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“REPLANTEAMIENTO DEL SACERDOCIO EN EL CONTEXTO LAICAL Y DE

COMUNIDAD ACTUAL”

Dr. Juan Antonio Estrada Díaz, S.J.


Catedrático de la Universidad de Granada, España

La renovación de los estudios bíblicos, con el método histórico crítico, y el redescubrimiento


de la evolución de la Iglesia y de los dogmas, que cristalizó en el debate de la “Nueva
Teología”, han sido dos de los elementos básicos que marcaron al Concilio Vaticano II y la
teología de la segunda mitad del siglo XX. Hoy conocemos mejor tanto el origen y contexto
en el que surgieron los textos de la Biblia, como las diversas etapas que ha tenido el
cristianismo y los distintos modelos de Iglesia que se han dado a lo largo de la evolución.
Podemos explicar la identidad eclesial con más conocimiento de causa del que se ha tenido
en muchos siglos. Estamos por tanto en una buena situación para proceder a la reforma de la
Iglesia, por la que se ha ido clamando a lo largo de todo el segundo milenio y que ha
generado la actual división del cristianismo.

Esta doble perspectiva, bíblica e histórica, afecta también al sacerdocio y en general a todos
los ministerios 1. Por un lado, sabemos que las eclesiologías del Nuevo Testamento partían de
la comunidad, que era el macro-sujeto protagonista y el referente de la reflexión sobre la
Iglesia. La pluralidad de iglesias estaba legitimada por una concepción de la unidad como
comunión, y por un fuerte énfasis en la presencia de Cristo resucitado y su Espíritu en la
comunidad. De ahí, que el binomio estructural de las eclesiologías fuera el de comunidad y
multiplicidad de carismas y ministerios. Esa pluralidad ministerial estaba abierta a todos los
miembros de la comunidad, de tal modo entonces no se distinguía entre ministerios
sacerdotales y laicales, ya que en el Nuevo Testamento sólo se habla del sacerdocio común de
los fieles y se rechaza dar el título de sacerdote a ningún ministro. Se trataba de una
comunidad laical, en la que no había todavía un estilo de vida clerical o sacerdotal, con
profusión de carismas y ministerios en función de la comunidad, sin que las funciones
ministeriales aparejaran privilegios sociales, ya que los ministerios eclesiales no eran todavía
homologables a los cargos cívicos.

Naturalmente había carismas y ministerios más importantes que otros, destacando apóstoles y
profetas en un primer momento. El término apostólica referido a la Iglesia realza su carácter
institucional que se integran en su dimensión cristológica, mientras que el de profética
expresa su estructura carismática basada en que la Iglesia es una creación del Espíritu. A
finales del siglo primero se constata la decadencia progresiva del profetismo y la sustitución
de los apóstoles por los obispos-presbíteros y diáconos, que se legitiman en cuanto sucesores
de los apóstoles. Crecen las necesidades organizativas y ministeriales, por la misma
expansión del cristianismo, en un momento histórico en que van desapareciendo los primeros
testigos de Jesús y la comunidad primitiva. Al mismo tiempo, hay una toma de distancia
respecto de lo pneumático, por miedo a falsos profetas y carismáticos gnósticos, que
amenazan con pervertir el mensaje de Jesús y la interpretación que ofrecieron los miembros
de la iglesia primitiva.

El legado eclesiológico neotestamentario se fija como referente permanente de la Iglesia, a


partir de la creación del canon del Nuevo Testamento. En él, hay una eclesiología
comunitaria, de la que derivan ministerios y carismas, que dan protagonismo a todos los

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miembros de la comunidad. No había entonces más sacerdocio que el común, aunque
indirectamente se resaltaba la dimensión sacerdotal de las tareas apostólicas, y había
ministerios más importantes que otros, destacando los apóstoles. Los obispos en las
comunidades cristianas de mayoría pagana y los presbíteros en las judeocristianas son los que
cobraron progresiva relevancia y protagonismo, a consecuencia de la desaparición de la
generación apostólica y ante los nuevos problemas que se planteaban en las iglesias.
A estos datos hay que añadir un conocimiento más preciso del desarrollo ministerial durante
los primeros siglos. Por un lado, hay que destacar la progresiva relevancia de obispos,
presbíteros y diáconos, que se constituyeron universalmente en triada jerárquica y adquirieron
creciente importancia a costa de la comunidad y de los laicos. El proceso de sacerdotalización
de los ministerios y de clericalización de la comunidad, influido tanto por el Antiguo
Testamento como por las estructuras administrativas de la sociedad romana, llevó consigo un
acaparamiento gradual de carismas y ministerios por los eclesiásticos a costa de los
ministerios laicales. Se crearon las órdenes mayores y menores, el ministerio se convirtió en
un cargo y se estableció la carrera clerical, jerárquica y gradual, que asumía cada vez más
funciones y tareas eclesiales. Por el contrario, la comunidad perdió protagonismo en favor de
la jerarquía y los laicos competencias y capacidad de cogestión comunitaria. De protagonistas
activos a nivel interno y externo de la Iglesia pasaron a asumir un papel de subordinación y
sometimiento respecto de los ministros. Hubo un desplazamiento de la relación fraternal, que
no obsta para la existencia de ministerios jerárquicos con funciones sacerdotales y
comunitarias propias, a la paterno-filial, y se pusieron las bases de la identificación entre
clero e iglesia, a costa del pueblo de Dios, convertido en objeto de la acción pastoral de los
ministros. La cristianización del imperio lleva consigo la romanización de la Iglesia,
favoreciendo una radical asimetría entre pueblo y autoridades, laicos y clero.

