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EL NIÑO Y EL SIGNIFICANTE.

Ricardo Rudolfo.

12. DONDE EL JUGAR ERA, EL TRABAJAR DEBE ADVENIR.

Considero entonces que una de las (arcas más decisivas que especifican desde el punto de vista
psicoanalítico lo que llamamos adolescencia, es la transformación de lo que es el jugar como práctica
significante en lo que conocemos con el nombre de trabajo; por eso mismo, el corolario de esta hipótesis
es que si dicha tarea queda sin realizar o gravemente fallida en la adolescencia, se compromete todo lo
que va a ser del orden de ese modo específico de la sublimación que es el trabajo más allá de aquel
período, partiendo del adulto joven que hereda la falla.
Me parece más fértil analizar esta hipótesis mediante un material, justamente el primero que me puso
sobre la pista de las articulaciones que procuro fundamentar. No se trataba de un preconcepto que yo
tuviera sobre las relaciones entre jugar y trabajar; las particularidades de un caso me llevaron a ciertas
conclusiones a posteriori. Era un muchacho que empezó tratamiento a los dieciséis años, lo dejó
enseguida, y lo retomó un año después, ahora por mucho tiempo. Como de costumbre seleccione aquellos
trozos que mejor perfilan la problemática en cuestión, dejando de lado en lo posible otros aspectos. Al
mismo tiempo, he procurado evitar una falsa síntesis, para lo cual preferí respetar el orden real en que
dichos fragmentos aparecieron en el curso del análisis, sin someterlos a una excesiva elaboración
secundaria.
El tratamiento se inició por exclusiva iniciativa del paciente, quien convenció al padre para que se lo
pagara. En principio no traía otro motivo que una angustia crónica y difusa, pero muy intensa, que de algún
modo parecía ligada a cierta producción de actuaciones para librarse de ella: pequeños robos y
vandalismos figuraban en esa serie, así como —para la época en que vino a verme— fumar bastante
asiduamente marihuana. Incluso estaba a punto de dar un paso más allá y complicarse en cadenas de
distribución.
Era muy inactivo en todas las demás cosas, incluyendo particularmente la vida sexual en sus
manifestaciones directas reducidas casi por completo a la masturbación: tenía eso sí una especie de trabajo
(primer elemento que conviene recortar) a las órdenes de su padre, ayudas más o menos ocasionales, lo
que en Buenos Aires se dice ‘changas’, no en forma demasiado regular.
Con el tiempo vimos que había aspectos de interés allí (él fue conviniendo el asunto en tema): en primer
lugar, el padre hacía un trabajo de tipo intelectual, y lo convocaba exclusivamente para tareas a realizar con
el cuerpo, sin ninguna clase de inclusión en el otro aspecto, en el nivel en el que el mu chacho hubiese
podido hacerlo. De manera que no se daba la oportunidad de un enriquecimiento por ese lado. Sólo tenía
que usar de su fuerza física, ser un ‘changador’ del padre, como concluyó por nombrarse él mismo.
El segundo punto que conviene marcar es que el padre no le pagaba en forma regular y previamente
convenida, sino con un ritmo errático y teñido de familiaridad, o sea que desde su intervención no se
inscribía, no se introducía la categoría simbólica de trabajo, sea cual fuere el contenido de esa categoría.
El tercer punto muy importante, más de fondo quizás, es que este trabajo del padre fue revelando poco a
poco lo que podríamos cualificar un matiz delirante. En principio, parecía atenerse a parámetros científicos
ya fuertemente consolidados y estandarizados y seguir el método experimental. Pero resultaba que toda
esta sintagmática y paradigmática estaba al servicio de una idea o de un objetivo inocultablemente
mesiánico (si bien de un modo sutil), recordando un poco el ejemplo que da Freud de aquel que se esmera
en probar con el método científico que el centro de la tierra está constituida por mermelada.
De todas maneras, lo que primero surgió como posible de ser analizado era el hecho de aquella
disociación entre ‘mente’ y 'cuerpo', para ponerlo en lenguaje corriente. Disociación y distribución en la
que él se sentía con el aspecto no valorizado, no marcado fálicamente.
Este aspecto llamó mi atención en función de una insinuación do deterioro en el paciente de lo que
serían sublimaciones, no sólo porque, por ejemplo, arrastrase sin gloria su terminación de la escuela
secundaria. Más significativo o más preocupante era verlo demasiado absorbido por actividades
autoeróticas donde se podía descubrir cierto grado de regresión de una sublimación a sus fuentes
pulsionales. Esto también resultó relacionado con la forma compulsiva en que se daba en él la
masturbación. Claramente no al servicio del placer, sino como protección barrera o parapeto contra una
angustia muy penetrante y difícil de soportar.
Una secuencia en que esta regresión se constata merece transcribirse. El muchacho era muy dado a
bromas que solían rozar el vandalismo y había tomado a su vecina del piso de abajo como víctima
preferencial. Esta mujer tenía un gran patio al que él accedía desde su balcón; entonces dedicaba largos
ratos a tirar anilinas de diversos colores, cosa que cuando su vecina (muy dada a la limpieza, al parecer)
baldeaba, se teñía todo ese extenso rectángulo de un mar de verdes, azules, rojos, pequeño océano
multicolor. Pero lo verdaderamente interesante fue el siguiente paso: abandonó las anilinas y las
reemplazó por su propia caca, que acumulaba en un balde y luego arrojaba. Todo desembocó finalmente
en una denuncia policial. Da qué pensar este pasaje de los colores a la materia fecal, que ya en las viejas
teorizaciones psicoanalíticas se colocaba como primer horizonte pulsional de lo que luego serán ese tipo
de sublimaciones. Transformando una idea de Mareuse (idea que es útil conservar, sirve a mantener una
tensión diferencial entre la sublimación y adaptación lisa y llana) es lícito llamar a este proceso
desublimación.
Otra característica que apareció en los primeros tiempos del tratamiento era la aparente ausencia o
silenciamiento de lo que reunimos bajo el concepto de ideal del yo, sobre todo la falta de horizonte, del
serás, de fantasías prospectivas o proyectos, de efectos de anticipación respecto de alguna cosa, en fin, de
futuro: el ideal del yo es inentendible en psicoanálisis; sin considerar la dimensión del futuro, la lleva en su
esencia y en el paciente la echábamos de menos (él tomó conciencia de ello en análisis). En cambio, lo
encontramos con una hipertrofia del yo ideal, de lo que contrariamente se sitúa en lo que ya es,
presentificación pura. Por ejemplo, pasaba, mucho tiempo coleccionando determinados afiches, posters,
etc., y luego quedábase contemplándolos fascinado, lo que el análisis descubrió como movimiento de
fusión imaginaria. Acabó por comprar una guitarra eléctrica, en apariencia para seguir los pasos de una
figura del rock que admiraba, pero bien pronto se puso en evidencia que no se trataba de aprender a tocar,
en referencia a cieno ideal: en realidad, aprender fue totalmente imposible, la guitarra pronto fue
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abandonada. La operación enjuego era la del yo ideal: él ya era su ídolo. Se apoderaba del otro a través de
la mirada, luego al pretender tocar. La frustración de no encontrar en sus dedos la maestría era un golpe
insuperable y no remontable, al darse las cosas en el plano de la identificación primaria y no en el de las
identificaciones secundarias “en cascada” (Lacan) por el efecto estructurante del ideal del yo. La deficiencia
en este registro cerraba al muchacho la posibilidad de encarar cualquier cosa que implicase un ponerse a
trabajar, un proceso. Había abandonado así ya muchas actividades, invariablemente comenzadas con ese
mismo rapto harto fugaz.
En este punto se produce un primer efecto del análisis en el sentido de que, después del primer intento
abortado de comenzarlo, una vez que lo reinicia, casi un año más tarde, es capaz de sostenerlo. Es decir
que, por un efecto ligado al orden de la transferencia, la primera actividad sublimatoria que en su
adolescencia logró hacer marchar adelante, remontando la corriente de la desublimación que se insinuaba,
es el análisis mismo.
Entre tanto, nuevos hechos van dando cuenta de la disociación apuntada: termina finalmente el
secundario y se anota (sin gran convicción) en una carrera universitaria de las llamadas menores. Fue
bastante claro que así repetía, y a la vez variaba un poco, la disociación entre trabajo físico e intelectual
planteada en su relación con el padre. Era una típica transacción no seguir una carrera mayor, tal como
aquél la tenía, fiero tampoco lisa y llanamente no estudiar. Pero una transacción no es una elección, y no
podía causar extrañeza verlo con escaso entusiasmo y sin una meta clara.
Transcurrida una buena parte del período inicial del análisis, ya sobrepasados los diecisiete años, el
material empezó a incluir malestar con respecto a su total dependencia económica, acentuada por las
características erráticas e imprevisibles de los pagos que el padre le hacía (en verdad, esto mismo
dificultaba inscribirlos como tales). Surgida la inquietud por tener un verdadero trabajo, se puso en marcha
una fase de despliegue, un recorrido por lo que me tienta llamar ‘simulacros' de trabajar, apuntalada en
parte en lo que en Buenos Aires se conocen como ‘curros’: por ejemplo, daba muy a menudo con lugares
donde le prometían significativas sumas de dinero sin experiencia previa y sin referencia alguna. Le decían
cosas del estilo de “acá necesitamos gerentes jóvenes”. Lo importante es que invariablemente el paciente
lo acogía en un primer momento con credulidad y hasta con euforia; pronto me di cuenta que dominaba la
renegación: en un nivel él percibía que algo no encajaba en lo que se le estaba ofreciendo, pero no
obstante, prevaleciendo su escisión, lo aceptaba como bueno.
No ganó dinero, por supuesto, pero en el largo recorrido que inició, llegamos al primer descubrimiento
trascendente de su análisis (también para la reflexión teórica, por lo que a mí respecta). El conocía la
palabra “trabajo” y la manejaba en el registro preconsciente más superficial, 'pegada con alfileres' como se
dice, en términos más que nada intelectuales; per se, en cambio, la categoría simbólica de trabajo no se
hallaba inscripta en serio para él, no existía en el marco de las investiduras que deben entrar en juego para
que se produjese cualquier asunción subjetiva de lo que fuere.
