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REPUBLICA DE COLOMBIA

Crónicas de Bogotá
Por Pedro M. Ibáñez

Ex-Secretario y miembro de número de la Academia Nacional de Medicina y Secretario perpetuo


de la Academia Nacional de Historia, etc.

Tomo I

Indice de materias.
PROLOGO.

CAPITULO I. Situación—Clima—Hidrografía—Extensión—Población—Gobierno—Bienes raíces


municipales, departamentales y nacionales—Límites del Municipio

CAPITULO II. Expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada —Ultimos soberanos chibchas—


Sabana de Bogotá—Fundación de Bogotá en 1538—Primera misa en la villa de Santafé—El
fundador de Bogotá—Nueva Fundación de Bogotá y organización del Gobierno—Título y
armas de Bogotá—Primeras mujeres españolas—Progreso material de la ciudad—Real
Audiencia

CAPITULO III. Fundación de los conventos de Santo Domingo y San Francisco de Bogotá—
Lugares que ocuparon—Protectores de estas Ordenes monásticas—La casa de los
Virreyes—Lo que fue en los tiempos de la colonización la capilla de la Veracruz. Primeras
cátedras de Gramática y Filosofía que hubo en Santafé —Caída de Montaño—Ministros de la

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Real Audiencia—El Coro catedral de Santa Marta se traslada a Santafé—Primer Sínodo
Diocesano—Erección de la iglesia Metropolitana y primeras catedrales—Primeros
Arzobispos—Primer Sínodo Diocesano—Antiguos cementerios—Notables habitantes de la
capital—Progresos del comercio—El Humilladero—Plaza de San Francisco

CAPITULO IV. Organización del ramo de Correos—Convento de carmelitas—Fundación del


convento de San Agustín—Se erige éste en máximo—Noticias sobre el edificio—Colegio de
San Nicolás de Bari—Lo que es el templo de San Agustín—La batalla de Lepanto—
Autonomía nacional—Mejoras en las vías de comunicación —Empleados en la Audiencia—
Primera epidemia de viruela en Bogotá—Sepárase del Gobierno Venero de Leiva—No quiere
sucederle Gedeón de Hinojosa—Es nombrado Presidente el Oidor don Francisco Briceño—
Su muerte

CAPITULO V. Gobierno dé la Audiencia—Costumbres de aquellos tiempos—La bella


santafereña—Los nobles de la época—Las alcantarillas de la Sabana —Matrimonios —
Nueva Audiencia, presidida por don Lope Díez Aux de Armendáriz—Causa seguida al Oidor
Cortés de Mesa—El Visitador Monzón—Asesinato de Juan de los Ríos—Castigo de los
reos—El Visitador Orellana y otros Oidores—Una obra pía—La ermita de Belén—Juzgado de
Difuntos—Severidad del Oidor Pérez de Salazar—La fuente de la plaza—Cambios en el
Gobierno—Segunda epidemia de viruela y primer médico que ejerció en Santafé

CAPITULO VI. Fiestas religiosas en honor de Santa Isabel, hija del Rey de Hungría—Seminario de
San Luis—Parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves—Un robo memorable—Parroquia de
Santa Bárbara—Un voto—La imagen de Santa Bárbara—Los ojos de San Roque—Algunas
pinturas dignas de mención—Vejeces—Parroquias de Santafé—Fiestas religiosas. Cómo
murió el Arzobispo Zapata—Es nombrado tercer Arzobispo de Santafé don Alonso López
Dávila—Muere sin venir al Nuevo Reino—El Arzobispo Martínez Menacho— Fallece en
Cartagena—Es nombrado Arzobispo fray Andrés Caso—No ejerce

CAPITULO VII. Nuevo G6bierno—El Presidente Antonio González—Tierras realengas y origen de


la propiedad raíz—Muerte del último conquistador—Traslación de los restos de Quesada.
Cómo se ejecutaban los reos—Honda—Renuncia de González. La parroquia de San
Victorino—Area de la Plaza de Nariño. El Presidente Francisco de Sande—La Compañía de
Jesús se establece en Bogotá—Llega el Arzobispo Lobo Guerrero—Funda el Colegio de San
Bartolomé—El arquitecto Juan B. Coluccini—Templo de San Carlos—El hermano Luisinch —
Progresos de la ciudad—Fundación del monasterio de La Concepción—Recuerdo de una
capellanía—El Presidente Sande—Lo que de él cuenta la crónica—El Visitador Salierna de
Mariaca. Mueren éste y el Presidente Sande—La Audiencia—El Puente de San Agustín y las
crónicas que recuerda—Muerte de Felipe II—Le sucede Felipe III

CAPITULO VIII. Don Juan de Borja, Presidente—Los pijaos y los pantágoras—Jurisdicción de la


Audiencia de Santafé— Obispados sufragáneos del Arzobispado del Nuevo Reino—Ilustre
Ayuntamiento—Iglesia de Egipto—Convento de la Merced. Pinturas antiguas de Egipto—
Inscripciones del templo—Convento de San Vicente de Fucha—Origen del nombre del
caserío de San Cristóbal — La Recoleta de San Diego Descripción del templo y su sacristía—
Nuestra Señora del Campo—El Oidor Juan Ortiz de Cervantes—Su sepulcro San Victorio —
Varias pinturas

CAPITULO IX. Monasterio del Carmen—Controversia en España sobre órdenes monásticas -


Colegios de indios—Colegio de Gaspar Núñez o de Santo Tomás de Aquino—Promoción del
Arzobispo Lobo Guerrero—Fray Juan de Castro—El Arzobispo don Pedro Ordóñez y
Flórez—Tribunal de Cruzada—Casa de Moneda —Puentes sobre el San Francisco—Capilla
de Nuestra Señora de Monserrate—Muerte de Felipe III—El Arzobispo Arias de Ugarte—

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Primer concilio en Santafé — Fundación del monasterio de Santa Clara Un libro raro—
Retratos del Arzobispo Arias de Ugarte—Un santo en Bogotá—Iglesia de Santo Domingo—El
Arzobispo Julián de Cortázar y Azcárate

CAPITULO X. Fin del Gobierno de don Juan de Borja Muerte del Presidente—Su descendencia—
Otra vez gobierna la Audiencia—El puente de Lesmes—Presidencia de don Sancho Girón.
Su recepción—El Arzobispo don Bernardino de Almansa—Querellas entre el Arzobispo y el
Presidente—Simulacro de combate en el atrio de la Catedral - Reedificación de la iglesia de
La Veracruz—Una piadosa Hermandad—Los Cristos de la Veracruz—Monte de Piedad—Un
compromiso a perpetuidad—Nuevos Oidores—Nuevas querellas con el Arzobispo Peste de
Santos Gil—Quién era Santos Gil—Cómo murió el Arzobispo Almansa—Retrato de este
Arzobispo —Traslación de su cadáver a España—Un bogotano en la Cartuja Otra vez el
Hospital de San Pedro—El primer protomédico—Triunfo de la Universidad Tomística—Fin del
Gobierno del Marqués de Sofraga. Gobierno del Presidente Martin de Saavedra y Guzmán—
Llegada del Arzobispo fray Cristóbal de Torres—Continúan las disputas entre los dos
poderes—Fundación de la Inclusa en Santafé—Juzgado de intestados—Junta del
Montepío—Fundación piadosa de Francisco de Mendoza.

CAPITULO XI. Reconstruye la iglesia parroquial de Las Nieves el bachiller Jacinto Cuadrado
Solanilla—La calle del Panteón. La pila de Las Nieves—Cómo se daba un hábito de
caballero. Fundación de la iglesia y convento de Las Aguas—La Virgen de Las Aguas—
Cuadros dignos de mención—El Espeluco de Las Aguas—Curiosa leyenda—La capilla de
San Antonio Retrato del Arzobispo Urbina—Monasterio de Santa Inés—Fin del Gobierno de
Saavedra y Guzmán Nuevo Gobierno de la Audiencia—El Presidente Córdoba y Coalla—Un
leproso en Santafé - Opiniones autorizadas del doctor Montoya y Flórez sobre la lepra en
Colombia—Curiosa acta del ilustre Ayuntamiento de Santafé — Viruela, sífilis y lepra,
enfermedades de importación europea—Otros garnachas de la Real Audiencia

CAPITULO XII. Fundación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario - Clara visión del
fundador—El antiguo edificio del Colegio—Fachada de la capilla—La Bordadita—Retrato del
Arzobispo, por Figueroa—Retratos de colegiales—Retratos de profesores del claustro—
Retratos de algunos de los Rectores del Colegio— Retratos de próceres fusilados en la
guerra magna—Retratos de distinguidos servidores de la República—Retrato del Arzobispo
Rincón—Retratos de Felipe IV y de la Reina Margarita de Austria —El Patronato Real—
Autonomía del Colegio — Muerte del señor Torres—Su retrato en la Catedral

CAPITULO XIII. Gobierno del Presidente Dionisio Pérez Manrique de Lara—Defensa de nuestras
costas—Conato del Marqués de Santiago contra la chicha—Oidores durante este Gobierno.
Fundación del convento de recoletos de San Agustín en Santafé— Origen de la Orden, en el
Nuevo Reino—Vicisitudes de la Orden—Iglesia de La Candelaria—El último cuadro de
Vásquez—El artista Juan Antonio Velasco—La torre y el atrio. Un sitio histórico—La antigua
capilla de Las Cruces—Prisión y muerte del Deán Pedro Márquez—El estandarte de la
Inquisición —Fundación de la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe—El Visitador don
Juan Cornejo—Luchas entre los altos empleados—Prisiones sucesivas - Destierro de Pérez
Manrique. Regresa y muere en Bogotá - Los Arzobispos Diego de Castillo y Juan de Arguinao
- Gobierno de Egües y Beaumont—Carnicería—Obras públicas—El puente de San
Francisco—Puentegrande

CAPITULO XIV. La Capilla del Sagrario—Curiosa profecía.—La primera piedra—El antiguo altar
mayor—Su mérito arquitectónico—Cuadros de Vásquez—Muerte del Rey Felipe IV - Mal
Gobierno de la Corte de Madrid—Obsequio de Santafé de Bogotá a la Reina Mariana de
Austria—El ilustre Ayuntamiento de Santafé—Muerte de Egües y Beaumont—Presidencia de
don Diego de Corro Carrascal—Gobierno del Presidente Villalba y Toledo—Se termina el

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Puentegrande—Muerte de Villalba. El Obispo Presidente Liñán y Cisneros - Fin de su
Gobierno. Tres Presidentes en el Nuevo Reino—Fundación del noviciado de los jesuitas
(Hospicio)—Mal Gobierno de los Oidores. Llega el Presidente Castillo de la Concha—Muerte
del Arzobispo Arguinao, y retratos que de él se conservan—Recopilación de las Leyes de
Indias

CAPITULO XV. El Arzobispo Sanz Lozano—Una obra pía—Otra disidencia entre los poderes civil y
eclesiástico—Muerte de Castillo—Gobierno interino de Sebastián de Velasco—El tiempo del
ruido—La fiesta de San Juan—Muerte del Arzobispo Sanz Lozano—Su retrato—Muerte del
Obispo historiador Piedrahita—Nueva epidemia—Llega el Arzobispo Urbina—Segunda
prohibición del uso de la chicha—Propiedad de las aguas de la ciudad—Leyenda del venado
de oro—Segunda y tercera reconstrucción de la capilla de Belén—Un curioso milagro—
Escritores bogotanos del siglo XVII—Porqué son dignos de mención—La historia en la época
moderna

CAPITULO XVI. Muere Carlos II de Austria—Sube al trono Felipe y de Borbón—Providencias


eclesiásticas y civiles sobre conventos en América—Se designa a San Luis Beltrán patrono
del Nuevo Reino— Muerte del Arzobispo Urbina—Retratos que de él se conservan—El
Presidente Laso de la Vega—Responsabilidades de Cabrera y Dávalos—Gobierno del
Arzobispo Presidente Cosio y Otero—Fundaciones de la capilla de La Peña. La nueva
iglesia—Costumbres privadas y públicas de los Oidores—La música en la Colonia—Diversos
instrumentos—El torbellino—El bambuco—Profesores distinguidos—Música religiosa y
profana—El maestro Juan de Herrera, músico y profeta—Su testamento —Su retrato—El
maestro Juan de Dios Torres

CAPITULO XVII. Muerte del artista Gregorio Vásquez Ceballos. Su partida de bautismo—Noticia
sobre su vida—¿Dónde está su sepulcro?—La casa en que habitó Vásquez—Ordenanza que
honró su memoria—Autorretrato de Vásquez—Uno de sus más notables cuadros—Latines
del pintor—Interpretación de Urdaneta—Medallón en la Escuela de Bellas Artes—Juicios
acertados sobre Vásquez—Los genitores de la pintura en la Colonia. Puente de Bosa, sobre
el río Tunjuelo—Muerte del Arzobispo Cosio y Otero—El Presidente don Francisco Metieses
de Sarabia y Bravo—Otra lucha entre el Cabildo eclesiástico y la Audiencia—Curiosos
detalles—Conspiración contra el Presidente Meneses—Gracioso manuscrito La Bruja—
Causa y muerte de Meneses—Cantinelas populares—Gobiernos interinos de Infante de
Venegas y del Arzobispo Rincón

CAPITULO XVIII. Erección del Virreinato del Nuevo Reino—Don Antonio de la Pedrosa y Guerrero,
primer Virrey—Fundación del Colegio de San Buenaventura en Santafé— Conseja sobre el
fundador—Villalonga, segundo Virrey—Noticias sobre su Administración—Supresión del
Virreinato—Retrato de Villalonga. Inscripción al pie del lienzo—Nuevos Oidores—Muerte del
Arzobispo Rincón—Traslación del Hospital de San Pedro al de San Juan de Dios—Noticias
sobre Villamor—Su retrato. Un libro del Padre Villamor—Funerales dignos de mención. Las
reliquias de una monja—La iglesia de San Juan de Dios. Abdicación de Felipe y—Jura
Santafé al Rey Luis i—El Presidente Manso Maldonado—Su Gobierno y sus informes—
Algunas causas del estado de atraso de la Colonia—Vuelve a gobernar la Audiencia—El
Arzobispo Alvarez de Quiñones—El Palacio arzobispal—La mejor custodia de Bogotá—
Apoderado del Arzobispo Alvarez en el ejercicio de su cargo—Retrato de Alvarez,
inscripción—Gobierno eclesiástico de un bogotano

CAPITULO XIX. La Audiencia—El Presidente don Rafael de Eslava—Carencia de noticias - sobre


su Gobierno—Su muerte. Efímera Presidencia de don Antonio González Manrique—Su
fallecimiento—Gobiernan los Oidores—El Presidente don Francisco González Manrique—El
Oidor Verdugo y Oquendo—Acueducto del río Fucha—Un acuerdo municipal—Otra

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epidemia—El Arzobispo fray Juan de Galavis Su retrato e inscripción—Curiosa teoría
económica—Introducción de la imprenta al Nuevo Reino—El primer libro impreso en Bogotá.
Su portada—Francisco de la Peña, primer tipógrafo—Restablecimiento del Virreinato—El
Virrey Eslava—Su retrato e inscripción—Verano y temblores—El terremoto de 1743 —El
Arzobispo Vergara—Colegio agustino de San Nicolás de Bari. Muerte y retrato del señor
Vergara—Barasorda, Provisor. Muerte de Felipe V—Oración fúnebre de Barasorda en las
exequias de Felipe V—Sucede a éste Fernando VI—Fallecimiento de algunos Oidores—
Personal de la Audiencia—El Arzobispo don. Pedro Felipe de Azúa—Ultima inútil prohibición
sobre el uso de la chicha—Regalía para fabricar moneda—Supresión de la regalía—
Empleados del Rey en la Casa de Moneda—Paz con Inglaterra—Nuevos Oidores—El Virrey
Pizarro—Su Gobierno—Ceremonial civil-eclesiástico—Fin del Gobierno de Pizarro—Su
muerte—Su retrato—Muerte del señor Barasorda

CAPITULO XX. Ceremonial de la recepción del Virrey Solís. Muerte del Arzobispo Azúa—Su
retrato—Gobierno de Solís. Calzada de Occidente—Puente de San Antonio Puente de
Sopó—Casa de Moneda—El acueducto y el paseo de la Aguanueva—Primera cátedra de
Medicina en la Colonia—Don Vicente Román Cancino— Muerte de la Reina María Teresa.
Casa de oficinas de Gobierno — Medidas administrativas de Solís—El Cardenal don
Francisco de Solís—Fiestas en su honor—Las corridas de toros en América Mejoras locales.
Muerte de Fernando VI—Jura de Carlos III—Epidemia de peste en 1760—¿Fue la
bubónica?—Solaces de la vida del Virrey Solís—Las Marichuelas—Anécdotas curiosas sobre
Solís—Generosidades de este Virrey—Auxilios al templo de La Tercera y al Hospital de San
Juan de Dios—Entrega el mando al Virrey Zerda—Viste el hábito de la Orden franciscana—
Disposiciones del Virrey-Fraile—Similitud de Solís con Carlos V—El cráneo del Virrey Solís—
Retratos que de él se conservan e inscripciones—Las campanas y el antiguo reloj de San
Francisco

CAPITULO XXI. Concordato de 1753—El Arzobispo Arauz, su muerte, inscripción de su retrato—


Nuevo Gobernador del Arzobispado—El templo de La Tercera—Sus protectores—Titulo de
merced de la plaza de San Francisco—Estudio artístico del templo de los terceros—
Opiniones de un extranjero sobre La Tercera —Portada y torre de la iglesia—El Virrey Messía
de la Zerda—Medidas de Gobierno —Incendio del templo de Santo Domingo—La guerra de
los siete años—Se desploma la cúpula de San Ignacio—Reglamentos de comercio—
Primeros títulos de nobleza concedidos a colonos del Nuevo Reino—Dificultades para el
tránsito de España a América—Los dos primeros Marqueses—Querellas del Marqués de San
Jorge—Puentes de Sopó, Bosa y Puente Aranda—Inscripciones—Fábrica de pólvora en el
Aserrío—La futura quinta de Nariño—La sociedad del Virrey Zerda—El libro de Calvo de la
Riva—Sor María de Santa Inés, taumaturga—Curiosísimos documentos —La Bula de
Cruzada

CAPITULO XXII. Célebre real Pragmática de 1767—Noticias sobre el Fiscal Moreno y Escandón—
Hostilidades de Carlos IIIcon la Compañía de Jesús—El 31 de julio de 1767—Autorizadas
opiniones—Bienes raíces de los jesuitas en Bogotá y sus aledaños—Curiosa crónica sobre
las riquezas de los jesuitas. Disturbios entre los Claustros de San Bartolomé y el Rosario.
Intervención del Arzobispo—El bogotano Antonio Paniagua. Primeros Rectores de San
Bartolomé después del extrañamiento —Clemente XIV extingue la Compañía—Noticias sobre
ella hasta 1802—Mejora en el ramo de Correos—El Rey lo declara servicio oficial—El Virrey
Zerda establece oficinas y estafetas—Otras noticias sobre este ramo

CAPITULO XXIII. Estado de la instrucción pública en Santafé bajo el Gobierno de Zerda—Don


José Celestino Mutis—Su llegada al Nuevo Reino—Se establece en Santafé—Ejercicio de la
medicina—Atrasadas preocupaciones—El diario de Mutis—Curiosos remedios—Costumbres
populares y sociales—Susto de un cirujano—La flora de Bogotá—Primera cátedra de

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matemáticas en el Colegio del Rosario—Lamentable atraso científico. Excursión de Mutis a
Guadalupe —Abandono de la instrucción pública—Descuido absoluto de la educación de la
mujer—Se funda el primer instituto de educación para el bello sexo—Quién fue doña
Clemencia Caicedo—El Oidor Amóstegui—Cédula que permitió la fundación de La
Enseñanza— Riquezas de la señora de Caicedo—Fin de la obra—Sepulcros de los
fundadores—Sus epitafios—Adelantos positivos de la instrucción pública—Testamento de
Clemencia Caicedo—Mayores rentas de La Enseñanza—Primeros patronos y primer
capellán—Albores de nuestra Independencia—Supresión oficial del idioma chibcha—El
actual templo de La Enseñanza—Se titula iglesia de San Vicente de Paúl—Modernas
inscripciones

CAPITULO XXIV. El Arzobispo fray Lucas Ramírez—Sus cuentas alegres—Le sucede fray Agustín
Camacho y Rojas—Su duro carácter—Recibe el presbiterado don José Celestino Mutis.
Gobierno eclesiástico del señor Camacho—Gracejos contra el Arzobispo—Inscripción de su
retrato— Otra antigua inscripción. Junta de Temporalidades—Junta de Aplicaciones Plan de
estudios y proyecto de Universidad Pública—Se opone la Universidad Tomística —Porqué
cesó el culto en la iglesia de San Carlos—Influencia múltiple de Mutis—Por primera vez se
enseña en América el sistema de Copérnico—Oposición sistemática de los dominicanos—
Opiniones respetables—Relajamiento de las órdenes religiosas—Anterior sistema de
educación. Nuestro respeto al pasado—Algunos puntos de la Administración del Virrey
Zerda—Fin de su Gobierno—Su muerte—Su trato—Gobierno del Virrey don Manuel de
Guirior—Primer Concilio Provincial — Se suspende indefinidamente. Necesidad de la
fundación de una Universidad—La establece Guirior. Ideas del Fiscal Moreno—Se establece
la Real Biblioteca—Importancia de esta creación— Primeros bibliotecarios. Otras medidas
administrativas de Guirior—Primer censo de Bogotá. Retrato de Guirior e inscripción— Fin de
su Gobierno —Esplendor de su persona y familia

CAPITULO XXV. El Virrey don Manuel Antonio Flórez—Primeras medidas de su Gobierno—


Segregación de Provincias venezolanas—El Arzobispo Alvarado y Castillo—Es promovido—
Su muerte—Inscripción de su retrato—Organización de los reales hospicios—Meritoria labor
de Moreno y Escandón—El Padre Pamplona—Sus similitudes con el Virrey Solís—Fundación
del Hospicio de capuchinos - Llegada del Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres—
Facultades omnímodas del Visitador sobre asuntos de Hacienda—Nueva guerra de España y
Francia contra Inglaterra—Parte el Virrey Flórez para Cartagena—Delega facultades
administrativas—Medidas sobre Hacienda del Visitador Gutiérrez de Piñeres—Eliminación de
pequeños poblados—Causas de descontento general—El Nuevo Arzobispo Caballero y
Góngora—Alborotos de los Colegios de San Bartolomé y el Rosario—Nacimiento de una
Infanta española—Venta de una esclava—Sillas para el Viático—Coronación de San José—
Se ausenta Moreno y Escandón—Su muerte y sus retratos—Consideraciones del por qué
cerramos aquí el primer volumen

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Prólogo de la primera edición.
Pocas ciudades de América conservan tan numerosos archivos como Bogotá: el nacional, el
histórico, el departamental, el municipal, el del Congreso, el del Arzobispado, los parroquiales, los
manuscritos de la Biblioteca Nacional y varias colecciones de documentos de propiedad particular;
y pocas ignoran tanto su historia.

El descuido ha sido deplorable, Es cierto que se han publicado algunas Guías de la ciudad,
desde 1793 en adelante, en las cuales se ha dado cabida a noticias y relaciones más o menos
completas de la historia local de la ciudad, en lo general concisas y sin atractivo y adulterando
hechos y fechas; pero es lo cierto que se ha carecido de un libro que estudie, con método y
verdad, el origen de los monumentos públicos y de otros edificios dignos de mención; que recuerde
la etimología de los nombres populares de las calles y de las plazas; que compile el origen de las
crónicas, leyendas y tradiciones al lado de la severidad histórica de los grandes acontecimientos;
que recuerde las distintas nomenclaturas de las vías públicas, y que consigne los nombres de los
gobernantes y los de los hijos distinguidos de la capital. En una palabra: la fisonomía moral y
material de la ciudad, en los tres siglos y medio que cuenta de existencia, no se ha estudiado hasta
el presente con método y detenimiento. Los puntos culminantes de su pasado los han consignado
los historiadores nacionales, obedeciendo al extenso plan de la historia política, civil, religiosa y
militar del país, sin poder romper las especiales condiciones en que escribían, para detenerse a
relatar la entrada de un Virrey o de un Arzobispo a Santafé, la jura de un nuevo soberano en la
Colonia, las fiestas civiles y religiosas de lejanos tiempos, los trágicos acontecimientos de interés
limitado al terruño y los anales de un edificio, de un paseo o de una plaza. En esos libros, cuyas
páginas encierran los progresos y los dolores de la patria, con frecuencia se toca la historia de
Bogotá, porque ella es la historia de todo un pueblo, pero incidentalmente, sin unidad, sin paciente
investigación, sin consignar incidentes, ni consejas, ni leyendas, ni tradiciones; dichas relaciones
no hacen conocer la vida local, a veces alegre y bulliciosa, a veces sembrada de dolores y
espinas.

Los asuntos de que tratamos los hemos estudiado con detenimiento; los hemos consultado
en numerosos manuscritos, cubiertos por el polvo de siglos, y en cuanta noticia impresa nos ha
sido dado hallar en libros y periódicos, antiguos y modernos. Sin pretender que se nos tenga por
eruditos, citamos los autores de donde hemos tomado lo que referimos, como prueba de la verdad
de las aseveraciones que dejamos consignadas. Con frecuencia transcribimos escritos y
documentos fehacientes, especialmente en crónicas y apreciaciones artísticas, inéditos muchos de
ellos, pues hemos querido conservarles el sabor que les dio el autor en tiempos ya remotos, y la
amenidad de estilo a escritos recientes.

Por lo general seguimos orden cronológico; de él nos apartamos para estudiar materias que
por sus antecedentes y consecuencias requieren clara y concreta exposición, pues en realidad
este libro encierra asuntos heterogéneos difíciles de compilar siguiendo orden determinado con
severa obediencia.

Al publicar este trabajo creemos llenar un vacío de la historia nacional, aún no escrita,
después quizá imposible o muy difícil de colmar, pues gran caudal de datos los hemos recogido de
las generaciones que están desapareciendo, tradiciones orales que el tiempo desfigura y borra, y
de documentos que hacen parte de archivos privados, que no podrán consultarse fácilmente por
quien emprenda tarea semejante a la nuestra.

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No tenemos la pretensión de haber hecho una obra completa: agradeceremos toda
indicación, toda rectificación y toda nueva noticia que complemente nuestro trabajo para edición
posterior; creemos que la crítica bien intencionada es una enseñanza, y de ella nos
aprovecharemos. Cuanto a la que no se funda en bases sólidas no la tememos, pues creemos con
el Padre Benito Feijoo: “que no hay más rígido censor de un libro que aquel que no tiene habilidad
para dictar una carta.”

Bogotá, como toda ciudad que cuenta siglos de existencia, tiene sus glorias; no solamente
sus hijos, sino todos los colombianos, mirarán con simpatía, de ello estamos seguros, que
recordemos los lugares inmortalizados por los grandes hombres que brillaron en otros tiempos. Los
recuerdos del pasado nos hacen vivir múltiple vida: estamos persuadidos de que no solamente las
glorias militares son las glorias de la Patria; el saber, la virtud y el patriotismo son aureola de
legítimo orgullo para la Nación; himno de reverente gratitud elevamos a los colombianos ilustres
que unieron su nombre al de la capital de Colombia y a los hilos de ésta que supieron ilustrar sus
nombres legando útiles enseñanzas a la posteridad.

EL AUTOR

Bogotá, 6 de agosto de 1891, CCCLIII aniversario de la fundación de la ciudad.

Prólogo de la segunda edición.


Agregamos a lo dicho en el prólogo de la primera edición, que este libro no ha sido
improvisado; que lo hemos formado paulatinamente, con amor a la verdad y a la Patria, y que esta
segunda edición de las Crónicas de Bogotá ha sido llevada a cabo mediante cuatro lustros de
paciente investigación.

Nos ha animado a la nueva publicación de esta obra el favor con que fue acogida la aparición
de las Crónicas de Bogotá en 1891. Nos han prestado valiosa y especial ayuda para la impresión
de ella dos miembros distinguidos de la Academia Nacional de Historia que ocupan actualmente
elevada posición oficial, los doctores Carlos E. Restrepo y Pedro M. Carreño; a ellos y a muchos de
nuestros colegas y amigos, cuyos nombres no consignamos en estas líneas por temor de omitir
algunos, presentamos cordiales agradecimientos.

Pero la justicia nos impone el deber de dar especiales gracias al doctor Roberto Cortázar,
miembro de número de la Academia de Historia, que ha sido nuestro brazo derecho en las difíciles
labores de la publicación de este libro.

Guardamos la esperanza de que esta obra sea útil no sólo a los amantes de los estudios
históricos, cuyo número es por fortuna muy crecido merced a los esfuerzos de la Academia
Nacional de Historia, sino a la mujer colombiana y a los niños, los cuales, según gráfica expresión
de Jules Ferry, tienen conciencia tan delicada que no se debe tocar sino con demasiado escrúpulo
como cosa sagrada que es.

EL AUTOR

Bogotá, 16 de julio de 1913, primer centenario de la Independencia absoluta de Cundinamarca.

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CAPITULO I
Situación—Clima—Hidrografía—Extensión— Población—Gobierno — Bienes raíces municipales,
departamentales y nacionales—Limites del Municipio.

La ciudad de Bogotá, capital de la República de Colombia y del Departamento de


Cundinamarca, está situada en la Cordillera Oriental de los Andes colombianos, en el extremo
oriental de la extensa planicie llamada Sabana de Bogotá, al pie de las eminencias que limitan la
llanura y que se llaman, de Norte a Sur: Monserrate, Guadalupe, Diegolargo (1) y La
Peña, contrafuertes que defienden la ciudad de los vientos fríos de los páramos de Choachí y de
Cruzverde, prolongación del de Sumapaz. La latitud de la ciudad es de 4° 36’ 6” norte, y la longitud
de 76° 34’ 8’’ al occidente del meridiano de París. La altitud, sobre el mar, es de 2,620 metros (2) .

La temperatura de la extensa y bella explanada es templada, 14°50 del centígrado,


pudiéndose fijar las observaciones nictermales entre 0° y 20°, a la sombra, por la notable
diferencia entre la temperatura diurna y nocturna, que baja en la noche por consecuencia de la
pureza del cielo, la diafanidad del aire y la irradiación considerable en las grandes alturas. Si se
atiende al estado higrométrico (75°) (3) , no obstante la evaporización activa, el clima es
húmedo, condición que aumenta en las estaciones lluviosas (marzo, abril y mayo; septiembre,
octubre y noviembre); y en los meses de junio y julio, durante los cuales caen frecuentes
lloviznas, formadas por el alisio del Sudeste que viene cargado de humedad desde el Océano
Atlántico hasta la vertiente occidental de esta cordillera. La cantidad anual de agua que cae en
la ciudad es de 1 metro 10 centímetros.

La presión atmosférica media es de 560,75; las oscilaciones barométricas son regulares, y la


amplitud entre la máxima y la mínima puede avaluarse en 2½ milímetros.

En los cerros del oriente de la ciudad nacen los siguientes riachuelos, que corren de Este a
Occidente: en Chapinero, barrio de la ciudad, dos arroyos llamados quebradas;. entre este barrio y
el de Las Nieves, el riachuelo del Arzobispo, que forma la cascada de La Ninfa; en el páramo de
Choachí nace el río San Francisco, que corta, con escaso caudal, la ciudad, dejando, antes de
entrar en ella, agua para el servicio del acueducto público; en los cerros de Guadalupe y La
Peña nacen dos arroyuelos llamados Manzanares y El Chuscal, origen del San Agustín, más pobre
en caudal que el San Francisco, y que a él se une en la carrera 13. Una milla al sur del área de
población corre el río Fucha, que nace en el páramo de Cruzverde, y a poco más de 5 kilómetros al
Sur, el Tunjuelo, el más caudaloso de los nombrados, embellece las inmediaciones de la capital.
Todos estos ríos desembocan en el Bogotá o Funza, Eunzha de los chibchas, y Patí de los
panches, que corre en el centro de la Sabana de Norte a Sur, y forma, al separarse de ella, la
magnífica cascada del Tequendama. Es el río Funza la grande arteria del sistema hidrográfico de
Bogotá y de la Sabana.

Mezquinos arroyuelos, llamados quebradas de Monserrate, San Diego, San Bruno, La


Mosca, San Juanito y La Calera, nacen en las faldas de los cerros y llevan sus escasas aguas a
los mayores ya nombrados. Las aguas de Bogotá son límpidas y excelentes para tomar, por lo
notablemente finas.

Las aguas de los riachuelos San Francisco, Arzobispo, Manzanares y El Chuscal, que surten
la ciudad, son suficientes para una población mayor que la de Bogotá. Don Manuel H. Peña,
distinguido ingeniero, en 1891, por aforos minuciosos, aceptados por el ingeniero norteamericano
Lockett, estima en veinte millones de litros diarios el mínimum de agua disponible.

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Si disminuyese el agua de las fuentes ya enumeradas, y el aumento de población y el
desenvolvimiento de industrias lo exigiese, podría traerse a la ciudad el agua del río Fucha, desde
el punto llamado San Cristóbal, al pie de la serranía, que tiene un caudal de 500 litros por segundo,
o sean cuarenta y tres millones en veinticuatro horas, agua suficiente para 400,000 habitantes (4) .

El aumento de población y de industria que ha tenido la ciudad después de 1891, en que


escribimos las anteriores líneas, han dado por resultado que el honorable Concejo Municipal de
1912 haya dispuesto acertadamente que se tome una parte de las aguas del río Fucha para
enriquecer el acueducto público de la ciudad. Caso de necesidades en el porvenir, le quedan a
Bogotá, como reserva, las abundantes aguas del río Tunjuelo y las del río Bogotá.

Bogotá tiene aproximadamente una extensión de 6 kilómetros de Norte a Sur, y más de 2 de


Oriente a Occidente, y está dividida en los siguientes barrios o cuarteles: Chapinero, Sucre, Las
Aguas, Egipto, Las Nieves, La Catedral, Santa Bárbara, San Victorino y Las Cruces.

Bogotá tenía en 1891 setecientas veinte casas altas, de dos pisos en su mayor parte; tres mil
setecientas bajas, cuatro mil setecientas treinta tiendas y novecientas casas pajizas (ranchos) en
los suburbios, lo que daba un total de diez mil cincuenta locales (5) .

En agosto de 1895 se publicó en el Registro Municipal, y se reprodujo en El Diario, periódico


de Bogotá (números 14 y siguientes), una estadística de los barrios de la ciudad, formada por los
Inspectores Municipales, de la cual tomamos los siguientes datos:

Barrio de la Catedral—Límites oficiales: por Oriente, con el páramo de Cadillal; por


Occidente, con la carrera 11; por el Norte, con la calle 15 (de los Carneros), y por el Sur, con la
calle 8.ª (Plaza de San Agustín).

Comprende este radio 11 carreras, 9 calles, divididas en 320 cuadras, que encierran 80
manzanas.

En el barrio hay 3,400 casas, divididas así: 1,400 de más de un piso, 2,000 de un solo piso,
todas cubiertas con teja y unas pocas con metal, y 2,000 cubiertas con paja; 2,000 tiendas de
habitación; 23 edificios públicos; 14 templos; 4 plazas, dos de ellas de mercado; 19 planteles de
educación, a los cuales concurren 2,500 alumnos; 7 minas de hulla; 900 almacenes de comercio; 5
bancos; 20 hoteles; 10 imprentas; 15 boticas, y 254 talleres de artes mecánicas.

Barrio de Las Nieves—Limites oficiales: par el Oriente, la carrera 4 ª, desde la calle 17 hasta
la calle 22, y esta calle al Oriente, hasta el páramo de El Verjón (límites con el Municipio de
Choachí); por el Occidente, la carrera 17, desde la calle 17 hasta el camino que conduce
a Sansfaçón, y límites del Municipio de Engativá; por el Norte, el río del Arzobispo, desde el
páramo de El Verjón hasta los límites con el Municipio de Engativá; por el Sur, la calle 17, desde la
carrera 4.ª hasta la 17.

Comprende este radio 8 carreras y 11 calles, que forman 49 manzanas.

En el barrio hay 1,042 casas, subdividas así: 107 de más de un piso; 920 de un piso,
cubiertas con teja, y 15 de paja, sin incluir las construidas en el Alto de San Diego, que no están
numeradas; 216 talleres y tiendas de comercio, y 5 planteles de educación, a los cuales concurren
219 alumnos. En 1894 hubo en este barrio 500 bautismos, 80 matrimonios y 90 entierros, según
los libros parroquiales.

10

En aquel año éstos eran los dos barrios más importantes de la ciudad, razón por que no
insertamos la estadística de los restantes, que era inferior en ese tiempo, y porque puede
consultarse en los periódicos nombrados.

La Junta de Catastro de 1906 publicó los siguientes datos estadísticos, que señalan el
aumento de edificaciones de la ciudad:

Cuadro de las manzanas y casas de los barrios en que está dividida la ciudad.

Barrios Manzanas Casas.

Chapinero 39 465

Egipto 22 505

Catedral 34 529

Las Aguas 16 569

Las Cruces 17 668

Las Nieves 54 1,334

San Pablo (Veracruz) 33 612

Santa Bárbara 41 1,251

San Victorino 43 993

TOTAL 299 6,926

El barrio de Chapinero tenía en 1906 marcadas en el plano levantado por el señor Gregorio
Hernández, 84 manzanas, pero de éstas no se computan en el anterior cuadro sino las que por
tener habitaciones lo son ya de hecho.

También en el barrio de Las Cruces hay varias manzanas en formación.

11

Por los años de 1670 a 1680 no contaba Bogotá sino 3,000 vecinos; al principiar el siglo
XVIII no alcanzaba a 10,000; según el censo de 1723, tenía 20,000 habitantes y 1,770 casas; en
1776 dio el censo 19,479; en 1793 contaba 17,725 habitantes; el Correo Curioso publicó en 1801
un padrón, cuyo total alcanzó a 21,394 almas; el censo de 1843 dio 40,086; el de 1851 dio 29,649,
sin duda por error al levantarlo; el de 1870 dio 40,883; el de 1881, 84,723, y el de 1884, dio por
total 95,813 habitantes. La población actual es de 128,000 almas.

El Gobierno de la ciudad está a cargo de un Concejo Municipal, compuesto de trece Ediles


principales y trece suplentes, y de un Alcalde; además hay: un Personero, un Tesorero, un Director
de Obras Públicas del Distrito, cinco Juzgados Municipales y once Inspecciones de Policía, que
sostiene el Municipio.

Existe un Consejo Administrativo del Municipio, que interviene en las obras públicas, de
acuerdo con el Ingeniero Municipal. Cada barrio tiene su Inspección de Policía, marcadas con los
ordinales 1 a 11 ; y una está radicada en el caserío de San Cristóbal.

Actualmente, 1912, posee el Municipio de Bogotá los siguientes bienes raíces: el Palacio
Municipal; el edificio que ocupa la Policía Nacional; el Teatro Municipal, con zonas cedidas por el
Gobierno Nacional, y tres cuartas partes de las acciones de la Compañía explotadora; la Plaza de
Mercado Central; la de Carnes; la de Mercado de Las Nieves; el Cementerio Central; el Asilo de
Indigentes de Tresesquinas; el Matadero Público; una quinta en Chapinero; el coso; el hospital
de Los Alisos; diez y siete casas en distintas ubicaciones, numerosos lotes, solares, rondas del río
San Francisco; varios terrenos, y un reloj que actualmente presta servicio en el campanario de la
parroquia de Egipto. Además, es dueño del tranvía y sus dependencias.

Los bienes raíces del Departamento de Cundinamarca. ubicados en Bogotá, 1912, son: el
Pasaje Rufino Cuervo; el Panóptico; el Colegio de La Merced; la Escuela Normal de Institutores; la
Cárcel de menores (Paiba); el Palacio de la Gobernación; la Cárcel de Detenidos (San Francisco);
El Hospicio; el antiguo Asilo de Locos (San Diego); el Hospital de San Juan de Dios; el Molino de
La Hortúa, cedido per la Nación para edificar los asilos; Casa de Niños Desamparados, en la calle
13, actualmente a cargo del Gobierno Nacional; trece casas, un almacén, dos casas para escuelas
y un lote.

La Nación posee los siguientes bienes raíces en Bogotá: Capitolio Nacional; Palacio de La
Carrera; Palacio de San Carlos; cuarteles de San Agustín; cuartel de la Plaza de los
Mártires (Quinta de Segovia); la Escuela Militar; Palacio de Santo Domingo; El Aserrío
(actualmente manicomio para mujeres); la Casa de Moneda; la Escuela de Artes y Oficios;
Facultad de Ingeniería; Facultad de Derecho y Ciencias Políticas; Facultad de Medicina y Ciencias
Naturales; Conservatorio de Música; Escuela de Bellas Artes; edificio de San Bartolomé; edificio
del Museo, Biblioteca Nacional y Salón de Grados; Imprenta Nacional; Litografía Nacional; el
Palacio del Delegado Apostólico; el Observatorio Astronómico; el Polígono del Tiro; el Teatro de
Colón; los edificios del Parque de la Independencia; la Escuela de Comercio; edificio del Buen
Pastor; hospital Militar; Cuerpo de Bomberos; Escuela Normal de señoritas; Ferrocarriles de la
Sabana y del Sur; doce casas; dos lotes, y parque de bacuna.

Los límites del municipio de Bogotá, según la Ley cundinamarquesa número 26 de 1883 y
varias ordenanzas anteriores, son los siguientes:

Por el Norte, el riachuelo de La Cabrera, hasta su reunión con el río Negro en el camellón o
camino público del Norte; y de este punto, siempre aguas abajo, a su confluencia con el río del
Arzobispo y desagüe en el de Funza, en el sitio de Puentelargo;

12

Por el Occidente, de Puentelargo al camino que conduce de Bogotá a Engativá, y de aquí,
hacia el Sur, por los linderos de las haciendas de El Salitre y Camavieja; después, atravesando el
río San Francisco, sigue por la vía que separa la hacienda de Franco del potrero de Flórez, hasta
dar al camellón de Occidente, en la margen derecha del río Fucha;

Por el Sur, río Fucha aguas arriba, hasta pasar al frente de la puerta Joaquín y llegar a los
pantanos de Muzú; de ahí, por la hacienda de este nombre y la de la Laguna, a salir al camino de
Usme, y luego por los molinos de Chingaza y las colinas inmediatas, a subir al cerro o páramo de
Cruzverde.

Por el Oriente, el cerro de Cruzverde, siguiendo dirección norte, sobre la cordillera, en las
cimas de Matarredonda, Rajadero y Sarnoso, hasta el Alto de Tenavista; de aquel punto al
Noroeste, por la piedra Ballena, que es el nacimiento del riachuelo La Cabrera (6) .

(1) Diegolargo es el nombre de un arroyo que corre en las faldas orientales


de Guadalupe; antiguamente se le daba esta denominación, que hemos conservado, a la
eminencia sur del cerro de este último nombre.

(2) La latitud de Bogotá, según Humboldt y Codazzi, es de 4° 35’ 48’’, según Mosquera, de 4° 36’
O”, y según Caldas, la mencionada arriba, adoptada últimamente por los geógrafos nacionales.
Algunos autores, siguiendo las observaciones de los viajeros alemanes W. Reiss y Stubel, hechas
en 1868—69, le dan por altitud 2,611 metros a la ciudad, y sobre ella 521 a Monserrate y 610 a
Guadalupe.

(3)64° 5 del higrómetro de Saussurre, según don Felipe Pérez, Geografía. General de
Colombia, página 396.

(4) El correo Nacional número 407, de 5 de febrero de 1892.

(5) Don Isaac Arias Argáez, en las Observaciones para la higiene de Bogotá, 1890, fundado en el
catastro y en cuidadosa inspección personal, obtuvo un total de 9,872 locales, sin incluir el barrio
de Chapinero. No comprenden estos guarismos los templos y edificios públicos. En la extensión
del área de población no está incluida la de Chapinero, cuartel de construcción especial, en el cual
las casas están, en lo general separadas, ocupando área considerable.

(6) Por decretos de la Gobernación del Distrito Capital, Administración Reyes, se le agregaron al
Municipio los Corregimientos de Pasquilla y Nazaret, situados al sur de la ciudad y que no forman
con ésta suelo continuo.

13

CAPITULO II
Expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada—Ultimos soberanos chibchas. Sabana de Bogotá—
Fundación de Bogotá en 1538—Primera misa en la villa de Santafé—El fundador de Bogotá—
Nueva Fundación de Bogotá y organización del Gobierno—Título Y armas de Bogotá—Primeras
mujeres españolas—Progreso material de la ciudad—Real Audiencia.

HERNAN Cortés y Francisco Pizarro acababan de realizar las conquistas de Méjico y del
Perú cuando don Gonzalo Jiménez de Quesada, el más ilustre entre los conquistadores del Nuevo
Reino de Granada (Tierrafirme), salió de Santa Marta en abril de 1536, a la cabeza de 820 infantes
y 80 caballos, con el fin de recorrer las ásperas y desconocidas montañas de las riberas del
caudaloso río Magdalena. Venciendo grandes dificultades, luchando con la naturaleza y los
primitivos habitantes, llegaron los conquistadores, después de un año de penalidades, a tierras de
suave clima, cubiertas de verdura y sementeras, habitadas por la nación chibcha. Solamente 166
hombres y 80 caballos habían coronado la cumbre de !os Andes colombianos; el resto de la
expedición había desaparecido destruida por las enfermedades y por las flechas indígenas.

No es nuestro ánimo relatar la marcha de los expedicionarios desde las tierras de Vélez hasta
la Sabana de Bogotá, asunto extraño a este trabajo; creemos suficiente decir que en febrero de
1537 salieron los españoles de las inmediaciones de Vélez, y siguieron marcha al Sur, pasando
por los poblados chibchas llamados Ubazá, Turca o Pueblohondo, Sorocotá, Moniquirá, Susa,
Tinjacá y Guachetá, adonde llegaron el 12 de marzo de 1537. Luego pasaron por Lenguazaque,
Cucunubá, Suesuca o Suesca, Nemocón, Busongote o Cajicá, Chía, Suba y Muequetá o Bácatá,
hoy Funza, capital de la nación chibcha, adonde llegaron un año después de haber salido de Santa
Marta. Recorrieron luego las poblaciones nombradas Bojacá, Techo, Engativá, Usaquén, Guasuca
o Guasca, Guatavita, Sesquilé, Chocontá, Turmequé, Icabuco, Tensa, Obeitá o Garagoa,
Somondoco, Ciénaga y Hunsa o Tunja, residencia del Zaque Quimuinchatecha, adonde volvieron
después de haber visitado a Paipa, Duitama y Sugamuxi o Sogamoso.

Vencido Quimuinchatecha, los españoles avanzaron, segunda vez, pasando por Paipa, Bonza
y Suesca, hasta la extensa y fértil llanura de Bogotá, donde el Zipa Tisquesusa, en medio de su
Corte, regía los destinos del pueblo chibcha. Quesada recorrió la Sabana de Bogotá, de Norte a
Sur, acompañado de 50 hombres; bajó al pueblo de Pasca, en tierras del Cacique Fusagasugá;
llegó por ásperos caminos a Tocaima; visitó las orillas ardientes del alto Magdalena, en la ribera
derecha; de allí regresó a Funza o Muequetá, donde lo esperaban sus compañeros en tan extensa
y penosa conquista. Huyendo de los conquistadores, se refugió Tisquesusa, soberano indígena, a
inmediaciones de Facatativá, donde murió a un golpe de ballesta, dado por el oscuro soldado
Alonso Domínguez; Zaquesazipa, primo hermano del desgraciado Zipa, le sucedió en el mando, y
aliado a los españoles, para luchar con la aguerrida tribu de los panches, alcanzó la deseada
victoria. Exigiéronle sus aliados que entregara los tesoros de su corona, y no habiéndolo logrado,
con felonía indisculpable le dieron tormento. Así murió el último soberano de los chibchas, la
tercera nación en América por su importancia política y social, rival en civilización de los aztecas y
de los hijos del Sol.

Desde aquel día la caza chibcha, sojuzgada por la española, fue degenerando en número y
en fuerzas; dominada por las armas, privada de cargos militares y civiles, excluida de los
santuarios religiosos, quedó viviendo en servidumbre, trabajando en el comercio y en la industria
para enriquecer a los conquistadores. Perdió pronto su religión, su idioma y su nombre, los tres
lazos más fuertes de una nacionalidad, y careciendo de cultivo su inteligencia, sin conciencia de su

14

fuerza, humillada hasta el servilismo, vegetó en el mismo territorio que le había pertenecido, en
condición muy semejante a la de la esclavitud.

La antiplanicie que hoy constituye la Sabana de Bogotá fue en tiempos apartados el


fondo de un lago inmenso. El abismo del Tequendama por el Sodoeste, y el boquerón de
Tausa por el Norte, indican los sitios por donde las aguas se abrieron paso, yendo a inundar
las tierras inferiores. Las lagunas de Cacunubá y Fúquene son señales de la inundación del
valle de Ubaté.

Sucedía al tiempo de la llegada de los conquistadores que el río Bogotá y los demás que
bajan de las cabeceras crecían de tal manera en el invierno, que cubrían gran parte de la
Sabana, hasta el punto que no se veía camino descubierto por dónde andar. Por tal razón el
Zipa, para precaverse de las inundaciones, había hecho construir en la falda de la cordillera
un sitio de recreo llamado Teusaquillo, adonde se retiraba con su familia en ciertas épocas
del año.

Apenas llegó Quesada a aquel lugar ameno y tendió la vista en redor suyo, vino a su
memoria el recuerdo de la hermosa Vega de Granada, en donde habla pasado sus primeros
años. Veía al Noroeste la serrezuela de Suba, que le hacía pensar en la Sierra de Elvira; las
colinas de Soacha le recordaban las del Suspiro del Moro, y los cerros de Monserrate y
Guadalupe se le asemejaban a los collados que a Granada circundan. Poseído de tan gratas
emociones, exageradas por su imaginación andaluza, no vaciló en elegir aquel sitio para el
establecimiento de una ciudad que hiciese estable su conquista, y al efecto ordenó que se
fabricasen, en conmemoración de los doce Apóstoles, doce casas cubiertas de paja, y se
diese principio a una capilla (1) .

Deseoso Quesada de regresar a España, pensó en dejar el Gobierno en manos de su


hermano Hernán Pérez, y resolvió darle forma militar. Para esto fue necesario crear un centro de
población. Encargó a los Capitanes Juan de Céspedes, Antonio de Lebrija, Juan de Sanmartín y
Gómez del Corral que buscasen sitio apropiado para el campamento de los conquistadores.
Después de recorrer la Sabana en todas direcciones, escogieron el sitio de Teusaquillo para fundar
la ciudad. Aguas abundantes de los riachuelos Vicachá, hoy San Francisco, y San Agustín, piedra
arenisca, arena, leña, arcillas, clima sano, fueron elementos que decidieron al conquistador a
construir doce casas y una iglesia, todo de madera y barro, y cubierto de paja. El 6 de agosto de
1538, en que se celebra por los católicos la Transfiguración del Redentor reunió Quesada a todos
sus soldados en el mismo lugar en que hoy se encuentra la Plaza de Bolívar. Allí llenó las
formalidades que se estilaban para dar solemnidad a esas ceremonias. Quesada se apeó del
caballo, arrancó algunas hierbas, dijo en alta voz que tornaba posesión formal de estas tierras para
que fuesen dominio del Emperador Carlos V, en cuyo nombre fundaba la villa de Santafé de
Bogotá. Luego desenvainó la espada, dio con ella tres cuchilladas en el suelo, montó a caballo y
retó a singular combate a cualquiera que contradijese el acto de la fundación de la nueva villa que
protestó sostener hasta con su vida, y ordenó que se extendiese instrumento público por ante el
Escribano del ejército.

Un historiador bogotano, poco conocido, Fray Pedro Pablo Villamor, escribió en 1723,
refiriéndose al origen de Santafé:

Su primera fundación fue con nombre de villa y hecha en los alcázares donde
estaba fundado el lugar deleitoso recreo de los Reyes de Bogotá, llamado Thybzaquillo (2) .

15

Relatada la fundación de la hoy próspera capital de Colombia, en el sitio de Teusaquillo,
estudiemos el lugar donde se dijo la primera misa. Cumplimos este propósito, de alta importancia
histórica, transcribiendo la siguiente compilación de opiniones, formada por el doctor don Pedro A.
Herrán:

Fray Pedro Simón nos dice, en la Segunda Noticia Historial, capítulo 36, después de
referir cómo fueron construidos los doce bohíos o cabañas, lo que literalmente copiamos:

“No se olvidaron los españoles de señalar solar y sitio el más principal entre los bohíos
para que se edificara iglesia, y fue en la misma parte de como está ahora, porque no
habiéndose mudado la ciudad de como se fundó con los doce bohíos, sino que allí mismo ha
ido teniendo su extensión y crecimiento hasta el que tiene ahora, tampoco se ha mudado
esa iglesia a otra parte del pueblo de como se edificó al principio, en la mejor de todo
él, como hoy se ve.”

Y en el capítulo VIII, Noticia III, dice que luego se hizo de teja y que duró así hasta la
llegada del primer Arzobispo, don Fray Juan de los Barrios.

Juan Rodríguez Fresle, autor de El Carnero, se limita a dar la noticia de la primera


fundación de Santafé, y después dice que la segunda tuvo lugar el 6 de agosto de 1539,
cosa en que ha debido haber equivocación, sin duda, pues ésta tuvo lugar en abril de dicho
año. Después añade, refiriéndose a esta última fecha: “Y este dicho día señalaron solar a la
santa iglesia Catedral, que fue la primera de este Nuevo Reino” (3) .

El Padre Zamora, después de relatar lo de las doce casas, dice “ .... Determinaron tomar
luego la posesión; pero el Padre Fray Domingo les advirtió que se debía hacer una casa que
les sirviera de iglesia para estrenar la fundación con el santo sacrificio de la misa .... El día 6
de agosto de 1538, día de la Transfiguración del Señor, se puso la cruz y dijo la primera misa
el Padre Fray Domingo de las Casas” (4) .

Luego, en el capítulo XIII, página 116, dice: “Tanteadas las ciudades que se podían
fundar según el número de la gente española, renovaron la de la villa de Santafé,
dispusieron calles, plazas y sitio de iglesia conveniente a una ciudad que había de ser
cabeza de este Nuevo Reino.”

Don Juan Flórez de Ocáriz hace, como la mayor parte de los cronistas de esa época, una
deficiente relación de lo conexionado con este punto, sin fijar definitivamente el sitio en
donde se dijo la primera misa (5) .

El historiador Plaza dice:“Fabricadas doce casas cubiertas de paja, en conmemoración de


los doce Apóstoles, y principiada una capilla con el nombre de Humilladero, se fijó el 6 de
agosto para la celebración de este acto (el de fundación) (6) . Uno de los ejemplares de
las Memorias de Plaza que existen en la Biblioteca, y que fue la de Vergara y Vergara, tiene
al margen la siguiente anotación de puño y letra del mismo Vergara: ‘No es cierto. El
Humilladero fue construido en 1542.”

El ilustre General Acosta dice en la página 241 de su Compendio: “Levantaron una


iglesia, también de madera y paja, en donde mismo está hoy edificada la Catedral de
Bogotá”; y luego (pág. 243) agrega: “La primera misa se dijo en la iglesia nueva el 6 de
agosto de 1538, y ésta es la época legal de la primera fundación de Bogotá).”

16

Don Felipe Pérez dice a este propósito (7) : “Una vez escogido el sitio, mandó Quesada a
los indios que construyesen doce casas en honor de los doce Apóstoles, bien dispuestas y
grandes, con más una iglesia, que unos dicen haber sido el Humilladero, y otros, como
Acosta (testimonio respetable), sostienen que fue en el mismo paraje que ocupa hoy la
Catedral.”

Don José Maria Vergara y V. (8) dice: “La primera misa se dijo donde está hoy el altar
mayor de la Catedral, y no en el Humilladero, como se cree vulgarmente. Esta capilla fue
edificada en 1542.” El señor don José M. Groot afirma que fue en el sitio que ocupaba el
Humilladero, siendo la capilla pajiza, y que después se reedificó de ladrillo y teja (9) .

Quijano Otero, en el parágrafo 273 de la parte primera de su Compendio de Historia


Patria, dice que en la capilla mandada hacer por el Adelantado, junto con las doce casas
pajizas, fue en donde se celebró la primera misa (10) .

Además de las anteriores citas, circunscritas con especialidad al asunto en cuestión,


tenemos los testimonies de los antiguos escritores, de que cuando se fundó aquí el convento
de Padres dominicanos, y se les puso a escoger sitio para que lo construyeran, quisieron
quedarse en la plaza de mercado (antigua de San Francisco) por “hacer muchos años que
se servían los Padres como de cosa propia de la capilla del Humilladero.

Flórez de Ocáriz agrega:

“En esta plazuela (la da San Francisco) hay, desde que tuvo principio la ciudad, una
ermita que nombran el Humilladero, con un santo crucifijo en medio de los ladrones, de
cuerpos grandes” (11) .

Nuestro querido amigo don Ignacio Gutiérrez Ponce, en su precioso trabajo que bajo el
título de Las Crónicas de mi Hogar, publica actualmente, leemos esto:

“Poseído (Quesada) de tan gratas emociones, exageradas por su imaginación andaluza,


no vaciló en elegir aquel sitio para el establecimiento de una ciudad que hiciese estable su
conquista, y al efecto ordenó que se fabricasen, en conmemoración de los doce Apostóles,
doce casas cubiertas de paja, y se diese principio a una capilla. Ejecutado esto, Quesada
reunió a todos sus compañeros el día 6 de agosto de 1538 en el sitio en donde hoy se
encuentra la Plaza de Bolívar, y .... el ejército oyó en seguida la primera misa que se dijo en
aquellas alturas” (12) .

La Guía Oficial y Descriptiva de Bogotá (13) dice en su página 3:

“Principióse la fundación de la villa el 6 de agosto de 1538 .... También se erigió una


capilla, que es la que hoy se conoce con el nombre del Humilladero.”

Hasta aquí hemos hecho este acopio de citas, no por alardear de eruditos, sino porque
conviene que sean conocidos los originales, para que el lector pueda juzgar con mayor
acierto en el difícil punto en cuestión; es, a saber: ¿en qué punto de Bogotá se dijo la primera
misa?

El Padre Simón, corno se ha visto, no habla de sitio alguno determinado: Rodríguez


Fresle habla de la fundación primera de Santafé, y al hablar de la segunda, dice que en ese
día se señaló solar a la iglesia Catedral; y si en ella hubiese sido fundada la primera capilla,
es evidente que se habría valido de otras palabras, como por ejemplo:

17

“En dicho día se amplió el solar,” etc., y al decir que esa fue la primera del Reino, no debe
entenderse tal cosa en el giro estricto, porque antes que ésa ya estaban las de Santa Marta
y Cartagena; lo que indudablemente quiso decir fue que ésa había obtenido la primacía entre
todas las del país, por ser la Metropolitana.

EL Padre Zamora habla de la fundación de la iglesia el 6 de agosto de 1538, y luego


agrega que el 1° de abril de 1539 “dispusieron sitio de iglesia conveniente a una ciudad que
había de ser cabeza de este Reino”; y si este sitio era el mismo de la capilla, lo habría
expresado así, no dando a entender una fundación en paraje nuevo.

Plaza afirma rotundamente que la primera misa se dijo en el Humilladero, y esta opinión
nos es tanto más respetable cuanto él tuvo a la vista la Relación del mismo Quesada, que
tomó de la Biblioteca Nacional, y la cual, a su muerte, se extravió entre sus papeles, sin que
nadie la haya visto después.

Flórez de Ocáriz dice que el Humilladero existía desde que tuvo principio la ciudad, y era,
según él y el Padre Zamora, el sitio en donde los frailes dominicanos hacían sus ejercicios
piadosos, mucho antes de la fundación de su convento, que fue el primero que hubo entre
nosotros.

El señor Groot y el autor de la Reseña Histórica de la Guía Oficial de 1858, están de


acuerdo con Plaza; los otro s escritores, incluso el señor Piedrahita, no nos sacan de la
duda, y los señores General Acosta, Vergara y Vergara y Gutiérrez Ponce nos dicen que la
primera misa se dijo en donde está hoy el altar mayor de la Catedral; pero aun cuando la
autoridad de los ilustres difuntos y la de nuestro amigo vivo son indudables, el compilador
tiene que conocer las fuentes en donde ellos bebieron ; mas como ninguno de los tres la ha
dado, tenernos derecho para dudar de su dicho, sin dudar un punto de su veracidad.

Hoy ha desaparecido esta duda histórica; y tres historiadores, E. Posada, Garzón de Tahuste
y Vicente Restrepo, han comprobado que la primera misa se dijo en el área que ocupa nuestra
Catedral.

El doctor E. Posada, con sano criterio y apoyado en documentos históricos, dice:

Así pues el Humilladero fue edificado en 1543, cinco años después de la fundación de
Bogotá .... Nos llamó Ja atención el artículo un antepuesto a la palabra Humilladero, en los
documentos del citado escrito de El Mosaico, y buscamos en el Diccionario de la Lengua
este vocablo, y allí leímos:

“HUMILLADERO, lugar devoto que suele haber a las entradas de los pueblos, con una
cruz o imagen.”

Esta definición ayuda a aclarar el asunto ¿Sería natural que se dijera la primera misa
fuera de la población ? ¿Sería racional que a la primera iglesia se le diera el nombre que se
aplica a las ermitas situadas a extramuros del poblado ? (14) .

El Cura Alonso Garzón de Tahuste, al tratar de la reconstrucción de la Catedral, por haberse


caído la que levantó el obispo Fray Juan de los Barrios, dice:

Puso el dicho Deán (Francisco Adame) la primera piedra fundamental de esta santa
iglesia, por su propia mano, en la esquina que mira a la Calle Real (15) .

18

Otra opinión respetable, la de don Vicente Restrepo, escrita en 1897, dice:

A mi juicio es justo que descansen sus cenizas (las de Quesada) bajo las bóvedas de la
Catedral, en el sitio mismo donde él fundó la primera iglesia de Santafé; .... para
persuadirse de que la primitiva iglesia de Bogotá fue construida en el lugar donde está hoy
la Catedral,basta leer lo que afirman el Padre Simón (tomo II, págs. 229 y 263) y el Padre
Zamora (págs. 181 y 192 (16).

(1) IGNACIO GUTIÉRREZ PONCE, Crónicas de mi Hogar.

(2) Los historiadores, casi unánimes, afirman que las doce cabañas que fueron la génesis de la
capital de Colombia, se levantaron en memoria de los doce Apóstoles. El distinguido historiador
Eduardo Posada prefiere la versión que trae don Juan de Castellanos, quien dice que ese número
se fijó en memoria de las doce tribus de los hebreos, de las doce fuentes de Elín, por donde éstos
pasaron, y de las doce piedras que sacaron del Jordán y pusieron en la tierra de Gálgala.» En
nuestro concepto, ambas versiones tienen verosimilitud.

(3) El Carnero, cap. VI.

(4) ALONSO DE ZAMORA, Libro II, cap. X, pág. 109.

(5) Genealogías, Preludio, págs. 67, 68 y 116.

(6)Pág. 81.

(7) Geografía del Distrito Federal. 1863.

(8) Almanaque de Bogotá, etc., pág. 261.

(9) GROOT, Historia, I, pág. 46 (primera edición).

(10) Edición de 1874.

(11) Genealogías, Preludio, pág. 162.

(12) 1858. Imprenta de la Nación.

(13) Papel Periódico Ilustrado, año I, número 20.

(14)E. POSADA, Narraciones, pág. 121.

(15)A. GARZON DE TAHUSTE, Boletín de Historia, VI, 634. El manuscrito del presbítero Garzón
de Tahuste, que se creía perdido, fue hallado en los archivos de España por el distinguido literato
doctor Diego Mendoza.

(16) VICENTE RESTREPO, Apuntes para la Biografía del fundador del Nuevo Reino de
Granada, etc. Así lo creen otros autores respetables, entre ellos don GERARDO ARRUBLA y don
JESÚS MARÍA HENAO, y lo afirman en su Historia de Colombia para la enseñanza
secundaria, etc., pág. 170.

19

Nos extenderemos más sobre este punto al hacer el estudio y descripción de la Catedral en
sus diferentes épocas, construcciones y reconstrucciones.

El fundador de Bogotá, caballero granadino (17) , educado en Granada, colonizador de ilustre


linaje y cultivada inteligencia, “demostró que reunía a su talento todo el valor de aquella época
caballeresca y toda la sagacidad de un consumado político. Quesada fue el verdadero fundador de
nuestro país: a él debemos religión, idioma, civilización y patria; él echó los cimientos de esta
ciudad, que, andando los tiempos, será por su parte material lo que es ya por el cultivo de la
inteligencia.”

Gonzalo Jimenéz de Quesada

Ignórase, en realidad, cuándo nació Quesada; se cree que fue en los últimos años del siglo
XV, pues murió de edad octogenaria. Hizo estudios de jurisprudencia, y se distinguió por su valor y
sagacidad como guerrero y colonizador. Volvió a Europa colmado de honores y fortuna, y allá
perdió, en el ocio, los mejores años de su vida, y luego, de 1551 en adelante, hizo larga e inútil
campaña en el Nuevo Reino en busca de El Dorado. En sus últimos años escribió un Compendio
Historial, obra que no se imprimió y que desgraciadamente se perdió en 1854. El Conquistador le
dio a su trabajo el nombre de Ratos de Suesca.

Según el testimonio de sus contemporáneos—dice el historiador Acosta,— fue el


Adelantado Quesada de cuerpo y estatura regulares, de rostro grave, pero muy atento y
comedido con todos. A pesar de haber sufrido tantos trabajos y necesidades, llegó a una
edad avanzada, sin otro achaque que la terrible lepra que le atacó pocos años antes de su
muerte.

El Mariscal Quesada murió en la ciudad de Mariquita, de mal de lepra, el día 14 de febrero de


1579, y sus restos fueron trasladados a Bogotá, por disposición del Presidente don Antonio
González Manrique, en julio de 1597.

Ordenó Quesada que en su tumba se pusiera este sencillo epitafio: Expecto resurrectionem
mortuorum. Al reconstruirse la Catedral (1807—23) se hallaron los restos de Quesada, y
reconocida su identidad por el futuro Arzobispo de Bogotá don Fernando Caicedo y Flórez,
comisionado para dirigir la obra, se pusieron en la bóveda del lado de la epístola, en el nuevo

20

presbiterio, de donde hubo necesidad de sacarlos, en 1890, por reparaciones del templo.
Estuvieron en el panteón de la Metropolitana hasta 1891.

El Concejo Municipal acordó entonces levantar un monumento a la memoria del fundador de


Bogotá en la plazoleta que da frente a los cementerios públicos. La Municipalidad solicitó del
Capítulo Metropolitano de la Arquidiócesis la entrega de los restos de Quesada, y el Deán, doctor
Moisés Higuera, Obispo de Maximópolis, puso en manos de una Comisión presidida por el Alcalde
don Higinio Cualla, las cenizas del Conquistador, el 14 de julio de 1891. Al estudiar los cementerios
haremos la descripción del monumento en que reposan los restos del célebre Mariscal.

Pensábase en establecer Cabildo en la naciente ciudad, cuando se supo que Sebastián de


Belalcázar, procedente de Quito, y Nicolás de Federmann, que llegaba de Venezuela, se
acercaban a la Sabana de Bogotá, con fuerzas iguales. Dio la extraña circunstancia que cada tropa
se componía de 166 hombres, un clérigo y un fraile, y teniendo iguales ambiciones, faltó poco para
que entrasen en lucha los españoles en las cumbres andinas; gracias a los servicios de los
religiosos, se avinieron Federmann y Belalcázar a reconocer los derechos de propiedad adquiridos
por el fundador de Santafé.

En armonía partieron para España los tres Jefes, dejando el Gobierno en manos de Hernán
Pérez, hermano de Quesada, después de haber hecho nueva erección de la ciudad, el 29 de abril
de 1539, día en que se trazaron las calles, se repartieron solares y se cambió el Gobierno militar
por el civil (18) . Hernán Pérez se encargó del Gobierno el 12 de mayo dé 1539.

Los primeros Alcaldes fueron Pedro de Arévalo y Jerónimo de Lainza; los primeros Curas, el
Presbítero Juan Verdejo y Vicente de Requesada, fraile agustino, y el primer Escribano, Juan
Rodríguez de Benavides.

El día 27 de julio de 1540 se le concedió a la naciente Metrópoli del Nuevo Reino, por Carlos
V,honroso titulo de ciudad.

He aquí el título, modificado únicamente en la ortografía:

Don Carlos, por la Divina Clemencia, Emperador Semper Augusto, Rey de Alemania,
doña Juana su madre, y el mismo don Carlos, por la gracia de Dios, Reyes de Castilla, de
León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de
Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de
Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de la Canaria y de las
Indias, islas de Tierra Firme y Mar Océano, Condes de Barcelona, Flandes y Tirol, etc. Por
cuanto Sebastián Rodríguez, en nombre del Concejo del pueblo de Santafé, que es en el
Nuevo Reino de Granada, que agora ha descubierto y poblado el Licenciado Jiménez,
Teniente de Gobernador por el Adelantado don Pedro Hernández de Lugo, nos ha hecho
relación que el dicho pueblo es el más principal de su dicha Provincia, y que cada día se
multiplica y puebla, y para que más se noblezca nos suplicó le hiciésemos merced de darle
título de ciudad, o como la Vuestra Merced fuere, y Nós, acatando lo susodicho, tuvímoslo
por bien, por ende por la presente es nuestra merced y mandamos que agora y de aquí
adelante el dicho pueblo se llame e intitule la Ciudad de Santafé; y que goce de las
preeminencias y prerrogativas e inmunidades que puede y debe gozar siendo ciudad, y
encargamos al Ilustrísimo Príncipe don Felipe, nuestro muy caro y muy amado hijo y nieto, y
mandamos a los infantes, duques, prelados, marqueses, condes, ricoshomes, maestres de
órdenes, priores, comendadores, alcaldes de los castillos, y casas fuertes y llanas y a los de
nuestro Consejo, Presidentes y Oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles, de
la nuestra casa y Corte y Chancillerías y a todos los corregidores, alcaldes, alguaciles,
merinos, prebostes, regidores, caballeros, escuderos, oficiales y homes buenos de todas las

21

ciudades, villas y lugares, de los nuestros reinos y señoríos y de las nuestras indias, islas y
Tierra Firme del mar Océano, que guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir lo contenido
en esta nuestra Carta y contra el tenor y forma de ella, no vayan, ni pasen ni consientan ir ni
pasar en manera alguna.

Dado en la villa de Madrid a veintisiete días del mes de julio de mil y quinientos
cuarenta.

En 1548 se le dieron a la ciudad armas y divisas para sus estandartes, banderas, escudos y
sellos, que son: águila negra, rampante y coronada, en campo de oro, con una granada abierta en
cada garra y por orla algunos ramos de oro en campo azul (19) .

Escudo de armas de Bogotá

Armas para la Provincia del Nuevo Reino de Granada:

Don Carlos e doña Juana, etc. Por cuanto por Pedro de Colmenares y Alonso Téllez, vecino
y Regidor de la ciudad de Santafé, de la Provincia del Nuevo Reino de Granada, en nombre de la
dicha Provincia nos ha hecho relación que los vecinos e moradores della nos han servido mucho
en la pacificación del dicho Reino e en lo pacificar e sojuzgar e poner debajo de nuestro yugo e
señorío real, e nos suplicó en el dicho nombre que acatando lo susodicho mandase señalar armas
a la dicha Provincia como las tenían algunas Provincias destos reinos, e Nós, acatando lo
susodicho, e la lealtad e fidelidad con que nos han servido los españoles vecinos de dicha
Provincia, tovímoslo por bien, e por la presente hacemos merced e queremos e mandarnos que
agora y de aquí adelante la dicha Provincia del dicho Nuevo Reino de Granada e cibdades e villas
della hayan e tengan por sus armas conocidas un escudo que en el medio del haya una águila
negra rampante entera, coronada de oro, que en cada mano tenga una granada colorada en
campo de oro, y por orla unos ramos con granadas de oro en campo azul, según que va pintado e
figurado, etc.

Dada en Valladolid, a tres de diciembre de 1548.

Maximiliano —La Princesa (20) .

Con fecha 27 de agosto de 1565 la ilustró el Rey de España con el título de ciudad muy noble
y muy leal, que conserva apenas como recuerdo de que fue ciudad española.

22

En El Estado General de todo el Virreinato, para el año de 1794, por don Joaquín Durán y
Díaz, página 187, dice:

La ciudad de Santafé de Bogotá fue conquistada por el Licenciado Gonzalo Pérez (sic)
de Quesada y la fundó en villa el día 6 de agosto de 1538; por real cédula de julio de 1540
se erigió en ciudad; por otra, fecha 3 de diciembre de 1548, se le concedió escudo de
armas, y por otra, de 23 de octubre de 1653, se le asignaron seis mil pesos de propios en
varios arbitrios.

Jerónimo Lebrón, titulado Gobernador de lo descubierto por Quesada, según lo dispuesto por
la Audiencia de Santo Domingo, encontró resistencias en Hernán Pérez para entregar el Gobierno,
diferencias que sometieron al Rey.

Algunos compañeros de Lebrón se establecieron en Santafé, y con ellos las primeras


mujeres españolas que habitaron la ciudad, cuyos nombres guarda la Historia.

Oigamos a doña Soledad Acosta de Samper:

Conocidos son los nombres de las primeras mujeres que subieron al Nuevo Reino de
Granada, pero no todos saben quiénes eran ellas ni qué suerte corrieron una vez que se
radicaron en esta capital, que entonces era más atrasada que cualquier pueblo, aun el más
infeliz de la República actual.

Los primeros expedicionarios que llegaron a la Sabana de Bogotá no llevaban consigo


ninguna mujer española; éstos fueron en realidad simples descubridores, y aunque Quesada
trajo los caballos, Federmann las gallinas y Belalcázar los cerdos, ellos no habían intentado
formar colonias en ninguna parte, y sólo ansiaban explorar y allanar tierras, recoger todo el
oro que pudieran y buscar aventuras arriesgadas.

Empero, una vez que ya se tuvo conocimiento seguro de la riqueza mineral y agrícola
del país, cuando se persuadieron de la sumisión y mansedumbre de los indígenas de estas
partes, y la facilidad que habla para formar colonias productivas en climas frescos y sanos,
muchos de los españoles que vivían en las costas resolvieron venir al interior y traer cuanto
fuese preciso para formar en las cumbres (le los Andes establecimientos y poblaciones al
uso europeo. Tocó el llevar a cabo la primera misión realmente colonizadora al Gobernador
de Santa Marta, don Jerónimo Lebrón. Este salió de Santa Marta en los últimos meses de
1540, y llegó a Santafé en enero del año siguiente. Traía no solamente semillas de cereales,
vino, ropas, yeguas y otros animales domésticos, sino que también hacían parte de la
expedición algunos artesanos y seis mujeres españolas. De éstas no alcanzó a llegar una de
ellas, porque en el Magdalena fas robada por los indios de los alrededores de
Tamalameque, pero esta desgraciada fue reemplazada por una niña que nació durante el
tránsito, con lo cual siempre llegaron seis españolas o de raza española a Santafé, y no
cinco, como se dice generalmente. La madre de la recién nacida, Isabel Romero, era mujer
de un soldado llamado Juan Lorenzo (que habla muerto ahogado en e1 paso del río Opón).
Bautizaron a la niña con el nombre de María. Isabel casó en segundas nupcias, a poco de
haber llegado a esta ciudad, con el Capitán Juan de Céspedes, y aquél fue el primer
matrimonio celebrado ea Santafé; la hija casó, apenas fue mujer, con un Juan o Lope de
Rioja, que de ambas maneras lo llaman los cronistas.

El conquistador Juan Montalvo, que ya conocía el país, por haber sido soldado de
Quesada, y poseía en el Nuevo Reino solar y repartimiento, traía en su compañía a su mujer
Elvira Gutiérrez, la cual se distinguió por ser la primera que hizo pan de trigo en Santafé de

23

Bogotá, y su marido como el último que murió de todos los conquistadores. Los dos esposos
están sepultados en la iglesia de la Concepción, debajo del altar de Santa Ana.

La cuarta mujer española se llamaba Catalina de Quintanilla, mujer de Francisco Gómez


de Feria, conquistador de los venidos con Quesada. Tanto ésta como su marido no dieron
qué decir, ni en bien ni en mal, puesto que los cronistas no los vuelven a mencionar, y sólo
se sabe que se radicaron en Santafé.

La quinta mujer fue la de Alonso Díaz: llamábase Leonor Gómez. Aquel matrimonio fue
dueño de Tibaytatá, que llamaron Serrezuela (hoy Madrid); pero, sin duda, no tuvieron
familia, porque aquella encomienda pasó a poco a manos de un español llamado Juan de
Melo. Leonor Gómez trajo en su compañía a una sobrina de su marido, llamada María Díaz,
la cual llegó hasta la avanzadísima edad de ciento diez años, único dato seguro que
tenemos de ella.

Después de aquella época todos los conquistadores que se quedaron a vivir en el Nuevo
Reino mandaron unos a España y otros a las Antillas por sus mujeres y familias, y no habla
semana en que no llegasen algunas mujeres españolas, las cuales eran entonces tan
valientes y briosas como sus maridos. Una de las primeras damas de campanillas fue la
esposa del valiente Capitán Antonio Soriano de Olaya, uno de los más ricos conquistadores,
dueño de la encomienda de Bogotá (hoy Funza): llamábase doña María de Orrego, y era de
familia noble de Portugal. No tuvieron sino una hija, doña Jerónima, heredera de todos los
caudales de su padre (21) .

El historiador E. Posada ha hecho curiosas investigaciones sobre las primeras mujeres


españolas que subieron al Nuevo Reino, investigaciones que corrigen y aclaran lo dicho por otros
cronistas.

Isabel Romero no era esposa de Juan Lorenzo, el ahogado, sino de Francisco Lorenzo,
soldado de la expedición de Lebrón, en 1540, o de la de Lugo, como aseveran otros.

(17) Para nosotros parece demostrado que Jiménez de Quesada nació en Granada. En
nuestro Ensayo Biográfico de Gonzalo Jiménez de Quesada, reproducido por don Ignacio Borda,
en 1892, en su libro Monumentos Patrióticos de Bogotá, citamos las diversas fuentes históricas
que hay acerca del lugar del nacimiento de Quesada, y allí nos inclinamos a creer que el
Conquistador había nacido en Granada. En el capítulo primero del Compendio Historial dice él
mismo: “Gonzalo Jiménez de Quesada, natural de la ciudad de Granada,” etc.

(18) CÁRIZ, Genealogías. Preludio, pág. 68—E. POSADA, Narraciones, página 5. Federmann,
según el ilustrado americanista alemán Juan Fastenrath, escribió sus viajes, que se publicaron
después de su muerte por su cuñado Juan Kifthaber, libro reproducido en 1859 por Carlos
Hüpfel. (Boletín de Historia, vol. VII, pág. 30).

Según Zamora, cuando llegó Federmann a Europa pasó a Flandes y volvió a Madrid, donde
murió en 1542; otras versiones hay de que se ahogó en un río o en el mar. (ZAMORA, Historia de
la Provincia del Nuevo Reino, pág. 143).

Belalcázar falleció en Cartagena el 30 de abril de 1551.

(19) El blasón de Santafé, grabado en piedra, se conserva en el Museo Nacional y en el Palacio


Municipal. En la fachada de la Catedral hay una escultura semejante al escudo de armas, que no
tiene granada, y el centro lo ocupa la cruz de oro usada en las metropolitanas.

24

El blasón que se conservaba en el Museo estuvo sobre la puerta del Cabildo, antiguas Galerías,
y se colocó en abril de 1898 en la escalera del salón municipal. Sobre la puerta sur del edificio del
Hospicio también se conserva el escudo grabado en piedra.

(20) (Boletín de Historia, vol. IV, pág 20). Se conserva el original en el legajo número 74 del
archivo de la Real Academia de Historia de Madrid y se publicó en el libro Nobiliario de
Conquistadores de Indias, que dio a luz la Sociedad de Bibliógrafos españoles, en Madrid, en
1892.

(21) La Mujer Española en Santafé de Bogotá, por doña Soledad Acosta de Samper, quien
menciona también a doña Catalina de Somonte, esposa del Visitador Juan de Montaño, llegada a
Bogotá en 1553; a doña María Dondegardo, casada con el Presidente Venero de Leiva; a doña
Inés de Salamanca, que lo era con el Marqués de Sofraga; a doña María Luisa Guevara, esposa
del Presidente Barón del Prado, y alguna otra entre las damas españolas de nombradía que
vivieron en los primeros años de la Colonia en Santafé. Fueron estas damas españolas las que
establecieron la vida doméstica, olvidada, hacía tiempo, por los rudos soldados conquistadores que
habitaban el Valle de los Alcázares.

“Este Francisco Lorenzo,—anota Posada,—había venido a Santa Marta con Bastidas.” El


Padre Simón dice: “dio fruto una Isabel Romero, que venia con su marido, Francisco Lorenzo,
vecino antiguo de Santa Marta, pariendo una hija que llamó María.” (Segunda parte, pág. 369).
Como se ve, esta hija de Romero nació en 1540, tres años después de ahogado Juan Lorenzo. La
Romero regaló a los franciscanos el terreno donde fue luego el convento de San Agustín y primero
de los Padres de San Francisco

A propósito de las seis primeras mujeres que llegaron a la Colonia, haremos notar que
Castellanos llama a una de ellas (I, 364) Eloísa Gutiérrez, y no Elvira, como muchos la han
llamado. Esta fue la primera que hizo pan de trigo en Santafé, como es sabido (22) .

En expediciones y luchas con las tribus indígenas pasaron los años del Gobierno de Hernán
Pérez, hasta 1543, en que llegó a Vélez el Gobernador de Santa Marta, don Luis Alonso de Lugo,
trayendo ganados yegüerizo, cabrío, ovejuno y de cerda, y varias semillas de plantas.

Acompanabanle también carpinteros y albañiles, quienes pronto encontraron trabajo en las


ciudades nacientes, y especialmente en Santafé, considerada desde entonces como cabeza y
centro del Reino.

Lugo llegó a Bogotá en julio de 1543, y gobernó despóticamente y sin probidad hasta diciembre
del año siguiente.

Pronto se principiaron a levantar casas amplias y de mejor gusto arquitectónico (23) ; pensóse
en construir edificios apropiados para oficinas del Gobierno, y la aldea principió a ser ciudad.

En los primeros años gobernaron, como sucesores de Hernán Pérez de Quesada, don Luis
Alonso y don Lope Montalvo de Lugo. El señor José Desiré Dugour, en su Historia de Santa Cruz
de Tenerife, llama al primero Alonso Luis Fernández de Lugo, tercer Adelantado de Tenerife, y
refiere que marchó a América con expedición que tocó en la isla de Santa Cruz. Lope Montalvo de
Lugo había sido compañero de Hernán Pérez en la expedición de El Dorado, y cuando regresó a
Bogotá ejercía el Gobierno su pariente y amigo don Luis Alonso. Nombrado por éste su Teniente
General, quedó encargado del Gobierno, por haber partido don Luis para Santa Marta. El Gobierno
de los Lugos terminó en 1545. Tomó las riendas de la Administración Pedro de Ursúa (1545—47),
quien lo entregó a Miguel Diez de Armendáriz (1547—51), y éste a Juan de Montaño, gobernante
que despertó el descontento general hasta 1558, año en que finalizó su Gobierno (24) .

25

Desde algunos años antes, importantes sucesos políticos y sociales habían ocurrido en la
Colonia: el 7 de Abril de 1550 se estableció la Real Audiencia, primer Tribunal civil que existió en
Santafé, siendo Presidente de ella don Miguel Diez de Armendáriz; Oidores, don Juan López
Galarza y don Beltrán de Góngora; Fiscal, Pedro Escudero; Escribano, Alonso Téllez; Regidor
Mayor, Juan de Mendoza, y Portero, Gonzalo Velásquez.

Ese día se cumplió lo ordenado por real Cédula, fechada en Valladolid el 17 de julio de 1549,
en la cual se disponía la manera como se debía recibir en Santafé el real sello (25) .

Yo vos mando—dice la Cédula—que llegando el dicho sello real a esa tierra, vosotros, o
la Justicia o Regidores del pueblo donde residiéredes, salgáis un buen trecho fuera de la
recibir el dicho nuestro sello, y de donde estuviere hasta el dicho pueblo, vaya encima de
una mula o de un caballo bien aderezado, con su palio encima, cuyas varas lleven los
Regidores, e vos el Licenciado Mercado (26) , que como Oidor más antiguo habéis de
presidir, e otro Oidor de los más antiguos le llevad en medio, con toda la veneración que se
requiere, según y como se acostumbra hacer en las audiencias reales de estos Reinos, y así
por esta orden vais hasta le poner en la casa de la Audiencia, donde el dicho sello real esté,
para que en ella tenga a cargó la persona que hubiere de tener el dicho oficio de sellar
provisiones, que en esa Audiencia se despacharen.

Encargóseles mucho (a los Oidores) el hacer justicia recta y desapasionadamente, y guardar


las órdenes e instrucciones, y no dar en las locuras y vanidades que dieron los Oidores de otras
Audiencias de las Indias, sino gobernarse con mucha prudencia, que aquello es el verdadero
acertar (27) .

A principios de mayo, un mes después de establecida la Audiencia, llego a la capital del Reino
el Licenciado Alonso de Zurita, con credenciales de Juez de Residencia del Presidente Díez de
Armendáriz. Fácil le fue a éste eludir, por entonces, responsabilidades; pero más tarde fue juzgado
y castigado con dureza por Juan Montaño.

La casa de la Audiencia se hallaba en el sitio que ocupa el templo de Santo Domingo, y se


trasladó a la Plaza de Bolívar, acera sur, en 1557. Desde entonces aquella casa pertenece
al Gobierno, y en su área se construyó el Capitolio Nacional, como después veremos (28) .

(22) Boletín de Historia, V, pág. 371.

(23) Fue la primera casa cubierta con teja la de Pedro de Colmenares, encomendero de Bosa y
Soacha, quien murió en 1563, situada en la calle de la Carrera (hoy carrera 7ª), y de las mejor
construidas las de Antón y Alonso de Olalla, situada la primera en la Calle Real, contigua a Santo
Domingo, al Sur, y la de Alonso en el ángulo sureste de la Plaza de Bolívar, de la Capilla del
Sagrario, aún no construida, hacia el Sur. Esta casa fue después del Gobierno colonial y sirvió para
oficinas del Gobierno republicano hasta 1864. La primera alfarería la estableció Antonio Martínez.

(24) J. Mi. VERGARA y VERGARA y JOSË B. GAITÁN. Cuadro Cronológico de


Magistrados, etc.

(25) Es curioso observar que esta Cédula, que permitía a la Audiencia gobernar en nombre y
representación de la «real persona, » la autorizó el Ministro Juan de Sámano, y que también se
llamó Juan Sámano el último Virrey que gobernó en Bogotá hasta agosto de 1819, tiempo en que
se dio la batalla de Boyacá. La Cédula está inserta en el t. III, pág. 91 de las Noticias Historiales de
Fray Pedro Simón.

26

( 26) Gutierre de Mercado, Oidor, que falleció en Mompós, en viaje para Santafé.

(27) ANTONIO DE HERRERA, Historia General de los hechos de los Castellanos, etc. Década
VIII, Lib. IV, pág. 82.

(28) El escudo de la Real Audiencia, en fondo de damasco rojo, de 1 metro 65 centímetros de


largo y 1 metro 25 centímetros de ancho, tiene las armas de España bordadas con seda, oro y
plata. Hoy se conserva en el Museo Nacional, bajo el número 406.

27

CAPITULO III

Fundación de los conventos de Santo Domingo y San Francisco de Bogotá—Lugares que


ocuparon—Protectores de estas Ordenes monásticas. La casa de los virreyes—Lo que fue en los
tiempos de la colonización la capilla de la Veracruz—Primeras cátedras de Gramática y Filosofía
que hubo en Santafé—Caída de Montaño—Ministros de la Real Audiencia—El coro catedral de
Santa Marta se traslada a Santafé. Primer Sínodo Diocesano—Erección de la iglesia Metropolitana
y primeras catedrales—Primeros Arzobispos. Primer Sínodo Diocesano—Antiguos cementerios—
Notables habitantes de la capital — Progresos del comercio — El Humilladero—Plaza de San
Francisco.

FUNDÁRONSE en la ciudad, en 1550, conventos de frailes de Santo Domingo y San


Francisco, con permiso de la Corte de Madrid. En 1549 fue a Roma el Padre José Robles,
dominicano, quien residía en Cartagena, y obtuvo del Padre Francisco Romero, General de la
Orden, que erigiese en Provincia, con el nombre de San Antonino, el Nuevo Reino, donde existían
ya conventos de Santo Domingo en Cartagena, Santa Marta, Tocaima y Vélez. Fue nombrado el
Padre Robles Vicario General, y volvió a América con treinta frailes españoles, que hicieron viaje
en el mismo buque que los oidores que fundaron la Audiencia de Santafé, donde vinieron también
algunos religiosos franciscanos.

Creyendo el Cabildo que no podían sostenerse dos conventos en la naciente ciudad, prefirió,
para que fundasen, a los franciscanos, por ser mendicantes; pero habiendo encontrado apoyo los
dominicos en la Audiencia, ambas Ordenes obtuvieron concesión de sitio para fundar en el lugar
del poblado que escogiesen. Habitaban los hijos de Santo Domingo en la acera oriental de la Plaza
de Mercado, luego de San Francisco, hoy Parque de Santander, y no obstante su humilde
habitación, pues estaba cubierta con paja, la erigieron en convento el 26 de agosto de 1550, con el
título de Nuestra Señora del Rosario. Siete años después se trasladaron a la calle principal de la
ciudad, ya llamada Calle Real, al lugar que hoy ocupan el templo moderno de Santo Domingo y el
Palacio Nacional del mismo nombre, donde había varias casas, que compraron a Bartolomé
González de Latorre (1) , soldado de Federmann, Oficial Real, y a Antón de Olalla, notable entre los
compañeros de Quesada, quienes habían obtenido merced de repartimiento en 1539; a Juan de Penagos,
soldado de Lebrón, éste sin aceptar remuneración, y a la Audiencia, que se estableció allí y pocos meses
después se trasladó a la plaza mayor. Francisco Tordehumos, también soldado de Quesada y encomendero
de Cota, dio el dinero que costaron dichas casas, y además hizo traer de Sevilla, a su costa, una estatua de
Santo Domingo. Cuantiosas limosnas recogidas por los frailes Francisco de la Resurrección, Prior; Juan
Méndez, primer Cura de Funza y del Valle de los Alcázares; Francisco Carvajal; Juan Aurrez, Cura de
Santafé; Francisco Venegas, Juan Mendoza, Martín de los Angeles, Lucas de Osuna, Antonio de Sevilla, Juan
Suárez, Juan Chaves, Francisco de Castro, Antonio Cárdenas y dos hermanos, frailes fundadores; el capitán
Juan Penagos, encomendero de Zipaquirá, y Juan de Ortega, también soldado de Quesada, sirvieron para
labrar, con extensión y solidez desconocidas en el Reino, el templo y convento de Santo Domingo. Llegó por
entonces la estatua de Nuestra Señora del Rosario, motivo por el cual se fundó la cofradía del mismo nombre,
según lo dispuesto en Bula apostólica del Papa Julio III, y quedó probado que el temor del Ayuntamiento era
infundado, pues el convento, no sólo se sostenía, sino que progresaba, aunque no se levantó sino un
solo claustro de ladrillo, por no encontrarse albañiles que trabajasen en mampostería (2) .

La Provincia de San Antonino quedó, en parte, sujeta a la de San Juan Bautista del Perú
hasta 1571, año en que la declaró independiente el Capitulo General de la Orden que se reunió en
Roma(3) .

28

El convento de San Francisco, con el titulo de la Purificación de Nuestra Señora, se erigió el
mismo día que el de Santo Domingo, en el camino de Tunja, después ángulo sudeste de la
plazuela de Las Nieves, en casa conocida hasta 1912, en que se reconstruyó, con el nombre de
Casa de los Virreyes.

Equivocadamente se creyó que el antiguo edificio fue habitado alguna vez por los
mandatarios españoles, y esta noticia se ha impreso varias veces en libros y periódicos. Un hijo de
Zipaquirá, don Manuel Torres, que sirvió una Notaría en Bogotá, rectificó el error, fundado en
instrumentos públicos que encontró en su oficina. En los tiempos coloniales fueron vecinos de
Zipaquirá los acaudalados don Juan Ignacio Lasso de la Vega, Alcalde de esa ciudad en 1778, y
don Joaquín Lasso de la Vega. Radicados en Bogotá, habitaron la casa en que nos ocupamos, y
fueron conocidos con motivo de su cuantioso caudal con el pomposo nombre de los Virreyes, de
donde vino el hábito de llamar la mansión de los Lassos de la Vega con el nombre de Casa de los
Virreyes. Adelante estudiaremos las únicas habitaciones que los verdaderos Virreyes ocuparon en
Santafé, situadas ambas en la plaza principal, hoy de Bolívar.

En el libro Narraciones, 1906, dice el historiador E. Posada lo siguiente, hablando del Palacio
virreinal.

Se cree generalmente que la casa situada en la esquina de Las Nieves y conocida con el
nombre de Casa de los Virreyes, fue la que sirvió de Palacio a los gobernantes de la Colonia. No
hay tal; jamás en ese lugar vivieron los Presidentes ni Virreyes del Nuevo Reino de Granada (4) .

Los Padres José Mas, Juan Valmis, Ricardo Santamaría, Pedro Arenillas, Esteban Asensio,
Gaspar Sarmiento, Miguel de los Angeles, Jerónimo de San Miguel, Antonio de Paredes y
Francisco Victoria habitaron el nuevo y humilde convento un año; trasládáronse, por orden del
Cabildo, al sur de la ciudad, a orillas del riachuelo Manzanares, después San Agustín, al mismo
lugar que ocupó más tarde esta orden monástica, por haberla dejado los frailes carmelitas, y luego
los recoletos de San Francisco, sitio que perteneció primitivamente a Isabel Romero, una de las
primeras mujeresespañolas que llegaron a Santafé. Poco después Fray Juan de los Barrios y
Toledo (5) , religioso franciscano, Obispo de Santa Marta, y luego primer Arzobispo del Reino,
llegado a Bogotá en 1553, descontento del sitio que ocupaba el convento de sus hermanos de
religión, compró, con el fin de trasladarlo allí, las casas de tapia y teja que había construido el
Capitán Juan Muñoz de Collantes, compañero de Belalcázar, en la acera occidental de la recién
fundarla Plaza de Mercado, en el lugar que ocupan hoy el templo de San Francisco y el Palacio del
Gobierno del Departamento, el mismo edificio que construyeron los franciscanos que allí se
trasladaron en 1557, ocho años antes de ser eregida su Provincia en el Nuevo Reino y en el frente
del que los dominicanos dejaban al costado oriental de la plaza para trasladarse a la Calle Real, de
donde la Audiencia pasó a la Plaza Mayor (6).

Al trasladarse el convento de San Francisco, hacía once años, según el historiador Alonso de
Zamora, que se había levantado, por la piedad y devoción de los comerciantes, en la misma
manzana que iba a ocupar el convento, al norte de las casas del Capitán Juan Muñoz de Collantes,
calle de por medio con el Humilladero, y con el nombre de capilla de La Veracruz, humilde edificio
que fue respetado por los religiosos, y que permaneció, haciendo parte del lugar que hoy es la
iglesia de La Veracruz, setenta y cuatro años sin modificación alguna, pues no fue reedificado sino
en 1631, como veremos al estudiar los sucesos ocurridos en aquellos años.

En 1563 crearon los frailes dominicanos la primera cátedra de Gramática que hubo en
Santafé, y pocos años después la de Filosofía; además fray Juan de Mendoza solicitó licencia para
fundar en su convento Universidad pública con todas las concesiones y privilegios de que gozaba
la Real Universidad de San Marcos de Lima, solicitud que fue apoyada por el Poder Civil, ejercido
por la Audiencia, la cual tuvo las riendas del Gobierno desde 1558, año de la expulsión del

29

Visitador Juan de Montaño, hasta 1564, en que llegó el primer Presidente del Nuevo Reino, don
Andrés Díaz Venero de Leiva.

De acuerdo con el Mariscal Quesada, Montaño fue depuesto en 1558 por un golpe de Estado,
dirigido por el Oidor Tomás López, quien llegó a Santafé en 1557. Formaron la Audiencia en aquel
tiempo los Oidores Francisco Briceño, decano; Tomás López y el Licenciado Alonso de Grajeda,
llegado también en 1557; Juan Maldonado, primer Fiscal del Tribunal, quien ejerció dos años, de
1556 a 1558, en que le sucedió García de Valverde. Al año siguiente ocupó asiento en ella el Oidor
Melchor Pérez de Arteaga; en 1561 llegaron los Oidores Diego de Castejón y Diego de Villafañe,
quienes sucedieron a López y a Maldonado, promovidos; en 1563 se incorporó a ella el Oidor Juan
López de Cepeda. Estos Ministros gobernaron hasta el 21 de febrero de 1564, día en que
se encargódel Gobierno en Santafé el primer Presidente Venero de Leiva, ya mencionado (7) .

Su Santidad Pío IV, a solicitud del Rey Felipe II, expidió Bula en 11 de abril de 1553, por la
cual dispuso que la iglesia Catedral de Santa Marta, con su prelado fray Juan de los Barrios y
Toledo, y Capitulares, Deán Francisco Adame, Arcediano Lope Clavijo, Tesorero Miguel Espejo,
Chantre Gonzalo Mejía, y Canónigo Alonso Ruiz, se trasladase a Santafé.

El Obispo Barrios, que lo había sido de La Asunción, vino a Santa Marta con el carácter de
Prelado de esta última Diócesis. A Bogotá llegó en 1553 a practicar visita eclesiástica, y tres años
después, en diciembre de 1556, se erigió a Santafé en Obispado, y por mandato del Rey fue
nombrado Obispo de la nueva Diócesis el mismo señor Barrios, quedando como Abadía el que era
Obispado de Santa Marta.

El Obispo quiso celebrar Sínodo Diocesano, para ordenar la disciplina eclesiástica y a fin de
dictar reglas que rigiesen y facilitasen la conversión de los indígenas, aún no establecidas. El día
de pascua del Espíritu Santo del año de 1556 abrió sesiones el Sínodo, presidido por el Obispo. A
él concurrieron los Capitulares Diego González y Alonso Ruiz, Curas beneficiados de Santafé; los
Curas de Tocaima, Tunja, Vélez y San Sebastián de Ibagué; el Presidente y Oidores de la
Audiencia, el Fiscal de ella y el Mariscal don Gonzalo Jiménez de Quesada, con funciones de
Procurador y en nombre de todas las ciudades del Nuevo Reino; religiosos de Santo Domingo y de
San Francisco, fray Bernabé, de la Orden Carmelita; otros frailes y varios letrados en leyes y en
cánones, tuvieron asiento en el primer Sínodo Episcopal, el cual sancionó Constituciones, divididas
en diez títulos (8) .

El Obispo Barrios hizo derribar la iglesia de paja que prestaba ya servicios de Catedral, y él
puso la primera piedra del que debía ser más tarde templo metropolitano de Santafé.

El Obispo Barrios fundó también el primer asilo de beneficencia que existió en Santafé, con el
nombre de Hospital de San Pedro, el cual estudiaremos luego detenidamente. El Prelado bendijo el
cementerio, que según palabras de Garzón de Tahuste, estaba añadido a la puerta de la dicha
iglesia Catedral, de treinta pies medidos desde la puerta principal de dicha iglesia hacia la plaza, e
hizo auto de esta demarcación, decretado a seis de enero de mil quinientos cincuenta y cinco
años, firmado de su nombre y refrendado de su Notario, que está escrito en el primer libro de
bautismos de dicha santa iglesia. Ocupaba pues ese cementerio parte del actual atrio, frente a la
Catedral.

Pío IV nombró Arzobispo de Santafé al señor Barrios, el año de 1563; pero el nuevo Prelado
no quiso ni usar el título ni erigir la metropolitana, por haber notado que en la Bula se le llamaba
Martín y no Juan. Siguió pues ejerciendo las funciones de Obispo.

Mientras llegó a Roma el Deán Adame con la consulta del Obispo Barrios, falleció Pío IV, y le
sucedió en el Pontificado Pío V, quien declaró que la Bula consultada no tenía vicio alguno.

30

Cuando esta resolución llegó a Santafé ya había muerto el Obispo Barrios, por lo cual hizo
solemne erección de la metropolitana el Deán Adame, en Sede vacante.

