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John Shotter

Realidades
conversacionales
L a construcción de la vida a través
del lenguaje

Amorrortu ¡editores^
Realidades
conversacionales
L a construcción de l a vida a través del
lenguaje

John Shotter

Amorrortu editores
Biblioteca de sociología
Conversational Realities. Constructing Life through Lan-
guage, John Shotter
© J o h n Shotter, 1993 (edición en idioma inglés publicada
por Sage Publications de Londres, Thousand Oaks y Nueva
Delhi)
Traducción, Eduardo Sinnott

Unica edición en castellano autorizada por Sage Publications,


Inc., Londres, Reino Unido, y debidamente protegida en to-
dos los países. Queda hecho el depósito que previene l a ley
n° 11.723. © Todos los derechos de l a edición en castellano
reservados por A m o r r o r t u editores S. A., Paraguay 1225,
T piso (1057) Buenos Aires.

L a reproducción total o parcial de este libro en forma idén-


tica o modificada por cualquier medio mecánico o electróni-
co, incluyendo fotocopia, grabación o cualquier sistema de
almacenamiento y recuperación de información, no autori-
zada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier
utilización debe ser previamente solicitada.

I n d u s t r i a argentina. Made i n Argentina

I S B N 950-518-182-5
I S B N 0-8039-8933-4, Londres, edición original

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avella-


neda, provincia de Buenos Aires, en j i m i o de 2001.
Indice general

9 Prefacio y agradecimientos
11 Introducción: i m a versión retórico-respondiente del
construccionismo social

33 Primera parte. Una versión retórico-respondiente del


construccionismo social

35 1. E l fondo conversacional de l a vida social: más allá


del representacionalismo
57 2. Localización del construccionismo social: conocer
«desde adentro»
81 3. Diálogo y retórica en la construcción de las
relaciones sociales

103 Segunda parte. El realismo, lo imaginario y un


mundo de acontecimientos

105 4. Los límites del realismo


125 5. L a vida social y lo imaginario
153 6. L a relatividad lingüística en i m mundo de
acontecimientos

181 Tercera parte. Realidades conversacionales

183 7. E n busca de u n pasado: reautoría terapéutica


202 8. Construcciones reales y falsas en las relaciones
interpersonales
224 9. E l gerente como autor práctico: conversaciones
para l a acción
241 10. L a retórica y l a recuperación de l a sociedad civil

7
265 Epílogo: el construccionismo social retórico-
respondiente en forma sumaria
275 Post scríptum, Roy Bhaskar

279 Referencias bibliográficas

8
Prefacio y agradecimientos

Si bien su propósito es dar voz a muchos temas abarca-


dos en las demás obras de esta serie dedicada al construc-
cionismo social,* este libro va, no obstante, un poco más
allá: intenta describir los rasgos decisivos del mimdo o los
mundos conversacionales dentro de los cuales reside nues-
tro ser. Pues la conversación no es sólo una de las muchas
actividades que desarrollamos en el mundo. Por el contra-
rio, nos constituimos y constituimos nuestros mundos en la
actividad conversacional. Esta es fundante para nosotros.
Compone el fondo, comúnmente ignorado, en el cual arraiga
nuestra vida. Pero no es forzoso que siga siendo así. Porque
desde dentro de nuestras propias actividades conversacio-
nales podemos llamar la atención acerca de algunos de sus
rasgos de decisiva importancia, que de otro modo nos pasa-
rían inadvertidos. Podemos, pues, llegar a captar aspectos
de su naturaleza a través de nuestra propia habla, aun
cuando, en teoría, nos está negada una visión de ella como
totalidad.
En tanto que la introducción, el epílogo y los capítulos 1,
2 y 3 fueron escritos especialmente para este volumen, los
demás capítulos se tomaron de las fuentes que se indican a
continuación. Capítulo 4: «Underlabourers for science, or
"tool-makers" for society?», History ofthe Human Sciences,
3, págs. 443-57,1990; capítulo 5: «El papel de lo imaginario
en la construcción de la vida social», en T. Ibáñez, ed.. El co-
nocimiento de la realidad social, Barcelona: Sendai Edicio-
nes, 1989; capítulo 6: «Speaking practically: Whorf, the for-
mative function of communication, and knowing of the
third kind», en R. Rosnow y M. Greorgoudi, eds., Contextua-

* S e h a c e r e f e r e n c i a aquí a l a s e r i e « I n q u i n e s i n s o c i a l construction»
( L o n d r e s : S a g e Publications), dirigida por K e n n e t h J . G e r g e n y el propio
J o h n S h o t t e r , e n l a q u e s e publicó o r i g i n a r i a m e n t e e s t e l i b r o . (N. del T.)

9
lism and Understanding in the Behavioural Sciences, Nue-
v a York: Praeger, 1986; capítulo 7: «Consultant re-author-
ing: the " m a k i n g " and "finding" of narrative constructions»,
Human Systems, 2, págs. 105-19, 1991; capítulo 8: «Paper
for the Don Bannister Memorial Conference: Metaphors i n
Life and Psychotherapy», Londres, octubre de 1988, I n s t i -
tute of Group Analysis; capítulo 9: «The manager as author:
a rhetorical-responsive, social constructionist approach to
social-organizational problems», comunicación leída en l a
conferencia de la Hochlschule St. Gallen sobre Social-Orga-
nizational Theory: From Methodological Individualism to
Relational Formulations, 1990; capítulo 10: «Rhetoric and
the recovery of civil society», Economy & Society, 18, págs.
149-66, 1989. Agradezco a los editores y a los compiladores
haberme permitido u t i l i z a r esos artículos. A u n q u e en su
mayor parte estos trabajos h a n sido reelaborados y adapta-
dos para este Ubro, sólo se eliminaron las repeticiones don-
de el sentido lo permitía. Deseo agradecer, por último, l a
ayuda y la cálida amistad de Kenneth J . G«rgen, con quien
comparto l a dirección de l a serie en la que aparece esta obra.

10
Introducción: una versión retórico-
respondiente del construccionismo social

«La realidad humana primaria son personas en conver-


sación».
Harré, 1983, pág. 58

«Fluye la conversación, la utilización y la interpretación de


las palabras, y sólo en su transcurso tienen estas significa-
do».
Wittgenstein, 1981, n° 135

«La conversación, entendida con suficiente amplitud, es la


fi)rma de las transacciones humanas en general».
Macintyre, 1981, pág. 197

«Si consideramos el saber, no como la posesión de una esen-


cia que ha de ser descripta por los científix:os o por los filoso-
fías, sino más bien como un derecho a creer, según los criterios
actuales estamos entonces bien encaminados para ver en la
conversación el contexto último en el que debe entenderse el
conocimiento».
Rorty, 1980, pág. 389

Lo que hablamos (y lo que escribimos) sobre el habla co-


mienza a tomar im giro dieilógico o conversacional. En lugar
de dar por sentado que entendemos el discurso de otra per-
sona captando simplemente las ideas internas que al pare-
cer puso en sus palabras, esa imagen de nuestro entendi-
miento mutuo empieza a ser vista como la excepción y no
como la regla. Según advertimos, la mayoría de las veces no
entendemos del todo lo que la otra persona dice. De hecho.

11
en l a práctica el entendimiento común, si realmente lo hay,
se produce sólo de vez en cuando. Y en t a l caso, se produce
al someter a prueba y verificar los dichos del otro mediante
preguntas, objeciones, reformulaciones, reelaboraciones,
etc. Pues en l a práctica el entendimiento común es objeto de
i m desarrollo o una negociación por parte de los participan-
tes a lo largo de un determinado lapso, durante u n a conver-
sación (Garfinkel, 1967). Pero si lo que las personas hacen
no es simplemente poner sus ideas en palabras, ¿qué suelen
hacer cuando hablan? A n t e todo, según parece, responden a
las expresiones del otro en u n intento por enlazar sus activi-
dades prácticas con las de quienes están a su alrededor; y en
tales intentos por coordinar sus actividades, construyen re-
laciones sociales de una u otra especie (MiUs, 1940). E l ca-
rácter de estas relaciones conversacionalmente desarrolla-
das y en desarrollo, y los acontecimientos que se producen
en su seno, empiezan a considerarse de mayor importancia
que las ideas compartidas que podrían (o no) suscitar, y esto
porque lo que se habla cobra significado en el contexto diná-
micamente sostenido de esas relaciones construidas de ma-
nera activa. Por consiguiente, en lugar de centrarnos de i n -
mediato en l a forma en que los individuos llegan a conocer
los objetos y las entidades del mundo que los rodea, comen-
zamos a interesamos más en cómo crean y mantienen, p r i -
mero, determinadas formas de relacionarse entre sí en su
plática, y después, a p a r t i r de esas formas de hablar, entien-
den sus circimstancias.
Y ello porque si bien las circimstancias pueden permane-
cer materialmente iguales en todo momento, el modo en que
las entendemos, lo que seleccionamos como objeto de nues-
t r a atención o nuestra acción, l a forma en que reunimos
acontecimientos dispersos en el espacio y el tiempo y les
a t r i b u i m o s u n significado, dependen en g r a n medida de
nuestro uso del lenguaje. Dicho de otra manera: en lugar de
entender nuestras ideas y pensamientos como si se nos
presentaran uisualmente, al modo en que vemos los objetos
circunscriptos y materiales en u n instante, empezamos a
hablar de ellos como si tuvieran más bien l a calidad de u n a
secuencia extensa de órdenes o de instmcciones acerca de
cómo actuar. E n realidad, como sostendremos más adelan-
te, es como si tales órdenes o instmcciones nos fueran pre-
sentadas dialógica o conversacionalmente por l a voz de otro.

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una voz que responde a cada fase de nuestra acción indicán-
donos el rasgo al que a continuación debemos prestar aten-
ción (véase la Primera parte). Así, en lugar de hacerlo me-
diante metáforas visuales y oculares, llegamos a entender
lo que decimos mediante metáforas tomadas del ámbito del
propio discurso.

Las relaciones lingüísticamente construidas y


nuestras prácticas disciplinarias

Acaso podamos advertir la importancia de esas relacio-


nes lingüísticamente construidas si consideramos, para em-
pezar, un caso extremo: lo que ocurre en determinado mo-
mento de una relación cuando una persona le dice a la otra
«te quiero». A l margen de su función como enunciación de
un hecho, una afirmación de ese tipo (si la otra persona res-
ponde a ella de manera apropiada) puede cumplir la función
de reconstituir por entero el carácter de la relación del ha-
blante con la persona a la que se dirige. En rigor —y esto tie-
ne especial importancia—, la modificación de la relación re-
percute sobre el hablante para modificar también su natu-
raleza. Pues ahora el hablante no solamente asumirá nue-
vas obligaciones (a cambio de nuevos derechos) con respecto
a la persona del otro, sino que también cambiará lo que note
y le interese en el otro: se modificarán su sensibilidad mo-
ral, su ser mismo, el tipo de persona que es. Si bien el ha-
blante sólo era responsable de tratar de que la pareja pu-
siera en marcha la «creación» de una nueva forma de su re-
lación, y en ese sentido hizo su revelación como si cayera del
cielo, en otro sentido esta no fue en absoluto inesperada.
Ambos actúan en un momento decisivo del contexto cam-
biante del desarrollo de su relación. Por regla general, uno
de ellos habrá advertido determinadas tendencias incipien-
tes en la relación mutua: el otro puede haber pasado más
tiempo del habitual mirándolo, o desconcertarse por su pre-
sencia, etc. Y el hablante decidió que cuando la situación
fiiese la adecuada —cuando se encontrase en una posición
interactiva apropiada con respecto al otro, y en el momento
interactivo oportuno—, se arriesgaría a hacer su declara-
ción. Puesto que, a no ser que la empresa entera se desbara-

13
te, su significado, su significado singular para las personas
en cuestión, será manifiesto en el curso de la actividad en la
que aparece. E l poder de l a firase «te quiero» — s u poder de
modificar todo el carácter del flujo fiituro de i m a actividad
esencialmente conversacional de los i n t e r l o c u t o r e s — se
deducirá sólo en m u y pequeña medida de las palabras mis-
mas. L a única fimción de estas consistirá en establecer u n a
diferencia decisiva en u n momento decisivo, que resulta de
la historia de su fluir hasta entonces; su significado estriba
sobre todo en su uso en ese momento. Pero para usarlas así
hace falta juicio; de ahí los sentimientos de aprensión y de
riesgo que experimenta el hablante.
Con todo, si se l a conduce bien, la «declaración de amor»
hace que entre ambos se cree u n a relación de u n tipo ente-
ramente nuevo, desde cuyo interior se pone de manifiesto
un nuevo tipo de «realidad», puesto que quienes están ena-
morados atribuyen u n a significación m u y diferente a u n a
las más leves tendencias de las acciones del otro: el amante
se extasía ante la persona amada, encontrando en ella una
fiiente de «originalidad constantemente imprevista» (Bar-
thes, 1983, pág. 34). Porque estar enamorados es más que
ser sólo amigos. Su característica d i s t i n t i v a es hacernos
sentir repentinamente presa de pasiones que nos a r r a n -
can del curso mundano de la vida cotidiana y nos transpor-
t a n a otra realidad, u n a reaüdad especial en l a cual las co-
sas acontecen de manera a l parecer extraordinaria. Por eso,
así como «el m u n d o del hombre dichoso es diferente del
mundo del hombre desdichado» (Wittgenstein, 1961, obser-
vación n° 6.43), el mundo de quienes están enamorados es
diferente del mundo de quienes no lo están: a) unos y otros
se g o b i e r n a n (o no) de u n a m a n e r a diferente; b) t i e n e n
expectativas diferentes, advierten cosas diferentes y tienen
motivos diferentes en su relación recíproca; c) también se
valen de medios diferentes para juzgar el valor del otro. Es
decir, son diferentes en su forma de ser. Y en el marco de es-
te nuevo contexto, de esta nueva estructura de sentimien-
tos, las personas en cuestión juzgan que determinados actos
son apropiados o üiapropiados. Por tanto, como resultado de
sus declaraciones recíprocas de amor (en el supuesto de que
la declaración inicial haya sido correspondida), esperarán el
uno del otro cosas distintas en el fiituro. Si toman en serio
sus enunciados y les importan sus consecuencias (morales),

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ahora contarán, por ejemplo, con no quedarse muchas veces
solos mientras el otro sale con otros amigos, etc. Ciertamen-
te, los hablantes que no cumplen con los compromisos mo-
rales implícitos en sus declaraciones pueden sentirse aver-
gonzados cuando los destinatarios de estas les enrostran
ese hecho.
Aunque acaso no sean tan intensas desde el punto de
vista emocional, n i tan excluyentes de los demás, muchas
de nuestras restantes actividades de la vida cotidiana se de-
senvuelven en el contexto de tales relaciones conversa-
cionalmente establecidas. Algimas son fugaces; otras, más
duraderas. Algunas son más abiertas y desordenadas que
otras; las conversaciones entre amigos tienen menos res-
tricciones que las que mantenemos con el fin de concretar
algún «negocio»; en determinados contextos —oficinas, em-
presas, ambientes burocráticos, establecimientos educati-
vos, etc.—, el conocimiento del debido orden de la plática es
parte de nuestra competencia social como adultos. En ver-
dad, nuestro discurso tiene una capacidad tan grande de
afectar nuestras relaciones con los demás que determina-
das formas de hablar asumen una forma «oficial» o «sacro-
santa», y quien habla «en contra» de ellas, por decirlo de este
modo, recibe una sanción. Así, en muchos ámbitos aún se
considera ofensiva la afirmación de Nietzsche de que «Dios
ha muerto». Y, desde luego, en los Estados Unidos ese no es
un aspecto obvio del mundo cotidiano al que uno pueda re-
currir para oponerse a algunas de las políticas sociales ac-
tualmente aplicadas por las legislaturas estaduales some-
tidas al control de la derecha cristiana. En el seno de tales
grupos, el discurso que socava las formas «básicas» de ha-
blar que emplean para relacionarse entre sí genera gran-
des susceptibilidades. El discurso que desdibuja los límites
entre las categorías que aplicamos a las cosas del mundo
«nos» desdibuja, atenta contra la estabilidad del tipo de ser
que nos atribuimos y contra la forma de los deseos, impulsos
y necesidades que tenemos; ese discurso es, por tanto, peli-
groso (Douglas, 1966). No es fácil poner en tela de juicio o
modificar nuestras formas «básicas» de hablar.^

^ E n buena parte l a emoción no se asocia tanto con el uso de nuestras


formas «básicas» de hablar cuanto con el hecho de mantenerlas en v i -
gencia. Nos conmovemos en las épocas en que se intenta modificarlas en
algún sentido. Así, como observa Foucault (1972, pág. 216), aunque el

15
E n Occidente son muchas las cosas que damos por senta-
das en el discurso práctico y cotidiano sobre nosotros mis-
mos. Y en nuestras formas tradicionales de introspección y
de examen de l a naturaleza de nuestra vida social cotidia-
n a en los terrenos de l a psicología y l a sociología, hemos
codificado esas formas «básicas» de hablar en i m a serie de
supuestos explícitos; por ejemplo, entendemos que somos
i n d i v i d u o s autosuficientes, con u n a mente que contiene
«representaciones mentales internas» de posibles circuns-
tancias «externas», y que nos hallamos ante otros i n d i v i -
duos similares y i m trasfondo social y n a t u r a l que carece de
esa capacidad cognitiva (Sampson, 1985, 1988). E n verdad,
t a l f o r m a de concebirnos está t a n «incorporada» que es
difícil, en las conversaciones cotidianas, hablar intehgible-
mente de nosotros mismos —^y por tanto imaginarnos— de
cualquier otra manera. E n realidad, nos aferramos recípro-
camente a esas formas de hablar; hacerlo de otra manera se
considera m i tanto extraño; es como si uno no supiera'bien
qué significa ser i m a persona normal. Esa es la fiiente de
nuestra suposición de que entender u n a cosa quiere decir
«tener en l a cabeza algo así como u n a imagen de ella». Y
cuando, antes de vemos ante el problema de intentar expli-
carlo como u n proceso psicológico, nos enfi-entamos con el de
decir qué «es» entender, nos decimos que así es como «tiene
que» ser: ¿de qué otro modo podría ser? Con todo, como se-
ñala el antropólogo Geertz (1975, pág. 49) respecto de toda
esta concepción que tenemos de nosotros mismos, «por i n -
corregible que pueda parecemos, [es] u n a idea bastante
peculiar en el contexto de las culturas del mundo». Otros
pueblos parecen haber creado formas m u y diferentes de
explicarse unos a otros: como informa Lienhardt (1961, pág.
149) sobre los dinka, por ejemplo, estos carecen aparente-
mente de «una entidad i n t e m a [como la "mente"] que, si se
piensa bien, parezca situarse entre el yo que experimenta
en cualquier momento dado y lo que es o h a sido u n a i n -

discurso no parece ser u n a actividad muy poderosa en sí misma, «las


prohibiciones que lo rodean pronto revelan sus vínculos con el poder y con
la deseabilidad ( . . . ) el discurso no es simplemente el medio que pone de
manifiesto —o disimula— el deseo; es también el objeto de deseo. De igual
modo, los historiadores nos han inculcado constantemente que el discurso
no es l a mera verbalización de conflictos y sistemas de dominación, sino el
objeto mismo de los conflictos del hombre».

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fluencia exterior ejercida sobre ese yo». ¿Podría ser que
nuestra forma de hablar sobre la gente como si tuviera esta-
dos mentales internos y siempre entendiera las cosas en tér-
minos de estos fuera menos universal de lo que creemos?
Sin embargo, para nosotros, tal como hemos visto, esa
forma de hablar es «básica». Surge de toda una serie de
prácticas cotidianas, hasta cierto punto interrelacionadas,
según las cuales vivimos y entendemos nuestra vida en co-
mún. Por tanto, aun cuando puedan proponerse nuevas for-
mas de hablar, se suscitarán dificultades, a no ser que se
descubra una manera de adaptarlas a las ya existentes. En
este sentido, para nosotros, como académicos de profesión,
revisten particular interés las relaciones interdisciplinarias
que mantenemos con nuestros colegas. Aunque en el pasado
nos acostumbramos a imaginar que nuestras disciplinas es-
taban consagradas a un conocimiento desapasionado, resul-
ta claro que, por así decirlo, las cosas sólo funcionan de ese
modo en el centro de ellas. Quienes actúan allí, quienes han
aprobado sus exámenes, quienes no solamente saben basar-
se en determinados significados ya fijados dentro de un or-
den de significados, sino también rechazar críticamente to-
dos los que no resultan apropiados, hallan un mundo orde-
nado y apacible, en el que todas las cosas están en su lugar.
Pero como observa Foucault (1972, pág. 223), en los límites,
como lo saben por experiencia propia quienes están en los
márgenes de las disciplinas, hay toda ima gama de prácti-
cas de exclusión orientadas a conservar la naturaleza limi-
tada y ordenada de su objeto. «Dentro de sus límites, toda
disciplina reconoce proposiciones verdaderas y falsas, pero
rechaza toda una teratología del aprendizaje». Así ha ocu-
rrido en la historia de la psicología (Danziger, 1990). En
ella, cada nuevo enfoque tuvo que ingresar luchando desde
los márgenes hasta hallar un lugar en el centro. Puesto que
para quienes ahora se sitúan en él, los nuevos enfoques pue-
den parecerse a peligrosos monstruos que merodean en tor-
no de los límites extemos de la disciplina, empeñados, si se
les permite entrar, en destruir todo el orden que ha logra-
do establecerse en su seno. Así, como amigos a punto de ser
amantes, ¿podemos (o debemos) arriesgamos a dar a nues-
tras relaciones disciplinarias un nuevo fundamento? Si bien
experimentaríamos tal vez lo que antes jamás experimenta-
mos, es muy posible que perdiéramos también las bases de

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todos los logros alcanzados hasta ahora. Pero, lo mismo que
los enamorados de que antes hablábamos, acaso el riesgo no
sea t a n grande como tememos. Quizá sólo se nos exija que
reconozcamos lo que ya hacemos en nuestras relaciones
mutuas: reconocernos y vernos en acción allí donde antes
suponíamos que debía haber «mecanismos» fuera de nues-
tro gobierno.

Cuál es el tema de este libro

E n el intento de hacerlo y reorientar nuestra atención,


como antes lo señalamos, dejaremos de concentramos en l a
forma en que entendemos los objetos para poner en el nú-
cleo del análisis nuestra comprensión recíproca: el interés
pasará así de l a epistemología a la hermenéutica práctica
(Shotter, 1984). Y a l centrarse en el uso que se hace de de-
terminadas formas de hablar para construir diferentes t i -
pos de relaciones sociales, este libro abordará u n a versión
dialógica o conversacional especial del construccionismo so-
cial (Coulter, 1979, 1983, 1989; Gergen, 1982,1985; Harré,
1983, 1986; Shotter, 1984, 19936), versión que he llamado
«retórico-respondiente». Le doy esa denominación porque
m i propósito es sostener que nuestra capacidad, como i n d i -
viduos, de hablar en términos representacionales —esto es,
de p i n t a r o describir u n estado único de cosas (ya sea real o
no) en l a forma en que lo deseemos, independientemente de
las influencias del medio—, surge del hecho de que, funda-
mental y primariamente, hablamos en respuesta a quienes
nos rodean. E n rigor, parte de lo que tenemos que aprender
cuando crecemos, si deseamos que vean que hablamos con
autoridad acerca de cuestiones fácticas, es el modo de res-
ponder a los demás en caso de que pongan en tela de juicio
nuestras afirmaciones. A l hablar, debemos ser conscientes
de la posibilidad de que se produzcan esos cuestionamien-
tos, y poder contestarlos justificando lo que sostenemos. Esa
es u n a de las razones para caracterizarla como i m a forma
retórica, antes que referencial, de lenguaje; puesto que más
que pretender describir únicamente u n estado de cosas,
nuestras formas de hablar pueden «mover» a los demás a la
acción o modificar sus percepciones. Y podemos hacerlo —^y

18
esta es una segunda razón para llamarla «retórica»— por-
que la retórica emplea metáforas que pueden ayudar a ima
audiencia a «establecer conexiones» entre enunciados del
hablante que de otro modo parecerían desconectados entre
sí, esto es, a dar una forma lingüística inteligible a senti-
mientos o tendencias meramente percibidas que comparten
los hablantes y su audiencia. Este interés —en los procesos
sociales (y éticos) que conlleva la «factura» de dichas cone-
xiones— caracteriza todos los capítulos de este volumen.
Antes que en el lenguaje considerado en términos de patro-
nes o sistemas ya existentes, compuestos por «palabras ya
dichas», la versión del construccionismo social examinada
aquí se centra en los usos formativos a los que se aplican
«las palabras en su decir», y en la naturaleza de las «situa-
ciones» relaciónales que de ese modo se crean entre quienes
están en contacto comunicativo recíproco a través del len-
guaje.
De tal manera, al hacer hincapié en el habla conversa-
cional entre nosotros mismos, enfocamos la atención en
diversos factores de la existencia humana. En lugar de con-
centramos en los sucesos que se desenvuelven en la dinámi-
ca interna de la psique individual (subjetivismo, romanti-
cismo y cognitivismo), o en los que afectan las caracterís-
ticas ya determinadas del mundo externo (objetivismo,
modernismo y conductismo) —los dos polos^ de acuerdo con
los cuales nos hemos concebido en los últimos tiempos (Ger-
gen, 1991; Taylor, 1989; Volosinov, 1973)—, en el construc-
cionismo social prestamos atención a acontecimientos ocu-
rridos dentro del flujo contingente de interacción comuni-
cativa continua entre los seres humanos. En el pasado, el
interés en uno u otro de los polos señalados —así como \m
impulso iluminista a producir sistemas únicos y imificados
de conocimiento— dio lugar a la ambición de situar un mun-
do más allá de lo social y lo histórico, y a los intentos de des-
cubrir ese mundo, ya fiiera en lo profundo de la supuesta
naturaleza orgánica o psíquica del individuo o, acaso, en sis-
temas o principios abstractos más amplios a los que el indi-
viduo presimtamente estaba sujeto. Como resultado de ello,

^ Expresarse así es, por cierto, simplificar bastante, puesto que entre
esos dos polos hay influencias y préstamos, a l punto de que, en el terre-
no de la psicología, todas las teorías contienen aspectos de una y otra ten-
dencia.

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hasta hace poco quedó en segundo plano esta tercera esfera
de actividad difusa, sensorial o afectiva,^ este desordenado
alboroto o bullicio^ de l a vida social de todos los días, a l a es-
pera de u n a dilucidación en términos de principios ahistóri-
cos, aún por descubrir, de la mente o del mimdo. Según sos-
tendré, es en ese flujo de actividades y prácticas respondien-
tes y relaciónales —\ma esfera de actividad que en otro l u -
gar llamé «acción conjunta» (Shotter, 1984; se lo presenta
con más detalle en el capítulo 1)— donde se originan y se
forman^ todas las restantes dimensiones socialmente signi-
ficativas de l a interacción interpersonal, con los modos de
ser subjetivo u objetivo asociados a ellas.
Concebir de este modo nuestras capacidades cogniti-
vas —como si se formaran en lo que hacemos y decimos, y no
como fuentes ya existentes y bien constituidas de nuestras
acciones y nuestros emmciados— es, como lo h a señalado
recientemente Harré (1992a), contribuir a u n a «segunda
revolución cognitiva», que da «un giro disctu-sivo» (por ejem-
plo, Edwards y Potter, 1992). Mientras que la primera fue
iniciada públicamente en H a r v a r d en la década de 1960 por
J . S. B r u n e r y George Miller, y en gran medida estaba en la
línea (cuando l a examinamos retrospectivamente) de l a
orientación instrumental, individualista, sistemática, u n i -
taria, ahistórica y representacional del pensamiento domi-

^ Pienso aquí en la primera tesis de Marx sobre Feuerbach, según la


cual «la principal deficiencia de todos los materialismos existentes hasta
ahora (incluido el de Feuerbach) es que la cosa, la realidad, la sensibilidad,
se conciben sólo con la forma del objeto o de la contemplación, pero no como
práctica, actividad humana sensorial, no subjetivamente» (Marx y E n -
gels, 1977, pág. 121).
* «Alboroto» y «bullicio» son términos empleados por Wittgenstein (1980,
I I , n°s 625, 626, 629) para indicar el carácter indefinido del marco que
determina nuestras respuestas a lo que experimentamos, y según el cual
juzgamos los acontecimientos de nuestra vida cotidiana.
^ E s interesante en este sentido lo que señala Toulmin (1982a, pág. 64)
acerca de la genealogía de l a palabra «conciencia»: «Etimológicamente, el
término "conciencia" es, por supuesto, u n a palabra relacionada con el
conocimiento. Lo pone de manifiesto la forma latina — s c i — inserta en me-
dio de ella. Pero ¿qué diremos del prefijo con- que la precede? L a respues-
ta se obtiene fácilmente si se considera el uso del término en el derecho
romano. Dos o más agentes que actúan juntos —que tienen una intención
común, h a n trazado un plan y h a n concertado sus acciones— son, como
resultado de ello, conscientes. Actúan como lo hacen porque cada uno de
ellos conoce los planes del otro: actúan conociendo juntos».

20
nante en la época, esta segunda revolución ha sido un de-
sarrollo mucho más marginal, producido no solamente en
los bordes de la psicología (Berger y Luckman, 1966; Coul-
ter, 1979; Gergen, 1985; Harré, 1983, 1986; Shotter, 1975,
1984), sino también en los límites de muchas otras discipli-
nas, especialmente la teoría literaria y la antropología. Este
desarrollo tiende a destacar los aspectos poéticos y retóri-
cos, sociales e históricos, plurales, así como los respondien-
tes y sensoriales del uso del lenguaje, intereses que la pri-
mera revolución cognitiva dejó en un segundo plano. Pero,
según veremos, al adoptar una concepción dialógica y argu-
mentativa del incremento del conocimiento, y no una po-
sición eliminatoria, neodarwiniana y monológica, no se
suprimen n i se subordinan del todo los anteriores intereses
del cognitivismo —el instrumental, el sistemático, etc.—,
que aún conservan ima «voz» en el diálogo. Pero que ahora
no es tan intensa como para silenciar la voz de esos otros in-
tereses.
Hasta aquí, esos otros aspectos más respondientes y
poéticos del uso del lenguaje no fueron para nosotros tan
«silenciosos» como «invisibles» (según la terminología hoy
más preponderante de las metáforas visuales). Como adul-
tos modernos, autoconscientes y autónomos (y en especial
como investigadores y académicos), estamos muy familiari-
zados con la capacidad de usar nuestro lenguaje de manera
referencial y representacional para hablar (o escribir) a
nuestro antojo sobre «cosas» y «estados de cosas»: ya sea que
las «cosas» en cuestión estén en el mimdo o en nuestra cabe-
za, ya sea que existan realmente o sólo sean ficticias, ya sea
que haya o no alguien que nos escuche (o nos lea). Como in-
dividuos adultos, hemos estimado que esa función referen-
cial y representacional es la función primaria de nuestro
lenguaje. Pero en el construccionismo social, todo lo que po-
dríamos denominar las dimensiones persona-mundo, refe-
rencialesy representacionales de la interacción a las que po-
demos acceder en el momento como individuos —todas las
formas conocidas de que ya disponemos para hablar de no-
sotros mismos, de nuestro(s) mimdo(s) y de sus posibles re-
laciones, que en el pasado consideramos primarias en algún
sentido— pueden ser vistas ahora, según sostenemos, como
secimdarias y derivadas, surgidas del fondo cotidiano y con-
versacional de nuestra vida. En este aspecto, esa dimensión

21
de l a interacción, en contraste con la más conocida dimen-
sión representacional, puede llamarse dimensión yo-otro y
retórico-respondiente. Allí reside, pues, l a especificidad de la
versión del construccionismo social debatida en este libro: la
concepción del lenguaje que se ofrece en él es i m a concep-
ción comimicacional, conversacional o dialógica, en l a que
es primordial l a comprensión respondiente recíproca entre
la gente.
Por cierto, podría sostenerse que a l proceder de esa for-
ma, sensorial y respondiente, las personas actúan en u n n i -
vel psicológico más bajo que cuando lo hacen en formas apa-
rentemente no t a n ligadas a su «situación». Podría aducirse
que en la adultez abandonan esa forma de comportamiento
receptiva a l a situación, y pasan a obrar de manera i n d i v i -
dual y autónoma, de acuerdo, ahora, con sus representacio-
nes mentales internas. Pero aun como adultos que obran
enteramente solos, las personas siguen enfrentándose, con
l a tarea de hacer que su acción sea pertinente, si no para l a
situación conversacional inmediata en l a que se encuen-
t r a n , para l a «situación» social, cultural, histórica y política
en l a que «imaginan» estar. Y, una vez más, su tarea es j u z -
gar de manera respondiente (y responsable), con inteligen-
cia (y legitimidad), cómo hacer que sus respuestas se adap-
ten debidamente a las exigencias de esa situación. E n cuyo
caso, reiterémoslo, l a actividad conjunta entre ellos y su
situación socialmente (y lingüísticamente) constituida, y no
eUos por sí solos, es l a que «estructura» lo que hacen o dicen.
Es como si tuviéramos que adecuamos a una realidad obje-
t i v a que existiese independientemente de todos los i n d i v i -
duos en cuestión: pero tenemos que adecuarnos a ella, no en
razón de su configuración material, sino porque moralmen-
te todos nos exigimos, de manera recíproca, adaptarnos a
las «situaciones» que surgen entre nosotros. Ellas son como
una tercera entidad existente entre nosotros y quienes nos
rodean. Por eso, como individuos, puede parecemos que
tales situaciones constituyen u n mundo «extemo» de algún
tipo, algo que está en el otro extremo de l a dimensión «per-
sona-mundo» de l a interacción que antes mencioné. S i n
embargo, esas situaciones no son externas a «nosotros»
como gmpo social. A l no ser n i «mías» n i «tuyas», constitu-
yen u n a Otredad que es «nuestra», que es nuestra forma

22
peculiar de Otredad. Y desde el interior de esa Otredad^
tenemos que distinguir, lenta y gradualmente, entre lo que
se debe y lo que no se debe a nuestras relaciones mutuas: la
tarea de distinguir lo que depende de los rasgos de nuestra
habla de lo que es independiente de ella. Esa tarea será difí-
cil y políticamente discutida; pero es claro que hasta ahora
se la ha ignorado.
Como algunos advertirán, hablar así de «otros» y de
«Otredad» es comenzar a utilizar parte del vocabulario que
actualmente aparece —^pero aún con la forma de «monólo-
gos teóricos» (Billig et al, 1988, pág. 149)— en la teoría so-
cial posmoderna y posestructuralista. No se trata de un
accidente. M i propósito, tal como es en realidad el propósito
de toda esta serie de libros, es intentar liberar a la psicolo-
gía de su «colonización» por un «cognitivismo» ahistórico,
asocial, instrumental e individualista (Still y Costall, 1991),
y abrirla a una forma de actividad investigativa más am-
plia, participativa o dialógica. Mediante esta forma de in-
vestigación —que no consiste sólo en «teorías» y «sistemas»
formulados por especialistas enfrentados entre sí en una
lucha neodarwiniana por la supervivencia del más apto—
podemos comenzar a ver que también quienes participan de
todo el contexto sociohistórico de fondo en que el propio
cognitivismo está inserto —el marco conversacional que
hasta ahora ha permanecido en silencio— pueden empezar
a intervenir en el diálogo. Lo que consistía en una lucha eli-
minatoria o excluyente por la única «visión» sistemática y
correcta (en la búsqueda de iina «solución final»), se trans-
forma en una conversación continua, no eliminatoria, inclu-
yente y polifónica, que constituye, para decirlo con palabras
de Billig (1987), una «tradición de argumentación». En ella
se r e ú n e n en todo momento, como unidades dinámicas,
diferentes tradiciones argumentativas, no por tener cabida
en un marco compartido, sino (como también señaló Billig)
por originarse en y orientarse hacia la elaboración dialógica
de ciertos «temas dilemáticos», «tópicos» o «lugares comu-
nes» bilaterales o multilaterales. Y si bien en tales tradicio-
nes jamás se alcanzan soluciones finales, lo importante es
que quienes se alzan con las discusiones en su seno, tienen

^ Como lo s e ñ a l a m o s tanto Harré (1990) como yo mismo (Shotter, 1984),


podríamos hablar aquí siguiendo a UexküU (1957), de la Umwelt humana.

23
la oportiinidad de modificar la agenda de la argumentación.
E n otras palabras, lo que importa no son tanto las conclu-
siones a las que se llegue, cuanto los términos en que se for-
m u l e n las discusiones. Puesto que hablar de i m a nueva ma-
nera es «construir» nuevas formas de relación social, y cons-
t r u i r nuevas formas de relación social (de relaciones entre el
yo y los otros) es construimos nuevas maneras de ser (de
relaciones entre la persona y el mundo).
Y precisamente es eso, por supuesto, lo que está en j u e -
go en este libro. Para señalarlo de manera suficientemente
explícita, m i propósito es presentar argumentos para resi-
t u a r o «refiindar» l a disciplina académica de la psicología
dentro de las actividades sociales formativas en acción en el
marco conversacional cotidiano de nuestra vida. O bien,
para decirlo con otras palabras: presentar argumentos con
vistas a reformularla en términos apropiados para el estu-
dio de esas actividades. E n efecto, si las afirmaciones que he
planteado hasta ahora son correctas y nuestras formas de
h a b l a r constituyen nuestras relaciones sociales, nuevas
formas de hablar en psicología, más éticas y sociales, contri-
buirán a «reconstmirla» según lineamientos más éticos y
sociales y, por tanto, a establecer en ella u n a nueva «tradi-
ción de argumentación». Entonces, en lugar de las viejas
luchas eliminatorias y excluyentes, podremos b r i n d a r l a
o p o r t u n i d a d de generar toda u n a nueva serie de luchas
creativas de u n tipo m u y diferente, no eliminatorias e inclu-
yentes, marcadas no sólo por las tensiones, digamos, entre
las representaciones simplemente mentales y el conexionis-
mo de l a psicología cognitiva, sino por i m a m u l t i t u d de otras
tensiones que hoy no tienen voz dentro de l a disciplina.
Esas tensiones están presentes en cada uno de los momen-
tos de incertidumbre de nuestra vida en los que somos res-
ponsables de las «conexiones» que establecemos: e n t r e
nosotros y quienes nos rodean como «compañeros», «extra-
ños», «extranjeros», «amigos», etc.; entre nosotros y «nuestro
pasado», «nuestro fiituro» y «nuestra muerte»; «nuestro me-
dio ambiente»; «lo desconocido»; lo «trascendental o absolu-
to», etc.; y en nuestra constracción social de esas conexiones
constmimos nuestras identidades, el carácter de nuestros
deseos, en síntesis: quiénes somos para nosotros mismos.
L a psicología —con sus inseguridades y sus luchas para
mostrarse merecedora de u n lugar entre las ciencias d u -

24
ras— se incapacitó para participar en los decisivos debates
sobre cómo podrían forjarse esas conexiones. Esos debates
son parte del mismo proceso sociohistórico y bidireccional
de desarrollo cultural mencionado al comienzo de esta «In-
troducción», en el cual está en juego una articulación o
transformación más profunda de nuestras formas de vida.
En el pasado muchos se decepcionaron por la ausencia de la
psicología en esos debates. E l propósito de los estudios in-
cluidos en este libro es doble: mostrar que en realidad esta-
mos a sólo un paso de tomar parte en esos debates, y aportar
algunos recursos para darlo.

La estructura de este libro


Lo que intento presentar en la Primera parte no es la
teoría de una versión retórico-respondiente del construccio-
nismo social sino una exposición instructiva de ella; es decir,
toda una caja de herramientas llena de «enunciados ins-
tructivos» o «recursos verbales» para aplicar en la explica-
ción y la interpretación de nuestras actividades conversa-
cionales cotidianas: acción conjunta, conocimiento de tercer
tipo (situaciones conversacionales «desde adentro»); «invisi-
bilidad racional» e «ilusiones del discurso»; formas de ha-
blar retórico-respondientes versus formas de hablar refe-
renciales y representacionales; la emergencia de las formas
referenciales a partir de las formas respondientes de habla
y su «arraigo» en ellas; la naturaleza «sensible» de las for-
mas respondientes de habla; la naturaleza de negociación
ética de los productos de la actividad conjunta y conversa-
cional; la condición de la «mente» y de la «identidad» como
fenómenos límite y como entidades «imaginarias»; la natu-
raleza abierta, incompleta y negociada de la vida social;
nuestras maneras de hablar (géneros) como formas formati-
vas; hacer e inventar versus hallar y descubrir; prótesis e in-
dicadores lingüísticos, etc. En lugar de una teoría única y
unificada, he reunido una colección asistemática de «próte-
sis conceptuales» mediante las cuales se pueda entender el
telón de fondo de nuestra vida. De acuerdo con lo que he es-
bozado en esta «Introducción» y argumentaré más extensa-

25
mente en el capítulo 1, la tarea de entender el telón de fondo
de nuestra vida no puede llevarse a cabo dentro de los con-
fínes de ningún tipo de teoría sistemática. Las teorías siste-
máticas reposan, en lo que concierne a su posibilidad, en su
naturaleza autoevidente, y por tanto omiten analizar aspec-
tos decisivos; resultan en i m a autoengañosa eternización de
la ideología del momento (Rorty, 1980; véase el capítulo 1
del presente libro). E n realidad, como las actividades men-
tales conllevan procesos dialógicos de comprobación y verifí-
cación moral en el contexto en el que se emprenden (Shot-
ter, 1993a), ello socava los enfoques sistemáticos, no situa-
dos o descontextualizados (de inspiración i l u m i n i s t a ) del
estudio de l a «mente». L a actividad mental debe estudiarse
de otra manera: como u n a actividad situada, de moral prác-
tica, y conjunta.
Pero l a naturaleza de t a l actividad nos resulta enigmá-
tica y extraña; no estamos acostumbrados a hablar de las
situaciones desde cuyo interior actuamos como realidades
p r i m o r d i a l m e n t e intralingüísticas; no estamos acostum-
brados a aceptar que sólo establecemos contacto con los as-
pectos del mundo que son independientes de nosotros desde
el interior de ellas, mediante los recursos que nos proporcio-
nan. E n u n esfíierzo por mostrar cómo podría ser su n a t u r a -
leza antes de que nos ingeniáramos para imponerles u n or-
den inteligible, a fín de captar la naturaleza p l u r a l , cam-
biante, incompleta y discutida de tales realidades (de fon-
do), intento, en el capítulo 2, situar el construccionismo so-
cial en i m mundo de actividades y de acontecimientos (en
lugar del acostumbrado mundo de cosas y sustancias). Y
sostengo que esas reahdades conversacionales, y las t r a d i -
ciones dialógicas de argumentación contenidas en ellas, de-
ben encarnar una forma no sistemática y bilateral de cono-
cimiento — u n llamado sentido común {sensus communis)
dilemático— que proporciona a quienes v i v e n dentro de
ellas u n recurso práctico y flexible, para emplear en su sos-
tenimiento y en su «desarrollo». E n el capítulo 3 exploro los
procesos dialógicos y retóricos que producen y reproducen
dicho sensus communis dilemático y las tradiciones de argu-
mentación que él sostiene, para pasar a mostrar parte de lo
que implica empezar a realizar la investigación psicológica
desde dentro de u n contexto semejante, como empresa dia-
lógica antes que monológica. Afirmo asimismo que su f u n -

26
damentación en un sentido común bilateral proporciona,
sin predeterminar el resultado de los argumentos de las
personas, ima base común suficiente para que todas ellas
sepan que al menos intervienen en el mismo argumento,
con lo que se evita la acusación de que una postura cons-
truccionista social conduce ineludiblemente a un relativis-
mo del «todo vale». Si está situada o «enraizada» en el fondo
conversacional de la vida cotidiana, no es entonces más re-
lativista que cualquiera de los marcos sistemáticos formula-
dos en las ciencias particulares; ni sus afirmaciones, n i las
de los partidarios del construccionismo social, pueden ir
más allá de los límites de nuestras capacidades de compren-
sión, forjadas en nosotros por las tradiciones de argumenta-
ción de que disponemos en nuestra historia y nuestra cul-
tura.
En la Segunda parte considero el realismo, lo imaginario
y la naturaleza de un mxmdo de acontecimientos. Quienes
todavía mantienen ima concepción no dialógica y no retóri-
ca del conocimiento cotidiano y aún creen que este nos pro-
porciona un «marco» teórico monológico para la interpreta-
ción de los acontecimientos, temen el supuesto relativismo
intrínseco del construccionismo social. A su juicio, este no
muestra ningún camino para establecer contacto con una
«realidad» más allá de un marco de pensamiento. Así, mu-
chos de los que adhieren a una teoría construccionista social
de los procesos sociales, quieren no obstante adoptar una
metodología «realista» (Bhaskar, 1989, 1991; Eagleton,
1991; Greenwood, 1989, 1992; Norris, 1990; Parker, 1992).
Pero, en todas sus variedades, el realismo nace del intento
de hallar una solución de principio, sistemática y anticipa-
da a i m dilema básico que deriva, por una parte, de saber
que el simple decir no puede lograrlo, pero, por la otra, de
saber que podemos hacer cosas con las palabras. Como aho-
ra afirma Harré (1990, pág. 304), la mejor forma de resolver
este dilema es un «realismo político» de acuerdo con el cual
«leemos las teorías no como series de emmciados verdade-
ros o falsos, sino como guías para actos científicos posibles.
Las prácticas de manipulación pueden ser eficaces o inefica-
ces». Pero políticamente esto suscita un nuevo dilema, que
puede reformularse del siguiente modo: a) ¿se intenta resol-
ver un dilema como este por anticipado mediante decisiones
en principio políticas desde el interior de un sistema de pen-

1- 27
Sarniento? Y, en ese caso, ¿de quién es l a política (el sistema
teórico) que debe aceptarse, y con qué «fundamentos»? O
bien: b) ¿sencillamente aceptamos l a existencia de dichos
dilemas y estamos de acuerdo en resolverlos, toda vez que
se presenten, en términos de «ftindamentos» locales, contex-
túales, sostenidos como tales por los interesados? Y si es así,
¿cuál es l a condición de los fundamentos en cuestión? Esto
es, a m i entender, lo que está en discusión en los argumen-
tos sobre el realismo: ¿de quién —teóricos o profesionales
(de l a reflexión)— es l a forma «básica» de hablar que h a de
dominar?
Opto por l a segunda posibilidad. Según lo veo, no h a y en
el m i m d o ningún orden de cosas preestablecido; los órdenes
que haya en él son construidos y sostenidos por el hombre.
Así, en el capítulo 4 — e n el que examino críticamente l a i n -
fluyente versión de Bhaskar de u n «realismo científico o crí-
tico»— intento poner de manifiesto algunas de las cuestio-
nes políticas contenidas en afirmaciones como la de' Bhas-
k a r : que en efecto hay órdenes preexistentes. Planteo allí
cuestiones que tienen que ver, por ejemplo, con lo siguiente:
a) los filósofos, los psicólogos o los teóricos sociales, ¿deben
ser «peones de los científicos» o «fabricantes de herramien-
tas para l a sociedad en general»?, y b) ¿qué se encierra en el
hecho de que los grupos de élite resuelvan dilemas en forma
teórica, antes de tiempo y previamente a su resolución, me-
nos formal, en arenas de naturaleza más pública de la socie-
dad civil?
A l rechazar el realismo, rechazo l a idea de que es posible
descubrir «fundamentos», «normas» o «límites» indiscuti-
bles de acuerdo con los cuales puedan juzgarse nuestras
pretensiones de verdad. Sin embargo no deseo, por supues-
to, llegar a l extremo de decir que en l a medida en que se
pueda contar u n a buena historia que le sirva de apoyo, «to-
do vale». U n a vez más, puede hallarse la clave para resolver
este dilema si se lo sitúa en el seno de u n a comimidad. Se
transforma entonces en el dilema de distinguir, desde el i n -
terior de l a comunidad, entre lo que para nosotros son posi-
bilidades «reales» y posibilidades «ficticias», habida cuenta
de quiénes somos culturalmente para nosotros mismos. E n
el capítulo 5 examino esta cuestión en términos del concepto
de «lo imaginario». Este concepto nos provee de los recursos
que necesitamos para hablar de las entidades «políticas»

28
que aún no existen del todo —pero que tampoco son del todo
ficticias—, de acuerdo con las cuales organizamos y susten-
tamos retóricamente nuestras relaciones sociales. E n u n
principio, l a existencia de esas entidades políticas reside en
su mera «subsistencia» en lo que la gente dice de ellas, pero
— e n l a medida en que nuevas formas de hablar tienden a
«construir» nuevas formas de relación social— empiezan a
a s u m i r u n a existencia más «real» (moralmente i n t r a n s i -
gente) cuanto más se habla «de» ellas, y dan origen a nuevas
instituciones y estructuras sociales. U n proceso manifesta-
do en l a psicología, por ejemplo, con el paso de ima perspec-
t i v a conductista a ima cognitivista que se inició entre fines
de l a década de 1950 y comienzos de la de 1960; lo que moto-
riza esos procesos de cambio no son nuevos descubrimientos
sobre l a verdadera naturaleza empírica de las cosas, sino la
modificación de los intereses de las personas. Su existencia
recién empieza a desvanecerse nuevamente cuando dejan
de aportar el tipo de conocimiento necesario para compren-
der actividades sociales de importancia: cuando las formas
científicas individualistas de conocimiento, populares en los
mercados desregulados de la década de 1980, ya no parecen
funcionar en las comunidades socialmente fragmentadas de
la década de 1990. E n u n intento de captar la naturaleza de
u n m u n d o donde los «acontecimientos» cobran v i d a y la
pierden de distintas maneras — m u y diferente de u n mundo
de objetos de existencia constante—, en el capítulo 6 exami-
no l a obra de W h o r f y reintroduzco su principio de l a relati-
vidad lingüística, para mostrar que, víctima de sí misma,
esta h a sido leída e interpretada como u n a doctrina me-
ramente sintáctica. E n la lectura que propongo puede vér-
sela como u n a doctrina que ofrece una amplia gama de de-
mostraciones, útiles para el construccionismo social, del
modo en que las formas de hablar pueden actuar en l a cons-
trucción de formas de realidad y de sus formas interrela-
cionadas de individualidad m u y diferentes de las nuestras.
Por último, tras haber proporcionado en la Primera par-
te u n i n s t r u m e n t a l de dispositivos retóricos y en la Segun-
da u n a relación general de los contextos en que podrían
aplicarse, en l a Tercera parte me propongo estudiar algunos
de los resultados de su aplicación en distintas esferas espe-
ciales. E l tema conductor que enlaza todos esos estudios se
refiere a las dificultades que se plantean cuando los i n d i v i -

29
dúos intentan entender la vida de las personas (incluida l a
propia) desde u n marco ordenado. Puesto que el hecho de
que modelemos o hagamos modelar nuestra vida de acuerdo
con u n único orden preexistente significa ignorar la necesi-
dad siempre presente de responder a las acciones de quie-
nes nos rodean, de i m a manera que «encaje» con nuestras
circunstancias singulares y conforme al uso particular que
hacemos de los recursos que socialmente están a nuestro al-
cance. Ya sea el orden previo i m orden sistemático y mecáni-
co o uno mucho más rico, no sistemático y narrativo, el caso
es el mismo; se impone a los individuos u n orden previo que
no les permite enimciar sus actividades de acuerdo con su
propia situación singular. Así, se sienten «entrampados»,
impedidos de actuar según sus necesidades. E n el capítulo 7
examino el caso de Ronald Fraser, vm historiador oral que se
refiere a las trampas que lo encierran en su propio pasado.
Considero allí las formas respondientes de comunicación
obrantes en su psicoanálisis, donde son más los «sentimien-
tos» que las «ideas» los que dan forma a lo que se dice. F r a -
ser empieza a salir de su aprisionamiento cuando cae en la
cuenta de que su pasado consiste, más que en u n a única
historia fija, en una colección de recursos narrativos que le
suministraron las personas que lo rodeaban en su niñez. A l
emplearlos advierte que puede transformarse en el autor de
su propia infancia en vez de no ser más que su tema. Los re-
cursos están a su disposición para que él los emplee como le
agrade.
E n el capítulo 8 prosigo con ese tema: la posibilidad de
quedar prisioneros de historias que nosotros mismos hemos
forjado. Allí examino, en particular, la urgencia que Freud
sintió de construir en el psicoanálisis narraciones causales
coherentes que satisficieran la necesidad «científica» de lle-
gar a explicaciones causales ordenadas. Califico de «falsifi-
cadas» las construcciones producidas en tales circunstan-
cias, porque si bien pueden, a l igual que u n billete falso ac-
t u a l de u n dólar o de u n a l i b r a , t r a n s m i t i r u n a perfecta
«sensación de realidad», tienen sin embargo el efecto de
apropiarse en forma permanente de i m recurso comxmitario
para u n propósito individual: el de imponer vm orden prees-
tablecido en favor de los especialistas en psicoanálisis. Ade-
más, en ese capítulo pongo de manifiesto que l a producción
de u n orden inteligible en l a reflexión, mediante la cons-

30
trucción de iina exposición narrativa, distorsiona con mu-
chafrecuenciael carácter de la situación en la práctica real;
completa falsamente como algo consumado y terminado lo
que era una circunstancia abierta e inacabada, cuya aper-
tura misma «invitaba» y «posibilitaba» la acción emprendi-
da en ella. Esto se relaciona también con los problemas que
enfrentan los gerentes en el comercio y la industria: diluci-
dar cuál «es» verdaderamente el problema en una situación
práctica singular. No es atinado identificarlo sencillamente
como un problema de un tipo determinado, porque eso sig-
nifica omitir por completo sus pormenores únicos; es nece-
sario, en cambio, caracterizarlo de una manera tal que reve-
le cómo están esos pormenores relacionados entre sí y tam-
bién con su contexto. Así, en el capítulo 9 exploro el carácter
de las conversaciones apropiadas para entender «esos
momentos y detalles fugaces de las cosas que llamamos
"circimstancias"» (Vico). Las metáforas son importantes re-
cursos retóricos de que disponen los gerentes para describir
las circimstancias problemáticas a que se enfrentan. Su ta-
rea es de autoría práctica: «ser autores» de una versión de
im problema, que faculte a los demás integrantes de la em-
presa a identificar los aspectos en que pueden desempeñar
xm papel para superar las dificultades de la firma.
El obstáculo de los enfoques «científico-naturales» reside
en que al afirmar que ofrecen teorías generales, pretenden
antes de tiempo ser capaces de hablar correctamente en las
discusiones en nombre de todos aquellos a los que estudian.
Pero al hacerlo, los silencian. Les niegan la voz, la oportxmi-
dad de hablar sobre la naturaleza de sus propias circuns-
tancias singulares. Les niegan la ciudadanía en su socie-
dad. Para que eso cambie, lo que se necesita, según parece,
es dar forma a algo que en la actualidad no existe: ima nue-
va sociedad civil, toda vina «ecología social» de regiones y
momentos interdependientes de la vida social, en cuyo seno
quienes están realmente implicados puedan explorar, anali-
zar y debatir caminos posibles que conduzcan hacia el ñitu-
ro. Puesto que, según hemos visto, en el mundo del cons-
truccionismo social el futuro no sólo tiene que ver con la pre-
dicción y el control, sino con la forma en que quienes están
en él intervienen en su producción. Este tema es examinado
en el décimo y último capítulo. En él se sostiene en especial
que si he de tener un sentido de pertenencia a una realidad

31
social, no me bastará entonces con tener simplemente u n
«lugar» en ella; también debo ser capaz de desempeñar i m
papel irrestricto en su constitución y su conservación como
m i propia modalidad de «realidad social», no como l a «de
ellos», sino como m i realidad y la de m i gente, como «nues-
tra» realidad. Si no soy capaz de desempeñar ese papel, no
me sentiré u n miembro pleno de ella; sentiré que vivo en
i m a realidad que no es mía, i m a realidad a l a que otros tie-
nen más derechos que yo. Según sostengo en ese capítulo
final, sólo u n a sociedad con una verdadera «sociedad civil»
en l a que todos puedan tomar parte en l a constitución de su
cultura, puede suscitar en sus ciudadanos el sentimiento de
que esta es efectivamente «su» cultura. De t a l modo, como
u n primer paso hacia l a construcción de u n a posibilidad se-
mejante, tenemos l a responsabilidad de mantener cierta
«urbanidad» en nuestra vida conversacional cotidiana en
común, i m a «urbanidad» que haga posibles las conversacio-
nes y los debates constitutivos de la búsqueda lúdica de esa
cultura: y es eso lo que está políticamente enjuego en la ver-
sión del construccionismo social presentada en este libro,
puesto que en nuestro actual individualismo de mercado es
vma preocupación a l parecer inútil y arbitraria.

32
Primera parte. Una versión retórico-
respondiente del construccionismo social
1. E l fondo conversacional de la vida social:
más allá del representacionalismo

'<Las ciencias humanas, cuando se ocupan de lo que es la re-


presentación (en forma consciente o inconsciente), tratan
como su objeto lo que en realidad es su condición de posibili-
dad (...) De lo que es dado a la representación pasan a lo que
la hace posible, pero que sigue siendo representación (...) En
el horizonte de toda ciencia humana está el proyecto de re-
cordar a la conciencia del hombre cuáles son sus condiciones
reales, de devolverla a los contenidos y las formas que le
dieron origen y se nos escapan en ella».

Foucault, 1970, pág. 364

Uno de los propósitos de l a formulación de una versión


retórico-respondiente del construccionismo social se corres-
ponde con el mencionado por Foucault en el texto citado:
puede colocarnos ante las condiciones sociohistóricas y so-
cioculturales «reales» de nuestra vida, y hacer con ello posi-
ble l a naturaleza actual de nuestras conciencias, donde,
desde luego, según l a concepción adoptada en este libro,
forma parte de su carácter de condiciones «reales» de nues-
tra vida el hecho de que todos los intentos de caracterizarlas
sean, por su naturaleza misma, discutidos. Si ese es el caso,
debemos dejar de concebir l a «realidad» en la que vivimos
como si fuera homogénea, la misma en todas partes y para
todos. Personas diferentes en posiciones diferentes y en mo-
mentos diferentes vivirán en realidades diferentes. Por t a n -
to, debemos comenzar a repensarla ahora como diferencia-
da, heterogénea y consistente en una serie de regiones y de
momentos, cada uno de los cuales tiene propiedades dife-
rentes. Podemos comenzar a concebir la realidad social en
general como u n flujo turbulento de actividad social con-

35
t i n u a , que comprende en sí dos especies fundamentales de
actividad: a) u n a serie de centros relativamente estables de
actividad bien ordenada y autorreproductiva, sostenida por
las personas que en ellos son recíprocamente responsables
de sus acciones (Mills, 1940; Shotter, 1984), pero cuyas for-
mas de justificación están abiertas a l a discusión ( B i l l i g ,
1987; M a c i n t y r e , 1981); b) esas diversas regiones o momen-
tos de orden institucionalizado están separados entre sí por
zonas de u n a actividad mucho más desordenada, inexplica-
ble y caótica. Es en esas regiones marginales e inexplicables
— e n los bordes del caos, lejos de los ordenados centros de la
vida social— donde se producen los acontecimientos que nos
interesan.
A decir verdad, a medida que nos desplazamos desde u n
mtmdo moderno hacia u n mundo posmoderno para enfren-
t a m o s con los tiempos en que vivimos, comenzamos a ad-
v e r t i r que nuestra realidad suele ser u n asunto mucho más
desordenado, fragmentado y heterogéneo de lo que antes
habíamos creído.-"^ Por tanto, a) si l a incertidumbre, la va-
guedad y la ambigüedad son rasgos reales de gran parte del
mundo en que vivimos, y 6) la manera en que «construimos»
o «especificamos» esos rasgos ejerce u n a influencia adicio-
n a l en l a naturaleza de nuestra f u t u r a vida en común, no
sorprende entonces que l a índole de aquellos sea controver-
tida; porque lo que está enjuego es saber cuál de los muchos
pasos futuros inmediatos es el mejor que podemos dar, esto
es, cuál es l a versión que nos señala u n futuro mejor.

Conocimiento del tercer tipo: el conocimiento


«desde adentro»
Como ya he señalado, parte de l a versión retórico-res-
pondiente del construccionismo social examinada aquí con-
siste en sostener que la importancia de esos debates no resi-
de simplemente en sus resultados, sino en las formas de ha-
bla en las que se los lleva adelante, puesto que son constitu-

1 Hecho que quizá se refleja en los muchos libros referentes a la «teoría


del caos» y a temas semejantes (por ejemplo, Bohm, 1985; Gleick, 1987;
Peat, 1990; Prigogine y Stengers, 1984).

36
tivos de diversos centros de vida social institucionalizada.
Por tanto, no solamente se produce u n cambio de importan-
cia cuando u n a u otra de las partes de una institución obtie-
ne la victoria en u n debate, sino cuando se aprovecha i m a
ocasión así para modificar el estilo de la argumentación fii-
tura, esto es, para modificar las formas de discurso p e r m i t i -
das en esa institución. Por ejemplo: el cambio iniciado en el
siglo X V I I durante l a Ilustración —^hablar de nuestras v i -
das no t a n t o en términos religiosos cuanto en términos
seculares, no tanto en términos de «almas» y de «espíritu
humano» cuanto en términos de «cerebros» y de «mentes»,
no tanto en términos de la voluntad de Dios cuanto en tér-
minos de mecanismos n a t u r a l e s — fue y sigue siendo t a n
importante por las nuevas formas de discurso y relación so-
cial (y las nuevas formas de debate) que introdujo, cuanto
por cualquiera de las conclusiones particulares a que se ha
Uegado hasta ahora. E n realidad, dentro de la esfera de lo
que son aquí nuestros intereses sociopsicológicos, esas nue-
vas formas de hablar son para nosotros de fundamental i m -
portancia. Pero no tanto por lo que h a n privilegiado como
central, como por lo que h a n intentado prohibir, excluir,
marginar (Foucault, 1972). De t a l modo, a l poner en prácti-
ca el proyecto de restituir a la conciencia una comprensión
de sus condiciones de posibilidad, me propongo sostener que
en el fondo conversacional de nuestra vida están presentes
muchas otras formas de hablar, con las propiedades que les
son peculiares, y que carecen hoy de «voz» en las discusiones
dentro de esa esfera, pero que si llegaran a tenerla, podrían
cambiar nuestra vida.
Por cierto, xma de las tesis consideradas en este libro es
la de que, hasta ahora, en nuestros debates sociopsicoló-
gicos h a sido «silenciada» una tercera e importante modali-
dad de conocimiento, incorporada a l fondo conversacional
de nuestra vida: u n a modalidad especial de conocimiento
—que tiene que ver con esta o aquella manera determinada
de ser u n a persona según l a cultura en que uno se desarro-
lla de niño— que no es preciso completar o formalizar en
ima serie de enunciados teóricos demostrados para poder
aplicarla. No es i m conocimiento teórico (un «saber que» en
la terminología de Ryle [1949]), porque es «conocimiento en
la práctica», y tampoco es i m mero conocimiento, destreza o
habilidad («saber cómo»), ya que es conocimiento conjimto.

37
«conocimiento sostenido en común con los demás». Es u n
tercer tipo, sui generis, de conocimiento, que no puede redu-
cirse a ninguno de los otros dos: el tipo de conocimiento que
uno tiene desde adentro de una situación, de u n grupo, de
u n a institución social o de i m a sociedad; es lo que podría-
mos llamar u n «saber desde».^ Bemstein (1983) lo ha llama-
do «conocimiento moral práctico».
E n otros lugares (Shotter, 1984, 19936) he discutido con
amplitud l a naturaleza de este tercer tipo especial de cono-
cimiento. E n este volumen se profundiza el examen de m u -
chas de sus consecuencias en diferentes esferas de la psico-
logía, así como otras consecuencias más generales de su na-
turaleza. Específicamente, estos estudios plantean la cues-
tión de cómo llegamos a experimentarnos a nosotros mis-
mos y experimentar nuestro mundo y nuestro lenguaje en
la manera particular en que ahora lo hacemos, y cómo po-
dríamos llegar a hablar de nosotros de una manera diferen-
te. ¿Por qué, por ejemplo, solemos simplemente dar por sen-
tado que tenemos una mente dentro de l a cabeza, y que fun-
ciona en términos de representaciones mentales internas
que de alguna manera se asemejan a la estructura del m u n -
do extemo? ¿Por qué sentimos que vivimos nuestra vida so-
cial dentro de determinadas estructuras sociales que po-
seen u n a existencia independiente, y en las cuales actua-
mos según ciertas reglas? ¿Por qué pensamos que la mejor
manera de entender nuestra vida y de actuar con la mejor
intención es en términos de formulaciones teóricas que nos
suministran los especialistas (y no de acuerdo con formas
cotidianas más prácticas de conocimiento)? Asimismo, ¿por
qué creemos que nuestro lenguaje funciona primordialmen-
te cuEmdo lo empleamos con exactitud para representar y

^ E s el tipo de conocimiento que se tiene no sólo desde adentro de una


situación social, de un grupo o de una institución, y que, por tanto, toma en
cuenta (y debe rendir cuentas en) la situación social dentro de la cual se lo
posee. E s también el conocimiento que se tiene desde adentro de sí mismo
como ser humano y como miembro socialmente competente de una cultura;
por eso sé, por así decirlo, «desde las entrañas» en qué consiste tomar par-
te en una conversación (véase la cita de Garfinkel, 1967, pág. 57, en el epí-
grafe del capítulo 2 del presente libro). Así, aunque no sea capaz de consi-
derar reflexivamente la naturaleza de ese conocimiento como una repre-
sentación mental interna, de acuerdo con la pregunta planteada, puedo no
obstante apelar a él como un recurso práctico en la elaboración de las res-
puestas apropiadas.

38
referirnos a cosas y situaciones en las circunstancias que
nos rodean, y no cuando lo usamos para ejercer u n a influen-
cia en los demás y en nuestro propio comportamiento? D i -
cho de otro modo: ¿por qué nos sentimos incitados u obliga-
dos a hablar de nosotros mismos como lo hacemos? ¿Qué
hay en el fondo conversacional de nuestra vida que da for-
ma a nuestras pasiones y nos lleva a hablar de nosotros mis-
mos y de nuestro mimdo t a l como lo hacemos y, con ello, a
«construir» todas nuestras relaciones sociales según dimen-
siones individualistas e instrumentales, y nuestra psicolo-
gía sólo en términos de representaciones mentales, a la vez
que nos impide advertir las consecuencias de proceder de
ese modo?

Eternización de la ideología del momento


E n relación con esto, Rorty (1980) ha sostenido que «el
intento (que define a la filosofía tradicional) de explicar la
"racionalidad" y l a "objetividad" en términos de las condicio-
nes de u n a representación precisa es u n ilusorio esfuerzo
por eternizar el discurso normal^ del momento», y que, «des-
de los griegos, l a imagen que la filosofía tiene de sí misma
ha estado dominada por ese intento» (pág. 11). Por «eterni-
zar» entiende allí Rorty el recurso a algo único (ima esencia,
u n espíritu, \m Dios) más allá de la historia y más allá de la
sociedad, con el fin de explicar el orden o los órdenes (jerár-
quicos) que observamos en la vida social.* E n su constante
reproducción de ese orden jerárquico, el discurso normal del
momento representa, según veremos, u n a ideología, en el
sentido de que es i m a forma de hablar que beneficia a deter-
minado grupo o grupos sociales, en detrimento de otros. A l
caracterizar la versión del construccionismo social desarro-
llada en los estudios que siguen como u n a versión retórico-

^ L o que Rorty llama «discuso normal», esto es, u n discurso que domina
nuestra habla en el sentido de que proporciona los términos incuestiona-
dos, fundamentales o últimos mediante los cuales interpretamos las cosas,
es lo que por mi parte llamo más adelante forma de hablar «básica».
* «A lo largo de este libro he instado a que no tratemos de pretender algo
que está más allá de la historia y de las instituciones» (Rorty, 1989, pág.
189).

39
respondiente, deseo llamar la atención acerca del hecho de
que en ella es central u n a actitud respecto de la naturaleza
del lenguaje que contrasta mucho con el «discurso normal
del momento», en este aspecto: la naturaleza autoevidente
del lenguaje, en cuanto actúa en i m a serie de signos referen-
ciales y representacionales que deben su significado a l
hecho de fiindarse en u n sistema jerárquico (arraigado en
una misteriosa cosa única — u n a «lógica»— que los regula y
gobierna). Puede afirmarse que esa postura (Harris, 1980,
1981; Volosinov, 1973) — e n la que el lenguaje se considera
como u n objeto sistemático de pensamiento, estructurado
como si se ajustase a reglas, o como u n sistema de diferen-
cias— surge del estudio abstracto de palabras ya dichas,
cuando h a cesado toda discusión a propósito de su enun-
ciación.
E n cambio, los estudios contenidos en este libro mues-
t r a n interés en l a discutida actividad de las palabras en su
enunciación, esto es, en los factores prácticos de su uso como
medios o «herramientas» en la realización de los procesos
comunicativos cotidianos y, en particular, en su función
formativa o «modeladora», y en las «resistencias» que hallan
en esos procesos.^ Por tanto, en estos estudios adopto l a
posición de que en u n proceso cotidiano que conlleva i n n u -
merables interacciones espontáneas, respondientes, no
conscientes de sí, pero cuestionadas, sin advertirlo «damos
forma» o «construimos» entre nosotros, como ya he señala-
do, no solamente u n sentido de nuestras identidades, sino
también de nuestros «mundos sociales». O, para decirlo de
otra manera, el plano en el que hablamos de lo que concebi-
mos como las características ordenadas, explicables, m a n i -
fiestamente cognoscibles y controlables, tanto de nosotros
mismos (como personas individuales autónomas) cuanto de
nuestro mundo, se construye sobre otro plano inferior, en
una serie de formas conversacionales inadvertidas, i n i n t e n -

^ «La palabra es un acto bilateral. Está igualmente determinada por


aquel a quien pertenece y por aquel al que está destinada (. . .) es justa-
mente el producto de la relación recíproca entre el hablante y el oyente, en-
tre el emisor y el receptor. Toda palabra expresa al "uno" en relación con el
"otro". Me doy una configuración verbal a partir del punto de vista del otro;
en última instancia, a partir del punto de vista de la comunidad a la que
pertenezco» (Volosinov, 1973, pág. 86).

40
:ionales y desordenadas, que i m p l i c a n luchas entre los
iemás y nosotros.
Históricamente, nos situamos en el plano más ordenado
explicable —manejado de acuerdo con ciertas formas
Dásicas» de hablar— para intentar construir y establecer
: :rmas aiin más ordenadas o institucionalizadas de hablar,
r 5 t o es, discursos disciplinarios, cuerpos discursivos o de
rscritura supuestamente «racionales». E n él esos discursos
son, para decirlo con palabras de Foucault, «prácticas que
sistemáticamente d a n forma a los objetos de los que h a -
; lan» (1972, pág. 49); vale decir que los forman como objetos
ze contemplación y debate racional, para establecer de esa
manera los departamentos académicos modernos. Si bien
.as disciplinas académicas modernas — e n especial las
:iencias humanas» (Foucault, 1970)— se fundaron como
disciplinas —esto es, se establecieron e institucionalizaron
como profesiones— en el optimismo del siglo X I X , las condi-
ciones que hicieron posible esta situación fueron producto
de la Ilustración del siglo X V I I , y convendrá aimque sólo sea
enumerar algunas de ellas. L a noción misma de ser ilustra-
do — e n u n c i a d a simplemente como el intento de v i v i r l a
-áda a l a luz de l a razón— sostenía que l a razón daba a los
individuos l a autodeterminación necesaria para hacer su
\-ida, en vez de que esta fuera determinada por otros que
ejercían autoridad sobre ellos.
Se trató, en efecto, de un movimiento en el que determi-
nado grupo de clase media o alta —conocido como los philo-
sophes,. el primer grupo secular (y semiprofesional) de inte-
lectuales con poder suficiente para desafiar al clero— puso
en tela de juicio el derecho de los clérigos a decretar las for-
mas de hablar «básicas» de la sociedad. Se crearon nuevas
formas seculares de avalar las pretensiones de verdad (Grer-
gen, 1989), formas que subvertían l a autoridad tradicional
de los sacerdotes. E n ellas fueron fundamentales las s i -
guientes características: a) l a elaboración de u n a forma
analítica» especial de «ver», basada en l a observación, que
presimtamente ponía de manifiesto el orden oculto y siste-
mático de las cosas que subyacía a las meras apariencias;
b) la idea del lenguaje como código compartido que ligaba
estrechamente las palabras a las cosas; c) la idea de que el
conocimiento alcanzado mediante esa forma especial de ob-
servación podía formularse simbóücamente en términos de

41
representaciones (que en el tipo de orden que mostraban se
asemejaban a l orden de esa realidad oculta); d) la idea de
que el mundo era ya xm mecanismo o ^xn sistema ordenado
cuyos principios de operación debíamos descubrir; e) la idea
de que los individuos poseían en sí mismos todos los recur-
sos necesarios para realizar ese descubrimiento; por lo cual
f) las nuevas formas de conocimiento podían construirse sin
r e c u r r i r a formas de conocimiento anteriores, históricas o
tradicionales; j u n t o a l a falta de interés en l a historia, nos
encontrábamos, entonces, con el desprecio del conocimiento
tradicional, del conocimiento práctico y de la retórica como
«mera» retórica. Los philosophes también sostenían (según
advertimos ahora) una visión enteramente errónea de la so-
ciedad como i m simple agregado homogéneo de individuos:
u n a visión que hizo posible que imaginaran que con sólo a l -
canzar u n a forma apropiada de autoconocimiento ilustrado,
la sociedad m i s m a podría controlarse mediante l a predic-
ción y l a regulación de la conducta de los individuos y, dé esa
manera, «mejorarse».
Es ese el fondo sobre el cual, como observa F o u c a u l t
(1970), surgieron las «ciencias humanas» que son la sociolo-
gía, l a psicología y las disciplinas dedicadas a l análisis de la
l i t e r a t u r a y l a mitología. Puesto que en estas disciplinas es-
peciales, el «hombre» no es sólo

«ese ser viviente que tiene vtna forma peculiar {una fisiolo-
gía u n tanto especial y i m a autonomía casi única); es ese ser
viviente que, desde el interior de la vida a la que pertenece
por entero y que atraviesa la totalidad de su ser, constituye
representaciones mediante las cuales vive y sobre cuya base
posee esa extraña capacidad de representarse precisamente
esa vida» (1970, pág. 352).

E l tema de las ciencias humanas no es —como en definitiva


llegó a resultar obvio con l a aparición de una ciencia cogniti-
ua, interesada en las representaciones mentales, como are-
na fundamental del debate actual, salida a su vez del ámbi-
to más heterogéneo de las ciencias de la conducta— el len-
guaje como t a l , sino determinada forma del ser humano: l a
que se constituye dentro de u n conjunto determinado de dis-
cursos establecidos. Donde los discursos en cuestión son, d i -
gamos, de naturaleza ideológica, dado que fueron formula-

42
dos por primera vez por los philosophes (como grupo) de
acuerdo con sus intereses, que, aunque ellos esperaban que
fueran compartidos por todo el mimdo, eran de algima ma-
nera sus propios intereses, puestos en el destronamiento de
la historia y las tradiciones.
En los capítulos que siguen, mi propósito es, por supues-
to, cuestionar las normas que mantienen la vigencia de esos
discursos, intentar poner de manifiesto sus orígenes conver-
sacionales más desordenados y mostrar que —en la transi-
ción de la conversación cotidiana a la formación del discur-
so— estuvieron y están en juego procesos ideológicos que
obran en beneficio de determinados grupos por encima de
otros.

La psicología como ciencia moral y no como


ciencia natural
Si pasamos ahora a la psicología profesional y académi-
ca, podemos comenzar por subrayar que en nuestras «doc-
trinas oficiales» (Ryle, 1949) se considera «natural», por así
decirlo, concebimos como poseedores de algo que llamamos
«mente»: i m órgano interno secular de pensamiento que me-
dia entre nosotros y la realidad extema que nos rodea. Por
otra parte, también es «natural» pensar que, como tal, nues-
tra mente tiene sus propios principios operativos naturales
y susceptibles de ser descubiertos, cuya naturaleza no debe
nada a la historia o a la sociedad. En consecuencia, la tarea
de la psicología como ciencia natural es, por supuesto, des-
cubrir esos principios. De tal modo, en la ideología del mo-
mento no hay necesidad de que los psicólogos profesionales
justifiquen sus proyectos o programas de investigación; pa-
recen ser «obviamente» correctos.
No obstante, esa concepción de la «mente» es, a mi juicio,
un mito: nuestra forma de hablar de la mente nos lleva a ex-
perimentarnos como si habláramos acerca de nuestra men-
te; esto es, a hablar entre nosotros como si nuestra «mente»
existiera como algo real que subyace a nuestra conducta. M i
opinión, empero, es que no hay ninguna «realidad subya-
cente» por descubrir, y la creencia de que la hay ha llevado a
la psicología a muchos errores peligrosos. En esta introduc-

43
ción me propongo examinar sólo ^xno de ellos, el que conside-
ro más importante y más peligroso: la circtmstancia de que
no se tome en cuenta el hecho de que en nuestra vida social
cotidiana en común no nos es fácil relacionarnos recíproca-
mente en formas que sean a la vez inteligibles (y legítimas)
y apropiadas a «nuestras» circunstancias (singulares); y el
hecho de que, al menos ocasionalmente, a pesar de eso lo-
gremos hacerlo. Si se atiende a los detalles empíricos reales
de tales transacciones, se advierte \m proceso complejo pero
incierto de puesta a prueba y de verificación, de negociación
de la forma de la relación según una amplia gama de cues-
tiones esencialmente éticas: cuestiones relacionadas con
juicios en materia de solicitud, interés y respeto, acerca de
la justicia, los derechos, etc. Puesto que en nuestra vida so-
cial en común el hecho es que todos tenemos que desempe-
ñar un papel en una responsabilidad colectiva superior: la
doble tarea de mantener en circulación la «moneda» comu-
nicativa, por así decirlo, de acuerdo con la cual llevamos
adelante todas nuestras transacciones sociales, y la de de-
sarrollarla y actualizarla a fin de hacer frente a los cambios
de nuestras circunstancias a medida que se producen. Eso
es lo que implica el hecho de que conservemos una civilidad
en nuestra existencia social en común. Pues nuestras for-
mas y medios para «entendernos» unos a otros (y unos con
otros) no nos han sido dados como una dote «natural» n i
subsisten sencillamente de por sí; lo que es posible entre no-
sotros es lo que nosotros (o nuestros predecesores) hemos
«hecho» posible. Es esta responsabilidad lo que la psicología
moderna ha ignorado, y lo que la ha conducido, equivocada-
mente, a dar un sustento profesional a la concepción «de que
"yo" puedo seguir siendo "yo" sin "ti"»: una concepción que,
según lo mostraré en el capítulo siguiente, hace que la ma-
yor parte de nuestra vida social real sea «racionalmente in-
visible», esto es, esté más allá de la discusión y el debate ra-
cionales.
Por tanto, disiento de la afirmación de que la psicología
es «naturalmente» una ciencia biológica, que para su mane-
jo requiere de los métodos de las ciencias naturales, neutra-
les desde el pxmto de vista moral, y sostengo (véanse tam-
bién Shotter, 1975, 1984, 19936) que no es una ciencia na-
tural sino una ciencia moral, y que esto le confiere un carác-
ter enteramente nuevo. E l principal cambio introducido es

44
este: abandonar el simple intento de descubrir nuestras na-
turalezas supuestamente «naturales», y volcarse al estudio
del modo en que realmente nos tratamos unos a otros como
participantes de las actividades comunicativas de la vida
cotidiana, cambio que nos lleva a interesamos en el «hacer»,
y los procesos de «constracción social» (Harré, 1979, 1983;
Gergen, 1982, 1985; Shotter, 1975, 1984, 19936; Shotter y
Gergen, 1989). En lo que resta de esta introducción me pro-
pongo hacer, pues, dos cosas: 1) examinar la razón de que
estemos tan adheridos (tan «entrampados», en realidad) al
mito de una mente «con principios naturales», y a otros mi-
tos similares relacionados con sus supuestos «contenidos»,
tales como las «ideas», las «intenciones», los «deseos», etc., y
2) examinar la naturaleza de un supuesto alternativo de
acuerdo con el cual puedan orientarse las investigaciones
psicológicas, una alternativa que deje tanto espacio a nues-
tro «hacer» cuanto a nuestros «descubrimientos».

