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FUNDAMENTOS PARA UNA CLÍNICA PSICOLÓGICA

Breve revisión crítica

IVÁN SANDOVAL CARRIÓN

Médico psiquiatra - Psicoanalista

18 de enero de 2011

Regimiento Quito Nº 1

¿Es la psicología una ciencia?

Al comenzar el siglo XXI, y a una distancia indeterminable de sus orígenes, aún no es posible un
acuerdo respecto al estatuto epistemológico de la psicología ¿Es realmente una ciencia? ¿De qué
clase? Si una condición indispensable para establecer el carácter científico de una disciplina es
determinar su objeto de modo unánime e incuestionable, ello no es posible en el caso de la
psicología. Incluso podríamos decir que cualquier intento por escribir una Historia de la Psicología,
equivaldría el recuento de las dificultades para establecer su objeto. A lo largo de los siglos, y desde
su etimología, la psicología se ha ocupado sucesivamente del alma, de la conciencia, del
pensamiento, del yo y de la conducta, hasta llegar al momento actual, donde el predominio del
vocabulario de las llamadas ciencias cognitivas parecería determinar que el objeto de la psicología
es la mente.

En primero instancia, podríamos definir el objeto de una ciencia como aquello de lo que la ciencia
se ocupa. De un modo más preciso, podríamos definir al objeto, en referencia a la noción de sujeto,
como “aquello que es pensado o representado, en tanto es distinto del acto por el cual el sujeto
piensa” (Morfaux 1985:244). Esta definición podría llevarnos a pensar que el objeto de una ciencia
es una entidad que tiene existencia independiente del sujeto que lo piensa, y de allí hay poca
distancia a creer que el objeto de una ciencia requiere de existencia física y presencia material, para
poder hablar de ciencia. Sin embargo, es la idea de concepto la que nos permite superar el
malentendido: el objeto de una ciencia es un concepto, es una abstracción construida por los
hombres cuando actúan como sujetos cognoscentes que construyen un saber verdadero y
sistematizado sobre las cosas, diferente al saber ordinario.

Definimos concepto como “la unidad del significado y por tanto el cimiento del discurso racional”
(Bunge 2007: 77). Usamos conceptos para construir proposiciones que pueden ser verdaderas o
falsas y que pueden o no tener sentido. El discurso científico debe contener algunos conceptos
claves y al menos un concepto que defina universalmente lo que es aquella ciencia para todos los
que hablan de ella (Bunge 2007:78). En el caso de la psicología, la profusión de diferentes teorías,
modelos y escuelas, da cuenta de la imposibilidad de un acuerdo entre todos los que la practican,
para definir el concepto central de su pretendida ciencia.
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Las tribulaciones de la psicología para definirse como una ciencia, no pasan desapercibidas para un
lúcido filósofo especializado en la epistemología de las ciencias de la vida, como Georges
Canguilhem, quien en una conferencia pronunciada en el Collège Philosophique de París en 1956 se
preguntaba:

La pregunta “¿Qué es la psicología?” parece más embarazosa para un psicólogo que la pregunta
“¿Qué es la filosofía?” para un filósofo. Pues, mucho más que definirse por una respuesta a esta
cuestión, la filosofía se constituye a través del interrogante sobre su sentido y su esencia. Para quien
quiera decirse filósofo, el hecho de que la pregunta, a falta de respuesta satisfactoria, renazca sin
cesar, es un motivo de humildad y no una causa de humillación. Pero en el caso de la psicología, la
cuestión de su esencia, o más modestamente de su concepto, pone también en entredicho la
existencia misma del psicólogo, pues a éste, incapaz de responder con exactitud qué es, le resulta
muy difícil contestar qué hace (Canguilhem 2009:389).

Creo que estamos de acuerdo en que la situación no se ha modificado mucho desde que Canguilhem
pronunció su conferencia hace más de medio siglo. El hecho de que en el siglo XXI, los médicos
neurólogos, los psiquiatras y muchos psicólogos afirmen que la única psicología científica es la
llamada cognitivo conductual, cuyo léxico gira alrededor de la mente como un concepto central, no
quiere decir que todos los psicólogos han aceptado esa proposición. Incluso, la utilización de la
noción de mente mantiene sobre el tapete la discusión aún irresuelta sobre la relación mente –
cuerpo, o la de mente – cerebro, que mantiene divididos a los llamados filósofos de la mente entre
“monistas” y “dualistas”, y también a los psicólogos, aunque muy pocos de ellos se pregunten si se
inscriben en el monismo o en el dualismo.