Antes de la muerte del señor Barrios (1569) se desplomó la mal construida Catedral, la
víspera del día fijado para bendecirla; el Deán emprendió de nuevo la obra, dirigiéndola
el Maestro Mayor Juan de Vergara, en 1572. Al siguiente año llegó el segundo Arzobispo (9) , fray
Luis Zapata de Cárdenas, también religioso franciscano, quien continuó la edificación del templo
con grande interés. Hízose la obra por remate, sobre doce columnas de orden toscano; pero
habiendo quebrado el rematador, se suspendió el trabajo hasta que la autoridad obligó a los
fiadores a concluirlo, lo que cumplieron sin darle solidez. Así duró dos siglos, sin sacristía ni
dependencias, el más importante de los templos de Santafé (10) .

Los retratos que se conservan de estos dos primeros Prelados, en la sacristía de la Catedral,
tienen las siguientes leyendas:

El Yllmo. Sr. Don fray Juan de los Barrios, de la orden de Sn. Franco, el Segundo
empossesion y primer Argobispo de Sta Fé en la qual entro el año de 1553, fallecio el de 1569.

El Jumo. Rmo. F. D. fray Luys Zapata de Cardenas De la orden de Sn. Franco, arzobispo de
Sta. Fé entro en possecion el año 1573. Paso de esta vida a la heterna el de 1590.

Habitaban en Santafé, un cuarto de siglo después de la fundación, Quesada, con buena renta
y el honorífico título de Mariscal, y gozaba de la estimación general por sus buenas prendas
personales y sus reconocidos méritos de Jefe de la conquista; muchos distinguidos Capitanes de
Federmann, Belalcázar, Lebrón, Lugo y del mismo Quesada, algunos con sus familias; numerosos
empleados civiles y no escasos comerciantes. Los campos inmediatos a la ciudad, cultivados por
los indígenas, en provecho de los encomenderos, azote del pueblo chibcha y demás tribus de
indios, producían en abundancia cereales y hortalizas de semilla europea, y el creciente comercio
traía al poblado géneros extranjeros y frutos de los climas cálidos, elementos que contribuían al
bienestar y desarrollo de la Colonia (11) .

Dijimos en la página 17 que el año de 1543 se levantó una diminuta capilla, frente a la actual
iglesia de La Veracruz, capilla que se llamó desde su fundación el Humilladero, y que se tuvo la
falsa creencia de que allí se dijo la primera misa, cuando Quesada hizo la primera fundación de la
ciudad. El Capitán Juan Muñoz de Collantes, notable conquistador, obtuvo solar en 1543, cedido
por el Ayuntamiento, y en él levantó la capilla mencionada la cofradía de La Veracruz.

Es digno de notarse que Quesada, Federmann y Belalcázar residían en Europa en ese año.
Las localidades situadas al norte del río San Francisco se llamaban en ese entonces el otro lado
del río, lo cual comprueba que estaban fuera del perímetro de la naciente ciudad, y sólo unidas a
ésta por un puente de madera. Doce años después de edificada la ermita, en 1555, se promovió
pleito sobre propiedad del área del Humilladero, y en las diligencias aparece que Juan Muñoz de
Collantes, quien declaró como testigo, fue quien hizo construir la capilla de allende el río, y que
como Mayordomo de la cofradía de La Veracruz obtuvo permiso del Adelantado Luis de Lugo para
construirla.

Más tarde, en 1708 y 1713, el hermano tercero Ginés de Vargas quiso ampliar la sencilla
construcción, a lo cual se opusieron los frailes de San Francisco.

A mediados del siglo XVIII quisieron los hermanos de la Orden Tercera que se demoliese la
ermita para construir en el mismo lugar el templo que lleva el nombre de la Orden, lo que no se
llevó a cabo porque se opuso el Procurador, don Francisco Antonio Moreno y Escandón.

31

En la ermita se tributó culto a las tres efigies del escenario del Gólgota, hasta 1876, año en
que el Gobernador de Cundinamarca, doctor Jacobo Sánchez, en obedecimiento de la voluntad de
la Cámara de Representantes, hizo demoler la ruinosa ermita que carecía de mérito arquitectónico
y en cuyos alrededores se vendía cebada en rama para bestias. El objeto de esta medida fue el de
embellecer esa parte de la ciudad dotándola con el Parque de Santander (12) .

Estos autores hicieron una compilación abundante de documentos y noticias sobre la historia
del Humilladero, donde podrá estudiarse con mayores detalles.

El área de la Plaza de San Francisco, de la cual el Humilladero no ocupaba sino el ángulo


noroeste, estaba rodeada así en 1572: acera occidental, iglesias de San Francisco y La Veracruz,
de reducidas proporciones; acera norte, apenas contaba con tres casas de particulares; acera
oriental, estuvo el primer convento de Santo Domingo y dos casas más; el lado sur estaba abierto
sin ninguna construcción, y una barranca separaba la parte plana de la plaza, llamada entonces
de Mercado, del río San Francisco. Fue en el año 1618, en el que gobernaba don Juan de Borja,
cuando se le concedió licencia a doña Jerónima de la Bastida para levantar edificios en este
costado sur de la plaza (13) .

(1) De la Peña, dice Ocáriz; Zamora, trae De la Torre.

(2)GROOT, Historia Eclesiástica y Civil, etc., segunda edición, vol. I, cap. VI.
ZAMORA, Historia de la Provincia de San Antonino del Nuevo Reino, etc. OCÁRIZ, Preludio
de las Genealogías, etc.

(3)FRAY JUAN MELÉNDEZ, Los Tesoros verdaderos de las Indias, I, págs. 428 y siguientes.
Fray Antonio de la Peña fue el primer Provincial de la nueva e independiente Provincia.

(4)Se encuentran noticias sobre los señores Lassos de la Vega en la Minuta Histórica
Zipaquireña, erudito y ameno libro de don Luis Orjuela, ágs. 21, 480 y 493.

(5) En el Diccionario Biográfico del Perú, por Mendiburu, se inserta la biografía del señor
Barrios.

(6) Después veremos la ampliación que tuvo este edificio, su reedificación a fines del siglo
XVIII, y estudiaremos los objetos artísticos que contiene. Véase GROOT, obra citada, 103 y
104. ZAMORA, libro citado, págs. 168, 169 y 189. ACOSTA, compendio Histórico, etc., pág.
338, I edición.

(7) QUIJANO OTERO, Compendio de Historia Patria, 2ª edición, pág. 83, y VERGARA y
GAITÁN, cuadro cronológico de los Gobernantes y Magistrados de Colombia, pág. 59,

32

aseveran que destituyó López a Montaño; PLAZA, Memorias para la Historia, pág. 193, dice
que lo destituyó López y lo residenció Grajeda; FLÓREZ DE OCÁRIZ, lib, citado, pág. 82,
refiere que Grajeda lo envió preso a España. La causa original, que existe en el archivo de la
Colonia, que hemos consultado, da la misma luz histórica que Plaza.

(8) GROOT, obra citada; BASILIO VICENTE DE OVIEDO, Pensamientos y noticias para
diversión de Párrocos, obra inédita, que pertenece al autor de este libro; Boletín de
Historia, vol. V, 381.

(9) Hacemos notar que Fray Luis Zapata de Cárdenas ocupa el lugar de segundo Arzobispo
del Nuevo Reino de Granada, en cuanto al orden en que lo nombró la Silla Romana; pero en
realidad fue éste el primer Arzobispo, puesto que el señor Barrios, por la duda anotada, no
quiso ni tomar posesión ni ejercer las funciones de tan elevada jerarquía.

(10) CAICEDO Y FLÓREZ, Memorias para la historia de la santa iglesia metropolitana.

(11) Hay fundada tradición de que la casa del Mariscal era la marcada con el número 96, en
la calle 16 (calle Paláu), cuya puerta daba al Parque de Santander. Esta casa, subdividida, se
reconstruyó en 1897. También hay tradición de que habitó Quesada en la casa número 96de
la calle 12 que se llamó Calle del Sol, y luego calle de Quesada, entre las carreras 5a y 6ª. El
número 96 dicho fue del Gobierno colonial, y sirvió de primera Casa de Moneda, como se
verá después.

(12) RAFAEL ELISEO SANTANDER, El Humilladero, artículo de El Mosaico número 10, marzo
de 1864. ANÍBAL GALINDO, Recuerdos Históricos, pág. 256. E. POSADA, Narraciones, pág.
119.

(13) R. E. SANTANDER, El Mosaico número 11.

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CAPITULO IV

Organización del ramo de correos—Convento de carmelitas—Fundación del convento de San


Agustín—Se erige éste en máximo—Noticias sobre el edificio—Colegio de San Nicolás de Bari—Lo
que es el templo de San Agustín—La batalla de Lepanto—Autonomía nacional—Mejoras en las
vías de comunicación—Empleados en la Audiencia—Primera epidemia de viruela en Bogotá—
Sepárase del Gobierno Venero de Leiva—No quiere sucederle Gedeón de Hinojosa—Es nombrado
Presidente el Oidor don Francisco Briceño—Su muerte.

DESDE antes del descubrimiento del Nuevo Reino, en 1514, se había concedido privilegio en
España para administrar los correos a don Lorenzo Galíndez, y por cuenta de la casa del
privilegio se establecieron en Santafé, treinta años después de su fundación, y a su cargo duraron
hasta 1768, en que el Rey los incorporó a la Corona. Durante aquel largo periodo de tiempo
existió una Administración y un Juzgado de Correos, que recibían y despachaban, dos o tres
veces al año, el cajón o la petaca que encerraba noticias de la salud del Rey, algunos números
de El Aviso y de la Gaceta de Madrid, periódicos que pasaban de mano en mano entre los pocos
amantes de las letras del corto vecindario, y la no abundante correspondencia familiar y comercial
que unía a los colonos con la remota y no olvidada Madre Patria (1) .

El privilegio concedido a Galíndez por Fernando el Católico, le dio derecho a los


descendientes de Galíndez para heredarlo. En el Nuevo Reino de Granada el Conde de
Monterrico, heredero de Galíndez, gozó de la administración del correo. Diremos de una vez que
en 1750 el Virrey don José Alfonso Pizarro rompió el privilegio de Monterrico, y estableció los
correos por cuenta del Real Erario. Monterrico reclamó de esta resolución, y logró que en 1754 se
le devolvieran sus derechos. El rey Carlos III puso término al contrato, y arregló en 1768 que se les
concediera a los sucesores de Galíndez, en vez del privilegio, honores y pensión anual de $
14,000, lo que aceptó el Conde de Castillejos, representante de la sucesión. En consecuencia de
esta transacción, se dictó Real Cédula de 2 de julio de 1769, que ordenó la incorporación a la
Corona de todos los correos terrestres de América (2) .

Corría el año de 1560 cuando fray Bernabé de Cabrera y un compañero suyo, religiosos
carmelitas calzados, fundaron convento de su Orden en Santafé, en el sitio que habían ocupado ya
los franciscanos, que fue luego convento de recoletos de San Francisco, y definitivamente de
frailes de San Agustín, por donación que les hizo el Capitán Juan de Céspedes, marido de Isabel
Romero. No habiendo fundado con las licencias necesarias, el Cabildo Eclesiástico y las religiones
de San Francisco y Santo Domingo ocurrieron a la Corte y obtuvieron cédula, por la cual se
mandaba demoler el convento y remitir a España a los dos frailes carmelitas, disposiciones que se
cumplieron.

No obstante la decidida voluntad del Capitán Juan de Céspedes de fundar convento de


recoletos franciscanos en el edificio que dejaron los carmelitas recoletos de San Francisco, y de
haber arreglado el asunto con fray Pedro Valderrama, Comisario de la Orden, los franciscanos,
teniendo por Presidente a fray Pedro del Monte, apenas ocuparon el convento, que llamaron de
San Felipe, el corto espacio de un mes. El Padre Monte partió para España con la idea de traer
frailes descalzos de su Orden, para que habitasen la nueva casa, propósito que no cumplió, y los
cinco religiosos que se habían puesto a sus órdenes abandonaron el convento de San Felipe y
volvieron al máximo (3) .

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Desocupado el sitio del convento, tomó posesión de él, en octubre de 1575, fray Luis
Próspero Tinto, y aceptó donación del mismo Capitán Céspedes, para fundar convento de
agustinos calzados, con anuencia e intervención del Oidor Briceño y del Arzobispo Zapata de
Cárdenas. Fue éste el primer convento de agustinos calzados que se fundó en el Nuevo Reino, y
dependió del de Quito hasta el año de 1606, en que se erigió en máximo de la Provincia
agustiniana del Nuevo Reino de Granada. Levantaron los frailes amplios edificios en las dos
riberas del riachuelo Manzanares, que desde entonces se llamó San Agustín, formando los
costados sur y occidental de la Plaza de este nombre, y una sólida iglesia con dos torres, que se
arruinó. Levantada de nuevo en el mismo sitio, con una sola torre, tomaron grande empeño en
terminarla y decorarla fray Luis de Mesa (hijo del desgraciado Oidor Cortés de Mesa), bajo cuyos
auspicios se concluyó el templo y el claustro principal del convento, y fray Gaspar de Párraga,
quien hizo decorar el santuario con pinturas. Estos dos frailes eran bogotanos. El edificio del
costado occidental de la plaza fue destinado a colegio de novicios, bajo la advocación de San
Nicolás de Bari y con el nombre de San Miguel.

Quien hizo construir este Colegio fue fray Gregorio Agustín Salgado. Es de notarse que casi
todos los conventos y monasterios de Bogotá obedecen a una misma arquitectura: patios y
claustros espaciosos, arcos cintrados sobre fustes de piedra, adornados los últimos con capitel
toscano.

Más tarde, como veremos, lo vendieron al Concilio Provincial por $ 3,200, y sirvió algún
tiempo de hospicio y luego de cuartel (4) .

La iglesia de San Agustín conserva el carácter de las sólidas y pesadas construcciones


españolas del siglo XVI, moles de piedra que desafían las injurias del tiempo, que guardan valiosos
objetos históricos y artísticos en su antigua y recargada ornamentación, que no tiene uniformidad
en este templo por haber sido teatro de largo combate en 1862. Consérvanse en él algunas
pinturas de mérito: un retrato de San Agustín, de escuela italiana y autor desconocido; la sacra
familia, también de autor desconocido; la huida a Egipto, firmada: Grego Bazqz m. a, una de las
mejores obras del notable pintor nacional, y algunos otros cuadros de mérito por su antigüedad.

Respecto del cuadro de la Huida dice el notable artista don J. M. Groot:

Las figuras son como la mitad del natural. La Virgen, que va en su mula con el Niño, que
duerme reclinado sobre su pecho; San José, que va al pie de la mula en ademán de
conversar con su casta esposa; un ángel, que lleva la bestia de cabestro, y otro, pequeño,
que vuela sobre el grupo con una hacha encendida para alumbrar, y que con la otra mano
parece indicar el camino, son las figuras principales de esta magnífica aunque sencillísima
composición (5) .

El cuadro tiene movimiento, los trajes flotantes tienen suavidad y gracia, el clarooscuro es
inteligente, el dibujo correcto.

Entre las esculturas que se conservan en este templo merecen citarse una efigie de Jesús
Nazareno, comprada en Inglaterra, cuando el cisma de Enrique VIII, a la cual hicieron voto, a
principios del siglo XVII, las autoridades civiles y eclesiásticas, de celebrarlo especial fiesta todos
los años, el 14 de enero; efigie que figuró en las luchas y conmociones políticas en 1814, 1840 y
1862; y una virgen, llamada de Altagracia, sobre la cual dice Ocáriz lo siguiente:

La Virgen Santísima de Altagracia es de bulto, como de media vara de alto; trájola de


España Luis López Ortiz, fundador del convento de monjas de la Concepción de Santafé, y
la dio al de religiosos de San Agustín, con obligación de salves los sábados. Es imagen
milagrosa, y su cofradía, que es de las más antiguas, la tiene el gremio de los sastres, y su

35

nueva capilla se fabricó a costa de los bienes del Oidor don Gabriel Alvarez de Velasco, y el
tabernáculo, que es de los mejores que hay, lo costeó el Padre fray Lorenzo Cardoso,
Provincial que ha sido de esta religión.

Los altares que decoran las naves de esta antigua iglesia, algunos con efigie de talla de mérito
artístico, conservan, con toda su hermosura, el dorado fino, batido en Santafé, por artistas
nacionales que llamaban orives. En la nave central las reparaciones necesarias después del
combate de 1862, rompieron la armonía de la ornamentación.

Sobre la puerta principal del templo, cuya fachada en mala hora se pintó con cal, pues es de
piedra, se lee esta inscripción:

AÑO DE 1668

Y en el umbral de la misma puerta, talladas en piedra, las siguientes que cubren antiguos
sepulcros:

SOY DE FRANCIS
CO DE AGUDELO
Y SUS HEREDEROS

SOY DE AN
FERnZ DE SI ....
Y SVS SV
CE SORE
AÑO DE 1640.

En la nave izquierda del templo se encuentra una cripta cubierta con losas de piedra arenisca,
y en una de éstas hay grabado un escudo de armas partido en pal, y esta inscripción:

AÑO DE 169 ....


JUAN XIMENEZ DE LA PARR

El fundador de esta iglesia, fray Luis Próspero Tinto, declaró, al hacer la erección, que ésta era
por toda la eternidad (6) ; no pensó así el General Tomás C. de Mosquera el año de 1861, en el
cual, como veremos después, extinguió las comunidades religiosas en Colombia.

En los últimos tiempos se han encargado del cuidado de la iglesia los frailes agustinos
calzados, de origen español, y ellos han mejorado la iglesia, cubriendo con madera el piso de la
nave principal e iluminando el templo con luz eléctrica. La capilla de Jesús, anexa a la iglesia, se
destruyó por un incendio en 1862. Al estudiar los sucesos de este año daremos pormenores.

El reloj que presta servicio público en la torre de la iglesia es propiedad del Ejército
Nacional.

En el muro occidental de la nave mayor del templo, no lejos de la puerta principal, se lee la
siguiente en letras de oro sobre mármol negro:

COVSAGRO ESTYGLESY DE
N. P. S. AVGYn EL YLLmo S. D. D. PEDRO
PHe DEAZVA ARZOBo DE ESTE No Ro
A 24 DE SEPTe AÑO DE 1748

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Llegó a Santafé en 1572 la siguiente Real Cédula, que es un parte de la batalla de Lepanto, y
que insertamos para ampliar los documentos que dan luz sobre las costumbres de esa época:

El Rey-Muy Reverendo in Cristo, Padre Arzobispo del Nuevo Reino de Granada de las
nuestras Indias del mar océano del nuestro Consejo.

Esta os mando y escribo para que sepáis la vitoria que Nuestro Señor ha sido servido
darnos en siete de octubre pasado, contra toda la armada del turco, yendo por General de la
nuestra el Ilustrísimo don Juan de Austria, mi hermano, que ha sido cosa de grande
importancia para la quietud y sosiego de toda la cristiandad, porque se le deben dar y doy
muchas gracias a Su Majestad eterna de cuya divina mano y voluntad todo procede.

Y ansí os encargo deis orden como en esa santa iglesia y en las otras de vuestra
Diócesis, en las oraciones y sacrificios que se hacen se le den por la merced que en ésta y
en todo continuamente nos hace, suplicando a su Divina Majestad lleve adelante estos
buenos sucesos para su Santo servicio, conservación católica, y asimismo ordenamos se
hagan oraciones por las ánimas de y aumento de nuestra santa fe los que hubieren muerto
en ella, en que nos haréis placer y servicio.

De San Lorenzo, a veintiséis de diciembre de MDLXXI años.

Yo EL REY

Por mandado de Su Majestad,

Antonio de Erasso (7)

Venero de Leiva ejercía el Poder Ejecutivo y presidía la Audiencia, con facultades de


Gobernador y Capitán General y con título de Presidente del Nuevo Reino, primero que lo tuvo y
que gobernó sin dependencia de los Virreyes del Perú. Alcanzó este notable Magistrado el
honorífico título de Padre del pueblo.

Durante su Gobierno se abrió el camino de Honda, vía que facilitó el tráfico interior, y se
estableció la navegación en champanes en el Magdalena, la cual permitió a los santafereños traer
de España objetos de ornato y comodidad, hasta entonces de imposible transporte hasta la
Sabana, que fue cruzada en aquella época por las primeras ruedas, aunque no existía puente
alguno sobre el río Funza.

Mientras gobernó Venero llegaron el Oidor Diego de Villafañe y el Fiscal Alonso de Latorre,
quienes ayudaron al Presidente a aliviar a los primeros virolentos que hubo en esta capital. El
exantema, de importación europea, se desenvolvió con tan increíble violencia, que dejó
despobladas florecientes ciudades y aldeas. Los antiguos cronistas no consignaron dato alguno
estadístico sobre aquella primera epidemia de viruela, y sólo pintaron, a grandes rasgos, el estrago
producido por tan terrible enfermedad en la numerosa población indígena del centro de Colombia.
Alivió los numerosos enfermos en la capital la generosa mano del Presidente Venero, que derramó
sobre ellos auxilios abundantes y oportunos.

Dejó el Gobierno el Presidente en 1574, y nombrado para sucederle Gedeón de Hinojosa,


renunció el cargo, que le fue conferido a don Francisco Briceño, el viejo y débil Oidor de los malos
tiempos de Montaño. Gobernó desde marzo de 1575 hasta el 13 de diciembre del mismo año, día

37

en que murió repentinamente (8) , sin que ocurriera durante su corto Gobierno más asunto digno
de mencionarse que la erección del convento de San Agustín, de que hemos hablado. Briceño era
natural de Valladolid, fue el Juez del Conquistador Belalcázar por la muerte de Jorge Robledo, y
fundó la villa de Almaguer, como Gobernador de Popayán. (9)

(1)El Juzgado de Correos lo formaban el Virrey, como Juez protector; un Asesor y un Escribano. La
Administración Principal, la de Bogotá, tenía los siguientes empleados: un Administrador, Jefe de la
Oficina; un Interventor oficial primero y tres Oficiales subalternos JOAQUÍN DURAN y DÍAZ, Guía
de Forasteros del Nuevo Reino de Granada, etc., 1793. pág. 19.

(2) CARLOS BENEDETTI, Historia de Colombia. Edición de Lima, pág. 961.

(3) PEDRO SIMÓN, Noticias Historiales, vol. su, págs. 169 y 170.

(4) Adelante estudiaremos, con detenimiento, el templo de San Agustín, ligado a nuestras luchas
civiles más de una vez. Los datos anteriores los hemos tomado de OCARIZ, págs. 164 y 292;
PLAZA, pág. 216; ZAMORA, pág. 347; PIEDRAHITA, Historia General del Nuevo Reino, 2ª edición,
pág. 148, y GARZÓN DE TAHUSTE, Boletín de Historia, vol. VI, 635.

(5)J. M. GROOT, El Mosaico número 29. 1864.

(6) ANTONIO DE LA CALANCHA, Crónica moralizada del Orden de San Agustín en el Perv,
etc., 1638. Edición de Barcelona.

(7)Documento inédito hasta hoy, cuyo original se encuentra en el archivo histórico anexo á la
Biblioteca Nacional.

(8)ALVARO RESTREPO EUSE, Diccionario Histórico de la Colonia.

(9)JAIME ARROYO, Historia de la Gobernación de Popayán, pág. 347.

38

CAPITULO IV
Organización del ramo de correos—Convento de carmelitas—Fundación del convento de San
Agustín—Se erige éste en máximo—Noticias sobre el edificio—Colegio de San Nicolás de Bari—Lo
que es el templo de San Agustín—La batalla de Lepanto—Autonomía nacional—Mejoras en las
vías de comunicación—Empleados en la Audiencia—Primera epidemia de viruela en Bogotá—
Sepárase del Gobierno Venero de Leiva—No quiere sucederle Gedeón de Hinojosa—Es nombrado
Presidente el Oidor don Francisco Briceño—Su muerte.

DESDE antes del descubrimiento del Nuevo Reino, en 1514, se había concedido privilegio en
España para administrar los correos a don Lorenzo Galíndez, y por cuenta de la casa del
privilegio se establecieron en Santafé, treinta años después de su fundación, y a su cargo duraron
hasta 1768, en que el Rey los incorporó a la Corona. Durante aquel largo periodo de tiempo
existió una Administración y un Juzgado de Correos, que recibían y despachaban, dos o tres
veces al año, el cajón o la petaca que encerraba noticias de la salud del Rey, algunos números
de El Aviso y de la Gaceta de Madrid, periódicos que pasaban de mano en mano entre los pocos
amantes de las letras del corto vecindario, y la no abundante correspondencia familiar y comercial
que unía a los colonos con la remota y no olvidada Madre Patria (1) .

El privilegio concedido a Galíndez por Fernando el Católico, le dio derecho a los


descendientes de Galíndez para heredarlo. En el Nuevo Reino de Granada el Conde de
Monterrico, heredero de Galíndez, gozó de la administración del correo. Diremos de una vez que
en 1750 el Virrey don José Alfonso Pizarro rompió el privilegio de Monterrico, y estableció los
correos por cuenta del Real Erario. Monterrico reclamó de esta resolución, y logró que en 1754 se
le devolvieran sus derechos. El rey Carlos III puso término al contrato, y arregló en 1768 que se les
concediera a los sucesores de Galíndez, en vez del privilegio, honores y pensión anual de $
14,000, lo que aceptó el Conde de Castillejos, representante de la sucesión. En consecuencia de
esta transacción, se dictó Real Cédula de 2 de julio de 1769, que ordenó la incorporación a la
Corona de todos los correos terrestres de América (2) .

Corría el año de 1560 cuando fray Bernabé de Cabrera y un compañero suyo, religiosos
carmelitas calzados, fundaron convento de su Orden en Santafé, en el sitio que habían ocupado ya
los franciscanos, que fue luego convento de recoletos de San Francisco, y definitivamente de
frailes de San Agustín, por donación que les hizo el Capitán Juan de Céspedes, marido de Isabel
Romero. No habiendo fundado con las licencias necesarias, el Cabildo Eclesiástico y las religiones
de San Francisco y Santo Domingo ocurrieron a la Corte y obtuvieron cédula, por la cual se
mandaba demoler el convento y remitir a España a los dos frailes carmelitas, disposiciones que se
cumplieron.

No obstante la decidida voluntad del Capitán Juan de Céspedes de fundar convento de


recoletos franciscanos en el edificio que dejaron los carmelitas recoletos de San Francisco, y de
haber arreglado el asunto con fray Pedro Valderrama, Comisario de la Orden, los franciscanos,
teniendo por Presidente a fray Pedro del Monte, apenas ocuparon el convento, que llamaron de
San Felipe, el corto espacio de un mes. El Padre Monte partió para España con la idea de traer
frailes descalzos de su Orden, para que habitasen la nueva casa, propósito que no cumplió, y los
cinco religiosos que se habían puesto a sus órdenes abandonaron el convento de San Felipe y
volvieron al máximo (3) .

39

Desocupado el sitio del convento, tomó posesión de él, en octubre de 1575, fray Luis
Próspero Tinto, y aceptó donación del mismo Capitán Céspedes, para fundar convento de
agustinos calzados, con anuencia e intervención del Oidor Briceño y del Arzobispo Zapata de
Cárdenas. Fue éste el primer convento de agustinos calzados que se fundó en el Nuevo Reino, y
dependió del de Quito hasta el año de 1606, en que se erigió en máximo de la Provincia
agustiniana del Nuevo Reino de Granada. Levantaron los frailes amplios edificios en las dos
riberas del riachuelo Manzanares, que desde entonces se llamó San Agustín, formando los
costados sur y occidental de la Plaza de este nombre, y una sólida iglesia con dos torres, que se
arruinó. Levantada de nuevo en el mismo sitio, con una sola torre, tomaron grande empeño en
terminarla y decorarla fray Luis de Mesa (hijo del desgraciado Oidor Cortés de Mesa), bajo cuyos
auspicios se concluyó el templo y el claustro principal del convento, y fray Gaspar de Párraga,
quien hizo decorar el santuario con pinturas. Estos dos frailes eran bogotanos. El edificio del
costado occidental de la plaza fue destinado a colegio de novicios, bajo la advocación de San
Nicolás de Bari y con el nombre de San Miguel.

Quien hizo construir este Colegio fue fray Gregorio Agustín Salgado. Es de notarse que casi
todos los conventos y monasterios de Bogotá obedecen a una misma arquitectura: patios y
claustros espaciosos, arcos cintrados sobre fustes de piedra, adornados los últimos con capitel
toscano.

Más tarde, como veremos, lo vendieron al Concilio Provincial por $ 3,200, y sirvió algún
tiempo de hospicio y luego de cuartel (4) .

La iglesia de San Agustín conserva el carácter de las sólidas y pesadas construcciones


españolas del siglo XVI, moles de piedra que desafían las injurias del tiempo, que guardan valiosos
objetos históricos y artísticos en su antigua y recargada ornamentación, que no tiene uniformidad
en este templo por haber sido teatro de largo combate en 1862. Consérvanse en él algunas
pinturas de mérito: un retrato de San Agustín, de escuela italiana y autor desconocido; la sacra
familia, también de autor desconocido; la huida a Egipto, firmada: Grego Bazqz m. a, una de las
mejores obras del notable pintor nacional, y algunos otros cuadros de mérito por su antigüedad.

Respecto del cuadro de la Huida dice el notable artista don J. M. Groot:

Las figuras son como la mitad del natural. La Virgen, que va en su mula con el Niño, que
duerme reclinado sobre su pecho; San José, que va al pie de la mula en ademán de
conversar con su casta esposa; un ángel, que lleva la bestia de cabestro, y otro, pequeño,
que vuela sobre el grupo con una hacha encendida para alumbrar, y que con la otra mano
parece indicar el camino, son las figuras principales de esta magnífica aunque sencillísima
composición (5) .

El cuadro tiene movimiento, los trajes flotantes tienen suavidad y gracia, el clarooscuro es
inteligente, el dibujo correcto.

Entre las esculturas que se conservan en este templo merecen citarse una efigie de Jesús
Nazareno, comprada en Inglaterra, cuando el cisma de Enrique VIII, a la cual hicieron voto, a
principios del siglo XVII, las autoridades civiles y eclesiásticas, de celebrarlo especial fiesta todos
los años, el 14 de enero; efigie que figuró en las luchas y conmociones políticas en 1814, 1840 y
1862; y una virgen, llamada de Altagracia, sobre la cual dice Ocáriz lo siguiente:

La Virgen Santísima de Altagracia es de bulto, como de media vara de alto; trájola de


España Luis López Ortiz, fundador del convento de monjas de la Concepción de Santafé, y
la dio al de religiosos de San Agustín, con obligación de salves los sábados. Es imagen
milagrosa, y su cofradía, que es de las más antiguas, la tiene el gremio de los sastres, y su

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nueva capilla se fabricó a costa de los bienes del Oidor don Gabriel Alvarez de Velasco, y el
tabernáculo, que es de los mejores que hay, lo costeó el Padre fray Lorenzo Cardoso,
Provincial que ha sido de esta religión.

Los altares que decoran las naves de esta antigua iglesia, algunos con efigie de talla de mérito
artístico, conservan, con toda su hermosura, el dorado fino, batido en Santafé, por artistas
nacionales que llamaban orives. En la nave central las reparaciones necesarias después del
combate de 1862, rompieron la armonía de la ornamentación.

Sobre la puerta principal del templo, cuya fachada en mala hora se pintó con cal, pues es de
piedra, se lee esta inscripción:

AÑO DE 1668

Y en el umbral de la misma puerta, talladas en piedra, las siguientes que cubren antiguos
sepulcros:

SOY DE FRANCIS
CO DE AGUDELO
Y SUS HEREDEROS

SOY DE AN
FERnZ DE SI ....
Y SVS SV
CE SORE
AÑO DE 1640.

En la nave izquierda del templo se encuentra una cripta cubierta con losas de piedra arenisca,
y en una de éstas hay grabado un escudo de armas partido en pal, y esta inscripción:

AÑO DE 169 ....


JUAN XIMENEZ DE LA PARR

El fundador de esta iglesia, fray Luis Próspero Tinto, declaró, al hacer la erección, que ésta era
por toda la eternidad (6) ; no pensó así el General Tomás C. de Mosquera el año de 1861, en el
cual, como veremos después, extinguió las comunidades religiosas en Colombia.

En los últimos tiempos se han encargado del cuidado de la iglesia los frailes agustinos
calzados, de origen español, y ellos han mejorado la iglesia, cubriendo con madera el piso de la
nave principal e iluminando el templo con luz eléctrica. La capilla de Jesús, anexa a la iglesia, se
destruyó por un incendio en 1862. Al estudiar los sucesos de este año daremos pormenores.

El reloj que presta servicio público en la torre de la iglesia es propiedad del Ejército
Nacional.

En el muro occidental de la nave mayor del templo, no lejos de la puerta principal, se lee la
siguiente en letras de oro sobre mármol negro:

COVSAGRO ESTYGLESY DE
N. P. S. AVGYn EL YLLmo S. D. D. PEDRO
PHe DEAZVA ARZOBo DE ESTE No Ro
A 24 DE SEPTe AÑO DE 1748

41

Llegó a Santafé en 1572 la siguiente Real Cédula, que es un parte de la batalla de Lepanto, y
que insertamos para ampliar los documentos que dan luz sobre las costumbres de esa época:

El Rey-Muy Reverendo in Cristo, Padre Arzobispo del Nuevo Reino de Granada de las
nuestras Indias del mar océano del nuestro Consejo.

Esta os mando y escribo para que sepáis la vitoria que Nuestro Señor ha sido servido
darnos en siete de octubre pasado, contra toda la armada del turco, yendo por General de la
nuestra el Ilustrísimo don Juan de Austria, mi hermano, que ha sido cosa de grande
importancia para la quietud y sosiego de toda la cristiandad, porque se le deben dar y doy
muchas gracias a Su Majestad eterna de cuya divina mano y voluntad todo procede.

Y ansí os encargo deis orden como en esa santa iglesia y en las otras de vuestra
Diócesis, en las oraciones y sacrificios que se hacen se le den por la merced que en ésta y
en todo continuamente nos hace, suplicando a su Divina Majestad lleve adelante estos
buenos sucesos para su Santo servicio, conservación católica, y asimismo ordenamos se
hagan oraciones por las ánimas de y aumento de nuestra santa fe los que hubieren muerto
en ella, en que nos haréis placer y servicio.

De San Lorenzo, a veintiséis de diciembre de MDLXXI años.

Yo EL REY

Por mandado de Su Majestad,

Antonio de Erasso (7)

Venero de Leiva ejercía el Poder Ejecutivo y presidía la Audiencia, con facultades de


Gobernador y Capitán General y con título de Presidente del Nuevo Reino, primero que lo tuvo y
que gobernó sin dependencia de los Virreyes del Perú. Alcanzó este notable Magistrado el
honorífico título de Padre del pueblo.

Durante su Gobierno se abrió el camino de Honda, vía que facilitó el tráfico interior, y se
estableció la navegación en champanes en el Magdalena, la cual permitió a los santafereños traer
de España objetos de ornato y comodidad, hasta entonces de imposible transporte hasta la
Sabana, que fue cruzada en aquella época por las primeras ruedas, aunque no existía puente
alguno sobre el río Funza.

Mientras gobernó Venero llegaron el Oidor Diego de Villafañe y el Fiscal Alonso de Latorre,
quienes ayudaron al Presidente a aliviar a los primeros virolentos que hubo en esta capital. El
exantema, de importación europea, se desenvolvió con tan increíble violencia, que dejó
despobladas florecientes ciudades y aldeas. Los antiguos cronistas no consignaron dato alguno
estadístico sobre aquella primera epidemia de viruela, y sólo pintaron, a grandes rasgos, el estrago
producido por tan terrible enfermedad en la numerosa población indígena del centro de Colombia.
Alivió los numerosos enfermos en la capital la generosa mano del Presidente Venero, que derramó
sobre ellos auxilios abundantes y oportunos.

Dejó el Gobierno el Presidente en 1574, y nombrado para sucederle Gedeón de Hinojosa,


renunció el cargo, que le fue conferido a don Francisco Briceño, el viejo y débil Oidor de los malos
tiempos de Montaño. Gobernó desde marzo de 1575 hasta el 13 de diciembre del mismo año, día

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en que murió repentinamente (8) , sin que ocurriera durante su corto Gobierno más asunto digno
de mencionarse que la erección del convento de San Agustín, de que hemos hablado. Briceño era
natural de Valladolid, fue el Juez del Conquistador Belalcázar por la muerte de Jorge Robledo, y
fundó la villa de Almaguer, como Gobernador de Popayán.

(1)El Juzgado de Correos lo formaban el Virrey, como Juez protector; un Asesor y un Escribano. La
Administración Principal, la de Bogotá, tenía los siguientes empleados: un Administrador, Jefe de la
Oficina; un Interventor oficial primero y tres Oficiales subalternos JOAQUÍN DURAN y DÍAZ, Guía
de Forasteros del Nuevo Reino de Granada, etc., 1793. pág. 19.

(2) CARLOS BENEDETTI, Historia de Colombia. Edición de Lima, pág. 961.

(3) PEDRO SIMÓN, Noticias Historiales, vol. su, págs. 169 y 170.

(4) Adelante estudiaremos, con detenimiento, el templo de San Agustín, ligado a nuestras luchas
civiles más de una vez. Los datos anteriores los hemos tomado de OCARIZ, págs. 164 y 292;
PLAZA, pág. 216; ZAMORA, pág. 347; PIEDRAHITA, Historia General del Nuevo Reino, 2ª edición,
pág. 148, y GARZÓN DE TAHUSTE, Boletín de Historia, vol. VI, 635.

(5)J. M. GROOT, El Mosaico número 29. 1864.

(6) ANTONIO DE LA CALANCHA, Crónica moralizada del Orden de San Agustín en el Perv,
etc., 1638. Edición de Barcelona.

(7)Documento inédito hasta hoy, cuyo original se encuentra en el archivo histórico anexo á la
Biblioteca Nacional.

(8)ALVARO RESTREPO EUSE, Diccionario Histórico de la Colonia.

(9)JAIME ARROYO, Historia de la Gobernación de Popayán, pág. 347.

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CAPITULO V
Gobierno de la Audiencia—Costumbres de aquellos tiempos—La bella santafereña—Los nobles de
la época—Las Alcantarillas de la Sabana—Matrimonios—Nueva Audiencia, presidida por don Lope
Díez Aux de Armendáriz. Causa seguida al Oidor Cortés de Mesa—El Visitador Monzón—
Asesinato de Juan de los Ríos—Castigo de los reos—El Visitador Orellana y otros Oidores—Una
obra pía—La ermita de Belén—Juzgado de Difuntos—Severidad del Oidor Pérez de Salazar—La
fuente de la plaza—Cambios en el Gobierno—Segunda epidemia de viruela y primer médico que
ejerció en Santafé.

Casa de la Audiencia.

LLEGÓ a Santafé, en 1574, el Licenciado Francisco de Anuncibay, a llenar la silla que en la


Audiencia tenía el Oidor Cepeda, y en años siguientes ocuparon puesto en aquel Tribunal el
Licenciado Antonio de Cetina (en la silla del Oidor Angulo) y el Licenciado Andrés Cortés de Mesa
(en la del Oidor Narváez). Esta Audiencia ejerció el Gobierno por falta de Presidente, sin que se
recuerden de sus disposiciones alguna en favor del pueblo; en cambio la crónica recogió y guarda
los amores de Anuncibay, estrechamente enlazados con la calzada de Occidente, la más
importante del país hasta que se inauguró el ferrocarril de la Sabana, y un crimen, cometido por el
Oidor Cortés de Mesa.

Empezó entonces para la joven Santafé una época singular, que ha pasado a la historia
con rasgos novelescos, llena de aventuras, ya amorosas, ya criminales.

La sociedad iba amoldándose a ciertas costumbres, mezcla de las usanzas castellanas y


andaluzas que subsistieron sin cambio alguno notable hasta principios del siglo XIX. Ya hoy
todo ha cambiado mucho por efecto de los frecuentes viajes a Europa y en particular a
Francia.

En el tiempo de que hablamos no eran ya tanto las luchas con los naturales lo que
conmovía el espíritu público como las riñas entre los Oidores y los caballeros de la conquista.
Refiérese que el Arzobispo Barrios salía cabalgando en una mula a apaciguar pleitos y a
contener a aquellos altivos señores, que requerían la espada a la menor vislumbre de
desacato.

Las aventuras galantes estaban el orden del día, y era de verse uno de aquellos
mozalbetes embozado hasta las narices, rondar punteando la vihuela en altas horas de la
noche, alguna desierta calle, donde le escuchaba una hermosa sevillana o malagueña, o él

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mismo, al día siguiente, seguir de lejos a su amada, cuando ésta salía a misa acompañada de
su padre o de la dueña. Ostentaba entonces ancho sombrero, de rica pluma adornado, airosa
capa corta, calzón hueco y sujeto arriba de la rodilla, mangas con largas trozas y cuello
cubierto de encaje.

En ciertas noches reuníanse las damas santafereñas a bailar el minué o la chacona, y por
las tardes, asomadas a los balcones, veían pasar los gallardos mozos que lucían macizos
estribos de oro y ronzales de seda.

La Calle de la Carrera era así llamada porque iban a ella cada tarde los airosos jinetes a
mostrar el brío de sus elegantes bridones. Celebrábanse también allí las apuestas y corridas,
los tratos y cambios.

El pueblo gozaba de diversiones que hoy no tiene. En los días de huelga se reunían en
aquella Calle o en la rústica plaza, ninguna de las cuales estaba entonces empedrada, a gozar
de justas y torneos o entregaras al juego de cañas a que era muy aficionado.

Las damas usaban desde aquellos remotos tiempos las anchas mantillas de seda o paño
que aun hoy se conservan. En ciertos días solemnes, como la fiesta del Corpus, o el Jueves
Santo, cambiábanlas por mantillas de encaje negro, el cual, por su transparencia, dejaba ver
la hermosa y abundante cabellera, propia de las mujeres de raza española. Vestían también
ricas basquiñas y jubones de seda negra, con elegantes monjiles y mangas de punto blanco.

La vida del santafereño entrado en años era más ordenada y apacible. Se levantaba
temprano y oía misa de siete. Dos veces por semana el barbero iba a afeitarle. A las ocho
abría su oficina o almacén. Volvía a comer entre las doce y la una, para lo cual cerraba el
portón de la calle con el palo corredizo que éste tenía hacia adentro, y además echaba llave.
Dormía siesta, y si sabía luego a visitar a alguien, entraba diciendo: “Dios sea en esta casa.”
Faltábale pocas veces el chocolate a las cinco de la tarde y la cena a las nueve o diez de la
noche, después de rezar el rosario. Ea tiempo de cuaresma iba a las ferias, y en semana
santa concurría a alumbrar en las procesiones. La entrada de un nuevo Arzobispo o
Presidente, la llegada del correo de España, suceso que acontecía tres veces por año, las
fiestas religiosas propias de cada temporada, la solemne publicación de la Bula de la Santa
Cruzada, eran para él grandes acontecimientos. Su espíritu permanecía tan igual como el
clima de estas alturas, y la muerte venía a sorprenderle a una edad avanzada.

La perla de las damas santafereñas en aquellos días, la más notada por su gracia y
donaire, era la hija que don Antón de Olalla había tenido en su matrimonio con doña María de
Orrego. Otras había también muy hermosas y lozanas, tales como las dos hermanas doña
Catalina y doña Casilda Velásquez; pero doña Jerónima de Orrego y Olalla, que así se
llamaba aquélla, aventajaba a las demás por la elevada posición en que había nacido, merced
a los servicios de su padre.

Las dos hermanas Velásquez eran hijas de don Francisco, cuñado de don Francisco
Beltrán de Caicedo. Doña Catalina había nacido del primer matrimonio de su padre con doña
Ana de Fonseca, y doña Casilda, del segundo, con doña María de Cerezo Ortega, viuda del
conquistador don Juan de Olmos.

Notábanse además doña Catalina Calvo y doña Catalina Carrillo. En verdad que los que
no habían perdido ya la cabeza con doña Jerónima de Orrego, estarían a punto de perderla
con una de las tres Catalinas.

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Para aquella hermosa juventud femenina Santafé tenía entonces unos cuantos gallardos
mozos, nacidos allí e hijos de los primeros conquistadores, o venidos de España a
desempeñar puestos públicos en alguna empresa privada. Recordaremos, entre otros, a don
Juan Francisco Rodríguez Galeano, de la familia del ilustre fundador de Vélez, que gozaba de
la encomienda de Sopó y fue Alcalde de Santafé en repetidas ocasiones; a don Juan de
Olmos, tercero del nombre, nacido del matrimonio de don Juan, el compañero de Quesada,
con doña María de Cerezo Ortega. Conquistó, como su padre, la Sierra Nevada, y también
sirvió varias veces la Alcaldía de la ciudad; finalmente, a los hermanos don Francisco y don
Fernando Beltrán de Caicedo, hijos de don Francisco Beltrán y de doña María Pardo
Velásquez Dasmariñas. El primero había nacido en Santafé en 1577.

Celoso don Antón de Olalla de su hija doña Jerónima, que tenía más hermosa la cara que
el nombre, guardábala como un tesoro, y a menudo la ocultaba a las miradas de aquellos
codiciosos galanes. Sólo en tiempo de pascuas la traía a la ciudad a gozar de los paseos a
Fucha y al Boquerón, y así la hermosa santafereña pasaba la mayor parte del año en la
hacienda del Novillero, a la cual no podía irse sino atravesando vastas lagunas y peligrosos
fangales.

Aquel continuado encierro y la severidad de don Antón acrecentaban las amorosas


ansias de aquella apasionada juventud, entre la cual se contaba nada menos que don
Francisco de Anuncibay, Gobernador del Nuevo Reino. Encendióse la rivalidad entre éste y
don Fernando de Monzón, hijo del Licenciado don Juan Bautista, lo cual, visto por don Antón,
que era enemigo de querellas entre mandatarios, resolvió guardar a su hija en la Sabana
hasta que se aquietasen los pretendientes. Salió pues con ella en una gran balsa, y el fiel
Anuncibay les acompañó hasta Techo; pero a la vuelta encontró tan malos pasos y dio con
tantos resbalones y caídas, que al siguiente día nada más ocurrió a la Audiencia para
lamentarse de la falta de un buen camino y pedir que se construyese una calzada a través de
la laguna. El Real Acuerdo aprobó su demanda y cometió la diligencia al mismo Anuncibay.

Se dio éste a la tarea con el mayor empeño para lograr al fin tener mayores ocasiones de
ver a su amada; y fue así como se construyeron las alcantarillas que hoy existen y forman el
camellón de Occidente, las cuales, sin embargo, no se concluyeron hasta en los tiempos de
los Virreyes Pizarro y Solís.

A pesar de la obra útil que habla emprendido, Anuncibay no vio sus amores
recompensados, pues ya sea que doña Jerónima le desdeñase, ya que se viese forzado a
obedecerla Real orden que le nombró para la Audiencia de Quito, lo cierto es que dejó a
Santafé sin su pretendida, y entretanto su rival, don Fernando de Monzón, la logró por
esposa.

A éste siguieron otros matrimonios de personas que ya conocemos. Don Juan de Olmos
casó con doña Catalina Velásquez, y la hermana de ésta, doña Casilda, con don Francisco
Rodríguez Galeano (1) .

En enero de 1578 llegó un nuevo Oidor, el Licenciado Juan Rodríguez de Mora; y en agosto del
mismo año el tercer Presidente del Nuevo Reino, doctor don Lope Díez Aux de Armendáriz, cuarto
señor de Cadereita, con cinco mil ducados de sueldo. Al año siguiente llegaron también el Oidor
Pedro Zorrilla y el Fiscal Miguel Orozco, cuarto individuo que desempeñó el destino, y luego el
Oidor Cristóbal de Axcoeta, con los cuales quedó completo el Tribunal.

Aux de Armendáriz salió de Santa Marta, según frase del historiador Piedrahita, “tan cargado de
hombres como de mujeres, que las llevaban sus maridos para avecindarse en el Reino, entre
quienes iba Alonso Martin Carrillo y Beatriz de Cuéllar, que los siguieron desde el Valle de Upar, en

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cuyas conquistas había servido el Alonso de Martin con crédito de buen soldado; si bien de la
compañía de tantas mujeres se le siguió mucho descrédito al Miguel Diez, que se le continuó,
como se dirá adelante, hasta el fin de su Gobierno. Y habiendo llegado a Santafé con aquella
máxima que observaban todos los gobernadores de Indias, de mostrarse formidables en sus
primeras entradas, tomó la posición de sus oficios en diez y siete de enero del año de mil
quinientos y cuarenta y siete” (2) .

Además, Aux de Armendáriz fue un Juez parcial e injusto. Les siguió causa a Capitanes tan
distinguidos como. Luis Lanchero, Lope Montalvo y Baltasar Maldonado; y condenó a muerte e
hizo ejecutar en la horca a Francisco Palomo, no obstante haber manifestado éste en el suplicio
que se había acusado a sí mismo y a distinguidos Capitanes por el temor del tormento en proceso
que se les seguía por incendio.

Entre las causas notables que ocuparon el tiempo y la conciencia de aquellos Magistrados,
ninguna lo fue más que la seguida a su compañero de bufete, el Oidor Andrés Cortés de Mesa (3) .

Cortés de Mesa llegó a Cartagena a principios del año de 1576, y allí contrajo matrimonio con doña
Ana de Heredia. Acompañábalo en el viaje Juan de los Ríos, a quien ofreció protección si contraía
matrimonio con una hermana natural de doña Ana, lo que aceptó Ríos. Llegados a la capital, el
Oidor llevó a vivir a su propia casa los novios protegidos, y en septiembre del año dicho tomó
posesión del cargo de Oidor. No habiendo cumplido el doctor Mesa lo ofrecido, se disgustó Ríos y
separó casa, acompañándolo su esposa, y herido con el Oidor, logró promoverle causa, por la cual
lo aprisionó la Audiencia en el Cabildo, y allí permaneció hasta la llegada del Visitador, Licenciado
Juan Bautista Monzón, quien le dio su casa por cárcel mientras estudiaba el expediente.

El Visitador suspendió al Oidor Mora, amigo del Presidente Armendáriz, lo que dio nacimiento a
tres bandos: lopistas, que defendían los procederes de don Lope, Presidente; moristas, que
apoyaban al Oidor suspenso, y monzonistas, que aprobaban lo hecho por el Visitador. Llegó el
tiempo de tomar la residencia a los Oidores, acto que se verificó en las casas del Cabildo situadas
en la acera occidental de la plaza mayor, en el mismo sitio ocupado hoy por el Palacio municipal.

El Visitador tenía un Secretario, Lorenzo del Mármol, y éste un sobrino que le ayudaba en su
trabajo, llamado Andrés de Escobedo, quien con motivo de la causa tuvo entrada en casa del Oidor
Mesa y se enamoró de doña Ana de Heredia, llegando hasta declararle su pasión. Doña Ana
participó al Oidor lo acaecido, y éste, olvidando los deberes que impone la dignidad y lo sagrado
del hogar, indicó a doña Ana que recibiera al mozo, y con esperanzas y cariño lo obligara a
sustraer el proceso que contra él se levantaba; trató de hacerlo Escobedo, pero salió mal en su
empresa, porque el Secretario, su tío, comprendiendo lo que sucedía, puso en seguridad el
expediente.

Sucedió pues que un día, estándose paseando el Escobedo y el doctor en el zaguán, junto
a la puerta de la calle, pasó por ella el Juan de los Ríos. Viole por las espaldas el doctor, y por
enterararse bien, se asomó a la puerta, y volvió diciendo: “¡Ah, traidor! Aquí va aqueste
traidor, que él me tiene puesto en este estado.” Asomóse el Escobedo y viólo, y dijo: A un
pobrecillo como ese quitalle la vida.” Respondió el doctor: “No tengo yo un amigo de quien
fiarme, que ya lo hubiera hecho.” Respondió el Escobedo: “Pues aquí estoy yo, señor doctor,
que yo os ayudaré a la satisfacción de vuestra honra.” Este fue el principio por donde se trazó
la muerte al Juan de los Ríos: otras veces lo consultaron, como consta en sus
confesiones. Finalmente, el demonio, cuando quiere romper sus zapatos, lo sabe muy bien
hacer. El Juan de los Ríos era jugador y gastaba los días y las noches por las tablas de los
juegos. Pues sucedió que estando jugando en una de ellas, un día entró el Andrés de
Escobedo y púsose junto al Ríos, a verle jugar, el cual perdió el dinero que tenía; y
queriéndose levantar, le dijo el Andrés de Escobedo: “No se levante vuesamerced, juegue

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este pedazo de oro por ambos.” Echóle en la mesa un pedazo de barra, demás de ochenta
pesos, con el cual el Ríos volvió al juego, tuvo desquite de lo que habla perdido, hizo buena
ganancia, que partieron entre los dos; y de aquí trabaron muy grande amistad, de tal manera,
que andaban juntos y muchas veces comían juntos, y jugaba el uno por el otro. Duró esta
amistad más de seis meses, y al cabo de ellos el doctor Mesa y el Escobedo trataron el modo
como le habían de matar y a dónde. El concierto fue que el doctor Mesa aguardase a la vuelta
de la cerca del convento de San Francisco, donde se hacia un pozohondo en aquellos
tiempos, que hoy cae dentro de la cerca de dicho convento (4) , y que el Andrés de Escóbedo
llevase allí al Juan de los Ríos, donde le matarían. Asentado esto, una noche oscura, el doctor
Mesa tomó una aguja enastada y fuese al puesto, y el Escobedo fue en busca del Juan de los
Ríos. Hallóle en su casa cenando, llamóle, díjole que entrase y cenarían. Respondióle que ya
había cenado, y que lo había menester para un negocio. Salió el Ríos y díjole: “¿Qué habéis
menester?” Respondióle el Escobedo: “Unas mujeres me han convidado esta noche y no me
atrevo a ir solo.” Dljole el Ríos : “Pues yo iré con vos.” Entró a su aposento, tomó su espada y
capa, y fuéronse juntos hacia San Francisco. Llegando al puente comenzó el Escobedo a
cojear de un pie. Díjole el Ríos: “¿ Qué tenéis, que vais cojeando ?” Respondióle: “Llevo una
piedrezuela metida en una bota y vame matando.” “Pues descalzaos,” dijo el Ríos. “Ahí
adelante lo haré.” Pasaron la puente, tomaron la calle abajo hacia donde le esperaban.
Llegando cerca de la esquina dijo: “Ya no puedo sufrir, esta bota, quiérome
descalzar.” Asentóse y comenzó a tirar de la bota. Díjole el Ríos: “Dad acá, que. yo os
descalzaré.” Puso la espada en el suelo y comenzó a tirar de la bota. El Escobedo sacó un
pañuelo de la faltriquera, dijo: “Sudando vengo,” en alta voz, limpióse el rostro y echó el
pañuelo sobre el sombrero, señal ya platicada. Salió el doctor Mesa, y con la aguja que había
llevado, atravesó al Juan de los Ríos, cosiéndolo con el suelo. Levantóse el Escobedo y diole
otras tres o cuatro estocadas, con que le acabaron de matar; y antes que muriese, a un grito
que dio el de los Ríos a los primeros golpes, le acudió el doctor Mesa a la boca a quitarle la
lengua, y el herido le atravesó un dedo con los dientes. Muerto como tengo dicho, le sacaron
el corazón, le cortaron las narices y orejas y los miembros genitales, y todo esto echaron en
un pañuelo; desviaron el cuerpo de la calle hacia el río, metiéronlo entre las yerbas, y fuéronse
a casa del doctor Mesa. El Escobedo le hizo presente a la señora doña Ana de Heredia de lo
que llevaba en el pañuelo, la cual hizo grandes extremos, afeando el mal hecho. Metióse en
su aposento, y cerró la puerta, dejándolos en la sala. Ellos acordaron de ir a quitar el cuerpo
de donde lo hablan dejado, diciendo que sería mejor echarlo en aquel pozo, que con las
lluvias de aquellos días estaba muy hondo; y para echalle pesgas pidió el doctor a una negra
de su servicio una botija y un cordel. Trajo la botija; no hallaba el cordel; su amo le daba prisa.
Tenía en el patio una de cáñamo en que tendía la ropa; quitólo y dióselo. Llamó el doctor a
don Luis de Mesa, su hermano, y diole la botija y el cordel que los llevase, y fuéronse todos
tres donde estaba el cuerpo. Hincheron la botija de agua, atáronsela al pescuezo, y una piedra
que trajeron del río a los pies, y eoháronlo al pozo. Las demás cosas que llevaron en el
pañuelo lleváronlas y por debajo de la ermita de Nuestra Señora de Las Nieves, en aquellos
pantanos las enterraron. Amanecía ya el día; el doctor se fue a su casa y el Andrés de
Escobedo a casa del Visitador (5) .

(1) GUTIÉRREZ PONCE, lib. cit.

(2) PIEDRAHITA, Historia General de las conquistas del Nuevo Reino de Granada. 302.

(3) El Carnero llama a Cortés de Mesa Andrés; OCÁRIZ, lib. cit, lo llama Luis; los historiadores lo
han llamado Andrés o Luis, siguiendo las dos crónicas: nosotros aceptamos el primer nombre por
ser, sin duda, el más popular, y por poseer un ejemplar de las Genealogías, donde corrigió con
pluma probablemente el autor, el nombre de Luis. Además, en la causa figura don Luis de Mesa,
hermano de don Andrés, y es improbable que los dos tuvieran el mismo nombre.

48

(4) Hoy carrera 8ª o Calle Nueva de Florián.

(5) RODRIGUEZ FRESLE, El Carnero, capítulo XII.

Pasados ocho días, una mujer sacaba barro del pozo y encontró los pies del muerto; asustada
dio aviso de lo ocurrido en el inmediato convento de San Francisco, y luego a la justicia, la cual
procedió con actividad; sacaron el cadáver, y a voz de pregón se ordenó que fuesen a reconocerlo.
Un comerciante llamado Victoria dijo que el cadáver era el de Ríos; la esposa de éste declaró que
hacía ocho días que había salido, de noche, con Escobedo, y que desde entonces no lo veía;
llevada ante el cadáver, levantóle un brazo, fijóse en un lunar que allí tenía, y sin vacilar dijo: “Este
es Juan de los Ríos, mi marido, y el doctor Mesa lo ha muerto.” Ordenóse en la Audiencia la prisión
de Mesa, y al efectuarla dijo al Secretario Juan de Albis: “Dadme por fe y testimonio que este dedo
no me lo mordió el muerto, sino que saliendo de este aposento me lo cogió esta puerta.” Preso
Mesa y los habitantes de su casa, y depositada doña Ana de Heredia, ésta contó el hecho sin
reservas, y esa tarde rindió confesión el Oidor declarándose culpable y comprometiendo a
Escobedo. Aprehendido éste, sin querer escapar, también declaró lo sucedido. Terminado el
proceso, fue sentenciado el Oidor Mesa a ser degollado, y Escobedo a ser arrastrado a cola de
caballo y ahorcado en el lugar en que cometieron el delito.

Es de notarse que las diferencias nobiliarias de la época llegaban hasta el cadalso. Los
hijosdalgo, como Cortés de Mesa, tenían el privilegio concedido por las leyes de la monarquía
española, de no ser ahorcados ni arrastrados a cola de caballo, sino decapitados; para los de la
gleba se reservaba la horca.

Mesa salió con prisiones de las casas reales al cadalso, adonde lo acompañaron el Arzobispo
Zapata de Cárdenas y el cirujano Juan Suárez o Sánchez, quién tenía la misión de dirigir la mano
del verdugo. Pidió Mesa que un negro que desempeñaba este humillante cargo fuese
reemplazado, porque había sido su esclavo, a lo que se accedió; declaró que la muerte de Juan
Rodríguez de los Puertos, quien había sido ajusticiado, como responsable de haber fijado libelos
infamatorios, fue injusta, pues los libelos habían sido fijados por él (Mesa). Separóse el Arzobispo
del cadalso, levantado frente a las casas de la Audiencia (hoy esquina sudoeste del Capitolio
Nacional), después de haber absuelto al reo, y se dirigió a la Catedral, acompañado de los
prebendados. Cumplida la justicia, el cadáver fue llevado al templo Metropolitano, donde se le
hicieron exequias fúnebres. Los testigos de aquel suplicio convinieron en la justicia de él, pues el
Oidor, a más del crimen por que fue sentenciado, asesinato aleve, confesó la responsabilidad de
los pasquines, que llevaron a la horca a un inocente, y la intención que había tenido de dar muerte
a Escobedo y al Presidente Armendáriz; al primero, la noche que cometieron el asesinato, y al
segundo, estando ya en la cárcel. En la Plaza de Bolívar, en el mismo lugar en que fue degollado
el Oidor Mesa, por justa sentencia dictada con ejemplar firmeza, se fijó una columna de piedra
como recuerdo del suceso, la cual fue enterrada en 1816, cuando el Pacificador Morillo hizo
empedrar la Plaza. La superficie circular de la columna la hace distinguir de las piedras que forman
el pavimento.

En 1898 se rodeó el capitel de la columna con un círculo de adoquines por orden del Ministro de
Fomento don Ricardo Becerra y del Alcalde de Bogotá, don Higinio Cualla. Este círculo está
inmediato a la verja del parque de la Plaza de Bolívar, hacia el costado sur.

La cabeza de Escobedo fue colocada en la picota o árbol de la justicia, que se levantaba en el


centro de la Plaza, símbolo que era una amenaza muda y constante para los criminales.

La muerte del Oidor Axcoeta y la promoción de Anuncibay, Cetina y Mora, dejaron el Real
Acuerdo compuesto por el Presidente Armendáriz, el Oidor Zorrilla y el Fiscal Orozco; el Visitador

49

Monzón suspendió al primero, quien murió en la prisión, de manera que los dos últimos formaban
la Audiencia y sostenían lucha contra Monzón.

Llegaron luego a Santafé un nuevo Visitador, don Juan Prieto de Orellana, y tres Oidores:
Alonso Pérez de Salazar, Gaspar de Peralta y Francisco Guillén Chaparro. Suspendidos Zorrilla y
Orozco, y libre el Visitador Monzón, que había sido aprisionado por el último, los primeros fueron
enviados a España, y Santafé quedó tranquila.

En 1579 Diego de Ortega dejó fundada obra pía para dar estado a doncellas, en las
casas cercanas a la Catedral, que fueron de Alonso de Olalla, dejando por patrono al Cabildo (6) .

Durante el Gobierno del Licenciado don Juan Bautista de Monzón, en 1580, acordaron los
miembros de la Cofradía de Nuestra Señora de Belén levantar una ermita para dar culto a la
Virgen, en sitio todavía despoblado, al oriente de la Parroquia de Santa Bárbara, en una árida
colina conocida entonces con el nombre de El Pedregal. El edificio fue de humilde construcción, y
sirvió para el culto hasta 1700, año en que veremos cómo fue reconstruida.

Entonces se creó el patronato del Juzgado de Difuntos, institución nueva en la capital de la


colonia.

Alonso Pérez de Salazar, Juez severo, ahorcaba con frecuencia indígenas en la plaza mayor, y
azotaba todas las semanas, en la de Mercado, que tenía lugar cada cuatro días, a los ladrones.
“Desorejó y desnarigó dos mil personas —dice un testigo presencial, don Pedro Ordóñez
Ceballos—e hizo otras justicias grandísimas, sin reparar en nadie ni aunque interviniese la
intervención de cualquiera persona por principal que fuese, ni era bastante para detener su justicia,
como se vido cuando degolló a dos caballeros, que aunque intercedieron muchos principales y
daban por cada uno doce mil ducados al Rey, nada bastó para que no lo hiciese. ”

El temido Alonso Pérez de Salazar dejó su nombre en Santafé unido a una mejora material de
grande importancia: fue él quien quitó el rollo o picota, de que tanto uso había hecho, del centro de
la plaza, y colocó allí una fuente pública de piedra, ornamentada con escudos de armas de
España, Santafé y su blasón, y coronada con una estatua de San Juan Bautista (7) .

Esta fuente merece que nos detengamos un momento en describirla; la taza inferior carecía de
ornamentación, y la segunda, que se levantaba bastante, reposaba en una columna estriada con
elegantes relieves. Del centro de ella se alzaba una base adornada con lacerías y follajes, sobre la
cual descansaba un globo en forma de elipsoide, en que hay grabados cuatro blasones; al Sur, que
era el frente, el de Pérez de Salazar, partido en pal, con una cruz de San Andrés y nueve estrellas;
al Oriente, una granada, símbolo del Nuevo Reino; al Norte, las armas de España, y al Occidente,
las de Santafé de Bogotá, con su águila negra en fondo dorado, orlada de granadas de oro en
fondo blanco. Coronaba la fuente una tosca escultura, cuyo brazo izquierdo está roto.

Esta estatua, en que el artista quiso representar una efigie de San Juan Bautista, fue conocida
en Santafé con el nombre de mono de la pila Hoy se conservan las ornamentaciones y la estatua
en el Museo Nacional.

Pronto vinieron desavenencias entre el nuevo Visitador Prieto y los Oidores, que dieron por
resultado el que aquél partiera para España llevando presos a Peralta y Pérez de Salazar; Guillén
Chaparro ejerció el Gobierno mientras volvió Peralta, quien fue restituido a su puesto; y tomó
posesión del cargo de Fiscal, en 1584, el Licenciado Bernardino de Albornoz.

50

Prieto de Salazar fue casado con doña María de Rosales, que murió en Santafé el año de 1583;
su hijo mayor, don Alonso Pérez de Salazar, bogotano, fue Presidente de Quito y de Charcas, hoy
Bolivia, merced a que su padre llegó a desempeñar los altos cargos de Fiscal y miembro del
Consejo de Indias (8) . Guillén Chaparro, Oidor decano, gobernó el Nuevo Reino durante tres años
por las vacantes y anarquías de tantos cambios.

Corría el año de 1587 cuando la aflictiva epidemia de viruela volvió a extenderse en Santafé y
principales poblaciones del Reino; según los historiadores fue tan violenta, que destruyó
poblaciones florecientes, pues mató hasta el 90 por 100 de la raza indígena, tristemente
privilegiada para ser preferida por la cruel enfermedad. Sepultábase entonces en las iglesias y
altozanos, pero siendo los templos insuficientes, hubo necesidad de inhumar en los campos. No
obstante los filantrópicos esfuerzos del Arzobispo Zapata de Cárdenas, para proteger y aislar a los
enfermos, la epidemia se extendió y duró tres años. Durante ella prestó importantes servicios el
Licenciado Alvaro de Auñón, primer médico titulado que vino a la capital, quien carecía de los
medios profilácticos y curativos que el posterior descubrimiento de la vacuna y los progresos de la
medicina dieron a sus sucesores.

El terrible exantema se desarrolló en España en el siglo XI, y pasó al Nuevo Mundo con los
conquistadores. En Bogotá se desarrolló con temible intensidad en 1566, setenta y cuatro años
después del descubrimiento del Continente y veintiocho después de la fundación de la ciudad. La
población indígena, por fatalidad étnica de raza, fue afligida por la epidemia en mayor escala, hasta
el extremo de quedar des habitadas villas florecientes de origen indígena y casi extinguirse la
población americana en Bogotá y Tunja.

Es de lamentarse que los cronistas no hubieran recogido datos estadísticos sobre estas
epidemias de viruela, y se hubieran limitado a consignar a grandes pinceladas el estrago producido
por este azote, hasta entonces desconocido de la robusta y numerosa población que habitaba las
altiplanicies andinas.

(6) Esta fundación se conserva y está a cargo del honorable Concejo Municipal.

(7) Esta fuente estuvo en la Plaza de Bolívar hasta 1846, año en que se colocó allí la estatua del
Libertador, y entonces fue trasladada a la plazuela de San Carlos. En 1890 el Gobierno Nacional
construyó allí un jardín y mejoró la base de la fuente, respetando la columna histórica, que por más
de tres siglos había sido ornato de la ciudad. El mismo año fue trasladada la antigua pila al Museo
Nacional. Se colocó en el sitio que ocupaba otra fuente elegante, de bronce, que compró la
Administración que presidió don Carlos Holguín, al señor Ramón B. Jimeno.

(8) OCÁRIZ, lib. cit., pág. 88.

51

CAPITULO VI
Fiestas religiosas en honor de Santa Isabel, hija del Rey de Hungría—Seminario de San Luis—
Parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves—Un robo memorable—Parroquia de Santa Bárbara—
Un voto—La imagen de Santa Bárbara—Los ojos de San Roque—Algunas pinturas dignas de
mención. Vejeces—Parroquias de Santafé—Fiestas religiosas—Cómo murió el Arzobispo Zapata—
Es nombrado tercer Arzobispo de Santafé don Alonso López Dávila—Muere sin venir al Nuevo
Reino—El Arzobispo Martínez Menacho—Fallece en Cartagena—Es nombrado Arzobispo fray
Andrés Caso—No ejerce.

GOBERNANDO el Arzobispado el señor Zapata de Cárdenas se celebraron varias fiestas


religiosas, con inusitada pompa, en honor de las reliquias de Santa Isabel, hija de Andrés II, Rey
de Hungría, esposa del landgrave de Turingia (Alemania), fallecida en Maipurg el 19 de noviembre
de 1231 (1) .

La Santa fue canonizada por Gregorio IX en 1235; su cadáver fue exhumado al año siguiente
por el Arzobispo de Maguncia, en presencia de Federico II, y parte de sus reliquias llevadas a
Bruselas, y otras cenizas a la capilla Roche—Guyon, a las orillas del Sena. El Arzobispo Zapata
donó a esta Catedral la cabeza de la Santa, según dice la crónica, por habérsela dado con tal
objeto la Reina Ana de Austria.

Hablando del Arzobispo Zapata dice el historiador Simón que trajo la cabeza de Santa Isabel,
y que se la había donado la Reina doña Isabel, llamada en España De la Paz, tercera mujer de
Felipe II, e hija de Enrique II de Francia (2) .

El Conde de Montalembert, en su Historia de Santa Isabel de Hungría, dice lo que


traducimos:

Hacia el fin del siglo XVI, época en la cual España hacía gastos y esfuerzos por salvar las
reliquias de los santos que se hallaban en países invadidos por la herejía, la piadosa infanta
Isabel Clara Eugenia, Gobernadora de los Países Bajos, cuya memoria es aún popular en
Bélgica, adquirió el cráneo y porción de huesos de su Santa patrona, y los hizo transportar a
Bruselas y depositar en casa de los carmelitas; más tarde fue enviado el cráneo al castillo de la
Roche—Guyon, en Francia, y recientemente ha sido llevado a Besanzon por el Cardenal Duque
de Ruan.

Luego dice el Conde, 1841, que se veneraban las reliquias en el Hospital de San Jacobo de la
misma ciudad.

El cronista Ocáriz refiere que el Arzobispo Zapata llegó a Santafé en 1573; Garzón de Tahuste
señala el mes de abril del mismo año, y Zamora, a quien sigue Groot, corrobora estas aserciones.

Es tan respetable la opinión del biógrafo de la Santa, Conde de Montalembert, que nos
inclinamos a creer que la cabeza íntegra no está en Bogotá, sino fragmentos de los huesos
craneanos.

Santa Isabel fue declarada patrona del Arzobispado, y sus reliquias se conservan en la
Catedral, encerradas en un busto hueco de plata, de tosca construcción, que representa una santa
cubierta con un manto, que lleva ornamentación de ramasones, figuradas a martillo sobre la plata.

52

En el pecho hay una cavidad con puerta cuadrada, que cubre un vidrio, y dentro, en urna de oro,
están los huesos que constituyen la reliquia y que se muestran al público el 19 de noviembre, día
que fue fiesta de guarda para los católicos, hasta 1832, año en que la suprimió el Papa Gregorio
XVI.

El Arzobispo Zapata de Cárdenas fundó en aquel tiempo el Seminario de San Luis, Colegio de
levitas que facilitó a los colonos educar e instruir a sus hijos (3) .

En atención a que la población de la ciudad aumentaba, y con ella el área, y a que no era
suficiente la parroquia de la Catedral, aunque estaba servida por dos Curas, para llenar las
necesidades espirituales de los vecinos, todos católicos, el Prelado resolvió erigir dos iglesias
parroquiales más, en dos pobres capillas, cubiertas de paja y de mezquina extensión, levantadas la
una al norte de la ciudad, con el nombre de Nuestra Señora de Las Nieves, en el camino de Tunja,
y la otra al sur del poblado, en honor y devoción de Santa Bárbara, en la vía que conducía a
algunos caseríos indígenas. Cristóbal Bernal, conquistador, levantó, por devoción a Nuestra
Señora de Las Nieves, una ermita al norte de la ciudad, en el camino llamado entonces de Tunja,
para cumplir un voto que él y su esposa habían hecho a la Virgen, por haberse salvado de la
muerte su hijo Juan (4).

Los esposos Bernal encargaron a España una efigie de la Virgen, y apenas llegó, erigieron la
ermita de Las Nieves en el mismo lugar que hoy ocupa la iglesia. La ermita fue cubierta con paja a
la vera del camino del Norte.

El Arzobispo Zapata consagró la iglesia de Las Nieves el 23 de febrero de 1585. La capilla—


parroquia fue destruida el 22 de diciembre de 1594 (5) por un incendio, que se atribuyó al Cura
Cristóbal Rodríguez, a quien se le siguió causa y se le condenó a prisión, no obstante que siempre
negó su culpabilidad.

Con limosnas debidas a la piedad pública se reconstruyó la iglesia con más amplias
dimensiones, y es la misma que hoy existe.

Contiguo a la iglesia, hacia el Oriente, existió hasta principios del siglo XIX el panteón de Las
Nieves, que dio nombre popular a la calle 20, que aún se llama del Panteón.

El área de la plaza de Las Nieves, hoy de Caldas, fue cedida para el uso público por doña
Francisca de Silva, como consta en documento que otorgó ante el Escribano de Su Majestad, don
Joaquín Sánchez, quien certificó en ese tiempo que la plaza que está a la puerta (de la iglesia de
las Nieves) la donó doña Francisca de Silva, hija del conquistador Juan Muñoz de Collantes, el año
de 1587 (6) .

El atrio de la iglesia de Las Nieves se construyó el año de 1743, según se ve en una


inscripción grabada en piedra que se conserva cerca de la puerta principal de la iglesia, y que
dice:

ENLOSOSE ESTE
ALTOSANO AÑO
DE 1743 SIENDO CV
RA. ROR. EL DR. D. JOS
EPH MANRIQUE.

53

En la sacristía de la iglesia se conserva un cuadro al óleo con retratos del Capitán José Talens
y de su hija doña Luisa, vestidos con lujosa indumentaria; cuadro que tuvo su origen en la
siguiente tradición histórica: en una oscura y lluviosa noche del mes de noviembre del año de
1698 varios hombres con los rostros cubiertos con antifaces, penetraron en la casa que
habitaba el Capitán Talens y su hija, hoy marcada con el número 68 de la calle 16, o sea en la
acera norte del Parque de Santander.

Sorprendidos los dos moradores en altas horas de la noche, les intimaron los enmascarados les
entregaran la cantidad de dinero que tuviesen. El Capitán les dio la llave de su caja, de la cual
tomaron el oro amonedado que allí había, y salieron para perderse en las sombras de la
noche.

Inútiles fueron los esfuerzos que hizo el Capitán por recobrar lo perdido y por descubrir a los
ladrones; pero como tanto él como doña Luisa tenían fe sincera en el poder de la Virgen, en su
advocación de Las Nieves, le hicieron promesa de que si les devolvía su dinero, le obsequiarían a
su iglesia una custodia de oro y una lámpara de plata. Habían corrido tres años, cuando los
mismos enmascarados que robaron a Talens lo sorprendieron nuevamente en su lecho, y con
admiración y pasmo del Capitán y doña Luisa, los honrados ladrones pusieron en manos de la
víctima de otro tiempo una bolsa con el dinero y los intereses correspondientes, y le explicaron que
esa cantidad la habían tomado a préstamo forzoso, urgidos por apremiantes necesidades. Para
Talens y su hija, lo sucedido era un milagro de la Virgen de Las Nieves, y llenos de agradecimiento
destinaron la suma recobrada para cumplir la promesa ofrecida. La custodia aún se conserva en la
iglesia, y es valiosa joya de oro, adornada con esmeraldas, perlas y rubíes. Un buen Cura de esa
parroquia vendió la lámpara y otras prendas de la iglesia, e invirtió su producto en la construcción
de la sacristía, en la cual se guarda el cuadro histórico que ya mencionamos, con la siguiente
leyenda:

EL CAPN. D. JOSEPH TALENS Y DOÑA. LUISA DE ARGUINDEY DIERON A ESTA SANTA


IGLESIA LA CUSTODIA Y LÁMPARA: RUEGUEN A DIOS POR ELLOS.

Al pie de la pintura se lee la siguiente décima, la cual comprueba la fervorosa piedad del padre
y de la hija, y no deja duda acerca de la negación absoluta de sus dotes poéticas:

Viendo el fin de tantos curas


Es cosa muy importante
Llevar la luz por delante
Para no toparse a oscuras;
Pues de las grandes locuras
Que puede haber escondida,
Es tener siempre encendida
La lámpara para el reposo
Que cuando venga el esposo
La tope bien encendida (7) .

El apreciable cronista Vargas Jurado trae las siguientes líneas al referirse a sucesos de
1732:

En 18 de octubre de este año .... y en este mismo día 28 del mes y año murieron el señor
Varo y don José Talens, quien hizo la custodia de Las Nieves y otras cosas, como hombre
rico y de caudal (8) .

La erección de la parroquia de Santa Bárbara la refirió don Pedro A. Herrán en El


Conservador de Bogotá, número 550, en las siguientes líneas:

54

Pocos años habían pasado desde la fundación de Santafé, y ya se veía lleno de estancias
y haciendas el antiguo Valle de los Alcázares. En las inmediaciones de la nueva ciudad se
habían establecido las de los vecinos principales, y así, don Lope de Céspedes y su mujer
doña Ana de Vásquez (9) tenían su estancia de pan llevar en el mismo sitio que ocupa hoy
la parroquial de Santa Bárbara, en las afueras de la ciudad de entonces.

El don Lope y su mujer vivían allí tranquilos y llenos de contento y felicidad, cuando el 27
de agosto de 1565 una gran tempestad de lluvia y truenos se hizo sentir en la incipiente
ciudad, y cayó un rayo en las casas mismas de habitación de Céspedes y su familia: la
chispa eléctrica recorrió todas las piezas hasta llegar a la despensa, en donde estaba la
negra esclava Cornelia, única persona a quien mató.

El espanto que causó tal desgracia fue tanto mayor cuanto era el primer rayo que caía en
la ciudad de Quesada: así, se hicieron rogativas públicas, y don Lope hizo construir una
capilla en el sitio mismo que ocupaba su casa, que fue consumida por el fuego, y la dedicó a
la gloriosa virgen Santa Bárbara, abogada, como es notorio, para evitar el peligro de los
rayos, en todos los pueblos católicos, y muy especialmente entre nosotros, en donde no hay
una población casi que no tenga alguna capilla u oratorio especial bajo la advocación de la
Santa.

Céspedes pidió y obtuvo permiso para que en la capilla se pudiera celebrar el santo
sacrificio de la misa; y fueron tantas y tales las peregrinaciones que se hicieron, que en 1585
tenía la Santa “un templo grande y capaz,” según lo dice el decreto de erección de la
parroquial.

Antes de pasar adelante en esta narración es bueno notar que el mismo día en que cayó el
rayo y mató a la esclava, se expidió por el Rey a la ciudad de Santafé la real cédula en que la
agraciaba “con el renombre de muy Noble y muy Leal,” después de haberle dado el título de
ciudad el 27 de julio de 1540 y el privilegio de armas para sí y para su Provincia, el 3 de
diciembre de 1548.

Entretanto, la población iba en aumento considerable, no solamente por la afluencia de


europeos, sino también de indios reducidos a la vida cristiana; y a tal punto llegó, que el
Ilustrísimo señor doctor don fray Luis Zapata de Cárdenas, de feliz memoria, tuvo que erigir
dos parroquiales más: la de Las Nieves, en la capilla fundada por Cristóbal Bernal, y la de
Santa Bárbara, en la establecida por Céspedes, el 23 de febrero de 1585.

A esta última se le asignó para congrua “el pueblo de indios de Sisvativá y Teusaquillo por
feligresado” (10) ; y el historiador don José M. Groot, que tan prolijo es
en circunstanciasanálogas, no hace en ésta sino citar textualmente a Flórez de Ocáriz (11) .

Ya fundada la parroquia de Santa Bárbara, la devoción a la Santa llegó a tal punto, que los
Cabildos secular y eclesiástico hicieron el voto que copiamos en seguida, y que hemos
tomado del original:

“En la ciudad de Santafé, del Nuevo Reino de Granada de las Indias, nos reunimos,
conviene a saber: Deán y Cabildo, Sede Vacante y el Cabildo, Justicias y Regimiento de esta
ciudad, de común consentimiento y acuerdo, por causas justas, pías y razonables que se han
considerado, hacemos voto a Vuestra Divina Majestad, y prometemos a honra y gloria vuéstra
y de la gloriosísima Virgen María, vuestra Madre y Señora nuéstra, y a honra y devoción de
nuestra santa virgen y mártir Santa Bárbara, en cuyo templo estamos, de honrar y tener por
abogada nuéstra, desde hoy para siempre jamás, por nós y nuestros sucesores, así del
estado eclesiástico como seglar, a la gloriosa virgen y mártir Santa Bárbara; y el día de su

55

fiesta de cada un año, para siempre jamás, que es y cae a cuatro de diciembre, lo tendremos
y reverenciaremos por fiesta de guarda, y le guardaremos y celebraremos como cualquiera de
los santos días del domingo, y que vendremos a este su santo templo cada año en el dicho
día de su fiesta, con procesión, y en él celebraremos los oficios divinos de la misa y sermón,
con la solemnidad de nós posible; y todo esto por vuestro servicio y el de la gloriosa santa; y
el Deán y Cabildo por lo que a nós toca, decimos: que haremos estos oficios sin interés
alguno ni distribuciones más de la de la erección, y que la dicha misa de su fiesta, la dirá para
siempre jamás en este su templo uno de los prebendados de la iglesia Catedral. A vuestra
Divina Majestad suplicamos, por la intercesión de la gloriosa virgen y mártir Santa Bárbara,
abogada nuéstra, reciba esta nuestra devoción y servicio, y nos dé su gracia y favor, para
cumplirlo. En la ciudad de Santafé, día octavo de nuestra abogada Santa Bárbara, once días
del mes de diciembre, año del Señor de mil quinientos noventa y tres años.

“El doctor, Juan Antonio González—El Licenciado, Roso de Carrascal—


El Licenciado, Egas de Guzmán—El Licenciado, Miguel de Ibarra—El Licenciado, Lope
Clavixo, Arcediano—El Chantre, Licenciado Francisco de Porras Mexía—Pedro Ximénez de
Bohórquez—El Canónigo, Escobar—Francisco de Vargas. Gaspar López —Francisco de
Estrada— Cristóbal de Marquina, Don Francisco Maldonado—Luis Gutiérrez—
Licenciado, Antonio Verdugo—Diego García Zorro—Fui presente, Alonso Cortés. Ante
mí, Tomás Velásquez.”

En virtud del voto anterior, los señores Cabildantes, tanto seculares como eclesiásticos,
iban en corporación todos los días 4 de diciembre a la fiesta que se le hacía a la santa en su
iglesia parroquial. El Venerable Capítulo Metropolitano ha continuado esta piadosa
costumbre, que ha caído en desuetud para el Cabildo o Municipalidad de la ciudad.

Desde el año de 1593 siguió en aumento la devoción a Santa Bárbara, hasta que, a
esfuerzos del Cura doctor don Bernardino del Castillo y Cárcamo, se estableció la
confraternidad que hoy existe, el día 7 de febrero de 1615, con el permiso necesario del Deán
y Cabildo, por estar vacante a la sazón la Silla arzobispal. El Presidente, Oidores y lo más
granado de la población fueron inscritos en la cofradía, según los libros en donde se
asentaban las partidas, y que hemos tenido a la vista.

Los hermanos y devotos de la Santa estaban disgustados por no tener una efigie buena
que venerar, porque el retablo que había en la iglesia, obra de Antonio de Acero, no valía
gran cosa, y el Cura, don Francisco Dávila, contrató con el Padre Pedro Laboria, de la
Compañía de Jesús, una estatua, que es la que hoy se venera, y fue pagada la obra en 355
pesos por el Oidor don José Quintana.

La escultura es de lo mejor que hay en Bogotá; y aun cuando le variaron el colorido


posteriormente, se echa de ver la elegancia y soltura del autor del rapto de San Ignacio, de
San Francisco Javier expirante y de San Francisco de Borja, imágenes que se veneran en la
iglesia de San Carlos. La de Santa Bárbara tiene en el pedestal el nombre del artífice y la
facha de su ejecución, 1740.

Una vez obtenida la escultura, se hizo necesario hacerle sitio adecuado en qué ponerla, lo
que llevó a cabo la confraternidad, bajo la dirección del señor Cura, doctor don Francisco
José de Olalla, quien contribuyó con buena parte de la suma requerida, que fue la de 3,609
pesos dos reales (12) .

EL cronista Vargas Jurado afirma que el Cura de Santa Bárbara, doctor don Francisco José de
Olalla, construyó el camarín para la Santa, “la que es de mano de Laboria, español, insigne

56

escultor.” Este artista fue traído al país por el bogotano don Cristóbal de Vergara. La obra del
camarín se terminó el 4 de febrero de 1742.

(1) J. CROISET, Año Cristiano o Ejercicios Devotos, etc., edición de París, 1844.

(2)PEDRO SIM0N, Noticias Historiales. Vol. III, pág. 232.

(3) La fundación se hizo en las casas del Arcediano don Salvador López Garrido, en la manzana
ocupada luego por el Colegio de San Bartolomé. Poco tiempo después de la muerte del Arzobispo
(1590), el Cabildo eclesiástico en Sede vacante resolvió suprimir el plantel, medida aprobada por la
Audiencia e improbada por la Corte española.

(4)El retrato de Bernal se conserva en la iglesia de Las Nieves.

(5)GROOT registra la misma fecha. OCÁRIZ señala el año de 1596.

(6)Este documento se encuentra publicado en el vol. II el Papel Periódico Ilustrado, pág. 119, y él
borra completamente la errónea tradición de que en el costado norte de la Plaza de Caldas existió
la primera casa del Cabildo de Bogotá, que, como ya vimos, se inauguró en 1530, es decir, treinta
y siete años antes de que fuera pública la Plaza dicha.

(7) La relación de estos hechos se encuentra en GROOT, vol. I, págs. 192, 193, 2ª edición, y en El
Sol de Bogotá, en artículo Las Nieves, de don E. DE NARVÁEZ. Otras versiones de este hecho
carecen de fundamentos históricos.

(8) J. A. VARGAS JURADO, La Patria Boba, pág. 15.

(9) Antonia de Chaves, según OCÁRIZ, pág. 177.

(10) FLÓREZ DE OCÁRIZ, t. I, Preludio, pág. 160. El pueblo de Sisvativá según la tradición, estaba
en la margen izquierda del río de Fucha, en la hacienda llamada San Vicente, en donde se ven
todavía tapias antiquísimas, que señalan las gentes de la vecindad, como restos de aquella antigua
población.

(11) GROOT, t. I, cap. X, pág. 193, 2ª edición.

(12) Como dato curioso damos a continuación la cuenta de gastos hechos en el camarín:

$ 355
La estatua de la Santa
650
Piedra, ladrillo, etc.
400
Al maestro albañil Ignacio Zorro, por mano
450
Maderas y mano al maestro Antonio Bonilla
48
Tres mil clavos, a $ 16 el millar
120
Cuatro rejas, redes de alambre y vidrios
618.6
Seiscientos sesenta libros de oro, a 7½ cada uno
412.4
Doradores, a cinco reales por cada libro
50
Veinticinco espejos, a $ 2
144
Diez y ocho espejos, a $ 8
72
Nueve láminas pintadas en cristal, a $ 8 cada una
100
Pedestal para la efigie y cuatro candeleros dorados al óleo
180
Velo y puertas del camarín

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Debemos consignar aquí la historia del cuadro de San Roque, el cual se conserva en lugar
preferente de la nave izquierda de la iglesia de Santa Bárbara. Pintábalo Baltasar de Figueroa,
distinguido artista bogotano y maestro de Vásquez, sin poder darle a los ojos la expresión que
imaginaba y fatigado del trabajo inútil y disgustado de sí mismo, se alejó del obrador; Vásquez, que
había estado observando al maestro, al verse solo tomó los pinceles, y con admirable facilidad
pintó los ojos al Santo. Cuando llegó Figueroa, quedó suspenso al ver concluida la obra, y al
enterarse que el autor era Vásquez, le manifestó que podía dejar el taller, puesto que sabía lo
suficiente para corregir a su maestro. Consérvase allí un San Antonio, firmado Camargo, año 1712;
un San Ignacio, una Virgen del Rosario y un Señor de la Columna, de autores desconocidos, de
muy buen pincel; la Concepción, firmado Ant.’ Az.° Fec., año 1681; la Magdalena,
firmada Vázqz, 1697, y un San Francisco Javier del mismo autor, cuadro compañero del anterior.

Con el propósito de revivir las tradiciones, usos y costumbres que pintan el carácter de
nuestros mayores, publicamos el siguiente documento, exhumado del polvo de un archivo hace
algunos años, por don Saturnino Vergara, que da a la vez idea del espíritu religioso que reinaba en
la época de la colonización y de cómo se fundaron las parroquias. Dice así:

Yo, Joaquín Sánchez, Escribano de Su Majestad, vecino de esta ciudad de Santafé,


certifico que el señor doctor don Manuel Campuzano, Abogado de la Real Audiencia, como
Síndico y Procurador General de ella, me manifestó dos piezas de testimonio autorizadas
por mí, que se componen de ocho fojas útiles, requiriéndome le diese testimonio de ellas
bajo de una cuerda, y su tenor el siguiente:

Declaración de la fundación de las parroquias de esta ciudad de Santafé, y fiestas que


por voto se celebran en ella. A 23 de marzo de 1585 años hizo la fundación de las dos
parroquias de Nuestra Señora de Las Nieves y Santa Bárbara de esta ciudad de Santafé del
Nuevo Reino de Granada el señor don fray Luis Zapata de Cárdenas, segundo Arzobispo de
este dicho Nuevo Reino, por auto particular, que pronunció ante Pedro Núñez del Aguila,
Escribano Real y Notario de su Audiencia arzobispal: dividiólas en dos distritos, que les dio
por donde corren los dos ríos de San Francisco y San Agustín de esta ciudad; con
advertencia, de que desde el convento de San Agustín para abajo se siga la derecera de la
calle, y no la del río.

Agregó a Santa Bárbara dos pueblos de indios que llaman Teusaquillo (13) , el cual está
pegado a la ciudad y Serbativá (14) , que está poblado junto al río de Fucha, con más las
estancias que están pobladas a las riberas de dicho río cercanas a la ciudad.

La iglesia de Las Nieves la edificó de teja (mucho antes de esta fundación) Cristóbal
Bernal, conquistador de este Reino, y le puso una imagen de Nuestra Señora, de bulto y
dorada, que le dio el nombre. La plaza que está a su puerta se la dio doña Francisca de
Silva, hija del Capitán Juan Muñoz de Collantes, conquistador de este Reino, el año de
1587, y el primer Cura de esta iglesia de Nuestra Señora de Las Nieves fue Francisco
García, que antes lo fue de esta Catedral. Quemóse esta iglesia y su imagen, ornamentos y
libros en septiembre del año de 1596, sin poderla socorrer por ser de noche. Reedificáronla
los vecinos de esta ciudad con derramas hechas entre ellos y otras limosnas, y quedó mayor
que la primera, con la imagen y retablo, que lo pusieron por la grande devoción que tuvieron
a la que se quemó.

La iglesia de Santa Bárbara fue edificada de paja por el Capitán Lope de Céspedes, hijo
del Capitán Juan de Céspedes, conquistador de este Reino, por haberle muerto una esclava
un rayo que cayó en su casa; y por otro que cayó en casa de un Canónigo de esta santa
iglesia, a 4 de diciembre de 1593 (que adelante se dirá más por extenso), se movió la
devoción de esta Santa, habiendo votado entonces su fiesta, y comenzó a juntar limosnas

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para edificarle su iglesia, de las cuales y de derramas se fabricó muy grande, cual se ve al
presente que es año de 1630.

El primer Cura que tuvo esta iglesia de Santa Bárbara fue Gonzalo Gallegos, que
después fue mudado a Nuestra Señora de Chiquinquirá, y allí murió y se enterró el año de
1579.

..........................................................................................................

Desde el tiempo que se fundaron las parroquias tuvo costumbre el Cabildo de esta santa
iglesia de ir en procesión a ellas y decir misa solemne con sermón en los días de sus
festividades, y sucedió que estándose previniendo un domingo 4 de diciembre de 1593 años,
la procesión que aquel día se había de hacer para la iglesia de Santa Bárbara, la contradijo
un Canónigo, fundado en que no había hallado que se hubiese votado, por lo cual no se hizo
la dicha procesión, y el mismo día, a las dos de la tarde cayó un rayo sobre la casa y cama
del dicho canónigo, que lo atemorizó, y a toda esta ciudad, de tal suerte, que el domingo
siguiente se hizo la procesión, a que se halló la Audiencia, Cabildos y vecinos de esta dicha
ciudad; y a persuasión del doctor Antonio Pontales, Presidente de esta Real Audiencia, se
revalidaron en la dicha santa iglesia de Santa Bárbara el mismo día los votos referidos y el de
la fiesta de Nuestra Señora de Las Nieves, y la firmaron los dichos señores Presidente y
Oidores y Cabildo Eclesiástico, que entonces estaba Sede vacante por muerte del Arzobispo
don fray Luis Zapata de Cárdenas, que falleció a 24 de enero de 1590 años; y aunque en su
lugar fue promovido don Alonso López de Avila, Arzobispo de Santo Domingo, no vino a este
Reino porque murió en Santo Domingo, en diciembre del año siguiente de 1591.

El cronista Rodríguez Fresle refiere con estilo pintoresco la muerte del Arzobispo Zapata.
Oigámosle:

Originóse su muerte de la caza, a que era aficionado. Contaré este caso como lo
platicaban los que fueron con él. Salió Su Señoría a cazar a Pasquilla la vieja (tres leguas de
esta ciudad, poco más o menos), donde otras veces había ido al propio efecto, acompañado
de sus criados y parientes y de algunos clérigos y seglares. Hízose una ramada grande en
aquel sitio; convocáronse los indios de Ubaque y Chipaque, Usme y otros de aquella
comarca. Fue Su Señoría a hacer noche a la ramada. Desde las cumbres de aquel páramo la
mesma noche los indios con trompetas y fotutos y otros instrumentos dieron a entender como
estaban allí. Amaneció el día claro y alegre; púsose Su Señoría a caballo; tomó un perro de
la laja a don Fulgencio de Cárdenas, su sobrino, y a Gutiérrez de Cárdenas mandó tomar
otros, y puso las paradas de su mano quedándose a vista de todos.

El Arzobispo se extravió en la cacería por causa de la mucha niebla que cubría el páramo de
Pasquilla, y no lo hallaron hasta ya cerrada la noche.

Allí, dice Fresle, trazaron una hamaca en que le metieron, y clérigos y seglares cargaron
de él que fue otro rato de gusto, por los dichos y chistes que pasaban. También llevaron el
venado que tenía muerto junto a sí. Allegaron a la ramada, adonde le estaba aderezada una
regalada cena, la cual cenó con mucho gusto y contando lo que le había pasado con el
venado, acabó de cenar y fuese a acostar. A rato que estuvo en la cama le comenzaron a
dar unos calofríos, que hacía temblar toda la cama. El Licenciado Alvaro de Auñón, médico,
que estaba con él, le aplicó algunos remedios, y el uno de ellos fue metello en una sábana
mojada en vino y muy caliente, con lo cual Su Señoría se sosegó y durmió un rato.

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Al día siguiente se trasladó a Bogotá, donde murió, y fue enterrado en la Catedral al lado de su
antecesor.

Nombróse sucesor del señor Zapata a don Alonso López de Avila, Arzobispo de Santo
Domingo, quien falleció en aquella ciudad el último día del año de 1591, sin pisar su Diócesis. Fue
designado para reemplazarlo don Bartolomé Martínez Menacho, Obispo de Panamá, y en camino
para Bogotá, murió en Cartagena en agosto de 1594. En su reemplazo se nombró a fray Andrés
Caso, Prior del convento de Nuestra Señora de Atocha de Madrid. El señor Caso renunció
a poco tiempo el Arzobispado de Santafé, sin haber tenido intención de visitar su Diócesis (15) .

(13) Hoy se llama Santa Catalina, en el camino de Tunjuelo.

(14) Serbativá estaba en la Tolosa, adelante de Llano de Mesa, según algunos; según otros, en la
serranía, al oriente de San Cristóbal, sobre la quebrada del Soche. Hemos visto que en otros
documentos oficiales escribían: Sisvativá; ¿serían dos caseríos? Es lo probable.

(15) A. GARZÓN DE TAHUSTE, Sucesión de ilustrísimos señores Arzobispos de esta Metrópoli.


Boletín de Historia , VI, 635.

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CAPITULO VII
Nuevo Gobierno—El Presidente Antonio González—Tierras realengas y origen de la propiedad
raíz—Muerte del último conquistador—Traslación de los restos de Quesada—Cómo se ejecutaban
las reos—Honda—Renuncia de González—La parroquia de San Victorino—Area de la Plaza de
Nariño—El Presidente Francisco de Sande—La Compañía de Jesús se establece en Bogotá—
Llega el Arzobispo Lobo Guerrero—Funda el Colegio de San Bartolomé—El arquitecto Juan B.
Coluccini—Templo de San Carlos. El hermano Luisinch—Progresos de la ciudad—Fundación del
monasterio de la Concepción—Recuerdo de una capellanía—El Presidente Sande—Lo que de él
cuenta la crónica—El Visitador Salierna de Mariaca—Mueren éste y el Presidente Sande—La
Audiencia—El puente de San Agustín y las crónicas que recuerda—Muerte de Felipe II—Le
sucede Felipe III.

TOCÓ a los Licenciados Bartolomé Ferraes y Diego Rojo, gobernar como Oidores del Nuevo
Reino hasta que llegó el Presidente don Juan Antonio González. Este personaje había sido Oidor
de la Cancillería de Granada en España, y a mediados del año de 1568 el Rey
lo nombró Presidente de Guatemala, cargo que ejerció desde 1570, por espacio de tres años (1) .

Se supo en Santafé que la privanza del famoso Secretario don Antonio Pérez en la Corte de
Felipe II había elevado a la Presidencia del Reino a don Antonio González, quien trajo cédulas que
le conferían especiales autorizaciones de Gobierno. El nuevo mandatario tomó posesión de
su cargo el 30 de marzo de 1590, y desde aquel día gozó de la renta de 10,000 ducados por
año (2) .

Bajo este régimen se estableció la doctrina de que todo lo conquistado en América


pertenecía al Rey, y se le dio el nombre de tierras realengas, y con esta denominación y la
de encomiendas, González otorgó escrituras de venta, fundando así el origen de la propiedad raíz
territorial entre nosotros (3) .

Gobernando González falleció Juan Montalvo, último de los españoles que entraron a
Cundinamarca con Quesada, y con su anuencia y apoyo trasladó el Deán Lope Clavijo, de
Mariquita a Santafé, los restos del célebre fundador de Bogotá.

Vamos a dar noticia de un proceso célebre, aunque originado por un simple homicidio, para
hacer constar las fórmulas judiciales que se usaban en la Colonia en las postrimerías del siglo XVI,
es decir, cuando regía los destinos del Nuevo Reino el Presidente González.

Un herrero, Juan Monroy, nacido en esta ciudad, mestizo, pues era hijo natural del
conquistador Cristóbal Arias de Monroy y de una india, se había casado con una moza, también
mestiza, de edad de trece años, llamada Juana, hija del sastre Diego Martín. Por celos, Monroy
mató a su mujer alevosamente en el mes de octubre de 1592, dándole siete puñaladas. Esto
sucedió en el cauce del río San Agustín, y el reo se refugió en el convento del mismo nombre. El
Licenciado Egas de Guzmán, Oidor y Alcalde de Corte, hizo el levantamiento del cadáver el día 15
del citado mes, y tomó declaraciones que dejaron confirmado el hecho, que también confesó el
delincuente el mismo día. Fue Fiscal en esta causa Gaspar Fernández de Sierra, y defensor
Cristóbal Villegas.

