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Gustavo Vinocour Ponce

Crónicas Médicas
Introducción

CRÓNICAS MÉDICAS
“LA PUERTA ABIERTA”

La vida humana exige cada día más abrir puertas,


para reintegrar una visión más integral de las realidades,
que en la gran Maquinaria social en que se ha conver-
tido el mundo, se nos presentan como fragmentos, una
suerte de esquirlas donde la incesante especialización
y sobreproducción de imágenes e información amenaza
con hundirnos en el ahogo y en el hastió de esta vida
tan colmada de objetos; pero carente de hilos de Sen-
tido que la tejan. La literatura tiene esa vocación como
todo buen arte, de restituir y localizar realidades desde
la ensoñación y la imaginación y lo poético, que nos sean
más accesibles, más comprensibles, más aptas para el
trato humano. Gustavo Vinocour, de profesión médico,
emprende una aventura en este propósito de, a través de
esta colección de cuentos, abrirnos puertas en una mira-
da más comprehensiva de la existencia. Su experiencia
profesional como médico, al igual que el cuentista Anton
Chejov, le brinda una entrada particular en las vivencias
humanas, le permite un lugar para mirar y para atestiguar
sobre la condición humana, en la medida en que logra ir
más allá de su propia especialidad profesional y generar
una mirada más completa de los paisajes de nuestra exis-
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tencia. Así gracias a su sensibilidad artística, plasma este


conjunto de cuentos, que refleja esta particular forma de
mirar que el lector podrá corroborar al leer este volumen.
Estos relatos diversos, tocando distintas temáticas,
asuntos, e incluso recursos estilísticos distintos, nos brin-
dan ese ramillete, con una mirada múltiple y rica sobre
nuestras “vividuras”, como llama el dramaturgo Santiago
García, a nuestras andanzas por los caminos de la Vida.
Estos cuentos nos remiten a historias que nos harán
reconocernos, en los detalles de eventos y personajes
con los que nos identificaremos, para abrirnos a esas ver-
dades que más nos sorprenden e interesan en nuestro
devenir y que quizás no sean las verdades más generales
y abstractas , sino las que resultan más particulares, más
excepcionales y detalladas.
Estamos así ante un grupo de cuentos que funcionan
como una suerte de Atrapa sueños. Que como un con-
tenedor, recoge un caleidoscopio de observaciones, re-
flexiones, observaciones y comentarios puntuales de si-
tuaciones miradas en la aguda visión del autor. Y en la
gracia de su pluma.
En hora buena este lanzamiento de Gustavo Vinocour,
que emprendió este reto literario, que sin duda nos enri-
quece desde su perspectiva y plasma este ideal huma-
nista, de que ciencia y arte pueden ir de la mano, como
recursos de la conciencia humana. Como si la literatura
fuera también una gran medicina para los padecimientos
del alma humana. Y la vocación médica y el territorio de
la medicina, fuesen a su vez un gran mirador, una gran
puerta abierta a la existencia.

Fernando Vinocour Ponce


Actor, director teatral.
Prefacio

Crónicas Médicas es un compendio de ficciones de


aquí, allá y de más allá.
La portada, una gárgola, es un dibujo que realicé con
grafito y carboncillo. Es una interpretación de una de las
gárgolas de la Catedral de Notre Dame, un fino ejemplo
de la arquitectura gótica en París, Francia y además sirve
de símbolo para el cuento La Gárgola.
Los relatos se nutren de experiencias del autor, como
Cirujano General, de historias de pacientes, de anécdo-
tas de colegas y amigos, que a lo largo de los años, han
enriquecido nuestro bagaje cultural, consciente o incons-
cientemente. Exploramos lo real, lo ficticio y lo de más
allá, en serio y en broma en algunos casos.
De Anton Chekhov, Agatha Christie, Edgar Allan Poe,
Guy de Maupassant, Ray Bradbury, Jorge Luis Borges,
Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Horacio Quiroga,
Augusto Monterroso, Edith Wharton, Roald Dahl y muchos
otros grandes autores, hemos recibido influencias muy
variadas en el género del cuento. Como pequeños gra-
nos de arena, han ido formando una playa de experiencia
literaria, bañada constantemente por el oleaje impetuoso
del inmenso océano de la literatura mundial.
Que este breve y alegre chapoteo a sus orillas, sirva
para su esparcimiento y sea de su agrado.

Abril 2015, San José, Costa Rica


Dr. Gustavo Adolfo Vinocour
Gustavo Vinocour Ponce
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Índice

Al abrigo de los buitres.......................................... 11


Camino a Belén...................................................... 15
La Resurrecion....................................................... 21
Tosa abuelita, tosa................................................. 27
El mercado............................................................. 31
Rojos....................................................................... 37
El gran desfile......................................................... 45
Píldorillas blancas, mentirillas negras.................... 53
El guía..................................................................... 59
Yo solo le dije gracias............................................ 67
El gusano................................................................ 73
Aire acondicionado................................................ 79
El autoretrato.......................................................... 85
Incidente en la llanura............................................ 95
La gárgola.............................................................. 101
El enigma del tercer piso....................................... 111
Al abrigo de los buitres

En el horizonte polvoriento de este día particularmente


caluroso, se distinguía una casa de madera, de esas de
arquitectura antigua y campechana. La pintura se des-
prendía con el fuerte resoplido del viento, que también
había hecho estragos en la piel de Sara María, o Sarita
como le gustaba que la llamaran. Era la anciana de cabe-
llos blancos quien la habitaba.
Pequeños parches de verde amarillento en la planicie,
evidenciaban el severo verano y los torbellinos esporádi-
cos de tierra reseca eran los compañeros cotidianos de
Sarita Buenaventura. Aquel rancho, casa y finca, se los
había dejado el difunto Inocencio, su esposo por más de
4 décadas.
Ahora con dificultad podía alimentar un par de vacas,
algunos pollos y una pequeña milpa, todo para su manu-
tención. Además tenía unos dineritos que le entraban to-
dos los meses, producto de inversiones que había hecho
Inocencio en el pasado.
Los años, las enfermedades y la indiferencia de sus fa-
miliares, habían calado hasta el tuétano. La vida no tenía
sentido, a no ser por un vacío existir sin rumbo ni meta y
el impulso atávico de sobrevivir.
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En lo alto del cielo, unos buitres planeaban al acecho.


Eran los acompañantes de Sarita. Como pequeños pun-
titos que daban vueltas y vueltas en el azul claro, con es-
casas nubes blancas. Curiosamente, cuando la venían
a visitar sus familiares, el comportamiento de los buitres
variaba.
-¿Sarita, cómo te ha ido?-, decía con codicioso y forza-
do interés Anita, una familiar. Entraba en la casa, sin pedir
permiso, se servía una buena porción de asado, arroz, fri-
joles y tortillas. Lo devoraba todo sin ninguna mesura, tra-
gándolo en un dos por tres, dejando en el rostro anciano
de Sarita, una sonrisa burlona e inocente a la vez. Ella le
ofrecía a continuación aguas frescas, para saciar la sed.
El calor las agobiaba. Sarita enjuta, no comía gran cosa,
pero si tomaba grandes cantidades de agua.
Después de una conversación banal, Anita, ahíta de
tanto comer, partía presurosa diciendo que la estaban es-
perando en el pueblo.
-Santo Cielo, que tarde que es; adiós Sarita-, si pudiera
te ayudaría en el rancho, pero estoy tan ocupada en mi
casa y voy retrasada. Tal vez la otra semana- decía cíni-
camente.
La anciana, se extrañaba que con cada visita, los bui-
tres descendían, más y más, casi a nivel del techo de su
rancho incluso a la altura de su cabeza. Los veía clara-
mente, al acecho, con su pico afilado y sus garras entrea-
biertas. La angustiaban. Esperaban el menor descuido de
la viejita para robarle algún alimento. Ella los espantaba,
con una escopeta que tenía para emergencias.
-Malditos- pero algún día la pagarán, mascullaba con
sus labios resecos y agrietados.
Continuaba su lucha por la vida, sobreviviendo al calor
infernal que rodeaba toda la comarca. Un día, muy tem-
prano en la mañana, un visitante extraño llegó y tocó su
puerta. Era un hombre de unos 30 años, bien vestido, su-
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doroso y hambriento, quien preguntó por una dirección.


Ella, muy precavida, lo examinó de arriba abajo y quedó
sorprendida pues el extraño le recordaba a alguien de
su pasado. No lograba identificar a quién. Su memoria la
traicionaba constantemente. Sin embargo, el trato ama-
ble y su conversación inteligente, pronto conquistaron la
atención, la confianza y buena fe de Sarita.
Como no había vecinos cercanos, la anciana le ofreció
albergue esa noche. Conversaron largamente frente a la
chimenea, que calentaba las frías noches de la planicie.
Ella en breves instantes creía recordar algunos detalles
de esa persona de su pasado. Pero los recuerdos eran
muy fugaces. Se desvanecían tan rápido, como los bui-
tres al ser espantados.
Una noche, dos días, una semana, se fue quedando el
forastero. No tenía nombre, lo que le sorprendió a Sarita.
Pero como era amable y comedido, no le importó. Lo bau-
tizó Mario o Marito, más en confianza. Pero Mario tenía
ciertas peculiaridades. No aparecía cuando Sarita tenía
visitas. Por más que le gritaba, no acudía. Sara les decía
a sus visitantes, que la ayudaba un joven, Mario, pero ella
creía que era muy tímido y se escondía de los extraños.
Tampoco tenía sombra, por más brillante que destellara el
sol. Pero como la auxiliaba enormemente en las fatigosas
labores del campo, no puso mucho reparo en ese detalle.
Así fue pasando el tiempo. Las visitas de Anita, se
multiplicaban ahora más frecuentemente que nunca. Se
acercaban fechas de pago. Curiosamente le pedía a la
viejita que la dejara dormir en su habitación, después de
los extenuantes hartazgos que realizaba. Sarita amable e
ingenua lo permitía. La cartera de Anita siempre salía más
gorda, robusta y pesada. Los buitres continuaban volan-
do más bajo y más cerca de Sarita, visita tras visita de la
avariciosa sobrina.
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Un buen día llegó la hora de ir al pueblo a comprar co-


mestibles y algo de ropa. Se alistó presurosa Sarita, pero
al ir a sacar dinero de su bolso, encontró sólo algunas
plumas que le parecieron de buitre.
-¡No puede ser! - gritó Sarita.
-¡Esos malditos buitres me han quitado mi dinerito para
comer! ¡Ya verán!-.
Sacó velozmente su escopeta, la cargó y esperó y es-
peró. En un descuido de esas aves rapaces, Sarita los
tuvo a distancia de tiro, jaló el gatillo y una nube de per-
digones hizo el resto. Una mancha de humo grisáceo
se sumó a las nubes blancas del cielo, en un contraste
muy notorio. Corrió presurosa, para ver al dañino buitre
muerto, pero cuál no sería su sorpresa, que al acercarse
a la que vio tendida sin vida fue a Anita, en un charco de
sangre. Mario apareció de repente y entre los dos jala-
ron el cadáver a una zanja cercana y lo sepultaron. No
hubo preguntas, no hubo dudas. Luego Sarita se puso su
sombrero, montó en la carreta y se dirigió rápidamente al
pueblo. Ya anochecía y no quería que le cerraran el alma-
cén. Dejó a Mario a cargo de todo, sin percatarse que a
sus espaldas, mientras se alejaba en la lejanía, esa figura
varonil se desvanecía en el aire.
Camino a Belén

Caminaban rápido, pero cautelosos, por el embarazo


a término de María. Sus pisadas resonaban como ecos
del pasado, al ir bajando las escaleras desde el segundo
piso. Esos apartamentos, Villa David, en la ciudadela de
Romania, eran administrados por Herodes Domínguez.
Como dueño y cacique de la comarca, imponía a su an-
tojo los alquileres sobre esas diminutas viviendas y en un
alarde de intolerancia, prohibía tajantemente tener niños.
A los animales domésticos los arrastraba fuera de las vi-
viendas, para degollarlos atrozmente en la plaza.
José y María, se alejaron rápido en la oscuridad. Sus
amigos y en especial un vecino cercano, Gabriel, los
habían alertado. Herodes había enviado a impacientes
guardias judiciales, con fama de matones, violentos, ru-
dos y toscos, a cobrarles de nuevo, las mensualidades
ya canceladas. El poco dinero de que disponía José, por
su trabajo como carpintero artesanal, era atesorado, para
atender el parto. Este no iba a permitir que el avaro dés-
pota de Herodes, lo despojara de sus míseros ahorros y
lo echara a la calle.
María con su vientre de 9 meses y José con una pe-
queña maleta, se montaron en el autobús que iba a Belén,
a la casa de unos familiares que les ofrecieron posada.
El busito lo conducía el canoso y arrugado Gaspar. Lo
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había bautizado El borrico, recordando los lejanos años


en que se había dedicado al transporte de mercadería
variada, como perfumes, alhajas y bálsamos medicinales,
cuando existían las trochas de tierra y piedras. Conocía
como el mejor, todos los senderos y vericuetos del cami-
no al pueblo de Belén. A los pocos kilómetros, un fuerte
rugido del motor lo alarmó. Paró la máquina y revisó. Se
habían quedado sin aceite y a esas horas de la noche,
difícilmente encontraría algún taller abierto. La descom-
postura no permitía seguir avanzando. Así lo explicó a los
pasajeros, quienes fueron desalojando resignadamente,
en un éxodo inesperado, poco a poco el autobús, varado
en medio de la floresta. Gaspar, al ver el estado de María,
se preocupó mucho. Ella ya se quejaba por las primeras
contracciones uterinas. José recordaba como los docto-
res del control prenatal, los instruyeron para acudir pronto
al hospital, ante los primeros dolores. Angustiado, le pidió
a Gaspar si podía conseguirles algún carro o taxi. Cono-
ciendo los entornos, el chofer sabía que la gente de por
ahí, no tenían carros. Ellos vivían ajenos a las ansiedades
y claxonazos de las huestes citadinas, que se ahogaban
en nubes grisáceas insalubres, en su diario transitar entre
miserias, envidias, codicias y egoísmos mundanos. De-
pendían de los busitos para desplazarse. Conversaban
sobre que opciones tenían, cuando José vio en el cielo
despejado de la noche, un brillo inusual. Creyó que era el
cometa tan anunciado para esas fechas por las revistas
de astronomía, afición que cultivaba desde hacía años. El
resplandor llamaba la atención, tanto que Gaspar igno-
rante de estos eventos cósmicos, le preguntó a José que
era esa luz tan intensa en el firmamento. Este le explicaba
de los cometas, de otros cuerpos celestes y su ubicación
en el Universo, cuando a lo lejos, en lo profundo del cami-
no principal, se divisó un pequeño resplandor que se mo-
vía hacia ellos. Rápidamente, Gaspar subió al bus, agarró
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su linterna de trabajo y la llevó a la carretera, haciendo


señales. La buena suerte o buena estrella, como dirían
algunos, los acompañaba. Paró una ambulancia, que pre-
cisamente se dirigía de vuelta a su sede, en la Clínica
de Belén. Al ir sin pacientes, Alicia Bacal y Pedro Oxen,
ambos médicos de guardia, les ofrecieron llevarlos por la
urgencia del caso. José, sacó de su bolsillo, un pañuelo
que envolvía un pequeño fajo de billetes y su autoestima,
asegurándoles la paga.
- ¡No se preocupe por el dinero, don José! ¡Guárdelo
para más adelante, que a nosotros nos acaban de pagar
el aguinaldo! ¡Tranquilo! – le dijeron.
Los médicos, uno a cada lado de los asientos traseros,
acomodaron a María, con su enorme vientre y José con
su humilde y resignada mirada. Gaspar se despidió de
la pareja, diciéndoles que iban con muy buen conductor,
con Baltazar, chofer y amigo de muchos años. Reinicia-
ron el viaje. Los médicos interrogaban a la pareja sobre
el tiempo del embarazo y evolución del mismo. Querían
saber sobre cualquier enfermedad que pudiera complicar
el alumbramiento. Llevaban todo el equipo y medicamen-
tos para atender el parto, pero preferían atenderlo en la
clínica. También querían saber que nombre le pondrían
a la criatura. La pareja aún no decidía; varios nombres
flotaban en sus cabezas, tanto para un niño o una niña.
El secreto se mantenía.
A los pocos kilómetros recorridos por ese sector agres-
te, María se quejó de súbito de fuertes dolores, mientras
apretaba enérgicamente la camilla con sus manos. ¡La
labor de parto se había iniciado!
Desde la colina donde se habían parqueado, podían
ver el mar de pequeñas luces, brillando a la distancia,
sobre un fondo negro oscuro como carbón, cubierto por
un cielo poblado de miles de titilantes estrellitas. Era el
pueblo de Belén, en Heredia, tan cerca y tan lejos aún
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para María y su bebé. A su alrededor, el ganado, orienta-


do hacia el Norte, yacía durmiendo en los prados, arrulla-
do por los grillos y chicharras en su monótono concierto
nocturno.
Alicia y Pedro, les recomendaron atender el parto ¡de
inmediato, ahí mismo! Sin discutir, José bajó y se dirigió al
asiento delantero, con Baltazar. Ahí fue confortado por los
modales campechanos del chofer. Este, incluso se ofre-
ció a conseguir un poco de café y algún bocadillo. Cono-
cía una familia Reyes, que vivía a pocos metros del ca-
mino, donde seguro le ayudarían. Era gente que convivía
en forma armoniosa y silvestre con su ambiente. Minutos
después, llegó con un muchacho llamado Melchor, que
cargaba un pequeño canasto con unos recipientes. José,
Melchor y Baltazar, comenzaron a degustar unos apetito-
sos biscochos y café calientito. Las frías ráfagas de viento
los asediaban y el exquisito aroma de las rosquillas, se
esparció, advirtiendo y antojando a los médicos.
-¡No se los coman todos!, exclamó Alicia, riendo a tra-
vés de las mascarilla. ¡A María ya la tenemos encaminada
y esperamos dé a luz pronto!- La primeriza, con una vía,
una bolsa de suero y los fármacos requeridos, esperaba
ansiosa y sudorosa su ansiado hijo.
De nuevo se despejó el cielo, dejando ver un firma-
mento nítido y cristalino, sembrado de estrellas. José rea-
sumiendo el papel de astrónomo aficionado, les explica-
ba a Baltazar y Melchor. Este último si conocía algo del
cosmos, así que argumentaba muy animado con José,
sobre estos panoramas celestiales. Curiosamente la luz
que atribuían al cometa, se detuvo en el cielo. Ahora era
más brillante y refulgía intensamente. De pronto un ex-
traño resplandor descendió verticalmente, sobre la am-
bulancia. Esta no era una luz fuerte, sino más bien una
fosforescencia, que tiñó el aire de un blanco azulado, en-
volviendo y englobando suavemente todo a su alrededor,
19 Crónicas Médicas

en una atmósfera de paz y quietud. José, Melchor y Balta-


zar, en el trasfondo, eran los únicos asombrados testigos.
Maravillados y embelesados por este fenómeno luminoso,
fueron sorprendidos gratamente, ahora por unos fuertes y
enérgicos llantos de bebé, que rompieron el silencio noc-
turno, centrándolos de nuevo en la tierra. Había concluido
el alumbramiento.
José se acercó ansioso a la parte trasera de la ambu-
lancia, a la improvisada sala de maternidad y fue felicita-
do al convertirse en padre, de un lindo bebé. María dis-
cretamente le sonreía al fondo, arropando y calentando
con su cuerpo al recién nacido. Melchor corrió rápido a
su casa y regresó con sus padres, Adoración y Pascual,
quienes rodearon a María y el bebito, obsequiándoles una
cobijita celeste, de algodón.
Todos se despidieron contentos, prometiendo volver
a reunirse en cuanto creciera un poco la criatura, cuyo
nombre aún no decidían dejando la incógnita en el aire.
Cerraron las puertas de la ambulancia y reanudaron el
viaje. La emblemática Cruz Roja se achicaba a la distan-
cia, mientras se alejaba en la oscuridad y se acercaba
a su “Destino”, en la iluminada Belén. Baltazar puso un
poco de calefacción y sintonizó en la radio unos alegres
villancicos navideños. Esa noche tan aventurada, azaro-
sa y arriesgada, era Nochebuena, precisamente el 24 de
Diciembre.
Los límites que separan la vida de la muerte son, en el
mejor de los casos, borrosos e indefinidos...
Edgar Allan Poe

La resurrección

El salón de cuidados intensivos lucía lleno, atestado


con enfermos balanceándose en un delicado equilibrio
entre la vida y la muerte. Cuando la luz de la salud se
apagaba, monitores de todo tamaño, iluminaban con sus
constantes destellos, cadencias cardíacas anómalas, in-
suficiencias respiratorias y fiebres indómitas. Cajas de
metal y plástico, insensibles y frías a la esencia humana
pero guardianes constantes del ritmo vital de los frágiles
pacientes. Ciencia y tecnología al servicio del hombre.
Lucrecia, enfermera especialista, de amplia experien-
cia tenía a su cargo a una amiga. El afecto las unía desde
hacía muchas décadas; había sido tejido afanosamente
entre las dos. Lazos de aprecio y cariño, vínculos invi-
sibles pero fuertes como cadenas. Se entristeció mucho
cuando Josefa fue trasladada a su Servicio. La octoge-
naria, padecía de una insuficiencia cardíaca y neumonía
que la tenían al borde de la muerte, según los reportes
médicos. Se le asignó la cama 13. No era supersticiosa
pero había escuchado historias increíbles involucrando
ese tenebroso número. Conversaba animadamente con
la viejita, la cual entre suspiros y ahogos, lograba mante-
nerse más serena. Unos momentos de distracción eran
vitales, aún en esos recintos de ambiente aséptico, que
habían preservado a tantos mortales, ahuyentando a La
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Parca y sus funestos designios. Eran salones de pisos


encerados, inmersos en un universo de orden y silencio,
impermeables a la divagación.
Era visitada con frecuencia, pero lo estricto del salón
de intensivos, hacía que a sus vecinos y familiares los re-
mitieran a una capilla cercana en el mismo hospital, don-
de oraban por la anciana. Un día Josefa se agravó y los
convocó advirtiéndoles del peligro de muerte inminente.
Los exhortó a rezar para que superara la noche. Muy afli-
gidos, le entregaron una tarjeta celeste con la imagen de
la Virgen de fondo, para que acompañara y confortara a
la enferma. Leyó la oración y colocó la estampa muy cer-
ca del monitor, sin obstruir la pantalla, pero visible desde
la cama. Los rezadores marcharon en grupo a la capilla,
como un sigiloso cardumen, donde se congregaron con
un sacerdote amigo.
Mientras tanto, Lucrecia continuó sus funciones de
supervisión y control de tratamientos. Inició una plegaria
silenciosa, a la par de la cama 13. Consciente que se le
trataba con la terapia más moderna, si algo complicaba
a la anciana, sólo un milagro la salvaría. Pasaron varios
minutos y una visitante de la cama adyacente tropezó al
salir del recinto. Ella la auxilió y al regresar a su silla, vio
a Josefa muy quieta y el monitor cardíaco dibujando una
línea recta horizontal, sin actividad. La imagen de la Vir-
gen miraba al cielo, se mantenía erguida, impasible en el
mismo sitio, dando la impresión de continuidad, que nada
había variado. Convergieron en su mente la idea de muer-
te y la sensación de impotencia. El silencio era completo
invitando a una sigilosa expectativa.
Josefa se miró flotando en medio del salón, asombrada
por la transparencia de su nuevo cuerpo. No tenía dolor
alguno, respiraba libremente y podía ver a los otros pa-
cientes en su reposo nocturno. Observó a Lucrecia sen-
tada a la par de su cama. Se contempló acostada con su
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cuerpo físico inmóvil y todos esos aparatos rodeándola.


