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INTRODUCCIÓN.

Desde los tiempos antiguos han surgido diversas civilizaciones y juntamente con ello es
el resultado de sus religiones, culturas, tradiciones. Entre las muchas civilizaciones la
más importante es la que le ha dejado un legado al cristianismo, nos referimos con
mucha consideración a la raza judía quienes por medio de las Sagradas Escrituras
trataron de mantenerse fiel a las palabras del Autor y consumador de todo DIOS.
Desde Abraham hasta nuestros días los judíos han pasado una serie de procesos en su
vida y se empeñaron en preservar las Sagradas Escrituras muy a pesar de ser dominados
por varios imperios.

En el período Intertestamentario fue cuando las Sagradas Escrituras sufrieron una serie
de ataques por otro tipo de literatura llamada apócrifa, que proliferaron en gran manera
por este período pero juntamente con ello resultaron los defensores quienes se
encargaron de canonizar los libros Sagrados y dejar por un lado los libros apócrifos. Se
debe de notar que hoy en día la cristiandad ve en los libros apócrifos como referencia en
la historia o en lo religioso pero no lo ve con fines de valor espiritual porque no son
inspirados por Dios.
EL PERIODO INTERTESTAMENTARIO

Los Escritos Sagrados


Ha sido práctica común clasificar la literatura judía de este período como canónica,
rabínica, apócrifa y pseudoepígrafa. Pero, como G. F. Moore ha afirmado1 tal
clasificación era completamente desconocida para los judíos de ese tiempo y en
verdad está sumamente mal encauzada. Una mejor clasificación, sugiere él, sería la
canónica, libros “normativos” y libros “extraños” (o “ajenos”). “Canónica” significa esa
parte de la Sagrada Escritura con autoridad reconocida; por “normativa se da a
entender la literatura, o más correctamente la tradición oral que finalmente encontró
expresión en la literatura del judaísmo rabínico; y por “extraños” se entienden aquellos
escritos no canónicos a los cuales los rabinos dieron el nombre de “libros ajenos”.

1. Las Sagradas Escrituras


A. El Canon Hebreo
Según la costumbre judía las Escrituras hebreas se dividían en tres grupos conocidos
como Tora (Ley), Nebi’im (Profetas Anteriores y Posteriores) y Ketubim (Hagiógrafos o
Escritos). Constituían un total de veinticuatro libros que, por una división diferente,
aparecen en la Reina-Valera, 1960, como treinta y nueve, a estos libros considerados
como inspirados y sagrados portadores de autoridad “canónica”. No todos los libros de
la Sagrada Escritura eran considerados con la misma autoridad, así como tampoco las
tres secciones en las que estaba dividida inspiraban la misma autoridad. Los judíos los
situaban como formando un edificio de tres pisos, en el cual, el más alto representaba la
Tora, el próximo los Profetas y el inferior los Escritos.

Desde Esdras en adelante el judaísmo, que gradualmente se desarrolló, concedió la


mayor importancia a la revelación como tal de la Tora dada por Dios a Moisés, y
reconoció la subsiguiente historia como de mucha menos importancia;
consecuentemente se le concedió un lugar aparte como la suprema autoridad escrita
dentro de la congregación judía. Esto muestra que probablemente sobre el 400–350 a.
de J.C., la Tora o Pentateuco, como lo tenemos en la actualidad, se completó; pero es
más difícil averiguar hasta qué punto fue considerada con autoridad canónica. Sin duda,
alrededor del 350–300 a. de J.C., el Pentateuco era reverenciado por todo el pueblo.
Pero probablemente fue durante el período 300–200 a. de J.C., en el cual como hemos
visto se puso de manifiesto un cambio general en el énfasis del templo a la Tora, cuando
esta parte de la Escritura llegara progresivamente a ser lo que llamaríamos
canónicamente autoritativa. Así, sobre el año 200 a. de J.C., o algo antes, la religión de
la Tora estaba sólidamente cimentada. A la luz de este hecho podemos comprender bien
la importancia atribuida a los Pergaminos del templo en el Primer Libro de los
Macabeos, de donde se deduce que la Tora ha de ser defendida aun a cambio de la
destrucción del templo (compárense 1:56–57; 2:26, 48).
Ben Sirac2 da más información valiosa concerniente a la formación de la segunda
división del canon conocida como “los Profetas”. En el capítulo 44 sigtes., da una lista
de hombres famosos mencionados en la Escritura, cuyos nombres están dispuestos de

1
Moore, G. F., Judaism in the First Centuries of the Christian Era I-III (1927- 1930).
2
Se trata posiblemente de un sabio de Jerusalén que escribió la obra hacia el año 190 a. C. Se dedicó desde joven al estudio de
la Ley y la Sabiduría, y buscó la salvación en la oración. Ben Sirac es un hombre que ha viajado y que dispone de una rica
experiencia de vida basada en la observación.
tal manera y con tal detalle que nos llevan a la conclusión de que la mayor parte del
Antiguo Testamento, tal y como lo tenemos hoy en día, les era conocido. Evidencia que
por lo menos “la Ley” y “los Profetas” los conocía y de hecho se refiere a “los Doce
Profetas” como una colección definida. Así pues, podemos decir que sobre el 250–200
a. de J.C., la división “los Profetas” estaba cerrada. Esto explica por qué un libro como
Daniel no se encuentra entre “los Profetas” sino entre “los Escritos”, pues Daniel no fue
escrito hasta más o menos el año 165 a. de J.C.

La primera referencia a las tres secciones juntas por sus nombres hebreos la hace el rabí
Gamaliel3 mencionado en Hechos 5. Podemos concluir que por el tiempo del Nuevo
Testamento el canon de la Escritura estaba al menos virtualmente cerrado.
Pero durante mucho tiempo después la controversia sobre el número de libros continuó.
De forma especial había habido disensiones entre la famosa Escuela de Hillel y la de
Shammai sobre la posición del Cantar de los Cantares y del Eclesiastés. El Concilio de
Jamnia (90 d. de J.C., aprox.) aceptó los dos libros como canónicos, apoyando así a la
Escuela de Hillel. Las Escrituras hebreas constaban entonces de veinticuatro libros
(cinco del Pentateuco, ocho de los Profetas y once de los Escritos), los cuales
corresponden a los treinta y nueve de la Reina-Valera, 1960. La discrepancia de
opiniones continuó y la cuestión del canon era todavía objeto de controversia en el siglo
II d. de J.C. El desarrollo final tuvo lugar entre la caída de Jerusalén (70 d. de J.C.), y
la revuelta de Bar Kochba (132–135 d. de J.C.).