Las realidades textuales y los mitos de la mente


¿Por qué parecemos estar, por así decirlo, tan «fijados» a
la idea de que, en alguna parte de todos nosotros, debe ha-
ber una «mente» que trabaja de acuerdo con ciertos princi-
pios sistemáticos ya existentes o «naturales» y que, median-
te los métodos apropiados, sería posible descubrir? Asimis-
mo, ¿por qué estamos tan vehementemente convencidos de
que debe haber una «realidad» única y bien ordenada que
hay que descubrir detrás de las apariencias, así como un
pimto de vista «objetivo» según el cual se la puede caracteri-
zar? Existen, a mi juicio, dos razones principales, relaciona-
das ambas con nuestro interés en los sistemas heredado de
la Ilustración, y que ya hemos esbozado antes. Permítase-
me que examine ahora esas razones.
Primero: como en parte ya he señalado, pero ahora debe-
mos verlo en detalle, desde los griegos de la Antigüedad Oc-
cidente ha creído que la «realidad» debe «hallarse detrás de
las apariencias». Durante largo tiempo se estimó, pues, que
en la naturaleza del pensamiento reflexivo o teórico reside
una capacidad especialísima, a saber, la de poder penetrar a
través de las formas superficiales de las cosas y de las activi-

45
dades para captar la naturaleza de la «forma de u n orden»
más profundo, u n orden subyacente del que debe manar de
hecho todo el pensamiento y toda la actividad humana. Por
eso la sociedad en general ha aceptado que es tarea legítima
de determinados grupos especiales de personas —llamados
clérigos, después eruditos y ahora filósofos, científicos o
simplemente intelectuales— intentar enimciar la naturale-
za de ese orden más profundo. Pero los problemas que en-
frentan son: ¿dónde hay que encontrar ese orden especial
subyacente? ¿Y cómo se lo puede hacer visible?
E n u n primer momento, en Occidente buscamos sin éxi-
to ese orden más profundo en los sistemas religiosos y me-
tafísicos. Pero después, durante l a Ilustración, tras haber
perdido l a fe en «el espíritu de los sistemas», adoptamos en
nuestras investigaciones, dice Cassirer (1951, pág. vii), «el
espíritu sistematizador». Y en m i opinión todavía es ese el
proyecto implícito en l a psicología moderna que hemos he-
redado de l a Ilustración: l a tarea de «descubrir» u n a serie
supuestamente neutral de principios «mentales» subyacen-
tes en l a que, racionalmente, debería reposar el resto de l a
vida. Pocos de nosotros, sin embargo, poseemos aún l a con-
fianza (la pasión) intelectual o moral para aceptar de buena
fe este epítome. Con todo, aunque no podemos renunciar
por completo a la creencia en que el esfuerzo de pensar con
seriedad las opciones de la vida debe tener algún valor, nos
es dificultoso idear alternativas; seguimos viéndonos como
si estuviéramos «entrampados» en vm laberinto invisible del
que no hay salida: y ello porque en nuestras prácticas aca-
démicas profesionales, t a l como se las ejerce en la actuaü-
dad, esto es, como empresas sistemáticas que se desenvuel-
ven en marcos lógicos, ¡no la hay!
Esto me lleva a l a segunda de las dos razones por las que,
según he señalado, nos es t a n difícil formular versiones a l -
ternativas inteligibles de nosotros mismos: a l cumplir con
nuestras responsabilidades como académicos profesionales
y competentes, debemos escribir textos sistemáticos; si no lo
hacemos, corremos el riesgo de que se nos considere incom-
petentes. Hasta hace poco dimos por sentado que esos tex-
tos eran i m medio neutral para emplear en l a forma que de-
seásemos. Ahora quiero afirmar que eso es i m error, y tene-
mos que estudiar su influencia. Pero ¿por qué tiene que re-
vestir t a n t a importancia para los psicólogos científicos l a

46
preocupación por l a naturaleza de los artificios literarios y
retóricos que constituyen l a estructura de vn texto sistemá-
tico y descontextualizado?
Porque los teóricos, a l intentar representar l a naturale-
za abierta, vaga y temporalmente cambiante del mundo co-
mo u n a naturaleza cerrada, bien definida y ordenada, em-
plean determinadas estrategias textuales y retóricas a fin
de construir en el interior de su texto un conjunto cerrado de
referencias intralingüísticas. No h a n apreciado, sin embar-
go, l a naturaleza de los procesos sociales implicados en ese
hecho. Pero lo cierto es que, al pasar de u n uso conversacio-
n a l corriente del lenguaje a l a construcción de u n discurso
textual sistemático, se pasa del respaldo en los significados
particulares, prácticos y únicos, negociados «ahí mismo»,
con referencia a l contexto inmediato, a u n respaldo en los
lazos con cierto cuerpo de significados ya determinados; i m
cuerpo de recursos interpretativos especiales que se h a n
inculcado en el lector profesional debidamente formado, a
fin de interpretar tales textos.^ E l hecho de ser capaz de alu-
dir a significados ya determinados en esos textos permite
que en ellos se reduzca la referencia a lo que «es» y que au-
mente, de manera correlativa, la referencia a lo que «podría
ser». Pero para poder hablar de ese modo, como participante
profesional en u n discurso disciplinario, es preciso desarro-
llar métodos para justificar, en el curso del habla, las afir-
maciones acerca de lo que «podría ser» como si fuera lo que
«es». Gracias a l uso de esos artificios retóricos —como la re-
ferencia a «métodos especiales de investigación», «evidencia
objetiva», «métodos especiales de prueba», «testimonios
independientes», etc.—, quienes son competentes en tales
procedimientos pueden c o n s t r u i r sus enunciados como
«enunciados fácticos» y pretender que poseen l a autoridad
de revelar u n a realidad «verdadera» particular situada de-
trás de las apariencias, sin referencia alguna a l contexto co-
t i d i a n o de sus afirmaciones (véase D r e y f u s y Rabinow,
1982, pág. 48).

s Como señala Foucault (1972, pág. 255), todo discurso disciplinario fija
un ritual que deben observar quienes participan en él: «establece los ges-
tos que hay que realizar ( . . . ) establece la significación supuesta o impues-
ta de las palabras que se emplean, s u efecto en aquellos a quienes se
dirigen, las limitaciones de su presunta validez».

47
Pero ese proceso puede producir —y para nosotros, en
las ciencias sociales, en efecto produce— lo que Ossorio
(1981) ha llamado falacias «del hecho expost fado»: la enga-
ñosa afirmación retrospectiva de que, para que los aconteci-
mientos presentes sean como son, sus causas tienen que ha-
ber sido de un tipo determinado. Entre quienes ya han estu-
diado la naturaleza general de esta falacia en relación con
los temas científicos se cuenta Fleck (1979), que comenta
esa naturaleza general de la siguiente manera:

«una vez publicado, un enunciado pasa a ser parte de las


fuerzas sociales que forman conceptos y crean hábitos de
pensamiento. Junto con todos los demás enunciados de-
termina "lo que no puede concebirse de ningún otro modo"
(...) Surge un sistema cerrado y armónico en el que ya no es
posible rastrear los orígenes lógicos de los elementos indivi-
duales» (Fleck, 1979, pág. 37).

Cuando intentamos comprender retrospectivamente los orí-


genes y el desarrollo (y el curso actual) de nuestro pensa-
miento, describimos su naturaleza dentro de esquematis-
mos que ahora son hasta cierto pimto completos y sistemá-
ticos. Pero, al hacerlo, «ya no podemos expresar los pensa-
mientos antes incompletos mediante esos conceptos ahora
terminados» (Fleck, 1979, pág. 80).
Sin embargo, el problema es que una vez que se está
«dentro de» esos sistemas resulta sumamente difícil salir
de ellos. Como dice Stolzenberg (1978), podemos quedar
«entrampados» en el sentido de que puede existir «una de-
mostración objetiva de que algunas de las creencias son in-
correctas», pero «determinadas actitudes y hábitos de pen-
samiento impidan reconocer esta situación» (Stolzenberg,
1978, pág. 224). Es esa, creo, la trampa en que nos hemos
enredado en nuestra reflexión académico-sistemática sobre
nosotros mismos y nuestra psicología. Pero eso quiere de-
cir que nuestro conocimiento científicamente adquirido
del mundo y de nosotros mismos no está determinado por
nuestra «naturaleza» o por la del mundo en la medida en
que lo creímos (y esperamos) en el pasado; ese conocimiento
sufire, en cambio, la influencia de las «maneras» —los me-
dios Hterarios y textuales— que hemos empleado para for-
mular nuestras preocupaciones. Más aún: quiere decir que

48
hemos dedicado el tiempo a investigar mitos que nosotros
mismos creamos, ejemplos de los cuales son «la mente»,
«ima realidad ya ordenada» y la «objetividad». ¿Cómo pode-
mos salir de esa trampa? Al examinar, ante todo, cómo lle-
gamos a quedar entrampados, tenemos que examinar el pa-
pel que retóricamente desempeñaron esos términos en
nuestra habla. Porque, a mi modo de ver, lejos de contrapo-
nerse a la retórica, el discurso acerca de «la mente», de «una
realidad ordenada» y de «la objetividad» forma parte de ella.
Esa es la razón por la que creo que es importante estudiar la
naturaleza real, empírica, de nuestros modos y medios con-
versacionales corrientes, cotidianos, no profesionales y no
textuales de comprensión compartida; porque son ellos los
que, a través del habla, nos «convencen» de nuestras su-
puestas «realidades».

Acontecimientos en las realidades


conversacionales

Como ya he señalado antes, la esencia de la comimica-


ción textual es la llamada intertextualidad: el hecho de que,
para la construcción de sus significados, recurra al conoci-
miento que las personas tienen de determinada masa de
significados ya formulados; por ese motivo los textos pue-
den entenderse sin contextos, esto es, independientemente
de los contextos inmediatos y locales. Y también por eso,
creo, los especialistas pueden quedar atrapados en los siste-
mas de pensamiento que ellos mismos han elaborado. Pero,
como señala Garfinkel (1967), en la conversación corriente
las personas se niegan a dejar que los demás entiendan de
esa manera lo que hablan. Se desarrolla un significado úni-
co y adecuado a la situación y a las personas que están en
ella. Sin embargo, ese significado no es fácil de negociar. Así
—como de hecho todos sabemos por experiencia propia—,
en muchos momentos de una conversación por fuerza suele
no ser claro «de qué se está hablando»; debemos darnos recí-
procamente ocasión de contribuir a la producción de signifi-
cados acordados.
En \m proceso semejante «el tema del que se habla» se
desarrolla sólo de manera gradual. En verdad, como dice

49
Garfinkel (1967, pág. 40), se t r a t a de u n «acontecimiento
desarrollado y en desarrollo» dentro del curso de acción que
lo produce. Por consiguiente, como t a l , sólo es «conocido por
las dos partes [que i n t e r v i e n e n en su producción] desde
dentro de ese desarrollo». No puedo subrayar con suficiente
énfasis l a naturaleza profunda y revolucionaria o extraña
de lo que afirma aquí Garfinkel: la naturaleza de la «reali-
dad» ocupada por acontecimientos conversacionales es por
lo menos t a n extraña como la de cualquiera de las «realida-
des» discutidas en la física moderna. L a «comprensión» de
i m acontecimiento semejante desde el interior de i m a rea-
lidad conversacional, l a construcción de u n a captación de
aquello «de lo que se habla» a partir de lo que «se dice», no
es, según Garfinkel, xma simple cuestión de «un solo pase»,
i m individuo que dice una frase y xm oyente que la «entien-
de». Los acontecimientos de que se habla son «específica-
mente vagos», esto es, «no sólo no constituyen u n a serie
claramente delimitada de determinaciones posibles, sino
que los acontecimientos descriptos i n c l u y e n e n t r e sus
rasgos esencialmente deliberados y ratificados, u n "mar-
gen" concomitante de determinaciones que están abiertas
respecto de las relaciones internas, las relaciones con otros
acontecimientos y las relaciones con posibilidades retros-
pectivas y prospectivas» (Garfinkel, 1967, págs. 40-1). Espe-
cificarlas o determinarlas lo suficiente a los efectos prácti-
cos pertinentes implica u n complejo proceso de negociación
de ida y vuelta tanto entre el hablante y el oyente cuanto
entre lo que ya se ha dicho y lo que se dice en el momento, l a
utilización de pruebas y supuestos, el uso tanto del contexto
presente como de l a espera de algo que se diga después y
aclare lo que se quiso decir antes, y l a consideración de m u -
chos otros aspectos de fondo «vistos pero inadvertidos» (Gar-
finkel, 1967, pág. 36) de las escenas cotidianas.^

^ «Manifiestamente, [un hablante] es sensible a ese fondo [en términos


de diversas expectativas], al mismo tiempo que vacila en decirnos específi-
camente en qué consisten las expectativas. Cuando le preguntamos por
ellas, tiene poco o nada que decir» (Garfinkel, 1967, págs. 36-7). Como s u -
giere Garfinkel, algimas de las expectativas dependerán de acuerdos pre-
cedentes y se conformarán a prácticas o «métodos» acordados, pero en mi
opinión otras, a causa de las propiedades intrínsecas de la acción en co-
mún, surgirán de las circunstancias prácticas inmediatas y locales de la
conversación en cuestión.

50
Esas extrañas propiedades temporales y espaciales de
Los acontecimientos conversacionales son en realidad, se-
rón afirma Garfinkel, las propiedades del habla conversa-
;:3nal corriente. Y, como señala (1967, págs. 41-2):

«Las personas necesitan de esas propiedades del discurso


como condiciones para tener el derecho y reconocer el dere-
cho de otros de afirmar que saben de qué están hablando, y
que lo que dicen es inteligible y debe ser entendido. E n sín-
tesis, su presencia vista pero no advertida se u t i l i z a para
otorgar a las personas el derecho de llevar adelante sus te-
mas conversacionales comunes sin interferencia. Todo apar-
tamiento de esos usos suscita intentos inmediatos de resta-
blecer el estado de cosas correcto».

Podemos, pues, comenzar a ver por qué, cuando Garfinkel


indicó a sus alumnos que procuraran hablar a los demás co-
mo si cada i m a de las palabras tuviera ya u n significado cla-
ro y determinado,^ la actitud causó en las víctimas de esos
estudiantes u n enojo con motivos morales. L a gente sentía
que en cierto modo se habían violado sus derechos y, como lo
mostró Garfinkel, ¡era así! A l habérseles impuesto los signi-
ficados preestablecidos de otras personas, habían sido des-
pojados de su derecho de participar en l a elaboración de los
significados pertinentes para la situación en que estaban, y
negociar t m resultado debidamente compartido; no podían
producir u n significado único adecuado a sus circunstancias
únicas. Sanciones morales siguen a esas transgresiones; l a
gente sé siente perjudicada e intenta sancionar o «castigar»
a quienes las cometen.
Pero si admitimos esta concepción —que aquello «de lo
cual nosotros hablamos» se desarrolla a partir de lo «dicho»
por cada uno—, ¿qué debemos decir de l a naturaleza de las

^ L a idea de que el lenguaje funciona según u n a serie de significa-


dos básicos preestablecidos, un código, ha sido durante largo tiempo un lu-
gar común de l a lingüística académica. L o atestigua la afirmación de
Jakobson (1956, pág. 71) de que «el hablante y el oyente tienen a su dispo-
sición más o menos el mismo "fichero de representaciones prefabricadas":
el emisor de u n mensaje verbal selecciona una de esas "posibilidades pre-
concebidas" y se supone que el receptor hace idéntica selección dentro del
mismo repertorio (. . .) Así, l a eficacia de u n hecho de habla exige que
quienes participan en él empleen u n código común».

51
palabras y de sus significados, si no consideramos que tie-
nen significados ya determinados? En lugar de estimar que
poseen ya un significado, acaso debamos ver el uso de ima
palabra como un medio (pero sólo como un medio entre mu-
chos otros) en la elaboración social de un significado. Afir-
mar que deben tener ya algima clase de significado es igno-
rar una vez más ese tercer tipo especial pero no reconocido
de conocimiento, relacionado con el modo en que captamos
«de qué se habla» en ima conversación, en el curso de todo
nuestro discurso «acerca de» eso. Ignorarlo nos lleva a igno-
rar la naturaleza evolutiva, única y especialísima de esas si-
tuaciones o acontecimientos conversacionales j los derechos
de las personas que intervienen en ellos. En realidad, insis-
tir en que las palabras tienen significados predeterminados
es intentar despojar a las personas de su derecho a tomar
parte en el desarrollo de un tema conversacional con los
otros y a disponer de su manera individual de hacer esa con-
tribución. Pero lo que está en juego es aun más: privar a
nuestra propia cultura de las ocasiones o de los aconteci-
mientos conversacionales en los que se constituye y se re-
produce la individualidad de las personas. Es también
reemplazar por la autoridad de los textos profesionales para
justificar las pretensiones de verdad (sobre la base de la
idea, que ahora comprobamos injustificada, de que nos dan
acceso a una realidad extralingüística independiente), las
buenas razones que corrientemente nos damos irnos a otros
en nuestras conversaciones y debates más informales.
Ahora bien: si no podemos encontrar los fundamentos que
necesitamos para una psicología académica en los escritos
de los filósofos o las investigaciones de nuestros científicos,
¿dónde podremos hallarlos?

Los fundamentos de la psicología: ¿en los


principios de la mente o en las realidades
conversacionales cotidianas?
El paso de una concepción referencialista y representa-
cional del lenguaje a una visión retórico-respondiente com-
prende también pasar de un interés descontextualizado en
una «psicología de la mente» teórica y explicativa a un in-

52
teres «situado» en la «psicología de las relaciones socio-mo-
rales», práctica y descriptiva, que he señalado antes. Puesto
que la «mente», como tal, deja de ser una cosa por explicar y
se transforma en un artificio retórico, algo de lo que habla-
mos en diferentes momentos y con distintos propósitos. Y lo
que necesitamos son formas de describir críticamente esos
propósitos. Donde entendemos por descripción crítica una
descripción consciente de los sesgos ideológicos inherentes
al discurso normal del momento; esto es, consciente del
hecho de que no siempre estamos acertados en nuestras teo-
rías acerca de por qué hablamos de nosotros mismos como lo
hacemos. Sin embargo, un cambio semejante —la adopción
de un enfoque crítico práctico y descriptivo— conlleva un
cambio en lo que consideramos los fundamentos de nuestra
disciplina.
Como sabemos, la tradición cartesiana hace que nues-
tras investigaciones, a fin de que se las considere intelec-
tualmente respetables, deban tener su fundamentación en
enunciados preposicionales explícitamente formulados y
manifiestamente verdaderos. Y negarlo (como en realidad
lo ha hecho Rorty [1980]), parece abrir la puerta al caos del
«todo vale». Presuntamente, no habría nada en absoluto en
cuyos términos pudieran juzgarse las pretensiones de cono-
cimiento. Sin embargo, las cosas sencillamente no son así.
Permítaseme hacer constar una vez más lo que me parece
un dato empírico innegable que la psicología concebida co-
mo ciencia natural ha ignorado constantemente: el hecho de
que nuestra vida diaria no arraiga en los textos escritos o en
la reflexión contemplativa, sino en el encuentro oral y el dis-
curso mutuo. Dicho de otra manera: vivimos nuestra vida
social diaria en una atmósfera de conversación, discusión,
argumentación, negociación, crítica y justificación; gran
parte de ello se refiere a problemas de inteligibilidad y de le-
gitimación de las pretensiones de verdad. Cualquiera que
desee negarlo nos pondrá de inmediato frente a un ejemplo
empírico de su verdad. Y es ese «arraigo» de todas nuestras
actividades en nuestros compromisos con quienes nos ro-
dean lo que impide el caos de un «todo vale». Pero sólo si
tenemos un tipo determinado de sentido común, un tipo es-
pecial de sensibilidad ética adquirida en el curso de nuestro
crecimiento desde la niñez hasta la adultez, relacionada con
la percepción o el sentimiento de lo que quienes nos rodean

53
procuran hacer con sus acciones, estamos cahficados para
u n compromiso semejante. De faltar eso, se nos niega nues-
tro derecho a actuar con libertad, nuestra condición de seres
autónomos. Esa percepción, esos sentimientos (a los que de
manera inapropiada se denomina «emociones»), operan co-
mo «pautas» de acuerdo con las cuales se juzga la adecua-
ción o l a propiedad de nuestras formulaciones más explí-
citas. De hecho, me propongo sostener, con Wittgenstein
(1980, I I , n°s 624-9), que:

«juzgamos u n a acción de acuerdo con su trasfondo dentro de


la vida h u m a n a (...) E l trasfondo es el bullicio de la vida. Y
nuestro concepto apimta a algo dentro de ese bullicio (.. .)
E l trasfondo contra el que vemos i m a acción no es lo que un
hombre hace ahora, sino todo el alboroto, y este determina
nuestro juicio, nuestros conceptos y nuestras reacciones».

Avmque, me apresuro a agregar, no los determina en u n ins-


tante, y todo el alboroto y el bullicio posibles que forman el
fondo de l a vida tampoco están presentes «en» u n instante.
Los fundamentos de nuestra vida nunca dejan de discu-
tirse.
Pero es esta afirmación —que las raíces o los fundamen-
tos de nuestras acciones h a n de hallarse generalmente en el
seno de las actividades cotidianas de l a gente común (inclu-
yendo las «tendencias» inconclusas a la acción que contie-
nen), y no en determinados principios ya ordenados de la
mente— lo que los académicos profesionales hemos conside-
rado y aún consideramos difícil de asimilar. Porque signifi-
ca que l a aceptación de todo lo que proponemos depende
tanto (si no más) de l a sensibilidad común, colectiva pero
«desordenada», encarnada, de los miembros de la sociedad
en general, cuanto de las nociones refinadas, sistemáticas y
reflexivamente formuladas de los académicos y los intelec-
tuales. Pero esto quiere decir que en l a elaboración de i m
enfoque construccionista social no cognitivo, no cartesiano
y retórico de l a psicología como ciencia moral, el paso que
obviamente viene a continuación es u n creciente interés, no
en l a mente o el cerebro, sino en el cuerpo viviente o, para
decirlo más correctamente, en las actividades corporales
irreflexivas de la persona en su totalidad. Puesto que, por
paradójico que pueda resultar afirmarlo, en m i opinión las

54
ideas se inician en las actividades corporales sensoriales, no
en la «mente»; esas actividades sensoriales o sensibles son
tanto el terminus a quo cuanto el terminas ad quem de to-
das nuestras construcciones sociales (Shotter, 19936).
La postura de un construccionismo social retórico-res-
pondiente que aquí adoptaré representa, entonces, im ale-
jamiento radical respecto de las metas «analíticas» de la
Ilustración: el sueño de descubrir los principios «reales»,
ordenados y ya existentes que subyacen a nuestra conduc-
ta, ya sea en la «mente» de los individuos o en las «reglas»
que gobiernan un orden social sistemático. De hecho, la
retórica «realista» que legitima ese proyecto parece autori-
zar una forma de hablar «acerca de» determinadas «entida-
des» o «estructuras» —como «la mente» o «la sociedad» y
otras cosas supuestamente «objetivas y reales»— cuando
semejantes «cosas» o «estructuras» ordenadas no pueden,
como tales, existir efectivamente. Por cierto, esa retórica no
establece una distinción entre la «realidad social» de las per-
sonas —entendida actualmente en el sentido de quiénes y
qué son para sí mismas como miembros de ima cultura occi-
dental liberal, individualista y cientificista— y las formas
de «realidad» con las que podrían ponerse en contacto desde
el interior de esas realidades sociales. Una retórica seme-
jante hace que nuestra tarea parezca meramente la de des-
cribir, con tanta fidelidad como sea posible, el modo en que
hemos «observado» cómo es el mundo social o la mentalidad
de ima persona. Pero esa forma de «análisis» sólo es útil, co-
mo tal, si ya sabemos perfectamente bien qué es «lo» orde-
nado que se está analizando. No sucede así, sin embargo,
cuando hablamos acerca de conceptos tan discutidos como
«mentes», «subjetividades», «culturas», «historias», «socie-
dades», etc. Estos son «objetos políticos o discutidos» cuya
función, en sentido amplio, estriba en la constitución de
diferentes formas de relación social. Por ese motivo no re-
sulta sorprendente que diferentes personas tengan «visio-
nes» diferentes sobre lo que debe ser su naturaleza supues-
tamente ordenada y expresen esas visiones en las diferen-
tes «imágenes» que emplean (Shotter, 1975). En la concep-
ción construccionista social que propongo aquí, «objetos
políticos» como esos sólo existen si desempeñan un papel en
una conversación. Esto es, una «tradición de argumenta-
ción» estructurada de acuerdo con ellos, contribuye a dar

55
origen a u n a determinada forma de ser humano, en donde
«imaginar u n lenguaje es i m a g i n a r u n a f o r m a de vida»
(Wittgenstein, 1953, n° 19). E n otras palabras, dar cuenta
de nosotros mismos hablando de «entidades internas» como
«pensamientos», «motivos», «recuerdos» y otras por el estilo
nos permite estructurar y manejar nuestras formas indi-
vidualistas de vida y crear instituciones sociales de deter-
minado tipo, de las que no disponen quienes carecen de ese
«lenguaje de l a mente» (véase en el capítulo 6 lo señalado
por W h o r f acerca del pueblo aborigen americano de los
hopi). Tal es, de hecho, l a naturaleza de nuestra «realidad
social»; l a sostenemos y l a manejamos mediante esas for-
mas de habla.
Pero cuando los académicos tratamos de manera aerifi-
ca, como lo hace l a gente común, lo que esta dice cotidiana-
mente de sus «pensamientos», sus «recuerdos», sus «per-
cepciones», sus «motivos», sus «necesidades» y sus «deseos»
— e n síntesis, como habla acerca de sus «mentes»—, o m i t i -
mos tomar en cuenta «los contenidos y las formas que le dan
existencia [a esa habla]» (Foucault, 1970, pág. 364). E n ella,
de acuerdo con l a visión del construccionismo social, las per-
sonas no hacen referencia a la naturaleza de sus mentes ya
existentes, sino que toman parte en u n proceso debatido (o
al menos debatible), u n a tradición de argumentación en l a
que aún luchan por alcanzar l a constitución de su propia
estructura mental. E n el plano personal, todo el léxico de l a
«mente» y de l a «actividad mental» suministra i m a serie de
recursos o artificios retóricos susceptibles de utilizarse en
beneficio de sus intereses personales en esa lucha; en t a n -
to que en el nivel social, es u n a forma de hablíir que sirve
para mantener y acaso desarrollar aún más nuestra forma
occidental de vida y personalidad social. Si nos proponemos
modificarla, debemos embarcamos en u n debate en el que,
como sugieren B i l l i g et al. (1988, pág. 149), «una de las me-
tas de la acción social o de l a reforma social es ganar u n a
discusión actual a fin de modificar la agenda de la argumen-
tación», y esa es l a tarea en l a que, en polémica con los cog-
nitivistas, estamos hoy embarcados los construccionistas
sociales.

56
2. Localización del construccionismo social:
conocer «desde adentro»

«"El tema del que se habla", como acontecimiento en desa-


rrollo y desarrollado en el curso de la acción que lo produce,
en tanto proceso y producto, [es] conocido desde dentro de es-
te desarrollo por las dos partes, cada una de por sí y en nom-
bre de la otra».

Garfinkel, 1967, pág. 40

En este capítulo me propongo profundizar en el examen


de las consecuencias de situar los estudios del construccio-
nismo social en un fondo o contexto conversacional. Esto es,
me propongo indagar qué conlleva el hecho de llevar ade-
lante nuestros estudios desde el interior de un flujo cons-
tantemente en circulación de una actividad social diferen-
ciada, turbulenta pero formativa, donde nuestros intereses
tienen que ver con «algo [que está] dentro de ese bullicio»
(para reiterar la ft-ase de Wittgenstein citada en el capítu-
lo anterior). Es característico que, una vez que colocamos
perceptivamente en primer plano una entidad para estu-
diarla, nos habituemos a tratarla como si tuviese una exis-
tencia separada e ignoremos su fondo; no solemos tratarla
como si existiera solamente en virtud de su constante inte-
racción con las circunstancias que le sirven de fondo. Pero,
como lo ilustraba el ejemplo del «te quiero» presentado en la
«Introducción», las palabras expresadas en esos contextos
extraen su poder de la forma en que su funcionamiento es-
tablece una diferencia decisiva en un momento decisivo en
ese flujo de actividad del segundo plano. ^ Como resultado

1 «El enunciado que alcanza una realidad externa es una isla que emer-
ge del ilimitado mar del lenguaje interior» (Volosinov, 1973, pág. 96).

57
de la historia del flujo de actividad entre las personas impli-
cadas, surge una posible diferencia, y las palabras emmcia-
das sirven para realizar esa posibilidad: adquieren su signi-
ficado fimdamentalmente en el uso que se hace de ellas en
ese momento. Por tanto, en muchas situaciones como esa,
aquello de que se habla (para referimos a la cita anterior de
Garfinkel) es un acontecimiento en desarrollo y desarrolla-
do, un acontecimiento que sólo conocen verdaderamente
desde el interior de ese desarrollo quienes lo producen. En
esos acontecimientos son cruciales los momentos de una
conversación en los que debe salvarse un «bache»: cuando se
produce un cambio en el sujeto hablante o bien, para decirlo
de otra manera, cuando otra persona (o la misma) debe ex-
plicar, comprender o responder de algún modo lo que al-
guien dice o hace.
Al situar el tipo de constmccionismo social que me pro-
pongo delinear de este modo, quiero subrayar su interés en
un conjunto especial de problemas relacionados con la
investigación y la articulación lingüística de la naturaleza
del trasfondo de nuestro sentido común cotidiano, una. na-
turaleza que se estmctura y cambia a medida que vivimos
nuestra vida.^ En cuanto a ese trasfondo, debe decirse que
a) de él emergen todas nuestras actividades, que b) se en-
cauzan (aunque erróneamente) hacia algunos de sus aspec-
tos; c) con respecto a él se juzga la propiedad de esas activi-
dades, que d) repercuten históricamente en él para modifi-
carlo. La versión retórico-respondiente del constmccionis-
mo social propuesta aquí no solamente apunta, pues, a ima
comprensión del modo en que constituimos (hacemos) y re-
constituimos (rehacemos) ese sentido común o ethos, sino
también del modo en que nosotros mismos nos hacemos y
nos rehacemos en ese proceso. Lo común al constmccionis-
mo social en todas sus versiones, es, a mi entender, este én-
fasis dialéctico tanto en nuestra construcción de nuestras
realidades sociales cuanto en el hecho de que ellas nos cons-
tmyen.
Con todo, tras haber situado nuestros estudios de cons-
truccionismo social dentro del bullicio o el alboroto de la
^ Raymond Williams (1977, pág. 132) emplea la expresión «estructuras
de sentimiento» para caracterizar los significados y los valores en cuanto
son activamente vividos y sentidos; en tanto que Vico (1968: § 141-2) los
llama el sensus communis de una clase; es un «juicio sin reflexión».

58
vida social cotidiana y aceptado que todas las palabras que
emitimos —si son eficaces en alguna medida— tienen la
fiinción de establecer diferencias decisivas en momentos de-
cisivos, ¿cómo debemos informar los resultados de nuestras
investigaciones? Puesto que ya no podemos pretender que
presentamos «cuadros» neutrales de estados de cosas fijos y
ya existentes, a la espera de nuestro juicio en cuanto a su
verdad o su falsedad. La respuesta parecería depender del
tipo de actividad en que nos vemos comprometidos. Como
he señalado en el capítulo precedente, en una psicología
construccionista social los psicólogos no son científicos olím-
picos que miran desde lo alto la sociedad que están estu-
diando sin desempeñar ningún papel en ella; están insertos
en una tradición de argumentación. Toman parte en un pro-
ceso discutido (o al menos discutible), ima lucha relacionada
con la constitución de nuestra estructura mental. Y en esa
lucha es decisivo el lenguaje «básico» (el «vocabulario de mo-
tivos», Mills, 1940) en términos del cual damos cuenta de
nosotros mismos, términos con los que justificamos nues-
tras acciones ante los demás cuando estos nos exigen hacer-
lo. Como respuesta a la pregunta recién planteada sobre el
modo de presentar los resultados de nuestras investiga-
ciones, en lo que sigue ofireceré, en lugar de teorías, un con-
junto de enunciados instructivos, que exponen un conjunto
de aspectos, que considero decisivos, de la naturaleza de los
intercambios conversacionales. Su función no es represen-
tar un estado de cosas, sino dirigir la atención a rasgos cru-
ciales del contexto, que «muestran» conexiones entre cosas
que de otro modo pasarían inadvertidas. Tienen la forma:
«preste atención a X si desea captar el rasgo decisivo que le
permitirá comprender el tema en cuestión aquí». Sólo tie-
nen sentido en vm contexto; son importantes linicamente en
los momentos del flujo de la interacción cotidiana cuando
las personas involucradas perciben que está en discusión
im cambio en la índole de esa forma de vida: de ahí su fuerza
argumentativa. Y así pretendo que se lean aquí mis plan-
teos: como descripciones que sugieren un cambio en el len-
guaje mediante el cual realizamos hoy en psicología los de-
bates acerca de nuestra propia naturaleza psicológica.
Al denominar «instructivas» esas descripciones, intento
evocar aspectos de la importante interpretación de Vigotsky
(1978, 1986) de las palabras como «instrumentos o herra-

59
mientas psicológicas». Las palabras funcionan de esta ma-
nera instrumental cuando, por ejemplo, los demás utilizan
distintas formas de habla para llamamos la atención hacia
rasgos de nuestras circunstancias que de otro modo se nos
escaparían, o indicamos cómo comportamos en determina-
das situaciones; pueden enseñamos cómo manejar u orga-
nizar nuestras formas de percibir y actuar. Como señala
Vigotsky (1978, pág. 32), al aprender a coordinar lingüísti-
camente sus acciones con las acciones de quienes lo rodean,
«el niño comienza a percibir el mundo no sólo a través de sus
ojos sino también a través de su discurso». Y a continuación
muestra que a posteriori podemos adoptar la forma que en
un primer momento usaron otros para damos instracciones
verbales; así como ellos lo hicieron, podemos llegar a hacerlo
nosotros mismos. A medida que avancemos se aclarará la
naturaleza de esas formas de hablar y el modo en que ejer-
cen su función. Pero lo que espero que resulte claro ahora es
que este uso «instmctivo» del lenguaje es muy diferente de
su función referencial y representacional. Y veremos que es
esencial para dilucidar la naturaleza de la psicología retó-
rico-respondiente del constmccionismo social, y que esa psi-
cología puede funcionar desde el interior del fondo conver-
sacional cotidiano donde se sitúa.

La creación de las relaciones persona-mundo en


las relaciones yo-otro
En lo que precede destaqué varias veces la importancia
de nuestras formas «básicas» de hablar de nosotros mismos
y de nuestro mundo. Lo que deseo examinar en particular
en este capítulo es cómo, en las relaciones yo-otro cotidia-
nas, desordenadas y prácticas que constituyen el trasfondo
comúnmente inadvertido de nuestra vida, constmimos en-
tre nosotros, sin saberlo, esas formas organizadas de rela-
ción (intralingüística) que antes denominé «relaciones per-
sona-mundo». En las cuales lo especial, para decirlo una vez
más, es que las formas ordenadas de hablar que las consti-
tuyen componen nuestras formas de explicarnos y enten-
dernos y de hacer lo mismo con nuestro mundo, formas que
son «básicas» en el sentido de que, por así decirlo, integran

60
un léxico de conclusiones justificativas (Mills, 1940): todo
un vocabulario autoevidente de cosas y de procesos de los
cuales decimos que son la naturaleza «básica» tanto de no-
sotros mismos como del mundo en que vivimos.
Si bien sostendré aquí que el carácter o estilo de nues-
tras relaciones «básicas» persona-mundo es «producido por»
nuestras relaciones yo-otro pero también está «contenido
en» ellas, es claro que en nuestra experiencia autoconscien-
te (y también en otras culturas) ocurre como si nos fiieran
«dadas» por ima agencia «externa». No tenemos conciencia
de nuestra intervención en su construcción. Es como si
nuestras relaciones persona-mundo fiieran independientes
de nuestras relaciones yo-otro u «ortogonales» respecto de
ellas. A l igual que los movimientos de la copa en el tablero
del ouija, las personas (y los pueblos) parecen carecer de to-
do sentimiento individual de responsabilidad por esos re-
sultados socialmente producidos; hecho que nos importará
más adelante, cuando analicemos la «acción conjunta». Sin
embargo, todas las demás dimensiones de la polaridad per-
sona-mundo que son importantes para nosotros se originan
y se forman, a mi juicio, en ese flujo retórico-respondiente
bidireccional de actividades y prácticas yo-otro relaciónales
y sensorialmente canalizadas.
El proceso bidireccional en juego puede esquematizarse
como en la figura 1, esto es, como un proceso en el que las
personas, con raíces en un trasfondo y validas de los recur-
sos lingüísticos que este les proporciona, actúan a su vez so-
bre las circunstancias de ese trasfondo (su «mundo») para
darles o prestarles más forma o estructura. En ese proceso
de ida y vuelta podemos ver que nuestras actividades yo-
otro de fondo son formadoras, por una parte, de las maneras
de hablar persona-mundo rutinarias y cotidianas que, como
personas comunes, empleamos al dar cuenta normativa-
mente^ de nosotros mismos y del mundo ante los demás en

^ Vacilo en usar aquí la palabra «normativo». No me propongo sugerir


que hay, en general, convenciones normativas preestablecidas que regulen
los movimientos o las respuestas conversacionales; la formación de u n a
respuesta acertada tiene que ver con su «adaptación» al contexto con-
versacional disponible en el momento. E s a «adaptación» no depende de
que concuerde con normas anteriores, sino de que sea u n a respuesta
«sensible» a una expresión anterior del hablante en el desarrollo en curso
de la conversación.

61
las «realidades sociales» que ocupamos. Por otra parte, en la
medida en que nuestras formas explicables surgen de allí,
también pueden considerarse «arraigadas» en ellas; esto es,
que proporcionan como base una «estructura de sentimien-
to» compartida en cuyos términos pueden juzgarse como
apropiadas o no apropiadas las formulaciones explicables
(véase la nota 1). Si nuestra explicación llega a un fin —el
acuerdo en una justificación final en términos de lo que to-
dos «sienten» correcto—, es porque nuestras formas expli-
cables de habla siguen estando fiincionalmente insertas en
el trasfondo conversacional del que perceptualmente han
surgido.

dan o prestan más forma o estructura a

trasfondo («mundo») formas de hablar

arraigan en

Figura 1.

Exactamente de acuerdo, ^ma vez más, con el mismo pro-


ceso bidireccional —pero ahora con nuestras actividades co-
tidianas explicables como base—, también es posible ver có-
mo pueden desarrollarse nuestras formas disciplinarias es-
peciales de vida, jimto con lo que en ellas se «siente» como
correcto. Nos «instruimos» en esos sentimientos con nues-
tras lecturas de los textos disciplinarios apropiados (y con
los exámenes que nos toman sobre ellos). Como en las cien-
cias sociales y comportamentales uno de esos sentimientos
es, en estos momentos, que resulta crucial intentar explicar
nuestros mimdos «extemos» sólo en términos de tipos espe-
cíficos de entidades objetiva y teóricamente identificables,
tma exposición se califica de «meramente» descriptiva y se
la percibe como inadecuada. Puesto que, hasta hace poco,
al creer que sólo podríamos ver los lejanos alcances de
nuestras formas de vida si estábamos sobre los hombros
de gigantes, nos parecía razonable sostener que algunos de
nuestros modos especiales de ser —como el del actor, el dra-
maturgo, el novelista, el pintor, el periodista, el poeta, el

62
hombre de negocios, el diseñador, el académico y especial-
mente el científico— nos ofi"ecían ocasión de «ver» la totali-
dad. La reformulación de la cuestión señalando que en la
base hay una estructura de sentimiento, situada en un con-
texto, sugiere que es imposible articular la naturaleza de la
totalidad desde el mero pimto de vista de ima de sus partes
especializadas. Se necesita algo más que una «visión». Así,
es preciso que intentemos describirla desde nuestra condi-
ción de personas comunes y corrientes, a medida que nos
desplazamos por el diferenciado paisaje que constituye el
telón de fondo de nuestra vida y pasamos de un centro insti-
tucional a otro, experimentamos el cruce de fi-onteras, cons-
tatamos las diferencias entre el centro visto desde los már-
genes y los márgenes vistos desde el centro, etcétera.^
Pasemos, pues, a la cuestión de cómo dan cuenta las per-
sonas, ante quienes las rodean, de sí mismas y del carácter
general de sus circimstancias. Como hemos visto en el exa-
men de las exposiciones sobre las formas de conciencia
occidental y de los dinka que nos ofi-ecen, respectivamente,
Geertz (1975) y Lienhardt (1961), personas que pertenecen
a grupos sociohistóricos diferentes parecen dar cuenta de sí
mismas y de su mundo de maneras muy diferentes. Como lo
vimos anteriormente, mucho de lo que nosotros experimen-
tamos como parte de nosotros mismos, como un aspecto de
nuestra agencia que está bajo nuestro control, es experi-
mentado por los dinka como una presencia en su entorno
que actúa sobre ellos desde afuera. La sensación es que ha-
blar de un ethos, del hecho de estar incorporados a una es-
tructura de sentimiento, sería más inmediatamente inteli-
gible para ellos que para nosotros. Para reforzar el argu-
mento podríamos también comparar la forma en que expe-
rimentamos la problemática relación entre nosotros y el
mundo con la naturaleza aparente de esa relación para los

* E n este sentido, como observó Wittgenstein (1953), aparentemente es


imposible «soldar» esas investigaciones en «un orden natural sin fisuras»,
esto es, formar u n a «imagen» coherente del terreno como tal: «Y, por su-
puesto, este aspecto estaba conectado con la naturaleza misma de la inves-
tigación. Puesto que nos fuerza a viajar en todas las direcciones a través de
la vasta extensión de u n a red intrincada de pensamientos. L a s observa-
ciones filosóficas de este libro son, por así decir, u n conjunto de bocetos
de paisajes trazados en el curso de esos largos y complicados itinerarios»
(1953, pág. ix).

63
hopi según Whorf (1956, pág. 150): mientras que «nosotros
tenemos una oscura conciencia de que nos movemos con
todo un espacio imaginario lleno de sustitutos mentales
(. ..) el mundo del pensamiento hopi carece de ese espacio
imaginario (...) [Un hopi "naturalmente"] supone que su
pensamiento (o él mismo) mantiene un comercio con la
[cosa] en la que está pensando». Así, mientras nosotros «ha-
cemos planes» para el futuro, trazando un esquema teórico
y poniendo de antemano en la debida relación recíproca las
representaciones de las cosas, para hacerlas bien cuando
llevamos el plan a la práctica, los hopi «se preparan» para el
futuro de una manera muy distinta. Para ellos, el momen-
to presente, en tanto lleva las «huellas» de actividades pa-
sadas, hace posible que se sumen otras «huellas» más. Por
tanto, en su caso las repeticiones, la acumulación de los re-
sultados de incontables pequeños actos cooperativos (a me-
nudo rituales), no se disipan, sino que se depositan como un
poder en su entorno, un poder que se prolongará en acon-
tecimientos posteriores. Es lo que acaso tratamos de hacer
en Occidente cuando en los partidos de fútbol intentamos,
mediante cánticos, generar una «carga» que empuje a nues-
tro equipo a hacer mayores esfuerzos, si bien tenemos un
vocabulario mucho más reducido que el de ellos para justifi-
car y explicar la eficacia de tales prácticas a quienes pudie-
ran ponerlas en tela de juicio. Pero lo señalado en relación
con los hopi es válido también para los dinka: en el curso re-
gular de las cosas, su mundo parecería ser un lugar mucho
más espiritualmente cargado y cargable que el nuestro.
La manera en que los dinka y los hopi experimentan su
mimdo tal vez sea, hasta cierto pimto, la forma en que las
cosas se nos mostrarían si sólo nos dedicáramos a cuestio-
nes prácticas y nos enfrentáramos a la tarea de formular la
naturaleza de estas exclusivamente desde el interior de su
realización: sin poder «verlas» nunca o hablar de ellas re-
trospectivamente o desde el punto de vista «externo» de una
tercera persona, y «explicarlas» así dentro de un contexto
teórico. En otras palabras: las formas de «ser corrientes» de
los hopi y los dinka, al estar incorporadas a sus modos de
hablar, sus instituciones sociales y su manera de hacer las
cosas, a sus herramientas y sus utensilios, junto con sus for-
mas de juzgar la corrección de las cosas, les proporcionan un
ethos de fondo que determina no sólo lo que entre ellos se

64
-; nsidera real, sino también muchas otras cosas y catego-
r.as que juzgan extrañas o fuera de lo corriente. De igual
modo, nuestro ethos de fondo determina, para nosotros, no
- :1o a) nuestras propias formas de ser corrientes, sino tam-
en, en particular, lo que concebimos como b) lo imaginario,
inexistente, lo imposible, lo extraordinario, así como c)
. da una gama de cosas que ni siquiera advertimos que no
advertimos:^ cosas, acontecimientos y situaciones que, para
mvertir una frase de Garfinkel (1967, pág. vii), se vuelven
-racionalmente ¿«visibles» para nosotros, esto es, cosas que
nuestras formas de percibir, actuar, hablar y valorar no lo-
gran hacer visiblemente racionales y, por tanto, suscepti-
bles de un discurso y un debate racionales. En nuestro caso,
lo que permaneció «racionalmente invisible» es justo la
tercera esfera de actividad que ya mencioné: el flujo de-
sordenado, difuso y de ida y vuelta de la actividad sensorial
práctica.

«Acción conjunta» y realidades conversacionales


Para pasar a esa tercera esfera o categoría de aconteci-
mientos, resulta claro que la actividad que nos interesa se
desenvuelve en una zona de indeterminación, ima zona de
incertidumbre que se sitúa en algún punto entre los otros
dos polos antes mencionados, en los que hemos centrado
nuestra atención en el pasado. Dicha actividad se produce
en una zona entre a) acciones (lo que «hago» como indivi-
duo), y b) acontecimientos (lo que meramente me «ocurre» a
mí, ocurre en mí o en tomo de mí, al margen de mi capaci-
dad individual de controlarlo), y, como tal, no parece en ab-
soluto susceptible de una caracterización. Las cosas, sin em-
bargo, no son del todo así. En realidad es su misma falta de
especificidad, su carencia de todo orden predeterminado
y, por tanto, el hecho de que esté abierta a la especificación
o a la determinación por quienes intervienen en ella, lo

^ «Los fundamentos reales de su investigación no afectan en absoluto a


un hombre. A no ser que ese hecho lo haya afectado en algún momento»
(Wittgenstein, 1953, pág. 129).

65
que constituye su característica definitoria fundamental."
c) Llamaré «acción conjunta» (Shotter, 1984) la actividad
que se desenvuelve en esta tercera esfera, en esa zona de
incertidumbre. Sus rasgos fimdamentales son dos:

1. Cuando las personas coordinan su actividad con las ac-


tividades de los demás y «responden» a ellas mediante
lo que hacen, lo que desean como individuos y lo que en
realidad resulta de sus intercambios suelen ser dos
cosas muy diferentes. En síntesis, la acción conjunta
produce resultados imprevistos e impredecibles. Estos
originan una «situación» o un «marco práctico y moral
organizado» que comprende a todos los que toman par-
te. Como su organización no puede remontarse a las in-
tenciones de ningún individuo en particular, es como si
tuviera una naturaleza «dada», «natural» o «exterior-
mente causada»; pero para quienes intervienen en ella,
es «su» o «nuestra» situación.
2. Aun cuando un marco como ese no haya sido previsto
por ninguno de los individuos que participan en él, de
todos modos tiene una cualidad intencional: parece te-
ner un «contenido» y, a la vez, «indicar» o estar «relacio-
nado con algo distinto de o más allá de sí mismo»;^ esto
es, los participantes se encuentran sumidos «en» una si-
tuación ya dada, pero con un horizonte que la «abre» a
sus acciones. En verdad, su «organización» es tal que
las coacciones (y las posibilidades) práctico-morales que
les ofrece influyen en sus posibles acciones inmediatas,
vale decir, las «incitan» y «motivan».

Y, según lo describe Giddens (1984, pág. 8), esas consecuen-


cias socialmente construidas pero «imprevistas pueden re-
troalimentarse sistemáticamente y ser de ese modo las con-

^ Wittgenstein (1953, pág. 227) formuló del siguiente modo la dificultad


que se plantea aquí: consiste en «poner en palabras toda indefinición, de
manera correcta y sin adulterar». Por eso es «difícil renunciar a cualquier
teoría: uno tiene que considerar lo que aparece tan manifiestamente i n -
completo como algo completo» (1980,1, n° 723).
^ «Más allá de lo que puedo ver y percibir, no hay, es verdad, nada más
que sea realmente visible, pero mi mundo está traspasado por líneas de in-
tencionalidad que señalan de antemano, a l menos, el estilo de lo que ha de
venir» (Merleau-Ponty, 1962, pág. 416).

66
diciones inadvertidas de actos posteriores». El concepto de
acción conjimta es, a mi entender, justamente el tipo de con-
cepto que necesitamos, para ver^ a través de él las operacio-
nes de los procesos de construcción social.
Mediante su aplicación podemos ver que en el flujo bi-
direccional corriente de la actividad que se desenvuelve en-
tre ellas las personas crean, sin caer conscientemente en la
cuenta de ese hecho, un cambiante mar^ de coacciones y po-
sibilidades morales, de privilegios y de derechos, de obliga-
ciones y de sanciones: en síntesis, xm ethos. Y los cambian-
tes marcos creados son prácticos y morales, porque los dife-
rentes «lugares» o «posiciones» que hacen accesibles, no tie-
nen que ver tanto con los «derechos» y los «deberes» de la
gente (puesto que podríamos expresar su naturaleza ética
de distintas maneras y en distintos momentos), cuanto con
la promoción o el perjuicio del ser básico de una persona.
Pues cada vmo de los miembros de im pueblo sólo puede te-
ner i m sentido de «pertenencia» a la «realidad» de ese pue-
blo si quienes lo rodean están dispuestos a responder seria-
mente a lo que hace o dice; esto es, si lo tratan como verdade-
ro partícipe de la «autoría» que ese pueblo ejerce sobre su
realidad, y no lo excluyen de ella de una u otra forma. Sólo
entonces sentirá que la realidad en la que vive es tan suya
como de los demás. En otras palabras: en la medida en que
todos participamos (cada imo a su manera), «nosotros» po-
demos ser los autores no solamente de nuestras «realida-
des» sino también de nuestro propio «yo». Eso no significa
que experimentemos impensadamente un sentimiento de
total armonía con quienes nos rodean. Pero sí implica no te-
ner la sensación de ser im extraño intruso y poder sentirse
capaz de realizar su «verdadero yo» en el mimdo que lo ro-
dea (y no sólo en sus sueños).

^ Ello si esta forma de hablar en términos de «ver» es la manera correcta


de referirse al tema. E n otro vocabulario por entero distinto, el comunica-
cional discursivo, podríamos decir simplemente que la presentación que
hago de la acción conjunta nos proporciona un vocabulario que hace posi-
ble el desarrollo de una discusión racional sobre el proceso de construcción
s o c i a l . . . sin aludir a ningún misterioso proceso interno de «visión» concep-
tual.
^Alguien tal vez quiera hablar aquí de «paisajes con sus horizontes», pe-
ro me parece que esta es ima metáfora demasiado estática. De acuerdo con
mis propias experiencias en la navegación, prefiero hablar de «paisajes
marinos».

67
Esta visión —de lo que es pertenecer a un grupo social,
sentir que no se está excluido de las actividades sociales
implicadas en la construcción que ese grupo hace de su pro-
pia realidad— está muy próxima, creo, a la afirmación de
Harré (1983, 1990) de que la realidad humana primaria es
la conversación. Si bien muchos podrían disentir y estimar
que muchas otras esferas (de carácter menos verbal) de la
interacción humana son más fundamentales,^^ la conside-
raré aquí primaria en el siguiente sentido (indicativo): como
las realidades humanas no subsisten por la resistencia fi'si-
ca de sus estructuras (en realidad ni siquiera tiene sentido
hablar de ellas de ese modo), para repetir el tema ahora fa-
mihar, se debe mantener su existencia a través de su cons-
tante recreación en las actividades sociales cotidianas de las
personas. No obstante, en esos procesos estas se juzgan y se
corrigen tanto recíprocamente como a sí mismas en cuan-
to a la «adaptación» de sus acciones respecto de lo que con-
sideran su realidad. Como subraya Wittgenstein (1953,
n° 242), «si el lenguaje ha de ser un medio de comunicación,
tiene que haber acuerdo no sólo en las definiciones, sino
también (por extraño que ello pueda parecer) en los juicios».
Los enunciados, entonces, no se juzgan exclusiva o primor-
dialmente en términos de su forma gramatical, son evalua-
dos según los «incontables» (Wittgenstein, 1953, n° 23) usos
de que pueden ser objeto en relación con la realidad social
en la que se producen. Y la conversación es la esfera última
en la cual se verifican todos esos juicios y evaluaciones, y en
la cual se negocian esas estimaciones y se llega a acuerdos
comunes. Sin embargo, esos juicios y evaluaciones se reali-
zan contra cierto telón de fondo, un ethos, un sentido co-
mún, y ahora quiero referirme a la naturaleza de ese tras-

1° Fundamentales en sentido político y moral (y metodológico), si no en


sentido ontológico; esto es, pretendo sostener que aun cuando no haya u n
fundamento y a fijado en el cual «arraigar» o «fijndar» nuestras afirma-
ciones, es posible no obstante identificar el «lugar» o la «esfera de activi-
dad» donde puede situarse el juzgamiento de las afirmaciones de las perso-
nas. L a s «bases» para resolver discusiones deben hallarse en las discu-
siones mismas, no fuera de ellas, y por eso también hay que encontrar allí
el momento en que l a política es más intensa. U n a falta de «cimientos» no
es una falta de fundamentos para juzgar. Esto no quiere decir, sin embar-
go, que sea en l a esfera de la interacción verbal donde deban buscarse,
ontológicamente, los orígenes evolutivos de todas nuestras expresiones
verbales.

68
rondo, esa «estructura de sentimiento» (R. Williams, 1977),
aunque pasará algún tiempo antes de que estemos en condi-
nones de aprehender su naturaleza.

Conocimiento del tercer tipo y formas sensoriales


¿e hablar

Al analizar la naturaleza de las realidades conversacio-


nales^^ y de nuestras formas «básicas» de hablar, deseo de-
mostrar la importancia que en ellas tiene la tercera y ex-
traordinaria forma de conocimiento práctico-moral no re-
presentacional, incorporado o sensorial que introduje en el
- rapítulo 1. Según dije antes, es un tipo independiente, espe-
cial y sui generis de conocimiento, que precede tanto al cono-
Hmiento teórico cuanto al meramente técnico, puesto que,
al estar ligado a las identidades sociales y personales de los
seres humanos, determina las formas accesibles de los otros
dos tipos de conocimiento. Es una forma incorporada de co-
nocimiento práctico-moral, de acuerdo con el cual las perso-
nas pueden influirse recíprocamente en lo que concierne a
5u ser y no sólo a su intelecto; esto es, para «moverlas» real-
mente y no sólo para «darles ideas». Sin embargo, dadas
nuestras formas «básicas» de hablar vigentes, no nos resul-
ta fácil captar la naturaleza de ese conocimiento. Efectiva-
mente, en la medida en que no podemos «disponer de una
\isión clara» (Wittgenstein, 1953, n° 122) de su naturaleza
global, no podemos imaginarla racionalmente. Además, co-
mo no puede representarse (o formarse) como un objeto de
conocimiento dentro de una forma normativa o disciplinada
de habla —esto es, dentro de un discurso—, su naturaleza
nos resulta extraordinaria. Con todo, me propongo sostener
1^ Aunque no dispongo de espacio para considerar aquí con amplitud el
tema, habría que distinguir con nitidez las realidades conversacionales
respecto de los discursos disciplinarios (académicos) (Foucault, 1972). E n
la conversación abierta se pasa a voluntad de una metáfora a otra, de
acuerdo con las exigencias de aquella. E n u n discurso disciplinario, de-
terminadas metáforas se literalizan en «imágenes» o «modelos», y en ellos
el habla es disciplinada por el «orden» necesario para mantener dentro de
ella una de esas «imágenes» (Shotter, 19916, 19936). L o que sostiene una
forma «básica» de hablar (al menos en principio) no es tanto una «imagen»
cuanto determinadas prácticas institucionalizadas.

69
que hay maneras (véase más adelante) de dilucidar esa na-
turaleza.
En este punto deseo considerar con algún detalle la obra
de Vigotsky. Su proyecto era mostrar, según él mismo dice
(1978, pág. 57), que «todas las funciones superiores se origi-
nan como relaciones reales entre individuos humanos». Pa-
samos de ser criaturas que actúan bajo el control de las cir-
cunstancias (sociales) del entorno a actuar bajo nuestro pro-
pio control. Llegamos a ser capaces de planificar, dirigir,
controlar y organizar nuestras «fimciones o procesos menta-
les superiores» a medida que incorporamos en nosotros las
formas de habla que otros emplean para controlar, dirigir y
organizar nuestra conducta. Así, en el centro de todo su
enfoque está el hecho de que además de su fimción referen-
cial y representacional (y con anterioridad a ella), las pala-
bras actúan también de ima manera no cognitiva y forma-
tiva para «configurar» nuestros modos no reflexivos, encar-
nados o sensoriales de mirar y de actuar; en síntesis: para
«movemos». En efecto, sin la función sensible, sensorial o
afectiva de las palabras, que «mueven» a las personas a per-
cibir o actuar de distintas formas, todo el proyecto de Vigots-
ky se desmoronaría. Así, al intentar aclarar al comienzo la
naturaleza del problema según él lo ve, dice que «cuando
enfocamos los problemas de la interacción entre pensa-
miento y lenguaje (. . .) la primera cuestión que surge es la
del intelecto y el afecto» (Vigotsky, 1986, pág. 10). Si están
separados, entonces, «se cierra la puerta del tópico de la
causación y el origen de nuestros pensamientos», porque no
podemos entender «las fuerzas motrices que canalizan el
pensamiento en este o aquel sentido». Por eso, el enfoque
que adopta «muestra que toda idea contiene una actitud
afectiva transmutada hacia el fragmento de la reahdad al
que se refiere» (ibid.). En otras palabras, la actitud afectiva
que proporciona su dinámica a los pensamientos y las ideas
de un individuo —esto es, sus motivos y valenciasparticu-
lares que, por tanto, los ligan entre sí y con su entomo de
una manera determinada— es una versión transmutada de
ima relación social. Pero, ¿de qué tipo?

Aquí podríamos hablar también dé tendencias formativas o arquitec-


tónicas: u n poco de vocabulario complementario es siempre provechoso.

70
Bien, para decirlo de manera bastante literal, de tipo
•instruccional»; llegamos a «instruimos» cuando otros nos
instruyen: nos «hacen observar cosas» («¡Mira eso!»); nos
-acen «modificar la perspectiva» («¡Míralo así!»); «ordenan»
"uestras acciones («Mira primero el modelo y después toma
as piezas del rompecabezas»); «dan forma» a nuestras ac-
rlones («Dalo vuelta y va a encajar»); nos «hacen recordar»
Piensa en lo que hiciste la última vez», «¿Qué sabes ya que
r5 importante?»); nos «alientan» («Intenta otra vez»); nos
refrenan» («No te apures tanto»); «evalúan» por nosotros
-Eso no está bien», «No hagas eso, no seas tan codicioso»);
ñjan nuestras metas» («Intenta armar esas piezas para
:ue formen eso [señalando u n modelo]»); «cuentan»
-¿Cuántas harán falta?»); «miden» («¿Encajará bien?»,
•Compara»); nos hacen «verificar» nuestras descripciones
•¿Está bien?», «¿Quién más lo dice?», «¿Por qué crees que es
i5Í?»), etc., etc., para vn número sin duda muy grande de
funciones. En realidad, podemos ordenar esas instmcciones
en secuencias, constmir programas paso a paso de percep-
dón y acción. Primero: «examina»; después: «elige»; des-
pués: «actúa»; después: «examina otra vez», y así sucesiva-
mente. Son los medios que Vigotsky tiene en mente cuando
iice (1986, pág. 102; las bastardillas son mías) que «la cues-
dón principal en lo que concieme al proceso de formación de
ronceptos —o a cualquier actividad dirigida a un fin— es la
¿e los medios a través de los cuales se cumple la operación
...) Para explicar las formas superiores de la conducta hu-
mana, tenemos que poner de manifiesto los medios a través
ie los cuales el hombre aprende a organizar y a dirigir su
zonducta». Además: «nuestro estudio experimental probó
íue es el uso funcional de la palabra, o de cualquier otro sig-
no, como medio para centrar la propia atención, seleccionar
rasgos distintivos y analizarlos y sintetizarlos, lo que de-
sempeña un papel central en la formación de conceptos»
1986, pág. 106). «Aprender a dirigir los procesos mentales
propios con la ajaxda de palabras o de signos es ima parte
íDnstitutiva de los procesos de formación de conceptos»
1986, pág. 108).
Wertsch (1991, pág. 27) cita un útil ejemplo ilustrativo
tomado de Tharp y Gallimore (1988, pág. 14):

•Una niña de seis años ha perdido un juguete y le pide ayu-

71
da a su padre. El padre le pregunta dónde ha visto el j u -
guete por última vez, y la chica dice: "No me acuerdo". El le
hace una serie de preguntas: "¿Lo tenías en tu habitación?
¿Afuera? ¿Al lado?". A cada una de ellas, la niña responde:
"No". Cuando el padre dice: "¿En el auto?", ella contesta:
"Creo que sf, y va a recuperar el juguete».

En tm caso así, según observa Wertsch, no podemos respon-


der a la pregunta: «¿Quién recordó?» mencionando a una
persona o a la otra. Es una realización en común, y lo que la
niña hace ahora con la ayuda del padre, más tarde lo hará
sola; es decir, «manejará» por sí misma las relaciones entre
su conocimiento, su pensamiento y su acción de acuerdo con
«instrucciones» similares. Y en i m nivel más avanzado, es
eso lo que aprendemos a hacer al pensar en términos con-
ceptuales. Según Vigotsky, no aprendemos a comparar la
configuración de una supuesta representación mental con
la configuración de un estado de cosas en la realidad, sino
algo mucho más complicado: captamos cómo organizar y
reunir de una manera socialmente inteligible, esto es, de
una manera que tiene sentido para los demás, elementos y
fi"agmentos de información dispersos en el espacio y en el
tiempo, de acuerdo con «instrucciones» que ellos (los demás)
nos dieron en un primer momento y que ahora da un su-
puesto «concepto».

Una «vida interna» retórica y éticamente


negociada

En esta concepción, haber formado -un concepto es haber


formado para uno mismo, a partir de las palabras de los
otros, un «instrumento psicológico» mediante el cual pode-
mos percibir y actuar; esto es, un auxiliar instrumental con
el cual podemos «instruirnos» tanto en un programa de re-
colección y organización de datos perceptivos cuanto en el
ordenamiento y el secuenciamiento de un plan de acción.
Así, en lugar de una actividad autosuficiente y simplemente
subjetiva que se desarrolla en un individuo —relacionada
con «imágenes» cognitivas meramente internas que pueden
ser o no representaciones fieles de una realidad extema—,

72
el pensamiento conceptual (de acuerdo con las «instruccio-
nes» de los demás) se convierte en una modalidad especial
de práctica social. Y se convierte, también, en ima práctica
social en la que el discurso, el pensamiento y el sentimiento
están, al menos al comienzo y en su mayor parte, entrelaza-
dos con las circunstancias que los rodean en un «sistema di-
námico de sentido» (Vigotsky, 1986, págs. 10-1). Sólo de ma-
nera gradual, y probablemente como resultado de los efec-
tos de la alfabetización —en la cual, «al aprender a escribir,
el niño debe desligarse del aspecto sensorial del discurso y
reemplazar palabras por imágenes-*^^ de palabras» (Vigots-
ky, 1986, pág. 181)—, podemos aprender a pensar como aca-
démicos autosuficientes y desarrollar modos de racionali-
dad formal y descontextualizada, esto es, pensar en térmi-
nos enteramente representacionales.-*^^ Influidos por esa
«imagen» de lo que es pensar, los métodos tradicionales omi-

1^ Esto es, las complejas intencionalidades afectivas y comunicativas de


los actos reales de habla —intencionalidades que cambian y «se desen-
vuelven temporalmente» cuando se formula un enunciado— deben ser
reemplazadas por algo meramente imaginable: una imagen ya completa y
espacializada.
1* E n esta concepción, la aparición de la «representación» se debe al he-
cho de que, a medida que se incrementa la competencia lingüística, uno se
inclina cada vez más a la construcción de una red de referencias intralin-
güísticas que funcionen como contexto en el cual orientar los propios enun-
ciados. Dicho de otra manera, dejamos de lado el respaldo en el sentido del
propio discurso, esto es, el apoyo en un referente del contexto inmediato
y compartido, para basarnos en el significado y en la sintaxis, vale decir,
en los lazos con lo que ya se ha dicho o lo que podría decirse. E n lo esencial,
hay un decrecimiento de la referencia a lo que «es» y un aumento correla-
tivo de la referencia a lo que «podría ser», una referencia más abundante a
im mundo imaginario (o teórico) hermenéuticamente construido.
Como consecuencia de ello, lo que se dice necesita cada vez menos de un
fundamento en un contexto extralingüístico, puesto que puede hallar l a
casi totalidad de sus apoyos dentro de un nuevo contexto, construido intra-
Hngüísticamente. Así, es posible contar a los demás (representarles o des-
cribirles) situaciones que no corresponden verdaderamente al momento
presente. U n a consecuencia como la mencionada requiere, no obstante, el
desarrollo de métodos parajustificar (esto es, dar sustento) en el curso del
propio discurso las afirmaciones sobre lo que «podría ser» como si fuera de
hecho lo que «es»; uno debe aprender a decir, por ejemplo, cuando hace una
afirmación acerca de un estado de cosas, que otros lo vieron de igual modo,
etc. Mediante el empleo de tales métodos y procedimientos, los adultos
pueden construir sus enunciados como enunciados fácticos, y las formas
adultas de discurso pueden llegar a funcionar entonces con un alto grado
de independencia respecto de su contexto inmediato.

73
ten «tomsir en cuenta la percepción y la elaboración mental
del material sensorial que dio origen al concepto. Tanto ese
material sensorial como la palabra son partes indispen-
sables de la formación de conceptos» (Vigotsky, 1986, págs.
96-7).
Pero, si es así, ¿qué versión del acto de hablar necesita-
mos para describir la relación entre las palabras y su senti-
do, y dilucidar la relación de la forma con el sentimiento?
Como lo entiende Vigotsky (1986), en lugar de deducir-
se mecánicamente de cogniciones ya bien formadas y or-
denadas en el centro de nuestro ser, la expresión^^ de un
pensamiento o de vna intención —como la formulación de
una frase o la realización de un acto— se origina, primero,
en el sentido vago y conftiso que las personas tienen de la si-
tuación en que se encuentran. Su realización o formación
debidamente ordenada se «desarrolla» después en ima com-
pleja sucesión de negociaciones entrelazadas y desenvuel-
tas en el tiempo, que conectan a esas mismas personas (o
sus «yo»), sus sentimientos y sus enunciados, con aquellos a
quienes deben dirigir estos últimos. Dicho de otra manera,
los hablantes son sensibles, en sus propios actos de habla, al
tipo de «lazos» —entre ellos, sus oyentes y sus circunstan-
cias— que deben construir cuando hablan. Entonces,

«la relación del pensamiento con la palabra no es una cosa


sino un proceso, un movimiento continuo de avance y retro-
ceso del pensamiento a la palabra y de la palabra al pensa-
miento. En ese proceso, la relación de uno con la otra sufre
cambios que pueden ser considerados evolutivos en sentido
funcional. E l pensamiento no se expresa meramente en
palabras; se origina en ellas. Todo pensamiento tiende a en-
lazar ima cosa con otra, a establecer una relación entre las
cosas. Todo pensamiento avanza, crece y se desarrolla, cum-
ple una fimción, resuelve un problema» (1986, pág. 218).

Y más adelante agrega: «la estructura del discurso no refle-


ja simplemente la estructura del pensamiento; por eso el
Este término es erróneo, según comprobaremos, si por «expresar» se
entiende representar en un orden de palabras el orden de nuestros pensa-
mientos (la «teoría de la imagen»). «La experiencia nos enseña que el pen-
samiento no se expresa en palabras, sino que más bien se realiza en ellas»
(Vigotsky, 1986, pág. 251).

74
pensamiento no puede vestirse con palabras como si estas
fueran ima prenda de confección» (1986, pág. 219). «Justa-
mente porque el pensamiento no tiene su contrapartida
automática en las palabras,^^ la transición de imo a la otra
se produce a través del significado. En nuestro discurso hay
siempre un pensamiento oculto, el subtexto» (1986, pág.
251). El sentido único que las palabras tienen en el contexto
ie su uso, no se «muestra» en la forma o el esquema de las
palabras que hemos dicho, sino en el hecho de decirlas, la
entonación^'^ que les damos. En el habla real «mostramos»
más de lo que somos capaces de «decir» (Wittgenstein); lo
que «mostramos» está en el «movimiento» de nuestras pa-
labras.
Hay, pues, un «subtexto» del discurso, en la medida en
que cada enunciado constituye sólo un intento (que casi
nunca llega a ser del todo satisfactorio) de hacer que una se-
milla de pensamiento sentido «se desarrolle» en la flor de un
enunciado proclamado. Lo que intentamos decir y el signifi-
cado que se entiende en lo que decimos suelen no armoni-
zar. De ahí la necesidad de que la reahzación de un pensa-
miento «se desenvuelva sucesivamente» (y sea revisada) en
un proceso de ida y vuelta en el que la transición del pensa-
miento a la palabra se da a través del significado. Si no se
formula en palabras, una semilla de pensamiento perma-
nece en la indefinición y únicamente brinda la posibüidad
de tener un significado: «La relación entre pensamiento y
palabra es un proceso viviente; el pensamiento nace a tra-
vés de las palabras. Una palabra vaciada de pensamiento es
una cosa muerta (...) Pero el pensamiento que no llega a
realizarse en palabras es sólo una "sombra de la Estigia" [O.

Vigotsky (1986) distingue entre las palabras tal como se las halla en
un diccionario (donde tienen u n significado) y en su uso en un contexto
donde tienen u n sentido). «Una palabra toma su sentido del contexto en
que aparece; en contextos diferentes, su sentido cambia. E l significado se
mantiene estable a través de todos los cambios de sentido. E l significado
que una palabra tiene en el diccionario no es más que una piedra en el edi-
ficio del sentido; no es más que una potencialidad que halla en el discurso
diversas realizaciones» (1986, pág. 245).
1' Vigotsky (1986, págs. 240-2) lo ilustra mediante una anécdota tomada
de El diario de un escritor, de Dostoievski, que relata la conversación entre
seis borrachos, quienes atraviesan u n intrincado paisaje de posiciones y
evaluaciones en su expresión sucesiva de la misma palabra irreproducible
con seis entonaciones diferentes.

75
Maldelstam] (...) El vínculo entre pensamiento y palabra
no está, empero, formado de antemano n i es constante.
Surge en el curso del desarrollo y evoluciona por sí mismo»
(1986, pág. 255). La flor del enunciado proclamado, que
puede impulsarnos y guiarnos en nuestras acciones, surge
en el curso de un. proceso dialógico que Vigotsky llama «dis-
curso interno», un proceso cuyas características pueden va-
riar de acuerdo con los «otros» que intervienen en el «desa-
rrollo» del pensamiento; aquellos con quienes, acerca de
quienes y a quienes uno habla en su discurso interno.
En otras palabras: aun cuando estemos enteramente a
solas, el proceso «interno» en el que los pensamientos vagos
cobran la forma de programas claros para secuenciar y
guiar una acción socialmente inteligible y legítima, com-
prende acontecimientos similares al de las transacciones
«extemas» entre las personas. Así, los intentos de realizar
nuestros pensamientos —formularlos para nosotros mis-
mos de manera tal que sean, por decirlo de algún modo, so-
cialmente utüizables— deben negociarse en i m proceso in-
temo de ida y vuelta en que tenemos que tratar de compren-
der y cuestionar nuestras formulaciones propuestas, como
podrían hacerlo los demás. Puesto que la tarea de transfor-
marnos en adultos moralmente autónomos en nuestra pro-
pia sociedad no consiste sólo en aprender a dirigir nues-
tros procesos mentales con el auxilio de palabras y de sig-
nos, sino en hacerlo de manera tal que tenga sentido y sea
considerada legítima por los otros. Según esta concepción,
pues, estmcturamos nuestra vida «interna» al vivir «en» y
«a través de», por así decirlo, las ocasiones o las posibilida-
des que nos ofirecen los «otros» y la «otredad» que se encuen-
tran tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros. Por
consiguiente, nuestra vida mental nunca es enteramente
nuestra. Vivimos de ima manera que es receptiva y a la vez
responde a lo que en cierto modo está «dentro de nosotros»
pero que también es «distinto de» nosotros.

Conclusiones

Por tanto, en esta concepción comunicacional de noso-


tros mismos, la visión habitual que tenemos de las personas
como individuos atómicos, iguales, cerrados en sí mismos (y

76
esencialmente indiscernibles), cada uno de los cuales goza
de soberanía interna y vive su vida independientemente y
aislado de los demás —la presunta experiencia del yo mo-
derno—, es una ilusión, apoyada en el establecimiento en-
tre nosotros de determinadas formas especiales de comuni-
cación, determinadas formas «básicas» de hablar, como las
llamé antes. Es una ilusión que, además de confundimos
respecto de nuestra propia naturaleza como seres humanos,
nos confunde también acerca de la naturaleza del pensa-
miento y del lenguaje: hemos Uegado a concebir ambas co-
sas como si fueran semejantes a los sistemas de signos
cerrados y unitarios de la matemática, antes que como un
heterogéneo conjunto de medios o dispositivos para vincu-
larnos con nuestro entorno.•'^^ Es precisamente ese el su-
puesto que Vigotsky (1986, págs. 1-2) pone en tela de juicio
al comienzo de su obra:

«La unidad de la conciencia y la interrelación de todas las


funciones psicológicas fueron, es cierto, aceptadas por todos;
se suponía que las funciones operaban de manera insepa-
rable, en ima inintermmpida conexión recíproca. Pero esa
unidad de la conciencia se consideraba habitualmente un
postulado y no un tema de estudio (...) Se daba por sentado
que la relación entre dos funciones dadas nunca variaba;
que la percepción, por ejemplo, se conectaba siempre de una
manera ideal con la atención; la memoria, con las percepcio-
nes; el pensamiento, con la memoria».

Pero, como agrega a continuación, «todo lo que se sabe acer-


ca del desarrollo psíquico indica que su esencia misma re-
side en el cambio de la naturaleza ititerfuncional de la con-
ciencia» (1986, pág. 2).

1® «La idea de l a convencionalidad, de la arbitrariedad del lenguaje, es


una idea típica de todo el racionalismo, y no menos típica es la compara-
ción del lenguaje con el sistema de signos matemáticos. Lo que le interesa
al racionalista de mentalidad matemática no es la relación del signo con la
realidad efectiva que este refleja ni con el individuo que lo origina, sino la
relación de signo a signo dentro de un sistema cerrado y a aceptado y auto-
rizado. Dicho de otra manera: sólo se interesa en la lógica interna del siste-
ma mismo de signos, considerado, como en el álgebra, con entera indepen-
dencia de los significados ideológicos que dan su contenido a los signos»
(Volosinov, 1973, págs. 57-8). Véase también Wittgenstein (1953, n° 81).

77
En otras palabras, Vigotsky abrió «brechas» entre las
distintas funciones psicológicas, «brechas respondientes»
que podemos salvar de diferentes maneras en diferentes
momentos y circimstancias mediante el empleo de diversos
«dispositivos mediadores» socialmente configurados. La
superación de la brecha —por ejemplo, entre la pregunta de
un hablante y la respuesta de su interlocutor— cuando el
segimdo responde «dentro» del contexto configurado por el
planteo de la pregunta del primero, es el establecimiento del
vínculo. Y no existen sólo algunas formas «principistas» o
«gobernadas por reglas» de crear vínculos, sino innumera-
bles formas creativas de hacerlo. Y lo que lleva a la intro-
ducción de una nota ética y retórica (justificativa) en las des-
cripciones del modo en que la gente organiza y «maneja» sus
actividades mentales —como también, desde luego, a una
concepción mucho menos sistemática y unificada del len-
guaje mismo— es la idea de que los «vínculos» entre pensa-
mientos y palabras tienen un carácter «evolutivo», «formati-
vo» o «creativo», en lugar de estar relacionados de ima ma-
nera meramente sistemática, mecánica o lógica.
¿Cuál es, entonces, según esta concepción, la naturaleza
de nuestra supuesta vida «interna»? Parecería que la vida
«interna» de la gente no es ni tan privada ni tan interna, y
tampoco tan sencillamente ordenada o lógica como se ha su-
puesto. Antes bien, el «movimiento de la mente» refleja en
esencia las mismas consideraciones éticas y retóricas que
influyen en las transacciones entre las personas en el mun-
do e x t e r n o . E s así porque, como sostiene Vigotsky, «la
mente» sólo se origina como tal a través de la mediación se-
miótica de los signos. Por tanto, nuestros pensamientos, los
pensamientos de los que tenemos un saber consciente, no se
organizan en un principio en el centro interno de nuestro
ser (en un «alma» inmaterial o en una lingua mentis fisioló-
gica), para cobrar o no después en las palabras una expre-
sión externa ordenada. Sólo se organizan en un proceso for-
mativo o evolutivo gradual y de ida y vuelta que se desen-
vuelve en las fi-onteras de nuestro ser e incluye «negociacio-
nes éticas lingüísticamente mediadas» similares a las que

1^ «Es erróneo (...) hablar del pensamiento como "actividad mental". Po-
demos decir que el pensamiento es esencialmente la actividad de operar
con signos» (Wittgenstein, 1965, pág. 6).

78
realizamos en nuestros diálogos cotidianos con los otros.
Como observaba Vigotsky (1966, pág. 41), «la reflexión es el
traslado de la discusión al plano interno».
Por tanto, de acuerdo con esta concepción, el proceso de
internalización que se produce en el desarrollo de una per-
sona, la «adquisición» que supuestamente hace de su cultu-
ra, no consiste en el traslado de algo (alguna «cosa» ya exis-
tente) de i m plano extemo a un plano intemo de actividad,
sino en la constitución lingüística real de i m modo de ser
psicológico nítidamente social y ético. A l aprender a ser
miembros responsables de determinados grupos sociales,
debemos aprender a hacer determinadas cosas de la mane-
ra correcta: cómo percibir, pensar, hablar, actuar y experi-
mentar el propio entomo de ima forma que sea inteligible
para quienes nos rodean. Por consiguiente, de acuerdo con
esta concepción, lo que tenemos en común con los otros
miembros del gmpo social al que pertenecemos no es tanto
im conjimto de creencias o de valores compartidos, sino mx&
serie de procedimientos semióticos o de etnométodos com-
partidos (Garfinkel), maneras de comprender, además de
cierto conjimto de formas ordenadas de comimicación o gé-
neros discursivos (Bajtin, 1986). Por tanto, la intemaliza-
ción no es un movimiento geográfico especial hacia adentro,
desde un ámbito de actividad corporal hacia el ámbito in-
material de «la mente», sino un movimiento social, práctico
y ético en el que «los niños maduran en la vida intelectual de
quienes los rodean» (Vigotsky, 1978, pág. 88). Y el niño no
aprende sólo a «ejercer, respecto de sí mismo, las mismas
formas de conducta que otros ejercieron antes con él»; tam-
bién aprende los medios sociales y prácticos para hacer que
otras personas (y sus recursos mentales) queden bajo su
agencia o control personal. Por eso, al convertimos en adul-
tos autónomos dentro de un gmpo, aprendemos a compren-
der lo que podría llamarse la «logística ética» enjuego en el
manejo de las transacciones personales dentro de ese gmpo,
los medios para coordinar las diferentes responsabilidades
intervinientes en la negociación de la constmcción social de
los significados (Shotter, 19936).
Pero en el aprendizaje del «posicionamiento» adecuado
dentro de géneros discursivos específicos hay algo más que
los modos de comprensión que estos entrañan, puesto que
esos géneros pueden caracterizarse por los «tópicos» que in-

79
corporan, las fuentes de acuerdo con las cuales se formulan
los enunciados pertenecientes al género. Si es así, entonces
el carácter de nuestra «interioridad» —la forma de nuestra
automanifestación (o la que sentimos que esta debería asu-
mir)— dependerá de los géneros discursivos en que demos
cuenta de nosotros mismos (Gergen, 1989). En cuyo caso,
como sostiene Billig (1987; Billig et al., 1988), muchos de los
«tópicos» de i m género serán dilemáticos, esto es, bilatera-
les. Por eso, aim dentro de un género, pueden formularse de
manera inteligible posiciones argumentativas muy diferen-
tes. Si es así, nuestras formas «básicas» de hablar de noso-
tros mismos no son ni tan cerradas n i tan limitadas como
para excluir por completo ciertas alternativas. Por consi-
guiente, nuestro tratamiento de la internalización como
fenómeno ético y retórico tiene manifiestamente muchas
otras derivaciones que merecen investigarse. En el capítulo
siguiente examinaré con más detenimiento las contribu-
ciones de BiUig (1987, 1991; Billig eíaZ., 1988), Bajtin (1981,
1984, 1986) y Vico (1965, 1968, 1988), e intentaré destacar
más algunas de las alternativas hasta ahora ignoradas en
nuestras formas «básicas» actuales de hablar. En relación
con ellas, es importante entender el papel que desempeña-
mos en su construcción, puesto que, como he dicho antes, só-
lo podemos llegar a intentar establecer contacto con lo que
es distinto de nosotros dentro de las realidades sociales dis-
cutidas que eUas sostienen.

