Para Lorena Garza De Israel Camarillo

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Paloma mía, que te escondes en las grietas de las rocas, en apartados riscos, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz, porque tu voz es dulce y amoroso tu semblante. Cantar de los cantares 3, 14

El amor se sacraliza hasta en las almas duras y pequeñas. Fragmentario

Cuando sólo algunas garzas o sólo algunos palomos llegan a nuestro puerto, trabajosa y emocionalmente construido y constituido, no es preciso “conocer bien a esas aves”: el amor y la amistad para con ellos es y merece ser inmediato. (Sólo la gente común recela de todos y cree siempre en la afición a los demás bajo reglas comunes). Fragmentario Dios es tan grande como uno lo quiera hacer, porque Dios es amor. En el mayor acercamiento a Dios se reconoce el mayor acercamiento a sí mismo, y viceversa. Me parece que el "amor a primera vista" es algo que algunos han cultivado y dejado ser (con sus flores de sopresa), tanto como considero que algunos otros no lo harán así jamás; por eso creo que su generalización no tiene sentido). El miedo de amar es el miedo de libertarse; y quien mejor puede amar es quien con buena capacidad mental y física, además de emotiva, quiere conquistar nuevas aldeas del corazón humano. Fragmentario

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Si declarara a favor de los sentidos y esos colores y sonidos que llaman “realidad”, diría, con el recuerdo de usted como una figura porcelánica en las manos de mi alma: “¡qué importa este libro, si podrías terminar con su alma arrumbada en otro mundo, en el silencio o la basura, o en la nada o el fuego, entre penumbras o risas! Pero no he querido que sea así (y no se trata de ti o de mí, sino de algo más fuerte que nosotros y otras muchas cosas), porque he entresacado un sueño detrás de cada fuego: allí está usted imaginada en mi mundo, “amiga mía”, mi nunca mía, mi eternidad de aroma. Quisiera darle, señorita de nieve, un sentido sabor durazno o sal en mis palabras (¿por qué leer siempre lo “bueno” o lo “malo”?) y una mirada azul y el otoño de un deseo, un canto de sangre apasionada, pero también, de abedules y alegrías.

Si este libro es prólogo de un gran amor o epílogo de una vida mediana o magnífica, que de cualquier modo halle, junto a alguien con esperanzas todavía , los cien y un soles para sus cien naufragios.

He conocido los pálidos colores de la angustia, un beso de caricaturas de una sobrina, los lirios, las rosas, las madrugadas llenas del desorden, los besos rápidos de una mujer estimada, la llegada del día mientras todavía “tenía algo por hacer”, a golpes, a caricias de deseo y de remembranza. Por eso quiero que lea usted esta música tenue o profunda de mi interior; esta pasión que danza en mí como un remolino de aliento; esas caras que ha tenido, sin saberlo, en la imaginación mía; esos pasos que no caminará sino en otro mundo (el mío). Quiero verle volar, como las garzas, con su sonrisa-coraza para defender siempre la felicidad de su alma (yo qué diré de mi alma si tú estás por leerla); a cada escuchar de Dios en las palabras de quien sea, quiero también oír la voz dulce de una religión de alma diciendo “debes tú crear tu cielo”. Así es como le regalo a usted estas nubes, pardas o blancas, para que tenga un firmamento aún más grande. Tengo un cuarzo con una estrella en el interior de cada deseo mío: y hoy, deseando verle, mirarle, y saber que un mundo dice “te escucho” siempre

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que alguien algún día de su vida ama, quisiera destrozar todos los cuarzos y silencios, con alguna esperanza de conocerle bien.

Amiga mía, escuche, sólo escuche: (¡Cuánta locura hay en el hecho de que tú seas amiga mía!: pero yo sé de mis asuntos, y sé que siempre te he respetado hasta la inmensidad. Qué lástima que no lo hayas creído siempre). Desearía ser siempre el lugarteniente de mis pasiones para inventarme mil nuevas visiones contra todas los vientos encontrados: ése lugar existe mientras más se crea en el interior.

El arte no se ejecuta siempre según cánones: las emociones, la destreza y el conocimiento involucrado, no siempre son congruentes con una imagen vii viii

“universal” de la naturaleza. Ése es el carácter respetable de la individualidad y la multiplicidad. Fragmentario.

Amigo mío: Nunca olvidaré las fechas del 26 de enero y del 14 de febrero. El primer día de estos quise pensar que se me había aparecido un ángel o un aracángel, o una semidiosa que me sonreía, y entonces sólo me presentaba a una prueba de “solicitud de ingreso laboral”. El otro día la vi hablando en el teléfono, y pensé en si alguien le habría regalado algo aquél día. Todas las cifras de la casualidad; todas las palabras de la casualidad, me han removido, siempre, el alma: como esa fecha del 8 del mes pasado, en que su "Lalo" y yo vinimos a nacer a este mundo -¿quién podría pensar algo como esto?; ¿quién, con todo un Destino en manos, me burlaría con este juego?-. ... Y hace tanto tiempo que entre las calles de Shakespeare y Goethe vi el paso de una Paloma (tal vez así será su nombre en ese libro mío de trozos o destrozos). (¿Quien podra, conmigo, mirar esa casualidad en todo; y esa causalidad que responde negativamente; no quedando algun día loco?) Me responderás, amigo, me responderás?

Enero del 2001. Rememoración. Pienso mucho en mi señorita de fuego y en sus manecitas. Le he denominado, para todo “efecto poético”, guirnaldita de cristales. Mirándole llorar, le he jurado que le ayudaría (la más probable de todas las garantías de recibir algo es habiéndolo dado primero). Hace poco tiempo que una mujer bella, en mi trabajo, me ha preguntado qué es lo que pasaba con mi corazón. Le he citado a Neruda: “Ya no la quiero, es cierto. Pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Pero eso ha sido por escrito, al final de una hoja plagada de letras enturbiadas por la agitación de mis propios transportes a un “cielo”. Un día, lo sé, volveré a sentarme a la mitad de la clase, sin saber demasiado si aprendo, digo o desdigo; y recomenzaré la meditación de mi ensueño sabor cobre. Febrero del 2001. Deshielo

29 de julio del 2001. Hola.

Anchuroso deshielo del corazón. Hoy por la mañana la he visto. Recuerdo mi poema:

Tal vez la ultima vez que te escribi te hayas sentido por el golpeteo de neblinas con que agitaba mis palabras. Te pido una docena (si te parece bien, si no, mas) de disculpas. Pero es asi. No digo una palabra, no lloro, no sé nada. No dialogo, no me atisbo de números ni ideas. Pero pienso: es una sola idea fija, un sólo amar, y un sólo estar y estallar. x

5 de agosto del 2001. Casualidades ix

No quiero escuchar otra palabra. Otra mujer es siempre otra quimera, la nueva disidencia del territorio Amar. Un intrincado laberinto de agua, de llorar. ¡Que importa! En mi mundo Soledad hay una sola estrella todo dia; toda blancura, toda espontaneidad: Ella. La voz de mi primavera. No más. Qué hora es ésta para tirarse entre dos muelles como si fueran tus labios, para subir en barandales de marfil, perpetuamente, por escalones de cristal hasta creerte “conocida”. Qué hora de más ruido, de añil, que me hace sentir, como a cualquiera, que he sabido de tus manos, que he llegado, finalmente, después de mil meditaciones psicológicas, tras ingeniería poética, a pintar rosas voraces y veraces, los más tremendos naufragios, “sabiendo cómo eres”, “conociendo tu carácter”. No necesitaré saber demasiado de ti, ni subir a las nubes, me bastará, como a un niño, decir “anhelo” o tu nombre para creer tu cielo.

Quiero mirar, antes que nada, el viento tocando, haciendo música en mis manos y labios. Quiero que tú y yo y alguien más estemos amando, cansados de claridad; hasta que tú te fatigas de dicha hasta que amanezcas con los ojos bañados de alegría. Deseo que desees más, y quiero amar que ames; que tu sonrisa bese la pata de una tortuga, y tus labios a los de un niño. Te quiero y quiero que no sueñes; que realices soñando y sonando a luces y garzas y vestidos de hermosa. Te quiero... que seas un cielo sin poesía para que me digas azul en dos miradas: “perdonando” el amor con que te he amado y diciendo “conóceme” sin obligación moral.

Si yo tuviera un huerto o una selva bañada de tu carita-sol, donde pudiera cosechar tus manos, preguntaría a la lluvia, a las gaviotas, por la filosofía de tus uñas, por la teología de tus labios y la geometría de tus caderas. El viento se llevaría, de todos modos, tu cuerpo de azafrán xii

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a la cosecha de algún mejor halago.

Oye el vaivén de las olas en cada trozo de agua: paso a paso, navegando hasta encontrar costas viejas, como un hijo pródigo. En el lento ritmo de la noche se van entremezclando luces y locuras, sin ruido, sin memoria de ti o de mí, sin el mayor exalto. Mientras, en bruma y rocío, yo trazo en Veracruz un cielo sobre el cielo, un caminar sobre cobre-arena, una sonrisa estelar de innumerables nubes. Roza esta madrugada que yo abrazo en peces de deseo, piensa que tienes la noche, como un cocktail, en una copa gravada con los nombres “Dios”, “tú”, “estrella” y “silencio puro”, con el tin tin de una cuchara de sal sonora entre tus manos. Mira la vocación del aire en las veletas y el humo, en los contenedores bañados de mil colores, entre café y bananos. Toca tu vientre noctámbulo en la boca del río, en sus besos de vapor que parecen irse silenciando. En este hogar de luz las estrellas germinan en la mar. Unos labios seleccionan palabras morenas, también, para tus labios.

Sí, lo sé, lo he sabido ya: en el sárcofago de una estrellita de mar hubo una hormiguta de luz que gravó un epitafio carmesí en conmemoración de tus alas transparentes; las hojas de los robles se pusieron a cantar una música similar a la inaudita de tus manos al compás de tu falda y tu cabello celestial. Lo he adivinado, desde que naciste en mí: que estabas hecha de un acero intemporal y que las cúpulas de tus pechos debían tener un sabor a manantial. No necesitaría abrir un mapa de belleza para encontrar una ruta rápida y llana en la altitud de la quimera y la blanca humedad: es el amar tu boca, mi cristalización de ti, lo sé, lo he sabido y adivinado ya. Meditando palabras refinadas para las uvas; estando entre goletas o buques. No lo sé...! Murmurando tu nombre de garza a las gaviotas; tratando de encontrar un puerto para anclarse con una pasión cegadora. Qué se yo! Dejo de meditar, siempre; dejo de pensar, siempre; únicamente para hallar ese sentimiento donde se funda tu belleza con tu nombre, en el Estado más recóndito de mi alma.
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Detrás de la clarividencia del silencio está una primavera para sernos entregada en los dolores: es cuestión de no quedarse ciego e inventar u observar algo distinto. Detrás de cada pena hay una manzana de cielos esperando ser comida. Bajo todas las sonrisas hay, tal vez, también, mil campos de nostalgias y dolor esperando ser segados. Si doblas cada cartadeseo, encontrarás quizás, cien mil misterios.
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Suéltame tanto que me vuele más allá de amarte hasta enamorarme de nubes y de edificios o de librerías y cafés y gárgolas o ángeles. Entrégame unas alas tan amplias de belleza como esas que te guardas xiv

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debajo de tu mirada y tus sacos. Deja que me vaya hacia el horizonte de tus brazos por el buque de mi mano cerrada. Así te amaré. Habré amado. Y moriré tan tranquilo que, de revivirme, querré ser también tu ave.

Tal vez muchos hombres pueden realizar lo mismo que nosotros hacemos; pero no muchos hombres sostendrán su causa activamente. Fragmentario. xv xvi

La inteligencia, la experiencia y el empeño, determinan el valor con que lo bueno y lo malo se pueden ejecutar. A veces los demás desean “hacernos algo malo” pero, puesto que carecen de aquélla trisofía, no salen siempre bien librados. Fragmentario. Las almas superiores (mentes avanzadas en corazones supremos) deben aprender a ser refinadas e inexpugnables contra cada nuevo tornado. Eso determina la diferencia entre Hombre y Mujer, o ser humano. Fragmentario.

hasta el orgulloso almirante, se agitan entre lucha y sed, bajo el velo de duda del timonel-desdén. ¡Ah, la guerra sin nombre librada en el propio corazón! ¡Quién dejará de bajar las armas bajo esta pasión que dinamita toda el alma! ¿Quién? Se oye la brisa salir del mar acompañada de una tenue claridad de símbolos musicales, y aún los beso-balazos que nadie ha sabido a dónde hayan ido a parar. Sobre la arena, sobre esta Ciudad Mar, sobre sus calles y sus cosas deshabitadas, se ve pasar al guerrero más fiero, loco de todas sus hazañas no vitoreadas, loco de humor tan siniestro que pareciera ser serio cuando más divertido está, cantando a tonada veloz: “Mientras mi reina viva, ha valido la pena vivirse también.”

Algún día alguien ama a su Reina con la peligrosidad de un terremoto, con el invierno dentro de las manos, y con los labios llenos de tanto temor de pasión que una grieta parece, a veces, constreñir los corazones a él cercanos. Entonces, un emisario de amor-luz, sale a las calles, enmascarado por un rostro desesperanzado, con los ojos congelados de tocamiento humano. Y bajo la lluvia se hace a la mar, en la armónica continuidad de huellas que se gravan sobre el tiempo. El general de un alma coordina su pelotón de mil soldados rasos; y un lugarteniente en las fronteras del territorio Cansancio hace su aparición intempestiva en medio de un acribillamiento de miles de despechos que quisieran agonizar, bajo el himno glorificado de un “yo te amo”. De noche, en la isla Deseo, se ven las banderas danzar tranquilamente con el viento, como si éste quisiera llevarlas a aquéllas a otra constelación de piel, lejanamente, haciendo suyos los blasones del cariño; y el almirante parece desear la pérdida del juicio y de sentido del buque-amar, parece necesitar de su tripulación en el olvido, hasta la llegada al muelle de un Alma Única. Todos, en la pleamar, se inmutan (¡ay, marinero de ti, que siempre buscaría llegar hasta donde estuvieras tú! –piensa algún navegante de la embarcación Recuerdo-). Todos, desde un último cautivo de esperanza, xvii

Con la risa más espontánea también nace la crueldad, con la agonía del sol los coloridos del día también son ricos: ¡Hay que abrir los ojos para no querer saberlo! ¿Quién no ha descubierto detrás una que otra fealdad enormes fantasías? ¿Cómo no haber aprendido a amar disciplinadamente en la variedad? ¡Con qué grosería de gestos ofrecemos nuestra “primera impresión”! Detrás de “robles” de orgullo veo un débil trébol brotar, y debajo del peso del viento el denso mar de las constelaciones calladas. En el hombre y mujer hay un instinto de querer opacar: Una ironía sepulta a truenos y risas la simpatía del silencio.

Julio del 2001. En vanguardia y retaguardia nos guarnecemos bajo un pabellón de luces, amigo. Y no esperamos el blasón de una boca de esmeraldas?

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Entonces detonamos la más elevada poesía nuestra, ya que nuestro corazón no podría entregarse más.

10 de septiembre del 2001. Desorientación Estoy en cada carta de agua que le escribo. Estoy en cada laberinto de volatilidad, y me cobija una música fulgurante.

Nadie halla en ti un mejor emblema: el rostro de la tierra en nieve blanca de alturas tan inmensas. Nadie como yo para dejarte de saber, para reconocerte a ti, entera: en ti la arquitectura de los labios es perfecta y un trazo de amor está en tus cejas. Nadie como tú para ser esa princesa de fortificaciones blancas y de esperas. Tienes esa imagen de señorita estrella: las manos delgaditas y un amor-aroma. Eres el amor desde que amo. Y todo en tus sonrisas es de alteza. Nadie daría por ti su soledad eterna. Pero mi soledad es leal a tu belleza. El ejército de todos los que soy es tuyo. Nada más que mi pasión de ti es guerra. Yo he llegado desde una tierra sin inicio, sin final, cuyo nombre nadie conoce. Me he enamorado de ti, mintiéndome y negándolo, como si así me liberara del estallido visual que veía en tus labios, de la primavera de tus piernas, de la voluptuosidad musical de tus palabras; engañado entre canciones o rosas blancas, entre enojos o agitaciones, entre estupideces de radios y de “urgencias”. Pero, con todo, así convine con las hormigas un juramento de incienso en qué cimentar mi deseo: “debes llegar a ser tu propio héroe.” xix

Ayúdame! Anégame de coraje, vida! (Por qué me has seguido aún?) Triste, apenumbrado en la nostalgia Triste, apenumbrado en la nostalgia, el desamor. No digo nada. Soy marioneta humana, río nocturno. Mis lágrimas, como un mosquete, blanden en mi interior, y van haciendo un ruido de cascabel sombrío. Cierro, abro, los ojos, las heridas del sopor. ¿Por qué no estoy yo entre unos lirios de pasión? No sé de dónde vino, no sé hacia donde va el amor. Pero su huella ata sus pasos un tiritar de frío. Y es todo; todo es... adiós.

De saberte en posesión de un novio me alistaría a posición de fuerte. No sabes cómo le incitaría a flaquezas,3 me armaría de caballerías y de orquestas y banderas color de ti. xx

Esperaría hasta encontrarme a un vulnerable contrincante, 4 y me fingiría derrotado y perdido para ganar estas últimas batallas por el amor a tu símbolo de carne, a tus huesos, tu pecho y tu sangre: Mi Inagotable República Belleza y Alma: Usted. ¡Desármeme!

Tú serías tan libre en tu sonrisa como yo inventando. Y yo sería por ti el verso y el naufragio. La más gris de mis penas pasaría como un relámpago si tu mirada y voz, en mí, gritaran un largo “yo te amo”. Digo que es mentira que te amo tal vez porque te ame demasiado.

Lorena: nunca digas lágrima si no has llorado, ni pronuncies amor si has únicamente querido. Jamás, pero jamás, pienses: “el hecho de que alguien escriba algo triste es algo lamentable”. Porque yo diré siempre: “Lo peor es hacer nada con un nudo de cariño a medio cuello. Lo peor es no ver luz ahí donde la oscuridad es sólo engaño, porque hay luz, a final de cuentas”. ¡Qué valentía sin forma hay que tener a la mitad del alma para formar de un lágrima un prisma para colorear un mundo! Agosto del 2001. Duda. ¡Ah... la vida es un asunto de cordialidad y generosidad, aun cuando, sobre todo “cuándo”, sentimos el corazón entristecido!

Se llena un alma que continuamente está iluminando? No se agota primeramente? Podremos llegar a ser así de felicies, mi amigo? O podremos aparecernos una capa más sobre la piel, como un manto de cielo despejado, hasta que sea inevitable que toda nuestra force d’amour no pueda evitar elevar lo que es atraído desde sus oscuros sótanos? Es preciso salir con palabras más claras? (A Soledad de Ti) Caerán bajo la lluvia, bajo el tiempo, bajo tus labios y la luna, los diez mil pedazos míos: lo insaciable y ardiente, el pensamiento, el ruido, el vaho de la nostalgia y tantas otras cosas. Yo te amo: esa es la verdad más rotunda. Y nada más verdadero que tu ausencia.

Digo que es mentira que te amo porque si yo te amara no te querría para mí tanto. xxi

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El sol desdoblará sus manos tan sombrías. Y tú continuarás amando a quien tú ames. Por eso, bajo el tiempo, la brevedad del día, la enseñanza tibia de la aurora, a rotos cristales como de rotas palabrerías, diré que mi ternura ha sido siempre tuya. Diré que hubo una vez alguna señorita, alguna margarita apegada a muros blancos, a azules sillas, a fotos y revistas y pasión reverdecida, entretejida allí donde existen demasiado los regaños, y sobresale, sin embargo, una sonrisa. Amaré en ti dos veces, más que en mí, la vida, tras vivirla. Y a cada cosa, como de un bendito rumbo, tú sobrevendrás a destellar en luces, sobre mi tumba, tantas cosas como haya creado tu encuentro y tu partida. Y juntos, bajo una llama de agonía, los dos, yo y nadie, no esperanzando ni esperando remorir para otro día, no saludando sal y sed por el anhelo a ti abrazado, lloraremos la necesidad bajo tu sol de vida. 17 de agosto del 2001.

Nada me pertenece y a nada parezco pertenecer (con esa libre pertenencia del afecto). Nos vemos.

Lorena, nunca hay que llorar frente a una sonrisa, frente al sol, frente a la luna, frente a tus manos de bella y niña y señorita, por estimar demasiado, como yo (sin tu permiso, sin tiempo y con voluntad) te estimo. Hay que hacerse escuchar como un rocío sobre la vida: a fuego lento, a ciego vapor corriendo adentro del deseo. ¿”Los ojos de una niña de trece años...”? Hace tiempo te vi en mi imaginación a tus trece años (la edad de la emoción nunca ha tenido nada que ver con los años; la edad de los deseos nada tiene que ver con ellos: el tiempo se desata donde tú y yo lo deseemos).

Es mi cumpleaños y el sol en el café me sabe a cien pedazos. No hay un solo lugar sobre esta patria que yo quiera desear más que tus manos. Con veintitantas tontas velas cumplo años. (¿Qué importa imaginar ahora este aniversario?) Con un pastel de asfixia-anhelo me festejo. No hay una mejor quimera que celebrarnos: hay tantos tras de mí y siendo “yo”, comiendo años. Doscientos setenta y seis meses de naufragio. (¿Era feliz nadando? ¿Hubiera sido más feliz únicamente nueve meses navegando?)

¡Ay! Dos veces en el dia dormí y tuve un levantamiento atroz: no hay mentira: despierto apesadumbrado, perdido, con ensueño cero. Yo no sabia que Ella me diría algunas cosas acerca de mi carácter (¿no es todo para las mujeres un sabor?; ¿no son las estetas eternas?) Pero yo no quiero a nadie por su bondad o maldad. ¿Quién podría querer así? Algo me duele casi constantemente. No se escribir un solo poema ahora con el corazón.

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A quién sabe cuántos segundos de aire y tiempo; a quién sabe cuántas renuncias, ensoñando, te replico a una pregunta que no me haces: haría mayor festejo de tus manos, de tu cabello suelto, corto y castaño, y de tus labios y ojos de niña de trece años, que de un hombre o niño atroz enamorado. Es mi cumpleaños. Es el domingo más nublado porque te amo. Y sólo hay por decir, después de recordarte hacia el futuro: si voy a morir como otros tantos, como otros tantos no deseo ser olvidado, para llegar así a tener dos centenarios.

he sido siempre temeroso de amar en la fatiga. Amar amando solo es una nadería.

En la amplitud del sábado y domingo debemos descansar. Debemos darnos el lenitivo de una vocación cordial: jugar hasta la noche, de rato a rato, despaciosa y desequilibradamente; lustrar nuestras esperanzas; implorar, ejercitarnos, reanimar, iluminar, sobre la violencia, con cantos de amabilidad.

(Amiga, no me sufras, yo te quiero.) A babor, a estribor, esa lenta película de humedad que surca el aire de la noche, que incita la derivación, en el timón, de pequeñas pérdidas acumulativas. Hay que redirigir sobre lo que hayamos navegado! Es preciso detenerse y redirigir la lucha! Capitán, capitán, no estamos solos? (¡Oh, Poseidón, un minuto más de lucha! – Capitán Silencio.) Fui sólo un infractor, un fuego fatuo de amor, un lineamiento puro de pasión; fui yo, el señor que quiso y se calló: el jurista implacable que contigo faltó de AMABILIDAD Y PRUDENCIA: negligente de amor ante la estelaridad de tu silueta y tus caderas y tu estela de lluvia-soles. Disculpa el documento ilegible que pareció un “problema” y fui yo.

Borraré de mis sentidos tus palabras jamás dichas. Porque las palabras que jamás nos hemos dicho, jamás, en verdad, han sido dichas. No te pueden gustar los refrescos y ninguna golosina. (Debiera preguntarte qué es lo que desearías.) Puedes enfermarte de garganta a la hora que tú quieras. (Entonces debiera ir yo inmediatamente por alguna medicina.) Puedes soñar y amar a más de quien te quiera. (¿Debiera yo callarme y continuar rompiéndome la vida?) Pero yo, solo, después de ti, antes que tú fueras en mí, xxv

Perdóname por decir demasiado tarde y muy temprano: “yo te amo”; xxvi

porque te desconozco en las cocinas o los “antros” mientras que tal vez a tus manos místicas cae un amor incomparado. Discúlpame por silenciar en “naufragio” el canto que te hago, constelando palabras y haciéndote, con inexactitud, un halago: hay una razón de amor que siempre tendrás entre tus manos aun cuando te pase el cansancio o lo dulce-soñado en lo realidad-amargo. Quisiera escuchar de ti “soy tu amiga” aun cuando uno de todos los que fuera te siguiera amando: hay siempre una voluntad que exige un amor más elevado; una sonrisa recompondría universos en un “ya lo he pensado...”

Voy esquivando encantos breves hasta el deseo continuo, voy explorando otros mundos irrefrenoblemente. Escribiendo ensueños en telas de juicios, entablo conversaciones olor a durazno con las hiedras, sigo hasta tropezarme un verano que encuentre, en mí, otro de ti enamorado. Entre mares y contaminación, el hastío me recuerda todos los que con mala educación, por ti, han ido congelándose auxilios y compañías en despido.

Llorar: ¿quién puede definir llorar sin sentir lo que el otro ha llorado? ¿Qué adulto puede saber el concepto, la actividad, la disciplina que implica morder una paleta, como un niño, con los labios apretados? Soñar: ¿quién puede saber soñar si siempre está repensando y trabajando? ¿Quién sabe más de la realidad que uno que sigue soñando? Cantar: ¿quién dice saber cantar si no ha sentido lo que está cantando, si no ha vivido su canto? Amanecer y siempre, hasta la noche, esperar: ¿quién sabrá esperar creándole otro motivo al enfado que aseguramos en un rostro que hemos malinterpretado? ¿Quién habrá sabido amar hasta ver que muchos hombres son ingenuos que en tono de burlador salen burlados?

Recortarás de tus hojas, mi memoria y no habré existido. Un hombre como yo jamás habrá sido si no ha sido realidad tras su deseo.

Un timón sin manos, un dejarse a volar sin esperar el viento, una peligrosa libertad de silencio. Tú. Yo. ¡Qué más da! Siempre habría “otros” para no besarnos.

Renunciando a mí porque te amo, renunciando a usted con una soledad de humo, dejo de ser desde que para ti yo debo ser. xxvii

Señorita: ¡Usted xxviii

y nada más que usted! ¡Amar, morir y no haber hecho ruido! 23 de junio del 2003. Ayer la miraste por la tarde. No te has entrometido con lo que llaman muchos “destino”? ( Y quién eres tú? Acaso un “destino”? No eres una búsqueda que quiere colocar sus huellas por sobre cualquier destino? Y acaso no “caen de gracia” más cosas a los hombres cuando las buscan que cuando las dejan “suceder”?) (No era su mirada extaordinaria? - La recuerdas, Israel, la recuerdas? - ) Le dijiste: “Un día me voy a ir de aquí”. Pero sabías que no te marcharías de ella, que su semblante te perseguiría allá y aquí, aquí y allá. Sabías que sobre mar o bajo tierra te encontrarías su nombre detrás de cada goleta, de cada playa o detrás de cada victoria y aún entre las hierbas agrias de la derrota. ¡¿Oíste?! No la buscabas donde no la podrías haber encontrado jamás, para quererla más? Sin mayor preámbulo se despidió de ti... Y tú le pediste un beso último. Lo recuerdas? ¿¡Cómo no lo recordarás siempre!? 7 Hay algo de locura en el amor, pero también hay algo de razón en la locura. F. Nietzsche

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“Locura”, que “yo me he quedado loco” ya lo he dicho. Pero si quien tuviera un alma noble le dijera a todo mundo: locura es inventar una razón para modelar, a pesar de cualquier muro, un vendaval interno, ¿quién estaría conmigo? Pero soy eso: un “loco”. Peso con cada beso el valor de los silencios, y a veces escucho los teléfonos trinar como canarios sobre los jardines de asfalto y las rosas de concreto en que se estacionan frenéticos del tiempo. ¡Silencio! Oigo cantar las telas que cubren todos los cuerpos esbeltos: ¡qué tierno sonido de tanto sueño tienen los pliegues y los botones en los que caminan recio! Oigo la mar a miles de metros sobre el nivel de las estrellas. ¡Y que se callen todos! Porque yo soy conde y barón de Dios en un castillo en que algún día quisieron propagarse los crisantemos coléricos, con fuego entre sus hojas; puesto que soy la clase de hombre que helaría a risotadas sin perdón todas las temporadas lluviosas de la crudeza y los “peros”. Detrás de toda esta maraña gélida y hermosa, me aparezco a mí mismo: camino, tengo en el corazón cinco años. Mi padre me lleva hacia un lugar llamado Verano. Y tiene manos de luz detrás de su cara sin ceños, más allá del espacio-tiempo, donde seguramente podemos vernos. Noche del 23 de agosto del 2001. Es increíble que uno llegue a la idea de que el mejor -o probablemente el más distinguido emocionalmente- entre los amigos, es lejano, aún en palabras; y que la mujer por la que uno daría su universo propio y destrozaría, de revivir cien veces, cien veces su cabeza por necesidad de ella, se encuentra seguramente aún más lejana que aquél –que eres tú-. Confieso mi desquicio desde el día en que ella me tuvo por un impulsivo y sentencio mi vida a soledad. ¿Qué importa cuánto pueda llegar a estar solo de todo, si estoy solo de ella?

