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El dinero: ¿Un Dios?

(I)

Por: Luis Antonio Azócar Bates | Martes, 02/01/2018 08:35


AM | Versión para imprimir
“El dinero es el Dios de este mundo”
M. Lutero

“El dinero es el Dios visible”


W. Shakespeare

Hace cien años, Walter Benjamin escribió una nota titulada


“Capitalismo como religión”: el capitalismo funge religiosamente
porque se presenta como “experiencia de la totalidad”. Pero es una
religión sólo de culto: sin dogmas ni moral. Ese culto se lleva a cabo
mediante el consumo, empalmando con la tesis marxiana de la
mercancía convertida en fetiche mientras al trabajador se le convierte
en mercancía. Es además una religión de culto continuo en la que
todos los días son “de precepto”. Y de un culto culpabilizado (en
alemán Schuld significa a la vez deuda y culpa: por eso, según
Benjamin, vivir con una deuda equivale a vivir con una culpa. En el
arameo de Jesús sucedía algo parecido: la palabra schabq significa a la
vez el perdón de los pecados y la remisión de las deudas).

Toda religión tiene un dios. John Maynard Keynes, en su Teoría


general del empleo, el interés y el dinero, habló del dinero como dios:
todas las funciones que antaño desempeñaba Dios las desempeña hoy
el dinero. Keynes subraya que no habla simplemente de la riqueza sino
del dinero contante y sonante (la liquidez), que permite la
disponibilidad inmediata y la especulación. Ese dinero: a) da
seguridad y garantiza el futuro: valen de él aquellas palabras del
salmista (Salmo 17): “Te amo, Señor, tú eres mi roca, mi fortaleza”. b)
Da seguridad porque es todopoderoso y omnipresente: no hay nada
que no pueda conseguirse sin él. Finalmente c) el dinero es fecundo: en
el capitalismo financiero el dinero ya no se usa como medio para crear
riqueza sino que él mismo produce más dinero: “Especular resulta
entonces más lucrativo que invertir” (por eso los bancos ya no dan
créditos). A todo ello podríamos añadir d) que hoy que el dinero
también es invisible, como Dios, a pesar de su poder y su
omnipresencia. Resumiendo: si el dinero es el último punto de
referencia, bien se puede hablar de él como “el ser necesario” (Dios)

Todo eso pone de relieve la no-neutralidad del dinero que ya no es un


mero instrumento práctico de intercambio, como pretenden los
teóricos neoliberales. Plantea además una pregunta muy seria sobre la
legitimidad del préstamo a interés, cuya historia tiene tres etapas:

a) Tanto en la Biblia como en el mundo grecolatino era considerado


inmoral: para Aristóteles la usura era el más bajo de los vicios,
comparándola al proxenetismo que aprovecha la necesidad del otro
para el enriquecimiento propio. Si pido prestado un kilo de papas no
es lícito que me obliguen a devolver kilo y medio. ¿Por qué habría de
ser lícito si pido dinero en vez de papas?

b) En los albores del capitalismo, el dinero se convierte en una ocasión


para crear riqueza: si te presto un dinero evito comprarme con él un
campo que podría cultivar, o montar una pequeña industria. El
préstamo me priva de un beneficio y parece legítimo que, al
devolverlo, se me dé alguna compensación por esa ganancia perdida.

c) Con la economía especulativa financiera, la cosa vuelve a cambiar: el


dinero ya no es una oportunidad para que yo cree riqueza, sino que él
mismo es fecundo, con menos riesgos y con porcentajes de ganancia
más altos. Eso será una gran mentira, pero funciona hasta que estalle la
crisis. Pues bien: así como, en los comienzos del primer capitalismo no
se vio que el préstamo a interés cambiaba de significado y siguieron
prohibiendo, así ahora tampoco se ve que, en el capitalismo financiero,
el interés vuelve a cambiar de significado, y se lo sigue permitiendo.
Según la tesis de Benjamin del capitalismo como religión de culpa,
ahora el interés viene a ser respecto del préstamo lo que es la
penitencia respecto de la culpa. Benjamin deduce que el sistema
capitalista tiene dos grandes defectos: es incapaz de crear empleo y
reparte injustamente la riqueza y los ingresos. ¿Dos defectos o dos
desautorizaciones totales?