80
3. Diálogo y retórica en la construcción de
las relaciones sociales

«La verdadera realidad del discurso del lenguaje no es el


sistema abstracto de las formas lingüísticas, ni el enunciado
monológico aislado, y tampoco el acto psicofisiológico de su
realización, sino el hecho social de la interacción verbal que
se realiza en uno o varios enunciados. Por tanto, la interac-
ción verbal es la realidad fundamental del lenguaje».

Volosinov, 1973, pág. 94

Para seguir avanzando hacia una comprensión de nues-


tras formas «básicas» de hablar, será útil abordar las ideas
de Volosinov, Bajtin y Wittgenstein acerca de la naturaleza
dialógica de la comunicación discursiva, y explorar lo que
podría caracterizarse como la función retórico-respondiente
primaria de los enunciados: en esas concepciones (lo mismo
que en la de Vigotsky), la función referencial y representa-
cional del discurso pasa a ser una función secundaria y deri-
vada. En particular, nos interesará el método de las compa-
raciones que Wittgenstein introdujo en sus Investigaciones
filosóficas [Philosophical Investigations (1953)] para lla-
marnos la atención sobre muchos rasgos importantes de
nuestro lenguaje y de nuestras formas de hablar. Aunque
tal vez no estemos en condiciones de representar teórica-
mente de manera fiel y correcta la naturaleza de nuestras
formas cotidianas de hablar, ello no impide que introduzca-
mos otras formas especiales de hablar a través de las cuales
puedan percibirse algvmos de sus rasgos: formas especiales
que nos hacen reparar en ciertas características que de otro
modo pasaríamos por alto. Algunas metáforas desempeñan
un papel central en esas formas especiales de hablar; no só-
lo la metáfora de los «juegos del lenguaje» en todas sus va-

81
riedades, sino muchas otras: la de las palabras como «herra-
mientas» o «instrumentos»; también la que las equipara a
los demás artículos que hay en una «caja de herramientas»,
como la cola y los clavos; la de nuestro conocimiento del len-
guaje como el conocimiento que tenemos de una «ciudad an-
tigua»; la de las palabras como las «manivelas en la cabina
de una locomotora de vapor», etc. Todas ellas funcionan co-
mo auxiliares en el planteo de distintos argumentos sobre la
naturaleza del lenguaje y del conocimiento que tenemos de
él, ya que ponen de relieve las diferencias existentes entre
esos modelos y nuestras actividades y prácticas lingüísticas
reales.
Al igual que Volosinov y Bajtin, Wittgenstein se preocu-
pa por combatir la errónea comparación del lenguaje con un
sistema de signos matemáticos que operan de acuerdo con
reglas estrictas: un cálculo. A su entender, hay que resistir
la tentación de identificar el uso de las palabras con juegos y
cálculos y de decir que quien usa el lenguaje debe de estar
jugando ese juego; es indispensable resistirse incluso a
decir que es casi igual. Puesto que «si decimos que nuestros
lenguajes sólo se aproximan a tales cálculos, nos ponemos
al borde de un malentendido. En efecto, entonces puede
parecer como si estuviéramos hablando de un lenguaje
ideal» (Wittgenstein, 1953, n° 81), cuando ese lenguaje no
existe (al menos eso es lo que él sostendría). Cuando usamos
el lenguaje no lo hacemos como si este se ajustara idealmen-
te a reglas, pero en la práctica se quedara corto, a la manera
en que la resistencia del aire impide que los cuerpos que
caen por la gravedad alcancen su velocidad ideal; el contex-
to o las condiciones que pueden incidir en su uso son de un
tipo por completo diferente. Pero la comparación, de todos
modos, es útil por las diferencias que pone de manifiesto.
Antes que tma «racionalidad como representación», tene-
mos aquí una «racionalidad lograda mediante contrastes»
(Edwards, 1982). También Bajtin y Volosinov están preocu-
pados por combatir la noción del lenguaje como sistema.
Estos autores toman los enunciados o las palabras en su
emisión —y no oraciones o patrones de palabras ya d i -
chas—, como imidad básica de la comunicación discursiva
dialógica por lo que ahora abordaremos su descripción del
enimciado como unidad analítica básica de esa comunica-
ción discursiva.

82
Enunciados

Bajtin opina que la tesis formulada por lingüistas como


Saussure (seguido, desde luego, por Chomsky), de que la
oración aislada, con toda su individualidad y su creatividad
monológica, puede ser considerada como ima combinación
enteramente libre de formas lingüísticas, no es válida para
los envmciados. Los enmelados reales de un diálogo deben
tomar en cuenta el contexto (ya configurado lingüística-
mente) para el que son una respuesta y al que están dirigi-
dos. Así, para Bajtin (1986, pág. 91),

Todo enimciado concreto es un eslabón en la cadena de la


comunicación discursiva de tma esfera particular. Las fron-
teras mismas del enunciado están determinadas por el cam-
bio de los temas del discurso. Los enunciados no son mutua-
mente indiferentes ni autosuficientes; cada uno de ellos sa-
be de los demás y los refleja (. . .) Todo enunciado debe ser
considerado, ante todo, como una respuesta a los emmciados
que le preceden en la esfera dada (entendemos aquí la pala-
bra "respuesta" en su sentido más lato). Cada enunciado re-
futa, afirma, complementa los demás y se apoya en ellos,
presupone que son conocidos y en cierto modo los toma en
cuenta (. . .) Por consiguiente, cada tipo de enunciado está
colmado de diversas clases de reacciones que responden a
otros enunciados de la esfera dada de comimicación discur-
siva».

También la escucha debe ser respondiente, puesto que


los oyentes deben prepararse para responder a lo que es-
cuchan. En efecto,

«cuando el oyente percibe y entiende el significado (el signi-


ficado lingüístico) del discurso, al mismo tiempo asume a su
respecto una actitud activa de respuesta. Está de acuerdo o
en desacuerdo con él (total o parcialmente), lo aumenta, lo
aplica, se prepara para su ejecución, etc. Y el oyente adopta
esa actitud de respuesta a lo largo de todo el proceso de es-
cucha y comprensión, desde el comienzo mismo; a veces
üteralmente desde la primera palabra del hablante» (1986,
pág. 68).

83
De igual modo, el hablante, en lugar de hablar con una
comprensión pasiva que «sólo reproduce su idea en la mente
de otro» (Bajtin, 1986, pág. 69), lo hace en la espera activa
de una respuesta, un asentimiento, simpatía, cuestiona-
miento, crítica, objeción, obediencia, etc. En otras palabras,
la forma retórico-respondiente de comprensión actuante en
el desenvolvimiento práctico de un diálogo es de un tipo
muy diferente de la forma representacional y referencial de
comprensión exigida del lector de un. texto, a quien le intere-
sa saber de qué «se trata» este: los hablantes, a diferencia de
los lectores, deben ser casi constantemente sensibles a la in-
tervención de otra «voz». En rigor, y con esto presente, deseo
agregar otro elemento a esta descripción «respondiente» o
«corporalmente reactiva» del significado de un enunciado:
la idea —basada en la obra de Billig (1987; Billig et al.,
1988) sobre la naturaleza retórica e ideológica de la comuni-
cación discursiva— de que, como es manifiesto, nuestros
enunciados no siempre son aceptables o aceptados por los
demás. Estos responden a lo que hacemos o decimos con crí-
ticas y nos exhortan a justificamos, y por nuestra parte de-
bemos mostrar que nuestras acciones «concuerdan» con las
suyas (Mills, 1940). Las respuestas aceptables deben nego-
ciarse en el seno de un contexto argumentativo. De ahí mi
designación de esta descripción del uso lingüístico no sólo
como respondiente sino como retórico-respondiente.^ Cuan
do una persona pronuncia una palabra, ¿de quién es esta?
Puesto que «una palabra es territorio compartido por el emi-
sor y el receptor, por el hablante y su interlocutor (...) La si-
tuación social inmediata y el medio social más general de-
terminan por completo —^y desde adentro, por así decirlo—
la estructura de un enimciado» (Volosinov, 1973, pág. 86).
Lo que se da a entender aquí es, por supuesto, que su es-
tructura no es inherente a las pautas sintácticas formales a
las que puede considerarse concordante (o próxima), sino a
su locución respondiente, el desenvolvimiento temporal de
su tono: de enojo, de indignación, de confianza, de arrogan-

^ «No hay razón para decir que el significado pertenece a una palabra co-
mo tal. E n lo esencial, el significado pertenece a u n a palabra en su posi-
ción entre los hablantes; esto es, el significado sólo se realiza en el proceso
de comprensión activa y respondiente ( . . . ) el significado es el efecto de la
interacción entre el hablante y el oyente, producida a través del elemento
de u n sonido complejo particular» (Volosinov, 1973, págs. 102-3).

84
cia, de disculpa, de indiferencia, de invitación o de rechazo
de una réplica, etcétera.
Además, es importante añadir que Volosinov y Bajtin no
consideran los contextos del discurso como si fueran siem-
pre de índole aislada, ahistórica. E l aserto de que todo
enunciado concreto es un eslabón en la corriente o cadena
de la comunicación discursiva de una esfera particular sig-
nifica, a juicio de esos autores, que, al ser respondientes,
nuestros enunciados siempre se insertan en el flujo cons-
tante de una conversación de una u otra especie. Y es esto,
la naturaleza histórica de las formas de hablar en cuestión,
y no el hecho de que el lenguaje pertenezca a un sistema, lo
que influye en la admisibilidad de nuestras formas de ha-
blar para quienes son sus receptores, en cuyo caso la facili-
dad con que se las acepte depende de si hablamos en algimo
de los centros más institucionalizados de la vida social o en
las periferias más desorganizadas. Volosinov lo ve así:

«La psicología social es, ante todo y sobre todo, ima atmósfe-
ra compuesta por múltiples actuaciones discursivas que
absorben y bañan todas las formas y tipos persistentes de
creatividad ideológica: discusiones extraoficiales, intercam-
bios de opiniones en el teatro, la sala de conciertos o distin-
tas clases de reuniones sociales, intercambios puramente
azarosos de palabras, el modo de reacción verbal ante los
acontecimientos de la vida personal y de la existencia coti-
diana, el modo en que nos identificamos en nuestro fuero ín-
timo e identificamos la posición que ocupamos en la socie-
dad, etc. La psicología social existe ante todo en una amplia
variedad de formas de "enunciado", de géneros discursivos
menores de tipo interno y extemo, cosas que hasta el día de
hoy no han sido objeto de estudio alguno (...) Todas esas for-
mas de intercambio discursivo operan en conexión muy es-
trecha con las condiciones de la situación social en la que se
producen, y manifiestan ima extraordinaria sensibilidad a
las fluctuaciones de la atmósfera social» (Volosinov, 1973,
págs. 19-20).

En los centros más institucionalizados de la vida social,


si somos competentes en los géneros más ordenados allí vi-
gentes, podremos hablar con sensibilidad a las fluctuacio-
nes de la atmósfera social, y esperaremos, como cuestión de

85
rutina (la mayoría de las veces) que se nos entienda: esa
sensibilidad es parte de lo que significa para nosotros ser
competentes en esas esferas. En cambio, en los márgenes
más desordenados de la vida social no podemos tener la ex-
pectativa de esa comprensión rutinaria; en ellos, cabe espe-
rar un proceso más negociado y de ida y vuelta. Pero aim
allí, en los márgenes —como evidentemente es de prever—,
la vida no está exenta de sus características históricamente
previsibles.
En resumen: la importancia de esta concepción de los
eniuiciados estriba en que hace accesibles al examen esos
momentos dialógicos o interactivos en los que se registra
una «brecha» en el curso de la comunicación entre dos (o
más) sujetos hablantes. E independientemente de lo siste-
mático que pueda ser el discurso de cada uno de eUos mien-
tras habla,^ cuando uno deja de hacerlo y el otro puede res-
ponder, la superación de esa «brecha» es la oportunidad pa-
ra una respuesta enteramente única e irrepetible, tma res-
puesta «trabajada» o «hecha a medida» a fin de que encaje
en las circunstancias únicas de su expresión. En efecto, es
en la fi-ontera entre dos conciencias, entre dos sujetos, don-
de se manifiesta la vida, sea lo que fuere lo que «vive» en el
acto comtmicativo (Bajtin, 1986, pág. 106). De tal modo po-
demos apreciar, como señala Volosinov (1973, pág. 68), que:

«Lo que el hablante valora no es el aspecto de la forma que


se mantiene invariablemente idéntico en todas las instan-
cias de su uso, a pesar de la naturaleza de esas instancias,
sino el aspecto de la forma lingüística en virtud del cual esta
puede figurar en el contexto concreto dado y por cuyo inter-
medio se convierte en tm signo adecuado a las condiciones
de la situación dada y concreta. Podemos expresarlo del si-
guiente modo: lo que al hablante le importa en la forma lin-
güística no es que constituya una señal estable y siempre
equivalente a sí misma, sino que sea un signo siempre cam-
biante y adaptable».

^ Aunque Bajtin observa que también en este caso intervienen otras


«voces»: «La palabra no puede atribuirse a u n único hablante. E l autor (el
hablante) tiene su derecho inalienable a la palabra, pero el oyente tiene
sus propios derechos, y aquellos cuyas voces se escuchan en la palabra an-
tes de que el autor dé con ella, también los tienen (al fin y al cabo, no hay
palabras que pertenezcan a nadie)» (Bajtin, 1986, págs. 121-2).

86
Además, esta argumentación destaca hasta qué pimto el
contexto del habla constituye xm apoyo, por decirlo de al-
guna manera, para la vida de los signos lingüísticos. Por
tanto, así como el efecto de sumergir una vara en una co-
rriente de agua depende del carácter general del curso de
agua en ese momento —con diferentes efectos según la fuer-
za (o la falta de fuerza) que ya tiene la corriente—, del mis-
mo modo el efecto de nuestras palabras depende del mo-
mento de la corriente conversacional en que se sitúan. En
su «arraigo» en la corriente de la comimicación, en su cone-
xión respondiente con las demás voces presentes en ella,
nuestras palabras adquieren «vida»: mediante su uso exte-
riorizamos constantemente nuestras relaciones con quienes
nos rodean. Por cierto, tanto en la visión de Billig como en la
de Bajtin, aun dentro del discurso de un solo individuo o la
escritura de un solo autor, como un acontecimiento en la co-
rriente, en i m texto o un enunciado viviente pueden inter-
venir muchas «voces» y, como tales, es posible descubrir en
lo que dicen o en lo que escriben «brechas» que nos mueven
a reaccionar afectivamente a lo que ellas tienen que decir y
nos incitan a comprenderlo de manera respondiente.^ Con
la noción vigotskiana de formas «instructivas» de discurso
en mente, junto con la descripción retórico-respondiente de
la comimicación discursiva presentada por Bajtin y Billig,
será provechoso que volvamos al problema de nuestras
formas «básicas» e incorporadas de habla a fin de examinar
con más detalle su naturaleza. Puesto que si las «brechas»
de nuestras formas de habla no se superan de manera siste-
mática y automática, ¿cómo se salvan en el habla cotidiana?
Comprobaremos allí la importancia de la concepción de Vico
del sentido común de una cultura y del funcionamiento de
las formas retóricas de comimicación.

^ Por cierto, en el habla de u n a sola persona puede manifestarse lo que


Bajtin llama u n a «dialogicidad oculta», esto es, «aunque esté hablando
una sola persona ( . . . ) [cada] palabra que se expresa responde y reacciona,
con todas sus fibras, a [un] hablante invisible, apunta a algo que está fuera
de sí misma, más allá de sus límites, a las palabras no dichas de otra per-
sona» (Bajtin, 1984, pág. 197).

87
La importancia del sensus communis, la retórica
y la metáfora
En otros lugares (Shotter, 1984, 1986, 1991a, 19936) he
analizado la explicación que da Vico de los orígenes del «sen-
tido común» {sensus communis) de la cultura. Es, en resu-
men, la siguiente: los procesos sociales enjuego, sostiene, no
se basan en ningún elemento preestablecido en los hombres
o en sus circimstancias, sino en identidades de sentimiento
socialmente compartidas que aquellos crean en el curso de
la actividad que desarrollan en común. Vico las llama «tópi-
cos sensitivos»: «tópicos» (del griego topos = «lugar») porque
originan «lugares comunes», esto es, momentos comparti-
dos en un flujo de actividad social que proporcionan una
referencia común, y «sensitivos» porque son momentos en
los que se generan sentimientos compartidos para circuns-
tancias ya compartidas. Una situación paradigmática es, a
este respecto, la que se da cuando todos corren para prote-
gerse del trueno; la reacción respondiente de cada uno al
miedo, expresado en el carácter de las actividades corpora-
les de la gente da i m sentido compartido a una circimstan-
cia ya compartida. En ese punto. Vico introduce la idea de
un «imiversal imaginativo»: en el caso del trueno es Júpiter,
la imagen de tm ser gigantesco que prontmcia palabras gi-
gantescas, pero es fácil imaginar otras circunstancias com-
partidas semejantes en las que puedan generarse senti-
mientos compartidos, expresados en las mismas reaccio-
nes corporales respondientes: el nacimiento de un niño, la
muerte de uno de los miembros del grupo, etc. Así, esos pri-
meros ptmtos de anclaje no se relacionan con una «visión»
en común sino con un «sentimiento» en común, con el hecho
de «dar» o «prestar» una significación compartida a senti-
mientos compartidos en una circtmstancia ya compartida.
Dicho de otra manera, el primer lenguaje mudo es la repre-
sentación respondiente inmediata, a través del gesto, de un
momento o un lugar de referencia común, en la que el gesto
funciona metafóricamente, no para referirse a algo ya cono-
cido, sino para indicar un «es», para establecer un «algo» con
significación común.
Lo que Vico esboza en lo que precede es, entonces, ima
imagen poética, una metáfora, de acuerdo con la cual podría
entenderse el extraordinario fundamento mudo de senti-

88
do común de un lenguaje articulado, un fundamento que
constituye los contenidos primordiales y no sistematizados
de la mente humana, sus paradigmas o prototipos básicos.
Estos son los sentimientos o intuiciones —los tópicos sen-
sitivos o lugares comunes que conforman la base del sensus
communis de una comunidad— de acuerdo con los cuales
pueden adquirir su sentido nuestras primeras palabras, y
en comparación con los que, mucho más tarde, podrá juz-
garse la adecuación de nuestros conceptos.
Vico estaba particularmente interesado en lo que podría
llamarse una «retórica cívica» y en el problema de determi-
nar qué constituía un buen gobierno (Mooney, 1985; Schae-
ffer, 1990), pero elaboró sus ideas en un marco en el que la
tradición de la retórica era objeto de ataques por parte del
nuevo «método geométrico» de razonamiento promovido por
los cartesianos. Y hasta cierto punto sus argumentaciones
representan un contraataque dirigido contra ese método,
porque Vico lo consideraba absolutamente hostil a sus inte-
reses. En Sobre los métodos de estudio de nuestro tiempo
(aparecido en 1709), defiende a la retórica basándose en
distintas razones, pero especialmente en la necesidad de la
elocuencia en el propio discurso; porque, dice Vico citando al
cardenal Ludovico Madruzzi, «los gobernantes deben pro-
curar no solamente que sus acciones sean veraces y confor-
mes a la justicia, sino también que parezcan serlo [para todo
el mundo]» (Vico, 1965, pág. 36). En otras palabras, los que
se satisfacen solamente con la verdad abstracta y no se mo-
lestan en descubrir si su opinión es compartida por la gene-
ralidad de los hombres, provocan calamidades políticas. Por
consiguiente, los políticos no sólo deben juzgar las acciones
humanas como realmente son, y no de acuerdo con lo que
ellos piensan que deberían ser, sino que también tienen que
ser capaces de persuadir con elocuencia —en términos del
sensus communis— al pueblo de la rectitud de sus juicios.
Pero, ¿cómo podría lograrse esa persuasión? ¿Qué implica
el hecho de que aceptemos (si no la verdad absoluta) la ver-
dad de una aserción acerca de nuestras circunstancias pre-
sentes?
Regresamos, en este punto, a nuestro problema origi-
nario —la comprensión del discurso que, en vez de influir
simplemente en nuestro intelecto, nos «mueve» a aceptar
sus afirmaciones en nuestro mismo ser—, pero nos en-

89
contramos ahora en una situación bastante más propicia
para enfrentarnos con su naturaleza. El problema se susci-
ta cuando damos razones de las afirmaciones que formula-
mos; en efecto, ¿por qué han de aceptarse esas razones como
pruebas de una afirmación?
No las aceptamos, sugiere Vico, por el hecho de que como
hablantes presentemos una prueba demostrable, una es-
tructura silogística perfecta que nuestros oyentes están pa-
sivamente (lógicamente) obligados a aceptar, sino porque en
su estructura imperfecta, entimemática, planteamos pre-
misas inicialmente desconectadas que (la mayor parte de)
nuestra audiencia podrá conectar por nosotros, ¡y creer que
es ella quien ha «entendido» el asunto! Establecen la cone-
xión basándose en los tópoi (quizás inarticulables en sí mis-
mos) del sensus communis ya existente entre ellos y noso-
tros como hablantes. De ahí la importancia que para Vico
reviste en la retórica lo que él llama el «arte de los tópicos»
[ars tópica]. En ella, el «argumento»

«no es "el ordenamiento de la prueba", como comúnmente se


supone, cosa que en latín se denomina argumentatio; antes
bien, es la tercera idea que enlaza las otras dos de la cues-
tión en debate —lo que los escolásticos llamaban el "término
medio"—, de manera que la tópica es el arte de descubrir el
término medio. Pero afirmo aun más: la tópica es el arte de
aprehender lo verdadero, porque el arte de ver todos los
aspectos o loci de una cosa nos permite distinguirla debida-
mente y obtener un concepto adecuado de ella. Puesto que
los juicios resultan ser falsos cuando sus conceptos son ma-
yores o menores que las cosas que se proponen significar»
(Vico, 1988, pág. 178, si bien he preferido en este punto la
traducción de Mooney [1985, pág. 134]).

Así, la naturaleza especial del discurso que usamos en


este caso crea el «espacio» en el que una «prueba» puede
cobrar vida como tal. Grassi (1980, pág. 20), un estudioso de
Vico, caracteriza este tipo de discurso diciendo que

«"muestra" inmediatamente; por esa razón es "figurativo" o


"imaginativo" y, por tanto, "teórico" en el sentido origina-
rio [theoretn, esto es, "ver"]. Es metafórico, es decir, muestra
algo que tiene un sentido, y ello significa que el discurso

90
transfiere [metaphérein] una significación^ a la figura, a lo
que se muestra de este modo; el discurso que produce esa
mostración "coloca ante los ojos" ¡pháinesthai] una signifi-
cación».

Ese, dice Grassi, es el verdadero discurso retórico; es un dis-


curso no conceptual, emotivo e indicativo; no fiinciona sólo
de manera persuasiva, sino práctica; en él es fimdamental
la metáfora. Al transferir^ la significación del sensus com-
munis a lo que se dice, la metáfora hace «visible» o «mues-
tra» a los oyentes una cualidad común que no puede dedu-
cirse racionalmente. Como tal, no puede explicarse de nin-
guna manera (ni en un discurso académico ni de ninguna
otra forma); en verdad, el discurso es la base de todo pensa-
miento racional. Por tanto, todas nuestras investigaciones
deben iniciarse con esa forma de hablar.^

Tras la teoría: un enfoque crítico descriptivo


Hasta hace poco (hasta estos tiempos llamados «posmo-
demos»), los intentos que hicimos en Occidente por enten-
der nuestra vida social parecían haber quedado atrapados
en lo que podría denominarse un «camino teórico» moder-
nista;^ i m procedimiento que nos ayudó muy eficazmente a

•* Rorty (1989, pág. 19) acepta «la tesis de Davidson de que las metáforas
no tienen significados» y considera que ello implica que, en consecuencia,
no podemos argumentar en favor de nuevas formas de hablar, puesto que
los significados como tales, sostiene, sólo pueden proceder «del interior de
un juego del lenguaje» {ibid., pág. 47). Así, todo lo que podemos hacer es
tratar de que los vocabularios que no nos gustan tengan «mal aspecto»
(ibid., pág. 44). Si Vico y Grassi tienen razón, esto es un sinsentido; la pre-
sentación de una nueva metáfora es u n argumento.
5 G r a s s i observa que el mismo término «metáfora» es u n a metáfora,
dado que deriva del verbo metaphérein, «transferir», que originariamente
designaba u n a actividad concreta.
^ Como decía C. W. Mills (1940, pág. 439) hace más de cincuenta años,
«las distintas razones que los hombres dan de sus acciones, no carecen en
sí mismas de razones (...) Lo que queremos es un análisis de las funciones
de integración, control y especificación que determinado tipo de discurso
cumple en las acciones socialmente situadas».
^ L a idea de que la teoría correcta debería proporcionar un método segu-
ro, u n a fórmula matemática que llevara a la predicción y al control de la

91
«dominar» el mundo «natural», pero que no presenta más
que dificultades cuando se lo aplica a la vida social. Al igual
que en el mundo natural, en la vida social nos movió el de-
seo de poder considerar contemplativamente, como un ob-
servador extemo, un orden total. Por cierto, al camino teó-
rico moderno se asocia una poderosa compulsión constitu-
tiva (de hecho) a la búsqueda de una forma semejante de
conocimiento, puesto que sin ella —sin un cuadro mental
interno, sin una imagen mentalmente analizable de la es-
tmctiira de un «tema»— creemos que nuestro conocimiento
es de un tipo muy inapropiado. Sin esa compulsión, gran
parte de nuestra actual actividad académica tendría escaso
sentido para nosotros. Por eso en nuestros estudios hemos
intentado abordar series de acontecimientos esencialmente
históricos, a veces aún en desarrollo en el tiempo, en forma
retrospectiva y reflexiva —como si fuera una serie de acon-
tecimientos «ya hechos» en los que no estamos comprome-
tidos—, con el fin global de incorporarlos a un esquema con-
ceptual unitario y ordenado. De tal modo, al seguir el cami-
no de la teoría, el proyecto de cada investigador se convierte
en la formulación monológica de un marco único que fun-
cione como un «recipiente estructurado» de todos esos acon-
tecimientos, para crear de esa manera en ellos un orden es-
table, coherente e inteligible, que los lectores de las formu-
laciones teóricas (textuales) escritas por los investigadores
puedan captar intelectualmente en forma distanciada y sin
compromiso.
A propósito de la fuente de esa compulsión podríamos
sostener, por cierto, que el mencionado proyecto pone de
manifiesto im sueño que ha llegado hasta nosotros, a través
de la Ilustración, desde los antiguos griegos. De hecho, po-
dríamos expresar ese sueño de la siguiente manera: si hay
un orden interno ya determinado pero «oculto» que debe dis-
cernirse en las cosas, entonces sería posible «ver» sus ope-
raciones e interconexiones internas (como si se tratara de la
mirada de Dios) tan satisfactoriamente como para poder
«desplazarnos» de antemano a lo largo de secuencias acaso

conducta, es un producto de la filosofía moderna. Como muestra Grassi


(1980, pág. 20) —^véase la cita en el texto—, no es ese el sentido originario
de lo que implica hablar teóricamente.

92
importantes de acontecimientos, y estar así preparados de
algún modo en el momento en que estos ocurran. Con lo cual
podríamos justificarlo racionalmente como tal. Pero eso se-
ría describir de manera por entero equivocada su carácter.
En efecto, como observa Wittgenstein (1969, n° 151), no se
trata de ima forma de conocimiento sujeta a duda o a jus-
tificación; es «una parte absolutamente firme de nuestro
método de duda y de indagación»; nuestras indagaciones
deben llegar a un fin en algún lugar, «pero el fin no es un
supuesto infundado: es ima manera infundada de actuar»
(1969, n° 109). En otras palabras: lo mismo que puede de-
cirse de los dinkas o los hopis —que literalmente no saben
cómo poner en duda que las influencias de las cuales noso-
tros hablamos como si estuvieran en nuestras cabezas, es-
tán a su alrededor—, puede decirse de nosotros. La idea de
que nuestro pensamiento se desenvuelve en nuestras cabe-
zas y que consiste en representaciones internas de estados
de cosas externos, nos parece tan elemental para nuestra
forma de ser en el mundo, que (casi) no sabemos cómo po-
nerla en duda. Es fundamentalmente lo que «somos» para
nosotros mismos y lo que nuestro mundo «es» para nosotros.
Con todo, debemos ponerla en duda si queremos captar la
naturaleza de nuestro tercer tipo de conocimiento en cues-
tión, que es sensorial. Pero, ¿cómo podríamos provocar una
duda semejante en nosotros mismos (para no hablar de la
tarea de darle una expresión inteligible)?
Aquí debemos abordar la descripción que Wittgenstein
(1953,1969,1980) hace de nuestro uso del lenguaje. Prime-
ro, hay que advertir (como bien se sabe) que el significado de
las palabras aparece, señala Wittgenstein, en su uso. Dicho
de otra manera, si pensamos que las palabras son reflexiva-
mente como las herramientas del carpintero, en la medida
en que pueden utilizarse no solamente a) para hacer mu-
chas cosas que tienen que ver con dar forma, unir y diferen-
ciar cosas, sino también b) como recordatorios de los tipos
generales de función que pueden desempeñar, podemos en-
tonces apreciar uno de los asertos más fundamentales de
Wittgenstein: que «la gramática nos dice qué clase de objeto
es cada cosa» (1953, n° 373). Puesto que la selección de pala-
bras que las personas hacen cuando construyen y formulan
sus enunciados —al advertir la adecuación de lo que dicen a

93
lo que perciben como el tema de su habla— es lo que revela
la esencia que (para ellos) tiene aquello de que están ha-
blando. Por tanto, para Wittgenstein, la descripción errónea
de un uso no es la «que no concuerda con el uso establecido»,
sino «la que no concuerda con la práctica de la persona que
describe» (1980,1, n" 548).

En otras palabras: el hecho decisivo en el cual hay que


centrarse no es el del hablar en general, sino este o aquel ac-
to particular de habla; y la tarea es describir (críticamen-
te) las influencias que inciden en su configuración; esto es,
no decir teóricamente cuál debe ser el caso en general, en
principio, a partir de la evidencia, etc., sino poder decir en
particular, de acuerdo con las circunstancias específicas de
un enunciado, cuáles son las influencias que actúan sobre
él, «a pesar de ima incitación a malinterpretarlos [esos fim-
cionamientos]» (1953, n° 109). Por eso el tipo de descripción
que necesitamos es una descripción crítica: porque tenemos
que superar las compulsiones y las incitaciones que experi-
mentamos con respecto a cómo debe ser aquí vma supuesta
comprensión apropiada (vale decir, esto es lo que tienen que
hacer quienes he identificado como pertenecientes al cami-
no de la teoría), y es preciso que busquemos un nuevo tipo
de comprensión. Pero ¿cómo podemos investigar la natura-
leza de algo que carece de especificidad, cuyo rasgo definito-
rio fimdamental es su propia apertura a la especificación o a
la determinación por parte de las personas involucradas?
Aquí es donde el concepto de Wittgenstein de «represen-
taciones transparentes» desempeña su papel (Edwards,
1982). En ruptura con el camino de la teoría, Wittgenstein
establece la metáfora de los juegos del lenguaje, no a los
fines de una idealización (como el acostumbrado movi-
miento inicial, anterior a la producción de una teoría riguro-
sa), sino por otra razón completamente distinta:

«Nuestros claros y sencillos juegos del lenguaje no son


estudios preparatorios para una futura regularización del
lenguaje, como si fueran aproximaciones que ignoran la
fiicción y la resistencia del aire. Los juegos del lenguaje se
establecen, antes bien, como objetos de comparación desti-
nados a arrojar luz sobre los hechos de nuestro lenguaje - :

94
sólo a través de las similitudes sino, además, de las disi-
militudes» (1953, n° 130)8

No tenemos que partir de una idea preconcebida a la que


deba corresponder la realidad de nuestro lenguaje (si la idea
que tenemos de él pretende ser correcta); lo que necesita-
mos es algo con lo cual contrastarlo, ima regla o un instru-
mento de medición que, por su existencia misma, sirva para
crear ima o o varias dimensiones de comparación: una for-
ma de decir cuál es el carácter de lo que deseamos estudiar,
donde cada «instrumento» pone de manifiesto conexiones
entre aspectos y características que de otro modo pasarían
inadvertidas. Por tanto, todas las metáforas empleadas por
Wittgenstein (ya hemos mencionado muchas de ellas) ha-
cen que nuestra atención se dirija a aspectos del lenguaje y
de nuestro conocimiento de este que antes nos eran racio-
nalmente invisibles, como sus rasgos «similares a normas»,
las características de sus «fronteras», su «arqueología», etc.
Esos aspectos están al servicio de la creación de

«un orden en nuestro conocimiento del uso del lenguaje: un


orden que tiene en vista un fin particular; un orden entre
muchos otros posibles; no el orden. Para ese fin, constante-
mente hemos de destacar distinciones que nuestras formas
corrientes de lenguaje nos hacen pasar fácilmente por aJtx)»
(1953, n° 132).

Esas metáforas no pueden representar ningún orden ya


fijado en nuestro empleo del lenguaje, porque por su propia
naturaleza de apertura a la determinación en el contexto de
su aparición no pertenecen a ninguno de eUos. Pero lo que sí
nos permiten, al crear artificialmente un orden donde con
anterioridad no había ninguno, es «retratar» un aspecto de
nuestro uso del lenguaje, esto es, 1) volver «visible racional-
mente» (en términos de Garfinkel) ese aspecto de nuestro
empleo del lenguaje y, por tanto, públicamente analizable y
debatible, y, a la vez, 2) convertirlo en un «instrumento psi-
cológico» (en términos de Vigotsky) y, con ello, en algo, im re-
curso práctico, con el cual y mediante el cual podemos pen-
sar, actuar y percibir.

^ Véase también Wittgenstein (1953, n^s 131, 132 y 133).

95
Teoría práctica o «herramientas» analíticas
De acuerdo con esta forma de ver, entonces, y si Witt-
genstein tiene razón, la tarea de caracterizar la naturaleza
de las realidades conversacionales no es la empresa teórica
de intentar, frente a los innumerables fracasos anteriores,
presentar una «visión», ahora proclamada correcta, de la
verdadera naturaleza de nuestra humanidad como criatu-
ras lingüísticas; ninguna «visión» semejante es posible. La
tarea es de índole más parcial y particular: proporcionar, en
la articulación de determinados aspectos de su naturaleza,
un conjunto de representaciones transparentes o de instru-
mentos psicológicos aptos para su comprensión, donde el t i -
po de comprensión que se alcanza consiste en «ver conexio-
nes» entre aspectos de nuestras vidas que, de lo contrario,
parecerían desconectados. Con esa finalidad, entre otras, he
introducido los siguientes conceptos: además de los de re-
presentaciones transparentes e instrumentos psicológicos,
el de «acción conjunta»; las nociones de Bajtin de «enuncia-
do» y de «comprensión respondiente»; la extensión de esta
última, por parte de Billig, a un contexto «retórico» obra de
Billig; las nociones de Vico de «tópicos sensitivos» y de «uni-
versales imaginativos» y su interés en la ars tópica, esto es,
en el entimema retórico en el que, como un aspecto de la ac-
ción conjunta, la audiencia de un hablante completa una es-
tructura argumentativa que no está al alcance de él.
En los capítulos anteriores introduje los conceptos de
conocer «desde adentro», «invisibilidad racional», «tradicio-
nes de argumentación», «naturaleza negociada de los fenó-
menos sociales» y otros similares. Todos ellos son ejemplos
de lo que en otro lugar (Shotter, 1984, pág. 40) he llamado
«teoría práctica»: esas formas de hablar, términos del arte,
metáforas o imágenes funcionan como sondas o prótesis,
como «objetos de comparación», o «reglas de medición» a tra-
vés de los cuales, a la manera del bastón del ciego o de los
telescopios o los microscopios en otras ciencias, podemos
«ver» la acción de influencias que de otro modo seguirían
siendo racionalmente invisibles para nosotros. Son «herra-
mientas» que podemos emplear para dar cuenta de nues-
tras aserciones sobre lo que realmente sucede en las desor-
denadas zonas de incertidumbre en las que llevamos ade-
lante los aspectos políticamente negociables de nuestra

96
vida social cotidiana. En las ciencias sociales hemos oculta-
do durante muchísimo tiempo esas luchas políticas a la in-
vestigación públicamente debatible, por suponer que la vida
social es i m fenómeno «natural» como todos los demás que,
como proceso ya ordenado y coherente (la visión de los siste-
mas), no hace sino esperar que descubramos sus «leyes».
Por tanto, como científicos sociales, en lugar de tratar nues-
tros órdenes sociales como construcciones histórico-sociales
aún en desarrollo y constitutivas de nuestro ser, los aborda-
mos como entidades ya hechas de nuestro mundo «externo»,
como «recipientes» aparentemente separados para nosotros
como seres individuales ya psicológicamente autónomos.
No hemos caído en la cuenta de que tanto lo que experimen-
tamos como nuestro ser como lo que experimentamos como
el ser^ de nuestro mimdo, están determinados por y para no-
sotros en el conjunto de las relaciones yo-otro en las cuales
intervenimos al madurar e integrarnos a las tradiciones
científico-sociales vigentes de investigación y debate. No ad-
vertimos que esas relaciones yo-otro son para nosotros cons-
titutivas de lo que he llamado «la dimensión de nuestras re-
laciones persona-mundo». Por tanto, todos esos momentos
aparentemente menores que nadie deja de experimentar,
en los que consideramos «estar en nuestro sitio», dan como
resultado, cuando se los toma en conjunto, el posiciona-
miento de cada uno de nosotros en nuestro lugar dentro del
esquema político general de las cosas. A l hacer racional-
mente visibles esos momentos desordenados y describirlos
críticamente desde el interior del acontecimiento, podemos
poner de manifiesto la índole de las negociaciones, los con-
flictos y las luchas sociales que están enjuego en la produc-
ción, la reproducción y la transformación de nuestros órde-
nes sociales vigentes.
En Occidente, sojuzgados por el poder de la teoría, du-
rante mucho tiempo creímos poder investigar individual-
mente el carácter del «mimdo» que nos rodea. Ahora debe-
mos comenzar a hacer frente al hecho de que esa actividad
sólo es posible si lo que estudiamos ya está ordenado. En el
camino hacia ima ciencia posmodema de la vida mental, el
supuesto de que todos vivimos dentro del mismo orden so-

^ O, mejor, el «devenir» de nosotros mismos y de nuestros mundos


sociales.

97
cial no puede sostenerse; tenemos que admitir que no hay
un orden significativo iónico ya constituido que deba descu-
brirse en nuestra vida social. Pero si las cosas son de esta
manera, si no hay im orden social a priori, si nuestras acti-
vidades prácticas cotidianas se desenvuelven en —y tienen
que vérselas con— un mundo social pluralista, conocido sólo
fi-agmentariamente y compartido sólo de modo parcial, en-
tonces tenemos que abandonar el proyecto de intentar com-
prender nuestra vida social a través de la imposición de sis-
temas teóricos monológicos de orden, y consagrarnos a un
estudio de las formas más dialógicas de conocimiento prác-
tico y moral según las cuales vivimos esa vida. Porque ahora
la tarea es inventar los dispositivos teórico-prácticos aptos
—esto es, las representaciones transparentes apropiadas—
que contribuyan a hacer racionalmente visibles las influen-
cias operantes en nosotros, y a darles, de tal modo, la forma
de tópicos de examen y debate públicos.

Conclusiones: prácticas dialógicas versus


prácticas monológicas

Permítaseme ahora que me valga de los recursos acumu-


lados en lo precedente, para elaborar algunas conclusiones
sobre nuestras prácticas futuras en una investigación cons-
truccionista social de este tipo. Podemos observar primera-
mente que si nuestras tradiciones intelectuales se conciben
como tradiciones «vivientes», dialógicas, o como «tradicio-
nes argumentativas» polifónicas, se obtiene una visión muy
diferente de lo que es el progreso intelectual. Tradicional-
mente, como ya lo señalé, en la orientación dominante en-
tendimos que el progreso surgía de diferentes sistemas mo-
nológicos de conocimiento jerárquicamente estructurados,
enfrentados entre sí en una lucha neodarwiniana por la
supremacía. Sin embargo, Billig y Bajtin nos permiten ver
todo el proceso bajo una luz muy distinta: como una acti-
vidad polifónica, con un centro (o varios centros) y márge-
nes, constituyente de ima tradición de argumentación que
suministra una serie de posturas a toda una pluralidad de
conciencias, cada ima con su propio mundo. En cuyo caso,
en lugar de orientamos hacia las habituales tareas científi-
cas de predicción y control, o de dominio y posesión, la nue-

98
va tarea sería simplemente la de comprender: «esa com-
prensión que consiste en "ver conexiones"» (Wittgenstein,
1953, n" 122) y, agregaría por mi parte, en «hacerlas».
Como ya dije, esta es una forma de racionalidad lograda
mediante contrastes, y no uaa racionalidad como represen-
tación. En ella ponemos de manifiesto la naturaleza de lo
que nosotros hacemos, de nuestras prácticas, mediante la
comparación con lo que otros (reales o inventados) hacen o
no hacen. Nos valemos de la noción de juegos del lenguaje,
no para explicar nuestro uso del lenguaje, sino simplemente
para señalar lo que parecemos hacer en determinado con-
texto de dicho uso; y a menudo eso basta. Pues en la práctica
entendemos ciertas cosas sin necesidad de análisis o expli-
cación algvmas. Si siempre tuviéramos que entender la res-
puesta de una persona a nuestras preguntas recurriendo,
por ejemplo, a un análisis lógico o científico que las explica-
ra, el juego corriente de preguntas y respuestas de la vida
cotidiana (lo mismo que la comprensión del análisis lógico o
científico) sería imposible. Pero es manifiesto que esa forma
de comprensión —consistente en ver conexiones— depende
del uso de esa forma especial de discurso retórico veraz que,
como lo sugieren Vico y Grassi, descansa en su naturaleza
dialógica y metafórica. No es una forma de razonamiento
que pueda ser llevada adelante por individuos solos, ni que
pueda mecanizarse. Por consiguiente, en el clima actual, de
valoración de esas formas, no podemos tener la expectativa
de que la transición a esos modos dialógicos y metafóricos
de razonamiento sea sencilla. Es de presumir que habrá
una lucha, en la cual las actuales formas monológicas de ra-
zonamiento en el centro intentarán rechazar o expulsar a
las formas dialógicas hacia los márgenes. Puesto que «el
monologismo, en su forma extrema, niega la existencia ex-
terior a él de otra conciencia con los mismos derechos y las
mismas responsabilidades, de otro yo [/] con los mismos
derechos (tú). En un enfoque monológico (en su forma ex-
trema o pura) la otra persona es total y meramente un obje-
to de la conciencia. El monólogo está finiquitado y es sordo a
la respuesta del otro; no la espera y no reconoce en ella nin-
guna fuerza decisiva» (Bajtin, 1984, págs. 292-3).

Y esa es, por supuesto, la visión científica tradicional de


las cosas; tratamos lo que estamos estudiando como un obje-
to del pensamiento a fin de elaborar teorías que guíen nues-

99
tras acciones posteriores y deliberadas en relación con él.
Nuestras representaciones de las cosas nos sugieren los mo-
dos en que se las puede manipular y que nos dan poder so-
bre ellas. Si carecemos de esas imágenes «internas», expe-
rimentamos incertidumbre, falta de confianza en nuestro
conocimiento; no sabemos bien dónde estamos parados.
Pero esa urgencia por ima certidumbre no puede satisfa-
cerse en el diálogo. Pues las tradiciones de argumentación,
la múltiple polifonía de un mundo en discusión dialógica
consigo mismo, no pueden «imaginizarse». No obstante, en
lugar de interesamos en la certidumbre (como fidelidad de
la representación), podemos preocuparnos por la adecua-
ción, por tratar de hacer justicia al ser de lo que estamos es-
tudiando (Shotter, 19916, 19936). En cuyo caso, según Baj-
tin, «la única forma adecuada de expresar verbalmente la
vida humana auténtica es el diálogo abierto. La vida es, por
su naturaleza misma, dialógica. Vivir quiere decir partici-
par en el diálogo; hacer preguntas, escuchar, responder, es-
tar de acuerdo, etc. En ese diálogo, la persona participa por
entero y a lo largo de toda su vida: con sus ojos, sus labios,
sus manos, su alma, su espíritu, con todo su cuerpo y todas
sus acciones» (Bajtin, 1984, pág. 293). Cabe esperar que
quienes tienen negada esa posibilidad se sientan, como mí-
nimo, humillados e irritados.
Por tanto, dentro de una tradición investigativa organi-
zada en torno de prácticas dialógicas antes que monológi-
cas, podemos esperar ver, en lugar de la simple lucha darwi-
niana por la supervivencia de la teoría supuestamente más
apta (que representa un orden ya existente), toda ima serie
de otros y novedosos tipos de lucha. Cabe suponer que ha-
brá, en particular, luchas relacionadas con afirmaciones de
índole ética y con lo que implica tratar a los otros (y la otre-
dad) con el respeto debido: para reemplazar las luchas que
hemos librado en el pasado por la mejor forma de manipu-
larlos (y de manipularla). Es de esperar entonces que haya
interés en dar forma a nuevos órdenes de relaciones (a par-
tir del caos). Podemos conjeturar, por consiguiente, que ha-
brá disputas entre distintas representaciones, o sea, entre
diferentes versiones metafóricas que «darán forma» a nues-
tras circunstancias de una manera antes nunca «vista»,
pues proporcionarán nuevas formas de comprensión para

100
«establecer nuevas conexiones».-^" También cabe esperar
que veamos que esas representaciones, y las afirmaciones
acerca de su importancia, se originan en gran número de
«posiciones» de la tradición que no son las de la corriente do-
minante (centro). Además, dichas afirmaciones no sólo se-
rán críticas de esa corriente dominante, sino también entre
sí. Habrá luchas, asimismo, entre diferentes géneros de es-
critura y las ideologías productoras de formas, esto es, los
«mundos imaginarios» que ellas encaman. En efecto, puede
esperarse que el estudio de la práctica de los escritores, y no
de su contenido, se extienda hasta incluir el tono en que es-
criben, pues cobrarán importancia las diferentes oportimi-
dades dialógicas de relación (y de ser) que los autores ofre-
cen a los lectores. Por último, habrá luchas políticas para
determinar qué representaciones de una «visión del mim-
do» se «literalizarán» en un «orden del mundo». En efec-
to, en lo que hoy constituye un fenómeno de alcances casi
mundiales, quienes se interesan en el descubrimiento de
una «historia» o \ma «tradición» propias han comenzado a
objetar los sistemas monológicos ahistóricos de «planifica-
ción y administración centraHzadas» que los excluyen.
En verdad, conforme abandonamos un mundo político
de presimtos iguales, personas con una existencia psicológi-
ca de átomos indiscemibles, todas en competencia recíproca
por el poder, y pasamos a im mtmdo político de personas que
poseen características psicológicas según la «posición» que
cada ima ocupa en relación con las demás, empezamos a ver
en acción toda una nueva dinámica. En lugar de una «políti-
ca de poder» se pone en marcha una nueva «política de la
identidad», una política de acceso a —o de exclusión de—
una economía política de oportunidades ontológicas de for-
mas de ser diferentes. Si pretendemos participar en esa eco-
nomía política en igualdad de oportunidades, entonces la
«pertenencia» a la comunidad de lucha, la tradición de argu-
mentación, no puede ser condicional: es preciso sentir que
tenemos el derecho incondicional a «ser miembros». Y estas

A l cuestionar mi versión de la acción conjunta, otras serán sin duda


ejemplos oportunos.
L a mayoría de los textos actuales de psicología colocan a l lector en la
posición del receptor pasivo, saussuriano, de las ideas del autor; literal-
mente, en esos textos no podemos encontrarnos a nosotros mismos (Shot-
ter, 19916).

101
pretensiones de «pertenencia» son planteadas hoy por toda
una serie de grupos antes marginados por los académicos
profesionales; no sólo las mujeres, los negros y otros movi-
mientos étnicos, los ecologistas, etc., sino también muchos
otros que no tienen credenciales de «especialistas» o de «pro-
fesionales». Nos encaminamos hacia un nuevo mundo de
problemas planteados por un auténtico reconocimiento de
la importancia de las diferencias más que de las similitudes,
y de la trascendente influencia que ese mundo ejerce sobre
el carácter de las cuestiones que ahora creemos decisivo
abordar.

102
Segunda parte. El realismo, lo imaginario y
un mimdo de acontecimientos
4. Los límites del realismo

Uno de los adversarios más inmediatos del construccio-


nismo social es el realismo, y imo de los mayores exponentes
del realismo es Bhaskar. Su reciente Reclaiming Reality: A
Critical Introduction to Contemporary Philosophy (Bhas-
kar, 1989), es uno de sus libros más importantes. Y es im-
portante discutirlo aquí, puesto que muchos ven en el rea-
lismo crítico de Bhaskar, con su modelo transformacional de
la actividad social (MTAS) —que analizaremos más adelan-
te—, una clara alternativa al construccionismo social. En
efecto, si bien muchos —incluido Bhaskar— adhieren hoy a
las teorías construccionistas de la acción social, pocos están
dispuestos a abogar por una metodología exhaustivamente
construccionista social (del tipo no teórico esbozado, por
ejemplo, en los tres capítulos precedentes). Se aduce que esa
metodología se encuentra irredimiblemente asociada a un
relativismo del «todo vale», destino que el realismo de Bhas-
kar —con su versión de la ontología y de la epistemología
por separado— manifiestamente parece evitar Por eso en el
capítulo que sigue reseño su libro, en un intento de detallar
con exactitud dónde surgen las dificultades para los cons-
truccionistas sociales en la exposición de Bhaskar sobre el
realismo; como veremos, aparecen en las pretensiones del
realista poder identificar de antemano las estructuras de la
vida social que los construccionistas considerarían, en reali-
dad, aún en discusión.

Para pasar ahora al libro, podemos comenzar observan-


do que su autor reúne en él, en forma práctica y accesible, la
vasta extensión abarcada por gran parte de su obra recien-
te. En una serie de ensayos interrelacionados (la mayoría de
los cuales fueron publicados antes, pero ahora cuidadosa-
mente organizados en una estructura «narrativa»), Bhas-
kar desarrolla aun m á s su teoría realista de la ciencia y

105
la aplica al análisis de un conjunto de problemas filosóficos
y políticos apremiantes. En particular, al «recuperar» la
realidad, no sólo desea recobrarla de manos de los idealistas
posestructuralistas y de los llamados «neorrealistas» —que
a su entender socavan la confianza de quienes creen en la
posibilidad de unas ciencias humanas emancipatorias y
ima sociedad socialista—, sino también, y ante todo, recupe-
rarla «para sí misma»; esto es, dejar que sea xma auténtica
«otredad», una realidad desantropomorfizada capaz de sor-
prendemos, no un mimdo predeterminado caracterizado en
términos (humanos) que ya nos son conocidos. De ahí que
para toda su exposición sean fundamentales a) la formu-
lación de una dimensión ontológica separada y explícita,
irreductiblemente distinta de los dominios epistemológicos,
y b) la naturaleza «no humana», «desdivinizada»,^ de esa
ontología.

La «falacia epistémica» y la emancipación


humana
Ajuicio de Bhaskar, todas las anteriores filosofías de la
ciencia y muchas de las actuales son víctimas de lo que él
llama la «falacia epistémica»: la definición del ser en térmi-
nos del conocimiento que tenemos de él. Dicho de otra ma-
nera, omiten hacer una clara distinción entre epistemología
y ontología. Por eso son, por una parte, demasiado restric-
tivas ontológicamente —porque al extraer sus ontologías
(ocultas) de ima epistemología antropomórfica, en la que las
personas se conciben de manera individualista, como seres
que responden pasivamente a acontecimientos atomistas,
suponen un mundo de sistemas cerrados y de hechos ato-
mistas— y, de tal modo, excluyen, por resultar epistemoló-
gicamente insostenibles, formulaciones adecuadas de la
naturaleza sociohistórica de la agencia humana encarnada.
Por otra parte, las filosofías de la ciencia son demasiado per-
misivas epistemológicamente (porque dejan, sobre todo en

^ Bhaskar toma el término de Rorty. Al procurar «desdivinizar» nuestras


ontologías, Rorty (1989, pág. 198) nos insta a «no intentar querer algo que
está más allá de la historia y de las instituciones».

106
psicología, que alcancen un arraigo institucional teorías
bastante increíbles de la naturaleza humana). Para supe-
rar estas (y otras) dificultades, Bhaskar considera decisivo
establecer dos dimensiones separadas dentro de las cuales
hablar de ciencia, ima ontológica e «intransitiva», que tiene
una existencia independiente de los científicos y de su acti-
vidad, y otra epistemológica o histórico-sociológica, «tran-
sitiva». Si bien nuestro conocimiento del mundo es un pro-
ducto social, resultado de la actividad social transformativa
a partir de conocimientos ya existentes, el ser del mundo de-
be concebirse (al menos en el momento de su investigación
científica) como una existencia independiente de las ideas
que tenemos de él. Porque sólo en ese caso podemos des-
cubrir si nuestras teorías acerca de su naturaleza son equi-
vocadas, y hacer así auténticamente posible la investiga-
ción científica de su realidad.
Ese es el «núcleo», por así decirlo, del programa de in-
vestigación filosófica de Bhaskar (de hecho, él mismo lo dice
de manera explícita: 1989, pág. 183). Empero, ¿cuál es su
sentido? Ya desde el principio Bhaskar aclara perfectamen-
te cuál es su meta general. Si el sentido de la filosofía es
cambiar el mundo, entonces la transformación de la so-
ciedad en beneficio del socialismo depende de un conoci-
miento de sus estructuras subyacentes reales. «El mundo
sólo puede cambiarse si se lo interpreta correctamente»
(1989, pág. 5). Por tanto, para él, el sentido de los ensayos
reunidos en este volumen es que «todos procuran trabajar el
terreno —en niveles diferentes y de diferentes maneras—
en favor de las ciencias, y en especial de las ciencias huma-
nas, en la medida en que puedan iluminar y fortalecer el
proyecto de la autoemancipación del hombre» (1989, pág.
vii). Y puesto que la reseña que hago aquí es selectiva, tra-
tará de establecer hasta qué punto su obra puede contribuir
a ese proyecto. En efecto, lo que deseo es averiguar si el tipo
de preparación filosófica (lockeana) del terreno que él pro-
pone —desbrozar primero el suelo— es necesariamente una
estación de paso en el camino hacia la autoemancipación
del hombre, o si no podrían resultar más oportunas otras
formas de preparar ese terreno, por ejemplo como fabrican-
tes de herramientas durante los procesos reales de cons-
trucción o, más tarde, como retóricos, sea para persuadir a
otros del valor de ima construcción o para disuadir a sus crí-

107
ticos. Puesto que se debe decir francamente que la versión
de Bhaskar del realismo filosófico no apimta, en sí misma, a
proporcionar ima serie de análisis sustantivos o un conjun-
to de políticas prácticas; tampoco es un sustituto de las in-
vestigaciones empíricamente controladas de «las estructu-
ras que originan fenómenos sociales»; su meta es, antes
bien, «guiarlas» en el sentido de establecer «las condiciones
de posibilidad de las prácticas emancipatorias en general»
(1989, pág. 113).
El señalado es, pues, su objetivo en este libro; su estrate-
gia es casi una repetición de su descripción realista trascen-
dental de las leyes causales de las ciencias naturales. La
aplica entonces en su crítica de las filosofías actuales de la
ciencia a fin de introducir, al promediar el libro, su propio
enfoque naturalista del conocimiento científico social eman-
cipatorio. Este se relaciona luego tanto con problemas teó-
ricos del pensamiento marxista, cuanto con una crítica de
Rorty (como adversario al parecer importante del realismo).
El libro concluye con un capítulo en el cual se señala que el
programa del realismo trascendental ha desarrollado una
dimensión crítica consagrada a la explicación de las causas
de una falsa conciencia de la naturaleza. En esta reseña no
haré comentarios de importancia acerca de estos últimos
capítulos, puesto que mi principal interés tiene que ver con
lo que Bhaskar llama su modelo transformacional de la ac-
tividad social (MTAS) y su concepción de la agencia huma-
na (encamada). Pasaremos ahora a su exposición del realis-
mo en las ciencias naturales, que desempeña un papel deci-
sivo en todas sus argumentaciones posteriores.

Epistemología e ideología
En esta concepción son fundamentales los planteos onto-
lógicos (elaborados primeramente en su anterior libro de
1975); asimismo, es importante señalar, como ya se mencio-
nó, que el experimento científico es para Bhaskar un para-
digma de la acción social racional «en funcionamiento», por
así decirlo, y es notorio que recurre a él como ámbito en el
cual «pone a pmeba» por primera vez los desarrollos ulte-
riores de su pensamiento. Influido por las concepciones de

108
Harré (1970a y b) sobre la actividad científica y los «pode-
res causales», Bhaskar (1975) sostuvo la existencia de una
«brecha ontológica» entre los patrones observados de los
acontecimientos y las leyes causales. Según lo señala ahora,
en \m experimento:

«lo que distingue los fenómenos que los científicos producen


realmente de la totalidad de los fenómenos que podrían pro-
ducir es que, cuando el experimento tiene éxito, es un índice
de lo que no producen. Una distinción real entre los objetos
de la investigación experimental, tales como las leyes cau-
sales y los patrones de acontecimientos, es entonces una
condición de inteligibilidad de la actividad experimental»
(1975, pág. 15).

De ahí su afirmación, ya mencionada aquí, de que entre la


dimensión ontológica y la dimensión epistemológica no hay
una identidad y ambas son necesarias en cualquier descrip-
ción adecuada de la actividad científica.
Tras haber dado razones de su necesidad, pasa a exami-
nar críticamente las posiciones filosóficas actuales más in-
fluyentes a fin de revelar determinados sesgos ideológicos
ocultos en ellas. En el capítulo 3 discute las inauguradas
por Popper y Bachelard, en tanto que en el capítulo 4 discu-
te el positivismo. Su argumento central en esos dos capítu-
los es el siguiente: el persistente intento de reducir la onto-
logía a la epistemología arroja como resultado una ontología
que se niega y se presupone a la vez, porque debe suponerse
que el mimdo es tal que puede ser objeto de determinadas
operaciones cognitivas del hombre; si no tiene esa natura-
leza, no puede ser conocido. Por eso vemos a Feyerabend
(quien abusa tanto de la circunstancia de que Popper no
proponga sino un fundamento de construcción humana pa-
ra la ciencia —su criterio de demarcación— como del fraca-
so de la metodología de los programas de investigación cien-
tífica de Lakatos en la predicción del futuro desarrollo de
una ciencia) llegar a la conclusión de que el cambio cien-
tífico tiene que ser irracional, y defender un dadaísmo teóri-
co del «todo vale». Para Feyerabend la ciencia no tiene una
autoridad más grande que cualquier otra forma de vida; por
tanto, no tiene sentido restringir la vida de los miembros de
xma sociedad libre. Pero, se pregunta Bhaskar, ser libre de

109
elegir lo que uno quiere hacer cuando quiere hacerlo (a lo
cual parece reducirse el concepto de libertad de Feyera-
bend), ¿tiene alguna utilidad si uno no posee un conoci-
miento confiable? Feyerabend no logra comprender la nece-
sidad de las posibilidades que emergen de una ciencia con
profundidad ontológica.
Bhaskar considera de interés a Bachelard por la distin-
ción que establece entre ciencia y reverle, el carácter de en-
soñación de la experiencia cotidiana que constituye la ma-
teria del arte y de la poesía. Pero si bien Bachelard opone en
su filosofía dos ámbitos que desde el pimto de vista ontoló-
gico son aparentemente distintos, ninguno de ellos es, en
términos de Bhaskar, un dominio intransitivo de objetos
reales. Así, para Bachelard la lucha del sujeto por adquirir
ima mentalidad científica «lo escinde y le exige, a menudo al
extremo del desgarramiento existencial, que rompa con los
intereses "espontáneos" de la vida cotidiana» (Bachelard,
1927, pág. 15), en donde la ruptura exigida no se relaciona
con el contacto con una «otredad» desconocida, con «ñierzas
mágicas inmanentes a la realidad», sino con «una fuerza ra-
cional inmanente a la mente» ya modelada por el mundo de
ima ciencia. La ciencia «se instruye mediante lo que cons-
truye», dice Bachelard (1934, pág. 12). Por consiguiente, sus
afirmaciones, como enunciados científicos, no se apoyan en
la naturaleza de su contacto con la realidad, sino en el ca-
rácter social de sus instituciones, la cohesión y eficacia de lo
que Bachelard denomina «la ciudad científica». Pero como
señala Bhaskar, una ciencia semejante, que sólo admite el
estudio de objetos racionalmente construidos, excluye la
imaginación, y la exclusión de la imaginación cierra la posi-
bilidad de todo crecimiento auténtico.
Sin embargo, esas dificultades sólo son menores si se las
compara con las que suscita la «filosofía casera» de nuestro
tiempo, el positivismo. El positivismo es una teoría del cono-
cimiento que, por carecer de una dimensión ontológica dife-
renciada propia (para repetir el estribillo ya conocido), pre-
supone una. En la medida en que sostiene que el conoci-
miento en particular está compuesto por acontecimientos
experimentados en la percepción, y que el conocimiento en
general consiste en patrones de esos acontecimientos, pre-
supone una ontología de hechos atomistas y sistemas cerra-
dos. Por otra parte, en su explicación de la ciencia también

110
presupone u n a sociología; u n a sociología i n t e r i n d i v i d u a l
de seres humanos que actúan como detectores pasivos de
hechos dados y que registran sus conjunciones constantes.
E n consecuencia, no puede sostener n i la idea de u n a rea-
lidad independiente n i la de u n conocimiento científico pro-
ducido socialmente. Por tanto, en el positivismo tenemos
una filosofía que o bien a) es coherente con su propia episte-
mología pero no es útil para l a ciencia, como lo muestra
Bhaskar (1975), o bien b) es útil para la ciencia (en tanto sus
datos sensibles producen efectivamente u n conocimiento de
objetos materiales), pero no es coherente con su propia epis-
temología. E n el sistema inconsistente —o acaso, más es-
trictamente, en l a falta de sistema— que resulta de ello re-
side l a enorme versatilidad y flexibilidad del positivismo
como ideología.
E n realidad, como lo h a n mostrado B i l l i g et al. (1988), las
ideologías vividas adquieren su capacidad de motivar u n a
discusión inacabable precisamente porque no consisten en
sistemas de pensamiento, sino en «temas» con subtemas
opuestos entre sí, como libertad y necesidad, individuo y so-
ciedad, subjetividad y objetividad, etc. Por tanto, una filoso-
fía que suministre recursos cognitivos para argumentacio-
nes recíprocamente contradictorias, es i m lugar fecvmdo pa-
r a el ejercicio de influencias ideológicas; ese parece ser ma-
nifiestamente el caso del positivismo. E n efecto, como dice
Bhaskar, «prácticamente, el terreno más fértil para la ideo-
logía se encuentra en las contradicciones que resultan de la
necesidad de sostener dos posiciones incompatibles como
condición u n a de la otra» (1989, pág. 57) y, debo agregar por
m i parte, también para otras formas de creatividad (puesto
que más adelante propondré que la respuesta a las tensio-
nes entre dos posiciones incompatibles que son condiciones
recíprocas no siempre consiste en u n intento de resolución
teórica anticipada, sino en explorar esas tensiones tanto
práctica como políticamente).
Bhaskar explora los efectos ideológicos del positivismo
presentes tanto en la dimensión transitiva cuanto en la i n -
transitiva. E l concepto más cargado de connotaciones ideo-
lógicas en la dimensión transitiva es el de hecho. E n la filo-
sofía del positivismo y en la conciencia científica espontánea
asociada a ella tendemos a ver el mundo como si estuviera
constituido por hechos. Sin embargo, los hechos no son la

111
causa de nuestros procesos perceptivos, sino su resultado.
La mistificación alcanzada es la transformación de las cua-
lidades que les pertenecen a título de productos histórico-
sociales en cualidades que les corresponden como cosas
naturales. En otras palabras, algo que es esencialmente he-
cho se transforma en algo aparentemente descubierto. Del
mismo modo, en la dimensión intransitiva se produce un
ocultamiento similar de los procesos sociales. La realidad es
desestructurada, uniforme e invariable. En las ciencias so-
ciales ello da lugar a un mundo social en el cual «la humani-
dad es prácticamente igual en todos los tiempos y todos los
lugares» (Hume). En otras palabras, se considera que la
sociedad está constituida por seres humanos que son, «na-
turalmente», individuos atómicos indiscernibles; a quienes
motivan deseos ya dados; que razonan acerca de la mejor
manera de satisfacer sus deseos, y que están unidos, si lo es-
tán, por un contrato. Por consiguiente, dentro de una cien-
cia social positivista, resultan inconcebibles tanto una rea-
lidad social diferenciada de oportunidades y recursos para
la acción desigualmente distribuidos, cuanto una indivi-
dualidad única socialmente producida. En el positivismo te-
nemos, por ende, tanto una ideología para la ciencia como
ima ideología de la ciencia; la primera racionaliza el statu
quo científico (la «ciencia normal» de Kuhn), y la segunda
constituye creencias acerca de la naturaleza de la sociedad y
del conocimiento dentro de ella. Un individualismo «atomi-
zado», vale decir no social y no histórico, tanto en la teoría
como en la práctica, es la consecuencia (y la condición)
ideológica del positivismo: la consecuencia de deducir ima
ontología social de una epistemología empirista.

La ontología histórico-social de Vigotsky


El siguiente paso del proyecto de Bhaskar consiste en-
tonces en preguntarse si la ontología que elaboró para el
mundo natural —una ontología de cosas que poseen el po-
der causal de originar patrones de acontecimientos, cuyas
leyes causales deben ser analizadas como tendencias, que
sólo se manifiestan como invariancias en condiciones res-
tringidas especialmente preparadas— puede ser útil tam-

112
bien en las ciencias sociales. En otras palabras: ¿puede
estudiarse la sociedad de la misma manera que la naturale-
za? O bien —para formular la pregimta de otra manera—,
¿cuál es la índole de la relación entre sociedad y naturaleza?
Pero antes de abordar las respuestas que Bhaskar da a esas
preguntas, quisiera referirme a la obra de Vigotsky (1962,
1966, 1986) en el dominio de la psicología, a fin de conside-
rar las formulaciones de Bhaskar bajo su luz. En efecto,
también él se preocupó (en la Rusia posrevolucionaria) por
cuestiones que son esencialmente las mismas que plantea
Bhaskar.
Para Vigotsky (1966, págs. 11-2):

«Las concepciones tradicionales del desarrollo de las funcio-


nes mentales superiores son erróneas y unilaterales, ante
todo y principalmente por su incapacidad de ver los hechos
como hechos de desarrollo histórico; los consideran como
procesos y formaciones naturales, los confunden y omiten
diferenciar lo orgánico de lo cultural, lo natural de lo his-
tórico, lo biológico de lo social en el desarrollo mental del
niño».

Es sumamente sencillo, estima Vigotsky, dividir la psicolo-


gía desde el punto de vista metafísico en dos enfoques muy
distintos, ima forma inferior y otra superior:

«dos ciencias separadas e independientes: por una parte,


una psicología fisiológica, científico-natural, explicativa o
causal, y por la otra, una psicología del espíritu, conceptual,
descriptiva o teleológica, como base de todas las humanida-
des» (1966, pág. 15).

La principal deficiencia del enfoque tradicional, según lo


veía Vigotsky, es una unilateralidad que implica, en las in-
vestigaciones experimentales, centrarse sólo en las cam-
biantes condiciones de existencia de las personas y estudiar
el resultado. Pero i m enfoque de ese tipo, dice, «olvida que
"al reaccionar, el hombre también produce efectos en la na-
turaleza, modificándola y creando nuevas condiciones de
existencia para sí mismo"» (Vigotsky, 1966, pág. 21; la cita
es de la Dialéctica de la naturaleza de Engels). Y lo novedo-

113
so y central en todo el enfoque de Vigotsky es su análisis de
los medios, los «instrumentos psicológicos» que inventamos
para crearnos nuevas condiciones.
Para dar un ejemplo, analiza (Vigotsky, 1966, págs. 24-7)
lo que las personas podrían hacer si se hallaran en la situa-
ción del asno de Buridán, aparentemente incapaz de decidir
entre dos alimentos, igualmente apetecibles. A diferencia
del asno, para resolver el problema se valen de un recurso
artificial, echar suertes: ahora, la conducta de la persona no
está determinada «por los estímulos presentes, sino por una
situación psicológica nueva o invariablemente creada por el
hombre» (Vigotsky, 1966, pág. 27). Y más tarde, tras haber
captado lo que conlleva el hecho de echar suertes o apostar
a cara o cruz, pueden «internalizar» el proceso por medio
de equivalentes imaginarios y encarnados, para crear «ins-
trumentos psicológicos». Además, al actuar mediante tales
«instrumentos» —esto es, al salir al mimdo—, los hombres
pueden revelar aspectos de su naturaleza de otro modo
inaccesibles, a la manera en que un ciego se vale de su bas-
tón como prótesis sensorial. Es el uso de esos medios lo que
separa a los hombres de los animales. También en este pun-
to Vigotsky muestra la influencia de Engels; «el animal me-
ramente utiliza la naturaleza extema», dice este (citado en
Vigotsky, 1966, pág. 22); «el hombre, mediante sus cambios,
hace que sirva a sus fines, la domina», y al dominarla, aña-
de Vigotsky, aprende a dominarse a sí mismo. El más impor-
tante de todos los instmmentos psicológicos inventados por
el hombre es, por supuesto, el lenguaje.
Ajuicio de Vigotsky, en la comunicación lingüística las
palabras son primeramente un medio (una «herramienta»)
empleado para influir en la conducta de otra persona (Vi-
gotsky, 1962, pág. 56), un medio utilizado en la negociación
de significados. Sólo después —en el aprendizaje de las for-
mas de comunicación escrita— llegan a adoptar (hasta cier-
to punto) significados predeterminados. El aprendizaje de
la escritura produce (véase Vigotsky, 1962, págs. 98-101)
una diferencia radical e irreversible en lo que el lenguaje
«es» para los miembros de una sociedad letrada, al punto de
sernos casi imposible, como miembros de una comunidad
tal, imaginar qué es el discurso para los integrantes de una
cultura oral. Pero, como observa Vigotsky (1962, pág. 98),
«la escritura es discurso sólo en pensamiento e imagen, y ca-

114
rece de las cualidades musicales, expresivas y tonales del
lenguaje oral. Al aprender a escribir, el niño debe despren-
derse del aspecto sensorial del discurso y reemplazar las
palabras por imágenes de las palabras». Dicho de otra ma-
nera: la escritura transforma el discurso de ima forma que
parece «desconectarlo» de sus orígenes.
En el discurso espontáneo predomina la función «herra-
mienta» y empleamos las palabras como im medio en la ne-
gociación de significados con nuestros interlocutores. Por el
contrario, en la escritura «estamos obligados a crear la si-
tuación, a representárnosla. Ello exige un distanciamiento
respecto de la situación real» (Vigotsky, 1962, pág. 99). En
nuestros textos, mediante el uso de recursos sintácticos pa-
ra entrelazar los significados predeterminados de las pala-
bras, podemos crear un ámbito imaginario intralingüístico
dentro del cual situarnos. Lo que se dice en relación con esos
ámbitos textualmente creados se refiere, pues, a lo que «po-
dría ser» y no a lo que «es». Si pretende ser un habla fáctica,
entonces (como muestra Garíinkel, 1967) debe incluir pro-
cedimientos para justificar las pretensiones de realidad co-
mo pretensiones de verdad. En mi crítica de las afirmacio-
nes de Bhaskar sobre la emancipación me valdré en abun-
dancia de esta distinción entre herramienta y texto, y entre
habla y escritiira en el uso del lenguaje introducida por Vi-
gotsky.
Como el realismo de Bhaskar, la metapsicología de Vi-
gotsky se interesa entonces fundamentalmente en a) la na-
turaleza del mundo natural; h) el dominio que los hombres
ejercen sobre él, y c) el grado en que los hombres, en tanto
seres naturales, pueden dominar sus propios poderes natu-
rales (socialmente manifestados), «internalizarlos» y con-
trolar y dirigir ellos mismos (como individuos) su expresión.
Si queremos tomar en serio su psicología {y yo creo, por su-
puesto, que debemos hacerlo), será preciso que formulemos
una variedad extraña y especial de psicología híbrida, con-
textualizada y «de flujo bidireccional», consagrada al es-
tudio de a) una efusión protética de actividad desde las per-
sonas hacia sus entornos ya parcialmente estructurados, a
los cuales pueden «dar» o «prestar» una mayor estructu-
ración según su uso de los «instrumentos» de que disponen
en sus actividades {un hacer); b) una afluencia de actividad
en la otra dirección, desde un ambiente ya estructurado en

115
parte y autónomo hacia las personas que están en él, un flu-
jo de actividad que ellas deben interpretar hermenéutica-
mente a fin de captar la naturaleza de la situación en la cual
se hallan (un descubrir), y c) una zona de actividad especial
en donde se concretan y estudian las relaciones entre esos
dos procesos. Puesto que es en esa «zona» (creen los vigots-
kianos) donde nos «apropiamos» de la cultura sacándola de
la naturaleza, y los productos culturales, al encarnarse, son
«reapropiados» por ella.

La ontología social de Bhaskar


Pasemos ahora a comparar la descripción de Bhaskar de
la actividad social y la agencia humana con la de Vigotsky.
En ella es fimdamental su tesis «naturalista» de que las co-
sas reales que constituyen el objeto de las ciencias humanas
son estructuras e interacciones sociales (entendidas en defi-
nitiva en términos de reglas). Bhaskar lo afirma en relación
con una imagen de la vida social formulada en su modelo
transformacional de la actividad social (MTAS), en el cual:

«La sociedad es la condición siempre presente y el resultado


continuamente reproducido de la agencia humana: esa es la
dualidad de la estructura. Y la agencia humana es a la vez
trabajo (concebido en forma general), esto es, producción
(normalmente consciente) y reproducción (normalmente
inconsciente) de las condiciones de producción, incluyendo
la sociedad: esa es la dualidad de la praxis. Así, en sus pro-
ducciones motivadas sustantivas, los agentes reproducen,
de manera no teleológica y recursiva, las condiciones inmo-
tivadas necesarias para —como un medio de— esas produc-
ciones, y la sociedad es tanto el marco cuanto el resultado de
esa actividad» (1989, págs. 92-3).

Sobre la base de este modelo, Bhaskar (1989, pág. 93) for-


mula lo que son o deberían ser, afirma, los objetos de las
distintas ciencias humanas:

«El MTAS respeta una diferencia metodológica entre las


ciencias sociales, que se sustraen de la agencia humana y
estudian la estructura de los resultados reproducidos, y las

116
ciencias psicológicas sociales, que se sustraen de los resulta-
dos reproducidos y estudian las reglas que gobiernan la mo-
vilización de recursos por parte de los agentes en sus in-
teracciones cotidianas recíprocas y con la naturaleza. Si el
objeto de las primeras es la estructura social, el de las se-
gundas es la interacción social. Se las puede vincular a tra-
vés del estudio de la sociedad como tal, definida como el sis-
tema de relaciones entre las posiciones y las prácticas que
los agentes reproducen y transforman, que es el tema de la
ciencia social de la sociología».

Pero es en este pimto donde me separo de Bhaskar. Con la


autoridad que me da haber lidiado con Chomsky y muchos
otros que sostienen que la mejor manera de entender la in-
teracción social es en términos de sistemas de reglas, ese co-
rolario me produce cierta inquietud: las reglas no sólo son
obedecidas, sino también creadas, cuestionadas, ignoradas,
etc.; todo eUo de una manera perfectamente inteligible sin
que haya necesidad de reglas que regulen tales actividades.
¿Cómo puede ser, entonces, cuando son tantas las cosas en
las que estoy de acuerdo con Bhaskar, que este llegue a con-
clusiones que me parecen tan difíciles de compartir?
El paso decisivo (y, según creo, eqmvocado) que él da —a
partir de aserciones como las referidas a la dualidad de la
praxis que antes citamos— es su afirmación (afirmación
que introduce subrepticiamente, de pasada, mientras esta-
blece una distinción a la vez muy importante y muy real) de
que si la actividad social consiste, al menos paradigmática-
mente, en la elaboración y la transformación de materiales
dados, y

«si esa elaboración constituye el análogo de los aconteci-


mientos naturales, necesitamos entonces un análogo de los
mecanismos que los originan» (1989, pág. 78; las bastardi-
llas son mías).

Y ese es, a mi modo de ver, el paso decisivo pero equivocado


que da. Pero a la sazón se deduce de inmediato una distin-
ción de importancia:

«Si las estructuras sociales constituyen el mecanismo aná-


logo apropiado, entonces debemos registrar al mismo tiem-
po ima diferencia importante: al contrario de los mecanis-

117
mos naturales, aquellas sólo existen en virtud de las activi-
dades sociales que gobiernan y no se las puede identificar
en forma empírica independientemente de ellas. A causa de
lo cual deben ser en sí mismas productos sociales» (1989,
pág. 78).

¡Justamente! Pero si son productos sociales, construcciones


sociales, ¿por qué no tratarlas como tales? ¿Por qué tratar-
las en términos de un análogo mecánico? ¿Por qué no formu-
lar una exposición de las transacciones político-morales rea-
les que las personas llevan a cabo entre sí en sus asimtos
concretos y cotidianos en común, en lugar de un análogo
mecánico de ellas?
Creo que la respuesta es muy clara: en este punto, la
exposición de Bhaskar preserva (ideológicamente) una vi-
sión particular del conocimiento auténtico y el tipo de socie-
dad profesionalizada y fundada en la ciencia en que se pri-
vilegia su producción: la concepción formulada enARealist
Theory of Science (Bhaskar, 1975). En efecto, y para pro-
fundizar el cuestionamiento de sus ideas: ¿las descripcio-
nes, en términos de mecanismos (entidades de factura hu-
mana, como es notorio), asignan a los aspectos naturales
—esto es, no antropomórficos— de las actividades sociales y
de la agencia humana un papel verdaderamente radical?
Dicho de otra manera, para reiterar y desarrollar la pregun-
ta planteada por Chalmers (1988), aunque ahora con un
sentido diferente: ¿el realismo de Bhaskar es realista y, ade-
más, propiamente naturalista? M i respuesta a las dos par-
tes de la pregunta es: «No».