El balance de esos primeros tiempos del tratamiento arroja entonces este saldo: no existencia del
trabajaren tanto categoría simbólica; expulsado o en todo caso ausente de su circuito de
representaciones, lo que retoma en lo real del simulacro, de un objeto trabajo en la figura del simulacro;
una acentuada disociación entre una dimensión corporal y otra intelectual; una actividad de jugar que
tiende a diluirse progresivamente en actings, en dirección a la tendencia antisocial, y además a perder su
contenido sublimatorio y regresar a sus fuentes pulsionales; por lo anterior, no encontramos ninguna
circulación del orden lúdico al orden del trabajo, no hay flujo ni transformación de libido que permita
nuevas adquisiciones subjetivas.
Fue algo muy costoso de procesar para el paciente: cada vez que decía “voy a trabajar” era una
mentira, era “un delirio" como a la larga empezó a advertir y a decir, en cuyo desarrollo caminaba horas y
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horas por las calles, tratando de vender objetos totalmente improbables y, por otra parte, sin ninguna
disposición a hacerlo; todo asunto se volvía una especie de deambulación hiperrealista. Que lo llamara
“delirio” no dejaba de tomar particular interés, pues tendía un puente significante con las investigaciones
de su padre: era él y no yo el que había señalado el carácter delirante que ellas nunca dejaban de tener.
Añadiré que conviene tomar el término al pie de la letra, es decir, como una actividad restitutiva de una
dimensión fallante, relleno de una categoría simbólica de la que el sujeto carece; para seguir la propuesta
de Nasio, una flagrante muestra de forclusión local.
Cuando pudo medianamente analizar lodo esto, fue desplegándose una serie de imagos que
implicaban diversos fragmentos de ideales, asaz heteróclitos: uno era la imago del ‘linyera’ que formaba
parte del mito familiar vía un lejano antepasado, que si bien no era exactamente un “linyera” se
aproximaba lo suficiente a ese tipo de personaje, y reveló estar en la raíz de la gran atracción que sobre
el paciente ejercía siempre todo lo que llevase sello de marginal, de lumpen.
Succionante como era, esta imago (cuyo desbroce llevó tantas sesiones) tenía también una contracara
atemorizante, una dimensión siniestra y destructiva: es que en definitiva impregnaba su vida con un
presagio de fracaso y de inercia. Además, fue asociando su fijación a esta imago con su incapacidad (muy
marcada a la sazón) de trabajar en grupos, de integrarse creativamente a ellos, jugando o estudiando. En
esta dirección analizó poco a poco su fracaso en los deportes que exigiesen juntarse con otros. Dio
cuenta que, cuando intentaba jugar al fútbol o al básquetbol no lo hacía en verdad para nadie. El punto
no residía en ser bueno o malo —en ambos casos esto es interior a un equipo—, su posición era distinta.
En el orden de esa desublimación y que habíamos notado en incremento, el iba a lo largo de un partido
en hemorragia de las referencias simbólicas. Una cancha no es un potrero cualquiera; implica un cierto
trazado y las posiciones que cada jugador ocupa en ella no son ni mucho menos posiciones sólo físicas,
sino localizaciones simbólicas respecto de las reglas, que diferencian al defensor del atacante, etc. Sin
esto, terminaba perdido en lo real, corriendo sin objetivo alguno en un espacio ya sin marcas viales, sin
señalizaciones, donde no funcionaban las oposiciones atrás/adelante, a la izquierda/a la derecha, zonas
del equipo contrario/zonas del propio equipo, que organizan culturalmente un ámbito ‘físico’.
Lo único posible de hacer en grupo eran actuaciones del tipo de los pequeños hurtos ya narrados, y que
asociaba a disipar una angustia en común, o algo del género de la depresión tensa, que impulsaba a la
imperiosa necesidad (en el estricto sentido narcisista del término) a buscaren el acting-out alguna forma
de salida.
Conviene reparar en que la imago del linyera es no sólo desocializada, sino también una fracasada en lo
tocante a sublimación, no porque el linyera no trabaje desde el punto de vista convencional de lo que una
sociedad demanda. Más concluyente que eso, es que no genera una alternativa creadora que más allá de
lo normativo usual revele de un modo u otro su validez. Su desocialización es interna, no sólo exterior. Es la
cara visible de lo que propuse denominar como pérdida de sublimación, disgregación de su andadura.
Algunos rasgos en esta imago del linyera conducían nuevamente al padreen cuanto a la calidad delirante
que coloreaba su trabajo; tenía como uno de sus principales efectos la marginalidad. Era imposible
figurárselo, por ejemplo, en un equipo de investigación. El padre pertenecía formalmente a una institución,
pero ocupaba allí posiciones que bordeaban hasta lo delictivo, no por factores económicos, ames bien
porque no parecía poder convivir con regulaciones y normas.
Cuando lentamente empezó a inscribir su no inscripción del trabajo emergió otra imago de inocultable
interés que, en justicia, podemos llamar imago del terrateniente, y que también conducía a otro
segmento del mito familiar: no se trataba ni mucho menos de una familia de terratenientes, pero es
cierto que había un pasado un poco mejor y bastante más desahogado en esa familia; unas módicas
hectáreas en el interior del país quedaban como resto. Lo que a continuación se asoció a ellas fue lo que
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sobre ellas pesaba: por algún motivo tenían la peculiaridad de no servir para nada, si eran un resto se
literalizaba como resto muerto, puro emblema nostálgico de un pasado mejor, muy idealizado por el
paciente y por otros miembros de su familia. Parecía imposible hacer algo con ellas, ya que el abuelo y el
padre atestiguaban de un fracaso al respecto, pues intentaron en vano en su momento transformarlas en
algo que redituara, no sólo económicamente, sino en muchos otros sentidos, por ejemplo, en el campo
de la sublimación. Quedó claro para el muchacho que no existía ningún impedimento concreto, pero
fatalmente, cuando cada tanto alguien volvía a la carga se enredaba en una especie de inercia del tejido
familiar, porque había unas cuantas personas que tenían que ver con esas propiedades y al final eso se-
guía resto muerto allí; al mismo tiempo, se mantenía una intensa idealización del vivir de rentas (en
realidad nadie en la familia lo hacía), como estatuto deseable al máximo y vinculado a hombres activos
en el pasado, generadores de riqueza.
Llegamos juntos a concluir lo siguiente: los verdaderos hombres, los viriles y vitales, los hombres que
emprendían cosas, estaban confinados en un pasado de varias generaciones atrás“. Su estatuto muy poco
tenía que ver con el ideal del yo, sino a la inversa, era un ideal metido en el pasado con el que la única
relación posible era de veneración y nostalgia. En comparación con aquellos antepasados, estos hombres
de ahora, los de las últimas generaciones, eran fracasados en mayor o menor medida y, en todo caso
rezaba el mito, lo poco que pudieran hacer era siempre al margen de aquellos restos reducidos a la pura
dimensión del significante.
En la penosa, inacabable elaboración de este material encontramos una resonancia filo feudal, una suene
de ensueño aristocrático descontextualizado, pero que en esta familia operaba bien concretamente como
denegación de asignar algún valor libidinal al trabajar. Característicamente, cuando el paciente por fin
empezó a hacerlo y se incorporó a una cuadrilla de pintores, durante mucho tiempo lo ocultó a su familia
racionalizándolo en que le avergonzaba un poco ese tipo de actividad.
Pronto pude demostrarle que en realidad el punto no era ése (junto al padre no hacía cosas ‘mejores’ o
menos manuales), sino que el trabajar mismo aparecía como una categoría denigrada; el verdadero ideal
era poder vivir sin hacerlo, lo cual era en lo que él, a su manera y con poca fortuna, había perseverado
bastante tiempo.
El análisis de todos estos aspectos provocó, después de cuatro años, una serie de efectos que se fueron
escalonando. Por lo pronto, recuperó primero su actividad de jugar, la recuperó del deterioro en que se iba
sumiendo al empezar el análisis, abandonó luego espontáneamente las actuaciones que venían
reemplazando a aquél y, en cambio, se reinstaló de otra forma en el deporte, con un tono placentero
inédito hasta entonces, claro que haciendo una torsión: encaró ahora prácticas individuales y competitivas
con otros hombres, enfrentamientos duales pero tercerizados por reglas. Una dedicación seria y sostenida
a entrenarse, un auténtico proceso de aprendizaje, fue el primer índice de una incipiente capacidad para la
derivación del jugar a través de actividades hegemonizadas por las leyes del pensamiento preconsciente.
Otra modificación notable en este nuevo curso de su vida fue superar su torpeza motriz, que en el pasado
solfa acarrearle el enojo de sus compañeros de equipo, ya que chocaba constantemente con ellos tanto
como con los rivales, no porque se propusiese un juego brusco, sino porque al perder las referencias
simbólicas se quedaba sin lugar propio y se encimaba constantemente a los otros como una defectuosa e
inconsciente tentativa de conseguirlo allí, en el cuerpo concreto del semejante, sin importar que —reglas
mediante— éste fuese aliado o rival.
No habrá tampoco de asombramos que el análisis descubriera un trabajo que sí le había encomendado el
padre y que él sin saberlo cumplía concienzudamente, trabajo que implicaba dimensiones de misión y de
reenvío muy difíciles de remontar para un hijo. Sus padres estaban separados y vivía con su madre, nada
fuera de lo común en estos casos, hasta que, repeticiones mediante, fue tomando forma una consigna
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implícita, las más de las veces, formidable en su poder de diseminación. Todo ocurría como si el padre,
autor material de la separación, dejase al hijo en pago por liberarse de su mujer, éste era el contenido
latente de que desde entonces (cuando él cumplía ya los catorce años) ambos viviesen solos. Aquí se
insertaba la consigna en cuestión, que había llegado inclusive a asomar explícitamente en los labios del
padre: "vos tenés que cuidarla”.
