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Lecturas: Educación Física y Deportes, Revista Digital La metodología

observacional en el deporte: conceptos básicos

María Teresa Anguera Argilaga


Ángel Blanco Villaseñor
José Luis Losada López
Antonio Hernández Mendo
(España)
Facultad de Psicología - Universidad de Barcelona

Los autores de este trabajo pertenecen al proyecto de investigación


denominado Diseños Observacionales, que dirige la Dra. María Teresa
Anguera Argilaga en el Departamento de Metodología de las Ciencias del
Comportamiento de la Facultad de Psicología (Universidad de
Barcelona) y que ha sido considerado Grup de Recerca Consolidat 1998
de la Universidad de Barcelona por la Comissió de Politica Científica
de la Universitat de Barcelona el 2 de marzo de 1998 La dirección del
grupo de observación es
http://www.ub.es/ogrc/GCDISOBSER.html. Asimismo pertenecen
al proyecto de investigación nacional (DGES) denominado Desarrollos
metodológicos del proceso de evaluación en contextos naturales: una
aplicación en actividad
física, dirigido por la Dra. María Teresa Anguera Argilaga dentro del
Programa Sectorial de Promoción del Conocimiento (Área de la
Salud).
http://www.efdeportes.com/ Revista Digital - Buenos Aires - Año 5
- N° 24
- Agosto de 2000

1. Metodología observacional y deporte: objeto y características


Al finalizar un partido de fútbol o un partido de baloncesto se suministran unos
estadísticos al entrenador, a la prensa, etc. que pretenden ser un resumen del partido en
forma objetiva y cuantificable. En este resumen, fruto de una observación, aparecen
recogidas, por ejemplo, el número de faltas, el número de posesiones, el número de
canastas o goles o incluso la duración de los contraataques y de las posesiones. Una de
las primeras cuestiones que cabe formularse es cómo han sido recogidos los datos, si la
herramienta a través de la cual hemos recogido esos datos es fiable, si otro observador
que hubiese observado el mismo partido habría obtenido otros datos... Estas diatribas
nos sitúan ante las cuestiones clave de la observación, una de las cuales será "Técnica
de Observación" frente a "Metodología Observacional" . La metodología observacional
constituye una de las opciones de estudio científico del comportamiento humano que
reúne especiales características en su perfil básico.
El objeto de estudio es el individuo inserto en cualquiera de sus
ámbitos de actuación habitual, del cual conviene captar la riqueza de
su comportamiento (es decir, plasmar la espontaneidad de su conducta,
la cual puede estar referida a un partido de fútbol, de tenis o a
cualquiera de los ámbitos donde se produce la actividad físico-
deportiva) con insistencia por la perspectiva idiográfica, de forma que
este individuo (puede ser también una unidad de observación, esto es,
la línea de delanteros del fútbol, la línea de zagueros del voleibol, un
equipo, etc.) desempeñe sus diversas actividades (o, lo que es lo mismo
a nivel procedimental, ejecute conductas) en diversos contextos
naturales, mediante un instrumento elaborado ad hoc, y siendo
preferible que pueda llevar a cabo su seguimiento diacrónico a lo largo
de un tiempo relativamente prolongado (sea un proceso educativo,
terapéutico, de crecimiento personal, de entrenamiento deportivo, de
competición, etc.).
Se dispone de un margen de actuación entre máximos y mínimos
del cual hay que aprovechar todas las posibilidades y rentabilizar los
recursos disponibles a efectos de investigación. Habrá que barajar con
el cumplimiento de los requisitos básicos que puede ofrecer cada uno de
los planteamientos de investigación que se llevan a cabo sometiéndose a
una saludable autodisciplina que en ningún caso implica un
mecanismo deformador, sino que, por el contrario, va a facilitar el
proceso de avance del conocimiento. No podemos olvidar que la máxima
de la Metodología Observacional es la especial combinación de
flexibilidad y rigor, como las dos caras de una misma moneda. Y
deberá tenerse igualmente muy claro que los potenciales estudios que,
en virtud de su objeto y/o planteamiento, no se ajusten a los mínimos
requeridos, probablemente tendrán abiertas otras puertas, aunque no
se contemplan en el panorama de la psicología científica.
La Metodología Observacional, cuya expansión es innegable en las
últimas décadas, y cuyo carácter científico se halla perfectamente
avalado (Sackett, 1978; Suen & Ary, 1989; Anguera, 1990; Riba, 1991;
Bakeman & Gottman, 1997), requiere el cumplimiento de unos
requisitos básicos, que son la espontaneidad del comportamiento, que
éste tenga lugar en contextos naturales (dentro del ámbito del deporte y
de la actividad física serían aquellos contextos donde se produce
habitualmente la actividad, el terreno de juego o la cancha), que se trate
de un estudio prioritariamente idiográfico, la elaboración de
instrumentos ad hoc, que se garantice una continuidad temporal, ...
amén de un último requisito que ha dado lugar a interesantes
polémicas, como es la perceptividad del comportamiento, que para
algunos autores se requiere en grado máximo (observación directa, o de
conductas manifiestas), mientras que para otros bastaría que fuese
parcial (observación indirecta, o de conductas encubiertas). Por otra
parte, y sin que se trate propiamente de requisitos, pero vinculados a
ellos, se hallan las características del objeto de estudio y el tamaño de
las unidades.
Incluimos un breve comentario sistemático de cada uno de tales
requisitos:

