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INSTITUTO TEOLOGICO PARA LAICOS MSPS

MATERIA: ESPIRITUALIDAD LAICAL


TEMA: CONST. DOG. LUMEN GENTIUM
REALIZÓ: MARTHA MEDINA Z.

CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA


DOCUMENTO LUMEN GENTIUM

RESEÑA Y ESTRUCTURA DEL DOCUMENTO.


El Concilio Vaticano II se desarrolló entre los años 1962 y 1965 y el documento de la Lumen Gentium se elaboró entre la
primera y la tercera sesión. Juan XXIII, al convocar al Concilio pidió propuestas de temas. Uno de ellas fue un documento
sobre la Iglesia.
La forma de trabajo era reunirse cada año desde el 08 de septiembre al 08 de diciembre. Una comisión presentaba los
documentos que eran estudiados por los padres conciliares.
Luego de varias propuestas, el día 21 de noviembre de 1964, este documento magisterial (L.G.) fue aprobado casi por
unanimidad.

RESUMEN Y PUNTOS IMPORTANTES


Capítulo I
El misterio de la Iglesia
Describe todo su propósito y razón de ser. Descubre desde el principio toda la razón del Concilio y como es la tónica
fuertemente Cristológica del Evento, cuando manifiesta:
“-declarar con toda precisión a sus fieles y a todo el mundo la naturaleza de la Iglesia y su misión universal; -para que
todos los hombres, unidos hoy más íntimamente con toda clase de relaciones consigan también la plena unidad en
Cristo.”. Somos todos Iglesia.

En el punto 2 de LG se describe como por su expresa y eterna voluntad, el Padre Dios llama a los hombres (a todos los
hombres) a vivir y a compartir su vida divina .
Se nos muestra a un Padre infinitamente misericordioso que aún cuando el hombre –caído por propia irresponsabilidad-
es reo de toda condena, es redimido por los méritos de Jesucristo .

En el punto 4, vemos como Jesucristo, una vez consumada la obra que el Padre le encomendó, nos dejó para consuelo,
fortificación y santificación al Espíritu Santo, que con sus dones y carismas entregados generosamente a aquellos
dispuestos a ejercerlos, se constituye en el corazón del Cuerpo de Cristo. Es el fundamento de la unidad de la Iglesia y el
que la guía constantemente hacia la verdad.
La misión de la Iglesia, fiel a su fundador y hacedor, y enriquecida por el Espíritu Santo, es “anunciar el Reino de Cristo y
de Dios”, y “de establecerlo en medio de todas las gentes” como germen del Reino.

En el punto 6, se requiere una revelación progresiva y sabiamente pedagógica sobre la naturaleza de la Iglesia. Por ello
se resaltan las distintas figuras de ella y su significado dentro del cuerpo del evangelio. Los padres conciliares quieren de
manera suave y segura orientar nuestra mirada sobre esta Iglesia que se nos aparece como "redil”.
Como en un cuerpo, si un miembro sufre sufren todos...

En el punto 7 recibimos la declaración de un Dios que “a sus hermanos, convocados de entre todas las gentes, los
constituyó místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu”. Este cuerpo tiene “La vida de Cristo que se
comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y realmente a Cristo, paciente y glorificado, por medio de los
sacramentos”. Cristo es “La cabeza de este cuerpo”, “El es la imagen del Dios invisible, y en El fueron creadas todas las
cosas”, por eso “es necesario que todos los miembros se asemejen a El hasta que Cristo quede formado en ellos (cf. Gal.,
4,19)”.
En este mundo la Iglesia, constituida y ordenada como una sociedad, es gobernada Papa y por los Obispos en comunión
con él. Hay de todas maneras fuera de ella, muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de
la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica.
La Iglesia está llamada a seguir el camino de Cristo que efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, y abraza
a todos los afligidos por la debilidad humana, reconociendo en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador
pobre y paciente.