Gritando en mí, sonando, articulando en mi pecho una estrella de mar, un desorden fugaz, indefinida, irremediablemente, como si tú sonaras, como si nunca una mujer, después de ti, hubiera sido en mi alma. La voz del fuego, las manos del aire, detrás de unos cabellos de agua, devoran de ternura terrena mi memoria tuya. Sí, después de ti, de “será la guerra o la locura”, siempre esa voz que va deletreándose con tu cuerpo en vestidos multicolores, que a la belleza nítida de tus labios innombrables, indefinibles, va condecorando en una patria de belleza. Eternamente tú, insoportablemente tú, dentro de mí... Irremediablemente oigo de costa a costa, de sueño a miedo, anhelos a tropiezos: “extrañándote con la memoria de ti bañada”.

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en el alma un perfume que tiemble, que cante y rocíe de cansancio, de intransigencia de ternura. Callando cosas de esplendores, regando redes de resplandores en un manto negro, escuchándote, sin un aliento tuyo, sueño que caminas cotidianamente con tus brazos de bella desenfadada sobre el agua5; oigo que cantas alegremente entre los mares. Creyéndote una sombra que va vibrando en las palpitaciones de la tierra, que va formando rosas de arena entre alba y noche, te amo incalculablemente, fuera de mí; te oigo y te pienso en un retardado caminar de agua de un río, o en la mano blanca de una ola que toca el dedo de una costa. Te quiero con paciencias de pescador, como a un pasajero viento, y en puerto Soñar te amo a alturas inmensas sobre el nivel de los deseos. Septiembre del 2001. Sin día. Catarinario Bajo la mar de catarinas, bajo la lluvia quieta, comiendo duraznos sobre una manta con filigranas de sombras, oigo y me voy: agito estrellas en mi alcancía de amor; aprendo, suave y sabiamente, como un niño, que el hábito de algunas personas, como de cristales frágiles matizados de una oloración musical, me produce, con todo y mil desdenes de inicio, finalmente, un rayo de alergia tierna. ¿Esa mujer morena que va cruzando la calle tendrá un ademán rubio cuando ama? ¿Y puedes tú percibir los verdes del fuego, y ver cuánto de amor hay también en lo gris y en lo negro? Marco rosaesmeraldas entre las hojas horarias de mi fiebre, mi hilaridad e inacción; y veo guirnaldas en medio de las voces que escucho: cada sonido forma en azul y violeta las palabras que caen de la boca del cielo. Tú también eres sonora en mi alma como el sonido del clamor; también eres algún día otra que entre tus pensamientos no eres; también tú tendrás xxxiii Obtendrás la profundidad del mundo cuando no pienses en “ti misma”. La “confianza en uno mismo” es algo que se pierde maravillosa e inexpugnablemente cuando lo mejor o lo peor que le sucede a un Hombre es lo mejor y lo peor que le ocurre a los hombres.

Acaricio las nubes cuando acaricio mi almohada en este hospital que aparece sin sombras, como un palacio de lino blanco. No nada más tu boca de fantasma-enfermera me dice: “está bien, señor, todo irá mejor la próxima semana”; también estas rasgaduras anuncian que cicatrizo en el alma. Compongo música, aquí, con sabor a plata, y recojo guirnaldas en la batahola de mi primaria: ( Lo sé, lo sé, estoy dormido. O tal vez no: tal vez estoy viviendo otra vida en un color distinto de mi alma.) En el pupitre de ancha cubierta escondo la mitad de mi cara, siento una infantil alegría de estampas coleccionadas, ese orgullo impar de enamorarse sin “demasiados años”. (No sé, no sé, yo creo que estoy despierto, y me retiro, cansado, en ocasiones, de tanta alegría de loncheras y de recreos, entre las materias de Deportes y Biblioteca a resucitar entre esas cosas que los adultos llaman “realidad”.)

Año 2002. Sin día. Sin mes.

También a través del lloro es insoportablemente más bella una sonrisa. Lo sé: ¡molí constelaciones y las herví a punto de purgatorio!; sujeté las manos de la libertad a las de la pérdida del juicio (como ingeniero fui xxxiv

severo y como lógico, desértico); te amé, liberándome hasta el azar de dejar pasar el tiempo. En la novela-sal-azúcar de mi vida encontré el mapa borroso de tu cuerpo: un vestido azul sobre una silla azul; una mujer eternamente (entierna-mente) bella que iluminaba todos mis caminos sin sabérselo. Creé una verdad de mil flores para tus manos vacías (las manos de tu espectro en mi alma); y te teñí de luces, como a un rompecabezasrompecorazones, en un escaparate de mi espíritu. Examiné algunos números hasta llegar a una fórmula, y creí, en algún momento, que podría dar con alguna otra más para que habláramos (¡qué sé!). En todo el tiempo que te ame siempre querré y sabré desconocerte tanto para volverte a amar como si fueras otra (detrás de tu alma bella siempre tendrás otra Mujer más bella, y otra... y otra...) (Lloro. Pruebo una naranja de nostalgia. Me sabes todavía, y sin saberte.)

Halla en el universo un soplo con que hablen los sentimientos-cometas sin palabras; y un taller de ilusiones en que se labren los artefactos de darse sin conocer razones. (Amiga, ¡ámate!)

Mi gran amigo Jorge, con la fe de tu amistad noble y de tu entendimiento de lugarteniente en asuntos de mi alma: te escribí estas líneas predecesoras de un intento de diálogo nuestro, de aromas y silencios de perfume, y lo nombré Conversando en sentidos: “Este es mi máximo secreto, y dice Garza luego de decir “la necesito”. Ella es lo unico que escucho... Estoy ciego. Estoy sordo. Y desconozco todo nuevamente, como otras tantas veces.” (Todo esto tiene un significado únicamente si lo tiene para ti.) (Tal vez únicamente un mes y poco más. ¿Lo recuerdas?)

La fuerza mágica con que tu alma acalla lo grava todo en mí con su mirada de desvelo y de desvío. Amiga, ¡alégrate!, porque sin conocerte mucho, caminando, contando o soñando, te vislumbrarás en una imagen estimada. Hay tantas razones de esperanza, tanto trigo en medio de sales o soledades, que recompondríamos los días en noches perfumadas con la melancolía de un sapo o una sonrisa de garza. Amiga, ¡cántame! Aunque tengas tantos motivos para mantenerte callada. Cántame como un cristalángel o una niña de realeza insondable. (Tengo tantas esquelas para tu llegada que te escribiría canciones de aniz en un solo viaje.) “¿Haremos sombras en papel ternura?” –pregunto-. Haremos un “ama y no hagas ruido” –me contesto-. En donde perforo el silencio las sonrisas nuestras alguna vez reconoció el sonido y canto tus deseos. Negar atontamente todo lo que en mí te he dicho, quererte en un desearte a veinte metros, y revivir nadando en el lenguaje mudo de tu aroma, y galopar de fuego a fuego, hasta llegar a tu oído, habría sido como un cristal más puro de haber tenido en ti el fondo e imagen de algún humor tranquilo.

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Es cierta esta sorpresa con que te digo: “¡Soy un pequeño niño, mujer, yo soy un niño, y tú, mujer, lo alto tantas veces extrañado!” (un descubrimiento, un mundo, un “yo he perdido”). Lo último que queda por decir es “verte” pensando que “un hombre inteligente tocaría tu corazón en un suspiro”. No estás allá donde un pensamiento pasa, como una avalancha, sobre otros más? No escalo entonces, una y mil veces, hasta que logro edificar soledades más allá de la atmósfera? Júpiter no ha subido aún hasta tu boca, mi Artemisa? Locura: ¿no es un bello himno celestial? Pero todos los días tú me atas al corazón una bufanda nacida de tus cabellos. Todos los días miras hacia mis ojos y me vuelvo una roca densa y sombría, pero guarnecida de poesía. No es así? No debes sonreír con labios ligeros?

Dígale a su marido que la amé; que me morí tres veces: de desquicio, de sentidos y de mente, y renací mil veces para amarla a usted. Dígale que antes que él fuera en usted yo la miré y me tropecé: que caí de morenos llanos a un cielo puro para estropear la furia amándola con alma y piel. Háblele del submundo de vivir sin su mirada. Háblele de aquél que cayó desde la altura del desdén y luego subió a cúspides aún mayores por el amor a usted.

Locamente, con mis ojos viajeros, entre sacos de ilusión y desvaríos y cien artefactos sacados de un ferrocarril mágico; donde tu voz huye a través de la noche y estrechando laberintos, rosas, perfumes, cansancios, delirando figuras de porcelana en colores ternura, tu fantasma en el firmamento claro, lo recorre todo, lo perfuma, lo vigila todo. Locamente bendigo la vida, momentáneamente, salido de juicio hasta imaginarte entre mares vegetales, recostada, hablándole al musgo y a las violetas, y a resplandecientes ángeles. Bendigo tu boca desconocida y canto ante un atril la primavera de vino que me trae tu espectro humeante. Y me acuesto sobre un cielo diminuto, entre café y poesía, bajo la eternidad y el vaho. xxxvii

Llega a mi boca, en azul, un sabor jamás pensado, y se oye un rumor a “tú”: Lo sé, lo supe... ¡Te amo!

Siempre habrá alguien común buscando “algo, alguien para amar y ser amado”, y encontrará en los demás únicamente razones para amarse a sí xxxviii

mismo más, en esa geometría lamentable de “ser-afín” sin el mayor encanto. Siempre, en el presente, habrá quien quiera pintar al máximo su personalidad, sin caer en cuenta del tránsito de las hormigas en los piececitos de un niño pobre y reposado, de los mercados rebosantes de historias de manzanos que extrañan a sus frutos, o de las calles serpenteadas por tus pasos o los míos. Pero qué sabiduría tendremos cuando hayamos crecido hasta ver más allá de nosotros mismos. Entonces, te lo prometo, mi bella, seremos tan fantásticos como un clavel, tan mágicos como un compás de notas angelicálmente breve en un piano. Tal vez ya no “soñemos” ser felices. Y gritar “te amo” no sea escándalo en ningún lado, de tan cotidiano.

Lo leerás en revistas que no se editarán jamás, en los libros sobre Dios, dentro del mar, de las iglesias, o aún en el silencio y las discotecas; como una carmesí sobre tu alma, aun cuando sea detrás de muchos gritos. En tanto vayas y beses o te diviertas, lo leerás, clara y lentamente. En tanto fumes o vueles sin tus alas; letra tras letra, lo sabrás; alba tras alba. Hombre y mujer, mañana, como uno sólo, no se mentirán: también hay voluntad en el amar.

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me hacía llagas; el inagotable recuerdo de sol-luz frente a tu silueta, cuando me creía perdido en tu guerra. Rechazo toda doctrina religiosa que no apele a la razón y que esté en conflicto con la moralidad. Tolero el sentimiento religioso no razonado siempre que no sea inmoral. Gandhi. Lorena está escrito en cada almohada, debajo de cada libro bienamado, o en las carpetas de trabajo y las entradas a los sueños que aún no realizo. Tu emblema se apropia de mi alma. Y mi alma se extiende sobre estás páginas. Cuando me ponen las ideas a pasarme sus figuritas de porcelana, su color de cielo, su suavidad de humo, veo a ese niño a quien siempre querré y quien siempre, afortunadamente, por un destino o casualidad del fuego, llenará de números y colores lo solemne de la adultez y el esfuerzo. Cuando toco lo que fui en otro tiempo: una goma azul que recibí en Monterrey con una impresión simbólica e indeleble de la belleza de una niña, tan grande como los más serenos deseos; las no escuchadas notas que escribí lleno de mil pasiones de adolescente y ciego; y las nubes claras, eternas, que un día parecieron, al que fui, caérsele a las bolsas de su pantalón en invierno. Despierto sobre la arena cobriza, como la piel de Veracruz y su pueblo. Y luego me resguardo de amor debajo de la blanca superficie de su catedral en mi pecho. El silencio cubre de pronto, con su caricia de espuma, mi mar y mi viento. Y la Mujer es el cielo: y tú, mujer, el mío. Mi alma se llena de mil niñerías y más deseo. Y no dejo de querer porque te quiero. Madrugada del 30 de junio del 2004. Ansiosamente espero a que estés dormida. Me recuesto ante ti, y tú no lo sabes. Son las tres de la mañana. Mi reloj está salido de cuerda. Pero mi pensamiento es tuyo. No puedo sopesar el mundo sin tu cansancio inmutado. Te miro. Las sábanas a partir de ti saben a victoria diaria. Todavía recuerdo la epopeya de ti: los brutales naufragios, la horma de los zapatos xli Algo me dice que en treinta mil horas me querrás más que nunca. Por eso, ansiosamente, espero a que estés dormida.

Trabajas, trabajas todo el día, hasta que llegas a casa y sientes una libertad de cansancio, y crees traer en ti la melodía de un piano y la hermosura de cuando tenías quince años. (Y no lo creas, ¡sábelo!) Trabajas, lo sé, lo siento, lo vivo: sé que tus alas obstaculizan la escritura de soles que continuamente sale de tus manos. Todavía miro un papelito blanco: “larga distancia y celulares...”, y deletreo tu nombre siempre, siempre-bella.

29 de junio del 2004. Todos los días, en la despaciosa infinitud de la noche, reclinado en el sofá de una pieza de tu casa (que es la mía), abres tus labios y me atacas de tierna gracia con una enorme mordida que tiene toda la intención de abotonar de alegría mi día siguiente.

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Pero no se basta ninguna noche con ello: me calza de tus pies; me coloca tus manos sobre las mías como unos guantes de pielaroma; y, haga o no frío, hace reposar tus brazos de bufanda delicada alrededor de mi cuello. El otro día no importará jamás: no habría trabajo que no pudiera hacer teniendo el aura de tu amor sobre mi vida; y cualquier empeño sería difícil sin una hogaza de dulzura tuya. Y sé que siempre dejará de ser, hasta que ya no puedas serme nunca. ¡Qué importa, mi eternidad de aroma! (Amanezco y te vas. Mas me regresas siempre. Por eso te amo siete veces más.)

que salgo de un soplo volcánico o de un frío insolemne. Estoy rodeado de los muretes delgados y castaños que caen sobre tu frente; estoy encarcelado en los escalones de piel de tu mentón y de tus labios. Y de pronto termino en el amanecer de tu iris. Para entonces me doy cuenta: mi “vida” has sido “tú”. (¡¿En qué lugar te encuentras?!)

Quien le viera a usted diría rosa y estrellas y preferiría la tierra porque en ella existe usted. Caminadora, ata sorpresas, de gran sonrisa. Una garza alta tras de mis flores blancas: Usted. Digo belleza y anhelo, digo vehemencia y locura: le digo, a final de cuentas, le digo, a usted.

A respirar tus ojos y tus manos, y las esmeralda-palabras que salen de tus labios. A pensarte, mi perfecta: todo desde ti parece tener algo de eterno. La vida es este manantial de luces en que anidan las aves cansancio a cansancio. ¡Te amo!, ¡te amo! Ardo de noche, loca, desesperadamente. Tu boca de carne inunda un mundo y se rocía mi universo de fuego y hielo.

2 de abril de 2004. Emprendiendo una búsqueda estratégica, con el alma a trote lento, como deseando saber de juegos teorizados6 o de Neruda; con el corazón a medio palpitar; siembro esta música en la noche y me dejo palpitar como si la vida me atravesara con dardos de estridencia, en un minuto. Sueño xliii

Cuando en cada letra escribo y descifro un sentimiento que no es mío, cuando en cada beso que dejo de dar, toco uno de tus cabellos que no han sido míos, me sé, me siento, cercano al viento, a la libertad del mundo: me siento cercano a ti porque beso la tierra cuando a ti te beso y deseo, porque importa la vida por esa lucha conmigo por verte y mirarte, y moldearme a tus manos en cera de corazón-cariño. En los jardines, las escuelas, los centros de trabajo, cuanto toco las sienes de mi sobrina, sé que yo quiero más de mi destino. Te miro en tu vestido gris o azul, con tus alas de niña risueña, bajo las caracolas de cristal que xliv

llueven sobre inmaculados lirios que no han aún existido; te miro en cada café y en cada restaurante en que van las gaviotas y se deleitan de ruidos, en que gravan su destino soles multicolores, nubes beso-requiebro, bugambilias y libros... Hasta que, distraido, me pongo a pensar en la futileza de que “te hayas ido”.

¡Perdóname!, TE AMO. Hay un gota de agua que el rocío no siente y el fuego no percibe algunas llamas, y así, mi amor, por el afecto de un “no sé qué”, por “ti”, parece incandescente.

no faltaría en mi alma un pincel melódico con que pudiera dar un bemol matizado de tus cabellos. Pero he sido un ingeniero sin acierto: no he calculado qué estructura espiritual tendría que haber detrás de tu cuerpo o qué procedimiento o técnica siguió Dios para concebir, al menos, el mecanismo de belleza que hará funcionar tus labios al hacer surgir un beso. 20 de junio del 2004. Vuelo volátil. En tu escritorio, en la recepción de mi mundo, apareció, una mañana de no sé cuándo, esta hoja escrita con anhelo memorioso, con esa magia en que dos segundos de alguien a quien amamos, nos transporta a la eternidad. Y la abandoné justo donde tus manos habrían de tocarla y transformarla en viento propicio para tus alas. No tengo mayor recuerdo que un sentimiento traído al presente de esos instantes en que te amaba en delirio. ¿Con qué silencio atroz me alejé de mis deseos para profetizarme: “Para mi última Garza (mi nunca mía: tú)” ? ¿En qué país de encantamiento atroz me iluminaba el faro de tu belleza para apodarme, al fin de este poema, “Señor Misterio”? No sé, mas sé que no podría narrar estos deseos océanicos de ti; que no hay poesía que pueda ser siquiera una sombra de lo que has significado tú en mí. Te he querido inmensamente, a pesar de las situaciones. Jamás he necesitado saber mucho de nadie para quererla (me ha gustado la ingenuidad de calma de los sueños). Así lo “sé”: los pájaros jamás justificarán sus gorjeos y siempre lo harán donde ellos lo deseen. (Ya sé, ya sé que somos “racionales”; pero toda la razón del mundo es sentimiento sin-razón cuando no tiene amor).

30 de junio del 2004. Carta extinguible. No me despierten ahora, porque te sueño, porque me voy desvaneciendo en las hilanderías de tu boca, en el terciopelo negro que generan las bocanadas que sólo tú sabrías coser en lo bello. No me despierten mañana, pues te estaré soñando. Y tras de las campanas recorreré tu cabello, que es como tierra castaña y de deseo. No me despierten nunca, que yo te quiero. Dejen que me descanse de todo cálculo, de planeaciones, ejecuciones y proyectos; dejen que me ahogue en tu requiebro, que te tatúes en mi boca y toda vez que hable, diga con reverencia, palabras que únicamente signifiquen besos. Yo anhelo que tú me salgas antes que los trescientos y tantos soles de este año; que tú me digas, sin reparo: “te quiero”.

De haber sido pintor y músico xlv xlvi

"Yo te amo". Yo digo que el amor lo ha enamorado. Vuelo en sueño desde ti; desde el minuto preciso, precioso, en que tu luz y tu teléfono, tu voz, tu silla azul, fueron vistos por mi alma. Mis ojos dejaron de ver todo: otra mujer, otros instintos, todas las cantidades grises del lamento. Y tu cabello corto hizo palidecer mis garabatos, mi habla, mi estar aquí: ¡me hizo incendio! Por ti se me hizo otro el universo. Otro yo soy para mí desde que eres tú. Pensar Mujer es recordarte; decir: "Ama"... y, al fin, callarlo todo. Extiendo que lorenizaste mi occidente para no tenerme por seguro que “te amo”. Y lo declaro en símbolos secretos y sagrados o entre juguetes y dulces, o “naufragios”. Afirmo que el amor me ha engarzado.

En mií (,) hogar: tú. ¿Por cuánto tiempo?

Entra también en mi alma, Bella. Tal vez Gabriel, Miguel o Uriel, -¿quién sabe?te estén esperando. Tal vez nunca y jamás te has encontrado aquí, pero yo te he encontrado. Aunque probablemente aquí ya hayas entrado. Porque el hogar de un ángel es el mundo y un mundo de sonrisa habita en cualquier lado.

Resulta que alguien dice: xlvii

¡Podría decirte yo que por Dios me amaras! ¡Pero sé realidades, aun cuando canto! xlviii

de tu boca. Mas ahora, cierra los ojos, aspira con el corazón suspendido de un hilo de luz, con las palmas de las manos sobre tus piernas, atravesando una galaxia en un poema. Canta también, con la boca callada, a través de la explanada de tu alma con música amarilla por cada playa caminada por tus pies creados a imagen y semejanza de la belleza eterna o un instante de nube mágica. Rocía tu alma de tranquilidad aún a las dos de la mañana, y sonríe, posando para una foto en lo invisible del ensueño; y luego hazte una trenza de humo de chocolate en medio de la intimidad del universo más amado. Sin más, abre los ojos: eres tanta mujer que tomaría mil mundos que tremendarían de belleza el lienzo de amorfragancia de tu carne. Platónicamente, con el alma lustrada, con un impermeable del mundo para contemplar tu memoria: soy el invitado-fantasma de tu boda, el liviano velo que cae en el tejido del aire y el esposo eterno del bello concepto de tu boca. Oigo los millones de pasos de todas las novias que habrán caminado bajo las notas de Wagner. Escucho, siempre, ramos que caen a “otras novias” como siempre enfrento el voluntario dictamen de destinarme a tu imagen. Soy el que velará por ti sobre las tempestades, sobre los matrimonios, sobre el dolor de muelas de tus hijos, y el marido impecable del velamen que desplegarás en todos tus viajes cuando seas refinada o sutil e imprevisible, e innegablemente amable. Soy el adolescente amante de su maestra del humo, el hombre que estaría dispuesto a cincelarte en su carne y el niño que guardaría para ti un dulce sin una caricia de tu talle.

Si pudiera mudar de ti dentro de mí, como un lagarto muda de escamas, como alguna estrella cambia su vestido de luz por harapos sombreados; si pudiera borrarte de mí como a una de estas líneas a veces vagas; o si tuviera en mis manos un documento astronómico para renombrarte en constelaciones y magia: ¡qué haría, qué festival de alegres lágrimas! Me quedaría ciego de aromas, sordo de imágenes, y sí, tal vez también, mudo de poesías y, lamentablemente, eternamente, xlix

Estoy en casa diciéndote. Me quedo solo contigo, sin saber que estoy sin ti. ¿No lo sabes?... ¿Lo sabes? Lo siento.

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Misterio: amor sin fuego o esplendido tesoro inexistente. Canallada bella y dura o bruma de cascabel siniestro. Tal vez sólo eso hallarás detrás de muchos hombres. A ti no te digo, como si me escucharas, que soy distinto, pero seré otro desde que en ti dejes de “saberte” cómo yo te quiero.7

en mí, escuchándote.

Te amo en azul y en verde te pienso siempre, detrás de otra mujer, así, como no eres. Aunque seas mi señorita prisma, aunque de ti jamás me lleguen violetas inmemoriales. Estoy esperando, aguardando siempre, tu roja boca y tu talante.

Escuchándote en casa con música de almohada, o de cocina. Diciéndote, diciéndome “decirte” sin saberte (¿no lo sabes?) Deséandote. El alma suspendida. Pregutándome dónde estarás ahora (¡jamás conocerás cuánto ni cómo!) Se me pasan los días y sigues li

Con un gusto infantil escucharemos canarios-relojes cuando nuestras habitaciones, de noche, formen una geometría nuestra entre constelaciones y flores de lis. A la luz de la tarde oiremos música hindú adentro de nuestra sangre, bajo una bóveda que cambiará de colores a nuestro capricho. Y en una parte de nuestra estancia hallaremos animaciones de palomas que, cuando toquemos una superficie de piel, nos recordarán sus plumajes. Un ángel se comerá un día, después de mil años, algún trigo inmortal, y sentirá los sentidos con que yo te habré amado, gozando del perfume de tu amada imagen.

lii

Soy, me eres, nos caminamos juntos y tú te besas cuando a mí me besas. Te suplico un beso de despedida (la súplica niega la pasión; alguna exigencia, a veces, la concede) y me lo niegas lacónica, impasiblemente. Te digo que un día me marcharé hacia una patria que desconozco por completo. Y en efecto, parto: huyo, corriendo cabeza abajo; nos huímos con un caballo negro y otro blanco, y tú me vas acompañando. Voy con una rodela, un almete y un cuenco, me sale música del pecho. Doce y media, tres y cuarto. Oigo a lo lejos, en los vagones del tren ligero, las voces que ya he escuchado anteriormente: “Próxima estación: Lorena Garza”. Y me pregunto, una y otra vez me pregunto, si no serás la última estación, si llego a ti o de ti me voy. Estoy en ti, te soy, nos recordamos juntos, y tú me besas, beses a quien beses. 29 de junio del 2004. Es fácil. Es fácil: a las dos de la tarde, los domingos, llenos de miradas furtivas y fugitivas que regresan luego de juegos recelo-atracción; cuchara en mano o lápiz garabateando; juntos, tú y yo, nos vamos de los demás: de tu papá liii

o de mi mamá, o de los cines de tumulto, ya sea de un aguacero matinal o de la intensa sonrisa del sol. Luego, inusitadamente, tomamos un acelerado tren astral. Llegamos a donde sólo somos, y entre setos nos escondemos, lejos de la ciudad. Allí originamos un torbellino, y luego, como dos niños enamorados, nos tomamos de las manos, con cariño y necesidad. Entramos a una capilla de cristal, y una y otra vez jugamos a un matrimonio de gusto velado y profundo. Inventamos cantos que sólo sabrían las golondrinas gorjear, hasta que rezamos la más vívida hora de nuestra eternidad. Inauguramos siempre, más tarde, una ceremonia de amor triunfal, y entre taludes amplios de caliza celestial, causamos en la tierra, tú y yo, una ciudad donde se construyan palacios de brisa, o donde tú en el viento podrás sembrar y cada hora acallará con belleza florida tus labios de libertad. Es fácil: a las ocho de la noche, en punto, como dos niños enamorados, nos regresamos y ya.

Tú, que te vas alejando de mis manos risueñamente, desconsoladoramente; que me ríes con una ironía de sombras, con estridentes ojos de belleza impenetrable, pareces irte desvaneciendo entre las atroces fauces del futuro. Crepitas en mis labios sin saberte que mi sangre sucita una plegaria de maravillas y resucita tu imagen de alorenados estiajes. Tú, mi colorcanto de improntas celestiales: en cada caminar nos somos inseparables; entre lagos y cielos la patria de tu rostro inimitable. Te beso y te vas eternizando en mil parajes: labio con labio hasta llegar la tarde, liv

horas y hojas hasta adolecernos de estrellas irreparables. Precognición En diez años seré célebre en México, reafirmaré las reglas de mi universo “bélico”. Te besaré sin nombres para un beso, pues cada beso merecerá su especificidad de cielo. En una veintena de años repartiré flores en invierno, me recrearé en árboles ilusorios de fuego y rememoraré tu silueta en un inolvidable sueño: descifraré tus luces, tu caridad en sonrisa y deseo. En treinta años puedo morir, vivir, estar sin tiempo: No sé. “El pez grande se come al chico.” (¿Pero no puede éste haber tenido veneno?) Y a pesar de meditar irremediablemente en negro... te quiero. Perecer, dulce, mordazmente, infelizmente, con lágrimas de hierro, como un clavel roto o mal herido; con el corazón por una flecha de fuego descompuesto. Cristalizado de ausencia tuya, de verde frío: un-(a)-mar que en lago se tornara. Vuelo del esplendor hasta un temor aciago como un escarahbajo lv

de ti entrampado. Obedecer prolija, obsesionadamente la rosa de los cuatro tiempos en que te amo: cayendo de madrugada de devaneo, a mediodía de somnolencia, y luego a tarde de milapremios, hasta llegar a insomnio y desafuero. Querer, caer, obstinadamente tuyo. No sé qué otras cosas Me quedarían después, antes de ti, que perecer sin conocer tu parecer. Prólogo Estas son mis manos. El dedo sigue al dedo con el aire entre sus seres. Pero estos seres están algo curvados, rígidos; y abren también mis brazos. Tus manos y manos tienen un rostro de papel, de tinta y llanto... y de sonrisas estrambóticas. Por eso tú y yo (tú, que me lees, y yo, que no he sabido nunca cómo ni por qué es que yo no amo o amo), somos tan distintos que queremos asemejarnos. Tú: apátrida o héroe, u hombre sin creación de algún sentido de tu vida, o inventor de tu deseo; o tú, labriego pertinaz en el concepto, o corsario ante el timón de lo fantástico del respiro y el espejo ante el que no tienes por qué cuestionarte tanto (y ni siquiera algo), pues todo tu saber es superado por un sentir de cielo azucarado; tú me escuchas y cada palabra mía se va perdiendo. Un estero de ruidos y deseos (la imagen de mi amor –no sé yo bien qué amor sea el amor que haya vivido-) ha sido remitido al terreno del olvido lvi

y del despecho (a menos, claro, que, como podría pensar no menos de uno en cualquier rumbo, nunca algo más –en forma o en volumen- haya existido). Pero hay todo un futuro haciéndose presente para robarnos un océano. Y, sobre todo, no hay por qué explicarnos... Porque tú y yo somos un velero y un millar de rumbos, y nos sobra amor al razonarnos.