La psicología como una práctica.

Ante esa dificultad para definir a la psicología como una ciencia, podríamos optar por inscribirla con
mayor legitimidad como una práctica, definida desde los tiempos de Kant como una “acción ejercida
por el hombre sobre las cosas gracias al conocimiento que tiene de ellas” (Morfaux 1985:271). O
como dice Jacques Lacan (2001:14): “Una praxis es el término más amplio para designar una acción
concertada por el hombre, sea cual fuere, que le da la posibilidad de tratar lo real mediante lo
simbólico. Que se tope con algo más o algo menos de imaginario no tiene aquí más que un valor
secundario”. Para explicarlo en otros términos, una práctica es una actividad que el sujeto ejerce
sobre diferentes aspectos de la realidad para conocerla, para intervenir sobre ella y eventualmente
para transformarla, en base a algún conocimiento de orden práctico, nocional, experimental o
científico que haya tenido previamente acerca de esa realidad.

En este sentido, la práctica aparece como un ejercicio de “aplicación” de saberes, ya sean estos
científicos o simplemente empíricos. Por ello, la noción de práctica puede aplicarse de igual manera
a la actividad de un cirujano operando, o a la de un ingeniero calculando, o a la de un policía
especializado que busca indicios y toma muestras en una escena del crimen, o a la de un futbolista
pateando un tiro libre o a la de un político intentando seducir a la multitud desde una tarima. Todas
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ellas y muchas más que vemos y realizamos cada día, son prácticas, aunque con diferentes grados
de cientificidad entre cada una de ellas.

Entonces, es más fácil ponerse de acuerdo respecto al hecho de que la psicología es una práctica,
porque evidentemente lo es. Los psicólogos “hacen algo” con seres humanos, utilizando
generalmente el lenguaje como instrumento, para obtener algún resultado que marque una
diferencia entre un “antes” y un “después”. El problema es que, como leíamos al final de la cita de
Canguilhem, si a los psicólogos les resulta muy difícil ponerse de acuerdo en lo que es la psicología,
igualmente muchas veces les resulta complicado decir con exactitud qué hacen, para qué lo hacen,
desde qué posición teórica o conceptual lo hacen, y en el nombre de quién lo hacen.

La solución aparente del problema sobre qué tipo de práctica es la psicología nos ha llegado desde
el discurso universitario, con el establecimiento de las facultades de psicología en el siglo XX y la
organización de especializaciones dentro de ellas. La primera de ellas, la psicología clínica, a la que
han seguido la psicología educativa, la psicología industrial u organizacional, a las que han sucedido
otras más nuevas como la psicología jurídica, la neuropsicología, la psicorrehabilitación, la psicología
infantil (sic), la psicología del marketing y tantas otras. Todas ellas son objeto de especializaciones
a nivel de pregrado o de maestrías y doctorados.

Con todo ello, parecería que en la moderna, posmoderna y actual sociedad del mercado y el
consumo, la psicología se configura como una práctica utilitaria que sirve, no solamente para aliviar
el malestar de los sujetos que sufren, sino para manipular a los seres humanos e inducirlos hacia
ciertas conductas que se consideran “sanas”, bien adaptadas o deseables… ¿por parte de quién? El
desconcierto inicial que esta pregunta provoca y la falta de una respuesta inmediata, nos obliga a
preguntarnos si los psicólogos, que se consideran profesionales bien formados, científicos, técnicos
y especializados, saben siempre cuáles son los conceptos fundamentales que conducen su práctica,
o desde qué lugar escuchan y se dirigen a sus clientes, consultantes o pacientes, o en el nombre de
quién se sienten autorizados a definir lo que se estima como salud mental.

La noción de “salud mental”.

