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Dificultades y posibilidades para las mujeres occidentales

aspirantes a la Iniciación

La cuestión de las posibilidades de orden iniciático que existen hoy para las
mujeres en Occidente ha sido abordada raramente en esta revista, y agradecemos a la
dirección de la misma por haber accedido a la publicación de esta nota en la cual,
reuniendo varios datos a nuestra disposición, pensamos volver sobre este importante
tema. Además de una modesta contribución, ante todo informativa, respecto de la
preparación doctrinal y la comprensión teórica, requisitos realmente fundamentales
para entender de qué estamos hablando y para evitar grandes ilusiones y grandes
equívocos, esperamos que sea también un medio para «dar, por lo menos a quienes son
capaces (porque, a pesar de todo, alguno debe haber), la oportunidad de desarrollar sus
facultades latentes. La primera dificultad reside en llegar a quienes poseen tales cualificaciones y
que quizá no sospechan siquiera cuáles son sus posibilidades...»1.
Sobre este tema, fueron recogidas indicaciones notables en el artículo de Silvio
Grasso: «La mujer de hoy frente al problema de una participación tradicional»2. En tal artículo
fue recordada ante todo la permanencia, a pesar de una indudable degeneración, de un
vínculo tradicional bajo forma religiosa en el seno de la Iglesia católica romana (de la
cual sería bien necio pararse a considerar solamente los aspectos limitativos y
desviados, con una actitud puramente negativa y sin preocuparse luego, aun así, de
«investigar en algún otro lugar algo que pueda satisfacer más amplias exigencias» en sentido
tradicional y en vistas de una realización espiritual y cognoscitiva, en particular
mediante una vía iniciática); el autor observó luego que las dos únicas formas
iniciáticas occidentales válidas sobrevivientes que se pueden tomar en consideración a
nivel práctico – la Masonería y el Compañonazgo – son exclusivamente masculinas.
Después de haber puesto en guardia, mediante varias referencias precisas, contra el
pulular de corrientes y organizaciones pseudo-iniciáticas de todo tipo (incluso contra la
así llamada Masonería mixta, accesible a las mujeres pero privada de cualquier valor
iniciático para ellas), el autor llegó a la conclusión de que en el caso excepcional de una
aspiración y cualificación reales para la iniciación por parte de las mujeres occidentales,
«se encuentra aún abierta la posibilidad de buscar una vinculación iniciática oriental»; sin
ocultar, sin embargo, que «una empresa tal implica evidentemente un gran número de
dificultades, tanto interiores como exteriores… muy incómodas aún para las aspirantes más

1
Cf. René Guénon, Oriente y Occidente, o R.S.T. n. 7, págs. 100 – 108, o cita en Revista de Estudios
Tradicionales, n. 2, pág. 115.
2
Cf. R.S.T. n. 7, págs. 100 – 108.


Traducción de «Difficoltà e possibilità per le donne occidentali aspiranti
all’iniziazione», de G. Manara, R.S.T. n. 31, pág. 61.
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calificadas», además de que «será inevitable, para cada una, un poderoso trabajo para
enderezar y también hacer tabula rasa la enorme superestructura que el mundo moderno
occidental ha enraizado en cada una, ya desde el nacimiento»3.
Sin duda, la ausencia de formas tradicionales occidentales que ofrezcan la
posibilidad de una vía iniciática para las mujeres, representa un grave inconveniente,
cuya constatación, por lo demás, se encuentra también claramente expresada en la obra
de René Guénon. En particular, en su artículo sobre «Iniciación femenina e iniciación
de oficio»4, él escribió: «A menudo se hace notar que, en las formas tradicionales occidentales
actualmente subsistentes, parece no haber ninguna posibilidad de orden iniciático para las
mujeres, y muchos se preguntan cuáles pueden ser las razones de tal estado de cosas, que es
ciertamente muy lamentable, pero que sin duda sería bien difícil de remediar». Es cierto que,
en el curso del mismo artículo, el autor consideró, a título del todo hipotético la
realización de una posibilidad que tuvo que existir ya en otras épocas: «los oficios que
pertenecen al Compañonazgo», escribió él, «teniendo en cuenta sus afinidades más
particulares, siempre han tenido la facultad de afiliar determinados otros oficios, y conferir a
éstos una iniciación de la que antes carecían, iniciación que es regular por el hecho mismo de ser
una adaptación de una iniciación preexistente: ¿se podrá encontrar algún oficio que sea
susceptible de efectuar tal transmisión con relación a determinados oficios femeninos 5? La
cuestión no parece absolutamente imposible y quizás incluso, no está completamente falta de
ejemplos en el pasado, pero no hace falta esconder que habría entonces grandes dificultades en lo
concerniente a la adaptación necesaria, la que sería evidentemente mucho más delicada que en el
caso de los oficios masculinos: porque ¿dónde se encontrarían hoy hombres suficientemente
competentes como para realizar esta adaptación con un espíritu rigurosamente tradicional, y