Carta primera Ascendías, niña, mi quinceañera de plata. Yo te recuerdo (¿en qué memoria?... No lo he sabido nunca; porque el amor es una eternidad cuando en cualquier tiempo ha sido lo primero y más presente). Eras algo así como una espiga blanca, un Amazonas, o algún sabor a lluvia y sur. Tu nombre, como el nombre Mujer, no nos pertenecía: antes eran nuestras un millar de altiplanicies, el fuego, el algodón, la tarde. Mi señorita selvática: yo te encontraba: eras el descubrimiento de una luz sureste... en donde un alma iba errante, como un trozo de humo; y las palabras caminaban, perforadas de ternura; y el amor presente se confundía como si algún día llegara a ser eterno al perseguir el porvenir. Bastaba saludarte... y despedirse luego. (Cuando suenan las campanas no siempre –o tal vez nunca- hay que desear la llegada de su figura a nuestros ojos, ni su forma en nuestras manos). Un saludo Un fruto viene del cielo ; una estrella permanece; unos labios nunca acallan: ¡eres tú quien aparece! Dos palabras: ¡buenas tardes!; dos besos en las mejillas; dos manos se empalman entonces: son nuestras almas sonrientes. Tres veces te he de llamar; lvii lviii

Dedicatoria

A las meditaciones que no creen saber suficiente como para escribir algo. A quienes sienten que pensando las cosas no han terminado. A los hombres sin letras, sin cálculo del arte que nos engastó a la vida. Y a unos cabellos - en fin que me dieron esperanzas y premuras, al par que gravaron, con sus ojos, mi desvelo en tiempo de cosechas y de anhelos. A ti, mujer, que guardas silencio. A ti, amor; porque de ti partí, y de ti vengo.

cuarenta horas voy a tardar; y quinientas voy a recordar: ¡un infinito te quiero amar! Carta segunda Era la sed sin embriaguez, la sed pura, hirsuta, creyente; así, mirándote, alejándome de tus labios para encontrarme en tus ojos, y de ahí, en tus pies claros, extendidos hacia el horizonte bajo (¡ah... tan grande, al fin, para todas las hormigas, como todos nuestros cielos!) Uno ochenta y tantos metros de amor callados, inamovibles, extranjeros (¿qué gran amor tiene país?); un centímetro de besos dobles al saludar; y una cantidad de instantes irredimibles de fantasía. Soñaba, enamorado de ti, algún dragón danzante en medio de las selvas; soñaba con arquitecturas de Niemeyer; con playas, puertos, canciones negras y morenas, blancas y transparentes. Doblaba las nubes por sinrazones, anheloso, ebrio de pura sed... Y luego venía el sol, el mar, el cielo y esta verde verdad: mi bandera y la tuya estaban hechas de una historia que en mí fuera un amar.

Hay veces que he dudado, Mujer. Tu rostro es prisma: todos los colores míos a ti me han remitido .Tú siempre has sido otra, el paso o el camino a otra, como tú, Mujer; y una promesa falsa. Mi palabra más tierna (¿qué tan tierno he podido ser yo a comparación de mis palabras?) es tuya, Mujer. Yo he decidido amarte siempre hacia delante, porque la eternidad es siempre un adelante y un "yo te amo ahora como si un 'siempre' tuviera manos tuyas, y tus ojos, y tu alma, en este instante".

Estas perdida ahora, como yo, amiga mía: ¿a quién amamos, si es que amamos? La noche llueve a cenizas de infinito; se ha quebrado. Las estrellas son cristales que se caen de las galaxias. Tienes una mirada de desvelo, y yo otra de costumbre. Toma mi mano amiga. Yo te he amado, por no sé qué razón de azar tan desdichado. ¿Cuántas veces no puse en ti , fijos, mis ojos? ¿Cuántas veces, como hoy -un día desconocido- hice alarde a todo lo que sucedía en mí porque a ti te había visto; porque venías a mí como un espectáculo de luces en cabellos? En tu muñeca yo, alguna vez, até con las amarras de mi alma, una pulsera de oro. Y el silencio se hizo áureo, para que termináramos como hoy... ¿amigos? ----------Mi ebrio corazón buscó avenidas: el periférico como un estómago sin alimento, el viaducto grácil de carriles, y luego calles de silencio. De casa de un amigo a casa de otro vi la velocidad cayendo hacia mis pies en cascadas de furia del presente hacia el pasado, bajando por los hilos de mis venas. Un abanico de puentes y colores, de grises y amarillos se bordaron en mis sienes. Y lo último que vi fueron ángeles terrestres seduciendo con sus faldas rojas o verdes, con sus lúbricos labios como bataholas ardientes. lx

Como eres tú Un destello no se anuncia y dos ojos son presagios de tu presencia en mi aurora; con voz de mi señora dejan ecos de palacios de quien canta y no se ensucia. Son dos lágrimas que ríen, diez tridentes de terciopelo, dos montañas maquilladas que sin verlas ya, me pillan, y me dejan un señuelo. …¡Dime, dime!: ¿es a mí a quien se dirigen?

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Cuando desperté la culpa, como roca, me hizo reconocer a alguien indubitable y cierto: un dipsómano de anhelo viajando en un taxi desconocido, hacia su hogar. No quise saber nada. Ese loco se habría suicidado finalmente si no hubiese sido por una mala suerte en su destino. Por ti un batallón de diez enamorados ha sucumbido. ¡Ay, teniente de pasión buscando siempre fuego! ¡Oh, mi lágrima perdida en el campo del amor, en púas de ira estática y en alturas siniestras! A todos ellos los mandé yo, para decirte, Mujer: "yo te amo". Y uno a uno, la pólvora en desdén hizo de ellos un trozo de aire y tiempo diseñado en el lamento. El coronel de mi alma ha transmigrado, y ha pasado también en remolino semejante al que yo por ti he vivido. De todos cuantos envié por ti en mi mundo, sobrevivió el lugarteniente

y se tornan silente mar. ¿Cómo he de extraviarme de las nostalgias de ayeres y de las penas parlantes que originó tu desdén? Si tus miradas chispeantes, si tus risas (del cielo un eco), si tus cabellos sortijas se engarzaban en mi ser. ¿Cómo he de hallarme ahora que me he perdido por ti, que errante y sin un anclaje el navío de mis ensueños se embarca en un laberinto? ¿Y cómo tener idea que te he amado alguna vez? Si me tengo por lagrimoso en el vacío de tu esbozo infiel. Ya el tiempo se va avejentado, ya la noche va pereciendo. Y mis memorias se allanan, y se me pierden en tiempos que no he de vivir a la par. Se languidecen tus labios en el espectro de mi alma. Y me despido sin verlos; quedando un fragor que se acaba. Pues ya en haberte amado me he mancillado de muerte, que quiera Dios no sea suerte de aquél quien te ame más. Y en morirme un canto célico en tus sienes se ha de escuchar:

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Señorita Enigma: no debes saber quién eres tú; mas eres como el canto y callas.

Reminiscencias de un prisionero Hay cuatro estaciones tras de ti el tiempo dejando, y yo todavía me recuerdo con el clamor de tu aliento. ¡Ah!… ¿cómo me he de olvidar? Si las lágrimas me corren como el brío de esta noche, lxi

lxii

"la redención de un caído concede hoy un querubín". Querubín de nuevas mañanas que aliviará mis nostalgias, y cubrirá en sus palabras la frialdad de tus infamias. Brillo del Infinito que liberta al preso del tiempo, me dirás suave, en un aliento: "Mañana perderás recuerdos. Mañana llegará un buque que trae del ocaso de ti la nueva felicidad". Y me aburrí sublimemente: el pasto plagado de ternuras verdes, de bacterias furibundas de mi pisada antes alegre. El corazón se me

Deseo de siempre Quisiera que estuvieras a mi lado para siempre quererte, para nunca olvidarte y sentir mi corazón alado. ¡Ah!… si te tuviera entre brazos, deseando no más desear besarte en un alta mar y hablarte sin bríos escasos.

Eras lacónica de miradas, pero tierna, suave, caldera de ternura.

Carta tercera Guardaste para mí algunas cosas, por causa tuya, pluviales: la quietud viva con la faz de la inocencia; las precipitaciones de un llanto de gran felicidad; tu belleza impávida, sencilla, distinta, de estatura hermosa. Cada Xinachtli Tus labios se ausentaban de carmesíes, por silvestres: siempre inscritos en el frontispicio de este edificio anhelante de venturas de selva. Tú, actriz prolífica de danzas; servidora de platillos para tus compatriotas... guardabas para mí un sentido vestido de gris ceñido a tu figura suave. (¡Te amo!, ¡te amo! Este grito se grita a las horas en que sin ti no estoy, para contigo estar.) Da un sentido Sólo dame una mirada, sólo dime una palabra, tan sólo toca mi mano, tan sólo escucha mi copla. Nomás quedará mañana lxiv

Me recuerdas a la calle y a sus grises nubes, a motores con boca y con olor a madre. Tus miradas son desaires, tus palabras son aparte. Violencia de asfalto, colérica y triste: ¡Vete a ti misma!, palabra de todos, palabra de nadie.

lxiii

un infiel recuerdo de tu aroma.

Cómo es que te quiero Entre el silencio de mi mente, entre ruidos y movimientos de carros que se amotinan, te sueño sin cerrar mis ojos. Te escucho como en el aire que sin parar me dices: Te quiero como sin tiempo. Te amo como el murmullo de un chapulín en las noches; cual te vivo sin verte aún; cual toma el alba el azul de tus caricias de cielo. Te sueño en mi vida diaria; te tomo en cada café de mis mañanas de frío para quererte así - así como el Sol a la Tierra que ilumina a cada ser -. Te deseo cual la comida que un vagabundo ansía con el tesón más grande, y con los ojos de hambre que nunca se sacia a tiempo, pues le falta el Todo eterno. Te quiero cuando me gritas, y cuando acallas mis groserías con las frases del adulto que toma a un niño en sus brazos, y le perdona sin remedios la travesura más grande. Y luego, cuando despierto, lxv

yo quiero que tú me quieras como en mis sueños me quieres. Yo quiero que tú me digas como me dice mi madre: "te quiero, aunque no lo sabes".

Cuando a ti te escribo un poco, mi pensamiento entero desfallece ante las redes de la música en pianíssimo, como ante un arroyuelo fragante, colorido, inmemorial. Entonces me detengo a mirar algunos universos que imagino, alguna cantidad, y diez modalidades de los tiempos (entre gramáticas y entre otras muchas dimensiones): y así, te beso, me callo y continúo. Así, con la solemnidad del día, con cada inefabilidad descubierta en los cimientos físicos, con cada signo negro de luces contenidas, con voluntad de amarte, te descifro: con códigos cambiantes, con actitudes que se van acostumbrando a las luces, a las sangres amorosas, a las tinieblas estéticas y juegos de pureza entre pecados. Así, con todas las contrariedades, nace de toda geometría lingüística tuya una mía, ¡hasta que formamos con topologías de amarnos un siempre amarnos!

Cosmos En ti todo se expande y se contrae; en mí todo adelgaza para ensancharse luego; así en nosotros se forma un color del tiempo y supercuerdas de plata, y singularidades de anhelo: ¡juntos debemos formar un universo nuevo!

De la mañana a la noche Cada día un anhelo, cada noche un apremio, sólo en pensar en verte me olvidará ya del tiempo.

lxvi

como a inocente conciencia, como ignorancia ante estanterías.

Amor, del más barato

Carta cuarta ¡Ah! ¡Qué fácil era pensarte, niña, mujer! ¿Con qué caricia, con qué beso furtivo e inefable, te hallabas más cercana a mí? El territorio del amor era infinito desde que amaba todo lo que era alrededor de ti, todo cuanto pertenecía siempre a los ojos de Eros en mí: azúcar, mar, baile y canto. A veces veía sirenas salir de las coladeras, de las avenidas a ritmos lentos, con enormes tridentes rosas, como enamoradizas quimeras: y así, tú eras; y así, yo era... ¿Cómo viniste tú, inmensa espiga?; ¿cómo se atrevieron tus padres a formar esa belleza?; ¿con qué colores se pintaron las banderas para que llegaras a esta tierra: a estas carreteras donde siempre alguien camina con algún sombrero? (¡No sé! ¡Déjame verte!) Déjale mirar ¿No ves la insistencia del niño? ¿No ves que sonríe si te ve, y que al tú verlo ya ríe? ¿Es acaso que tú piensas que te toca en sus miradas y te quita toda tu alma? Sabe que no es tan malo el sólo echar un vistazo a aquella la golosina que de verla ya extravía lxvii

Lo quiero de sandía, de guayaba y de melón. Lo quiero de a centavo de alma, no cortado en retacitos; barato como mañana, de carne y hueso, con pilón. Lo quiero de sales también. De sales porque te vas, para volver sin horario, a este mercado nocturno que lleva a mi corazón. Si vas para la tienda y en tu camino te encuentras que te regalan amor, tráeme dos litros, mujer, para saciar mi garganta. Porque a las tres de la tarde yo lo que menos quisiera sería no comerte hoy.

Estoy solo. Te estoy amando enteramente y, azaroso, golpeado por un otoño que aún no existe, con simulaciones de tinta que llamo sentimientos, te escribo en cada no poder abrir los ojos; cautivo, ebrio, noctámbulo tuyo, todo tuyo hasta olvidarme. Debajo de esta sábana blanca me encuentro como a un cuerpo, y soy ajeno a mí; y te estoy amando, temerosamente, como desde todos los tiempos sin presente: eres lo que serás y lo que fuiste, porque no te veo. lxviii

que odia o no siente nada. Cae de mi mano un vino de mares plagiado de los cielos. Y, frente a mí, todo es una inmemorial espuma, vapor-quimera, una cenefa alegre ciñendo el vestido azul en que habita mi cuerpo, en que respira ese yo que ni yo creo. Resultas de piedras que cantan, como una fantástica alergia: soy más débil de cosas, de mundo, ante tu presencia. ¡Me muero! ( ¿Por qué habría yo de explicar este morir? : sólo razones sobradas para un alma ) Sólo acaso he sabido que no brilla la luz de un sabio como la vela del pobre, que no más ve entre sus manos que su esfuerzo y su valor. Yo no sé si un mundo se place, si un feudal se crea un dios, o si algún inteligente no tenga fe en el amor. Sólo sé que no he sabido reconocerle al hombre un algo: que si no tiene su esfuerzo, no queda más que por deudor. Sólo por una vez Yo no te conozco. No soy siquiera digno de ti. No te amo y no te odio, pero tampoco... tampoco te desprecio a ti. Sólo deja que yo te hable, que te crea en mi realidad, que no sea sólo una imagen esta posible amistad. Sólo una vez.... una vez, no más.

Moriré bajo tus párpados Moriré bajo tus párpados la dulce tristeza de no existir. Escucharé, ahí, en tus labios las crónicas tónicas de algunos besos. Y querré, en fin, que tu quieras todo lo que no quieres que seamos.

Verso horneado en estío Mañana hasta los versos que a veces nos han querido, que a besos nos han mentido entre sus viejas estufas que al aire dicen estrofas, dirán quiénes son nuestros huesos.

Esfuerzo y hombre Yo no sé quién es el hombre, ni que le va ni que le viene. Yo no sé si es que ama, lxix

Me puse a calcular cosas de estudio que no recuerdo ya. Pero en algún momento intenté la cuantificación de amor y disgusté su herrumbre; e imaginé, más bien, su metalurgia: mineros del sentir limpiando su pasión para crear metal blanco-platónico y hierro-fortaleza; reconocí que debía haber una aleación deseo-instinto-sabiduría en alguna parte fabril de mi quimera. Y frente a la calculadora, ante imágenes eléctricas y extrañas lxx

para cualquier pretérito de siglos, creí reconocer algún grado de perfección en una magnitud incognoscible. Lo cierto es que extrayendo de raíces cúbicas y cuadradas, otras, sin forma alguna, llegué a redescubrir la ecuación de Dios en la inecuación del universo (que no seamos iguales es razón para querernos), basando todo cálculo en un número distinto de cero e igual a ningún número en que hubiera voluntad de sonreír ante toda la futura aleatoriedad de los destinos. Y todo era en un orden de magnitud tan grande, que ni la muerte, podría superarlo. Yo te amaré con una voluntad de magia, hasta que juntos lleguemos a ser otros; y siendo otros nunca nos olvidemos de los que somos ahora; y, siendo ahora, nunca hayamos sabido que algún día no nos quisimos.

Vaciar en copas de paz la violencia que he pasado. Cantar en la vida, como en la ducha, el himno del hombre (del verdadero) que es más cercano y tiene dos sexos que son primeros; porque somos tú y yo: somos, mujer, como un humano... ¡he decidido ser hombre!

El amor olvidó su calculadora El amor olvidó su calculadora: la dejó en el metro; la dejó aquí, entre tus notas, en mi cuaderno; la dejó en tu casa, entre tus cosas y cuerpo. El amor olvidó su tecleo de besos y se perdió entre exactitudes, entre volúmenes de dígitos y de puntos que no somos... ¡que no somos iguales! Ser hombre Desde hoy yo te lo digo. Desde ti para mí te digo como un ser humano: ¡he decidido ser hombre! Matemática lingüística Quisiera derivar dos veces el cielo para ver si me da el infierno. Multiplicar sueño por sueño y conocer cantidad sin tiempo. Y cantar al mundo una matriz de sorpresas. Y reírme de la división de amores. Equiparar la lluvia a un invisible fractal, y fraguar en la mente una raíz informe. Y luego extasiarme al frenesí de la cifra que besa a la letra en su primera cita. Para después integrar infinitas almas ante crepúsculo y valle, lxxii

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en notación científica. Tocar el vector de nuestras pasiones guardar en memorias dos corazones; mayores que el éter, menores que todo el conjunto armónico de nuestros espectros. Así pasar, por aproximaciones, al súbito orden de geometrías de sueños. Todo esto desearía yo hacer, si y sólo si no sufro antes un mal de amores. La brevedad me madruga - y se ha sentado a mis ojos cuando semeja cortinas que pronto habrán de caer. Se me figuran oscuros cuantos pensamientos recojo, al anhelarme unos besos en toda tu cándida piel. Y la alborada se cierne, y difuminan estrellas a la sazón de tus formas (¿qué son, mi tierna gacela?) Se ha ido ya la noche, y a la luz de tu recuerdo yo me veo y yo me creo… ¿me creo yo más que este sueño?

Requiebros para una lejana amada Voz quieta que del estío me vienes, aroma intenso que en el tiempo te pierdes, ¿por qué me has dejado a la soledad de un te pienso? Trepidante ola te me pareces. ¿Por qué te vas cuando más me dueles?, ¿por qué te alejas de mis querellas al dudoso fin de mis amores? Si no fuera porque me fueres la más bella de las mujeres, quisiera ya no me vieres por vez última ni primera. Luz que bogas del sur con ojos de alegría serena, teñidos del roble de un Pintor: ¿por qué no regresas, sirena? Insomnio lxxiii

Metodicidad Fragmentar el tiempo; aclarar un azaroso delirio de vivir; completar cada actividad en cubos de aire, en su momento; revisar cada día en multiplicidad de divisiones casi infinitas; recorrer descriptiva y objetivamente lo nuevo del deber, y pensar casi el segundo, destinando nuestras vidas. Haciendo a cada rato un desciframiento: el de formular la crónica cortedad de lo que creemos, de recorrer en un jardín un país entero, y someter la voluntad a un solo criterio: el de perder el tiempo creyendo y creando nada nuevo. Nada, mas que gravar una lápida en el corazón del pensamiento: "Aquí muere movimiento, palabra y sentimiento. Aquí no hay maldad, ni tan siquiera bondad Aquí sólo se permite ser espectador; ser capaz de ver lo que los demás no sienten, lxxiv

por ser incapaz de sentir lo que se ha visto".

Nadie fue más dichoso el día que te conocí. ¿Cuánto tiempo antes no pensé conocerte? Como si en mí te hubieras anunciado. Como si hubiera destino, mi voluntad te encontró. Garza. Te amo porque sabes hacer lo que mi rostro no y porque en tu sonrisa vuela el sol.

Rostro de amor El amor no tiene voz y grita; no tiene ojos y llora. Y sin labios álgidos o estáticos el amor se nos va, quedando. El amor no oye y percibe, y en su siembra está su cosecha, y en su silencio contempla y recuerda olvidándole al hombre su muerte. Camina, corre, navega o vuela sin pasados ni algún futuro, sin llantos ni desesperaciones; con su eterna gloria en la tierra. Es sentido en sangre doliente, y el silencio más estridente. Un alma que habla incorpórea la esperanza más real, más diaria.

Ilusionario Quiero llorar que te pienso ebrio de sobriedad, al frenesí del tiempo y en quimera y en bondad. Quiero cantar que te escribo

en medio del vago aliento que me deja sin estribo el eludirme tu afecto. Creerme que tengo fe, birlarme tu aroma en un río, sentirme en la propia piel el sufragio de tu cariño. Y luego en la noche plasmar un tiempo que sea crisol del cielo de tu ultramar: que seas mañana fulgor.

(3) Al final Garza: Niña del castillo blanco, mirada tras una camioneta azul, el día en que te conocí. Avecita de alas morena y blanca. Nadie tiene tus ojos, pequeña y alta; nadie. Asoma tus ojos anchos o lagrimosos; tu risa limpia o tus labiecitos al prisma de mi alma. Garza: vuela sobre mi charca del corazón. ¡Vuela, libérate! Corazón nube: ¿adónde estarás?; ¿adónde brillarás ahora y con qué pasos?

Carta x El día que se comienza a amar, amigo mío, es el primer día de vida: todos los días de vida son siempre los días de amar. (¡Y toda maternidad debería saberlo, debería desearlo así para hacerlo así nuevamente!) lxxvi

lxxv

Yo rememoro con alguna ternura débil, como aquellos soles que van ocultándose a lo largo de un verano amplio y purpúreo, los días en que mi madre cuidaba ostensiblemente de mí a través del rutinario acto de la finalización de los días de clase: al final de un gran túnel gris estoy sentado sobre mi portafolios inmenso, azul con cintas plateadas; esperando que algún minuto me salve del regaño inminente que vendrá debido a que se me ha hecho tarde jugando fútbol. Entonces, pienso en mi hermano y yo: éramos únicos; pero el auténtico crisol vigía de las cosas, a partir del cual nacía todo esparcimiento nuestro, era una mujer abandonada por la muerte de un hombre moreno, algo ancho de mejillas y excelentísimo en cuestiones de esfuerzo; una mujer poco penosa que habilitaría, con el tiempo, a dos personas a pensar en posibilidad y algún logro: mi madre.

es retrato de su alma que me exclama que me ama, sin esperar mi sentir. Y en ausencia de mi padre a mi Dios no ruego nada, pues es como una alborada la presencia de mi madre.

Manda miento Te lo digo aquí. Sin tablas en roca grabadas te hablo de mi coerción: que me obliga un diablo, un dios, a no decir más que palabras que no significan nada, ni poemas ni mujeres, ni flores ni tú, enamorada. Palabras que con susurro, estremeciendo mi débil alma, me han dejado como a un niño; tan lleno de sumisión y absorto en ninguna noción, que no sé si seguir su llamada: "Te ha mandado tu corazón un miento como un denuedo. Deja que sea tu cielo la sinfonía del amor, amor".

A mi madre Es su voz la más amable y acaso sería poesía; de corazón envidiable, y a quien más ya no querría. Si el mundo me desdeñase y si el rencor me abatiera, me quedaría la más bella: la mujer que al bien se ase. De vez en vez me reprende por desvaríos sin fin, o caso por lo hablantín, mas al callar me comprende. Cuando el alba se incorpora al cantar de ruiseñores, ¿no es reina de las flores, y el esplendor de la aurora? Su dádiva al consentir lxxvii

Pasan, pasan todos los días: los de lluvia con reverberaciones luminosas y breves en el asfalto, los de las calles más sórdidas; y yo no quiero despertar; nada quiero saber del mundo... mi vida está dirigida hacia ti, y tú no estás.

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Me rompo mil veces, conjuntamente, pensamientos y corazón y risa; y llego a ser el peor hombre, porque te amo hasta el olvido de quien yo he sido... Agonizo con los brazos somnolientos; y estás en todo pensamiento mío, así que ya estoy destruido: en ti, únicamente en ti, yo pienso. No hay doctor ni psicólogo que sepa de mi vocación mortífera, y menos aún que no me incrimine cuando podría "culparme" como actitud o delirio; no hay salida posible que conozca nadie -ni yo mismo-; y me siento a contemplar todos los días el traje del suicidio, los desventurados solsticios y el cobijo de una luna invalorable sobre los derruidos edificios. ¡Un carajo me importan las lluvias en mis pies desnudos!, ¡un inmenso vacío llena toda ciudad y todos los corazones de un batallón de faltos de amor que "todavía creen y aman a Dios", aún no siendo demasiado capaces de darse a sí mismos, aunque sea con cortesías de niños! Mas dejo pasar el tiempo... y admiro a todo aquél que, con todo, no pudiendo hacer lo que quiere cuando ama, se mantiene en este mundo por algún destello, por alguna obsesión mínima de la supervivencia como modo de la vida... Tal vez así pueda pensar amor, amor, en letras de sexo, ¡hasta invocar el querer a toda costa, incluyéndome a mi mismo y comenzando por lo mínimo!

Te has ido ayer, pero no llevas en la maleta el azúcar de la cuenca en que has vivido (que has dejado aquí, aquí). Porque entre tus planes no estaba quedarte...te has ido ayer.

Frugal Me he cansado del hastío de mí, de los marzos que florecen y luego se quedan sin habla. Me he fatigado de cada bebida y alimento, de este comer que me traga, de las pastos agrietados entre almas, y de la eidética inerte juzgada. En la noche siento que he caído al fulgor intenso de mis soledades, y percibo en el estruendo más friolento colorines, chapulines y siluetas, que ya al tiempo me les vuelvo agrias, como si el vapor sórdido y bruñido de alguna ciudad de témpanas personas me fueran ayer las transparentes lágrimas. Así decide el callar nacer. De la célula simple al regenerarse; del crepúsculo alegre a la inhibición violenta, en forma que los ruidos me tragan: girándose al súbito estruendo de la grosería, me lanzan en sus áridas laringes, tragándome los días en pasarme a su sartén.

Te has ido ayer Te has ido ayer para guardarte en el cajón del silencio. Te has ido de mis días, de mis noches, de mi muerte que me ha dejado aquí, viviéndome. Labiecitos de coral; cabellos de mar nocturno; ojos de pasado mañana, de canica y café en cristal. Todo en fin, lo que no habías acabado de ser, se ha marchado a tu tierra por el cielo. Te has ido de las avenidas de mis besos, de la confitería de mi corazón, de las líneas de los libros que no te leyeron aquí; de tus ratos de manzana roja, y de un diciembre que se olvidó de escribir.

Amar, sin querer ¿Qué tanto se reprocha al sufrimiento?: ¿quién no lo ha vivido?, lxxx

lxxix

Tal vez el que no vive… el que no arriesga a amar, porque sabe que puede caer en dejarse volar;. y acaso sepa también - ¿acaso no lo sabe? que nunca ha tenido tal amor. ¿Quién puede decir amor sin significar "para mí"? ¿Quién puede acercarse a la certeza del infinito? ¿Quién es más que éste amor que lo pueda percibir? (Yo, yo al menos, no lo soy.) Sólo puedo creer en ese amor, y así, decirte que te amo. ¿No será acaso que no te amo? Tal vez, en algún mundo, sepa que amo sólo mi visión de ti; acaso sólo eres tan grande en mis ensueños, y acaso no sean reales mis amores todos. Como en una realidad, he soñado que te he sabido amar. Porque amarte no es real, es tan sólo una creencia: creerme que te puedo amar, sin sufrir que tal vez la realidad no muestre nunca a nadie algún amor. Y luego ( para acabar) saber que no te quiero amar, pues no son míos estos sueños. Si yo te quisiera amar, ¿no querría entonces amar a otra mejor? ¿no haría miles de juicios de otra, de otra más amable? No, yo no puedo querer amarte, es tan sólo que no puedo amarte queriendo, pues aunque no lo quiera: te amo. ¿Amar así y nada más? Nada más conozco el amor sin querer: el que sufre porque no sabe si a él o a mí me amas, porque a mí no me sabes, sólo me puedes creer. Y es que acaso cuando me amas sepas que sólo sabes que crees que hay alguien más lxxxi

que sabe lo que tú crees.

Entre te amo y me quieres Nos hacemos estambre: tú entre mis brazos como hoja, y yo como enredadera. Nos hacemos dos locos: tú entre mis neuronas, mis páginas y pulmones; y yo entre maleza, ni de jardín ni maceta, ni de campo ni primavera; sino entre labiales y polvos, y espejos de alguna bolsa, de martes o de domingo, ya lluvioso, ya florido. Porque jugamos tan sólo, saltando nomás con un pie, y en la vía de un avioncito que nos lleva a cualquier rumbo. Y nos cansamos y luego, te cuestiona mi sudor si es que tú me amas también. Y me contestas entonces: "Mejor jugamos de nuevo" Salimos al parque, y me haces trampa otra vez : porque entre te amo y me quieres, no quiero dejarte ganar. Porque juegas a quererme y yo te he jugado a amar.