La mirada de la Virgen llamó su atención.
-¿Estaría muerta? ¿Cómo podía flotar sobre su cuerpo?
-
Trató en vano de tocar a Lucrecia. Su brazo evanes-
cente, atravesaba sin esfuerzo ni obstáculo alguno el
cuerpo de la enfermera, intangible para ella, como una
nube invisible que todo lo podía traspasar.
Agobiada por este desenlace fatal, continuó orando
por su amiga. No quería alterar el sueño apacible de los
otros enfermos, que yacían cobijados con el silencio noc-
turno.
--Un entierro sencillo sería lo mejor. Ella nunca quiso
lo ostentoso, un ataúd sobrio pero digno, bastaría para
entregarla al descanso eterno. – pensaba.
La anciana le había confesado su deseo de ser ente-
rrada con su vestido de matrimonio, el cual atesoraba.
Era su testamento espiritual que le brindaba consuelo en
su soledad cotidiana. Cultivaba la ilusión del reencuen-
tro con su esposo fallecido, como se ampara y cuida un
lindo rosal, impregnándole el alma de una atmósfera de
serenidad.
Una nieta llegó ansiosa a preguntar por su abuelita.
Lucrecia soñolienta, con rostro cansado y ojeroso, quiso
mitigar la noticia. Continuaba muy delicada. Le pidió que
rezara con fe, pues la acompañaba la Virgen y era tratada
con lo más avanzado en medicina. Sabía que ya Josefa
estaba fuera de su alcance mundano y había iniciado la
inexorable marcha hacia el sueño eterno. La despidió con
un semblante sombrío, como mirando hacia el infinito pro-
fundo, oscuro y enigmático.
La joven al salir, sintió una presencia extraña. Hizo su
aparición de súbito, una camilla sin colchón, con un cadá-
ver yaciendo sobre el frío acero inoxidable, cubierto por
una sábana blanca. Un camillero alto, pálido y huesudo,
Gustavo Vinocour Ponce 24

la empujaba impasible hacia la morgue. Transitaba por un


pasillo paralelo al salón, semejando un túnel a media luz
y dejando a su paso, un intermitente y siniestro chirrido
agudo, como susurrando un secreto espantoso. Se le eri-
zó la piel y un escalofrío bajó por su espalda, quedando
inmóvil por unos segundos. Al verla alejarse en la oscuri-
dad, flotando como un fantasma, le pareció escuchar un
sollozo y creyó que las tinieblas se arremolinaban atrás de
ella. Pensó si sería una coincidencia o un nefasto augurio.
La enfermera soportó la fría madrugada a la par del
cuerpo, una vigilia que eternizaba y congelaba el tiempo
a su alrededor. Entibió su espíritu recordando ratos feli-
ces y cálidas tertulias compartiendo unas tazas de café,
en su barriada de infancia. Evocaciones fugaces como
relámpagos, que alejaban visiones de muerte y desola-
ción, tan antiguas como la humanidad y tan misteriosas
como la vida.
Josefa desde el aire, vio acercase a varias personas
al salón. De repente se sumió como en un vórtice de luz,
siguió lo que parecía un hilo de plata, bajando y penetran-
do a su cuerpo que dormía.
Lucrecia sintió una gigantesca carga sobre ella, como
si todo el peso del mundo la jalara al asiento Logró in-
corporarse, se paró, venciendo la pesantez. Unos pocos
pasos la distanciaban de confesar tan amargo suceso,
ignorante del efímero viaje de Josefa.
La intensa luz matinal inundó el salón, desvanecien-
do terrores nocturnos, iluminando verdades científicas y
transmitiendo energía vital. El renacimiento del día, per-
mitió que unos rayos de sol cayeran sobre un prisma
triangular que fungía como pisapapeles, proyectando un
intenso arco iris, evocando a Newton de forma casual.
Llegó el residente del nuevo turno, fresco y activo, con
el ansia de cumplir su deber. Examinó con atención un
nuevo sensor fotoeléctrico, cuando detectó el fallo en los
25 Crónicas Médicas

monitores de Josefa y conectó los cables, suprimiendo


así un indicio de fatalidad. Paradójicamente la había visto
muerta y la había visto viva y recordó la anécdota del gato
de Schrödinger, de sus años juveniles de Física universi-
taria y sonrió en forma irónica. Su accionar fue como un
reflejo felino, ágil, espontáneo y preciso, ajeno a la tor-
menta emocional que padecía Lucrecia. Creyó prudente
informar de ese inadvertido y singular detalle de la cama
trece. Observó a la viejita radiante, sonriente, con ojos
dulces y cubierta por un mar de arrugas. Paró un minuto
y la saludó.
En el preciso instante en que Lucrecia iba a iniciar su
discurso fúnebre, Josefa a su espalda, vestida con una
bata azulada, la llamó con su anciana voz, cuyas pala-
bras retumbaron en su cabeza. La embargó de inmediato
una inmensa placidez, como una gran fuerza que unifi-
caba todo su ser y su entorno. Se sintió como un océano
recuperando la tranquilidad y paz de sus aguas. Agra-
deciéndoles sus oraciones, con la confianza y aplomo
usuales en ella, despidió a los vecinos que salieron muy
contentos del hospital.
-¿Cuál es tu nombre?- preguntó al nuevo residente,
mientras acomodaba su cofia y escuchaba la explicación
de los cables.
-Este le respondió: “mi nombre es Jesús”. Acabo de
llegar de Belén de Heredia. Y agregó en tono flemático:
“Me supongo que estos anteojos son suyos”-, depositán-
dolos en el escritorio de la enfermera.
Ella se los colocó y leyó en el periódico de la mañana,
que era domingo de Resurrección.
Hay realidades en el corazón que la mente ignora, un
velo delgado separa a los dos.
Tosa abuelita, tosa.

Como gira el mundo, vueltas y más vueltas hasta que


llega la justicia, como en una gran tómbola kármica.
Didier era un pillo de mala muerte. Carterista de profe-
sión, sabía cientos de trucos para robar a los peatones.
Joven, perezoso y ambicioso, quería todo al instante. El
estudio y el esfuerzo no eran para él.
Pedro, joven cirujano de la capital, circulaba ese ca-
luroso día por el mercado en su auto. Veía a través del
cristal, montañas de vegetales amontonarse a los lados
de la calle. Mujeres con delantales manchados, llenos de
menudo, vendían frutas y verduras a los caminantes. Con
el aire acondicionado y las ventanas cerradas, no perci-
bía los fuertes olores y aromas que envolvían ese sector
citadino.
En un alto, miró asombrado como un joven sostenía a
una anciana y ella como que se asfixiaba. Bajó un poco el
vidrio y escuchó:
-¡Tosa abuelita, tosa! ¡Bote esa flema para que no se
ahogue! - repetía Didier con buen galillo para que todo el
mundo alrededor escuchara.
La tenía sostenida del cuello y la pobre viejita no podía
hacer más que toser. Con su suéter y una pequeña car-
tera, era víctima del hampa del mercado y sus mil y una
tretas. Un mar de peatones pasaban a su lado sin agitar-
Gustavo Vinocour Ponce 28

se ni despeinarse. La anciana amenazaba con desma-


yarse. Didier la metió de un empujón a un taxi, explicando
al chofer, que era una emergencia, que tenían que ir di-
recto al hospital cercano. La abuela, sólo podía toser por
la llave que le había practicado lastimando severamen-
te su cuello. Rápidamente, Didier tomó la cartera y salió
corriendo como una exhalación, dejando a la indefensa
anciana jadeando, afónica y media muerta.
Pedro estupefacto, observó impotente el asalto. Los
sucesos se precipitaban rápido, como un torrente de vio-
lencia sobre su conciencia, empapándolo de rabia y fu-
ria. No pudo hacer absolutamente nada, excepto grabar
mentalmente el rostro, quedando indeleble en su memo-
ria.
-¿Cómo se llamará ese maldito? – dijo Pedro al aire.
- ¡Se llama Didier! - respondió uno de los vendedores,
lo conocemos por ser mal bicho.
-¡Algún día, algún día la pagarás!- se repetía silencio-
samente Pedro.
El tosa abuelita, tosa retumbaba en su memoria persis-
tentemente, como garrotazos en un tambor, despertándo-
lo de un sopor existencial. Como había gente despiadada
y cruel en las calles. Cobarde y vil, escogían a los más dé-
biles y desamparados. Evadían como hienas al acecho,
quien les pudiera devolver el golpe. Ante esa debilidad
de la sociedad, la policía hacía esfuerzos por mantener el
control. Sólo así podría sobrevivir el ser humano. La histo-
ria lo confirmaba, la represión por los ejércitos, la policía o
como los llamaran, establecía un cierto orden en el tejido
social de las civilizaciones. Controlaban aislando los fo-
cos de violencia y mantenían la convivencia pacífica, a la
fuerza, cuando las normas morales y éticas no bastaban
y se desmoronaban.
El día de guardia, Pedro se dirigió rápido al quirófano
pues había llegado un apuñaleado. Tenía abultado el ab-
29 Crónicas Médicas

domen y la fiebre anticipaba un gran absceso. El joven


tendría a lo sumo unos 18 años, venía muy deshidratado
y tosiendo. Conversando con el anestesiólogo, leyó con
sorpresa en la cartilla: Didier del Carmen Jiménez. No
pudo ver el rostro del enfermo pues ya tenían extendi-
das las telas que separaban el terreno del anestesista, del
campo quirúrgico.
Intrigado, se asomó y recordó en los rasgos sudorosos
y deformados por el dolor, el de aquel Didier, el del ¡Tosa
abuelita, tosa!
Sin identificarse, le repitió en forma irónica, a través de
la mascarilla:
-¡TOSA, ABUELITA, TOSA!- varias veces.
El joven sintió que todo el mundo se precipitaba sobre
su pecho. Se aterrorizó y quiso levantarse de la cama qui-
rúrgica. La anestesia lo calmó y lo durmió.
Al despertar, esposado en su cama de recuperación,
sudaba por la preocupación y por la severa infección que
padecía. El deliro febril aún presente lo envolvía con las
sombras imaginarias de sus atacantes y sus víctimas pa-
sadas, pero los guardias armados que lo vigilaban eran
muy reales. Los antibióticos, junto con el drenaje del abs-
ceso estaban obteniendo éxito. Las fuerzas naturales del
cuerpo se organizaban para localizar y controlar las viru-
lentas bacterias.
Pedro se encaminó a pasar visita a sus pacientes de
cirugía, cuando al ir pasando por el salón de geriatría, es-
cuchó a un médico interno, con el estetoscopio apoyado
en la espalda de una anciana, decirle:
-¡Tosa abuelita, tosa fuerte! le repetía afanosamente el
novato médico.
Ese día, Pedro pasó de nuevo por el mercado y creyó
que la justicia en el mundo aún era posible.
El mercado

Los eventos ocurren al azar, pero sólo en el lugar pre-


ciso, en el momento exacto y a la persona adecuada
El doctor Ernesto Ramírez disfrutaba de su taza de
café, con la sabrosa quesadilla. Se podía aspirar el de-
licioso aroma del queso derretido, queso palmito de la
zona, muy bien hecho.
Tenía pocas semanas de ejercer en esa ciudad, pero
ya había localizado sus locales favoritos. El mercado cen-
tral era uno de ellos. Limpio, bien ventilado, era muy dife-
rente a otros que había visitado. La fonda de Macario era
su preferida. Buen café y repostería de primera.
Pagando su cuenta, llamó su atención un cliente senta-
do al frente, en uno de las cuatro barras de atención. Era
un señor de unos 60 años, corpulento, que se deleitaba
con unos trozos de carne asada y chicharrones. Comía
con gran apetito, engullendo, sin masticar mucho. Su ves-
timenta elegante, cinturón de cuero con una hebilla de
plata genuina, con botas de cuero lustrosas, mostraban
su poder económico. Macario el cocinero y dueño se es-
meraba por atenderlo lo mejor posible. Cualquier detalle
era poco para él. La mínima petición era cumplida rápida-
mente. Tuto, como lo llamaban sus amigos, comía y char-
laba alegremente. Bebía cerveza tras cerveza, y sudaba
Gustavo Vinocour Ponce 32

copiosamente, envuelto en esa atmósfera culinaria. Ya se


iba a retirar, sacó su cartera y se embuchó a la carrera, un
último cuadro de carne.
Ernesto, se demoró un poco guardando el cambio en
su escuálida billetera. Recogía un billete que se le había
caído. Se acercaba noche buena y no tenía mucho dinero
para los regalos familiares, sobre todo los de sus niños.
La clientela aún era escasa y las facturas se acumulaban
sin descanso.
Al levantarse vio de repente como Tuto se puso mo-
rado y comenzó a toser convulsivamente. Con los ojos
rojos, saltones, desorbitados se abrió la camisa, respira-
ba fatigosamente, hasta ya no hacerlo. Trató sin éxito de
introducir su gran manaza en la boca pequeñita. Algo se
le había atragantado.
Macario y sus ayudantes, corrían desesperados en
busca del teléfono para llamar a la ambulancia. Le daban
palmadas fuertes en la espalda. A continuación, Tuto ya
casi del color de un caimito, se dejó caer estruendosa-
mente sobre la barra del restaurante, pegando de lleno la
cara. Se rajó la frente y por la herida manaba abundante
sangre. El cuadro era dramático. La gente gritaba tonte-
rías. Inconsciente y sangrando llamó la atención de todos,
incluso la de dos policías que almorzaban en ese momen-
to. Se acercaron muchos mirones a ver que alteraba, la
plácida rutina del mercado a esa hora.
Ernesto se acercó rápido donde estaba Tuto. Los guar-
das se lo impidieron, creyendo que quería aprovecharse
y robarlo.
Les enseño su credencial de médico, ofreció ayudar
y lo soltaron. Se situó detrás del Tuto amoratado, colocó
sus manos alrededor de la cintura, un puño más abaji-
to del final del esternón y con la otra mano presionó con
fuerza hacia adentro. No sucedió nada. Los cocineros se
33 Crónicas Médicas

miraban entre si extrañados Le sostuvieron a Tuto ergui-


do, repitió la maniobra apretando el abdomen y súbita-
mente un trozo de carne voló e impactó uno de los ojos
de Macario el cocinero.
Tuto poco a poco fue respirando más tranquilamente
y recuperó la conciencia y el color. Conversando con Er-
nesto, le agradeció haberle salvado la vida. Examinaba
con un palillo de dientes, el siniestro fragmento de car-
ne, parcialmente masticado, que casi lo mata, mientras lo
vendaban, parando el sangrado.
-¡Que tonterías hace uno en la vida! - dijo resignada-
mente Tuto. Ernesto no lo sabía, pero conversaba con uno
de los ganaderos más ricos en la comarca.
¿Cuánto gana por consulta doctor? le preguntó el ran-
chero, limpiándose el rostro.
En el consultorio cobro ¢25,000 pero a domicilio un
poco más.
Tuto sin inmutarse, sacó su chequera y le firmó un che-
que por 2,5 millones de colones.
Se lo pasó a Ernesto que casi se sofoca del impacto y
la sorpresa. No esperaba ese regalo y menos ese día 24
de diciembre. Le agradeció a Tuto su generosidad y a la
Providencia el haber estado ahí en el momento preciso,
con el conocimiento adecuado.
-¡Mejor molida! - le comentó Ernesto con una amplia y
generosa sonrisa, señalando la carne.
-Vamos al consultorio para suturarlo-, le dijo mientras
hacía la lista de juguetes que compraría. Sería una es-
pléndida Navidad.
Enrique cerró la revista que leía, en la fonda de Ma-
rio. Terminaba de leer una historia de ciencia ficción que
trataba sobre universos y realidades alternas. Acabó su
taza de café y una sabrosa quesadilla, que constituían su
comida. Pagó y se dirigió rápidamente a su consultorio.
Gustavo Vinocour Ponce 34

Saliendo del mercado, miró como se bifurcaban los


pasillos y se multiplicaban hacia adentro, repitiendo el
mismo patrón. Senderos paralelos que conducían a dife-
rentes negocios, siempre bajo un mismo techo. Un grite-
río y alboroto lo despertó de su reflexión.
-¿Qué pasa, porqué tanto escándalo? gritó alarmado.
-¡Uno de los clientes de Mario, falleció! ¡Dicen que fue
un infarto! – le contestaba uno de los enfermeros que en-
traban corriendo al mercado, donde yacía el muerto.
-Qué extraño, si yo acabo de salir de la fonda y todo
estaba tranquilo- pensó intrigado Enrique.
Se acercó a los paramédicos que cubrían el cuerpo
del difunto Tomás, con una sábana. Muchos vecinos lo
rodeaban y chismorreaban, formando un círculo de es-
pectadores horrorizados.
¡Le hicimos maniobras de resucitación, doc pero que
va, ya estaba bien muerto el doncito! - le contaban al Doc-
tor Enrique.
-Ahora lo que queda es establecer la causa de muerte.
Tendrán que trasladarlo a la morgue,- les indicó Enrique.
Cómo disponía de poco dinero, él trabajaba también
como patólogo de emergencia, en el pueblo. El pago era
extra y le caería muy bien para ese 24 de diciembre. Ten-
dría que apurarse, para no perder su cena familiar navi-
deña. Trabajando con rapidez obtuvo la respuesta.
¡Mirá lo que son las cosas del destino! Un miserable
pedazo de carne, casi sin masticar se le atoró en la trá-
quea, exactamente donde se divide en bronquio derecho
e izquierdo – le decía a su asistente, mientras lo examina-
ba con un disector metálico.
Causa de fallecimiento: Paro cardio respiratorio. As-
fixia por insuficiencia respiratoria. Cuerpo extraño en la
tráquea.
Firmó los documentos y se fue para su casa.
“La realidad es simplemente una ilusión,
aunque una muy persistente.”
Albert Einstein

Rojos

Se movían acompasadamente, a través de la bruma


grisácea y lúgubre, con un ritmo silencioso, siguiendo una
música ritual muy privada y esotérica. Eran tres mujeres,
que cargaban unas enormes palanganas vacías. Sólo te-
nían un ojo y un diente para las tres. Trasladaban espíritus
de acá para el más allá. Se reunieron alrededor de una
hoguera ficticia, moviendo un caldero imaginario reple-
to de un líquido espeso, rojizo y oloroso. No era precisa-
mente náusea lo que se desprendía, sino una atmósfera
de pavor y espanto. Sus palabras murmuradas al viento,
flotaban como conjuros, tal vez mágicos, casi como ple-
garias infinitas, a la eternidad. Se miraron entre sí, con sus
rostros cansados, pálidos e inexpresivos, recolectaron el
líquido putrefacto, llenando poco a poco los recipientes
metálicos. Sus ojos, reflejaban sus cuerpos empapados
en el horror, repetían la escena unos con otros, como en
un salón de espejos macabros. Abandonaron en silencio
el recinto, dejando tras de sí un rastro encarnado de de-
solación y muerte.
Las rosas tenían el color perfecto, un rojo intenso, uni-
forme y aterciopelado. Ella se sacrificó muchos meses,
cuidando el rosal. Su orgullo se reflejaba en el rostro ter-
so, suave, henchido de satisfacción. Las rosas despren-
Gustavo Vinocour Ponce 36

dían un exquisito aroma, que despertaban recuerdos ro-


mánticos de sus años de noviazgo, de sus mimos, sus
caricias, que desembocaban en besos apasionados. Sus
labios carnosos, de un rojo carmesí, se fundían con los
de su amado, en un torbellino de amor y pasión. Eran dos
almas enamoradas, enlazadas en un destino.
Siempre le disgustó que tomara. Él destapó la jarra de
Pandora y empezó con unas copitas de vino rojo, vino
tinto. El alcohol lo fue encadenando poco a poco y de
por vida. Como una siniestra ave de rapiña, clavaba sus
monstruosas garras y pico en el indefenso Cornelio, car-
comiendo su hígado y entrañas, separándolo poco a
poco, de su esposa. Año tras año progresaba su adic-
ción, succionándole la existencia. Sus parrandas se eter-
nizaban como una hoguera perpetua, avivada trago tras
trago, hora tras hora y como un Prometeo impenitente mi-
raba pacientemente acercarse su muerte. Ella, como una
mártir silenciosa, siempre le perdonó sus excesos.
Lo fue a visitar, acompañada por su madre. Le lleva-
ban unas rosas, muy bien escogidas, fragantes y hermo-
sas, de lo más selecto de su jardín. Eran los hijos que no
pudieron tener. Todo ese caudal de amor reprimido, por
muchos obstáculos, nunca pudo fluir para engendrar hijos
y lo canalizó hacia los rosales, que abonados con gentile-
za y bondad, crecieron esplendorosamente. Aguardaron
ansiosas, pues Cornelio era atendido en esos momentos,
en otro piso del hospital. La sala de visitantes se llenó. To-
dos admiraban las flores de Hortensia. El calor ambiente,
la muchedumbre parlanchina, con alientos quejumbrosos
y la interminable espera, fueron diezmando el ramo. Al-
gunos pétalos se desprendieron, óvalos rojizos que flo-
taron hasta el suelo, como silenciosas lágrimas. Testigos
mudos de la angustia y desesperación de Hortensia y su
madre que aún sostenían la imagen mental de unas boni-
tas rosas rojas.
37 Crónicas Médicas

