en cuarteles, alimentado por una
solidaridad horizontal que desbordaba la estructura jerárquica. Se trataba de una decisión
política, ni ética ni jurídica, basada en un cálculo de fuerzas que demostró ser bastante
ajustado, materializada sucesivamente en las leyes llamadas de Punto Final y de Obediencia
Debida. La primera, sancionada a fines de 1985, ponía un límite temporal de dos meses a las
citaciones judiciales, pasado el cual ya no habría otras nuevas. Nadie acompañó al gobierno en
la sanción de esta ley: la derecha, peronista y liberal, por ser partidarios de una amnistía
completa; los sectores progresistas, incluyendo al peronismo renovador, por no cargar con sus
costos políticos. Estos fueron altos, y sus resultados terminaron siendo contraproducentes,
pues sólo se logró un alud de citaciones judiciales y enjuiciamientos, que en lugar de aligerar el
problema lo agudizaron.
En ese contexto se llegó al episodio de Semana Santa de 1987. Un grupo de oficiales,
encabezado por el teniente coronel Aldo Rico, se acuarteló en Campo de Mayo, exigiendo una
solución política a la cuestión de las citaciones y, en general, una reconsideración de la
conducta del Ejército, a su juicio injustamente condenado. No se trataba de los típicos
levantamientos de los anteriores cincuenta o sesenta años, pues los oficiales amotinados no
cuestionaban el orden constitucional sino que le pedían al gobierno que solucionara el problema
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de un grupo de oficiales. Tampoco tuvieron, a diferencia de todos aquellos levantamientos


anteriores, el respaldo de sectores de la sociedad Civil, que normalmente eran los motores de
los golpes. Cuestionaban en cambio, y con vehemencia, la propia conducción del Ejército: los
generales que descargaban sus responsabilidades en los subordinados, y que además eran
responsables de la derrota en Malvinas y de
la “entrega” del país a los intereses
extranjeros, pues los amotinados asumieron
las consignas del nacionalismo
fascistizante, así como formas de acción
verdaderamente subversivas del orden
militar, movilizando a las bases —es decir,
a los oficiales de baja graduación— y
proclamándose como la conducción del
auténtico Ejército nacional.
Frente a ellos, la reacción de la sociedad
civil fue unánime y masiva. Todos los
partidos políticos y todas las organizaciones
de la sociedad —patronales, sindicales,
culturales, civiles de todo tipo—
manifestaron activamente su apoyo al
orden institucional, firmaron un Acta de
Compromiso Democrático —que incluía
desde las organizaciones empresarias a los
dirigentes de izquierda— y rodearon al
gobierno. La reacción masiva e instantánea
permitió evitar deserciones o
ambigüedades, y cortó toda posibilidad de
apoyo civil a los amotinados. La civilidad se
movilizó, llenó las plazas del país y se
mantuvo en vigilia durante los cuatro días
que duró el episodio. Muchos de ellos
estaban dispuestos a marchar sobre
Campo de Mayo. La tensión del polo civil —
que en el fondo era el gran respaldo del
gobierno— fue máxima. Alcanzó para parar
un ataque directo a la institucionalidad, peto no fue suficiente para que los militares se
doblegaran ante la sociedad. Aunque el motín suscitó pocas adhesiones explícitas entre los
militares, en el fondo todos acordaban con sus camaradas “carapintadas”: ninguno de ellos
estuvo dispuesto a disparar un tiro para obligarlos a deponer su actitud.
Durante las cuatro tensas jornadas hubo muchas negociaciones, pero éstas no se concretaron
hasta que Alfonsín quien presidía la gran concentración cívica de la Plaza de Mayo— no se
entrevistó con los amotinados en Campo de Mayo. Se llegó a un extraño acuerdo. El gobierno
sostuvo que haría lo que ya había decidido hacer —lo que sería la ley de Obediencia Debida,
que exculpaba masivamente a los subordinados— y los amotinados no impusieron ninguna
condición y aceptaron la responsabilidad de su acción. Pero para todos apareció como una
claudicación, en parte porque así lo presentaron tanto los “carapintadas” amotinados como la
oposición política, que no quiso asumir ninguna responsabilidad en el acuerdo. Pero pesó
mucho más el desencanto, la evidencia del fin de la ilusión: la civilidad era incapaz de doblegar
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a los militares. Para la sociedad, era el fin de la ilusión de la democracia. Para el gobierno, el
fracaso de su intento de resolver de manera digna el enfrentamiento del Ejército con la
sociedad, y el comienzo de un largo y desgastante calvario.
Comparativamente, el combate con la corporación sindical, que tuvo resultados similares, fue
mucho menos heroico. El poder de los sindicalistas, restaurado en parte al final del gobierno
militar, se hallaba debilitado por la derrota electoral del peronismo —en cuya conducción los
dirigentes sindicales tenían un peso importante y en general por el repudio de la sociedad a las
viejas prácticas de la corporación que habían aflorado durante la campaña, a lo que debía
sumarse la profunda división existente entre los dirigentes. Por otra parte, su situación era
institucionalmente precaria: buena parte de la legislación que normaba la acción gremial había
sido barrida por el régimen militar; muchos sindicatos estaban intervenidos, y en otros los
dirigentes sólo tenían títulos provisionales o mandatos prorrogados desde 1975, de modo que la
normalización electoral debía ser inmediata.
El gobierno se propuso aprovechar esa debilidad relativa, así como el respaldo de la civilidad
que, según juzgaban, debía incluir sectores no desdeñables de trabajadores, cuya voluntad
participativa se manifestaba claramente, y se lanzó a democratizar los sindicatos, para abrir las
puertas a un espectro más amplio de corrientes. El ministro Mucci —un veterano sindicalista de
origen socialista— proyectó una ley de normalización institucional de los sindicatos que incluía
el voto secreto, directo y obligatorio, la representación de las minorías, la limitación de la
reelección, y sobre todo la fiscalización de los comicios por el Estado. Se trataba de un desafío
frontal, ante el cual se unificaron todas las corrientes del peronismo gremial y político: en marzo
de 1984 la ley fue aprobada en la Cámara de Diputados pero el Senado la rechazó, por un
único pero decisivo voto. De inmediato el gobierno arrió banderas, puso a funcionarios más
flexibles al frente de la negociación con los gremialistas y acordó con ellos nuevas normas
electorales. A mediados de 1985 se habían normalizado los cuerpos directivos de los
sindicatos, y aunque las listas de oposición habían ganado algunos lugares, en lo esencial las
viejas direcciones resultaron confirmadas.
El impulso civil y democrático había experimentado un temprano y fuerte contraste ante el
poder sindical reconstituido, que apoyándose en las crecientes dificultades económicas se
enfrentó sistemáticamente con el gobierno. Entre 1984 y 1988, cuando decidió concentrar su
atención en la campaña electoral, la CGT organizó trece paros generales contra el gobierno
constitucional, cifra que contrastaba con la escasa movilización en tiempos del anterior gobierno
militar. Salvo el breve período posterior a junio de 1985, cuando el gobierno obtuvo un respaldo
importante de la sociedad para su plan económico, convalidado en la excelente elección de
noviembre, la presión de la CGT fue intensa. Se apoyó en las indudables tensiones sociales
generadas por la inflación —que llevaba a una permanente lucha por mantener el salario real—
y los comienzos del ajuste del sector estatal, que movilizó particularmente a los empleados
públicos, pero su carácter fue dominantemente político. Los sindicalistas lograron expresar de
manera unificada el descontento social, e integrar a sectores no sindicalizados, como los
jubilados, pero también hicieron alianzas con los empresarios, la Iglesia y los grupos de
izquierda. Los reclamos fueron poco coherentes —incluían desde las aspiraciones más liberales
del establishment económico hasta pedidos de ruptura con el Fondo Monetario— pero se
unificaban en un común ataque contra el gobierno, que incluyó en algún momento de exaltación
el reclamo de que “se vayan”.
La CGT no rehusó participar en las instancias de concertación que abrió el gobierno, pero lo
hizo con el estilo que había desplegado exitosamente entre 1955 y 1973: negociar y golpear,
conversar y abandonar la negociación con un “portazo”, lo cual permitió unir y galvanizar las
fuerzas propias, que en otros aspectos presentaban profundas diferencias. Saúl Ubaldini,
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dirigente de un pequeño sindicato y secretario general de la CGT, fue la figura característica de


esta etapa, no sólo por su peculiar estilo, adecuado para sellar el arco de alianzas del mundo
del trabajo y la pobreza, sino sobre todo porque su escasa fuerza propia lo convertía en punto
de equilibrio entre las distintas corrientes en que se dividía el sindicalismo.
El gobierno, que abrió permanentemente los espacios para el diálogo y la concertación, pero sin
discutir los lineamientos de la política económica pudo resistir bien el fuerte embate sindical,
pese a los inconvenientes que significaba para la estabilización económica, en tanto contó con
el apoyo consistente de la civilidad y la escasa presión de otras fuerzas corporativas. La
apertura de distintos frentes de oposición, y muy particularmente el militar, impulsaron al
gobierno a una maniobra audaz: concertar con un grupo importante de sindicatos —los “15”,
que incluían a los más importantes de la actividad privada y de las empresas del Estado— y
nombrar a uno de sus dirigentes en el cargo de ministro de Trabajo. El acuerdo era
transparente y casi grosero, e incluía la sanción del conjunto de leyes que organizaba la
actividad sindical —de asociaciones profesionales, de convenciones colectivas, de obras
sociales, controladas por los sindicatos— en términos similares a los de 1975. A cambio de
esas importantes concesiones, el gobierno —que sacrificaba principios enunciados
largamente— obtenía poco: una relativa tregua social, pues la oposición sindical quedó
profundamente dividida, y un eventual apoyo político, que en rigor nunca se concretó. Quizá
también, un respaldo frente al embate de la corporación militar, que no debía darse por
descontado. Luego de la victoria del peronismo en la elección de septiembre de 1987, el
gobierno prescindió de su ministro—sindicalista, pero mantuvo los compromisos. Con la nueva
legislación, el poder de la corporación sindical quedaba plenamente reconstituido y la ilusión de
la civilidad democrática de someterlos a sus reglas se desvanecía.

El Plan Austral
En la estrategia seguida ante el poder sindical se había optado inicialmente por el
enfrentamiento, desdeñando la posibilidad de concertar con él soluciones a la crisis económica.
En verdad, aunque al principio pareció mucho urgente que los problemas políticos, esta
cuestión era extremadamente grave. La inflación, desatada desde mediados de 1982, estaba
institucionalizada, y todos los actores habían incorporado a sus prácticas el supuesto de la
incertidumbre y la especulación, incluso para defender modestos ingresos. Junto con el déficit
fiscal y la deuda externa, que seguía creciendo, constituían la parte más visible del problema,
que se prolongaba en una economía estancada desde principios de la década, cerrada e
ineficiente y fuertemente vulnerable en lo externo, en la que escaseaban los empresarios
dispuestos a arriesgar y apostar al crecimiento y donde los grupos económicos más
concentrados, que a través del Estado absorbían recursos de toda la sociedad, habían
alcanzado la posibilidad de bloquear los intentos que desde el poder público se hicieran para
modificar su situación.
Pese a que el flujo de capitales se había cortado desde 1981, la deuda externa seguía
creciendo por la acumulación de intereses, al punto de que al fin de la década duplicaría con
exceso los valores de 1981, y el Estado, que en 1982 había asumido la deuda de los
particulares, cargaba con el pago de unos servicios que insumían buena parte de sus ingresos
corrientes. Ciertamente, esas obligaciones se refinanciaban con frecuencia, pero sólo cuando
se contaba con la buena voluntad del Fondo Monetario Internacional, que a cambio exigía la
adopción de políticas orientadas principalmente a aumentar la capacidad inmediata de pago de
los servicios. El Estado, a su vez, afrontaba un déficit creciente, cuyo origen lejano quizá podía
ubicarse -como afirmaban sus críticos liberales- en la magnitud del aparato de servicios
sociales crecido en épocas de mayor bonanza, pero sobre todo en la más reciente caída
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espectacular de sus recaudaciones, en el peso de los pagos al exterior y en la magnitud de las


subvenciones de todo tipo que recibían los sectores empresarios ligados a él en forma
parasitaria. Esa masa de gastos debía afrontarse con recaudaciones en baja, comidas por la
inflación y la indisciplina de los contribuyentes, sin crédito externo ni interno -todo el mundo
transformaba sus ahorros en dólares- y sin grandes bolsas de recursos acumulados de donde
tomarlos, como en otros tiempos lo habían sido los excedentes del comercio exterior o los de
las cajas de jubilaciones. El problema, que en lo inmediato repercutía en una inflación
permanente que distorsionaba las condiciones de la economía, afectaba finalmente la propia
capacidad del Estado para gobernar efectivamente la economía y la sociedad misma.
Si a la distancia la necesidad de encarar soluciones de fondo puede resultar evidente, en el
momento pareció necesario subordinarlas a las necesidades de la reconstrucción de un sistema
democrático todavía débil y de un Estado más débil aún. El nuevo gobierno y muchos de
quienes lo acompañaron consideraron prioritario no crear divisiones en el campo de la civilidad,
que constituía su gran apoyo, y evitar al conjunto de la población los costos de una reforma
profunda, cuya necesidad, por otra parte, no parecía evidente, sobre todo si alguno de los
rumbos elegidos chocaba con tradiciones sólidamente arraigadas acerca de los deberes y
funciones del Estado. Por otra parte, si esas reformas habrían de tener un sentido democrático,
equitativo y justo, sólo serían viables con un poder estatal fuerte y sólidamente respaldado.
Durante el primer año del gobierno radical, la política económica, orientada por el ministro
Grinspun, se ajustó a las fórmulas dirigistas y redistributivas clásicas, similares a las aplicadas
entre 1963 y 1966, que en sus rasgos generales el radicalismo compartía con el peronismo
histórico. La mejora de las remuneraciones de los trabajadores, junto con créditos ágiles a los
empresarios medios, sirvió para la reactivación del mercado interno y la movilización de la
capacidad ociosa del aparato productivo. La política incluía el control estatal del crédito, el
mercado de cambios y los precios, y se completaba con importantes medidas de acción social,
como el Programa Alimentario Nacional, que proveyó a las necesidades mínimas de los
sectores más pobres. Con todo ello, no sólo se apuntaba a mejorar la situación de los sectores
medios y populares, sino a satisfacer las demandas de justicia y equidad social, que habían
sido banderas en la campaña electoral. Tal política concitó la activa oposición de distintos
sectores empresarios, que esgrimieron las consignas del liberalismo contra lo que denominaban
populismo e intervencionismo estatal, pero también la resistencia de la CGT, en este caso de
raíz definidamente política, lo que hizo fracasar los intentos de concertación que eran parte de
la estrategia del gobierno.
Este debió afrontar a la vez un juego de pinzas de los dos grandes actores corporativos —
unidos para el ataque— y una puja desatada por la distribución del ingreso, agudizada por la
fuerte inflación. Todo ponía de manifiesto la insuficiencia de una política que no tomaba en
cuenta la radical transformación de las condiciones de la economía luego de 1975, el deterioro
del aparato productivo y su incapacidad para reaccionar eficientemente ante los estímulos de la
demanda, la magnitud del déficit fiscal y de la deuda externa. Con ésta se osciló entre dos
caminos, que reflejaban ambos el espíritu del impulso democrático de la hora pero resultaron
igualmente inconducentes. Se trató de lograr la buena voluntad de los acreedores, con el
argumento de que las jóvenes democracias debían ser protegidas, y se los amenazó con la
constitución de un “club de deudores” latinoamericano, que repudiara la deuda en conjunto.
A principios de 1985, cuando la inflación amenazaba desbordar en una hiperinflación, la
conflictividad social se agudizaba y los acreedores externos hacían sentir enérgicamente su
disconformidad, el presidente Alfonsín reemplazó a su ministro de Economía por Juan
Sourrouille, un técnico recientemente acercado al radicalismo, que lo acompañó casi hasta el
final de su gobierno. Para formular su plan de acción, el ministro necesitó casi cuatro meses,
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

que fueron terriblemente duros para el gobierno, pues al descontrol de la economía se sumaba
la movilización de la CGT con su plan de lucha, la de los distintos sectores empresarios y sus
voceros políticos, particularmente Alsogaray y el ex presidente Frondizi, y sobre todo la
agitación militar, en vísperas del inicio del juicio a las Juntas. A fines de abril, la civilidad,
convocada a la Plaza de Mayo para defender al gobierno y desbaratar un posible golpe de
Estado, recibió el anuncio del inicio de una “economía de guerra”, que anuló los últimos intentos
de concertación. El 14 de mayo de 1985, finalmente, se anunció el nuevo plan económico,
bautizado como Plan Austral.
Su objetivo era superar la coyuntura adversa y estabilizar la economía en el corto plazo, de
modo de crear las condiciones para poder proyectar transformaciones más profundas, de
reforma o de crecimiento. Aunque éstas no estaban enunciadas, sin duda incluían desalentar
las conductas especulativas, estimuladas por la inflación, e impulsar a los actores económicos
hacia acciones orientadas a la inversión productiva y el crecimiento. Pero lo urgente era detener
la inflación. Se congelaron simultáneamente precios, salarios y tarifas de servicios públicos, se
regularon los cambios y tasas de interés, se suprimió la emisión monetaria para equilibrar el
déficit fiscal —lo que suponía asumir una rígida disciplina en gastos e ingresos—, y se
eliminaron los mecanismos de indexación desarrollados durante la anterior etapa de alta
inflación y responsables de su mantenimiento inercial. Símbolo del inicio de una nueva etapa,
se cambiaba la moneda y el peso era reemplazado por el austral.
Elaborado por un equipo técnico de excelente nivel pero ajeno tanto al partido gobernante como
a cualquiera de los grandes grupos de interés, el plan se sustentaba exclusivamente en el
respaldo del gobierno, de incierto valor, y en su capacidad para suscitar apoyo en la sociedad.
Rápidamente logró frenar la inflación, y así se ganó ese apoyo general, para lo cual fue decisivo
que el plan no afectara específicamente a ningún sector de la sociedad. No hubo caída de la
actividad ni desocupación, que tradicionalmente eran la clave de los planes de estabilización,
pero tampoco se afectó a los sectores empresariales, incluyendo a los que medraban con el
Estado, cuyos contratos fueron en general respetados. El ajuste fiscal fue sensible pero no
dramático: los salarios de los empleados estatales fueron congelados más estrictamente que
los del sector privado, pero no hubo despidos; la recaudación mejoró sobre todo como
consecuencia de la reducción fuerte de la inflación, sumado a algunos impuestos
excepcionales, pero no hubo drásticas reducciones en los gastos del Estado. Los acreedores
externos se sentían tranquilos tanto por la manifiesta intención del gobierno de cumplir los
compromisos como por la augurada mejora de las finanzas estatales, y sobre todo por el firme
apoyo que el plan recibió tanto del gobierno norteamericano como de las principales
instituciones económicas internacionales.
Se trataba del “plan de todos”, quizá la más pura de las realizaciones de la ilusión democrática:
entre todos, con solidaridad y sin dolor podían solucionarse los problemas más complejos, aun
aquellos que implicaban choques de intereses más profundos. El gobierno obtuvo su premio en
las elecciones parciales de noviembre de 1985: apenas seis meses después de estar el país al
borde del caos, logró un claro éxito electoral que significaba el apoyo general de la civilidad a la
política económica. La novedad estaba, sin embargo, en que en la preocupación general, las
cuestiones económicas habían pasado al primer plano, de modo que en lo sucesivo, éxitos y
fracasos se medirían por ellas.
La placidez duró poco. Ya desde fines de 1985 se advirtió la vuelta incipiente de la inflación,
que el gobierno debió reconocer en abril de 1986 con un “sinceramiento” y ajuste parcial.
Influyeron en parte las dificultades crecientes en el sector externo, debido al derrumbe de los
precios mundiales de los cereales como consecuencia de decisiones políticas de Estados
Unidos, que afectó tanto los ingresos del Estado como de los productores rurales. Se sumó el
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aflojamiento de la disciplina social que requería el plan, sensible a cualquier intento de modificar
los precios relativos. Renacieron las pujas corporativas, que realimentaron la inflación: la CGT,
embanderada contra e congelamiento salarial, que afectaba sobre todo a los empleados
estatales, y los empresarios, liderados por los productores rurales, que se movilizaron contra el
congelamiento de precios. Curiosamente, ambos coincidían en un reclamo común contra el
Estado. La reaparición tan rápida de los viejos problemas indicaba que, en el fondo, nada había
cambiado demasiado. El plan, eficaz para la estabilización rápida, no preveía cambiar las
condiciones de fondo, o intentaba hacerlo con ajustes que no supusieran ni dolores ni
conflictos. Se intentó reactivar la inversión extranjera, especialmente en el área petrolera —el
presidente Alfonsín anunció este plan en Houston, capital de las grandes empresas
petroleras—, y también se esbozaron planes de reforma fiscal más profunda, privatización de
empresas estatales y desregulación de la economía. Todo ello chocaba con ideas y
convicciones muy firmes en la sociedad, arraigadas tanto en el peronismo como en el propio
partido gobernante, de donde surgieron bloqueos a estas iniciativas. Sobre todo, cualquiera de
estos rumbos hubiera significado, a diferencia del Plan Austral, enfrentarse con alguno de los
fuertes intereses constituidos, o gravar al grueso de la sociedad con los costos de la reforma. A
medida que se hacía más clara la necesidad de encarar soluciones de fondo, el gobierno
radical descubría que sus bases de apoyo eran más tenues.
Quizá por eso a principios de 1987, cuando se volvía a agudizar la conflictividad social, el
gobierno decidió recostarse en los grandes grupos corporativos a los que en un principio había
acusado y combatido. En momentos en que un sindicalista, propuesto por un conjunto de los
más importantes sindicatos, se hacía cargo del Ministerio de Trabajo, un grupo de funcionarios
de las grandes empresas ligadas a los contratos estatales fue convocado para dirigir las
empresas públicas y un político radical de militancia en las asociaciones rurales era nombrado
secretario de Agricultura. Se renunciaba al sueño de controlar las corporaciones, se cerraba la
etapa de la ilusión del predominio del interés público, y volvían a dominar los intereses
particulares de los distintos sectores de la sociedad, y entre ellos, naturalmente, los de los más
poderosos. Ventajas e inconvenientes de la nueva política se balancearon: la tregua social
lograda tuvo como contrapartida el bloqueo que las distintas corporaciones imponían a políticas
que las pudieran afectar. Empresarios y sindicalistas dejaron de estar de acuerdo, sobre todo
cuando estos lograron la sanción de la legislación gremial que acababa con las expectativas de
flexibilizar las relaciones salariales. Pero, por otra parte, cuando en abril de 1987 los militares
desafiaron el poder civil, por primera vez desde 1930 no encontraron ningún apoyo en la
sociedad. En cierto sentido, la institucionalidad democrática estaba salvada, a costa de la
posibilidad de una reforma de la economía encarada democráticamente.
En julio de 1987 el gobierno encaró un nuevo plan de reformas, que contó con el aval de los
principales organismos externos —particularmente el Banco Mundial, cuya política empezó a
distanciarse de la del FMI- y que procuró conciliar la necesidad del ajuste del Estado con los
intereses de los grandes empresarios. Una reforma impositiva más dura y profunda debía
acompañarse de una política de privatización de empresas estatales y de una drástica
reducción de sus gastos. Pero este intento nació sin la fuerza política capaz de sustentarlo,
sobre todo luego de la derrota electoral de septiembre de 1987. En noviembre, los gremialistas
se alejaron del gabinete. A los conflictos entre sindicalistas y empresarios se sumó la dificultad
de éstos, divididos en sectores de intereses contrapuestos, para proponer una línea común de
acción. El peronismo, sobre todo, apuntando con nuevo optimismo a las elecciones
presidenciales de 1989, se negó a respaldar reformas cuyo costo social era evidente. De ese
modo, la proyectada reconciliación con las corporaciones, que supuso un fuerte deterioro de la
imagen del gobierno radical ante la civilidad, no rindió tampoco los frutos esperados en el
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

terreno económico, donde la inestabilidad y la sensación de falta de gobernabilidad fueron


crecientes.

La apelación a la civilidad
Inicialmente el gobierno radical sólo había sido tolerado por las grandes corporaciones —en
rigor, el candidato peronista hubiera satisfecho mucho más cabalmente a las Fuerzas Armadas
y a la Iglesia—, de
modo que debía
respaldarse en su
poder institucional.
Pero allí también su
apoyo era limitado,
particularmente en
el Congreso: la
mayoría que
tuvieron los
radicales en la
Cámara de
Diputados hasta
1987 se
contrapesaba con la
mayoría relativa de
los peronistas en el
Senado, donde un
grupo de
representantes de
partidos provinciales
desempeñaban el
beneficioso papel de
árbitros
inconstantes. Así,
los dos grandes
partidos tenían en el
Congreso —que era
el corazón del
sistema
democrático— la
posibilidad de
vetarse
recíprocamente, y
como no había
habido acuerdos
previos sobre cómo
se conduciría el
proceso político, que nadie dudaba en calificar como transicional, fue más difícil aún llegar a
ellos cuando cada partido procuraba desempeñar con eficacia sus respectivos papeles de
oficialismo y oposición.

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Esta situación planteaba un problema para el gobierno, necesitado de un fuerte apoyo


institucional en la resolución de los problemas de la crisis, y también para el proceso, todavía
frágil, de institucionalización de la democracia. A menudo, al gobierno se le planteó la opción de
gobernar efectivamente, desplegando su voluntad política pero tensando las cuerdas del
sistema institucional, o tratar de concertar las distintas opiniones y llegar a acuerdos que, al
costo de soslayar problemas y opciones, fortalecieran el sistema institucional. Tironeado por
distintas tradiciones políticas, el gobierno radical adoptó, mientras pudo, una suerte de vía
media entre ambas alternativas.
Los grandes apoyos del gobierno se encontraban en el radicalismo, y en el amplio conjunto de
la civilidad que directa o indirectamente lo había respaldado. Se trataba de un actor político
mucho más inestable que aquél pero que, por las peculiares circunstancias de la crisis del
régimen militar, tenía inicialmente un gran poder. La Unión Cívica Radical había sido
tradicionalmente el gran partido de la civilidad, y el que contaba con mayores antecedentes y
capacidades para organizarla y galvanizarla. En realidad, se trataba de un partido complejo y
fragmentario en el que coexistían variadas tendencias y donde se representaban múltiples
intereses, a menudo de peso local o regional, todo lo cual daba un gran mosaico, difícil de
unificar.
Desde 1983 Raúl Alfonsín estableció un fuerte liderazgo, sobre todo capitalizando en el interior
del partido el gran apoyo que había ganado en la civilidad. Su agrupación interna, el Movimiento
de Renovación y Cambio —que fundó en 1972, cuando disputaba la conducción con Ricardo
Balbín—, era poco más que una red de alianzas personales a la vez eficaz y poco consistente
cuando se trataba no ya de ganar elecciones internas sino de proponer a la sociedad grandes
líneas programáticas. Más notable fue la acción de un grupo de dirigentes jóvene5 provenientes
en su mayoría de la militancia universitaria, que integró la Junta Coordinadora Nacional, o
simplemente la “Coordinadora”. Surgido hacia 1968, el grupo arrastraba en sus ideas y modos
de acción mucho de la experiencia que culminó en 1975: confluencia de tradiciones socialistas
y antiimperialistas, sentido de la militancia orgánica y la disciplina partidaria, fe en la
movilización de las masas. Volcados en 1982 a la vida partidaria detrás de Alfonsín, aportaron
algunos elementos ideológicos a su discurso, pero sobre todo una gran capacidad para la
organización y la movilización de esa civilidad que estaba constituyéndose en actor político, y a
la que Alfonsín convocaba con el programa de la Constitución. También aportaron cuadros
eficaces, tanto para la lucha partidaria como para la administración del país, y en ambos
campos sobresalieron por su disciplina, su eficacia y también su pragmatismo, en el difícil arte
de tejer alianzas y en la ejecución de políticas que sólo genéricamente podían filiarse en los
contenidos programáticos originales. La Coordinadora ganó mucho poder, y suscitó resistencias
internas, en un contexto de disputa partidaria en el que la unidad, difícil y precaria, sólo podía
mantenerse gracias a la conducción, fuerte y en cierto modo caudillesca, de quien era a la vez
presidente de la Nación y del partido.
El pacto entre Alfonsín y la civilidad se selló en la notable campaña electoral de 1983, en sus
grandes actos masivos y en la fe común en la democracia como panacea. Consciente de que
allí residía su gran capital político, Alfonsín siguió utilizando esa movilización, convocándola en
ocasiones a Plaza de Mayo o al referéndum para resolver situaciones difíciles, como la
resistencia del Senado a aprobar el tratado por el Beagle, o el cúmulo de amenazas que se
cernía en las vísperas del Plan Austral. Pero, sobre todo, trabajó intensamente en su
educación, en la constitución de la civilidad como político maduro y consciente. Para la
movilización callejera -un estilo político emparentado con el de las grandes jornadas de diez
años atrás- la Coordinadora era insustituible, pero para esta otra labor necesitó del apoyo de
importante conjunto de intelectuales, convocados para asesorarlo en diversos lugares e
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instancias. Estos le suministraron los insumos de ideas, reelaboradas y volcadas con singular
pericia por un dirigente que —como ha puntualizado Carlos Altamirano— estaba convencido de
que el único gobierno legítimo era el que se basaba en el convencimiento de la sociedad por
medio argumentos racionales.
Alfonsín le propuso los grandes temas y las grandes metas. La lucha contra el autoritarismo y
por la democratización cubrió la primera fase de gobierno, pero desde el Plan Austral, y sobre
todo luego del triunfo elector de noviembre de 1985, su discurso se orientó hacia los temas del
pacto democrático, la participación y la concertación, y hacia la nueva meta de la
modernización, un concepto que incluía desde las estructuras institucionales hasta los
mecanismos de la economía, en los que las cuestiones de la reforma del Estado, la apertura y
la desregulación aparecían formulados en el contexto de la democracia, la equidad y la ética de
la solidaridad. Tales temas se manifestaron en una serie de reformas concretas, que
sucesivamente propuso: la reforma del Estado, el traslado de la Capital al sur, la reforma
constitucional, no concretadas pero con las que logró mantener la iniciativa en discusión
pública. En todos ellos subyacía una inquietud común: la convergencia de distintas tradiciones
políticas detrás de un proyecto democrático y modernizador común. También una tentación: la
articulación de esas tradiciones en un movimiento político que las sintetizara y que, con
referencia los antecedentes del yrigoyenismo y el peronismo, comenzó a denominar el tercer
movimiento histórico.
Este planteo, que nunca llegó a explicitarse plenamente, hizo rechinar la estructura del partido
gobernante, que llevaba cuatro décadas combatiendo el movimientismo: de Perón, de Frondizi,
de la corporación sindical, de algunos sectores empresarios. Pero, sobre todo, la apelación a
movilización de la civilidad, sumada al fuerte protagonismo presidencial, suscitó dudas sobre su
relación armónica con el proceso de institucionalización democrática. Dado el equilibrio de
fuerzas y el reparto de posiciones institucionales, el gobierno debió a menudo elegir entre
atenerse estrictamente a las normas republicanas, lo que en muchos casos hubiera llevado a
una concertación tal que implicaba renunciar a los objetivos programáticos, o combinar aquel
apoyo, de naturaleza más bien plebiscitaria, con el amplio margen de autoridad presidencial
que las normas y los antecedentes acordaban, y así presionar al Congreso desde la calle,
pasarlo por alto, orientar quizás a la Justicia. En varios casos, el gobierno de Alfonsín avanzó
por este camino, pero sus sólidas convicciones éticas lo frenaron pronto, y con ello, moderaron
una voluntad política que, contra Maquiavelo, se negaba a convertir en razón suprema.
Las frágiles bases de su poder residían en la coherencia y tensión de esa civilidad que lo había
consagrado presidente. Sus limitaciones pasaban por la fidelidad al pacto inicial, construido en
torno del principio del bien común, pronto corroído por el resurgimiento de los intereses
sectoriales, por la primacía de nuevas cuestiones, no contempladas inicialmente, corno la
económica, y por la emergencia de nuevas alternativas políticas, que lo privaron de la iniciativa
discursiva. Estas surgieron a izquierda y derecha, pero sobre todo de un peronismo renovado.
Un heterogéneo conjunto de fuerzas provenientes de la izquierda y de la experiencia de 1973
se nucleó en torno del Partido Intransigente (PI), con un programa que se ubicaba en el mismo
terreno que el del alfonsinismo —la defensa de los derechos humanos, la reivindicación de la
civilidad y la democracia— aunque agregaba consignas nacionalistas y antiimperialistas,
aplicadas a la cuestión de la deuda externa. Inicialmente esta fuerza aspiró —de una manera ya
conocida en la izquierda— a capitalizar la prevista disgregación del peronismo, pero luego se
dedicó a señalar la infidelidad del gobierno al programa primigenio y a radicalizar las consignas
de los derechos humanos, al tiempo que el antiimperialismo le permitía sintonizar con aquellos
sectores del sindicalismo que levantaron la bandera del repudio a la deuda externa. No lograron

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sin embargo constituir un polo alternativo: el PI se disgregó y fue absorbido por el peronismo
renovado.
A la derecha, e intentando también aprovechar el debilitamiento de la bipolaridad de 1983,
creció la Unión del Centro Democrático, fundada por Álvaro Alsogaray, el veterano mentor de
las ideas liberales. Esas ideas, que gozaban de un gran predicamento en el mundo, en el
contexto de la crisis del bloque soviético y el del Estado de bienestar, fueron traducidas aquí de
una manera novedosa y atractiva por un partido que encontró en el contexto de la democracia
la fórmula de la popularidad, particularmente entre los jóvenes. Su éxito electoral fue relativo —
no logró afirmarse más allá de la Capital- aunque pudo aspirar a convertirse en la tercera
fuerza, que arbitrara entre radicales y peronistas. Mucho más rotundo fue su éxito ideológico,
sobre todo a medida que la crisis económica ponía de relieve la necesidad de soluciones de
fondo. No es seguro que el liberalismo las tuviera, pero en cambio disponía de recetas fáciles y
atractivas, y de una aguda capacidad para señalar los males del estatismo y el dirigismo.
Compitió con éxito con el alfonsinismo en la educación de la civilidad, y hasta reclutó adeptos
en el propio partido gobernante.
Al competir con la fuerza gobernante en el terreno de la opinión pública, los partidos y las
instituciones, izquierdas y derechas -con la salvedad de grupos extremos y minoritarios-
contribuyeron a reforzar la institucionalidad. Algo similar ocurrió con el peronismo después de
una etapa inicial de vacilación. Inmediatamente después de las elecciones de 1983, y en medio
de un gran desconcierto y de profundas divisiones, predominaron quienes -encabezados por el
dirigente de Avellaneda Herminio Iglesias- quisieron combatir al gobierno desde las viejas
posiciones nacionalistas de derecha, y alentaron el acuerdo de políticos y sindicalistas
peronistas con los militares y con quienes, como el ex presidente Frondizi, se habían convertido
en sus voceros. En ese contexto, se opusieron al acuerdo con Chile y fueron categóricamente
derrotados en el plebiscito. Progresivamente fue articulándose dentro del peronismo una
corriente opuesta —la renovación— que combatió duramente con la conducción oficial, al punto
de que en 1985 se dividió el bloque de Diputados, hasta que a fines de ese año conquistó la
preeminencia en el partido. El peronismo renovador —cuyas principales figuras eran Antonio
Cafiero, Carlos Grosso, José Manuel de la Sota y el gobernador de La Rioja, Carlos Menem—
se proponía adecuar el peronismo al nuevo contexto democrático, insertarse en el discurso de
la civilidad y agregarle el de las demandas sociales tradicionalmente asumidas por el
peronismo, compitiendo desde la izquierda de su propio terreno con el gobierno, a quien
acompañaron incluso en temas como el plebiscito sobre el Beagle. Cuando se produjo la crisis
militar de Semana Santa de 1987, el comportamiento de los dirigentes renovadores fue
impecable: manifestaron una solidaridad total con la institucionalidad democrática y respaldaron
sin condiciones al gobierno. No sólo inscribían al peronismo en el juego democrático, sino que,
finalmente, parecían crear la condición de éste: la posible alternancia entre partidos
competidores y copartícipes.

El fin de la ilusión
El año 1987 fue decisivo para el gobierno de Alfonsín. El episodio de Semana Santa representó
la culminación de la participación de la civilidad, el máximo de tensión que se podía alcanzar, y
al mismo tiempo la evidencia de su limitación para doblegar un factor de poder igualmente
tensado. En la Pascua de 1987 concluyó definitivamente la ilusión del poder ilimitado de la
democracia. Además, y ya embarcado en la negociación con los distintos intereses que habían
sobrevivido al embate civil —militares, empresarios, sindicalistas—, Alfonsín perdió la
exclusividad del liderazgo sobre la civilidad. Si bien los competidores de derecha e izquierda
cosecharon algo, las mayores ganancias fueron para el peronismo renovador. En un clima de
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deterioro económico agudizado y de inflación creciente, las elecciones de septiembre de 1987


les dieron un triunfo si no categórico, claramente importante: el radicalismo perdió la mayoría en
la Cámara de Diputados, y el control de todas las gobernaciones, con excepción de dos,
Córdoba y Río Negro, únicos distritos, junto con la Capital Federal, donde logró triunfar.
El gobierno sintió fuertemente el impacto de una derrota que cuestionaba su misma legitimidad
y su capacidad de gobernar, y desde entonces hasta que traspasó el gobierno, en julio de 1989,
las dificultades para su gestión fueron crecientes, hasta llegar a convertirse en un calvario. El
plan económico lanzado en julio y completado en octubre le dio un momentáneo respiro, sobre
todo porque la oposición peronista aceptó compartir la responsabilidad en la aprobación de los
nuevos impuestos necesarios para equilibrar las cuentas del Estado. Pero no acompañó al
gobierno en las transformaciones de fondo, como el programa de privatización de empresas
estatales, de modo que la credibilidad de la nueva orientación fue escasa y los signos de la
crisis —fuerte inflación, incapacidad para afrontar los pagos de la deuda— pronto
reaparecieron. En el propio partido, alzaron sus voces los disconformes con la conducción de
Alfonsín, quien rápidamente propuso como candidato presidencial para 1989 al gobernador de
Córdoba, Eduardo Angeloz, proveniente de los sectores más tradicionales y escasamente
identificado con las tendencias del alfonsinismo.
La cuestión militar, no cerrada en abril de 1987, tuvo dos nuevos episodios, en parte porque la
situación de los oficiales seguía irresoluta, pero sobre todo porque los activistas militares
estaban dispuestos a aprovechar la debilidad del gobierno. En enero de 1988 el teniente
coronel Rico, jefe de aquel alzamiento, huyó de su prisión y volvió a sublevarse en un lejano
regimiento en el nordeste. A diferencia del año anterior, la movilización fue mínima, aunque
también el respaldo militar a los sublevados resultó escaso: Rico fue perseguido por el Ejército
y, luego de un breve combate, se rindió y fue encarcelado en un establecimiento penal.
A fines de 1988 hubo una nueva sublevación, encabezada por el coronel Seineldín, que como
Rico pertenecía al selecto grupo de los “héroes de las Malvinas”, y a quienes todos sindicaban
como el verdadero jefe de los “carapintadas”. Seineldín se sublevó en un regimiento en el límite
mismo de la Capital y reclamó una amplia amnistía y una reivindicación de la institución. Como
en Semana Santa, se comprobó que el grueso del Ejército, probablemente porciones
importantes de las otras armas, compartían sus ideas, se negaban a reprimirlo y hasta hacían
suyo su programa. Como en Semana Santa, y pese a que los amotinados terminaron en
prisión, el resultado final fue incierto. Desde el punto de vista del gobierno, quedaba claro que
no acertaba a conformar ni a la civilidad —que lo encontraba claudicante— ni a los oficiales,
cuyos reclamos pasaban de la “amplia amnistía” al indulto a lo condenados y la reivindicación
de la lucha contra la subversión. En definitiva, había fracasado el proyecto de reconciliar a la
sociedad con las Fuerzas Armadas. Aquélla se sentía totalmente ajena a las inquietudes de los
“carapintadas”, y aun quienes tradicionalmente habían apelado a los militares repudiaban su
actitud subversiva y el nacionalismo fascistizante que esgrimían. Éstas, por su parte, se
encerraban en reivindicaciones absolutamente corporativas, pues la demanda de su
rehabilitación se sumaba a novedosos planteos salariales que mostraban cómo la crisis del
Estado también los había alcanzado a ellos.
En enero de 1989 un grupo terrorista, escaso en número, pobre en recursos, aislado y
trasnochado, asaltó el cuartel de La Tablada en el Gran Buenos Aires y el Ejército encontró la
ocasión para realizar una aplastante demostración de fuerza, que culminó con el aniquilamiento
de los asaltantes. El reconocimiento que recogió por la acción fue el primer indicio del cambio
de prioridades y valores en la opinión pública. Podía anticiparse que a la larga, la cuestión
militar abierta se solucionaría con la reivindicación de los militares, el olvido de los crímenes de

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la “guerra sucia” y el entierro de las ilusiones de la civilidad, aunque tocaría dar el gran paso de
amnistiar a los jefes condenados al gobierno que siguió al doctor Alfonsín.
La cuestión política tampoco se cerró satisfactoriamente para la civilidad democrática. Luego de
la elección de septiembre de 1987 creció la figura de Antonio Cafiero, gobernador de Buenos
Aires, presidente del Partido justicialista y jefe del grupo “renovador”, que se perfilaba como
candidato de su partido y, probablemente, sucesor de Alfonsín. En muchos aspectos, Cafiero y
los renovadores habían remodelado el peronismo a imagen y semejanza del alfonsinismo:
estricto respeto a la institucionalidad republicana, propuestas modernas y democráticas,
elaboradas por sectores de intelectuales, distanciamiento de las grandes corporaciones y
establecimiento de acuerdos mínimos con el gobierno para asegurar el tránsito ordenado entre
una presidencia y otra.
Quizá eso los perjudicó frente al candidato rival dentro del peronismo: el gobernador de La
Rioja, Carlos Menem, también enrolado en la “renovación” pero cultor de un estilo político
mucho más tradicional. Menem demostró una notable capacidad para reunir en torno suyo
todos los segmentos del peronismo, desde los dirigentes sindicales, rechazados por Cafiero,
hasta antiguos militantes de la extrema derecha o la extrema izquierda de los años setenta,
junto con todo tipo de caudillos o dirigentes locales desplazados por los renovadores. Como ha
dicho Ricardo Sidicaro, se trataba de una “antielite”, que hería la sensibilidad de la civilidad
democrática. Con este heterogéneo apoyo, explotando su figura de caudillo tradicional para
diferenciarse de sus rivales modernizadores, y sin necesidad de formular propuesta o programa
alguno, ganó la elección interna, y en julio de 1988 quedó consagrado candidato a Presidente.
En los meses siguientes extendió y perfeccionó su fórmula. Tejió en privado sólidas alianzas
con los grandes intereses corporativos: importantes empresarios, como el grupo Bunge y Born,
dirigentes de la Iglesia, altos oficiales de las Fuerzas Armadas, incluyendo los “carapintadas”.
Pero en público apeló al vasto mundo de “los humildes”, a quienes se dirigió con un mensaje
casi mesiánico, formulado con un despliegue escenográfico que lo hacía aparecer como un
santón, y en el que la “revolución productiva” y el “salariazo” prometidos prenunciaban la
entrada en la tierra de promisión. Si en el voluntarismo se acercaba al estilo de Alfonsín, todo lo
demás lo diferenciaba, al tiempo que testimoniaba la realidad de una nueva sociedad,
dominada por la miseria y la marginalidad, en la que este tipo de discursos resultaba mucho
más eficaz. En suma, nadie sabía qué haría exactamente el candidato peronista en caso de
resultar triunfante, pero estaba claro que sería pragmático y poco apegado a compromisos
programáticos.
Angeloz, su competidor, criticó a Menem aprovechando el temor que despertaba en muchos
pero también trató de captar al electorado que criticaba en Alfonsín sus facetas más
progresistas. Por ello, acentuó los aspectos de su programa que lo acercaban a las propuestas
liberales, y mientras Menem prometía volver al paraíso de la distribución, Angeloz anticipaba un
recorte de la beneficencia estatal, que simbolizaba en un lápiz rojo dispuesto a tachar todo
gasto innecesario.
Es posible que, con esas alternativas, fuera inevitable el triunfo del candidato opositor, según
una dinámica muy propia de las democracias consolidadas, en las que las dificultades de la
sociedad engrosan la cuenta de los gobernantes. Pero faltaba el ingrediente final, que
transformó una posible transición ordenada en otra catastrófica. En agosto de 1988 el gobierno
lanzó un nuevo plan económico, que denominó “Primavera”, con el propósito de llegar a las
elecciones con la inflación controlada, pero sin realizar ajustes que pudieran enajenar la
voluntad de la población. Al congelamiento de precios salarios y tarifas —aceptado a
regañadientes por los representantes empresarios— se agregó la declarada intención de
reducir drásticamente el déficit estatal, condición para lograr el indispensable apoyo de los
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

acreedores externos, mucho más remisos que antes. En condiciones políticas muy distintas que
las de 1985, el plan marchó de entrada con dificultades: la predisposición de los distintos
actores a mantener el congelamiento fue escasa, los cortes en los gastos fiscales frieron
resistidos, la negociación con las principales entidades externas marchó muy lentamente, y los
fondos prometidos llegaron con cuentagotas; en cambio lo hicieron los capitales especulativos,
para aprovechar la diferencia entre tasas de interés elevadas y cambio fijo, contando con
retornar en cuanto se anunciara la amenaza de una devaluación. Se trataba, en suma, de una
situación explosiva, que reposaba exclusivamente sobre la confianza existente en la capacidad
del gobierno para mantener la paridad cambiaria. En diciembre de 1988 ocurrió el episodio de
Seineldín, al que siguió una aguda crisis en el suministro de electricidad y, poco después, el
asalto al cuartel de La Tablada. Por entonces Domingo Cavallo, un economista afiliado al
justicialismo, había recomendado al Banco Mundial y al Fondo Monetario que limitaran sus
créditos al gobierno argentino. Cuando ambas instituciones anunciaron que no lo seguirían
respaldando, todo el edificio se derrumbó. El 6 de febrero de 1989 el gobierno anunció la
devaluación del peso —que devoró la fortuna o los ahorros de quienes no supieron retirarse a
tiempo— e inició un período en que el dólar y los precios subieron vertiginosamente y la
economía entró en descontrol. Luego de largos períodos de alta inflación, había llegado la
hiperinflación, que destruyó el valor del salario y la moneda misma y afectó la misma
producción y circulación de bienes.
En ese clima se votó el 14 de mayo de 1989. El Partido Justicialista obtuvo un rotundo triunfo y
Carlos Menem quedó consagrado presidente. La fecha del traspaso debía ser el 10 de
diciembre de ese año, pero pronto fue evidente que el gobierno saliente no estaba en
condiciones de gobernar hasta esa fecha, máxime cuando el candidato triunfante rehusó toda
colaboración para la transición. A fines de mayo la hiperinflación tuvo sus primeros efectos
dramáticos: asaltos y saqueos a supermercados, duramente reprimidos. Poco después,
Alfonsín renunció, para anticipar el traspaso del gobierno, que se concretó el 9 de julio, seis
meses antes del plazo constitucional. La imagen de 1983 se había invertido, y quien había sido
recibido como la expresión de la regeneración deseada se retiraba acusado de incapacidad y
claudicación.