Distanciamiento Un metro de tu casa a mi casa un autobús de tu piel hasta mi piel y un desaliento de tus hijos a mis ojos.

Cómo es que no he sabido quererla La quiero ahora, la quiero frente a esta palabra. La pienso, la siento acaso, a estas las tres de la mañana. Y yo no sé si esté aquí (si tampoco no quiera estarlo); mas se guarda en mi corazón el recuerdo intenso, el súbito mareo de la madrugada del jueves.

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La quiero sin conocerla más que muy poco; lo suficientemente poco que me bastaran tres días, dos noches, una corta vacación para sabérmela amada. No cabe en mi mente, no se atina a concluir en mi pensamiento el sentimiento de saber que una antipartícula, un espejo, un ella misma, esté probable, casi seguramente ahora frente a mí. La guardo entre mis arterias, entre la noche silente, entre el mar de sus cabellos, al norte de sus desdenes y al sur de su aura celeste. La guardo tan lejos de ella para tenérmela más cerca, que ya luego caigo en cuenta del sentido que me creo al pensarla con frenesí. La pienso - ¿yo la pienso? -. El amor me piensa que la veo ahora frente a mí. Y la abrazo por el talle, y me renuncio a mí mismo, y nos vamos en mil caricias, en un sólo beso, a la nada del aroma, al tiempo, al tacto, al dulcísimo reconocerse en alguien, bajo la Tierra, sobre el cielo, en nadie, en nada, más que en mí. Y se va con su ceñido vestido azul y con su blusa rayada, y sus piernas de balaustra pequeña; con labios minúsculos de flor para colibrí, la mirada en el instante y la preocupación del futuro. Con un aburrimiento redactado en el alma, se va sin que yo la sepa más, sin que yo la quiera más, hasta que pasen quince días, como una sentencia. Se va cuando mi voluntad la acalla, cuando musitándome con sus perlas tónicas, dibuja en mis hombros un adiós a las ideas: un último abrazo a aquel día en que me he confesado - sin sentirme pecador- cómo es que no he sabido quererla. Grito de amor Yo quiero que los silencios hablen, que griten y luego callen con su garganta indecible, con su fragor de amores que por las personas corren. Yo quiero un amor sublime, lxxxiii

silente como el crepúsculo: que no me reprenda el ser, que no me diga un defecto, y no me quiera a su querer.

Elle, elle! En sus sinuosas formas y en su breve indiferencia, sobre sus cabellos húmedos y su paso bamboleante se han inscrito unas veinte miradas: es hoguera que es hospicio, fragilidad que incita, tierra volátil de ensueños. Trémulo las más de las veces, sin mirarla, con recelo de mí mismo, dejo mi cuerpo al sustraer de sus labios besos que no se han de escribir. Ya para cuando la miro, con el miedo en el alma, nos encontramos un instante abisal que sé ( de tanto creerlo), se habrá de prolongar no más que en mí. ¡Ah… ¡somos tan parecidos!, ¡ah!… ¡somos tan diferentes!: que la soledad nos transporta a otros mundos y se confunde entre diversión y tedio. Amamos lo lejano, lo inasequible. La amo a ella mientras, hablándome, ama a alguien que no la sabe. Le hablo de los cielos, le subo la Tierra a las nubes, sin decirle "para ti" en el habla, y con la breve sentencia, con le evasiva máxima: "sólo he sido un poeta".

lxxxiv

Me corren nostalgias por sus venas, cuando al frenesí de su deseo le digo que es quién para ser amada, para después callarme su aroma. Y se sonríe de su amigo, de su nunca amigo yo, mientras no me rechaza - para no aceptarme -, mientras que no la violente, y en tanto no sepa ella la claridad de esta empresa. Entrada la noche la voy olvidando, pensando en aquellos que "no la hemos de amar": viviendo cantando el fragor del recuerdo, pensando, abstrayendo, soñando, entendiendo el dulce silencio de su mocedad. Es para no ser nada mío, y así, ha dejado de ser para mí. Como un dogma de no amar es la verdad de todos y una mentira mía: es ella, pues no somos. Sólo ella es, no más.

y no he existido nuevamente, ni me miro en espejuelos de pupilas: soy luna aún más resplandeciente. Yo no me veo en el cuerpo ni soy cantidad alguna, y soy sinfonía del silencio. Soy yo: tu interioridad.

Yo pienso. Yo soy cada copo de penuria en el invierno de las sienes, cada horror de mis errores. La madrugada llega a mí y me trae estas filosofías cegadoras, de furor, de abismo y de nostalgia. Y tú lees cada palabra como si fuera ternura la tempestad y lobreguez el regocijo. Pero nadie nos conoce, y los dos nos meditamos absortos de ignorancia mutua. Y sin embargo, tal vez haya algo superior uniéndonos: siempre lo habrá allí donde haya dos pensándose mutuamente.

Amar es ser ¿De qué te sirve ser si luego, al ser, no amas, si queriendo no puedes ser un amor que la voluntad olvidara?

Complejo de amor Quien me digo soy Yo vengo de piel de flores y de un aroma a profundidad. Fui cálido día en que nacieron colores y murieron pálidos, enfermando penumbra. Recorté el sol a la oscuridad, y el negror a la alegría, y beso y mañana sentidos - que no se dieron jamás - . Soy luz de ayer amanecida, lxxxv Tiéndeme, acaríciame, cobíjame del silencio de tu irreflexión. Cae como cuenta de cabello, ensanchamiento fugaz. Porque estoy perdido… bésame, tatúame lxxxvi

e inquiere con tus brazos bríos nuevos de eternidad: de tus uñas, y tus orejas, y de tus santas diabluras. Porque soy nada más tu reloj… articula, examina, y confecciona mis risas, mis ideas, mi lengua y mis aficiones. Porque soy tuyo, complejo de amor. Fobia Tengo miedo, con un temor de romano o de griego. Tengo miedo de tus ropas: tus pantalones ceñidos y grises, tus pants magenta y tu floreada blusa amarilla y verde, y tus playeras de delgadas y lisas telas. Tengo miedo a esos ojos redondos y pequeños que me subyugarían sin que lo quisieras, creyendo, pensando que te amo. Tengo miedo a tus cabellos de burbuja, caídos hasta tus hombros, castaños - a veces ondas húmedas, a veces curvas secas -. Tengo miedo de tu rosa de labios, de tus pestañas arqueadas y tus delgados antebrazos. Y de tu piel yo tengo el mayor miedo: de tus poros canelas, de ese sudor de pera. Tus dulces piernas, tus cortos pechos, tu rostro delgado, son pura claridad, son pura noche en que te he estado soñando: aquella en que sólo he visto la luna, y en que a la misma le he tenido miedo al estarle distante o estarle cerca, porque no le he conocido.

Subjetivo y ¿objetivo? ¡Qué guapa!, ¡qué guapo! (tintinean las campanas cuando hablan de sensualidad, como si fuera una ley.) Dime tú: ¿qué dicen las campanas cuando del amor hablan?

Muerte de amor Te quieres morir mañana, amor, porque te ciñes tumbado en mis venas, y me sofocas y asfixias. Te quiero matar, si no: compunges por las mañanas, me pegas, resignas y empañas. ¿Habrá llegado la hora en que vayas tú a morir? Con la lágrima última me lloras con incierta fe; yo, con un estrépito, me muero, me muero de ti. Habría menos dolor si el amor muriera.

Réquiem No quisiera saberlo, mas ya lo he sabido este día: que te vas, bella posibilidad, dejando de existir. Yo me quedo sin querer llorar, porque hago de mis lágrimas palabras -¡ ruidos, puros ruidos, no más !-.

lxxxvii

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Ave de pardas plumas en el estrecho amar, que cortara de raíz el amor en la amistad: has sido todo lo que nada ha sido. Ya no quiero, ya renuncio. Me muero abrasado en el oscuro lenguaje que antes avivara mi fuego de ti . Soles vestidos de luna, enlutados, irán vagando, cantando la triste noche, como esqueletos perdidos, arrebatados. El vaho de tu amor a mar llegará, y sólo en mí recordarán las letras tristes palabras que no persuadieron . Si sólo fueran palabras...

Cotidiano amar Te quiero en los grafitis del autobús: tu nombre estará escrito por ahí, en alguna parte. Te quiero en esa ruta de San Ángel; salido de una cuerda anaranjada y hasta mi invisible calle. Entre grises adoquines subterráneos, calles llenas de pitidos y de anuncios comerciales, hombres smogeados e infinitas filas, te quiero oída al centro de mi ensueño. Llegado a casa, otra vez en más de mil, más queridas estarán tus manecillas delgadas: reloj taciturno que habrás sellado el tiempo en un intervalo sentido de las ocho a las ocho y media. Me habrás olvidado cualquier odio a mi ciudad, e iré para un hogar, sosegado y cotidiano, para amarte, como diario, en chocolate y pan.

La mar y el volcán Tiembla en mí. Lluevo a tormentas chispeantes, caigo en un submundo oceánico de supervivencia de ti. No hay otro como yo que no te odie así: amándote con esa fuerza de destino voluntario, y el sempiterno y húmedo suspiro añejo envuelto de humo siempre tras de tu ser en mí. Tiembla en mí. Y soy a veces como ondas fulgurantes de un gemido atroz. El universo Tú me lanza sus fauces de una mar infantil: A "sufre y vete sin decir una palabra", a "hora primera y sin chistar por nada" nos vamos siempre y siempre yo regreso a ti. lxxxix

Se entristecen las lágrimas Se entristecen las lágrimas: se vuelven calladas, ocultas y endebles. Porque no me lloran, me pierden. Lentas de vida, mortuorias peregrinas vitales. Atadas en palabras, entintadas en su alma, sin verse, permanecen; sin creerme, se me escapan ay tan reticentes, tan húmedas y nostálgicas. Riéndose de soslayo xc

porque sódicas me beben, su cuerpo fluido y robusto conduce a una pasión no vivida: de un trompicón a una neurona.

No, el amor no nace, se hace, se establece, como una constitución de formas; como algo más allá de toda imagen Corazón quimera Corazón quimera que sube, baja y vuela. Errante lámpara, errante niebla. ¿Te amo? No lo sé, pero quien más que yo te quisiera al mundo jamás volvería: su mundo sería tu cadera y su tierra tu belleza.

Para querer y amar Para querer a una mujer a veces se ha de pensar en muchas y de probarlas cual frutas: amando sin querer y sin querer, amar; queriendo a ninguna persona; queriendo tan sólo amar para olvidarse de una: aquélla que no, siquiera, tenga que ser querida para poderse amar.

Si me ves por ahí, llorando Si me ves por ahí, llorando, no me tengas por compungido, que nadie más te ha querido: nadie como yo, cantando.

Cantarina Tú cantas como al aire y con el aire giras en solitarios pasos de cristal. Eres la bienvenida tras el revuelo de mis pies, la golondrina, el aire, el deseo y un breve revolotear. Tú ríes colmillo a colmillo en tu espontáneo amar. Eres mi preferida y nadie (ni yo) te ha sabido soñar. Cercana lontananza Alborozado en mi suerte me soy en tus ojos de arena. Acorazado en tenerme me sé yo en tu lejanía. Como metáfora en ánfora, tu luz es un cabellito ensortijado y tensado, como si fuera tu aura fugaz tomándome por chiquillo. Estructurando un aroma me retiene una sombrecita por ti ceñida al olvido: y cree que tú me amarás, pensándome con decoro xcii

Nadie más inmensa que tú. Tú. ¿Decirte? ¿con qué silencio? ¿con cuáles símbolos? Palabra y voz, luego de ti, son nada. Hay que jurarte, que gritarte con un lenguaje de alma, y establecer de nuevo una sospecha de

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que jamás fue en ti erigido. Canta un gallito a la noche: "Adiós, ninfa mía, adiós".

Quiero vivir cuando muera Quiero vivir cuando muera, y el pasto en alguna colina ría la noche en la primavera, para que no se piense en mi espina. Salidas mis cenizas crepitadas, escuche mi palabra sin aroma la chispeante constelación alejada, al ciego afán de amor sin coma. Pido recuerdos de incienso, y un festín de quienes me estiman, y un silencio de quienes no pienso, como memorias de quienes recitan . Quiero que me digan quién he sido. Sin lloro Tláloc en volcán alguno, sino antes risueño y pleno de ruido, y luego callado, trocado un olvido. Así vivir, vivir en la "muerte"; gritar con azoro el amor que no toca, comer del cielo (¡que sea del más fuerte!), correr y saltar a la mar que sofoca.

Adiós pues regresa el hoy de un crisantemo otoñal. Adiós porque luego saludo a tu alabastro de piel: la piel de un serafín terrenal.

Brisa de cuenca Quiero la crepúsculo del atardecer caída sobre mí como un velo marino; tomando entre su vaguedad las manos mías en las de una mujer. Volada la nostalgia en la paloma, que caigan los cerezos de su fruto como miradas libertadas de los ojos, y olas bruñidas salidas de las nubes. Quiero la noche ensimismada y vuelta hacia su eje como un yoyo, cuantas veces lo diga esta vida amada, cuantas veces no quede muerto en un arroyo. De la noche tonos de chapulín: desde libélula hasta faisán. (Compases para jilgueros. Canto de gloria sideral.) Para morir viviendo anhelo hecha azul la tierra, y verdes los varios cielos de las simas de esta cuenca.

Podría decir que me ha quedado una lágrima alegre Podría decir que me ha quedado una lágrima alegre, escindida hacia el amar y hacia la muerte; y que un silencio tímido va rápido hacia un sepulcro; y yo, encantado, pasivo voy hacia la vida. Podría llorar y luego, intempestivamente, vagar por el mundo de un sueño presente. Mas luego incierto correr por la noche, callar de amores y trastornar la suerte.

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Mas quiero soñar al vaho hilarante, pensarme al fulgor de las lunas inmensas, que ardientes, planas, sinuosas y libres, dan un sentido a mi vida oscilante. Adiós al tonto y efímero canto que dicta en mi alma un ruido nostálgico. Adiós a la nube que estalla en mis sienes. Adiós a ti: sol nuevo inefable. Se ponen a hablar en las calles. Martirizan el tiempo, las sanas quimeras, deslenguados del corazón. Un libelo es una flor, y la Esta carta, previa a la guerra, con que la quise y establecí el reinado de ella en mi patria-corazón y mi bandera-amor a ella; es el destino de mi voluntad en el período que me salí del tiempo para amarla: (4) Los epigramáticos

Gritan con rencor al gran hombre, (al más humilde, al más amable): ¡No me ladres, no me ames! Y furiosos la carótida se les parte y la ceguera el alma se les hace , para que lloren por vez primera, cantando su voz una postrera lágrima. Y el amor ya no regresa, ni azota puertas ni ventanas. No levanta más su voz sin lengua. Se va, se va, abigarrado, infinito a la nada. Las noches se les acaban… Y el amor se les va, se les va, callando.

Esferas luminiscentes: ojos fuiste. Cuadráticos, disímiles, objetivos, el amor se les va, se les va, callando. Han ofendido de gravedad a un amor que les espera, les sonríe y hasta les llora. Se levantan a las siete, a criticar, nomás a criticar, con lascivias en el labios, y mordacidad para almorzar. Las noches se les acaban con un corazón que sordamente les grita su huida y sus desdenes. Hablan del otro, porque se saben vacíos. No son, se han eludido tantas veces, muchas tardes esperando, esperando la visible noche que asome la muerte hacia su soledad. Esferas luminiscentes: ojos fuiste. Gravitaste, amodorrada, como una Malitzin, y pleamares celestiales pescaron rotundamente tus labios pequeños y tu mirada triste. Xipe en trozos de arena: yo te quise. Mandíbulas de obsidiana menudas e inamovibles, diamante enredado en el viento; castañas fontanas caían a tu cobre en tapices. Mi rito diario en la noche mítica serpenteaba en el solsticio, ah tan alto. Colibríes poblaban estrellas cerca de tu mirada. Y tú legendaria, renovabas el aroma en mis mejillas. Te quise y tú no creíste, entre ondas que de tu frente salían (almendras al hombro, humedecidas) que el eco de tu amor existiría por siempre.

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El amor no tiene palabras El amor no tiene palabras, y grita siempre un " te quiero". A veces va en las lágrimas, en los silencios diarios, o invoca con el sabor del sexo. El amor es un nervioso tocamiento, un sinfín que se alardea en cada sueño, en cada parque, en besos que no escuchamos. El amor es una noche de mares estrellados; de reflejos extraviados que aguantamos. El amor es esa voz que grita sin labios, sin más ruidos que un latido exagerado. El amor no ve, no juzga, sabe de nada y saberlo y saborearlo es todo; porque saber de más que del amor es saber no más que poco. Grita con los ojos, besa con la piel, y escucha con las narices el aroma llegado de una mujer, un hombre, la realidad o ensueño. Y el amor, tercamente, va royendo un imbesable beso, vagando en el submundo ajeno, cantando con la mayor propiedad la más alta melodía, y viendo y llorando y riendo un infinito mar; la mar de un sentimiento desconocido y cierto. El amor de campesino labra una tierra ilimitada, o ama reinas lejanas llorando la miel obrera. Y ríe de la noche en la que escapará de la vida, y se irá de nuestras palabras, de nuestra pupila, otra vez repartido hacia la vida humana. El amor se va en los labios, en la garganta y cabellos, y se escucha invisible, olvidando que se le ha odiado. xcvii

Entonces, sin reclamo, sin lloro alguno, el amor se hace el acto de la mejor actitud: la de saber y sentir, que amar es un ave, una nube, una mujer y un hombre y un canon que no se sabe. (4) Nubia En ti me he dado cuenta de quién soy; puesto que si yo te viera, no podría negarme nada: soy tormenta, y luego calma y clamor. Nada más cierto, Nubia, que mi reiterativa mirada a las cafeterías. Nubia. La señorita desvelada, la habitadora de no sé qué casa; y la uva tras alguna señora. No hay nada, Nubia, más cierto que tú. Mi amor de ti fue el más cercano a lo instantáneo, el más breve relato de pasión desconocida. Mi amor de ti ha sido inexpugnable: hay que recordar únicamente tu imagen y no saber casi absolutamente nada de tu carácter para mantener este cielo. (4) Así germinó el amor Así germinó el amor: vino de un pecho, de pululantes cabellos pardos; vino de la bruma del recuerdo y del mañana, y amarizó en mis sienes para susurrarme, para pedirme que le viera. Y sus voces eran tiernas y lentas y persuasivas, y sus labios eran rosas y sus ceños se fruncían. Mirándome, conmigo sonrió, y fue detrás de una vitrina el azafrán, la azucena del crepúsculo en imaginerías. Cálida, fría, latiente o pensante, llegaba a mí la sutil Nubia para que viera sus ojos de tierra, para que hiciera un requiebro a su nácar de piel; para olvidarme el deber del día, de la noche y de la vida. xcviii

así, así germinó el amor. Y yo le callaba, y decía con miradas todo eso que no se dice cuando se teme parir al amor. La tarde en los viernes Nubia vestía de trajes, de vestidos que cubrían su sensual figura. Y Nubia calmaba, para hablar tranquila, el aliento intenso de su parsimoniosa fiereza. Nubia vestía los zapatos más cuadrados, los más disímiles a su belleza. No era sombras ni carmesíes ni rubores; sólo era Nubia, de sortijas abundantes: la que sabía su belleza y su frágil espalda, la que escogía el pensar en lenguas y el hábito de la señora amiga que le celaba sin risas. Nubia, que juntó mi antebrazo al suyo, que me creía y me escuchaba en un par, eludía mi mirada y sonreía cuando todos oíamos el silencio que le gritaba yo a Nubia. Y la núbil nube de mis ensueños se fue pensando, se fue allá donde no la veo con el tierno, el último, el primero abrazo cierto de nuestro despido. Viniendo de un erial fui su obrero, y hoy como a nadie y a nada pienso en la lluvia y sonrío al verme a Nubia tras el cristal de aquél salón de pocos alumnos. Y Nubia, Nubia sigue sonriendo y Nubia está más cerca que yo. Sonrisas de lejos y tocamientos distantes partió para el suelo del hogar de un cielo, y así, así, sin saber de ella, xcix (4) Guiño en el aire. Nubia en mezclilla; extraña, desconocida; bella como sus bellos cabellos de caoba y de volutas; y su hoja de mil letras frente a su imagen perpetuada en mí. Siempre quise verla, y hoy, mirando unos "pululantes cabellos pardos" ¿te mande alguna vez Así germinó el amor?-, cruce la avenida Insurgentes -cinco cuarenta y cuatro en mi reloj adelantado por cinco minutos-. Y Nubia por un guiño del aire. Cruzasol Cruzas el sol tú, Nubia, navegante, y yo te sigo, te persigo y continúo. ¡Ah, eres tan mía desde que no te veo!, ... y tan de nadie. Mi corazón voltea para mirarte, para admirarte a ti absorta, eterna en un instante. Cambia en ti por mezclilla un algodón de imágenes, y todo lo que hoy fue tarde a lo que fueron noches; como si dieras en mí al tiempo dos mitades: sonrisa, abrazo y mesura de elegancia, y un paso veloz azul de eterno encuentro. Bajo el blasón que por Nubia se rindió Bajo el blasón que por Nubia se rindió te contaré una historia que no viene de diabluras ni tampoco de sus alturas, ni de recuerdos que esfuman a la mente que divaga como escucha pedigüeña: Nubia no hablaba tan lenta c

ni muy rosas eran sus labios, y el porvenir ya fermenta en mis ansias otros varios. Y fueron muy pocas veces que conmigo ella sonrió. Y no fue más que una ocasión que se volvió como flor tras el vidrio, al arrebol. Jamás fui tan buen termógrafo para saberme los cielos que con colores de aerógrafo describieran sus señuelos. Bajo silentes pupilas dije lo que no se escucha, hasta confundir tristemente al germen con un aborto. Todos sus viernes no habrán sido trajes, ni siempre tampoco se viera sensual; más bien tras tonos de ropas de estiajes pantera e imagen, se volvió inmortal. Y luego de zapatos, ¿qué saben los hombres?... lo mismo de maquillajes y de ortopedia, a veces. Ni tampoco un sólo humano sabe qué son los celos: antes más bien las costumbres a que llamamos carácter. ¿Cuándo los brazos de aquella mujer, cimbrados con su voz en una par, me habrán dicho que habría de perder y silenciar de nuevo y gritar? Nada de nubes de edades más grandes, y menos pensares a distancias no vistas: deja que duerman tranquilas las sensibilidades, pues sólo un abrazo colapsaría a un infante. Trabajarás muchas horas como aquel orfebre que en más que la nada cifró su vacío; ci

y dirás que no piensas la lluvia en tu fiebre que enseñó en tu suerte quién es pupilo. Mañana sabrás que nadie sonríe como el espejo en que tú te miras. Distintas miradas y manos cercanas llegarán de la tierra para que tú sepas cómo has de rendir al amor un honor. Después de mañana y de noche Así germinó el amor... y luego vino un honor a estropearle su batalla: como una nueva alborada llegó en una tarde, morisca, otra musa, de respuesta arisca. Buscaba los cafés, buscaba un "bs... bs..." en las voces (de noche y día, en las tardes: una libélula de amores capturados por comida. Nunca estabas... Y un día... asido por unas manos dulces, sucias, tan infantiles como nunca para mí fue tu mirada Incertidumbre

Tus ojos son dos bordes del universo; risas lúdicas y manecitas risueñas. Tus labios son los instantes más pequeños; el fémur en la obsidiana y los cabellos de noche. Y son tantas ya mis creencias en ti, que responden a un cielo al que tus pestañas señalan para preguntarme: ¿y yo te amo?...¿y te he amado aún? Tierra, anhelo, sueño lento

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Tierra, anhelo, sueño lento. ¡Vida, vida, encanto a como dé lugar! Me subo a la montaña de la muerte y veo mi vida atornillada hacia tu rostro, como hilo aparte de un ensueño: imagen de las selva inexistente que existiría entre tú, yo y el viento del ecuador de la tierra del amor. Los objetos a lo lejos se diseminan en las nubes como polvos. Todos, todos, allá abajo se enfurecen del sudor de recordarnos que simplemente hemos amado - no sé cuánto uno, el otro, la misma vida en otro rostro. (4) Serenata a una meretriz

Tus ausencias son pupilas de quehaceres no vividos; tu saludo electroimán y soledad tu extravío. Haciendo el odio, como un destino, con nostalgias y dolores y aventuras y poderes (¿quién sabe con cuántos menos?) van tus ojos impecables, van tus pechos de artificio, soñándose entre una muerte que te aliente y que te ame. Te quiere el hambre furtiva en la noche. Te llamas mujer y te apellidas faro. Das luz a los hombres que en tu castillo de esquina, olvidan ya que han sido sus sombras. Anhelo de todos y amor de nadie, te yergues altiva como flor en un parque. Rubia o morena, cansada o activa, mañana venérea: no vivas sin ti como un sol sin planeta; ¡no vivas sin ti!, que la vitrina y la virgen de tu vereda no fueran tan bellas si tú te fueras. Letanía de un enamorado

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Divino sueño idílico, como una pura naturaleza por tan preciada belleza, y corazón más: quimérico. No ha deseado mi Señor que te dejara de amar en el Sol, quien era mar; pues soy yo tu reflejo. Es Aquél quien me encomienda guardar por ti con aliento como lo hace Él por el viento como requiere mi incierta enmienda. Si supieras de mis requiebros en tan distintos instantes, verías en tu presente el antes, serías tu propio sueño. De ti brotan efluvios que letifican humores, que me pierden en amores opuestos a algunos turbios. Luminosos hilos vuelan al viento, siendo afectados; como si fueran alados amantes que se renuevan. Revuelo es el modo mío, pues inocente mirada se tiende como alborada sobre torrente de río. Seas elixir, seas morada de mi ensueño pertinaz, no me tengas por mordaz ¡serás tú siempre mi amada!

(4) Cielo de puntos hecho Mira que de puntos los cielos están hechos, de albores esas siluetas de mal dibujadas líneas. San Pedro pinta en crayola nubes y cantan los ángeles un himno veraniego. Mira que tus puntos están llenos de ojos: un colorín un iris, una pestaña un momento. Las lágrimas de punto caen a punto de romperse entre el silencio: tus ojos: un par de puntos, tus ojos que son mi cielo. (4) Carta nupcial. Recuerdas cuando ya no pudimos dejar de vernos: cuando nos inmovilizamos de amor, de labios y de manos, ante un sacerdote libertardor? Recurdas el lazo que invadió nuestro impasible candor? No fue ayer, amor? No hemos sido siempre aquéllos que todavía seremos, amor? (4)

Nupcias Blanco y negro en atavíos de espíritus que dispares se presentan con más bríos que entrelazarse los mares. Profesan eterno idilio cual sin par antes habido (es de su corazón sabido que amores son siempre asilo). cvi

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Son dos una sola carne de carne que arde de ser. Sabe que no será tarde, quien los bendice, el beber el fluido que arrebolado quiebra enteros nuestros yerros al tiempo que en los destierros coloca al crucificado. Y todo el sentido lo cobra una vida que cariño lo ha tenido desde niño aunque acaso con zozobra. Y se antoja diferente la naturaleza propia que parece ya de copia a la visión del amante. No habrá ya más quietud. Para aquellos que se atesoran queda en sí la plenitud, queda cuanto más valoran; pues el bullicio interno del fuego de una pasión a volcado su sanción en un fragor eterno.

pues no llorabas tu imagen de maculada virgen, y no reprochabas tus ojos especulares de espuma. Flama de antorcha, flama de vela, comulgaban en tus ojos mis quimeras tan mortuorias. Como eras ayer te quiero. En el ombligo de tus recuerdos, en las sábanas de las caricias de tus pudorosos besos. Como eras ayer te quiero como tu piel de alpiste en el pico de otro jilguero. Esencia, de una breve muerta La esencia de mis días, la misma de mis noches: eres tú mi tierna amada. Quien ha muerto brevemente y a quien por siempre en algún edén habré de contemplar viviendo plena. ¡Nos vemos allá mi celeste amada! Nos vemos aquí, que soy ya y para siempre un demente en tu morada.

Como eras ayer te quiero Como eras ayer te quiero: candil de casa y oscuridad de calle; inmutación muy fina, arcilla maleable, costilla de aire y sempiternos cabellos. Como eras ayer te quiero, cvii

Quisiera que estuvieras a mi lado Quisiera que estuvieras a mi lado para siempre quererte, para nunca olvidarte, y sentir mi corazón alado. cviii

¡Ah!, si te tuviera entre mis brazos deseando no más desear besarte en un alta mar, y hablarte sin bríos escasos. Sea el designio del destino que escuches o leas mis palabras (que en mi mente tú las labras con tu atavío más fino). Amor es del corazón lo más perfecto que bello. Pues no hay nada como ello en un mundo de razón. ¡Ah!, si tocara por un instante la cascada de tus cabellos y sintiera por los cuellos sentimientos de un amante. ¡No dejes que yo te pierda! Que no sea el hablarme capricho, que no se extravíe lo dicho, pues a eso prefiero guerra. Granel escamoteado Ya no te he visto, mujer. Caen las gotas de los días y yo sigo sin verte. Y me preocupo de mí, que no sé vivir sin mí, porque me dedico a sentirte sin el permiso de nadie. Si caen por algún lugar tus ojos, en alguna parte del infinito valle en que nos encerramos por días enteros, no han de caer en mí, sino en el silente atrio en que no te escuchan mis manos que te describen al aire. Tus párpados me siguen; y tu imagen se ancla, tierna, en mis neuronas, al maizal de tus canelas y tus labios de ciruela. cix

Voy en busca de tu sombra, a través de un muro doble: tu presencia de fantasma y tu belleza inefable, tu saludo ya intangible y la espora en que te espera este helecho que es mi alma . Estás a un metro, a dos, a quién sabe cuántos segundos de mis pasos...y un duende juega dibujándonos invisiblemente.