Cornelio, inerme y exhausto, tenía puesta la amarillenta


sonda de hule de tracción, que salía por su nariz, compi-
tiendo con el amarillo intenso de sus ojos. Semejaba una
enorme ballena, con un enorme y bamboleante abdomen,
agotada en su pelea por liberarse del anzuelo. La camisa
ridículamente pequeña, poco cubría unas gigantescas,
tortuosas y azuladas venas varicosas, que partían de su
ombligo, simulando una cabeza de Medusa. Una estruc-
tura cuadrada de tubos, con unos aparejos metálicos y
poleas, sobre la cama, semejando una tramoya, permitían
la tracción con bolsas de suero como pesas. El interno de
guardia, Perseo, en un afán inexperto y afanoso, trataba
de suprimir por completo el sangrado, aumentando tenaz
y audazmente, el peso ejercido, bolsa tras bolsa. El rostro
pálido y deformado de Cornelio, con una barba incipien-
te, acompañaba forzadamente a su cuerpo, envuelto en
unas cobijas verdes, desteñidas por cientos de lavadas,
que se transformaban poco a poco, en su mortaja. Una
fetidez hepática y dulzona inundaba el salón. La tracción
estaba al límite, casi levantando, casi arrancando el rostro
exangüe de Cornelio, el cirrótico, cuya vida pendía frágil-
mente de esa sonda. Las várices esofágicas y gástricas,
desgarradas y sangrantes, lo arrastraban en un torbelli-
no mortal. Las enfermeras preveían el funesto desenlace,
circulando alarmadas por la tormentosa situación. Una
de ellas, Atenea, sujetada a las barras de metal, trató en
vano de gritarle consejos, como un sabio búho, al interno,
inmerso en el barullo ambiental. La tensión emocional au-
mentó al máximo, reflejándose en los rostros de los pre-
sentes, excepto en Perseo, quien absorto e ingenuo, creía
dirigir muy bien la zozobrante embarcación. Muy orondo,
se puso su gorro quirúrgico, se dio media vuelta, como
queriendo volverse invisible. A destiempo se encaminó a
una operación.
Gustavo Vinocour Ponce 38

Pero de inmediato: -¡zhaassst!- la sonda salió dispara-


da como un arpón, hacia la cama de enfrente. Un pacien-
te, Fortunato, un padre, esquivó hábilmente el proyectil,
que ensangrentó su cama y el libro que leía, La Divina
Comedia. Un vómito masivo, de sangre coagulada rojo
oscuro, como una rugiente y gigantesca ola, inundó todo
el entorno, empapando el piso, las ropas de cama, a Cor-
nelio y sus famélicas extremidades. Las enfermeras fue-
ron de inmediato a traer unas palanganas, en un trillado
ritual, reproducido en diversos escenarios, siempre con
un desenlace fatal. Corrieron las cortinas, que flotaban
como velas desplegadas de un bergantín inmóvil, posa-
do sobre el baño de sangre, que escurría todo alrededor
de la cama; los recuerdos de episodios similares, irrum-
pían con la fuerza de un impetuoso océano, bañando y
empapando con horror, la conciencia del personal médi-
co. Hermes el ágil enfermero, raudo y veloz entró al salón
como volando con sus sandalias. Traía varias bolsas de
sangre, bolsas de vida, para la transfusión, como un ob-
sequio de Cronos, retrasando las manecillas del reloj y su
muerte, en un último acto heroico.
Los demás pacientes cerraron fuertemente los ojos,
aterrorizados por el drama dantesco a su alrededor. El
padre Fortunato, se pone una boina gris, tan gris como su
larga barba, cubriendo su calva y su pálido terror. Dirige
un éxodo de batas azules, lejos de esta vorágine. Van
deslizándose lentamente en el tiempo, hacia la puerta.
Las miradas reflejan el temor intrínseco, atávico, del ser
humano ante la muerte, por lo desconocido, que renace
en ellos al ver los restos líquidos de Cornelio, esparcién-
dose en el piso como un creciente lago rojo. Todos sa-
len, de uno en uno, casi como gota a gota, en silencio,
tratando de no correr, respirando suavecito, temerosos
de atraer la atención de la Parca. Tragándose sus angus-
tias, la fila azul se aleja, se pierde en el pasillo, dejan-
39 Crónicas Médicas

do atrás, flotar el recuerdo, la imagen frágil y pálida del


ahora moribundo. Queriendo aliviar su espanto, encien-
den la televisión, en el salón de descanso. El programa
mostraba a un chef bigotudo, quien en forma frenética y
despreocupada, amasaba alegre y enérgicamente, carne
molida, marinada con vino tinto, vinagre y especias, para
un albondigón, que sería bañado en una espesa salsa de
tomate. Entre sus huesudos dedos, aplastaba y compri-
mía pequeñas bolitas rojizas, que adoptaban caprichosas
figuras. El cambio de canal fue inmediato, pero despertó
las náuseas, en muchos de los presentes.
En el salón, Cornelio, con una expresión sobrecogedo-
ra, repitió violentamente otra descarga a borbotones, de
vómitos rojizos, ligeramente más claros. De seguido los
gemidos del cirrótico, rebotaron en las paredes, ya hen-
chidas por el sufrimiento de tantos pacientes, esparcien-
do nuevas oleadas de terror y angustia por los pasillos.
Hortensia sostenía con sus manos sudorosas e intran-
quilas, las rosas, que hora tras hora, desprendían más y
más pétalos. Ella mantenía la esperanza fresca, de que
lograría llevarlas a su amado, aunque se fueran diezman-
do y arrugando. La insolente sirena y las intermitentes
e intensas luces rojas de la ambulancia que llegaba, la
despertaron de una leve somnolencia, envuelta en una
atmósfera de enfermos acatarrados, estremeciéndose
con virulentos accesos de tos. Ingresaba un atropellado,
despedazado por un conductor borracho, creyéndose in-
mortal como los dioses griegos, irrespetando un semáforo
en rojo.
La transfusión continuaba, alargando la agonía, gota
tras gota, minuto tras minuto, con ritmo implacable. La
sangre era expulsada, más rápido de lo que podían trans-
fundir. La presión arterial descendía, como atraída irreme-
diablemente al abismo, al sombrío inframundo, al Hades,
al Tártaro. Su ritmo cardíaco acelerado al principio, bajó
Gustavo Vinocour Ponce 40

y se hizo arrítmico, casi imperceptible. Su mirada amari-


llenta, ictérica, se fue apagando y alejando en el tiempo y
el espacio. El interno continuó suministrándole todos los
fármacos apropiados, como en un ritual mágico, inspi-
rado en Panacea, pero ya el epitafio estaba escrito. Sus
pupilas reflejaban el destello del pequeño foco, pero no
respondían a la luz. Perseo creyó ver en esos ojos iner-
tes, unas repugnantes serpientes que se retorcían en su
interior y lo miraban fijamente. No había alma en ellos.
¡Quedó inmóvil, como petrificado! Atenea lo apartó rápido
del cadáver y lo volvió a la realidad. Acercaron un espejo
bajo la nariz y confirmaron la muerte. Con ayuda de un
bisturí, Perseo cortó los últimos vestigios de los cables,
sondas y catéteres, quedando estos, como un fajo desor-
denado de cordeles ensangrentados, sobre el cuello de
Cornelio. Una pequeña medalla dorada, quedó incrusta-
da en la boca del difunto. Liberada esa red de ataduras,
una horrenda atmósfera grisácea se apoderó de todo el
recinto, con Perseo y Atenea de testigos, inmersos en
un silencio solemne y sepulcral que todo lo llenaba. De
repente, retumbó un trueno ensordecedor, las luces del
salón parpadearon varias veces y proyectaron destellos
como enviados por Zeus, iluminando a los presentes. El
enfermero jefe del salón, Virgilio, solicita por teléfono la
presencia de Charon, el camillero de la morgue. Este acu-
de al llamado y embarca el cadáver de Cornelio en su
última travesía, haciéndolo descender, del salón de los
vivos, al recinto sombrío de los muertos, en el sótano del
hospital.
De las rosas rojas, sobrevivía sólo el tallo retorci-
do como un arco y las hojitas verdes, ahora marchitas.
Hortensia apretaba fuertemente, casi con furia su mano,
como queriendo detener con su esfuerzo lo inevitable, el
paso del tiempo, el ciclo vital y eludir el presagio fatal.
Las espinas traspasaron sin piedad la piel y una gota de
41 Crónicas Médicas

sangre rojo vivo, cayó al piso, haciéndole sufrir física y


espiritualmente. Guardó su crucifijo y se llevó el dedo a
la boca, ahogando el dolor y succionando la angustia. Le
acercaron un algodón, empapado, embriagado en alco-
hol. El espinoso tallo todo escuálido y curveado -semejan-
do ahora una tiara- lo arrojó resignada al basurero, donde
vio un corazón rojo de San Valentín, desgarrado en dos.
Hortensia abandona el hospital con Esperanza, su
madre, imaginando poder ver a su amado en la maña-
na y llevarle nuevas rosas, frescas y fragantes. Van su-
biendo las escaleras, ascendiendo lentamente y liberan-
do en cada paso su pesar, siguiendo las flechas rojas
de salida. Abajo de ellas, unos segundos después pasa
rápido una borrosa y tenue sombra. Una camilla con un
muerto, cubierto por una sábana, manchada con sangre,
es empujada a través de un tenebroso pasillo a la sigi-
losa y oscura morgue, antesala de muchos cuerpos ya
sin aliento. Se topan arriba, de súbito, un celaje impre-
sionante que adornaba los últimos minutos del atardecer.
Rojos, naranjas, amarillos, azules y violetas, mezclados
suave y caprichosamente por poderosos vientos, como
pinceles deslizándose en un lienzo surrealista. Las nubes
algodonosas se combinaban y danzaban en el cielo, ilu-
minadas por un sol que fenecía. Una ventisca estremecía
la arboleda de arces, cerezos y abedules, susurrándoles
sutilmente el avance del otoño, como ritmo natural de la
vida. Cada paso crujiente sobre las multicolores hojas, le-
vantaba el típico olor leñoso de la temporada, embriagán-
dolas con un energético influjo hipnótico. Las ráfagas de
aire frío, punzante sobre la cara, las hacía tiritar, pero esta
exquisita sinfonía multicolor, las reconfortaba llenándo-
las de calidez. Las dos mujeres miraron embelesadas, el
majestuoso espectáculo celestial, que penetraba por sus
ojos, como bálsamo, calmando sus atormentadas mentes
e infundiendo sosiego a sus almas. La apreciación de tan
Gustavo Vinocour Ponce 42

extraordinaria belleza y armonía, que se antojaba eterna y


que el cielo les enviaba, se reflejaba en sus rostros ahora
serenos.
Llegaron a su hogar ya con la negrura de la noche, con
el cansancio profundo de una ardua travesía que les con-
sumió muchos años, iluminando poco a poco su concien-
cia; antes de dormir, comparten unas tasas de aromático
chocolate caliente. Hortensia se acuesta en el lecho vacío
y reza un Padrenuestro. Apoya suavemente su cabeza en
la almohada y se sumerge en un mar de sueños, con la
ilusión de un cielo azul cristal en la pura mañana.
El ramo de flores rojas vestía la tumba blanca; las otras,
frías y como desnudas.
El Gran Desfile

En un recodo del camino, en el lugar de una mancha,


en el mapa de Centroamérica, a varias leguas de la ca-
pital, de un país cuyo nombre no es necesario recordar,
sería escenario de un acontecimiento único. Pero acer-
quémonos, que no debemos perder detalle, de tan pecu-
liar suceso.
El desfile abarcaba 5 cuadras, de las grandes, en el
pueblo de Tarcuá. Digo de las grandes, pues son las que
se disponen para el comercio o trueque que se desarrolla
en esa región montañosa, tan curiosa.
Al frente iba un camión, que en otros días de la sema-
na, era usado para vender frutas y verduras al por menor.
Llevaba atado en la parte superior de la cabina, un par
de megáfonos gigantes, proclamando el pésame. En el
parachoques delantero, la bandera emblemática de Los
Tiesos de Tarcuá, rodeaba una bola de futbol, mostrando
la afición a muerte que tuvo por los encuentros del equi-
po; murió de un infarto en uno de ellos.
-¡Hoy le damos el adiós al gran Toribio, patriarca de
Tarcuá, cuá, cuá! – agregaba en tono jocoso Beto, el lo-
cutor de la única radio del pueblo.
Seguidamente Robustina, la conserje de la escuela,
iba sosteniendo una enorme bandera que ondeaba fuer-
temente por la intensa brisa. De color violeta profundo,
Gustavo Vinocour Ponce 44

con letras doradas, zurcidas en la tela, decía: Tarcuá.


Ella sujetaba el asta de madera, de casi tres metros de
largo, con una mano, sin esfuerzo alguno, casi como ir
sosteniendo un palillo de fósforos. Su descomunal fuerza
sorprendía a todos.
Atrás venía un grupo de niñitas, con canastitas reple-
titas de flores. Las iban dejando caer alegre y graciosa-
mente sobre el pavimento, ignorando que estas, habían
sido arrancadas bruscamente en secreto, de todos los
jardines de la comarca.
-¡Se fue, se fue, Toribio ya se fue!– cantaban inocen-
temente, como una canción más del jardín de infantes,
donde la habían practicado.
Los guardianes de los bosques de Tarcuá, cabizbajos
y meditabundos, cargaban azadones, machetes, carre-
tillos y demás instrumental agropecuario. Unas varillas
largas les servían para ir marcando el ritmo a los bueyes,
que desfilaban parsimoniosamente jalando las típicas y
coloridas carretas. También contribuían con un testimonio
visual y oloroso de su trayectoria en el desfile, al ir de-
positando sonoramente, grandes boñigas de color verde
claro. Los dolientes, esquivaban como ágiles acróbatas,
esos obstáculos frescos y aromáticos.
Beto volvía al aire, narrando las hazañas heroicas de
Toribio Peñaranda en el turbulento pasado, al ir constru-
yendo la comunidad de Tarcuá, cuá, cuá. Los chiquillos
de escuela se morían de risa y a coro gritaban ¡“CUÁ,
CUÁ”!. Seguidamente lanzaban una lluvia de semillas de
jocote contra los parlantes y salían huyendo en estampi-
da.
Las hermanitas Floripondias, Manipulina y Elucubrina,
con sus grandes narices aguileñas, desfilaban con sus
sombrillitas coquetonas, abiertas de par en par y las gira-
ban graciosamente mientras cotorreaban indiscreciones
del pasado de Toribio. Mordisqueaban pequeños pane-
45 Crónicas Médicas

cillos caseros, como viejas e inquietas comadrejas. Ino-


cencia Pura, miembro de las mariposillas silvestres de la
Purísima de Tarcuá, las seguía muy de cerca, babeando
y escudriñando el aire, en busca de la tan ansiada chis-
mografía fresca. Y de paso pellizcando algún pancito mal
puesto. Pedrito, el hijo menor, párvulo de escuela, iba muy
modosito y acicalado desfilando y sacándose los mocos
de la nariz. Los usaba como proyectiles, colocándolos,
previamente redondeados, entre el índice y el pulgar e
impulsándolos con fuerza, hacia los desprevenidos cami-
nantes. Bellota su hermana mayor, le mandaba una lluvia
de sopapos y le pasaba un limpión hediondo de cocina
gritándole que se comportara. El respondía con una es-
trepitosa trompetilla: ¡Truuuuup!
Los jumas del pueblo iban zigzagueando, en los late-
rales del desfile. Le rendían tributo por haber transforma-
do la producción etílica. Importaban el guaro puro y lo
mezclaban con nances, produciendo el legendario Gua-
rinance añejo de Tarcuá. Los frascos de boca ancha de
mayonesa, encurtidos y demás viandas, eran vaciados
sin titubear, para reposar y añejar durante meses, este
“’fortificante” néctar etílico. Mucho del comportamiento
tan peculiar de la población, era achacado a la inges-
ta crónica, frecuente y abundante de este tan apetecido
elixir, en muchos casos recetado como pócima con po-
deres curativos.
En las esquinas, se apostaban estratégicamente, ven-
dedores de lotería, pregonando el “número de la suerte”:
el 85, edad del fallecido Toribio. A la par, mesitas plega-
dizas con bolsitas de maní garapiñado, tentaban irresisti-
blemente con su sabroso aroma
-Oiga joven, ¿sabe usted quien será el difunto? – pre-
gunta una forastera distraída, a un vendedor. - Yo creo
que el que va acostado en la carroza- le responde son-
riéndole.
Gustavo Vinocour Ponce 46

Cuando llevaban como media hora de desfile, los áni-


mos se sosegaron, los espíritus se apaciguaron y el am-
biente era casi de procesión. Pero esta atmósfera varió
súbitamente, cuando Beto proclamó en forma sorpresiva
y a pleno galillo, por los dos parlantes:
- ¡Cuartillo de papa rebajado, llévelo ya! - pregonaba
a diestra y siniestra. Tenía que cumplir forzosamente con
los contratos publicitarios de la radio La gritona de Tar-
cuá.
Mientras retumbaba aún el alarido del anuncio, en la
cabeza de los peatones, el camión disminuía la velocidad
y una multitud de verduleros brotaban apresuradamente
de las esquinas, ofreciendo grandes papas y papitas, en
sus bolsas y bolsitas de mallas transparentes. Nuevamen-
te el gran desfile imperaba y se imponía con su bullicioso
y folclórico jolgorio.
Algunas señoras se acercaban miraban y comparaban
suspicazmente. Luego compraban y volvían a brinquitos
de puntillas, pudorosas, ruborizadas y sonrientes entre sí,
al desfile. Se acomodaban las pañoletas de rigor sobre
sus cabelleras y ocultaban las bolsas al público, cubrién-
dolas con unos chales. No fuera que las criticaran por
esta indiscreción mercantil, alterando el estricto protocolo
de la procesión. Pero no había opción, debían aprovechar
la ocasión.
Otros desconsolados y retrasados (no mentales) ca-
minantes, iban avanzando lenta y acompasadamente, al
ritmo cadencioso y somnífero que imponía una cimarro-
na, liderada por Melchor el trompetista. Las melodías eran
repetitivas e improvisadas de acuerdo a su pequeño re-
pertorio musical. La marimba, las cornetas y cornetines,
los tambores y una famélica dulzaina constituían el instru-
mental del conjunto experimental llamado “Los improvisa-
dos de Tarcuá”.
47 Crónicas Médicas

¡Tum-tum-tum, ta-ta-tararín, pachín, pachum, pacham,


ta-ti-tirirín, pim, pum,pam!, tocaba la banda, con la zapa-
teada de los dolientes como acompañamiento. Cuando a
petición popular solicitaban melodías desconocidas, Mel-
chor le pedía a Beto el locutor gritón, que reprodujera por
los megáfonos gigantes una cinta grabada.
Esta orquesta hechiza, trataba infructuosamente de
seguir el ritmo y la melodía, produciendo una especie de
batidillo sonoro y polifónico, para delicia de los presentes,
que manifestaban su excitación y delirio carnavalesco,
aplaudiendo, pateando furiosamente y silbando a rabiar,
las frecuentes pifias musicales.
El grupo de mujeres, llamadas las lloronas y rezado-
ras, en sus atuendos negros y grises no podía faltar. Por
supuesto, las lágrimas eran pequeñitas y escasas y se
derramaban muy mesuradamente, una, a lo sumo dos por
cuadra. Los sollozos eran insignificantes y breves.
El coche fúnebre, era arrastrado por dos jamelgos,
bautizados recientemente, Mortadelo y Salchichón, en
un destello premonitorio que tuvo su dueño y conductor.
Suaves golpes con un matamoscas, mantenían en movi-
miento esta carroza silenciosa, pues los cascos iban fo-
rrados y amortiguados con medias desparejadas zambu-
tidas en unos sabrosos y viejos tenis. Este carruaje había
sido adornado con ropa conmemorativa y alegórica de
Toribio, con la que usualmente llegaba a la alcaldía, a la
pulpería, o al maizal…etc. excepto las botas. La decora-
ción, recientemente lavada, iba colgando, aun goteando
agua, en los laterales, con enormes etiquetas anuncian-
do unos precios bastante cómodos. Las ventanas adya-
centes mostraban el cuerpo inerte, con el rostro grisáceo,
muy serio de Toribio y sus grandes bigotes, en su almido-
nado traje negro de gala, calzando sus botas.
Súbitamente, Evadina, que venía huyendo y jadeando,
ataviada con un chaleco de fuerza, brincó atléticamente
Gustavo Vinocour Ponce 48

sobre algunas de las boñigas y en dos o tres ágiles y


alargados pasos, cruzó la calle del desfile, burlando tem-
poralmente a los agotados enfermeros perseguidores.
Caldeaba ya el día y el desfile amenazaba con abortar
y la población con desertar en desbandada, debido a la
insolación, la sofocación y extrema sudoración.
¡Sigamos, sigamos, ya casi llegamos vecinos de Tar-
cuá, cuá, cuá! – repetía en forma incansable Beto el locu-
tor gritón, infundiendo ánimos a la agotada concurrencia.
Recurría a su añeja experiencia en animar barras de
futbol. Iba sudando y sorbiendo, en pequeños traguitos,
una cajita de leche fría, limpiándose disimuladamente,
con el dorso de la mano, un pequeñísimo bigotillo blanco.
- ¡Gluuup, gluuup, gluup, aaaahhh!- transmitían por un
descuido indecoroso los parlantes.
Por fin llegaron al cementerio de Tarcuá. Todos guar-
daron un minuto de silencioso y solemne respeto, mien-
tras el cura párroco Benigno Alegría de la Trinidad de
Tarcuá, leía unas oraciones, con sus ojos grandototes y
agigantados, través de sus gruesos bifocales.
Bajaron el féretro y todo el pueblo contribuyó a ente-
rrarlo. Una lluvia terrosa inundó la fosa. Todos tiraron li-
teralmente, su puñito de tierra. Algunos lo arrojaban con
fuerza y ánimo de venganza, otros lo dejaban caer indife-
rentes, como por seguir el ritual y los demás lo lanzaban
con la esperanza de que no se fuera a levantar jamás.
La cimarrona interpretó con su mejor esfuerzo la mar-
cha fúnebre, mientras los dolientes marchaban rítmica y
ordenadamente, en una formación de tres en fondo, so-
bre la tumba. Pateaban fuerte sobre la tierra para apelma-
zarla bien, pisoteaban fuerte
-¡Tumb, tumb y retumb! – resonaban las patadas.
Finalmente, colocaron una pesadísima lápida, ente-
rrándola al mismo nivel que las otras, que decía:
49 Crónicas Médicas