B. Las Escrituras y la Dispersión


Sabemos ya que, alrededor del año 250 a. de J.C., el Pentateuco fue traducido al griego
para uso de los judíos de la Dispersión, y el prefacio a la versión griega de Ben Sirac
indica que por esta fecha (132 a. de J.C.), los Profetas Anteriores y Posteriores habían
sido también traducidos al griego.
La Biblia griega que apareció y que finalmente fue adoptada por la iglesia cristiana era
mucho menos restringida que las Escrituras hebreas, y adoptó un orden diferente en los
libros. Sabemos que los cristianos apreciaban los “libros ajenos” de manera distinta a
como lo hacían los judíos de Palestina, y que los estuvieron leyendo en la traducción
griega durante mucho tiempo después de haber caído fuera del favor de Palestina.
Oficialmente podía haber sólo un canon, a saber, el de las Escrituras hebreas, pero en el
uso popular no podía seguirse siempre esta estricta interpretación, especialmente en “los
Escritos”, los cuales según acabamos de ver estaban aún en estado indeterminado. A la
luz de esto nos parece que, aunque “los Escritos” eran considerados como sagrados, no
como canónicos en cualquier sentido verdadero, estaban en un nivel de inspiración
completamente distinto al de la Ley o los Profetas. Es significativo que Filón (muerto
aproximadamente en el año 50 d. de J.C.), un típico judío alejandrino, no mencione
estos libros no canónicos, y que en el tiempo de Josefo la Biblia griega que él usó
consistiera substancialmente de los libros del Canon Hebreo tal y como lo conocemos
hoy en día.

3
En Hechos de los apóstoles Gamaliel es descrito como fariseo con gran autoridad entre sus contemporáneos. Se afirma que fue
maestro de Saulo de Tarso. En Hechos de los Apóstoles 22:3, San Pablo indica: "Yo soy judío. Nací en Tarso de Cilicia, pero me
crié aquí en Jerusalén y estudié bajo la dirección de Gamaliel, muy de acuerdo con la ley de nuestros antepasados".↵Hijo de Simón
y nieto de Hillel. Célebre fariseo, doctor de la Ley y miembro del sanedrín. Representante de los liberales en el fariseísmo (la
escuela de Hillel era opuesta a la de Shammai),el autor de Hechos de los apóstoles le atribuye una intervención con un razonable
consejo en el concilio convocado contra los apóstoles y salvó a éstos de la muerte (Hch 5.33–42).
2. La Tradicion Oral. Durante el período intertestamentario, como hemos visto, la
Tora llegó a ser la suprema autoridad religiosa y el judaísmo se estableció como una
religión de libro.
A. Su origen y desarrollo
Los comienzos de este proceso de interpretación se encuentran en el Sopherim,4 quienes
se esforzaron en continuar los propósitos de Esdras, el gran “fundador de la Ley”.
Además “leían en el libro de la ley de Dios claramente”, y “ponían el sentido, de modo
que entendiesen la lectura” (Neh. 8:8). Esto es exactamente lo que el Sopherim procuró
hacer también. Se impuso a sí mismo la tarea no sólo de hacer la Tora asequible al
pueblo, sino de descubrir e interpretar su significado para que los hombres pudieran
aplicarla a su vida diaria. Para ellos la Tora era mucho más que una supervivencia del
glorioso pasado con un valor sólo arcaico; era un oráculo vivo a través del cual la
palabra de Dios podía estar presente en una generación tras otra. Su palabra no era
estática sino dinámica, capaz de interpretaciones adecuadas para cada generación, así
como de renovadas aplicaciones para cada aspecto de la vida humana.
El método que usaron para enseñar fue en lo esencial un comentario corriente de las
palabras de la Escritura. La costumbre peculiar o la práctica o el precepto que querían
explicar lo relacionaban con un texto o pasaje de la Escritura, el cual era entonces
expuesto e interpretado. Este método era conocido como Midrash (heb. darash,
interpretar) y fue el método distintivo de la enseñanza del Sopherim.
En muchos lugares la enseñanza de la Tora, por precepto y juicio, era perfectamente
clara tanto en su significado ético como legal; en tales casos era deber del Sopherim y
de sus sucesores imprimir esta enseñanza en la mente de las gentes. En otros lugares, sin
embargo, la enseñanza de la Tora no estaba clara; entonces su significado debía ser
expuesto y su verdad aplicada. En tales aspectos la Tora se hizo más y más el centro de
la vida del pueblo.
Esta tarea, bien comenzada por el Sopherim, fue continuada y desarrollada por maestros
que posteriormente llegaron a ser los rabíes, y cuyo trabajo significó tanto para el ajuste
y la determinación de la forma del judaísmo posterior. Durante este período tuvo lugar
un progreso, en conexión con la posición relativa de las leyes extra-escriturales, el cual
habría de tener efectos de larga duración. Como hemos visto, las costumbres y
tradiciones, principalmente de naturaleza religiosa, habían ido imponiéndose a través de
los años, y fueron aceptadas como una autoridad en el judaísmo practicante aun sin
encontrar justificación en la Tora. A su debido tiempo hubo de formularse la pregunta
concerniente a la relación entre la autoridad de esta tradición y la de la Tora escrita. Era
evidente que no podían existir tales autoridades independientemente. Y así surgió de ahí
la creencia absoluta de que la Tora era algo más que simplemente la palabra escrita de la
Escritura, sino que también incluía la tradición que heredaban las sucesivas
generaciones. La Tora de Dios constaba de dos partes, una escrita y otra oral, y ambas
con igual autoridad. Y no sólo esto; ambas poseían la misma antigüedad, pues Moisés
había recibido la Tora, escrita y oral en el Sinaí, desde donde había sido transmitida a
través de sucesivas generaciones de hombres fieles (Pirke Aboth I, I). Fue sin duda la
formulación de esta creencia la que condujo a la desarticulación del Sanedrín en la
época de Juan Hircano (134–104 a. de J.C.), y a la aparición de los partidos fariseo y
saduceo. Los fariseos defendían celosamente la tradición oral, siendo sus severos
opositores los saduceos quienes, aunque tenían sus propias ordenanzas sobre los
sacrificios y similares, consideraban la Tora escrita como la única autoridad.

4
Los masoretas eran judíos que trabajaron entre los siglos VII y X de nuestra era en las ciudades de Tiberíades y Jerusalén como
sucesores de los soferim o escribas en la responsabilidad de hacer copias fidedignas de las escrituras sagradas.
Por estos medios, religión y vida, trabajo y adoración, fueron integrados de una forma
antes imposible, y Dios y sus mandamientos eran una realidad en la vida común de las
gentes.