Capítulo II
El pueblo de Dios
El Pueblo de Dios ha recibido los distintos carismas, y la función sacerdotal, tiene como característica la unidad, la
catolicidad y la santidad. Todos esos dones que son connaturales al Pueblo de Dios y se realimentan permanentemente
por gracia del Espíritu Santo, orientan el carácter misionero de la Iglesia para llegar no solo a los Católicos, sino también
a los otros cristianos, a los no cristianos y aún a los que no creen en Dios.
Todos estamos llamados a participar en la salvación activamente. “Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no
corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1Pe., 1,23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu
Santo (cf. Jn., 3,5-6), son hechos por fin linaje escogido, sacerdocio real, nación Santa, pueblo de adquisición... que en un
tiempo no era pueblo, y ahora pueblo de Dios" (Pe., 2,9-10).
Este pueblo “tiene por ley el nuevo mandato de amar, como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn., 13,34), y tienen
últimamente como fin la dilatación del Reino de Dios, hasta que sea consumado por El mismo al fin de los tiempos.

En los puntos 10 y 11 se nos enseña sobre la función sacerdotal del pueblo de Dios y como se ordena un sacerdocio al
otro y en que consiste cada uno. “Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hebr., 5,1-5), a su nuevo
pueblo lo hizo Reino de sacerdotes para Dios, su Padre" (cf. Ap., 1,6; 5,9-10).
Los fieles todos, son llamados por Dios cada uno por su camino a la perfección de la santidad por la que el mismo Padre
es perfecto.
El pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo..., cuando "desde el Obispo hasta los últimos fieles
seglares" manifiestan el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.
El Espíritu Santo "distribuye sus dones a cada uno según quiere" (1Cor., 12,11).Todos los hombres son llamados a formar
parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos
para cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó
congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cf. Jn., 11,52).
En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte
que el todo y cada uno de sus elementos se aumenta con todos lo que mutuamente se comunican y tienden a la
plenitud en la unidad.
Solo Cristo es el mediador y en función de la escritura y la tradición, el Concilio enseña que esta Iglesia es necesaria para
la Salvación. Y a ella pertenecen los que “poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos
los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del
régimen eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y
de los Obispos”.

La ardiente oración por la unidad de la Iglesia. La Iglesia se siente unida (aunque no plenamente) a los cristianos no
católicos que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no
se mantienen unidos al Papa.

El Espíritu es el que infunde en todos el deseo y la colaboración para que la unidad en solo rebaño y bajo un solo Pastor
sea una realidad. La Iglesia ora, espera, y trabaja y exhorta a la santificación y a evitar el escándalo de la división de los
seguidores del mismo Maestro.
Hay muchos asimismo que aún no recibieron el Evangelio, pero que también son parte del pueblo de Dios. Primero
porque Dios es fiel a su Palabra y sigue infundiendo su Espíritu para la conversión del pueblo del que nació Jesús.
Además porque el designio de Salvación abarca a los que adoran un solo Dios y que hermanados en la fe de Abraham
creen que ese Dios misericordioso ha de juzgar a los hombres en el último día.

El Concilio expresa también claramente que los que sin culpa desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan
con sinceridad a Dios, y cumplen con las obras de su voluntad según su propia conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna.
El Padre envió al Hijo, y el Hijo envió a los Apóstoles ordenándoles ir a todo el mundo y bautizar, enseñando lo que El
había mandado. Por ese motivo la Iglesia en sus hijos se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios
para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, predicando el Evangelio, moviendo a los oyentes a la fe y a la
confesión de la fe y por fin los dispone al bautismo.

Capítulo III
De la constitución jerárquica de la iglesia y en particular sobre el episcopado. La Iglesia tiene una trabazón visible
y un orden y jerarquía que proviene de Dios

Este capítulo comienza con una introducción y define en los puntos 18 a 20 que la Iglesia visible se encuentra
fuertemente unida por el Espíritu que la nutre y la guía. Esa guía se produce por intermedio de los diversos ministerios
que instituidos por Cristo están ordenados al bien de todo el Cuerpo místico.