HUGO QUIROGA

La experiencia democrática: una historia de inestabilidad


El régimen democrático que se instaló en 1983 transitó por un complejo y ambiguo proceso que
revela, al mismo tiempo, signos favorables de consolidación y rasgos preocupantes de
imperfección institucional. Se ha afirmado, por un lado, el principio de legitimidad democrática
(el apego mayoritario de los ciudadanos y partidos a las reglas de sucesión pacífica del poder)
y, por otro, no se han superado las deficiencias institucionales y las profundas desigualdades
sociales que representan serios desafíos para la estabilidad de la democracia. En este tiempo
han surgido nuevas demandas en la sociedad y ellas tienen que ver con la búsqueda de
igualdad social, con los deseos de seguridad, con la eliminación de la corrupción y con la
calidad de las instituciones públicas, especialmente con aquellas que imparten justicia. En estos
reclamos se hallan los difíciles pero no imposibles avances de la democracia.
Lo que no se había registrado en la historia política argentina, al menos hasta 1983, era la
completa actuación de la Constitución Nacional. Planteado el problema de este modo, es
evidente que la Ley Suprema no pudo garantizar por sí misma —con sus derechos y garantías
y con las reglas de competencia pacífica por el poder— la existencia de un orden democrático
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

estable. Nuestra democracia constitucional fracasó en sus múltiples intentos de estabilidad,


inmersa como estuvo durante tanto tiempo en un rumbo errático que la llevó a alejarse del
juego electoral limpio y pluralista y del respeto a las leyes. La democracia se volvió, sin duda,
inestable por la falta de confianza en las reglas de procedimiento constitucional, en la ausencia
de un sistema de alternancia y en la desobediencia de los militares al poder civil.
La historia de nuestra democracia es, en este sentido, entrecortada. Una democracia de corta
duración —nuestra primera forma efectivamente democrática— se instauró entre 1912 y 1930,
poniendo fin a un estilo de sufragio tutelado y a técnicas de control clientelar, lo que condujo a
ampliar el nivel de participación política mediante el ejercicio de elecciones libres, plurales y
competitivas. Durante dieciocho años la competencia por el poder permaneció abierta, aunque
no se logró establecer en ese tiempo un verdadero sistema de alternancia. Un período muy
breve, en el contorno de un universo complejo que descansó en continuidades profundas, no
permitió fortalecer, entonces, las instituciones democráticas ni crear un sistema de legitimidad
en torno a ellas.
Como bien ha señalado Natalio Botana, a partir del golpe de 1930 la legitimidad democrática se
constituyó en el problema permanente de la Argentina contemporánea. El período siguiente
implicó un rotundo retroceso desde el punto de vista político-institucional para el orden
democrático liberal naciente, cuyos efectos se trasladaron hasta el presente demostrando la
realidad de la interconexión de los procesos. Pero el primer tramo de la democracia, el de
dieciocho años, que no pudo tener continuidad, mostró ya su insuficiencia para crear entre
ciudadanos y
dirigentes una
confianza
activa en la
legitimidad de
las
instituciones
democráticas
El golpe de
1930
representó la
postergación
de la
posibilidad de
consolidar la
democracia y
de estructurar un sistema de partidos.
Lo que se pudo construir fue sólo una democracia entrecortada, que sobrevivió penosamente
entre seis golpes militares (1930-1943-1 955-1 962-1966-1976), fraude electoral (en 1937) y
proscripciones políticas (del radicalismo en 1931, del peronismo en 1958 y 1963) sin poder
resolver las tensiones entre legitimidad e ilegitimidad democrática. Entre 1930 y 1976, el único
presidente constitucional elegido en comicios libres que pudo terminar su mandato fue el
general Perón, entre 1946-1952. En definitiva, “pretorianismo”, escasa competencia entre
partidos y rotación del poder entre civiles y militares fueron los elementos singulares de la vida
política argentina entre 1930 y 1983. A la par, una línea comunicante de pretensiones
hegemónicas de distintos signos, como la que notoriamente instaló el peronismo en 1946,
atravesó diferentes etapas. En este universo, lo político no logró instalarse en su especificidad
y, ante la debilidad de los partidos, las corporaciones fueron ocupando los espacios cedidos.
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Un sistema político como el argentino, que entre 1916 y 1983 se desplazó sin cesar entre
momentos de legitimidad y de ilegitimidad democrática, no contribuyó, naturalmente, a
fortalecer la creencia efectiva en la Constitución Nacional, ni llegó a crear en tantas décadas de
historia institucional un poder democrático legítimo, en torno a las reglas pacíficas de sucesión
del poder, la libertad de sufragio y la soberanía popular. De ahí, también, los desafíos para el
nuevo período que comenzó en 1983.
En síntesis, en la dinámica de este juego político, nuestra democracia no fue capaz de
consolidar entre 1916 y 1983 un poder legítimo y una cultura política que la sostuviese.
Conviene recordar que los cambios en la cultura política de una sociedad no se producen, en
general, tan abruptamente. Por eso advierte Norbert Lechner que una cultura democrática es el
resultado de un proceso histórico que requiere de un tiempo para poder desarrollar costumbres
y creencias en las que pueda apoyarse la construcción institucional de la democracia. La
legitimidad de las instituciones democráticas supone la maduración de una cultura cívica que, a
su vez, se basa en el funcionamiento eficiente y duradero de las instituciones.
Por eso, las dificultades del proceso de transición a la democracia iniciado después de la
derrota de Malvinas no fueron pocas. Al mismo tiempo que la renaciente democracia luchaba
por institucionalizarse, debió adecuarse a las exigencias de reestructuración de una economía
mundial, lo que le provocó considerables fisuras sociales. En el Cono Sur, los procesos de
democratización tuvieron lugar en el contexto de la crisis de la deuda pública, y en esa difícil
situación los gobiernos aplicaron políticas neoliberales, de reforma del Estado, de reducción del
déficit fiscal, de privatizaciones y de exaltación del mercado, cuyas consecuencias sociales
crearon condiciones desfavorables para la estabilidad de esos países.
La experiencia histórica nos ha enseñado que la democracia no sólo se edifica sino que se
debe saber que se edifica; el hecho significativo en este proceso es reconocer el sentido de esa
construcción para mejorar sus formas, para hacerla más habitable. No obstante, esa
construcción parecerá siempre inconclusa. La democracia nunca será un régimen acabado,
logrado. Se construye y reconstruye de manera permanente; prevalece así un movimiento de
reconstrucciones parciales. La democracia no puede ser más que una realidad inacabada.
La reconstrucción de un régimen democrático es siempre una empresa colectiva, en la que
deben converger —y éste no es un dato menor para los argentinos— tanto la amplia mayoría
de los ciudadanos como la totalidad de los partidos políticos. A partir de 1983, pareciera que los
ciudadanos y dirigentes argentinos se han puesto de acuerdo sobre el sistema político con el
cual desean vivir, sobre el modo de vida que han juzgado mejor. La unión de estas
convicciones es el más sólido escudo que pueden encontrar las acciones de los actores
antidemocráticos y es la mejor defensa de un proyecto de vida público y colectivo.
La democracia que renació en 1983 no ha sido ajena a las realidades y condiciones de su
pasado, es decir, de un pasado que le da origen y condiciona pero que, a su vez, puede
terminar siendo transformado por ella. Sin duda, la fragilidad de nuestro pasado democrático
repercute en la capacidad actual del sistema político para crear mejores condiciones de
estabilidad. Pasado, presente y futuro de un mismo proceso histórico, abierto y en movimiento.
Comprender las acciones contemporáneas es situarse en la perspectiva de un presente activo
en su relación con el pasado y con la mirada expectante hacia el futuro.
El derrumbe de la dictadura militar de 1976 permitió a la sociedad argentina ingresar en un
nuevo período democrático con un horizonte de esperanza que la movilizó tras la prosecución
de dos grandes objetivos: la renovación del sistema político y la reorganización de la economía.
El éxito del período de transición inaugurado en 1983, tanto en su faz política como económica,
dependió en gran medida de la interacción de ambos procesos. A partir de entonces una
demanda de orden, político y económico, se instaló con intensidad en una sociedad que
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

deseaba organizar su capacidad de convivencia luego de tantos años de retroceso y


frustraciones.
En efecto, en el término de una década tuvo lugar la transición del autoritarismo a la
democracia y el pasaje de una economía dirigida a una economía de mercado, aspectos
fundamentales que abarca toda construcción institucional. Los cambios políticos se iniciaron
con la instalación de la democracia en 1983 y las reformas económicas estructurales
comenzaron en 1989. Raúl Alfonsín y Carlos Menem, con estilos, conductas y resultados
diferentes, fueron los protagonistas principales de la reconstrucción de la democracia argentina.
Entre la necesidad de consolidar las instituciones políticas y la de afrontar las reformas
económicas se fueron descubriendo los desafíos de nuestra joven democracia.

El gobierno de Alfonsín

La reorganización de la vida política: entre el Parlamento y la participación


El 30 de octubre de 1983 tuvieron lugar las “elecciones fundacionales” que abrieron paso a una
nueva etapa en la vida democrática, entre rumores de desestabilización, las amenazas de los
sectores golpistas y las disidencias en el frente militar. El resultado de los comicios confirmó la
continuidad del sistema bipartidista radical-justicialista que había regido la vida política
argentina desde la segunda mitad del siglo XX, con la presencia de dos fuerzas menores de
escasa importancia: el Partido Intransigente y la Unión del Centro Democrático (UCeDe). Los
dos partidos mayoritarios lograron reunir el 92% de los sufragios. Es decir, los cambios políticos
iniciados con la transición tuvieron como actores principales a las tradicionales fuerzas políticas:
el peronismo y el radicalismo.
El triunfo electoral del radicalismo con la fórmula Raúl Alfonsín-Víctor Martínez, que obtuvo casi
el 52% de los votos, planteó la posibilidad de una vuelta de página en la accidentada historia
política argentina y el inicio de un renovado liderazgo social. El nuevo presidente asumió el 10
de diciembre de 1983 y convocó a la población a una concentración en la Plaza de Mayo.
Inmediatamente, quedó a la vista el doble significado del triunfo electoral: por un lado, se
clausuraba el régimen autoritario de 1976 y, por el otro, se quebraba la hegemonía electoral de
cuatro décadas del peronismo. De esta manera, el gobierno de Raúl Alfonsín emergió ante los
ojos de la mayoría como la alternativa posible a un estado de retroceso y destrucción. El nuevo
líder de los argentinos supo sumar adhesiones, ya desde la campaña electoral, sobre la base
de un discurso ético-político que oponía democracia a dictadura y justicia a impunidad frente a
la violación de los derechos humanos. En la consideración de la mayoría, el radicalismo
aparecía como el partido más coherente y con mayor aptitud para hallar soluciones a una de las
crisis más agudas de la Argentina contemporánea.
Con el advenimiento de la democracia la embrionaria esfera pública halló su representación
institucionalizada en el Parlamento, de tal modo que ya no podía ser exclusivamente
identificada con los actores políticos de finales de la dictadura, ni con sus respectivos discursos,
ni con sus lugares de comunicación. Toda la sociedad se incorporaba ahora al régimen
democrático mediante el sistema de representación política establecido por el sufragio
universal. En su nueva integración la esfera pública política amplió tanto los temas como los
lugares de discusión entre gobernantes y gobernados, en la medida en que el gobierno
democrático ofrecía nichos de participación y estaba obligado a la publicidad de sus actos. Sin
embargo, conviene adelantar que este campo de interacciones se vio en el mediano plazo
debilitado tanto por el eclipse de la discusión pública como por un conjunto de problemas de
índole política, militar y económico-social.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

¿Cuáles eran los temas de discusión pública y cuáles los lugares de comunicación de la
naciente democracia?
Durante los primeros años, el gobierno de Alfonsín se encontró, por un lado, amenazado por el
persistente pasado autoritario y, por otro, se vio animado por las demandas de participación y
por la imperiosa necesidad de consolidar la democracia. De tal manera, al asegurar los
derechos civiles y garantizar la libertad política a través de las instituciones públicas, se abrió un
período de lucha —que no fue largo— por la ampliación de la participación política. Una
sucesión de acontecimientos y decisiones gubernamentales, algunos de ellos con origen en el
pasado y otros provenientes de la propia transición, sacudieron con diferente intensidad y
modalidad las fibras de la participación social y las demandas de consolidación de la
democracia.
En efecto, la participación mayoritaria de la ciudadanía junto a las decisiones del primer
gobierno democrático fueron factores determinantes del acontecer político de una sociedad que
retomaba cuidadosamente sus primeros pasos en la creación de un nuevo orden: el juicio a las
juntas militares; la labor de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas), que fue sin duda el espacio de la sociedad civil; el tratado de paz con Chile
sustentado por un plebiscito; la implementación de un programa económico heterodoxo
conocido como Plan Austral, que suscitó inmediatamente un amplio apoyo de la sociedad; el
Congreso Pedagógico Nacional, que promovió un debate horizontal en el sistema educativo,
con la participación de diversos sectores, sobre la futura ley de educación, y la sociedad, que se
abroqueló en las instituciones de la democracia ante la rebeldía militar de 1987 y 1988
manifestándose masivamente en las plazas públicas de todo el país en defensa de la
democracia.
La política participativa permaneció en lo fundamental, resumida entre 1984 y 1987, en aquellas
formas y espacios que, como vías de deliberación convencional y no convencional, despertaron
esperanzas pero por falta de continuidad y consistencia resultaron finalmente insuficientes a la
hora de querer construir un modelo diferente de sociedad. Se podría convenir, entonces, en que
la democracia participativa comenzó a declinar su fortaleza a partir de las elecciones de
septiembre de 1987, que causan una derrota electoral al partido gobernante, signo elocuente de
un imparable deterioro político, que fue estrechando los márgenes de acción del gobierno. La
gravedad de la crisis, el poder de los centros financieros internacionales y el peso de una
sociedad altamente corporativa doblegaron la voluntad política del gobierno, mientras el sistema
de partidos se resintió y los ciudadanos perdieron protagonismo y buscaron desentenderse, en
términos relativos, de la política. Simultáneamente, las leyes de Obediencia Debida y Punto
Final, impulsadas por las presiones de los rebeldes militares, comprometieron la continuidad de
los juicios militares —limitando la acción de la Justicia— y perjudicaron la credibilidad
presidencial, que con estas medidas desandaba sus propios pasos.
Hasta el comienzo del Plan Austral en 1985, el gobierno radical no había llegado a percibir
íntegramente la gravedad de la crisis argentina ni los cambios de época que impactaban
fuertemente sobre ella. Cuando se propuso plasmar, con un programa heterodoxo, las reformas
que permitirían acomodar el país a las nuevas condiciones del capitalismo mundial, la oposición
política y sindical peronista salió a combatir con dureza, tanto a través de trabas parlamentarias
como del uso de la acción directa, los éxitos iniciales y a frenar en nombre de una perimida
matriz de pensamiento las tácticas oficiales que buscaban un rendimiento más adecuado del
Estado y la economía. Los grandes empresarios, de incontenibles influencias en las
instituciones políticas, olvidaron sus compromisos al ver que la crisis económica iba devorando
la administración radical y que el Estado se mostraba incapaz de manejarla. En general ese
“paso al costado” no fue interpretado como una reacción natural y defensiva del capital frente a
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 42
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

una caída que parecía inevitable, sino como una reacción consciente y contundente destinada a
producir un “golpe económico” al final del mandato de Alfonsín.
La sociedad había cifrado sus esperanzas de cambio en el resultado de un doble proceso de
transición. En relación con la transición política, el gobierno de Alfonsín no pudo subordinar
completamente las Fuerzas Armadas a la democracia, mientras sus instituciones más
importantes —partidos y Parlamento— funcionaban con normalidad. En el campo militar un
sector, el denominado “carapintada”, se resistía y se indignaba frente a los requerimientos de
saneamiento dirigidos desde el poder civil. Esta incertidumbre militar hizo más difícil la
transición económica, en un país que requería de reformas estructurales para mejorar las
condiciones de vida de la población. En este último punto estaban también centradas las
expectativas sociales. El fracaso del Plan Austral, las dificultades para reformar el Estado, así
como también la imposible reestructuración económica, clausuraron las posibilidades
transformadoras del gobierno radical y lo dejaron prácticamente inhabilitado para continuar en
el ejercicio del poder. El corolario fue la crisis de gobernabilidad del primer gobierno
constitucional sin que haya entrado en crisis la legitimidad del sistema democrático.
Los lugares clásicos de la política, amplificados por la movilización de los ciudadanos y la
participación de algunos movimientos sociales en el primer tramo del proceso de transición,
fueron gradualmente erosionados por la impactante realidad de una sociedad que no podía
conocer por entero el sentido de su ubicación. El modelo de espacio público participativo había
entrado en crisis. La disminución del entusiasmo ciudadano le quitó centralidad a la
participación, mientras que la vida política se atenuó y los espacios institucionales mostraron
sus límites. La autoridad presidencial, que había conferido al país una determinada estabilidad y
seguridad como garante personal de la transición en el dificultoso recorrido hacia la
consolidación de la democracia, se abandonó en una cierta inercia peligrosa. Hacia 1987, el
Estado democrático ya no pudo continuar como antes ofreciendo un espacio público de
participación.
Por un momento, el ciudadano se había sentido partícipe de los asuntos públicos: apoyó
abiertamente al sistema democrático, puso barrera a los alzamientos militares y participó de la
discusión pública. En efecto, además del Congreso Pedagógico, del interés por el tema de los
derechos humanos y del apoyo a la solución pacífica en el conflicto con Chile por el Beagle, un
vasto sector de la población se manifestó a favor de la ley de divorcio y de la patria potestad
compartida. Asimismo, los ciudadanos mostraron disposición para movilizarse por aquellas
cuestiones relativas a la buena marcha de la vida en común. La política parecía no ser una cosa
de pocos y la vida pública resultaba aceptable y digna. Empero, la vida privada pronto se
constituiría en el recinto donde los ciudadanos irían a refugiar su indiferencia luego de los
desencantos y de la pérdida de interés en los asuntos comunes Un individuo decepcionado
abandonaba la posibilidad de convertirse en el sujeto de una política participativa, que ya no
estaba dispuesto a generar. Al mismo tiempo también el gobierno radical, presionado por la
crisis y en apuros, había dejado a un lado el impulso a la participación política.

La insubordinación militar y los derechos humanos


El problema de la violación de los derechos humanos en el Cono Sur (Chile, Uruguay, Brasil y
la Argentina) planteó en el espacio de las nuevas democracias una pregunta decisiva sobre el
legado del terror: ¿cuál era la capacidad de estas democracias para juzgar a las Fuerzas
Armadas? El interrogante dejaba entrever las limitaciones institucionales del sistema
democrático para investigar y condenar a los responsables de los crímenes ante una probable
regresión autoritaria. La cuestión quedó, entonces, encerrada en la exasperante tensión entre
justicia y política, entre las exigencias de reparación ética y el realismo político. ¿Cómo juzgar a
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

las Fuerzas Armadas sin poner en peligro la estabilidad del orden democrático? En los países
mencionados, la “razón militar” no admite ni acepta discrepancias: reclama impunidad ante las
consecuencias de la aplicación de métodos ilegítimos de represión. Conviene aclarar que la
situación es también diferente en cada país por las condiciones que rodearon el proceso de
transición desde un orden autoritario a un orden democrático.
Por eso ningún país en América latina que hubiera atravesado por el horror de una dictadura
cruel llegó tan lejos como la Argentina en la investigación y el juicio a las Fuerzas Armadas, aun
cuando no se pudo mantener en pie la sentencia condenatoria de los culpables. La
comparación con los casos de Chile, Uruguay y Brasil muestra nítidamente la diferencia entre
las distintas soluciones adoptadas por los gobiernos democráticos, fueran pactadas o no
pactadas con el poder militar.
El juicio a las juntas militares realizado por el gobierno de Alfonsín constituyó una transparente
afirmación del sistema democrático, a la vez que representó el primer antecedente de este tipo
en América latina. La restablecida democracia argentina juzgó, con sus instrumentos legales, a
los responsables de la quiebra institucional de 1976 y, por ende, de la represión ilegal puesta en
marcha por el régimen militar. Simbólicamente se juzgó también a todos los golpes de Estado y
al autoritarismo militar, que durante cincuenta años hegemonizaron la política argentina. Pero
las dudas por disipar no eran pocas: ¿no era de esperar acaso una reacción violenta de las
Fuerzas Armadas o de un sector de ellas? Si tal situación se presentaba, ¿la democracia
estaría en condiciones de poder sostener una posición ética y defensora de la sentencia
condenatoria sin ser humillada? La política de Alfonsín formulada en diciembre de 1983 se
situaba inicialmente entre el legítimo reclamo de justicia y la necesaria preservación del sistema
democrático. ¿Cómo juzgar a toda una institución que, además de disponer del monopolio de la
fuerza, ha sido durante cincuenta años el actor principal de la política argentina?
Uno de los primeros pasos de la estrategia gubernamental en el tema de los derechos humanos
fue la creación de la CONADEP por decreto presidencial del 15 de diciembre de 1983, con la
finalidad de recibir denuncias y pruebas para ser remitidas a la Justicia. El informe de esa tarea,
titulado Nunca más, entregado al presidente de la Nación el 20 de septiembre de 1984, y la
emisión del programa de televisión que mostró las investigaciones realizadas causaron un
profundo malestar en los medios castrenses. El “descenso al infierno”, como Ernesto Sabato
calificó la dolorosa tarea emprendida por la CONADEP, promovió el más grande acto de toma
de conciencia de una sensibilizada sociedad.
A fin de no inculpar a toda la institución militar por la represión antisubversiva, la estrategia
gubernamental reformó en febrero de 1984 el Código de Justicia Militar estableciendo tres
niveles de responsabilidad: los que planificaron y ejercieron la supervisión, los que actuaron sin
capacidad decisoria cumpliendo órdenes y los que cometieron exceso en el cumplimiento de
directivas superiores. Ahora bien, entre la reforma de este Código y la primera rebelión de abril
de 1987 rondó la incertidumbre en el proceso de transición democrática, por la usina de
rumores y la intoxicación de noticias militares, por los relevos y las designaciones en los altos
mandos, por el espíritu de cuerpo que se formaba entre la oficialidad media que se resistía a
ser juzgada, por las diferencias suscitadas entre la justicia civil y el gobierno democrático, y por
el pleito entre la justicia civil y la justicia militar. El hecho más remarcable fue el temible clima
golpista que rodeó la iniciación del juicio a los comandantes el 22 de abril de 1985. La noche
anterior, el presidente Alfonsín, en un discurso dramático, denunció abiertamente la
conspiración golpista y convocó a los ciudadanos a defender el sistema democrático. Alfonsín
debió admitir que el proceso provocaba tensiones, pero aun así ese juicio, a su entender,
“terminará con cincuenta años de frustración democrática”.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

A partir del juicio a los responsables de la represión se abrió una tensa relación entre el
gobierno radical y las Fuerzas Armadas, que estalló con el alzamiento militar de Semana Santa,
en abril de 1987. La Ley de Punto Final, sancionada cuatro meses antes, había salido al cruce
de las presiones militares con la finalidad de evitar posibles rebeliones. El sentido de esa ley era
evitar tanto la proliferación de los juicios como disipar el estado de sospecha que pesaba sobre
la institución militar, para lo cual se promovía la aceleración de las causas y la fijación de un
término de prescripción de la acción penal. Se preveían, pues, plazos exiguos de 30 y 60 días
para denunciar hechos nuevos y para procesar a quienes no lo hubieran sido. Cumplidos esos
términos, se extinguía la acción penal. El dispositivo legal, que limitaba la acción de la Justicia,
resultó sin embargo insuficiente para la voracidad de los “carapintadas”, el sector del Ejército
que se alzó en armas en Semana Santa.
Este levantamiento, encabezado por el teniente coronel Aldo Rico, que mantuvo en vilo al país
durante cuatro días, terminó con una sospecha de negociación entre el presidente Alfonsín y los
amotinados realizada en Campo de Mayo. Horas más tarde, desde los balcones de la Casa
Rosada Raúl Alfonsín anunciaba ante una multitud que “la casa está en orden”, frase célebre
que en la percepción colectiva había sonado más a una claudicación que a una entrega
incondicional de los insurrectos. La decepción de la ciudadanía era inevitable, y el Estado
democrático mostraba sus límites en la resolución del tema de los derechos humanos.
En los primeros días de junio de 1987, dos meses después de la rebelión militar, se aprobó la
ley que delimitaba la obediencia debida, sobre la base de dos fuertes considerandos: 1) La
presunción de pleno derecho, sin admitir prueba en contrario, de que los oficiales jefes, oficiales
subalternos y suboficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad no eran punibles por los
delitos cometidos en la lucha contra el terrorismo por haber obrado en virtud de obediencia
debida. 2) La misma presunción se aplicó a los oficiales superiores que no hubieran revistado
como comandantes en jefe, jefe de zona, jefe de subzona o jefe de fuerzas de seguridad, salvo
que en el plazo de treinta días de promulgada la ley se resuelva judicialmente que tuvieron
capacidad decisoria o que participaron en la elaboración de las órdenes.
No obstante, las rebeliones continuaron en Monte Caseros en enero de 1988, en Villa Martelli
durante el mes de diciembre de 1988 y, finalmente, en diciembre de 1990, durante el gobierno
de Carlos Menem. Las demandas rebeldes actualizaban una pretensión no resuelta en el
campo político: la irresponsabilidad penal por lo actuado en la “guerra sucia”. La solución
demorada del radicalismo con las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, fue incapaz de
impedir la continuidad del reclamo de impunidad del Sector Carapintada del Ejército, que exigía
con las armas en la mano el reconocimiento de la sociedad por la lucha contra la subversión
Las cuatro insurrecciones dejaron la sensación de un conflicto no resuelto, y fueron la evidente
demostración de que las armas de un importante sector de las Fuerzas Armadas no estaban al
servicio del gobierno civil. Una parte activa del viejo aparato del poder militar permanecía
intacta. Los sediciosos de las tres primeras sublevaciones no pudieron ser reprimidos por las
fuerzas leales al gobierno de Alfonsín porque la demanda de impunidad cohesionaba a la
institución militar. En cambio, la represión fue posible en el curso del cuarto episodio rebelde,
cuando el conjunto de las Fuerzas Armadas tuvo la garantía del presidente Menem de indultar a
los responsables del orden autoritario de 1976.
Frente a los alzamientos bélicos y ante la resistencia militar a los juicios por violación de los
derechos humanos, la sociedad civil puso de manifiesto una lealtad generalizada al sistema
democrático, hasta entonces nunca practicada, en un país que permaneció durante medio siglo
regido por un sistema político que contó a las Fuerzas Armadas corno uno de sus protagonistas
principales. Así, una parte activa de la sociedad se movilizó en defensa de la continuidad de los
juicios y la aplicación de las condenas a los responsables de la represión. Por eso, las leyes de
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Punto Final y de Obediencia Debida representaron en la mirada de la mayoría el triunfo del


realismo político sobre las demandas éticas y de justicia de la sociedad. La verdad de la justicia
no coincidió con la verdad de la política. Las denominadas “leyes de perdón” fueron
conquistadas por la presión de las armas. La democracia perdió una batalla librada desde el
campo de la justicia, que sin duda causó un impacto negativo en la conciencia y en el ánimo de
los ciudadanos que habían depositado su confianza en el Estado democrático, que ahora
comenzaba a dejar a un lado la responsabilidad de asegurar el castigo debido por los actos
criminales.

Las dificultades de la modernización democrática


El triunfo de Alfonsín puso en la escena política la incapacidad de algunos sectores para
comprender la evolución y las aspiraciones de la sociedad en la última época. No se terminaba
de entender que esta sociedad —muy golpeada por la represión política y social de la
dictadura— no toleraba más prácticas y modelos autoritarios de convivencia social. Ése fue, sin
duda, el significado principal de la
participación social en el proceso
electoral del 30 de octubre. No fue sólo
un voto antidictatorial sino también un
reclamo democrático de transformación
social y cultural. Se buscaba una salida
integral a un estado de retroceso y
deterioro del país, que diera lugar a una
nueva etapa de progreso social y
modernización de la Argentina, fuera del
marco del Estado militar o de cualquier
otra forma autoritaria de gobierno. La
sociedad civil buscó, en esencia,
recomponer un espacio democrático y
reconquistar el respeto a sí misma,
luego de varios años de tiranía militar.
Precisamente, el gobierno de Alfonsín
diseñó una propuesta de modernización
democrática que puso en el horizonte
social una esperanza y una alternativa a
la pequeñez y el atraso del gobierno militar. Ensayó en un primer momento un programa
democrático renovador que atacó varios frentes a la vez, por lo que encontró rápidamente
resistencia en los principales poderes corporativos: los militares, la Iglesia, los sindicatos. La
modernización democrática reclamaba cambios culturales, institucionales y políticos y requería
un amplio sustento social. La tarea no era fácil ni menor. Aunque contaba con el apoyo de la
sociedad civil no había logrado en las elecciones la mayoría en el Senado; tampoco el
peronismo político y sindical estaba dispuesto a acompañar un proceso de reforma sobre el
cual no tenía ni la iniciativa ni el control.
El gobierno radical avanzó con prontitud en determinadas áreas y con diferentes temas que
generaban conflicto. Como vimos, el 13 de diciembre puso en marcha por decreto presidencial
el juicio a los integrantes de las tres primeras juntas militares y dos días más tarde creó la
CONADEP. En el terreno social implementó, a través de una ley, un programa alimentario
nacional destinado a los sectores más postergados de la sociedad. Otra iniciativa ya
mencionada fue la convocatoria al Congreso Pedagógico, encargado de crear un estado de
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

opinión y de elaborar propuestas para una nueva ley nacional de educación. Este congreso
encontraba un significativo antecedente en el celebrado en 1882 durante la presidencia del
general Roca, que había dado lugar a una propuesta educativa de avanzada plasmada en la ley
1420, con sus principios de enseñanza pública, gratuita y obligatoria. Lo que estaba en juego en
la propuesta del gobierno radical no era sólo la discusión de una ley de educación sino el
sistema educativo y cultural que modelaría a las futuras generaciones de argentinos. Por eso, el
tema abrió la posibilidad de participación a la sociedad y movilizó a la Iglesia Católica a una
actuación enérgica por la defensa de sus intereses en la enseñanza privada y contra el discurso
demasiado laico que flotaba en el ambiente. Los resultados del Congreso no fueron tal vez los
esperados y la Iglesia a través de sus delegados consiguió una participación central en la
elaboración de los documentos finales.
Una de las propuestas más interesantes del proyecto renovador del radicalismo fue la
democratización sindical. Se apuntaba, fundamentalmente, a la libertad gremial y a la inclusión
de las minorías en los órganos de conducción, al control de las elecciones por el Estado y a la
limitación de la reelección de los dirigentes. Como el proyecto de ley del ministro de Trabajo,
Antonio Mucci, golpeaba en el corazón del poder gremial, encontró cerradas resistencias. El
proyecto fue aprobado en la Cámara de Diputados y rechazado por un voto en el Senado, el del
neuquino Elías Sapag, el 15 de marzo de 1984. Esta fue la primera derrota importante del
radicalismo, que frustró la posibilidad de hacer ingresar al sindicalismo en el proceso de
democratización abierto en 1983. En abril de ese año el ministro Mucci fue reemplazado por
Juan Manuel Casella, que llevó adelante una política conciliadora con los sindicatos. No
obstante, los enfrentamientos y las tensiones con el gobierno de Alfonsín no cesaron. La CGT,
unificada por Saúl Ubaldini en enero de 1984, organizó trece paros nacionales. Finalmente, se
sancionó la ley 23.071, de reordenamiento sindical, que impedía el control gubernamental de
las elecciones y la representación de las minorías en los órganos de conducción. La imposible
democratización sindical había llegado a su fin.
El proyecto inicial de Alfonsín preveía también el impulso en la agenda pública de acuerdos con
los partidos políticos y con los sectores económicos y sindicales. En primer lugar, el Acta de
Coincidencias Políticas fue firmada con las principales fuerzas de la oposición en el mes de
junio de 1984. Sobre la base de un núcleo de coincidencias mínimas se buscaba fortalecer el
sistema político-institucional para crear mejores condiciones en la dura tarea de la
reconstrucción económica. Detrás de esta propuesta aparecían los temores que generaban los
eventuales problemas de gobernabilidad. Rápidamente se vio la inviabilidad de este acuerdo.
Su fracaso se debió principalmente a la debilidad y a la crisis interna del Partido Justicialista,
que no había superado aún su derrota electoral, y al creciente poder del sector gremial en la
esfera partidaria y política, que no estaba muy dispuesto a los acuerdos. En segundo lugar, la
vía de la “concertación” con los sectores empresariales y sindicales fue la otra estrategia
diseñada por Alfonsín, que comenzó a desarrollarse en el mes de agosto de 1984, pero que
cobró mayor impulso luego del fracaso del Acta de Coincidencias. En la perspectiva del
gobierno se vislumbraba un acuerdo semejante al Pacto de la Moncloa firmado durante la
transición española. Sin embargo, en la Argentina las cosas serían a este nivel muy diferentes.
Por sus discrepancias con el gobierno, la CGT realizó un paro nacional en el mes de
septiembre de 1984 y suspendió durante una semana su participación en la concertación en
enero de 1985. El poder sindical amplió sus alianzas con la Iglesia y sectores empresariales
para profundizar su política de confrontación con el gobierno nacional. Entre la crisis económica
y la creciente inflación fue languideciendo la propuesta de concertación, que ya no interesaba a
las entidades empresariales ni a las sindicales. Ante este fracaso el presidente Alfonsín cambió
de estrategia.
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Sin duda, 1985 es el momento de inflexión de la política radical. Tal vez se podría afirmar que
es la marca del surgimiento del “alfonsinismo”, es decir, de la producción de un discurso
renovador con propuestas de modernización social que se alejaba de las concepciones
tradicionales del partido centenario. Más allá de sus resultados finales, tres hechos principales
distinguen a este nuevo período clausurado en 1987: el Plan Austral, el Consejo para la
Consolidación de la Democracia y el discurso de Parque Norte.
El punto nodal de la crisis que vivía la Argentina en los comienzos de la transición se
encontraba en la gravedad de la crisis económica y en el problema de la deuda externa. La
respuesta antiinflacionaria de carácter gradualista aplicada por el ministro de Economía,
Bernardo Grinspun, había resultado un rotundo fracaso. En febrero de 1985, Grinspun fue
reemplazado por Juan Sourrouille, quien puso en marcha un plan económico heterodoxo,
elaborado con la más absoluta reserva y sin conocimiento incluso del partido radical,
denominado Plan Austral, que entre otras medidas modificó el signo monetario. Dado a conocer
a mediados de junio, el plan fue muy bien recibido por el conjunto de la población. Los éxitos
iniciales, al controlar la inflación, contribuyeron a que el radicalismo ganara las elecciones
legislativas de noviembre de 1985, a pesar de perder catorce puntos en relación con los
comicios de 1983.
La reconstrucción de la democracia en una sociedad conflictiva como la nuestra requería,
mucho más que en los países que disfrutan de un orden político estable, de un compromiso
cívico tendiente a crear las condiciones para la estabilidad. Pero estas condiciones no pueden
ser forjadas solamente en los acuerdos políticos explícitos, sino que también ellas deberían
formarse en el espacio que se consiente a una mayor participación social. Desde este punto de
vista no se ubicó en la buena dirección el discurso presidencial pronunciado en la Plaza de
Mayo a fines de abril de 1985, cuando se convocó oficialmente a la sociedad a la defensa de la
democracia por las amenazas golpistas. Alfonsín dejó pasar la oportunidad —marcando un
cambio de etapa— de crear un eje político de unificación nacional, en los hechos, alrededor de
la defensa de la democracia, por encima del apoyo a su gobierno. Por el contrario, anunció ante
una multitud integrada por radicales, sectores del peronismo, intransigentes, socialistas e
independientes, el inicio de una “economía de guerra”. Esta definición de austeridad, que
apuntaba a controlar los gastos y frenar la inflación, pareció clausurar las posibilidades de
acuerdo social para encarar reformas profundas. Luego vendría la declaración del estado de
sitio en octubre del mismo año por sesenta días ante la denuncia de campañas
desestabilizadoras, y más tarde el ascenso de dos oficiales detenidos y acusados, bajo esa
medida excepcional, de complotar contra el gobierno y la democracia, lo que fue un nuevo
motivo de decepción entre sectores del progresismo.
El Consejo para la Consolidación de la Democracia fue creado por decreto presidencial del 24
de diciembre de 1985, coordinado por el filósofo del derecho Carlos Nino e integrado por
juristas, políticos y personalidades de actuación en la vida nacional, con la misión de elaborar
un proyecto transformador fundado en la ética de la solidaridad y en la democracia participativa.
El gobierno radical promovía la elaboración de un proyecto de reforma constitucional de
carácter semipresídencial que iría a reemplazar al clásico régimen presidencialista argentino.
Los estudios preliminares, finalmente, no concluyeron en acuerdos legislativos por la escasa
aceptación que tuvo la iniciativa entre ciertos sectores del radicalismo y del peronismo.
Otro momento sobresaliente de este período fue el acercamiento de intelectuales laicos y
progresistas al Estado, en fuerte contraste con el momento de mayor desconfianza que hubo
hacia ellos impulsado por el régimen militar de 1976. Raúl Alfonsín convocó a un grupo de
intelectuales, independientes y afiliados al partido radical, a participar en la elaboración de los
textos presidenciales que iban a fijar los grandes temas de la agenda política. El llamado, que
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

no exigía entonces la afiliación partidaria, modificó el vínculo entre intelectuales y poder político.
La producción más significativa de ese núcleo de hombres de ideas, conocido como “Grupo
Esmeralda”, fue el Discurso de Parque Norte, que Alfonsín leyó en el mes de diciembre de 1985
ante el plenario de delegados al Comité Nacional de su partido. Los grandes temas propuestos
por el presidente, la “democracia participativa”, la “modernización” y la “ética de la solidaridad”,
marcaron un cambio de rumbo en el discurso presidencial, a la vez que proponían una
convocatoria a los actores de la transición, por encima de los intereses del partido oficial.

