Está en la página 1de 6

LA EXPERIENCIA DEL SIGNIFICADO

DIMENSIÓN TRIPARTITA DEL LENGUAJE: SIGNIFICADO, SIGNIFICANTE Y SENTIDO

POR MARTÍN CLETO GUTIÉRREZ

¿Qué viene a la mente cuando se piensa en el significado, significante, sentido?


Pueden llegar al entendimiento una serie de conceptos o signos del lenguaje
hablado o escrito. También se puede remitir a la filosofía del lenguaje o se
podría pensar que esto le compete al campo de la lingüística.

Hoy en día existe la disputa sobre la existencia o ausencia del significado y en


su capacidad de ser expresado. ¿A qué se debe de que hoy en día muchos
filósofos buscan el significado trascendental? La reflexión sobre la ausencia o
presencia del significado no implica consecuencias en la operación intelectiva
ni en su expresión. De ahí que a la Metafísica no le cause problema expresar el
ser mediante conceptos abstractos.

La concepción del significado se extrae de la experiencia y precontiene, a la


vez, los límites de la misma. Algunos filósofos modernos y contemporáneos
reducen el término de la experiencia a lo tangible, a lo evidente. Entonces se
puede preguntar ¿El leguaje puede ser objeto de experiencia? ¿El significado es
perceptible al modo cientificista para su manipulación? ¿Desde la experiencia,
se podría hablar de la inteligibilidad del mismo, de la materia inteligible del
significante y su sentido? ¿Hasta qué punto, debemos considerar el sentido del
lenguaje?

El sentido no es un contenido y un acto. No es solo un fenómeno psicológico,


sino algo está en todo lenguaje humano. Es una intencionalidad inmediata de la
que depende la comunicación. Esta intencionalidad respecta estrechamente con
el significado, el cual es fuente de todo lenguaje. Incluso el mismo
autoconocimiento implica un significado inteligible.

Esta experiencia de absoluta dependencia considera de modo atemático la


experiencia misma del significado. Por ello, lo que se afirma del significado es
una afirmación de la existencia del hombre desde la perspectiva del sentido. Los
conceptos sobre el significado que no se fundan en el autopercepción del
hombre quedan reducidos al campo especulativo, porque no se verifican desde
la autoexperiencia.

El significado, el significante, y el sentido no son algo inmediato para su


manipulación de modo absoluto. La experiencia del sentido refiere a una
intencionalidad originaria. Pues el término ‘significado’ quedaría ausente si se
olvida la percepción del propio significante. ¿Se puede conformar con preguntar
sobre la experiencia del significado? ¿Qué es lo que significa el significado para
cada significante? En todo caso, se podría preguntar a la inversa, ¿qué se
experimenta en el significado sobre la percepción del significante? ¿El
significado propio cómo afecta al juego de significantes?

Es evidente que no es la misma percepción. Sin embargo, no se trata de una


simple relación sino que es una ‘relación respectiva’. Por ello, las últimas
preguntas son necesarias para distinguir la percepción del significado originario
de las demás percepciones significantes. ¿Alguien puede tener una experiencia
con el significado, si este no concuerda con su propia realidad, y que tal realidad
no sea lo significado en la reintelección del significante?

El hombre experimenta el significado en una estrecha relación-consigo


mediante el sentido y se autoexperimenta en esta relación con el significado. Si
el hombre, en su autoconciencia, experimenta el significado, entonces también
es capaz de percibir cómo el significado de sí miso le posee y experimenta. De
este modo tiene la experiencia de percibir cómo el mismo significado de sí le
autoexperimenta. Si la experiencia de este fuera una mera autopercepción,
entonces la propia existencia sería lo inmutable, sin embargo el significado
también lo es de lo mutable.

Sólo la autopercepción de la propia existencia que experimenta el significado


posee una inteligibilidad universal de la propia existencia con y en él
significado. Por ello, la experiencia de este no sólo debe remitir a la mera
subjetividad, sino a la experiencia objetiva de lo que se experimenta en la
autopercepción. Esta autoexperiencia deja a un lado el univocismo subjetivo,
pues el contenido objetivado del significado experimenta al mismo sujeto
distinto al modo como este contiene y experimenta el significado; es decir, de
manera espiritual. Pues la historia pone de manifiesto el progreso del
conocimiento de los hombres pero también la experiencia misma del
conocimiento del hombre.

Si el hombre experimenta mediante el sentido cómo el significado le


autocontiene, entonces este contenido no es sólo un concepto abstracto o el
origen que mueve la voluntad, sino que esta realidad inteligible es inherente a
la vida. En la autoafección de tal realidad formal es como el hombre llega a su
autocomprensión. En la experiencia de este contenido se perciben las
experiencias que se tienen del mismo hombre y del mundo. Las percepciones
se comprenden conforme se intelige la afecciones del significado. Por lo tanto,
tal afección es propiciada por el mundo. Esta acción reluce siempre en el
momento culmen de la inteligibilidad del significado. En efecto, lo oculto del
ser en los entes, lo oculto del significado en los signos tiende a trascender
afectando la conciencia. Entender la afección del significado es entender que
este es afectado con y en nosotros.