Todo lo antedicho nadie lo percibió con tanta claridad como Martin


Lutero, cuando ya iba amaneciendo el capitalismo. Creer en Dios es
confiar en él, pero nosotros hemos sustituido la confianza por el culto:
confiamos nuestro futuro al dinero, y a Dios le hacemos procesiones y
templos que “no llegan hasta el cielo”. Por eso, en su Gran Catecismo,
Lutero trata del dinero al comentar no el séptimo mandamiento sino el
primero: porque el dinero es “el ídolo más común en la tierra”. Según
Lutero, la comunidad cristiana debería ser un ámbito donde no rigen
las leyes de la economía monetaria. Los cristianos deberían manifestar
al Dios verdadero con su conducta en cuestiones económicas. Por eso
dice Lutero : “Siempre he dicho que los cristianos somos gente rara en
la tierra”. Pero esa rareza permite comprender que la frase de Jesús
“no podéis servir a Dios y al dinero” tiene una traducción laica bien
clara: no puedes servir al hombre y al dinero.

CODA
“El dinero es tanto una religión como la negación de la religión,
porque el complejo del dinero está motivado por nuestra necesidad
religiosa de redimirnos (llenar nuestro sentido de carencia). En
términos budistas, los resultados demoníacos del sentido del yo que
intenta hacerse real (es decir, objetivarse) aferrando lo espiritual en
este mundo. Esto sólo puede ser hecho inconscientemente, es decir,
simbólicamente. Hoy en día, nuestro símbolo más importante es el
dinero. Schopenhauer remarca que el dinero es la felicidad humana en
abstracto; en consecuencia, la persona que ya no es capaz de ser feliz
concretamente, pone todo el corazón en el dinero. Es cuestionable si
realmente hay algo como la felicidad en abstracción, pero la segunda
mitad es cierta: en la medida en que uno se preocupa por la felicidad
simbólica, no vive para la felicidad concreta. La dificultad no es con el
dinero como medio de intercambio conveniente, sino con el "complejo
del dinero" que surge cuando el dinero se convierte en el objeto
deseado – es decir, deseable en sí mismo. ¿Cómo sucede esto? Dado
nuestro sentido de la carencia, ¿cómo podría dejar de suceder?”( David
R. Loy)

El dinero y el azúcar
Por: Luis Antonio Azócar Bates | Martes, 20/02/2018 08:49
AM | Versión para imprimir
«♦♦♦»Dedicado a los perversos hijos de Mamona responsables,

de las penurias, carencias y necesidades del pueblo .

I. El dinero: ¿Un Dios?

Hace cien años, Walter Benjamin escribió una nota titulada


"Capitalismo como religión": el capitalismo funge religiosamente
porque se presenta como "experiencia de la totalidad". Pero es una
religión sólo de culto: sin dogmas ni moral. Ese culto se lleva a cabo
mediante el consumo, empalmando con la tesis marxiana de la
mercancía convertida en fetiche mientras al trabajador se le convierte
en mercancía. Es además una religión de culto continuo en la que
todos los días son "de precepto". Y de un culto culpabilizado (en
alemán Schuld significa a la vez deuda y culpa: por eso, según
Benjamin, vivir con una deuda equivale a vivir con una culpa. En el
arameo de Jesús sucedía algo parecido: la palabra schabq significa a la
vez el perdón de los pecados y la remisión de las deudas).