Con ello introducimos la pregunta por aquello que se ha denominado salud mental, término que
aparece desde el siglo XX como si fuera un concepto clave en algunas prácticas psi, especialmente
en la psiquiatría y en la psicología clínica. De entrada diremos que la noción de salud, que creemos
procedente del discurso de los médicos, “no es un concepto científico, es un concepto vulgar, lo que
no quiere decir trivial sino simplemente común, al alcance de todos” (Canguilhem 2004:52). El
término es antiguo y viene del latín sanus, el cual a su vez se deriva del griego sáos que tiene al
menos dos sentidos: intacto o bien conservado, e infalible o seguro (Canguilhem 2004:53). Es del
lenguaje coloquial de donde lo toman los médicos desde la antigüedad, para designar la condición
subjetiva de bienestar que reportan los seres humanos cuando creen que las cosas -incluyendo el
funcionamiento de sus órganos- andan bien.
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Ahora bien, sabemos que el bienestar subjetivo no garantiza necesariamente el óptimo


funcionamiento del organismo: un sujeto podría sentirse bien, a pesar de que sufre de una
hipertensión arterial que no ha sido detectada o de que incuba un cáncer gástrico que aún no ha
dado síntomas. Por ese motivo, un punto de vista más científico para la medicina (que tampoco es
una ciencia sino una práctica) es el de reemplazar el término salud por la categoría más conceptual
y científica de homeostasis, enmarcado en el campo de una práctica verdaderamente científica
como la fisiología, tal como lo sugiere Canguilhem (2004:55-57). Sin embargo, los médicos y sus
pacientes insisten en preservar el uso del término salud como el fin último de la práctica médica.

Desde este origen vulgar y médico, la psiquiatría moderna que aparece a fines del siglo XVIII, y la
psicología clínica que se va constituyendo como una práctica diversa y heterogénea en las primeras
décadas del siglo XX, toman el significante salud y le añaden el adjetivo mental como aquello que le
da un sentido aparente (mas no necesariamente un objeto) a su práctica. Colocamos estos ejercicios
clínicos en esa secuencia, porque si la psiquiatría se funda como una clínica que toma de la medicina
su discurso, sus significantes, su lógica y su método, para estudiar y tratar a quienes sufren de
trastornos mentales, la psicología clínica se apoya en primera instancia en la clínica de los
psiquiatras para poder construirse.

El problema del “origen médico y psiquiátrico” de la clínica psicológica.

Este “origen médico y psiquiátrico” de la psicología clínica marca algunas dificultades que subsisten
hasta el día de hoy y que afectan el ejercicio profesional de los psicólogos. Revisaremos a
continuación algunas de esas dificultades:

La primera de ellas es la relación de poder que se establece entre los médicos psiquiatras y los
psicólogos, que se advierte sobre todo en nuestras instituciones de salud, en las que los primeros
pretenden tener alguna autoridad sobre los segundos, fundados en la precedencia de su clínica, en
la mayor cientificidad supuesta de su formación y en la mayor duración de sus estudios
universitarios y de postgrado. Esos son los argumentos explícitos por los que los médicos psiquiatras
reclaman mayor jerarquía que los psicólogos. A ellos, y en una realidad social como la nuestra,
podrían sumarse otros argumentos “inconfesables” como la creencia de que la práctica de la
medicina confiere un mejor estatuto social y económico.

Una segunda dificultad estriba en el hecho de que la construcción de una clínica psicológica
mantiene una relación de dependencia en relación con la clínica médica. Ello se manifiesta en una
variedad de aspectos, tales como el hecho de que la clínica psicológica utiliza los mismos
significantes, la misma nosología (DSM-IV y CIE-10 por el momento), la misma psicopatología, el
mismo discurso y los mismos métodos que la clínica psiquiátrica. En esa relación de dependencia,
muchos psicólogos mantienen la pretensión de que se les permita prescribir fármacos, igual que los
psiquiatras… y de hecho algunos lo hacen clandestinamente. Al margen de ello, los psicólogos
intentan preservar una identidad propia sobre el fundamento de que sólo ellos pueden aplicar tests
y el reclamo de que sólo ellos puedan practicar psicoterapias.
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Una tercera dificultad que vemos con alguna regularidad, son las relaciones de dependencia laboral
y no de colaboración entre un psiquiatra más experimentado que escoge a un psicólogo o psicóloga
joven como una especie de “asistente” en su consulta privada, para que aplique tests a los pacientes
del psiquiatra o trabaje con ellos en psicoterapia. Estas modalidades vinculares son buscadas o
elegidas por algunos psicólogos al comienzo de su ejercicio profesional, y muchos las encuentran
beneficiosas. El problema es que nunca serán relaciones simétricas, y ello nos lleva a la siguiente
dificultad.