Toribio Peñaranda
1890-1975
Respetado fundador de Tarcuá

Se limpiaron las manos, sacudieron sus zapatos y se


dispersaron en tropel hacia el centro del pueblo, en bus-
ca de granizados y bebidas frías. Ya habían rendido el
merecido homenaje a este pionero.
No habían pasado ni diez minutos, cuando un grafiti
irreverente hizo su aparición en la losa. Tacharon y ras-
paron la inscripción. Del nombre Toribio, usaron las letras
“o” para dibujar unos artísticos ojos y la “b” se transformó
en una alargada y prominente nariz. Al estar situado el
cementerio en una loma silenciosa, el espíritu de Toribio,
indiferente al estrepitoso y mundanal ruido, se encumbró
fácilmente a las alturas. Se fue flotando, mirando en lonta-
nanza, hacia los impresionantes y coloridos celajes, que
se producían en las tardes de verano y cubrían las comu-
nidades de Candelaria y Salitrano, en esa zona montaño-
sa, de gentecilla tan curiosa, los vecinillos de Tarcuá.
Pildorillas blancas
y mentirillas negras

Hermenegilda era una enferma crónica, de esas que


en tiempos de upa, llamaban crónica, así no más. Obesa
y ya entrada en años, 60 para ser exactos, arrastaba una
hipertensión arterial de larga data, pero medicada muy
recientemente. Además la diabetes mellitus le limitaba y
complicaba su dieta cotidiana, de acuerdo a los están-
dares médicos. Chorreando leche condensada de unos
ricos churros, disfrutaba a placer comer y platicar con sus
vecinas.
-¿Y no te afecta el azúcar esa comida?- le preguntaba
asombrada Ernestina su vecina de al lado, que se jactaba
de ser bastante leída.
-No, y de todos modos mi médico no se va a enterar,
je, je, je - exclamaba con un tono sardónico, enorgulleci-
da por su agudo, inteligente y sagaz comentario. También
voy a tomar un par de cucharadas del jarabe Esbeltín,
para adelgazar. Además es para quitarme el sabor a esas
ricas empanaditas ahogadas en manteca y sal, que me
dio Melchor, chupándose los dedos, uno a uno. – respon-
día alegremente.
Era sorda como una tapia a esos reproches; no escu-
chaba sus miedos interiores.
Gustavo Vinocour Ponce 52

Para finalizar, una cazuela llenitica de helados, remató


la comilona. Se limpió regocijada, con un pañuelito blan-
co, su complacida y enorme boca.
-¿Cómo podes comer tanto y tan rápido?- le pregun-
taba asombrada Romualda, otra vecina, pero más abajo
de su casa.
-Bueno, con un poco de práctica, je, je, je – le contes-
taba Hermenegilda con jovial auto indulgencia. Su risa se
alejaba, al ir subiendo dificultosamente unos 25 metros en
la cuesta del barrio. Apenas había sobrepasado la pulpe-
ría de don Repudio (donde no le daban crédito) cuando
exclamó:
-¡Me siento “fea”! ¡Veo borroso! ¡No me abandones
Ernestina! ¡No te vayas! exclamó en un suspiro final, em-
papada en sudor y temblores, aferrada al vestido de su
amiga, cayendo sentada en la acera, como un gran saco
de cemento. Ernes, como la llamaban en confianza, la au-
xilió. Sudorosa, los ojos desorbitados, colgando de una
pequeña cabeza encanecida, con unas palpitaciones
arrítmicas, como un son afro caribeño mal acompasado.
Los latidos se veían claramente y levantaban su pecho,
comprimido contra un vestido satinado, talladito, rebosan-
te de gorduras y excesos por todos lados. Ahí comenzó a
faltarle el aire. Se llevó instintivamente la mano derecha al
pecho, donde brotaba un dolor intenso, quemante, que le
corría al rollizo brazo izquierdo.
-¡Ernes tráeme mis pildorillas! - le suplicó sofocada
Hermenegilda, ya con un rostro angustiado y agitado. Su
voz apagada y temblorosa, era como una invocación a los
cielos, al más allá. Ernes trajo las pildorillas blancas que
supuso eran las que tomaba la comelona, pues las en-
contró por montones. Estaban apiladas en unos estantes,
en diferentes frasquitos plásticos, en la cocina, el dormi-
torio, la sala, como fichas sobre unos cartones de bingo,
53 Crónicas Médicas

por doquier. Le dio de las que no estaban vencidas y de


las más pequeñitas, para que las tragara fácil.
-¡Mejor dos para que no le falte! – pensó con ingenua
prudencia. Le ofrecieron ¨Guarinance¨ pero prefirió un
fresquito de cas y las fue bajando. A los pocos minutos su
rostro se tornó más oscuro, algo más morado. Los veci-
nos acomodados en círculo alrededor de ella, susurraban
boberías y le hacían viento con unos cartones.
-¡Llamemos a emergencias! - le ordenó Ernes a sus
familiares, que en esos momentos rodeaban con miradas
atónitas y curiosas el espectáculo. Hermenegilda, senta-
da en la acera, ya no parecía respirar. La acostaron en
el suelo, pues se les resbalaba y no la podían levantar.
Muy difícil sostener ciento veinte kilos de pura y alegre
gordura, embutidos en metro sesenta de chaparra estatu-
ra. Una vecina mexicana les acercó una almohada con la
foto impresa del escuálido don Ramón, el del Chavo del
Ocho, que le sambutieron entre varios, debajo de la nuca
y proclamó a viva voz:
-¡Está petateando!-
Así con el cuello regordete y doblado, adquirió un tono
más violáceo. Algunos verduleros opinaban que era más
bien entre azul o morado profundo, como un caimito.
Todo dependía desde donde se mirara el cuerpo, pues
la mañana apenas principiaba. De repente, presentó una
pequeña y breve convulsión. Los vecinos se dispersaron
asustados, creyendo en una posesión demoníaca. Fal-
sa alarma, pues la tembladera se le fue tan rápido como
llegó. Se sosegaron los ánimos. Volvieron a acercarse.
Se santiguaron, crucifijos en mano, lentos y cautelosos
al cuerpo inmóvil. El ambiente transmitía una atmósfera
impregnada de prejuicios medievales. Un raquítico perro
callejero que merodeaba, se detuvo a los pies de Herme-
negilda.
Gustavo Vinocour Ponce 54

-¡Aló: este es el servicio de emergencias y la ambulan-


cia va en camino!
-Dígame señora, ¿cómo está la paciente? -
-Ernes: bueno la tenemos acostada, en el suelo pero
está cómoda con una almohada bajo la cabeza. No se
queja nadita.
- ¡Bicho maldito, hush, hush!- gritó Ernes tratando de
ahuyentar al perro pulgoso.
- ¿CÓMO DICE?- contestó enojado y agresivo, el ope-
rador de emergencias-
- ¡Disculpe, no es para usted, discúlpeme; estoy es-
pantando un perro que orinaba a mi vecina!
- ¡Ah bueno, menos mal!, le contestó en tono bona-
chón, el enfermero-
-Pero ¿y su respiración? Es muy importante que esté
respirando bien. ¿Le quitaron la plancha de dientes? -
-Ernes al teléfono: ¿cómo sabe que tiene plancha?
-Enfermero: bueno en este país la mayoría tiene dien-
tes postizos a esa edad. Sólo quítele la plancha -
Ernes incrédula, les preguntó a los presentes, si algu-
no tenía plancha de dientes. Más de la mitad la mostraron
orgullosos, mientras los restantes chimuelos sonreían sin
sonrojo.
-¡Y que sigan dándole maniobras de resucitación! - le
indicaba el enfermero.
Llamaron a don Abundio, corpulento vecino de tres-
cientas libras de peso. Muy solícito se apresuró en llegar y
practicar sus conocimientos sobre resucitación cardiopul-
monar. Sus pasos hacían retumbar la acera al acercarse.
Le pidieron que le diera masaje cardíaco a la agonizante
Hermenegilda. Posicionó su enorme anatomía, a la par y
procedió a inclinarse aplicando fuerza compresiva sobre
el pecho.
¡¡Craaacc!! Sonó de inmediato, con las miradas asus-
tadas de Abundio y Ernestina.
55 Crónicas Médicas

Consultaron con el enfermero.


Ernes:
- ¡sonó como una rama seca quebrándose! ¡Además
expulsó un pedacillo de comida por la boca!
Enfermero:
-¡no, no, por favor, les suplico que ya no le den más
masaje.
- ¡Atrás, Abundio, atrás! – gritó Ernestina de inmediato.
-¡Dice el enfermero que ya no le des más masaje, sólo
ventilación asistida!
El gigantesco Abundio retrocedió asustado como un
niño.
Obedeciendo las instrucciones de Ernes, los vecinos
aceleraron el aleteo con los cartones, algunos negros,
dando la impresión surrealista, de un grupo de zopilotes
al acecho. Levantaban pequeñas nubecillas de polvo de
los huecos de la acera; algunos hasta tosieron, asfixiados
por la polvareda.
Ernes angustiada, le responde sobre la plancha:
-¡es que ahora tiene el cuello apretado y la mandíbula
apretujada como mordiéndose la lengua! ¡Está trabada,
no podemos! ¡Tiene hinchaditica y moradita toda la cara!
-¡Tranquila señora!
-¡Entonces póngale un espejito debajo de la nariz!-,
expresó el enfermero en un tono docto y grave, proyec-
tando con su voz una gran experiencia en ese tipo de
emergencias.
Ernes obediente sacó su polvera del bolso y la colocó
de inmediato.
-¿Que ven ustedes? dijo presuroso el enfermero.-
Ernes: -idiay sólo las fosas nasales llenas de pelo-
aprovechando el espejo un segundo, para revisar su pei-
nado, aplanando unos mechones parados.
-¡No, no!- contestó el enfermero, muy enojado. - Me
refiero a si ven algún vapor o condensación en el espejo.-
Gustavo Vinocour Ponce 56

- ¡Que tipo tan tonto! pensaba Ernes. ¿Cómo nos va a


interesar si se ve bien o mal Hermenegilda?, peinándose
con la mano.
- ¡No se ve nada de eso, solo la nariz, rechoncha y
silvestre! Y además no respira, dijo Ernes.
-Ahora, consigan un foco y alúmbrenle los ojos- ordenó
por teléfono el enfermero.
Ernes: ¡siguen las cosas raras!
-Bueno ya la lampareamos y no nos dijo nada. Eso sí
tuvimos que levantarle los párpados porque no colabora-
ba. Es más tenía los ojos grandototes y fijos como canicas
negras. ¡Muy raro y muy extraño! -.
Enfermero:
-¡Mire Ernestina, su vecina está muerta! Déjenla ahí
que apenas pase un gran desfile, en honor de Toribio,
que nos tiene atorados en la calle principal, le llegamos.
Cúbranla con una sábana para que no le lleguen las mos-
cas- y colgó.
El guía

Anochecía y la lluvia era constante, tupida. No se veía


más allá de un par de metros adelante. Y para colmo se
les vino encima una neblina espesa. Quedaron a ciegas.
La carretera no tenía señales. Los vehículos pararon,
como indefensas criaturas metálicas ante la naturaleza.
Con las luces delanteras encendidas, Evaristo fue a ex-
plorar. Vio el carro detenido en la estrecha vía, por donde
se bajó otro conductor confundido.
Buenas, o malas noches-, dijo Evaristo en tono amis-
toso.
Pésimas respondió el otro medio desesperado y an-
sioso.
Me llamo Evaristo – dijo
Pascual Alberto Ramírez, pero todos me llaman Pas-
cual. Que fregado tiempo nos tocó. Yo viajo unas dos ve-
ces al año por estos parajes, y es la primera vez que no
se puede ver nada. Ya ni los ojos de gato aguantaron o se
los robaron. Nada de nada. A los lados hay despeñade-
ros muy profundos y peligrosos.
-Sí, estamos como atrapados en estos cerros neblino-
sos. Vamos a ver adelante si alguien conoce estos cami-
nos que nos pueda guiar- dijo Evaristo.
Gustavo Vinocour Ponce 58

Los dos avanzaron despacio, iluminados por las titi-


lantes luces de los carros. Con esa atmósfera húmeda y
blanquecina, fueron topando a una docena de otros con-
ductores. Camiones de reparto, carros particulares, inclu-
so un pequeño autobús de turismo se contaban entre los
atribulados conductores.
Parece que hay uno que conoce estos caminitos bas-
tante bien- dijo Roque que venía del puro frente, como a
unos 500 metros, bañado en lluvia. Le pedimos que nos
guiara y aceptó pero sin dar ninguna garantía. Es un poco
rústico el señor y muy reservado. Los riesgos cada cual
los asumirá. No parece un asaltante y además somos mu-
chos en caso de problema. Es la mejor alternativa, pensa-
ron Evaristo y Pascual. ¡Que Dios nos acompañe!
Se devolvieron sobre el pavimento mojado, caminan-
do con dificultad, resbalando a ratos por lo inclinado del
terreno. Se fueron topando otros chóferes inmovilizados.
Bajaban las ventanillas y Pascual les explicaba que de-
bían avanzar muy lento siguiendo al líder llamado Neme-
cio, que conducía un pequeño pick up. Un madrigal de
pitonazos los hizo apurar el paso hacia sus vehículos.
La gente empezaba a desesperarse. Avanzaron lenta y
cautelosamente. Pascual intentó arrancar su auto. Estar
varado en ese recóndito lugar lo irritó. Evaristo le ofre-
ció llevarlo. Luego recogerían el otro. Empujaron el carro
lentamente entre varios para orillarlo, con tan mala suerte
que se despeñó en un guindo, seguido por un mar de
gritos pidiendo que pararan. La confusión era total. Ate-
rrorizados, trataron de calmar a Pascual que mentaba la
madre a la naturaleza. Con los ojos desorbitados, agitado
y sudando y con la lluvia cayéndole en toda la cara, in-
tentó bajar al despeñadero. Los demás lograron que de-
sistiera de su atrevido intento, diciéndole que cuando se
despejara el cerro sacarían el carro.
59 Crónicas Médicas

-¡Es que todavía no lo termino de pagar! – dijo con voz


entrecortada, al borde del llanto.
-No te preocupes tanto, luego lo remolcamos- dijo Eve-
rardo, agricultor de la zona, acostumbrado a esos tempo-
rales.
Se organizó la caravana, con un coro de claxonazos
que reanudó la marcha. Evaristo y Pascual compartían un
poco de café caliente, que el primero llevaba para emer-
gencias. Representante de una editorial llevaba el libro
“’El sentido común no es tan común’’, del tipo autoayuda.
Esperaba vender algunos ejemplares en el pueblo donde
iba.
Esporádicamente luces blancas o amarillas los ilumina-
ban por el carril contrario, recordándoles en forma irónica
que si había camino adelante. Lo difícil era encontrarlo. El
fuerte resoplido del viento con la lluvia incesante, agregó
más peligro a la travesía. Los vehículos se zarandeaban
indefensos, en la resbalosa carretera envolviendo a sus
conductores en una tremenda ansiedad. No había luna
y la oscuridad reinaba, tan negra como la intensión de
un asesino. En la lejanía, se escuchaban ladridos de pe-
rros, o tal vez lobos. Los focos traseros, rojizos se multipli-
caban por unos 500 metros, en una sucesión constante,
como un inmenso gusano rojo, serpenteando la montaña.
De repente hubo una pausa. Todos se detuvieron. Al pa-
recer surgió un obstáculo en el camino pero Nemesio lo
quitó y siguieron avanzando. Iban algunos niños asusta-
dos. Las mamás trataban de sosegarlos. Les contaban
historias de hadas en castillos con enanos y gigantes. Ya
sentían hambre pues llevaban como tres horas viajando
y se movían lento, muy lento tratando de penetrar esas
espesas neblinas, aferrados al oscuro trayecto. Serían las
10 de la noche, cuando se detuvieron de nuevo.
Gustavo Vinocour Ponce 60

-¡Clan, clan, clan!- se multiplicaron los claxonazos en


la densa bruma.
- ¿Qué diablos pasará ahora?- gritó Pascual agitada-
mente.
Un conductor muy asustado y jadeando iba de carro en
carro, buscando un médico. Un chofer de los del inicio del
gusano se desmayó. No podían avanzar y algunos sospe-
charon un infarto. La desesperación y zozobra aumentaba.
La esposa del conductor se puso histérica. Le acercaron
una bolsa de papel para que respirara en ella, calmándola.
La cruz rojista, que viajaba en el bus de turistas, constató
la muerte del esposo. A pesar de darle respiración asistida
y masaje cardíaco por varios minutos, falleció.
- ¿Qué voy hacer? No sé manejar y llevo a mis dos hijos
atrás, dormidos- lloraba Angélica desconsoladamente.
Pascual fue a investigar si algún vehículo podía llevar
el cadáver. Nadie quería comprometerse. Sólo a quitar el
vehículo para que no los estorbara.
-Tendremos que ser nosotros, dijo resignado.
-¡NOSOTROS! gritó enojado y furioso Evaristo. Esto ya
es el colmo.
-¡Serénate, cálmate! - le repetía Pascual el del carro
despeñado. Son cosas del destino.
-¡Ahora se nos van a pegar la doña y los hijos!- mas-
cullaba entre dientes, reclinado sobre el volante, Evaristo,
con los puños y ojos cerrados. Entre varios conductores
lo convencieron y cargaron el cuerpo en la cajuela. Era
un carro pequeño y Angélica con los dos hijos pequeños,
iban apretujados en el asiento trasero, apiñados contra
unos maletines y las cajas de libros. Continuó el corte-
jo, lenta y despaciosamente, como una procesión, igno-
rando su destino, que lucía tan seguro hacía unas pocas
horas. La mayoría, confiaba en el gusano gigante como
en un sabio conductor, que los guiaba a través de esa
61 Crónicas Médicas

nube de incertidumbre que los envolvía. No volvieron a


toparse más luces contrarias, era casi medianoche. La
respiración de los niños pegados a los vidrios traseros, se
condensaba en pequeñas gotitas empañándolo y escu-
rriendo como lágrimas.
-¿Dónde viene papá?- repetían llorando y asustados
los niños.
-¡Papaíto se nos adelantó, va adelante! - les susurraba
Angélica, mientras los acariciaba y les daba unas palma-
ditas sedativas en la cabeza.
Invadiendo la madrugada, la caravana se detuvo. Al
parecer surgió un nuevo obstáculo en el camino pero Ne-
mesio lo había quitado y siguieron avanzando unos pocos
metros más hasta que paró completamente.
-¡Anda vos Pascual para que averigües! - le ordenó
Evaristo.
Al rato, regresó tiritando de frío, relatando que todos
habían parado. No tuvo que ir hasta el inicio, pues de ca-
rro en carro se transmitió la noticia. El guía se había baja-
do de su vehículo y apagó las luces. El conductor que lo
seguía le preguntó que por qué.
-¡Hay que dormir y descansar! – le respondió en forma
telegráfica y con un acento indígena Nemecio.
Sin decir más se desvaneció en las brumas espesas.
Se fue transmitiendo el mensaje que se interpretó como
un acto de valerosa prudencia y precaución. Todos lo imi-
taron y apagaron los faros de sus coches, e intentaron
dormir. Supusieron con lógica grupal, que esperaría a la
mañana para no exponerlos a más riesgos. La más com-
pleta oscuridad reinó en medio del silencio.
-Bueno al menos alguien con sentido común - exclamó
en tono sabio Evaristo, recordando su libro.
Gustavo Vinocour Ponce 62