Toda religión tiene un dios. John Maynard Keynes, en su Teoría


general del empleo, el interés y el dinero, habló del dinero como dios:
todas las funciones que antaño desempeñaba Dios las desempeña hoy
el dinero. Keynes subraya que no habla simplemente de la riqueza sino
del dinero contante y sonante (la liquidez), que permite la
disponibilidad inmediata y la especulación. Ese dinero: a) da
seguridad y garantiza el futuro: valen de él aquellas palabras del
salmista (Salmo 17): "Te amo, Señor, tú eres mi roca, mi fortaleza". b)
Da seguridad porque es todopoderoso y omnipresente: no hay nada
que no pueda conseguirse sin él. Finalmente c) el dinero es fecundo: en
el capitalismo financiero el dinero ya no se usa como medio para crear
riqueza sino que él mismo produce más dinero: "Especular resulta
entonces más lucrativo que invertir" (por eso los bancos ya no dan
créditos). A todo ello podríamos añadir d) que hoy que el dinero
también es invisible, como Dios, a pesar de su poder y su
omnipresencia. Resumiendo: si el dinero es el último punto de
referencia, bien se puede hablar de él como "el ser necesario" (Dios)
Todo eso pone de relieve la no-neutralidad del dinero que ya no es un
mero instrumento práctico de intercambio, como pretenden los
teóricos neoliberales. Plantea además una pregunta muy seria sobre la
legitimidad del préstamo a interés, cuya historia tiene tres etapas:

a) Tanto en la Biblia como en el mundo grecolatino era considerado


inmoral: para Aristóteles la usura era el más bajo de los vicios,
comparándola al proxenetismo que aprovecha la necesidad del otro
para el enriquecimiento propio. Si pido prestado un kilo de papas no
es lícito que me obliguen a devolver kilo y medio. ¿Por qué habría de
ser lícito si pido dinero en vez de papas?

b) En los albores del capitalismo, el dinero se convierte en una ocasión


para crear riqueza: si te presto un dinero evito comprarme con él un
campo que podría cultivar, o montar una pequeña industria. El
préstamo me priva de un beneficio y parece legítimo que, al
devolverlo, se me dé alguna compensación por esa ganancia perdida.

c) Con la economía especulativa financiera, la cosa vuelve a cambiar: el


dinero ya no es una oportunidad para que yo cree riqueza, sino que él
mismo es fecundo, con menos riesgos y con porcentajes de ganancia
más altos. Eso será una gran mentira, pero funciona hasta que estalle la
crisis. Pues bien: así como, en los comienzos del primer capitalismo no
se vio que el préstamo a interés cambiaba de significado y siguieron
prohibiendo, así ahora tampoco se ve que, en el capitalismo financiero,
el interés vuelve a cambiar de significado, y se lo sigue permitiendo.
Según la tesis de Benjamin del capitalismo como religión de culpa,
ahora el interés viene a ser respecto del préstamo lo que es la
penitencia respecto de la culpa. Benjamin deduce que el sistema
capitalista tiene dos grandes defectos: es incapaz de crear empleo y
reparte injustamente la riqueza y los ingresos. ¿Dos defectos o dos
desautorizaciones totales?

Todo lo antedicho nadie lo percibió con tanta claridad como Martin


Lutero, cuando ya iba amaneciendo el capitalismo. Creer en Dios es
confiar en él, pero nosotros hemos sustituido la confianza por el culto:
confiamos nuestro futuro al dinero, y a Dios le hacemos procesiones y
templos que "no llegan hasta el cielo". Por eso, en su Gran Catecismo,
Lutero trata del dinero al comentar no el séptimo mandamiento sino el
primero: porque el dinero es "el ídolo más común en la tierra". Según
Lutero, la comunidad cristiana debería ser un ámbito donde no rigen
las leyes de la economía monetaria. Los cristianos deberían manifestar
al Dios verdadero con su conducta en cuestiones económicas. Por eso
dice Lutero: "Siempre he dicho que los cristianos somos gente rara en
la tierra". Pero esa rareza permite comprender que la frase de Jesús "no
podéis servir a Dios y al dinero" tiene una traducción laica bien clara:
no puedes servir al hombre y al dinero.

II. El dinero como Mamón.

El dinero es un invento antiguo bien práctico. Sería muy engorroso


tener que ir al supermercado cargado de cosas, para adquirir unos
productos a cambio de otros: cambures por naranjas, leche por vino,
yuca por pan, gallinas por pantalones, queso por aceite y azúcar... Eso
fue más o menos bien cuando la mitad del mudo por lo menos vivía
del campo y la otra mitad hacía el jabón, zapatos y armarios. Pero
pronto se complicaron las cosas y a veces faltaba y otras veces sobraba
qué comprar o con qué pagar (cosa que, por cierto, también pasa
ahora, pero esa es otra historia). El dinero fue, en cualquiera de sus
modalidades, un buen invento, pero su historia está, desde el
principio, llena de abusos y extorsiones.