El texto de la sentencia dictada por la Audiencia dice así:

En el pleito criminal que entre el Licenciado Gaspar Fernández de Sierra, Fiscal de esta
Real Audiencia de Su Majestad, de la una parte, y Juan de Monroy, herrero, preso en la
cárcel real de esta Corte, y Cristóbal de Villegas, su procurador y defensor, en su nombre, de
la otra, sobre la muerte de Juana Martin, su mujer, que se le impone y de que es acusado;

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Hallamos atentos los autos y méritos de este proceso de pleito, que por la culpa que de él
resulta contra el dicho Juan de Monroy, preso, le debemos condenar y condenamos a que de
la cárcel y prisión en que está sea sacado y llevado por las calles públicas de esta ciudad en
la forma acostumbrada, con voz de pregonero que manifieste su delito, y en una horca que
será hecha en la plaza de esta ciudad sea ahorcado, de manera que muera así naturalmente,
y por esta nuestra sentencia definitiva, ansi lo pronunciamos y mandamos con costas, lo cual
se ejecute luego, sin embargo de suplicación.

EL Doctor, Antonio González—El Licenciado, Egas de Guzmán —El Licenciado, Miguel de


Ibarra.

Al notificarle la sentencia al reo dijo que suplicaba de ella y pedía ser restituido a la iglesia y
convento de San Agustín, de donde fue sacado por fuerza quebrantando las inmunidades de la
Iglesia.

Se ingirió en el asunto el Provisor don Gonzalo Mejía. y ordenó que pasasen los autos en
traslado al Notario de la Curia, Presbítero Fernán Vásquez, quien los recibió el 17 de octubre. El
Provisor Mejía, en vista de ellos, discernió censuras contra la Real Audiencia. El Presidente
González y los Oidores apelaron a árbitros para que fallaran en justicia, y se les dio tal carácter a
los Licenciados Diego Rozo del Carrascal, Oidor de la Audiencia, que no había intervenido en la
causa, y a Hernando de Albornoz, Oidor de la Audiencia de Charcas, que se hallaba de paso en
Santafé. Ellos arreglaron el asunto, y en cumplimiento de auto del Provisor Mejía, el Maestrescuela
de la Catedral, Francisco de Porras, absolvió al Presidente González y a los Oidores.

El 19 de octubre sentó diligencia Pedro Jiménez de Bohórquez ante el escribano de Cámara


Francisco Acuña Villareal, de la ejecución del reo, de la cual copiamos lo que sigue:

Fue sacado el dicho Monroy caballero en una bestia de albarda, por Gaspar de Valencia,
pregonero y verdugo, fue traído el dicho delincuente por las calles públicas, con voz del dicho
pregonero que manifestaba su delito; fue traído a la plaza pública de esta ciudad, donde
estaban puestos tres palos, donde el dicho Monroy fue ahorcado por el dicho verdugo, y
murió naturalmente en ejecución de la dicha sentencia y mandamiento de que yo el
escribano de Cámara doy fe que murió en la dicha horca naturalmente, a la cual dicha
muerte se hallaron el Padre Victoria, Teatino, y el Padre Garzón, Cura de esta santa iglesia,
y dos frailes agustinos y otros sacerdotes que le ayudaron a bien morir.

La justicia fue tan rápida que en cinco días se cometió el delito, se perfeccionó el sumario, se
arreglaron las diferencias entre los poderes civil y eclesiástico, se dictó sentencia, se notificó
legalmente, se levantó la horca y se ahorcó al reo (4) .

Por la importancia que tuvo, y aún tiene la ciudad de Honda, como puerto fluvial del
caudaloso Magdalena, recordamos que fue el Presidente González quien hizo la erección de dicho
puerto y erigió en villa el caserío de Honda.

Habiendo reunido cuantiosas economías, que los santafereños hicieron ascender a


$200,000, renunció el Presidente González su cargo después de haber gobernado la Colonia con
acierto el largo espacio de siete años. La Corte lo ascendió a Fiscal del Consejo de Indias. Murió
en Valladolid en 1601.

Durante el Gobierno de González ocuparon las sillas de la Audiencia Miguel de Ibarra, Luis
Tello, Gómez de Mena y Luis Enríquez, y el Fiscal Aller de Villagómez.

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En aquella época se erigió la parroquia de San Victorino, cuarta de la ciudad. En 1568 cedió
Francisco Hernán Sánchez sitio para que se construyera esa iglesia, y cuando se erigió en
parroquia, sus herederos regalaron el área de la plaza de este nombre, hoy de Nariño, en cuyo
costado norte existió el templo hasta 1827, año en que fue arruinado por repetidos temblores.

Fue votada la fiesta de San Victorino por abogado contra los hielos que suelen hacer
daño a los panes recién sembrados; y un vecino llamado Francisco de Hernán Sánchez dio
el sitio en que se le edificó iglesia de paja, la cual se fundó en parroquia al principio de
septiembre de 1598, por los señores Deán y Cabildo Sede vacante, cuyo distrito se sacó del
que tenía la parroquia de Las Nieves, dividido por la calle que baja desde el puente de San
Francisco arrimada al convento, el río abajo hasta el campo. Y habiendo venido por marzo
del año siguiente de 1599 el señor Arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero, añadió a esta
parroquia de San Victorino un pedazo de feligresado, sacado del que tenía la iglesia mayor,
que se dividepor la calle que está una cuadra más abajo del convento de la Concepción (5) ,
y corre Norte Sur desde el río de San Francisco hasta encontrarse con el distrito de Santa
Bárbara.

Después de lo dicho, de 1622, el señor Arzobispo don Fernando Arias de Ugarte añadió a
esta parroquia otro pedazo de feligresado sacado del que tenía el de Las Nieves, dividiéndolo
desde la iglesia de La Veracruz la calle abajo pegada al convento de San Francisco, hasta el
campo, teniendo consideración a que la población de Nuestra Señora de Las Nieves estaba
muy acrecentada, pues llegaba hasta el convento de San Diego; y con todo este
acrecentamiento no pudo esta parroquia, ni las demás, sustentar lámpara, y así estuvieron
muchos años sin sagrario, y sus Curas acudían al de la iglesia mayor, que como madre
sustentó a los enfermos de todas las parroquias.

La plaza de San Victorino la dieron los herederos de Francisco de Hernán Sánchez,


después que se fundó su iglesia en parroquia, cuyo primer Cura fue el Licenciado Antonio
Fernández, y lo sirvió hasta 11 de marzo de 1601, que murió; sucedióle en el dicho curato
Gaspar Nuñez, que lo ha servido con mucha curiosidad y vigilancia, acrecentando aquella
iglesia de ornamentos y muchas limosnas, que le ha hecho por ser hombre rico, y lo ha
servido hasta hoy 28 de julio de 1630 años, que acabó de escribir esta relación Alonso
Garzón de Tahuste, que ha sido Cura de esta santa iglesia Catedral cuarenta y cinco años, y
lo firmó a los sesenta y uno de su edad. Alonso Garzón de Tahuste.

Fiestas dotadas por esta ciudad de Santafé. Por el mes de abril del año de 1573 entró en
esta ciudad el señor don fray Luis Zapata de Cárdenas, segundo Arzobispo de este Nuevo
Reino de Granada, el cual trajo la insigne reliquia de la cabeza de Santa Isabel, hija del Rey
de Hungría, que se la dio en Madrid la Reina doña Ana, última esposa del prudente Rey
Filipo II.

Y el mismo año la hizo votar por Patrona de esta ciudad y Arzobispado, colocando esta
santa reliquia en esta santa iglesia Catedral, donde permanece, y desde entonces, que en
ella no se había recibido el rezado que promulgó Pío y, de gloriosa memoria, se rezó de esta
festividad con octava, y no se halla que antes de este voto se hubiese hecho otro alguno.

El segundo voto fue el de San Victorino., sacado por suerte y no por elección el año de
1579, estando presente el dicho señor Arzobispo, y el señor doctor don Lope Díez de
Armendáriz, Presidente de este Nuevo Reino, con los señores Oidores de esta Real
Audiencia y Cabildo eclesiástico y secular. Este voto se hizo contra los hielos, que son
perjudiciales a los panes recién sembrados; y uno de los vecinos de esta ciudad, llamado
Francisco de Hernán Sánchez, dio el sitio en que por entonces se le hizo una iglesia de paja,

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y después se hizo mayor de teja por haberse fundado parroquia en esta iglesia, y entonces le
dieron la plaza que tienen los herederos del dicho Francisco de Hernán Sánchez.

El año de 1587 hubo en este Reino peste de viruelas tan cruel, que consumió mucha gente,
y entonces votaron por abogados, contra cualquier peste, a San Sebastián y San Roque, y
aunque después hubo otras pestes de viruelas y sarampión, no murió en ellas tánta gente
como en la primera, lo cual se atribuyó a estos Santos, y que por su intercesión no fueron tan
perjudiciales las pestes últimas.

...................................................................................................

En la misma Sede vacante juraron los Cabildos guardar la fiesta de la gloriosa virgen y
mártir Santa Bárbara y de asistir a su iglesia con una procesión que sale de la Catedral.
Renovaron el voto de tener la misma asistencia en la iglesia de Nuestra Señora de Las
Nieves, y el de celebrar como fiestas de precepto las de San Sebastián y San Roque,
abogados contra las pestes. Renovaron también el voto que los años antecedentes habían
hecho de celebrar la fiesta de San Victorino, Obispo y mártir, a quien habían elegido por
abogado contra los hielos, con una circunstancia milagrosa, y fue el caso: viendo esta ciudad
que por los meses de julio y agosto, diciembre y enero se helaban las sementeras y
hortalizas de sus contornos, determinaron los Cabildos elegir un abogado que nos defendiera
de calamidad tan continuada. Juntáronse para el efecto en la iglesia Catedral y echaron en
un vaso algunas cédulas con los nombres de algunos Santos: invocaron la gracia del Espíritu
Santo, con su oración acostumbrarla; un niño entró la mano en el vaso y sacó una cédula en
que estaba escrito San Victorino. Repararon que no era de los Santos que estaban en el
Breviario. Volvieron al vaso la cédula, y todas revueltas volvió el niño a entrar la mano y sacó
la misma cédula con el nombre de San Victorino. Volvieron a hacer la misma diligencia de
revolver las cédulas, porque deseaban un Santo que se hubiera dado a conocer en el oficio
divino. Salió tercera vez la misma cédula, y reconociendo que era voluntad de Dios que entre
todos sus santos eligieran al glorioso Obispo y mártir San Victorino, lo eligieron por abogado,
invocando su patrocinio contra los hielos. Ocurrieron a los martirologios y hallaron que en 5
de septiembre había padecido un cruelísimo martirio colgado de los pies sobre los humos de
piedra azufre, en que ahogado consumió gloriosamente la vida. Desde aquel día, que fue el
año de 1578, que juraron celebrar su fiesta, se empezó a labrar una iglesia en solar que
ofreció Hernán Sánchez. Creciendo la ciudad advirtieron los sus Cabildos que para la
administración de sacramentos era ya necesaria otra parroquia, y la erigió la Sede vacante,
este año de 1598, con las donaciones de los fieles y especialmente con la que le hizo el
licenciado don Cristóbal de Villa y Arellano, Deán de esta Catedral, que distribuyó en obras
pías toda su hacienda, ha crecido mucho el tiempo en su fábrica y adornos. En él se venera
un hueso de la garganta de San Victorino, preciosa reliquia que trajo de Roma el maestro
don fray Francisco de la Trinidad y Arrieta, de nuestra religión, Obispo de Santa Marta, quien
estando para consagrarse en Cartagena, supo de los religiosos de nuestro convento en que
vivía, que en esta ciudad de Santafé había una iglesia dedicada a San Victorino, y para que
en ella se venerara con toda reverencia, le donó la dicha reliquia, y la entregó al Padre
Maestro fray Francisco de Vargas, que entonces era Provincial, para que la trajese, y su
paternidad la entregó a Juan de Soto Maldonado, Mayordomo de dicha iglesia (6).

Refiere el cronista Zamora que con limosnas donadas por la piedad de los fieles y con
generosas donaciones que hizo el Licenciado don Cristóbal de Villa y Arellano, se concluyó
el templode San Victorino, con copiosos adornos, en el frente norte de la hoy Plaza de Nariño (7) .
Adelante veremos que este templo, destruido por el terremoto de 1827, dejó de prestar servicio

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como parroquia del barrio, y que en 1791 se consagró la iglesia de Capuchinos, que se erigió en
parroquial cuando se destruyó el templo mencionado, en 1827.

Al dejar el Gobierno, por renuncia, el Presidente González en 1597, se hizo cargo del bastón
de mando el día 23 de agosto del mismo año, don Francisco de Sande, llamado El
Emplazado, quinto Presidente del Nuevo Reino de Granada. Había desempeñado igual cargo en
Guatemala, de donde salió el 6 de noviembre de 1596 (8) .

Sande era caballero del hábito de Santiago, y se enajenó los ánimos de los colonos por su
carácter irascible y tiránico, que le mereció el apodo de el Doctor Sangre. Un año después de
encargado del Gobierno se vio en la necesidad de trasladarse a Cartagena para arreglar asuntos
fiscales por haber muerto en aquella ciudad Oliva de Salazar, Tesorero del Rey, y terminadas sus
labores de hacienda, regresó a la capital antes de finalizar el siglo XVI.

Según el cronista Ocáriz, Sande había sido Gobernador de Filipinas, y era natural de Cáceres
en Extremadura. Adelante estudiaremos otros sucesos acaecidos durante la Administración
del Doctor Sangre.

El 13 de septiembre de 1598 falleció en Madrid el sombrío monarca Felipe II. Esta nueva
llegó a la atrasada capital de la Colonia ya corridos varios meses de 1599, y aquí se celebraron
con gran pompa lo que llamaban lutos del Rey. Felipe III, que tenía veinte años de edad cuando
murió su padre, y que era muy inferior a él y a su abuelo Carlos V, tomó las riendas del Gobierno
de la monarquía española, pero dejó gobernar a su Escudero Francisco Sandoval y Rojas, a quien
elevó al honorífico título de Duque de Lerma.

El 28 de marzo de 1599 entró a Santafé el Arzobispo doctor don Bartolomé Lobo Guerrero,
después de más de nueve años de que la Silla metropolitana estaba en Sede vacante. El señor
Lobo Guerrero era natural de Ronda, había sido catedrático en la Universidad de Sevilla e
Inquisidor de Méjico.

El Arzobispo Lobo Guerrero.

El Arzobispo llegó acompañado de los Padres jesuitas Alonso Medrano y Francisco de


Figueroa, con el objeto de que fundasen una casa de la Orden de San Ignacio en la capital del
Nuevo Reino. Ya en 1590 habían estado en Bogotá, en tiempos del Presidente Antonio González,
los jesuitas Francisco Victoria y Antonio Linero, y un arquitecto, y del Perú había llegado el Padre
Antonio Martínez, pero habiendo éstos últimos encontrado dificultades para hacer fundación de
casa de su orden, se habían ausentado de la ciudad. El Padre Alonso de Medrano hizo viaje a

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España a solicitar permisos para la dicha fundación; sus gestiones tuvieron buen éxito, pero él no
volvió al Nuevo Reino. Felipe III concedió licencia en Valladolid el 30 de diciembre de 1602, y en
virtud de ella se fundó el Colegio Máximo de jesuitas de San Bartolomé. El General de la
Compañía confió la coronación de esta empresa al Padre Martín de Funes, y con él vinieron de
Europa los Padres Bernabé de Rojas, natural de Granada; José Dadey, nacido en Saboya, y Juan
Bautista Coluccini, nacido en Luca de Italia (9) .

(1) JOSÉ MILLA, Historia de la América Central. Vol. II, cap. VIII, edición de Guatemala—1882.

(2) OCÁRIZ, lib. cit., 89.

(3)VERGARA y GAITÁN, lib. cit., 66.

(4) Debemos estas noticias al doctor E. Posada, quien publicó la mayor parte de este proceso en la
pág. 290 y sig. del vol. V del Boletín de Historia.

(5) Hoy debe entenderse que la calle dicha es al occidente de la Plaza central de Mercado, carrera
12ª.

(6) Artículo Vejeces, número 32 del Papel Periódico Ilustrado.

(7) ZAMORA, lib. Cit., pág. 342.

(8)JOSÉ MILLA, lib. cit. 208.

(9) El apellido Coluchini lo escribe de esta manera el cronista Ocáriz (pág. 168); Colichini escribe el
mismo. pág. 169; de igual manera lo trae Zamora, pág. 345; Colinucci escribe el autor
del Recuerdo de las bodas de plata del Colegio Nacional de San Bartolomé, Bogotá 1910, pág. 6.
Un historiador de la Compañía, J. J. Borda, trae Coluccini, y anota que otros
escriben C»linucci. Vol. I, pág. 12. En esta anarquía, optamos por la forma Coluccini.

Angulo noroeste de San Bartolomé .

Estos Padres llegaron a Bogotá en 1604 e hicieron la fundación el 18 de octubre de 1605. En


esta fecha se encargaron los jesuitas del Colegio Seminario de San Bartolomé, que en
cumplimiento de reales cédulas había organizado el Arzobispo Lobo Guerrero para reemplazar al
extinguido Seminario de San Luis. Muy poco tiempo estuvo a cargo de sacerdotes seculares, y
luego lo rigieron los jesuitas hasta 1767. Este Seminario ocupó el local que es hoy el histórico
Palacio de San Carlos(10) .

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Quedó el nuevo Colegio al cuidado de los jesuitas, quienes emprendieron la edificación de la
manzana de San Bartolomé y del templo de San Ignacio, después de San Carlos, siendo arquitecto
el Padre Juan Bautista Coluccini, de quien trae Ocáriz la siguiente noticia:

El Padre Juan Bautista Coluchini, natural de la Señoría de Laos, fue uno de los cuatro
Padres sacerdotes que pasaron de España el año de 1604 y fundaron el Colegio que esta
religión tiene en la ciudad de Santafé. Era gran arquitecto y con inteligencia de Astrología.
Dispuso la nueva fábrica de su iglesia y vivienda, aunque la planta se trajo de Roma; fue
Vicerrector en él, y con mucha loa de su buena vida murió a 3 de noviembre de 1641.

El templo que levantó el Padre Coluccini se llamó de San Ignacio hasta el año de 1767, en que
fueron expulsados los jesuitas de los dominios españoles, por disposición de Carlos III, como
veremos después. Desde entonces se cambió el nombre del Santo por el del Rey, que más de un
siglo conservó, sirviendo de viceparroquia de la Catedral, mientras se reconstruyo ésta, y luego
desde 1840 hasta 1891 (11) .

Fachada de la iglesia de San Ignacio.

Don Lázaro M. Girón dice lo siguiente, hablando de San Carlos y del extenso edificio que
levantó la Compañía a principios del siglo XVII, fecundo en fundaciones religiosas en Bogotá:

SAN CARLOS— Este hermoso templo, relativamente moderno, es hoy, como era antes, uno de
los más concurridos de Bogotá; detalle que no puede pasarse inadvertido porque encierra una
gran significación. Los Padres de la Compañía de Jesús lo fundaron y le dieron auge; pero aun
en las épocas posteriores a las expulsiones de éstos, San Carlos hacia afluir a sí la gran
concurrencia de todas las clases sociales, como un corazón de anfibio se contrae y dilata aun
horas después de muerto el animal.

La distinción de este templo viene desde que la elevada oratoria, el buen gusto y la
esclarecida ciencia de los hijos de Loyola, se sobrepusieron en esta capital a los pocos alcances
de las demás órdenes religiosas. La tradición se ha conservado, y hoy suben a la sagrada
tribuna del vasto edificio sabios oradores, entre los cuales se distingue el actual Cura párroco,
honra de nuestro clero y de nuestras letras (12) . El culto es allí en donde más esplendor
muestra; los adornos son los de más sencilla belleza y a la vez los más serios; el pavimento es
el mejor cubierto; la sillería es la más decente; y son, por último, las fiestas en ese santuario, las
de mayor resonancia y boato.

Ya lo ha dicho alguien: por la concha se conoce el molusco. Al mirar aquella robusta torre de
ladrillo, y esa altísima cúpula, la más soberbia de Colombia, que levanta su roja mole apoyada

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sobre inquebrantables bases, encerrada en una espesa y fortísima construcción de piedra, dura
y resistente como la verdadera ciencia, y obra, como ella, de largos años; especie de castillo
amurallado, hosco, inaccesible y severo; al recorrer sus tres amplias naves, sus vastos
departamentos y claustros llenos de luz y de grandeza, se admira el sabio poder de la Compañía
de Jesús, y se siente veneración por el arquitecto italiano, Reverendo Padre Juan Bautista
Coluccini, que supo construir casa tan apropiada a la sabiduría. Sapientia aedificavit sibi
domum, es la inscripción que se lee sobre el ancho pórtico que da entrada a la parte de San
Carlos en que están hoy la Biblioteca y el Museo Nacionales. Y después de observar aquella
gran construcción, en que un notabilísimo artista ha hallado reminiscencias de la masa de piedra
llamada El Escorial, la admiración aumenta si es posible internarse en la parte baja, allá en la
oscuridad de sus sombríos sótanos, de sus misteriosas cuevas, de sus ficticias paredes, de sus
intrincadas galerías.... Allá se verá reproducida la grandeza de arriba, como se ven sobre el
cristal de un lago las montañas y selvas que lo rodean.

San Bartolomé - Costado Occidental

San Francisco es un templo notable por su simbolismo místico; San Diego y la Capilla del
Sagrario son un museo; La Tercera es un frondoso jardín tallado en nogal; San Carlos es un
esfuerzo y una creación de la vasta tienda de los Padres jesuitas.

Reina generalmente en las tres naves de la iglesia el estilo dórico, y está ornamentada en la
bóveda y sobre los arcos con salientes relieves que representan arabescos, festones, vides y
aquellas cabezas aladas de querubines coya invención fue obra del inmortal Rafael. El coro, que
se apoya sobre un atrevido arco elíptico, y las dos largas tribunas que reposando sobre las
cornisas de las columnas circundan la nave central, llevan en su parte inferior lujosísimo
artesonado que forman piezas de diversos colores y de hermoso estilo morisco, que llenan las
más exigentes condiciones de la estética, es decir, por medio de bien combinados enlaces de
figuras geométricas, la claridad y la sencillez mezcladas con la riqueza, sin nada de monotonía
ni de desorden. En las cuatro pechinas de la gran cúpula están pintados por Vásquez, de
enormes dimensiones, los Evangelistas. El altar mayor, reluciente de oro, es una bella obra
esculpida, pintada, dorada y cubierta de órdenes diversos de arquitectura, de columnas,
imágenes y ornamentaciones varias. Y a los demás retablos de San Carlos se puede aplicar,
como a los de todas nuestras iglesias de origen español, lo que escribe Gautier a propósito de
una de las capillas de la Catedral de Burgos, en que, dice él, se ve “el mal gusto más rico, más
adorable y más encantador....” “Todo lo forman columnas retorcidas envueltas por cepas de
viñas, volutas enrolladas hasta lo infinito, gorgueras do querubines con alas a modo de corbata,
hervores de nubes, perfumadores con la llama dada al viento, rayos abiertos en abanico,
achicorias florecientes y frondosas, todo esto dorado y pintado de colores naturales, por pinceles
de miniatura....” “No es ya la fineza gótica ni el gusto encantador del Renacimiento; la riqueza ha

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sido sustituida a la pureza de líneas; pero aun así esto es muy bello, como toda cosa excesiva y
completa en su género.”

El altar dedicado a Nuestra Señora del Loreto, especialmente, es magnífica obra de talla en
madera. Sus columnas corintias, que están ahuecadas, las forman bellos calados en forma de
ramasones, de figuras de ángeles y de ornamentaciones varias; y en ellas hay, relativamente,
trabajos que se acercan mucho en delicadeza a las obras que con tanto primor cincela la
laboriosidad de los chinos. San Carlos, como la mayor parte de los templos de origen español,
tiene en su conjunto mucho de esa arquitectura bastarda, de ese mixto resulta lo de las
conquistas; cuando España se hizo dueña de la América y quiso construir en ella, no hizo sino
mezclas del Renacimiento francés e italiano, y del estilo morisco, porque entonces ella no tenía
ni el arte cristiano ni el arte de los fieles de Mahoma: estaba en una de esas épocas de
transición que son infecundas.

San Carlos contiene muchas obras de artistas extranjeros, entre ellas una virgen que
pudiéramos llamar su principal joya; y se conservan en sus altares, y en la sacristía, que recibe
luz de otra cúpula: La predicación de San Francisco Javier, obra magnífica de Vásquez, varios
lienzos de los Figueroas, de don Antonio Acero, don Antonio García, don Luis García Hevia, etc.;
entre los de la sacristía (que es como otro templo en que lucen elegantes puertas y lindas
ornamentaciones) se hace notar en la pared oriental una buena pintura que representa a Santa
María Egipcíaca, copia de Guido Reni, recostada sobre un peñón y con el rostro apoyado en una
mano; tiene la cabellera suelta y los brazos desnudos; y le cubre la falda un manto rojizo, de
amplios pliegues tocados al modo de Rivera. Si algo hubiera de criticársele a esta bella imagen,
de pincel extranjero, sería únicamente lo sensual de sus carnes, de su bellísimo rostro, de sus
torneados y robustos brazos, y en general de sus voluptuosas formas.

En lo tocante a escultura, se encuentran varias estatuas firmadas por Laboria, entre ellas la
mejor quizás que ese hábil maestro produjo en los largos años de su residencia en el Nuevo
Reino, es La muerte de San Francisco Javier: en ella revela el escultor no solamente erudición y
talento, sino también gran genio artístico, pues fuera de los correctos detalles anatómicos, fuera
de la exactitud con que están representadas las contorsiones del tétano, y de lo bien estudiado
de la actitud y vestiduras, hay un profundo sentimiento en la expresión del moribundo rostro,
cubierto ya por el tinte amarillo y las sombrías líneas de la muerte. Todo en esta imagen es
correcto, y hasta los animales que rodean la caverna en donde expira el Santo, ayudan a dar
carácter y colorido local a ese desierto pasaje.

Las estatuas de Laboria son verdaderamente excepciones en las iglesias de Bogotá, en donde
es innumerable la cantidad de repugnantes efigies, contrahechas, coloreadas, vestidas con telas
bordadas; y en que la tendencia española a lo excesivamente real ha ido hasta hacerlas
ridículas. De esto puede formar clara idea quien observe los pasos que se exhiben en las
procesiones de Semana Santa (13) .

Es digno de citarse el nombre del hermano italiano Luisinch, al hablar de la ornamentación de San
Carlos, pues él trabajó con maestría en los altares y coros, púlpito y corredores; también creemos
deber mencionar, muy especialmente, una de las bellísimas esculturas de Laboria, llamada El
rapto de San Jgnacio, que se conserva cuidadosamente, como lo requiere su alto valor artístico, en
una capilla lateral inmediata a la Sacristía, que es una de las mejores esculturas que posee
Bogotá (14) .

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Claustro de San Bartol omé.

En la nave izquiérda, sobre la puerta del local que sirvió de bautisterio, se encuentra la siguiente
inscripción:

EXALTAS ME DE PORTIS MORTIS P. S. Q.

Esta puerta da entrada a una capilla de pequeñas dimensiones, que está consagrada al culto de la
Virgen de la Concepción. En el fondo hay un antiguo y bellísimo altar dorado, y en él se ha
colocado una estatua que rompe el orden de la ornamentación general.

Una luz de penumbra entra por la parte superior, y una reja de hierro cierra la capilla.

Al presente tiene la iglesia de San Ignacio dos órganos; uno de ellos de excelentes condiciones
artísticas. El pavimento del templo se construyó con baldosines y madera; el atrio se enlosó con
piedra arenisca, y en la torre luce un reloj de gran precisión, construido en Medellín. El servicio de
luz es eléctrico.

(10) L. RUBIO MARROQUIN, Boletín de Historia, VII, 47. ZAMORA, lib. cit., págs. 348, 349.
J. J. BORDA. Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada, I.
RAFAEL PÉREZ, S.J. La Compañía de Jesús en Colombia y Centro América, I.

(11) En 1891 devolvió el Ilustrísimo señor Velasco el templo a la Compañía de Jesús, y dispuso
que se llamase de San Ignacio.

(12) Esto se escribió en 1889. siendo Cura el doctor R. M. Carrasquilla.

(13) Omitió el artista L. M. Girón anotar en esta bella descripción del templo, que en 1840, cuando
por disposición del Ilustrísimo Arzobispo Mosquera, se arregló la iglesia para que sirviera de
viceparroquia de la Catedral, se colocó yuxtapuesto delante del altar mayor el que era de la
sacristía (hoy capilla de San José), el cual corta irregularmente las columnas y nichos del principal,
verdadero error artístico.

(14) La iglesia de San Carlos sufrió con el terremoto de 1785; estando cerrada desde la expulsión
de los jesuitas, nadie pensó en su reparación. En los primeros años del siglo XIX los Canónigos, de
acuerdo con el Virrey pensaron en hacerla viceparroquial, por estar amenazando ruina la Catedral,
a lo cual se opuso el Arzobispo Portillo, fundándose en que San Carlos también la amenazaba, y
muy especialmente su magnífica cúpula; quisieron entonces los Canónigos que se descargara, a lo
que también, y por fortuna, se opuso el Arzobispo. Hecho el reconocimiento de la cúpula por el

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ingeniero don Bernardo Anillo, resolvió, fundado en la ciencia, que bastaba ceñirla con una cadena
de hierro para darle solidez, lo que se hizo bajo su dirección.

La amplia sacristía del templo es hoy una bella capilla en que se tributa culto especial a San José.
Dos Padres jesuitas naturales de esta ciudad, Teódulo Vargas y Santiago Páramo, la inauguraron
el 23 de abril de 1899. La ornamentación artística fue dirigida y en gran parte ejecutada por el
distinguido artista Reverendo Padre Páramo, y comprende el interior de la cúpula, las pechinas y
las paredes. Las ventanas tienen vidrios artísticos de origen europeo, y hoy el pavimento es de
baldosines y madera, bellamente combinados. El sobrio y elegante altar tiene como principal
adorno un lienzo: La muerte de San José, obra del notable pintor contemporáneo Hector Monacelli,
natural de Nápoles.

El edificio de la capilla fue levantado por el Padre Coluccini, y se terminó en 1766, poco antes de la
expulsión de la Compañía por orden de Carlos III (15) .

Bajo el piso de la capilla existe una amplia cripta con numerosos nichos de cementerio.
Actualmente no presta tal servicio, pero sí es digno de notarse que allí, por excepción, se sepultó el
cadáver del Arzobispo Ignacio Velasco.

Santafé había mejorado considerablemente en los últimos años del siglo XVI y primeros del XVII
en lo moral y en lo material; los habitantes adquirían más y más cultura y pulimento; la Catedral
prestaba servicio diario al Coro metropolitano, y servía de tumba, desde 1597, al fundador de la
ciudad; ésta contaba entre sus edificios religiosos, al norte de la entonces Plaza Mayor, a Santo
Domingo, San Francisco, La Veracruz, el Humilladero y Las Nieves; al sur, a San Agustín, Santa
Bárbara y la humilde capilla de Belén; y al occidente, la parroquial de San Victorino y el templo y
monasterio de monjas de La Concepción, primero de mujeres que hubo en Bogotá. La
beneficencia sostenía el Hospital de San Pedro. Recordemos la fundación del monasterio de La
Concepción.

Fray Pedro Simón (cronista de los primeros años de la Colonia, monje de la Orden de San
Francisco), refiere de la siguiente manera la fundación del primer monasterio de religiosas que se
hizo en la capital del Nuevo Reino de Granada, a fines del siglo XVI:

Los principios que tuvo el convento de La Concepción de la ciudad de Santafé fueron de


un mercader de la misma ciudad, llamado Luis López Ortiz, el cual, viéndose con hacienda
gruesa y sin herederos, deseando se empleasen sus bienes en causas del servicio de
Dios, trató con los prelados de nuestra religión, en esta Provincia, los intentos que tenia de
hacer un colegio para que nuestros frailes estudiasen en él, sacando dispensación del
Pontífice para poderle asignar rentas suficientes al sustento de los colegiales, como lo
tenemos por este mismo modo en otras partes. Hizo de esto escrituras bastantes; pero
advirtiendo, antes que se pusiera mano a la obra, ser de mayor importancia fundar un
convento de monjas, rogó a les religiosos le diesen el derecho de la escritura que les tenía
hecha para el colegio, que lo hicieron con buena satisfacción, que él hizo con una buena
cantidad de plata, con que se hizo la custodia antigua que hoy tiene el convento, y otros
vasos para el servicio del altar. Trató luego, libre de esto, el Luis López, de edificar la
iglesia y el convento en la parte que está ahora acabada.

La primera piedra de la iglesia se colocó en septiembre de 1583 por el Arzobispo Zapata de


Cárdenas, acompañado de fray Juan Montalvo y fray Sebastián de Ocando, Obispos de Cartagena
y Santa Marta, respectivamente, “en la esquina más próxima a la plaza, a espaldas de la cárcel de
la ciudad.” El monasterio tuvo dos manzanas: de esta esquina hacia el occidente, es decir, desde
la carrera 9ª hasta la 11ª la iglesia y el monasterio se levantaron en la primera; la segunda, que era
extenso huerto, es actualmente la Plaza de Mercado central.

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El Presidente del Nuevo Reino, don Antonio González, de acuerdo con real cédula destinó $11,000
del Tesoro del Rey para rentas del convento, y dejó a cargo de López Ortiz todos los gastos de
edificación del nuevo edificio.

El 29 de septiembre de 1595 el Maestrescuela de la Catedral, Sede vacante, que era el


Licenciado Francisco de Porras Mejía, dio el hábito para religiosas, públicamente, en la
iglesia del mismo convento, hallándose presente toda la Real Audiencia con el doctor
Antonio González, su Presidente, a Ursula de Villagómez y a su hermana doña Isabel
Campuzano, naturales de la ciudad de León, en España, y a doña Catalina de Céspedes,
oriunda de Almodóvar del Campo, y después de habérselo dado se encerraron en el
dicho convento y aquél fue el día de su fundación (16) .

Apenas hablan transcurrido seis meses cuando ocurrió el fallecimiento del fundador del
monasterio, el 18 de marzo de 1596. Ocáriz refiere (página 236 de sus Genealogías) que López
Ortiz fue hijo legitimo de Luis López y de Francisca Ortiz; que nació en Plascencia de España, y
que “su ocupación era la mercancía, procediendo a sus ganancias atento a su conciencia y con la
mayor moderación que se ha visto en el Nuevo Reino de Granada, como hombre de mucha
cristiandad y probada virtud.... Hizo otras memorias y obras pías en su patria y en Santafé,
gozando el gusto de verlo ejecutado hasta el 18 de marzo de 1596, en que murió de edad mayor,
sin haber sido casado. Donó al convento de San Agustín, de esta ciudad, su milagrosa imagen de
Nuestra Señora de Altagracia, que trajo de España, y el mayor empleo que logró fue el de sus
buenas obras y limosnas, en que no procedió escaso.”

Con candidez apenas explicable en los tiempos actuales, dice el mismo cronista en la noticia
biográfica de López Ortiz:

Sucedióle que estando rezando, sentado en un banco, detrás de la puerta de su tienda,


que era fronteriza a la puerta de la iglesia Catedral, en la Plaza Mayor, donde lidiaban toros,
uno feroz se entró y le puso sobre el hombro el hocico, sin ofenderle en más que ensuciarle
el vestido con espumas, y se volvió a salir, dejándole con toda serenidad y sin haberle
asustado. Aplicóse a efecto de siervo de Dios, como otros sucesos y obras que le motivaron
opinión de santo: fue su sepulcro la bóveda de la iglesia de su religiosa fundación.

López Ortiz construyó su sepultura en amplia y sólida cripta, bajo el presbiterio de la iglesia
de La Concepción; la piedad o la vanidad, o quizá los dos sentimientos, dictaron la siguiente
inscripción, que, grabada en dos losas de piedra arenisca, aún existe al presente y que copiamos
con fidelidad, respetando todas las faltas ortográficas con que fue esculpida; dice así:

Aquí yace Luis López


Ortiz,vecinodeestacíudad.
El menor hombre del mundo y
en pecados el mayor, esperando
la misericordia de Dios.

En esta cripta, de sólida construcción, de paredes enlucidas, a la que se desciende por


algunas gradas de piedra, de techo abovedado, que sostiene el piso del presbiterio, oscura,
húmeda, sin ventilación y llena de tierra y de despojos de trabajos de albañilería, vimos tres
esqueletos, colocados sobre bancos de piedra, arrimados a las paredes norte, oriental y sur, sin
vestidos ni ataúdes, y que son los de López Ortiz y de sus descendientes, si atendemos a las
noticias que traen los cronistas.

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Asombra que Ocáriz, cuyo libro se publicó en Madrid en 1674, tuviera la audaz candidez de
escribir en la página 179 de su obra, refiriéndose al sepulcro de López Ortiz, lo que sigue:

Está introducido que cuando ha de morir alguna monja se oyen golpes en el coro bajo,
que es donde las entierran, y para descendientes del fundador se oyen los golpes en la
bóveda de su entierro, que está en la capilla mayor.

Don Juan de Montalvo, un compañero de Gonzalo Jiménez de Quesada, conquistador


que sobrevivió a todos sus compañeros, Justicia Mayor de la ciudad de La Palma, fue
casado con Elvira Gutiérrez, y ambos están enterrados en la iglesia del convento de
monjas de La Concepción de Santafé; fueron los primeros casados que entraron en el
Nuevo Reino de Granada. Montalvo falleció en Santafé el 22 de septiembre de 1597, “y
está enterrado en la iglesia de La Concepción, debajo del altar de Santa Ana, para cuyo
sostenimiento dejó una capellanía (17) .

Cuenta el Obispo Piedrahita que Juan Díaz Jaramillo, rico vecino de Tocaima, “quien medía
el oro por fanegas,” levantó magnífica casa a las orillas del río Bogotá, la cual fue destruida por
avenida del río, en 1581, y cuyas valiosas ornamentaciones sirvieron para adornar dos templos de
aquella ciudad y el de La Concepción de Bogotá. Entre el arco toral y el altar mayor se ven aún
esas ornamentaciones, que consisten en maderas doradas, con tallas, entre las que se encuentran
caras dé ángeles y pinturas de estilo bizantino, en el techo.

El historiador Groot, al referir la inundación de Tocaima y la consiguiente destrucción de la


casa de Díaz Jaramillo, escribe: “También se trajeron a Santafé muchas piezas para el adorno del
artesonado de la iglesia del monasterio de La Concepción.” Sobré la puerta del templo más
cercana a la torre, se lee esta inscripción:

AÑO DE 1585.

El Prelado don Hernando Arias de Ugarte, natural de Bogotá, Arzobispo del Nuevo Reino
desde 1618, sabiendo que la iglesia de La Concepción amenazaba ruina, por ser defectuosa su
construcción, donó al convento para gastos de reparaciones argentes $4,000 en oro, el año de
1619, suma con que se reconstruyó en gran parte.

A fines del siglo XVII pintó el maestro Padilla, artista medianísimo, hijo de esta ciudad, el velo
del sagrario de la iglesia de La Concepción; lo pobre del trabajo no impidió que se celebrara su
estreno con gran fiesta religiosa.

Nada encontramos digno de mencionarse en la crónica de este monasterio en más de cien


años.

Ya proclamada la Independencia, en octubre de 1812, por una especie de plebiscito se


acordó que Nariño continuase de Presidente do Cundinamarca. Tan popular era en su terruño el
ilustre iniciador de la revolución, que hasta en los monasterios de monjas tuvo eco la política. He
aquí la carta que le dirigió la Abadesa de la comunidad de La Concepción, la Madre Francisca de
Santa Rosa, no obstante ser conocidas las opiniones religiosas del Presidente:

Excelentísimo señor: Esta humilde comunidad de Nuestra Señora de La


Concepción no se cansará de felicitar a Vuestra Excelencia, siempre que lo halle al
frente del Gobierno, y mucho más en este día., que lo considera con el lleno de todas
las facultades, para defensa de la Patria y consuelo de todas las almas consagradas
a Dios, que no cesarán jamás de dirigir a Dios sus oraciones, como hasta aquí lo

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hemos practicado, y no dudamos que la Divina Majestad dé a Vuestra Excelencia
todos los auxilios necesarios para el acierto y feliz gobierno de la Provincia de
Cundinamarca.

El día 6 de diciembre de 1815, según refiere José María Caballero en el curioso diario que
hace parte del libro La Patria Boba, “se salió una monja profesa de La Concepción, sobrina del
doctor Matallana, pero inmediatamente la toparon y la volvieron al convento. Salió antes de las dos
de la tarde y se entró en una casa, y la entraron al convento a las siete de la noche.”

En 1858 las monjas vendieron al señor Juan Manuel Arrubla el extenso huerto situado hacia
el occidente del monasterio. Se abrió la calle que desde entonces se llamó comúnmente de la
Ropa (hoy carrera 10ª, entre las calles 10 y 11), como consta en la inscripción que puso el
entonces Alcalde de Bogotá:

ABIERTA EL 3 DE ABRIL DE 1858. SIENDO ALCALDE DE BOGOTÁ


EL GENERAL R. ESPINA.

El señor Arrubla edificó en el huerto, con la protección de la Administración Mosquera, los


pabellones de la Plaza central de Mercado. Extinguidas las comunidades religiosas por la misma
Administración, fueron expulsadas de los edificios que ocupaban en la ciudad. El Arzobispo Herrán
recibió la siguiente carta en que refiere la Abadesa curiosas escenas, y que transcribimos por ser
documento desconocido:

Bogotá, febrero 23 de 1863.

Ilustrísimo señor Arzobispo don Antonio Herrán.

Mi pensado y respetado Padre:

Las penas que hemos tenido que sufrir en estos días de tribulación me habían impedido de
darle cuenta a usted de lo que ha ocurrido con mis indefensas hijas; el viernes 6 del corriente
fue rodeado nuestro convento por los soldados a las tres de la tarde, e inmediatamente que
se abrió la portería entró al locutorio el señor Zenón Padilla y nos impuso de la orden que
tenía del Gobernador, en que decía que dentro de una hora saliéramos de la clausura sin
permitir que sacáramos otra cosa sino sólo la ropa de uso, pero añadió que sin embargo él sí
permitía que sacáramos lo que pudiéramos; y desde aquel momento se comenzó a sacar lo
más preciso hasta las doce y media de la noche, en que dijeron que no dejaban ya sacar
nada hasta el otro día; entonces se retiraron las personas amigas que nos ayudaban,
quedando en el locutorio algunas señoras de las familias religiosas, y más de veinte soldados
en los corredores de la portería afuera. A las ocho de la noche nos llamaron para decirnos
que tenían orden de hacernos salir a las diez de la noche, y que bajo este supuesto
saliéramos voluntariamente; a lo que se respondió que nos era prohibido el hacerlo por tener
voto de clausura y no sernos licito quebrantar un juramento prometido al mismo Dios, y así
podían hacer lo que quisieran sin esperar jamás que nosotras saliéramos por nuestra
voluntad, Al otro día pusieron varias personas a persuadirnos esto mismo, pero siempre
hallaron la misma repulsa hasta las seis de la noche del sábado, en que viendo la
resistencia, se resolvieron a romper las puertas; entonces se tocó a comunidad y nos
juntamos en el coro de en medio todas las religiosas y las sirvientas, donde estuvimos hasta
que entraron al coro a acompañarnos los señores doctores Abondano y Ardila y nos
exhortaron a conformarnos con la voluntad de Dios, y nos dijeron que ya estaban los
soldados dentro de la clausura y teníamos que salir, pues ya no podíamos permanecer en el
claustro; salimos a las ocho, nos acogió en su casa el señor Urbano Pradilla, y estuvimos allí
hasta el martes a las cuatro de la mañana, que nos pasamos a la casa de las señoras

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Azuolas, frente a San Agustín. Dichas señoras han tenido la bondad de darnos su casa, y
hasta hoy permanecimos en ella cumpliendo en cuanto se puede nuestras reglas y
constituciones y esperando que el Señor levantara el azote de su justísima ira que está sobre
nosotras. Estamos atribuladas pero conformes con las disposiciones del Altísimo, que quiere
ostentar sobre nosotras su poder; suspiramos sí por volver al silencio de nuestros amados
claustros, para tener el consuelo de vivir y morir en ellos, y no perdemos la esperanza de que
nuestro Dios nos lo conceda.

Reciba usted las expresiones de cariño filial de sus hijas afligidas, que diariamente
pedimos a Dios por usted y le suplicamos nos dé su bendición episcopal y nos encomiende
al Señor para que nos fortalezca con su santísima gracia.

GUILLERMA. DE LA. DIVINA


PASTORA, Abadesa.

En otra carta dirigida por la misma Abadesa al señor Herrán, en noviembre del mismo año,
dice: .................................................................................................................

A nosotras hasta hoy no nos han vuelto a molestar, pero sí estamos esperando que lo
hagan.

En los últimos años, con indecible mal gusto, cambiaron el sagrario del altar mayor, que era
dorado y armónico con la ornamentación de la iglesia, por una obra de madera sin mérito artístico
ni histórico. Destruyeron los coros para ampliar el templo, y se llevaron a cabo otras reparaciones
que no alcanzaron a borrar el carácter colonial del edificio, el cual está al cuidado de la comunidad
de los Padres capuchinos. El convento fue rematado por fragmentos, en los cuales se han
construido algunos edificios particulares de gusto moderno (18) .

Anexo a la iglesia, en la calle 10, se ha construido recientemente un edificio que sirve de


habitación a los Padres Capuchinos. Un amplio camarín que había en la carrera 9, fue destruido
con acierto por los años de 1874.

En 1601 se labró en piedra una inscripción, que existe en la acera oriental de la carrera 7ª.
(1.ª Calle Real), entre las tiendas 3.ª y 4.ª, de la Catedral al norte, que dice:

CAPELLANIA. DE Po GUIA Y DE
ANT.° G. I A AN° 1601

Esta inscripción es la más antigua de las que en lugar público existen en Bogotá, y la puerta
del almacén en que está colocada adquirió gran valor histórico desde el 20 de julio de 1810, por
haber sido el sitio de la célebre reyerta de Morales y Llorente.

El Presidente del Nuevo Reino, don Francisco de Sande, se había encargado del bastón de
mando el 23 de agosto de 1597. Habla prestado distinguidos servicios como tercer Gobernador de
las islas Filipinas. Era natural de Cáceres, en Extremadura; de carácter duro, agrio y dominante.
Tuvo continuas diferencias con los golillas de la Audiencia y con el Arzobispo Lobo Guerrero. La
rigidez de sus decisiones le enajenó los ánimos de la población, y la violencia de sus actos de
gobierno le hicieron conocer con el apodo de El Doctor Sangre .

El Presidente tenía un hermano, Fray Martín de Sande, monje franciscano. Confiado en el


apoyo del Presidente, su hermano ordenó con censuras eclesiásticas que las monjas de La
Concepción de Bogotá, Tunja y Pamplona prestasen obediencia a su religión. Por visita del

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Arzobispo gobernaba la Diócesis, como Vicario General, el Licenciado Francisco de Porras Mejía,
quien no se atrevió a contradecir las disposiciones del Provincial franciscano Martín de Sande. Las
monjas de los conventos nombrados prestaron la obediencia requerida al Provincial de San
Francisco, cargo que desempeñaba fray Martin de Sande. Al regreso del Arzobispo a Santafé se
apresuró a dictar auto en abril de 1602, ordenando que las monjas de que se ha hecho mención
salieran de la tutela del Padre Sande y de sus hermanos de religión, volviendo, de acuerdo con las
leyes canónicas, a quedar bajo la dependencia del ordinario eclesiástico, a lo que no se opusieron
los frailes franciscanos (19) .

Los Oidores se quejaron a la Corte de la dureza y mal Gobierno del Jefe Civil del Nuevo
Reino, y el Rey tuvo a bien enviar de Visitador al doctor Andrés Salierna de Mariaca, quien llegó a
esta capital por el mes de agosto de 1602. Abierta la visita, dispuso Salierna de Mariaca que
el Doctor Sangre quedase confinado en la Villa de Leiva, con el fin de que tuviesen libertad en la
capital de presentar sus quejas las muchas personas que las tenían contra el Presidente.

(15) Quien desee más extensas apreciaciones artísticas sobre las ornamentaciones y
pinturas que embellecen la Capilla de San José, puede consultar las que publicó el literato
colombiano don Ismael Crespo en el vol. XX del Rerertorio Colombiano, págs. 99. y sig.—
Bogotá.

(16) FRAY PEDR0 SIMÓN, Noticias Historiales, etc. Vol. III, pág. 275; OCÁRIZ, Genealogías
del Nuevo Reino de Granada, pág. 171.

(17) OCÁRIZ, lib. cit., pág. 69; SOLEDAD ACOSTA DE SAMPER, Biografías de hombres
ilustres, pág. 420. Véase atrás pág. 78.

(18) El estudio referente al templo y monasterio de La Concepción lo publicamos en el


número 1 de la Revista Nacional de Colombia, dirigida por don Rafael Villamizar R.

(19) ZAMORA, lib. cit., p4g. 346.

Un distinguido literato, don José Joaquín Borda, escribió en 1875 las siguientes líneas,
refiriéndose al Doctor Sangre (20) :

Corría el año de 1604.

Nuestros Estados Unidos de Colombia, a la sazón Presidencia dependiente de nuestra


querida España, dormían una paz octaviana. ¡ Dichosa edad y dichosos tiempos aquellos en
que todo, vidas y haciendas, pertenecía de derecho a mi amo el Rey. Los dichosos
colombianos dormían el sueño de la inocencia envueltos unos en sus capas de paño de San
Fernando, cubiertos de galones y pieles, y los otros en camisetas y lienzos del afamado
Ramiriquí. Nada de Constituciones ni de Derechos del Hombre, ni de imprentas, ni de todas
esas patrañas con que soñamos en este pícaro siglo ! Todo era paz y contento a la sombra
del glorioso pabellón de Su Majestad y bajo el amparo de la Real Audiencia.

Don Bartolomé Lobo Guerrero, de gloriosa memoria, regentaba la Silla arzobispal, y sus
misioneros, traídos de Méjico, echaban los cimientos del gran Seminario de San Bartolomé,
cuna preciosa de las letras colombianas, a la vez que daban ocupación y sustento a multitud
de indígenas, privados ya de su libertad y condenados a las cargas de la vida civilizada. Ahí
habían de tener lugar las disputas escolásticas, que por largos años formaron el único
acontecimiento ruidoso de la Colonia, y allí brotaron también las chispas que, convertidas de
repente en un incendio, devoraron en un momento el solio de los Virreyes y el antiguo

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edificio de la tiranía. Pero, como hemos dicho, por entonces todo era paz y contento, según
decía el Presidente y repetían sus cortesanos.

En la esquina S.E. de la plaza había a la sazón un edificio nuevo y vistoso, por frente del
cual no pasaban los bienaventurados colonos sin tocarse el sombrero y sin que les
flaqueasen algún tanto las rodillas, como si fuese la habitación de algún duende, poblada de
misteriosas y terribles tradiciones.

No temamos nosotros, que han pasado ya algunos siglos, y de esa morada sólo quedan
reliquias. Entremos sin miedo, aunque sólo sea para ver por el resquicio de la puerta o por
detrás de la mampara que cubre la del salón principal, a un célebre personaje de aquellos
tiempos.

El ancho y grosero portón está abierto de par en par. Extiéndese en seguida un corredor
tapizado de menudas y desiguales piedras, orillando un patio cubierto de yerba descuidada,
entre la cual se elevan tristemente dos naranjos cubiertos de telarañas y un laurel por el
tiempo encorvado. Los cuatro corredores altos que forman marco al patio están desiertos, y
las puertas de sus cuartos, pintadas de blanco y llenas de molduras delicadamente
trabajadas, están cerradas.

En el corredor principal está la mampara de cuero curtido, que nadie abre sin temblar, y al
través de la cual han pasado tan terribles escenas.

Por supuesto que en aquellos corredores no hay ni envidrierados, ni alfombras, ni siquiera


esteras, sino los ladrillos tales como salieron del horno.

Abramos la mampara.

Es un ancho salón que en vez de cielo raso, como se usa hoy, ostenta un brusco
artesonado en que asoman las varas del enmaderado, pintado lo mismo que las paredes, de
tierra blanca, cuatro sofás larguísimos, forrados en damasco rojo, con altos espaldares,
ornados de arabescos y molduras, forman el principal adorno. Cuatro escaparates de cedro
sin barniz, sostenidos en garras de león, muestran sus cajones medio abiertos y llenos de
abultados expedientes.

En la pared del frente campea un cuadro de dimensiones colosales, con marco de caoba,
en el cual está pintada una grande águila, con orla de nueve granadas: es el escudo de
armas concedido a Santafé por la Corte española.

Cerca de la ventana principal hay una gran mesa, cubierta de damasco, llena de papeles y
útiles de escritorio. En un sillón, hermano de los sofás, está sentado escribiendo el personaje
que queremos ver. ¡ Lástima que en aquel tiempo no hubiese fotografía!

Es un anciano alto y delgado. Está envuelto en una rica capa azul, y por debajo del
damasco de la mesa se alcanzan a ver sus flacas pantorrillas, forradas ea una media de
seda color de carne, y sus pies calzados de zapato con hebilla de oro, que descansan sobre
un cuero de oveja escarmenado y blanco como nieve. Asoma también bajo la capa su ligero
espadín; una coposa peluca le cubre la cabeza hasta los hombros; está afeitado
enteramente, y unos anteojos de filetes de oro cubren sus ojos bajo las cejas espesas como
un bosque, y que a la par de los lentes, procuran ocultar las miradas del anciano.

77

Un grueso expediente tiene al lado y varias cartas escritas en tosco papel español y
pegadas con obleas de colores, que el anciano ha devorado con ansiedad.

¿Quién es este personaje?

Nada menos que don Francisco de Sande, Presidente del Nuevo Reino. Hace ocho años
que manda en la Colonia y espera mandar, por lo menos, otros ocho.

Tales eran las costumbres y el Palacio de Gobierno en 1600.

Salierna de Mariaca residenció al Doctor Sangre; y éste dijo a sus confidentes, amigos y
aduladores, entre otros, a los Oidores Diego Gómez de Mena y Luis Enríquez, quienes estaban en
Santafé desde principios de aquel siglo, que su causa tendría buen fin, porque había comprado al
Visitador, con barras de oro. Salierna supo que se le acusaba por soborno; llamó al Arzobispo para
darle cuenta de lo que ocurría y pedirle consejo; el Prelado le ofreció conferenciar con Sande y
afearle su mal proceder, por estar convencido de la inocencia y honradez del Visitador; pero el
Presidente sostuvo su dicho ante el Prelado y ante el mismo Salierna, diciendo que no podían
probarle lo contrario, porque la escena del soborno no había tenido testigos. Entonces el Visitador,
que se hallaba gravemente afectado por la pena, lo citó para dentro de nueve días ante el tribunal
de Dios, Juez que no necesita testigos ni comprobación de hechos. Esta cita se divulgó en la
ciudad, donde se dijo también que el Visitador había sido envenenado por orden del Presidente, y
que con tan indigno objeto había vuelto de la Villa de Leiva.

Murió Salierna de Mariaca, y al llevar el cuerpo a enterrar, salió el Presidente al amplio balcón
del Palacio, con rostro risueño y señales de satisfacción.

Oigamos cómo cuenta el Padre Zamora (pág. 347, lib. cit.) el desenlace de esta curiosa
crónica colonial:

Llegó el día 12 de septiembre, plazo en que, cumpliéndose la citación del Visitador, se


cumplieron también los días del Presidente, muriendo con grande aceleración y espanto
universal de la ciudad. Pero fue mayor el que tuvieron llevando a enterrar el cuerpo a la
iglesia de San Agustín, porque estando en la calle de la Carrera, con aquella ostentación y
acompañamiento acostumbrado en los entierros de los Presidentes, se empezó a oscurecer
el cielo con temerosa tempestad de truenos, rayos y granizo, con tal asombro, que
desamparando todos el cuerpo, que estaba sobre un bufete, recibió la violencia del
torbellino, hasta que tarde de la noche cogieron el féretro los negros de su familia, y
llevándolo a la iglesia, le dieron sepultura. Siendo ambos sucesos tan raros, fueron los
discursos diversos, y en esta narración sólo tiene lugar la verdad, con que lo aseguran
diferentes manuscritos de aquel tiempo, que don Juan Flórez de Ocáriz compendió en
su Preludio.

Por la muerte de Sande, ocurrida el 12 de septiembre de 1602, quedó el Gobierno a cargo


de los Oidores Diego Gómez de Mena, Lorenzo de Terrones, Alonso Vásquez Cisneros y Luis
Enríquez, mientras llegó el Presidente interino Nuño Núñez de Villavicencio, quien murió durante la
visita de la Audiencia, de la cual era Fiscal desde 1603 el Licenciado Buenaventura Cuadrado.
Nuño Núñez falleció en la capital en 1607. Este Presidente había desempeñado el Gobierno de
Charcas, y a Santafé trajo a su mujer doña Maria Enríquez junto con cuatro hijos menores. En
Santafé vivió un homónimo del Presidente, que fue Canónigo de la Catedral (21) .

Durante el Gobierno de Sande se construyó, por el Licenciado Luis Enríquez, el primer


puente de San Agustín, en la acera oriental de la hoy Plaza de Ayacucho. Llamó a trabajar en
dicho puente a indígenas de los pueblos de Tunjuelo, Usme, Une, Cueca, Chipaque y Ubaque, y

78

como era encomendero de Une y Cueca Alonso Gutiérrez Pimentel y tenía a los indígenas
ocupados en labores de campo, lanzó palabras duras contra el Oidor, lo que, sabido por Enríquez,
lo comunicó a la Audiencia en son de queja, y el Tribunal le dio comisión de levantar proceso,
siendo en él a la vez parte y juez, y con este doble carácter condenó a la horca a Gutiérrez
Pimentel, antiguo Alcalde y Alférez Real!

Cuentan también las crónicas que poco tiempo después de construido el puente de San
Agustín llegó un Visitador al Convento de Santo Domingo, que se avino mal con los religiosos,
causa por que fue nombrado Juez conservador fray Francisco Mahón, agustino calzado. Este fijó
censuras en las puertas de la Catedral; el Arzobispo ordenó quitarlas; de nuevo las fijó el Padre
Mallón comprendiendo en ellas el nombre del Prelado. Mandó el Arzobispo a su Provisor Porras
Mejía a reducir a prisión al Padre Mahón, y al marchar aquél a cumplir su cometido, encontró en el
puente de San Agustín al Oidor Gómez de Mena seguido de Alcaldes y alguaciles, a quien enviaba
la Audiencia, sabedora de la ocurrido, a cortar el mal. Un clérigo asió al Alcalde ordinario Mayorga,
lo ultrajó de obra y lo amenazó con una espada que traía entre los hábitos. Todos sacaron armas;
el Provisor Porras Mejía puso censuras a grandes gritos; el Oidor Gómez de Mena declaró traidor
al Rey al que se menease, y con esto calmó el alboroto y todos entraron en casa del Capitán
Sotelo, contigua al puente. Nadie llegó al vecino convento, donde estaban los frailes prevenidos
con armas para defender al Padre Mahón (22) . Mientras ocurría lo relatado, la Audiencia había
embargado los bienes del Provisor y dispuesto que se llevase a prisión, lo que se efectuó en la
cárcel de la plaza principal. El Arzobispo, rodeado de los Canónigos, se trasladó a las salas de la
Audiencia, pero el Tribunal sólo dio entrada a Su Señoría. Una hora después salió el Arzobispo con
la orden de libertad para el Provisor detenido, con lo cual terminó aquella curiosa escena de
costumbres coloniales, sucedida en Santafé.

(20) Prematura muerte le impidió al señor Borda concluir esta relación histórica, que en parte
publicó en el periódico literario La Tarde.

(21) OCARIZ, lib. cit., págs. 90 y 91.

(22) El Carnero, 1ª edición, pág 175.

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CAPITULO VIII
Don Juan de Borja, Presidente—Los pijaos y los pantágoras—Jurisdicción de la Audiencia de
Santafé—Obispados sufragáneos del Arzobispado del Nuevo Reino—ilustre Ayuntamiento—Iglesia
de Egipto—Convento de La Merced—Pinturas antiguas de Egipto—Inscripciones del templo—
Convento de San Vicente de Fucha—Origen del nombre del caserío de San Cristóbal—La
Recoleta de San Diego—Descripción del templo y su sacristía. Nuestra Señora del Campo—El
Oidor Juan Ortiz de Cervantes—Su sepulcro—San Victorio—Varias pinturas.

HABIENDO llegado a noticia del Rey de España que la belicosa nación de los pijaos, saliendo
de las montañas en que vivía, había hecho irrupciones en las Gobernaciones de Neiva y Popayán
y causado incendios, robos y muertes, especialmente en Neiva e Ibagué, y corno iguales habían
acontecido en el territorio habitado por la nación pantágora, in dios que habitaban las selvas del
Carare, resolvió Su Majestad que gobernase el Nuevo Reino un Presidente militar, y designó para
ello al caballero valanciano don Juan de Borja, de la Orden de Santiago, nieto de San Francisco de
Borja.

Llegó el Presidente—soldado a Santafé el 2 de octubre de 1605, disfrutando


6,000 ducados de renta anual; Borja fue el primer Presidente de la Colonia que llevó espada al
cinto (1) .

Tuvo que dejar el Presidente quieta la espada para atender a las diligencias que eran
necesarias y que exigía la ley al conceder licencias para fundar conventos y un colegio destinado a
la educación de los hijos de los caciques, quedando éste bajo la dirección de los jesuitas.

Creemos oportuno relatar aquí, tomando los datos de las Noticias Historiales de fray Pedro
Simón, cuál era la jurisdicción de la Audiencia de Santafé, qué personal la componía, qué Obispos
existían en aquellos tiempos en el Nuevo Reino y qué empleados tenía el Ayuntamiento.

Lo que se llamaba “términos y jurisdicción de la ciudad de Santafé” lo gobernaba


directamente el Presidente del Reino con la Audiencia, quienes también tenían mando sobre nueve
Gobernaciones y dos Corregimientos. Las Gobernaciones eran: las de Antioquia o Zaragoza,
Popayán, Los Muzos, La Plata o Caguán, Timaná o Neiva, Cartagena, Santa Marta, Mérida y
Guayana, estas dos últimas en territorio de Venezuela; y eran los Corregimientos el de Tima y el de
Tocaima y Mariquita. La Cancillería real o sea la Audiencia se componía de un Presidente
Gobernador y Capitán General, de seis Oidores y un Fiscal, cada uno con 800,000 maravedís de
sueldo anual, de un Alguacil Mayor, dos Escribanos de Cámara y Gobernación, dos Relatores y
dos Porteros.

El Arzobispo de Santafé tenía por sufragáneos a los Obispos de Santa Marta, Cartagena y
Popayán. En el Gobierno de la ciudad ejercían funciones dos Alcaldes ordinarios, que eran a la vez
Jueces de Distrito, dos Alcaldes de la Hermandad, Alguacil Mayor y Protector general de indios.
Estos empleados, con los Regidores, constituían el ilustre Ayuntamiento.

Componíanse estas corporaciones de los Alcaldes, de los Regidores y del Mayordomo y


Tesorero; el Secretario era siempre un escribano. Había Cabildo en las ciudades y en las
villas; los Ayuntamientos de éstas constaban de un número de miembros menor que el de
las ciudades. Los Regidores eran nombrados por el Rey, y hubo algunos que gozaron de
ese destino a título perpetuo (2) .

80

Los Alcaldes se elegían cada año por el Cabildo y tenían jurisdicción en el territorio de la villa
o ciudad, tanto en lo civil como en lo criminal (3) .

En aquellos años, fecundos en fundaciones religiosas, se construyó la capilla de Egipto, la


cual, andando los tiempos, ha venido a ser iglesia parroquial. Su edificación se empezó el año de
1556, y se escogió el sitio en la cumbre de una colina, entonces despoblada, que domina la ciudad
y cuya elevación sobre el plano de la Plaza de Bolívar es de ochenta y cuatro metros. Se buscó en
esta edificación, levantada durante la presidencia de Borja, rendir honor y culto a la Virgen de
Egipto (4) , en una escultura de media talla, con colorido y perfilado de oro, que representa la huida
a Egipto (5) . Los gastos de la obra los hizo el presbítero doctor Jerónimo de Guevara y Troya.
También se edificó casa anexa a la capilla, en la cual se quiso fundar convento de frailes de La
Merced, que no subsistió. Más tarde este convento vino a ser casa cural, y en el vestíbulo de ella
se conservan dos retratos al óleo, con estas leyendas:

El Mro. Dn Franco George Garnica, Mena Pelaez, Capellán y Patrón propietario de la Hermita
de Nª Sª de Egipto. La que renunció en Dn Juan Acasio su hermano. Murió en 8 de Abril de 1768,
a los 69 años, 11 meses, y 16 días de edad, con opinión de santidad. Fue sepultado en la Ygla.
Cathedral en el sepulcro de sus mayores, y a los 14 de Novbre de 1770 en q° para dar sepultura a
Dn Laureano su herm° fue necesario sacar sus huesos. Se halló el cuerpo incorrupto, y entero el
cual yace en la vóbeda de San Pedro.

El Bllr Dn Thomas Joseph Garnica, Colegial que fue del Colegio R' Mr y Semo de S.
Bartholomé, cura vicario del pueblo de Pisva, capellan y Patrono de la Hermita y Capellanías de
Nra Sra de Egipto, por legitima sucesión. Murió a los 40 años de su edad dejando nombrado por
succesor al Pro. Dn Pedro Joseph Delgadillo y Garnica .... (ilegible) Las Capellanías y
.... (ilegible).

La iglesia de Egipto es de arquitectura rudimentaria, de poca altura y sin ninguna belleza


arquitectónica. La casa anexa ocupa área pegada a la de la iglesia hacia el Norte. Está construida
en un notable desnivel de la colina, sobre grandes y fuertes muros de piedra, que no obedecen a
ningún orden de arquitectura, pero sí tiene cierta belleza rústica que imita las fortalezas de la Edad
Media, especialmente si se mira desde las faldas del cerro de Guadalupe, desde el estanque
principal del acueducto y desde las ondulaciones de la calzada del moderno Paseo Bolívar.

Siendo Párroco de Egipto el presbítero Guillermo Angel O., se destruyeron los muros de
contención del atrio, construidos rudimentariamente en tiempo de la Colonia, y se reemplazaron
por paredes bien construidas y por una gradería de piedra arenisca que arranca de la plazuela de
Maza, tiene ochenta peldaños y se abre en dos alas antes de llegar al atrio. En el centro de estas
alas se levanta un muro que sostiene una estatua de la Virgen de Lourdes, obra en cemento,
firmada por C. Ramelli, de mediano mérito artístico.

Al pie de la Virgen se lee esta inscripción en letras doradas:

CUSTODIA CIVITATIS

EL ILLMO. RVMO. SR. ARZOBISPO DE BOGOTÁ


CONCEDE CIEN DÍAS DE INDULGENCIAS
POR CADA SALVE QUE SE RECE
A ESTA IMAGEN.

Cerca de la firma del escultor Ramelli se grabaron estas palabras:

Fece Mel MCMV.

81

En el muro que sostiene la estatua y el piso del atrio, donde se abre la escalinata, se lee:

INSTAURARE OMNIA IN CHRISTO


PRINCIPIADO EN 1904. CONCLUIDO EN 1905
BAJO LOS AUSPICIOS DEL ILLMO. SR. ARZOBISPO P. DE C., DR.
BERNARDO HERRERA RESTREPO Y DEL GBNO. DEL EXCMO.
GRAL. REYES.
DIRIGIDO ad honorem POR D. MARIANO SANTAMARÍA.
El Párroco, GUILLERMO ANGEL Y O.

Enero de 1906.

Se conservan en la iglesia cinco cuadros del pincel de Vásquez: la Virgen y San Joaquín,
Santa María Egipciaca, San Alberto, Santa Engracia y San Agustín.

Hay numerosos cuadros al óleo, en latón, de escuela italiana y de buen pincel, y otros de
pintor español, sobre tela, que representan escenas de la vida de Santa Orosia, que tampoco
carecen de mérito artístico. Pero ya que no entramos a describir cada cuadro, tarea que resultaría
enojosa y fatigaría al lector, nos permitimos dejar en este libro, a título de curiosidad, dos de las
leyendas de los cuadros españoles:

Al cortar un Obispo de Huesca y Jaca, llamado don Juan, una parte del cuero y cabellos de la
Santa, salió grande copia de sangre de la herida.

A un hombre de Aragua le resucitó la Santa, como dice Bazurto.

Creemos que Santa Orosia tenía mejores títulos para llegar a los altares de la iglesia de
Egipto de Santafé, que los que hicieron constar el pintor español y Bazurto.

Hace pocos años se mejoró el campanario, con el objeto de colocar un reloj público que es
propiedad de la Municipalidad de Bogotá, y que antes prestó servicio en una de las torres de La
Catedral.

Nada recuerda en las pintorescas orillas del río Fucha, que corre de Oriente a Occidente una
milla al sur de la ciudad, y que tiene su nacimiento en el vecino páramo de Cruzverde, que allí
existieran caseríos indígenas en los años primeros de la colonización, ni que en la ribera sur del
riachuelo, al pie de la elevada y agreste serranía, hubiera existido en remotos tiempos convento,
con iglesia anexa, de recoleta dominica, que se levantó por disposición del Capítulo General de la
Orden, reunido en Valladolid en 1605 (6) . Cedió el terreno necesario para la fundación el Capitán
Juan Bernal, en 1609; pero habiéndose juzgado inútil la permanencia de religiosos en aquel
apartado sitio, ordenóse a los frailes que lo habitaban volviesen al convento máximo, disposición
que no quisieron cumplir, pretendiendo hasta separarse de la regla de la Orden dominicana, por lo
cual el General de ella, residente en Roma, ordenó la demolición del convento y su capilla, lo que
se llevó a efecto en 1621.

Allí corre el río torrentosamente, sobre lecho desigual, fertilizando los vecinos campos y
embelleciendo el agreste y variado paisaje, hoy cruzado por caminos que conducen al oriente del
Departamento de Cundinamarca, sitio conocido con el nombre de San Cristóbal, por haber pintado
autor desconocido, en los lejanos tiempos coloniales, en una de las rocas que forman el lecho del
río, una imagen del Santo, de heroicas proporciones, que las injurias del tiempo borraron hace
pocos años, aunque había sido restaurada hace medio siglo por el escultor Martínez y luego por
don Segundo Ortega y Caicedo.

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La recoleta de San Francisco, fundada en 1606, con el nombre de San Diego, en un terreno
llamado La Burburata, casa de recreo de don Antonio Maldonado de Mendoza, situada al norte de
la ciudad, y comprada por los frailes con tal objeto, es el edificio que conserva mejor en Bogotá el
carácter monástico de pasados siglos, que contrasta con la elegancia y simetría de las
construcciones modernas que lo rodean. Fray Luis de Mejorada, Provincial de franciscanos en
1606, compró por $1,100 el terreno llamado La Burburata y las casas que en él estaban
construidas, para fundar recoleta de la Orden franciscana, lo que llevó a efecto en 1607, cuando no
se había concluido la iglesia de San Diego, anexa al convento. Sirve el edificio de fondo al Parque
del Centenario, de estilo europeo, semejando un castillo feudal de la Edad Media, formado por
grandes paredones de piedra, que se quiebran en múltiples ángulos y se apoyan en sólidos y
pesados contrafuertes, a cuyos lados se abren desiguales ventanas, defendidas por fuertes rejas
de madera, labradas sin mayor cuidado, pues el artífice, al construirlas, pensó sólo en darles
solidez. Un arco, de amplias dimensiones, cerrado también con reja de madera, da entrada a un
vestíbulo en el cual se abren dos puertas: la del frente da entrada a la iglesia, que se bendijo el 22
de noviembre de 1610, y la lateral, a una capilla anexa, casi de las mismas dimensiones que la
nave principal, construida a expensas del Oidor don Juan Ortiz de Cervantes en honor de una
imagen de la Virgen, cuya historia referiremos adelante (7) .

Del hermoso Parque del Centenario, de ese centro de alegría y vida parten tres
siniestros caminos: uno al Oeste, que por entre viejo sauces y salvios conduce al
Cementerio, lugar de la muerte física del hombre; otro al Norte, que lleva al Panóptico,
lugar de su muerte moral; otro, de pocos pasos, que da entrada al Asilo de Locos, lugar
de su muerte intelectual. Este Asilo es San Diego, cuyo modesto campanario blanco
se asoma a lo lejos, como escondido entre las copas de los árboles que dora el sol de
ocaso (8) .

La ciudad ha llegado ya hasta ese pintoresco retiro, que antiguamente quedaba bien
distante de ella y de todo bullicio, ofreciendo en medio de frondosa vegetación y con
abundancia de aguas un lugar de delicioso recogimiento a las almas piadosas.

Las obras de arte que, especialmente en pintura, conservaba el convento, se han


perdido; hoy hay que buscarlas tan sólo en el templo. Deberíamos entrar a éste por el
lado del Parque, atravesando antes un pequeño huerto que han afeado modernamente
manos atrevidas de gentes sin gusto, destruyendo los sauces, compañeros de la gran
cruz de piedra, a cuya sombra duermen varias víctimas del 9 de enero de 1813; pero, con
la venia del virtuoso Padre Marcelino Bernal, capellán de la iglesia, penetramos por la
sacristía.

La luz es opaca; el sagrado recinto está solitario, y vaga en él una suavísima claridad
medio velada, propicia a la calma del espíritu. Razón tuvo el historiador señor Groot para
decir que allí la luz que entra por las ventanas da un tono sombrío que inspira cierta
melancolía religiosa y mueve a los espíritus más disipados.

El templo no tiene adornos arquitectónicos; comunica hacia la derecha con la capilla de


Nuestra Señora del Campo por medio de dos sencillos arcos con blasones en las claves,
uno de los cuales representa dos ciervos blancos en campo verde. A. la izquierda está la
sacristía. En ella comenzamos a estampar nuestras impresiones.

Al entrar, nos mira como desprendiéndose de su oscuro fondo, por mérito del buen
pincel, una arrogante figura coronada, casi de tamaño natural; su fisonomía es imponente
y dulce; el cabello y la barba negros y largos; lleva gran capa de color rojo, medias altas, y
vestido de antiguo caballero castellano; esta pintura es, según lo dice un letrero que tiene
hacia arriba, retrato del Rey don Fernando (no se sabe cuál), y la consideramos como de

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lo más notable que se conserva en San Diego; el dibujo es correcto, los pliegues amplios
y naturales; el colorido tiene vigor, es parco y armonioso.

Allá está también, sobre la puerta que da entrada a la nave principal, una pequeña y
tosca imagen de Nuestra Señora, cuyo rostro moreno oscuro nos hace recordar esas
vírgenes bizantinas que los caballeros griegos llevaban a la cabeza de sus ejércitos
contra los musulmanes, y que los monjes trajeron a Europa en la época de las Cruzadas.
Las llamaban Vírgenes de San Lucas, y eran morenas o negras, en recuerdo de las
palabras de Salomón: nigra sum sed formosa (soy negra pero hermosa), que hicieron
celebrar a loe antiguos padres de la primitiva Iglesia el color trigueño de María; ese mismo
que Rafael de Urbino dio a Santa Bárbara en la Virgen de San Sixto, que conserva
Dresde. Fue esta opinión sobre la virgen negra, semejante a la de que Cristo fue feo, de
la cual es fama que participaron San Justino, San Clemente. San Basilio y San Cirilo,
quien en su libro contra los antropomorfistas sostiene las ideas de los artistas
contemporáneos suyos, que se creían en el deber de hacer a Jesús el más feo de ¡os
hijos de los hombres, para atribuirle esa nueva causa de sufrimientos.

Guarda también la sacristía una imagen de Jesús, de gran tamaño, con des ángeles a
los lados, en cuyo buen estilo se reconoce a Vásquez; al frente se encuentra la copia, de
las mismas dimensiones y con marco dorado semejante al del original, pero muy inferior a
éste en el mérito artístico: el rostro ha perdido allí la dulzura del modelo, el colorido no
tiene igual vigor, las manos y los pies están mal dibujados, y el delicioso claroscuro del
maestro ha sido reemplazado por contrastes un tanto rudos; ambos cuadros carecen de
firma.

Una antigua madona coronada aparece a la derecha, con el Niño en los brazos. Viste
manto sin pliegues, cubierto por florones y ramas de oro y colores; la cabeza parece
salirle de la cúspide de un cono; tiene a los pies la media luna y una llave dorada; dos
columnas salomónicas que sostienen un arco de color de madera, están pintadas también
como adorno; firma Ing. P. de la Rocha, y, según lo reza el cuadro, fue puesto allí en
1727, a devoción de fray Pedro Joseph Galeano.

No nos detendremos en los retratos de los Pontífices Gregorio XVI y Pío VII, mal
dibujados por don Luis García Hevia en sus mocedades, ni en un pequeño crucifijo en
que la estatua es poco notable, pero en que la cruz de madera negra tiene laboriosas
incrustaciones de nácar que representan el Sol, la Luna, y variadísimos adornos; dejemos
asimismo el retrato del Oidor don Juan Ortiz de Cervantes para presentarlo luego, y
vamos a dar pábulo a nuestra curiosidad en la iglesia y en la capilla de Nuestra Señora
del Campo, de las cuales hablaremos en conjunto.

Algo como una impresión de frío se siente en aquella mansión solitaria y silenciosa que
parece guardar el eco de las salmodias de algún oficio fúnebre. Las paredes, pintadas de
blanco, tienen cierta desnudez; la pobreza de los monjes y la penitencia y humildad de su
regla están allí reflejadas. Es que la iglesia de San Diego, que dependió de la de San
Francisco, se ornamentó seguramente con los atavíos que le cediera ésta; las columnas,
los bajorelieves, las cornisas, los retablos, se ve que fueron llevados allí sin formar un
todo único ni definido, y que han sido luego adoptados según las circunstancias; no se
hicieron para el lugar en donde se hallan; no nacieron allí, pudiéramos decir. En San
Francisco cada una de las partes corresponde al conjunto y al sitio en que fue colocada;
hay lujo, hay superabundancia de obras de talla; en San Diego hay escasez, y lo poco
que se ve está acomodado sin arte, como transitoriamente, por medio de cajones, de
cuñas, de sostenes casi improvisados. Y no faltan jarrones de mala imitación chinesca,

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flores de mano ajadas, recortes de papel dorado, albayaldes y colorines que chillan en
mortificante destemplanza.

En el altar mayor, así como en la pieza que conduce al camarín, hay figuras de santos
en relieve policromo de medio cuerpo tallado en madera; y a los lados del sagrario, dentro
de nichos, dos pequeñas estatuas bellamente pintadas y doradas que no carecen de
mérito. Al pobre y sencillo púlpito, de base pentagonal, lo cubren feas imágenes pintadas
sobre lienzo, y recortadas luego. Y en los demás altares se repiten las columnas
salomónicas de capitel corintio envueltas por festones y viñas, las cariátides, mascarillas,
frutas y dibujos de oro y brillantes colores, de vaga reminiscencia moriscoespañola, que
abundan en San Francisco. En el coro se conserva un viejo órgano que tiene pintado un
mascarón en oro sobre cada tubo; y allí mismo vimos una antigua y mala imagen de la
Virgen, de la cual hacemos mención por el estropeo a que se ha sometido, adhiriéndole
sobre el lienzo florecitas y adornos pésimamente dibujados en pergamino: bárbaro modo
de ornamentar, que en nuestra decadencia se ha usado hasta con cuadros de gran
mérito.

El camarín de la capilla es de graciosa forma poligonal; lo decoran


churriguerescamente complicados y ricos adornos, en que están incrustadas antiguas
lunas venecianas de labrada orla que ostentan el oro, el verde brillante y el encendido
bermellón, así como platos con caprichosas pinturas, y otras piezas de loza ordinaria. Y
allí, circundada de resplandores, luce la imagen de Nuestra Señora del Campo, que es
una estatua en piedra arenisca, de tamaño mayor que el natural; sus facciones son bellas
y armoniosas, aunque de modelado poco franco, y el conjunto de la obra peca por
encogimiento y pesantez. La exagerada devoción ha echado capas de color sobre la
piedra, y además ha disfrazado la estatua bárbaramente con pelo humano que cae en
largos bucles, con corona y zarcillos de oro, con manto y sayal de telas damasquinadas,
en forma cónica, y con otros atavíos que constituyen una masa informe en que a duras
penas se distingue el rostro, sin que pueda juzgarse con exactitud acerca del alcance
artístico de la obra emprendida por Juan de Cabrera.

Refiere la leyenda que habiendo comenzado a trabajar este escultor bogotano la


estatua para el frontis de la antigua Catedral, hubo de abandonarla luego por varios
motivos, y quedó durante mucho tiempo como puente sobre un arroyo cercano a San
Diego; pero habiendo observado un religioso que durante la noche despedía la piedra
particulares resplandores, tuvo el cuidado de recogerla, y reconoció en ella a la imagen de
Nuestra Señora. Dos ángeles, en figura de gallardos mancebos, que aparecieron
misteriosamente en el convento, se ofrecieron a concluir la escultura, como en efecto lo
verificaron antes de desaparecer. Y sabido todo esto por el devoto Oidor don Juan Ortiz
de Cervantes, hizo construir a su costa la capilla para esta imagen, bajo la advocación de
Nuestra Señora del Campo; y el Cabildo la votó por Patrona contra el polvillo (9) , por lo
que todavía se celebra solemne fiesta (10) .

Conozcamos ahora al Oidor, cuyo retrato, de muy buen pincel, según el justo criterio
del señor Groot, nos lo presenta alto y arrogante, de rostro moreno, con bigote y perilla;
las facciones, poco distinguidas. Viste de negro, con zapato de hebilla; y sobre este
vestido y el oscurísimo fondo brillan por su blancura la golilla y los puños,
cuidadosamente rizados; en la mano izquierda lleva un papel en que se lee la siguiente
inscripción, bastante destruida ya, y cuyas omisiones suplimos con puntos suspensivos:

El R. D. Felipe IIII ... dio


el Ldo. Joan Ortiz de Cervantes ... mo
.... Procura ....

85

dor General de la ....
.... Perú, en la
Corte....

(1) ZAMORA, lib. cit., pág. 349.

(2) F. GONZALEZ SUÁREZ, Historia General de la República del Ecuador, III, 394.

(3) ANTONINO OLANO, Popayán en la Colonia, 4.

(4)PIEDRAHITA, Historia General de las conquistas del Nuevo Reino, etc., 2ª edición, pág. 148.

(5) OCÁRIZ, lib. cit., pág. 196.

(6) ZAMORA, lib. cit., 355.

(7)ZAMORA, lib. cit., 352 y 353.

(8)El Asilo de Locos se trasladó a otro edificio durante la Administración del General R. Reyes.

(9)Enfermedad de las sementeras.

(10) OCÁRIZ.

Y en el pavimento de la capilla, del lado del evangelio, reposan sus restos, bajo una gran losa
de siete pies de largo, en que leímos, después de levantar con trabajo la capa de tierra que la
cubre:

AQVI IaCE EL S
LD JVN ORTIZ DE CER
VANTES Q FVE DEL
CONS DE SV MAGS
OYDOR Y ALCAIDE
DE CORTE EN ESTA R
AVDI DEL NV REY D
GRAN FUNDR
Y PATRO DE ESTA CA
PILLA. MURIO EN
24 DE SEPTIEMBRE 1629.

Ocupa el nicho de uno de los altares de la iglesia la pequeña estatua yacente de cera, vestida
con telas. que representa a San Victorio degollado. Dícese que el Santo Padre Gregorio XVI
regaló al convento de San Diego algunos huesos de ese Santo, los cuales fueron cubiertos en
Bogotá por el artista decorador don Victorino García, quien modeló con cariño la hermosa efigie
a que nos referimos, bien notable por su mérito en el estudio y modelado del rostro, las manos y
las piernas. Atrajeron en este altar nuestra atención dos trabajitos de esmerada paciencia,
imitaciones de miniatura con complicados arabescos y figuras en armoniosas tintas, que son
calados hechos a tijera o navaja sobre fondo negro y producen a la vista agradable efecto.

86

Antes de que la proximidad de la noche sea obstáculo para nuestra visita, nos detendremos
en algunos cuadros, notables por su mérito para la historia del arte.

En modesto lugar, y sin gran fama como milagroso, está San Francisco abrazando al
Crucificado, quien, mirándole con cariño, le habla al oído y le abraza también con la mano
derecha, que ha desprendido del suplicio. El fondo es profundamente sombrío, las figuras
angulosas y secas. La cabeza del Cristo, que es de lo menos imperfecto en aquel lienzo, se
destaca demacrada y pálida, sin sangre ni vida, sobre una aureola de oro en que los brazos de
la cruz griega forman potencias; la toalla tiene también orillos dorados; los miembros no guardan

parecen un lío de cables; los pliegues todos son paralelos y duros; el conjunto, en fin, es una
composición hierática de esa escuela que nada tenía que ver con la estética material, sino que
buscaba algo más elevado para encadenar a las almas, y que simboliza la mística expresión de
los goces que la Iglesia ofrece a quienes de alma se le dedican. Es un viejo monumento para la
historia del arte, porque recuerda épocas en que la pintura no buscaba personas sino ideas, y en
que los artistas tenían más de pensadores que de ejecutantes. Al lado derecho de este cuadro
dice en letras doradas:

CHARITAS
HUMIL’AS
OBEDLENT’A
PATlENTIA.

Una imagen de Santo Domingo, con el simbólico perro que tiene en la boca una antorcha,
obra que no da gloria a su autor, está colocada en el presbiterio de la capilla; y allí cerca,
descuidada, hemos visto una pintura cuyos toques, franquezas y gorduras, revelan pinceladas
que, o son del realista y jugoso estilo flamenco, o han querido imitarlo.

En lujoso altar, del género arriba descrito, acompaña también a Nuestra Señora del Campo
una imagen de La Concepción, copia probablemente de alguna de las que produjo el inmortal
Murillo, pues lucen allí la actitud graciosa y celestial, los conocidos angelillos en atrevidos
escorzos, y los rostros y las manos que traslucen sonrisas y éxtasis; desgraciadamente con el
tiempo se ha resecado y cuarteado, y el color blanco se ha ennegrecido bajo la influencia, tal
vez, de las inevitables emanaciones que obran sobre el carbonato de plomo para formar un
sulfuro. Este lienzo, de dimensiones bastante grandes, está firmado:

Mg’. Mex. ¡ pr. R. F. A- de 1731 1 Matriti.

Otra imagen de la Virgen, obra del bien conocido antiguo pintor bogotano Antonio Acero de la
Cruz, y firmada en 1641, de la cual nos hemos ocupado al hacer el elogio de este artista, adornan
también la iglesia; y en la capilla nos fijamos con detenimiento en un cuadro de particular especie,
copia moderna de algún añejo grabado o lienzo: representa al seráfico padre San Francisco sobre
una esfera cubierta de ojos; al pie de cada ojo hay una pluma y una inscripción en que se leen los
nombres de diversos ramos del saber humano: Historia, Médica, Astrológica, Poética, Gramática,
Res Bíblica, Expositiva, Dogmática, Scholástica, Mystica, Ascética, etc. etc. Al pie de la esfera hay
en fila tres ojos y tres plumas, cuyo respectivo letrero dice Varia. Grandes cintas y fajas blancas
con inscripciones latinas llenan el resto de aquel laberinto en que San Francisco viene a ser como
el centro de un complicado jeroglífico. Además, el Santo tiene alas, cuyas plumas llevan también
inscripciones, y de ellas penden cadenas rotas, cruces, etc. etc.; dos ángeles simétricamente
dispuestos a los lados presentan libros con letreros; y sobre la cabeza de la figura principal está el
legendario triángulo de Jehová con las características letras hebreas.

87

Todo en este cuadro es de convención, y para comprender el gusto amanerado a que
pertenece, basta recordar las miniaturas de los pergaminos en que, para pintar a Cristo sobre la
cruz, se hacía correr la sangre divina en un cáliz sostenido por una mujer, simbolizando así a la
Iglesia que recoge los frutos de la pasión del Salvador; a Dios se le representaba por medio de una
simple mano; al cristiano bautizado, por medio de un pez, y hasta los colores tenían su
significación. Pinaiquier pintó también de un modo análogo el beneficio de la redención: Jesús,
tendido sobre un lagar, brota sangre que corre por todas partes y recogen en barricas los
Evangelistas y los Doctores de la Iglesia; estas barricas las conduce un ángel a las bodegas para
repartir a los pueblos su precioso contenido; y de lejana viña cultivada por Patriarcas, traen los
Apóstoles las uvas al lagar. Tadeo Gaddi y Simón Nemmí hicieron frescos por el estilo para
representar a la Filosofía y a la Iglesia; y entre nuestros templos no es raro encontrar otros cuadros
semejantes, tal como el que antiguamente se conservaba en San Francisco, en que este Santo
llevaba en carro triunfal a la Religión, adornada con los jeroglíficos de todas las virtudes.

Al retirarnos ya de Sin Diego, después de encontrar al paso viejas sillas forradas en vaqueta
realzada a martillo, que ostentan los brazos cruzados sobre la cruz y algunos grotescos paisajes,
vimos en la pared unos cuadritos alusivos al Virrey D. José de Solís Folch de Cardona y su entrada
al convento como religioso, renunciando para siempre a las grandezas del mundo. El recuerdo de
este simpático personaje de la Colonia, de este imitador del ilustre Carlos V, trajo a nuestra mente
melancólicas reflexiones; se nos hizo visible el contraste entre su retrato, que conocemos vestido
con todos los brillantes atavíos de su elevado rango, y el que conserva la sacristía de San Diego,
en que, cubierto con el burdo sayal, duerme el eterno sueño sobre dos ladrillos, y en que el pálido
y flaco rostro, que resalta sobre fondo negro, está rodeado por una amarilla inscripción latina que
se extiende en rectángulo figurando ataúd.

Acentuóse la impresión de tristeza que predominaba en nuestra alma, y al salir al aire libre se
nos apareció siniestro el ancho celaje rojizo del sol de ocaso sobre que destacaba en el Parque su
masa sombría el templete central, cuyo cóndor de anchas alas arrojaba dorados resplandores.

Luego la campana, con dolientes tañidos, dio el toque de oración, que nos hizo ver y oír con el
recuerdo a seres queridos de nuestra niñez rezando el obligado avemaría. Comprendimos
entonces la sublimidad, de ese inspirado lienzo de Millet, titulado El Angelus. Y mientras las tristes
vibraciones llevaban el oleaje de su plegaria hasta millares de corazones sencillos y piadosos,
regresamos a la ciudad meditabundos, reanudando nuestras impresiones de la tarde, con
el alma entristecida de un modo extraño pero también solemnemente reposada (11) .

(11) Estudio escrito por el hábil artista Lázaro M. Girón, en 1890, para. este libro.

88

CAPITULO IX
Monasterio del Carmen—Controversia en España sobre órdenes monásticas. Colegios de indios—
Colegio de Gaspar Núñez o de Santo Tomás de Aquino—Promoción del Arzobispo Lobo
Guerrero—Fray Juan de Castro—El Arzobispo don Pedro Ordóñez y Flórez—Tribunal de
Cruzada—Casa de Moneda—Puentes sobre el San Francisco—Capilla de Nuestra Señora de
Monserrate—Muerte de Felipe III—El Arzobispo Arias de Ugarte—Primer concilio en Santafé—
Fundación del monasterio de Santa Clara—Un libro raro—Retratos del Arzobispo Arias de
Ugarte—Un santo en Bogotá—iglesia de Santo Domingo—El Arzobispo Julián de Cortázar y
Azcárate.

BAJO el Gobierno civil del Presidente Borja, y ocupada la Silla arzobispal de Santafé por el
distinguido Prelado Lobo Guerrero, pidió licencia doña Elvira de Padilla, viuda de Francisco de
Albornoz y de Lucas de Espinosa, con hijos de ambos matrimonios, para fundar convento de
monjas carmelitas en casas que ella poseía, situadas cerca de la ribera norte del riachuelo de San
Agustín, al oriente del barrio de La Catedral. El permiso lo solicitó en 1606, y en él indicó que las
religiosas seguirían la regla monástica de Santa Teresa de Jesús.

No obstante la aprobación impartida por la Audiencia y. por el señor Arzobispo, resistió la


Corte ratificarla; pero luego, teniendo en cuenta los cuantiosos gastos hechos en la nueva
fundación, el Rey expidió su asentimiento.

Doña Elvira, sus dos hijas y dos religiosas de La Concepción iniciaron la vida monástica en el
nuevo convento. Anexa al edificio se levantó en el ángulo sureste, formado por la carrera 5ª y la
calle 9ª, una humilde capilla, que luego ensanchó a su costa el Visitador don Antonio Rodríguez de
San Isidro Manrique, y que más tarde reconstruyó Pedro de Aranda, mediante el gasto de $60,000.
Felipe III auxilió con dinero la nueva fundación, y doña Elvira de Padilla cedió al monasterio $400
anuales de que el Rey le hacía merced durante su vida (1) .

El convento de carmelitas fue extinguido por el Gobierno presidido por el General Tomás O.
de Mosquera, el año de 1861. Luego se destinó el local al servicio de Hospital Militar, y en 1890 se
estableció allí el Instituto de Artes y Oficios dirigido por los Padres Salesianos, que con tal fin hizo
venir de Italia el Gobierno Nacional. De este Instituto y del Hospital Militar trataremos adelante.

Poco después de esta fundación (1619) se suscitó en España controversia de si sería


conveniente disminuir el número de Ordenes regulares, tanto de hombres como de mujeres, que
algunos juzgaban excesivo, pues para entonces todos los ricos que no tenían hijos, y algunos aun
teniéndolos, querían fundar conventos nuevos o aumentar las rentas de los que ya existían.
Escribe el Padre Mariana que “como la cuestión era delicada, pidió el Rey varias consultas y
pareceres a personas doctas y virtuosas, y después al Consejo de Castilla.” El Consejo de Indias
rindió luminoso informe sobre este asunto, pieza que hace comprender la decadencia en que se
encontraba la monarquía española y el poco conocimiento que entonces había de la ciencia
económica (2) .

A solicitud del Rey Felipe III expidió Su Santidad Paulo V, en 20 de diciembre de 1611, un
Breve, en el cual dispuso que en las Indias se suprimieran los conventos de regulares que tuvieran
menos de ocho religiosos, y que las alhajas que les pertenecieran pasasen a la casa de la misma
Orden que estuviese más cercana. “En la iglesia arzobispal de Santafé está este Breve, y en el
Consejo, en el tomo primero de Bulas, que está en la sala de gobierno” (3) .

89

La Corte de España ordenó al Presidente Borja que hiciese educar los hijos de los caciques e
indios principales en el Seminario de San Bartolomé, siguiendo la práctica establecida en Méjico y
el Perú. Desde 1576 había comprado la Audiencia casa para el Colegio y designado para Rector al
presbítero Pedro Ortiz de Chamburú; pero el plantel no habla subsistido, por lo cual se agregó al
Seminario de San Bartolomé.

La real Cédula en que se mandó a la Audiencia de Santafé que fundase colegio de indios, la
firmó el Rey de España en abril de 1554; en febrero del año siguiente ordenó el Rey que se crease
otro colegio para huérfanos españoles y mestizos, y en octubre de 1607 se dio orden a don Juan
de Borja para que en el Seminario a cargo de los Padres Jesuitas se criasen los hijos de los
caciques (4).

Fecundos fueron aquellos años en fundaciones piadosas, comunes en aquellos tiempos de fe


sincera y de religiosidad probada, en que se pensaba más en la vida futura que en las
comodidades terrenales. Para los santafereños de antaño no había metáfora al llamar valle de
lágrimas al planeta que habitamos.

El presbítero Gaspar Núñez, natural de Benavente, en Castilla la Vieja, y vecino de Santafé,


donde había sido Cura de la parroquia de San Victorino, murió dejando un capital de $ 150,000.
Había querido el presbítero Núñez fundar una obra de utilidad pública, y no habiendo realizado su
pensamiento en vida, dio poder para testar a su hijo Gaspar Núñez y a Sancho Camargo, quienes
otorgaron el testamento en 1608 y por él ordenaron fundar un colegio en Santafé con el nombre de
Santo Tomás de Aquino, cuya dirección confiaron a los miembros de la religión de Santo Domingo.
Igualmente dispusieron que anexa al establecimiento se abriese una escuela para iniciar a los
niños pobres y huérfanos en la lectura, escritura y aritmética. nació una controversia entre la
Compañía de Jesús y la Orden de Predicadores, y el fallo fue favorable a los últimos, como consta
de real Cédula de 7 de febrero de 1610.

Esta fundación se hizo sobre la carrera 7ª, en terrenos contiguos al convento de Santo
Domingo, comprados al efecto. En realidad, el colegio no se abrió sino en 1639, cuando se terminó
eledificio, y la apertura se hizo con la aquiescencia del Patronato Real y del Arzobispado del
Reino (5).

Hasta el año de 1608, en que fue promovido al Arzobispado de Lima, gobernó el de Santafé
el señor Lobo Guerrero. En la antigua Catedral hizo construir coro de buena sillería, de nogal, con
embutidos de madera blanca, trabajo de Luis Márquez de Escobar, obra que costó 6,000
castellanos de oro de quince quilates, que el Arzobispo pagó de su peculio. Hizo colocar en el
presbiterio dos ambones de hierro que trabajó Francisco Escobar, y escribir por el artista Francisco
de Páramo, presbítero, veinte libros para dirección del canto llano, que adornó con dibujos y
pinturas de mérito (6).

Se conservan dos retratos al Oleo de este Prelado; el uno lo guarda el Colegio de San
Bartolomé, que fundó; el otro hace parte de la colección ya mencionada, que pertenece a La
Catedral, y tiene la siguiente inscripción:

El Ilmo. Sr. Dr. Dn. Bartolomé Lobo Guerrero, 4° Arzobispo de Sta. Fé entró en posesión el
año de 1699, y fue promovido a Lima el año de 1608.

El señor Lobo Guerrero falleció en aquella capital en el mes de enero de 1622 (7) .

Un fraile distinguido de la Orden de San Agustín, fray Juan de Castro, fue nombrado para la
Silla arzobispal de Santafé. Era natural de Toledo, y recibió el palio arzobispal en 1608, alto cargo
que renunció para ocupar el púlpito de la capilla real de Felipe III.

90

El Padre Castro había jurado, según la ley de la nueva Recopilación “que no iría contra el
patronato real ni la percepción de los dos novenos, ni en los diezmos que se reservan a Su
Majestad, ni otra alguna cobranza de los derechos y rentas reales.” Estaba dispuesto que sin hacer
este juramento no se les permitiera a los Prelados entrar en posesión ni administrar sus
Obispados (8) .

Fray Juan de Castro recibió merced del Rey de 1,500 ducados de renta anual, de por vida,
que debían pagar las encomiendas de indios del Nuevo Reino (9) . Gozó de tan pingüe renta hasta
1611, año en que falleció en Madrid.

Dos años después entró en Santafé el quinto Arzobispo del Nuevo Reino, don Pedro Ordóñez
y Flórez, del hábito de Alcántara, que habla sido Inquisidor de Lima. Era natural de Brosas en
Extremadura y había sido Rector del Colegio de Salamanca. Fue recibido en la ciudad de Santafé
en el mes de febrero de 1613, y falleció el 11 de julio del año siguiente, sin que alcanzara a
distinguirse en su corto Gobierno. Su cadáver se depositó en la iglesia de los jesuitas, y luego fue
trasladado a España (10) .

Al pie del retrato de este Arzobispo, que se guarda en La Catedral, se lee:

El Illmo. Sr. Dn. Pedro Ordóñez y Flores, 5°.


Arçobispo de Santafee, entró en possesión
el año de 1613, y pagó la mortal deuda el año de 1614.

En el año de 1611 se estableció en Santafé el Tribunal de Cruzada, en obediencia a real


cédula, con un comisario, tres asesores, fiscal, tesorero y notario (11) . La Bula de Cruzada tuvo su
origen en que los Cruzados usaban en el pecho y también en el hombro derecho la cruz de
Jerusalén. La Santidad de Gregorio xiii hizo extensiva a la América la gracia espiritual de la Bula, la
cual se recibía en las poblaciones notables del Nuevo Mundo con procesión pública; y tanto el
Arzobispo como las primeras autoridades civiles ofrecían limosnas cuya cuantía estaba en relación
con la calidad social y pecuniaria del donante (12) .

Desde 1559 había querido el Gobierno español establecer Casa de Moneda en Santafé, y
envió con tal fin, treinta años más tarde, troqueles, herramientas y utensilios; pero la fundación no
pudo hacerse de una manera estable porque se carecía de local apropiado y de la maquinaria que
era menester. Dijimos ya en la página 36 que el Gobierno de la Colonia compró casa en la Calle
del Sol, luego Calle de Quesada, hoy calle 12, entre las carreras 5.ª y 6.ª, señalada con el número
96, para establecer la Casa de Moneda. Como ésta no subsistió, el año de 1620 estipuló el Rey
con el Capitán Alonso Turrillo de Yebra la fundación de la Casa de Moneda, y se ordenó que la
construcción de los edificios se hiciese en lugar escogido con acuerdo del Presidente y Oidores del
Nuevo Reino. La Casa de Moneda, que está situada en la calle 11, empezó a dar sus frutos,
organizada perfectamente, el 30 de abril de 1627, si bien es cierto que cinco años antes se había
acuñado moneda pero en pequeña cantidad (13) .