1.1. La espontaneidad del comportamiento, que implica la ausencia


de consignas o de la preparación de la situación. Si el flujo de conducta
del individuo, acotado de acuerdo con nuestras expectativas de estudio
(ejecución de determinada actividad -un partido de fútbol, de tenis, de
voleibol, etc.-, reacción ante determinadas contingencias del entorno
-acciones defensivas u ofensivas-, iniciativa en la producción de
determinadas respuestas -estudio de las conductas estratégicas ante la
pérdida de la posesión, etc.), es nuestro objeto de investigación, resulta
obvio que la realización de dichas conductas obedezca a una
producción de comportamiento del individuo no restringida por grados
de libertad impuestos por el investigador.

1.2. Complementariamente al anterior requisito, la producción de


conducta ha de tener lugar en contextos naturales, garantizando la
ausencia de alteraciones provocadas de forma intromisiva. La realidad
del contexto natural implica que las conductas objeto de estudio forman
parte del repertorio del individuo estudiado y se hallan incardinadas en
el flujo de conducta, en una situación de entrenamiento, de
competición, de enseñanza-aprendizaje, en el proceso discursivo, en la
sucesión en la expresión de sentimientos, en la continuidad de una
psicoterapia, ... Desde un punto de vista puramente metodológico es
importante tener en cuenta cómo en los estudios realizados en
contextos naturales (Tunnell, 1977) las diferentes dimensiones
relevantes se ordenan y distribuyen en cada nivel de respuesta del
individuo, y sin interferencia en la metodología seguida. Como
consecuencia (Anguera, 1991a), se debería constatar que: a) la
conducta es extremadamente sensible respecto de variables diversas
(físicas, sociales, organizativas, etc., del entorno en que se inscribe; b) la
conducta y el contexto implican múltiples interacciones de variables,
cuya interrelación está sometida a un dinamismo constante; y c) la
conducta, analizada en bloques amplios, tiende a presentar ciclos o
tendencias repetitivos, por lo que no pueden ser considerados como
independientes segmentos del flujo de conducta desgajados
temporalmente, ya que el significado de una acción depende de las que
le han precedido o de las que le sucederán.