Hasta cuándo Hasta ayer te habías querido a ti misma. Hasta ayer eras flor, geranio, gelatina. ¡Titila fuerte, como día! -te decía-. Hasta ayer tus dedos, tus brazos y tus orejas se movían, como muñeca parlante y como niebla pasiva. "Olvídate de mi féretro. Levántate y vente; y tira a algún pretendiente en bolsas vacías de basura." -rebotan ahora, lejanas, palabras en mi memoria-. ¿Hasta cuándo?, ¿hasta dónde diablos, dioses, dejarán que regrese hasta ti, señorita ?

Uña libertada Uña bruna, uña clara, uña mestiza, cx

huye al viento por las sandalias gritando así: ¡aire, tierra, escapatoria! Uña de carpo, uña de tarso, escapa de mí en crepitarte en un momento como cortada, mas defendiendo toda tu alma para cantar así: "¡voy a mi patria! Voy al desierto con mi bandera pintada de rojo, pintada de negro. Me voy de ti." Desde el cielo un jaspe ensangrentado Desde el cielo un jaspe ensangrentado corta el amor que a nuestros ojos a cambiado al cielo bienamado y ha roído al vaho encapsulado. Desde el cuerpo que tu cuerpo ha amado canta el sol versos dirigidos a tu oído, cual raíces escarchadas en tejados e hilos de vapor en el mar corroído. Por tu alma que escuchará mi cuerpo la súbita marea eclipsará tus manos. Y entre tuertos y veloces agujeros querrán tus ansias los bosques y los prados. Para que no seamos amados por el amor increpado quiero amarte sempiterna, serena, conmovida cxi

de lunas y de atmósferas de fardo: quemada en una hoguera, preciosa y sucumbida.

La burocracia del alma Me formé a la fila de todos los que te quieren, sin destino ni boleto, ni adjetivos ni escapulario. Revisé toda mi alma como primer requisito, llenando solicitudes que examinaba tu cuerpo. Y firmé sobre las hojas verdes de primavera trescientos mil documentos de besos de madrugadas. Y con tu vientre sellaste entre mi cráneo y mi pecho, entre tus uñas y limas, una y mil noches de discreción y de lunas. Y te entregué todo a tiempo: pagando los muchos pesos de faltas de cortesía; marcando al pulgar derecho el tinte indeleble de aliento a tus papeles fungidos. Pero pasaron las horas para que amaras y vieras los cientos de besos que tengo entre el colchón y la almohada.

Porque soy un estúpido cxii

Porque soy un estúpido nunca veo bajo tus ojos y entre tus labios sino mi cuerpo. Porque soy un estúpido no sé como amar (ni como admirar) tus pasteles como a tus pechos, ni a esas dos piernas que como columnas pintadas al óleo en tu caminar, no quiero yo sino tocar. Porque soy un estúpido, con voz de futuro ya dije ayer que me perdonaste, cuando el silencio entre tus ojos como en mi alma nos volvió la espalda, por no llorar y para no decirte que te entrevera bajo las cuevas de este palacio que no es la escuela; que son tus manos, que son tus voces: dos nuevos soles a quienes no quiero, pero que en mí movieran una mar y una tierra. cxiii

De nada valen los sueños ¿Qué habrá dicho entonces la realidad sonora, la realidad fulgente? Habrán pasado jurisdicciones de vellos, inextricables sabores, tu ombligo en concavidades, y el invisible lado de tu desértica atmósfera: nada hubo que fuera yo. Auroras terrestres; constelaciones en lagos; y entre sistemas de soles, adscrita a las muchas cosas descrita por tantos quiénes, nada de realidades. De nada valieron los sueños cuando no se realizaron. Por su placer futuro, por celestiales funciones, nada como tus uñas, nada como las calles que esbozaron tus caderas; el vaticino en tus senos, la geometría de tus cejas al tejado de la noche. Será la realidad que sueños seas: que nada valgas y nada quieras si no te quiero.

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Amor crepuscular Amor crepuscular para volver a amar. Caído de ventiscas y amado en el armario. Recuerdo que se asoma inquieto y pedregoso.

Sus voces se escucharon de ultratumba en un lagar soñado. Y yo solté mi cuerpo hacia ese mar arrebolado. Hoy vi una estrella, sombría y quieta, escalonada hacia el cielo. Unas manos dulces, suaves, y firmes senos varados en el puerto de un abdomen. ¡Ay, triste de mí!: reconocí a lo lejos el grito del amor escamoteado.

¿Por qué, amor, fuimos amigos? Volumen del estío, del cielo enarbolado. Amor que se contagia. Amor que no fue dado. De cuerpo de fragancias, con alma de denuedo. Amor que se sonríe y cuenta entre vapores la fiel, la triste historia que fueron tus amores. ¿Somos o fuimos, nosotros, eso? "Adiós" –la mímica sutil de tu morena o blanca mano-. "Adiós" –qué fácil era verse para perdernos inmediatamente-. Pequeñita, frágil, de zapatitos blancos, azules, sucios –tan grande en mí como para tener ¿Por qué, amor, fuimos amigos? Tú soñaste conmigo, en el mundo, el sexo contrario; fuego de olas dulces, primaveradas. Tuviste entre las manos sabores de arco iris, bemoles entramados de veintidós de marzo. Yo tuve el amor anticipado, rápido, voraginoso, atando mi vida a una piedra de lamento del tamaño de tu sueño; tu mirada ante mis brazos abiertos como una cascada de pasiones de riesgo. Penumbras, calaveras estallaron por tus besos. Y fuimos dos amores a distinta gente amando. Tú, yo, hemos visto borboteos de amores: "mira hacia allá: mujeres esperando, hombres también". El corazón deslustrado tiene un túnel de ambages artificiales. Pero sigue amando en un pozo el difícil amor sin amistades. (4) Artemisa Ayer estabas tendida: soñabas suave sobre la noche, brillando. cxvi

Hoy vi una llama azul que saludaba a lo lejos Hoy vi una llama azul que saludaba a lo lejos. Sus ojos se cubrieron de un cristal rectangular en marco negro, o azulado. Y yo miraba aún más dulce su infinito cuerpo. Hoy vi un otoño nuevo brillar sobre el tejado.

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Ven a mi alma: perpetuo torbellino de nostalgia. Le dije a mi ángel oculto, pensando, que me escondiera de gente cansada. Y hablándote de ti misma - callando te dije cómo te quiero: cercana. Amaneciste de nuevo hablando como hija de tu familia: de lejos. Ayer estabas al norte del tiempo, y hablaban de ti mis manosrecuerdos. Como creciendo de vida, teñiste, entre tus lisos cabellos, dorados. Ayer te dije un "te quiero" -lo juroy quise volver jamás… y muero. Quédate aquí, abigarrada de soles; lavada en un aguamanil de rosas.

Para que no te vayas nunca, te quedarás aquí. Un corazón te lo dice en la aguja del deseo: hecho humano, a fuego lento, como tu risa naciera poco a poco de lágrimas de parto. Ven aquí, amor. Tus ojos anidados en mi sueño caerán en la savia del amor. Ven. Mil veces ven: para que no te tengas que ir.

Jurisconsulto de besos, conocedor de nada Jurisconsulto de besos, conocedor de nada, menudo marinero en el estero de tu aroma, placido de las risas de tus dedos, iré hacia ti, anclado en la simiente del sereno. Apilado entre los libros de tu boca, mi nombre se oirá tras de tu lengua undosa: tierno, en sigilo, con garbo y oscilante, como un pedazo de agua perdido en tu memoria. E introspecto de mi alma acerada caminaré hacia ti un día de la hora: atómico del párpado que espera me digas "hola" en el repullo de tu encuentro. En tu futuro y mi féretro Entre el verdor solar y tolvaneras del alma, escucharás mis manos que abrasadas te dirán un himno solitario cxviii

Ven, amor, a este llamado Ven, amor. Te lo diré una vez; una, que es esta vez: ven, ven conmigo. Abriré el dulce secreto que guardan las palabras en tu boca. Y en la barca de la noche danzará tu alma hermosa. Ven austera, mas brillante, refulgente. cxvii

que nace en un sepulcro. Y mirarás mis cabellos, en medio de esa ciénega de dos a cinco metros. Y al fin te escucharás. Por que una vez me necesitaste, por eso, simplemente, me querrás. (4) Se quedó empañado el hombre Se ha quedado empañado el hombre que en la calle, entre bufonadas de hambre, te ha mirado con su trapo y con su mano. ¿Quién era? Dicen que viven los hombres, y hay veces que van muriendo; no obstante los pedigüeños, con artificios, sin sueños, se amotinan al tintineo que entre monedas les dice que valen algo unos pesos. (2) Causa perdida Tú eres mi porqué cuando no como: la mejor forma para llegar a mí. Y estás quién sabe dónde, y estás quién sabe cuándo, paseando por ahí tus ojos extraviados. cxix (4) Esquina de almas Allá en la esquina, en el tenderete, están las almas. Si escoges una y te la venden, jamás la rompas ni la regreses; porque en el presente las almas van, pero no vuelven.

(1) Bajo una lamparita Entre la lluvia, bajo una lamparita, te describes ante mí: suave, voluptuosa, tierna. Encantas al aire, y en tu rocío, mojas mi alma de risas, de juguetes de recuerdo, de raspones en la mirada y en los besos. Eres mañana y te creí mujer. ¿Y es que mañana serás mujer? El sol no se supo esconder tanto tiempo entre la noche, y salió para decirme con sus primeras palabras: ¡un, dos, tres por los árboles y por los setos, y los pájaros y los coches, y tu almohada y tus cabellos! La lluvia sigue al viento en torbellinos de plata, y tú sigues a la noche con tus ojos de cometa. Las cortinas, los estanques, los aeropuertos de frío, mi vida de sombra en la calle, se iluminan tras de ti. Navío de luz en que los ojos vieron estrellas derrumbándose al sepulcro. Mi ínfima lámpara, mi corazón elástico, se ata a tu cuerpo de fósforo, y va tras de ti, tras de ti.

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¿Iremos juntos alguna vez, muñeca, en las estaciones? Yo no lo sé, no lo sé. Mas llamearán tus ojos, tus manos de volcán bravío, tu cinturón irisado. Y aún la noche continuará tu desvelo, para que el día vaya y venga, como vengo y voy yo tras de ti. Adiós, serpentinas violeta, globos anaranjados, fiesta de naturales fuegos. Veo caer las cortinas, los párpados, y tu rostro es izado en mi alma. (4) Titiritero de mi destino Dios está durmiendo. Sueña cada quién sabe cuanto. Su mano se arroja fuera del mar de su cama de nubes. Yo me siento a hablar cuando Dios mueve los hilos de su mano hasta mi boca, para que no se digan las cosas que no debieran salir de otra boca. Exhala mi espíritu, mi asombro, y una, una que otra alegría . Dios no sé si se ha dado cuenta que algunos aquí no me quieren, (¿qué importa, si siempre ha de haber un diablo?) Cuando Don Calderón despierta a Dios, me voy yo dando cuenta cuan breve es la vida en que nos sueña Dios, como para mandarla al diablo.

Cómo cambian los hombres Cómo cambian los hombres de madrugada a noche y en invisibles mañanas. Cómo se irrumpen en yuxtaposiciones: infatigables maderos de pensamientos distantes. Para mostrarse a sí mismos que a veces nada son y nada valen; que viven en un ayer el futuro de su antes. Cómo cambian los hombres que se levantan a amar otra vez, en el taxímetro que escarifican sus manos tan llenas de aire. Su reloj les hace el hambre y su corazón también. Cuánto cambian los hombres que habían sido como inmutables; el rostro se les arruga y las láminas de los cabellos se les deshacen en nubes.

(4) cxxi

Cómo cambian estos hombres que adustos en sus silencios, se pierden para volver queriendo entre matorrales; para esconderse y no ver que en su cabaña y su cama no hubo jamás mujer llegando como una azalea, y volviendo hacia sus azares. cxxii

Retorno Dicen que está solo, pero no adivinan, en medio de sus miles digresiones, cuántas noches y mañanas y terremotos de luchas, de estertores, conversan en su alma entre ayeres, entre brujas y hechiceras que, con velas, se amotinan en un culto a la muerte, a la vida, a lo mismo de siempre - como cada día -. Dicen que una carta no le vale: que no escriba, que no piense; que se canse y se fatigue. (¿De qué le valen las letras si quedan sus emociones marchitas?). Y a veces en ese culto, sus venas se encuentran fantasmas bogando, bajo los capiteles del tiempo, irrumpiendo sigilosos en el cuarto del templo de unos besos cientos de veces no dados. Dicen que hablando igual que ayer, su aliento ya es pretérito; y el sepulcro de su piel, en un momento, se abrirá, como del cielo, musitándole al infierno las palabras más voraces: "Ayer, hoy y mañana, siempre lo mismo; por una eternidad el mismo momento; un sólo abrazo en todos los cuartos (menguantes o crecientes) de tu alma. Sólo dame tu boca y caerán sobre tu lengua los efluvios de un arroyuelo (de pubertad) con que se te cayó el corazón desde la tierra al cielo." Y nada sirve, todo ha acabado: en la horizontalidad de un páramo yace un hombre (un niño muerto). Los mismos prejuicios se dirán en su nombre para perderle al alma (inventándosela primero). Retruécanos de señales y mixturas naturales le confunden, por semántica, por sentimiento, los instintos por reprobables y lo simple por pequeño. Pero ayer, hoy y mañana: los mismos prados y volcanes, los mismos setos en los camellones del olímpico desierto de las almas (entre cuerpos y carrocerías de otoño). La misma necesidad de negar, de estimular en dirección fallida, a perderse otra vez por los rumbos que no inspiran, que no alientan, que no afirman si no niegan. Ayer, hoy y mañana: desde las mismas coladeras... sólo un perpetuo dolor a prolongarse eterna, viciosamente. cxxiii

Dicen que virará en su viaje, pero es ya tan difícil que regrese: ahí está bien, nada le mueve, nada le quita a su corazón su embalaje. ¡Está perdido!...¡déjenlo ser que nada es suyo!: es la misma naturaleza por todas partes, pero con otras formas. ¡Déjenlo ahí que su vida es inmutable!: ayer, hoy y mañana mortecinas sus miradas, apagándose. Todo, con el tiempo, será idéntico. Las novedades son palabras expugnables. Por eso, bajo el mismo tiempo llorarán las nubes; un niño lloverá... (y dará lo mismo).

Algo ha pasado. Nos hemos condenado a la renuncia. Algo ha pasado. Nos hemos condenado a la renuncia. Nos desnudamos de abrazos y saludos. Y en el fondo de mí una trompeta se escucha. Algo ha pasado. Estoy tendido en el presidio del querer. Había dicho yo que amaba -¡una mentira! - . Mi amor, el que era antes, no era el amor que el amor denuncia ser. Nos quedamos mancos de versos, del amor entero. Nos quitamos hasta los mismos huesos de las estrellas del cielo. Dijimos en palabras el odio más infinito que el diablo no pudo aguantar. Todo, temporales, vórtices y clavículas, y el ombligo del afecto, terminó en una rencilla. Se ha venido ah bajo el amor: cayó desde treinta pisos. Y pasaba entre unos ojos que no le querían ver. Nos pasó de lado, y por fortuna no hemos muerto. Su cuerpo grácil no será ya más cantor. Su alma indócil no circulará tampoco en sus manos inmaculadas. ¿Por qué se quedó tieso en el vacío, en un desierto? cxxiv

Ni tú ni yo supimos. Ni tú ni yo sabremos a dónde quedó ese querer. Ni tú ni yo lo supimos. - ¿ Por qué el amor no... (ah de querer)?) -

Con la voz en las manos del alma Con la voz en las manos del alma, con la memoria de mí en la boca de la que no es mi amada, con un corazón de coraza tortugada, con la sonoridad y huesos de un ciruelo entristecido, tu llanto y el mío, tu palabra y mi silencio, tú, mujer – un sueño aéreo -, caen de los astros sin hacer un solo ruido.

Arrepentido de amarte me voy a confesar hacia tu abrazos. Ruidoso, imaginado, corrompido, por tus manos de cadalso. Caminas lenta, estás ahí: gesticulando imágenes, martillando con los dientes, vestida de ola, azul canario. Partido por las venas del súbito barullo de tu vista, me pierdo entre un bosquejo que el fuego de tus ojos difumina. Tu boca subterránea de la envidia en dulces balaustradas de castillos, remitirá mi alma en las palabras que por ti dieron, amor, la vida mía. Un eco inunda mi alma Un eco inunda mi alma de nostalgia. Dos años… Aún, a veces, las lágrimas bordean mi sombra. ¿Fui otra cosa: poco, mucho más que un simple anhelo? ¿Dirán más cosas los rubíes inexistentes de pupilas y cabello? Yo no lo sé, mujer. Pasó el amor de agua, de lamento, y vino a desnucarse contra piedras de silencio. ¿Habrá querido para siempre ser así? ¿Habrá remolinado, mirando duro y descendiendo hacia la tierra subterránea? Mujer, yo no lo sé.

Lo que no quiero y lo que quiero No quiero, amiga, la tristeza como un corte de caña; las voces de mercurio que me griten, reprobando; el cuerpo que se me ice sobre algún sueño en el que caiga. No lo quiero. Más bien yo lo que quiero son las nubes chocolate, limón y de vainilla. Quiero querer de Ella – hablando seriamente – su voz que arrastra notas, su frágil ceño ausente; sus luces de obsidiana brillando en el subsuelo de mi espalda. Y más que todo eso... querer su ombligo aéreo, su sombra en mis caminos, sus pasos de velero entre los hombres, y el cuento de contarle siempre nada. Quiero, mi amiga, finalmente, que no se diga ya más (,) nada.

Sacro facto cxxv

Un beso que cantaban musas de los sueños, cxxvi

un cuerpo entretejido entre mi cuerpo, ¿habrán caído, lentos, irisados, claro a oscuro, por mi sangre que agazapó de gente? Nada importa... Ni el cielo más celeste, arrebolado, sortija de su aroma atado al aire, completará jamás mi alma recortada (para ella, igual a otras). Burbuja que enredó pasión intempestiva, inmenso mar en que giró mi anhelo: pasó el amor, pasó... Zumbando con sus luces, escamoteó el deseo. Porque el amor, mujer, acaba por querernos, a otra ribera fui y recorrí otro cuerpo. Para el amor nada, ella y yo, fuimos: ni sollozos, ni esfuerzos, ni palabras ensoñadoras en el cielo. Nada será querer ni amar como he amado yo su cuerpo.

Las chispas de nostalgia, de anhelo o de recuerdo, vivifican, vivisectan, calcinan o sucumben en un verso; y hechas sudor, lágrimas de cristales, cortan, capa a capa, el estío, la madrugada, y la trayectoria de un beso. Entonces el amor, el verso entero, las llagas endulzadas, la muerte libertada sin concepto, caen al alma entretejidas, valerosas; conduciendo sentimientos al grafito. Y miramos, girando hombres, tostadas, las palabras; besos breves, risueños manantiales, y el rumbo entero de la cascada que va de cielo a infierno; paraguas para luz que va lloviendo, entrometidas nubes: una aldea de sonidos asida por nosotros en reticentes golpeteos de palabras. La gruta del universo y un citadino moscardoneo, la lluvia declinada y el granizo intenso, caen, se rezuman, o estacionan en los cuerpos. Y luego caen poemas como una lluvia trémula.

Caen poemas como una lluvia trémula Caen poemas como una lluvia trémula. Se rezuman o estacionan en las almas y cabezas. Caen ardientes, dolorosos, irritándose o alegres. Profundos en ocasiones. Con sus cuerpos de agua y aire. Su voz de amor en otros, nos cae copiosamente; muchas veces dentellando deberes perentorios, gravados de una inmensa y mundial apoplejía. Pero antes que tejido y estructura, bosquejo y protoplasma, algo en ellos, tras sus formas, ha caído en su silueta: miles de aves que han esmerilado unas miradas, sombras reblandecidas y múltiples girasoles, y los ecos de las voces estimadas en el fondo. Esa mañana saliste de una puerta blanca, de entre las maderas y bancas somníferas, y a mí me saludaste. El marco de tus lentes era color azul, tu mirada una apariencia inteligentemente bella, y toda tú eras en mí pureza. Y, aproximándome hacia ti, con el temor con el que el mejor capitán se acerca a todo peligro fascinante y negado por el orgullo, platicamos durante algunos segundos mirando a través de los polarizados cristales, mientras tus brazos permanecían estirados con tus manecitas bellas rozando los barandales fríos. A la tarde compuse, gracias a ti, estos versos líricos que posiblemente nunca tendrán un centímetro de tu altura desmerecida:

Llegó el amor como onda. Pisó el embarcadero Llegó el amor como onda. Pisó el embarcadero.

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Vitral rectangular surcando estrellas negras. Carey de la mañana. Infame beso. El cuerpo de caoba. El hada en el caldero. Abriendo el aire en dos, tus dedos aletearon. Y a batayola tus brazos engarzaron, como remos. Corta de embalajes, abrió tu boca mi anhelo. Y en rumbo de tu proa los cuerpos se inmutaron. Camaronero fui. Salido de ciénegas ensimismadas. Sumergido, voraz, momentáneo, por el muelle de tu aroma. Tras la ruta que abrieras más allá del alba. Tras de ti, con voces como fauces floreadas. Perdiz en el otoño, sombra furtiva azulada: el humo se escapaba de tu escotilla abierta, y su cono de cenizas hacía fogata en mi alma. Y lejos de tu puerto una eterna compatriota demoraba. Bajé de mi cabeza, entre promesas perdidas, el áncora humedecida por tu presencia alejada. Torció la risa, el timón de arco reflejo, como una marejada. Capitaneó el destino las ansias tan henchidas. El mar, el viento firme, gimieron tras de tu cuerpo. Y fui instantáneo, cautivo de la brisa removida. Y el rumbo escarpado, colindante de esa asfixia tiró el suspiro como un contenedor contra mi pecho. Hundidas las arenas infinitas, la tierra removida, mi alma te ofrecía fruta simple, sin vendimia: el libro, el arrebol, el mástil que escribiera. Que al menos uno de ellos bogara a ti en mi vida. Lejos de tu puerto una eterna compatriota demoraba. Carey de la mañana. Infame beso. Y el mar, el viento firme, gimieron tras de tu cuerpo.

Se abre, en el fondo de mi alma, un abismo inexorable. Danzan, gráciles, apasionadas, palabras que gimieron en gotas de un amor boreal inexistente. Su cuerpo se engastará a otro cuerpo como amado del amor dulce y sereno. Y habrá hogueras haciendo tiritar los besos glaciales y discretos que no nos fueron dados. Perderá la esencia enmelezada la fruta del idilio en que sus ojos florecieron. Sus brazos esmirriados; su pecho breve, oculto, no irán hacia mis manos, ni en los versos que alimento no nos dieron, ni en rocío de entintado fuego. Cuanto antes amé lo amaré, por otros cuerpos, en dirección de su alma lenta, taciturna. De este triste otoño solo quedará un lamento: la huerta de feminidad amada que abrió en su pétalo de rostro dos prismas circulares tras de otros, jamás recordará mi nombre, jamás recordará mi anhelo.

He andado por ahí… He andado por ahí... Como un cometa, mi vida va surcando sobre estrellas, y el sol sobre su eje y sus planetas se engasta al centro inamovible de su alma. El duro valle grita en las mañanas, y yo me voy, partiendo de su cuerpo que llegaba. La gravidez austera; el sol en la obsidiana; la ola de jabón, dispersa, enarbolada; ¿qué hicieron del sopor que me tirara, y a dónde fueron que me ataran?

Se abre, en el fondo de mi alma, un abismo inexorable

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El pan cobrizo, la piel asada al alba; el pecho removido de la mar en la mañana; la noche sin estrellas ceñida a la cadera breve; ¿qué harán de esa mujer que yo no amaba? ¿Qué amor fue nuestro encuentro en una tarde que se iba? Yo he andado por ahí... Y nunca amaricé sobre el rubor de otras palabras que dieran con su ácido, su azúcar o sosiego, la boca del sentido a esta vida anclada.

en que te dije, mujer: oh, mi amor, Venus perdida y nocturna: mira el sol que nos mira y ama el río que nos ama, porque me voy de tu vida.

Verás que no es sencillo para mí Verás, no es sencillo para mí: uno comienza por pensar que ama demasiado y concluye de súbito, apasionado; comienza uno por calcular, y duda entre sentarse a escribir un número indeciso o el vapor de alguna letra. Y uno llega a guardar resentimiento hacia a alguien que fuera coterráneo de algún vientre. Verás, cuando el amor se va, es la vida que se va. Todo: crepúsculos y ensueños, llantos y efluvios del alma; piélagos de afecto hundidos en gargantas: todo acaba por ser nada. El mismo amor con que tuviera la vida algún sentido, se pierde en la oquedad de una persona... Y nada queda cuando no hay pares de auras... El sol que antes bailara con la luna, se desdora. La misma boca que hablara y saludara con un garbo vetusto en nuestro fondo, nos calla, porque no nos ama. Y un coro de ángeles nos habla tan pretérito, que los dedos se nos hinchan de una porfiada lágrima. Las manos que fueron tostadas; las uñas negras y pintadas; la boca sobre el cuerpo delgado, remoto, blando; los ojos enmarcados al tejido del vitral de mi santuario,... se inmutan y nos temen, y nos vuelven un lago especular indiferente. Todo el amor que amor no ha sido, se va en una palabra, en una tecla, hacia la muerte ... y un alma explota tras el atrio en que yo ansiara.

Amor se dice con los labios apretados en el otro, con las piernas

Venus perdida Oh, mi amor, Venus perdida y nocturna: mira el sol que nos mira y ama el río que nos ama, porque me voy de tu vida. Oh, amor mío, tierna gota sombría, boca del universo: baila conmigo la noche que me enclava en mi partida. Recuerdo de la acacia brillante el gemido de mi huida, cuando gritaste con furia lo mucho que tú me odiabas. Oh, mi amor, mi centella ya perdida; fresca avenida, glacial café: cuánto te amo, cuánto, oh, mujer. Retuerce en tempestad mi piel y cicatriza mi herida desde la tumba nostálgica cxxxi

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Por eso, que no diga la vida quién he sido. Porque todo el amor de un mundo fuera nada si una voz se dirigiera, por un abrazo, a lontananza. Verás. Caerán las madrugadas, los áridos trabajos, el franco golpe de pestañas que se alzaban mortecinas hacia el alba, la libreta trastocada de lamentos numerados. Y ella y yo, como un marino austral que va hacia casa, que se cambia, caeremos sobre un lecho moribundo. Verás. Yo te lo digo: que no sabremos dónde, ni porqué, ni cómo en cuándo quedó abierto el abismo hacia esas vidas que fueron disipadas. Pasó breve la vida Porque la vida es corta, y la esperanza un túnel que lleva hacia el ensueño / la irrealidad y lo inconexo, fui de la vida un eco, y el corazón instantáneo. Para que la lluvia, el amanecer, mi casa, y un aroma / "amor a..." , fueran el sentido y forma bajo las cuales cada cosa, cada gota de tiempo en la mañana vivida, se humedecieran pinceladas en un cuerpo, como frutas amorosas, entre mis manos cautivé el amor que avivó el silencio. Verdad es que yo fui un escaso del amor reglamentado (¿verdad?); que tuve el corazón a mano para enviarlo, como un estambre enrollado o un pergamino aéreo, hacia una mujer lejana; que articulé canciones con voz grave / gravada de angustia truculenta que se adhirió a mi pensamiento. Como tuve portafolios llenos de hojas de sueños, pegué los números, cocí las frases y arruiné miles de aviones y veleros. Porque no tuve vida de mi vida, dejé a las hormigas mi tumba con el epitafio que abanderaran frases de labios muy variados: "No me volverás a ver...Quédese usted con su madre... Podemos ser amigos..." (...Y la tristeza al corazón quedaría así, en una página, atada.) Verdad es que no supe de ángeles, ni estrellas, ni diablos sobre tierra; que todo lo que vi fueron imágenes: imágenes morenas, blancas, adultas, cxxxiii

quinceañeras; el ceño preguntando, la voz lenta volando hacia otros cuerpos; o cien, cincuenta mil cabellos en la cresta del deseo. Y todo lo que vi, porque la infinitud se corta sin más cicatriz que vida, fueron manos lavando ropa hace diez años; los maremotos hablando tras de mujeres, en lenguas no cercanas; la noche, la estrella remota, que fuimos dos el día quitado a un sepulcro. Porque viví el amor (¿viví el amor?) / (¿por qué viví el amor?), viví la asfixia amada, la vejez del que ama eternamente, sin edades, sin cifras que no ha calculado el alma. Tal vez porque pasó un ferrocarril sobre una vía apasionada; la mujer siempre fugaz, en despedida, acrisolada; la locomotora que me hizo incienso en el caldero a que me aferrara; pasó breve la vida, seguida ya de nada.