B. Forma y contenido
Las fuentes rabínicas, transmisoras de la tradición oral, la cual permaneció así durante
todo el período intertestamentario, se dividen en dos clases, la Midrash y la Mishnah.
El Sopherim y los maestros que le sucedieron se dedicaron, tal y como hemos visto, a la
exposición y aplicación de la Tora escrita y, a la luz de estos estudios, formularon
nuevos reglamentos aplicables a problemas éticos y legales, los cuales se iban
incrementando con la complejidad de la vida. A este proceso se le llamó darash (o
“interpretación”), y Midrash (o “exégesis”) al de investigación exhaustiva del texto
escrito para descubrir sus aplicaciones.
La Midrash se dividía en dos secciones. Primero, estaba el Halakah (heb. halak, andar)
consistente en reglamentos relativos a materias de ley civil y religiosa. Mostraba el
camino que un hombre debía “andar” para saber con certeza cómo cumplir la ley en
cada detalle. Este halakah es el que forma la tradición oral.
En segundo lugar estaba el Haggadah (de la raíz hebrea nagad, decir) o “relatar”. Esto
comprende todo lo que no sea el Halakah, es decir, que su punto de partida no es la ley.
Es un desarrollo, tal y como figuraban, de los relatos bíblicos más que de la ley.
Contiene una gran parte de leyenda y retazos del folklore israelita. La Midrash era de
la incumbencia de los rabíes antes de la destrucción del templo, y después de esto fue su
principal preocupación. A este proceso de estudio, la repetición de la Tora escrita con
su tradición oral, se le llamó shanah o “repetición”, y la totalidad de repeticiones fue
conocida como Mishnah.
Esta palabra Mishnah es el nombre dado a la segunda fuente rabínica. Se ha descrito
como “una clasificación sistemática de las discusiones y decisiones de los rabíes durante
los siglos anteriores en cuanto a la recta interpretación y expansión de la Tora”. Es un
código de ley consistente de Halakah, con elementos haggádicos ocasionales, cuya
formación y codificación se llevó a cabo más o menos de esta forma. Después de la
destrucción del templo en el año 70 d. de J.C., en vez de comentar la Escritura versículo
por versículo los rabíes comenzaron a colocar el halakot (plural de halakah), o leyes
individuales religiosas de índole práctica, en un orden especial según la materia y no
según el texto bíblico. Después de la Biblia la Misnah es la base de la literatura judía
hasta la fecha, siendo además el fundamento del Talmud.5 Con la puesta por escrito de
la Misnah los judíos se afirmaron como el “pueblo del libro”.

3. Los “Libros Ajenos”


A. Literatura no canónica
Ya se ha hecho mención a que durante el período intertestamentario apareció,
principalmente en Palestina, aunque también en la dispersión, una copiosa literatura
judía muy significativa no sólo para el judaísmo sino aun más para la cristiandad. Por
una parte proporciona interesantes y profundos conocimientos de la historia de los
judíos y de su religión independientemente de las escuelas rabínicas, y por otra, arroja
luz sobre los orígenes de la fe cristiana. Es difícil decir la amplitud geográfica por la que
estos libros se extendieron, pero es muy posible que fueran un número muy
considerable de ellos.

5
El Talmud (hebreo: ‫[ תַּ לְ מּוד‬talmūd], «instrucción, enseñanza») es una obra que recoge principalmente las
discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, narraciones y dichos, parábolas, historias y leyendas.
En la literatura rabínica se les designa con el nombre hisonim que significa “externos” o
“ajenos”, dando a entender aquellos libros no incluidos en el canon. Una guía para
identificarlos la da el tratado de Tosefta, Yadaim II, 13, que reza así: “Los libros (sic) de
Ben Sirac y todos aquellos que fueron escritos desde ese tiempo en adelante no hacen
manos inmundas”, es decir, no son canónicos. Se puede conjeturar que esta literatura
forme el grupo completo al que pertenece Ben Sirac, a saber, la literatura apócrifa y
semejantes (incluyendo muchos escritos de tipo apocalíptico). Superficialmente podría
considerarse esto como que la lectura de los libros no canónicos estaba prohibida, pero
en verdad la referencia probablemente es a su recitación pública tanto en la liturgia del
culto como en la disciplina de estudio.
¿Sobre qué bases estaba esta literatura considerada no canónica? W. D. Davies ha
sugerido1cuatro criterios para determinar la aceptación o el rechazo de cualquier libro:
I. En vista de que la profecía había cesado en Israel después de Daniel durante el
período persa, todos los libros escritos después de este tiempo no podían aceptarse.
II. La conformidad del contenido del libro con la Tora (compárense discusiones sobre la
canonicidad de Ezequiel).
III. Una cierta autoconsistencia por parte de cada libro en cuestión.
IV. El carácter originalmente hebreo.
Estos factores explican la inclusión de Daniel en el canon, y la exclusión de libros como
Eclesiástico (o Ben Sirac), Judit, Salmos de Salomón y 1 y 2 de Macabeos. Explican
también la exclusión de los escritos apocalípticos judíos que durante algún tiempo
gozaron de cierta popularidad en Palestina. Los cristianos encontraron la enseñanza de
estos libros, especialmente con respecto al Mesías, sumamente adecuada para sus
propios fines; comenzaron a hacerse interpolaciones cristianas en las obras apocalípticas
judías y aparecieron escritos apocalípticos cristianos independientes. Todos estos
factores juntos militaron contra el estudio y la publicación continuada de tales libros por
parte de los judíos. Entre los últimos “libros ajenos” de carácter apocalíptico escritos
figuran 2 Esdras (i. e. IV Esdras) 3–14 y el Apocalipsis de Baruc sobre el año 90 d. de
J.C.
La mayoría de estos libros se escribieron tanto en hebreo (la lengua erudita de ese
tiempo) como en arameo (la lengua vernácula, generalmente usada en la literatura
judía), pero, con la excepción de Eclesiástico (o Ben Sirac), sobrevivieron sólo en
traducciones, primero griegas y después a otras lenguas. Pero la antipatía que muchos
rabíes sentían por la apocalíptica6 no se puede negar y, bajo su influencia, estos “libros
ajenos” perdieron el favor de Palestina.
Anteriormente, sin embargo, habían sido traducidos al griego por los judíos de la
dispersión, llegando a ser muy populares entre ellos. Ciertamente, cuando llegaron a
Alejandría entraron en su propio ambiente y recibieron la más amplia expansión que
jamás tuvieran en Palestina. Cuando, con el tiempo, para los judíos de la dispersión tales
escritos habían perdido mucho de su valor ya eran posesión de la iglesia cristiana por
medio de la Versión de los Setenta, con lo cual algunos de estos “libros ajenos” fueron
incorporados. Y así como en el primer caso fueron preservados por los judíos de habla
griega en Egipto, la iglesia cristiana fue finalmente la responsable de que sobrevivieran.
No es sorprendente que los “libros ajenos” y en particular los apocalípticos entre ellos,
fueran populares desde el principio entre los cristianos primitivos por haber surgido
estos libros de la fe judía; su aplicabilidad a la enseñanza de la iglesia sobre la

6
Se conoce como género apocalíptico a un conjunto de expresiones literarias surgidas en la cultura hebrea y cristiana durante el
período helénico y romano (siglos II y I aC y siglos I hasta mediados del siglo II) y que expresan, por medio de símbolos y
complejas metáforas, la situación de sufrimiento del pueblo judío o de los seguidores de Cristo y su esperanza en una
intervención mesiánica salvadora o en el caso de la apocalíptica cristiana en la Parusía o segunda venida de Cristo.
inminente venida de Cristo era evidente. Dado que los gentiles se congregaban cada vez
más en la iglesia, y que la lengua aramea dio paso a la griega como lengua de la
comunidad cristiana, la difusión de estos libros fue todavía mayor. Con excepción del
libro canónico de Daniel la tradición apocalíptica es cristiana y no judía. Las numerosas
versiones de 2 (IV) Esdras indican que este cuerpo de doctrina seguiría teniendo una
profunda y amplia influencia entre los cristianos. En el judaísmo la tradición
apocalíptica, que había influido profundamente al menos en una parte de las gentes
desde el tiempo de Antíoco IV en adelante, según las consecutivas crisis, con el paso del
tiempo dejó de existir.