La madre aparecía con una patología histérica abigarrada y seria que descargaba masivamente sobre el
muchacho; esta significación inconsciente de ‘trabajo’ —en la cual un padre reenvía a la situación edípica,
y se invierte la función paterna en cuanto al corte con lo materno primordial— de hecho trababa e impedía
toda otra significación más socializada de la categoría. Él ya trabajaba, trabajaba de hijo que cuida a su
madre, cosa de la que acabó por darse cuenta más allá de la superficie espectacularmente ocupada por las
peleas que tenían. Este trabajo lo cumplía a pie juntillas, con la mayor de las responsabilidades y no debía
resultar ajeno a las inhibiciones y falta de deseo que poblaban sus acercamientos heterosexuales.
Este era también el único trabajo autorizado a realizar en términos del discurso familiar. El padre seguía
sosteniendo económicamente en forma total a la madre, sin que eso se cuestionara, sin que fuese tomado
como algo transitorio, aun cuando la madre tuviese un título universitario usado menos que a medias. En
esta disposición de factores, (os pagos que el padre le hacía, esos flujos de di ñero de ritmo caprichoso y
errático, correspondían a su misión junto a la madre y a ninguna otra cosa. Tal era el verdadero sentido de
las ‘changas’.
A la sazón resignificamos anteriores protestas porque cuando había que hacer algo, “la parte sucia’*, el
padre se la encomendaba a él. La parte sucia era lo incestuoso, la perseveración en lo edípico, el cargar con
la madre. La falta de coraje del padre para separarse realmente de su mujer había determinado un pacto
perverso entre ambos, según el cual el hijo era entregado a cambio, chantajeado por permanentes
amenazas de suicidio o dramatizadas por su progenitora.
Los efectos del descubrimiento y la elaboración de todas estas cuestiones había de ser múltiple y
diseminado en el tiempo, por lo que creo importante no descuidar en la masa de hechos un
acontecimiento subjetivo verdaderamente esencial: el análisis era el primerísimo trabajo que hacía en
provecho de sí mismo y tenía que sostenerlo él, ya que yo no tomaba su lugar. A la larga este factor, en
general poco aparente, suponía un potencial transformador más profundo y envolvente que la
desaparición o remodelación de síntomas.
Una de sus consecuencias, probablemente, es que en la transferencia empezó a ocurrir otra cosa, algo
que incluso provocó una interrupción del análisis en un momento dado. Durante todo este transcurso el
padre seguía pagándole el tratamiento, sólo que con el mismo estilo de imprevisibilidad que era su sello en
relación con el dinero, por lo que regularmente se atrasaba en los pagos. Esto empezó a molestar al
muchacho, a sentir su palabra involucrada en la cuestión. Por entonces yo lo consideraba como una de las
reglas del juego que provisoriamente no había más remedio que aceptar para que la terapia fuera posible,
de manera que me abstenía de presionar. Fue pues espontáneo que el paciente se incluyese como
responsable en lo que pasaba. Aparte de su apone de una corriente de culpabilidad (que a la postre tiene
sobre todo una función resistencial), lo subjetivamente valioso de esto reside en el apresto para defender
aquello que deseaba, llevarlo a pelear sus lugares. Sobre todo, hizo que a los tropezones avanzase en
reposicionarse respecto del trabajar.
El que fuera un paso importante no lo libraría, por cieno, de la repetición. Por influencia de un amigo se
incorporó a una cuadrilla de pintores, esperando aprender el oficio sobre la marcha. Era un grupo con
características muy particulares: casi nadie, salvo el patrón, sabía efectivamente pintar. En segundo lugar,
eran casi todos adolescentes. La tercera peculiaridad eran los rasgos de personalidad del que los dirigía,
que lo emparentaba a su padre en algunas cosas.
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Por tanto, lo diferencial tardó en hacerse notar. En un principio parecíamos reencontrar la inconsistencia
de costumbre: él iba y no sabía qué hacer allí, dónde colocarse, qué nombre ponerle a eso; poco a poco se
fue configurando una de esas situaciones “delirantes” cuyo sentido era la puesta en escena de elementos
de tipo perverso y aun psicòtico, especialmente durante una época en que pintaban casas vacías, cuyos
dueños sólo venían a verificarci trabajo cada tanto.
En estos casos, una vez instalada la cuadrilla, insensiblemente la actividad “oficial” que los convocaba se
iba desdibujando y desplazando: fumaban marihuana, se emborrachaban, se contaban fantasías no
exentas de aspectos homosexuales que a él en particular lo angustiaban mucho. Por su parte, dio con un
ignorado componente fetichista: excitarse y masturbarse a la vista de ropa interior do mujer que buscaba
en esas casas. Entre el insight y las defensas maníacas él contaba cómo, a la llegada del propietario, éste se
iba “deformando” al constatar la dilación que sufría el trabajo. De hecho, no era lo único que se
“deformaba", los potenciales sublimatorios habían caído por el camino.
Periódicamente, alguno de los miembros del grupo ya no soportaba más y se marchaba, intensificando la
sensación de catástrofe final. Y sin embargo no fue así. Cuando todo lo anterior forzaba a concluir en un
nuevo extravío del muchacho en un espacio confusionante por sus carencias simbólicas, inesperadamente
(la confianza en los efectos del tratamiento estaba bastante tironeada por tanta repetitividad) empezó a
tomar distancia, incluso a poder reírse de la situación de otra manera, con ojos más críticos y más lúdicos a
la vez. Se puso en marcha un proceso en dirección inversa, donde lo perverso y lo delirante se transforma
en jugar y se produce un resto: aprende en serio (jugando) el oficio, estrictamente por añadidura. Con esto
se sorprendió a sí mismo, no estaba en sus cálculos, había entrado al grupo como a una actividad “de
paso”, sin saldo alguno. En su lugar, de buenas a primeras se descubrió poseedor de una cierta técnica que
le daba un medio de vida concreto y sobre todo propio.
Otra diferencia importante: si el patrón recordaba aspectos familiares del padre, en un punto decisivo
diverge, le enseña algo, le transmite significantes de un oficio. Entre ambas figuras, el trabajo de lo
transferencial da la medida de su diferir al par que tiende un puente.
A través de su nueva actividad fue restituyendo y diríamos incluso reparando su capacidad de jugar con
ese plus para él que era la primera vez que se producía: aprendizaje de algo que lo ayudaba a convertirse
en adulto. Estimo que doblegar la represión fue determinante para estos logros, ya que todo lo que se le
venía encima de perverso, de psicótico inclusive (uno de sus compañeros era un muchacho esquizofrénico
que había estado internado e imprimía mucho de su tónica al grupo), lo hubiera compelido a fugarse de la
situación de no estar en tratamiento. Huir era un recurso generosamente usado cuando lo reprimido
amenazaba con su pujanza. Creo que devino esencial que todo lo apuntado se pudiese analizaren el
momento que sucedía, sesión tras sesión, después de una jomada prolongada de seudo pintura, y sin
reprimir el despliegue algo surrealista de los hechos, transformándolos en material.
El desenlace fue que abandonó el grupo y se puso a trabajar solo, pues aquí también advino la soledad
como condición para soportar una tarea. Surgieron dificultades nuevas para analizar, dificultades que
formaban parte principalísima en la dificultosa inscripción del trabajar como categoría simbólica: en
especial, hacerla conexión entre su tarea en un lugar y lo que le pagaran por ella. Tal relación de causa a
efecto en modo alguno era algo sabido. Todo lo contrario. Sólo existía un simulacro preconsciente
(‘memorizado’ por su socialización, diríamos). Tanto la imago del linyera como la del terrateniente se
oponían, reforzándose mutuamente, como pura que una ligazón, en apariencia tan inmediata, tan simple,
del orden de hice este trabajo, luego me pagan por él’ pudiera establecerse; por supuesto, esto se trasuntó
en otras tantas contrataciones ambiguas en lo tocante al dinero y dejaría “cicatrices” (Freud) en el
psiquismo del paciente. Reparemos en que ni el señor feudal ni el vagabundo lo reciben jamás a causa de
su actividad: por caminos muy distintos, el dinero supone en lo que a ellos respecta una cesión del trabajo
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del otro.
En el registro imaginario, el dinero era una maravilla que aparecía (o se desvanecía) con la mayor
facilidad, y durante mucho tiempo fue incapaz de asociar ganarlo, fuera poco o mucho, con esfuerzo suyo.
Un acto sintomático de esta condición era olvidarse de acordar el aspecto económico, y ponerse a trabajar
con eso en suspenso, no dicho, a costa por supuesto de verse perjudicado y abusado en más de una oca-
sión. No se trataba de un acto fallido puntual (como el que a veces marca el primer hecho de trabajo adulto
en la vida de un sujeto); se daba regularmente, la conexión se le caía una y otra vez. No hemos de
considerarla entonces una inscripción momentáneamente reprimida sino una “forclusión local” (Nasio),
una inscripción en negativo. Arduidad tras arduidad, el análisis no las desalojó fácilmente. La presión
repetitiva no daba respiro. Cuando ya pasados los veinte años egresó de la universidad, trasladó a su
flamante carrera posible la disociación que habíamos encontrado proveniente de su relación con lo paterno
y que escindía lo físico de lo intelectual. Siguió trabajando como pintor y el título quedó a un lado. Lo
susceptible de análisis era no el conseguir usarlo en el plano de la realidad, cuestión que hace intervenir
otras variables, sino prioritariamente la imposibilidad de armar una fantasía desiderativa en torno a su
título que demostrase al ideal del yo en funcionamiento.
Algo de la imago del linyera retomó entonces y se infiltró en su oficio de pintor, así lo fantaseó al llegar un
día —como muchos otros—- vestido con ropa vieja, manchado, desaliñado, de trabajar. Pero era también la
suciedad puesta en como se lo miraba desde la instancia anónima o transubjetiva del mito familiar, a causa
de estar, pese a todo, en una actividad productiva. La resolución (¿definitiva?) de esta escisión, de esta
doble vida entre su oficio y su título profesional no llegaría sino mucho más tarde, a posteriori de la
terminación formal del análisis, cuando el paciente rondaba ya los treinta años. I-a problemática del trabajo
sobrevivió así —con atenuaciones y metamorfosis importantes— a nuestra relación efectiva, si bien un par
de visitas a mi consultorio escandidas en el tiempo me demostraron que algo del impulso interior del
análisis seguía aún discurriendo a través de los días.
