OSO

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Los desamparados de San Juan no eran de San Juan, sino de un conventillo de la calle San Juan, en el barrio de San Cristobal. Fue en el setenta y cuatro. Unas ocho familias, alrededor de cuarenta personas que habían sido injustamente desalojadas. Este era uno de los tantos inquilinatos con los que trabajábamos en el barrio. Nuestro lugar era al lado de la gente, con el pueblo, y la mejor manera que habíamos encontrado para articular esta comunión era, entre otras cosas, ayudando a los inquilinatos con sus juicios y problemas. Esa había sido nuestra elección. Nuestra tarea junto a los desamparados de San Juan era simple, tan solo estar con ellos. Las familias se habían acomodado en campamento sobre la vereda de la avenida, era una hilera de carpas y toldos intercalados por pequeños fogones improvisados durante las duras guardias nocturnas. El objetivo era evitar el inminente intento de la policía de disolver los núcleos familiares, llevarse a los chicos

a reformatorios y a sus padres a hoteles o clubes de la municipalidad. El desalojo había sido el diecinueve de diciembre y nos habíamos propuesto pasar las fiestas en ese campamento, lo cual implicaba para muchos de nosotros (los más jóvenes) un serio conflicto familiar, pero nada que no estuviéramos dispuestos a superar. No fue la primera vez que nos tocó convivir con los compañeros de militancia. Ya habíamos hecho un par de viajes juntos, a la playa; también estaban las guardias nocturnas que una vez por semana nos tocaba hacer en la Unidad Básica (dos de nosotros nos armábamos con un revólver y nos hacíamos cargo de la seguridad de nuestro lugar de reunión). Mis guardias eran los miércoles, y desde hacía bastante tiempo las compartía con El Oso. Cuando empecé a militar perdí todo rastro de vida anterior. Perdí a mis amigos, a mi novia, cambió la forma en que me relacionaba con mis compañeros de

facultad, incluso con mi propia familia. Odiaba no poder contarle la verdad a mi familia. Pero no podía. Entonces me deshice de mi pasado. Pero no me quedé con las manos vacías. Me hice de una nueva vida, conocí a mucha gente que militaba conmigo y en otras partes de la ciudad, conocí a la que fuera mi novia de los setentas, me hice de un nuevo círculo que reemplazo al anterior. Entre mis nuevas amistades estaba El Oso (quizás la única verdadera amistad). Lo había conocido en noviembre del setenta y dos. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Durante años practiqué religiosamente diversos ejercicios para acotar mi memoria a lo indispensable, tuve que olvidarme de muchas cosas que hoy me gustaría poder recordar. Fue por seguridad, por necesidad, todos conocíamos lo que estaban empezando a hacer las tres A, y lo que más tarde hizo el Estado Militar en la ESMA, el Club Atlético, y otros pequeños infiernos donde se sistematizó la tortura

como método para obtener información de los detenidos (subversivos, aquellos que estarían en guerra con las Fuerzas Armadas). Todos sabíamos que si nos agarraban difícilmente toleraríamos mucho tiempo de tortura. De ahí la necesidad de olvidar. O, mucho mejor, de no recordar. Pero esa tarde la recuerdo perfectamente. Tengo tatuada en la memoria la primera vez que vi a El Oso. En esa ocasión mi trabajo consistía en “atender al público”, a quien fuera necesario, a los vecinos con sus inquietudes y necesidades, solo ocasionalmente a algún adolescente con ganas de participar, de ser parte. Ya trabajaba en la Unidad Básica (la octava como la comisaria vecina) desde junio de ese año y conocía bastante bien el funcionamiento de la organización, al menos lo que debía conocer. Hacía muchísimo calor y estabamos tomando tereré en la vereda con Roque (quien también era adolescente, pero que llevaba en sus espaldas responsabilidades mucho

mayores a las de los demás compañeros, él era el contacto de quienes trabajábamos en el llano con nuestros superiores) y Laura (ella era de mi mismo rango y hacía incluso menos tiempo que estaba con nosotros) cuando los vimos llegar. El Oso y Mito. Vale la aclaración de que todos los nombres citados son nombres de guerra, indispensables para la seguridad de los militantes y de los intereses comunes de nuestra célula. Los nombres de guerra eran los únicos por los cuales nos conocíamos, una de las tantas medidas para nuestra seguridad, la de nuestras familias y la de los compañeros. Mito ya había venido un par de veces para charlar sobre las implicancias de empezar a militar con nosotros, había mencionado que estaba pensando en entrar con un amigo, que los dos querían ser parte. Al parecer nuestra conversación lo convenció (a él y a su amigo) y no tardaron en presentarse, ya sin dudas, decididos a entrar.