3
Cf. R.S.T. n. 7, págs. 106 – 108.
4
Cf. Etudes Traditionnelles, julio-agosto 1948; artículo republicado en el segundo volumen de Etudes sur la
Franc-maçonnerie et le Compagnonnage, págs. 19 – 25.
5
Entre los oficios susceptibles de servir de base para una iniciación femenina, René Guénon cita el tejido y
el bordado, señalando también el notable simbolismo a ellos ligado. A propósito del bordado, y más
precisamente del bordado de trama (literalmente, «ricamo ad intreccio» - N. de T.), ha sido referida allí la
persistencia, por ejemplo en la zona de Chiavari, de huellas de un arte todavía practicado, cuyo origen
oriental es atestiguado por la terminología árabe empleada, y el uso de expresiones exactamente
conservadas, tales como punto Fátima, punto Uarda (= Rosa), punto Nagma (= Estrella), punto Sciams (=
Sol). De todos estos «puntos», sólo uno aun está en uso, siendo los demás considerados muy difíciles y
complejos. El nombre de este arte, «Macramé», probablemente, no es otro que el término árabe Mahramah
(con inflexión final en «é», como la pronuncian los turcos y en algunos países árabes), que tiene la misma
raíz de Harem, y que sirve también para designar objetos como bufandas y pañuelos. Tal arte habría sido
enseñado hace algunos siglos, o quizás por las mujeres tomadas como esclavas que luego podrían haber
vuelto a sus países de origen. Naturalmente, sería muy difícil esclarecer si la enseñanza de aquél arte
hubiera tenido también, originalmente, un carácter iniciático, aunque este ejemplo deja entrever la
existencia en el pasado de modalidades de transmisión tradicionales, bastante imprevistas e insospechadas
en la historia profana.
Dificultades y
posibilidades 2
evitando la introducción de la más mínima fantasía, que pondría en riesgo la validez de la
iniciación transmitida?»6.
La respuesta se presentó y se sigue presentando ciertamente más que
problemática, y a más de veinte años de distancia no aparece ni siquiera el más mínimo
indicio en el sentido del cumplimiento de la susodicha hipótesis. Sin embargo, aun
siendo improbable, la realización eventual de una hipótesis como la considerada,
emergía para René Guénon, según sus palabras, como «la única posibilidad» que existiría
actualmente para remediar la «inexistencia de una iniciación femenina occidental»7. Si, por
lo tanto, tal posibilidad única, no es más que una hipótesis remota, poco verosímil y
falta de cualquier alcance práctico para una aspirante a la iniciación, volvemos a la
comprobada necesidad de una reconexión con una forma iniciática oriental.
Precisamente en este sentido, René Guénon observaba aun, en el artículo citado,
que «esto debería hacer reflexionar a los que se imaginan que Occidente ha dado a la mujer un
lugar privilegiado que nunca había tenido en otras civilizaciones; esto es verdad quizás bajo
ciertos aspectos, pero sobre todo en el sentido de que, en los tiempos modernos, al permitirle el
acceso a funciones que deberían pertenecer exclusivamente al hombre, la ha hecho salir de su rol
normal, por lo que se trata, en suma, de un caso particular del desorden de nuestra época. Bajo
otros aspectos más legítimos, por el contrario, la mujer se encuentra mucho más en desventaja
que en las civilizaciones orientales, donde siempre le ha sido posible, en particular, encontrar
una iniciación adaptada a ella, siempre y cuando poseyera las debidas cualificaciones»8.
Pero es tiempo de examinar en qué pueda consistir más concretamente la unión
a una forma iniciática oriental, para una mujer occidental que tenga hoy una aspiración
iniciática real y esté cualificada para realizarla.
Aunque es bastante obvio, no es inútil señalar que se deben tener en cuenta
aquí sólo las formas tradicionales que hoy se encuentran plenamente vivas: la
referencia a las formas extinguidas, o a aquellas de las que sólo es posible acceder
mayormente a vestigios y residuos, podría servir para alimentar fantasías, pero
ciertamente no para tratar el tema con la seriedad y concreción necesarias.
Para establecer al menos un cuadro del estado actual de cosas, podemos
referirnos a las que han sido llamadas «las grandes divisiones del Oriente»: el Lejano
Oriente, el mundo hindú y el Cercano Oriente islámico.
Las formas tradicionales del Lejano Oriente están fuertemente caracterizadas
por el vínculo con el gran grupo racial (la «raza amarilla») al que están destinadas. Esto
6
Cf. Etudes sur la Franc-maçonnerie et le Compagnonnage, vol. II págs. 24 – 25.
7
Ídem, pág. 25.
8
Ídem, págs. 19 - 20.
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en lo que respecta, en particular, a las dos ramas principales de la tradición china, el
taoísmo y el confucianismo, donde los lazos ancestrales asumen una gran importancia.
Entonces, en cuanto al taoísmo, que debería entrar en consideración aquí, dado su
carácter iniciático (salvo por las reservas sobre las condiciones en las que puede
subsistir en la actualidad), sabemos que los pocos no extremo-orientales que han
tenido, por circunstancias del todo excepcionales, un contacto directo con él, han
constatado lo poco practicable que resulta para los occidentales 9. Además, en el fondo,
se podrían hacer observaciones casi análogas a propósito de las ramas del budismo
que, a pesar del origen diferente, sí están arraigadas profunda y ampliamente en el
mundo extremo-oriental, combinándose mucho más íntimamente de lo que a menudo
pensamos con las formas tradicionales preexistentes 10, tanto que la presencia y la
«coloración» budistas, no representan muchas veces, en el extremo oriente, más que
uno de los aspectos de una adaptación, mucho más compleja, para el ambiente al que
es destinado o ha sido destinado en el pasado.
Esto también es cierto en el caso especial de la tradición tibetana, de la cual, lo
menos que puede decirse es que está dirigida a un tipo humano que, por sus
características psicofísicas, es extremadamente diferente del de los occidentales,
independientemente de sus posibles cualificaciones espirituales 11. A propósito del
Budismo en general, se observa también, al menos de pasada, el hecho de que
demasiado a menudo se tiende a olvidar que éste tiene originariamente y en su
plenitud un carácter esencialmente monacal12, ofreciéndoles a los laicos, únicamente, la
posibilidad de una participación indirecta en su espiritualidad. Hay luego otro aspecto