Lo interesante para las articulaciones que venimos persiguiendo del jugar al trabajares que su profesión,
(nidiamente asumida y siempre con ecos desvalorizantes en relación con las mayores insignias fálicas de
la del padre, fue verdaderamente incorporada al campo de la sublimación una vez que ‘accidentalmente’
la vinculó a la recuperación de adolescentes drogadictos, delincuentes, marginales, o sea, con los que
años antes constituyera un peligroso polo de atracción para él. Allí pudo por vez primera ponerla a jugar,
sólo allí, retroactivamente, haberla estudiado cobró sentido.
Con el tiempo llegamos a pensar (y éste fue uno de los temas de nuestra última entrevista) que su
arribo a un trabajo profesional no se cumplió sin una condición previa estructuralmente indispensable
para estabilizar una posición adulta más o menos satisfactoria en lo que hace a sí mismo: me refiero —a
su turno— a lidiar con ese territorio —pequeño en sí mismo, insondable como nudo de sobre
determinaciones— donde estaba depositado lo más inercial y antiproductivo del mito familiar, es decir,
aquella herencia inutilizable. Él se esforzó por insertarse en este ámbito impenetrable e inamovible:
transformar en trabajo la fantasía del terrateniente; por cierto que, como el padre y el abuelo, no lo
logró; se estrelló contra sus propias limitaciones, pero más aún contra los significantes del superyó allí
enclavados desde largo tiempo atrás, pero fue algo que él tuvo que poner en juego para sentirse más
libre de esa carga hereditaria y tuvo el efecto positivo de separarlo de la dura roca de ese pasado
demasiado presente. Aprendió a reconocer menos renegatoriamente y andarse con más cuidado del
deseo de fracaso y destrucción que un mito puede albergan aprendió que ese fracaso no era él. La
denegación originaria, como la hemos llamado, entró en funciones.
Lo que hasta aquí he desarrollado creo que permite, y sobre bases fundamentalmente clínicas,
diferenciar con mayor rigor que el que hemos tenido los psicoanalistas, y sin necesidad de incurrir en
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declamaciones ideológicas en última instancia demasiado abstractas para servir de ayuda a nadie, entre el
trabajar en el registro de la adaptación social — registro sobre el que también opera el analista, le guste o
no, y aun las más de las veces excesivamente— regulada por las identificaciones derivadas del ideal del yo
y ¿por qué no? (¿cómo evitarlo?) del yo ideal y otro orden que se le intersecta, que se intrinca con él a
veces en el límite de lo indiscernible, pero que de derecho es otra instancia. Lo esencial de ésta es que en
mayor o menor grado las formaciones de deseo largamente desplegadas y desarrolladas en el campo del
jugar infantil y adolescente pasan, ceden gran parte de su fuerza y de su poder intrínseco al trabajar como
actividad central en la existencia adulta, otorgándole así una base pulsional decisiva, y que la supremacía
visible del proceso secundario en el diseño de los "proyectos anticipatorios" (Aulagnier) y en la realización
técnica del trabajo no deben escabullimos. Sin esta base el trabajar o no puede constituirse o se
seudoconstituye como una fachada acaso socialmente muy redituable pero subjetivamente vacía de
significación.
Sin ir a los casos más graves, muchas particiones ‘naturales' sancionadas por la cultura portan en su
núcleo el síntoma de una mutación fallida, desde los ensueños diurnos como casi único testimonio del
jugaren muchos adultos neuróticos, hasta la semana ‘para trabajar’ y el fin de semana para ‘divertirse’ que
escande la existencia de multitud de seres humanos.
Digamos finalmente que respecto al necesario y saludable desenvolvimiento y primacía del proceso
secundario allí "donde ello era” (y en relación al cual el jugar del niño da un primer e importante envión),
este análisis prodigó material, permitiendo estudiar, sobre todo, cómo el surgimiento de una verdadera
actividad de trabajo ayuda a la organización y a la reorganización de secuencias de tiempo con principio y
fin. Antes de eso, el análisis mismo le parecía al muchacho un antiproceso infinito, donde estaba detenido
en una especie de mar inmóvil, donde cada sesión era y sería igual a la anterior y nunca iríamos a ninguna
parte. Sólo mucho después de consolidar su posibilidad de trabajar, le fue imaginarizable la idea de final,
de duración limitada, de variación en el tiempo; y el ámbito donde esto se ventiló originalmente fue
justamente el de su oficio, rompiendo con la época de la instalación indefinida en una casa, poniéndose
plazos a sí mismo y uniendo esto al deseo de juntarse más rápido con el dinero que le pagaban.

13. LAS CONDICIONES DE UNA METAMORFOSIS.

Debemos anticipamos a un posible malentendido dependiente de una perspectiva psicogenética un poco


elemental. También en este sentido el material del caso que vengo exponiendo fue de gran ayuda. En
efecto, durante el análisis fue posible reconstruir el funcionamiento del jugar en la infancia y en la niñez del
paciente, e inferir que su desarrollo lúdico se había desplegado en mejores condiciones que su capacidad
ulterior para trabajar o para estudiar. Concluimos (claro que no con la experiencia de este solo historial)
que una condición del jugar realizada en la niñez no necesariamente implica un pasaje exitoso al otro
orden considerado. Para decirlo en términos abarcativos, podemos encontrar casos donde el juego se ha
desarrollado satisfactoriamente pero el punto de fracaso reside precisamente en esa transformación, en
ese viraje que haría falta para investir el campo del trabajo.
Iniciamos todo esto con una proposición teórica mínima, que es bueno recordar: un quantum significativo
del orden del deseo que se manifiesta o se despliega en la actividad del jugar debe pasar a la actividad que
a grandes rasgos llamamos trabajar si es que ese quehacer hade tomarse realmente propio del sujeto. No
hay excepción posible a esta ley. S i poco o nada del orden del deseo inviste el trabajar, el resultado no será
alguien que no trabaje (o no necesariamente); muy bien puede ser que trabaje en demasía, pero este éxito
adaptativo es un fracaso del sujeto. Allí donde calla el desea, donde se acaba el jugar, el sujeto está
perdido. Esa es la proposición teórica más sencillamente formulada de la cual partí, algo debe pasar en el
sentido de desplazamiento libidinal o de sublimación, pasar de un campo a otro, y el momento, el tiempo
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en que algo debe pasar, es justamente una de las cosas más cruciales que especifican a la adolescencia
más allá de consideraciones puramente biológicas y cronológicas.
Como analistas podemos ver, en el material de adolescentes o de adultos jóvenes, que a la par de una
demanda de análisis desencadenada por conflictos sexuales tropezamos insistentemente con demandas de
análisis que giran en torno a una infelicidad, a un malestar, en el orden del trabajar. De manera que es un
campo de mayúscula trascendencia que no siempre es recogida por nuestra reflexión teórica, demasiado
absorbida, me parece, por el aspecto más obvio de la “metamorfosis de la pubertad”, o bien requerida por
otro tipo de sintomatología.
No hace falta quitarle importancia a todos esos fenómenos para dar el lugar que su frecuencia merece a
las consultas que, típicamente, reconocen como factor desencadenante la terminación del secundario, y
por algo más que una conmoción ‘emocional’, un duelo, etc. No pocas veces esas consultas, en manos de
psicólogos, se rotulan como ‘vocacionales’, dada la repetición de decires como ‘no sé qué hacer’, ‘no sé
para qué lado aganar', ‘no sé qué carrera seguir'. Para el psicoanálisis, invocar tal noción es totalmente
insuficiente c ineficaz, toda vez que existe una cuestión de posicionamiento sexual (en el amplio pero
exacto matiz psicoanalítico del término) de ese sujeto, en el que las imagos familiares masculinas y
femeninas de que dispone en cuanto a los ideales y las sublimaciones son las que están en el basamento
de ese ‘no sé qué hacer’.
En esta específica transformación del jugar al trabajo, hay toda una multitud de conflictos, de tensiones,
desencuentros, bloqueos. Por ejemplo, una ‘solución’ muy frecuente es la que examinamos en el capítulo
anterior, solución que se limitó a una disociación: reprimir el jugar y realizar una adaptación bajo la égida
de los significantes del superyó, alienando su trabajaren la demanda social como único factor de peso.
Otra conclusión que el caso permitió extraer es una alta correlación positiva entre la relación posición
hijo/posición padre (abreviando en exceso, ya que la materna también debe incluirse aquí) y el par
juego/trabajo. O sea, que las vacilaciones y fracasos en el pasaje que investigamos se ligan a los variables
desfallecimientos para alcanzar una posición que ya no es la posición hijo.
Esto se hizo muy evidente en el material del paciente a través de múltiples elementos de los cuales citaré
algunos como muestra. El primero concierne a una frase del padre del muchacho que dio pie a muchos
análisis. Restituiré su contexto.
Cuando había adelantado considerablemente en hacer del pintar un verdadero trabajo, sucedió que un
día el padre le pidió que pintase una de sus habitaciones. El caso es que las paredes de ese cuarto se
hallaban notoriamente impregnadas de humedad, por lo que el paciente le dijo entonces que primero
había que solucionar ese problema, de lo contrario pintar sería inútil. Fue entonces que el padre produjo
esta frase: “no importa, hacelo igual".
Para el análisis fue un acontecimiento rico en consecuencias. Lo cierto es que el paciente llegó a sesión
con una especie de punto de locura alrededor de lo que había escuchado; eso “lo rayaba” en términos de
él, era un dicho “rayante”, desorganizador.
Poruña parte aislamos algo del orden de la renegación; ‘ya sé que esto no va a servir, pero aun así lo hago
como si sirviese', lo cual implica para el paciente un punto loco. Él no sabía por qué esa frase lo ponía tan
loco, pero era una frase que lo empujaba a un vacío, a un abismo, lo angustiaba, al mismo tiempo le
desencadenaría una especie de cólera difusa pero impotente, porque no pudo replicarle nada, quedó
reducido a un silencio inexplicable, por más que el más elemental sentido común daba mucho para
contestar.