Lo que Bhaskar reprime: agencia encamada y


producciones textuales
No puedo examinar ahora todas las razones por las
cuales cabe dar esa respuesta ni todo lo que ella implica. Pe-
ro los siguientes comentarios me parecen importantes: 1) el
MTAS es un modelo de las personas como científicos, y sen-
cillamente no es legítimo (de acuerdo con la afirmación del
propio Bhaskar de que la sociedad consiste en ima estructu-
ra —^yo diría una ecología— de prácticas y posiciones dife-

118
renciadas) suponer que todos los tipos de actividad social
pueden entenderse mediante la analogía con una sola. 2)
Además, a partir del modelo de las personas como científi-
cos, caracteriza la agencia humana en términos de indivi-
duos que inician el cambio de manera deliberada; esto es, en
términos de personas que causan resultados mediante la
manipulación de las circimstancias de esos resultados y la
producción de ciertos tipos de «cierre». Aunque tiene dema-
siado buen gusto para decirlo así, ese es (como lo señala ex-
plícitamente Vigotsky) un interés en el dominio, un interés
en la producción de relaciones unidireccionales de domina-
ción. En los procesos histérico-sociales analizados por Vi-
gotsky se manifiesta, empero, otra forma de agencia hu-
mana en la cual, en el curso de relaciones de interdependen-
cia bidireccionales y siempre abiertas, algo creado en prin-
cipio únicamente en las actividades contextualizadas es-
pontáneas entre las personas, más tarde es «privatizado» o
«internalizado» por los individuos a fin de usarlo bajo su
control personal, descontextualizado y c?eZ¿6era(¿o. 3) Situar
la génesis de las acciones humanas paradigmáticamente
«en las razones, las intenciones y los planes de los seres hu-
manos» (1989, pág. 78) mistifica (en favor de los científicos
individualistas) la naturaleza histórico-social de esas activi-
dades generadoras, siempre abiertas, espontáneas y con-
textualizadas. 4) En la explicación de Bhaskar también
queda en el misterio el papel (ontológico) desempeñado por
las formas encarnadas de conocimiento; en la caracteriza-
ción de las actividades sociales resultaría más apropiada,
en lugar de una dimensión intransitiva, una dimensión de
intransigencia (moral), y ello porque lo que determina qué
cosas, entre todas las posibles, se siente capaz de hacer ima
persona no es la naturaleza material de esta sino sus identi-
dades sociales («No podría hacer eso: no sería propio de mí»,
decimos). 5) Aunque el realismo crítico podría proporcionar
un marco de referencia para la evaluación de nuevas acti-
vidades sociales cotidianas espontáneas, si la emancipación
humana debe iniciarse con ellas, es difícil ver cómo podría
el realismo trascendental aportar aunque sólo fuera una
«guía» para su reconocimiento, para no hablar de un plan
para su construcción. 6) Por último, y quizá como lo más im-
portante, especialmente en la medida en que los realistas
en general (aimque no tanto el propio Bhaskar) han atacado

119
el neoconservadurismo implícito (según dicen) en el poses-
tructuralismo y el construccionismo social, está la omisión
de la naturaleza textual de los procesos productivos y repro-
ductivos en la ciencia.
Bhaskar entiende que la práctica más importante en la
cual se apoya ima ciencia es su «metodología»: el supuesto
de que el conocimiento (auténtico, científico) sólo se ad-
quiere como resultado del pensamiento sistemático y la in-
vestigación ordenada. Pero esta «metodología» únicamente
tiene y produce sentido en el contexto de otras actividades y
prácticas (Chalmers, 1988). Entre ellas es fimdamental la
producción de textos escritos. Toda ciencia ejercida de mane-
ra profesional pasa de un texto a otro texto, y comienza ha-
bitualmente por la lectura de los ya escritos para terminar
con la escritura de nuevos textos. Y según hemos visto en el
anterior análisis de Vigotsky, el texto escrito ocupa un lugar
especial entre las muchas formas de comunicación lingüís-
tica. Lo cual se debe a que los lectores con la debida prepara-
ción previa pueden utilizarlo como i m medio para construir
i m sentido exclusivamente por referencia a los recursos lin-
güísticos con que cuentan. Es ima secuencia cuidadosamen-
te entretejida deft-asesescritas, en sí misma estructurada
en un altísimo grado por relaciones que son en esencia in-
tralingüísticas o sintácticas. Puede decirse entonces que se
trata de una forma de comunicación (relativamente) des-
contextualizada.
La pertinencia de todo ello para nosotros en tanto cientí-
ficos profesionales consiste en que, al margen de cualquier
otra cosa que pueda ser, una teoría científica es siempre e
ineludiblemente algo escrito y publicado dentro del contexto
de un texto a disposición del público. Por otra parte, si todo
escrito teórico pretende que las cosas no son lo que común-
mente parecen ser, sino «en realidad» algo diferente, los
términos de una teoría no son inteligibles de la misma
manera que los términos del lenguaje corriente. Requieren
una forma especial de introducción: si deseamos que nues-
tras afirmaciones científicas se tomen en serio, debemos
estar «instruidos» en la manera de ver diversos fenómenos
sociales como poseedores de cierto carácter psicológico; por
ejemplo, verlos como estructuras o clases sociales, como re-
presentaciones sociales, como reglas, como actitudes, como
creencias, etc., del mismo modo en que Bhaskar nos «instru-

120
ye» para que veamos que la vida social consiste en estructu-
ras, etc. Pero además de estas consideraciones, debemos de-
cir que la ciencia se ejerce dentro de un contexto argumen-
tativo (Billig, 1987; Popper, 1963). Por tanto, hacemos todas
nuestras afirmaciones contra el telón de fondo de otras afir-
maciones anteriores expresadas textualmente: tenemos
que luchar por nuestras demandas emancipatorias dentro
de un contexto retórico de argumentación favorable a otras
demandas.
Sin embargo, ninguna de esas actividades parece tener
un lugar dentro de la descripción que Bhaskar nos propor-
ciona de la ciencia y de las actividades sociales emancipato-
rias. En consecuencia, su concepción realista carece de cier-
ta reflexividad (¿podrían ser su posición y su práctica las de
un profesor de retórica y no las de un roturador filosófico?).
Pero además omite tomar en serio las advertencias witt-
gensteinianas de Rorty, esto es, su afirmación: «son imáge-
nes y no proposiciones, metáforas y no enimciados, lo que
determina la mayoría de nuestras convicciones filosóficas»
(Rorty, 1980, pág. 12). Pero, como sabemos, los textos son so-
bre todo el medio par excellence de la ficción, de la narración.
Basta con leer cualquier novela de ciencia ficción para saber
que lo presentado y experimentado como la descripción de
una realidad efectiva (pero de hecho imaginaria) contribuye
a «fabricar», por así decirlo, el sentido de realidad que trans-
mite. ¿Qué pasa si, por creer (equivocadamente) que esos
textos «representan» el verdadero objeto de nuestra ciencia,
atribuimos (equivocadamente) a esas representaciones, co-
mo Bhaskar mismo nos lo advierte constantemente, más
prominencia desde el punto de vista científico que a las acti-
vidades y prácticas sociales que hacen posible su produc-
ción? ¿Podemos convertirnos entonces en víctimas de un
autoengaño colectivo o institucional por el cual gran parte
de lo que consideramos el objeto de nuestra ciencia es imagi-
nario en el mismo sentido en que lo son los «mimdos» crea-
dos por la ciencia ficción? Ese es, a mi entender, el lazo en
que Bhaskar —con sus afirmaciones acerca de la realidad
(en la dimensión intransitiva) de las estructuras y las re-
glas— todavía cae.

121
Una ontología social de las «actividades
formativas» y la «logística ética»
¿Adonde nos llevan estos argumentos? ¿En qué podrían
consistir las diferencias decisivas entre una concepción
realista crítica y otra construccionista social (crítica) de la
actividad social? La tensión fundamental reside en los in-
tentos de conceptualizar la relación entre las actividades de
«hacer» y de «descubrir». Tanto los realistas como los cons-
truccionistas se enfrentan con este problema: ¿se debe privi-
legiar lo uno sobre lo otro (Shotter, 1990a)? Bhaskar parece
sugerir que no (y yo también lo haría) y plantea el problema
de la siguiente manera:

«Paradigmáticamente, hacemos hechos y, en la actividad


experimental, sistemas cerrados; pero hallamos (descubri-
mos e identificamos) cosas, estructuras y leyes causales. Y
podríamos establecerlas como "verdades necesarias". Pero
es preferible darse cuenta de que hay una ambigüedad o
ima bipolaridad constitutivas en nuestro uso de términos
como "causa", "leyes", "hechos", etc., y estar dispuestos, toda
vez que sea necesario, a distinguir en eUos im uso transitivo
(social o del hacer) del intransitivo (ontológico o del descu-
brir), a fin de eliminar su ambigüedad» (1989, pág. 150; las
bastardillas son mías).

La diferencia entre nosotros radica en que, si bien ambos


aceptamos la bipolaridad hacer-descubrir inherente a
términos como «causa», etc., él sugiere que deberíamos des-
pojarlos de su ambigüedad de acuerdo con su distinción
transitivo-intransitivo (que a mi entender favorece el «des-
cubrimiento» y el «cierre»); por mi lado, soy partidario de no
intentar juzgar por anticipado el resultado (una tendencia
favorable a la «apertura» y al «hacer»), ima actitud que, por
supuesto, vuelve a plantear todos los problemas relaciona-
dos con la naturaleza políticamente discutida de aspectos
importantes de la vida social que el realismo de Bhaskar
pretende resolver. No es este el lugar para discutir esos
problemas con más profundidad. Basta con decir que la
tensión, a mi juicio, es ineludible, y que, en la práctica, de-
bemos transigir con la dialéctica entre el «hacer» y el «des-
cubrir»; en realidad, se implican mutuamente. Es necesario

122
agregar, sin embargo, que muchas de las nuevas ideas inno-
vadoras y emancipatorias surgen de las discusiones (políti-
cas) con respecto a cuál de los dos aspectos debería privile-
giarse (Shotter, 1989a).

Conclusiones

En resumen, entonces: la manifiesta novedad de la po-


sición de Bhaskar reside en su afirmación de la necesidad
de distinguir entre el discurso ontológico y el discurso epis-
temológico. A mi juicio, esa distinción debe ser defendida
tanto por los construccionistas sociales (si pretenden ser
construccionistas críticos) cuanto por los realistas; y en el
presente libro he procurado describir la naturaleza de una
ontología de los acontecimientos conversacionales discuti-
dos, derivada de una investigación acerca de lo que posibi-
lita la conversación tal como la conocemos. Empero, como
hemos visto, si consideramos con detenimiento la ontología
filosófica particular propuesta por Bhaskar, comprobamos
que no se deduce de un análisis trascendental de las con-
diciones necesarias para posibilitar la vida social corriente
y cotidiana, sino por analogía con i m análisis de las condi-
ciones de posibilidad como los exigidos por la experimenta-
ción científica. Por consiguiente, quienes estamos más di-
rectamente interesados en las actividades de la vida social
corriente y cotidiana —y que nos preguntamos, como Ba-
chelard, cómo se configura un mimdo inteligible a partir de
un material aparentemente desordenado y de ensueño—
podemos constatar que, en lugar de la ontología de «las co-
sas» propuesta por Bhaskar, es mucho más apropiada una
ontología consistente en una «ecología de las actividades
formativas». Esto es, en lugar de suponer que los resultados
previstos e imprevistos de la actividad social son el producto
de «mecanismos generativos», sería mejor considerar que se
originan en procesos de acción conjunta donde opera cierta
«logística ética» en el manejo de sus resultados negociados:
una «logística» que se desenvuelve dentro del contexto de
una economía política de acceso a los «recursos ontológicos»,
vale decir, el acceso al tipo de interacción social necesaria si
pretendemos tener la oportunidad de desarrollarnos y ser
determinada clase de personas. De ahí que, en lugar de una

123
ontología de las «estructuras» sociales y las «reglas» psicoló-
gicas que caracterizan a sus «resistencias» y «posibilidades»
materiales, puede resultar más reveladora una ontología so-
cial de las «intransigencias» y las «autorizaciones» moral-
mente discutidas, encamadas tanto en las personas cuanto
en las prácticas sociales en las cuales tienen sus identida-
des sociales (Shotter, 19906). Nada de esto podría haberse
dicho, sin embargo, sin las «posibilidades» brindadas por la
propia obra de Bhaskar en este terreno. Dicho autor ha ela-
borado un contexto enteramente nuevo para la argumenta-
ción sobre la ontología social, y por ello su «voz» merece una
gran atención crítica en todas las ciencias humanas, dentro
de la nueva (!?) «tradición de argumentación» hoy en de-
sarrollo.

124
5. La vida social y lo imaginario

«Una i m a g e n nos mantenía cautivos. Y no podíamos salir de


ella, porque estaba en nuestro lenguaje y este parecía repetír-
nosla inexorablemente».

W i t t g e n s t e i n , 1953, n° 115

«Las comunidades deben distinguirse, no por su falsedad o


autenticidad, sino por el estilo en que se las imagina».

Anderson, 1991, pág. 6

L o q u e está e n cuestión e n e l e x a m e n de l a o b r a de B h a s -
k a r es l o q u e está e n j u e g o e n l a discusión l i b r e y a b i e r t a . M e
p r o p o n g o c o n t i n u a r a n a l i z a n d o los procesos de acción c o n -
j u n t a e n los q u e , y m e d i a n t e los cuales, l a s p e r s o n a s cons-
t r u y e n , e n t r e sí, « á m b i t o s o r g a n i z a d o s » de p o s i b i l i d a d e s y
coacciones p a r a e n c a u z a r « h a c i a » ellos s u s acciones f u t u -
r a s , y e l m o d o e n q u e esos á m b i t o s p u e d e n l l e g a r a ser a v e -
ces m á s r e s t r i c t i v o s q u e f a c i l i t a d o r e s . E s t e análisis t a m b i é n
aclarará l a r a z ó n p o r l a c u a l es t a n n e c e s a r i a l a b ú s q u e d a
de a l t e r n a t i v a s a l a s teorías m o n o l ó g i c a s sistemáticas como
r e s u l t a d o s a p r o p i a d o s de l a investigación e n psicología: i m a
b ú s q u e d a q u e se inició e n e l capítulo 2, d o n d e se señaló p o r
p r i m e r a v e z l a i m p o r t a n c i a de l o s « i n s t r u m e n t o s p s i c o l ó -
gicos». P u e s t o q u e d i c h a s f o r m a s de investigación, a l i g n o -
r a r los á m b i t o s c u l t u r a l e s d e n t r o de los cuales esta se r e a l i -
za, i g n o r a n t a m b i é n los rasgos de esos á m b i t o s q u e r e s t r i n -
g e n l a n a t u r a l e z a de l a s discusiones posibles e n s u seno. M i
i n t e n c i ó n , a l colocar e n p r i m e r p l a n o esos á m b i t o s , n o es
a q u í s u b r a y a r q u e l a discusión sobre s u n a t u r a l e z a carece
s e n c i l l a m e n t e de f r e n o s , s i n o l o c o n t r a r i o : d e s t a c a r e l h e c h o
de q u e c o n t i e n e n «tendencias evolutivas» — r e l a c i o n a d a s

125
c o n los t i p o s de sociedad i m a g i n a d o s p o r l a s p e r s o n a s q u e
p a r t i c i p a n e n e l l o s — q u e r e s t r i n g e n los debates p e r c i b i d o s
c o m o p e r t i n e n t e s . P a r a c a p t a r l a n a t u r a l e z a de esas t e n -
d e n c i a s a ú n i n c o m p l e t a s y e n d e s a r r o l l o — a l g u n a s de l a s
cuales e s t á n , e n d e t e r m i n a d o m o m e n t o , m á s «realizadas»
q u e o t r a s — , q u i e r o i n t r o d u c i r e l concepto de lo «imaginario»
p a r a p o d e r h a b l a r de l o q u e a ú n n o es e n t e r a m e n t e «real»
p e r o , n o o b s t a n t e , t a m p o c o d e l t o d o «ficticio».
A n t e s p l a n t e é l a p o s i b i l i d a d de c o n s i d e r a r q u e l a s « c o n s -
t r u c c i o n e s sociales» se o r i g i n a n y r e c i b e n u n a f o r m u l a c i ó n
lingüística a c e p t a b l e e n un proceso sociohistórico b i d i r e c c i o -
n a l , e n e l c u a l l a s p e r s o n a s a) a c t ú a n e n p r i n c i p i o a p a r t i r de
un « b a s a m e n t o » e n s u v i d a social c o t i d i a n a , b) d o n d e esas
acciones, s i los d e m á s l a s a c e p t a n , r e p e r c u t e n e n ese f o n d o
p a r a d a r l e m á s f o r m a : como lo h e sostenido, se t r a t a de un
proceso de c o n f o r m a c i ó n d e l s e n t i m i e n t o , un proceso e n e l
c u a l a q u e l l o q u e a l c o m i e n z o es sólo u n a t e n d e n c i a m e r a -
m e n t e s e n t i d a p u e d e r e a l i z a r s e como u n a n u e v a institución
social, t a l como e l p o s i b l e g i r o , e n psicología, de u n c o g n i t i -
v i s m o m e c a n i c i s t a e i n d i v i d u a l a i m a f o r m a d i s c u r s i v a y so-
c i a l . P e r o ¿ c ó m o p o d r í a m o s c a r a c t e r i z a r l a n a t u r a l e z a de
esas t e n d e n c i a s o s e n t i m i e n t o s a ú n i n i n t e l i g i b l e s , p r e s e n -
tes e n e l f o n d o de n u e s t r a v i d a social s i ( e n e l s u p u e s t o de
q u e m i s críticas de l a concepción r e a l i s t a de B h a s k a r son co-
r r e c t a s ) n o se los p u e d e r e p r e s e n t a r como u n « m e c a n i s m o
g e n e r a t i v o » ( p a r a e m p l e a r s u terminología) y a e x i s t e n t e y
b i e n f o r m a d o ? M i i n t e n c i ó n es sostener a q u í q u e debemos
e m p l e a r i m p a r de categorías m á s , s i t u a d a s e n t r e lo r e a l o
fáctico y l o i n e x i s t e n t e o ficticio, q u e nos a y u d e n a h a b l a r de
l a e m e r g e n c i a de l a s c o n s t r u c c i o n e s sociales: categorías de
l o p a r c i a l m e n t e r e a l , a) l o imaginario y b) lo imaginado. En
o t r a s p a l a b r a s , m e p r o p o n g o s u g e r i r q u e los á m b i t o s o r g a n i -
zados q u e l a s p e r s o n a s c r e a n e n t r e e l l a s d a n l u g a r a t e n -
d e n c i a s s e n t i d a s q u e n o p u e d e n recogerse d e l t o d o e n r e -
p r e s e n t a c i o n e s m e n t a l e s , n o o b s t a n t e lo c u a l p u e d e n p e n -
sarse c o m o e n t i d a d e s i m a g i n a r i a s . T i e n e n c i e r t o g r a d o de
e x i s t e n c i a r e a l e n r a z ó n de s u « s u b s i s t e n c i a » e n l a s p r á c -
t i c a s sociales de los h o m b r e s , y e n esa m e d i d a son capaces
de ejercer (como l a s e n t i d a d e s ficticias) u n a i n f l u e n c i a real
e n l a e s t r u c t u r a de sus a c t i v i d a d e s . P e r o e n l a m e d i d a e n
q u e l a s t e n d e n c i a s s e n t i d a s están i n c o n c l u s a s y a b i e r t a s a
u n a u l t e r i o r especificación o d e t e r m i n a c i ó n e n t o d o u n c o n -

126
j u n t o de f o r m a s d i s t i n t a s , poseen c i e r t o g r a d o de a m b i g ü e -
d a d o de v a g u e d a d q u e i m p i d e s u c o m p l e t a especificación;
a ú n n o e x i s t e n d e l t o d o . Así, l a s f o r m u l a c i o n e s lingüísticas
c o n c e r n i e n t e s a s u n a t u r a l e z a son s i e m p r e « e s e n c i a l m e n t e
d i s c u t i d a s » ( G a l l i e , 1 9 5 5 - 1 9 5 6 ) . L o s «objetos» m á s i m p o r -
t a n t e s de este t i p o s o n a q u e l l o s de los cuales h a b l a m o s como
n u e s t r o «yo» y n u e s t r o « m u n d o » , o n u e s t r a «sociedad».
O b j e t o s i m a g i n a r i o s como esos p u e d e n d e s e m p e ñ a r p a -
peles de i m p o r t a n c i a t a n t o p a r a c o n s e r v a r l a s e s t r u c t u r a -
ciones m ú l t i p l e s y p a r c i a l e s de l a v i d a c o t i d i a n a , como p a r a
mantenerlas abiertas a ulteriores articulaciones. E n tanto
q u e t o d o i n t e n t o de completarlos h a c i e n d o de ellos objetos
reales d e s t r u y e su n a t u r a l e z a , y puede conducir a u n a for-
m a c e r r a d a ( m e c á n i c a ) de v i d a s o c i a l . Y eso p u e d e o c u r r i r
c u a n d o t a l e s t e n d e n c i a s se l i t e r a l i z a n ^ de a c u e r d o con u n a
i m a g e n o i m m o d e l o ; es decir, como e n t i d a d e s i m a g i n a d a s
o i m a g i n a b l e s . E s t o es, s e g ú n m e p r o p o n g o sostener, lo q u e
t i e n d e a c l a u s u r a r l a discusión y e l d e b a t e , y p u e d e c o n d u -
cir, e n r i g o r , a u n estado de cosas especial q u e cabe d e n o m i -
n a r « e n t r a m p a m i e n t o » ( S t o l z e n b e r g , 1978).

Entrampamiento en «certidumbres» falsas pero


incorregibles

P e r m í t a s e m e , a l c o m i e n z o de e s t a discusión, d i s t i n g u i r
e l b u l l i c i o de l a v i d a c o t i d i a n a ( l a m u l t i p l i c i d a d de sus o r d e -
n a m i e n t o s p a r c i a l e s ) de los d i s p o s i t i v o s y l a s i n s t i t u c i o n e s
d e l E s t a d o , así como de los m e c a n i s m o s e c o n ó m i c o s de l a
p r o d u c c i ó n , l a distribución y e l i n t e r c a m b i o . E s t o s ú l t i m o s ,
como p a t r o n e s y e s t r u c t u r a s de l a v i d a social oficial gober-
n a d o s p o r r e g l a s , ^ e x i s t e n con t o d a e v i d e n c i a y s o n e m p í r i -
i
1 Tomo este término de Rorty (1989), que habla de los significados abier-
tos e indeterminados de una metáfora que se vuelven limitados o cerrados
cuando esta se literaliza en una imagen o un modelo; por ejemplo, cuando
en el terreno de la psicología pasamos de la metáfora general de los hom-
bres como seres fundamentalmente pensantes al modelo computacional
del pensamiento.
2 Como observa Garfinkel (1967, págs. 22-3), en realidad ningún conjun-
to de reglas es por sí mismo suficiente para mantener la existencia de una
institución oficial; para «ver el sistema» en sus procedimientos, se requie-
ren además los juicios ad hoc de quienes pertenecen a ella.

127
c a m e n t e i d e n t i f i c a b l e s como t a l e s . P e r o lo q u e deseo soste-
n e r es q u e c o n s i d e r a r q u e e l b u l l i c i o c o t i d i a n o y n o o f i c i a l de
l a v i d a s o c i a l consiste e n e s t r u c t u r a s y a c t i v i d a d e s p a r t i c u -
l a r e s , fijas y e m p í r i c a m e n t e i d e n t i f i c a b l e s , n o es l a m e j o r
m a n e r a de concebirlo. A m i j u i c i o , carece p o r e n t e r o de u n a
n a t u r a l e z a p l e n a m e n t e d e s a r r o l l a d a ; está e s t r u c t u r a d o só-
l o p a r c i a l m e n t e y, h a s t a d e t e r m i n a d o p u n t o , a b i e r t o a u n
d e s a r r o l l o i i l t e r i o r , a u n a m a y o r configuración o r e c o n f i g u -
r a c i ó n p o r p a r t e de q u i e n e s i n t e r v i e n e n e n s u d e s e n v o l v i -
m i e n t o . P o r eso, e n n u e s t r a s discusiones sobre l a n a t u r a l e -
za de l a s cosas, t e n e m o s q u e s u p o n e r q u e n u e s t r o s e n u n c i a -
dos ( s e a n v e r d a d e r o s , falsos o s i n s e n t i d o ) n o s i e m p r e se r e -
fieren a cosas r e a l e s : a veces a l u d e n a a l g o i m a g i n a r i o ; y
p u e d e h a b e r e n u n c i a d o s v e r d a d e r o s (y falsos y s i n s e n t i d o )
acerca de cosas i m a g i n a r i a s , p o r extraño q u e p u e d a p a r e c e r
d e c i r t a l cosa. P o r o t r a p a r t e , m e p r o p o n g o sostener q u e lo
q u e está e n j u e g o e n l a estructuración y l a configuración u l -
t e r i o r e s d e l carácter i m a g i n a r i o de n u e s t r a v i d a social c o t i -
d i a n a e n c o m ú n es lo q u e los h o m b r e s se c o m p l a c e n e n p e n -
s a r c o m o sus identidades sociales ( A n d e r s o n , 1991).^ Q u i é -
nes y q u é i m a g i n a m o s ser (o i n t e n t a r ser) e n relación con los
o t r o s y c o n l a « O t r e d a d » q u e n o s r o d e a : eso es lo q u e d e -
t e r m i n a l a «forma» de n u e s t r o s m o t i v o s y de n u e s t r o s s e n -
t i m i e n t o s , l o q u e c o n s i d e r a m o s d i g n o de e m p r e n d e r s e y lo
q u e j u z g a m o s i n t e l i g i b l e y r a z o n a b l e . E n l a a c t u a l i d a d , co-
m o m i e m b r o s de u n a n a c i ó n , nos p e r c i b i m o s e n « c o m u n i d a d
con» i m a m u l t i t u d de p e r s o n a s a l a s q u e n u n c a conoceremos
r e a l m e n t e , m i e n t r a s q u e m u c h a s o t r a s e s t á n m á s allá de
n u e s t r a s f r o n t e r a s n a c i o n a l e s . D e ahí l a i m p o r t a n c i a y l a
n a t u r a l e z a d i s c u t i d a de los factores q u e a f e c t a n e l carácter
d e l b u l l i c i o de l a v i d a c o t i d i a n a : p u e s t o q u e n u e s t r a i n c i e r -
t a t a r e a es n o sólo ser seres h u m a n o s , s i n o ser m i e m b r o s
a u t é n t i c o s y p l e n o s de n u e s t r a c o m u n i d a d , y ojalá s u p i é r a -
mos lo que i m p l i c a serlo. Si b i e n muchos pueden v i v i r u n a
v i d a c o n s c i e n t e m e n t e « e n a j e n a d a » d e l E s t a d o y de los m e c a -

^ E n este aspecto influye mucho en mí el libro de Anderson, pero prefie-


ro, en mi terminología, hablar de las naciones como comunidades imagi-
narias y no tanto como comunidades ¿marinadas. A mi juicio, toda la idea
de nacionalidad —con la nueva transición desde el Estado hacia los nacio-
nalismos étnicos, culturales y regionales— se encuentra aún en l a fase
imaginaria; todavía no se h a «cristalizado», por así decir, en imágenes cla-
ras de lo que es una nación.

128
nismos económicos de la vida social, es en las prácticas de
nuestra vida diaria donde formamos las imágenes de lo que
tomamos por nuestra naturaleza «real». Y ellas dan forma a
nuestra naturaleza en un grado tal de profundidad, que l i -
teralmente no sabemos cómo sostener la idea de que somos
de otra manera, aun cuando a menudo sintamos un hondo
desasosiego por la inadecuación de esas imágenes de no-
sotros mismos y de nuestra vida en común.

Esperando a Godot: tal como es

Trataré de ilustrar algunas de las razones por las que


quiero abogar en favor de la naturaleza imaginaria de la
vida cotidiana, comenzando con una cita de Esperando a
Godot, de Samuel Beckett (Beckett, 1956, pág. 80). Vladi-
mir, uno de los derrotados de Beckett, endilga a Estragón, el
otro vagabundo, un largo y confuso discurso sobre si deben
persistir en la tarea que aparentemente se les ha asignado
—esperar a Godot— o si es ^ma parte auténtica de la natu-
raleza humana general de ambos auxiliar a un prójimo en
desgracia que solicita con urgencia su ajaida. Vladimir ve
de repente una salida de la confusión: no es necesario que
sepan si son o no responsables de representar a la totalidad
de los hombres, porque

«la cuestión no es esa. Qué estamos haciendo aquí: esa es la


cuestión. Y somos afortunados en eso, en que da la casuali-
dad de que sabemos la respuesta. Sí, en esta inmensa confu-
sión, sólo una cosa es clara: estamos esperando a Godot. ..».

Y esa es la manera en que justifican en un principio, ante


nosotros y ante sí mismos, su renuencia a prestar a5aida: tal
como Descartes apelaba a una evidencia única al justificar
su afirmación «pienso, luego existo».
Pero la tragedia para los derrotados de Beckett (y la
comedia para nosotros) radica en que lo único que perciben
con perfecta claridad —el supuesto motivo de la mayor par-
te de su actividad diaria juntos, lo único que a su juicio les
transformaría todo, la llegada real de Godot— es una ilu-
sión. No hace nada por ellos; no es una agencia en sus vidas;
de hecho, la viven sin su ajaida. Es meramente xm Godot he-

129
cho de p a l a b r a s , un doble, u n s u s t i t u t o de u n ser e l u s i v o q u e
e n r e a l i d a d n u n c a a p a r e c e y sólo s u b s i s t e «en» lo q u e h a -
b l a n . N o o b s t a n t e , e l l o s (lo m i s m o q u e n o s o t r o s ) p o d r í a n
s e n t i r l a tentación de d e c i r q u e de todos m o d o s ejerce «su»
i n f l u e n c i a e n s u c o m p o r t a m i e n t o . P e r o esa a f i r m a c i ó n es
f a l s a , e l r e v e r s o de l a v e r d a d : p u e s t o q u e es c i e r t a f o r m a de
a c t i v i d a d de l a q u e se h a b l a , u n a a c t i v i d a d de l a q u e se h a -
b l a como espera, l a q u e necesita l a r e f e r e n c i a de a m b o s a Gro-
d o t , y n o l a e x i s t e n c i a de este l a q u e exige esa espera. N u n c a
existió n i n g ú n G o d o t ( a l m e n o s e n l a e x p e r i e n c i a de a m b o s ) .
A s í , s i b i e n ellos se explican su actividad refiriendo su su-
p u e s t a e s p e r a a l a s u p u e s t a e x i s t e n c i a de G o d o t , e n r e a l i -
d a d e n t r e t a n t o l o p a s a n m u y b i e n s i n l a e x i s t e n c i a de ese
G o d o t . E s u n G o d o t imaginado el que desempeña u n papel
r e a l e n sus v i d a s . ^
E n v e r d a d , l a v a n a b r o m a final e n t o d o esto es, p o r s u -
p u e s t o , q u e n o sólo se e n g a ñ a n a sí m i s m o s , s i n o q u e cada
i m o de ellos c o l a b o r a e n e l e n g a ñ o d e l o t r o : n o s o l a m e n t e
a c e p t a n sus e x p l i c a c i o n e s recíprocas sobre lo q u e están h a -
c i e n d o , s i n o que se r e c u e r d a n u n o a o t r o s u misión. P e r o l o
ú n i c o q u e les parece e v i d e n t e — q u e están e s p e r a n d o a Go-
d o t — n o es e n a b s o l u t o una descripción c o r r e c t a de lo q u e e n
r e a l i d a d están h a c i e n d o . E s u n a ilusión s o c i a l m e n t e cons-
t r u i d a y s o c i a l m e n t e s o s t e n i d a , e n cuyos t é r m i n o s d a n s e n -
t i d o a sus v i d a s y a l a c u a l c r e e n q u e d e b e n s u b o r d i n a r s e .

Estragón: ¿ N o e s t a m o s atados?
Vladimir: N o escucho n i u n a p a l a b r a de lo q u e dices.
Estragón: [mastica, traga] ¿Atados?
Vladimir: ¿ Q u é q u i e r e s decir?
Estragón: D e pies y m a n o s .
Vladimir: ¿Pero a quién?
Estragón: A tu h o m b r e .
Vladimir: ¿ A Godot? ¿ A t a d o s a Godot? ¡Qué i d e a ! N i h a b l a r
de eso. [Pausa] P o r e l m o m e n t o ( B e c k e t t , 1956, p á g s . 20-1).

S u s u b o r d i n a c i ó n es a u t o i m p u e s t a . E n v e r d a d , u n a y o t r a
vez t i e n e n q u e r e c o r d a r s e e l u n o a l o t r o q u e esperan (a Go-

•* También l a «mente» es, a mi entender, una entidad hecha de palabras


como «Godot», u n artificio retórico, y lo que se dice de ella sirve para
sostener una forma particular de vida ideológicamente estructurada.

130
d o t ) . Y c u a n d o l o o l v i d a n , se e n t r e g a n a p r á c t i c a s y a c t i -
vidades i n f o r m a d a s p o r otras imágenes e i d e n t i d a d e s (el
music hall, e l circo, etc.), q u e — a l r e c o r d a r s u m i s i ó n y q u i é -
n e s c r e e n s e r — d e b e n c o n t e m p l a r como desvíos de l o q u e
c o n s i d e r a n e l p r o p ó s i t o g e n u i n o y s i g n i f i c a t i v o de sus v i d a s :
l a e s p e r a . P o r q u e es e s t a l a q u e les d a s u identidad; ellos
«son» l a espera. N o s a b e n c ó m o e x p l i c a r s e a sí m i s m o s s i n o
es e n esos t é r m i n o s .
P e r o n o s o t r o s — c o m o público, f u e r a de «su» r e a l i d a d i n -
tralingüística— podemos v e r que engañan; lo que ellos
d i c e n e s t a r h a c i e n d o es falso. Podemos v e r que hacen m á s ,
m u c h o m á s q u e e s p e r a r : viven, acaso n o m u y b i e n y s i n m u -
cho e n t u s i a s m o , p e r o de todos m o d o s v i v e n , a n t e n u e s t r o s
p r o p i o s ojos, i m a s e r i e de f o r m a s d i f e r e n t e s y p a r t i c u l a r e s
de v i d a . S i n e m b a r g o , ellos n o p u e d e n «ver» ese h e c h o ; h a n
q u e d a d o p r i s i o n e r o s de u n a v e r s i ó n de sí m i s m o s de s u p r o -
p i a i n v e n c i ó n . Y ambos, como los individuos que son, se i m -
p i d e n «ver» s u i n a d e c u a c i ó n : n o sólo p o r q u e es, p o r así de-
c i r l o , l a ú n i c a « m o n e d a corriente» e n cuyos t é r m i n o s p u e d e n
l l e v a r a d e l a n t e sus esfiierzos e n c o m ú n , s i n o p o r q u e d e b e n
e l ser l o q u e s o n , l a i d e n t i d a d de cada u n o e n relación con e l
o t r o , a s u u s o c o n s t a n t e . P o r eso s i e n t e n q u e , p a r a e v i t a r
c i e r t a desorientación ontológica, deben a f e r r a r s e m u t u a -
mente a ella.

La falacia del «hecho ex p o s t facto» y la ilusión de la


claridad

P e r o es m a n i f i e s t o , e n m e d i o de s u confiisión, q u e l a c l a -
r i d a d a l a q u e a p e l a n es i l u s o r i a . Y a u n q u e n o p e r c i b e n esa
confusión, a u n q u e n o se sienten confundidos, p a r a nosotros
de h e c h o t o d a v í a l o están: p o r q u e es e v i d e n t e q u e t o m a r o n
e r r ó n e a m e n t e rasgos de s u h a b l a ( r e f e r i d a a c i e r t a «cosa»)
como rasgos de l a «cosa» m i s m a s u p u e s t a . Y e l h e c h o es q u e ,
a l m a r g e n de l o c l a r a q u e p u e d a p a r e c e r l e s ( e n d e t e r m i n a -
dos m o m e n t o s especiales de reflexión) l a e x i s t e n c i a de Go-
d o t — c o m o u n ser especial e i n d e p e n d i e n t e , m á s allá de sí
m i s m o s , q u e d a u n s e n t i d o a sus v i d a s — , n o sólo es necesa-
r i o q u e este e x i s t a r e a l m e n t e , s i n o q u e es n o t o r i o q u e , e n los
hechos, ellos n o t i e n e n e n m o d o a l g u n o u n v e r d a d e r o c o n o c i -
m i e n t o de él. E n efecto, a l p r i n c i p i o se p r e g u n t a n s i o t r o de

131
los e x t r a v i a d o s e n e l y e r m o , Pozzo, n o será G o d o t . P u e d e n
v i v i r ( y s i n d u d a lo h a c e n ) s i n u n o o v a r i o s G o d o t s r e a l e s .
P e r o s i se les p r e g u n t a , así e x p l i c a n s u c o n d u c t a : están es-
p e r a n d o a G o d o t . S i n esa e s p e r a — p o r f a l s a q u e p u e d a ser
como descripción de lo q u e r e a l m e n t e están h a c i e n d o — , s u
v i d a les parecería, a l m e n o s a ellos, c a r e n t e de s e n t i d o o de
s i g n i f i c a d o . P e r o e l ú n i c o G o d o t q u e conocen es u n G o d o t
« s u b s i s t e n t e » e n sus f o r m a s de h a b l a r e n t r e sí de u n ser
como ese.
Y l a lección a q u í p a r a n o s o t r o s es q u e t a m b i é n v i v i m o s
c o m o esos dos d e r r o t a d o s : i n d e p e n d i e n t e m e n t e de l o claros
y d e f i n i b l e s q u e p u e d a n p a r e c e m o s los tópicos de n u e s t r o
d i s c u r s o y de n u e s t r o s análisis, i n d e p e n d i e n t e m e n t e de l a
v e h e m e n c i a c o n q u e p o d a m o s p e r c i b i r s u «realidad», a m e -
n u d o n o h a c e m o s m á s q u e h a b l a r y e s t u d i a r cosas q u e ú n i -
c a m e n t e s u b s i s t e n e n e l d i s c u r s o q u e u t i l i z a m o s p a r a coor-
d i n a r n u e s t r a s a c t i v i d a d e s c o n l a s de q u i e n e s nos r o d e a n .
H e m o s « d a d o » o «prestado» a l a s cosas de l a s q u e h a b l a m o s
u n a n a t u r a l e z a q u e — s i b i e n a q u e l l o sobre lo q u e se b a s a
n u e s t r a h a b l a p u e d a «autorizar» o «permitir» u n a f o r m u l a -
ción s e m e j a n t e — e n r e a l i d a d n o t i e n e n . Y c u a n d o se t r a t a
de l o q u e m a n i f e s t a m o s sobre n u e s t r a n a t u r a l e z a , esa cues-
tión se c o n v i e r t e e n d e c i s i v a . N o podemos « r e m m c i a r » a e l l a
y s i m p l e m e n t e b u s c a r u n a a l t e r n a t i v a , s i n o es a costa de
u n a g r a n desorientación e x i s t e n c i a l ; con t o d o , debemos i n -
tentarlo.
P u e s n o se t r a t a s o l a m e n t e de q u e n u e s t r o m e d i o p a r a
c e r t i f i c a r , j u s t i f i c a r o e x p l i c a r n u e s t r a s acciones a q u i e n e s
nos r o d e a n — p o r r e f e r e n c i a a n u e s t r o s s u p u e s t o s estados
mentales «internos», los «motivos» y los «sentimientos» q u e
p r e s u n t a m e n t e e s t á n de a l g ú n m o d o «en» n o s o t r o s — sea
falso y nos o c u l t e l a v e r d a d e r a relación de n u e s t r a s acciones
c o n s u c o n t e x t o , c o n l a s c i r c u n s t a n c i a s de s u e n t o r n o . Y
t a m p o c o se t r a t a m e r a m e n t e de q u e f a v o r e z c a l a ilusión de
u n a f o r m a i n d i v i d u a l i s t a , ahistórica y d e s c o n t e x t u a l i z a d a
de a g e n c i a h u m a n a q u e i g n o r a f a l s a m e n t e e l p a p e l de n u e s -
t r a s r e l a c i o n e s c o n los d e m á s , e n especial c o n a q u e l l o s de
n u e s t r o s predecesores q u e m o d e l a r o n e l « á m b i t o o r g a n i z a -
do» p r e s e n t e e n e l q u e a c t u a m o s . L a n a t u r a l e z a de l a f a l s e -
d a d e n j u e g o es a ú n m á s p r o f i m d a y m á s p e l i g r o s a : es s u p o -
n e r q u e n u e s t r a n a t u r a l e z a h u m a n a , e s e n c i a l m e n t e desco-
n o c i d a e i n c o g n o s c i b l e , y todos n u e s t r o s s i g n i f i c a d o s , p u e -

132
d e n ser c a p t a d o s d e n t r o de u n d i s c u r s o sistemático c i r c u n s -
c r i p t o y b i e n d e f i n i d o ; es c o n s i d e r a r e q u i v o c a d a m e n t e q u e
las e n t i d a d e s i m a g i n a r i a s , q u e sólo subsisten en las histo-
rias q u e c o n t a m o s acerca de nosotros m i s m o s , e n efecto s o n
lo q u e somos. A s í , e n t a n t o e l e n f o q u e c o n s t r u c c i o n i s t a so-
c i a l s u g i e r e q u e n u e s t r a n a t u r a l e z a es t a l q u e s i e m p r e está
e n f o r m a c i ó n y m m c a es c o m p l e t a , y q u e n u e v o s aspectos de
n u e s t r o ser s u r g e n y a d e l t r a s f o n d o de n u e s t r a v i d a , n u e s -
t r o s i n t e n t o s a c t u a l e s de a p r e h e n d e r n o s e n u n a s e r i e de
« i m á g e n e s » o «modelos» b i e n d e f i n i d o s , creados p o r n o s o t r o s
m i s m o s e i n c o r p o r a d o s a d i s c u r s o s sistemáticos, s u g i e r e n ,
e n c a m b i o , o t r a cosa. E s a s i m á g e n e s p u e d e n c r e a r (o, m e j o r
d i c h o , «nosotros» p o d e m o s c r e a r ) un sentido — u n a i l u s i ó n —
de e s t a b i l i d a d y p l e n i t u d de n o s o t r o s m i s m o s ; p o d e m o s
«prestarnos» v m a n a t u r a l e z a q u e , a u n q u e lo q u e y a somos l a
«permita» u «otorgue», sólo r e p r e s e n t a u n p e q u e ñ o aspecto
de l o q u e de h e c h o somos y p o d r í a m o s l l e g a r a ser.
P e r o i m a vez q u e l l e g a m o s a v e r e l m i m d o desde los c o n -
fines de u n d i s c u r s o o r d e n a d o y sistemático, l a afirmación
— d e q u e algo d e f i n i d o d e n t r o de ese d i s c u r s o subyace esen-
c i a l m e n t e a todas n u e s t r a s acciones— parece i n n e g a b l e ;
n a d i e p a r e c e c a p a z de f o r m u l a r u n a d u d a a l r e s p e c t o e n
t é r m i n o s aceptables p a r a los seguidores d e l s i s t e m a . L o q u e
a c t ú a a q u í es u n a m o d a l i d a d especial de f a l a c i a a u t o e n g a -
ñ o s a h a c i a l a q u e nos i n c l i n a m o s c u a n d o n u e s t r o i d e a l es e l
de c o n s t r u i r y p e n s a r d e n t r o de u n s i s t e m a f o r m a l . E s u n a
f a l a c i a de t i p o h e r m e n é u t i c o , r e l a c i o n a d a con l a i n t e r p r e t a -
ción r e t r o s p e c t i v a d e l s i g n i f i c a d o de e n u n c i a d o s o estados de
cosas,^ desde e l i n t e r i o r de dichos s i s t e m a s , y c o n l a i g n o -
r a n c i a de los procesos histérico-sociales de a r g u m e n t a c i ó n
y debate que i n t e r v i e n e n en s u formulación como t a l . S i -
g u i e n d o a O s s o r i o ( 1 9 8 1 ) , l a l l a m a r é f a l a c i a d e l « h e c h o ex
post facto». L a secuencia t e m p o r a l de los sucesos e n j u e g o es
la siguiente:

1. P r i m e r o , se d e s c r i b e u n a s i t u a c i ó n q u e , a u n q u e n o l o
a d v i r t a m o s e n e l m o m e n t o , está abierta a u n c o n j u n t o
de i n t e r p r e t a c i o n e s posibles.
2. S i n e m b a r g o , s e n t i m o s l u e g o l a t e n t a c i ó n de a c e p t a r
como v e r d a d e r o u n o de esos e n u n c i a d o s d e s c r i p t i v o s .

^ Tal como en lingüística, se estudian solamente patrones de palabras ya


dichas, y no l a actividad de las palabras cuando se las formula.

133
3. E l e n u n c i a d o «facilita» o «permite» entonces q u e se h a -
g a n o t r o s e n i m c i a d o s , de índole a h o r a m e j o r a r t i c u l a d a ,
h a s t a q u e se f o r m u l e u n a explicación sistemática.
4. L a interpretación i n i c i a l ( y a a c e p t a d a como v e r d a d e r a ,
p o r s u p u e s t o ) l l e g a a ser v i s t a entonces, retrospectiva-
mente, c o m o u n a i n t e r p r e t a c i ó n q u e debe s u carácter,
e n estos m o m e n t o s m u y d e f i n i d o , a l l u g a r q u e ocupa e n
e l m a r c o a h o r a b i e n e s p e c i f i c a d o q u e p r o d u j e r o n los
enunciados posteriores.

E n o t r a s p a l a b r a s , se acaba de «dar» o «prestar» a l a s i t u a -


ción o r i g i n a l , d e n t r o de los t é r m i n o s d e l s i s t e m a , d e t e r m i -
n a d o carácter q u e , e n s u a p e r t u r a i n i c i a l , e n r e a l i d a d n o p o -
seía. E s t a es, a m i m o d o de v e r , u n a f a l a c i a q u e a c t ú a e n
g r a n escala e n l a s ciencias sociales, d o n d e s i e m p r e i n t e n t a -
m o s e n t e n d e r los f e n ó m e n o s sociales y psicológicos d e n t r o
d e sistemas bien definidos de t é r m i n o s , esto es, d i s c u r s o s
sistemáticos. E s o es lo q u e g e n e r a l a i m p r e s i ó n de q u e t a l e s
s i s t e m a s p u e d e n s e p a r a r s e de sus orígenes e n l a s a c t i v i d a -
des sociales de los h o m b r e s , y e x i s t i r e n c i e r t o s e n t i d o s i n
c a u s a a l g u n a «fiiera» de ellas.^
C o m o y a l o señalé, vno de los q u e h a n e s t u d i a d o s u n a -
t u r a l e z a e n r e l a c i ó n c o n l a g é n e s i s d e l h e c h o científico es
L u d w i k F l e c k (1979). S e g ú n h e m o s v i s t o a n t e s , a l i n t e n t a r
e n t e n d e r r e t r o s p e c t i v a m e n t e los orígenes y e l d e s a r r o l l o ( y
e l m o v i m i e n t o a c t u a l ) de n u e s t r o p e n s a m i e n t o , d e s c r i b i m o s
s u n a t u r a l e z a d e n t r o de n u e s t r o s e s q u e m a t i s m o s , h a s t a
cierto p u n t o a h o r a completos y sistemáticos. Por t a n t o ,
como dice F l e c k :

« L a cognición m o d i f i c a a l cognoscente a fin de a d a p t a r l o a r -


mónicamente a su conocimiento a d q u i r i d o . L a situación
a s e g u r a t m a a r m o n í a d e n t r o de l a concepción d o m i n a n t e so-
b r e e l o r i g e n d e l c o n o c i m i e n t o . D e ahí s u r g e l a e p i s t e m o l o -
gía del " v i n e , v i y vencí", c o m p l e m e n t a d a quizá por u n a
e p i s t e m o l o g í a m í s t i c a de l a i n t u i c i ó n » ( F l e c k , 1 9 7 9 , p á g s .
86-7).

^ Por cierto, este proceso también es analizado por Marx y Engels cuan-
do, en La ideología alemana, explican cómo se produce «la ilusión domi-
nante» de «la hegemonía del espíritu en la historia» (Hegel).

134
P e r o e l i n c o n v e n i e n t e es q u e , u n a vez «dentro» de t a l e s s i s -
t e m a s , es s u m a m e n t e difícil escapar de ellos p a r a v o l v e r a
c a p t a r l a n a t u r a l e z a de n u e s t r o s p e n s a m i e n t o s o r i g i n a l e s
abiertos e i n d e t e r m i n a d o s , relacionados con el desarrollo
del s i s t e m a . Podemos q u e d a r «entrampados», como dice
S t o l z e n b e r g (1978). E n cuyo caso, l a s a c t i t u d e s y los hábitos
de p e n s a m i e n t o q u e i m p i d e n a q u i e n e s están d e n t r o d e l s i s -
t e m a reconocer sus i n a d e c u a c i o n e s , s u r g e n de l a i g n o r a n c i a
de l o q u e S t o l z e n b e r g ( 1 9 7 8 , pág. 224) l l a m a «esas conside-
r a c i o n e s de p u n t o de v i s t a q u e t i e n e n e l efecto de mantener
el s i s t e m a » . D i c h o de o t r a m a n e r a , e l a p u r o e n q u e se h a l l a n
n o s u r g e sólo de s u i g n o r a n c i a d e l h e c h o de h a b e r s e s i t u a d o
en u n a r e a l i d a d d i s c u r s i v a o intralingüística p a r t i c u l a r
( s o s t e n i d a p o r u n d i s c u r s o e x p r e s a d o e n i m a l e n g u a espe-
cífica), s i n o t a m b i é n d e l h e c h o de q u e s u f o r m a ( a u t o s u f i -
c i e n t e y sistemática) de h a b l a r n o «propone» n i «permite» l a
f o r m u l a c i ó n de p r e g u n t a s acerca de sus r e l a c i o n e s con sus
c i r c u n s t a n c i a s histórico-sociales. L a s i n t a x i s se disfi^aza de
s i g n i f i c a d o a l p u n t o de q u e « p r e d i c a m o s de l a cosa l o q u e
e s t á e n e l m é t o d o de r e p r e s e n t a r l a » ( W i t t g e n s t e i n , 1 9 5 3 ,
n " 104).

«Cosas» implícitas en los lenguajes especializados

P o r c i e r t o , e n l a m a t e m á t i c a , como o b s e r v a S t o l z e n b e r g ,
e l l e n g u a j e q u e u s a m o s t i e n e q u e v e r con e l « d e s c u b r i m i e n -
to» de soluciones a p r o b l e m a s m a t e m á t i c o s , como s i e n a l g u -
n a p a r t e , e n a l g ú n d o m i n i o platónico especial, se e n c o n t r a -
r a n l a s soluciones a los q u e t o d a v í a n o h e m o s r e s u e l t o ; t a l
como e n psicología y e n ciencias sociales t a m b i é n i n t e n t a -
m o s h a b l a r de u n d o m i n i o e s p e c i a l de l a r e a l i d a d q u e y a
e x i s t e i n d e p e n d i e n t e m e n t e de n u e s t r a intervención e n él. Y
l o q u e p r o d u c e n u e s t r o e n t r a m p a m i e n t o es n u e s t r a a c e p t a -
ción acrítica i n i c i a l de esa f o r m a de h a b l a r , lo q u e él l l a m a
n u e s t r o s «actos i n i c i a l e s de aceptación como t a l e n e l d o m i -
n i o d e l u s o d e l l e n g u a j e corriente». Pues:

« t a n p r o n t o como n o s p e r m i t i m o s a c e p t a r q u e h a b l a r "de
r e s p u e s t a s " y "de e n u n c i a d o s " es, e n c i e r t o s e n t i d o l i t e r a l ,
h a b l a r "de cosas" q u e m a n t i e n e n a l g u n a relación con noso-
t r o s ( . . . ) t a m b i é n p a r e c e t e n e r s e n t i d o p r e g u n t a r s e s i " e l co-

135
n o c i m i e n t o de l a r e s p u e s t a " es u n a condición necesaria de
" l a e x i s t e n c i a de l a r e s p u e s t a " . Y es p r e c i s a m e n t e e n este
p i m t o d o n d e p o d e m o s s e n t i r l a i r r e s i s t i b l e tentación de de-
c i r : " N o , n o l o es"» ( S t o l z e n b e r g , 1978, pág. 242).

P e r o , ¿ q u é nos tienta a r e s p o n d e r así? No es i m a p r o p i e d a d


de l a r e a l i d a d m a t e m á t i c a (sea d o n d e f u e r e que se h a l l e ese
r e i n o platónico), s i n o de l a s i n t a x i s lógica d e l lenguaje den-
t r o d e l c u a l se f o r m u l ó a n t e t o d o e l d i s c u r s o m a t e m á t i c o . Y,
c o m o c o n t i n ú a m o s t r a n d o S t o l z e n b e r g , l a «intuición» q u e
p a r e c e t e n t a m o s es u n poco c o n f u s a y a p a r e n t e m e n t e nos
e n f r e n t a a u n p r o b l e m a : «Al a c e p t a r q u e a l m e n o s después
de l l e v a r a cabo e l p r o c e d i m i e n t o h a y u n a "cosa", l a r e s p u e s -
t a , q u e e n t o n c e s e n f r e n t a m o s , nos h a l l a m o s a n t e l a cues-
tión de s i e l acto de c o n c r e t a r ese p r o c e d i m i e n t o es u n acto
de " c r e a c i ó n " o de "descubrimiento"» (1978, pág. 242). ¿ C ó -
m o lo dirimiremos?

« D e s p u é s de h a b e r r e a l i z a d o i n a d v e r t i d a m e n t e esos actos
de "aceptación como t a l " c o n c e r n i e n t e s a l uso d e l l e n g u a j e
c o r r i e n t e q u e h a c e n p a r e c e r g e n u i n a s esas s e u d o c u e s t i o -
n e s , r e s u l t a p o r c i e r t o o b s t i n a d o , t a l vez h a s t a s o l i p s i s t a ,
n e g a r s e a a c e p t a r q u e e l a c t o de l l e v a r a cabo e l p r o c e d i -
m i e n t o es u n acto de d e s c u b r i m i e n t o y n o de creación. ¿ P o r
q u é ? U n a r a z ó n es q u e , s i b i e n e l acto de r e a l i z a r e l p r o c e d i -
m i e n t o es, o b v i a m e n t e , r e p e t i b l e , l a "cosa" q u e l l a m a m o s " l a
r e s p u e s t a " es ú n i c a . S i ese acto p r o d u j e r a l i t e r a l m e n t e l a
r e s p u e s t a , a l e f e c t u a r l o dos veces o b t e n d r í a m o s e n t o n c e s
dos r e s p u e s t a s ; y como p o d e m o s c o n s t a t a r l o , eso es l i s a y
l l a n a m e n t e c o n t r a r i o a los h e c h o s » ( S t o l z e n b e r g , 1978, pág.
243).

A d v i é r t a s e , n o o b s t a n t e , l o q u e S t o l z e n b e r g está d i c i e n d o
aquí. E n r e a l i d a d n o se r e f i e r e a n a d a fáctico; señala, s i m -
p l e m e n t e , q u e l a g r a m á t i c a lógica d e l l e n g u a j e e m p l e a d o e n
l a m a t e m á t i c a está e n t r e t e j i d a c o n n u e s t r a s f o r m a s c o t i -
d i a n a s de h a b l a : n u e s t r a s f o r m a s de e v a l u a r q u é es i m h e -
cho m a t e m á t i c o c o n c u e r d a n , p o r así decir, con n u e s t r a s
p r á c t i c a s c o t i d i a n a s de e v a l u a c i ó n de los hechos. P o r ello,
a u n c u a n d o ese p r o b l e m a «no es n a d a m á s q u e i m a fantasía
p r o d u c i d a por el lenguaje» (Stolzenberg, 1978, pág. 268),

136
s i g u e s i e n d o u n a f a n t a s í a s i n g u l a r m e n t e difícil de i d e n -
tificar.
E s e n este p u n t o d o n d e l a explicación de S t o l z e n b e r g se
e n c u e n t r a con l a de W i t t g e n s t e i n ; p u e s t o q u e así como
a q u e l c r i t i c a e l concepto de « r e a l i d a d » m a t e m á t i c a d e los
matemáticos contemporáneos, W i t t g e n s t e i n critica el con-
cepto c o n t e m p o r á n e o de m e n t e . C o m o lo h a c e S t o l z e n b e r g
a l a n a l i z a r e l m o d o e n q u e los p r o b l e m a s «filosóficos» sobre
l a n a t u r a l e z a p r e s u n t a de los procesos y e s t a d o s m e n t a -
les p u e d e n s u r g i r de u n a m a n e r a de h a b l a r , W i t t g e n s t e i n
( 1 9 5 3 , n° 3 0 8 ) t a m b i é n d e s t a c a l a i m p o r t a n c i a d e l p r i m e r
paso (el p r i m e r acto de aceptación):

«El p r i m e r paso es j u s t a m e n t e e l q u e se nos escapa p o r c o m -


p l e t o . H a b l a m o s de procesos y de estados, y s u n a t u r a l e z a
sigue s i n resolverse. Q u i z á s a l g u n a vez s a b r e m o s m á s acer-
ca de e l l o s , n o s d e c i m o s . P e r o es p r e c i s a m e n t e eso lo q u e
nos c o m p r o m e t e con u n a f o r m a p a r t i c u l a r de c o n s i d e r a r e l
a s u n t o . P o r q u e t e n e m o s u n concepto d e f i n i d o de l o q u e s i g -
n i f i c a conocer m e j o r u n proceso. ( E l m o v i m i e n t o decisivo d e l
t r u c o de prestidigitación y a está h e c h o , y es j u s t a m e n t e e l
q u e c r e í a m o s m u y inocente.)».

Ese p r i m e r paso es m u y i m p o r t a n t e p o r q u e es e n ese m o -


m e n t o , d u r a n t e u n l a p s o de reflexión d e s c o n t e x t u a l i z a d a
sobre u n p r o b l e m a , c u a n d o se escoge u n l e n g u a j e , i m a f o r -
m a de h a b l a r e s t r u c t u r a d a p o r u n a metáfora básica, e n l a
c u a l f o r m u l a r l o . . . y se i n i c i a n entonces todos n u e s t r o s p r o -
blemas artificiales.
Stolzenberg y W i t t g e n s t e i n d i l u c i d a n que cuando h a b l a -
m o s de l o q u e c o n s i d e r a m o s á m b i t o s de l a r e a l i d a d e n n i v e -
les e l e v a d o s de a b s t r a c c i ó n , q u e d a n «ocultas» a l g u n a s i n -
fluencias m u y comunes y cotidianas, que d e t e r m i n a n el
s e n t i d o creado p o r lo q u e decimos (y l a i n t e l i g i b i l i d a d de l a s
r e l a c i o n e s a b s t r a c t a s de l a s cuales se h a b l a ) . P o r e j e m p l o ,
como o b s e r v a S t o l z e n b e r g , p o r l o c o m ú n se e n t i e n d e q u e e l
d i s c u r s o m a t e m á t i c o se r e f i e r e a «los objetos y sus p r o p i e d a -
d e s » ; s i se r e f i r i e r a a « p r o c e d i m i e n t o s y o p e r a c i o n e s » , t e n -
dría u n s e n t i d o c o m p l e t a m e n t e d i s t i n t o y sugeriría m a n e -
r a s m u y d i f e r e n t e s de j u s t i f i c a r l a s p r e t e n s i o n e s de v e r d a d
matemática.

137

\
E s allí d o n d e cobra i m p o r t a n c i a l a n a t u r a l e z a e s p o n t á -
n e a y r e s p o n d i e n t e de l a a c c i ó n c o n j u n t a : s i b i e n p u e d e
c r e a r r e a l i d a d e s sociales, m a r c o s sociales p a r c i a l m e n t e es-
t r u c t u r a d o s creados p o r l a s a c t i v i d a d e s de los h o m b r e s e n e l
p a s a d o , q u e a c t ú a n c o m o u n c o n j u n t o de p o s i b i l i d a d e s y
coacciones p a r a sus a c t i v i d a d e s a c t u a l e s , las p r o d u c e como
c o n s e c u e n c i a s n o i n t e n c i o n a l e s , de u n a m a n e r a q u e n i n -
g i m o de los i n d i v i d u o s i n t e r v i n i e n t e s p u e d e h a c e r r e m o n t a r
a sus p r o p i a s acciones. E x i s t e así u n a tendencia a conside-
r a r q u e esos r e s u l t a d o s t i e n e n u n a «realidad objetiva» (véa-
se e n e l capítulo 2 l a sección acerca de l a acción c o n j i m t a ) .
P e r o , como y a h e señalado, m u c h o s aspectos de esas r e a l i -
dades son imaginarios, n o e n e l s e n t i d o de q u e sean cosas
r e a l e s s i t u a d a s e n \m. l u g a r especial, l a imaginación, e n l a
c a b e z a de l o s i n d i v i d u o s , s i n o , p o r e j e m p l o , e n e l s e n t i d o
m a t e m á t i c o de e x i s t i r , como es e l caso de V - 1 , sólo e n los p r o -
c e d i m i e n t o s q u e , e n ú l t i m a i n s t a n c i a , se d e s a r r o l l a n e n t r e
p e r s o n a s . «Su» a p a r e n t e c a p a c i d a d de «exigir» u n a e s t r u c -
t u r a d e t e r m i n a d a e n n u e s t r a s i n t e r a c c i o n e s sociales c o n l l e -
v a l a i d e a de s u s u p u e s t a «realidad», s u e x i s t e n c i a i n d e p e n -
d i e n t e de los deseos y l a s o p i n i o n e s de los i n d i v i d u o s . C u a n -
do, e n r i g o r , l a v e r d a d e r a situación consiste e n q u e c i e r t o
m o d o de i n t e r a c t u a r d e l q u e se h a b l a — c o m o e n e l e j e m p l o
p r e c e d e n t e de G o d o t — exige r e f e r i r s e a ellos como s i f u e r a n
n e c e s a r i a m e n t e cosas con e x i s t e n c i a r e a l .

Lo imaginado y lo imaginario
V o l v a m o s a h o r a a l a afirmación h e c h a a n t e r i o r m e n t e : en
r a z ó n de q u e los discursos p r o d u c e n e n vez de r e f l e j a r s i m -
p l e m e n t e los «objetos» a los cuales l a s p a l a b r a s p r o n i m c i a -
das e n ellos p a r e c e n r e f e r i r s e , n e c e s i t a m o s u n a f o r m a de
h a b l a r de s u condición t r a n s i c i o n a l , de s u e x i s t e n c i a h a s t a
a h o r a sólo p a r c i a l y de l a s p o s i b i l i d a d e s q u e e n c i e r r a n p a r a
s u p r o p i a realización u l t e r i o r : n e c e s i t a m o s l a categoría de lo
i m a g i n a r i o . P e r o d e c i r eso, a d v e r t i m o s a h o r a , es d e c i r algo
a m b i g u o , f o r m u l a r u n a afirmación con i m s i g n i f i c a d o poco
c l a r o . ¿ Q u e r e m o s d e c i r q u e —^habida c u e n t a de l a i n f l u e n c i a
f u n d a m e n t a l de n u e s t r a s f o r m a s de h a b l a r sobre l o q u e po-
d e m o s «ver» e n e l m u n d o — , s i p r e t e n d e m o s p r o d u c i r u n a

138
f o r m a c o r r e c t a de v e r e l m i m d o , debemos t e n e r e l c u i d a d o
de d i s c e r n i r e n t r e lo m e r a m e n t e imaginado y lo q u e n o lo es,
p a r a e l a b o r a r u n a m a n e r a c o r r e c t a de h a b l a r ? ¿ O a l d e c i r
imaginario nos r e f e r i m o s a algo m u c h o m á s f u n d a m e n t a l ?

Lo imaginado

Exploremos por ahora la p r i m e r a posibilidad. Citemos


u n caso: s i g u e siendo s u m a m e n t e fácil e m p l e a r u n a i m a g e n
( i m a m e t á f o r a ) ú n i c a , d e t e r m i n a d a , fija y n o r e c o n o c i d a , co-
m o m a r c o implícito p a r a d a r orden a casi t o d o lo q u e h a b l a -
m o s sobre e l h a b l a . P o r e j e m p l o , respecto de l a n a t u r a l e z a
de l a c o m u n i c a c i ó n , como o b s e r v a R e d d y ( 1 9 7 9 ) , u n a de esas
m e t á f o r a s es l a d e l C O N D U C T O ; c o n l a m e t á f o r a de L A
M E N T E E S U N R E C I P I E N T E de ideas, L A C O M U N I C A -
C I O N E S E M I S I O N ' ^ de u n a i d e a desde l a m e n t e de u n a
p e r s o n a , a través d e l «conducto» d e l l e n g u a j e , h a s t a l a m e n -
t e de o t r a . P o d e m o s v e r s u u s o m á s obvio c u a n d o l e d e c i m o s
a a l g u i e n : «Tiene q u e poner sus ideas en p a l a b r a s » . E n e l
m a r c o e s t r u c t u r a d o p o r esa m e t á f o r a , l a c o m u n i c a c i ó n es
s e n c i l l a ; n o s l l e v a a e s p e r a r u n «éxito s i n esfuerzo» c o m o
n o r m a de n u e s t r o s i n t e n t o s de c o m u n i c a m o s ; esto es, s i e m -
p r e q u e q u i e n e s e s c r i b e n y q u i e n e s h a b l a n «se e x p r e s e n con
p r o p i e d a d » . D i c h o de o t r a m a n e r a , l a ú n i c a explicación p r o -
p u e s t a p o r l a m e t á f o r a d e l c o n d u c t o p a r a e l h e c h o de n o « h a -
llar» l a s ideas c o r r e c t a s «en» l o q u e a l g u i e n dice, es q u e n o
debemos h a b e r r e s p e t a d o l a s r e g l a s correctas de l a c o m u n i -
cación.
U n a s e g u n d a i m a g e n de l a c o m u n i c a c i ó n , como s e ñ a l a
a s i m i s m o R e d d y , es p r o p o r c i o n a r a los d e m á s I N S T R U C -
C I O N E S p a r c i a l e s , paso a paso, p a r a q u e a d v i e r t a n y es-
t a b l e z c a n diferencias e n sus i n t e n t o s de D A R S E N T I D O
[MAKING SENSE] a lo que ocurre a su alrededor, incluidas
l a s « i n s t m c c i o n e s » ofrecidas. S i se i n t r o d u c e u n c a m b i o e n
esta i m a g e n , se a l t e r a n r a d i c a l m e n t e l a s i m p l i c a c i o n e s de l a
i m a g e n de l a c o m u n i c a c i ó n como E M I S I O N . E n este o r d e n
de cosas, c u a n d o se r e c i b e cada instrucción p a r c i a l y se e s t a -

Emplearé este útil procedimiento de indicar las metáforas con letras


mayúsculas, introducido por Lakoff y Johnson (1980), en otros lugares de
este capítulo.

139
blece o se a d v i e r t e u n a d i f e r e n c i a , n o es fácil «dar» s e n t i d o
a lo que d i c e n las personas. L a s «instrucciones» p a r a d a r
s e n t i d o s o n s i e m p r e i n c o m p l e t a s . S i e m p r e es p o s i b l e a g r e -
g a r una especificación m á s de lo q u e podría q u e r e r decirse.
L a c o m u n i c a c i ó n p a r c i a l m e n t e errónea o l a s c o m p r e n s i o n e s
d i v e r g e n t e s — « A h , y o creí q u e él q u e r í a d e c i r X , ¿ u s t e d q u é
p e n s ó ? » , «Creí q u e q u e r í a d e c i r Y » , « ¿ D e v e r a s ? » — n o s o n
a n o r m a l e s . Se t r a t a de t e n d e n c i a s i n h e r e n t e s a c u a l q u i e r
a c t i v i d a d e n l a c u a l h a y q u e h a c e r algo s e g ú n i n s t r u c c i o n e s .
S i e m p r e cabe e s p e r a r u n a c o m u n i c a c i ó n p a r c i a l , s i g n i f i c a -
dos posibles. Sólo se los p u e d e s u p e r a r m e d i a n t e u n e s f u e r -
zo c o n s t a n t e y u n a i n t e n s a interacción v e r b a l s i t u a d a , con
e l p r o p ó s i t o de c o m p r o b a r y v e r i f i c a r s i una c o m p r e n s i ó n
p o s i b l e es u n v e r d a d e r o e n t e n d i m i e n t o d e l i b e r a d o .
A u n q u e l a p r i m e r a i m a g e n es c l á s i c a , estoy s e g u r o de
q u e h o y l a m a y o r p a r t e de l a g e n t e se s i e n t e m u c h o m á s a
g u s t o c o n l a s e g u n d a . L a m a y o r í a querrá sostener q u e , s i n o
se d e d i c a esfuerzo a l a n e g o c i a c i ó n de s i g n i f i c a d o s , l a s m á s
de l a s veces n o l o g r a r e m o s c o m u n i c a r n o s d e b i d a m e n t e y
g r a n p a r t e de n u e s t r a a r g u m e n t a c i ó n se d e s e n v o l v e r á e n
u n c o n t e x t o de m a l e n t e n d i d o s y de p e r p l e j i d a d m u t u a . . . ,
p e r o , ¿ e s t a m o s e n lo cierto? ¿ Y así es como f u n c i o n a l a «rea-
l i d a d oficial»?
E n efecto, ¿ n o nos p a s a t o d a v í a q u e , c u a n d o e s c r i b i m o s
artículos y t e x t o s p r o f e s i o n a l e s , s e g u i m o s s u p o n i e n d o (como
H u m p t y D u m p t y ) que a l u s a r u n a p a l a b r a , esta significa, n i
más n i menos, lo que queremos que signifique? ¿No supone-
m o s , como m í n i m o , h a b e r d o m i n a d o e l d i s c u r s o e n n u e s t r o
r i n c o n c i t o p r o f e s i o n a l ? S i n o f u e r a así, ¿ p o d r í a m o s a l g u n a
vez e s t a r satisfechos, s i q u i e r a e n p a r t e , con lo q u e e s c r i b i -
m o s c o m o e x p r e s i ó n a d e c u a d a de n u e s t r o s « p e n s a m i e n t o s » ?
E l h e c h o n o es q u e una de esas i m á g e n e s sea l a c o r r e c t a y l a
o t r a l a e q u i v o c a d a , s i n o q u e ambas a c t ú a n e n d i s t i n t o s m o -
mentos para ordenar, enmarcar, regimentar o tematizar
n u e s t r o d i s c u r s o , a u n q u e , a l m a r g e n de q u e e n estas épocas
posestructuralistas muchos consideraríamos prímordial l a
s e g u n d a , l a p r i v i l e g i a d a es a ú n l a p r i m e r a . Y es así p o r q u e
e n l a s d i s c i p l i n a s a c a d é m i c a s especializadas se s i g u e p r i v i -
l e g i a n d o e l d i s c u r s o c o h e r e n t e y sistemático. E s o es p a r t e de
l o q u e s i g n i f i c a h a b e r s e socializado e n l a p r o p i a d i s c i p l i n a :
h a b e r s e c o n v e r t i d o e n u n p r o f e s i o n a l «licenciado» e n e l l a .
H e m o s aprendido a disciplinar o t e m a t i z a r n u e s t r o discurso

140
de acuerdo con cierto conjunto limitado de imágenes. No es
sorprendente que Wittgenstein (1953, n° 115) considerase
un descubrimientofilosóficoel anuncio de que «Una imagen
nos mantenía cautivos. Y no podíamos salir de ella, porque
estaba en nuestro lenguaje y este parecía repetírnosla ine-
xorablemente» .
¿Pero qué pasaría si, «a contrapelo» de nuestro pen-
samiento, por así decir, privilegiáramos sistemáticamente
la segunda imagen de la comunicación, la de una «instruc-
ción», en lugar de la primera, la de una «emisión»? Si bien
dicha imagen, al sugerir que la comunicación implica una
constante «construcción y percepción de las diferencias»,
pareciera i r mucho más en el «sentido del pelo» del pensa-
miento construccionista social, con el tiempo, creo, volvería-
mos a quejamos de lo mismo: que estamos cautivos de una
imagen, de algo ya imaginado, e impedidos de producir
nuestros propios significados según lo consideremos conve-
niente en relación con un contexto práctico particular. Sin
embargo, eso nos lleva a una posición difícil; una posición en
la cual debemos decir que, como tal, ninguna imagen es
adecuada a nuestras necesidades. En ese momento tene-
mos que pasar de lo imaginado al ámbito de lo imaginario.^

^ No he tenido aún ocasión de examinar en detalle l a obra de Casto-


riadis, pero sé que a su juicio «lo imaginario deriva en última instancia de
la facultad originaria de postular u ofrecerse cosas y relaciones que no
existen, en la forma de una representación (cosas y relaciones que no son
o nunca fueron dadas en la percepción); hablaremos de un imaginario
último o radical como la raíz común de lo imaginario real y de lo simbólico.
E s t a es, finalmente, la capacidad elemental e irreductible de evocar imá-
genes». Y estima también que su necesidad surge de la «brecha» entre sig-
nificante y significado: «El influjo decisivo de lo imaginario sobre lo simbó-
lico puede entenderse sobre la base de la siguiente consideración: el simbo-
lismo supone la capacidad de postular una conexión permanente entre dos
términos en forma tal que uno "representa" al otro. Sólo en estadios muy
avanzados del pensamiento racional lúcido esos tres elementos (el signi-
ficante, el significado y el vínculo sui generis de ambos) se mantienen si-
multáneamente unidos y distintos, en una relación al mismo tiempo firme
y flexible» (1987, pág. 127). Hasta ese estadio avanzado, su naturaleza si-
gue siendo incierta.

141
Lo imaginario

A h o r a b i e n , podría decirse^ q u e e l s e n t i d o de hablar de l o


i m a g i n a r i o e s t r i b a e n q u e n e c e s i t a m o s i m a f o r m a de h a b l a r
de e n t i d a d e s con l a s s i g u i e n t e s p r o p i e d a d e s : a) s o n i n c o m -
p l e t a s , m ó v i l e s , e n c a m i n o de ser d i s t i n t a s de lo q u e son; e n
r e s u m e n , s o n i n i m a g i n a b l e s y e x t r a o r d i n a r i a s ; b) n o son l o -
caHzables n i e n e l espacio n i e n e l t i e m p o , p e r o pese a e l l o
p u e d e n t e n e r a t r i b u t o s «reales» e n e l s e n t i d o de q u e o p e r a n
e n l a s acciones de l a s p e r s o n a s capacitándolas p a r a l o g r a r
resultados reproducibles m e d i a n t e e l uso de p r o c e d i m i e n t o s
s o c i a l m e n t e c o m p a r t i b l e s ; c) «subsisten» sólo e n l a s prácti-
cas de l a g e n t e , e n l a s «brechas», «zonas» o «límites» e n t r e
e l l a s ; d) e n esa m e d i d a ( v é a n s e m i s observaciones a n t e r i o -
r e s sobre n u e s t r a s «construcciones» p a r a s a l v a r esas «bre-
c h a s » ) , d e b e m o s h a b l a r de e l l a s como e n t i d a d e s « n e g o c i a -
das», «políticas», «discutibles» o «prospectivas» ( M y h i l l ,
1952), q u e e x i s t e n «en» e l m u n d o sólo e n t a n t o p u e d e n
d e s e m p e ñ a r u n p a p e l e n los d i s c u r s o s de l a s p e r s o n a s ; e n
síntesis, s u función es h a c e r p o s i b l e u n m o d o de ser h u m a -
n o , i m a f o r m a de vida;-'^'^ e) t a l e s e n t i d a d e s s o n e l medio de
s u f o r m a c i ó n ; f) n o o b s t a n t e , n u n c a es p o s i b l e h a c e r d e l t o d o
«visible racionalmente» s u «estructura»; e n r e a l i d a d , no
t i e n e s e n t i d o h a b l a r de ellas como s i p o s e y e r a n u n a «estruc-
t u r a c o m p l e t a y a n a l i z a b l e e s p a c i a l m e n t e » ; esto es, s u es-
t r u c t u r a c i ó n p a r c i a l sólo p u e d e p o n e r s e de m a n i f i e s t o e n
i n v e s t i g a c i o n e s «gramaticales»;^^ g) e n síntesis, esas e n t i -

^ L o formulo de esta manera porque alguien (incluso yo mismo en otros


contextos) podría decir que también este planteamiento del tema, en tér-
minos de «entidades», de «cosas» (sustantivos) y no de actividades, prác-
ticas, etc., es decir, de verbos, equivale a continuar privilegiando u n
lenguaje de l a constancia y de la sustancia y no del fluir y del cambio.
^0 «E imaginar un lenguaje es imaginar u n a forma de vida» (Wittgen-
stein, 1953, n° 19).
«La principal fuente de nuestra falta de comprensión es que no
disponemos de una visión clara del uso de las palabras. Nuestra gramática
carece de esa suerte de transparencia» (Wittgenstein, 1953, n° 122). Sólo
se la puede descubrir a partir de un estudio, no de las convenciones de su
uso ni a partir de ejemplos del uso supuestamente correcto, sino del modo
en que necesariamente «da forma» a aquellas de nuestras actividades co-
municativas en las que interviene, en la práctica; una influencia que úni-
camente se revela en la «gramática» de tales actividades. Por eso Witt-
genstein (1953, n° 373) sostiene que «la gramática nos dice qué clase de ob-
jeto es cada cosa. . .».

142
i a d e s — a l i g u a l q u e l a s p a l a b r a s m i s m a s (cf. Volosinov, su-
zm)— s o n f u e n t e s de c r e a t i v i d a d y de n o v e d a d c o n s t a n t e s e
z n p r e v i s i b l e s . C o m o t a l e s , n o son e n sí n i b u e n a s n i m a l a s .
Pero a p o r t a n l a «temática» e n cuyos t é r m i n o s se p r e s t a i n -
t e l i g i b i l i d a d a los n u e v o s e n u n c i a d o s , p e r c e p c i o n e s y ac-
nones.
U n a e n t i d a d i m a g i n a r i a típica es, p o r s u p u e s t o , V - 1 , q u e
hoy se d e n o m i n a de h e c h o « n ú m e r o imaginario». A l e x a -
m i n a r l o , se c o m p r o b a r á que t i e n e t o d a s l a s p r o p i e d a d e s r e -
cién e n u m e r a d a s , t a l vez con l a s a l v e d a d de q u e carece ( a h o -
r a ) de u n a n a t u r a l e z a discutida: es, p o r c i e r t o , u n a f u e n t e
a c t u a l de n o v e d a d m a t e m á t i c a . N o o b s t a n t e , i m p o r t a s u -
b r a y a r , e n este s e n t i d o , q u e , c u a n d o se los « d e s c u b r i ó » , se
los l l a m ó n ú m e r o s «imposibles». Sólo d e s p u é s se c o n v i r t i e -
r o n e n « i m a g i n a r i o s » , c u a n d o se d e m o s t r ó — c o m o l o h i z o ,
por e j e m p l o , H a m i l t o n e n s u Teoría de los pares, de 1 8 3 7 —
que los n ú m e r o s complejos t i e n e n u n s i g n i f i c a d o oculto:
a u n q u e n o p u e d e n e x i s t i r como objetos m a t e m á t i c o s , p u e -
d e n d e s e m p e ñ a r n o o b s t a n t e u n p a p e l «real» e n los p r o c e d i -
m i e n t o s m a t e m á t i c o s ; n o e n e l s e n t i d o de ^ma c o r r e s p o n -
d e n c i a c o n l a r e a l i d a d , s i n o e n c u a n t o se p u e d e n o b t e n e r re-
sultados reproducibles m e d i a n t e e l uso de p r o c e d i m i e n t o s
(matemáticos) socialmente compartibles. E l número i m a -
g i n a r i o fiinciona, e n l a investigación m a t e m á t i c a , como u n a
fuente o r i g i n a r i a ; t m a e n t i d a d que, a l salvar u n a «brecha»,
es u n foco de tensión, c o n f l i c t o y m á s i n v e n c i ó n m a t e m á t i c a .
P e r o quizás a l g u n o s de los m e j o r e s e j e m p l o s de objetos a
l a vez i m a g i n a r i o s e imposibles, que no o b s t a n t e p u e d e n
s u s c i t a r u n a sensación de «realidad», p u e d e n h a l l a r s e h o y
«en» i n t e r a c c i o n e s p o r m e d i o de u n teclado con l a s i m á g e n e s
generadas por c o m p u t a d o r a (Greenfield, 1987; Sudnow,
1983). G r e e n f i e l d (1987) a n a l i z a u n v i d e o j u e g o de l a b e r i n t o
de g a l e r í a s l l a m a d o Castillo Wolfenstein. E l castillo Wolf-
e n s t e i n n o e x i s t e , p e r o de todos modos los n i ñ o s , e n s u i n -
teracción con l a p a n t a l l a de l a c o m p u t a d o r a , l l e g a n a c o m -
p r e n d e r t a n b i e n s u «estructura» ( u n a e s t r u c t u r a e n r e a l i -
d a d a r q u i t e c t ó n i c a m e n t e i m p o s i b l e ) q u e , s e g ú n lo m u e s t r a
G r e e n f i e l d , p u e d e n t r a z a r s u p l a n o a l e s t i l o de E s c h e r . L o

Podemos notar, primero, que, según una interpretación, la dimensión


de los números reales puede identificarse con la realidad, y la dimensión
imaginaria, con la posibilidad. E n la ingeniería eléctrica es el ámbito de lo
imaginario el que hace del «movimiento» entre realidades una posibilidad.