La hiperinflación y el retiro anticipado del gobierno


El éxito inicial del Plan Austral le permitió al gobierno radical mantener la iniciativa política hasta
1987. A partir de entonces, debilitado por el deterioro de la economía y por el reducido apoyo
social, ingresó en un proceso de negociación con los poderes corporativos, económicos y
sindicales, sin encontrar una alternativa viable a la gravedad de la crisis económica. Atrás
quedaban los impulsos de un proyecto modernizador que había sido superado por la voracidad
de la crisis y por la falta de apoyo. El gobierno de Alfonsín ingresó en 1987 en un proceso
progresivo de rigidez, del que no podría salir, hasta llegar al descontrol provocado por
situaciones hiperinflacionarias y anómicas, que lo obligaron a adelantar el traspaso del poder en
1989.
Las medidas de estabilización heterodoxas del Plan Austral resultaron insuficientes para
resolver problemas estructurales. En febrero de 1986, el ministro Sourrouille anunció la
segunda etapa del Plan Austral, en la que proponía un paquete de medidas de carácter
ortodoxo que estaba dirigido a la reforma del Estado y a la reducción del déficit fiscal, al mismo
tiempo que se apuntaba a la reconversión industrial y al aumento de las exportaciones. A pesar
de los esfuerzos gubernamentales, la inflación siguió creciendo junto con el malestar de los
ciudadanos. En esta nueva etapa, Alfonsín materializó sendos acuerdos con un sector del
poder económico, los denominados “capitanes de la industria”, y con un sector del poder
sindical, el Grupo de los 15. En efecto, a poco de andar el Plan Austral mostró sus límites y
evidenció la necesidad de su reformulación, lo que animó al gobierno radical a producir un giro
en el marco de sus alianzas. La nueva estrategia económica requería otro tipo de acuerdos.
Dicha reformulación, conocida en el mes de febrero de 1987, tuvo el propósito de liberalizar la
economía y promover las exportaciones, medidas que venían reclamando los “capitanes de la
industria”, entre otros, Gregorio Perez Companc, Carlos Bulgheroni, Eduardo Oxenford.
El nuevo marco de alianzas que definió el presidente Alfonsín arrastró también al partido
radical. Los hombres de la Junta Coordinadora Nacional (la “Coordinadora”), encabezados por
Enrique Nosiglia, fueron desplazando en algunos lugares clave a los sectores históricos del
radicalismo, incluso a los provenientes del propio movimiento de Alfonsín, el Movimiento de
Renovación y Cambio, para actuar como sostén de la nueva época. El acercamiento al Grupo
de los 15 (opositor al secretario de la CGT, Saúl Ubaldini) fue promovido por los propios
dirigentes de la Coordinadora. Así, a fines de marzo de 1987 fue designado ministro de Trabajo
Carlos Alderete, dirigente del gremio de Luz y Fuerza, integrante del mencionado grupo. Atrás
habían quedado la propuesta de democratización del sindicalismo y las intenciones de frenar el
poder de las corporaciones. Como era de esperar, y más allá de algunas diferencias, la CGT de
Ubaldini y las 62 Organizaciones dirigidas por Lorenzo Miguel elogiaron la acción del nuevo
ministro de Trabajo, poniendo de manifiesto la lógica corporativa de los gremios. De todas
maneras, esto no impidió que Saúl Ubaldini estrechara sus alianzas con Antonio Cafiero, líder
del movimiento renovador en el peronismo y candidato a gobernador de la provincia de Buenos
Aires en las elecciones de septiembre de 1987. A estas alturas, el peronismo político parecía
haber superado los efectos de la derrota electoral de 1983, se reorganizaba como oposición
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

desde la dirección renovadora de Cafiero, recuperaba protagonismo en el interior de su propio


partido y se mostraba como una alternativa de poder.
El año 1987 fue muy difícil para el presidente Alfonsín, y en buena medida trazó una frontera en
su período de gobierno, al indicar un antes y un después en términos de gestión. Debió
enfrentar los sucesos de Semana Santa, el fracaso de la alianza con el Grupo de los 15, el
malestar de los grupos económicos, el descontrol de la inflación, la derrota electoral de
septiembre, las resistencias en el interior de su partido y la pérdida de legitimidad de apoyo. En
este universo complejo, los comicios del mes de septiembre tuvieron un doble significado. Por
un lado, la derrota electoral. El peronismo recuperó su caudal electoral histórico, obtuvo el
41,48% de los votos, el control de diecisiete provincias y logró la mayoría en la Cámara de
Diputados. El radicalismo sólo triunfó en la Capital Federal, Córdoba y Río Negro. El resto de
las gobernaciones quedó en manos de partidos provinciales. Por el otro, la ruptura del marco de
alianzas entablado con un sector del sindicalismo y de los empresarios. Alderete renunció al
Ministerio de Trabajo y fue reemplazado por Ideler Tonelli. En el Ministerio del Interior fue
designado Enrique Nosiglia y en el de Obras y Servicios Públicos, Rodolfo Terragno. La
gravedad de la crisis se revelaba igualmente en la marcada pérdida de liderazgo social de
Alfonsín.
Inmediatamente vinieron las reformas al plan económico luego de las críticas de la oposición y
de dirigentes del partido radical, y la búsqueda de un pacto de gobernabilidad con los partidos
políticos. La pérdida de legitimidad del gobierno le restaba fuerza y posibilidades para ordenar
una situación que se agravaba progresivamente. En agosto de 1988 el presidente Alfonsín puso
en marcha el denominado Plan Primavera, que pretendía impulsar las todavía pendientes
reformas estructurales. En el contexto de la crisis mundial, los gobiernos de los países
desarrollados y los organismos multilaterales de crédito recomendaban políticas públicas
semejantes: medidas de ajuste, control fiscal, promoción de las inversiones extranjeras, la
definición de un perfil productivo sobre la base de la especialización y la búsqueda incesante de
integración regional. Los organismos financieros internacionales también diseñaron un modelo
de gestión pública. El Banco Mundial, en su informe de 1988, recomendaba, como una vía de
solución para las economías altamente endeudadas de los países del Tercer Mundo, el cobro
de los servicios de salud y educación universitaria que prestaba el sector público, así como
también el desarrollo de una línea de privatizaciones de las empresas estatales para mejorar la
eficiencia de las mismas y reducir la absorción de recursos fiscales. El debate ya se había
instalado en la Argentina y uno de sus ejes principales era la dicotomía privatización/
estatización. Por eso, Rodolfo Terragno se convirtió en el ministro más polémico de la
administración de Alfonsín con su moderada política de privatizaciones, mientras los
trabajadores estatales se preparaban para luchar contra la “ola privatista” que había irrumpido
en el escenario argentino.
El año 1989 tuvo un mal comienzo para el gobierno radical. A fines de enero el país se vio
sacudido por la acción terrorista del grupo denominado “Movimiento Todos por la Patria”, que
atacó un cuartel militar en La Tablada en el Gran Buenos Aires. El hecho dejó un saldo de
veintiocho muertos entre sus integrantes. En el mes de febrero un colapso económico puso fin
al Plan Primavera y a los intentos de privatización, derivando en la crisis final del gobierno de
Alfonsín. Lo que siguió después fue el descontrol financiero y monetario. El 30 de marzo de
1989 el candidato presidencial de la Unión Cívica Radical, Eduardo Angeloz, exigió la renuncia
del ministro Sourrouille con la intención de separarse del fracaso de la política económica del
gobierno. Le sucedió en el cargo Juan Carlos Pugliese, quien fue reemplazado al poco tiempo
por Jesús Rodríguez. Las elecciones presidenciales tuvieron lugar el 14 de mayo en medio de
un clima de alta inflación, y el vencedor fue el candidato justicialista, Carlos Menem. La crisis
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

económica encontró finalmente su más alta expresión en el colapso hiperinflacionario de fines


de mayo cuyas manifestaciones más dramáticas fueron la especulación financiera, las corridas
bancarias y los estallidos sociales. Ante el descontrol de la economía y frente a la crisis de
confianza en la moneda nacional, el dólar terminó gobernando la sociedad. Sin autoridad
política capaz de controlar el desorden, el presidente Alfonsín renunció a su cargo el 8 de julio
de 1989, seis meses antes de que venciera el mandato constitucional.
Con todo, el legado principal del gobierno de Alfonsín fue el respeto a la ley y a las
instituciones, que transfirieron pacíficamente el poder. A la vez, una decisión que dejó una
impronta en su gobierno fue el histórico juicio a las juntas militares. En ese período, atravesado
por sublevaciones militares y situaciones hiperinflacionarias, los ciudadanos y dirigentes
demostraron su apego a los valores de la vida democrática. Pero en el transcurso de su
mandato, Alfonsín dejó sin resolver dos temas centrales para la estabilidad de la democracia:
por un lado, las reformas estructurales de la economía y, por otro, no logró la subordinación
total de las Fuerzas Armadas al poder civil, quedando inconclusa la transición política. De esas
tareas se encargaría su sucesor en fiel sintonía con el clima de época.
ALFREDO PUCCIARELLI

La contradicción democrática
Desde su recuperación, la política en democracia, y por ende la democracia misma, ha sufrido
un lento pero inexorable proceso de degradación. Al comienzo se la concibió como el núcleo
central y, a la vez, el instrumento principal de un nuevo proyecto de refundación nacional,
transformador de la economía, la sociedad y el Estado, devastados por la gestión de la
dictadura militar. Sin embargo, en el momento actual, cuando la observamos transitando una de
las fases más críticas (y contradictorias) de su extenso ciclo involutivo no podemos disimular, a
nuestro pesar, que se ha convertido en lo contrario: en lugar de ideología e instrumento político
institucional de recuperación de
los derechos y creencias de los sectores populares sistemáticamente expropiados durante los
treinta años anteriores, funciona como una extensa red de complicidades corporativas intra y
paraestatales destinadas a legitimar, conservar y amplificar las estructuras de poder que ese
proceso ha ido creando. Aun más, si le asignamos la importancia que ahora tiene la brutal
expansión de las redes clientelares y su contraparte, la consolidación territorial de un poderoso
estamento de punteros políticos institucionales en las principales regiones del país, podemos
agregar un nuevo rasgo: la democracia no sólo administra y promueve la decadencia, sino que
ahora se alimenta de ella. Para sobrevivir conservando sus actuales características, el sistema
político partidario de base electoral, que se reconstruyó en la década de 1980 para promover
los cambios que la mayoría de la sociedad le reclamaba, se ha vuelto conservador; necesita
asegurarse, asegurando su reproducción.
Ese largo proceso de descomposición política, degradación institucional y demolición
sistemática del aparato estatal, que nos ha colocado frente a las contradicciones irresolubles y
los dilemas del momento actual, ha recorrido una serie de etapas que no fueron
adecuadamente reconstruidas todavía. En este libro analizamos las dos primeras, definidas por
procesos y acontecimientos que tuvieron lugar durante la presidencia del doctor Alfonsín,
tratando de relacionar sus características originales con los postulados de su propuesta
emancipadora y refundacional, con su traducción en determinado tipo de políticas estatales y
con el intento frustrado de reconstruir un estilo plebiscitario, y destinadas a compensar con
periódicas movilizaciones populares el menguado poder político acumulado por vía electoral. En
efecto, la instalación del primer gobierno democrático inicia un largo período de confrontación
que buscó definir la supremacía dentro de un nuevo esquema de correlación de fuerzas
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

compuesto por el incipiente poder político surgido en esa instancia, el poder militar en proceso
de descomposición y el poder económico en pleno proceso de concentración, expansión y
transformación. Las formas que asume la definición de la supremacía entre estos tres poderes
se hallan, a su vez, fuertemente condicionadas por las características de otro tipo de poder, el
de las organizaciones populares (organizaciones de derechos humanos, sindicatos, etc.) que
denominaremos “poder reinante”. El poder es reinante cuando no puede ser predominante, es
decir cuando no tiene envergadura suficiente para ingresar de modo pleno en el campo de
disputa por la supremacía, pero por sus reivindicaciones y sus formas de acción es capaz de
fijar límites y condiciones al ejercicio de las formas restantes de poder.
Convocados de urgencia por un poder castrense en pleno proceso de disolución, los partidos
tradicionales ingresan en la escena política, todavía dominada por la perversa alianza
establecida entre empresarios, tecnócratas y militares durante la dictadura, con gran apoyo
popular pero sin poder político propio. Depositarios de un precario consenso electoral, cuando
llega la hora de gobernar deben asumir sus grandes carencias y afrontar no sólo los grandes
problemas heredados del período anterior, sino también la necesidad de transformar en
consistentes políticas de Estado las grandes promesas formuladas durante la contienda
electoral. Sólo el lanzamiento de agresivas políticas de reconstrucción institucional y reparación
social podía transformar la debilidad en fortaleza, y poner en funcionamiento un nuevo tipo de
circulo virtuoso, generador de apoyo político, poder institucional y autonomía estatal destinado a
profundizar las políticas populares capaces de sustentar nuevas instancias de poder.
Para iniciar ese proceso, reinstalando en el centro de la escena pública a lo político estatal, ese
débil poder gubernamental debía asumir prioritariamente un desafío monumental para su
época: recuperar para el Estado, y por consiguiente para el gobierno constitucional, el
monopolio del ejercicio de la violencia legítima usurpado por la corporación militar. Debía
aprovechar su ostensible debilitamiento, desmoralización y desorganización para ubicar la
“soberanía de lo público-estatal” en el centro del proceso de reconstrucción de un nuevo tipo de
“democracia no tutelada”. Esta cuestión adopta desde el inicio mismo de la campaña electoral
la forma de enfrentamiento y lucha entre el nuevo poder político-gubernamental y los elencos
remanentes de la dictadura para dilucidar si, como había ocurrido durante toda nuestra historia,
los actos delictivos debían considerarse prescriptos nuevamente por haber constituido un factor
esencial del éxito en “la lucha contra la subversión” o si , por primera vez en nuestra historia, se
transponía el círculo de fuego con que la corporación militar pretendía perpetuar su derecho a la
impunidad total y se obligaba a los responsables de las aberraciones cometidas durante la
vigencia del terrorismo de Estado a someterse a juicios incoados por tribunales del fuero civil.
Por su parte, el nuevo poder económico modificado y a la vez concentrado y fortalecido durante
la dictadura militar comienza a cultivar un bajo perfil político corporativo detrás del cual parece
perseguir dos grandes objetivos: a) asegurar con su apoyo implícito a la nueva institucionalidad
democrática la continuidad de las políticas públicas y las prácticas estatales dirigidas a
consolidar anteriores ámbitos privilegiados de acumulación insertos en el denominado
“complejo estatal privado” consolidado durante la dictadura; un ámbito de negocios diversos
donde las grandes transferencias de recursos públicos se empleasen para facilitar —mediante
relaciones no-mercantiles o para-mercantiles— grandes márgenes de ganancias extraordinarias
a la fracciones más concentradas del sector empresarial. b) Obstaculizar, manipulando precios
y otras variables del mercado, la puesta en marcha de mecanismos estatales redistributivos
destinados a reparar al menos una parte del enorme daño producido por las políticas liberales
de la dictadura sobre los sectores populares.
A diferencia de lo que ocurre con la corporación militar, la disputa iniciada por las corporaciones
empresariales para redefinir su rol dentro de los nuevos espacios de poder y, a través de ellos,
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

su influencia en la definición de las políticas económicas de Estado es sinuosa, silenciosa e


indirecta. Sin tener necesidad de apelar a grandes cuestionamientos, se dedica a demostrar en
forma práctica, es decir manipulando inversiones, precios y otras relaciones de mercado, que el
nuevo Estado democrático ha sido despojado por la dictadura de su rol protagónico y ya no
tiene capacidad para dirigir, orientar ni poner en marcha su tres grandes objetivos iniciales: la
reindustrialización, el desarrollo económico y la modificación del esquema de distribución del
ingreso. En efecto, a pesar de conservar un gran tamaño, está desmantelado, ha perdido
autonomía y soberanía a manos del sector privado y sus instituciones, funcionarios y políticas
se hallan cada vez más subordinadas a las estrategias de acumulación puestas en marcha por
las grandes empresas líderes del nuevo modelo de acumulación “liberal corporativo” diseñado
durante ese período.
Una debilidad intrínseca que no pudo ser compensada ni por el sorpresivo carácter plebiscitario
de la primera elección presidencial, ni por el intento de aglutinar grupos fragmentarios
existentes en el arco político alrededor de una figura dominante como la que perfilaba poseer el
nuevo presidente constitucional. La pretensión de construir desde arriba, es decir desde las
altas esferas
gubernamentales,
el denominado
tercer movimiento
histórico, que
algunos
estrategas del
oficialismo
concibieron como
síntesis
superadora de los proyectos de cambio social e institucional enarbolados históricamente por los
dos grandes partidos tradicionales, fue débil e infructuosa, tanto por los obstáculos que le
imponía la propia inercia social del momento como por la reiterada incapacidad que
demostraron tener el Presidente y su estrecho cuerpo de asesores para trascender con valentía
y decisión los límites que les imponía el tipo de correlación de fuerzas existentes.
Estos graves problemas generados durante el transcurso de la gestión gubernamental no
minimizaron, empero, la trascendental innovación que introdujo el alfonsinismo en el análisis de
la relación entre la cuestión de la impunidad militar y la cuestión de la recuperación institucional.
La imperiosa necesidad de redefinir los criterios fundacionales de nuestra sociabilidad general,
de las nuevas formas de confrontación política y de los nuevos modos transparentes del
accionar del Estado en términos estrictamente democráticos, creaba esta vez un nuevo
imperativo ético y un renovado contexto moral y jurídico, donde la imposición autoritaria de
intereses sectoriales y proyectos corporativos sería definitivamente desplazada por el apego y
la subordinación de todos los individuos sin distinción a los imperativos de la ley. Por ello, el
juzgamiento de las acciones militares en el pasado inmediato debía cumplir un doble objetivo:
reinstalación de la majestad de la justicia y acto fundacional de la incipiente democracia y,
sobre esa base, poner en vigencia una vieja y muy querida utopía del liberalismo democrático:
la reformulación del lazo social a partir de la refundación de un nuevo tipo de pacto moral.
Para cumplir con ese objetivo, elabora una de sus principales propuestas electorales: investigar,
someter a juicio y condenar las acciones criminales llevadas a cabo por miembros de las
Fuerzas Armadas durante la vigencia del terrorismo de Estado, aplicando la denominada
“doctrina de los tres niveles de responsabilidad”. Una suma de criterios concebidos para
asegurar que las actuaciones judiciales por venir impusieran procesos y condenas solamente a
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los principales protagonistas, definidos no por sus acciones específicas sino por su tipo de
responsabilidad dentro la cadena de mandos, distinguiendo entre los que habían dado las
órdenes y los que las habían cumplido en un clima de horror y coerción, y los que se habían
excedido en su cumplimiento. A pesar de sus evidentes limitaciones, las grandes innovaciones
que trajo consigo esa propuesta antiimpunidad y las crecientes expectativas de cambio que se
crearon a su alrededor hicieron pasar inadvertida una serie de inconsistencias y contradicciones
originales del planteo. Contradicciones que tendrían efectos letales, no sólo sobre el diseño de
la estrategia gubernamental de “judicialización” de la conducta militar, sino sobre la propia
dirección política del conflicto social generado por los reclamos crecientes del “poder reinante”.
En efecto, si se lleva a cabo un análisis detallado del proyecto de la UCR, en su versión original,
es posible identificar en el tema militar un alto grado de inconsistencia lógica, apenas
disimulado por un eficaz ejercicio de la retórica político-electoral. Al considerar “no
judicializables” los crímenes de lesa humanidad cometidos conscientemente por los cuadros
medios de las Fuerzas Armadas, bajo el pretexto de la obediencia debida, el Poder Ejecutivo
inició su prometida política de construcción de una nueva trama social exenta de privilegios
corporativos injustificados y de poderes de facto inmunes generando precisamente lo contrario,
un nuevo ámbito de impunidad militar. Por ese medio quedaban al margen de la justicia los
responsables militares de esa gama aterradora de conductas aberrantes que pusieron muy
claramente de manifiesto, poco tiempo después, tanto la investigación de la Comisión Nacional
sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) como el dictamen de la Cámara Federal que
condenó a los integrantes de las primeras juntas militares de la dictadura. Por la perspectiva
adoptada y por la forma en que se condujo desde el propio Estado el proceso anterior y
posterior de “judicialización” de sólo una parte de los crímenes cometidos por la corporación
militar, el enorme progreso realizado con esos juicios en la solución del principal dilema político
institucional del nuevo gobierno democrático no resolvió el problema, sino que lo cambió de
forma.
Por esas causas, tanto el inconmovible poder económico como el tambaleante pero persistente
poder militar comienzan a reinstalar en el seno del Estado, con formas y ritmos diferentes sus
propios criterios de reproducción corporativa; unos para transformar a la anterior “patria
contratista” en una primera versión de lo que se denominó después la “patria financiera”, y
otros, para resistir el persistente embate de la sociedad civil tratando de prolongar por tiempo
indefinido su pretendido derecho a la impunidad política y judicial, combinando la amenaza de
golpe militar con la noción de variados tipos de iniciativas institucionales. La designación Juan
V. Sourrouille en la cima del Ministerio de Economía y el reemplazo de la dupla formada por los
generales Pianta y Fernández Torres por el general Ríos Ereñú en la jefatura del Ejército, a
comienzo del año 1985 marca —como lo revelan varias investigaciones de nuestro libro— el
comienzo del proceso que definió más fuertemente las características de la gestión alfonsinista
en todo su desarrollo. Una prolongada etapa donde el progresivo abandono de las promesas (e
ilusiones) democráticas originales acompañó la adopción de un pragmatismo político que,
justificado con la excusa de defender la capacidad de gobernar de un democracia débil e
incipiente, fue adoptando de modo paulatino la mayoría de los argumentos neoliberales
predominantes durante el período presidencial posterior.
Los cronistas de esta etapa crucial de la gestión del gobierno radical suelen analizar ambos
acontecimientos por separado, vale decir, generados por procesos económicos e institucionales
(diferentes e independientes. Sin embargo la proyección de una mirada distante y más
abarcadora generada por el paso de los años nos induce a afirmar ahora que ambas cuestiones
se hallaban profundamente interconectadas. La irrupción del innovador equipo de economistas
tecnocráticos acompañante del nuevo ministro y el ascenso hacia las más altas posiciones
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

castrenses de una nueva camada de oficiales superiores ligados, primero, a la gestión


gubernamental del general Lanusse y luego a la fracción
“policlasista” del Ejército durante la última dictadura militar, trasciende el significado específico
de su presencia en sus respectivos ámbitos de poder y revela el comienzo de un nuevo proceso
social, político e institucional que algunos analistas aislados de la época se apresuraron en
caracterizar como “nueva derecha, tecnocrática, modernizadora y democrática” para ubicarla en
contraposición con “la vieja derecha, tradicional y autocrática” dominada por la decadente
corporación militar.
Aunque iniciaban un nuevo proceso de convergencia, las dos designaciones del Poder
Ejecutivo obedecían a designios diferentes. En el primer caso, primaba el interés de enfrentar
los problemas endémicos de la economía —déficit fiscal, inflación, endeudamiento, etc.— con
un nuevo paquete de políticas económicas que desembocó primero en el Plan Austral, se
continuó luego con el Plan Primavera, aún más ortodoxo, y desembocó hacia el final de su
mandato en los trágicos episodios hiperinflacionarios. La sorpresiva aparición en escena del
nuevo jefe del Ejército obedecía a un objetivo igualmente ambicioso: concertar un acuerdo
político institucional por medio del cual las Fuerzas Armadas se decidirían a acatar los
procedimientos y decisiones de la justicia civil en lo referido al juzgamiento del terrorismo de
Estado y el Poder Ejecutivo se comprometería a buscar por vía indirecta alguna forma idónea
de amnistía encubierta. El acuerdo pretendía asegurar una solución definitiva a la cuestión
militar en el mediano plazo, pero su urgente puesta en marcha perseguía también para el Poder
Ejecutivo un objetivo inmediato: frenar los amagos de rebelión encabezados por el sector más
retrógrado de la corporación militar, decidido a impedir por cualquier medio el inicio inminente
de los juicios civiles a los integrantes de las tres primeras juntas militares.
Como la amenaza era cierta y ponía en riesgo el incipiente proceso de transición, el elenco
gubernamental enfrentó el desafío utilizando el recurso preferido y más eficiente de la primera
parte de su gestión: combinó la negociación pactada con la cúpula, con la denuncia mediática y
la convocatoria a participar en una gran movilización de masas preparada para apoyar la
política militar del gobierno y enfrentar los intentos de resucitar criterios y personajes de un
ominoso pasado que ya había sido definitivamente condenado. Los observadores de la época
estimaron que la concurrencia había alcanzado a las 250.000 personas. Ante esa multitud, y
cuando todo el mundo esperaba una mensaje esclarecedor que hiciera explícitos los términos
del enfrentamiento que había motivado la convocatoria, Alfonsín pronuncia un discurso
desconcertante y desmovilizador en el cual desplaza el análisis de la sustancia del conflicto
institucional por la exposición de los reales pero extemporáneos problemas económicos
generados por la crisis del proyecto redistribucionista del ministro Grinspun. Allí planteó el
famoso eslogan “ingresamos en una economía de guerra”, con el cual pretendió justificar un
sorpresivo paquete de nuevas medidas antipopulares que le enajenó el apoyo de la mayoría de
sus aliados y abrió un severo frente de conflicto en la propia Unión Cívica Radical. Con la
presentación en sociedad del futuro “programa de ajuste” justificado por el propio presidente, en
medio de una de la mayores ceremonias plebiscitarias pro alfonsinistas de ese período, el
nuevo agrupamiento de centro derecha recibía un verdadero bautismo de fuego.
La gran movilización popular frenó, en efecto, temporalmente las intentonas golpistas y le
otorgó al gobierno una cuota adicional de poder que fue muy bien utilizado para continuar
avanzando sin sobresaltos en ambos frentes: la instrumentación del nuevo programa
económico y el inicio del juicio a las juntas militares. No ocurrió lo mismo con el reiterado intento
de cumplir el acuerdo establecido con la cúpula militar y trasladar hacia la esfera de la justicia la
definición de los criterios de aplicación del principio de “obediencia debida” elegido para
exculpar al resto de los oficiales comprometidos con la ejecución del terrorismo de Estado. La
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

sucesión de iniciativas diversas y muchas veces contradictorias instrumentadas por el gobierno


para obligar a definir con criterios judiciales cuestiones que sólo podían ser resueltas
políticamente desembocó, dos años después, en el denominado “levantamiento militar de
Semana Santa”.
En esa ocasión trató de enfrentar esa forma atípica de rebelión militar utilizando los mismos
instrumentos del año 1985; sin embargo esta vez no se produjeron los resultados esperados. El
escenario permanecía inalterable pero el conflicto era conducido por protagonistas que
perseguían los mismos objetivos de siempre utilizando estrategias sensiblemente diferentes. El
intento gubernamental de articular otra vez la movilización popular y la negociación con la
cúpula para mantener el control del conflicto y neutralizar la creciente radicalización de las
iniciativas autónomas surgidas en el seno mismo del “poder reinante”, le permitió dirigir desde la
cúspide todo el proceso hasta el episodio final y mantener la ofensiva política durante las
veinticuatro horas subsiguientes. Pero, vencido ese corto lapso de fugaz deslumbramiento y
publicados los términos hasta ese momento ocultos de la negociación con el comando
amotinado, el consenso original se transformó primero en desconcierto y luego en clara, abierta
y definitiva oposición. La aprobación casi inmediata de una Ley de obediencia debida, que
venía precedida de otra con similar intención exculpatoria denominada de “Punto final”, terminó
de definir el marco legal que promulgó, en forma encubierta, la amnistía total que reclamaba la
corporación militar. La medida dictada por la amenaza de coerción, el miedo político, el
oportunismo y el pragmatismo congeló por un tiempo, de la peor manera, los conflictos
suscitados por la cuestión militar de forma legal pero ilegítima. Así se lo hizo saber la
ciudadanía al partido de gobierno unos pocos meses después cuando le asestó en las urnas un
golpe catastrófico. Definitivamente derrotado, el presidente, postrado y despojado de toda
iniciativa política, trató de ejercer penosamente el último tramo de un mandato constitucional
que no pudo completar.
En este libro se exponen los resultados obtenidos por un conjunto de investigaciones
individuales, realizadas en el marco de un proyecto colectivo destinado a examinar, con un
marco analítico común e hipótesis generales compartidas, las etapas iniciales del denominado
“proceso de transición democrática” sucedidas durante el ejercicio del mandato presidencial del
doctor Raul Alfonsín. Las hemos agrupado en dos grandes secciones, la primera contiene las
indagaciones que buscan explicar la naturaleza de los grandes, definitivos y contradictorios
cambios operados en el ámbito político institucional; la segunda reúne las investigaciones
dedicadas a demostrar que en el plano económico social ocurre exactamente lo contrario: se
consolida y deviene por completo predominante el proceso de concentración del capital, de la
propiedad, de la producción y de los ingresos iniciado durante el transcurso del período
dictatorial.
Ambas se hallan precedidas por “Juego de patriotas. Militares y políticos en el primer gobierno
posdictadura en Bolivia, Brasil y Uruguay”, un texto introductorio de Waldo Ansaldi que analiza
similitudes y diferencias políticas entre nuestro objeto de estudio y procesos de democratización
casi simultáneos ocurridos en tres de nuestros países fronterizos, Brasil, Bolivia y Uruguay. Allí
se analizan conflictos suscitados entre los dos protagonistas principales, partidos políticos y
fuerzas armadas, alrededor de las cuatro cuestiones que, a su juicio, definen la naturaleza
político-institucional de la transición: rol de la crisis militar en el diseño de las formas y los
tiempos de traspaso del gobierno al poder político; posición de militares y políticos frente a los
reclamos de investigación, juicio y castigo de las conductas aberrantes denunciadas por las
organizaciones de defensa de los derechos humanos; estrategias de los gobiernos
democráticos para subordinar el poder militar y recuperar de ese modo para el Estado

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

constitucional el monopolio del ejercicio de la violencia legítima; construcción de nuevas formas


de poder político, combinando la convocatoria electoral con la movilización de masas.
En el artículo que encabeza la primera parte, denominado “La descomposición del poder militar
de la Argentina. Las Fuerzas Armadas durante las presidencias de Galtieri, Bignone y Alfonsín
(1981-1987)”, Paula Canelo se concentra en la primera de esas cuestiones. Analiza el rol
desempeñado por los conflictos internos en la aceleración del proceso de descomposición del
poder militar, operado durante la última etapa de la dictadura. Para marcar su rasgo principal y
el modo en que condicionó la instrumentación y evolución de la transición democrática, propone
una novedosa distinción analítica entre “poder arbitral” y “poder corporativo”, términos que
designan respectivamente los momentos de auge y de decadencia del largo proceso de
involución que sufrieron las Fuerzas Armadas argentinas desde su primer asalto al poder
constitucional, en el año 1930 hasta la actualidad.
El poder arbitral deviene corporativo cuando deja de justificar sus periódicas intervenciones
políticas por su papel de garante constitucional de última instancia, para convertirse en un mero
grupo de presión que ya no amenaza para imponer soluciones institucionales, sino para
defender sus privilegios y su derecho a la impunidad penal. Por esa razón, la nueva forma que
asume la cuestión militar requiere una solución política que a pesar de la evidencia, el gobierno
se niega a adoptar. Impulsa en cambio una “judicialización” que después de acumular una serie
interminable de conflictos y desaciertos, resulta claramente impotente para hacerse cargo de la
gran complejidad de problemas irresueltos. La exacerbación del conflicto no sacó a las Fuerzas
Armadas del evidente ostracismo político en que se hallaban, pero la creciente debilidad
gubernamental en este terna le cedió la iniciativa que utilizó para imponer de modo oportuno la
aprobación de la Ley de obediencia debida, primer intento de consagrar a través de la vía
legislativa su reiterado reclamo por una solución política integral que los estratos judiciales no
podían ni querían facilitarle.
En el artículo siguiente, “La República no tiene Ejército. El poder gubernamental y la
movilización popular durante el Levantamiento militar de Semana Santa”, retomo el relato en el
mismo punto en que lo deja el trabajo anterior o sea en el análisis de los paradójicos efectos
que tiene sobre el cuerpo militar la aplicación judicial de la Ley de obediencia debida. Lo tomo
como antecedente inmediato del levantamiento militar de Semana Santa del año 1987, pero
reconstruyo los acontecimientos con objetivos diferentes. Desplazo hacia la periferia de la
escena del conflicto la confrontación entre los comandos rebeldes y la agotada cúpula del
Ejército, y la transformo en contexto y elemento disparador de una relación muy poco explorada
hasta el momento actual: la que establece una ambigua y contradictoria forma de cooperación y
complementación entre el poder gubernamental, los partidos políticos, las organizaciones
sociales, y esa conmovedora y activa multitud de ciudadanos antigolpistas, y también
antimilitares, convocados o autoconvocados en defensa de la democracia, la Constitución y los
derechos humanos.
Allí puede observarse que, cuando la crisis irresuelta llega a su punto culminante, la doble faz
de la rebelión militar (pequeña vanguardia aislada que sobrevive por la complicidad pasiva del
resto de la corporación) coloca al poder gubernamental frente a dos opciones diametralmente
opuestas: negociar con el poder militar y desactivar la movilización popular, o encabezar un
enfrentamiento histórico entre una decidida coalición civil en pleno proceso de gestación con los
difusos y contradictorios representantes de un poder militar en procede descomposición. La
adopción de la primera abría la posibilidad de refundar la institucionalidad democrática con base
en un amplio y renovado poder popular. Pero esa impensada posibilidad de modificar las reglas
del juego político articulando representación con participación popular terminó amedrentando
tanto a los gobernantes como a la mayoría de los dirigentes opositores que, para ganar la paz y
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

evitar riesgos mayores, prefirieron renegar de su prédica pasada y restaurar el derecho a la


impunidad exigido directamente por los rebeldes e indirectamente por los restantes miembros
del frente militar.
Atesorando la experiencia obtenida en investigaciones similares de períodos anteriores,
Mariana Heredia agrega al análisis político institucional de la gestión gubernamental de esta
primera parte de nuestro libro una muy valiosa perspectiva complementaria en “La demarcación
de la frontera entre economía y política en democracia .Actores y controversias en torno de la
política económica de Alfonsín” demuestra, en primer lugar, que la tajante escisión entre
economía y política establecida por el gobierno de la dictadura y luego duramente criticada por
los partidos políticos durante la campaña electoral, retorna amplificada y con más poder durante
la segunda fase de la gestión del gobierno radical. El extenso relato de los acontecimientos
ocurridos durante ese lapso pone de relieve, en segundo lugar, la fuerte asociación existente
entre el ascenso de la tecnocracia no partidaria, la adopción de políticas públicas cada vez más
liberales y el intento finalmente frustrado de construir el nuevo agrupamiento moderno de
centroderecha que hemos mencionado en esta introducción.
El gobierno democrático se concentró entonces en garantizar las libertades civiles y políticas
fundamentales, al tiempo que reconocía su creciente incapacidad para atenuar o al menos
detener un proceso de debilitamiento de la soberanía nacional y de empobrecimiento de las
mayorías que tenía como contraparte una atención cada vez más exclusiva y urgente a la
inflación. Para ello se justificó menos en el mandato de los votos o en una ciudadanía activa
que en su eficacia para resolver con eficiencia los problemas de gobernabilidad propios de la
transición. Si el pensamiento económico podía escindirse de las filiaciones partidarias y remitía
más al saber académico que al compromiso con ciertos valores, los partidos bien podían
importar los programas de gobierno en esta área.
Se pone en marcha de este modo un inédito proceso de privatización de la política pública en
manos de intelectuales, consultoras y centros de investigación portadores de una nueva
ideología empresaria antidesarrollista y fuertemente liberal. En el artículo “Acción empresaria e
ideología. La génesis de las reformas estructurales”, Gastón J. Beltrán profundiza el estudio de
esa dimensión y la influencia que fueron adquiriendo las nuevas concepciones para legitimar el
cambio de paradigmas políticos y convertir en única opción viable a las propuestas de
transformación inspiradas en ella.
Analizando la evolución de los argumentos esgrimidos al comienzo de la década de 1980
concluye, sin embargo, que el acuerdo empresario sobre el conjunto de proposiciones
generales antiestatistas ocultaba profundas contradicciones internas asociadas a los diversos
sistemas de intereses y vínculos establecidos con el Estado por las distintas fracciones
empresarias que, por esa causa, también lo concebían en forma diferente. Sin embargo esas
diferencias originales se fueron diluyendo a medida que se sucedían los fracasos de las
políticas económicas puestas en práctica por el gobierno nacional. Al promediar el año 1986 la
unanimidad era casi total y se extendió hasta el final del primer mandato del presidente Menem,
cuando los efectos de las reformas introducidas dejaban claramente marcada la frontera entre
ganadores y perdedores. Pero aun entonces, aquellos empresarios perjudicados —y
potencialmente opositores— por la nueva política económica se llamaron a silencio. Para
explicar este extraño fenómeno se rescata por último el decisivo papel jugado por los
intelectuales en la construcción de una ideología y un clima de época que funcionó como
condicionante no sólo de las opciones políticas, sino también de las propias estrategias
empresarias.
La sustitución del proyecto político por el diagnóstico económico, del funcionario estatal por el
tecnócrata, del espacio público por el resguardo de los intereses privados, y del Estado por el
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

mercado, se convierte en uno de los rasgos definitorios de la nueva democracia. En el artículo


“Cuando el pasado es superado por el presente: las elecciones presidenciales de 1983 y la
construcción de un nuevo tiempo político en la Argentina”, que cierra esta primera parte, Gabriel
Vommaro analiza el rol preponderante desempeñado en esta cuestión por la reintroduccíón de
las convocatorias electorales y, a su vez, por la propia transformación de la práctica política.
Para establecer adecuados vínculos entre ambas, recurre a la noción de “incerteza” y la pone a
prueba estudiando el enorme efecto que tuvo el sorpresivo triunfo del partido radical en la
modificación de viejas culturas, identidades, pertenencias y formas de participación política.
Concebidas como principio excluyente de legitimidad y, a la vez, como fin último de los trabajos
políticos, las convocatorias electorales se transforman en competencias de resultados inciertos,
fuertemente condicionadas por la influencia creciente de los medios masivos de
telecomunicación. Surge así una nueva figura, la del ciudadano desafiliado de los partidos
tradicionales, comprometido en la defensa de la democracia pero fuertemente despolitizado. Es
un ciudadano independiente e indeciso, base de un nuevo tipo de electorado no partidario y, a
veces, antipartidario A medida que transcurre la década y se va diluyendo la gran ilusión
democrática, la identidad “pueblo” se vuelve evanescente y se transforma en la gente, un
aglomerado amorfo, cambiante y contradictorio que requiere nuevas formas de apelación, pero
también nuevos criterios y métodos destinados a reconstruir sujetos representables, reduciendo
las “incertezas” de sus conductas electorales.
La segunda parte comienza con un artículo que aborda de modo integral uno de los temas
predominantes en este libro, la identificación de los cambios reales y efectivos que introduce la
nueva democracia en el conjunto de tendencias más permanentes gestadas y consolidadas
durante el período dictatorial. En el trabajo “La economía política del gobierno de Alfonsín:
creciente subordinaciónal poder económico durante la ‘década perdida”, Ricardo Ortiz y Martín
Schorr analizan las características de tres planes económicos del gobierno radical y la
influencia que tuvieron sobre el proceso de concentración del capital, los ingresos y la actividad
económica heredados del período anterior.
Como es sabido, el fracaso de la inicial estrategia distribucionista del ministro Grinspun dio
comienzo a una serie de planes y medidas que se fueron alejando de ese objetivo y culminaron
con el planteo abiertamente neoliberal del final de su mandato, en consonancia con la prédica
de los grupos neoconservadores y los organismos multilaterales de crédito. Lo que es menos
sabido, y trata de poner en evidencia esta investigación, es qué tipo de fracción del
empresariado fue favorecida por cada una de estas medidas y la magnitud de los excedentes
apropiados al resto de la sociedad en un contexto general de estancamiento, responsable del
empobrecimiento de la mayor parte de la población. En efecto, los autores logran demostrar de
manera estadística que la recuperación de la democracia aportó un nuevo marco institucional
ideal para legitimar y enmascarar la continuación de las mismas tendencias generadas durante
la dictadura en el plano económico social.
El trabajo de Ana Castellani, “Los ganadores de la ‘década perdida’. La consolidación de las
grandes empresas privadas privilegiadas por el accionar estatal. Argentina 1984-1988”, se halla
íntimamente vinculado al anterior. Como su título lo indica, analiza en detalle la consolidación,
durante el período democrático, del grupo de grandes empresas privadas privilegiadas por el
accionar estatal. Mediante la elaboración de una detallada investigación estadística logra
demostrar que la modificación del contexto político no elimina en lo sustancial los mecanismos
de colusión entre lo público y lo privado heredados del período anterior, y que sobre esa base
se consolida lo que en otros trabajos se identificó como “contextos privilegiados de
acumulación”.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Esos contextos son dinamizados, a su vez, por la expansión de diferentes políticas de


promoción industrial y de actividades propias del “complejo económico estatal privado”, una red
que articula intereses cruzados de ambos sectores donde se definen las modalidades, los
montos y las justificaciones de las altas transferencias de recursos públicos atesoradas por las
empresas incorporadas como proveedoras, clientas, contratistas, etc. Comparando los datos
sobre la rentabilidad obtenida por empresas vinculadas y no vinculadas al “complejo”, pone de
relieve, además, que el núcleo central de empresas muy concentradas que se benefician de las
políticas de la dictadura se consolida, primero, y se expande luego reproduciendo básicamente
el mismo tipo de estrategia del período anterior.
Para enmarcar de modo adecuado sus objetivos, la mayoría de los trabajos de este volumen se
ha visto obligada a remarcar la enorme importancia que tuvo en la involución posterior del
gobierno radical el prematuro fracaso político del ministro Grinspun por imponer, junto con un
sector de la vieja guardia radical, una estrategia de crecimiento basada en la dinamización del
mercado interno y en la redistribución progresiva del ingreso nacional, En “Política y economía
durante el primer año del gobierno de Raúl Alfonsín. La gestión del ministro Grinspun”, Julieta
Pesce trata de explicitar con base en nuevas investigaciones empíricas las causas de ese viraje
político y, consecuentemente, del abandono definitivo de una de las consignas centrales del
programa de transformaciones prometido durante la campaña electoral.
Su principal conclusión enriquece con nuevos
elementos algunas de las principales
afirmaciones vertidas en otros trabajos. En
efecto, los importantes cambios estructurales
producidos por la política neoliberal del período
dictatorial generaron, a su criterio, cambios
definitivos en la naturaleza, las expectativas y el
poder relativo de las clases sociales; por ende,
también en la correlación de fuerzas, en los
objetivos y en el comportamiento de los actores
sociales y políticos relacionados con ellas. Un
esquema modificado de correlación de fuerzas que había disminuido severamente tanto el rol
del Estado en la economía como la capacidad de confrontación de los sectores populares con
los sectores empresarios privilegiados por el proceso de concentración El nuevo poder de unos
y la debilidad de los otros planteaban un conjunto de nuevos problemas que los políticos
reformistas, aún adheridos a anteriores concepciones, no percibieron ni pudieron resolver:
conformar una acertada estrategia de gobierno que, una vez en democracia, le permitiera
desarmar de modo acabado las nuevas estructuras de poder relativo y los elementos centrales
que generaban la distribución regresiva del ingreso.
El relato de los acontecimientos que culminan en ese fracaso nos coloca, por otro lado, frente a
una doble contradicción. Por un lado, contradicción interna de la propia concepción
gubernamental que pretende construir apoyo popular a sus primeras medidas
redistribucionistas en el momento de lanzamiento de una fuerte ofensiva por la democratización
sindical, sin tener en cuenta que el simple apoyo electoral ciudadano es insuficiente para
contrarrestar la enorme influencia que todavía mantienen sus organizaciones tradicionales
sobre los distintos estratos de la clase obrera. Por otro lado, contradicción externa de la
Confederación General del Trabajo entre su principal función reivindicativa y la necesidad de
mantener su reales privilegios corporativos, transformandose en uno de los más fervientes
opositores de medidas gubernamentales diseñadas para hacer posible la recuperación de los
niveles de ingreso perdidos por sus propios representados.
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Eugenia Aruguete en “Lucha política y conflicto de clases en la posdictadura. Límites a la


constitución de alianzas policlasistas durante la administración Alfonsín” estudia en detalle
diversos aspectos relacionados directamente con esta cuestión y en especial, la incapacidad
que demostró tanto el movimiento obrero como las organizaciones empresarias y el Estado
para incluir el tema de la recomposición de los ingresos populares dentro de un plan concertado
de desarrollo económico y social garantizado por el Estado y ejecutado dentro de un marco
político compartido. El análisis detallado de dos acontecimientos diferentes, acaecidos en 1985
y 1987, le permite confirmar que también en este claro período de emergencia, la necesidad de
establecer un acuerdo estratégico para recomponer la producción y las relaciones sociales
capitalistas es subordinada a una especie de tacticismo de corto alcance, vacío de ideas
renovadores que solo genera circunstanciales encuentros de vida breve y súbita desaparición.
Por último, en el trabajo “Crisis del Estado y pujas interburguesas. La economía política de la
hiperinflación”, Ricardo Ortiz y Martín Schorr analizan la evolución de uno de los protagonistas
más consistentes del período, el proceso inflacionario. Un fenómeno que a pesar de los
permanentes empeños gubernamentales por destruirlo no sólo se mantuvo prácticamente
inalterable, sino que determinó la descomposición anticipada del elenco presidencial y la
licuación política del partido radical, al transformarse en la más monstruosa y temible de sus
modalidades: la exacerbación hiperinflacionaria.
El nuevo modo de organizar el relato del lapso posterior a la aplicación del último plan
gubernamental permite elaborar a los autores una renovada interpretación de los
acontecimientos que desembocaron en esa crisis. Apoyados en nueva evidencia empírica,
refutan las tradicionales formulaciones liberales que adjudican al supuesto agotamiento de un
precario Estado populista penosamente sostenido por el gobierno democrático, la principal
responsabilidad en la preparación de las condiciones económicas y fiscales generadoras del
estallido y fundamentan, a la vez, una nueva interpretación. En ella la meneada crisis fiscal del
Estado pasa a ocupar un segundo lugar y se transforma en catalizador y disparador de un
conflicto anterior de intereses entre fracciones diferentes de la gran burguesía que busca y
obtiene por esa vía una eficiente aunque perversa forma de resolución.