9
Recordemos el caso de Albert de Pouvourville, quien con motivo de su larga estadía en Tonkin y de sus
relaciones con entornos locales cualificados, en particular con el Tong-Sang Nguyen Te Duc-Luat, tuvo la
extraordinaria posibilidad de acceder a la iniciación taoísta, recibiendo el nombre de Matgioi (= Ojo del
Día). Después de su retorno a Europa, las noticias sobre la última parte de su vida hacen pensar que no fue
capaz de mantener conexiones efectivas con el camino iniciático con el que fue vinculado; él mismo, por lo
demás, hablando negativamente de la posibilidad, para un occidental, de aproximarse a la iniciación
taoísta, dijo que no era posible encontrar más que puertas enrejadas, o puertas que se entreabrirían
chirriando siniestramente (literalmente, «qui s´entr´ouveraient en grinçant»). En cuanto a René Guénon, que
también conocía el taoísmo directamente, recordamos la observación contenida en una carta suya «je ne
connais pas de méthode plus dure intellectuellement»: «no conozco un método intelectualmente más duro» (que
el taoísta); y, por lo demás, sabemos también que él les desaconsejó claramente a los europeos la búsqueda
de un vínculo tradicional en aquella dirección.
10
Cf. René Guénon, La Grande Triade, Premessa (págs. 7- 8 de la traducción italiana).
11
Recordamos También que, en la Introducción General al Estudio de las Doctrinas Hindúes, René Guénon
evita detenerse sobre la civilización tibetana, explicando que ésta es aún más completamente ignorada por
los europeos que cualquier otra civilización oriental, lo que implica el que sea extremadamente difícil
acercarse a ella de un modo correcto, aunque sólo fuera teóricamente. Sobre el mismo concepto retornó
Guénon en Oriente e Occidente (cf. pág. 222 de la traducción italiana).
12
Por lo demás, inicialmente se trató de una vía exclusivamente masculina, y sólo más tarde es dicho que
el Buda consiente la admisión de las mujeres en la Orden iniciática instituida por él, advirtiendo sin
embargo, según cuánto ha sido transmitido, que tal admisión habría comportado una reducción a la mitad
del tiempo en que se perpetuaría el budismo.
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de la cuestión que no podemos ignorar: el hecho de que René Guénon haya insistido
constantemente sobre la heterodoxia presente en el budismo (cualquiera haya sido la
validez originaria de ésta, en el cuadro de determinadas readaptaciones); para aquellos
que, como nosotros, reconozcan la función de su obra, en particular para la realización
de la vocación de orden iniciático en el mundo occidental, esto no puede dejar de
asumir al menos el sentido de una advertencia negativa con respecto eventuales
tentativas de concretar una orientación hacia alguna forma budista; y por lo demás, la
experiencia confirma que la referencia al budismo es, sobre todo en Occidente, una de
las máscaras preferidas de corrientes pseudo-iniciáticas más que sospechosas 13.
Por lo que se refiere al mundo hindú y a la tradición que le es propia, se sabe
que la conexión a ella está estrictamente condicionada por la pertenencia a una de las
castas, en el marco del orden social propio del hinduismo. Se trata de una cuestión de
la que depende la validez misma de los ritos de aquella forma tradicional y por lo tanto
la intervención o no de una influencia espiritual real a través de ellos. Quien no
pertenece a una casta (en sánscrito varna), como en particular cualquier occidental, es
llamado «sin casta» (avarna, con el prefijo a privativo), lo que representa objetivamente
una descalificación por falta de receptividad al orden ritual propio de la sociedad
hindú14; la influencia del propio origen diferente es tan fuerte que, por ejemplo, bajo los
términos de la Ley de Manu, el matrimonio de un brahman con una mujer «sin casta»,
bien lejos de darle a ella el acceso a la casta del cónyuge, por el contrario le hace perder
a él los lazos con su propia casta, y las conseconsecuencias de una unión así se
consideran particularmente graves, desequilibrantes y difíciles de remediar, tanto
como para hacer pensar en ese caso, en la necesidad de recurrir a una forma tradicional
completamente diferente. Las pretensiones de proselitismo de algunas escuelas que
derivan, en Occidente, de ciertos hindúes más o menos modernizados y

