Está en la página 1de 5

Miguel Dalmaroni

La literatura y su restos (teoría, crítica, filosofía)


El excedente infinito

Comienzo por un ejemplo, un caso eminente. Lo extraordinario de la literatura


firmada por Manuel Puig no reside de ningún modo en haber adoptado el
principio constructivo del “pop art”, aplicado en su caso a los consumos
culturales berretas, al folletín, las letras de Lepera, el cine mersa, masivo o
comercialongo, la vulgata psicoanalítica... Eso sirve apenas para explicar algo
de la técnica de Puig (algo), ni siquiera para pensar –en rigor– la forma en
Puig; por lo demás es una reducción a esta altura perezosa de la enorme
potencia poiética de su literatura (es decir de su potencia para darnos mundos
no habidos, una potencia indeterminada, imposible de calcular ni de prever
antes de que esté afectándonos).

Lo extraordinario del arte de Puig reside en su modo único de inventar la


condición humana y de hablar por escrito, como nadie, el fondo más delicado y
herido del trauma; se trata de la inigualable sabiduría antropológica que
prolifera en sus páginas tras haberse internado con una agudeza certera y
miniaturista en los vericuetos más recónditos de todos los avatares de la
subjetividad y de los procesos de subjetivación y desubjetivación, en una
variante inventada del castellano que combina la excitada, la sobresaltada y
adictiva fluidez de la conversación con la misma potencia para afectar y
afectarse que puede arrojar el arte de Dickens, Balzac, Henry James, Virginia
Woolf, Proust… No hace mucho, una persona ilustrada y habituada al trato casi
diario con la música y el cine pero ajena a la lectura literaria como profesión,
me explicaba cuán cautiva había quedado con la inusual capacidad de
captación de “los movimientos del alma” (así dijo) de los narradores de Saer,
con la destreza de las voces de Saer para no perder ni un solo matiz, ni un solo
ascenso o descenso tonal en cada uno de esos movimientos de la interioridad
y de sus conexiones equívocas con gestos externos. Por supuesto, lo que me
contaba esta lectora, ajena a las supersticiones de la crítica especializada,
estaba dicho para Saer, pero con apenas mínimos retoques o sin ellos igual
parecía dicho para Balzac, Dickens, Proust, James, Woolf o Puig. Como esas
firmas, Puig se merece el título que Harold Bloom eligió para su libro sobre
Shakespeare: la invención de lo humano. Se ha dicho que Puig se cuenta entre
esos escritores de los que solemos decir que hacen todo mal, que escriben
como si no les importase nada el sistema de expectativas literarias de su
actualidad o como si lo ignorasen (por eso los historiadores de las poéticas de
la prosa argentina lo juntaron enseguida con Arlt). Leo poco, pero para
mencionar apenas dos firmas recientes que en eso son comparables (también
hacen todo mal), una ya consagrada y la otra casi desconocida y apenas édita:
Ariana Harwicz y Julieta Novelli (ahora casi todo el mundo está en algún lugar
de las redes o las webes, así que si quieren busquen). Para dar a entender lo
que sucede en nosotros ante esas escrituras disponemos de algunas
aproximaciones al tanteo, figuraciones defectuosas: poiesis es una.
Desde hace unos cuantos años me esfuerzo en pensar la tesis poiética, bajo la
figura de lo que llamo las energías excedentarias. No ocurren solo en lenguaje
ni en escrituras, pero cuando lo hacen en lenguaje y en escrituras es cuando
hablamos de “literatura” (también hablamos de “literatura” para referirnos a una
parcela de las transacciones comerciales y sociables de la “cultura”, pero eso
es por completo otra cosa aunque se entrevere con la poiesis). La versión
remota que más me gusta, la del dios alojado, sigue entre nosotros en la
palabra “entusiasmo”, que parece que viene del griego en-theos (llevar al dios
dentro). Musa, dios, trance: un excedido estado de excepción en que se
entra o se cae. Los románticos reversionaron varias veces y en muchos
idiomas la idea, con agudeza y fervor, y todavía nos parece que los surrealistas
exageraron y estiraron demasiado tiempo las peores partes del asunto (lo que
me temo que hace décadas empezó a hartarnos fue no tanto el gerenciamiento