Un cuarto problema es la falta de interlocución entre los médicos psiquiatras y los psicólogos
clínicos, especialmente por falta de interés de los primeros. En la práctica encontramos más
psicólogos dispuestos a escuchar a los psiquiatras y a aprender lo que puedan de ellos, que
viceversa. Los psiquiatras sobrestiman el valor de su saber y desvalorizan el conocimiento de los
psicólogos y lo que su saber pueda aportarles. En el mejor de los casos, se limitan a derivarles
pacientes, pero no están muy interesados en conocer su opinión acerca de ellos. Lo peor es que
muchos psicólogos piensan exactamente igual que los psiquiatras respecto a la supuesta
superioridad del saber médico.

Pero probablemente la dificultad más importante que es un efecto de esta relación entre la
psiquiatría y la psicología clínica, es la falta de esfuerzo para la fundamentación de una clínica propia
por parte de los psicólogos. Este problema se refleja de varias maneras en la conducta profesional
de éstos. Una de ellas es el refugio en el eclecticismo, que para el caso del sostenimiento de una
clínica psicológica funciona como una aberración epistemológica, porque no permite sostener una
práctica seria y consistente. Otra de ellas es la novelería tan evidente en muchos psicólogos, que los
lleva a esperar soluciones de cualquier propuesta que se presente como espectacular o novedosa,
o que se venda como científica. Aunque podríamos mencionar muchas otras consecuencias, por el
momento concluyamos este asunto mencionando que un tercer efecto lamentable es el abandono
de la clínica psicológica por otros oficios o inclusive por prácticas charlatanas que pretenden pasar
por “psicología”.

Especificidad de la clínica psicológica.

Frente a estos graves problemas y efectos que la psicología manifiesta a causa de su dependencia
de la clínica médica y psiquiátrica, es necesario pensar y proponer aquellas posiciones que
permitirían a los psicólogos afirmar una clínica propia, al margen de la división entre teorías,
modelos y escuelas que subsiste entre ellos y que por el momento, y por un tiempo indefinido, será
inevitable. Esas diferencias insuperables entre los psicólogos que se dedican a la clínica no debe ser
impedimento para que intentemos caracterizar aquello que distingue a la clínica psicológica de la
clínica médica-psiquiátrica.

En primer lugar está el hecho de que la clínica psicológica es una clínica de la palabra. ¿Qué quiere
decir esto? Si bien los médicos y los psiquiatras utilizan el lenguaje para hablar a sus pacientes, para
escucharlos y para suponer que entienden -más o menos- lo que les dicen, en la medicina al
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intercambio verbal se le da un mero valor de “recurso de la información” que sirve para que los
médicos y psiquiatras obtengan datos que les permitan hacer diagnósticos, pedir exámenes y
prescribir tratamientos a sus pacientes. En cambio, en la psicología clínica, la palabra es el uso
pragmático de la estructura del lenguaje mediante el cual los sujetos llamados pacientes pueden
transmitir su singularidad y su verdad a quien esté dispuesto a escucharlos en el mismo espíritu. De
la misma manera, la palabra es el único instrumento que le sirve al psicólogo para comunicar de
vuelta a su paciente algún enunciado que tenga valor terapéutico.

Dicho de otra manera, y aunque no se excluye la utilización de tests, la psicoterapia es el medio


fundamental de la clínica psicológica para hacer diagnósticos y para sostener procesos terapéuticos.
Esto implica que, en general, en la clínica psicológica están excluidos los masajes, los contactos
físicos, la utilización de aparatos eléctricos o mecánicos, el uso de sustancias y cualquier artificio que
no sea la circulación de la palabra entre el psicólogo y la persona a la que está atendiendo. Con ello
no se descarta que esos procedimientos no puedan tener valor terapéutico para el sujeto, pero su
administración no corresponde a la clínica de los psicólogos. De esto se desprende la siguiente idea.