MARCOS NOVARO

Transición democrática y legados autoritarios


La derrota en Malvinas extremó los conflictos internos que las Fuerzas Armadas venían
arrastrando desde mucho tiempo antes, y tornó general y virulento su desprestigio frente a la
sociedad. No sólo el Proceso había conducido al país a su primer fracaso militar en la historia,
sino que lo había hecho enajenándolo de la comunidad internacional y en el marco de una crisis
económica sin precedentes. La salida electoral se hizo inevitable y urgente.
Guillerrno O’Donnell ha agrupado las transiciones a la democracia en América Latina en dos
grandes categorías: aquéllas que fueron precedidas y acompañadas de acuerdos entre los
regímenes autoritarios en decadencia y las fuerzas democráticas, y aquéllas en que esos
acuerdos están ausentes, porque las fuerzas democráticas derrotaron en forma inapelable al
autoritarismo (revolución), o porque éste fracasó en forma también inapelable y debió
abandonar apresuradamente el poder (derrumbe). Caen dentro de la primera categoría los
casos de Brasil, Chile y Uruguay. Son procesos lentos, en ocasiones muy condicionados por e1
poder remanente de los uniformados. Pero también se caracterizan por la existencia de otros
acuerdos, entre los partidos políticos, que les permiten cooperar en la negociación con los

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

militares, en la toma de decisiones de gobierno y en las reformas institucionales, al menos


durante los primeros años de vida democrática. En cambio en las transiciones por colapso o
derrumbe, como fueron en el Cono Sur las experimentadas por Bolivia y Argentina, los militares
no logran imponer condiciones a los civiles, pero tampoco éstos encuentran el tiempo y los
estímulos necesarios para cooperar y acordar líneas de acción. Dado que reciben una pesada
carga como legado, en términos de crisis económica, violaciones a los derechos humanos y
debilidad del Estado, estas transiciones rápidas e incondicionadas están amenazadas desde un
principio por problemas de gobernabilidad.
En lo que sigue, analizaremos la transición a la democracia que vivió la Argentina entre 1982 y
1984, prestando especial atención a la inesperada y valiosísima oportunidad para la innovación
política que supuso el derrumbe del poder militar, y los enormes desafíos que impuso a los
actores democráticos la gestión del pesado legado autoritario.

El derrumbe del poder militar


La derrota en la guerra supuso paradójicamente una valiosa oportunidad para el cambio: el
fracaso resonante del Proceso en todos los frentes y su inmediata consecuencia, la
descomposición del poder castrense, alentaría en los actores políticos más perspicaces y,
gracias a su influjo, en amplios sectores de la sociedad, la aspiración de lograr una refundación
democrática que hiciera un corte definitivo con largas décadas de inestabilidad institucional y
pretorianismo militar. Ello le dio un carácter amplio y radical al rechazo del autoritarismo y del
uso de la violencia para resolver los conflictos internos y externos del país, y a la idea que
atribuyó la “decadencia argentina” a la pérdida de confianza en las instituciones de la
República. No es casual que fueran quienes habían guardado cierta distancia del entuerto
atlántico los que más cabalmente comprendieron la dimensión de la oportunidad que su
desenlace abría. Y al hacerlo no les faltó mérito: cerraron el camino a los que no se resignaban
a dar por muerto al régimen y al más nutrido segmento de las dirigencias civiles y militares que
imaginaron que todo podía volver a la normalidad si se lograba que la transición siguiera los
carriles ya conocidos.
El peronismo en su gran mayoría se ubicó en esta última posición. Incluso perseveró en la
afirmación territorialista, por lo que no pudo tomar distancia de la guerra: en su discurso ante la
tumba de Perón, poco después de la rendición, Bittel explicó que:
“Cuando las Fuerzas Armadas decidieron intentar la recuperación de las islas irredentas,
obramos como Usted nos enseñara. Primero la Patria. Postergamos legítimas reivindicaciones,
y quienes la víspera fuimos víctimas de despiadada represión, acompañamos solidariamente a
los combatientes, y denunciamos ante el mundo al enemigo de los pueblos, el imperialismo y e1
colonialismo que Usted combatió toda su vida. América Latina y el Tercer Mundo nos
comprendió y nos acompañó (...) Aun sus más enconados enemigos debieron transitar el
camino que Ud. señalara.”
La invasión aparecía como un logro del ideario peronista. Alfonsín, en tanto, se apresuró a
sacar ventaja de su rechazo a la “gesta”, y al oportuno declive de la conducción de su partido,
que tanto había hecho por acompañar al régimen: Balbín y varios de sus más cercanos
colaboradores fallecieron o se retiraron entre fines de 1981 y 1982. Mientras el peronismo
desempolvaba su gastado nacionalismo, el nuevo líder radical endureció la crítica tanto contra
el gobierno como contra la dirigencia civil —de su partido y de los restantes— “por todo lo que
le dejó hacer a los militares y todo lo que ella misma no hizo”, y reivindicó sin ambigüedades las
instituciones republicanas. Al poco tiempo pasaría a ocupar la conducción de la UCR, operando
una profunda renovación dirigencial que avaló la novedosa y sorprendente idea de que esa
fuerza era inmune a las tentaciones autoritarias y corporativas y ello la calificaba para conducir
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los destinos del país en el nuevo ciclo que se esperaba abrir con las elecciones. Al marcar a
fuego el antagonismo entre autoritarismo y democracia, Alfonsín abría una vía para religar al
país con las democracias del mundo y a la vez destacar los vínculos entre políticos y
sindicalistas peronistas y los militares.
En parte por estas disidencias sobre lo que estaba en juego en la transición, y en parte por la
velocidad de sus tiempos (que se contaron en meses desde que Bignone confirmó el llamado a
las urnas para octubre de 1983), las posibilidades de cooperación entre los partidos fueron muy
acotadas: ninguno recogió la propuesta de Alfonsín de que el proceso fuera conducido por
civiles con consenso, en vez de por los militares, y abandonaron los tibios intentos previos de
consensuar diagnósticos y políticas. La Multipartidaria se limitó a ejercer una presión moderada
para negociar con el régimen las condiciones y tiempos de la salida electoral, dejando fuera de
consideración las políticas de reforma y reconstrucción esenciales tal vez no para implantar
pero sí para dotar de viabilidad a la democracia. En suma, no fue tanto el poder militar el que
bloqueó o resistió un avance más decidido de los civiles, sino éstos mismos los que en parte se
autolimitaron y en parte estaban impedidos de aprovechar los vacíos que aquél dejaba en su
retirada. Ello no es de asombrarse dado que el colapso militar amenazaba las garantías
mínimas de orden: por la gravedad de la crisis económica y de las finanzas públicas, por el
aislamiento internacional, y sobre todo por el alto grado de fragmentación e indisciplina en los
cuarteles, había razones para temer una descomposición total de la autoridad. Y por lo tanto la
Multipartidaria, que no contaba con recursos para forzar las cosas (consenso y liderazgo
compartido, respaldos sociales sólidos y probados en una previa y prolongada experiencia
opositora, vías para acordar con un sector militar confiable), se orientó razonablemente a
asegurar las elecciones evitando mayores conflictos.
Por otro lado, dar tiempo a Bignone para que pudiera contener el desbarajuste interno no
obligaba a los partidos a comprometerse con él, apenas a concretar lo que habían intentado
con Viola: acordar un cronograma. Cuando éste se anunció, los partidos y el gobierno
respiraron aliviados ante la silenciosa resignación de los cuarteles. El presidente fue así
habituándose a hacer de intermediario entre éstos y aquéllos, esforzándose por probar su
utilidad a ambos: dio garantías de que el cronograma se cumpliría (se aprobó rápidamente el
estatuto de los partidos, para permitir su reorganización, y el régimen electoral), y de que el
gobierno sería prescindente en la campaña (y los partidos sabían lo que podía pesar el favor
del Estado, al menos a nivel local y provincial) y esperaba obtener a cambio moderación, si no
receptividad, hacia las medidas que impondría o reclamaría el frente militar. Pero en este
segundo aspecto era poco en verdad lo que podía hacer, básicamente porque el régimen
carecía de recursos para forzar a los partidos, y tenía poco y nada para ofrecer en una
negociación: en la Argentina, a diferencia de Uruguay, el número de presos era a esa altura
reducido; y si bien los exiliados eran tantos o más que en Brasil, no había entre ellos
representantes de fuerzas políticas con las que acordar la repatriación y los términos de la
transición. Ni siquiera había cuerpos que entregar.
Indiferente a todos los datos de la situación, el nuevo jefe del Ejército» Cristino Nicolaides,
anunció el 1º de julio que la transición debía “ser ordenada, concertada y compartida”, y que
habría “condiciones”. En septiembre, tras el recambio de comandantes en las otras dos fuerzas
(Lami Dozo fue forzado a renunciar por la presión de sus subalternos, y lo reemplazó el
brigadier Augusto Hughes; Anaya, viendo que también se multiplicaban los conatos de rebelión
en las bases navales, renunció y dejó al mando a Rubén Franco), la junta se recompuso y
exigió a los partidos una negociación que tenía por objetivo garantizar que no se revisara la
represión. Para contrapesar, y calmar las tensiones internas, creó una comisión investigadora

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sobre Malvinas, a cargo del teniente general retirado Benjamín Rattenbach. En su informe, esta
comisión sugeriría a los comandantes que se impusieran serios castigos a varios altos oficiales.
Pero por más que la Junta se esforzó, los partidos, como era de esperar, rechazaron el convite
a pactar. Exigieron en cambio modificaciones en la política económica; aunque no insistieron
con el terna de los desaparecidos, tratando de no extremar las cosas. Con el cronograma
electoral en marcha, la lógica de la competencia favorecía a quienes menos dispuestos se
mostraran a llegar a acuerdos sobre este punto o sobre cualquier otra cuestión. Ello tendría un
efecto benéfico; pero también uno perverso: alentó al gobierno a ceder a todo tipo de presiones
sectoriales y a comportarse irresponsablemente en el manejo de los asuntos económicos y
fiscales, en particular de la deuda pública y de las empresas (la deuda externa, en virtual
moratoria, ascendía ya a U$S 43.600 millones, cuatro veces más que en 1976). Por otro lado, el
cuadro recesivo resultante de la combinación del ajuste ortodoxo de Roberto Alemann y la
guerra debía ser revertido de algún modo, y rápido, para descomprimir la situación social.
Bignone era consciente de que su destino se jugaba en gran medida en la solución de estos
dos asuntos: dadas la extrema precariedad del gobierno y la imposibilidad de ganar apoyos
partidarios, necesitaba atraerse a los sectores sindicales y empresarios; y ello requería políticas
expansivas de la actividad y el consumo y licuación de pasivos, por más que fueran
insostenibles a mediano plazo. Domingo Cavallo, designado ahora al frente del Banco Central
gracias a sus lazos con el establishment empresario y con el Ejército, fijó tasas negativas en
alrededor de un 20% mensual, que fueron corrigiéndose, hacia fines de 1983, aunque sin llegar
al nivel de la inflación, y creó un seguro de cambio, actualizado con retraso respecto a las
devaluaciones. Ambos mecanismos permitieron que las empresas le cargaran sus pasivos al
fisco. Simultáneamente, desde el Ministerio de Economía, Dagnino Pastore primero y luego
Jorge Wehbe aprobaron alzas salariales por encima de la inflación y liberaron fondos para
concluir numerosas obras, que Bignone inauguró exultante. Ello se complementó con la
concesiva normalización de sindicatos y obras sociales. Se dio rienda suelta así a una suerte de
revival populista: un poder público debilitado se entregaba al juego desatado de las presiones
sectoriales. El precio fue alto: al estatizarse, el pago de intereses de la deuda externa, que
rondaba el 8% del PBI, pasó a representar el 40% de los ingresos públicos; el déficit de 1983
llegó al 16,8% del PBI y la inflación fue del 345%. La del segundo semestre sería casi la misma
que la de comienzos de 1976. La inversión cayó, entre 1980 y 1983, casi 10% del PBI.
Bignone también enfrentaba una dramática situación en el frente externo. Los comandantes
insistieron con la peregrina idea, adelantada por Galtieri, de que absteniéndose de firmar el
cese de hostilidades aumentaban los costos de Gran Bretaña en la defensa de las islas, con lo
que se los forzaría a negociar en mejores términos. En verdad, los costos para la Argentina
resultaron mucho mayores: la renegociación de la deuda externa y la obtención de nuevos
créditos fueron bloqueadas por los británicos. Si antes de la guerra el régimen padecía ya los
rigores del aislamiento, tras la derrota y la difusión cada vez más amplia y detallada de
evidencias sobre la masacre interna, el cuadro fue de completa soledad. Los países europeos
(Italia, España y Alemania en particular, por el número de sus ciudadanos secuestrados)
hicieron públicos reclamos por su suerte y advirtieron al gobierno que no debía bloquear una
investigación ni condicionar las elecciones. Incluso de América Latina, donde antes cosechara
alguna solidaridad, ahora sólo recibía palos: Venezuela amenazó con romper relaciones si se
interrumpía el camino a la democracia. Bignone se quejó de que el honor nacional era afectado
por esos “ataques” y se abrazó al Movimiento de No Alineados, hasta tanto los países
centrales, en particular EE.UU., se avinieran a reconocer los muchos servicios prestados y la
soberanía nacional. Usó ese foro, reunido en Nueva Delhi en marzo de 1983, para declamar
contra la opresión económica del norte rico sobre el sur pobre. Dirigentes del PJ celebraron
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esta ocurrencia, pues era “de neto corte peronista”. Pero llovieron críticas de las FF.AA. y los
empresarios, que convencieron a Bignone de moderarse. Otro compromiso internacional que
éste no podía evitar, pero se las ingenió para dilatar, fue la mediación por el Beagle. A
principios de 1981 el régimen había rechazado la propuesta papal presentada tiempo antes
(que Chile aceptó de inmediato), bloqueando las tratativas. Ahora el Vaticano volvió a presionar,
pero lo más que obtuvo del gobierno fue prorrogar el mecanismo de mediación. Lo que implicó
cargar a la democracia también con este legado, dado que la opinión pública y parte de las
elites seguirían convencidas de que ceder en este asunto suponía otro agravio a la soberanía.
Ni la Multipartidaria ni ningún otro actor civil pudieron forzar al gobierno a comportarse más
responsablemente. En parte porque estaban demasiado ocupados actuando como voceros del
disgusto de la sociedad. También porque no disentían en muchos casos con lo que el gobierno
hacía, y veían como intentos de reparar errores previos. El terreno en el que esta sutil
convergencia no tuvo lugar fue el de los derechos humanos. Allí el gobierno no tuvo ninguna
chance, y los partidos fueron descubriendo que no tenían muchas, dado que debían lidiar con
organizaciones de solidaridad muy activas y bien organizadas que interpelaban con ventaja a
una opinión soliviantada. Éstas, en un comienzo, lograron hacerse del recurso a la movilización,
que los partidos habían desistido de usar al apostar a la moderación y a una cooperación
acotada. Pero eso cambió cuando la competencia electoral alentó a las fuerzas políticas a dar
cuenta de las demandas y los nuevos consensos que se estaban formando en torno al
movimiento de derechos humanos.

La nueva centralidad de los Derechos Humanos


El derrumbe militar convirtió la batalla por la explicación de la represión y sus secuelas, que se
había trabado en los intersticios del régimen ya en 1980-81, en una lucha decisiva que
abarcaba a la sociedad en su conjunto y en la que se definía la identidad, la legitimidad, el
pasado y el futuro de los diversos actores políticos y sociales. Esta lucha dividió a los grupos de
interés, a los partidos, a las Iglesias, imponiendo clivajes y alianzas que perdurarían por largo
tiempo. Fue, por ello, el conflicto en que la transición dio forma a su tarea fundacional.
Los reconocimientos internacionales proporcionados por la visita de la CIDH, el Premio Nobel a
Pérez Esquivel, la candidatura que para el mismo premio merecieron las Madres, las nuevas
declaraciones del Papa y de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU sobre los
desaparecidos habían sido muy útiles para los organismos al iniciarse esa batalla, pero ello
tenía un límite, entre otras razones porque el régimen podía impugnarlos por “antiargentinos”.
Los organismos necesitaban solidaridades internas, que se volvieron masivas recién tras la
guerra. En abril dc 1982 3.000 personas habían celebrado en Plaza de Mayo un nuevo
aniversario de las Madres. En octubre fueron ya más de 10.000 las que congregó la Marcha por
la Vida y otro tanto reunió una nueva Marcha de la Resistencia en diciembre. En mayo de 1983
50.000 personas rechazarían el “informe final” del gobierno. Aunque esto estuvo lejos de
acorralar al régimen y forzarlo a hacer concesiones, bastó para que las voces del movimiento
llegaran al gran público y moldearan sus ideas sobre la represión y sus secuelas, que
evolucionarían desde las tesituras favorables al olvido y la reconciliación, predominantes hasta
la guerra, hacia las que reclamaban investigación y verdad y con el tiempo también justicia y
castigo (“Con vida los llevaron, con vida los queremos”, coreaban las Madres en 1978;
“Aparición con vida”, pedirían desde 1980; “Juicio y castigo a todos los culpables”, cerraban sus
declaraciones dos años después).
Esta creciente receptividad se correspondió con la proliferación de informes, testimonios e
imágenes que confirmaban las denuncias y que dieron lugar a lo que González Bombal llamó el
“show del horror”: en octubre de 1982, gracias a investigaciones del CELS, se descubrieron
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cientos de tumbas colectivas sin identificar en el cementerio de Grand Bourg, cercano a Campo
de Mayo (la base militar más grande del país); al poco tiempo hubo hallazgos similares en
Chacarita, Córdoba y Mar del Plata. Las declaraciones de algunos partícipes directos en la
represión aportaron lo suyo, abriendo grietas en e1 pacto de silencio: duros entre los duros,
Camps y Verplaetsen (sucesivos jefes de la policía bonaerense) defendieron públicamente el
método y alcance del “plan antisubversivo”; otros pocos, muy pocos, arrepentidos, dieron
testimonio de lo que sabían. La matanza, que por tanto tiempo se había podido ignorar, se
volvió una realidad inmediata para millones de argentinos. En muchos este “show” que los
medios llevaron a niveles de saturación, generó retraimiento y escapismo. Pero más allá de ese
aspecto anestesiante, y de consideraciones políticas e ideológicas, se impuso un demoledor
sentimiento de indignación y repudio en la amplísima mayoría, que dio forma a un nuevo
sentido común: lo que se llamara “guerra interna” era ahora “el terrorismo de Estado”, y al
menos la mayoría de los que habían sido “subversivos” ahora eran “jóvenes idealistas” y
“víctimas inocentes”.
Esto último fue sintomático: considerarlos inocentes era para la opinión pública mas necesario
ahora como había sido encontrarlos culpables en los años de plomo. En sentido estricto, la
inocencia de los secuestrados no tenía relación con su pertenencia o no a organizaciones
consideradas “terroristas” por el régimen y hasta poco tiempo antes también por muchos de los
ahora exégetas de la inocencia. Consistía en que ninguno, ni siquiera los más implicados en el
ejercicio revolucionario y terrorista de la violencia, habían sido eximidos de un tratamiento
criminal por parte del poder represivo: no se les había realizado un juicio, ni imputado actos
determinados sino la pertenencia a esas organizaciones sobre la base de confesiones
obtenidas bajo tormento. Si la opinión pública pasaba por alto este criterio elemental y en
cambio le era imperioso negar la militancia política de los desaparecidos, era por la fragilidad de
sus convicciones liberales y republicanas, y también porque de este modo se los podía
identificar como pertenecientes a un campo democrático que se postulaba preexistente y ajeno
a la polarización, la violencia y el pretorianismo que rigieran en el país hasta entonces. Ello
permitía moldear el pasado y las identidades de la sociedad civil de modo de hacerse de raíces
democráticas, y desprenderse de las anteriores intimidades con los proyectos que las habían
corroído. Así, la previa culpabilización de las víctimas se revertía en un mecanismo que
mantenía su misma lógica y cumplía una función semejante: liberar al grueso de la sociedad de
las responsabilidades morales y políticas por lo sucedido. los militares que, acorralados,
denunciaron la hipocresía de muchos de los que ahora se rasgaban las vestiduras por los
derechos humanos tenían algo de razón. Pero su aislamiento y empecinamiento les impedía
captar lo más importante: la transformación en las conciencias y prácticas políticas de la
sociedad que estaba teniendo lugar, esencial para la democracia; puesto que a partir de una
conveniencia o necesidad circunstancial, llegarían a reconocerse los derechos individuales
como principio fundante del orden público.
El “mito de la inocencia” requería, como complemento necesario, una explicación sobre la
violencia política que vio la luz con la llamada “teoría de los dos demonios”, punto de partida
esencial para los discursos del grueso de las fuerzas democráticas (aunque fue el alfonsinismo
quien le dio su más refinada expresión). Esa teoría permitió abrir un abismo entre los violentos y
autoritarios, y la sociedad victimizada y los actores legítimos de la democracia, definiendo un
campo neutral en el que asentar la convivencia pacífica y un límite a las prácticas y
concepciones que el nuevo orden toleraría. Esto revestía enorme importancia, pues contradecía
la visión hasta entonces preponderante que hacía de la democracia no una condición básica de
la convivencia, sino un recurso útil según las circunstancias, o un punto de llegada, para las
“luchas populares” y la “construcción del orden”. En términos de relato sobre lo sucedido, sin
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embargo, los “dos demonios” tenía más de una dificultad. En primer lugar, equiparaba lo
incomparable: los crímenes de grupos irregulares con el sistema criminal montado desde el
Estado, que había pervertido el propio principio de legalidad, al utilizar los instrumentos de la ley
en su contra. Además, ofrecía una vía exculpatoria a amplios sectores que habían apoyado de
un modo u otro el uso de la violencia, sobre todo el terror de Estado, demonizando a sus
ejecutores, como si se hubiera tratado de sectas aisladas de lunáticos. Por esto, aunque la
doctrina fue muy eficaz en neutralizar la lógica pretoriana, pagó un muy alto precio en términos
de las posibilidades que se abrían para cambios más profundos en las prácticas políticas y para
el debate sobre la violencia, que quedó encapsulado en un formato estereotipado y moralizante.
Con todo, su eficacia inmediata para impugnar la represión fue demoledora e inapelable. Sobre
todo porque la alusión a los crímenes de la guerrilla, siendo que eran lejanos y habían sido a
todas luces
purgados, dejó
de relieve la
impunidad y la
actualidad de los
del poder militar.
A esta tónica se
fueron plegando
más y más
actores sociales.
Recordemos el
documento
Iglesia y
Comunidad
Nacional, de julio
de 1981, en el
que se sostenía
que “la represión
ilegítima también enlutó a la patria (...) no es confiando en que el tiempo trae el olvido y e1
remedio de los males como podemos pensar y realizar ya el destino y el futuro de nuestra
patria”. También los jueces que percibieron este cambio de clima harían lo suyo para abrir, tras
la guerra, la vía procesal a las denuncias por la represión ilegal, adoptando una actitud más
receptiva e inquisitiva hacia todas las que involucraban a militares. A mediados de 1982 se
iniciarían, o tomaron estado público oportunos avances, varias investigaciones sobre casos
famosos de desapariciones (Hidalgo Solá y Elena Holmberg principalmente). El régimen, que
había confiado en el apoyo perenne de los “buenos argentinos”, encontraba ahora que su juicio
se volvía militante y explícito contra la represión, cuando ya nada podían hacer para evitar una
revisión. De todos modos lo intentaron: en noviembre de 1982 la Junta comunicó
solemnemente al Ejecutivo sus “instrucciones para la concertación”, incluyendo un listado de 16
temas que los partidos deberían acordar. Estos, viendo que ya no podían hacerse los
distraídos, no sólo rechazaron la oferta sino que, abandonando su pasividad, convocaron a una
movilización para el mes siguiente. El sector más dinámico de la dirigencia política, encabezado
por Alfonsín, forzó esta decisión: era la oportunidad de ocupar el centro de la escena,
despejando las incertidumbres creadas desde los cuarteles y atenuando la presión de la
movilización autónoma de los organismos de derechos humanos.
Las 80.000 personas que se congregaron en Plaza de Mayo superaron las expectativas de los
organizadores. Y lo que terminó de arruinarle las cosas al gobierno fue la reacción de los
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halcones: desataron una impresionante represión, que provocó numerosas detenciones,


heridos y un muerto. Si pretendían acorralar a la Multipartidaria entre la sublevación (popular o
militar) y el pacto, asociando de paso ante la opinión pública el regreso de los partidos al
desorden y la violencia callejera, el efecto no pudo ser más decepcionante. El disgusto colectivo
con los militares dio el marco para que los multipartidarios difundieran un documento
rechazando todo condicionamiento a las futuras autoridades “ya sea insertándole elementos de
continuismo o transfiriéndole graves problemas cuya solución es de su directa responsabilidad”.
En respuesta, la Junta daría a conocer, en abril de 1983, el “Documento Final sobre la Guerra
contra la Subversión y el Terrorismo”: “Todo lo actuado fue realizado en cumplimiento de
órdenes propias del servicio”, rezaba. El texto recuerda que el gobierno de Isabel había
ordenado el aniquilamiento de la guerrilla. Pero el mensaje importante es el que dirige a las
propias filas: la Junta se hacía cargo, en nombre de los comandantes precedentes, de la
responsabilidad institucional. Una definición dirigida a calmar los recelos internos, y que tendría
enorme importancia judicial en el futuro.
El documento mereció duras respuestas, no sólo de los organismos, sino también de los
partidos y otros actores civiles, con excepción de los sectores conservadores de la iglesia y los
grupos empresarios. Se hizo evidente el aislamiento del régimen, y no era para menos. El
Proceso había hecho la guerra considerándola “externa” a los efectos de no reconocer
garantías jurídicas de detención, debido proceso y presunción de inocencia a sus enemigos;
pero a la vez identificándolos como “bandas de delincuentes” para no reconocerlos como
“fuerza beligerante” (lo que, además de molesto para él, habría sido injustificado) y poder así
desconocer las convenciones internacionales sobre la guerra. Peor aún, había querido ejercer
el terror estatal sobre los revolucionarios preservando una imagen pública de moderación,
respeto a la ley y fe constitucional. Demasiadas contradicciones y ambigüedades para poder
salvarlas con una declaración filial en condiciones tan poco favorables como las creadas por el
descalabro económico y la derrota en Malvinas. Por esa misma época llegó un radiograma
secreto a todas las unidades militares para que remitieran los archivos de la represión a sus
comandos, donde fueron destruidos. Lo mismo se hizo con muchos edificios militares y
policiales donde funcionaron centros de detención, y en otros se borraron las huellas de lo
sucedido. Por último, poco antes de las elecciones la Junta promulgaría la llamada “Ley de
pacificación”, que declaraba prescritos todos los delitos ligados con la represión. Contra lo que
pretendía, cada paso y cada gesto que daba no hizo más que abonar el camino para que los
derechos humanos fueran una pieza central de la campaña electoral. Y selló así definitivamente
su suerte.

Del Juicio a las Juntas al estallido de la crisis militar (1984-1987)


La primera etapa democrática que siguió a la caída del Proceso estuvo signada por grandes
esperanzas, y también por grandes frustraciones. En un balance de unas y otras debe
distinguirse, a grandes rasgos, lo sucedido en el terreno político y en el económico. En el
primero, a pesar de todas las dificultades, se destacan resultados positivos: tras décadas de
golpes de Estado y violencia se estabiliza el sistema democrático y el imperio de la ley, y se
acota el poder militar, castigándose la violación a los derechos humanos durante la dictadura.
En cambio en el económico, los resultados de las políticas gubernamentales arrojan poco más
que decepciones: el pesado endeudamiento externo y un marco internacional desfavorable
(bajos precios de las exportaciones y altas tasas de interés) frustraron los esfuerzos del
gobierno, ya de por sí poco consistentes por la tensión entre las promesas de una rápida
reactivación y la progresiva toma de conciencia de la necesidad de un ajuste, que frenara la
galopante inflación y el enorme déficit fiscal.
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Esta diferencia entre los resultados en distintos terrenos de la política democrática tiene su
correlato en los cambios vividos por la sociedad en esos años: al tiempo que ella se benefició
ampliamente de un clima de tolerancia, negociación pacífica de los conflictos, apertura e
integración en el mundo y modernización cultural que no se disfrutaba desde hacia décadas, se
cristalizan y profundizan tendencias alarmantes aparecidas durante la dictadura, y algunas más
remotas: la generalización de comportamientos especulativos y facciosos, la pérdida de lazos
de pertenencia y la pobreza y exclusión de millones de ciudadanos del disfrute de los más
elementales derechos sociales. La libertad política conquistada no quedó indemne ante estos
fracasos sociales y económicos, dado que su misma razón de ser había sido planteada desde
un comienzo en función de lograr una ¨democracia con justicia social¨, que pareció estar cada
vez más fuera de alcance.
Este período tan lleno de promesas y entusiasmos como de frustraciones, que se inicia con la
primavera democrática de 1984 y los juicios a las Juntas Militares, y se cierra con la
hiperinflación de 1989, coincide con el ciclo de ascenso y caída de un líder, Raúl Alfonsín.

1985/1987: el declive del Plan Austral y la crisis militar


El impulso inicial del programa de estabilización, junto a los avances en el terreno militar,
alcanzaron para que en noviembre de 1985 e1 gobierno sorteara el primer test electoral, la
renovación parcial de diputados. El peronismo obtuvo un resultado semejante al de dos años
antes, pero dado que se presentó dividido entre renovadores y ortodoxos en algunos distritos,
pareció aún más debilitado: muchos se apresuraron a anunciar su pronta y definitiva disolución.
Fue eso además lo que ayudó a instalar la idea de que la UCR, si bien no incrementó su
porcentaje electoral, consolidaba su supremacía. En verdad no ganó mucho terreno en la
Cámara Baja, y nada cambió en el resto del sistema institucional. El PI logró un leve
crecimiento en Capital Federal y Gran Buenos Aires, suficiente para que las críticas al gobierno
desde la izquierda, centradas en la cuestión económica y el juicio a los militares, ganaran
crédito entre periodistas e intelectuales. A la victoria electoral le siguió el fallo de la Cámara
Federal: las tres primeras Juntas fueron condenadas por su responsabilidad política en el plan
ilegal de represión. Dos años habían transcurrido, no había mucho que festejar, pero en el
gobierno se pudo imaginar un futuro más despejado, y que 1983 no había sido un simple
accidente. Pero precisamente entonces tomó decisiones que se revelarían a la postre muy
perjudiciales, desaprovechándolas de todos modos sobreestimadas posibilidades que se le
habían abierto al sortear los obstáculos iniciales.
Como dijimos ya, los disensos internos y externos, alimentados de la distancia entre las
expectativas de reparación de todo tipo y procedencia y las conclusiones que arrojaba un
diagnóstico cada vez más realista, no se habían extinguido sino apenas adormecido bajo el
influjo de los primeros meses de éxito del Austral. Las decisiones adoptadas a fines de 1985 y
principios de 1986 respecto del gasto público, los salarios y la inyección de recursos en el
sistema financiero los pusieron en evidencia. Cuando esto redundó en un rebote inflacionario,
de todos los frentes se intensificaron las presiones sobre el gobierno, que fue perdiendo la
iniciativa. El círculo vicioso entre puja distributiva e inflación volvió a regir el comportamiento de
los actores económicos. Nuevas caídas en los precios internacionales de los productos
exportados (a principios de 1987 la baja acumulada desde comienzos de la década sería ya del
40%) y la fenomenal inundación en el litoral terminaron de hundir las previsiones del programa.
La presión para bajar las retenciones agropecuarias se intensificó al mismo tiempo que las
demandas de mayores partidas de Presupuesto. El déficit volvió a subir (llegaría a 7,2% a fin de
1986) aunque el FMI, gracias al gobierno norteamericano, concedió un perdón por el
incumplimiento de las metas. Alfonsín caviló durante meses entre ceder a las presiones o
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reforzar la vía del ajuste, mientras la escasa disciplina se terminaba de evaporar. No se corrigió
la política monetaria, ni se dieron señales claras a los actores ni a los organismos del Estado;
las empresas públicas cedieron a las presiones de sus gremios, y subieron los salarios
(alrededor de un 9°/o en el año); lo mismo sucedió en la banca pública (20%). La industria
concedió aumentos equivalentes, mientras los gremios de la administración se lanzaban a la
lucha por el retraso relativo de su sector. En la segunda mitad del año la inflación estaba ya en
el 7,3% mensual. Recién a fines de agosto Alfonsín tomó una decisión: reemplazó a Alfredo
Concepción por José Luis Machinea al frente del Banco Central, y autorizó una política de
restricción monetaria (se elevó la tasa de interés y se redujo la asistencia a los bancos). Pero
eso apenas alcanzó para evitar que la inflación siguiera subiendo: las cuentas públicas se
habían deteriorado demasiado, debido al retraso de las tarifas, a lo que se sumó a fin de año la
reducción de las retenciones a las exportaciones para intentar contener las protestas del
campo. En febrero de 1987, temiendo una nueva espiral inflacionaria, se aplicaría un nuevo
congelamiento de precios y salarios.
Apenas un año había transcurrido desde aquel promisorio final de 1985, y la situación había
cambiado completamente. El gobierno caminaba ahora detrás de los acontecimientos, poniendo
paños fríos en un conflicto para inmediatamente correr detrás del siguiente. Mientras el
panorama económico se complicaba, la competencia política y la cuestión militar habían ido
adquiriendo un cariz que se revelaría pronto igualmente explosivo.
También 1986 significó una oportunidad perdida en el frente militar. El fallo del juicio a las
Juntas, dado a conocer el 9 de diciembre de 1985, en su punto 30 habilitó la apertura de
procesos a los represores que aparecían involucrados en casos que la Cámara Federal daba
por probados. En el gobierno surgieron entonces voces que recomendaron intervenir sin
dilación sobre los jueces y fiscales definiendo con claridad los alcances de la obediencia
debida. A través de su cristal, la democracia resultó reivindicada, antes que como “gobierno
democrático”, como Estado de Derecho, sin que las garantías que a él se reclamarían fueran
acompañadas por las correspondientes responsabilidades. Las nociones republicanas de
gobierno de la ley y de comunidad de ciudadanos responsables, tanto de los problemas como
de la búsqueda de soluciones, quedaban así peligrosamente sesgadas en la oposición entre
una sociedad víctima y un Estado victimario, cuando apenas comenzaban a enraizarse en un
terreno poco firme y poco fértil. Por lo mismo, el crédito que mereció el pluralismo político, toda
una novedad para una cultura profundamente contaminada de intolerancia, significó el imperio
de la lógica de la competencia y la diferenciación frente a los necesarios contrapesos de
compromiso y colaboración. La ausencia de una tradición liberal-democrática arraigada en
sectores populares y de elite, y en memorias colectivas tanto de experiencias de oposición
como de gestión de gobierno, determinaría que muy fácilmente se generaran en los actores
sociales y en los partidos tensiones y desajustes entre la genérica fe pluralista y republicana
adoptada y la persistencia de hábitos tradicionales de agregación y defensa de intereses
inclinados a la facciosidad y la especulación. En los problemas que enfrentó Alfonsín para
limitar los juicios se evidenció también una tensión más profunda entre los estándares morales
y jurídicos que la bastante nueva pero pretendidamente enraizada cultura democrática
establecía para el Estado de Derecho, que infinidad de víctimas del accionar del Estado
utilizarían como recurso para legitimar sus exigencias de reparación, y las capacidades
efectivas de dicho Estado en términos de disposición de recursos, y eficacia para hacer cumplir
las más elementales reglas del derecho. Muchos jueces, fiscales y argentinos en general
parecían querer emular las pautas ya no de los juicios de Nuremberg, sino de los jueces
alemanes de épocas más cercanas, que avanzaran en la investigación de miles de funcionarios
y colaboracionistas del nazismo y en el establecimiento de obligaciones retroactivas que
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 70
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

comprometían al Estado alemán y a la sociedad en una revisión crítica permanente de su


pasado. ¿Podía la Argentina en los años ochenta hacer lo mismo?
Sucedía también que el movimiento de derechos humanos había sido desde un comienzo, y
continuaba siendo, estrictamente humanista y universalista. No es casual que sus dirigentes,
salvo rarísimas excepciones, se privaran de evocar la Constitución, los derechos emanados de
la misma y la comunidad de destino que se insinuaba como trasfondo y prospectiva en el
ampliamente venerado pero poco reflexionado Nunca Más. En parte esto era consecuencia de
la abusiva utilización de la fraseología republicana en los proyectos autoritarios: si incluso el
Proceso se había vestido con esos ropajes (y sostenido que sólo habría derechos cuando él
refundara la República) mal podían ahora sus detractores encontrar en esa misma República un
bálsamo para sus heridas y un camino confiable para sus aspiraciones de reparación. Por otra
parte, la experiencia bajo la dictadura había mostrado movimiento lo poco afectas a los valores
liberal republicanos que eran las tradiciones políticas argentinas que no habían tenido mayor
empacho en ignorar la cuestión aun a pesar de todas las presiones externas. Por último,
sucedía lo mismo con muchos activistas del movimiento, así como con el grueso de las
víctimas: los derechos invocados no podían ser los de la tradición liberal republicana
simplemente porque no se quería tener nada que ver con ella. La incoherencia en que incurrían
podía disimularse detrás de la épica universalista que animaba al discurso sobre los derechos
de los organismos internacionales, por obvias razones reluctantes a aceptar los
condicionamientos naciones de valores a todas luces “humanos”.
Del otro lado, el gobierno debería lidiar con una incoherencia equivalente y creciente entre su
afirmación de la legalidad y la constatación práctica de que aplicarla in toto suponía asumir
conflictos crecientes con beneficios inciertos. Parte del problema era, digamos, programático: el
consenso alfonsinista, que en la transición había sido de lo más audaz que pudo escucharse, ni
se imaginó encarar una reforma radical de las Fuerzas Armadas que hiciera a un lado a la
oficialidad heredada; pero no despejó la sospecha de muchos uniformados de que el objetivo
era precisamente ese. La eliminación de las hipótesis de conflicto con Brasil y Chile, las
reducciones presupuestarias, la consecuente inmovilización de barcos, aviones y tanques, y la
caída de los salarios (que obligó a muchos a buscar un segundo empleo), hacían pensar que a
la corta o a la larga se apuntaba a liquidar a “las FFAA. como institución”. En la incapacidad
para despejar estas sospechas pesó, por un lado, cierta inadvertencia del público e incluso del
gobierno en cuanto a que existía una “cuestión militar” más allá de las violaciones y los juicios.
Y, por otro, que una cosa era la desarticulación política del actor militar, y otra la persistente
capacidad del mismo, o de las facciones resultantes de su descomposición de extorsionar a las
instituciones con amenazas de mutua destrucción. Porque si bien los uniformados
efectivamente caminaban por un irreversible sendero de decadencia, todavía podían abrazar en
su caída a otros que tenían mucho más para perder. Quienes advirtieron este peligro, para
colmo, tendrían muchas dificultades para convencer al resto de que la solución era moderar la
persecución judicial de los represores para que el consenso democrático ganara el corazón de
la parte más sana de la oficialidad.
Por sobre todo, tomar nota de estos problemas y actuar en consecuencia estaba dificultado por
la simultánea presencia y ausencia de profundos desacuerdos que las violaciones a los
derechos humanos suscitaban entre sectores de la opinión y en el propio gobierno. Detrás del
pretendido consenso sobre el carácter inalienable de los derechos en cuestión, y la no menos
general repulsa a lo sucedido, se escondía, en un sentido literal, una lucha sorda y sin cuartel
entre quienes no habían dudado en festejar, y aún justificaban, la eliminación de los
“subversivos” y de lo que representaban, y quienes habían encontrado en la defensa de los
derechos humanos un atajo para derrotar política y moralmente a sus enemigos. Ambos podían
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alternativa o simultáneamente preguntarle con la mayor inocencia a Alfonsín: “Si estamos todos
de acuerdo, ¿cómo es que no encuentra una solución? ¿Por qué no define de una vez por
todas si está con nosotros o en contra nuestra?”. Dado ese marco, era muy probable que el
término medio que estaba buscando desesperadamente el gobierno para asentar sus reales y
conservar el consenso que había logrado, o creído lograr, fuera finalmente tan sólo una tierra
de nadie en una batalla que muchos peleaban con alma y vida y nadie reconocía estar
peleando. En este sentido, el problema seguía planteado en los mismos términos que en la
transición: cómo definir un terreno de convivencia neutral en que leyes imparciales
determinasen culpabilidades y responsabilidades; y desactivar así la polarización que volvería
imposible un consenso democrático y moderado. Cuando la vía judicial comenzó a complicar el
frente militar, el gobierno buscaría una solución de este tipo, pero tardaría demasiado en
encontrarla y cometería demasiados errores en el ínterin,
Desde que los jueces más activos comenzaron a recorrer el camino inverso al seguido por la
Cámara Federal, yendo directamente a los casos particulares, la estrategia de Alfonsín de
condenar a las cúpulas, retiradas y desprestigiadas, y desactivar solidaridades procesistas en
los rangos inferiores, había empezado a hacer agua. Sucedía que era mucho más fácil
responsabilizar a los oficiales subalternos de los secuestros, torturas y asesinatos, a partir del
testimonio de los testigos disponibles (sobrevivientes o familiares), que encausar a sus jefes.
De manera que se invirtió el efecto buscado en los cuarteles con el juicio a las Juntas: la
culpabilidad recaía en quienes habían actuado, quienes se consideraban tan poco responsables
como los civiles que habían dado su consentimiento y apoyo moral a la causa represiva; en
tanto los altos mandos podían refugiarse en la falta de pruebas, y en que sus subordinados
difícilmente se autoinculparan para descargarles la autoría intelectual.
El Ejecutivo se esforzó en dar señales a los uniformados confirmándoles su voluntad de acotar
la cuestión a algunos jefes de zona y represores paradigmáticos (cuyo número de todos modos
siguió siendo un misterio). Reafirmó ante los comandantes su compromiso de aplicar el criterio
de obediencia debida, y trató de ganar tiempo para frenar reacciones militares. Aunque, por otro
lado, que esas reacciones tomaran estado público lo ayudaría a justificar una salida que ya
difícilmente podía presentarse como “la mejor solución para todos”. El gobierno comenzó a
hacer entonces, tímidamente, lo que había prometido no hacer, presionar a los jueces. El 24 de
abril el Ministerio de Justicia dio a conocer las “instrucciones al Fiscal General del Consejo
Supremo de las Fuerzas Armadas”. En concreto ellas acotaban la excepción al criterio de
obediencia por “delitos aberrantes” estableciendo que sólo se podía hacer responsable a los
subordinados en caso de “excesos” (un término ya de por sí desafortunado: se recordará, había
sido en su momento utilizado por Videla). La reacción pública, de los tribunales y de la
dirigencia política frustra el intento: el 16 de mayo los organismos y los partidos, incluidos
sectores radicales (no sólo juveniles, también altos funcionarios e importantes legisladores,
como César Jaroslavsky, Enrique Nosiglia, Marcelo Stubrin, etcétera), repudiaron en una
marcha el contenido de las instrucciones, y cuando la Cámara Federal amenazó con renunciar
en bloque, el gobierno decidió olvidarse de ellas. Transcurrirían varios meses para que
retomara la cuestión. Mientras tanto, se esforzó en lograr también algunas capturas y juicios a
jefes guerrilleros, con los que equilibrar las cosas. Mario Firmenich fue finalmente atrapado en
Brasil y extraditado. Su juicio fue mucho más breve y mucho menos convocante que el de las
Juntas, pero no careció de relevancia. La condena fue a 30 años de prisión.
Pero el tiempo no jugaba a favor del gobierno. Las citaciones a oficiales de rango medio y bajo
azuzaron el estado deliberativo en las fuerzas. La autoridad de los mandos decayó en tanto sus
subordinados comprobaban que los compromisos que habían transmitido desde el Ejecutivo y
de los que se habían hecho eco no se cumplían. Recién en diciembre, ante las noticias de un
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malestar ya incontenible que le transmitía el jefe del Ejército, e1 general Héctor Ríos Ereñú, el
gobierno envió al Congreso un proyecto de ley que se conocería como “Punto Final”: establecía
la caducidad de todas las causas que no hubieran registrado avances hasta entonces. La ley
fue aprobada con pocos votos en contra, pero sin la colaboración del peronismo ni de una parte
del propio partido oficial. La Fecha de caducidad se fijó para 60 días después, al final de la feria
judicial. Y sucedió entonces que las cámaras federales de casi todo el país, varias de las cuales
no habían tenido hasta entonces ningún interés en dinamizar las causas, se movilizaron para
hacerlo, incluso suspendiendo la feria. Alrededor de 300 oficiales, la mayor parte en actividad,
fueron procesados en esos días, y muchos inmediatamente citados.
Más allá de la actitud de los jueces, lo cierto es que la concepción misma del Punto Final era
bastante inconsistente. Llevaba al extremo la tensión entre la idea original de Alfonsín, dar una
solución rápida a las violaciones cometidas, y las circunstancias concretas que habían ido
modificando la cuestión. El problema era en esencia temporal: para garantizar una victoria en el
orden de la legitimidad y desarmar a posibles conspiradores y demandas “maximalistas”, el
tema no podía permanecer abierto por mucho tiempo; pero eso era viable y razonable si se
distinguían los niveles de culpabilidad; cuando se modificó el proyecto inicial, y los procesos se
extendieron a los oficiales subalternos, fruto del oportunismo opositor, el Juicio y el activismo de
los jueces, el gobierno en vez de diluir e1 conflicto persistió en su idea inicial de cerrarlo. Y en
vez de ganar tiempo perdió el poco que tenía.
No pudo ser más trágico el impacto en los cuarteles, en términos de pérdida de confianza en la
política presidencial y de cohesión interna. Sobre todo en el Ejército, al que pertenecían la
mayor parte de los encausados, y donde más se había debilitado la disciplina desde Malvinas.
Que los oficiales subalternos no pudieran encontrar una forma de compartir responsabilidades
con sus superiores era algo que no podía llamar la atención. El secreto de las operaciones y el
pacto de silencio funcionaban como complementos perfectos, y a la vez corrosivos de la cadena
de mandos (no se puede hablar de lo que no hay registro, no se puede reclamar a las jefaturas,
nada se puede esperar de ellas, etcétera), volcando a los subordinados hacia la idea de que
sus jefes estaban traicionándolos una vez más, y se había urdido algún tipo de confabulación
entre ellos y las autoridades para destruir a través suyo lo que quedaba de las FF.AA. de la
nación. Es así que las ideas conspirativas, paranoicas y ultranacionalistas que desde siempre
florecían en los cuarteles se cristalizaron en una convicción al mismo tiempo redencionista y
suicida. El carapintadismo nació de estas circunstancias, como una respuesta desesperada en
ausencia de alternativas: la acción del gobierno los había acorralado y actuarían en
consecuencia, porque nada tenían que perder.
Esta vez el Ejecutivo no tardó tanto en tomar nota del problema en que estaba metido. Pero los
tiempos se habían acortado demasiado. En marzo Alfonsín anunció la decisión de aplicar la
obediencia debida en forma amplia y definitiva, enviando un nuevo proyecto de ley al
Parlamento que daría por terminado el debate con los jueces. Su anuncio no fue escuchado. El
14 de abril, el mayor Ernesto Barreiro, citado por la Cámara Federal de Córdoba, se refugió en
un regimiento y se negó a cumplir la orden de su superior de acatar la citación. Mientras el
gobierno intentaba aislar a Barreiro, estalló el alzamiento: un centenar de oficiales y suboficiales
al mando del teniente coronel Aldo Rico tomó la Escuela de Infantería de Campo de Mayo y
presentó una lista de exigencias:
freno a los juicios y a la “campaña de desprestigio de las Fuerzas Armadas”, remoción de Ríos
Ereñú y negociación de su reemplazante, promesa de no sancionar a los rebeldes. No se
trataba de un golpe de Estado, sino de un acto dirigido a mostrar que el gobierno carecía del
control de la fuerza pública, para obligarlo a negociar la revisión del pasado y la situación
interna del Ejército, recuperando espacio para el poder militar.
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