B. El Ambiente de la Literatura Apocalíptica


Se ha sugerido que la separación entre la literatura apocalíptica y el judaísmo farisaico
ortodoxo no era tan radical como algunos eruditos creían. Las diferencias entre ellos no
pueden, por supuesto, negarse; pero el hecho es que la literatura apocalíptica podía
compartir ciertas creencias fundamentales con el judaísmo rabínico, las cuales les dio
puntos definitivos de contacto. Con respecto a la Tora ambos adoptaron la misma
actitud, es decir, la reverenciaron como revelación de Dios. El centralismo de la Tora en
el pensamiento de los libros apocalípticos se puede ilustrar libro tras libro, desde los
Jubileos y los Testamentos de los XII Patriarcas del siglo II a. de J.C., hasta 2 Esdras y
2 Baruc del siglo I d. de J.C. Es verdad que la forma de la literatura apocalíptica difiere
considerablemente de la forma del Halakah de la literatura rabínica, pero ante la
evidencia del libro de Jubileos se pone de manifiesto que esta diferencia no es absoluta
en todos los casos. Pero este tipo de literatura apelaría mucho más a los zelotes y a
aquellos que participaban de puntos de vista políticos y religiosos. Estas personas
encontrarían aquí mucho que contar con su entusiasta aprobación, y que encendiera
aquel celo nacionalista que les hizo procurar ejecutar completamente, incluso con la
espada si era preciso, la voluntad revelada de Dios. Nuestro conocimiento de los esenios
es limitado, pero lo que sabemos de ellos indica que sus creencias no se ajustarían
siempre a las expresadas en los escritos apocalípticos

En conclusión, la existencia de esta literatura no canónica, apocalíptica y de otro tipo,


justifica el punto de vista anterior de que durante el período intertestamentario el
judaísmo era un complejo sistema que contenía en sí muchas sectas, partidos y tipos,
pues la literatura misma revela muchos puntos de vista diferentes, intereses y creencias
que no pueden ser identificados siempre con cualquiera de los partidos reconocidos del
judaísmo. Ahora, volvamos a un examen más profundo de la literatura “apócrifa”.

La Literatura Apócrifa
Comúnmente hablando, la palabra “apócrifo” a menudo trae consigo el sentido de
“falso” o “espurio”7, pero en su origen y uso eclesiástico el significado es
completamente diferente. En este sentido significa igual que la expresión hebrea “libros
ajenos” y se refiere a los libros no incluidos en el canon. Etimológicamente la palabra
“Apócrifa” (plural del griego apocrifón) designa cosas privadas, ocultas o secretas. Se
ha sugerido que la razón por la que los “libros ajenos” se llaman “ocultos” se funda en
ciertas referencias de 2 Esdras. En ciertos pasajes Esdras es invitado a que vuelva a

7
El término espurio es un adjetivo que alude a todo aquello que es falso, contrahecho, o no auténtico. El término espurio es de
origen“spurius”
escribir todos los libros sagrados de Israel que habían sido destruidos. El tenía que hacer
del dominio público veinticuatro (los libros canónicos), y tenía que ocultar setenta (los
“libros ajenos”) (véanse 14:6, 45 y sigtes.). Estos libros “ocultos” o “apócrifos”, aunque
no pertenecieran al canon, eran, no obstante, de gran valor dentro de la tradición judía
representada por este escritor.
En el uso más moderno, sin embargo, la palabra tiene una significación bastante más
restringida. Entre los protestantes se usa para describir, generalmente, los libros que se
encuentran en las Biblias cristianas griegas y latinas (por ejemplo la Versión de los
Setenta y la Vulgata), y no en la Biblia hebrea; aquí la palabra “pseudoepígrafa” se usa
frecuentemente para referirse al resto de los “libros ajenos”, de número indeterminado,
que permanecen fuera de las Escrituras canónicas y de la “Apócrifa” y que, durante un
tiempo considerable, fueron muy leídos en la oriental y en otras ramas de la iglesia
cristiana primitiva. En la práctica católico-romana la palabra “deuterocanónico” es
aplicada a aquellos libros descritos por los protestantes como “apócrifos”, y la palabra
“apócrifo” a los conocidos como “pseudoepigráficos”. Donde, por motivos de
conveniencia, debe hacerse una distinción, aquí será adoptado el uso protestante.

1. Los Libros Comunmente Llamados Apocrifos


A. Identidad
Los libros apócrifos del Antiguo Testamento conocidos por el lector moderno, como
aparecen en versiones católicas, forman un grupo entre el Antiguo y el Nuevo
Testamentos. Son doce, de los cuales uno (2 Esdras) no se encuentra en la Versión de
los Setenta, pero sí en la Vulgata.
1 Esdras, 2 Esdras, Tobías, Judit, El resto de los capítulos del libro de Ester, La
Sabiduría de Salomón, La Sabiduría de Jesús Hijo de Sirac o Eclesiástico, Baruc (con
la Epístola de Jeremías como capítulo seis), Las Adiciones de Daniel a) El Cántico de
los Tres Jóvenes Santos b) La Historia de Susana c) Bel y el Dragón, La Oración de
Manasés, 1 Macabeos, 2 Macabeos.
Con la excepción de 1 Esdras (anterior al 200 a. de J.C.), y 2 Esdras (90 d. de J.C.,
aprox.), estos libros se compusieron durante los dos siglos anteriores a Cristo,
mayormente en Palestina. Sólo dos autores nos son conocidos por sus nombres, Jesús
(hebreo, Joshua; arameo, Jeshua) hijo de Sirac (Eclesiástico 50:27) y Jasón de Cirene
cuyos cinco libros están compendiados en 2 Macabeos 3–15 (2 Mac. 2:23).
Aunque todos ellos se popularizaron escritos en griego, sólo un número muy reducido
tiene su origen en esta lengua. Tales son 2 Macabeos 2:19–15:39, la Sabiduría de
Salomón y los decretos de Asuero en Ester 13:1–7 y 16:1–24. Todos los demás se
escribieron ya en hebreo (Baruc, Ben Sirac, 1 Mac., Judit, la Oración de Manasés y
probablemente el Cántico de los Tres Jóvenes Santos) ya en arameo popular (2 Mac.
1:1–2:18, la Historia de los Tres jóvenes en 1 Esdras 3:1–4:63, Tobías, el resto de Ester
10:4–13; 11:2–12:6; 13:8–18; 14:1–19; 15:1–16, la Historia de Susana, Bel y el Dragón,
la Epístola de Jeremías, 2 Esdras).