Llama poderosamente la atención cuánto y cuán duramente habla


Jesús del dinero. Lo denuncia como ídolo que fácilmente se apodera de
la vida erigiéndose como fin una vez de ser simple medio: "No podéis
servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). El dinero se erige en señor de
manera inconsciente y enmascarada, lo cual lo hace más peligroso aún.
El mismo Jesús, dice el Evangelio, experimentó su tentación: "Todo
esto te daré si postrándote me adoras" (Mt 4,9). En la discusión sobre la
licitud del tributo a Roma, Jesús no se pronuncia directamente sobre la
cuestión que le plantean, pero aprovecha para reafirmar la rotunda
oposición que existe entre el dinero y Dios, pues el dinero sirve al
César, y el César es enemigo de Dios, es decir, de la libertad y de la
fraternidad: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios".

¿Cuál es la lógica evangélica, la conducta sabia y humanizadora en


relación al dinero? Jesús la cifra en una doble vertiente inseparable: no
acumular, sino compartir; desprendimiento y generosidad. Acumular -
lo que sea, también el dinero- es un mecanismo psicológico que
responde al sentimiento de amenaza y a la búsqueda de seguridad.
Pues buen, dice Jesús, acumular es "insensato" (Lc 12,20), porque
cuanto más se posee, más se desea: "Tened mucho cuidado con toda
clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no
depende de las riquezas" (Lc 12,15). El seguimiento requiere, , el
desprendimiento radical del dinero y de cuanto significa. Pero el
desprendimiento no puede ser real, si no se comparte: "Si quieres ser
perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Luego
ven y sígueme" (Mt 19,21). No se trata de mero desapego interior, sino
de efecto compartir. En la parábola del administrador sagaz, Jesús
califica al dinero de "injusto", en una expresión que nos podría parecer
demasiado categórica: "Ganados amigos con el dinero injusto" (Lc
16,9), como si la injusticia del dinero fuese compartirlo, "hacerse
amigos". Al final -sea o no histórica la noticia-, Jesús será vendido por
unas miserables monedas. El dinero, una vez más, como el símbolo de
la traición a la justicia, a la humanidad, al Evangelio, a Dios

III. Dios ¿enemigo de la riqueza?

Permítase aducir unos cuantos textos que son (o deberían ser) muy
conocidos por los cristianos, aunque quizá no tanto por los usuarios
creyentes de este portal (Aporrea).

 "¡Ay de vosotros, los ricos y los que estáis hartos ahora!" (Lc 6,24-
25)...

 "Quien ama el dinero no se harta de él" (Qo 5,9)

 "Es más fácil enhebrar una aguja con una soga de barca que el que
un rico entre en el reino de Dios" (Mc 10,25)...

 "¿No son los ricos y los que os tratan despóticamente y los que os
arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que blasfeman el
hermoso nombre [de cristianos] con que os apellidáis?... Llorad
vosotros, ricos, dad gritos por las desventuras que os van a venir.
Vuestra riqueza se ha podrido, y vuestros vestidos se han
apolillado. Vuestro oro y vuestra plata se han enmohecido, y su
moho servirá de testimonio contra vosotros y devorará vuestras
carnes como fuego. El jornal defraudado a los trabajadores que
siegan vuestros campos clama al cielo, y ese clamor ha llegado a los
oídos del Señor de las multitudes..." (Sant 2,6-8 y 5,1-4)
 "El rico se las da de sabio"(Pr 28,11)

Basten estos botones de muestra. Este tipo de textos no se encuentra en


las restantes fuentes religiosas de la humanidad, y menos con esa
insistencia. Debemos, preguntarnos ¿por qué el Dios que se revela en
la tradición judeocristiana es tan enemigo de la riqueza?. Hay para ello
varias razones profundamente humanas.