-Nosotros deberíamos dormir un poco-, les aconsejó


a los otros pasajeros, tratando de ignorar el cadáver que
transportaban atrás.
-Voy a cerrar con seguro todas las puertas. No sabe-
mos si habrá bandoleros en estos parajes-.
Se quedó reflexionando un rato, recostado en el asien-
to del conductor. Se sentía como arañando el significado
superficial de los misteriosos eventos del día. En sigilo
apreciaba lo que le ofrecía la noche: el silencio, el cansan-
cio, la fatiga y la esperanza del ansiado descanso. ¿Qué
más podía pedir un viajero perdido en la niebla en media
montaña? Agradecer la certeza que muy gentilmente le
obsequiaba Nemecio, al guiarlo a terreno firme; el destino
los juntó en esta travesía.
-“Ojalá tuviéramos buenos guías en la vida, que nos
condujeran a puerto seguro”- pensaba. “Siguiendo sus
sabios consejos nos encaminaríamos por la senda correc-
ta, por el camino adecuado que ellos trazan y transitan,
sin pedir retribución alguna. Si es bueno para ellos igual
lo será para nosotros. No existiría duda alguna, ningún
titubeo y avanzaríamos por terreno sólido todo el tiempo,
sin dilapidar la vida en aventuras fallidas”.
Con la confianza que daba haber hecho lo debido, de
haber seguido al gusano rojo, lo sosegó y lo indujo al sue-
ño.
El amanecer les mostró unas montañas con un verdor
intenso, fresco y húmedo, un cielo celeste parchoneado
con nubes blancas y el aroma tan propio que deja la llu-
via. Cercas con alambres de púas dividían la campiña en
forma irregular, con puñitos de ganado en cada parcela.
El camino era plano pero vecinal, no la carretera asfaltada
donde iniciaron la travesía. El gusano ahora multicolor, se
había detenido en la puerta de una casita rural. Un par de
vacas rumiaban cerca del portón de entrada y un perro
63 Crónicas Médicas

de cacería hacía guardia, a la par del pick-up. Extraña-


dos, los conductores envueltos en un silencio somnoliento
y cómplice, enviaron un comité. Exigían una explicación.
-¡Es que yo vivo aquí, esta es mi casa y mi finquita!
– contestó extrañado y confundido Nemecio, asomado a
través de una ventana entreabierta.
-¿Y ustedes que hacen aquí? – preguntó en forma hu-
raña.
Yo sólo le dije gracias

Domingo hacía memoria de los sucesos acaecidos dé-


cadas atrás, allá en la lejanía de la montaña. Se puso un
par de gotas de colirio en los ojos, limpio sus anteojos y
abrió el libro donde había garabateado los hechos.
Juliana ya estaba con el embarazo a término. Joven
ansiosa por su primer hijo, fue bajada de los cerros por
Alondra su madre. La recibieron en el pequeño hospital
rural. Sentada en una silla de ruedas la condujeron al sa-
lón. Los ginecólogos detectaron una desproporción entre
la cabeza del niño y el tamaño del canal pélvico. No pa-
saría, imposible que pasara. Le anunciaron que era nece-
sario la cesárea, a lo que accedieron de inmediato Juliana
y su madre.
La embarazada ya comenzaba a sufrir los dolores de
parto. Eran las primeras contracciones uterinas. Apretaba
los dientes y se hacía la valiente. Alondra le acercaba un
pañuelito para enjugar el sudor.
Mauritania, la enfermera a cargo de las embarazadas,
le tomó la presión arterial.
-Mi hijita, estás muy hipertensa – le dijo en tono serio
Mauritania, la enfermera ropero. Como era muy fornida y
corpulenta, el apodo se había perpetuado.
-Tenemos que bajártela de urgencia-
Gustavo Vinocour Ponce 66

Acostumbrada a estos menesteres, la morena Mauri-


tania, con sumo cuidado le tomó una vía e inició el trata-
miento intravenoso. Era impresionante ver esos robustos
brazos realizar todo ese trabajo con tal destreza y delica-
deza, que Juliana ni se inmutó.
De emergencia, en el quirófano de a la par, otra mujer
comenzó a sangrar en forma profusa después de dar a
luz. El obstetra llamó al único colega ginecólogo que ha-
bía, para que lo auxiliara. Todo el útero sangraba, y no ha-
bía forma de parar esa avalancha de sangre. La inyecta-
ron varias veces sin resultado. La paciente se desvanecía
por momentos, pálida como un papel. El anestesiólogo
pedía a gritos más bolsas de sangre. A través de la radio
convocaron a los vecinos al Banco de Sangre local. La
época de temporal hacía más difícil el desplazamiento de
los voluntarios que llegaban en cuentagotas. En la tarde
se desató una feroz tormenta con rayería. Llovía a cán-
taros y pronto el hospital se fue anegando en agua. Los
quirófanos estaban a salvo, en el segundo piso.
Mauritania urgía de un ginecólogo para Juliana. No ha-
bía personal. Se le ocurrió que tal vez, Domingo, cirujano
general podría ayudarlos en la emergencia.
Trató de llamarlo por teléfono, a su comarca, a unos
veinte kilómetros del hospital. Líneas telefónicas muertas.
Corrió al cuarto de radio, pues recordaba que el cirujano
era radioaficionado. Puso la frecuencia adecuada e in-
vocó su nombre. En minutos lo contactó y le rogó por el
micrófono que los ayudara.
-Por supuesto – contestó presuroso.
-Pero tienen que enviarme la ambulancia. Mi carro esta
varado.-
-Ya casi sale Tobías - respondió angustiada la enfer-
mera ropero.
Ahora Juliana mordía rabiosamente unas espátulas fo-
rradas en gasa. Aún no le daban la anestesia. Alondra
67 Crónicas Médicas

revoloteaba nerviosamente de un lado a otro alrededor de


la camilla, recordando el sufrimiento al dar a luz.
El chofer salió de su cuarto de descanso, con sus bo-
tas de trabajo y una capa amarilla que reservaba para es-
tas ocasiones. Revisó rápido el equipo y partió. Tomaría el
atajo por el río Parcas, que todavía estaba bajo de caudal.
El cirujano lo topó en el portón de entrada y se subió
de un brinco al vehículo. Los rayos iluminaban intermiten-
temente y con gran estruendo las montañas anegadas.
Ríos de barro bajaban presurosos por las laderas y pe-
queños derrumbes eran esquivados habilidosamente por
Tobías el conductor panzón. Avanzaron rápidamente los
primeros kilómetros hasta que se toparon con el cauce
crecidísimo del río Parcas. Este camino lo había transi-
tado cientos de veces. No había puente pero el cauce
usual le permitía pasar sin problema. Ahora, con el diluvio
que caía el río había crecido una enormidad. El chofer
no quería pasar. Recordaba muy bien la leyenda de los
lugareños. “Aquel que osare atravesarlo estando crecido
desataría la furia de los espíritus ancestrales, guardianes
de la montaña y del río”. Una larga lista de muertos le
daba credibilidad a la superstición. Aquellos atrevidos
que habían retado a la naturaleza, lo pagaron muy caro,
algunos con la vida misma. Dada la urgencia, el cirujano
lo presionó a tomar el chance. Le aseguró que esas histo-
rias eran pura superchería. Tobías, medio convencido, se
socó la faja, se armó de valor y aceleró al máximo la vieja
ambulancia. A los primeros metros, el agua se metió a la
mufla y se apagó el motor.
-¡Maldita sea!- gritó desesperado e impotente Tobías.
Intentó arrancar la ambulancia, pero no pudo. El vehículo
ya se deslizaba peligrosamente, por la fuerte corriente. En
ese momento algo se le ocurrió a Domingo. La tienda de
campaña que llevaban para emergencias, tenía uno tu-
bos angulados de aluminio. Si lograba colocar uno sobre
Gustavo Vinocour Ponce 68

la mufla podría tapar la entrada de agua y direccionar la


salida arriba del nivel del río. Ya colocada la pieza, le pidió
a Tobías que arrancara. Un intento, dos intentos y nada.
Al tercer intento una erupción de agua salió despedida a
presión por el escape que tenía el tubo adherido. Esto les
permitió avanzar los pocos metros que los separaban de
la otra orilla. Llegaron sanos y salvos; descansaron unos
minutos.
¿Les cobrarían los espíritus de la leyenda, tal atrevi-
miento?
Mientras quitaba el tubo de aluminio, el artificio salva-
dor, Tobías se había resbalado en un lodazal, oculto por
la frondosa vegetación, golpeándose el hombro derecho.
No podía mover el brazo y un intenso dolor lo paralizaba.
Vio como tenía el húmero desplazado. Se le había des-
montado de la articulación.
Domingo le inyectó el único analgésico que llevaban y
con una fuerte y hábil tracción corrigió la luxación. Gritó
lastimeramente pero lo lograron. Le puso un cabestrillo y
lo sentó a la par. Tomó el volante y condujo de inmediato
hacia el hospital. La leyenda reverberaba - necia y per-
sistente como la misma lluvia- en su mente. El barreal era
tremendo y tuvo mucha dificultad en avanzar. Derrumbes,
pequeños lagos de lodo, los obligaron a ponerles cade-
nas a las llantas. Tobías instruyó a Domingo en esa labor
y mejoró la tracción de las ruedas.
Mauritania trataba de sosegar a Juliana diciéndole que
pronto llegaría el cirujano. La joven ya se contraía y movía
agitadamente, de lado a lado. La presión arterial se esta-
bilizó y no había convulsiones. El corazón del bebé latía
vigorosamente.
A lo lejos en el camino de entrada al pueblo, se divi-
saban entre la niebla y la lluvia dos pequeñas luces. Se
fueron agrandando hasta que evidenciaron que eran los
faros de la vieja ambulancia. Totalmente embarrialados,
69 Crónicas Médicas

los enfermeros los bajaron. Les cambiaron de ropa y con


un par de tazas de café negro los reanimaron. Pero la
empapada fue tal que desencadenó un ataque de asma
en Domingo. Las sibilancias eran fácilmente audibles; lo
nebulizaron y en pocos minutos recuperó su respiración
y compostura. Miró a Tobías que llevaban a rayos X, a
tomarle unas placas de su hombro.
Este le dijo en tono misterioso:
-Parcas - ¿recuerda Doctor?
Este, ya recuperado, sonrió sutilmente y se dirigió ve-
loz hacia el quirófano, se lavó y entró. Mientras lo vestían,
llamaron al anestesiólogo del otro lado, donde luchaban
con la hemorragia masiva. Este se tuvo que duplicar. Salió
brevemente, dejando a una asistente, para poder darle la
anestesia raquídea a Juliana. Acurrucada de medio lado,
el procedimiento fue rápido y preciso. Volvió a la sala del
sangrado. Sólo se escuchó una voz en un tono deses-
perado: “pinza las uterinas, pinza las uterinas” antes que
se cerraran las puertas de la sala. Mauritania comprendió
en silencio que esa medida de urgencia, condenaría a la
paciente a no volver a tener hijos. Pero era escoger entre
la vida o la muerte.
Domingo con movimientos precisos y seguros, abrió
el vientre embarazado de Juliana. Disecó por planos pro-
fundizándose, hasta que un enorme chorro de líquido am-
niótico salió. El bebé fue tomado por Mauritania quien con
gran rapidez, colocó las pinzas en el cordón umbilical, lo
cortaron y llevaron al bebé con el pediatra. Terminó de
suturar por planos, el abdomen. Cuando trajeron al bebé,
este lloraba fuertemente y lo colocaron arropado, con una
cobijita celeste en los brazos de su madre. Ella, acaricián-
dolo tiernamente con los ojos, se volteó hacia el médico y
le dijo gracias
Al cirujano se le nublaron los ojos y un torrente de lágri-
mas lo inundó. Reclinó su rostro sobre el hombro de Mau-
Gustavo Vinocour Ponce 70

ritania. Recordaba con tristeza y dolor, como hacía unos


años, había perdido a su hijo y a su mujer en esa misma
sala. Tal vez Parcas, en esta ocasión, había perdonado a
Juliana y a su hijo, permitiéndole llegar a tiempo.
La enfermera ropero lo abrazó y con todos sus pode-
res de consolación, lo llevó al salón de descanso. Antes
de salir, Juliana, acompañada por Alondra, su mamá, re-
petía con cara agradecida y asombrada:
-“Yo solo le dije gracias” “Yo solo le dije gracias” -
Tobías salió de rayos X. En la radio sonaba un danzón
de Celia Cruz. Se rascó la panza con la mano izquierda
y encaminó rítmicamente su redonda anatomía hacia una
taza de café caliente.
Domingo guardó el manuscrito, junto a una foto del río
Parcas.
El gusano

Amanda y Beatriz eran gemelas idénticas, pero vivían


a miles de kilómetros de distancia, una de otra. Amanda
soltera de mediana edad, había echado raíces en Costa
Rica, bello país centroamericano y se afincó en las monta-
ñas. Tenía un hato lechero de primera y su finca contaba
con pastos de calidad, siempre verdes, por el clima lluvio-
so casi permanente. A ella le gustaba su actividad y tenía
fama por los buenos quesos que producía.
En las noches, se reunía con sus amistades cercanas a
jugar pool, en su cabaña de montaña, sencilla pero cómo-
da. Contaba con todas las comodidades de la era moder-
na, teléfono, Internet, hasta televisión por cable. Amanda
era muy habilidosa en el pool y hacía carambolas a tres
bandas. Gozaba del silencio en las noches y madruga-
das, arrullada a veces por el rítmico golpeteo de la lluvia
inclemente.
Un día, al ir a los establos, se punzó la mano derecha,
con una astilla. Una mosca la molestó durante toda la ma-
ñana. No le dio importancia y siguió dando instrucciones
a los trabajadores de la lechería.
A los dos días, se desató un gran temporal. Los ca-
minos anegados y bloqueados. Pequeños derrumbes
obstruían los caminitos de grava. Los lugareños acostum-
Gustavo Vinocour Ponce 72

brados a estos temporales feroces trataron de calmar a


Amanda que estaba asustada. La lluvia torrencial arma-
da con relámpagos que iluminaban esporádicamente la
montaña, alardeaba de su tremendo poder. Los deste-
llos reflejados en sus ojos, le impregnaban el alma de
miedo.
La mano le comenzó a picar, se enrojeció en pocos
días. Ya le supuraba. Fue al botiquín de emergencia pero
no tenía antibióticos que pensó era lo indicado. Juan, un
peón de la finca se ofreció a traer al “chaman” como le
decían al ermitaño Jeremías, que tenía su choza a pocos
kilómetros de distancia.
Llegaron empapados a pesar de los ponchos para la
lluvia.
Está muy fuerte la tormenta- dijo Juan escurriendo frío
y cansancio. Este es Jeremías y señaló al anciano que
entraba a la cabaña.
- Con mucho gusto le trato su infección – exclamó Je-
remías en tono amable y afectuoso. Tendría como unos
60 años de pelo entrecano y maneras sutiles. Su mirada
era magnética, casi hipnótica. Fue muy parco con las pa-
labras.
Se sentaron Amanda y él bajo la luz de una lámpara
de gas, pues la electricidad se cortó varias horas antes.
Las sombras danzaban a su alrededor, al mover Jere-
mías la mano enferma. Era un ritual silencioso obede-
ciendo designios secretos que invocaba el anciano. La
observó detenidamente y con vos profunda dio su diag-
nóstico.
- Es una infección por tórsalo- dijo con tono profundo.
Había que sacar al bicho pues de lo contrario serían inúti-
les otros medicamentos. Juan acuerpado con otros peo-
nes, convencieron a Amanda que siguiera el tratamiento.
Cuando no podían consultar con un médico, Jeremías los
curaba de innumerables dolencias. Le tenían mucha fe.
73 Crónicas Médicas

Siempre le pagaban con queso, que a él le encantaba y


disfrutaba.
Amanda se encomendó a su pericia chamánica, pues
no tenía teléfono ni internet y su celular ya estaba descar-
gado. Los caminos tardarían varios días en ser reparados
y para entonces bien podría perder la mano o el brazo, le
advirtió Jeremías.
- Confie, confie que es buena medicina la que le apli-
co. Es muy poderosa – dijo con total confianza. A conti-
nuación le untó varios ungüentos grasosos, con un fuer-
te olor. A Amanda no le gustó el aroma pero lo soportó.
Completó el tratamiento con un vendaje suave y le dijo
que en un par de días lo retiraría. Se acercó a Amanda y
la miró intensamente a los ojos.
- ¡Se curarán las dos! - dijo en voz baja.
Amanda no entendió.
En San Francisco, California vivía Beatriz e Ignacio;
matrimonio desde hacía como diez años. Se querían y
se complementaban uno al otro. Beatriz rubia, regordeta
y algo sonrosada, contrastaba con la cara de Ignacio,
pálido, de cabello negro, y delgado como un fideo.
Tenían ya tres días de estar en franco pleito con un
prestamista que los acosaba. Los intereses de usura
que les cobraba no los podían pagar. Habían caído en
sus garras por la premura del dinero, sino habrían per-
dido el apartamento. Ahora se presentaba a cobrar y
ellos trataban de cerrar puertas y ventanas para impedir
su ingreso. Los vecinos los alertaban en cuanto lo veían
acercarse. Luigi Longo, el prestamista usurero, estaba
vigilándolos de cerca. No se le escaparían. Se movili-
zaba en forma tortuosa por el vecindario. A la izquierda
de la entrada del edificio de apartamentos llamado The
Hand, había una pequeña separación entre este y otro
edificio. Luigi lo aprovechó. Deslizó su flaco cuerpo a
la fuerza entre las dos paredes para acechar. Asomaba
Gustavo Vinocour Ponce 74

muy discretamente su cabecilla, o más bien sus peque-


ños ojos furtivos, que se movían rápido de un lado para
otro, horizontalmente como escaneando el vecindario,
tratando de atisbar a Beatriz e Ignacio. El esfuerzo de
la persecución se proyectaba en sus escleróticas enro-
jecidas, inyectadas de insomnio y frustración. En esas
asomadas, su boca adoptaba la forma de un pequeño
embudo, inhalando rápidamente aire, para luego, en si-
lencio, arrastrarse a la penumbra, a la oscuridad del es-
condrijo que lo ocultaba.
Desesperado llegó al extremo de cortarles la electri-
cidad. Repudio, enojo y asco era lo que brotaba en los
amigos de Beatriz e Ignacio al verlo. En el último día del
mes, intentó meter su cabeza por una ventana entreabier-
ta. Quedó trabado y entre Ignacio aporreándole la cabeza
y Beatriz que le facilitaba los más variados proyectiles do-
mésticos, a su esposo, lograron expulsarlo y mantenerlo
fuera.
Ya estaban resignados a abandonar su hogar, cuando
Beatriz recordó la holgada situación económica de Aman-
da, y decidió contactarla para un préstamo. Ella si los po-
dría salvar y era muy generosa.
No se pudo comunicar. El teléfono estaba muerto. La
compañía telefónica le explicó del desperfecto por las tor-
mentas en la zona montañosa. Habría que esperar.
Fueron acercando sus maletas a la puerta de entra-
da que extrañamente, acomodaban en semicírculo, de-
jando espacio sólo para entreabrir la puerta. Baúles más
grandes, también fueron arrimados en esa disposición
semicircular. La pareja no comprendía porqué lo hacían.
Era como una fuerza sobrenatural que los dirigía. Pero se
sentían bien y creían que así estarían protegidos. Esto en
conjunto con las gradas semicirculares que llevaban a la
entrada del edificio completaba la arquitectura innovado-
ra de ese sector. Visto desde arriba, a través del techo de
75 Crónicas Médicas

cristal del recibidor, los rayos solares iluminaban inten-


samente un pequeño conjunto de círculos concéntricos,
atravesados por la puerta de la entrada, transformada en
un gran diámetro divisorio. Escalones de concreto en el
exterior y maletas en su interior.
Amanda recibió nuevamente al “chamán” Jeremías. Le
quitó el vendaje, y acercó la mano a la luz fluorescente.
Ayudado con una lupa, observó con claridad la nigua, en
su nicho circular. La sujetó fuertemente con las pinzas y
extrajo el gusano completo, ya muerto. Los ungüentos
grasosos habían asfixiado al bicho. La operación fue sen-
cilla y la mano ya empezaba a sanar. El pequeño círculo
inflamatorio iba mermando de diámetro.
Un par de días después, restablecido el teléfono, Bea-
triz la llamó. Le contó de sus penurias económicas y de
cómo en forma providencial, casi milagrosa, aquel usure-
ro Luigi Longo, fue encontrado en las gradas de acceso al
apartamento, muerto. Los policías estaban desconcerta-
dos, pues su cara violácea estaba cubierta completamen-
te por una sustancia blancuzca y grasosa, de mal olor, la
cual aparentemente le escurría de las fosas nasales y de
la garganta. Nadie se explicaba cómo se había producido
esa monstruosa y grotesca cabeza de cebo a plena luz
del día, sin que fuera notado. El periódico matutino desta-
caba la noticia: Luigi Longo “el gusano” como lo llamaban
sus víctimas, había muerto asfixiado en cebo. Los detec-
tives continúan investigando el misterioso cebicidio. Un
par de moretones, donde se habría aplicado una presión
externa poderosísima, a cada lado del cuello, aumentaron
las incógnitas del caso…
Beatriz e Ignacio degustaron su desayuno contem-
plando tranquilos el océano Pacífico en la terraza. Aman-
da volvió a practicar las carambolas a tres bandas, allá en
su montaña y Jeremías se comió su quesito bien ganado.
Aire acondicionado