B. Contenido y género literario


La literatura representada por los libros apócrifos es de carácter variado, extendiéndose
desde la historia a la poesía, de la filosofía a la ficción, de la leyenda a la instrucción
sobre el buen vivir. Parte de esta literatura se escribió para edificación, parte como
reprimenda, y parte quizás para adiestrar, simplemente. Cualquiera que fuera el
propósito es importante por su propio objeto y fin.
La historia es bien representada por 1 Macabeos el cual, escrito según el modelo de los
libros canónicos de los Reyes, narra sucesos dignos de crédito en relación con los judíos
de Palestina desde los años anteriores a la revolución macabea hasta la muerte de Simón
(175–134 a. de J.C.). El libro respira una indomable fe en el propósito de Dios para con
el pueblo de Israel, viendo en la casa de los Macabeos su instrumento de salvación.
2 Macabeos, que abarca un período más corto (176–161 a. de J.C.), es totalmente
independiente de 1 Macabeos, y mucho menos digno de crédito por tener una
considerable proporción de leyenda mezclada con la historia. Fue escrito en griego en
Alejandría sobre el año 50 a. de J.C., y se muestra celoso por el templo y la estricta
observancia de la Ley de Moisés (compárese la patética historia del martirio de Eleazar
en 6:18–31, y el de los siete hermanos en 7:1–42).
La leyenda queda ilustrada por 2 Macabeos 1:1–2:18 y la constituye el contenido de dos
cartas enviadas en 124 a. de J.C., y 143 a. de J.C., por los judíos de Palestina a los
judíos de Egipto. La segunda de éstas explica cómo Jeremías mandó a los sacerdotes,
cuando estaban próximos a ser llevados cautivos, conservar el fuego sagrado del altar en
un pozo; en tiempos de Nehemías se buscó este fuego y en su lugar fue hallado un
líquido negro que se inflamó con el calor del sol consumiendo el sacrificio. Este líquido
fue llamado por el pueblo “nafta”. La misma carta dice cómo Jeremías dio la ley a los
exiliados y les compelió a guardarla, y cómo ocultó el tabernáculo, el arca y el altar del
incienso en una cueva del monte Nebo.
La ficción también está representada en esta literatura y contiene algunas historias de
origen gentil. Sólo uno de estos libros (Judit) se escribió en hebreo; el resto en arameo
vernáculo. El libro de Judit (que significa “Judía”) es una conmovedora historia al estilo
del Cántico de Débora (Jueces cap. 5) de cómo una tal Judit libró a su pueblo de las
manos de Holofernes, quien, bajo los efectos del vino y las mujeres, perdió la cabeza
por los encantos de una viuda.
La Historia de los Tres Jóvenes (probablemente de origen persa) en 1 Esdras 3:1–5 es
una de las narraciones más bonitas de esta literatura desde el punto de vista del estilo y
la elocuencia literaria. Habla de tres jóvenes oficiales de la guardia de Darío, rey de
Persia, el cual los provocó a competir entre sí. Tenían que escribir lo que, en su opinión,
era la cosa más fuerte del mundo y defender la opinión cada uno de ellos delante del
rey. El primero escribió: “El vino es lo más fuerte”; el segundo: “El rey es lo más
fuerte”; y el tercero: “Las mujeres son lo más fuerte, pero sobre todas las cosas la
verdad obtiene a la larga la victoria.” La supervivencia del escrito que nosotros
llamamos 1 Esdras fue debido en gran parte a la popularidad de esta historia entre los
cristianos, quienes la heredaron de los judíos.
El libro de Tobías debió ocupar una alta posición entre los más vendidos de su tiempo.
Es una “obra corta” de primera clase con una fina trama bien ejecutada. Fue escrita
sobre el año 200 a. de J. C., probablemente por un judío egipcio o babilónico, y tiene la
influencia de ciertos escritos gentiles, aunque su cabal punto de vista moral y espiritual
está modelado por las Escrituras del Antiguo Testamento. La narración se refiere a un
judío llamado Tobías de Nínive, que envió a su hijo Tobías con un mensaje a Media
acompañado por Azarías (el ángel Rafael disfrazado). Allí ambos se encontraron y
ayudaron a una tal Sara cuyos siete maridos habían sido matados por el demonio
Asmodeo, cada uno en su noche de bodas. Tobías y Sara se casaron y fueron muy
felices.
La Historia de Susana y las fábulas de Bel y el Dragón son verdaderamente una
tradición de “fábulas detectivescas”. Susana, la hermosa esposa de un judío babilónico,
rechazó las propuestas de dos jueces ancianos cuyas intenciones no eran demasiado
honorables, por lo que ellos la amenazaron con presentarla ante los demás como
manteniendo amoríos con un joven. Susana fue condenada a muerte. Pero Daniel exigió
una revisión de causa mediante lo cual se demostró la falsía. Ella fue absuelta y los
jueces ejecutados.
La fábula de Bel es una polémica contra los dioses paganos y contra la idolatría en
general. Daniel, se nos dice, rehusó adorar a Bel, y sostuvo que los cargamentos de
alimentos y bebidas que los sacerdotes proveían cada día para el dios no los comía. Ciro
ordenó a los sacerdotes justificar su actitud. Confiadamente ellos ponían los alimentos y
la bebida adecuadamente y sellaban la puerta, pero tenían entrada secreta por debajo de
la mesa. Pero Daniel “fue más listo” y secretamente esparció ceniza sobre el suelo del
templo antes de que las puertas fueran cerradas. Por la mañana los alimentos y la bebida
habían desaparecido y los sacerdotes se mostraban eufóricos. ¡Pero las pisadas de los
hombres, mujeres y niños sobre el suelo cubierto de ceniza puso fin al juego! Los
sacerdotes y sus familiares fueron ejecutados y el ídolo y su templo destruidos.
Los Salmos e Himnos, varios de los cuales se hallan diseminados entre todos estos
libros, están representados por el Cántico de los Tres Jóvenes Santos, el cual consta de
dos poemas separados por una corta sección en prosa. El primer poema trata de la
oración de Azarías, quien, juntamente con sus dos compañeros, oró a Dios en medio del
horno ardiente; el segundo poema es un cántico de alabanza puesto en labios de los “tres
jóvenes” al Dios que les había librado de la muerte.
La literatura de Sabiduría está representada por dos libros muy importantes, la
Sabiduría de Salomón y la Sabiduría de Ben Sirac. La Sabiduría de Salomón, escrito en
estilo epigramático,8 lo compuso un judío (o judíos) alejandrino probablemente a
principios del siglo primero antes de Cristo, y es único entre los escritos apócrifos en la
forma de combinar la religión con la filosofía griega. Es imposible resumir su
contenido en pocas palabras, pero señala dos objetivos-primero, reconquistar a los
judíos apóstatas y afirmarlos en la piadosa fe judía, y segundo, demostrar a los paganos
con un lenguaje y pensamiento para que entendieran la verdad del judaísmo frente al
error de ellos. El escritor exhorta a sus lectores a buscar después la justicia, pues así se
descubre la sabiduría.
La Sabiduría de Ben Sirac es tal vez el libro más importante de “la Apócrifa”, por la luz
que arroja sobre la religión y vida de los judíos de Palestina alrededor del año 180 a. de
J.C., cuando fue compuesto. Es una recopilación de las conferencias que el autor dio en
su escuela de Jerusalén, mediante las cuales pretendió impartir a sus discípulos la
sabiduría de los antepasados, aquella que ellos pudieron vivir “según la ley”. De nuevo,
es imposible resumir brevemente todo cuanto abarca. Toma los temas de sinagoga,
hogar, escuela y vida cotidiana. Su consejo recorre todos los puntos que forman la
etiqueta de la vida de comunión con Dios ordenada en su santa Ley -conducta en la
mesa, educación de los niños, autocontrol, ayuda a los pobres, avaricia, adoración a
Mammón, la verdadera piedad y muchos más. Todos estos consejos los resume con la
palabra “sabiduría”, la cual es guía dada por Dios para una vida plena.
La literatura apocalíptica está representada por 2 Esdras 3–13, a lo cual se añadió el
capítulo 14 por una mano distinta. El libro es la narración de seis visiones dadas por
Dios a “Esdras”. Estas han sido descritas como “un drama apocalíptico en dos actos: el
nudo de la trama de la época presente (visiones 1–3); y el ‘desenlace’ en el mundo
venidero (visiones 4–6)”. Fue escrito probablemente alrededor del año 90 d. de J.C., y
refleja la desilusión que siguió a la destrucción de Jerusalén veinte años antes. La única
esperanza de los hombres estaba en la nueva era que aún había de nacer. Una exposición
más completa del significado de este libro se reservará para otro momento donde la
literatura apocalíptica será considerada como un todo.