Tengo sueño Tengo sueño. Se abre la ventana del mundo hacia el silencio, y tengo sueño. Llegaron, algún día como este, sus manos barnizadas en el cielo, y se vaciaron como cerca: lejos, lejos. Pesadumbre en el otoño; y valles, avenidas, escuelas, lluvia negra vertiéndose a unos metros. Miro las notas de un dictado espiritual, llegadas de un invisible puente aéreo: dos párpados de ensueño, el suéter negro. Y mi vida va bebiendo, lenta, hacia un coral. Escribo mi nostalgia recordada en su presencia, la noche de arrebol vuelta invisible; y rápidas miradas nos capturan un momento: cxxxiv

el aire se estremece haciendo ruido. Tengo un pedazo de segundos dulces contemplando su boca en un estruendo que parece se acercara y que se va. Y tengo un sueño que se asoma y que se oculta entre olas de abejas que en un rato partirán. El sueño de la noche apareció; y yo te digo que algún día, como hoy, los dos iremos lejos sin decir adiós.

tu voz, tu juventud de ángel de fuego. Cuando te vayas, deja al menos al verano tus manos arcillosas de princesa en lo escondido, y tus cabellos liberando su rocío y su miel de cálculo.

Ojos eternos liberando gaviotas Ojos eternos liberando gaviotas, tocando invisibles flautas navideñas; manos luchando sobre cenizas, cortando huesos de cariño mal habidos; cabellos en bolsas de curvas, volviéndose nieve de lucha; todo lo que he sido te lo dejo: mis papeles que hicieron las fogatas, mis madrugadas, una y otra vez golpeadas de comienzo del violeta, allá, en el cielo. Te dejo un gotero de palabras, para que una a una las pongas en tus manos, y de tus ojos, por ellas, una lágrima caiga. Campanas, corolas, vasos gravados infinitamente de ti en sus cuerpos, te regalo. Un laberinto en que hicimos del amor el odio, una plaza donde el sueño te vio viajar hacia la vida; millones de uvas, cantos no escuchados, ojos de vacío: todo, infinita, desgraciadamente, te lo dejo. Amor al corazón hecho un nudo, fotografías con un sentido escondido; campos de luz, piezas de besos inciertos, auras en sus cajas y espirales de fuego. Todo te dejo para que lo vivas en silencio.

Nos saludamos Nos saludamos. Somos dueños del estío. Las bocas, como al viento, dan un beso. Mejillas de madera se tocan levemente; y tú, tus ojos de marfil, y tu estatura breve ciñen mi mirada de cansancio al extravío. Comienzo por quererte a treinta metros. Amores enmohecidos recrudecen en mi alma, y luego amanezco como nuevo saludando. Somos como seres que estallan y aparecen: salimos de la bruma, emergemos de un estuario. Ecos de verte una vez, en mi pecho te han reconocido. Ventisqueros, nieve de ayer, simulan que se han ido. Llego a tu mejilla por mis ojos, por tu imagen, por tus piernas enclavadas en el patio, dando luces que navegan hacia mi sentimiento de anhelo. Y caigo hacia una timidez de insoportable. Los árboles se ponen a danzar la música del cielo. Y yo me voy enamorando, bañado de recuerdos. Voy a tu alma, pensándolo, sintiéndolo todo: lo imposible del rubor del ambiente ciudadano, lo opaco de tu sombra salida de mi pecho; cxxxv

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Conmigo hiciste en la historia un antepenúltimo sonido. Conmigo hará la muerte a la vida despegar del cautiverio.

y letras removidas. Todo lo que tengo y que no soy, te lo doy para que vayas y regreses en las últimas semanas de esta vida - como entonces habrá sido la de ahora -. De pedirte algo, te pediría en mi corazón dos veces por cada una en mi memoria. Adiós… ¿Será temprano? ¿Será tarde?… Tal vez nos veremos en el futuro más lejano, o el más corto, aunque tal vez no nos hallamos visto antes.

Te irás en unos meses Recuerdo el recuerdo que eres: la voz de sol en la mañana alegre; la suave y pensativa perdiz de porcelana; fulgores de carbón descabellando hacia tus hombros libres. Por tu voz mi voz se detiene, mis pasos se detienen. ¡Tengo miedo, miedo! Y tú eres el café que va fluyendo en mi garganta maltratada. Con tus ojos haría en mi vida un par de universales manos; con tu piel haría en mi piel un tatuaje de amor indeleble; con tus manos en mi pecho, vida mía, el invierno se vendría de repente. (¿Qué más, con los besos de tu boca, sería de mí, de todo, hecho?) Mi mente, cuando te ame - el doble que seré cuando sea totalmente - por tus dos labios, hará un túnel invisible hacia las gotas de la luz soltadas por la noche, y un puente insostenible de mi amor hasta la muerte. Cuando te vayas tú, mujer, señorita de cobre, mi corazón de péndulo, el fuego consumiéndose en mi alma, se irán hacia tus manos breves, alejadas, transparentes, como hoy se han ido en el minuto de verte. El sol y la penumbra serán no más que manchas en la taza del amor reverberado. Para amarte, recreando el mismo invento sin sosiego del amor, quiero saber de ti: de tus pestañas en que el aire ha tomado su descanso, de tus labios sumergidos en agua de cariño impenetrable, de tus párpados de plata, del valle y vello dulces de tu vientre. Yo no sé si yo siga viviendo, o muriendo paso a paso, hueso a hueso, hasta ser otro más, o menos, que no te ame: por eso te pido que te quedes. Porque vendrán los hombres a quitarte, a darte vidas, y tú conocerás todas aquellas fuentes de amor ahogado por la vida. Soy un hilo de futuro atado al pasado que no eres. Soy un ingeniero de mente, un sensitivo de fondo, un alma de papel con números incalculables cxxxvii

Nostalgia Amigo mío: vamos a preguntarnos de una vez por todas qué es la nostalgia; así, tal vez, podamos eludir, una, otra vez, la respuesta o la sinrazón preguntada. Yo tengo un cuenco de vejez en mi cuerpo de joven. Y recojo en él madrugadas, serpientes reconcentradas hacia el pasado, puertas de sólo una aldaba, y estaciones de antaño, platinadas. Y el cuenco se llena y se derrama de ellas todas. Guardo también, en mi armario, fotografías y hedonismos, como veleros de cuarzo atracados en el muelle de mis sienes. Y los envío en lentas circunnavegaciones hacia la ruta del recuerdo insondable a más de su imagen. Tengo, en una aurícula, o en alguna región remota del corazón, llaveros, banderas verdes y amarilleadas, o el vino en una tapa dirigido hacia dos bocas. En un cofre de pino, sostenido por el peso no específico de reminiscencias vagas, guardo también un lejano saco café de una mujer de rizos - con dolores en la espalda -, y palomas alabastradas y andinas volando sin despedirse. Allí, conjuntamente, se encuentran siete números y un oso de peluche envuelto de celofán empolvado en mi memoria. A la salida de casa, tengo un nogal con letras redondeadas; en él retumban sonidos de plazas, o cuerpos ya lejanos que están reposando juntos.

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La tristeza repatriada a la botica del amor, la juventud de ángel con un ala, las bolsas en que no se guardó nada de amor para canjear por cariño en las tiendas esquinadas, en neverías, en casas cambiadas: es simplemente eso lo que yo tengo. ...Y con todo, amigo, yo no sé decir qué es la nostalgia. Recuerdo de jardín, dulces violetas Recuerdo de jardín, dulces violetas rociadas por la mar, por los planetas. Ángeles de cristal vieron nevar tus ojos volteándose a los míos como una fría arena. Pasaron torrentes de fuego, y tu boca siguió tranquila. Se aturdieron aire y ozono, y continuaste en la vida. Viajaron locomotoras por vías de azúcar. También se quebraron hojas de que pasó tu boca. Y aún así tuviste en tu voz un glacial dominio para que fuera yo marioneta de neblina. Dejaste la tierra temblando, los maremotos, la bruma, y los lagos, las montañas resentidas. Pero tú fuiste, mujer, la vida mía.

(4) Mujer, mujer no mía, desde estas frases sin rostro, te digo yo que algún día tú y yo seremos un astro y una cosecha perdida, desde los pies hasta el pecho; desde que siembra y estrellas sean solamente de un ser, cuando uno haya sido el amor de un hombre y una mujer.

Vienes Vienes, desde un río, desde la vida, desde un zarzal remoto, hacia mi ruina. Vienes. Y eres toda de miel, de sal, de agua, y de papel maché. Vienes. Tocas e iluminas, con la brisa de tu sombra, mi alma de fantasía. Vienes; llegas a mí. Eres la trayectoria caótica, y la forma de una fruta dulce y agria. Enredadera,

Mujer, desde los campos de olivo Mujer, desde los campos de olivo, desde tus ojos sembrados sobre los huertos de estío, me ha hablado tu piel y el destino. Hay doce mil zahínas más allá de todo prado, más allá de todo arroyo, y en tu silueta y tus poros.

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cxl

abrigo que cubre de asfixia: vienes… y te tendrás que ir. Vienes. Eres la boca herida, la madrugada perpetua, y la caverna del mito de ti misma. Vienes; y eres tu propia sombra, mi amor hasta el infinito, mi amor de sed y de piel.

Cierro los ojos y me digo Cierro los ojos y me digo: me digo todo. Me digo las piedras, la sal, el grito del ropavejero, me digo la fatiga; y vuelo: hay doscientas hojas de recuerdos en una lámpara de luces de vacío, hay atmósferas de smog cubriendo el talle de la mujer que no amo y quiero. Hay insectos benditos destruyendo el desamor. Yo cierro los ojos. No veo nada. No escucho tampoco. Sin embargo, a lo lejos te oigo y veo. Sólo tú, infinitamente, irremediablemente tú. Mi hermosa tú: fuera de todo el sentido del mundo sensitivo. Toda tú...

Cuánto Te amo sin cantidades, por eso es que no sé cuánto te amo. Y sin embargo, cada vez que te amo te amo más de lo que te haya amado. Pensamos y morimos Pensamos y morimos, y morimos de pensarnos: tú y yo somos un letargo, un cristal de amor sombrío. Nuestra alma está manchada: atada en sus dos espaldas y dando de tumbos al viento. Nuestro sonido no se oye, y nuestro canto no canta. Tú y yo, navegantes de siempre, locos y vagabundos, y payasitos sobre claveles. cxli

de las raíces de los árboles de la pradera de lo hermoso: tú. Alegre, sola, acompañada, sólo tú. De los mares de las niñas de los cuentos de lo bello: tú. Azul, naranja, negro, tu vestido; ¿que más da si no eres tú? cxlii

Nube plateada, arca de flores. Toda: tú. Es para que me ames Es para que me ames que declinan mis palabras en el viento, cayendo algún día en quién sabe qué arrecife del silencio. Es para que me ames que vengo a nacerme cada día, como si cada día me estuviera muriendo de enredarme en el murmullo del encuentro de tu beso. Para que me ames tú, todo es y va dejando de ser cada segundo; y cada mar me arrulla en tu vientre como si fueras tú el panorama desde un lugar del cielo. Es para que me ames que he nacido en este tiempo, que se han constituido galaxias no infinitas y abejas en centenares, y el calor de la fogata contra el duro invierno. Por las nubes veo venir la lluvia, por el viento veo salir los torbellinos y la energía cautiva del universo nuestro. Y es por mí que veo que he sido hecho sólo para que tú me ames, y nos vayamos más allá de la razón de nuestro encuentro.

Vamos, regresamos, como flamencos al agua; y en sus cuerdas y gargantas las baterías estallan hasta olvidarse en luces de cariño ultramarino. Gira como el mundo, sobre tu eje de aura rosada. La vida alegre, el llanto hundidos bajo tu piel en danza harán un moño de anhelos bajo tu vientre despejado.

Peregrina Peregrina: siento irse el frío desde tu boca, tu voz de luz, tu cabello de neblina. Dulcificas de amor con tus caderas, con tus uñas, tu vientre blando, tu mejilla etérea; peregrina. Canta el jilguero, llamea la barca, en tus pupilas. Vienes de estrellas, del sol de otoño, peregrina. Eres el viaje, la despedida, el voy y vengo. Eres el beso breve en las escaleras, peregrina. Anhelo de ti unas manos, la perpetua sonrisa, tumbar de tu mente ese pensar de ser mi amiga; volver la noche un juego, desgajar cielos junto a tus manos menudas, junto a tu falda marina. Peregrina: por ti el mundo hará fiestas de amor, la vida estremecerá en tus brazos de arcilla. Quiero de mí tu alegría, ecos de amor en vuelta. De ti, después de ti, quiero la vida, peregrina. Vámonos ahora, atados por un listón de transparencia. Vámonos. Porque caerá el amor, si tú me olvidas.

¡Baila! ¡Baila con la música de plata! ¡Baila! ¡Baila con la música de plata! Llena el aire del amor de tu palabra sinuosa y agitada hasta tus descubiertos pies. Mi corazón danzará de fuego hasta viajar del otoño. En re, do, estamos escritos; en pentagramas de sueño, y nos emergen las voces de la boca de nuestra alma. El aire está invadido de micrófonos ingrávidos. Los acordes se dividen por los pasos y los pisos.

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Tú que vistes de guerra por la paz, de idiota por saber, de miedo por amor, de astucia en la inocencia: criatura única, inaccesible, cielo-amar. Toda palabra tuya levanta la mirada con estética: un sí es un no así, un rojo llegará a ser lo peor y lo mejor. Hay un ideal en ti que se destruye: ¡es variedad, es un amor que muere porque está viviendo! Tú que te vas, porque estás llegando siempre; acompañado por tu deseo de inacabada bondad: ¡aterriza tu cielo!, ¡ama, ama, a como dé lugar!... y donde no te quede amor guarda silencio, y donde quieras odiar, ¡voltea hacia ti! (piensa que tal vez nadie merecerá tu odio; que nadie, tal vez, jamás, ha merecido un odio).

Tú, sin embargo, tienes en tu vida fotografías de silencio, buques pincelados con estrellas derruidas, y el viaje de retorno lento hasta tu casa. La facha de intachable, la ironía perpetua, el estoicismo hasta el cuello: eso, eso es lo que tienes tú. Amigo. Yo, a comparación de ello, poco, poco es lo que tengo. Tu tienes un rehilete de corolas de fuego, maremotos de ficciones en circuitos cortos, recuerdos de sociedades que te tajaron de pies, de manos, de los amores de antaño. Amigo, furtivo amigo. Yo, en cambio, poco es lo que tengo. Viajo hacia el mundo, olvido, me lleno de cariño ya pasado, de telarañas de hielo, y me queda poco en la vasija memorial. Yo, amigo, no tengo carácter de caballero, ni uso mosquete oculto, ni polvoreo las estrellas, ni retuerzo ni reboto demasiado en las teclas y fibrillas que posee la computación. Poco es lo que tengo. Aunque, amigo, tal vez con ello pueda ser feliz a suficiencia por el día que ha terminado hoy. Cabaña de alegría Cabaña de alegría, dulce arrullo en tu casita, muñeca continuada de alabanza para el mundo: yo miro tus ojos elevados a esperanzas; tus manos de juguete, diminutas, recocidas. Tus pestañas son un columpio de aire, agujas negras; y un ánfora de ensueños tus caderas movedizas. Eres la voz que arrastra lo parlante hacia la vida. Eres la golondrina, la sustancia de una luz floreada. Tienes en tus brazos torbellinos dispersos, y en tus labios el azúcar y el regocijo formados. cxlvi

Señor Caballero: Hemos hablado de las cosas imposibles y de todo el desamor incalculable. El mundo ya ha girado quién sabe cuántas veces. Hay lunas gimiendo ahora, hay llagas de llanto en muchos cuerpos que he pasado. Escucha: en mis bolsas, en mi alma, en mi mente horizontal - de tanto ver hacia el abismo, oh lejos - están disueltas unas sales y germina el trigo fresco. Pero tengo una alegría diminuta que te quiero compartir en tres pedazos. Uno es el patio en silencio y sus lanzas de hielo en él; gotas de besos corriendo, vertiginosas, por los vasos de un sistema de cariño. El pedazo segundo es la ternura infinita, el cielo con boca abierta (¿nada más que una piel, por un momento, en otra piel?) Tercero: palabras ultramarinas, llanos de verdes hojas, lámparas de noche que iluminan nuestras frases últimas. Poco, poco es lo que tengo (semilla de mostaza en deseo de árbol inmenso). cxlv

Desde un alero de emoción te canta la gallardía, y tu sigues de sirena, de atleta o de equilibrista. Aquellas tus trenzas negras, como tu sombra laureada adornarían la esperanza y el amor en estanterías. Se te desliza el cariño en tu nariz de resbaladilla, y tus orejas se inmutan de creencias en burbujas. Mañana, muñeca de porcelana, cajita de cien sorpresas, verás cuánto y cómo el invierno en tu boca brilla como nevado de fresa, como cuerpo de roja abeja, como el grito de alegría de un regalo en año nuevo: liberado de su caja, venido a parar a mis juegos.

Tú danzas de mar en beso por el muelle de tu cuello, como yo bailo de verte al extravío de querernos. Yo seguiré la bruma que riegan tus negros cabellos, removiendo de rocas y flores, desde tu cuello, tu sueño.

Bienaventurados tus ojos Bienaventurados tus ojos, porque son mi refugio: dan a mis ojos vida, dan a mi vida sentidos. Verás que tus ojos nocturnos hacen un himno de versos combinados de rojo otoño con esteros de verano. Cantan en tus pupilas los peces de un celestial rumbo, y cómo ríen las nubes de la ola de tus cabellos. Garza que vuelas de mí, recuerda, cuando te vayas, cómo nos encontraba la primavera en la tarde. Tu voz será sosegada cuando una mañana incierta el alhelí de una espuma tuya se revuelva en mi sentir. Vaciarás aún en esta tierra maíz y trabajo de hombres que serán enseñoreados de partirse hacia otra mujer. Y por los retumbos del cosmos en mi alma microscópica la aventura de tus ojos será de sabor a carmín. Estos encuentros contigo, breves e imprecisos en la emoción (que he a veces se tienen más por una memoria), son semejantes a un ave de dos alas: negra y blanca; a cascadas sobre ellos, a un anillo de exhortaciones para amar un vuelo o la quietud mágica de lo inmenso, lo volcánico y níveo del pretérito. Yo no puedo mensurar estas palabras: acaso sean perennemente imperfectas y cenizas. Y aún así, el mayor de sus perfeccionamientos, improbablemente cambiaría la sucesión de lo que ha sido. (4)

Desde tu cuello sueño Sueño, desde tu cuello, un beso de dos segundos que parece eterno, eterno. Luces en serpentinas surcan el aire un momento, y cascabeles de anhelo corren por ese tu cuello. Vivo el instante perpetuo de vivir en ese beso, porque estamos tan distantes y parece que nos queremos. (Centella de mi noche, ¿por qué estamos, ay, tan lejos?) Tienes en los ojos las acacias de mi deseo, los rebaños del amor que tiritan de rocío. En tu cabello hay guirnaldas, en tus cejas curvea el barullo que me vuelve hacia la estela de la imagen de tu cuerpo. Somos noche en cuatro manos, como un ramaje del tiempo; somos el navío en que el aire gira y va haciendo extraños.

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Monarca mariposa Monarca mariposa, de Michoacán llegaste coronada de un tono opaco sobre tu piel floreada. Tienes el corazón de dulce, el alma de una cañada, y la boca del suave néctar que desde allá cargaste. En Abril te he visto rápida, en mi tristeza rocosa; y en Octubre como nevada, anhelada de los árboles. Viajas y vienes, aleteando sobre días con fauces, y dejas en mi corteza un aire de fría y hermosa. Eres la juventud perpetua, la crisálida amorosa, la primavera emigrante volando sobre la vida. Tu alma de niña y joven tiene un ala de alegría; tu aire de preferida surca los campos de rosas. Aún tienes aroma de nueva oruga sobre la atmósfera, como yo acumulo aún para tu boca unas nubecillas que me pesaran a espaldas como un universo de arcilla, pero que hicieran en mí la esperanza de la espera. Cuando te vayas de nuevo cambia tu piel por la mía y poliniza el aire con tu amor de oruga diversa, contando por tu camino infinito, que hace las flores dispersas, cómo, desde tu capullo, das luz a melancolías. Tienes las piernas delgadas; la voz lenta, cayendo como el calor a mi cuerpo de la fogata presente. Te presencio. Eres la multitud de pasiones que ve en tus ojos zafiros de un amor adolescente. Desde que el sol comienza, hasta la noche lunada, te veo cómo evolucionas: luz de cobre a ojos ausentes. Te presencio. Mi voz, la tuya y mis ojos, no han de decir ni ver nada si yo no me pienso en tu mente. Eres magnolia de plata, y tu vientre es de eléctrica azúcar. Y yo soy de ti lo que el aire a una amapola hiriente. Te presencio, como a una estrella de nieve y delgada. Aún hermosa, aún en el día saliente.

Usted: mi soledad de un muro. Renuncio a mí porque te amo; porque no soy, desde que para ti yo debo ser. Señorita: usted y nada, mas que usted. Amar, morir y no haber hecho ruido. Mujer de lirio, otoño negro Mujer de lirio, otoño negro, hay en tus ojos millares de fuegos, y en tu cadera salvaje el aroma del anhelo. Tu esencia es de estrella sombría, de firmamento moreno, de mensajera nublada, como mi corazón es de frágil en tu vuelo.

Te presencio Te presencio. Tienes en las uñas transparentes mi alma como tus uñas: sincera, dulce y alegre. Te presencio. Eres la que me corrige de llanto cuando el llanto va disperso sobre la esfera celeste. Hay cabalgatas de frío en el invierno siguiente, y en tus ojos de niña el amor de un continente. En tú corazón de fuego existe un tejido magenta que se ata a mi corazón de adulto hasta tu mirar estridente. cxlix

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Mujer de arrullo, trémula alondra mía: cabe en tus manos de amor el universo entero, y municipios de cariño pueblan tu corto cuello. Caricia desde el cielo, lira que toca a besos, brilla tu mirar en la noche como una abeja fulgente, y yo me enredo a tu cuerpo de tenerte en mi deseo. Un velo de vanidad graciosa cubre tu rostro pequeño, y un valle de estrellas de aire se encuentra en tu vientre desierto. Allí el amor se sembró de avena y de lúgubres esteros. Siento mi corazón completo que se invade de tu rostro, y un torbellino de plata me despide al latido lento a través del atlas confuso que tienes en el cabello. Mujer de lirio, otoño negro: continúa con tu amor viajero, vuelve y perdona; porque en ti, de ti, sangro de una piedra de silencio. Eclipsolar Con un corazón de agua como un manantial risueño que obtura las nostalgias y encubre los artificios, pasas sobre espinas que te ha prendido el mundo, y la noche enmelezada cae en ti hacia un precipicio. Toda infinita y cierta, como una luz de acacia, tropiezas con la tierra en un mínimo escondrijo. Y arcos e iris te reciben con sus flechas y colores para que cantes tú a la imagen del crepúsculo. Mi corazón cronómetro te espera en la paciencia; se alegra, enoja y recontenta en un puño de minutos. Y hay algo más que hace ensanchar el tiempo del ingrávido riel del recuerdo que no has sido: la luz que no eres tú y que tiene tu silueta, la boca que no tienes y que habla de tu boca, aterrizan y colapsan, y van duras de frío en este mes profundo en que el calor aquieta. cli

Oh luna que se rompe en mil cristales de cuarzo, oh mi hormiga reina, mi flor, mi sol de amor y risa: tú vienes al mundo para que dos mundos no se sepan, y lluevan las estrellas en un par de ocultos sueños. Hay dioses sobre el mar que mueven la estrategia: hay calendarios y cuevas que no predicen tu presencia, y un rompeolas de sopor estanca flores rojas que de un respiro liberan tus sales y tus sombras.

Nada y sin esencia Nada en la ociosidad de verla y verla como a una niña tierna, como a una flor de ausencia. Nada como nadar la tarde de quererla yo a ella, y enredarse en la quimera que la atrapa a mi existencia. Nada sin el aroma y humo que va dejando su huella, y sin su recorrido de áurea que le da fosforescencia. Todo me dice y niega mi jovencita bella, y yo le contesto nada con una fatal penitencia. Nada como en el mundo sorpresa que es habitado por ella. Todo lo que esta mujer y yo somos es en sí y no tiene esencia.

Cómo somos Cómo somos; hechos de miradas de fuego, de palabras que atizan cada encuentro, de hombres y mujeres que se fugan hacia un misterio de amor y de humo. Cómo somos de extraños en los cines, en los jardines, en las casas de nadie; peregrinos de la vida, viajeros enteros: con un boleto de regreso hacia el silencio. clii

A espaldas de la vida traemos las nociones: el básico concepto del olvido de los rostros, de las manos, de los sueños de los otros. Todo lo que sabemos vuelve hacia un "yo mismo". Somos duros como rocas de milenios; rígidos perfectos e implacables moribundos. Somos de amor desierto, de valles inflexibles, y la tierra nos va y vuelve en nuestro ceño. ¿Quiénes somos cuándo el tiempo y la nostalgia, la subida y la bajada por caminos de ceniza, de ti, de mí, remueven al amor la suerte de sentirnos y querernos sin sabernos?

como un niño con un periódico en su brazo que anuncia la noticia de vivirnos tú y yo. Yo germino en la tristeza que no lloras. Me antojo de sandías en tus heridas, porque estamos como sangre en unas gotas: cayendo lentamente hacia el amor sin dirección.

Ave dictus Diré, para que me escuches, las cosas exactas y puntuales, una a una, en secuencia irremplazable. Diré, por comenzar, que decirte es un sonido de un eco floreciendo. Diré que amarte por la ciudad de frío, por la escuela, por mi patria rica y pobre, no tiene ser ni modo, sino vida. Diré que decirte es todo lo que emociona al alma que leen tus ojos sin que yo sea la voz de tu iris. Copos de amor y niebla

Yo acudo en el océano de tus ojos Yo acudo en el océano de tus ojos hacia el helado día de los ensueños. Bajo mi corazón guardo y ansío las semillas de un extraviado amor. Entre las sombras de agua fresca, del invierno fresco y frito, devoro sutilezas, enfermedades de besos y de ruinas de recuerdo. En tu rostro húmedo de brisa acudo hacia la vida y hacia el vaho. Amarizando sobre el nido de tu seno: volátil y perdido en tu mapa del amor. Yo soy el fuego herido que se encumbra de perderse hasta tus manos y tu voz. Sobre mi corazón cargo y reparto las semillas del amor más confundido. Yo voy desde las líneas de tus manos formando ríos y arbustos de letargo; cliii

Copos de amor y niebla en mi anhelo se van formando. cliv

Es la tristeza que grita, que va congelando relámpagos. Son las horas que cercenan las pasiones y los pasos, como un fútil enjambre del amor no concebido. Sombras de alondras de bruma nos siembran sin darse cuenta; persiguen las estampidas de los toros de nuestra furia. Hay hombres y mujeres afuera que nos matan cada día, que nos hieren con palabras incendiarias en agujas. Existen cien mil revueltas iniciadas en estallidos de corazones maltrechos, repetidos y ficticios. Con todo, el amor se vuela en las flautas de individuos que sonríen hasta confundirse con una llama que tirita. ¿Qué consumimos, en este opaco día de frías estatuas? ¿Qué nos consume y consuma hasta abismarnos dolidos? No concuerdan las voces de mi pasión mal herida, ni concuerdan acciones y pensamiento de la humanidad no humana. Con todo, el amor, se vuela en las arpas de las almas que tienen alguna esperanza del deshielo de la vida. (1) ¿En dónde vives tú, niña de invierno y dulce? ¿En dónde vives tú, niña de invierno y dulce? ¿En qué lugar del mundo vives como un país amable? ¿Qué hormigas celestiales escondes en tu patio? Mi amiga, mi ansia, mi fruta, ¿dónde vives? Quiero saber qué alimenta la boca de una hermosa niña, qué diarios de las nubes publican tu vida alegre. Quiero contigo amar las cosas que ya no son amadas, y contigo vivir estanques, árboles de juego y azúcar. ¿Qué mapas han contenido el sitio de tu belleza? ¿Qué canto exhala tu aroma en esta tarde de lluvia? clv

¿Por qué estás en todas partes y estás también en ninguna? La tierra tiene espigas que transparentes pájaros transportan desde ti y tu luminosidad de niña. Pero una pregunta irrumpe, invade las avenidas: ¿en dónde vives tú, niña preciosa de nieve?