El efecto principal de esa renegación era la descalificación de lo que él pudiese hacer, o más radicalmente
todavía, era quitar todo sentido a su actividad. Concientizarlo así le movió a asociar, desreprimiendo
antecedentes de esa frase en múltiples ocasiones; no era la primera vez que el padre pronunciaba algo
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semejante, de modo acaso menos grosero se perfilaba en el pasado. El mecanismo se mantenía invariante:
‘algo no sirve pero se hace igual’, ‘pero entonces lo que se realiza carece de toda significación.
En definitiva, el que queda descolocado absolutamente con esa frase es él, pero el punto que
descubrimos es que no era simplemente una frase disparatada sino un mandamiento. Por ejemplo,
pudimos resignificar la época aquella en que tomaba trabajos que no eran tales, fraudes disfrazados con
ofrecimientos sin asidero, promesas escritas con humo. En realidad, en él funcionaba esa actitud de “no
importa, hacelo igual”, reproducía la misma renegación.
El muchacho llegó más lejos aún, porque reconstruyó que esas famosas investigaciones, o sea el trabajo
mismo del padre, siempre desembocando en punto muerto por su coeficiente sutilmente delirante,
obedecían a la misma frase rectora, a la misma conminación a naufragar en el sin sentido. Vale decir,
descubrió la posición de hijo activa en su padre.
La única forma que él había encontrado durante mucho tiempo de sustraerse a ese “no importa, hacelo
igual”, había sido justamente marginarse del trabajo, manteniéndose en un plano de puro juego o de puro
acting. Así como tempranamente el psicoanálisis descubrió la disociación, vigente en muchos sujetos, entre
el orden del deseo y el orden del amor, podemos reconocer y conceptualizar aquí una disyunción de
parecido alcance y composición entre el campo primitivo del jugar y el secundariamente constituido del
trabajar. El “no importa, hacelo igual” tomaba un cariz de gran destructividad: bajo su máscara inocente y
absurda, hasta divertida, privaba al sujeto de la dimensión de sentido que especifica una genuina acción.
Durante varios años el muchacho se había parapetado en recusar “ideológicamente" la significación de
todo lo que connotase adultez para él, como algo objetable o que no le interesaba. Ahora pudo darse
cuenta de que, en realidad, no es que tales cosas no tuvieran sentido a sus ojos, sino que no lo tenían para
dicha frase, que se elevaba así a la categoría de ésas que hacen historia, de ésas que hacen mito en una
estructura familiar.
Varios años más tarde, en aquella última visita, tuvimos oportunidad de analizar brevemente las
complejidades de su pasaje a una posición paterna. Acababa de nacer su primer hijo y me contó de un
fulgurante momento psicótico emergido en la ocasión, y del cual salió espontáneamente. Pasó así: el
nacimiento se costeaba a través de la obra social de su mujer, quien a su vez pertenecía a ella por el trabajo
de su padre; al llegar la hora de anotar al bebé mí ya ex paciente se encontró con que, por obra y gracia
burocrática, lo habían inscrito con el apellido del abuelo. Ante esta sorpresa, se quedó absolutamente
demudado, impotente para rectificar el error.
Le costó mucho reconstruir en la entrevista lo que había pasado; sólo podía hablar de mudez, de
alejamiento, de vacío y de una “angustia sin nombre” (Winnicolt), indecible. Deja el lugar, vuelve al cuarto
donde está la esposa y le cuenta lo ocurrido, esperando de ella que la situación se resignifique. Tuvo que
hacerlo así, porque lo que él señalaba es que había creído que la inscripción errónea era la verdadera,
eso era lo más “loco", como él decía. Por un breve ralo, desde el mostrador hasta que desandó el camino
por los pasillos de la maternidad, fue cierto que él no era el padre de su hijo.
Conjuntamente había creído que el recién nacido era un hijo que la mujer había tenido con su propio
padre. Así las cosas, llegó a la habitación que ocupaban y la interrogó, esperando que ella arreglase la
situación: “es hijo mío, ¿no es cierto?” La esposa, por demás sorprendida y descolocada, le contestó en el
único sentido posible. Sólo entonces, a partir de esta intervención externa, él pudo recuperar el habla y
su posición, volver y aclarar el error. O sea, hubo un momento en el cual para él la cuestión de su
paternidad, de su posición masculina, se cae por una especie de agujero negro, el mismo agujero negro
que a lo largo de tantos años había devorado su posibilidad de tener y sostener un trabajo que deseara.
Unas cuantas décadas de trabajo del psicoanálisis en fronteras ampliadas autoriza a dar por confirmada
una hipótesis que conviene insistir en formular y que la práctica siempre verifica: cuando se da una
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perturbación muy severa —no un conflicto neurótico a secas— que realmente vuelve imposible por los
medios ordinarios de la vida ese pasaje del jugar al trabajar, nunca encontraremos que las razones de tal
imposibiIidad radiquen exclusivamente en el campo de los procesos del sujeto. En todos esos casos
interviene, y fuertemente, algo de su prehistoria o del mito familiar, algo que hace a las caracte rísticas de
las funciones parentales. Por lo tanto, una problemática de magnitud, en este punto excede en mucho lo
que se acotaría como la sola dimensión fantasmática del sujeto. Forzosamente, el material lleva hacia la
prehistoria, a cosas que ocurrieron o que se dijeron o que se ordenaron dé acuerdo con un mito
intrincado a la trama histórica, mucho antes de que el paciente estuviera vivo.
En este punto, y a su propia manera, el psicoanálisis converge con algunas nociones de la teoría de la
comunicación, incluso con algunos de sus hallazgos, nada más que enriqueciéndolos como sólo la
introducción del inconsciente puede hacerlo. Por ejemplo, para mantenerse cerca del material que
estamos desarrollando el concepto de doble ligazón o doble vínculo, acuñado por Bateson. Lo que desde
nuestra perspectiva cabe añadir es que coloca al sujeto en un espacio sin salida, de estructura muy arcaica,
donde no hay fuera de él. “No importa, hacelo igual", es una de las frases de ese tipo, que hemos visto
acorralan a un adolescente en una espacialidad donde aún no funciona el par interno-externo. Como lo he
dicho en otras ocasiones, esto se lee como un signifícame del Otro en postura de superyó: ‘hagas lo que
hagas, no escaparás a mi férula, no saldrás de mi dominio, de mi territorio”.
Por la época en que atendía a este paciente, yo leía lo que era una práctica de tortura que se puso a
punto por los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y que consistía en lo siguiente: al detenido se le
dejaba llevar adelante una cierta tarea, por ejemplo, sembrar algo, cuidar su crecimiento, etc., pero
cuando lo cultivado estaba a punto de fructificar, lo destruían. Una intervención así, repetida
sistemáticamente, tiene un efecto profundamente deteriorante y depresógeno, reduce a cero la viabilidad
de una actividad con sentido susceptible de modificar la realidad. Ahora bien, un efecto por entero
equivalente al de esta política concentracionaria habían ejercido sobre mi paciente frases y otro género de
intervenciones del tipo de “no importa, hacelo igual”.
Por lo antes expuesto debemos cuidarnos de no hacer del concepto de deseo inconsciente un comodín
que nos sirva indiferenciadameme cada vez que así lo requiramos (de un modo análogo a los servicios que
en el pasado prestaba la noción de instinto en muchas psicologías). Por ejemplo, cuando para dar cuerna
de cualquier cosa, buena o mala, que le ocurre a un paciente se invoca ‘su deseo'' al modo de verdadero
deus ex machina. En un historial como el que vertimos trabajando, tal esquema no funciona y es clínica-
mente ineficaz. El último episodio expuesto ofrece una ocasión de puntuarlo. Sería inexacto, y muy
inexacto, postular un no deseo de hijo: por el contrario, él había deseado ardientemente tenerlo y se había
comprometido intensamente en tal sentido. Lu que allí irrumpió no corresponde ni pertenece al orden de
la ambivalencia, como en otros casos, sino a una invasión masiva y brutal de un mandato que retoma
desde lo prehistórico. Más que un ‘no quiero’, es un ‘no debes’, ‘no podrás', lo que resuelve el enigma de
su reacción.
Por eso mismo una de las partes más fructíferas del análisis del paciente fue cuando pudo reconocer,
lentamente, cuánta demanda de fracaso provenía desde el superyó familiar para con un hijo varón. Y daba
la casualidad de que él era, de su generación, el hijo varón mayor. Todos sus primos eran menores, razón
para que el peso de aquel mandato le fuera especialmente abrumador.
Otro aspecto teórico de mucha gravitación y sobre el cual es clínicamente decisivo que el analista se
interrogue, nos devuelve al concepto de cuerpo imaginado y a la necesidad de continuar profundizando en
sus resortes internos. Mi hipótesis es que es fundamental detectar hasta dónde alcanza, dónde se detiene
y hasta se agota el cuerpo imaginado que se forjó para un determinado hijo. Por ejemplo, vemos en
muchos análisis que de hecho había cuerpo imaginado que lo sostuviese al sujeto, pero no más allá de su
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entrada en la pubertad; esto es, había para el niño, pero ya no para el adolescente.
Trátase de casos cuyo análisis pormenorizado nos impone la convicción de que el cuerpo imaginado no
aporta nada en el terreno de los ideales que necesita un adolescente; no va más allá de la latencia. Este es
un punto importantísimo, porque hay una diferencia, clínicamente muy clara, entre lo apuntado y la
posición de un adolescente, como tantas veces el analista la encuentra, que tiene que entrar en conflicto
con el ideal familiar —conflicto entre lo que él debería ser como adolescente y como adulto, y sus propios
y confusos deseos- Sabemos que el resultado es un desencuentro en el que se dan todas las
combinaciones posibles desde el acatamiento hasta la rebeldía total, desde la adaptación pasiva, hasta la
adaptación del ideal familiar al deseo del sujeto, que se las arregla para moldear aquél a su propia manera.