En segundo lugar, toda psicoterapia requiere de un encuadre. El término procede de la clínica del
psicoanálisis pero tiene pleno sentido para la clínica psicológica, e incluso para la clínica médica.
José Bleger (1984:237) define al encuadre como las constantes de un fenómeno, un método o una
técnica, que son necesarias para que permitan el despliegue de unas variables, el desarrollo de un
proceso. Previamente, en alguna de sus conferencias, Sigmund Freud había explicado que así como
una cirugía no puede realizarse en la cocina de la casa, una cura psicoanalítica no puede
desarrollarse en cualquier lugar y condición. El trabajo psicoanalítico y el psicoterapéutico requieren
un acuerdo respecto a la constancia y estabilidad del lugar donde se desarrolla el proceso, los
horarios, la duración (más o menos) de las sesiones y las condiciones del pago. Bleger añadía que
cuando las constantes se vuelven variables, el proceso se estanca, se vuelve una constante.

En tercer lugar, más que por razones de orden práctico, la propuesta de un encuadre resulta
necesaria porque éste es el efecto de un marco teórico, es decir de una conceptualización sostenida
por el psicólogo clínico respecto al funcionamiento del aparato psíquico (o mental, si se prefiere
llamarlo así), respecto al sentido de la producción de los síntomas y en relación con la dirección de
la cura que allí se va a sostener. Si bien toda psicoterapia es una empresa de invención y
descubrimientos, ésta debe sostenerse en una teoría; no se puede conducir una cura
psicoterapéutica sin una teoría. De lo contrario, nuestro trabajo con los sujetos que llegan a nuestra
consulta se parecerá rápidamente a cualquier charla coloquial entre amigos, y nuestros consultantes
serán los primeros en advertirlo y en abandonarnos sin obtener ningún beneficio.

Sabemos que al momento actual hay diferentes teorías en el campo de la psicología y su clínica, y
que cada una de ellas produce su psicoterapia con su propia técnica y encuadre. El problema es que
en una cultura como la nuestra, se mantiene una disputa (que no es un debate) innecesaria, no
solamente entre psiquiatras y psicólogos, sino entre los mismos psicólogos, acerca de cuál es la
teoría y la psicoterapia que es “la mejor”. Tal pelea es síntoma de la falta de desarrollo de una cultura
de verdadero intercambio y de una matriz de cultura psi en nuestro medio; pero las disputas de este
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tipo también son una marca de la “herencia médica” que pesa sobre la psicología clínica, y
reproducen el esquema de “indicaciones y contraindicaciones” propio de los debates médicos, y la
discusión acerca de cuál es el antibiótico o el antidepresivo más apropiado para cada caso. No hay
una teoría psicológica más verdadera o superior a las demás; la única teoría psicológica buena es la
que se trabaja y se sostiene en la clínica con convicción y coherencia.

Finalmente, en cuarto lugar, podría añadir que una condición sine qua non para el ejercicio de la
clínica psicológica es la confianza en el valor de la palabra como el instrumento esencial de la cura.
Nuestra cultura popular oscila entre la creencia en los procedimientos mágicos “espirituales” y el
deslumbramiento “positivista” ante los recursos espectaculares y materiales que aparecen como
científicos. Muchos de nuestros pacientes no creen que puedan aliviarse “solamente hablando”, y
nos piden que les hagamos exámenes y tomografías y que les prescribamos fármacos, como si en la
“materialidad y objetividad” de aquello estuviera una promesa más confiable de curación. Los
psicólogos podrían a veces hacer uso de los tests, no como instrumentos auxiliares de diagnóstico,
sino para complacer esa demanda de sus pacientes. El verdadero problema no es que nuestros
pacientes no confíen en el valor de la palabra, sino que nosotros mismos no confiemos en ella. Si
nosotros sostenemos esa confianza, la transmitiremos a quienes nos consultan. En caso contrario,
los empujaremos hacia la aplicación -a veces innecesaria- de psicofármacos.

Psicología e ideología.

Resumiendo, y con todo lo que hasta aquí hemos dicho, parecería que la problemática de revisar,
criticar y afirmar los fundamentos que deben sostener una clínica psicológica, es una discusión
exclusivamente teórica y conceptual acerca de lo que es una práctica clínica que además aspira a
sostenerse como científica. Pero eso no es todo. El trabajo de los psicólogos -incluyendo la clínica-
se realiza en una sociedad y en una cultura determinadas, y dentro de ellas hay diferencias
importantes si se lo realiza en la consulta particular o si se lo hace en una institución, lo cual nos
lleva a preguntarnos a la vez si será lo mismo hacerlo en una institución como el IESS, o en otra que
dependa del Ministerio de Salud, o en una que pertenezca a las Fuerzas Armadas. Lo que quiero
decir es que la clínica psicológica es muy sensible a las influencias ideológicas que puedan intervenir
como una presencia tercera e inadvertida en ese encuentro entre el psicólogo y su consultante.