Jesucristo, es el eterno y Pastor, y edificó la Santa Iglesia enviando a sus Apóstoles como El mismo había sido enviado
por el Padre (cf. Jn., 20,21), y quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen
los pastores en su Iglesia. Al frente de los obispos al igual que Pedro frente a los apóstoles se encuentra el Papa, sucesor
de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, que junto con los Obispos rige la casa de Dios vivo.

En la institución de los Apóstoles, Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin de los
siglos (cf. Mt., 28,20).
Así, pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre
la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados
de autoridad.
Nuestros pastores, los Obispos y el Papa. Los puntos 21 a 27 de LG se refieren a los obispos y algunos de los párrafos
salientes de su ministerio se detallan a continuación como los singulares en su misión. Pero deben leerse dentro del
conjunto de enseñanzas sobre ellos y la iglesia. No obstante debemos saber que “solo en el Obispo y en su comunión
con el Sumo Pontífice se da la unidad del Cuerpo Místico de Cristo”.

“En los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como
Pontífice Supremo. En la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden”.

“Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de igual modo
se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos sucesores de los Apóstoles”.

“El Colegio o cuerpo episcopal, por su parte, no tiene autoridad si no se considera incluido el Romano Pontífice, sucesor
de Pedro, como cabeza del mismo, quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los pastores como
sobre los fieles”.
Los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor a quien se ha dado toda potestad en el cielo
y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los
hombres logren la salvación por medio de la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt., 28,18; Mc.,
16,15-16).
Se llama oficio de los obispos a sus actividades esenciales y el Concilio las define como: enseñar, santificar y regir al
Pueblo de Dios.

“Asimismo los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que se les han encomendado,
con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada,
(cf. Lc., 22,26-27)”.
Los sacerdotes y los diáconos. Los presbíteros y sus relaciones con Cristo, con los Obispos, con el presbiterio y con el
pueblo cristiano se trata en LG 28 y surge como natural ayuda en el oficio propio de los obispos. “Ellos han
encomendado legítimamente el oficio de su ministerio en diverso grado a diversos sujetos en la Iglesia, han sido
consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote
(Hebr., 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino”.
“Por último y en el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al
sacerdocio, sino en orden al ministerio.

Capítulo IV. Los laicos


Los laicos –que son la mayoría del pueblo de Dios-, están en el mundo asumiendo en su momento y según su
competencia la misión salvífica de la Iglesia, cerca del mundo. De hecho se espera de los fieles laicos, que todos, a su
modo, cooperen unánimemente en la obra común de toda la Iglesia. Son laicos todos los fieles cristianos, a excepción de
los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia.

“Los laicos tienen la misión de iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente
vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la
gloria del Creador y del Redentor”.

“Aunque no todos en la Iglesia marchan por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han
alcanzado la misma fe por la justicia de Dios (cf. 2 Pe 1,1)”.

“Los laicos, sin embargo, están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y
condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos”.
Cristo Jesús, Supremo y eterno sacerdote porque desea continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos,
vivifica a éstos con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta. Los laicos, como
adoradores en todo lugar y obrando Santamente, consagran a Dios el mundo mismo.

Esta actividad se llama evangelización, y significa difundir el mensaje de Cristo, pregonado con el testimonio de la vida y
de la palabra. Solo así ese mensaje será eficaz, en particular por el hecho de que se realiza dentro de las comunes
condiciones de la vida en el mundo.
En la vida de los laicos “es de gran valor aquel estado de vida que está santificado por un especial sacramento, es decir,
la vida matrimonial y familiar”.

“Procuren, pues, seriamente que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro
por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen al servicio de todos y cada uno de los hombres y se distribuyan
mejor entre ellos, según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el trabajo humano, la técnica y la
cultura civil”.

“Ninguna actividad humana puede sustraerse al imperio de Dios” y en ese sentido los laicos han de “aprender
diligentemente a distinguir entre los derechos y obligaciones que les corresponden por su pertenencia a la Iglesia y
aquellos otros que les competen como miembros de la sociedad humana”.