El Oso era el nombre de guerra de Cacho. Él se sentía El Oso, ese era el nombre por el cual lo conocían sus nuevos hermanos, sus compañeros del militancia, la militancia que sería el único gran proyecto de su vida. El Oso era flaco, flaco como él solo. Era muy gracioso el ínfimo bigote adolescente que techaba su boca, supongo que debía creer que nadie notaría que se lo había dejado crecer esa semana para aparentar una mayor madurez el día de su entrevista, que corrió por cuenta de Roque como correspondía por ser él el de mayor rango presente en ese momento. Lo recuerdo como si le hubiera tomado una fotografía mental; su campera negra de cuero, su camisa blanca, sus pantalones de jean y sus mocasines. Es raro. No tengo otra imagen más presente de todos esos años que los mocasines de El Oso, y esa campera de cuero que usaría religiosamente para todas las guardias que lo tocó cumplir, con cara de agente secreto y el revólver en el cinturón.

El conflicto de los desamparados de San Juan representó un hito en la vida de El Oso, y en la de muchos de nosotros. Ya nos había corrido la policía por repartir volantes en Parque Centenario. Todavía no habíamos disparado un arma de fuego contra las vítreas paredes de algún banco-símbolo del capitalismo multinacional. Pero esto fue distinto. No sabría especificar por qué. Fue una semana muy distinta a todo lo que veníamos haciendo, pero muy parecida a lo que siempre quisimos hacer, estar con la gente y ayudar por sobre todas las cosas. El Oso era un tipo que no hablaba. Él transmitía sus opiniones o sentimientos por gestos (aunque era casi imposible verlo con una sonrisa), si así lo deseaba le podía hacer saber a cualquiera lo que pensaba, pero no lo decía. Creo que yo fui la única persona con la cual (muy ocasionalmente) se sinceraba y se permitía la conversación. Cuando recién lo conocí noté que era bastante unido con Mito, pero tiempo después él fue uno de los tantos que

cayeron. Lo fueron a buscar a las oficinas donde trabajaba, en el setenta y cuatro, cuando ya casi ni se veía con nosotros (se había mudado y estaba trabajando con la Unidad Básica de Temperley). Y lo vi a El Oso recibir un golpe duro. Primero enterarse de que su compañero de colegio, su amigo de siempre había sido secuestrado, que seguramente lo estarían torturando, matándolo de a poco a la espera de que se quebrara y hablara. Después (no mucho después), y quizás más importante, enterarse de que Mito, ese que fue a preguntar por él para empezar a militar juntos, se había vendido. Lo chupó la ESMA. Trabajaba para la inteligencia del enemigo entregando a sus compañeros. Como ya dije cuando nos tocó pasar las fiestas en la calle él ya no se veía mucho con Mito, se había hecho bastante compinche de Laura, pero creo (y estoy orgulloso de poder decirlo) que yo era su amigo, tal vez su único amigo. Y él también mi único amigo.

De día en el campamento todo marchaba sobre ruedas. La gente se organizaba para preparar la comida para todos y nadie se hacía problema por nada, solo estabamos ahí, todos juntos, dándonos aliento y defendiéndonos entre nosotros. La gente del barrio nos apoyaba y colaboraba con lo que podía. Las noches en cambio no eran tan fáciles, a pesar de que ya llevábamos más de dos años trabajando juntos esas situaciones siempre eran difíciles. Todos los conflictos que incluían a uno de nosotros armado (peor si era yo) representaba para mí una situación complicada. Pasaron los días. Cinco para ser preciso. Y llegó la nochebuena. Laura y otra chica no habían podido resolver su situación familiar y se tuvieron que ir por la tarde. También por la tarde pasó Roque a saludar, a ver como estaba todo y a traer unas botellas de sidra para que tengamos esa noche. Y se hizo de noche, y llegó la

medianoche. Pasaron los festejos. Todos dormían alrededor de las tres de la mañana. En ese momento empezaba nuestro trabajo. Como tantas otras veces la seguridad estuvo a cargo de nosotros dos. Yo y El Oso, solos en la madrugada navideña. Pero hubo algo distinto, tuvimos una de esas charlas. Vuelvo a escudarme en mi mala memoria (cuanto trabajé para tener esta mala memoria) al no poder especificar cuantas fueron las veces que tuvimos conversaciones distintas con El Oso. No fueron muchas. Alguna de ellas incluyó la confesión del secreto amor que le profesaba a una de nuestras compañeras. Si hubo otras no recuerdo a que se referían. Deben haber habido otras. La de esa noche la recuerdo medianamente bien. _ Mi mamá debe estar muy triste – dijo. _ ¿Qué le dijiste? _ No mucho... – miró hacia otro lado, el más lejano posible, como hacía a veces – . Nada.

_ ¿Por qué no te fuiste con tu familia? sólo por esta noche... _ Te hubieras quedado solo – argumentó. _ Eso no lo sabías, no fue por eso. Se quedó en silencio unos segundos. _ Mi papá quemó mis libros – Dijo, ahora mirando el suelo, y noté en su tono de voz la necesidad de venganza del adolescente herido. No se podía hablar de la familia de uno. No se debía, por seguridad. De hecho yo de la familia de El Oso solo sabía que vivía con sus padres, ni siquiera sabía si tenía hermanos. Evitábamos hablar de cuestiones tan personales como esta, por eso evité preguntarle más sobre el incidente. Él no esperaba que le pregunte nada. _ La semana pasada, – continuó – cuando fuimos a volantear a Parque Lezama, ¿te acordás? Asentí en silencio. _ Bueno, volví y encontré a mi mamá llorando. En el momento no entendía nada,