Desde 1620 funcionó en esta ciudad el Juzgado de la Real Casa de Moneda, establecimiento
del cual nos hablaremos adelante.

Por entonces se construyeron dos puentes de piedra sobre el río San Francisco, que fueron
derribados por la corriente pocos años después.

Por el año de 1870 encontró en el río el Comandante Mateo Sandoval una lápida con
inscripción del año de 1626, que había pertenecido a uno de esos puentes.

91

Permitió el Presidente Borja en 1620 a don Pedro de Valenzuela que construyese una capilla
y casa anexa en la cumbre del cerro que se levanta al oriente de los barrios de Las Nieves y de
Las Aguas, y que se llamó de Nuestra Señora de Monserrate. Concluida la obra, fue ocupada sin
las licencias necesarias por monjes recoletos de San Agustín. Se mandó demoler el edificio por el
Gabinete de Madrid, pero el Gobierno colonial convino en entablar reclamación sobre tal
providencia de la Corte, y logró que no se demoliese, por creer la medida innecesaria, toda vez
que ya no existía convento y era aquel un edificio espacioso y útil.

Afirma el cronista José María Caballero que el Presidente don Francisco del Castillo, por
orden del Rey, demolió en 1679 el hospicio que tenían los Padres candelarios con el título de San
Nicolás en el cerro de Monserrate. El mismo cronista borra el valor de esta noticia al referir lo
sucedido en Santafé el viernes 18 de octubre de 1743, día en que tembló. “Se vencieron, dice, las
más de lasiglesias y muchas casas y se cayó la ermita de Monserrate y la de Guadalupe lo
mismo” (14) .

Otro historiador bogotano, el Padre fray Pedro Pablo de Villamor, en su libro Vida de la
Venerable Madre Francisca Maria, que se imprimió en Madrid en 1723, afirma que existían las
ermitas de Monserrate y Guadalupe en el primer cuarto del siglo XVIII.

En la capilla de Monserrate se conserva, entre pocos objetos dignos de mención, un antiguo


cuadro al Oleo con la siguiente leyenda:

Retrato de D. Bruno de Valenzuela, monje de la Rl. Cartuxa de Stª Mª del Paular de Segovia.
Mtro, en artes. Director de Theologia, Cronista gral. de la P.ª u de Cart.ª y Predicador gral. y
apostólico. Llevó el incorrupto cuerpo del Sr. D. Bern° de Almanza (15) .

En el camarín de la iglesia se venera una bella estatua del Señor caído. Una vieja leyenda
refiere que esta estatua, al ser adorada por una magdalena, retiró el pie que tiene recogido al sentir
el contacto de los labios impuros, germen de la devoción que aún conservan las magdalenas de
Bogotá por la bella efigie, a la cual visitan descalzas de pie y pierna los domingos al despuntar el
alba.

Es Monserrate fragosa y elevada barrera (510 metros sobre el nivel de la ciudad) que
contribuye a defenderla y abrigarla de los vientos del Oriente, dulcifica el clima y lo hace más
benigno y agradable. Se tallaron en las rocas del sendero que conduce de la ciudad a la capilla,
cuatro ermitas que, aunque de pequeñas proporciones, semejan las de los cerros de Nuestra
Señora de Belén, en Andalucía; Monserrat, en Cataluña, y La Tebaida, en Egipto. Por su estrechez
ningún anacoreta pudiera llevar en ellas vida de ermitaño, y sólo sirven para dar abrigo al turista
que admira las derruidas portadas de ladrillo que les sirven de originales y poéticas entradas. La
ermita más elevada es una gruta natural formada en la peña, y la portada de ladrillo de arco junto
con las caprichosas ventanas le dan aspecto de construcción morisca. Desde la cumbre del cerro
goza la vista de magnífico panorama que presentan la ciudad a los pies y la hermosa y fértil
Sabana de Bogotá, regada por su manso río y sembrada de dehesas, aldeas y caseríos de
pintoresco aspecto.

(1) OCÁRIZ, lib. cit., págs. 172 y 173. ZAMORA, lib. cit., pág. 351. SIMÓN, lib. cit., 275. PLAZA, lib.
cit., 238. GROOT, lib. cit., II, 170.

(2) JUAN DE MARIANA, S. J., Historia General de España. A. OLANO, lib. cit., pág. 15.

(3) JUAN DE ZOLÓRZANO y PEREIRA, Política indiana, II, 200. Edición de Madrid, 1776.

92

(4) OCÁRIZ, lib. cit., 185. J. M. VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura en Nueva
Granada, con prólogo y anotaciones de don Antonio Gómez Restrepo, 2ª edición, 69.

(5) OCÁRIZ, lib. cit., 186. FRAY JUAN MELÉNDEZ, lib. cit. PIEDRAHITA, lib. cit., pág. 149. En el
local del Colegio, ángulo noreste de la carrera 8ª y la calle 12, se reunieron los primeros Congresos
de Colombia, y extinguido el convento de Santo Domingo en 1861, se reparó para oficinas de la
Corte Suprema de Justicia. Desde 1881 lo ocupó la Academia Nacional de Música, y actualmente
funciona allí el Ministerio de Obras Públicas.

(6) FERNANDO CAYCEDO y FLÓREZ, Memorias para la historia metropolitana de Santafé de


Bogotá, etc., págs. 37 y 38.

(7) GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 636.

(8) JUAN DE SOLÓRZANO, lib. cit., 38.

(9) OCÁRIZ, lib. cit., 134.

(10) ZAMORA. lib. cit., 359.

(11) DURÁN y DÍAZ. Guia para 1793, pág. 14.

(12) CLÍMACO CALDERÓN. Elementos de Hacienda Pública, págs. 308 y sig.


SOLÓRZANO. Política Indiana, 218 y 219.

(13) FRAY PEDRO SIMÓN, lib. cit., III, 281. C. CALDERÓN, lib. cit., 349, 572 y sig.

(14)JOSÉ MARÍA CABALLERO, La Patria Boba, 79 y 90.

(15) La última frase se refiere a una crónica que estudiaremos cuando lleguemos a la muerte de
este Arzobispo, El historiador Vergara y Vergara recuerda que en 1638 don Fernando de
Valenzuela cambió su nombre en la Cartuja por el de Bruno de Valenzuela.

El Rey Felipe III murió el 31 de marzo de 1621 dejando como herederos a Ana Maria, esposa
de Luis XIII; María Ana, que casó con el Emperador Fernando III, y a Felipe IV, hijo de Margarita de
Austria. Gobernó, de edad de diez y seis años, don Felipe IV, quien confió la Jefatura del Ministerio
al Duque de Uceda, que habla sido Ministro de su padre, cargo que desempeñaron después
Baltasar de Zúñiga y Gaspar Guzmán, Conde Duque de Olivares; nombres que citamos porque en
realidad estos Ministros fueron los que gobernaron el Nuevo Reino durante los tiempos de su
privanza en la Corte (16)

Hernando Arias de Ugarte.

93

El 9 de septiembre de 1561 nació en Santafé de Bogotá un niño que fue bautizado en La
Catedral con el nombre de Hernando, y fueron sus padrinos don Gonzalo Jiménez de Quesada, el
esclarecido fundador de esta ciudad, y Hernán Gómez Castillejo. Fueron sus padres don Hernando
Arias Forero, Encomendero de Bogotá, y doña Juana Pérez de Ugarte, ambos de familias
distinguidas de la sociedad colonial. El joven Hernando Arias de Ugarte se educó en el Colegio
fundado por Gaspar Núñez, y recibió órdenes menores de manos del Arzobispo Zapata de
Cárdenas. Diego de Agreda, caballero español, lo llevó á educarse a la Universidad de Salamanca,
en 1577. Viajó por España e Italia, y en la Universidad de Lérida obtuvo la borla de doctor en
ambos Derechos. En 1586 llegó a Madrid, Sirvió el cargo de Auditor de Guerra de Aragón y el de
Oidor de las Audiencias de Panamá, Chuquisaca y La Plata. Fue Corregidor del Potosí y luego
Oidor de la Audiencia de Lima; en esta ciudad recibió el presbiterado. Desempeñó la Gobernación
de Huancavelica y la Asesoría del Virreinato del Perú. Se consagró Obispo de Quito en 1614, y fue
promovido al Arzobispado de Santafé, del cual se posesionó el 7 de enero de 1618, a
los cincuenta y ocho años de edad en el mismo templo donde habla recibido el bautismo (17) .

Un cronista hijo de Santafé, al hablar del señor Arias de Ugarte, dice las siguientes palabras
que hacemos nuestras:

Por ser hijo de esta ciudad requería alargar la pluma contando en vida, y no se hace por
abreviar: sólo se dice que desde mozo dio demostraciones de su mucha virtud, pues por
haber crecido en ella fue proveído por Auditor General en las revueltas de Aragón, y después
por Oidor de Panamá, Charcas y Lima, donde fue consagrado Obispo de Quito y promovido
a este Nuevo Reino, en el cual entró por enero de mil seiscientos diez y ocho años, y hecha
la visita de esta ciudad partió a hacer él por su persona la de su Arzobispado, y llegó a
partes muy remotas adonde sus antecesores no hablan llegado, en que se ocupó tres años,
y se dispuso a la celebración del primer Concilio que hubo en este Nuevo Reino que se
acabó de promulgar a 20 de mayo de 1625 años (18) ,

En el Concilio que presidió el señor Arias de Ugarte se votó por abogado contra los
temblores de tierra a San Francisco de Borja, que acababa de ser beatificado. Al voto asistieron el
Presidente don Juan de Borja, nieto del Santo, un hijo de don Juan, Tesorero de la iglesia Catedral,
un Obispo, los Prelados de las religiones y los Cabildos civil y eclesiástico. Firmó el acta del voto el
cronista bogotano Alonso Garzón de Tahuste (19) .

Obtuvo el señor Arias de Ugarte permiso del Rey, el año de 1619, para fundar en esta ciudad
monasterio de monjas de Santa Clara, en casas que compró con tal objeto y dotó de rentas
suficientes a veinticuatro monjas, doce de ellas de su raza, y las otras descendientes de
conquistadores.

Promovido el señor Arias al Arzobispado de Charcas, antes de terminarse la obra de la


iglesia y del convento, dejó encargo de concluirla a su hermano Diego Arias Forero. En 1628 se
hizo la fundación de acuerdo con Bula del Pontífice Gregorio XV, con tres monjas, una de las
cuales era hermana del Arzobispo Arias de Ugarte y las otras dos sus sobrinas, que cambiaron el
hábito del Carmen por el de Santa Clara. Otra sobrina del Arzobispo, doña Maria Arias de Ugarte,
‘‘empleó su hacienda en continuar la fábrica de la iglesia y adornos de ella” (20) . Costó el edificio
más de $ 60,000 y sirvió de convento hasta 1863. Años antes fueron extinguidas las comunidades
religiosas por el Gobierno de que fue Jefe el General Tomás O. de Mosquera.

El Arzobispo Arias de Ugarte escribió en Pamplona, cuando hizo la visita del Reino, un libro
que tenemos a la vista y que es curiosidad bibliográfica, cuyo título es:

Regla, Constituciones y Ordenaciones de las religiosas de S. Clara de la ciudad de S. Feé de


Bogotá: en el Nuevo Reyno de Granada: de las indias, de el Perú.

94

El libro se imprimió en Roma en 1699 por Lucas Antonio Characas.

Como muestra del estilo y de la previsión del señor Arzobispo, transcribimos al acaso unas
líneas del capítulo XIII, donde trata de la puerta exterior del monasterio. Cambiamos la ortografía:

En cada monasterio haya solamente una puerta para entrar en el claustro, y salir
cuando fuere necesario, y sea conforme a la ley de la entrada y salida puesta en esta
Regla, en la cual puerta no hayga postigo ni ventana, y hágase esta puerta en alto cuanto
más conveniente se pueda hacer de manera que se suba a ella por de fuera por escala
que se baje y se levante, la cual escala esté atada con diligencia de parte de las monjas
con cadena de hierro.

El conocido publicista Vergara y Vergara, cuya obra historia de la Literatura en Nueva


Granada fue publicada segunda vez en 1905, con prólogo y notas del esclarecido humanista don
Antonio Gómez Restrepo, académico de la Historia, no trae noticia alguna sobre el libro del señor
Arias de Ugarte que hemos mencionado.

Tres retratos de este Prelado se conservan en Bogotá: uno en la iglesia de Santa Clara y dos
en La Catedral; los últimos tienen estas inscripciones:

El Ills.mo Sr. Dr. Don Fernando Arias dvar te, 6° Arçobispo de St.a Fee, entró en posesión el
año 1618, y fue promovido á las Charcas el año 1625.

Verda.° retrato deel Sr. Dr. D.n Fernando Arias de Vgarte Forero, de el Consejo de su M.d
Nació en esta ciudad de Santa Fé, en el año de 1661, a 8 de, Septiembre fuese a España entrando
en 14 adonde estudió y se graduó de Dr. en Canones y Leyez fue a bogado en el R.l Consejo, de
donde Le enbió su Mag.d Por auditor general del Exército de Aragon. Fue Oydor de las Re.°
Audiensias de Panamá, Charcas y Lima, Corregidor, y teniente de Capitán general de Potosí,
Visitador de los Tribunales de la Santa Cruzada en el Perú, Charcas, Chile y Quito, Comisario de
las minas de Guan Cabelica. Assesor del Virrey y Marquez de Montes Claros, Obispo de Panamá y
Quito. Árçobispo de esta ciudad de S. Fe, Charcaz y Lima donde murió a 17 de Henero año de
1633.

Completamos las noticias del convento de Santa Clara con las recogidas por el historiador E.
Posada en su libro Narraciones, a la página 91 y siguientes.

Apacible fue la vida de las monjas clarisas, pues nada de particular hemos hallado
sobre ellas en las viejas crónicas. En los archivos coloniales existen bastantes legajos de
esta comunidad, pero casi todos ellos se refieren a asuntos sobre sus rentas, solicitudes
para profesar o para conseguir las novicias la dote necesaria, e informaciones sobre los
milagros de alguna imagen.

A mediados del siglo antepasado fue sorprendida la comunidad con la entrada de una
novicia inesperada.

“Antes de San Juan, 22 de junio, sábado, de este año de 1758—dice un antiguo


manuscrito que poseemos—fue la conversión de la Marichuela, que entró en el convento
de Sra. Santa Clara de esta Corte, y dimanó de unos ejercicios dirigidos por el Padre
Benavente, de la Compañía de Jesús. No sé en lo que parara.”

La Maruchuela era nada menos que la pasión del Virrey Solís y causa de todas sus
locuras y desvaríos. Poco tiempo después entregaba él su bastón de mando, renunciaba

95

también al mundo y se entraba, como ella, a un convento, a vivir en él hasta el fin de sus
días.

______

¡ Pobre la monjita Buenaventura de la Guardia, natural de Honda, que el día de todos


los santos de 1853 se subió a la torre, a las dos de la tarde, a doblar por los difuntos!
Violenta tempestad caía sobre la ciudad en esa hora fúnebre, y ella, ignorando las leyes
de la electricidad, atrajo con el golpe de la campana un rayo que cayó sobre la espadaña.
La luz del Sinaí alumbró la esquina: iglesia y monasterio temblaron, y la religiosa quedó
ahí muerta con el lazo del esquilón en la mano.

Dos años más tarde, en ese mismo mes, fue de nuevo sacudido el convento, mas ya
no por el celeste fuego, sino por esa violenta explosión de pólvora que tuvo lugar en la
casa de la esquina, y que hizo estremecer la ciudad. La iglesia sufrió considerablemente;
su techumbre se vino al suelo, y por sus puertas y ventanas entraron muchos pedazos de
la casa destruida por la pólvora.

En el mes de febrero de 1863 fueron expulsadas las monjas de Santa Clara.

Vimos en la página 30 la fundación de la iglesia y convento de Santo Domingo. Largos años


se gastaron en edificar el templo de este nombre, y terminado en 1619, lo consagro el Arzobispo
Arias de Ugarte (21) . La vieja iglesia tenía rica ornamentación. El altar mayor lo componían tres
cuerpos que se apoyaban en columnas dóricas vestidas de parras, y lo adornaban los misterios del
rosario, de media talla, y numerosas estatuas. Las naves laterales tenían capillas con buenos
retablos, y en ellas existían los osarios de las familias más ricas de Santafé.

Insertamos una inscripción sepulcral del panteón de Santo Domingo, que conserva en gran
piedra arenisca el General Mariano Tobar, y que perteneció a la tumba de sus antecesores:

ESTE ENTIERRO
ESDEDIEGODETO
BAR Y BVENDI
A. I SVS DESENDI
ENTES. AÑO DE

1682

El claustro principal de este convento fue el más amplio de los construidos en Bogotá; los
corredores altos y bajos se sostienen en arquería que descansa sobre 182 columnas de piedra con
bases y capiteles. Para entonces había celdas con ventanas de rejas de hierro; en la portería, hoy
entrada principal del palacio de Santo Domingo, sobre la calle 13, había una capilla, y el refertorio,
la sala de profundís, cementerio de los religiosos, la sala de capítulo, y las demás oficinas del
convento eran amplias y ricamente dotadas. Las paredes de los claustros estaban adornadas,
como en los demás conventos, con retablos dorados y pinturas de grandes dimensiones de la vida
del fundador de la Orden de Predicadores. El segundo patio, hoy oficinas de correos, con tres
corredores altos y bajos, todo de arquería sobre columnas de piedra. Aún subsiste el escudo de
Santo Domingo, labrado en piedra, en el ángulo exterior del edificio formado por la carrera 8.ª y la
calle 13.

Consignamos en este libro el nombre del jesuita Pedro Claver, natural de Verdú de Cataluña,
quien vino a Santafé en 1608, y habitó dos años en los claustros del célebre Colegio de

96

San Bartolomé, cinco en el noviciado de Tunja y muchos en Cartagena, donde se guarda su
sepulcro (22). León XIII lo inscribió en el catálogo de los Santos en 1888, y nosotros lo
singularizamos de manera muy especial por haber sido él el único que después de haber respirado
el aire frío de Bogotá y Tunja, ha sido elevado a los altares de la Iglesia católica. Y no tenemos
esperanza de que nos visite otro igual en santidad.

El 4 de julio de 1627 llegó a Santafé el Arzobispo don Julián de Cortázar y Azcárate, sucesor
del señor Arias de Ugarte. Era natural de Durango en Vizcaya, y había sido Obispo de Tucumán. El
Cabildo eclesiástico, cuando supo su venida, le envió quinientos castellanos de oro para sus
gastos.

Vino por el camino de Neiva e hizo su entrada en la capital del Nuevo Reino en la fecha ya
citada. En enero de 1628 bajó el Magdalena hasta Tamalameque, para que le invistiera del palio el
Obispo de Santa Marta don Luis García. A su vuelta a Santafé recibió visita de don Pedro Oviedo,
Arzobispo de Santo Domingo, siendo ésta la primera vez que para satisfacción de los santafereños
se reunieron en esta altiplanicie dos Arzobispos.

Con $ 3,000 que dejó en las cajas el Arzobispo Ordóñez y Flórez, edificó el señor Cortázar
piezas de Cabildo eclesiástico, Juzgado de diezmos y atarazanas en el espacio comprendido entre
La Catedral y la Capilla del Sagrario, en la entonces plaza mayor.

Trajo este Arzobispo como Provisor a su hermano Martín y como Secretario a don Juan
Bautista de Elorriaga (23) .

Don J. M. Groot relata por extenso en la página 269 y siguientes del volumen I de su
conocida Historia Eclesiástica, el despojo que de las misiones hizo este Arzobispo a los Padres de
la Compañía de Jesús. El historiador de la Orden de San Ignacio, Cretineau—Joli, dice a este
propósito que en 1628 retiró a los jesuitas el uso de jurisdicción eclesiástica en las
misiones, apoyándose en que ellos habían establecido en todos los puntos vastos depósitos de
mercaderías (24) .

El señor Cortázar murió, según Groot, el 25 de octubre de 1630; según Garzón de Tahuste, el
31 del mismo mes y año.

Al pie del retrato de este Prelado, que se conserva en La Catedral, se lee:

El I’lls.mo Sr. Dr. Dn. Julian de Cortazar, 7° Arsobispo de St.a Fee, entró en possesión el año
1627, y pagó el inescusable saldo de esta vida el año de 1630.

Existe otra inscripción de aquella época, digna de mencionarse. En la casa señalada con el
número 87, una cuadra al sur de la iglesia de La Candelaria, en una de las gradas que sirven para
llegar a un angosto patio, se lee:

ESTA CAPILLA DE S. NIC°LAS


DE TOLENTIN° Es DE. VIRAL
QM DE SV MGd Y DE SV HEREDERO

Se ignora dónde estuvo colocada esta piedra, antes de ser propiedad particular.

(16) PLAZA, lib. cit.. 244. EM. LEFRANC. Histoire D’Eispagne, II, 82

97

(17) VICENTE RESTREPO, Vida dei ilustre Arzobispo doctor don Hernando Arias de Ugarte.

(18) GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 637.

(19) J. M. VERGARA V VERGARA. Artículos Literarios. Edición de Londres, pág. 410.

(20) ZAMORA, lib. cit., 366. OCÁR1Z, lib. cit.. 170, 259. GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 637.

(21) Pueden consultarse noticias sobre las riquezas del antiguo templo de Santo Domingo en la
obra del cronista ZAMORA, págs. 378 y siguientes, y en las Narracíones de E. POSADA, págs. 43
y siguientes.

(22) HENAO y ARRUBLA, lib. cit., I, 362. J. J. BORDA, lib. cit., I, 30.

(23) ZAMORA, lib. cit., 405. OCÁRIZ, lib. cit., 137. GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 638.

(24) J. CRETINEAU—JOLI, Historia Religiosa, Política y Literaria de la Compañía de


Jesús. Edición de París, 1851, págs. 548 y 549.

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CAPITULO X

Fin del Gobierno de don Juan de Borja—Muerte del Presidente—Su descendencia—Otra vez
gobierna la Audiencia—El puente de Lesmes—Presidencia de don Sancho Girón—Su recepción—
El Arzobispo don Bernardino de Almansa—Querellas entre el Arzobispo y el Presidente—
Simulacro de combate en el atrio de La Catedral—Reedificación de la iglesia de La Veracruz—Una
piadosa Hermandad—Los Cristos de La Veracruz—Monte de piedad— Un compromiso a
perpetuidad—Nuevos Oidores—Nuevas querellas con el Arzobispo—Peste de Santos Gil—Quién
era Santos Gil—Cómo murió el Arzobispo Almansa—Retrato de este Arzobispo—Traslación de su
cadáver a España—Un bogotano en la Cartuja—Otra vez el Hospital de San Pedro—El primer
protomédico —Triunfo de la Universidad Tomistica—Fin del Gobierno del Marqués de Soiraga—
Gobierno del Presidente Martín de Saavedra y Guzmán—Llegada del Arzobispo fray Cristóbal de
Torres—Continúan los disputas entre los dos Poderes—Fundación de la lnclusa en Santafé—
Juzgado de intestados—Junta del Montepío—Fundación piadosa de Francisco de Mendoza.

EL Presidente Borja puso en vigor nuevamente disposiciones olvidadas de la Corte española.


Prohibió con severidad que junto con los cadáveres de los indios se enterrasen los parientes
de éstos, y ordenó que el Fiscal de la Audiencia se encargase de los pleitos de los indios
pobres (1) . El Gobierno de este Presidente pasa como uno de los mejores de la Colonia, pues en
los veintidós años que gobernó don Juan de Borja mereció el extraño título de Padre de la Patria.
Murió Borja en la capital súbitamente el 12 de febrero de 1628; su esposa y sus hijos quedaron
residiendo en Santafé, y sus descendientes hacen parte de la sociedad distinguida de la capital del
Ecuador (2) .

A causa de la muerte del Presidente, quedó, por dos años, el Gobierno a cargo de la
Audiencia, en la cual habían tenido asiento los Oidores Antonio de Villarreal, Juan de Villabona,
Francisco de Herrera, Alvaro Zambrano, Lesmes de Espinosa Sarabia, Antonio de Obando,
Francisco de Sosa y Juan Varcárcel, y los Fiscales Fernando de Saavedra y Juan Ortiz de
Cervantes, quien fue promovido a Oidor, y dejó memoria imperecedera por haber fundado la capilla
de la Virgen del Campo en la recoleta de San Diego, como ya dijimos, y por haber escrito un libro
intitulado: De la conveniencia de perpetuar las encomiendas de indios.

El Oidor Lesmes de Espinosa Sarabia también dejó unido su nombre en Santafé al segundo
puente que se levantó sobre el riachuelo San Agustín, obra que existió hasta 1814, año en que fue
destruido por una creciente, y se conoce con el nombre de Puente de Lesmes, por haberlo hecho
construir dicho Magistrado. El nuevo puente lo hizo levantar en 1816 don Pablo Morillo, en la
carrera 6.ª, y ha conservado el nombre del antiguo garnacha.

El Oidor Lesmes murió suspendido de sus funciones por el Visitador Antonio Rodríguez, y tan
pobre que su entierro se hizo de limosna en la iglesia de monjas clarisas (3) .

El 1.° de febrero de 1630 llegó a Santafé el sucesor de Borja, don Sancho Girón, Marqués de
Sofraga, sujeto de carácter levantisco e iracundo, engreído con sus títulos de nobleza. La
Audiencia, a la cual habían ingresado los Oidores Juan Padilla y Diego Carrasquilla, el ilustre
Ayuntamiento, notables miembros del clero y los más distinguidos de los moradores de Santafé,
salieron a recibir al octavo Presidente del Reino, a su esposa doña Inés Rodríguez de Salamanca y
a la numerosa servidumbre que los acompañaba.

99

Al año siguiente, el 10 de octubre de 1631, entró en esta ciudad don Bernardino de Almansa,
Arzobispo del Nuevo Reino (4) . Habla nacido en Lima, pertenecido al coro catedral de Cartagena y
Charcas, desempeñado en España el cargo de Inquisidor de Calahorra y de Soledad, y antes de
servir el Arzobispado de Santo Domingo fue promovido al de Santafé (5) .

Para dar noticia de las costumbres y ridículas etiquetas de aquellos tiempos, y con el fin de
dejar el sabor añejo de antigua crónica, cedemos la pluma al candoroso y verídico Zamora:

Llegó nuestro Arzobispo. (Almansa) al pueblo de Facatativá, adonde salen las personas
principales a dar la bienvenida a los Arzobispos y Presidentes. Lo era de este Reino don
Sancho Girón, Caballero de la Orden de Alcántara, Marqués de Sofraga, recebido en 12 de
febrero del año antecedente (1830). Tenía ya noticia de la entereza, valor y limpieza del gran
Prelado que venia, y para que el celo de la honra de Dios y bien de la República que tenía el
Arzobispo se empezara a perturbar desde su entrada, concitó el demonio al Presidente, que
deseoso de. continuar la mayoría con que gobernaba lo eclesiástico y secular, envió a dos
religiosos de la compañía para que propusiesen al Arzobispo, que le había de dar Señoría
Ilustrísima (cortesía particular que dicen se tiene sólo con el Presidente Real de Castilla) a
que deseaba llegar el de Santafé, y que la introdujese el Arzobispo, que también había de
dar Señoría a su hijo; y que saliendo de la iglesia, lo había de visitar en su casa antes de
entrar en la suya (6) .

El Arzobispo se excusó cortésmente de acceder a los deseos del Presidente, y expuso que
las leyes del Reino sólo concedían esos tratamientos honoríficos a los grandes de España y a los
Obispos consagrados.

El Arzobispo llegó enfermo a esta ciudad, y concluida la ceremonia religiosa de su recepción


en La Catedral, a la cual no asistió el Marqués de Sofraga, se retiró a su palacio.

Cuando llegó Breve de Urbano VIII para que el Deán de La Catedral, don Gaspar Arias
Maldonado, diese el palio al Arzobispo Almansa, se hizo pomposa fiesta a la cual concurrieron la
Audiencia, los Cabildos, las comunidades religiosas, lo que se llamaba nobleza en Santafé y el
pueblo. Faltó el Marqués de Sofraga, quien, para hacer notorio su desaire, hizo día de campo y
ordenó a su familia se abstuviese de asistir a la ceremonia de la investidura del palio que por
primera vez iba a tener lugar en Bogotá.

Continuaron las desavenencias entre los dos Jefes de los Poderes civil y eclesiástico y
culminaron con motivo de que el Arzobispo resolvió concluir la única torre de la antigua
Metropolitana y ampliar el atrio que antes vimos había sido cementerio. El Presidente, por medio
del Ayuntamiento, y apoyándose en que su coche no tenía fácil tránsito, se opuso a la ampliación
pretendida.

El Prelado no atendió la contradicción; el Presidente dictó auto para que los oficiales no
trabajasen en la obra, bajo pena de prisión a los contraventores; y no habiendo sido obedecido, los
mandó apresar. Sucedían estas escenas cuando los Canónigos salían de coro, lo cual visto por
ellos, se quitaron los manteos, y tomando las herramientas continuaron el trabajo, presidiendo el
Deán como maestro (7) .

A poco apareció el irritado Presidente con los arreos de Capitán General. Los eclesiásticos y
el pueblo se amotinaron, y en tales momentos llegó orden del Arzobispo para que los Canónigos
se retirasen; con esta prudente medida se calmó el alboroto, y en el campo disputado se clavó una
cruz como recuerdo. De estos ridículos hechos hubo apelación ante la Corte; no obstante ella la
lucha continuó, y el Arzobispo para cortarla resolvió practicar visita eclesiástica en las parroquias
de su jurisdicción (8) .

100

El año de 1631 se principió la reedificación de la iglesia de La Veracruz (capilla de cuya
fundación hablamos en la página antes) en sitio que cedieron los Padres franciscanos a la
hermandad de la Santa Veracruz, contiguo al ocupado por la primitiva ermita, levantada en los
primeros años de la colonización. Esta iglesia fue derribada en el primer centenario de la
Independencia para levantar la que hoy existe, como veremos después. El edificio se inspiró en un
plano común en América en el período de decadencia de la arquitectura, y fue especie de modelo
para otras iglesias de Bogotá que aún están en pie, tales como las de los extinguidos monasterios
de monjas del Carmen, Santa Inés, Santa Clara y La Enseñanza (9) . La iglesia de La Veracruz era
una gran sala, sin fachada, con dos puertas laterales que miraban al Oriente, sobre el Parque de
Santander; el altar mayor estaba situado al Norte; la ornamentación era mediana en lo
arquitectónico, y en lo artístico contaba con algunos cuadros de mérito.

Diremos de una vez que en 1748 se hicieron reparaciones en el templo y que en 1869 dispuso
el Ilustrísimo señor Arzobispo Arbeláez que se construyera de nuevo el tejado, por hallarse en
estado ruinoso. La Veracruz fue dependencia del convento de franciscanos desde el año de 1550
hasta 1840, año en que renunciaron la administración que por espacio de tres siglos habla estado
a su cargo.

La hermandad de La Veracruz estableció en sus constituciones la organización de


procesiones en Semana Santa, y la obligación para los hermanos de asistir en la capilla a los
condenados a muerte, acompañarlos al suplicio a són de campana y con un cristo de bulto,
enastado, a la cabeza del fúnebre cortejo. Esta imagen del Crucificado adquirió alto valor histórico
desde el tiempo del terror, pues ella fue mudo testigo de la crueldad de los Jefes del Ejército
expedicionario (10) .

Guárdanse en esta iglesia tres crucifijos históricos:

Tres cristos se conservan en esta iglesia, de alto valor histórico: uno de los tres, el más
venerable y hermoso, es el que tuvo en las manos San Francisco de Borja al tiempo de expirar.
Nuestro benemérito historiador, el Obispo don Lucas Fernández de Piedrahita, da acerca de él
la noticia que está contenida en las siguientes líneas: “ El Colegio de la Compañía de .........
tiene casa de noviciado aparte, en la calle mayor de la parroquia de Las Nieves, a quien el autor
de este libro, el año de 1662, donó el milagroso crucifijo que tenía y con que murió San
Francisco de Borja” (11) .

Otro cristo, el más grande, está pintado al óleo en una cruz de madera, de un metro setenta y
seis centímetros de longitud; al pie de la cruz está la imagen de la Virgen Dolorosa, y las figuras
están tan ultrajadas por el tiempo, que no puede juzgarse de su mérito. Esta cruz acompañó en la
capilla a los mártires de la patria, en días de llanto y de gloria, y también en sus últimas horas a los
criminales condenados por delitos comunes.

El cristo de los mártires.

101

El tercero representa a Jesús en una escultura de sesenta y cuatro centímetros de alto,
sostenido por una cruz tosca. Este era el que, precedía las procesiones de los ajusticiados, y el
asta en que se le llevaba se conserva todavía en la iglesia de La Veracruz. Testigos presenciales
han dejado consignado que se llamaba monte de piedad el grupo de hermanos de La Veracruz y
de piadosos acompañantes que conducían a la capilla a los condenados a muerte. Salían de la
iglesia, enastado el crucifijo, un sacristán que tocaba la campana, un acólito que conducía la túnica
que debía ponerse el reo para subir al banquillo; otros llevaban dos faroles de plata labrada, sin
vidrios. La hermandad colocaba los cadáveres de los ajusticiados en ataúd, los conducía a la
sepultura, abierta en el recinto del templo, y auxiliaba a las viudas y huérfanos, si los había.

Creemos oportuno recordar también que en 1691 obtuvieron los hermanos de La Veracruz
que el Rector y comunidad del ilustre Colegio Mayor del Rosario se comprometieran por si
y por sus sucesores a acompañar las procesiones de Cristo crucificado en Semana Santa (12) .

Por aquel tiempo, 1630—1640, llegaron como Oidores a la ciudad los licenciados Gabriel de
Tapia, caballero de la Orden de Alcántara; Blas Robles y Gabriel Alvarez de Velasco, gallego,
literato, que casó en Santafé con doña Francisca Zorrilla, y de quien volveremos a tratar. Llegó
también don Antonio Rodríguez de San Isidro Manrique con carácter de Juez de residencia del
Marqués de Sofraga.

Asuntos de Gobierno indispusieron a los dos Magistrados civiles; sucedió entonces que el
Arzobispo Almansa recibió queja de los vecinos del barrio de Santa Bárbara de que el Visitador
Rodríguez Manrique llevaba vida licenciosa y lo acusaban como pecador público. El Arzobispo
amonestó por carta al Visitador (13) , y de allí nació el arreglo de las diferencias de los dos
Magistrados civiles en contra del Prelado, a quien pensaron extrañar del Nuevo Reino, de acuerdo
con la mayoría de la Audiencia. El Arzobispo, para evitar la continua lucha con el Poder civil, salió
para el Norte a practicar la visita de su vasta Arquidiócesis.

(1)ANTONIO DE HERRERA, Historia General de las islas y Tierra firme, Década VIII, libros VII y X,
págs. 159 y 2.50.

(2) PLAZA, lib. cit., 245. A. OLANO. lib. cit., 10.

(3)OCÁRIZ, lib. cit., 93.

(4)Los cronistas GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 638, y OCÁRIZ, lib. cit.. 138, afirman que llegó el
señor Almansa a Bogotá el 10 y el 12 de octubre de 1631, respectivamente; y ZAMORA, pag. 413,
y GROOT, 2ª edición, vol. I. 278, fijan el 12 de febrero del mismo año como la fecha de la llegada
del dicho Arzobispo a la capital.

(5) GARZÓN DE TAHUSTE, lib. cit., 638. OCÁR1Z, lib. cit., 138.

(6) Lib. cit., pág. 413.

( 7)GROOT, lib. cit., 280.

(8)ZAMORA, 413; VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura, etc., pág. 94.

(9) ALFREDO ORTEGA, Revista Contemporánea número 3. Bogotá, 1904.

(10) En el vol. IV del Papel Periódico Ilustrado número 88, pág. 251, publicamos en 1885 noticias
referentes a la iglesia y hermandad de La Veracruz.

102

(11) J. M. MARROQUÍN, Los Cristos de La Veracruz. Papel Periódico Ilustrado, vol. IV, 250. Don
JOSÉ S. PEÑA, en el Papel Periódico Ilustrado (vol. II, pág 26). consignó la tradición de que este
crucifijo fue enviado por el Padre Acuaviva, General de los jesuitas, al Presidente don Juan de
Borja, nieto del Santo. El testimonio del señor Peña, que era simple tradición, no concuerda con el
respetable testimonio histórico del Obispo Piedrahita.

(12) MANUEL DE AHUMADA, libro inédito escrito en 1748, que pertenece al archivo de La
Veracruz.

(13) El historiador GR0OT, vol. I, 2ª ed, 282, inserta la carta del Arzobispo, en que éste dice haber
recibido quejas de personas principales. De dicha carta tomamos esta frase que se refiere a los
denunciantes: «Han declarado ante mí el escándalo y mal ejemplo que Vuesa Merced ha causado
y causa, teniendo en su compañía a María Mateos, con quien dicen há muchos años está Vuesa
Merced en mal estado, y de quien tiene una hija; y que está juntando treinta mil pesos para dotarla,
y otras circunstancias agravantes.

En el año de 1633 apareció en Santafé, en las poblaciones de la Sabana y en otras comarcas


del Nuevo Reino, una terrible y contagiosa epidemia de tabardillo, nombre con el cual se conocían
indistintamente las entidades patológicas que se designan en la nosología actual con las
denominaciones de tifo y fiebre tifoidea. En los léxicos castellanos el tabardillo es “fiebre grave,
aguda y continua; ll Pintado. El acompañado de manchas en la piel, parecidas a las picaduras de
pulga.” Según el distinguido Profesor de medicina, doctor José Félix Merizalde, muerto en 1868, el
origen de la palabra tabardillo en castellano, nació de un casacón ancho y largo
llamado tabardo, que ponían a los que llevaban a ajusticiar, y que esmaltado de puntas moradas
se usó en algunas Provincias de España (14) .

Con excepción de las epidemias de viruela, ninguna enfermedad contagiosa se había


desenvuelto en el sano y dulce clima de la Sabana con tan destructora intensidad. Muchas familias
desaparecieron, y sus últimos sobrevivientes, ya sin herederos, otorgaron testamento de sus
bienes a favor de Gil, Escribano real público del número, por lo cual se conoce en la historia dicha
epidemia con el nombre de peste de Santos Gil.

El Escribano Gil había nacido en España, cerca de Peñafiel; vino al Nuevo Reino como
Procurador de Pleitos en Santafé. De su testamento, otorgado en 1639, seis años después de
principiada la epidemia, vamos a insertar la fundación de una capellanía de las diez y ocho que
dejó fundadas:

El maestro Gregorio Barbosa con una casa y tienda en la Calle Real, y más otra casa
juntoa la de Coronado, de que gozase hasta que Juana, niña huérfana que había criado una
moza de la casa del fundador, fuese de edad de tomar estado, y si muriese antes, quedase
en capellanía con obligación por ambas fincas de ochenta misas rezadas y una cantada, y
diez menos faltando la segunda casa, aplicadas por su ánima y la de sus padres.

Lo transcrito enseña claramente que para entonces no había nomenclatura de calles ni


numeración de casas en Santafé, sino que se conocían las habitaciones por el dueño, habitante o
vecino.

Como noticia curiosa recordamos que Santos Gil ordenó que lo enterraran en el umbral de la
iglesia de La Concepción, “desnudo de la cintura arriba y con zoga a la garganta y a la cintura, y
sin ataúd” (15) .

El Arzobispo Almansa estaba en Pamplona, adonde le llegó noticia de la epidemia


de tabardillo; regresó por tal motivo a Tunja y dispuso que la imagen de la Virgen de Chiquinquirá

103

se trajese en procesión de rogativa a Tunja y luego a Santafé, de donde salieron a recibirla
miembros de los Cabildos civil y eclesiástico.

El señor Almansa fue víctima de la epidemia en Tunja, y aunque ya enfermo, lo trasladaron a


Villa de Leiva, por creer este lugar de más suave clima; no obstante estos cuidados, falleció el 27
de septiembre de 1633. Su cadáver fue sepultado sin embalsamamiento, por haber muerto de
enfermedad contagiosa. “Quedó después de muerto tratable, dice Ocáriz, y con suave olor, siendo
la enfermedad de tabardillo de contrario efecto; y se depositó en la peaña del altar mayor de la.
parroquial de aquella villa, profundando la sepultura dos estados y echando encima del cuerpo cal
viva para que lo consumiera y poderlo trasladar brevemente a su convento de Madrid, como dejó
ordenado.” Terminamos las noticias sobre la muerte del señor Almansa recordando que pasado un
año abrió la sepultura su albacea Francisco Rincón, y halló el cadáver intacto; sepultólo de nuevo,
y en 1635 envió el Cabildo eclesiástico a un Capitular y a un Notario a que lo exhumasen segunda
vez. El Notario sentó una diligencia en la cual certificaba que el cadáver del Arzobispo estaba
entero, que despedía olor que “asemejaba al que tienen las piñas” y que en su concepto podía
trasladarse sin inconveniente. Cerrada de nuevo la tumba, llegó cédula en que se ordenaba se
enviase el cuerpo del Arzobispo a España, y sus albaceas designaron para llevarlo al doctor
Fernando Fernández de Valenzuela, clérigo, y después fraile de la Cartuja (de cuyo retrato, que se
guarda en la capilla de Monserrate, hemos hablado en página anterior), quien lo desenterró y trajo
a Santafé, donde se le hicieron pomposas honras fúnebres y se guardaron sus restos por algunos
meses en lujoso oratorio, en casa de los Valenzuelas (16) .

Del Arzobispo Almansa guarda la Catedral un retrato de cuerpo entero y tamaño natural, de
muy buen pincel, con esta inscripción:

El Ilmo. Señor Don Bernardino de Almanza, 9° Arzobispo de Santa Fé. Natural de Lima, hizo
sus estudios y pasó su juventud al lado de Santo Toribio de Mogrobejo, con cuyos ejemplos de
virtud formó su vida. Prelado tan ilustre por su nacimiento como por su ciencia, y más qve todo por
sus virtudes. Tomó posesión del Arzobispado en 1627. Tocóle a este Santo y paciente Prelado
lidiar con el Presidente de la Real Audiencia, D. Sanchó Girón, hombre imperioso y vano. Murió en
la Villa de Leiva, el 27 de Sbre. de 1633, a los 55 años de edad. Su cadáver se remitió a España
en cumplimiento de lo dispuesto en su testamento.

Este retrato, de cuerpo entero y de tamaño natural, es sin duda de los mejores de la galería
de la Metropolitana, y según la autorizada opinión del artista Alberto Urdaneta, no se puede vacilar
en atribuirlo a Vásquez.

Fernando Fernández de Valenzuela, bogotano, presbítero y literato, llevó a España el cadáver


del señor Almansa, y lo sepultó en el convento de Santa Clara de Madrid, que el Arzobispo había
fundado. El año de 1638, ya cumplida su comisión, el presbítero Valenzuela vistió el hábito de
cartujo en el convento del Paular de Segovia, y en la Orden tomó el nombre de Bruno de
Valenzuela (17) .

Un distinguido miembro de la Orden de hospitalarios —Fray Juan de Buenafuente—llegó a


Santafé el año de 1603 provisto de real licencia para tomar en nombre de su Orden posesión del
hospital que con el nombre de San Pedro había fundado el Arzobispo Barrios en casa de su
propiedad situada donde hoy existe la sacristía de la Catedral, de las cuales hizo
donación intervivos a la beneficencia pública. El Padre Buenafuente no pudo cumplir la voluntad
real porque a ello se opuso el Arzobispo Lobo Guerrero, como patrono de la primera casa de
beneficencia, y no fue sino muchos años después, en 1635, por disposición de Felipe III, cuando
los frailes de San Juan de Dios se encargaron de la dirección del hospital y lo trasladaron al lugar
que ocupa actualmente el de San Juan de Dios, edificio de que hablaremos a su debido
tiempo (18) .

104

En 1639 llegó a Santafé el doctor Diego Henriquez, médico español, con el honroso título de
Protomédico, o sea investido de poder oficial para invigilar a los que ejercieran en el Nuevo Reino
las profesiones de medicina, cirugía y farmacia. Fue recibido en la Universidad Tomística cuando
celebraba el plantel fiesta por haber ganado un pleito contra la Universidad Javeriana, o sea la de
los jesuitas, que había durado ochenta y seis años. Fáciles fueron las funciones del Protomedicato
en aquel tiempo, pues no habiendo cátedras de medicina, ni Cuerpo médico, ni botica, quedaban
reducidas a permitir el ejercicio de la profesión a algunos curanderos, entre los cuales ocupaba el
primer lugar nuestro conocido don Pedro Fernández de Valenzuela, quien por entonces gozaba de
fama por haber hecho circular, manuscrito, un trabajo suyo que intituló Tratado de medicina y
modelo de curar en estas partes de Indias (19) .

El dominicano español fray Cristóbal de Torres, que habla nacido en Burgos en 1573, y
recibido en 1590 el hábito de su Orden, en la cual alcanzó las distinciones de Maestro y de Prior, y
las de Capellán, Limosnero Mayor de Felipe III, predicador de éste y de Felipe IV, fue elegido
Arzobispo de Santafé en 1634, y Urbano VIII le dio el fiat en enero del año siguiente. Se consagró
en Cartagena de Indias, donde recibió el palio, y llegó a la capital de su Diócesis el día 8 de
septiembre de 1635. Estableció la procesión del Corpus Christi que hasta su tiempo no se hacia, y
también botica con médico cirujano para los enfermos pobres (20) .

Muchos elementos se habían reunido en la Corte de España contra el Gobierno del Marqués
de Sofraga, elevados a la par por distinguidos miembros de la sociedad colonial, religiosos y
civiles. Acogidas las quejas en la Corte, fue nombrado Visitador y Juez de residencia de Sofraga el
licenciado Bernardino de Prado Beltrán de Guevara, quien en cumplimiento de su misión contra el
Marqués Presidente lo privó de oficio real por toda su vida y lo castigó con multa de $ 80,000 por
los cargos que le resultaron en la residencia. Sofraga dejó en Bogotá los restos de su esposa doña
Inés Rodríguez de Salamanca, que había fallecido el 20 de mayo de 1635, y en cuanto a él, acabó
su vida en la Península, después de haber estado preso largo tiempo en Madrid.

Destituido el Marqués de Sofraga, el Rey nombró Presidente del Nuevo Reino a don Martin de
Saavedra y Guzmán, del hábito de Calatrava, Barón de Prado, señor de las Villas de Corozino y la
Costa, ex—Presidente de Bari y Trani en el Reino de Nápoles. Refieren las crónicas que Saavedra
era inteligente, de genio alegre, amigo de chanzas y de chascarrillos licenciosos, no obstante que
carecía del sentido del oído. El nuevo Presidente hizo su entrada en Santafé el 5 de octubre de
1637, en compañía de su esposa doña Luisa de Guevara Manrique (21) .

El Presidente Saavedra siguió las huellas de sus antecesores y entró a luchar con el nuevo
Arzobispo fray Cristóbal de Torres, enviándole auto de ruego y encargo para que no predicase bajo
solio, puesto que él, siendo Presidente, no lo tenía en el templo; para que los Canónigos no se
sentaran en sillas sino en bancas y no llevasen quitasol en las procesiones, preeminencias que no
tenía el muy ilustre Ayuntamiento. Accedió a lo pedido el Prelado, dando de lo ocurrido cuenta al
Rey por medio de fray Francisco de Mendoza. El Presidente envió a la Corte a su esposa, doña
Luisa de Guevara, con caudal suficiente para sostener con honor sus fueros. Este curioso litigio,
que admira por lo trivial y aun ridículo a los que hemos alcanzado vida en tiempos de realismo, lo
decidió Felipe IV ordenando que el Arzobispo predicase bajo solio; que el Prelado y el Presidente
se sentasen en sillas, y los demás empleados civiles y los Canónigos en bancas, y que unos y
otros tenían derecho de defenderse del sol y de la lluvia usando quitasoles en las procesiones.

Era común en América que los representantes del Rey, para apoyar su poderlo, dijesen: Dios
está muy alto, el Rey muy lejos. y el dueño aquí soy yo, frase que ha recogido la Historia, y como
tenían la competencia y freno de la autoridad eclesiástica, en repetidas ocasiones informaban al
Soberano, diciéndole que en América había mucha Iglesia y poco Rey (22) .

105

Abandonando trivialidades de ridícula etiqueta, pensó el Presidente dejar grata memoria de su
Gobierno, y con tal fin solicitó permiso de erigir una casa de beneficencia para niños expósitos y
divorcio (23) .

La licencia para esta fundación fue concedida por cédulas de 1639—43. El Hospicio se fundó
en 14 de diciembre de 1642 en local contiguo a la Catedral, que después fue claustro de la
Metropolitana, y se le dio el nombre de La Concepción. Cinco años después se trasladó el asilo,
por lo estrecho e inadecuado del local, a inmediaciones de la Plaza de Nariño, en la calle llamada
de Los Curas, hoy carrera 12 número 175 (24). El Rey prestaba mano fuerte en ese tiempo a estas
fundaciones de beneficencia, y encargaba a sus representantes en América que procuraran
inclinar a las personas devotas a que en vez de fundar conventos, ejercitaran la caridad en otras
obras de utilidad pública, como casas de huérfanos, hospitales, asilos de indigentes; pobres,
etc. (25).

En 1652 se estableció en Santafé el Juzgado General de Intestados, creado por real cédula,
con un Juez General, un Fiscal, un Defensor y un Escribano. El mismo año se creó la Junta del
Montepío. “En este Monte se comprenden todos los tribunales ministeriales del Reino,
las reales cajas de esta capital y fuera de ella y Oficiales de Secretaría del Virreinato” (26) .

Por el mismo tiempo (1648) Francisco de Mendoza fundó obra pía para que se dijera misa
todos los domingos en la cárcel, con el producto de cinco tiendas situadas “en la esquina frente a
la Municipalidad,” y nombró por patronos a los Alcaldes ordinarios, siguiendo en esto el ejemplo de
Diego de Ortega. Lo imitó Rodrigo Téllez, quien, como Ortega, hizo fundación para dotar pobres
huérfanos, como veremos adelante. El Ilustrísimo Arzobispo Martínez Compañón, como Mendoza,
dejó a fines del siglo XVIII $ 800 para que, con sus réditos, se pagaran misas en los días festivos
en otra prisión que se llamaba entonces Cárcel de Corte (27) .

(14) J. F. MERLZALDE. Cuadros del Hospital de San Vicente en 1865. La caridad, vol. II. 127.

(15) OCÁRIZ, lib, cit.. 190.

(16) Situada en el costado occidental de la antigua Plaza de Las Nieves (hoy números 605—7).
Habitaban la casa el Presbítero don Fernando, don Pedro de Valenzuela, único cirujano que vivf a
en Santafé, y su esposa doña Juana Vásquez Solís.

(17) OCÁRIZ, lib. cit., 257. VERGARA Y VERGARA, lib. cit, 93.

(18) HERRERA, lib. cit., IV, 201. PLAZA, lib. cit., 247.

(19) VERGARA Y VERGARA, lib. cit., 70, 71. OcÉR1z, lib. cit., 217. Dice este autor hablando de
don Pedro Fernández de Valenzuela: «Fue Profesor de medicina y muy perito, especialmente en
aplicación de hierbas y cosas naturales de la tierra y en el conocimiento de los que estaban
moribundos, desahuciando algunos al parecer sanos, como le sucedió con el Presidente don Juan
de Borja, que seis días antes de su muerte le dijo: que viviese con cuidado porque tenía los plazos
cortos; y a otro religioso dominicano, que vivía enfermo, aunque andaba de pie, su presunción lo
puso en cuidado de disponerse para morir, diciendo misa con mayor recogimiento, y expiró el
mismo día, sentado en una silla. »

(20) GARZON DE TAHUSTE, lib. cit., 638. JUAN N. NUÑEZ CONTO. Rasgo biográfico del
Ilustrísimo señor fray Cristóbal de Torres, Revista del Colegio del Rosario, I,. 382 y 513. (GROOT,
lib. cit., s, 297.

106

(21) OCÁRIZ, lib. cit, 95. GROOT, I, 299. PLAZA, lib. cit.. 248.

(22) C. BENEDETTI, lib. cit., 222 y 293.

(23) D. RUFIN0 J. CUERVO en la página 486 de la 54 edición de las Apuntaciones Críticas sobre
el Lenguaje Bogotano, acepta el uso de la palabra divorcio o cárcel de divorcio para secuestro de
mujeres en lugar honesto, y advierte que los españoles llaman esto la galera.

(24) Continuaremos el estudio del Hospicio cuando tratemos del Gobierno del Virrey Messía de la
Zerda. V. OCÁRIZ, lib. cit., 185.

(25) SOLÓRZANO, Política Indiana, si, 198.

(26) DURÉN y DÍAZ, Guía para 1793, págs. 17 y 18.

(27) Constitucional de Cundinamarca de 1831, número 8.

107

CAPITULO XI
Reconstruye la iglesia parroquial de Las Nieves el bachiller Jacinto Cuadrado Solanilla—La calle
del Panteón—La pila de Las Nieves—Cómo se daba un hábito de caballero—Fundación de la
iglesia y convento de Las Aguas. La Virgen de Las Aguas—Cuadros dignos de mención—El
Espeluco de Las Aguas—Curiosa leyenda—La capilla de San Antonio—Retrato del Arzobispo
Urbina—Monasterio de Santa Inés—Fin del Gobierno de Saavedra y Guzmán—Nuevo Gobierno
de la Audiencia—El Presidente Córdoba y Coalla—Un leproso en Santafé —Opiniones autorizadas
del doctor Montoya y Flórez sobre la lepra en Colombia— Curiosa acta del ilustre Ayuntamiento de
Santafé—Viruela, sífilis y lepra, enfermedades de importación europea—Otros garnachas de la
Real Audiencia.

VIMOS antes que la iglesia de Las Nieves se reconstruyó en 1596 por haberse destruido, a
causa de un incendio, la capilla que levantó el conquistador Ortiz Bernal. Siendo ya pequeña la
iglesia para las necesidades espirituales del vecindario, resolvió el Cura párroco, bachiller don
Jacinto Cuadrado Solanilla, derribar la mala reconstrucción que había para levantar en el mismo
sitio una más amplia, sólida y nueva iglesia; edificio que aún existe con algunas modificaciones
posteriores en que nos ocuparemos después. El bachiller Cuadrado tenía el curato de esa
parroquia en propiedad desde el mes de enero de 1643 (1) . Aunque es verdad que el Cura prestó
un servicio a los feligreses y a la ciudad con la nueva construcción, también lo es que perjudicó al
común por haber disminuido la amplitud de la calle 20, en ese tiempo conocida con el nombre del
Panteón de Las Nieves, nombre popular que aún subsiste no obstante las nomenclaturas más
científicas que ha tenido la ciudad en distintas épocas. El Panteón, lugar donde se sepultaba a los
pobres del barrio, situado al oriente de la iglesia, fue respetado en la nueva edificación; los ricos
hacían inhumar sus cadáveres en el recinto de los templos, costumbre antihigiénica que estuvo en
vigor hasta 1830. El templo de Cuadrado Solanilla tuvo desde entonces amplias atarazanas y otras
dependencias de que carecieron las primitivas capillas de Las Nieves.

A este Cura bachiller y progresista debieron los santafereños que habitaban el barrio de Las
Nieves el poseer una pila en el centro de la plaza del mismo nombre, hoy de Caldas. En los
primeros años de la República, cuando los barrios tuvieron Alcaldes, don José María Alemán, que
desempeñó allí dichas funciones, reconstruyó la fuente pública, y muchos años después, cuando
gobernaba la República don Carlos Holguín, fue reemplazada la pila de rudimentario gusto
escultural, por una elegante de bronce, de construcción europea. Esta fuente estuvo primero en la
plazuela de San Carlos, pasó luego a la plaza de Nariño, pero para inaugurar la estatua del ilustre
bogotano, en 1910, ha venido a parar en el centro de la vieja plaza de Las Cruces, y nos es
imposible predecir si ya terminó su peregrinación.

Su Majestad Felipe IV concedió el hábito de caballeros, ya de la Orden de Santiago, ya de la


de Calatrava, a algunos santafereños descendientes de conquistadores y cuya fortuna no era
escasa. Antes de la ceremonia de recepción del hábito, los favorecidos tenían que navegar seis
meses en las galeras reales, aprender las reglas de la Orden, obtener permiso de sus esposas, si
eran casados, para vestir la cruz del hábito, y confesar y comulgar antes de la solemne ceremonia,
a la cual concurrían el Presidente, los Oidores y lo que se llamaba nobleza en Santafé. El Deán de
la Catedral empuñaba una espada, golpeaba con ella tres veces la espalda del nuevo caballero,
quien por este hecho quedaba investido de tál, siempre que a su lado estuviesen un padrino, dos
testigos y que en su casa de habitación tuviese preparado un espléndido sarao, en el cual el
investido debía lucir ya la cruz de su Orden.

108

Son Las Aguas un antiguo y espacioso edificio con iglesia anexa, hoy parroquia del barrio del
mismo nombre, que se construyó cuando gobernaba el Nuevo Reino don Martín de Saavedra y
Guzmán, en sitio ameno y entonces despoblado, en la orilla izquierda del río San Francisco, el
Vicachá de los chibchas, al oriente de la ciudad y al pie de las últimas colinas del cerro de
Guadalupe. El Presidente Saavedra y el Arzobispo don fray Cristóbal de Torres concedieron
licencia al presbítero Juan de Cotrina y Topete para levantar el mencionado edificio, el cual era su
intención dedicar al establecimiento de la Congregación de San Felipe de Nery en Santafé. Doña
María Arias de Ugarte, sobrina del Arzobispo de los mismos apellidos, contribuyó con dos mil
patacones para realizar las aspiraciones del presbítero Cotrina y Topete. Surgieron dificultades
para que se estableciesen en el edificio los clérigos de la Orden nombrada, y entonces el fundador
resolvió entregarlo a fray Carlos de Melgarejo, Prior del convento de frailes dominicanos de
Santafé, para que lo utilizara en la forma que a bien tuviese. El año de 1665 tomaron posesión del
convento los dominicanos, quienes designaron como primer Vicario a fray Francisco Mejía, y cinco
años después concedieron a Las Aguas todos los privilegios de que gozaban los conventos
máximos de la Orden. La iglesia se concluyó en 1690, y en ese año fue consagrada por un
miembro ilustre de la religión de Santo Domingo, el conocido historiador fray Alonso de. Zamora,
natural de Bogotá. En 1696 informó en el convento de Las Aguas fray Miguel de las Peñas, Prior
en ese año, que el historiador Zamora había acabado la historia de la Orden y que se debía llevar
a la impresión. Así consta en el libro impreso, en la primera diligencia de aprobaciones.

La historia de la fundación de Las Aguas no está relatada por los antiguos cronistas, y el que
Zamora no la trate habiendo consagrado el templo, se explica por lo que dice Vergara y Vergara,
que la relación del Padre Zamora no alcanza sino hasta 1690, y en ese año fue la bendición.

La iglesia de Las Aguas es de pobre arquitectura; su portada mira al occidente; está coronada
por dos espadañas que sirven de campanarios, y en el centro de ellas, sobre la única puerta, se
levanta una pared ciega en cuyo centro se hallan una ventana y hornacina; dentro de esta última
existe una efigie de la Virgen con el Niño, que no honra a su autor. El convento está al lado
derecho de la iglesia, y no tiene frente a las vías públicas, pues está rodeado de modestas
edificaciones particulares. El atrio es amplio y está limitado al norte por la casa cural.

Ciento doce años estuvieron los Padres predicadores en pacífica posesión del convento de
Las Aguas, el cual fue destinado con su anuencia, en 1802, a servir de hospital de virolentos, pues
entonces afligió a la población de la capital la quinta epidemia de viruela.

La iglesia no tiene sino una nave; carece de ornamentación arquitectónica y de cielo raso, de
manera que se ve el encostillado que sostiene el tejado. En el altar principal ocupó el puesto de
honor una imagen de Nuestra Señora del Rosario, obra del pintor bogotano Antonio Acero de la
Cruz; hoy puede verse el cuadro ea el muro derecho de la iglesia. Esta pintura, de alto valor para la
historia del arte nacional, es una de las mejores muestras debidas al pincel de Acero. Sus
dimensiones son las de un cuadro de caballete; el vestido es rojo y el manto azul verdoso, colores
que usó siempre en las ropas de sus vírgenes. La imagen está sentada y tiene el Niño en los
brazos; los pies sobre la media luna. En la parte superior dos ángeles, simétricamente dispuestos,
sostienen sendos rosarios y una corona dorada. Al pie del cuadro se ven las figuras de San Ignacio
y San Francisco Javier, y caras de ángeles alados circundan a la Virgen. “Todo el grupo, que se
hace notable por su unidad y su inspiración mística, se destaca sobre ese brillante fondo amarillo
de que tanto gustaba nuestro artista, y que fue el recurso a que acudió en reemplazo de los fondos
dorados de la antigüedad” (2) . El rostro de la Virgen está rodeado de pálida aureola, con los ojos
bajos y tiene unción. La mala calidad de los colores ha tornado demasiado negras las sombras.
Este lienzo tiene al pie, en caracteres negros, hoy cubiertos por el marco, las cifras arábigas 1646.

En el púlpito de Las Aguas se halla una buena pintura de escuela española, que representa a
San Agustín, y en los muros del templo se ven cuatro óleos atribuidos a Vásquez: San Felipe Neri,

109

San Francisco, Santo Domingo y el nacimiento de Jesús. Este último tiene buena composición,
colorido jugoso y dibujo correcto: el Niño estaba desnudo y en sueño tranquilo; la Virgen tendía
sobre él una gasa muy bien dibujada, que dejaba ver más bien que adivinar las carnes rosadas y
vivas. Un buen párroco, movido por falso pudor y sin comprender las bellezas del desnudo
artístico, se valió en mala hora del pincel de don Enrique Espinosa, quien con atrevimiento dañó lo
mejor del cuadro con bruscas pinceladas blancas. Merece también mencionarse otro cuadro al
óleo, San Miguel y el Diablo, no por su mérito artístico, sino porque probablemente se debe al
pincel del maestro Posadas, muy conocido en Santafé por su afición a pintar a Lucifer con astas,
dentadura de cocodrilo, cola retorcida y carnes color de chocolate. Este cuadro era compañero de
otro de iguales dimensiones y de idéntico gusto artístico, que se veía en el templo hasta 1860 y
que hoy se conserva en el museo privado del General Carlos José Espinosa. El cuadro representa
una mujer joven y bella con cabellera de serpientes, y se conocía hasta el año dicho con el nombre
popular y prosaico de El Espeluco de Las Aguas, mirado con horror por las gentes sencillas, y era
el espanto de los niños. Una tradición conservada por el literato bogotano don Bernardo Torrente,
refiere lo siguiente sobre tan extraña pintura:

Había una bellísima joven llena de todas las perfecciones y gracias que en una criatura
humana pueden hallarse. Poseía (y era de lo que estaba más ufana) una linda y
abundantisima cabellera, que era el pasmo de cuantos la miraban. Un día que se
contemplaba al espejo, exclamó llena de soberbia: Ni la Virgen de Las Aguas tiene una
cabellera tan bella como la mía. Anúblase súbitamente el cielo; quedan transformados,
repentinamente, en asquerosas serpientes los ponderados cabellos; exhala la tierra un
insufrible vapor de azufre; óyese un espantoso y prolongado trueno, y un demonio, en
hábitos de fraile dominico, arrebata por los aires a la soberbia muchacha, dejando con un
palmo de narices a más de cuatro galanes que suspiraban por ella. Después se aclaró el
cielo, desapareció el hedor a azufre y todo quedó en calma.

Y refiere el mencionado cronista que preguntado el sacristán de Las Aguas, por un inglés a
quien contaba la leyenda, si en ella no habría exageración, le respondió:

“Tal vez haya alguna en lo del azufre y en lo de las serpientes; pero en cuanto a lo
del fraile hecho el diablo por una bonita muchacha, no hay ponderación ni exageración
alguna” (3) .

El actual Cura párroco, doctor Darío Galindo, puso en 1901 la primera piedra de la capilla, de
construcción moderna, dedicada al culto de San Antonio. Un amplio arco comunica el presbiterio
de la iglesia con la bella capilla que, aunque rompe el pobre orden arquitectónico del templo
colonial, tiene en sí belleza suficiente para borrar cualquiera mala impresión de las diferencias de
estilo. El arquitecto italiano O. Ramelli la construyó en orden gótico y la ornamentó con riqueza y
buen gusto. En el único altar se venera la efigie de San Antonio, esculpida en Barcelona de
España, en tamaño medio del natural. Cuatro ventanas del mismo orden dan al conjunto apacible
luz azul. Las paredes, estucadas, presentan diversidad de colores combinados con gusto, los
cuales armonizan con los dibujos de los baldosines que cubren el pavimento.

Volviendo a la iglesia, copiamos una inscripción que en letras negras luce sobre mármol
blanco, y que se refiere al primer Cura que tuvo la parroquia de Las Aguas:

LAZARO M.ª BOTERO—PBRO.


MARZO 7 DE 1890
RECUERDO DE SUS PADRES Y HERMANOS

110

En el despacho parroquial existe un retrato al óleo de cuerpo entero, con esta leyenda:

El M. Ilmo. Rvmo. S. Mtro. D. Fr. Ignacio de Urbina, del Consejo de Su Magd, Cathedratico de
Prima en Salamanca. General de la Orden de S. Jerónimo. Arzobispo de este nuevo Reino de
Granada, a quien N.a Religión de Predicadores deve este Conto de N. Sra. de Las Aguas. Entró en
posesión a 25 de Septiembre del año de 1690—AETATIS SUAE 56 ANNOS.

Esta inscripción comprueba lo que dijimos atrás sobre la fecha de la consagración de la iglesia
de Las Aguas.

Volveremos a hablar a su debido tiempo del edificio de Las Aguas, que sirvió segunda vez de
hospital de virolentos en el tiempo del terror; de hospital militar en los mismos memorables días, en
1854 y 1860; de hospital civil de la Sociedad de San Vicente de Paúl, después de la extinción de
las comunidades reliosas, y de orfelinato de la misma Sociedad, a la cual pertenece el viejo
convento desde fines del siglo XIX.

Por los mismos años que adquirían los dominicanos el convento de Las Aguas, se construía
también en el entonces extremo occidental del barrio de la Catedral un monasterio para monjas de
la Orden dominicana con el titulo de Santa Inés del Monte Policiano de Santafé. Hacía ya años que
el Capitán don Fernando de Caicedo, miembro de distinguida familia, y Tomás Velásquez y Alonso
López de Mayorga, sus parientes, habían querido fundar monasterio de religiosas de Santo
Domingo; mas habiendo dilatado mucho tiempo la licencia pedida a la Corte española, falleció el
Capitán Caicedo, y sus albaceas destinaron sus bienes a otras obras pías. Vino a obtener la
apetecida licencia, en 1638, don Juan Clemente de Chaves, muerto en esa época. En su
testamento dejó dispuesto que se fundase el monasterio, lo que realizó su hermana doña Antonia
Chaves en el extenso sitio que ocupaban varias casas de su propiedad. Años después, en 1660,
se promovió ruidoso pleito contra el monasterio y sus rentas, pleito que fue sentenciado a favor de
los demandantes. Cuando las monjas iban a abandonar el convento, intervino a su favor el
Arzobispo fray Juan de Arginao, quien pagó a los acreedores las sumas debidas. Este Arzobispo
reedificó el templo y el convento, pues ambos edificios se habían mandado demoler por sentencia
de la Real Audiencia. “Tuvo el gusto, dice un cronista, de ver acabada la iglesia, de bendecirla y
dedicarla celebrando de pontifical con gran concurso y solemnísimas fiestas” (4) .

La iglesia se construyó en el ángulo sudoeste formado por la intersección de la calle 10 con


la carrera 10ª, con muros de piedra, sin fachada y con dos puertas sobre la carrera. El edificio es
particular desde entonces, por ser el único templo de Bogotá que carece de torre y aun de
campanario (5) . Recién reconstruida, la describió así respetable autor:

La iglesia es de alegre vista y buena disposición en tamaño y altura, con techos dorados
y tabernáculo de cuatro órdenes en alto y cinco de ancho, dos hermosas puertas con
clavazón de bronce, en dos suntuosas portadas de primorosa labor de cantería, púlpito
dorado, con imágenes de media talla, confesionarios, comulgatorio y dos columnas que
constituyen coro encima de las sacristías, que son en proporción a lo demás, y a costa de
la piedad y limosnas magnificas del Arzobispo Maestro don fray Juan de Arguinao (6) .

La iglesia sirvió a las monjas hasta el año de 1863, en que fueron expulsadas como
consecuencia del decreto de extinsión de las comunidades religiosas, expedido en 1861; luego ha
prestado servicios al culto católico. Se construyeron el coro bajo para ampliar la nave del templo y
una reja de estilo morisco que cubría el frente del coro alto, quedando reducida a un antepecho.
Los coros de que habla Ocáriz, inmediatos al presbiterio, se cercaron con pared para separarlos
del claustro destinado a usos civiles, pero no se destruyeron las rejas, también de estilo morisco,
que aún se ven incrustadas en el muro.

111

La ornamentación de esta iglesia es pobre: hay altares dorados del tiempo de la Colonia,
menos ricos que los que de la misma época se conservan en otras iglesias; las pinturas y
esculturas no sobresalen por su mérito artístico; el altar mayor existe como lo describe Flórez de
Ocáriz, pero mano profana lo hizo barnizar de blanco, con detrimento del arte antiguo. Las
ornamentaciones del techo de madera son de escasa riqueza aunque no de mal gusto. En los
últimos tiempos se ha cambiado el piso de ladrillo por pavimento de madera; el conjunto de la nave
es pobre y frío y aún flota en él todavía un ambiente conventual.

El convento de Arguinao, siguiendo lo acostumbrado entonces, ocupaba una manzana.


Actualmente pertenece al Gobierno el claustro principal, contiguo a la iglesia, donde está la
Facultad dé Ciencias Naturales y Medicina; una gran casa de propiedad municipal sirve de oficinas
centrales a la Policía Nacional; otra parte del área está ocupada por habitaciones particulares; en
el antiguo huerto del convento se construyó la moderna plaza de carnes, y en extensión
considerable de la misma manzana existe el convento de Betlemitas.

En 1644, en las postrimerías del Gobierno de Saavedra y Guzmán, se sintieron fuertes


temblores en Santafé, que coincidieron con repetidos movimientos sísmicos en la América Central,
especialmente en el territorio de Guatemala. En dicho año se separó Saavedra de la Presidencia,
por renuncia, y volvió a España, donde pasó vida tranquila hasta 1654, en que falleció.

Nuevamente dirigió la Audiencia los destinos de la Colonia; dicho Tribunal se componía de los
Oidores ya citados y del Licenciado Gonzalo Suárez de San Martin, protector de indios.

El 23 de diciembre de 1645 tomó solemne posesión en Santafé de la Presidencia del Nuevo


Reino don Juan Fernández de Córdoba y Coalla, Marqués de Miranda de Auta, y décimo en el
orden de los Presidentes del Nuevo Reino.

Historiadores y cronistas anotan el hecho de que gobernando Córdoba se presentó en la


capital en 1646 el primer caso de lepra en la persona del Presbítero Santibáñez Brochero, Cura de
la Catedral. El distinguido leprólogo doctor J. B. Montoya y Flórez, notable médico y correcto
historiador, trae en la página 11 de su libro Contribución al estudio de la lepra en Colombia, esta
apreciación:

1646—Según el historiador Plaza, en este año se presentó otro caso de lepra elefantina
en la persona del Presbítero Diego de Santibáñez Brochero, Cura de la Catedral de Bogotá.
Para Plaza éste sería el primer caso de elefancía de los griegos de que habla la historia
entre nosotros; y Carrasquilla (7) dice que éste sí puede considerarse como auténtico, aun
cuando Plaza tampoco habla de los síntomas que presentó Santibáñez, para poder juzgar si
realmente era eso. Lo cierto es que la elefancía existía en Colombia, especialmente en
Cartagena y la Costa Atlántica, desde fines del siglo XVI, y que el número de los enfermos
era tal, que el Rey de España tuvo que pensar en Establecer un hospital para gafos en la
ciudad de Cartagena.

En el mismo libro hace notar el autor que la lepra sólo se obtiene por contaminación, es decir,
que se necesita la presencia de un hombre enfermo en una sociedad sana para que ésta se
inficione. Deja constancia de que la lepra fue importada a este Continente, opinión generalmente
aceptada hoy por los leprólogos más distinguidos.

Rompemos una vez más el orden cronológico, para insertar un acta del Ayuntamiento de
Santafé, que las investigaciones del doctor Montoya y Flórez salvaron de ser destruida, pues el
original desapareció en el lamentable incendio del Palacio Municipal en 1900. El acta del Cabildo
tiene fecha 3 de mayo de 1675, y dice:

112

El señor don Miguel Enríquez de Mansilla, Canciller sello en la Real Audiencia y
depositario que es de esta dicha ciudad, dijo y propuso que por culpas nuestras se ha
introducido en esta República un achaque contagioso que llaman mal de San Lázaro (de
que Dios por su misericordia nos defienda) y que lo padecen muchas personas con gran
riesgo de inficionar la ciudad, cosa muy digna de que para consuelo trate de remediarlo
como necesita una materia tan rigurosamente grave; y habiéndose leído y oído la dicha
propuesta, los demás señores capitulares mandaron se les notifique a Diego Palomino y al
doctor Leiva y al doctor Heredia y a Jerónimo Blanco, que pena de 500 patacones
reconozcan y vean los hombres y mujeres que parezca están tocados de dicho mal lazarino
y den cuenta dentro de tercero día declarando ante el presente juzgado debajo de juramento
las personas que estuvieren tocadas del dicho achaque para que se provea a remedio.

Por esta acta queda declarado que la lepra fue importada al Nuevo Reino por los españoles, y
es sabido que los negros. de Africa traídos a nuestras costas desde fines del siglo XVI también
propagaron la lepra.

Desde 1884 dijimos en el libro Memorias para la Historia de la Medicina en Santafé de


Bogotá, que la lepra era desconocida de los indios; que durante la Conquista y primeros años del
Gobierno de la Colonia no se había presentado caso alguno en los pobladores de origen español, y
finalmente, que, como la viruela y la sífilis, la lepra es enfermedad microbiana de extracción
europea.

Durante el Gobierno del Marqués de Miranda de Auta ocuparon las curules de la Audiencia los
Oidores Pedro González Guemes, Juan Blásquez y Juan de Meler, y los Fiscales Francisco de
Prada y Manuel de Escalante.

(1)OCÁRIZ, lib. Cit., 160.

(2)L. M. GIRÓN, Antonio Acero de la Cruz. Colombia Ilustrada, .52.

(3) La relación de don BERNARDO TORRENTE se encuentra en El Mosaico, IV, pág. 13, y en el
vol. III del Papel Periódico Ilustrado, pág. 223, donde publicamos un estudio del edificio de Las
Aguas, en 1884.

(4) PEDRO CALVO DE LA RIVA, Vida de la venerable Sor María de Santa Inés, págs. 36 y sig.
GROOT. lib. cit., vol. I, págs. 336 y 356.

(5)OCÁRXZ, lib. cit., pág. 183.

(6) PEDRO CALVO DE LA RIVA. en la pág. 55 de su libro ya citado, asevera que el Arzobispo
fray Francisco Rincón levantó una torre en la iglesia de Santa Inés. No hemos hallado noticia si
esta obra se llevó a efecto, ni dato alguno de cuándo se destruyó si ella existía.

(7)Se refiere el doctor Montoya y Flórez al esclarecido leprólogo bogotano doctor Juan de Dios
Carrasquilla, cuyo nombre repetiremos en este libro para tributar homenaje de justicia a su saber.

113

CAPITULO XII
Fundación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario—Clara visión del fundador—El
antiguo edificio del Colegio—Fachada de la capilla—La Bordadita—Retrato del Arzobispo, por
Figueroa—Retratos de colegiales. Retratos de profesores del claustro—Retratos de algunos de los
Rectores del Colegio—Retratos de próceres fusilados en la guerra magna—Retratos de
distinguidos servidores de la República—Retrato del Arzobispo Rincón. Retratos de Felipe IV y de
la Reina Margarita de Austria—El Patronato Real—Autonomía del Colegio—Muerte del señor
Torres—Su retrato en la Catedral.

EL Rey Felipe IV concedió licencia al Arzobispo del Nuevo Reino, fray Cristóbal de Torres, en
cédula de 31 de diciembre de 1651, para fundar un plantel de educación en la capital del Nuevo
Reino de Granada. Levantó el edificio en casas de su propiedad, ubicadas en el ángulo sudoeste
formado por la hoy calle 14 y la carrera 6.ª, con amplios frentes sobre ambas vías públicas. El
claustro principal del Colegio tiene su fachada sobre la calle, y sobre la carrera está el frente
oriental de él y la capilla del Colegio, conocida antiguamente con el nombre de Santo Tomás.

Fundó el Arzobispo este plantel con el nombre de Colegio Mayor de Nuestra Señora del
Rosario, para que en él se dieran enseñanzas superiores de Teología, Jurisprudencia y Medicina.
Terminado el edificio en 1658, estableció el Colegio y le entregó su administración a los religiosos
dominicanos. Pasado corto tiempo, quisieron los frailes reunirlo a la Universidad tomística, o sea al
Colegio fundado por Gaspar Nuñez, que también dirigían, a lo cual se opuso el señor Torres, y
para impedir que la unión de los Colegios se efectuara después de su muerte, revocó la donación
hecha a los dominicanos, secularizó el instituto y nombré Rector perpetuo al doctor Cristóbal
Araque Ponce de León, natural de Pamplona (Departamento de Santander). Consignó en las
Constituciones del instituto, como indispensable condición para vestir la beca, que el postulante
acreditase nobleza hereditaria, y si bien es cierto que con tal condición limitaba el beneficio a los
nobles, por lo general acaudalados en aquellos tiempos, es evidente que tuvo el mérito de abrir la
carrera de las letras, tan descuidada por el poder civil, en la atrasada Colonia. Y es de notarse que
fueron los nobles, educados en su mayor parte en aquel plantel, los que más tarde fundaron la
igualdad republicana ( 1).

Transcribimos las siguientes líneas debidas a pluma de un hijo del Colegio:

La personalidad del señor Torres es de aquellas que no se limitaron a brillar en su tiempo:


va aumentándose con el lento correr de los siglos, cuando se reconocen sus inmensos
beneficios, cuando la eternidad nos separa de ellos, cuando es solamente la justicia la
genitora del reconocimiento, cuando a su alrededor se ha venido formando una aureola de
luz capaz de iluminar generaciones
enteras. .....................................................................................................

Quiso el ilustre Arzobispo que su Colegio gozara de todos los privilegios del Colegio Mayor
de Salamanca, pretensión inaudita en aquellas edades, pero que muestra cuál era la visión
clarísima del señor Torres. Comprendió él desde entonces que un colegio de esa clase
daría lustre al Reino de España, y no veía que al proceder así minaba por su base uno de
los sustentáculos de la monarquía española (2) .

114

El vetusto claustro principal está rodeado de arquería, semejante a la de los monasterios de la
época, con amplias galerías en sus dos pisos, de los cuales el superior, al cual se asciende por
una vasta y elegante escalera de piedra, no tiene arquería sino mesas de madera sostenidas por
columnas de piedra. De la estatua del señor Torres que se levanta en el centro del claustro
hablaremos en los años de 1910.

Claustro principal del Colegio.

En el extremo sur de este claustro se levantó la capilla, de una sola nave, y cumpliendo con
los deseos del fundador, consignados en las Constituciones del Colegio, en 1654 se ornamentó la
fachada que se levanta sobre la carrera 6.ª, con buen gusto arquitectónico, de cierto sabor francés
que recuerda el estilo romántico.

Sobre dos columnas estriadas descansa un arco a manera de cornisamento, debajo del cual
se hallan, encima de la puerta, que es rectangular, y en el término superior, la Virgen del Rosario
con el niño Jesús en el brazo izquierdo y en actitud de entregar el rosario a Santo Domingo, que es
la figura que está a su derecha; al lado izquierdo de la Santísima Virgen está, como en místico
éxtasis, Santa Catalina de Sena. la sapientísima hija de Benincasio, el humilde tintorero de Sena, y
a su izquierda se ve el angélico doctor Santo Tomás de Aquino. figura que queda al frente de la del
Ilustrísimo fundador, doctor don fray Cristóbal de Torres, quien está representado de rodillas y con
las manos juntas, en humilde oración, a la derecha de Santo Domingo. Todas estas figuras, en alto
relieve y de tamaño natural, están esculpidas en piedra y tienen hermosas y correctas facciones, y
hay en ellas mucha soltura y naturalidad. Fueron ejecutadas pon el escultor Antonio de Pimentel,
en 1095, y en cumplimiento de la voluntad del fundador, bien que no del todo se cumplió, ya fuera
por falta de recursos, ya por otra causa cualquiera. Adornan igualmente la puerta las armas del
Ilustrísimo señor Torres, que están divididas en pal, en dos cuarteles iguales separados por una
vertical: el de la derecha tiene trece estrellas de oro en campo de gules, y el de la izquierda,
cinco castillos de plata en campo negro o de sable, y sirve de cimera el sombrero
arquiepiscopal (3) .

115

Fachada de la capilla

En el altar mayor de la capilla del Colegio, reconstruido en época moderna, se volvió a


colocar una imagen de la Virgen del Rosario, cuya historia es digna de mencionarse. La bordó
sobre tela con sedas de colores, según tradición del Colegio, la mano real de una reina de España.
Cuando el Monarca español expidió la cédula en favor de la fundación del Colegio, la Reina quiso
también tomar parte en la fundación, y con tal fin bordó el cuadro mencionado y so lo envió al
ilustre Arzobispo, con el propósito de que sirviera de abogada a los hijos del Colegio. Hace más de
dos siglos y medio que los investidos con la beca blanca y el escudo negro de Santo Domingo,
insignia de los colegiales del Rosario, veneran esta imagen y la designan con el nombre familiar de
La Bordadita.

La Bordadita.

La imagen está de pie, sobre un pedestal en que se destacan caras de ángeles. El cuerpo
tiene la figura piramidal, adoptada por los pintores de la Edad Media, y está cubierto por un vestido
y una capa adornados con prolijas ornamentaciones. Cubre su cabeza una corona de exagerado
tamaño para las dimensiones de la figura;sostiene en su brazo izquierdo al Niño, también
coronado, y en la mano derecha tiene un cetro y un rosario. En el fondo amarillo del cuadro bordó
la Reina numerosas estrellas, y a los lados de la imagen se ven cortinas de pliegues regulares,
duros y amanerados.

116

En el aula máxima hay una reproducción del cuadro, también bordado en los tiempos
coloniales, pero no por mano real sino por una hija de Santafé, miembro de la familia patricia de los
Caicedos.

(1) GROOT, lib. cit., vol. x, 321, 324. GUTIÉRREZ PONCE, Papel Periódico Ilustrado, II, 326.

(2) R. CORTÉZAR, El Colegio del Rosario en la Independencia, Boletín de Historia, VI, 337.

(3) PEDRO A. HERRAN. Papel Periódico Ilustrado, III pág. 363.

Guarda el Colegio del Rosario en el lugar de honor del aula máxima un retrato del fundador,
pintado al Oleo por Gaspar de Figueroa, notable obra de arte ejecutada en 1643. El Arzobispo está
de pie, apoya la mano izquierda sobre un libro abierto, en el cual está escrita el Avemaría en latín,
que descansa sobre una mesa de sencilla construcción, cubierta con rica carpeta, y sobre la cual
se ve un tintero con pluma de ave. En la aristocrática mano derecha tiene un guante; la región
torácica la cubre la muceta morada, y sobre ésta se destacan la cadena de oro y la cruz arzobispal.
El resto del cuerpo lo cubre el hábito blanco de Santo Domingo. La inteligente cabeza se levanta
sobre amplia cogulla blanca. El rostro está rodeado de barba cana, la frente es espaciosa y se une
en suaves curvas al cráneo sin cabello. En la parte superior del cuadro se divisa una imagen de la
Virgen del Rosario; en el ángulo izquierdo se ve medio plegada una ancha cortina.

Este retrato lo reprodujo el artista Alberto Urdaneta en la página 332 del volumen I del Papel
Periódico Ilustrado.

Se conserva en el Colegio del Rosario una rica galería de retratos pintados al Oleo, de
colegiales distinguidos, de profesores y rectores del claustro, y de hijos del Colegio que prestaron
servicios en la Independencia.

Los retratos de colegiales son: Don Nicolás José María Ricaurte y Torrijos, don Ignacio de
Moya, don Pedro Pradilla Silva, don Andrés Marcelino Pérez de Valencia, don Francisco Pérez
Manrique, don José de Baños Sotomayor, don Fernando de Mendoza y Ezpeleta, al pie del cual se
lee esta original redondilla:

Vivió poco pero tál


Que a Sto. Thomas llegó
Y Parece que nació
Para no tener igual

don Philipe Romana, bogotano, Regidor y Alcalde ordinario de Bogotá; don Jorge Herrán y
Guzmán; don Joseph Pedro Flórez; don Martín Carrizosa Aranda de la Parra, patriota; don Andrés
Auza, benefactor del claustro; Ilustrísimo don Rafael Lasso de la Vega, y don Germán Gutiérrez de
Piñeres, poeta cartagenero distinguido.

Los de Profesores son: don José Celestino Mutis, fundador de los estudios de Matemáticas
en el Nuevo Reino y profesor de Medicina; don Miguel de Isla, bogotano, compañero de Mutis en la
organización de la facultad de Medicina (retrato donado al Colegio por su discípulo doctor Miguel
Ibáñez); don Vicente Gil de Tejada, sucesor de Isla en la cátedra de Medicina del Rosario, y don
Fernando de Pedrosa y Meneses.

Los retratos de Rectores que se conservan en el Colegio son: don Cristóbal de Araque Ponce
de León, natural de Pamplona, primer Rector del Colegio, nombrado por el fundador doctor Juan
de Mosquera Nuguerol, uno de los quince colegiales fundadores y primer Rector elegido conforme

117

a las Constituciones; nombrado Obispo de Manila, no aceptó; don Enrique de Caldas Barbosa,
ex—Cura de la Catedral; este retrato es de Vásquez (1698); don Nicolás Flórez de Acuña,
bogotano, hijo del célebre cronista Flórez de Ocáriz; don Nicolás de Guzmán Solanilla, bogotano;
don Cristóbal de Torres Bravo, sobrino del Arzobispo fundador, don Jacinto Roque Florez de
Acuña, bogotano, hijo del cronista Flórez de Ocáriz; don Diego de Baños Sotomayor; don
Sebastián Carlos Pretel Cid Cuadrado, abogado de la Real Audiencia; don Fernando Antonio
Camacho de Guzmán y Rojas, oriundo de Tunja, Obispo de Santa Marta; don Francisco Javier
Tello de Mayorga y Camacho, natural de Oiba; don José Pérez Manrique de Lara vistió la beca en
1709; don Miguel José Masústegui y Calzada, gran benefactor del Colegio; don José Joaquín de
León y Herrera, bogotano, benefactor del Colegio; don Agustín Manuel de Alarcón y Castro, natural
de Tunja y Canónigo de la Catedral; don Fernando Caicedo y Flórez, primer Arzobispo de la
República, benefactor del Colegio y prócer distinguido; don José Rafael Torrijos Rigueyro,
bogotano, Canónigo de la Catedral; don Andrés Maria Rosillo, hijo del Socorro, ilustre prócer de la
Independencia; don Juan Fernández de Sotomayor y Lara, natural de Cartagena, servidor de la
independencia, Obispo de Lima y de Cartagena; don José María del Castillo y Rada, de Cartagena,
distinguido servidor de la Independencia; don Manuel Cañarete, oriundo de Mompós, abogado; don
Juan Nepomuceno Núñez Conto, hijo de Cali y biógrafo del señor Torres (este retrato es de
Acebedo Bernal); don Juan Agustín Uricoechea, bogotano, ejerció el Poder Ejecutivo de la Nación;
don Francisco Eustaquio Alvarez, del Gigante, profesor y jurisconsulto distinguido; don Manuel
Ancízar, de Fontibón, publicista notable; don Carlos Martínez Silva, de San Gil, historiador y
publicista; don José Manuel Marroquín, bogotano, ejerció el Poder Ejecutivo de la Nación; don
Rafael María Carrasquilla, bogotano, Canónigo de la Catedral y benefactor del Colegio (este retrato
es de Santamaría).

Aula máxima del Colegio.

Entre los retratos de próceres que se encuentran en el Colegio, mencionamos primero los de
aquellos que murieron en el patíbulo en la guerra de Independencia: don Joaquín de Caicedo y
Cuero, nacido en Cali, fusilado en Pasto en 1813 (4) ; don Camilo Torres, de Popayán, fusilado en
Bogotá en 1816; don Francisco José de Caldas, payanés, fusilado en Bogotá en 1816; don Jorge
Tadeo Lozano, bogotano, fusilado en su ciudad natal en 1816; don José María García de Toledo,
de Cartagena, donde se le fusiló en 1816; don José María Portocarrero, bogotano, fusilado en
Cartagena en 1816; don Joaquín Camacho, de Tunja, fusilado en Bogotá en 1816; don Manuel
Rodríguez Torices, de Cartagena, fusilado en Bogotá en 1816 (este retrato es de García Hevia);
don Miguel Díaz Granados, de Cartagena, donde se le fusiló en 1816; don José María Cabal, de
Buga, fusilado en Popayán en 1813; Conde Antonio Villavicencio, natural de Quito, fusilado en
Bogotá en 1816.

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Los próceres de que hay retrato en el Colegio y que se salvaron del patíbulo, son los
siguientes:

Don Ignacio de Herrera, de Cali, ilustre jurisconsulto; don José Fernández Madrid, de
Cartagena, Presidente de la República; don Hermógenes Maza, bogotano, el exterminador de las
huestes españolas; don Pedro Acebedo Tejada, bogotano, publicista, hijo del Tribuno del Pueblo;
don Atanasio Girardot, de Medellín, el héroe de Bárbula; don Domingo Caicedo y Sanz de
Santamaría, bogotano, varias veces Jefe del Poder Ejecutivo Nacional; don Tomás Tenorio y
Carvajal, de Popayán, jurisconsulto; don José María Mosquera, de Popayán, amigo distinguido del
Libertador; don Joaquín Mosquera, de Popayán, Presidente de la República; don Manuel Benito
Rebollo, de Cartagena, presbítero patriota.

Existe también en esta galería un retrato de don Rufino Cuervo, jurisconsulto ilustre que
ejerció el Poder Ejecutivo en su carácter de Vicepresidente.

Igualmente se guardan en el Colegio sendos retratos del Arzobispo del Nuevo Reino, fray
Francisco del Rincón, del Rey don Felipe IV, de la Reina doña Mariana de Austria y de Santo
Tomás de Aquino.

La mayor parte de los retratos de los Rectores y colegiales aparece con la beca blanca y el
escudo negro del Colegio (5) , y muchos de ellos ostentan escudos heráldicos de nobleza. Muy
raro de estos óleos tienen firma de autor.

El señor Araque Ponce de León hizo viaje a España y llevó documentos para seguir el pleito
con la Orden dominicana sobre administración del Colegio del señor Torres. El Consejo de Indias,
como ya vimos, falló a su favor, y el Rey se autonombró patrono del Colegio, excluyendo a los que
el fundador había nombrado.

Los representantes del Rey en el Nuevo Reino ejercieron el patronato real, y desde 1819
heredaron, merced al triunfo de Boyacá, este derecho los Presidentes de la República.

El Rector Araque murió en España; delegó sus funciones al Vicerrector Juan Peláez Sotelo, y
éste recibió el Colegio, de manos de los frailes dominicanos, el año de 1665. Desde este año gozó
el Colegio de autonomía, según las Constituciones del fundador, a la sombra del patronato real.

En virtud del patronato expidió el Rey de España en 1758 cédula en la cual prohibía que la
elección de Rectores del Colegio del Rosario recayera en individuos del clero que desempeñaban
funciones de Curas, porque éstos, si eran electos, abandonaban su feligresía o no atendían bien el
cargo de Rector (6) . El mismo cronista que se acaba de citar refiere que la comunidad del Colegio
asistía a los grandes duelos, o sea a las honras fúnebres que se celebraban en Santafé cuando
fallecían los Monarcas de España, sus esposas y sus hijos, “de viudo con las becas envueltas.”

El ilustre fundador del Colegio del Rosario, verdadero mecenas de las letras en la Colonia,
falleció en Bogotá el 9 de junio de 1654. En la galería de Arzobispos que se conserva en la
Catedral existe otro retrato del señor Torres, de medio cuerpo, mala copia del excelente original de
Figueroa, con esta inscripción: El Ilmo y Rmo. Sr. Dn. Fr. Cristóbal de Torres, del Orden de
Predicadores, Dignísimo Arzobispo de esta Sta Iga Metropolitna. Entro a esta Capitl en 1.° de
octubre de 1635. Fundó el Colegio Mayor de Ntra. Señora del Rosario. Murió en 9 de Junio de
1654.

Completaremos las noticias sobre el célebre claustro del Rosario en sus progresos morales y
materiales, cuando acompañemos al Rector Caicedo y Flórez a trasladar los restos del fundador de

119

la Catedral a la capilla; cuando Mutis e Isla dieron amplitud a los estudios; cuando su claustro fue
ante cámara de la muerte de muchos de los fundadores de la República; cuando lo habitaron los
soldados en las guerras civiles, y cuando en los últimos años se ensanchó el radio del edificio de
Torres y se levantó su bronce en el patio principal como homenaje de los hijos del Colegio.

(4) El retrato del señor Caicedo y Cuero fue consagrado a su memoria por la Ley de 7 de mayo de
1847.

(5)La orden de Predicadores, usa por divisa la cruz de Calatrava, blanca y negra, que fue también
de la caballería militar que instituyó en Italia Santo Domingo de Guzmán. «Esa divisa es también el
tradicional escudo de los alumnos del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario de
Bogotá.» V. BERNARDO CAICEDO, El escudo del Colegio, Revista del Rosario, I, 224.

(6) VARGAS JURADO, Patria Boba, 49.

120

CAPITULO XIII
Gobierno del Presidente Dionisio Pérez Manrique de Lara—Defensa de nuestras costas—Conato
del Marqués de Santiago contra la chicha—Oidores durante este Gobierno—Fundación del
convento de recoletos de San Agustín en Santafé—Origen de la Orden en el Nuevo Reino—
Vicisitudes de la Orden—Iglesia de La Candelaria—El último cuadro de Vásquez. El artista Juan
Antonio Velasco—La torre y el atrio—Un sitio histórico. La antigua capilla de Las Cruces—Prisión y
muerte del Deán Pedro Márquez—El estandarte de la Inquisición—Fundación de la ermita de
Nuestra Señora de Guadalupe—El Visitador don Juan Cornejo—Luchas entre los altos
empleados—Prisiones sucesivas—Destierro de Pérez Manrique. Regresa y muere en Bogotá—Los
Arzobispos Diego de Castillo y Juan de Arguinao—Gobierno de Egües y Beaumont—Carnicería—
Obras públicas. El puente de San Francisco—Puentegrande.

CUARENTA y cinco días antes del fallecimiento del esclarecido Prelado fray Cristóbal de
Torres, hizo su entrada en la capital del Nuevo Reino, el 25 de abril de 1654, el Presidente don
Dionisio Pérez Manrique de Lara, Marqués de Santiago, antiguo Rector de la Universidad de Alcalá
de Henares, ex—Oidor de Lima y ex—Presidente de Charcas. Fue recibido, según la costumbre,
con ruidosas fiestas que consistían en alumbrar con velas de sebo las oscuras calles y en la
organización de corridas de toros en la plaza principal.

El día que tomó posesión del Gobierno, asistieron al acto todos los empleados del Rey, el
Coro catedral, presidido por el Arzobispo Torres, y allí supieron que el Marqués de Santiago debía
gobernar el Reino por ocho años, plazo que por real cédula fechada en Madrid el 11 de septiembre
de 1659 se le prorrogó por el tiempo que creyera conveniente el Monarca de España.

Atendió el Marqués de Santiago en los primeros años de su Gobierno a la defensa de


nuestras costas, visitadas de nuevo por piratas y corsarios, para lo cual organizó una expedición
cuyo mando confió a su hijo don Francisco. Satisfecho de haber alejado el peligro del extenso
litoral del mar Atlántico, dictó varios autos relativos al buen gobierno del interior.

Entre éstos figura, quizá como el más notable por la curiosidad que entraña, el que prohibía el
popular licor indígena de uso muy antiguo y extenso, llamado por el médico bogotano doctor José
Félix Merizalde en su Epitome de los elementos de Higiene, vino colombiano muy
nutritivo. Oigamos al historiador Groot relatar tan curioso asunto:

Este auto, de muy fácil ejecución, no hacía muchos meses que se había publicado (en
1658), y era nada menos que suprimiendo la chicha. En este curioso auto de gobierno decía
el Presidente que no sólo los indios, negros, mulatos y mestizos usaban aquella perniciosa
bebida, sino hasta algunos españoles.

Del mismo auto son las siguientes líneas:

Bebiendo desmedidamente una bebida tan fuerte y contraria a la salud, no sólo la pierden
encendiéndose en fiebres malignas de que se ocasionan dolores de costado, tabardillo y
otros contagios, con que se dilata y extiende en toda la ciudad con muerte de muchos, sino
que, embriagados con la mala calidad de dicha bebida y con los fuertes ingredientes que de
propósitos le echan, que son por su fortaleza aun venenosos, cometen muchos muy graves
y enormes pecados y ofensas contra la majestad de Dios, así de deshonestidades como de
muertes y alevosías y otros excesos ....

121

Por demás está decir que el decreto no se cumplió, como no se cumplieron los que se
dictaron posteriormente sobre este asunto, que más tarde veremos con mayor atención.

Acompañaron a Pérez Manrique en el Gobierno los Oidores Diego de Baños y Agustín de


Villavicencio.

En el año de 1654 se fundó en Bogotá, tres cuadras al oriente de la Catedral, .un hospicio y
colegio de frailes recoletos de la Orden de San Agustín, con el nombre de Nuestra Señora de La
Candelaria. Esta Orden se estableció por primera vez en el territorio colombiano, en jurisdicción de
Tunja, en sitio conocido con el nombre de Desierto de Ráquira, desde entonces de La
Candelaria (1).

Apenas terminado el edificio en Santafé, la autoridad civil ordenó demolerlo en 1681, sin duda
por no haber llenado los frailes las multiplicadas condiciones impuestas por la rígida y complicada
legislación de la época. En 1684 obtuvieron los religiosos licencia real para reedificarlo, y
emprendida la obra, se terminó siete años después (2) .

Dispuso la Sede Romana por Decreto de 22 de junio de 1629, confirmado por Urbano VIII,
que los agustinos descalzos del Nuevo Reino de Granada quedasen unidos a la Congregación de
España y sujetos al General de dicha Congregación. El Breve de Su Santidad fue aprobado por el
Rey en febrero de 1633. En abril de 1640 obtuvieron los frailes otro Breve que separaba
los recoletos de la Congregación de España, y erigía para ellos Provincia sujeta al General de la
Orden (3) .

La iglesia de La Candelaria es de pobre y desairada arquitectura. Su frente, que mira al sur,


es blanco y de mal gusto. El coro tiene lujoso artesonado, y el cielo de las naves laterales está
adornado con numerosas figuras de estilo bizantino. Los altares están sostenidos por gruesas
columnas salomónicas, envueltas en viñas con dorado fino. Hay allí confesionarios de madera sin
barnizar, adornados con toscos relieves de talla pero de buen aspecto. Multitud de cuadros al óleo
cubren los muros y los altares, sin que ninguno de aquéllos llame la atención por su mérito
artístico. En la nave izquierda se conserva en un altar una Virgen de la Concepción, de Vásquez
Ceballos, su última obra, inferior a muchas otras de su mano, “la cual se colocó en 8 de diciembre
de 1710 con misa cantada, en la cual comulgó el piadoso artista y de allí salió con el accidente de
que murió. En este cuadro está su nombre con la fecha; pero se conoce muy bien la de cadencia
del espíritu y la debilidad de la mano.”

La iglesia de La Candelaria recuerda a otro artista, don Juan Antonio Velasco, hijo de
Popayán y patriarca de la música en Bogotá, cuyo nombre volveremos a ver en estas páginas.
Visitaba con frecuencia la iglesia de La Candelaria y era amigo de muchos Padres recoletos que
cultivaban el arte y que lo apreciaban hasta el extremo de haber destinado una celda para estudios
y ensayos de orquesta, dirigida por Velasco y compuesta de ejecutantes que llevaban la cogulla de
los candelarios(4) .