Cuidado con el escándalo de la desunión. “En las relaciones de los laicos con la jerarquía, aquellos tienen el derecho de
recibir con abundancia, de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de
la Palabra de Dios y de los sacramentos; y han de hacerles saber, con aquella libertad y confianza digna de Dios y de los
hermanos en Cristo, sus necesidades y sus deseos. Recomienda que todo esto debe hacerse pero, por medio de las
instituciones establecidas, y siempre con veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que,
por razón de su oficio sagrado, personifican a Cristo”. Podríamos decir que al igual que en las demás relaciones
humanas, las críticas están fuera de la concepción de la caridad, y las habladurías también. En todo caso siempre la
caridad fraterna debe ser la guía para nuestra relación con los hermanos.

“Procuren los seglares, como los demás fieles, aceptar con prontitud y cristiana obediencia todo lo que los sagrados
pastores, como representantes de Cristo, establecen en la Iglesia actuando de maestros y gobernantes.
Y naturalmente la recomendación más importante pasa por “encomendar a Dios en sus oraciones a sus prelados, para
que, ya que viven en continua vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas, cumplan esto con gozo y no con
angustia (cf. Hebr. 13,17)”.

Capítulo V
Universal vocación y la santidad en la iglesia. Estamos todos llamados a la santidad.
“Esta Iglesia, cuyo misterio expone este sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente Santa, ya que Cristo, el Hijo
de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu llamamos "el solo Santo", amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí
mismo por ella para santificarla (cf. Ef. 5,25-26), la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del
Espíritu Santo para gloria de Dios.
La Iglesia es Santa porque Cristo su modelo y guía –su cabeza- es Santo, y porque el mismo nos indicó: "Sed, pues,
vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt 5, 48).
Cristo mismo envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente, para que amen a Dios con todo el corazón,
con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mc 12,30), y para que se amen unos a otros como Cristo
nos amó (cf. Jn 13,34; 15,12).

Los seguidores de Cristo, llamados por Dios, y justificados en Cristo Nuestro Señor, en la fe del bautismo han sido hechos
hijos de Dios y por tanto santos. Esa santidad no fue recibida por mérito propio y deberán los fieles esmerarse para
conservarla y perfeccionarla en toda su vida, y con la ayuda de Dios.
Cada uno según su estado. “Conviene que los cónyuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayuden el
uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las
virtudes evangélicas a la prole que el Señor les haya dado”.
Se resalta asimismo y en particular, la tarea y actividad en la Iglesia de los que se encuentran en estado de viudez o de
celibato. Imperativo: ser santos en la vida cotidiana. Recomienda vivamente a los que están entregados al duro trabajo
humano “que busquen su perfección, ayuden a sus conciudadanos, y traten de mejorar la sociedad entera y la creación,
pero traten también de imitar, en su laboriosa caridad, a Cristo.
Pero a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de
buena gana la Palabra de Dios y cumplir con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar
frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una
manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y solícito servicio de los demás y al ejercicio
de todas las virtudes.

La santidad de la Iglesia se hace visible fundamentalmente en aquellos que tienen el privilegio de ser elegidos para
identificarse con Cristo en el camino de la Cruz, en lo que le pasa a la Iglesia que peregrina entre las persecuciones del
mundo.
La gracia del martirio. Hay entre los que aceptan vivir a imagen del Señor, los que tienen la gracia de entregarse en
Pobreza, castidad y obediencia, e incluso los que son llamados a derramar su sangre en el martirio por hacer profesión
de fe en Jesucristo y ser consecuentes con el Evangelio.

Capítulo VI
Los religiosos
La pobreza, la castidad y la obediencia.
Los consejos evangélicos, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en las palabras y
ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los padres, doctores y pastores de la Iglesia, son un don
divino que la Iglesia recibió del Señor, y que con su gracia se conserva perpetuamente.