pero cuando vi que faltaban los libros entendí todo. Mi papá debió haber quemado los libros en la cocina esa tarde, mi mamá debía llorar porque se imaginó que yo me iría de casa o algo así. No se. El Oso no salía a bailar, se quedaba solo en su casa leyendo y releyendo, noche tras noche. Había dos tipos de lecturas que alternaba; la teórica, en la cual se basaba toda su pulsión revolucionaria, y la otra. Poe había reinventado el cuento (hacía ya mucho tiempo) y él lo estaba redescubriendo, era un enfermo del cuento en general. Cortázar alguna vez dijo que el cuento es a la novela lo que la fotografía al cine. Esta efímera e intensa modalidad narrativa lo cautivaba al punto de que sólo consumía literatura en forma de cuentos. De Arlt a Bradbury, los leía todos. Yo ya estaba pensando cómo decirle que no podía hablar más, que no podía

darme ningún detalle de su vida. Pero él sabía que no podía, y no iba a hacerlo. _ ¿Y que hiciste? – aventuré. _ Nada – El Oso nunca hacía nada, él se quedaba callado. Uno no sabía si estaba ofendido por alguna discusión o si solo estaba de mal humor. Supongo que con el tiempo me acostumbré a su forma de ser silenciosa. Pero no sólo era callado, era serio. Era el más serio de todos los adolescentes que recuerdo haber conocido. Después de un largo rato de caluroso silencio la conversación siguió otros rumbos. Hablamos como siempre de la organización, de las ordenes que nos llegaban desde arriba, de lo conformes o disconformes que estábamos con lo que hacíamos. Supongo que habremos tenido alguna pequeña discusión teórica, los dos éramos muy teóricos de la lucha social y su política, creo que por eso éramos tan comprometidos con lo que hacíamos.

El conflicto pasó. No recuerdo puntualmente como terminó, pero se que no llegamos a pasar año nuevo en la calle. Una derrota. Una derrota más. El tiempo también pasó. Cuando empecé a militar Cámpora todavía no era presidente. Pasó Cámpora. Pasó la vuelta de Perón del setenta y dos. Y la del setenta y tres, cuando tuvimos que correr por los bosques de Ezeiza. Llegó Perón a ser presidente por tercera vez y le dio la espalda a las facciones de izquierda del peronismo, quitándonos todo el poder que nos había dado Cámpora, y profundizando su relación con el Comando De Organización y otras organizaciones de la derecha sindical. Se hicieron famosas las tres A. Se hicieron cotidianas las bombas en las casas de los compañeros, en nuestras casas. Nos persiguieron, a algunos más que a otros. Dejamos la militancia, algunos por miedo, pero la mayoría por discrepancias con quienes lideraban la organización (ya no respondían a otro ideal más que su ansia de

poder). Se abrió Laura. Nos enteramos de lo de Mito. Se abrió El Oso. Me abrí yo. Un tiempo después se abrió Roque. Y allí quedamos, cada uno en un lugar distinto. De nuevo solos. Algunos con su pequeña familia recién formada. De nuevo solos. El Oso no tenía ni a sus compañeros de militancia ni a sus compañeros del colegio de la calle Estados Unidos, la misma calle que una fría noche de otoño del setenta y tres con Roque y otros dos militantes habíamos bautizado “Viva Cuba” (dieciséis fueron las cuadras que amanecieron con el rótulo corregido), la primera en toda la Argentina con ese nombre. Yo conservé a mi novia de los setentas. Pero no por mucho tiempo. Se la llevaron en el setenta y seis. Años después me enteré que estuvo en el Club Atlético. Las pocas veces que volví a ver a El Oso me ayudaron mucho a superar esa perdida.

Después, ya solo, debí superar la impotencia de negarle a la familia de quien fuera mi pareja mi colaboración en su lucha por la verdad y la justicia, no pude estar con ellos en una nueva militancia, ahora por los derechos humanos. No pude. Y el tiempo siguió pasando, implacable. Ya se había muerto Perón. Había llegado la Junta Militar de marzo del setenta y seis. Los muertos eran ya incontables. Desde el setenta y ocho que vivo en Méjico. No me costó dejar atrás el resto de vida que arrastraba. Hoy me limito a sobrevivir, como uno más. Nunca encontré otro ámbito para participar, ni como lo había hecho en los setentas, ni de ningún otro modo. No pude superar el golpe de ver caer ese objetivo de millones de argentinos que trabajaban codo a codo por un ideal en común, por un proyecto de país. Supongo que queríamos cambiar el mundo, nos

jugamos la vida en esa empresa. Y no lo logramos. A veces me acuerdo de El Oso, ese que fumaba desde los 14 años, y creía ingenuamente que en su familia nadie lo sabía. Estoy seguro que el no sobrevive como yo, ni el ni Roque se deben conformar con sobrevivir. Ellos deben estar trabajando todavía. Realmente los admiro. Supongo que los admiraría.

©2010 Ernesto Gallegos ernestogallegos@gmail.com

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