8
El epigrama (del griego antiguo «ἐπί-γραφὼ»: literalmente, «sobre-escribir» o «escribir encima»), es una
composición poética breve que expresa un solo pensamiento principal festivo o satírico de forma ingeniosa.
C. Valor histórico y religioso
Ya se ha hecho referencia al valor de 1 Macabeos como fuente indispensable para la
historia del segundo siglo a. de J.C., y consecuentemente para las creencias y prácticas
de este período. Pero muchos otros libros tienen además una importante contribución
que hacer respecto a este mismo tema, y juntos forman un inestimable cuadro de la vida
y religión del judaísmo de los años precedentes al nacimiento de la cristiandad.
Con respecto al Templo de Jerusalén, no sólo en las narraciones históricas (por ej., 1
Mac. 7:37) es mencionado, sino también en otras partes como el libro de Tobías donde
se le tiene en alta estima y se aprueban las peregrinaciones a Jerusalén y el pago de los
diezmos en el templo (1:4–8; 5:13). En Ben Sirac, también, los ritos del templo (véanse
35:4 y sigtes.), y el sacerdocio aarónico (45:6 y sigtes.), son honrados exaltando
principalmente al sumo sacerdote Simón (50:1 y sigtes.).
Como complemento del templo estaba la sagrada Tora, cuya posición y prestigio se
aproximaban cada vez más a la de años atrás. Tobías, por ejemplo, recalca la obediencia
a la Ley de Moisés, mientras que en Ben Sirac, como hemos visto, la Tora se describe
como el compendio mismo de la sabiduría (24:23). Ya se estaban poniendo los
cimientos para el tiempo en el que los judíos consentirían dar sus vidas en defensa de la
sagrada Tora (compárese 1 Mac. 2:27).
Pero legalismo no era la única cosa que la religión de la Tora producía. Estimulaba
una profunda piedad personal, la cual halló expresión en las buenas obras y en el
servicio a otros. En todo el libro de Tobías, por ejemplo, hay un sentido de reverencia y
respeto hacia los padres, lo que indica un verdadero espíritu de piedad prevaleciendo en
muchos círculos familiares judíos de aquel tiempo; especialmente las oraciones de
Tobías y Sara para librarse de sus problemas, son sin duda típicas de las oraciones de su
tiempo. Ben Sirac también respira espíritu de oración en varios pasajes que asemejan
con bastante fidelidad a los salmos en su atmósfera espiritual (véanse 2:1–18; 17:24–
18:14; 22:27–23:6).
Durante todo este período tuvo lugar un gran desarrollo de la concepción judía de
las últimas cosas, como también se aprecia por estos escritos. En Baruc, por ejemplo, se
promete al pueblo judío que verá su triunfo sobre sus enemigos y Dios le restaurará a su
tierra (2:30–35, etcétera). Tobías declara que vendrá el tiempo cuando Jerusalén será
reconstruida y el templo restaurado a su gloria primitiva y aun mayor; las tribus se
congregarán de una vez y para siempre en Jerusalén y los paganos adorarán al Señor
como su Dios (13:1 y sigtes.; 14:4–7). En ambos libros se hace referencia a la
escatología de la nación, pero en ninguno a la escatología del individuo. Es a los
apocalípticos, representados en “la Apócrifa” por 2 Esdras 3–13, a quienes debemos una
síntesis de estas dos escatologías por creer en una doctrina de la resurrección tras la
muerte. Los apocalípticos se mantuvieron en la línea tradicional hebrea y, a través de
sus discernimientos espirituales, prepararon el camino para la cristiandad, no sólo con
su doctrina de la resurrección, sino también con su creencia en el reino de Dios y del
Mesías que un día vendría a gobernar.