13
Sin querernos detener aquí sobre este aspecto de la cuestión, nos referiremos al menos a la charlatanería
del «Budismo esotérico» de invención teosofística, y a la bien poco iluminada inspiración del «Tibetano»
según Alice Bailey y su escuela. Los lectores que estén interesados en el tema del psudo-budismo, pueden
remitirse a la obra de Guénon Le Théosophisme, historie d´une pseudo-religion, y a las varias referencias
contenidas en otros números de esta revista (cf. n° 9, págs. 276-278; n° 13, págs. 210-213; n° 16, págs. 171-
173; n° 28, pág. 121). Aunque en otros sentidos, aquéllas imaginadas, por ejemplo, por Évola (cf. n°4 págs.
199-209) y por ciertos orientalistas (cf. n°1 págs. 44-47), son también indudablemente, formas de pseudo-
Budismo.
14
Esto se corresponde precisamente, desde luego, con razones profundas de orden ritual, y ciertamente no
implica una actitud de exclusivismo, desde el punto de vista de la tradición hindú: como se puede ver en
la noción de la existencia de avatares (descensos divinos) para los «bárbaros» o, mejor dicho, para los «no-
hindúes» (Mleccha), y como se desprende del hecho de que los maestros espirituales hindúes, por lo
general, cuando son abordados por personas extrañas al hinduismo, dan la sugerencia de profundizar en
la tradición respectiva de quien lo consulta (lo que no quita que, como en el caso de Ramana Maharshi,
también puedan haber dado consejos personales y haber hecho participar de su «bendición» o influencia
espiritual, sin que ello implique, sin embargo, una transmisión iniciática -contrariamente a lo que a veces
puede ser creído por error).
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occidentalizados, están pues completamente faltas de fundamento; y precisamente en
uno de estos casos René Guénon confirmó muy explícitamente que en tales condiciones
«va de si» que la iniciación que se ha tenido la pretensión de transmitir «no tiene ningún
valor»15.
Para un examen más completo, señalaremos aun otro caso: fuera de las castas
no están solamente los «sin casta» en el sentido antes indicado (avarna), sino también
los que, en virtud de su realización espiritual lograda por medio de la forma
tradicional hindú o a través de otra forma tradicional, o incluso en virtud de su
«sabiduría innata», se sitúan, en realidad, por encima de las castas (ativarna), en un
sentido en cierto modo análogo a los «hombres primordiales» del Satya-yuga, la «edad
de oro» o como sea que se llame a la condición de «proximidad» a los principios supra-
humanos. Por ellos la tradición hindú ofrece modalidades iniciáticas apropiadas para
una «vía directa» hacia la realización metafísica, que se sitúan naturalmente más allá
del orden de las castas: es el caso del Vanaprastha y del Sannyâsi, y es el caso de lo que
hay de más elevado en la vía propia del Vedanta. Eso se identifica esencialmente, en el
fondo, en todas las tradiciones completas, al aspecto más profundo de la vía iniciática.
Pero la existencia de enseñanzas hindúes a este respeto, cuya enunciación se ha vuelto
ampliamente accesible en parte también a los profanos, ha hecho posibles extrañas
ilusiones16; a este propósito nos parece interesante hacer referencia a cuanto ya escribió
algunos años atrás "Giovanni Ponte" en esta revista17, documentando, entre otras cosas,
cuáles serían en realidad, según las auténticas enseñanzas tradicionales hindúes, las
cualificaciones indispensables y la realización preliminar requeridas para emprender
efectivamente una «vía directa» como aquella a la que se refiere el Vêdânta.
Prácticamente, se trata de seres que ya han conseguido un grado tan eminente de
purificación y cumplimiento de las posibilidades humanas que ya no están atados a los
apegos y las necesidades individuales; y, de hecho, tienen que haber renunciado «a
todas las alegrías pasajeras, aquellas que puede procurarse un cuerpo animado, por aquéllas que