Pensando en algo, en Alguien Pensando en algo, en Alguien, allá, lejos, me pierdo. Mi vida tuve en un minuto; y la viví dos veces. (¿Cuántas veces habría tenido que morirme enteramente para vivirme en Ella, en sus manos y uñas de nácar?) Lo decidí en la forma en que las formas mueren, y en que las rosas, naranjas, abetos y niños se aventuran a crecer bajo los vientres: como un perdido que flotara hacia otros mundos. Por un segundo fui el más inconsciente de los locos; se me cruzaron los momentos más exasperadores, los más amables en la palabra oscura: muerte. Pensando en algo, en Alguien, allá, lejos, me pierdo. Constituí las reglas del amor agudo que fallece. Y dije que moría, simplemente, para nacer dos veces. (4) Hechicerías estéticas Te juro que hechiza la belleza, y dulce, duele. Ramilletes de muchachas de figura delicada vienen con su rostro de perfecta bienamada, de fruta no madura. Pero hay algo que tú y nadie y yo nunca sabemos. La curva de los rostros, de los párpados, nos siguen; los señuelos de los trajes y perfumes en las plazas nos dejan el aroma del deseo de la hermosura. Pero algo hay que tú, que nadie y yo nunca sabemos.

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Los iris más perfectos se miran repetidamente, y repetidamente, se vuelven más amados del deseo. Pero hay algo que nunca tú, y yo y nadie, sabemos. Rostros de luz, casi de ángel, nos inmutan. Y hay algo que nadie, tú y yo, nunca sabemos... ¿Dónde nace la belleza, en el que mira o el que la hace? Sólo los torpes Con todo, sólo los torpes saben otorgarse la bondad del yerro, la bruma de lo ajeno. Los torpes que abarrotan, con su amor, las calles de la nostalgia, las salidas lagrimosas. Caminantes enteros que van de carne adentro, desde el profundo hombre que se vuelve eterno. Torpes e ilusos, engañados del trabajo; perdidos regocijados en quién sabe qué formas. Andan siempre con el cuello sumido en sentimientos, y el amor del universo lo traen en un llavero. Sólo torpes, eternamente idiotas e imperfectos para el liderazgo débil del dinero y del orgullo. Sociedades los despiden para su último lamento. Y ellos siguen con su rotunda torpeza de respeto. Con el amor del fondo, con la ternura inquieta, las manos de los torpes de algún mundo moderno.

Son las doce horas exactas para contar lo último: la última mirada, el último escrito beso. No importa que la ruina tenga un brío que sella de cenizas masculinas de cigüeñas renovadas. Me iré para la brisa de una pasión furtiva. Y es que no importa ya, pues ya me ido herido. (2) Capturado en torbellinos Capturado en torbellinos de tristeza, trotando sobre agujas, incendiario. El más triste lamento. La más aguda angustia. Los fuegos de la vida me atizan en su oficio. Doce y mil costillas me comen las hormigas, los más raros gusanos malignos, transparentes. Mi féretro es de un humo retorcido que no llora, y mi piel tiene las cifras del sepulcro. La una y la tarde - serena, tan de nadie -. Grises son los ojos que me miran duramente con un rostro de amor, de muerte inconcebible y cruda. No veo nada. ¡Ya no veo! Son las horas del abismo. La noche muere, el día no nace. ¿Dónde existo? No lo sé… Mi alma es sólo un péndulo que gira y gira.

Cuando tengas en las manos la nostalgia Cuando tengas en las manos la nostalgia, prepárate el café de la alegría, el té de la hermosura. Ponte a cantar contando por ti en el mundo lo que tienes, lo que escondes, lo que alivia. Cuando quieras llorar por días enteros para dejar tu piel como una arena húmeda, ponte a decir el nombre de las flores, de la gente que tú ames, de las risas que has tenido. clviii

Se me acaba el fuego del cigarro que no fumo, como el amor a la mujer que amo y no encuentro. El llanto de la noche se me crispa en el cabello, y en la esquina del lamento su tristeza inunda. clvii

Cuando vayas por las sombras como en rieles que te queman de las plantas a cabeza, ponte a darle los colores al lienzo de tu alma; a formar la geografía de los aromas y las cosas que prefieres. Ponte a amar a las palomas, a los niños, a los árboles que yo no sé si tengas en tu casa. Ponte a reposar tus manos sobre telas y manteles y comida. Verás que habrá las cosas, por lo que ames, duplicadas, cuando vayas por esa vida que tengas en las manos de sonrisa.

Voy hacia ti en el tren de los crepúsculos, mi niña. Tan voraginoso como la piel del alba. ¡Ah…venturoso! Una catarina me ha traído la noticia de tu vida. Por eso voy hacia ti: irremediable, ansioso. Traigo en la cesta no incienso, jamás mirra, sino el amor más fuerte de los valles cariñosos. Voy hacia ti en las lámparas, a la orilla de la edificación que forma el temporal copioso. Te llevo los telares que van a tejerte de brisa; tu tiara cristalina, de un viento anchuroso. Como una flor, mi amor te llevo sobre la quilla, y los recuerdos de ti que no son: ¡tan amorosos! Voy hacia ti en el transporte del amor de risa. Guirnaldita de cristales. Hacia ti voy, voraginoso.

Soy la tristeza, tú eres la esperanza Soy la tristeza, tú eres la esperanza. Juntos tenemos un resorte de miradas que nos acecha siempre en las esquinas. Soy la ceniza, tú eres la semilla. Los dos salimos de la tierra y a ella vamos. Los dos somos de brisa y de renuncia. Somos cuatro ojos que gritan, dos manos derechas no estrechadas. Fuego y sombra. Luz y niebla. Somos los hijos de la misma lejanía. Tú miras para el sol al mediodía, y yo para la noche que madruga. Soy el hambre del arroz, tú eres el campo removido. En ti siembran las horas campesinos de arrebol; en mí dejan cosechas de las cosas ya perdidas. Somos como uno que no fuera; y vamos por los rumbos de los ríos sin sabernos quiénes somos: tú o yo. (1) Voy hacia ti en el tren de los crepúsculos clix

Hay tan sólo cableríos Hay tan sólo cableríos para que nadie nos oiga; y tus inmensas e inmemoriales palabras: - "¿Por qué dices esas cosas?" - ¿"? Nos veremos ¿"? Y con la breve electrónica del tiempo, el despertar alpino y los hogares de tu forma, hay mis palabras introvertidas y agrias: - "Porque no he sabido decir nada". - "No nos veamos alejados, siempre y nunca". Sobre la sombra Sobre la sombra, el árbol de la belleza tuya. La bien formada ortiga, clx

y la semilla amada. Bajo el alero blanco de las palomas mías, tu caminar se extiende, y mi acerado anhelo. Un alma oculta entre mis dedos tuerce las hojas y las revienta. (4) Tal vez si no te veo te vea tres veces Tal vez si no te veo te vea tres veces: te estime en tal manera que te observe, te quiera con mirar pleno de asombro, y te ame viendo en ti hacia el horizonte.

y las caderas cortas... ¿Por qué no vuelves? Los dos Delirando, los dos, del mundo deshabitados. Abiertos a la lira de la tregua. En franca huida. Vamos cual siluetas de juguetes de madera, cubiertos del amor, de escapatoria intensa. Los dos resellos que dan respuesta a un beso, los veinte dedos señalando, abiertos, las estrellas y el bramido de las ondas de un oceánico latido. En cuencos y canoas un vino recogemos de los labios. Humanos en un par, ignorando las gaviotas y los ángeles trozados, como diablos de cera. Un conjunto de bocas, de labios y fatigas. Los dos más firmes adeptos a la creencia nula del origen espontáneo del amor inextinguible que no tenemos en el alma ninguno de los dos.

(4) Anatomía en destellos Apenas el comienzo: la morada boca, los labios trémulos, las mil sonrisas... ¿De dónde llegas? Apenas la partida, los muslos rojos, el pubis de olas, las manos rosas... ¿A dónde vas? Apenas tú: la letra y libra, la hoja dorada, clxi

¡Amiga, amiga, toma mis manos, toma esto que fui y que soy! ¡Yo te he amado! Por ti un batallón de diez enamorados ha sucumbido; una legión de emisarios ha refrendado un lema sin ficción: "Mujer, te amo yo"; y uno a uno, la pólvora en desdén ha hecho de ellos trozos de aire y tiempos de lamento, hasta clamar a acorazados contra-pasión. Amiga, dura amiga mía: el coronel de mi alma ha transmigrado por la visión de ti; bajo su camuflaje negro estaba siempre la palabra de risa dispuesta a vivirse a sí, a vivirte a ti. El capitán del viento-pasado volteaba hacia tu trono azul; y te buscaba siempre entre colinas inmensas, bajo granizos de guerra; y te buscaba siempre que se veía llorando con la esperanza tibia de la libertad-dependencia deseada por su nación: ¡cuando sonrieras siempre por el país de nuestra alma!

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Y en lontananza, la marinería especulaba azarosamente, entre las coordenadas del miedo, con la profundidad suficiente para jamás ser hallada por los radares infatuados de triquiñuelas de mundos. Y los soldados rasos se agotaban, uno a uno, hasta que la temeridad provocaba, al fin, el amor como bandera; el amor como toda esperanza, como todo final y todo blasón coordinado con la guerra de la pasión tuya.

ideas por el trabajo salido del silencio; con la espera pura de relojes multicolor; con poesía de caminitos blancos donde los fresales verdean El otro, el que no es: el que no tiene

Alta sobre la niebla, mi ave alta. Siempre te desconocí. Eras un sonido de agua, un canto del sol; y también lo necesariamente bella para que yo fuera por ti palabras y silencio. Luz especular Mira el espejo: dice hola y dice adiós. Nos vemos y nos vamos, tú y yo. Eres la blanca luminaria, el imposible astro desde la luna del amor. Mira el espejo que te dice "Yo". Eres lo más alto desde que alguna vez un hombre amó. Nadie podría negarte imagen y sonrisa ni un poco de pasión. Míralo así: amarte y afirmarte en mí es una negación en dos.

(1) ¿Quién es usted? Quien le viera a usted diría rosa y estrellas y preferiría la tierra porque en ella existe usted. Caminadora, ata sorpresas, de gran sonrisa. La garza alta tras de las flores blancas: usted. Digo belleza, anhelo; digo vehemencia y locura: la digo, a final de cuentas, la digo, a usted.

Sabiduría lúdica Con estuches de cristales como juguetes de vocecitas divertidas; con caricaturas del viento y con gnomos y salamandras en albercas de espuma; con estanterías en los gestos, en las acciones; sin chispa por las luces variadas; con brinquitos a los inviernos hasta las primaveras, con todo columpio y resbaladilla de paciencia; con los títeres debajo de las clxiii

Detrás del hombre que quema con su frío, de la enmascarada astucia, de la soledad más cruenta, del antilíder incriminado y la pasión más oculta; detrás de todo príncipe de los "crepúsculos", del temblor humano frente a clxiv

este único; miro a quien lo niega todo, al que jamás pareciera estar enamorado, al aristócrata segregado... y sé, queriendo un mejor fondo mostrado, que siempre existirá amor ahí en quien lo niega todo, porque algo malo niega; que detrás de todo hombre-relámpago, detrás de todo iluminador, también habrá un hombre no acabado y algo por hacer luz todas las veces. Y, porque no se acabará de observar un cuadro sin matices, sé también, que aquél hombre titánico, impasible, no demostrado, podrá siempre secar sus lágrimas de fuego en los pañuelos de agua de un amigo; y que lo oscuro, podrá radiar su arco-iris cuando las luces quieran amar aún el camino de oscuridad de estrella a estrella. (4) La magnanimidad de Dios hasta los árboles, hasta los pueblos todos: ¡aún no he jugado todo, todavía!

(1) Dame el medicamento de tus labios. Dame el latir intenso. Dame cien mil instantes de tu juventud. Dame lo que tienes tú. Abstracto-efímero Habrá las lágrimas necesarias para amarla e irse luego; el suficiente llanto navideño, el vaho desalentado. Habrá un jazmín herido tras de su sombra y rostro. Y luego, tal vez, no haya nada... aunque probablemente lo completo y lo vacío, circunferencia y círculo, y algunas otras formas de deseo: un todo en el fondo de lo efímero y una nada en la superficie de lo abstracto.

(4) Se dan tres besos Se dan tres besos: el uno es el abstracto, el sempiterno, el hondo viaje - queda en los libros, en su concepto, en las palabras -; el segundo es el del sexo que no es contrario -tampoco opuestosino complementario - ¡ah, el bello sexo! -; y el tercero, como el segundo, es subjetivo, y va quedando en un lugar que no ha existido: en nuestro sexo. Porque los hondos besos muerden alma y momento. Hacia donde vayas lleva mi mirada, el incienso, las plazas y el café de la mañana en que jugueteó el enamoramiento. Hacia donde camines caminará el sentido del tiempo. Y el hilo de los segundos formará costuras de invierno. Hacia donde sonrías haz las figuras de porcelana que de pensarte figuro sobre el desierto del sueño.

(4) En todo lo que dice sí se anuncia un no, cada que estás aquí ya no estarás cada puerta de casa que abrimos son mil palacios cerrados, y te amo en mentira porque tú ya no eres tú: amaneciste otra y otra serás.

Te quiero: tiendo olas al viento, clxvi

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vuelo azar y vuelo sueño y dentello unas vías lácteas. Perfecciono este no arte de envanecerme al hartazgo pero en tu revuelo pensado el cariño es tan friolento. Y porque tú me ames recorro los doce caminos de cada mes discurrido bajo tu alma y figura. Incurro en las tentaciones: en el maíz del pecado entre tus trémulos labios y su irremisión eterna. Agito los submarinos y a los submarineros en ellos. Y te beso los dos labios que no tengo entre los míos. Para que tú me ames renuevo los días en las noches; compro las refacciones del aire para mantenerte en mi pecho. Y empiezo nuevamente a conocer las constelaciones desde tu reflexión y silueta; para quererte como te quiero. (3) Piel blanca, lentes negros, labios tiernos, rojos, sincronizados con el fuego: te reivindiqué a mi memoria porque en este libro, ahogado en sentimientos, las letras desfallecen a menudo, en su grito o inmutación, ante inexpugnables deseos; y de mi recuerdo brotaron inevitablemente emociones recobradas, como cristales ligeros sobre una mar de imágenes, toda vez que te pensé como en el fugaz último encuentro. clxvii

Tus alas blancas volaron sobre este libro claroscuro, las páginas de sombra se escribieron con letras gráciles de sol: y quise remembrar el instante en que no era todavía tu alejamiento, entre la espesura metálica de otra gente, cercana a ese lugar en que anidabas. Y sucumbiendo de bruces caí otra vez a ti en cada gota oscura saliente de la tierra más nevada. (Para no amarte hay que estar hueco, hueco de razón y sentimiento).

Tú fuiste la que llegó primero, la que fundó ciudades de estimación y de ansia entre las cabelleras de hombres. Tú fuiste la que deformó camellones, la que agitó los puentes y el pavimento fresco, en ciudadano silencio. Tú fuiste la que intrigó semáforos y a los globeros de parques; quien recompuso casas, con los tacones sombríos. Y hubo civilizaciones de hormigas enloquecidas que vieron como dejaste húmedas las caricias y húmedo el pasto inmenso. Tú fuiste esa señorita por la que vegetaciones y humo de las cocinas se detuvieron en arte.

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Esa preciosa perfecta y candorosa auténtica; cosmopolita de amor: ésa, fuiste tú.

Tantas navegaciones estelares desde ti para mirarnos juntos. ¡Ah como dos brasas que arden, como dos faros prendidos: únicos, irremplazables, tendidos frente al ímpetu! Tantas resurrecciones sin cuerpo desde mí para pensarnos unidos. ¡Ah como un iris arqueado que uniera al norte el sur: tan perpetuos de amor, y sonrojados de efluvios! Tantos incalculables seres desde la gente para jamás desunirnos. ¡Ah! Donde la brisa da vueltas para que los dos rodemos, como nueces y nogales por el viento y las traslaciones. Tanta harina en tanto yerro: tanto de mí, tanto de ti y de mis sueños.

¿En dónde encontraremos un cristal de sombra, de palabras que no hayamos dicho, para no vernos? Tal vez entre los párpados, - el púrpura, la plata, los campos de la piel -. O tal vez sobre un abrigo, tras la esquivez de niñas, lirios. O más allá del campo, los manzanos, los estíos; sobre los vientres, entre los rizos - descubiertos y de pino -. En el perímetro de todo, tal vez, encontraremos los rostros: pestañas y reflejos, labios de miel, de hiel y los designios. Ahí, en las palabras no escuchadas más que en nosotros para no mirarnos,

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tal vez encontraremos. lo que se tuvo que ir.

Absoluto de paciencia, de persistencia, de infinidad de quietud móvil. Sereno, amigo, acción de un alma distinta: siempre caminas con propiedad y delgadez física, con robustez de alma. ¿Y quién me habrá enseñado la sanidad del juicio, el lavado de la nostalgia en la memoria?

Amo la mañana tierna que llega, que acontece como un segundo aéreo de espuma floreciente. Y los minutos que, veloces, pasan, sobre los lagos, las escuelas, los autobuses. Amo las dos miradas con que no nos vemos en las esquinas del viaje que hacemos hacia otros mundos.

Cuando tú leas estas palabras, sabrás que yo te digo la forma, la cantidad, el sitio que no tienen ni la amistad ni el amigo. Sabrás que hay más murallas de nostalgia, tras mi mirada fría y serena o luminosa y cándida; y que de alguna manera se han venido acumulando risas, llantos, perpetuidad y locura de temperamento, para que seamos caminos distintos, cálculo y artificios, telas y resquicio de silencio o de discurso, de llanuras o montañas, o del golpe del agua que se da en el nido de tus juicios. Cuando mires, sin premonición alguna, los laureles de tus sueños recocidos, las máquinas y el ruido ejecutando lo ya previsto en tu trabajo laborioso o efímero, sabrás que hay libros que finalmente dan, de tanto verlos, cautivas lágrimas y risas, por miríadas y por pasos. Y sabrás que hay lejos, un hombre algo nostálgico, con la amistad a mano, tal vez entre planes y planos. Tú sabrás, amigo, en medio de tu indemne calma, de tus hiperextáticos sueños y tus sucintas pláticas, que hay esferas de vidrio para jugar en los billares o para hacerse saber el futuro y el pasado cristalino (aunque todo vayan siendo sueños) . Y en medio del arrobamiento que los dos someteremos a congelación perpetua, verás como, amigo mío, podremos desconocer aún más y reconocer feminidad y alivio.

Los hoteles que salen, las calles abandonadas que nos miran, para que yo te ame y ame la mañana grácil.

Te diré una cosa: y es que nunca me gusta hacer todo lo que he dicho, ni jamás decir todo lo que he hecho. Por eso es que me permito decir todo sin hacer mucho, y no decir mucho haciendo demasiado. (4) clxxi

En cada primavera habrá un estío En cada primavera habrá un estío. De una mirada fija del presente germinará el futuro ya vivido, como una hoja húmeda y silvestre. clxxii

Sobre naciones y terrenos despoblados veremos cómo crecen, perdurando, los nauseabundos muros de artificio que habremos de construir para olvidarnos. También las golondrinas anunciarán la huida, el llanto suave, eterno, en que caeremos porfiados a la vida, delirando en un minuto. Y cada hora de temor y torbellino, cada estrella apenas anunciada sobre el cielo, recogerán tu aroma entre la sed y el frío.

que vayas por horas y por calles dando fruto de todo lo que más te ame. Entonces (vayas, regreses), quiero que las manos de tu corazón de niña recojan vidas y viajes. Finalmente, te pido (entre las cosas extrañas sin volumen y sin forma), guardes, inquebrantable, un sólo recuerdo dulce de tu amigo silencioso y sus cinco peticiones.

No es hoy día, que no nos vemos, que no te amo en la antesala de las sillas y los pasos

Supongo que tu televisor no transmite cosas bellas, porque jamás la belleza ve la belleza, y porque no hay ningún verano e

Con una pasión silábica la sibila me ama,

Te ame o no te ame Petición múltiple Te pido cinco cosas; cinco, simplemente, como cinco puntas tiene una estrella muy famosa. Quiero, en primer lugar, lo que acaso más importe: que aunque trabajes mucho jamás fatigues tu alma. Y luego, en segundo término, te pido que no desesperes de agitadas actividades. Después mi petición es clxxiii En tu corazón nacen jazmines, a pesar de todo, te ame o no te ame. Aunque vea como el follaje de tu piel en esos párpados, humedece brevemente; aunque tu risa aquiete tu fulgor en sus rompeolas; y aunque perpetuamente tenga cautivo el abrazo que no he podido darte, sé lo que no ha sabido nadie, y siento contigo lo que no ha sentido nadie en el momento de verte: clxxiv

que de cualquier manera, te ame o no te ame, eres hermosa y frágil. Estrepitosamente, como si en mis labios saliva y ansia se fundieran en su nombre, la quería. Una lluvia de algodones en medio de la tarde, como un delantal del cielo venía a limpiar mis mejillas de chocolate-quiero. Todos los días una encrucijada de adoquines, de cestos y raulíes, de todos-nadas, me llenaban de astucia para las canciones de mi alma, para invocar la suspicacia de las ardillas, de los florecientes estratos de amor que sólo sacan mujeres y hombres según la ética del día. ¡Qué bella era la tarde cuando el sol de tus manos me acariciaba a distancia! ¡Qué irradiación de dicha cuando la sal del mar llegaba a mi boca en forma de saliva y yo creía ver los besos naciendo de las rocas de la madrugada marina!

Primavera: Vuelas con cara, con uñas y pies, en laberintos de guerra. Un ala morena, una emplumada nieve, un sol sobre arcilla: tú, Primavera. Mi nunca mía. Nadie menos o más que yo para guardar su amor, mi insoportable bella. Tu indescifrable magia, ¿en junio caerá? Tú: ¿jamás mía? ¿Mi Primavera? La lila rosa, y la hermosura; la herbolaria entera, la renacida tierra de mil semillas son tú, Primavera. El sol a luces y lluvia se calla sobre tu aroma Y tú no eres tuya ni mía, pero de alguna forma eres siempre, mi Primavera. De donde emergen ecos enredados De donde emergen ecos enredados nace tu flor morena y tu tristeza, entre las notas largas del lamento, clxxvi

Voy a cantarte, Primavera Voy a cantarte, Primavera. Vi el sol de marzo, y tu sonrisa tuvo la misma forma de mi mujer estrella. Como te busca a ti el otoño, a ella la perseguí: miré su rostro (no había más gloria). Tus blancas manos sobre el follaje se parecían a sus hojas; y en tu corteza una diadema en mí semejaba una corona que fuera tuya: una de alteza. clxxv

como si fuera todo la vez última. Es por eso que ayer no te amado demasiado, y sin embargo soy perdido del instinto. Y es porque crecen más las rosas con el llanto que has venido a nacer en este mundo. Es este invierno en que abres tu capullo, y las abejas te van aguijoneando de la risa, aún con tus espinas de gestos y rechazos. La primavera viene atrás del tiempo, y más allá de su imagen van tiritando nubes, abriendo palmo a palmo tu alegría que fosforece. Perdóname. Porque es hoy la tristeza la que llega a mi casa, y se hospeda por el tiempo de pasión y de las lágrimas. Y porque soy y voy, en el presente débil, con la esperanza quebrantada. Pensé: los ángeles y el diablo y los carajos más pedregosos. Me dijiste: "fue tal vez el destino que tus palabras se perdieran", cuando ocurrió el robo de mi casa. E iluminé el mundo anverso: los destinos son un nudo de voluntades. En todo amor hay mucha voluntad, y quien más voluntad tiene es quien más puede estar cerca de lo que ama.

Es hoy la tristeza la que llega a casa Perdóname, es hoy la tristeza la que llega a mi casa; la que se aloja sin preguntarme en dónde develará y desvelará mi pensamiento con sus ruinas y fantasías mortuorias. Es este olor de pérdida el que reemplaza mis lágrimas; el que se ata, con un nudo de sangre, al pecho soñador de barcas y mujeres ávidas de nuestra distancia. Es como sentarse a sentirse parte de la vida (tal vez la última parte); como ir corriendo, dando vueltas, estableciendo páginas de melancolía de agua; e ir azarosamente gravando una estela en el torrente del alma con el nombre de la amada: contando, recortando nubes y margaritas con el llanto a espaldas. Perdóname. Es hoy la grave ausencia de amarla y no quererla en este instante, lo que me hace más amarla. Una mirada infantil recorre lunas para que caigan próximas, sintiendo anticipadamente el minuto ya sabido en que llegará la hora del ansia o la nefasta. El último dolor se perpetúa con su aleteo de sal llorada. Las últimas palabras nos estallan en las manos. Y las gaviotas, lejos, como tú y yo estamos lejos ahora, vuelan como ella y yo volamos hacia ninguna parte y hacia todas, más allá del alma. clxxvii

Un día de estos voy a amarla más que nunca Un día de estos voy a amarla más que nunca, porque tal vez alguna madrugada ya no la ame nada. Saldrán las flores secas de más allá del día, y los secos escombros de la alegría del alba. Será la hora perfecta para decirlo todo, para callarlo todo y hacer nacer la llama de las inmensas hogueras del amor interrumpido por el humo y las fragancias incendiarias. Entonces, a ese tiempo, caerá de cielo o techo la tarde más feliz o la agonía morada; y lejos de palabras se escucharán respuestas, para que línea y línea que tiene ella en los labios, las húmedas pestañas, los negros rizos a la espalda, hagan de realidad el sueño o demuelan la esperanza.

No, ella no existe. Mi amor de ella es tan fecundo que se alimenta de sí mismo. No, ella no es un palabra; no supo de sartenes ni del sonido terminal de algún platillo.

clxxviii

Sonata a una cocinera A ti, corazón durazno, alma de fruta de azúcar, sonrisa de medialuna, encanto de aguamarina, te escribo lo que no pienso y lo que voy sintiendo. En tus manos hay la harina que hace las tortillas, e hilos de queso se extravían por tus delgados dedos. Eres la que cocina los sueños, la amasadora de amores. Mi fina amor harina, mi señorita de humo y de especias: pasan los soles, las nubes en tus sartenes, y tú esparces el cariño en invisibles estelas de aroma. ¿Qué queda?… La estructura de tu cadera, el mármol que no eres. Quedas tú, mi fina amor harina, el aceite de tus manos, y tus mejillas cocidas a fuego rápido por los dioses de la hermosura. Por eso es que he querido comprender algo del rumbo que has llevado: no puedo ver mujer en llanto, como no podría ser nadie que no ha amado. Voy a decir algo más, a la orilla de mi río: en estas olas que se vienen a pegar contra las rocas más pequeñas de mi alma y pensamiento, hay una preocupación rotunda por saber el número de risas que forman los milagros, la amistad, la cercanía, el contacto. Quiero saber, en fin, las cosas invisibles que hace el viento para rodar las lágrimas y recortarlas en los labios con una sonrisa de claridad y limpia, y tal vez con lo simple y deslumbrante de ese mundo que yo amo. Pero antes, quiero que sepas algo: que tal vez algún día emigrarás como esas gaviotas de que yo hablo, a la universidad del viento o de las hojas, o a las azules bancas de algún mundo oceánico; porque me has dicho, de algún modo, que no quieres desplegar mucho tus alas en el viento de números que he habitado. ¿Pero cómo saber, si sólo tú lo sientes y lo sabes? Y yo no te diré nada, porque el corazón y la memoria siempre están en lo que más amamos o anhelamos (por eso es que yo estoy ahora en este mundo imaginario). Sólo aumentaré unas líneas (¡permíteme unas líneas!): como un topo, yo salgo de este mundo subterráneo y construyo unas estrellas con acero y planetas con pintura y agregados; también salen las abejas a trazar la arquitectura de la miel en un millar de hexágonos. clxxx Hemos subido y sabido todavía más cosas que momentos y torturas de libretas. Voy a decirte algo; muy lentamente; algo, como si fuera un río de humo y sal en el que vamos navegando: Yo he tenido al sol entre mis manos; la larga fiesta de la luz en las arterias, y los dibujos del cielo en el que estamos cada vez que tú, o yo, o alguien más, amamos. Y he terminado como un loco prismático con ese amor y fiesta de estrellas y relámpagos. Pocas cosas son como esas muecas de palabras que me salen de los labios; pocas cosas son así de reales, de tangibles y de auténticas: la mujer y las gaviotas, el destino húmedo y el bosque en que viví los días de mi futuro ya marcado en un túnel de años.

La fácil ternura de no decir hoy para decir futuro en ti, mujer, me dice así: "no te amo yo". Pero un día Una manzana de futuro cae Y se hace presente deseo e imagen de amor: Porque el despecho es rotundo como una hoja quebrada Y un quebrantado amor Sobre el que cayera Una manzana o un "quiero yo". Esta carta, previa a la guerra, con que la quise y establecí el reinado de ella en mi patria-corazón y mi bandera-amor a ella; es el destino de mi voluntad en el período que me salí del tiempo para amarla: clxxix

No digo nada más, y sin embargo, voy a pedirte algo: cuando vayas por el aire, en algún viaje a otros bosques, tráeme un pedazo de confianza de algún nido de ensueños o recuerdos de ti misma. Y... Vueles donde vueles, te vayas o te quedes: vuela alto. En tu corazón siempre vuela con la altitud de cada segundo ansiado. Y recuerda: quédate ahí, sólo ahí, donde desees haber estado. Creí ver, en medio de pólvora y tierra, entre locos encantos de fortuitas ideas atacadoras, a ella. Lo juro y sé: lo sé como mis manos y sus labios; lo sé como los vientos y tejados; lo sé como el café y la enfermedad y el llanto. Mientras yo, alojado en avatares, quimérico, último capitán de la probidad de su tersura, ornamentaba la lluvia el milagro de su apariencia estelar de bella. Ahora no podría citar cómo su alma era la mía, como mis manos se ramificaban en diez falanges multicolor, y su espíritu invocaba mis palabras pendencieras y mis “fulgores” de pseudopoeta. En la tierra (¡no en el cielo!), una frondosidad de grises en riachuelos, en cocinas, en muebles y cuencos, en pupilas de niñas mentirosas, esclarecía bella: llegué a saber que ser en ella no tenía importancia al pensamiento como al bienestar de NUESTRA alma.

para decirte que te amo. A la entrada del trabajo, del estudio, de la fatiga henchida, lo primero son tus labios. Te amo a soledades sueltas por el destino de tenerte en manos. Y, hay veces, que a otra amo, porque te amo como si otra tú habitara aquí por años.