1.3. Que se trate de un estudio prioritariamente idiográfico. La


Metodología Observacional no funciona adecuadamente si es un grupo
o colectivo nuestro objeto de estudio, y la razón de ello no se halla, tal
como se había objetado en los años setenta, en la incapacidad de
acceder con precisión al propio flujo de conducta y lograr una
transducción adecuada por motivos técnicos ya que actualmente se
pueden aprovechar las indudables ventajas muy sofisticadas de los
recursos tecnológicos de que disponemos. Por el contrario, el problema
radica en la dificultad interpretativa que presentan las interacciones de
orden elevado que se establecen entre los individuos interactuantes
(Duck, 1994). No obstante, al término clásico acuñado por Allport
(1942), centrado en el sujeto individualmente considerado, se le han
añadido dos variantes que permiten una cierta flexibilización: Por una
parte, se ha ensanchado su acepción originaria, y abarcaría también
pequeñas agrupaciones de individuos (díadas, tríadas, ..., componentes
de una familia, etc.) que mantienen entre sí un estrecho vínculo o
criterio de agrupación; y, por otra, se ha reducido en el sentido de
contemplar tan sólo un nivel de respuesta (por ej., conducta motriz,
conducta reglamentaria, conducta verbal) en un individuo o en la
situación anteriormente mencionada de pequeñas agrupaciones de ellos
con criterio explícito de vinculación.
1.4. La elaboración de instrumentos ad hoc pasa por construir
sistemas de categorías que respondan a un doble ajuste con el marco
teórico y con la realidad (Anguera, 1991b). El término “categoría” es
equívoco, aunque no arbitrario, y lo largo de su historia ha dado lugar a
numerosas acepciones, habiendo sido utilizado erróneamente como
equivalente a clasificación y taxonomía, y fue precisamente en la
discusión de carácter metodológico que siguió a la ponencia “Problems
of taxonomy and their application to nosology and nomenclature in the
mental disorders”, después del discurso pronunciado por Carl G.
Hempel (Zubin, 1961) en la Conference on Problems in Field Studies in
the Mental Disorders (American Psychopathological Association, 15-19
febrero 1959) en donde el curso del debate llevó a asignarle un nuevo
significado que permitiría proceder de las características observables a
la construcción de sistemas conceptuales. Una categoría existe siempre
que producciones distintas de conducta se le asignen si se justifica su
equivalencia teórica, y se puede considerar el resultado de una serie de
operaciones cognitivas que llevan al establecimiento de clases entre las
cuales existen unas relaciones de complementariedad, establecidas de
acuerdo con un criterio fijado al efecto, y en donde cada una de ellas
cumple a su vez requisitos internos de equivalencia en atributos
esenciales, aunque pueda mostrar una gama diferencial o
heterogeneidad en su forma. Y el instrumento abarcador de todas las
categorías -sistema de categorías- deberá ajustarse a las exigencias de
exhaustividad y mutua exclusividad. Y caben además otras
posibilidades que significan distinto nivel de codificación (Blanco y
Anguera, 1991).
1.5. La necesaria continuidad temporal deriva de la mutabilidad del
comportamiento humano, de forma que el continuo cambio producido
puede ser adecuadamente estudiado al incorporar el criterio diacrónico
en la recogida de información. Es obvio que un corte transversal en el
flujo de conducta de un individuo proporcionaría datos puntuales, y
consecuentemente insuficientes para el análisis de un proceso
terapéutico, de un crecimiento personal durante un período
determinado, o de cualquier cambio madurativo. A su vez, esta
continuidad temporal ofrece la base en que actuará el nivel
intersesional del muestreo observacional (Anguera, 1990); es decir, los
criterios de establecimiento de las sucesivas sesiones de observación (o
segmentos de comportamiento a modo de “ventanas” abiertas que se
hallarán insertas en el flujo de conducta de un individuo a lo largo de
un período prolongado de tiempo).