15
Carta personal.
16
Debemos agregar que tales ilusiones han sido favorecidas o provocadas por parte de exponentes que
han explotado, a veces, sus vínculos más o menos directos con el mundo hindú para llegar a supuestas
adaptaciones a ser usadas por aspirantes occidentales, las que, inevitablemente, tienen un carácter de
parodia, con todo el peligro que conllevan y el daño seguro de apartarlos de posibilidades más serias. A
este respecto, citamos el caso típico de la escuela de Vivêkânanda (quien, sin embargo, antes de morir, se
ha expresado personalmente de modo tal de renegar de su propia obra: cf. en el n° 11 de esta revista, págs.
94-98). También creemos que tiene cierta importancia observar que ilusiones como aquellas antedichas
pueden adquirir una cierta fuerza, en virtud de una sugestión y potencia psíquica que entra en juego en
estos casos, dando lugar a confundir experiencias y reacciones emotivas con iluminaciones espirituales: así
que se trata, en el fondo, de una de las tantas posibilidades de confusión entre el psíquico y el espiritual en
la que es tan fácil incurrir en nuestros días.
17
En el n° 13, págs. 188-193.
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corresponden al estado divino de Brahma», y ellos deben ya haber apartado su mente de lo
que no es la Realidad suprema18.
Lo que hemos dicho arriba, si bien por un lado deja entrever la apertura
ilimitada de la tradición hindú, por el otro confirma que esta última, fuera del valor
incluso inestimable que puede tener a los fines de una clarificación teórica, luego no
parece presentar, sin embargo, perspectivas concretas para un aspirante a comenzar
una vía iniciática en Occidente.
Dirigiéndonos por fin al cercano Oriente, quedan pues, en la práctica, las
posibilidades ofrecidas por el Islam que indudablemente, a pesar de las grandes
dificultades, es accesible para los occidentales y practicable en Occidente, aunque este
pasaje a una forma tradicional oriental sólo pueda concernir a «casos excepcionales»19.
Pero este tema nos parece que requiere un desarrollo más amplio, y por lo
tanto, pensamos retomarlo en consideración en un artículo posterior, dedicado a la
posibilidad islámica para las mujeres occidentales aspirantes a la iniciación.
GIORGIO MANARA (Traducción)

18
Estas y otras condiciones son enunciadas, en particular, en el Vivêka-chuda-mani de Sri Shankarâchârya;
donde incluso es precisado que «si el buscador ha renunciado al mundo sólo de palabras, el tiburón del deseo lo
agarra del cuello, lo obliga a alejarse del camino recto y lo hace anegarse a mitad de camino».
19
De acuerdo con la opinión expresada por René Guénon en Oriente y Occidente.
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