¿Era esta la “presión” que Alfonsín necesitaba para convencer a la opinión y a sus propios
partidarios de la adecuación de su diagnóstico y su propuesta de obediencia debida, por la
necesidad de poner fin a los juicios? ¿O significaba todo lo contrario, la demostración de que no
podía cederse ante el poder militar, coyunturalmente débil pero irreductible y amenazante?
Independientemente de las consideraciones éticas en juego, Semana Santa provocó el choque
frontal de estas dos interpretaciones alternativas. Y, contra lo que suele creerse, el saldo
inmediato no fue claramente favorable a ninguna de ellas. Será más bien el encadenamiento
posterior de los hechos, el modo en que se presentó la ley de Obediencia Debida, la derrota
electoral del gobierno y las siguientes rebeliones, lo que dio por tierra con la capacidad oficial
de sostener su interpretación de lo sucedido, y su política.
Los cuatro días que duró el motín fueron ocasión de masivas movilizaciones democráticas.
Salvo escasas excepciones, las organizaciones políticas y sociales lo repudiaron. Los
renovadores del PJ se destacaron por su presencia en las movilizaciones y en la Casa Rosada
(en tanto sindicalistas y
sectores ortodoxos se
mantenían en un
ambiguo silencio). El
gobierno supo
aprovechar la situación
para hacer firmar a los
partidos, el domingo
19, el Acta de
Compromiso
Democrático, en la que
se leía: “La
reconciliación de los
argentinos sólo será
posible en el marco de
la Justicia, del pleno
acatamiento a la ley y
del debido
reconocimiento de los
niveles de
responsabilidad de las
conductas y hechos del
pasado”. Con este
papel en sus manos, el
gobierno consideró
poder salir fortalecido
del episodio. Cuando
ese mismo día, ante la
imposibilidad de hacer cumplir la orden de represión a las tropas supuestamente leales, y el
riesgo de un desborde de la movilización popular en los lindes del regimiento sublevado, que
podría terminar en una masacre y en la polarización incontrolable de las posiciones en pugna,
Alfonsín aceptó la exigencia de Rico para pensó que sería un sacrificio menor frente a la victoria
que se obtendría. Las circunstancias que llevaron las tratativas entre Horacio Jaunarena
(ministro de Defensa) y Rico a ese punto revelan también la escasa significación que entonces
se otorgó a esa exigencia y el grado de alegre improvisación con que se actuaba desde el
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Ejecutivo: el día anterior, en que Rico había aceptado deponer su actitud, sin nada a cambio (se
le había comunicado que el jefe del Ejército había pedido el retiro, pero no se aceptó su
intervención en la designación del sucesor, no se perdonaría a los sublevados ni se modificaría
la posición oficial sobre la represión más allá de la ya anunciada ley de Obediencia Debida),
varios dirigentes radicales se presentaron ante él para ofrecer sus buenos oficios en la
obtención de concesiones del gobierno; ante lo cual la actitud de aquél cambió, entendiendo
que el gobierno estaba más dividido de lo que parecía y podía recurrirse a otros mediadores
para poner en aprietos al ministro y al presidente. Como sea, si éstos aceptaron ese cambio de
planes fue sin duda porque entendieron que no se contraponía a su propia estrategia ni a la
idea que deseaban transmitir una vez resuelta la cuestión: se había encontrado finalmente el
punto de equilibrio para convivir pacíficamente, cerrando la cuestión de los juicios con el
consenso de la civilidad y los propios militares.
En mayo el gobierno envió al Parlamento el proyecto de Obediencia Debida. Si estimó que
hacerlo tras la sublevación era una señal de debilidad y de abandono de su compromiso con la
garantía de derechos y el gobierno de la ley, no hizo mucho por desestimarlo: siguió invocando
sus promesas electorales, y aludiendo a la sublevación como la prueba de que era necesario
acotar la persecución penal. Con lo que no dejaba muy en claro si impulsaba la ley por
convicción programática o por necesidad circunstancial, e indirectamente daba pasto a la
versión que difundieron hasta cansarse los medios de comunicación y la oposición, según la
cual el gobierno había cedido ante los sublevados. Una versión que también beneficiaba a
estos últimos: le otorgaba a Rico y sus carapintadas un papel en las soluciones de la
democracia. A lo que contribuía el que Alfonsín los hubiera llamado “héroes de Malvinas”. Los
carapintadas no quedaban así asociados a la “guerra sucia”, al menos no sólo a ella, sino a una
guerra justa, una “causa nacional mal instrumentada, y a la luz de ella podían tratar de
resigniflcar su participación en la primera: habían sido “mano de obra” y luego “chivo expiatorio”;
la rebelión había sido el último recurso de gente desesperada por haber sido conducida a un
callejón sin salida, primero por la dictadura, y ahora por el gobierno democrático. Por esta vía
este sector castrense ganaría adhesiones, no tanto en la opinión como en sectores políticos,
nacionalistas y peronistas, e iría buscando su lugar como actor legítimo de la vida pública. Este
efecto inesperado de los reconocimientos hechos por Alfonsín en Semana Santa probó de paso
algo que el presidente tardó demasiado en advertir: Rico no era tan políticamente inhábil como
parecía.
También los carapintadas se consideraban “víctimas de la situación”, no victimarios, (ellos
también habían sido arrastrados a hacer lo que habían hecho, no podían ser culpables, ni
siquiera responsables, porque eran humanos como el resto de los argentinos), y eso los
autorizaba a desobedecer: no tenían por qué acatar órdenes de una conducción militar que tan
flacos favores les había hecho a sus carreras y al país. Más aun cuando podían ser voceros y
guardianes de un sentimiento nacionalista que, si bien aturdido, no estaba muerto ni mucho
menos. Tan es así que el propio Alfonsín se había visto obligado a reconocerlo, aunque no
fuera capaz ni tuviera voluntad de satisfacerlo.
Es de destacar que, aunque el gobierno no había hecho menos que su antecesor ni lo que sus
adversarios pudieran esperar respecto a Malvinas (presentar todos los años e1 caso en la
ONU, presionar a Gran Bretaña para que se mantuvieran elevados sus gastos militares,
reclamar negociaciones que partieran de reconocerla soberanía argentina, etcétera), y por esta
vía extravió la posibilidad de firmar el cese de hostilidades y obtener apoyo inglés en la cuestión
de la deuda, era acusarlo por todo el arco nacionalista del país, de izquierda a derecha, de
haber “desmalvinizado la política exterior”, y de traicionar la causa nacional en sus tratos con el
mundo desarrollado. Probablemente en la política radical sobre Malvinas pesó la convicción de
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que había que atender de algún modo el sentimiento nacionalista para evitar que fuera
aprovechado por los autoritarios. Pero si esa fue la intención el resultado no pudo ser más
decepcionante: la reactivación del nacionalismo redencionista y aislacionista encontrará un
suelo más fértil de lo que hubiera podido esperarse si los actores democráticos hubieran tenido
una disposición algo mayor a criticar sus premisas y lugares comunes sobre las causas
territoriales y la supuesta historia de despojos sufrida a manos de países coloniales o naciones
vecinas. De hecho, Rico lograría capitalizar las críticas por la “desmalvinización” cuando, ya
fuera del ejército, creara su propia fuerza política, el Movimiento por la Dignidad Nacional.
Como sea, los esfuerzos de Alfonsín por presentar la Obediencia Debida como continuidad de
su política, y no como claudicación, fracasarían. La oposición no estuvo dispuesta a ayudarlo.
En parte porque estaba todavía demasiado insegura de sus posibilidades de recuperación. De
nuevo el problema temporal: si el Ejecutivo hubiera postergado la cuestión hasta después de
las elecciones de 1987, podría haber obtenido mejor resultado en ellas y alguna posibilidad de
acordar la política militar con un PJ más unido y confiarlo. Pensó en cambio al revés, que debía
apurar el trago. Es cierto que, ante el levantamiento, se habían alcanzado acuerdos mínimos de
defensa del régimen democrático entre los partidos. Pero ello no bastó para corregir la marca
de origen dejada por la transición: los actores sociales y políticos no estuvieron compelidos a
colaborar entre sí en forma más sostenida y sustantiva. El radicalismo entendía que para
conservar la mayoría conquistada en 1983 debía asegurarse de que el peronismo siguiera
dividido; y por su parte éste consideraba un derecho propio ser la mayoría, que Alfonsín le
había arrebatado sólo accidentalmente. Lo cierto es que 1983 no había cambiado tanto las
cosas como se imaginó, y el resultado electoral de 1987 así lo confirmaría.

MARCOS NOVARO Y VICENTE PALERMO

La transición al orden democrático


La posguerra: el derrumbe del poder militar
Por segunda vez con Malvinas (la primera había sido con el Mundial y la ola de optimismo y
comunión nacional que le siguió), amplios sectores de la sociedad habían creído encontrar el
atajo necesario para olvidar, dejando atrás de modo rápido y definitivo los fantasmas que los
perseguían desde el inicio del Proceso, así como aquellos otros que se remontaban aun más
atrás en el largo ciclo de inestabilidad, enfrentamientos intestinos e ilegitimidad del poder, fuera
éste civil o militar. Enfrentados a la inapelable derrota, se las arreglarían, sin embargo, para
escapar de la desazón, porque también la derrota permitiría olvidar. Ante todo, gracias al
sentimiento de desengaño que se instaló en los días posteriores a la rendición.
Sentimientos de defraudación, entonces, en primer lugar con los militares, que arrastraron al
país a una guerra para la que no estaban preparados, que se habían entregado sin luchar,
etcétera. Y en segundo lugar, con los Estados Unidos y con el mundo. Los estados más
poderosos y prepotentes se habían salido con la suya, contra los más débiles que, como la
Argentina y los países latinoamericanos que la apoyaron, habían defendido una causa justa. El
olvido de los entusiasmos belicistas, un olvido que no era precisamente el que habían buscarlo
con tanto ahínco los uniformados y los propios civiles hasta entonces, se impuso, alentado por
las revelaciones sobre el tendal de errores tácticos y estratégicos, la corrupción montada
alrededor de campañas de solidaridad con los combatientes, los castigos crueles y absurdos a
que oficiales y suboficiales habían sometido a los conscriptos en el frente. La sociedad había
sido engañada, pero ahora que el velo caía, podía reconocer los culpables y juzgarlos. A ellos
correspondía cargar con la doble humillación. El olvido y la demononización del poder militar

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vinieron así a sellar el abismo sin fondo al que, por un momento, se asomó el orgullo herido de
los argentinos.
Ahora que la derrota militar se suma a la presión económica resultante de la deuda externa, la
presencia inconfundible de un enemigo externo sostiene un relato en el que el engaño y el
desengaño permiten al olvido ser lo suficientemente selectivo como para que se conservara e
incluso fortaleciera, ese orgullo resentido por tanta incomprensión e infortunio.
Fueron finalmente la acción y el discurso políticos los que, en ese estado de disponibilidad y
dramática carencia de explicaciones razonables sobre lo sucedido, rescararon los sueños
extraviados pata encarrilarlos en un proyecto democrático. Las Fuerzas Armadas argentinas
estaban, a decir verdad, vencidas ya antes de abrazarse a la causa de Malvinas. El fracaso de
sus proyectos era inapelable en todos los terrenos, salvo en aquél que se estaba convirtiendo
en una pesadilla cada vez más difícil de conjurar, la “lucha antisubversiva”. Ello había llevado a
los uniformados a sumirse más y más en un mundo hecho de ensoñaciones, de las cuales
Malvinas resultaría ser la más audaz y letal. De este modo, la ilusión convocada por la
‘‘recuperación de la islas del Atlántico” los condujo no sólo a luchar una guerra que no podían
ganar, sino a adoptar un paradójico extrañamiento frente a la guerra e inmediatamente
después, frente a la derrota, que les impediría aceptar y comprender lo que había estado
sucediendo. Por lo que, a los costos de la derrota real y concreta experimentada, deberían
sumarse los de una alienación y un aislamiento extremos.
Esta situación generó un nuevo tipo de conflictos en las fuerzas, que se sumó a los existentes
hasta entonces, profundizándolos, en el que se enfrentaron con crudeza los mandos superiores
con sus subalternos y, más precisamente, quienes habían combatido en Malvinas y los que, por
su grado y sus responsabilidades institucionales y de gobierno, no lo habían hecho (los
‘‘generales de escritorio’’) que, para colmo, internamente eran tenidos por principales
responsables de la derrota, por sus errores e inoperancia.
La descomposición del poder castrense alentaría en los actores políticos más perspicaces y,
gracias a su influjo, en amplios sectores de la sociedad, la aspiración de lograr una refundación
democrática que no implicara una mera reedición de anteriores transiciones y salidas, sino un
corte definitivo con las largas décadas de inestabilidad institucional y pretorianismo militar.
Permitía darle un carácter muy amplio y radical al rechazo que merecía el autoritarismo y el uso
de la violencia para resolver los conflictos, tanto internos como externos, ubicándolo mucho
más allá de la coyuntura de colapso del Proceso; abriendo perspectivas para una reelabaración
de la experiencia acumulada a lo largo del siglo XX que giraría, en particular, en torno a la
progresiva pérdida de confianza en las instituciones de la República para gobernar y hacerse
gobernar. Una perspectiva que, es justo decirlo, había comenzado a madurar, aunque sólo en
eslrm’hos círculos de intelectuales y políticos, tanto progresistas comO conservadores, desde
mediados de la década anterior.
La de 1982- 1983 no era una transición arrancada por luchas y movilizaciones populares contra
la dictadura (lo había sido la de 1973, y ésta era una más de las enormes diferencias entre
ambas). Se trataba esencialmente del resultado de la crisis interna del régimen, crisis generada
más por omisión que por acción de los grupos sociales y políticos frente al autoritarismo y por la
derrota militar (si se deja de lado la contribución importante pero para nada decisiva del
movimiento de derechos humanos). Más aún, era evidente que si el fracaso militar era tan
irremontable se debía, en alguna medida al menos, a la ausencia de límites y barreras civiles e
institucionales que había encontrado la inventiva castrense para ciar rienda suelta a sus más
irresponsables y cruentos proyectos, aun a aquellos completamente inviables. Malvinas fue, sin
duda, el caso más paradigmático y dramático de esto último. El triste papel desempeñado por la
diligencia partidaria, mimetizada con la política belicista, podría ser disimulado bajo la alfombra
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

del escarnio castrense, al menos mientras la permanencia dic los militares en el poder
asegurara que la indignación popular se focalizara en ellos, pero los políticos deberían actuar
con sigilo para evitar que la indignación se extendiera y el régimen los arrastrara consigo en su
caída.
Esta situación, tanto en lo que concernía estrictamente a los partidos como en lo que
involucraba a actores sociales muy diversos, influyó decisivamente para que las fuerzas
políticas reunidas en la Multipartidania desarrollaran una estrategia de presión moderada y de
negociación acotada frente al régimen en retirada.
No es casual que, una vez más, fuera Alfonsín quien, antes de la guerra, en la más absoluta
soledad, concibiera una propuesta que se inspirara y que durante el desarrollo de las
operaciones ea el Atlántico la hiciera pública: a pocos días de la invasión propuso que asumiera
un presidente designado por la Multipartidaria (rol para el cual su candidato era Arturo Illia),
cuyas principales tareas serían hacer posible un pronta reforma constitucional y convocar a
elecciones. Pero la Multipartidaria, en mayo, rechazó la propuesta, y cuando Alfonsín insistió, el
propio lIlia la desestimaría. Alfonsín, por su parte, se había resignado a que seguir apostando a
esa opción no tenía sentido: contaría con pocos apoyos partidarios, o ellos serían muy
condicionados. Forzar la situación bien podía debilitar la frágil cohesión del frente civil, y
además se corría el riesgo de agudizar el enfrentamiento con los militares más dispuestos a
ceder.
Estas iniciales limitaciones de la transición argentina han sido interpretadas por diversos
autores en términos de la tensión entre ruptura y continuidad. No la continuidad del poder militar
ya que no es él el que bloquea al poder civil, sino este mismo el que en parte se autolimita, y en
parte está impedido de aprovechar los vacíos que aquél deja con su retirada. Lo cierto es,
entonces, que el poder civil no podía limar las cosas porque no contaba con los recursos para
hacerlo (consenso y liderazgo compartido, respaldos sociales sólidos y probados en una previa
experiencia opositora, vías confiables para acordar con un sector militar amplio y, a la vez, con
posibilidades de cohesionarse en el acuerdo) y primó en él, en cambio, el temor a agudizar el
desorden, ya de por sí agudo. Su esfuerzo estaría orientado a preservar la mínima cohesión
alcanzada antes de la guerra y a utilizar la fragmentación y las florecientes expectativas de la
opinión pública respecto de la democratización, para evitar que algún sector castrense intentara
torcer el camino hacia las elecciones.
La “convocatoria al país” lanzada en julio y reiterada en agosto de 1981, en la que habían
anunciado el inicio de la transición demócratica, presentándose como “transmisores,
orientadores y ejecutores de la opinión pública’’, había tenido una espectacular repercusión:
permitía ser voceros del creciente disgusto de la sociedad sin romper lanzas con el gobierno y
ofrecerle su dispocisión a acordar sin temor a ser absorbidos por el régimen ni a ser tachados
de colaboracionistas desde una oposición intransigente
La caída de Viola habilitaría a los partidos a avanzar a un estadio superior de esa misma
estrategia, que habría de consolidarse con la derrota en la guerra; ahora reclamaban
“representar a la mayoría del pueblo argentino”.
Ahora, tras la guerra y la derrota, ser una oposición dura era inconveniente pero por los motivos
opuestos: no había forma de darles seguridades a los militares, ni de que ellos las impusieran,y
por lo tanto no había mucho que perder en un acuerdo que debía inevitablemente acotarse a
los procedimientos y tiempos de la transición. Así fue que, en la inmediata posguerra, aunque
las condiciones habían cambiado tan radicalmente respecto de 1981, la Multipartidaria pudo
ratificar sus lineamientos originales, como fueron la búsqueda de una “convivencia civilizada”,
‘‘sin vencedores ni vencidos”, “superando viejas antinomias”, “en un país reconciliado”.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Los militares debían “resolver” la cuestión antes de entregar el mando, es decir, dar la
información necesaria para terminar con la incertidumbre y crear un marco legal que impidiera
escarbar en el pasado; los partidos, por su parte, aportarían su comprensión y la disposición a
dejar cuestión rápidamente fuera de discusión
Tras la designación de Bignone y la ruptura de la Junta, la situación cambió: existía ahora un
compromiso formal de llamar a elecciones y un gobierno suficientemente débil como para
necesitar a toda costa el apoyo civil para cumplir esa promesa. El anuncio de las elecciones
para la segunda mitad de 1983 y la silenciosa aceptación silenciosa fue recibido en los
cuarteles generó, además, una cierta tranquilidada en la opinión pública y en los dingentes
políticos, alarmados por los permanentes rumores que circulaban respecto de conatos
golpistas. Por lo tanto, los partidos respondieron, el 23 de junio, con su “Programa para la
Reconstrucción Nacional” que reiteraba las posturas ya conocidas contra la política monetarista
o neoliberal, abogaba por la recomposición del poder adquisitivo del salario, la reactivación
productiva y la vigencia de la Constitución, y guardaba silencio sobre los temas más irritativos:
en particular, las violaciones a los derechos humanos.En este sentido, debe reconocerse que
Bignone hizo bastante para ganarse la confianza de los civiles desde el momento mismo de su
designación. Bignone parecía asumir que su papel era el de un intermediario que debía probar
su utilidad a unos y otros. Fue tras esa reunión que Bignone anunció que cesarían todas las
restricciones a la actividad política desde el momento en que si inciara su gestión. Pocos días
después declaró: “Mi mayor ambición [...] es entregar en orden el gobierno y el país al
presidente constitucional que me suceda, y que ese presidente constitucional […] pueda
despedir en mí al último presidente de facto de la historia y del futuro argentino” (La Nación, 27
de agosto de 1982).
Mientras se preparaba para asumir la presidencia, Bignone seguramente advirtió que pilotearía
una transición que sería difícilmente aceptable para los militares en actividad o retirados, con
escasísimas posibilidades de ganar apoyos civiles, y con demasiados frentes abiertos que
exigían su inmediata atención. En esos días se abocó a la difícil tarea de formar gabinete,
remontando a duras penas el escasísimo interés que despertaba ser funcionario del régimen en
retirada. En segundo lugar, Bignone debió hacer frente a la situación económica, y en particula
a la comprometida financiación de los servicios de la deuda pública y de las empresas. La
búsqueda de una solución fue encomnendiada a Domingo Cavallo. En tercer lugar, el gobierno
debía lidiar con la dramática situación creada en el frente internacional. Ni Galtieri ni los
comandantes que lo siguieron se consideraron obligados por el desastroso resultado de la
campaña militar a dar oficialmente por concluidas las operaciones en el Atlántico sur. La actitud
adoptada por el gobierno de Bignone ante estas circunstancias se resumió en dos iniciativas,
aunque no pudo avanzar demasiado en ninguna de las dos, por sus evidentes limitaciones y por
el alto grado de impracticidad que las aquejaba. Ante todo, quiso aprovechar los sentimientos
nacionalistas defendiendo el honor argentino frente a los ataques externos. El otro compromiso
internacional que el gobierno de Bignone no podía esquivar era la mediación papal por el Canal
de Beagle. Bignone debió hacerse cargo del primer acuerdo sustantivo con el gobierno de Chile
desde que se había iniciado el proceso de mediación cuando, el 15 de septiembre de 1982, se
aceptó la invitación del Vaticano a prorrogar el Tratado de Solución Judicial de Controversias de
1972.

El show del horror y el mito de la inocencia


Mientras los jefes militares se afanaban en ocultar a cal y canto a los testigos presenciales de la
guerra atlántica, comenzaron a aflorar aquí y allá vestigios mudos pero contundentes de la
masacre “antisubversiva”. El momento propicio para la revelación llegaría en la segunda mitad
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

de 1982: en octubre, gracias a investigaciones del CELS, se descubrieron cientos de tumbas


colectivas y sin identificar en el cementerio de Grand Bourg, cercano a Campo de Mayo; al poco
tiempo hubo hallazgos similares en Chacarita, Córdoba y Mar del Plata. Las declaraciones de
algunos partícipes directos en la represión aportaron lo suyo, abriendo grietas en el pacto de
silencio; duros entre los duros, Ramón Camps y Verplaetsen (sucesivos jefes de la policía
bonaerense) hicieron una defensa pública del método y alcance de la estrategia antisubversiva;
otros, arrepentidos (como el ex comisario de la Policía Federal Rodolfo Peregrino Fernández, o
el cabo del Ejército Raúl Vilariño) dieron testimonio de lo que sabían. Comenzaba el ‘‘show del
horror’’ (González Bombal, 1995), en el cual más que revelarse hechos pasados, tuvieron lugar
por primera vez los que hasta entonces, y por tanto tiempo, se habían podido ignorar; la
matanza se volvió entonces una realidad inmediatamente presente.
El develamiento del terror atravesó varias etapas, y cada una cte ellas supuso variantes
interpretativas que proveerían decisivamente al universo de sentido de la transición
democrática. La primera de esas “etapas” estuvo dominada por la incredulidad. A ello se
abocaron en los meses finales de 1982, con entusiasmo o porque no pudieron evitado, los
militantes de derechos humanos, los periodistas, los dirigentes políticos, los propios militares;
en suma, todos los que advirtieron lo mucho que allí estaba en juego.
Pero más allá de las facetas anestesiantes del show, lo que se impuso masivamente fue un
demoledor sentimiento de indignación y repudio. La condena moral de la represión ilegal se
extendió como un macizo sentimiento que excedía toda consideración política e ideológica,
abarcando a una amplísima mayoría que habría de perdurar, a pesar de todos los conflictos e
inconvenientes, por largos años. Todos coincidían ahora en afirmar que la represión ilegal era
injustificable y merecía la más dura de las condenas.
El juicio de reprobación moral de la represión ilegal se asentó en un discurso que, aunque tenía
antecedentes prebélicos, fue en gran medida una novedad de la transición, y operó a través del
reemplazo o la torsión de las definiciones parametrales con que se había manejado hasta
entonces la cuestión: lo que se había llamado “guerra interna” era ahora “la represión” o “el
terrorismo de Estado”, y los que habían sido “subversivos” ahora eran “militantes”, “jóvenes
idealistas”, “víctimas” y, más precisamente, “víctimas inocentes”. La usina más potente de esta
nueva doctrina la confaron los intelectuales plegados al movimiento de derechos humanos entre
1981 y 1982. Ernesto Sábato estuvo a la cabeza de ellos, presidiendo un desplazamiento de
amplios sectores sociales, la cultura y la política, en el que la volubilidad no sería un
componente más escaso que la auténtica toma de conciencia y la reflexiva autocrítica. A fines
de 1981, Sábato afirmó, en la presentación de “Movimiento para la Recuperación de Niños
Desaparecidos”, junto a María Elena Walsh, Adolfo Pérez Esquivel y sacerdotes de distintos
credos, que “la inmensa mayoría de los desaparecidos fueron inocentes cuyo único crimen fue
haber sido amigos o compañeros de aula de presuntos delincuentes” (Buenos Aires Herald, 13
de diciembre de 1981).
Esto era rigurosamente falso; los desaparecidos habían sido en su inmensa mayoría miembros
de organizaciones de izquierda revolucionaria, armadas o desarmadas, peronistas o no. Es
más: salvo entre los secuestrados de origen sindical, la proporsión de víctimas ligadas
efectivamente a los grupos guerrilleros (aunque en grados y con responsabilidades muy
variadas) era sin duda muy alta. Pero la condición de inocencia de los secuestrados poco tenía
que ver con la no vinculacion con organizaciones identificadas como “subversivas”y “terroristas”
por el régimen y hasta poco tiempo antes también por muchos de los que ahora exégetas de la
inocencia.
La fragilidad del criterio de justicia invocado para recuperar a las víctimas como inocentes y, por
lo tanto, pertenecientes a un campo democrático ajeno al ejercicio la violencia política
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denotaba, por un lado, la inseguridad con que esta sociedad se movía en el terreno poco
explorado de los derechos y garantías individuales y el constitucionalismo liberal. Por otro lado,
y por sobre todo, la fragilidad de esa invocación a la inocencia era funcional a la necesidad,
totalmente comprensible, de moldear el pasado y las propias identidades de un modo que
permitiera rápidamente hacerse de raíces republicanas y democráticas, y desprenderse de las
anteriores intimidades con el régimen. La culpabilización de las víctimas ahora se revertía, de
este modo, en un mecanismo que mantenía su misma lógica y cumplia una función
llamativamente semejante: liberar al grueso de la sociedad de las responsabilidades morales y
políticas por lo sucedido. La reinterpretación del “terror” y el “silencio” también contribuía a ello.
Si en alguna medida esto echaba luz sobre el mecanismo perverso de la represión ilegal y
sugería una autocrítica de la sociedad por haber supuesto que las víctimas “se lo merecían”,
permitía también obviar el hecho para nada irrelevante de que nadie, absolutamente nadie,
podía merecer lo que esas frases justificaban. A su vez, si era cierto que los militantes que
habían desaparecido bajo el terrorismo de Estado se habían comprometido en su enorme
mayoría con la revolución y no con simples opositores al autoritarismo, también lo era que, por
esa misma razón, su militancia no los hacía automáticamente valiosos, sino problemáticos para
la democracia. Ya que los revolucionarios despreciaran por lo general, si no los derechos de las
declaraciones universales, al menos sí los derivados del orden constitucional, asimilarlos
requería un esfuerzo de contextualización, y sobre todo de crítica y autocrítica de las formas de
acción política predominantes en la izquierda y en el país en los años setenta, y todavía en
parte extendidas, que muchos preferían ni siquiera intentar. En verdad, y esto constituía una
experiencia que ni siquiera todos los fracasos y horrores del Proceso podrían hacer olvidar, una
buena parte de la
sociedad
estimaba, no sin
razón, que los
proyectos
impulsados por
aquellos
revolucionarios
poco tenían que
ver con la
conquista de la
democracia, y
por lo tanto no se
consideraba
obligada a rendir homenaje a lo que la izquierda evocaba como “los caídos en la lucha por la
liberación” que ahora la democracia debiera rehabilitar.
No se equivocaban del todo los voceros militares cuando denunciaban la hipocresía de aquellos
defensores de los derechos humanos cuyo interés por el tema había nacido de que se cerraran,
circunstancialmente, otras vías de acción política.
El mito de la inocencia, por estos motivos, actuó como potente fuerza de movilización a lo largo
de la transición, alentando múltiples interpretaciones reflexiones sobre el pasado, en principio
implícitas y “tácticas’’, pero cada vez más amplias y explícitas a medida que el proceso
avanzaba.
El discurso que hizo esto posible apuntaba, en principio, a asegurar la inocencia, si no de todas
las víctimas, al menos de los espectadores que habían visto defraudadas sus legítimas
expectativas (y las promesas formuladas en ese sentido el propio régimen) de vivir bajo un
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poder legal. El mito la inocencia requería, por lo tanto, como un complemento necesario, una
explicación sobre la violencia política ilegal del régimen. Esta explicación y vió la luz con la
llamarla teoría de los “dos demonios”. Ella se convertiría en un punto de partida fundamental
para el sostenimiento del proyecto político de las fuerzas democráticas en la transición,
proyectándose aun más allá. Aunque fue en el discurso alfonsinista donde encontró su más
sistemático desarrollo, para nada estuvo ausente de los planteamientos de otras fuerzas, en
particular del peronismo.
La doctrina de los “dos demonios”, como la de las “víctimas inocentes”, ofrecia na vesión
simplificada y sesgada de los hechos que permitía múltiples lecturas. Nos referimos aquí a dos
de ellas: la equiparación y la de la netralización. Empezamos por esta última, la fundamental, la
doctrina apuntaba a definir un campo de neutralidad en el que asentar la legitimidad de las
reglas democráticas, y un límite a las prácticas y concepciones que el nuevo orden consideraría
tolerables. La democracia debía, para estabilizarse como orden perdurable, superar las
doctrinas de la revolución, que parecían haber sobrevivido a los revolucionarios (lo que podía
verificarse, entre otros terrenos, en el movimiento de derechos humanos). En otras palabras, los
“dos demonios’ debían permitirle a la democracia lograr aquello que el Proceso había hallado
inalcanzable, ‘‘ganar la paz’’, ofreciendo no solamente un relato acerca de lo sucedido, sino
también un juicio fundante con el cual se podría discriminar entre las conductas y los proyectos
del presente y el futuro.
Otra, emparentada con lo dicho más arriba, es que ofreció una vía exculpatoria a amplios
sectores sociales que habían apoyado de un modo u otro el terror de Estado; la demonización
los eximía de responsabilidades, haciendo del terror estatal un fenómeno totalmente ajeno:
“todos’’ habían tenido “miedo’’ y por ello habían callado.
Una de las consecuencias del inusitado alcance de esta impugnación fue la centralidad
creciente que adquirió la demanda de justicia. En un principio, los organismos de los derechos
humanos habían puesto el acento en la indagación de lo sucedido con los secuestrados. No
sólo porque, hasta no saber, no podía plantearse un reclamo de justicia. Hasta los más
entusiastas estimaban que la vía judicial estaría probablemente fuera de su alcance, pues
descontaban que los militares encontrarían aliados suficientes entre los jueces y,
probablemente también, en las futuras autoridades civiles, para bloquearla. El reclamo de
‘‘verdad’’ había quedado grabado en la solicitada publicada por La Nación de diciembre de
1977, aquella que motivó los secuestros de varias madres y colaboradores por parte de la
Armada, titulada “Por una Navidad en paz. Sólo pedimos la verdad’’; allí se afirmó que “la Paz
tiene que empezar por la verdad. La verdad que pedimos es saber si nuestros desaparecidos
están vivos o muertos y dónde están”. Tras la visita de la CIDH, los reclamos siguieron
centrados en la entrega de información, las listas de desaparecidos, las causas de su detención
y su destino, aunque la justicia resonaba ya con fuerza, sobre todo en las declaraciones
verbales y las demostraciones. Cuando el poder y el prestigio militar se hicieron añicos, y la
demonización de la represión y la inocencia de las víctimas galvanizaron el repudio de la
represión, el reclamo de justicia se volvió no sólo perinente, sino accesible. Lo que interesa
destacar de todo ello, por ahora, es que en los alcances que habría de tener la condena del
terrorismo de Estado, primero moral y luego también judicial, se demostraría la eficacia de las
doctrinas de la inocencia y los “dos demonios”, más allá de su carácter medianamente ilusorio o
tergiversado, para construir los fundamentos de la política democrática, una política
protagonizada por sujetos de derecho que antepusieran la vigencia de reglas procedimentales a
sus intereses, deseos y proyectos particulares.
La nueva situación que se profundizó a lo largo de 1980 y 1981, se trabó una batalla por las
conciencias, que contrapuso las denuncias de los familiares y de los organismos solidaridad, a
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las declaraciones, solicitadas y celebraciones (castrenses, religiosas y de “fuerzas vivas’’ civiles


muy variadas) que rendían tribulo a los ‘‘muertos por el terrorismo”, celebraban el ‘‘éxito de la
lucha contra la subversión’’ y desacreditaban las versiones interesadas sobre violaciones a los
derechos humanos.
Los reconocimientos internacionales, proporcionados por la visita de la CIDH, el Premio Nobel a
Pérez Esquivel, la candidatura que para el mismo premio merecieron las Madres, las
declaraciones del Papa y de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU respecto de las
desapariciones, resaltando siempre el caso argentino, habían sido provechosamente utilizados
por los organismos para iniciar esa batalla.
La presencia en las calles de miles de personas reclamando por los desaparecidos acrecentaba
sensiblemente la toxicidad del clima de la transición para los pulmones oficiales; entre otras
cosas, porque desalentaba a posibles colaboradores de la estrategia del olvido.
La posición de neutralidad que tendió a colocarse la mayoría de la opinión pública y que, como
ya explicamos, fue el asiento desde donde los actores democráticos de la transición fijaron su
interpretación del pasado, se enraíza en la actitud que habían ido delineando la Multipartidaria,
la Iglesia Caltólica y medios de comunicación antes de la guerra (en variantes que suponían
acentos y consideraciones nada irrelevantes). Dicha posición consistía en reconocer tanto el
mérito de la victoria y la “recuperación del orden” como la necesidad de “resolver la cuestión de
los excesos”.
Otro ámbito donde floreció la neutralidad y la indisposición a compartir costos fue el de la
Justicia. A mediados de 1982 se iniciaron, o tomaron estado público con oportunos avances,
varias investigaciones sobre casos famosos de desapariciones.
Mientras tanto, el rechazo que había merecido la invitación a pactar la no revisión de la
represión impulsó a la Junta Militar a dar a conocer, en abril de 1983, el “Documento Final sobre
la Guerra contra la subversión y el terrorismo”: “todo lo actuado fue realizado en cumplimiento
de órdenes propias del servicio”, rezaba. El documento recuerda, una vez más, que el gobierno
constitucional de Isabel Perón había ordenado el aniquilamiento de la guerrilla, primero en
Tucumán y luego en todo el país. “Las características de la acción terrorista obligaron a adoptar
procedimientos inéditos de lucha”, agrega, concluyendo que “únicamente el juicio histórico
podrá determinar con exactitud a quién corresponde la responsabilidad directa de métodos
injustos o muertes inocentes” y “que las acciones de los integrantes de las Fuerzas Armadas
relacionadas con la guerra librada constituyeron actos de servicio”. Todo esto para repetir lo
que ya se había dicho tantas veces: “debe quedar definitivamente claro que quienes figuran en
nóminas de desaparecidos y que no sc encuentran exiliados o en la clandestinidad, a los
efectos jurídicos y adminitrativos se consideran muertos, aun cuando no pueda precisarse hasta
el momento la causa y oportunidad del eventual deceso, ni la ubicación de sus sepulturas”. La
única novedad de importancia del documento era el mensaje hacia las propias filas, que era
que la Junta en ejercicio se hacía cargo públicamente, en nombre de las juntas precedentes, de
la responsabilidad institucional. El Proceso había hecho la guerra considerándola “externa” a los
efectos de no reconocer garantías jurídicas de detención, debido proceso y presunción de
inocencia a sus enemigos; pero, a la vez, identificando a los grupos guerrilleros como “bandas
de delincuentes” con el objeto de evadir rcconocerlos como “fuerza beligerante” (que además
de molesto, habría sido injustificado) y desconocer las convenciones internacionales sobre la
guerra.»
Demasiadas contradicciones y ambigüedades para poder salvarlas con una “declaración final”
en condiciones tan poco favorables como las del descalabro económico y la derrota en
Malvinas. En esa misma época se envió desde el Ministerio del Interior un radiograma secreto a
todas las unidades militares para que remitieran la documentación existente sobre la “lucha
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antisubversiva” a los comandos respectivos, donde una vez recibida, fue destruida. También
fueron destruidos muchos edificios miilitares y policiales donde funcionaron los centros de
detención, y en otros se borraron las huellas de lo sucedido. Por último, poco antes de la
elecciones, la Junta promulgaría la llamada Ley de Pacificación, que declaraba prescriptos
todos los delitos ligados con la represión.
El documento final mereció críticas más o menos duras de casi toda la sociedad, con sólo dos
excepciones, la jerarquía católica y las asociaciones empresariales. En cuanto a la primera, fue
llamativo que por primera vez desde el inicio del Proceso quedara abiertamente descolocada
ante la opinión pública y seriamente comprometida en su cohesion intenta. La neutralidad que
había ido fortaleciendose entre los obispos fue contradicha por las declaraciones exaltadas de
los preladosintegristas ante lo que entendían que eran ataques intolerables contra la nación, y
también por el postrero intento de los más conservadores de hacer de esas circunstancias una
oportunidad para la reconciliación. El obispo Zaspe, que hacía poco dejado de integrar la
comisión, condenó “la insólita calificación de actos para la tortuta, el secuestro impune, la
muerte clandestina, la detención sin proceso, la entrega de niños a desconocidos y el latocinio
descarado de los hogares”.
En cambio, las asociaciones empresarias se mantuvieron mucho más cohesionadas e
incólumes defendiendo las mismas posiciones que habían hecho públicas en ocasión de la
visita de la CIDH.
Y, seguramente, pesaba el rencor y la frustración ante un desenlace que impugnaba moral e
históricamente los proyectos por los que se había trabajado y en los que se había creído
durante esos años. También, el sentimiento de aislamiento y de exclusión de un mundo que no
comprendía a los argentinos,
Como fuera, de lo que no quedaba duda era de que de las alianzas estrechas y permanentes
que habían establecido con el régimen resultaban, ahora, serios inconvenientes tanto para la
jerarquía católica como para los grupos empresarios, que quedaban al margen y descolocados
ante la ola ole democratización, y sus recursos de poder, indudablemente fortalecidos durante
esos años, corrían el peligro de compartir la misma suerte que los de los militares.
En el reconocimiento de éstas y otras víctimas, tuvieron un papel relevante la prensa escrita y la
radio, y en alguna medida, también la literatura, el cine y el teatro, destacándose, por su
originalidad y autonomía respecto de los circuitos oficiales y las pautas establecidas, muchos
periodistas, escritores y guionistas jóvenes. El conocimiento social y político de pronto ganó
prestigio y autoridad. Intelectuales que hasta poco tiempo antes habrían sido catalogados sin
más como subversivos, ahora eran convocados y escuchados con atención en los medios
masivos de comunicación.
El regreso del exilio que se precipitó a partir de la derrota en la guerra, también tuvo una
importancia cultural y política del primer orden porque el fracaso del régimen hacía más dulce el
retorno, en apariencia al menos, en todos los órdenes.