Agregamos a las anteriores noticias las que registra el cronista Vargas Jurado en el libro La
Patria Boba: él recuerda la segunda fundación do la iglesia de La Candelaria, y que en el año de
1685 sostuvo pleito la comunidad de recoletos agustinos con la Orden de frailes de San Juan de
Dios “sobre preferencia,” litigio que decidió el Arzobispo Sanz Lozano en favor de los agustinos
descalzos. Hace constar que el Arzobispo Quiñones, fallecido en 1736, donó al convento de La
Candelaria $ 7,000, dinero con que acabaron la obra de la iglesia (páginas 8 y 16).

Hoy se ve un altar gótico de madera que rompe el orden de ornamentación de la iglesia, en la


nave izquierda. En él hay una lápida de mármol con la siguiente inscripción:

122

NS
A Ntra. Sra. del S. C. de Jesús
Homenaje de gratitud
Por una gracia recibida
María
Bogotá— Colombia

Mayo 5 de 1911

La torre de La Candelaria, que recuerda la de la iglesia de San Francisco, se acabó de


construir el año de 1857, y no se hace notar ni por su mérito arquitectónico ni por su elevación.

El atrio tiene un nivel inferior al de la calle 11; está separado de ella por un muro que sostiene
una verja de hierro, donada por el General Rafael Reyes. En dicho muro, frente a la torre, se lee
esta inscripción grabada en piedra arenisca:

RECUERDO DEL R. P. FRAY JOSÉ


VICTORINO ROCHA
MAYO 28 DE 1888

Los cuatro ángulos formados por la intersección de la carrera 4.ª y la calle 11, constituyen lo
que podemos llamar un sitio histórico. Un ángulo lo ocupa la torre de La Candelaria; al frente sur
de la torre se levanta la casa en que murió el pintor Vásquez; al frente occidental está la habitación
que ocupó largo tiempo el ilustre doctor José Ignacio de Márquez y donde falleció el
instruccionista doctorLuis A. Robles; en el ángulo diagonal está la casa del patricio don Luis
Caicedo y Flórez (5) . Estos edificios llevan la imaginación a los tiempos coloniales y a los de la
República.

Al oriente de la iglesia existía el convento de agustinos descalzos, con frente pobre y amplia
portería. Después de 1861 ha servido de cuartel, de escuela universitaria de ingeniería y de local
del Seminario Conciliar.

Anexa a la iglesia, sobre la carrera 4.ª, han construido los candelarios recientemente una
casa que les sirve de convento.

El año de 1655 se levantó una ermita al suroeste de la ciudad, para tributar culto en ella a una
efigie del Señor de la Columna, y fue conocida con el nombre popular de capilla de Las Cruces. La
capilla se levantó a la orilla norte del riachuelo San Agustín, en el ángulo noroeste formado por la
carrera 11 y la calle 6.ª, y allí existió hasta 1827, año en que fue arruinada por el terremoto
memorable de ese tiempo. Se trasladó después a la plaza situada más al Sur, llamada de Las
Cruces y bautizada oficialmente con distintos nombres, como veremos luego (6) .

Llamó la atención de los santafereños la muerte del Deán de la Catedral, doctor don Pedro
Márquez, sacerdote de genio díscolo y costumbres mundanas, quien había estado preso por orden
del Arzobispo Torres, cuya memoria odiaba. En una fiesta religiosa que tuvo lugar en la Catedral,
de pie sobre la losa que cubría el cadáver del Arzobispo, dijo con aire de triunfo: “,Quién le dijera al
señor Torres que yo lo había de tener bajo mis pies?” Poco tiempo después, hincado al pie del
altar mayor, exclamó en alta voz: “¡El señor Arzobispo me ha muerto! ¡Me mató el señor
Arzobispo!” Sus amigos y muchos piadosos fieles lo rodearon, y luego lo condujeron a su
habitación en una litera, porque se encontraba incapacitado para caminar. Allí refirió que había
visto al Arzobispo, de pie, cerca del altar, vestido de pontifical, mirándole con tal severidad, que
estaba seguro de que le había quitado la vida. El Deán murió pocos días después, causando su
fallecimiento honda impresión en la sociedad santafereña, que creía en endriagos y fantasmas, en

123

emplazamientos y castigos de ultratumba, punto digno de mencionarse en las costumbres de los
colonos que vivieron a mediados del siglo XVIII (7) .

El Deán Márquez, licenciado, fraile do la Orden de Santiago, Capellán de honor del Rey y
Comisario de la Santa Cruzada, era natural de la villa de Villarejo de Salvanés, en el Arzobispado
de Toledo, y llegó a Santafé proveído de Deán el año de 1649. Guardó buenas relaciones con el
Arzobispo Torres hasta el sábado de Ramos del año de 1653, día en que terminados los oficios en
la Catedral se presentó a Márquez un Capellán exigiéndole le diese colación, de orden del señor
Arzobispo. Negóse el Deán, con duras palabras, a cumplir la orden por ser cosa desusada.
Supiéronlo el Prelado y su Provisor, don Cristóbal de Araque, e inmediatamente, con anuencia del
Arzobispo, aquél dictó auto de prisión contra el Deán, poniéndole guardas de vista, “con doce
pesos de salario al día,” pagados de las rentas del Deán, que fueron embargadas. Quejóse el
preso ante la Real Audiencia el 6 de mayo, y este Tribunal, presidido por don Juan Fernández
Córdoba y Coalla, Marqués de Miranda de Anta, dictó auto de ruego y encargo, improbando la
prisión del Deán y pidiendo al arzobispo que lo pusiese en libertad, auto que le fue notificado al
Prelado por el escribano de Cámara, don Antonio de Salazar Falcón, y que por ser real provisión el
Arzobispo acató y puso tres veces sobre su cabeza.

Cuatro días después lo contestó con entereza y sobrada energía, rehusando poner en libertad
al Deán, hasta que muriera, si antes no se humillaba y pedía perdón a la dignidad arzobispal, y
apeló de lo dispuesto por la Audiencia para ante el Rey de España (8) .

En varias relaciones se ha dicho que la prisión del Deán duró tres años, desde 1651 hasta el
día siguiente de la muerte del Arzobispo Torres, o sea hasta el 10 de junio de 1654. La verdad
histórica, fundada en documentos publicados por Pardo Vergara, es que la prisión tuvo lugar en
febrero de 1653 ; que fue puesto en libertad por el Gobierno civil, y que hacía más de un año que
gozaba de libertad cuando murió el señor Torres. El Deán Márquez murió en 1655 a causa de un
ataque de hipocondría (9) .

Al tiempo que moría el Deán Márquez se celebraba en la capital del Nuevo Reino la llegada
del estandarte de la Santa Inquisición, para recibir el cual se hizo paseo público, función a que
asistieron el Presidente, la Audiencia, los Cabildos civil y eclesiástico y las comunidades de frailes.
Esta ceremonia no la describimos ahora con detalles, pues haremos la relación de una similar
ocurrida en 1818, cuando bajo el Gobierno del Virrey Sámano se reinstaló el Tribunal de la
Inquisición, suprimido en Colombia a causa de la revolución de la Independencia.

Corría el año de 1656 cuando se fundó otra ermita con el objeto do colocar en ella la imagen
de Nuestra Señora de Guadalupe, en los aledaños de la ciudad, sobre la cumbre más alta de la
serranía oriental que domina la Sabana, cerro que se llamó desde entonces de Guadalupe. Desde
los primeros días de la Conquista habían fijado los soldados fundadores de Bogotá sendas cruces
sobre las cúspides de las eminencias de Monserrate y Guadalupe. El 8 de septiembre del año
dicho se hizo una peregrinación religiosa que presidieron la Audiencia, el Cabildo eclesiástico y el
Ayuntamiento, con el objeto de trasladar una imagen de la Virgen de Guadalupe a la humilde
capilla que se acababa de construir. La ermita duró en pie hasta 1743 (10) .

Recordamos aquí que en la solemne jura de Carlos III que se festejó en Bogotá en agosto de
1760, se adornó el Palacio del Virrey con excepcional lujo, y que este funcionario cedió a la ermita
de Guadalupe los valiosos utensilios que sirvieron para adornar entonces los balcones del Palacio
virreinal.

El Gabinete de Madrid, según costumbre, había enviado con las funciones de Visitador del
Presidente Pérez Manrique, a don Juan Cornejo, quien suspendió al mandatario en 1660 y lo
arraigó en Villa de Leiva, donde se hallaba de paseo. Corrido algún tiempo, le dio permiso de

124

regresar a la capital, y de vuelta, sabiendo que Cornejo se habla granjeado enemigos durante su
Gobierno, lo suspendió a su vez y lo redujo a prisión. Estas luchas entre altos empleados
españoles causaban desazones e inquietudes en la tranquila sociedad colonial, merecedora de
mejor suerte por sus buenas condiciones morales. El Rey improbó la conducta de Pérez Manrique,
lo declaró suspenso de su empleo y dispuso que el Juez de residencia, Cornejo, continuase la
visita, la que concluyó en 1663. El Marqués de Santiago fue confinado segunda vez a Villa de
Leiva, donde vivió muchos años, con prohibición de venir a Santafé. Más tarde el Consejo de
Indias, en atención a los servicios que antes prestó al Rey Pérez Manrique, le alzó el destierro, le
restituyó los honores y el título de Presidente, y le permitió que habitase en la capital, donde pasó
vida tranquila hasta su muerte (11) .

Para suceder en la Silla metropolitana de Santafé a fray Cristóbal de Torres fue designado
don Diego del Castillo, nombrado antes Obispo de Cartagena; pero en vez de pasar a Indias
aceptó el Obispado de Oviedo. En Santafé continuó gobernando la Iglesia, en Sede vacante, el
bogotano Lucas Fernández de Piedrahita, hasta el año de 1661, época en que vino a ocupar el
sillón de los Arzobispos don fray Juan de Arguinao. El viernes 17 de junio de 1661 salieron a recibir
a este Arzobispo la Audiencia, los dos Cabildos, los altos empleados, de acuerdo con el ceremonial
prescrito por real cédula de 1658; hasta entonces los Prelados se vestían de pontifical en el templo
de San Francisco, y de allí a la Catedral eran conducidos bajo palio, costumbre revivida desde
tiempos de la República.

Existió hasta 1910 en la antigua Plaza de San Diego, en el mismo lugar donde hoy está la
entrada principal del Parque de la Independencia, una antigua y espaciosa casa, de pesada
construcción, y cuyo frente sostenía una galería de columnas de piedra. La cédula de 1658
disponía que todos los altos empleados que hemos nombrado concurriesen a aquel lugar a rodear
la mula que había de montar el Arzobispo, el cual, ya a caballo. era el centro de la procesión que
se dirigía a las puertas de la Catedral (12) .

El señor Arguinao era religioso dominico, natural de Lima, y veremos después que su
Gobierno eclesiástico fue benéfico para el Nuevo Reino.

El 2 de febrero de 1662 llegó a la capital del Virreinato el Presidente don Diego de Egües y
Beaumont, Caballero del hábito de Santiago y condecorado con muchos honoríficos títulos.
Ocuparon sillas en la Audiencia, con alternativas, durante el Gobierno de Egües, los Oidores
Gómez Suárez, Carlos Cohorcos, Mateo de Ibáñez de Rivera y Francisco Leiva, y los Fiscales
Baltasar Gony y Juan Oviedo. Egües estableció carnicería pública al occidente de la ciudad,
medida de higiene desconocida en Santafé; terminó la torre de la antigua Catedral, y concluyó el
atrio que principio el Arzobispo Almansa. Con la cooperación del Síndico de la ciudad, Francisco
Caldas Barbosa, mejoró el puente de San Agustín y construyó dos sobre el río de San Francisco,
uno de los cuales, de que tendremos que hablar muchas veces, se conoce aún con el nombre de
puente de San Francisco, en cuyo sitio existió en tiempo lejano, desde que gobernó
la Colonia Montaño, un puente de madera llamado de San Miguel, destruido por violenta
avenida (13) .

El Presidente don Juan de Borja, como antes vimos, tuvo también el mérito de haber
levantado este puente de piedra, y fue destruido segunda vez por una corriente el mismo año en
que llegó el Presidente Egües.

La obra que entonces levantó de piedra y ladrillo este gobernante, se amplió en 1883 como
veremos detenidamente. Las viejas inscripciones que lo ornamentaban y que se conservan en el
Museo Nacional, dicen:

125

ESTA FABRICA SE HIZO EN UN AÑO
ACAVOSE EL DE 1664
ESTA FABRICA LA FOMENTO EL SEÑOR D, DIEGO
DE EGUES BEAUMONT. DEL ORDEN DE SANTIAGO
GOBERNADOR Y CAPITAN GENERAL DE
ESTE NUEVO REYNO.—AÑO DE 1664.

También se debe a Egües Beaumont el haber principiado una obra pública de grande
utilidad, que aún subsiste, con el nombre de Puentegrande. Este puente está sobre el río Funza,
en la calzada de Occidente, que hizo célebre al Oidor Anuncibay, y que fue, hasta la construcción
del ferrocarril de la Sabana, la vía comercial más transitada del Nuevo Reino.

(1)GROOT, lib. cit., I, 226.

(2) DURÁN y DIAZ, lib. cit, pág. 46.

(3)SANTIAGO MATUTE, Los Padres Candelarios en Colombia vol. II, 67, 73, 79.

(4) JOSE CAICEDO ROJAS, Especies Extinguidas, Correo de las Aldeas, II, 294.

(5)ARTURO QUIJANO, Casas históricas de Bogotá, Boletín de Historia, III, 367.

(6) Constitucional de Cundinamarca de 1832, número 51. DURAN y DIAZ, lib. cit., pág. 51.

(7)ZAMORA, lib. cit., pág. 466. GROOT, lib. cit., pág. 328.

(8) JOAQUÍN PARDO VERGARA, Datos biográficos de los Canónigos de la Catedral Metropolitana
de Santafé de Bogotá. (Apéndice).

(9)E. POSADA, Apostillas, Boletín de Historia, y, 384. SOLEDAD ACOSTA DE SAMPER, Una
aparición, Papel Periódico Ilustrado, I, 229.

(10) OCÁRIZ, lib. cit., 196. DURÁN y DIAZ, lib. cit., 50. Este autor refiere que la ermita se
reconstruyó en 1760, y volvió a arruinarse en los temblores de 1785. Levantada de nuevo, la
derribó el terremoto de 1827. El arquitecto bogotano Nicolás León empezó a levantar Otra ermita
en 1830, en un estribo del cerro y a la mitad de la altura de él; ignoramos porqué no concluyó la
obra, cuyas paredes y arco de entrada aún subsisten, como antigua ruina. De la iglesia de
Guadalupe que hoy existe, hablaremos luego. El cronista CABALLERO dice en la página 77 de La
Patria Boba que el 12 de julio de 1785, a las ocho de la mañana, cayó la iglesia de Guadalupe por
causa de fuerte movimiento sísmico.

(11) QUIJANO OTERO, lib. cit., 99. GROOT, lib. cit., I, 357.

(12) OCÁRIZ, lib. cit., 145.

(13) ZAMORA, lib. cit,, 211.

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CAPITULO XIV
La Capilla del Sagrario—Curiosa profecía—La primera piedra—El antiguo altar mayor—Su mérito
arquitectónico—Cuadros de Vásquez—Muerte del Rey Felipe IV—Mal Gobierno de la Corte de
Madrid—Obsequio de Santafé de Bogotá a la Reina Mariana de Austria—El ilustre Ayuntamiento
de Santafé—Muerte de Egües y Beaumont—Presidencia de don Diego de Corro Carrascal—
Gobierno del Presidente Villalba y Toledo—Se termina el Puentegrande—Muerte de Villalba—El
Obispo Presidente Liñán y Cisneros—Fin de su Gobierno—Tres Presidentes en el Nuevo Reino.
Fundación del noviciado de los jesuitas (Hospicio).—Mal Gobierno de los Oidores—Llega el
Presidente Castillo de la Concha—Muerte del Arzobispo Arguinao, y retratos que de él se
conservan—Recopilación de las leyes de Indias.

POR aquellos años (1660) vivía en Santafé don Gabriel Gómez de Sandoval, Sargento Mayor
del ejército real, hombre piadoso y especialmente devoto del Sacramento de la Eucaristía, quien
había hecho voto de levantar un templo al Santísimo. Compró con tal objeto, en $ 640, dos casas
contiguas, hacia el Sur, a la que habla levantado para el servicio del Capítulo Catedral el Arzobispo
don Julián de Cortázar, y colindando por el costado sur con las casas de la obra pía que fundó
Diego de Ortega con el objeto de dotar niñas pobres que quisieran casarse, o sea en el sitio que
ocupa la Capilla del Sagrario, en la acera oriental de la mejor plaza de la capital. La primera piedra
de esta iglesia la bendijo y colocó, el 28 de octubre de 1660, el Provisor del Arzobispado don Lucas
Fernández de Piedrahita, distinguido historiador, hijo de Bogotá.

Refiere la crónica, y lo confirma un cuadro al óleo que se conserva en la sacristía de la capilla,


que a principios del siglo XVII el presbítero Diego de la Puente, que habitó como ermitaño los
montes de las inmediaciones de Ráquira, luego, con otros compañeros, el convento de La
Candelaria en la misma comarca, y que más tarde vivió aislado seis años en una gruta natural a
inmediaciones del Salto de Tequendama, volvió a Santafé atendiendo a las súplicas de los
admiradores de sus virtudes.

En Santafé predijo el presbítero de la Puente que un hombre que habría de pasar de España
al Nuevo Reino edificaría un templo consagrado al culto del Santísimo. La profecía del anacoreta la
vieron cumplida los santafereños en la obra emprendida por el madrileño Gómez de Sandoval.

A la colocación de la piedra fundamental de este edificio asistieron el Presidente Pérez


Manrique, la Real Audiencia, el ilustre Ayuntamiento, el Cabildo eclesiástico, los empleados
públicos y la nobleza santafereña.

Don Juan Flórez de Ocáriz, autor del célebre libro Genealogías, condujo la palangana en que
iba la lámina de plata en que estaba grabada la fecha de la fiesta, el nombre del Pontífice
Alejandro VII, reinante entonces, y el del Rey Felipe IV, Soberano de la extensa monarquía
española. Junto con la lámina se enterraron las monedas de la época, según usanza de entonces.

El mismo Gómez Sandoval se encargó de dirigir los trabajos. Cuarenta años duró la
edificación de la capilla. El señor Gómez y Sandoval viajó por Europa vendiendo joyas con el fin de
aumentar el dinero disponible para la obra, en la que gastó más de $ 75,000. Francisco de
Acuña (1) trabajó un sagrario de carey, marfil y nácar, destruido por el terremoto de 1827, y cuyo
costo fue de $ 6,400. Tenía ocho caras y constaba de tres cuerpos con bellas columnas corintias,

127

que sostenían una alta cúpula, sobre la cual se levantaba una estatua representativa de la Fe. El
todo tenía la figura de la tiara pontificia.

El jesuita Antonio Julián, autor de varios libros sobre historia de América, residente muchos
años en el Nuevo Reino, al hablar sobre la capilla dice que es fábrica magnífica y que el altar o
sagrario era tan alto que pasaba de la cornisa de la media naranja, y que su hechura era de
bellísimo diseño. Otros autores de más exquisito gusto dicen que la obra era de escaso mérito
artístico, pero rica y valiosa por sus de. talles y costosos y raros materiales.

El templo es todo de piedra, en forma de cruz latina formada de una nave y dos capillas
laterales; tiene elegante fachada de orden dórico, pórtico plateresco, ornamentaciones talladas en
piedra, reveladoras del adelanto del arte de los canteros en aquellos años; sobre las bien
cinceladas columnas se ostenta el escudo de España, uno de los pocos que no fueron destruidos
hace un siglo, en 1813, cuando Nariño declaró la independencia absoluta del país; una ventana
redonda da luz al coro, y coronan el frontis, sobre amplia cornisa, dos espadañas que hacen las
veces de torre, y que dejan ver, por el espacio libre entre ellas, la elegante media naranja del
templo, obra del arquitecto bogotano Nicolás León. Esta bella portada contribuye a dar severidad y
belleza al costado oriental de la Plaza de Bolívar. Sobre la puerta se leen, en letras de oro, estas
inscripciones (2) :

SERVIR A DIOS HONOR Y GLORIA SOLO


REINAR ES A DIOS

Al pasar la única puerta del templo se encuentra un cancel sostenido por cuatro columnas,
sobre las cuales se ven otros tantos ángeles; dicho cancel está ornamentado con numerosas
esculturas y vetustos dorados. El antiguo sagrario, destruido en 1827, estaba colocado bajo el eje
de la media naranja; el moderno, que estudiaremos después, se levantó en la cabeza de la cruz
latina. El espacio comprendido entre la puerta principal y las pilas está embaldosado con mármol
blanco, e igual pavimentación tiene el piso del presbiterio.

La capilla izquierda tiene un altar gótico moderno y un cristo de buena escultura, obra del
artista bogotano Bernabé Martínez. La de la derecha, que da paso a departamentos interiores de la
capilla, muestra en su centro una tumba de mármol de una matrona bogotana. Bajo el presbiterio
existe una cripta donde se sepultaban los descendientes del fundador y patronos del templo. Por
todas partes, en los muros, se ven pinturas de Vásquez, de diversas dimensiones.

El artista Vásquez pintó más de cincuenta cuadros para ornamentar el nuevo templo, de los
cuales se conservan treinta y seis, según dato suministrado por don Carlos Pardo, entusiasta
admirador del arte antiguo. De una gran piedra que había en ese tiempo, cerca de la iglesia, se
hizo la escultura de un ángel que sostiene una gran taza en los brazos, y que sirvió de pila para el
agua bendita hasta hace poco tiempo (3) .

Cedemos la pluma al artista José Manuel Groot para apreciar los seis grandes cuadros de
Vásquez que representan pasajes del Antiguo Testamento:

El que representa a Sansón tomando el panal de la boca del león muerto, tiene un
paisaje muy variado, con diversos términos, y es sin duda el mejor paisaje que pintó
Vásquez. El cuadro que representa el pasaje de los madianitas con las tiendas de campaña,
y en que se ve el militar que sueña viendo el pan que rueda desde el cielo, es excelente y la
noche está muy bien representada: vense a distancia los grupos y las tiendas donde se
duerme, y a un lado del primer término se descubre por el anca un caballo castaño que
come su pienso; y es tal la propiedad con que Vásquez supo expresar su idea, que la
imaginación se siente tocada del aspecto silencioso de una oscura noche en que parece

128

oírse el crujido de los dientes del caballo que está comiendo. Estos son los mejores de los
seis, aunque están muy deteriorados por lo que sufrieron cuando se arruinó parte de la
Capilla en el temblor de 1827. Después de éstos siguen otros dos, mayores, apaisados, que
están a los dos lados del sagrario: uno del lavatorio y otro de la cena eucarística. El cuadro
del lavatorio tiene fondo muy oscuro y se halla muy deteriorado. Las figuras están
iluminadas por hachas encendidas que el pintor supo repartir en manos de varios jóvenes
sirvientes con el fin de hacerlas visibles. El dibujo es muy correcto y los grupos bien
dispuestos. En el principal están el Salvador, San Pedro y un joven que alumbra. El Señor,
tomando el pie del Apóstol y dirigiéndole la mirada, parece que le dice aquellas palabras:
Si no te lavare no tendrás parte conmigo. El Apóstol, como corrido y temeroso con tal
amenaza, parece que se resigna humildemente. Los demás, unos están descalzándose,
otros observando y otros conferenciando entre sí. El cuadro de la cena eucarística está
colocado al frente de éste; le da muy bien la luz, y su punto de vista es desde la tribuna
superior. Desde este punto se goza de sus bellezas y se descubre todo su mérito. Desde
abajo produce un notable contrasentido la perspectiva de la mesa, cuya tabla se ve por
encima. Este cuadro, como el compañero, tiene de ancho seis varas y de alto algo más de
tres. Su composición consta de veinticinco figuras poco mayores que el natural, y de las
cuales cinco apenas se ven de los hombros para arriba, en sombra, detrás de los demás. En
el fondo, que es oscuro, se ve en parte la arquitectura del edificio perfectamente bien dirigida
y de buen gusto. Están pues los Apóstoles sentados al contorno de la mesa, que es
redonda, siendo por de contado figura principal la de Cristo, que está al frente ocupando el
lugar más distinguido. La expresión del rostro es sublime: los ojos levantados al cielo, lleno
de majestad y nobleza, la boca entreabierta como que dirige al Padre sus palabras al tiempo
de bendecir el pan que tiene en la mano izquierda, mientras levanta sobre él la derecha.
Parece que se le nota la respiración agitada que llena el pecho amoroso en aquel solemne
momento. En la fisonomía, grave y simpática, se nota aún la juventud de aquel que era
Maestro y Señor de los demás. Yo creo que quien haya leído el Evangelio de San Juan y
mire con atención esta imagen, no puede menos de orar fervorosamente sobre el amor de
Jesús para con los hombres. Hay que advertir que la escena está perfectamente iluminada
por una luz fuerte que desciende de una araña de bronce con muchas velas, que está
suspendida del techo, perpendicular a la mitad de la mesa. Así es que las figuras que están
sentadas alrededor de ella, reciben la luz de cara, y por consiguiente el Salvador y los
Apóstoles que quedan al frente, del lado opuesto, se ven todos iluminados, mientras que los
que quedan a los lados y se ven de perfil, tienen iluminada la parte que mira a la mesa, y
oscura la parte de la espalda. Así mismo las figuras que están del lado acá del golpe de luz
y dan la espalda al espectador, se proyectan oscuras sobre la claridad de la mesa. La última
de estas figuras, y la más oscura, es la de Judas, que está en el lugar opuesto al Señor, y
vuelve la mirada al espectador como si le hubiera llamado la atención, o como si quisiera
evitar la vista de su Maestro. Las figuras de los lados, y que se proyectan las unas sobre las
otras, se ven perfectamente separadas, por la inteligencia con que están dirigidas las luces y
sombras, porque debiendo pasar por entre ellas los rayos do luz que parten del centro,
Vásquez consiguió todo el efecto de la verdad, contrastándolas de modo que las partes
oscuras de una cayesen sobre las partes claras de las otras. Esto, unido a la sabia
degradación de las figuras y sus tintas, produce tan completamente los efectos del aire
intermedio, que trabajo cuesta, al ver este cuadro desde su punto de vista, persuadirse que
no hay verdadera distancia entre los que están sentados de la parte de allá y los que están
de la parte de acá. Mucho se podría decir relativamente a la expresión de las figuras.
Vásquez conocía la historia que representaba y los caracteres de sus personajes, y por eso
supo, no diré pintarlos, sino inspirarles los diversos afectos del ánimo que debían
experimentar en aquellos momentos, después de aquellos sentimentales discursos con que
el Señor los había preparado. San Juan, lleno de juventud y candidez, observa con amor a
su Maestro. San Pedro, enérgico y respetuoso, parece maravillado de aquella nueva
ceremonia. Otros parece que hablan en voz baja sobre lo mismo; otros observan con
gravedad y devoción; otro ha dicho alguna cosa al del frente; y éste, medio levantado del

129

asiento en que apoya la mano, se alarga un poco, inclinándose sobre la mesa, como para
oír mejor lo que le han dicho. Esta figura, que se ve toda, por ser de las que están en el
primer término, tiene mucha expresión y movimiento: la acción de levantarse del asiento
está empezada y no concluida, según el precepto de Mengs. Como el golpe de luz viene de
arriba, todo lo que se halla bajo las figuras y la mesa, está en oscuridad; mas a pesar de
esto las cosas se distinguen sin salir demasiado para dañar el efecto de la sombra. Mirando
el cuadro de cerca no se ven sino confusas indicaciones debajo de la mesa; pero al alejarse
se distinguen, en el grado que requiere el sombrío, los pies de las figuras, sin confusión ni
contrasentidos; de manera que se sabe cuáles son los pies de cada una, correspondiéndose
perfectamente con el resto de los cuerpos que salen de la mesa para arriba, de tal modo,
que se comprende muy bien cómo quedaría cada una de ellas si se quitase la mesa y se
viesen enteras. Vásquez entendía tan bien como el claroscuro el efecto de los colores, y así,
él no vestía sus figuras al acaso. En este cuadro, como en los demás que conozco de
composición suya, se observa que los colores que acercan están en los primeros términos, y
los que alejan, en los últimos, y al por precisión tenía que emplear en un término lejano un
color que acercase, lo rebajaba de modo que no produjera contrasentido. Tampoco juntaba
colores que hicieran mal efecto; siempre los disponía de manera que produjeran un
contraste armonioso, y sabía sacar ventaja de los reflejos oponiendo a una parte oscura un
color claro que le enviase luz.

Además de los Apóstoles y las figuras del fondo, hay en primer término un personaje al
lado izquierdo, puesto de pie, ricamente vestido, que con gallardo ademán extiende el brazo
y señala con la mano fuera del cuadro, al mismo tiempo que dirige la mirada al lado opuesto,
como quien da alguna orden o manda alguna cosa. Parece que Vásquez presentaba aquí al
afortunado dueño de casa que quiso franquear la suya al Señor para celebrar los altos
misterios.

Esta figura está dibujada con la mayor elegancia y corrección, e iluminada mitad por
mitad en sombra: los bordados del rico vestido apenas están ligeramente tocados en la parte
sombreada. El color de las carnes es algo trigueño, fresco y jugoso, cosa que lo distingue de
las demás figuras, que en lo general tienen carnes más claras, aunque todas diferentes.
Este cuadro puede llamarse cuadro de estudio, por la variedad y corrección de las cabezas y
manos. Es preciso verlas de cerca para advertir la variedad y degradación de tintas tan
puras y delicadas, así como los toques tan ligeros como espirituales de sus claros.

Detrás de la figura de que voy hablando asoma un muchacho con un hacha encendida, a
cuya luz se presenta perfectamente claro, contrastando con la figura de acá, que se
proyecta sobre aquella luz con su medio lado en sombra fuerte; lo que hace salir
enteramente fuera la una y retirar la otra.

Tras estas dos figuras hoy otros personajes jóvenes, ricamente vestidos, los cuales
parece que conferencian sobre lo que está pasando, de manera que la unidad de acción
está perfectamente bien observada en todas las figuras. Al lado opuesto hay un magnifico
aparador, en cuyas gradas están puestas vajillas de plata, jarros y candelabros, y allí junto
un jarrón de bronce, cuyo pedestal adornan varios arabescos, con tal destreza y gusto
dibujados, que bastara esto sólo, como las líneas de Pratógenes, para decir: aquí hay un
maestro. Hay en el suelo unos platones de plata, cuyo metal está perfectamente imitado en
todos sus brillos y reflejos. También se halla aquí una figura en primer término, que
contrasta con la otra en ademán opuesto. Es un Personaje que parece dispone alguna cosa
y vuelve su acción hacia otro muchacho que con una hacha encendida ilumina todo aquel
menaje, y sin contrariarse el efecto de las sombras del grupo de la mesa. Vásquez sabía
que la colocación de objetos oscuros en primer término, hace retirar los demás y da
profundidad al cuadro; por eso colocó a éste casi en total sombra; por la parte superior

130

remató el cuadro con una gran cortina arregazada hacia un lado, tan oscura, que parece
negra, y sólo en una que otra parte de los pliegues de vuelta se ven unos claros fuertes de
encarnado, que es el color del género. Esta cortina parece un gran telón de boca, y el
cuadro un teatro en que se ven los personajes aislados por el aire intermedio esclarecido
con las luces de las hachas y velas de la lámpara.

Hay en la Capilla otros muchos cuadros de Vásquez, de menores dimensiones, y entre


ellos los hay de mérito excelente, los hay de mérito mediano y los hay comunes y aun
defectuosos .... (4) .

La victoria de Villaviciosa obtenida por los portugueses contra los españoles en 1665 fue
anunciada al monarca Felipe IV. Cuando éste leyó la carta, dice un historiador francés, dejó caer el
papel y exclamó: es la voluntad de Dios. Languideció tres meses aún y falleció el 17
de septiembrede 1665, después de un reinado desgraciado de cuarenta y cuatro años (5) .

Sucedió a Felipe IV, Carlos II su hijo, tan débil de cuerpo como de espíritu, bajo la tutela de su
madre Mariana de Austria. La Reina concedió ilimitado favor al jesuita Juan Neidhard (Nitard) en
los primeros años de Gobierno, y después a don Fernando Valenzuela y a otros favoritos; y de tal
suerte influían estos cortesanos en los destinos de la Monarquía, que bien puede decirse que ellos
fueron los verdaderos mandatarios indirectos de la Colonia durante la regencia de la Reina madre
y del reinado de Carlos II (6) . Ocáriz, como testigo presencial de la llegada de la Reina Mariana a
Madrid, recuerda que en dicho acontecimiento se levantó un arco a nombre de Santafé de Bogotá,
en honor de la nueva Reina, el año de 1649; este arco tenía en su frente una mujer con vestido
indígena, con sartas de esmeraldas, y en la diestra una ganga de las minas de Muzo, en actitud de
ofrecer estos presentes a la Soberana; en un óvalo se leían los siguientes versos que harán
recordar a nuestros lectores las poesías del Capitán Talens y la que figura al pie del retrato de don
Fernando de Mendoza en el Colegio del Rosario:

Santafé da a su beldad
Las esmeraldas que alcanza,
Siendo a tanta majestad
Fe, el nombre, el don, Esperanza,
Y el afecto, Caridad.

Sancta Fides Gemmas virides interferit auro


Sic utraque nitet Munere spes et amor (7) .

El ilustre Cabildo y Regimiento de la ciudad se componía en aquel tiempo del siguiente


personal, según el cronista que acabamos de citar: tenía Alférez Mayor, Provincial de la santa
hermandad, o sea en idioma moderno Jefe de Policía, Alguacil Mayor, Depositario General, quince
Regidores, Escribano, otro Escribano del número, y cada año dos Alcaldes ordinarios y dos de la
hermandad, un Procurador y un Mayordomo.

El Presidente Egües Beaumont murió el 25 de diciembre de 1664, cortando con su


fallecimiento las festividades públicas acostumbradas en la Colonia en el día de Navidad. La
muerte tuvo lugar a las seis y media de la tarde; en la iglesia de los jesuitas se hicieron funerales al
día siguiente, y su cuerpo se depositó en una de las criptas de San Ignacio, de donde fue
exhumado más tarde y trasladado a Tudela, de Navarra (8) .

La Audiencia quedó encargada del Gobierno conforme lo prescribían las disposiciones reales,
hasta el día 12 de junio de 1666, día en que se encargó del mando don Diego del Corro y
Carrascal, Inquisidor de Cartagena de Indias, y quien alcanzó el puesto de Presidente por
influencias del Condede Peñaranda, otro de los favoritos de la Monarquía durante la minoridad de

131

Carlos II (9) . Este Presidente interino, que gobernó corto tiempo por haber sido promovido en
propiedad a la Presidencia de Quito, no dejó huella sensible de su paso, digna de mencionarse en
los anales de la Colonia.

En 10 de agosto de 1667 se encargó de la Presidencia del Reino el General de artillería don


Diego de Villalba y Toledo, del hábito de Santiago, quien llegó a Santafé acompañado de su
esposa doña Juana Girón, hija legítima del Marqués de Sofraga, antiguo Presidente que ya
conocemos. Villalba era gentil hombre y mayordomo de don Juan de Austria, y éste fue su
protector durante la época que gozó del favor del Rey Carlos II.

Bajo el Gobierno de Villalba se llevó a cabo la construcción de la obra de Puentegrande,


sobre el río Funza o Bogotá, que había dejado iniciada la Administración de Egües. La obra costó
$30,000, y el puente se edificó en seco, a un lado del álveo del río, y por consiguiente fue preciso
abrir nuevo cauce para que el agua pasase por debajo de los arcos. En esa construcción
trabajaron multitud de indígenas de los pueblos circunvecinos, y este puente sólido reemplazó a los
de madera, que eran arrebatados frecuentemente por las crecientes, evitando a los transeúntes el
paso por medio de balsas que ocasionaba frecuentes desgracias (10) .

(1)Don Eladio Vergara cree que Acuña se llamaba Miguel, otros historiadores lo citan con el
nombre de Francisco.

(2)Las dos inscripciones en mármol que adornan las bases de las columnas, las insertaremos al
hacer el estudio del atrio de la Catedral. Los que deseen más noticias sobre la Capilla del Sagrario,
que estudiaremos nuevamente en 1827, las encontrarán en las siguientes obras: ANTONIO
JULIÁN, La Perla de América, 106; VARGAS JURADO, Patria Boba, 5; GROOT, lib. cit., I, 334;
ELADIO VERGARA, La Capilla del Sagrario de Bogotá, 28; E. POSADA, Narraciones, 127; Papel
Periódico Ilustrado, II, 341.

(3) Este ángel fue trasladado a la casa cural de la parroquia de San Pedro, donde se conserva.

(4) J. M. GROOT, Noticia bibliográfica de Gregorio Vásquez Ceballos, págs. 20 y siguientes (1859).
Don ELADIO VERGARA publicó en el libro citado la lista de los cuadros de Vásquez que se
conservaban en la Capilla, cuyo número alcanzaba a 42. Hablaremos otra vez de esta iglesia al
llegar a sucesos ocurridos en 1827, año en que fue destruida en parte por un terremoto.

(5) EM. LEFRANC. lib. cit., II, 99. ANTONINO OLANO, lib. cit., 27. MARIANA, lib. cit., II, cap. y.

(6) ENRIQUE FLÓREZ, clave Historial, 1,358. A. DUVERINE, Cuadro Histórico, Madrid, 1840, pág.
IX. D. J. R., Diccionario Biográfico Universal. Luis GREGOIRE, Diccionario Enciclopédico de
Historia. Geografía, etc. II. LEFRANC, lib. cit., II, 103. Noticia de los autos hechos contra el maestro
Froilán, confesor que era del señor Carlos II (manuscrito original anónimo que se conserva en la
Biblioteca Nacional).

(7) OCÁRIZ. lib. cit, 118, 119.

(8) OCÁRIZ, lib. Cit., 100.

(9) VERGARA y VERGARA, lib, cit., 73.

(10) GROOT, lib. cit., I, 355.

132

En febrero del año de 1891 fueron enviados por el señor Gobernador del Departamento de
Cundinamarca, General don Jaime Córdoba, y por su Secretario de Hacienda, doctor don Nicolás
J. Casas, dos ingenieros a reconocer el estado del puente, que amenazaba ruina. Informaron,
después de examen minucioso, que los daños de la obra eran gravísimos y provenían de su mala
construcción; que el arco mas alto estaba agrietado, por la poca resistencia de sus bases, y que la
reparación, previo el desvío del río, costaría más de $ 100,000, y que sería menos costoso
derribarlo, conservando los estribos y dos pilas centrales para tender tramos metálicos, obra que
costaría $ 40,000. El puente existe al presente (1913) en el mismo estado.

Después de cuatro años de oscura administración fue suspendido Villalba, y al dejar el bastón
de mando se retiró al convento de La Candelaria. Luego fue confinado a Villa de Leiva mientras
pasaba el juicio de residencia. Regresó a España en 1677, y murió octogenario en Salamanca,
lugar de su nacimiento.

El Visitador que suspendió a Villalba fue el Ilustrísimo Melchor Liñán y Cisneros, Obispo de
Popayán, a quien se nombró también Presidente y Capitán General del Nuevo Reino, alto cargo de
que tomó posesión el día 2 de junio de 1671. El cronista Flórez de Ocáriz dedicó a este Arzobispo
Presidente su laboriosa obra genealogías del Nuevo Reino, cuya única edición se publicó en
Madrid en 1674.

El señor Liñán tampoco hizo cosa notable digna de registrarse en nuestra historia nacional.
Durante su mando ocupó el tiempo en el juicio de residencia de su antecesor y en calmar una
disputa promovida en la comunidad de dominicanos con motivo de elecciones de los Priores que
tuvieran derecho a concurrir al Capítulo provincial.

Llamó entonces la atención de los colonos el raro acontecimiento de hallarse tres Presidentes
en el Nuevo Reino: don Dionisio Pérez Manrique, Marqués de Santiago, quien conservaba el título
honorífico y residía en Santafé; el General Diego de Villalba y Toledo, confinado en Villa de Leiva,
lugar escogido varias veces para forzada residencia de magistrados enjuiciados, y el Obispo
Presidente, que ejercía el poder civil en la capital (11) .

Liñán y Cisneros presidió el Gobierno hasta el año de 1673, en que partió para el Arzobispado
de Charcas, al cual había sido promovido (12) .

La Compañía de Jesús fundó por este tiempo un noviciado en Bogotá, y construyó el edificio
con iglesia anexa, en la entonces calle larga de Las Nieves, hoy Avenida de la República, y
conocido popularmente en los tiempos actuales con el nombre del Hospicio. El Bachiller don
Bernardino de Rojas, hombre rico, hizo los gastos de la fundación después de que el poder civil
desatendió un reclamo de los Padres de San Francisco, quienes se opusieron a la construcción del
noviciado por no estar la casa a suficiente distancia del convento, según disposiciones de la Santa
Sede. La licencia la concedió el célebre bogotano Lucas Fernández de Piedrahita, que gobernaba
el Arzobispado en Sede vacante, y quien además regaló a la Compañía dos casas que poseía en
Bogotá; otras dos casas le donó don Antonio Verganzo y Gamboa, quien luego vistió la sotana de
jesuita. El Presidente Pérez Manrique y la Audiencia no pusieron obstáculos para esta fundación,
que tuvo lugar en 1657. El jesuita José de Urbina fue el primer Rector del noviciado. La primera
capilla fue provisional, dedicada a Nuestra Señora de Monserrate; ensanchada luego, se consagró
el 20 de agosto del dicho año de 1657. Allí se guardaron una carta autógrafa de San Ignacio a San
Francisco de Borja, y el crucifijo con que murió este Santo, regalo del Obispo Piedrahita, lo que
consta en la segunda edición de la historia que él escribió cuando a la página 148 dice: “a quien (el
noviciado) el autor de este libro, el año de mil seiscientos sesenta y dos donó el milagroso crucifijo
que tenía y con que murió San Francisco de Borja.”

133

El noviciado, por falta de rentas, hubo de trasladarse a Tunja, pero quedó el edificio sirviendo
de segunda residencia en Bogotá a los jesuitas hasta 1767, en que Carlos III expulsó la Compañía
de los dominios españoles.

Por la promoción de Liñán y Cisneros a Charcas, quedó el Gobierno civil del Reino, de 1674 a
1678, a cargo de la Audiencia. Dos Oidores, Juan Larrea y Mateo Ibáñez de Rivera,
escandalizaron al país durante esos cuatro años, vendiendo la justicia y los empleos y dando lugar
a que fuesen fundadas quejas a la Corte. En la Audiencia tomaron asiento durante los Gobiernos
de Egües, Córdoba, Villalba y Liñán, los golillas Oidores Gómez Suárez Figueroa, Diego López de
la Puerta y Vargas Campuzano; fue Fiscal Juan Antonio Oviedo Ribas.

La Corte, atendiendo las quejas de los santafereños, y en especial la de Mateo Mata Ponce,
que también había llegado como Oidor, nombró Presidente del Nuevo Reino a don Francisco
Castillo de la Concha, quien tomó el bastón de mando en Santafé el 4 de enero de 1678. Castillo
tenía el hábito de Santiago, era de carácter serio y rígido, no volvía atrás en sus determinaciones,
no aceptaba obsequios y era celoso vigilante de las cajas públicas. Ya se ha dicho que podrían
aplicarse a él las palabras de Cervantes sobre los mandatarios que ni reciben cohecho ni perdonan
derecho.

Castillo sufría de hipocondría, y entre sus sombríos caprichos tuvo el de creer que nadie le
decía la verdad. Para él no había nada bueno fuera de España, y la América le parecía detestable.

A este severo Juez le tocó juzgar a los Oidores Larrea e Ibáñez Rivera, y en el juicio
aparecieron veintidós cargos, siendo los principales: que habían nombrado gobernadores por
dinero, que habían contratado encomiendas, que habían recibido cohechos y sobornos para
despachar favorablemente pleitos y que habían tenido casa de juego de naipes y dado. Durante el
juicio fue confinado Larrea a Sogamoso, e Ibáñez a Cáqueza. Esto último falleció en
Santafé antes de la terminación de la causa, y Larrea fue castigado pero se fugó de la
prisión (13) .

El 5 de octubre de 1678 falleció el Arzobispo Arguinao, de edad de noventa años y medio. Su


entierro se celebró con pompa solemne en la iglesia del convento de Santa Inés, que él había
construido, y su cadáver se sepulto debajo del altar mayor (14) .

El señor de Arguinao gobernó la Iglesia del Nuevo Reino durante diez y siete años. El haber
edificado el monasterio y templo de Santa Inés, donde se conserva su retrato, le granjeó cariño y
simpatías entre los hijos de Santafé. Otro retrato suyo que se conserva en la galería de Prelados
de la Catedral, de los mejores desde el punto de vista artístico, tiene esta leyenda:

El Illmo y R.mo S.r Mr.° D. Fr. Juan de Arguinao, Cathedrático de la Rl Universidad de los
Reyes, Obispo de S.ta Cruz de la Sierra y desimo Arzobispo de este Reyno. Entró en esta ciu.d de
S.ta Fee a 17 de junio año de 1661 C. S. Falleció a 5 de Octubre de 1,678

Reinando Carlos II se imprimieron en 1680 las Leyes de Indias, que debían regir los
gobiernos de las Colonias; se incluyeron en esta Recopilación órdenes y reglamentos de los
monarcas españoles desde los Reyes Católicos hasta Carlos II y la Reina Mariana de Austria.
Muchos historiadores, entre ellos González Suárez, consideran estas disposiciones justas desde el
punto de vista moral, y las tienen por insuficientes y defectuosas en lo relativo a economía y
administración.

(11) OCÁRIZ, lib. cit., 115.

134

(12) ANTONINO OLANO, lib. cit., 29. Vergara y Vergara y Quijano Otero dicen que Liñán gobernó
hasta 1674. Groot trae la misma fecha que Olano.

(13) GROOT, lib. cit., I, 376. Expediente original que se conserva en el archivo de la Corte
Suprema.

(14) CALVO DE LA RIVA, lib. cit., 43. ZAMORA, lib. cit., 530.

135

CAPITULO XV
El Arzobispo Sanz Lozano—Una obra pía—Otra disidencia entre los poderes civil y eclesiástico—
Muerte de Castillo—Gobierno interino de Sebastián de Velasco—El tiempo del ruido—La fiesta de
San Juan—Muerte del Arzobispo Sanz Lozano—Su retrato—Muerte del Obispo historiador
Piedrahita—Nueva epidemia—Llega el Arzobispo Urbina—Segunda prohibición del uso de la
chicha—Propiedad de las aguas de la ciudad—Leyenda del venado de oro—Segunda y tercera
reconstrucciones de la capilla de Belén—Un curioso milagro—Escritores bogotanos del siglo XVI—
Porqué son dignos de mención—La historia en la época moderna.

Don Antonio Sanz Lozano, natural de Cavanillas, varón docto, Obispo de Cartagena veinte años,
fue promovido al Arzobispado de Santafé en 1681 (1) .

Dos años después, siguiendo el ejemplo de Diego de Ortega, fundó Rodrigo Téllez obra pía
para dotar huérfanas pobres, con el fin de que tomasen estado, y nombré patrono de ella al Alcalde
de primer voto.

Conserva la historia el recuerdo de las controversias y disputas que sostuvieron el Presidente


Castillo y el Arzobispo Sanz Lozano. Reclamaba la Audiencia de Quito al presbítero Domingo Laje,
de quien se decía que estaba casado en España, y éste se hallaba asilado en la casa del Cabildo
metropolitano. Ordenó Castillo la prisión del clérigo, y el Arzobispo se negó a entregarlo,
acogiéndose al fuero eclesiástico; el Presidente decretó entonces el extrañamiento del Arzobispo, y
éste fulminó excomunión contra Castillo. Tan curiosa lucha, que agitó la sociedad colonial que
temía al Presidente y respetaba al Prelado, terminó con la fuga del clérigo, con la cual el Arzobispo
levantó la excomunión y el Jefe del Reino derogó el decreto de extrañamiento, no quedando de la
controversia sino una crónica más en los anales de la Colonia (2) . Concluido el litigio, cesó el
alarma, y la vida tranquila continuó para los santafereños hasta el año de 1685, en que murió el
Presidente Castillo y se encargó del mando don Sebastián de Velasco, quien nada notable hizo
durante un año que gobernó en interinidad.

Llegó a Santafé con el titulo de Presidente, obtenido por influencia del Marqués de los Velez,
don Gil de Cabrera y Dávalos, Caballero de Santiago. Se encargó del mando en 1686. Este
gobernante se distinguió solamente por su ineptitud e indolencia en el largo período de diez y siete
años que rigió los destinos del Reino, tiempo en el cual, dice Vergara y Vergara, “durmió la Colonia
un sueño sepulcral.”

Sólo un ruido memorable se dejó oír en medio de tanto silenció: el 9 de marzo de 1687, a las
diez de la noche, con un ruido extraordinario despertaron los habitantes de Santafé, quienes
dormían tranquilos hacía ya largo tiempo, pues las ocupaciones nocturnas consistían en rezar el
rosario y cenar en familia; terminaban temprano, y el toque de queda les cerraba las puertas de la
calle.

No fue—dice el jesuita José Cassani—de tan corta eficacia ni fortaleza que no


interrumpiese ni cortase la fuerza y pesadez del primer sueño a los que por trabajadores
estaban ya entregados al descanso; de suerte que es la mayor ponderación la verdadera
seguridad de que no hubo persona a quien no espantase y que no lo oyese. Al primer golpe
dudaron todos; al segundo, temieron; al tercero, se aterraron, y con la perseverancia
salieron de sí, y aun de sus casas y aun de la ciudad. es fácil referir la confusión y la
turbación de aquella noche: solo aquella prosopopeya con que nos representan los

136

predicadores el día del juicio, puede prestarnos alguna explicación a lo que físicamente
sucedió la noche del espanto. La gente toda fuera de sus casas, por el terror de que se
venían abajo: unos medio vestidos, como estaban en sus posadas; otros enteramente
desnudos, porque estaban ya acostados, y todos gimiendo y clamando misericordia,
discurrían sin tino por las calles; nadie sabía a dónde iba, porque nadie sabía dónde estaba;
todos clamaban al cielo, porque veían que les faltaba la tierra: fue preciso abrir
las iglesias, donde se refugiaba, como a sagrado, el temor, huyendo de la Divina
Justicia (3) .

Otro jesuita, Juan Ribero, al relatar este ruidoso suceso dice lo siguiente:

Habiendo estado así el principio del día, como también la tarde, con serenidad y quietud,
se comenzó a oír generalmente en toda ella (la ciudad) y en muchas leguas de su contorno,
un tan estupendo y terrible ruido que cuantos lo oyeron asombrados y atónitos, no se
acuerdan de haber oído cosa igual, ni esperan oírla si no es en otro caso semejante al que
pasó entonces; duró este ruido el espacio de un cuarto de hora, y en este breve tiempo es
indecible el gentío que ocupó las calles con la novedad; pues aunque había pocos en pie y
despiertos en aquella hora, por estar muchos entregados al sueño, y los más, recogidos en
sus camas, el sobresalto y confusión ruidosa, despertando a unos y desacomodando a
otros, los hacía dejar el sueño y recogimiento y salir despavoridos y asombrados, ya a medio
vestir, ya desnudos, como permitía a cada uno la turbación, y daba prisa el deseo natural de
huir de la muerte, cuyo temor a todos había ocupado.

Pero aunque salían huyendo, no sabían a dónde iban, pues dejando sus casas donde a
cada uno le parecía ser el ruido que se escuchaba, en saliendo fuera de ellas le percibían
mayor, y hallaban mayor confusión; y así, faltos de consejo y como fuera de sí, andaban las
gentes por las calles y plazas a carrera, todos, sin distinción de sexo o estado, huyendo
hacia diferentes partes, conforme les parecía poder librarse mejor del peligro que les
amenazaba: unos corrían como locos hacia la eminencia de los cerros y montes vecinos,
juzgando que el ruido se formaba en la llanura; al contrario, otros huían la vecindad y
cercanía de los cerros, acogiéndose presurosos al llano, por parecerles que de la altura les
venía todo el daño. Los del barrio de Las Nieves corrían a buscar refugio en lo principal de la
ciudad, y los de la ciudad, huyendo de ella, se retiraban a Les Nieves, y últimamente,
encontrándose unos con otros de huida, ninguno encontraba el refugio y consuelo que
pretendía, pues donde juzgaban hallarle, advertían que la confusión de las gentes era
mayor, la turbación de los ánimos más extraña, y el temor de todo viviente más crecido, y
preguntando unos a otros por si sabían el origen del caso, tan insólito y formidable, nadie
daba razón, porque todos ignoraban la causa, y a ninguno dejaba lugar el miedo y
sobresalto para poder responder.

No aumentaba poco la aflicción y desconsuelo grande que el caso traía consigo, el


continuo y triste alarido que se escuchaba por las calles de niños y mujeres, que con la
debilidad de la edad y del sexo tienen menos ánimo para hacer rostro a los peligros, y se
acogen más fácilmente a las lágrimas; a esto se juntaban los incesantes y formidables
aullidos de los perros que, conjurados todos cuantos había en la ciudad, parece que lloraban
y sentían a su modo la calamidad y ruina de los hombres; todo lo cual, junto con los clamores
lúgubres y piadosos de las campanas, que a una rompían entre los sonidos tristes del aire,
componían una noche tremenda y horrorosa de juicio. Y, a la verdad, si de esto puede haber
remedio alguno en esta vida, que baste a darnos especies de lo que será aquel día último de
los tiempos, uno fue, y muy al vivo, el de esta lamentable noche, según el temor, confusión,
sobresalto y otras circunstancias que concurrieron en ella (4) .

Por su parte, el simpático cronista Caballero dice:

137

A 9 de marzo de 1687, estando la noche serena, buena y sin alteración ninguna, como a
las diez de la noche comenzó un extraño ruido en la tierra, en el aire o en el cielo—que al fin
no se supo dónde fue,—el que duró cerca de media hora, de suerte que no quedó persona
despierta ni dormida que no lo sintiese. Al primer golpe dudaron; al segundo, temieron, y al
tercero, se aterraron de tal modo, que salieron todos de sus casas como estaban, desnudos
o vestidos, y corrían sin saber para dónde, pidiendo misericordia. Nadie sabía a dónde iba ni
a dónde estaba; los de un barrio iban a otro, y los de aquél a éste, y así se atropellaban unos
a otros en esa hora, y se abrieron todas las iglesias y se expuso el Santísimo Sacramento.

En esta confusión nadie sabía a qué atribuirlo: unos decían que era el demonio que
disparaba una gran batería, pero esto era nada, pues el ruido, según se sintió, era más recio
que el estallido de un cañón de 36; y como era continuo, los del campo les parecía que iban
ya volando por el aire. En fin, cosa terrible y espantosa. Quedaron todas las gentes como
atontadas, pues se preguntaban unas a otras lo sucedido, y nadie acertaba a dar una razón.
El ruido les duró en los oídos por mucho tiempo, y el terror pánico que concibieron fue tal,
que a cualquiera ruidito que oyesen se levantaban dando tantos gritos y alaridos, que ponían
en consternación a todo un barrio o parroquia. El ruido no se puede figurar, por haber sido
una cosa muy extraña y fuera de los limites de la naturaleza. El trueno más grande de un
rayo sería nada en su comparación, y esto, seguido por espacio de media hora, fue lo que
aturdió y quedaron todos como dementes (5) .

Hasta el Presidente Cabrera y Dávalos salió de su letargo, y dejando el Palacio, reunió


numerosa comitiva y recorrió las calles de San Agustín y Santa Bárbara, porque la opinión general
más común era que enemigos sangrientos, al són de cajas de guerra y disparando mosquetes,
bombardas y piezas de artillería, ocupaban las orillas del Fucha.

Pasó el ruido dejando impresiones inolvidables y la idea entre las gentes vulgares de que el
olor de azufre que se había percibido era causado por diablos que cruzaban por los aires; los
colonos de mejor juicio y más sano criterio no atribuyeron el olor de azufre a Satanás y a su corte,
y todos supieron, meses después, que en la misma noche del ruido, terremotos repetidos habían
conmovido las tierras del Ecuador y del Perú. Desde entonces, cuando entre nosotros se quiere
ponderar la antigüedad o vejez de alguna cosa, se dice: eso es del tiempo del ruido.

En las fiestas de San Juan, San Pedro y San Eloy, había la costumbre de correr gallos en las
calles y plazas de la ciudad, lo cual había querido destruir el Arzobispo Sanz Lozano, imponiendo
excomunión a los que con pretexto de devoción hicieran chirriaderas en aquellos días, sin lograr su
objeto. La concurrencia en las calles era numerosa, y constantes los gritos, especialmente en
la Calle de la Carrera, donde se apostaban durante el día, por caballeros de la alta sociedad,
carreras de caballos, y sitio donde por las noches se reunían, rodeando las mesas en que se
jugaba pasadiez y bisbis, los que habían lucido su habilidad en el manejo de los bridones durante
el día, con las familias de los maestros artesanos, siendo la única vez en el año en que un hijo de
un Caballero de Santiago o de Calatrava, el sobrino de un Oidor, si éste no lo hacia en persona, o
el descendiente de un Virrey y Capitán General, hablaban familiarmente con los hijos del pueblo y
sus familias, escena de fraternidad democrática exótica en aquel tiempo, en que los Jefes del
Reino exigían el tratamiento de Señoría Ilustrísima y se sentaban bajo dosel, en que discutían los
Cabildos civil y eclesiástico la preeminencia de sentarse en sillas forradas en terciopelo y usar
quitasoles en las procesiones, y en qué los Canónigos tenían por navidad renta para gallinas. Laso
de la Vega prohibió por bando esta costumbre, disposición que hizo más fría y monótona la vida
colonial, pero en cambio permitió las corridas de toros, hasta entonces prohibidas, pues como buen
castellano comprendió la imposibilidad de hacer cumplir esta restricción en España y sus dominios,
que era además injusta, pues las censuras eclesiásticas que la prohibían, y que él logró se
levantasen, sólo se habían dictado en el Nuevo Reino.

138

De una vez hacemos conocer un curioso bando que medio siglo después hizo promulgar el
Virrey José Alfonso Pizarro, como curioso documento sobre diversiones populares, que revela con
clara luz algo de las costumbres coloniales:

Don José Alfonso Pizarro, etc. —Por cuanto en los días 23, 24 y 25 del presente mes, con
el motivo de celebrarse las vísperas y fiestas de San Juan y San Eloy, me hallo informado se
hacen corridas de toros por las calles de esta ciudad, a que concurre mucha parte de los
vecinos, continuando esta festividad hasta en la noche de dichos días, en las que acaece
atropellar a los que andan a pie, subcediendo lo mismo por las mañanas de los mencionados
días, por lo que muchas personas no concurren a las iglesias a celebrar los divinos oficios, y
para evitar éste y otros perjuicios que puedan resultar, ordeno y mando a todos los vecinos,
estantes y habitantes en esta dicha ciudad, que con ningún pretexto ni causa, llegada la
noche desde las Ave Marías, no salgan ni corran a caballo, ni saquen toro dentro del lugar ni
sus arrabales hasta la hora común del alba, como ni tampoco al tiempo en que se celebran
los divinos oficios; pena al transgresor de perdimiento del caballo y silla y de dos meses de
cárcel. Y para que llegue a noticia de todos, y ninguno pretenda ignorancia, se publique por
bando en la forma acostumbrada. Fecho en Santafé a 22 de junio de 1753 años—EL
MARQUÉS DE VILLAR.

La fiesta de San Juan estuvo en auge entre el pueblo de Bogotá hasta fines del siglo XIX; de
entonces acá ha disminuido considerablemente esa práctica salvaje, merced a costumbres más
civilizadas, si bien es cierto que al presente parte de la hez del pueblo la celebra en ventorrillos de
los aledaños de la capital.

El 28 de mayo de 1688 falleció en Tunja el Arzobispo Sanz Lozano. Recordamos que su


memoria es simpática por haber dotado cuatro becas para los Colegios de San Bartolomé y El
Rosario.

En la galería de la Catedral se lee lo siguiente, al pie de su retrato:

El Ill.mo Sr D.r D.n Antonio Sanz Lozano, fué Obpo. de Cartag.na de Indias, y promovido a
Arzobispo de esta S.ta lg.a Metropolitana de Santafé, en donde tomó posseción el día 22 de
Febrero de 1681. Fundó y dotó cuatro becas para los colegios de S.n Bartolomé y el Rosario, y
seis capellanías p.a el coro de esta Santa Yglesia Catedral.

En ese mismo año llegó noticia de haber fallecido el Obispo de Panamá, don Lucas
Fernández Piedrahita, hijo de Bogotá, donde se le tributaron honores fúnebres.

El mismo año en que falleció el Arzobispo, una fuerte epidemia, que los historiadores han
llamado simplemente peste, pues se desconocen sus síntomas, afligió la ciudad de Santafé
haciendo numerosas víctimas; aunque el número de éstas no fue comparable con el que hizo
la peste de Santos Gil un cuarto de siglo antes, fue tan violenta la epidemia, que dejó
imperecedera memoria en la capital de la Colonia.

Sucedió en la Silla arzobispal al señor Sanz Lozano el español fray Ignacio de Urbina, quien
hizo construir un buen órgano para la Catedral. Trabajólo Pedro Rico por la suma de $ 3,000, y se
estrenó el 8 de diciembre de 1693. Llamóse este órgano “de los ángeles” por haber circulado la
especie, en aquel lejano tiempo, de que fue tocado una noche por los espíritus celestes.

Vimos atrás que el Presidente Pérez Manrique prohibió la fabricación y uso de la chicha, vino
colombiano muy nutritivo, según opinión del doctor José Félix Merizalde, prohibición que no
hicieron cumplir sus sucesores. Aumentándose el consumo de este licor, rival del pulque mejicano,
el Arzobispo Urbina, siguiendo las huellas del Marqués de Santiago, prohibió vender chicha, bajo la

139

pena de excomunión. No pudo el Prelado obtener que se suspendiera la venta de ese para él
odiado licor, y con escándalo público el pueblo prefirió incurrir en las penas morales decretadas
antes que abandonar el uso popular del vino nacional. De acuerdo con el señor Urbina, para que
no apareciese acto de debilidad del Prelado, el Coro catedral le suplicó que revocase la resolución,
a lo que accedió el Arzobispo, quien evitó así el desacato a su autoridad y de seguro ganó
popularidad, quedandopersuadido de que una disposición gubernativa no rompe arraigada
costumbre (6) .

Por cédula real de 19 de agosto de 1695 el Rey de España cedió a la ciudad de Santafé la
propiedad de las aguas de su Distrito. Desde entonces el Gobierno colonial, que representaba la
voluntad del Rey y a veces el capricho de sus favoritos, dejó al Ayuntamiento de Santafé la libre
administración de las aguas de la ciudad (7) .

Cuenta la crónica que llegó entonces (1700) a la capital del Nuevo Reino un joven distinguido,
con el objeto de buscar fortuna. Se llamaba don Diego Barreto, portugués y hombre de vida
disipada y tormentosa, que dejaba el garito solamente para buscar lances de amor.

Habitaba entonces en la ciudad un rico comerciante, don Pedro Domínguez Lugo, oriundo de
España, quien viudo hacía algunos años, fincaba su ventura en hacer la dicha de la única hija que
tenía, la cual, a más de ser muy bella, era modelo de virtudes y habla negado su solicitada mano a
muchos pretendientes, por no abandonar a su anciano y cariñoso padre.

No pasó mucho tiempo sin que Barreto y doña Inés de Domínguez tuvieran ocasión de
conocerse y de tratarse, y como era natural, pronto se escribieron cartas de amor y tuvieron citas
nocturnas, no obstante la vigilancia de don Pedro, quien, con el alma adolorida, le hizo saber a su
hija que desaprobaba la preferencia y el cariño que le había consagrado a un aventurero de
insanas costumbres y de hogar desconocido.

Nada valieron las instancias de Domínguez en el enamorado corazón de doña Inés, y


entonces, cegado por la ira, atacó a don Diego, estando los dos armados de sendas espadas, en el
momento en que el galán, cubierto por las sombras de la noche, se acercaba a la ventana en que
lo esperaba la enamorada doña Inés. En el lance el airado padre quedó gravemente herido, a
pocos pasos de su morada y a la vista de la apasionada doncella.

Barreto huyó, persuadido de que había dado muerte al acaudalado comerciante, y buscó El
Boquerón, al oriente y en las afueras de la ciudad, como lugar de refugio. La oscuridad, que era
profunda, una lluvia torrencial que se desató e hizo crecer excepcionalmente el riachuelo San
Francisco, y el hallarse entre abruptas peñas, en donde no había sendero, fueron causas que lo
obligaron a detenerse en una gruta donde se favorecía del agua y del peligro de morir despeñado.

La noche se parecía entonces a la escena descrita por el poeta Rafael María Baralt.

Súbito el estampido
del trueno horrizonante se desata,
y el intenso bramido
de la tormenta al aire se dilata;
rompe el rayo las nubes: piedra y fuego
con él caminan, y en su furia ciego
campos incendia y montes arrebata.

Allí pasó la noche don Diego meditando en lo que haría para no dejarse aprehender de las
autoridades coloniales. Con la primera claridad del día se preparaba don Diego a abandonar su
asilo, cuando vio brillar, en el fondo oscuro de la gruta, algo que lo deslumbró por el momento.

140

Avanzó unos pocos pasos, y se encontró con una pesada masa de metal; pasada la
ofuscación que la oscuridad causa en los primeros momentos después de contemplar la luz,
paulatinamente sus ojos vieron más en la semioscuridad de la gruta adonde no entraba más
claridad sino la de tenues rayos que se filtraban al través del tupido matorral; entonces pudo
contemplar un venado, de tamaño natural, toscamente fabricado en oro macizo; don Diego no
daba crédito a lo que sus ojos veían; por un momento se creyó víctima de un sueño y que todo lo
que le había sucedido desde la noche anterior no era más sino una ardiente pesadilla; pronto, sin
embargo, tornó a la realidad y se convenció de lo cierto y efectivo que era aquello que
contemplaba. Entonces vino a su memoria el haber oído referir que en el sitio de recreo de los
Zipas, Teusaquillo, en cuyo lugar se fundó a Santafé, existía un santuario en donde los indios
adoraban un enorme venado de oro, y que cuando la invasión de los conquistadores, los indios,
por orden del Zipa, lo escondieron a toda prisa, sin que hasta entonces se hubiera vuelto a saber
de su paradero (8) .

Don Diego, que no podía volver a la ciudad, mutiló la cornamenta del venado, ayudándose de
su espada y de gruesos guijarros, “y se dispuso a poner señales precisas para que, cuando
volviera, le fuese imposible equivocar el sitio. En primer lugar, tapó con piedras la estrecha entrada
de la cueva, arrancó algunas plantas parásitas y líquenes de los que se desarrollan en aquellos
sitios, y los colocó en las junturas para que echando raíces simularan la espontánea vegetación de
la naturaleza y fuera imposible a otra persona descubrir la gruta que encerraba su tesoro.
Concluido su trabajo, miró hacia la ciudad y tiró la visual en línea recta; su mirada encontró el
aldabón de la puerta principal dé la iglesia de La Veracruz; con esto ya tenía la señal para
orientarse; luego, queriendo dejar aún otra seña más precisa, clavó su espada al frente de la
entrada de la gruta,” y abandonó aquel sitio, seguro de volver a encontrarlo.

Don Pedro sanó de su herida y continuó con fruto sus operaciones comerciales, pero no
volvió a tratar a doña Inés con las atenciones que antes le prodigaba.

Después de cuatro años don Diego volvió ocultamente a la ciudad, creyendo que el tiempo
transcurrido era suficiente para el olvido de su trágica aventura. Luego que hubo llegado, confió a
un íntimo amigo, con toda franqueza, el secreto de su amor y fortuna, y los dos marcharon sin
dilación a las faldas de Monserrate por el mismo camino que en memorable noche había recorrido
don Diego cuatro años antes, en busca del venado de oro. La casualidad los hizo pasar por las
puertas de la casa de don Pedro, donde estaba éste de pie en el ancho zaguán. Reconoció don
Pedro al punto a su enemigo, agítanse en su corazón los viejos recuerdos de odios y venganzas, y
el ofendido padre se lanza sobre el enamorado, con puñal en la mano, el cual le clava en el pecho
a don Diego, que cae en brazos de su amigo, ya hecho cadáver.

Al poco tiempo falleció don Pedro en estrecha prisión, y doña Inés, sola en el mundo, buscó
asilo en los claustros del monasterio de Santa Clara.

Esta leyenda se conservó como tradición en Santafé por mucho tiempo, y no faltaron
cándidos que ignorando la historia de los chibchas, buscaban desde el atrio de la antigua Veracruz,
con mirada ansiosa, el lugar donde debía encontrarse la cueva que guardaba el venado de oro.

Ya vimos antes que durante el Gobierno de don Juan Bautista de Monzón, en 1580, los
miembros de la Cofradía de Nuestra Señora de Belén levantaron una ermita cubierta de paja, para
dar culto a la Virgen, en árida y despoblada colina.

En 1673 pidió permiso el Capitán don Esteban Antonio Toscano al Arzobispo Arguinao para
reconstruir la ermita, al oriente del barrio de Santa Bárbara, en el sitio llamado El
Pedregal, dedicada a Nuestra Señora de Belén, en el lugar ocupado por una casa de su propiedad,
con el fin de pasar a la sombra de la ermita, y con hábito, los últimos días de su vida de soltero.

141

Naturalmente se hizo expediente sobre el asunto; el Cura de la parroquia de Santa Bárbara
se opuso a la obra porque le disminuía sus emolumentos; el Capitán aseveró que gentes que
habitaban en El Pedregal no asistían a misa los días feriados por la lejanía de la iglesia parroquial,
y todo dio por resultado que el Obispo Presidente Liñán y Cisneros concediera la licencia pedida y
que el fundador Toscano nombrara por cláusula testamentaria patronos de la iglesita al presbítero
José Manrique de Lara y a don Andrés Calderón (9) .

La iglesia se construyó de teja, con frente y espadaña mirando al Occidente, y con


habitaciones contiguas para morada del fundador Toscano.

(1) MANUEL EZEQUIEL CORRALES, Efemérides y Anales del Estado de Bolívar. I, 166.

(2) C. BENEDETTI, lib. cit., 223. J. J. BORDA, compendio de Historia de Colombia, ed. de
19O8, pág. 85.

(3) JOSÉ CASSANI, Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús en el Nuevo Reino de


Granada.

(4) JUAN RIVERO, Historia de las Misiones de los Llanos de Casanare, 271.

(5) J. M. CABALLERO, Patria Boba, 80.

(6) Veremos luego que el reverendo Arzobispo Azúa obtuvo real cédula que prohibió por tercera
vez el uso de la chicha, y que no consiguió con ella mejor resultado que el señor Urbina.

(7) Constitucional de Cundinamarca, 1851, pág. 92.

(8) De El Correo Nacional, año VII, n° 1745, de 14 de noviembre de 1896, hemos tomado en
extracto y reproducido en parte la crónica intitulada El venado de oro, publicada allí anónima.

(9) Expediente original que se conserva en el Archivo Nacional.

Durante el Gobierno de Cabrera y Dávalos, el Licenciado don Francisco José Merlo de la


Fuente, del Consejo de Su Majestad, su Oidor y Alcalde de Corte en la Audiencia y Cancillería del
Nuevo Reino, fue nombrado patrono de la capilla de Belén. Este Oidor adornó y ornamentó la
capilla con munificencia, siendo Capellán don Juan Manuel de Galvis, en 1700. En aquellos
tiempos, según lo cuenta Merlo de la Fuente en unas memorias que se conservan en el archivo de
Belén, se celebró pomposa fiesta religiosa en la humilde capilla. A ella concurrieron el Presidente
Cabrera y Dávalos y su esposa doña Gertrudis de Quirós y Ceballos. Con ellos iba su hija, doña
Teresa de Cabrera y Dávalos, de quien refiere Merlo este curioso incidente, reputado entonces
como milagro:

...................................................................................................

“Y perdídosele como a niña una cruz de perlas del rosario que llevaba en el concurso, sin
diligencia se halló con ella, porque luego se la llevaron a su casa. Permitiendo después esta Divina
Reina que como compañera y esposa del Franco. haya doña Teresa continuado en su asistencia,
inflamada en la devoción de la Santísima Virgen, cooperando en lo que se refiere y participando de
particulares beneficios y consuelos en sus partos y congojas repetidos.”

En un óvalo de madera, fijado en un muro de la iglesia, se lee esta inscripción:

142

El Sr. Arzobispo D.r D.n Joseph Xavier de Araux concede 80 días de Indulgencias a
todos los que devotamente rezaren una salve en esta capilla.

La iglesia de Belén que levantó Toscano, y que tenía 21 por 15 metros de dimensión y
pobrísima arquitectura, fue derribada en 1909 por sacerdotes de la Compañía de Maria, de origen
francés, que construyen al presente un bello templo, del cual volveremos a tratar.

Al cerrarse el siglo XVII ya había en la Colonia algunos hombres que se llamaban instruidos,
y en efecto lo eran por su erudición, pero todos ellos carecían de gusto y de genio. Refiriéndose a
la misma época, el historiador literario ecuatoriano don Juan León Mera dice que “estos hombres
instruidos pertenecían al clero secular y regular, y su sabiduría se fundaba en tal cual conocimiento
en materias teológicas y en saber embrollar una discusión con pesados silogismos, cosas, por
supuesto, sobrado poderosas para deslumbrar a los aborígenes y colonos” (10) . Más afortunada
Santafé que Quito, contaba entre sus hombres instruidos no solamente a miembros del clero sino
algunos civiles que cultivaban las ciencias, las letras y la poesía, como vamos a verlo haciendo una
concisa enumeración de ellos. Seguimos en este estudio bibliográfico, en especial, al laborioso y
verídico cronista Ocáriz, eminente Vergara y Vergara y al humanista Antonio Gómez Restrepo,
quien enriqueció el libro de Vergara con eruditas notas.

Las letras españolas habían tenido su edad de oro en los reinados de Carlos V y los Felipes,
en la poesía lírica, con Boscán y Garcilaso, cuyos laureles recogieron en buena hora Alcázar, los
Argensolas, Gil Polo, Herrera, Rioja, Cetina y otros; en la lírica sagrada, con fray Luis de León y
San Juan de la Cruz; en la prosa mística, con Santa Teresa; en la poesía épica, con Ercilla; en el
teatro, con Calderón, Lope, Moreto y Alarcón; en la más alta literatura, con Cervantes y Solís,
quienes iban ya a publicar El Quijote y La Conquista de Méjico; esa época de literatura grandiosa
no tuvo reflejo en las colonias españolas de América, donde se ignoraba hasta los nombres de
esas glorias de la Península; por lo cual el historiador ecuatoriano dice: “el célebre Colón mostró la
manera de atravesar el Océano, mas no la de trasladar a estas regiones las simientes de la
civilización y los productos de las grandes inteligencias.”

Vamos a mencionar los escritores nacidos en la ciudad de Bogotá desde fines del siglo XVI y
los que brillaron en el siglo XVII.

Es el primero don Santiago Alvarez del Castillo, hijo del Colegio del Rosario, quien pasó a
España con la familia del Presidente Sande, y allí vistió el hábito de capuchino, cambiando sus
apellidos por el nombre de fray Sebastián de Santafé. Escribió sobre teología e historia, pero sus
obras se perdieron.

Don Juan Rodríguez Fresle, autor de El Carnero, curiosa y popular crónica escrita con candor
inimitable, en la cual consignó los más salientes acontecimientos ocurridos en Santafé en el primer
siglo después de su fundación.

Don Pedro Fernández de Valenzuela, ya citado en este libro, escribió tres tratados
espirituales: Dictámenes sentenciosos, Rosario de Cristo y Flores espirituales. En cuanto a lo
científico, ya dijimos que había escrito un Tratado de medicina y modelo de curar en
estas partes de Indias; de estos trabajos no sabemos que se imprimiera sino el Rosario de
Cristo (11) .

Don Fernando Fernández dé Valenzuela, nombrado ya en la página 150, hijo del anterior,
eclesiástico, autor de obras de teología, historia y poesía. Recordarán nuestros lectores que él fue
el comisionado pará llevar a España el cuerpo del Arzobispo Almansa, y que con el nombre de
Bruno de Valenzuela ingresó a la Orden de cartujos.

143

Don Pedro de Solís y Valenzuela, bachiller, hermano del anterior, publicó en Madrid en 1647
un libro que llamó Epítome de la vida y muerte del Ilustrísimo señor doctor don Bernardino de
Almansa.... Arzobispo de Santafé de Bogotá. En este tomo se encuentran algunas poesías de
santafereños, que no podemos dejar de mencionar: es la primera un soneto escrito por Baltasar de
Jodar, hermano de Solís y Valenzuela, con el objeto de laudar el libro. Ya Vergara y Vergara dijo
que los primeros versos del soneto son sonoros y hermosos por estar inspirados en el amor a la
Patria, y que el resto es malo; insertarnos los que han sido bien juzgados:

De alisos y de sauces coronado,


Cuanto un tiempo corriente detenido,
A pesar de las ondas del olvido
A Fucha miro en perlas dilatado:

Que en líneas de cristal va desolado


Llevando en riza plata ya esculpido
Tu nombre

No obstante la autorizada opinión de Vergara y Vergara, nosotros no creemos ni en la


sonoridad ni en la hermosura de estos versos, que nos han hecho recordar a Góngora en España y
al Capitán Taléns en Santafé. También elogió el libro de Solís y Valenzuela, en un soneto, el pintor
Antonio Acero, amigo de exornar sus cuadros con estrofas de su pluma, tarea en la cual ésta no
alcanzó a la altura de su pincel, pues las musas se negaban a bajar a su taller. Tomamos al acaso
la siguiente estrofa de una de sus composiciones:

En un mundo tan grande y donde ha habido


Mil tiempos, mil edades diferentes,
Así como unos montes, ríos, fuentes
Arboles y animales siempre han sido.

No tememos asegurar que las demás poesías del pintor Acero tienen idéntico gusto literario.
El presbítero Francisco Rincón también dejó en el libro de Solís y Valenzuela un tributo de simpatía
en el siguiente dístico:

Tot matibos santum portans, terrestria quaerens


Coelestis fugiit, sanctus et ipse tulit.

En nuestra desautorizada opinión, creemos que el presbítero Rincón hizo muy bien en
escribir en latín para quedarse inédito ante la generalidad de los críticos.

Don Miguel Silvestre de Luna escribió en esa época un soneto para elogiar al autor de
la Fénix Cartujana. Empieza así:

Canta, cisne galán, que el sacro coro


Del Fucha escucha su divino acento

Sin duda era una misma la musa que inspiraba a Silvestre Luna y a Baltasar de Jodar.

Fray José de Miranda, dominico y orador de fama, fue también de los escritores de ese
tiempo, según dice Ocáriz. Sus obras se han perdido.

Igual suerte corrieron las obras de oratoria sagrada y de poesía del Canónigo de Santafé
José Alava de Villarreal.

144

Otro clérigo, Francisco José Cardoso, prosista y poeta, dejé manuscritas sus obras, entre las
cuales merece citarse una novela en que no usó ninguna palabra que tuviera la letra a, esfuerzo de
juego de lenguaje, común entonces:

Don Antonio Osorio de las Peñas, Cura de Villa de Leiva, imprimió cuatro cuerpos de
sermones, obra que no se encuentra en Bogotá, y tres libros: Maravillas del hijo de Dios en la
persona de su Madre Santísima; Maravillas de Dios en sus santos, y Maravillas de Dios en sí
mismo. Entre los sermones figura uno bajo el título Capa azul, y dice explicándolo:

Julio Segundo, Pontífice Máximo, en el capítulo III de la Regla de Monjas de la


Concepción, les ordenó que su capa sea azul para que diga su capa que son hijas de una
Madre del Cielo toda santidad, toda purezas en el instante de su Concepción ........ De suerte
que, a ceñir espada las monjas de la Concepción, a capa y espada defenderían la pureza de
María. Pero baste la capa por ahora, que para defensa ella sola basta, como veremos.

Don Juan García de Espinosa escribió dos obras: Política mineral y Flores de sucesos
indianos; por fortuna para los lectores se perdieron.

Don Hernando Domínguez Camargo, citado por el literato ecuatoriano Mera en la página 39
de su obra, escribió un poema heroico de San Ignacio de Loyola, prologado por el jesuita quiteño
Antonio Navarro Navarrete, quien lo publicó en Madrid en 1666. Del libro de Vergara y Vergara
copiamos los siguientes versos de un soneto contra Guatavita, población de Cundinamarca:

Una iglesia con talle de


mezquita ..............................................
Un medico que cura sabañones

y llama al pueblo

El Argel de ganados forasteros.

Corte de verso y pensamiento que si acredita al poeta, por más deshonor que cause a
Guatavita, y concluye diciendo:

Gente zurda de espuelas y de guantes


Aquesto es Guatavita, caminantes.

A su vez Mera, para demostrar que se seguía en América la lamentable decadencia de las
letras en la Metrópoli, inserta una poesía de Domínguez Camargo llamándola bien estrafalaria y
ridícula, en la cual quiso describir la caída de las aguas del valle de Chillo:

Corre arrogante un arroyo


Por entre peñas y riscos,
Que enjaezado de perlas
Es un potro cristalino
Es el pelo de su cuerpo
De aljófar, tan claro y limpio
Que por cogerle los pelos
Le almohazan verdes mirtos.
Cíñele el pecho un pretal
De cascabeles tan ricos,

145

Que si no son cisnes de oro
Son ruiseñores de vidrio.

El poema de San Ignacio fue defendido por el célebre cubano don Manuel del Socorro
Rodríguez, quien insertó algunas de las mil doscientas octavas que lo componen y que son de las
mejores, no obstante ser gongóricas hasta el extremo.

El doctor Bernardo José de las Peñas escribió sobre literatura e historia; también se
extraviaron sus manuscritos.

Lucas Fernández de Piedrahita, ya muchas veces nombrado en este libro, fue el inteligente
autor de la Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino.

El Padre Alonso de Andrade, alias Jerónimo Suárez de Zornosa, escribió una hermosa
biografía de Pedro Claver, que se imprimió con su seudónimo.

Fray Luis de Jodar, franciscano, hermano de los Valenzuelas ya nombrados, fue autor de la
vida de la Venerable Madre Catalina María de la Concepción, fundadora del Convento de Santa
Clara de Cartagena.

Fray Martin de Velasco, también franciscano, imprimió en Cádiz su Arte de Sermones.

Agregamos, para cerrar esta lista, en el siglo XVII, el libro que ya mencionamos en la página
135, escrito por el bogotano Arias de Ugarte, que llamó Regla, Constituciones y ordenaciones de
las religiosas de Santa Clara de la ciudad de Santafé de Bogotá, impreso después en Roma en
1699.

No citamos en este estudio algunos prosistas bogotanos de ese tiempo, entre los cuales
ocupa lugar preferente el verídico historiador fray Alonso de Zamora, por no hacernos demasiado
prolijos, y porque en nuestro libro se encuentran repetidas inserciones de sus trabajos, que
muestran la limpieza y galanura de su estilo, y también porque ya hablaron extensamente sobre su
mérito los bibliógrafos Vergara y Vergara, Laverde Amaya y Gómez Restrepo.

Nosotros nos apartamos de las ideas del distinguido literato José Rivas Groot expuestas con
brillantez en el prólogo del Parnaso Colombiano, colección de poesías recogida por don Julio Añez
en 1886, aunque reconocemos la alteza de sentimientos que encierran. El señor Rivas Groot
dice:

Quede allá en mala o en buena hora, para los que necesitan adorar al vulgo iconoclasta, la
flaca tarea de escarnecer el pasado antes de y sin desear conocerlo, de romper el ídolo sin
mirar si éste es feo vestigio o imagen adorable; y quede también para otros, fanáticos en el
sentido opuesto, la no menos flaca labor de escarnecer el presente y negar el porvenir,
manifestando anhelos de volver a lo que no volverá, y poniendo así en duda los destinos
providenciales de la humanidad sobre la tierra (12) .

Y decimos que nos apartamos de las teorías elevadas del señor Rivas Groot, porque
creemos que no daríamos luz bastante al tratarse de asuntos literarios en la Colonia, si no
hiciéramos conocer las defectuosas muestras literarias de los cultivadores de la poesía en la
atrasada Santafé.

Observa el distinguido publicista mejicano Victoriano Agüeros que los poetas americanos de
aquellos tiempos “estaban dotados de numen, de imaginación y de otras bellas cualidades, se

146

hallaban muy lejos de merecer que la posteridad recogiera sus nombres y los admirara, porque
aquí, lo mismo que en España, el mal gusto marchitaba los ingenios, y los llevaba por un camino
extraviado y verdaderamente fatal” (13) .

Tal es la lista de escritores bogotanos del siglo XVII, cuando la sociedad colonial estaba ya
compuesta de naturales del país, llamados criollos, cuyos destinos regían empleados españoles,
que los miraban con desdén. El mérito de dedicarse al estudio en aquel siglo batallador,
careciendo de estímulo en tan atrasada sociedad, y del primero de los elementos de la civilización,
la imprenta, es digno de altísimo encomio. La Historia debe justo tributo de alabanza a los
santafereños que se dedicaron al cultivo de las letras en la pequeña capital del Nuevo Reino, sin
tener bibliotecas de consulta ni apoyo moral ni material de la sociedad colonial, ni siquiera la
esperanza de imprimir sus obras, pues para lograrlo tenían que enviarlas a España, con grandes
costos, sujetándolas a múltiples censuras, a las veces dictadas por personas incompetentes para
juzgarlas, y esperar largos años a que terminara la impresión, generalmente incorrecta, si lograban
obtenerla.

Hemos llegado al fin del siglo XVII, y creemos haber dado a conocer los lentos progresos de
la vida colonial, las costumbres y vida de los habitantes de la capital del Nuevo Reino en aquel
tiempo que puede llamarse la edad media de nuestro país.

Quizá se nos diga que hemos llenado muchas páginas con leyendas, consejas y anotación
de hechos y sucesos más ó menos pueriles. Pero nosotros creemos que tales relaciones son el
vivo reflejo de la sociedad colonial. En apoyo de este criterio histórico nos permitimos hacer
nuestras las palabras del célebre historiador inglés Tomás Babington Macaulay a este respecto:

Hay una frase menguada a que son aficionadísimos los historiadores vulgares: “la dignidad
de la historia.” Un escritor está en posesión de algunas anécdotas que ilustrarían con luz
vivísima el efecto que produjeron sobre las costumbres y la moralidad de los parisienses las
especulaciones de la Compañía del Misisipí pero suprime esas anécdotas por ser demasiado
bajas para la dignidad de la historia. Otro se siente fuertemente inclinado a mencionar
algunos hechos relativos al horrible estado de las prisiones en Inglaterra hace dos siglos;
pero reflexiona que los sufrimientos de media docena de bribones, amontonados sobre
ladrillos desnudos, en una cueva de quince pies cuadrados, formarían un asunto que no se
compadecería bien con la dignidad de la historia. Otro, por respeto a la dignidad de la
historia, publica una relación del reinado de Jorge II, sin mencionar siquiera la predicación de
Whitefield en Moorfields. ¿Cómo un escritor que puede hablar de Congresos de Soberanos,
de pragmáticas sanciones, de fosos y de baluartes, de batallas donde murieron diez mil
hombres y donde cayeron prisioneros seis mil, con cincuenta banderas y ochenta cañones,
cómo habría de descender a la lonja, a las cárceles, al teatro, a los cuarteles?

Claro es que un historiador no debe recordar bagatelas y que ha de ceñirse a lo que es


importante. Pero parece que muchos escritores no entienden en qué consiste la importancia
histórica de un suceso. Parece que no aciertan a comprender que son dos cosas
muydiferentes la importancia de un hecho, considerado con relación a sus efectos
inmediatos, y la importancia del mismo hecho considerado como elemento de formación de
una ciencia. La cantidad de bien o mal que produce un hecho no es necesariamente
proporcionada a la cantidad de luz que de ese hecho se desprende al estudiarlo, como
medio de producir después el bien o el mal. El envenenamiento de un Emperador es
ciertamente un suceso mucho más importante que el envenenamiento de un ratón; pero el
envenenamiento de un ratón forma acaso época en la química, mientras que el Emperador
puede ser envenenado por medios tan comunes y presentar síntomas tan poco dignos de
estudio, que ningún diario científico tomaría nota del suceso.... Para nosotros es sin duda tan
útil saber cómo se ocupaban las mujeres inglesas ahora ciento ochenta años, hasta dónde

147

llegaban en el cultivo de la inteligencia, cuáles eran sus estudios favoritos, qué grado de
libertad se les concedía, qué uso hacían de esa libertad, cuáles eran las prendas que más
apreciaban en los hombres, qué pruebas de cariño les permitía el decoro dar a sus galanes,
que conocer en todos sus pormenores la ocupación del Franco—Condado y el Tratado de
Nimega (14) .

A su vez, otro ilustre inglés, Thomas Carlyle, trae, a propósito de la forma moderna de la
historia, las siguientes palabras:

Poco importa que sea rey o labriego el personaje de la escena, ni que ésta pase en la
floresta de la encina real, allá en la marca de Staffordshire. Basta que el teatro sea el mundo
real que pisamos y adonde hemos venido a dar sin saber cómo; basta que sean hombres los
autores y que sean vistos, pero con los ojos de un hombre. Pueril podrá ser, y hasta
repugnante de suyo, un episodio; pero si es real y viene presentado como se debe, se
quedará grabado y como ennoblecido en la memoria, iluminado con el pálido resplandor que
le imparte el pensamiento, animado con aquella simpatía profunda que sólo inspiran los
muertos. Porque el pasado es para nosotros sacrosanto, y lo son los muertos, sin que sean
poderosas a arrebatarles su aureola su maldad y bajeza, cuando vivos.

La aventura más común de un ser insignificante revela, después que sobre ella hayan
pasado sesenta o más años, su intención y sentido, y tiene aparejadas para nosotros
enseñanzas altísimas (15) .

Las ideas de los dos célebres historiadores ingleses, seguidas hoy por todos los que estudian
los sucesos del pasado con alto criterio filosófico en Europa y América, nos habían hecho ya sus
adeptos desde 1884, cuando dijimos, en el capítulo III de una monografía histórica sobre la
medicina en Bogotá, que nos separábamos de la llamada dignidad de la historia y nos
apartábamos de la idea de Voltaire, cuando sentó el siguiente aforismo:

Ne dites à la posterité que ce qui est digne de la posterité (16)

(10) JUAN LEÓN MERA. Ojeada histórico crítica sobre la poesía ecuatoriana. 32.

(11) OCÁRIZ, lib. cit, 216, que menciona Vergara, dice que don Pedro era natural de Baeza, en
España.

(12) J. RIVAS GROOT, Estudio Preliminar, pág. IV. Parnaso colombiano, colección de poesías
escogidas por Julio Añez. Vol. I. 1886.

(13) VICTORIANO AGÜEROS. Reseña de la literatura mejicana; introducción a la obra Escritores


Mejicanos Contemporáneos. Repertorio Colombiano, IX, 218.

(14) MACAULAV, Boswell’s Life of Johnson.

(15) T. CARLYLE. Essays, IV. pp. 50 y siguientes. London. Chapman & Hall. 1872.

(16) VOLTAIRE, Hist. de Pierre—le—Grand. Preface.

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CAPITULO XVI
Muere Carlos II de Austria—Sube al trono Felipe y de Borbón—Providencias eclesiásticas y civiles
sobre conventos en América—Se designa a San Luis Beltrán patrono del Nuevo Reino—Muerte
del Arzobispo Urbina—Retratos que de él se conservan—El Presidente Lasso de la Vega.
Responsabilidades de Cabrera y Dávalos—Gobierno del Arzobispo Presidente Cosio y Otero—
Fundaciones de la capilla de La Peña—La nueva iglesia—Costumbres privadas y públicas de los
Oidores—La música en la Colonia—Diversos instrumentos—El torbellino—El bambuco—
Profesores distinguidos—Música religiosa y profana—El maestro Juan de Herrera, músico y
profeta—Su testamento—Su retrato—El maestro Juan de Dios Torres.

EL 2 de octubre de 1700 Carlos II, El Hechizado, hizo testamento por medio del cual cedió el
trono de la Monarquía española a Felipe, Duque de Anjou, segundo hijo del Delfín de Francia. El
fallecimiento de Carlos II tuvo lugar el 1. de noviembre de dicho año, sin descendencia. El Monarca
francés Luis XIV, fundándose en el testamento de Carlos II, hizo proclamar Rey de España a su
hijo Felipe V, y éste entró triunfalmente en Madrid no obstante las pretensiones de algunas
potencias que veían con celo acrecer el poder de Francia (1) . El nuevo Rey fue reconocido como
tál en todas las colonias españolas de América, y su proclamación se verificó en 1701.

En esos años se revivió el Breve de Su Santidad Paulo V, de 20 de diciembre de 1611,


expedido a instancias de Felipe III, en el cual ordenó la Silla Apostólica que no hubiese en Indias
conventos con menos de ocho religiosos. Y a pesar de que en Santafé alegó contra tal providencia
el Procurador General de la Orden franciscana, el Fiscal de la Audiencia apoyó las ideas emitidas
en el Breve de Paulo y, confirmado por Inocencio XII en enero de 1698; el dictamen del Fiscal de
la Audiencia del Nuevo Reino fue ratificado por el Consejo de Indias en octubre de 1702 (2) .

A solicitud del extinto monarca Carlos II declaró el Pontífice Alejandro VIII que San Luis
Beltrán fuera el Patrono de todo el Nuevo Reino de Granada, “con fiesta de precepto y oficio de
primera clase,” y que en todos los territorios sujetos a la Corona quedaba el clero regular y secular
obligado a rezar oficio doble. El Breve se insertó en el Breviario Romano.

La real cédula en desarrollo del Breve pontificio se comunicó al ilustre Ayuntamiento de


Santafé “para que lo tu viese entendido y asistiese a su fiesta cada año”; y registran las crónicas
que el 9 de octubre de 1694 se celebró gran fiesta en la Catedral en honor de San Luis Beltrán,
con asistencia del Presidente Cabrera Dávalos, el cual, unido a los Oidores, sacó en hombros la
efigie del Santo hasta la puerta del templo, rodeados por los Tribunales, religiosos, colegios e
inmenso concurso (3) .

El Ilustrísimo señor Urbina recibió nombramiento de Virrey de Méjico, pero la muerte se


interpuso y quiso el destinó que su cadáver quedase en Santafé. Del señor Urbina existen dos
retratos en la ya mencionada galería de la Catedral, con estas inscripciones:

El Illmo y Rmo S. Mro D. Fr. Ygnacio de Vrbina, del orden de S. Gerónimo, Lector de prima
jubilado de su Collo de Guadalupe de Salamanca calificador de la Svprema. Prior de los
monasterios de na S.a de Firex del Rl de su propio monasterio de S.n Jv.o de Ortega i del de
Salamanca. De los colegios de Avila y Sigvenza Difinidor y Visitadar Gl i Gl de toda sv Religion.
Dvodecimo Arzobispo de este Nuevo Reino de Granada. Entró en posesión á 25 de Septiembre
año de 1690. AETATIS SV AE 56 años despves electo Obispo de la Puebla de los Angeles y

149

nombrado Virey del Reino de Mexico, mvrio residente en este de Santa Fee, en 9 de Abril, de 1703
años.

El Illmo y Reuerendissimo Sr Mro. D. Fr. Ygnacio de Urbina, del orden de San Geronimo,
Lector de prima jubilado e su Colegio de Guadalupe de Salamanca Calificador de la Suprema.
Prior de los monasterios de N. Sra. de Firex del Real y de su propio monasterio de S. Ju.n de
Ortega, y de el de Salamanca, de los colegios de Auila, y Sihuensa. Definidor y Visitador general, y
general de toda su religion. Duodesimo Arçobispo de este No Ro de Granada, entro en posesi.n á
25 de Septiembre. Año de 1690. AETATIS SV AE 56 años. Después electo Obispo DE LA
PVEBLA. DE LOS ANGELES. Nombrado Virey del Reino de Mejico, mvrio recidente en este de
Santafé en 9 de Abril de 1703.

Otro retrato de este Arzobispo se encuentra, como vimos en la página 163, en la casa cural
de la parroquia de Las Aguas (4) .

En 1708 se encargó de la Presidencia del Reino don Diego Córdoba Laso de la Vega,
General de artillería. Recibió el bastón el 8 de octubre de dicho año. Las huellas que dejó de su
Gobierno en lo relativo a la capital se reducen a la residencia de su antecesor Cabrera y Dávalos,
obligándolo a contestar demanda que el sastre Gómez de Abreu le intentó por $ 300, valor de los
servicios prestados en su oficio al Presidente y su familia. El Visitador Presidente condenó a
Cabrera y Dávalos al pago de la suma demandada, pero la Audiencia, con fundadas razones,
revocó el fallo. Laso de la Vega se trasladó a Cartagena en septiembre de 1710, temeroso de
una invasión extranjera; regresó a la capital en junio de 1711, y al año siguiente partió para
España (5) . Durante la ausencia del Presidente en la Costa Atlántica, gobernó el Ilustrísimo
Francisco Cosio y Otero, que había llegado a Santafé en 1706. En el tiempo que ejerció el
Gobierno civil y eclesiástico este Arzobispo, nada hizo notable en el primero de estos ramos, pues
su atención la concretó a construir de cal y ladrillo el pabellón de la torre de la Catedral, que era de
madera cubierta con plomo, y que amenazaba ruina. Este trabajo lo dirigió el Padre Juan Millán, S.
J., y lo ejecutó Isidro de Cañas; a embellecer el presbiterio colocando en él baranda de hierro,
labrada por Jácome de Olivares, y a dictar medidas sobre la enseñanza de la doctrina cristiana.
Prohibió que después de las procesiones de Semana Santa, entonces pomposas, se celebrasen
meriendas en las casas, arraigada costumbre que hacia quebrantar el ayuno y la abstinencia a los
buenos santafereños a costa de la bolsa del que habla llevado el estandarte en la procesión.

En aquellos años se trabajaba en construir una capilla en los altos y abruptos riscos que
sirven de contrafuerte occidental al cerro de La Peña, el cual se levanta al oriente del barrio de
Santa Bárbara. El 10 de agosto de 1685 buscaba Bernardino de León en las serranías del oriente
del barrio nombrado unos tesoros ocultados por los indígenas en los días de la conquista, según
consejas. Refería León que habiendo alcanzado la mayor altura del cerro, vio un “resplandor
grande y extraordinario,” y las efigies de Nuestra Señora con el Niño en el brazo izquierdo, junto a
San José, que ofrecía una fruta al Niño, y a su lado un ángel con la custodia en las manos, todos
de pie; grupo de mediano mérito artístico y de autor desconocido. Con las licencias necesarias se
levantó en el sitio donde fueron halladas las estatuas humilde capilla cubierta de paja, donde se dio
culto a la Virgen desde 1686. El Capellán, doctor Francisco García, y Matías Vega contribuyeron
con dinero para reconstruir la capilla en mejores condiciones de arquitectura. Esta ermita se arruinó
en 1714. El doctor Dionisio Pérez, Capellán entonces, la volvió a levantar de piedra y teja,
terminándose la obra en 1715 y tomándose a arruinar al cabo de pocos meses.

Resolvió entonces el doctor Pérez edificarla en las faldas del antiguo cerro de Los
Laches, desde entonces de La Peña, en mejor sitio, entre los riachuelos de La Peña y
Manzanares, cabeceras del San Agustín; y encargó al cantero Luis Herrera el trabajo de separar
las imágenes de la roca. Terminado éste, fueron trasladadas a la nueva capilla a fines del año de
1716. Esta, también cubierta de paja, pues fue construcción provisional, se reedificó de piedra y

150

teja, labor que se terminó en 1722, y que se costeó con limosnas de Baltasar de Mesa, Matías de
Vega, y otras, recogidas por el Capellán doctor Pérez (6) .

Siendo Capellán de la primitiva capilla de La Peña el presbítero Dionisio Pérez de Vargas,


resolvió construir la nueva iglesia que hoy existe, mediante limosnas, y las imágenes, que había
separado el cantero Luis Herrera, pues fueron esculpidas en una sola piedra, se trasladaron al
nuevo templo en febrero de 1722. La iglesia se edificó con dos capillas, cúpula, camarín, sacristía y
un pesado campanario, reemplazado luego por una torre de construcción moderna.

Siempre se ha grabado sobre las puertas de las diferentes iglesias de La Peña la siguiente
cuarteta:

Quien pisare estos umbrales,


Salúdame con amor,
Pues soy la madre mejor
Que han tenido los mortales.