2. Criterios taxonómicos de la Metodología Observacional


Vamos a señalar los criterios taxonómicos que consideramos de
carácter básico, según el grado de cientificidad, participación,
perceptividad y niveles de respuesta.
2.1. Grado de cientificidad
De acuerdo con este criterio, cabe distinguir la observación pasiva y
la observación activa.
La observación pasiva, también conocida como precientífica, se
realiza durante un período suficientemente prolongado (en muchos
casos resulta aconsejable que éste abarque un tercio del período total
destinado al estudio), y se caracteriza por no tener definido el problema,
tener un bajo control externo o grado de sistematización de los datos, y
carecer de hipótesis.
La observación activa o científica se inicia una vez finaliza la fase de
observación pasiva, ya con el problema acotado, con un elevado control
externo y con hipótesis exploratoria o confirmatoria según se trate de
un estudio esencialmente inductivo o deductivo.
2.2. Según el grado de participación del observador
En la observación siempre se da la existencia de una díada
observador-observado, y la relación que los vincula es el nivel de
participación. La característica más relevante de la observación directa
es la preservación de la espontaneidad del sujeto observado, por lo que
la participación del observador en algún sentido corre el riesgo de
vulnerarla.
La multiplicidad de matices que de aquí se derivan permite considerar
la participación como una dimensión que puede hallarse saturada de
forma variable, y que posee los límites lógicos de mínima y máxima
carga participativa:
En la observación no participante el observador actúa de forma
claramente neutra, sin que, en su caso extremo, ni siquiera se precise
conocer al sujeto observado (así, en el patio de una escuela se puede
observar al "niño del chandal azul", o en una competición deportiva al
integrante del equipo que en su camiseta figura el 9), mientras que
sobre el observado no puede pender ninguna restricción, dada la
imperatividad de espontaneidad en su conducta.
En la observación participante propiamente dicha. Se da un tipo
especial de interrelación entre observador y observado.
Por lo que se refiere al observador, cabe distinguir entre la figura
del investigador que inspira y planifica el estudio, y el mero observador
que efectúa el registro de las sesiones de observación, aunque es cierto
que en ocasiones una misma persona aúna los dos roles. En el primer
caso, es decir, quién planifica las fases y actividades de que consta el
estudio, debe partir de la base de que se trata de una metodología no
interventiva, y por consiguiente no reactiva (Webb, Campbell, Schwartz,
Sechrest & Grove, 1981), lo cual implica un grado de control interno
mínimo o nulo.
La observación participante propiamente dicha consiste en un
proceso caracterizado, por parte del investigador, como una forma
"consciente y sistemática de compartir, en todo lo que le permitan las
circunstancias, las actividades de la vida, y, en ocasiones, los intereses
y afectos de un grupo de personas. Su propósito es la obtención de
datos acerca de la conducta a través de un contacto directo y en
términos de situaciones específicas en las cuales sea mínima la
distorsión producida en los resultados a causa del efecto del
investigador como agente exterior" (Kluckholm, 1940, p. 331). Es
relativamente frecuente que una observación que inicialmente es no
participante, con el transcurso del tiempo y las convenciones sociales se
vayan conociendo observador y observado y se transforme en
observación participante.
Aunque tradicionalmente se ha favorecido desde diversos ámbitos
(Etnografía, Sociología, Pedagogía, Antropología, ...), resaltando como
aspecto positivo el de una mejor comprensión del comportamiento
estudiado y la mejor accesibilidad a los sujetos observados, encierra el
grave peligro de la subjetividad, atribuyendo al(a los) sujeto(s)
observado(s) sus propios sentimientos o prejuicios.
La participación-observación resulta de una intensificación de la
observación participante, cuando un miembro de un grupo adquiere la
cualidad de observador de otro(s) perteneciente(s) a un grupo natural de
sujetos, como díada entrenador-jugador, o con una relación interactiva
continuada, como profesor-alumno, etc., y aunque implica un posible
sesgo de expectativa, disminuye el de reactividad y aumenta la
accesibilidad del sujeto, y por consiguiente la viabilidad del estudio,
pues no hay que olvidar que en metodología observacional es frecuente
el grave problema de falta de acceso al sujeto observado durante todo el
tiempo necesario. Existen notables diferencias entre el papel del
observador participante y del participante-observador (Babchuk, 1962),
referidas, especialmente, a la tarea a realizar, donde el participante-
observador tiene mayor libertad de movimientos, pudiéndose relacionar
con todas las personas de su grupo en sus propios niveles. El
significado de ciertos comportamientos escapa siempre, al menos en
parte, a los que observan desde fuera, mientras que la observación en el
propio grupo ofrece, además de la mayor posibilidad de acceso, garantía
de logro de mayor volumen de información.
Auto-observación. En el "continuum" indicado va reduciéndose la
distancia entre observador y observado hasta llegar a la auto-
observación, en que coinciden en una misma persona. La auto-
observación implica el grado más elevado de participación en la
observación, donde el observador es a la vez sujeto y objeto.
Tradicionalmente se ha desatado una polémica sobre la auto-
observación, en la cual actúa un doble proceso consistente, por un lado,
en atender deliberadamente a la propia conducta, y, por otro, en
registrarla mediante algún procedimiento previamente establecido. La
auto-observación se ha revelado especialmente indicada en el estudio de
conductas que pertenecen a la esfera de la privacidad (por ejemplo,
control de conductas agresivas entre jugadores del mismo equipo,
desavenencias con el entrenador, etc.), las que resultan poco
detectables a observadores externos (como sentimientos de timidez,
agresividad controlada), conductas encubiertas (tomar decisiones,
reflexionar sobre determinados argumentos) y aquellas conductas que
se supone que están precedidas por reacciones internas o estados
emocionales (como comportarse asertivamente, fumar, etc.).
Hay que distinguir entre autoobservación de conductas
heteroobservables, en que se puede contrastar con el registro de un
observador que sea una tercera persona (por ej., número de
movimientos incorrectos en sesiones de entrenamiento en gimnasia
rítmica, ya que admitiría, si se graba la sesión, tanto autoobservación
como heteroobservación), de autoobservación introspectiva, que se
refiere a vivencias experienciadas en primera persona (como terrores
ante una competición muy importante), y que presenta importantes
riesgos, especialmente el de inferencia desmesurada y el de distorsión.
Como señala Lieberman (1979), la autoobservación e informe de
un sujeto sobre sus sentimientos y pensamientos no deberían diferir de
la observación externa de sus actividades motoras. El problema, en lo
fundamental, está en que mientras el primer tipo de comportamiento no
siempre puede ser verificado independientemente, sí puede serlo el
segundo. De aquí que un reparo habitual hacia la autoobservación se
debe a las garantías sobre la calidad del registro cuando se trata de
eventos privados inobservables para otros sujetos. Ahí se podría oponer
que el mundo privado es igualmente observable, aunque sólo para una
única persona; y ahí habría que tener presente que el individuo aprende
a dar cuenta de su mundo privado según le enseña la comunidad a
hacerlo.