En toda esta gama de casos, el adolescente sí dispone de una estructura de ideal en forma de cuerpo
imaginado que le ofrece la familia y con la que llegado el caso se enfrenta.
Desde el punto de vista clínico, todo esto es radicalmente distinto de las consecuencias que tiene para un
adolescente aquella otra disposición de elementos donde se halla ante un vacío porque el mito familiar no
le ha imaginado nada que sirva al desarrollo del ideal del yo, ni siquiera para rechazarlo. Observemos que
cuando alguien dice (como lo dice muchas veces un paciente adolescente): ‘bueno, esto es lo que quieren
ellos para mí, no lo que quiero yo para mí’, el que así habla se está midiendo con el duro hecho de que
existe algo del deseo libidinal del Otro que obliga a tomar partido.
Uno de los criterios clínicos más relevantes e inconfundibles de la otra situación —con mucho, la más
difícil— es, a partir de los sucesos de la pubertad, el creciente estancamiento en el lugar no sólo de hijo,
también de niño y la consiguiente y progresiva dificultad para generar apoyos transicionales que le abran
camino al sujeto hasta una posición paterna; si el análisis avanza lo suficiente, siempre articula esto a que
desde el dispositivo familiar se significa constantemente al adolescente en posición niño, sin poder donarle
un cuerpo imaginado de púber y pospúber... ni de verdaderamente adulto. Debemos esperar, como es
usual, toda clase de intensidades de matiz al respecto. Por ejemplo, en el caso expuesto el paciente tenía
por lo menos la posibilidad —desde el ángulo del cuerpo imaginado— de identificarse al padre y, mal que
bien, dedicar su vida a cierto género de “transa" (según su expresión) con la dimensión de sinsentido; no
nos parecerá lo mejor, pero con lodo, existía esa instancia como ideal, mientras en cambio vemos casos
donde eso está mucho más radicalmente vacío y abolido de lo simbólico. A guisa de adelanto para un
inventario posible digamos que, por una parte, la clínica nos enfrenta a materiales donde lo subrayable es
la ausencia literal de todo proyecto anticipatorio, ni tan siquiera en el orden de la fantasía (sobre lodo no).
En el polo opuesto —y dando lugar a problemáticas y a sintomatologías muy diferentes—se sitúa el
conflicto, de destinos inciertos, entre una apuesta deseante en divergencia de los anudamientos del ideal
más consolidados míticamente y la presión del proyecto anticipatorio contenido en el cuerpo imaginado.
Entre medio, se despliegan múltiples variantes.
En el primer polo, el más grave con independencia de la sintomatología que se explicita, se advierte que
el adolescente en cuestión vive al día, sobrevive digamos. Ni siquiera en el registro del sueño diurno se
constata algo del orden del ‘serás’, o del ‘seré’, o del ‘quisiera ser’, ni al modo ingenuo pero decisivo, en que
por ejemplo un chico dice: ‘cuando sea grande voy a ser bombero’, lo cual nos hace sonreír pero
ciertamente implica un registro de ideal en plena acción. Estructuralmente, lo que llamamos ‘grave’ es que
la parte esencial de aquella frase, la que en serio cuenta ‘cuando sea grande seré’ no está escrita en el
cuerpo imaginado, lo que plantea en qué condiciones puede llegar a escribirla el sujeto. Y son significantes
(del sujeto) indispensables.
Además, el mismo deseo tan común en el niño (pero tan común si no hay patología grave) de ser grande,
es ya por sí mismo proyecto anticipatorio. No siempre se repara (salvo que el caso revista las características
más “escandalosas” de un autismo desembozado, etc., etc.) hasta qué punto puede faltar. Otro
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adolescente, algo menor, nos da una muestra impactante. La materia prima de las imagos está compuesta
en él por un esquizofrénico a cargo de la representación de hombre adulto. Un esquizofrénico cronificado,
abúlico, que ni siquiera delira ni ofrece algún otro indicio de producción. Y, por otra parte, por un tío obeso
pasivizado en el núcleo femenino familiar, que hace un trabajo perfectamente insignificante y cuya única
actividad libidinal parece ser comer a destajo”.
No hay padre, en el sentido de que el padre real ha desaparecido de su vida hace años y sin sustitutos
alternativos. No hay nada en la familia que articule un ‘serás' Existe en estructuraciones así una forclusión
del ideal del yo, no hay categoría; por lo tanto, el futuro tampoco existe, de suene que el paciente vive en
un permanente “soy”. En este estado encontramos a muchos adolescentes. Las adicciones, por ejemplo,
no son por cieno ajenas a esta tópica intrasubjetiva mutilada. El mismo double bind que evocábamos
remite a una temporalidad de puro presente; no puede haber futuro allí, pues de haberlo constituiría una
dimensión de salida, lo cual evidentemente arruinaría la doble ligazón. En el “no importa, hacelo igual"
todo trabajo de temporalización histórica se excluye a priori.
Sentamos pues esta afirmación: clínica y teóricamente tiene extrema importancia detectar la presencia o
ausencia de formación de la categoría ideal del yo; en cada caso y no sólo en el sujeto considerado
separadamente sino también en el nivel del mito familiar.
Pienso que, a esta altura del desarrollo teórico del psicoanálisis y a esta altura también del momento que
atravesamos (por ejemplo, en tanto profesionales e intelectuales de un país latinoamericano), se hace
necesario una visión panorámica del conjunto de cuestiones suscitadas por el registro del ideal. De lo
contrario, caemos en aseveraciones unilaterales, como siempre que no se puede “soportar la paradoja”. En
efecto, por una parte cualquier analista o psicoterapeuta escucha muy a menudo efectos y
confrontaciones de un sujeto con cienos ideales, respecto de los cuales se despliega toda una serie de
respuestas: represión del deseo, inhibición, ambivalencia, síntomas de algún tipo, sumisión,
transformación exitosa del mandato, etc. Estamos por eso acostumbrados a las más multiformes
peripecias de donde es legítimo concluir que el exceso de ideal mata, cuando no literalmente al menos
mata las posibilidades desiderativas significantes del sujeto, sobre todo si, por ejemplo, el adolescente
tiene entronizada a alguna figura familiar como yo ideal, realización misma de la perfección narcisista.
En esa medida, tal entronización impotentiza al sujeto, y gran parte del éxito, de la oportunidad del
análisis, consiste en liberarlo de ese aplastamiento condicionado por ideales devenidos objetivamente
significantes del superyó. Ese es un orden de cosas indiscutibles. Pero existe otro, y que demuestra en los
hechos provocar consecuencias marcadamente más destructivas, toda vez que no se constituye (o sólo en
forma violentamente frágil) instancia del ideal.
Pero entonces tenemos que considerar la categoría misma del ideal en su coeficiente de ambigüedad, por
cuanto oscila entre aplastar a un sujeto con sus características y estimularlo libidinalmente en su
autoconstrucción.
Más precisamente, la dimensión de estímulo pasa por eso que Freud localizó como apertura hacia el
futuro, ‘no hoy, pero luego serás’, ‘no lo hagas hoy así, hacerlo mejor mañana' (frase que transforma el
sonado ‘no importa, hacelo igual'). La misma celebre formulación: “donde Ello era, Yo debo llegar a
advenir”, implica que ese advenimiento es un advenimiento siempre remitido a un futuro por lo demás
asintótico, pues nunca se adviene del todo y tal es I a mejor condición para fabricar significantes del sujeto
hasta (después de) morir.
Esta asintoticidad constituye un eje, pues adquiere —y muy temprano— una función de provocación
sobre el deseo del sujeto. O sea que el orden del ideal se mueve en un registro dúplice y es demasiado
unilateral decir: ‘abajo los ideales, los ideales aplastan', porque en realidad descubrimos que hay algo peor
que su peso y es su ausencia, su desaparición o su no instauración.
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Es aleccionador estudiar lo que ya sucede en el nivel de una comunidad cualquiera. Lévi-Strauss, en sus
Mitológicas, uno de los aspectos más tristes o siniestros que pone de manifiesto es cómo aparece de
pronto en un campo de fuerzas mítico de una comunidad que se está extinguiendo, por el impacto de la
colonización, la hemorragia del ideal en el grupo, cómo allí aquél empieza a languidecer, y su muerte
anticipa la de los demás. Mientras que, en cambio, cuando estaban firmes esos ideales todo el mundo
podía incluso maldecirlos. (El ideal en parte está para que se lo maldiga, al menos en Occidente).
En las psicosis adolescentes, gracias a Lacan hemos descubierto, análogamente, que el punto de
desencadenamiento, el punto de brote es el punto donde, por primera vez, en la existencia de ese sujeto
se pone de manifiesto que allí no hay nada del orden del ideal que lo sostenga; lo único que encuentra
para él allí son deseos mortíferos, destructividad suelta que anda en su busca. Por eso mismo el delirio o
formaciones delirantes que le son equivalentes acuden a restituir, por vías maníacas o paranoicamente,
eso que hace vacío succionante en el ideal. Pero haya o no delirios, la categoría de agujero en el ideal
implica regularmente patologías muy severas.
Creo válida una formulación en términos de ley: todo yo ideal no transformable, o sea coagulado como
tal, llegada la adolescencia deviene automáticamente un significante del superyó. Exactamente muta de
significante del sujeto a la posición antagónica, pasando así de representarlo a él y, de un modo u otro,
servirle a sus procesos desiderativos, a mutilarlo en mayor o menor medida.
Reconsideremos un material ya expuesto páginas atrás, aquel de la paciente que en determinado
momento de su adolescencia y de su análisis, vira a una posición de rechazo y hasta de furor agresivo hacia
todo lo que giraba en torno al significante “muñeca”. Claro que éste es un nombre (en) clave de su yo
ideal; es el término que la ha estructurado como falo de la madre desde su más temprana infancia y de la
familia en su conjunto, más allá de aquélla.
Se trata, notemos, de una situación sumamente habitual cuando analizamos adolescentes, en quienes un
significante que en absoluto tuvo efectos predominantemente nocivos ni mucho menos destructivos pasa
ahora, operado el pasaje puberal, a sí provocarlos. Es un significante que deja de servir a la realización
libidinal del que lo porta.