Se guarda la tradición de que los anteriores versos se leían al pie de la escultura primitiva, lo
que puede ser cierto, dado el mérito semejante del valor artístico de la escultura y la falta de la
protección de Apolo para la poesía.

Se levantó también casa de hospedaje, que hoy, ampliada, sirve de convento de los Padres
capuchinos.

En 1816, al referir los sucesos del tiempo del terror, volveremos a la pintoresca iglesia de La
Peña.

En 1711 entregó el Arzobispo Cosio y Otero el Gobierno civil a la Audiencia, por haber
terminado el período de mando del ex—Presidente Laso de la Vega, a quien reemplazaba el
Prelado, el cual deseaba dedicarse al cuidado de su extensa aunque no numerosa grey.

Cabe bien aquí recordar que los golillas de la Audiencia gozaban de ciertas prerrogativas y
privilegios, sea que fueran gobernadores interinos del Reino o simples magistrados del más alto
Tribunal de justicia de la Colonia. Los Oidores, al salir de sus casas de habitación para el edificio
de la Real Audiencia, se hacían preceder, cada uno de ellos, de dos alguaciles vestidos de negro,
con toga, calzón corto, media y zapato; iban los alguaciles con la cabeza descubierta y llevaban en
la mano derecha un bastón negro de considerable longitud, y en la izquierda el sombrero. Los
transeúntes estaban obligados a saludar a la autoridad, descubriéndose; también los Oidores se
vestían de negro, usaban capa y calzón cortos, media de seda, zapato de hebilla, toga, golilla y
puños blancos para no quedarse atrás de los canónigos. A las siete de la mañana ya estaban en la
casa de la Audiencia, y a esa hora empezaban tareas en el oratorio de Sus Señorías, oyendo misa,
y después pasaban a las salas del despacho. A las nueve en punto volvían a sus casas con los
alguaciles; a las diez y media tenían audiencia pública, y terminaban los trabajos a las dos de la
tarde, hora en que se retiraban a sus hogares a tomar la pitanza real, a dormir la siesta y a ocupar
asiento en la mesa de la ropilla o del truco, juego precursor del billar y conocido hoy con el nombre
de bagatela.

El historiador bogotano Piedrahita, tántas veces citado en este libro. condensa en cortas
líneas las noticias similares suministradas por otros historiadores y cronistas sobre el origen y
desarrollo de la música que podemos llamar colombiana.

151

Los indios hacían sus ofrendas a sus ídolos con músicas y danzas, que continuaban después de
las ceremonias, y que acompañaban con sus fotutos, que eran unas trompetas hechas de
caracoles, y con unos grandes tambores. Cantaban canciones arregladas a
cierta medida y consonancia a manera de villancicos o endeclas. En este género de versos y
música referían los hechos para engrandecer o vituperar las acciones de sus antepasados. En los
asuntos graves introducían muchas pausas, y en los alegres daban a su música ni, aire ligero, pero
siempre con un cornpás tan monótono que no discrepaba un solo punto (7) .

Observa el autor de la música en Colombia, a quien seguiremos de preferencia en este


estudio, que los indígenas del Nuevo Reino conocían el compás y se ceñían a él hasta el extremo
de hacer monótonas sus composiciones, y que no ignoraban que el verso es más propio para el
canto que la prosa, que cantaban a dos o más voces, puesto que Piedrahita habla de consonancia,
y por último, que tenían estilo y conocían el objeto de la música, siendo así que hacían diferencia
notable en los aires, según fuera el objeto: grave, triste o alegre (8) .

Al terminar la dominación de los Zipas, la música indígena quedó olvidada, siendo


reemplazada por la de origen español, traída por los conquistadores.

Otro historiador, fray Pedro Simón, escribió el año de 1623, que había en Santafé maestros
de música (9) . Y Ocáriz da noticia de que los santafereños tenían mucha destreza en la danza y
en tocar instrumentos de música, laudables ejercicios honestos (10) .

Caída en desuso la música chibcha, lúgubre y triste, desde los tiempos de la colonización, los
santafereños conservaron, sin embargo, el torbellino o guabina que tenía y tiene algo de la
monotonía (le los aires chibchas; la gente del pueblo en sus diversiones danzaba al compás de
la chirimía, instrumento primitivo también indígena que tiene alguna semejanza con el clarinete. La
música española enseñada por los peninsulares a los indígenas con el objeto de dar solemnidad a
las funciones religiosas, y la usada en diversiones profanas por los españoles y sus descendientes,
que tañían vihuelas, bandurrias y guitarras importadas de España, reemplazó en el primer siglo de
la colonización, aunque sin mucha popularidad entre los indígenas, las monótonas y primitivas
armonías chibchas.

Las condiciones étnicas de la población de Santafé en el tiempo de que hablamos se


caracterizaron en las músicas y las danzas entonces usadas. La raza vencida expresaba sus
afectos y sentimientos con aires tristes y melancólicos, y usaba los fotutos y la chirimía como sus
principales instrumentos. En las altiplanicies andinas la chirimía se oía en todas las fiestas de los
aborígenes. Recordamos que el artista L. M. Girón, al hablar de la música de las ardientes costas
colombianas del Pacífico, describe el instrumento la marimba, de uso popular allí, como una hilera
hasta de veinticuatro tubos de la gigantesca gramínea llamada guadua, de longitud y tamaño
distintos, colocados en sentido vertical, instrumento que se toca con palos a cuyo extremo se fija
una bola de caucho. La vibración del aire dentro de los tubos de guadua da los tonos de la
escala (11) ; y hemos hecho mención de este instrumento porque su descripción es la misma
del capador (especie de dulzaina) formado de idéntica manera y en reducidas proporciones con
tubos de otra gramínea. Este último produce su sonido como instrumento de viento, igual a la
chirimía, aun cuando ésta no tiene sino dos tubos.

El Padre José Dadey, de los primeros jesuitas que llegaron a Santafé, estableció en la ciudad
escuela de música para los misioneros; construyó el primer órgano que se oyó en el Nuevo Reino,
que fue colocado en la iglesia de Fontibón, y logró que sus discípulos enseñasen canto llano a los
indígenas entre los cuales, al terminar el siglo XVII, no pocos tocaban flauta, violín y órgano,
instrumento este último ya popular en el centro del país, pues lo poseían hasta las iglesias de las
más pobres aldeas. Recuerda la historia el nombre del dominicano Juan Pulgar, el más distinguido

152

entre los profesores de la escuela de música que fundaron sus hermanos de religión algunos años
después de la establecida por los jesuitas.

Dijimos ya que el Arzobispo Arguinao reconstruyó el templo y convento de Santa Inés, pero
no contento con los dones hechos al monasterio, regaló a las monjas órgano y violines y
pagó maestroque les enseñara a tocar estos instrumentos y les diese lecciones de canto
llano (12) .

Sobre este mismo suceso dice el cronista Calvo de la Riva, al hablar del aprendizaje de las
monjas y especialmente de María de Santa Inés., su biografiada:

Y músico soberano le enseña los puntos y notas por la mano. Seis son las notas del canto
llano: ut, re, mí, fa, sol, lá. Y con estas comunes notas le enseñó el sabio maestro un cántico
nuevo y elevada música en la cítara sonora de su rueda; pues puesta en ella sintiendo en su
oscura noche sus amargos desamparos, triste cantaba empezando por el ut: ut quid de
reliquisti me ? Dios mío, aporqué me has desamparado ? Y pasando a la segunda nota re,
humilde le pedía diciéndole con el penitente rey: acordaos señor de tus misericordias y
compadeceos de mis penas. .Reminiscere miserationum tuarum, Domine, et misericordiorum
tuarum quae a seculo sunt (13) .

En este plácido estilo continúa el autor hasta terminar la escala.

Para cerrar las noticias referentes a la primitiva música religiosa en Santafé, anotamos con el
Padre benedictino Feijoo que en la apartada capital del Nuevo Reino sucedió lo que “en los
tiempos antiguos, si creemos a Plutarco, que sólo se usaba la música en los templos y después
pasó a los teatros.” Antes sólo se oía la melodía en sacros himnos; después se empezó a escuchar
en cantinelas profanas.

Al par de la música sagrada progresaba la profana, que ya se había extendido por todo el
país. El instrumento más conocido era la guitarra, y se usaban entre los españoles y criollos las
coplas, boleros, seguidillas y canciones españolas que, aceptados por los americanos con
entusiasmo, vinieron a dar por resultado el nacimiento de una nueva escuela de música nacional
de origen peninsular.

Ya para entonces reemplazaban la bandurria española el tiple y la bandola, modificación


americana de aquélla, y con frecuencia acompañaban a la guitarra en sus armoniosos acordes.

El tiple en esos tiempos fue degeneración de la vihuela española, mas hoy es un instrumento
perfecto en su género; es sencillo, dulce y agradable al oído. El músico bogotano —José Caicedo
Rojas dice describiéndolo:

En vano intentaríamos definir las sensaciones que experimenta el sencillo habitante del
interior de la República al oír el rasgueado de una mano diestra en las cuatro cuerdas de un
acordado tiple. Placer intenso, alegría, excitación nerviosa, recuerdos indescifrables de
épocas pasadas y de lugares lejanos, melancolía, ternura, propensión al baile y al bullicio;
todo esto, pero no se sabe a punto fijo qué, despierta el alegre són de un tiple. En la ciudad
recuerda el campo y sus placeres. En el campo recuerda la algazara de las poblaciones.
Oído de lejos en una noche despejada y tranquila, cuando el viento duerme y sólo nos trae
sus gratos sonidos, una aura tímida, nos da la idea perfecta de la grandeza de la soledad,
nos transporta, como el canto de la rana, a regiones extrañas y solitarias, nos hace saborear
algo tan apacible y tan dulce como un amor puro (14) .

153

El tiple perfeccionado se construye con maderas finas; el mástil ocupa más de la mitad de su
extensión, y en él están incrustados los trastes, cuyo número es variable. Antes llevaba cuatro
cuerdas templadas como las cuatro primeras de la guitarra; mí, si, sol, re. Hoy se han agregado
otras cuerdas unísonas: unas entorchadas en octava baja y otras requintas en octava superior. Las
cuerdas que en lo antiguo eran de intestino de rumiantes, son hoy metálicas.

Al són del tiple bailaban los colonos en las primeras horas de la noche el torbellino y el
bambuco. La música del torbellino, que siempre ha primado en el interior de la República, es aire
de tres movimientos rápidos, y cada uno de los tres tiempos consta de dos notas de igual valor,
siendo cada uno acorde completo de octava, ya en la tónica, ya en la cuarta, alternando con la
quinta. Los tonos más comunes, siempre en el modo mayor, son do, re, sol, lá.

(1) EM. LEFRANC. lib. cit., 109. CÉSAR CANTÚ, Compendio de Historia Universal, versión
castellana de J. B. Enseñat, 682.

(2) SOLÓRZANO y PEREIRA, Política Indiana, II, 200—201

(3) ZAMORA. lib. cit.. 225 y 227.

(4) Va que hablamos nuevamente de la iglesia y convento de Las Aguas, advertimos que en la
página 151 aseverarnos que el historiador Zamora no había estudiado este edificio. Esto lo dijimos
por error de consulta, pues dicho historiador en la página 516 de su interesante obra trae el
capitulo XV De la Fundación del Convento de Nuestra Señora de Las Aguas en esta ciudad de
Santafé. Zamora por fortuna confirma las noticias que nosotros dimos sobre dichos convento e
iglesia en la página arriba citada.

(5) RICARDO CASTRO. Páginas Históricas colombianas, 54.

(6) JUAN AGUSTÍN MATALLANA, Resumen histórico del origen , progresos, misterios y maravillas
de las imágenes de Jesús, María y José de la Peña, etc. Las estatuas fueron coloreadas por el
artista Pedro Laboria en 1730. En los últimos años, 1880—8, se reconstruyeron el frontis de la
iglesia y el campanario. En el sitio en que estuvo la primera ermita, a más de la mitad de la altura
del cerro, se ha levantado varias veces una gran cruz de madera. ROSENDO PARDO, Reseña
Histórica del Santuario de La Peña. Boletín de Historia. IV. 633

(7) PIEDRAHITA, lib. Cit. EUGENIO ORTEGA, Los Chibchas.

(8) J. CRISÓSTOMO OSORIO, Breves apuntamientos para la historia de la música en Colombia,


Repertorio Colombiano. III, número 15. En este estudio se hallan más noticias sobre la música
indígena.

(9) P. SIMÓN, lib. cit.. III, 286.

(10) OCÁRIZ, lib. Cit., 118.

(11) LÁZARO M. GIRÓN, La Marimba, Papel Periódico Ilustrado, IV, 306.

(12) GROOT, lib. cit., I, 357.

(13) CALVO DE LA RIVA, lib. cit., 89.

(14) J. CAICEDO ROJAS. El Tiple, Bibliografía Colombiana. 2ª parte, 163.

154

La música del bambuco, de origen africano, traído por los esclavos de Bambuk. A nuestras
costas, llegó a Santafé en los tiempos de la colonización. Su música en el tiple tiene aire y compás
semejantes al del torbellino, siempre por tono menor; los más comunes son mí, re y lá. El canto del
bambuco es más melodioso, más melancólico que el del torbellino.

Caicedo Rojas lo describe así:

La impresión que causa en el ánimo la música del bambuco está ya perfectamente


definida: es una alegría triste, o también pudiera decirse, una tristeza alegre, y la cuestión
sería de colocación de palabras. El torbellino, por el contrario, es todo alegría, todo
animación, todo vida: es una especie de tarantela que incita a bailar y cantar con un poder
mágico, irresistible. Si en tiempo de Homero hubieran existido el tiple y el torbellino, el poeta
griego sin duda habría representado a sus dioses en bullicioso corro, riendo y cantando en
rededor de dos tiples bien
rasgueados. ..................................................................................................

La bandola es un tiple algo más ilustrado: la diferencia consiste en que en vez de tocarse
con los dedos, se puntea con un pedacillo de cañón de pluma, de cuerno u otra sustancia
semejante, a manera de uña larga (15) .

Sobre el bambuco dice J. M. Rosales:

La música de este baile, esencialmente colombiana, es originalísima. Yo no sé qué


sentimientos infunden en el alma aquellas notas sentidas, alegres y a la par tan dulcemente
tristes, que forman, como dice el poeta:

Una melodía incierta


íntima, desgarradora,
compañera del que llora
y que al dolor nos despierta.
O una risa de placer,
instadora, turbulenta,
que arrebata, que impacienta,
con eléctrico poder,
un retozo tan simpático,
que en contagiosa locura,
no consiente ceja dura,
ni melindre aristocrático!
...............................

Porque ha fundado aquel aire


la indiana melancolía
con la africana ardentía
y el guapo andaluz donaire (16) .

Para apreciar el bambuco en toda su fuerza es menester oírlo tocar en instrumentos de


cuerda—tiple, bandola y guitarra,—y si a esto se le agrega pandereta y chucho, el efecto es
irresistible. Este último instrumento consiste en una caña hueca de bambú de 45 centímetros
de longitud, cerrada en sus extremos con pergamino y unos cuantos granos de maíz dentro.
Produce un sonido seco y nervioso, y sirve para marcar el compás. El bambuco, tocado en
una orquesta semejante, tiene un poder tal, que apenas se oye, todos, como acometidos de
un vértigo, quieren bailar (17) .

155

Un célebre publicista colombiano dice al apreciar lo que es el popular bambuco:

Nada más nacional y patriótico que esta melodía, que tiene por autores a todos los
colombianos: ella vibra como el eco de millares de acentos; se queja con todas las quejas, y
ríe con todas las risas de la patria. Es la evocación de nuestras noches de luna y nuestros
días de felicidad; es el compañero que ameniza nuestras bodas populares, que alegra las
ceremonias sentimentales con que mantenemos las tradiciones de los Reyes Magos y San
Juan Bautista, de la Navidad, de la Resurrección y de toda la inefable historia de Jesús; es el
recuerdo de las travesuras de la niñez; de loe amores de la primera juventud; de las
vacaciones del estudiante; de las corridas de toros y de gallos; de las labores del rústico
labriego; de las siestas del vaquero de nuestras llanuras, dormidas a la sombra de las
palmeras y los caracolíes; de las alegres faenas nocturnas; del trapiche y del caney; de las
noches del balsero, pasadas en las playas del Cauca o del Magdalena; es la canción de las
canciones, que nos recuerda la pesquería, la herranza, la rocería de una hacienda; la quema
de un potrero; la tranquila soledad de una estancia o las horas pasadas en algún campestre
caserío (18) .

Un escritor venezolano, en libro de publicación reciente, hablando de los instrumentos que


usaban los indios en Venezuela, dice que la chirimía, también usada por los chibchas, parece
haber sido introducida del Perú; que su embocadura es de estrangul y que en la misma dirección
de ésta tiene seis agujeros, otro lateral y dos en la parte posterior. Así mismo dice hablando de
la marimba, que aún se usa en los campos de Venezuela, que consiste en una cuerda tensa a lo
largo de una caña, de más de un metro de longitud, con clavijas en las extremidades, y que es
instrumento de viento y de cuerda a la vez. Mencionamos esta marimba por ser su nombre idéntico
a la usada en el Cauca, aunque no tienen los dos instrumentos semejanza ninguna entre sí (19) .

A mediados del siglo XVII floreció el músico Juan de Herrera y Chumacero, presbítero, natural
de Bogotá, maestro de capilla de la Catedral, artista distinguido y de gran talento, quien hizo
composiciones clásicas en música sagrada y cuyo nombre es el primero en el orden cronológico de
los compositores nacionales, Recuérdase también al maestro Herrera por una profecía, que
muchos han visto cumplida en la edificación del templo gótico que se levanta en Chapinero, o en la
construcción de la capilla que levantó don Ignacio Forero en aquel barrio, como veremos después,
consignada en el siguiente testamento, que de su original copiamos en el archivo de la Curia, como
curioso documento:

En el nombre de Dios Padre todo poderoso. Amén. En la ciudad de Santa Fé, á diez días
del mes de Agosto de 1668. Yo el maestro Juan de Herrera presbítero domiciliario de este
Arzobispado y hijo legítimo de D. Mateo Herrera y de D.’ Fran.ca Larrarte y hallandome agora
no solamente en mi entero juicio si no sano del cuerpo he venido en hacer este mi testamento
cerrado, no para disponer de bienes temporales pues por la bondad de Dios N.o S.r y su
misericordia no los tengo; sino por hacer ver á la posteridad los males que vendran sobre
este infeliz lugar y para ello imploro la protecion divina, y creyendo como creo, en todo lo que
confiesa y cree N. Madre S.ta Yglesia. Tengo entendido que llegará tiempo en que rodeados
y aflijidos de guerras buscaran asilos adonde refujiarse, y tan apagado el vínculo de la
caridad que se arruinarán los unos con los otros malamente por el espíritu de partido. Los
temblores y terremotos los atemorisarán y las tinieblas se esparcerán para acabar con todo.
Las divisiones seran hostiles y sus conflictos insuperables; pero si en este tiempo se
levantare una capilla extramuros de la ciudad dedicada al misterio de la Concepcion de
María, entonces no sufrirá este lugar su total ruina pero si no se levantare se arruinará del
todo y levantada que llegue a ser se formara una congregacion de Clerigos con el título de
encadenados, los que solos se destinarán á dar ejercicios y conducir el evanjelio a la ciudad.
Este mi testamento no será abierto hasta el año 1796 por ser esta mi voluntad y fines que me
propongo como queda advertido en la carátula del sobre—escrito y depositado hasta dicho

156

año en la Curia Metropolitana con la autenticidad del Escribano y Testigos que sean
necesarios.

Maestro Juan de Herrera.

El maestro Herrera fue profesor de música de las monjas de Santa Inés.

Su testamento fue abierto en 1796 por el Arzobispo don Baltasar Jaime Martínez Compañón,
quien, en nuestro concepto acertadamente, atribuyó tal profecía a enajenación mental del Maestro
de Capilla.

Un siglo después, en 1896, se colocó en el templo gótico de Chapinero una mala pintura, al
óleo, retrato del presbítero Juan de Herrera, que tiene al pie una inscripción, mal redactada, en la
cual, con candidez que no deja qué desear, se le elogia como profeta.

El maestro Juan de Herrera natural de esta ciudad de Sta. Fé de Bogotá varon de grande
virtud, fué Capellan de este convento de Ntra. M Sta. Ines, murió el año de 1688. Profetizó la
fundación de esta Capilla de Ntra. Sra. de la Concepción, 100 años antes.

Un discípulo distinguido de Herrera, el santafereño Juan de Dios Torres, figuró también como
autor de composiciones clásicas, que hacían las delicias de los devotos que asistían a las
funciones religiosas de la Catedral.

El estudio de la música en la República lo veremos en su época correspondiente.

(15) Estudio citado.

(16) RAFAEL POMBO.

(17) J. M. ROSALES. costumbres de tierra caliente. Los Andes, Mérida, Venezuela, números 2 y 3.

(18) JOSÉ MARIA SAMPER, El Bambuco, El Hogar, Bogotá. 1868. Vol., I. 11.

(19) A. LECUNA BEJARANO, Anotaciones etnográficas. Ciudad Bolívar. 1912. P. 66.

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CAPITULO XVII
Muerte del artista Gregorio Vásquez Ceballos—Su partida de bautismo—Noticia sobre su vida—
¿Dónde está su sepulcro?—La casa en que habitó Vásquez—Ordenanza que honró su memoria—
Autorretrato de Vásquez. Uno de sus más notables cuadros—Latines del pintor—Interpretación de
Urdaneta—Medallón en la Escuela de Bellas Artes—Juicios acertados sobre Vásquez—Los
genitores de la pintura en la Colonia—Puente de Bosa, sobre el río Tunjuelo—Muerte del
Arzobispo Cosio y Otero—El Presidente don Francisco Meneses de Sarabia y Bravo—Otra lucha
entre el Cabildo eclesiástico y la Audiencia—Curiosos detalles—Conspiración contra el Presidente
Meneses—Gracioso manuscrito La Bruja—Causa y muerte de Meneses—Cantinelas populares—
Gobiernos interinos de Infante de Venegas y del Arzobispo Rincón.

OCURRIÓ el mismo año de 1711 el fallecimiento del más notable pintor de aquella época:
Gregorio Vásquez Ceballos, el ilustre maestro cuyas obras son uno de los mejores ornatos de
nuestros templos y preciadas joyas de algunas colecciones de pinturas de propiedad particular.

Gregorio Vásquez Ceballos.

Nació Vásquez en Santafé de Bogotá el 9 de mayo de 1638, un siglo después de la fundación


de la ciudad. Dice la partida de bautismo, que se encuentra en el libro 30 de nacimientos de la
Catedral, a la foja 79 vuelta:

En Santafé a 17 de mayo de 1638 años, yo Alonso Garzón de Tahuste, Presbitero, cura


rector de esta santa Iglesia Catedral, bautizó, puse óleo y crisma a GREGORIO que nació a
nueve días de dicho mes y año, hijo legítimo de Bartolomé Vásquez y María de Ceballos, su
mujer, vecinos de este feligresado; fué su padrino Pedro de Salazar Falcón, vecino de esta
ciudad, de que doy fé—Alonso Garzón de Tahuste.

Al margen se halla también una nota rubricada (que se conoce fue de aquel tiempo, sin
nombre) que dice: Este es el célebre v famoso pintor que hizo entre otras las que se hallan en
la Capilla del Sagrario de la Catedral.

La copia de esta partida la expidió el Cura José Indalecio Pérez, en 1850, junto con la nota
que está al margen.

Creció Vásquez en hogar honorable, pero rodeado de privaciones; su padre le envió al taller
de pintura de Baltasar de Figueroa, el más afamado pintor de aquel tiempo, por haber notado la
afición que Vásquez tenía al arte de la pintura (1) .

158

No tardó mucho el alumno en sobrepujar al maestro. La gracia y verdad de sus
composiciones; la pureza de su dibujo; el tinte angelical y deleitoso con que bañaba sus
obras, excedían a todo lo que hasta entonces se había visto ejecutar en la pacífica Santafé, y
bien pronto el enseñado fue maestro, y maestro fecundísimo, y Figueroa viose de repente
destronado por el que poco antes había entrado en su estudio, trazando indecisas líneas en
que se reflejaba la timidez, como bullían el genio y la inventiva (2) .

Pronto alcanzó Vásquez merecido renombre, y separado de Figueroa (3) , su genio llamó la
atención de aquella sociedad colonial que carecía aún de gusto estético y que en su mayoría no
apreciaba el mérito del pintor santafereño, el cual observaba en sus cuadros, algunas veces, las
reglas del arte con tal perfección como si hubiese hecho estudio de ellas en los adelantados
obradores de los maestros europeos.

Vásquez fundó hogar en Santafé, y tuvo una hija en su matrimonio; a ella y a Juan Bautista,
su hermano, les enseñó a pintar, y son ellos los autores de muchos cuadros de escaso mérito que
se atribuyen al maestro. Se ha hecho la juiciosa observación de que él mismo dejó obras
acabadas, y otras en que trabajó con descuido, dado el destino que tenían (4) .

Vásquez sufrió de demencia en los últimos días de su vida, según se refiere, y confirma la
inscripción que se lee en un cuadro del martirio de San Crisanto, del templo de Santo Domingo,
que él pintó y firmó en 1675; la que dice: Comulgó, enloqueció y murió año de 1711.

¿Dónde fue sepultado Vásquez? Su biógrafo, señor Groot, no halló datos serios sobre el
asunto; el señor Mejía opina que fue sepultado al pie del altar donde está colocada su última obra,
fundado en la opinión de los Padres candelarios, quienes creen que los restos del artista se
confundieron con los muchos cadáveres sepultados en el suelo de su iglesia; y el malogrado artista
don Alberto Urdaneta, dueño de un manuscrito, Memorias de un santafereño, que consultó don
Lázaro M. Girón, encontró en él la importantísima noticia, incidental en el mamotreto, y que estimó
en todo su valor, de que el ilustre pintor fue sepultado en la vieja Catedral, cuyo piso, al
reconstruirla, ocultó la tumba del dueño de la más brillante paleta de América, en aquellos tiempos,
afortunado rival del artista quiteño Miguel de Santiago, su contemporáneo, el más distinguido de la
hermana y vecina República del Ecuador.

Por noticias recogidas en el manuscrito indicado, podemos copiar las siguientes líneas sobre
tan importante asunto, que dan luz completa sobre el sitio de la tumba de aquél genio de la
pintura(5) :

Saliendo de la sacristía de loa canónigos, en la iglesia Catedral, a mano IZQUIERDA, en


la PRIMERA capilla, frente a la capilla DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES, frente al principal
altar, hay un sepulcro cubierto con una losa grande, y Nicolás León, que era el maestro
arquitecto que dirigía la obra, me dijo el año de 21 que ese sepulcro era en donde estaba tal
Arzobispo (¿ cuál ?) y como a los pies de él, arrimado a la pared a la mano IZQUIERDA del
celebrante que diga misa, están los huesos del famoso pintor Gregorio Vásquez, y esto que
refiero lo vi el año indicado. Sobre esos sepulcros se echó tierra, se igualó en piso y se
enlosó con ladrillos grandes.

Y si merecen recogerse todas las noticias sobre el sepulcro del artista, también son dignas de
mención las que se refieren a la casa en que habitó, la cual no presenta nada particular en su
arquitectura, aunque modificada con algunas reparaciones (6) :

El artista Urdaneta logró también descubrir el retrato de Vásquez en un cuadro de los más
notables del ilustre pintor, que se guarda en la Escuela de Bellas Artes. Allí se representa él mismo

159

al entregar a un Padre agustino dos imágenes de San Francisco y Santo Domingo, terna que pintó
el maestro varias veces.

Se ha referido que Vásquez se comprometió a trabajar varias obras para el convento de los
dominicanos, con quienes tuvo alguna desavenencia, y Urdaneta opina que el artista aprovechó la
ocasión para pintar su propia persona, y hacer constar así que había cumplido su compromiso.

El agustino se vuelve hacia el espectador, y con inteligente mirada parece interrogar el


buen gusto de quien contempla la obra del maestro. La mirada tiene aquella vaguedad con
que gustaba Vásquez señalar muchos de sus tipos, y hace que el espectador vea la figura
como de frente desde cualquier punto. Vásquez ocupa el centro del cuadro, y habida
consideración a la perspectiva, la figura, que es de tamaño natural, apenas mide 1 m. 58. De
espaldas, cubierto con los pliegues de ancha capa de color verde sepia, calzón corto, media
blanca, espadín, elegantes encajes, abundoso pelo, todo a la moda de la época. Presenta
distinguido perfil y la mirada es vivísima e inteligente. Está en actitud de dar un paso hacia
adelante, lo que comunica mucho movimiento a la figura. Frente a él, un cortesano con el
sombrero en la mano izquierda y la derecha sobre el corazón, con el gesto natural de quien
dirige una galantería, para decir frases de alabanza al artista. Este, indudablemente
convencido de su propio mérito, corresponde con franqueza quitándose el sombrero de
terciopelo negro.

De los demás detalles que Urdaneta consigna sobre este cuadro, tomamos el siguiente:

Debía ser Vásquez hombre asaz diplomático y cortesano, cuando seguramente para
halagar a los frailes que le encomendaban la obra, escribió con letras de oro, debajo de San
Pablo, que lleva túnica roja y espada de luz, como símbolo de fuerza:

Per istum itur ad Xptum (por éste se va a Jesucristo); y al pié de Santo Domingo, quien
tiene los atributos del Estudio y de la inocencia:

Sed facilius per istum (pero más fácilmente por éste).

Los signos XP, Jesucristo en griego, equivalen a XR en castellano, y la terminación en


latín(7) .

Se reconoce en este cuadro la fachada de la vieja Catedral, y en ella y al la estatua de San


Pedro que trabajó Juan de Cabrera. Detrás del agustino se ve otra fachada que trae a la memoria
las descripciones del antiguo convento de Santo Domingo; allí se ve la fuente que existió en el
patio del convento, y alguna calle de la ciudad colonial. El mismo retrato de Vásquez y el de su
hermano, que también se ve en el lienzo de que hablamos, están repetidos en el cuadro de San
Javier predicando, que pertenece al templo de San Ignacio. Por indicaciones de Urdaneta, cuando
fue fundador y Rector de la Escuela de Bellas Artes, el artista italiano don César Sighinolfi trabajó
el boceto del retrato de Vásquez, medallón que se colocó sobre la puerta de la Escuela y que
recuerda a los bogotanos la gloria de su conterráneo.

Vamos a citar opiniones muy respetables que confirman el merecido aprecio que tienen para
los colombianos los cuadros de Vásquez Ceballos, y que dan luz completa sobre su valor en el
arte, borrando así exageradas apreciaciones. El ilustre filólogo don Rufino J. Cuervo ha dado su
autorizado concepto en las siguientes líneas:

Desgraciadamente la opinión que tenemos de Vásquez es en extremo exagerada. El


mérito de nuestro pintor es relativo: grande para nosotros, si se ve la época y el teatro en

160

que trabajó; pero pequeño, insignificante, al lado de los maestros inmortales. ¿ Ni cómo
podía ser de otra manera si Bogotá, donde nació y vivió, era apenas una aglomeración
informe de emigrantes, sin la menor idea de lo que es el ideal y la belleza ? Un poeta, un
filólogo pueden formarse en medio del desierto, pero al pintor no le es dado brotar y
desarrollarse sino en medio de la civilización y de la opulencia (8) .

Otro colombiano distinguidísimo, don Ignacio Gutiérrez Ponce. refiere que su padre don
Ignacio Gutiérrez, en unión de don Rufino Cuervo, cuando residió en Europa, estaba encargado de
vender algunos cuadros de la Capilla del Sagrario, del pincel de Vásquez, y que desgraciadamente
no fueron apreciados en talleres y obradores de artistas europeos de la misma manera que lo han
sido en Colombia, “porque a pesar de su positivo mérito, juzgaron los conocedores que no
era bastante para poder competir con el de las obras análogas que se ejecutan en Europa” (9) .

A Vásquez correspondió dar vigoroso impulso al arte de la pintura en la Colonia, y él, unido a
los pintores que vamos a mencionar, son los padres de esta importante manifestación de la cultura
colonial. Ya hablamos antes de los méritos de Antonio Acero de la Cruz, cuya cuna, según la
tradición, se meció en esta capital, donde floreció en el siglo XVII y que fue artista desconocido,
hastaque hizo estudio de su vida y de sus obras, en 1889, otro artista, don Lázaro María
Girón (10) . Cuadros de Acero se conservan en varias iglesias de Bogotá y en el Museo Nacional;
los inteligentes los han juzgado como de mediana composición y dibujo, y escasos de las
condiciones de los buenos coloristas. Acero fue maestro del pintor Ochoa. También figuraron como
pintores en ese tiempo Baltasar, Gaspar y Bartolomé Figueroa, el primero de ellos maestro de
Vásquez, y que se había distinguido por buenos cuadros de correcta composición; el maestro
Bandera, que tuvo por discípulos a Gutiérrez y a Posadas; a su vez, Gutiérrez dio lecciones en su
taller a don Antonio García. Ya hemos dicho que Posadas se distinguió por su habilidad en pintar
diablos; de Gutiérrez se conservan pinturas en la sacristía de la iglesia de San Juan de Dios, y de
García existen obras en diferentes templos de la capital.

También figuró entonces el pintor Padilla, primero que hizo flores de cera colorada para
adornar cirios, y de quien se guardan pinturas especialmente en la iglesia de Santo Domingo, pero
cuyo mérito no es muy elevado. Camargo y Medoro, italiano, florecieron como pintores poco
después que Vásquez.

Réstanos citar aquí a Pablo Caballero, natural de Cartagena, de quien se conservan pinturas
en la antigua iglesia de la Capuchina, hoy de San José. Caballero era buen dibujante, autor, entre
otros lienzos, de la Concepción que se ve en la sacristía de la Metropolitana, de estilo suave y
colorido moderado y jugoso. Se distinguió también este pintor por la corrección de sus figuras
aéreas y sus fondos de gloria, que en realidad son muy buenos.

Hé aquí los nombres de los primogénitos del arte de la pintura nacional, de los trabajadores
de la hora primera. Más adelante anotaremos los de sus sucesores, también desaparecidos casi
todos, como ellos, de la escena del mundo.

Don Francisco Fernández de Heredia, Procurador de la ciudad, hizo presente al Gobierno en


1713 la necesidad de construir un puente sobre el río Tunjuelo, en el camino que conduce de esta
ciudad a Bosa, Soacha y Fusagasugá, e hizo notar la necesidad de la obra, por ocurrir en invierno
en este río desgracias personales al atravesar el Tunjuelo. La labor fue emprendida con acuerdo
del Cabildo, y después de haberse formado expediente sobre el asunto, la remató el albañil
Antonio Aillón por $ 4,000. Esto alarife construyó el puente de arcos, que prestó servicio algunos
años y que fue destruido por violenta avenida del río. Veremos adelante que durante el Gobierno
del Virrey Solís se colectaron fondos para reconstruirlo, lo cual llevó a cabo el Virrey Messía de la
Zerda, puente que existe todavía.

161

El Arzobispo Cosio y Otero falleció el 29 de noviembre de 1714, a los setenta años de edad,
después de haber gobernado ocho años el Arzobispado y uno el Reino en lo civil, como antes
dijimos. Sus exequias fueron pomposas en la Catedral.

Meses antes de morir el Arzobispo Cosio y Otero había llegado a Santafé, con título de
Presidente, don Francisco Meneses de Sarabia y Bravo, quien recibió el mando de manos de la
Audiencia, cuyos Ministros habían gobernado mal, seguros de que la Corte de España no se
preocupaba de las colonias por estar empeñada en guerra con otra potencia europea.

(1) Baltasar de Figueroa, insigne pintor, nació en Santafé hijo de Gaspar de Figueroa, aventajado
en el mismo arte, y de doña Lorenza de Vargas, su mujer. OCÁRIZ. lib. cit., 257. CAICEDO Y
FLOREZ, lib. cit., dice que nació en Sevilla. Nos parece más valiosa la opinión de Ocáriz al tratarse
de genealogías del Nuevo Reino.

(2) LUIS MEJÍA R., Vásquez y su obra, Papel Periódico Ilustrado numero 106.

(3)Véase la crónica de los ojos de San Roque, al estudiar la parroquial de Santa Bárbara, pág. 72.

(4) Hemos hablado ya de varias pinturas de Vásquez al describir algunos templos; luego haremos
mención de otros notables cuadros de su pincel.

(5) Urdaneta las publicó el 11 de junio de 1887, con motivo de una fiesta privada, en la cual se
destinó un salón a enaltecer el arte patrio, sin dejar comprender el sitio de la venerada tumba, pues
se proponía descubrirla con toda solemnidad; noble intento que no pudo realizar por su prematura
muerte. Más afortunados nosotros, por las indicaciones del señor L. M. Girón, levantamos en 1891
el velo que cubre aquellas venerandas cenizas, dignas de guardarse para la posteridad en
magnífico monumento. Escribimos en mayúsculas las palabras que en su publicación reservó el
señor Urdaneta.

(6) La Municipalidad de Bogotá dictó la siguiente Ordenanza el 23 de mayo de 1863, sobre


honores a la memoria del pintor bogotano Gregorio Vásquez Ceballos:

«La Municipalidad del Distrito Federal,

«Deseando tributar un homenaje, en nombre de la ciudad, al insigne pintor bogotano Gregorio


Vásquez Ceballos, cuyo genio adivinó el arte, y con sus excelentes cuadros, hechos en el atraso
de la colonia, en el siglo XVII, legó a su patria honra y riqueza,

«ORDENA:

«Artículo 1° En la casa número 34 de la caI1e 4ª, de la carrera de Oriente (hoy calle II, número
47) se colocará, de acuerdo con el propietario, una losa de mármol blanco en que se lea, en
caracteres dorados: “EN ESTA CASA VIVIÓ Y MURIÓ GREGORIO VAISQUEZ CEBALLOS—
BOGOTA, SU PATRIA, SE HONRA TRIBUTÉNDOLE ESTE HOMENAJE—ABRIL 23 DE 1863.”

«Articulo 2° La Municipalidad nombrará una Comisión encargada de formar el catálogo de los


cuadros auténticos del gran pintor. Este catálogo se publicará por la imprenta. La Comisión dirigirá
también la colocación del monumento.

«Artículo 3° Se encarga al señor Gobernador del Distrito el inmediato cumplimiento de esta


Ordenanza, y los gastos que ocasione se imputarán al presupuesto del presente año.

162

«Dada en Bogotá a 11 de mayo de 1863.

«El Presidente, VALERIO F. BARRIGA

«El Secretario, Mariano Maza.

«Gobernación del Distrito Federal—Bogotá, 23 de Mayo de 1863.

«Ejecútese y publíquese.

«MIGUEL GUTIERREZ NIETO

«El Secretario, Bernabé Ruiz. »

En el mes de julio de 1898 se cumplió lo ordenado por el Concejo Municipal, y se colocó en la


casa donde vivió Vásquez la lápida de mármol con la inscripción citada.

(7) ALBERTO URDANETA, Gregorio Vásquez Ceballos, Boletín de Historia, II, 747.

(8) ANGEL y RUFINO JOSÉ CUERVO, Vida de Rufino Cuervo y noticias de su época, I, 244.

(9) I. GUTIÉRREZ PONCE, Vida de don Ignacio Gutiérrez Vergara y episodios históricos de su
tiempo, 235, 236.

(10) LÁZARO M. GIRÓN, Colombia Ilustrada, 51.

Por la muerte del Arzobispo Cosio procedió el Cabildo a hacer elección de Provisor, y resultó
electo don José Valero Tobar y Buendía, cuyo retrato existe en el Colegio de San Bartolomé y luce
la beca roja. Don Francisco Ramírez Florián, que también había tenido votos, sostuvo que el electo
era él, porque Tobar y Buendía carecía de borla de doctor en Derecho Canónico. La mayoría
sostuvo la primera elección, pero Ramírez Florián apeló de lo resuelto ante la Audiencia, y ésta le
prestó apoyo. El Cabildo eclesiástico insistió en su determinación, “el real acuerdo repitió la real
provisión sobrecartada”; los canónigos se mantuvieron firmes; los golillas dictaron provisión
multándolos en $ 12,000 para gastos de la guerra; el Cabildo eclesiástico acordó que decidieran el
punto otros sacerdotes, que fueron nombrados al efecto, formando todos una Asamblea
respetable, la cual no pudo transar la querella, y entonces el Capítulo opinó que la Audiencia había
incurrido en la bula In cena Domine por haber quebrantado las inmunidades eclesiásticas, y
declararon que el Presidente Meneses y demás Ministros de la Audiencia estaban excomulgados
por dicha bula, mandando fijar carteles en las puertas de las iglesias. Todo esto aconteció el 17 de
diciembre de 1714, y los excomulgados fueron el Presidente Meneses y los Oidores Vicente
Arámbulo, Mateo Yepes y los Fiscales Manuel Zapata y Martín Flórez de Acuña y el Secretario
Miguel Berrío. Las campanas tocaron “entredicho local y personal; y en la declaratoria se protestó
agravar y reagravar las censuras hasta que volviesen al gremio de la Iglesia.” Se dio parte de lo
ocurrido a los curas de la ciudad. El 18 por la noche se reunió la respetable Asamblea ya citada, y
se propuso que renunciasen los dos contendores, medida que tampoco tuvo buen efecto. Ya solos
los canónigos acordaron “que se reagravaran las censuras y que se procediese a la ceremonia
eclesiástica de colgar mangas negras de cruces en las puertas de las casas de los excomulgados,
lo cual se ordenó ejecutar a los curas y sacristanes.” Aterrados los santafereños con tan infaustos
acontecimientos, lograron que el ilustre Ayuntamiento tomase parte en el debate, y éste, a nombre
de la ciudad, manifestó a los canónigos su deseo de paz; los canónigos contestaron, después de
consultar a la Audiencia, que se hiciese la elección en un graduado en Derecho Canónico y que
siendo así cedería el real acuerdo.

163

El Cabildo Catedral aceptó esa determinación “sin que se entendiese vulnerada en alguna
parte la inmunidad eclesiástica.” Al fin terminó todo el incidente con el nombramiento del Canónigo
doctor Nicolás Vergara Azcárate para Gobernador del Arzobispado. Los excomulgados fueron
absueltos, sin ir a postrarse a los pies de Clemente XI, porque los capitulares, según palabras del
auto, usaban de piedad y misericordia atendiendo a que muchos de los excomulgados estaban
enfermos e imposibilitados para emprender viaje a Roma. Se quitaron de las puertas de las iglesias
las tablillas, se repicaron las campanas de la Catedral, se pusieron luminarias en los balcones del
Cabildo eclesiástico, y los santafereños volvieron a conciliar el sueño interrumpido frecuentemente
por las disputas de los dos Gobiernos (11) .

Los Oidores Arámbulo y Yepes, los Fiscales Flórez de Acuña y Zapata y el Secretario Berrío,
unidos, conspiraron contra el Presidente Metieses, quien no tuvo el acierto de hacer respetar su
autoridad. Deseaban los golillas gobernar sin Presidente, y se aprovecharon de la circunstancia de
que éste prohibió que se abriesen las salas de la Audiencia, excepto en las horas en que había
acuerdo; los de la Audiencia obtuvieron asilo en el convento de San Agustín, donde se reunieron
oficialmente y formularon tres cargos contra el Presidente: por adorador de Baco, por adúltero y por
ladrón. Con este expediente, el 15 de septiembre de 1715 redujeron a prisión al Presidente en la
cárcel de Corte; entonces aparecieron dos partidos: el más numeroso sostenía a los Oidores, y el
más débil al Presidente, a quien sus enemigos trataban indignamente en su prisión, a lo cual se
añadió el remate de sus bienes particulares en almoneda, a la cual salieron las hebillas y cajas de
oro de rapé del Presidente, sus joyas de familia, su servicio de mesa, rematándose todo a precio
bajo, fijado por, los conspiradores.

Circuló entonces manuscrito un trabajo llamado La Bruja, o sea una carta en que se fingía que
una bruja residente en Tolú le escribía a otra que estaba en Cajamarca. Este curioso manuscrito,
que figura en los apéndices de la segunda edición de la Historia de Groot, redactado con gracejo y
socarronería, da noticias acerca de aquella lucha entre el primer mandatario de la Colonia y los
Oidores, las cuales no podemos menos de hacer conocer en parte: hablando de Manuel Zapata
dice que había hecho milagros bastantes no sólo para perder la garnacha sino para hacerlo poner
en una N de palo.

Afirma que los Oidores abrían las cartas oficiales del Rey para sus vasallos santafereños y
violaban la correspondencia de éstos para la Corte, donde iban las quejas contra los desmanes de
los Oidores por diferentes clases de abusos y crímenes. Si una cédula convenía a los garnachas,
le ponían el “obedezcase, ejecútese y publíquese”; si les era desfavorable, según palabras de La
Bruja, “tapetur, encubratur, sepultetur et in saeculum saeculi.” Y continúa el manuscrito: “una vez oí
en Alcalá defender unas conclusiones a un estudiante, y en cualquier réplica decía: del argumento
que ha de poner Vuesa Merced, señor doctor, concedo en todo lo que me favorece y niego todo lo
que me perjudique.” La Bruja absuelve al Presidente del cargo de borracho y del de adúltero, mas
al llegar al cargo de ladrón, exclama: “concedo y reconcedo,” y no olvida hacer a su vez la primera
inculpación al Oidor Arámbulo, y la tercera al Fiscal Zapata, y en cuanto al adulterio, aunque bruja,
trae las palabras del Evangelio: qui sine peccato est vestrum primum lapidem mittat. Al Fiscal
Flórez le recuerda La Bruja que su apellido era una verdadera oligarquía en el Nuevo Reino: “hay
florecita en la Audiencia; hay florecita en el Tribunal de Cuentas; florecitas en los oficios; florecita
en el Cabildo Eclesiástico; florecita en el Cabildo secular; florecita en las religiones, y en cada parte
su flor.... notable desgracia que la Granada del Nuevo Reino, que es reina de los frutos, se haya
reducido a flores, y que en lugar de decir, vamos al grano, se vean necesitados sus moradores a
decir: vamos a las flores.” Agrega La Bruja el nombre de Burgos a los principales enemigos del
Presidente, y dice que era heterogéneo porque era mezcla de Castilla y de la tierra, carne y
pescado, ni bien noche, ni bien día.

Los garnachas, apoyados por numeroso bando, sacaron de la ciudad el 10 de octubre de


1715(12) al Presidente Meneses, caballero en un asno, con los pies descalzos, por las calles de

164

San Juan de Dios y de San Victorino, con el objeto de enviarlo a España. En la Corte fue absuelto,
se le restituyó su título de Presidente del Nuevo Reino, puesto que no volvió a ocupar, porque a su
regreso murió inesperadamente en Cartagena, hecho que dio lugar a que se dijese que los
empleados de la Audiencia lo habían hecho envenenar.

Para terminar este curioso incidente y las noticias de La Bruja, diremos que haciendo alusión
ella a los Oidores después de la prisión de Meneses, recuerda que la Audiencia distrajo la atención
pública con fiestas de toros, comedias, paseos y fandangos, y agrega que provocadas las brujas
con estas diversiones, se reunieron en lugar adecuado con tamborcillo, sonajas y castañetas, y
comenzaron el zarambeque al son de estas cantinelas:

Lunes y martes Por un fandanguito


y miércoles tres, echará la hiel,
jueves y viernes y se dará al diablo
y sábado seis. por darse un placer.

Martín y Barajas Arámbulo es gato


y el Tábano tres, viejo de revés,
Jusepe y Mateo y andar suele a gatas
y Arámbulo seis. de puro beber (13) .

En vista de todas las arbitrariedades cometidas con el Presidente Meneses, que se repetían
en otras Audiencias de América, se vieron obligados a exclamar don Jorge Juan y don Antonio
Ulloa, años después:

“Todas las Audiencias corren bajo un mismo pie” (14) . Durante dos años, de 1715 a 1717,
tuvo interinamente el bastón de los Presidentes don Nicolás Infante de Venegas, quien no parece
que hizo nada en favor de la ciudad. En su reemplazo ocupó la Presidencia, también interinamente
el 23 de abril de 1717, fray Francisco del Rincón, Obispo de Venezuela (15) , religioso de mínimos
de San Francisco de Paula, promovido del Arzobispado de Santo Domingo al de Santafé, donde
debía ejercer, por voluntad del Rey, las dos potestades: la civil y la eclesiástica.

Con el Gobierno civil del señor Rincón, sobre el cual no traen noticias los cronistas e
historiadores, se cierra en la Colonia la primera época de Presidentes, pues como vamos a ver, el
Gobierno de la Colonia se habla elevado a Virreinato por real cédula expedida en Segovia el 27 de
mayo de este año de 1717.

(11) GROOT, lib. cit., II, 6 y siguientes..

(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 9.

(13) GROOT, II, Apéndice, CX y sig.

(14) JORGE JUAN y ANTONIO DE ULLOA, Noticias secretas de América, 1826.

(15) PLAZA, lib. cit., 282; Boletín de Historia, y, 218.

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CAPITULO XVIII
Erección del Virreinato del Nuevo Reino—Don Antonio de la Pedrosa y Guerrero, primer Virrey—
Fundación del Colegio de San Buenaventura en Santafé—Conseja sobre el fundador—Villalonga,
segundo Virrey—Noticias sobre su Administración —Supresión del Virreinato—Retrato de
Villalonga—Inscripción al pie del lienzo—Nuevos Oidores—Muerte del Arzobispo Rincón—
Traslación del Hospital de San Pedro al de San Juan de Dios—Noticias sobre Villamor—Su
retrato—Un libro del Padre Villamor—Funerales dignos de mención—Las reliquias de una monja—
La iglesia de San Juan de Dios—Abdicación de Felipe y—Jura Santafé al Rey Luis I—El
Presidente Manso Maldonado—Su Gobierno y sus informes—Algunas causas del estado de atraso
de la Colonia—Vuelve a gobernar la Audiencia—El Arzobispo Alvarez de Quiñones—El Palacio
arzobispal—La mejor custodia de Bogotá—Apoderado del Arzobispo Alvarez en el ejercicio de su
cargo—Retrato de Alvarez, inscripción—Gobierno eclesiástico de un bogotano.

HABÍA terminado la célebre guerra de sucesión en España, acontecimiento que no obstante


su magnitud pasó inadvertido para las colonias americanas. Seguros los Borbones en el trono,
pensó el Rey de España mejorar la administración civil de las dilatadas posesiones de la
Monarquía en América. En cuanto al vasto territorio del Nuevo Reino, resolvió el Rey erigirlo en
Virreinato por cédula expedida en Segovia a 27 de mayo de 1717. Fue acertada esta medida del
Monarca, porque sólo existía en Lima un Virrey, único en el inmenso territorio de la América del
Sur, y eran continuas las querellas y colisiones entre los Presidentes de Santafé y Quito y las
respectivas Audiencias.

En realidad no hubo cambio sustancial al crear el Virreinato en el régimen político, salvo que
el Virrey tenía funciones más amplias que los Presidentes, pues era Vicepatrono Real,
Superintendente de la Real Hacienda, Gobernador y General de las tropas de su jurisdicción. Con
la creación de la nueva forma de gobierno se suprimían los Visitadores de las Presidencias y
Gobernaciones, los cuales con frecuencia contribuían a aumentar el malestar en vez de ser
elementos de concordia.

La creación de esta nueva jerarquía civil dio independencia al Nuevo Reino, desligándolo del
Virreinato del Perú, que hasta 1718 tuvo jurisdicción sobre el Presidente de Quito y las Audiencias
de esta última ciudad, Santafé y Panamá (1) .

Constituyó el territorio del nuevo Virreinato el mismo en que más tarde se fundó la República
de la Gran Colombia, y además, parte de los territorios orientales del Perú hasta partir límites con
los de Portugal (2) ; luego se desmembró el territorio de Venezuela, erigido en Capitanía General, y
el de la República del Ecuador, cuya administración se confió al Presidente de Quito.

La real cédula de 1717, citada, dispuso que don Antonio de la Pedrosa y Guerrero, del
Consejo de Indias, se trasladase a Santafé y erigiese el Virreinato. Pedrosa, en cumplimiento de
las órdenes reales, llegó a esta capital en la noche del 7 de junio de 1718 (3) .

Pedrosa y Guerrero era señor de la villa de Buxes, y trajo su papel oficial con el siguiente
timbre, que todavía se conserva en varios documentos:

166

Don Antonio de la Pedrosa y Guerrero, señor de la villa de Buxes, del Consejo de Su
Majestad en el Real y Supremo de Indias, elegido y nombrado por Su Majestad para
establecer y fundar el Virreinato en este Nueve Reino, y para otros negocios y encargos de
la mayor importancia del real servicio, Virrey Gobernador y Capitán General de dicho Reino
y Presidente de la Real Audiencia de Su Majestad.

El bastón de mando lo recibió Pedrosa de manos del Arzobispo—Presidente Rincón, el 13 de


junio de 1718. El Virrey dictó providencias pueriles sobre las ceremonias de la nueva
magistratura (4).

Encontró el Virrey Pedrosa, como último progreso realizado, la erección del Colegio de San
Buenaventura, en el convento de franciscanos. El edificio (destruido hace más de treinta años para
abrir la carrera 8.ª, o sea la 5.ª calle de Florián, y que ha servido de prisión después de la
desamortización de 1861) se había levantado por esfuerzos del fraile bogotano Juan de Salazar,
“quien edificó la muralla de este convento, distante seis varas de sus paredes principales, que
corre desde la portería, en la longitud de sesenta y cuatro varas, hasta la calle del Colegio” (hoy
carrera Sucre).

Un religioso franciscano toma de la crónica del convento la siguiente conseja, relativa al


benefactor de este Colegio, que también fue Alcalde Ordinario y Alférez Real de Santafé:

Yendo a un desafío y duelo, con otro mozo de iguales cualidades y nobleza, al pasar por
el atrio o altozano de la iglesia que llamaban del Noviciado (El Hospicio), al lagar destinado
al duelo, que era en el Alto de San Diego, reparó que en dicho atrio estaba un hombre
cargado sobre su espada; que yendo a reconocerle, vio su imagen, o se vio a sí mismo
muerto a puñaladas, y luego desapareció. Tocado suave y fuertemente de la mano de Dios,
partió de allí en busca de su enemigo, a quien halló esperándolo en el lugar del desafío,
con quien se reconcilió, y en su compañía se vino al convento de San Diego, y refiriendo a
los religiosos lo que le pasaba, pidió con lágrimas el hábito en aquel santo convento, en
donde vivió algunos años con ejemplo y edificación de toda la ciudad (5) .

Esta leyenda se tuvo por los santafereños como acontecimiento verídico. Pocos de los
lectores la juzgarán con idéntico criterio.

El Gobierno del Virrey Pedrosa fue transitorio, pues el 25 de noviembre de 1719 se posesionó
del mismo cargo don Jorge de Villalonga, Caballero de la Cueva y de Santiago. “Juzgo no estará el
lugar más ostentoso de grandeza y gusto como en el de ese Gobierno,” dice el cronista Vargas
Jurado. Villalonga vino del Perú por largo camino de tierra, y a su paso visitó a Quito y a Popayán.
El año de 1721, cumpliendo orden del Gabinete de Madrid, expulsó el Virrey del territorio del
Nuevo Reino a todos los extranjeros residentes o transeúntes, sin exceptuar a los casados con
hijas del país, y fijó como término preciso quince días. Centralizó en sus manos la Hacienda
Pública y manejó los dineros con cicatería, pues era avaro. Por medio del Arzobispo Rincón
dispuso que se llevasen con orden los libros parroquiales. cumpliendo así con lo dispuesto en la
Recopilación de Indias. El Virrey Villalonga informó repetidas veces a la Corte sobre la
conveniencia de suprimir el Virreinato y restablecer la Presidencia como Gobierno menos costoso.
Así lo decretó el Monarca español a los tres años de Gobierno de este Virrey, por cédula de
septiembre de 1723. Al suprimirse el Virreinato volvió a pertenecer la Presidencia de Quito al
Virreinato del Perú, hasta 1740.

167

Don Jorge de Villalonga.

En el Museo Nacional se conservan dos retratos de este Magistrado. Uno de ellos, que
reproducimos en fotograbado, es un lienzo al óleo de muy buen pincel español. El Virrey está de
pie; cúbrele la cabeza una peluca Luis XIV. La tela de su levitón imita seda rosada con bordados
de oro; tiene corbata y entremangas de encaje, media azul hasta la rodilla, y el muslo cubierto con
calzón corto; calza zapatos negros con hebilla de oro. Apoya la mano izquierda, cubierta con
guante gris, en el puño dorado del florete, y la derecha sobre el bastón de mando. Se ve el tricornio
bajo del brazo.

Al pie del cuadro, a la derecha, se lee:

El Exmo Señor Don George de Villalonga. Conde de la Cueva, Caballero del hábito de Sn.
Ju.n Thents Genl de los Reales Exercitos de su Mags De su Oonsso, en el Supremo de Guerra,
Procurador Rel del Rno de Mallorca, Cavo superior de las armas de la Tierra del Perú, Gen.l del
Puerto y Presidio del Callao en los mismos reinos que ejerció más de 11 años de donde pasó a los
empleos de Virrey, Pres.the, Governador y Capp.n Gen.l, de este nuebo Rno de Granada. Electo el
primero en estos empleos por merced de Su Md en 13 de Junio, año de 1717. Recibió los
Despachos en la Ciud. de los Reyes Capital del Perú, obteniendo los empleos referidos el día 15
de Diz de 1718 y llegó a esta Ciud. de Sta. Fee el. día 25 de Nove del año de 1719, y fue recibido
el día 27 del mismo mes y su entrada pública a 17 de Diz.e siguithe

La vida íntima de este aristócrata del siglo XVIII permanece para nosotros en la penumbra.
Muchas anécdotas pudiéramos saber de él, si los cronistas hubieran sido menos lacónicos y
más adictos a la vida palaciega. Quédese el señor Villalonga, con su penacho de blancos
cabellos, adherido a una de las paredes del Museo Nacional, despertando la curiosidad de
los visitantes por su extraña indumentaria y arrogante presencia, y quédese también,
disminuido su tamaño, en las páginas de la Historia nacional (6) .

Villalonga salió de Santafé el 31 de mayo de 1724. Durante el Gobierno de este Virrey


ocuparon las sillas de la Audiencia como Oidores: Losada, Laicequilla, José de Quintana, Jorge
Lozano, José Martínez Malo, y sirvió la Fiscalía José Castilla.

168

El 27 de junio de 1723 falleció el Arzobispo don fray Francisco Rincón, a cuyas exequias, que
tuvieron lugar en la Catedral, asistió Villalonga, como lo anotan los cronistas, vestido de negro y
con capa color de grana.

El Arzobispo Rincón visitó la Arquidiócesis, dictó autos sobre la decencia del culto, fundó
capellanías en la Catedral por valor de $ 10,000. Dijimos antes que se conserva un retrato de este
Arzobispo en el Colegio del Rosario; otro guarda la Catedral, con la siguiente inscripción:

El Illmo y R.mo S.or M.° D.n F.r Fran.co de Rincon, del Consejo de su Mag.d DEL HORDEN
DE LOS Mínimos de S.n Francco de Pavla, Coretor tres veces del Collegio de Salamanca y
Valladolid. Lector jvbilcsdo, Definidor tres veces de la Provincia de Castilla, Azistente y Provincial
de ambas Castillas. Exsaminador Sinodal del Arzobispado de Toledo y de la Anvnciatvra. Predidor
de ambas Mag.des, Carlos segvndo y PH.pe QUINTO .... DOR DEL REAL Y supremo Consejo DE
LA gen.l Ynquisi.on y de las Jvntas Secretas. Arzobispo de la igl.a Metropona, Prima.da de S.to
Domin.go Obis.Po de la Prov.a de Venezuela y Caracas, Arzobispo Presidente Gov.or y Ca.... en
este Nuevo R.no de Granada....

Ya dijimos antes que el Arzobispo fray Juan de los Barrios había fundado el primer asilo de
beneficencia en Santafé. La erección la hizo con el nombre de Hospital de San Pedro, y para ella
otorgó escritura el 21 de octubre de 1564 ante el Presidente Venero de Leiva, de donación inter
vivos de las casas de su propiedad en que habitaba, situadas en la calle de San Felipe, en el
mismo lugar que ocupan hoy el claustro y sacristía mayor de la iglesia Metropolitana, carrera 6.ª
Este Hospital se fundó con el objeto de servir a los pobres, con el patronato de los Arzobispos.

Los monjes de San Juan de Dios habían obtenido licencia de Felipe II en 2 de diciembre de
1595 para pasar a América y fundar hospitales; Felipe II había concedido permiso en 1680 para
que la administración del Hospital de San Pedro pasase a la dirección de la Orden de
Hospitalarios. Cuatro años después el Cabildo eclesiástico, en Sede vacante, excitó al Prior de la
Orden dicha, que residía en Cartagena de Indias, para que enviase a Santafé religiosos con
destino a servir el Hospital. Vino fray Gaspar Montero, y el Arzobispo fray Cristóbal de Torres le dio
solemne posesión del edificio y de sus rentas, como Prior y médico de los frailes de San Juan de
Dios en Santafé.

Siendo estrecho el local e inadecuado, se pensó trasladarlo a un sitio extenso, desde


principios del siglo XVIII, idea que se realizó en 1723, siendo Prior y médico del Hospital el cronista
bogotano fray Pedro Pablo de Villamor, quien hizo nueva fundación “en un campo al occidente de
la ciudad,” o sea en el área que ocupa hoy el Hospital de San Juan de Dios. Ciento cincuenta y
nueve años sirvieron de hospital las casas del señor Barrios, y el producto de venta fue la base del
capital necesario para construir el amplio edificio que en la actualidad sirve de hospital general de
caridad.

Los Oidores José Martírnez Malo y José de Quintana, que ocuparon sus empleos desde
1721, dieron decidido apoyo al Padre Villamor para construir el nuevo hospital. Terminado el 1.° de
enero de 1739, se hicieron las fiestas de colocación.

Se llamó este hospital, en sus principios, de Jesús, María y José, y habiendo muerto su
fundador, el Padré Villamor, terminó la obra fray Juan Antonio de Guzmán, apoyado por los
Oidores citados. Hubo fiesta religiosa durante una semana, y “los señores Oidores y caballeros
principales trasladaron a los enfermos en sillas de manos desde la enfermería vieja del señor San
Pedro hasta la nueva” (7) .

El filántropo monje bogotano fray Pedro Pablo de Villamor apenas se ha nombrado en


crónicas y en historias nacionales, como fundador del Hospital. En un libro de que es autor el

169

Padre Villamor, cuyo manuscrito terminó en 1720 y que vio la luz en Madrid tres años después,
bajo el título de Vida y virtudes de la venerable Madre Francisca María del Niño Jesús, religiosa
profesa en el real convento de Carmelitas Descalzas de la ciudad de Santafé, hemos encontrado
una carta del Padre doctor Juan Antonio de las Varillas, S. J., en la cual consta que el Padre
Villamor estudió Filosofía en la Universidad Javeriana de Santafé, donde obtuvo el grado de
maestro; luego, ya miembro de la Orden Hospitalaria, fue enviado a las ciudades de Panamá y
Cartagena a estudiar y practicar medicina; terminados sus cursos volvió a esta ciudad e ingresó de
nuevo en la Universidad de los jesuitas, donde cursó Teología. El Padre Villamor fue el último
médico del Hospital de San Pedro y el primero del nuevo hospital de que fue fundador. En la sala
más amplia de las enfermerías de hombres se conserva un retrato de este benemérito bogotano,
pintado al Oleo, en que se ve a Villamor de pie en actitud compasiva, con rostro ascético, cabellos
negros lacios y escasos, cubierto con el humilde hábito de los hospitalarios; tiene un libro en la
mano izquierda y apoya la derecha sobre otros volúmenes que reposan sobre una mesa. El retrato
tiene al pie la siguiente inscripción, que complementa las noticias que de él se conservan:

El Mi Rdo Pe Mro Fi Pedro Pablo de Billamor Religioso Presbro de Ntra orden Primer
Fundador deste Nuebo Conbto Y digno de memoria por su Religioso Selo y Birtud Falleció a 6 de
Agosto Del año de 1729.

Del libro del Padre Villamor pueden verse muestras en la Historia de la Literatura de Vergara
y Vergara; añadimos que dicha obra contiene muy interesantes noticias sobre la historia de Bogotá
y una genealogía de la familia Caicedo, muy importante desde el punto de vista histórico. Su monja
biografiada perteneció a esta familia, y se llamaba Francisca María, nacida en Santafé en 1665;
falleció en el convento de Carmelitas en junio de 1708. Como muestra de las costumbres de la
época y del estilo del Padre Villamor, vamos a insertar algo relativo a los honores fúnebres que se
le tributaron a la monja:

Hecha señal en la Catedral con tristes clamores como los había dado el día antes con
todas las campanas, alternando también con los melancólicos dobles las de el monasterio,
se convocó al entierro al Ilmo. Sr. Arzobispo Don Francisco Cosio y Otero (que cantó la
misa, y hizo el solemnísimo entierro), a su venerable Deán y Cabildo, clero y música;
concurriendo asimismo movidos de la fama de la sierva de Dios el Sr. General de Artillería
Don Diego Córdova Lasso de la Vega, Presidente, Gobernador y Capitán General de este
Reino, los Sres. Oidores, Fiscal y Alguacil Mayor de esta Real Audiencia, sus Tribunales con
sus ministros, el muy noble Cabildo y Regimiento de esta ilustre ciudad; asistieron también
los Religiosísimos Padres del Máximo Colegio de la Compañía de Jesús y los dos
nobilísimos Colegios Mayores de San Bartolomé y de Nuestra Señora del Rosario.

Anota también el Padre Villamor que asistieron a este sepelio todas las comunidades de
religiosos. Luego se extiende sobre los funerales que se hicieron en Cartagena en honor de la
Madre y el servicio religioso de cabo de año, y entra a tratar de las informaciones jurídicas y
beneficios que recibieron los devotos por medio de las reliquias de la religiosa biografiada. Óigase
un milagro:

Don Melchor Venegas de Otálora, vecino de esta ciudad de Santafé, testifica que teniendo
a un hijo suyo, le poca edad, molestado de un grande tumor en el cuello, que llama el
vulgo coto; oyendo decir de las maravillas que obra Dios por la invocación de su sierva y
aplicación de su sangre, como también retazos de sus vestuarios, pidió a una religiosa un
pedacillo de su vestido; y dándole un orillo, se lo ligó al tumor, el cual fue tan eficaz remedio,
que al tercero día se vio el efecto de su mejoría quitándosele y resolviéndosele del todo (8)

(1) GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. cit.. y, 2, 4.

170

(2) JAIME ARROYO, Historia de la Gobernación de Popayán, etc. Edición anotada por Antonino
Olano y Miguel Arroyo Díez, 356.

(3) C. BENEDETTI, lib. cit., 237. GROOT, lib. cit., II, 18. ANTONINO OLANO, lib. cit., 65. VARGAS JURADO,
lib. cit., 9. HENAO y ARRUBLA, lib. cit., I,371.

(4) Algunos historiadores, autores de compendios y de listas cronológicas de mandatarios de


Colombia, nombran como primer Virrey a Villalonga, sucesor de Pedrosa. Este error histórico está
hoy perfectamente definido.

(5) R. P. F. C. ALMANSA, Relación histórica de la Provincia de Franciscanos en la Nueva


Granada, 16.

(6) E. CORTÁZAR, El Gráfico de Bogotá, número 119.

(7) VARGAS JURADO, lib. cit., 10, 18. El acta de la fundación se conservaba en el archivo
municipal, y fue destruida por el incendio de 1900. Después veremos cómo se construyó el edificio
y quiénes han sido sus principales benefactores. (Véase OCÁRIZ, lib. cit.;185).

(8) PEDRO PABLO DE VÍLLAMOR, Vida de la venerable Madre Francisca María, etc., 371.

Refiere asimismo este autor que para casos graves de tocología usaban las devotas una
famosa alpargata, que usó la religiosa, prenda que aplicada a las paredes abdominales suprimía
las horas de angustia que preceden al acto de la maternidad.

En 1723 estaba terminado el templo de San Juan de Dios, contiguo al convento—hospital, y


sirvió de iglesia a la Orden de Hospitalarios hasta que fue extinguida dicha Comunidad en 1835.

Este templo forma el ángulo sureste de la calle 12 y la carrera 10. La fachada es medioeval,
sin mérito arquitectónico digno de notarse; sobre la parte oriental del atrio, y apoyada en los
cimientos de una gran torre, destruida por el terremoto de 1743, se levanta una diminuta,
semejante a las de nuestras más pobres aldeas, y que puede tenerse como hija de la torre de Las
Nieves. El costado de la iglesia sobre la carrera es una simple pared, reforzada hasta 1894 por
machones que la afeaban y disminuían la amplitud de la calle. A solicitud del respetable Canónigo
bogotano doctor Francisco Javier Zaldúa, Capellán de este templo a la sazón, la Municipalidad
ordenó quitar los bastiones que afeaban la carrera 10 y reforzar el edificio en su parte interior.
Embellecen esta iglesia un techo pintado de blanco con labores doradas; altares laterales de tallas
burdas sostenidos por columnas, ya salomónicas, ya estriadas, envueltas en ramas de vid.

El altar principal, que ocupa la testera sur de la iglesia, está sostenido por cuatro columnas
pareadas, modernas, de fustes lisos, con capiteles, sobre las cuales pasa una cornisa de buen
gusto por su severa ornamentación. El segundo cuerpo del altar ostenta una pintura al Oleo de una
escena de la vida de San Juan de Dios. En el centro de este altar se abre amplia puerta que
guarda el sagrario. Todo está pintado de blanco, y lo construyó el señor Honorio Navarro para
reemplazar una obra de nogal, también moderna, que no obedecía a plan ni orden arquitectónico
algunos. Luce en una de las paredes del presbiterio un gran lienzo que representa el tránsito de la
Virgen del Carmen, obra de Acebedo Bernal, lo cual es su mejor elogio.

Son tantos los cuadros que adornan las paredes de este templo, que es imposible entrar a
describirlos, y algunos llaman la atención por el mérito del pincel.

171

Señalamos únicamente una estatua de la Virgen, semejante a la que existe en la iglesia de
San Agustín, de que ya hablamos: es notable por su antigüedad y sus defectos: su altura es del
tercio del natural; su cuerpo es un cono, sin cintura, e idéntica forma tiene la figura del Niño; ambas
carecen de brazos, y las manos salen de los cuerpos; las carnes tienen color de chocolate, están
vestidos con colores de estilo bizantino; la Virgen tiene toca, y el mal gusto moderno le ha colocado
una corona de hoja de lata.

Por ser retrato de San Juan de Dios, según la leyenda que vamos a copiar, y por ser buena
pintura muy bien conservada, hacemos excepción de este cuadro, rompiendo así el prudente
silencio en que dejamos la mayor parte de los lienzos de esta iglesia. Dice la inscripción:

Verdadero retrato del bienaventurado P. S. Ju de Dios natural de Montemor el nuevo en el


Reino de Portugal—fundador de la orden de La Hospitalidad. Murió en Granada a VIII de Marzo de
MDL a los LV años de edad.

El púlpito, de madera, está ornamentado con los cuatro Evangelistas en relieve; en el fondo
de la nave derecha se ve una bella cara de estatua de Nuestra Señora del Carmen, cuyo cuerpo
está cubierto con vestiduras de trapo.

La luz de la iglesia es muy desigual: hay partes en que es franca, otras tienen semioscuridad
y hay rincones adonde jamás ha llegado un rayo de sol. Estatuas antiguas y modernas de diverso
mérito artístico se ven por doquiera; la sacristía es un sombrío salón de grandes dimensiones; allí
se conservan algunos de los cuadros que adornaban el claustro principal del antiguo convento, y
aunque no tienen firma, se sabe que son del maestro Gutiérrez, ya en estas páginas nombrado.

Del edificio del Hospital y su organización científica trataremos adelante.

En España ocurrían en 1724 notables acontecimientos: el Rey Felipe V, lleno de melancolía,


se había dejado dominar por palaciegos, entre los cuales ocupó el primer lugar el Cardenal
Alberoni, quien en realidad fue un gran Ministro que reunió en sí casi todo el poder real. El 10 de
enero de este año circuló en Madrid un decreto real en que se decía: “y viendo que mi hijo mayor
don Luis, Príncipe de Asturias, se halla en edad competente, casado y dotado de capacidad, inicio
y talentos necesarios para gobernar con sabiduría y equidad esta Monarquía, he resuelto retirarme
absolutamente del gobierno y administración de los negocios de estos reinos y señoríos en favor
de dicho Príncipe don Luis, mi hijo primogénito” (9) .

Luis I subió al trono el 9 de febrero de 1724, a los diez y siete años de edad. Apenas reinó
siete meses, pues murió el 31 de agosto, de viruela (10) . Felipe V volvió a ceñir la corona
española.

En Santafé tuvo lugar la jura de Luis I el 5 de agosto de 1724, veintiséis días antes de su
muerte, con lo cual se demuestra la lentitud con que viajaba el cajón—correo de la capital de la
Monarquía a las ciudades de América. Suntuosas fueron las fiestas que se celebraron en Santafé.
El Cabildo designó a don José Prieto de Salazar, Regidor perpetuo por Su Majestad, para que
sacase el pendón real el día de la jura; aceptó Salazar la elección y el honor que se le hacía. Ya
había llegado a ocupar la Presidencia del Nuevo Reino don Antonio Manso Maldonado, sucesor de
Villalonga, cuyo Gobierno estudiaremos luego, y él fijó el 5 de agosto para que con solemnidad se
celebrase la jura, dictando las providencias convenientes para que nobles y plebeyos manifestasen
su fidelidad al Monarca español. Describamos la fiesta:

Llegado el día señalado, se aliñó lucidamente la sala capitular, corredores y demás piezas
de ella, con vistosos doseles y alhajas de importancia; y estando juntos los señores Alcaldes
don Pedro de Tobar y Buendía y don José Taléns; el Capitán don Pedro de Herrera

172

Brochero, don Manuel Francisco Sáenz del Pontón, Regidores; don Pedro de León, Alcalde
Provincial; don José Vélez, Alguacil Mayor; don Cristóbal Lechuga, Procurador General; los
muy Reverendos, Maestros Provinciales, Priores y Guardianes, Rectores de los colegios,
Padres graves de todas las religiones, con el demás concurso de encomenderos, caballeros
y personas nobles de esta ciudad y demás resto de caballeros particulares, bizarra y
costosamente vestidos, salieron de dicha sala (11) .

La comitiva montó a caballo con ricos jaeces guarnecidos de oro y plata, y se dirigió a la casa
de Prieto de Salazar, mientras se formó en la plaza el Batallón de cinco Compañías que existía en
la ciudad. La cabalgata, con Prieto en su centro, lujosamente vestido, en silla de terciopelo
encarnado, con clavos de oro, mostrando muchas esmeraldas y diamantes, seguido de muchos
lacayos, llegó a la puerta del Cabildo. Allí juraron los Alcaldes Tobar y Taléns a Su Majestad Luis I.
Taléns, con el pendón real en la mano y rodeado de todos los Regidores, dijo dirigiéndose al
pueblo desde la galería alta del Cabildo:

Dadme testimonio, Escribano, de cómo de mi mano a la del señor Alférez Real entrego,
por el Rey Nuestro Señor, Don Luis Fernando I de este nombre, este su real estandarte, con
voz, y en nombre de este Cabildo, debajo del pleito homenaje que tiene hecho.

De nuevo a caballo, llegaron frente al Palacio del Presidente y ocuparon un tablado que allí
había; y estando en el balcón de Palacio el mandatario y la Audiencia, dijo en alta voz el rey de
armas, desde el tablado: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio! Y en el mismo tono exclamó otro rey de
armas: Oid, oid, oid. Y entonces el Alférez Prieto de Salazar levantando el estandarte, puesto en
pie y esforzando la voz, dijo: “Castilla, León y las Indias, por Don Luis Fernando I de este nombre,
nuestro Rey y Señor que Dios guarde muchos años”; y tremoló el estandarte. Al punto todos los
concurrentes gritaron: ‘‘¡Viva! ¡Viva muchos años!” El Batallón hizo una descarga, los caballos se
asustaron, y dice el Escribano Navarro: .... “Y aunque no se verificó toda la ruina del amargo, no
faltó la desgracia que padeció el señor don Manuel Pontón, cuyo caballo, habiendo conseguido con
su soberbia la acción de libertarse de la opresión de la cincha, se desembarazó también de la silla
y personaje, en que sólo hubo de fortuna el haber escapado la vida aunque muy maltratado.” Las
campanas de todas las iglesias repicaron; el Alférez Prieto y los dos Alcaldes regalaron desde el
tablado monedas para el pueblo, y repartieron medallas con la imagen del Rey Luis en el anverso y
en el reverso las armas de Santafé. Siguió el paseo por las calles principales, habiendo montado
ya el Presidente y los Oidores. Frente a la iglesia Catedral se repitió la ceremonia, y se hizo la
aclamación en la misma forma en la portería de los monasterios de religiosos, en los Colegios del
Rosario y San Bartolomé, y volvieron al Palacio del Presidente, donde entraron con él el Alférez y
Regidores; allí, en el balcón, por última vez, se juro al Rey.

Todos fueron a casa de Pérez de Salazar, “donde hubo una merienda tan sumamente
espléndida y abundante que comúnmente se dijo que había traspasado sus términos la liberalidad,
poniendo en cada primer plato de los invitados una azucena de oro como obsequio “ Hubo tres
noches de iluminación general de la ciudad, fuegos artificiales, tres días de toros y mascarada
general.

Hemos nombrado incidentalmente al Presidente don Antonio Manso Maldonado, Mariscal de


Campo, que acababa de ejercer el destino de Teniente de Rey en Barcelona de España, y que
vino al Nuevo Reino a tomar las riendas del Gobierno de la Colonia, de manos del Virrey
Villalonga. Llegó Manso a Santafé y se encargó del mando el 17 de mayo de 1724. “Dentró de
Presidente el señor Manso, y con él—dice un testigo presencial—la desdicha y tristeza. Trajo de
familia un gallego y dos hijos, que fueron bartolos” (12) .

173

Tocóle a Manso Maldonado, como ya vimos, presidir los lutos de Luis I, y escribió Descripción
de las honras y exequias hechas en la muerte del Rey Don Luis I en Santafé de Bogotá, manuscrito
que cita un historiador (13) .

En la relación que este Presidente hizo de su Gobierno al Rey de España, se lee, refiriéndose
al Nuevo Reino:

Halléle, señor, en la última desolación: los vecinos principales y nobles retirados del lugar,
los comercios casi ociosos, vacos los oficios de república, todos abatidos y en una
lamentables pobreza.

Se admira Manso al ver que un dominio de la Corona tan vasto y rico por naturaleza, y en su
concepto el más rico de cuantos poseía la Monarquía, se hallase habitado por tan misérrimos
pobladores. Señala varias causas de atraso, entre ellas las continuas disputas de los Presidentes y
golillas de la Audiencia, que entorpecían la marcha del Gobierno y la buena administración de
justicia. Clama por que el poderoso brazo del Rey borre una de las causas de la pobreza de los
colonos, y dice:

Es así, señor, que la piedad de los fieles de estas partes es excesiva: ha enriquecido a los
monasterios y religiones con varias limosnas, obras pías que fundan en sus iglesias,
capellanías que dotan para que las sirvan los religiosos, habiendo habido muchas personas
que hallándose sin herederos forzosos, en una pequeña casa, solar o hacendilla que dejan,
fundan una capellanía que sirva tal a tal convento; con esto y la industria han aumentado
caudales con que han comprado haciendas considerables. Acontece, pues, que dan a
censo sus principales a los vecinos, a honesto logro de cinco por ciento, con hipoteca de la
casa o hacienda que tienen; y si pasado algún tiempo sin pagar los intereses, son
ejecutados por ellos y el principal, se vende la finca hipotecada, con que viene a quedar por
del convento; con que es rarísima la casa, fundo o heredad que no tenga sobre si un
principal equivalente a su precio; de suerte que los dueños vienen a trabajar para pagar
réditos a los conventos, sin que les quede con qué sustentarse; y poco a poco se han hecho
eclesiásticos todos los raíces de calidad, que apenas se contará casa o hacienda que no
sea tributaria de eclesiástico, pues la que no lo es a algún convento, lo es a un clérigo
secular, por tener allí fundada su capellanía (14) .

Las palabras del señor Manso revelan laboriosidad y espíritu público, y sus reflexiones son
tan acertadas y evidentes, que nuestros lectores han visto multiplicadas en las páginas anteriores
de este libro, querellas pueriles que trastornaban el orden social y continuas fundaciones de
carácter religioso al lado de las pocas cuyo fin ha sido la beneficencia y la educación de la
juventud.

Los historiadores colombianos no mencionan ningún acto útil del Gobierno de Manso, quien el
19 de febrero de 1731 entregó el mando a la Audiencia, y, dice un cronista contemporáneo, “salió
de esta ciudad, sin despedirse y con mucho dinero” (15) .

Recordamos que la Audiencia que reunió ese día el Poder Civil y la Administración de
Justicia, estaba compuesta de los Oidores don José Martínez Malo, don José Quintana Acebedo y
don Jorge Lozano y Peralta, y que servía la Fiscalía don José Castilla.

Seis meses después de haber dejado el Gobierno Manso, ocupó la Silla arzobispal de
Santafé, el 27 de agosto de 1731, el doctor don Claudio Alvarez de Quiñones. Este Prelado edificó
la primera casa arzobispal en la ciudad, que más tarde veremos fue reconstruida por el Ilustrísimo
señor Arbeláez. La mejor custodia de la Catedral, conocida con el nombre de la preciosa, se debe
a la generosidad del señor Alvarez.

174

Hay das custodias: la una, que sirve el día de Corpus y su octavario, es de muy ricos
brillantes y exquisitas piedras preciosas, cuyo número total es de tres mil doscientas
veintisiete, fuera de doscientas setenta y dos perlas netas distribuidas en toda ella. El peso
total de esta custodia es de mil ochocientos cuarenta y dos castellanos de oro de a veintitrés
quilates. Está valuada dicha custodia en cuarenta y cinco mil y setecientos pesos (sin duda
costaría más) (16) .

El señor Alvarez residió largo tiempo en España con su título de Arzobispo de Santafé, y
mandó poderes al Arcediano don Francisco Mendigaña para que gobernase el Arzobispado. En
1727 partió Mendigaña para el Arzobispado de Santo Domingo, cuyo palio había recibido; en lugar
del señor Mendigaña continuó con los poderes el bogotano Nicolás Javier de Barasorda hasta
1731, en que vino el señor Alvarez de Quiñones. Durante su ausencia hubo luchas entre
Mendigaña y la Audiencia, de las cuales fue responsable el Arzobispo Alvarez por su indebida
ausencia. En su testamento hizo donaciones generosas, y murió en Santafé el 11 de octubre de
1736. Al pie de su retrato, en la galería de la Catedral, se ve esta leyenda:

El Ill.mo y R.mo S.r D.or D.n Antonio Clavdio Alvarez de Quiñones, Provisor q’ fve y Vicario
gen.al del Obispado de Sigven.sa y Canónigo de la Insig.ne Colegia.ta DE BERLANGA. Yso sinco
Oposisiones con Gra.de Aprovación á las Cathed.s de Can.es y Lees en la Universidad DE
ALCALÁ DE HENARES. Arzobispo que fve de la Isla de S.to Domin.go y digníssimo Arzobispo de
este nuevo Reino de Granada, entró en posesión el día Beinteisiete de Agosto DEL AÑO de mil,
setecientos y treinta y uno, Fallecio el de setecientos y treinta y seis, el día 11 DE OCTUBRE,
SIENDO DE EDAD DE SESENTA años.

El Gobierno del Arzobispado en Sede vacante volvió a manos de don Nicolás Javier de
Barasorda, quien se ocupo en cortar abusos que alteraban el buen orden en los monasterios de
religiosas.

(9) ANTONINO OLANO, lib. cit., 66. MARIANA, lib. cit.

(10) LUCIO MATHE, L’Ami du Medicin. París. N° 6. LA FUENTE, Historia General de


España. PLAZA, lib. cit., 286.

(11) Certificación del Escribano Francisco Navarro Peláez, que se guardaba en el Archivo
Municipal, y se publicó en las páginas 386 y sig. de Colombia Ilustrada.

(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 12. PLAZA, lib. cit., 285.

(13) JOAQUÍN ACOSTA, Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva


Granada. Primera edición, pág. 441.

(14) ANTONIO MANSO MALDONADO, Relaciones de Mando, Biblioteca de Historia Nacional, VIII,
13.

(15) VARGAS JURADO, lib, cit., 12.

(16) CAICEDO Y FLÓREZ, lib. cit., 81.

175

CAPITULO XIX
La Audiencia—El Presidente don Rafael de Eslava—Carencia de noticias sobre su Gobierno—Su
muerte—Efímera Presidencia de don Antonio González Manrique—Su fallecimiento—Gobiernan
los Oidores—El Presidente don Francisco González Manrique—El Oidor Verdugo y Oquendo—
Acueducto del río Fucha—Un acuerdo municipal—Otra epidemia. El Arzobispo fray Juan de
Galavis—Su retrato e inscripción—Curiosa teoría económica—Introducción de la imprenta al
Nuevo Reino—El primer libro impreso en Bogotá—Su portada—Francisco de la Peña, primer
tipógrafo—Restablecimiento del Virreinato—El Virrey Eslava—Su retrato e inscripción—Verano y
temblores-—El terremoto de 1743—El Arzobispo Vergara—Colegio agustino de San Nicolás de
Bary—Muerte y retrato del señor Vergara—Barasorda, Provisor—Muerte de Felipe V. Oración
fúnebre de Barasorda en las exequias de Felipe V—Sucede a éste Fernando VI—Fallecimiento de
algunos Oidores—Personal de la Audiencia —El Arzobispo don Pedro Felipe de Azúa—Ultima
inútil prohibición sobre el uso de la chicha—Regalía para fabricar moneda—Supresión de la
regalía—Empleados del Rey en la Casa de Moneda—Paz con Inglaterra—Nuevos Oidores—El
Virrey Pizarro—Su Gobierno—Ceremonial civil-eclesiástico—Fin del Gobierno de Pizarro—Su
muerte. Su retrato—Muerte del señor Barasorda.

LA Audiencia gobernó durante dos años después de la partida del Presidente Manso, época
sobre la cual las crónicas no guardan noticias de interés, y el 14 de mayo de 1733 entró en la
ciudad un nuevo mandatario, don Rafael de Eslava. La historia no conserva sino noticias generales
de su Gobierno, como la venida de los sabios franceses La Condamine y Bouguer y de los
célebres marinos españoles Jorge Juan y Antonio Ulloa, que pasaron por nuestras costas con el fin
de ir al Ecuador a determinar la figura de la tierra (1785); un incendio que destruyó parte de la
ciudad de Panamá; un terremoto que arruinó la de Popayán, y la insurrección de los indios del
Darién. No quedó ligado el nombre del Presidente Eslava a la capital del Virreinato (1) . El 24 de
abril de 1737 falleció este mandatario, y sus funerales se celebraron en la iglesia de Santo
Domingo.

Al año siguiente, 20 de agosto de 1738, llegó a Santafé don Antonio González Manrique a
ejercer la Presidencia del Nuevo Reino, la cual recibió de manos de la Audiencia.

Acompañó a González Manrique su esposa doña Josefa de Araujo, y once días después de
su arribo falleció el Presidente (2) .

Tornó la Audiencia a dirigir el Gobierno hasta la llegada de don Francisco González Manrique,
hermano de don Antonio, que llegó a Santafé también como Presidente, el 22 de febrero de 1739.
Las relaciones históricas detallan vagamente estos sucesos, y dejan comprender que el Presidente
don Francisco González Manrique sucedió a su hermano inmediatamente después de su
fallecimiento, cuando en realidad transcurrió casi medio año entre uno y otro hecho. El miércoles
santo, 25 de marzo, se celebró oficialmente la posesión de este mandatario; el mismo día llegó a
Santafé el Oidor Verdugo y Oquendo.

Anotamos atrás, que el Oidor Alonso Pérez de Salazar había establecido la primera fuente
pública en el centro de la plaza principal de la ciudad. Durante el Gobierno de González Manrique
se terminó la construcción de un acueducto, no traído de las fuentes del San Agustín, como lo
había hecho Pérez de Salazar, sino de las del río Fucha. A la sazón el ilustre Ayuntamiento
dispuso que los desagües de las habitaciones particulares que se surtiesen de aguas de este

176

acueducto, “vayan por las acequias y no se derramen por las calles, y que cuando atraviesen
calles les hagan puentes, todo bajo la multa de cuatro pesos.”

Dan los cronistas ligera noticia de que en el año de 1739 afligió a la ciudad una epidemia
de peste que no se puede clasificar en los cuadros nosológicos porque no existe dato alguno sobre
su etiología, ni sobre sus síntomas, por lo cual—dice Vargas Jurado—”se quitaron las monjas de
Santa Inés los moños, por contagio de peste que luego cesó.”

A ocupar la vacante ocasionada por la muerte del señor Quiñones llegó el 29 de junio de 1739
a Santafé fray Juan de Galavis, monje premostratense, nombrado Arzobispo del Reino. En los
primeros días de septiembre celebró pomposa misa de réquiem en funerales de cabo de año del
Presidente Antonio González Manrique, y el sábado 14 de noviembre siguiente falleció el Prelado,
habiéndose sepultado su cadáver en la Catedral. Los datos sobre su corto Gobierno los
encontramos en la siguiente inscripción de su retrato que se guarda en el templo metropolitano:

El Ilustrísimo y Reverendísimo S.r M.ro D.F.i Juan Degalabís, Canónigo R.ar


Fremostratense, Maestro jubilado P.r su orden de S. Norberto, Cathedrático en Sagrada
Teología en la Universidad de Salamanca. Abad que fue en la ciudad de Avila General de
todo su orden y Abad de la Casa Grande de Madrid. Arzobispo primado de la Isla
Española de S. Domingo desde el año de 1799 hasta el día 13 de Marzo del de 737, que
fue electo para el del Nuevo Reino de Granada de Santafé. Tomó posesión el día 29 de
Julio de 1739, y murió el día 14 de Noviembre de dicho año. Nació en la villa de Robledillo
Diócesis de la ciudad de Ciudad Rodrigo, en 13 de Mayo de 1689.

No queremos pasar adelante sin citar una curiosa teoría que se encuentra en la página 369
de un libro que tiene este largo título: Víctimas real legal, l Discurso único jurídico— histórico—
político l sobre l que las vacantes mayores y menores l de las Iglesias de las Indias occidentales
pertenecen a la Corona l de Castilla y Leon con pleno y absoluto l Dominio l etc.

Es autor de la teoría que vamos a exponer don Antonio José Alvarez de Abreu, quien escribió
cerca de cuatrocientas páginas infolio, para defender el Tesoro de la Monarquía. Hé aquí sus
originales ideas:

¿ Qué necesidades mayores, ni más urgentes, que las de los Reyes ? Son más
pobres que sus vasallos los más pobres: porque siendo cierto, que no es más pobre quien
tiene menos, sino quien necesita más, ¿ quién se puede decir que tiene mayores
necesidades y urgencias que los Reyes ? Necesidad de fabricar armadas, necesidad de
formar ejércitos, necesidad de fortificar plazas, y presidiarlas, necesidad de asalariar
Ministros en sus Reinos, necesidad de mantener, y autorizar Embajadores en los
extranjeros, necesidad de sostener con decencia, aparato y magnificencia real la propia
Majestad y casa real, y otras mil necesidades públicas y ocultas, de que aun el mismo Rey
David no se libró (3) .

Estas eran las ideas económicas que privaban en los tiempos de la Colonia, cuando llegó
aquí, en octubre de 1739, la noticia de haberse empeñado la Monarquía española en nueva guerra
con Inglaterra.

Ciento noventa y seis años habían transcurrido desde la fundación de Bogotá, y corría el de
1734 (4) cuando la Compañía de Jesús introdujo la primera tipografía a la atrasada capital del
Virreinato, siendo General de los hijos de Loyola el Padre Francisco Retz, natural de Bohemia.

“El mayor personaje que más o menos hace tres mil años hace hablar de él en el mundo, a
veces como gigante, otras como pigmeo, orgulloso o modesto, audaz o tímido, bajo todas las

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formas y todos los papeles, capaz de cuando en cuando de iluminar las inteligencias o de pervertir
los espíritus, de excitar las pasiones o de calmarlas, de romper la armonía entre los hombres o de
establecer la concordia entre ellos, verdadero Proteo que ninguna definición puede abarcar: tal es
el libro” (5) .

Vergara y Vergara anota que una de las obras del bogotano doctor Juan Bautista de Toro
parece haber sido impresa en Santafé años antes de los libros que llevan al pie la fecha
de suaparecimiento, y fija la introducción de la imprenta en esta ciudad en el año de 1738 (6) .

El primer libro que se conoce, impreso en Santafé, se conserva en la Biblioteca Nacional y en


la particular del autor de estas líneas, y tiene la siguiente portada, que copiamos fielmente:

COMPENDIUM l PRIVILEGIORUM,—ET GRATIARVM,—QUAE l RELIGIOSIS SOCIET.


JESU, l ET l ALIIS CHRISTI l FIDELIBUS l IN UTRIUSQUE l INDIAE REGINIOBUS l
COMMORANTIBUS l A SUMMIS PONTIFICIBUS l CONCEDUNTVR — (filete) SANCTA FIDE
NOVI REGNI l GRANATENSIS: l Ex TYPOGRAPHIA SOCIE l TATIS JESV, ANNI D. 1739 l
SUPERIORUM PERMISSU l

La traducción que sigue la debemos al doctor Roberto Cortázar:

Compendio de los privilegios y gracias que se conceden por los Sumos Pontífices a los
religiosos de la Compañía de Jesús, y demás fieles de Cristo que moran en las regiones de las
Indias orientales y occidentales.

En Santafé del Nuevo Reino de Granada. Tipografía de la Compañía de Jesús. Año 1739.
Con permiso de los Superiores.

Hemos copiado la portada de este libro príncipe, de alto valor para las letras colombianas,
señalando con diagonales, como hoy es uso, la conclusión de cada línea del original (7) .

Siguiendo a Vergara y Vergara. señalamos una hoja volante con este pie de imprenta: En
Santafé de Bogotá: En la Imprenta de la Compañía de Jesús. 1740. No hacemos ninguna
indicación bibliográfica sobre ella, porque no conocemos sino la referencia del apreciable
historiador citado.

Apartándonos de estudio bibliográfico ajeno a esta relación, copiamos parte de una carta que
el jesuita Diego de Moya escribió en 1746 a una monja de Tunja:

Pues hay imprenta bastante para este efecto (en Bogotá, para imprimir un sermón) en
nuestro Colegio Máximo de Santafé.

Señalamos con simpatía el nombre del hermano Francisco de la Peña, impresor de


oficio, decano de los tipógrafos nacionales, hoy gremio respetable en Bogotá.

Al estudiar lo sucedido durante el Gobierno del Virrey Flórez, continuaremos las noticias
sobre la imprenta en esta capital.

Felipe V, por cédula expedida en San Ildefonso el 20 de agosto de 1739, restableció el


Virreinato del Nuevo Reino y comprendió en él las Provincias de la Audiencia de Quito, las
cuales quedaron haciendo parte del Virreinato de Santafé hasta la guerra de Independencia (8) .

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A reinstalar el Virreinato envió la Corte a don Sebastián de Eslava, Teniente General del
Ejército español, quien se encargó del mando en Cartagena en abril de 1740, porque las
necesidades de la guerra con Inglaterra, la cual enviaba escuadra poderosa contra las colonias
americanas, impidieron al Virrey subir a la capital. Por el mes de julio del mismo año de 1740 envió
el Virrey Eslava a Santafé poder bastante al Presidente González Manrique para tomar posesión
del puesto de Virrey, quien, lo aceptó el día 2 de julio.

Nos apartamos un momento de la capital para recordar las glorias que adquirió el Virrey
Eslava en Cartagena al vencer al Almirante Vernon, quien tenía tal seguridad del triunfo, que traía
medallas inglesas que representaban en el anverso al militar español don Blas de Lezo postrado
de rodillas entregando su espada al vencedor.

El Virrey Eslava gobernó la Colonia desde Cartagena, durante ocho años. Es la relación de
mando que a nombre del mandatario presentó el Oidor don Antonio Berástegui, puede
consultarse el modo como el Virrey atendió a los diversos ramos de la Administración, lo
mismo que los cargos que se le formularon por violaciones de preceptos legales. Su larga
permanencia en Cartagena, después de terminada la guerra activa con Inglaterra, se debió a
que el señor Eslava no tuvo conocimiento de la paz entre las dos potencias sino a la
terminación de su período en 1749, época en la cual se embarcó para España, donde se le
premiaron sus servicios con elevados puestos oficiales, entre ellos el de Secretario del
Despacho Universal de Guerra.

En junio de 1759 falleció en España el señor Eslava aclamado “héroe digno de


eterna famapor defensor de la Religión, honor de la Monarquía y conservador de la
América” (9) .

Antes de continuar la relación de lo sucedido en Santafé durante el largo período de mando


del Teniente General Eslava, diremos que existe de él en el Museo Nacional un retrato al óleo, de
pincel desconocido y de mediano mérito artístico.

Don Sebastián de Eslava.

Eslava está de pie, viste uniforme de gala y lleva las insignias de mando. Cubre su cabeza la
peluca Luis XV, tiene chorrera blanca, amplia levita azul con grandes bocamangas y encajes,
chaleco colorado con bordados de oro, calzón corto, también azul, media encarnada y zapatos

179

negros con hebilla de oro. Sobre una mesa está el tricornio azul, también con bordados de oro;
apoya Eslava la mano izquierda sobre unos libros: Kempis y Ordenanzas Militares, y allí se ve el
sombrero tricornio de color azul. La mano derecha la sostiene a la altura del pecho, y sobre éste se
ve una cruz. En un ángulo están las armas de familia y un genio con la trompeta de la fama y una
banderola con esta inscripción: undique victor; en la parte baja hay un niño de cuya boca penden
las palabras omnia virtus, y en sus manos sostiene la siguiente leyenda con marco de pincel:

Reinando. La Mag.d Catholca Del S.r D.n Phepe. V. y del S.r D.n Ferndo VI. El Exmo. Señor
D.n Sebastián de Eslava Cavallero del Orn, de S.n Thiago, Comendador de Fuente del Emperador
en la de Calatrava, S.r del Lugar de Eguillont, Then.te de Ayo del Sereniss.mo Sr. infante D.n
Phepe. Gentl Hombre de Cámara de su Magd con Entrada y Exercicio, Capn Genl de los R.s
Exercitos, sirvió los Empleos de Virrey, Presidte de la R.l Aud.a de Sta Fee, Gov.or y Cap.n Gen.l
del Nvevo Reyno de Granada, y Provincias Agregadas, desde 24 de Abril de 1740 hasta 6 de
Nov.bre de 1749. Fue electo Virrey del Perv, de cuyo Virreynato hizo dejación; como tambien del
de dho Nvevo Reyno. Embarcóse paro España á 23 de Febrero de 1750 Provisto á la Capitanía
Gen.l de Andalucía y su costa, y llegó por el mes de Julio. Ascendió al cargo de Director Gen.l de
Infantería Española. Sus Virtudes, Aciertos y Conducta en el Restablecimiento del Virreynato que
manejó 9. años, 6. meses y 12. días, con Prudencia, Justicia, y Zelo, y el haber libertado la Plaza
de Cartagena del Poderoso Sitio puesto a ella por la Armada Inglesa del Almirante Wernon, lo
constituyen, y aclaman Héroe digno de eterna Fama, por Defensor de la Religión, Honor de la
Monarchía, y Concerbador de la América, y en 2 de Julio de 1754 fué nombrado por Secretario de
Estado del Despacho Universal de Guerra. Murió en 21 de Junio del año de 1759 de edad de 75
años.

Habiendo terminado ya lo referente al Virrey Eslava; continuamos ahora lo sucedido en


Bogotá en los años de su Gobierno.

En 1743 dos calamidades afligieron a la capital y a las poblaciones del centro del país: un
temible verano que segó los campos y agostó las cosechas, a tal extremo que los víveres
alcanzaron altísimos precios, y varios movimientos sísmicos. En la noche del 13 de abril y en la
mañana del día 14 tembló en Bogotá; el 15 de junio se repitió el movimiento, y el 18 de octubre
tornó a temblar tan fuertemente qué lo sucedido se registra especialmente en las crónicas
antiguas:

En 18 de octubre de este año 1743, a los tres cuartos para las once del día, hubo un gran
terremoto, ruido y ladridos de perros; el cielo oscurecido, con llovizna; se dañaron los más
templos, pues la torre de la Catedral se ve fajada; las del Sagrario. sin pirámides; Santo
Domingo, un claustro del patio de la cocina, nuevo, y el camarín de Nuestra Señora, nuevo, y
los bastiones que había en el altozano cayeron con la Señora que está sobre la puerta de la
iglesia. En San Francisco, la torre está nueva; en San Agustín, la torre nueva, y en la
Compañía la media naranja nueva, como se ve. En Santa .... nueva, lo mesmo en el Hospital,
que era hermosa; y la de Santa Inés, que la apearon; la del Humilladero, nueva, y la de
Egipto también, como también Monserrate. Sólo Guadalupe dl todo cayó sin daño de la
Señora, que la bajaron ilesa, que confieso no haber visto procesión igual, pues las luces
desde Egipto llegaban a la Catedral (10)

(1) QUIJAN0 OTERO, lib. cit., 107.