2. Los Otros Libros “Apocrifos” (O La Pseudoepigrafa)


A. Identidad
No hay una lista convenida de esos otros libros apócrifos que permanecen fuera de “la
literatura Apócrifa” a los cuales algunas veces se les da el nombre de “pseudoepígrafa”.
Representan varios tipos de literatura, pero indudablemente el más importante y el más
común es el de la literatura apocalíptica. Algunos de ellos son apocalipsis, propiamente
dicho, mientras que otros, aunque no predominantemente apocalípticos, tienen
elementos de ese tipo muy considerables. Ciertamente hay pocos, si acaso alguno, que
no esté dentro de esta categoría. Más adelante se hará una exposición de su método y
enseñanza. Aquí reflejamos una lista de tales libros aceptados generalmente como
pertenecientes a esta clasificación junto con sus fechas de composición.
Originados en Palestina:
I. Enoc 6–36, 37–71, 83–90, 91–104 (164 a. de J.C., aprox.)
II. El libro de los Jubileos (150 a. de J.C., aprox.)
III. Los Testamentos de los Doce Patriarcas (140–110 a. de J.C.)
IV. Los Salmos de Salomón (50 a. de J.C., aprox.)
V. El Testamento de Job (siglo primero a. de J.C.)
VI. La Asunción de Moisés (7–28 d. de J.C.)
VII. Las Vidas de los Profetas (siglo primero d. de J.C.)
VIII. El Martirio de Isaías (1–50 d. de J.C.)
IX. El Testamento de Abraham (1–50 d. de J.C.)
X. El Apocalipsis de Abraham 9–32 (70–100 d. de J.C.)
XI. 2 Baruc o el Apocalipsis de Baruc (50–100 d. de J.C.)
XII. La Vida de Adán y Eva o el Apocalipsis de Moisés (80–100 d. de J.C.)
De origen helenista:
XIII. Los Oráculos de Sibila: Libro III (150–120 a. de J.C.) Libro IV (80 d. de J.C.,
aprox.) Libro V (anterior a 130 d. de J.C.)
XIV. 3 Macabeos (próximo finales siglo primero a. de J.C.)
XV. 4 Macabeos (finales siglo primero a. de J.C., o principios siglo primero d. de
J.C.)
XVI. 2 Enoc o el libro de los Secretos de Enoc (1–50 d. de J.C.)
XVII. 3 Baruc (100–175 d. de J.C.)

B. En la comunidad del Qumran


Este número de libros ha sido considerablemente aumentado por los descubrimientos
del Qumran cerca de las costas del mar Muerto. Entre los miles de fragmentos hallados,
hay muchos de carácter apócrifo, y en especial, apocalíptico; algunos están escritos en
hebreo, otros en arameo y otros, según informes, en una escritura secreta. Esto puede
significar que tales escritos fueron muy populares entre los miembros de la comunidad
del Qumran, y hasta puede ser que algunos de ellos se escribieran allí.
Muchos fragmentos de escritos apocalípticos relativos al libro de Enoc han sido
descubiertos, escritos en hebreo y arameo. Uno de éstos tiene mucho en común con 1
Enoc 94–103, en su relación de advertencias a los justos y de calamidades para los
pecadores, refiriéndose en varias ocasiones al “futuro oculto”, por cuyos medios los
misterios de esta generación presente serán al fin revelados. Esta es una idea
relativamente común en la apocalíptica como, por ejemplo, en 2 Esdras. Otro grupo de
fragmentos contiene una narración del nacimiento de Noé, conocido anteriormente sólo
en 1 Enoc 106. Es posible que estos sean parte de un escrito perdido hace mucho
tiempo, el así llamado “Libro de Noé”, reconocido por mucho como una de las fuentes
del libro de Enoc. Todavía otra colección de fragmentos, escritos en arameo, ha sido
hallada y describe una visión de la Nueva Jerusalén mostrando además un especial
interés por el templo y su culto. Los indicios son que este escrito debe haber sido muy
popular entre los sectarios de Qumran,9 porque los fragmentos dan evidencia de haberse
hecho muchas copias y fueron descubiertos en varias cuevas. Además, han sido

9
Qumrán (en hebreo: ‫קומראן‬, en árabe, ‫ قمران خربة‬Khirbet Qumran) es un valle del desierto de Judea en las costas occidentales
del mar Muerto, en Cisjordania, cerca del kibbutz de Kalia (Israel). La importancia de este uadi es la presencia de las ruinas
(quiryat) de Qumrán y de las cuevas descubiertas en 1947, que contenían un valioso tesoro arqueológico y bíblico.
encontradas varias porciones del libro de Jubileos, y de un Testamento de Leví al cual
se le considera una de las fuentes de los Testamentos de los Doce Patriarcas.
También han aparecido escritos de carácter haggádico entre los pergaminos del
Qumran. Parte de una obra similar al libro de Jubileos, por ejemplo, ha sido hallada, y
ésta puede ser uno de los orígenes de ese libro o una revisión posterior, o tal vez
represente un escrito independiente, pues parece defender un calendario diferente en
algunas formas al de los Jubileos. De considerable interés son cuarenta y nueve
fragmentos de un escrito hebreo que parece seguir al libro de Deuteronomio en poco
más o menos la misma forma que Jubileos sigue al libro de Génesis. Por causa de esto
se le conoce generalmente como “El Pequeño Deuteronomio” o “Las Palabras de
Moisés”.
De interés también es una paráfrasis aramea de Génesis 5:15 que adorna la narración
bíblica con comentarios haggádicos sobre el texto, y tiene mucho en común con nuestra
literatura apocalíptica. Fragmentos de otros libros de relatos haggádicos tienen también
mucho en común con escritos atribuidos a Jeremías y Baruc, pero que no pueden ser
identificados con ninguno ya conocido. De singular interés es un escrito pseudo-
histórico situado en el período persa, el cual evoca los libros de Ester y Daniel.