2.3. Grado de perceptividad


El objeto de estudio ofrece amplias posibilidades en muchos
ámbitos psicológicos, educativos, sociales, de actividad física, etc. El
motivo radica precisamente en el grado de perceptividad a que pueda
someterse, y consecuentemente, la medida de observabilidad de que es
capaz, y de ahí nuestro convencimiento de que una parte importante de
los trabajos de investigación va a ser posible realizarlos bajo los
auspicios de la metodología observacional, Por supuesto, otros objetos
de estudio con un grado parcial o total de capacidad para ser percibidos
e interpretados de forma contextualizada sí serán factibles, y es a éstos
a los que nos dirigimos (Anguera, 1986b), distinguiendo entre
observación directa e indirecta, ya que ambas resultan pertinentes: La
observación directa implica una "transducción" de lo real, gozando de
un suficiente nivel de observabilidad (Anguera, 1986a) y cumpliendo el
objetivo de describir la situación y el contexto. El criterio que aquí
probablemente tenga mayor trascendencia probablemente sea la total
perceptibilidad de la conducta.
Corresponde a un objeto de observación formado por conductas
manifiestas, y, por tanto, susceptibles de ser percibidas a través de
nuestros órganos sensoriales. Se trata de un proceso que se inició con
la percepción de un evento y/o conducta y/o situación que dio lugar a
un registro determinado, con la única excepción de material textual, o,
del que no siéndolo inicialmente, después es analizado como texto o
documento.
Según Longabaugh (1980), es observable la conducta que, si
ocurre en presencia de otro sujeto, tiene la capacidad de actuar como
estimulo para dicho sujeto, el cual puede obtener de ella un registro de
conducta. Para Mucchielli (1974, p. 6), "observación es la percepción de
la realidad desde la perspectiva del observador". En primer lugar, para
hacer viable la recogida de datos, tendrá que desencadenarse el
correspondiente proceso representacional, que proporciona un retrato
de la realidad -según Bernard (1976, p. 41), "el observador debe ser
como el fotógrafo de los fenómenos"-, y para el cual se precisa del
mecanismo representacional, que actúa selectivamente e implica tanto
aspectos orgánicos (cada individuo, ya que sus representaciones son
puras y totalmente propias, y no pueden ser experienciadas por otra
persona) como inorgánicos (mecanismos autónomos de registro), y se
manifiesta mediante signos de diverso orden (sensaciones, elementos
convencionales, etc.) que, en cualquier caso, estarán insertos en un
contexto de representación que fijará las dimensiones básicas espacio-
temporales, etc.
El problema y consiguiente pregunta que ello sugiere es: ¿Cómo
podría obtenerse información sobre conductas en el terreno de juego, en
la cancha, etc. de las que todavía no se posee ningún conocimiento?
Mediante un mecanismo orgánico deberá desencadenarse
adaptativamente la sucesión de cambios necesarios a lo largo de un
proceso de desarrollo que permitirá la representación del
correspondiente segmento de la realidad y enlazará con el
planteamiento inductivo o deductivo de la investigación, que implica,
respectivamente, la ausencia o presencia de un conocimiento previo, y
permitirá adoptar la decisión acerca de cuándo pueden o deben
formularse hipótesis en un estudio observacional.
La observación indirecta (denominación no unánimemente aceptada)
no constituye un bloque compacto, sino que incluye tanto el registro de
conductas encubiertas que son susceptibles de elaboración de informes
-por ejemplo, los análisis a partir de indicadores- como el análisis de
contenido llevado a cabo a partir de textos documentales (autoinformes,
diarios, conversaciones entrenador-atleta, etc.).
En el análisis de la realidad social ocupan un papel relevante las
conductas verbales del sujeto. Es innegable que, como ser social por
naturaleza, la comunicación humana se realiza predominantemente
mediante la conducta verbal, aunque sea igualmente cierto que en la
mayoría de los casos se completa y/o modula en virtud de que actúan
otros niveles de respuesta, especialmente el vocal y el no verbal.