Al no haber podido constituirse todavía como una ciencia sólida y probada con la misma consistencia
que las ciencias lógico-formales (lógica y matemáticas), o incluso las ciencias fáctico-naturales
(física, química, biología, etc.), la psicología se mantiene en el impreciso terreno de las llamadas
ciencias fáctico-sociales, que son aquellas disciplinas fundamentalmente ideológicas que aspiran a
convertirse en ciencias, pero que todavía no lo son (Yáñez Cortés 1983:43-50). Podríamos definir a
la ideología desde una epistemología que aspira a proponerse como “desideologizada” de esta
manera:

La ideología puede definirse como un sistema de ideales. Para ser más exactos, puede caracterizarse
como un sistema de creencias generales, particularmente de juicios de valor y de normas morales,
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dirigidas a organizar y movilizar personas de cierta clase para trabajar o luchar y poder alcanzar así
ciertas metas individuales o sociales. Así definido, el término “ideología” es neutral: carece del
significado despectivo que Marx le dio. Esto es muy útil para entender por qué nadie puede, ni
siquiera debe, intentar escapar a las ideologías y por qué algunas personas están dispuestas a luchar
e incluso a morir por las propias. También es necesario para explorar la cuestión de si una ideología
científica es posible (Bunge 2007:297-298).

Podríamos discutir extensamente acerca de si Marx le dio al concepto de la ideología este carácter
supuestamente “despectivo” que Bunge menciona, pero por el momento nos limitaremos a
subrayar este término de ideología científica que el autor menciona y a añadir que la ideología es
ese marco referencial de creencias, generalmente no-consciente aunque funcione como una “falsa
conciencia”, que interviene en la lectura e interpretación de la realidad social, política y económica
en la que cada uno vive, y que es propio de cada sujeto e inherente a su condición de tal, aunque
pueda compartirlo con otros para eventuales efectos de asociación y organización social.

La noción de ideología científica fue introducida en 1967 por Georges Canguilhem y fue
extensamente trabajada por este autor durante más de diez años. Esta noción se refiere a aquellas
teorías y sistemas de pensamiento que no son necesariamente no-científicos o anticientíficos, que
han contribuido al desarrollo de la medicina y de las ciencias de la vida (como Canguilhem las
llamaba), que por la dimensión de sus intereses y objetos escapan al marco de las epistemologías
clásicas que definen lo que es científico y que quizás interesan también a la psicología. Canguilhem
define de esta manera a una ideología científica:

Las ideologías científicas son sistemas explicativos cuyo objeto es hiperbólico con referencia a la
norma de cientificidad que se le aplica por préstamo. Una ideología científica siempre precede a una
ciencia en el campo en el que ésta llegará a instituirse; una ciencia siempre precede a una ideología,
en un campo lateral al que ésta apunta indirectamente. La ideología científica no debe ser confundida
con las falsas ciencias, ni con la magia, ni con la religión. Como ellas, sin duda está movida por una
necesidad inconsciente de acceso directo a una totalidad, pero es una creencia a la que se le van los
ojos tras una ciencia instituida cuyo prestigio ella reconoce u cuyo estilo quiere imitar (Canguilhem
2005:57).

La cita de Canguilhem es oportuna para entender el fenómeno mundial de las últimas décadas, en
virtud del cual los psiquiatras y muchos psicólogos clínicos se han volcado masivamente hacia las
neurociencias confiando en que ellas les darán la cientificidad de la que quizás carece su clínica, y
esperando que ellas les aporten las explicaciones y las soluciones terapéuticas para los
padecimientos de sus pacientes. Con esta reflexión intento cuestionar el olvido, la atrofia o la falta
de desarrollo de la clínica psiquiátrica y de la clínica psicológica que advertimos en las nuevas
generaciones de profesionales, como efecto de esta dependencia de las neurociencias.