Yo digo "yo" para decirnos nunca Yo digo "yo" para decirnos nunca. Afirmo que soy si en ti yo soy. Yo digo "tú" para decir anhelo. E invoco tu nombre como si me acercara a ti. El cielo de mi mundo es tu presencia y la palabra "nosotros" en mi imaginación más valiente. ¿En dónde estarás tú cuándo yo marque a tu casa o tu oficina? ¿Perpetuamente en mi alma si el amor es lo eterno que lo pintan? Siempre: en un gato de agua moviéndose en la noche, rebasando sombras acres, y alojándose en la más dulce de las penumbras, como escapado de una batahola de perros en vorágine; siempre: en un sapo marrón esquivando miles de árboles, ignorante de semáforos; siempre: en carreteras de chocolate blanco y líneas negras, con automóviles empedernidos desbaratando conductores; siempre: en una estrella atrás de la tormenta de burbujas de cebada en que camine o vaya; será señuelo clxxxii

(1) Yo te amo. El verano es demasiado corto y las palabras demasiado largas clxxxi

indubitable: algún día en el universo consuetudinario y receloso, un hombre fue capaz de amarte. -------------(1, antes de Bitácora de sueño) Cerré los ojos y soñé un cortometraje como otro no había visto antes: Un monstruo sonriente, sin tez ni nombre, sobre los abetos de la casa de campo de mis tíos, con los ojos desorbitados y una corona violeta en las sienes con el nombre de Neptuno; un tridente atado a sus manos con uñas tatuadas de castillos y poblaciones en hambrunas, moviéndose como una llama levemente tocada por el viento. Mientras fumaba un habano, parecía también entretenerse en la lectura del futuro, al ver una nebulosa flotante sobre su maletín de cuero. Nadie, nadie lo esperaba; nada lo acechaba; pero su sonrisa era precisamente lo más terrible, como si fuera un baluarte sofisticado contra una indiferencia universal. Y mi corazón estaba ahí, danzante, dando piruetas con unos pies de niño de margarina, sobre la fumarola escapada a la mar de su lecho. Y cuando desperté no interrogué Era la tarde, era la lejanía en algún poblado cercano a una carretera impávida. Eras tú en mí, también, sin darte cuenta; y, sin saberte, yo en ti. Entonces me armé con un bolígrafo y una paciencia verde, verde como los predios adyacentes a aquél sitio plagado de serpientes primaverales, tétricas y ahogantes. Tomé las hojas de un libro pesado, áspero y seco de tantas tardes de polvo; y, por una vez, creí haber escrito algo con cierta nobleza, con cierto encanto: dieciséis líneas azul-verdes de orgullo y de deseo. ¡Y todo fue tan natural! (1) Bitácora de sueño En esta fecha te amo. En una costa de concreto, clxxxiii

frente a un mar de grava y lo adversario, me azora el corazón este decreto: Te amo. Con la herramienta del beso atado al cuello y un fragmento de algo eterno te amo, como si aquí y ahora fueran diario. No hay palabra que más quiera en un rincón de la estructura de los cielos que este decir te amo bajo la niebla, lluvia y el deseo. En esta fecha te amo. Y un instante, por amor, se torna eterno.

(2) A veces quiere venir otro; vivir mi vida; no ser yo, pero en mi cuerpo, alzarte a ti la voz con un muy otro grito de deseo. Quiere decirte cosas: "me tropecé contigo como un perdido niño inquieto frente a una fuente o prisma del hemisferio del anhelo". Hay veces, mientras vivo muerto, quiere otro, y otro parece aproximarse hacia tus besos. Y yo le digo: "siga usted porque se ha ganado mi respeto, y porque yo, el amoroso en extravío, ha muerto". clxxxiv

(¿Perpetuamente en mi alma si el amor es lo eterno que lo pintan?) (4) Yo soy el que ha venido a ti por vanidad de cielo, el ínfimo ser del universo que descubrió la doctrina de tu pecho. He sido aventurero hasta mirar la pureza de tu pubis, y el súbito destello de tus colmillos no etéreos. ¿Quién quisiera tus manos como yo las quiero? ¿Quién sabría de muerte, como yo, cuando no te beso? Nada basta, entre cardos y rubíes, niños y meretrices, arena, tiempo, esteros y jornadas de fragatas irreales, sino la vastedad de tus pies, de tu boca, tu nariz, ... y de tu aliento. Siempre tú enamorada; siempre... ¡Ah, qué belleza tenían las galaxias que danzaban cuando yo te amaba! Todo me sabía en ti a Venus, a metáfora tatuada en el cielo de la noche. Y tú... tú, enamorada. Nada más mirar tus ojos desvelados, pensando eternamente al hombre que habría quitado a su muerte un acorde de vida; nada más que repensaras "él, él, él" y el cielo se desgajaba a leves sonidos de mañana. Mi enamorada: un gorrión de luz venía a veces a ti cuando ya no nos quedaba tiempo para hablar de nada; o a veces un cantante extravagante, con un sombrero de madera y unos timbales de frío nos atacaba. Y tú seguías enamorada. La música se nos volvió perpetua: el sol era gran-señor y la mañana una reunión que capturaba rostros de amantes de alguien muy lejano; mas tú y yo estábamos tan próximos que un día temí que muriéramos de alguna colisión de tiernas lágrimas, como un cometa cercano a un planeta de belleza. Pero tú le amabas: Eduardo, Luis o Pedro, Javier o Alejandro (¿quién lo sabe?). Yo te amaba: el mundo era un mesón de bolero con violetas; la música de los violines o guitarras temblaba de pasión en tus orejas. (4) Carta del futuro Es el futuro, es el ahora que aún no ha sido, cada minuto es tuyo-mío; vuelan los pensa-sentimientos nuestros para el mundo: así el mundo es aún más "nuestro". A esta imprecisa hora tu vestido sabe a chocolate; esparce su olor a incienso; y es amarillo en la mañana, verde a las cinco, y azul fosforescente en toda noche, antes de transparencia bugambílica en el amarse. Es este tiempo el de los edificios más inteligentes, de células y sangre electromagnéticas y planetarias; es el segundo impreciso para ti que es ciertamente más mío nanosegundo a instante. clxxxvi

(4) Es mientras duermes que el amor acalla Es mientras duermes que el amor acalla, que las hojas se desenvuelven y exhalan savia. Las horas de los ángeles no tienen ya futuro en otros mundos, porque sólo tu respiración habla. Es mientras duermes que escucho cerraduras, campanarios y guirnaldas, desvaneciendo luces entre tus cabellos reposados sobre una colcha incierta, entre tus piececitos de luminosa mujer castaña. La noche entonces se perpetúa en cascadas de lucecillas o arenas sobre una manta nocturna. Y es para que haya belleza alrededor, como una aureola. Es por eso que me encanta tu tranquilidad horaria; y porque charlamos, sin que nos demos cuenta, los sueños y las nostalgias, y el amor con que no me amas. Siempre un gato de agua moviéndose en la noche, rebasando sombras, saltando hacia cornizas mal colocadas. ¿En dónde estarás tú cuándo yo marque el teclado telefónico de tu casa o tu oficina? clxxxv

Caminan perros con lentitud de tortugas, se cultivan rosas cantantes y las aves se entienden con las hierbas, ¡y los cielos violetas de otras tierras se recrean! Es el futuro: aún se ama el hombre en la mujer y la mujer en el hombre, porque nos sabemos como personas (...y más que eso; con ciencia del amor en la conciencia).

Cantó mi nostalgia, daba fiesta a tu vida, y tu piel se adornaba en dos botones de besos. Bañada de sueños, desde tu garganta, tu boca brillaba sobre las palabras caídas del mármol, de la roja alfombra que hizo un honor al amor por tu boca. No fuimos mucho. Quedamos lejanos. Y yo lloro y lloro pensando en la noche qué fue de tu boca y de tus orejas. (4) Halando entre loros y lirios Halando entre loros y lirios por los muelles de la palabra. Es como si mirara las infinitas cavernas del amor dulcemente sincero; y las hojas más sombrías, las horas inexorables de un sortilegio encantado. Vuelve a escucharse el relámpago de imágenes protectoras de llanto, livianas y enrojecidas. Vuelve la empuñadura estridente del monstruo de la alegría. Y sin embargo me embarga la buhardilla donde habitan y recogen, los caballos del alba, sombra y vida; y un cuello desierto y ávido de castañuelas y lámparas fascinerosas, benditas. Halando las sorpresas todas y la espontánea risa. Halando, estoy simplemente halando e inhalando vida.

Caminaré contigo Caminaré contigo, los sueños, el tiempo tecnológico, un dictamen del presente y el pretérito. Los dos que somos tres y cuatro y más hablaremos con silencio: y tú sabrás lo que yo siento, y tú verás lo que yo pienso con tus dedos, Hasta que te conozca sin saberte en este tiempo. Así fueron tu boca y tus orejas (1) Cantadas por el alba, despeñadas: tus orejas. Caídas como puentes de adobe hacia el sonido. Donde quiera que el aire las tocara soltaban ellas, al compás, su vida, familias de prados - embudos de rosas -. Miraba el otoño su forma escapada mil veces al sitio de un hombre remoto. (Faltaban los días que me enamoraran.) Ceniza marina en que cartas de arena endulzaran la brisa y tu boca de cáñamo. clxxxvii

Adiós Bajo tus ojos, ¿qué leo?; entre tus labios, ¿qué escribo?; sobre tu mano, ¿qué canto?; si tus pechos tatúan mi olvido.

clxxxviii

"¿Al fin entiendes?" – me dices -. Yo te respondo: la misma voluntad con que tú respondes no, en mí quiere negar tal negación. ¿Y no será que todo esto es siempre involuntario? Lo más cercano a la eternidad parece estar perdido en un juego de azar. Tú y yo, Mujer, formamos una amistad... (y un amor).

Eres a quien sobra sombra festival.

Enredaremos golondrinas a la manera del viento; cosecharemos soles con tallos que nos canten. Seremos imposibles hasta que no haya tiempo: un par de ciegos que sólo sepan de azules. Descubriremos la mecánica de los sueños, los tréboles rojos creciendo a millares en el cielo, la distorsión furibunda del fuego de los pueblos, y ese negocio gris, para el dinero, que son los besos. Escucharemos vestidos de música en la ciudad. En el país que crearemos habrá habitaciones de hielo, alguna sala selvática y arcoiris eléctricos contra-ansiedad. Y nadie sabrá que ignoramos cada vez más... hasta que luego de vivir sepamos qué se ha llamado vida. Hasta que luego de vivir sepamos qué es la vida.

Se aten a tus cabellos los recuerdos: llueva con el pasado en los llanos amores. Bajo el fragor solemne de tus cajones no me regrese a ti, nunca, un momento. Caiga ventura castaña sobre tu cabello. Que en la espesura de mi memoria, sobre todo estupor, todo tu cuerpo permee y a tus sienes de vueltas la malaquita y el viento. Que nada sepa que fuimos colores de fuego. Quiera perfume tuyo el caminar femenino, Amigo mío: Definitivamente el pensamiento abraza lo que se ame. Para no amar hay que evitar pensar en quien se ama.

Me acordaré de ti Me acordaré de ti cuando me halle en el abismo: en un cielo de infiernos, en un dolor amado. Me acordaré de lluvias que no llueven sino en mente, y de penurias quietas ansiosas de la acción. Me acordaré de ti con cada acuerdo mil veces sostenido entre anémonas y fuegos. Festejaremos entonces el sonido de las nueces libertarias, contra las fábulas azules de un pesar educativo. Y pensaremos, y recordaremos, aún así, como los griegos: uno en el otro nos veremos, otros seremos, uno en el otro, según el pensamiento, cxc

Te ríes con tanta fuerza que sé quieres llorar. Y piensas que solapa tu luz la oscuridad. Te ríes por la nostalgia, te abrazas a la cosa que no es la eternidad. Tú no sabes que ya nadie te verá.

clxxxix

según la vocación más emotiva de esos tiempos.

Acicaladura Viste de noche cuando salgas con mentiras, y cuando conmigo salgas, sal-enamórate. Péinate, amor mío, con amor tuyo. Hazte trenzas rojas de cien verdades. Ponte tacones altos para canciones claras. Maquíllate de océano cuando vayamos a quedarnos. Haz una reservación de alguna banca en algún parque, para tomar un té como un café que sea agua simple. Colócate el collar de un amor hacia adelante. y aprieta bien mis huesos en los tuyos, cuando en mí te ames. (4) Cuestión Yo tengo esta pregunta que no es comunicable, esta duda formulada con seguridad adusta. Y en esta sangre que no fluye en un movimiento estático y un tiempo indemostrable, yo invento recordando, descubro en descubierto, te creo creándote. Un día, tal vez, se me conteste... Ahora, no se sepa más que menos. Erósfera

(4) Amo la libertad de las cosas atadas a la Tierra bajo la música de la naturalezza. (4) Con un aeroplano de sabiduría juegan los niños y los adultos se embriagan con inteligencias múltiples. Con testarudas rosas calma Dios las fumarolas. Viento en el viento sopla el cariño índigo de un río. Trozos de agua platican con nubes de arena, cal y sangre, roca y sudor, martillo y cristal hasta formar salángeles. Violeta a violeta persiguen soles a serpientes. Y detrás de madrigales, vaporosas hojas de maple, mientras la metalurgia del Amor me va creciendo entre arteriolas, con tu imagen. (¡Solo mi cielotú tiene estos diseños celestiales!)

(4) Voy de trabajo a casa pensando en vacaciones y en vacaciones sólo pienso la casa de tu aroma. Y sé que no lo sabes: ayer encontré en basura el número exacto de los meses que te faltan para amarme, mi Tierra, mi bendita

Adiviné, pasando, dos pensamientos imaginariamente escritos ahí: "Alguien abre un libro y ve un sol... Alguien abre un sol y lee un corazón". (1) cxci

A donde van las anémonas, a donde camina un artrópodo azul, un cromosoma ebrio formando genotipos a trayectorias matizadas de letras ilegibles; a donde llega el trilobite a perturbar toda una historia, acompañado por anfibios perplejos; a donde van la química celeste, el ozono receloso, y los compuestos más simples; a donde van los moluscos a pasos lentos; a donde se dirige la anatomía de los besos, la vida cxcii

sobrevivida, en que se forma el ciclo de pasiones enigmáticas del mar hasta los cielos; a donde vamos, cuando estemos... ¡vayamos con estruendo, con pasión y con amor continuo, particular y multiestético!

Tengo una cero- inspiración para escribir su rostro.

22 de enero del 2002. I write u from nowhere... I'm here but I'm not here: just being another... Where are you? Where am I? (Maybe, I won't ever know.)
Te ríes con tanta fuerza que sé quieres llorar. Y piensas que solapa tu luz la oscuridad.

Te ríes por la nostalgia, te abrazas a la cosa que no es la eternidad.

Tú no sabes que ya nadie te verá.

Eres a quien sobra sombra festival.
11 de febrero del 2002. Hola. Escúcheme usted: hoy, hablando con L. (qué grande y mínimo es leer su nombre, hablar su nombre, pensarlo); escuché que no sabía a qué hora saldría exactamente... Y luego supe que a las 7:00 había salido (ella ya lo sabía seguramente, pero no me quiso decir). Al fin, después de muchos meses, hablé con ella: ¿y quién es ella? Pasa que me pesa todo: las rosas blancas que le entregué este año una única vez; su mejilla, el sol reverberado en el café. L.: veintitantos años de belleza, uno setenta y tantos centímetros de amor. L.: mentira pura, verdad que quiebra, No hay gota de poesía en el mundo que yo pueda beber. Y me hastío de esta solemnidad lacónica hasta que un día, mi alma vuelva a ser. que espera y mata y vuela esta pasión.

1 de enero del 2002.

cxciii

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Dijo que me hablaría después, pero después es nunca y un siempre únicamente un hoy. (Sé que no lo hará: no sabe mi teléfono seguramente). La quise; la he querido. Tal vez,... Tal vez,... Ah... Dios! (4) 13 de febrero del 2002. Mientras tuve conciencia, quise mucho a esta mujer. (2) 11 de frebrero del 2002) Secret de polichinelle (Siento terror, terror-amor; mis palabras sobrenadan labertintos de ficción.) Hubo este tiempo en que afanosamente la buscaba aproximadamente a la décimo novena hora del día: mis pasos no sabían a dónde iban; mis ojos no sabían mirar sin encontrar, pero miraban. Y tal vez en un escritorio, en alguna silla, ella estaba tranquila. Yo, en carro o a pie, ¿y ella...? Era, con sus labios enredados con mentiras y sonrisas, con su voz contestando llamadas tan desconocidas; con su altura blanca de montaña de quimera. Y hoy, entre siete y ocho de la noche (¡qué importan los relojes de agonía o felicidad!) la he visto. Y así lo he vivido y lo revivo: Me detengo, cambio mi ruta por debajo de la acera y me vuelvo a detener, bajo una oscuridad rotunda. La sigo: camina con otra mujer – pero, ¡es ella, es ella! -. Me presenta con su amiga, me mira con alguna altivez o con una resuelta intención de indiferencia. Camina como si la noche fuera tan corta que fuera a hacerse el día siguiente en poco tiempo. No me ve: me siento marioneta de esquivez; bajo las escaleras con esas dos mujeres que parecen, ante mí, un par de desconocidas. Pasan los torniquetes: ella no me mira, no se despide, no dice nada (su palabra es su espalda). Vacilo, tiemblo, siento irme; entonces busco en mi cartera y paso los torniquetes, busco las escaleras, bajo rápidamente y encuentro que está allí, al punto más cercano de disolverse todo. Ya adentro, toco su brazo, y digo: "nada más te quiero ver una vez"... Y siento este terrible batallón de vasos sanguíneos, comandados por pupilas, insertándome sus lanzas. Le pregunto si me odia o algo por el estilo; y no responde, me mira únicamente, creo que me mata de mi "terquedad". Bajo en la estación siguiente. Ella dice que la vea mañana, a la hora de la comida. Entonces sé que estoy a punto de morir o revivir, porque he abierto la estructura del pasado como fuego, y de mi sol como ella: L. Adiós. (2) 14 de febrero del 2002. ¡No, no! Se que escribo a alguien que no me conoce; que tal vez alguien más me leerá: pero esta vida es así. El azar, la necesidad de contar algo que nadie podía, en ese momento, escuchar, me llevó aquí. Yo confío en ti, que no me conoces bien, porque quiero ver el bálsamo en medio del torbellino: toda la humanidad merece un día de luz si hay alguien, señorita, señora (no sé...), que tenga en sí la suficiente fuerza de corazón para encender el fósforo de otra alma, sin otro motor que su voluntad. Esta mujer alta me miraba ayer; y yo temblaba, se calcinaban mis palabras. Y viene a confirmarse todo: ¡indiferencia, “sublime” indiferencia! La quise, tal vez la quiera mucho: ¿dónde estará mañana, cuando llamando a su trabajo, se me diga que la señorita L. se ha ido de esta compañía horrible en que trabajamos, un día, los dos? Si me hubiera dado la oportunidad de ver su vida por lapsos mínimos, una sola palabra indecible de júbilo, de orgullo, hoy como nunca, haría del rompecabezas de mi presente un futuro con esperanza. Pd. Agradecería mucho que nadie supiera nada de lo que cuento, a no ser que sea tu esposo, tus hijos (no sé si los tengas), o alguien muy cercano.

(2) 14 de febrero del 2002. Gracias por todo lo que comentas: es "saludable" escucharlo así, como si no se hubiera dicho nada, con esas metapalabras que no hacen un sólo ruido. Espero que tu cumpleaños sea agradable e interesante. En cuanto a lo de Lorena (¡que cercanía a la imposibilidad hay en escribir su nombre...!) te contaré lo suficiente: me presenté con ella por sorpresa y para disgusto suyo, según lo supe ayer; y, ayer, al encontrarla otra vez para cumplirme esta promesa de verla, quedé impactado de los pocos minutos que me concedió, de mirar esta terrible locomoción de imágenes agitándome, entregándome a una pendiente espantosa, cruda, sin miramientos. Comimos en el mismo lugar en dos

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mesas distintas: y al final, su "amiga" espetó algo sobre los locos en referencia a mí, ante lo cual Lorena ya no respondió una palabra más. Estaba en la mesa, pensando, aturdido, pero con pocas lágrimas por fortuna. Vino alguien más y sonreí (porque el amor es un arte heróico que debe ser superior a nosostros mismos), y platiqué, como si nada, tratando de sacar a sonrisas toda tragedia. Pero nuestra plática fue terrible: me dijo que un día me había atrevido a comentar algo de ella, puesto que yo le comenté que nada había sido igual desde que le había confesado todo. Le dije que otras veces esto ya había pasado; que no quería el mismo final. Y lo terrible fue ver este ángel negro de inmisericordia en sus ojos, que armonizaba con sus palabras: "no necesito más problemas; ¿por qué yo, por qué me lo dices a mí?"

Ya sé que no me he dignado a hablar, ni escribir en mucho tiempo. Pero no diré mucho... ¿cuántos Israeles tendrían que decir algo para alcanzar una acción de alguien como tú? Me declaro en quiebra emocional: pobre de besos, de abrazos; ilusionado hasta el hartazgo; vano de capturar el minuto del triunfo-amor. No tengo un sólo centavo de ternura para pagar mi llanto. Voy en el carro o el trabajo, llego a mi casa; como, duermo, como lo harán, ahora, centenares o millones de humanos. Y tú me ves, por la tierra, traga-añoranzas, limpia-sueños, indócil, lúgubre, perdido. Pero la quiero,... ¡la quiero!

(Me atisbo y me voy al diablo...) Pero la he querito, la he ensoñado tanto! Es tarde, muy tarde ya! Ahora planeo escribirle una o dos cartas -con motivo de su cumpleaños en marzo de este año y para el año de su media centuria-. Frases como estas ahí, probablemente: " Ayer, sin despedirte de mí, tal vez nos dijimos adiós. Sé feliz: Morí, joven aún, un día del mes más frío del calendario del limbo. Y me quedé sin usted..." ¡Ay, amigo: tú conoces cómo podría definir mi éxito o mi fracaso! Sólo te digo algo más: a este hombre que soy, susceptible de sentimentalismos, lo estimo. Este señor tal vez perdió el buen sentido de todo cálculo, pero encontró la Tierra de lo humano. Ya sabes: ¿qué potencial tendría este ser subjetivo? Yo, que soy una planta, un calamar... atisbado en emociones, derrochador de pasión. Por el camino, solitario, no hay más luz que la de tu linterna extinguiéndose; a no ser que tú seas un gran fuego. Adiós. Cuídate. Sigue tu camino de éxito. Tu hermano, tu amigo, Israel. Sabe ser feliz. Las tintas de fondo en este carácter parecen indelebles. adiós

(4) 16 de febrero del 2002. A pesar de todo, cuando la recuerde, haré un objeto fracturable de este pensamiento suyo: lo materializaré en mi mente lo más posible, lo volveré vidrio, papelquimera, azogue, vientopasión. Entonces despertaré: habré dormido cuanto haya deseado dormir de ella. Habré sido lorenaico hasta el último momento! (Elle, mon amourese éternité.) Adieu. (5) 5 de abril del 2002. Te diré que cualquier “diagnóstico” que te hagan es una mezquindad. Si te digo "estás chocado" no digo más que el "huevo es blanco"... Lo importante es cómo llegar a ser o hacer algo...

(2).- Capítulo de la guerra 16 de febrero del 2002. Mademoiselle. Hola.

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Pero te diré algo: estoy de acuerdo con mi amigo Jorge en que también el fin no es ya lo mejor. Lo importante es la batalla. Si tú me dices: "no tengo tal o cual"... yo te respondría que yo también carezco de muchas cosas. Pero, ¿y la batalla? Hay que creer con la bandera de las manos (símbolo, acto), de las uñas aferradas al "milagro". Yo descreo de mí por alguna inacción, nada más... Por lo demás estoy convencido de tener en muchas cosas lo suficiente. Pero también descreo de toda bandera omnipotente que haga quieto el sueñoambición-acción de llegar a ser. Aunque, te diré: lo mejor que te puedo comentar es que tal vez deberías luchar por ese entorno (aunque te aseguro que es más difícil luchar sin el sueño que con él). Yo creo que hay que "lavarse el coco" un poco para mantener una limpieza interior suficiente; hay que maquinar según la posibilidad para triunfar, puesto que la lucha contra uno mismo es más complicada si uno maquina según la carestía. Pero hay que sentir, sentir hasta el arte (eso creo). ¿Yo qué te pudo decir? ¿Qué más? Me siento y podré leer estas palabras mil veces: y me imagino que si de soñarrealizar más no habría llegado, al menos, a uno de unos 100 sueños que pueda imaginar ahora. Yo creo que el mejor mundo es el del creador, el del tirano de buen corazón, el del buscador. El "fracasado", el que siempre anda buscando, tiene para mí un doble valor que el de un ser humano común y medio. La verdadera naturaleza del transformador es un afán de concluir, luchando, conociendo, anticipando lo terrible en lo humano y en lo circunstancial, INTERPRETANDO según un criterio propio.

Poesía en “verso” terminada a la hora del dragón (amanecer del vigésimo cuarto día del segundo mes del cuarto año de un nuevo milenio ) y en honor a la bandera de mi alma: tú , mi Lorena. No dejes volar las últimas plumas de mi poesía (tus epístolas ), pues no muchos hombres te amarán así.
Índice poético Prólogo.................................................................................................vi Quietud.................................................................................................i x Amor en ignorancia..............................................................................ix Germinación......................................................................................…x Rosée au mer....................................................................................….x SabiTÚría.............................................................................................x i ¡Vuélame lejos!...................................................................................xii Mundo “sutil”.....................................................................................xvi La guerra.............................................................................................xvi Batallas y armisticio tuyo...................................................................xvii Mentira que te amo...........................................................................xviii Lloraremos bajo el sol......................................................................xviii Es mi cumpleaños................................................................................xx Sin sentido...........................................................................................xx Delito de ti..........................................................................................xxi Disculpa..............................................................................................xx i cc

11 de junio del 2002. ¡Más ruidos! Ahora no te puedo decir más: no hay Mujer aquí a quien yo ame rotundamente (me he vacunado contra la crueldad mujeril en algunos casos; en otros, quiero saber que todo es posible aún; que la pasión por Lorena o por otra mujer, es posible aún; y que la belleza de la Mujer será siempre posible y demostrable.)

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Toujours complaint............................................................................xxii Rosa de hielo.....................................................................................xxii Existence..........................................................................................xxiii Azarazoro........................................................................................xxiii Exclamor..........................................................................................xxiii Eco.....................................................................................................xx v Nereida.............................................................................................xxvi Sana enfermedad.............................................................................xxvii Amiga, ¡quiéreme!............................................................................xxix Conversando en sentidos...................................................................xxx Creazily, with my travelling eyes.....................................................xxxi Por el amor a usted...........................................................................xxxi Ola...................................................................................................xxxi i Ho-Fe-mme...........................................................................……...xxxii Working in love...............................................................................xxxv A respirar tus ojos...........................................................................xxxvi Le digo a usted…………………....................................................xxxvi Fosforescencia...............................................................................xxxvii Desconocimiento..........................................................................xxxviii Vuelo en sueño................................................................................xxxix Amor-persona…………………............................................................xl Habitación.............................................................................................x l Ángel Sonrisa........................................................................................xl Meditación...........................................................................................xl i Mudar de ti...........................................................................................xli ComPromise........................................................................................xli i “Contigo” en casa................................................................................xlii Misterio..............................................................................................xlii i Escuchándote.....................................................................................xliii Coloraciones “tú”...............................................................................xliv Sentido último....................................................................................xliv cci

Soy, me eres........................................................................................xlv Tú, que te vas alejando........................................................................xlv

Índice epistolar

Vuelo volátil ccii

Es fácil 12 de febrero del 2002.

1

¿Crítica?: ¿no se permite doble acentuación en una misma palabra? (Énfasis y musicalidad, no ortografía y ortodoxia). 2 Poema añadido a la hora, también , del dragón, el 4 de abril del mismo año. 3 Referencia a un maestro en el arte de la guerra. 4 Idem. 5 Referencia a los evangelios. 6 Recomienzo de un cifrado. ¿Quién será aliado mío? 7 Querer y amar es más cómo que cuánto. 8 Pintura del Dadaísmo de Salvador Dalí.

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Nadie conocerá el glosario de besos con que yo te he renombrado.

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