bretoniano del surrealismo, como el poderoso remanente heroico y sacrificial –
más enfatizado que el lado narcótico y gozoso– del que habló Sontag, entre
tantos, a propósito de Artaud (la autovictimización del artista, que fastidia un
poquito porque al fin no la pasó peor que las sirvientas, los campesinos, las
obreras o los soldados de la modernidad, por decir). Poiesis por energía
excedentaria: está no solo en Nietzsche sino también en algunas de las
traducciones de Marx que más releo (en los Manuscritos principalmente;
Eagleton la explica en el servicial capítulo “Antropología” de Marx and
freedom); también –de un modo más sofocante- en Freud claro, y en las teorías
del resto: desde lo no significantizado de Lacan hasta la sustracción
acontecimental del poema como “significante de más” en Badiou, pasando por
la irrelación de toda relación de Blanchot a Nancy, por el poeta como variante
del testigo que siempre sobra (Agamben), pero también hasta por Raymond
Williams (por el Williams filosóficamente menos prejuicioso –que lo hubo, lo
hubo–) y por Bourdieu (cuando se detiene, cuando se fija –se frena diría
Badiou– en la parálisis desesperante del protagonista de La educación
sentimental, a la voz escrita de Bourdieu le ocurre algo precisamente excesivo
que no parece reductible a su tenor meramente retórico). En resumen, hay
desde Marx un más allá materialista, una teoría del excedente que no es la
plusvalía sino una producción no necesaria, ajena a la coacción de las
necesidades o de las conminaciones de la codicia lógica del minué de la
mercancía y por tanto no calculable, digamos la verdadera o auténtica
producción humana: la que sigue más activada cuanto más ajena a las
determinaciones, cuanto más sustraída al cumplimiento de demandas (de
supervivencia, conservación o dominio) y entregada, en cambio, a los lujos
dispendiosos de lo contingente. Algo así como las duracell de la libertad.
Parece que Marx escribió –suponemos con los traductores, en fin– que
nuestros esfuerzos se dirigen “no a conservar lo que ha llegado a ser sino a
mantenerse en el movimiento absoluto de llegar a ser”. Parecido es de todos
modos a la idea freudiana de “instintos” o compulsiones –o sea algo que solo
cesa con el deceso de uno– pero sin tanta sordidez, y también con algo de la
figura psicoanalítica de la gratificación (que haya o no motivos para algún
optimismo al respecto también es una vieja discusión, por supuesto; me parece
que conviene conjeturar que también esas fuerzas poiéticas están, por
definición, fisuradas, en guerra entre sus dos partes –quien dice dos dice
infinitas–). Por ese lado, Julia Kristeva (cuando era Kristeva y no esto que
Europa, la institución matrimonial y la codicia jubilatoria han hecho de ella)
pensó hace mucho una teoría poética en términos de energías (distribuidas
según una variante psicoanalítica de la fisura insuprimible que Benveniste
había trazado entre lo semiótico y lo semántico) y pretendió así oponer poesía
y religión como quien contrasta a Bakunin con el Zar (caramba, justo la Julia,
que ahora se ha hecho amiga hasta del Vaticano); Lévi-Strauss, que en
aquellos años era como Perón, digamos, le objetó que para los etnógrafos y los
mitólogos eso de las energías pulsionales del cuerpo en la poesía era –como
dijo el General– más viejo que mear en los portones, y que estaba en el pasado
más remoto de las culturas rituales… y a la vez de la religión: el poeta, el
sacerdote más o menos mago, la ceremonia y el vino, en fin. Por otro lado,
parece que las ideas sobre energía, lenguaje y ritmo de Henri Meschonnic
podrían consonar con todo eso. En un glosario de sociología de la cultura que
Carlos Altamirano dirigió en 2002, la entrada “discurso social” redactada por
Emilio De Ípola advertía, ejemplificando con el teorema de Göedel,
la Recherche de Proust y los poemas de Auden, que “no todo es social en un
discurso” y que a menudo hay algo de tenor creativo “que escapa a todo
contexto”. Miríadas, en fin, son las veces en que insiste donde menos se la
espera la tesis de las energías no contadas por la racionalización.