No se trata de desmentir ni de ignorar la verdad de que el fenómeno psíquico (o mental) requiere


de un organismo preservado de manera anatómica y funcional. No se trata de negar la relación que
muchos fenómenos clínicos tienen con lesiones o trastornos funcionales del organismo. Solamente
se trata de advertir que el estudio y el conocimiento de las neurociencias no nos exoneran de la
obligación de mantener y desarrollar nuestra propia clínica como psicólogos o psiquiatras. Debemos
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ser conscientes de que la psicología es probablemente una ideología científica y de que ello no tiene
una connotación peyorativa, para estar prevenidos acerca de las seducciones “científicas” en las
que podemos caer, olvidando la especificidad de la clínica psicológica, como una clínica de la
palabra.

Pero, la determinación ideológica que parece inevitable en el ejercicio de la psicología clínica, tiene
también connotaciones políticas que pueden constituirse en obstáculos para la práctica. Esto
aparece cuando los psicólogos ignoran -o prefieren no saber- la función de encargo social que la
psicología oficial y académica cumple (mediante todas sus especializaciones) para preservar el
orden social, político y económico que al poder le interesa mantener (Braunstein y otros 1983:329-
419). En este sentido, los psicólogos (incluyendo los clínicos) pueden actuar -sin tener noticia ni
conciencia de ello- tanto si ejercen la clínica privada como si trabajan en cualquier institución, como
“funcionarios” que dirigen la psicoterapia con todos sus pacientes hacia la adaptación y la
aceptación de aquellas normas y principios que aseguran el mantenimiento del orden que le
interesa al poder. Todo ello en el nombre de la llamada “salud mental”.

Parafraseando lo escuchado a una colega, se le puede perdonar al psicólogo clínico la ignorancia


académica de alguna teoría o concepto; pero lo verdaderamente inadmisible es la ingenuidad, el
candor defensivo que lo mantiene desconocedor y negador de las influencias y determinaciones no-
científicas e ideológicas que inciden sobre su práctica. No solamente es indispensable que el
psicólogo tenga siempre presente con qué teoría y con qué encuadre trabaja. Sobre todo es
fundamental que todo el tiempo se pregunte “¿Para quién trabaja? ¿Para su paciente, cliente o
consultante? ¿O para beneficio de Otro y sin saberlo?”.

Anticonclusiones (es decir “para abrir un debate, no para concluirlo”).

No es indispensable que la psicología se defina como una ciencia para poder sostener una práctica
clínica consistente, que tenga valor terapéutico para los pacientes de la psicología clínica.

La noción de ideología científica, aplicada a la psicología, no es peyorativa ni negativa, a condición


de que tengamos conciencia de sus efectos y consecuencias.

Aunque la clínica psicológica tiene una deuda original con la clínica médica y con la psiquiátrica, no
está obligada a mantener con estas ni con sus representantes una relación de subordinación.

La clínica psicológica tiene autoridad y títulos propios, para mantener una relación de interlocución
(no de subordinación) con la medicina y con la psiquiatría.

Aunque la psicología, en tanto clínica, es una práctica muy particular cuyos caracteres propios no
han sido todavía completamente esclarecidos, al menos hay acuerdo en que lo singular de la cura
psicológica es que se trata de una cura por la palabra.
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El desarrollo futuro de la psicología le deberá mucho al avance de las neurociencias. Ello no debe
colocar a los psicólogos a esperar todas las explicaciones y las soluciones de las neurociencias,
olvidando su propia clínica.

El psicólogo clínico debe tener un marco teórico claro y definido, del cual se desprenderán un
encuadre propio y una técnica coherente.

El ejercicio de la psicología clínica está siempre sujeto a la injerencia de influencias y


determinaciones de carácter ideológico. Eso es inevitable. Lo importante es estar advertido y
preguntarse por esas influencias.

En la cotidianeidad de su trabajo, el psicólogo clínico debe renovar constantemente estas preguntas:


¿Desde dónde dirige una cura? ¿Con qué teoría? ¿Con qué encuadre? ¿Para beneficio de quién?

BIBLIOGRAFÍA

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Buenos Aires, Amorrortu.

CANGUILHEM Georges (2009), “¿Qué es la psicología?”, en Estudios de historia y filosofía de las


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