Los seres humanos somos, ante todo, relación. En esta relación


desempeña un papel decisivo nuestra dimensión material (sentidos,
ayudas, caricias, agresiones...). Pues bien, el dinero facilita mucho esas
relaciones, y de ahí la insuficiencia de las explicaciones que ven su
origen en la facilidad del intercambio: si hubiera que estar cambiando
literalmente 50 kilos de yuca por una vaca, o un tractor por un
automóvil, el intercambio sería muy difícil. Por supuesto. Pero el
dinero posibilita, además, otro tipo de relación positiva: la ayuda, el
regalo, la limosna...

No obstante, el dinero acaba convirtiéndose en el mayor impedimento


para una relación sana, por estas dos razones: a) porque es un medido
que puede conseguirlo todo: en las comunidades donde él reina, deja
de ser un simple medio convirtiéndose en fin: ya no hay nada (ni
hombre ni mujer) que no pueda conseguirse con dinero. Y además, b),
en las comunidades donde él reina, el dinero se convierte en la mayor
fuente de autoestima y honorabilidad, en casi la única manera de
obtener aquello que los seres humanos más hambrean y necesitan: el
reconocimiento y la aprobación de los demás. Entonces el hombre ya
no necesita la justificación de Dios: le basta con la justificación que le
da el dinero. Así se estimula la tendencia humana a "ser como dioses"
(Gn, 3,5) y se van creando rivalidades, envidias, opresiones, robos...

En este sentido, el dinero es profundamente idólatra: la primera gran


idolatría que narra la Biblia es la adoración del becerro de oro (Ex 32).
La expresión es enormemente acertada y sugestiva, porque, por un
lado, pone el oro a la altura de Dios, pero, por otro, sustantiva el oro
como mera creación humana con figura animal.

Por todo ello, el dinero rompe la igualdad, que es el objetivo mayor de


Dios entre los hombres como expresión de la fraternidad. Pero resulta,
además, que el dinero acaba haciendo esclavo al ser humano y le priva
de la verdadera libertad.

El dinero, no es malo en sí mismo: es un recurso práctico y resulta


indispensable para adquirir lo necesario. Pero se parece a esos
remedios que el cuerpo humano solo es capaz de digerir en dosis
mínimas, porque, si no, podrían matarlo.

Por tanto: de un medio que es a la vez tan útil y tan peligroso, el ser
humano solo debe tomar aquello que sea indispensable para las
utilidades prácticas del dinero, como ocurre con tantas otras realidades
de la vida: pensamos, por ejemplo, en el alcohol, del que la Carta a
Timoteorecomienda una dosis moderada .Pensemos también en el
azúcar, que es indispensable en dosis moderadas, pero encierra graves
peligros por ambos lados: el de una hipoglucemia (por carencia de él)
o el de una hiperglucemia (en dosis excesivas). El dinero es, en este
sentido, hermano gemelo del azúcar.

Estas reflexiones nos ayudan a comprender mejor que Dios no es


enemigo, sin más, de la abundancia, la cual es común, puede ser un
don suyo. Lo verdaderamente enemigo de Dios es la abundancia
privatizada que llamamos riqueza: por eso, la palabra en arameo
"Mammon", que expresa mejor esta diferencia, se mantuvo en textos
cristianos griegos, tanto del Nuevo Testamento como fuera de él. Dios
es enemigo de esa riqueza, no de los ricos. Los ricos son también seres
humanos, sujetos de una dignidad absoluta y amados por Dios. Solo
serán enemigos suyos en la media en que estén indisolublemente
atados a su dinero (que suele ser, por desgracia, lo habitual). Pero, aun
entonces, siguen siendo constantemente llamados a recuperar su
verdadera humanidad, su verdadera libertad y la auténtica educación,
que no reside en el lujo, sino en la solidaridad. Ya hemos olvidado, por
desgracia, que "educar" significa "sacar de dentro afuera" (e-ducere en
latín): sacar lo mejor de cada persona. En este sentido, la riqueza
privada des-educa fatalmente.

Lecturas Recomendadas
 https://www.aporrea.org/actualidad/a259312.html

 José Ignacio Gonzáles Faus, El capital contra el siglo XXI?


(Comentario teológico al libro de Thomas Piketty )

 Luis González-Carvajal Santabárbara,El clamor de los excluidos :


reflexiones cristianas ineludibles sobre los ricos y los pobres
(Presencia Teológica