Joe McCoffin era un prófugo de la justicia. Un jefe ma-


fioso, asesino, versado en todo tipo de delitos, usura, es-
tafa, lavado de dinero. Nunca había sido atrapado y hasta
ahora no había necesitado una estratagema de fuga. La
policía lo tenía cercado y él junto con tres compinches
más tuvieron que moverse muy rápido para eludirlos.
Se fueron directamente a la clínica del Dr. John Smart,
cirujano plástico de gran renombre en su comunidad. Lo
habían contactado hacía unas semanas pero hasta aho-
ra lo visitaban en persona. Por teléfono la voz del doctor
daba la impresión de alguien joven, no mayor a los 40
años. Al abrirles la puerta del consultorio, la secretaria se
quedó impresionada al ver el rostro del maleante. Lucía
una estructura ósea y rasgos, similares, aunque no igua-
les a los del doctor. Su estatura era parecida pero más
bajo, el tipo de cabello también aunque más escaso en
el mafioso. Su voz, algo más ronca, lo distinguía un poco
de la del Dr. Smart. Ojos de color café oscuro, de una
intensidad y profundidad similares, que destellaban una
gran vitalidad.
El pandillero no se había equivocado al recibir la infor-
mación de otros mafiosos. El parecido era asombroso. Tal
Gustavo Vinocour Ponce 78

vez una nariz más respingada y pequeña, unos pequeños


ajustes en la frente y papada y serían casi gemelos.
-Adelante Sr. McCoffin- dijo amistosamente el cirujano,
también sorprendido al ver al paciente.
El mafioso avanzó en forma agresiva hacia el interior
de la habitación. Hombre de movimientos intempestivos,
no acostumbrado a esperar, se dejó desplomar en un si-
llón de cuero. El cirujano completó el expediente, revisó
los exámenes que le traía y a continuación le preguntó si
tenía alguna prisa en que se le operara.
-¡Mire doctor! No tengo ni un minuto que desperdiciar,
así que vamos al grano. Quiero que me opere de inmedia-
to y bien. ¿Entendido?-
-Ya que usted se parece tanto a mí, no creo que nece-
site mucho tiempo en realizarme la cirugía plástica que le
mencioné por teléfono-.
El cirujano se quedó pensativo un par de minutos y le
contestó:
-bueno, en realidad tiene razón-. Sería una operación
breve y simple para mí. Claro que la petición de que su
cara sea igual a la mía tiene un precio-.
-¿Cuánto quiere?-
-¡Un millón de dólares americanos y su silencio!- res-
pondió el avaricioso doctor.
-¡Hecho!– dijo en tono grave y presuroso.
-Jim, trae el maletín del dinero-.
Su compinche, junto con otros dos hombres, probable-
mente guardaespaldas, pasaron de la sala de espera al
consultorio alfombrado del cirujano plástico. Jim puso en
manos del jefe el maletín. Este tomó varios fajos de bille-
tes y completó la transacción económica.
-¡Ya cumplí con lo que me pidió!- dijo en forma brusca
y agresiva el mafioso.
-Ahora le toca operarme-.
79 Crónicas Médicas

McCoffin venía preparado, con la ropa y atuendos ne-


cesarios, pues lo habían instruído semanas atrás por telé-
fono, ya que tendría que quedarse internado algunos días
en el postoperatorio. Los compinches también se queda-
rían mientras su jefe se recuperaba.
Así lo convinieron y así se realizó al pie de la letra. Na-
die sabía del paradero del mafioso, quien en forma expre-
sa le exigió al sumiso Dr. Smart discreción total. Se internó
con otro nombre.
Pasaron dos semanas tal vez y McCoffin ya sin la infla-
mación propia de estos procedimientos se sentía a salvo.
Todos los rasgos del cirujano ya eran de él. Se había
transformado en el gemelo del doctor. En los días de con-
valecencia en la clínica, había estado estudiando los ges-
tos, el tono de voz, hasta el mínimo detalle de la persona-
lidad de Smart. La transformación era completa.
El doctor a su vez, también fue testigo mudo del cam-
bio de gestos del mafioso y comenzó a tener angustiosos
pensamientos. ¿Que impediría que este tipo lo matara
después de que saliera de la clínica para cubrir comple-
tamente su rastro? No habría forma de ubicarlo, pues tam-
bién le había cambiado las huellas dactilares. Su historial
odontológico también fue alterado, así que todos los án-
gulos posibles fueron cubiertos.
Un día, en que descuidadamente dejaron entreabierta
la puerta de su cuarto, el doctor escuchó:
-¡Tendremos que silenciarlo totalmente! ¡No quiero la
más mínima pista para los federales! ¡Lo haremos en la
clínica, antes de que yo salga!
-¿Entendido?- les decía en voz baja a su secuaces.
-Y tu Jim compra los tiquetes de avión para Nueva York
y reserva habitaciones en el hotel del congreso de Cirugía
Reconstructiva. En esa ciudad nos ocultaremos un par de
años.
Gustavo Vinocour Ponce 80

-¡Correcto jefe, como usted mande! - respondió sumi-


samente.
Sus peores presentimientos se confirmaron. La inquie-
tud y zozobra se apoderaron de él y constantemente revi-
saba a su alrededor en busca de los asesinos. No sabía
cómo lo harían pero si cuando, y había postergado darle
la salida hasta ese día. En su mente se mezclaban diver-
sas alternativas para escapar con vida.
Era un día caluroso y sofocante de verano, en Austin,
Texas.
Ya había decido lo que haría. Pero el maldito aire acon-
dicionado no funcionaba bien y la temperatura subía en
el consultorio. Esta solución improvisada le aceleraba el
pulso y un torrente de pensamientos lo acosaban.
Mandó llamar al rufián. Entró a su despacho y en tono
autoritario les gritó a los guardaespaldas que lo espera-
ran afuera. La enfermera los sentó en la sala de espera y
volvió a entrar.
-¡Señor McCoffin, nos resta un último procedimiento
para darle salida!- exclamó con voz temblorosa el ciru-
jano
-¡Pero que está esperando, hágalo pero ya!- explotó
en furia, aunque usando el tono de voz de Smart.
Ante la exigencia, el doctor instruyó a la enfermera,
Ann, que le aplicara un medicamento intravenoso, que él
ya tenía cargado en una jeringa, diciéndole a McCoffin
que era para anestesiarlo. Ann lo inyectó.
El doctor, se volteó ocultándose de la vista de Ann.
Luego le pidió, así de espaldas que se retirara, que el ter-
minaría solo. La enfermera obedeció de inmediato.
El mafioso yacía inerte en el sillón, sumido por su peso.
No respiraba. El cirujano procedió rápido. Ya comenzaba
a traspirar por la tensión. Terminó el procedimiento y se
sintió a salvo. Llamó a los guardaespaldas con la voz de
mando que aprendió de su jefe. Los secuaces llegaron
81 Crónicas Médicas

en tropel. Al ver al ¨gemelo¨ muerto, creyendo que era el


cirujano, felicitaron a McCoffin, por la eficiente ejecución.
-¿Jefe, que hacemos con el cadáver?- dijeron a coro.
-¡Lo usual!- exclamó el verdadero doctor.
-¡Bueno lo tiraremos al río con unos zapatos de cemen-
to, je, je, je!- exclamaron los asesinos.
El nerviosismo en el doctor ascendía por minutos. Su
pulso acelerado, respiración entrecortada y la bendita
profusa sudoración.
¿Jefe quiere que pidamos que aumenten el aire acon-
dicionado? - le sugerían los maleantes algo sofocados
por el calor.
El cirujano se dio vuelta, pues este diálogo lo hacía, mi-
rando disimuladamente por una ventana, de medio lado,
con los brazos cruzados, simulando tranquilidad.
-¿Jefe, pero que sucede aquí?- exclamaron asombra-
dos los guardaespaldas.
-¡Nada porque excitarse, el doctor está muerto como
planeamos¡- dijo en el tono más convincente que pudo.
Los mafiosos sacaron al unísono sus revólveres con
silenciador y los amartillaron. Le acercaron un espejo al
verdadero Dr. Smart, el cual casi se desmaya de miedo,
horror y terror, al ver su cara bañada en sudor, que le
había desprendido el bigote postizo casi en su totalidad.
Estaba guindando, al igual que su vida, de un pequeño
extremo. Había perdido el único rasgo distintivo de Mc-
Coffin. Quiso retroceder pero Jim lo atrapó por un brazo.
-¿Un chico listo, eh? ¡Nosotros también somos chicos
listos!- le decía mientras le terminaba de desprender el
bigote, con el cañón del revólver.
De inmediato varias detonaciones ahogadas por los si-
lenciadores, dieron la despedida, como una breve sonata
o marcha fúnebre escrita con los balazos disparados en
pianísimo tono. Con el rostro ensangrentado el cirujano
Gustavo Vinocour Ponce 82

plástico se desplomó, en un súbito fínale con los pistole-


ros en fuga.
El autorretrato

Harry sabía que Sofía y Jaqueline entrarían en cual-


quier momento, pues ya les había adelantado que ese
día terminaría. Tomó asiento en un mullido sillón que tenía
frente al caballete. Se sentía exhausto…
Harry era profesor de artes plásticas, con énfasis en
la pintura medieval. Amante de artistas de la talla de Ver-
meer, Rembrandt, Leonardo da Vinci, le producía enorme
placer dar clases sobre sus ídolos. La Universidad que
lo había contratado, constataba a diario su calidad. Sus
clases se atiborraban de ávidos estudiantes. No había va-
cante alguna, y la matrícula la reservaban con meses de
anticipación. Con gran empatía comunicaba a sus discí-
pulos las minucias, vericuetos y leyendas de las grandes
obras de arte. En ciertas pinturas pasaban semanas ana-
lizando la composición, el color, la técnica, los materiales
empleados. También incluía una mini biografía del autor¸
para comprender su entorno y motivaciones.
Durante varios semestres repitió las enseñanzas que
deleitaban a sus estudiantes y asistentes, consolidando
su fama. Pero Harry tenía una oculta ambición. El en pri-
vado era un consumado pintor al óleo. Tenía varias obras
que habían sido muy bien valoradas por los críticos y esto
lo llenaba de enorme orgullo y satisfacción. Siempre as-
Gustavo Vinocour Ponce 84

piraba algo más, en tratar de emular a sus ídolos y maes-


tros.
Que mejor que un autorretrato, recurso tan usado por
Rembrandt. Terminó el semestre y tomó unas breves va-
caciones. En su hogar, una casa amplia y espaciosa, con
salones de techo muy alto, tenía un pequeño estudio con
sus telas, pinturas, pinceles y solventes. La estructura de
dos pisos, relativamente moderna, con paneles de ma-
dera de olmo, alternaba con otras estructuras en piedra.
Tenía todas las comodidades de la vida moderna, pero
prefería la pintura sobre diversiones banales como la te-
levisión. Muy pocos programas llenaban su aspiración de
cultura y diversión.
Sofía, su ama de llaves, era la encargada del aseo y
solo ella y su esposa, Jaqueline estaban autorizadas para
ingresar al estudio. Lo mantenía bajo llave, para que no
fuera alterado el orden, por sus hijos y amigos.
Una tarde de verano, salió a dar un paseo por el centro
de la ciudad. Tenía en mente conseguir algunos tubos de
óleo y lienzos para iniciar el proyecto del autorretrato. No
estaba del todo decidido que estilo emplearía, por lo que
dejó volar su imaginación. Visitó varias tiendas especiali-
zadas, viendo novedades.
Deambulaba sin un rumbo fijo cuando puso su aten-
ción en una pequeña tienda de antigüedades. Entró con
gran interés creyendo que tal vez hallaría algo para ins-
pirar el proyecto. Tenían objetos muy bien conservados,
libros del siglo XV y XVI, manuscritos en papel pergamino,
miniaturas en mármol, cajitas de música, pinturas medie-
vales, etc. El dueño del local, un viejito calvo, de nariz
aguileña y mirada hipnótica, muy amable, escuchó sus
inquietudes sobre la pintura. Admirado por el amplio y
profundo conocimiento que emanaba de Harry sobre la
pintura medieval, lo llevó a una pequeña sala adyacente.
85 Crónicas Médicas

-¡A esta sala solo personas muy selectas han tenido


acceso!- le dijo en tono solemne Sebastián el dueño.
Su voz adquirió ribetes esotéricos, al explicarle sobre
un pequeño paquete, que le acercó a Harry.
-Este paquete es muy especial aunque sencillo en
apariencia. Contiene todos los óleos, pinceles y el lienzo,
necesarios y suficientes para una pintura.
Lo que lo diferencia de otros materiales es este solven-
te- dijo en forma muy precisa Sebastián.
A continuación le mostró una botella ámbar con el sol-
vente misterioso que era lo único con que se debían mez-
clar los óleos. Le mostró un manuscrito viejo, donde en in-
glés antiguo, se describía la secuencia de procesos para
tener las pinturas de óleo frescas. No se debían secar
nunca; al final de cada sesión el pintor debía poner cuida-
dosamente una o dos gotas del solvente en los pequeños
receptáculos conteniendo los óleos y mezclarlos con una
minúscula porción de un polvo que contenía un pomo de
porcelana amarillenta.
Le mostró una pequeña cajita rectangular confeccio-
nada en madera de cedro, cubierta con una tapa, con un
cristal transparente en el centro. Estaba muy bien labrada
y tenía también trazos de pirograbado. Desde la tapa se
veían pequeñas depresiones en la madera, acomodando
pequeñas vasijas de cuarzo hematoideo, que contenían
los variados colores de óleo. Algunos pinceles de diver-
sos grosores y tamaños, que junto con el lienzo, comple-
taban el equipo.
La leyenda al final del manuscrito aseguraba que el
pintor que estuviera preparado física, mental y espiritual-
mente, obtendría una obra maestra. Repetía que el único
requisito para llevar a feliz término tan ambiciosa tarea,
era mantener húmedos los óleos con el solvente sumi-
nistrado. Ese y sólo ese líquido debería ser usado, para
disolver los óleos como para limpiar los pinceles. Caso
Gustavo Vinocour Ponce 86

contrario no se completaría la tarea, y la obra perdería


majestuosidad, quedando reducida a una mediocridad
deprimente.
Otra advertencia era que en el momento en que se
terminaba la obra, los óleos debían obligadamente dejar-
se secar a la sombra en forma natural, tanto en el lienzo
como en el estuche que los contenía. Así se completaba
el ritual - o ciclo como prefería llamarlo Sebastián - cuyo
producto final era una representación maestra del modelo
pintado.
Las instrucciones e indicaciones no hacían mayor hin-
capié en la habilidad o destreza del artista.
Un último requisito era tener mucho cuidado en lo que
se representaría. Si se escogía un ser humano, debería
ser sólo con el consentimiento de este, pues debería estar
presente como modelo de la obra. Harry pensó que el au-
torretrato de sus cincuenta años cumplirían a cabalidad
estos requisitos. Aún mantenía una abundante cabellera
y su rostro proyectaba formidable vitalidad. Sebastián le
susurró que creía que estos óleos y demás equipo, eran
producto de algún alquimista medieval. Le advertía que
según la tradición metafísica ese cristal de roca, del tipo
hematoide o de fuego, se usaba para manifestar los sue-
ños en la realidad física. Lo decía con tal certeza y con-
fianza, como si ese conocimiento lo hubiese adquirido en
el medievo, arrastrándolo través de las centurias hasta el
presente. Harry lo escuchaba con atención, pensaba que
era viejo pero no tanto. Se tragó la risa, para no ofenderlo.
Le enseñó unas obras de otros pintores que habían uti-
lizado estuches similares. Mostraban pinturas perfectas
de un realismo extraordinario. Las figuras transmitían un
hálito de vida como nunca antes había percibido Harry.
Una de ellas, la de una mujer joven, se distinguía sobre
las otras.
87 Crónicas Médicas

-Es de Penélope Hollower, excelente óleo – proclamó


triunfalmente Sebastián, señalando la firma.
-¡Es increíble la coincidencia!- dijo Harry.
Le narró a Sebastián que él conocía a Penélope a tra-
vés de fotografías de los profesores de la facultad. Había
desaparecido hacía unos 2 años, y nunca se supo que
fue de ella. La universidad urgida de profesores, lo con-
tactó, le ofreció la plaza vacante y terminó llenándola.
-Probablemente tomó vacaciones o un año sabático -
musitó Sebastián sin dar la menor importancia a la obser-
vación.
Esta descripción del juego de pinturas, le pareció al
profesor universitario, como algo mágico, independiente
de la capacidad artística del ejecutante. No creyó mucho
en esta teoría, al conocer el largo proceso de aprendizaje
que un pintor debía superar. Pero lo entusiasmó el peque-
ño set, que traía suficiente pintura, la bonita caja labrada
que lo contenía y obtuvo un buen precio de Sebastián.
Este, lo único que le pidió al despedirlo, fue que le avisara
cuando estuviera terminando la obra, para ir a admirarla.
Harry accedió sin poner obstáculos a la petición.
Regresó a su casa contento y satisfecho de haber ob-
tenido este set de pintura tan especial. No habló de los
pormenores con su esposa, Jaqueline. Sólo le dijo que
iniciaría el autorretrato en un par de semanas. Fue pla-
neando la composición, el sitio donde colocaría el espejo
para la incidencia de la luz, etc. El estudio era el sitio per-
fecto, con una ventana que dejaba penetrar suficiente luz
natural en las tardes.
Inició el curso en la universidad, y en las tardes en for-
ma obsesiva, se encerraba en su estudio a pintar. Avan-
zaba lento pero seguro. Los óleos se mezclaban armo-
niosamente, como guiados por una energía desconocida.
Se deslizaban suavemente con la ayuda de los nuevos
pinceles y se adherían fácil, firmemente. Casi se diría que
Gustavo Vinocour Ponce 88

anhelaban ser colocados en el lienzo. Plasmaban con


certeza las tonalidades y matices requeridos. Siempre los
mantenía húmedos y todo marchaba a las mil maravillas.
Sinceramente, Harry pensaba que su autorretrato estaba
bien, sin llegar a la categoría de obra maestra. Pero claro
aún no lo había terminado. Y la leyenda del manuscrito se
refería específicamente al final de la obra.
Mantuvo una suspicaz esperanza en ello y continuó
trabajando a solas en las tardes.
No permitía que Sofía ni Jaqueline, vieran los avances.
Una tela cubría el lienzo a sus miradas furtivas, aumenta-
do la curiosidad de ambas.
El cuadro fue tomando forma. Bien situado su rostro,
escogió la presentación de tres cuartos, la habitual, con
una gama de colores inspirado en las obras de Rembran-
dt.
La expresión y los rasgos fueron definiéndose, repre-
sentando fielmente a Harry. La profundidad y atmósfera lo
complacían. Había transformado las dos dimensiones del
lienzo en tridimensionalidad, dándole ya mayor presencia
y calidad a la obra. Sus ojos particularmente, exponían
muy bien el espíritu y carácter del modelo, elemento muy
destacado y realzado en las obras maestras.
Un día notó una espinilla en la nariz, en la pintura y se
revisó la cara en el espejo. Efectivamente tenía un peque-
ño punto rojo, con un halo edematoso alrededor. Él no la
había pintado pero ahí estaba, no había la menor duda.
Tomó un delgadísimo pincel y tapó con óleo el defecto. Al
día siguiente volvió a estar presente el comedón, y lo vol-
vió a cubrir de pintura. Hasta que desapareció totalmente
la infección de su cara, pudo continuar con la obra. No se
explicaba que fenómeno extraño produjo eso, pero no le
dio importancia y continuó trabajando.
En las cenas, mencionaba muy brevemente su progre-
so en la pintura. Jaqueline lo interrogaba, muy intrigada.
89 Crónicas Médicas

Sólo le respondía que iba bien, pero que requería de mu-


cho más tiempo y esfuerzo. Llevaba varios meses y espe-
raba terminarlo con el semestre.
-Estas cosas requieren tiempo y paciencia - le repetía
incansablemente a su esposa, mientras le daba un cari-
ñoso beso en la mejilla.
Terminaba ya el semestre en la universidad y también
se completaba el autorretrato tan ansiado por Harry. Este
estaba muy excitado por la evolución de la obra, que era
la mejor que había pintado en su vida.
Ese día quería darle las últimas pinceladas. El solvente
y el polvillo del pomo amarillento, casi se habían acabado.
Las pinturas ya comenzaban a secarse. El lienzo reflejaba
una impresionante obra, fiel reflejo del rostro y alma de
Harry. Había colocado en forma precisa y muy habilidosa,
cada porción de óleo, armando una pintura portentosa.
La proporción, la composición, en fin el balance de colo-
res, luz y sombra, lo maravillaban. No creía posible que él
hubiera plasmado semejante retrato.
Le había notificado a Sebastián para que acudiera a
ver la obra terminada.
Sabía que Sofía y Jaqueline entrarían en cualquier mo-
mento, pues les había adelantado que ese día terminaría.
Tomó asiento en un mullido sillón que tenía frente al caba-
llete. Se sentía exhausto, a pesar que dio sólo unas pocas
pinceladas. Se sumió en los suaves cojines a admirar su
obra. El silencio reinante se interrumpió, al escucharse un
leve tamborileo, como el caer de arena sobre papel.
-¡Tic, tic, tic, tic, tic! Sin pausa alguna.
Miró extrañado a su alrededor. No vio nada, excepto
los pliegos de papel en el suelo alrededor del sillón y el
caballete, que el ama de llaves había colocado previnien-
do manchones en el piso. Volvió a reposar y de nuevo
escuchó, esta vez más fuerte el sonido. Aguzó el oído.
Era un repiqueteo constante, como si una bolsa de arena
Gustavo Vinocour Ponce 90

se derramara golpeando el papel del suelo. Quiso incor-


porarse pero no pudo. Observó aterrorizado que no tenía
piernas, que un hilillo de fina arena se deslizaba, dejando
sus pantalones vacíos. Los zapatos ya habían caído, y
el proceso parecía ascender a su torso y brazos. Que-
ría gritar pero algo lo detuvo. Estaba mirando la pintura
y creyó que era efecto alucinante del solvente. Cerró los
ojos con fuerza, como queriendo volver a la normalidad.
Al abrirlos vio el estudio de nuevo pero esta vez desde
la perspectiva de la pintura. Observó sus ropas vacías
y arrugadas sobre el sillón, con pequeños acúmulos de
polvo y arenilla muy fina, como la que se encuentra en los
relojes de arena.
No podía moverse pero captaba todo el contenido del
estudio, en una forma global que jamás pensó posible
para un ser humano. Percibía toda la arquitectura del re-
cinto y no necesitaba, ni podía mover sus ojos. Pero su
conciencia se movía a su antojo, libremente sobre el lien-
zo, en un presente que le parecía eterno.
Jaqueline, Sofía y Sebastián, tocaron a la puerta va-
rias veces. Al no obtener respuesta, entraron lentamente
al estudio. Vieron la magistral pintura y se maravillaron de
la calidad obtenida por Harry. Emanaba un hálito de vida
que los impresionó gratamente desde el primer momento.
-¡Qué realismo, solo le falta hablar!- comentaban los
tres, en tono jocoso y de admiración.
-¡Tiene el acabado de una obra de los grandes maes-
tros del medievo, como pintada hace varias centurias! –
agregó con tono de erudición Sebastián.
Algo flotaba en el aire, una presencia silenciosa los ob-
servaba, cuya existencia invisible aumentaba la atmósfe-
ra misteriosa en este salón.
Sofía se acercó a la pintura y al voltear miró el sillón.
Muy extrañada, llamó a la señora Jaqueline.
91 Crónicas Médicas