En casos como los de Puig, Harwicz o Novelli (para no complicarla con más
ejemplos), la poiesis obedece a una preferencia realista. No hay únicamente
ficción ahí, pero siempre la hay (tal vez no sea casual que en los tres casos
que menciono –caigo ahora en la cuenta– haya teatralidad, puesta en voz y en
escena). En lo poco que conozco de la literatura argentina de estos días
proliferan también otros modos del derroche. Uno de tales modos sigue
estando en la poesía (en lo que por comodidad clasificatoria llamamos poesía
según un criterio retórico); allí la ficción no está siempre ausente pero puede y
suele ausentarse –por eso, lo que la poesía sigue agregando al mundo son no
tanto imágenes de mundos como efectos en las afecciones y agujeros nuevos
en las fronteras de las subjetividades: efectuaciones donde siempre peligra qué
será de “nosotros”. Por ejemplo, un poema de Denise León que releo desde
hace días con amigos y alumnos, y cuya gramática produce sin ninguna
demora el efecto intempestivo del resto que interpela desde ahí mientras falta
en la vida corriente del habla:

En su memoria
se pierden
mis recuerdos.
Ahí
se pierden
como una aguja
no se pierde,
como un lugar
al que no se puede volver
(si es cierto que volvemos a los lugares).
Porque
en el agua derramada
invoco
el amanecer
y
tu muerte
todavía
brilla.

Sobra completa –es puro exceso aunque lo sea ascético, calibrado con
nanometría– la desproporción entre la transparencia verbal del artefacto y la
incertidumbre maximalista del efecto irrevocable, asegurado. Uno nunca sabe
bien dónde está parado para proferir juicios y predicciones, pero se tiene la
impresión de que este es un momento precisamente excesivo, expansivo y
polimorfo de la poesía argentina (acá debería listar decenas de firmas, la
violencia de la economía obligada es fatal, así que suelto resignado apenas
dos, no al capricho pero como puedo: Elena Anníbali, Ana Rocío Jouli). Si uno
apenas lee un poco, si uno presta apenas algo de atención, se vuelve
innegable por todas partes ese derroche incesante… ¿de qué? Precisamente:
de lo que –dado que nadie nunca lo necesita ni lo demanda hasta que (a la
vez objeto y causa del confuso deseo) ya le ha sido insinuado– no tenía
destinatario, ni lugar ni momento propios. “Recuerdo”, un poema
de Héctor Viel Temperley de 1967 (El nadador, Emecé) hace precisamente
eso: fiel no a lo sido sino “al movimiento absoluto de llegar a ser”, inventa, con
un supuesto recuerdo, una situación de experiencia en una impensada imagen
escrita (que de paso, le crea una incidencia plácida y lúdica al milagro circense
del Jesús rescatista caminando sobre las aguas), para que a la vez pueda
verse –en los símiles que siguen al invento y concluyen el poema– que ninguna
tropología del sentido podrá nunca con lo que en efecto ocurre sin necesidad y
se siente:

Recuerdo una piedra


que no sobresalía del río.
Recuerdo que nadaba
para sentarme sobre ella.
Porque era como sentarse
en el medio del río
con los brazos cruzados,
como detener un caballo
en el centro de un campo,
como adormecerse a caballo
en un campo inundado,
como poner la soledad
del corazón en lo más manso,
como pensar que todavía
va a llover más y más
y estar cansado.

Otro de esos tantos modos más o menos literarios de lo excedente está en


cierta gente que hace objetos –cada cual a su modo descendiente de tantas
invenciones maníacas con lo volumétrico o el desecho, que se multiplicaron en
los últimos siglos de las artes–: para no retroceder a Vox ni a los editores
cartoneros, menciono apenas los libros hechos uno por uno de “Barba de
abejas” (Erich Schierloh), o los librejitos de la “Oficina perambulante” de Carlos
Ríos (por decir: se sabe que proliferan –excediendo, precisamente– haceres de
ese tipo). Son objetos, a veces libros pero otras no, cosas que uno no sabe
dónde poner porque tampoco es que siempre tengan valor decorativo: no son
ubicables, no son bibliotequizables…

Ya lo anoté pero insistiría: la poiesis es el nombre artístico de tanto resto, y


“literatura” el nombre de ese requecho cuando va en escritura, pero hay resto
por todas las otras partes y las materias y las substancias. Edgar Bayley no
habrá sido ni el único ni el primero, pero está entre quienes le escribieron una
ontología en versos argentinos a este asunto: el excedente infinito.

(Actualización julio – agosto 2017/ BazarAmericano)