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Ficha 3 – Economía Política

Economía Política – Clase Variedades del Capitalismo.


Francisco Espinoza Rojas.

En el trabajo de Wolfgang Streek para el Max-Planck-Institut für Gesellschaftsforschung, se


desarrolla las diferencias en torno a la política nacional en naciones capitalistas, las cuales deben
ser entendidas y situadas en el contexto histórico. Tras el fin de la Segunda Guerra mundial pareciera
darse un consenso en torno a los Estados Unidos como marco de referencia para el capitalismo, y
hacia fines de los ’60 se comienza a debatir sobre otros patrones posibles e incluso deseables. La
literatura ha tendido a identificar cuatro tipos de variedades capitalistas: 1) un modelo de social-
embeddedness, 2) recursos de poder, 3) institucionalismo-histórico y 4) racional-funcionalista. Los
modelos funcionan como tipos ideales analíticos, por lo que se pueden sobreponer.

El enfoque del social embeddedness es eminentemente sociológico y tiene alto peso la imbricación
en los patrones culturales y sociales. Las ganancias se proyectan en el largo plazo y asentadas en un
régimen tradicional. Se sustenta en una fuerte normatividad social y lazos de colaboración, con un
fuerte peso estamental. Japón es el caso ejemplar. El enfoque de los recursos de poder está
centrado en la esfera de la política. En sociedades como Suecia, los vínculos son no-capitalistas no
tanto por el peso del pre-capitalismo como por el procesamiento institucional en políticas
socialdemócratas. Cobra gran relevancia la organización sindical, puesto que pueden direccionar el
desarrollo capitalista hacia políticas redistributivas. En el enfoque del institucionalismo histórico,
cobran gran importancia las instituciones y las asociaciones intermedias que representan intereses.
Y si bien están enmarcados en el peso de los patrones históricos, la coordinación entre los distintos
intereses asociados permite dirigir el desarrollo hacia la diversificación productiva. El mejor ejemplo
es Alemania. El modelo racional-funcionalista está centrado en la esfera económica, donde las
variedades posibles de capitalismo son causalmente explicadas y normativamente evaluadas por
sus logros en búsqueda de la eficiencia. La premisa es que, en vez de proponer instituciones
similares, la diversificación es deseable en tanto potencia las ventajas comparativas nacionales.

El estudio de Hall y Soskice se enmarca en este último enfoque. Por political economy entienden un
campo de actores (individuos, asociaciones, estados) que buscan proteger sus intereses de manera
racional y en acción estratégica con otros. Existen dos escenarios, en términos de tipos ideales: las
Economías de mercado liberales (EML), en que la coordinación y equilibrio se logra en mercados
competitivos, primando la ley de oferta y demanda; y las economías de mercado coordinadas (EMC),
en que las empresas requieren coordinación e interacción estratégica entre ellas y otros actores. La
tesis de los autores es que las estructuras institucionales nacionales de regulación condicionan la
adopción de estrategias por parte de las empresas: en las EML se orientan al mercado y a la
liberalización, mientras que en las EMC existen instituciones de coordinación, permitiendo el
intercambio de información, monitoreo de comportamientos, sanciones al incumplimiento y
deliberación sobre asuntos clave.

En EMC – Alemania, Japón, Corea del Sur, Suiza, Holanda y otras- existe una coordinación que opera
en distintos niveles, asegurando cuestiones como transparencia en la información, regulación sobre
compras, capacitación laboral, negociación colectiva o la innovación tecnológica subvencionada. La
gobernanza corporativa y las relaciones laborales son mediadas por coordinación estratégica. Las
EMC funcionan mejor con sindicatos fuertes y asociación empresarial estable. En las EML –EEUU,
Gran Bretaña, Australia, Canadá, NZ, Irlanda, Israel- existe baja coordinación y los equilibrios se dan
en el marco de la competencia de los mercados. Se privilegia mercados de trabajo fluidos en vez de
regulados.

En general, los rendimientos tienden a ser similares, pero las tareas de los policy makers son
distintas: en las EMC deben favorecer e inducir la coordinación eficiente, mientras que en las EML
deben mejorar los funcionamientos de los mercados. Frente a la globalización, la tesis generalizada
es que deberían tender a liberalizarse los mercados, pero las instituciones reguladores deben verse
fortalecidas o cambiar en favor de máximas ventajas comparativas.

La crítica al enfoque Hall & Soskice que realiza Streeck toca cuatro puntos, que a mi parecer son
bastante relevantes: metodológica, donde reducen la complejidad de los casos e identifican bajo
categorías similares a economías que no lo son, además de invertir el análisis haciendo calzar los
casos sobre sus categorías en vez de que estas emerjan; el funcionalismo subyacente a su análisis,
donde señalan la complementariedad sin especificar mecanismos; el economicismo con que
asumen las tareas de coordinación económica; y la falta de contextualización histórica sobre los
casos nacionales.

El enfoque racional-funcionalista, y en especial su variante de las EML, asumen que las funciones de
coordinación entre las empresas son una acción propia y que se circunscribe a la esfera económica,
como si fuese excluyente e intrínseca. Es decir, aun cuando en las EML se resalte la primacía de la
capacidad de agencia de los actores económicos en el marco de una economía liberalizada, parecen
obviar que la tarea de los Estados no ha sido sólo la liberalización de los mercados. Al menos en los
casos latinoamericanos, el desarrollo de la empresa privada ha requerido no sólo desregulación y
desarme de las restricciones antes existentes, sino que ha sido posible por una serie de
transferencias, subsidios, monopolios regulados, entre otras medidas. El desarrollo de las empresas
ha requerido al Estado, y no sólo como un agente facilitador para la liberalización de los mercados
sino como un factor causal del desarrollo empresarial. Además, pasa por alto que la adscripción de
los Estados a medidas que promueven mercados liberalizados no es sólo una decisión tomada
racionalmente para favorecer el desarrollo económico, sino que muchas veces, una imposición
forzosa por parte de fuerzas aún más grandes, como lo hizo el Consenso de Washington durante la
década de los ’90.

La valoración de una variante u otra en el enfoque racional-funcionalista pasa por los rendimientos
económicos obtenibles por los actores relevantes, que para el caso no son sino las firmas
empresariales. Señalar que los rendimientos entre una EMC o EML son similares refleja una visión
acrítica, puesto que asume la unidimensionalidad de un análisis de indicadores macroeconómicos y
que niega el carácter social de la economía. Efectivamente, puede que las cifras de crecimiento sean
similares, pero la promoción de espacios de menor poder para los sindicatos implica una desmejoría
en los términos de la relación capital-trabajo afectando la redistribución del ingreso y la calidad de
los empleos, sólo por explicitar brevemente alguno de sus implicancias. Además, la premisa de la
liberalización se relaciona directamente con el debilitamiento de la posición de los actores
dominados, a nivel interno (fuerzas sociales) y externo (países subdesarrollados y periféricos).