El renacer de los partidos


En marzo de 1982, los partidos miembros mantuvieron con las asociaciones barriales que
impulsaban las protestas contra la suba de impuestos Con todo, ellos no fueron muy bien
recibidos en esas protestas y tampoco veían con muy buenos ojos una rebelión fiscal que
podría afectar sus futuras gestiones. Los tiempos de la transición también volaban para los
partidos, forzándolos a transitar aceleradamente de un estado de casi congelamiento y
marginalidad, a una frenética activación interna y pública que los llevaría a ocupar, finalmente,
el centro de la escena.

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Pese a la suspensión, y en alguna medida gracias a ella porque permitió la continuidad de los
dirigentes en sus cargos, los partidos que no habían sido prohibidos mantuvieron una cierta
actividad en los años del terror, aunque reservada y acotada. Los diarios daban cuenta de sus
reuniones y opiniones, aunque más no fuera en la forma de trascendidos, y sus dirigentes
solían recorrer el país, tomando contacto con sus acólitos sin demasiadas resistencias de las
autoridades, e incluso con éstas mismas, anticipando las posibilidades de participacion y
apertura. La ambiguedad se mantuvo durante el período de Viola, quien no se atrevió a cumplir
su promesa de levantar esas normas. Si bien el régimen practicó todavía algunas detenciones,
y prohibió ocasionalmente actos que le parecieron irritantes, era evidente que no existía ya la
disposición ni la capacidad como para cerrar los canales de expresión de la política, que, por lo
general, salvo en el terreno económico, era además lo suficientemente moderada como para no
excitar en demasía los afanes represivos.
Los militantes y simpatizantes por lo general se habían recluido en sus vidas privadas o, cuanto
más, habían orientado sus intereses hacia actividades sociales y sectoriales menos expuestas y
más inmediatas. La oportunidad para que los partidos recuperaran su base militante llegó recién
con la guerra, y se ensanchó con el levantamiento de la veda, el 1° de julio de 1982, al asumir
Bignone. Tal como él se había comprometido a hacer en la reunión del Congreso, el Estatuto de
los Partidos Políticos se aprobó al mes siguiente. Su trámite fue expeditivo y constituyó la
muestra, para los partidos, de que Bignone estaba dispuesto a cumplir con el cronograma
fijado. Su disposición mas relevante fue la actualización completa de los padrones partidarios,
obligando a la reafiliación de todos aquellos que quisieran participar de sus elecciones internas
para autoridades y candidatos. Esa medida desató una feroz competencia interna, que puso en
situación precaria a las conducciones en ejercicio, entorpeciendo aún más el ya difícil camino
de la negociación entre ellas y con el gobierno. En cambio, otorgó un gran poder de presión a
los dirigentes locales y de base, y también a las figuras públicas que pudieran arrastrar a los
ciudadanos a afiliarse. De modo que el descongelamiento de las estructuras partidarias fue
doble, y afectó doblemente las capacidades de adaptación de los dirigentes: porque ellos
debieron recrear sus alianzas internas, y a la vez lanzarse a la construcción de candidaturas
atractivas para el electorado. Quien, por lejos, demostraría mayor destreza en superar esta
prueba fue Raúl Alfonsín. Los partidos ahora podían ocupar el centro de la escena y disputarle
a los demás actores organizados, por lo menos en pie de igualdad, la definición cte los rasgos y
orientaciones que dominarían en la vida política en el futuro.
Aunque este exitoso reclutamiento benefició a todos los partidos, adquirió un significado y una
potencia renovadora muy desigual en cada uno de ellos. Según los liderazgos que se
fortalecieron y las estructuras que se renovaron. Sin duda, fue en la UCR donde esa potencia
alcanzó su mayor expresión, porque allí se conjugó una estructura aceitada y nacionalmente
extendida, que había lograrlo ser eximida casi por completo de los golpes represivos, con un
polo interno vertebrado por un nuevo liderazgo orientado a renovar los estilos y programas
partidarios de modo de ponerlos a tono con los dcsalíos de la transición.
La voz de Alfonsín adquirió ya en ese momento un peso público muy superior a lo que los
equilibrios de poder interno reflejaban, y eso fue aún más marcado en la posguerra, cuando a
su grisitud natural los herederos de Balbin sumaron el escarnio resultante del entusiasmo con la
invasión y la guerra. El rápido ascenso de Alfonsín como figura de recambio en la UCR
permitiría que muy prontamente se licuase ese y otros abultados pasivos acumulados por el
partido durante el Proceso, que seguramente habían dificultado su desempeño en el período de
la transicion, tal como les sucedió a otras fuerzas de centro y de derecha. Pero ello no evito que
la disputa interna fuera encarnizada. Los viejos caudillos de la Linea Nacional pensaban que,
aunque hubieran fracasado los planes de convenencia, la misión del radicalismo seguía siendo
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

garantizar el equilibrio o entre la corporación militar y la política. La oportunidad que Alfonsín vio
en forma mucho más concreta delante de sí no tenía nada que ver con esas elucubraciones.
El representaba una generación de politicos radicales formada, precisamente en los años en
que sus mayores alcanzaban la plenitud y forjaban su estilo componedor, mientras la vida
pública se descarrilaba hacia formas cada vez más violentas y antiinstitucionales. Había
comenzado a adquirir cierta presencia partidaria y pública durante la Revolución Argentina y en
la breve experiencia constitucional que le siguió, aunque en posiciones muy secundarias. Su
corriente interna, el Movimiento de Renovación y Cambio (MRyC), fundada en 1972, había
logrado cierto éxito al desafiar el amplio control que Balbín ejercía sobre los órganos. Si bien su
peso público llegó a ser algo más significativo, sobre todo por la sintonía que parecía existir
entre ella y los aires de cambio de la época, se podría decir que hasta el golpe de 1976,
Alfonsín y los grupos que lo acompañaban habían sido más que nada espectadores
privilegiados: de los proyectos refundacionales fracasados, de la crisis del peronismo y de la
violencia política. Esta condición, sin duda, los ayudó a sobrevivir durante el Proceso,
colocándolos a la espera de que el tiempo finalmente llegara.
En cuanto a sus apoyos internos, provenían en buena parte de militantes que habían actuado
en la Juventud Radical (JR) durante el auge de masas de fines de los sesenta y comienzos de
los setenta, reunidos en la Junta Coordinadora Nacional (JCN) y encontraron en Alfonsín la
expresión del cambio que la UCR eternamente demoraba.
La reorganización y el crecimiento de la JR, en particular en las universidades, comienza ya
antes de Malvinas: en mayo de 1981 se realizó el primer Congreso Nacional de la Coordinadora
en Santa Fe (un intento previo en Córdoba había fracasado). Fue en ese encuentro que las
figuras más destacadas de la JCN (Federico Storani, Enrique Nosiglia, Marcelo Stubrin, Luis
Cáceres, Raúl Alconada Sempé, entre otros) pasaron al partido, y se hizo pública la alianza con
el MRyC y Alfonsín. En su proclama, los coordinadores apuntaron a la necesidad de un cambio
interno que le permitiera a la UCR convertirse en ‘una fuerza mayoritaria y reformista”, y el
propio Alfonsín con su presencia y su discurso de ‘bienvenida” dejó en claro que era
exactamente eso lo que él se proponía hacer.
Cuando en junio de 1982, desaparecido Balbín y derrotadas las Fuerzas Armadas, se inició la
transición, Alfonsín lanzó su campaña presidencial con la convicción de que finalmente su
tiempo había llegado. La transición consistiría en una “batalla por las conciencias”, su discurso
se endureció, tanto contra el gobierno como contra la dirigencia civil. Al mismo tiempo, ofreció
una mirada retrospectiva sobre la historia del país y del radicalismo que colocaba en el centro
algo que había estado muy lejos de ese lugar: la búsqueda de una institucionalidad
democrática. La fundación del “Estado de derecho”, no casualmente confundida en su
argumento con la creación de un orden representativo basado en el sufragio universal, apareció
como leit motiv de las luchas de todos los partidos populares, y del radicalismo en particular, en
un discurso que enebraba el espíritu movimientista, incluso antioligárquico y populista, con los
temas constitucionales. El recitado del Preámbulo de la Constitución Nacional, la invocación a
la preeminencia de la ley por sobre la fuerza, la contraposición de los derechos civiles y
políticos de los ciudadanos al autoritarismo militar, pero también al sindical, económico y
cultural, serían los tópicos básicos de una estrategia que apuntaba, en esencia, a darle un
alcance cpocal al cambio de régimen.
Alfonsín fue extendiendo su marco de alianzas: aunque todavía el plenario nacional de la UCR
realizado en julio cori firmó a la conducción balbinista, logró el apoyo de Línea Córdoba, sector
que aportaría el candidato vicepresidente, Víctor Martínez. Alfonsín confiaba sobre todo en la
campaña de afiliación y la movilización de los sectores juveniles que día a día engrosaban sus
filas. Con este objeto, se apresuró a tomar la delantera convocando al primer acto multitudinario
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

de la transición el 16 de julio de 1982, en la Capital Federal. En esa oportunidad contó con la


presencia notoria de las Madres de Plaza de Mayo y de varios miles de jóvenes que tomaron
allí su primer contacto con la política partidaria (Tcach, 1996).
Poco después los justicialistas, hartos del espectáculo arrollador que ofrecía Alfonsín, y algunos
temerosos de que les terminara sacando ventaja, decidieron finalmente salir a la calle.
Convocaron para el 17 de octubre un acto multitudinario en la Cancha de Atlanta. Pero nada
salió como esperaban; pese a que se intentó crear un clima de tranquilidad y moderación, los
militantes de Intransigencia y Movilización se enfrentaron a golpes con barras sindicales. En
ese sector se congregaron los restos de Montoneros bajo el ala protectora del cacique
catamarqueño Vicente Saadi. Para colmo, desde el estrado se alento la confusión: el llamado
de Lorenzo Miguel, en nombre de la CGT, a que las Fuerzas Armadas “sirvan al pueblo” y se
reconcilien con él quedo impugnado cuando desde las tribunas (y no sólo desde las que
ocupaba el sector saadista) se pidió, para ellas, “paredón”.
Aunque sus bases recuperadas habían profundamente los cambios inducidos por el Proceso,
dos factores jugarían todavía a favor del poder sindical. Ante todo, el impacto de esos cambios
fue morigerado y demorado por factores institucionales, políticos y económicos, lo que les
permitió a los gremios, por un tiempo, seguir dando albergue a miles de leales peronistas. Ya
entonces la figura del dirigente cervecero Saúl Ubaldini adquirió una influencia difusa pero
extendida sobre los trabajadores, estuvieran o no sindicalizados, con un perfil más populista
que estrictamente corporativo.
A favor de los sindicatos jugaba el hecho de que era mucho más lo que habían sufrido las
bases no sindicales del partido. Una parte nada despreciable de ellas había sido simpatizante
montonera a comienzos de los setenta, a su modo, que no llegó hasta el desafío abierto de la
conducción de Perón, pero sí bastó para colocarla en medio de la tempestad y el desconcierto
que alcanzaron a la totalidad del movimiento cuando se agudizó la lucha interna. Ese activismo,
en particular el que no llegó a desmovilizarse, fue masivamente afectado. Para cualquier
estrategia nacional dentro del PJ, ciertamente el sindicalismo continuaba siendo la columna
vertebral. La rápida reconstrucción de las 62 Organizaciones le permitiría centralizar aún más el
control, no sólo de sus organizaciones, garantizado ya suficientemente por el monopolio de la
re-presentación, sino de la propia estructura territorial del partido en las provincias y los
municipios.
El peronismo había vivido, como dijimos, como una auténtica guerra intestina la lucha entre
grupos armados revolucionarios y de derecha fascista, que el Proceso continuó por sus propios
medios, y ello pareció poder renacer con la retirada de los militares. A diferencia de otros
partidos que habían perdido a sus líderes históricos, carecía de reglas compartidas para
resolver no sólo la sucesión sino cualquier diferendo interno. Y sus bases en los sindicatos, la
industria mercado-internista y la administración pública estaban seriamente golpeadas por los
efectos destructivos de las politicas militares.
Con todo, hubo intentos de crear bases de apoyo y una coalición propiamente “política” dentro
del partido. El mas significativo fue protagonizado por Antonio Cafiero, que sin dejar de cultivar
sus vínculos de siempre con Lorenzo Miguel, organizó en septiembre de 1982 el Movimiento de
Unidad, Solidaridad y Organización (MUSO), al que se uniría Bittel.
Lo cierto es, en suma, que a pesar de (o, tal vez, precisamente por) haber experimentado en
carne propia los cambios que alentó el Proceso, a diferencia de los radicales, los peronistas
concibieron la transición como una nueva ediciónde la apertura que cíclicamente seguía al
fracaso de las experiencias de facto. Y se dispusieron, por lo tanto, a preparar el terreno para
hacer lo que ya en el pasado habían hecho, o intentado, es decir, conjurar la mayoría electoral
que se daba por descontada, con una fórmula de gobierno que contemplara los intereses de los
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

sectores y corporaciones con poder de veto que, también se descontaba, eran más o menos los
que siempre habían sido.
En cuanto a los demás partidos, la tendencia a perseverar en las orientaciones y estilos
conocidos fue también preponderante y se evidenció en la permanencia incontrastada de los
viejos caudillos cuya plenitud, si la había habido, remontaba a dos o tres décadas atrás. Álvaro
Alsogaray fundó un nuevo partido, la Unión de Centro Democrático.
Por la izquierda, las expresiones fantasmales del socialismo (el popular, el auténtico, el
unificado y la confederación socialista) y las más radicalizadas del trotskismo y el maoismo,
carecían de toda relevancia. Algunos de los primeros, igual que ciertos sectores de la izquierda
de la DC, terminarían orbitando alrededor del alfonsinismo, mientras que el PC, el PTP maoísta
y los socialismos auténtico y unificado apoyaban la fórmula presidencial del PJ. Sólo el Partido
Socialista Popular, el Frente de Izquierda Popular, el Partido Obrero y el Movimiento al
Socialismo presentarían sus propias fórmulas presidenciales. No lograban recuperar terreno en
los sectores obreros y populares, carecían de organizaciones adecuadas y estos sectores
volvían a colocarse en el área de influencia sindical y política del peronismo (regreso que
muchos veían como una incomprensible e injustificada “reperonización”); y, en la clase media
progresista, debían
competir con Alfonsín,
infinitamente más
capacitado para ofrecer una
promesa de cambio y una
interpretación del pasado, el
presente y el porvenir
adecuada para
reconfortarla.
Lo único realmente nuevo
en la escena política que
ellos fueron capaces de
ofrecer era el liderazgo de
Raúl Alfonsín. Los demás
eran más o menos los
mismos, en roles muy
semejantes y diciendo cosas parecidas a las de 1973, o aun antes.

La campaña electoral y la victoria de Alfonsín


Nuevamente fue Alfonsín quien planteó una fórmula algo más elaborada al respecto que, sin
desentonar del todo ni esforzarse demasiado, abría una perspectiva que tendría luego enorme
relevancia, orientada a incluir a los empresarios en tanto tales en una “amplia coalición
democrática” dirigiéndose a los empresarios con “sentido nacional”, “agredidos por una política
económica que los afecta y que los desampara”, los conminó a tener cuenta “lo que significa
para la defensa de legítimos intereses la vigencia de democracia”.
El 9 de diciembre, el candidato radical ocupó nuevamente el centro de la escena con un acto
ordenado y masivo (convocó en el Luna Park a alrededor de 20.000 personas, el mayor número
reunido desde 1976 en un acto político). Fue también suya la iniciativa de realizar la
manifestación del 16 de diciembre en Plaza de Mayo, que contrapuso dramáticamente el campo
democrático, encabezado por los partidos, al autoritarismo oficial. El 25 de abril de 1983, siendo
todavía precandidato radical, lanzó su apuesta más arriesgada: denunció un pacto militar-
sindical. Alfonsín acusó a Lorenzo Miguel, Nicolaides, Trimarco y otros generales de tramar una
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conspiración antidemocrática. Y logró tanto los medios se hicieran eco de esta versión como
que otros dirigentes políticos la respaldasen. La idea de que era necesario desmontar ese
poder corporativo para la democracia de partidos fuera viable estaba fuertemente instalada en
toda la dirigencia radical. Alfonsín estaba ideológicamente más convencido de esto que los
viejos radicales; en su opinión, la instauración de un orden democrático estable requería dejar
atrás definitivamente la componenda con las corporaciones y emprender su saneamiento y el
acotamiento de su poder de veto sobre las instituciones republicanas.
Los sindicatos podían convertirse en articuladores de una “coalición democrática”, que relegaría
obviamente las posibilidades del alfonsinismo. Esa posibilidad los convertía, a los ojos de los
políticos, no sólo peronistas, en socios peligrosos pero necesarios. En cambio, Alfonsín
encontró en ello motivos para encarar la que sería una batalla decisiva por el poder, ubicando a
sus más poderosos adversarios en el terreno que más los incomodaba. Y no se equivocó, en
tanto forzó a los supuestos conspiradores a salir en la defensa de sus corporaciones y a los
políticos peronistas a hacer otro tanto, en destempladas réplicas que agravaron aún más las
cosas para ellos: acusaron a Alfonsín de trabajar para los Estados Unidos y la
socialdemocracia, en peligrosa sintonía con los jefes militales que reprochaban a los “malos
argentinos” colaborar con los ataques contra la nación pergeñados por intereses y gobiernos
extranjeros.
Cuando a principios de julio Alfonsín se hizo finalmente de la conducción del partido, derrotando
por amplísimo margen a las huestes balbinistas encabezadas por Fernando De la Rúa (éste ni
siquiera obtuvo la minoría en su distrito, la Capital Federal, ni en provincia de Buenos Aires),
logró no sólo un control muy férreo y extendido de su aparato (tan amplio que De la Rúa decidió
retirar su precandidatura), sino que también logró que desaparecieran completamente de
escena los “viejos radicales”; muchos de ellos decidieron en ese momento abandonar la
actividad partidaria. Tomaba forma así un liderazgo que, pese a haber estado involucrado en la
política de la UCR en los años previos, pertenecía ostensiblemente a una nueva generación, en
apariencia al menos, “incontaminada” y renovada. Con este saldo a su favor, Alfonsín decidió
encarar la que sería su última apuesta fundamental de la campaña electoral, esto es, asumir
una posición viable y convincente respecto de las violaciones a los derechos humanos. Acuñó
la distinción entre tres niveles de responsabilidad: el de quienes dieron órdenes que suponían
usar métodos ilegales en la represión, el de quienes obedecieron (y que serían exceptuados de
los procesos judiciales), y el de quienes se habían excedido en el cumplimiento. El argumento
apuntaba, centralmente, a acotar los eventuales procesos judiciales a los altos mandos (los
comandantes, los jefes de cuerpo y de zona y algunos más), estableciendo una clara frontera
entre ellos y sus subordinados. Utilizando la noción de “excesos”, el candidato radical esperaba
poder justificar el procesamiento de casos que implicaban el robo de propiedades, el secuestro
de niños, etcétera, pero se internaría de este modo en un verdadero enredo legal y moral.
Alfonsín pudo ofrecer una forma bastante sencilla y efectiva de procesar el desafío que la
cuestión le presentaba, comprometiéndose a hacer avanzar judicialmente la investigación y el
castigo de lo sucedido, dentro de las posibilidades que ofreciera la política y las condiciones
que impondría la necesaria y simultánea tarea de reorganizar las Fuerzas Armadas.
Los peronistas se demorarían todavía un tiempo para definir sus candidatos, debido a la
marcada fragmentación cue reinaba en sus filas. En el Congreso Nacional Justicialista, reunido
para decidir la fórmula y la nueva conducción, el elegido resultó ser Italo Luder. Miguel se
reservó para sí la vicepresidencia del partido, que hasta ese momento ocupaba Bittel, quien a
su vez aceptó ocupar el segundo lugar en la fórmula presidencial.
Si bien Luder gozaba de cierta imagen de moderación y era un atildado constitucionalista, nada
más distante que él de la fuerza renovadora de su radical. Respecto de su compromiso con la
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causa de los derechos humanos, se disipó cuando, al dictarse la Ley Autoamnistía, consideró
que sus efectos eran irreversibles. Alfonsín se apresuro a comprometerse a anularla,
argumentando que, siendo una ley ilegítima, no tenía efecto alguno (criterio que no se aplicó,
aclaremos, a casi ninguna otra de las muchas aberraciones jurídicas que el Proceso había
parido).
Los dardos que les arrojaba Alfonsín, entre tanto, era no solo más acordes a esas formas, sino
mucho más convincentes: hacia el fin de la campañaaludió inistentemente a la Triple A, a los
monteneros y a raíz de oportuna convocatoria de la CGT a un nuevo paro general el 4 de
octubre, regresó al asunto del pacto militar-sindical. Luder decidió finalmente contestarle, y lo
hizo del peor modo en el peor momento: en el multitudinario acto de cierre de su campaña, con
una retórica extraía de un arcón ajeno, totalmente inadecuada para polemizar con Alfonsín y
más aún para atraerse la simpatía de los jóvenes y los independientes, dijo estar sorprendido
de “que algunos sectores políticos no puedan superar la mentalidad pequeño burguesa
declamadora y vacua, que no puedan comprender que las banderas de la auténtica democracia
social están en este movimiento que fundó el general Perón”. Fue el digno broche de una
campaña confusa y desencaminada, que confió demasiado en la mayoría natural del peronismo
y, por lo tanto, no se cuidó de elaborar una estrategia consistente, ni de atender a los votantes
que podían dudar, cambiar de preferencia e inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Todo lo
contrario de lo que hizo Alfonsín, quien encaró su campaña en forma centralizada y planificada,
proveyéndose de asesoramiento calificado (algo que no se acostumbraba hasta entonces en la
política argentina) para maximizar el rendimiento de sus recursos (que en términos
organizativos y de militancia al menos eran muy inferiores que los del peronismo) y focalizar sus
esfuerzos en los electores que calculaba podrían darle la victoria. Así, fue capaz de hacer
aquello que al peronismo le resultó imposible, interpretar y orientar las aspiraciones cte cambio
del electorado, dándole un alcance epocal y una dimensión cultural al proceso de transición, y
generar certidumbre respecto de la gestión de gobierno y la prevalencia del orden legal: “más
que una salida electoral es una entrada a la vida’’, rezaban sus avisos publicitarios; “somos la
vida”, replicaban al “somos la rabia” de la JP; Alfonsín se atrevió incluso a preguntar (ante la
hispánica comparación del general Perón con el Cid Campeador, que habría ganado su última
batalla después de su muerte), “¿quién va a gobernar el país si triunfa el peronismo, un
muerto?’’.
Los actos partidarios desplazaron completamente de las calles al movimiento de derechos
humanos, a los sindicatos y a los vecinazos. Prolongando la ola de simpatía e identificación que
se despertó en la posguerra, los partidos lograron canalizar el afán de los ciudadanos por volver
a serlo. Y por ocupar el espacio público con su presencia activa, protagónica, votando con los
pies y con la voz. El 29 de septiembre Alfonsín llenó la cancha de FelTocarril Oeste. El duelo
concluyó el 30 de octubre: Alfonsín obtuvo 7.659.530 votos, casi el 52 % del total, con lo que
reunió mayoría propia en el Colegio Electoral (317 sobre 600 electores), mientras que Luder
apenas alcanzó el 40 % (5.936.656). Las cifras mostraban que al menos una parte de los votos
que los justicialistas consideraban propios habían irlo al candidato contrario.
Alfonsín, apenas repuesto del shock, prometió que su primera medida de gobierno sería
“reactivar los salarios, aplicar el salario mínimo y terminar con el hambre y la desocupación’’, y
se comprometió también a ‘‘levantar banderas de unidad nacional” (La Nación, 31 de octubre de
1983). Era el fin de la dictadura. El 6 de diciembre la Junta firmaba el acta de su disolución.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

EUGENIA ARUGUETE

En diciembre de 1983 se inauguró una nueva etapa en la lucha política ligada al conflicto que
enfrenta a capital y trabajo, en el marco de un escenario político renovado y sobre la base de un
inédito mapa social y una singular correlación de fuerzas. Con la recuperación democrática se
revitalizaron las instancias republicanas de la contienda política —los partidos, el Parlamento—
y recobraron su legalidad las corporaciones, tradicionales espacios de representación de
intereses. Paralelamente y como resultado de las transformaciones radicales operadas tras la
dictadura, emergió una nueva estructura social. En ella conviven, por un lado, una poderosa y
más homogénea —aunque no por ello exenta de contradicciones en su interior— fracción de
clase dominante, compuesta por los grupos económicos nacionales y ciertos conglomerados
extranjeros con inserción en el mercado local. Por otro, los acreedores de la deuda externa
argentina, quienes comparten con el capital concentrado local la cúspide del poder económico y
político en nuestro país. Completando el escenario, unos socialmente heterogéneos sectores
populares. En conjunto, estos distintos sectores dibujaron una correlación desigual de fuerzas
sociales que condicionó el devenir del juego político ligado al conflicto de clases desde
entonces. Durante la gestión gubernamental del doctor Raúl Alfonsín, las distintas clases y
fracciones de clase desplegaron estrategias de acción colectiva diversas, delineando una
particular trama en la lucha política vinculada al conflicto entre capital y trabajo. En ella se
destacaron dos experiencias singulares, que se caracterizaron por el acercamiento entre
entidades representativas del capital y el trabajo, quienes agregaron sus esfuerzos en torno de
la consecución de un objetivo específico. La primera se produjo a principios de 1985, cuando
diez entidades empresarias y la CGT se congregaron tras el fin de confrontar el proyecto
económico del titular del Palacio de Hacienda, Bernardo Grinspun, conformando el tan inédito
como fugaz Grupo de los 11. La otra, cuando el informal agrupamiento de los Capitanes de la
Industria se acercó al núcleo sindical de “los 15”, a fin de enfrentar el giro adoptado por el
ministro de Economía, Juan V. Sourrouille, en los primeros meses de 1987.
Observados retrospectivamente, múltiples aspectos distinguieron ambas experiencias e hicieron
de ellas fenómenos singulares. En especial, el derrotero político que dio lugar a su emergencia,
el interés que justificó su agregación, la naturaleza de su composición social, el potencial de su
accionar conjunto y las razones que derivaron en su disolución. Existió un elemento, sin
embargo, que fue común a ambas. Tanto en la coalición constituida a principios de 1985 como
en aquel arrime pergeñado en 1987, los sectores sociales asociados se mostraron incapaces
de consolidar alianzas policlasistas orgánicas y de largo plazo. En otras palabras, lo que se
puso de manifiesto en ambos casos fue la imposibilidad demostrada por las clases y fracciones
de clase de constituir alianzas que, aun sin discutir el carácter desigual de las relaciones
sociales capitalistas, fueran capaces de erigir un proyecto económico, social y político integrado
que expresara de modo coherente, eficaz y perdurable, el interés de los distintos sectores
involucrados.
De inestimable valor empírico y analítico, los estudios que abordaron la cuestión del accionar
colectivo de las clases sociales durante el gobierno de Alfonsín se concentraron en el análisis
de una o varias corporaciones empresarias y sindicales. Los principales trabajos orientaron su
mirada en torno de la composición social de tales actores, sus formas de organización, sus
conflictos internos y sus articulaciones con el sistema político.2
Aunque de relevancia sustantiva en los análisis sociopolíticos que estudian las estrategias de
acción colectiva de las clases sociales, los acercamientos entablados por las entidades
representativas del capital y el trabajo durante la administración radical no han constituido un
objeto específico de las investigaciones que abordaron dicha problemática. Situados desde un
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

marco conceptual que contempla el comportamiento de las clases sociales de un modo


relacional, procuraremos analizar la naturaleza de ambos ensayos, descubrir sus
especificidades e intentar explicar las razones que, lejos de posibilitar la materialización de
proyectos económicos, sociales y políticos congruentes y duraderos, derivaron en la
constitución de coaliciones tácticas, de naturaleza coyuntural y existencia efímera.

El derrumbe del Proceso y el reposicionamiento de las entidades del capital y el trabajo


Perdida la legitimidad social en torno de la “lucha antisubversiva”, la derrota militar en Malvinas
precipitó la caída del Proceso, sumiendo en un fuerte desprestigio a los principales cabecillas
militares y obligándolos a diseñar un plan de salida mínimamente decoroso para evitar, en el
marco de lo posible, la sanción moral de la población y el castigo penal de la justicia por los
aberrantes actos cometidos.
A mediados de 1982 se inició la retirada del gobierno militar, bajo la exclusiva responsabilidad
del Ejército y tutelada por el general Reynaldo B. Bignone. El plan de salida comprendía tres
procesos ineludibles. En primer lugar, una modificación de la estrategia económica que
incluyera la renovación del equipo ministerial —con el ascenso de Jorge Wehbe al frente del
Palacio de Hacienda— y el abandono de la estrategia ortodoxa inaugurada por Martínez de
Hoz. En segundo lugar, el lanzamiento de una estrategia de alianzas con las entidades
empresarias y sindicales, a fin de retomar las riendas de la economía. Finalmente, el despliegue
de un programa de acuerdos con las principales fuerzas políticas, con el objetivo de garantizar
impunidad para los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la
dictadura y la incorporación del actor militar en el papel de tutor del proceso político que se
avecinaba.
Sin embargo y lejos de sus aspiraciones, el Proceso cayó rápidamente en una significativa
crisis económica y social. La profunda recesión y la escalada inflacionaria que clausuraba la
experiencia militar, signos indiscutibles de una economía agonizante, desacreditaron el cambio
de rumbo encarado por Wehbe.
Apoyada al inicio por las principales corporaciones empresarias, la debacle en que se sumió la
experiencia militar a principios de los años ochenta motivó un giro en la percepción de estos
actores para quienes las Fuerzas Armadas dejaron de ser garantía del “orden” para convertirse
en un actor imprevisible y de riesgosa actuación. Ya a mediados de 1979, el interventor de la
UIA y presidente de Alpargatas, Eduardo Oxenford, expresó el cuestionamiento creciente de la
entidad contra la política cambiaria y las altas tasas de interés, advirtiendo sobre la imposible
supervivencia de los sectores productivos (Schvarzer, 1991). También los sectores rurales
modificaron su percepción respecto de la política económica. A fines de la década, tanto la
Sociedad Rural como Confederaciones Rurales Argentinas cuestionaban la elevada inflación, el
incremento de los costos financieros y las mayores cargas tributarias. Afectados por la fuerte
apreciación de la moneda nacional, las fracciones con menor concentración representadas en
la Confederación Intercooperativa Agropecuaria Limitada (Coninagro) arremetieron contra el
instrumento cambiario (Rapoport, 2000). La única entidad que conservó su apoyo a la gestión
gubernamental fue el Consejo Empresario Argentino (CEA) (Ostiguy, 1990).
Ante el agotamiento de la estrategia económica, un conjunto de grandes empresarios
nacionales conformaron en 1983 el Grupo de los 9, una entidad informal que se posicionó
contraria al gobierno de facto y ajena a quienes, como el CEA, mantuvieron su apoyo al
deteriorado gobierno. Este agrupamiento se manifestó contrario a la ortodoxia liberal y a favor
de la reactivación industrial, el fortalecimiento del mercado interno y la recuperación salarial.
Coherentes con el clima que se avecinaba, “los 9” se pronunciaron partidarios de la apertura
democrática y la concertación social como modalidad de gestión política.
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La restitución de los sindicatos a sus históricos delegados y el incremento de haberes, ambas


políticas orientadas a aplacar el potencial conflicto social en el marco de la retirada del gobierno
militar, no conformaron a las organizaciones representativas de los sectores populares. Por el
contrario, la distensión de la política represiva y autoritaria favoreció la profundización de los
reclamos vinculados a la recuperación de los salarios reales y la restauración de las leyes
laborales derogadas durante el régimen militar. En paralelo al derrumbe de la experiencia
militar, las dos centrales sindicales, tanto la confrontativa CGT Brasil, vinculada al Grupo de los
25 y liderada por el dirigente cervecero Saúl Ubaldini, como la dialoguista CGT Azopardo,
asociada al Grupo Gestión y Trabajo y a ciertos gremios de las 62 Organizaciones, en donde
participaban Armando Cavallieri (mercantiles), Luis Guerrero (metalúrgicos), Oscar Lescano
(Luz y Fuerza) y Jorge Triaca (industria plástica), bajo la dirección de este último, acercaron
posiciones e incrementaron la confrontación con el gobierno, convocando sucesivos paros de
actividad de forma conjunta.
A lo largo de 1983, la anunciada reapertura democrática acrecentó las expectativas de las
distintas fracciones empresarias y el sector laboral. Para las primeras, la renovación
institucional vinculada al retorno de la democracia reinstalaba la posibilidad de “normalizar” el
caótico rumbo de la economía y reencauzarlo por los rumbos que había instalado la dictadura
militar, pero en un marco de mayor legitimidad social.
Para los segundos, la oportuna recomposición de los derechos civiles y políticos se vinculaba a
la potencial recuperación de sus ingresos. Asimismo, la restauración de las reglas del juego
democrático estaba asociada, para un actor sindical fuertemente involucrado con el destino del
peronismo, a la posibilidad de compensar intereses de carácter político: la recuperación del
aparato estatal enajenado de manera violenta por los militares en 1976. En efecto, con el exilio
de los principales jefes políticos del peronismo —entre ellos, el de su presidenta, Isabel
Martínez de Perón— el partido devino desarticulado y acéfalo. En este marco, el peso de la
reconstrucción del movimiento recayó principalmente sobre la dirigencia sindical, cuyos líderes
incrementaron su poder político en el interior de la estructura partidaria así como su
responsabilidad en la tarea de lograr la supervivencia del peronismo en el marco de la
reapertura democrática.

De la ilusión al desencanto...
Fuertemente atravesada por la cuestión del esclarecimiento de los delitos cometidos durante la
dictadura, la intransigencia manifestada por el candidato a presidente del partido radical, el
doctor Raúl Alfonsín, así como su denuncia sobre la existencia de un pacto militar-sindical, que
empañaba la imagen de los líderes gremiales vinculados a la oposición, definieron la contienda
electoral de octubre de 1983. Allí, el radicalismo obtuvo su primera victoria en elecciones libres
frente a su histórico rival (Palomino, 1986; Novaro y Palermo, 2004). En el interior del
peronismo, la derrota en los comicios presidenciales, cuya responsabilidad se endilgó a la
ortodoxia sindical, profundizó los conflictos entre este sector y las fracciones más moderadas y
de tendencias democratizantes, alineadas detrás de Antonio Cañero, Carlos Menem, José
Manuel de la Sota y Carlos Grosso (De Ípola, 1987).
El arribo de Alfonsín a la presidencia de la Nación era el resultado, a su vez, del triunfo de una
nueva fracción dentro del radicalismo. En 1974 había surgido en la ciudad de Rosario una línea
interna en la UCR, el Movimiento de Renovación y Cambio, que buscaba distanciarse de los
factores hegemónicos dentro del partido vinculados a Balbín, los “históricos”, cuyo estilo político
comiteril distante de las bases y dialoguista respecto de las Fuerzas Armadas cuestionaban.
Con el triunfo electoral de Alfonsín ingresó en el centro de la escena política un nuevo sector,
tutelado por el consagrado presidente de la Nación y a cuyo surgimiento habían concurrido dos
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

fracciones del radicalismo. La primera de ellas, un conjunto de profesionales vinculados a la


UCR, con una trayectoria en el ejercicio de la política acumulada en tiempos de la gestión de
Arturo lllia, entre quienes se hallaban Bernardo Grinspun, Alfredo Concepción, Germán López,
entre otros. La segunda, conformada por la juventud militante, y relativamente radicalizada,
encarnada por la Junta Coordinadora Nacional. En ella participaban figuras como Enrique “Coti”
Nosiglia, Luis Alleito “Changui” Cáceres, Ricardo Laiferriére, Federico Storani, Marcelo Stubrin,
Ricardo Campero, Jesús Rodríguez, Facundo Suárez Lastra y Aníbal Reinaldo, quienes habían
acumulado experiencia militante resistiendo la política represiva de la dictadura de Onganía y
en oposición a los sectores que, desde la sociedad en su conjunto y desde el radicalismo en
particular, habían adoptado una actitud pasiva frente al derrocamiento de Illia (Herrera, 1985;
Leuco y Díaz, 1987).
Amén de los afluentes de Renovación y Cambio, al asumir la presidencia de la Nación, Alfonsín
optó por una táctica “integradora” en la conformación de su gabinete, reservando un lugar para
todas las vertientes internas de la cúspide del radicalismo. Así como Víctor Martínez había
compartido la fórmula presidencial y se convertía ahora en vicepresidente de la Nación, otros
radicales “históricos”, como Antonio Tróccoli, integrarían el nuevo gobierno.
Con el inicio de la gestión alfonsinista se puso en marcha un programa económico definido. La
estrategia desplegada por el ministro de Economía, el doctor Bernardo Grinspun, para enfrentar
los problemas económicos que atravesaba la Argentina seguía los lineamientos básicos del
pensamiento keynesiano. Según manifestaba el titular de Hacienda, los esfuerzos se orientaban
a resolver los desajustes macroeconómicos y atender a los sectores rezagados. El tratamiento
del problema de la deuda externa sería subordinado a la resolución de las dificultades internas
y al objetivo primordial del crecimiento económico sobre la base de una creciente equidad. La
profunda recesión provocada por la ortodoxia liberal sería combatida a través del fortalecimiento
del mercado interno, mediante la recomposición salarial y la expansión del crédito y el gasto
público. La inflación se enfrentaría gradualmente, a través de un sistema de fijación de pautas
mensuales —a tasas decrecientes en el tiempo— destinado a controlar la evolución de los
precios internos, los salarios, la tasa de interés, el tipo de cambio y las tarifas de los servicios
públicos (Pesce, en este mismo libro).
Aunque Alfonsín manifestó inicialmente la pretensión oficial de crear mecanismos de consulta
con los distintos sectores, la estrategia general adoptada desde un principio por Grinspun se
caracterizó por la gestión autocrática del programa económico, prescindiendo de cualquier
modalidad de acuerdo o negociación social en torno del plan.
Cerrada la experiencia militar y definida la contienda electoral a favor del radicalismo, las
iniciativas encaradas por la nueva gestión ocuparon el centro de atención de los distintos
sectores sociales. Las expectativas se fueron diluyendo, sin embargo, a medida que el gobierno
de Alfonsín comenzó a dar sus primeros pasos. En el campo empresario, las críticas se
orientaron directamente contra la política económica. El inconfesable rechazo por los objetivos
redistributivos de la política oficial se manifestó como un cuestionamiento a la estrategia
autocrática adoptada y a los fracasos en que, por cierto, Grinspun incurrió al ejecutar su plan.
Desde el sector laboral, las impugnaciones se dirigieron contra el programa económico y los
embates propinados al sindicalismo desde el Ministerio de Trabajo y el de Salud y Acción
Social, liderados por Antonio Mucci y Aldo Neri en relación con la estrategia económica,
naturalmente, el principal objeto de las críticas del trabajo organizado no fue la pretensión
redistributiva que guió la política implementada por Grinspun. Antes bien, los cuestionamientos
sindicales focalizaron en los límites de la estrategia oficial —basada en la concesión de
incrementos nominales cuyos efectos fueron neutralizados de modo recurrente por el ascenso
implacable de los precios— y la modalidad adoptada en materia de ingresos, consistente en la
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

definición oficial de los salarios y el congelamiento de los convenios colectivos con participación
activa de los sindicatos como forma de negociación de haberes y condiciones laborales. A ello
se agregaba la impugnación que, en la cúspide misma del poder gremial, generó la política
sindical que desde un principio el gobierno intentó llevar a cabo.
Amén de lo disímil de las demandas realizadas por capital y trabajo, la coincidencia en el blanco
de sus críticas —el gobierno y, dentro de éste, aquel sector del ala “dura” y no dialoguista
encarnado por Grinspun, Mucci y Neri— permitió la concurrencia de ambos sectores. A lo largo
de 1984, con el objetivo de evitar que el peso de la estrategia oficial recayera sobre sus
espaldas, las distintas fracciones capitalistas y de la clase obrera fueron incrementando sus
críticas y multiplicando sus estrategias de acción colectiva, alcanzando tibios pero recurrentes
acercamientos intersectoriales.
Desde su lanzamiento el programa suscitó la crítica de las entidades empresarias. Recién
iniciada la nueva
gestión, las diversas
fracciones del
capital alzaron su
voz al unísono,
cuestionando un
proyecto de ley
orientado a
modificar la
estructura
impositiva. La
propuesta, que se
anunció a mediados
de diciembre, incluía
el aumento de
gravámenes sobre
la riqueza y los
ingresos, y se
proponía perseguir
la evasión
impositiva. Alterado ante los anuncios, un dirigente de la Sociedad Rural manifestó: “No nos
maten con impuestos, porque lo que se va a matar es la producción” (Clarín, 21/12/1983). La
UIA, por su parte, presentó ante la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de
Diputados una “propuesta de alternativa”, que sugería el reemplazo de la proposición oficial por
un tributo del 250% sobre los combustibles (El Bimestre Político y Económico, 20/12/1983). Las
diatribas que efectuó el espectro empresarial fueron acompañadas por la prensa, que
censuraba el “intervencionismo” del gobierno.
Mientras tanto, un proyecto elaborado por el ministro de Trabajo, el socialista Antonio Mucci,
provocó la inmediata reacción del sindicalismo. Impulsado el 18 de diciembre de 1983, el
proyecto de “Ley de reordenamiento sindical” buscaba la normalización de las organizaciones
sindicales. Se proponía la convocatoria a elecciones inmediatas y sin proscripciones en los
gremios, mediante la instauración del voto secreto, directo y obligatorio y supervisado por el
Ministerio de Trabajo. A su vez, la propuesta sugería garantizar la representación de las
minorías en el Consejo Directivo de la central obrera (Clarín, 18/12/1983). Bajo el objetivo
técnico de “normalizar” y “democratizar” los sindicatos, el proyecto oficial escondía su propósito

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

político: disminuir el peso del peronismo ortodoxo dentro del sindicalismo y conformar un gremio
menos confrontativo hacia el gobierno.
En defensa de sus intereses corporativos, la primera respuesta del sindicalismo fue la
reunificación del gremio, escindido hasta entonces en la CGT Brasil y la CGT Azopardo.
Liderada desde fines de enero de 1984 por una conducción colegiada compuesta por cuatro
dirigentes gremiales —Saúl Ubaldini, Jorge Triaca, Ramón Baldassini y Osvaldo Borda—, la
CGT Unificada inició un profundo asedio contra el titular de la cartera laboral y su proyecto. En
paralelo a la estrategia de cohesión interna, el sindicalismo echó mano a sus influencias en el
Parlamento para frenar el avance de la propuesta. El 15 de marzo, y por diferencia de un voto,
la “ley Mucci” fue vetada en el Senado gracias al influjo ejercido por el sindicalismo sobre los
legisladores peronistas y no peronistas. El fracaso del proyecto se llevó consigo las
aspiraciones políticas de su principal promotor, quien presentó su renuncia a la cartera laboral a
fines de abril.
Un acuerdo pergeñado meses más tarde entre la CGT, Grinspun y Juan Manuel Casella —
sucesor de Mucci al frente de Trabajo y más propenso al diálogo que aquél— derivó en un
nuevo proyecto de ley de normalización sindical, aprobada ahora sí por los legisladores
peronistas y convertida en ley 23.071. La nueva normativa excluía el control gubernamental de
los procesos eleccionarios y sujetaba la propuesta de representación de las minorías en el
Consejo Directivo de la CGT a la presentación de proyectos de reformas estatutarias por parte
de los gremios. De este modo, quedaban excluidos aquellos aspectos por los que la burocracia
sindical había confrontado el proyecto de Mucci.
Por su parte, impugnada por motivos diversos, la política de ingresos elaborada por Grinspun
se ganó la crítica simultánea del empresariado y el sindicalismo. Los empresarios cuestionaron
especialmente el sistema de control de precios escogido por el gobierno como instrumento
antiinflacionario. Aunque las fracciones empresarias compartían las intenciones estabilizadoras
que impulsaron al gobierno a establecer controles —incluso la UIA los aceptó como una medida
“transitoria”, aplicable “por 20 o 30 días”—, su vigencia en el marco de altas tasas de interés se
convirtió enseguida en una amenaza para la totalidad del espectro empresario.
Naturalmente, las medidas no afectaban de un modo homogéneo al capital, sino sobre todo a
las fracciones menos concentradas. Vinculadas a mercados más competitivos, eran las
empresas pequeñas y medianas quienes soportaban el peso directo de los controles, mientras
los conglomerados diversificados con participación en áreas oligopólicas fueron capaces desde
un principio de sortear los controles y remarcar precios. La ineficacia de las regulaciones sobre
las fracciones empresarias más concentradas perpetuaba el proceso inflacionario y generaba
una brecha entre los precios (y beneficios) logrados por los grandes empresarios y las firmas
pequeñas y medianas. Al mismo tiempo, mientras las altas de tasas de interés locales elevaban
los costos empresarios de las fracciones industriales más pequeñas, los grupos económicos y
conglomerados extranjeros explotaron su condición diversificada y expandieron sus negocios
especulativos (Damill y Fanelli, 1989; Ortiz y Schorr, en este libro). Este impacto desigual se
expresó en el especial fervor con que el MIN (Movimiento Industrial Nacional), grupo que
expresaba principalmente los intereses de los pequeños y medianos empresarios dentro de la
UIA, encaró sus críticas contra ambas políticas.
Sin embargo, la vigencia simultánea de un sistema de control de precios y altas tasas de interés
amenazaba con sus efectos recesivos al conjunto del capital. El insistente incremento en los
índices inflacionarios (58% en el trimestre enero-marzo de 1984), por su parte, hacía de los
controles una medida “ineficaz e injusta”, despertando las preocupaciones de la totalidad de
entidades empresarias.