La conducta verbal ofrece la posibilidad de ser analizada desde una
doble perspectiva. Por una parte, es perfectamente susceptible de
observación directa, sola o complementada con otros niveles de
respuesta; pero, por otra, se abre lentamente un nuevo horizonte de
posibilidades si tenemos en cuenta que además de ser directamente
perceptible puede serlo también indirectamente, dado que la
interpretación de "lo hablado" puede tener diversos sentidos en
función del contexto, del sujeto emisor, del sujeto receptor, de
ambos, ... Es obvio, además, que la conducta verbal se puede grabar y
transcribir, con lo que adopta la forma de material documental.
La observación indirecta, muy cuestionada desde diversos ángulos,
implica la existencia de conductas encubiertas que requerirán una
inferencia y, por tanto, una carga interpretativa que puede redundar en
detrimento y menoscabo de la objetividad requerida en toda metodología
científica. De ahí los recelos que inspira y su carácter un tanto ambiguo
a la hora de considerar su inclusión2 . Sin embargo, y como se indicó
anteriormente, en los últimos años se ha avanzado considerablemente
en este sentido, y el estudio de los procesos cognitivos superiores ha
impulsado a empujar los límites que la circundan. En la actualidad, por
ejemplo, se está trabajando en indicadores externos de la conducta
intencional de los niños y en autoinformes. Además, es muy posible que
la mejora de las técnicas que permiten su estudio riguroso contribuya a
su progresiva consolidación.
Forman parte de la observación indirecta (Anguera, 1988), entre
otras posibilidades, las mencionadas a continuación, en todas las
cuales la originaria conducta verbal se ha transformado en material
documental, motivo por el que le serán aplicables las mismas técnicas
en cuanto al tratamiento cualitativo de datos:
Textos documentales obtenidos por la grabación de la conducta
verbal de un sujeto, y que pueden ser sometidos a un análisis de
contenido, proceso que corre en paralelo con el de la observación
directa, pero con la diferencia fundamental -que constituye un
indudable riesgo- de delimitación de las unidades lingüísticas (pausas,
sintácticas, estructurales y temáticas) y su codificación.
Los datos verbales obtenidos oralmente mediante técnicas diversas
(generalmente entrevistas) implica en parte una vuelta al
introspeccionismo desde el momento en que el sujeto puede estar
explicando sus vivencias en un momento determinado. Esta
información, que corresponde a los informes verbales o protocolos, o
análisis de tareas, puede ser igualmente susceptible de análisis de
contenido, cada vez más sofisticados, e incluso contando con el
prometedor apoyo de la teoría de grafos. La principal dificultad sigue
siendo de garantía de validez.
Los autoinformes, procedentes del registro propio de la auto-
observación, deben también incluirse en tanto en cuanto que se refieren
a conductas -en su sentido más amplio- no perceptibles por
heteroobservadores (aunque en algunos casos en la autoobservación se
registre desde la observación directa -por ejemplo, conductas agresivas
de un jugador con el equipo en un período de tiempo-, debiendo
contemplarse como tal), y en donde se externaliza el lenguaje interno de
diversas formas, algunas muy características, como los diarios (por
ejemplo, de jugadores o el de entrenadores) o cartas que dejaron
escritas algunos suicidas, y que igualmente deberán someterse al
análisis de contenido.
Finalmente, en la observación indirecta se considera igualmente
incluido un conjunto de materiales de registro que desde su origen
adoptan una forma diversa, sean documentos escritos (entre los que se
encuentran libros, publicaciones diarias y periódicas, series
estadísticas, diarios autobiográficos, documentos históricos, etc.) y
materiales audiovisuales (como discos, películas, fotografías, videos,
etc.), y en donde ambos pueden ser tanto de carácter privado como
público. No obstante, seguiremos considerando como prototipo el
material escrito textual.
2.4. Niveles de respuesta
Se da el nombre de niveles de respuesta a los diversos sectores del