(2) VARGAS JURADO, lib. cit., 17. Otros historiadores, entre ellos Groot, Plaza y Quijano Otero,
traen diferente fecha del día de llegada y muerte de González Manrique. Nosotros adoptamos la
del diario de Vargas Jurado, testigo presencial de los hechos.

(3) JOSE ALVAREZ DE ABREU, Vacantes de Indias, etc., 369.

180

(4) E. POSADA, Cronología de Colombia. Boletín de Historia, V, 219. Lo mismo opinan Groot y J.
J. Borda. PLAZA y otros fijan época posterior.

(5) E. EGGER, Histoire du libre, París, 2ª- ed., Preface.

(6)VERGARA V VERGARA, Historia de la Literatura, 2ª ed., 190.

(7)Véase J. T. MEDINA, Bibliografía de la Imprenta de Santiago de Chile, etc., 1891, pág. X.

(8) GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. cit., y. 149.

(9) R. CORTÁZAR, El Gráfico de Bogotá, número 120.

(10) VARGAS JURADO, lib. cit., 23, 24.

Fray José Trelleras y Eguiluz, entonces Cura de Fómeque, cuenta así lo acaecido en aquella
memorable fecha:

A los diez y ocho días de octubre del mismo año (1743), a las nueve y media de día, día
viernes, comenzó por debajo de la tierra un ruido tan grande que no se puede explicar su
estruendo: ello parecía al oído el sonido de un río caudaloso; sonaba como un fuego voraz
que a la batiente del aire abrasaba un monte, y sonaba como ecos que lleva el aire de una
pieza de artillería; finalmente era un estrépito tan confuso y sordo, que no tiene semejante a
quien poderlo asimilar; y luego, incontinenti, se sintió un terremoto grande.. Duró este
terremoto entre el espacio de un miserere. Repitió otro en breve tiempo; otro cuasi al tanto del
primero.... Pasado este terremoto luego de otro breve espacio, acometió otro pequeño, y
pasado éste, entre la mitad de un cuarto de hora, vino otro al tanto del primero. Cada uno de
los terremotos grandes duraba el espacio de un miserere, y más. Otros terremotos
sucedieron después, pequeños, que lo afirmaron muchos (11) .

En la ciudad sufrieron algunos edificios por causa de los repetidos temblores, y causaron tal
alarma en la población, que todos buscaron habitación en humildes casas pajizas de los aledaños,
donde se entregaban a penitencias siguiendo las exhortaciones del Arzobispo Vergara, quien de
continuo excitaba a la reforma de costumbres.

El año de 1735 tomó posesión del Obispado de Popayán el español fray Diego Fermín de
Vergara, de la Orden de San Agustín, preconizado por Clemente XII. En 1740 fue promovido al
Arzobispado de Santafé (12) . El 22 de agosto de 1741 llegó el Arzobispo a la capital, y en el mes
de abril siguiente recibió el palio y dio principio al ejercicio de su Gobierno. Este Prelado dio
protección decidida a su Orden en Santafé, y contribuyó a la construcción del Colegio de Agustinos
Calzados, espacioso edificio que forma la acera occidental de la antigua Plaza de San
Agustín (13) .

Falleció el Arzobispo Vergara el 7 de febrero de 1744, y su sepelio tuvo lugar en la iglesia de


agustinos calzados. De él existe un retrato en la Catedral, con la inscripción que sigue:

El Illmo. y Rmo. Sr. Mtro. D. Fr. Diego Fermín de Vergara, natural de Santiago de Galicia,
del Orden de Ermitaños de S. Agustín en la Prov.a Caft.a Definidor en ella. Regt.e de estud.s
en Santiago. Prior de S.n Felipe. Examinador Sinodal del Arzobispado de Toledo. Teólogo en
la Nunciatura de España. Fue Obispo de Popayán, y promovido a este Arzobispado del N.vo
Reino de Granada.... Metropolitana de Santafé de Bogotá. Entró el 26 de Agosto de.... (La
fecha borrada es la de 1741).

181

Recayó el Gobierno eclesiástico en el bogotano Nicolás Javier de Barasorda Larrazábal,
nacido en 1688, de quien cuenta Vergara y Vergara que era “sujeto de grandes ínfulas y títulos,
como que gobernó tres veces el Arzobispado en Sede vacante, lo que él contaba
como seis, diciendo tres como Vicario y tres como Gobernador.”

Terminaba el año de 1746 cuando se recibió por el Gobierno colonial, el 23 de diciembre,


cédula de duelo por la muerte de Felipe V, acaecida en Madrid el 6 de julio de dicho año,
cuando contabacuarenta y cinco años de reinado el primer Monarca de la dinastía borbónica (14) .
El bando de los lutos se promulgó el 16 de enero del año siguiente; el 11 de abril “empezaron los
pésames, y el día 12 el paseo a vísperas, que duraron hasta las siete de la noche.” Reunido el
Ayuntamiento, resolvió, presidido por el Alcalde don Diego de Tobar y Buendia, que éste presidiese
la ceremonia, y no habiendo Alférez Real que hiciese la proclamación del nuevo Rey Fernando VI,
se comisionó a Tomás Prieto de Salazar para que con las funciones de tal hiciese la proclamación,
del mismo modo que su padre había hecho la del Rey Luis I. Y dice el documento de donde
tornamos estas noticias que “fenecidas las vísperas, al otro día con la misma pompa y grandeza
(aunque fúnebre) se hicieron las exequias funerales, predicando en ellas el señor doctor Nicolás
Javier de Barasorda Larrazábal.” Se puede juzgar del sermón del Canónigo bogotano, muy
elogiado en esos días y juzgado digno de la imprenta, por su título, que fielmente copiamos:

Holocausto fúnebre, parentación funesta, sacrificio luctuoso que en las sumptuosísimas


reales exequias executadas por la inopinada, quanto deplorada muerte del muy alto,
poderoso y magnánimo monarcha, el Sr. D. Phelipe V el Animoso, rey de las Españas y las
Indias, y Emperador del Orbe todo Americano, dedicó a la gloriosísima memoria de S. M. C.
la constante fidelidad de la ciudad de Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reyno de Granada, en
su Santa Metropolitana Iglesia, el año de 1747. Panegyrizandolo el Sr. Dr. D. Nicolas Javier
de Bara sorda Larrazabal, etc. etc. etc. etc. etc.

Nos abstenemos de repetir la relación de la jura del Rey, por haber sido igual en su
ceremonial a la que describimos cuando la proclamación de Luis I.

Durante el tiempo que Eslava estuvo en Cartagena y que fue Jefe de la Audiencia por
delegación del Virrey don Francisco González Manrique, fallecieron los Oidores Martínez Malo
(1741), Quesada (1743) y el mismo Presidente, el 28 de agosto de 1747, habiendo gobernado más
de ocho años.

Quedaron en la Audiencia don Andrés Verdugo y Oquendo, don Joaquín de Aróstegui y


Escoto, el Fiscal don Manuel de Bernardo Alvarez, y a poco tiempo llegó el Oidor don Antonio
Berástegui, quienes tuvieron a su cargo el Gobierno hasta la llegada del Virrey Pizarro.

A ocupar la Silla arzobispal vino el chileno Pedro Felipe de Azúa, Obispo de La Concepción, y
se posesionó el 22 de agosto de 1747. Pero no llegó a su Diócesis hasta el 20 de enero del año
siguiente. Este Arzobispo hizo algunas mejoras materiales en la Catedral, consagró de nuevo la
iglesia de San Agustín, según se vio ya antes, y propendió al buen orden en los asuntos
eclesiásticos.

El Arzobispo Azúa también se presenta como enemigo acérrimo del uso de la chicha. Ya
antes dijimos que el Presidente Pérez Manrique había dictado auto de buen Gobierno contra el
licor nacional, y vimos que el Arzobispo Urbina había seguido las huellas del Marqués de Santiago
en tan enojoso y delicado asunto.

Un siglo pasó sin que los gobernantes de la Colonia dictaran disposiciones restrictivas sobre
el uso de la chicha, y fue por excitación del Arzobispo Azúa que Fernando VI expidió la siguiente
Real Cédula que copiamos del documento original, conservando en ella su defectuosa ortografía:

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EL REY. Virrey, Gobernador, y Capitán General del Nuevo Reyno de Granada, y
Presidente de mi Real Audiencia, que preside en la ciudad de SantaFe. En carta de veinte y
seis de Agosto de el año próximo pasado, participó el Muy Revdo. Arzobispo de esa
Metropolitana dn. Pedro Phelipe de Azua con motivo de avisar el recibo de el Breve
Apostólico que se le dirijíó con Cédula de veinte y seis de Marzo antecedente, para que
oyendo Misa, se pueda trabajar en ciertos dias de fiesta; que poco despues de haver tomado
possesion de esa Mitra formó, y hizo publicar en veinte y nueve de Septiembre de mil
setecientos y cuarenta y ocho el edicto de que remitía copia, en que (entre otras cosas)
mandó se cerrasen en los días de fiesta las Pulperías, en que se vende la bebida llamada
vulgarmente chicha, por los gravissimos daños que ocasiona, assi en lo espiritual como en lo
temporal, manifestando las vivas expresiones, que conthiene ser causa su inmoderado vso
de peligrosos repentinos accidentes corporales de graves torpes pecados, de quedarse sin
Misa en los dias de precepto muchos Indios, y gente comun, y de faltar á la explicacion de la
doctrina christiana, de que viven tan ignorantes, que se hallan incapaces de recivir los Santos
Sacramentos de confesion y comunión, originandose tambien las riñas, y pendencias, que
privados de la razon mueven entre si, y igualmente, qe. por lograr mayor consumo en las
chicherias (que mantiene la gente de distincion en las acesorias de sus casas) se pongan
para vender dicha bebida, mujeres mozas á cuyo lado concurran por lo regular otras de una
vida licenciosa de que resultan las lastimosas consequencias que se dejan considerar, y
fomentan con las ingredientes que se mezclan á esta vevida, y son tan abominables, que por
modestia omitió expresarlas dicho Prelado, llegando á tanto el horror de ellos, que segun
refiere se deslien huesos de difuntos, con el execrable fin de que sirva para ponerlos
amatorios, y para conseguir las vendedoras mayor consumo. Y visto en mi Consejo de las
Yndias con lo expuesto por mi Fiscal de él, y teniendo presente lo dispuesto por la Ley treinta
y siete, Títtulo primero, Libro sexto de la Recopilacion, en cuanto a la bebida del Pulque, que
vsan los Indios de Nueva España: He resuelto remitiros la adjunta copia de todo lo que
incluye el Edicto en este punto, a fin de que instruído de ello procureis informaros (como os lo
mando) por los medios mas seguros y con la mayor individualidad de las referidas expecies, y
hallando ser, como se cree en la forma que se enumeran, tomeis desde luego aquellas
providencias que considerareis mas prudentes y eficaces para evitar se introduzcan y
mezclen en la expresada bebida los ingredientes, y cosas extrañas al Maiz de que se hace, y
de que se origina el mayor daño por la fortaleza que la infunden, y malos fines a que se
aplican; disponiendo tambien el precaver con las mismas reglas su inmoderado vso, y que
executado informeis lo que resultare, asi en cuanto a las noticias que adquiriereis, como a las
providencias que tomareis, y lo demás que se os ofreciere en orden a si convendria prohibir
en el todo esta vevida en esa Ciud. o en el caso de no juzgar esto conveniente, qué
providencias, o ordenanzas se podrán formar p.a extinguir en todo lo posible los nocivos
inconvenientes que produce su abuso a imitación de lo practicado en Mexico con el Pulque. Y
del r.vo de este despacho me dareis aviso en las primeras ocasiones que se ofrezcan. De
Buen Retiro a Diez y nueve de Julio de mil setecientos y cincuenta y dos.

Yo EL REY.
Por mandado De El Rey Nro Sr Dn. Joachin Joseph Vasquez y Morales.

Salta a la vista la observación de la ineficacia de esta Cédula. Los posteriores gobernantes no


volvieron a pretender la supresión del licor del maíz fermentado, pues bien sabían que a despecho
de cédulas y excomuniones los descendientes de Tisquesusa habrían de seguir usando a diario el
vino colombiano, por cierto muy nutritivo, según citada opinión del doctor José Félix Merizalde.

No le valió a Tomás Prieto de Salazar tremolar el real pendón en la jura del Rey Fernando VI,
ni que su padre don José hubiera hecho lo propio en la de Luis I, ni tener privilegio concedido en
1718 para establecer casas de moneda en el Nuevo Reino (15) , para que se le respetasen sus
derechos. A principios del año de 1749 tuvo un alcance de trescientos pesos don Tomás Prieto,

183

como Tesorero blanquecedor de la Casa de Moneda, destino que los Prietos habían comprado en
$220,000. La viuda de don Tomás, doña Mariana Ricaurte y Terreros, reclamó en vano que se le
reconociera como heredera del privilegio, pero solamente se le dio una pensión de $ 8,000 anuales
para ella y sus descendientes.

Fernando VI y su Ministro el Marqués de la Ensenada reintegraron a la Corona la regalía de


fabricar moneda en diferentes reinos, y en 1750—1751 expidieron cédulas, en virtud de las cuales
dispuso el Rey “que cesara la acuñación por cuenta de particulares” y que a éstos se les
indemnizaran los derechos legítimos adquiridos (16) . Años después Carlos I, por cédula de 3
de diciembre de 1759, incorporó en absoluto a la Corona los derechos de amonedación (17) .

Es de observarse que habiendo comprado Prieto el derecho de amonedación en 1718,


estuvieron él y sus descendientes por espacio de cuarenta años disfrutando de tal derecho. En julio
de 1753 tomaron posesión de la Casa de Moneda de Bogotá el Superintendente don Miguel de
Santisteban y el Contador don Isidro Cabrera.

Un Tratado de paz puso fin a la guerra entro Inglaterra y España (1749). “En primero de
septiembre de este año —dice Vargas Jurado—se publicaron las paces con Inglaterra, con paseo,
que se hizo sobre tarde y siguieron luminarias.”

El 6 de noviembre de 1749 cesó en el Gobierno del Virreinato, en Cartagena, don Sebastián


de Eslava (18) . Antes de posesionarse su sucesor ocuparon sillas en la Audiencia los Oidores
Juan Francisco Pey Ruiz y Jacinto Torres. El año de 1752 llegó el Oidor Luis Carrillo.

No obstante la paz acordada con la Gran Bretaña, el Gabinete de Madrid creyó prudente
confiar los destinos del Nuevo Reino a un marino que pudiese, en caso necesario, defender
nuevamente sus costas; y con tal fin eligió a don José Alfonso Pizarro, Marqués del Villar, quien
arribó a Cartagena en la fragata Uaricochea en los primeros días de noviembre de 1749.

En dos de mayo de este año 1750 dentró en Ontibón el Sr. D. José Alfonso Pizarro, caballero
de la Orden de San Juan, Marqués del Villar, Gentil hombre de Cámara de S. M. con llave y
entrada, Teniente General de la Real Armada, Virrey, Gobernador y Capitán General de este Reino
y Provincias agregadas. E! día siguiente domingo, tres de Mayo, dentró en la ciudad con
acompañamiento y repiques.... (19) .

Pizarro ordenó la Real Hacienda; de orden de la Corte monopolizo los aguardientes, lo cual
no logro sin vencer serias dificultades y aplacar motines, tarea en que le ayudó eficazmente el
Comisionado regio don José Antonio de Plaza, padre del notable historiador del mismo nombre.

Pizarro presidió la reorganización de la Casa de Moneda, que ya dijimos estaba a cargo del
Superintendente Santisteban (20) .

Dejó grata memoria en Bogotá este mandatario por la mejora de parte de la más importante
vía de comunicación de la Sabana; en efecto, continuó “el arreglo y mejoramiento del camino de
Occidente, nacido a impulsos de una pasión amorosa, cuando la juventud santafereña se dejaba
arrastrar por la belleza física de doña Jerónima de Olalla, quien a decir de Gutiérrez Ponce ‘tenía
más hermosa la cara que el nombre.’ A don Francisco de Anancibay se debió semejante mejora en
las comunicaciones de la Sabana, y bendiga Dios la ternura de su corazón, sin la cual
probablemente encontraría el viajero todavía ‘tan malos pasos y tantos resbalones y caídas como
halló todo un Gobernador del Nuevo Reino cuando atravesaba la verde llanura en busca de la que
no debía ser de él ni amante ni esposa” (21).

184

Pizarro emprendió la obra de un puente de cal y canto en los aledaños de Fontibón, sobre los
ríos San Francisco y San Agustín unidos, llamado desde entonces puente de San Antonio, obra
que terminó su sucesor.

Cuenta el historiador Groot que el Arzobispo Arauz quiso revivir antigua costumbre de que el
Virrey y los empleados de los Tribunales concurriesen a la Catedral el jueves santo a recibir la
comunión de manos del Prelado. En 1751 invitó a los gobernantes; el Virrey contestó que
concurriría si se lo permitía la dolencia de una pierna; los Oidores, hablando por boca del decano
Verdugo y Oquendo, respondieron “que por tener el estómago delicado y hacerles daño el estar
hasta tarde en ayunas, no podían comulgar en la Catedral.” A la fiesta no concurrieron ni el Virrey
ni los Oidores, “pues los fueros del estomago eran para ellos mas delicados que la
conciencia” (22).

El Virrey Pizarro entregó el mando a su sucesor don José Solís, mediante complicado
ceremonial que el Rey impuso en aquella época, y que describiremos en el capítulo siguiente,
ceremonial en el cual desempeñó Pizarro importantísimo papel. Quince días después de
posesionado Solís salió Pizarro de Santafé, “sábado primero de diciembre a las nueve del día, en
silla de manos, que a propósito mandó hacer por la enfermedad de la pierna.” Navegando para
España (1753) falleció el ex—Virrey Pizarro.

Don José Alfonso Pizarro.

En la galería de mandatarios que se guarda en el Museo Nacional existe un retrato del Virrey
Pizarro, cuya copia exorna estas páginas, pintado al óleo. Al pie se encuentra esta leyenda:

Reinando la Magestad Cathotica del Señor D.n Fernando VI—El Ex.mo S.r D.n Joseph
Alfonso Pizarro Marques de Villar, Cavallero del Orden de S.n Juan, Gentil Hombre de Camara de
SM. con Entrada, Theniente General de la R.l Armada, Tomó poseción de los Empleos de Virrey,
Governador, y Cap.n Gen.l de las Provincias de este N.vo R.no de Granada, y sus agregadas,
como de Presidente de la Real Aud.a de S.ta Fe el dia 6 de Noviembre de 1749. Haziendo su
Juramento en Cartagena en manos del EX.mo S.r Virrey Eslava su antecessor por especial R.l
Cedula de su S.M.—Governó 4 años, y 18 días hasta el 24 de Noviembre de 1753 en que le

185

succedió el Ex. S.r D.n Joseph Solis.—Bolbióse a España, y durante su Gov.no se principió la
fabrica del Camellón, y se incorporó la Casa de Moneda a la R.l Corona.

A la edad de sesenta y cinco años, el 14 de diciembre de 1753, falleció el notable bogotano


don Nicolás Javier de Barasorda y Larrazábal, ya citado en estas páginas como Gobernador y
Vicario del Arzobispado varias veces, y como autor de panegíricos gongóricos de extensos títulos.

Su entierro fue un acontecimiento en Santafé: a él concurrieron los Virreyes Pizarro y Solís, la


Audiencia, los Tribunales, los dos Cabildos y todo lo visible y distinguido de la población.

Pasemos ahora sí a detallar el ceremonial cortesano en que fueron protagonistas los dos
Virreyes que acabamos de nombrar.

(11) Visitas del Prefecto General de Policía del Departamento de Cundinamarca, 1887, págs. 33,
34. El ruido de que hablan estos cronistas no debe confundirse con el extraordinario que se sintió
en Santafé el 9 de marzo de 1687, y del cual ya hablamos antes. De modo que el temblor de 1743
no es del tiempo del ruido.

(12) ANTONINO OLANO, lib. cit., 71 y 88.

(13) VARGAS JURADO, lib. cit., 22, 23. Sobre la construcción del Colegio aseveró don Adolfo
Sicard y Pérez en la Biografía de fray Diego Francisco Padilla (Papel Periódico Ilustrado, número
52, de octubre de 1883), que existía en 1770 el Colegio de San Nicolás de Bari en edificio que con
tal objeto había hecho levantar a expensas suyas fray Gregorio Agustín Salgado, y que cedido al
Rey más tarde vino a ser cuartel y hoy Escuela Militar.

(14) E. GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. cit, V, 165.

(15) DURÁN y DIAZ, lib. cit., pág. 15, dice lo siguiente:


«Juzgado de la Real Casa de Moneda. Tuvo principio en el año de 1620 por Real Cédula
concedida al Presidente don Juan de Borja. En el de 1679 concedió Su Majestad esta gracia de
acuñar moneda a don Joseph de Ricaurte y a su hijo, corroborada con fecha de 1625. Por otra de
12 de julio de 1753 se incorporó en la real Corona.

(16) J. MANUEL RESTREPO, Memorias sobre la amonedación de oro y plata en Colombia.

(17) GROOT, lib. cit., II, 37. I. GUTIÉRREZ PONCE, Crónicas de mi hogar, Papel Periódico
Ilustrado, III, 46. Véase atrás la fundación de la Casa de Moneda.

(18) M. E. CORRALES, lib. cit., 107.

(19) VARGAS JURADO, lib. cit., 31.

(20) J. M. RESTREPO, Memoria sobre la amonedación.

(21) R. CORTÁZAR, Galería de Virreyes. El Gráfico de Bogotá. número 122. Véase atrás pág. 50
de este libro.

(22) J. M. GROOT. lib. cit.. II, 54.

186

CAPITULO XX

Ceremonial de la recepción del Virrey Solís—Muerte del Arzobispo Azúa—Su retrato—Gobierno de


Solís—Calzada de Occidente—Puente de San Antonio—Puente de Sopó—Casa de Moneda—El
acueducto y el paseo de la Aguanueva—Primera cátedra de Medicina en la Colonia—Don Vicente
Román Cancino—Muerte de la Reina María Teresa—Casa de oficinas de Gobierno—Medidas
administrativas de Solís—El Cardenal don Francisco de Solís—Fiestas en su honor—Las corridas
de toros en América—Mejoras locales—Muerte de Fernando VI—Jura de Carlos III—Epidemia de
peste en 1760—¿Fue la bubónica?—Solaces de la vida del Virrey Solís. Las Marichuelas—
Anécdotas curiosas sobre Solís—Generosidades de este Virrey—Auxilios al templo de La Tercera
y al Hospital de San Juan de Dios—Entrega el mando al Virrey Zerda—Viste el hábito de la orden
franciscana—Disposiciones del Virrey-Fraile—Similitud de Solís con Carlos V—El cráneo del Virrey
Solís—Retratos que de él se conservan e inscripciones—Las campanas y el antiguo reloj de San
Francisco.

Tocó a Pizarro inaugurar el ceremonial al entregar el mando a Solís, en 1753. Recibió Pizarro
correo especial que le renunciaba el arribo de Solís a Cartagena, y por correo, también especial, le
envió enhorabuenas por su llegada, y le participó que en Honda encontraría una escuadra de
soldados de caballería, que le servirían de guardia de honor y le arreglarían posadas en el
entonces desierto camino de Occidente. En Facatativá recibieron a Solís un Oidor, Embajador de
la Audiencia, y el Caballerizo mayor del Virrey Pizarro, quienes lo felicitaron a nombre de los
poderes que representaban; en Serrezuela, hoy Madrid, fue recibido por representantes del
Cabildo eclesiástico, del Tribunal de Cuentas, del Cabildo civil y de los Oficiales reales, y de aquel
lugar envió el nuevo Virrey a un criado mayor con la misión de avisar al Marqués “que se iba
acercando.” Este comisionado fue recibido en Santafé por los Alcaldes y Regidores, vestidos de
gala, en las inmediaciones del extinguido convento de San Diego, donde montó caballo
lujosamente enjaezado. Rodeado de los maceros del Cabildo se dirigió al Palacio, y previa
presentación de credenciales, cumplió su misión, estando presentes los santafereños más
distinguidos, especialmente invitados a tan solemne acto. Tan escogida comitiva lo acompañó a la
casa que se le había preparado, y al siguiente día salió de la ciudad en busca del señor Solís. Este
había llegado a Funza, entonces Bogotá, donde las milicias de caballería le hicieron los honores de
ordenanza y le sirvieron de escolta de honor hasta Fontibón, donde se detuvo. En la iglesia de este
pueblo esperó al Marqués Pizarro, quien habla salido de Santafé rodeado de numerosa comitiva,
deseosa de presentar sus respetos y felicitaciones al sol naciente. Al encontrarse los dos Virreyes
se abrazaron ante la escogida concurrencia que los rodeaba, porque el pueblo, que no había
conquistado aún el santo derecho de igualdad, no tuvo permiso de entrar en el modesto templo
que sirvió de teatro a aquella escena. Hincados espera ron a que se cantase el Te Deum; salieron
luego del templo a la inmediata casa del Cura, donde recibió Solís la bienvenida de la Audiencia y
de los empleados superiores.

Todos—dice el ceremonial — le van conduciendo a su cuarto, donde, después de parlar


un rato y servirse los helados y dulces que tiene dispuestos uno de los Alcaldes ordinarios,
que se nombra para esta función, y corre con este hospicio los tres días que Su Excelencia
se detiene en aquel presidio, se despiden y lo dejan con su familia.

Al siguiente día de su llegada a Fontibón vino Solís, en secreto, a visitar al Marqués; de


vuelta a aquel poblado recibió visitas oficiales y particulares, y al día siguiente siguió a caballo
hasta Puentearanda, pues el camino no era transitable por carruajes; se dirigió a la capital,

187

rodeado de la mitad de los Oidores, con vestido militar, pues la otra mitad, vestidos de garnacha,
acompañaban, en Puentearanda, al Marqués. En este lugar entregó Pizarro a Solís el bastón de
mando, usando la siguiente frase original: Pongo en manos de Vuestra Excelencia este bastón,
que es para mi demasiado largo, y demasiado corto para Vuestra Excelencia. Allí, rodeados de los
altos empleados, de eclesiásticos notables en la ciudad y de los nobles, todos ricamente vestidos,
los dos Virreyes tomaron asiento en el coche oficial, de pesada construcción y grandes
dimensiones; y a la cabeza de la comitiva, siendo el blanco de las ávidas miradas de los colonos,
quienes creían que los representantes del Rey eran seres superiores, entraron a la ciudad por la
calle de San Juan de Dios. En la puerta del Palacio se separaron los Jefes del Reino; Pizarro se
dirigió al alojamiento que se le había preparado, escoltado por la guardia de caballería; Solís, en
medio de la Audiencia, los altos empleados y los nobles, subió a la Sala del Acuerdo, donde
estaban el real sello y el misal de la capilla, y allí, de pie, oyó leer su título de nombramiento y
luego juró, sobre los santos Evangelios, cumplir con las obligaciones de buen gobernante. Hubo
luego gran comida, que se repitió al día siguiente, y por las noches se sirvieron, en el Palacio, a la
numerosa y escogida concurrencia, dulces, bizcochos, helados, aloja y horchata, guardándose la
severa etiqueta de las cortes europeas. Desde el siguiente día el Virrey corrió con los gastos de su
casa, recibiendo aderezada la despensa, según lo prescrito en el ceremonial.

La entrada pública la hizo dos meses después, saliendo por calles excusadas hasta la
entonces solitaria plaza de San Diego, y volviendo al Palacio por la calle larga de Las Nieves y las
Reales, en cuyas ventanas se izó la bandera amarilla y roja de la Monarquía, por entre arcos más
o menos vistosos, dejando en San Diego blancos toldos en que se vendían los inocentes licores en
uso, y también, aunque con cierto recato, mistelas y el popular vino indígena, tan estimado
entonces como al presente.

Las autoridades y el Cabildo eclesiástico se habían reunido al Virrey en San Diego, donde
oyeron, en tablado levantado al efecto, el juramento público y solemne que prestó el Jefe del
Reino, de cumplir con sus deberes, y de donde se habían separado los Canónigos para esperar al
nuevo Virrey en la puerta de la Catedral.

A ésta llegó la numerosa comitiva, formada por una Compañía montada y otra de infantería;
los Colegios de San Bartolomé y del Rosario, vestidos de hopa y beca; pajes que llevaban guiones;
caballeros con espadas desnudas; los Tribunales y la familia del Virrey, todos a caballo, sirviéndole
de palafreneros los Alcaldes ordinarios; una Compañía de gentiles— hombres con lanzas, y los
coches del Virrey y del Arzobispo, tirados por mulas. El tronar de incontables cohetes y el alegre
repique de las campanas; las flores que caían sobre el palio que cubría al Virrey, arrojadas por las
blancas manos de las santafereñas, que lucían en balcones y ventanas; los vivas dirigidos al nuevo
gobernante, y el innumerable pueblo que llenaba las calles, satisfecho de ver tan inusitado
movimiento, hicieron de aquella fiesta civil espectáculo digno de ser visto. En la puerta de la
Catedral el Deán dio el agua bendita al Virrey y lo condujo al solio que se le había preparado en el
presbiterio, donde permaneció mientras se cantó el Te Deum. Ya fuera del templo, y a caballo, en
medio de columna de honor formada por las milicias, recorrió los pocos metros que lo separaban
del Palacio (situado en el ángulo noreste del actual Capitolio), donde obsequió a los empleados y a
la nobleza santafereña ese día y las dos noches siguientes. Los concurrentes se retiraron por
calles iluminadas, cosa excepcional en Santafé, lo que se había dispuesto por pregón, con el fin de
descansar y asistir en los días siguientes a las corridas de toros que se hacían en honor de Su
Excelencia, y que el Virrey presidía. Principiaron las corridas a las tres de la tarde, por un paseo de
plaza de los Alcaldes y sus subalternos, a caballo, que tenía por objeto despejarla. Pidieron luego
permiso a Su Excelencia, por medio de venias, de principiar la función, y concedido, el Capitán de
guardia subió al amplio balcón de Palacio a recibir órdenes del señor Virrey. Pasada la corrida, que
fue brillante y aplaudida, como sucede siempre en pueblos que tienen mezcla de sangre española,
Su Excelencia obsequio a las damas, a la Audiencia y altos empleados, y a los nobles invitados a
Palacio, con un suntuoso refresco ; función que se repitió mientras duraron las fiestas. Después de

188

la recepción pública pudo el señor Virrey salir a la calle en coche tirado por seis mulas, usar sitial
en el presbiterio de las iglesias y recibir, durante las funciones religiosas, nubes de incienso,
después de cantado el Evangelio; honores que no se le podían tributar antes de la recepción
pública que con tanto desgreño hemos descrito (1) .

Murió el Arzobispo Azúa en 1754, y en el retrato que de él se conserva en la galería de la


Metropolitana se lee la siguiente inscripción:

El Ill.mo S.r D.r D. Pedro Felipe de Azua e Iturgoyen, natural de la ciudad de Santiago, del
Reino de Chile, en cuya iglesia fue canónigo Doctoral, Provisor y Vicario general, y dignidad de
Maestrescuela, y Chantre, de la que fue ascendido por sus letras y meritos a la Mitra de Chile,
auxiliar de la Concepcion del mismo Reino de Chile, la que obtuvo despues en propiedad, y
habiendo fabricado allí la iglesia Catedral, erigido un Colegio Seminario y celebrado el primer
Sínodo diocesano, fue promovido a esta Metropoli de S.ta Fe el año de 1745, la que renuncio por
los accidentes que contrajo en ella, despues de haberla gobernado nueve años, y hallandose en la
ciudad de Cartagena, en vía para su patria, fallecio el 22 de Abril de 1754.

Los retratos de los Arzobispos Galavis, Vergara y Azúa son de un mismo pincel y no tienen
ningún mérito como arte. Están sin firma, son de medio cuerpo y tienen las respectivas armas de
nobleza de familia.

Solís gobernó el Nuevo Reino desde el 24 de noviembre de 1753. El 16 de diciembre


siguiente hizo su entrada pública con la grandeza acostumbrada. Prestó preferente atención a las
mejoras materiales; continuó el mejoramiento de la calzada de Occidente, con costo de $ 75,000, y
terminó el puente de San Antonio en Fontibón. Un bajo relieve en piedra colocado en el puente,
con inscripciones, representaba el busto del magistrado, obra que fue ultrajada por exaltado
patriotismo en la revolución de la Independencia. También levantó el puente de Sopó, de muy
buena arquitectura, el primero que se construyó en Sesquilé e inició el puente de Bosa, que
terminó su sucesor en el mando del Nuevo Reino.

Débesele asimismo la reconstrucción de la Casa de Moneda, que en parte subsiste. Se


empezó el 12 de julio de 1753. Sobre la puerta principal del edificio, calle 11, se lee esculpida en
piedra la siguiente inscripción, en el friso del pórtico de entrada:

REINANDO DON FERNAn


DO VI EL JUSTO
SE INCORPORÓ EN SU REAL DOMINIO
REEDIFICÓ, AMPLIÓ Y Abo
ESTA. REAL CASA DE MONEDA
AÑO D. 1756.

Y en el arquitrabe se lee lo siguiente:

SIENDO VIRREY EL
EXmo S.r D.n JOSEPH SOLIS FOLCH DE CARDONA
Y PRIMER SUper INTENDENte
EL SEÑOR
MIGUEL DE SANTISTEVAN

189

En medio de esta última inscripción estaba el escudo real de España, que fue destruido por
los patriotas revolucionarios el año de 1813.

Frente a la puerta se colocaron dos columnas con cadenas de hierro, fijas por un extremo al
muro de la puerta, y por el otro a las mismas columnas levantadas a poca distancia, como señal de
privilegio del derecho de asilo para reos (2) .

Las columnas y cadenas fueron suprimidas el año de 1865. En el patio principal de la casa
existía una fuente con esta inscripción:

SIENDO VIRREY EL EXMO. SEÑOR D. JOSEPH DE


SOLIS FOLCH DE CARDONA, HIJO TERCERO DE
LOS EXCMOS. SEÑORES DUQUES DE MONTE
LLANO Y PRIMER SUPERINTENDENTE
DE ESTA REAL CASA DE MONEDA
EL SR. TENIENTE CORONEL
D. MIGUEL DE SANTISTEVAN

El extenso edificio ocupaba la mitad de una manzana. Hemos dicho que la puerta principal
está sobre la calle 11, y puerta secundaria se abría sobre la calle 10, en un portal de pesada
ornamentación, en cuyo dintel se leía:

AÑO DE 1756

Al oriente de este edificio está situado el Palacio Arzobispal. En esta construcción empleó el
gobierno colonial la suma de $ 25,000.

En el amplio local de la Casa de Moneda había maquinaria fabricada en Sevilla; en 1848 trajo
nuevas máquinas la Administración del General Tomás C. de Mosquera, y en 1883 se introdujeron
otras más perfectas por la Adrninistración Otálora. La Casa se restableció y se arregló la
maquinaria en 1906 por la Administración Reyes, y el local, subdividido desde la Administración
Marroquín, fue ocupado en la parte oriental por la Litografía Nacional. El Ministerio de Obras
Públicas, para rememorar la reorganización de la Casa, hizo colocar en el vestíbulo una placa
de mármol con la siguiente leyenda, original del hábil pedagogo don Martín Restrepo Mejía (3) . La
inscripción, grabada con letras de oro, dice:

HANC DOMUM
AD MONETAM CUDENDAM
DENVO IN USUM INSTAURAVIT
RAPHAEL REYES PRAESES
ANNO MCMVI

cuya versión castellana dice:

El Presidente de la República General Rafael Reyes puso nuevamente en servicio esta Casa,
destinada a la acuñación de moneda. Año de 1906.

La parte sur del edificio colonial fue destinada por la Administración de don Carlos Holguín, en
1890, para servir de local al Colegio de Colón, instituto oficial. Más tarde se construyó en ese lugar
el edificio de la Escuela de Ingeniería, de que hablaremos después, y que se inauguró el 20 de julio
de 1913.

190

La ciudad de Bogotá debe al Virrey Solís una obra útil: el acueducto de la Aguanueva, único
que surtió por mucho tiempo a la vieja Santafé (4) . Entonces se construyó dicho acueducto,
tomando las aguas del río San Francisco en el sitio llamado El Boquerón. A la vez que se
construyó el caño para conducir las aguas, se embelleció la ciudad con el paseo de la Aguanueva,
rival de el del Pincio en Roma y germen del actual Paseo Bolívar. A propósito de la inauguración
de esta útil obra higiénica, repetimos unas palabras del simpático diario de Vargas Jurado:

Día de señor San Fernando, Rey y Patrón de España, miércoles 30 de mayo de este año
de 1747, corrió el agua nueva a la pila de la plaza mayor, traída del Boquerón, a el fomento
del Excelentísimo señor Virrey de este Reino, don Joseph Solís y Folch de Cardona (que
Dios guarde), y Su Excelencia subió a verla echar, por la tarde, con todos los señores
Ministros, Contadores y otros caballeros y mucho gentío. Y llevó por diversión un enano y un
mono, que le regalaron a Su Excelencia.

Se debe también al señor Solís la organización de los estudios de Medicina. Ya vimos que en
1639 habla residido en la ciudad el doctor Diego Enríquez y que habían ejercido los cirujanos
Auñón y Pedro de Valenzuela, quienes carecían de sólida instrucción. En 1679 recetó en la ciudad
el bachiller Nicolás de Leiva Clavijo, y poco antes fray Mateo Delgado, agustino, rivales en ciencia
de los citados, y desde 1758 tenía el cargo de Protomédico, con obligación de regentar cátedra de
Medicina en el Colegio del Rosario, don Vicente Román Cancino, quien dictó algunas lecciones sin
mayor provecho para los discípulos, si se exceptúa a don Juan E. de Vargas, único que alcanzó
titulo de doctor, del cual carecía el maestro. Vargas también dio algunas lecciones de Medicina,
con tan poco provecho como Román Cancino, y no pudo alcanzar el título de Protomédico de la
ciudad por tener el destino el doctor Juan José Cortés, médico francés que dio licencia de ejercer a
los curanderos don José de Atriesta y don Diego Crespo, y la negó al médico danés Francisco
Henbamberg, a quien la concedió el Cabildo, en atención a que era neófito convertido a la fe
católica. En 1763 se abrió en Santafé la primera botica para el servicio del público, propiedad del
convento de Santo Domingo, servida por fray Juan José Manje, y poco después se les dio título de
boticarios a Antonio Garraes y al Padre Bohórquez, fraile de San Juan de Dios (5) .

Complementamos estas noticias sobre los orígenes de la Medicina en Bogotá, recordando


que en 1715 el Cabildo solicitó se confiriese grado de doctor a don José de la Cruz, a fin de que
pudiese regentar la cátedra de Medicina, fundada por el Arzobispo Torres. En 1733 se quiso que la
sirviese el doctor Francisco Fontes, con dotación del Cabildo. Veinte años después el Claustro del
Colegio del Rosario, con anuencia del Virrey Pizarro, eligió a don Vicente Román Cancino
catedrático de Medicina, quien leyó la materia trece años continuos hasta 1766, en que falleció,
habiendo sido él el primer profesor de la ciencia de Hipócrates en la Colonia (6) .

También ejercieron en años anteriores los Padres hospitalarios Villamor y Guzmán, y otros
aficionados de menor mérito.

A fines de diciembre de 1758 vino Gaceta con la muerte de la Reina María Teresa, hermana
del Rey José I de Portugal y esposa de Fernando VI desde 1729. La Reina, en su testamento,
cedió a la Compañía de Jesús $ 100 y declaró heredero de $ 20.000,000 a su hermano José I.
Circuló entonces en Santafé, al ver tan inaudita desproporción en el reparto, el siguiente epigrama
anónimo:

Reina que nunca fue lerda


Y llena de presunciones,
Dio a Portugal los doblones
Y a España le dio la .... (7) .

191

El Virrey Solís, no obstante que ocupaba la mayor parte de su tiempo en los placeres y en la
disipación, abandonaba con frecuencia los devaneos para atender a las necesidades del país que
regía. Persuadido da la importancia de construir un edificio para el servicio de las oficinas de
Gobierno, pues el que poseía el Virreinato en la Plaza de Bolívar era insuficiente, hizo levantar una
amplia casa en la ribera norte del río San Francisco, inmediata al puente del mismo nombre, y de él
separada por una angosta ronda del río (8) . En la pared que formó el frente sur, o sea la espalda
del edificio, pues el principal daba a la antigua Plaza de San Francisco, se puso la siguiente
inscripción:

eran las corridas ? No había plaza construida a propósito para aquel objeto: en la mayor de
la ciudad se levantaban al contorno palcos improvisados, que se llamaban tablados; el
recinto de la plaza, cerrado con barreras, era ocupado por los curiosos, y el más audaz o el
más diestro era el que sacaba el lance al toro, al cual lo embravecían adrede, no satisfechos
con su nativa ferocidad. Días antes de principiar la corrida salían a caballo con música y
cohetes los Alcaldes ordinarios, para convidar a los barrios de la ciudad a la celebración de
las fiestas; los Cabildos civiles tenían corno uno de sus más importantes deberes el de
promover las corridas y procurar que fueran alegradas con disfraces y mojigangas; cuanto
más furioso y bravío era el toro, tanto más regocijada se manifestaba la concurrencia; y la
corrida continuaba, y el regocijo no se alteraba, aunque uno tras otro fuesen despedazados
por los cuernos de la fiera los temerarios que se habían presentado ebrios a desafiar su
furia. El muerto era sacado de la plaza, y la corrida seguía con loco frenesí. ¿Estamos
describiendo fiestas de nuestros mayores, o, tal vez, fiestas paganas ? ¡Santa luz del
Evangelio, cuántas nubes impedían todavía vuestra influencia civilizadora!.... En estas
corridas de toros las Municipalidades de la Colonia desperdiciaban gruesas sumas de dinero,
aunque entonces no se había establecido todavía ni una plaza de mercado ni el alumbrado
público (9) .

Durante el Gobierno de Solís, 1759, el Alcalde don José Groot de Vargas hizo empedrar
muchas calles y parte de la plaza principal, que veremos fue totalmente pavimentada en 1816.

El 5 de abril de 1760 tuvo Solís el dolor de recibir la noticia de la muerte de su amigo el Rey dé
España Fernando VI, ocurrida en el mes de agosto del año anterior. No dejó descendencia, por lo
cual la Corona de España recayó en su hermano Carlos, que era Rey de Nápoles, hijo de Felipe V
y de la Reina Isabel Farnesio. Se proclamó con el nombre de Carlos III (10) .

Después de solemnes funerales en honor de Fernando VI, los colonos guardaron luto hasta
el martes 6 de agosto do 1760, día en que cumplía la ciudad doscientos veintidós años de su
fundación, escogido por el Virrey Solís para hacer la jura del nuevo Monarca Carlos III. Se
repitieron las fiestas de las corridas de toros, la iluminación pública, se pusieron en Palacio
trescientas treinta luces y se colgaron de damasco los balcones. Desempeñó el importante papel
de Alférez Real en aquella ocasión solemne el Oidor don Jorge Lozano y Peralta, quien “regó
monedas de la nueva fábrica de cordoncillo” y presidió el paseo de costumbre.

En los siguientes días comenzaron las pandorgas de los gremios, en que excedieron los
plateros, sastres y zapateros; hubo dos noches de fuegos, mejor la del comercio, y en la de
los pulperos hubo alborada, con toros encandelillados a la madrugada (11)

(1) Extracto fiel del ceremonial para recepción de Virreyes en América, cuyo expediente original
existe en el archivo histórico anexo a la Biblioteca Nacional, y del cual conservamos una copia
exacta, y que en parte publicamos por primera vez en el número 3° de Colombia Ilustrada, de
Bogotá.

(2) ELADIO VERGARA, lib. cit., 46. P. A. HERRÁN, Papel Periódico Ilustrado, vol. IV, 13.

192

(3) ALFREDO ORTEGA, Bogotá antiguo. Bogotá Ilustrado número 6.

(4) Se llamó desde entonces Aguavieja el acueducto del río Fucha, que un derrumbe originado
por el terremoto de 1805 lo cubrió por completo, en las faldas del cerro de La Peña.

(5) Estas noticias se encuentran en expedientes originales que pertenecen al archivo histórico,
anexo a la Biblioteca Nacional. A. FEDERICO GREDILLA, Biografía de José Celestino Mutis, etc.
Madrid, 1911, pág. 62.

(6) Noticias tomadas de un informe del Rector del Colegio del Rosario, doctor Fernando Caicedo y
Flórez, rendido al Virrey en mayo de 1799, y publicado por primera vez por don DIEGO MENDOZA
en el libro Expedición Botánica de José Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada, etc. Madrid
1909.

(7) Por respeto a los lectores suprimimos aquí la palabra que Víctor Hugo usó en Los
Miserables en boca de Cambrone.

(8) Esta casa fue luego cuartel, que volveremos a mencionar.

(9)F. GONZÁLEZ SUÁREZ. Historia del Ecuador, V, 510.

(10) ENRIQUE FLÓREZ. Clave Historial, 378. ANTONIO H. PÉREZ. Elementos de Historia
Universal, Nueva York. 1861, pág. 391.

(11) VARGAS JURADO, lib. cit., 53.

Las indispensables corridas de toros empezaron el día 18 del mismo mes, y hubo durante
dos tardes cuadrillas con jinetes vestidos de terciopelo, que el cronista que acabamos de citar
llama “carreras de Zipaquirá.” Acabadas las fiestas reales, continuaron los lutos por el Rey muerto,
que debían durar seis meses.

Pasamos ahora a un asunto de carácter científico, por haber ocurrido en tiempo del Gobierno
de Solís; trátase del desarrollo de una epidemia no estudiada por los historiadores y cronistas, y de
la cual dice uno de éstos últimos: “la epidemia que vino del Japón, y causó estragos en Lima, Quito
y demás lugares de América. Aquí llego con piedad y con aviso de aquellos lugares de su modo de
curar, que ha sido con sudores frescos y ayudas, y no haciendo cama, siendo total veneno la
sangría y agua fría, porque se ha de tomar caliente y por espacio de cuarenta días, siendo las
recaídas peligrosísimas; y a los viejos y viejas se los va llevando” (12) .

El historiador O. Benedetti anota que el año de 1759 se sufrió en la ciudad de Quito una
epidemia que se extendió a las comarcas cercanas y de la cual murieron diez mil individuos, y que
pocos años después, en 1785, murieron en la misma ciudad y lugares circunvecinos, de veinticinco
mil a treinta mil (13) .

El haber llamado Vargas Jurado esta epidemia peste del Japón, nos induce a creer que fue la
peste bubónica la que llegó a Santafé en aquel tiempo, pues esta entidad patológica se ha
conocido con los nombres de fiebre del Levante y tifo de Oriente.

El eminente médico francés Grisolle anota el desarrollo de la peste bubónica en Moscou en


1771 (14) .

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Littré afirma que esta peste contagiosa es endémica en el Levante, a veces epidémica, y que
se caracteriza por bubones y ántrax; acepta la distinción del médico Desgenettes, de tres grados
de gravedad (15) .

Bouchut tiene las mismas opiniones que el sabio últimamente citado: asevera que la
enfermedad de que tratamos era endémica en todo el Oriente, y se hacía epidémica con
frecuencia porque se desconocían las reglas de higiene publica, hoy implantadas en todos las
países civilizados(16) .

La epidemia en Santafé se desarrolló en mayo de 1760 e hizo numerosas víctimas, de las


cuales no existe estadística. Aunque el comercio de América era relativamente limitado, bien pudo
llegar el contagio de la peste bubónica a los puertos del Nuevo Reino, donde las medidas
de sanidaderan desconocidas, y propagarse a las altiplanicies andinas como Quito y Santafé (17) .

El señor Solís dictó medidas sobre higiene para disminuir el contagio, y las hizo prácticas por
medio de don Juan de Casanova, su cirujano.

El Virrey tenía algunos amigos de intimidad con los cuales, sin desatender sus quehaceres
oficiales, solía pasar ratos de solaz, y por tal motivo su nombre anduvo unido a la crónica de
aventuras:

Salíase por la noche de Palacio por una puerta falsa, disfrazado de particular, para ir con
sus amigos a visitar casas donde no habría podido entrar de día a vista de las gentes, lo que
lo expuso a varios lances. Uno de ellos fue el que pasó con su misma guardia, porque
habiéndose e perdido la llave de la puerta por donde salía, tuvo que tocar en la principal,
donde el centinela lo echó atrás, a pesar de dársele a conocer, basta que llamado el Oficial,
tuvo que pasar por el bochorno de que lo vieran en aquel traje y supieran en las que
andaba(18) .

El mejor biógrafo de este simpático Virrey refiere que entonces Solís determinó abrir en las
tapias que por el lado del mediodía cerraban el recinto del Palacio, una puerta reservada para su
exclusivo servicio. “Nosotros hemos conocido aquella puertecilla, único monumento mezquino
entre los muchos que quedaron para inmortalizar el nombre de Solís” (19) .

El mismo biógrafo dice, hablando de la vida borrascosa de este mandatario:

Vivían en su tiempo en Santafé y descollaban entre las más hermosas, ciertas jóvenes de
no muy esclarecido linaje, desenvueltas y de livianas costumbres, conocidas comúnmente
por el apodo de las Marichuelas. Conociólas el Virrey, trabó amistad con una de ellas, y esto
dio ocasión a que su conducta fuese por algunos años el escándalo de las gentes cristianas.
Ni fueron éstos sus únicos devaneos, pues sus contemporáneos pintaban su vida como muy
disipada.

Ya vimos en la página 136 de este libro que el 22 de junio de 1758, día sábado, la
Marichuela amiga de Solís resolvió entrar al convento de Santa Clara (20) .

Pero la Marichuela no alcanzó a ver en plena existencia mundana el fin del Gobierno de su
amante, pues en junio de 1758 volvió los ojos al convento de Santa Clara, habiéndose
originado su conversión de unos ejercicios espirituales. Así lo refiere con candidez de
niñoVargas Jurado, quien a propósito agrega: no sé en lo que parará; nosotros
tampoco (21) .

194

La licencia de las costumbres del Virrey Solís hizo que tuviera disgustos con los Oidores,
quienes informaron contra él al Rey Fernando VI, alcanzando del Monarca una cédula de
reprensión. El Rey Fernando, amigo íntimo del Virrey, envió á éste a la vez carta particular en que
lo excitaba, en el seno de la más cordial amistad, a evitar choques con sus compañeros de
Gobierno, advirtiéndole que no se afanara por el contenido de la cédula, ni porque se repitiesen las
quejas de los golillas.

Un día la Audiencia se reunió en toda forma para notificar solemnemente a Solís el regaño
del Monarca.

En la tranquila vida de Santafé debió ser aquello un acontecimiento; la emoción de los


Oidores debió ser profunda, y su sueño interrumpido por la íntima satisfacción que les
produciría el arma terrible que poseían contra el joven Virrey. Citáronle a la Audiencia, y con
la solemnidad acostumbrada, leyéronle la reprensión del Soberano; oíala Solís con extraña
e inusitada calma, y cuando el Escribano de Cámara hubo terminado la lectura y los ojos de
los Oidores se fijaban sorprendidos e interrogadores en la faz del joven, éste sacó del
bolsillo una carta de Fernando VI, que era su íntimo amigo, y la leyó a su vez .... Al concluir
la lectura dijo el Virrey al Escribano: “Vuestra real persona ha hecho que me lean la real
cédula; ya habéis visto la carta que Fernando ha escrito a su amigo don José Solís Folch de
Cardona” (22) .

El Virrey tuvo la generosidad de ordenar que se llevase una abundante comida a los locos
que entonces ocupaban un departamento bajo en el Hospital de San Juan de Dios. Poco tiempo
después el Virrey visitó el manicomio, y habiendo preguntado a uno de los dementes si habían
comido bien, le respondió: “Señor Virrey, asevero a Vuestra Excelencia que los frailes comieron
cierto día como locos, y nosotros comimos como frailes” (23) .

En los últimos años de su Gobierno, la conducta pública y privada del simpático Virrey tuvo
cambio notable. Con frecuencia visitaba a los enfermos del único hospital que tenía Santafé, y él
mismo, rodeado de sus amigos personales, les servía a la mesa y les regalaba dinero. Quizá lo
movía a este acto generoso y liberal sus grandes sentimientos de caridad unidos a la cuerda
respuesta del loco.

En la cuaresma del año de 1759 se hizo una procesión de penitencia a la hora del angelus, a
la que concurrieron la nobleza y el pueblo de Santafé, y anota Vargas Jurado que en ella “el señor
Virrey llevó el cristo con corona de espinas y zoga al cuello.” El señor Solís regaló una pintura de
Nuestra Señora de la Luz, con marco de plata, a la Capilla Castrense, que ocupaba el área del
conocido Salón de Grados, en el edificio de Las Aulas. El mismo día, sábado 25 de enero de 1761,
se puso la primera piedra de la iglesia de la Orden tercera, que describiremos adelante, y para
cuya obra cedió Solís la suma de $ 2,000. Recuerda un cronista que en diciembre del año anterior,
Solís invitó a sus amigos a visitar el templo e imagen de Chiquinquirá, exigiéndoles que para el
viaje se vistiesen de azul. “Ya para entonces—dice un cronista—albergaba Solís el santo
pensamiento de vivir en la Orden franciscana (24) .

El 24 de febrero de 1761, después de ocho años de magnífico Gobierno, entregó Solís el


bastón de los Virreyes del Nuevo Reino a don Pedro Messía de la Zerda, en cuya Administración
nos ocuparemos adelante.

En las postrimerías de su Gobierno llevó él mismo en su carroza al Hospital de San Juan de


Dios la cuantiosa limosna de $ 30,000 destinada a la construcción y mejora de enfermerías,
benéfica liberalidad que ha hecho simpático su recuerdo a la posteridad.

195

Y cuando se esperaba en Santafé que el ex—Virrey partiera para España, se supo con
sorpresa que donaba su fortuna a los pobres, y con admiración, que al oscurecer la tarde del día
28 de febrero de 1761 había solicitado en la portería del convento de San Francisco el humilde
hábito de lego de la Orden, renunciando los honores y títulos mundanos y despreciando las
comodidades materiales que le brindaban su ilustre nombre y cuantioso caudal.

El Virrey-fraile.

Véase cómo refiere Vargas Jurado su llegada al convento, que hoy guarda su sepulcro:

Sábado 28 de febrero de 1761, salió el señor don José Solís en calesa, a las nueve de la
mañana, con la mejor gala y del mesmo modo sus criados y negros, fue a San Diego, donde
oyó misa solemne, y a la tarde subió donde el señor Arzobispo, y a la noche se disfrazó de
capa, y sin ser conocido de las guardias, salió a San Francisco, y despojándose de la gala
tomó el hábito de lego del señor San Francisco, a cuyo tiempo hubo repiques, por donde se
llegó a saber en su Palacio, escribiendo un billete al señor Zerda, quien de la confusión
dicen no durmió en toda la noche (25) .

Este varón esclarecido cambió en esa noche su nombre de grande de la Corte de España por
el de fray José de Jesús María, y la vida regalada de Virrey por la austera del convento.

En esos tiempos era tanto el acatamiento a la persona del Rey, que ninguno de sus
funcionarios podía pronunciar votos monásticos sin su aquiescencia. Solís la pidió al Monarca
español, mientras pasaba su noviciado según la regla de los franciscanos, y obtenida, hizo
profesión solemne el 19 de marzo de 1762, y bajó a Santa Marta por falta de Obispo en Santafé,
para obtener el presbiterado. Allí cantó su primera misa en 1769, y vuelto al convento máximo de
Santafé el Virrey—fraile, terminó su vida el 27 de abril de 1770. El Virrey Zerda fue su padrino en la
profesión que hizo de lego, y a él le tocó presidir los funerales de su antecesor.

El Cardenal Arzobispo de Sevilla y otros deudos de Solís que tenían gran valimento en la
Corte de España y en la del Vaticano, obtuvieron para fray José de Jesús María el capelo
cardenalicio, pero cuando esta noticia llegó a Santafé como homenaje a su humildad, ya el fraile
Virrey habla muerto.

196

(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 52.

(13) C. BENEDETTI, lib. cit., 258.

(14) A. GRISOLLE, Traite de Patkologie Íttterne. Novena ed., 1, 85.

(15) E. LITTRÉ & CH., Dictionnaire de Médecine.

(16) E. BOUCHUT y ARMAND DUPRÉS, Dictionaire de Médecine, etc. tercera ed.

(17) Debe hacerse notar que la falta de conocimientos científicos en aquellos tiempos en que
estaban muy lejanos la bacteriología y el bacilo de Jersin, y las dificultades de diagnóstico,
disculpan a los cronistas por no haber dado noticias claras.

Actualmente el Médico de Sanidad de Francia en Siria, H. de Brun, escribe desde Beyrouth: «La
dificultad de diagnóstico es tal que algunas mortíferas invasiones casi desde el principio hasta el fin
son desconocidas y apreciadas por epidemias de neumonía infecciosa, como la famosa peste de
Bombay, clasificada como fiebre remitente, con afección de las vías respiratorias, hasta el día que
Childe pudo demostrar su naturaleza.

(18) GROOT, lib. cit., II, 59.

(19) JOSÉ MANUEL MARROQUÍN, El Mosaico de Bogotá, 1864, ni, 291.

(20) VARGAS JURADO, lib. cit., 48. E. POSADA, Narraciones, 96.

(21) R. CORTÁZAR. Galería de Virreyes. El Gráfico de Bogotá, núm. 125.

(22) HERMINIA GÓMEZ JAIME DE ABADÍA, Leyendas y Notas históricas, 144.

(23) C. BENEDETTI, lib. cit., 231.

(24) ANDRÉS MESANZA, Nociones de Geografía y de Historia de Chiquinquirá, 25.

(25) VARGAS JURADO, lib. cit., 58.

El señor Solís participó al Virrey Messía que había sido recibido religioso franciscano, en
carta firmada fray José de Jesús Maria, y el Virrey se apresuró a ordenar a fray Ignacio Molano,
Provincial de franciscanos, que no permitiera la profesión del ex—Virrey hasta conocer la voluntad
del Rey, orden que ofreció cumplir el Provincial el 7 de mayo de aquel año.

Encargó el noble lego, en calidad de apoderados, que cumpliesen las instrucciones que les
acompañaba, a don Juan Martín de Sarratea, don Manuel Benito de Castro y don Juan de Mora.
Hé aquí las instrucciones:

Relación de lo que han de ejecutar mis apoderados de los bienes que entren míos en su
poder, y lo que han de satisfacer desde luego. Se entregarán a don Antonio Monroy diez mil
y seiscientos pesos, en doblones, para que los entregue a mi hermano el Cardenal, a quien
aviso su destino. Más se le entregará al mismo don Antonio un recibo, que se hallará en mi
arquilla inglesa, de un pagaré que tiene don Alonso García, vecino de Cádiz, a mi favor, de
mi hermano el Cardenal, de ciento y cincuenta mil reales de vellón, que le presté en Cádiz,
para que haga con él lo que en esta ocasión le prevengo. Más se le dará sin relicario de oro,

197

con su cadena, el que escogiere, y el reloj con caja de China de Sajonia, por una corta
memoria de mi cariño. Más mando, que del caudal existente que se halla en dinero, se
reparta lo siguiente: a don Antonio García, Teniente que fue de mi Compañía de
alabarderos, se le darán mil pesos en doblones. A don Lorenzo Vivero, mi mayordomo, otros
mil, en la misma moneda. A don Manuel Mesa, quinientos pesos. A don Andrés Pardo,
mil. A. Pedro Borbón, mil. A Alonso García, si su salud le permite marchar, escribiré a mi
hermano para que lo mantenga en su casa en Sevilla y allí se le darán quinientos pesos, y si
quisiere quedarse en esta tierra, se le darán mil pesos. A los dos negros de la repostería,
Miguel y Chepillo, se les dará libertad y doscientos pesos a cada uno para que busquen su
vida. Una caja de oro, guarnecida de brillantes, y llena de polvo de oro, se le entregará a
don Antonio Monroy, para que la lleve a Madrid, y también dos petaquitas, que se
encontrarán en mi papelera, cada una con un juego de hebillas y espadín de oro, de todo lo
cual le prevengo el destino que debe tener. A. don Antonio Monroy, don Francisco Bobadilla,
don Ramón Portocarrero, don Antonio García, don Juan Maldonado, don Manuel de Mesa,
don Juan de Lara, don Lorenzo Vivero, don Juan Casanovas, Pedro Borbón, Guillermo y el
Sargento Acuñares se les pagará su conducción hasta Cádiz, del importe de mis bienes.
Los trescientos pesos que suplo en Cádiz a la mujer de Casanovas, y se le dan por mi
orden, por mano de don Francisco Lafert, los del año de sesenta, que ya los ha recibido,
quiero que queden en su poder. A don Juan Martín de Sarratea se le entregará la caja de
lapislázuli, guarnecida de oro, y otra, piedra bezar, guarnecida, la que él escogiere. A don
Manuel Benito de Castro se le dará una caja de oro, la que él escogiere. A. don Juan de
Mora, el reloj de muestra de oro que yo traía. A don Antonio Monroy se le entregará un
juego de espadín de oro y un bastón de carey con puño de oro, guarnecido, a quien aviso su
destino. A Francisco se le darán doscientos pesos. A toda mi familia se le pagará hasta fin
de marzo—SOLÍS (26) .

El Virrey dejó $ 8,000 en manos de sus apoderados, para atender a los gastos de residencia,
pues aunque ya era fraile, el Rey nombró Juez para tomársela a don Miguel de Santisteban, quien
halló pequeña aquella suma, aunque con ella tuvo que conformarse, por haberle probado los tres
apoderados del señor Solís que los bienes que habían recibido los habían gastado en obras de
piedad. Dura debió de ser la residencia cuando el lego decía al señor Messia, un año después de
haber vestido el hábito, quejándose de Santisteban, lo siguiente:

Si acaso ha sido su fin ajarme y abatirme, también está cumplido, pues ya me ha tratado
aun sin las excepciones que merece cualquier hombre noble, que en cualquier embargo se
le reserva las armas y el caballo, pero a mí ni aun la camisa (27) .

El Consejo de Indias dictó honrosísima sentencia definitiva en favor del señor Solís,
absolviéndolo de los veinticinco cargos que el Juez de residencia Santisteban habla redactado. En
dicho documento, que circuló impreso en Santafé, se prevenía al Juez que si de nuevo se le
encargaba la residencia de algún Magistrado, levantase la sumaria con mayor cordura y verdad
que la del Virrey—fraile.

La separación de la vida mundanal del Virrey Solís y su tranquilidad monástica traen a la


memoria las palabras del historiador Robertson, hablando de la muerte de Carlos y, con quien
nuestro Virrey tiene puntos de contacto:

Los pensamientos y miras ambiciosas que le habían ocupado e inquietado tan largo
tiempo, se habían borrado enteramente de su alma; lejos de volver a tomar parte alguna en
los sucesos políticos, ni siquiera tenía la curiosidad de informarse de ellos; parecía ver esta
escena tumultuosa, de la que se había separado, con todo el desprecio e indiferencia de un
hombre que había reconocido su vacío y frivolidad, y que gozaba del placer de haberse
desasido de sus ligaduras (28) .

198

El sepelio del célebre fraile se hizo en la iglesia de San Francisco; se ignora la fecha de su
exhumación; por mucho tiempo se conservó en el Museo Nacional un cráneo que se decía ser de
Solís; la comunidad franciscana tenía la tradición de que las cenizas del Virrey se guardaban en un
amplio nicho que existe sobre la puerta de la sacristía de la iglesia, cerrado con una verja de
madera de estilo morisco.

Nosotros visitamos en 1897 el osario mencionado, y en él encontramos varias urnas, bien


conservadas, en las que se guardan los restos de los monjes franciscanos fray Sebastián Guache,
fray Diego Díaz Quijano y fray Ignacio Botero, muertos, respectivamente, en 1678, 1794 y 1816, y
un ataúd, ornamentado al exterior con pinturas al óleo, de medianísimo pincel, de un metro sesenta
y cuatro centímetros de longitud, cuarenta y cinco centímetros de ancho y veinticuatro centímetros
de fondo. En esta caja se conserva el esqueleto de fray Juan Martínez, natural de La Palma, quien
gozó de reputación de santo, y falleció el 10 de abril de 1661. Al hablar de la muerte de este monje
dice la crónica del convento:

Se guardan sus huesos en un sótano que está sobre la puerta de la sacristía que sale a la
iglesia, y se conserva fresca la flor de rosa. En la tabla del cajón en que se guardan está
dibujado, sacados los ojos que el mismo Dios le restituyo. A. la parte opuesta se le ve
defendiendo de la voracidad del fuego un cañaveral, de un hermano suyo, en la jurisdicción
de La Palma, elevado en el aire, al mismo tiempo que estaba en la comunidad rezando en el
coro de este convento.

Olvidó decir el cronista de la Orden que al lado de las pinturas que ornamentan el ataúd se
encuentran escritas, en forma de versos, estas disparatadas líneas, que el autor tuvo la acertada
modestia de dejar cubiertas por el anónimo:

Sirviendo desde pequeño


Excusé a mi dueño enojos,
Que siempre tuve dos ojos
En las manos de mi dueño.

Brotando luz celestial,


Indicio de eterna vida,
Fui centella introducida
Como en un cañaveral.

En el interior está la caja ricamente tapizada con telas finísimas, bordadas a mano con sedas
de colores e hilos de oro y de plata.

Hemos descrito con bastante detenimiento este ataúd, porque en él hallamos, a más del
esqueleto del Padre Martínez, muy bien conservado no obstante los doscientos cincuenta y dos
años que sobre él pesan, el cráneo de Solís Folch de Cardona, colocado sobre una almohada de
tisú que conserva vivos colores.

Sobre este cráneo hay escrita, en letras mayúsculas correctamente formadas, la siguiente
quintilla que copiamos fielmente:

199

SOLIS
ENTRE LAS PÓMPAS VIVI
DEL MUNDO QUE AL FIN DEXÉ,
SOLO. EL SAYAL QUE VESTÍ,
ME QUEDA,. Y LAS GALAS QUE
A CHRISTO EN SUS POBRES DI

La quintilla se pintó sobre el frontal, y alcanza, en parte, a cubrir la sutura de este hueso con
el parietal izquierdo.

Este cráneo, sin duda el del Virrey—fraile, tiene sanos el frontal, los parietales, el occipital,
menos la apófixis yugular derecha, el temporal izquierdo y parte del esfenoide.

Se ignora dónde se hallan los demás huesos del conocido Virrey, o sea de fray José de
Jesús María, nombre con que firmó durante el largo tiempo que permaneció en el convento.

En la caja encontramos la mayor parte de los huesos del esqueleto de fray Juan Martínez,
pero no hallamos en ella ni la cerradura, que probablemente era do plata, ni la “flor de rosa,” de
que habla el cronista del convento; ésta se destruyó o por el correr de los años, o porque no quiso
“conservarse fresca” al lado de las execrables cuartetas del vate anónimo, que no ha podido borrar
el tiempo (29) .

Conocemos seis retratos al óleo del Virrey—fraile, y uno litografiado que se publicó en
la Relación Histórica de la erección de la Provincia de franciscanos, etc., 1853.

Don José Solís.

200

El que guarda el Museo Nacional, cuya reproducción adorna estas páginas, tiene el traje
virreinal, y al pie se lee la inscripción siguiente:

Reinando la Mag.d Cathol.ca del S.r D.n Fernando VI. y del S.r D.n Carlos III—El Exrno S.r
D.n Joseph Solis Folch de Cardona, Mariscal de Campo de los R.s Exercitos Comendador de
Ademus y Castelfavi en la R. Orden de Monteza, primer Theniente de la tercera compañía de las
R.s Guardias de Corps.—Tomó posession de los Empleos de Virrey, Gov.er y Cap.n Gen.l de las
Prov.as de este N.vo R.no con sus agregadas, y de la Presidencia de la R.l Aud.a de Sta. Fe en 24
de Noviembre de 1753 haziendo su juramento en manos del Ex.mo S.r Virrey Pizarro su
antecessor por especial R.l concession de S M. y en 24 de Febrero de 1761 le succedió en los
referidos cargos el Ex.mo S.r D.n Pedro Mesia de la Zerda, habiendo governado 7 años y 3 meses,
y a los 4 días se hizo Religioso de S.n Fran.co en el Convento de esta Ciu.d donde murió en 27 de
Abril de 1770. Durante su Gov.no se finalizó la fabrica del Camellon, y la del Puente de Boza, y a
sus Expensas se extendió el Hospital de S.n Juan de Dios de S.ta Fe.

En los claustros del Hospital de San Juan de Dios existe otro semejante al del Museo
Nacional. En el convento de frailes franciscanos se conservan dos retratos: uno de tamaño natural
en el acto de tomar el hábito, que también insertamos en fotograbado; tiene, a más de una
inscripción, la siguiente frase latina que sale de los labios de San Francisco: Nulla hac tutior
umbra; y otro, vestido de fraile, semejante a la litografía que hemos mencionado. En la sacristía del
templo de San Francisco se encuentra uno de tamaño natural, en que el Virrey ya está vestido de
fraile, con esta inscripción complementaria de las noticias que hemos dado acerca de tan
distinguido personaje:

El Excmo Sr Dn Joseph Solis Folch de Cardona hijo de los Excmos Sres Duques de
Montellano Grandes de España de primera clase; Mariscal de Campo de los Rs Ejércitos,
Comendador de Ademus y Castielfavi en el orden de Montesa; fue Virrey, Gobernador y Capitan
General de este Nvo Rno de Granada y Presidente de su Rl Audiencia, el que gobernó por espacio
de siete años, con general aplauso y gloria, con rectitud, desinteres, integridad, zelo y vigilancia.
Fue afable y benigno con todos oyendo con igualdad y del mismo modo las quejas del pobre o del
rico, dejandolos a todos contentos y satisfechos con la justicia que administraba. Repartió sus
crecidos caudales a los pobres a quienes aún siendo Virrey sirvió la comida en los Hospitales
dejando una crecida limosna a cada pobre. Y destituido de quanto poseia despreciando las
esperanzas de sus servicios y esclarecido nacimto por seguir la pobreza Evangelica, tomó el habito
de F. S. P. Sn Francisco en este Convento de Sta Fe en el estado humilde de religioso lego el dia
28 de febo del año de 61. A persuaciones de los Prelados recibió las sagradas órdenes en la Ciud
de Sta. Marta. Fue electo Guardián de este Convto el dia 21 de Enero del año de 770. Fue varon
exelente en virtudes, en la pobreza sólo reservó algunos libros espirituales, y un pobre hábito qe
vestirse. En la Obeda fue observmo hasta la hora del morir. En la castidad exemplaríssimo, usaba
de crueles cilicios, disciplinas de hierro, y un vestido de asperas zerdas qe le cubria de los hombros
a las rodillas. Finalmte colmado de meritos y adornado de virtudes dejó el mundo para reinar con
Cristo, el dia 27 de Abril del año de 1770, a los 54 años de su edad.

Recordarán nuestros lectores que en la página 123 anotamos que en la sacristía de la


iglesia de San Diego se guarda un retrato de Solís, cubierto con burdo sayal cuando ya duerme el
sueño eterno, rodeado de una amarilla inscripción latina que se extiende en rectángulo figurando
ataúd.

El último recuerdo que citamos de este Virrey son tres campanas que existen en la torre de
San Francisco, que se colocaron en diciembre de 1771, de las cuales una pesa 140 arrobas, y
fueron fundidas en esta ciudad, debido a la generosidad de Solís. Hizo también traer de Londres el
segundo reloj de torre con sólo horario, que desde la misma fecha lució en la torre de San

201

Francisco hasta hace poco tiempo, en que fue reemplazado por el actual, de mayores
dimensiones, pero no de igual precisión.

Cerramos estos recuerdos históricos sobre el popular Virrey—monje, recordando que nació
en 1716 y que al fallecer contaba cincuenta y cuatro años dos meses y veintitrés días.

(26) Documento original que tenemos a la vista.

(27) Un documento semejante fue copiado en el Archivo de Indias en 1882 por don Ricardo S.
Pereira, y se publicó en el vol. III del Papel Periódico Ilustrado, pág. 305.

(28) ROBERTSON, Historia del reinado del Emperador Carlos V, traducción de Ramón Alvarado,
IV, 299.

(29) D. Luis Augusto Cuervo publicó un artículo sobre las cenizas de Solís, en el número 88 de El
Gráfico de Bogotá.

202

CAPITULO XXI
Concordato de 1753—El Arzobispo Arauz, su muerte, inscripción de su retrato—Nuevo
Gobernador del Arzobispado—El templo de La Tercera. Sus protectores—Titulo de merced de la
plaza de San Francisco—Estudio artístico del templo de los terceros—Opiniones de un extranjero
sobre La Tercera—Portada y torre de la iglesia—El Virrey Messía de la Zerda—Medidas de
Gobierno—Incendio del templo de Santo Domingo. La guerra de los siete años—Se desploma la
cúpula de San Ignacio—Reglamentos de comercio—Primeros títulos de nobleza concedidos a
colonos del Nuevo Reino—Dificultades para el tránsito de España a América. Los dos primeros
Marqueses—Querellas del Marqués de San Jorge. Puentes de Sopó, Bosa y Puente Aranda—
Inscripciones—Fábrica de pólvora en el Aserrío—La futura quinta de Nariño—La sociedad del
Virrey Zerda—El libro de Calvo de la Riva—Sor Maria de Santa Inés, taumaturga—Curiosísimos
documentos—La Bula de Cruzada.

FUE preciso interrumpir el orden cronológico que en lo general preside este estudio histórico,
para no romper los nexos que tuvieron los acontecimientos en que fue figura saliente el Virrey
Solís.

Vamos a relatar lo ocurrido con respecto a las relaciones de la Corte de Madrid con el
Vaticano, que tuvieron su reflejo en el Virreinato del Nuevo Reino, y a mencionar el Gobierno
eclesiástico del Arzobispo Don José Javier de Arauz, sucesor del señor Azúa.

El concordato mencionado puso término satisfactorio a la cuestión patronato en el sentido


que daba a esa palabra la legislación vigente en esos lejanos tiempos (1) .

El señor Arauz era natural de Quito y fue Obispo de Santa Marta, adonde llegó el año de
1746(2) .

En 1754 fue promovido al Arzobispado de Santafé el señor Arauz, y llegó el 1° de junio del
mismo año. Veinte días después se posesiono de su cargo. Promovió la moralización del clero y
regularizó el ejercicio de las funciones sacerdotales. Tres años después de ocupar la Silla ocurrió
un incidente que, aunque es demasiado conocido, lo citamos aquí no obstante su puerilidad, por
ser crónica de los tiempos coloniales. El día de Corpus de 1757 quiso el Arzobispo que la
procesión pública, que se celebraba con gran pompa, pasase por la Calle de Florián, rompiendo el
antiguo ceremonial. Al día siguiente apareció un pasquín atribuido al presbítero Basilio Vicente de
Oviedo, uno de los descontentos, que decía:

Del Arzobispo a porfías


Hoy sale el sagrado pan
Por la Calle de Florián
A. visitar chicherías.

La Catedral antigua debió a este Arzobispo el altar mayor, de talla dorada, que sirvió hasta
1805.

Día martes 29 de febrero de este año de 1764, por ser bisiesto, a las tres de la mañana
murió el Ilustrísimo señor don José Javier de Arauz, Arzobispo de esta ciudad, que gobernó
nueve años y ocho meses (3) .

203

En el retrato que del señor Arauz se conserva en la Catedral, se lee la siguiente inscripción:

El Yll.mo S.r D.r D. Joseph Xavier de Árauz colegial que fue en el Colegio mayor de san Luiz de
la Ciu.d. de Quito. Cura doctrinero del pueblo de Yimbibi. Cura Rector de la Yg.a Catedral.
Opositor a Prebendas. Racionero y Canónigo en la misma Ciu.d Comis.o de la Ynqui.on
Examinador Regio, y Sinodal: Fue consultado para la Silla Episcopal de Guadalaxara en Nueva
España, y la Paz, en el Perú. Finalmente, en el año de 1746 fue electo Obispo de St.a Marta, y
despues promovido a la Silla Arzobispal de S.ta Fée en el año de 1753, y habiendo tomado
posseción el dia 20 de Junio de 54 fallecio en 29 de Fe.ro de 1764 a los 65 de su edad.

Quedó el Gobierno eclesiástico a cargo del doctor Gregorio Francisco de Campos, electo
Obispo de La Paz. Servía el Deanato de esta Catedral y debía ser hombre de letras porque tenía
diploma de miembro de número de la Real Academia Española de la Historia.

Ya existía en Santafé en aquellos años la Orden tercera de penitencia, la cual celebraba sus
funciones religiosas con incomodidad en el templo de San Francisco, cuando ingresó a ella como
hermano el ilustre Virrey Solís, quien regaló a dicha Orden una casa, calle de por medio con la
iglesia de La Veracruz. Doña Francisca Caicedo, de distinguida familia de Santafé, cedió la
contigua, con extenso frente sobre la carrera principal de la ciudad, hoy 7.ª, la cual servia para
ejercicios espirituales (4) , con el fin de que en el sitio donado se edificase un templo para el
servicio de los terceros, el cual habían pensado levantar en el área de la entonces Plaza de San
Francisco, hoy Parque de Santander, ampliando el Humilladero, a lo que se opuso el distinguido
hijo de Mariquita D. Francisco Antonio Moreno y Escandón, Fiscal, Protector de indios (5) . El 25 de
enero de 1760 se principió la obra del templo de La Tercera, y también contribuyeron para ella con
dinero don Ignacio de Rojas Sandoval, santafereño acaudalado, de quien refiere la crónica que
hallándose poco tiempo antes en mala situación de fortuna, trabajaba en las orillas del río Fucha, y
que habiendo amarrado el cabestro de su cabalgadura a un arbusto, mientras se entregaba a sus
quehaceres, el caballo arrancó la planta dejando a la vista un tesoro depositado allí por los
primitivos moradores del país. Rojas de Sandoval quiso emplear la mejor parte del dinero
encontrado en la construcción del templo arriba mencionado. También don Camilo Manrique cedió
para lo mismo parte de un edificio y un solar.

Veinte años se trabajó en el templo, que se bendijo el 25 de agosto de 1780, y anexo a él se


levantó un edificio semejante a los conventos, destinado al servicio de los terceros y a casa de
ejercicios espirituales de San Ignacio. Este último, que amenazaba ruina, fue demolido en 1890—1
para construir casas particulares. Unióse el nuevo templo al convento de franciscanos por medio
de un arco de cal y canto, demolido sin objeto después de la desamortización de 1861, y desde
entonces se llamó esa parte de la calle 16, Calle del Árco.

Dirigió la ornamentación del templo el maestro tallador Pedro Caballero, artista distinguido. La
obra de madera es de mucho mérito: los altares, confesionarios, púlpito, galerías, marcos de
cuadros, son de talla en madera de nogal. El artista Caballero se arruino y se vio obligado a
concluir la obra a su costa, y luego se ocupaba en hacer almudes y obras sin mérito artístico, por lo
cual, criticado, contestó: “ más vale hacer almudes que tabernáculos” (6) .

Sencillamente hermosos son los modelos que por doquiera nos presenta la naturaleza en
todos sus reinos; y la copia fiel de ellos, cuando el artista tiene gusto delicado para
escogerlos, es siempre obra inmortal. Pero sucede también que la fantasía y la inteligencia,
tomando elementos heterogéneos y combinándolos con tino, dan vida a bellos monstruos
en que, mezclando la piedra con la planta y el animal, y combinando las más raras formas y
los más brillantes colores, se recrea la imaginación y vaga por mundos que casi nos
atreveríamos a llamar nuevos, porque son creaciones originales del genio. Así vemos en la
Edad Media los templos, los castillos, los lienzos y los viejos pergaminos invadidos por miles

204

de seres extraños y expresivos que gesticulan, que ríen, que amenazan, que lloran, que
andan o que se transforman luego en ramazones tan extravagantes como armoniosas.

Ejemplo de esas libres y ricas concepciones es en Bogotá la ornamentación del templo de


La Tercera, en la cual trabajó el maestro Caballero muchos años, pues no terminó la obra
sino en 1780; y así como con ella ganó inmortal fama, sufrió pérdida pecuniaria, pues que
habiendo calculado mal los gastos al hacer su contrato, se vio obligado, para cumplirlo, a
concluir la obra a su costa (7) .

El conjunto del templo es armónico y sombrío, aunque las paredes de la iglesia, pintadas de
color blanco crudo, oscurecen demasiado las obras de talla. Una media tinta haría resaltar con
vigor el relieve de las hermosísimas esculturas. En el altar mayor y en otros puntos de la iglesia se
ven estatuas modernas coloreadas y otras vestidas con telas, que producen pésimo efecto artístico
y que sería de desearse fueran trasladadas a otro templo donde reciban culto. Hacemos excepción
de dos imágenes del Cristo, el primero de los cuales ornamenta y embellece la parte alta del
tabernáculo principal, y el segundo luce bien en el camarín de la única capilla de la iglesia.

Un buen Padre, Capellán de la iglesia, emprendió hace pocos años, con bárbaro entusiasmo,
la tarea de hacer pintar de color las lujosas ornamentaciones en que el maestro Caballero agotó en
fortuna y su inteligente paciencia, y en que dejó, con tan bella obra de arte, en Bogotá, como
cristalizado su genio. Por fortuna el buen gusto impidió que continuase pintándose la madera
tallada, quedando limitado el daño al artesonado de la iglesia, el cual se pintó de blanco y azul con
pretexto de darle más luz (8) . El principal lujo de esta iglesia consiste en la desnudez en que
exhibe, limpias y esbeltas, las bellas formas de sus elegantes y atrevidos relieves; rica filigrana,
bordado hecho con verdadero primor de mano, tallado en la fina madera. Frondosas vegetaciones
fantásticas, a manera de florecidas madreselvas, envuelven las elegantes columnas salomónicas y
cuelgan sus exuberantes ramazones desde la base hasta los arquitrabes, los frisos y las cornisas
de los altares. A veces alternan complicados arabescos con aquellos robustos festones, para
producir adornos llenos de capricho, en que reina, sin embargo, artística simetría; los follajes, como
las salvajes trepadoras de las selvas tropicales, suben cubriéndolo todo e imitando a esos viejos
troncos en que se retuercen las plantas enredaderas bajo el vivificante influjo de la humedad, del
calor y de la luz; luego se subdividen, se lanzan con esbelta soltura, rodean ligeramente los
adornos arquitectónicos, y vuelven a unirse para terminar en la parte superior, formando la orla de
los nichos y adornando con sus hojas, frutos y flores los finísimos capiteles. Las columnas de los
dos grandes altares ya citados están cargadas de una abundante vegetación, que entreabre su
espesa masa para dejar asomarse toscas mascarillas, imitando en el conjunto, con su inflada
pesantez, aunque en pequeña escala, las pilastras multiformes de las pagodas indias. Algunos de
los amplios capiteles del orden compuesto se parecen más al ancho abanico de las palmeras
egipcias, que a las encrespadas hojas del clásico acanto griego. Pero las columnas de los demás
altares se distinguen por su elegancia y ligereza. Faltéronle, tal vez, en aquellos tiempos al artista
modelos variados de ornamentación, y por eso, seguramente, en ocasiones aparece pesado y algo
monótono, con la frecuente repetición de los escudos, de las flores agrupadas y de las invariables
palmas y ramas de fantasía. El tabernáculo principal y la capilla de la derecha, consagrada al
Señor de la Humildad, sobresalen en aquel santuario como atrevidas obras, libre y originalmente
concebidas, correctamente ejecutadas, y distintas de los otros modelos que los demás templos de
Bogotá ofrecen. Caballero era artista de acalorada fantasía: su cabeza, en que hervían ideas de
singular vuelo a que daba alas la devoción, vio en noches de lúcido insomnio nacer y crecer, por
arte mágica, esa selva frondosa; su capricho la hizo extender graciosamente; soplos de inspiración
movieron sus penachos y abrieron sus flores; el maestro se asió de su creación, le dio vida, y murió
más tarde loco, como el inmortal Vásquez, dejando en oscuro nogal de color de sepia su visión fija
para el deleite de las futuras generaciones (9).

205

Un viajero argentino que residió entre nosotros hace pocos años, se expresa así al hablar del
templo de La Tercera:

Está totalmente cubierta al interior de madera labrada. Se cree entrar a la Catedral de


Burgos, donde el Berruguete ha prodigado los tesoros de su cincel maravilloso, filigranando
el tosco palo y dándole la expresión y la vida del mármol y del bronce. Sólo una vez fui a allí,
y salí indignado, jurando no volver. ¡Figuraos que han pintado de azul el admirable
artesonado del techo! Un hombre con alma de artista ha pasado muchos años tallando esas
maderas; el tiempo cariñoso ha venido a completar su obra, comunicándoles el tinte opaco y
lustroso, el aspecto vetusto que las hace inimitables .... para que un cura arroje sobre ellas un
tarro de añil diluido, encontrado en un rincón de la sacristía (10) .

La portada de la iglesia de La Tercera, que se levanta sobre la carrera 7.ª y mira al Oriente,
es de piedra de sillería de color amarillo y de sencilla y correcta arquitectura. La torre de la iglesia
tiene primer cuerpo de piedra labrada, que pertenecía a la antigua construcción del edificio de la
Orden tercera. En 1857 el arquitecto Carlos Schlecht, quien vino a nuestro país como ayudante en
la obra de carpintería del notable Tomás Reed, levantó sobre dichas bases una torre de medianas
dimensiones, cuyas faces están adornadas por arcos ojivales y largos nichos, estilo lleno de
coquetería con fragmentaciones de líneas que es propio del renacimiento alemán, y que algunos
han creído ser renacimiento inglés.

Al año siguiente de la muerte del Reverendísimo Arzobispo señor Arauz, ocurrida como ya
vimos en 1764, fue promovido al Arzobispado de Santafé don Manuel de Sosa Betancourt, quien
murió en España sin saber siquiera que había alcanzado tan alto honor; el señor Groot no
menciona este Prelado en su Historia Eclesiástica y civil. Fue electo para sucederle don Francisco
Antonio de la Riva y Mazo, Vicario General de Salamanca, quien entró en Santafé el 25
de marzo de 1768 y murió el 8 de diciembre siguiente, de edad de cuarenta y ocho años (11) .

En la galería de Prelados de la Metropolitana se lee lo siguiente, al pie del retrato de este


Arzobispo:

El Yllmo S.r D.r D.n Fran.co R¡va Mazo Canonigo Doctoral de la abadia de Coria fue electó
Arzpo. de esta Santa Yglesia Metropolit.a en 3 de Agosto de 1765 a los 44 de su edad. El 31 de
En.o de 68 tomó poseción a su nombre el D.r D.n Agust.n Cogollos Tesorero. El 25 de Marzo del
mismo año entró en esta Ciud.d, y el 8 de Diciem.e murió. Fue enterr° en el Conv.° de la
Candelaria. Se sacó esta copia pr el retrato q.e está en aquel Conv.o p.r Lucas Torrijos en Nov.e
de 1830 a los 16 años de su edad.

Atrás vimos que don Pedro Messía de la Zerda, Conde de la Vega de Armijo, Bailío del santo
sepulcro, gran cruz de la Orden de San Juan, Teniente General de la Real Armada, había recibido
de Solís el bastón de Virrey. Anotamos ahora que el sábado 22 de febrero de 1761 llegó a Bogotá
el Embajador del señor Zerda “con un vestido que dicen fue del señor don Fernando VI, que lo
presentó al Duque Arcos, de quien lo hubo el Embajador como pariente suyo” (12) .

El lunes de pascua, 27 de marzo del mismo año, hizo el nuevo Virrey su entrada pública con
el acostumbrado ceremonial.

Organizó las rentas de tabaco y aguardiente, que aumentaron las entradas del Erario de la
Corona. Tres meses después de haber tomado posesión del Gobierno, hizo Messía publicar por
bando los lutos de la Reina María, esposa de Carlos III, y a mediados del mes siguiente se le
hicieron pomposas honras, que fueron muy concurridas debido a las simpatías que ya tenía el
Virrey, por no haber querido que se le hiciesen fiestas públicas a su llegada, a costa de los
vecinos.

206

En los trabajos de historia nacional, con excepción de los que han visto la luz en los últimos
años, no se había dado noticia del incendio que destruyó el templo de Santo Domingo, templo que
describimos en las páginas 30 y 137.

El 8 de diciembre de 1761, al amanecer, cuando se repicaban las campanas de la iglesia de


San Francisco, las de la torre de Santo Domingo tocaban a fuego, porque un incendio devoraba los
claustros y la iglesia, destruyendo parte del convento y el rico templo en su totalidad. “Trabajó
mucho el mujeriego, pues en cuatro horas que duró el fuego, no dejaron santo ni altar que no
sacaran y transportaran así a la Catedral, como a San Juan de Dios, San Francisco, Colegio del
Rosario y otras casas particulares, de que se llenó, todo quebrado y ahumado” (13) .

El médico del Virrey Zerda (Mutis) también trae la relación de este incendio en su interesante
diario, y dice:

Con el motivo de esta desgracia hube de hacer varias reflexiones, y entre ellas tuvo el
primer lugar el mujeriego, cuyo piadoso corazón se les salía a estas infelices por boca y
ojos. Hicieron causa propia la desgracia de esta iglesia, y acompañando con obras sus
deseos, se dejaron ver como varoniles jornaleras. Toda el agua, que fue infinita, se debió al
trabajo de las mujeres, a quienes, faltándoles vasijas para llevarla, arbitraron conducirla en
sus sombreros. No cabe en ponderación la liberalidad y rasgo de las infelices chicheras con
que franqueaban toda su hacienda y muebles, reducida a una porción de chicha que es toda
la hacienda y tres o cuatro múcuras a que se reducen sus muebles más preciosos. Llegaba
esta liberalidad a tales términos, que buscando un sujeto este bien con el dinero en la mano,
le franquearon todo, sin permitir el trato de la venta, preciándose de tan cristiana y
compasiva la que lo daba, como quien lo buscaba con su dinero (14) .

A principios de julio de 1762 se publicó bando en las esquinas de la plaza principal, sobre
que España principiaba nueva lucha con Inglaterra. Se refería el bando a lo que se ha llamado en
la historia “guerra de los siete años,” nacida del pacto de familia, por el cual hicieron alianza común
todas las ramas de la casa de Borbón, y obedeciendo a él, Carlos III declaró la guerra a Inglaterra
en dicho año para apoyar a sus parientes que luchaban con la Gran Bretaña desde 1756. Al fin del
año 1762 se firmó la paz entre Francia, Inglaterra, Portugal y España. Esta perdió en la contienda
La Florida, el Fuerte de San Agustín y otras colonias. Por la guerra tuvo que abandonar el Virrey la
capital el 16 de septiembre de aquel año, pues consideró necesaria su presencia en las costas del
Atlántico, y residió en Cartagena.

A la capital volvió el 26 de julio de 1763, e hizo su entrada por la tarde; “y luego arrestó preso
al Cabildo secular en las casas de su Ayuntamiento, donde los tuvo media hora, por no haber ido
hasta Usaquén a recibirlo, y con razón, porque no hizo demostración de obsequio alguno” (15)

(1) H. FLÓREZ, lib. cit., I, 387. JUAN PABLO RESTREPO, La Iglesia y el Estado en
Colombia, Londres, 1881, 28.

(2)JOSÉ C. ALARCÓN, Compendio de Historia del Departamento del Magdalena, etc., 42.

(3)VARGAS JURADO, lib. cit., 68. JOSÉ MARÍA CABALLERÓ, lib. Cit., 91.

(4)Los ejercicios espirituales fueron trasladados al local conocido con el nombre de El Dividivi en
1824, como veremos más tarde.

(5)El Fiscal exhibió entonces el siguiente curioso documento, para impedir que se ocupase el área
de la plaza:

207

«El doctor Venero de Leiva, del Consejo de Su Majestad, Presidente y Gobernador de este
Nuevo Reino de Granada y su Distrito. Por cuanto después que estoy en este dicho Nuevo Reino,
y antes que a él viniese, esta ciudad y República tiene para su ennoblecimiento una plazuela
enfrente del monasterio de San Francisco de esta dicha ciudad, conveniente cosa que haya en
aquella parte, para ornato del dicho monasterio y de aquella parte de la ciudad, vecinos y
moradores de aquella vecindad, la cual, si se quitase sería diminución, por ser entrada de la ciudad
de Tunja, en la cual algunas veces suele haber mercado de naturales de aquella parte y otras, por
lo cual conviene que la susodicha no se labre, antes se continúe la dicha plazuela y no haya
edificios en ella, por el antiguo ennoblecimiento que es de dicha ciudad. Por ende, en nombre de
Su Majestad, para agora y para siempre jamás, señalo para esta dicha ciudad y república, y ornato
de ella, la dicha cuadra y plazuela, como hasta agora ha sido, y excepto lo que está edificado y lo
que tienen por título los herederos de Juan Muñoz de Collantes, que viene cayendo hacia la parte
del río; y como tal ornato y ennoblecimiento que esta república tiene, mando al Consejo, Justicia y
Regidores de esta ciudad de Santafé, que no den ni señalen en la dicha plazuela ningún solar ni
edificio, ni en la dicha cuadra ninguna posesión a ninguna persona; antes de tal plazuela tomen
posesión, en voz y en nombre de esta República, vecinos y moradores de ella; y si los vecinos de
aquella dicha plazuela o el monasterio de ella quisieren título de esta merced que hago a esta
ciudad, se les dé porque de ello haya noticia agora y siempre, y no se pueda pretender ignorancia,
por cuanto en la dicha cuadra nunca ha habido ni hay ningunos edificios, como dicho es, de que si
fuere necesario darase por el Secretario de Su Majestad, infrascrito; y el dicho Consejo, Justicia y
Regidores cumplan lo susodicho, so pena de dar quinientos pesos de oro para la Cámara de Su
Majestad. Fecha en la ciudad de Santafé, a 26 de mayo de 1572. »

«EL DOCTOR VENERO »

«Por mandato de Su Señoría, Francisco Velásquez. »


(Existía copia de este documento, tomada por el doctor Rafael E. Santander, en el archivo
municipal, y se publicó en El Bogotano, en 1882). Véanse las páginas 37 y 38 de este libro).

(6) GROOT, II, 67.

(7) LÉZARO MARÍA GIRÓN, Estudio artístico del templo de La Tercera, escrito especialmente para
este libro en 1891.

(8) Y no se diga que solamente entre nosotros se cometen semejantes disparates: el famoso
púlpito gótico de la Catedral de Strasburgo, lleno de filigranas, fue dorado bárbaramente; y muchos
de los muros cubiertos de arabescos, semejantes a encajes que dejaron los moros en Granada,
Sevilla y Córdoba, están cubiertos por gruesas capas de cal.

(9) LÁZARO M. GIRÓN, Estudio citado.

(10) MIGUEL CANET, Notas de Viaje, 227.

(11) Anales Religiosos de Colombia, II, 149.

(12) VARGAS JURADO, lib. cit., 57.

(13)VARGAS JURADO, lib. cit., 61. E. POSADA, Narraciones, 52.

(14) GREDILLA, lib. cit., 515.

(15) VARGAS JURADO, lib. cit., 67.

208

Es digno de anotarse que el 10 de septiembre del año últimamente citado se desplomó la
media naranja de la iglesia de San Ignacio, sin que la caída causase daños, por estar prevenida de
antemano. La cúpula desplomada fue la construida por el arquitecto Coluccini (Colinuchi), y en
cuanto a la nueva, que llama la atención por su mérito arquitectónico, carecemos de noticias
acerca del que la dirigió.

Como suceso importante ocurrido en aquel tiempo (1760— 76), anotaremos los reglamentos
de comercio expedidos por Carlos III, que disminuyeron las dificultades que sufría el de las
colonias de América, y que dieron a la importación y exportación una actividad desconocida hasta
entonces. Los reglamentos se llamaron de comercio libre, denominación impropia, pero es lo cierto
que se disminuyeron las trabas del comercio americano que antes andaba reducido a sistemas
muy rudimentarios (16) .

Durante el Gobierno de Messía de la Zerda se crearon títulos de nobleza para hijos del
Nuevo Reino, honor que no merecieron en casi dos siglos y medio los que se llamaron nobles por
tener sangre española sin mezcla de la indígena y nacidos en América. Para los criollos mestizos
se hizo perpetua excepción de títulos nobiliarios.

En documentos inéditos que conocemos se ve cuántas dificultades tenía que vencer el


español que se decidía a pasar a América, aunque fuese funcionario público; cuántos requisitos
tenía que llenar antes de salir de la Península, y cuántos embarazos encontraba para vencer sus
deseos. A tal extremo llegaban, que necesitaba el emigrante licencia expresa del Soberano para
poder pasar la puerta de la célebre Casa de Contratación de la ciudad de Sevilla, única que
comunicaba entonces a España con sus colonias en América.

Como epilogo de aquella política demasiado severa, veremos a los colonos, ennoblecidos por
la Corte de Madrid, romper voluntariamente sus títulos y preeminencias, hacerse revolucionarios,
prestar grandes y fecundos servicios a la causa de la emancipación americana y morir como reos
en el destierro y en el patíbulo por haber figurado, algunos de ellos en primera línea, entre los
fundadores de la República, ya apoyando la insurrección de los Comuneros en 1781, ya
presidiendo el Gobierno creado por los insurgentes el 20 de julio de 1810.

Para pasar a América tenían, los que tal pretendían, que hacer informaciones de testigos que
probasen que eran libres de matrimonio, que no eran descendientes de los Pizarros, Carvajales, ni
de vecinos de Cáceres ni de Trujillo, ni de otros lugares cuyos habitantes tenían prohibición de
pasar al Nuevo Reino; que no habían hecho votos religiosos y que estaban en capacidad de tomar
cualquier estado.

Como muestra que comprueba las dificultades que hemos enunciado, insertamos los
siguientes documentos referentes a don Francisco del Castillo:

El Rey. Mi Presidente y Jueces Oficiales de la Casa de la Contratación de la ciudad de


Sevilla, yo os mando que a don Francisco del Castillo y Toledo, Teniente Corregidor de la
ciudad de Tunja en el Nuevo Reino de Granada, le dejaréis pasar a aquella tierra, sin pedirle
información alguna y para su servicio le dejéis llevar un criado y una criada, presentándola
éstos ante vos hechas en sus tierras ante las Justicias de ellas, y con aprobación de las
mismas Justicias de cómo no son casados, ni de los prohibidos a pasar a aquellas partes, y
de las señas de sus personas, que así es mi voluntad.

Fecha en Madrid, a ocho de septiembre de mil y seiscientos y sesenta años.

Yo el Rey. Por mandato del Rey nuestro señor,

209

JUAN BAUTISTA SÁENZ NAVARRETE
(Hay una rúbrica).

Cualquiera Maestre que os despacháis a la Provincia de Tierra Firme con la flota que este
año va a ella en compañía de la armada del cargo del General don Pablo Fernández de
Contreras, recibid a don Francisco del Castillo y Toledo, Teniente de Corregidor de la ciudad
de Tunja, en el Nuevo Reino de Granada, el dar licencia, en virtud de la que Su Majestad le
concede por la Cédula retroescrita; por la cual, asimismo, la tiene para poder llevar un criado
y una criada. Y usando de esta facultad lleva, y ha nombrado a Pedro de Ortega y a doña
Manuela de Valdés, su mujer, los cuales no son de los prohibidos a pasar a las Indias; y el
dicho Pedro de Ortega será de edad de treinta y cinco años, buen cuerpo, algo rehecho,
blanco, pelinegro, crespo, con señal de herida en la palma de la mano derecha. Y la dicha
doña Manuela de Valdés será de edad de veinticuatro años, mediana de cuerpo, blanca, pelo
negro, casi redonda, y se han de presentar ante el señor Juez, que asiste en Cádiz el
Despacho de la dicha armada para que los mande asentar en la lista de pasajeros que
llevase la nave en que fueren embarcados.

Sevilla, a veintiuno de octubre de mil y seiscientos y sesenta años.

(Aquí una firma que no pudo leerse).