“Crecieron en la Iglesia, por obra e inspiración de Dios diversas formas de vida monacal y cenobítica (vida solitaria y vida
en común) en gran variedad de familias que se desarrollan, ya para ventaja de sus propios miembros, ya para el bien de
todo el Cuerpo de Cristo. La Iglesia siempre ha dado particular importancia al estado religioso. Por los votos, o por otros
sagrados vínculos análogos a ellos a su manera, se obliga el fiel cristiano a la práctica de los tres consejos evangélicos
antes citados, entregándose totalmente al servicio de Dios.

“Estas formas de vida eclesial, aunque no pertenecen a la estructura jerárquica de la Iglesia, son parte sin embargo, de
una manera indiscutible, de su vida y de su santidad. A la jerarquía eclesiástica le toca también dirigir con la sabiduría de
sus leyes la práctica de los consejos evangélicos, con los que se fomenta de un modo singular la perfección de la caridad
hacia Dios y hacia el prójimo”.
consejos evangélicos, aunque lleva consigo la renuncia de bienes que indudablemente se han de tener en mucho, sin
embargo, no es un impedimento para el desarrollo de la persona humana, sino que, por su misma naturaleza, la
favorece grandemente”.

Capítulo VII
Índole escatológica de la iglesia peregrinante y su unión con la iglesia celestial.
Nuestra vocación en la Iglesia tiene su origen en el mismo fin de nuestra fe, cual es, llegar algún día y después de nuestra
peregrinación
Por último y respecto de los religiosos se nos dice “tengan por fin todos bien entendido que la profesión de los en la
tierra, a la casa del Padre a morar eternamente en medio de la Iglesia celestial.

“La Iglesia a la que todos hemos sido llamados en Cristo Jesús y en la cual, por la gracia de Dios, conseguimos la
santidad, no será llevada a su plena perfección sino "cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas" y
cuando, con el género humano, también el universo entero, que está íntimamente unido con el hombre y por él alcanza
su fin, será perfectamente renovado (cf. Ef. 1,10; Col 1,20; 2 Pe 3,10-13)”.

La única Iglesia, la Iglesia terrenal y celestial. Unidos, pues, a Cristo en la Iglesia y sellados con el sello del Espíritu Santo,
"que es prenda de nuestra herencia" (Ef. 1,14), somos llamados hijos de Dios y lo somos de verdad (cf. 1 Jn 3,1); pero
todavía no hemos sido manifestados con Cristo en aquella gloria (cf. Col 3,4), en la que seremos semejantes a Dios,
porque lo veremos tal cual es (cf. 1 Jn 3,2). Por tanto, "mientras habitamos en este cuerpo, vivimos en el destierro lejos
del Señor" (2 Cor 5,6), y aunque poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior (cf. Rom 8,23) y
ansiamos estar con Cristo (cf. Flp. 1,23).

“Y como no sabemos ni el día ni la hora, por aviso del Señor, debemos vigilar constantemente para que, terminado el
único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb. 9,27), si queremos entrar con El a las nupcias merezcamos ser contados
entre los escogidos (cf. Mt. 25,31-46);”

“Así, pues, hasta cuando el Señor venga revestido de majestad y acompañado de todos sus ángeles (cf. Mt. 25,3) y
destruida la muerte le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Cor. 15,26-27), algunos entre sus discípulos peregrinan en la
tierra otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente al mismo Dios, Uno y
Trino. Es aquí que surge con claridad que los cristianos de todos los tiempos hemos tenido el conocimiento y la
convicción de la comunión de todo el cuerpo de Cristo, de la intima relación de la iglesia que peregrina en la tierra, de
aquella que espera su entrada en el reino definitivo y de los que ya gozan la presencia eterna de Dios.
Rezamos unos por otros. Esta Iglesia siempre conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos, y ofreció sufragios
por ellos, "porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados"
(2 Mac. 12,46).
Nuestra unión con la Iglesia celestial se realiza en forma nobilísima, especialmente cuando en la sagrada liturgia,
celebramos juntos, con fraterna alegría, “la alabanza de la Divina Majestad, y todos los redimidos por la Sangre de Cristo
de toda tribu, lengua, pueblo y nación (cf. Ap. 5,9), congregados en una misma Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico
de alabanza de Dios Uno y Trino. Al celebrar, pues, el Sacrificio Eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la
Iglesia celestial en una misma comunión, venerando la memoria, en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María,
del bienaventurado José y de los bienaventurados Apóstoles, mártires y santos todos".