-¿Qué será ese polvillo en la ropa del señor Harry? –


preguntaba ansiosa y desconcertada el ama de llaves.
-¡Yo siempre mantengo muy limpio el estudio, y nunca
había visto polvareda igual! exclamaba Sofía justificando
su diario trabajo.
-¿Y Harry donde estará? , él es muy celoso del tiempo,
muy puntual en estas ocasiones – exclamó la inquieta Ja-
queline, mirando para todos lados, tratando de disculpar-
lo ante el anticuario.
-El estudio no tiene otra salida que por donde entra-
mos. Estábamos en la sala las dos y por allí no pasó. Lue-
go entró el señor Sebastián-.
Jaqueline sospechaba una broma, de las tantas que
usualmente Harry le hacía para romper el tedio cotidia-
no. Pero eran bromas livianas e inocentes. Esto ya era el
colmo.
-¡Ya verá este Harry cuando lo encuentre!– decía en
tono vengativo Jaqueline.
Sofía simplemente recogió el polvillo blanco, casi como
cenizas y lo depositó en un frasco de cristal vacío en el
estudio. Juntó las ropas de Harry que ahora yacían en el
suelo, para ir a lavarlas y cerraron la habitación.
Sebastián dejó su tarjeta y ofreció comprar la pintu-
ra en cuanto volviera Harry, o cuando Jaqueline quisiera
venderla. También ofreció comprar el extraño polvillo que
había recogido Sofía.
Harry miraba un haz de luz que penetraba desde la
puerta cerrada que daba a la sala. Se proyectaba un fino
rayo luminoso con minúsculas partículas de polvo flotan-
do y resplandeciendo en el aire. Iluminaba de lleno el
rostro inmóvil, silencioso, el de Harry, tan expuesto y tan
oculto, derramando una lágrima y esperando con ansia
el amanecer, envuelto en las penumbras a su alrededor.
Incidente en la llanura

La cálida brisa de verano, resoplaba con fuerza en las


vetustas paredes de la mansión McGregor, que guarda-
ba un secreto mortal. De añeja tradición en la comarca,
era de las más distinguidas. Estilo sureño, con grandes
pilares blancos, amplios ventanales y un camino central
que atravesaba bellos jardines muy bien cuidados, con
abundantes flores y exuberancia de colores, los suficien-
tes para serenar cualquier espíritu.
La única excepción era una sección lateral, la izquier-
da, que mostraba un roble reseco, y un campo a su alre-
dedor lúgubre, marchito y amarillento. El árbol había per-
dido toda su vitalidad hacía ya muchos años, tal vez unas
cinco décadas. Nada crecía a su alrededor, en un radio
de unos diez metros. Ni siquiera se posaban los pajari-
llos silvestres, jilgueros, mirlos, ni una bandada de cuer-
vos, que siempre estaban al acecho en otras zonas de
la hacienda, de muchas hectáreas de extensión. Tenían
ganado de engorde y también lechero. Varias generacio-
nes habían mantenido el negocio, haciéndolo prosperar
y crecer. Algunos vecinos se preguntaban por qué man-
tenían ese árbol seco ahí, si toda la propiedad era tan
bien cuidada. La leyenda mencionaba una maldición que
fue lanzada contra el que cortara el árbol. Hacía muchas
Gustavo Vinocour Ponce 94

décadas, unos cuatreros fueron descubiertos por los pri-


meros dueños del rancho. Capturaron a un vaquero que
iba en un carruaje, con varios toneles de líquidos para los
cultivos, y concentrado para ganado. El tipo se llamaba
Joe Bandall, pero juraba y perjuraba que él sólo pasaba
por el camino vecinal, cuando los ladrones de ganado
perpetraban el delito. Eran tiempos muy rudos. La familia
se constituyó en jurado, juez y verdugo. Lo condenaron y
lo ahorcaron, guindándolo del roble en cuestión. Su ca-
dáver se mantuvo expuesto varios días como recordatorio
a otros vándalos. Cuando lo bajaron, su rostro mostraba
una palidez extrema. Lo sepultaron en una zanja, cercana
al sitio donde había estrellado la carreta, a un costado del
árbol, sin ninguna seña en particular.
Al pasar las semanas, el árbol se fue tornando ama-
rillento, secándose totalmente. Unas ramas puntiagudas
y frágiles, apuntaban al cielo en todas direcciones. Un
área circular fue robándole todo verdor al césped, avan-
zando más y más, exponiendo el suelo polvoriento. No se
apreciaban ni siquiera los insectos más frecuentes, como
hormigas, cucarachas, gusanos o chicharras.
El pueblo esparció la historia de la maldición de los
McGregor, atribuyéndole a esta la muerte del roble. La
imaginación popular fue anexando pasajes tenebrosos,
producto de la ignorancia y superchería. Lo cierto fue que
pasó el tiempo y nadie pecó de imprudente y el miedo
evitó que tocaran el árbol maldito.
Jennifer McGregor regresaba a la hacienda. Había ter-
minado su año de estudios colegiales y había invitado a
su mejor amiga, Amanda Bandall, a pasar las vacaciones
de verano, con ella. Ambas disfrutaban el montar a caba-
llo y los tranquilos paseos en las tardes por los amplios
jardines de la mansión. Ignorantes de la leyenda, ninguna
de las dos, relacionaban el esqueleto arbóreo, con sus
antecesores.
95 Crónicas Médicas

Un día en que los padres de Jennifer salieron en un


viaje de fin de semana, a las amigas se les ocurrió que
debían cortar el árbol seco y plantar uno nuevo. Se lo pi-
dieron a Joseph el capataz, pero el rehusó categórica-
mente. No quiso ni siquiera explicarles porqué y se refu-
gió en su cabaña.
Las colegialas tomaron la iniciativa y armadas con
unas hachas, lo cortaron fácilmente. Cambiaron brusca-
mente el paisaje, dejando un inexplorado vacío en el pá-
ramo, que reclamaba en silencio, ser rellenado con algo.
Lo convirtieron en leña que usarían para la chimenea de
la sala. En esa época el frío nocturno aumentaba y así lo
combatirían, sin dejar evidencia del corte del roble mal-
dito.
Las ramas crujían, chisporroteaban y se quemaban
con gran rapidez, dejando en el ambiente un curioso aro-
ma. La sala de estar, con la gran chimenea de ladrillos
rojos y paredes blancas, iluminaba y calentaba la estan-
cia. Jennifer fue la primera en ser afectada. Se sofocó y su
respiración se hizo muy superficial, empalideciendo rápi-
damente. Le hizo señas a Amanda quien acudió a su lado.
El humo blanquecino salía parcialmente por la chimenea,
pero algunas bocanadas permanecían dispersándose en
la sala. El olor era muy peculiar y pronto Amanda también
fue afectada.
Corrió a la ventana frontal y la abrió. Trató de respirar
aire puro, pero la sensación de ahogo no cedía. Sentía
que se iba a desvanecer. Sacó fuerzas y trató de hacer
señas a unos campesinos que pasaban en ese momento
por el camino principal.
-¡Mira a esa niña saludándonos! ¡Qué gentil de su par-
te reconocernos! - decía uno de los peones.
-¡Seguro que no es McGregor, que son muy engreídos
y orgullosos! – le comentaba el otro.
Gustavo Vinocour Ponce 96

Devolvieron el saludo y como estaban como a unos


doscientos metros de distancia, no escucharon los gritos
ahogados, pidiendo socorro.
Lo que si los hizo parar y mirar con más atención, fue
una figura masculina que apareció silenciosamente, en la
zona que ocupaba antes el roble de la maldición, comple-
tando ese rincón tenebroso. Era un vaquero, vestido con
ropajes muy antiguos, y un sombrero de lona amplio. Su
figura brillaba con la luz de la luna, y no paraba de incitar-
los a que se acercaran.
Los sabuesos de la propiedad, se le abalanzaron y lo
rodearon. Ladraban furiosamente a la silueta que hacía
señas a los campesinos de afuera. Los llamaba con sus
manos indicándoles que se acercaran, que vinieran. Se
movía rápidamente, sin que sus pies se posaran sobre
el suelo y los canes no podían atraparlo ni morderlo. A la
distancia, los labriegos se miraron entre sí, asombrados y
asustados. En la ventana, yacía ahora desmayada Aman-
da, con su cuerpo guindando sobre el marco inferior. Los
peones, impedidos por los feroces Doberman de guardia,
decidieron llamar al comisario del pueblo. Este llegó en
su patrulla rápidamente. Entre los tres, tranquilizaron a los
sabuesos. Entraron a la sala donde yacían las dos cole-
gialas. De inmediato el olor peculiar los alertó. Con unos
pañuelos humedecidos, cubrieron sus bocas y narices,
sacando rápido a las muchachas.
Reaccionaron poco a poco, con una respiración muy
superficial y dificultosa. Davis, el comisario, sabía algo de
medicina. No era un ataque de asma, ni había indicios de
reacción alérgica. Sus caras y brazos no tenían evidencia
alguna de hinchazones ni enrojecimientos. Llamó al hos-
pital. A los pocos minutos llegó una ambulancia que las
trasladó al centro médico. Mientras tanto, Davis y otros
ayudantes se encargaron de apagar los últimos carbones
97 Crónicas Médicas

encendidos de la chimenea. Buscó la figura del vaquero


que le describieron los campesinos, pero no halló nada.
Estando en la entrada de la biblioteca de la mansión,
sintió una corriente de aire frío y una presencia extraña.
Se volteó y vio la figura de un hombre pálido vestido como
vaquero. Lo llamaba con gestos y señalaba un cartapa-
cio en la biblioteca. Davis incrédulo de la aparición que
parecía flotar, avanzó cauteloso unos pasos con su re-
vólver listo en su mano. Las palpitaciones en su pecho
se multiplicaron por instantes, y la ansiedad no lo deja-
ba pensar con claridad. La figura desapareció de súbito,
parpadearon las luces y el cartapacio con unos recortes
de periódicos antiguos, cayó estrepitosamente a los pies
del comisario.
Papel amarillento, añejado por los años, le mostraba
los titulares de cuando había sido colgado Joe Bandall.
En otro recorte, fechado meses más tarde, se resaltaba el
terrible error que se había cometido. Este tipo, fue un co-
merciante honesto, que suplía de productos a los ranchos
cercanos. Los McGregor no lo conocían y al perseguirlo,
espantaron a sus caballos, haciendo que se estrellara y
despedazara su carreta, contra el roble. Los reporteros
de la época, resaltaban que Joe Bandall había lanzado
una temible maldición a los dueños, específicamente so-
bre el roble. Quería que se mantuviera intacto como re-
cordatorio de la injusticia que se había cometido con él.
Lo más interesante de otros recortes era que narraban
como se había secado el árbol y todo a su alrededor. Los
titulares lo destacaban como la Maldición del roble, que
pesaba sobre los McGregor y sus descendientes. Lo im-
presionó sobremanera la semejanza de la foto con la figu-
ra que percibió en la biblioteca, a pesar que habían trans-
currido cincuenta años. La extrema palidez del rostro era
lo único diferente, pues los ropajes eran los mismos.
Gustavo Vinocour Ponce 98

Davis cerró el porta folios y se dirigió a su oficina. Con-


tactó en el hospital a un amigo toxicólogo. Le contó el in-
cidente. Fueron a examinar a Jennifer y Amanda, quienes
aún estaban débiles y se recuperaban muy poco a poco.
El experto les tomó varias muestras de sangre que mandó
al laboratorio. También fueron a obtener porciones de las
cenizas de la chimenea, en la mansión familiar.
A la semana, mientras conversaban tranquilamente en
el comedor de la hacienda, Davis y el toxicólogo, les ex-
plicaron a las dos jóvenes, que se habían intoxicado con
unos químicos muy potentes, que habían sido derrama-
dos, se mezclaron y fueron absorbidos por el viejo roble.
Ellas al quemarlo, produjeron una liberación de las toxi-
nas contenidas en la madera, que eran sumamente peli-
grosas, pues podían paralizar los músculos respiratorios.
Se habían salvado de “milagro”.
Davis no comentó nada sobre el fantasma que guio a
los campesinos y que también lo orientó con los recortes
de periódico. Sólo le preguntó a Amanda si sabía de su
tátara abuelo, Joe Bandall. Ella confirmó que ignoraba su
relación con los hechos de la maldición, al igual que su
amiga.
Cuando regresaron los papás de Jennifer, fueron al si-
tio donde quedaban los restos del roble. Exhumaron los
huesos del ahorcado y los fueron a sepultar en su cripta
familiar. Con una elegante lápida en mármol y una cere-
monia con el sacerdote de la comarca, Joe Bandall por fin
descansaba en paz.
Removieron la tierra contaminada y volvió a crecer el
césped. Plantaron un nuevo arbolito que crecía, libre de
toda maldición. Y así también continuo creciendo la amis-
tad de Jennifer y Amanda.
La gárgola

Fortunato había desaparecido hacía varias semanas,


pero hasta ahora que venía Vesalio su primo hermano, de
la ciudad, lo confirmaron.
En la vieja casona, vetusta y empolvada, no había
rastro alguno del venerable anciano. Los vecinos le des-
cribieron su rutina diaria. Como vivía algo retirado del
pueblo, sus contactos eran esporádicos. Sólo cuando le
llevaban víveres charlaba un poco con el joven Ruperto,
el de los mandados. Los árboles de cítricos rodeaban la
propiedad de varias hectáreas y eran parada obligada al
atardecer, de los rapaces escolares. Naranjas, mandari-
nas, limones dulces, incluso había diversos tipos de man-
gos. No se desperdiciaba fruta alguna ante la avalancha
de mozalbetes hambrientos. Fortunato en un principio se
molestaba y los ahuyentaba blandiendo su bastón de no-
gal negro al aire. Los niños (algunos), recogían una com-
binación multicolor de las apetecidas frutas y se las deja-
ban en la puerta, a modo de ofrenda, en un saco de yute.
En un diálogo mudo, ellos sabían que eran aceptados,
pues periódicamente, a los días aparecía el saco vacío,
a la entrada de la casa. Fortunato de naturaleza sensible
y emocional, desarrolló un molesto tic nervioso, sobre el
ojo izquierdo. Parpadeaba más y más rápido, en forma in-
Gustavo Vinocour Ponce 100

controlada, cuando se acercaba la pandilla de escolares.


Cesaba cuando se iban. Con el tiempo, el ritual del saco
de yute lo curó; los niños continuaron con sus colectas
frutales sin remordimientos. Después el tiempo, la vejez y
un incipiente Alzheimer le fueron ablandando el corazón
al anciano, permitiéndoles más libertades.
Vesalio abrió la añosa puerta; olía a polvo y a desuso.
Las abundantes telarañas, se enredaban en sus manos.
Al ir avanzando en la vivienda, motas de polvo se levan-
taban lentamente, en forma holgazana. Los muebles de
Fortunato eran muy antiguos y selectos, diría que clási-
cos. Algunos habían sido importados de Europa, varias
décadas atrás, ahora descoloridos por el sol. Un piano
desvencijado al que le faltaban algunas teclas, como
dientes a Fortunato, hacía guardia en la sala. Fotos co-
lor sepia inundaban con nostalgia el recinto. Abundaban
imágenes de tías, abuelas y otros hermanos y primos del
desaparecido patriarca. Una foto pequeña, enmarcada,
con el anciano, Vesalio y otro hermano, sobresalía en la
sala de estar. No había signos de violencia y la casa se
mantenía vigorosa gracias a las finas maderas emplea-
das, roble y cenízaro, que adornaban las paredes de los
diferentes aposentos y estancias.
En la mesa del comedor, encontró un volumen que le
llamó la atención. Las Gárgolas en Europa. Describía la
tradición en tierras francesas y como se habían popu-
larizado en París. Analizaba en detalle las gárgolas de
piedra, gargouille en francés, que se encontraban en la
Catedral de Notre Dame. Unas magníficas fotos, ilustra-
ban todo el libro, haciéndolo más ameno de leer. Tenía
un marcador cercano a la mitad, con una foto enorme de
una de esas figuras grotescas, que servían de sistema
de evacuación del agua en las antiguas construcciones.
Otros las llamaban quimeras, cuando sólo fungían como
101 Crónicas Médicas

decoración. Su significado profundo permanece aún sin


determinarse.
Se instaló en un dormitorio, en la planta baja, cercano
a la biblioteca. Contrató personal de limpieza. La muca-
ma habitual de Fortunato, Anastasia fungió como ama de
llaves. Lo guio por toda la propiedad, incluso a la bodega
de vinos, situada en el sótano. Tenía los servicios básicos,
luz, agua potable y teléfono, que le facilitaban su labor.
Había sido contratado, como detective profesional, por
una firma de abogados, que querían saber del paradero
de Fortunato su primo, de quien había perdido contac-
to físico hacía varios años, cuando viajó al extranjero a
estudiar. Existía una gran herencia de por medio y para
ejecutar el testamento, tenía que haber constancia del fa-
llecimiento del anciano. El probablemente heredaría una
parte, recordando las cartas que recibió, aunque aún no
había sido leído el documento testamentario.
El estudio daba a un jardín interior, con corredores am-
plios y cómodos. Instaló algunas lámparas e inició el es-
tudio de varios documentos que encontró abandonados
en el escritorio. Tal vez ahí estaría la clave de la desapari-
ción. La caja fuerte, cuya combinación guardaban celosa-
mente los abogados, estaba semioculta en una esquina.
El diario de Fortunato tenía la última entrada hacía como
cuatro meses, describiendo algunos datos de una gárgo-
la importada en 1890 de París, Francia, a Heredia, Costa
Rica. Había sido tallada por la familia Boissan, que eran
maestros canteros. Luego seguía describiendo detalles
sin importancia. En el libro de historia de las gárgolas, en-
contró una leyenda extraordinaria, que se había extendi-
do en la Europa Medieval, alimentada por el pensamiento
fantasioso y pagano de la plebe. Le conferían a las gárgo-
las poderes místicos, sobrehumanos, donde estas figuras
podían transformar o transmutar todo ser vivo, animal o
humano, absorbiendo su energía vital y así preservarse
Gustavo Vinocour Ponce 102

en el tiempo. Era como una alquimia mental y espiritual,


donde la conciencia atrapada en la gárgola, penetraba el
nuevo cuerpo perpetuándose ya no en piedra, sino: ¡en
un ser de carne y hueso! , ¡¡EN MATERIA VIVIENTE!! . Lo
impresionó la vehemencia con que defendían estas extra-
ñas y exóticas creencias, en esos seres fabulosos, fuera
de toda lógica.
Asistido por el personal de limpieza, recorrieron toda la
casa, las dos plantas. No dejaron un centímetro cuadra-
do sin explorar. Las paredes eran sólidas, sin indicios de
pasajes secretos. No había el menor rastro del venerable
anciano.
En las tardes, caminaba por los senderos cercanos,
asistido por algunos de los niños fruteros, los del bolso
de yute. También ellos extrañaban a su manera, al viejito.
La última aparición fue al final de la cosecha de mangos,
recordaban relamiéndose los labios, por la gran hartada
que se dieron. En la parte de atrás de la casona, había un
camino que llevaba a unos bosques, con un río cercano.
Fueron a explorar, ya sin las tormentosas lluvias. El invier-
no había sido intenso, con chaparrones muy fuertes. Le
recordó en forma indirecta, la leyenda medieval donde La
Gargouille escupía demasiada agua, tanta que ocasiona-
ba todo tipo de inundaciones. El riachuelo se transmutó en
una corriente poderosa, arrasando árboles, cercas y ca-
suchas cercanas. Transformó el colorido paisaje con esas
torrentadas de barro y piedras. Al escampar, el entorno
cambió dramáticamente. Las orillas del río, redecoradas
por toneladas de barro cafezusco, que se depositaron al-
rededor, sobre troncos y rocas, desorientaban incluso a
los más antiguos pobladores; algunos sospechaban que
había caído un hechizo sobre la zona. La mezcla lodosa
se había secado, dejando extraños y caprichosos contor-
nos café y grotescas figuras, que retaban la imaginación.
A los niños les encantaba competir con la naturaleza y
103 Crónicas Médicas

agarraban el barro de olla moldeándolo en diversas for-


mas, las cuales dejaban secando a orillas del río. Siempre
tenían el cuidado de regresar temprano, pues después
de las seis de la tarde, se escuchaban fuertes retumbos y
ruidos extraños en los alrededores. Creían que eran ani-
males feroces, tal vez lobos o perros salvajes. La noche
apagaba todos sus instintos exploradores. Vesalio los
comprendía y trataba de aprovechar al máximo cada ex-
cursión, para encontrar algún sitio, choza o cueva donde
pudiera haberse guarecido Fortunato.
Él tenía la teoría que el abuelo había salido a dar un
despreocupado paseo, cuando lo atrapó uno de esos
torrenciales aguaceros, forzándolo a tomar refugio rápi-
damente. El subir a los árboles estaba descartado, por
su avanzada edad. Lógicamente escogería lugares más
accesibles, planos pero levemente elevados, para evadir
las violentas correntadas. De ser así, el sitio no debería
estar más allá de unos pocos kilómetros a la redonda.
Como había múltiples senderos alrededor de la casona,
diseñó un mapa, para ir explorando y descartando rutas
y posibles escondrijos. La pérdida de memoria del viejito
también complicaba el caso.
En las noches continuaba deleitándose con la historia
de las gárgolas y su misterio medieval. Quedaba maravi-
llado por la habilidad en los tallados y como eran emplea-
das para ahuyentar los malos espíritus y entidades de-
moníacas, a diferencia de la leyenda pagana, razón por
la cual abundaban en las iglesias y catedrales. Siempre
de noche, en más de una ocasión, cuando se disponía a
dormir, le pareció ver en el patio interior una figura grisá-
cea pequeña, como de medio metro de altura, que me-
rodeaba ágilmente por una esquina, sobre las tejas. Una
noche de luna llena, divisó y reconoció por vez primera,
una gárgola de piedra ahí, inmóvil en la cornisa del se-
gundo piso. Creyó divisar unas estructuras puntiagudas,
Gustavo Vinocour Ponce 104