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Por cierto, estos elementos pesaron en los reclamos empresarios; fueron la UIA y la Cámara
Argentina de Comercio quienes lideraron inicialmente la oposición a los controles. Por aquel
entonces, Gilberto Montagna —vicepresidente de la Unión Industrial y miembro del liberal MIA
(Movimiento Industrial Argentino)— manifestaba que “tanto el control de precios corno las altas
tasas de interés provocan la caída en el nivel de actividad productiva y una disminución del
salario [...] por lo cual, los únicos perjudicados son los empresarios productivos y los obreros”
(Clarín, 8 y 11/2/1984). Quizá la cercanía de las elecciones en el interior de la UIA, cuya
celebración estaba dispuesta para abril de 1984, repercutió en las posiciones adoptadas por la
corporación empresaria. Orientada a ganar posiciones con vistas a los comicios internos
venideros, el liberal MIA —entonces al frente de la entidad industrial— buscó expresar a la
totalidad del espectro industrial incorporando los intereses de los pequeños y medianos
empresarios representados mayoritariamente en el MIN.
Con la ampliación de la política de controles a partir de marzo, los bienes de origen primario —
cuyos incrementos venían impactando de forma negativa sobre la canasta de alimentos—
fueron incluidos dentro de las regulaciones. Este fenómeno provocó el alzamiento de las
corporaciones agropecuarias como la SRA (Sociedad Rural Argentina), Coninagro y CRA
(Confederaciones Rurales Argentinas) quienes, además de cuestionar las retenciones que
pesaban sobre sus bienes de exportación, reprobaron el control aplicado por el gobierno,
acusándolo de provocar “distorsiones que desalentaban al productor” (El Bimestre Político y
Económico, 1/3/1984).
Mientras encaraba la defensa de sus intereses corporativos confrontando la ley Mucci, el
sindicalismo cuestionaba la estrategia desplegada por Economía. En especial, la política de
haberes —sustentada en un sistema de fijación de pautas salariales mensuales y ajustes sobre
la base de la inflación pasada— y los “tarifazos”°
En relación con la política salarial, las críticas de la CGT no sólo denunciaban los escasos
efectos reales que tenía en un contexto persistentemente inflacionario. El sindicalismo objetaba,
también, la estrategia adoptada por el gobierno en la materia. El congelamiento de los
tradicionales mecanismos de convenios colectivos de trabajo instaurado durante el gobierno
militar y su reemplazo por una táctica de fijación unidireccional de salarios desde el Ministerio
de Economía. En concreto, la modalidad de convenios colectivos —un sistema centralizado de
negociación de salarios y condiciones de trabajo—incrementaba el poder de las cúpulas
sindicales y legitimaba su rol de apoderados de los intereses de sus bases. Según
manifestaban los gremialistas, por derecho constitucional (el artículo 14) los sindicatos estaban
facultados a “concertar convenios colectivos”. Derecho enajenado por la dictadura, su no
recuperación convertía a la política en curso en sinónimo de aquella impuesta por el
autoritarismo.
En un documento publicado por la CGT a principios de la gestión radical, cuyo sugestivo título
anunciaba “Todo sigue igual, nada ha cambiado”, la central sindical denunciaba que en materia
salarial la política oficial “continúa siendo la misma del gobierno militar, es decir, otorgar
aumentos por debajo del crecimiento de los precios y marginar a los trabajadores de participar
en la determinación de sus salarios” (El Bimestre Político y Económico, 4/1/1984). Cuatro
meses más tarde, la situación se perpetuaba.

Tímidos acercamientos entre el capital y el trabajo

En abril de 1984, en el marco de las ríspidas negociaciones con el Fondo Monetario


Internacional en torno del problema de la deuda, Grinspun se comprometió a dilatar los
mecanismos de ajuste de salarios sobre la base de la inflación cada tres meses, abandonando
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el sistema mensual antes vigente. Esta estrategia sembró un nuevo motivo a los reclamos de la
CGT, quien manifestó que con las nuevas pautas de ajuste salarial “el FMI había impuesto su
política de recesión y dependencia” mientras que el gobierno había negociado el pago de la
deuda externa a costa del “hambre del pueblo” (El Bimestre Político y Económico, 11/4/1984).
Los empresarios, por su parte, no coincidían plenamente con los reclamos del sector laboral.
Las fracciones industriales en especial eran contrarias a las medidas de fuerza antepuestas por
los trabajadores, cuyo disciplinamiento reclamaron al gobierno en sendas oportunidades. A su
vez, y aunque no desconocían la legitimidad del reclamo laboral que denunciaba un atraso
relativo de los haberes, sólo convalidaban incrementos salariales sujetos a aumentos en la
productividad, o de aquellos que pudieran trasladarse a los precios. Más allá de las diferencias,
el descontento generalizado tanto en el sector laboral como en el empresario en relación con la
política oficial favoreció el primer, tibio e inorgánico, acercamiento intersectorial.
A principios de abril de 1984 y a instancias de la CGT que proponía conformar un “Frente
Nacional”, se inauguró el primer encuentro entre la central sindical y algunas corporaciones
empresarias. Originariamente, había sido impulsado por la UIA. En medio de las críticas
auspiciadas por la entidad fabril contra la política económica oficial, los industriales intentaron
convencer a la CGT de que el atraso en los precios relativos que afectaban a su sector —a raíz
de los controles de precios— tenía iguales impactos negativos sobre los trabajadores
pertenecientes a dichas ramas (Clarín, 8 y 11/2/1984). En abril, era la CGT quien retomaba la
iniciativa. Con el objetivo de confrontar la política económica oficial, la central sindical se reunió
con un conjunto de entidades empresarias y, ampliando el abanico de agregación de
consensos, con el equipo de la Pastoral Social y el Partido Intransigente.
Símbolo emblemático del rival de clase de los asalariados, la “oligarquía terrateniente”
personificada en la SRA fue la primera escogida dentro del conjunto de reuniones que la CGT
llevó a cabo con el objetivo de aglutinar voluntades. Tras el encuentro, los representantes del
campo manifestaron la necesidad de alcanzar “una creciente comunicación interinstitucional
tendiente al conocimiento más profundo de las posiciones que se sustentan” (La Nación,
4/4/1984). Luego de la reunión con miembros de la UIA, los fabriles coincidieron en que
resultaba necesario “lograr acuerdos sociales básicos que den sustento a la normalización del
país” (Ámbito Financiero, 6/4/1984)- Según manifestó la Federación Agraria tras reunirse con la
central sindical, capital y trabajo se abocarían a “buscar coincidencias para la elaboración de un
programa mínimo” que permitiera concertar las actividades productivas del país (Clarín,
10/4/1984).
Las vagas expresiones esbozadas por las entidades del capital y el trabajo, junto a la inacción
que coronó la etapa posterior a las reuniones, pusieron de manifiesto la inmadurez de los
acercamientos entre estas entidades que pocos meses más tarde integrarían una novedosa,
aunque efímera y coyuntural, alianza táctica. Testificaban, a su vez, la inexistencia de puntos
relevantes de acuerdo o del anhelo por elaborar un programa económico común.
Luego de estos tibios acercamientos, las entidades continuaron expresando de manera más o
menos fragmentada los intereses de sus fracciones representadas. La resolución del problema
inflacionario, la reducción de la presión impositiva y el achicamiento del “abultado” gasto
público1’ fueron reclamos comunes a la totalidad de corporaciones representativas del capital
concentrado local. Otras demandas fueron expresión de intereses sectoriales diferenciados.
Particularmente, los industriales siguieron demandando la liberación de los controles sobre
precios, la aplicación de una tasa de interés que aliviara los costos empresarios, la
instrumentación de un tipo de cambio “adecuado a las exportaciones industriales” y la adopción
de una estrategia “prudente” en materia de haberes “que privilegie el incremento de la

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

productividad como base genuina del aumento del salario real” (El Bimestre Político y
Económico, 25/5/1984).
Las corporaciones agropecuarias, por su parte, apuntaban contra los controles de precios en el
mercado interno y la aplicación de retenciones sobre las exportaciones, reclamando que “el
Estado no intervenga como empresario ni establezca una maraña de controles e impedimentos”
ya que el productor debe recibir de manera “genuina los precios que se pagan en el mercado
internacional” (El Bimestre Político y Económico, 7/8/1984). En especial, los agropecuarios
cuestionaban el “estatismo” del gobierno que utilizaba la estrategia hacia el sector agropecuario
“como herramienta de uso político interno y factor equilibrante de la canasta familiar” (El
Bimestre Político y Económico,
28/7/ 1984).
Los cuestionamientos sindicales en torno de la cuestión salarial y tarifaria recrudecieron con el
tiempo. En el mes de junio, cuando se hacía evidente que la política antiinflacionaria no estaba
dando los resultados previstos, la CGT amenazó con iniciar un plan de lucha mientras
presentaba un documento en una reunión exclusiva con el presidente Alfonsín. Allí, la central
sindical esbozaba vagamente sus posiciones respecto de la democracia, el sector externo, la
política de ingresos, y reclamaba, con especial ahínco, la derogación de la normativa
sancionada en tiempos de la dictadura que prohibía la administración sindical de las obras
sociales.

Rediseño de la estrategia oficial en busca del consenso


La propagación de las críticas del capital y el trabajo, en el marco de fracasos explícitos de la
gestión económica —expresados en la continua inflación y la caída de la inversión privada—,
alertaron al gobierno sobre las debilidades del programa económico y la amenaza de una
estrategia intersectorial mancomunada. En agosto y con el objetivo de encauzar las demandas
y ampliar las bases de sustentación del plan económico, el gobierno convocó a las entidades
representativas de ambos a participar de una instancia de “consulta” —aunque no de decisión—
respecto de la política económica: la Concertación Económica y Social (CES). Al espacio
concurrirían representantes de las entidades empresarias y sindicales, funcionarios del
Ministerio de Economía y de Trabajo, mientras que la conducción quedaría a cargo de Antonio
Tróccoli, ministro del Interior y personaje más proclive al diálogo.
Además de hallarse atravesada por sucesivos conflictos, debido a los cuales sus partes no
alcanzaban acuerdos básicos, la evolución de esta instancia de negociación se mostró
escindida de la definición de la política económica, rol que continuó siendo acaparado por el
Palacio de Hacienda. De este modo, la estrategia oficial destinada a incrementar la legitimidad
del plan Grinspun se mostró desde sus inicios no sólo ineficaz sino contraproducente. Por la
parte empresaria, a las críticas contra la política económica se agregó la denuncia de
incompatibilidad entre la estrategia autocrática de Grinspun, que continuaba gestionando
autónomamente las variables económicas, y la estrategia de concertación liderada por el
ministro del Interior, Antonio Tróccoli. De este modo, los controles de precios y las altas tasas
de interés volvieron a provocar a los industriales agrupados en la UIA, quienes denunciaron que
las medidas establecidas “no fueron convenidas ni comunicadas en la última reunión de la
concertación [...]. [lo que demostraba que] La política diseñada por Economía contraría la
política de concertación del Ministerio del Interior” (El Bimestre Político y Económico, 7/9/1984).
Desde el sector laboral, las diferencias con el gobierno provocaron un salto cualitativo en los
enfrentamientos. Tras la primera reunión de la CES, el líder sindical Saúl Ubaldini amenazó con
su retiro de la mesa de negociaciones, estrategia que se incorporó a partir de entonces como
mecanismo de presión a la hora de canalizar los reclamos laborales. Asimismo, anunció el inicio
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

de un plan de lucha que incluía la convocatoria a un paro general para el 3 de septiembre. Con
el primer paro de actividades convocado especialmente por Ubaldini, la estrategia confrontativa
liderada por el dirigente cervecero se radicalizaba, mientras se abría una línea interna tutelada
por Triaca, Borda y Baldassini, favorable a una táctica más dialoguista con el gobierno.
El derrumbe de la estrategia inicial encarada por Economía en la resolución de la crisis
económica local y, particularmente, el problema de la deuda externa derivó en un giro de la
política oficial hacia la ortodoxia. La opción, negociada con el FMI, incluyó un shock
devaluatorio y de tarifas junto a una fuerte restricción fiscal y monetaria. Los efectos
macroeconómicos de dicha política serían los previsibles: una nueva aceleración inflacionaria,
la caída en el nivel de salarios, la desmonetización de la economía y una profunda contracción
de la actividad económica con el consecuente “ajuste” de las cuentas externas (Darnill y
Frenkel, 1994; Rapoport, 2000). De allí, la intensificación de las críticas empresarias y
sindicales.
A los fracasos en que incurría el gobierno en materia macroeconómica y las debilidades de la
estrategia política vinculada a la Concertación, se agregaba ahora el descontento suscitado
entre las entidades ante el giro ortodoxo adoptado por el equipo de Grinspun. En efecto, la
estrategia antiinflacionaria comprometida por el titular de Hacienda incluía el deterioro inevitable
de los salarios, mientras que la vigencia de altas tasas acompañada por una política restrictiva
amenazaba con profundizar la recesión. En este marco, y en las antípodas del objetivo inicial de
la Concertación, las entidades convocadas a la mesa de negociaciones se independizaron del
convite oficial y volvieron sus esfuerzos hacia una estrategia común, ganando en peso, poder y
articulación.
Un grupo de entidades empresarias entre las cuales se hallaban la UIA, la SRA, Coninagro, la
Cámara de Comercio (CAC), la Coordinadora de Actividades Mercantiles y Empresarias
(CAME) y la Cámara Argentina de la Construcción (CACon) se reunieron en septiembre de
1984 con la CGT a fin de elaborar un documento conjunto. El 27 del mismo mes, el texto fue
presentado en la mesa de la Concertación ante el ministro del Interior, Antonio Tróccoli.
Mientras señalaba que “los problemas que plantea la situación actual son inéditos”, el escrito
pronosticaba que “si se desea evitar situaciones sociales altamente inestables, la política
económica debe apuntar a un crecimiento rápido y sostenido de la economía” (La Nación,
27/9/1984). En reclamo por la falta de un programa económico oficial de mediano y largo plazo
—a cuya confección las entidades ofrecían su colaboración—, el documento denunciaba la
política recesiva del gobierno quien “no ha puesto suficiente énfasis en el paso de una
economía de especulación a una economía de producción”. En este marco, cuestionaba la
vigencia de un “sistema tributario que no se adecua a la realidad”, instaba al gobierno a resolver
el problema de la inflación comenzando por eliminar “los desequilibrios del sector público” y
manifestaba que “los intentos oficiales de regular los salarios, así como el control de los precios,
han resultado ineficaces”, lo que hacía indispensable liberarlos (La Nación, 27/9/1984).
Los beneficios tácticos derivados de la acción conjunta eran inseparables, al menos para el
sector sindical, de ciertas desventajas. La agregación de esfuerzos obligaba al sindicalismo a
reclamar aspectos estructuralmente contrarios a sus intereses de clase, como la reducción del
gasto público o la liberalización de los precios. El primero de los reclamos suponía —y así
fueron procesados oficialmente— la reducción del empleo y de los salarios en el sector estatal.
La liberalización de los precios —aun en el marco de la liberalización de los salarios—
provocaría el deterioro de los ingresos reales de los trabajadores, dado que los primeros
siempre suben mucho más y más rápido que los segundos. En paralelo, y aunque apoyaron el
reclamo de liberalización de salarios, los empresarios mantenían la posición de sujetar todo

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

incremento de haberes a aumentos en la productividad o a la incorporación de mayores costos


a los precios, y ello, con la finalidad de no alterar la (muy regresiva) ecuación distributiva.
En octubre, un proyecto elaborado por la Secretaría de Agricultura y Ganadería de la Nación a
cargo de Lucio Reca provocó el alzamiento de las entidades del sector agropecuario. El
Programa Nacional Agropecuario 1984/1987 (Pronagro) proponía un manejo flexible de las
retenciones sobre la base de las fluctuaciones de los precios externos, la aplicación de precios
sostén para frenar el deterioro en el valor de ciertos productos agrarios y la puesta en marcha
de un nuevo tributo sobre la tierra libre de mejoras (Nun y Lattuada, 1991).
Rápidamente, la SRA, Coninagro y la CRA manifestaron su total oposición al Pronagro. Meses
más tarde, la primera respondió a la propuesta oficial mediante la elaboración de un plan
alternativo, “El complejo agroindustrial argentino como factor de crecimiento económico”,
elaborado por dirigentes y asesores de la entidad. El “Informe 84”, como fue públicamente
conocido el documento, cuestionaba el fuerte carácter “intervencionista” del proyecto oficial y
proponía eliminar por completo las retenciones, mantener un tipo de cambio alto, fomentar la
introducción de tecnología y de insumos importados sin impuestos (“al mismo precio que en el
mercado internacional”) y apuntalar la inversión en el sector agropecuario, compartiendo con el
Estado (a quien le correspondería un módico 60%) los riesgos vinculados a ésta (Nun y
Lattuada, 1991). Resultaba evidente, pues, que la propuesta elaborada por los grandes
propietarios rurales difería diametralmente respecto del proyecto oficial.
En noviembre, un nuevo proyecto de ley profundizó el conflicto con los sindicatos. La propuesta
elaborada por el Ministerio de Salud y Acción Social planteaba la creación de un seguro
nacional de salud cuyo objetivo era extender la atención sanitaria a la totalidad de la población.
Para ello, el proyecto elaborado por el titular de dicha cartera, Aldo Neri, planteaba la
unificación del conjunto del sistema de salud, reuniendo a las obras sociales y los servicios
médicos del sector público y privado como “partes de un todo” y encomendando “la indelegable
función de conductor del sistema” al Estado. Consciente de los intereses corporativos, la
propuesta avalaba la “activa participación de las sociedades intermedias en la gestión directa
de los servicios” (Clarín, 17/11/1984). El plan llevaba implícito un ataque frontal —el segundo,
contabilizando la fracasada ley Mucci— a una importante fuente de recursos financieros y
políticos del sindicalismo, que había centralizado la administración de las obras sociales desde
el gobierno de Onganía. La propuesta concitó, como era previsible, la reacción de la dirigencia
gremial, que repudió el programa oficial e inició un asedio ahora contra el ministro de Salud.
Con esta nueva avanzada, el gobierno creó otra fuente de discordia con el sindicalismo,
apuntalando el conflicto del gobierno con la dirigencia gremial.
Con la divulgación de las pautas salariales de enero de 1985, Ubaldini, cada vez más devoto de
las posiciones beligerantes, anunció nuevamente el retiro de la CGT de la mesa de la
Concertación. Profundizando la diferencia de tendencias en el interior del gremialismo, el resto
de los dirigentes obreros
—los otros tres secretarios de la CGT, miembros de “los 25” y la “Comisión de los 20”—
continuaron participando de las negociaciones. En ese marco, a principios de ese mes la CGT
emitió un documento en el cual enumeraba sus objetivos irrenunciables: el abandono del
sistema de fijación de pautas salariales y la convocatoria inmediata a convenciones colectivas,
una política bancaria favorable a la producción y contraria a la especulación, el apuntalamiento
del mercado interno para reactivar la industria, el pago puntual de los salarios de la
administración pública, la estabilidad laboral de los trabajadores, la devolución de las obras
sociales a los gremios y una concertación “sin tutores ni capataces del monetarismo
internacional” (Clarín, 4/1/1985). Con el documento, la CGT no sólo hacía una declaración de
principios ante el gobierno. Con aquellos reclamos vinculados a una mejor política bancaria o la
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

puesta en práctica de políticas de reactivación industrial, la central obrera daba una clara señal
al empresariado de su predisposición a dialogar con las entidades del capital. Una semana más
tarde, las concesiones de Alfonsín con el sindicalismo —básicamente, el compromiso de
garantizar la participación gremial en el diseño y funcionamiento de la política de salarios y en la
normativa relativa a las obras sociales—, condujo a la CGT a retornar a la mesa de
negociaciones.

El arribo del frente intersectorial: la constitución del grupo de los 11


Convencido de la amenaza que representaba la convergencia de capital y trabajo, Alfonsín
había decidido jugar una nueva carta. En enero de 1985, en una reunión convocada en la
residencia de Olivos y en presencia de las entidades empresarias y la central sindical, el
Presidente de la Nación presentó una iniciativa denominada “Compromiso de Concertación”. El
Acta de Olivos, como fue públicamente conocida la proposición oficial, constaba de dos partes.
La primera de ellas era el programa económico de mediano plazo elaborado por el equipo de
Juan V. Sourrouille, por entonces titular de la Secretaría de Planificación, llamado
“Lineamientos de una estrategia de crecimiento económico: 1985-1989” y en donde se
presentaban los elementos básicos del “ajuste positivo” que el secretario había elevado días
antes al Presidente. La segunda, incluía un pacto social a ser firmado por sindicatos,
empresarios y el gobierno (Clarín, 11/1/1985). El documento, base del futuro Plan Austral,
anticipaba la decisión oficial de emprender un cambio de rumbo.
Amén de las
claras señales
de
predisposición
ante las
demandas por
parte del jefe de
Estado, los
acercamientos
coyunturales,
efímeros e
irregulares
protagonizados
por las
entidades del
capital y el
trabajo habían
seguido su curso y devinieron en una relativamente vigorosa estrategia conjunta. A principios
de 1985, los arrimes del primer año de la democracia derivaron en la conformación de una
coalición de gran envergadura. El frente intersectorial autoproclamado Grupo de los 11 reunió a
la central sindical con diez importantes entidades empresarias, entre las cuales se hallaban la
UIA, la SRA, la CAME, CRA, Coninagro, la Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA), la
Unión de Comercio Argentino (UDECA), la Cámara Argentina de Comercio (CAC), la Cámara
de la Construcción y la Confederación del Comercio, la Industria y la Construcción.
Este frente policlasista venía elaborando un documento conjunto en donde figuraban las
coincidencias que mantenían ambos sectores (La Razón, 23/l/1985). Sin embargo, la existencia
de posiciones divergentes en el interior del grupo, ciertamente asociadas a diferencias
estructurales ostensibles, demoró la presentación definitiva del documento. En primer lugar,
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 102
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

existían posiciones disímiles en torno de la cuestión salarial. Para el sindicalismo, la política de


haberes debía conducir a una mejora real de los salarios, mientras que los empresarios
continuaban en su postura de contemplar aumentos que sólo pudieran ser trasladados a los
precios o atados al comportamiento de la productividad, lo que implicaba para los trabajadores
un deterioro de la situaclon inicial.
La segunda cuestión que generaba roces entre los miembros del frente intersectorial era el
problema de las obras sociales. En este aspecto, las fracciones empresarias —especialmente
aquellas agrupadas en la Unión Industrial, la Sociedad Rural, la Cámara Argentina de Comercio
y la de la Construcción, así como la ADEBA— eran reacias a apoyar el reclamo sindical. El
Sistema de salud era un mercado, el de la medicina privada, en donde también se jugaban sus
intereses. Además, veían con recelo la posibilidad de que la CGT incrementara su poder
económico y político mediante la recuperación de las obras sociales.
Congruente con estas ideas, el vicepresidente de la UIA, Gilberto Montagna, consideraba que
las obras sociales debían pasar al Sector privado y los trabajadores debían tener la posibilidad
de escoger su afiliación. A fines de enero y en el marco de las discusiones dentro del frente
intersindical, el titular de la entidad fabril, Roberto Favelevic, manifestó que las obras sociales
“no tienen que ser monopolio del Estado ni de los sindicatos, porque los monopolios son malos
en cualquier cosa que se haga” (Clarín, 25/1/1985). Días más tarde, el mismo empresario
declaró que a pesar de que “las obras sociales son un complemento del salario”, por ello no
debe pensarse que “los sindicatos pueden considerarse con derecho patrimonial” sobre ellas
(clarín, 27/1/1985). Obviando las opiniones empresarias, el secretario general de la CGT
unificada, Osvaldo Borda, manifestaba que a pesar de demorarse la firma del documento por
parte de “los 11”, en materia de obras sociales “la posición del empresariado sobre el tema es
muy cercana [a la de la central obrera]” (La Razón, 26/1/1985).
Privilegiando la coyuntura, sin embargo, el trabajo organizado y las entidades empresarias
cedieron en favor de la estrategia común. En relación con la Cuestión salarial, la cercanía de las
elecciones dentro de los gremios y la necesidad de reubicarse en el interior de un peronismo
que estaba experimentando profunda metamorfosis condicionaron la estrategia escogida por el
sindicalismo. Aunque el objetivo de máxima era la recuperación de los ingresos reales del
sector laboral, el reclamo por aumentos nominales de salarios resultaba suficiente para
enaltecer su imagen y alcanzar mejores posiciones —tanto dentro del gremio como del
peronismo—, aunque no lograra mejorar la calidad de vida de los trabajadores. Ante el claro
dilema, la dirigencia gremial privilegió sus objetivos corporativos y políticos por encima de los
reivindicativos, cediendo ante las pretensiones del capital. En relación con el fenómeno de las
obras sociales, las concesiones provinieron del sector empresario, que antepuso el interés por
conservar el frente policlasista renunciando —aunque transitoriamente— a su ambición en el
mercado de la medicina privada.
Por último, a principios de febrero las entidades empresarias y la CGT entregaron al
coordinador de la mesa de la Concertación, el ministro Antonio Tróccoli, una propuesta conjunta
como alternativa al plan oficial de mediano plazo. La iniciativa contenía dos documentos. El
primero de ellos, una “Propuesta de acuerdo social” que postulaba “imprescindible un esfuerzo
conjunto para combatir la inflación mediante una estrategia que minimice los costos que pagan
los sectores desposeídos”. La segunda, una “Propuesta de crecimiento en libertad con justicia
social” recogía “los 20 puntos de acuerdo a que arribaron las entidades obrero-empresarias tras
tres meses de discusiones”. Entre sus aspectos fundamentales, la “Propuesta de los 20 puntos”
reclamaba “el redimensionamiento del Estado empresario” y la “reducción del déficit”, el empleo
de un tipo de cambio “apropiado” —básicamente alto— así como la “revisión de la estructura
arancelaria y la eliminación de retenciones” para estimular las exportaciones y sustituir las
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

importaciones; la eliminación de los subsidios en- cubiertos, el reconocimiento del derecho de


los sindicatos a administrar las obras sociales y el reforzamiento del crecimiento económico
acompañado por un incremento del empleo y mejoras salariales (Clarín, 9/2/1985).
El conjunto de reclamos, de escasa coherencia interna y ciertamente alejado de un verdadero
programa económico, manifestaba la existencia de grandes concesiones realizadas tanto por el
capital como por el trabajo organizado. En efecto, los empresarios concedían su apoyo al
reclamo laboral vinculado a la recuperación salarial, el apuntalamiento del mercado interno y la
gestión sindical de las obras sociales. El resto de los reclamos serían, en caso de cumplirse,
apremiantes para el sector laboral.
Así, el “achicamiento del Estado” —por medio del redimensionamiento de sus empresas, la
reducción de sus gastos y el cercenamiento de sus ingresos— resultaba contrario a los
intereses del sector laboral, por su impacto sobre el empleo y los ingresos del sector laboral
estatal así como por el cercenamiento del gasto social del Estado, que nene entre los
trabajadores a sus principales beneficiarios. La aplicación de un tipo de cambio alto y sin
retenciones, por su parte, aunque podía impactar favorablemente sobre el empleo como
resultado de la protección a la actividad local, suponía directamente una disminución del salario
real. Con la consolidación del Grupo de los 11, la posición sindical manifestada por el dirigente
gremial Jorge Triaca en ocasión de la reunificación del gremio, “no vamos a permitir que se
pretenda entregar a este movimiento obrero sumiso y manso a la voracidad de los mismos
capitales que hasta ahora nos han venido atacando” (Clarín, 26/1/1984), cedía paso a los
objetivos tácticos que guiaban ahora el accionar de la CGT.
En apariencia, la coyuntura justificaba la constitución del frente. Para el sector empresario,
naturalmente, el proyecto redistributivo encarado por Grinspun y los suyos resultaba
incompatible con sus intereses de clase alineados, tras el cambio de modelo operado a
mediados de los años setenta, con la continua exacción de recursos ejecutada sobre los
sectores populares. Para los segundos, a la defensa del poder adquisitivo de los salarios se
agregaban la necesidad de proteger sus intereses corporativos asociados al ejercicio del papel
gremial en las negociaciones colectivas y la administración de la principal fuente de recursos
económicos: las obras sociales. La capacidad de incidir sobre el rumbo económico y político en
1985 se acrecentaba si capital y trabajo actuaban mancomunadamente.
A las presiones crecientes que se ejercieron sobre el gobierno en el frente interno se agregaba
la pérdida de apoyo externo. En efecto, a pesar del giro en la política económica adoptado por
Grinspun a partir de septiembre de 1984, la crítica situación fiscal y la incesante aceleración
inflacionaria convencieron al Fondo Monetario Internacional que los esfuerzos realizados por el
ministro habían sido infructuosos. En el marco del acuerdo alcanzado en diciembre de 1984 con
el organismo multilateral, una misión técnica viajó a Buenos Aires para supervisar la evolución
del programa comprometido por el gobierno. En febrero de 1985, la sentencia desfavorable de
los técnicos del Fondo, quienes consideraron que las metas no habían sido alcanzadas,
determinó la suspensión del desembolso del segundo tramo del préstamo stand by planeado
para febrero (García yJunco, 1987). Con esta actitud, el Fondo expresaba que había decidido
quitarle su apoyo a la gestión Grinspun. Consciente de las dificultades que atravesaba su
gobierno tras sólo un año de gestión, Alfonsín decidió modificar el esquema del poder real entre
los distintos sectores que convivían en el seno de su gobierno. En este marco, el jefe de Estado
comenzó a restar apoyo a aquellas fracciones tradicionalmente asociadas al radicalismo, entre
las que se hallaba el propio ministro de Economía.
Perdido el apoyo externo e interno, el proyecto liderado por el titular de Hacienda quedó
bloqueado por las presiones ejercidas por “los 11” y con él, la carrera política de su principal

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

promotor. Tal como anticipaba un matutino del momento en referencia al accionar del Grupo de
los 11:
[...] el pase a la ofensiva de los sectores empresarios y gremiales [..] puede colocar al
gobierno de Alfonsín en la necesidad de reformar el rumbo económico y, por lo tanto, de indicar
con cambios concretos —quizá de hombres y de lenguaje— un nuevo camino (La Nación,
16/2/1985).
Las palabras no eran vanas. El 18 de febrero de 1985, el presidente Alfonsín aceptó sin vacilar
la renuncia de Bernardo Grinspun a la conducción del Ministerio de Economía. Mientras tanto,
Juan Vital Sourrouille abandonaba la Secretaría de Planificación para arribar al Palacio de
Hacienda.

EZEQUIEL ADAMOVSKY

La democracia de la derrota
El resultado de los comicios de 1983 fue la señal de que un ciclo histórico estaba llegando a su
fin: por primera vez el peronismo fue derrotado en elecciones limpias, que imprevistamente
favorecieron a Raúl Alfonsín, el candidato de la UCR. En la derrota pesaron varios factores. El
peronismo cargaba con el descrédito del descalabro que siguió a la muerte de Perón. La
imagen del partido también quedó manchada por la denuncia de Alfonsín del “pacto sindical—
militar”, que expuso las negociaciones secretas que la cúpula de la CGT había mantenido con
los dictadores para asegurarse una convivencia pacífica. En vísperas de las elecciones, el
candidato a gobernador bonaerense Herminio Iglesias protagonizó un episodio muy revelador
de los cambios que habían acontecido en la cultura política. Iglesias era un peronista histórico.
En el acto del cierre de campaña tuvo la mala idea de prender fuego a un ataúd con los colores
de la UCR. El gesto sin dudas formaba parte del estilo plebeyo tan típico del peronismo. La
quema del ataúd generó una enorme ola de rechazo en una sociedad cansada de ver a la
política relacionada con la muerte. La UCR triunfó con el voto de los sectores medios y altos,
pero también con el de una porción importante de las clases bajas, que esta vez había optado
por no votar por su partido habitual.
El gobierno de Alfonsín estuvo marcado por la vacilación. En lo económico, algunos intentos
iniciales de cambiar las reglas del juego pronto dieron lugar a políticas más ortodoxas y pro—
empresariales; ni unos ni otras consiguieron resolver la crisis, que hacia 1989 produjo niveles
inéditos de hiper- inflación y el rápido empobrecimiento de la mayoría de la población. En lo
político, los pasos de los primeros años en el sentido de restaurar una vida cívica robusta y
condenar el genocidio militar terminaron en una penosa marcha atrás. Pero hubo un aspecto en
el que dejó una marca indeleble: el de la cultura y las identidades políticas. Aunque su gestión
fue un fracaso, el alfonsinismo logró presentar una visión sobre el pasado, el presente y el
futuro de la nación que resultó enormemente influyente. A cambio de los grandes anhelos
políticos previos —la “justicia social” o el “socialismo”—, revistió de una nueva legitimidad a una
aspiración mucho más modesta: la democracia. “Con la democracia se come, se cura y se
educa”, fue uno de los eslóganes más famosos de Alfonsín, quien intentaba de ese modo
dotarla de un vago contenido social y progresista. El imperativo era ahora el de apegarse a la
democracia como horizonte suficiente y máximo para el país. El proyecto alfonsinista invitaba a
la sociedad toda a unirse y a dejar atrás los enfrentamientos. Para lograrlo, se concentraron las
culpas por la violencia en los años previos en los militares y en la cúpula de las organizaciones
guerrilleras, como para dejar al resto de la población libre de culpa y cargo y lista para abrazar
la causa democrática. Se llamaba así a olvidar dos aspectos cruciales de la década anterior:
que el Proceso había tenido un gran nivel de apoyo civil y que otra parte igualmente importante
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de la población —y no sólo los líderes guerrilleros— había luchado por un mundo nuevo sin
pre— ocuparse demasiado por respetar formalidades democráticas.
Por la misma época en buena parte del planeta se venía dando un giro a la derecha y el
abandono de los ideales rebeldes que habían marcado las dos décadas previas. Vastos
sectores de la sociedad que estaban hartos de la violencia y de la inestabilidad hicieron suyo
ese modelo de “civismo democrático”. En el pasado debían quedar esos fanáticos líderes
guerrilleros y esos atroces militares que los reprimieron (y también los ingenuos “jóvenes
idealistas” que, según el discurso oficial, fueron víctimas de unos y otros). Pero tampoco eran
ya tiempos para el mal gusto y los desbordes de un peronismo al estilo de Herminio Iglesias, ni
para esa “patota sindical” —como gustaba de llamarla Alfonsín— poderosa y corrupta que
ponía sus intereses corporativos por encima de los del país. La “Argentina democrática” tenía
poco que ver con el pasado militar, izquierdista o peronista.
El nuevo ideal de “civismo democrático” se encarnaba implícitamente en la “clase media”. En
efecto, la victoria de Alfonsín fue interpretada en los medios de comunicación como el triunfo de
esa clase por sobre la indebida gravitación del elemento plebeyo en la historia nacional. Con el
triunfo de la clase media, suponían, se volvía a un “país normal” regido por la moderación, la
racionalidad, la paz social y el respeto a las instituciones. Aunque no hay estudios concluyentes
al respecto, hay indicios de que este modo de ver las cosas caló profundamente también en el
mundo de las clases populares. Un signo de ello es que en estos años se profundizó una
tendencia que ya se venía notando desde tiempo atrás: muchas personas que, por su nivel de
ingresos o su tipo de ocupación, pertenecían a las clases bajas, sin embargo se imaginaban a
sí mismas como parte de la clase media. Probablemente la derrota del movimiento social a
manos de los militares, el descrédito del peronismo y de la CGT y las expectativas que despertó
al triunfo alfonsinista contribuyeran a reforzar tal identidad a costa del orgullo trabajador que
había ocupado un lugar central en la Argentina del siglo XX. Incluso en el vocabulario político
las referencias al “pueblo” o “los trabajadores” tendieron a ser reemplazadas por otras a “la
gente”, una categoría que no daba lugar a imaginar diferencias sociales entre las personas. El
debilitamiento de la identidad trabajadora y del orgullo plebeyo sin dudas señalaba que el
protagonismo central de las clases populares en la política argentina estaba llegando a su fin.
La derrota del movimiento social a manos del Proceso no había sido tan sólo física y material,
sino también cultural. Hija de esa derrota, la democracia inaugurada en 1983 se fundó,
paradójicamente, más en el desdibujamiento de las clases populares como actor político que en
su protagonismo.

El triunfo del neoliberalismo


Con todo, el Proceso no había podido concluir con la reestructuración de la economía y la
sociedad que esperaban los sectores exportadores y los financistas. Alfonsín se inclinó cada
vez más a satisfacer sus demandas, pero sus vacilaciones y la pérdida de autoridad que
experimentó desde mediados de su mandato le impidieron llevar a cabo la tarea. Aunque
debilitado, el sindicalismo había demostrado que conservaba una buena cuota de poder, con
trece huelgas generales durante su presidencia. El Estado todavía conservaba capacidad de
regulación de diversos aspectos del funcionamiento del mercado y controlaba áreas de la
economía que podían convertirse en rentables negocios para los privados. Todo eso debía
terminar. El problema era que esta vez no podía pedirse a los militares que asumieran el
gobierno. El desastre en que concluyó el Proceso y el descrédito en el que cayeron las Fuerzas
Armadas lo hacía imposible. Las reformas tendrían que impulsarse mediante un gobierno civil,
pero ninguno de los partidos mayoritarios parecía estar a la altura de la tarea.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

La estrategia de las clases dominantes fue doble. Por un lado, especialmente luego de 1987,
iniciaron una campaña sistemática en los medios de comunicación sobre la necesidad de
desmantelar el “estatismo”, liberalizar completamente la economía y acabar con los principales
derechos laborales. Buscaron seducir con ese discurso neoliberal especialmente a los cuadros
de los partidos más importantes. Con la UCR tuvieron éxito, de modo que su candidato para las
presidenciales de 1989 incluyó esas ideas en su plataforma electoral. Pero el vencedor fue el
candidato del PJ, Carlos Menem, que se había presentado a las elecciones con un programa
peronista bastante tradicional, que prometía aumentos salariales y fomento de la industria. Por
ello, por otro lado, entró en escena la segunda estrategia de avance. Para reforzar el
predicamento de sus ideas, las grandes empresas formadoras de precios experimentaron con
una nueva manera de condicionar las decisiones políticas. El método, que mucho tiempo
después recibiría el nombre de “doctrina del shock”, consistía en aprovechar una situación
caótica que sumerge a una población en el miedo y ci desconcierto, para avanzar con medidas
“salvadoras” que en tiempos normales jamás serían aceptadas. El gobierno de Alfonsín venía
siendo erosionado en su popularidad por las inéditas tasas de inflación, que en 1987 habían
alcanzado el 175%. Pero desde agosto de 1988 y durante los doce meses siguientes se
alcanzaron niveles pocas veces registrados en el mundo. El porcentaje se disparó entonces al
3.620%, con una velocidad tal que los salarios perdían su valor pocas horas después de
pagados. Consecuentemente, los índices de pobreza e indigencia treparon a niveles nunca
antes registrados —47,3% y 17,5% respectivamente— y, con ellos, el descontento de la
población. En medio de la desesperación general, a fines (le mayo de 1989 tuvo lugar una
intensa ola de saqueos de comercios, en lo que fueron los primeros disturbios por alimentos de
la historia moderna de la Argentina (hubo anteriormente episodios puntuales, pero nada de
magnitud comparable). Los analistas coinciden en que se trató de una escalada de precios
deliberadamente provocada por los sectores empresariales y financieros más concentrados
para poner de rodillas al sistema político. En efecto, la experiencia de la hiperinflación fue tan
traumática que desde entonces la sociedad reclamó y valoró la estabilidad económica por sobre
todas las cosas. En lugar de un golpe de Estado, se trató de un “golpe de mercado”, según la
expresión que se acuñó entonces. Y la verdad sus efectos inmediatos no fueron del todo
diferentes: Alfonsín se vio obligado a abandonar el poder antes del fin de su mandato y entregar
la presidencia a su sucesor.
Carlos Menem, por su parte, sorprendió a todos aplicando políticas que significaban un brusco
corrimiento respecto de sus promesas de campaña. Desde el primer día de su gestión se ocupó
de asociarse estrechamente con los intereses de los bancos y las grandes empresas
nacionales y extranjeras. Sus ministros de Economía —el más famoso de los cuales fue
Domingo Cavallo, que había sido funcionario del Proceso— aplicaron drásticas recetas
neoliberales. Con la complicidad de buena parte de la jerarquía sindical y de casi todo el partido
peronista, se eliminaron en tiempo récord la mayoría de las protecciones a la industria nacional
y se privatizaron prácticamente la totalidad de las empresas que quedaban en manos del
Estado. El desmantelamiento de la capacidad reguladora del Estado fue casi total. Los
financistas e inversores se beneficiaron de derechos y garantías inéditos para desarrollar
actividades a su antojo, sin controles ni restricciones. Decenas de miles de empleados estatales
fueron despedidos: de los 243.354 que había en 1985, sólo quedaban 75.770 en 1998.
Comunidades enteras —especialmente las que dependían de la petrolera estatal o del
ferrocarril— se transformaron en pueblos fantasmas. La ruinosa competencia de los productos
importados profundizó el proceso de desindustrialización que había comenzado en el Proceso.
Numerosas quiebras de pequeñas y medianas empresas y comercios dejaron en la calle a
decenas de miles de obreros, empleados, técnicos y antiguos propietarios. El conurbano
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bonaerense fue la zona que más padeció esta transformación. En los años noventa
desaparecieron allí 5508 plantas industriales y, sólo en el primer lustro, el sector manufacturero
eliminó 200.000 puestos de trabajo. Para 1995 el desempleo y el subempleo alcanzaron el
33,8%; los más golpeados por la desocupación fueron los más pobres, los más jóvenes y
quienes no tenían el secundario terminado. Muchas personas que no tuvieron la posibilidad de
acceder a un trabajo estable se refugiaron en actividades productivas, comerciales o de
servicios en pequeña escala que solían implicar más horas y peores condiciones de trabajo y
menos ingresos. Pero para los que consiguieron conservar sus empleos las cosas no fueron
mucho mejores. Desde 1991 se impulsaron nuevas leyes que, junto con los efectos indirectos
de la desocupación, tuvieron efectos ruinosos sobre los derechos laborales. Bajo la excusa de
la necesidad de “flexibilizar” el empleo, se dio lugar a “nuevas modalidades de contratación”
como la subcontratación, la tercerización, el empleo autónomo y los trabajos temporarios. En la
práctica esto significó la extensión del empleo encubierto y el trabajo precario. En efecto, el
empleo no registrado sufrió un gran aumento, pasando del 26,5% en 1990 al 35% en 1999. La
duración de la jornada laboral tendió a aumentar notoriamente —con frecuencia sin contraparte
en aumento de la remuneración— y se aplicaron
además esquemas de francos rotativos y en horarios
variables. Paralelamente, en los mismos años el
llamado “costo laboral” bajó un 62%: se redujeron los
aportes patronales a la seguridad social y se
modificaron las normas sobre enfermedades laborales y
accidentes de trabajo de un modo desventajoso para los
asalariados.