143
e s p e c i a l m e n t e i n t e r e s a n t e e n este j u e g o es q u e c u a n d o los
n i ñ o s l l e g a n a h a c e r s e e x p e r t o s e n él, l a s f o r m a s q u e a p a r e -
c e n e n l a p a n t a l l a se c o n v i e r t e n p a r a ellos e n u n a e s t r u c t u -
r a de p a s i o n e s ; se crea t o d a u n a n u e v a e s t r u c t u r a de p a s i o -
nes y deseos (¿obsesivos?). P o r o t r a p a r t e , esos deseos se r e -
l a c i o n a n c o n l a i d e n t i d a d d e l niño d e n t r o d e l j u e g o — s u y o
l ú d i c o — , c o n afectos y m o t i v o s v i n c u l a d o s con s u «posición»
m o m e n t á n e a d e n t r o d e l c a s t i l l o . E l deseo d e l n i ñ o de d o -
m i n a r e l j u e g o e s t r u c t u r a l a t o t a l i d a d de l a e m p r e s a . Y e n l a
reconstitución de las f u e r z a s m o t i v a c i o n a l e s y afectivas
e s t r i b a u n aspecto i m p o r t a n t e de l o i m a g i n a r i o .
E n relación con o t r o aspecto de sus rasgos, D a v i s y
H e r s h (1983, págs. 400-5) a n a l i z a n l a interacción con l a
i m a g e n de u n a c o m p u t a d o r a g e n e r a d a p o r l a s ecuaciones de
u n h i p e r c u b o c u a t r i d i m e n s i o n a l . M u e s t r a n q u e s i se Ínter-
a c t ú a con l a i m a g e n d u r a n t e s u f i c i e n t e t i e m p o , s i se «la» h a -
ce g i r a r e n l a p a n t a l l a — e s t o es, s i se hace g i r a r l a serie de
proyecciones d e l cubo de c u a t r o d i m e n s i o n e s e n l a p a n t a l l a
b i d i m e n s i o n a l — , se l l e g a a t e n e r u n a sensación de «él» como
i m a u n i d a d . S i n e m b a r g o , n o sólo se t r a t a de u n objeto i m a -
g i n a r i o , s i n o t a m b i é n de u n objeto imposible, en el sentido
de q u e n i n g u n a r e a l i d a d conocida h a s t a a h o r a l o p e r m i t i r á
o lo p r o p o n d r á ; n i n g u n a r e a l i d a d conocida es p o r e l m o m e n -
t o s u s c e p t i b l e de i n t e r p r e t a r s e d e n t r o d e l e s q u e m a de p o s i -
b i l i d a d e s q u e ofi"ece. S i n e m b a r g o , n o h a y d u d a de q u e es
perfectamente posible llegar a captar i n t u i t i v a m e n t e s u n a -
t u r a l e z a . Y c o m o d i c e n D a v i s y H e r s h a propósito de t a l e s
«objetos imaginarios»: «Estos objetos i m a g i n a r i o s t i e n e n
p r o p i e d a d e s d e f i n i d a s . Hay hechos v e r d a d e r o s r e f e r i d o s a
objetos i m a g i n a r i o s » . P e r o , ¿ e n q u é s e n t i d o son v e r d a d e r o s
esos r e s u l t a d o s ? N o p u e d e t r a t a r s e de u n a c o r r e s p o n d e n c i a
c o n l a r e a l i d a d , como e n l a c o m p r o b a c i ó n de v e r d a d e s físicas
o e m p í r i c a s . Sólo p u e d e t r a t a r s e d e l l o g r o de resultados re-
producibles m e d i a n t e e l e m p l e o de p r o c e d i m i e n t o s ( m a t e -
máticos) socialmente compartibles.
P e r o como o b s e r v a n D a v i s y H e r s h , a l i g u a l q u e S t o l z e n -
b e r g , e l l o e q u i v a l e a r e n u n c i a r a l a i d e a de q u e l a m a t e m á t i -
ca se refiere a objetos e x i s t e n t e s e n u n á m b i t o i d e a l de l a
m i s m a m a n e r a q u e e n l a r e a l i d a d física. E s t o s a u t o r e s l l e -
g a n a decir, e n efecto, q u e n o sólo s i g n i f i c a q u e n i s i q u i e r a e n
l a m a t e m á t i c a h a y u n concepto i n d i s c u t i b l e de l a «prueba»,
s i n o t a m b i é n q u e l a s p r u e b a s convincentes no consisten me-

144
r a m e n t e e n l a aplicación de u n p r o c e d i m i e n t o ; s o n a d e m á s
el testimonio persuasivo (a veces implícito) de q u e e l proce-
d i m i e n t o se aplicó c o r r e c t a m e n t e . S i n l a p o s i b i l i d a d , a l m e -
nos, de ese t e s t i m o n i o , l a «prueba» n o es capaz de o b t e n e r
u n a s e n t i m i e n t o u n i v e r s a l . Y a q u í y o sostengo lo m i s m o :
que n u e s t r a h a b l a cotidiana corriente a b i m d a e n r e f e r e n -
cias con cosas i m a g i n a r i a s de ese t i p o , m u c h a s de l a s cuales
son t a m b i é n i m p o s i b l e s e n e l s e n t i d o a n t e s i n d i c a d o . C o m o
los d i b u j o s de Escher, t i e n e n l a p r o p i e d a d de ser incomple-
tos e n c u a l q u i e r p e r s p e c t i v a ; y s i b i e n p u e d e n p a r e c e r a b i e r -
tos a i m a m a y o r especificación (de u n t i p o y a d e t e r m i n a d o ) ,
o t r a s p e r s p e c t i v a s p r e s e n t e s e n e l «objeto» l o i m p i d e n . S u
v e r d a d e r a n a t u r a l e z a i n c o m p l e t a es t a l que, como dice W i t t -
g e n s t e i n (1980, n° 2 5 7 ) , «Este es e l todo. ( S i l o c o m p l e t a m o s ,
l o falsificamos.)».
D e este m o d o , t o d o esto e q u i v a l e a d e c i r q u e e l á m b i t o de
lo i m a g i n a r i o n o es e n sí como u n a especie de i m a g e n , u n a r -
t i f i c i o p a r a e n c u a d r a r , d i s c i p l i n a r u o r d e n a r l a v i d a social.
C o n t i e n e t a n t o f u e n t e s de n o v e d a d c u a n t o de discusión. S i
l o s u m a m o s a n u e s t r a s categorías p a r a h a b l a r de l a n a t u r a -
l e z a de l a s cosas, p o d e m o s e m p e z a r a h a b l a r de e n t i d a d e s
«complejas»,-'^^ e n c a m i n o de ser d i s t i n t a s de lo q u e y a son e n
el m o m e n t o . P o r e j e m p l o , h e h a b l a d o y a de «tradiciones de
argumentación», que constituyen precisamente entidades
c o m p l e j a s y r e f l e x i v a m e n t e d i s c u t i d a s de ese t i p o . C o m o
señala M a c i n t y r e ( 1 9 8 1 , pág. 207): « U n a tradición v i v i e n t e
(. . .) es u n a r g u m e n t o h i s t ó r i c a m e n t e e x t e n d i d o y s o c i a l -
m e n t e encarnado, y u n argumento referido en parte, j u s -
t a m e n t e , a los bienes q u e c o n s t i t u y e n esa tradición». «Las
t r a d i c i o n e s , c u a n d o son v i t a l e s , e n c a m a n c o n t i n u i d a d e s de
conflictos» ( 1 9 8 1 , pág. 206). E s t a es u n a i d e a m u y d i f e r e n t e ,
p o r c i e r t o , de l o q u e solíamos c o n s i d e r a r u n a tradición. E n
e l p a s a d o , u n a de l a s g r a n d e s i m á g e n e s o e s q u e m a t i s m o s
p a r a h a b l a r de u n a tradición fue l a de u n a E S T R U C T U R A
r e p r e s e n t a b l e [picturable], con lo c u a l se aludía, p o r s u p u e s -
t o , a u n sistema cerrado y j e r á r q u i c a m e n t e e s t m c t u r a d o de
c o n o c i m i e n t o , c o n s i s t e n t e e n u n a r e d o s i s t e m a estático de
p a r t e s i n t e r c o n e c t a d a s q u e s u p u e s t a m e n t e b r i n d a b a a sus
m i e m b r o s s o l u c i o n e s p r e f a b r i c a d a s a los p r o b l e m a s . S i n
e m b a r g o , a u n q u e p u e d e h a b l a r s e de él — a p a r t i r de los sen-

E s t a pretende ser una alusión a los números complejos.

145
t i m i e n t o s q u e o r i g i n a — , e l r e i n o de lo i m a g i n a r i o n o es r e -
presentable.

Las realidades intralingüísticas y cómo hacer que


nos tomen en serio

E s t e p i m t o a l c a n z a t o d o s u s i g n i f i c a d o e n e l c o n t e x t o de
l a d e s c r i p c i ó n q u e h a c e V i g o t s k y ( 1 9 8 6 ) d e l d e s a r r o l l o de
n u e s t r a s capacidades m e n t a l e s . E n e l l a , como se r e c o r d a r á ,
i m p o r t a n o t a n t o n u e s t r o c o n o c i m i e n t o , e n t é r m i n o s de los
contenidos de l a m e n t e , como los medios o los « i n s t r u m e n t o s
psicológicos» que empleamos p a r a «instruirnos» e n n u e s -
t r a s a c t i v i d a d e s . L a i m p o r t a n c i a de l o imaginario se p o n e
de m a n i f i e s t o c u a n d o e l «instrumento» e n cuestión n o es u n
o b j e t o e m p í r i c o como t a l , s i n o u n a e n t i d a d q u e e x i s t e sólo
«en» vma f o r m a de a c t i v i d a d c o m u n i c a t i v a , e n u n a f o r m a de
h a b l a r . P u e s t o q u e , como todos sabemos, c u a n d o n u e s t r a s
c a p a c i d a d e s l i n g ü í s t i c a s se i n c r e m e n t a n , n o n o s es difícil
c r e a r de a d u l t o s r e a l i d a d e s c o m p l e t a m e n t e ficcionales q u e ,
a x m q u e sepamos q u e s o n i m p o s i b l e s (como e n m u c h a s n o v e -
las de c i e n c i a ficción), nos c a u s a n i m a i m p r e s i ó n de r e a l i d a d
s u f i c i e n t e p a r a c o n m o v e r n o s de d i s t i n t a s m a n e r a s . D i c h o
de o t r o m o d o , de a d u l t o s a l c a n z a m o s e n e l uso d e l l e n g u a j e
u n e s t a d i o e n el c u a l , p o r así d e c i r l o , podemos c r e a r u n
n u e v o c o n t e x t o a r t i f i c i a l , intralingüístico o i m a g i n a r i o ( e n
e l s e n t i d o p r o c e d i m e n t a l de lo i m a g i n a r i o a l q u e a n t e s nos
hemos referido) para nuestras actividades ulteriores, y h a -
b l a r así de l a s c i r c u n s t a n c i a s posibles e n l u g a r de h a b l a r de
n u e s t r a s c i r c i m s t a n c i a s reales.
N o o b s t a n t e , s i h a y i m a d i s m i n u c i ó n de l a r e f e r e n c i a a lo
q u e «es», a c o m p a ñ a d a p o r u n c o n s i g u i e n t e i n c r e m e n t o de l a
r e f e r e n c i a a l o q u e «podría ser», l o q u e se dice r e q u i e r e cada
vez m e n o s b a s a m e n t o e n u n c o n t e x t o extralingüístico, y ello
p o r q u e p u e d e h a l l a r sus apoyos casi p o r c o m p l e t o e n e l n u e -
vo contexto i m a g i n a r i o , lingüísticamente construido. E n
o t r a s p a l a b r a s , s i u n a p e r s o n a desea q u e l a v e a n como s i
h a b l a r a f á c t i c a m e n t e , debe justificar q u e s u d i s c u r s o sobre
l o q u e «podría ser» se r e f i e r e a lo q u e «es», u t i l i z a n d o e n él lo
q u e p u e d e d e n o m i n a r s e « u n a retórica d e l h e c h o » ( D . S m i t h ,
1 9 7 8 ) ; es decir, debe m o s t r a r , a d e m á s de l a e s t r u c t u r a d e l

146
estado de cosas e n cuestión, q u e se h a n r e a l i z a d o o p o d r í a n
r e a h z a r s e d e t e r m i n a d a s v e r i f i c a c i o n e s p a r a j u s t i f i c a r sus
a f i r m a c i o n e s : se t r a t a de u n estado de cosas q u e , p o r e j e m -
p l o , 1) e s t á « a u t o r i z a d o p o r » o « f i m d a d o e n » l a s c i r c u n s -
t a n c i a s ; 2) es i n d e p e n d i e n t e de los p r o p i o s deseos; 3) es (o
p o d r í a ser) e l m i s m o p a r a todos; 4) depende de l a e x p e r i e n -
cia práctica; y los p r o c e d i m i e n t o s de verificación u t i l i z a d o s
5) s o n t r a n s m i s i b l e s ; 6) h a n sido aplicados a c e r t a d a m e n t e ,
y 7) t o m a n e n consideración l a n a t u r a l e z a ú n i c a , l o c a l y c o n -
t i n g e n t e de l a s c i r c u n s t a n c i a s , etc. Y e n n u e s t r o d i s c u r s o de-
b e m o s b r i n d a r l a oportunidad de q u e los d e m á s p o n g a n e n
t e l a de j u i c i o esas j u s t i f i c a c i o n e s . Y sólo s i n o l a a p r o v e c h a n ,
o s i , e n caso de q u e l o h a g a n , es p o s i b l e r e f i i t a r o d e s a c r e d i -
t a r de a l g i m a o t r a m a n e r a sus a f i r m a c i o n e s c o n t r a p u e s t a s ,
p u e d e c o n s i d e r a r s e como fáctico lo q u e decimos.
M e d i a n t e e l u s o de esos m é t o d o s y p r o c e d i m i e n t o s , los
a d u l t o s ( a d i f e r e n c i a de l o s n i ñ o s ) p u e d e n c o n s t r u i r s u s
e n u n c i a d o s como e m m c i a d o s fácticos mientras hablan, y l a s
f o r m a s a d u l t a s de d i s c u r s o p u e d e n f u n c i o n a r entonces c o n
u n a l t o g r a d o de i n d e p e n d e n c i a respecto de s u c o n t e x t o i n -
m e d i a t o . S i b i e n podemos a c t u a r como l a s c o m p u t a d o r a s , e n
e l s e n t i d o de q u e n u e s t r a s f a c u l t a d e s de p r o d u c c i ó n r a z o n a -
d a p u e d e n exceder n u e s t r a s capacidades de r e c o n o c i m i e n t o
( M y h i U , 1952), a d i f e r e n c i a de e l l a s n o debemos s o m e t e r a
p r u e b a de a n t e m a n o todos los r e s u l t a d o s de u n a f o r m a de
proceder, p u e s t o q u e p o d e m o s , p o r así d e c i r l o , v e r i f i c a r l o s
sobre l a m a r c h a , e n e l m o m e n t o de s u aparición: esa es l a
n a t u r a l e z a de l a r e s p o n s a b i l i d a d h u m a n a , y eso ( e n ú l t i m a
i n s t a n c i a ) nos d i f e r e n c i a de l a s c o m p u t a d o r a s . P o d e m o s es-
t i m a r e l v a l o r de u n d e s e m p e ñ o , n o s e g ú n sus a n t e c e d e n t e s ,
sus orígenes o los p r o c e d i m i e n t o s de s u ejecución, s i n o justi-
ficándolo de a c u e r d o c o n s u presente a d e c u a c i ó n a l a s c i r -
cunstancias.

P e r o h a y a ú n m á s , v a l e decir, lo h a y s i p r e t e n d e m o s ser
v i s t o s como p e r s o n a s m o r a l m e n t e a u t ó n o m a s y s o c i a l m e n t e
competentes cuando damos o exponemos nuestras razones
y, p o r t a n t o , s i q u e r e m o s q u e estas se t o m e n e n serio: está l a
c u e s t i ó n de l a relación i n m e d i a t a con n u e s t r a a u d i e n c i a . L a
p r e s e n t a c i ó n de r a z o n e s v a l e d e r a s c o n s i s t e , e n p a r t e , e n
p r o p o n e r a l g o q u e , p a r a l a s c i r c u n s t a n c i a s , es a d e c u a d o ,
esto es, algo adecuado desde e l p u n t o de v i s t a social y m o r a l .
E n e l h e c h o de h a b l a r de i m a m a n e r a que v e r d a d e r a m e n t e

147
d a r a z o n e s e s t á e n j u e g o , e n t o n c e s , n o sólo d e t e r m i n a r s i
l o a f i r m a d o se p e r c i b e s i m p l e m e n t e c o m o j u s t i f i c a d o , o s i
puede considerárselo apropiado p a r a las circunstancias,
s i n o t a m b i é n s i se dice con e l d e b i d o r e s p e t o p o r l a a u d i e n c i a
a l a q u e se d i r i g e ; p o r eso los h a b l a n t e s n o s o l a m e n t e d e b e n
d e m o s t r a r e n s u d i s c u r s o t e n e r conciencia de s u «lugar», s u
v i n c u l a c i ó n con q u i e n e s los r o d e a n , e l s t a t u s de estos y los
derechos q u e les confiere y los deberes q u e les i m p o n e ; t a m -
bién deben construir, m i e n t r a s h a b l a n , las correspondien-
tes o p o r t u n i d a d e s p a r a q u e se los c u e s t i o n e e n t é r m i n o s de
s u c o n c i e n c i a de l a «posición» q u e o c u p a n , y saber c ó m o r e s -
p o n d e r s i los o t r o s a p r o v e c h a n esas ocasiones.
E n t o n c e s , a c t u a r de i m a m a n e r a e x p l i c a b l e o d a r r a z o -
n e s de n u e s t r a s acciones n o s i g n i f i c a a c o m p a ñ a r l a s con i m a
descripción de s u e s t r u c t u r a , o d a r de a l g ú n m o d o u n a « i m a -
g e n » de e l l a s . N o es v o l v e r a h a c e r l o m i s m o p e r o a h o r a e n
o t r o s t é r m i n o s ; es h a c e r algo m á s a p a r t e de lo y a h e c h o ; es
a g r e g a r u n d e t e r m i n a d o t i p o de especificación m á s d e t a l l a -
d a a n u e s t r a s acciones. M e d i a n t e e l e m p l e o de los p r o c e d i -
m i e n t o s de c o m p r e n s i ó n de q u e d i s p o n e m o s e n n u e s t r a so-
c i e d a d , « d a m o s » o «prestamos» a l a s acciones u n a f o r m a i n -
t e l i g i b l e y legítima; u n a f o r m a q u e m u e s t r a c ó m o h a y q u e
t r a t a r l a s de a c u e r d o c o n l a s e x i g e n c i a s d e l i n s t r u m e n t o de
c o m u n i c a c i ó n v i g e n t e e n n u e s t r a s o c i e d a d . D i c h o de o t r a
m a n e r a : no i m p o r t a cuan vagas, incompletas y abiertas a
l a s i n t e r p r e t a c i o n e s s e a n ( y s i g a n s i e n d o ) , les « p r e s t a m o s »
i m a e x h a u s t i v i d a d i m a g i n a r i a q u e nos p e r m i t e t r a t a r l a s co-
m o acciones de u n t i p o i d e n t i f i c a b l e ; se c o n v i e r t e n e n accio-
n e s a p r o p i a d a s p a r a l a r e p r o d u c c i ó n de u n a f o r m a p a r t i c u -
l a r de v i d a social y de i d e n t i d a d social. Les «damos» u n
carácter, u n carácter i m a g i n a r i o — a propósito d e l c u a l p u e -
d e n e s t a b l e c e r s e m u c h o s hechos c i e r t o s — , q u e e l l a s e n sí
m i s m a s en r e a l i d a d no tienen.

Conclusiones

A l r e v i s a r l a i m p o r t a n c i a de l a c a t e g o r í a de l o i m a g i -
n a r i o , p e r m í t a s e m e c o n s i d e r a r e n p r i m e r l u g a r q u é se e n -
c i e r r a e n e l paso de u n a c i e n c i a psicológica m o d e r n a a u n a
p o s m o d e r n a . E n t r e los m u c h o s c a m b i o s e n c u e s t i ó n , p a -
s a m o s de l a p e r s p e c t i v a d e l espectador d i s t a n c i a d o y v e r i -

148
ñ c a d o r de t e o r í a s , a l a d e l o b s e r v a d o r p a r t i c i p a n t e i n t e -
resado, i n t e r p r e t a t i v o y v e r i f i c a d o r de p r o c e d i m i e n t o s ; de
u n a acción i m i d i r e c c i o n a l , a u n a interacción b i d i r e c c i o n a l ;
i e u n interés e n l a s teorías de los procesos s u b y a c e n t e s , a
un interés e n d a r c u e n t a de l a s prácticas reales de l a v i d a
; Dtidiana. E n v e r d a d , este ú l t i m o paso r e v e l a i m c a m b i o e n
a c o m p r e n s i ó n de l o q u e c o n s i d e r a m o s r a c i o n a l i d a d : h a y
a h o r a u n c r e c i e n t e r e c o n o c i m i e n t o de q u e l a b ú s q u e d a de
r i g o r f o r m a l n o es n e c e s a r i a m e n t e un c a m i n o c o n d u c e n t e a
i a solidez r a c i o n a l ( T o u l m i n , 19826). D e hecho, h o y m u c h o s
sugerirían l a n e c e s i d a d de e l a b o r a r m é t o d o s de i n d a g a c i ó n
que p e r m i t a n j u s t i f i c a r (o d e s a u t o r i z a r ) l a s p r e t e n s i o n e s de
v e r d a d e n e l c u r s o d e l d e s a r r o l l o de u n a investigación ( B a r -
nes, 1 9 8 2 ; B e r n s t e i n , 1 9 8 3 ; B i l l i g , 1 9 8 7 ; N e l s o n y M e g i l l ,
1986; R o r t y , 1980); e n l a c u a l l a s a f i r m a c i o n e s acerca de l o
que «podría ser» sólo p u e d e n defenderse como a f i r m a c i o n e s
sobre lo q u e «es» m e d i a n t e l a d e b i d a inclusión de lo q u e p o -
d r í a d e n o m i n a r s e , como señalé a n t e s , « u n a r e t ó r i c a de l a
realidad», u n a retórica con b a s a m e n t o en las tendencias
a ú n n o r e a l i z a d a s de l a s a c t i v i d a d e s q u e son e l f o n d o a c t u a l
de u n a c u l t u r a : e n s u d o m i n i o de l o i m a g i n a r i o . Y eso es q u i -
zá p a r t e de l o q u e debemos a p r e n d e r e n e l f u t u r o s i q u e r e -
m o s ser t o m a d o s e n serio como i n v e s t i g a d o r e s s o c i a l m e n t e
competentes p o r derecho propio: t e n e r en c u e n t a t a n t o lo
parcialmente real cuanto lo y a real.
Pero n u e s t r a s conclusiones deben p e n e t r a r aún más
hondo: porque conciernen también a l a actual concepción
o c c i d e n t a l de l a p e r s o n a , y p r e s u m i b l e m e n t e m o d i f i c a r á n
n u e s t r a s a c t i t u d e s respecto de n o s o t r o s m i s m o s e n dos s e n -
t i d o s : t a n t o e n 1) e l m o d o como h a b l a m o s de l a s r a z o n e s de
n u e s t r a s acciones, c u a n t o e n 2) lo r e f e r i d o a n u e s t r a n a t u -
r a l e z a s u p u e s t a m e n t e a u t ó n o m a . 1) A c t u a l m e n t e creemos
q u e ser p e r s o n a consiste e n poseer u n a u n i d a d p s í q u i c a i n -
t e r n a (lo q u e l l a m a m o s n u e s t r o «yo»), de l a q u e s u r g e n t o d a s
n u e s t r a s motivaciones y en cuyo i n t e r i o r p u e d e n h a l l a r s e
t o d a s l a s r a z o n e s de t o d a s n u e s t r a s acciones. S i l o aquí ex-
p u e s t o es e x a c t o , e n t o n c e s e s t a m o s c o l e c t i v a e i r r e m e d i a -
b l e m e n t e e n g a ñ a d o s e n esas creencias. P e r o l o i n c o r r e g i b l e
d e l a u t o e n g a ñ o e n cuestión n o e s t r i b a sólo e n q u e l a f o r m a
de h a b l a r de n o s o t r o s m i s m o s se m a n t e n g a c o l e c t i v a m e n t e ;
s u r g e d e l h e c h o de q u e , a l m a n t e n e r l a , c o n s t r u i m o s — e n
n u e s t r a p s i c o l o g í a a c a d é m i c a — s u s t i t u t o s o dobles i m a g i -

149
n a t i v o s de n o s o t r o s m i s m o s ¡para los cuales esos hechos s o n
c i e r t o s ! P e r o esto s i g n i f i c a q u e m u c h a s de n u e s t r a s f o r m a s
c o r r i e n t e s y de s e n t i d o c o m ú n de e x p l i c a r n u e s t r a s accio-
nes c o t i d i a n a s s o n f a l s a s : m u c h o s de n u e s t r o s m o t i v o s s o n
p r o d u c t o s de n u e s t r a s a c t i v i d a d e s , y n o a l a i n v e r s a . B á s i c a -
m e n t e , d e a c u e r d o c o n e s t a v i s i ó n , así c o m o h a b l a m o s de
G o d o t p o r q u e e s p e r a m o s , y n o de l a espera a c a u s a de Go-
d o t , de i g u a l m o d o h a b l a m o s ( p o r e j e m p l o ) de m o t i v o s p o r -
q u e a c t u a m o s , y n o de l a acción p o r q u e t e n g a m o s m o t i v o s ,
p o r i r r a z o n a b l e q u e e l l o p u e d a sonar. S i b i e n e l h e c h o de q u e
h a b l e m o s de los m o t i v o s p u e d e r e p e r c u t i r sobre l a s a c t i v i -
dades d e s o r d e n a d a s de n u e s t r a v i d a s o c i a l p a r a « p r e s t a r -
les» c i e r t o o r d e n , l a b ú s q u e d a de m o t i v o s es, como t a l , i l u s o -
r i a . Es i m intento por exphcar nuestras actividades autofor-
m a t i v a s e n t é r m i n o s de lo q u e es u n p r o d u c t o de esas m i s -
m a s a c t i v i d a d e s . 2) S i a b a n d o n a m o s ese p r o y e c t o e i n t e n -
t a m o s e n cambio reconocer cómo c o n s t r u i m o s ( j u n t o con
los d e m á s ) los c o n t e x t o s q u e d a n o r i g e n a esas a c t i v i d a d e s
a u t o f o r m a t i v a s , p o d e m o s entonces e s t u d i a r c ó m o c o n s t r u i -
m o s s o c i a l m e n t e n u e s t r o yo. P e r o cabe e s p e r a r q u e como r e -
s u l t a d o de ello l a a c t u a l visión o c c i d e n t a l de l a p e r s o n a co-
m o p o s e e d o r a de \ma u n i d a d psíquica i n t e r n a se t r a n s f o r m e
e n u n a c o n c e p c i ó n m á s p l u r a l i s t a , u n a visión q u e reconozca
q u e los «yo» [«/»] e x i s t e n t e s e n «mí» d e b e n e n t r e m e z c l a r s e
i n e v i t a b l e m e n t e c o n los «tú» de m u c h o s «otros».

P o r c i e r t o , e n ese s e n t i d o v a l e l a p e n a s u b r a y a r q u e e n
n u e s t r a s c o m p l e j a s sociedades ( p o s ) m o d e r n a s se h a e m p e -
zado a d e c i r q u e sus m i e m b r o s son y se v i n c u l a n e n t r e sí e n
l o q u e p o d r í a m o s l l a m a r t é r m i n o s relaciónales o e n t é r m i -
n o s de d i f e r e n c i a s s i m i l a r e s , y n o sólo de d i f e r e n c i a s o sólo
de s i m i l i t u d e s . A s í , e n los E s t a d o s U n i d o s , e n l u g a r de h a -
b l a r sólo de blancos y n e g r o s , h o y e m p e z a m o s a h a b l a r de
h i s p a n o n o r t e a m e r i c a n o s , afi-oamericanos, y p r o n t o ( s i n d u -
d a ) d e b e r e m o s h a b l a r de e u r o n o r t e a m e r i c a n o s ; p e r s o n a s
c o n c u l t u r a s d i f e r e n t e s d e n t r o de u n a c u l t u r a c o m ú n ; p e r -
sonas q u e todos los días d e b e n s a l v a r l a s t e n s a s «brechas»
e n t r e «otredades». E n otras palabras, a h o r a queremos (y
n e c e s i t a m o s ) u n a f o r m a de p e n s a r n u e s t r a s c o m u n i d a d e s
q u e nos ofrezca l a p o s i b i l i d a d de i m a g i n a r ( y f o r m u l a r así
a f i r m a c i o n e s i n t e l i g i b l e s sobre) n u e s t r a s r e l a c i o n e s r e c í -
p r o c a s e n t é r m i n o s de s i m i l i t u d e s (clases); e n t é r m i n o s de
d i f e r e n c i a s (política d e l g é n e r o , e t n i c i d a d , i d e n t i d a d , etc.);

150
q u e n o s p r o p o r c i o n e u n a i n d i v i d u a l i d a d ú n i c a , p e r o nos
p e r m i t a t a m b i é n e n t e n d e r n u e s t r a c o m u n i d a d con t o d a l a
especie h u m a n a , y d i s c u t a los términos y los t e r r i t o r i o s de
cada i m o .
U n a i m a g e n l i t e r a l i z a d a como u n c u a d r o n o lo h a r á . E n
e l p a s a d o h a b l a m o s de L A P O L I T I C A C O M O D L ^ ^ O G O ,
p e r o es u n a i m a g e n q u e n o s i e m p r e nos h a p r e s t a d o u n
b u e n s e r v i c i o , y a q u e f u e i n t e r p r e t a d a t a n t o d e n t r o d e l «tex-
to» d e l i n d i v i d u a l i s m o l i b e r a l como e n l a i m a g e n de l a socie-
d a d c o m o ima E S T R U C T U R A fija de clases o de relaciones
de d o m i n a c i ó n . A l g u n o s , a l a d v e r t i r l o , como l o h e h e c h o yo
aquí, podrían abogar por l a i m a g e n p r o p u e s t a por R o r t y
( 1 9 8 0 ) ( s i g u i e n d o a O a k e s h o t t ) de l a S O C I E D A D C O M O
C O N V E R S A C I O N ; o, s i se e s t i m a q u e esa n o es xma a c t i v i -
dad lo bastante diferenciada, por la S O C I E D A D C O M O
U N A ECOLOGIA DE REGIONES INTERDEPENDIEN-
T E S D E D I F E R E N T E S D I S C U R S O S , incluidas en medio
de esas r e g i o n e s , p o r s u p u e s t o , «zonas de incertidumbre»
c o n s t i t u y e n t e s de l a s o c i e d a d c i v i l de u n a sociedad. Pero,
p a r a r e i t e r a r l o d i c h o a n t e r i o r m e n t e acerca de l a s i m á g e -
nes: s u función es s i e m p r e l a de o r d e n a r , e n c u a d r a r , d i s c i -
p l i n a r o t e m a t i z a r el discurso; c o n t r i b u y e n a p r i v i l e g i a r u n a
v e r s i ó n de l a s cosas p o r e n c i m a de o t r a .
¿ C u á l h a sido, p u e s , el o b j e t i v o de t o d o ese d i s c u r s o s i
o t r o s q u e r r á n c r i t i c a r l o de i n m e d i a t o ? P a r a f o r m a r un l e n -
g u a j e , u n l e n g u a j e práctico, u n a m a n e r a i n f o r m a t i v a e i n s -
t r u c t i v a de h a b l a r , a p t a p a r a las t a r e a s prácticas n o sólo de
comprender cómo comprendemos j u n t o s sino también de
e n t e n d e r c ó m o p o d r í a m o s a c t u a r de ima m a n e r a r e s p o n s a -
b l e y e x p l i c a b l e (que p e r m i t a t o m a m o s e n serio y q u e o t r o s
nos c o n v o q u e n a d a r razones), y s e g u i r c o n s e r v a n d o a l a vez
l a n a t u r a l e z a p a r c i a l m e n t e e s t m c t u r a d a p e r o de todos m o -
dos a b i e r t a de l a v i d a social c o t i d i a n a . Y e n eso r e s i d e l a i m -
p o r t a n c i a de l a categoría de l o i m a g i n a r i o (no r e p r e s e n t a -
b l e ) : a u n q u e p o d r í a h a b e r o t r a s f o r m a s de l o g r a r e l m i s -
m o fin, n o s p e r m i t e a v a n z a r e n n u e s t r o s a r g u m e n t o s s i n
e n t r a m p a m o s de a n t e m a n o e n u n a i m a g e n e n p a r t i c u l a r .
S u s c i t a el esfuerzo i m a g i n a t i v o necesario p a r a i n t e n t a r
c a p t a r l a n a t u r a l e z a de u n m u n d o social e n acción, u n m u n -
do de a c t i v i d a d e s p r o d u c t o r a s de f o r m a s c r e a t i v a s ( f o r m a t i -
v a s ) , u n m u n d o e n conversación o d e n t r o de u n a c o n v e r s a -

151
ción. Y ese es e l o b j e t i v o , s e g ú n lo veo, de c u a l q u i e r i n v e s t i -
g a c i ó n de t i p o p o s m o d e r n o y c o n s t r u c c i o n i s t a s o c i a l q u e
i n t e n t e e x p l i c a r l a n a t u r a l e z a de n u e s t r a v i d a m e n t a l .

152
6. La relatividad lingüística en un mundo
de acontecimientos

«Si le pedimos a A que explique cómo logró tan rápidamente


el acuerdo de B [con respecto a aquello a lo que se refería al
hablar], simplemente nos repetirá, de manera más o menos
detallada o resumida, lo que le dijo a B. No tiene noción del
proceso en juego. El sistema sorprendentemente complejo de
patrones y clasificaciones lingüísticas, queAyB deben tener
en común antes de poder ajustarse uno a otro, es en su totali-
dad trasfondo de ambos».

Whorf, 1956, pág. 211; lo destacado es mío

En este capítulo deseo retomar algunos de los temas ya


examinados en el capítulo anterior, relacionados con la ma-
nera como podríamos hablar de los rasgos sólo parcialmente
formados de las realidades sociales aún en desarrollo en xm
mundo de acontecimientos y actividades, y no de cosas y
sustancias. Pero aquí me propongo hacerlo desde im punto
de vista ligeramente distinto, que permita considerar con
más detalle los diferentes poderes formativos de distintas
maneras de hablar, y la importancia de la tesis de la relati-
vidad lingüística de Whorf (1956) para estas cuestiones. En
efecto, me parece que en el pasado la obra de Whorf fue
erróneamente entendida por lo menos en dos aspectos: a) se
consideró que sólo se relacionaba con lo que los lingüistas
llamarían «sintaxis» y no con la «gramática lógica» de los
wittgensteinianos, y 6) se supuso que estaba relacionada
con patrones de palabras ya dichas y no con el poder «con-
figurador» de las palabras en su articulación.^ En realidad,

1 E n otro lugar de este capítulo presentaré el apoyo textual de estas dos


afirmaciones y explicaré con más amplitud lo que quiero decir.

153
esta lectura errónea de Whorf es de por sí (a mi modo de ver)
un ejemplo apropiado del funcionamiento del principio mis-
mo de la relatividad lingüística. Podemos verlo (quizá) si
consideramos la manera como el propio Whorf presenta su
naturaleza a im público no especializado. Comienza por alu-
dir a los cambios revolucionarios ocurridos en el mimdo de
la ciencia y las nuevas formas de pensar que han producido,
y luego dice:

«Digo nuevas formas de PENSAR los hechos,^ pero un


enunciado más preciso sería decir "nuevas formas de HA-
BLAR de los hechos". Lo central para el progreso científico
es este USO DEL LENGUAJE SOBRE LOS DATOS. Por
supuesto, tenemos que librarnos de la vaga insinuación de
inferioridad ligada a la palabra "habla", como ocurre en el
giro "sólo habla"; esa falsa oposición que al mundo de habla
inglesa le gusta imaginar entre habla y acción» (Whorf,
1956, pág. 220).

De hecho, vale para Whorf lo mismo que para Austin (1962):


con las palabras podemos (activamente) hacer cosas. Es eso
lo que parece haberse pasado por alto en anteriores lecturas
(y charlas) de Whorf. Y será mediante una consideración de
la función formativa del habla (que detallaré más adelante)
como podremos «ver» (para emplear una metáfora inade-
cuada) su obra bajo ima nueva luz.
En este sentido, si nos referimos a tiempos más recien-
tes y citíunos la afirmación de Rorty en Phüosophy and the
Mirror ofthe Nature (1980, pág. 12), según la cual «lo que
determina la mayor parte de nuestras convicciones filosófi-
cas son imágenes y no proposiciones, metáforas y no enim-
ciados», podemos considerarla también como imaversión de
la relatividad lingüística. Rorty sugiere que, tradicional-
mente, nuestro discurso filosófico acerca de la mente y el
lenguaje ha estado modelado por toda una serie de metáfo-
ras visuales o especulares, y son ellas, y no la naturaleza de
nuestras actividades mentales mismas, las que determina-
ron las formas y las dimensiones de lo que nos parece impor-
tante debatir en nuestras investigaciones filosóficas. En es-

^ E r a característico de Whorf escribir en mayúsculas las palabras que


deseaba destacar de manera especial.

154
tas, «la imagen que mantiene cautiva a la filosofía tradicio-
nal es la de la mente como un gran espejo que contiene di-
versas representaciones —algunas precisas, otras no— y
susceptible de ser estudiado con métodos puros, no empíri-
cos. Sin la idea de la mente como espejo, no se habría suge-
rido la del conocimiento como exactitud de la representa-
ción» (Rorty, 1980, pág. 12). Si queremos cambiar nuestras
«visiones» (SÍC) [views] filosóficas del mimdo, «tenemos que
excluir por completo de nuestro discurso las metáforas vi-
suales, y en particular las especulares» (Rorty, 1980, pág.
371). Pues, según lo ve (lo dice) Rorty —^y por mi parte tam-
bién lo he sostenido, especialmente en el capítulo preceden-
te—, el progreso intelectual no se trata sólo de ganar la dis-
cusión, sino de cambiar el temario de la argumentación,
cambiando las metáforas y el léxico en cuyos términos se
desarrolla la discusión académica e intelectual (Rorty,
1989). Y es precisamente ese, desde luego, mi objetivo aquí.
Me propongo ahora, al igual que en los capítulos anterio-
res, considerar las implicaciones de tma concepción del len-
guaje según la cual este no es primariamente un expediente
para «figurar», «pintar» o «reflejar» (con fidelidad o sin ella)
una realidad ya existente con independencia de él, sino, an-
te todo, un recurso formativo para ser empleado por la gente
en la coordinación de sus acciones individuales (Mills, 1940;
Wittgenstein, 1953). Por tanto, también aquí debemos «ver»
(o decir)^ que, en vez de representar meramente la «reali-
dad», el habla y la escritura «dan» o «prestan» una forma o
una estructura a un estado de cosas, una situación o una
circunstancia aptos para tener circulación, por así decirlo,
en el modo de vida en que se usa el lenguaje. En otras pa-
labras: algo que sólo en parte está especificado y que, por
tanto, es susceptible de mayor especificación, recibe esta úl-
tima lingüísticamente, pero sólo de acuerdo con exigencias
comunicativas, esto es, sólo de una manera que promue-
ve, como dice Mills (1940), «la coordinación de una acción di-
versa» o, en términos de Wittgenstein (1953), la «perseve-

3 E s esta la última vez que señalaré deliberadamente la importancia


que reviste aquí nuestro vocabulario. Pues no puedo depurar del todo mi
escritura de las metáforas visuales; si lo hiciera, aquella resultaría más
tortuosa, singular y polifónica (quiere decir, plagada de salvedades y «rec-
tificaciones») de lo que y a es. Pero, de todas maneras, los lectores deberán
estar atentos para advertir su ubicua presencia.

155
rancia» en el mantenimiento de determinada «forma de vi-
da». Por consiguiente, nuestras formas de hablar y de es-
cribir contribuyen prácticamente a formular los tópicos de
nuestro discurso y darles una estructura adecuada a nues-
tra forma de vida de la que, de lo contrario, carecerían en sí
mismos.

Gramática oculta, invisibilidad racional e


ilusiones del discurso

Una visión semejante del funcionamiento lingüístico


—según la cual el habla y la escritura no actúan mediante
el uso de códigos ya establecidos para representar simple-
mente la «realidad», sino que son constantemente procesos
creativos o formativos en los cuales construimos la situa-
ción o el contexto de nuestra comunicación cuando nos co-
municamos— es para nosotros, repitámoslo, absolutamen-
te revolucionaria. Como observa Harris (1980, 1981), pone
en tela de juicio uno de los grandes mitos de nuestro tiempo,
un mito que desde la Antigüedad ha sido parte de una u otra
forma de la tradición occidental. En ese mito se supone que
las palabras simbolizan cosas que o están «ahí afuera», en el
mundo exterior al usuario del lenguaje (en lo que Harris
llama la versión «reocéntrica» del «sustitutivismo»), o (en su
versión «psicocéntrica») situadas «internamente», «en la
mente» de ese usuario. Y lo que me propongo hacer en el
presente capítulo mediante un examen de la obra de Whorf
(1956) sobre las lenguas de los indígenas norteamericanos,
es ilustrar cómo sería no pensar o hablar de nosotros mis-
mos de esa manera. Para demostrar que una manera muy
distinta de hablar de nosotros —en términos de aconteci-
mientos (o, como dice Whorf, «acontecer»)— podría llevar-
nos a experimentamos de un modo muy diferente. Antes de
esa tarea, deseo hacer cuatro cosas.
La primera es intentar aclarar que cuando Whorf habla-
ba de categorías gramaticales, no siempre aludía a lo que
los lingüistas llaman hoy «sintaxis», esto es, patrones re-
conocibles de palabras ya dichas; antes bien, con frecuencia
se refería a algo muy distinto. Distinguía entre categorías
gramaticales que llamaba «manifiestas» y «ocultas» —y

156
también FENOTIPOS y CRIPTOTIPOS—, en la forma que
explicamos a continuación. Las categorías gramaticales
manifiestas o fenotipos están marcadas sintácticamente de
alguna manera explícita y formal dentro de la fi-ase en la
cual aparecen, donde su naturaleza formal está determina-
da por el lugar que ocupan en la organización formal de esa
fi:ase. Las categorías ocultas, o criptotipos, son muy diferen-
tes. «La pertenencia de la palabra a una clase recién es ma-
nifiesta cuando se trata de su uso (. . .) descubrimos enton-
ces que esa palabra pertenece a una clase de palabras que
exige algún tipo de tratamiento distintivo (.. .) Podemos lla-
mar REACTANCIA de la categoría a ese tratamiento dis-
tintivo» (1956, pág. 89). Denominaba CRIPTOTIPO a esa
categoría porque, como categorías «ocultas», «pasan fácil-
mente inadvertidas y pueden ser difi'ciles de definir y, pese
a eso, tener ima profunda influencia en el comportamiento
lingüístico» (1956, pág. 92). Por ejemplo, «los nombres de
países y de ciudades forman en inglés un criptotipo con la
reactancia de que no se hace referencia a ellos mediante
pronombres personales como términos de las proposiciones
"in", "ai", "to" y "from". Podemos decir: 'Ilive in Boston" ["Vi-
vo en Boston"], pero no "That's Boston: I Uve in it" ["Esa es
Boston. Vivo en ella"]» (1956, pág. 92). En lugar de «in it» o
«at it» [«en ella»], decimos «here» o «there» [«aquí» o «allí»]. A
mi juicio, a eso consideraría Wittgenstein un aspecto de la
gramática «lógica». Y cuando expresa «la gramática nos dice
qué tipo de objeto es una cosa» (1953, n° 373), mediante el
examen de la reactancia relacionada con lo que decimos de
«ello» [«it»] podemos entender qué es ese «ello» para noso-
tros. Esto forma parte del método de Wittgenstein de hacer
filosofía (véase el capítulo 3). Y ese es el motivo de mi ante-
rior afirmación: que la interpretación según la cual Whorf
habla de gramática en sentido meramente sintáctico es
errónea. La reactancia causada por el empleo de una pala-
bra sólo se manifiesta en el contexto de su uso, en su articu-
lación.
Segundo: a partir de todo esto, la concepción del lenguaje
que ya he expuesto en este libro representa nuestras for-
mas «básicas» de hablar en tanto operan «instructivamen-
te» —en su articulación— para invocar o provocar en noso-
tros, como oyentes y lectores responsables pertenecientes a
una determinada sociedad, un proceso creativo en el cual

157
determinamos qué nos resulta «racionalmente visible» de
manera oficial (Garfinkel, 1967). Su reactancia es tal que
sugiere que hablamos de una cosa de este tipo y no de aquel.
En otras palabras, nuestras «prácticas explicativas» tienen
la fimción de «instruirnos» acerca del modo de «ver» que un
flujo de actividad, de otro modo indeterminado, posee una
forma de tal y no de cual tipo (una forma que, de lo contra-
rio, no tendría de por sí). Nuestra «visión» es «in-formada»
por los términos del discurso dominante del día. Pero vale la
pena señalar, antes de seguir adelante, que por igual razón
esas mismísimas prácticas explicativas oficiales contribui-
rán a hacer que otros aspectos de lo que acontece nos resul-
ten «racionalmente invisibles».
Precisemos un poco las cosas: en nuestra vida cotidiana,
según ya hemos dicho, nos hallamos insertos en un orden
social que, moralmente, debemos reproducir de manera
continua en todas las actividades mundanas realizadas des-
de el «lugar», la «posición» o el status que ocupamos en él.
Por tanto, debemos dar razón de todas nuestras experien-
cias en términos inteligibles y legítimos dentro de ese orden;
además, en la actualidad vivimos en un orden social que es,
oficialmente, individualista y cientificista. Todo lo que ocu-
rre debe comprenderse según sus términos. Esa es la razón
por la cual hemos centrado tanto la atención en el individuo
aislado considerado desde el punto de vista de un observa-
dor no comprometido. E, irónicamente, al entender el mim-
do de esa manera se convierten en «racionalmente invisi-
bles» para nosotros los procedimientos de comprensión de
que disponemos en los órdenes sociales donde fuimos socia-
lizados. Como he señalado, se trata de procedimientos origi-
nados en la historia de nuestra cultura y en cuyos términos,
como lo mostraron Garfinkel y los etnometodólogos, percibi-
mos como «racionalmente visible» el flujo de actividad que
nos rodea. Sin embargo, no los vemos como procedimientos
aplicados por nosotros mismos —como lo ilustra la cita de
Whorf que sirve de epígrafe a este capítulo—, sino de otra
manera, a saber, como el funcionamiento de mecanismos
cognitivos «en» los individuos; estructuras con su propia
dinámica, que determina el comportamiento observado de
la gente. En estos términos, igualmente, el lenguaje no se
muestra con el carácter de una actividad formativa, sino co-
mo una suerte de cálculo lógico en los individuos; en efecto.

158
desde esa perspectiva es imposible «ver» el lenguaje como
formativo. Según esa forma de ver, la comunicación es senci-
llamente el hecho de que A, con lo que dice, habla con B (le
transmite información). Por cierto, otro aspecto de la ce-
guera racional que inducen en nosotros las actuales modali-
dades individualistas de explicación, es nuestra incapaci-
dad de atribuir suficiente importancia en la vida al pimto de
vista de la segunda persona, al «tú», al pimto de vista «com-
prometido» o «participativo» desde el cual se perciben y se
comprenden como tales unos significados que se consideran
pertenecientes al «yo» [i]; esto es, desde el interior de la si-
tuación que contiene a ambos, la situación «fuera» de la cual
están las terceras personas de los observadores externos.
Sólo los oyentes de segunda persona tienen el derecho de es-
perar que los hablantes de primera persona sean como ellos
mismos se presentan (Goffman, IQSQ).** Así pues, a diferen-
cia de las terceras personas extemas, ellos proporcionan a
los hablantes un contexto de posibilidades y coacciones en el
cual deben actuar a fin de que los oyentes asuman moral-
mente el deber de atender sólo lo que los hablantes preten-
den que atiendan.
Tercero: i m fenómeno acaso más importante, y segura-
mente más enigmático, según hemos visto ya en cierta me-
dida, son las entidades imaginarias de cuya existencia nos
convencen nuestras formas de hablar. Se trata de ilusiones
surgidas del hecho de retroyectar en los fenómenos que nos
interesan nuestros métodos de representarlos, de manera
tal que nos parece sencillamente que estamos «reflejando»
en nuestras representaciones la estmctura de la realidad.
Como dice CJoodman (1972, pág. 24), esa tendencia nos lleva
a «considerar erróneamente los rasgos del discurso como
rasgos del tema del discurso». He examinado ya en el capí-
tulo 5 algimos aspectos de este problema, pero quisiera aquí
llevar algo más adelante ese examen.
Considérense los siguientes ejemplos: a) hablamos de la
comprensión como si fiiera un «proceso mental», nos pre-
guntamos qué ocurre en nuestra cabeza que nos permite

* Goffman dice que el contexto de la presentación de sí mismo tiene una


naturaleza moral en cuanto implica distintos derechos y deberes para los
hablantes y los oyentes.

159
hacerlo y emprendemos el intento de descubrir su naturale-
za. «Pero», dice Wittgenstein (1981, n" 446):

«no piense en absoluto en la comprensión como un "proceso


mental". Porque esa es la forma de hablar que lo confunde.
Pregúntese, antes bien, en qué caso, en qué circunstancias
decimos "Ahora podemos seguir" (. . .) Es esa forma de ha-
blar [en términos de «procesos mentales»] lo que nos impide
ver los hechos sin prejuicios (...) Así es como puede ocurrir
que el medio de representación produzca algo imaginario.
No pensemos, pues, que tenemos que hallar im proceso men-
tal específico porque esté el verbo "comprender" y digamos:
"Comprender" es una actividad de la mente».

La idea de que debe haber un proceso en nuestra cabeza no


surge de lo que sabemos de nuestros procesos mentales in-
ternos, sino de la influencia que ejercen en nosotros nues-
tras propias formas de hablar.
Otra ilusión obvia es a) la sensación de que cada «cosa»
debe tener ima estructura fundamental, subyacente y sis-
temática, susceptible de una única descripción lógica: la
verdadera descripción de lo que la cosa «es». Pero, ¿hay
siempre ima estructura semejante susceptible de describir-
se? Goodman (1972, págs. 30-1), al discutir «la forma de ser
del mundo», sostiene que no:

«Hay muchas descripciones diferentes del mundo, igual-


mente verdaderas (...) ninguna de esas descripciones dife-
rentes es excluyentemente verdadera, puesto que también
las otras son verdaderas. Ninguna de ellas nos dice la forma
de ser del mundo, sino que cada ima nos habla de una de sus
formas de ser».

Puesto que no todo es una cosa objetiva y absolutamente


terminada; hay muchas «cosas» incompletas y en trance de
convertirse en algo diferente de lo que eran cuando las ob-
servamos por última vez: incluido el mundo. Y lo que Good-
man dice de este, Wittgenstein (1980, n° 257) lo dice de las
cosas en general:

«La mera descripción es muy difícil porque creemos que


para entender los hechos hay que completarlos. Es como si

160
viéramos mía pantalla con manchas de color dispersas y di-
jéramos: tal como están, son ininteligibles; sólo cobran sen-
tido si las integramos en una forma. Mientras que yo quiero
decir: Este es el todo. (Si lo completamos, lo falsificamos.)».

De tal modo, como lo señalé antes, la naturaleza misma de


nuestras circunstancias hace que sólo puedan pormenori-
zarse en parte y no tengan ima especificación definitiva en
lo concerniente a su estructura real.
Cuarto: no obstante, como proceso incompleto, la activi-
dad práctica sigue estando expuesta a, o puede asumir o
recibir, una mayor especificación. Parecería «invitar» a que
la completaran de una u otra forma; y, según lo sugieren
Goodman y Wittgenstein, eso es lo que suele ocurrir en
nuestros intentos de describirla: describimos un proceso in-
completo por su supuesto producto final. William James
(1890, pág. 196) caracteriza esa tendencia como «la falacia
del psicólogo»:

<<La gran asechanza del psicólogo es la confusión de su pun-


to de vista con el del hecho mental acerca del cual informa
(.. .) Tanto aquel como su objeto son objetos para él. Ahora
bien, cuando se trata de un estado cognitivo (. . .) por lo co-
mún no tiene otra forma de denominarlo sino como el pen-
samiento, el percepto, etc., de ese objeto. El mismo, entre-
tanto, al conocer dicho objeto a su manera, cae fácilmente en
el supuesto de que el pensamiento, que es pensamiento de
eso, conoce eso de la misma manera que él, aunque con mu-
cha frecuencia las cosas distan de ser así. De esa manera se
han introducido en nuestra ciencia los rompecabezas más
ficticios».

Y este es el punto que deseo destacar aquí: si no somos sen-


sibles a la manera como nuestros modos de hablar forman y
modelan los tópicos de nuestro discurso, a menudo investi-
garemos ficciones fabricadas por nosotros mismos sin reco-
nocerlas como tales. Los psicólogos intentan descubrir de
qué modo percibirían las personas el mundo si este fuera co-
mo ellas lo pintan: como si estuviera lleno de «cosas» y de
«sustancias». Pero ¿lo está? En un intento por dar respues-
ta a esa pregunta, me propongo ahora un examen de los es-
critos de Whorf (1956), en particular lo que dice sobre un

161
mundo muy diferente del nuestro: el mundo de aconte-
cimientos o «acontecer» de los hopi.

Las metáforas de las que vivimos (los


anglohablantes)

En su capítulo sobre «la relación del pensamiento y el


comportamiento habituales con el lenguaje», Whorf (1956,
pág. 138) examina dos cuestiones: 1) ¿Son nuestros concep-
tos de «tiempo», «espacio» y «materia» dados por la experien-
cia a todos los hombres y a todas las mujeres esencialmente
de la misma forma, o están condicionados en parte por la es-
tructura de los lenguajes particulares? 2) ¿Existen afinida-
des rastreables entre a) normas culturales y de comporta-
miento, y b) patrones lingüísticos de gran escala? A ambas
preguntas, Whorf responde «sí». Permítaseme considerar
en primer lugar lo que señala respecto del empleo de sus-
tantivos y de giros nominales cuando se habla de cosas en
general.
El mimdo de la lengua europea común media^ es, según
afirma Whorf, un mundo de materia o sustancias, de cosas,
concebidas en general como «material». Tenemos dos tipos
de sustantivos para hablar de ese material: los individua-
les (contables) y los masivos. Los primeros se emplean para
hablar de cuerpos con contornos definidos: «un árbol», «ima
vara», «un hombre», «una colina», en tanto los segundos se
usan para denominar entidades continuas y homogéneas
sin límites implícitos. No obstante, como observa Whorf, son
pocas las reahdades naturales que percibimos de esa mane-
ra, esto es, como extensiones no limitadas: «aire, agua, llu-
via, nieve, roca, lodo, pasto y mar» quizá, pero la distinción
está más difundida en el lenguaje que en el aspecto observa-
ble de las cosas. Pues en el contexto de su aparición percibi-
mos la mayoría de esas sustancias como si tuvieran contor-
nos definidos. Pero su contorno puede ser diferente en di-
ferentes contextos. Los sustantivos que designan entidades
masivas tienen que ser objeto de una mayor individualiza-

5 Standard Average European (SAE): Whorf reúne bajo este nombre el


inglés, el francés, el alemán y otras lenguas europeas (1956, pág. 138).

162
ción mediante el uso de recursos lingüísticos complementa-
rios. Esto se hace en parte mediante sustantivos que desig-
nan tipos de cuerpo: «palo de madera», «prenda de vestir»,
«hoja de cristal», etc., pero también con los que designan
recipientes: «vaso de agua», «bolsa de harina», etc. Estas
fórmulas, muy comunes, que aluden al recipiente, en las
cuales la preposición «de» tiene un significado obvio y vi-
sualmente perceptible («contiene»), influyen en nuestra
percepción de las fórmulas menos evidentes que incluyen la
referencia a i m tipo de cuerpo, dice Whorf: los «palos», las
«prendas» y las «hojas» parecen contener algo, un «mate-
rial», una «sustancia» o una «materia», que de alguna mane-
ra equivalen a «agua», o «harina», etc., en las fórmulas que
aluden al recipiente. Las fórmulas son similares en ambos
casos: elemento amorfo más forma. Nuestras maneras de
hablar son tales que nos exigen hablar de muchas cosas en
términos de esas estructuras binarias; esa es la única ma-
nera de «darles» o de «prestarles» carácter inteligible. Por
eso, dice Whorf, a los hablantes de las lenguas europeas, las
ideas filosóficas de «sustancia» y de «materia» les resultan
inmediatamente aceptables como cosa de sentido común;
representan en general las formas en que ya hablamos en
particular «acerca de nuestra realidad».
El poder de la analogía lingüística en la creación de enti-
dades imaginarias no es en ninguna parte tan evidente co-
mo en la creación, entre las materias y sustancias de nues-
tro imiverso, de la materia informe que llamamos «tiempo».
Términos como «septiembre», «mañana», «mediodía» y «oca-
so» son, entre nosotros, sustantivos, y su diferencia lingüís-
tica formal respecto de los demás sustantivos es escasa, dice
Whorf. Para nosotros, cuando los usamos, esos sustantivos
periódicos parecen referirse a cierta «cosa». Al construirlos
—y hablar de «un momento del tiempo», «un segundo de
tiempo», «un año de tiempo», etc.— aplicamos la misma fór-
mula lingüística de elemento amorfo más forma. Imagina-
mos que, así como «una botella» contiene una cantidad de
líquido, de igual modo «un verano» realmente contiene una
cantidad de tiempo, enmarcada por los límites del «inicio»
y el «fin» (que producen en nosotros \ma gran confusión en
lo concerniente a cuándo se producen exactamente). Pero
en hopi, todos esos términos periódicos como «mañana»,
«invierno», etc., no son sustantivos en absoluto sino, dice

163
Whorf, lina especie de adverbio. Y estos «temporales» tam-
poco se usan jamás como sustantivos, ya sea como sujetos o
como objetos. Por tanto, ellos no dirían, como nosotros, «a la
mañana» sino «al mañan-ear». En realidad, según señala
Whorf, el hopi es una lengua sin tiempo en el sentido de que
en ella no se reconocen como rasgos del paso del tiempo los
mismos elementos que nosotros creemos preciso reconocer
explícitamente como tales. Tampoco hay una «cosificación»
del tiempo como región, extensión o cantidad; nada se su-
giere de él en hopi, dice Whorf, aparte de su «demorarse» o
«hacerse tarde».
Más recientemente, Lakoff y Johnson (1980) hicieron
muchas observaciones similares a las de Whorf respecto de
nuestras formas de hablar en inglés; exploraron, como ellos
dicen, «las metáforas de las que vivimos». Discuten también
las metáforas de recipientes y asimismo las que denominan
metáforas de orientación (como la que sugiere que la con-
ciencia está ARRIBA, y el inconsciente, ABAJO), las estruc-
turales (EL TIEMPO ES ORO, «no gaste tiempo») y las on-
tológicas (LA MENTE ES UNA MAQUINA, «hoy no me
funciona la cabeza»). Al analizar el tiempo, observan que la
metáfora fundamental utihzada es EL TIEMPO NOS PA-
SA; esta, a su vez, da lugar a las dos subclases del TIEMPO
COMO OBJETO QUE SE MUEVE y la de NUESTRO MO-
VIMIENTO A TRAVES DEL TIEMPO, de modo que no es
incoherente decir simultáneamente «en las semanas si-
guientes. . .» y «en las semanas que tenemos por delan-
te. . .», cosas que en principio parecerían contradictorias,
puesto que implican que el futuro está al mismo tiempo
detrás de y frente a nosotros. Como la obra de Whorf, el tra-
bajo de estos autores demuestra la naturaleza irremedia-
blemente metafórica de nuestras formas de hablar.
La esencia de la metáfora es, dicen (1980, pág. 5), «en-
tender una cosa en términos de otra» (las bastardillas son
mías). Pero esta afirmación puede entenderse tanto en sen-
tido superficial cuanto en sentido profundo. En una inter-
pretación superficial, puede entenderse que significa sólo
un traslado o im desplazamiento de las palabras de im con-
texto de uso supuestamente literal a un contexto metafó-
rico: xma forma de palabras que ya tiene sentido en un con-
texto se usa para que tenga un tipo similar de sentido en
otro. Pero Lakoff y Johnson afirman algo más profundo

164
cuando dicen que «la metáfora es ubicua en la vida cotidia-
na. Nuestro sistema conceptual corriente, según el cual
pensamos y actuamos, es de naturaleza fundamentalmen-
te metafórica» (1980, pág. 3). En otras palabras, siempre
damos o prestamos al flujo de actividad en el cual estamos
envueltos —que en otras circunstancias sería absolutamen-
te indiferenciado— una forma lingüísticamente inteligible,
que nos permite percibirlo como «explicable», esto es, como
una organización de «acontecimientos tópicos». En este sen-
tido más profundo, pues, aim cuando puedan existir usos
lingüísticos que podrían caracterizarse como canónicos o
paradigmáticos, no hay usos literales, si por «hablar literal-
mente» se entiende describir lo que existe con independen-
cia de la función modeladora del lenguaje.

Formas metonímicas de habla


¿Ocurre lo mismo en la lengua hopi? No del todo, afirma
Whorf Si bien está repleta, por cierto, de figuras de discur-
so, la lengua de los hopi tampoco necesita analogías que
sirvan de base para construir un concepto de la existencia
como ima dualidad de materia informe más cosas con forma
(esto es, cuerpo y cuasi cuerpos hechos de las sustancias
básicas del mundo, consistentes en ellas o que las conten-
gan). El carácter general del cosmos hopi está señalado por
el uso de formas verbales o predicativas (si es correcto em-
plear aquí el término «verbo» para examinar una lengua
que no es la propia), no por sustantivos o giros nominales.
«El microcosmos hopi», dice Whorf (1956), «parece haber
analizado la realidad en gran medida en términos de
ACONTECIMIENTOS (o, mejor, de "acontecer")», tras lo
cual describe las diversas naturalezas del «acontecer» de los
acontecimientos:

«los acontecimientos se consideran expresión de factores in-


visibles de intensidad, de los cuales depende su estabilidad
y su persistencia o su fugacidad y sus propensiones. Ello im-
plica que no todos los existentes "devienen de imo a otro mo-
mento", de la misma forma, sino que algunos lo hacen cre-
ciendo, como las plantas, algunos por difusión y disipación,

165
otros por una sucesión de metamorfosis, mientras otros per-
sisten en una forma hasta que fuerzas violentas los afectan.
En la naturaleza de cada existente capaz de manifestarse
como un todo definido está el poder de su modo propio de du-
ración: su crecimiento, su declinación, su estabilidad, su ca-
rácter cíclico o su creatividad. Todo está, pues, ya "prepara-
do", por la manera como hoy manifiesta fases anteriores y
por lo que será más tarde, ha sido en parte y es parcialmen-
te en el acto de "prepararse" de ese modo» (1956, pág. 147).

En tanto la «planificación del futuro» es una de las activi-


dades más importantes de nuestra forma de vida, y a cuya
concreción supuestamente contribuye la ciencia, para los
hopi, según dice Whorf, lo es la «preparación». Pero la pre-
paración hopi es muy diferente de nuestra planificación.
Las dos incluyen el pensamiento. Pero nuestra forma de ha-
blar de este lo relaciona con nuestra construcción o formu-
lación —como resultado de i m análisis de medios y fines, y
de causas y efectos— de im plan (o de ima teoría o de un con-
junto de principios, etc.), que luego debemos «poner en prác-
tica» de una manera misteriosa. En nuestro caso, el miste-
rioso hiato entre teoría y práctica se suscita porque, dadas
nuestras formas de hablar, la «materia» sólo cambia y se
modela si otra materia produce un efecto directo en ella, y
nos resulta bastante antinatural concebir el pensamien-
to como ubicuo y capaz de afectar directamente, de algún
modo, el mundo que nos rodea. Sin embargo, ¡lo antinatural
para el hopi es la idea de que no lo haga! Así como nuestro
pensamiento se desenvuelve en un espacio imaginario
—«en nuestra mente», decimos, «en algún sitio íntimo den-
tro de nosotros», ya sea «en la parte anterior o en la parte
posterior de nuestro cerebro»—, el mundo hopi carece de un
espacio de esas características. Como observa Whorf, el
corolario de ello es que los pensamientos y los sentimientos
relacionados con el «acontecer» en el mundo están situados
allí, en el mundo externo en el cual ese acontecer se produ-
ce, como una parte natural del todo con el que están entrela-
zados.
Los hopi tratan, pues, los pensamientos y los sentimien-
tos como si de algún modo se hallasen directamente rela-
cionados con los acontecimientos del mimdo: si lo que uno
piensa —sobre la salud y el crecimiento de determinados

166
vegetales, por ejemplo— es bueno, también lo será para las
plantas; lo contrario ocurrirá si es malo. Pero el tipo de pen-
samiento aludido aquí no es el pensamiento «teórico», la
formulación preliminar de posibilidades en un espacio ima-
ginario, sino el pensamiento «práctico», la invocación de la
imaginería adecuada, el pensarse «dentro» del contexto de
las actividades prácticas posiblemente necesarias, la rea-
lización de los «experimentos de reflexión» apropiados, el in-
tento de acrecentar la propia conciencia de lo que realmen-
te «es», la supresión de metas irrelevantes para la tarea en
cuestión, y así sucesivamente. Esta especie de poder del
pensamiento es, dice Whorf, la fuerza que está detrás de las
ceremonias, el bastón de la oración, el fiimar ritual, etc. «La
pipa de la oración se considera ima ayuda para "concentrar-
se" (así dice mi informante). Su nombre, na'twanpi, quiere
decir "instrumento de preparación"» (1956, pág. 150). Quie-
nes se reúnen para fumar la pipa antes de las negociaciones
de paz ya están, de hecho, encaminados a medias hacia una
forma de vida más común y cooperativa. Una forma de acti-
vidad como esa —trabajar dentro de una situación presente
y acumular en una parte de ella influencia suficiente para
afectar un aspecto del todo— es, podríamos decir, metoními-
ca: la parte es considerada como representativa o evocativa
del todo. Pero si, como lo da a entender Whorf, en el mundo
hopi todo está en cierto modo en todas partes, entonces es
enteramente razonable sostener que lo realizado en un sec-
tor de un campo de actividades interrelacionadas agita, por
así decirlo, y afecta lo que ocurre en la totalidad. En las for-
mas metonímicas de hablar, una pluma evoca al pájaro y
una pluma de águila, todas las cualidades del águila, de ma-
nera que su posesión da en cierto modo acceso a todas las
cualidades del ave; tal como nosotros, por hablar una len-
gua europea y poseer algunas de las aptitudes lingüísti-
cas indispensables, creemos tener acceso a nuestra lengua
como un todo.

Hablar prácticamente
La importancia que para los hopi tienen las actividades
de preparación es indicativa, como pone de manifiesto

167
Whorf, de su noción atemporal del tiempo. En tanto que no-
sotros espacializamos el tiempo en un sistema de tres di-
mensiones —^pasado, presente y futuro—, ellos emplean un
sistema de sólo dos dimensiones —antes y después— que,
como sugiere Whorf, parece corresponderse mejor con la
sensación de la duración^ tal como se experimenta. Pues la
experiencia consciente, aun para nosotros, no parece con-
tener obviamente un pasado, un presente y un futuro, sino
una unidad compleja: «TODO está en la conciencia, y todo lo
que está en la conciencia ES, y es al mismo tiempo», dice
Whorf (1956, págs. 143-4). No obstante, en la conciencia hay
una distinción entre aquello con lo cual estamos en contacto
inmediato (lo que estamos viendo, escuchando, tocando)
—el «presente»— y lo que no forma parte de nuestras cir-
cimstancias inmediatas. Dentro de esta segunda categoría
es posible distinguir entre lo que podemos recordar —el
«pasado»— y lo que podemos imaginar, presumir, creer o fi-
guramos, el «futuro». Todo esto —aquello con lo cual esta-
mos en contacto, lo que recordamos e imaginamos— está
junto en la conciencia. Pero en tanto nosotros ordenamos
nuestra experiencia consciente hablando de ella en térmi-
nos espaciales, los hopi no emplean tales expedientes de
ordenación; para ellos, el tiempo entra en el esquema ante-
rior al «hacerse más tarde» (o «atardarse») todo jimto. Así
pues, en su caso todo lo que se ha hecho alguna vez, se acu-
mula y se traslada al acontecimiento presente, mientras
que el devenir de este afecta también lo que es. Es, dice
Whorf, como si el regreso del día se experimentase como el
regreso de la misma persona (o gmpo de personas, lo cual es
en cierto sentido práctico), no como «otro día», a la manera
de la aparición de otra persona enteramente distinta.
Todo ello implica que al menos la respuesta a la primera
pregimta planteada por Whorf, esto es, si nuestros concep-
tos de «tiempo», «espacio» y «materia» pertenecen a toda la
humanidad esencialmente de la misma forma, es «no». En

^ «El hopi», dice (1956, pág. 216), «puede ser caracterizado como una len-
gua sin tiempo. Reconoce u n tiempo psicológico, que se parece mucho a la
"duración" de Bergson, pero ese "tiempo" es muy diferente del tiempo ma-
temático, T, usado por nuestros físicos. Entre las propiedades especiales
del tiempo hopi está la de que varía con cada observador, no admite la si-
multaneidad y no tiene dimensiones, esto es, no puede asignársele un nú-
mero mayor que uno [al que se considere dividido en partes numeradas]».

168
cierto sentido, los hopi viven en un espacio y en un tiempo
muy diferentes de los nuestros. Por otra parte, sea lo que
fuere el espacio-tiempo o el tiempo-espacio en que viven, pa-
rece estar surtido de una manera muy diferente de los nues-
tros. Aparentemente está lleno de actividades en las cuales
los hopi (hasta cierto pimto) pueden participar, y no de cosas
exteriores a ellos. Semejante forma de vida nos resulta bas-
tante incomprensible; no podemos asimilarla con facüidad a
ningún esquema de comprensión de sentido común ya cono-
cido y organizado. Por cierto, las dificultades que nos ofrece
se manifiestan, como dice Harris (1980, pág. 18), en nues-
tras modernas teorías del lenguaje, puesto que estas pre-
sentan

«una anatomía reveladora de las dificultades propias de los


intentos de una sociedad esencialmente letrada por concep-
tualizar algo que ha olvidado y no puede recobrar de su pa-
sado cultural: cómo es una forma esencialmente no escrita
de lenguaje».

Pero, de todas maneras, dentro de nuestra propia «reali-


dad» hay enclaves de entendimiento en apariencia muy si-
milares, según lo ilustraré más adelante. Sin embargo, no
caemos en la cuenta de ello. ¿Por qué? Como señala Whorf,
la principal razón reside en que las concepciones filosóficas
características del pensamiento occidental —en especial el
dualismo cartesiano de mente y cuerpo— encuentran un só-
lido apoyo en la dicotomía de la forma más la sustancia (por
cierto, y es un ejemplo oportuno, el dualismo de mente y
cuerpo continúa predominando como siempre lo hizo, en es-
pecial en la investigación sobre la inteligencia artificial). Si
bien filósofos y científicos elaboraron visiones holísticas,
monistas, relativistas y contextualistas de la realidad, simi-
lares a las de los hopi, estas siguen siendo incomprensibles
en la vida cotidiana.
Como ejemplo, podemos considerar por un momento el
destino del intento de Pepper (1942) y de otros (como Ros-
naw y Georgoudi, 1986) de examinar un movimiento psico-
lógico denominado contextualismo. La «metáfora radical»
del contextualismo, dice Pepper (1942, pág. 232), es «el
I acontecimiento histórico», expresión mediante la cual, lo
mismo que en los informes de Whorf acerca de los hopi, el

169
contextualista no alude «fundamentalmente a un hecho
pasado» (si en verdad hay una «cosa» así a la cual referirse).
Alude, dice, a un acontecimiento que está «vivo en su pre-
sente»; es «el acontecimiento en su realidad (...) cuando es-
tá ocurriendo ahora» (1942, pág. 232). Pepper procura a
continuación precisar su significado con más exactitud. Con
todo, podemos percibir en su trabajo la tensión entre su
impresión de que un «acontecimiento» no es una «cosa» y
su necesidad de escribir como si ya hubiera algo (alguna «co-
sa») a lo que su escrito «se refiere». Puesto que si bien al
ejemplificar la metáfora raíz del contextualismo «debería-
mos», dice, «emplear únicamente verbos», él mismo recae
constantemente en el uso de sustantivos y de giros nomina-
les, como «el acontecimiento siempre cambiante», en lugar
de disponerse a decir simplemente, por ejemplo, que sólo le
interesa el «acontecer». ¿Por qué? ¿Siente acaso que esa
nueva manera de hablar no se considerará inteligible den-
tro de las instituciones sociales en las cuales desea ser escu-
chado? Comprobaremos que para Pepper es tan difícil salir
de su lenguaje como desprenderse de su pellejo, y su lengua-
je habla más por él que él por su lenguaje. Por otra parte,
inextricablemente incorporada a la naturaleza de este hay
una determinada metafísica —de cosas y sustancias— que
hace muy difícil la aceptación de una forma de hablar basa-
da en verbos. Dada la dificultad para comprender «de qué»
habla el contextualismo, no resulta sorprendente que por
ahora dé pocos indicios de «prender».
¿Por qué ocurre eso? No porque una visión así sea refuta-
da por los hechos: en realidad, como ahora comprendemos,
no hay manera de que los «hechos» como tales puedan «re-
futar» jamás una forma de hablar, porque esta determina
qué debe «contarse» como hecho. Y tampoco, en oposición a
lo afirmado con fi-ecuencia, porque sea contraintuitiva. Si
bien suele decirse que las nociones newtonianas de espacio,
tiempo y materia son intuitivas, y se menciona la relativi-
dad como un ejemplo de que la investigación matemática
y científica puede demostrar que la intuición es errónea,
¿prueba realmente eso el descubrimiento (¿la invención?) de
Einstein de la teoría de la relatividad? Culpar a la intuición,
dice Whorf, es un error: «el espacio, el tiempo y la materia
newtonianos no son intuiciones. Son», dice, empleando ima
palabra especialmente elegida (1956, pág. 153; las bastardi-

170
lias son mías), «receptos [recepts] de la cultura y el lenguaje.
Es allí donde Newton los recogió». En otras palabras, como
receptos (según la definición del diccionario) son imágenes
mentales sin vna base intelectual. Lo que ellas representan
como algo que está «en» el mundo, está «en» nuestra forma
de representarlo. Surgen de nuestras formas habituales de
hablar, y esa es la razón por la cual —a diferencia del voca-
bulario contextualista de «los acontecimientos en su ocu-
rrencia actual»— fue fácil que se las aceptara nuevamente
en ellas.
Como señala Whorf (1956, pág. 152), si no se debe culpar
a la intuición, la razón por la cual las concepciones relati-
vistas y contextualistas hallan tantos obstáculos para ser
aceptadas radica en que «debe hablarse de ellas en lo que
equivale a un nuevo lenguaje», i m lenguaje que, por así de-
cirlo, parece ir a contrapelo de nuestras formas habituales
de hablar. Exigen, al parecer, un lenguaje de verbos, un
vocabulario de actividades; aparentemente, es preciso ha-
blar en términos de «acontecer», etc., en un intento por al-
canzar xm nuevo tipo de comprensión. Pero, ¿debemos ha-
cerlo? ¿Son realmente inapropiadas nuestras formas habi-
tuales de hablar?
Para Newton, el espacio y el tiempo eran absolutos, exis-
tían independientemente del modo como se hablase de ellos
o se los investigase; no eran hipótesis («hypotheses non
jingo»), n i términos para emplear en la construcción de xm
marco de referencia relativo a los acontecimientos. Dicho de
otra manera, se consideraba que las palabras «espacio» y
«tiempo» denotaban «ellos» [«its»] con una existencia i n -
dependiente de las actividades o de los acontecimientos de-
sarrollados en ellos. Pero, ¿qué ocurre si ahora, junto con
Whorf, consideramos el «espacio» y el «tiempo» como perte-
necientes, por así decirlo, a nosotros y no a nuestro mundo,
y los investigamos juzgándolos incluidos en «formas de ha-
blar» que cumplen la fimción social de coordinar tma acción
diversa?
En los contextos prácticos cotidianos de uso, en vez de
emplear esos términos para representar entidades absolu-
tas y abstractas, solemos decir cosas como: 1) «En nuestra
relación no hay espacio para cosas así»; 2) «Tengo que hacer-
me tiempo para eso»; 3) «El tipo está fuera de órbita [spaced-
out], amigo»; 4) «Tenemos demasiado tiempo a nuestra dis-

171
posición», etc. Dicho de otro modo, empleamos las palabras
«espacio» y «tiempo» para constituir rasgos reales y concre-
tos en y del contexto en el cual las usamos. Mediante su uso
indicamos, quizá (para considerar en el mismo orden los
ejemplos recién propuestos), que 1) determinadas activida-
des darán lugar a sanciones; 2) sufrimos presiones y no
puede esperarse mucho de nosotros, pero de todos modos
intentaremos hacerlo; 3) es una persona desorganizada, en
su conducta hay una falta de coherencia lógica y no cabe
confiar en él; 4) estamos aburridos y no hacemos nada inte-
resante, de manera que estamos dispuestos a aceptar su-
gerencias, etc. No describimos mejor nuestra vida prácti-
ca diciendo que se desarrolla en im espacio tridimensional
de cosas que se desplazan a través de una cuarta dimensión
similar al espacio, el tiempo, sino en i m «espacio-tiempo»
de regiones y momentos «no localizables», que nos propo-
nen diversas incitaciones y prohibiciones, etc., relativas a
nuestra actividad presente.
Nos es difícil, sin embargo, no señalar lugares en algu-
nos puntos del espacio en los cuales creemos situadas las
«cosas» de las que hablamos. Pero, como dice Wittgenstein
(1981, n°s 486 y 497):

«"Siento una gran alegría" —¿Dónde?— Eso parece un sin-


sentido. Y sin embargo decimos: "Siento ima alegre inquie-
tud en el pecho". — Pero ¿por qué no está localizada la ale-
gría? ¿Porque está distribuida a lo largo de todo el cuerpo?
Aun cuando el sentimiento que suscita la alegría esté locali-
zado, la alegría no lo está (...) "¿Dónde siente pesar?". — En
la mente. — ¿Qué tipo de consecuencias extraemos de la
asignación de un lugar? Uno no habla de un lugar corporal
del pesar».

Se nos ocurrirá una respuesta, dice Wittgenstein (1980,1,


n° 129), si nos preguntamos: «Pero, ¿qué incluye aquí la con-
ducta? ¿Sólo el juego de la expresión del rostro y los gestos?
¿O también el entorno, la oportunidad de la expresión?». Di-
cho de otra manera, hablar de lugares no implica una loca-
lización geográfica sino, en realidad, de las circunstancias
que rodean a la expresión. Por ejemplo, si bien podemos de-
cir a alguien: «El amor que siento por t i está en mi corazón»,
no es allí donde debemos buscar la importancia de la afir-

172
mación. En la práctica, sus implicaciones están «en» el con-
texto subsiguiente entre ambas personas, que la afirmación
contribuye a crear Esas circimstancias pueden describirse
de una manera perfectamente inteligible mediante el len-
guaje ordinario habitualmente a nuestro alcance. En otras
palabras, el establecimiento de un lenguaje especial para la
descripción del «acontecer» no es tan necesario como creía
Whorf ¿Qué se necesita, entonces?
Al parecer, solamente el reconocimiento y la restitución
del curso legal, por así decir, de cierta moneda que ya posee-
mos, tanto como el restablecimiento de los derechos de las
personas a acuñar más, como y cuando lo necesiten. Esta-
blecer esas nuevas formas de comprensión es difícil, no por-
que sean contrarias a los hechos, sean contraintuitivas o
exijan una descripción mediante un lenguaje enteramen-
te nuevo, sino porque demandan la reconstrucción de las
prácticas descriptivas oficiales (nuestras formas «básicas»
de hablar) en cuyos términos mantenemos nuestras reali-
dades «oficiales»: nuestras formas oficiales de vida. Porque
son habitualmente estas las que excluyen la consideración
de las formas de hablar en términos de acontecimientos y de
«acontecer».