3. Los Libros Apocrifos En la Cristiandad


A. En el Nuevo Testamento
Claramente se evidencia tras la lectura del Nuevo Testamento que sus escritores y
lectores de épocas más primitivas estaban familiarizados con, por lo menos, algunos de
los libros apócrifos, no sólo con aquellos que heredaron de los judíos por medio de la
Versión de los Setenta, sino también con la más variada clase de escritos. La referencia
más clara se encuentra en Judas, versículos 14–16, donde una cita, sin duda de memoria,
se da de Enoc 1:9 refiriendo una profecía de “ese Enoc de la séptima generación de
Adán”. Además de esta cita más o menos directa hay muchas alusiones a la literatura
apócrifa. Las palabras: “Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección: mas
otros fueron atormentados, no aceptando el rescate”, reseñadas en Hebreos 11:35, nos
recuerdan el martirio de Eleazar y los siete hermanos en 2 Macabeos 6 y 7, y “fueron …
aserrados” en Hebreos 11:37 es, sin duda, una alusión al martirio de Isaías, mientras que
frases como “el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su substancia” en
Hebreos 1:3 nos recuerda forzosamente al Libro de la Sabiduría 7:26. Los ecos del
Libro de la Sabiduría pueden, probablemente, apreciarse también en las palabras del
sumo sacerdote referentes al agonizante Jesús (Mat. 27:43), “líbrele ahora si le quiere,
porque ha dicho: Yo soy el Hijo de Dios” (véase Sabiduría 2:18); así también en las
Cartas de Pablo tales como Romanos 1:20–32 (Sab. 14:22–31), Rom. 9:21 (Sab. 15:7, 2
Cor. 5:4 (Sab. 9:15 y Efesios 6:13–17 (Sab. 5:18–20). De nuevo ciertos sentimientos y
frases familiares al lector cristiano de los Evangelios tienen su inmediato paralelo en los
Testamentos de los Doce Patriarcas, expresiones como perdonar al hermano (Mat.
18:21, compárese Test. de Gad 6:3, 7), amar de todo corazón (Mat. 22:37–39,
compárese Test. de Dan 5:3), y devolver bien por mal (Luc. 6:27s, compárese Test. de
José 8:2). Esto muestra cuán estrechamente unidos estaban a veces los contenidos de la
enseñanza moral de Jesús con los ideales del judaísmo.
La contienda entre Miguel y el diablo por el cuerpo de Moisés en Judas 9 deriva de la
Asunción de Moisés, y la doctrina de los “espíritus encarcelados” en 1 Ped. 3:19 está
extraída de Enoc 14–15. La Epístola de Santiago tiene mucho en común con los libros
apócrifos; el escritor estaba sin duda familiarizado con Ben Sirac, en cuyo acopio de
pensamiento y experiencia participó (compárense por ej., Stg. 1:19 y Ben Sirac 5:11).
También se hacen referencias a escritos desconocidos (compárese 1 Cor. 2:9; Ef. 5:14; 1
Tim. 3:16) y se dan citas de fuentes igualmente desconocidas (Mat. 23:34, 35;
compárese Luc. 11:49–51), mientras que en otro lugar (2 Tim. 3:8) se alude a Janes y
Jambres cuyos nombres fueron tomados para el título de un libro apócrifo que
conocimos por escritos posteriores. Indudablemente los cristianos primitivos
encontraron estos libros religiosamente edificantes, no sólo para sus adoraciones
privadas, sino también para la preparación de catecúmenos.10 La cuestión de
canonicidad no contaba en este caso en absoluto. Ese problema estaba aún por ser
planteado y solucionado por la iglesia en su crecimiento.

B. En la historia de la Iglesia
Entre los Padres de la Iglesia los libros apócrifos eran generalmente considerados como
parte de la Sagrada Escritura, pero esta opinión no fue mantenida por varios entre los
más influyentes. Orígenes (185–254), por ejemplo, aceptó los libros apócrifos como
eclesiásticos, pero como erudito limitó las Escrituras del Antiguo Testamento a los
libros del canon hebreo. Cirilo de Jerusalén (muerto en el 386) enseñó a sus
catecúmenos sobre las bases del canon hebreo, pero aceptó el uso común de los otros
escritos. Jerónimo (muerto en el 420) juzgó que sólo los libros del canon hebreo fueran
considerados con autoridad y por lo tanto canónicos. Distinguió entre “libros
canónicos” y “libros eclesiásticos”. A estos últimos, que no pertenecían al canon
hebreo, se les podía ubicar “entre los libros apócrifos”, una expresión que había sido
usada ya (aparentemente por primera vez) por Cirilo de Jerusalén. En la práctica, sin
embargo, Jerónimo incluyó los libros apócrifos en la Vulgata, la cual llegó a ser la
versión oficial católico-romana. Sobre las bases de la Vulgata, la Iglesia Católica
Romana canonizó los libros apócrifos de acuerdo con los Concilios de Trento en 1546 y
Vaticano en 1870.
La actitud de los reformadores en cuanto a la literatura apócrifa estuvo
considerablemente determinada por el uso que durante mucho tiempo la Iglesia Católica
Romana había hecho de estos escritos para apoyar doctrinas como la salvación por las
obras, los méritos de los santos, purgatorio e intercesión por los muertos. Esto, junto
con un avivamiento en el interés por la lengua hebrea, puso a los libros del canon
hebreo en una clase aparte. Martín Lutero (1534) separó los libros apócrifos (aparte de 1
y 2 Esdras) del canon hebreo, y los ubicó en un apéndice de su Antiguo Testamento,
describiéndolos como “libros no canónicos pero buenos para leer”. Coverdale (1535)
también incluyó los libros apócrifos en su Antiguo Testamento, omitiendo la Oración de
Manasés (más tarde incluida en la “Gran Biblia”, (1539), y añadió 1 y 2 Esdras. Los
libros apócrifos, ya formando parte del Antiguo Testamento, ya como apéndice,
aparecieron posteriormente en la “Biblia de Mateo” (1537), la Gran Biblia (1539), la
Biblia de Ginebra (1560), la Biblia del Obispo (1568) y la Versión Autorizada de Jaime
Primero (1611). Pero la vieja controversia continuó y en 1629 los libros apócrifos
fueron omitidos en algunas ediciones de la Biblia inglesa y, desde 1827, en las
ediciones de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, con la excepción de algunas
Biblias de púlpito. Hoy, según la consideración protestante, el valor de los libros
apócrifos varía desde “buen ejemplo” a “de ningún valor religioso”.

10
En la Iglesia primitiva esto se hacía con muchas precauciones y ceremonias: Al que juzgaban capaz de ser cristiano, hacíanle
catecúmeno por medio de la imposición de las manos. El obispo o el sacerdote le hacía en la frente la señal de la cruz, rogando a
Dios que aprovechara las instrucciones que iba a recibir y que se hiciera digno de llegar al santo bautismo. Asistía a los sermones
públicos a los que eran admitidos hasta las mismos infieles. El tiempo del catecumenado era comúnmente de dos años, pero se
prolongaba o abreviaba según los progresos y las disposiciones del catecúmeno. No se miraba solo si aprendía la doctrina sino
además si corregía sus costumbres y se le dejaba en este estado, hasta que estuviera enteramente convertido. Mr.
Fleury, Costumbres de los Cristianos, tit. 2.
Conclusión.
la preservación de las Sagradas Escrituras por la raza judaica a lo largo de los siglos nos
muestra la providencia de Dios para todas las razas del planeta y aun del universo, para
que le conozcamos, porque se revela a sí mismo en la Biblia que hoy conocemos y que
ha llegado a nuestras manos. Definitivamente el corazón de un pueblo y el coraje para
defender algo valioso y preciado como lo mostró el pueblo judío es de enseñarnos que
de la misma manera debe de actuar la comunidad cristiana hoy día ante los embates de
la razón, lógica y escepticismo y de tantas falsas teologías.

La identidad de un pueblo es muy importante porque es la credencial que le representa


en todos los ámbitos de su historia. Es notable que el pueblo judío haya preservado su
identidad muy a pesar de ser esclavos, torturados y hasta ser ejecutados, pero
mantuvieron su convicción firme tal como cuenta la Biblia de aquellos tres amigos del
profeta Daniel quienes ofrecieron sus cuerpos a la muerte antes de renunciar a la
adoración del único Dios verdadero. He aquí la lección para el pueblo cristiano
evangélico en mantener esta identidad de ser llamados hijos de Dios comprados con la
sangre de Cristo y esta convicción firme e inconmovible de ofrecernos todos los días en
sacrificio vivo y agradable a Dios.

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