D. FERNANDO DE VILLEGAS—JOSEF DE BEYTIA Y LINARES

Vamos a ver cuáles fueron los dos afortunados colonos que recibieron las distinciones de titulo
de nobleza, de acuerdo con la siguiente orden real dirigida a Messía de la Zerda:

Entre las gracias concedidas por el Rey, con motivo del feliz parto de la serenísima
Princesa nuestra señora, ha dispensado Su Majestad a los naturales de ese Reino las dos
mercedes de títulos de Castilla que expresan las adjuntas Cédulas en blanco, y remito a
Vuestra Excelencia de su real orden para que en conformidad de lo que se previene a
Vuestra Excelencia en la otra Cédula que las acompaña, proceda a su distribución con la
equidad que espera Su Majestad de la acreditada conducta y justificación de Vuestra
Excelencia, dando cuenta de las personas que elija para estas gracias, a fin de trasladarlo a
su real noticia. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años.

San Lorenzo el Real, veintiuno de noviembre de mil setecientos setenta y uno.

El Bailío Frey, D. JULIÁN DE ARRIAGA

Señor Virrey de Santafé—El Rey.

El señor Messía de la Zerda resolvió en 12 de mayo de 1762 adjudicar los dos títulos de
nobleza a don Luis Diego de Castillo y Guevara, con el titulo de Marqués de Surba, y a don
Jorge Tadeo Lozano de Peralta, con la denominación de Marqués de San Jorge, por ser
mayorazgos que tenían haciendas para mantener tan distinguido honor. Don Luis Diego de
Castillo y Guevara residía en Tunja y el Marqués de San Jorge era natural de Bogotá.

Es digno de recordarse que el orgullo de los peninsulares residentes en Santafé ya llegaba al


extremo en aquellos tiempos, pues no sólo se mostraban hostiles contra los criollos sino que se
extendía a los descendientes de españoles de sangre azul. Para probarlo recordamos que al
Marqués de San Jorge, que era Alférez Real en 1768, le sucedió un incidente con don José Groot

210

de Vargas. español, quien, habiéndose suscitado una disputa entre ellos en plena sesión del ilustre
Ayuntamiento, llegó a decir a Lozano “que tenía mancha de la tierra, que era enemigo de los
chapetones, que tenía túnica inconsútil (sic) y que no tenía fe de bautismo.” Y luego lo amenazó
con su espada y no le dio muerte por haber intervenido los otros Regidores (17) .

No quiso el nuevo Marqués pagar derechos de lanzas y media anata que le exigía la
Audiencia como derecho del título. Alegaba Lozano de Peralta que él no había solicitado ni
comprado la merced que le había concedido el Virrey Zerda a nombre del Monarca, por los buenos
servicios que le había prestado. Fue amargo el debate, llegando al punto de que la Audiencia
resolvió en mayo de 1777 desconocer en Lozano el título de Castilla y prohibirle usar armas y
nombre de Marqués. Pero no obstante lo resuelto por el primer Tribunal del Nuevo Reino, Lozano
de Peralta se siguió considerando Marques de San Jorge y continuó dándose las ínfulas de tál y
usando las armas prohibidas, las cuales todavía existen sobre la puerta de la casa que habitó
en Bogotá, cercana al puente de Lesmes en la carrera 6.ª, número 183 de la actual
nomenclatura (18)

Del Marqués de San Jorge trataremos posteriormente al hablar de la célebre revolución de los
Comuneros.

Tocó al Virrey Messía de la Zerda levantar en las inmediaciones de la ciudad tres obras de
utilidad pública, iniciadas por el ex—Virrey Solís: los puentes de Sopó, de Bosa y de Puente
Aranda. Concluido el primero, se prosiguió el de Bosa, que existe. En una de las columnas que
ornamentan el antepecho de este puente, levantado sobre el río Tunjuelo o Bosa, en el mismo sitio
en que construyó Antonio Aillón el primitivo en 1713, como antes dijimos, se lee la siguiente
inscripción, fielmente copiada:

GOBERNAN
DO EL EMMO SOR
DN PEDRO DE
lA ZERDA
SE CONSTRU
YO ESTE PV
ENTE
EL A.° DE 1768.

211

Respecto del de Puente Aranda, levantado sobre los riachuelos de San Francisco y San
Agustín unidos, en el sitio en que cortan la carretera de Occidente a cinco kilómetros distante del
área de población en aquel tiempo, distancia menor de cuatro mil metros al presente, diremos que
se ha creído que se le dio el nombre de Aranda para honrar el nombre del distinguido Ministro de
Carlos III, lo cual es erróneo, pues muchos años antes de que figurara el Ministro de Gobierno en
la Madre Patria, ya se le había dado esta denominación, por haber pertenecido los terrenos
adyacentes a Juan de Aranda.

Hé aquí las inscripciones esculpidas en los antepechos de este puente:

GOVERNANDO
EL EXMO. Sr BAI
LIO FREI Dn PEDRO
MESIA DE LA ZER
DA VIRREI DE ESTE
REINO SE HIZO ES
TA IMPORTANTE
OBRA. AÑO DE
1768

S PEDRO
PARA ESTA ....
CA DIPUTO SVS ....
AL S Dn. JOSEPH
GROT DE VAR
GAS REJIDOR
DEL ....
DE ESTA CIUDAD
.... POR SU MC. D ....

También hizo construir Zerda fábrica de pólvora (19) al sur de la ciudad, en la vertiente
meridional de una colina, con el objeto de defender la ciudad de inesperadas explosiones. Este
lugar se conocía ya con el nombre de El Aserrio. Con el fin de transportar la pólvora a los puertos y
otros lugares del Virreinato, sin riesgo de explosión, fundó el Virrey locerías con torno, a fin de
construir botijas en qué transportarla. Fue éste el origen de las fábricas de loza vidriada, industria
que subsiste en el barrio de Las Cruces. No distante de la fábrica de pólvora existía a orillas del
riachuelo una amplia casa de campo, donde con frecuencia el Virrey Zerda pasaba temporadas de
solaz, rodeado de su familia y de lo más distinguido de la sociedad santafereña. Allí habla varias
clases de diversiones que presidía el Virrey: novilladas, carreras de caballos y comedias en
improvisado teatro. De este vetusto caserón, hecho célebre más tarde por haber pertenecido a
Nariño y al General Caicedo, y por haberlo habitado Bolívar, volveremos a tratar en distintas
épocas de la vida santafereña y bogotana.

Leyóse en aquel tiempo con mucho entusiasmo la vida de la venerable Madre Sor María de
Santa Inés, libro que se acababa de imprimir en Madrid (1753), y que había sido escrito en Bogotá
por los años de 1737, como rezan las aprobaciones. Es autor de esta obra el presbítero Pedro
Andrés Calvo de la Riva, confesor de Sor María, religiosa en el convento de Santa Inés de Bogotá,
natural de Pamplona, nacida en 1678. hija legítima de don Andrés Orozco y de doña Francisca
Jaimes. Como nueva muestra del estilo del presbítero Riva, de quien ya hablamos en la página
239, y de la cándida piedad que reinaba en esos tiempos, vamos a transcribir unas líneas
referentes a la muerte de esta monja:

212

Murió martes en la noche a las diez y media, en veintiocho de noviembre de mil
setecientos treinta. A la misma hora estaban en su coro la Madre Bernarda de Jesús,
religiosa carmelita, en el monasterio de la Villa de Nuestra Señora de Leiva, a quien se le
apareció en forma de lúcida estrella, que bañaba de luces todo el coro, cumpliéndose la
promesa que le había hecho de darle aviso de su muerte.

Y más adelante dice, hablando de la tumba de Sor Inés:

Doña Juana de Orduña, fatigada de un vehemente dolor de estómago, se fue al sepulcro


de la amada Madre, a quien viva trató mucho, y fue a quien pidió que con sus hermanas la
amortajaran, como todas lo hicieron. Postrada en el sepulcro, le pidió le alcanzase alivio, y
llena de esperanza se aplicó al estómago un terroncito de la tierra superficial de él, y luego al
punto se le quitó el dolor (20) .

Y ya que tratamos de estas cosas, nos ha parecido oportuno insertar aquí en copia fiel varios
documentos de espíritu semirreligioso, que tenemos a la vista y que eran acatados en los
lejanos tiempos coloniales; modificamos únicamente la pésima ortografía en que están
impresos:

VIRTUDES DEL BREVE O AGNUS PAPAL DE LA MARCA

1. Contra las tempestades del mar, truenos, relámpagos, granizo, piedra y semejantes
destemplanzas del aire. ...............................................................................................

3. Es de grande utilidad a los casados, contra los celos nacidos o que provienen de
maleficio.

4. Contra toda suerte de hechizo o


maleficio.................................................................................................

9. Contra los enemigos visibles e invisibles.

10. Sirve de grande utilidad para los incendios o quemaduras.

Discurso l Físico l sobre si las víboras l Deban reputarse por carne, o pescado l en el
sentido en que l nuestra madre la Iglesia nos veda l las carnes en días de
absti l nencia? l Respuesta la una consulta l que hicierou los Reverendos
Padres l Cartujanos, para en vista de la resolución l poder usar las víboras o a lo menos
como me l dicamento, lo cual en caso de repustarse l por carne, les seria vedado según
su l laudable costumbre.

Las bulas de cruzada se publicaban para un bienio, y contenían la absolución de faltas


pasadas, y entre otros privilegios concedían el de comer carne durante ciertos días de la
cuaresma y en otros de vigilia. Las bulas eran de cinco clases: de lacticinios, de carnes, de
difuntos, de vivos y de composición. La gracia de la bula se extinguía al cabo de los dos años
para los cuales se promulgaba (21) .

213

Podríamos multiplicar estos ejemplos; pero no lo hacemos por creer que lo ya dicho basta para
conocer el atraso literario unido a la candorosa inocencia que reinaba en esos tiempos

(16) J. MANUEL RESTREPO, Historia de la Revolución de la República de Colombia, Besanzón,


1858, I, 11.

(17) RAIMUNDO RIVAS, El Marqués de San Jorge, Boletín de Historia,

(18) R. RIVAS, Estudio citado, 727.

(19) La primera fábrica de pólvora existió, según el piano de la ciudad levantado por don Francisco
Cabrer en 1797, en la ribera norte del río Fucha, cerca de San Cristóbal, en el lugar que hoy se
llama Santa Ana. Del edificio de El Aserrío, hoy manicomio de mujeres, hablaremos a su debida
tiempo.

(20) PEDRO CALVO DE LA RIVA, lib. cit., 589.

(21) C. BENEDETTI, lib. cit.. 302. Ya dijimos antes cuándo se estableció el Tribunal de Cruzada en
Santafé y dónde tuvo su origen la bula de cruzada.

214

CAPITULO XXII
Célebre real Pragmática de 1767—Noticias sobre el Fiscal Moreno y Escandón —Hostilidades de
Carlos III con la Compañía de Jesús—El 3 de julio de 1767—Autorizadas opiniones—Bienes raíces
de los jesuitas en Bogotá y sus aledaños—Curiosa crónica sobre las riquezas de los jesuitas—
Disturbios entre los claustros de San Bartolomé y el Rosario—Intervención del Arzobispo—El
bogotano Antonio Paniagua—Primeros Rectores de San Bartolomé después del extrañamiento—
Clemente XIV extingue la Compañía—Noticias sobre ella hasta 1802—Mejora en el ramo de
Correos. Él Rey lo declara servicio oficial—El Virrey Zerda establece oficinas y estafetas—Otras
noticias sobre este ramo.

EL Rey Carlos III exigía con rigidez la más pronta e incondicional obediencia a las órdenes
que emanaban de su voluntad soberana (1) . Por real Decreto de 27 de febrero de 1767 expidió el
Rey una orden de alta trascendencia moral, comunicada con reserva a las autoridades superiores
de los dominios españoles, y naturalmente llegó a manos del Virrey Messía de la Zerda, quien
gobernaba con aplauso de los colonos el extenso Virreinato da Nueva Granada. Se trataba del
extrañamiento de la Compañía de Jesús de la inmensa Monarquía española.

Pero antes de entrar de lleno en el estudio de este hecho histórico de excepcional


importancia, creemos oportuno nombrar detenidamente a don Francisco Antonio Moreno y
Escandón, colono ilustre, amigo y brazo derecho del Virrey Zerda y ejecutor activismo de la orden
de extrañamiento, como Fiscal entonces de la Real Audiencia.

El Fiscal Moreno y Escandón nació en la ciudad de Mariquita el 25 de octubre de 1736. Hizo


su carrera escolar en Bogotá, donde se recibió de abogado; desempeñó varios destinos de
importancia en su terruño, en Cartagena, y fue Asesor General del Cabildo, de la Casa de Moneda,
Padre de menores y Alcalde ordinario de Santafé.

Después de haber hecho un viaje a España, donde se distinguió por sus conocimientos
jurídicos, recibió en Madrid el titulo de Fiscal Protector de la Real Audiencia de Santafé, del que
tomó posesión siete meses después, y merced al buen desempeño y actividad que desplegó en su
destino, mereció la confianza y amistad del Virrey, quien le confió otros cargos oficiales, entre ellos

215

el de Visitador de las Provincias del Distrito de la Real Audiencia, de las cuales levantó un plano
geográfico que se conserva en la Biblioteca Nacional. Moreno y Escandón hizo también visitas a
las Salinas de Zipaquirá y Nemocón, y dictó oportunas disposiciones para su mejoramiento y más
propicia administración (2) .

Recuerda Groot que Moreno aceptó la escuela filosófica que tanto brillo tenía entonces en
Europa, y se adhirió sin vacilación a esas ideas, cuyo principal representante era el célebre Conde
de Aranda.

Desde 1765 se había mostrado hostil Carlos III a la Compañía de Jesús, con la Pragmática
sobre diezmos, en la cual ordenaba que los jesuitas pagaran diez por uno, como todos los colonos
de América, y allí se hacía a la Compañía el duro cargo de haber engañado al difunto Monarca
Fernando VI (3) . El 7 de julio de 1767 recibió Messía de la Zerda real Cédula de extrañamiento de
la Compañía de Jesús, expedida en el Pardo con carácter reservado a 27 de febrero del mismo
año. En ella se leía:

He venido en mandar se extrañen de todos mis dominios de España e Indias e islas


Filipinas y demás adyacentes, a los religiosos de la Compañía, así sacerdotes como
coadjutores o legos que hayan hecho la primera profesión y a los novicios que
quisieren seguirla, y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía en mis
dominios (4).

Esta Cédula vino autorizada con la firma del Conde de Aranda, Presidente del Consejo.

Al Virrey se le ordenaba, en carta de puño y letra del Rey, que mantuviese en absoluta
reserva la real orden para que fuese notificada a los jesuitas y a los ejecutores del extrañamiento el
día 31 de julio, día de la festividad de San Ignacio de Loyola. Por su parte, Moreno y Escandón era
el único iniciado, junto con el Virrey, en este secreto hasta la noche del 31 de julio. En altas horas
de ella convocó el Virrey en su gabinete a los empleados que había designado para jueces
ejecutores de la expulsión en las tres casas que habitaban los jesuitas en Santafé. Los ejecutores
eran el Fiscal Moreno y Escandón y el Oidor don Antonio Berástegui, para notificar la orden en el
Colegio Máximo; el Oidor Francisco Pey Ruiz y el Provisor don Gregorio Díaz Quijano, para el
Seminario que se hallaba en el histórico palacio de San Carlos, y don Luis Carrillo y don
Juan Antonio Peñalver, para el Noviciado que ocupaba el ya conocido edificio del Hospicio (5) .

En el vasto y hermoso templo de San Carlos—dice Vergara— rebosaba el escogido


auditorio, compuesto de todas las comunidades religiosas, del Concejo Municipal y las
autoridades locales. El Virrey tomó asiento bajo el solio, rodeado de su Corte, y empezó la
función.

El predicador subió al púlpito, y en vez de pronunciar la oración panegírica del fundador de


la Orden, el sermón no consistió en otra cosa que en una larga y afectuosa despedida de los
jesuitas a los pueblos del Virreinato. “Adiós, santo mío—continuó dirigiéndose a la imagen
de San Ignacio,—en tu Compañía protesto vivir y morir.”

El estupor del auditorio no tenía límites. ¿Para dónde se despedían los jesuitas? ¿Por qué
abandonaban la ciudad donde estaban tan bien colocados, donde vivían hacía ciento
setenta años? El Virrey, que escuchaba atentamente, sí sabía para dónde iban; pero su
estupor era mayor que el del auditorio, por diferentes razones. ¿Cómo habían sabido los
jesuitas el secreto de Estado tan admirablemente guardado?

Al salir de la fiesta meditó sobre aquel incidente y determinó comunicar la orden de


supresión en la noche de aquel día (6) .

216

A la media noche del 31 de julio se rodearon con guardias los tres edificios, y los jueces
ejecutores designados, a la cabeza de ellas, cumplieron su comisión.

Sigamos al Fiscal Moreno y al Oidor Barástegui al Colegio Máximo de San Bartolomé. Tocó a
la puerta el Fiscal, y ésta se abrió al instante. Moreno temía cumplir tan penosa comisión y
sorprender a los religiosos, pero encontró la comunidad formada, con los breviarios bajo el brazo,
dispuesta a emprender el camino del destierro. Desde ese día se llamó la iglesia de San Carlos, en
honor del Rey de España. El Oidor, en presencia del escribano y testigos, hizo leer la real
disposición: tomó el papel el Padre Balsategui, lo besó, lo puso sobre la corona en señal de
obediencia, y luego firmó la notificación, a nombre de la comunidad, con el Escribano y los testigos.
Entregó las llaves de la casa, y desde ese instante quedaron presos los jesuitas en la misma
sacristía.

En las primeras horas del día el real Decreto se publicó por bando, a usanza de la época, y se
impusieron penas severas a los que pretendiesen favorecer a los hijos de Loyola. Los estudiantes
de San Bartolomé, a quienes permitieron la salida del Colegio las autoridades, llevaban a lejanos
barrios la noticia de lo ocurrido, y las numerosas personas que acostumbraban oír misa en el
templo de San Ignacio, hallando las puertas cerradas, encontraban la explicación de lo acaecido en
la vecina esquina, donde se publicaba el bando.

En el Seminario y en el Noviciado sucedieron idénticas escenas a las descritas. En el mes de


agosto fueron enviados los jesuitas a Honda, para embarcarlos en el Magdalena y expulsarlos del
país. En Bogotá, según Groot, solo quedó un jesuita, anciano y demente, el Padre Manuel Zapata,
quien vivió diez años en el convento de San Agustín, donde murió, y según el historiador Borda,
página 110, quedaron en la ciudad los Padres Zapata, Martín de Egurbide y José Molina (7) .

Han hecho notar ya los historiadores que no obstante la poderosa influencia que tenía la
Compañía de Jesús en la sociedad colonial por la educación de la juventud, por la erección del
Seminario Conciliar, por la dirección espiritual de las conciencias, por los títulos universitarios que
expedían, por ser con frecuencia confidentes de los Oidores y Fiscales y por su riqueza notoria, al
tiempo de su extrañamiento nadie osó protestar contra la medida real. Explica en parte este
silencio el caudal de los jesuitas, que hacía competencia a los ricos de la Colonia; los privados de
fortuna alimentaron la esperanza de que las propiedades de la Compañía las vendería la Corona a
los particulares, y la opinión pública habla aceptado algunas acusaciones que en otras partes se
habían hecho contra la Compañía. Anota estos hechos con sereno criterio el historiados González
Suárez, y de él tomamos esta apreciación filosófica:

La expulsión fue, no obstante, una grave calamidad para la Colonia, pues en la


escandalosa relajación de las demás comunidades religiosas no quedaban sino elementos de
ruina para la moral cristiana: las costumbres privadas de los jesuitas eran limpias, y
guardaron hasta el día de su proscripción una dignidad decorosa, que inspiraba respeto y
admiración: prudentes en no recibir un crecido número de religiosos, y sagaces para no
conservar en su seno a los que daban muestra de la ruindad de su origen, prefirieron siempre
la excelencia del mérito al aumento del número: ni tuvieron curatos, ni dirigieron monjas,
ni mandaron caudal propio, ni pelearen escandalosamente por el mando y las prelacías (8) .

En los años que siguieron al de 1767 le llegaron al Virrey Zerda varias cédulas relativas a los
bienes de los jesuitas y a la formación de una Junta Superior de Aplicaciones de la cuantiosa
fortuna de la Compañía; en dicha Junta representó el principal papel el Fiscal Moreno y Escandón,
quien redactó el plan de medidas que debían tomarse para defraudar lo menos posible los bienes
que ya eran de la Corona. En este estudio nos limitamos a señalar las fincas que pertenecían a la
Compañía, ubicadas en Bogotá y sus aledaños, que eran las siguientes, como consta en
testimonio de inventario formado del 1° al 5 de agosto de 1767, por don Vicente Nariño y don

217

Antonio de Ayala, comisionados por el Virrey para recibir las fincas urbanas expropiadas a la
Compañía, en presencia del Escribano don Agustín Vélez de León:

En la ciudad, las casas que rodean la plazuela de San Carlos y sus tiendas, ubicadas al
frente de la iglesia de San Ignacio; dos molinos: el llamado del Cubo, situado a poca distancia del
actual puente rígido de Santander, sobre la quebrada de San Bruno, y el de La Trinidad, inmediato
al edificio del Aserrío; un tejar, en la parte oriental del barrio le Santa Bárbara, en sitio que ocupó
después, como veremos, una fábrica de loza que aún existe; una tenería, ubicada en la antigua
plaza de la Carnicería, hoy carrera 12; la quinta de San José de Fucha, en la ribera sur del río del
mismo nombre, que era casa de recreo; en la Sabana y cordilleras cercanas a Bogotá poseían los
predios rurales de Chamicera, Fute, Tibabuyes, La Calera de Ubaque, El Noviciado, en jurisdicción
de Cota, el páramo de Monserrate, hoy de Choachí, y la hacienda de Tena.

La iglesia de los jesuitas permaneció cerrada algún tiempo, hasta que fue cedida a los Curas
de la Catedral, a moción del Fiscal Moreno (9) .

Creemos oportuno dar cabida a una tradición que fundaron testigos presenciales, y que,
perpetuada de padres a hijos, ha llegado hasta nuestros días. Nos referimos al tesoro que, según
creencia general, dejaron depositado los jesuitas expulsados en 1767, en las criptas de la iglesia
de San Carlos. Desde remotos tiempos ha visto el vulgo en los hombres dados al cultivo de las
ciencias una especie de aureola de misterio, se les ha considerado como poseedores de ocultos
elementos de fuerza; su vida ha dado motivo a leyendas, y la fantasía ha creado en sus
habitaciones misteriosos laboratorios y secretas comunicaciones. Así, sucede con los edificios
construidos aquí por los jesuitas, lo que con los monumentos árabes de España, en donde es
general la idea de que toda ruina morisca tiene una red de subterráneos y guarda tesoros ocultos
que se custodian por artes de encantamiento. Se suponía a los Padres en constante vigilancia, en
perpetuo espionaje, para estar al corriente de todo lo que ocurría. Y es la verdad que esa fama no
quedó desmentida cuando al ir con gran sigilo a comunicarles la expulsión ordenada por Carlos III,
se les halló listos para el viaje y enterados de todo; porque ellos, como las plantas enanas de las
grandes alturas, cuando levantan un pie de follaje han extendido ya varios metros de raíz. Se creyó
en tiempos pasados que ingentes sumas en pedrería, oro y plata adornaban los altares del templo
el memorable 31 de julio, y que ellas no fueron entregadas al Gobierno en su totalidad por el
hermano Ruiz, hijo de Bogotá. De esta creencia nació la idea, que se ha transmitido hasta la
generación actual, de que la Compañía logro juntar las más valiosas joyas, destinadas al culto, en
el templo de San Ignacio, en la confianza de que el decreto de expulsión sería derogado más o
menos tarde.

Aunque rompemos el orden cronológico en gracia de la unidad de la materia, vamos a


consignar lo que hemos recogido sobre esta curiosa crónica.

Años después, en 1793, circuló en Bogotá una extraña noticia: se dijo que un miembro de la
Compañía había ofrecido un rico tesoro a la Convención francesa en cambio de la vida del
infortunado Luis XVI; y sin vacilar, y con poco fundamento, se creyó por muchos que se trataba del
tesoro que los jesuitas hablan guardado en las criptas del Colegio de San Bartolomé en 1767, el
cual consistía en varios millones de pesos, representados por piedras finas, oro y plata labrada,
laboriosamente recogidos durante su larga permanencia en Bogotá. De nada habían servido para
los clérigos las previsiones de la Corte ni el celo con que fueron cumplidas las disposiciones del
Conde de Aranda en Santafé; los sencillos habitantes creían de buena fe que los muros de la
iglesia de San Carlos ocultaban inmensas riquezas.

Desaparecida la generación que presenció lo sucedido cuando la expulsión, y la siguiente,


se olvidó casi por completo la idea de que existían tesoros ocultos en San Carlos, y sólo se volvió a
hablar de ellos en 1844, cuando volvieron los jesuitas al país. Pero estos Padres, según la opinión

218

general, no tenían datos sobre el tesoro, pues se había roto la cadena con la extinción de la
Compañía, decretada en 1773 por Clemente XIV. Creyóse que los jesuitas de 1844 ignoraban el
lugar de entrada al depósito de riquezas de sus hermanos, y cuando fueron expulsados por
segunda vez, en 1850, quedó viva la creencia de que el polvo de ochenta y tres años seguía
cubriendo los millones de a Compañía. El año de 1858 se les permitió volver al país, pero los
jesuitas que llegaron a San Bartolomé, tan destituidos de datos como los anteriores, nada pudieron
descubrir en el corto tiempo que residieron en Bogotá, pues fueron expatriados nuevamente por el
Gobierno del General Tomás O. de Mosquera. Años después el Padre Federico O. Aguilar,
miembro de la Compañía, sacerdote de talento y de vastísima ilustración, en posesión de serios
informes, trabajó en descubrir la secreta cripta, objeto que no logró, a pesar de hábiles y bien
dirigidos esfuerzos. No hace muchos años se encontraron en un agujero de la sólida cúpula del
templo una caja que guardaba un plano, con indicaciones de escala, con letras y números, y en la
Biblioteca Nacional, a cargo de don José María Quijano Otero, un manuscrito en latín, que tenía
relación con las riquezas de los jesuitas en 1767, el cual, aunque injuriado por el tiempo, se pudo
traducir, y resultó ser una carta del Padre Torres, en la cual avisaba que las órdenes del Padre
General se habían cumplido, y que el depósito se había hecho de acuerdo con las instrucciones
recibidas. Estos hallazgos despertaron la ambición y los viejos recuerdos, y un grupo de personas
notables quiso averiguar el misterio. En una de las salas que ocupaba el Museo Nacional se
descubrió un tabique delgado, que ocultaba la pared principal, y sobre esa pared, cubiertas por una
ligera capa de blanquimiento, que pudo levantarse, había pintadas al fresco, varias imágenes
simbólicas, rodeadas por signos e inscripciones de aspecto jeroglífico, que fueron más o menos
aventuradamente interpretadas. Entre las dos paredes dichas se descubrió una estatuilla de
madera, con una plomada pendiente de los pies, que bajaba a una cavidad vertical, abierta en el
suelo. Con el asentimiento del Presidente de la República, doctor Manuel Murillo Toro, y la
aquiescencia del Ilustrísimo señor Arzobispo de Bogotá, doctor Vicente Arbeláez, se principiaron
las excavaciones, sin plan determinado. Temiendo por la solidez del templo, hubo que suspender
los trabajos, después de hallar diversas galerías abovedadas, húmedas y frías, que se ramificaban
en distintas y caprichosas direcciones. Descubrióse entonces un depósito de loza, marcada con el
sello de la Compañía, en una cripta situada bajo una de las naves. Más tarde, en 1886, llegó el
plano citado a manos del distinguido ingeniero don Nicolás Caicedo D’Elhuyart, quien, al levantar
otro del templo, encontró que coincidía, en parte, con precisión matemática, con el antiguo plano.
Esperando buen resultado con este nuevo dato, obtuvo licencia para hacer otra exploración,
concedida por el Ilustrísimo señor Paúl, en 1887. Conocido el sitio de entrada, marcado
con A (arco) en el plano, el señor Caicedo siguió las galerías subterráneas, que pasaron por un
cementerio y que terminaron bajo los muros del templo, sin que huella ni signo alguno lo guiasen
adelante. El explorador, con la desilusión que cierra casi siempre el camino de las grandes
empresas, tuvo que abandonar el trabajo, puesto que la ciencia y la casualidad le negaban la
satisfacción de aclarar el misterio, borrándole la ilusión de encontrar una mina amonedada que, se
pensó, habían hecho sepultar Aranda, Choiseul y Pombal, que hubiera sido magnífica adquisición,
no solamente para el afortunado descubridor, sino para el país

(1)VADILLO, Apuntes sobre los principales sucesos que han influido en el actual estado de la
América del Sud. París, 1830. pág. 206.

(2) Extensas noticias sobre el Fiscal Moreno se encuentran en El Mosaico, 1865, y en el Papel
Periódico Ilustrado, vol. IV, pág. 266, redactadas por don José Manuel Marroquín, nieto de Moreno
y su mejor biógrafo. En GROOT, lib. cit., vol. II. 197, y en la Minuta Histórica Zipaquireña, de don
LUIS ORJUELA, pág. LXII. Nosotros apenas hacemos un esbozo de sus servicios hasta 1768,
pues siguiendo el orden cronológico lo encontraremos en otros lugares de este libro.

(3)GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. cit., V, 256.

219

(4)JOSÉ FÉLIX BLANCO, Documentos para la vida publica del Libertador, I, 91. J. J.
BORDA. Historia de la Compañía de Jesús, II, 61.

(5)GROOT, lib. cit., II, 81, afirma que escribió sobre los autos originales de extrañamiento. Estos se
conservan originales en el Archivo de la Colonia.

(6)VERGARA y VERGARA, lib. cit., 2ª ed., 218.

(7) En J. J. BORDA, lib. cit., págs. 82 y sig., se encuentra la lista nominal de los jesuitas
expulsados del territorio del Nuevo Reino.

(8) F. GONZAILEZ SUÁREZ, lib. cit., y, 262.

(9) Las noticias sobre la expulsión de la Compañía de Jesús las hemos tomado de las siguientes
obras que puede consultar el lector si desea ampliarlas: J. J. BORDA, Historia de la Compañía de
Jesús,- J. MANUEL GROOT, lib. cit.; J. M. VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura, etc.;
JUAN PABLO RESTREPO, La Iglesia y el Estado en
Colombia; FEDERICO GONZÁLEZ SUÁREZ. Historia General de la República del
Ecuador,- CARLOS BENEDETTI, Historia de Colombia; JOSÉ FÉLIX BLANCO, Documentos para
la vida pública del Libertador; JOSÉ MANUEL MARROOUIN, Biografía del Fiscal
Moreno y Escandón; JOSÉ ANTONIO PLAZA. Memorias para la Historia de Nueva Granada; J.
ANDRÉS MURIEL, Gobierno del señor Rey don Carlos III; HENAO y ARRUBLA, Historia de
Colombia.

En cuanto al Colegio de San Bartolomé, se trató de que la Rectoría recayese en hijo del
mismo plantel “que hubiese abjurado la doctrina de los jesuitas,” y con cierta dependencia del
Fiscal Moreno y Escandón, que había sido nombrado Regente de estudios, y quien exigía
juramento a los que fuesen empleados del Colegio de no profesar ni enseñar pública ni
privadamente la doctrina de los expulsados.

Intervino el Arzobispo Riva Mazo en junio de 1768, con el fin de aplacar los disturbios que se
habían originado entre los colegiales, divididos en dos bandos, con perjuicio de los estudios y de la
armonía fraternal. Así las cosas, ocurrió que el Claustro del Instituto de Torres presentó una lista de
sus hijos al Gobierno, para que fuesen de entre ellos designados los altos empleados del Colegio
de San Bartolomé; y es de notarse que los dos Colegios, que se habían hecho rivales en actos
literarios, extendieron su disgusto hasta el seno de sus familias, trastornando las buenas relaciones
sociales, pues llegó el caso de que hubiera encuentros desagradables a mano armada entre los
individuos de las dos comunidades. El triunfo de los rosaristas por esta vez fue completo, pues
estaban apoyados por el Gobierno de la Colonia, y éste por el Gabinete de Madrid, presidido por el
Conde de Aranda.

Al Colegio de San Bartolomé se le dio oficialmente el título de real, y sus alumnos cambiaron
el antiguo escudo por las armas del Rey, que hicieron bordar en sus becas.

En un libro que se acaba de publicar en esta ciudad, afirma el autor que el presbítero
bogotano doctor Antonio Paniagua, nacido hacia 1734, fue nombrado Rector del Colegio de San
Bartolomé en 1768 o 1769, pero no asegura que hubiera ejercido el cargo porque
tuvo oposición del Gobierno civil, lo que ocasiono que se elevase queja a Carlos III en 1769 (10) .

Tenemos a la vista el cuadro biográfico de los Rectores del Colegio de San Bartolomé desde
1767 hasta 1831, y podemos desvanecer de una vez esta duda histórica, afirmando que el
presbítero Paniagua no ejerció el cargo de Rector, el cual desempeñaron, a raíz de la expulsión, el

220

bogotano don Agustín Cogollos y Marroquín, Canónigo de esta Catedral, luego otro santafereño,
don Ignacio de Mena Felices, Cura de la Catedral, don Juan Félix de Villegas, de 1768 a 1770, y a
éste le sucedió don José Antonio de Isabella (11) .

Cerramos las noticias sobre la expulsión de los hijos de San Ignacio, recordando que las
Cortes de España, Francia y Portugal obtuvieron del Papa Clemente XIV Breve de 21 de julio de
1773 por el cual extinguió la Compañía de Jesús. Uno de nuestros historiadores recuerda que el
Papa se llamaba Lorenzo Ganganelli y que el Padre Lorenzo Ricci era General de la Compañía, y
que con motivo de las turbulencias de esos tiempos el Papa exclamaba:

“Ricci y yo estamos ardiendo en una misma parrilla” (12) .

Después de 1773 la Compañía no volvió a tener General hasta 1802, aunque desde 1778 la
autorizó Pío VI para residir en Rusia, recibir novicios y entonces fue gobernada por Vicarios que
tenían funciones de General. En 1802 volvió a ser General de la Compañía el Padre Gabriel
Gruber, austriaco.

Tornando ahora al Gobierno del Virrey Messía de la Zerda y continuando las noticias que
sobre el correo vimos en la página 41, diremos que en 1769 la renta de correos no había figurado
hasta ese año en el sistema orgánico de la Hacienda Real, pues apenas el año anterior la
incorporó el Rey al Fisco, y en el Nuevo Reino el Virrey Messía estableció las oficinas del caso y
creó estafetas en los puntos principales del Virreinato.

El privilegio de correos había sido vendido por el último descendiente de Galíndez, don
Fernando Medina, al Conde Duque de Olivares, quien a su turno lo cedió a Iñigo de Tarsis, Conde
de Villa Medina. Continuó el ramo de correos como privilegio particular hasta 1768, época desde la
cual ha sido administrado oficialmente, ya en la Colonia, ya en la República (13) .

Terminamos este capítulo con la inserción de una conseja que no por falsa deja de pintar la
admirable candidez de la vida colonial. Fue tomada por el inocente santafereño que la suscribe, de
expediente que se guarda en el archivo del Arzobispado:

En el mes de septiembre de 1674, siendo Provisor el señor doctor don Nicolás Javier de
Barasorda y Larrazábal, a pedimento del Padre Diego de Moya, jesuita, Rector del Colegio
de Las Nieves de esta capital, se actuó una información de diez testigos, por ante el Notario
Solanilla, de la cual se deduce el siguiente suceso. En una de las casas del barrio de Las
Nieves, contigua al Hospicio o Colegio Noviciado, que entonces era de los jesuitas, donde
vivían Simón de Torres y María Páez Celi Zambrano, se habían sentido repetidas veces
espantos, y entre otros, el de un penitente que entrando a una sala de la casa se azotaba
delante de un crucifijo que allí había.

Observábanse también luces extraordinarias sobre la casa, y los que pasaban por la calle
sentían por allí, muchas voces, que en el silencio de la noche a lo lejos se oía cantar el
himno Pange lingua, como si llevasen a Nuestro Amo a algún enfermo, lo cual
principalmente fue notorio en unos sujetos que se juntaban a jugar en una casa frontera a la
de Torres, de manera que algunas veces sacaron la luz a las ventanas, quedando pasmados
no encontrando en la calle ninguna cosa.

Por fin hacia los años de 1685 o 90, advirtieron los de la familia del Torres que el crucifijo y
otras dos imágenes que tenía a los lados, sudaban copiosamente, repitiéndose por muchos
días tan raro efecto, hasta que por el mes de diciembre de 1688, al parecer, que según
depuso un testigo, fue año de un eclipse solar notable, sucedió que estando acostado
Salvador de Torres, hijo de los arriba dichos, sintió como que le decían: “ Levánta, y sáca

221

ese tesoro!” El despertó, miró una grande luz en un ángulo de la sala, y lleno de osadía tomó
un cortaplumas y levantando un ladrillo excavó la tierra. Halló luego unos papales blancos;
los desplegó, y encontró el verdadero tesoro de amor: ¡una hostia incorrupta y entera!.

Asombrado de la novedad, sin tocarla, llamó a sus padres, hermanos y otros de la casa,
los cuales convinieron en que se diese parte en el instante al Padre José Suárez, entonces
Rector del Colegio que hoy se llama Hospicio. Vino el jesuita, y persuadiéndose que la hostia
estaba consagrada, la puso en un piscis, guardándola en la iglesia del citado Hospicio. Allí
permaneció todo el tiempo que pasó desde este suceso hasta el año de 1744, en que se
actuó la información de donde se sacó este extracto. Los testigos fueron de la misma casa:
1.°, el Padre José Torres, de San Juan de Dios, hijo de los dichos Simón Torres y María
Páez; 2.°, Bernardo Torres, su hermano; 3.°, Micaela Torres, nieta del Simón; 4.°, María
Torres, hija del mismo; 5.°, Antonia Torres, hija Idem; 6.°, Juliana, Idem; 7.°, el doctor don
Juan de Alea, Chantre; 8.°, el doctor don Lorenzo de AIea, presbítero; 9.°, don Pedro Andrés
Calvo de la Riva, Maestro de Ceremonias; 10.°, Mateo Pesellín.

Del mismo expediente consta que el sello de la hostia era de curiosa estructura y que no
se encontró en las Indias iglesia alguna que lo usase; que sobre esto indagó el Tribunal de
Inquisición en aquel tiempo, en cuyo archivo ha de hallarse auténtica la cosa. También
consta que el infame deicida (si se puede llamar así), fue un tal Mateo Vicencio, el que
viendo las cosas en un estado muy critico, se marchó, sin saberse más de él. También
consta que en los años de 73 y 74 los tres penúltimos testigos vieron la hostia y hallaron ser
la misma y permanecer incorrupta.

El doctor don Francisco Valenzuela, hombre curioso y amigo de antigüedades, dijo al que
escribe, que la casa de Simón Torres es la que está penúltima, en la cuadra que va de San
Francisco al Hospicio, verbigracia:

También me dijo el señor Barasorda que sumió dicha hostia, entre los años de 74 y 80.

MANUEL DE CAMPOS

(10)A. MESANZA, Nuestra Señora de Chiquinquirá y monografía histórica de esta villa. Bogotá,
1913, 259.

(11) Constitucional de Cundinamarca, diciembre de 1821. número 11. 43.

222

(12) J. J. BORDA, lib. cit., II, 107. JUAN P. RESTREPO. lib. cit.. 109.

(13) RAFAÉL ANTUNEZ ACEVEDO, Memorias Históricas sobre la Legislación e Historia del
Comercio de los españoles con sus colonias de las indias Occidentales, 112 y sig. DURÁN y DÍAZ,
lib. cit., 19. PLAZA, lib. cit. 307. C. BENEDETTI. lib. cit., 961

223

CAPITULO XXIII
Estado de la instrucción pública en Santafé bajo el Gobierno de Zerda—Don José Celestino
Mutis—Su llegada al Nuevo Reino—Se establece en Santafé—Ejercicio de la medicina—Atrasadas
preocupaciones El diario de Mutis—Curiosos remedios—Costumbres populares y sociales—Susto
de un cirujano—La flora de Bogotá—Primera cátedra de matemáticas en el Colegio del Rosario—
Lamentable atraso científico—Excursión de Mutis a Guadalupe—Abandono de la instrucción
pública—Descuido absoluto de la educación de la mujer—Se funda el primer instituto de educación
para el bello sexo—Quién fue doña Clemencia Caicedo—El Oidor Aróstegui. Cédula que permitió
la fundación de La Enseñanza—Riquezas de la señora de Caicedo—Fin de la obra—Sepulcros de
los fundadores—Sus epitafios—Adelantos positivos de la instrucción pública—Testamento de
Clemencia Caicedo—Mayores rentas de La Enseñanza—Primeros patronos y primer capellán—
Albores de nuestra Independencia—Supresión oficial del idioma chibcha—El actual templo de La
Enseñanza—Se titula iglesia de San Vicente Paúl—Modernas inscripciones.

CRITERIOS erróneos por apasionados han juzgado falsamente los progresos de la ilustración
en las colonias americanas, especialmente hasta principiar el ocaso del siglo XVIII. Unos han
propagado la idea de que aquellos eran tiempos de completa oscuridad y de absoluta ignorancia;
otros, imbuidos en prejuicios contrarios, han enseñado que todo lo que existía a este respecto era
bueno. Para los primeros, el Gobierno de la Colonia sostenía por sistema la ignorancia; para los
segundos, el mismo Gobierno difundía con entusiasmo la instrucción pública. Las dos doctrinas se
apartan de la verdad de los hechos (1) .

La historia imparcial tiene que aseverar que después de mediados del siglo XVIII hasta que
terminó el Gobierno español en América, la Corte de España y sus Ministros en el Nuevo
Continente protegieron las ciencias útiles y los estudios serios y prácticos, cambiando la
errada política seguida hasta entonces de mantener a los americanos en completa ignorancia (2) .

Don José Celestino Mutis había nacido en el hogar de una familia honrada, que habitaba en
Cádiz en 1732. Allí mismo y en Sevilla cursó medicina y obtuvo la borla de doctor en Madrid, donde
regentó la cátedra de anatomía (3) .

El Virrey Messía de la Zerda lo invitó para que lo acompañase a América como médico de la
familia, con $ 700 anuales (4) . En unión del Virrey llegó Mutis a Cartagena el 29 de octubre de
1760, y el 24 de febrero del año siguiente pisó por vez primera el suelo de Bogotá. Fuera de su
amigo el Virrey Zerda, llegó con Mutis don Jaime Navarro, cirujano de la semicorte, con quien
también cultivaba cordiales y estrechas relaciones. Apenas llegado a la capital, Mutis llevó
un diario que hoy nos suministra radiante luz sobre los talentos del médico botánico, sobre su
vasta instrucción y su interés por el progreso de la Colonia. La falta de Cuerpo médico suficiente en
1761 en Santafé, corno antes hemos anotado, ocasionó que todos los enfermos asediaran al
facultativo del Virrey en busca de alivio a sus dolencias. Con este motivo tuvo relaciones
inmediatas con todas las clases sociales y quiso informarse de las opiniones de los santafereños
sobre la medicina empírica, muy en boga en la ciudad de Quesada. Nosotros también queremos,
tomando noticias del diario de Mutis, informar a nuestros lectores algo de las falsas ideas y
supersticiones que reinaban entonces en la capital de la Colonia, noticias que nos servirán para
complementar el cuadro de la sociedad de aquellos tiempos.

224

Don José Celestino Mutis.

Mutis, con criterio elevado y con el especial hábito de observación que desenvuelve el
estudio de la medicina, cita en su diario varios hechos que él llama vulgaridades, que prevalecían
en todas las clases sociales; recuerda que a los europeos que llegaban a Santafé se les decía se
guardasen de humedecerse los pies, pues se creía que el germen de todas las enfermedades era
semejante descuido; anota que a los niños desde el día de su nacimiento hasta los siete años los
bañaban de noche en agua fria, por creer que esta práctica los desarrollaba sanos y robustos.

Otra vulgaridad, dice Mutis, no menos extendida, es que el sereno causa muchísimo
daño, y que lo más fuerte de dicho sereno es desde las cinco hasta las ocho de la noche.
Tampoco alcanzo estas físicas (5) .

Indica además que creían en la Colonia que se rompían las muelas adoloridas aplicándoles
raíz de verbena machacada con sal, al aplicar la masa caliente a la caries dental.

Dice Mutis:

Ofrecióse hablar de salamanquesas, y a esta sazón refirió doña Josefa Rocha, que la
picada o mordedura de este animal era mortal en Mompós, donde ella lo había observado
en un negro. Añadió que si la salamanquesa bebía agua primero que el mordido, vivía
aquélla, muriendo éste; pero que si el hombre lograba beber primero que la salamanquesa
después de la picada, se libertaba, muriendo ésta. Noticia muy semejante a las muchas del
país, y que merecen un eterno desprecio.

Oyendo opiniones de la alta clase social sobre los secretos que poseían los negros de los
valles calientes para preservarse de los daños de animales venenosos, afirmó don José Rocha que
en eso había pacto con el diablo.

Hallándome en otro congreso, oí contar que el excremento humano era remedio eficaz
para extinguir los cotos (6) . Que el agua de arboloco, encerrada en sus canutos, era
también muy eficaz. Dudo de la verdad de estas relaciones, pues si fuera cierto, no habría
tantos cotos.

225

Cambiando de asunto, vamos a dar noticia de nuevas costumbres de aquella época,
tornándola de los diarios del médico del Virrey. Mutis salió de paseo una tarde acompañado del
cirujano Jaime Navarro, y se encaminaron a la entonces desolada plaza de San Diego, donde
había campamento popular por celebrarse en la iglesia vecina una fiesta religiosa en honor de la
Virgen del Campo, cuya estatua dijimos antes haber sido modelada por el artista Juan de Cabrera.
La fiesta consistía en levantar tiendas de campaña que duraban tres días, y en las cuales se
expendían abundantes provisiones de boca y grandes cantidades de chicha y otros licores, a
numerosísimo concurso.

También refiere Mutis que con frecuencia acompañaba al Virrey a cacerías, y hace mención
especial de un día de caza que tuvo por objeto enriquecer la mesa virreinal el día de San Carlos.
“Hubo en Palacio un lucidísimo banquete presidido por el señor Virrey y franqueado no solamente
a lo más lucido de su familia sino también al Cabildo eclesiástico, representado por su Deán y
Arcediano, a toda la Audiencia, Tribunal de Cuentas, Oficiales reales, Casa de la Moneda y los dos
Alcaldes” (7) . Los empleados comieron muy bien aquel día para felicitar de una manera práctica al
Rey Carlos III en su cumpleaños, y a las dos de la tarde vieron desde los balcones del Palacio la
indispensable corrida de toros, y después de ella asistieron al refresco, que duró hasta las diez de
la noche, hora demasiado avanzada para los hábitos de aquella sociedad.

El conocido sabio relata que las corridas de toros tenían lugar en la plaza principal del modo
que ya hemos descrito, y nos cuenta a propósito el siguiente caso de tauromaquia:

Asistí a la fiesta de toros con cuerda, que fue de lo mejor que llevo vistas en este país.
Don Jaime Navarro tendrá ocasión de acordarse en adelante de este día. Fue el caso que
habiendo querido seguir la costumbre del país, imitando a los orejones (Llaman así a los
criollos de los pueblos vecinos y tierra adentro), y a los majitos de este pueblo, cuya gala es
salir en tales días montados en sus caballos y rodear y seguir al toro; queriendo pues
nuestro don Jaime imitar estos usos, se preparó en su caballo, excediendo tanto su valentía,
que se proporcionaba muchas ocasiones de éstas, y en ocasión de estar en la plaza un
torito guapo, tuvo la mala suerte de hallarse acometido tan de repente, que no tuvo ocasión
de escapar. Pasó toda la desgracia en su caballo, que de la herida murió al siguiente día.
Nos ha dado a Su Excelencia y a todos los que conocemos su buen humor, abundante
materia para divertirnos con el lance por muchos días (8) .

No descuidaba Mutis en medio de estas diversiones y de sus trabajos de médico en ejercicio,


serios estudios sobre la vegetación ecuatorial, dando principio a la formación de la célebre flora de
Bogotá y de la rica y variada vegetación de las regiones superandinas y el atender a su
correspondencia científica con sabios europeos y con sociedades entregadas al estudio de estos
ramos (9) .

Tenía Mutis altos conocimientos en ciencias físicas y naturales, en matemáticas y en


astronomía; había ofrecido a sus compañeros de viaje marino que al llegara Santafé abriría una
cátedra para la enseñanza de estas ciencias, oferta que tuvo las simpatías del Rector del Colegio
del Rosario y de Messía de la Zerda. Jamás antes se habían enseñado matemáticas en los
Colegios de Lobo guerrero y fray Cristóbal de Torres, y fue el 13 de marzo de 1762 cuando, con
presencia del Virrey, abrió Mutis dichos estudios en las aulas del Colegio del Rosario,
pronunciando la oración inaugural. Enseñó hasta 1766, año en que tuvo que ausentarse de la
capital. Los nuevos progresos de las ciencias en el Virreinato no sólo se debieron a Mutis sino
también al Virrey Zerda y al ilustrado Fiscal Moreno y Escandón, quien los había incluido en el plan
de estudios que elaboró por mandato del señor Zerda. La luz científica que para entonces renacía
en España tuvo reflejo en el Nuevo Reino, en donde habían privado hasta entonces ideas
absurdas y extravagantes con relación a las ciencias exactas. La voz autorizada de Mutis va a
confirmar nuestro aserto, desnudo de exageración:

226

Parece increíble que en nuestro tiempo pueda haber país en donde sus individuos
piensen tan erradamente. Yo, en tales ocasiones, no hallo otro recurso que tomar sino el
silencio, por no exponerme a unas contradicciones insoportables. No hay duda que caigo en
otro extremo de consentir tales extravagancias. No es el medio más favorable para mi
opinión; pero desde luego es el más oportuno, atendidas todas las circunstancias. Oír contar
a estas gentes algunos efectos de la naturaleza, es pasar el tiempo oyendo delirar a unos
locos.... Que esto sucediera entre viejas ignorantes o entre hombres nada instruidos, no
causara mucha admiración; pero que las mismas relaciones oiga un viajero en boca del
vulgo que en la de los que se tienen por más racionales en el pueblo.... para esto no hay
consuelo .... Instrúyase usted en el modo de pensar de estas gentes, y dé gracias al cielo de
no hallarse en un país donde la racionalidad va tan escasa que corre peligro cualquier
entendimiento bien alumbrado(10) .

Refiere Mutis que un día de febrero de 1762 realizó el deseo de subir al cerro de Guadalupe
para hacer observaciones barométricas. A las dos y media de la tarde, creyendo poder regresar el
mismo día, emprendió el ascenso a pie, acompañado de sus criados y de su barómetro. Herborizó
mientras recorría la senda de subida, habiendo encontrado plantas desconocidas en la botánica
europea. Coronó la altura a eso del anochecer, en la confianza de que allí encontraría habitaciones
dónde poder pasar la noche. Pero encontró todo desierto y tuvo que comer como ermitaño y dormir
en austera cama. En la ermita de Guadalupe no se había vuelto a colocar, desde cuando fue
derribada por el terremoto de 1743, una piedra que encontró el botánico, con esta inscripción:

ACABOCE ES==
TA CAPILLA AÑ
EN DE 168

“El Último número—dice Mutis,—no parecía ya en la piedra,” que estaba gastada por aquel
lado, pero el yerro es poco, no pasando de nueve años, por donde se ve que la fundación o
edificación de aquella capilla no tiene más antigüedad que la de unos setenta a ochenta años.
Mutis tradujo las dos primeras letras del Último renglón por enero. Le llamó la atención una gran
campana, fundida en 1741, con esta inscripción en la circunferencia:

AVE MARÍA GRATIA PLENA DOMINUS TECUM (11) .

Ya se ha anotado en varios estudios sobre nuestra literatura que el exagerado sentimiento


religioso que reinaba en esos tiempos en la Colonia, extraviaba la conciencia pública y era causa
de numerosas fundaciones conventuales de ambos sexos. En todas las instituciones religiosas de
entonces se llevaba una vida contemplativa, y no era raro encontrar en las comunidades
numerosos individuos que buscaban al amparo del claustro la evasión de la natural ley del
trabajo (12) .

Es una verdad que el Gobierno colonial hizo muy poco por la educación de la juventud
masculina; los tres institutos que existían en Santafé: San Bartolomé, EL Rosario y la Universidad
de Santo Tomás, se debían a la liberalidad de sus tres ilustres fundadores: Lobo Guerrero, fray
Cristóbal de Torres y Gaspar Núñez. En cuanto a la educación de la mujer, había sido
completamente descuidada (13) . Así, pues, la más bella mitad de la especie humana andaba
privada de los goces intelectuales que nacen de la instrucción: las jóvenes de la clase elevada de
Santafé tenían que contentarse con manejar la aguja; por excepción aprendían algo de música, de
dibujo o de baile, y los padres, temerosos de que sus hijas mantuviesen amoríos por
correspondencia, no les permitían que aprendiesen a escribir. No pudiendo cultivar las cualidades
del entendimiento y del corazón, que son las únicas “que proporcionan al himeneo una serenidad
constante, se relajaban considerablemente los dulces vínculos que debían ligar a los esposos; y la

227

educación física y moral de los hijos, como también las obligaciones domésticas, eran
frecuentemente desatendidas para dar rienda a las pasiones criminales” (14) .

Viciada la educación de la mujer, olvidaba el Gobierno colonial que las primeras impresiones
del niño y las primeras ideas del adolescente las recibe de la madre, y estando sumida ésta en la
ignorancia, fácil es suponer lo defectuoso de la educación de los hijos (15)

(1) P. GONZÁLEZ SUÁREZ, lib. Cit., VII, 1.

(2) FLORENTINO VESGA, Memoria sobre la historia y el estudio de la Botánica en la Nueva


Granada. Contribuciones de Colombia a las ciencias y a las artes. Bogotá, 1860, pág. 64.

(3)LIBORIO ZERDA, José Celestino Mutis, Papel Periódico Ilustrado, III. 98.

(4)DIEGO MENDOZA, lib. cit., 20.

(5) A. FEDERICO GREDILLA, Biografía de José Celestino Mutis, etc. Madrid, 1911, 488.

(6) En América sinónimo de paperas.

(7) GREDILLA. lib. cit. 511.

(8) DIEGO MENDOZA, lib. cit. 23.

(9) LIBORIO ZERDA, José Celestino Mutis, Papel Periódico Ilustrado, III, 98.

(10) GREDILLA, lib. cit, 43.

(11) GREDILLA, lib. cit., 539. Véase la página 188 de este libro.

(12) CARLOS HOLGUÍN, Estudios históricos, Repertorio Colombiano, I, 98.

(13) JAIME ARROYO, lib. cit., 320. R. M. BARALT y R. DÍAZ, Resumen de la Historia de
Venezuela. etc., ed. de Curazao, 425.

(14) JUAN GARCÍA DEL RÍO, Ensayo sobre la historia de la civilización en el Continente
americano y sus islas adyacentes.

(15) JAIME ARROYO, lib. cit., 320.

Durante el Gobierno del señor Messía de la Zerda se fundó en Santafé el primer


establecimiento de educación para la mujer, a la vez para las de la clase elevada de la
sociedad y para las hijas del pueblo. Doña Clemencia Caicedo, de familia patricia, hija de don José
de Caicedo y de doña Mariana Vélez, nació en la antigua capital del Virreinato en 1707; viuda de
don Francisco Javier Echeverri, y muerto el único hijo de ese matrimonio, casó doña Clemencia
con el Oidor Joaquín Aróstegui, y no habiendo tenido descendencia, resolvió la bella y rica dama,
con la anuencia de su esposo, fundar la casa de educación a que nos referimos (16) . Con tan
laudable fin se dirigió doña Clemencia a la Corte, por intermedio del Virrey, en 1766, ofreciendo
para la obra sus cuantiosos bienes. Atendió el Rey la solicitud, apoyada por informe del Virrey, y
aunque con la desesperante lentitud que acostumbraba el Gobierno español, se expidió al fin una
real Cédula en el Pardo el 8 de febrero de 1770, por la cual se permitía fundar un convento de
religiosas, que en la Península llamaban vulgarmente de La Enseñanza y que siguen la regla de

228

San Benito bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. Los bienes que aportó la fundadora y
que el Rey señala en la Cédula, estaban representados por la mina de oro de Iciaco, en
jurisdicción del Chaparral, con más de treinta esclavos; una hacienda de ganado y cacao,
inmediata a dicha mina; una casa grande en Santafé, para que sirviera de convento (hoy edificio
ocupado por la Escuela de Bellas Artes y por la Escuela Normal de Señoritas), y un sitio anexo a
ella, capaz para edificar el templo y demás dependencias del nuevo monasterio. Además de esto
se comprometió la señora de Caicedo a construir la iglesia y demás adyacentes. El Rey, corno
única compensación, concedió a la fundadora el patronato de la obra pía a perpetuidad, con
derecho ella de traspasarlo, después de sus días, a quien fuere su voluntad (17) .

En julio de 1770 pidió al Virrey el célebre Fiscal Moreno y Escandón que se cumpliese lo
ordenado por Su Majestad. El día 12 de octubre de ese año se hizo solemne función religiosa en la
iglesia de San Felipe, situada a pocos pasos del área del nuevo templo, con el objeto de trasladar
de allí la imagen de la Virgen del Pilar y el cofre con las monedas que debían colocarse con la
primera piedra, base de la iglesia que desde entonces se llama de La Enseñanza.

La Enseñanza

Ocupó más alto puesto que el Virrey en esta fiesta la señora de Caicedo, y desde ese día ella
misma vigilaba los trabajos y pagaba los obreros, logrando ver concluida su benéfica obra, a la
cual consagró los últimos años de su vida que terminó el 2 de octubre de 1779. Su consorte había
fallecido poco antes de ella. Las cenizas de los dos esposos fundadores de la primera casa de
educación para el sexo femenino en Santafé se depositaron provisionalmente en el templo de
Santo Domingo, y en 1783 fueron trasladados con pompa religiosa inusitada a sendos sepulcros
de la iglesia de La Enseñanza, que se conoció también en los primeros tiempos con el nombre de
Santa Gertrudis. Las criptas que guardan los restos se encuentran al pie del presbiterio: del lado
del Evangelio, la de Aróstegui, y del lado opuesto, la de doña Clemencia; y tienen estas
inscripciones:

Hic Joachim de Arósteaui jacet, sed non latet totus, latet corpus, sed non opus orbi nam hoc
latet patet; iste et illa in hac arce sunt refugium pro innocentia: omnes pro sua clernentia dicant,
requiescat in pace, Obit oct. Kal. Nov. Anno Dom. MDCCLXXV. Aetat. suae cuino Dom. MDCCVIII.

Hac sunt infosa M. Clementiae ossa; cessit e vita bonis moribus insignita pro fovenda
innocentia; hanc domum fecit Clementia consortio Joaquim struxit cum quo pactavit dum nupsit. D.
Maria Clementia Cuycedo Obit sext. non. oct. Anno Dom. MDCCLXXIX, Áetat. LXXII: Ann, deposita
in Eccl. R. R. P. P. Praedic. et huc Transl. Oct. Kal. Oct. Anno Dom. MDCCLXXXIII

229

Que vertidas por el doctor Roberto Cortázar, dicen:

Aquí yace Joaquín de Aróstegui, pero no oculto del todo; su cuerpo no se ve, pero
resplandece su obra. El y su esposa dieron aquí un refugio a la inocencia. Todos piadosamente
digan: descanse en paz. Murió el 25 de Octubre de 1775, y nació en 1708.

En esta fosa se guardan los restos de Maria Clemencia; dejó la vida adornada de grandes
virtudes y señalándose por haber dejado esta casa a la inocencia. En unión de su esposo pactó
esta donación. Doña Clemencia Caicedo murió el 2 de octubre de 1779, a la edad de setenta y dos
años. Depositadas sus cenizas en el templo de Santo Domingo, se trasladaron a este lugar en 24
de Septiembre de 1783.

Es cierto que hasta el reinado de Carlos III rigió con grandes defectos el Gobierno de la
Península en todo lo relativo a instrucción pública, no sólo en sus colonias de América, sino en la
misma España; pero también es verdad que los colegios que hemos citado obtuvieron protección o
patronato real, y que también existían, fundados por Ordenes religiosas, el de San Buenaventura
en la de San Francisco, el de San Nicolás en la de San Agustín y el de la Recoleta de La
Candelaria. Estos tres últimos en realidad carecían de valor porque no se aprovechaban de su
instrucción sino los miembros de las mismas Ordenes (18) . También se fundaron numerosas
escuelas populares.

Como documento indiscutible, del cual vamos a tomar algunas noticias, y como una muestra
de la forma notarial con que se otorgaban las últimas voluntades a fines del siglo XVIII, insertamos
una parte del testamento de la fundadora de La Enseñanza, que tenemos a la vista:

Testamento. En el nombre de Dios Todopoderoso, amén. Yo, doña Maria Clemencia


Gertrudis de Caicedo, vecina de esta ciudad y corte de Santafé, hija legítima del señor
Teniente Coronel don José de Caicedo y Pastrana y de doña María Vélez Ladrón de
Guevara, vecinos que fueron de esta ciudad, estando en mi sano y entero juicio, cual Dios
Nuestro Señor fue servido darme y hallándome enferma aunque en pie, temiéndome el morir,
que es natural a todo viviente, y deseando dejar todas mis cosas dispuestas por el presente y
la vía y forma que más haya lugar, otorgo este mi testamento en la forma siguiente:
primeramente confieso y creo en el inefable misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en los demás misterios
que tiene, cree y confiesa nuestra Santa Madre Iglesia católica, apostólica, romana, en cuya
fe he vivido y protesto morir, confesando y venerando el misterio de la Concepción en gracia
de María Santísima Nuestra Señora, a quien invoco por intercesora y abogada con el santo
ángel de mi guarda y de mi nombre, a el Patriarca Señor San José y Señor San Joaquín y mi
Señora Santa Ana, los Patriarcas Santo Domingo y mi Seráfico Padre San Francisco, San
Ignacio y San Francisco Javier, San Antonio de Padua y San Francisco de Paula, San
Pascual Bailón, Señora Santa Gertrudis, Señora Santa Teresa de Jesús y Santa Coleta y
demás de la corte celestial. Encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor que la crió y redimió
con la preciosísima sangre de su Santísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, y el cuerpo a la tierra
de que fue formado, etc. etc.

Asesorada de la corte celestial, dispuso que agregaba al edificio de La Enseñanza una casa
vecina que compró a doña Magdalena García, otra fronteriza, calle de por medio, y que la mina del
Citará, rica propiedad del Chocó, la destinaba a mandas particulares que constan en dicho
testamento.

Nombró patronos de su benéfica fundación a los Arzobispos y Prelados y a su sobrina doña


Maria Magdalena Caicedo, que fue la primera Priora de La Enseñanza; designó como Capellán del

230

convento a otro sobrino suyo, hermano de la Priora, don Fernando Caicedo y Flórez, a quien
nombraremos muchas veces por la celebridad de su nombre.

Terminados el colegio, el convento y la iglesia, edificios que existen todavía en la carrera 6ª y


en la calle 11, o de La Enseñanza, se dio principio a la educación de las hijas del pueblo y a las
nobles no sólo de Bogotá sino de diferentes ciudades del Virreinato.

Allí vivieron tranquilas y dedicadas al cultivo de las mejores rosas en botón de nuestra sociedad las
religiosas de La Enseñanza, hasta aquella noche de salvajes escenas—8 de febrero de 1863—en que
cayó sobre ese nido de palomas, obsequiado a la instrucción por el capital privado, la soldadesca
triunfante de una de nuestras guerras civiles. Hoy, por dicha, y debido a los esfuerzos de Alberto
Urdaneta (1886), artista e historiógrafo, se ostenta en el portal del antiguo monasterio el busto de
Vásquez Ceballos, y sus salones y corredores dan abrigo a la Escuela Nacional de Bellas Artes: hase
verificado así una especie de restitución, y ríndese allí culto a la belleza como en otro tiempo a la
inocencia (19) .

También por fortuna, y por otra especie de restitución, el Gobierno General ha destinado con
acierto el edificio del antiguo colegio de la señora Caicedo para Escuela Normal de señoritas.

El Capellán Caicedo y Flórez tributa merecidos elogios al Arzobispo Martínez Compañón, de


quien hablaremos más tarde, por la munificencia con que hizo a su costa varias obras
complementarias en la primitiva casa de educación femenina, a lo cual añadió la suma de cerca de
$ 60,000, destinando su producto a alumnas becadas (20) .

Para nosotros data de esa época de verdadero progreso educacionista la aurora de nuestra
independencia. Ya se ha dicho con elevado criterio filosófico, refiriéndose a los hombres de la
revolución de 1810, que no seria posible que los desiertos de Arabia fueran alumbrados por el sol
de cualquier día, no ya cubiertos por arenas abrasadoras, sino por bosques opulentos, nacidos
como por encanto (21) . Creemos con don Florentino Vesga que “antes que las grandes
revoluciones aparezcan en forma de pronunciamientos y de batallas, existen en las cabezas de los
hombres de genio en forma de ideas, así como en un indescriptible grano de polen se contienen en
forma de rudimentos, todos los materiales orgánicos de un árbol corpulento.” Desde entonces los
Colegios de San Bartolomé y del Rosario fueron verdaderos centros de luz donde se enseñaron,
en vez de filosofía escolástica y rudimentarias lecciones de latín, ciencias físicas y matemáticas y
algunos cursos de medicina, lecciones de verdadera utilidad, que hicieron ver a los colonos
horizontes desconocidos.

Generalmente se ha creído que la revolución francesa fue la causa primordial de los orígenes
de nuestra independencia, dejando en olvido que los grandes reformadores y especialmente
Florida, Aranda y Pombal, y los Reyes de ideas avanzadas Carlos III, Federico de Prusia, José II
de Austria y Maria Cristina de Suecia, brillaron antes del cataclismo francés (22) .

Confirma lo dicho el hecho de que Carlos III en Cédula de 18 de marzo de 1783, después de
haber protegido la instrucción pública y el comercio, dio apoyo a las artes, industrias y oficios,
declarando que la preocupación vulgar de vileza que se les atribuía a los artistas y menestrales,
era una preocupación errónea que debía borrarse. “Tuvo a bien Su Majestad de declarar, como se
declara, que no sólo el oficio de curtidor, sino también las demás artes y oficios de herrero, sastre,
zapatero, carpintero y otros de este modo, son honestos y honrados; que el uso de ellos no
envilece a la familia, ni la persona del que lo ejerce, ni inhabilita para ejercer los empleos
municipales de la República, en que están avecindados los artesanos y menestrales que los
ejerciten” (23) .

231

En los planteles de educación que hemos nombrado y en los libros que la relativa libertad de
comercio permitía introducir clandestinamente, se formaron los colonos que veremos figurar con
brillo inesperado en los días tormentosos de la revolución.

Por este mismo tiempo recibió Cédula el Virrey Zerda, de 10 de mayo de 1783, en que se
prohibió absolutamente el uso de los dialectos de los indios, y se ordenó obligar a los naturales de
América a hablar el castellano; y asimismo se acordó cerrar las escuelas de idiomas indígenas.
Cabe aquí anotar que los laboriosos trabajos filológicos sobre los idiomas de América, entre los
cuales merecen mención especial el del fraile bogotano Bernardo de Lugo y los del Padre italiano
Dadey, quedaron olvidados por el querer del Rey, y que hoy se conocen merced al servicio que
prestó a las letras colombianas otro distinguido filólogo bogotano, don Ezequiel Uricoechea, quien
los reimprimió en 1871 con importantes notas y comentarios (24) . La cohesión que da á un pueblo
la religión, había desaparecido para los chibchas con la pérdida de sus dioses el otro vínculo que
aún hacia vivir la nacionalidad de Tisquesusa, lo borró la voluntad absoluta de Carlos III.

Después de extinguidas las comunidades religiosas y de terminada la revolución, quedó el


templo de La Enseñanza a cargo del Arzobispado de Bogotá. El edificio, de cal y canto, tiene
sencilla ornamentación de yeso en la única nave que lo forma. Allí falta la riqueza de dorados de
las viejas iglesias de Bogotá, y no se ven columnas con vides ni artesonados en los techos con
florones dorados. Los coros de la iglesia estaban separados de la nave principal por rejas de
madera que conservaban el gusto árabe. En 1897 el Capellán, presbítero Tomás Escobar,
suprimió el coro bajo para ampliar el templo; disminuyó la extensión del coro alto, adonde no
volvería la comunidad de monjas de la Orden de San Benito; levantó algunos altares para dar
armonía a la ornamentación; cerró la puerta secundaria, y construyó al lado oriental una modesta
mansión para la capellanía.

La inserción de las siguientes inscripciones da idea clara de las últimas modificaciones y


destino del antiguo templo de Santa Gertrudis.

En el frontis, esculpido en piedra., sobre la puerta, se lee:

IGLESIA DE SAN VICENTE DE PAÚL

Y a los lados de ésta las fechas:

1770— 1910

En el lado izquierdo del arco toral, en plancha de mármol, se lee:

El Rvmo. Señor Bernardo Herrera Restrepo arzobispo


De Bogotá, en atención a los piadosos deseos de la
Sociedad de Seglares que con el nombre de San
Vicente de Paúl florece en Bogotá, ha suplicado
Humildemente a nuestro Santísimo Señor el Papa
Pío X, que se honre en adelante con el titulo del
Dicho San Vicente, un templo recientemente
Restaurado, que no ha sido ni será consagrado y en
El cual no se tributa culto a ningún Santo. Su
Santidad oída la relación que le hizo el infrascrito
Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación
De Ritos, se dignó acceder benignamente a las
Súplicas del Rvmo. Arzobispo. No obstante
Cualesquiera cosas en contrario.

232

Abril 18 de 1910.

FR. CARDENAL MARTINELLI


Prefecto.

L.S.

Pedro La Fontaine, Obispo de Carysto


Secretario.

Concuerda con el original.


Bogotá 8 de Junio de 1910.

BERNARDO
Arzobispo de Bogotá.

Al lado derecho se lee la siguiente:

La Sociedad Central de 5. Vicente de Paúl


Al cumplirse en 1907 el año 50° de su fundación
Acordó erigir un altar
A Su Santo y venerado patrono
Acogidas benignamente por la Santidad de Pío X
Felizmente reinante
Los preces que al efecto le fueron dirigidas
Y Decorada esta Iglesia
Con el glorioso nombre y titulo
Del padre de los pobres
lnauguróse en ella su culto
El día 24 de Julio de 1910
Con solemne festividad
Que presidió
El Ilmo. Sr. Dr. Dn. Bernardo Herrera Restrepo
Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia

(16) VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura, 243.

(17) RUPERTO S. GÓMEZ, Reseña histórica del convento de La Enseñanza, Bogotá,


1883, pág. 3. I. GUTIÉRREZ PONCE, Las crónicas de mi hogar, Papel Periódico Ilustrado, III,
287. GROOT, lib. cit., II, 130.

(18) VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura, 2ª ed., 238.

(19) A. QUIJANO, Casas históricas de Bogotá, Boletín, III, 373.

(20) CAICEDO y FLÓREZ, lib. cit., 47.

233

(21) J. MANUEL MARROQUÍN, Biografía de don Francisco Antonio Moreno, El Mosaico, IV,
núm. 7.

(22)LUIS ALBERTO DE HERRERA, La Revolución Francesa y Sud América, París,


1910, pág. 88.

(23)SANTOS SÁNCHEZ. Extracto puntual de todas las Pragmáticas, Cédulas, etc., del señor
don Carlos III, Madrid, 1794, I, 164.

(24) VICENTE RESTREPO, Los chibchas. etc., 29.

234

CAPITULO XXIV
El Arzobispo fray Lucas Ramírez—Sus cuentas alegres—Le sucede fray Agustín Camacho y
Rojas—Su duro carácter—Recibe el presbiterado don José Celestino Mutis—Gobierno eclesiástico
del señor Camacho—Gracejos contra el Arzobispo—Inscripción de su retrato—Otra antigua
inscripción. Junta de Temporalidades—Junta de Aplicaciones—Plan de estudios y proyecto de
Universidad Pública—Se opone la Universidad Tomística—Por qué cesó el culto en la iglesia de
San Carlos—Influencia múltiple de Mutis—Por primera vez se enseña en América el sistema de
Copérnico—Oposición sistemática de los dominicanos—Opiniones respetables—Relajamiento de
las órdenes religiosas—Anterior sistema de educación—Nuestro respeto al pasado—Algunos
puntos de la Administración del Virrey Zerda—Fin de su Gobierno—Su muerte—Su retrato—
Gobierno del Virrey don Manuel de Guirior—Primer Concilio Provincial—Se suspende
indefinidamente—Necesidad de la fundación de una Universidad—La establece Guirior—Ideas del
Fiscal Moreno—Se establece la Real Biblioteca—Importancia de esta creación—Primeros
bibliotecarios—Otras medidas administrativas de Guirior—Primer censo de Bogotá—Retrato de
Guirior e inscripción—Fin de su Gobierno—Esplendor de su persona y familia.

EN 1769 fue honrado con el nombramiento de Arzobispo del Nuevo Reino el fraile
franciscano Lucas Ramírez Galán, quien envió al Coro catedral de Santafé las Bulas de Clemente
X con la Cédula ejecutorial de Carlos III, en la cual se ordenaba que el Deán, don Antonio Osorio,
tomase posesión del Gobierno de la Arquidiócesis y recibiese las rentas que correspondían al
Arzobispo. En diciembre del año siguiente comunicó el señor Ramírez al Cabildo eclesiástico que
prefería la Silla de Tuy a la de Santafé, pero no olvidó exigir el envío de $ 24,000 que en su
concepto había devengado como Arzobispo de ésta, “para salir de sus ahogos y empeños” (1) .

Para suceder al señor Ramírez fue designado un fraile dominicano, fray Agustín Camacho y
Rojas, natural de Tunja, Obispo de Santa Marta, quien llegó a Bogotá por el camino de Vélez o del
Norte, el 28 de septiembre de 1771. El 20 de julio del año siguiente se le dio solemne posesión del
Gobierno del Arzobispado. Apeló de las resoluciones de la Junta de Temporalidades sobre
patronato del Colegio Seminario; hizo severa visita en parte de su jurisdicción; corrigió con dureza
las costumbres poco evangélicas de algunos miembros del clero; removió causas ya olvidadas,
llevando sus pesquisas a tal extremo que dio lugar a que en la mañana de cierto día apareciese
sobre la puerta de la Catedral la conocida estatua de San Pedro en traje de camino a la usanza del
país, y al pie en grandes letras la siguiente donosa cuarteta:

San Pedro se va mañana


Huyéndole si Arzobispo,
No lo vaya a castigar
Por la negación de Cristo.

El gracejo anterior se le atribuyó al presbítero Vicente Basilio de Oviedo, muy popular entre
los vecinos de Santafé por sus oportunidades burlescas, de las cuales insertamos la siguiente, por
estar en un libro inédito que poseemos: “Con gracia dijo Tertuliano que el cielo es dichoso, porque
teniendo ángeles no tiene ángelas.” Al Arzobispo Camacho le tocó conferir las órdenes del
presbiterado al médico del Virrey Zerda, don José Celestino Mutis, y tomar providencias para la
reunión de un Concilio Provincial que diese leyes para la Iglesia del Nuevo Reino, fijando para su
instalación el mes de mayo de 1774, pero la muerte interrumpió sus planes (2) .

235

1774. A. 13 de abril murió el Ilustrísimo don Manuel Agustín Camacho, de edad de setenta
y cuatro años; fue sepultado en la sala capitular de Santo Domingo; duró tres años de
Arzobispo(3) .

No obstante lo irascible del carácter del señor Camacho, se le miraba aquí con especial
simpatía, porque solamente él y el señor Arias de Ugarte habían sido los dos Únicos naturales del
país que se hablan sentado en la silla de los Arzobispos.

Terminamos las notas biográficas sobre este Prelado recordando algunas de las querellas
que tuvo con el célebre Fiscal Moreno y Escandón, quien llamaba al Pastor “el Padre Camacho.”
En carta que éste dirigió a la Audiencia sobre el particular, se queja con vehemencia de que el
Fiscal, en sus tertulias particulares, decía “que el Arzobispo sólo se cuidaba del vaso grande del
chocolate y de las sopitas de sus parientes” (4) .

El retrato del señor Camacho, que hace parte de la galería de la Catedral, tiene esta
inscripción:

El Illmo. y R.mo S.r Mro D. Fr. Agustín Manuel Camacho y Roxas del Consejo de su Md.,
natural de la ciudad de Tunja, del Orden de Predicadores, mbro. del número de esta Prov.a del
N.vo R.no Rector y Regente de la Universidad de Sto. Tomas; Prior de los Conventos de Tunja,
Chiquinquirá y Sta Fee. Provincial dos veces, Obispo de la Sta Igla. de Sta. Martha y Arzobispo de
esta Metropolitana de Sta. Feé en donde entró el día 28 de Septiembre de 1771. Convocó el
Concilio Prov.l para el mes de Mayo, al que no asistió prq. murió el 13 de Abril de este año de
1774. Murió de edad de 73 años.

Los retratos de Riva Mazo y de Camacho son de un mismo pincel.

El mismo año en que llegó a esta ciudad el Arzobispo Camacho se colocó, en el muro de una
casa que aún existe frente a la Capilla presbiteriana (hoy calle 14, entonces de la Armería), una
inscripción tallada en piedra, que dice:

SANTISIMA DE GRACIA, ORA PRO NOBIS. 1771,

lo cual se debió a que allí estaba fundada una capellanía, cuyo producto se destinaba al culto de la
Virgen.

Apenas expulsada de los dominios del nuevo Reino la Compañía de Jesús, se estableció en
esta capital el 1.° de agosto de 1767 Real Junta de Temporalidades, con el objeto de administrar y
distribuir la cuantiosa fortuna de la Compañía, de acuerdo con la voluntad del Soberano. Esta
Junta la presidió en sus principios el Virrey Zerda, y fueron miembros de ella el Arzobispo
Camacho y Rojas, el Oidor Regente Joaquín de Aróstegui, el Fiscal de lo civil Moreno y Escandón
y el Secretario del Virreinato, doctor Domingo Caicedo (5) .

La Corte pidió informes al Fiscal Moreno sobre la manera como debían administrarse los
bienes que habían sido de los jesuitas, con mayor provecho público. De acuerdo con el informe del
Fiscal, el Gobierno de la Metrópoli creó una Junta Superior de Aplicaciones, presidida por el Virrey
y compuesta casi del mismo personal de la de Temporalidades. La de Aplicaciones destinó los
ornamentos de San Ignacio y las vestiduras sagradas, según su riqueza, para la Catedral y otras
iglesias de escasos recursos. El Virrey Zerda, en su Relación de Mando, hace constar que las
Juntas supradichas procedieron con estricta economía, omitiendo creación de oficinas
y empleados, y que las disposiciones que dictaron fueron tomadas con madurez y gravedad (6) .

236

La misma Junta de Aplicaciones propuso a la Corte desde mayo de 1768 la creación de una
Universidad Pública en Santafé, y había encargado al Fiscal Moreno y Escandón la redacción de
un plan de estudios, con el objeto de organizar la instrucción en una forma más práctica y
provechosa.

Estas laudables aspiraciones las comunicó el Virrey al Monarca por medio del Conde de
Aranda y del Consejo de Indias; pero habiendo surgido la oposición de los frailes de Santo
Domingo, quienes gozaban de facultad real para conceder grados literarios en la Universidad
Tomística, demanda apoyada por el Arzobispo Camacho, no se resolvió el asunto sino con suma
lentitud, como expondremos adelante.

El Virrey y la Junta de Aplicaciones quisieron que el Arzobispo y Coro catedral reanudasen el


culto católico en la iglesia de San Ignacio, ya llamada de San Carlos. Pero el Gobierno eclesiástico
rehusó tal providencia, motivo por el cual quedó cerrado el templo hasta 1805, en que por
disposición del Virrey Amar se trasladó allí el servicio de la Catedral, por amenazar ruina el templo
metropolitano.

La benéfica influencia de la estadía de Mutis en la capital se hizo sentir, por este tiempo, de
manera brillante: como médico, por el ejercicio verdaderamente científico del sacerdocio de la
medicina; como matemático y astrónomo, por las cátedras que regentó en el Colegio del Rosario,
donde enseñó doctrinas modernas; como naturalista, por múltiples trabajos que especificaremos
oportunamente.

Fue en el aula de matemáticas del Colegio del Rosario, que él regentaba, donde salió por
primera vez de los labios del ilustre profesor la entonces extraña teoría de que la tierra giraba
sobre su eje y alrededor del sol, y que por consiguiente debía ponerse en el número de los
planetas (7) .

Las doctrinas de Copérnico eran desconocidas en América, y como todo hecho científico nuevo, tuvo
numerosos opositores entre los atrasados colonos, quienes veían girar el sol alrededor de la tierra y no
comprendían lo que era una ilusión óptica. Los Padres del convento de dominicanos, directores de la
Universidad Tomística de Santafé de Bogotá, denunciaron a Mutis ante el Comisario de la Inquisición como
propagador de doctrinas erróneas que falseaban la pureza de las enseñanzas católicas. El sabio se quejó
ante el Virrey y ante los tribunales de la Santa Inquisición de Cartagena, único en el Nuevo Reino, y el
Supremo de Castilla, cuyos Jueces declararon que las teorías de Copérnico no se podían condenar,
resolución dictada según el sano criterio de autoridades históricas respetables, no porque los Jueces creyesen
en la nueva doctrina astronómica ni en el saber de Mutis, sino por sumisión absoluta a la autoridad absoluta
de Carlos III (8) .

En esta célebre querella contó siempre Mutis con el apoyo del Gobierno colonial, y tenía que
ser así, porque real Cédula de Carlos III había dispuesto que en las universidades y colegios de
sus dominios se enseñasen las teorías de Newton basadas en el sistema de Copérnico, aceptado
como verdad científica (9) .

El sabio Humboldt, hablando sobre estas ocurrencias y luchas, escribió:

No sin inquietud vieron los dominicanos que las herejías de Copérnico, ya profesadas por
Bauguer, Godin y La Condaminne en Quito, penetraban en la Nueva Granada; pero el Virrey
protegía a Mutis contra los religiosos, que querían que la tierra permaneciera inmóvil. Por lo
demás, poco a poco fueron acostumbrándose a lo que ellos apellidaban aún las hipótesis de
la nueva filosofía (10) .

237

Oportunamente se ha observado que el espíritu de las comunidades religiosas en la Colonia
en los días de lucha de la Conquista, aplicado durante muchos años al estudio y a la enseñanza,
se había relajado ya en los tiempos que confrontamos, debido a la falta de lucha, y los estudios
serios que hicieron sus miembros, se habían convertido en indolente rutina. “El cetro del saber se
les escapaba de entre las manos, y sin embargo se esforzaban no en retenerlo, sino en negarlo a
los nuevos apóstoles de la ciencia” (11) .

Después de cuatro años de regentar el sabio Mutis con excepcional brillo la cátedra de
Matemáticas en el Colegio del Rosario, hubo de abandonarla por tener que ausentarse de la
capital; sucedióle don Juan Francisco Vásquez. Hubo varias controversias, y el Gobierno resolvió
que se suspendiese la enseñanza de las doctrinas de Newton, porque el Rector del Rosario
opinaba que era “contraria abiertamente a varios expresísimos textos de la Sagrada Escritura.”
Esto ocurría en 1796, de donde se deduce claramente que ni antes de 1760 ni hasta 1796 se había
enseñado la geografía astronómica verdadera (12) .

Un testigo ocular de la deplorable educación que se dio en los colegios coloniales hasta fines
del siglo XVIII, nos refiere que los textos en su mayor parte contenían errores, que se vendían
palabras por conocimientos, y falsas doctrinas por dogmas; nos cuenta que no se enseñaba
gramática castellana sino latina; que en las aulas de lógica se aprendía a porfiar más bien que a
raciocinar; que se aprendían sutilezas y distinciones que no encerraban la verdad; que se
propagaba el absurdo de las ideas innatas y que no entraban en el programa de educación la
esgrima, la equitación, la danza, la natación, la música y el dibujo. Y agrega:

Allí, bajo la férula de un preceptor adusto, sólo apto para hacer del discípulo un hipócrita y
un embustero, y bajo castigos corporales, bastantes para quitar a la juventud toda idea de
sonrojo y de dignidad, junto con la sensibilidad del dolor físico, consumía ella la más preciosa
parte desu tiempo fugaz, en aprender una multitud de cosas inútiles, o cuestiones
frívolas (13) .

Por lo expuesto se ve que la educación pública en las colonias americanas estuvo en la


época anterior a la que tratamos, en la más lamentable situación, pues para el pueblo no existía, y
para las clases elevadas era deficiente (14) .

No anda de acuerdo con las respetables opiniones citadas el autor de una monografía
histórica publicada en 1880, el cual asevera que en Popayán se enseñó en el Seminario que
estaba a cargo de los jesuitas el sistema de Copérnico, a mediados del siglo anterior; cátedra que
regentó el Padre Juan de Velasco (15) . Para nosotros la opinión discordante del publicista señor
Arboleda pierde su valor ante el criterio de varios historiadores muy respetables, pertenecientes a
diferentes escuelas filosóficas y políticas.

Lejos de nuestro ánimo el hacer cargos apasionados a los Gobiernos de la Colonia y por
consiguiente a los de la Madre Patria, y menos calumniarlos, lo que sería intolerable en toda
sociedad civilizada. Pero lo expuesto, aunque no rinde homenaje a dichos Gobiernos, creemos que
es una resultante de los hechos que fríamente hemos relatado; por lo demás, terminamos por
ahora el estudio de la educación en la Colonia con las siguientes frases de un brillante escritor
francés:

El más irritante error consiste en creer que se sirve a la patria calumniando a sus
fundadores. Todos los siglos de una nación son páginas de un mismo libro. Los verdaderos
hombres de progreso son los que toman por punto de partida un respeta profundo del
pasado. Todo lo que hacemos, todo lo que somos, es el coronamiento de un trabajo
secular. Por mi parte, yo no me siento jamás más firme en mi fe de liberal que cuando

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pienso los milagros de la fe antigua, ni más ardiente en el trabajo del porvenir que cuando
oigo, durante horas, repicar las campanas de la aldea de Is (16) .

Cerramos el estudio del Virrey Messía de la Zerda recordando que él también mejoró la
calzada de Occidente; que recomendó al Gobierno de Madrid la construcción del puente de Chía,
donde en tiempos de lluvias perecían algunos indios, que activó el despacho de lo judicial, a fin de
evitar que los sindicados permaneciesen varios años en los calabozos de las prisiones; que inició
la utilidad de fundar una Universidad pública con las temporalidades de los jesuitas. También
propendió Zerda de manera eficaz a la reforma de las comunidades de regulares y al buen servicio
de los curatos (17)

(1) Acuerdo del Capítulo Metropolitano, acta de 30 de abril de 1771, folio 305 del libro tercero.

(2) Anales Religiosos, vol. II, 149. GROOT, lib. cit., II, 123, 137, 140, 148 y 149.

(3) J. M. CABALLERO, Patria Boba, 91.

(4) J. J. BORDA. Historia de la Compañía de Jesús, etc., II. .146.

(5)DURÁN y DÍAZ. Estado general de todo el Virreinato de Santafé de Bogotá. 1794, pág. 80.

(6) RELACIONES DE MANDO. Biblioteca de Historia Nacional. 119.

(7) F. J. DE CALDAS, Semanario de la Nueva Granada, etc., ed. de París, 1849, pág. 163.

(8) F. GREDILLA, lib. cit., 47. U. MENDOZA, lib. cit., 44.

(9) F. GONZÁLEZ SUÁREZ, Memoria histórica sobre Mutis y la Expedición Botánica, etc., 2ª.
ed., 1905, pág. 13.

(10) F. VESGA, lib. cit., 67.

(11) VERGARA Y VERGARA, Historia de la Literatura, 247.

(12) FACUNDO MUTIS DURÁN, Las ciencias en Colombia. Anales de Instrucción Pública, III,
448.

(13)J. GARCÍA DEL RÍO, lib. cit.

(14) BARALT Y DÍAZ, lib. cit., I, 413.

(15)SERGIO ARBOLEDA, Las letras, las bellas artes y las ciencias en Colombia, Repertorio
Colombiano, V, 15.

(16)ERNESTO RENÁN, Souvenirs de Jeunesse.

(17) MESSIA DE LA ZENDA, Relaciones de Mando. QUIJANO OTERO, lib. cit., 112.

Los historiadores fijan diferente fecha al tratar de la terminación del Gobierno del señor Zerda,
y algunos la traen exacta. Nosotros, siguiendo la inscripción de su retrato, que se conserva en el

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Museo Nacional, la fijamos en 31 de octubre de 1772. Este enérgico y probo Virrey regresó a
España y falleció en Madrid a la edad de ochenta y tres años.

Messía de la Zerda.

Se conservan dos retratos del Marqués de la Vega de Armijo en la galería de mandatarios del
Museo Nacional: uno de ellos carece de valor artístico; el otro, de mediano pincel, de medio
cuerpo, mira a la derecha y luce sobre la pechera del chaleco, de color blanco, la cruz de San
Juan. El tricornio es azul con galones dorados; descansa su mano izquierda sobre una mesa, y en
la derecha sostiene el bastón de los Virreyes. En uno de los ángulos superiores del cuadro se ve el
escudo heráldico de la familia de los Zerdas (18) .

Al pie del cuadro se ve la siguiente leyenda:

REINANDO LA MAGd CATHOLICA DE EL SEÑOR Dn CARLOS III El Exmo. S.r F.r. D.n
Pedro Mesia de la Zerda, Cavallero Gran Cruz de Justicia en la Orden de S.n Juan, en ella Baylio
de las Nueve Villas de Campos, Comendador, y Señor de Puerto Marin, Gentil Hombre de Cámara
de SM con Entrada, de su Consejo en el Rl. y Supremo de Guerra, Thente. Gen.l de la R.l Armada.
Marqués de la Vega, de Armijo, Virrey Govor. y Cap.n Gen.l de este Nvo. Rno. y Provincias
Agregadas, y Presidente de la Rl. Auda. de Sta. Fe. de cuyos Empleos tomó posesión en 24 de
Febrero de 1761 y los sirvió 11 años, 8 meses y 10 días hasta el 31 de Octubre de 1772, en que en
Cartagena juró, y fué possesionado su Succesor el Exmo. Sr. Dn. Manuel de Guirior. Bolviose a
España y durante su Govierno se hizo el puente del río de Sopó, el de las Aguas de esta Ciudad y
otros pequeños de sus salidas, como la Fabrica de los Molinos de Pólvora, y de Loza común.

El 14 de septiembre de 1772 firmó Zerda en Santafé su Relación de Mando.

El Rey de España designó para suceder al señor Messía de la Zerda a don Manuel de
Guirior, Caballero de la Orden de San Juan y Jefe de Escuadra de la Real Armada. Llegó el nuevo
Virrey a Cartagena en julio de 1772; allí se encargó del mando en aquel año.

Guirior emprendió su viaje para Santafé por el fragoso camino del Opón, y llegó a Bogotá el
22 de abril de 1773 (19) .

Fomentó este gobernante las misiones, la fundación de un colegio de ordenandos, y


promovió los adelantos de la agricultura (20) .

240

Reunióse en el tiempo en que Guirior presidía los destinos del Nuevo Reino el primer Concilio
Provincial, que tuvo veintidós congregaciones. El Concilio, iniciado el 27 de mayo de 1774, terminó
sus sesiones en enero de 1775, y quedó en suspenso indefinidamente en virtud de Real
Cédula (21) , habiendo dejado grato recuerdo como que era un extraño y singular acontecimiento
que causó honda sensación en el espíritu piadoso de aquellos tiempos. Dicha Asamblea la presidió
el Obispo Alvarado y Castillo, elevado a la Silla arzobispal de Santafé dos años después.

Tocó a Guirior la buena suerte de fundar en Bogotá la primera Universidad pública, que sacó
a la Colonia del estado letárgico en que yacía por ausencia de aspiraciones y por apatía e inercia
de la opinión pública.

La necesidad de una regeneración en los estudios y en la educación era ya premiosa. Fue el


brazo derecho de esta obra laudable el Fiscal don Francisco Antonio Moreno y Escandón, quien
elaboró un plan de estudios de avanzadas ideas para su época, y fueron opositores de esta
fundación, como era natural, los religiosos de Santo Domingo que tenían el monopolio de los
grados en la Universidad Tomística. Destináronse para local de la Universidad los Colegios de San
Bartolomé y el Rosario, donde se enseñaron durante un año, conforme al nuevo plan, Aritmética,
Geometría, Trigonometría, Jurisprudencia y Teología. Como quedó suprimido el Seminario de San
Bartolomé, el Virrey trabajó estatutos para un Colegio de ordenandos “sin ceñirse a las
prescripciones del Tridentino,” reservándose el derecho de nombrar los rectores y catedráticos, lo
cual fue en realidad la secularización del antiguo Seminario.

Las ideas del Fiscal Moreno, que se implantaron en la nueva educación, estaban basadas en
desterrar de los colegios las ideas de partido y de peripato o escolasticismo y el abuso en la
colación de grados. Quería también instituir la instrucción primaria gratuita y conservar la escuela
de primeras letras que habían fundado los jesuitas.

El ilustre Menéndez y Pelayo confiesa que los métodos de estudio de la Península eran
defectuosos en las postrimerías del siglo décimooctavo, y afirma que los que regían en las colonias
americanas eran todavía más defectuosos (22) .

El acertado cambio de las enseñanzas metafísicas por estudios de utilidad práctica


desarrollaron ideas hoy en boga en los más atrasados países, que escandalizaron a muchos hijos
del Virreinato y que rigieron solamente un año en los colegios, pues las improbó la Corte, sin que
lograse borrar en la juventud las ideas de progreso y libertad que en tan corto tiempo habían
adquirido y que fue semilla fecunda que pronto fructificó.

Aconsejó el Fiscal Moreno al señor Guirior la conveniencia de fundar una biblioteca pública,
teniendo como base las librerías que habían pertenecido a los jesuitas y que se guardaban en los
colegios de Bogotá, Pamplona, Tunja y Honda. El Virrey aceptó la luminosa idea y ordenó se
hiciera el inventario de dichas librerías, catálogo que se conserva en nuestro Museo Nacional, y
parte de él se publicó en 1882 en El Bogotano, página 89, periódico redactado por los distinguidos
literatos don Adolfo y don Ernesto León Gómez. No se pudo dar mejor destino a los libros de la
Compañía, y la Junta de Temporalidades, reunida en septiembre de 1764, destinó para local de la
biblioteca el antiguo Seminario de los hijos de Loyola, después histórico edificio, hoy llamado
Palacio de San Carlos. La Biblioteca se abrió al público el 9 de enero de 1777 (23) . En aquel día
abrieron la Biblioteca don Antonio Berástegui, Oidor de la Real Audiencia, y el Fiscal Moreno y
Escandón, en presencia del Escribano de Su Majestad José de Rojas.

Entróse a la pieza de la librería que tiene veinte pasos regulares de largo y siete de ancho,
con tres ventanas grandes con sus vidrieras, su puerta de madera y cerradura, circunvalada
de estantes de madera, pintados de azul y perfiles de oro, con un cuadro de San Ignacio
sobre la puerta de la entrada, y en el discurso de esta pieza dos mesas grandes aforradas de

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vaqueta, dos bancos de sentar, una silla de sentar, ordinaria, un atril largo de madera, una
escalera, cuatro globos bien maltratados, y dos instrumentos de bronce del arte de geografía:
y reconocídose el libro en que por abecedario, y con separación de facultades se expresan
los autores y cuerpos de libros, que contiene esta dicha pieza, se hizo el debido cotejo,
poniéndose por inventarío en la forma y manera siguiente:

(Sigue la lista de los libros de cada sección, cuya suma ascendió a 4,182 volúmenes).

El nombre oficial que se dio al instituto fue el de Real Biblioteca, compuesta de numerosos
libros, entre los cuales figuraban obras teológicas, obras clásicas en griego, latín y español, otras
de física y de filosofía aristotélica y algunas ediciones de mérito y de gran valor bibliográfico. El
total de libros era el de trece mil ochocientos (24) . Faltábale al instituto la aprobación del
Soberano, la cual fue concedida años después, en 1788.

El primer Bibliotecario fue el presbítero don Anselmo Alvarez, a quien sucedió don Joaquín
Esguerra; luego desempeñó el cargo don Ramón de Infiesta, español, quien fue fusilado por los
patriotas, cerca de Honda, en 1814 (25) .

Veremos más tarde, cuando estudiemos el Gobierno del Virrey Ezpeleta, los grandes
servicios que prestó a la Biblioteca el publicista cubano don Manuel del Socorro Rodríguez desde
el 24 de octubre de 1790.

Guirior prestó atención a corregir la relajación de las Ordenes religiosas y secundó la idea de
que no se multiplicasen las fundaciones; tomó activas medidas para la reducción de indígenas;
fortificó a Bahíahonda, en Riohacha, para tener a raya a los goajiros e invigilar el contrabando, y
solicitó de la Corte de Madrid, sin buen resultado, la codificación de la enmarañada legislación
colonial.

Una medida gubernativa de Guirior, que no puede pasarse por alto, es la referente al
primer censo de Santafé, que él llevó a cabo con plausible interés. No satisfecho con velar
por el buen orden interior y comodidad de los habitantes de la capital, quiso hacer extensivas
estas medidas a la capital misma y la dividió en cuatro cuarteles y ocho barrios, encargando
de los primeros a cuatro Ministros de la Real Audiencia y nombrando ocho Alcaldes para los
segundos. El censo, indagado escrupulosamente el número de almas, casas y familias, dio
las siguientes cifras, según el mismo Virrey: “16,233 almas y 3,246 vecinos con 1,770
casas.” Pequeña población en realidad pero que ya deja entrever lo que seria más
tarde (26) .

Es curioso recordar que la clasificación de los habitantes divididos en este padrón


en almas y vecinos se refiere a los colonos de sangre española y a los descendientes de los
chibchas, como si éstos no tuviesen espíritu. Todavía en 1810 se hacían distinciones en los
censos, clasificando los habitantes en blancos, indígenas, pardos, libres y esclavos (27) .

Los barrios de Santafé se llamaron: Catedral, El Príncipe, Palacio, San Jorge. Oriental,
Occidental, San Victorino y Santa Bárbara; y además de las parroquias de La Catedral, Las
Nieves, San Victorino y Santa Bárbara, se creó parroquia militar que se llamó la Castrense, y se
destinó para su servicio la capilla inmediata al templo de San Ignacio. La puerta de la capilla de la
nueva parroquia, que vulgarmente se llamaba la Compañía Chiquita, se abría al mismo atrio de
San Ignacio. Sirvió para el culto católico hasta 1841, año en que el Presidente de la República,
General Pedro A. Herrán, la destinó para salón de grados de la Universidad. Desde 1833 se
reunieron en ella varias veces las Cámaras Legislativas, después de refacciones para adaptar el
salón a las necesidades del Congreso. Además de este uso ha servido para reuniones literarias
públicas.

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La división de Santafé en barrios obedecía a disposición general dictada por el Conde de
Aranda, Presidente del Consejo de Castilla, e iniciada en Madrid. Los Alcaldes de
barrio teníanjurisdicción criminal. Instrucción especial determinaba sus cargos y atribuciones (28) .

En el Museo Nacional se conserva el retrato de este Virrey, que reproducimos en


fotograbado, con la siguiente leyenda:

REiNANDO LA MAGd. CATHOLICA. DEL SENOR Dn. CARLOS III—El Exmo. Sr. Dn. Manl.
de Guinior Cavo de el Orden de Sn. Juan. Gefe de Esqa. de la rl. Armda. Virrey Govrr y Capn. de
este Reyno, de cuyos Empleos tomó poseson. en 31 de Octe de 1772, hazdo el Juramto en
Cartajna. en manos de el Exmo Sr. su Antezor; y de la Presida. de esta Rl. Auda. en 22 de Abril de
1773. Se esmeró en fomentar la Agricultura, y estableció que la Ciud. de Cartjna, y las demas de
las costas se abasteciesen de arina de este Reyno. dispensando a esta los derechos en los
Puertos: desterró las Extranjeras, y el ilícito comercio que con este motibo se hacia. Fortificó a
Bahia Onda para impedir el embarcadero de las Embarcazs qe asimismo lo hacian en aquella
costa: logró someter a la Obeda. de el Rey a los Inds. Goagiros que encontró sublevados.
Contribyo con sus Probidencias, y Caudl a la Pazificazon de los Ind,. Motilones que tenian
hostilizada la Prova, de Maracaybo. en las Haciendas, Caminos y Nabegazon de ríos: e igualmente
a los Chimilas, que hacian lo mismo en la de.... Fue Ascendo .... en 20 de Dize de 774. y. al.
Virr