Por eso para esta paciente, cuando avanza la adolescencia y aquél no puede transformarse en otra cosa,
el término muñeca empieza a actuar más y más como significante del superyó y detiene toda producción
deseante propia. En particular, todo lo de ella como posible mujer, en la esfera sexual o en cualquier otra
que de ella derive o a ella se articule.
Es por esta razón que podemos muchas veces definir a la adolescencia como el tiempo en que se pone de
relieve por primera vez en la vida un efecto represor, paralizante o destructivo, propio de un significante del
superyó proveniente, originario, de la arcaica formación del yo ideal. Y aun conviene añadir que se trata
además del significante del superyó en el sentido más arcaico de esta subestructura, no en la dirección de
la castración simbólica; antes bien, mandato en su forma más puní, sojuzgamiento de todo aquello que
signifique al sujeto, puro ‘no serás’, en fin, en la medida en que para el paciente se convierte lo que se
opone radical e incondicionalmente a todo cambio. Si nos atenemos a como lo plantean los Lefort, se limita
a decir ‘éste es tu sitio, de acá no podés salir’, haciéndonos recordar las variantes más cerra das y
formalistas del estructuralismo, aquellas que forcluyen de raíz la dimensión histórica. ¡Tan cierto es que
uno no encuentra sino los aliados de los que es inconscientemente merecedor! Pero no necesitamos caer
en tales unilateralidades para no subestimar su poder, si hemos de considerarlo como el representante más
cabal en el psiquismo de la ya no tan inasible (ni tan silenciosa) pulsión de muerte. En efecto, aunque sea
un gran progreso que el paciente logre por fin reconocer este régimen del significante, el resultado final es
impredecible. Lo expresa muy bien el sueño de angustia de una mujer joven, en el que se veía una estatua
y, además, a su alrededor, enormes bloques de piedra. La angustia remitió durante la sesión a que era
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como si estuviese frente a su doble ideal. Asocia la estatua consigo misma y con determinados quistes en el
útero que había tenido, los quistes inscriptos al modo de petrificaciones instaladas en su cuerpo. La
angustia nos enseña que esa estatua es la coagulación en que ella se halla fijada, todo lo contrario a la
dimensión del ‘será’, ‘seguirás’, ‘pasarás’ que conscientemente reclama.
La instancia del yo ideal, cuando tuerce al régimen de los significantes del superyó, por ende
intransformable en ideal del yo, se define por la consigna del “no pasarás”, y no hay palabra que se pueda
proferir que sirva para pasar. Vale decir, no hay corte factible sin un minucioso y difícil desmontaje del
funcionamiento de la instancia en sí misma: hay que hacerla saltar en pedazos o disgregarse.
Tan complejo y sujeto a torsiones histórico-estructurales es este asunto que es indispensable volver cada
tanto al recorrido de la instancia del ideal (sobre todo, la del yo ideal) en suficiente perspectiva, pues lo
sincrónico por sí solo nos conduce muy fácilmente a delimitaciones arbitrarias o parciales. Porque,
retornando al punto de partida, no cabe duda de que es una inmensa, invalorable fortuna que el pequeño
cuente con alguien que le diga 'mi bebé'; de nadie haber para investirlo bajo este nombre querría decir
nada menos que falta cuerpo imaginado que proto unifique allí al infans. De modo que necesariamente ‘mi
bebe' deviene una formación ideal, que así ocurra es una cuestión de vida o muerte para el recién nacido,
y sabemos bien que literalmente hablando el yo ideal, pues, no es una cosa opinable: es una constitución
indispensable a la vida.
Varios años más tarde (no pocos 'trastornos neuróticos’, por ejemplo, en la latencia lo implican) pero
sobre todo con el arribo de la adolescencia, ese significante ‘mi bebé’ si sigue en pie tal cual, es inercia
inconvertible. Vale la pena pensar que los procesos de la represión originaria fallaron al hacerlos caer. En
esos casos pasa que a un sujeto le lleve varios años de análisis dejar de ser “mi bebé“, y transformarlo
verbigracia en desear tener un “mi bebé", con lo que —camino transitable, no el único— se produce el
vuelco hacia esta diferencia, el ideal del yo. Si es un verdadero vuelco y no un rebote especular (la sola
observación no basta para establecerlo), el sujeto, corrido a padre o madre, nuevamente ha reiniciado su
producción significante: padreo madre de ‘mi bebé’ o de ‘mi trabajo’ o de ‘mi lugar’, los contenidos son
como siempre lo más contingente.
Recordemos además que ‘mi bebé’ no debe resonar siempre en una connotación tierna. La madre
mencionada antes, cuando se refiere a esos “segundos varones que siempre van presos" no está hablando
de otra cosa que de ‘mi bebé". El “siempre" destaca su magnífica y terrible destructividad. ¿Cómo advenir
a una posición de trabajo a partir de su son oracular?
Aún es oportuno usar del espacio que queda para considerar con mayor detenimiento otra mutación.
Hemos sentado en un texto anterior la tesis, que conlleva dimensiones de descubrimiento a través del
trabajo clínico, de que el modelo más adecuado para teorizar sobre el jugar del niño es la actividad del
bricolaje, de la cual el capítulo inicial del pensamiento salvaje sigue ofreciendo la descripción más soberbia
en su esplendor. En realidad, hicimos un poco más: plantear una identidad óntica entre ambas praxis,
resolviéndolas así en una sola.
El chico (se) hace bricoleur porque su jugar pone en acción un largo trabajo de escritura inconsciente,
fundamentalmente gobernado por las leyes de los procesos primario y originario. Para llevarla a buen
puerto se toman los materiales que sean y de donde se pueda, siendo principio supremo del bricolage
“todo puede servir" (Strauss). Un chico lo hace espontánea y cotidianamente cuando toma un palito o cual-
quier desecho, pide cosas que los grandes despreciarían y con ellas inventa una serie de escenificaciones,
metamorfoseándolo, por ejemplo, en un animal o en un objeto nuevo. Cuando se trata de armar su cuerpo
o de poner en escena deseos inconscientes, efectivamente todo puede servir. Por eso mismo vemos cómo
a un pequeño en análisis le viene bien cualquier material que se deje por ahí en el consultorio: plastilina,
trapos, colores, etc. y no es insólito que transforme en juguete aquello que no le está destinado: ceniceros,
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adornos, lo que fuere. EI “todo puede servir" es mucho más que una expresión feliz para describir un
estado de cosas: constituye una formulación teórica de la transformación de lo accidental, de lo
contingente en necesario y estructural, dado que el sujeto compone su yo corporal, sus sitios, sus objetos
con este género de materiales.
Diríase que la espontaneidad inconsciente funciona como una varita mágica; nada de lo que toca ni lugar
por donde pasa sigue igual. Idéntico proceso afecta al lenguaje verbal (uno de los seudopodos, y en lugar
muy destacado, del jugar): laleos, musicalidades ricamente ambiguas, mus adelante fantasías que simulan
relatos vividos y relatos vividos organizados como fantasías, ‘mentiras’ (entre las manifestaciones más
importantes de subjetivarse como ya no más transparente al Otro)'.
Para que todo este magma heteróclito de significantes en potencia se transforme en algo del orden del
trabajar, el conjunto debe sufrir un pasaje que exige del redimensionamiento del proceso secundario. A
partir de él, no todo sirve de la misma manera; hay cosas que deben caer en el jugar infantil para que el
trabajo advenga; hay una inflexión que tiene que ver con este viraje, en la que mucho de lo que estaba en
juego como puro proceso primario se articula en el otra y a su través, proyecto que exhibe un tipo
diferente de racionalidad. Nuevamente, un caso nos ayudará a esclarecerlo.
Una adolescente, de quince años, había empezado a estudiar cerámica, pintura, bellas artes en general.
De atenerse a los dibujos y modelados que en ocasiones hacía en sesión, la conclusión era la de un talento
potencial bastante por encima del promedio. No obstante, empieza a irle mal, y hasta se desalienta
rápidamente. ¿Qué ha ocurrido? El análisis descubre que hay una transformación que ella no hace: cuando
se trataba sólo de un juego, mandaba ella, nadie más ponía las reglas, aparte de cumplir un deseo familiar,
puesto que nadie en la casa tenía ese tipo de dones y todos estaban fascinados por las habilidades y el
encanto de la niña.
Al empezar a estudiar, en cambio, tiene que hacer desfilar todas estas cualidades por un cierto código y
aceptar entrar en contacto con procedimientos y saberes ya instituidos. Resulta que ella se coloca en la
posición de pretender innovar en un campo, sin atravesar primero la fase de adquisición del manejo de
aquello que se propondría modificar.
Pero he aquí que —por motivos que ahora es innecesario detallar— en este punto ella no logra acceder a
esa conversión. Tiende así a que todas sus reales potencialidades se estanquen exclusivamente al servicio
del principio del placer, sin articularse en un registro donde el deseo no deja de estar presente en lo
esencial, pero integrado en un circuito más largo, secundarizado. El desenlace es ratificarse en la
omnipotencia más que en la capacidad: ella ya lo sabe; al menos sabe que lo suyo le ha bastado para
instituirse en el falo de su familia, por lo tanto se obstruye el aprender a hacer nada de otra forma. Se
trata, por cierto, de una vicisitud muy habitual como punto de resistencia en el lento giro por el cual buena
parte del jugar adviene trabajar. Se trata también de un conflicto superable en principio, pero no sin una
“exigencia de trabajo” a fin de que la primacía del proceso primario ceda paso a cierta relativa primacía del
proceso secundario (primacía no significa represión).
Al jugar le bastaba con un código privado, el niño no necesita ser entendido por toda una comunidad
social; incluso el juego tiene, en ese sentido, un carácter secreto homólogo al del sueño, y por eso debe ser
descifrado.
Llevarlo al plano del trabajar, implica, en cambio, ponerlo en un circuito comunicable más amplio y con
otras reglas; éste es un primer y esencial punto de transformación. Aún queda pendiente otra cuestión. A
veces las vicisitudes pertenecen a un orden distinto, donde el sujeto más bien se tiene que medir con un
exceso de ideal, en relación con este pasaje del jugar al trabajar.