comportamiento perceptible. Por supuesto, son criterios muy distintos
los que se pueden aplicar para establecer una taxonomía, y así ha
ocurrido en las últimas décadas. No obstante, y aún a sabiendas de sus
limitaciones por defecto, sugerimos la clasificación de niveles de
respuesta de Weick (1968), que corresponden al “contenido” de la
conducta a observar: La conducta no verbal se refiere a las expresiones
motoras que pueden originarse en distintas partes del organismo. Se
trata quizá del área más activa de las recientes investigaciones en
metodología observacional, mostrándose que los movimientos del
cuerpo son índices válidos de distintos procesos psicológicos; además la
conducta no verbal es extremadamente sutil para el registro, siempre
que el observador esté entrenado y adiestrado (Anguera, Blanco, Losada
y Sánchez-Algarra, 1999) y sea sensible a sus manifestaciones. Así,
entrenadores no adiestrados en el análisis de la conducta no verbal no
podrían predecir, a través de señales faciales grabadas, cuáles son los
alumnos que comprenden un concepto, mientras que esta predicción
mejoraría significativamente si se añadiera información verbal.
La propuesta inicial, efectuada por Weick (1968), desglosaba la
conducta no verbal en expresiones faciales, intercambios de mirada y
movimientos corporales. No obstante, entendemos que se incurre en
dos problemas metodológicos, lo cual nos ha llevado a introducir una
modulación: Por una parte, entre expresiones faciales e intercambios de
mirada no se cumple la mutua exclusividad, dado la que segunda
constituiría un subconjunto de la primera, y los movimientos corporales
no hacen posible que sea efectiva la condición de exhaustividad con el
resto, dado que únicamente se contemplaría la conducta gestual, pero
no la postural. Teniendo en cuenta que, desde un criterio topográfico
del ser humano, siempre se produce alternancia entre conducta gestual
(conducta dinámica entre dos conductas estáticas) y conducta postural
(conducta estática entre dos conductas dinámicas), la modulación
introducida consistiría en contemplar, como modalidades de la
conducta no verbal, expresiones faciales, conducta gestual y conducta
postural. Y, como apunte último, entendemos que esta última
propuesta es sin perjuicio de que, en un futuro no lejano, se entienda
dicotomizado en conducta gestual y postural, dado que las expresiones
faciales se consideran como la expresión privilegiada de los estados
emocionales del individuo, pero es igualmente cierto que pueden
reducirse a las otras dos modalidades de conducta.
La conducta espacial o proxémica presenta dos vertientes: Una de
carácter estático, que se refiere a la elección de lugar en un espacio, así
como el establecimiento de distancias interpersonales, y otra, mucho
más fértil, que comprende el conjunto de los desplazamientos de un
individuo, realización de trayectorias, ocupación del espacio, etc. Esta
última vertiente sería la más productiva dentro del ámbito de la
actividad física y el deporte. En la vertiente dinámica, el límite que la
separa netamente de la conducta gestual (modalidad de la conducta no
verbal) es cuando la proyección del centro de gravedad del individuo se
halla fuera de su base de sustentación, lo cual le obliga a desplazarse,
ya que, de lo contrario, se caería. La conducta vocal o extralingüística
estudia todos los diversos aspectos de interés en la vocalización, sin que
interese en absoluto el contenido del mensaje. A lo largo de los años, la
incidencia de nuevas tecnologías ha revolucionado este tipo de
conducta no verbal. Así, el actual sonógrafo permite efectuar una
descomposición espectral de la voz, a la vez que calcula la energía
producida en el instante de su emisión y detecta el formante,
identificador de cualquier individuo. Las aplicaciones en ámbito
deportivo son inmensas.
La conducta verbal o lingüística, al contrario que la vocal o
extralingüística, se refiere al contenido del mensaje. Por este motivo,
nos debemos remitir al análisis del texto, y, en consecuencia, a lo
indicado en la observación indirecta (ver apartado 2.3. Perceptividad).