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ZOOM / TOMAS HOYAS

Guarderías de lujo
TOMAS HOYAS| VALLADOLID| Pág. 8

25/09/1999

Mi estimado señor rector de la Universidad vallisoletana es, además de «Magnífico», un hombre de un


eminente y desvergonzado realismo. Casi cruel. Con la estimable serenidad y reciedumbre de la verdad.
Afirma el señor rector que las universidades españolas no pueden convertirse en «guarderías de lujo»
donde recalan “ad kalendas graecas” los estudiantes que la sociedad del consumo no es capaz de dar
ninguna utilidad. Tiene más razón que un santo de palo. Son malos tiempos para todas las líricas y, entre
tener al «niño» retozando libídines por los parques y trasegando calimochos y litronas de añadidura por
los centros históricos y peatonales, casi mejor que se haga sus buenos ocho años de carrera, dos de
master, tres de doctorados. Cuatro de zarandajas y otras hierbas. Lo cual que «el niño» sale de las aulas de
Fray Luis con aires de provecto caballero: leontina y levitón, bastón con empuñaduras criselefantinas,
canas senatoriales, entrado en años y mesuradas las barbas. Impasible el ademán. Tiécojó.

Guarderías de lujo donde se vende la sabiduría en lo que llegan tiempos mejores y a uno le llaman, por
fin, de una Empresa de Trabajo Temporal donde necesitan licenciados en Historia Medieval para vender
la enciclopedia Larousse por los descansillos aromados de coliflor. El señor rector, don Jesús, ha dado en
el clavo -o en la llaga, según se mire- y de un plumazo sobrio, severo y de un realismo muy poco mágico
se ha cargado la antigua definición de Universidad: dícese de las fábricas de parados. A partir de ahora
hay que modificar el Casares y el María Moliner, para integrar la nueva y sesuda acepción del
«Magnífico» Sanz Serna, don Jesús: Universidad. 3. fig. guardería de lujo.

Es tremendo y penoso, pero es una verdad casi inmanente. La carencia de opciones y alternativas para los
jóvenes en la sociedad actual aboca a muchos de ellos (bastantes más de lo que exigiría lo razonable) a
realizar unos estudios para los que no tienen especiales aptitudes, y que en demasiadas ocasiones no
tendrán la oportunidad de poner en práctica jamás. Otros, en una dulce dejadez, prolongan curso tras
curso sus estudios, repitiendo matrículas y asignaturas entre las soldadas paternas y la más penosa
decadencia intelectual. Por fin, los menos, sabedores de la casi salvaje competencia de las tinieblas
exteriores, alargan su preparación con masters de diseño, estudios de idiomas en el extranjero.
Doctorándose para la nada. Eternos opositores a la Administración.

La Universidad no debe ser el refugio del dolce far niente, un foro pseudo cultural con pasillos para
chácharas, bibliotecas de leer El Víbora y a Zane Grey, cafetería incorporada con cafés multiplicados. La
Universidad es el referente cultural e investigador de todo un país y no puede convertirse en un
privilegiado salón donde se espera constantemente al eterno Godot que nunca llega. Porque lo malo de las
guarderías, aunque sean de lujo, es que siempre estarán llenas de niños.

Un aula triste y antañona. Jóvenes boquiabiertos y marabunta ocupan pupitres e incluso los pasillos
abrumados de tarima. Desde las ventanas un sol valiente ilumina al maestro de las barbas de chivo. Don
Ramón del Valle-Inclán mastica su conferencia con rabia enrojecida. Por fin, acaba: abandonen estas
aulas malditas y retrógradas de naftalina. Vénganse conmigo a explorar la Tierra Caliente. Murmullos con
sonrisa. Mire Hoyas, lo tremendo no es que no sepamos qué hacer con todos estos muchachos, lo terrible
es que les estamos negando la aventura. Son niños con un alma enorme de viejo renqueante, bilioso y
rezungón.

DIARIO “EL MUNDO”

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