que sobresalían de la cabeza de la criatura, que se ocul-


tó hábilmente atrás de la gárgola grisácea; al menos así
lo interpretaron sus ojos. Fue un vistazo muy fugaz pues
la figura desapareció veloz en la penumbra y el silencio
nocturno. Una pequeña e intensa luminosidad amarilla,
le quedó resplandeciendo en sus ojos unos instantes,
como un pequeño punto fosforescente, bajo el brillo lu-
nar. Pensó en algún animal, pero le quedó la duda. La
criatura tenía una sutil afinidad con la bestia mitológica,
pues siempre la utilizaba de parapeto, para escapar, su-
mirse y mezclarse en las tinieblas. Vesalio sospechaba
que lo estaba espiando, pues por la posición, quedaba
exactamente enfrente de la biblioteca. Creyó que bajo la
influencia del libro de las gárgolas, su imaginación le es-
taba deformando y exagerando los hechos. Sin embargo
en varias ocasiones, tuvo necesidad de correr las cortinas
del ventanal, bloqueando la penetrante mirada inquisitiva
de la gárgola y su perturbador silencio. Sentía al ver los
ojos, que estos proyectaban una poderosa fuerza ener-
gética.
Se enteró a los días, que Fortunato tenía como compa-
ñía un gato. Lo cuidaba en extremo y era su compañero
fiel. Lo llamaba Félix y según los niños, respondía rápida-
mente cuando su amo lo llamaba en las tardes, para darle
su alimento. Lo describían de color gris oscuro y bastante
corpulento. Mataba ratones y ahuyentaba cuanto bicho
rastrero encontraba.
Una noche, estaba Vesalio leyendo ávidamente en la
biblioteca, cuando volvió a sentir la presencia de la cria-
tura. Un fuerte golpe lo levantó de su butaca. Se asomó
al patio interior, prendió los reflectores, pero no vio nada.
Todo quieto y silencioso. La gárgola estaba inmutable en
la esquina de siempre, con su mirada de piedra dirigida
al estudio. Salió con un revolver, de protección. Cuando
regresaba de su infructuosa búsqueda, pateó sin querer,
105 Crónicas Médicas

una figura de madera amarillenta. La llevó al interior, la


limpió quitándole un poco de barro y quedó admirado del
laborioso y fino tallado. Maravillado descubrió unas pe-
queñas incrustaciones en oro, en la estatuilla. Era uno de
esos sukias, en posición de cuclillas. De donde vendría
no lo sabía. Tal vez fue arrojado por alguien, pero a esa
hora, casi medianoche, lo único que vio fue a la sombra
o criatura como él la llamaba. Envuelta en la oscuridad,
fue materialmente imposible distinguir que o quien había
sido.
Habían transcurrido unas dos semanas y Vesalio sen-
tía que la casona lo iba aceptando poco a poco, como si
fuera una anfitriona tolerante. Ya percibía como del techo,
las paredes, el piso emanaba una especie de dignidad
hogareña que lo envolvía, demandando más atención y
reconocimiento. Él se iba adaptando y ahora veía y trata-
ba con mayor respeto sus alrededores.
Una llamada del bufete, le recordó acelerar su inves-
tigación. Preparó una nueva gira. Acompañado por una
tropa de niños voluntarios, fueron a investigar los pocos
caminos que restaban del mapa. Después de un par
de horas, se sentaron a descansar y uno de los chicos,
Alexis, fue a evacuar, tras unos matorrales. El grupo espe-
raba bajo unos árboles. De repente, un limón dulce cayó
sobre la cabeza de Vesalio, sobresaltándolo. Masajeando
su cabeza, se quedó mirando con atención en la direc-
ción donde rodó el fruto, topándose con una figura en ba-
rro muy curiosa, cerca del niño de los matorrales. Llamó a
todos los jóvenes y fueron a explorar.
La estructura estaba a orillas del río y evidentemente
había sido creada por las avalanchas de barro. Rompía
la armonía natural del entorno. Tenía un metro y medio de
altura, con una zona plana, angulada semejando una gra-
da, seguida por otra más alta que se proyectaba casi ver-
ticalmente. Estaba a varios metros de distancia, del otro
Gustavo Vinocour Ponce 106

tronco que usó el niño, como servicio sanitario. Alrededor,


varios bloques de piedra de granito, decorados con lí-
quenes verdosos de todo tipo y tonalidad, atestiguaban
su antigüedad. Al acercarse espantaron una bandada de
cuervos posados ahí, en lo más alto, que huyeron revolo-
teando. Comprobaron que la parte aplanada, era un tron-
co hueco parcialmente visible y relleno con barro y pie-
dras. Un olor hediondo se esparcía en el ambiente. Todos
señalaron de inmediato a Alexis, pero éste, sonrojándose,
sacudió la cabeza de lado a lado, negando ser el origen
de la pestilencia. Sagazmente, gritó en son de broma,
que la silueta le parecía como alguien en el servicio, para
disipar el título de hediondo, que le habían endilgado. To-
dos soltaron la carcajada, pero a Vesalio además, le hizo
girar los engranes de su mente detectivesca. Se levantó
de súbito, impulsado por una intuición y les ordenó a los
pilluelos que trajeran agua del río.
Iniciaron una laboriosa limpia de la mole de barro y con
ayuda de unos puñales, fueron raspando y desprendien-
do terrones. Había un orificio pequeñito, que perforaba
el barro seco, que mostraba un acúmulo de laboriosos
gusanitos blanquecinos. Poco a poco fue tomando cuer-
po una macabra figura humana, parcialmente comida por
gusanos. Era el esqueleto putrefacto de Fortunato, en po-
sición Sukia. Un anillo de oro, con el escudo de armas
de la familia y sus iniciales, lo identificaron. Simultánea-
mente, como desprendiéndose del fondo pétreo y grisá-
ceo del granito, el cuerpo de Félix fue apareciendo y defi-
niéndose claramente en primer plano. Nadie supo cuánto
tiempo estuvo como un camaleón, vigilando silencioso
en esa zona, o si por el contrario se había materializado
recientemente. Se fue acercando a Vesalio y le fijó sus
grandes y amarillentos ojos en el rostro; con esa mirada
felina, intensa e hipnótica sobre él, ambos se quedaron
inmóviles unos instantes, contemplándose uno al otro.
107 Crónicas Médicas

Cruzó de súbito por su mente la imagen grisácea de una


gárgola y sintió como si el conocimiento de siglos, le fuera
depositado en su cerebro.
Luego levantó al gato, quien muy dócilmente se acu-
rrucó en sus brazos, dejándose acariciar por vez primera.
Un brevísimo guiño de Félix, con el ojo izquierdo, le indicó
al primo: ¡ya podían emprender “todos” el retorno!.
“hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de
las que han sido soñadas en tu filosofía”.
Hamlet, en la quinta escena del primer acto.
Shakespeare.

El enigma del tercer piso

Ana corría desesperada por el pasillo, con fuertes pal-


pitaciones y sudorosa. Su cara crispada por una gran ten-
sión. Sus ojos escudriñando a su alrededor en el largo
corredor, iluminado tenuemente por las luces laterales.
Con la boca entreabierta, jadeando y la garganta reseca
se movía ágilmente, dejando tras de sí, salón tras salón.
En vano trataba de escuchar los pasos de la fugitiva.
-¡Ella no debe estar muy lejos! ¡La vimos salir de la
estación de enfermería con una bandeja con los medica-
mentos! ¡Aquí acaba el pasillo y siguen las escaleras de
emergencia! – repasando los extraños eventos.
Se asomó por el marco de acceso a la salida de emer-
gencia. Nada. Sin rastro alguno. Silencio total. La luna cu-
bría con su resplandor blanco grisáceo los árboles del
jardín interior. Sombras borrosas se mecían al ritmo de
la suave brisa y el césped brillaba tenuemente con unas
escasas gotas del rocío de madrugada. Al fondo resplan-
decieron los ojos amarillentos de un gato pardo que salta-
ba una tapia. Regresó resignada al puesto de enfermería,
junto con Doris y Rubén. Vio encendida la luz de alarma,
de una cama del primer salón de mujeres y se dirigió ahí.
Gustavo Vinocour Ponce 110

Respetando un mínimo de discreción, la identidad de


los personajes se mantendrá en secreto. Algunos todavía
laboran ahí. Pero la veracidad de los eventos está indem-
ne.
Trabajaba en el tercer piso del hospital, en el ala este.
Era un edificio muy antiguo, de concreto y madera, cer-
cano a los 150 años. En el mantuvieron la tradición de los
jardines interiores. Los pacientes apreciaban mucho esa
arquitectura. Ese verdor y frescura les ayudaba a relajar-
se y soportar sus tragedias médicas.
Enfermera graduada, tenía quince años de trabajar
en el mismo sitio, de rutina laboriosa. Ahora cambiaba al
turno de noche. Siempre le gustó ese horario, más silen-
cioso, más calmado, sin tantas visitas. Ella y Rubén, su
compañero enfermero, se repartían las camas. Ella tenía
a su cargo, cuarenta enfermos y otro tanto Rubén. Era
extenuante la faena. Medicamentos, curaciones, signos
vitales y sus anotaciones. Claro que tenían algunos auxi-
liares para lo más liviano, pero ellos estaban con toda la
responsabilidad de los salones
Una noche de jueves, se presentó otra enfermera. Se
llamaba Abigail impreso debajo de su foto, en su gafete
oficial. Venía a reforzar el servicio. Ana y Rubén celebra-
ron esta ayuda, que les atenuaba el recargo de pacientes.
Ella tendría como unos treinta y cinco años, delgada, de
pelo cobrizo y muy cooperadora. Nunca discutía las indi-
caciones que recibía y las cumplía al detalle. Siempre era
puntual. Las conglomeraciones en el tráfico o las noches
lluviosas y solitarias, no parecían demorarla ni refería te-
mor al caminar sola. Se fueron acostumbrando a su pre-
sencia, sólo los jueves en el turno de noche. En el tercer
piso había todo tipo de pacientes operados o en espera
de cirugía. El trabajo era constante y abrumador. Prefería
atender los más graves, los moribundos. Les prodigaba
mayor cuidado y siempre les atendía sus peticiones. No la
111 Crónicas Médicas

alteraban los gritos y sollozos cuando alguien se quejaba


por una curación. A las úlceras y quemaduras le prodiga-
ba especial cuidado. Los pacientes la querían mucho por
su paciencia y diligencia. Con sólo su presencia ya sen-
tían una sensación de alivio y era la preferida entre el per-
sonal del ala este. No parecía fatigarse con su constante
actividad. En ocasiones, para las curaciones los llevaba
al fondo del pasillo, a la salita de cirugía menor. Lo curio-
so del caso es que ella los introducía, desaparecían y al
cabo de varios minutos salían. El paciente somnoliento y
con su herida o quemada casi sanada; algunos con su
fractura ósea restaurada. Esto se repetía frecuentemente,
sólo los jueves como he dicho.
Algunos médicos se sorprendían de lo rápido que sa-
naban algunos pacientes. Sonreían y se felicitaban entre
sí, por la eficacia de sus terapias.
En una ocasión, Rubén intrigado, la siguió mientras
llevaba en silla de ruedas a un paciente, con una herida
infectada. La seguía sigiloso, con gran curiosidad, pero
a distancia prudencial para no alertarla. Casi al llegar al
final, Rubén paró y miró silenciosamente como ayudaba
al enfermo a caminar unos pocos pasos entrando a la sala
de cirugía menor. Le pareció ver un tenue resplandor ce-
leste que iluminó por instantes la entrada a la salita. Luego
se acercó, asomándose dentro, sin ver a nadie, aunque
escuchó ciertas palabras que parecían salir del aire. Indi-
caciones que eran la voz de Abigail hacia el paciente. Por
más que palpó las tres paredes lisas de concreto sólido,
no encontró nada inusual. La luz fluorescente brillaba nor-
mal en el techo; extrañamente el silencio se quebró con
el inconfundible sonido de papel, al ser plegado hoja tras
hoja, como en un periódico, proyectando un eco inexpli-
cable. En su interior observó instrumental corriente y una
camilla; una atmósfera de paz y tranquilidad emanaba del
Gustavo Vinocour Ponce 112

aire y flotaba libremente. Creyó estar teniendo alucinacio-


nes auditivas.
-¡No puede ser, yo tengo muchos años en esto y es
la primera vez que me sucede algo tan extraño! – pensó
rascándose la cabeza.
- ¿A dónde se meterían, si sólo existe una puerta? -
- ¡Y al fondo está la escalera de emergencias! ¡No hay
otra ruta posible!-.
Rubén se alejó meditabundo y de inmediato en el pasi-
llo, volvió a percibir el ambiente usual del hospital. Conti-
nuó con su trabajo pero siempre vigilando el final del pa-
sillo. Transcurrieron unos diez minutos y de repente salió
de la salita, con el paciente. Lo sentó en la silla de ruedas
y lo transportó a su cama. La infección estaba eliminada.
¡Curiosamente exhibía una barba crecida como de una
semana y él lo había visto entrar bien rasurado!
Ana no podía creerle a Rubén sobre esos viajes inex-
plicables, ni sobre las curaciones casi instantáneas. A
veces, los pacientes traían apósitos con materiales muy
novedosos, que ni ella ni Rubén conocían. Extrañamente
estos se disolvían al curarse la herida, la quemada o la
infección, sin dejar trazo alguno. Al interrogar a los en-
fermos, estos sólo decían que los apósitos desaparecían
cuando estaban dormidos. Ellos no sabían cómo se esfu-
maban, sólo que quedaban curados, sin dolor y agrade-
cidos.
Rubén, aficionado a leer revistas científicas, sobre físi-
ca y astronomía, decía bromeando, que seguro entraban
a algo similar a un agujero de gusano y eran transpor-
tados a algún universo paralelo. Ana le sonreía condes-
cendiente. Ella no compartía esas ideas de múltiples uni-
versos, viajes en el tiempo y cosas así. Era demasiado
objetiva para eso y prefería la comodidad de la rutina
diaria. Pero en realidad esa área era especial. Como si
hubiera estado esperando a un ser como Abigail, con
113 Crónicas Médicas

ciertas características vibracionales, espirituales o como


quiérase llamarlas, para poder activarse. Pues no había
otra persona que hubiese facilitado esas curaciones ex-
traordinarias en el pasado. Y resalto “facilitado”, pues ella
en sí era aparentemente un enlace con esa otra realidad,
según la leyenda.
Otro motivo más mundano, que levantaba sospechas y
recelos, sobre todo del personal femenino, era el uniforme
de su compañera, el cual todo el tiempo, estaba limpio y
planchado. Parecía una modelo de revista de uniformes.
No parecía mancharse ni con sangre, secreciones o los
desinfectantes médicos. Ana batallaba todo el tiempo con
la limpieza del suyo.
Dudaban de llevar el caso a la Jefe, pues no era por
quejas laborales; todo lo contrario. Y si movían el asunto,
lo más probable es que les quitaran esa enfermera de
refuerzo, que tanto los auxiliaba. Transcurría el tiempo y
la intranquilidad y suspicacia los consumía e iba en au-
mento. Había una atmósfera de irrealidad y misterio, que
se apoderaba de los salones, cuando ella llegaba, aun-
que era muy eficiente y amable. A pesar de lo inaudito e
insólito de la situación, la tenían en alta estima. Además
de las curaciones increíbles, también los llamaba cuando
algo trágico iba a suceder. A veces aparecía con un reci-
piente para vómitos y el paciente minutos después vomi-
taba sangre. Les llevaba el desfibrilador, junto al enfermo
hipertenso y cardiópata. Ante esto, ellos presentían un
infarto y efectivamente sucedía. Esta precognición la con-
vertía en una aliada magnífica. Lo más peculiar era que
cerca de las cinco de la mañana, ella se excusaba para
ir a marcar su tarjeta y desaparecía del hospital. Ellos se-
guían el horario usual y marcaban a la seis su salida.
En un turno, cuando ya se iba a retirar, le pidieron un
último acomodo de medicamentos, para repartir en la ma-
Gustavo Vinocour Ponce 114

ñana. Ella tomó la bandeja y se esfumó en silencio por el


pasillo. Eran las cinco y diez de la madrugada.
Al amanecer, Ana intrigada por los acontecimientos y
esa conducta excéntrica, ya no pudo contenerse más. Se
fue directo a la Dirección de Enfermería. Tampoco podía
negar que sentía algo de celos por el desempeño tan ex-
traordinario de su compañera.
Con mucha discreción, constató que Abigail Calle-
jas, enfermera graduada, si tenía el turno de noche, en
el cuarto piso, excepto los jueves. Había estado ausente
desde hacía dos meses. Pidió hablar con la directora de
enfermería. Al pasar a su oficina vio un periódico desple-
gado en el escritorio. Narraba la noticia de un enfermero
impostor y de unas muertes sospechosas. La policía in-
vestigaba el caso. En otra nota, faltantes de medicamen-
tos eran indagados por las autoridades.
Le expuso el caso a Doris, la Jefe:
-¡Ella nos ayuda los jueves en la noche! ¡Lleva como un
par de meses en el tercer piso, es muy eficiente! ¡Sólo nos
intriga por qué se ausenta al ser las cinco de la mañana!-
exclamó perspicazmente. Tuvo cuidado de no comentar
lo de la salita de cirugía. En pocos años se pensionaría y
no quería comprometerse ni ella ni perjudicar a Rubén.
Doris, llamó al enfermero quien confirmó y ratificó la ver-
sión, pero se mantuvo hermético sobre los otros eventos.
Sospechando algo extraño con esa mujer, la Jefe progra-
mó una visita en conjunto, para el siguiente jueves, en el
tercer piso. No quería ningún escándalo en la Sección de
Enfermería.
Doris y los enfermeros, actuaron como de rutina. Llegó
Abigail con su traje de enfermera blanco inmaculado y su
gafete. Todos la saludaron. A Doris le pareció reconocer-
la, a pesar de tener como 300 enfermeros y enfermeras a
su cargo.
115 Crónicas Médicas

-¡Sí era la misma enfermera del cuarto piso, que traba-


jaba ahí! ¡El gafete lucía auténtico y con la foto original,
con el sello del hospital! –reflexionaba. Iba a interrogarla,
cuando ésta se levantó de repente, tomó una bandeja con
medicinas y se marchó por el pasillo semi oscuro.
Ana no pudo alcanzarla, a pesar de perseguirla y co-
rrer bastante rápido. Doris y Rubén la toparon en el marco
de la puerta que daba a las escaleras de emergencia, a la
par de la salita de cirugía menor. Ninguno la volvió a ver.
La rutina del tercer piso, ala este, se restableció, sólo
con los enfermeros de planta.
Una mañana, Doris, los llamó a su oficina.
-¡Muchachos, esto no lo van a creer!
-¡Abigail Callejas, efectivamente trabajó acá en este
hospital! ¡Desapareció hace dos meses, precisamente un
jueves a las cinco de la madrugada! ¡Salió antes por una
emergencia familiar! ¡Recibí un informe de la Policía de
Tránsito! ¡Fue atropellada mortalmente al salir de su tur-
no! ¡Su cuerpo desapareció sin explicación, de la morgue
judicial!- les dijo con voz entrecortada, mientras guarda-
ba el reporte policial. Los tres, estupefactos por la noticia,
se miraron entre sí en silencio.
Mientras tanto, afuera, una enfermera esperaba para
su entrevista laboral. Ojeó rápidamente un periódico. Lue-
go tomó una revista de ciencia ficción que encontró de-
bajo, sobre la mesita, con un cuento llamado “El enigma
del tercer piso”. Apenas había leído unos pocos párrafos,
cuando tuvo que interrumpir su lectura. Abrieron la puerta
de la oficina de Doris y la secretaria le avisó que pronto
la atenderían. Al ir saliendo, Ana se la topó de inmediato.
-¡¡¡ AAAHHH!!! ¡¡Es ABIGAIL!! ¡¡ES ABIGAIL!!
- gritó despavorida.
¡Rubén y Doris que se habían quedado rezagados en
la oficina, salieron corriendo de inmediato y miraron ate-
rrorizados!
Gustavo Vinocour Ponce 116

-¡Pero si es su viva imagen! dijeron a coro.


La enfermera se puso de pie, visiblemente asustada e
intrigada, por ese recibimiento y exclamó:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué la gritería? – exclamó. ¡Yo me
llamo Cecilia Callejas! Soy la hermana gemela de Abigail,
enfermera del cuarto piso de este hospital. Acabo de re-
gresar al país de una especialización y vengo a trabajar
aquí.
¡Los tres se desplomaron en las sillas!
Con la aurora, estiró perezosamente sus piernas y bra-
zos. Bostezó profundo. La invadió una sensación de bien-
estar como no había sentido desde hacía mucho tiempo.
Aún somnolienta, apretó con ansias el timbre de llamado.
A los pocos minutos llegó la enfermera. Le tomó la tempe-
ratura. La fiebre había desaparecido.
-¡Quiero ir al baño!- dijo con urgencia, cuando le retira-
ron el termómetro.
- Aún no puedes, recuerda tu úlcera.
- Pero ya no tengo nada- contestó.
-¡Has estado delirando! Hablabas con insistencia de
una salita de curaciones y unas sorprendentes…. – en-
mudeció de súbito.
Al descubrir la pierna de la paciente, la piel estaba
sana y tersa, sin huella alguna de la enorme úlcera sépti-
ca que horas antes presentaba.
Ana estupefacta, con la cara llena de asombro, sintió
un incómodo déjà vu’, como un trance sobrenatural. Bajó
las barandas, la ayudó a incorporarse y bajar de la cama;
esta se calzó las pantuflas y se alejó por el pasillo hacia el
baño, caminando lento pero firmemente.
Eran las cinco de la madrugada. El rotulito sobre la
cama 2 decía: Abigail Callejas
Caso 249 unidad C.A.T. Investigaciones Paranormales.