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Sentimentalismo tóxico

Spoilt Rotten

IGNACIO ARÉCHAGA | 5 DICIEMBRE 2016

Autor: THEODORE DALRYMPLE

Alianza Editorial. Madrid (2016). 202 págs. 20 € (papel) / 13,99 € (digital). Traducción: Dimitri Fernández Bobrovski.

Siempre ha habido y habrá personas sentimentales, en las que las emociones predominan sobre la razón. Pero lo
peculiar y peligroso de nuestro tiempo es que el sentimentalismo se convierta en el criterio inspirador de políticas
públicas. Este es el fenómeno que analiza Theodore Dalrymple, médico psiquiatra y escritor británico. Sus
colaboraciones habituales en medios como The Spectator, The Times o The Daily Telegraph, le han señalado como un
analista escéptico frente a las modas culturales y audaz a la hora de confrontar el tópico biempensante con la realidad.

Dalrymple cree que la escena pública de hoy está empapada de sentimentalismo, entendido como “la expresión de las
emociones sin juicio”. Aclara que “la pregunta no es si debe haber sentimientos o no, la pregunta es cómo, cuándo y
hasta qué punto deben expresarse y qué lugar deberían ocupar en la vida de las personas”. Con abundantes ejemplos
de actualidad –se nota su hábito de escribir en prensa–, el autor muestra que cuando el sentimentalismo es el motor de
decisiones políticas en campos como la infancia, la familia, la educación o la ayuda al desarrollo, acaba perjudicando a
los mismos a los que se pretende ayudar.

El ensayo esclarece también cómo el sentimentalismo se convierte fácilmente hoy en fenómeno de masas, con la
ayuda de los medios de comunicación. En tales casos, el que no se suma a la emoción colectiva se coloca
automáticamente fuera del círculo de los virtuosos. Al no ser ya un ideal cultural la fortaleza, que lleva al autocontrol, no
dar rienda suelta a las propias emociones se considera psicológicamente dañino y hasta sospechoso.

El afán de presentarse como víctima, real o supuesta, es otro rasgo del sentimentalismo actual. En algunos casos ha
llevado incluso a inventarse un pasado de prisionero en campos de exterminio nazi, o de abusos o de drogadicción, con
memorias incluidas. Pero, sin llegar a la mentira, hoy mucha gente empieza a sentirse víctima de algo –de la sociedad,
de la discriminación, o incluso del propio mal comportamiento– con el afán de alcanzar esa autoridad moral que da la
victimización.

En este aspecto, Dalrymple piensa que el punto de vista cristiano es mucho menos sentimental que el secular. “El punto
de vista cristiano es que el hombre nace imperfecto, pero puede y debe esforzarse por alcanzar la perfección”. En
cambio, el punto de vista romántico es que el hombre nace bueno por naturaleza pero luego la sociedad lo malea, así
que los seculares ven por todas partes víctimas que tienen que ser rescatadas de la injusticia.

El libro es certero en sus críticas, pero su alcance se queda corto. Tratándose de un médico, quizá podría haber
aplicado su análisis del sentimentalismo al campo de la bioética, donde tantos asuntos (eutanasia, infertilidad, etc.) se
abordan con planteamientos puramente emocionales. Tampoco cabe esperar aquí una perspectiva más filosófica que
explique el origen de esta hipertrofia sentimental que nos aqueja. Pero dentro de su planteamiento sociológico ayuda a
ver los efectos perversos de un culto a los sentimientos que obnubila la razón.

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