Ahora bien, surge la pregunta ¿el significado en cuanto tal puede deducir algo
al orden práctico si es un contenido inteligible, que en sí, no está al alcance de
los sentidos? El hombre pragmático parece pretender hacer de menos al
significado y darle más importancia al significante en razón de su tangibilidad.
Este último es el objeto de su reflexión.

El sentido de la dialéctica de tales filósofos va de significante a significante y


en este modo de estudio gira su doctrina. El hombre pragmático del lenguaje
busca convertir las posibilidades del significado en realidades significantes.
Así, toma el papel de creador de sus propios signos para obtener un lenguaje
preciso y perfecto. Por ello, la filosofía deconstructiva busca la liberación del
significado que ha sido centralizado los significantes. De los cuales, la filosofía
positivista del lenguaje busca no entenderlos sino manipularlos. A causa de ello,
la ciencia gramatológica propuesta por Derrida tiene la esperanza dar signos de
liberación del significado esclavizado por el significante.

Es necesario afirmar que el sentido no sólo se manifiesta en la materialidad del


significante, sino que tiene su origen desde la inmanencia de la conciencia.
Entonces, si la ciencia del lenguaje sólo se refiere a su manifestación
significante, se da un empobrecimiento especulativo sobre el significado. En la
interpretación de este último y en su comprehensión vuelve a reinteligirse.
Conocer el significado es afectar al mismo. Pues algo nace para reinteligirlo
mientras está latente en el significante, pero algo muere o es afectado al no
poseerlo de modo absoluto. Afectar este contenido formal es renunciar a la
plena presencia de lo conocido y a la aceptación de la ausencia de lo que escapa
al conocimiento. Tanto más se acerca el hombre a esta realidad inteligible, más
se acerca a la ausencia de lo que se ignora y a la presencia algo nuevo que se
conoce. Por eso la interpretación y comprehensión del significado son
fundamentales para la tal afección. Quien se acerca a la realidad inteligible de
la conciencia se dirige a una constante afección. Aquí, en la ausencia de la
ignorancia se experimenta la presencia de lo conocido. Entonces el significante
se va modificando por las vías de la afección del significado. El que afecta a la
realidad inteligible en respectividad con su propio significante podrá
comprender con más perfección el significado del significante. La afección
inteligible y la materialización del significante están en continua reciprocidad.
Todo depende del punto de origen en que se encuentra el individuo. Siempre
existe una correlación entre ambos. La interpretación del contenido formal en
cuanto tal no puede huir del significado del significante. Por lo tanto, el
significante no puede surgir de la evasión de la interpretación del significado.

El problema de la realidad del significado ha adquirido dentro de la tradición


occidental diversas determinaciones, desde la concepción griega hasta el
pensamiento contemporáneo. Tal realidad se ha entendido como lo inteligible.
Es un hecho su existencia, tiene propiedad de absolutez. Es una sustancia
absoluta porque posee en sí un contenido formal. Se da en la mente y en la
materialidad del significante. Posee un sentido inteligible y sensible. Su
existencia tiene su partida en la finitud del mundo para devenir de nuevo a lo
infinito. La causa de su límite reside en el mundo. Nadie puede ver, tocar, oler
los significados. Pero, entonces, ¿cómo se pueden conocer? Al parecer se
conocen por su modo de manifestarse.

Es evidente que el mundo tiene un orden y ello conlleva una perfección


determinada en sus distintas formas específicas. Estas son las que se aprehenden
en el entendimiento junto con un contenido de significados. Ahora bien, ¿el
significado viene de las cosas a la mente o del entendimiento a las cosas? ¿El
significado de las cosas lo dan las cosas o lo da el entendimiento? Parece ser
que la verdad consistiría en una adecuación entre significados, siempre y
cuando respecten a la realidad de las cosas.

La existencia del significado no se pone en duda. Es algo implícito a la


existencia del significante y de las cosas. Se manifiesta de modo atemático en
el reflejo del significante. Y este en tanto continente inteligible es un reflejo del
significado inteligible y sólo puede adquirir su sentido a partir de la presencia
del mismo. La inteligibilidad de este y la sensibilidad del significante se
confirman de modo mutuo. Se establece una dialéctica entre el orden material
y el orden mental en la fusión temporal de ambos. De modo que la prueba
sensible de la existencia del significante hace, al mismo tiempo, una prueba
inteligible partiendo del significado.