Teorías y explicaciones
Hemos intentado exponer antes, pues, una explicación
[account] de algo ante lo cual por lo común estamos racio-
nalmente un tanto ciegos, a saber, nuestras propias prácti-
cas explicativas y el papel que en ellas desempeñan las fun-
ciones retórica y tropológlca del lenguaje para dar una for-
ma articulable a sentimientos que de otro modo quedarían
sin formular. Las explicaciones son tales que, en el contex-
to de su enunciación, «se especifican a sí mismas», esto es,
contribuyen a construir o especificar más ese contexto o
marco dentro del cual, y mediante cuyo uso, su enimciación
crea sentido. La esencia retórica de una explicación consis-
te en que, al enunciarse, desempeña la función práctica de
informar o instruir a sus receptores —si estos la aceptan—
acerca del modo como deben comprender las circunstancias
que los rodean. En otras palabras, les informa qué tipo de

173
personas deberían ser. A diferencia de los enunciados teóri-
cos, por lo común no es necesario aclarar significados de las
explicaciones. Su sentido se entiende aun cuando resulten
ser inaceptables para aquellos a quienes se proponen.
Como ya he señalado, llamo «conocimiento del tercer t i -
po» al conocimiento necesario para poder hablar y enten-
der de esta manera autoespecificadora: es i m conocimiento
desde dentro de una situación discursivamente construida,
esto es, desde dentro de un acontecimiento. Como tal, es
una forma de conocimiento cuya naturaleza no es suscepti-
ble de descripción teórica, de modo que admita pruebas en
su apoyo. Incluso el intento de hacerlo resultaría paradó-
jico: puesto que queremos tener una explicación de él en
la práctica, una comprensión contextualizada, desde el in-
terior del contexto de su uso, y suponer la posibilidad de des-
cribir teóricamente su naturaleza equivaldría de todos
modos a suponer que se la puede describir de una manera
no contextual: de ahí mi insistencia en que lo presentado
aquí es una relación de nuestras prácticas explicativas, y no
una teoría de ellas. Así, no se la puede juzgar en cuanto a su
verdad o su falsedad, puesto que su formulación no permite
aducir pruebas en su apoyo; sólo se la puede juzgar desde el
punto de vista práctico, en cuanto a si es instructiva o no lo
es, y si «concuerda con la práctica de la persona que hace la
descripción» (Wittgenstein, 1980,1, n° 548), es decir, «no es
una forma de ver de nuestra parte; es nuestro accionar, que
está en la base del juego del lenguaje» (Wittgenstein, 1969,
n° 204).
Como pocos están dispuestos a admitir la importancia de
la anterior distinción entre teorías y explicaciones, y a me-
nudo sostienen que todo lo que guíe la investigación empí-
rica ha de ser «una teoría», permítaseme formular de mane-
ra más explícita las principales diferencias entre ambas. En
rigor, para poder apoyarse en pruebas, las teorías deben
poseer las siguientes propiedades: ser 1) explícitas; 2) abs-
tractas; 3) discretas; 4) sistemáticas; 5) completas, y 6) por
lo tanto, predictivas. Si bien pocas teorías cumplen esas
condiciones (y muchos sostienen, según he señalado, que in-
sistir en ellas es ser demasiado melindroso respecto de lo
que es una teoría), las explicaciones no pretenden tanto:
1) una explicación no es exphcita, sino abierta a la interpre-
tación; 2) no es abstracta, sino que procede mediante el uso

174
de ejemplos (o paradigmas); 3) sus elementos no son dis-
cretos, sino dependientes de un contexto; 4) no es sistemá-
tica, porque sus elementos deliberadamente no están vincu-
lados entre sí mediante reglas; 5) sus descripciones tampoco
son completas, y 6) aimque modela nuestras expectativas,
no es predictiva en sentido estricto. Sólo se parece al discur-
so teórico en el requisito de ser coherente e inteligible como
una totalidad; no puede basarse en pruebas, porque contri-
buye a dar forma a lo que interpretaremos como tales.
Por consiguiente, que nos propongan ima teoría es muy
distinto de que nos propongan una explicación. Las catego-
rías proporcionadas por una teoría pueden utilizarse para
reorganizar nuestra percepción de los acontecimientos; los
acontecimientos que ya tienen un tipo de sentido pueden
verse como concordantes con otro marco interpretativo, ya
establecido de antemano. Pero el sentido en que escuchamos
o leemos una explicación es muy distinto: si los hechos que
presenta hasta ahora son insatisfactorios en algún aspecto
—esto es, incompletos, contradictorios e incluso enigmáti-
cos—, esperamos hasta conocer otros y los usamos para de-
cidir el sentido de los precedentes. El sentido a descubrir no
está decidido de antemano, antes bien, se descubre o revela
en el curso del intercambio en que se presenta la explica-
ción. Por tanto, n i una teoría n i un modelo darán una ex-
plicación adecuada de lo que algo «es». Pues no debemos
hablar de ello como si realmente fuera alguna otra cosa y
exigiese una descripción inusual en términos teóricos espe-
ciales. Y tampoco debemos decir que es como alguna cosa
diferente que, en otros aspectos, no se le parece realmente
en nada. Puesto que esos dos procedimientos —el empleo de
teorías o de modelos— nos dan únicamente formas parcia-
les o tendenciosas de «verlo» desde el «exterior», un punto de
vista no comprometido con la forma de vida desde cuyo inte-
rior se lo observa. Nuestra tarea —si está en juego la com-
prensión adecuada de algo y no su manipulación eficaz— es
«ver» lo que tenemos delante como «aquello que» realmente
es en la forma de vida en la cual reside su ser
Para dar la explicación de algo, para formular un conoci-
miento práctico de ese algo como un tópico, es preciso reunir
de una manera determinada lo que ya debemos saber para
ser los miembros competentes y autónomos que somos de
nuestra sociedad. Pero para ello no necesitamos recoger

175
pruebas como científicos; como personas supuestamente
competentes desde el punto de vista social, nosotros mismos
podemos ser una fuente de esas pruebas (Cavell, 1969). A
partir del conocimiento que ya poseemos, necesitamos una
descripción de lo que sabemos acerca del tópico en cuestión,
en el sentido corriente de la palabra «descripción»: la mera
relación de tma circimstancia o de un estado de cosas. Algo
que en su enunciación nos «mueve», por así decirlo, de aquí
para allá a lo largo del terreno actual de nuestro conoci-
miento práctico, lo suficiente para tener de él una captación
conceptual: una visión «desde adentro», como la que llega-
mos a obtener del plano de las calles de ima ciudad al vivir
en ella, en lugar de verlo de una vez desde un punto de vista
externo. Es una captación que nos permite «ver» sus distin-
tos aspectos, como si estuvieran dispuestos dentro de un
«paisaje», todos en relación recíproca, desde todos los pun-
tos de vista interiores a él; nos narra un tópico como un sis-
tema de «lugares» comunes, un todo al que da forma un con-
junto de tópicos o de tropos.
Esto es: estados de cosas o procesos en un principio va-
gos, aunque no enteramente faltos de especificación, se es-
pecifican más dentro de un instrumento de comunicación,
de acuerdo con las exigencias de este, que es la reproducción
de los patrones de relación social en los cuales tiene vigen-
cia. Así, los rasgos de lo que representamos en nuestras for-
mas de comunicación están más en estas que en lo que re-
presentamos mediante ellas; la naturaleza básica de nues-
tro lenguaje es formativa o retórica, y no representativa o
referencial. Hemos quedado prisioneros, dice Wittgenstein,
de una imagen, la teoría representacional del lenguaje, que
nos sugería que nuestro lenguaje no estaba destinado tan-
to a la comunicación cuanto a representar en su estructura
la estructura del mundo. He defendido aquí lo opuesto: en
los fenómenos que nos interesan, proyectamos rasgos de
nuestros métodos para representarlos. Nuestra modalidad
explicativa dominante nos sugiere un mundo de entidades
móviles localizables, aislables e individuales, que mantie-
nen entre sí una relación de causa y efecto. El reconocimien-
to del discurso práctico conllevaría el reconocimiento de que
muchos fenómenos psicológicos no son localizables. Por
ejemplo, como señala Wittgenstein (1980,1, n°s 903, 904 y

176
905) respecto de nuestros intentos por centrar la psicología
«en» la «mente» de los individuos:

«¿por qué el sistema debe continuar avanzando hacia el cen-


tro? ¿Por qué no debe proceder este orden, por así decirlo,
del caos? (. . .) Es pues perfectamente posible que determi-
nados fenómenos psicológicos no puedan ser investigados fi-
siológicamente, porquefisiológicamentenada se correspon-
de con ellos (...) ¿Por qué no ha de haber ima regularidad
psicológica a la cual no corresponda ninguna regularidad fi-
siológica? Si esto perturba nuestros conceptos de causali-
dad, entonces es hora de que así sea».

En otras palabras, si fuéramos prácticamente capaces de


aceptar las consecuencias de vivir en un mundo de aconte-
cimientos y no de cosas, entonces nos hallaríamos en efecto
en un mundo que nos sería absolutamente extraño, aun
cuando fuera el de nuestra vida conversacional cotidiana. Y
los «estados mentales», de los cuales hoy decimos que son la
causa de nuestra conducta, aparecerían como una de sus
consecuencias.

Conclusiones
Al igual que Wittgenstein, Whorf nos obliga a ver que el
«ser» fundamental de nuestro mundo no es tan fundamen-
tal como habíamos creído; es posible pensarlo y hablar de él
de otra manera: como un mundo de actividades y aconteci-
mientos, y no de sustancias y cosas. Como también Witt-
genstein, lo hace mediante estudios «gramaticales» que exa-
minan qué armoniza con qué según la percepción de los ha-
blantes nativos; y, sin interesar si su descripción de la gra-
mática hopi es «verdadera» o no, nos permite imaginar, co-
mo una buena obra de ciencia ficción, otras maneras de
comprender nuestras propias formas de vida. Mientras que
por lo común espacializamos el tiempo y hablamos de él co-
mo de una dimensión mensurable, y nos concebimos como
residentes de algún lugar de esa dimensión, «en» un mundo
históricamente cambiante, los hopi (en verdad o sólo en la
versión de Whorf) dinamizan el espacio y hablan de él como
un espacio donde sus pensamientos y sus sentimientos

177
están en un contacto respondiente con las influencias que
actúan en su entorno. Para nosotros, pensamos de esa ma-
nera —como la aguja de ima brújula, que registra de mane-
ra irreflexiva pero fiel los cambios producidos en el campo
magnético que la rodea— va a contrapelo de nuestro propio
pensamiento como agentes de nuestras acciones, pero de
todos modos podemos pensarlo. En el caso de los hopi, según
Whorf, el pensamiento a contrapelo es el opuesto: se pien-
san a sí mismos y sus deseos como separados de lo que ocu-
rre en su mundo. Pero es innegable que también en el mun-
do hopi, tal como en el nuestro, la cuestión tiene dos caras:
se los podría inducir, sin duda, a «pensar» (?) lo opuesto. Pe-
ro repitámoslo: en tanto lo que llamamos nuestro «pensa-
miento» se desenvuelve en un espacio imaginario especial e
intemo —«en nuestra mente», decimos—, el «mundo» hopi
no contiene ningún espacio de esas características. Para
ellos, como para la versión retórico-respondiente del cons-
truccionismo social aquí esbozada, los presuntos «pensa-
mientos» y «sentimientos» de los cuales hablamos como si
estuviesen relacionados con el «acontecer» de nuestro mun-
do deben localizarse allí, en el mundo en que se desarrolla
esa habla: como una parte del todo con el cual están entrela-
zados. Situarlos en la mente es situarlos en algo imaginario
y no en algo real.
Por la misma razón, conviene recordar lo que Whorf dice
del poder retórico-respondiente del lenguaje de crear en no-
sotros una impresión irremediable de la «realidad» en que
vivimos, una «realidad» de la que nuestra «mente» puede
«intuir» algunos aspectos. Lo que llamamos nuestras «intui-
ciones» son receptos de la cultura y del lenguaje. Lo que
nuestras formas de hablar representan como situado «en»
el mundo, está «en» nuestra forma de representarlo. Está
«arraigado» en nuestras formas habituales de hablar —cu-
ya función primaria es la constitución de diferentes formas
de vida— y actúa «evolutivamente» para complementarlas,
especificarlas o articularlas aun más. Pero también vale la
pena advertir que sólo si actuamos hacia afuera, desde el in-
terior de esas «realidades» intralingüísticamente constitui-
das, podemos establecer un contacto inteligible con lo que se
debe a otra cosa que nuestros receptos del lenguaje. Y es es-
ta posibilidad —la de establecer contacto con una otredad
diferente de nosotros— lo que nos salva de quedar entera-

178
mente entrampados en las realidades intralingüísticas de
nuestra propia factura. Pues, como hemos visto en su diálo-
go con quienes las rodean, personas distintas pueden llegar
a entender sus diferencias. Si bien esos diálogos no nos per-
miten un tipo de comprensión instantánea, monológica,
computacional, sí posibilitan el lento desarrollo de ida y
vuelta de una comprensión práctica, discutida pero negocia-
ble. Además, esas discusiones y negociaciones no son del
tipo de «todo vale», aunque tampoco están fundadas en pau-
tas externas, predeterminadas y sistemáticas. Repitámoslo:
están «arraigadas» en contextos conversacionales desarro-
llados y en desarrollo, dentro de los cuales se desenvuelven
las negociaciones prácticas. Así, en una perspectiva dialógi-
ca el problema de la relatividad lingüística toma un carác-
ter distinto, no viciado. Las distintas formas de ser en el
mundo de diferentes pueblos, si bien no son fáciles de rela-
cionar entre sí, no son eternamente inconmensurables.
Esto no significa, sin embargo, que estemos por fin en
condiciones de descubrir la forma última de vida que todos,
como seres humanos, deberíamos vivir. Pues nuestra tarea
en el fiituro consiste tanto en hacer como en descubrir. Cada
vez que nos topamos con xma limitación en nuestra forma
de conocer a los otros (o a nosotros mismos) —como lo hici-
mos al poner de manifiesto nuestro entrampamiento en el
paradigma epistemológico tradicional—, tenemos que in-
tentar identificarla comparando nuestras prácticas de cono-
cimiento con prácticas alternativas, a fin de respetar con
mayor eficacia el ser de los demás (y el de nosotros mismos).
Y este es un proceso que, desde luego, no tiene un fin previ-
sible ni en la teoría ni en la práctica. Pero sólo es posible dis-
tinguir entre lo que se debe y no se debe a nuestro discurso
si captamos la naturaleza del papel que tenemos que cum-
plir en la construcción de nestras realidades intralingüísti-
cas. Y es en su carácter de auxiliar en esa tarea, según creo,
donde estriba el valor de la obra de Whorf

179
Tercera parte. Realidades conversacionales
7. En busca de un pasado: reautoría
terapéutica

«Mire, durante diez años intenté desprenderme del pasado


trasladándolo al papel. En vano, por supuesto; de otro mo-
do, no estaría aquí» [dice Fraser a su psicoanalista].

Fraser, 1984, pág. 186

Tenemos ahora reunidas muchas «herramientas» que


pueden utihzarse para describir los procesos de acción con-
junta mediante los cuales se producen las construcciones o
reconstrucciones sociales. Ahora es momento de mostrar
su aplicación. En este capítulo quiero hablar de la naturale-
za del diálogo «viviente», la naturaleza del proceso en el cual
dos seres humanos únicos, que ocupan sendos lugares o po-
siciones únicas en el mundo, con dos proyectos biográficos
únicos, se reúnen para establecer entre ellos cierto tipo de
contacto, motivados por el hecho de que, a causa de las dife-
rencias que los separan, cada imo de ellos tiene posibilidad
de realizar en el otro lo que a este le falta. Y quiero referirme
aquí a ese proceso en el contexto de la psicoterapia.
En varios artículos recientes, Anderson y Goolishian
(1988,1990,1992) han criticado los enfoques de la teoría de
los sistemas y del constructivismo referidos a la terapia fa-
miliar, por no dar cabida alguna a la experiencia singular de
personas diferentes e ignorar el «punto de vista» del pacien-
te. Estos autores desean abrir un «espacio» para una forma
de conversación dentro del cual pueda escucharse la voz en
primera persona de los pacientes, un espacio en el que a es-
tos les sea posible expresar «quiénes» son, un espacio en el
cual de alguna manera puedan comunicar cómo son y cómo
experimentan su mimdo singularmente perturbado. Por mi
parte, estoy por entero de acuerdo con esa inquietud; a mi

183
juicio, en efecto, el problema práctico y moral fundamental
de la vida no es qué hacer, sino qué ser; y el problema funda-
mental del diálogo psicoterapéutico es cómo podemos ajoi-
dar a otros a remodelar, a recrear, lo que han sido en el pa-
sado, para capacitarlos a hacer frente a lo que podrían ser
en el futuro con esperanzas, y no con temor, terror o deses-
peración . . . Como dijo a Anderson y Groolishian (1992) un
paciente que se quejaba de sus anteriores tratamientos: «Si
ustedes [los profesionales] pudieran haber hablado con "el
yo" que sabía cuan aterrorizado estaba; si [terapeutas como]
ustedes hubieran sido capaces de comprender qué loco de-
bía de estar, y hacerme así lo bastante fuerte para lidiar con
este miedo que es una amenaza para la vida (. . .) entonces
podríamos haber manejado a ese general loco [su delirio]». Y
Anderson y Groolishian juzgan importante tomar en serio
esas afirmaciones.
Así, en vez de interesarse en las acostumbradas virtudes
científicas de la verdad y la exactitud de las «teorías», a es-
tos autores les preocupa saber si su «descripción» es adecua-
da al estado de cosas en cuestión y si han sido lo que Lorrai-
ne Code (1987) llama «epistémicamente responsables» en
sus formulaciones; esto es, si saben lo suficiente sobre las
demás personas para manejar «bien» sus vínculos persona-
les con ellas, de manera tal que puedan juzgar, por ejemplo,
si un entmciado será o no hiriente o alentador para el otro.
Es sencillamente irresponsable desde el pimto de vista epis-
témico sostener de antemano, en virtud de la propia ex-
periencia, que ya conocemos las reglas de los emmciados hi-
rientes o alentadores. De tal modo, Anderson y Goolishian
buscan ima manera de describir los acontecimientos psico-
terapéuticos que respete el ser de sus pacientes, una des-
cripción «en» la cual estos «puedan reconocerse» y sea po-
sible escuchar su «voz».
Ese interés por la adecuación no es, sin embargo, el úni-
co gran cambio de énfasis que debemos hacer al abandonar
las inquietudes puramente científicas en favor de lo que po-
dría caracterizarse sencillamente como la racionalidad co-
rriente. El interés de estos autores en las descripciones an-
tes que en las «teorías» debe ampliarse para abarcar las
«descripciones narrativas». En efecto, si el hecho de vivir la
vida implica una resolución contextual y temporal de fuer-
zas en conflicto, es prácticamente imposible representar la

184
tensión y el movimiento, las «motivaciones» y los «deseos»
que actúan en esos procesos, de acuerdo con un conjimto de
teoremas atempérales derivados de principios abstractos y
sin contexto. Así, en lugar de estructuras teóricas, hay un
recurso a formas narrativizadas, a fin de ver: 1) no sólo si
pueden funcionar como el dispositivo intelectual necesario
para reunir en tma totalidad inteligible e «instructiva» mía
serie de acontecimientos de otro modo inconexos y fragmen-
tarios, 2) sino también —así como la propia «teoría» desem-
peñaba un papel en las teorías sobre nosotros mismos—
para estudiar el papel que nuestro relato podría jugar en los
relatos que nos contamos acerca de nosotros mismos.

Retórica: comunicación sin comprensión


compartida
Anderson y Gk)olishian (1992) entienden que, en la pro-
secución de esa meta y sus intentos por comprender la natu-
raleza lingüística del proceso psicoterapéutico, están dando
un «giro» interpretativo hermenéutico, aunque de un tipo
especial. Pues a diferencia de lo que ocurre en muchas otras
formas de psicoterapia, incluido el psicoanálisis (así como
en las actividades normales de la vida cotidiana) —donde el
psicoterapeuta realiza interpretaciones y construye histo-
rias contra el fondo de aquello que cree, en su opinión y a
partir de sus conocimientos profesionales o de sentido co-
mún, debería suceder normalmente—, Anderson y Gooli-
shian han propuesto lo que ellos denominan un enfoque «de
no saber»,^ un enfoque que permite al paciente «hacer» una

^ P a r a adoptar la posición «de no saber», los terapeutas deberán asu-


mir u n a posición que resulta muy atemorizante para quienes tenemos
una formación académica. Puesto que deben entender que la comunica-
ción no opera fundamentalmente en términos de nociones compartidas,
sino —dicho en términos retóricos— que se origina en sentimientos vagos
y aún no formulados cognitivamente de «movimientos percibidos» o de «re-
posicionamientos sensoriales» a los cuales, como receptores, deben respon-
der de alguna manera; pero, ¿de qué manera, si no es en relación con el in-
tento de establecer cómo debería ser la vida para ellos? Sea cual fuere su
respuesta, su tarea es «sentir», en su transcurso, cómo es ser el otro singu-
lar que tienen ante sí. Por tanto, además de repensar la naturaleza de la

185
narración biográfica hasta cierto punto nueva, en vez de im-
ponerle una de un tipo ya determinado teóricamente, «des-
cubierta» para él por el terapeuta. El enfoque «del no saber»
implica que el terapeuta adopte una «posición» particular
respecto de los pacientes. En lo que sigue a continuación
tendrá mucha injerencia el concepto de «posición», y lo ire-
mos elaborando mejor a medida que avancemos: aquí alude
a la adopción, por parte del terapeuta, de ima manera o un
método de escuchar lo que el paciente dice, y también de
ima manera especial de responder a ello, una actitud soste-
nida que «invite» a los pacientes a que intenten decir cómo
es para ellos su mundo; y ello a diferencia de lo que ocurre
en la vida cotidiana, donde pugnamos por instituir nuestra
forma de vida frente a la de otras personas. El enfoque «del
no saber» tiene la función de instituir una forma de comuni-
dad parcial en la que el paciente está en condiciones de po-
ner de manifiesto, en relación con el terapeuta, su auténtica
otredad.
Pero, a mi juicio, para que nos brinde eso, este modo de
comunicación debe «arraigar» en determinados «momentos

comunicación, también deben repensar la naturaleza de su conocimiento


(del otro) y considerar que se inicia con toda una secuencia de sentimien-
tos vagos y fragmentarios que al correr del tiempo deben integrarse a una
totalidad «sentida», u n todo que actúe como «base» a partir de la cual pue-
da juzgarse la adecuación de una formulación lingüística de su naturale-
za. Así, al pasar a un lenguaje del «sentimiento», deben dejar de pensar en
términos de «cosas visibles», en términos de patrones, estructuras o siste-
mas como entidades espacialmente completas, en las cuales todas sus par-
tes están presentes de manera simultánea. Deben comenzar a concebir la
«experiencia de acontecimientos históricos» que se desenvuelven, por s u -
puesto, en el tiempo, y cuyas «partes» deben su carácter, en cada momento,
a lo ocurrido en el pasado y a lo que podría ocurrir en el futuro. Por eso no
podrán concebirlos y a como primariamente espaciales; deben conside-
rarlos, antes bien, poseedores de una existencia fundamentalmente tem-
poral, como las conversaciones, que casi siempre están incompletas hasta
el momento de decir la última palabra y que aun entonces pueden reanu-
darse a l día siguiente. Y lo más arduo para ellos, formados en gran medida
académicamente para pensar y actuar de manera autónoma con un «plan»
o u n «cuadro» en mente, tal vez sea que deben captar cómo es «tantear el
propio camino hacia adelante», responder creativamente a las circunstan-
cias: tal como en realidad lo hacemos todo el tiempo al percibir, digamos, la
«forma» de un problema en algo dicho por u n a persona, y hacer u n a pre-
gunta con la esperanza de que aclare las cosas. Pero sigue sin ser algo que
nos hagamos racionalmente visible en nuestras descripciones explícitas
de lo que consideramos nuestro conocimiento.

186
especiales»: momentos que el terapeuta comparte con sus
pacientes, no tanto actos de comprensión cuanto sentimien-
tos, a fin de establecer con ellos algo así como un terreno co-
mían, un fiindamento (sensitivo o sensorial) compartido en
cuyos términos ambos puedan contribuir inteligiblemente,
cada uno a su manera, a la autoría conjimta de una (nueva)
relación biográfica de la significación de esos mismos sen-
timientos. Y la naturaleza de esos «momentos» especiales es
una de las cosas que me propongo examinar.
Sin embargo, para entenderla nos hará falta algo más
que los recursos disponibles en el enfoque interpretativo
hermenéutico: necesitaremos asimismo algunos de los que
nos suministran los recientes enfoques retóricos. Pues el en-
foque hermenéutico —que en su aplicación apela al deno-
minado «círculo hermenéutico»— se interesa en un «movi-
miento» de ida y vuelta entre el encuentro inicial con partes
ofiragmentosde un comportamiento significativo o con co-
sas dichas, y su configuración en un todo coherente, un todo
que, retrospectivamente (esto es, cuando lo rememoramos),
es en sí púbHcamente inteligible. En otras palabras, el mo-
vimiento de ida y vuelta da origen, en última instancia, a
una comprensión compartida, descontextualizada y autosu-
ficiente. La hermenéutica tiene su lugar (y sus peligros, co-
mo veremos) en nuestros intereses biográficos. Pero nues-
tra tarea más inmediata es intentar comprender prospecti-
vamente el modo como la conversación y el diálogo pueden
aún avanzar, [antes de llegar a una comprensión comparti-
da (y al conocimiento que la acompaña)! Esto es, cómo cada
fi-agmento de la conducta de A tiene un significado para B
en el contexto de B, que no necesariamente es el significado
que tiene para A. Para alcanzar una comprensión auténti-
camente compartida y llegar a algún conocimiento —por
ejemplo, la comprensión compartida de a qué me refiero al
decir que los aspectos retóricos del lenguaje se distinguen
de sus rasgos hermenéuticos e interpretativos—, debemos
captar cómo es una forma de comimicación de comprensión
precompartida. Se trata de ima forma de comunicación en
la cual, si bien B actúa según su comprensión de A, y vice-
versa, no hay momentos de evaluación conjunta, de un sen-
timiento común a ellos, ni un «nuestro mundo» que les sea
común.

187
Así pues, la concepción que adoptaré (también comparti-
da con Anderson y Goolishian) es la siguiente: la manera
más apropiada de concebir el mundo humano en el cual
vivimos es la de un «multiverso» o una «ecología social», de
regiones y momentos únicos pero dinámicamente interde-
pendientes de actividad comunicativa humana. Y en ese
multiverso (por sorprendente que pueda resultar decirlo) el
lenguaje no tiene en esencia la función de representar el
mundo ni de alcanzar una comprensión compartida: se lo
utiliza mucho más prácticamente. A mi modo de ver, su ob-
jetivo primordial es la coordinación de una acción social di-
versa (Mills, 1940), para «mover» materialmente a las per-
sonas.
Según esta visión, la comprensión auténticamente com-
partida es un hecho infrecuente y sólo se logra gracias a un
abundante trabajo interpersonal atinente a su formulación,
su verificación, su consideración y su crítica. Pues la com-
prensión no es una conquista simple y de una vez y para
siempre: como lo señalan Anderson y (Goolishian, «la com-
prensión es siempre tm proceso "en marcha" y nunca ple-
namente alcanzado» (1988, pág. 378). Es un acontecimiento
temporalmente desarrollado y en desarrollo, donde lo que
se comprende se construye con fragmentos vagos en un
proceso de negociación —bidireccional entre los participan-
tes y de ida y vuelta en el tiempo— que abarca: supues-
tos sobre la biografía y los propósitos del hablante; verifica-
ciones de estos y otros supuestos; el recurso a las circuns-
tancias del enimciado; la expectativa de algo posterior que
aclare lo dicho con anterioridad; y el uso de muchos otros
rasgos «vistos pero inadvertidos» del fondo de la vida social
cotidiana; todo ello desplegado según prácticas o «métodos»
convenidos de verificación, formulación y juicio. Así, sólo lle-
gamos gradualmente a una comprensión compartida, a cap-
tar «el asunto» del que se está hablando. Pero esa compren-
sión se desarrolla y sigue haciéndolo en el transcurso de to-
do el intercambio en el cual se produce; por otra parte, quie-
nes intervienen en él sólo pueden conocer su significación
«desde dentro de su desarrollo» (Garfinkel, 1967, pág. 40).
Pero si esto es así, si la comprensión compartida es un
hecho tan infrecuente, ¿cómo puede desenvolverse de ma-
nera inteligible la conversación? Pues bien: si pensamos
prácticamente, si pensamos en la coordinación o el entrela-

188
zamiento de diferentes acciones sociales, podemos consi-
derar que todo enunciado actúa, en términos de la reacción
del hablante a lo que los demás han dicho antes, en relación
con quién o con qué intenta ser el hablante; esto es, cómo
trata de «colocarse», «adoptar una posición» o «situarse» con
respecto a quienes lo rodean. De ese modo, los verdaderos
enunciados «vivientes», los que marcan una diferencia en
nuestra vida, deben tomar en cuenta el contexto (ya confi-
gurado lingüísticamente) al que se dirigen. Como señala
Bajtin (1986, pág. 91):

«Todo enimciado concreto es un eslabón en la cadena de la


comunicación discursiva de ^ma esfera particular (...) Los
emmciados no son indiferentes entre sí y tampoco autosufi-
cientes; son recíprocamente conscientes y se reflejan unos a
otros (...) Todo enunciado debe ser considerado, en primer
lugar, como una respuesta a los enunciados que le preceden
en la esfera dada (...) Cada enunciado refuta, afirma, com-
plementa a los demás y se apoya en ellos, presupone que son
conocidos, y los toma en cuenta de alguna manera (...) Por
consiguiente, cada tipo de enunciado está colmado de di-
versos tipos de reacciones que responden a otros enunciados
de la esfera dada de comunicación discursiva».

Dicho de otra manera, en el enfoque esencialmente no cog-


nitivo que quiero esbozar aquí, nuestras diferentes formas
de hablar cobran importancia porque se supone que la fun-
ción primaria del discurso es «dar forma» y mantener, repro-
ducir o transformar determinadas modalidades de relación
personal y social, colocar a las personas en una «posición»
con respecto a las demás. Por tanto, según esta visión, si pa-
rece innegable, en nuestra experiencia, que al menos algu-
nas palabras efectivamente denotan cosas, sólo lo hacen, a
mi juicio, dentro de im patrón de relaciones sociales ya cons-
tituido por formas de hablar en las cuales esas palabras son
empleadas, y lo son para «mover» o «reposicionar» material-
mente a las personas, de algún modo. Pero ¿de qué modo?

189
Usos retórico-poéticos del lenguaje

Es aquí donde cobra importancia la función retórica (y


poética) del lenguaje. Hay dos aspectos de la retórica que
desearía subrayar, uno más conocido que el otro. 1) E l as-
pecto conocido de la retórica se refiere a la función persuasi-
va del lenguaje, la capacidad del discurso de «mover» física-
mente a las personas, su facultad de afectar su conducta y
sus percepciones de una manera misteriosa y no cognitiva.
2) Su otro aspecto, menos conocido, se relaciona, en cambio,
con el aspecto más bien poético (del gr. póiesis = «creación»)
del lenguaje, esto es, con el hecho de «dar» o «prestar» una
primera forma a lo que de otro modo son en realidad senti-
mientos o actividades ordenados sólo de manera vaga o par-
cial. Y es esto: la comprobación de que aun ante la naturale-
za vaga, indescriptible, abierta, fluida y siempre cambiante
de la vida humana, el lenguaje puede producir el efecto de
«hacer que aparezca como si» estuviera acabadamente or-
denada y estructurada, es decir, su aspecto dador o presta-
dor de forma es lo que constituye, a mi entender, la caracte-
rística más importante de la retórica para nosotros.
Permítaseme por ahora concentrarme sólo en el primero
de estos aspectos. A fin de ilustrar lo que puede suceder en
uno de esos «momentos conmovedores», recurriré a una lí-
nea de Fin de partida [Endgame], de Samuel Beckett (Bec-
kett, 1986, pág. 118). Se trata de las palabras vehementes,
airadas, acusatorias, pero también autocompasivas de
Hamm, que acaba de explicar por qué sólo le ha ofrecido una
ayuda mínima a un pobre hombre en la nieve. Pierde la pa-
ciencia porque el hombre conserva la esperanza de un fu-
turo mejor y le dice (y también a todos nosotros): «¡Usa la ca-
beza! ¿No puedes hacerlo? Usa la cabeza: ¡estás en la tierra,
y para eso no hay remedio!». Creo que estarán de acuerdo
conmigo en que son unas palabras vigorosas. Pero ¿qué
quieren decir? No nos dicen nada que en cierto sentido no
sepamos ya.
No nos transmiten un nuevo conocimiento. Pero nos
«mueven» en el sentido de que nos «reposicionan» moral-
mente respecto de nuestra propia situación, de manera que
llegamos a «re-verlas» desde una nueva perspectiva. I n -
terrumpen el flujo de nuestros pensamientos e intereses
mundanos, y, en su contraste con ellos, nos ponen otra vez

190
ante una comprensión, ima consideración, acaso una opor-
tunidad de reevaluar nuestra vida. En términos de Witt-
genstein, no es tanto lo que «dice» como el hecho de que nos
«muestra» (o nos «recuerda») algo concerniente a nosotros
mismos. Nos recuerda algo que ya sabemos pero —al tener
en mente otros intereses más mundanos— ignorábamos;
esa evocación choca con nuestras circunstancias cotidianas
y, por tanto, las problematiza; de esa manera nos induce a
verlas «distintas de» lo que al comienzo parecían ser, a ver
en ellas posibilidades nuevas (pero en este caso trágicas). Y
si Hamm fuera una persona real, esas líneas nos dirían
también algo acerca de él. Tal como son, sentimos que nos
dicen algo sobre Beckett el escritor: su visión trágica, cómo
es su mimdo para él.

Sentimientos
Pero, ¿cuál es la naturaleza de nuestro ser, si es posible
conmovernos de ese modo? Para captar la naturaleza de
esos enunciados «conmovedores», tenemos que hacer algo
más que la mera formulación de algunos nuevos conceptos;
también debemos ejercer un poco de psicoterapia concep-
tual sobre nosotros mismos, y autorizarnos a cambiar un
poco nuestro ser. Por tanto, nuestra tarea «psicoterapéuti-
ca» consiste en reconocer las metáforas implícitas profunda-
mente arraigadas que se alojan en el lenguaje, de acuerdo
con las cuales solemos pensar sin pensar, y reemplazarlas
por otras; por ejemplo, difícilmente necesitemos los recorda-
torios de Rorty (1980, pág. 12) —en cuanto a la importancia
de las imágenes y las metáforas por sobre la de las proposi-
ciones— para que nos resulte «claro» (?) que gran parte de
lo que decimos sobre nuestras formas de pensar y de cono-
cer apela a ^m vocabulario de términos «visuales». Pero ¿qué
ocurriría si, por el contrario, nos imagináramos sin vista y
forzados, como los ciegos, a entender nuestro entorno a tien-
tas, mediante el uso de largos bastones? Entonces, por
ejemplo, podríamos considerar que lo que se dice del cono-
cimiento —en términos de «conocer el paño» (Wittgenstein,
1980, I , n" 549) o de ser capaz de «seguir adelante» (Witt-
genstein, 1980,1, n° 446) sin chocar o tropezar con barreras

191
insuperables— no es metafórico sino ima expresión literal
de lo que para nosotros es el conocimiento.
Entre quienes ejercieron gran influencia en mí para que
me decidiera a hablar de esa manera de nuestra vida men-
tal debo destacar, entre otros,^ a William James (1890),
quien, en su famoso capítulo «The stream of thought», se re-
fiere a los «signos de dirección del pensamiento, de los cua-
les tenemos sin embargo una percepción claramente discri-
minativa, pese a que en ellos no desempeña en absoluto un
papel ninguna imagen sensorial definida» (1890, pág. 244),
para continuar diciendo lo siguiente:

«Ahora bien, lo que sostengo, y para cuya demostración he


acumulado ejemplos, es que las "tendencias" no sólo son
descripciones desde afuera, sino que forman parte de los ob-
jetos de la corriente, que de tal modo es consciente de ellas
desde el interior, y debe describírsela como constituida en
gran medida por sensaciones de tendencias, a menudo tan
vagas que no somos capaces de darles ningún nombre».

Así, cuando hablo de sentimientos, se trata de esas sensa-


ciones de tendencias: «la sensación de saber qué pensa-
mientos están próximos a surgir, antes de haber surgido»
(1890, pág. 247), para citar una vez más a James. Lo que ya
se ha dicho da lugar a ima dificultad, un acuerdo, un desa-
fío, una crítica, una descripción, etc. Para reiterar las pa-
labras de Bajtin (1986, pág. 91) antes mencionadas: «Cada
enunciado refuta, afirma, complementa a los demás y se
apoya en ellos, presupone que son conocidos, y los toma en
cuenta de alguna manera». Todos ellos son ejemplos de lo
que otros filósofos podrían llamar la intencionalidad de la
actividad mental: el sentido que conlleva de la intercone-
xión intrínseca con la otredad que la rodea. Y, en efecto, es
justamente ese tipo de lenguaje de «sentimientos» —de la
capacidad de sentir, mediante el empleo de diversos «me-
dios» y «expedientes», la «forma» de la «otredad» que nos ro-
dea— el que nos ajoidará a comprender por qué las cons-
trucciones narrativas pueden ser instrumentos psicotera-
péuticos tan poderosos.

^ Bartlett (1932, pág. 206) dice que todo acto de rememoración se inicia
«en gran medida con una cuestión de sentimiento o de afecto».

192
Fraser: en busca de un pasado
Para que algunas de estas cuestiones (pero no todas)
sean menos abstractas, me permitiré considerar un caso
particular. Hace algún tiempo me conmovió y despertó mi
curiosidad el relato de su propio psicoanálisis (exitoso) es-
crito por el historiador oral inglés Ronald Fraser (1984),
muy conocido en Inglaterra por su libro Blood ofSpain, pu-
blicado en 1979, en el cual se recogen experiencias de perso-
nas que combatieron en la Guerra Civil Española. Cuando
nuestro autor tenía tres años (en 1933), su padre, escocés, y
su adinerada madre, estadounidense, se fueron a vivir a
una casa señorial en el sudeste de Inglaterra (los condados
interiores),* donde su padre se consagró a las ocupaciones
de los ricos ociosos, con energía: caza del zorro, tiro y conver-
sación, en tanto su madre empezó a tener amoríos. El rela-
to es interesante porque Fraser combina material histórico
oral, recogido a principios de la década de 1970 de boca de
los sirvientes de la finca entre los cuales se crió (en el perío-
do que va de 1933 a 1945), con informes de sus sesiones de
psicoterapia.
A l comienzo del análisis, «P» (el analista) pregunta a
Frazer: «¿Qué espera exactamente?». Y Fraser le responde:
«Mmm. . . Registrar. . . no, recrear un pasado incierto. ..»
[pausa]. «Con certidumbre suficiente para dejarlo tras de
mí». Sólo quiere deshacerse de la molestia que le causa.
Describe en la siguiente forma su conflicto inicial, su inquie-
tud, el mal-estar** de su yo o sus yos que había producido
en él la vida en la finca:

F: No es sorprendente, quizá, porque había dos mundos, dos


casas dentro de los mismos muros .. . Dos casas señoriales,
bajo techos distintos . . . la vieja y la del fondo . . . donde vi-
vían los sirvientes, la nodriza y los niños [Ronald y su her-
mano Colin]; y en el frente la nueva casa señorial, super-
puesta e imponente, que pertenecía a los padres . . . «Era la

* Home Counties en el original: los condados que rodean la ciudad de


Londres. {N. del T.)
** Dis-ease en el original; literalmente: des-(a)-sosiego. S i n el guión,
la palabra —disease— significa enfermedad, dolencia, padecimiento. {N.
del T.)

193
que me correspondía, sin corresponderme todavía» (1984,
págs. 4-5).

Esa era, al menos, la formulación general del problema.


Pero a medida que progresaba el análisis, parecía
arraigar en un sentimiento más específico, un sentimiento
al principio expresado por él como el abandono de su madre,
pero que, como veremos, indicaba que había algo más en
juego, algo mucho más relacionado en general con las fuen-
tes de la seguridad y un sentido de pertenencia. Pero mien-
tras creía que el sentimiento se dirigía a su madre, Fraser lo
expresaba así:

P (el analista); Nimca perdonó a su madre por haberlo deja-


do con Use [la nodriza alemana], ¿no?
Fraser: ¡No! Nunca le perdoné que no hubiera sido el tipo de
madre que yo quería. . . una isla en el mar desde la cual el
niño puede salir a navegar solo, siempre seguro de que hay
un refiigio al cual puede regresar (1984, pág. 97).

Había dicho esto después de lo que me parece el intercambio


anahtico decisivo. Sigue así:

F (Piensa: «Desde su muerte [la de su madre] apenas he


pensado en ella», y dice); No debo decirle a Use que amo a mi
madre porque tengo miedo de perderla a ella, a Ilse. .. ¿Tie-
ne sentido eso?.. . ¿Qué significa que nos cuide alguien que
no es nuestra madre mientras nuestra madre está realmen-
te ahí?
(Pausa prolongada.)
P: Tener dos madres, supongo . . .

Las palabras me golpean con mucha fuerza.

F: ¡Dos madres! Dividido entre ambas, y ningmia suficien-


te por sí sola. ¿Por qué nimca lo vi?... Dos madres, y yo des-
garrado entre ellas.. .
P ; . . . usted las divide en la madre buena y la madre mala.
F: Oh . . . (largo silencio) ¡Yo las divido! No ellas a mí. . .

Pero lo que hace el anaHsta es «mover» a Fraser a enfrentar-


se con el hecho objetivo de que si bien su madre no lo ayudó

194
tanto como podría haberlo hecho y, en realidad, en la finca
otros lo cuidaron mejor, mucho mejor, también ellos le plan-
teaban exigencias para juzgarla.
Sin embargo, al principio Fraser no había querido (no
sabía cómo) aceptarlo. Más tarde, según dice (1984, pág.
184) a P acerca de su madre: «Quería amarla, no destruir-
la. . .». Había querido que ella ocupase un lugar central en
su vida; era la única por quien él había intentado ser un
«yo» [«/»]; la única por quien había intentado ser alguien.
«¿Cómo puede mío escribir acerca de su pasado sin un "yo"
en el centro?», le había preguntado antes a P (1984, pág. 90).
Y eso, creo, es decisivo. Tiene que ver con el modo como
Fraser se concebía «colocado», «posicionado» o «situado» con
respecto a todos los que lo rodeaban: era alguien que había
sido abandonado, alguien que no tenía una pertenencia. De
ese modo, al intentar, como pensaba, ser alguien para su
madre, trataba de alcanzar un «sentimiento de pertenen-
cia», donde «pertenencia» quiere decir, supongo, algo así co-
mo tener la confianza de que se jactan los miembros de una
clase dirigente en la cual, no importa el error que uno pueda
cometer, nunca perderá la condición de miembro: se cuidan
por sí solos; en tanto que «no pertenencia» quiere decir, me
parece, más o menos lo siguiente: cargar de imo a otro lado
con el peso oculto de la angustia de saber que seremos juz-
gados y no sólo se nos considerará ineptos sino que, a con-
secuencia de ello, se nos vedará una ulterior participación.
Así, se había impuesto una tarea imposible: intentaba ser
alguien que, desde un lugar de no pertenencia, trataba de
reunir losfi-agmentosde su biografía para parecer alguien
que sí la tenía. De tal modo, si no era para su madre, ¿para
qué otra persona podía él ser alguien? «Moverlo» de su posi-
ción original requería un uso retórico del lenguaje.
En la siguiente sesión dice a su analista (1984, pág. 184):

F: He llegado al punto esencial: aceptar la destrucción y co-


menzar de nuevo. ..

(Y escribe:) «En la oscuridad interior miro a través de los


años de silencio hasta escucharle decir»:

P: Si no lo aceptara, no volvería a encontrar en usted partes


de los seres perdidos. Es como un duelo. ..

195
Y el análisis comienza a acercarse a una conclusión cuan-
do Fraser empieza a comprender que su búsqueda de ser
alguien quizá pueda satisfacerse con otras formulaciones.
Entonces advierte cómo puede, no desembarazarse de su
pasado, sino reconstituir su biografía (los acontecimientos
«inscriptos» o «encamados» en él, en su ser como persona)
como un cuerpo de conocimientos en el cual siente que pue-
de confiar

F: Sí, me parece que hice las paces con la casa (dice).


P: Bueno, su gente continúa viviendo en usted tal vez más
de lo que usted está dispuesto a creer. Su madre, su padre,
Ilse. ..
F: Quizá sea así... y los siento reunirse en silencio, juntarse
hasta llenar el vacío que me rodea. . .
P: Era la unidad del amor que usted anhelaba.
F: En lugar de los fragmentos, sí. Los muertos siguen vi-
viendo en nosotros a pesar de todo, ¿no es así? Como los per-
sonajes de los libros, a los que se puede volver una y otra
vez. . .
P: Sin duda. . . (pausa) (1984, pág. 186; las bastardillas son
mías).

Y esa, creo —la frase «Como los personajes de los libros, a


los que se puede volver una y otra vez»—, es la clave necesa-
ria para entender lo que realmente le ocurría a Fraser en su
análisis. Más adelante lo ampliaré pero, por el momento, si
le preguntáramos: «¿Cómo lo ayudó el testimonio sobre su
madre (y todos los demás con quienes usted estuvo relacio-
nado) a "aceptar" su pasado?», nos daría, en cierto nivel,
ima muy buena respuesta. Quisiera citarla porque subraya
una vez más lo que comúnmente pasamos por alto. Pues,
como le dice a su analista (1984, pág. 187):

F: Pero lo único que hemos hecho aquí es examinar los frag-


mentos. Jamás hemos visto la totalidad, las relaciones cau-
sales entre ellos.
P (y su analista replica).- Dudo de que algima vez se pueda
ser tan preciso. . . Usted quiere ser el sujeto de su historia
en lugar del objeto que siente ser
F: El sujeto, sí, pero también el objeto. Es la síntesis de los
dos, ¿no es así?

196
P: El autor de su niñez, entonces, el historiador de su pa-
sado.
F: Eso es lo que pretendo: escribir acerca de él desde adentro
y desde afuera.

Y es eso, por supuesto, lo que hace en el libro. En otras pa-


labras, lo subrayado por su afirmación —al referirse a su
deseo de ser tanto el sujeto constante (el autor) y el obje-
to (en desarrollo, bien elaborado) de su propia historia—, no
es que el niño es el padre del hombre, sino justamente lo
opuesto: que las personas que se sienten libres (de la angus-
tia de «no pertenecer») y son capaces de orientarse hacia el
futuro con esperanzas y confianza, son por sí mismas los au-
tores de los niños que una vez fueron (Grites, 1986). Y Fra-
ser fue capaz (con muy poca necesidad de aynda y mucho
trabajo) de rehacer su «yo» [«/»], la «posición», el punto de
vista singular desde el cual, a partir de ahora, reunirá los
fragmentos de sentimientos que necesita como un recurso
en sus proyectos biográficos futuros.

Los fragmentos biográficos como corpus práctico


Pero ¿cuál fue la nueva forma de ser de Fraser? ¿Cómo
volvió a relacionarse con su pasado si no se desembarazó de
él? Bien, para captar la naturaleza de la dificultad en la cual
se hallaba, volvamos al enfoque hermenéutico, pero ahora
para poner de relieve uno de sus principales peligros, lo que
Donald Spence llama (1986) «suavidad narrativa»: es un pe-
ligro porque una narración agradable, coherente y organi-
zada, con cada cosa en su lugar, impide la aparición de posi-
bilidades circunstanciales alternativas, entre las cuales, si
hemos de ser los autores de nuestras propias vidas, debe-
mos tener la libertad de juzgar. En otras palabras, esa «sua-
vidad» aparta nuestra atención del hecho de que, en nues-
tras actividades práctico-morales, estamos inmersos en un
contexto, y con suma fi-ecuencia las circunstancias nos ro-
dean de posibilidades. Nuestra atención se desvía porque,
en una construcción hermenéutica, todos los fragmentos
que han surgido están descontextualizados y se convierten
en una totalidad ordenada o sistemática, a menudo, como

197
dice Freud, con el agregado de las «partes faltantes» que de-
ben haber estado allí «originariamente» si se pretende que
en las cosas haya un orden. Ese es el «hallazgo» de una na-
rración, y Freud, como todos sabemos, empleó la metáfora
arqueológica.^ Una vez hallada esa totalidad correcta, con-
sideramos que las acciones pasadas de la gente adquieren
su significado apropiado dentro de su contexto.
Pero eso, a mi modo de ver, es enteramente erróneo. Lo
que las acciones adquieren allí no es tanto significado cuan-
to inteligibilidad; esto es, se tornan susceptibles de ser cap-
tadas reflexiva e intelectualmente. Se construye un orden y
se agregan las partes faltantes, mediante el recurso a una
«gramática» implícita en nuestra vida y en nuestro len-
guaje, y a los rasgos implícitos en nuestras formas «acep-
tadas» de coordinar recíprocamente nuestras acciones, y
esa gramática confiere al intelecto racional la apariencia de
un significado apropiado. Sin embargo, se trata, como ve-
remos, de una versión «falsificada». Se la «acuñó» errónea-
mente; es de procedencia espuria. Pues ha surgido del deseo
de encontrar una única manera específica, de ordenar la
vida social, que para Freud, interesado como estaba en el
psicoanálisis como ciencia natural («¿Qué otra cosa puede
ser?»), consistía en que los individuos obtuvieran el dominio
y la posesión de recursos producidos en forma esencialmen-
te social. Eso es lo que la versión adultera: su propia acuña-
ción y circulación en el «bullicio» o «alboroto» de los aconte-
cimientos de la vida práctica cotidiana (Wittgenstein), en
donde no hay orden, ningún orden único, completo, apro-
piado o verdadero. «Una descripción fiel del (...) contexto de
descubrimiento tendrá muy probablemente la apariencia»,
dice Spence (1986, pág. 231), «de una serie inconexa de frag-
mentos enhebrados. Sorpresa, perplejidad y lánguidos cen-
telleos de comprensión tal vez se entrecrucen a lo largo de la
hora [analítica] media, en forma muy parecida a como apa-
recen en el estado del sueño».

3 E n su búsqueda de «ello» — l a narración correcta—, los terapeutas ha-


cen a sus pacientes lo que el paciente de Anderson y Goolishian (1992) que
mencioné anteriormente llamaba «preguntas condicionales». Son pregun-
tas que, como lo sentía el paciente, tenían la función de comprobar si este
sabía lo que supuestamente tenía que saber (de acuerdo con la teoría del
terapeuta). Este paciente se volvió muy sensible a esas preguntas; de ahí
la caracterización que hace de ellas.

198
Pero si es así, el verdadero significado de los aconteci-
mientos de la vida no puede ser debidamente comprendido
en los límites de ningún orden, narrativo o de otra clase. Só-
lo se lo puede hallar en el transcurrir práctico, no entera-
mente ordenado, de nuestra vida. Y ese fiie el descubrimien-
to de Fraser: para ser el «hacedor» de narraciones, el autor
de su propia niñez, el historiador de su pasado, tenía que
encontrar una nueva «posición» para sí mismo con respecto
a su propio pasado. Lo que necesitaba hacer no era sólo tras-
ladar al fiituro la narración de su pasado, como si fuera la
única correcta, sino ser capaz de apelar a losfi-agmentosde
su propio pasado como y cuando quisiera, como un recurso
moral-práctico, para recoger de ellos posibilidades (y coac-
ciones) de importancia momentánea al considerar el mejor
modo de proceder en el presente para llegar a ser quien sen-
tía que debía ser en el futuro. Por eso hice hincapié en su
descripción de lo que sentía respecto de quienes había cono-
cido, que eran ahora «como los personajes de los libros, a los
que se puede volver ima y otra vez». Al no ser ya prisionero
de una sola narración, comprendía que podía mauiejar sus
propiosfi-agmentosbiográficos como —para emplear la ex-
presión de Alan Blum (1971, págs. 301-2)— «un cuerpo de
conocimientos prácticamente concebido».

Conclusiones

En otras palabras y como resumen, en primer lugar para


Fraser y después para el terapeuta: desde la nueva posición
de Fraser, ahora como autor de sí mismo, su vida se trans-
forma en un acontecimiento temporalmente desarrollado y
en desarrollo, entendido como tal en im proceso de construc-
ción bidireccional y de ida y vuelta, que en realidad oscila
entre las tareas de formular dos narraciones entrelazadas:
una narración retrospectiva, rememorativa, hermenéutica-
mente construida, y una narración prospectiva, proyectiva,
retóricamente constituida: dos formas narrativas muy dife-
rentes, cada ima de las cuales modifica a la otra. Es un error
pensar que el tipo de comprensión que buscamos es la na-
rración «correcta» de nuestra vida pasada, o que necesita-
mos un guión bien organizado que nos lleve al futuro. Una y
otra cosa nos impiden estar presentes en el momento del

199
juzgamiento, cuando, en contacto con las circunstancias que
nos rodean, debemos rememorar los aspectos de nuestro pa-
sado de significación para nuestro fiituro. Si pretendemos
reconstituir constantemente nuestro pasado de acuerdo con
la «atracción» de nuestros proyectos fiituros, debemos au-
torreconstituirnos constantemente, al menos hasta cierto
punto (Grites, 1986). De tal modo, el «yo» [«/»] que somos en
cualquier momento se mantiene en equilibrio en esa tensa
posición de puente (el momento «presente»), y debe enlazar
un número indefinido de episodios recordados desde este
punto de vista presente, mientras se orienta hacia un pro-
yecto fiituro y —esto es lo que todos olvidamos— advierte
también lo que las nuevas oportunidades que brindan nues-
tras circunstancias actuales ponen a nuestra disposición. El
problema de Fraser consistía en no poder vivir con lo que
hasta entonces él mismo había hecho de su propia biografía;
no tenía sentido para él; no podía usarlo con facilidad; más
que liberarlo, lo limitaba; no se sentía a sus anchas con eso;
no le permitía «ver» con claridad cómo «proyectarse» en el
futuro.
Ese era el problema de Fraser. ¿Y cómo se le presentaba
al psicoterapeuta? Si nos preguntamos qué ocurría prácti-
camente en el análisis de Fraser, creo que debemos respon-
der de acuerdo con lo siguiente: 1) En un primer momento,
el analista descubrió la sensación fundamental de inseguri-
dad y falta de pertenencia en el núcleo del «mal-estar» [«dis-
ease»] de Fraser con su vida, y también la narración bien
constituida y la «posición» dentro de ella desde la cual su
paciente había tratado de reunir los fragmentos de su pasa-
do para convertirlos en una biografía coherente; descubrió,
de igual modo, que el anhelo de Fraser de ser un «yo» [«/»]
para la madre no sólo hacía imposible la tarea, sino prácti-
camente inútil la biografía. Hasta ese momento, el analista
estaba frente al «hallazgo» de la narración bien armada en
la que Fraser se había entrampado. 2) Después, el analista
enfi-entó la tarea de descubrir el sentimiento original bio-
gráficamente engendrado que esa narración formulaba con
exactitud, por cierto, pero en realidad de manera inadecua-
da. 3) A partir de ese momento, su misión pasó de funda-
mentalmente hermenéutica a retórica: tenía que «mover» a
Fraser a una nueva «posición» desde la cual pudiera dar
sentido a sus propios datos biográficos, induciéndolo en

200
principio a desacreditar su antigua posición, y ayudándolo
luego a «construirse» una nueva posición y, por tanto, una
nueva biografía.
En todas esas actividades, los instrumentos narrativos
se emplean de una manera u otra: hermenéutica y retóri-
camente. No obstante, como no hay principios mediante los
cuales podamos decidir cuál debe tener prioridad, deseo
concluir destacando una vez más la importancia del aspec-
to retórico-poético del uso del lenguaje, el aspecto más rela-
cionado con el «hacer» que con el «enunciar», ya que hasta
ahora no se le ha dado suficiente importancia en nuestras
teorías del lenguaje. Ese aspecto nos proporciona los re-
cursos necesarios para «ver» los «movimientos» que inter-
vienen en la comunicación del «hacer». Nos permite «ver» el
movimiento entre los aspectos retrospectivo y prospectivo
del proceso de comprensión enfímcionamiento:las diferen-
cias entre estar atentos a lo que ya se ha dicho y al contex-
to que origina, y prestar atención a la actividad de decir
algo más, en la cual una persona materialmente «mueve» o
«afecta» a otra mediante sus enimciados en ese contexto. A l
«movernos» a nuevas «posiciones» con respecto a nuestro
propio relato, nos permite «ver» cómo... podríamos «mover-
nos» a nuevas posiciones mediante nuestros propios rela-
tos. . . en lo cual radican, por supuesto, uno de los grandes
poderes y uno de los grandes peligros de toda narración.

201
8. Construcciones reales y falsas en las
relaciones interpersonales

«La narración es un instrumento cognitivo primario: un ins-


trumento con el que en realidad sólo pueden competir la teo-
ría y la metáfora como formas irreductibles de hacer com-
prensible el flujo de la experiencia (...) [Pero debemos aban-
donar] la idea de que hay una realidad histórica determina-
da, el referente complejo de todas nuestras narraciones de "lo
que verdaderamente ocurrió", la historia no contada a la
que las historias narrativas se aproximan».

Mink, 1978, págs. 131, 148

Es muy grande la tentación de dar sentido a nuestras ac-


tividades resituándolas en un contexto artificial, coherente
y ordenado creado por nosotros mismos. Como individuos,
nos gustaría poder captar con claridad su significado de an-
temano, para ser así capaces de planificar lo mejor para
nuestra vida; su inserción en un contexto ordenado nos per-
mite hacerlo. Dimos con esa tentación en el capítulo 4, en la
descripción de Bhaskar del realismo científico, en la cual
este autor sostiene ser capaz de identificar por anticipado
las estructuras de la vida social que los construccionistas
considerarían, en realidad, aún en discusión; también la
encontr£imos en el intento de Fraser de comprender su pro-
pia identidad sobre la base de un relato demasiado coheren-
te que él mismo había creado sobre su pasado; y volveremos
a enfi'entar tentaciones como esas aquí, en particular en
tanto se refieren a problemas de psicoterapia. Si bien mu-
chos sostienen que las actividades humanas no pueden re-
presentarse en la estructura lógica estática de una teoría
científica, el dinamismo de la estructura argumental de un
buen relato y el «sentido de realidad» que parece suscitar los

202
tientan a pensar que podrían ser fielmente representadas
por una estructura narrativa apropiada. Pero si nuestra
realidad es efectivamente un asunto turbulento, heterócli-
to y en desarrollo, como lo supongo en este libro, es necesa-
rio resistirse entonces a esa tentación. No podemos eludir el
empleo de narraciones, metáforas o teorías, pero lo que sí
podemos evitar es entrampamos en sus límites sosteniendo
que íilguna de ellas es la única narración, metáfora o teoría
correcta. Son instrumentos, no descripciones. La primera
redacción del presente capítulo fue im homenaje a la vida y
la obra de Don Bannister, cuando se me solicitó participar
en una conferencia conmemorativa de ese autor, titulada
«Las metáforas en la vida y en la psicoterapia» y celebrada
en Londres en 1988. He mantenido aquí la forma original
del trabajo. Me sentía especialmente complacido de partici-
par en ese encuentro, y comenzaba explicando por qué.

Psicología y psicoterapia: angustia y narración


Cuando inicié mis estudios de psicología, en 1959 (hace,
increíblemente, casi treinta años), poco a poco comencé a
advertir que no me agradaba mucho su naturaleza mecáni-
ca, ni que afectara muy pocos de los aspectos de la vida que
me parecían importantes. Pero persistí en ella —estudié
teoría, condicionamiento operativo, teoría estadística de la
decisión, psicofísica, simulación computada, gramática ge-
nerativa transformacional— hasta que ya no pude tolerar-
lo. Y empecé a sentir muchísima angustia y depresión por
no saber si alguna vez podría llegar a ser un «verdadero»
psicólogo. Pero como lo ha señalado David Smaü (1984, pág.
82), a mi juicio en forma muy aguda:

«Lejos de ser una falla mecánica, \m "síntoma", \ma "disfiin-


ción" o el indicio de una "mala adaptación", la experiencia
de la angustia constituye una afirmación de la naturaleza
real de nuestro compromiso subjetivo con el mundo. Ser
presa de la angustia es, al menos en parte, abandonar el au-
toengaño, puesto que el fenómeno de la angustia es una in-
sistencia en que la experiencia del sujeto se tome con serie-

203
dad, en que el aprieto real de la persona no puede ser ni será
ignorado».

Y eran exactamente esas dos cosas las que yo sentía: en


primer lugar, la psicología no sólo no tomaba en serio la ex-
periencia de las personas sino que, en segimdo lugeir, yo ya
no podía continuar en el autoengaño de que lo hacía. De he-
cho, hay muchísimas distinciones importantes —en espe-
cial todo un ámbito de juicios, fundamentales para la con-
ducción de los asimtos de nuestra vida cotidiana, relaciona-
dos con la asignación y la atribución de responsabilidades—
que la psicología ignoraba palmaria y arrogantemente. Una
serie de inquietudes ético-políticas o humanísticas que
Broadbent (1970), por ejemplo, hacía a un lado, en sus con-
ferencias Wilüam James en Harvard, en 1970, como «los úl-
timos pataleos de una cultura agónica».
Pero, ¿qué hacer? Formulé en un artículo «duplicado»
mis «objeciones», mis 95 tesis «luteranas». Y entonces, ¿qué?
Necesitaba algo más que clavarlas en las puertas adecua-
das. Afortimadamente, ninguna ideología domina a tal pim-
ío un orden social o un orden disciplinario académico como
para no suscitar también en su seno sugerencias de una
contraorden, insinuaciones de la posibilidad de otras for-
mas muy diferentes de ser (cuestión de importancia, asi-
mismo, para la psicoterapia, a la que pronto volveré). Y en
esa época dos personas se erguían para mí como faros por su
humanidad y su corazón, y la infatigable energía (siempre
se necesita energía) que ponían en su intento de idear for-
mas distintas de ser psicólogo, opuestas a las del observador
«extemo» individualista, sólo interesado (como un príncipe
maquiavélico) en predecir y controlar la conducta de sus
«sujetos». Uno de ellos se encuentra hoy aquí, y es Rom Ha-
rré; el otro era Don Bannister. Envié mis «objeciones» a am-
bos, y ambos me respondieron de una manera que justifica
los mitos que ahora comenzamos a construir en torno de
ellos (respecto de la respuesta de Rom Harré, véase Shotter,
1990a). Don no solamente me invitó —aunque yo era un
principiante sin ningún antecedente— a colaborar en el vo-
lumen Perspectives in Personal Construct Theory que en ese
momento estaba preparando (Shotter, 1970: mi primer tex-
to «constmccionista social»), sino que más tarde me ajTidó a

204
pensar en la formación de una asociación que mediara entre
los psicólogos académicos y quienes ejercían la psicoterapia,
a fin de que irnos pudieran aprender de otros; la asociación
se transformó en la actual APP (Asociación de Psicología y
Psicoterapia).
Ahora bien: la diferencia entre Don y yo —para modifi-
car una expresión habitual— estribaba en que él hacía lo
que decía. Mientras yo vacilaba y, lo mismo que el Gramáti-
co de Browning, decidía no vivir «hasta saber cómo vivir»,
Don ponía en práctica de muchas y diferentes maneras las
implicaciones de su crítica. Sobre todo, como creo que Miller
Mair va a contarles en su charla, en la exploración de otros
medios de comunicación aparte de los «científicos», y ello
tanto en la investigación cuanto en la presentación de los
problemas psicológicos según se manifiestan en la experien-
cia humana. Así pues, aunque aún dispuesto a apoyar de la
boca para afiiera la idea de que la «ciencia» exigía que expu-
siéramos nuestras teorías como un conjimto de proposicio-
nes cuasi matemáticas o geométricas (con sus corolarios,
etc.), Don comenzó también a contar relatos, sobre unos
científicos, por ejemplo, que durante su investigación de
cierto cieno verde poco a poco comenzaron a comprender
¡que su meta en la vida era investigarlo! Esa era su manera
de hablamos del verdadero significado de la reflexividad en
la práctica. O, como dice Miller Mair (1988, pág. 126) en su
brillante exposición en el Simposio de Leeds de 1986, Don
también

«contó una nueva historia sobre lo que generalmente se con-


sideraba la locura más florida [el trastomo esquizofrénico
del pensamiento]. Nos llevó a ver esa quintaesencia del sin-
sentido como un modo de vida, no como una disfunción del
cuerpo. Nos pedía que tomáramos ese bastión de la cosmo-
visión psiquiátrica y lo abriéramos a ima lectura diferente,
que contara una historia de tácticas de vida y no de ciega
necesidad».

Así, puede considerarse que los esquizofrénicos, aunque es


innegable que padecen de una perturbación fisiológica,
simplemente tratan, lo mismo que el resto de los seres hu-
manos, de comprender lo mejor posible sus perturbadas

205
circunstancias. Y Don, como Oliver Sacks (1986, pág. 4), que
dijo:

«hay que señalar desde el comienzo que una enfermedad


nunca es ima mera pérdida o exceso: siempre hay una reac-
ción de parte del organismo o del individuo, para restable-
cer, reemplazar, compensar y preservar su identidad, por
extraño que pueda ser el medio para ello»,

nos alertó (irnos veinte años antes) acerca del «drama» o la


«odisea» presente en nuestros intentos humanos de ser al-
guien. Y también, en tiempos menos propicios que los hoy
disfrutados por Sacks, que la manera de comunicar el poder
emocional y los cambios que momento a momento sufren la
sensibilidad y la situación implícita en el hecho de estar
«en» medio de ese drama, es contarlos como un relato.
Con todo —^y aquí se manifiesta la «vacilación» del Gra-
mático—: ¿realmente capta el relato lo que implicaba vivir-
lo? ¿Podemos profundizar más? No para rechazar por inúti-
les las teorías en favor de las explicaciones o estas en favor
de aquellas sino, por el contrario, para penetrar en el proce-
so mismo de hablar y contar: 1) decir algo acerca de los re-
cursos en que se basan actividades tales como las de teori-
zar, explicar y relatar; 2) decir algo sobre los distintos usos
que se dan a cada una de ellas en la ecología de nuestra vida
social cotidiana en general, y también, 3) decir algo más
acerca de la experiencia de vivir que ni siquiera un relato
cuenta. Creo que podemos hacerlo, y ese es el tema que de-
seo examinar hoy en el resto de mi exposición. Como prelu-
dio al rumbo que quiero tomar, permítanme hacer tres citas.
La primera, de alguien cuyo nombre sólo les revelaré más
adelante, es la siguiente:

«Con mucha frecuencia no logramos hacer que el paciente


recuerde lo que ha reprimido. En lugar de ello, si el análisis
se lleva a cabo correctamente, producimos en él una confia-
da convicción de la verdad de [una] construcción que alcan-
za el mismo resultado terapéutico que la recuperación de un
recuerdo».

Reproduzco aquí estas líneas porque, me temo, quiero plan-


tear ante todo algunas cuestiones relacionadas con los que
considero peligros muy reales en el relato de historias.

206
La segunda cita está tomada de El nombre de la rosa, de
Umberto Eco (Eco, 1984); hasta cierto punto, en lugar de
leer hoy aquí este trabajo, podría sencillamente leerles las
páginas 491 a 493 de ese libro, porque, en lo esencial, deseo
decir aquí lo que él dice allí. La cita es esta:

«No había una trama, y lo descubrí por error».

Y tiene que ver, no obstante y pese a todos los peligros de


contar historias, con la necesidad de contarlas.
La tercera cita está tomada del artículo de Miller Mair
acerca de la narración (Mair, 1988, pág. 136), en el cual afir-
ma que Don decía haber quedado «cautivado» por una írase
que él (Miller) había usado en un trabajo sobre la escucha
de las inquietudes personales de la gente en psicoterapia.
La írase, y esta es la cita, es la siguiente:

«. . .en el contexto de esta, su única vida».

Me gustaría preguntar, desde luego, por qué esta es una


fi-ase cautivante, puesto que también yo la considero cauti-
vante, y estoy seguro de que a ustedes les pasa lo mismo.
Hay algo especial enfirasesasí [lo he señalado en el capítulo
anterior], y creo que deberíamos indagar qué podría ser.

«Concordar con lo que es real en él»


Volvamos, pues, a mi primer tema: los peligros de contar
historias. Freud, como se recordará, estaba muy impaciente
por refutar la crítica seglin la cual el psicoanálisis no era,
para decirlo con sus palabras, «otra cosa que una forma de
tratamiento por sugestión notablemente bien disimulado y
eficaz» (Freud, 1973, pág. 505). Porque si esa acusación fue-
ra correcta, «habría que dar muy poca importancia», decía él
mismo, «a todo lo que nos dice sobre las influencias en nues-
tra vida, la dinámica de la mente o el inconsciente» (1973,
pág. 505). Por cierto, todo el edificio de la teoría causal cons-
truido por Freud —relacionado con la manera en que el de-
sarrollo infantil da forma a nuestras personalidades adul-

207
tas— se volvería por lo menos sospechoso, y tal vez habría
que abandonarlo.
Pues bien: no sólo creo que en efecto esa acusación es
cierta y que Freud se engañó al pensar haber elaborado un
criterio apropiado para evaluar la objetividad de sus aser-
tos. Creo, además, que el fracaso de su criterio, como lo
señala Marie Jahoda (1977), se refleja en toda la naturaleza
de la psicología científica y la vuelve también vulnerable a la
acusación de apoyarse en fundamentos igualmente engaño-
sos. El engaño, empero, no es sólo de Freud. Señala una de-
bilidad de la racionalidad occidental, en lo que en el pasado
habíamos tomado por nuestro criterio de objetividad, a sa-
ber, la independencia respecto de los deseos y las opiniones
de cualquiera de los individuos involucrados en el proceso
investigativo en cuestión. Pero por desdicha eso no excluye
las ilusiones y los delirios producidos colectivamente, donde
la producción social de resultados se atribuye sólo a indi-
viduos que actúan aislados entre sí. Y como consecuencia de
ello, en lugar de contribuir genuinamente a ayudarnos a
resolver los problemas que enfrentamos —al proporcio-
namos (como ocurre en toda terapia eficaz) nuevas y forta-
lecedoras descripciones de nosotros mismos, y no explica-
ciones que nos incapaciten—, esas investigaciones no hacen
sino volver a dar poder a quienes sirven, para que actúen
una vez más como individuos aparentemente coherentes y
autónomos.
Hacerlo tiene, sin embargo, su costo: el de embaucarlos
en cuanto a la verdadera naturaleza de su situación históri-
ca, social, económica y política. En lugar de tomar concien-
cia de la naturaleza de las relaciones sociales en las cuales
intervienen —con su economía política de los recursos cul-
turales que las personas necesitan para desarrollar sus
identidades—, sencillamente vuelven una vez más a vivir
«naturalmente» en ellas, para reproducirlas en sus acciones
y autorreproducirse como el tipo de personas «naturalmen-
te» capaces de actuar en la forma «correcta». Pero las «pre-
nociones naturales» o «anti-relacionales y pre-programa-
das» que intervienen en la constitución de nuestra cultura
occidental cientificista e individualista reclaman (entre
otras cosas) —si queremos aparecer ante los demás como
personas normales y aceptables— que nos tratemos (y

208
tratemos a los otros) como seres que intentan dominarse y
controlarse lo más posible, lo mismo que controlar a su en-
torno. El costo de mantener la ilusión de dominio es, empe-
ro, dejar que nos convirtamos en víctimas de diversas agen-
cias metafísicas e imaginarias, en apariencia naturales, que
supuestamente actúan en nosotros y se denominan incons-
ciente, ello, superyó, complejo de Edipo, etc. Algo similar
ocurre en la tendencia dominante de la psicología: en ella,
los psicólogos hablan de parecidas agencias metafísicas, a
las cuales presuntamente estamos sometidos al vivir nues-
tra vida: lugar de control, autoeficacia, representaciones
mentales, etc. Por eso la «autenticidad», en el sentido de una
liberación espiritual privada y personal, se transforma en el
valor imaginario de la vida en una sociedad en la cual se de-
saprueban las verdaderas relaciones de clase, raza y econo-
mía, reemplazadas por la escisión idealista e imposible; esto
es, valores esencialmente esquizoides de responsabilidad y
posesión personal, por ima parte, y de pretendida igualdad
en términos de acceso a los recursos comunitarios, por la
otra. En tales circimstancias, incapaces de liberamos en el
mundo material a través de la liberación de los otros, ape-
lamos a la ilusoria liberación del espíritu: a los supuesta-
mente nuevos movimientos «new age».
A fin de aclarar cómo se aplica todo esto a Freud, permí-
taseme proceder a examinar lo que, según él, era criterio
suficiente de objetividad para refutar algunas acusaciones
dirigidas a él: que el psicoanálisis actúa meramente por «su-
gestión» y se refiere sólo a las relaciones especiales posibles
entre las personas, y no a estados especiales de los indivi-
duos. «Esas acusaciones se contradicen con más facilidad
mediante una apelación a la experiencia que con la ayuda
de la teoría», dice.

«Cualquiera que haya realizado psicoanálisis habrá podido


convencerse en innúmeras ocasiones de que así es imposible
producir sugestiones en el paciente. Por supuesto, el médico
no tiene dificultades en convertirlo en partidario de alguna
teoría en especial y, de ese modo, hacer que comparta algún
posible error propio. En este sentido, el paciente se compor-
ta como cualquier otra persona —como un alumno—, pero
eso sólo afecta su intehgencia, no su enfermedad. Al fin y al

209
cabo, sólo se puede resolver con éxito sus conflictos y supe-
rar sus resistencias si las ideas anticipatorias que expresa
concuerdan con aquello que es real en él. Lo que haya de
inexacto en las sugestiones del médico queda excluido en el
curso del análisis» (1973, pág. 505).

Pese a todo, como Freud admitía francamente, en la transfe-


rencia (como a los analistas les gusta llamarla) —el «campo
de batalla» en el que se desenvuelve la lucha analítica— se
crean «nuevas ediciones de viejos conflictos». Y el médico-
analista comprueba que

«En lugar de la verdadera enfermedad de su paciente apa-


rece la enfermedad artificialmente construida, y en lugar de
los diversos objetos irreales de la libido, un objeto único, y
una vez más imaginario, en la persona del médico. Pero, con
la ayuda de la sugestión de este, la nueva lucha en torno
de ese objeto se traslada al nivel psíquico más elevado: se
desenvuelve como \ conflicto mental normal» (1973, pág.
508).

Esto, como dice Freud (1973, pág. 507), completa su «cuadro


del mecanismo de la cura vistiéndola con las fórmulas de la
teoría de la libido».
Y esta referencia a «viejos conflictos» fue, al menos ori-
ginariamente, una razón fundamental por la cual el relato
freudiano sobre nosotros mismos ejerció presumiblemente
tanta fascinación en nosotros. Puesto que su explicación de
que nuestra conducta está «inconscientemente motivada»
por esos conflictos —inherentes a la estructura de nuestras
relaciones familiares o a la propia naturaleza de nuestra
biología— se proponía hacer añicos la confortadora concep-
ción burguesa según la cual nosotros mismos somos capa-
ces de justiflcar todas nuestras conductas en términos por
entero racionales. Pero, ¿es verdad? ¿Estamos «inconscien-
temente» motivados en muchos de nuestros actos por «con-
flictos reprimidos»?
Pues bien, creemos que sí. Y mientras escuchamos a
Evans-Pritchard (1976, pág. 150) contarnos que los azande
africanos utilizan un «oráculo de la gallina» para mantener
xm orden social viable, sonreímos con conocimiento de causa

210
cuando nos dice, a propósito de sus intentos de hacerles ver
sus errores:

«me encontraba a veces con afinnaciones categóricas, a ve-


ces con elaboraciones secundarias de creencias previstas
para cualquier situación particular que cause escepticismo,
a veces con una compasión cortés, pero siempre con una
maraña de obstáculos lingüísticos».

Sentimos, en efecto, que no seríamos tan ingenuos. Pode-


mos hablar del «ello» y del «yo» y del «inconsciente», pero ha-
blamos de cosas reales, o al menos de cosas hipotéticas apo-
yadas por una gran cantidad de pruebas. Pero creo que so-
mos ingenuos o, cuando menos, que lo hemos sido en el pa-
sado. Y por no haber advertido verdaderamente la capaci-
dad del lenguaje, la capacidad de la narración de «prestar»
im sentido de realidad a mundos enteramente ficticios, nos
dejamos convencer y aceptamos una versión falsa de nues-
tra vida social en común. Lo que aquí entiendo por «falsifi-
car» es la apropiación y el uso por parte de individuos, para
sus propias finalidades, de determinados recursos especia-
les comunitariamente construidos y mantenidos, que (como
el dinero) son los elementos en cuyos términos la comimi-
dad se mantiene de hecho como tal.
M i explicación para emplear este término es que no quie-
ro negar que las reahdades sociales en que vivimos están so-
cialmente construidas; en rigor, mi propósito es exactamen-
te el opuesto: destacar ese hecho. Entonces, así como el di-
nero no tiene realidad si no es como medio de intercambio
en la realización de transacciones —^pues su valor está en su
carácter «promisorio»: la medida en que sus usuarios están
dispuestos a cumplir con el compromiso implícito en su
uso—, lo mismo ocurre con el lenguaje. Los problemas se
plantean, empero, al discutir cuáles son esos compromisos o
promesas. Y las formasfi-eudianasde hablar no se refieren,
creo, sino al grado que nos permite eludir las responsabi-
lidades en que nosotros mismos nos enredamos, y por eso
son, a mi entender, falsas en muchos aspectos.

211
El valor del orden y la coherencia
En mi intento de decir exactamente por qué pienso que
son falsas podría dar un gran número de detalles, relacio-
nados, por ejemplo, con las actuales discusiones sobre la
historia de la «teoría de la seducción» (Masson, 1984) y cómo
Freud (SE, 1962, vol. 3, págs. 202-14 [págs. 202-12]) la
reemplazó con sus conceptos de «sexualidad infantil»; pero
no sólo no dispongo de tiempo para hacerlo, por importante
que sea, sino que en realidad no es pertinente. Sí lo es, por el
contrario, poner de reüeve la naturaleza general de los pro-
cesos interpretativos o hermenéuticos, y señalar dos cosas:
una es la importancia que en la constitución de unos y otros
tienen ciertas comprensiones previas (para emplear un
término de Heidegger) específicas y no examinadas; la otra
es el supuesto general, común a todos esos procesos, de que
en realidad hay o había un orden «oculto» ya existente a la
espera de tma explicación. Y es este último supuesto el que
hoy creo más injustificado. Pero abordemos en primer lu-
gar el punto concerniente a las comprensiones previas espe-
cíficas.
Quiero apoyarme aquí en un artículo de Roy Schafer
(1980) titulado «La narración en el diálogo psicoanalítico».
En él su autor se propone reinterpretar por entero el psico-
análisis como una empresa totalmente narrativa, consagra-
da a lo que podría llamarse ima «historia del presente» más
que ima «historia del pasado». Pero en este punto me permi-
tiré hacer a un lado la cuestión general y ocuparme de algu-
nos aspectos de detalle de ese trabajo. En él, Schafer señala,
por ejemplo, lo que todos los filósofos de la ciencia recientes
señalaron sobre la naturaleza de los datos en la ciencia: que
están cargados de teoría. Y que

«Lo que se ha presentado como los datos y las técnicas pu-


ramente empíricos del psicoanálisis es inseparable de los
supuestos precríticos e interrelacionados del investigador,
acerca de los orígenes, la coherencia, la totalidad y la inteli-
gibilidad de la acción personal» (1980, pág. 30).

Y agrega, en lo concerniente a Freud, que en su teorización


formal emplea dos estructuras narrativas primarias para
configurar sus supuestos precríticos. Una se inicia con el

212
infante y el niño como ima bestia, también conocida como
el «ello», y termina con la bestia domesticada, amansada
por la frustración durante su desarrollo en una civilización
hostil a su naturaleza. La historia básica es antigua; se con-
tó de muchas maneras durante siglos, y está ubicuamente
presente en lo que consideramos, dice Schafer, el «sentido
común refinado» (del cual diremos más dentro de un mo-
mento). La otra estructura narrativa se basa en la física
newtoniana tal como la transmitieron los laboratorios de fi-
siología y de neuroanatomía del siglo XIX. Esas dos estruc-
turas ejemplifican una adhesión dominante de Freud, que a
través de las vueltas y revueltas de su teorización él nunca
abandonó: la adhesión al determinismo, para mostrar que
la conducta presente está determinada por sucesos pasa-
dos; una adhesión al psicoanálisis como ciencia natural que
Freud expresó en una declaración hoy famosa:

«El psicoanálisis es una parte de la ciencia sobre el alma, de


la psicología (...) La psicología es también una ciencia natu-
ral. ¿Qué otra cosa puede ser?» (SE, 1964, vol. 23, pág. 282
[pág. 284]).