No es posible analizar la evolución ministerial de la Iglesia en los siglos posteriores, pero hay
que subrayar que el curso del segundo milenio se caracteriza por convertir el tratado de
eclesiología en una jerarcología, más basada en el derecho que en la teología. Desde la
reforma gregoriana del siglo XI, y como consecuencia de ruptura con los ortodoxos primero y
luego con los protestantes, se equipara Iglesia y clero, a costa de la eclesiología comunitaria,
laical y de comunión que caracterizó a los primeros siglos. La comunidad deja de ser la
referencia esencial para la teología de los ministerios y asistimos a la irrupción de ministros
(obispos, presbíteros y diáconos) que no tienen función pastoral alguna, que no pertenecen a
ninguna comunidad real (aunque conserven títulos de antiguas comunidades inexistentes), y
que se encargan de tareas administrativas, políticas y económicas al servicio de la creciente
organización burocrática que necesitan los papas, cuya monarquía se consolida tanto en el
orden temporal como espiritual.

Una concepción vertical y piramidal de la eclesiología, una cristología sin espíritu y el


aislamiento de los ministros de su contexto eclesial determinan la identidad y espiritualidad
sacerdotal a lo largo del segundo milenio. El sacerdote representa directamente a Cristo, sin
pasar por la mediación de su pertenencia a la comunidad eclesial y sin compartir con los
laicos la identidad cristiana. El sacerdote, en virtud de su consagración es más que los
hombres, mediador entre Dios y la humanidad, superior incluso a los ángeles, como otro
Cristo (que era el sentido etimológico de cristiano). La relevancia del poder cultual, sacral y
sacerdotal lleva a acentuar la diversidad de estilo de vida del sacerdote, respecto de los laicos
y la comunidad, y favorece la imposición del celibato obligatorio y el desplazamiento del
ministerio en favor de la dignidad. Se mantiene un vocabulario ministerial al mismo tiempo

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que se establece un sistema asimétrico de relaciones, basado en el dominio del sacerdote y en
la sumisión de los laicos.

A comienzos del tercer milenio nos encontramos con una nueva situación que exige nuevos
retos. El significado universal y de plenitud que tiene el concepto de Iglesia católica, exige un
replanteamiento estructural, comunitario y organizativo, en el contexto de globalización o
mundialización con el que comenzamos el tercer milenio. Hay que desandar buena parte del
camino recorrido en la historia, sobre todo el del segundo milenio, en favor de una Iglesia de
Iglesias, con pluralidad disciplinar, ministerial y teológica, según el contexto sociocultural y
la situación histórica diferente de las comunidades eclesiales. El papado, garante de la unidad
y la comunión, tiene que ser reestructrurado a nivel de Iglesia universal y dentro de la
estructura ministerial. Hay que recuperar el protagonismo de las iglesias particulares y
respetar una mayor autonomía de las iglesias nacionales, favoreciendo una concepción
sinodal de la Iglesia y una eclesiología de comunión.

A partir de ahí, es posible un replanteamiento del sacerdocio, acentuando su pertenencia


comunitaria, un estilo de vida cercano a los laicos, una acentuación de lo ministerial en lugar
de la dignidad del cargo, un replanteamiento de la identidad ontológica desde la perspectiva
comunitaria y laical, una reformulación de lo sacerdotal desde lo pastoral y profético y una
vuelta a una cristología pneumática, que pone en primer plano el discernimiento en lugar de
la mera autoridad y obediencia. En una Iglesia plural y de comunión es más necesario que
nunca el ministerio de la unidad y una pastoral de servicio, mientras que el contexto misional
y de increencia actual hace obligatorio el testimonio personal y la capacidad de arrastrar y
convencer, más allá del formalismo del cargo. El nuevo contexto eclesial y social, así como
una nueva teología de la consagración e identidad cristianas, redundan en una transformación
del sacerdocio.