Cuidado con los actos exteriores. El Concilio exhorta a “apartar o corregir cualesquiera abusos, excesos o defectos que
acaso se hubieran introducido y restauren todo conforme a la mejor alabanza de Cristo y de Dios.

Capítulo VIII
La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Las enseñanzas sobre nuestra
Madre y la devoción a ella.
El Sagrado Concilio nos propone mirar a la Santísima Virgen que es a la vez Madre de la Iglesia y su hija más dilecta. Con
el estudio sobre la presencia de la Virgen en el misterio de Cristo y la Iglesia termina este documento. A los efectos
prácticos y en atención a la devoción a nuestra madre, retomaremos LG hacia el fin del año cuando ya próximos al
adviento, centremos nuestro estudio en la Madre que nos consuela en nuestra peregrinación a la casa del Padre y ora
por nosotros y por toda la Iglesia. No obstante, no hay ningún inconveniente en adentrarse en el estudio de este
capítulo, sin abandonar los demás temas.
La Iglesia « es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano ». Su misión es anunciar y comunicar la salvación realizada en Jesucristo, que Él llama « Reino de
Dios » (Mc 1,15), es decir la comunión con Dios y entre los hombres. El fin de la salvación, el Reino de Dios, incluye a
todos los hombres y se realizará plenamente más allá de la historia, en Dios. La Iglesia ha recibido « la misión de
anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio
de ese reino ».
La Iglesia, comunidad de los que son convocados por Jesucristo Resucitado y lo siguen, es « signo y salvaguardia del
carácter trascendente de la persona humana ».

Comentario:
Nuestra experiencia cristiana que deriva de ese “encuentro” gratuito y amoroso mediante el cual hemos podido
comprender quién es Dios y quiénes somos nosotros en “Él”: “Revelación”. Se da en el corazón de la Iglesia, en el
corazón de Cristo encarnado culmen de la Revelación. Ésta afirmación se ha hecho por el pueblo cristiano a través de
los siglos. La Iglesia cuida anuncia y celebra éste misterio.
Hoy constatamos que la Iglesia es el faro escogido nuevamente por el Espíritu para seguir iluminando este periodo de
nuestra generación como auténtica Luz de los Pueblos “Lumen Gentium”
Los laicos no debemos olvidar el compromiso misionero que el ser cristianos conlleva, en otras palabras, mostrar a la
Iglesia de Cristo “Sacramento de salvación” y “Rostro de Cristo Encarnado” decidiéndonos a actuar como oyentes
dentro de la Iglesia, transmitiendo la Palabra Viva, es decir oyentes activos. Entre tanto leer este documento con el
mismo Espíritu con el que fué escrito haciéndolo nuestro, viviéndolo, ante todo con la finalidad de buscar el Reino de
Dios ocupándonos de nuestras realidades temporales ahí en donde nos encontremos y ordenándolas según Dios, o
mejor dicho impregnando la cultura que le tocó vivir a nivel moral, ética y comunitaria con los valores del Evangelio y
con el anuncio de Jesucristo, siendo pues nuestro fin, nuestra familia, nuestros negocios y comunidades, con los
grandes valores humanos como la justicia, la honradez, la veracidad, el trabajo por la justicia, la paz, la defensa de la
vida, formando una Iglesia en salida y también de acogida como nos ha pedido el Papa Francisco, una Iglesia que sale a
anunciar el Evangelio produciendo un encuentro entre la Iglesia y aquellos que se encuentran en las periferias
existenciales y con tantas problemáticas que les aquejan, para que tengan un espacio en ella. Finalmente para la
alabanza y gloria de nuestro Creador y Redentor, viviendo plenamente la alegría de ser católicos.