Volvamos aun sobre otro material parcialmente ya expuesto: un adolescente que consulta iras una
escolaridad brillante y tras haber sido siempre el hijo que se esperaba en una familia donde se aprecia el
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trabajo bien realizado y, más todavía, en lo concerniente a los ideales masculinos, hacerlo así remite a una
especie de código de honor.
Existe una tradición familiar que abarca a numerosos miembros varones desde un bisabuelo en adelante,
donde todos ocupan lugar destacado en determinado oficio, tradición en la que, además, esa familia ha
ganado cierto prestigio sólido, no sólo en el orden económico sino en cuanto a la ética. En fin, el muchacho
recibe del padre y de sus tíos un nombre valorizado.
Otro detalle de interés es que el trabajo lo hacían juntos, asociación que se renovaba de una a otra
generación, lo que él a su tumo había comenzado a hacer cuando vino a verme, más de un año atrás. Su
elección parecía pues caso cerrado, definitiva. Por supuesto, era más que evidente el beneplácito familiar
porque así fuera, pero correlativamente, no se había registrado ninguna coacción explícita sobre él (ni
nada apareció que autorizase a interpretar la existencia de una implícita externa al paciente).
Todo marchaba con fluidez, hasta que, bastante súbitamente, irrumpen actuaciones: a horcajadas de una
intensa angustia flotante, difusa, según él relata, empieza a no poder continuar en lo que está haciendo, a
no cumplir lo que se esperaba de él; en síntesis, a fallar, y, particularmente en su imaginarlo, a fallarle al
padre, lo que siente como algo muy cuIpabilizante (la prosecución del tratamiento confirmó que todo esto
era de su exclusiva cosecha, ya que su padre toleró muy bien las fases que siguieron, y en lo fundamental
lo respetó).
Por la época en que consulta agudiza aún más la situación un delirio depresivo que básicamente consistía
en acusarse de ser alcohólico, lo cual no tenía asidero alguno en la realidad. Pero él estaba totalmente
convencido sin distancia crítica conservada a la sazón, y sólo contuvo un poco su angustia y su sentimiento
de culpabilidad ingresando a Alcohólicos Anónimos.
No iniciamos una terapia formal porque no me pareció el momento más propicio; opté por apostar a la
idea de una crisis vital y de acompañarla con instrumentos analíticos que a la alternativa de
psicopatologizar la situación. Convinimos en celebrar entrevistas con cierta irregularidad, dejando a su
iniciativa acortar el lapso entre ellas, pues yo pensaba que esa crisis necesitaba estallar y desplegarse, y
que lo más importante era no interferir. Tuve muy en cuenta para mi decisión su demanda de que yo lo
normalizara prontamente (lo que delataba su propia psicopatologización de lo que le pasaba), algo del
orden de: ‘soy la oveja descarriada, vuélvame al ruedo’.
Por ese entonces vino a verme su padre; el muchacho, además, no se costeaba el tratamiento. El padre
no entendía mucho de lo que sucedía, pero dejó bien en claro que lo quería a su hijo y no pensaba
cuestionario, trasuntó poder esperar sin hostigamientos, si bien no conseguían el tono para dialogar entre
sí, por el momento al menos.
Hubo de hecho un solo acontecimiento significativo durante este trabajo que hicimos juntos: no se sabe
bien por qué empezó a investigar, a preguntar por su nombre de pila, inquiriendo debido a qué lo llevaba,
a qué orígenes e historias remitía.
Investigó primero a su alrededor, y fue una sorpresa enterarse de que el padre no quería hablar del
asunto y esto quedó como irrevocable. Tuvo que seguir buscando un poco más lejos, hasta que
finalmente se enteró de que su nombre había sido llevado por un hermano de su bisabuelo paterno, un
personaje silenciado en el campo del discurso familiar. Pesaba una fuerte exclusión sobre él, no tamo
como para sacarlo del archivo pero sí para que en su interior se lo hiciese a un lado, se lo aislara
enérgicamente. La historia o el mito narraban que su antepasado y tocayo fue expulsado a causa de ser
jugador, bebedor pasado de la raya, y por una relación metafóricamente susceptible de ser llamada
incestuosa. Digamos que parecía transgredir todas las puntuaciones del código familiar.
Lo curioso era también que nadie sabía bien por qué ese nombre había reaparecido con el nacimiento
del paciente. Aparentemente, al ponérselo nadie recordó a quién perteneciera antaño.
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La revelación de esta historia extraviada iluminó en algo la situación. En lo inmediato, el muchacho se
dio cuenta que de ahí emanaba la acusación de alcoholismo. Más o menos bruscamente, la fase delirante
se cortó y el material (monocorde al principio) sufrió un manifiesto desplazamiento al deseo de hacer
algo distinto de la tradición, de emprender nuevos caminos.
Decidió entonces interrumpir la terapia, pero a los pocos meses regresó por algún tiempo, esta vez
tomando más sesiones. Desfilaron una colección de trabajos posibles, algunos brevemente concretados,
otros solo fantaseados, todo en mezcla inestable, pero con un factor en común: mantenerse muy alejado
de la tradición familiar.
Después de ese recorrido, un día reencuentra su deseo de retomar el camino de aquella tradición, pero
sería muy erróneo suponerlo en la línea del hijo pródigo que retorna al redil y a hacer lo mismo que los
demás. El material es rico en signos de diferencia (y la escansión temporal no le es ajena). Ha cumpli do
entretanto veinte años, la angustia ha caído, él dice que no sabe bien para qué hizo ese recorrido, pero lo
tuvo que hacer; eso es lo que alcanza a articular, y acepta mi señalamiento de que necesitó probar que
podía hacer otra cosa para que le fuera dado elegir la tradición.
Aquí es donde se introduce la cuestión del ideal. Puede pensarse que es uno de esos casos en que el ideal
del yo amenaza devenir aplastante o conminatorio. En síntesis, él trata de jugar con otro mazo de
significantes que el que se le supondría. Su recorrido, que en principio toma esa vía seudopatológica y más
tarde el de jugar a ser las más variadas figuras de lo cultural, se justifica en la gran crisis desatada ante la
inminencia del pasaje del jugar al trabajar. La excesiva cercanía de un ideal de elevadas exigencias y que a
la vez rechazaba su nombre amenazaba con que el vuelco se diese, presidido por significantes de puro
mandamiento. El circuito que inventó tuvo el mérito —entre otras cosas— de impedir una prematura inte-
rrupción del proceso adolescente en pro de un falso self, y permitirle armar un espacio transicional donde
se pudiera jugar a trabajar. La recuperación de un fragmento histórico ligado a su nominación (en sí misma
y más allá de él, retorno de lo reprimido) hizo de puente para que los significantes del sujeto tomaran el
lugar en que estaban instalándose los del superyó.
Todo este movimiento, que pudo hacer espontáneamente y con una mínima ayuda, devolvióle la
posibilidad de conectar creativamente el juego (que inconscientemente se había ligado a la imago del tío
descarriado e inapto para sublimar) al trabajo adulto. De paso desmitificaba un ideal: el oficio familiar ya
no era la única cosa digna de encarar en la vida, alternativa exclusiva a la perversión y a la adicción. Es así
como había llegado a consultar: o se era el ideal o se era la encamación repulsiva de todo lo patológico, el
destinado por excelencia a la segregación. Al fisurar esta disposición de los significantes, el ideal se
humanizará progresivamente en tanto ideal del yo, tomando distancia de la estatuaria característica del yo
ideal, intimidatoria al máximo para el paciente. Significativamente, hubo todo un reacomodamiento sexual
paralelo, lo que no es de extrañar: desde el momento en que él automáticamente (este solo término basta
para intuir la presencia de los significantes del superyó) ingresaba en la tradición familiar, también
automáticamente ingresaba en la tradición sexual familiar.
Cuando consultó estaba en esa posición, como él posterior mente decía, en la que “ya sabía” todo lo
que le iba a pasar, su vida ya estaba organizada de una vez para siempre, horror de arden adeseante en
que sólo queda morirse como único desborde. Por suerte, él intercaló algo, que fue su desobediencia, lo
que se repitió en el terreno de la sexualidad. Esta doble convergencia logró romper el desarrollo de un
falso self antes que una prematura formalización de su vida la significara quizás para siempre como mera
adaptación al deseo del Otro.
La categoría del fort-da puede ser invocada aquí con toda pertinencia, porque él emprendió en verdad
una serie de juegos de arrojar y volver a traer las tradiciones familiares dominantes, incluyendo el
coqueteo con dejarse perder de ellas. No cabe duda que practicaba el escondite inconsciente mente,
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desapareciendo detrás de distintos personajes sociales de trabajo, con los cuales se identificaba
transitoria o transicionalmente sin fijarse a ninguno, sin coagularse en ninguno. Fabricó así su propio rito
de iniciación y, por eso al volver lo hizo en calidad de hombre que trabaja, sustituto del niño que
obedece.
No quisiera concluir sin subrayar el carácter siempre parcial de una sustitución como la que dejamos
planteada. Hay que tener en cuenta que, al margen de una ficción utópica, el jugar no puede mudarse en
trabajar sin resto. Suponerlo equivaldría además a olvidar la dimensión de conflicto, ineliminable desde
el punto de vista del psicoanálisis. Al mismo tiempo que la transformación y la metamorfosis, hay que
saber reconocer clínicamente la coexistencia, la basculación fluctuante e, incluso, las diferentes
embestidas de la represión a lo largo de la existencia (y muy en particular, durante la adolescencia, sobre
todo en su fase de consolidación), factores todos ellos que afectan al vínculo entre estas dos grandes
praxis que hemos tratado de estudiar: la del juego y la del trabajo.
Por lo demás, si seguimos atinadamente el hilo de nuestra investigación, es razonable inferir que no son
los significantes del sujeto los que tienden a eliminar la dimensión del conflicto, inherente a los grandes
emprendimientos de unificación (en una integración nunca homogeneizada), característicos de las
pulsiones que sostienen, incesantemente y todo lo asmáticamente que se quiera, la existencia humana.

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