Así, no sólo rechazaba la afirmación de Jung, por ejemplo,


de que los orígenes y las causas de los conflictos neuróticos
deben buscarse en las circunstancias presentes de la vida
—^y que muchos pretendidos «recuerdos infantiles» son fan-
tasías adultas, retrospectivamente proyectadas en la ni-
ñez—, sino que esa concepción no tenía sentido dentro de su
propia narración personal. Pero, ¿cuál era esa narración?
Bien: si consultamos El malestar en. la cultura, hallare-
mos algunas declaraciones de Freud que me parecen muy
personales, referidas a sus sentimientos con respecto a su
relación con el mundo y con quienes lo rodeaban. Por ejem-
plo, dice aUí (1961, pág. 26 [pág. 77]) que:

«Del temido mundo exterior no es posible protegerse ex-


cepto extrañándose de él de algún modo, si es que uno quie-
re solucionar por sí solo esta tarea. Hay por cierto otro cami-
no, un camino mejor: como miembro de la comunidad, y con
ajTida de la técnica guiada por la ciencia, pasar a la ofensiva
contra la naturaleza y someterla a la voluntad del hombre».

213
La adhesión de Freud a una Weltanschauung «científico-na-
tural» era, pues, no sólo un compromiso profesional espe-
cial con la objetividad, sino también, como resulta claro,
una actitud totalmente inmersa en el proyecto cartesiano
del «dominio y posesión de la naturaleza» por los individuos.
Es notorio asimismo que Freud tampoco sabía cómo ser de
otra manera. Es esa, creo, la razón por la cual, aunque «sa-
bía» en cierto sentido que el psicoanálisis era ima empresa
narrativa —^pues, como estoy seguro de que ustedes lo sos-
pechan, la primera de mis citas, según la cual los resultados
terapéuticos sólo se logran mediante construcciones, perte-
nece al propio Freud—, no era capaz de admitir el hecho;
por ser quien era, debía persistir con su Weltanschauung
científico-natural.
Pero, como observa Schafer, a) para organizar los datos
analíticos puede emplearse no solamente el tema jimguia-
no de la individuación de los adultos, sino también otras
narraciones. Por ejemplo, b) los seguidores de Karen Hor-
ney pueden aplicar su interés adleriano en las estrategias
ad hoc que las personas elaboran para hacer frente a sus re-
laciones con los demás; c) los kleinianos pueden explicar
que el niño o el adulto se encuentran en determinado esta-
dio de recuperación de ima furiosa psicosis infantil en el
pecho materno; en tanto d) los kohutianos hablan del niño
empujado de manera casi instintiva a la actualización de im
yo coherente; y pronto, sin duda, tendremos relatos acerca
e) del yo «yuppie» posmodemo, desnarrativizado, descentra-
do, fluido, liberado de la carga de tener que comprometerse
a desempeñar un papel consistente durante mucho tiem-
po. . . junto con su búsqueda supuestamente «neurótica» de
algima estructura narrativa para entender las laberínticas
turbulencias de su vida. Cada narración puede emplearse
como un dispositivo para obtener, constituir, seleccionar y
organizar datos psicoanalíticos (y orientar así una nueva
obtención).
Pero en su enunciación, cada narración, en la medida en
que nos la contamos a nosotros mismos así como a otros,
constituye además —como aclara también Schafer— vm «yo
narrador» y un «yo narrado», al igual que las relaciones de
este yo con «otros», un yo cuyo carácter está determinado
por su «lugar» o «posición» en un discurso. Y en el relato que
Schafer hace de la narración psicoanalítica, la función

214
psicoterapéutica de la interpretación psicoanalítica consiste
en reconstruir, en vina nueva narración, todos los fragmen-
tos de la vida presente (no pasada) del paciente surgidos en
las sesiones analíticas: «El analista competente dice, en
sustancia», lo siguiente:

«Deje que en el curso del análisis le muestre otra realidad,


algunos de cuyos elementos de sentido común están ya,
aunque incoherente y eclécticamente, incluidos en lo que
usted ahora llama realidad (. . .) Esta segunda realidad es
tan real como cualquier otra. En muchos aspectos será más
coherente e incluyente y estará más abierta a su actividad
que la realidad por la cual usted ahora responde y con la que
intenta arreglárselas. Sobre esa base, también hace que la
posibilidad de cambio sea más clara y más o menos viable, y
puede abrir así una salida de sus dificultades presentes»
(1980, pág. 50).

Pero si esa segunda realidad no cura a los pacientes concor-


dando con algo real en su mal (que no es lo mismo que afec-
tarlos en su intelecto), ¿cómo los «mueve»? ¿Por qué lo que
se dice de esa nueva narración no contribuye a «informar-
los»? ¿Basta, como dice Schafer, con que dé vma versión al-
ternativa, pero aiin coherente, de pequeños fragmentos de
vida? En otras palabras, todavía hay allí varios puntos que
requieren aclaración: 1) el verdadero valor de esas narra-
ciones; 2) de dónde extraen su poder, y 3) su relación con la
reaHdad.

Si lo completamos, lo falsificamos

Se sugiere que extraen su poder de su coherencia. A mi


juicio, eso es cierto sólo en parte; como veremos en seguida,
también la metáfora es importante. Pero antes examinemos
bien lo que se sostiene aquí. Como sabemos, la naturaleza
fundamental del proceso constructivo en juego es la obten-
ción de pedazos ofragmentosde las asociaciones del pacien-
te, relatos de sus sueños y sus recuerdos, etc., con los que se
teje vm todo coherente. El hecho de asignar a cada aconte-
cimiento, antes aparentemente azaroso, un papel inteligi-

215
ble en ese todo, nos permite comprenderlos. Y en la medida
en que nos guía hacia nuevos descubrimientos de importan-
cia acerca de la vida del paciente, se considera que ese todo
es convincente y persuasivo. El famoso círculo hermenéu-
tico conlleva un movimiento de ida y vuelta entre «el todo
concebido a través de las partes que lo actualizan, y las par-
tes concebidas a través del todo que las motiva» (Geertz,
1975, pág. 52). Con la salvedad, debo añadir, de que Freud
no lo concebía como un mero proceso constructivo sino re-
constructivo, semejante, de hecho, a la arqueología. En una
de las expresiones más tempranas de esta metáfora, dice
{SE, 1896/1962, vol. 3, pág. 192 [pág. 192]):

«Si el éxito premia a su trabajo [el del arqueólogo], los ha-


llazgos se ilustran por sí solos: los restos de muros pertene-
cen a los que rodeaban el recinto de un palacio o una caza
del tesoro; im templo se completa desde las ruinas de colum-
natas; las numerosas inscripciones (. . .) revelan un alfabe-
to y ima lengua cuyo desciframiento y traducción brindan
insospechadas noticias sobre los sucesos de la prehistoria,
para guardar memoria de la cual se habían edificado aque-
llos monumentos».

Pero en otra exposición de su método {SE, 1923/1964, vol.


19, pág. 116 [pág. 118]), en la que utiliza ima metáfora lige-
ramente distinta, revela por qué creía que otorgaba certi-
dumbre: porque el proceso era para él como el de Eirmar un
rompecabezas:

«de modo que se obtienen unos montones desordenados de


planchuelas de madera [del rompecabezas], cada uno de los
cuales lleva adherido un fragmento ininteligible del dibujo;
si se consigue ordenarlos de tal modo que el dibujo adquiera
pleno sentido, que no quede laguna entre las junturas y que
el todo llene el marco; si todas esas condiciones se cumplen,
uno sabe que ha hallado la solución del rompecabezas, y que
no existe otra».

Dicho de otra manera: en parte, al menos, las interpretacio-


nes no son persuasivas porque se apoyen en pruebas, sino
a causa de su atracción retórica; la convicción surge porque
el ajuste con las otras piezas del rompecabezas es bueno

216
—donde, como ha mostrado Schafer, el rompecabezas está
determinado por las narraciones precríticas de Freud—, no
porque hayamos establecido un verdadero contacto con el
pasado.
Es interesante comparar esta afirmación de Freud con la
observación de Wittgenstein (1980, I , n° 257) [ya citada en
su totalidad en el capítulo 6], en la que dice:

«La mera descripción es muy difícil porque creemos que


para entender los hechos hay que completarlos (. . .) sólo
[parecen] cobrar sentido si las integramos [las manchas] en
una forma. Mientras que yo quiero decir: Este es el todo. (Si
lo completamos, lo falsificamos.)».

Pero esa es precisamente la táctica de Freud, por ejem-


plo, en La interpretación de los sueños, en el famoso caso
del hombre que soñaba que estaba hablando con su padre
muerto. A l respecto, el hombre había dicho que estaba ha-
blando con su padre «como solía, pero (esto era lo asombro-
so) estaba no obstante muerto, sólo que [el padre] no lo sa-
bía». «Se comprenderá este sueño», dice Freud {SE, 1953,
vol. 5, pág. 430 [pág. 430]), «si a continuación de "estaba no
obstante muerto" se agrega "a causa del deseo del soñante",
y si se completa "sólo que él no lo sabía" así: el soñante "no
sabía que tenía ese deseo"». Pero no es sólo la táctica de
Freud; todos lo hacemos, y la vida sería imposible si no lo
hiciéramos. ¿Por qué? Porque, creo, como dijo C. W. Mills
(1940), mucho antes de que también Wittgenstein lo señala-
ra, la función fundamental del habla no es representar el
mundo, sino «coordinar una acción diversa». Y sólo determi-
nados tipos de habla contribuirán a hacerlo, a producir or-
den. Lo importante es el interés en hablar «de» cosas pasa-
das de vma manera tal que producirá orden. Pero, una vez
más, ¿por qué?

Tendría que haberlo sabido... no hay orden en el


universo

Si yo les ofi"eciera una versión completamente azarosa


de una secuencia de acontecimientos que, en palabras de G.

217
K. Chesterton, no fuera «más que una condenada cosa tras
otra» y, no obstante, les asegurase que en efecto es una re-
presentación fiel de lo realmente ocurrido, es probable que
ustedes dijeran algo así como: «Bueno, podría muy bien ser
verdad, pero para mí no tiene sentido; sigo tan confundido
como antes en cuanto a qué hacer». Porque para actuar de
una manera ordenada, de una manera que sea inteligible
tanto para los otros como para nosotros, necesitamos una
descripción que nos «sitúe» y nos sugiera vma «línea de ac-
ción» socialmente aceptable. Sólo entonces, al parecer, vale
la pena preguntarnos cuál es el valor de la descripción, se-
gún la acción que sugiere. Las representaciones fieles que
no tienen sentido, nos son, parecería, inútiles.
En verdad, por eso mencioné antes la cita de El nombre
de la rosa de Eco. Está cerca del final del libro, en el marco
de una discusión entre Guillermo de Baskerville (el «Sher-
lock Holmes» del relato) y Adso (su «doctor Watson»). Gui-
llermo acaba de analizar los motivos de Jorge, el villano de
la novela. Al respecto, dice:

«Jorge hizo algo diabólico porque amaba su verdad tan im-


púdicamente que se animaba a todo a fin de destruir la fal-
sedad (. . .) [Pero] quizá la misión de los que aman a la hu-
manidad es hacer que esta se ría de la verdad, hacer que la
verdad ría, porque la única verdad está en aprender a libe-
ramos de la pasión insana por la verdad» (Eco, 1984, pág.
491).

Pero Adso le dice que está hablando así sólo debido a la de-
presión que le ha causado el giro de los acontecimientos —el
incendio de la biblioteca, etc.— y que debería estar de buen
ánimo por haber derrotado a Jorge, «porque usted descubrió
su trama» (1984, pág. 491). Y es en ese momento cuando
Guillermo dice extrañamente que «No había una trama, y
lo descubrí por error» (1984, pág. 491). Aimque de inmedia-
to explica lo que quiere decir:

«Llegué a Jorge en busca de un autor de todos los críme-


nes y descubrí que cada crimen había sido cometido por una
persona distinta, o por ninguna. Llegué a Jorge en persecu-
ción del plan de una mente perversa y racional, y no había
plan o, más bien, Jorge fue superado por su propio objeti-

218
vo inicial y comenzó entonces una secuencia de causas, de
causas concomitantes y de causas que se contradecían entre
sí, que procedían por sí mismas, creando relaciones que no
derivaban de ningún plan. ¿Dónde está mi sabiduría, en-
tonces? Me comporté como un testarudo y perseguí una
apariencia de orden, cuando tendría que haber sabido muy
bien que no hay orden en el universo.
»Pero al imaginar im orden erróneo halló de todos modos
algo...».
[Replica Adso].
»Lo que dices está muy bien, Adso, y te lo agradezco. El
orden que nuestra mente imagina es como ima red, o como
una escalera, hecha para llegar a algo. Pero después hay
que deshacerse de la escalera, porque uno descubre que,
aimque útil, carecía de sentido» (1984, pág. 492).

¿Sin sentido? ¡Indudablemente no! ¿Qué quiere decir Eco


aquí? ¡Con seguridad, los fragmentos sólo asumen un sen-
tido porque son puestos en un orden, mediante el agregado
de partes supuestamente faltantes que en el origen deben
haber estado allí! No, no es así. Lo que allí cobran no es tan-
to sentido cuanto inteligibilidad, esto es, resulta posible
captarlos reflexiva e intelectualmente. Se ha construido el
orden y se han agregado las partes faltantes, no porque
debían haber estado allí en la realidad, sino gracias al re-
curso a ima sintaxis, a ima «gramática» implícita en nues-
tro lenguaje; vale decir, mediante el recurso a rasgos i m -
plícitos en nuestras formas «aceptadas» de coordinar recí-
procamente nuestras acciones, donde la sintaxis propone la
apariencia de un sentido al intelecto racional. Pero se trata
de una versión falsificada, una versión en favor de una ma-
nera única y particular de ordenar la vida social, que para
Freud, como lo argumenté antes, se planteaba en térmi-
nos de individuos que alcanzan el control y la posesión de
recursos producidos de manera esencialmente social. Es
una falsificación porque, como observa Eco, en el universo
—o, como hubiese dicho Wittgenstein, en el «bullicio» o «al-
boroto» de la vida cotidiana— no hay orden, no hay un or-
den único, completo. Por eso los verdaderos sentidos de los
acontecimientos que se producen en nuestra vida no pueden
entenderse como es debido en los confines de un orden; sólo
se los puede hallar en el vivir práctico, no enteramente or-

219
denado, de nuestra vida. Y los sentidos que tenemos allí son
diferentes de los que se les atribuyen en un mundo narrati-
vo, con su único orden coherente. En esos mundos imagina-
rios, como dice im muy conocido creador de muchos de ellos,
C. S. Lewis (1939, pág. 156),

«El porcentaje de sintaxis disfrazada de sentido puede va-


riar desde alrededor del ciento por ciento en los autores
políticos, los periodistas, los psicólogos y los economistas,
hasta alrededor del cuarenta por ciento en los escritores
[como él] de cuentos infantiles».

Lo que retrospectiva e intelectualmente parece un fragmen-


to ininteligible de un «orden oculto» se comprende en la vida
cotidiana de diferentes maneras en diferentes contextos y
diferentes momentos.

Toda una nube defilosofíaen una gota de


gramática

Pero, ¿de qué modo? Yo diría que gracias a los recursos


que nos proporciona el sentido común. ¿Cuál es, empero, la
naturaleza del sentido común? Si hemos de creer a los trata-
dos de psicología «científica» —que, gracias a Dios, no siem-
pre son necesarios—, aunque «el conocimiento informal»
que nos ofrecen no sólo el sentido común sino también «poe-
tas, filósofos, dramaturgos y novelistas» es «brillante y pe-
netrante (.. .) [y] a menudo muy imponente», «parece ser
al mismo tiempo confuso e inconsistente» (Barón y Bryne,
1984, pág. 4). Y, para probar su aserto, los autores muestran
el contraste entre «el amor aumenta con la ausencia» y «ojos
que no ven, corazón que no siente». Entonces, a causa de su
confusa inconsistencia, el sentido común no puede «propor-
cionar de por sí una base apta para entender la compleja
naturaleza de las relaciones sociales». Bueno, creo que lo
han captado bastante bien: es confuso e inconsistente. Pero
a diferencia de Barón y Bryne, y de Freud, quienes creen
que hay que imponerle un orden porque está lleno de ele-
mentos contradictorios, a mi juicio en su naturaleza confusa
e inconsistente reside la fortaleza del sentido común.

220
Ahora, con vistas a mi penúltimo pmito, quiero referir-
me a la que considero una de las obras más importantes de
teoría social de este momento: la de Michael Billig y sus
colegas del grupo de discurso y retórica de Loughborough,
sobre lo que ellos denominan la estructura «dilemática» del
sentido común, es decir, la imposibilidad, a su modo de ver,
de organizar jamás el sentido común en un orden único, a
causa de sus temas esencialmente contrarios y de sus ten-
siones irresueltas (Billig, 1987; BiUig et al, 1988). Sus afir-
maciones pueden relacionarse con algunas otras muy simi-
lares. Wittgenstein (1980, I I , n°s 624-6), como ya lo he seña-
lado, veía la vida cotidiana como un «bullicio», que es «inde-
finido» pero de todos modos reconocible «por la impresión
general que produce». En tanto que Heider (1958, pág. 2)
dice a su respecto que «aunque tácito y sólo vagamente con-
cebido, permite [al ser humano] interactuar con los demás
en formas más o menos adaptativas». Cliffbrd Geertz (1983,
pág. 90) lo llama «ametódico», pero observa que, a pesar de
todo su desorden, una de sus principales cualidades es la
«accesibilidad»; o, como dice Barthes (1983, pág. 214), de lo
que llama «el repertorio de imágenes», «su poder es inme-
diato: no tengo que buscar la imagen, llega a mí de improvi-
so», una y otra vez, convocada «a capricho de circunstancias
Eileatorias». Por último, permítaseme que mencione la des-
cripción fenomenológica que Merleau-Ponty (1964, pág. 88)
da sobre el acto de hablar:

«Las palabras y los giros de frases necesarios para dar ex-


presión a mi intención significativa se sugieren por sí mis-
mos ante mí, cuando estoy hablando, por la mera existencia
(...) de cierto estilo de hablar del que surgen y según el cual
se organizan sin que antes tenga que representármelos».

Y continúa en una forma que, aunque no es directamente


pertinente para el pimto que aquí me interesa, no puedo re-
sistirme a citar:

«Hay un sentido "lenguajero" del lenguaje que efectúa la


mediación entre mi intención aún no dicha y las palabras, y
en una forma tal que las palabras dichas me sorprenden y
me revelan mi pensamiento».

221
M i objetivo cuando menciono las observaciones hechas
por todos estos autores acerca de la naturaleza del sentido
común y su estructura vaga e inexpresada, es destacar que
—aunque desde un pimto de vista intelectual pueda pare-
cer ininteligible— ello no significa que carezca de importan-
cia como recurso práctico. En rigor, sucede precisamente lo
contrario, y es aquí donde entra la obra de Billig y sus cole-
gas. A l repensar la naturaleza de la ideología —la forma
como el pensamiento de lo que sólo es una clase o una élite
dentro de la sociedad puede llegar a «infectar», por así decir-
lo, todo el pensamiento de esta—, observan que en el pasado
se tendía a tratar los sistemas ideológicos como sistemas
efectivamente integrados de pensamiento o, para emplear
términos psicológicos, como esquemas par excellence. En su
exposición subrayan los aspectos dilemáticos de una ideolo-
gía: el hecho de que dentro de la ideología del liberalismo,
por ejemplo, haya dilemas concernientes a la relación entre
lo individual y lo colectivo, entre igualitarismo y autoritaris-
mo, responsabilidad individual y responsabilidad social, la
libertad de acción de un agente y la necesidad natural, etc.
Lo cierto es que, aim dentro de una ideología, hay debate y
argumentación, porque dentro de cada una de ellas hay una
insoluble dialéctica de temas y contratemas, muchos de los
cuales son dilemas clásicos que nos acompañan desde los co-
mienzos de los tiempos. Y lo que les confiere su sabor «ideo-
lógico» es el «lenguaje» o el «vocabulario» dominante de re-
cipientes metafóricos dentro de los cuales intentamos, en
nuestras narraciones, darles una forma inteligible, puesto
que nuestras maneras de hablar siempre favorecen a deter-
minados sectores de la sociedad en desmedro de otros.
Pero una vez más, y esto me conduce a mi última cues-
tión, podemos preguntarnos por qué algunas formulacio-
nes nos «mueven» o nos «cautivan» más que otras. Es aquí
donde es relevante mi tercera y última cita: la frase de M i -
ller Mair «en el contexto de esa, su única vida». ¿Por qué de-
terminadas frases nos cautivan y nos mueven? La respuesta
es sencilla, creo: porque son poéticas. Pero, ¿qué significa
decir tal cosa? Y aquí pasamos directamente, me parece, a
los orígenes del propio lenguaje y a un ámbito polémico en el
cual es posible decir muy poco que resulte sensato. Pero al
menos podemos, creo, decir esto: primero, que hay ciertos
momentos especiales que uno comparte con los otros —los

222
llamaré momentos de referencia común— en los que, cuan-
do dos personas (dos seres) se consideran una a otra y su si-
tuación común, saben, por sus «sintonías» recíprocas, como
las denominaré, que ambas la sienten de la misma manera,
tal como uno sabe, por ejemplo, al estrechar la mano de otra
persona, quién manda y quién acompaña, o que acaso la
persona no procede de una cultura en la cual exista esa cos-
tumbre y no entiende a qué se refiere esa actitud. Lo segun-
do es que en esos momentos nuestras expresiones pueden
contribuir a dar una significación compartida a esas cir-
cimstancias compartidas, y en este punto Vico (cuyas ideas
son, en esencia, las que les transmito aquí) señala que hom-
bros encorvados y miradas vacilantes pueden llegar a signi-
ficar temor: un temor experimentado originalmente junto
con otros al correr a esconderse en las cavernas, por ejemplo
(y sólo por ejemplo), como consecuencia de un trueno. En
otras palabras, decir que una frase es poética o metafórica
equivale a decir que contribuye a dar forma a algo que en sí
mismo es esencialmente informe. Pero, por otra parte, al
hacerlo, si se pretende que «mueva» y no sólo «informe», no
tiene que afectamos únicamente en nuestro intelecto n i en
nuestra enfermedad, sino en nuestro vivir. Y eso, creo, quie-
re decir Wittgenstein cuando, al hacer esencialmente la
misma observación que Merleau-Ponty, sostiene que «es
correcto decir "sé qué estás pensando", y erróneo decir "sé
qué estoy pensando"» (Wittgenstein, 1953, pág. 222). Lo que
dice es que mis diferentes formas de hablar del pensamien-
to de los otros y del mío propio pueden sorprenderme y reve-
larme las diferencias en juego aquí: que otros nos «mues-
tran» su pensamiento «en» sus acciones, en tanto que por
nuestra parte no nos «mostramos» de la misma forma el
nuestro. Como dice Wittgenstein (1953, pág. 222), «toda ima
nube de filosofía se condensa en una gota de gramática».
Los relatos pueden decirnos qué deberíamos hacer en de-
terminadas circunstancias particulares para que nuestras
acciones se ajustaran a un orden específico, pero su peligro
está en que, al manifestamos en su decir sólo una selección
de las posibilidades que abren ante nosotros, pueden ocul-
tarnos con la misma facilidad cuál es esa gama de posibili-
dades.

223
9. E l gerente como autor práctico:
conversaciones para la acción

«Las responsabilidades más esenciales de los gerentes (. . .)


pueden caracterizarse como la participación en conversacio-
nes en busca de posibilidades que abran nuevos contextos a
las conversaciones para la acción».

Winograd y Flores, 1986, pág. 151

El tema de este capítulo atañe a la teoría social organiza-


cional, pero en este momento no hay duda de que estos son
tiempos turbulentos (Gergen, 1990) para y en la teoría orga-
nizacional: son muchas las teorías propuestas, pero pocas
las que parecen adecuadas o útiles. Las observaciones que
presento a continuación no modificarán ese estado de co-
sas. En realidad, para la teoría o las teorías como tales, sólo
aportan malas noticias. Pues me propongo sostener, junto
con Winograd y Flores (1986), que en los estudios gerencia-
les ya no necesitamos más o diferentes teorías, sino enten-
der mejor la conversación y las realidades conversacionales.
En efecto, la consecuencia de mis observaciones es que, al
menos en los estudios gerenciales, deberíamos relegar la
teoría enunciada en términos de proposiciones, reglas o
principios a la habitación trasera de nuestro pensamiento, y
dejarla allí a mano, tal vez, como un recordatorio ocasional,
pero nada más. Y ello porque me propongo sostener (si-
guiendo a Vico: véase más adelante) que en vez de ajustarse
al modelo de las ciencias naturales —con su énfasis en el co-
nocimiento del mundo externo—, los estudios gerenciales
tendrán mejor suerte si funcionan como un estudio huma-
no, basado en el conocimiento especial que tenemos «desde
dentro» de nosotros mismos como seres humanos conversa-
cionalmente competentes. Pues si continuamos tratando los

224
estudios gerenciales como una «ciencia» y centrándonos
principalmente en «teorías» (aun cuando hayamos dejado
de preocuparnos por si son verdaderas o falsas y sólo las
manejemos como «herramientas del pensamiento»), nos
ocultaremos nuestra falta de conocimientos en al menos dos
esferas de actividad, decisivas para entender qué implica la
administración de organizaciones.
Por ejemplo, todavía no comprendemos la naturaleza de
la capacidad central esencial que hace de un gerente un
buen gerente. Es evidente que no tiene que ver con el des-
cubrimiento y la aplicación de una teoría verdadera o falsa,
sino con un conjunto de cuestiones centradas en el aporte
de una formulación inteligible de lo que se ha transformado,
para los demás integrantes de la organización, en un caótico
tumulto de impresiones.^ En este sentido, el gerente puede
ser visto como un «reparador», alguien capaz de restablecer
xm curso habitual de acción que en cierto modo se ha fractu-
rado, e imprimirle ima dirección inteligible. Así, en lugar de
ver a los gerentes como si «hicieran ciencia», lo mejor es con-
siderar que están realmente «haciendo historia». Pues si
bien deben actuar confrecuencia(como lo decía Marx en ge-
neral a propósito de los hombres que hacen la historia) «en
circunstancias que ellos no han elegido», los buenos geren-
tes, cuando están frente a esas circunstancias no elegidas,
pueden, si las formulan adecuadamente, a) crear un «paisa-
je» de posibilidades y coacciones (Giddens, 1979) relevantes
para una gama de posibles acciones próximas; b) generar
una red de «posiciones» o «compromisos» morales (entendi-
dos en términos de los derechos y deberes de los «actores» de
ese paisaje), y c) ser capaces de argumentar de manera per-
suasiva y autorizada en favor de ese «paisaje» entre quienes
deben trabajar en él. Si ese es el caso y puede considerarse
que dentro de su esfera de influencia los gerentes «hacen
^ «Lo mismo que en el lenguaje en general, no podemos considerar sim-
ples nociones de verdad y deducción. L a "crisis" energética no fue creada
por actos comerciales de las compañías petroleras, los árabes o los consu-
midores estadounidenses, sino por quienes, con capacidad de promover
consenso, evaluaron una situación a largo plazo y declararon que era una
crisis. L a cuestión pertinente no es saber si es "verdadero" o "falso" que
hay u n problema, sino qué finalidad tienen (para hablante y oyente) los
compromisos suscitados por los actos de habla [enunciados] que lo crea-
ron, y cómo generan esos compromisos el espacio de acciones posibles»
(Winograd y Flores, 1986, pág. 147).

225
historia», deben ser entonces algo más que meros «lectores»
de situaciones, algo más que sus meros «reparadores». Aca-
so un buen gerente también deba ser visto como algo pareci-
do a i m «autor».
Pero no pueden innovar a volimtad, pues el hecho es que
no «todo vale»: no pueden ser autores de ficciones que no
mantengan ninguna relación con lo que «permiten» u «ofi'e-
cen» las condiciones no elegidas enfrentadas por ellos.^ Su
autoría debe ser justificada o justificable, y para que ello
sea posible, debe «fundarse» o «enraizarse» de alguna ma-
nera en circunstancias que otros comparten. Esto nos con-
duce a una segunda esfera crucial de conocimiento y acti-
vidad en la cual la idea del gerente como «científico» nos in-
duce a error, puesto que en su aporte de gran número de he-
rramientas para el pensamiento y la percepción, nos oculta
el hecho de que omite proporcionamos herramientas rele-
vantes para ese otro aspecto importante de toda práctica in-
vestigativa: el de ser capaz de actuar desde dentro de una
circunstancia, mediante una ayuda instrumental, para sa-
ber cómo actuar a posteriori en ella: el proceso de «tantear»
el camino por delante, por así decirlo. En efecto, puesto que
una teoría como tal es, en rigor, la versión sistemática de los
acontecimientos dada por un tercero, un observador exter-
no, y tiene como meta influir en ellos no desde «adentro» si-
no externamente, desde «afuera», a menudo puede parecer
que en ima teoría semejante la acción queda excluida: de tal
modo, todavía es posible sentir, incluso en las formas más
complejas y elaboradas de teoría, que nuestro propio análi-
sis nos quita autoridad. Lo que es preciso comprender es la
naturaleza y el funcionamiento de esa especie de auxiliares
o extensiones (prostéticas) de nuestros órganos de los senti-
dos y de la acción —que, como dice Polanyi (1958, pág. 55),
«no son objetos de nuestra atención sino sus instrumen-
tos»—, mediante los cuales actuamos y conocemos.
En realidad, para comprender la autoría necesitamos,
como lo sostuve antes, disponer de una descripción en esos
términos del uso que las personas hacen del lenguaje, una

2 E l empleo que hago de l a palabra «ofrecer» [afford] está influido por el


enfoque «ecológico» de la percepción en psicología sostenido por Gibson
(1979). A su juicio, no percibimos nuestro entorno visual como una cámara
que tome fotografías: lo percibimos «para la acción», de acuerdo con las ac-
ciones que «ofrece».

226
descripción que subraye (por encima de su función mera-
mente representativa) lo que podría llamarse su poder for-
mativo: la capacidad de los individuos, en situaciones que
en otros aspectos son vagas o sólo parcialmente especifica-
das e incompletas (y que surgen en la acción conjunta de la
primera y la segunda personas), de «dar» o «prestar» a esas
situaciones una formulación lingüística más determinada
(con todas las propiedades necesarias antes enumeradas),
de acuerdo con lo que «perciben» o «sienten» «permisible»
por las tendencias sólo vagamente precisadas de la situa-
ción (Shotter, 1984). Remitirse a una teoría sistemática
cuando se enfrenta una «crisis» de la conducta humana es
tratarla como si fuera semejante a un estado de cosas ya per-
fectamente conocido. Aunque pueda parecer que eso contri-
buye a permitimos preparar nuestras reacciones de ante-
mano, ignorar las «tendencias» precisas presentes en la si-
tuación puede llevamos a que nos sorprenda lo inesperado.
En síntesis, para justificar su condición de autor, el buen ge-
rente debe dar una formulación lingüística compartible a
sentimientos ya compartidos que nacen de circunstancias
compartidas, y la mejor manera de lograrlo quizá sea me-
diante el empleo de metáforas y no a través de la referencia
a teorías ya existentes. En lo que sigue, no haré sino com-
pletar parte del contexto de esta visión a fin de amplificarla.

Las dificultades de la imagen del gerente como


científico
Los inconvenientes antes esbozados, causados por la
formación de los gerentes para que traten los problemas de
negocios como si fueran problemas científicos, no son nue-
vos. Todos ellos fueron señalados, por ejemplo, en la diser-
tación de Giambattista Vico de 1708 titulada «Sobre los mé-
todos de estudio de nuestra época», en la cual atacaba la in-
troducción de «los nuevos métodos geométricos» de los car-
tesianos en las universidades. Vico era profesor de retórica
—entendida en ese entonces como el arte de discutir, en una
situación fundamentalmente indeterminada, cuál es el me-
jor curso de acción a seguir entre los que ella «ofrece»— y le
inquietaba que «la mayor desventaja de nuestro [nuevo]

227
método de estudio está en que, al dedicar tanto esfuerzo a
las ciencias naturales, descuidamos la ética y, en particular,
la parte que se ocupa de la naturaleza de la mente humana,
sus pasiones y cómo se relacionan con la vida cívica y la elo-
cuencia» (citado en Pompa, 1982, pág. 41). Con esto en men-
te, permítaseme analizar algunas de las dificultades plan-
teadas por la imagen del gerente como un científico que em-
plea teorías como principal «herramienta» operativa —para
lo cual me valdré como pretexto de la explicación de Gareth
Morgan—, y cite después algunas de las observaciones de
Vico sobre el fondo de las dificultades suscitadas por las
ideas de Morgan.
Si bien la teoría es fundamental en todo enfoque «cientí-
fico» de los problemas, el movimiento crucial de salida de la
ciencia es la «puesta en práctica» de aquella. Es allí, por así
decirlo, donde está la brecha; es allí donde aún no resulta
obvia la relación entre una teoría «comprobada experimen-
talmente» y la «realidad». Si acudimos a uno de los libros
más exitosos del momento en este terreno —Images of Or-
ganization, de Gareth Morgan (1986)—, vemos que se po-
nen de manifiesto dos nuevas tendencias en las actitudes
respecto de la teoría. Una es la que ofrece toda una gama de
posibles estructuras teóricas que arrojen luz sobre la natu-
raleza de las organizaciones —las organizaciones COMO
MAQUINAS;^ COMO ORGANISMOS; COMO CERE-
BROS; COMO CULTURAS; COMO SISTEMAS POLITI-
COS; COMO PRISIONES PSIQUICAS; COMO ORDENES
DESPLEGADOS, HOLOGRAFICOS, IMPLICADOS;
COMO INSTRUMENTOS DE DOMINACION—, en un in-
tento explícito de enfrentar la tarea de tratar las organi-
zaciones como actividades y no como cosas, como procesos
«evolutivos» y no como productos finales, como tendencias
parciales e indeterminadas y no como manifestación del ac-
cionar de funciones predeterminadas, etcétera.
La otra tendencia es proponer todas esas estructuras po-
sibles, esas «imágenes», no en el contexto clásico de exposi-
ción de las teorías científicas —en el que se exhiben pruebas
de la verdad de sólo una de esas teorías por corresponderse

3 Empleo aquí la convención establecida por Lakoffy Johnson (1980):


señalar la mención explícita de u n a metáfora mediante el uso de ma-
yúsculas.

228
con la realidad—, sino como «herramientas» o como «auxi-
liares de lectura» dentro de la metáfora general de la OR-
GANIZACION COMO U N TEXTO. Morgan opta por este
enfoque del problema porque, a su juicio, la cuestión de
comprender la organización es difícil dado que «no sabemos
realmente qué son las organizaciones, en el sentido de que
no tenemos ima única posición autorizada desde la cual se
las pueda considerar (...) la realidad es que todos somos co-
mo ciegos que buscan a tientas entender la naturaleza de la
bestia» (1986, pág. 341); de ahí la pluraüdad de auxiüares
que presenta. Porque «los gerentes y profesionales efica-
ces de toda condición, ya sean ejecutivos, administradores
públicos, asesores de organizaciones, políticos o sindicalis-
tas, tienen que llegar a ser hábiles en el arte de "leer" las
situaciones que intentan organizar o administrar» (1986,
pág. 11).
A diferencia de sus colegas presuntamente más «puros»
en el área de las ciencias sociales, Morgan puede asumir
respecto de la teoría esta postura más pragmática porque,
al fin y al cabo, su tarea no consiste en formar científicos
sino gerentes y profesionales «eficaces».^ Y es indudable que
la insatisfacción con un enfoque de la formación profesional
y gerencial fundado en la ciencia es corriente. Por ejemplo,
como bien se sabe, tenemos a Schon (1983, pág. vii), que en
su libro acerca del profesional reflexivo sugiere que

«las universidades no se consagran a la producción y la dis-


tribución del conocimiento fundamental en general. Son
instituciones que en su mayoría están consagradas a ima
epistemología particular, una visión del conocimiento que
promueve la desatención selectiva de la competencia prácti-
ca y la habilidad profesional».

Y según lo entiende Schon, esa (inadecuada) epistemología


particular —la «racionalidad técnica», como él la llama—
supone que el enfoque de los problemas sociales prácticos
exige la «aplicación» de una ciencia, la «puesta en práctica»
de una teoría, el aprendizaje de una serie limitada de mar-
cos conceptuales para la resolución de problemas. Mientras
que, en su opinión, los problemas que enfi"entan los profe-

^ Por supuesto, el término «eficaz» sigue siendo aquí problemático.

229
sionales son, en su tipo, muy diferentes de los que enfren-
ta el «pensador» solitario que procura, para la solución de
un problema, optar entre alternativas complejas; aquellos
exigen la aptitud, no de resolverlos, sino de «establecerlos»:

«el proceso mediante el cual definimos [colectivamente] la


decisión por tomar, las metas por lograr, los medios que
pueden elegirse (...) El establecimiento de im problema es
im proceso en el que, de manera interactiva Ijimto con cual-
quiera que pueda resolverlo], nombramos las cosas a las
que prestaremos atención y modelamos el contexto en el
que lo haremos» (1983, pág. 40).

Así pues, la tarea no es elegir sino generar: generar una for-


mulación clara y adecuada de cuál «es» la situación proble-
mática; crear, a partir de un conjunto de acontecimientos
incoherentes y desordenados, una «estructura» coherente
dentro de la cual puedan hallar un «lugar» inteligible tanto
las realidades presentes cuanto las posibilidades ulteriores,
y hacer todo esto, no solos, sino en una conversación con-
tinua con todos los otros participantes (véase también Wi-
nograd y Flores, 1986). Es claro que, como figura, el «geren-
te» es muy distinto del «científico», y requiere evidentemen-
te i m tipo muy diferente de educación.
Ahora bien: como ya he señalado antes, vn hombre que
previo con mucha claridad la naturaleza de estos problemas
y se pronunció en contra de la idea de ajustar todos los «mé-
todos de estudio» de la universidad al modelo de los métodos
de la ciencia fue Giambattista Vico. Además de hablar de los
muchos peligros que se corre al no captar correctamente la
verdadera naturaleza de la relación entre nuestro conoci-
miento, nuestras teorías y nuestras acciones —^y el hecho de
que sólo podamos decir que conocemos plenamente una co-
sa si sabemos cómo llegaron los hombres a hacerla tal como
es: su principio del verum factum—, a lo que volveré a refe-
rirme en un momento. Vico también habló claramente, de
una manera que casi podría sonar sacrilega, en contra de la
búsqueda unilateral de la verdad, con las siguientes pa-
labras:

«Como la única meta del estudio es hoy la verdad, investiga-


mos la naturaleza de las cosas, porque parece cierta, pero no

230
la naturaleza de los hombres, porque el libre albedrío hace
que parezca sumamente incierta. Este método de estudio
causa los siguientes perjuicios entre los jóvenes: que más
adelante no se dediquen a la vida pública con la sabiduría
suficiente n i sepan bien cómo infimdir moralidad en la ora-
toria e inflamarla con el sentimiento. Respecto de la pru-
dencia en la vida pública, debemos recordar que las amas de
los asuntos humanos son la oportunidad y la elección, que
son sumamente inciertas y están gobernadas en su mayor
parte por la simulación y el disimulo, que son en extremo
engañosos. Así, quienes sólo se interesan en la verdad consi-
deran difícil hallar los medios, y más aun los fínes, de la vi-
da pública. La mayoría de las veces renuncian, fínistrados
en sus planes y engañados por los de los otros. Ponderamos
qué hacer en la vida de conformidad con esos momentos
y detalles fugaces de las cosas que llamamos "circunstan-
cias"» (en Pompa, 1982, págs. 41-2).

Puesto que, en términos de Vico, el conocimiento que necesi-


tamos para ocupamos de esos momentos fugaces que llama-
mos «circimstancias» no es el conocimiento formulado se-
gún principios sistemáticos y fijos, sino la sabiduría prácti-
ca, y es claro —^y deseo entrar en esto con más detalles en un
momento— que, en comparación con las dos clases de cono-
cimiento que todos distinguimos, esta se trata de un tipo
distinto de conocimiento, sui generis.
Como ya he señalado, supone una forma contextuali-
zada especial de conocer, un conocimiento de un tercer tipo
que toma en cuenta la situación social en la que se conoce (y
del que sólo es posible dar cuenta dentro de ella). Por tanto,
dice Vico (con palabras que parecen anticipar a Foucault), la
diferencia entre el académico imprudente y el hombre sabio
es esta:

«El académico impmdente, que pasa directamente de una


verdad universal a las verdades particulares, emplea la
fuerza para abrirse paso en el laberinto de la vida. En tanto
que el hombre sabio, mientras mantiene fija la mirada en la
verdad etema en medio de las vueltas e incertidumbres de
la vida, sigue un camino indirecto, porque los directos son
imposibles, y traza planes que han de tener éxito en el largo

231
plazo, siempre que la naturaleza de las cosas lo permita»
(Pompa, 1982, pág. 43).

Los académicos imprudentes deben emplear la fuerza por-


que actúan de acuerdo con lo que las circunstancias debe-
rían ser según lo establecen sus teorías, y no de acuerdo con
lo que realmente «son». Pero ¿cómo «es» su naturaleza, có-
mo «son» las circunstancias humanas y, en particular, las
circtmstancias dentro de las organizaciones?

Imágenes y discusiones: realismo y


construccionismo

Dado cuanto hemos dicho hasta aquí, resulta ahora claro


que son dos las maneras en que podríamos intentar respon-
der a esa pregunta: 1) sigue siendo posible, como científicos,
como terceros observadores extemos no comprometidos, in-
tentar producir una teoría que se «adecué» a ellas (las cir-
cunstancias) o las «refleje», a fin de manipularlas mediante
la manipulación de las condiciones que las rodean. O bien
podríamos enfocar el problema de una manera muy distin-
ta: 2) como una primera o segunda persona común y co-
rriente, comprometida en ellas, que no intente reflejarlas o
figurarlas y tampoco decir de qué modo «se asemejan» a ídgo
ya conocido, sino que trate de tomar conciencia reflexiva-
mente de las actividades y prácticas corrientes y cotidianas
mediante las cuales comúnmente logra llevar adelante sus
asimtos con eficacia. Esa conciencia permite mantener ima
conducta semejante de una manera bien informada. Esos
dos enfoques difieren en muchos aspectos, y dentro de unos
momentos recorreré el catálogo de sus diferencias.
Pero en lo inmediato permítaseme destacar un aspecto
fimdamental en el que difieren marcadamente: en la vida
cotidiana, muchas de las cosas de las cuales hablamos tie-
nen una índole discutida, esto es, lo que decimos no se refie-
re a algo que ya existe en realidad, sino a lo que podría ser, a
lo que podría suceder o a cómo debería ser algo. Para tomar
algunos ejemplos bastante ilustres pero evidentes: en nues-
tras discusiones sobre la naturaleza de «la democracia», «la
sociedad», «la persona», «el individuo», «el ciudadano» y mu-

232
chos otros conceptos esencialmente políticos, no podemos
dar por supuesto que sabemos perfectamente bien qué es
«eso» que ellos representan. Los «objetos» políticos de este
tipo no están ya «ahí», en algún sentido naturalista primor-
dial, antes de que hablemos de eUos; hacemos que «cobren
sentido» en el curso de nuestras discusiones sobre ellos.
Son, en el sentido que W. B. GaUie (1955-1956) le da al tér-
mino, «conceptos esencialmente discutidos», esto es, con-
ceptos cuyo esclarecimiento pertinente da lugar a intermi-
nables disputas filosóficas. Dicho de otra manera: su natu-
raleza misma impide resolverlos en términos simplemente
empíricos o teóricos; todos los «esclarecimientos» propues-
tos de esos conceptos —en la medida en que sólo pueden ser
persuasivos y no «probados»— son en sí mismos parte de la
política práctica de la vida cotidiana. Sugeriría que igual
ocurre con nociones mucho menos ilustres pero mucho más
comunes acerca de las cuales debatimos; por ejemplo, el
concepto de «nuestra situación aquí y ahora», o «el concepto
que tenemos de nuestra organización». En otras palabras,
el aspecto fundamental en que ambos enfoques difieren
marcadamente es el de si se asume vna postura realista o
construccionista social respecto del problema en cuestión; a
mi juicio, la postura realista, aunque fortalecedora en algu-
nos sentidos (para los gerentes desde un punto de vista indi-
vidual), es debilitante en otros (para las organizaciones co-
mo totalidad).
Vale decir, si los gerentes siguen concibiéndose como
científicos y asumen una actitud realista, dirán, como lo ha-
ce Morgan (1986), que las dificultades que enfi-entan surgen
del «hecho de que la complejidad y elaboración de nuestro
pensamiento no concuerda con la complejidad y elaboración
de las realidades con las cuales tenemos que tratar» (1986,
pág. 339; las bastardillas son mías). De este modo, aunque
pueden aceptar que «todo enfoque realista del análisis or-
ganizacional debe partir de la premisa de que las organiza-
ciones pueden ser muchas cosas en un mismo momento»
(1986, pág. 321), en un intento por acrecentar la elaboración
de su pensamiento, subsistirá el hecho de que «podemos ver
que algunas metáforas se adecúan a determinadas situa-
ciones mejor que otras» (1986, pág. 342; las bastardillas son
mías). Así pues, no importa cuan finido y flexible pueda lle-
gar a ser este enfoque —mediante la adopción de imágenes

233
tomadas de las nociones de Bohm (1980) de un orden impli-
cado, de la autopóiesis de Maturana y Várela (1980) o de la
lógica taoísta o marxista del cambio dialéctico—, el hecho es
que al gerente todavía se le asigna en el reparto el papel pa-
sivo de tma persona que, antes de poder hacer cualquier co-
sa, debe descubrir algo; esto es, alguien que debe pensar pa-
ra después hacer. Como dice Morgan (1986, pág. 322): su
primer paso es producir ima lectura diagnóstica (utilizando
diferentes metáforas para identificar aspectos de la situa-
ción actual), en tanto que el segimdo es hacer una evalua-
ción crítica (de la utilidad de diagnósticos rivales); ima eva-
luación que en última instancia supone esa misteriosa ca-
pacidad de hacer, dice, un juicio de esa situación.
Ahora bien: como ya hemos dicho, esto no sólo deja en la
penumbra la naturaleza de la capacidad decisiva esencial,
lo que hace que un gerente sea bueno, sino que, en la gran
cantidad de herramientas para el pensamiento y la percep-
ción que suministra, también oculta la pérdida de la opor-
tunidad de «modelar» activamente nuestras propias cir-
cunstancias. En efecto, como lo advierte Morgan (1986, pág.
266), todavía es posible sentir que nuestro propio análisis
nos quita autoridad. Pues aun cuando tengamos una con-
cepción compleja y elaborada de nuestra vida —la conside-
remos, por ejemplo, como determinada por la lógica del des-
pliegue de oposiciones—, el hecho es que, de todos modos,
podemos experimentar que nuestra vida cotidiana está

«modelada por fiierzas sobre las que tenemos poco control.


[Por tanto] un gerente puede sentir que, en la definición de
la política empresaria, no tiene otra opción que seguir las
reglas del mercado y del marco general. [O bien] un traba-
jador puede sentir que las oportunidades laborales y las
perspectivas profesionales están predeterminadas por su
educación o por su procedencia social. [Donde] en cada caso
se percibe la lógica del "sistema" o del "ambiente" como si
fuera ella la que empuña el timón».

Esto es, lo experimentaremos de esa manera si seguimos


adoptando una «actitud pasiva» ante la realidad social.
Por el contrario, si asumimos una actitud más activa,
podemos intentar «remodelar» las tensiones y oposiciones

234
subyacentes a las fuerzas que dan forma al sistema, «e in-
fluir de esa manera en su dirección». Entonces,

«el análisis dialéctico tiene consecuencias fundamentales


para la práctica del cambio social y organizacional. Nos in-
vita a pensar de qué manera (. . .) pueden reformularse las
oposiciones a fin de que las energías originadas por las ten-
siones tradicionales se expresen de un nuevo modo. El aná-
lisis dialéctico nos muestra, pues, que el manejo de la orga-
nización, de la sociedad y de la vida personal implica, en úl-
tima instancia, el manejo de la contradicción» (Morgan,
1986, pág. 266).

Bien, sí: no podría estar más de acuerdo. Pero, ¿qué solución


propone Morgan tras haber visto que eso constituye un pro-
blema? Propone meramente perfeccionar las capacidades
de lectura. Pues, a su juicio, la teoría sigue siendo decisiva,
dado que —si bien ha dicho ya que las organizaciones pue-
den ser muchas cosas al mismo tiempo— cree que «la prácti-
ca nimca está exenta de teoría, porque siempre está guiada
por una imagen de lo que intentamos hacer» (1986, pág.
336) ; por tanto, según él ve las cosas, «las personas que
aprenden a leer las situaciones desde diferentes puntos de
vista teóricos tienen una ventaja sobre quienes están en-
cerrados en ima posición fija. Pues son más capaces de reco-
nocer las limitaciones de ima perspectiva dada» (1986, pág.
337) . Y por cierto que tienen una ventaja. Pero, como meros
lectores, no tienen ninguna ventaja sobre quienes también
saben actuar como autores. Aquellos que no se sienten des-
tinados a vivir de acuerdo con ninguna imagen particular
bien formada y ya existente, pero son capaces, por así decir-
lo, de «entrar en contacto» con las vagas «sensaciones de
tendencias» (James, 1890) que hay en ellos y a las que dan
origen sus circunstancias, son mucho más libres de «pres-
tar» o de «d£u:» a esas tendencias una expresión inteligible
de su propia elección, y de convertirse así en mayor medida
en los autores de su propia vida.

235
Dos cambios en nuestra imagen de la naturaleza
del conocimiento

Si pretendemos entender cómo vivir, no según las bien


formadas imágenes ya existentes en nuestros textos sino,
por así decirlo, con las vagas «sensaciones de tendencia» que
podemos experimentar en nosotros mismos y que las cir-
cimstancias suscitan, debemos construir una descripción de
lo que es actuar como una persona común que puede saber
en el curso de su acción qué está ocurriendo y aplicar enton-
ces ese saber para informar a su conducta ulterior en la si-
tuación. Para comprender su naturaleza son indispensa-
bles, según creo, dos cambios en nuestras actitudes corrien-
tes respecto de la naturaleza del conocimiento: uno supone
pasar de la forma de conocimiento adquirida mediante la
observación a la adquirida mediante el «sentimiento» (exa-
minada en el capítulo 3); el otro, un paso del conocimiento
adquirido mediante el «descubrimiento» al adquirido me-
diante el «hacer».
Importa agregar aquí, sin embargo, que, con relación a
nuestros poderes para «hacer». Vico llegó a la convicción de
que nos proporcionan im acceso especial a la naturaleza de
los seres humanos. Pues, sean cuales fueren los poderes ins-
trumentales que nos dan las ciencias naturales, en cierto
sentido —creía Vico— es mayor el conocimiento que pode-
mos tener de las experiencias y las acciones propias y de
otros —en las que obramos como partícipes e incluso como
autores, y no como meros observadores— del que podamos
obtener mmca de la naturaleza no humana, a la que sólo ob-
servamos desde afuera. Ese es el principio de verum factum.
De esa manera. Vico invertía el grado de certeza que cabe
esperar obtener de los estudios humanos en comparación
con el de las ciencias naturales al afirmar que aquella es
más posible en la ciencia de la historia (como él la concebía)
que en la física, porque si bien podemos haber construido
las teorías matemáticas de esta, no hemos hecho su sustan-
cia y, por consiguiente, no podemos conocer el mundo físico
per causas, esto es, no meramente que es, sino qué es y cómo
llegó a serlo.

«Porque saber es captar el género o forma por el que una co-


sa se hace, mientras que la conciencia es de las cosas cuyo

236
género o forma no podemos demostrar» (Vico, en Pompa,
1982, pág. 58).

«[Así pues] la historia no puede ser más cierta que cuando


quien crea las cosas, también las narra. Ahora: así como la
geometría, cuando construye el mtmdo de la cantidad a par-
tir de sus elementos o contempla ese mundo, lo crea para sí,
de igual modo procede nuestra Ciencia [crea para sí el mun-
do de las naciones], pero con una realidad tanto mayor
cuanto que las instituciones relacionadas con los asuntos
humanos son más reales que los puntos, las líneas, las su-
perficies y las figuras» (Vico, 1968, § 349).

Lo que Vico sostiene aquí, esto es, que en lo esencial la «ne-


cesidad lógica» sólo existe porque la lógica es ima creación
libre de la mente, evoca la conocida afirmación de Einstein
de que «en la medida en que las proposiciones de las ma-
temáticas dan una descripción de la realidad, no son ciertas,
y en la medida en que son ciertas, no describen la realidad».

Comentarios finales
Inicié este capítulo sosteniendo que la capacidad central
esencial para que un gerente sea un buen gerente no tiene
que ver con el descubrimiento y la aplicación de teorías ver-
daderas o falsas, esto es, con ser capaz de «leer» la situación
que tiene que manejar, en busca de las «imágenes» que es-
tén escondidas en alguna parte en su interior. Se relaciona,
en cambio, con un conjunto de cuestiones centradas en el
aporte de formulaciones inteligibles de lo que, para los de-
más integrantes de la organización, se ha convertido en un
caótico tumulto de impresiones. En esas situaciones, su ta-
rea es dar una significación compartida o compartible a las
«sensaciones de tendencias», ya compartidas pero vagas,
que surgen de las circunstancias en cuestión, y que com-
parten quienes integran la organización, y restablecer de
ese modo un flujo de acción que de alguna manera se había
vuelto ininteligible. Por tanto, en lo esencial, lo que yo que-
ría señalar era que el buen gerente debería ser considerado
en un doble aspecto: no como si estuviera dedicado a «hacer
ciencia», sino como realmente consagrado a «hacer en forma

237
práctica la historia»; en consecuencia, además de ser un
«lector» o un «reparador», un buen gerente también debe te-
ner algo de un «autor». Pero no como un autor de textos, sino
como i m «autor ético-práctico», un «autor conversacional»,
capaz de argumentar de manera persuasiva en favor de
im «paisaje» de posibles acciones próximas en el que sean
claras las «posiciones» de quienes deben tomar parte en él.
En esencia, esta afirmación implica otra: existe un as-
pecto importante de los estudios gerenciales que no debe ser
considerado como ima ciencia, sino como un elemento de lo
que tradicionalmente se conoce como «estudios humanos».
En otro lugar sostuve que también la disciplina de la psico-
logía puede ser vista de esa forma (Shotter, 1984). Por tanto,
no me referí a ella como ima ciencia empírica y explicativa
que funciona en términos de teorías, sino como una ciencia
práctica y descriptiva que opera mediante «descripciones
instructivas», vale decir que proporciona ayudas «prostéti-
cas» (así como «indicativas») al pensamiento, la percepción y
la acción en esta esfera: en la cual el «hacer» (o la «autoría
práctica») es por lo menos tan importante como el «descu-
brir», si no más. Al intentar dar una descripción «instructi-
va» de la naturaleza del conocimiento que interviene en esa
habilidad —el tercer tipo de conocimiento, desde dentro de
(o inserto en) las «circunstancias» de que hablaba Vico—, no
he presentado una nueva teoría sistemática, sino una lista
(aproximada) de «expedientes o recursos analíticos» posible-
mente útiles: el poder «formativo» del lenguaje, la impor-
tancia de las «sensaciones de tendencias», la naturaleza del
«saber desde», la «autoría práctica», la «receptividad» = «ca-
pacidad de contestar» + «abordabilidad»; el «colapso y su re-
paración», conversación versus textos escritos, instrumen-
tos psicológicos: «prótesis e indicadores»; retórica: justifica-
ción y crítica, realismo versus construccionismo, «hacer» y
«descubrir», etcétera.
En el pasado, como suponíamos que nuestros procedi-
mientos de indagación eran seguros y que nuestros proble-
mas residían (principalmente) en la naturaleza de nuestro
tema, nos entregamos a una abundante discusión metateó-
rica y epistemológica: discutíamos teorías porque creíamos
que la meta de nuestras investigaciones eran las teorías
exactas. En el enfoque propuesto aquí, nuestros supuestos
objetos de estudio tienen para nosotros menos interés que la

238
naturaleza general de nuestras prácticas investigativas.
Dicho de otra manera, en lugar de preocuparnos por la me-
tateoría, nos preocupamos por la metametodología. Prime-
ramente nos interesamos en los procedimientos y dispositi-
vos que aplicamos tanto en la «construcción social» del tema
de nuestras investigaciones cuanto en el modo en que esta-
blecemos y mantenemos contacto con él (este es el aspecto
crítico del construccionismo discutido). Pues el «enganche»,
por así decirlo, entre esos dispositivos y nuestro entorno
determina la naturaleza de los datos que podemos reunir
mediante su aplicación. Abandonamos así la postura de ter-
cera persona del observador individual, contemplativo y ex-
temo, el investigador que reúne datos fragmentados desde
ima posición socialmente «exterior» a la actividad observa-
da, y que síilva las «brechas» entre losfragmentosmediante
la invención imaginativa de entidades teóricas, en beneficio
de un enfoque interpretativo más relacional, en el que los
resultados se producen como consecuencia de una acción
conjunta (Shotter, 1984) entre todos los participantes.
Debe subrayarse otra consecuencia de la posición cons-
truccionista social asumida aquí, un aspecto habitualmente
ocultado por el «realismo» implícito al que se induce en el
enfoque «científico» de estas cuestiones: el supuesto de que
cuando hablamos de «entidades» como «la empresa», «el
mercado», «el cliente», «el producto», «la situación actual»,
«los procedimientos administrativos», etc., todos sabemos
perfectamente bien qué son esas entidades «acerca de» las
cuales estamos hablando. Nos es dificultoso aceptar que
«objetos» como esos no están «ahí» en i m sentido directo y
realista. Nos es dificultoso aceptar su condición discutida, el
hecho de que casi todas las personas involucradas tengan
versiones diferentes de su naturaleza; sólo «cobran sentido»
en la medida en que se les da significación en un discurso.
Pero sostener esto: que aun en la esfera de los negocios
nuestras formas de hablar contribuyen a producir los obje-
tos de que hablamos, y no simplemente a reflejarlos, es
sostener algo muy extraño. Cuando usamos una palabra,
seguimos suponiendo inconscientemente (como Humpty
Dumpty) que significa lo que queremos (y creemos) que sig-
nifica, n i más ni menos. Por cierto, si todos tenemos nocio-
nes diferentes sobre las cosas de las que hablamos, ello tie-
ne que deberse a que algunos las entendemos o interpreta-

239
mos erróneamente. En ningima parte eso es más manifiesto
que en lo que decimos sobre el habla, donde suponemos que
las palabras son sustitutos (Harris, 1980) que REEMPLA-
ZAN a las cosas de nuestro mimdo, y que la comunicación es
im proceso de telementación (Harris, 1981) en el que pone-
mos nuestras ideas DENTRO DE las palabras a fíii de EN-
VIARLAS a la mente de los otros. Este supuesto, y otros es-
quematismos figurativos inadvertidos, implícitos en casi to-
do lo que decimos del habla, nos ciegan al hecho de que gran
parte de nuestra habla se desenvuelve en un contexto de
malentendidos y de confusión mutua, o bien exige, para que
se lo entienda mejor, una mayor apertura a la negociación
argumentativa de los significados. En otras palabras, nues-
tras formas de comimicación no captan en este momento la
naturaleza de la mejor manera de manejarlas.

240
10. L a retórica y la recuperación de la
sociedad civil

«... la sociedad civil es el verdadero punto focal y el teatro de


toda la historia».

Marx y Engels, 1977, pág. 57

En este capítulo me propongo examinar la importancia


de la retórica y las tradiciones argumentativas en la crea-
ción y la configuración de las formas de la vida social. Pero
no deseo estudiar su funcionamiento en las regiones y los
momentos centrales e institucionalizados ya bien consti-
tuidos de la vida social de un grupo, sino en las zonas más
desordenadas de actividad existentes entre o al margen de
ellos, zonas que, en armonía con algunas observaciones de
Vico (1968), Marx y Engels (1977), y Gramsci (1971), creo
que podemos identificar con determinados aspectos de lo
que ellos llaman la sociedad civil del grupo.^ M i propósi-
to, al hacer tal cosa, es contribuir al debate hoy emergente
—^iniciado en Inglaterra por Marquand (1988), pero acaso
ya anticipado en los Estados Unidos por Bellah et al. (1985),
y hoy también corriente en Europa continental— acerca de
la ciudadanía y la naturaleza del ámbito de la actividad pú-
blica indispensable para su mantenimiento. Con todo, en
términos más generales, puede decirse que mi interés se re-
fiere al problema, constante en la teoría social, de la rela-
ción entre el orden y el caos. Puesto que pretendo asignar

^ Mi concepto de la sociedad civil —como conjunto de zonas de actividad


en que los procesos histórico-sociales no se desarrollan ni por azar ni por
necesidad sino providencialmente, esto es, al proveer, en los «marcos orga-
nizados» producidos por la actividad social del pasado, recursos que pue-
den emplearse en las actividades actuales— se basa más en Vico que en
otras fuentes (véase Shotter, 1986).

241
un lugar y una función especiales en la teoría social a un
ámbito que se halla a mitad de camino entre el orden y el
caos, y sostener que los órdenes sociales humanamente ade-
cuados (adecuados en un sentido que he de considerar más
adelante) sólo pueden crearse, mantenerse y transformarse
de una manera apropiada si apelan constantemente a los
recursos disponibles en las zonas de actividades relativa-
mente desordenadas de los contextos conversacionales en
los que están insertos: en formas de discusión y de charlata-
nería lúdicas, así como en pasatiempos y entretenimientos,
y en muchísimas otras actividades, en su mayoría imposi-
bles de designar, todas las cuales se desestiman habitual-
mente como una pérdida de tiempo.
En la teoría social del pasado se creía que la naturaleza
intrínseca de nuestro tema debía ser ordenada y que nues-
tra meta debía ser la producción de orden (¿por qué?). Como
consecuencia de ello, no hemos tomado en serio esas acti-
vidades conversacionales desordenadas. El carácter mismo
de nuestros discursos disciplinarios ha hecho que las margi-
náramos. Dicho de otra manera, sin que cayéramos en la
cuenta de ello, los teóricos sociales nos hemos dejado gober-
nar por ima ideología dominante. Y creo que por eso cier-
tos problemas fueron para nosotros un rompecabezas; por
ejemplo, el problema de cómo puede sostenerse un «sentido
común» hegemónico ideológicamente estructurado, y la for-
ma que puede adoptar una resistencia eficaz a él; vale decir,
cómo dominan los gobernantes a los gobernados a través de
la constitución de sus subjetividades, y las posibilidades que
tienen los gobernados de replicar legítimamente. Puesto
que es sólo en los aspectos informales y desordenados de
nuestras vidas —los aspectos que nuestros discursos dis-
ciplinarios nos vuelven «invisibles»— donde pueden verse
operar las influencias aquí relevantes. Unicamente si se in-
gresa en las zonas situadas entre las disciplinas puede
crearse un espacio para la naturaleza antagónica, retórica,
desordenada y hasta lúdica (de movimientos libres) de estas
actividades) y comenzar a entender las influencias forma-
tivas que ejercen en la modelación de nuestra vida social.
Eso es lo que deseo examinar en lo que sigue.
Pero antes de avanzar más debo decir que no sólo a cau-
sa de las limitaciones de espacio sino también debido a las
meras (y constantemente discutidas) complejidades de los

242
temas en cuestión, no puedo aspirar a presentíir a continua-
ción nada que se parezca siquiera a una caracterización
exhaustiva de los conceptos de ciudadanía y de sociedad ci-
vil. A lo sumo puedo pretender exponer un conjunto de ob-
servaciones, que considero importantes en el largo trayec-
to que tenemos por delante quienes creemos que se habrá
perdido algo trascendente si, como los neoconservadores
tratan hoy de lograrlo, la vida de las naciones termina por
consistir sólo en las actividades corporativamente organi-
zadas del Estado, el mercado, los individuos atomizados y
las familias nucleares.^ Puesto que, a mi entender, es en el
ámbito no estatal y no mercantil de la vida pública de la so-
ciedad civil donde puede hallarse el material para renovar
la visión de una auténtica democracia participativa. Lo cen-
tral en estos momentos es esta disputa por la creación (o la
destrucción) de esos «espacios» polifónicos de la vida públi-
ca; es posible advertirlo, por ejemplo, dentro de la filoso-
fía actual (tras la pérdida de la confianza en una filosofía
«fundacional»), en el debate entre la filosofía analítica pro-
fesional y quienes sugieren como alternativa una forma de
filosofía más pública y práctica (Sullivan, 1987; Toulmin,
1988).

Introducción: individualidad, orden y caos


La visión de la sociedad presentada en lo que precede, de
acuerdo con la cual esta consiste no sólo en un conjunto de
estructuras institucionales ordenadas, sino también en una
ecología de centros de actividad ordenados y autónomos, in-
teractivamente insertos en un ñujo más desordenado de
actividad circundante, tiene varias implicaciones: 1) para la
naturaleza de los individuos presentes en ella; 2) para la na-
turaleza de los recursos a los que ellos, como ciudadanos,
tienen derecho a acceder si quieren conquistar su indivi-
dualidad, y 3) para la naturaleza de las libertades que tie-
nen a su alcance dentro del grupo a fin de ejercer esos dere-

^ Ninguna persona de izquierda olvidará la frase de Margaret Thatcher:


«La Sociedad no existe. Existen los individuos, hombres y mujeres, y las
familias» {Observer, Londres, 1° de noviembre de 1987).

243
chos. Así, antes de pasar específicamente a la discusión de
la función de la retórica y la naturaleza de la sociedad civil,
deseo hacer algunas observaciones preliminares generales
acerca de la naturaleza de la individualidad en esas cir-
cimstancias y sobre la relación entre los centros de orden so-
cial y sus límites y alrededores más desordenados.

Individualidad: identidad y pertenencia

Como lo que los hombres dicen y hacen está siempre ex-


puesto a la crítica y el juicio de otros, un elemento esencial
de su condición de individuos libres de una sociedad mo-
derna es su capacidad de justificar sus acciones ante los
demás cuando se les exige que lo hagan: deben ser capaces
de dar «buenas razones» de su conducta. Pues cuando lle-
van a cabo sus acciones, cuando actúan como agentes libres
(y cumplen los requisitos para serlo), las personas no pue-
den actuar como y cuando quieran. Al actuar deben también
disponer de cierto tipo de conciencia social compartida, con-
cerniente a la formulación de juicios sobre los límites en cu-
yos términos deben organizarse perceptivamente sus entor-
nos y dentro de los cuales sus acciones deben considerarse
inteligibles (Douglas, 1975): por ejemplo, juicios acerca de lo
que debe verse como obvio, conocido, semejante o diferente,
corriente; lo que es preciso considerar extraordinario, extra-
ño, repugnante, horrendo, encantador, temible, cómico, evo-
cativo de reverencia o de tma autoridad indiscutible, inte-
resante o aburrido; lo que podemos usar para nuestros pro-
pios fines o lo que se debe respetar como un fin en sí mismo;
en relación con las acciones (como fines en sí mismos) que
deben tomarse con seriedad y a las que hay que responder, y
las que pueden ignorarse y desecharse, etc. Y, por supuesto,
al respetar esos límites en sus acciones, los individuos los
reproducen constantemente. En efecto, en relación con este
último punto, para adquirir el status especial y socialmente
autónomo de ciudadanos y tener la libertad de moverse por
todos los «espacios» de su sociedad, los agentes humanos
deben ser capaces de manifestar en sus acciones, como un
aspecto particular de su conciencia perceptiva del entorno,
una conciencia del «lugar» o la «posición» que ocupan (ac-
tualmente) con respecto a todos los demás agentes que los

244
rodean. No deben percibirse a sí mismos como si se halla-
ran en un espacio físico que tiene en todas sus partes una
textura indiferenciada, sino rodeados por un «paisaje» mo-
ralmente texturado de «oportunidades para la acción», al
que tienen un acceso diferencial según su ubicación entre
los demás agentes que los rodean, para quienes también
pueden hacerlo accesible.
Sin embargo, esto no es suñciente. Porque sólo puede de-
cirse que una persona actúa libremente si no lo hace como
un medio, como una especie de títere a través del cual los
otros se autorrealizan. También es necesario, entonces, un
«sentido de pertenencia», la sensación de «estar en casa» en
una realidad que las acciones propias colaboran a reprodu-
cir y a desarrollar. Para vivir en una comxmidad que se sien-
ta como propia —tanto «mía» y «tuya» como «nuestra», y no
«de ellos»—, hay que ser algo más que su reproductor res-
ponsable. También es preciso desempeñar, en un sentido
real, u n papel en su autosostén creativo como «tradición
viviente». Es necesario sentirse capaz de dar forma a la pro-
pia «posición» en la «discusión» o «discusiones» concernien-
tes a la constitución y la reconstitución de la tradición. De-
bemos poder sentir que quienes nos rodean —acepten o no
en última instancia las formulaciones que hagamos— las
recibirán bien, al menos en principio, y las escucharán con
seriedad. No debemos sentir que, para hablar con libertad,
antes es preciso demostrar a algunos otros —que parecen
poseer ya el carácter incondicional de miembros vitalicios
de la comunidad— que estamos calificados para hacerlo.
Puesto que vivir exclusivamente según los términos fijados
por otros, es sentirse siempre no sólo diferente sino también
inadecuado en relación con ellos. Parte del sentimiento de
«pertenencia», de «estar en casa» en la propia comunidad,
implica tener el derecho automático a un acceso inicial a
esta, simplemente en virtud de haber contribuido, con nues-
tro propio desarrollo, al desarrollo de sus formas de com-
prensión. Esto no significa que vayamos a experimentar im-
pensadamente una sensación de armonía total con quienes
nos rodean. En realidad, significa que debemos vivir en va-
rias «formas de vida» en conflicto y en competencia, junto
con los «juegos del lenguaje» (para emplear la expresión de
Wittgenstein) asociados a ellas. Y no tener la sensación de
ser ajenos e intrusos, sino de valer por lo que somos.

245
Pero, ineludiblemente, esas ocasiones de participación
son escasas, y su disponibilidad conlleva entonces una
economía política. Ello se debe a que, por ejemplo, algunos
pueden realizarse en el mundo como hablantes si otros es-
tán dispuestos a ponerse verdaderamente a su disposición
como oyentes. Y para eso deben tomar con seriedad lo que
dicen los hablantes; esto es, los oyentes deben considerar
que las acciones de aquellos tienen consecuencias de i m -
portancia para ellos, lo cual significa que o bien renuncian a
sus actividades para intervenir en las del hablante o bien
explican a este con buenas razones por qué no están dis-
puestos a hacerlo. Por cierto, en general toda identidad so-
cial significativa encierra, en su realización, la institución
de cierto conjunto de derechos y de deberes, una dependen-
cia moral respecto de los otros y la exigencia moral de ofi-e-
cerles lo que llamaré recursos socio-ontológicos, esto es, las
oportunidades comunicativas que todos necesitamos para
realizar nuestros modos distintivos de ser. Ponemos esos re-
cursos a disposición de los otros no sólo cuando actuamos co-
mo tutores primarios (como padres con nuestros hijos pe-
queños) o como maestros o instructores, o cuando nos mo-
vemos explícitamente para dar ayuda a los otros, sino tam-
bién cuando actuamos respecto de los otros de manera
meramente rutinaria como oyentes, como lectores, como
«tú» para sus «yo» [«7's»], o como receptores, en la forma que
sea, de sus acciones (Shotter, 19896).
Esto se refleja en la exposición de Aristóteles (1976) acer-
ca del «Bien» en la Etica a Nicómaco: implica que aun cuan-
do estemos solos y actuemos únicamente por nuestra propia
cuenta, para que los otros piensen que nuestras acciones
son buenas, dirigidas (en palabras de Aristóteles) hacia «mi
íin último autosuficiente», deben considerar de algún modo,
en su realización, nuestras relaciones con los otros. Pues
cuando hablamos de ese fin, dice Aristóteles (Aristóteles,
Nicomachean Ethics, 1976, pág. 74),

«no nos referimos a lo que es suficiente para uno mismo en


una vida solitaria, sino a algo que incluye a los padres, la
esposa y los hijos, los amigos y los conciudadanos, porque el
hombre es por naturaleza un animal social».

Y, en efecto, en la medida en que las identidades de las per-

246
sonas están en función de sus relaciones sociales, si quieren
que aquellas se sostengan, la seguridad ontológica de su ser
social, deben sostener —esto es, respetar moralmente—
tanto las identidades de quienes los rodean cuanto las rela-
ciones sociales que las sostienen. Se trata de una tarea
cuyos aspectos prácticos son tan difíciles de articular como
de ejecutar. Pero subrayo aquí su naturaleza de tarea para
señalar, de todos modos, que no estamos naturalmente dota-
dos con ese tipo de libertad; es una conquista de carácter
enigmático y arduo. Para poseerla, tenemos que esforzar-
nos continuamente por crear las condiciones sociales que la
hagan posible; y su onerosa naturaleza se pone particular-
mente de manifiesto en épocas de crisis social, cuando surge
la amenaza de un derrumbe de la vida pública y las rela-
ciones de las personas con quienes las rodean se toman es-
pecialmente oscuras. En épocas como esas, los individuos
desean deshacerse de una responsabilidad tan abruma-
dora;^ pierden la confianza en su poder de cambiar las cir-
cunstancias sociales de su vida mediante la argumentación
y la acción deliberativa coordinada, y vuelven a creer en el
poder de las entidades «mágicas» o «míticas» de la Naturale-
za en general para la resolución de sus problemas (Cassirer,
1946), como lo muestra la creencia actual en que los poderes
«naturales» de la «mano invisible» del «mercado» producirá
casi con total certeza lo que no logró la planificación central
«socialista».

Orden y caos

Quiero afirmar, no obstante, en los asuntos sociales hu-


manos es poco lo simplemente «natural»; que los órdenes so-
ciales humanos, para decirlo con palabras de Vico, «no se es-
tablecen o subsisten a partir de su estado natural» (Vico,
1968, § 134); que los seres humanos, al «arraigarse» en cir-

3 «A u n tendero alemán bastante dispuesto a explicarle cosas a u n


visitante estadounidense», cuenta Stephen Raushenbush, «le hablé de
nuestro sentimiento de que cuando se renunciaba a la libertad se perdía
algo invalorable. E l respondió: "Pero usted no entiende en absoluto. Antes
teníamos que preocuparnos por las elecciones, los partidos y los votos.
Teníamos responsabilidades. Ahora, en cambio, no tenemos nada de eso.
Ahora somos libres"». Citado en Cassirer, 1946, pág. 288.

247
ciinstancias que son de su propia factura, inducen en sí mis-
mos una nueva o segunda «naturaleza», y al hacer «de sus
pasiones virtudes» (Vico, 1968, § 136), se hacen responsa-
bles de gran parte de su naturaleza. Su responsabilidad se
expresa en el hecho de que, para mantener su naturaleza,
deben producir constantemente en sus acciones las circuns-
tancias necesarias para sostenerla. Y como antes hemos
visto, para hacerlo debemos ser individuos Ubres que, cuan-
do son cuestionados por otros miembros del grupo al que
pertenecen, pueden defender el «ajuste» entre sus acciones
y la forma de vida del grupo. De esa manera pueden conser-
var su integridad formas socialmente construidas de vida,
mediante la regulación constante de innumerables transac-
ciones individuales en sus fronteras.
Esa parecería ser también la implicación de un sorpren-
dente descubrimiento hecho en las ciencias naturales por
Prigogine: mientras que los sistemas aislados, de acuerdo
con la segunda ley de la termodinámica, tienden a un cre-
ciente desorden, la situación es distinta en las regiones de
actividad que existen en interacción constante con su entor-
no. En determinadas condiciones especiales pueden mani-
festar luia transformación repentina en la dirección opues-
ta, y pasar del desorden y la inestabilidad al orden y la esta-
bilidad, que se mantienen mientras se mantiene la interac-
ción constante (Prigogine y Stengers, 1984). Y, en realidad,
en tales circunstancias no sólo se transforma la naturaleza
de la actividad dentro de la región, sino también su entorno;
la actividad crea en su medio ambiente las condiciones (re-
cursos) necesarias para su propia conservación, su propio
«nicho» ecológico, por así decirlo. Prigogine habla de «es-
tructuras disipativas» para subrayar el hecho de que los
procesos formativos responsables tanto de su creación ini-
cial cuanto de la continuidad de su existencia consisten en
un intercambio constante de energía entre ellas y el caos de
actividad que las rodea. Las estructuras disipativas no se
establecen ni persisten a partir de su estado natural; es in-
dispensable que haya una actividad constante en sus lí-
mites.
Así pues, al argumentar en favor de la importancia de la
retórica y de la sociedad civil en la conducción de los asun-
tos sociales cotidianos de un pueblo, y defender la trascen-
dencia que tienen en su ecología social las zonas interme-

248
dias —algún lugar entre el orden y el caos— en las que pue-
den encontrar los recursos que necesitan constantemente
para mantener, renovar y transformar sus órdenes sociales
cuando aparecen nuevas contingencias, procuraré exami-
nar las consecuencias que encierra para la teoría social el
concepto de Prigogine de las estructuras creadas y conser-
vadas interactivamente. Y sostendré que un orden social
que, al negar a sus miembros determinadas actividades, se
aisla poco a poco de los entornos de desorden que lo sos-
tienen, no es, en el sentido aristotélico del término, una bue-
na sociedad; carece de una polis.
Estos argumentos no son nuevos. En el pasado muchos
teóricos sociales sugirieron que el origen del orden debe
buscarse en el desorden, las oriUas del caos, la espontanei-
dad y la naturaleza lúdica (Bajtin, 1965; Gadamer, 1975;
Gramsci, 1971; Huizinga, 1949; Vico, 1968, y Vigotsky,
1962), y presentaron ya argumentos parecidos a los míos.
Sin embargo, como ya lo mencioné, la preocupación ex-
clusiva por el orden en los textos académicos oficiales sobre
teoría social hizo que sus análisis del desorden nos resulta-
ran «racionalmente invisibles».^ Ocurre como si el desor-
den, el caos, la ludicidad y la espontaneidad no hubiesen te-
nido una «voz» en nuestros debates de teoría social, y por
eso los hemos ignorado. No se los considera temas serios de
debate y discusión; nuestras formas corrientes de discurso
los han reprimido.

•* Me apropio aquí de la inversa de uno de los términos de Garfmkel


(1967, pág. vii), cuando señala que nuestras actividades cotidianas encie-
rran en sí mismas expedientes para hacer que lo que hacemos y decimos,
sea tan «racionalmente visible y comunicable a todos los fines prácticos,
esto es, "explicable", como las organizaciones de las actividades cotidianas
tópicas». Puesto que aquí también tiene importancia la manera como esos
expedientes contribuyen de igual modo a que otros aspectos de nuestras
actividades sean racionalmente invisibles, esto es, «inexplicables» en tér-
minos tópicos. Como lo manifiesta Bajtin (1965, pág. 421): «Todos los pue-
blos (.. .) tienen amplias esferas de discurso que no han sido hechas públi-
cas y son inexistentes desde el punto de vista del lenguaje literario, escri-
to». De esos recursos accesibles en el caos, pueden disponer recíprocamen-
te las personas en los días de carnaval.