NO ME HABÉIS ELEGIDO USTEDES A MI,


YO LOS HE ELEGIDO A USTEDES,
PARA QUE VAYÁIS Y DEIS FRUTO…
JN. 15,16
CONCEPTOS MENCIONADOS
Misterio.
En el contexto bíblico, la palabra Misterio se entiende como el plan salvador de Dios, preparado desde toda la eternidad,
el cual se resume en Cristo encarnado que en su Cuerpo y en su Cruz reúne todo, manifestando el amor de Dios y la
reconciliación de toda la humanidad.
Eclesiológicamente le podemos llamar a la Iglesia Misterio, porque es el lugar donde se manifiesta, se revela a la
humanidad el plan de salvación de Dios. Lo característico de este misterio, no es lo oculto, sino lo propio de una verdad
que revela progresivamente, con el paso del tiempo y de las experiencias, es algo que solo podemos entender
retrospectivamente. Este misterio quiere acentuarnos que el plan salvador de Dios no es inmediato, no lo podemos
comprender rápidamente, reconocemos su paso por nuestras vidas, pero no son más que eso, pasos, marcas, que nos
invitan a estar atentos a una nueva manifestación. La L.G. describe a la Iglesia-Misterio, como la concretación del plan de
Salvación.

Sacramento. (Signo, instrumento, medio eficaz)


La Iglesia es en Cristo como un Sacramental. La Iglesia en Cristo ilumina y en Cristo es Sacramento. Señala y concreta la
unión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí.
Para entender esto, debemos tener en cuenta lo siguiente: El Primer Sacramento en la Iglesia es Cristo, pero para que
Cristo se manifieste, necesita de la Iglesia, por ende, la Iglesia es un medio necesario, no es un fin. El único fin es
manifestar el reino de Cristo.
Decir que la Iglesia es como un Sacramento, es reconocer que la Iglesia es signo o instrumento de comunión entre Dios y
los hombres.

Comunión. (Participación de algo en común.) La Iglesia es Sacramento de comunión. Es el espacio donde nos sentimos
congregados bajo un mismo Espíritu, reconociendo nuestras diferencias. Es una unión especial en donde cada uno
aporta desde su propia realidad y experiencia, así como la imagen de la Vid y los sarmientos, todos estamos unidos por
un mismo tronco (Cristo), pero somos distintas ramas (nosotros). Es Unidad, no Uniformidad.
El documento nos aporta las siguientes ideas: Comunión de los fieles: entiende como algo fundamental en la Iglesia la
igualdad de todos por medio del Bautismo, por él nos integramos todos a la misma Iglesia y dentro de ella compartimos
todos la misma unión en Cristo.
Comunión de las Iglesias: se acentúa la aceptación y la comunión con otras Iglesias particulares (cristianas) por la unión
Universal (que no es unión Plena).
Comunión de la Jerarquía: por el ministerio cetrino nos mantenemos todos los miembros de la Iglesia en Unidad. Es el
reconocer que necesitamos de alguien concreto que nos guíe, oriente y pastoree.
Comunión Abierta: es la invitación a dialogar y relacionarnos con el mundo, desde el amor y la solidaridad. Es aceptar la
invitación de ser signos del reino para todo el mundo, no es para un grupo selecto.

La constitución fue promulgada por el Papa Pablo VI en 21 de noviembre, 1964, aprobación de siguiente de los obispos
montados por un voto de 2.151 a 5, aunque para llegar a este paso internamente en las sesiones hubo fricciones al
interior del Concilio.
Después de aprobada la Constitución dogmática se dieron muchas reacciones por parte de sacerdotes, religiosos, laicos
y demás personas tanto en América Latina como en Europa y el resto del mundo.
Este documento fué trabajado en base a varios esquemas hasta que se llegó a uno solo hecho por iniciativa del cardenal
Belga Leo Suenens con el sacerdote Lovaina Gerard Phillip teólogo que contribuyó proponiendo algunos elementos de
éste esquema involucrando a otros obispos como Joseph Ratzinger y otros.