Los cambios en el papel del Estado y la ciudadanía


Uno de los cambios más evidentes fue el del papel del
Estado. Desde su fundación en el siglo XIX, el Estado
argentino se había propuesto como misión “integrar” a
las clases populares a la vida nacional. Se trataba,
naturalmente, de una integración subordinada a las
necesidades de las clases superiores, más orientada a
asegurar el orden que a promover la igualdad. Pero aun
así la tarea demandaba políticas específicas para
hacerles llegar a los más pobres algunos de los
beneficios de la vida en sociedad. Al principio se trató
principalmente de la educación. Más tarde, desde 1912,
se ensayó la extensión de la ciudadanía política, un
modo de integración que en Argentina tuvo una
trayectoria accidentada, pero que sin dudas favoreció un imaginario de común pertenencia a la
misma nación. Por último, la expansión de las políticas de bienestar y del gasto social desde
mediados del siglo XX creó un sentido de ciudadanía social y una cierta confianza en el papel
del Estado como garante del mejoramiento de la condición socioeconómica de cada cual.
Reales o ilusorios, estos modos de integración habían promovido un imaginario de país en el
que todos los ciudadanos tenían los mismos derechos y que se caracterizaba por (o al menos
marchaba hacia) una cierta homogeneidad social. El Estado ocupaba un lugar central en este
imaginario, como garante de la cohesión de la nación, de la protección de los derechos y de la
expansión del bienestar.

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

Seguramente estas creencias estaban menos arraigadas entre los sectores más postergados
de la sociedad, pero sin dudas ocupaban un lugar importante para la mayoría de las personas.
Desde los primeros ensayos con el Programa Alimentario Nacional que Alfonsín lanzó en 1985,
hasta los subsidios para desempleados que implementó Menem en su segundo mandato,
pasando por las iniciativas que pusieron en marcha diversos gobernadores e intendentes desde
mediados de los años ochenta, las políticas asistencialistas del Estado se multiplicaron. La
política social se fue redefiniendo entonces como una cuestión de gestión de las necesidades
de diversos segmentos de la población a través de subsidios puntuales o entrega de alimentos.
Las vías por las que el Estado se ocupó de las necesidades de las clases populares ya no
pasaron principalmente por la ampliación de los derechos o los beneficios que colectivamente
podían reclamar los ciudadanos. La nueva política social procedía más bien identificando los
focos posibles de conflicto para otorgar alguna ayuda puntual que los mantuviera encapsulados
y bajo control. El horizonte de la eliminación de la pobreza pasó a ser una mera fórmula
retórica: más que acabar con ella, al Estado le interesaba gestionarla. Ya no fue la fábrica o el
lugar de trabajo el sitio privilegiado por el que pasaba la política social, sino el barrio.
Pero como los planteles de funcionarios y empleados estatales se reducían día a día, las
nuevas políticas asistencialistas fueron en general implementadas aprovechando las
organizaciones no estatales y las redes informales de autoayuda que ya existían en el mundo
popular. No sólo las ONG y las iglesias fueron utilizadas como canal para la asignación y
distribución de la asistencia: los militantes sociales y las organizaciones de base también fueron
tentados para desempeñar la misma función. En los distritos bajo control de los peronistas esta
estrategia fue particularmente exitosa. Las Unidades Básicas y los referentes locales del
movimiento se volcaron masivamente a gestionar en cada barrio los recursos que venían del
Estado. Aunque algunos consiguieron resistir este proceso, en pocos años muchos activistas de
base vieron transformarse su misión y su papel. La militancia social se fue volviendo cada vez
más la gestión de las necesidades puntuales del barrio mediante el acceso a la ayuda estatal.
La dependencia respecto del Estado contribuyó a despolitizarla, privándola de la posibilidad de
plantarse en antagonismo respecto de los políticos y los gobiernos.
Alfonsín fue pionero en este sentido, al emplear los medios de comunicación y el marketing
para promocionar su candidatura en 1983. Desde entonces, se utilizaron cada vez más los
“asesores de imagen” y las encuestas de opinión al modo de los estudios de mercado, para
“instalar” un candidato, tal como se hacía con la marca de un producto. Pero la privatización de
lo político no se restringió a eso. Aunque los principales grupos empresarios siempre habían
condicionado fuertemente las políticas estatales, ahora tuvieron una participación directa en el
manejo de la cosa pública.
Entre 1985 y 2000 los delitos contra la propiedad se multiplicaron dos veces y media en relación
con la cantidad de población total. Los picos mayores se registraron en los años de mayor crisis
económica, que fueron también los de mayor desempleo y aumento de la desigualdad. Las
características de la “mala vida” se transformaron profundamente. Una gran parte de quienes
cometieron delitos en estos años no fueron delincuentes “de profesión”, con conocimiento de
las técnicas del “oficio”, sino delincuentes ocasionales, improvisados, que muchas veces
combinaban empleos inestables con robos u otras actividades ilícitas pan completar un nivel de
ingresos más o menos digno. La gran mayoría de ellos fueron varones jóvenes y los estudios
muestran que una importante proporción venía de experiencias familiares en las que el padre
había perdido un empleo estable ligado a un oficio: para ellos, el trabajo honesto había dejado
de ser la piedra fundamental de una orgullosa identidad. No todos, sin embargo, ingresaban a
ese mundo de manen voluntaria. En especial en las villas de emergencia, la policía aprovechó
la vulnerabilidad de los habitantes —ahora despojados de las organizaciones que anteriormente
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los habían agrupado— pan reclutar “mano de obra”. Los jóvenes villeros fueron las principales
víctimas: buena parte de los que en estos años se volcaron al tráfico de drogas o al robo lo
hicieron como parte de bandas comandadas o protegidas por policías. Se ha documentado que
en ocasiones se forzó a los jóvenes a “trabajar” para esas bandas contra su voluntad. Los
numerosos casos de “gatillo fácil” (más de mil entre 1983 y 2001), fusilamientos encubiertos y
camas judiciales “fabricadas”, comprobados en estos años, dan una idea de lo difícil que pudo
haber sido pan los villeros resistir la presión de los policías.
La “desprofesionalización” del delito trajo aparejado el abandono de algunos códigos que
tradicionalmente habían sostenido muchos ladrones, tales como evitar en lo posible el uso de la
violencia o no robar a los pobres o desprotegidos. Delincuentes oportunistas e improvisados, el
éxito pan los nuevos dependía de su arrojo, su fuerza física y su capacidad de “primerear” a la
víctima, que esta vez podía ser otro pobre -incluso un vecino- y figuras y lugares considerados
anteriormente intocables, como la escuela, la maestra, el jubilado o la iglesia del barrio. El uso
de la violencia como parte de los ilícitos, incluyendo los homicidios, se incrementó en estos
años, aunque de manera leve, mucho menor que la de los delitos contra la propiedad. La tasa
de muertes violentas aumentó especialmente entre los varones jóvenes, hasta un nivel superior
al de la media histórica, pero de cualquier modo comparable al de muchos países europeos y
bien por debajo del promedio latinoamericano.
Así y todo, el sentimiento de inseguridad se apoderó de la sociedad argentina, que a comienzos
del nuevo siglo se situó entre las más atemorizadas del mundo. Aunque mucha gente tiene la
percepción de que hasta hace poco “se vivía tranquilo”, los estudios muestran que el
sentimiento de inseguridad viene en aumento desde hace tiempo. Encuestas de mediados de
los años ochenta señalaban ya que un alto porcentaje de personas temía ser víctima de un
delito. Dos grupos manifestaban este temor en particular: los que vivían en zonas suburbanas
pobres y quienes tenían una ideología de derecha. Sin embargo, la delincuencia figuraba más
bien abajo, en quinto lugar, en la lista de las preocupaciones principales de la sociedad. Por
entonces todavía la prensa no hablaba de “la inseguridad” y en los principales diarios las
noticias de crímenes se agrupaban en una sección marginal. La situación cambió de manera
sugestiva en los años noventa. Para 1993 la delincuencia ya ocupaba el tercer lugar entre las
preocupaciones de la población y para 1997, el segundo (en 2004 llegaría al primer puesto). El
temor ahora se manifestaba entre gente de todas las condiciones sociales sin importar su
ideología. En estos años se produjo un notorio cambio en el modo en que la prensa presentó la
cuestión, generando la imagen de un país peligroso en el que los más pobres aparecían como
una amenaza fuera de control. “La inseguridad” se transformó en una categoría de debate
público. Se hizo un uso político del asunto, ligando la delincuencia a otras formas de “desorden”
en el espacio público; se invitaba de ese modo a la aplicación de una “mano dura” para
restaurar el orden supuestamente perdido. El sentimiento de inseguridad se separó en buena
medida de las evidencias empíricas sobre la evolución del delito en Argentina (de hecho, el pico
de 2004 que experimentó el primero coincidió con una baja en el segundo). En su mayoría, los
encuestados, por ejemplo, manifestaban temor a ser “atacados” en la calle por un extraño sin
ningún motivo, un tipo de hecho extremadamente infrecuente. Algunos temores sí tenían que
ver con cambios en el orden de lo real. Entre los encuestados más pobres, por ejemplo, junto al
miedo a ser víctimas de un delito, figuraba el temor a ser objeto de la violencia policial. Entre los
que viven en las villas de emergencia porteños, por ejemplo, ese miedo se manifiesta en una
tasa que duplica y más el promedio general. Ese tipo de violencia, sin embargo, no cabe en lo
que el discurso mediático llama “inseguridad”.
Los peores efectos de la gran transformación que comenzó con la dictadura se hicieron sentir
en las villas de emergencia, que en estos años crecieron explosivamente. Entre 1983 y 1991 la
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

población villera en la Capital aumentó un 300%, llegando a casi 51.000 habitantes. Para 1999
ya eran 90.000, a los que se sumaban otros 300.000 en la provincia de Buenos Aires. A esos
números habría que agregar los que se apiñaban en otros centros urbanos por todo el país. El
panorama de la villa cuya historia hemos venido siguiendo en este libro —Villa Jardín— puede
darnos una idea de la devastación producida. Hacia mediados de los años noventa el 62% de la
población de entre 18 y 60 años estaba desocupada. La supervivencia pasaba para la mayoría
por la ayuda alimentaria y los subsidios estatales. A ellos se agregaba una serie de actividades
económicas informales, como la organización de ferias de comida, la cría de algunos animales,
las reparaciones caseras y la costura en talleres instalados en la propia casa para
subcontratistas que, a su vez, trabajaban al servicio de grandes marcas de ropa. Las mujeres
que se dedicaban a esto últimos recibían, por ejemplo, un pago de $10 pesos por cada cartera
que cosían íntegramente y que en un shopping se vendía a $150. A pesar de las importantes
mejoras urbanas corno la pavimentación, que en los años noventa había avanzado mucho, las
viviendas seguían siendo precarias. Los índices de mortalidad y de enfermedades continuaban
siendo altos, especialmente por la contaminación y por la existencia de desagües a cielo
abierto.
Los vínculos humanos dentro de la villa se habían deteriorado notablemente. Donde antes
primaba el sentimiento de que todos se conocían con todos y se ayudaban uno al otro, reinaba
ahora la desconfianza mutua. Los habitantes de mayor edad se quejaban constantemente de
las actitudes de los más jóvenes, que “ya no respetaban a nadie”, y los culpaban de todas las
desgracias. A pesar de que en la villa siempre habían vivido inmigrantes extranjeros, ahora
tanto los viejos como los jóvenes solían descargar su bronca con ellos, culpándolos por la
desocupación o por la caída de las remuneraciones. La violencia interpersonal era un aspecto
constante de la vida cotidiana. Casi
nadie sentía que podía confiar en la
Policía.

Los inmigrantes de países


limítrofes: presencia y visibilidad
Luego del fin de la dictadura, los
vendedores ambulantes de Florencio
Varela se organizaron gremialmente
para negociar con la municipalidad la
obtención de permisos. No hubo
divisiones étnicas entre ellos: tanto
las bolivianas como los argentinos
participaron de igual a igual en la
creación dci sindicato. En 1985, tras
sufrir un desalojo masivo, realizaron
un acampe de cuatro días con olla
popular frente a la Municipalidad, por
el que lograron que se les permitiera volver a sus puestos. En esa gesta, todos reconocieron
admirados la contribución de Marcelina y las bolivianas. Muy pronto, sin embargo, las
diferencias nacionales se transformaron en causa de fractura. Como parte del clima que
acompañó la campaña del Estado nacional para “regularizar” la situación de los inmigrantes
ilegales, en 1986 se notó una fuerte oleada de xenofobia. En Florencio Varela los comerciantes
e inspectores atacaron especialmente a las bolivianas con expresiones racistas. Algunos
ambulantes argentinos se hicieron eco de esos prejuicios, especialmente cuando en febrero de
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 111
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

ese año se rumoreó la inminencia de un operativo de desalojo que se limitaría a echar a las
bolivianas, sin perjudicar a los puesteros argentinos. La situación generó una ríspida discusión
en el sindicato. Algunos de los argentinos sostuvieron que había que defender a las bolivianas,
porque eran “compañeras” como cualquier otro. Sin embargo, se impuso el argumento de que
se trataba de un problema particular en el que el sindicato no debía intervenir. Sabiéndolas
aisladas, la policía finalmente concretó el anunciado desalojo. La falta de solidaridad de quienes
habían sido sus compañeros hasta hacía poco terminó de sellar la fractura del sindicato, que
quedó debilitado por el alejamiento de Marcelina y las bolivianas. De manera previsible, un
nuevo operativo policial en el mes de abril desalojó también a los argentinos.

Las transformaciones del peronismo


Cuando se restableció la democracia en 1983, el peso de la rama sindical dentro del
justicialismo fue más grande que nunca. Sin Perón en escena y con el ala política del partido
todavía desarticulada, las 62 Organizaciones tuvieron pocas dificultades para imponer la
fórmula presidencial y para alzarse con casi un tercio de los mejores puestos en las
candidaturas para diputados y senadores. Esa victoria, sin embargo; resultaría de patas cortas:
las derrotas electorales de 1983 y 1985 demostraron de manera patente que los sindicatos ya
no eran capaces de asegurar los votos para llegar al poder. No todo era culpa de los
sindicalistas. En verdad, el proceso de desindustrialización en curso significaba que el peso
demográfico y político de la clase obrera había disminuido. En 1973, uno de cada 8 votantes
era un obrero industrial; diez años más tarde, sólo lo era uno de cada 14. En el mismo período
los sindicatos habían visto reducirse un 23% su cantidad de afiliados; los que más perdieron
fueron los que tradicionalmente eran más poderosos (metalúrgicos, automotrices, textiles).

DISCURSO DE ASUNCIÓN DEL DR. RAÚL ALFONSÍN COMO PRESIDENTE


DE LA NACIÓN ANTE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA – 10/12/1983

Honorable Congreso de la Nación:


Venimos a exponer a vuestra honorabilidad cuáles son los principales objetivos del gobierno en
los diversos terrenos en que debe actuar: la política nacional e internacional, la defensa, la
economía, las relaciones laborales, la educación, la salud pública, la justicia, las obras de
infraestructura, los servicios públicos y todas las otras cuestiones que reclaman la atención del
pueblo, de los gobernantes y de los legisladores. Pero queremos decir, también, que entre
todas las áreas habrá un enlace profundo y fundamental: que una savia común alimentará la
vida de cada uno de los actos del gobierno democrático que hoy se inicia: la rectitud de los
procedimientos.
Hay muchos problemas que no podrán solucionarse de inmediato, pero hoy ha terminado la
inmoralidad pública. Vamos a hacer un gobierno decente. Ayer pudo existir un país
desesperanzado, lúgubre y descreído: hoy convocamos a los argentinos, no solamente en
nombre de la legitimidad de origen del gobierno democrático, sino también del sentimiento ético
que sostiene a esa legitimidad.
Ese sentimiento ético constituye uno de los más nobles movimientos del alma. Aún el objetivo
de construir la unión nacional debe ser cabalmente interpretado a través de la ética. Ese
sentimiento ético, que acompañó a la lucha de millones de argentinos que combatieron por la
libertad y la justicia, quiere decir, también, que el fin jamás justifica los medios.
Quienes piensan que el fin justifica los medios suponen que un futuro maravilloso borrará las
culpas provenientes de las claudicaciones éticas y de los crímenes. La justificación de los

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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

medios en función de los fines implica admitir la propia corrupción, pero, sobre todo, implica
admitir que se puede dañar a otros seres humanos, que se puede someter al hambre a otros
seres humanos, que se puede exterminar a otros seres humanos, con la ilusión de que ese
precio terrible permitirá algún día vivir mejor a otras generaciones. Toda esa lógica de los
pragmáticos cínicos remite siempre a un porvenir lejano.
Pero nuestro compromiso está aquí, y es básicamente un compromiso con uestros
contemporáneos, a quienes no tenemos derecho alguno de sacrificar en función de hipotéticos
triunfos que se verán en otros siglos. Nosotros vamos a trabajar para el futuro. La democracia
trabaja para el futuro, pero para un futuro tangible. Si se trabaja para un futuro tangible se
establece una correlación positiva entre el fin y los medios. Ni se puede gobernar sin memoria,
ni se puede gobernar sin la capacidad de prever, pero prever para un tiempo comprensible y no
para un futuro indeterminado. Los totalitarios piensan en términos de milenios y eso les sirve
para erradicar las esperanzas de vida libre entre los seres humanos concretos y cercanos. Los
problemas que debemos prever son, a lo sumo, los de las siguientes dos generaciones.
Como dijo Juan XXIII, más allá de eso no hay conclusiones seguras y los datos son demasiado
inciertos u oscilantes, lo que puede justificar la investigación, pero no la acción política. Si
separamos a la política de su arraigo en el tiempo, impedimos que lleguen a la política los ecos
del dolor humano. Ni la crueldad actual, ni la inmoralidad actual, ni la claudicación actual,
garantizan un futuro feliz. La justificación de los medios por el fin constituye la apuesta
demencial de muchos déspotas e implica el abandono de la ética política.
Mediremos, en consecuencia, nuestros actos para no dañar a nuestros contemporáneos en
nombre de un futuro lejano.
Pero nos empeñaremos, al mismo tiempo, en la lucha por la conquista del futuro previsible,
porque negarnos a luchar por mejorar las condiciones en que viven los hombres, y por mejorar
a los hombres mismos, en términos previsibles, sería hundirnos en la ciénaga del conformismo.
Y toda inacción en política, como dijo el actual pontífice, sólo puede desarrollarse sobre el fondo
de un gigantesco remordimiento. La acción, ya sabemos, no llevará a la perfección: La
democracia es el único sistema que sabe de sus imperfecciones. Pero nosotros daremos de
nuevo a la política la dimensión humana que está en las raíces de nuestro pensamiento.
Vamos a luchar por un Estado independiente. Hemos dicho que esto significa que el Estado no
puede subordinarse a poderes extranjeros, no puede subordinarse a los grupos financieros
internacionales, pero que tampoco puede subordinarse a los privilegiados locales. La propiedad
privada cumple un papel importante en el desarrollo de los pueblos, pero el Estado no puede
ser propiedad privada de los sectores económicamente poderosos.
Las oligarquías tienden siempre a pensar que los dueños de las empresas o del dinero tienen
que ser los dueños del Estado. Ya vimos eso una vez más en los últimos años. Otros, a su vez,
piensan que el Estado debe ser el dueño de todas las empresas.
Nosotros creemos que el Estado debe ser independiente: ni propiedad de los ricos, ni
propietario único de los mecanismos de producción. La independencia del Estado presupone
dos condiciones fundamentales. Por un lado, el protagonismo popular. ¿De dónde sacaría, si
no, fuerzas el Estado para mantener su independencia? La democracia será desde el primer
momento, una fuerza movilizadora. La democracia moviliza siempre, mientras que el régimen
desmoviliza. El régimen se ocupa de la desmovilización de la juventud. Se ocupa, por ejemplo,
de transformar las universidades en enseñaderos. La democracia atiende a la movilización de la
juventud en torno de los problemas generales y de sus problemas específicos. Por otra parte,
requiere la moralidad administrativa, la conducta de los gobernantes. Seremos más que una
ideología, una ética. La lucha contra los corruptos, contra la inmoralidad y la decadencia es el
reaseguro del protagonismo popular. Las dos cosas, en realidad, van juntas: no se puede luchar
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 113
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

contra la corrupción, que está en las entrañas del régimen, sino a través del protagonismo
popular, pero no se puede preservar el protagonismo popular sin sostener una política de
principios, una ética que asegure su perduración.
¿De qué serviría el protagonismo popular, de qué serviría el sufragio, si luego los gobernantes,
elegidos a través del voto, se dejaran corromper por los poderosos? El sufragio tiene diversos
sentidos simultáneos. Por una parte, el voto implica la posibilidad de que gobierne el pueblo y
de que el Estado sea independiente. Por otra parte, expresa la existencia de una regla para
obtener legitimidad, ya que el pueblo no puede expresarse por sí mismo y el llamado
espontaneismo nunca existe en la realidad. A través del sufragio, el pueblo tiene la forma de
elegir a sus gobernantes y a sus representantes.
No puede elegirnos a través del motín. La violencia está inhabilitada para ser la forma
permanente de manifestación del cambio. Venimos de un movimiento que no luchó en 1890
para ser gobierno, porque eso hubiera implicado establecer el principio de que el poder, como
decían los guerrilleristas de hace diez o doce años, estaba en la boca de los fusiles.
Al gobierno no se lo podía elegir a través de un levantamiento, por popular que fuese. Se luchó
para que hubiese elecciones libres. La creencia en los métodos violentos para tomar el poder y
ejercerlo implica que son razonables los puntos de vista de quienes manejan mejor las armas, o
de quienes están más armados. Ese concepto fue objetado ya desde 1890, y fue objetado en
medio de una revolución. La violencia era el régimen, y esa violencia del régimen no debía ser
reemplazada por otra de distinto signo, sino por el sufragio.
Históricamente nos opusimos a que una pequeña minoría de la población considerada a sí
misma como población combatiente, eligiera al gobierno en reemplazo del pueblo. Por eso
luchamos para defender el derecho a elegir el gobierno, pero sólo para defender el derecho del
pueblo a elegirlo. Esa distinción rechaza desde siempre a la filosofía de la subversión. Pero
debe tenerse en cuenta que la Constitución y las leyes son subvertidas, también, por minorías
armadas, que reemplazan la ley por las balas, tanto a través del guerrillerismo, como a través
del golpismo. Por eso, señalamos categóricamente que combatimos el método violento de las
élites, derechistas o izquierdistas.
En un contexto internacional cada vez más interdependiente, el sufragio garantiza la inserción
de la Argentina en el mundo como nación independiente, mientras que la violencia de uno u
otro signo impide la inserción del país en el mundo o lo convierte en teatro de operaciones
donde los actores pierden su propia iniciativa y el Estado en consecuencia, pierde su
independencia, arriesgando que el gobierno emergente de esa lucha no sería ya decidido por la
población sino por el acuerdo o desacuerdo en la mesa de negociaciones de las
superpotencias.
Además, la fuerza pura carece de capacidad para engendrar legitimidad, y por eso las
dictaduras de derecha, aunque apoyadas por algunos capitales monopólicos, terminan aisladas
también del mundo y se condenan inevitablemente al fracaso.
El método violento de las élites de derecha o de izquierda se justifica a sí mismo con el triunfo
definitivo y final, absoluto, de una ideología sobre otra y de una clase sobre otra.La democracia
aspira a la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y
de diferentes concepciones de la vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un
sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de
los partidos y la transformación progresiva de la sociedad.
El voto es la vía elegida en contra de la posesión monopólica del Estado y del país por parte de
los poderes económicos o financieros y también en contra de la posesión monopólica del
Estado y del país por un grupo armado, cualquiera sea la excusa con que se apodere de los
resortes básicos de una comunidad. El sufragio, por definición, constituye un limite para los
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

sectores privilegiados y, como instrumento de las mayorías, tiende a lograr una mayor justicia
distributiva.
El sufragio hace posible la resolución pacífica de las controversias en la sociedad y, al proveer
de la única legitimidad pensable al Estado, favorece la continuidad de las instituciones
republicanas y de las doctrinas en que ellas se asientan. La Argentina pudo comprobar hasta
qué punto el quebrantamiento de los derechos del pueblo a elegir sus gobernantes implicó
siempre entrega de porciones de soberanía al extranjero, desocupación, miseria, inmoralidad,
decadencia, improvisación, falta de libertades públicas, violencia y desorden. Mucha gente no
sabe qué significa vivir bajo el imperio de la Constitución y la ley, pero ya todos saben qué
significa vivir fuera del marco de la Constitución y la ley.
La voluntad del pueblo, a través de sus representantes, se hace presente hoy en este augusto
recinto par dar testimonio de que se inicia en estos instantes una nueva etapa de nuestra vida
nacional. La noción de ser protagonistas de este nuevo comienzo, que será definitivo, nos
inspira a todos un sentimiento de responsabilidad acorde con el esfuerzo que hoy
emprendemos juntos, y nos infunde el valor
para afrontar un conjunto de dificultades
muy graves que acosan a nuestra patria.
Esas dificultades son múltiples e inmensas,
bien lo sabemos, pero vamos a salir
adelante, con la fe y el empuje necesarios,
porque tenemos sin duda los recursos, la
voluntad y el coraje. Y sobre todo, porque
en este empeño estamos todos unidos. Al
traer en este acto solemne la palabra del
Poder Ejecutivo, invocando la legitimidad
de nuestra investidura constitucional, que
es la única fuerza indiscutible con que
puede respaldarse la autoridad ante un
pueblo que es libre y ha sabido
demostrarlo, venimos a enunciar, muy
someramente, nuestro programa de acción
inmediata y nuestros principales objetivos,
contenidos en una clara plataforma política
que la mayoría del país ha hecho suya.
A vuestra honorabilidad, como titular del
Poder Legislativo de la Nación y
representación fiel de la opinión popular,
compete a partir de ahora la tarea superior
de dar al país los instrumentos legales para
la realización de las “reformas prometidas”
a que alude, con visionaria anticipación
histórica, el artículo 88, inciso 11, de la
Constitución Nacional.
El Estado en que las autoridades constitucionales reciben el país deplorable y, en algunos
aspectos, catastrófico, con la economía desarticulada y deformada, con vastos sectores de la
población acosados por las más duras manifestaciones

14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 115
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

del empobrecimiento, con situaciones sociales que reflejan crudamente el impacto de la


miseria, con un endeudamiento de insólito volumen y de origen muchas veces inexplicable, que
compromete gran parte de los recursos nacionales para
un largo futuro, con una inflación desbordada cuyos efectos son una verdadera afrenta para los
hombres que producen y trabajan, con un clima de arbitrariedad, atropello e incertidumbre
creado por la absurda pretensión de gobernar por
el miedo y la prepotencia, con la cultura postergada y perseguida en muchas de sus
expresiones, con la educación y la salud relegadas a un segundo plano y consiguientemente
convertidas en privilegio de los menos, con una situación
internacional agravada por decisiones irresponsables cuyas consecuencias se transfirieron
imprudentemente a un futuro y que ahora vienen a depositarse en nuestras manos; con la carga
afligente de todos esos males, cuya cuenta
precisa y detallada puede ser excusada aquí por ser bien conocida, tendremos que
enfrentarnos, a partir de hoy, no sólo a la tarea de corregirlos y eliminarlos para siempre, sino a
la de echar los cimientos de la Argentina libre, grande, próspera, fraterna y generosa que
queremos. Y lo hacemos, desde luego, juntos y unidos en esa decisión reparadora que todos
compartimos.
Esa decisión, repito, que tiene que ser, que ya es, el motor que impulsa nuestra marcha hacia
delante. Si enorme es el desafío, inmensa debe ser nuestra voluntad. Si algo podemos
prometer hoy, sin temor a errar, es que esa voluntad, tan firme y tan constante como las
circunstancias lo requieran, no habrá de faltarnos nunca.
Vamos a establecer definitivamente en la Argentina la democracia que todos los argentinos
queremos, dinámica, plena de participación y movilización popular para los grandes objetivos
nacionales, en el marco bien definido pero históricamente flexible de nuestra Constitución, que
garantiza todos los derechos, todas las libertades, todos los avances sociales y culturales del
mundo moderno, a la vez que asegura la responsabilidad de los gobernantes ante el pueblo a
través de los mecanismos jurídicos y políticos de control que la misma Constitución ha previsto,
y de la periódica renovación de los poderes mediante el ejercicio del sufragio.
Vamos a vivir en libertad. De eso, no quepa duda. Como tampoco debe caber duda de que esa
libertad va a servir para construir, para crear, para producir, para trabajar, para reclamar justicia
- toda la justicia, la de las leyes comunes y la de las leyes sociales -, para sostener ideas, para
organizarse en defensa de los intereses y los derechos legítimos del pueblo todo y de cada
sector en particular. En suma, para vivir mejor; porque, como dijimos muchas veces desde
la tribuna política, los argentinos hemos aprendido, a la luz de las trágicas experiencias de los
años recientes, que la democracia es un valor aún más alto que el de una mera forma de
legitimidad del poder, porque con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se
educa y se cura.
Termina hoy el estéril tutelaje sobre los habitantes de este país.Eso quiere decir que el gobierno
retoma su tradición como defensor del estado de derecho y de las libertades públicas y quiere
decir, también, que los ciudadanos reasumen el pleno ejercicio de sus responsabilidades. En la
Argentina existió una larga tradición de libertades públicas, oscurecida durante los últimos años
por la arbitrariedad y la irracionalidad.
Esto llevó al miedo, a la indiferencia producida por ese miedo, a la ausencia de participación de
los argentinos en los problemas de los argentinos, a la falta de renovación en las personas, a la
asfixia de la imaginación.
La teoría de la seguridad fue esgrimida para evitar la vida libre, sincera, franca y espontánea de
nuestra gente. La aceptación de esa teoría implicó el pago de un precio muy alto por una
seguridad que jamás puede alcanzarse sin la participación popular, aún a costa del desorden
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 116
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

de superficie. Hemos vivido, así, bajo el pretexto de la seguridad, en una inseguridad


monstruosa y bajo el predominio de las ideas que privilegiaban a la autoridad en una virtual
acefalía del gobierno, en una feudalización del poder, en una increíble confusión sobre los roles
que correspondían a cada uno de los engranajes del Estado.
La seguridad, sin libertad, pierde todo su contenido. Los argentinos no se sentían seguros y
sabían que podían ser detenidos, o aun sufrir peor suerte, sin posibilidad alguna de defenderse.
Los órganos supremos del Estado dividiéndose entre sus componentes, agrupándose,
disolviéndose o reapareciendo
sucesivamente; los argentinos expuestos a la muerte o muriendo efectivamente sin participar de
ninguna de las decisiones; todo eso era lo contrario de la verdadera seguridad, que se nutre de
la libertad y de la responsabilidad. Nuestra filosofía se basa en ideas distintas: la seguridad del
Estado no puede sostenerse sobre la inseguridad de la comunidad nacional. Nosotros
privilegiaremos, por lo tanto, la plena vigencia de los derechos humanos y la necesidad de
desmantelar el aparato represivo para que solamente las instituciones naturales, modernas y
eficientes de la justicia y de los organismos que deben servirla en el marco de la legitimidad se
hagan cargo de los complejos problemas de la sociedad moderna, problemas cuya gravedad no
se nos escapa.
El pasaje a la libertad requiere una creciente comprensión de los ciudadanos sobre la
importancia de cada uno de los actos que influyen sobre el conjunto social. Las libertades
concretas implican libertades sociales, acceso a la educación, posibilidad de justicia igualitaria,
derecho a la salud, resguardo de su intimidad y también, por supuesto, derecho al orden que el
gobierno democrático garantizará con los medios que las leyes ponen en sus manos.
El país ha vivido frecuentemente en tensiones que finalmente derivaron en la violencia
espasmódica del terrorismo subversivo y una represión indiscriminada con su secuencia de
muertos y desaparecidos. La lucha entre sectores extremistas, así como el terrorismo de
Estado, han dejado profundas heridas en la sociedad argentina.
La manera de restañar esas heridas no puede girar en torno a venganzas o resentimientos que
serían innobles en sí mismos, cuando no inmorales en muchos casos, en cuanto pudieran
comprometer al destino del país en estériles fijaciones sobre el pasado. Pero la democracia
tampoco podría edificarse sobre la claudicación, actuando como si aquí no hubiera ocurrido
nada.
Se propiciará la anulación de la ley de amnistía dictada por el gobierno militar y se pondrá en
manos de la justicia la importante tarea de evitar la impunidad de los culpables. La justicia,
asimismo, tendrá las herramientas necesarias para evitar que sean considerados del mismo
modo quienes decidieron la forma adoptada en la lucha contra la subversión, quienes
obedecieron órdenes y quienes se excedieron en su cumplimiento.
Más allá de las sanciones que pudiera determinar la justicia, el gobierno democrático se
empeñará en esclarecer la situación de las personas desaparecidas. Esto no exime de
tremendas responsabilidades al terrorismo subversivo, que debió haber sido combatido con los
medios que la civilización actual pone en manos del Estado y no a través del empleo de medios
similares a los condenados por el conjunto de la comunidad nacional.
Vamos a emplear la sensatez, los métodos correctos y los sanos principios. Ellos nos harán
fuertes, demostrarán al mundo que en la Argentina existe una democracia que no está
dispuesta a renunciar a sus razones de ser.
Si, por una hipótesis, se abandonara el camino de la ley, quienes lograran ese propósito
tendrían un éxito político inicial con qué contar. No se puede vencer en el terreno de la fuerza si
se carece de la razón. Nosotros queremos tener razón para ser fuertes. En la vida democrática,
los ciudadanos tendrán la tranquilidad que necesitan. La democracia es previsible, y esa
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Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

previsibilidad indica la existencia de un orden mucho más profundo que aquél asentado sobre el
miedo o el silencio de los ciudadanos. La previsibilidad de la democracia implica elaboración y
diálogo.
Estamos cargados de ideales y de sueños que vamos a realizar en forma honesta y razonable.
Contamos con la amplia y comprensiva disposición al diálogo de la oposición, que está
demostrando desde ahora la generosidad y patriotismo con que, a través de la crítica,
colaborará en la consolidación del proyecto emocrático. Ese espíritu de unidad nacional que
hace vibrar a todo el país no excluirá, sin duda, tempestuosos debates y agrios enfrentamientos
de coyuntura que nutrirán al estilo republicano triunfante ya en el país. El diálogo, para ser
efectivo, será un diálogo real que presupondrá el reconocimiento de que no tenemos toda la
verdad, de que muchas veces habremos de equivocarnos y que hemos de cometer errores
humanos.
¿Para qué escucharíamos si no estuviéramos dispuestos a rectificar conductas?¿Para qué
rectificaríamos conductas si no pensáramos que ellas pueden ser equivocadas en algunos
casos? El país está enfermo de soberbia y no está ausente del recuerdo colectivo la existencia
de falsos diálogos, que, aun con la buena fe de muchos protagonistas, no sirvieron para recibir
ideas ajenas y modificar las propias.
El diálogo no es nunca la
sumatoria de diversos
monólogos sino que presupone
una actitud creadora e
imaginativa por parte de cada
uno de los interlocutores.
El gobierno nacional incita a
lleva a cabo una cruzada
horizontal y vertical de
democratización sobre la base
de una acción renovada de los
partidos políticos, de las
asociaciones intermedias y de
cada uno de los ciudadanos, en
forma de permitir que los sistemas de fuerzas que anidan en la sociedad argentina se articulen
en una convivencia pacífica y creadora.
La democracia no se establece solamente a través del sufragio ni vive solamente en los
partidos políticos. La democracia necesitará que el conjunto de la sociedad exprese aún las
temáticas específicas desde el compromiso representativo y republicano.
No desconocemos la existencia de instituciones cuya tremenda trascendencia espiritual orienta
la vida cotidiana de millones de argentinos, ni la existencia de asociaciones intermedias. Unas y
otras podrán colaborar en el gran debate nacional como partícipes de la forma de vida
democrática, sin que se descarte la existencia de nuevos canales para expresar la compleja
realidad de nuestro tiempo, pero en el reconocimiento, siempre, de que los objetivos de la
Nación, a través de sus representantes, y no de acuerdos dominantes o corporativos entre
sectores, realizados con prescindencia de las legítimas representaciones o, aún, como ha
ocurrido en este país, en contra de las legítimas representaciones.
Si sabemos orquestar la ponderada y equilibrada conjunción de tales manifestaciones y atender
a las legítimas preferencias que profesa una Argentina integrada y viva, sin compartimientos
estancos, sin partes invisibles o secretas, iremos configurando un Estado dinámico, eficaz y
sano, nutrido por una comunidad libre y creativa.
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 118
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Nuestro gobierno no se cansará de ofrecer gestos de reconciliación, indispensables desde el


punto de vista ético e ineludibles cuando se trata de mirar hacia adelante. Sin la conciencia de
la unión nacional será imposible la consolidación de la democracia; sin solidaridad, la
democracia perderá sus verdaderos contenidos. Esta llama debe prender en el corazón de cada
ciudadano, que debe sentirse llamado antes a los actos de amor que al ejercicio de los
resentimientos.
Habrá libertad en la Argentina, y habrá también orden. El orden presupone el rechazo de las
violencias particulares, pero no solamente de la violencia terrorista sino también de la violencia
que se perpetra sobre el alma de los argentinos para tratar de empujarlos hacia las ideas
autocomplacientes y decadentes.
El gobierno democrático también impulsará una vigencia efectiva del federalismo constitucional.
Nuestra Ley Fundamental estableció un sistema de poderes articulado en torno a un Poder
Ejecutivo fuerte compensado por un Poder Judicial también fuerte e independiente y un Poder
Legislativo con representación activa del pueblo y de las provincias. Sin embargo, el
federalismo fue reemplazado parcialmente - y no solamente bajo gobiernos de facto - por un
centralismo absorbente y muchas veces irracional aun desde el punto de vista de sus propios
fines. Ese centralismo fue succionando desde las migraciones interiores hasta los contenidos
económicos pasando por un verdadero arrasamiento cultural del interior y llevando a la
constante deformación de la vida nacional.
Esa tendencia debe ser revertida a través de una sincera lealtad para con las distintas regiones
del país. Las provincias volverán a asumir su histórico papel fundador de la nacionalidad,
despolarizando el desarrollo hasta convertirlo en razonablemente homogéneo, de acuerdo a las
necesidades y características de cada zona geográfica de la República pero siempre en forma
tal que no existan más beneficiados por los avances de la civilización en una zona y olvidados
del destino en la otra.
Esto implicará una nueva dignidad en el pacto federal. Las provincias no necesitarán más
asumir tácticas que muchas veces implicaron la aceptación del predominio de las grandes
ciudades portuarias. La existencia de provincias fuertes, seguras de sus propios méritos, es
también indispensable para la vida en condiciones justas. El gobierno democrático cumplirá con
la obligación constitucional de informar al pueblo sobre lo que ocurre en el país.
El cumplimiento de esa obligación constitucional implica que la oficialización de la mentira, de
los secretos inútiles y de las verdades a medias ha terminado en la Argentina. Todos los
habitantes de esta República podrán saber lo que ocurre, sin que la información vuelva a ser
jamás reemplazada por una guerra psicológica que se perpetró contra el pueblo argentino,
generando una verdadera muralla de incomunicación entre los gobernantes y los gobernados e
impidieron así la realimentación de un circuito que sirve a la gente común, con derecho para
juzgar y opinar, pero que también sirve a las mismas autoridades.
En la administración de los medios transitoria o definitivamente en manos del Estado, así como
en la administración de la agencia oficial de noticias, existirá juego limpio; los instrumentos del
Estado no son propiedad privada de los gobernantes ni de un partido, sino de todos los
argentinos. A través de esos medios, así, se expresará la natural pluralidad de la república
democrática, a través de todos sus matices.
Terminó la confusión entre organismos oficiales, o momentáneamente intervenidos por el
gobierno y organismos oficialistas. A través de todas las vías en que pueda influir, el gobierno
transmitirá la natural diversidad de opiniones de los ciudadanos, sin cesuras ideológicas y sin
discriminaciones.
Y esta decisión de cumplir con nuestro deber, como corresponde, se fundamenta también en
razones prácticas; en primer lugar, nosotros mismos necesitamos de la constante
14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 119
Raúl Alfonsín: un presidente entre la espada y la pared

realimentación del circuito informativo para saber en cada momento cómo reaccionan los
distintos sectores de la opinión pública; en segundo lugar, porque la razón de ser de un
gobierno constitucional y democrático implica el reconocimiento de la diversidad. Si negáramos
u ocultáramos esa diversidad, negaríamos u ocultaríamos nuestras razones de vivir y de luchar.
El ciudadano común percibirá, de la mañana a la noche, la diferencia entre el autoritarismo y la
democracia. Puedo asegurar que seremos totalmente honestos, desde el punto de vista
intelectual, en la administración de los medios de comunicación en manos del Estado y que
ellos serán conducidos no solamente con limpieza administrativa sin o con limpieza política, de
modo que nunca más alguien tenga que rechazar o subvalorizar una noticia por provenir de un
canal oficial y que nunca más nadie pueda suponer que se retacea la información completa a
que tienen derecho.
El ejercicio de la libertad será también didáctico, otorgando razones para que los argentinos se
sientan coparticipes responsables de la vida de su país y puedan, así, imaginar nuevas
soluciones, nuevos caminos, corrigiendo, proponiendo o estimulándolos”.

14º Certamen Intercolegial de Historia – Instituto Euskal Echea (Llavallol) – Año 2016 Pág. 120