249
El giro hacia la retórica
Pero se inicia ahora un movimiento, del que forma parte
este libro, que hasta cierto punto puede liberarlos de la re-
presión y darles una «voz». Es un alejamiento respecto de lo
que puede llamarse el método cartesiano de la duda —la su-
puesta derivación lógica de las verdades a partir de una ver-
dad primera de la que se puede estar seguro aun cuando se
dude de todo lo demás: la idea de un punto de partida que se
autojustifica— y m i regreso a la antigua tradición de la re-
tórica. No tiene objeto, en esta etapa del intento, proporcio-
nar las razones históricas de ese cambio, pero vale la pena
examinar su carácter, porque señala «una ruptura con el
concepto de razón y de razonamiento procedente de Descar-
tes y que ha dejado su impronta en lafilosofíaoccidental de
los últimos tres siglos» (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1969,
pág. 1), y parece encerrar la promesa de modificar por com-
pleto la concepción de lo que consideramos la «racionalidad»
(Macintyre, 1988).
Algunos de los principales aspectos del estilo de pensa-
miento y el modo de indagación cartesianos pueden carac-
terizarse del siguiente modo: 1) el verdadero conocimiento
comienza en la duda y la desconfianza; 2) la realidad se es-
tudia como una materia atómica en movimiento según las
leyes de la mecánica; 3) el mundo se aborda como im mundo
físico «extemo», desprovisto de todo contenido mental; 4) el
conocimiento auténtico, que es científicamente respetable,
consiste en creencias cuya verdad se probó de manera metó-
dica; 5) el conocimiento es una «posesión» y la relación que
nos une a él es una relación de propiedad, y 6) como el ver-
dadero conocimiento es uno solo, un sistema unificado de
proposiciones, la discordancia tiene que ser signo de error
Lo que sucede actualmente implica una inversión de todas
estas características. Hoy empieza a sostenerse lo siguien-
te: 1) que la ciencia no parte de la duda sino del asentimien-
to a un relato o a una narración (Booth, 1974; Lyotard,
1984) con cierto grado de fuerza retórica;^ 2) que lo más

^ E n realidad ahora resulta claro que Descartes emplea la retórica para


negar l a retórica y persuadirnos, según él dice, de «demoler todo por
completo y volver a empezar desde los cimientos». Pero como observa Ber-
nard Williams (en Descartes, 1986, pág. xiv) en su introducción a una nue-

250
apropiado es ver el mundo social como una corriente o un
flujo continuo de actividad mental que comprende regiones
de orden autorreproductivo, reproducido en sus límites y ro-
deado por el «caos» (Giddens, 1984; Prigogine y Stengers,
1984); 3) que esa actividad sólo puede ser estudiada desde
una posición de participación «dentro de» ella, y no como un
observador «externo» que la estudia como una actividad
meramente «física» (Bernstein, 1983; Giddens, 1984); 4)
que el conocimiento es primariamente de naturaleza prácti-
ca y moral y, como tal, no depende, en lo concerniente a su
eficacia práctica, de una justificación o una prueba^ (Bern-
stein, 1983; Rorty, 1980); 5) que no nos une a ese conoci-
miento una relación de «propiedad», sino que lo incorpo-
ramos como parte de quienes y lo que somos, y que intentar
renunciar a él sería como intentar renunciar a nuestros
cuerpos, a nuestra «entidad» (Giddens, 1984), y ello porque
estamos tanto frente a cuestiones de ontología cuanto de
epistemología (Bhaskar, 1986); y, por último, 6) que el co-
nocimiento práctico moral no es un sistema unificado, sino
que está constituido en gran medida en forma argumentati-
va (Billig, 1987), esto es, dentro de tradiciones de argumen-
tación estructuradas en términos de lugares comunes (o tó-
poi), cuyas formulaciones discursivas son «esencialmente
discutidas» (Gallie, 1955-1956).
En otras palabras, en lugar de argumentos convincentes
—argumentos que, si se admite una primera verdad, obli-

va edición de las Meditaciones, es una historia deficciónfabricada: «En el


comienzo», dice, «se siembran todas las semillas del sistema filosófico que
ha de nacer al final de las Meditaciones». Descartes finge investigar un
gran misterio mediante su método de la duda, y nos persuadimos de que
todos los resultados que exhibe se obtuvieron gracias a ese método, pero
las cosas son de otra manera.
^ «Las pruebas son lo que Littlevfood y yo llamárnoslas, floreos retóricos
destinados a producir u n efecto psicológico, cuadros en el pizarrón durante
las conferencias, artificios para estimular la imaginación de los alumnos»
(palabras del matemático G . H . Hardy citadas en Kline, 1980). Mucho an-
tes de hallar las pruebas, los grandes matemáticos saben que determina-
dos teoremas son verdaderos. Fermat en su vasta y clásica obra sobre la
teoría de los números y Newton en la suya acerca de las curvas de tercer
grado no dan pruebas, y ni siquiera indicios de pruebas (Kline, 1980). L a s
pruebas son post hoc; en realidad, no hay entre los matemáticos un claro
acuerdo acerca de lo que es una prueba rigurosa (Davis y Hersh, 1983; K l i -
ne, 1980).

251
garán a todas las mentes racionales a creer en sus conclu-
siones, en general y mecánicamente, esto es, mediante el
cálculo—, investigamos una vez más la naturaleza de la
persuasión, las diferentes formas de lograr el asentimiento
en públicos diferentes y específicos. En los últimos tiempos,
la retórica ha sido víctima de la lógica; en una forma degra-
dada, se consideró (desde una perspectiva cartesiana) que
sólo tenía que ver con el lado emocional de la argumenta-
ción. Clásicamente, sin embargo, la retórica se entendía
como im recurso necesario en las circunstancias en que era
1) preciso tomar una decisión y 2) imposible emplear los mé-
todos de cálculo cuya meta era la certeza absoluta. En esas
circunstancias, como no hay verdades primeras aceptadas
ni métodos universales de indagación, sólo puede llegarse a
conclusiones mediante la persuasión de los demás. Y ima
discusión no se zanja en la producción de cálculos, sino con
buenas razones dadas a nuestro público, razones específicas
que expliquen por qué este debe aceptar nuestras afirma-
ciones en esa situación; donde son buenas las razones con
respecto a las cuales, en el momento en que se plantean,
nadie puede imaginar una manera de cuestionarlas o criti-
carlas. En otras palabras, funcionan en lo concerniente a un
público determinado, como una especie de justificación últi-
ma; aluden a algo del vocabulario «básico» de ese público
(Mills, 1940).
E l actual giro hacia la retórica comprende varias co-
rrientes relativamente independientes; está, por ejemplo, la
nueva retórica, inaugurada en Bélgica por Perelman y Ol-
brechts-Tyteca en francés en 1958 y traducida al inglés en
1969 (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1969); en los Estados
Unidos, los trabajos de Kenneth Burke y Wayne Booth (por
ejemplo, Booth, 1974, y Burke, 1950), referidos a la retórica
en el terreno literario; tenemos también el movimiento de la
retórica de la investigación, iniciado por McCloskey (1983),
que en 1984 dio lugar a la conferencia de lov^^a sobre «la re-
tórica de las ciencias humanas», y se continuó en muchas
otras publicaciones (por ejemplo, Nelson et al., 1987); en
tanto que en Inglaterra están las obras de Billig (1987) y de
Billig et al. (1988), que exponen un enfoque «argumentati-
vo» enteramente nuevo de la naturaleza del conocimiento
de sentido común y de la psicología social. No dispongo aquí
de espacio para reseñar todos esos movimientos (y su rela-

252
ción con muchos otros que se dan en otras áreas del pen-
samiento; por ejemplo, en la filosofía, la teoría literaria, la
matemática, las comunicaciones y la psicología). Pero consi-
dero que cabe decir una vez más que todos ellos comparten
una insatisfacción con el ideal de la razón como proceso de
cálculo destinado a producir certidumbre, a través del pro-
ceso que mencioné antes: ampliar el carácter evidente por sí
mismo de determinados axiomas fundamentales, a fin de
afirmar la verdad cierta de los teoremas derivados; todos
esos movimientos ven dicho proceso como una limitación in-
justificada de nuestra comprensión de la naturaleza del ra-
zonamiento (y de su falibilidad y sus deficiencias).^
Un hecho interesante es que recientemente esa «pérdida
de la certidumbre» (Kline, 1980) se amplió hasta abarcar la
matemática. Puesto que, como sostienen Kline (1980), y Da-
vis y Hersh (1983, 1986), los matemáticos han comenzado
a advertir que no hay una definición formal de lo que es una
prueba aceptable. Davis y Hersh (1986, pág. 66) plantean
así la cuestión y se preguntan:

«¿Qué significa para un matemático haberse convencido de


que determinados resultados son verdaderos? En otras pa-
labras, ¿qué constituye una prueba matemática tal como la
reconoce un matemático en ejercicio?».

Y responden:

«Por inquietante y llamativo que resulte, lo cierto es que no


puede darse una respuesta explícita. Sólo se puede señalar
lo que se hace realmente en cada rama de la matemática.
Todas las pruebas son incompletas desde el punto de vista
de la lógica formal».

De hecho, llegan a sostener que ni la «procesabilidad» n i la


«mecanizabilidad» proporcionan, como se creía antaño, el
criterio de la prueba correcta. En efecto, ¿cómo se puede es-

Wittgenstein (1980,1, n° 38) expresa esta inquietud en la siguiente for-


ma: «El mal fundamental de la lógica de Russell, y de la mía en el Tracta-
tus, es que se ilustra lo que es una proposición mediante algunos ejemplos
que son lugares comunes y después se la presupone entendida en todo su
carácter general».

253
tar seguro de que en cada una de las etapas de un proceso
prolongado y complejo la máquina ha funcionado correcta-
mente? Todo lo que parece avalar las afirmaciones de los
matemáticos en cuanto a la veracidad de sus pruebas es que
sean capaces de explicar y justificar su conducta ante las
críticas de otros matemáticos, pero no existe una forma úni-
ca de hacerlo. Para eludir esas dificultades, según Davis y
Hersh, hay que renunciar entonces al innecesario e inútil
objetivo de un rigor y una formalización absolutos. Y reco-
nocer sencillamente que, como cualquier otra argumenta-
ción, la de la matemática se dirige a un público humano que
(si tiene la formación debida) dispone del conocimiento de
las prácticas matemáticas necesarias para juzgar y evaluar
las actividades en juego.
En realidad, gran parte del desasosiego que hoy se expe-
rimenta ya había sido expresado por \^co (1982, págs. 41-2)
en su disertación de 1708, «Sobre los métodos de estudio de
nuestro tiempo». Allí manifestaba su preocupación de que:

«al dedicar tanto esfuerzo a las ciencias naturales, descui-


damos la ética y, en especial, la parte que se ocupa de la na-
turaleza de la mente humana, sus pasiones y cómo se rela-
cionan con la vida cívica y la elocuencia».

Es el contraste —entre las ciencias naturales y la elocuen-


cia— lo que realza, para Vico, el valor de la retórica y de la
sabiduría práctica en la vida cívica: la forma en que nos lle-
van a juzgar las cosas, no en términos de cómo deberían ser
idealmente, en teoría, sino cómo son en la práctica.^ Y en la
práctica muchas situaciones son vagas e inciertas, incom-
pletas y expuestas a una mayor especificación, no sólo a
causa de nuestra ignorancia, sino por ser en realidad vagas
y mal definidas, y susceptibles de cambios y desarrollos ul-

^ «§ 131. L a filosofía considera al hombre como debe ser y por eso sólo
puede ser útil a unos pocos, los que desean vivir en la República de Platón
y no recaer en la escoria de Rómulo.
»§ 132. L a legislación considera al hombre como es, a fin de orientarlo
hacia las buenas costumbres de l a sociedad humana. A partir de la feroci-
dad, la avaricia y la ambición, los tres vicios que recorren a toda la raza
humana, crea la clase militar, la de los mercaderes y la de los gobernantes,
y así la fuerza, la riqueza y la sabiduría de las repúblicas. A partir de esos
tres grandes vicios, que con seguridad destruirían a toda la humanidad so-
bre l a faz de la tierra, crea la felicidad cívica» (Vico, 1968).

254
tenores^ (Giddens, 1984; Prigogine y Stengers, 1984; Shot-
ter, 1983a).

La naturaleza «esencialmente discutida» de la


vida social

Como ya hemos visto, la apertura radical de muchos as-


pectos de la vida social suscita delicados problemas en lo
que se refiere a su conceptualización formal. Esos proble-
mas han sido discutidos, en relación con la lógica, por My-
hill (1952), y en relación con las condiciones sociales que ori-
ginan, por Gallie (1955-1956). Consideraré en primer lugar
las afirmaciones de Myhill:-'^'^ este autor discute tres tipos de
rasgos o propiedades lógicamente distintos que las cosas o
las situaciones podrían poseer —características efectivas,
constructivas y prospectivas—, y examina si existen pro-
cedimientos o técnicas determinables^^ de acuerdo con los
cuales se los pudiera identificar. Sostiene que: 1) si bien hay
toda una clase de caracteres o características —las caracte-
rísticas efectivas— para los cuales puede especificarse una
técnica de reconocimiento, y 2) toda otra clase —las carac-
terísticas constructivas— en relación con la cual puede pre-
cisarse un procedimiento para producir (si se cuenta con
tiempo suficiente) cualquier espécimen concebible, existe,

^ Wittgenstein advirtió una y otra vez contra la exhaustividad injustifi-


cada (en l a teoría) de circunstancias que en l a práctica seguían siendo
abiertas e incompletas, y l a necesidad de describir con exactitud el ca-
rácter de su indefinición (por ejemplo, Wittgenstein, 1980,1, n° 257).
1" L o notable en l a orientación general de la tesis de Myhill en este ar-
tículo es que anticipa las que hoy genera el movimiento de la retórica de la
investigación (por ejemplo, Davis y Hersh, 1981). Myhill se interesa en la
forma de disipar las dudas acerca de la legitimidad de l a supuesta aplica-
ción de una regla. Pues una prueba real, dice, «no consiste meramente en
lo que se publica como prueba, sino también en el testimonio aducido en
apoyo de la afirmación de que [un] axioma fue aplicado correctamente»
(Myhill, 1952, pág. 175). L a discusión de los procedimientos y las técnicas
que presenta en s u trabajo se refiere a las «formas de testimonio» que nos
convencerían de la correcta aplicación de un axioma.
E l artículo es en realidad un examen de las implicaciones de los teore-
mas de Godel y Church, que se refieren, respectivamente, a las clases de
problemas «indecidibles» e «insolubles» de la lógica simbólica.

255
no obstante, 3) otra clase más de características —las carac-
terísticas prospectivas— de las cuales podemos tener una
clara percepción, pero para las que no podemos especificar
ni una técnica de reconocimiento ni un procedimiento cons-
tructivo. Un ejemplo de esa percepción es nuestro sentido de
la belleza. Su tesis dice:

«que no sólo no podemos garantizar su reconocimiento


cuando damos con ella, sino que tampoco hay fórmula o ac-
titud, tal como aquella en la que creían los románticos, en la
cual sea posible basarse, aun en una hipotética vida de du-
ración infinita, para crear toda la belleza existente» (Myhill,
1952, pág. 191).

En otras palabras, no hay escuela artística que permita pro-


ducir toda la belleza y excluir toda la fealdad, ni criterio al-
guno (como el placer u otro semejante) mediante el cual
siempre pueda reconocerse la belleza: conclusiones que,
aunque expresadas en un lenguaje diferente, están en lo
fundamental en armonía con la descripción de Gallie de los
conceptos esencialmente discutidos.
Los conceptos especiales que Gallie considera se refie-
ren, según dice, a las actividades humanas organizadas o
semiorganizadas: la estética, la religión, la política, la filoso-
fía y la historia, y tienen que ver con lo que en esas áreas se
conciben como adquisiciones, así como con su evaluación.
Los llama «conceptos esencialmente discutidos» porque
suscitan controversias que

«si bien no pueden resolverse mediante argumentaciones de


ningún tipo, se sostienen de todos modos con argumentos y
pruebas perfectamente respetables. A eso me refiero al de-
cir que hay conceptos en esencia discutidos, cuyo uso apro-
piado implica ineludiblemente controversias incesantes so-
bre sus utilizaciones adecuadas por parte de quienes los em-
plean» (Gallie, 1955-1956, pág. 172).

Su formulación tiene (es importante observarlo) el mismo


carácter reflexivo que la descripción que Macintyre hace de
ima tradición viviente (véase más adelante, así como los ca-
pítulos anteriores), y mantiene una clara relación con la no-

256
ción de Billig de tópicos bilaterales (véase Billig, 1987, pág.
147).
Si bien no es necesario reiterar aquí en detalle la exposi-
ción de Gallie acerca de las condiciones que dan lugar a las
insolubles controversias implícitas en la conceptualización
de la naturaleza de los logros humanos, cabe mencionar los
siguientes rasgos: aunque su valor o significación debe atri-
buirse a la totalidad, es preciso que sean tales que la des-
cripción de ese valor o esa significación de distintas formas
no sea en absoluto absurda. En efecto, si bien su carácter es
persistentemente vago, debe ser «abierto» y «prospectivo»
en el sentido de que pueda permitir un desarrollo según va-
rias líneas distintas, entre las cuales sea radicalmente im-
probable elegir la mejor, porque no hay un método general
para decidir entre las posibilidades existentes. En tales cir-
cunstancias, quienes eligen seguir una de las líneas dispo-
nibles reconocen que su elección es cuestionada por los par-
tidarios de otra; en realidad, emplear un concepto esencial-
mente discutido es emplearlo contra otros usos, tanto agre-
siva como defensivamente: asumir en psicología una posi-
ción individualista y cognitivista implica oponerse a una
postura de sesgo más social y no cognitivista. Como sostiene
Billig (1987, pág. 91), para comprender el significado argu-
mentativo de lo que xma persona afirma

«no se deben examinar meramente las palabras incluidas


en ese discurso o las imágenes que hay en la mente del ha-
blante en el momento de su emuiciación. Deben considerar-
se también las posiciones que se critican o contra las cuales
se monta una justificación. Si no se conocen esas contra-
posiciones, se pierde el significado argumentativo» (1987,
pág. 91).

Pero las condiciones que Gallie señala en lo que precede


siguen siendo inadecuadas, sostiene, para distinguir entre
un concepto acerca del cual hay desacuerdo sólo a causa de
una confiisión radical, y los conceptos esencialmente discu-
tidos: algo presente en la naturaleza de estos debe «moti-
var» y mantener la controversia; quienes polemizan deben
entender que compiten por «la misma» cosa y que la compe-
tencia vale la pena. Así, afirma que se requieren otras dos
condiciones: 1) que el concepto derive de un espécimen origi-

257
nario cuya autoridad es reconocida por todos los usuarios
intervinientes, y 2) la posibilidad de que la competencia
constante entre quienes polemizan no sólo permita que los
logros del espécimen originario se conserven o se desa-
rrollen, sino que también impida que la polémica concluya,
a fin de que puedan producirse continuamente nuevos de-
sarrollos y perfeccionamientos. Esas condiciones aseguran
que haya una «competencia» sin fin entre rivales, no sólo
por el derecho de concretar xma línea distintiva propia de
desarrollo, sino en procura de ganar para ella a los neófitos.
Al dar ejemplos, Gallie, lo mismo que Myhill, examina
cuestiones de estética que considera esencialmente discu-
tidas, pero (cosa que para nosotros es más importante) ana-
liza también conceptos políticos, en particular el de demo-
cracia. ¿Satisface este concepto su lista de condiciones defi-
nicionales y justificativas? Bueno, se trata sin duda de un
concepto vago, pero «su vaguedad refleja su verdadera con-
dición incipiente de crecimiento» (1955-1956, pág. 181), es-
tima Gallie; y si en efecto queremos desarrollarlo, el primer
paso consiste en reconocer su naturaleza esencialmente
discutida. Es, por cierto, un concepto valorativo; de hecho,
muchos sostendrían que durante los últimos cien años se ha
establecido como el concepto político valorativo par excellen-
ce. Tiene además un contenido complejo y admite una varie-
dad de descripciones en las que sus diferentes aspectos pue-
den clasificarse en orden de importancia. Cuando se lo
discute, las personas intentan aclarar su significado me-
diante el empleo de modelos —la Revolución Francesa es
uno de ellos— porque su aplicación parece comprender «un
cierto número de usos recíprocamente discutidos y en discu-
sión» (Gallie, 1955-1956, pág. 182). ¿Podemos agregar, em-
pero, que la competencia constante por el reconocimiento
entre usos antagónicos del concepto puede conducir o con-
ducirá a mejoras de estos?

Gallie menciona varias descripciones ejemplares: «a) democracia


significa primariamente el poder de l a mayoría de los ciudadanos de elegir
(y desalojar) a sus gobiernos ( . . . ) ; b) democracia significa primariamente
l a igualdad de todos los ciudadanos, independientemente de s u raza, s u
credo, s u sexo, etc., para alcanzar posiciones de liderazgo y de responsabi-
lidad; c) democracia significa primariamente la participación activa y con-
tinua de todos los ciudadanos en la vida política» (1955-1956, pág. 191).

258
Al plantear esta cuestión debemos ser cautelosos respec-
to de la naturaleza del esclarecimiento y de las mejoras me-
diante la competencia de que aquí se trata, pues, como ob-
serva Gallie, es vn tipo de competencia muy diferente de la
que supuestamente se produce en la ciencia. En esta, como
(nosotros, al menos, creemos que) hay una manera princi-
pista de resolver afirmaciones antagónicas, algunas líneas
de desarrollo pueden alcanzar un final definitivo, elimi-
narse las líneas rivales y quedar «terminadas» las ciencias
en cuestión: por ejemplo, la óptica y el electromagnetismo
(Hanson, 1958), lo cual en la teoría da origen a una mate-
mática aplicada, y en la práctica, a una tecnología. Pero en
la vida social no puede haber un fin de esas disputas por-
que, dada la naturaleza «prospectiva» o «esencialmente dis-
cutida» de los temas en cuestión, no hay métodos ni princi-
pios generales para decidir entre los antagonistas. En reali-
dad, podemos ir más lejos y observar que en tanto las hipó-
tesis científicas rivales pueden ser desarrolladas por indivi-
duos o grupos aislados de otros, aquí la naturaleza misma
de la rivalidad es tal que la pretensión de cada grupo de te-
ner una línea mejor que sus rivales sólo tiene sentido en re-
lación con la pretensión de estos, y se desarrolla como una
oposición a ellos.
Y ese es el aspecto fundamental del interés de Gallie por
los modelos compartidos antes mencionados. Puesto que ta-
les desarrollos, provocados por una «otredad» exterior al
grupo propio, tienen un carácter distinto de los desarrollos
suscitados dentro de él: en vez de dar lugar a mayores ar-
ticulaciones y refinamientos dentro de la línea propia (desa-
rrollos sistemáticos), provocan su metamorfosis, desarrollos
de tipo transformacional (no sistemático). Pues ocasional-
mente, como reacción a nuestros propios movimientos,
«otros» desarrollan una forma alternativa de hacer las cosas
que, si conquista adeptos, parece ser mejor. Nuestro propio
grupo debe entonces intentar contrarrestarla, y así sucesi-
vamente. Por tanto, lo que se plantea en la «competencia»
en cuestión aquí no es su finalización, la eliminación neo-
darwiniana de los rivales, sino nuestra participación cons-
tante con ellos en una tradición de argumentación; y ellos,
al constituir el nuevo entorno al que nuestro grupo debe
ahora adaptarse, constituyen también recursos (que hacen
posibles nuevos modos de desarrollo) de los que no dispone-

259
mos en nuestro propio grupo. ^ En este sentido, la democra-
cia parecería ser, desde el punto de vista político, una suerte
de concepto último, en tanto incluye reflexivamente en sí
mismo una indicación de las condiciones necesarias para su
aplicación efectiva y su desarrollo continuo: los argumentos
aclaratorios de su natiu-aleza deben dar voz a todos los ciu-
dadanos, esto es, deben estar democráticamente estructu-
rados. Como dice Macintyre (1981, pág. 207), una tradición
viviente es «un argumento históricamente extendido y so-
cialmente encamado, y un argumento que en parte se re-
fiere justamente a los bienes que constituyen esa tradición».
Eso sólo es posible si la base de la argumentación y el debate
acerca de su naturaleza, esto es, sobre lo que la democracia
«es» hoy para nosotros, puede establecerse en forma tal que
admita la expresión de las líneas de mayor desarrollo recí-
procamente discutidas y en discusión actualmente existen-
tes en nuestra sociedad. De ahí el proyecto analizado aquí
de recuperación de la sociedad civil y el intento de precisar
las condiciones sociales en las que esa conversación polifóni-
ca resulta una posibilidad. Y la manera en que en ella las
personas pueden proporcionarse mutuamente los recursos
socio-ontológicos necesarios para examinar en común el de-
sarrollo de diferentes modos de ser.-^^
E l objetivo es aquí evocar las tesis de Prigogine antes mencionadas.
A primera vista podría parecer que, como proyecto, la recuperación de
la «sociedad civil» comparte muchos rasgos con el estudio de Habermas
(1979, 1984) acerca de la acción comunicativa y la situación discursiva
ideal dentro de la cual se dice que es posible la comunicación sin distorsio-
nes, y a sea llegando a una descripción de esa situación mediante el tipo de
argumentación transcendental que Habermas proponía en su obra ante-
rior o mediante lo que ahora llama «análisis reconstructivo». S i n embar-
go, el proyecto es de una índole muy diferente. Pues en lugar del supuesto
de que, dado el apropiado consenso de fondo, normalmente se llega con
facilidad a un entendimiento mutuo y el discurso sobre las pretensiones de
validez sólo es necesario cuando ese consenso se fractura, aquí se supone
(obviamente) que ese entendimiento siempre es sólo parcial y la polémica
acerca de las pretensiones de validez es una parte endémica de la activi-
dad de la vida cotidiana. Por lo demás, lo que se considera «consenso»
siempre es, a mi juicio, un «consenso argumentativo» (Billig, 1987), esto
es, u n consenso que gira en torno de un conjunto de paradigmas, modelos
o lugares comunes generalmente aceptados, que en realidad no admite un
examen detallado, so pena de disolverse en diferencias. Sin la apertura de
esos lugares comunes a formulaciones diversas, los sujetos de la comuni-
cación en la situación discursiva ideal de Habermas tendrían muy poco pa-
ra decirse unos a otros sobre sus distintas «posiciones» respecto de esos te-

260
No obstante, en esos contextos argumentativos hay una
muy comprensible tendencia humana a ignorar los recursos
y las posibilidades evolutivas que los otros —en particular
quienes están íuera de nuestro grupo de pertenencia— po-
nen a disposición de cada uno, y a creer posible demostrar
que la línea de enfoque que sostenemos es la correcta con
sólo eliminar las resistencias que impiden su plena y ade-
cuada implementación. Por tanto, en todo grupo de perso-
nas existe siempre la tendencia a constituirse en dominan-
tes y a reclamar el derecho de disponer las condiciones so-
ciales en las cuales los otros, los dominados, deben vivir, y
ello con el propósito de eliminar toda oposición (errónea). De
hecho, hoy tenemos en casi todo el mundo gobiernos tan re-
sueltos a establecer en sus sociedades en general un «orden
de mercado» y «relaciones corporativas», que limitan sus in-
tervenciones pretendidamente «minimalistas»^^ a la con-
creción de las condiciones sociales que se consideran nece-
sarias para asegurar el funcionamiento «natural» de esos
«mercados». En realidad, conciben «el libre mercado» como
condición suficiente y necesaria de una sociedad justa, y se
consideran moralmente justificados al obligar a sus ciuda-
danos a vivir de una manera destinada a mantener su vi-
gencia. De este modo, con argumentos muy parecidos a los
anteriormente mencionados —relacionados con el estable-
cimiento de las condiciones de los «espacios» públicos y de

mas. E n otras palabras, en tanto Habermas (1979, pág. 3) está interesado


en que los hombres «lleguen a acuerdos que terminen en l a reciprocidad
del entendimiento subjetivo», aquí el problema es muy diferente: concier-
ne a las condiciones sociales necesarias para conservar u n conjunto de
identidades precariamente entrelazadas cuando no son posibles los acuer-
dos que concluyen en esa reciprocidad del entendimiento intersubjetivo.
L a nueva derecha suele citar l a concepción de Adam Smith (1976,
págs. 687-8) del papel del gobierno como una justificación de un supuesto
«Estado minimalista». «De acuerdo con el sistema de la libertad natural»,
decía Smith, «el soberano tiene solamente tres deberes a los que atender»;
esos deberes son: 1) proteger a la sociedad de la violencia de quienes son
exteriores a ella; 2) proteger a los individuos de la violencia de otros indivi-
duos dentro de la sociedad, y 3) erigir y mantener ciertas obras e institu-
ciones públicas en las que, «aunque la ganancia nunca pueda compensar el
gasto de ningún individuo o pequeño grupo de individuos ( . . . ) con fre-
cuencia puede hacer mucho más que compensarlo en el caso de una gran
sociedad». L a naturaleza de las «ganancias» aludidas aquí, es, por supues-
to, esencialmente discutida.

261
lina sociedad civil—, defienden la importancia de la compe-
tencia y sostienen que la intervención del gobierno en la eco-
nomía de su sociedad choca con «una de las fiierzas más po-
derosas y creativas conocidas por el hombre: el intento de
millones de individuos de promover sus intereses y vivir su
vida de acuerdo con sus propios valores» (Friedman, 1962,
pág. 200).
Pero si el análisis de la «competencia» recién esbozado es
correcto, entonces aun el control de las condiciones sociales
teóricamente necesarias para el funcionamiento «natural»
de un mercado es una intervención no democrática en los
procesos sociales necesarios en la búsqueda de la democra-
cia: es la imposición falsa o falsificada de una forma de «dis-
cusión» en nombre de otra; esto es, reemplaza las oportimi-
dades ontológicas enjuego en la esfera auténticamente polí-
tica de una sociedad civil, por las mercancías «competitiva-
mente» disponibles en un mercado, como si la compra de im
«estilo de vida» pudiera compensar nuestra exclusión del
proceso político: un proceso hoy conducido por «expertos».
En una verdadera democracia, las personas no necesitan
una casta especial de expertos autodesignados que adminis-
tren sus asimtos, pues aun la gente común tiene la capaci-
dad (y el derecho) de desempeñar un papel en la conforma-
ción de su vida con los otros, y de que se tome con seriedad lo
que dice o hace. Y la verdadera naturaleza de la competen-
cia o disputa necesaria para mantener iin estado de cosas
como ese difiere por completo de la correspondiente a un
mercado libre, poblado por individuos supuestamente racio-
nales que actúan en su propio interés. Implica el uso del len-
guaje en un ámbito no estatal y no mercantil de la vida pú-
blica, en el que no se lo emplea para transmitir la informa-
ción proporcionada por expertos ni para realizar transaccio-
nes económicas entre individuos, sino con su función retóri-
ca tradicional: la relacionada con los grupos que dan forma
a su vida en común.

Comentarios finales: la sociedad civil y sus


recursos

Como muy bien lo pone de manifiesto Billig (1987), una


de las grandes consecuencias de la supresión de la tradición

262
de la retórica ha sido el sojuzgamiento y la desencarna-
ción del fondo de sentido común de la vida social, y la auto-
evidencia de la idea de que el sensus communis de un pueblo
es o bien un repositorio armonioso de creencias más o me-
nos compartidas, no polémicas pero obsoletas (meramente
proposicionales), o bien algo inútil y confuso; en tino y otro
caso, el objetivo de las ciencias sociales es, por supuesto,
sustituirlo en beneficio de un orden mejor (el de los exper-
tos). En esa concepción se considera que una persona sabe
(y siente) más o menos lo mismo que otra. Pero a la luz de un
examen hecho con mayor detenimiento, resulta claro que el
sentido común está lejos de ser unitario (y lejos también de
carecer de pasión). En realidad, como hemos visto, en la tra-
dición de la retórica se consideraba que era una fuente de
las «semillas» a partir de las cuales podían desarrollarse ar-
gumentos lo bastante poderosos para mover a los hombres
en determinado sentido. Pero por su naturaleza misma esas
«semillas» o «lugares comunes» son tales que es perfecta-
mente posible que todo logos —esto es, toda formulación
persuasiva— se enfi-ente con un anti-logos (para emplear
la expresión de Billig), elaborado a partir del mismo lugar
común o tópico. En este aspecto, la naturaleza bilateral o
contraria del sentido común es tan ubicua que Billig puede
caracterizarla citando lo que él llama la «máxima de Protá-
goras»: «en toda cuestión existen dos lados del argumento,
exactamente opuestos entre sí».^^ Dicho de otra manera, la
naturaleza contraria del sentido común es tal que, mientras
en la comunidad se dan por sentadas determinadas cuestio-
nes, con el recurso a las cuales pueden cerrarse discusiones
(c£ Mills, 1940), otras, que son aspectos tan reales del sen-
tido común de la gente como las primeras, inevitablemente
volverán a abrirlas. En otras palabras, se ha ignorado que
nuestras tradiciones son tradiciones de argumentación.

E s , por cierto, la inversión de l a afirmación de Descartes de que el mé-


todo apropiado para filosofar consiste en comenzar por uno mismo, a par-
tir de ideas claras y distintas, para construir racionalmente el único orden
correcto capaz de explicar los hechos observados. Y como muy bien observa
Billig, con l a máxima de Protágoras «la práctica de la retórica se elabora
hasta convertirse en unafilosofíainnovadora» (Billig, 1987, pág. 41), por-
que es u n a filosofía que, entre otras cosas, no sólo niega la existencia de
una Verdad Absoluta sino que sostiene decididamente que las dos partes
de una discusión pueden tener razón.

263
Por tanto, en esta concepción, el sentido común es un
gran repositorio de recursos bilaterales culturalmente de-
sarrollado, no un «mercado» de posibilidades expuestas por
individuos ontológicamente bien formados que compiten
entre sí por el provecho personal, sino un gran «carnaval»
(Bajtin, 1965) de diferentes formas de ser socialmente cons-
tituido, en las que todos pueden tener ima «voz»; en las que
pueden desempeñar un papel en la conformación y reforma
de sus vidas. Esas fuerzas que actúan en la sociedad civil, y
no las del mercado, son las fuerzas «más poderosas y creati-
vas conocidas por el hombre», porque proporcionan los re-
cursos con los cuales se da forma a los restantes productos
culturales, incluido el mercado. Pero, como ya señalé antes,
funciona aquí una economía política que comprende una es-
casez de oportunidades de ser, una ética política en la cual
estamos en discusión con quienes nos rodean por la natura-
leza misma de nuestro ser, el tipo de personas que, según
sentimos, nos gustaría ser. Y creo que eso aún está enjuego
en nuestras actividades como ciudadanos en el bullicio de la
vida cotidiana de la sociedad civil, y por esa razón su recupe-
ración, y la tradición de la retórica (y las artes de la «civili-
dad») con la cual está asociada, es un proyecto tan impor-
tante para nosotros en estos tiempos un tanto inquietos y
turbulentos, en los que, por una parte, comenzamos a com-
prender en gran medida que, al construir las condiciones de
nuestra vida, podemos construirnos a nosotros mismos; y en
los cuales, por la otra, ese conocimiento es aplicado de ma-
neras falsas y falsificadas; maneras beneficiosas en el corto
plazo para unos pocos, pero que a largo plazo adulterarán la
misma moneda que todos debemos usar en los intercambios
que contribuyen históricamente al mantenimiento y al ma-
yor desarrollo de nuestra sociedad.

264
Epflogo: el construccionismo social retórico-
respondiente en forma sumaria

«La noción de la teoría como juego de herramientas quiere


decir que: a) la teoría por construir no es un sistema sino un
instrumento, una lógica de la especificidad de las relaciones
de poder y de las luchas en torno de ellas; b) esta investiga-
ción sólo puede llevarse adelante paso a paso sobre la base de
la reflexión (que en algunos de sus aspectos forzosamente se-
rá histórica) sobre situaciones dadas».

F o u c a u l t , 1980, pág. 145

«La tarea consiste en no tratar —o ya no tratar— los discur-


sos como grupos de signos (elementos significantes que se
refieren a contenidos o representaciones) sino como prácti-
cas que forman sistemáticamente los objetos de los cuales
hablan».

F o u c a u l t , 1972, pág. 4 9

E n e l p e n s a m i e n t o r e f l e x i v o sobre n u e s t r a p r o p i a n a t u -
raleza y l a del m u n d o en que v i v i m o s , podemos o b i e n con-
s i d e r a r q u e s u t e m a f u n d a m e n t a l es lo i n v a r i a b l e y conside-
r a r p r o b l e m á t i c o e l c a m b i o , o b i e n q u e e l flujo y l a a c t i v i -
d a d s o n l o p r i m a r i o y j u z g a r p r o b l e m á t i c a l a c o n q u i s t a de
l a e s t a b i l i d a d . E n t a n t o casi todos los enfoques a n t e r i o r e s
de l a psicología y las d e m á s ciencias sociales a d o p t a r o n l a
p r i m e r a de esas dos p o s t u r a s , e l c o n s t r u c c i o n i s m o s o c i a l
a s u m e l a s e g u n d a . A s í , s e g ú n e s t a c o n c e p c i ó n , es p r e c i s o
m a n t e n e r l a v i g e n c i a de los c e n t r o s de práctica social e s t a -
b l e m e d i a n t e e l esfuerzo q u e q u i e n e s i n t e r v i e n e n e n ellos
h a c e n p o r «regularlos» o «repararlos»; «no se e s t a b l e c e n o
p e r s i s t e n a p a r t i r de s u estado natural» (Vico, 1968, § 134).
Y h a b i t u a l m e n t e sólo f o r m u l a m o s n u e s t r a s p r e t e n s i o n e s de

265
c o n o c i m i e n t o « d e s d e d e n t r o » de esas p r á c t i c a s e s t a b i l i z a -
das. S i n e m b a r g o , e l c o n s t r u c c i o n i s m o social n o está t a n i n -
t e r e s a d o e n lo q u e p u e d e h a c e r s e desde e l i n t e r i o r de esos
c e n t r o s r m a vez e n v i g e n c i a , c u a n t o , a n t e t o d o , e n e l proceso
de s u construcción. D e ahí s u afirmación de q u e , e n g e n e r a l ,
n u e s t r a s conversaciones no se p r o d u c e n e n t m a r e a l i d a d y a
b i e n o r d e n a d a , s i n o e n u n m i m d o p l u r a l i s t a , sólo f r a g m e n -
t a r i a m e n t e conocido y sólo p a r c i a l m e n t e c o m p a r t i d o ( R o m -
m e t v e i t , 1985, pág. 183);-'^ e n o t r a s p a l a b r a s , s u p u n t o de m i -
r a se sitúa e n u n a posición u b i c a d a m u c h o m á s e n los m á r -
genes o l a s zonas fi-onterizas e n t r e los c e n t r o s i n s t i t u c i o n a -
les o r d e n a d o s y m á s establecidos de l a v i d a social, p o r q u e es
e n esas r e g i o n e s limítrofes d o n d e a p a r e c e n p o r p r i m e r a vez
l a s n u e v a s c o n s t r u c c i o n e s . E s a es l a n a t u r a l e z a de l a acción
c o n j x m t a . P o r ello, y p o r q u e n u e s t r a t a r e a consiste e n i n t e n -
t a r comprender cómo podemos promover, prácticamente,
ese paso d e l d e s o r d e n a l o r d e n desde e l i n t e r i o r d e l d e s o r d e n
m i s m o , h e sostenido q u e , como t a l e s , l a s teorías o r d e n a d a s
y sistemáticas no son posibles. Pero, según he señalado,
p u e d e s e r n o s d e a y u d a u n a «caja de h e r r a m i e n t a s » b i e n
p r o v i s t a de útiles «prótesis conceptuales» c o n l a s cuales t a l
vez p o d r e m o s v e r e n acción a l g u n o s de los procesos e n e l m o -
v i m i e n t o d e l caos a l o r d e n . E n i m m a r c o como ese será p r o -
vechoso c o n c l u i r este l i b r o r e u n i e n d o e n u n solo l u g a r l a s
d o c t r i n a s y l a s a f i r m a c i o n e s , u n c o n j u n t o de « e n u n c i a d o s
instructivos» que c o n s t i t u y e n l a versión retórico-respon-
d i e n t e d e l c o n s t r u c c i o n i s m o s o c i a l e x a m i n a d a e n él.

El construccionismo social en general

1. E s c o m ú n a todas las versiones del construccionismo


s o c i a l e l s u p u e s t o c e n t r a l de q u e — e n l u g a r de l a d i n á -
m i c a i n t e r n a de l a p s i q u e i n d i v i d u a l ( r o m a n t i c i s m o y
s u b j e t i v i s m o ) o l a s características y a d e t e r m i n a d a s d e l
m u n d o externo (modernismo y objetivismo) (Gergen,
1 9 9 1 ; T a y l o r , 1 9 8 9 ) — d e b e e s t u d i a r s e e l flujo c o n -

1 «Por esa razón, l a vaguedad, la ambigüedad y la incompletud — a u n -


que por lo tanto también la versatilidad, la flexibilidad y la negociabili-
d a d — deben abordarse como características inherentes y teóricamente
esenciales del lenguaje corriente» (Rommetveit, 1985, pág. 183).

266
t i n g e n t e , r e a l m e n t e v a g o (esto es, c a r e n t e de m i c a r á c -
t e r c o m p l e t a m e n t e d e t e r m i n a d o ) de l a a c t i v i d a d c o m u -
n i c a t i v a c o n t i n u a e n t r e los seres h u m a n o s . A s í , e l s u -
p u e s t o de u n a r e a l i d a d y a estable y b i e n f o r m a d a q u e
e s t á « m á s a l l á de l a s a p a r i e n c i a s » , l l e n a de « c o s a s »
i d e n t i f i c a b l e s i n d e p e n d i e n t e m e n t e d e l l e n g u a j e , debe
ser s u s t i t u i d o p o r e l s u p u e s t o de un. m u n d o i n e s t a b l e ,
v a g o , especificado sólo e n p a r t e , a b i e r t o a u l t e r i o r e s es-
pecificaciones como r e s u l t a d o de l a a c t i v i d a d c o m u n i -
cativa h u m a n a .
2. E l interés p a s a d o p o r u n o u o t r o de los polos recién se-
ñ a l a d o s — l o m i s m o q u e l a i n s i s t e n c i a de l a Ilustración
e n p r o d u c i r sistemas de c o n o c i m i e n t o ú n i c o s , u n i f i c a -
dos y m o n o l ó g i c o s — ^ d i o o r i g e n a l a a m b i c i ó n de loca-
l i z a r u n m u n d o m á s allá de lo social y lo histórico^ e i n -
t e n t a r d e s c u b r i r l o e n l a s p r o f u n d i d a d e s de lo o r g á n i c o
o de l a p s i q u e o, q u i z á s , e n p r i n c i p i o s o s i s t e m a s abs-
t r a c t o s . C o m o r e s u l t a d o de ello, c o m ú n m e n t e se h a de-
j a d o e n s e g u n d o p l a n o esa t e r c e r a esfera de a c t i v i d a d .
3. L o s c o n s t r u c c i o n i s t a s s o s t i e n e n q u e desde dentro de
ese flujo n o d e l t o d o o r d e n a d o de a c t i v i d a d e s y prácti-
cas r e l a c i ó n a l e s de f o n d o (esto es, c o n s u c a p a c i d a d ,
h i s t ó r i c a m e n t e y a especificada, de r e c i b i r u n a m a y o r
especificación), se o r i g i n a n y se c o n s t r u y e n e n i m a «ac-
ción c o n j u n t a » t o d a s n u e s t r a s r e s t a n t e s d i m e n s i o n e s
s o c i a l m e n t e s i g n i f i c a t i v a s de interacción, e n t r e sí y con
n u e s t r a «realidad». (Respecto de l a s p r o p i e d a d e s de l a
acción c o n j u n t a , v é a n s e e l capítulo 1 y S h o t t e r , 1980.)

^ E l enunciado monológico aislado y terminado, divorciado de s u


contexto verbal y real, está abierto únicamente a una comprensión pasiva
que excluye una respuesta activa (Volosinov, 1973, pág. 73). Pero en la con-
cepción de Bajtin (1984, pág. 110), «la verdad no se halla en la cabeza de un
individuo, sino que nace entre personas que buscan colectivamente la ver-
dad en el proceso de su interacción dialógica».
^ U n «temor sui generis a la historia, la ambición de localizar un mundo
más allá de lo social y lo histórico» es, según Volosinov (1976, pág. 14), un
motivo básico de l a «filosofía burguesa contemporánea». Como dice Rorty
(1989, pág. 189), «he instado en este libro a que no intentemos querer algo
que esté más allá de la historia y de las instituciones».

267
La versión retórico-respondiente del
construccionismo social

Palabras, enunciados, géneros

4. C o m o t a l e s , l a s p a l a b r a s n o t i e n e n e n sí m i s m a s n i n -
g ú n s i g n i f i c a d o específico; s o n «interindividuales» ( B a j -
t i n , 1986, pág. 121); como medio — p a r a establecer d i f e -
r e n c i a s e n e l c o n t e x t o d e s a r r o l l a d o y e n d e s a r r o l l o de
u n d i á l o g o — c o n t r i b u y e n a especificar s i g n i f i c a d o s sólo
e n e l seno de ese diálogo.
5. a) C o m o u n i d a d i n t r í n s e c a d e l d i á l o g o , u n e n u n c i a d o
s i e m p r e se p r o d u c e en respuesta a e n u n c i a d o s a n t e r i o -
r e s , y está l i m i t a d o p o r u n c a m b i o e n los s u j e t o s h a -
b l a n t e s ; b) a d e m á s , los e n u n c i a d o s n o se c o m p r e n d e n
de m a n e r a r e f e r e n c i a l s i n o t a m b i é n de m a n e r a respon-
diente; esto es, n o p o r e l h e c h o de q u e los o y e n t e s l l e -
g u e n a t e n e r l a s m i s m a s ideas q u e los h a b l a n t e s , s i n o
e n t é r m i n o s de i m a r e s p u e s t a r e s p o n s a b l e como l a a f i r -
m a c i ó n , e l desacuerdo, l a p e r p l e j i d a d , l a elaboración, l a
aplicación, etc.; e n e s t a concepción, l a s nociones c o m u -
nes (esto es, l a s r e p r e s e n t a c i o n e s o r e f e r e n c i a s v e r d a -
d e r a m e n t e c o m p a r t i d a s ) s o n difi'ciles de l o g r a r .
6. E n u n p r i m e r m o m e n t o , esos s i g n i f i c a d o s r e s p o n d i e n -
tes s i e m p r e s o n «sentidos» o «percibidos» d e n t r o de u n a
c o n v e r s a c i ó n , o sea, se e n c a m a n como «tendencias i n -
tralingüísticas» v a g a s y tácitas, y como t a l e s s o n s i e m -
p r e s u s c e p t i b l e s de u n m a y o r «desarrollo» o especifica-
ción r e s p o n d i e n t e (sensible) d e n t r o d e l diálogo.
7. L o s e n u n c i a d o s t i e n e n s u s i g n i f i c a d o d e n t r o de u n gé-
nero, esto es, d e n t r o de u n modo de h a b l a r a s o c i a d o
a u n a f o r m a de v i d a social con i m a «historia»'^ t a l q u e
d e t e r m i n a d a s p a l a b r a s p r o d u c e n u n a «re-percepción»
o « r e - s e n s a c i ó n » de u s o s a u t o r i z a d o s d e l p a s a d o ; e n
t é r m i n o s de B i l l i g et al. (1988), esto es u n a «ideología
viviente»: i m m o d o de h a b l a r , p e n s a r , p e r c i b i r , a c t u a r y
evaluar c o n s t i t u t i v o de u n a f o r m a de r e l a c i o n e s socia-
les q u e p r i v i l e g i a a a l g u n o s m i e m b r o s d e l g r u p o p o r so-
bre otros.

* Por supuesto, siempre puede discutirse cuál es esa «historia».

268
Ideologías

8. E s e n «las p a l a b r a s e n s u e n u n c i a c i ó n » , e n s u t o n o y e n
o t r o s aspectos de s u « c o n f i g u r a c i ó n t e m p o r a l » d o n d e
los e n u n c i a d o s r e a l i z a n esas i n f l u e n c i a s i d e o l ó g i c a s ;
p o r t a n t o , e n e l c o n t e x t o d e l decir, sólo nos i n t e r e s a n los
« p a t r o n e s o f o r m a s de l a s p a l a b r a s y a dichas» (formas
formativas) s i p r o p o r c i o n a n los recursos (habilitantes y
coactivos) c o n s t i t u t i v o s de u n g é n e r o ; n u e s t r o interés
p r i m a r i o es l a a c t i v i d a d d e l decir, n o l o q u e se d i j o o ñie
dicho.
9. N u e s t r o s m o d o s «oficiales» de ser, n u e s t r o s «yo», se p r o -
d u c e n e n n u e s t r o s m o d o s «oficiales» de i n t e r r e l a c i o -
n a m o s m u t u a m e n t e — e s t o s s o n los t é r m i n o s e n q u e
somos s o c i a l m e n t e r e s p o n s a b l e s e n n u e s t r a s o c i e d a d
(Shotter, 1984)—, y estas f o r m a s «tradicionales» o
«básicas» de h a b l a r p r o d u c e n n u e s t r a s ontologías p s i -
cológicas y sociales «tradicionales» o «básicas».
10. E n l a s t r a d i c i o n e s de n u e s t r a sociedad, t e n e m o s e n co-
m ú n c o n los d e m á s n o u n c o n j i m t o de a c u e r d o s sobre
s e n t i d o s , creencias y v a l o r e s , s i n o u n c o n j u n t o de «tópi-
cos» [ d e l g r i e g o tópoi = «lugares»] o l u g a r e s c o m u n e s b i -
l a t e r a l e s o m u l t i l a t e r a l e s , de los cuales p o d e m o s t o m a r
los dos o m á s lados de u n a discusión ( B i l l i g , 1987), m á s
( u n a e c o n o m í a política de) acceso a los r e c u r s o s de d i -
versos g é n e r o s p a r a u s a r l o s e n l a f o r m u l a c i ó n de u n a
«posición» e n u n diálogo (con u n g é n e r o e n él).
11. A m e n u d o los diálogos t o m a n l a f o r m a de d i s c u s i o n e s , y
los e n u n c i a d o s , l a f o r m a de críticas y de j u s t i f i c a c i o n e s ;
las t r a d i c i o n e s sociales v i v i e n t e s t i e n e n esta f o r m a
( M a c i n t y r e , 1981).

Las descripciones y sus fundamentos

12. A u n q u e vagos y s u s c e p t i b l e s de u n n ú m e r o i n d e f i n i d o
de descripciones, los a c o n t e c i m i e n t o s sólo p a r c i a l m e n -
t e especificados d e l m i m d o a b i e r t o e i n e s t a b l e d e l cons-
t r u c c i o n i s t a social n o p u e d e n a d m i t i r u ofrecer cual-
quier descripción; m u c h a s son p o s i b l e m e n t e f a l s a s . N o
son «ofrecidas» n i p o r los a c o n t e c i m i e n t o s n i p o r las

269
c i r c u n s t a n c i a s que c o n s t i t u y e n e l fondo de n u e s t r a
vida.
13. S i b i e n p u e d e decirse q u e u n a n a r r a c i ó n ficcional t i e n e
l a función de «crear» u n a e s t r u c t u r a , a r t i c u l a r t o d o u n
m u n d o m e n t a l , l a e s t r u c t u r a «dada» a a c o n t e c i m i e n t o s
v a g o s p o r i m a descripción a l e g a d a m e n t e fáctica debe
fundarse e n l a s c i r c u n s t a n c i a s de f o n d o ; esto es, p u e d e
c o n s i d e r a r s e , desde e l p u n t o d e v i s t a l ó g i c o , q u e l o s
a c o n t e c i m i e n t o s v i s t o s d e n t r o d e l m a r c o de l a d e s c r i p -
ción l a c o r r o b o r a n o l a r e f u t a n ; y desde e l p u n t o de v i s -
t a histórico, p u e d e e s t i m a r s e q u e e l m a r c o surgió de l a s
c i r c u n s t a n c i a s de f o n d o .
14. T a l e s descripciones t i e n e n l a función de «dar» o « p r e s -
tar» a esos a c o n t e c i m i e n t o s a b i e r t o s u n a estructura de-
t e r m i n a d a q u e ellos de h e c h o n o t i e n e n , p a r a formular
de m a n e r a d e f i n i t i v a q u e s o n de este o a q u e l t i p o . ^
15. A l h a b l a r de esos a c o n t e c i m i e n t o s es útil i n t r o d u c i r e l
concepto de l o i m a g i n a r i o , p o r q u e n e c e s i t a m o s discer-
n i r s i n u e s t r a s a f i r m a c i o n e s se b a s a n e n p o s i b i l i d a d e s
m e r a m e n t e Acciónales o e n auténticas posibilidades
e m p í r i c a s e x i s t e n t e s e n e l c o n t e x t o social e n e l m o m e n -
t o de h a b l a r .

La retórica y el discurso sobre los «estados psicológicos»

16. E l m o d o como l a s p a l a b r a s m e d i a n t e l a s cuales se los


describe, «prestan» a los a c o n t e c i m i e n t o s s u e s t r u c -
t u r a , p o n e e n p r i m e r p l a n o l a función i n t r í n s e c a m e n -
t e formativa o modeladora d e l l e n g u a j e , s u s figuras
d e l d i s c u r s o (metáforas, m e t o n i m i a s , s i n é c d o q u e s , i r o -
n í a s , etc.); los t r o p o s n o s o n algo q u e p u e d a a g r e g a r s e o
q u i t a r s e a u n a l e n g u a según resulte necesario, sino
i m c o m p o n e n t e intrínseco de s u n a t u r a l e z a ( D e M a n ,
1979).
17. P o r t a n t o , n o h a y m a n e r a de e s t a r f u e r a de n u e s t r a s
f o r m a s c o n v e r s a c i o n a l e s de c o m u n i c a c i ó n c o n l o s d e -
m á s , o de e m p l e a r o t r o l e n g u a j e especializado ( f o r m a l )
p a r a c r i t i c a r l o s ; los m i s m o s r e c u r s o s lingüísticos c o t i -

^ E n relación con este aspecto, véase la «falacia del hecho ex post facto»
(capítulo 5).

270
d i a n o s q u e p r o p o r c i o n a n l a f o r m u l a c i ó n de d i v e r s a s
afirmaciones, proporcionan también su cuestiona-
m i e n t o , s u puesta en d u d a , su negación y s u j u s t i f i c a -
ción; n o e x i s t e mi m e t a l e n g u a j e q u e p u e d a r e e m p l a z a r
n u e s t r a s f o r m a s c o n v e r s a c i o n a l e s c o r r i e n t e s de c o m u -
nicación.
18. T a m p o c o h a y e n t i d a d e s extralingüísticas cuya signi-
ficación sea lingüísticamente c l a r a c o n a n t e r i o r i d a d a
l o q u e se h a b l a «de» eUas; n o h a y e n e l m u n d o «algos»
extralingüísticos q u e n o e s p e r e n s i n o u n a descripción
p r e c i s a o fiel ( R o r t y , 1980).
19. P o r t a n t o , e l d i s c u r s o psicológico — q u e s u p u e s t a m e n -
t e es « s o b r e » n u e s t r a s « p e r c e p c i o n e s » , « r e c u e r d o s » ,
« m o t i v o s » , «juicios», e t c . — n o se r e f i e r e a n i n g u n a r e a l i -
d a d i n t e r n a y a e x i s t e n t e de r e p r e s e n t a c i o n e s m e n t a -
les. C o n s i s t e e n f o r m u l a c i o n e s , e n p r e t e n d i d a s v e r s i o -
n e s de estados psicológicos c o n s t r u i d a s sobre l a base de
«sentimientos» vagos (pero no d e l todo inespecíficos),
p a r a s e r v i r a los p r o p ó s i t o s retóricos de explicarnos y
explicar a los otros e n r e s p u e s t a a c u e s t i o n a m i e n t o s de
q u i e n e s n o s r o d e a n . E n l u g a r de h a b l a r «sobre» n u e s -
t r o s estados m e n t a l e s , d e b e r í a m o s h a b l a r «de» ellos.
20. L o s « f u n d a m e n t o s » o l a s « p a u t a s » de a c u e r d o c o n los
cuales h a y q u e j u z g a r s i esas p r e t e n d i d a s v e r s i o n e s de-
, b e n t o m a r s e o n o con s e r i e d a d , d e n t r o d e l c o n t e x t o a r -
g u m e n t a t i v o o r e s p o n d i e n t e e n q u e se los p r o p o n e , de-
b e n encontrarse (en el m o m e n t o del necesario j u i c i o )
dentro del propio contexto argumentativo, y no fuera
d e él; n o o b s t a n t e , c o m o p e r s o n a a j e n a a l a r e a l i d a d
intralingüística de o t r o , u n o p u e d e establecer c o m p a -
raciones reveladoras entre ella y l a propia.
2 1 . Pero no h a y u n a última palabra, n i dentro n i fuera del
e s p a c i o - t i e m p o d e l diálogo, q u e p o n g a fin a este.
2 2 . D a d a l a n a t u r a l e z a práctica y s o c i o - r e l a c i o n a l d e l l e n -
g u a j e , lo q u e i n t e r e s a e n u n a tradición de a r g u m e n t a -
ción s o n los t é r m i n o s d e n t r o de los cuales se c o n d u c e n
e n e l l a los a r g u m e n t o s : a r g u m e n t a r e n t é r m i n o s r e l a -
ciónales a n t e s q u e i n d i v i d u a l i s t a s , es i n t e n t a r i n t e r r e -
l a c i o n a m o s u n o s c o n o t r o s de u n m o d o r e l a c i o n a l y n o
i n d i v i d u a l i s t a , a fin de c o m e n z a r a « c o n s t r u i r s o c i a l -
m e n t e » u n a sociedad r e l a c i o n a l .
2 3 . E l c a m b i o p o r e l q u e se dejó de d i s c u t i r l a psicología e n

271
términos conductistas p a r a hacerlo en términos cogni-
t i v o s n o p u s o fin a l a discusión; p o r e l c o n t r a r i o , m o d i -
ficó t o d o e l e s t i l o de l o q u e h o y se c o n s i d e r a i m p o r t a n t e
i n v e s t i g a r . L a m e t a d e l c o n s t r u c c i o n i s t a social es p r o -
v o c a r u n c a m b i o m á s e n los p r o g r a m a s de i n v e s t i g a -
ción e n psicología.

La «base» y la «función» de los análisis del construccionismo


social

24. C o m o « b a s e » de s u s a n á l i s i s , los « a n a l i s t a s sociales»


t i e n e n acceso a xma «sensibilidad» a lo q u e i m p l i c a n los
cruces de fronteras; o sea, a l a d o p t a r u n a a c t i t u d m a r -
g i n a l , p u e d e n «sentir» l a modificación de l a i n t e n c i o n a -
l i d a d ^ e n c e r r a d a e n e l «paso» de l a «pertenencia» ( i n -
clusión d e n t r o d e l g r u p o social) a l a «exclusión» ( f i i e r a
de él) respecto de l a tradición de a r g u m e n t a c i ó n de u n
g r u p o . Todas sus a f i r m a c i o n e s , sus f o r m u l a c i o n e s , de-
b e n ser t a l e s q u e ese «sentir» l a s «permita» u «ofrezca».
V é a s e e l m é t o d o de l a s c o m p a r a c i o n e s de W i t t g e n s t e i n
(capítulo 3).
25. P a r a u n e n f o q u e r e t ó r i c o - r e s p o n d i e n t e es c e n t r a l «la
p l u r a l i d a d f u n d a m e n t a l de l a s conciencias n o fiisiona-
d a s » ( B a j t i n , 1984, p á g . 9); e l h e c h o de q u e c a d a m o d o
de h a b l a r encarne u n a diferente p o s t u r a e v a l u a t i v a ,
i m a d i f e r e n t e m a n e r a de ser o p o s i c i ó n e n e l m u n d o .
E s o es l o q u e m a n t i e n e a cada u n o e n diálogo p e r m a -
n e n t e c o n todos los d e m á s . A s í se c i e r r a e l paso a l i n t e n -
t o de c a p t a r l a n a t u r a l e z a de l a a c t i v i d a d c o m u n i c a t i v a
e n u n a teoría sistemática u n i f i c a d a .
26. P e r o lo q u e sí nos p e r m i t e h a c e r es d e s p l e g a r e n n u e s -
t r a s investigaciones empíricas el carácter dilemático
de los diálogos ( B i l l i g et al., 1988) y, m e d i a n t e l a u n i d a d
analítica d e l e n u n c i a d o , e s t u d i a r los d i f e r e n t e s m o d o s
en que diferentes personas en diferentes momentos y
c o n t e x t o s r e s u e l v e n en la práctica los d i l e m a s q u e e n -
f r e n t a n ; c o m o c o n s e c u e n c i a , e n t r e los m u c h o s o t r o s

^ Desde adentro, adoptamos sin cuestionarlos distintos modos de mirar,


de hablar, de evaluar, etc.; desde afuera, en cambio, vemos que hay claras
alternativas a esos modos, y nos preguntamos por qué no se las adopta en
su lugar. L a respuesta a esa pregunta se da en términos ideológicos.

272
r a s g o s i n t e r e s a n t e s d e l o q u e es p o s i b l e c o n s i d e r a r
entonces sus prácticas, p o d e m o s c o n s t r u i r r a z o n e s de
n u e s t r a s afirmaciones en cuanto a s u carácter ideo-
lógico.

L o que no hacen los análisis del construccionismo social

27. P r o p o r c i o n a r r e p r e s e n t a c i o n e s fieles de u n a r e a l i d a d
subyacente.
28. E n t e n d e r e l c o n o c i m i e n t o como c o n s i s t e n t e e n s i s t e -
m a s estáticos de f o r m a s , e s t r u c t u r a s o m a r c o s c o g n i -
t i v o s , y d e f i n i d o e n t é r m i n o s de sus c o n t e n i d o s o r d e -
nados.
29. S u p o n e r q u e l a v i d a s o c i a l consiste e n e s t r u c t u r a s so-
ciales y a p r e d e t e r m i n a d a s .
30. S u p o n e r q u e los procesos psicológicos c o n s i s t e n e n p r o -
cesos c o g n i t i v o s y a p r e d e t e r m i n a d o s e n los i n d i v i d u o s .
31. S u p o n e r q u e e l l e n g u a j e consiste e n u n código p r e d e -
t e r m i n a d o p a r a e n l a z a r a c o n t e c i m i e n t o s psicológicos
i n t e r n o s con a c o n t e c i m i e n t o s e x t e r n o s de l a v i d a social.
32. S e p a r a r así n u e s t r o d i s c u r s o de los c o n t e x t o s c o n v e r s a -
cionales e n los q u e se d e s e n v u e l v e e i n f l u y e : n u e s t r a v i -
da, nuestra identidad y su devenir (nuestra constitu-
ción psicológica), y n u e s t r a s acciones sociales y, de ese
m o d o , l a n a t u r a l e z a de n u e s t r a sociedad y s u c u l t u r a .
33. F i n a l m e n t e , como n o p r e t e n d e p r e s e n t a r l a ú n i c a v i -
sión v e r d a d e r a , n o r e c l a m a u n a voz p r i v i l e g i a d a e n l a
c o n v e r s a c i ó n de l a h u m a n i d a d ; a i m q u e espera q u e se
l o t o m e e n serio, sólo espera t e n e r u n a voz e n VJÜ diálo-
go crítico con los d e m á s .

E n efecto, es p a r t e de l a n o c i ó n m i s m a de u n c o n s t r u c c i o n i s -
m o s o c i a l r e t ó r i c o - r e s p o n d i e n t e e l q u e t o d o s los a l e g a d o s
« e n u n c i a d o s instructivos» o «herramientas» recién p r o p u e s -
t o s , p u e d a n ser d i s c u t i d o s . P u e s t o q u e , como h e s o s t e n i d o
antes, u n componente p r i n c i p a l del enfoque e x a m i n a d o
a q u í es s u g e r i r q u e i m aspecto i m p o r t a n t e de t a l e s d i s c u s i o -
nes r e s i d e n o t a n t o e n sus r e s u l t a d o s específicos c u a n t o e n
e l v o c a b u l a r i o , e n l a s f o r m a s de h a b l a e n q u e se r e a l i z a n .
L o s t é r m i n o s m i s m o s p o r los q u e a l g i m o s aspectos de n u e s -
t r a s v i d a s son racionídmente visibles p a r a nosotros, hacen

273
r a c i o n a l m e n t e i n v i s i b l e s o t r o s aspectos. E n el f o n d o , esa h a
sido l a tesis e x p l o r a d a e n este l i b r o : q u e u n a f o r m a especial
de c o n o c i m i e n t o práctico-moral, e n c a m a d o e n e l f o n d o con-
v e r s a c i o n a l de n u e s t r a v i d a , se nos h a v u e l t o i n v i s i b l e , iró-
n i c a m e n t e , e n v i r t u d d e l p r o p i o v o c a b u l a r i o «visual» e n tér-
m i n o s d e l cual r e a l i z a m o s a c t u a l m e n t e las i n v e s t i g a c i o n e s
sobre n u e s t r a p r o p i a n a t u r a l e z a . P a r a c a p t a r l a n a t u r a l e z a
de ese c o n o c i m i e n t o h a c e f a l t a un léxico m á s práctico, con
i m a orientación histórica o t e m p o r a l , de t é r m i n o s c o m i m i -
c a t i v o s d i s c u r s i v o s y n o v i s u a l e s . E l o b j e t i v o de este l i b r o h a
sido c o n t r i b u i r a l a elaboración de ese v o c a b u l a r i o .

274
Post scríptum
Roy Bhaskar

D e s e o p r e s e n t a r e n estas p á g i n a s lo q u e c o n s i d e r o s o n
los p r i n c i p a l e s logros de J o h n S h o t t e r e n este l i b r o ; recoger
a l g u n a s de l a s críticas específicas que f o r m u l a a l a posición
que desarrollo, e indicar las debilidades cruciales que juzgo
presentes en l a suya.
E n esta obra constantemente estimulante e intelectual-
m e n t e v i b r a n t e , S h o t t e r r e a l i z a e n esencia dos cosas. P r i -
m e r o , sobre l a base de u n a a s o m b r o s a g a m a de f u e n t e s , nos
p r o p o r c i o n a t o d a i m a c a j a de h e r r a m i e n t a s o c o n j u n t o de
«dispositivos o recursos analíticos» p a r a h a c e r i n v e s t i g a -
ción: e l c o n o c i m i e n t o «desde adentro» como un t e r c e r t i p o de
c o n o c i m i e n t o ; l a m e n t e y l a i d e n t i d a d como f e n ó m e n o s fi-on-
t e r i z o s o e n t i d a d e s i m a g i n a r i a s y como p r o d u c t o de l a a c t i -
v i d a d c o n j i m t a ; l a «invisibilidad racional» d e l d e s o r d e n ; e l
c a r á c t e r a b i e r t o , i n c o n c l u s o y negociado de los f e n ó m e n o s
s o c i a l e s ; l a s e s t r u c t u r a s c o m o a c t i v i d a d f o r m a t i v a ; l a ac-
ción y l a i n v e n c i ó n uersus el hallazgo y el descubrimiento; l a
comprensión r e s p o n d i e n t e en oposición a l a comprensión
r e f e r e n c i a l ; prótesis e i n d i c a d o r e s ; «logística ética», etc. Se-
g u n d o , n o s p r o p o n e i m a reivindicación novedosa de l a t r a d i -
ción h e r m e n é u t i c a de V i c o . E s t a es, e n l a versión de S h o t t e r ,
t a n a n t i g u a c o m o l a phrónesis de Aristóteles o el conoci-
m i e n t o m o r a l práctico (Bernstein). Pero s u procedencia
i n m e d i a t a se sitúa e n l a fantasía de V i c o ; y se l a c o m p a r a
t a n t o c o n e l c o n o c i m i e n t o teórico y p r o d u c t i v o de Aristóteles
c o m o c o n e l « s a b e r qué» y e l «saber c ó m o » ( i n s t r u m e n t a l ) de
R y l e . T i e n e l a e s t r u c t u r a «desde-hasta» q u e P o l a n y i analizó
e n l o tácito; y es retórica y s u j e t a a negociación. Se t r a t a , p o r
s u p u e s t o , de l o q u e l a tradición h e r m e n é u t i c a i n i c i a d a p o r
S c h l e i e r m a c h e r , q u e a través de D i l t h e y y W e b e r l l e g a h a s t a
G a d a m e r y W i n c h , l l a m ó «Verstehen» (comprensión i n t e r -
p r e t a t i v a , d i f e r e n c i a d a d e l Erklaren, explicación causal).

275
Todo e l l o es u n l o g r o c o n s i d e r a b l e , y p o r él este l i b r o m e r e c e
t e n e r i m a a m p l i a difusión.
Paso a h o r a a l a crítica q u e S h o t t e r m e d i r i g e ( e n e l capí-
t u l o 4). T r a s a c e p t a r q u e l a a c t i v i d a d s o c i a l consiste e n l a
t r a n s f o r m a c i ó n o l a e l a b o r a c i ó n de m a t e r i a l e s d a d o s , c o n -
s i d e r a q u e m i « p a s o d e c i s i v o y e r r ó n e o » es l a a f i r m a c i ó n
de q u e :

«Si esa e l a b o r a c i ó n c o n s t i t u y e e l análogo de los a c o n t e c i -


m i e n t o s n a t u r a l e s , n e c e s i t a m o s entonces u n análogo de los
m e c a n i s m o s q u e los originan» (las b a s t a r d i l l a s s o n de S h o t -
ter),

y d e s t a c a e l h e c h o de q u e , como p r o s i g o d i c i e n d o , l a s m i s -
m a s e s t r u c t u r a s sociales d e b a n ser p r o d u c t o s sociales:

« ¡ J u s t a m e n t e ! P e r o s i s o n p r o d u c t o s sociales, c o n s t r u c c i o -
nes sociales, ¿ p o r q u é n o t r a t a r l a s como tales? ¿ P o r q u é t r a -
t a r l a s e n t é r m i n o s de u n a n á l o g o m e c á n i c o ? » (véase supra,
p á g . 117).

A h o r a b i e n : creo q u e esto se b a s a e n p a r t e e n u n m a l e n t e n -
d i d o . En A Realist Theory of Science ( s e g u n d a edición, H a r -
v e s t e r P r e s s , 1978 [ H a r v e s t e r - W h e a t s h e a f , 1989]), s o s t u v e
q u e n o d e b í a e n t e n d e r s e de m a n e r a m e c a n i c i s t a n o sólo e l
concepto de i m m e c a n i s m o g e n e r a t i v o , ¡sino t a m p o c o l a m e -
c á n i c a m i s m a ! S i n e m b a r g o , esto n o v a a l f o n d o de n u e s t r a s
d i f e r e n c i a s aquí, e n r a i z a d a s , s e g ú n creo, e n dos «tendencias
de s e n t i m i e n t o » q u e m u e s t r a S h o t t e r : 1) q u i e r e t r a t a r l a
psicología como p e r t e n e c i e n t e a l a s h u m a n i d a d e s o como un
e s t u d i o h u m a n o y n o como c i e n c i a , y 2) q u i e r e c o n s i d e r a r
l a s t r a n s a c c i o n e s r e a h z a d a s p o r los h o m b r e s e n t r e sí y n o
las e s t r u c t u r a s que, a m i entender, las a p u n t a l a n (y posibi-
Utan).
E n The Possibility of Naturalism ( I r a . ed., B r i g h t o n ,
1979; 2 d a . edición, H a r v e s t e r - W h e a t s h e a f , 1989) aclaré q u e
n o m e i n t e r e s a b a s o s t e n e r q u e l a s c i e n c i a s sociales e r a n
ciencias e n e l m i s m o s e n t i d o q u e l a s ciencias n a t u r a l e s , s i n o
m á s b i e n elaborar las semejanzas genéricas y las d i f e r e n -
cias específicas e n t r e los e s t u d i o s e n e l d o m i n i o n a t u r a l y e l
d o m i n i o social. A u n q u e llamé a m i posición «naturalismo
crítico», p o d r í a h a b e r l a c a r a c t e r i z a d o i g u a l m e n t e como «an-

276
t i n a t u r a l i s m o crítico». E n s e g u n d o l u g a r , e n Scientific Real-
ism and Human Emancipation ( L o n d r e s : Verso, 1986) des-
t a q u é q u e v e í a l a s e s t r u c t u r a s sociales como a r r a i g a d a s o n -
t o l ó g i c a m e n t e e n l a s t r a n s a c c i o n e s c o t i d i a n a s e n t r e los
a g e n t e s y e n sus t r a n s a c c i o n e s m a t e r i a l e s con l a n a t u r a l e z a
( v é a n s e pág. 130 y passim).
S h o t t e r opone c o n s t a n t e m e n t e e l r e a l i s m o y e l c o n s t r u c -
c i o n i s m o social. P e r o m e p r e g i m t o : ¿ s o n v e r d a d e r a m e n t e i n -
compatibles? Shotter a f i r m a que h a y xma interdependencia
dialéctica e n t r e e l h a c e r y e l d e s c u b r i r . E n l a m e d i d a e n q u e
l a sociedad sólo nos ofi-ece algunas p o s i b i l i d a d e s , h a y i m a
d i m e n s i ó n üitransitiva, s e g ú n m i v o c a b u l a r i o , de l a v i d a so-
c i a l ( a d e m á s de l a t r a n s i t i v a que c o n s t r u i m o s los teóricos).
S h o t t e r p a r e c e p e n s a r q u e a d h i e r o a u n a ontología de l a s co-
sas, p e r o e n The Possibility of Naturalism (capítulo 3, sec-
ción 6, y capítulo 4, sección 4) s u b r a y o q u e l a s p e r s o n a s son
p r o d u c t o s sociales. (Los p r o d u c t o s sociales p u e d e n t e n e r p o -
d e r e s causales.) P o r o t r a p a r t e , h a b i d a c u e n t a de l o q u e dice
acerca de l a acción conjunta (págs. 65-9), S h o t t e r está m u y
cerca de a c e p t a r e l m o d e l o t r a n s f o r m a c i o n a l de l a a c t i v i d a d
social. E n efecto, e n o t r o l u g a r dice q u e «el proceso histórico
de a u t o t r a n s f o r m a c i ó n ( . . . ) e n j u e g o es t a l c o m o M a r x l o
describía: h a c e m o s r e a l m e n t e n u e s t r a p r o p i a h i s t o r i a , p e r o
n o e n l a s c i r c u n s t a n c i a s q u e elegimos» ( S h o t t e r , 1990c, pág.
11). D e i g u a l m o d o , como lo d e m u e s t r a m i crítica a W i n c h e n
The Possibility of Naturalism (capítulo 4 ) , m e opongo a t o d a
i n t e r p r e t a c i ó n «actualista» de l a s r e g l a s . U n a vez m á s , sos-
t e n g o q u e l a h e r m e n é u t i c a debe ser e l p u n t o de p a r t i d a de
t o d a i n d a g a c i ó n social; y q u e e l p a r a d i g m a h e r m e n é u t i c o ,
a u n e n l a f o r m u l a c i ó n q u e de él h a c e W i n c h , es c o h e r e n t e
c o n u n a v e r s i ó n r e a l i s t a de l a c i e n c i a . A s í , m e p a r e c e q u e
S h o t t e r y y o e s t a m o s m á s cerca de lo q u e él a d m i t e .
P e r o s u b s i s t e n i m p o r t a n t e s d i f e r e n c i a s de énfasis. H a y
e n l a p o s i c i ó n de S h o t t e r u n d u a l i s m o t e n d e n c i a l . P a r e c e
c l a r o q u e q u i e r e p r i o r i z a r e l h a c e r sobre e l d e s c u b r i r , e l d i s -
c u r s o sobre l a e n c a r n a c i ó n m a t e r i a l . E s e es e l talón de A q u i -
les de l a s v e r s i o n e s h e r m e n é u t i c a s : n o p o d e m o s t e n e r u n a
c o m p r e n s i ó n p r i v i l e g i a d a de lo q u e n o p o d e m o s h a c e r (véase
Reclaiming Reality, V e r s o , 1 9 8 9 , p á g . 9 7 ) . P e r o se p u e d e
a c e p t a r q u e l a c o n c e p t u a l i d a d es ( s i n g u l a r m e n t e ) d i s t i n t i v a
d e l a v i d a s o c i a l , s i n s u p o n e r q u e es s u r a s g o e x h a u s t i v o .
« E s t a r aprisionado» i m p l i c a m á s q u e l a n e g o c i a c i ó n de s e n -

277
t i d o s ; q u i e r e d e c i r e s t a r físicamente e x c l u i d o de d e t e r m i n a -
dos espacios d u r a n t e c i e r t o t i e m p o . C o n e l l o se c o n e c t a e l
énfasis de S h o t t e r e n l a a c t i v i d a d f o r m a t i v a , d i f e r e n c i a d a
de l a e s t r u c t u r a ( r e l a t i v a m e n t e ) d u r a d e r a . P e r o si h a y es-
t r u c t u r a s sociales, e c o n ó m i c a s y políticas reales c a u s a n t e s
de q u e e n estos «nuevos t i e m p o s » l a g e n t e n o t e n g a t r a b a -
j o , se s i e n t a a i s l a d a o p i e r d a s u s e n t i d o de c i u d a d a n í a , n o r e -
conocerlo es s e r v í c t i m a de l a m i s m a «invisibilidad r a c i o -
nal» d e l d e s o r d e n a l a q u e s u c u m b e e l « n u e v o r e a l i s m o (polí-
tico)». U n a p o l í t i c a (o t e r a p i a ) e m a n c i p a t o r i a d e p e n d e de
( a u n q u e n o es r e d u c t i b l e a) una c i e n c i a p r o f u n d a de l a socie-
d a d e n l a m e d i d a e n q u e realmente h a y e s t r u c t u r a s p r o f u n -
das e n acción. P o r o t r a p a r t e , es difícil v e r c ó m o p u e d e p r o -
d u c i r s e u n c a m b i o social r a d i c a l —o t e n e r a l g ú n efecto este
l i b r o — , a m e n o s q u e l a s r a z o n e s de los a g e n t e s p a r a a c t u a r
p u e d a n c o n s t i t u i r s e v e r d a d e r a m e n t e e n causas de c a m b i o s
e n e l m i m d o s o c i a l , q u e es t a m b i é n u n a p r o p i e d a d e m e r g e n -
t e d e l m i m d o n a t u r a l , e n t a n t o está i n s e r t o , se m a n i f i e s t a y
r e p e r c u t e c o n s t a n t e m e n t e e n él.
C r e o q u e S h o t t e r q u i e r e d i r i g i r u n a estocada c o n t r a l a
psicología social p o r r a z o n e s e n t e r a m e n t e p l a u s i b l e s . P e r o
como dice a l c i t a r a B i l l i g ( q u i e n a s u vez c i t a l o q u e dice D i ó -
genes L a e r c i o sobre P r o t á g o r a s ) , «en t o d a cuestión e x i s t e n
dos l a d o s d e l a r g u m e n t o , e x a c t a m e n t e opuestos e n t r e sí»
(véase supra, p á g . 2 6 3 ) . Y lo q u e n e c e s i t a m o s es c a p t a r c o n
e x a c t i t u d ese e q u i l i b r i o . M e parece q u e J o h n S h o t t e r lo h a
i n c l i n a d o d e m a s i a d o . . . e n f a v o r de u n e s t u d i o p u r a m e n t e
h u m a n o ( e n c o n t r a d e l n a t u r a l i s m o ) y de l a c o n v e r s a c i o n a -
l i d a d ( d i f e r e n c i a d a de las d e t e r m i n a c i o n e s m a t e r i a l e s ) , y
vuelca s u exposición h a c i a u n a agencia v o l u n t a r i s t a y no
h a c i a i m a p r a x i s t r a n s f o r m a d o r a . P e r o sólo p u e d o c o n c l u i r
esta n o t a r e i t e r a n d o m i elogio de este l i b r o como u n i n v a l o -
r a b l e m a t e r i a l n o sólo p a r a los psicólogos sociales y los c i e n -
tíficos sociales e n g e n e r a l , s i n o p o t e n c i a l m e n t e p a r a todos
los c i u d a d a n o s y p r e s u n t o s c i u d a d a n o s de u n m u n d o q u e
a m b o s e s t a m o s de a c u e r d o e n c o n s i d e r a r a b i e r t o y a ú n p o r
hacer.

278
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291
J o l i n ShotKM'
Realidades
conversacional es

Esta obra cuestiona la concepción científica tradicional de que


detrás de las apariencias es preciso descubrir un tipo sistemático
de «realidades» psicológicas y sociológicas que suceden natural-
mente. Realidades conversacionales afirma, por el contrario, que esas
«realidades» ordenadas se construyen socialmente y se sostie-
nen dentro del contexto de las actividades conversacionales coti-
dianas y desordenadas de la gente.

El análisis interdisciplinario de John Shotter destaca la naturaleza socialmente


construida pero imaginaria de muchas de las «cosas» de las que hablamos en la
vida social, e ilumina los procesos de su «construcción». El autor propone una ex-
ploración de vasto alcance de la naturaleza retórica y argumentativa de la comu-
nicación conversacional, para lo cual se vale de interesantes ejemplos tomados de
la psicoterapia, la investigación organizacional y la vida cotidiana.

Con su recurso a la psicología, los estudios comunicacionales, la antropología, la


sociología, la historia y la sociolingüística, este imaginativo y original libro se
constituirá en una lectura esencial para quienes estén interesados en los debates
actuales de las ciencias sociales y humanas.

JOHN SHOTTER es profesor de relaciones interpersonales en el Departamento de


Ciencias de la Comunicación de la Universidad de New Hampshire.

ISBN 950-518-182-5

Amorrortu /editores 9 789505 181827