Este doble replanteamiento eclesial y ministerial, pasa por una vuelta a la comunidad, por una
multiplicación de ministerios para responder a las nuevas necesidades de la Iglesia, y por un
replanteamiento del papel de los laicos en general, y de las mujeres en particular. Si el
modelo de sociedad romana fue determinante para la organización ministerial y
estructuración de la iglesia, el actual de sociedades plurales y democráticas, tiene que ser un
referente a la hora de plantearse la situación actual de los ministerios en la Iglesia.
Evidentemente la Iglesia no debe copiar las estructuras seculares sin más, ya que perdería su
capacidad de interpelación profética y de contraste entre una comunidad inspirada en los
valores del reino de Dios y las relaciones propias de una sociedad de mercado, competitiva y
con claras injusticias sociales y materiales, que es lo que caracteriza a nuestras sociedades a
comienzos del tercer milenio. Pero, la iglesia está en función de la misión y del reino de Dios,
y los miembros del pueblo de Dios son ciudadanos de la sociedad civil. Por eso, es inevitable,
tanto en la época del imperio romano como en la actual, que haya una sensibilización y
aproximación entre la Iglesia y la sociedad, para facilitar la inculturación del evangelio, con
el único límite de que no se traicionen los valores del reino.

Desde esta perspectiva la necesaria reforma de la Iglesia, que se inició en el siglo XX y ha


quedado estancada en su último cuarto, tiene que continuar adelante. La reforma tiene que
darse desde la doble referencia a la sociedad a la que hay que servir y misionar (en la que los
ciudadanos no son súbditos, y en la que la democracia es la forma a través de la cual se
expresa la sociedad mayoritariamente) y desde un modelo de iglesia comunitario,

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descentralizado y de comunión, que está más cercano a la eclesiología de los primeros siglos
que a la del segundo milenio. Ha que pasar del modelo de sociedad desigual al de pueblo de
Dios, de la identidad entre ministerios y clero, a la multiplicación de los primeros y la
apertura a los laicos. Es necesario redefinir los ministerios en la época actual, tanto en lo que
concierne al estilo y forma de vida de los ministros, como en lo referente a su formación y
selección, y en la forma de ejercer esas funciones ministeriales en el contexto de una vuelta a
la comunidad, y a la participación de todos en los distintos ámbitos de las iglesias.

La toma de conciencia del carácter cristológico y pneumatológico de la Iglesia, permite tomar


distancia del fundamentalismo bíblico y del integrismo dogmático, aceptando el carácter
cambiante de la misma Iglesia. Ésta tiene que preservar su identidad en el cambio, sin caer en
el lastre del inmovilismo y la estaticidad. Estas exigencias de renovación y reforma, que
inspiraron a muchos teólogos que prepararon el concilio Vaticano II, se hacen tanto más
necesarias en el momento actual, en el que la Iglesia parece asumir una postura reactiva
respecto de las modernas sociedades democráticas secularizadas, como ocurrió en la época
del antimodernismo. El carácter igualitario, participativo, de corresponsabilidad y cogestión
que se impone en la sociedad, actúa en contra de la autoridad basada en el cargo e incapaz de
ofrecer argumentos y explicaciones desde las que legitime sus propias decisiones, como hacía
el mismo Pablo cuando explicaba el porqué de su proceder en las distintas iglesias del Nuevo
Testamento.

Refugiarse en la autoridad formal del cargo, sin más, y afianzar la identidad y cohesión
eclesial en base a la imposición y rigidez de la jerarquía, parece ser una tentación eclesial
actual. Cuanto más secular es la sociedad, mayor es la tentación reactiva de revitalizar la
clericalización interna de la Iglesia, y cuanto más se afianza el espíritu democrático en la
sociedad, mayor es el peligro de radicalizar la legitima jerarquía de la Iglesia a costa de la
comunidad y del mantenimiento del laicado en una permanente minoría de edad, teológica y
pastoral. Los signos de los tiempos y la persistencia de la reforma de la Iglesia, exigen hoy un
replanteamiento radical, como el de Gregorio IX en el siglo XI, pero de signo contrario. Se
trata de devolver a la iglesia el carácter comunitario y el protagonismo ministerial de los
laicos, que se ha perdido en el curso histórico.

Se trata de una exigencia externa e interna, cada vez más urgente a la luz de los nuevos
problemas de evangelización que plantean las modernas sociedades seculares, de la creciente
pérdida por parte de la Iglesia de muchos miembros entre las generaciones jóvenes y el
mundo de la cultura, y por el inevitable envejecimiento de los ministros y las mismas
comunidades actuales. De esa renovación comunitaria y eclesial depende en buena parte el
futuro de la Iglesia en el siglo XXI y la deseada inculturación y necesaria reevangelización de
las sociedades actuales.

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1.Como referencia documental remito a mi estudio, Juan A. Estrada, Para comprender cómo surgió la
Iglesia, Estella, EVD, 22000.